Jockey Club

Biografia de Cane Miguel Caracteristicas de su Obra Literaria

Biografia de Cane Miguel y Caracteristicas de su Obra Literaria

Fue un escritor argentino que nació en Montevideo durante la expatriación de su familia y regresó a Buenos Aires después de la caída de Juan Manuel Rosas.

Su profesión de abogado le facilitó el desempeño de diversos cargos legislativos y se destacó actuando en favor de la política de Sarmiento.

Biografia de Cane Miguel y Caracteristicas de su Obra Literaria
Los escritores de la llamada generación del 80 practican una literatura cosmopolita, de crónica elegante y amable, a medias entre la historia y la narrativa, inclinándose por la prosa; destacan: Lucio Vicente López, Miguel Cané, Eduardo Wilde y Lucio V. Mansilla.

Vida. Miguel Cané nació en Montevideo (1851), durante la expatriación de su familia. Cuando apenas contaba dos años de edad, estuvo de regreso en Buenos Aires, después de la caída de Rosas.

Como a los demás hijos de emigrados, se le reconoció la ciudadanía argentina.

Cursó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de esa ciudad, durante la dirección del canónigo Eusebio Agüero y el profesor francés Amadeo Jacques, en un régimen de internado.

De allí sacó las experiencias que muchos años más tarde habría de llevar a su obra maestra, el libro Juvenilia (1884).

Luego cursó estudios en la universidad local y se graduó de abogado (1878).

Mientras cursaba esta carrera, ya se había iniciado en el periodismo y participado en política, particularmente a favor de Sarmiento, de quien era gran admirador.

Fue diputado provincial (1875) y nacional (1876), luego tuvo a su cargo la Dirección de Correos.

Fue nuevamente reelegido diputado nacional (1880), pero asumió la representación diplomática argentina ante los gobiernos de Colombia y Venezuela, que ejerció durante dos años (1881-1882).

Como resultado de esa salida del país surgió su libro En viaje (1884).

Ocupó luego otros cargos públicos de importancia, como la intendencia municipal de la ciudad de Buenos Aires, el ministerio de relaciones exteriores y, accidentalmente, el del interior.

Volvió a la vida diplomática con el cargo de ministro argentino en París, regresó a su país, ocupó una banca en el Senado (1898), y falleció en Buenos Aires (1905).

El escritor. Para algunos historiadores de la literatura argentina, Cané es quizás el escritor más representativo de la generación del ochenta (Roberto F. Giusti). Fue crítico, ensayista, traductor, periodista y narrador.

Tuvo fama de ser un infatigable lector, aunque poco entusiasta de la dura tarea de escribir.

La falta de constancia y la ocasionalidad de sus escritos, le han quitado a su obra la prioridad literaria que pudo haber tenido en su tiempo.

La figura literaria de Cané fue la más respetada de la época, ya que en lo personal, era el escritor de mayor prestigio.

Iniciado en el siglo XX, los jóvenes de la generación siguiente chocaban, en la búsqueda de fama, con la imponente figura del maestro, que seguía ejerciendo el liderazgo intelectual.

Tres imputaciones se han formulado a su obra conjunta: el fragmentarismo, el diletantismo y el galicanismo.

Estos tres cargos son reales, pues la obra de Cané no es orgánica en sí, da la impresión de estar hecha por mero placer artístico, y tanto la frase como la inspiración es de oriundez francesa.

No obstante estos perfiles débiles, Cané ha sido un gran prosista, dotado de talento y de buen gusto.

Él mismo tenía conciencia del carácter de sus obras, pero no intentó modificar su enfoque de la tarea literaria ni engañar a sus lectores.

Como hombre de su época, las letras no eran un fin específico en su vida, sino un aspecto parcial de su vocación universal.

El carácter de «prosa ligera» de sus escritos es típico, y ésa fue su característica literaria.

Todo hace suponer, sobre todo su Juvenilia y algunas otras páginas (ensayos, notas, impresiones), que tenía condiciones para la novela, pero sus preferencias no estuvieron por este género.

Su prosa se caracteriza por la impersonalidad y la sencillez. Los hombres del 80 trataron con cuidado de no caer en las efusiones sentimentalistas o apasionadas, y mantuvieron en general, aun en las páginas autobiográficas, una actitud de mesura, discreción y contención.

Su estilo no era de sabor castizo ni tradicional, sino más bien cosmopolita, indefinido, internacional.

La frase de Cané no es la frase de la vieja tradición española. Más bien es una frase francesa escrita en vocablos castellanos, pero no por ello es deficiente ni desagradable.

La lectura de los escritos de Cané deja siempre en el lector una impresión satisfactoria y amena, a pesar de sus galicismos idiomáticos, muy abundantes, y de su persistente recurso a préstamos de otras lenguas.

«Juvenilia». Este libro es la obra maestra de Miguel Cané, y al mismo tiempo, una de las joyas de la literatura argentina. Ha sido leido por todas las generaciones de argentinos que vinieron después y no ha perdido actualidad hasta nuestros días.

A poco de fallecer su padre, Miguel Cacé es internado en el Colegio Nacional de la ciudad de Buenos Aires.

Después del primer momento de tristeza derivado del alejamiento de su hogar, el niño comienza su vida de escolar, contraído al estudio, pero arrastrado también por el espíritu inquieto y travieso propio de su edad.

Estas son las cosas de los jóvenes, las Juvenilia de los argentinos de mediados del siglo pesado, entre los cus les se contaron luego prominentes figuras de la vida intelectual, científica y politice del país.

Narra Cané a través de las páginas del libro sus recuerdos, algunos de los cuales se han hecho famosos: la comida del colegio, las artimañas para no levantarse temprano de mañana, la enfermería, la personalidad de los dos ejemplares rectores, el canónigo Agüero y Amadeo Jacques, las escapadas nocturnas, las peleas y rencillas de los grupos internos, las vacaciones en la Chacarita de los Colegiales, las fugas a fiestas nocturnas, y toda una serie, más o menos picaresca, de travesuras estudiantiles.

Con el correr de los años, Miguel Cané regresa a su querido Colegio Nacional en calidad de profesor, y a punto de tener que tomar su primer examen, resurgen en su memoria los recuerdos de sus años juveniles.

El volumen fue escrito cuando Cané, entrado en años ya, ejercía sus funciones diplomáticas en Europa.

Apareció bellamente editado en Viena.

Está escrito en una prosa directa, llana y afectada de galicismos.

En torno a la lengua de esta obra, se promovió en nuestro país una polémica, cuando el crítico español Américo Castro cuestionó la calidad literaria del volumen por los barbarismos idiomaticos.

Ver: Escritores de la Generación del ´80 en Argentina

OBRAS Y EDICIONES: Juvenilia. Buenos Aires, Estrada, 1939. Con introducción de Américo Castro.
LECTURAS COMPLEMENTARIAS Y ESTUDIOS: Ricardo Sáenz Hayes. Miguel Cané y su tiempo. Buenos Aires, Kraft, 1935. Raúl H. Castagnino, Miguel Cané, cronista del Ochenta porteño. Buenos Aires, Oeste, 1952.

Fuente Consultada:Literatura Española, Hispanoamericana y Argentina de Carlos Alberto Loprete Editorial Plus Ultra Entrada: Autor Miguel Cané

Historia del Teatro Universal desde su Origen Resumen

Resumen de la Historia del Teatro Universal

ORÍGENES DE TEATRO: El teatro es una representación animada por actores —cualquiera sea el género o argumento escrito por el autor—, en un edificio destinado a este fin; esto se ha venido haciendo en sus distintas modalidades, desde la más remota antigüedad. Así como los niños gustan ser actores improvisados cuando practican ciertos juegos, al hombre le agrada dejarse llevar en alas de la fantasía, otorgando así a la vida una proyección que la actividad diaria suele negarle.

El instintivo sentido de recitación, de la representación mediante gestos y palabras, de una realidad que a veces no es la propia, empujó al hombre primitivo, desde la edad paleolítica, a usar máscaras y disfraces para declamar vulgares salmodias, desenvolver sus danzas y esbozos de diálogos, celebrando acontecimientos de la tribu: la partida para la caza, la recolección de la cosecha, el paso de la juventud a la edad adulta, los ritos fúnebres, etc. En estas rudimentarias manifestaciones, como en muchas otras de los pueblos primitivas que subsisten en nuestros días, no podemos hablar de «teatro», no tanto por la rusticidad de su representación, carente de argumento, cuanto por el espíritu con que se llevaban a cabo.

Estos espectáculos son más bien ceremonias religiosas, en las que el hombre no se empeña mucho por despertar el interés de sus semejantes, sino el de la divinidad. Al ponerse la máscara, no cree sólo que se ha disfrazado, sino que, ingenuamente, piensa que la divinidad a la que pertenece el disfraz, ha entrado en él. Esto es fácil de comprobar por los ritos de ciertos pueblos de hoy día; esta identificación del actor con la divinidad va desapareciendo poco a poco; el actor sabe que está representando un papel, y el público se persuade de que no tiene ante sí a un dios, sino a un actor caracterizado de tal.

Este nuevo concepto de la escenificación la hizo más compleja; se presentaron episodios enteros relacionados con la mítica vida del dios, enriqueciéndola con diálogos y recitados. Las representaciones eran todas de argumentos religiosos, raramente de carácter profano o humorístico, asemejándose más a lo que nosotros entendemos por teatro.

historia del teatro

Los egipcios, desde el tercer milenio a. de J. C, representaban espectáculos sagrados en ocasión de las festividadesde Osiris; he aquí un rey y un sacerdote que llevan máscaras de halcón paa representar al dios Horus. Las representaciones  de los pueblos primitivos no son verdadero teatro  pero tienen una significación mágica y religiosa común a todas las antiguas sociedades del mundo.

En el antiguo Egipto (tercer milenio antes de Cristo), ya existían expresiones más evolucionadas de este género; se efectuaban en los templos, estaban estrechamente ligadas a las celebraciones de los ritos secretos, y sus argumentos eran escritos especialmente para tales ocasiones.

El teatro clásico, del que somos herederos, nació en Grecia en el siglo V a. de J. C. Como en otros pueblos, aquí también fue precedido por ceremonias análogas a las ya descriptas, que se celebraban en honor de Dionisio, dios de la fertilidad. En estas fiestras campestres participaban bacantes y sátiros disfrazados con pieles y cuernos. Pronto tuvo gran importancia el ditirambo, invocación versificada en honor del dios; tomó tal impulso que necesitaron dos corifeos que dialogaban entre sí, dos coros que comentaban cantando, y un tercer personaje que representaba al dios.

//historiaybiografias.com/archivos_varios5/teatro2.jpg

Reconstrucción de un teatro ateniense. La escena se desarrollaba siempre al aire libre y empezaba por la mañana. El idificio se .construía de modo que fuese posible aprovechar la pendiente de las colinas. La orquesta, disimulada bajo una tarima, acomvañaba al coro y a las danzas.

De esta representación coral, que mantuvo, en los primeros tiempos, los mismos argumentos religiosos, derivó el género teatral más importante: la tragedia, que floreció en Atenas en el siglo v a. de J. C.

En ese siglo encontramos autores como Esquilo, cuyas obras denotan un profundo sentimiento religioso, y sófocles, que analizó los problemas morales ahondando en la vida del hombre y dando mayor naturalidad al lenguaje de la tragedia. Nació así la comedia, género teatral profano y realista, que llevó a escena, para censurarlos, los vicios más ocultos de la vida ciudadana.

Tragedias y comedias se representaban durante las fiestas dionisíacas que se celebraban cuatro veces al año; las tragedias, especialmente, se consideraban parte integrante de los festejos religiosos; el público permanecía, pues, todo el día en el teatro. La representación comprendía tres tragegias, un drama satírico, y una comedia breve. Los sacerdotes de Dionisio y los magistrados asistían a la representación inaugural.

//historiaybiografias.com/archivos_varios5/teatro3.jpg

Para ser gratos al dios Dionisio, sus  fieles imitaban a los sátiros, los faunos y las ninfas que le habían acompañado en sus incursiones campestres

La tragedia gozó, por mucho tiempo, de los máximos honores; desde Sófocles hasta el gran Aristóteles, se escribieron numerosos tratados acerca de las normas a que debían ajustarse.

Se realizaban concursos, y las obras teatrales eran siempre elegidas después de una cuidadosa selección. Al finalizar la temporada teatral, el autor de la mejor obra era premiado.

Los atenienses amaron profundamente el teatro, no sólo por el deleite que les proporcionaba (y que buscaron preferentemente en la comedia), sino por el valor educativo que inspiraban los argumentos desarrollados. Esto explica que las mujeres y los niños pudieran asistir a estos espectáculos (las mujeres, en Atenas, llevaban una vida casi exclusivamente de hogar).

El Estado otorgaba un subsidio a los autores y a los actores, y disponía que se diera a los pobres los dos óbolos exigidos a la entrada. Pero la mayor parte de los gastos que ocasionaban estos espectáculos eran solventados por el corego; éste era elegido, por turno, entre los ciudadanos más ricos de Atenas, y debía organizar, vestir e instruir a su costa, un grupo coreográfico, empresa que consideraba un alto honor y en la que no escatimaba sus dotes ni su dinero.

//historiaybiografias.com/archivos_varios5/teatro4.jpg

Actor trágico con máscara y coturnos. Sobre el fondo del escenario, el telón, con sus columnas, sugiere un palacio. Del mecanismo Usado en el teatro por los griegos conocemos el enchicléma, plataforma móvil, que se adelantaba sobre el escenario para mostrar lo que sucedía en el interior de una casa (por ejemplo un asesinato).

Los actores gozaban de gran estima; eran tres en las comedias; cuando la obra requería más personajes, ellos mismos, multiplicando sus caracterizaciones, desempeñaban estos nuevos papeles.

A partir del siglo IV, los espectáculos ya no estaban tan ligados al culto dionisíaco; en Sicilia. Macedonia. Tesalia y Egipto, donde el teatro griego se había difundido, prevalecía la costumbre de festejar los sucesos ciudadanos de cierta importancia, con una representación teatral. Con Eurípides, el último gran trágico griego, la tragedia ya no tiene, como hemos dicho anteriormente, valor religioso. En cuanto a la comedia, después de Aristófanes, pierde el áspero acento satírico, y utiliza cada vez más el argumento vulgar.

Sin tener acceso al teatro, conformándose con aparecer en los espectáculos populares de las plazas, fue difundiéndose una especie de farsa grotesca, entremezclada con danzas y juegos, en la que se representaban escenas de costumbres. Tuvo en Roma un éxito mayor aún que en Grecia.

Las representaciones en Grecia empezaban muy temprano, de aquí que el público se dirigiese al teatro a la salida del sol. El precio de la entrada era de dos óbolos, pero ya en tiempos de Pericles (siglo V a. de C.) a los pobres se les pagaba la entrada con cargo a los fondos públicos. Los considerables gastos que suponían las representaciones eran subvencionados por ciudadanos ricos. En un principio las representaciones se llevaban a cabo por un solo actor -a menudo el propio autor- y un coro, dirigidos por el corega. En la época de Esquilo los actores pasarían a ser dos: el protagonista y el antagonista. A veces, el mis mo actor se veía obligado a interpre tar más de un papel, lo que nos hace suponer que el público griego estaba dotado de un poder de imaginación mucho mayor que el de hoy. El teatro romano, imitador en todo del teatro griego, no tuvo, aquél, para sostenerlo y vivificarlo, ni la fe colectiva ni el ardor cívico de to do un pueblo. Sin duda, los juegos los grandes juegos romanos, en oca sión de los cuales se daban represen taciones teatrales, estaban revestidos de una gran pompa y se preciaban de tener disoes patrones.

Del teatro como expresión de un rito se llega al teatro como pasatiempo; el actor, al igual que el titiritero y el gladiador, debe divertir a un público de menor cultura, deseoso de novedad. Por otra parte, todo lo que provenía de Grecia gustaba en la Roma de los césares. Así nació una literatura teatral que rehacía los temas griegos, eligiendo aquéllos que se adaptaban al espíritu latino y a las costumbres de este pueblo.

Roma toma el teatro griego cuando los grandes géneros de la tragedia y la comedia estaban en decadencia; empero, el espíritu práctico romano pareció no comprender el alto significado religioso y moral de las obras griegas de la edad clásica.

Antes que Livio Andrónico, liberto de origen griego, tradujese al latín e introdujese, en los teatros romanos, algunas tragedias y comedias griegas (en 240 a. de J. C), en Roma se representaba casi exclusivamente un género primitivo de espectáculo cómico, que había sido introducido por actores romanos y etruscos; era la atellana, originaria de la ciudad de Atella, Italia; era una mezcla de alta comedia y de parodia, en la que los actores caracterizaban a personajes de psicología diversa, en base a metáforas.

//historiaybiografias.com/archivos_varios5/teatro5.jpg

Reconstrucción de un teatro romano que pone claramente de manifiesto, por su-imponencia, la fuente griega en que se inspiraron sus diseñadores.

Asimismo, en Roma, con Eísnios, Accio y Pacubio, floreció la tragedia praetextae, escrita sobre tomas nacionales, y que no obtuvo gran éxito; junto a ella seguía subsistiendo el género de las palliatae, cuyo argumento se inspiraba en la tragedia griega.

En esta época, la afición prevaleciente del público romano orientó al teatro hacia el género cómico, los espectáculos brillantes y la comedia. Los espectáculos circenses tomaron auge, y eclipsaron muy pronto las últimas manifestaciones de la tragedia romana. Las representaciones correspondientes a este género no van más allá del siglo de Augusto.

Recordemos que los romanos buscaban en el teatro la diversión, y no principalmente un fin educativo. El teatro hubo de seguir las formas que el gusto popular aplaudía, como ocurrió en las obras de Plauto o en las más delicadas de Terencio; lo lamentable es que por ello cayera a veces en trivialidades.

Los edificios para las representaciones se construyeron en época relativamente tardía, aún cuando el primer teatro que Roma poseyó data del año 55 a. de J. C, y fue construido bajo Pompeyo.

Los teatros romanos se inspiraron en los griegos: eran inmensas construcciones que podían dar cabida a 50.000 espectadores. La distribución, el decorado, el lugar reservado para el coro, se adaptaban a las necesidades del arte teatral de la época. Había incluso un complicado mecanismo que permitía la aparición en escena y el traslado de los dioses, cuando el argumento lo requería; estas intervenciones podían ser acompañadas por truenos u otros ruidos que expresaran la cólera de los dioses, para lo cual se disponía de cilindros de bronce que se llenaban de piedras y eran accionados por un mecanismo especial.

Los romanos tenían poca estima por el género teatral, y los actores eran despreciados, considerándose su profesión indigna de hombres libres. Durante la lenta y progresiva decadencia del Imperio Romano, el teatro fue corrompiéndose y no debe asombrarnos que la Iglesia naciente condenara todo tipo de espectáculo, prohibiendo a los fieles asistir a las representaciones. Lo que se censuraba era ese género de teatro, y no el teatro en sí que verá renacer la alta Edad Media, en el atrio de las iglesias.

En cierto sentido el teatro volvió a ser ritual, y tuvo nuevamente un carácter religioso y educativo. Se iniciaba el gran ciclo: primero el teatro sacro de la edad primigenia de la historia, luego el teatro solemne que exalta la actividad del hombre como ente moral, luego la farsa y la diversión sin más.

Orfeo: el amor y la música: Una de las más bellas leyendas de la mitología clásica es, sin duda, la del músico tracio Orfeo, a quien se ie atribuye el invento de la lira. Casado con la ninfa Eurídice, tuvo que soportar su pérdida, ya que ésta, al ser mordida por una víbora, murió y descendió al Infierno. Pero Orfeo no se resignó: fue en su busca y consiguió de los dioses el privilegio de poder retornar con ella al mundo de los vivos, con la condición de no volver la vista atrás antes de que ambos amantes hubiesen abandonado el recinto infernal. Concluido casi el retorno, el joven tracio, que ya había alcanzado la luz, no pudo resistir el deseo de contemplar el rostro de Eurídice y se volvió. Pero la ninfa, que todavía no había abandonado el Infierno, se desvaneció ante la mirada impotente de Orfeo, quien desde entonces se dedicó a vagar sin rumbo, acompañando su dolorida existencia con los sones de su lira, hasta que fue fulminado por un rayo de Zeus, o, según otra versión, despedazado por las terribles Ménades. Su leyenda dio origen a toda una cosmogonía o explicación mítica de los orígenes del mundo y la implantación de ritos iniciáticos (orfismo). Su presencia en las artes ha sido continua, sobre todo en el terreno musical y en el teatro, destacando en este último campo la obra Orfeo (1927), del escritor francés Jean Cocteau.

EDAD MEDIA: El mundo antiguo no legó al mundo medieval ninguna forma dramática viva. Al perderse en Roma el arte teatral, en medio de los aparatosos juegos del circo, será la Iglesia quien devuelva al teatro vida y sentido nuevos, hasta que el pueblo arrastre hasta él, lejos del altar, al nuevo drama. El primer espectáculo escrito y representado por entero fuera de la Iglesia se montó hacia mediados del siglo XII.

La liturgia dio a luz el drama, como antaño el mito de Orfeo lo hiciera con la tragedia. Con un intervalo de dieciocho siglos, el teatro renace y conoce las mismas fases: coros que celebran el nacimiento de un dios, actores que se van destacando del grupo, y personalizándose, para representar la historia divina hasta que, poco a poco, vuelvan a representar la historia del hombre.

Esta forma teatral iría perfeccionándose durante los siglos XII, XIII y XIV, hasta florecer en el siglo XV. El tema del misterio es siempre un tema religioso, penetrado de profundidad mística, pero que contiene al mismo tiempo pintorescas escenas de violenta comicidad. Se trata de espectáculos que duraban varios días. Es un teatro que probablemente nació en los tiem-;  pos de la clandestinidad del cristianismo y se desarrolló en una época de crisis profunda, debatiéndose entre los restos de la mentalidad pagana que había dominado el Mediterráneo y la de los pueblos bárbaros, de tan diferente origen.

La Edad Media se vio obligada a salvar lo positivo de aquel mundo pagano y a preparar los cimientos de una nueva sociedad. La oscuridad que se atribuye a esta época -exagerándola, por cierto- se debe a esta mezcla de elementos y a la ingente labor que ofrecía su acoplamiento.

La Iglesia tuvo que enfrentarse a la tarea de completar lo que no había conseguido el Imperio Romano: mentalizar a los invasores bárbaros con una nueva idea de la existencia. Quizá por ello el teatro medieval, reflejo de su época, más que presentar hechos ordenados, los expone simplemente ante los ojos del espectador, se los hace ver. La idea de este nuevo teatro surge de la búsqueda de una nueva idea de sociedad, y también de una nueva lengua, ya que se hallan en formación todas las lenguas vulgares, procedentes del latín.

Los primeros documentos que se conservan de teatro medieval son franceses; se remontan al año 1100, y están escritos en dos lenguas alternadas: latín y francés vulgar. Las representaciones medievales reciben los nombres de milagros, misterios, y farsas, en el caso del teatro profano. Estos espectáculos se parecen en toda Europa, debido a una razón clara: la cristiandad.

La Iglesia ya cuenta, además de su poder espiritual, con el poder político, aunque aún no tiene una verdadera organización estatal. ¿Qué mejor prueba de ello que la estrecha conexión existente entre las formas dramáticas de las distintas naciones, por encima de sus caracteres idiomaticos?

Al alargarse la representación y exigir cada vez mayor número de personajes pierde intensidad, pero gana en espectáculo y, por lo tanto, en participación de la masa.

Conservamos pocos ejemplos de este tipo de teatro. Los más importantes son: el Auto de los Reyes Magos, en lengua castellana, misterio del ciclo de Navidad, de autor anónimo, compuesto a finales del XII o principios del XIII; Abraham e Isaac, del poeta florentino Feo Belcari (1410-i 484); y la famosa Farsa de Micer Pathelin, tipo cómico que enlaza con los antiguos personajes del teatro pagano.

El teatro medieval, aunque no produjo obras de mucho valor, sí sentó las bases del nuevo teatro, sin cuya evolución entre los siglos XVI y XVII no habría existido el drama moderno tal como hoy lo conocemos.

EDAD MODERNA: Desde principios del siglo XVI se abandonan definitivamente las formas de expresión de la Edad Media, aunque no sin resistencia, ya que –hecho único en Europa– la influencia del gótico francés no había hecho mella en el arte italiano. En primer lugar, Florencia, por razones del protagonismo social y político de los Médici, será quien elabore las formas de la nueva civilización. Así es como el teatro italiano da nacimiento a un estilo propio, que se ha perpetuado hasta nuestros días. El arte se integra en la vida pública.

