Los Capuchinos

Estupefacientes Utilizados Por Los Aborígenes Americanos

Estupefacientes Utilizados Por Los Aborígenes Americanos

Cuando un coya transita por el altiplano boliviano o se encuentra entregado a sus faenas, acostumbra a sacar de vez en cuando de su chuspa (bolsita de buche, vejiga o pellejo), una porción de hojas de coca para mascar, que a veces acompaña con otra porción de «llicta» (ceniza de algunas plantas), para facilitar su salivación.

Este hábito de masticar el «acullico» (bocado de coca) no tiene un sentido vicioso; por el contrario, resulta un eficaz reconfortante que ayuda a soportar el trabajo y el cansancio a gran altura.

El efecto alcaloideo de la coca hizo suponer, a los antiguos aimaraes y aborígenes del Perú, que esa planta tendría divinas virtudes. Los hechiceros la ingerían para entrar en trance y decir sus predicciones y sortilegios. Y en homenaje a la Mamapacha el acullico era enterrado como ofrenda o depositado en las apachetas del camino  (montículos de piedras).

Los aborígenes americanos, y entre ellos especialmente los agricultores, acostumbraban ingerir diversas sustancias embriagantes y estupefacientes, en  relación con sus creencias supersticiosas.

Conociendo esas drogas, podemos estimar la importancia que esta contribución americana ha tenido para la farmacopea universal. Veamos qué se sabe de algunas de ellas, valiéndonos para el caso especialmente de los estudios del Dr. Ramón Pardal.

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EL PEYOTL
Cuenta Sahagún que los antiguos mexicanos, en sus banquetes, comenzaban por comer el «hongo divino», al que llamaban «teonanácatl», narcótico que les hacía ver visiones, en cuyo relato se solazaban luego.

Pero es más frecuente en los cronistas encontrar referencias al «epotl», especie de cactus del norte de México que ha desempeñado un importante papel en la vida ritual de los toltecas, aztecas y de ios indios del sur de los Estados Unidos. «Raíz diabólica», le llamaron algunos misioneros, por las hechicerías en que se utilizaba.

Se cuenta que cierto personaje legendario, llamado Majacuagui, fue abandonado en Reitomuani por sus enemigos, quienes lo habían maltratado y le habían roto sus utensilios. Imploró entonces el infeliz a los dioses, y éstos lo auxiliaron creando el peyotl, con cuya raíz no sentiría hambre ni sed ni pena.

Los  indios molían  peyotl  y bebían  un brebaje  del  mismo,esperando curar con él cualquier enfermedad, y a los niños les colgaban una bolsita con peyotl para que en virtud de su influencia resultaran diestros domadores. Para conocer lo futuro y saber cómo saldrían de las batallas, la bebían disuelta en agua, y como les causaba una embriaguez tan intensa y delirante, todas las imaginaciones fantásticas que les producía esa bebida las suponían un presagio.

El peyotl —con su nombre técnico Anhalonium Lewinii— posee cuatro alcaloides: anhalonina, anhalonidina, lofoferina y sobre todo mescalina, droga a la que debe su poder embriagante. De ahí que produzca efectos consistentes, sobre todo, en ilusiones ópticas y sinestesias. Estas últimas suscitan sensaciones que reponden a la excitación de otro sentido; por ejemplo, impresiones acústicas o cutáneas se traducen en visuales o viceversa.

Afirma un investigador que un dolor es un color rojo; la sensación de hambre es verde; el sonido de una campana es púrpura. Cada sensación cutánea es transformada en una sensación luminosa.

LA AYAHUASCA O CAAM
En toda la región amazónica, la del Mato Grosso y la del norte del Brasil, ha sido bastante común entre los indígenas ingerir, triturado y con agua, el tallo inferior de cierta liana técnicamente llamada «banisteria caapí», a la que unas tribus decían «ayahuasca» y otras «caapí». Con este estupefaciente los nativos se provocaban alucinaciones, excitación y, según algunos, efectos telepáticos.

En 1912 el investigador Reimburg logró convencer a un nativo para que le suministrase dicha droga. Éste maceró entonces cuatro trozos de ayahuasca en un mortero, con algunas hojas de «yaje» (arbusto con efectos euforizantes), los hizo hervir con agua durante ocho horas y se lo dio a beber.

Era un líquido turbio, de sabor acre y nauseabundo, que debía tomarse en reposo, en silencio y en la oscuridad, para que apareciesen los ensueños «y se pudiera ver claramente el porvenir». Reimburg bebió la droga y llevó adelante su experiencia: «Ante mis ojos —explicaba— brillan algunos círculos luminosos, fosforescentes, y veo brillar, en un cielo esplendoroso, algunas mariposas pertenecientes a las especies recogidas por mí, esa mañana. La vista es muy neta, demasiado neta, y me parece que veo las cosas a través de un pequeño agujero practicado en una  cartulina.    La inteligencia  parece  sobreexcitada…».

Como la droga le produjese efectos tóxicos desagradables, Reinburg dio por terminada la experiencia con una dosis de cafeína.

PARICÁ Y CEVIL
Cuando Colón llegó a La Española, vio que los indios fumaban tabaco, y también que sorbían por la nariz mediante un tubo, cierto polvillo fino «parecido a la canela». La misma costumbre fue observada posteriormente en Brasil y en el norte de los territorios chileno y argentino hasta las sierras de Córdoba, y se han encontrado multitud de tablillas, en su mayor parte de madera, donde molían el estupefaciente  para   sorberlo. Hoy sabemos que esa droga se obtenía pulverizando semillas de ciertas variedades de mimosas llamadas piptadenias, a las que los indios les decían paricá  y cevil.

EFICAZ ANESTÉSICO
Como sabemos, las altas civilizaciones occidentales, desde México hasta el Arauco, practicaban operaciones quirúrgicas, y los antiguos peruanos también efectuaban con frecuencia trepanación craneana. En tales casos se utilizaban anestésicos, de los cuales el más notable era la datura arbórea (floripondio).

Este poderoso anestésico producía al paciente un estado de semi-coma, mandándolo al «país de los  sueños»,  y  como  estupefaciente  provocaba delirios y alucinaciones. Y entre tantos narcóticos y estupefacientes, ninguno tan sigular como el «tuluachi», llamado el «veneno sagrado» de los mayos (México). Su ingestión suscitaba un delirio que derivaba en una especie de baile alocado, y después en un sueño voluptuoso.

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Medicamentos de Origen Animal Usos, Tipos y Negocio

Nuevos Medicamentos de Origen Animal

Elixires de nuestro siglo, saliva de golondrinas, testículos de águila y polvo de cuerno molido de rinoeronte. Raros polvos, soluciones y extractos prometen al hombre lo que más parece ambicionar en este fin de siglo: juventud, vigor, belleza y salud. Un nuevo gran negocio, casi negro, ha comenzado: medio kilo de saliva de ave cuesta veinte veces más que medio kilo de oro. Todo sea para estar mejor.

SUSTANCIAS MILAGROSAS:
Muy utilizados en oriente, lugares como Japón y China, por ejemplo diminutos frascos conteniendo saliva de golondrina en solución. También desde hace poco tiempo en Europa y algunos países de América, existe un floreciente mercado «casi negro» (ya que las operaciones no son del todo ilegales) de esta sustancia. Que es muy costosa, por ejemplo en el lugar de origen, China y regiones cercanas, medio kilo de extracto seco de saliva de golondrina cuesta 4.000 dólares.

Diluida diez veces y puesta en solución acuosa en Japón, Alemania o Estados Unidos, se paga hasta 20.000 dólares o más. Si saca bien las cuentas, verá que esto quiere decir que por 50 gramos se pagan 20.000 dólares. Por supuesto, mucho más caro que el oro.

Desde fines del siglo XX viene acompañado, entre otras cosas, por la valorización astronómica de una serie de sustancias que prometen los efectos más ambiciosos: juventud, vigor, salud y belleza. Todo en forma instantánea, casi milagrosa. Esto las transforma en valiosas mercancías, con un valor directamente proporcional a la ansiedad y el poder económico de quien las necesita, e inversamente relacionado con su abundancia: su precio se multiplica geométricamente cuanto más rara es la sustancia.

En el ejemplo del comienzo, el valor de la saliva de golondrina está dado porque, según las revalorizadas tradiciones médicas orientales, la sustancia cura absolutamente todas las dolencias de los ojos y del estómago. ¿Es cierto?… Bueno, ese es otro tema. La medicina convencional suele ni siquiera saber de su existencia.

golondrina

Más de 200.000 golondrinas llegan cada año a una antiquísima gruta de la región de Yunnan, en el sudeste de China. El lugar, situado a 1.300 metros de altura, tiene una antigüedad estimada de ocho millones de años. Durante seis meses anidan, ponen sus huevos y luego parten con sus pichones hacia Malasia.

Cuando se alejan dejan atrás, en sus nidos abandonados, una sustancia que se ha transformado en una de las más caras de la Tierra: su saliva seca. Según la tradición del lugar, se trata de un eficaz remedio que alivia todas las enfermedades de los ojos y el estómago.

Dentro de la gruta, más de cien campesinos arriesgan su vida para recoger uno por uno todos los nidos, cerca de 100.000. Fuera de allí, las mujeres del pueblo los preparan, sacando cada una de sus ramas hasta dejar sólo la parte central del nido, que contiene alta concentración de saliva seca.

Los nidos son cuidadosamente lavados con agua hirviendo para quitarles las impurezas. Finalmente, son envueltos en lujosos paquetes, exportados luego a Hong Kong, Taiwán, Indonesia y Japón. Por 50 gramos de extracto seco de saliva se llega a pagar, en Nueva York, cerca de 20.000 dólares.

TESTÍCULOS DE ÁGUILA CONTRA EL PARKINSON
A los múltiples peligros que amenazan la subsistencia del ave nacional de los Estados Unidos, el águila calva, como la destrucción de su habitat, su declinación reproductiva o la acción aislada de cazadores furtivos, hay que sumar uno siniestramente novedoso: la extracción de sus testículos.aguila

El majestuoso animal de más de un metro de envergadura está siendo diezmado por cazadores a los que poco les interesa su cuerpo como trofeo.

