Primeros Teatros en Buenos Aires Colonial Orígenes



Comienzos del Teatro en  el  Antiguo Buenos  Aires-Ranchería-

El apogeo del teatro en Buenos Aires comenzó en 1804. Hasta entonces habíase arrastrado como pudo, un tiempo en corrales al aire libre, otro en la Casa de Comedias, galpón de techo de paja y paredes de barro; otro en casas particulares, barracones, salones, huecos y sitios diversos donde fue posible levantar un tablado, por cualquier motivo.

Pero después que el señor Olaguer Feliú edificó el Coliseo provisional, frente a la iglesia de la Merced, las representaciones se hicieron más regulares, las compañías fueron más completas, la utilería más adecuada y la vigilancia más estricta.

En los dos primeros años de este teatro fue censor de obras el doctor don Domingo Belgrano, muy contraído a su trabajo, y que tuvo especial cuidado en la vigilancia de las que debían representarse y que le fueron presentadas para su lectura y aprobación.

primeros teatros argentinos

El doctor Belgrano llevó sus escrúpulos hasta prohibir que las mujeres aparecieran en escena vestidas de hombre; pero, en cambio, permitió las magias, la sangre, los muertos y aparecidos, los sainetes estúpidos y comedias de peleas, etcétera, que habían sido aprobados anteriormente y que debió haber prohibido.

Pero sin duda sus atribuciones no llegaban a tanto: nada tenía que hacer él en lo referente a piezas anteriores al desempeño de su mandato oficial.

En esas épocas no había orquesta en el teatro (hasta 1813 no la hubo), de modo que los melodramas y comedias con música debieron representarse sin ella.

No contaba tampoco con gran juego de tramoyas, escotillones y utilería: por esto las piezas que requerían los mayores adelantos del arte debían ser modificadas en esa parte por el director de la compañía. Se suprimían los caballos, los carros triunfales, los templos demasiado iluminados y complicados, los ejércitos; pero quedaban los vuelos y muchas trasformaciones.

Y el diálogo reemplazaba las escenas de esta clase, con lo que quedaban peores.

Donde debía aparecer un ejército, por ejemplo, se suprimía el pasaje escénico, se corregía el texto, añadiéndole algunos versos, con los cuales se comunicaba al público «que el ejército aguardaba afuera».



De modo, pues, que la tontería subsistía, y empeoraba, porque siquiera la vista no salía ganando con la exhibición del espectáculo.

Llegado el año 1817, el Director Pueyrredón, uno de los más bien intencionados protectores del teatro, comprendió que era necesario cortar tales abusos.

El público ilustrado y los escritores estudiosos en general levantaron un grito de protesta contra los defectos de esa institución.

Ya eran muchas las obras del buen teatro extraño a España que conocían los patriotas argentinos, ya por lecturas hechas en sus originales, ya por representaciones teatrales de sus traducciones, ya por crónicas extranjeras leídas en periódicos que llegaban al país.

Ya había muchos que conocían los idiomas inglés, francés, italiano y portugués, sobre todo el primero.

Y a este respecto debemos decir una vez más que nunca será bastante alabado en su memoria, ese gran fomentador de los adelantos del teatro, D. Santiago Wilde, propagador de los libros ingleses y franceses de literatura, filosofía y matemáticas, y perseguidor infatigable de los adefesios del teatro español.

Uno de los más empeñados en tal patriótica empresa fue el literato chileno Fr. Camilo Henríquez, quien hizo públicas sus teorías en «El Censor», periódico que él dirigía, manifestando en los artículos que escribió con ese fin, cómo entendía él el teatro que convenía a los intereses de la patria libre: «Espejo en que el hombre pueda ver retratados sus vicios para corregirlos; moralizador de costumbres, desterrando del campo de la idea locuras y rancios delirios; barrera que, con la exposición de saludables terrores, contuviera, por los ejemplos presentados, la ambición, la maldad y el fuego devorador de descabellados deseos; ejemplo histórico de hechos que enseñaran la bondad, la humanidad, los principios más sublimes.»

Después de 1817, el teatro de Buenos Aires algo se corrigió y la intervención de piezas extranjeras, las reconocidamente buenas españolas y las pocas de autores nacionales desterraron de las tablas los mamarrachos de magia, milagros y resucitados.

Pero no fue posible desterrar los sainetes porque, como sabemos, eran el número predilecto de los guarangos.

No molestaban tampoco al escaso público selecto, porque al empezar ellos, se retiraba del teatro. Y a nadie se le ocurrió prohibirlos porque, como hoy, las autoridades no creían en el fatal influjo de esas piezas sobre el pueblo.



Luego, la intervención del canto de ópera, las compañías líricas que se formaron, la afición a la música italiana y francesa, perfeccionó el gusto de esa parte del público que llamamos selecta.

Pero, justamente, el error perjudicial consistió en tolerar que el pueblo, «la plebe», que era quien más necesitaba reaccionar, continuara gozando en los espectáculos moralmente venenosos que exigía y que le daban.

«No se debe dar al pueblo lo que pida, sino lo que necesite.»

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LOS INICIOS….
El teatro de la Ranchería: Desde 1761, año en que se clausuró el Teatro de Óperas y Comedias, hasta 1783, Buenos Aires se vio privada de una sala de espectáculos públicos.

En esa fecha, Francisco Velarde, inducido por la incipiente prosperidad escénica, eleva una solicitud al Cabildo, consultando si era o no conveniente la instalación de una sala de espectáculos para «proporcionar al considerable pueblo que ya tiene esta Capital alguna honesta diversión».

En la petición, Velarde dejaba claramente expresado que los beneficios serían destinados para allegar fondos a la Casa de los Niños Expósitos.

El Cabildo aceptó la propuesta e inmediatamente se inició la construcción, que duró cuatro meses.

El teatro se levantó en la esquina de las actuales calles Perú y Alsina. Tenía 26 varas de frente y 55 de fondo; sus paredes eran de ladrillo y el techo de paja; «contaba con varias puertas laterales y una grande al frente, que se abrían todas hacia afuera».

La iluminación se efectuaba con velas de sebo; además, dos arañas colgaban del techo.



En cuanto a las localidades, se sabe que había seis bancos de luneta, una cazuela para mujeres y palcos.

Los precios «que han de pagar por la entrada y asientos ha de ser en esta forma: dos reales los blancos y uno el que no lo sea; en el primer banco de luneta, en la cazuela o barandilla destinada para las mujeres, pagarán éstas dos reales las que se pongan en primera fila y uno las que queden atrás; por los palcos se pagaran tres pesos cada uno».

Don Antonio Aranaz fue el director de la orquesta del teatro y cobraba por sus funciones la suma de 70 pesos.

Había sido contratado en España para «enseñar a cantar, así todas las tonadillas como las músicas de saínetes, comedias, etc., y componer Jas músicas de todas las letras que se ofrezcan».

En la noche del 15 de agosto de 1792, un cohete volador disparado desde la Iglesia de San Juan Bautista, con motivo de una festividad religiosa, cayó sobre el techo del teatro, y provocó un incendio que lo destruyó.

Los programas de la Ranchería incluyeron, entre otras obras, Siripo, de Lavardén, y El amor de la estanciera, de autor anónimo.

MARIANO G. BOSCH (1878-1949).   Escritor argentino.   En 1904 publicó una interesante obra: Teatro antiguo de Buenos Aires, de la cual ofrecemos este fragmento.   (Ed. El Comercio.   Buenos Aires.)

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