La clase dominante impone a los artistas –generalmente, por medio del mecenazgo– temas y formas de expresión que reflejan la nueva ideología. Este teatro se ve poco a poco absorbido por un teatro aristocrático, con su lujo, su fasto y su pompa; y éste hará aparecer a finales del XVI el estilo barroco, que en su declive hará posible que los decorados, la música y el drama se unan para la creación de un nuevo género teatral -la ópera-, al tiempo que facilitará también la creación del melodrama. En El Príncipe, Maquiavelo, medio siglo antes de Montaigne y casi un siglo antes de Bacon, afirma su inclinación por el realismo, por esa realidad que marca quizá el paso de lo antiguo a lo nuevo del modo más patente.

Mientras se desarrolla este teatro de corte, con reminiscencias de los antiguos clásicos y que vive de la protección de los príncipes, la Commedia all’improviso -llamada más comúnmente Commedia dell’ Arte– no cesa de multiplicarse y perfeccionarse, con gran protagonismo de los actores cómicos (zanni), supervivientes de los latinos, que actúan en compañías ambulantes, de una ciudad a otra. El inmenso éxito popular de esta comedia del arte no deja de llamar la atención de los príncipes y de la gente culta. La juventud, entusiasta, forma grupos de dilettanti (aficionados) en favor de esta forma de teatro. Así, desde la calle llega a los palacios, donde se perfecciona y se enriquece.

Todas las posibilidades del juego escénico, dominadas por la libertad y el genio del actor, están aquí permitidas. Se trata de una manera de actuar en la que predomina la improvisación. La comedia del arte devolvió su valor al espectáculo; una concepción plástica del teatro exigía del actor todas las formas de interpretación: creación de sentimientos y de pensamientos por medio de la mímica, de la danza, de la acrobacia incluso, al igual que sucede con las tendencias imperantes de nuevo hoy. Por otro lado, este teatro se desenvuelve en una época en que las luchas religiosas son sangrientas.

El Humanismo contribuirá, por su parte, a la creación de tendencias literarias que abren un abismo entre los eruditos y la masa, todavía inculta. La corte y los nobles frecuentarán cada vez menos los espectáculos populares, acentuando la diferencia, cada vez mayor, entre el pueblo y las clases elevadas, las cuales , por necesidad y por interés, harán causa común con la cultura.

La invención de la imprenta permitirá difundir los intercambios intelectuales ya existentes, y el descubrimiento de América por los españoles conferirá a estos conocimientos un carácter universa!.

La fantasía española se impondrá en este tipo de teatro, principalmente a partir de 1502, a través de las múltiples ediciones de la famosa Celestina. Así, podremos decir que la influencia italiana por la técnica y la española por la imaginación –donde los temas del amor y la fatalidad imponen su violencia– entran a saco en el teatro ilustrado, haciendo olvidar un poco a los antiguos clásicos, mientras el pueblo y la mayor parte de la burguesía mantienen su inclinación hacia la palabra brillante e incluso grosera, hacia la mascarada, los chistes y la farsa. Se trata de una época en que los caracteres de la comedia y tragedia modernas descubrirán su esencia.

De modo que si el siglo XVI no ha dejado, en suma, una obra dramática particularmente notable, sí ha preparado, en sus diversas y vivas experiencias, todo lo que iba a permitir al teatro posterior perfeccionarse y expresarse plenamente.

Calisto y Melibea:

Calisto.- En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios.

Melibea – ¿En qué, Calisto? calisto – En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura te dotase, y hacer a mi inmérito tanta merced que verte alcanzase, y en tan conveniente lugar, que mi secreto dolor manifestarte pudiese. Sin duda, incomparablemente es mayor tal galardón que el servicio, sacrificio, devoción y obras pías que por este lugar alcanzar yo tengo a Dios ofrecido. ¿Quién vio en esta vida cuerpo glorificado de ningún hombre como ahora el mío? Por cierto, los gloriosos Santos, que se deleitan en la visión divina, no gozan más que yo ahora en el acatamiento tuyo. Mas, ¡oh triste!, que en esto diferimos: que ellos puramente se glorifican sin temor de caer de tal bienaventuranza, y yo, mixto, me alegro con recelo del esquivo tormento que tu ausencia me ha de causar.

Melibea.— ¿Por gran premio tienes éste, Calisto?

Calisto – Téngolo por tanto, en verdad, que si Dios me diese en el cielo la silla sobre sus santos, no lo tendría por tanta felicidad.

Melibea- Pues aún más igual galardón te daré yo, si perseveras. calisto- ¡Oh bienaventuradas orejas mías, que indignamente tan gran palabra habéis oído!

Melibea.- Más desventuradas de que me acabes de oír. Porque la paga será tan fiera cual merece tu loco atrevimiento.Y el intento de tus palabras ha sido como de ingenio de tal hombre como tú, haber de salir para se perder en la virtud de tal mujer como yo. ¡Vete, vete de ahí, torpe! Que no puede mi paciencia tolerar que haya subido en corazón humano conmigo el ilícito amor comunicar su deleite. calisto – Iré como aquél contra quien solamente la adversa fortuna pone su estudio con odio cruel…

(Fernando de Rojas: Tragicomedia de Calisto y Melibea)

SIGLO DE ORO: El período isabelino, en Inglaterra, ilustra una de las épocas más grandiosas de la historia del teatro. El genio de Shakespeare, en el que toda la humanidad consigue verse reflejada, todavía hoy alcanza unas cotas que jamás fueron superadas. La apasionada vida de la época era demasiado fuerte para que el pueblo no pidiese verse representado en los escenarios.

Todo un mundo político y social agoniza en su moral, y la nueva sociedad que nace se vale del realismo político para alcanzar sus metas, lo que en el teatro se convertirá en grandiosas tragedias de expresión múltiple y exaltadora, en las cuales un personaje de voluntad desmesurada será el héroe que rompa todos los obstáculos, que viva una vida intensa, aparentemente liberado por su violencia, su astucia y una aterradora crueldad.

La reina Isabel moderará las tendencias puritanas de su sociedad, manifestando su gusto personal por los espectáculos populares, como los combates de animales, las carreras, la caza y las representaciones teatrales que organiza en el teatro que ha hecho construir en la corte para su propio uso.

El isabelino es un teatro puramente nacional. Las influencias externas llegan muy atenuadas, exceptuando quizá la de la commedia dell’arte, que se manifiesta en el empleo del bufón (personaje medieval divertido). Los grandes dramaturgos de este período son, con William Shakespeare a la cabeza, Ben Jonson, Fletcher, Marlowe, Thomas Dekker, John Ford, Thomas Middleton… Todos estos nombres ilustres llenan lo que dura una simple vida humana, y para nuestro asombro es de ellos de quienes se habla al tratar del milagro isabelino.

A finales del siglo XV, el pueblo español, despertando a la conciencia de su genio nacional, permitirá al teatro un desarrollo igualmente decisivo. El Imperio español está en pleno auge. Tras la influencia italiana, la originalidad profunda y radiante del teatro español florece en obras gracias a las cuales el mundo entero llamará a esta centuria el Siglo de Oro, uno de los más gloriosos de la historia universal del teatro. Es un teatro obsesionado, como lo era el hombre de su época por la idea del honor. La Iglesia se halla, por su parte, en plena lucha con tra la herejía.

La todopoderosa Inquisición conseguirá suprimir toda libertad religiosa o política. Sin embargo,, renuncia a luchar contra el teatro, prefiriendo servirse de él en la medida de lo posible. Y lo hará, esencialmente, sugiriendo temas a los autores dramáticos, y censurándolos después.

El período heroico del teatro empieza realmente con el reinado de Felipe II, que verá el florecimiento de la poesía lírica y de la épica, y el esplendor de los grandes místicos, como Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. Los grandes nombres del teatro son: Miguel de Cervantesgenial novelista, y no tan grande como dramaturgo-, Tirso de Molina, Pedro Calderón de la Barca, Juan Ruiz de Alarcón y, por supuesto, Lope de Vega.

De todas las artes, el teatro fue el que manifiestamente sirvió mejor a los fines de la política interior de Felipe IV. La reputación del fasto y el esplendor de una corte que todavía pretendía asombrar al mundo, y en la que se representaban tantas obras y comedias palaciegas, servía para enmascarar ante el pueblo la decadencia política y social de la monarquía de los Austrias, comenzada con guerras desgraciadas y tratados desastrosos que culminaron en el agotamiento de las arcas reales.

El teatro de toda esta época, amado por los reyes, por la aristocracia y por el pueblo, quiere ser, y lo consigue, eminentemente popular. Los dramaturgos viven profundamente su época, y la reflejan. Todos los historiadores están de acuerdo en que la aristocracia ocupa los altos cargos pero tiene poca influencia.

El rey, seguido por su pueblo, tiene toda la autoridad material, mientras que la Iglesia, que ha mantenido durante ocho siglos una encarnizada pugna contra el Islam, lucha ahora contra el protestantismo y posee toda la autoridad espiritual y moral, que impone por medio de la Inquisición. Se puede situar en el reinado de Carlos II, es decir, en los últimos años del Siglo de Oro, el fin, al menos en bloque, del gran genio dramático español, uno de los más grandes que hayan existido.

//historiaybiografias.com/archivos_varios5/teatro7.jpg

Volpone, también conocida como El zorro (1605), es ina comedia en verso de Ben Jonson, uno de los grandes del teatro isabelino. Se desarrolla en la Venecla del siglo XV, y su personaje central es Volpone, quien, dueño de una gran fortuna y sin descendencia, se divierte a expensas de los que le quieren heredar.

Fuente Consultada:
LO SE TODO Tomo V Editorial Larousse – Historia del Teatro –
El Teatro Por Dentro – Temas Claves – Colección AULA ABIERTA SALVAT Libro Nº40
Enciclopedia Electrónica ENCARTA Microsoft
Historia Universal de la Civilización  – Editorial Ramón Sopena Tomo II del Renacimiento a la Era Atómica

Primeros Partidos Políticos en Argentina Desde 1810 Hasta Ley Electoral

PRIMEROS  PARTIDOS POLÍTICOS EN ARGENTINA

Los Partidos Políticos desde 1810 en Argentina

En todo tiempo y lugar los nombres han disentido en cuando a los fines de su acción política y en torno de los medios para llevarlos a efecto. Como tendencias de opinión o de acción, ya que no como grupos organizados mediante reglamentos internos estables, los partidos existieron ya en la antigüedad, en las repúblicas griegas y en Roma; también los hubo en nuestro país, desde el comienzo mismo de su existencia independiente.

Los hombres que aspiraban a conducir o a orientar la acción del Estado —los políticos— se agruparon para lograr sus objetivos y constituyeron asi esas agrupaciones de ciudadanos que actuaron desde el poder o en la oposición.

Muchas veces, por razones complejas y variadas, los objetivos no eran claros para todos y fue frecuente que se confundieran los partidos como fines en sí mismos, en lugar de ser medios para orientar la marcha de la Nación detrás de miras elevadas, acertadas o no. En todo tiempo y lugar hubo políticos y politicastros, como suele ocurrir, por otra parte, en todas las actividades humanas sin excepción.

 primera junta

Primera Junta de Gobierno de 1810

El surgimiento de partidos estructurados orgánicamente data en la República Argentina del período iniciado en 1890; como tendencias y agrupaciones no organizadas de esa manera, son muy anteriores.

José Luis Romero señaló dos importantes corrientes políticas preexistentes a 1810: el espíritu autorizado en la época colonial por la acción de la dinastía de los Habsburgo o Austrias (que rigieron en España en los siglos XVI y XVII), y la conformación del espíritu liberal de la Ilustración y del siglo XVIII, concretado en muchos aspectos en la actuación de los Borbones (dinastía reinante desde 1700)»

Según este importante pensador argentino, esas corrientes se prolongan luego en diversos aspectos de nuestra vida política.

Desde fines del siglo XVIII, además, las ideas que agitaban al resto de Occidente tuvieron eco entre las fuerzas políticas nacionales; la lucha sostenida en Europa entre liberales y absolutistas o el surgimiento del Romanticismo, influyeron en el pensamiento de nuestros hombres políticos.

A partir de 1810, en la acción de la Junta de Gobierno se advierten dos tendencias o partidos: «saa-vedristas» y «morenistas»son denominaciones clásicas que los vinculan con los nombres de sus líderes más destacados.

Esa confrontación se extiende en 1810 1812 y vemos entonces aparecer —orientada por los seguidores de Mariano Moreno — el Club o Sociedad Patriótica, que se opondrá a la Junta Grande.

La existencia de logias secretas, algunas ligadas a la masonería, proporciona otro tipo de «partidos», éstos, secretos, reducidos pero influyentes y con un intento de rígida organización.

Desde 1812 la Logia Lautaro ejerció gran influencia en la política nacional; dentro de ella se definieron dos tendencias contrapuestas : la encabezada por José de San Martín y la que lideraba Carlos de Alvear.

En los años de la lucha por la Independencia, aparecen, resultado de la situación interna y la exterior, «monárquicos» (decididos a establecer en el país una monarquía constitucional) y «republicanos», opuestos a aquellos. La rebelión de las provincias, iniciada por José G. Artigas, contra el centralismo porteño abrió paso al federalismo, tendencia de variados matices que predominó en el interior.

Directoriales y federales protagonizaron la crisis de 1820.

Las luchas y rivalidades personales entre los caudillos también jugaron un rol importante en estas luchas civiles y fue común ver a hombres de la misma tendencia (López, Ramírez, Artigas) enfrentados entre sí.

En los primeros tiempos de Juan M. de Rosas (1829-1832), el partido federal porteño, que liderara Manuel Dorrego hasta su muerte en 1828, se fraccionó en «doctrinarios» y «apostólicos» (o rosistas) y ya había surgido para entonces el partido unitario, ligado en sus comienzos a la figura de Bernardino Rivadavia.

Hacia 1837 surgió una tendencia nueva, que procuró la síntesis de los bandos en pugna y ejerció fuerte influencia en las décadas siguientes: los románticos (Esteban Echeverría, Juan B. Alberdi, José M. Gutiérrez), inspiradores de la corriente liberal.

Después de Caseros y de Pavón(1852-1861), el panorama político aparece dividido entre el partido federal, liderado en el interior por Justo J. de Urquiza y el liberalismo porteño separado en dos partidos: los autonomistas de Adolfo Alsina y los nacionalistas de Bartolomé Mitre.

La muerte de Urquiza (1870) y la derrota de las últimas montoneras, puso prácticamente fin al partido federal como tal.

Fueron los autonomistas, unidos a grupos del interior, quienes apoyaron la candidatura de Domingo F. Sarmiento (que no pertenecía a ninguno de los dos partidos), contra los nacionalistas, en 1868.

Pocos años después, una coalición de sectores del autonomismo y de fuerzas provinciales dio nacimiento al Partido Autonomista Nacional, predominante, a partir de la década de 1880 y sostenedor de las candidaturas de Nicolás Avellaneda, Domingo F. Sarmiento y Miguel Juárez Celman. «Más que un partido —comenta Carlos R. Meló— era la yuxtaposición de los grupos dominantes en cada provincia».

En los comicios de la época, por otra parte, se generaron multitud de fracciones de los partidos existentes (nacionalistas o liberales de Mitre, autonomistas nacionales, etc.) que adoptaron diversas denominaciones.

En 1884, en oposición a las medidas laicistas de Roca, nació la Unión Católica, en la que se destacó José M. Estrada.

En 1889, durante la etapa final del gobierno de Juárez Celman hizo su aparición una corriente nueva, inspirada por Francisco Barroetaveña, Aristóbulo del Valle, Leandro Alem y otros: la Unión Cívica de la Juventud, convertida luego en Unión Cívica y protagonista de la Revolución del 90.

Los partidos competían en las elecciones nacionales y provinciales, donde el fraude y la violencia eran frecuentes; precisamente fue la lucha por el sufragio libre uno de los postulados de la UCJ.

Además de las tribunas públicas, los partidos contaban como voceros principales a los diarios y periódicos; el fenómeno del diarismo hizo eclosión en la vida argentina en la segunda mitad del siglo XIX, intimamente ligado a las luchas políticas de la época.

En los primeros ochenta años de nuestra vida independiente, los partidos lucharon en torno de los grandes problemas nacionales: la declaración de la independencia, monarquía o república, centralismo o federalismo, la cuestión de la capital.

Fueron los protagonistas inevitables de la vida política del país.

https://historiaybiografias.com/linea_divisoria6.jpg

Los partidos políticos hasta 1912: Hasta la batalla de Caseros, dos grandes partidos lucharon por el predominio político del país: los federales y los unitarios, designados también como rosistas y antirrosistas, respectivamente.

Derrocado el régimen de Rosas, su vencedor Urquiza continuó bajo la ideología federal, lo que provocó la hostilidad de los porteños quienes —bajo las directivas de Valentín Alsina— defendieron la primacía de Buenos Aires sobre el resto del país.

El acuerdo de San Nicolás y su rechazo por la provincia de Buenos Aires dividió a la opinión pública en federalistas y liberales, estos últimos de tendencia porteña y separatista. En el transcurso de la presidencia de Mitre surgió ei partido Nacionalista, encabezado por el primero, quien sostenía la necesidad de federalizar a Buenos Aires. Sus opositores, acaudillados por Adolfo Alsina, defendían el autonomismo porteño y bregaban para que Buenos Aires continuara como capital de la provincia homónima, pero no del país. Los últimos constituyeron el partido Autonomista.

Cuando en 1874 se propició en toda la Nación la candidatura presidencial de Nicolás Avellaneda, surgió un nuevo partido político, el Nacional, que triunfó en las provincias y lo llevó al poder. De acuerdo con la política conciliadora anunciada por Avellaneda, el partido Nacional se unió con el Autonomista de Adolfo Alsina, coalición que hizo surgir al Partido Autonomista Nacional (P.A.N.).

Leandro Alen

Una fracción del autonomismo, encabezada por Leandro Alem y Aristóbulo del Valle, no aceptó la política unionista y se pronunció en contra.

El P.A.N. llevó al poder a Roca y a Juárez Celman. Durante el mandato del último y debido a los problemas políticos y económicos, surgió un nuevo partido opositor, la Unión Cívica de la Juventud, llamada más tarde —luego del mitin realizado en 1890, en el Frontón Buenos Aires— Unión Cívica.

Durante la presidencia de Pellegrini, la Unión Cívica se dividió, debido al acuerdo que culminó con la candidatura de Mitre; los que aprobaron ese entendimiento, formaron la Unión Cívica Nacional (roquistas, pellegrinistas y mitristas) y los disidentes, que no aceptaron, dieron origen a un nuevo partido, la Unión Cívica Radical, bajo la dirección de Leandro N. Alem. La nueva agrupación política adoptó —hasta la sanción de la Ley Electoral— una actitud revolucionaria, contraria al fraude y al continuismo político.

Los partidos políticos al promulgarse la ley Sáenz Peña

Cuando la Ley Sáenz Peña entró en vigor, la masa ciudadana abandonó la apatía política y amparada en la libertad de sufragio concurrió en gran cantidad a los comicios. Los partidos políticos hicieron públicas sus plataformas electorales —principios fundamentales de su futura acción de gobierno— y abrieron comités para afiliar a sus simpatizantes. Los principales partidos de esa época eran los siguientes:

1)   Partido Conservador. Tuvo sus orígenes en el Partido Autonomista Nacional (.P.A.N.), cuyos candidatos —como vimos— gobernaron durante muchos años a nuestro país. De tendencia derechista, significó la expresión de una minoría culta, de indudable prestigio, que deseaba mantener el sistema institucional existente.

2)   Unión Cívica Radical. Como vimos, surgió de la fracción disidente que no aceptó el acuerdo de la Unión Cívica con el entonces partido oficialista. La Unión Cívica Radical actuó en principio bajo las directivas de Alem y del Valle y más tarde reconoció como jefe a Hipólito Yrigoyen, bajo cuyo período contó con gran apoyo electoral, particularmente de la clase media. El partido censuró la violencia electoral, bregó por la libre expresión de la voluntad ciudadana y sostuvo nuevos planteos económicos. Sus dirigentes manifestaban que el radicalismo constituía, más que un partido, un movimiento de opinión nacional.

3)  El Partido Socialista. Las ideas sociales que agitaban las masas proletarias de Europa a fines del siglo pasado, comenzaron a llegar a nuestro país alrededor de 1880 y a difundirse en los círculos obreros. De tal manera, en 1894 se constituyó el Partido Socialista, cuyo órgano de expresión fue el periódico «La Vanguardia«, dirigido por el médico Juan B. Justo, hombre de talento y de vasta cultura. En forma paralela, también se organizaban los anarquistas, de ideas más avanzadas.

Las precarias condiciones de vida a que estaban sometidos los obreros y la indiferencia de los gobiernos ante el problema favorecieron la difusión de los nuevos principios sociales. En esa época, el movimiento no excedió los límites de la populosa ciudad de Buenos Aires.

Alfredo Palacios

Alfredo Palacios

En 1904, el partido Socialista ganó la circunscripción correspondiente al barrio de la Boca y llevó al Congreso su primer diputado, el joven abogado Alfredo L Palacios.

Lisandro de la Torre

Lisandro de la Torre

4)  Partido Demócrata Progresista. Fundado en el año 1914 por el doctor Lisandro de la Torre, contó en principio con el aporte electoral de la ciudad de Rosario. El partido sostuvo más tarde una plataforma liberal, de carácter izquierdista.

https://historiaybiografias.com/linea_divisoria6.jpg

Todos Los Partidos Políticos de Argentina en el Inicio Democrático de 1983

Son 362 los partidos políticos que pidieron reconocimiento en todo el país. El Ministerio del Interior informó que al 5 de abril de 1983, 362 partidos políticos de distrito han pedido su reconocimiento. De esta cifra, 221 ya habían intervenido en anteriores confrontaciones electorales y hay 141 agrupaciones nuevas que debutarán en el acto eleccionario del 30 de octubre próximo. El informe del Ministerio del interior consigna también que en el distrito de la Capital Federal hay 34 agrupaciones y en la provincia de Buenos Aires 27 y son las que tienen el mayor número de presentaciones ante la justicia electoral.

alfonsin ricardo

La Argentina lleva mas de 30  años de democracia: el 30 de octubre de 1983 ganaba Alfonsín Aquella noche, el primer presidente electo tras casi ocho años de dictadura se asomó a uno de los balcones del Comité Nacional y ante una multitud jubilosa afirmó: «Hemos ganado, pero no hemos derrotado a nadie, porque todos hemos recuperado nuestros derechos»

• Capital Federal: Las agrupaciones preexistentes son los partidos Demócrata, Demócrata Progresista, Movimiento de Integración y Desarrollo, Justicialista, Renovador Federal, Socialista Democrático, Unión Cívica Radical y Unión Popular, y las nuevas son: Para la Democracia Social, Activo Previsional, de la Reconquista, del Trabajo y del Pueblo, Socialista Unificado, Unión del Centro Democrático (U.C.D.), Unión Cívica Católica (U.C.C.), Confederación Socialista Argentina, Confederación Intermedia, Federalista de Centro, Movimiento al Socialismo, Movimiento Vecinal Republicano, Nacionalista Constitucional, Comunista, Socialista Popular, Demócrata Cristiano, Partido Obrero, Confederación Socialista, Socialista Auténtico, Autonomista Social y Conservador Popular.

• Provincia de Buenos Aires: Federalista de Centro, Movimiento al Socialismo, Movimiento Vecinal Republicano, Movimiento Línea Popular, Partido de la Independencia, Nacionalista Constitucional, Comunista, Socialista Popular, Demócrata Cristiano, Partido Obrero, Confederación Socialista, Socialista Auténtico, Autonomista, Social y Conservador Popular.

Partidos preexistentes: Demócrata Progresista, Federal, Demócrata Cristiano, Frente de Izquierda Popular, Intransigente, Justicialista, MID, Renovador de la Provincia de Buenos Aires, Socialista Democrático, Unión Conservadora, U.C.R., Unión Popular.
15 nuevos: Socialista Popular, Comunista, Conservador, Mov. Línea Popular, Del Trabajo y del Pueblo, Unión del Pueblo Adelante, U.C.D., Confederación Socialista, Conservador Principista, Mov. al Socialismo, Para la Democracia Social, Obrero, Socialista Auténtico, Socialista Unificado, Unión Cristiano Democrática.

• Catamarca: 12 partidos preexistentes: Conservador Popular, Demócrata Cristiano, Demócrata de Catamarca, FIP, MID, Popular Catamarqueño, Mov. Nacionalista, Intransigente, Justicialista, Laborista, Socialista Democrático, U.C.R.Tres nuevos: Socialista Popular, La Voz del Pueblo y Federal.