Sucede que de los órganos sexuales de estos pájaros se puede extraer y purificar una sustancia hormonal que, según una gran corriente de investigadores de los Estados Unidos, tiene un activo efecto como reconstituyente del sistema nervioso.

En otras palabras: la solución tan afanosamente buscada para enfermedades como el mal de Parkinson o la demencia senil depende de los testículos del águila calva.

Para obtener unos pocos miligramos de la droga hay que extirpar por lo menos dos docenas de testículos. Doce poderosas águilas que morirán por una nueva terapia que está lejos de ser reconocida legalmente. El extracto -del que no existe ningún informe oficial que avale su eficacia-cuesta 100 veces más que su peso en oro: por un miligramo se han pagado 3.500 dólares.

La cosa tiene mayor olor a negocio cuando los médicos que la prescriben explican que «cualquier cantidad es efectiva, quien diluya al 10% la dosis de un miligramo tardará diez veces más en notar mejorías que quien la use concentrada. A mayor cantidad de droga que  entre en el cuerpo, mayores progresos hacia la cura del mal». Efectivo o inocuo -no para el águila, por supuesto- este extracto es una de las sustancias más caras del planeta.

Y no solo para curar es que han surgido los nuevos «polvos milagrosos». También es decididamente escaso -y muy caro- el ámbar gris. Esta materia de aspecto pastoso se extrae de las proximidades del cerebro de un grupo de gigantescas ballenas dentadas (odontocetos) como el cachalote. De hecho, los contados cachalotes que aún quedan en el mundo no deberán su segura extinción próxima a la extracción del ámbar, pero es un factor más que contribuye a su matanza.

cachalote

15 metros y 7.000 kilos de valiosa e irrepetible vida marina sirven para llenar un pequeño recipiente de ámbar gris. De él se extrae el mejor compuesto fijador de perfumes que se conoce. Digámoslo de otra forma: para que el cuello de una dama retenga por tres o cuatro horas más que lo habitual la fragancia de su perfume, se pagan 50.000 dólares por todo el ámbar gris que se extrae de un cachalote adulto. Las conclusiones, por cuenta de quien está leyendo esta nota.

El gran rubro proveedor de este mercado de sustancias tan caras como escasas, es el de las necesidades sexuales insatisfechas. Basándose en la antigua creencia de que la ingestión de cierto órgano confiere a quien lo come las funciones que cumplía en vida la viscera en cuestión, existe un verdadero tráfico de extractos de hígado humano, tejidos cardíacos desecados, ovarios, etc. Pero la «moda» es la de consumir concentrados que ayuden a recuperar el vigor sexual que se perdió (o que nunca se tuvo).

En China y regiones cercanas se cree que la solución de saliva de golondrina, cura todas las dolencias de los ojos y el estómago. Según una corriente de investigadores, el extracto de una sustancia hormonal obtenida de los testículos de águila calva, soluciona enfermedades del sistema nervioso.
Japoneses, marroquíes y taiwaneses, sostienen que la deshidratación y pulverización de testículos de mandril aumenta el vigor sexual. Diez pastillas cuestan entre 500 y 2.000 dólares.
Un gramo de cuerno molido de rinoceronte sirve a los mismos fines y cuesta alrededor de mil dólares.

POTENCIA EN PASTILLAS
Al margen de sexólogos, psicoterapeutas y científicos que «blanquean» el tratamiento de estas disfunciones existe, como en los anteriores ejemplos, un mercado negro de compuestos que prometen efectos instantáneos y espectaculares. Dejando de lado pócimas, filtros, conjuros y demás, algunas sustancias se han transformado en las estrellas del mercado de los vigorizantes sexuales.

La colorida cola del mandril africano, un gran primate tan vistoso como agresivo, pronto va a poder ser vista tras los barrotes de una jaula en el zoológico. Cultores de renacidas terapias orientales anuncian que quien coma -preferentemente crudos- los testículos del desafortunado mono, se transformará en un verdadero macho cabrío, cuyo único límite en su rendimiento sexual será el cansancio de su compañera.

mono fricano

Adaptándose a los nuevos tiempos, aparentemente menos bárbaros, japoneses, marroquíes y taiwaneses han perfeccionado técnicas de deshidratación y pulverización de testículos de mandril para evitar el durotrance de consumirlos al natural.

Para quien desee ponerse al día en cuanto a satisfacciones hormonales haciendo uso del extracto de mono (mejor dicho de parte de él) le informamos que diez pastillas, producto de un par de testículos, cuestan entre 500 y 2.000 dólares, según la cara y la urgencia del comprador. Para obtener buenos resultados hay que tomar una pastilla por día… toda la vida. Debido al costo del «tratamiento» esta sustancia pasa a formar parte del surtido de nuestro selecto almacén.

Y sin cambiar de rubro, para aquellos que están más acostumbrados a dar excusas que a recibir elogios, del norte y el sudoeste de África promete venir la solución. Un polvo que, aunque la sola mención de su precio invite a la resignación, es de las sustancias más buscadas: el cuerno molido de rinoceronte: 1.000 dólares el gramo de alta pureza.

Aunque no es tan novedoso, la escasez de la materia prima -debida, paradójicamente, al comercio desenfrenado de sus cuernos- hace que el precio de esta sustancia aumente día a día. Debe tomarse mezclada con alcohol, todos los días. O sea que, aunque no produzca su promocionado efecto, luego de alguna sobredosis de «medicamento», el usuario ya habrá olvidado para qué lo tomaba.

¿Oro, petróleo, piedras preciosas?…, no. Parece ser que los clásicos símbolos de riqueza dejan su lugar a extrañas sustancias, muchísimo más caras, que insólitamente se han convertido en la base de un comercio que mueve millones de dólares al año. En un mundo donde medio kilo de saliva de ave cuesta veinte veces más que medio kilo de oro, algo debe estar pasando. Algo muy extraño.

Fuente Consultada:Magazine Enciclopedia Popular Año 3 N°30

Francisco Solano: Su Profecía Sobre Esteco Ciudad Colonial

HISTORIA DE ESTECO Y SAN FRANCISCO SOLANO

Fue algo así como la Sodoma de la antigua tierra saltona: una ciudad de gente disipada, más propensa a las trapacerías y al goce inmediato de los placeres que a los esfuerzos disciplinados o a la sobriedad. Se llamaba Esteco, y los españoles la fundaron en el lugar más estratégico.

Quedaba más cerca del Perú que cualquier pueblo nacido con anterioridad y esa cercanía influyó, parece, en la conducta de sus pobladores, que tuvieron fácil acceso al lujo, las mercancías y las tentaciones de la mundana capital del Perú. Las encomiendas se fueron multiplicando én los alrededores a medida que los indios eran sujetos a regímenes de trabajo más severos y extenuantes.

Francisco Solano Santo

La riqueza producida por esa mano de obra esclava dió nacimiento a grandes fortunas. Se construyeron buenas casas, abundaron los muebles de lujo transportados desde el Perú a lomo de mula, se multiplicaron las fiestas y diversiones.

Según la tradición, San Francisco Solano advirtió severamente que, de continuar la población con esa vida disipada, un terremoto destruiría la ciudad junto con sus habitantes. Su voz fue desoída y no faltaron los que se burlaran de la profecía: se cuenta que a raíz de los sermones de Solano, cuando algunas niñas estequeñas iban de compras a las tiendas de Salta, preguntaban con tono picaresco a los vendedores sino tenían «cintas color temblor».

Indiferente a las burlas, el santo permaneció un buen tiempo en Esteco y sus alrededores, donde moraban los indios del Gran Chaco o Chaco Gualamba, como se llamaba por entonces  la  impenetrable llanura que se extendía hacia el oriente salteño.  Cuentan antiguos cronistas que para entenderse con los numerosos grupos aborígenes de la región resultaba indispensable dominar decenas de dialectos.

Así lo hacían, empeñosamente, los escasos misioneros jesuítas y franciscanos consagrados a la reducción de los indios, puesto que las gentes de espada mostraban más inclinación a exterminar a los aborígenes  que  a  comunicarse   con ellos.

Según los relatos populares, San  Francisco  Solano  apelaba a sus dotes de violinista para atraer a los indios, que, sorprendidos al principio por la dulce música ejecutada por el sacerdote, se prestaban luego a escuchar sus referencias sobre el Dios, misericordioso, muerto por amor a los hombres.   Sin embargo, se mostraban más  bien  escépticos:  aquello de que «todos los hombres son hermanos» resultaba difícil de entender a la luz de su experiencia con los españoles.

Luego de sembrar su mensaje entre indios y blancos, San  Francisco  prosiguió  sus  andanzas por el norte y el noroeste, alejándose para siempre de la pecaminosa Estece  Su terrible profecía, no obstante, quedaba en píe y no tardó mucho en cumplirse.

ruinas de esteco

En septiembre de 1692 un violento terremoto sacudió las comarcas salteñas.   Aquel   «jardín   de   Venus» que era Esteco, cuyos caballeros montaban —según se cuenta— en cabalgaduras herradas con plata y oro, se desplomó, y bajo sus muros perecieron todos los habitantes.   Por si eso fuera poco, el río cercano salió de su cauce e inundó las ruinas formando sobre ellas un gran lago: sus aguas sirven de lápida para las vanidades y miserias de Esteco.

OTRA ANÉCDOTA SOBRE FRANCISCO SOLANO

La Conquista es pródiga en historias heroicas y empresas inverosímiles protagonizadas por barbados hijos de la península ibérica, Nada agradable, en cambio, era el panorama que se presentó a los idios después de la irrupción hispánica. Los hijos de la tierra se veían obligados a engrosar con su trabajo esclavo las fortunas de los encomenderos, que financiaban a su vez nuevas expediciones de conquista.

Esos personajes, que nunca tuvieron demasiados es-crúpulos, basaban su dominio en un sistema de explotación que horrorizaba a los espíritus sensibles, como lo era el de Francisco Solano, noble sacerdote que protagonizó muchos episodios que ya ingresaron en la leyenda.

Quien años después sería santificado por la Iglesia, anduvo por La Rioja cuando la opresión a los indígenas era más fuerte que nunca. Los aborígenes habían sido desalojados de sus tierras, en algunos casos trasladados en masa de sus comarcas para acallar rebeldías, destruÍdos inexorablemente por un régimen de trabajo brutal.

