El Motin del Te Guerras de la Independencia de EE.UU. Trece Colonias



MOTÍN DEL TÉ: GUERRAS DE LA INDEPENDENCIA

En diciembre de 1773, la crisis estalla nuevamente. Un grupo de ciudadanos de Boston, disfrazados de indios, asaltan navíos británicos y arrojan al mar trescientas cajas de té. Este episodio se conoce históricamente con el nombre de «Boston Tea Party«.

El impuesto que incidía sobre el producto no había sido, en verdad, el motivo principal del atentado, y sí el hecho de que el monopolio de la importación de té estaba en manos de la Compañía de las Indias, empresa británica que estorbaba considerablemente las actividades de los que anteriormente se dedicaban a la importación del producto y de los muchos contrabandistas de la región.

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La chispa del inicio de la Independencia de EE.UU.

La reacción de los ingleses fue inmediata: sus tropas bloquean el puerto de Boston, que sólo sería abierto nuevamente cuando fuera abonado el té arrojado al mar. Ante esa situación, Washington y otros políticos sólo ven una salida: la rebelión abierta. A todos los que piden la adopción de una línea política más moderada Washington les responde que pasó el tiempo de enviar peticiones, pues está convencido de que la metrópoli está decidida a oponerse a todos los reclamos coloniales.

Por orden de Londres, el gobernador de Virginia clausura la Asamblea, foco principal de la insurrección. Los colonos responden convocando a una reunión con representantes de todas las colonias. Es el Primer Congreso Continental, reunido en Filadelfia en setiembre de 1774 con la presencia de 55 delegados de todas las colonias, a excepción de Georgia. Entre los representantes de Virginia se encuentra George Washington.

Hay divergencias políticas, mas todos concuerdan en un punto básico: las imposiciones inglesas son jurídicamente erradas y políticamente injustas. La idea general es que las colonias deben obedecer al rey en las guerras exteriores y en los tratados de paz, mas en lo restante son libres para autogobernarse, teniendo sus asambleas, dentro de los respectivos territorios, la misma autoridad que el Parlamento en Inglaterra.

El Primer Congreso Continental organiza un boicot más eficaz de los productos británicos, envía al rey una petición y al pueblo inglés una Declaración de los Derechos y de las Quejas de las colonias.

Pero la Metrópoli se niega a negociar. La tensión aumenta y, en Virginia, George Washington comienza a formar un destacamento de voluntarios. (En Massachusetts la acción de los colonos también es enérgica: constituyen un gobierno revolucionario y preparan una guerra civil.) En 1775, participa de la nueva reunión de los virginianos cuando se decide colocar la colonia en estado de defensa y parte enseguida para el Segundo Congreso Continental de Filadelfia.

En la reunión se comprueba que hay un clima de rebelión abierta en varias regiones de las trece colonias: las milicias de las provincias toman posiciones y aumentan sus efectivos. Se discute mucho, pero la conclusión es una sola: agotadas las posibilidades de negociación, sólo queda partir hacia la lucha contra los británicos. George Washington es elegido comandante general de las tropas.

Por encima de las razones militares, en él nombramiento de Washington prevalecerán las políticas. Era necesario escoger a un hombre del sur, y Washington representaba a una colonia importante, la más poderosa y organizada entre las del sur. Además, el comandante en jefe tendría que ser un hábil diplomático, un hombre capaz de unir a las fuerzas rebeldes.

Asume oficialmente el comando en Cambridge, el 3 de julio de 1775. Ya tiene experiencia militar suficiente para saber con qué tipo de tropas contará: hombres para los cuales la guerra significa disparar las armas, sin importarles mucho los problemas de organización. Son hacendados, labradores, hombres incultos, contadores, estibadores, cada uno haciendo su pequeña guerra personal, sin ninguna disciplina. Surgen de los lugares más imprevistos y rápidamente desaparecen. Se juntan a la hora de los ejercicios, reaparecen a la hora de la distribución de las provisiones. A pesar de ello, para los ingleses son una terrible amenaza.



Falta de todo en ese ejército de Washington: desde gente entrenada para la guerra hasta dinero, auxilios, armas, municiones, uniformes. Será una lucha de aficionados contra profesionales; de tropa indisciplinada contra aquella que tiene a la guerra por oficio, incluso reforzada por expertos mercenarios europeos.

Los primeros movimientos del ejército rebelde, a pesar de todas sus deficiencias, son exitosos. En 1775 Washington toma el fuerte de Ticonderoga, importantísimo desde el punto de vista estratégico; en marzo de 1776 ocupa y fortifica Dorchester Heights; días después obliga a los ingleses a retirarse del puerto de Boston, comandados por el General Howe.