• Córdoba: 10 partidos preexistentes: Conservador Popular, Demócrata, FIP, MID, Pacto Federalista, Intransigente, Justicialista, Laborista, U.C.R. y Unión Popular.Nueve partidos nuevos: Socialista Popular, Comunista, Demócrata Progresista, Federal, Partido del Centro, Socialista Democrático, Mov. al Socialismo, Mov. Línea Popular, Para la Democracia Social.

• Corrientes: 12 partidos preexistentes: Autonomista, Demócrata Cristiano, Demócrata Progresista, Federal, FIP, Intransigente, Justicialista, Liberal, MID, Mov. Línea Popular, Unión del Pueblo Adelante, U.C.R.Tres partidos nuevos: Comunista, Para la Democracia Social y Socialista Popular.

• Chaco: ocho partidos preexistentes: Conservador del Chaco, Federal, FIP, Intransigente, Justicialista, MID, Socialista, U.C.R.• Tres partidos nuevos: Comunista, Movimiento dé Unidad Chaqueña, Movimiento Línea Popular.

• Chubut: 9 partidos preexistentes: Acción Chubutense, Demócrata Cristiano, Demócrata Progresista, FIP, Justicialista, MID, Socialista Popular.. Cinco partidos nuevos: Comunista, Socialista Democrático, Socialista Auténtico, Federalista Chubutense, Movimiento al Socialismo.

• Entre Ríos: seis partidos preexistentes: FIP, Justicialista, MID, Mov. Línea Popular, Demócrata Cristiano, U.C.R. Cinco partidos nuevos: Intransigente, Socialista Popular, Comunista, Demócrata y Federal.

• Formosa: siete partidos preexistentes: Intransigente, Demócrata Cristiano, Justicialista, MID, Movimiento Línea Popular, Socialista Popular y U.C.R. Un partido nuevo: Para la Democracia Social.

• Jujuy: diez partidos preexistentes: Conservador Popular, Federal, Intransigente, Justicialista, Laborista, MID, Movimiento Popular Jujeño, Socialista Democrático, Tercera Época y U.C.R.Cinco nuevos partidos: Demócrata Cristiano, Acción Democrática, Del Trabajo y del Pueblo, Comunista y Movimiento al Socialismo.

• La Pampa: ocho partidos preexistentes: Demócrata Cristiano, Intransigente, Justicialista, Movimiento Federalista Pampeano, MID, Socialista Popular, U.C,R. y Unión Popular.Un partido nuevo: Comunista.

• la Rioja siete partidos preexistentes: Demócrata Cristiano, FIP, Intransigente, Justicialista, MID, U.C.R. y Unión Republicana. Cinco partidos nuevos: Para la Democracia Social, Nacionalista, Comunista, Demócrata Cristiano e Intransigente.

• Mendoza: seis partidos preexistentes: Conservador Popular, Demócrata, FIP, Justicialista, MID y U.C.R.Once partidos nuevos: Comunista, Demócrata Cristiano, Federal, Demócrata Progresista, Para la Democracia Social, Movimiento al Socialismo, Tres Banderas, Socialista Auténtico, Socialista Popular, Obrero y Socialista Unificado.

• Misiones: nueve partidos preexistentes: Comunista, Conservador Popular, Demócrata Cristiano, FIP, Intransigente, Justicialista, MID, U.C.R. y Federal.Un partido nuevo: Para la Democracia Social.

• Neuquén: ocho partidos preexistentes: Demócrata Cristiano, Demócrata Progresista, Intransigente, Justicialista, MID, Mov. Popular Neuquino y U.C.R.Seis partidos nuevos: Para la Democracia Social, Comunista, Socialista Democrático, Mov. al Socialismo, Obrero y FIP.

• Río Negro: cinco partidos preexistentes: Justicialista, Demócrata Cristiano, MID, Provincial Rionegrino y U.C.R.Cuatro partidos nuevos: Intransigente, Comunista, FIP y Movimiento al Socialismo.

• Salta: ocho partidos preexistentes: Conservador Popular, Demócrata Cristiano, FIP, Justicialista, MID, U.C.R., Unión Popular, Unión Provincial.
11 partidos nuevos: Comunista, Mov.Popular Nacionalista Para la Democracia Social, Intransigente, Socialista Auténtico, Renovador, Mov. Línea Popular, Partido Obrero Federal, Socialista, Demócrata Progresista.

• San Juan: 11 partidos preexistentes: Bloquista, Conservador Popular, Cruzada Renovadora, Demócrata Cristiano, Federal, FIP, Frente de Liberación 12 de Mayo, Justicialista, MID, Socialista Popular, y U.C.R.Ocho partidos nuevos: Para la Democracia Social, Comunista, Movimiento al Socialismo. Socialista Auténtico, Acción Solidaria, Intransigente, Del Trabajo y del Pueblo, Partido del Centro.

• San Luis: Ocho partidos preexistentes: Demócrata Cristiano, Demócrata Liberal, Intransigente, Justicialista, MID, Mov. Popular, U.C.R., Unión Popular.Tres partidos nuevos: FIP, Socialista Popular, Comunista.

Santa Cruz: 9 partidos preexistentes: Conservador Popular, Dem. Cristiano, FIP, Fuerza Federalista Santacruceña, Intransigente, Justicialista, MID, U.C.R. Socialista Unificado.Dos partidos nuevos: Comunista y Movimiento al Socialismo.

• Santa Fe: 11 partidos preexistentes: Conservador Popular, Dem. Cristiano, Dem. Progresista, Federal, FIP, Intransigente, Federalista, Justicialista, MID, Movimiento Línea Popular, U.C.R., Unión Popular.Ocho partidos nuevos: Comunista, Socialista Popular, Intransigente, Para la Democracia Social, Socialista Unificado, Partido del Centro, Movimiento al Socialismo y U.C.D.

• Santiago del Estero: 11 partidos preexistentes: Conservador Popular, Demócrata Cristiano, Federal, FIP, Intransigente, Justicialista, MID, Popular Unido, Provincial, Socialista Popular, U.C.R.Un partido nuevo: Comunista.

• Tucumán: 15 partidos preexistentes: Conservador Popular. Defensa Provincial, Demócrata Cristiano, Federal, FIP, Justicialista, Laborista, MID, Mov. Recuperación Tucumán, Mov. Nacionalista, Socialista Democrático Socialista Popular, U.C.R., Unión Popular, Vanguardia Federal.
Seis partidos nuevos: Para la Democracia Social, P. del Centro, Intransigente, Comunista, Dem. Progresista y Mov. al Socialismo.

• Tierra del Fuego: 8 partidos preexistentes: Agrupación Vecinal, Conservador Popular, Federal, Intransigente, Justicialista, MID, Unión Cívica Radical, Mov. Popular Fueguino.Dos partidos nuevos: Para la Democracia Social y Socialista Popular.

Fuente Consultadas:
Carlos R. Meló. Los partidos políticos argentinos entre 1862 y 1930. En: Academia N. de la Historia. Historia Argentina Contemporánea. Bs. As. Ateneo, 1964. Vol. II. Primera sección.
Formación Pólítica Para Vivir en Democracia Tomo III – Los Partidos Políticos – Editorial Redacción
José l. Romero. Las ideas políticas en Argentina. Bs. As., FCE, 1969.
Información Obtenida de: HISTORIA 5 Historia Argentina
José Cosmelli Ibañez Edit. TROQUEL

 

Historia Primeras Escuelas en Santa Fe Colegios y Profesores

LA EDUCACIÓN EN SANTA FE: PRIMEROS COLEGIOS Y PROFESORES

La Educación (1862 – 1890)
La cuestión educativa tuvo un sitio de importada en el programa político de los gobiernos provinciales entre 1862 y 1890; pero para ser justos en el análisis, debe decirse que las reformas educativas se iniciaron en 1853, y para 1857, ya existían en la provincia, 21 escuelas gratuitas.

En materia legislativa, debe considerarse en primer lugar la ley de 1866, que estableció la obligatoriedad de la instrucción primaria; quedó en ella esbozado el gran objetivo de este programa: «que uno de los principales deberes del gobierno es el de fomentar, por todos los medios posibles, la enseñanza primaria de la juventud y propagarla en todo el territorio de la provincia, encaminándola convenientemente a entrar en la carrera literaria b de las artes e industrias».

primeras escuelas en santa fe

Ante la necesidad de satisfacer los requerimientos en materia de enseñanza secundaria, la provincia contó con el aporte de la gestión privada. En Rosario se abrió, en 1855, el primero de estos institutos a cargo de los profesores Laurino Puentes y Julio Bosch; luego el de Manuel Tristany y José Niklison y en 1856 el de Domingo Podestá y Francisco Saloni, con un plan de estudios humanístico y confesional. En 1860, surge la Escuela del Progreso, del Profesor M. Durand Sabayat, y en 1863 se inauguró el Liceo y Escuela de Artes y Oficios. Un relevamiento realizado en 1866, dio cuenta de la existencia de 12 colegios particulares.

En la ciudad de Santa Fe, 1861, se firmó un contrato entre el gobierno provincial y La Compañía de Jesús por el cual se acordó la reinstalación del Colegio de la Inmaculada Concepción. Esta decisión fue apoyada por todos los grupos políticos y el pueblo en general contribuyó económicamente para que fuera una realidad. Esta institución creció rápidamente en cantidad de alumnos y docentes y en fama, la que superó los límites del país, atrayendo a jóvenes uruguayos. La excelencia de la formación filosófica y científica con que egresaban los alumnos del Colegio, produjo cambios en todos ios órdenes de la cultura, la política y la justicia de Santa Fe.

La ley que se dictó en materia educativa en agosto de 1874, tuvo dos finalidades fundamentales; la primera, crear un verdadero sistema de normas y organismos destinados a la programación, la administración y control del servicio; y la segunda, a prever los recursos que lo sostendrían.

En el primer caso, aparecen los inspectores, las comisiones escolares con participación de los vecinos para mejorar la educación, y reiteró la condición de obligatoriedad y gratuidad de la enseñanza, estableciendo el contralor y las penas para los padres o patrones que no cumplieren con ella. En 1876 se dio una reglamentación para el funcionamiento de las escuelas. Una nueva ley de 1884, reformuló las obligaciones de los estamentos que integraban el sistema educativo y creó el Consejo de Instrucción Primaria, para que ejerciera la conducción del mismo.

En noviembre de 1886, una nueva ley de educación común replanteó los temas inherentes a ella, con interesantes consideraciones sobre la enseñanza moral y religiosa, así como respecto de los establecimientos privados que funcionarían en el ámbito provincial.

La presencia de la escuela pública en las colonias había sido especialmente prevista en las normas sobre colonización, disponiendo que se prevea la escuela a partir de la traza misma de ia colonia, con la donación del terreno para edificaría, y, tras dos o tres años de existencia de la colonia, se creaba un cargo de maestro o preceptor que iniciaba la institución. La escuela cumplió así un papel fundamental en la integración de los colonos extranjeros, fue un aglutinante cultural entre los diversos grupos étnicos que poblaban por aquellos tiempos el territorio santafesino. Permitió generar un marco básico de formación e información, uniformando la lengua y brindando un ámbito de vinculación entre las nuevas generaciones de esa sociedad embrionaria.

Al respecto merece señalarse la medida dispuesta por el Gobernador José Gálvez ante la necesidad de contar en la provincia con un número importante de maestros con formación pedagógica; consistió, en primer lugar, en organizar anualmente, entre enero y marzo, una Asamblea de todos los maestros dei estado en ía capital provincial, con el objeto de estudiar y resolver los problemas referidos ai magisterio. Este sistema de conferencias pedagógicas se hacía accesible a todos los docentes interesados ya que se les daba un sobresueldo para gastos de viaje.

Otra medida de interés en materia de docentes fue la de traer maestros españoles para que se desempeñaran en la provincia, teniendo en cuenta, además de la formación pedagógica, la lengua y los principios religiosos comunes.

En cuanto a los estudios terciarios, la primera experiencia se debió al interés del Gobernador Simón de Iriondo que promovió la creación, siendo ministro de gobierno Cabal, en 1868, de las cátedras de derecho, en las aulas del Colegio de la Inmaculada, ley que hacía realidad una aspiración de la comunidad santafesina.

En 1869 inició su marcha este ciclo para el cual se buscaron profesores de valía de otras provincias y se adquirió un valioso caudal bibliográfico para los estudiantes. En 1875 se obtuvo el reconocimiento de las llamadas Facultades Mayores en el orden nacional, con el cual se posibilitaba a los egresados de éstas el aspirar al título de doctor en las universidades del país.

En 1877 ya estaba la idea entre los gobernantes santafesinos de crear sobre la base de esta carrera de jurisprudencia, una universidad provincial, pero, en los años siguientes todo siguió igual, con los estudios de derecho en franco progreso. En 1884, el Ministerio de Instrucción Pública de la Nación, ejercido por el Dr. Eduardo Wilde, le retiró al Colegio de la Inmaculada la autonomía educativa de que gozaba y por un informe especial, retiró también el reconocimiento de los títulos obtenidos en el colegio Jesuíta, ofreciendo la alternativa de que los alumnos se sometan a un tribunal, igual que los de otros institutos privados. Ante ello el rector del colegio decidió cerrarlo, quedando las facultades mayores sin sustento.

Esta experiencia de educación superior en la Provincia de Santa Fe, junto con otros antecedentes en materia de educación secundaria confesional, muestran a la dirigencia política santafesina (como católicos profesos progresistas) que los cambios socioeconómicos y políticos de los tiempos que se vivían, no estaban reñidos con la tradición religiosa y la fe católica.

En 1889 el Gobernador José Gálvez volvió sobre la cuestión de los estudios superiores y creó la Universidad de Santa Fe, que inauguró sus actividades en 1890.

Fuente Consultada:
Nueva Enciclopedia de la Provincia de Santa Fe
Tomo I – SANTA FE – Ediciones Susamerica Santa Fe

Primeros Teatros en Buenos Aires Colonial Orígenes

Comienzos del Teatro en  el  Antiguo Buenos  Aires:

El apogeo del teatro en Buenos Aires comenzó en 1804. Hasta entonces habíase arrastrado como pudo, un tiempo en corrales al aire libre, otro en la Casa de Comedias, galpón de techo de paja y paredes de barro; otro en casas particulares, barracones, salones, huecos y sitios diversos donde fue posible levantar un tablado, por cualquier motivo.

Pero después que el señor Olaguer Feliú edificó el Coliseo provisional, frente a la iglesia de la Merced, las representaciones se hicieron más regulares, las compañías fueron más completas, la utilería más adecuada y la vigilancia más estricta. En los dos primeros años de este teatro fue censor de obras el doctor don Domingo Belgrano, muy contraído a su trabajo, y que tuvo especial cuidado en la vigilancia de las que debían representarse y que le fueron presentadas para su lectura y aprobación.

primeros teatros argentinos

El doctor Belgrano llevó sus escrúpulos hasta prohibir que las mujeres aparecieran en escena vestidas de hombre; pero, en cambio, permitió las magias, la sangre, los muertos y aparecidos, los sainetes estúpidos y comedias de peleas, etcétera, que habían sido aprobados anteriormente y que debió haber prohibido. Pero sin duda sus atribuciones no llegaban a tanto: nada tenía que hacer él en lo referente a piezas anteriores al desempeño de su mandato oficial.

En esas épocas no había orquesta en el teatro (hasta 1813 no la hubo), de modo que los melodramas y comedias con música debieron representarse sin ella. No contaba tampoco con gran juego de tramoyas, escotillones y utilería: por esto las piezas que requerían los mayores adelantos del arte debían ser modificadas en esa parte por el director de la compañía. Se suprimían los caballos, los carros triunfales, los templos derhasiado iluminados y complicados, los ejércitos; pero quedaban los vuelos y muchas trasformaciones. Y el diálogo reemplazaba las escenas de esta clase, con lo que quedaban peores.

Donde debía aparecer un ejército, por ejemplo, se suprimía el pasaje escénico, se corregía el texto, añadiéndole algunos versos, con los cuales se comunicaba al público «que el ejército aguardaba afuera». De modo, pues, que la tontería subsistía, y empeoraba, porque siquiera la vista no salía ganando con la exhibición del espectáculo.

Llegado el año 1817, el Director Pueyrredón, uno de los más bien intencionados protectores del teatro, comprendió que era necesario cortar tales abusos. El público ilustrado y los escritores estudiosos en general levantaron un grito de protesta contra los defectos de esa institución. Ya eran muchas las obras del buen teatro extraño a España que conocían los patriotas argentinos, ya por lecturas hechas en sus originales, ya por representaciones teatrales de sus traducciones, ya por crónicas extranjeras leídas en periódicos que llegaban al país. Ya había muchos que conocían los idiomas inglés, francés, italiano y portugués, sobre todo el primero.

Y a este respecto debemos decir una vez más que nunca será bastante alabado en su memoria, ese gran fomentador de los adelantos del teatro, D. Santiago Wilde, propagador de los libros ingleses y franceses de literatura, filosofía y matemáticas, y perseguidor infatigable de los adefesios del teatro español.

Uno de los más empeñados en tal patriótica empresa fue el literato chileno Fr. Camilo Henríquez, quien hizo públicas sus teorías en «El Censor», periódico que él dirigía, manifestando en los artículos que escribió con ese fin, cómo entendía él el teatro que convenía a los intereses de la patria libre: «Espejo en que el hombre pueda ver retratados sus vicios para corregirlos; moralizador de costumbres, desterrando del campo de la idea locuras y rancios delirios; barrera que, con la exposición de saludables terrores, contuviera, por los ejemplos presentados, la ambición, la maldad y el fuego devorador de descabellados deseos; ejemplo histórico de hechos que enseñaran la bondad, la humanidad, los principios más sublimes.»

Después de 1817, el teatro de Buenos Aires algo se corrigió y la intervención de piezas extranjeras, las reconocidamente buenas españolas y las pocas de autores nacionales desterraron de las tablas los mamarrachos de magia, milagros y resucitados. Pero no fue posible desterrar los sainetes porque, como sabemos, eran el número predilecto de los guarangos. No molestaban tampoco al escaso público selecto, porque al empezar ellos, se retiraba del teatro. Y a nadie se le ocurrió prohibirlos porque, como hoy, las autoridades no creían en el fatal influjo de esas piezas sobre el pueblo.

Luego, la intervención del canto de ópera, las compañías líricas que se formaron, la afición a la música italiana y francesa, perfeccionó el gusto de esa parte del público que llamamos selecta. Pero, justamente, el error perjudicial consistió en tolerar que el pueblo, «la plebe», que era quien más necesitaba reaccionar, continuara gozando en los espectáculos moralmente venenosos que exigía y que le daban.
«No se debe dar al pueblo lo que pida, sino lo que necesite.»

MARIANO G. BOSCH (1878-1949).   Escritor argentino.   En 1904 publicó una interesante obra: Teatro antiguo de Buenos Aires, de la cual ofrecemos este fragmento.   (Ed. El Comercio.   Buenos Aires.)

Ley de Vagos y Malentretenidos Las Pulperias en el Virreinato

OBJETIVO DE LA LEY DE VAGOS Y MALENTRETENIDOS – PAPELETA DE CONCHABO

Ya en la épocas del Virreinato del Río de la Plata, la gente sin trabajo, que deambulaba por la ciudad mendigando o bien muchos de ellos pasando largas horas en pulperías jugando los típicos juegos criollos de la época, tomando alcohol y muchas veces terminando estos placeres lúdicos en riñas a muerte, era un verdadero problema social que también preocupó a los gobiernos post revolución de mayo. Siempre fue perseguido el vagabundeo y la llamada mendicidad ilícita, es decir, aquel «sano y vigoroso que pida limosna», castigando sobretodo a aquien portase algún tipo arma.

PULPERIA: Además de lugar de intercambio comercial, la pulpería fue un sitio privilegiado de interrelación social. En el interior de la pulpería se tocaba la guitarra, se jugaba a las cartas, se intercambiaban noticias. También era para muchos trabajadores un modo de subsistencia alternativo, ya que el pulpero, además de vendedor, muchas veces compraba los productos de trabajo rural que le ofrecían sus propios clientes.

La pulpería urbana, al menos en Buenos Aires, tiene su momento de auge entre las dos últimas décadas del siglo XVIII y las primeras tres del XIX. Posteriormente, la actividad es reemplazada por los almacenes, bares y cafés, que implican una especialización mayor de este tipo de actividad.

De esa manera, la pulpería pierde su carácter original de lugar exclusivo de encuentro e intercambio. Las fuentes indican cómo rápidamente se produce su desaparición en Buenos Aires.

En 1825 había más de 400 pulperías; en 1835 habían disminuido a menos de 100. Entre las razones de esta desaparición se halla la falta de respaldo de las autoridades.

En efecto, en 1788 el procurador general de la ciudad de Buenos Aires intentó prohibir la reunión de gentes y las audiciones de guitarra en las pulperías, para retrotraerlas a su función exclusivamente comercial.

Después de la Independencia fue la necesidad de controlar el alcoholismo y la delincuencia, como factores negativos que ayudaban a acrecentar la crónica falta de mano de obra, la justificación para limitar y desalentar esta actividad. (Fuente Consultada: Diccionario de Arquitectura en la Argentina, Estilos, Obras, Biografías, Instituciones, Ciudades)

https://historiaybiografias.com/linea_divisoria1.jpg

La ley de vagos y mal entretenido, era una ley que permitía al Juez de Paz controlar los salones de bailes, de juegos y diversión, como las pulperías, para arrestar a todos los presentes que no tenían trabajo ni residencia fija. Generalmente se consideraban vagos a los gauchos que vivían de la doma y yerra y que se desplazaban de estancia en estancia, cuando algún patrón los requería para ese tipo de servicio.

El juez iba acompañado de la fuerza pública, la policía de la zona,  y pedía inicialmente la «libreta de conchabo», (para demostrar que trabajaba en una estancia) libreta que nació durante la presidencia de Rivadavia  con fines de reprimir la vagancia y sumar mano de obra para el trabajo de las tierras, que el gobierno había entregado en alquiler a particulares.  La mala fama que tenía el gaucho se debía a su extrema libertad, ya que no concebía la vida sedentaria ni trabajar años y años bajo un patrón.

El testimonio de un juez de paz constituía prueba única y suficiente para calificar de “vago”, quien era castigado con la reclusión de dos a seis años en un alejado fuerte froterizo militar para luchar contra el avance del indio. Esos controles, estaba ubicados en lugares inóspitos, sin comodidades y muchas veces casi sin comida, pues los envíos de provisiones eran esporádicos y no aseguraban la alimentación de los soldados.

PAPELETA DE CONCHABO: Durante el gobierno de Rivadavia se solicitó un empréstito en Londres, por 1.000.000 de libras, con la firma Baring Brothers. Este empréstito, considerado la primera deuda externa argentina, se solicitó para financiar obras públicas (que no se realizaron).

La operación se concretó en 1824, pero el monto recibido (en su mayor parte, en letras) quedó reducido a 560.000 libras, luego de haberse descontado los intereses por dos años, las comisiones y otros gastos. Como garantía, se hipotecaron las tierras públicas. Luego de sucesivas suspensiones del pago de los intereses y de renegociaciones, el préstamo se saldó recién en 1904.

Con respecto a las tierras -inmovilizadas en manos del Estado como garantía de la deuda pública-fueron entregadas en enfiteusis (en alquiler) a particulares, por una renta o canon anual que, además de bajo, fue difícil de recaudar. Este sistema puso a disposición de comerciantes, ganaderos y funcionarios enormes extensiones de tierras, en forma casi gratuita. Ante la falta de mano de obra para trabajar esas tierras, el gobierno insistió en la legislación que exigía, con el fin de reprimir la vagancia, portar la famosa «papeleta de conchabo». [a los fines de demostrar que trabajaba formalmente bajo un patrón]

Antes de seguir sobre la «Ley de Vagos y Malentretenidos», es bueno leer lo que explica el historiador Gustavo Gabriel Levene en su libro Breve Historia de la Argentina, sobre la función e importancia de la pulpería en el virreinato del rio de la Plata.

Pese a su pobreza, las poblaciones, perdidas en la inmensidad del territorio, vivían; y esa vida, que muchas veces pudo parecer monótona desde el punto de vista de cada vecino, resulta animada cuando se abarca el conjunto de la sociedad y se colorea todo con la perspectiva del tiempo. Acaso nada mejor para evocar estas ciudades nuestras del siglo diecisiete, que hacerlo desde el observatorio más completo entonces existente: la pulpería, cotidiana encrucijada de hombres y de cosas…

Pulpería

La pulpería vendía vino, aguardiente, tabaco, yerba, azúcar, miel, jabón y muchos otros productos que hacen más amable la jornada. Sabiendo que el comercio de entonces era casi siempre contrabando, no puede extrañar el hecho de que, además de vender las mercaderías mencionadas, la pulpería negociara también con las que los criados esclavos sustraían a sus dueños… En la pulpería venían así a encontrarse el contrabando de los amos y el robo de los criados.