Los que intentaban escapar eran cazados con jaurías de perros amaestrados, y cuando se los atrapaba sufrían tormentos y humillaciones infamantes, como el de grabarles con hierro candente en carne viva la marca de su amo.

Cierta vez, invitado a almorzar por una de las familias más encumbradas de La Rioja, fray Francisco aceptó, pero antes de empezar a comer —dice la leyenda— tomó un trozo de pan y apretándolo con fuerza entre los dedos observó que de él escurría un líquido rojo: era sangre. Entonces el santo, que no era de los que hacen la vista gorda, se puso de pie y exclamó con energía: «¡No comeré jamás en la mesa en que se sirven alimentos amasados con la sangre de los pobres!… Carmelo Valdéz anota en sus Tradiciones Riojanas que San Francisco, al comprender que la prosperidad de los campos, los jardines y las huertas de la comarca era el fruto de la sangre, el dolor y la vida de los indios, «sacudió sus sandalias y diciendo «de La Rioja ni el polvo», se marchó para no volver más».

Fuente Consultada:
Hombres y Hechos de la Historia Argentina – Editorial Abril

Primer Libro Impreso en América La Imprenta de los Jesuitas

Primer Libro Impreso en América
La Imprenta de los Jesuítas

IMPRENTA E INCUNABLES EN IBEROAMÉRICA: El arte de imprimir cobró auge considerable en la América Española inmediatamente después de la conquista, ya que era urgente disponer de una literatura religiosa que ayudara a los misioneros en la evangelización de los indios.

La primera imprenta quedó establecida en México en 1539 por instigación del primer obispo de la Nueva España fray Juan de Zumárraga, y del primer virrey, don Antonio de Mendoza.

El primer impresor fue el italiano Juan Pablos, que celebró un contrato con el impresor alemán Juan Cromberger, establecido en la ciudad de Sevilla. Se cree que el primer libro impreso fue la Escala Espiritual de San Juan Clí-maco, traducida por fray Juan de Estrada, pero bl primer libro que lleva la fecha de 1539 es Breve y Más Compendiosa Doctrina Cristiana en Lengua Castellana y Mexicana, impreso por Drden del mismo Zumárraga.

Las publicaciones se sucedieron en forma ininterrumpida y la bibliografía comentada de los libros impresos en México en el siglo XVI y XVII forma hoy voluminosos catálogos. Notables eruditos como Joaquín García Icazbalceta (1825-1896), Vicente de P. Andrade (1844-1915), Nicolás León (1859-1929), en México, y José Toribio Medina (1852-1930), en Chile, han hecho estudios extensos sobre el origen de la imprenta y sus primeras publicaciones en toda Hispanoamérica.

En la historia de la imprenta en Hispanoamérica corresponde cronológicamente el segundo lugar a la ciudad de Lima, en el Perú. El primer impresor allí fue Antonio Ricardo, y el primer libro, Doctrina Cristiana, y Catecismo
para Instrucción de los Indios y de las Demás Personas que Han de Ser Enseñadas en Nuestra Santa Fe. En Guatemala la imprenta fue establecida en el año de 1660 y su propulsor fue el agustino fray Payo de Ribera. El primer impresor en este país fue José de Pineda Ibarra.

En el virreinato de La Plata la primera publicación impresa apareció en 1705 y fue una obra de tipo religioso escrita por los misioneros jesuítas. En la Habana el impreso más antiguo que se conoce por referencia lleva como fecha el año de 1707. En el virreinato de la Nueva Granada fueron los jesuítas también los que hicieron la primera publicación, en 1739. En Quito data el primer impreso del año 1760; en Chile, es del año 1776.

Corrientes Colonizadoras del Oeste Primeras Ciudades del Virreinato

CORRIENTES COLONIZADORAS:
FUNDACIÓN DE CIUDADES

Corriente del oeste — Cuyo dependía de Chile de acuerdo a la capitulación dada por Pedro de la Gasca (1548) a Pedro de Valdivia, que le otorgaba jurisdicción en una zona comprendida entre los paralelos 27 y 41 y cien leguas hacia el este (meridiano 64). Comprendía las provincias de Mendoza, San Juan y San Luis en donde habitaban los huarpes. Se independizó de Chile cuando se creó el virreinato del Río de la Plata.

corrientes colonizadoras

El primero que cruzó el territorio fue Villagra (1551) que iba del Perú a Chile (después de sacar a Núñez de Prado de la dudad del Barco). A fines de 1559, siendo gobernador de Chile García Hurtado de Mendoza. llegó a Chile una delegación de indios huarpes para pedir animales lanares y que los españoles colonizaran Cuyo. Se envió a Pedro de del Castillo, que el 2 de marzo de 1561 fundó Mendoza (en honor de don García).

Cuando Villagra reemplazó a don García, Juan Jufré sustituyó a Castillo. Este trasladó la ciudad a media legua de distancia, en un lugar más alto (28 de marzo de 1562). El 13 de junio de 1562 levantó más al norte un asiento para pacificar a los indios y afianzar su dominación: San Juan de la Frontera.

Villagra le ordenó buscar una salida hacia el mar, por lo que llegó hasta Córdoba, pero no pudo establecer ninguna población que asegurase un camino pacificado hacia Mendoza.

Recién en 1596, siendo gobernador de Chile Martín García Oñez de Loyola, su teniente de gobernador en Cuyo,Luis Jofré de Loazza fundó San Luis de la Punta. Cuyo dependió de Chile hasta 1776.

Fuente Consultada: Historia Argentina de Etchart – Douzon – Wikipedia –

Sanguijuelas para curar la mala sangre Extraer sangre sin dolor

Sanguijuelas Para Curar La Mala Sangre

Si alguna vez ha sido presa de una sanguijuela, sabrá que una característica sorprendente e inquietante reside en que sólo después de que este parásito terminó su festín, usted se percató de que había sido su víctima.

Desde la época de los romanos, los médicos han asado la capacidad de las sanguijuelas de extraer sangre sin dolor. Hasta ya avanzado el siglo XIX se creía que muchas enfermedades procedían de la “mala sangre” y que la cura más eficaz consistía en abatir su volumen. El remedio solía ser peor que la enfermedad, porque algunos pacientes perdían tanta sangre que morían.

Los médicos ingleses y franceses eran partidarios de las sanguijuelas. En 1820 Inglaterra agotó sus reservas de sanguijuelas y tuvo que importarlas. En esa época, los quimicos y barberos las vendían para uso doméstico y muchas Lunillas las conservaban como parte del botiquín. A pesar de su aspecto repugnante, una sanguijuela aplicada a un ojo amoratado u otra contusión puede aliviar rápidamente.

sanguijuelas

las sanguijuelas son gusanos que viven en agua en todo el mundo, y en tierra en zonas tropicales. No siempre dependen de la sangre para vivir, pero aprovechan la oportunidad de cebarse en algún vertebrado.

Cuando ha encontrado una, víctima, se adhiere rápidamente a ella con su ventosa. Fauces retractiles dentro de ésta, alrededor de la boca, desgarran la piel. Con una probóscide semejante a la de un mosquito succiona la sangre y tarda de 10 minutos a más de una hora en alimentarse, tiempo en que su aspecto cambia de la forma de un cordón a algo parecido a una babosa.

Ya satisfecha, se desprende, dejando en su víctima humana una herida pruriginosa que sigue sangrando por varias horas. Esto, aunado a la naturaleza indolora de su succión, se debe a una sustancia anticoagulante llamada hirudina, presente en su saliva.

Las sanguijuelas cayeron en desuso alrededor de 1860, excepto en algunas partes de Europa y Asia, aunque los investigadores mantuvieron su interés en las propiedades anticoagulantes de la saliva de este gusano. Hoy día se usa extracto de hirudina en personas con riesgo de sufrir una obstrucción circulatoria.

Desde la década de 1980, algunos cirujanos han usado sanguijuelas vivas por que se ha descubierto que su saliva no sólo adelgaza la sangre, también dilata las venas. Alunas veces se aplican sanguijuelas para ensanchar los vasos sanguíneos cuando es necesario unir diminutas venas en víctimas de accidentes o reparar la superficie de estos canales en operaciones plásticas.

Si durante un paseo en el campo descubre que una sanguijuela se ha adherido a su piel, puede obligarla a desprenderse con un cerillo encendido, alcohol, vinagre o sal. Retírela con cuidado para evitar que su ventosa y probóscide se rompan y puedan causar una infección. Un lápiz hemostático ayudará a detener la hemorragia.

LAS SANGUJUELAS EN EL SIGLO XXI: Estos animales ayudan a restablecer la circulación sanguínea al provocar una pequeña hemorragia que imita a la circulación venosa en el área delicada donde se produce el injerto. Descongestionan los vasos sanguíneos, restablecen la presión sanguínea y la circulación normal.

Así que una cosa tan arcaica como las sanguijuelas se utiliza hoy en lo más avanzado que hay en medicina, la microcirugía, existiendo incluso estudios que aseguran que el uso de sanguijuelas alcanza el doble de éxito en la recuperación de tejidos trasplantados en comparación con lo que ocurre con fármacos u otros procedimientos médicos.

El método es simple, pero desagradable. Al principio se siente un pequeño pinchazo y una leve sensación de ardor, que pronto desaparece por el efecto analgésico de su saliva. Llena de sangre, una sanguijuela puede medir hasta 15 cm.