Mientras tanto, el Congreso Continental continúa reunido. A medida que el movimiento rebelde adquiere fuerzas, el poder ejecutivo británico se va desmoronando en las colonias. Los gobernadores, ya sin autoridad, huyen a Inglaterra o son tomados prisioneros. El viejo sistema entra en crisis y uno nuevo comienza a perfilarse en las siguientes sesiones del Congreso de Filadelfia. Ya se discuten resoluciones sobre crédito, comercio, sistema postal, formas de administración.

Richard Henry Lee, uno de los representantes de Virginia, propone la formación de una Federación americana independiente. Después de mucha discusión la propuesta termina por ser aceptada. Se nombra una comisión encargada de redactar una declaración de independencia. Después de tres días de trabajos, durante los cuales se destaca la participación de Thomas Jefferson, el Segundo Congreso Continental aprueba solemnemente la Declaración de Independencia. Es el 4 de julio de 1776.

Incluso ya firmada la Declaración, los debates prosiguen encendidos, cuando Benjamín Franklin, recordando una de las últimas proclamas reales, termina la disputa con una frase: «Caballeros, necesitamos permanecer unidos si no queremos ser colgados uno por uno».

El Congreso vuelca entonces toda su atención hacia el problema de defender militarmente la secesión. Al frente de su improvisado ejército, Washington, ayudado por algunos voluntarios europeos (que escucharon el llamado universalista de los revolucionarios norteamericanos), como el francés La Fayette, el prusiano Steuben o el polaco Kosciusko, va sosteniendo una dura lucha contra los ingleses.

A las victorias sorprendentes siguen serias derrotas y, en esa alternancia de éxitos y reveses, la guerra prosigue sin definirse hasta 1778. Ese año llega al comandante del ejército estadounidense una auspicióse noticia: gracias, sobre todo, al excelente trabajo diplomático de Benjamín Franklin en París, Francia, con sobrados motivos para oponerse a loS ingleses, sus tradicionales enemigos decide ayudar a los norteamericanos. Y a esa ayuda se une también la corona española, aliada de la francesa.

Inicialmente, llega una reducida fuerza expedicionaria, pequeña además para las necesidades del aliad c Pero en 1780 va hacia América un numeroso contingente francés, que componen un eficiente y disciplinado ejército bajo el comando del Conde de Rochambeau. Ahora, la lucha ser definitivamente de igual a igual.

Entendiéndose muy bien, Washinton y Rochambeau articulan inteligentes maniobras que llevan al enemigo al agotamiento. Pierden alguna que otra batalla, pero en la mayoría de las acciones tienen éxito. Por fin, en octubre de 1781 los ingleses cesan el fuego en todas las líneas y solicitan que se inicien conversaciones de paz. Desde ya, la guerra se da por terminada.

El 3 de setiembre de 1783, es firmado el tratado de paz, en Versalles. En noviembre, las tropas inglesas abandonaron el territorio de sus ex colonias; en diciembre, el ejército comandado por George Washington entra en Nueva York, donde se habían reunido los contingentes británicos desde el cese de fuego.



PARA REFLEXIONAR: ¿Fue este incidente la causa de la Revolución americana? No en lo inmediato, ni directamente. Las autoridades de la metrópoli podían ignorar los hechos, tal como hicieron el año anterior, cuando el asalto al Gaspée. Pero en el caso del Gaspée los daños afectaron principalmente a las personas y no hubo mucha destrucción de bienes.

En el siglo XVIII los atentados contra la propiedad siempre se juzgaban con más severidad que las lesiones a las personas. También podían dejar las autoridades de la metrópoli que las de Massachusetts hiciesen las averiguaciones necesarias y pusieran a los perpetradores a disposición de sus jueces. Sin embargo, y pese a ser perfectamente conocidos en Boston los cabecillas, difícilmente se reunirían pruebas suficientes para persuadir a un jurado bostoniano. En las demás colonias, la Boston Tea Party no causó regocijo sino más bien escándalo. Hasta los patriotas moderados consideraron que las cosas habían ido demasiado lejos en Boston.

Y ahí habría quedado el asunto, si tanto los británicos como los estadounidenses hubiesen optado por fijarse más en lo que los unía, y no en lo que los separaba. Pero las autoridades británicas creyeron, quizá con no mucho acierto, que una cosa así ni siquiera en Estados Unidos debía quedar sin alguna acción punitiva. En Inglaterra, los mercaderes y la Compañía clamaban exigiendo sanciones. Una vez tomada la decisión de no consentir sin castigo, el gobierno inglés hizo aprobar por el parlamento, pese a una enconada oposición, una serie de disposiciones que no tardaron en ser calificadas de «leyes de represalia» (Retaliatory Acts) por todos los patriotas norteamericanos, y que constituyeron el principal de los agravios que recoge la Declaración de Independencia. (Fuente: Al Rescate de la Historia Rayner y Stapley)

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