El de pulpero era oficio importante y provechoso… La prueba de ello es que les estaba prohibido establecerse como pulperos a los indios, los negros y los mulatos. En el siglo XVII aparecen, como pulperos de Buenos Aires, personajes importantes y gente distinguida de la ciudad… Pero no atendían ellos mismos el negocio, que por otra parte se obtenía por público remate de la concesión, debiéndose entregar como fianza la suma, para entonces elevada, de quinientos pesos.

[…] Se jugaba en todas partes toda clase de juegos. Desde comienzos del siglo XVI se había prohibido, en España y sus colonias, la fabricación y venta de dados. Pero los dados seguían rodando y haciendo con sus seis caras la fortuna o la mina de los jugadores. Se jugaba a los naipes, a la perinola, al sacanete… Se jugaba en las carreras de caballos, las cuales tenían una curiosa particularidad: para ganar la competencia no bastaba, como ocurre hoy, la pequeña diferencia de unos centímetros; el caballo triunfador tenía que llegar a la meta con tanta ventaja que debía verse luz entre su cuerpo y el de los demás caballos. Ya había entonces fulleros con barajas cortadas y dados cargados. Y también mujeres cómplices participaban de maniobras engañosas para atraer incautos…

[…] La pasión por el juego era tan grande en la sociedad colonial, que se llegaba a menudo al extremo de perderlo todo. En un testamento de 1623, una vecina declara «que su segundo marido jugó y consumió la plata de su dote: jugó una estancia y doscientas ovejas»…

[…] La pulpería fue lugar propicio para el intercambio de supersticiones. El paisaje de selvas, de montañas o de llanuras, según las regiones, con sus elementos vivos, plantas y animales, contribuía a crearlas. El lugareño no se sentía superior a la realidad circundante, pues no la dominaba. De ahí que las supersticiones expresaran, en cierto modo, el sometimiento del hombre a la naturaleza… La humanidad no había aprendido aún a enfocar el mundo visible de acuerdo con el punto de vista racional, que vino después. Sólo imperaba la superstición.

Respecto a la Ley de Vagos y Malentretenidos, en la  Colección El Bicentenario Fasc. N° 3 Período 1850-1869, en una nota de la Historiadora María Victoria Camarasa explica los siguiente:

Se considera vagos y malentretenidos a aquellas personas de uno y otro sexo que:

a) no tienen renta, profesión, oficio u otro medio lícito con que vivir;
b) teniendo oficio, profesión o industria no trabajan habitualmente en ella y no se les conocen otros medios lícitos de adquirir su subsistencia, y
c) con renta, pero insuficiente para subsistir, no se dedican a alguna ocupación lícita y concurren ordinariamente de juego, pulperías o parajes sospechosos.

Aparecen así dos tipos básicos de vagancia: los desposeídos de bienes que no tienen una ocupación lícita, y los que teniéndola llevan una vida de malas costumbres.

Además de esta clasificación inicial, también se tienen en cuenta algunos agravantes de esta condición. Por ejemplo, quienes entren en alguna oficina pública o casa particular sin el permiso respectivo; o quienes se disfracen o tengan armas, ganzúas u otros instrumentos propios para ejecutar algún hurto o penetrar en las casas.

Es importante distinguir que la persecución de los gobiernos es contra lo que se considera como mendicidad «ilícita», es decir, aquellos que piden limosna siendo sanos y vigorosos. Esto se debe a que existen también licencias de mendicidad y de pedido de limosnas para aquellos de los que se haya comprobado que no tienen la capacidad de ejercer ningún trabajo.

Ya desde la Baja Edad Media, las figuras del vago y del malentretenido tienen una antigua y arraigada presencia en la tradición jurídica española. Al igual que el resto de la normativa peninsular, esta concepción pasó a América durante la época de la conquista y la colonización. De hecho, vista como «tierra prometida», se esperaba que no llegaran al Nuevo Continente personas que pudieran poner en riesgo la salud moral de los habitantes americanos, y para ello se ejercían muy fuertes controles en los pocos puertos autorizados para enviar barcos hacia América.

Haciendo hincapié en el caso argentino, uno de los primeros gobiernos en reglamentar esta situación fue el de Martín Rodríguez y su notable ministro Bernardino Rivadavia en la Buenos Aires de principios de 1820. Este gobierno, el 18 de abril de 1822, promulgó un decreto sobre vagos y malentretenidos que, en la práctica, se constituyó en un eficaz instrumento para aumentar las filas del ejército. Esto se debió a que los aprehendidos eran destinados inmediatamente al servicio militar, incluso por un término doble al prefijado en los enrolamientos voluntarios.

Actualmente, la idea de los gobiernos provinciales es darles un apercibimiento e inducirlos a que en un plazo determinado de tiempo encuentren una ocupación útil a la que dedicarse.

El trasfondo de estos controles es que el vago, el ocioso y el malentretenido son vistos como figuras que atenían contra el orden moral de la sociedad y ponen en peligro la paz y la unión del país.

En nuestra campiña bonaerense, los vagos y malentretenidos están asociados con la figura del gaucho. Al irse extendiendo la frontera, corriendo al «salvaje», se fueron ganando importantes cantidades de tierras. Junto a la extensión territorial, un caudal de leyes novedosas hizo de los gauchos una nueva fuerza capaz de servir en la milicia, al mismo tiempo que sus tierras, generalmente de poca extensión y ubicadas entre grandes latifundios, iban pasando a otros dueños.

En estos últimos años, entre los sectores más pudientes de las sociedades citadinas argentinas se ha ido extendiendo un prejuicio. Ellos se refieren a que en los campos recorren infinidad de vagos y criminales famosos, que se asilan huyendo quizá por sus crímenes en otras provincias. Para estos sectores, esos individuos desconocidos hallan seguro albergue, techo y alimento, abusando de la hospitalidad en las campañas de nuestro país. Allí encuentran carne abundante y tienen un cuero para dormir, además de un lazo y un cuchillo para procurarse medios con que satisfacer sus vicios. La pregunta que se repiten constantemente es «¿para qué han de trabajar? Nadie los persigue, nadie inquiere de dónde son, de dónde vienen, de qué se ocupan ni adonde van…».

La intención de legislar este tema se ha extendido en las diversas provincias. En algunas ya comienzan a aparecer leyes que condenan al servicio de fronteras a todos los vagos y malentretenidos, los que en día de labor se encuentren habitualmente en de juego o tabernas, los que usen cuchillos o armas blancas, los que cometan hurtos simples y los que infieran heridas leves.

Pero al no existir un marco normativo bien establecido y definitivo, es común el surgimiento de divergencias acerca de cómo tratar a los vagos y malentretenidos. Por ejemplo, en la provincia de Santa Fe el encargado de la Jefatura Política, Nicasio Oroño, pide frecuentemente a sus superiores que le expli-citen qué hombres debía considerarse como vagos, ya que en el territorio que él controla sólo existían familias que si bien no tienen propiedades y medios de vida, se debía exclusivamente a su pobreza.

Fuente Consultada:
Colección El Bicentenario Fasc. N° 3 Período 1850-1869, Nota de la Historiadora María Victoria Camarasa

Biografia de Quinquela Martín Artista Plástico Argentino Vida y Obra

Biografia de Quinquela Martín
Artista Plástico Argentino

El 20 de Marzo de 1890 fue dejando en la Casa de Expósitos un niño que se suponía había nacido tres semanas antes, es por eso que el día de nacimiento de Benito ha sido consignado como el 1º de marzo. Fue bautizado con los nombres de Benito Juan y se le asignó el apellido Martín. Su primer nombre fue en razón de ser bautizado el día de San Benito Abad, el 21 de marzo. Casi ocho años después, el 16 de noviembre de 1897 es adoptado por el matrimonio formado por Manuel Chinchella y Justina Molina, quienes vivían en la Boca del Riachuelo, donde vivió toda su vida el maestro.

Cursó tan solo los dos primeros grados de la primaria, y luego se dedicó a repartir el carbón que sus padres vendían a los vecinos del barrio.

Cuando cumplió 15 años su padre que descargaba carbón en el puerto, lo convocó a trabajar con él, pese a su físico poco adecuado para la tarea, pero su empeño y rapidez le hicieron ganar el apodo de «EL MOSQUITO».

Al poco tiempo, cuando cuenta 17 años, se inscribió en una academia para cursar dibujo y pintura, con le maestro italiano Alfredo Lázzari, quien fue su único maestro. Completó su formación autodidacta a través de lecturas en la biblioteca del Sindicato de Caldereros, y allí descubrió el libro «El Arte» del escultor francés, Auguste Rodin, que lo llevó a dedicar su vida a la creación artística.

Cuando cumple 20 años expone por primera vez sus trabajos en la Sociedad Ligure de Mutuo Socorro. En 1912 se le diagnostica un principio de tuberculosis y busca los purificadores aires de Córdoba para curar su enfermedad. Allí realiza una serie de paisajes acompañado al maestro Walter de Navazio. Retorna a los seis meses milagrosamente curado y convencido que debe reflejar, como decía Rodin, únicamente su vida y su ambiente, es decir pintar su aldea: La Boca del Riachuelo.

Miembro Honorario de la Universidad
El 14 de enero de 1972 se firmó en el Consejo Superior de la UBA la resolución por la cual se designaba a Benito Quinquela como miembro honorario de esa alta casa de estudios. En los considerandos de la resolución se expresa que el artista ha honrado y honra con su obra a la cultura argentina y al hombre de nuestro país, y que a ello se agrega «el ejemplo de toda una vida dedicada al arte, a la promoción de la cultura y a la misión de servicio por su generosidad para la comunidad y a través del fomento de la educación».

«Pero la resolución de la Universidad de Buenos Aires no es meramente eso, sino una expresión vocacional de reconocer públicamente, y sobre todo ante los jóvenes, lo que constituye un ejemplo capaz de alentar una meta. Cuando reciba usted el diploma y la medalla que lo acompaña, podrá apreciar todo esto y su aceptación será un bien para la Universidad».

Por último expresa: «Con el tiempo, maestro, la herrumbre cubrirá esa medalla produciendo el más antiguo de los pigmentos: ese mismo que crustifica los hierros de los barcos envejecidos o moribundos, que podrán desaparecer de la boca del Riachuelo, pero nunca de la imagen de sus cuadros».

LOS PRIMEROS AÑOS DE BENITO:

Al viejo Manuel [padre de Benito] lo que menos le gustaba era la decisión de su hijo de dedicarse intensamente a la actividad artística, porque estaba descuidando su trabajo en el puerto. Las discusiones eran constantes y tantos fueron los enfrentamientos entre Benito y su padre que un día, contra la voluntad de Justina, que apoyaba al joven en todos su proyectos, el joven pintor empacó sus bártulos y abandonó el hogar paterno. No fue Justina la única en lamentar ese alejamiento. El estómago de Benito también lo sufrió bastante. Aunque siguió trabajando en el puerto para ganarse el sustento, ya libre de la tiranía paterna dedicaba muchas más horas a la pintura que al carbón, y vivía de mate cocido y galletas marineras.

Tiempos vagabundos
La vida de Benito se convirtió casi en un vagabundeo. Vivió un tiempo en la Isla Maciel; allí frecuentó ladrones y malandras, entre los cuales se sentía perfectamente cómodo, según contaría años después.

En sus memorias dice que llegó a conocer una «academia del punguismo» con base en esa isla y que le ofrecieron formar parte de ella, pero no le interesó. En cambio, llenó varias telas con imágenes de la Isla Maciel y aprendió mucho de los punguistas; porque, además del arte del robo disimulado, cultivaban una serie de códigos de honor y hermandad que despertaron mucha admiración en el joven artista. Todas estas experiencias abrieron su mente y enriquecieron su pintura. Pasaron meses de errancia en los que Benito montó su taller en los lugares menos pensados, desde altillos hasta barcos (tuvo un estudio de pintura a bordo del «Hércules», un navío anclado que descansaba en el cementerio de embarcaciones de la Vuelta de Rocha). Sin embargo, este peregrinaje no duró mucho.

Podría decirse que la ley familiar fue más fuerte que la ley de la calle; pero, en realidad, no fue el respeto al padre lo que indujo a Benito a retornar al hogar, sino la nostalgia de la caricia materna y los ruegos de Justina que no vivía en paz sin él. Fue ella quien le dio un sabio consejo: «Si no te gusta el carbón, búscate un empleo del gobierno».

Siguiendo la recomendación materna, Benito consiguió un trabajo como ordenanza en la Oficina de Muestras y Encomiendas de la Aduana, en la Dársena Sur, no tan lejos de su querido puerto. Allí desarrollaba funciones «fundamentales» para el buen desempeño de cualquier oficina, como limpiar las ventanas y cebar mate; pero lo importante era que le quedaba tiempo para pintar a gusto.

De todos modos no duró mucho como empleado estatal. Comenzaron a pedirle labores de mensajero, y debía andar de aquí para allá transportando caudales. Un día pensó lo que podría pasar si le robaban una encomienda —había aprendido bastante de punguismo— y presentó su renuncia indeclinable. Pero ese tiempo de poco trabajo y mucha pintura dio sus frutos. A los pocos meses el pintor del puerto participó por primera vez de una exposición. Se trató de una muestra colectiva de todos los alumnos del taller de Alfredo Lazzari, y tuvo lugar en la Sociedad Ligur de Socorro Mutuo de La Boca. Esta sociedad celebraba su aniversario número veinticinco, y qué mejor forma de conmemorar el nacimiento de una mutual boquense que con la exhibición de las creaciones de sus hijos, los artistas de La Boca.

Participaron Santiago Stagnaro, Arturo Maresca, Vicente Vento y Leónidas Magnolo, todos principiantes y aficionados. Para cada uno de ellos fue un evento bello y memorable, pero para Chinchella fue especial: se trataba de su debut. Expuso cinco obras: un óleo titulado Vista de Venecia, dos dibujos a pluma que formaban parte de su Estudio de cabezas y dos coloridos paisajes pintados con tempera. Las obras oran algo torpes, las manos del artista no habían adquierido ido aún la maestría que las caracterizaría mas adelante. Lamentablemente las mayor parte de estas primeras obras ed Quinquella se han perdido y es imposible recuperarlas.

padres de quinquella

UN TESTIMONIO DE LA ÉPOCA:
Un pintor en la lluvia

Una mañana opaca en que la lluvia estaba al caer, peregrinando por La Boca nos detuvimos a contemplar a un pintor que, sentado en la proa de un velero, indiferente al mercante ir y venir de un barco en descarga, pintaba. Es decir, aquello no era pintar, era un afiebrado arrojar colores y más colores sobre el cartón. En manos de nuestro hombre el pincel iba, venía, describía giros, volvía y revolvía con amplitud majestuosa y segura; a su paso, dejaba gruesas huellas que parecían desordenadas e incongruentes en un principio, pero que bien pronto adquirían forma y cierta concordancia inarmónica, grotesca casi, para formar enseguida un cuadro de una belleza sorprendente; insospechable en un rincón gris y sucio del Riachuelo.

Cuando hubo terminado su tarea, abordamos al raro pintor y fácilmente entablamos charla. Se trataba de un buen muchacho, dulce y humilde, que pinta de pura afición, como siente la pintura, instintivamente. Avanzando en nuestra conversación, no nos costó obtener que nos invitara a ir hasta su casa, una de esas modestas casas típicas de La Boca.

Allí nos contó su historia, triste como pocas. Quinquela Martín es huérfano, pero aun es inclusero: hijo del amor, como él mismo se llama. Adoptado a los cinco años por sus actuales padres, un matrimonio de sencillos hijos de Italia, su infancia fue dura. Hasta los veinte años fue descargador y repartidor de carbón. Aún recuerda riendo sus primeros pujos en el diseño, carbón en mano, y haciendo víctima de sus inclinaciones a cuanta pared halló a su paso. A los veintiún años sintió la necesidad de instruirse sólo, sin ayudas externas, empezó febrilmente a aprender, comenzando casi por las primeras letras. Con tanto ardor se inició en esa nueva fase de su vida, que su físico, hecho a las rudas tareas materiales, fue incapaz de resistir, y el bravo muchacho se enfermó. Pasó una temporada en Córdoba y San Luis y de regreso adoptó la resolución definitiva que habría de cambiar fundamentalmente su vida.

Atacó la pintura abandonándolo todo. Solo, sin apoyo moral ninguno; sin un maestro que guiara sus primeros pasos, se dedicó por entero a la pintura. Cruenta fue la lucha que sostuvo. […] Desde su iniciación, supo comprender que lo que convenía a su modo de ver la pintura era hacerse solo, sin aceptar las restricciones y las pautas que para los temperamentos fuertes significan las academias, los procedimientos de «receta» y las normas inmutables. Libre como el potro, que si nunca saboreó los sibaritismos del box mullido, jamás conoció la esclavitud del freno que al guiar anula e inferioriza; así se hizo este pintor, íntegro, sincero y fuerte.

J. Márchese ( Fray Mocho, 1918)

Fuente Consultada: Benito Quinquela El Maestro del Color Protagonistas de la Cultura Argentina – La Nación –

Conocer el Estilo de sus obras:

Libro Online Sobre Quinquela: Paradojas del Sur

Historia de la Fundacion del Club Progreso Vida Social Oligarquica

Historia de la Fundación del Club Progreso

El Club del Progreso: La fusión de las grandes familias porteñas unitarias y federales, al día siguiente de Caseros, con el objeto de defender los intereses porteños, debía concretarse en una institución en donde pudieran volver a confraternizar los que hasta ayer no más eran enemigos. Esta institución fue el Club del Progreso, fundada a pocos días de la caída de Rosas, el 25 de marzo de 1852.

edificio del club prgreso

Frente del Club Progreso 2° a la derecha

Los objetivos políticos de unificar a la oligarquía porteña están claramente explícitos en una carta que el presidente del Club, Diego de Alvear, envía a Mariano Várela, director del diario La Tribuna. Allí dice, refiriéndose a la fundación del Club: «Era pues necesario destruir los efectos de ese gobierno maquiavélico, y nada podría mejor llenar ese objeto importante que la creación de una sociedad donde todos pudiésemos, libre y recíprocamente, cambiar nuestras ideas y sentimientos.

Allí se han reanudado, mi querido amigo, relaciones de partido, de amistad y aun de parentesco; que se habían hecho casi extrañas durante la Dictadura. Allí empezó a verificarse la única fusión honorable y útil que reclamaba nuestro país: no la fusión de los caracteres honrados con los perversos; no la fusión de los hombres de opiniones erróneas con los famosos criminales, sino la fusión de los que, sirviendo a la Dictadura, no envilecieron su nombre con la exageración de pasiones innobles, con los que habían tenido la fortuna de salvar sus convicciones y su fama fuera del látigo abrumador de la tiranía».

En el primer acto público del Club del Progreso, un banquete realizado el 25 de mayo de 1852 en su sede de Perú 135, el ministro José B. Gorostiaga, para dejar bien asentados los objetivos políticos del Club, exclamó en su brindis: «Por la fraternidad de los dos grandes partidos políticos que ‘han dividido la República Argentina, por su reunión para trabajar ayudados por los extranjeros al mayor bien y prosperidad de la Patria».

Por su parte, en el estatuto del Club se reconocían como sus fundamentos «desenvolver el espíritu de asociación, completamente extinguido entonces, con la reunión diaria de los caballeros más respetables, tanto nacionales como extranjeros; borrar prevenciones infundadas, creadas por el aislamiento y la desconfianza, uniformando en lo posible las opiniones políticas».

No obstante, ciertos resquemores entre unitarios y federales hicieron que estos últimos poco después fundaran el Club de! Plata, cuyo primer presidente fue Bernardo de Irigoyen, pero que nunca pudo llegar a alcanzar el prestigio del Club del Progreso.

El carácter de clan porteño contra el resto del país que tuvo en sus comienzos e! Club se muestra en el hecho de que el gobernador de la provincia de Buenos Aires y sus ministros de Estado fueron considerados miembros honorarios, en tanto que Justo José de Urquiza tuvo que someterse a la votación de los demás socios para ser admitido.

En el discurso conmemorando los 50 años de su existencia, el 1° de mayo de 1902, el doctor Roque Sáenz Peña denunció este carácter porteñista del Club: «El Club del Progreso, señores, como factor político, complementario de la acción de Caseros, desconoció la amplitud de su misión y confundió la ruta clara de una política expansiva y esencialmente argentina; en otras palabras, fue exclusivista y fue porteño».

El carácter restringido del Club lo muestra el hecho de que en 1857 el número de socios no pasaba los doscientos sesenta y cinco, y en 1896 no llegaba a mil cuatrocientos. En ese reducido número de socios se encontraba, no obstante, lo más granado de la oligarquía porteña: entre sus socios estaban Bartolomé Mitre, Julio A. Roca, Domingo F. Sarmiento, Marcos Avellaneda, Leandro Alem, Adolfo Alsina, José, Marcos y Carlos Paz, Carlos Pellegrini, Lucio V. Mansilia, Dalmacio Vélez Sárs-field, Victorino de la Plaza, Roque y Luis Sáenz Peña, Diego de Alvear, Nicolás, Tomás y Juan Anchorena, Otto Bemberg, Miguel Cañé, Vicente Casares, Emilio Castro, Nicolás Calvo, Mariano Drago, Rufino de Elizalde, Juan Agustín García, Tomás Guido, José Mármol, Pastor Obligado, Vicente Quesada, Miguel Riglos, Marcelino Ugarte, etcétera.

Cumplido o no su primer objetivo de fusionar a los dos partidos políticos, el Club sirvió en los años sucesivos como factor aglutinante de la oligarquía porteña. En sus salones exclusivos los distintos miembros de la clase alta se conocían entre sí, entremezclando sus intereses mediante relaciones amistosas o sentimentales.

El Club siguió por muchos años su carrera triunfal: de la modesta sede inicial de Perú 135 pasó en 1857 al edificio renacentista de la esquina de Perú y Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen), que acaba de ser demolido. En 1900 el Club se encuentra en su apogeo; es entonces cuando inaugura su palacio de la avenida de Mayo 633. Su decadencia comienza con el auge del Jockey Club. Entonces el Club del Progreso debe abandonar su suntuoso palacio de la Avenida de Mayo para reducirse a un edificio más modesto, en Sarmiento 1300, donde sobrevive hasta la actualidad.

Lucio V. López, en La gran Aldea, nos ha dejado una descripción del Club del Progreso en su momento de mayor esplendor: «¿Quién no conoce el Club en una noche de baile? La entrada no es por cierto la entrada del palacio del Elíseo y la escalera no es una maravilla de arquitectura. Sin embargo, para el viejo porteño que no ha salido nunca de Buenos Aires, o para el joven provinciano que recién llega de su provincia, el Club es, o era en otro tiempo, algo como una mansión sonada cuya crónica está llena de prestigiosos romances y en el cual no es dado penetrar a todos los mortales. «Es en un baile del Club del Progreso donde pueden estudiarse por etapas treinta años de la vida social de Buenos Aires: allí han hecho sus primeras armas los que hoy son abuelos. La dorada juventud del año 52 fundó ese centro de buen tono, esencialmente criollo, que no ha tenido nunca ni la distinción aristocrática de un club inglés ni el chic de uno de los clubs de París.

Sin embargo, ser del Club del Progreso, aun allá por el año 70, era chic, como era cursi ser del Club del Plata, con perdón previo de sus socios. «La entrada era cosa ardua: no entraba cualquiera; era necesario ser crema batida de la mejor burguesía social y política para hollar las mullidas alfombras del gran salón o sentarse a jugar un partido de whist en el clásico salón de los retratos que ocupa al frente de la calle Victoria.

«En esta última sala, larga y fría como un zaguán, que ha sido .empapelada cien veces por lo menos de verde o celeste claro y que ha consumido cincuenta distintas partidas de tripe de lo de Iturriaga, ha nacido una generación de la cual van quedando muy pocos representantes. Allí ha mordido la maledicencia urbana a los jugadores trasnochadores, a los maridos calaveras, a la juventud disoluta y disipada, y cada mordisco de mamá indignada ha hecho los estragos de la viruela en el retrato moral de las víctimas…

El Club del Progreso ha sido la pepinera de muchos hombres públicos que han estudiado en sus salones el derecho constitucional; literatura fácil que se aprende sin libros, trasnochando sobre una mesa de ajedrez; y a mí, no sé por qué, se me ocurre que algunos de los retratos de los hombres de Mayo que presencian aquel grupo de pensadores hacen una mueca cada vez que un pollo acompaña un discurso sobre la libertad del sufragio con un golpe que asienta sobre el damero una reina jaqueada por la chusma de los peones sobrevivientes!»‘

Durante su período de apogeo el Club del Progreso fue el telón de fondo de los principales sucesos políticos. En sus salones se tramó la revolución de 1874. Allí se refugió el coche de Cambaceres y Victorino de la Plaza cuando se intentó el asesinato de Roca, en 1879. En sus puertas se mató, en el interior de un coche, el 1? de abril de 1896, Leandro Alem.