Uso de sanguijuela para sangrias humana Medicamentos antiguos

Uso de Sanguijuela Para Sangrías en Humanos
Medicamentos Antiguos

Sobre ventosas y sanguijuelas: En cuanto a ciertos procedimientos “curativos” curiosos no podemos resistir la tentación de mencionar las sanguijuelas y las populares ventosas, estas últimas de uso frecuente hasta la mitad del siglo XX. Las primeras —que poseen una boca chupadora provistas de tres mandíbulas córneas de 90 dientes y con la cual hacen succión para extraer del animal la sangre con la que se alimentan— se utilizaron desde la antigüedad como instrumento de sangrías humanas y fueron de uso popular en el Buenos Aires del siglo XIX, hasta tal punto que en 1826, según se registra en el Archivo General de la Nación, se produjo un enojoso episodio protagonizado por el médico Miguel Rivera, quien se quejaba al asentista Whitfield por proveer al Hospital General de sanguijuelas nacionales, pues, argumentaba, que si bien eran más baratas producían “resultados funestos”, dado que el anélido en cuestión no se prendía al cuerpo del sangrado con la suficiente fuerza con que lo hacían los europeos.

sanguijuelas en la medicina

De allí que exigiera (y al parecer consiguiera) la importación de sanguijuelas europeas. De todas maneras, existían otras opiniones que afirmaban que en la práctica “de todas las sanguijuelas buenas de Europa que hoy se hallen en Buenos Aires, tal vez alcancen a desempeñar tres días en el Hospital, más éstas mueren con más facilidad que las otras (las nacionales), ya que concluidas que sean ¿no sentiremos luego la necesidad de las de nuestros charcos? Los más de los días prenden de cuarenta arriba sin que entre ellas haya una sola europea”, por lo que quedaba desmentida, al parecer, que las importadas resultaban poco útiles para efectuar sangrías en comparación con las sanguijuelas argentinas.

En cuanto a la obtención de estos pequeños y desagradables chupadores en los manuales farmacéuticos de la época figuraban instrucciones que debían seguirse en los criaderos de sanguijuelas, que, por otra parte, habían proliferado debido a la demanda.

Entre las instrucciones figuraba la de criarlas en estanques de un metro y medio de profundidad, renovando el agua continuamente y evitar que ésta contuviera demasiado ácido tánico o cal. También aconsejaba alimentar a las sanguijuelas cada seis meses introduciendo en los viveros vejigas llenas de sangre fresca. Respecto de las ventosas, digamos que se trataba de recipientes especiales que se aplicaban sobre una parte del cuerpo—generalmente la espalda—, previo encendido de una me-cha de algodón embebida en alcohol que luego se cubría con el recipiente.

De esa forma se ejercía una aspiración que provocaba el vacío y, por consiguiente, se lograba atraer la sangre a los pequeños vasos de la zona para descongestionar los pulmones, según se decía. En muchos hogares, principalmente en la campaña, donde no se disponía de aquellos recipientes y elementos especialmente fabricados para la maniobra, se utilizaban copas domésticas de regular tamaño y un pequeño trozo de papa sobre la cual se plantaba un fósforo encendido que luego se cubría para producir el efecto.

Los pacientes así tratados quedaban con la espalda y la piel como si hubiesen sido sometidos a una molesta sesión de tortura casera, sin que, para colmo de males, mejorara para nada la presunta congestión bronquial.

Ampliación del Tema

Si alguna vez ha sido presa de una sanguijuela, sabrá que una característica sorprendente e inquietante reside en que sólo después de que este parásito terminó su festín, usted se percató de que había sido su víctima.

Desde la época de los romanos, los médicos han asado la capacidad de las sanguijuelas de extraer sangre sin dolor. Hasta ya avanzado el siglo XIX se creía que muchas enfermedades procedían de la “mala sangre” y que la cura más eficaz consistía en abatir su volumen. El remedio solía ser peor que la enfermedad, porque algunos pacientes perdían tanta sangre que morían.

Los médicos ingleses y franceses eran partidarios de las sanguijuelas. En 1820 Inglaterra agotó sus reservas de sanguijuelas y tuvo que importarlas. En esa época, los químicos y barberos las vendían para uso doméstico y muchas Lunillas las conservaban como parte del botiquín. A pesar de su aspecto repugnante, una sanguijuela aplicada a un ojo amoratado u otra contusión puede aliviar rápidamente.

las sanguijuelas son gusanos que viven en agua en todo el mundo, y en tierra en zonas tropicales. No siempre dependen de la sangre para vivir, pero aprovechan la oportunidad de cebarse en algún vertebrado.
Cuando ha encontrado una, víctima, se adhiere rápidamente a ella con su ventosa. Fauces retractiles dentro de ésta, alrededor de la boca, desgarran la piel. Con una probóscide semejante a la de un mosquito succiona la sangre y tarda de 10 minutos a más de una hora en alimentarse, tiempo en que su aspecto cambia de la forma de un cordón a algo parecido a una babosa.

Ya satisfecha, se desprende, dejando en su víctima humana una herida pruriginosa que sigue sangrando por varias horas. Esto, aunado a la naturaleza indolora de su succión, se debe a una sustancia anticoagulante llamada hirudina, presente en su saliva.

Las sanguijuelas cayeron en desuso alrededor de 1860, excepto en algunas partes de Europa y Asia, aunque los investigadores mantuvieron su interés en las propiedades anticoagulantes de la saliva de este gusano. Hoy día se usa extracto de hirudina en personas con riesgo de sufrir una obstrucción circulatoria.

Desde la década de 1980, algunos cirujanos han usado sanguijuelas vivas por que se ha descubierto que su saliva no sólo adelgaza la sangre, también dilata las venas. Alunas veces se aplican sanguijuelas para ensanchar los vasos sanguíneos cuando es necesario unir diminutas venas en víctimas de accidentes o reparar la superficie de estos canales en operaciones plásticas.

Si durante un paseo en el campo descubre que una sanguijuela se ha adherido a su piel, puede obligarla a desprenderse con un cerillo encendido, alcohol, vinagre o sal. Retírela con cuidado para evitar que su ventosa y probóscide se rompan y puedan causar una infección. Un lápiz hemostático ayudará a detener la hemorragia.

LAS SANGUJUELAS EN EL SIGLO XXI: Estos animales ayudan a restablecer la circulación sanguínea al provocar una pequeña hemorragia que imita a la circulación venosa en el área delicada donde se produce el injerto. Descongestionan los vasos sanguíneos, restablecen la presión sanguínea y la circulación normal.

Así que una cosa tan arcaica como las sanguijuelas se utiliza hoy en lo más avanzado que hay en medicina, la microcirugía, existiendo incluso estudios que aseguran que el uso de sanguijuelas alcanza el doble de éxito en la recuperación de tejidos trasplantados en comparación con lo que ocurre con fármacos u otros procedimientos médicos.

El método es simple, pero desagradable. Al principio se siente un pequeño pinchazo y una leve sensación de ardor, que pronto desaparece por el efecto analgésico de su saliva. Llena de sangre, una sanguijuela puede medir hasta 15 cm.

Ver: Terapia de Contacto Con Animales

Fuente Consultada: Revista «Todo es Historia» Nota de Juan Ángel del Bono

Medicamentos Caseros Historia de Remedios de Nuestros Abuelos Recetas

Medicamentos Caseros Historia de Remedios

El aspecto más importante de la vida es nuestra salud. Hoy en día, cuando algo va mal en nuestro cuerpo, buscamos una solución al problema a través de la medicación. La ciencia moderna nos ofrece un sinfín de drogas efectivas a las que recurrir, pero la practica de probar sustancias extrañas para tratar una enfermedad se practicaba ya en la Antigüedad.

Hipócrates, para calmar el dolor, aconsejaba tomar corteza de sauce —lo cual tenía sentido—, y también recetaba los excrementos de paloma contra la calvicie —lo cual no tenía sentido alguno—.Hasta el día de hoy se han inventado y preparado un asombroso número de remedios. Pero no fue hasta el siglo XX cuando los Gobiernos empezaron a introducir ciertas regulaciones para garantizar que las pretensiones de los fabricantes fueran legítimas y que los productos que fabricaban no hicieran más mal que bien a los consumidores.

Llegó un momento en que estas regulaciones fueron casi forzosas dado el surtido incontrolado de medicinas que había inundado el mercado a finales del siglo XIX, que fue la era de los medicamentos específicos.

¿Por qué recibían este nombre? Porque a mediados del siglo XVII, en Inglaterra, algunos fabricantes de preparados médicos pidieron, y obtuvieron, patentes reales para sus productos. La patente protegía los derechos del propietario sobre el producto y le daba cierto aire de prestigio. Los fabricantes no tenían ninguna obligación de demostrar si eran seguros o eficaces.

Más tarde, la expresión se aplicaba a cualquier producto fabricado en cantidades industriales que no tuviera ninguna regulación en los ingredientes, que se promocionara a través de una publicidad no controlada y que sirviera para curar toda clase de enfermedades comunes del ser humano.

El Compuesto Vegetal de Lidia Pinkham fue el que tuvo más éxito de todos. La señora Pinkham empezó a interesarse por la medicina casera después de la muerte de varios miembros de su familia. Se volcó en el espiritualismo y la química. Convencida de que Dios había creado los vegetales y las hierbas para curar las enfermedades, mezcló estas sustancias naturales con un chorro generoso de alcohol y garantizó un alto grado de satisfacción en muchas mujeres.

Seguramente era a causa del alcohol, pero el preparado original de Lidia incluía, además, cimicifuga (Cimicifuga racemosa), una planta que hoy sabemos alivia algunos de los síntomas de la menopausia. Luego, el hijo de Lidia pegó la foto de su madre en la botella del compuesto vegetal, y dio luz a la primera campaña publicitaria.

Aunque los vendedores de este tipo de medicina prometían mucho más de lo que podían garantizar, los productos incluían ingredientes activos, como el opio o el alcohol. Uno de estos productos era el Paregoric, una solución alcohólica con sabor a alcanfor y anís; el nombre proviene de la palabra griega que significa «calmar».

El Paregoric se usaba para calmar la tos y la diarrea, y conseguía ser efectivo. Algunos de estos medicamentos llevaban extractos de estramonio, datura y belladona. El ingrediente activo en este caso era la atropina, que actúa sobre el asma. La quinina era muy útil en el tratamiento de la fiebre, y otros medicamentos incluían fenol, un potente desinfectante.

Pero la gran mayoría de los medicamentos específicos eran una falsedad, sustancias sin ningún fundamento. Stomach Bitters contenía una mezcla poco específica de cortezas, raíces y hierbas. El Jarabe del Doctor Chase de Linaza y Turpentina llevaba una etiqueta que ni tan sólo explicaba para qué se debía tomar el jarabe. Bodi-Tone decía ser un «tónico para el cuerpo cansado». Algunos de los ingredientes de estos remedios eran muy extraños, como por ejemplo el de Four Chorides Compressed Tablets, que llevaba arsénico.

Heroína Bayer: Un frasco de heroína Bayer. Entre 1890 y 1910, la heroína era divulgada como un substituto no adictivo de la morfina, y un remedio contra la tos para niños.

La época de esta medicina de feria fue ciertamente interesante. Qué locura, silo pensamos ahora, tragarse un producto que no había sido probado y que no estaba controlado sanitariamente basándonos puramente en una publicidad imaginativa. ¿Pero sabéis qué pienso? En cierto modo, la era de la medicina patentada sigue viva. Internet está plagado de llamativos anuncios que nos recuerdan a los días gloriosos de las curas milagrosas.

El caso de las pastillas NewYork Stress Tabs es muy representativo. Según la etiqueta, este preparado sirve para «sobrellevar el estrés diario causado por la falta de sueño, el trabajo, las relaciones personales, los viajes, las resacas, los empachos y el síndrome premenstrual».
¿Qué ingredientes mágicos contiene? Aconitina, el veneno con el que se embebieron Romeo y Julieta, y también estricnina. ¡Delicioso! Pero tranquilos, estos ingredientes aparecen en «dosis homeopáticas», lo que significa que su concentración es apenas nula y eso lo hace inocuo.

Este National Vaporizer Vapor-OL estaba indicado “Para el asma y otras afecciones espasmódicas”.
El líquido volátil era colocado en una olla y calentado con una lámpara de querosene.

El Vino Mariani (1865) era el principal vino de coca de su tiempo.  El Papa León XIII
llevaba siempre un frasco de
Vino Mariani consigo  y
premió a su creador, Ángelo Mariani,  con una medalla
de oro.

El vino de coca Metcalf,  era uno de la gran cantidad de vinos que contenían coca disponibles en el mercado.  Todos afirmaban que tenían efectos medicinales,  pero indudablemente,  eran consumidos por su valor “recreativo” también.

Historia de la Coca Cola

EL BALSÁMICO EUCALIPTO: Nunca  -hasta que se generalizaron los antibióticos- se intentó curar los resfríos con otra cosa que no fueran remedios caseros. Sólo se adquiría en farmacia uno de factura muy sencilla, la untura blanca, una friega que se preparaban con esencia de trementina -aguarrás vegetal o de pino-, que le daba ese color inconfundible, mezclado con clara de nuevo batida a nieve, que se aplicaba en el pecho, a la altura de la tráquea. El vao de vapor, fuertes tes con jugo de limón, leche con miel y coñac, y una que otra aspirina actuaban como febrífugos y descongestionantes.

Pero la base balsámica del constipado respiratorio era el eucalipto. Hervidas sus hojas basta llevar el agua a punto de jarabe y con adecuada proporción de azúcar, producían el expectorante usual.

El aire del invierno, habitualmente húmedo y frío, pegándose a las paredes, les desprendía una deprimente mezcla de olor a bongo y a argamasa. El eucalipto lo reivindicaba cuando sus hojas hervían continuamente en un tarro o en una ollita. Su delicioso vapor, impregnando los rincones de la habitación, generaba en el enfermo una reconfortante sensación saludable y oficiaba para el que llegaba como una bienvenida a la casa.

REMEDIOS CASEROS: Agoniza el récipe de la receta médica, la orden al farmacéutico para que reciba y prepare? Ahora, casi todos son específicos de laboratorio, con sus respectivas marcas. ¿Y los remedios caseros? ¿Agonizan, igualmente? Algunos subsisten, por resistente presencia folklórica de terapia casera. ¿Usted se frotó alguna vez una barrita de azufre para sacarse un dolor reumático? ¿Sintió cierto ruidito denunciador, como si el azufre actuara? ¿Nunca vio a su abuela colocarse una rodaja de papa a cada lado de la sien, con el designio de librarse del dolor de cabeza? Cuando era chico, ¿nunca le pusieron una cataplasma de lino en el pecho, bien caliente, para que el resfrío aflojara? ¿Y la untura blanca? ¿Y el unto sin sal? ¿Y el vinagre aromático? No… no estamos hablando de otro mundo… ¿Y el odiado aceite de ricino? ¿O el hígado de bacalao, rebosante de vitaminas? ¿Había una delicia mayor que respirar, a puerta cerrada, en la pausa cíe una gripe, la atmósfera emoliente del vapor que subía de una ollita puesta sobre la estufa, en la cual la solicitud materna había echado unas hojas de eucalipto, compradas en la farmacia?

Hacia fin de siglo, no pocas bebidas alardeaban, en entusiastas avisos, de ser eficaces hasta para el cólera. No había medida para las exageraciones publicitarias. ¿Cuántos males curaba el Radiosol Vegetal? ¿Qué increíble potencia aseguraba al hombre el cinturón eléctrico que se ajustaba a su cintura? ¿Y el Digestivo Mojarrieta, verdadero estómago artificial? Dos niños rozagantes trepaban a ambos lados de un ánfora para alcanzar, en el aviso de marras, las virtudes mágicas de la Fosfatina Fallieres. Una palabra de moda era la neurastenia. Las niñas pálidas, los hombres agotados, los caballeros víctimas de mil excesos, tenían a mano la Iperbiotina, capaz de multiplicarles al infinito los glóbulos rojos…

Y si todo esto no bastara, estaban los yuyos: el cedrón, en la infusión del caso, para los males del corazón. La depurativa zarzaparrilla; la barba de choclo para el riñón perezoso. Nunca más las sanguijuelas, en la redoma del barbero, para la remotísima sangría. Pero algunos remedios caseros no han muerto. Ni el ti-roncito en la espalda, con el que la curandera quiebra el empacho…

EL ALCANFOR: El alcanfor no fue precisamente un remedio casero. Sí una buena manera de hacer profilaxis en tiempos de epidemias. Ocupaba y daba cierta cuota de tranquilidad a las madres, que sentían haber hecho algo para proteger la salud de sus hijos. Terapia ocupacional. dicen hoy. Además, no había otra cosa.

Producto extraído cíe un árbol, el alcanforero, la farmacopea oficial lo ofrece como una sustancia sólida, blanca, cristalina, untuosa y volátil, de un olor muy particular y agradable que, al ser aspirado, provoca una sensación de bienestar que ha llevado a la convicción de que es saludable y benéfico como protector de las enfermedades originarlas por las miasmas que el aire pueda transportar.

Esas virtudes que se atribuyen al alcanfor han transitado siglos y geografías sin deterioro alguno. Para los días de invierno avanzarlo, cuando la severidad del clima se hacía sostenida y cruel, y cundían los resfríos y catarros, las menos inofensivas gripes, las temibles complicaciones pulmonares o el espectro de la polio, los niños en los viejos barrios de Buenos Aires (Oeste. Norte o Sur, daba lo mismo), cualquiera que fuese su origen o credo, seadherían con llamativo entusiasmo a una especie de nueva secta.

Se identificaban los fieles por una suerte de relicario que llevaban colgado del cuello, con la forma de una bolsita de tela habitualmente blanca. En su interior guardábase con mucho celo un tesoro que las diligentes manos maternas habían impuesto a sus hijos con mil recomendaciones. Lo que los niños llevaban suspendido del cuello, día y noche, era sencillamente un trozo de alcanfor. La olorosa nube arrebujaba a los niños como en un pañolón invisible que venía a convertirse en su ángel guardián. Los acompañaba en todas sus andanzas: por la calle, en sus juegos, en los transportes, en las aulas, en el cine, en la calesita de la esquina.

La convicción materna transmitida al niño parecía fortalecer la acción del alcanfor. Persistente y bueno, desde el pecho de los niños, el alcanfor impregnó e hizo más respirable el aire de muchos inviernos porteños.

LA CULEBRILLA: La erupción llamada Herpes Zoster o simplemente Zona era conocida por entonces con el nombre de «culebrilla» a causa de la forma de culebra que iba adoptando la enfermedad, todo a lo largo del trayecto de un nervio asimismo por la creencia popular que había sido originada por el contacto de la piel con una culebra pequeña, que dejaba un rastro venenoso, ya fuera sobre la parte afectada o sobre la ropa de uso diario, que se había puesto el enfermo antes de estarlo.

El avance de las vesículas llenas de liquido amarillento se manifestaba enferma de media cintura al pecho, los hombros o el vientre acompañadas de dolor y comezón. Su avance creaba enorme preocupación, pues se decía que si se juntaba la cabeza y la cola, el caso era perdido.

Y una vez más el remedio infalible era el Bufo vulgaris o el pobre sapo que ahora se lo tomaba vivo por el lomo y pasaba la barriga sobre las pústulas, en sentido contrario al de su marcha hasta que la panza del animalito «se hacía coloradita» y el bicho empezaba a gritar. Esta era la seña de que, como por arte de magia, la culebrilla había y a pasado del cuerpo del enfermo al de sapo.

Por desgracia, en muchos casos, el empleo de este procedimiento acarreaba daños mayores e irreparables a causa de la intoxicación por el veneno que se encuentra en la piel de estos batracios y que, absorbido, puede llegar a actuar sobre el corazón.

En efecto, según los doctores investigadores Fausty Proscher, el sapo común posee en ciertas glándulas de su piel una secreción que contiene las sustancias denominadas bufotalina.

ALGO MAS SOBRE EL TEMA…

El investigador y escritor costumbrista Oestes di Lullo ha dedicado muchas páginas al estudio de la medicina y la alimentación en el folklore. Son oportunas aquí algunas de sus observaciones. El considerar que múltiples facetas presenta la medicina popular. Es herbolaria, mágica, intuitiva, empírica, pero sobretodo, pintoresca. Quienquiera se proponga observar su terapéutica, encontrará un mundo de pequeñas novedades, de ocurrencias, de curiosidades, ya en la forma de curar, o arte propiamente dicho, ya en la materia utilizada como beneficio. Lo cierto es que lo pintoresco salta a la vista. Es una modalidad que se multiplica indefinidamente y hace sonreír con leve suficiencia al profano, un poco admirado de las «cosas» que hace el pueblo para combatir sus enfermedades o prevenirlas.

Pero olvida su ignorancia y su dolor, e inmensa orfandad en que se debate, la miseria que le confina en la impotencia y es saberse sólo para poder vivir, pegado al suelo como un árbol, sin más posibilidades que las del molusco adherido a la roca en el fondo del mar.