En un papel que se encontró entre sus ropas explicó la causa de haber elegido morir en plena calle frente al Club del Progreso: «Quiero que mi cuerpo sea recibido por manos amigas». La mesa donde fue depositado el cadáver se conservó como una reliquia del Club.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Historia del Teatro Colón Vida Cotidiana de la Oligarquía Argentina

Historia del Teatro Colón en Bs.As.
La Vida Cotidiana de la Oligarquía Argentina

El primer Teatro Colón estaba ubicado frente a la Plaza de la Victoria (actual Plaza de Mayo), en la esquina sudeste de lo que hoy es Reconquista y Rivadavia.
En 1888 la Municipalidad de Buenos Aires llamó a concurso para la construcción de un nuevo Teatro Colón. El espacio finalmente elegido fue el solar que ocupaba la estación del Parque del Ferrocarril del Oeste, ubicada con el frente hacia la calle Libertad y fondos hacia Cerrito, entre Tucumán y Viamonte.

Según algunos cálculos, el mismo lugar donde giraba la locomotora para retomar las vías hacia el oeste coincide casi exactamente con el actual disco giratorio del centro del escenario.

La construcción del nuevo Teatro Colón se realizó en tres grandes fases, que concuerdan con los distintos arquitectos encargados de su edificación: Francisco Tamburini, Vittorio Meano yjules Dormal. La inauguración fue el 25 de mayo de 1908, con la representación de Aída, de Giuseppe Verdi.

HISTORIA: El 25 de mayo de 1857, apenas acallado el bullicio de las ceremonias conmemorativas de la fiesta patria, una multitud expectante comenzó a llenar las dos mil quinientas butacas del flamante teatro Colón, situado en aquel entonces frente a la Plaza de la Victoria (hoy Plaza de Mayo). El resplandor de los cuatrocientos cincuenta picos de gas de la gran araña central provocó comentarios admirativos entre los asistentes, que luego de entonar a coro el Himno Nacional escucharon La Traviata, interpretada por el célebre Tamerlick.

Buenos Aires contó desde entonces con un templo lírico visitado asiduamente por cantantes de fama internacional, y la aristocracia porteña con un excelente pretexto para encontrarse y mostrarse. Frecuentado por el tout Buenos Aires, en el nuevo teatro solían reunirse las personalidades de la época, que hacían de sus palcos y galerías una verdadera central política.

El teatro Colón constituyó, desde su creación hasta el advenimiento del peronismo, el lugar preferido de reunión de la oligarquía porteña. Ya lo era el primitivo Colón, inaugurado el 25 de mayo de 1857 en Plaza de Mayo, donde subsistió hasta 1887, en que fue transformado en Banco del Estado. Del primitivo teatro Colón nos dejó una viva descripción Lucio V. López en La gran Aldea: «Se daba Semíramis aquella noche, y el Colón estaba de gala; los palcos, ocupados por las más lindas y conocidas mujeres de la gran sociedad, presentaban un aspecto deslumbrador».

«Una noche clásica de ópera, el Colón reúne todo lo más selecto que tiene Buenos Aires en hombres y mujeres. Basta echar una visual al semicírculo de la sala: presidente, ministros, capitalistas, abogados y leones, todos están allí; aquello es la feria de las vanidades, en la cual no faltan sus incongruencias de aldea: el vigilante de quepis encasquetado en medio de la sala; la empresa, en ménage, instalada en uno de los mejores palcos del teatro, el humo de los cigarros obscureciendo la sala entera».

Sobre la cazuela nos dirá López: «En la cazuela no queda títere con cabeza: albergue de solteronas y de doncellas a las que el lujo y la riqueza no sonríen ni popularizan, se convierte en el Criterion: allí se pasan por cedazo todas las reputaciones, ya sean de hombres o de mujeres. Allí se publican los deslices de la más linda mujer casada, que brilla en un palco, aunque sea más virtuosa que Lucrecia. Allí se cuentan sus amores, se apunta al amante con el dedo, se ridiculiza al marido, se narra la última aventura con verdadera e íntima fruición; las lenguas, como otras tantas navajas de barba, no se contentan con afeitar: degüellan, ultiman descarnando la honra como se descarna un cadáver en la sala de autopsias. Allí se cuentan, con nombre y apellido, las queridas de los hombres de moda; se saca la cuenta de sus hijos naturales; se explica por qué se deshizo el casamiento con fulana, cuánto perdió en el club sultano, por qué fue a Europa, por qué se vino, a qué mujer enamora actualmente, cómo le hace caso, dónde se ven y hasta en qué casa tienen lugar las citas.»

HISTORIA DE LA CONSTRUCCIÓN: En 1887 el mundillo que giraba en torno del Colón tuvo que buscar otro lugar de reunión porque el edificio, que ya resultaba chico para los espectadores y para los artistas, trocó su destino lírico por otro más prosaico: fue convertido en banco nacional. Poco después, a pedido de un entusiasta grupo de habitúes, el Congreso Nacional sancionó una ley que convocaba a licitación para construir una nueva sala.

Teatro Colon en Buenos Aires

Este proyecto se concretó en 1908, cuando al cabo de varios años de postergación, marchas y contramarchas, el nuevo edificio alzó su estructura monumental sobre los terrenos que antes había ocupado la estación ferroviaria del Parque. Lo diseñaron los arquitectos Francisco Tamburini, Víctor Meano y Julio Dormal, que combinaron las líneas del estilo griego clásico con características renacentistas y algunos toques afrancesados muy en boga por entonces.

La construcción del nuevo teatro Colón llevó veinte años: fue comenzada en 1888 por Tamburini y terminada por el francés Julio Dormal. Es el auge del estilo francés, y el Colón copia evidentemente la Ópera de París. El 25 de mayo de 1908 se inaugura con la representación de Aída. Asisten a la misma el presidente Figueroa Alcorta, sus ministros y el intendente Torcuato de Alvear.

Entre los primeros abonados se cuentan los grandes apellidos de la oligarquía argentina: Anchorena, Roca, Juárez Celman, Unzué, Tornquist, Ugarte, Alvear, Saldías, Obligado, Udaondo, Zeballos, Güiraldes, Mitre, Pueyrredón, Luro, Ortiz Basualdo.

Ya la arquitectura del teatro muestra bien a las claras su sentido clasista. El amplio espacio que separa una fila de butacas de otra, en la platea, se va acortando a medida que se asciende, y termina por volverse estrecho hasta la incomodidad en el paraíso. Por otra parte, no hay acceso del paraíso a los pisos bajos para evitar la mezcla del público.

La sala, con capacidad para 3500 personas, siete pisos, acústica perfecta, un enorme escenario de 35,25 por 34,50 metros y una decoración versallesca en casi todos los ámbitos, fue en su momento la síntesis de la etapa que atravesaba el país, cuyos núcleos dirigentes se inclinaban respetuosos ante la cultura europea.

No tardó así en convertirse en reducto casi exclusivo de los sectores más encumbrados de la sociedad. La inauguración oficial se efectuó el 25 de mayo de 1908, en una velada célebre a la que asistieron las más altas autoridades: el presidente Figueroa Alcorta con varios ministros de su gabinete, el intendente municipal, delegaciones extranjeras y toda la aristocracia local; la ópera elegida para la ocasión fue Aída, de Verdi.

Según Horacio Sanguinetti, autor de un trabajo de divulgación histórica sobre el tema, «desde entonces, tanto o más que los clubes, las iglesias, la Recoleta o los declinantes palacetes particulares, el Colón fue sede social de la alta burguesía argentina».

A ello se debió que el 26 de junio de 1910 un anarquista anónimo manifestara en forma violenta su repudio a todo lo que representaba el Colón como símbolo social: en la mitad del segundo acto de la ópera Manon arrojó una poderosa bomba a la platea, que causó graves heridas a varios espectadores, provocó escenas de pánico y originó una verdadera conmoción en el país. Es el único hecho de esa índole que registra  la historia del  teatro, ya que su nutrido anecdoíario se relaciona casi por entero con ia actividad artística y con los intérpretes célebres que ocuparon su escenario.

Clemenceau, de visita en Buenos Aires, describió la escena: «Los palcos abiertos del patio o piso alto, así como los pisos bajos, presentaban, con las butacas pobladas de señoritas jóvenes en traje de sarao, el espectáculo más brillante que me ha sido dado encontrar en una sala de teatro. En tal lugar se adivina lo que pudo significar de catastrófico una bomba. Todo cuanto se dijera es poco».

Un alto funcionario me ha dicho que jamás vio tales charcos de sangre. Se recogió a los heridos como se pudo, la sala se vació entre gritos de furor y, reparados los desperfectos al día siguiente, ni una sola señora faltó a la representación de aquella noche. Este es un rasgo de carácter que hace honor particularmente al elemento femenino de la Nación Argentina. No tengo completa seguridad de que en París, en caso igual, se hubiera llenado la sala.»

Con el advenimiento del yrigoyenismo al poder, el teatro Colón solo vio levemente modificadas sus funciones de gala en las fechas patrias. Como atención al presidente poco melómano, se confeccionaban programas especiales con fragmentos de óperas y se terminaba con un baile folklórico. Según se dice, la hija de Yrigoyen convidaba en el palco a sus invitados con empanadas caseras.

En la época de Marcelo T. de Alvear, cuya mujer, Regina Paccini, había sido cantante lírica, el Colón está en su apogeo. Es en esa época cuando lo conoce Paul Morand y dice de él: «El teatro Colón, teatro de Wagner y de Verdi, es más aun el teatro de todas las reuniones argentinas, canastilla de prometidas y de aspirantes, feria matrimonial de corazones vacantes, gran «rodeo» anual, cambio de miradas, trueque de juramentos, «lazos» lanzados sobre los buenos partidos a los acordes del aria de Lucía, ardientes promesas de millares de niños por venir, de futuros miembros del Jockey, estancieros poderosos o pequeños jugadores de polo; todo eso se prepara en el fondo de los palcos mientras Schipa da su do de pecho».

En mayo de 1927 los micrófonos radiales trasmitieron por primera vez una representación, hecho que señaló el comienzo de una labor tendiente a acercar la sala al gran público. Siete años después el teatro protagonizó una singular innovación, que nunca se volvió a repetir, al organizar bailes de carnaval.

La estructura física del coliseo, aunque exteriormente conserva su aspecto original, modernizó sus elementos técnicos y extendió por debajo de las calles adyacentes su laberíntico mundo interno; últimamente ha sumado a sus instalaciones una reproducción exacta del escenario y del foso de la orquesta, lo cual permite realizar más ensayos y aumentar las actividades. En todos los casos se trata de reformas y ampliaciones destinadas a seguir manteniendo vivo el prestigio universal del Colón, e intactas las particularidades que han hecho de él desde hace décadas el mayor centro musical argentino y latinoamericano.

En 1933, la oligarquía argentina todavía coquetea con el fascismo: el mismo año de la ascensión de Hitler al poder, el teatro Colón organiza un festival Wagner.

La democratización del teatro Colón en la época del peronismo constituyó un rudo golpe para la oligarquía, que perdía de ese modo uno de sus lugares exclusivos de reunión. Las funciones de gala fueron suprimidas, salvo las de las fechas patrias, en cuyo caso el propio Perón y Eva Perón lucían sus mejores ropas. Las reuniones sindicales y políticas llevadas a cabo en el teatro Colón irritaban a la oligarquía, la que alegaba que los obreros ensuciaban y deterioraban las alfombras y las butacas.

Uno de los habituales actos de provocación casi surrealista que tuvo el peronismo —equivalente al puesto de pescado frente al Jockey Club o el nombramiento de Borges como inspector de ferias francas— fue la representación de El conventillo de la Paloma, en el teatro Colón, con asistencia del propio Perón.

PARA SABER MAS…
POR AQUELLA ÉPOCA TAMBIÉN…

El 25 de Mayo de 1910 se inaugura el nuevo Teatro Colón, sobre Plaza Lavalle. La obra duró varios años y fue modificada varias veces pero llega finalmente a buen término y el edificio constituirá desde entonces una de las joyas de Buenos Aires. El teatro se inaugura con la representación de la ópera Aída de Giuseppe Verdi. Por ahora, el Teatro Colón es sostenido y explotado por la Municipalidad porteña.

Este año también se realiza la apertura del ferrocarril entre Buenos Aires y Entre Ríos, que cruza el río Paraná en ferry a la altura de Ibicuy. La obra ferroviaria tiende a romper el histórico aislamiento de la región mesopotámica.

Como en años anteriores, continúa el auge del deporte en sus diversas manifestaciones. Un seleccionado argentino de fútbol sale por primera vez del país para jugar en Brasil. Los resultados enorgullecen a la afición local: de siete partidos jugados, los nuestros ganan seis y empatan uno.

También en automovilismo se concretan algunas hazañas. Juan y Luis Cassoulet realizan un raid Buenos Aires-Córdoba: tardan 87 horas netas en llegar a la ciudad mediterránea. Además, se corren diversas carreras entre Buenos Aires y Mar del Plata y Buenos Aires y Miramar, venciendo los pésimos caminos y superando las zonas inundables cercanas a Chascomús.

Jorge Newbery, en el globo Pampero, cumple un viaje que termina felizmente en una estancia bonaerense. En cambio, conmueve a la opinión pública la pérdida de su hermano, Eduardo Newbery que, acompañado por un suboficial intenta un viaje en globo y desaparece ante la angustia general.

Fuente Consultada:
Los Oligarcas Juan J. Sabreli . La Historia Popular Tomo 15.  Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo.
El Libro de la Argentinidad Datos Curiosos Editorial Sudamericana

Historia de la Fundacion de la Sociedad Rural Vida Social Oligarquia

Historia de la Fundación de la Sociedad Rural

La Sociedad Rural: De regreso de Europa en 1858, e! rico hacendado Eduardo Olivera, impresionado por las exposiciones rurales a que había asistido en Birmingham y Salisbury, auspició la creación de una asociación que promoviera la mejora de la ganadería. La reunión inicial se realizó en la ex casa de Rosas, en Palermo, con la asistencia de Sarmiento. La guerra civil impidió la concreción inmediata del proyecto.

De vuelta de otro viaje a Europa en 1866, Olivera recibe la invitación de su amigo José Martínez de Hoz para organizar juntos la proyectada asociación. El 16 de agosto de ese mismo año se realiza una reunión en casa de Federico y Benjamín Martínez de Hoz y allí se procede a declarar instalada la Sociedad Rural Argentina, nombrándose una comisión directiva compuesta por José Martínez de Hoz como presidente y Ricardo B. Newton como vicepresidente. Las «bases y reglamentos» adoptados habían sido redactados por Olivera.

La Sociedad fue por cierto en sus orígenes —y lo seguiría siendo por nuches años— sumamente restringida. Para darnos una idea de su exclusivismo basta recordar que su acta de fundación fue firmada por tan solo sesenta y tres ciudadanos, todos ellos ricos estancieros ligados entre sí por vínculos familiares o amistosos.

Primeras Imágenes de la Sociedad Rural

La primera exposición de la Sociedad Rural se realizó en abril de 1875 en un terreno, en Florida y Paraguay, cedido por uno de los miembros, Leonardo Pereyra. Asistió a la exposición el presidente de la República, que entonces era Nicolás Avellaneda. Recién en 1878 el local de exposiciones fue trasladado a Palermo, donde actualmente se encuentra, gracias a Sarmiento, que consiguió de! Congreso una ley que cedía los terrenos por veinte años, plazo que fue después prolongado en varias oportunidades.

Desde su fundación la Sociedad Rural Argentina se adjudicó la representación de la clase ganadera en su totalidad, pero en realidad representaba tan solo a un núcleo muy reducido dentro de ella, a los más poderosos. Si en sus orígenes, como dijimos, sus miembros no llegaban a cien, setenta años después, en 1936, apenas si llegaban a dos mil,y recién en la década del sesenta alcanzan la cifra récord de nueve mil miembros, solo el 10 por ciento de la ciase ganadera. En realidad la Sociedad Rural actuó siempre con las características de una sociedad secreta con poderes ocultos, siendo secreto el procedimiento de las admisiones de socios.

No se admiten por supuesto en ella a medianos y pequeños propietarios ni a chacareros, ni a colonos ni a arrendatarios. Los cargos principales de la Comisión Directiva están siempre en manos de las principales familias de la oligarquía ganadera: Anchorena, Martínez de Hoz, Pereyra Iraola, Peralta Ramos, Ocampo, Pueyrredón, Guerrero, Herrera Vegas, etcétera. Esta Sociedad de tan reducidas dimensiones manejará los hilos de la economía del país hasta el advenimiento del peronismo. Entre 1910 y 1943 cinco de los nueve presidentes fueron hombres pertenecientes a la Sociedad Rural y, por supuesto, ricos estancieros. En ese mismo período, de unos 93 ministros, 39 fueron miembros de la Sociedad. Principalmente a la Sociedad Rural le interesaba controlar los ministerios de mayor importancia: Relaciones Exte riores, Hacienda y Guerra.48 El hecho más representativo del enorme poder de la Sociedad Rural es que consiguió subsistir a todos los cambios políticos, controló por igual a los gobiernos conservadores hasta el 16, a los gobiernos radicales hasta el 30 y después nuevamente a los conservadores.

Su momento más difícil debió pasarlo, como es obvio, bajo el gobierno peronista, pero finalmente también entonces logró salir incólume. Las elecciones de comisión directiva de la Sociedad Rural de 1945 fueron disputadas por el ingeniero José María Bustillo, francamente antiperonista, y José A. Martínez de Hoz, de tendencia más conciliadora. Era el momento álgido de la lucha contra Perón, y triunfó José María Bustillo.

La Exposición Rural de ese año fue un verdadero acto político contra el peronismo. Perón, presintiéndolo, no asistió al mismo; en cambio sí lo hizo su principal enemigo, el embajador norteamericano Spruille Braden, quien fue aclamado por los presentes.

En su discurso, violentamente antiperonista, el ingeniero Bustilio dijo refiriéndose al gobierno: «Parece que la productividad no les interesa en el afán de flotar, momentáneamente, en las aguas caudalosas de la popularidad». La situación entre la Sociedad Rural y el gobierno peronista se hizo insostenible: Perón le negaba a Bustillo todo pedido de audiencia. Comprendiendo que no se podía seguir así, los socios de la entidad pidieron a Bustillo la renuncia y otorgaron la presidencia a Martínez de Hoz. Con el cambio las relaciones mejoraron algo, y Martínez de Hoz llegó a jactarse de haber convencido a Perón del error de destruir los latifundios.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli  La Historia Popular Tomo 15  Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

La vida social de la oligarquia argentina Sociedad de Beneficencia

La Vida Social de la Oligarquía Argentina
La Sociedad de Beneficencia

La Sociedad de Beneficencia No tenía la Sociedad de Beneficencia, cuando fue creada por Bernardino Rivadavia, el mismo carácter que adquiriría después. En 1821 volvía Rivadavia de Europa, donde había alternado en los salones con Madame de Récamier, Madame de Staél y otras mujeres célebres de su tiempo.

mujeres de la oligarquia argentina

Este contacto le hizo cambiar la idea conservadora y tradicionalista que se tenía de la mujer en la sociedad porteña, y decidió darle también a ella un papel activo en la vida pública. Así nació, por decreto del 2 de enero de 1823, la Sociedad de Beneficencia, cuyo principal objetivo sería prestar atención «a la educación de las mujeres, a la mejora de sus costumbres y a los medios de proveer a sus necesidades, para poder llegar al establecimiento de leyes que fijen sus derechos y sus deberes y les aseguren la parte de felicidad que les corresponde».

Fácil es, imaginarse la resistencia que este proyecto tuvo en un comienzo en la pacata sociedad porteña de la época. Contra esa resistencia alentaba Rivadavia en las damas «la necesidad de que éstas debían constituirse para hacer una oposición enérgica a los que alguna vez trataran de ridiculizar cualquiera de las operaciones o actos de la Sociedad, bien entendido que éste sería uno de los mayores males que podían sobrevenirles, en razón de que el ridículo de este género degrada al bello sexo y le impide elevarse hasta el grado a que verdaderamente debe aspirar».

La ocupación fundamental a que se consagraría la actividad de las damas de beneficencia sería la organización de la enseñanza femenina, tan descuidada hasta entonces. Al hacer el balance del primer año de existencia, la presidenta, doña Mercedes de Lasala y Riglos, dijo: «La Presidenta de la Sociedad de Beneficencia se cree con derecho de asegurar que todas las señoras que la componen han puesto de su parte, para satisfacer a la confianza con que el gobierno las ha distinguido, aquellos sentimientos de interés por la humanidad que les son peculiares, junto con la actividad y economía propias de su sexo».

A los cuatros años de fundada la Sociedad se educaban en sus escuelas cerca de novecientas niñas; a nueve años el número de alumnas se elevaba a mil doscientas. Sin embargo, no debemos dejarnos engañar al reápecto: la educación que se brindaba en esas escuelas no propendía de ningún modo a la modificación de los viejos hábitos coloniales ni a la transformación de! concepto conservador que sobre la mujer se tenía.

En 1832, siendo presidenta de la Sociedad la famosa Mariquita Sánchez de Mendeville, manifiesta bien claramente la orientación tradicionalista de la educación que allí se impartía. La educación, dice doña Mariquita,«está distante de ser demasiado elevada, como lo han temido algunas personas respetables del pueblo. Los deseos de la Sociedad son, al contrario, que las niñas se complazcan más en su estado, conociendo mejor sus deberes, y que acepten con resignación su destino».

La enseñanza consistía principalmente en enseñar a las alumnas a planchar, a cocinar, a zurcir y remendar. Muy lejos estaba, pues, la Sociedad de Beneficencia de ser un instrumento de liberación femenina;; nada se impartía en sus escuelas que sirviera para desarrollar una personalidad libre y autónoma, sino, por el contrario, se trataba de «que acepten con resignación» el papel subordinado a que las destinaba la sociedad patriarcal. Durante el gobierno de Rosas, la Sociedad de Beneficencia fue presidida por la hermana del dictador, Agustina Rosas.

El gobierno trató por todos modos que la Sociedad se convirtiera en un instrumento de su política. Entre otras directivas dadas a la Sociedad se contaban «no admitir a la cabeza de los establecimientos de educación ninguna maestra que no conformase sus ideas a la política del gobierno», a las alumnas de los colegios de la Sociedad se les imponían vestidos «que no tengan nada de celeste ni verde…; esclavina punzó, pañuelo de una y tercia vara en invierno de lanilla punzó, y en el verano de espumilla del mismo color, llevando un moño también punzó, al lado izquierdo de la cabeza, en todo tiempo».

Las maestras debían prestar juramento de fidelidad a la Santa Causa. El 4 de enero de 1838 la presidenta de la Soqiedad de Beneficencia recibió una nota oficial que decía: «S. E. ha ordenado diga a Ud. que para proponer las socias dad le remita una propuesta en terna para cada una, cuidando de que en dicha propuesta reúnan las candidatas la indispensable calidad de ser notoriamente adictas a la Causa Nacional de la Federación a las que se requieren para el buen desempeño de un cargo tan delicado, y que además conste que los maridos, padres, hermanos o deudos inmediatos de dichas candidatas hayan dado testimonios públicos e intergiversables de su adhesión y fidelidad constante a esa Santa Causa, todo lo cual deberá expresarse al tiempo de elevar al gobierno las propuestas en la forma que queda prevenida».

A pesar de acatar todas estas dis-posiciones, la Sociedad de Beneficencia redujo considerablemente sus actividades durante la época rosista. El gobierno clausuró la Casa de Expósitos y suprimió la subvención para gastos y sueldos de las escuelas, ordenando el cierre sí las familias de las alumnas no las subvencionaban. Solo quedaron tres escuelas de la Beneficencia con no más de doscientas alumnas.

Con la caída de Rosas la Sociedad de Beneficencia renace nuevamente.

En 1857, con motivo de proponerse que la Sociedad de Beneficencia distribuyera los premios de las escuelas de color al mismo tiempo que los de las escuelas de niñas,Mariquita Sánchez de Mendeviíle, que por entonces se desempeñaba como secretaria de la entidad, objetó la medida con una argumentación de contenido netamente clasista y aun racista: «La igualdad ante la ley no quiere decir que no haya clases en la Sociedad», agregando que era conveniente evitar «conflictos estableciendo una igualdad que haría infelices a las gentes de color y a la alta clase». Terminaba diciendo que «aprobaba cuanta educación y bien se les pudiera hacer, pero manteniendo cada clase social en su lugar».