Di Lullo sigue diciendo en esa obra: «Ahí está la comadre buscando en el rancho desprevenido las hojitas para el té o la «enjundia« de gallina o la grasa de los más diversos animales para atender urgentemente, mientras llega la «curandera» o vuelve el mandadero que ha ido a consultar a la ciencia del baquiano, con un frasco de orina en sus manos. En el campo no hay médico ni farmacias, y en el rancho no queda ningún remedio casero. ¿Qué hacer en tales circunstancias?

El paciente gime, la madre o el hijo o la esposa, sumidos en la tortura de una angustia que se prolonga demasiado, llenos de temor antela muerte del ser querido, no saben ni pueden qué hacer. Nada hay y todo falta. Ante lo imprevisto y lo desprevenido sólo cabe la improvisación.

Ahí está la comadre comedida, la buena vecina, la amiga, con su corazón generoso abierto al dolor de sus semejantes, con sus cuidados solícitos y el inmenso deseo de calmar la ansiedad de esa pobre gente, el sufrimiento de ese pobre enfermo, y nada más. Va a la cocina, pide a unos y a otros, esto y aquello, y a la vecindad que le presten lo demás y a está con la droga milagrosa o con el emplasto cúralo-todo o con el sahumerio mágico. Luego, algunas oraciones impetratorias al santo protector y «san se acabó». Ha cumplido piadosamente con su deber de solidaridad humana y «sea lo que Dios quiera».

La medicina del campo está llena de pequeñas noticias que esperan de la ciencia y de la preocupación de los estudiosos, no sólo una seria y digna atención, sino una respuesta definitiva. Pero a la espera de que el milagro se produzca, la folk-medicina seguirá formulando su recetario de excentricidades y extravagancias.» ¡Qué simple es, por ejemplo, esta receta con la que se cura la erisipela! Consiste en la aplicación de la espuma «que le queda en la boca al ternero cuando acaba de mamar.

Prescindiendo délos efectos de tal remedio, ¿no es verdad que tiene una frescura de concepción, una gracia tierna y bucólica? ¿No tendrá, también, la suavidad untuosa, la grasitud leve y diáfana que la piel ardiente necesita en tales circunstancias? Y si realmente no fuera más que un remedio psicológico, ¿no valdría, acaso, emplearlo aunque no fuese más que por lo poético del procedimiento?

La farmacopea de los remedios caseros era, por aquellos años, verdaderamente curiosa. Un párrafo especial merecen el «empacho» y el «mal de ojos». Para comprobar si una criatura efectivamente padecía de empacho, el curandero le levantaba tres veces con la yema de los dedos el pellejo del espinazo a la altura de la boca del estómago. Para tratarle, se aplicaba a éste un parche de aceite mezclado con la flor de ala ceniza.

Era creencia que estando empachada la criatura, sonara interiormente la parte del espinazo al levantarle  la piel. En la Banda Oriental existía una costumbre—recogida por el médico Roberto J. Bouton (La vida rural en el Uruguay, Montevideo, 1961)— que constituía un excelente remedio para curar el empacho de las criaturas: quemar una pezuña de animal vacuno y, a medida que se iba quemando, se iba raspando. Una cucharadita de este polvo, se echaba en un pocillo de agua hirviendo, hasta la mitad de lleno y se dejaba al sereno. Al día siguiente se daba de beber al niño en ayunas.

La sangre de toro, cocida con coles y aplicada al vientre, como emplasto, también deshacía el empacho. Bouton agregaba esta estrafalaria receta: «Para alimentar una criatura empachada. La mejor manera para alimentar una criatura empachada, es aplicarle una cataplasma de dulce de membrillo, y encima, un huevo frito, sobre el estómago».

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Fuente Consultada:
Revista «Todo es Historia» Nota de Juan Ángel del Bono
Revista «Todo es Historia» N°324 Nota de Carlos A. Moncaut
Porque cantan los gallos al amanecer? Joe Schwarcz
100 Años de Vida Cotidiana La Nación Notas de Leon Tenenbaum y León Benarós
y  sitio web:  www.tejiendoelmundo.wordpress.com.

Pancho Sierra Biografia El Gaucho Sanador Historia Medicina Popular

Pancho Sierra Biografía del Gaucho Sanador

Existieron dos personajes que jamás no abandonaron  su fe católica y nunca cobraron absolutamente nada por sus intervenciones en bien de la gente. Ninguno de los dos lo necesitaba, ya que eran millonarios. Y si lo de ellos hubiera sido sugestión, bienvenida la sugestión si sirvió para darle alivio a los enfermos, apoyo al que lo necesitara y esperanza a todos.  Ellos lo hicieron, gratis. Todo eso los transforma en especiales, y son conocidos como «Pancho Sierra» y la «Madre María».

Pancho Sierra Biografia El Gaucho Sanador Historia Medicina PopularEl singular culto a Pancho Sierra, que en ciertos casos se vio inevitablemente invadido por una folclórica maraña comercial que ofrecía estampas y hasta tierra de su estancia a precios módicos, continuó a través del tiempo. Cada 4 de diciembre, día de su muerte, el cementerio de Salto (Bs. As.) recibe a muchos que apenas conocieron su historia pero que saben que era alguien «especial».

Don Pancho y la Madre, pues, no escapan a la categoría de curanderos, pero no adjudicamos al término ningún matiz peyorativo, todo lo contrario pues ellos fueron  Grandes Curanderos. Su fama vuela por todo el país y aun trasciende sus fronteras. Toda una organización prosigue sus enseñanzas, canonizando popularmente a sus fundadores.

Tuvieron, además, buena publicidad, en vida y en muerte. Y no venían de las clases populares; sino de arriba. Eran gente rica que abandonó su fortuna por lo que entendieron como misión, con el consiguiente escándalo entre los suyos y entusiasmo entre sus adeptos.

Una revista popular recuerda, a 80 años de su muerte, la historia de Francisco Sierra: «Pancho Sierra, llamado por todos sus adeptos «el médico del agua fría», «el gaucho santo de Pergamino» o «el resero del infinito» había nacido en Salto el 21 de abril de 1813 y murió el 4 de diciembre de 1891, aunque algunos sostienen que su deceso se produjo en 1894.

«Este personaje había nacido en una familia de ricos hacendados, y ya mayor se instaló en su estancia «El Porvenir», en los límites de Pergamino y Rojas.

«Su vida se transformó luego de una decepción sentimental. Se aisló entonces del mundo y luego retornó, tras una larga etapa, para volcarse sobre el dolor de los demás, haciendo curas tan portentosas que extendieron su fama a toda la provincia de Buenos Aires.

Pancho Sierra ejercía con pocas armas. Un poco de agua fresca del aljibe de su estancia, el profundo magnetismo de su voz, la seguridad que emanaba de su rostro profetice de larga barba blanca y de mirada penetrante.

A él acudían —como siguen acudiendo hoy—, los desventurados, los necesitados de pan o fe para vivir, los enfermos.

Y los que llegaban hasta él —dicen los adeptos— siempre encontraban remedio para sus males, para sus problemas, para sus desdichas. Y en ese reparto generoso Pancho Sierra acrecentó su fama, porque también fue distribuyendo fe y la mayor parte de sus bienes.

Muchísimas veces —según el relato de quienes lo conocían bien—, un vaso de agua brindado por Pancho Sierra alcanzó a curar en una zona en que el enfermo estaba solo y donde el médico solo era un mito. Su fama comenzó entonces a crecer y traspasar fronteras y hasta la estancia «El Porvenir» peregrinaron centenares de personas que acudían desde los puntos más lejanos en busca de ayuda, de consejos y de cura para sus dolencias. Se cuenta que como el viaje hasta su casa era largo, las compañías encargadas del traslado de los visitantes agregaron a su recorrido los «viajes especiales a lo de Pancho Sierra».

«Pancho Sierra se declaraba espiritista y con facultad para transmitir el poder curativo de que se consideraba ungido, así es que repartió sus discípulos en muchos partidos de la provincia conservando siempre su dirección.

Para las gentes escépticas era un alucinado.

Para sus adeptos, un santo. Para todos, un original. ‘Pancho Sierra tenía el rostro blanco, facciones aristocráticas, nariz aguileña y ojos azules que brillaban con intenso fulgor.

Su talla era mediana, delgado de cuerpo y su conjunto respiraba bondad y una apacibilidad de espíritu que se transmitía a todos sus actos… vestía siempre trajes ampulosos, bombacha, camiseta criolla, ancho sombrero, poncho y manta de vicuña.

Su exquisita sensibilidad por las desgracias ajenas y la intuición de sus facultades de «médium» le proporcionaron la ocasión de asistir a algún enfermo en épocas en que se carecía allí de médicos. «Este hecho, repetido muchas veces con éxito admirable, le confirmó la idea de que gozaba de alto grado de facultad que los espiritistas llaman «mediumnidad curativa» y que buenos espíritus le auxiliaban en ella. (…) «Pancho Sierra se mantenía en su vida de anacoreta, sin solicitar el trato de su familia y relaciones, muchos de los que se complacían en divulgar su supuesta locura, mientras él prodigaba beneficios a los pobres.

Compraba artículos de tienda por cantidades, frutas por carradas y en seguida llamaba a «sus hijos», los niños de la vecindad y los pobres que frecuentaban su casa, a quienes distribuía generosamente todo. «Estas prodigalidades incomprensibles confirmaban su reputación de «loco trastornado … pero bueno!

La estancia de Pancho Sierra era como un pueblo. Llegaban a ella de 15 a 20 carruajes por día. Todo e! mundo pretendía tomar un vaso de agua para curar sus males o llevar una botella del líquido saludable, único elemento que él suministró siempre y con lo que ha producido, según afirman los adeptos, numerosas curas, algunas sensacionales.

En una ocasión, en una casa semi-derruida, Pancho Sierra aconsejaba a la que sería su hija espiritual, María Safóme Loredo, luego conocida como la Madre María.

La joven de 27 años había llegado desde Buenos Aires desesperada: su segundo marido Aniceto Subiza estaba agonizando. A ella no le iba mejor: un tumor canceroso le endurecía un seno. Subiza, un rico estanciero moría poco después; ella en cambio, sanó ante el asombro de los médicos. Desde esos momentos, nacía la Madre María

Pero María Salomé Loredo había nacido antes, en octubre de 1854. De familia vasca y campesina, pastoreó ovejas cuando niña y aprendió a amar las flores, según su biógrafa. Es curioso que, mientras Pancho Sierra prefirió los jazmines, María era apasionada por los claveles. Y esas flores son las que cubren hoy sus respectivas tumbas, ya que sus fieles siguen halagando el gusto de los fundadores.