En 1876, la Sociedad de Beneficencia vio reducidas notablemente sus funciones al disponer la ley de Educación común el traspaso de las escuelas de niñas, hasta entonces a cargo de la Sociedad de Beneficencia, al Consejo General de Educación. Desde entonces, la Sociedad de Beneficencia no tuvo otra función que la asistencia social.

Ante la ola inmigratoria del ochenta, la formación del proletariado urbano y las luchas por las reivindicaciones sociales, la Sociedad de Beneficencia se convierte en uno de los bastiones de la reacción social. Uno de sus panegiristas, Carlos Ibarguren, dice al respecto: «La Sociedad de Beneficencia se ha conservado intacta en su estructura, no ha gravitado en su seno la influencia de los recién venidos, y es la única de nuestras instituciones que ha conservado en absoluto su abolengo patricio».

Ibarguren, perteneciente a la misma clase social que las damas de Beneficencia, ve en la institución una defensa de la tradición amenazada y un lazo con el pasado que añora: «Parece que se estremeciera todavía en los claustros apacibles de la vetusta casa de la Sociedad de Beneficencia, en sus bóvedas patinadas por los años y en sus macizas puertas, al alma del viejo Convento de la Merced.

Más adelante, el peronismo le dará el golpe de gracia. El conflicto se desata con el pretexto del nombramiento de la presidenta. Era tradicional en la Sociedad de Beneficencia ofrecerle la presidencia a la esposa del primer magistrado. Pero en esta ocasión, por primera vez, el nombramiento no llegó. Las Damas, muy sutilmente, alegan ante Eva Perón que es demasiado joven para ocupar ese cargo, a lo que Eva, más sutilmente aun, responde que, en ese caso, sea nombrada su madre.

Este ofrecimiento no tiene respuesta. Poco después, la Sociedad de Beneficencia es disuelta y Eva Perón, con un criterio muy distinto, crea la Fundación Eva Perón. En La razón de mi vida se formularán duros juicios sobré la beneficencia: «…para que la limosna fuese aun más miserable v más cruel inventaron la beneficencia, y así añadieron al placer perverso de la limosna el placer de divertirse alegremente con el pretexto del hambre de los pobres. La limosna y la beneficencia son para mí ostentación de riqueza y de poder para humillar a los humildes»

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Ley de Educacion 1420 Registro Civil Servicio Militar Gobierno Roca

Gobierno Roca: Ley de Educación 1420 – Registro Civil – Servicio Militar

Ley de Educacion 1420 Registro Civil Servicio Militar Gobierno RocaJulio Argentino Roca
Nació en Tucumán en 1843. Fue presidente de la Argentina durante :os períodos: entre 1880 y 1886, y entre 1898 y 1904. Murió en Buenos Aires en 1914.

Durante su primer gobierno, Roca explicó que «la práctica de la libertad de las instituciones federales, sin revueltas ni motines, hace el estado normal del país, debido «principalmente a los progresos de la razón pública, que ha comprendido por dolorosas experiencias que el desorden trae siempre consigo la pobreza, el atraso y el descrédito».

Durante su gobierno el fortalecimiento del poder central se hizo efectivo a través de varias medidas. Una de ellas fue la reforma monetaria de 1881, que prohibió la circulación de las monedas y los papeles moneda provinciales y unificó el sistema monetario argentino con la emisión de un papel moneda único, respaldado por el Estado.

La reforma monetaria intentaba organizar el mercado nacional solucionando la anarquía monetaria reinante en las provincias, que dificultaba las transacciones. En 1884, mediante una ley se adoptó formalmente el patrón oro (papel moneda convertible), en un intento de vincular la moneda interna a la externa, ya que el oro era el medio de pago internacional. La misma ley autorizó a cinco bancos a emitir moneda. El sistema de convertibilidad tuvo corta vigencia y se suspendió en 1885.

En 1884, se creó el Estado Mayor del Ejército y se establecieron diversas disposiciones para consolidar el Ejército nacional, que en 1901 culminaron en la Ley de servicio militar obligatorio.

La Ley de Territorios Nacionales (1884) puso bajo jurisdicción directa del Poder Ejecutivo nueve gobernaciones creadas en los territorios conquistados y ocupados entre 1879 y 1884: Tierra del Fuego, Chubut, Santa Cruz, Neuquén, La Pampa, Río Negro, Chaco, Formosa, Misiones.

Dos leyes –la Ley 1420 y la ley de creación del Registro Civil– traspasaron a la jurisdicción estatal funciones que tradicional-mente se había reservado la Iglesia Católica. La Ley 1420, que estableció la educación primaria gratuita, laica y obligatoria rara niños de 6 a 14 años, fue sancionada en 1884 tras ásperos y prolongados debates .teológicos entre liberales y católicos, que ascendieron el ámbito parlamentario.

La creación del Registro Civil (1884) puso bajo la esfera del Estado el registro de los nacimientos y las defunciones, y años más tarde, una nueva ley estableció el matrimonio civil. Las tensiones entre la Iglesia y el gobierno llevaron a la expulsión del Nuncio Apostólico y a la ruptura de las relaciones con el Vaticano. Estas leyes, además de su afán centralizador y secularizante, tuvieron  entre otros objetivos facilitar la integración de los miles de inmigrantes pertenecientes a distintos credos y nacionalidades.

Servicio Militar Obligatorio: El país no estaba preparado para utilizar los instrumentos de guerra adquiridos con premura por el presidente anterior. Faltaban jefes técnicamente capaces, personal especializado, tripulaciones instruidas, arsenales, armamentos, etc.

La creación del ministerio de Marina, a cargo de Martín Rivadavia, permitió el aprovechamiento de la escuadra adquirida con tantos sacrificios. Se iniciaron entonces las obras del Puerto Militar o Puerto Belgrano, que seria la mayor base en su género en América del Sur. y se habilitó el apostadero de Río Santiago. Con el objeto de modernizar el ejército, y con la colaboración del genera) Luis M. Campos, se creó la Escuela Superior de Guerra y la Escuela Normal de Tiro.

El coronel Pablo Ricchieri, segundo ministro de Guerra, inició una nueva era en la organización militar. Convirtió al ejército argentino en un organismo moderno y eficiente, superando el sistema de la Guardia Nacional. En diciembre de 1901 se promulgó una ley sobre la organización de) ejército y el servicio militar obligatorio: la llamada Ley Ricchieri.

LA LEY DE EDUCACION 1420. En 1884. satisfaciendo un proyecto del Congreso Pedagógico convocado por el poder ejecutivo en 1882, se sancionó la ley 1420. de Educación Común  cuyas disposiciones básicas son:

• instrucción primaria obligatoria, gratuita y gradual para todo niño de seis a catorce años de edad;
• división de la capital de la República y territorios nacionales en distritos escolares, con sus escuelas correspondientes:
• impartición optativa de la enseñanza religiosa en las escuelas únicamente antes o después de las horas He clase, por los ministros de los diferentes cultos:
• creación de jardines de infantes y escuelas ambulantes
• obligatoriedad de la vacunación antivariólica. Sobre estas bases se desarrolló favorablemente la enseñanza primaria argentina en las décadas siguientes
.

CREACIÓN DEL REGISTRO CIVIL. También por iniciativa de Roca, se sancionó la ley nacional de Registro Civil. La ley de matrimonio civil se aprobó en 1888.

Ambas leyes provocaron la reacción de la oposición. Los grupos católicos, unidos en la Asociación Católica de Buenos Aires, actuaron como un verdadero partido político, llevando como representantes al Congreso a José Manuel Estrada y Pedro Goyena.

La oposición de los sectores católicos estaba destinada a defender la preponderancia hasta entonces que la iglesia había tenido en estos asuntos. La ley 1420 suponía suspender la obligación de la enseñanza de religión en las escuelas y la ley de registro civil quitaba a la iglesia el monopolio de las inscripciones de nacimientos , matrimonios y defunciones, lo que culminó con el rompimiento de relaciones con la Santa Sede.

CONGRESO PEDAGÓGICO: El 10 de abril de 1882 el Congreso Pedagógico quedó inaugurado solemnemente en la ciudad de Buenos Aires, integrado por representantes de todas las provincias y por delegaciones de Brasil, Solivia, Uruguay y Paraguay.

Los miembros eran profesores, educadores en general, directores de grandes establecimientos y ex ministros de Instrucción Pública. Los más notables educadores argentinos y de los países vecinos participaron de sus deliberaciones. Para presidir sus sesiones el Congreso designó al doctor Onésimo Leguizamón, mientras que los doctores Jacobo Várela y José M. de Estrada actuaron como vicepresidentes.

El tema central del Congreso era la organización de la educación para promover su progreso. Sin embargo, desde unos cuantos años atrás en distintos puntos de la nación se había iniciado un enfrentamiento entre católicos y liberales, por la defensa que estos últimos hacían de la instalación de diversas instituciones progresistas (cementerios públicos, matrimonio civil, registro civil, etc.) que no eran admitidas por los primeros, atrincherados en tradiciones seculares. En consecuencia, la laicidad o religiosidad de la enseñanza no podía estar ausente en las deliberaciones del Congreso y, por el contrario, el debate sobre ese tema fue predominante. En las sesiones preparatorias del Congreso existía la impresión de que las dos tendencias opuestas se enfrentarían en las deliberaciones.

El 14 de abril los católicos presentaron el siguiente despacho: «Consideramos: que la religión es el necesario fundamento de la educación moral; que la sociedad argentina es una sociedad católica; que la Constitución Nacional consagra en las instituciones este carácter de la sociedad; que la llamada laicidad turbaría profundamente la concordia social: «El Congreso, en homenaje a Dios a los derechos de la familia, ala ley y a la paz pública, declara: Que la Escuela Argentina debe dar una enseñanza esencialmente religiosa».

El Congreso Pedagógico de 1882
«[…] En la sesión de clausura […] fueron leídas las conclusiones -divididas en siete capítulos-, las que pueden sintetizarse así: la futura legislación escolar debe tener en cuenta especialmente el establecimiento de la obligatoriedad de la instrucción común, la gratuidad y la graduación de la enseñanza, la educación de los adultos en los cuarteles, fábricas y establecimientos agropecuarios, la enseñanza en los distritos rurales, el mínimun de enseñanza obligatoria, la coeducación, la supresión de los premios y la eliminación de los castigos, la construcción de locales y la provisión de mobiliario y útiles adecuados, la obligación de la vacunación y la revacunación, la creación de rentas propias y suficientes, la organización y dotación de personal docente, la elaboración de programas y métodos de enseñanza, la educación de sordomudos, etcétera.

El Congreso Pedagógico de 1882 tuvo una trascendental importancia. […] Su proyección inmediata fue la ley 1420, del año 1884, sobre la enseñanza universal, obligatoria, gratuita y laica. Ahora bien: la ley 1420, extendida a todo el país, en forma indirecta,» por la influencia ejercida sobre la pertinente legislación oficial, y de modo directo, por la acción de los planteles creados en virtud de la ley 4874, del año 1905, no sólo sirvió para elevar rápidamente el nivel cultural del país, por la gestión de la escuela pública u oficial (sin perjuicio del estímulo brindado a la iniciativa privada) con intervención del Consejo nacional de Educación, sino que contribuyó también -entre otros logros- a afianzar la unidad nacional, favorecer la movilidad social, alentar la participación política y garantizar la paz social.»


HÉCTOR FÉLIX BRAVO. «El Congreso Pedagógico del 1882».
En HÉCTOR FÉLIX BRAVO (comp.). A cien años de la Ley 1420.
Buenos Aires, CEAL, 1985.

Ley N° 1420 de educación común (8 de julio de 1884)
Articulo 1° — La escuela primaria tiene por único objeto favorecer y dirigir simultáneamente el desarrollo moral, intelectual y físico de todo niño de seis a» catorce años de edad.

Art. 2′ — La instrucción primaria debe ser obligatoria, gratuita, gradual, y dada conforme a los preceptos de la higiene.

Art. 4° — La obligación escolar puede cumplirse en las escuelas públicas, en las escuelas particulares o en el hogar de los niños; puede comprobarse por medio de certificados y exámenes, y exigirse su observancia por medio de amonestaciones y multas progresivas, sin perjuicio de emplear en caso extremo la fuerza pública para conducir los niños a la escuela.

Art. 5° — La obligación escolar supone la existencia de la escuela pública gratuita al alcance de los niños de edad escolar, […].

Art. 6° — El mínimum de instrucción obligatoria comprende las siguientes materias: lectura y escritura; aritmética (las cuatro primeras reglas de los números enteros y el conocimiento del sistema métrico decimal y la lev-nacional de monedas, pesas y medidas); geografía particular de la República y nociones de geografía universal; de historia particular de la República y nociones de historia general; idioma nacional; moral y urbanidad; nociones de higiene; nociones de ciencias matemáticas, físicas y naturales; nociones de dibujo y música vocal; gimnástica y conocimiento de la Constitución Nacional.

Art. 8° — La enseñanza religiosa sólo podrá ser dada en las escuelas públicas por los ministros autorizados de los diferentes cultos, a los niños de su respectiva comunión, y antes o después de las horas de clase.

Articulo 10° — La enseñanza primaria para los niños de 6 a 10 años de edad, se dará preferentemente en clases mixtas bajo la dirección exclusiva de maestras autorizadas.

Fuentes Consultadas:
Historia 3 La Nación Argentina Kapeluz
de Miretzky – Mur – Ribas  – Royo
Historia Argentina Santillana Luchilo-Romano-Paz
Historia 3 La Argentina y El Mundo Astolfi José C.
Enciclopedia Historia Argentina Tomo 13
La Argentina Historia del País de y De Su Gente María Sáenz Quesada

Biografia de Julio Argentino Roca Conquista del Desierto Indios

Biografía de Julio Argentino Roca

biografia de roca argentinoJulio Argentino Roca
Nació en Tucumán en 1843. Fue presidente de la Argentina durante los períodos: entre 1880 y 1886, y entre 1898 y 1904. Murió en Buenos Aires en 1914.

Durante su primer gobierno, Roca explicó que «la práctica de la libertad de las instituciones federales, sin revueltas ni motines, hace el estado normal del país, debido «principalmente a los progresos de la razón pública, que ha comprendido por dolorosas experiencias que el desorden trae siempre consigo la pobreza, el atraso y el descrédito».

Julio Argentino Roca influyó durante casi 60 años en la política nacional, ya que su hijo Julito fue vicepresidente del General Justo hasta 1938 y firmante del famoso tratado Roca-Runciman -después que su padre canceló el empréstito de la Baring Brothers contraído por Rivadavia un siglo antes-, para consolidar la «granja del imperio», según sus propias palabras.  Para lo cual se valieron también del no menos célebre «fraude patriótico».

Julio Argentino Roca fue dos veces presidente de los argentinos.  Héroe militar en la «Conquista del Desierto».  Político de fuste, personaje discutido, fiel exponente de la «generación del ochenta».  Fue uno de los hombres más polémicas de nuestra historia y paradójicamente, uno de los menos conocidos.

Roca nació en Tucumán, el 17 de julio de 1843.  Siendo muy joven luchó en la Batalla de Pavón, en el Ejército de la Confederación comandado por Urquiza.  Años después, se alistó en la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay.  También combatió los levantamientos de el gobierno central.  Coincidencia o no, Roca aparece siempre del lado del poder.

En 1872, siendo presidente Domingo F. Sarmiento, Roca es ascendido a Coronel y trasladado a Río Cuarto, como jefe de frontera en la lucha contra el indio.  Allí contrae matrimonio con Clara Funes.  Este acontecimiento ‘social significó su ingreso a la aristocracia cordobesa y la plataforma para su despegue.  Otra de las claves de su ascenso político fue su prestigio militar.

Con 31 años, en 1874, Roca ya era General, y desde la Comandancia de Frontera del Interior, criticaba el Plan del Ministro Alsina para luchar contra los indios y adelantaba las bases de lo que sería su plan de campaña para conquistar el desierto.  Por entonces, Roca le escribía al Ministro de Guerra: «A mi juicio, el mejor sistema para concluir con los indios, ya sea extinguiéndolos o arrojándolos al otro lado del Río Negro, es el de la guerra ofensiva».

Muerto Alsina en 1877, el presidente Nicolás Avellaneda designó a Roca Ministro de Guerra. Éste, preparó una caballería con 6.000 hombres y desde julio de 1878 realizó una verdadera «razzia» en el desierto, que dio como resultado 4 caciques presos, 1.250 indios muertos y más de 3.000 prisioneros.  La segunda campaña se realizó en 1879,como fotógrafo y corresponsal periodístico incluido.  Cuando la expedición finalizó, la amenaza del indio había sido extinguida y se habían capturado 20.000 leguas de tierras aptas para la agricultura y la ganadería.  Con la Campaña del Desierto Roca ganó popularidad y allanó su camino a la presidencia, cargo al que accedería con tan sólo 37 años.

La primera presidencia transcurre entre 1880 y 1886.  En ese período se crea el Banco Hipotecario Nacional, se sancionan los Códigos Penal y de Minería y se dictan las leyes de Registro Civil, de Matrimonios y de Educación.  Esta última (ley 1.420) establecía la enseñanza laica, gratuita y obligatoria y además incorporaba la educación rural, la enseñanza para adultos, las escuelas para sordomudos y la modificación de programas y métodos de enseñanza.

El objetivo era bajar los índices de analfabetismo y contribuir a la construcción de un «ser nacional» en una sociedad fuertemente marcada por el aporte inmigratorio.  Los resultados fueron asombrosos.  En pocos años, el sistema de enseñanza primaria de la Argentina se ubicaba entre los mejores del mundo.

Por esa época se incorporan al territorio nacional las regiones del Chaco, Formosa, La Pampa y la Patagonia.  La expansión geográfica fue acompañada de un incremento poblacional, ya que la libertad de cultos y la igualdad de derechos civiles estimularon la llegada de nuevas corrientes inmigratorias.

En materia de infraestructura, se comenzó la construcción del puerto de Buenos Aires. Durante la primera presidencia de Roca Aires y se extendieron los ferrocarriles.  El comercio exterior alcanzó cifras no registradas hasta entonces.  El país se desarrolló en pocos años de una manera notable.

Roca, en una carta dirigida a Miguel Cané al promediar su mandato, escribía: «Por fin tenemos un gobierno dotado de todos los instrumentos necesarios para conservar el orden y la paz; sin menoscabo de la libertad y los derechos legítimos de todos. Éste ha sido mi principal objetivo desde los primeros días.  La revolución, el motín o el levantamiento ya no son ni serán un frase lo pinta a Roca de cuerpo entero.«

La primera presidencia de Roca arrojó como saldo una vasta obra de gobierno, más allá de las objeciones que se le puedan hacer al modelo de país impulsado por esa «generación del ’80»,que por ser exclusivamente agroexportador, nos puso en desventaja y en relación de dependencia con respecto a los países industrializados.

Al finalizar su mandato, Roca usó su influencia para que el sucesor fuera su concuñado, Miguel Juárez Celman, de quien no dudó en despegarse cuatro años después, cuando la revolución de 1890. Comenzó su segunda presidencia en 1898, en circunstancias muy distintas a las de su primer mandato, que pusieron a prueba su temple y capacidad de conducción.

PROGRESO TECNOLÓGICO: se establece en Buenos Aires el primer servicio telefónico, con sólo 20 abonados. Funcionó en un local de la calle Florida 24, y fue instalado por la Societé Du Pain Telephone de Loch. La primera línea directa entre residencia y residencia fue propiedad del presidente Roca, desde su despacho presidencial a su casa de la calle San Martín 577. Se realizó, también, la primera comunicación a larga distancia: el ministro Bernardo de Irigoyen logró llamar a Chivilcoy.

INMIGRACIÓN: entre 1880 y 1886 entraron al país 483.524 personas; regresaron 106.653 y
el resto quedaron radicadas.

EDUCACIÓN: el Congreso sancionó la ley 1420 de enseñanza gratuita, laica y obligatoria, antecedida de una fuerte polémica con la Iglesia católica, al igual que la ley que creó el Registro Civil en todo el país. Hasta entonces los casamientos, nacimientos y defunciones eran registrados por el clero.

El conflicto limítrofe con Chile obligó en 1901 a la sanción de la Ley Richieri, que establecía el servicio militar obligatorio.  Como respuesta a las fuertes huelgas y al activismo permanente de anarquistas y socialistas, Roca implementó la «ley de residencia extranjera» que permitía expulsar del territorio nacional a todo extranjero que derecho sagrado de los pueblos».  La que el presidente Roca era un caudillo cometiese delitos de derecho común, perturbara el orden público o comprometiese la seguridad nacional.  A esta ley le siguió la declaración del estado de sitio.

En 1904, lejos de los tiempos de «Paz y administración», Roca concluye su mandato.  La Ley Sáenz Peña, el triunfo del radicalismo y la presidencia de Hipólito Irigoyen, marcarían una nueva etapa.  Roca no alcanzó a ser testigo de esos cambios.  Murió el 19 de octubre de 1914.

La mayoría de los historiadores dicen pragmático, un hábil político, un conservador inteligente y un conocedor sagaz de las debilidades ajenas.  Y que por eso la gente se acostumbró a llamarlo «el zorro».

Cualquier semejanza de este retrato histórico con algún dirigente político de actualidad es pura coincidencia.

LA CONQUISTA DEL DESIERTO: Desde la presidencia de Mitre existía la idea de recuperar la frontera del río Negro para asegurar las poblaciones pampeanas de los ataques indígenas y dar nuevos campos a la explotación. Los sucesos del país habían impedido concretar la idea. Durante la presidencia de Avellaneda la presión popular se hizo mayor como consecuencia de los aportes inmigratorios y de los malones indígenas.

El ministro de Guerra Alsina tomó el asunto en sus manos y en 1875 propuso un plan de acción: avanzar la línea de la frontera sur ocupando lugares estratégicos y levantando en ellos poblaciones, de modo de hacer imposible a los indios permanecer en la zona. (…)

Consultado el general Roca, comandante de la frontera oeste y con larga experiencia en la materia, impugnó la esencia del proyecto. La línea de fortines era ineficaz y dejaba el desierto a sus espaldas; era muy costosa, se necesitaba mucha tropa y ésta se desmoralizaba en la inactividad del fortín.

La solución estaba en buscar a los indios en sus bases, por medio de una ofensiva continuada con tropas bien montadas, que serían oportunamente relevadas por fuerzas de refresco de modo de no dar tiempo a los indios para reponerse. De ese modo, mucho más eficaz que una zanja como obstáculo defensivo, se podía empujárselos hasta el río Negro.

Las opiniones se dividieron. Pero Roca era sólo comandante de frontera y se impuso el plan del Ministro. El cacique Namuncurá, jefe de una verdadera confederación de tribus e informado de estos planes quiso neutralizarlos con una gran invasión en el verano 1875-76.

Cuatrocientas leguas cuadradas desde Alvear a Tandil fueron arrasada; por los salvajes que usaron en es; ocasión carabinas y revólveres. Cinco recios combates los contuvieron causándoles serias bajas.

Por fin, e 11 de abril de 1876, quedó ocupad; la línea fijada por Alsina. El resulta do fue superior al esperado, pues despojó a los indios de las mejore: tierras de pastoreo para su ganado } su caballada de guerra. Alsina programo entonces campañas primitivas inspiradas en el plan de Roca cuando le sorprendió la muerte.

Su sucesor, Roca, volvió a su propío plan. Hasta mediados de 1878 lo: indios habían sufrido un castigo tremendo y su gente de guerra no llegaba a 2.000 lanzas. Roca preparó 6.00( hombres de caballería móvil, bien armados, y desde julio de 1878 realizó una verdadera razzia en el desierto que dio como saldo 4 caciques presos, 1.250 indios muertos, más di 3.000 prisioneros y otros 3.300 se presentaron voluntariamente. El poder indígena había sido quebrantado definitivamente. Roca inició la según da campaña en abril de 1879, que ahora constituyó un «paseo militar».

CARLOS ALBERTO FLORIA
Y CÉSAR A. GARCÍA BELSUNCE,
HISTORIA DE LOS ARGENTINOS.

Revista Perspectiva
Director: Raúl Fusari
Lic.  Ariel R. Levatti Periodista.  Docente universitario.  Secretario de Redacción de la Agencia Radiofónica de Comunicación de la Universidad Nacional de Entre Ríos.  Secretario de Prensa de la Municipalidad de Esperanza.