Victor Sueiro, en su curioso libro , «Crónica Loca» lo define asi: «Si bien sería irrelevante hablar de él como «un santo», tal como lo calificaron muchos de sus seguidores, es inevitable destacarlo como un hombre ciertamente piadoso. Era común que comprara él mismo cantidades de alimentos que regalaba a quienes lo necesitaban. Pero lo que hizo que su fama creciera de una manera impresionante era el hecho de que se producían resultados asombrosos con sus palabras y su agua fría. El singular culto a Pancho Sierra, que en ciertos casos se vio inevitablemente invadido por una folclórica maraña comercial que ofrecía estampas y hasta tierra de su estancia a precios módicos, continuó a través del tiempo.

Cada 4 de diciembre, día de su muerte, el cementerio de Salto recibe a muchos que apenas conocieron su historia pero que saben que era alguien «especial». A tantos años de su muerte (mas de 100), aún cuenta con adeptos que invocan su memoria ante una situación difícil.

Es curioso que, a diferencia de otros sanadores, jamás fue perseguido ni hostigado de manera alguna por la policía ni por ninguna otra autoridad. A su muerte hubo quienes pretendieron atribuirle la condición de espiritista. Fueron los espiritistas, claro está. Pero no era cierto. En ningún momento abrazó otra creencia que no fuera la católica aunque con una apertura muy grande hacia otras ideas, sin discriminar ninguna.

Vivía en el cuarto más pequeño de su estancia y allí, junto a una cama, una silla, una mesita y su guitarra, se destacaba en la pared una cruz con el Cristo agónico. En pleno apogeo de su fama, una de sus «pacientes» fue una joven de veintisiete años que llegó hasta él como última alternativa por un tumor alojado en uno de sus pechos. La mujer se curó. Se llamaba María Salomé Loredo de Subiza y se transformaría en discípula predilecta de Pancho Sierra y continuadora de su trabajo. El país la reconocería luego, en su historia cotidiana, con el nombre que le pusieron afectuosamente sus seguidores: la Madre María.»

Antiguos Remedios Criollos Caseros

Pancho Ormeño Sanador Espiritual Curandenro Riojano Biografía

Pancho Ormeño Sanador Espiritual

PANCHO ORMEÑO, UN BENEFACTOR Pancho Ormeño aprendió desde chico a conocer los secretos de las plantas, las distintas cualidades que escondían celosamente esos vegetales crecidos en el pedregal o a la vera de los hilos de agua. Más tarde, frecuentando la amistad de curanderos y viejos pobladores hechos a la vida agreste, fue acumulando más conocimientos.

Pancho Ormeño

Pancho Ormeño

Algunos dicen que hasta le transmitieron parte de la sabiduría indígena, conservada por generaciones de comadres y salamanqueras. Lo cierto es que don Pancho terminó siendo un consumado botánico autodidacto, condición que unida a su célebre capacidad curativa lo convirtió en el taumaturgo más famoso de La Rioja.

Miles de testimonios hablan de su infalibilidad. «Su clarividencia era tal —escribe Teófilo Mercado— que muchas veces predecía la muerte de enfermos alejados con pasmosa exactitud…» Para curar recetaba siempre hierbas y yuyos que debían usarse para preparar tés, hacer fomentos, etcétera. Otros males los trataba con pomadas y ungüentos preparados con grasa y pelambre de animales silvestres.

Cierta vez un gobernador de La Rioja —Benjamín Rincón— quiso comprobar si detrás de tanta maravilla no había un vulgar embuste, y lo hizo ir hasta la Casa de Gobierno, donde lo enfrentó a un escéptico tribunal.

Pancho Ormeño sorprendió a todo el mundo. Anunció previamente lo que iba a hacer y ante la estupefacción genera! —utilizando dos yuyos diferentes— le provocó una epistaxis —hemorragia nasal— a un policía y de inmediato se la detuvo, sin ninguna consecuencia.

Antes de retirarse del recinto —repleto de jueces, doctores y altos funcionarios—se dirigió a un abogado presente y le dijo: «Creo que lo vide el año pasado por mis pagos. Vaya a verme otra vez. Y a ver si se me cuida los riñones». El aludido quedó preocupado y confundido; quince días después moría de nefritis aguda.

No faltaron otros escépticos que también quisieron poner a prueba los conocimientos de Ormeño. Este fue el caso de un vecino que llevó al curandero una muestra de sangre para que la analizara, alegando que era de su hermana, cuando en realidad pertenecía a una yegua. La respuesta no se hizo esperar: «Vaya y cuídemela bien a su hermana la yegua…».

El cuartel general del famoso personaje estaba en «La Cuchilla», rincón riojano al que acudían multitudes en busca de alivio y cura. Llegaban desde todos los puntos de la provincia y también de pagos más lejanos, y convertían la residencia y sus aledaños en un tumultuoso hervidero que acataba sin chistar las indicaciones de don Pancho. Ranchos improvisados, refugios levantados de la nochera la mañana, y hasta las cuevas de los cerros vecinos, eran buenos para guarecerse mientras llegaba el momento de la curación.

El benefactor casi siempre recetaba, pero a veces disponía la realización de ejercicios físicos, bailes o fiestas porque según él también la alegría era buen remedio para ciertos males.

Y así durante décadas, hasta que el 17 de octubre de 1939, cuando ya se acercaba a los noventa años de edad, la muerte se llevó al más célebre curandero que tuvo la tierra del Chacho Peñaloza. Los riojanos lo recuerdan con respeto y cariño: don Pancho Ormeño pasó su vida haciendo el bien.

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Comer Carne Humana Podrida como Remedio Para Curar Enfermedades

Gran Remedio: Comer Carne Humana Podrida

La mumia y el unicornio: El vocablo mumia proviene de los antiguos judíos, árabes, caldeos y, principalmente, de los egipcios anteriores a Moisés, y significa cuerpo muerto preparado con sustancias odoríferas y conservatorias. Pues bien, la mumia (momia en adelante para nosotros) no era mas que carne humana ya cadáver preparada con un relleno de “pez judía”, sustancia que conocemos entre nosotros como betún de judea, y que resulta de una mezcla de asfalto, betún y parafina. Ahora bien, aunque no se sabe a quien, alguien se encargó de deslizar el rumor de que la pez judía poseía propiedades curativas comprobadas.

Es así como a partir de allí —en el año 1 .000 d. C. la carne de momia se utilizó para el tratamiento contra las contusiones, golpes y como preventoria de la coagulación sanguínea. Luego, más velozmente que el rumor corrió la avaricia y a partir de allí los árabes comenzaron a exportar momias egipcias para abastecer a los médicos y autoridades que requerían esa panacea, que era administrada en ralladura que se vehiculizaban con vino o miel, o bien se cortaba en pequeños trozos que eran ingeridos sin más ni más. Cuando el supuesto medicamento ganó adeptos a fines de la Edad Media, la demanda aumentó y, como lógica consecuencia, las momias comenzaron a escasear en el mercado.

momia

A partir de allí hicieron su aparición los eternos pícaros de la oferta y la demanda, quienes se encargaron de recorrer las prisiones para llevarse los cadáveres de los ajusticiados, los cuales eran cortados en pequeños trozos y proporcionados a los enfermos, quienes tragaban semejante “receta” no sin muchas veces vomitar cada porción, según registran las páginas de la historia de la medicina. Felizmente, el médico francés Ambrosio Paré, quien también había medicado estos bocados de cadáver —a mediados del siglo XV— anuncia que “los pacientes poco después de ingerirla la vomitan con gran dolor de estómago” y que no sólo no reducía las hemorragias, sino que, por el contrario “más bien por la agitación que esta droga produce en el cuerpo aumenta la pérdida de sangre”. Sin embargo, antes de que Paré y luego otros desmitificaran las bondades de la mumia, ésta había gozado en Europa de tal prestigio, que los comerciantes en Francia, por ejemplo, hacían un negocio fabuloso robando cadáveres de los cementerios en la noche.

Entonces les extraían el cerebro, las vísceras, para luego secarlos al horno, salarlos y aromatizarlos, untándolos finalmente con betún de judea para venderlos como auténticas momias de Egipto. De esta manera, anota Paré, vendían y hacían a los enfermos “tragar brutalmente carroña hedionda e infecta de ahorcados”. De todas formas, al negar Paré los efectos positivos de la mumia, proponía para los resultados buscados las mismas ideas y enseñanzas de los discípulos de Hipócrates Galeno, por ejemplo—, quien para evitar la coagulación de la sangre (que supuestamente lograba la mumía hasta el descrédito que le proporcionó Paré) recomendaba que a los enfermos de este mal se los debía envolver en piel de carnero recién desollado cubierta con polvo de mirto. Luego se acostaba al enfermo en un lecho bien caliente y se lo debía cubrir para que sudara durante 4 ó 5 horas, sin dormir.

Al día siguiente se quitaba el oloroso “envoltorio” y se le aplicaba al enfermo una especie de linimento elaborado con manzanilla, ungüento de malvavisco (planta malvácea), trementina, aceite de lombriz y harina de alholva (planta leguminosa), entre otros componentes. Claro que ese era un medicamento para pudientes, porque a la ‘gente pobre” recomienda meterla en bosta de vaca previa cobertura del cuerpo con heno y luego la sudar! Respecto del unicornio (animal inexistente) puede decirse que durante mucho tiempo su también imaginario único cuerno constituyó otro de los extraños y desagradables remedios del siglo XVI, utilizados para combatir la peste y toda clase de venenos. Ahora bien, ¿si el animal era inexistente —por lo tanto también su solitario cuerno— cómo se obtenía este medicamento? Según las investigaciones lo que se suministraba como cuerno de unicornio no era más que cornamenta de rinoceronte, de toro de Florida y de un anfibio que lleva un cuerno en la frente y se llamó camphur.