Historia de la construccion del puerto de Buenos Aires Madero Huergo

Historia de la construcción del puerto de Buenos Aires

En los albores del siglo XIX, desde la indepedencia de las Provincias el Río de la Plata debido a ciertas circunstancias generadas por novedades técnicas, nuevas pautas económicas y ambiciosos programas de progreso, se inició la sostenida preocupación por resolver los problemas del puerto de Buenos Aires. En este proceso, violentas disputas acompañaron los inicios de su realización efectiva.

Las mismas se originaron por la lucha que se entabló entre los técnicos locales, en los primeros pasos de la formación de un campo profesional de la ingeniería, y las decisiones de otorgar a expertos extranjeros las obras de magnitud. Sobre esta base de requerimientos técnicos y corporativos se engarzó la discusión estrictamente política entre grupos antagónicos, aunque con intereses estructurales similares.

En su origen, la historia del puerto de Buenos Aires ligó tres sitios: la costa frente a la ciudad, la boca del Riachuelo y la Ensenada.

Desde mediados del s. XVIII, cuando comienzan a proliferar las propuestas para el puerto, estas tres posibilidades estaban planteadas. La costa de la ciudad no ofrecía posibilidades naturales, pero respondía a la instalación de la trama comercial en la ciudad, en momentos en que no era fácil cubrir largas distancias.

El Riachuelo había sido desde los años de la Conquista un abrigo para naves de pequeño calado, mientras que en la Ensenada invernaban las de mayor tamaño. Las instalaciones que se realizaron fueron modestas, en consonancia con los proyectos, entre los que pueden mencionarse el de Juan Echeverría, en el bajo de las Catalinas (1755), el de Vianes (1761), la serie de proyectos de Rodríguez y Cardoso  (1771), los de Pallares (1784, en la costa frente a la ciudad), los de Cervino (1794, en el bajo de las Catalinas).

Las instalaciones debían contemplar tanto fines comerciales como de defensa de las costas, asoladas por los temporales, y de defensa militar. Solo se realizaron, en el Riachuelo y frente a la ciudad, modestos muelles de madera.

Mucho más interesante resulta el proyecto de Giannini (1804). El ingeniero español articuló el puerto natural del Riachuelo con las necesidades de inmediatez del tráfico de la ciudad de Buenos Aires. Al mismo tiempo, reconocía las condiciones geológicas del suelo bonaerense en forma más ajustada que sus antecesores.

Giannini proponía un canal cuya excavación «dirigida en línea recta, tenga su principio en el recodo que hace el Riachuelo (la vuelta de Rocha) […] desde cuyo sitio […] formará una línea que vendrá paralela a las barrancas, hasta que, pasando por delante del fuerte, busque su desagüe con alguna diagonal». El canal, cerrado con una exclusa, serviría como puerto seguro tanto a los buques comerciales como a las embarcaciones pequeñas, a las cañoneras como a los barcos de pesca.

El puerto de Buenos Aires debía servir, simultáneamente, a propósitos de defensa militar, de comercio, de desembarco de pasajeros, de producción pesquera: un puerto múltiple, según la más corriente clasificación por funciones. Las invasiones inglesas y la revolución dejaron en suspenso la realización de este proyecto.

En 1886 la Capital Federal se vinculó a la red ferroviaria del interior mediante la línea que la ligó a Rosario. Las terminales ferroviarias se fueron instalando en los puntos de la ciudad porteña que históricamente habían sido de centralización del antiguo tráfico de carretas: Plaza Constitución para el sur, Plaza Once para el oeste, Plaza Retiro para el litoral y el norte.

Las estaciones finales conformaban un semicírculo urbano tendido a pocas cuadras del río, es decir, del camino a Europa. Sólo faltaba el puerto, que debía facilitar el tráfico transoceánico: su construcción fue uno de los grandes objetivos, y su ubicación suscitó una de las más enconadas polémicas de la década.

Luis A. HuergoDesde tiempos de Rivadavia los porteños soñaban con el puerto. El método utilizado para desembarcar constituía todo un desprestigio y era comentado con sorpresa por los extranjeros que nos visitaban.

Distintos planes fueron dejándose de lado durante décadas, hasta que, hacia 1880, las posibilidades quedaron definidas y encarnadas en las personas del ingeniero Luis A. Huergo (imagen izq.)  y de Eduardo Madero.

Huergo postulaba la creación de un puerto de aguas profundas a lo largo del Riachuelo, para lo cual insistía no hacían falta grandes inversiones.

En 1881 la legislatura bonaerense votó una partida para dragar el Riachuelo, y ya en 1883 un gran transatlántico, el L’Italia, amarró en las nuevas instalaciones.

Pero hacia 1885 los trabajos de Huergo languidecieron por falta de apoyo político, y finalmente debió renunciar a seguir adelante.

Triunfaba la propuesta de Madero, que tenía mejores conexiones políticas y el apoyo de capitalistas e ingenieros británicos. En marzo de 1886 el Poder Ejecutivo Nacional aprobó sus planos y, en medio de un gran escándalo periodístico y parlamentario, se iniciaron los trabajos del puerto frente mismo a Plaza de Mayo.Madero

En enero de 1889 el vicepresidente Pellegrini que en un principio había apoyado vehementemente a Huergo inauguró la dársena sur de las nuevas instalaciones.

 En 1897 se habilitarían la dársena norte y el canal de acceso.

Cuando el proyecto de Madero estuvo enteramente realizado antes de esto, en realidad resultó que era insuficiente, y en 1907 debieron iniciarse los estudios para construir un «puerto nuevo» que recién habría de terminarse en 1927.

«Transcurrido un siglo dice James R. Scobie en su libro Buenos Aires, del centro a los barrios resulta tentador encontrar motivos más profundos en la controversia entre los proyectos de Huergo y Madero (imagen der.).

Para algunos, Huergo representaba la tradición criolla y el desarrollo nacionalista de la economía argentina.

En Madero podía descubrirse la preocupación de los estadistas e intelectuales de la generación del ochenta, que buscaban la modernización y el progreso de la Argentina sobre la base de capitales y tecnología extranjera.».

De alguna manera, Huergo proponía romper la tendencia predominante en la década del ochenta, mientras que Madero favorecía a los mismos intereses en juego en las redes ferroviarias, a los mayoristas e importadores y a las instituciones de crédito más importantes.

Sea como fuere, a finales de la década del ochenta el anhelado puerto empezaba a funcionar y a su ritmo desaparecían gradualmente los pintorescos resabios del tráfico anterior: las miríadas de pequeñas embarcaciones y carromatos de todo tipo, que antes se ocupaban de desembarcar a pasajeros y mercaderías de los navíos anclados frente a las toscas del río. Ahora, grandes buques amarraban en las dársenas, y las playas de embarque de los ferrocarriles y sus depósitos se encontraban a pocos metros de las bodegas.

Año tras año se multiplicaba el tonelaje de los barcos, y Buenos Aires afirmaba su condición histórica de «boca de expendio» de las crecientes exportaciones. A un paso de la plaza que era el centro político, comercial y financiero de Buenos Aires, el «Puerto Madero» era, además, un símbolo de la irrefrenable vocación centralista de la capital de la República, lugar al que llegaban los frutos de la tierra para ser embarcados y desde donde se repartían por todo el país los productos que venían de ultramar.

La Red ferroviaria argentina en 1880 Empresas Britanicas Historia

La Red ferroviaria Argentina en 1880
Las Empresas Británicas

LOS FERROCARRILES: A ningún banquero, ningún capitalista extranjero podía dudar del futuro argentino cuando contemplaba lo que se estaba haciendo en materia de ferrocarriles. En 1880 existían casi 2 500 Km. de vías, la mitad de ellas propiedad del Estado; en 1890, las vías llegaban a 9 500 Km. y las concesiones otorgadas entre 1886 y 1889 alcanzaban 26 000 Km., una cifra realmente fantástica; esta extensión existía sólo en el papel, desde luego, pero era indicativa de la vocación expansiva de los «caminos de hierro» en el país.

la porteña, primer tren en buenos aires

LA PORTEÑA, Primera Locomotora Pública en Bs.As.

Sin embargo, a lo largo de esos diez años la filosofía estatal en materia de ferrocarriles había variado totalmente. En 1880 el Estado Nacional era dueño del Ferrocarril Central Norte, que unía Córdoba con Tucumán, de un ramal de Villa María a Río IV que aspiraba a llegar a Cuyo, y de un pequeño tramo en Entre Ríos; además, la provincia de Buenos Aires poseía el Ferrocarril del Oeste, que vinculaba la nueva Capital Federal con Lujan y allí se dividía en dos rumbos, hacia Arrecifes (donde llegó en 1881) y hacia 9 de Julio (1883).

El resto de las líneas ferroviarias pertenecía a seis compañías británicas, tres de las cuales gozaban de «ganancias garantidas». La principal era la del Ferrocarril del Sud, que llegaba a Tandil y Azul, seguida por la del Ferrocarril Central Argentino, que unía Rosario con Córdoba. Las dos terceras partes de las vías se concentraban en la pampa húmeda; el tercio restante recorría la zona norte del país.

Urgidos por la necesidad de integrar las regiones y dar salida a los productos agropecuarios, los gobiernos anteriores a 1880 habían establecido en algunas leyes de concesión la cláusula de «ganadas garantidas», que significaba que la Nación aseguraba un mínimo del 7 por ciento sobre el capital invertido como renta para los accionistas.

En la década del ochenta el Estado Nacional siguió participando en la construcción de ferrocarriles, pero limitó las «ganancias garantidas» a un 5 por ciento y abandonó la modalidad de regalar a la empresa constructora las tierras adyacentes al tendido. Ya se había logrado el interés de los capitales, no había necesidad de estimularlos con privilegios y, además, el propio Estado Nacional hacía punta en la expansión ferroviaria.

Cuando Roca abandona la presidencia (1886), las vías férreas ya contaban con 6 000 Km. de tendido, y en ese incremento hay que señalar realizaciones como la del Ferrocarril Andino. Originariamente se había planeado extender el ramal Villa María Río IV a Mendoza y San Juan, con una eventual prolongación a Chile.

El concesionario, Juan Clark, renuncia en 1881, y la construcción del Ferrocarril Andino pasa a ser responsabilidad del Consejo de Obras Públicas de la Nación. En mayo de 1885 el tren llega a Mendoza y luego a San Juan, con una baratura de costos y un rendimiento que asombra. «La vía más barata y mejor construida de la República», dice Roca en uno de sus mensajes. Lo es a tal punto, que esos 500 Km. tendidos en cinco años aportan, en 1885, un millón de pesos a las Rentas Generales de la Nación. Algo similar ocurre con el Ferrocarril Central Norte, también propiedad de la Nación, que a partir de 1882 se transforma en una fuente de ingresos, autofinanciando dos de sus ramales y prolongándose a Salta.

Pero esta exitosa política estatal habría de clausurarse con la gestión presidencial de Juárez Celman. A los tres meses de asumir el poder se vende el Ferrocarril Andino… ¡al mismo Clark que había renunciado a construirlo! Además, se le garantiza una ganancia del 5 por ciento sobre los 12 millones de pesos oro que ha pagado para adquirir la línea.

En diciembre de 1887 se enajenan los ramales del Central Norte y luego la red troncal, que fue comprada por una firma inglesa para transferirla días después al Córdoba Central Railway: también en este caso la Nación garantizó una ganancia del 5 por ciento a los adquirentes.

Poco más tarde la provincia de Buenos Aires vende el ejemplar Ferrocarril del Oeste. Salvo dos ramales, «el chiche de los porteños» fue adjudicado en abril de 1890 a un sindicato de compañías inglesas que ofreció unos 40 millones de pesos oro. «Los ferrocarriles de la provincia se llaman ahora «New Western Railway of Buenos Aires«. ¿No se parece eso a la sombra de la bandera inglesa flameando sobre otro pedazo del territorio argentino con más derecho del que tiene para flamear sobre las Islas Malvinas?» clamaba Carlos D’Amico en su libro Buenos Aires, sus hombres, su política, escrito en 1890.

Así, en menos de diez años, aquella política ferroviaria llevada adelante por el Estado con sentido nacional se había frustrado. Contrariamente a la tendencia inicial de la década, en 1890 la mayoría de los 9 500 Km. de vías férreas existentes pertenecía al capital inglés (los franceses recién entraron al negocio ferroviario en 1885).

La «furia ferroviaria» no habría de detenerse, pero ya tenía otro sentido. A partir de 1890, los ferrocarriles que en el futuro construyera el Estado Nacional se tenderían en zonas alejadas, escasamente pobladas, como una medida de fomento; las grandes redes troncales eran inglesas.

No faltaron voces que advirtieran la insensatez de la política de Juárez Celman, que vendía, en pleno éxito de explotación, lo que el país entero había construido con su esfuerzo y su ahorro. Síntesis de estas opiniones es el comentario de El Nacional del 20 de julio de 1887: «¿Qué no se ha dicho de los ferrocarriles? Todo empréstito era poco para gastarlo en él. Ahora de la Casa Rosada sale esta proclama: el Gobierno «no» debe hacer ferrocarriles: se declara arrepentido de haberlos hecho…»

Y sigue diciendo el diario: «El gran secreto financiero consiste, pues, en este doble procedimiento: defender los ferrocarriles del Estado para tener empréstitos, y renegar de ellos luego de ser administrados por el gobierno para vender los ferrocarriles, para tener dinero.»

Era cierto: acosado por una deuda creciente en oro, el gobierno de Juárez Celman intentaba hacerse de recursos vendiendo los ferrocarriles del Estado, con el pretexto de que el Estado era un mal administrador… aunque las líneas enajenadas, tanto de la Nación como de la provincia de Buenos Aires, fueran un modelo de buena gestión comercial.

Quizá no habría que dejar de lado un elemento de corrupción que en aquella época flotaba en el ambiente, ni la inexperiencia de gobernantes alucinados por las doctrinas económicas en boga. Pero, volviendo a lo que se subrayaba al comenzar, ninguno de estos aspectos interesaba al observador extranjero. Sí le impresionaba, en cambio, el espectacular crecimiento de la red ferroviaria argentina, y su significación con respecto a la modernización y la capitalización del país, además de su importancia como infraestructura de un mejor y más barato transporte de la producción agropecuaria a la gran boca de expendio que era el puerto de Buenos Aires.

Los ferrocarriles a la luna
En la compilación de Gustavo Ferrari y Ezequiel Gallo titulada La Argentina del ochenta al centenario (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1980), el economista Eduardo Zalduendo se refiere a aspectos del sistema de transportes en la década de 1880 calificando de «período de la manía» al bienio 1887/89.

«Al terminar la primera administración del presidente Roca, la red ferroviaria contaba con 6000 Km. Los tres años siguientes se caracterizaron por una fiebre o «manía» ferroviaria reflejada en el otorgamiento indiscriminado de concesiones por el Congreso y los gobiernos nacional y de la provincia de Buenos Aires dentro de su jurisdicción: el total de concesiones aprobadas durante este período se ha estimado que posibilitaba la construcción de alrededor de 26 000 kilómetros.

»Una parte de estas concesiones se otorgó como recompensa por favores políticos. Los concesionarios lograron tramos paralelos a líneas ya en operación, o lograron los tramos siguientes a las puntas de rieles ya concedidas [o que fueron] ilusiones por extenderse por zonas totalmente fuera de posibilidad de desarrollo. En los dos primeros casos los concesionarios tenían frecuentemente la intención de venderlas a las empresas británicas ya establecidas y, en el último caso, encontramos los que en la época se conocieron como «ferrocarriles a la luna» tales como Resistencia Orán, San Rafael Ñorquín, etc.

Durante los tres años mencionados se otorgaron sesenta y siete concesiones nacionales, a veinticuatro de las cuales se les ofreció una garantía del 5 por ciento de interés sobre el monto de inversiones fijado por kilómetro de vía. El monto kilométrico variaba según la trocha, la topografía del terreno y el eventual volumen del servicio esperado. Asimismo los plazos de las concesiones, entre ocho y cincuenta y cinco años, siendo el de veinte años el plazo más frecuente. El total de líneas concedidas en tales condiciones fue de 12 200 kilómetros; felizmente, muchas no se llevaron a cabo, pues el compromiso financiero adicional que ellas configuraban hubiera representado nada menos que el 45 por ciento del presupuesto nacional de 1890.

En esos años, además, algunas provincias comenzaron a deslumbrarse por la «manía»: durante 1888 y 1889, la provincia de Buenos Aires acordó una red de concesiones en su territorio que culminó con el espectacular otorgamiento del día 17 de octubre de 1888. Luego la fiebre llegó a Santa Fe, Córdoba, Tucumán y Corrientes; en la década siguiente a Salta, y en 1902 a Mendoza».

PARA SABER MAS…

El periodista Diego Valenzuela, en su libro «Enigmas de la Historia Argentina», comenta lo siguiente respecto a los primeros ferrocarriles:

«Contra lo que se dice comúnmente, antes de ser inglés, el primer ferrocarril fue privado nacional y, luego, estatal. La primera compañía ferroviaria, de 1854, estaba constituida por un grupo de familias adineradas, comerciantes porteños. En la época fue la mayor empresa local y actuó durante casi una década, desde comienzos de 1854 hasta fines de 1862, construyendo y operando la primera línea férrea de la provincia y del país. Esta no era otra que el mencionado ferrocarril hacia el Oeste, que partía de la plaza Del Parque, un antiguo basural conocido como «el hueco del zumbido», donde hoy se encuentra el Teatro Colón. Como con el tiempo esta familias no consiguen suficiente capital, tratan de armar una sociedad anónima, pero hay poca gente interesada y la firma pasa al estado.

Hacia 1850, las empresas más grandes que había eran cuatro o cinco saladeros que procesaban la carne salada para exportar, un par de pequeños molinos harineros y nada más; eran iniciativas muy rudimentarias, negocios importantes pero operaciones muy simples desde el punto de vista de la inversión. Construir un ferrocarril de diez kilómetros se convirtió en una iniciativa de alto vuelo para la Argentina. En ese momento, capitalistas argentinos se proponen ser los pioneros, y piden permiso para hacer un ferrocarril al Oeste. No tienen claro hasta dónde llegará, porque dependen del dinero que consigan.

Buscan un ingeniero para que les haga el trabajo; pasan cuatro, hay demoras, varios renuncian. Finalmente, desde la vieja estación Del Parque, parte el primer viaje hacia Floresta, en 1857. La estación fue adornada, y entre los presentes se tenía la sensación de estar presenciando un momento histórico.

Cuando el ferrocarril llega a Moreno, en 1860, el 90 por ciento del capital había sido puesto por el estado. Está manejado por un directorio privado, pero el capital es público. Para entonces ya era evidente que se requería un gran salto, que no se podía seguir creciendo de a pequeños pasos. Llegar a Chivilcoy requería mucho dinero, eran 120 kilómetros adicionales cruzando la nada. Los inversores privados buscan al estado, que compra las acciones y se dispone a seguir con la obra. Un ferrocarril de capital privado local pasa a ser un ferrocarril estatal de la provincia de Buenos Aires. Recién hacia 1889 fue vendido al capital inglés.»

 

Exportaciones de Granos en 1880 Caracteristicas Plan Agroexportador

Exportaciones de Granos en 1880
Características Plan Agroexportador

Principal objetivo económico: Producir, exportar…

A a solidez de la moneda y de la economía argentina dependía de la evolución del comercio exterior o, en otras palabras, de la capacidad nacional para exportar mucho, importar lo indispensable y capitalizarse con los saldos del intercambio. Como ya se ha dicho, la situación del mercado internacional era óptima para la incorporación de esta Argentina recién llegada. Pero en la década del ochenta el despegue de nuestro país, aunque impresionante, no alcanzó a arrojar saldos positivos. A partir de esta realidad, todo se iría deteriorando hasta llegar al estallido de 1890.

Exportaciones de Granos en 1880 Caracteristicas Plan Agroexportador

Las exportaciones argentinas, calculadas en pesos oro, fueron de casi 60 millones en 1880, y aumentaron gradualmente hasta llegar a 100 millones en 1890. Las importaciones también aumentaron, pero mucho más rápidamente: de 45 millones en 1880, a 142 millones en 1890. Salvo 1880 y 1881, todos los años siguientes arrojaron saldos negativos: en 1889 el monto fue de 74 millones de pesos oro. Esta balanza comercial deficitaria se fue cubriendo con ingresos en metálico provenientes del exterior en forma de empréstitos, o con la enajenación de ferrocarriles, tierras y otros bienes nacionales.

Se trataba, naturalmenle, de recursos de emergencia. Algunas voces prudentes, como la de Sarmiento que hablaba de «la gran deudora del sur, o la de Aristóbulo del Valle que clamaba contra las emisiones de papel sin respaldo, verdaderas falsificaciones vaticinaban sombríamente los resultados de esta política.

Sin embargo, aunque nuestro comercio exterior presentaba esta grave debilidad, las líneas tendidas en esta década eran correctas y se asentaban en una lúcida apreciación de la realidad industrial europea. Los mercados del Viejo Continente reclamaban lanas y cueros para elaborar; sus pueblos podían consumir una mayor cantidad de alimentos de mejor calidad. El descubrimiento del frío artificial hacía posible el transporte de la carne, y los crecientes tonelajes de los buques de ultramar permitían grandes cargamentos de cereales.

La Argentina tenía tierras vastas y fértiles, que se podían explotar a bajos precios, y una tradición agrícola y ganadera que incorporaba, año tras año, una mejor tecnología. Faltaban, eso sí, medios de transporte que abarataran los costos derivados del inconveniente de la lejanía de las praderas respecto de la boca de salida.

Planteadas así las cosas, es indudable que la política en materia de exportaciones seguida por el Estado en aquellos anos rué correcta. La producción primaria, sobre todo la pecuaria, recibió toda clase de apoyo, desde exenciones impositivas para promover los envíos de carne enfriada, hasta ventas de grandes extensiones de tierra a bajo precio; desde los créditos fáciles en los bancos, hasta el establecimiento de un nuevo Banco Hipotecario, que haría afluir al país ingentes capitales externos a través de la venta de sus acreditadas cédulas.

Las incipientes fuerzas productivas locales respondieron positivamente a estos estímulos, como era de prever; a fin de destacar esta saludable reacción basta recordar la incorporación de maquinaria agrícola, alambrados y molinos a las explotaciones, o la acelerada mestización del ganado.

¿Qué ocurrió, entonces, para que el desequilibrio de nuestro comercio exterior llegara, a fines de la década de 1880, a ser catastrófico? Ocurrió que los frutos de este proceso tenían necesariamente un tiempo de maduración, y en estos años todavía estaban verdes…

Las exportaciones de trigo, maíz y lino eran promisorias pero todavía insuficientes: recién habrían de maximizarse en la década siguiente y, de modo espectacular, en la que se inició en 1900. Sólo el tasajo, los cueros y las lanas podían compensar, en la década que estudiamos, las importaciones masivas: pero el tasajo estaba dejando de consumirse en sus antiguos mercados, y la lana, por su parte, vio bajar su precio en Europa. En cambio, las importaciones subían sin control.

Se centraban en bienes de consumo, especialmente alimentos y bebidas destinados a satisfacer la demanda de aquellos inmigrantes que aún conservaban sus hábitos nacionales, o en textiles. Se importaban también bienes de capital o de consumo durable, pero en porcentajes bajos.

En 1885 empiezan a incrementarse firmemente las exportaciones agrícolas y, paralelamente, las importaciones, siempre en ascenso, comienzan a variar su composición: ahora se trae material ferroviario, productos industriales y otros bienes de capital. Pero los resultados de estas incorporaciones tendrán que esperar unos años para manifestarse: por ahora sólo agravan el desequilibrio de nuestra balanza comercial.

Ningún país puede sobrevivir mucho tiempo a un déficit continuo y creciente en su intercambio. Ocho años de balance negativo en nuestro comercio exterior, disimulados con empréstitos e inflación, bastaron para conmover la vulnerable economía de 1890.

Y sin embargo, el esquema comercial de la Argentina estaba bien planteado. El país había detectado correctamente sus mercados, identificado los bienes que debía privilegiar, e incorporado las técnicas que aumentarían y mejorarían la producción. Simplemente faltó contención y disciplina para que estas acertadas líneas productivas dispusieran del tiempo necesario para robustecerse. Resultaba más fácil endeudarse y seguir importando todo lo que se les ocurriera a los consumidores…

¿Cómo pudo mantenerse durante diez años esta ficticia arquitectura? La explicación no es fácil, pero seguramente debe centrarse en la enorme fe que suscitaba el espectáculo argentino: la consolidación de sus instituciones, la explotación de sus tierras fértiles y la ocupación de las marginales, la explosiva actividad de sus habitantes, la rápida asimilación de sus inmigrantes y, sobre todo, un proceso que en ese momento era el gran vector del progreso mundial: los ferrocarriles, en los que fluía el tráfico y el comercio.

 

LA EDUCACION PUBLICA durante el Régimen Oligárquico Objetivos

LA EDUCACIÓN PÚBLICA
En El Régimen Oligárquico

La instrucción pública: educar para todo el pueblo.

LA EDUCACION PUBLICA durante el Régimen OligárquicoDurante el último cuarto del siglo pasado fue notoria la preocupación de los gobiernos nacionales por obtener un mejoramiento en la instrucción pública. Con tal fin se creó, en 1876, la primera Escuela de Comercio, en Rosario; no obstante fue clausurada en 1881 por falta de alumnado.

En 1891 se insistió en el tema y se fundó, en la Capital Federal, el Colegio Carlos Pellegrini y, con éxito esta vez, se reabrió la escuela de Rosario (1896).

En 1898, bajo la dirección del ingeniero Otto Krausse (imagen) , se estableció la primera Escuela Industrial y se instituyeron escuelas profesionales para mujeres, así como las de Artes y Oficios.

La necesidad de dotar a la Universidad de cierta autonomía impulsó al gobierno, en 1885, a promulgar la Ley Avellaneda.

Disposiciones emanadas de la misma ordenanza crearon un Estatuto universitario que proveía, a las Universidades de Buenos y de Córdoba, de las facultades necesarias para constituir sus propios organismos y regularizar su propia administración.

Tales disposiciones en los ámbitos secundario y terciario, fueron reforzadas con la realización de importantes reformas a nivel primario. Desde la administración de Domingo Faustino Sarmiento, el problema del analfabetismo ocupó un lugar de privilegio en la mentalidad de los conductores del país, puesto que grandes sectores de la población en edad escolar —desde los 6 hasta los 14 años— carecían de instrucción y sólo una minoría asistía a la escuela.

En 1882 se llevó a cabo en Buenos Aires un Congreso Pedagógico que reunió a altas personalidades docentes, no sólo del país sino también del extranjero. El Congreso coincidió en tres puntos: la enseñanza debía ser laica, gratuita y obligatoria, debían suprimirse los castigos corporales y los premios, y la mujer debía participar en la docencia. En 1875, la provincia de Buenos Aires había dictado una ley que propendía a la enseñanza común, aseguraba su gratuidad y obligatoriedad, y fijaba sanciones para hacerla efectiva.

Con estos dos antecedentes inmediatos, en 1883 se realizó un Censo escolar de cuyo resultado surgió que, sobre más de medio millón de individuos en edad escolar, sólo concurrían 146.000 niños a los establecimientos de enseñanza primaria y de ellos, muy pocos completaban los cursos. Por lo tanto, en medio de acalorados debates parlamentarios sobre el proyecto de organización de la enseñanza primaria, se votó la Ley de Educación Común Nro. 1420 (conocida como Ley de Enseñanza Laica), el 8 de julio de 1884.

Los principios fundamentales promulgados por dicha ley son:

• La enseñanza primaria será obligatoria y gratuita para los niños de 6 a 14 años.

• Dicha enseñanza podrá recibirse en las escuelas públicas y particulares, o en el hogar.

• La enseñanza será gradual y conforme a los principios de la higiene.

• Difundirá un mínimo de instrucción, distribuido en asignaturas que podrán desarrollarse de acuerdo con las necesidades de la Nación y la capacidad de los edificios escolares.

• Podrá impartirse en cursos mixtos de varones y mujeres.

• Se distinguirán las ramas especiales de la enseñanza primaria: jardines de infantes, escuelas de adultos y escuelas ambulantes en la campaña.

• La enseñanza religiosa sólo se impartirá en las escuelas públicas por los ministros de los distintos cultos, antes o después del horario escolar.

Las disposiciones de la Ley 1420 han hecho posible que en la escuela argentina no se adviertan —ni se admitan — las diferencias de clase, raza o religión entre los alumnos, y que se respeten los derechos del niño, de sus padres y de sus educadores.

Fuente Consultada: HISTORIA Argentina y El Mundo Contemporáneo
e Historia La Argentina Contemporánea de Felipe Pigna y otros

 

Los Pintores Argentinos Durante el Regimen Oligarquico de 1880

Los Pintores Argentinos Durante el Régimen Oligárquico

Los pintores nacionales el período de “los organizadores

Las dos últimas décadas del siglo XIX fueron las más fecundas en la formación artística nacional; asimismo, fueron las más constructivas, en lo que se refiere a conquistas institucionales. Gracias al incentivo de las asociaciones privadas y al Estado, se fundaron la Sociedad Estímulo de Bellas Artes —la Academia—, el Museo de Bellas Artes y el Salón Nacional. Merced a estas creaciones, las actividades plásticas lograron un impulso concreto y definitivo.

Eduardo Sívori (1847-1918) fue uno de los fundadores de la Sociedad Estímulo de Bellas Artes. Viajó por Italia y estudió pintura en Buenos Aires y en París.

En esta última ciudad realizó un cuadro, Le lever de la bonne (El despertar de la criada), de tendencia naturalista — actualmente está en el Museo Nacional de Bellas Artes— que lo consagró definitivamente.

De regreso a su patria, grabó las primeras aguafuertes que se hicieron en el país: La Carreta, La Tranquera y Tropa de carretas en la pampa.

Este trabajador incansable ejerció gran influencia en la organización de la pintura argentina. Entre sus principales obras se cuenta: La muerte del campesino, Primavera, En el taller y Autorretrato. La imagen izquierda es un retrato de su señora

Si hubo un pintor con sentido de la historia, ése fue José Bouchet (1848-1919). Aun cuando había nacido en Pontevedra (España), irradió argentinidad: fue un gallego que “sintió y amó lo nuestro como pocos”.

Desde los trece años vivió en Buenos Aires, en donde estudió; después se perfeccionó en Florencia. Su primera obra, La Carambola, fue adquirida, en 1884, por el Museo de Nueva York. Pintó los paisajes autóctonos argentinos y realizó muchas composiciones sobre temas históricos, tales como el Campamento de San Martín en Plumerilla, Pringles en Pescadores, Tropas en el Chaco y Columna de ranqueles, entre otras obras.

La pintura de Reinaldo Giudici (1853- 1921) expresó, decididamente, una tendencia social. Estudió en Montevideo, Buenos Aires y Venecia. Su mejor obra, La sopa de los pobres —premiada en la Exposición de Berlín, en 1884— demostró las particularidades del realismo popular, de clara intención social, así como una real fidelidad hacia el dibujo y el color. Prerrogativas aristocráticas, es otro cuadro que responde, sin lugar a dudas, a esa tendencia del artista.

Graciano Mendilaharzu (1856-1894) estudió en París. Pintó naturalezas muertas y motivos campestres. En Buenos Aires (1887) decoró la sala de sesiones de la Legislatura provincial con once figuras alegóricas y nueve retratos que avalaron, en su país, la fama adquirida en Europa.

 Fuente Consultada: HISTORIA Argentina y El Mundo Contemporáneo
e Historia La Argentina Contemporánea de Felipe Pigna y otros

Los Inicios del Periodismo Argentino Origen Primeros Periodicos

Los Inicios del Periodismo Argentino desde 1853 – Origen Primeros Periódicos

La nueva prensa. El derrocamiento de Rosas implicó la iniciación de una nueva etapa en la historia del periodismo argentino, el cual durante la etapa rosista había estado amordazado por la imposición de un tipo único de prensa oficialista que, como fiel servidora del régimen imperante, estuvo destinada a cantar loas a su conductor, aplaudir sus actos y lanzar ataques contra los ciudadanos libres que se oponían a la barbarie entronizada en el poder.

El retorno de los proscriptos dio nueva vida al periodismo, ya que la mayoría de ellos recurrieron a la prensa para difundir sus ideas acerca de los problemas relacionados con la organización nacional.

Las agitaciones populares que llevarían a la ruptura de la provincia de Buenos Aires con la Confederación, determinaron la creación de nuevos órganos periodísticos que, además de defender doctrinariamente sus puntos de vista, se convirtieron en fieles expresiones de prensa política y de combate.

El 1° de abril de 1852 se fundaron El Progreso, que bajo la dirección de Delfín B. Huergo, Diego de Alvear y José L. Bustamante sería órgano de la política de Urquiza, y Los Debates, diario dirigido por Bartolomé Mitre.

mitre periodista

En este diario, Mitre enunció su concepción del periodismo como fuerza civilizadora y anticipó la obra constructiva que, diez años roas tarde, realizaría al frente del gobierno nacional. «La prensa — escribió— es el primer instrumento de civilización en nuestros días, y ha dejado de ser un derecho político para convertirse en una facultad, en un nuevo sentido, en una nueva fuerza orgánica del género humano, su única palanca para obrar sobre sí mismo». Tras las famosas «jornadas de junio», el gobierno clausuró todas las imprentas de Buenos Aires, y Mitre fue conducido a la cárcel.

Retirado Urquiza a Paraná empezó a publicarse El Nacional Argentino, destinado a defender la necesidad de imponer la unidad nacional. En sus páginas escribieron los hombres más destacados de la Confederación, como Del Carril, Zuviría, Gutiérrez, Alvear y Guido Spano.

Frente a él, los intereses de la provincia segregada fueron defendidos desde las páginas de El Nacional, fundado por Dalmacio Vélez Sársfield. Sarmiento, que compartió con Mitre la dirección del periódico, comentó años más tarde: «Noble de estirpe fue «El Nacional», tan nacional para Buenos Aires como para el resto de las provincias, asociando a la idea de nación la conciencia del derecho, el anhelo por la libertad».

velez sarfield

Nuevos periódicos aparecieron entonces, como expresión de las pasiones banderizas.

La Reforma Pacífica, dirigida por Nicolás Calvo, pese a su desenfado verbal defendió la necesidad de que por medio de reformas y no de guerras se llegara al ideal común de la unidad argentina.

La Tribuna, a cuyo frente estuvo Juan Carlos Gómez, se oponía sistemáticamente a cualquier transacción con Urquiza. Los Debates, cuya reaparición se produjo en 1857 bajo la dirección de Mitre, defendió la política del gobierno de la provincia, pero, al mismo tiempo, llamó a todos los argentinos a colaborar en la obra de la definitiva organización nacional.

Después de 1860 aparecieron en Buenos Aires gran cantidad de periódicos, la mayoría de los cuales tuvo corta vida. Los más importantes fueron La República, de Manuel Bilbao, que introdujo la innovación de implantar la venta callejera de sus ejemplares, y La Nación Argentina —más tarde convertido en Nación Argentina—, que bajo la dirección de Juan María Gutiérrez fue el órgano defensor de la política presidencial de Mitre.

Al concluir la presidencia de Mitre, la República Argentina estaba completa y definitivamente unida. Habían sido vencidas las fuerzas anárquicas de las montoneras que otrora se levantaron contra la civilización, los espíritus estaban pacificados e imperaba la libertad dentro del orden constitucional, y pronto un porvenir de paz se brindaría al país en el orden internacional.

Era, pues, necesario que la prensa de combate, que hasta entonces había predominado, fuera reemplazada por un nuevo tipo de periodismo que fuera órgano de crítica constructiva.

A ello tendió la fundación de La Prensa y La Nación, cuyos primeros números aparecieron, respectivamente, el 18 de octubre de 1869 y el 4 de enero de 1870. Desde su aparición, ambos diarios fueron los órganos más importantes del periodismo argentino.

«El nombre de este diario —escribió Mitre en el editorial titulado «Nuevos horizontes»—, en substitución del que le ha precedido, La Nación reemplazando a la Nación Argentina, basta para señalar una transición, para cerrar una época y para marcar nuevos horizontes del futuro. La Nación Argentina era un puesto de combate.

La Nación será una tribuna de doctrina». Concluidos los combates librados desde el derrocamiento del tirano, con el triunfo que significaba la solución de los graves problemas de nuestra organización nacional y la unificación de la patria, el periodismo tenía una nueva razón de ser, que Mitre fijó terminantemente para el nuevo órgano de la opinión pública: «Fundada la nacionalidad, es necesario propagar y defender los principios en que se ha inspirado, las instituciones que son su base, las garantías que ha creado para todos, los fines prácticos que busca, los medios morales y materiales que han de ponerse al servicio de esos fines, los hombres mismos en que mejor se encarnan esas doctrinas y que inspiran la mayor confianza de poder hacerlas prácticas, dando al pueblo lo que es del pueblo y al Gobierno lo que es del Gobierno».

Y concluían los conceptos doctrinarios de esa fe de bautismo del diario de Mitre con las siguientes palabras: «La Constitución, que es el derecho de todos, de pueblos y de gobiernos, es nuestra biblia. Si el atentado a la Constitución viniese de las regiones populares, estaríamos con los gobiernos que la defendiesen.

Si la violación o el abuso viniese de las regiones del poder, estaríamos contra los autores de los abusos. La Nación, que tiene una obra que cuidar y grandes intereses y derechos que defender, no puede tomar un programa negativo. He aquí por qué no puede hacer su misión principal de la oposición. La oposición es un incidente y siempre lo ha sido».

El periodismo literario. — En 1854 comenzaron a publicarse en Buenos Aires dos revistas: Revista del Plata, dirigida por Carlos E. Pellegrini, y El Plata Científico y Literario, que, fundado por Migel Navarro Viola, se dedicó a la defensa de los intereses materiales del país y a cuestiones de derecho, ciencias y literatura.

Por eso, sus páginas publicaron artículos sobre las novedades de la bibliografía jurídica europea, las ciencias naturales y las cuestiones económicas vinculadas con la inmigración y, preferentemente, con los derechos diferenciales, y poesías y novelas de literatos argentinos.

Poco después, en el centro intelectual que se formó en la capital de la Confederación, se publicó, bajo la dirección de Vicente G. Quesada, la Revista de Paraná, cuyo propósito fué ponernos al corriente del movimiento intelectual hispanoamericano y hacernos conocer nuestro país en todos sus aspectos.

«Fundamos esta Revista —escribió Quesada— porque estamos convencidos que es necesario desviar en lo posible a las inteligencias argentinas de la polémica ardiente y apasionada de la prensa política, estimulando el estudio de cada una de las provincias argentinas, propagando las producciones de nuestra naciente literatura, propendiendo a las investigaciones arduas de nuestra legislación y a la propagación de las buenas doctrinas de la economía política».

Durante la presidencia de Mitre, Quesada y Navarro Viola se unieron para publicar la Revista de Buenos Aires, que, en sus noventa y seis números publicados durante sus ocho años de existencia, publicó trabajos sobre historia argentina, litera tura americana y cuestiones jurídicas y geográficas, crónicas de viajes, biografías, poesías y notas bibliográficas que refle jaron fielmente el ambiente intelectual de la época.

Desde 1871 hasta 1877 apareció regularmente la Revista del Río de la Plata, a cuyo frente estuvieron Juan María Gutiérrez, Vicente Fidel López y Andrés Lamas.

Tuvo preferencia por el tema histórico, pues, como aclarara en su primer número, quería dedicarse al estudio de nuestro pasado colonial con el objeto —decía— «de radicar la idea de que el progreso de la América independiente estriba en desasirse como de una ligadura vejatoria y opresiva de las tradiciones que inoculó en sus entrañas el régimen colonial calculado con la más exquisita habilidad para mantener los pueblos conquistados en estado pueril por medio de las creencias, de la enseñanza, de las restricciones de comercio, talladas y amoldadas al fatal propósito a que puso término la emancipación de todo el continente sellada con la lucha sangrienta y victoriosa de la independencia’. Sin embargo, la Revista no descuidó las demás manifestaciones de nuestra vida intelectual.

La Nueva Revista del Río de la Plata, publicada entre 1881 y 1885 por Vicente G. Quesada y su hijo Ernesto, pese a su preferencia por las cuestiones históricas constituyó una valiosa expresión de la vida intelectual de nuestro país durante esos años.

La Revista Argentina, que en 1868 habían fundado José Manuel Estrada y Pedro Goyena, inició su segunda época en 1880, dedicándose preferentemente a la crítica literaria y filosófica.

Las inquietudes culturales de las nuevas generaciones se expresaron en otras publicaciones literarias, de vida efímera, como Revista Científica y Literaria, de Calixto Oyuela; Revista Nacional, de Adolfo P. Carranza y Carlos Vega Belgra-no, hasta llegar, pasando por una serie de semanarios y quincenarios, a La Biblioteca, famosa revista mensual de historia y letras, fundada por Paul Groussac; Revista de Derecho, Historia y Letras, de Estanislao S. Zeballos, y Nosotros, que apareció bajo la dirección de Alfredo Bianchi.

El Periodismo: una necesidad nacional.

A partir de 1853— el periodismo, fuente vital de información pública, multiplicó sus esfuerzos para proporcionar al país una visión de la realidad y, al mismo tiempo, mantener la vigencia de su quehacer diario.

Las publicaciones alcanzaron un elevado número: en la etapa 1881-1895 se imprimieron 432, entre diarios, periódicos y revistas. Fue necesario, entonces, salvaguardar los intereses de quienes, de una manera u otra, intervenían en el desarrollo de esta actividad. Así se fundó la Asociación de la Prensa, en 1889, entidad que, años más tarde, se convertiría en el Círculo de la Prensa (1896).

La función de la prensa periódica no se limitó a la mera información general: junto al cotidiano noticioso apareció la revista satírica y, unida a la hoja política, la publicación erudita.

De este modo se fundaron, en 1881, El Diario (dirigido por Manuel Láinez, imagen) y La frustración Argentina, importante revista literaria, histórica y artística, entre cuyos colaboradores se contaron Rafael Obligado y Eduardo Sívori Un año más tarde, en el interior del país, aparecieron El Orden (Tucumán) y Los Andes (Mendoza), dos diarios cuya vigencia perdura.

En 1884 se inició la publicación de Don Quijote, un periódico ilustrado cuyo lema fue: “Este periódico se compra pero no se vende”; en él se hacía la crítica la política oficialista.

En 1891 apareció La Caricatura, semanario político-literario y, siete años después (1898) se fundó la revista Caras y Caretas —dirigida por Bartolomé Vedia y Mitre, Fray Mocho y Eustaquio Pellicer; se publicaba los sábados y, durante cuarenta años, fue la más elocuente información gráfica nacional y extranjera, así como una brillante tribuna artístico-literaria.

Entre 1900 y 1916, nacieron tres órganos periodísticos, cuya difusión acompañó los destinos del país: El Pueblo (1900) —fundado por el padre Grotte— para divulgación de los principios católicos, La Razón (1905) —vespertino de dos ediciones—, y Crítica (1913) —dirigido por Natalio Botana—, con variada información y comentarios de estilo ágil.

Estas publicaciones, entre otras de igual o menor importancia, mantuvieron despierto y activo al pensamiento republicano y reflejaron la necesidad imperiosa de sostener una abierta comunicación con la opinión pública.

Fuente Consultada: HISTORIA Argentina y El Mundo Contemporáneo
e Historia La Argentina Contemporánea de Felipe Pigna y otros
Historia de la Cultura Argentina de Manuel Horacio Solari Editorial «El Ateneo»

El Teatro Nacional durante el regimen oligarquico de 1880

El Teatro Nacional durante el Régimen Oligárquico

El teatro nacional rioplatense: el mito del gaucho perseguido.

Durante el período anterior se registraron antecedentes precisos —autores y obras— que con escasos valores artísticos y con una falta total de recursos escénicos echaron las bases, sin embargo, de un auténtico teatro nacional. No obstante, esta labor quedó silenciada, y aun olvidada, ante la aparición de Juan Moreira, una “pantomima circense” que dio nuevo impulso al teatro vernáculo.

El Teatro Nacional durante el regimen oligarquico Eduardo Gutiérrez (1853-1890) (imagen) —autor de folletines y relatos de aventuras— escribió, hacia 1879, la crónica novelesca de un cuchillero famoso, Juan Moreira, cuyo brazo armado estuvo al servicio de algunos caudillos políticos. La narración idealizó la figura del protagonista y creó un mito, al transformar al matón en héroe.

La sensibilidad de la campaña y del suburbio urbano, que veía en el avance del progreso y de la migración-extranjera un ataque al hombre de las pampas, posibilitó la proliferación de esta clase de literatura.

En 1884, el actor José J. Podestá, pidió a Gutiérrez la adaptación de su crónica a una pantomima (es decir, a una representación por medio de gestos, y sin palabras) que pudiera representarse en el circo. Como el éxito fue rotundo, dos años mas tarde (1886),Podestá convirtió la pantomima en drama, añadiéndole diálogos entresacados del relato original y otros, creados por él. Así estrenó en un circo de Chivilcoy, la obra Juan Moreira, que es la historia de un gaucho perseguido por la justicia y sin más ley que su cuchillo.

Este drama gauchesco originó el teatro nacional rioplatense —aun cuando la verdad histórica no coincidiese con lo manifestado en aquél — ; las obras teatrales, con estas características, se multiplicaron a raíz de la sensibilidad de la época.

La danza: del vals romántico al tango de suburbio.

Ya hemos dicho que, a partir de 1853, las danzas nativas se refugiaron en el interior del país; la Capital fue invadida por las creaciones extranjeras.

En los, salones porteños se mantuvo el entusiasmo por las danzas de pareja enlazada, casi todas originarias de América —como la Contradanza colombiana, el Bambuco y la Habanera— o europeas —como la Mazurca, el Chotis y el Vals—. El Vals, sobre todo, gozó de una supremacía inigualable, quizás porque este baile, de origen alemán y se singular señorío, tuvo un enorme auge en las cortes de Europa, y porque músicos célebres (como el vienés Johann Strauss) escribieron páginas brillantes que se difundieron por el Viejo y el Nuevo Mundo.

En la campaña alcanzaron notable preeminencia dos creaciones tradicionales criollas: el Malambo y el Pericón.

El primero, uno de los aires folklóricos más antiguos —así lo atestiguan versiones de las Misiones Jesuíticas (1687)— en el que sólo interviene el hombre, fue la justa obligada para demostrar la habilidad de los bailarines que competían con sus zapateos, repiques y mudanzas. El segundo, danza de pareja suelta —airoso, pausado, con gran variedad de figuras—, simbolizó la caballerosidad criolla.

El suburbio porteño, anónimo y ya cosmopolita, aportó dos bailes de pare/a enlazada que, con el tiempo, se impondrían en los salones.

Uno de ellos, la Milonga, tuvo su origen en la milonga cantada. Su ritmo, vivo y cadencioso, imitaba los tamboriles de los candombes y fue creado por los “compadritos” del arrabal de Buenos Aires, como una burla a los bailes de los negros.

El otro, fue el Tango, creación eminentemente rioplatense. Durante algunas décadas se mantuvo en el suburbio bonaerense; se afirmó bailándose en los conventillos y lugares de diversión de la orilla porteña, para pasar, después, a los locales céntricos.

El Tango conservo “el ritmo del candombe, la coreografía de la milonga y la línea melódica y la profundidad emotiva de la habanera”. En 1880 apareció una de las primeras composiciones escritas, titulada Dame la lata, a la que siguieron millares, cuya popularidad fue evidente.

El teatro lírico: un placer para melómanos.

Mientras en los salones la línea musical cortesana se prolongaba con el vals, y en los arrabales porteños nacía el tango, la lírica triunfaba con el arribo de excelentes compañías europeas. Esta forma del proceso musical mantuvo su continuidad, desde su iniciación en el país después de la Revolución de Mayo.

El viejo Teatro Argentino fue demolido en 1873, y el nuevo Teatro Colón fue expropiado, en 1877, para sede del Banco Nacional. Las funciones líricas se ofrecieron, entonces en el Teatro de la ópera, edificado en 1871, pero cuyas condiciones acústicas eran desfavorables.

En tanto, se había inaugurado el Politeama que, en realidad, fue construido para circo. Allí actuó el célebre Pepino el 88, nombre circense de José J. Podestá quien, en esa sala, ofreció la primera representación urbana de Juan Moreira.

En 1879, las dimensiones del Politeama y sus excelentes propiedades acústicas —mejores que las de la ópera— hicieron que fuese habilitado para teatro: grandes artistas como Adelina Patti, María Barrientos y Regina Pacini (imagen) o tenores como Stagno y Tamagno, prefirieron el Politeama a la ópera y ofrecieron en él grandes espectáculos líricos.

A su vez, las ilustres trágicas, Eleonora Duse y Sarah Bernhardt, interpretaron en su escenario las obras maestras de la dramaturgia universal.

La opereta, expresión musical vivaz y ligera, brindó también, a la melomanía porteña, felices puestas en escena, en las que se destacaron las compañías de Rafael Tamba y de Vitale.

 

Fuente Consultada: HISTORIA Argentina y El Mundo Vontemporáneo
e Historia La Argentina Contemporánea de Felipe Pigna y otros