El elefante de mar también era utilizado para elaborar “cuerno de unicornio”, pues quitados sus dientes y molidos se vendían como la maravillosa medicina contra cualquier clase de veneno, epilepsia, pestes, rabia y hasta de valor antiespasmódico. Para que el unicornio causara efecto bastaba, según algunas indicaciones, colocarlo en el lado contrario de la dolencia, otros tomaban su ralladura y médula de algunas supuestas cornamentas y hasta se fabricaron tazones en los cuales se tomaban ciertas mezclas que ayudaban a los poderes del hueso extirpado a todo bicho que tuviera en la cabeza algo parecido a un cuerno.

Entre tanto remedio de dudosos y horribles sabores, también hubo prácticas que deben haber causado más muertes que curaciones por sus procedimientos rayanos en el sacrificio humano, como, por ejemplo, el uso del hierro candente, que los árabes utilizaron casi para todo menester quirúrgico, como operaciones de fracturas y testículos, para eliminar tumores, para detener hemorragias y en el tratamiento de várices y hemorroides. Lo más curioso y doloroso de la cuestión es que este sistema del hierro candente tuvo vigencia —sobre todo en los campos de batalla para tratar las heridas de guerra—mucho más allá de la Edad Media y se llegó a aplicar hasta durante la primera guerra mundial, donde la cirugía no ofrecía muchas alternativas al respecto.

Fuente Consultada: Revista «Todo es Historia» Nota de Juan Ángel del Bono.

Recetas de medicamentos antiguos Medicina Casera Aceite de Ricino

Recetas de Medicamentos Antiguos

Recetas históricas: La historia de la medicina está plagada de recetas que hoy nadie se atrevería a tomar en serio y, menos aún, a tomar por vía digestiva teniendo en cuenta sus componentes y, lógicamente, sus sabores. Vaya como ejemplo esta receta indicada para las heridas entre el 2.100 y el 2.200 a de C.: “aplicar sobre ellas aceite, triturar y quemar una caparazón de tortuga y con ella friccionar la herida, luego agregar cerveza sobre el ungüento, dejar esperar un rato, triturar madera de abeto y cubrir la zona tratada”.

recetas medicas antiguas

Nos imaginamos el efecto de la aspereza de los restos del quelonio con los que se debía friccionar la herida y los olores de una mixtura tal, cubierta con vegetales a manera de vendaje. Sin embargo, aún cuando la juzguemos absurda, esta receta fue de uso obligado en las guerras, que, dicho sea de paso, eran frecuentes y multitudinarias. Lo que no nos cuenta la historia es cuántas víctimas más generaba la gangrena gaseosa a causa de la pomada que las propias contiendas.

Por su parte, los romanos —ya en el siglo XIII a de C.— habían aprendido a aplicar el opio como sedante y analgésico, y lo prescribían en forma de píldoras, cataplasmas, supositorios y lavativas, es decir, opio por todos lados con tal de calmar a los exaltados y aliviar a los doloridos. Lo que tampoco ha quedado documentado es cuántos murieron por lo que hoy llamaríamos sobredosis de narcóticos.

Mucho más tarde, Galeno (129-199) consideró al opio (conocido como una de las tantas plantas de los dioses) como el sedante y somnífero más poderoso que existía y recomendaba mezclarlo con cualquier «elemento templado”, pues su aplicación, afirmaba, producía un “enfriamiento que podía llevar a la muerte”, con lo cual, deducimos, él sí había comprendido, precisamente, los efectos mortales, de la antedicha sobredosis. 

Otro de los medicamentos que debe haber resultado todo una proeza ingerir, debe haber sido el conocido como teriaca o triaca, que se convirtió en el más famoso y demandado en el mundo antiguo. El invento de la teriaca se debe a Mitrídates VI rey del Ponto (de allí que en un principio se lo llamara mitridato), pero luego fue mejorado por el médico de cámara de Nerón, Andrómaco el Viejo. El bebedizo primitivo contenía entre 50 y 100 sustancias diferentes, pero luego quedó sólo en 64, entre las cuales se contaban las más heterogéneas e insólitas que puedan imaginarse, como, por ejemplo, opio, sangre de pato, carne de serpiente, especias, vino y hasta cebollas albarranas.

A pesar de todo, lo curioso es que esta horrenda mezcla que entrara a Europa en la Edad Media a través de los árabes fue tenida como remedio universal aún en el siglo XIX, con lo que es fácil suponer la cantidad de pacientes enviados al otro mundo con solo unos tragos de la famosa triaca.

Fuente Consultada: Revista «Todo es Historia» Nota de Juan Ángel del Bono.

Ciencia Siglo XX: La Medicina en la Segunda Guerra Mundial Resumen

La Medicina en la Segunda Guerra Mundial

La Medicina en la Segunda Guerra MundialLa Segunda Guerra Mundial constituyó un importante estimulo para la investigación clínica. La necesidad de prevenir las enfermedades y las deficiencias nutritivas, así como de atender a los enfermos y a los heridos, determinó que fuera preciso coordinar a escala nacional la investigación con fines estratégicos.

Los problemas se agudizaron a causa de la escasez de ciertos fármacos. Fue preciso desarrollar sustitutos sintéticos, como en el caso de la quinina, utilizada para el tratamiento del paludismo.

En Gran Bretaña, el papel directivo correspondió al Medical Research Council (MRd, mientras que enAlemania la investigación estuvo coordinada por la Deutsche Forschungsgemeinschaft.

Los biólogos británicos concentraron su atención en el problema de la curación de las heridas. Peter Medawar estudió el comportamiento de los homoinjertos cutáneos y, en colaboración con J.Z. Young, intentó la utilización de una solución concentrada de fibrinógeno en plasma natural como «pegamento» para unir los extremos de los nervios seccionados.

El MRC  patrocinó  investigaciones sobre la patología y el tratamiento de las quemaduras con el fin de mejorar el índice de curaciones mediante la prevención de las infecciones. Para prevenir las lesiones cerebrales, Hugh Cairns diseñó un casco protector que determinó una disminución de este tipo de lesiones entre los motociclistas militares.

Se organizaron servicios de transfusión de sangre para los heridos civiles y militares. Se realizaron investigaciones sobre la recogida, el almacenamiento y el suministro de sangre así como sobre los grupos sanguíneos, como resultado del descubrimiento en Estados Unidos del factor Rh. En 1943 se comprobó que la acidificación en una solución glucosada de citrato prolongaba la vida útil de la sangre almacenada. Se realizaron experimentos con suero y con plasma líquido y desecado, corno sustitutos de la sangre entera.

Durante la Primera Guerra Mundial se había comprobado que el restablecimiento del volumen sanguíneo era uno de los pasos más Importantes para salvar l vida a una persona herida. Durante el segundo conflicto mundial se estableció en Gran Breteña un servicio de transfusiones sanguíneas, con una red de donantes voluntarios y bancos de sangre. La transfusión de sangre es un ejemplo del efecto de las prioridades militares sobre el mejoramiento de los servicios sanitarios a la población civil.El control del paludismo fue un logro de la medicina militar británica.

Si bien los investigadores médicos alemanes tenían ante sí problemas similares en el tratamiento de los heridos de guerra, gran parte de sus investigaciones se vieron afectadas por el racismo nazi. La ideología racista estimulo la investigación sobre eugenesia y genética humana. Los médicos ofrecían los mejores tratamientos disponibles a los grupos de la población considerados de mayor valor racial. Pero la intervención de la medicina podía ser mortal para los enfermos considerados incurables o para los individuos racialmente «inferiores».

En 1933 se impuso la esterilización obligatoria para los «deficientes mentales», los esquizofrénicos y los afectados de corea de Huntington. La declaración de guerra de Hitler en 1939 iba acompañada de la orden de matar a los pacientes con trastornos mentales. La misma medida se extendió a los niños disminuidos, a los ancianos incapacitados y a los denominados «antisociales».

La «eutanasia» de los enfermos incurables o cuya vida era considerada inútil por los nazis constituyó un holocausto médico que precedió y complementó la matanza genocida de millones de judíos, gitanos y otras minorías consideradas racialmente «inferiores». Se calcula que alrededor de 100.000 personas fueron asesinadas durante el programa de «eutanasia».

El holocausto médico proporcionó un estímulo para los estudios sobre genética, bioquímica y etología humanas, aunque el grado en que la investigación estaba explícitamente relacionada con la ideología nazi era variable. Los nazis trataban a los internados en los campos de concentración por motivos raciales como simples animales de laboratorio.

Los experimentos de esterilización mediante exposición a los rayos X guardaban relación con el proyecto de eliminar a las poblaciones no deseadas. Sobre estas poblaciones se realizaron pruebas de nuevos fármacos y vacunas, como fue el caso de la fiebre tifoidea en Buchenwald. Los prisioneros de Dachau fueron sometidos a experimentos de bajas presiones y bajas temperaturas para establecer eL tiempo que podían resistir los pilotos sometidos a esas condiciones.

Remedios de los Aborigenes Americanos Medicina Pre Colonial

Remedios de los Aborígenes Americanos

EN TIERRA FIRME: LA NUEVA ESPAÑA: En México se pueden para obtener los datos médicos de dos cronistas que vivieron allí. El primero es el franciscano fray Bernardino de Sahagún quien recopiló información sobre el mundo azteca en la obra Historia General de las Cosas de Nueva España (México).

Había tratamientos para todos los males del cuerpo y las medicinas eran mayoritariamente de origen vegetal: corteza, hojas, raíces, flores y hasta hollín. Un ejemplo: para el dolor de oído se usaba el chili o ají picante.

También había ingredientes de origen animal y uno de ellos era la orina que se usaba para curar caspa, sarna y cráneos descalabrados. Otro ejemplo: la madre que tenía poca leche para amamantar, comía asado el vergajo de los perrillos, esto es, el órgano sexual de los perros chihuahua.

A veces se reunían ingredientes de ambos orígenes Domo en un emplasto para el dolor de muelas hecho con “gusano revoltón” mezclado con trementina. O el compuesto para las nubes de los ojos hecho de nuevo de lagartija, hollín vegetal y agua.

Un caso interesante de a medicina azteca es el de la duración de huesos quebrados de un modo que puede interpretarse como implantación de prótesis.

Escuchemos al fraile Sahagún: «se ha de raer y legrar el hueso encima de la quebradura, cortar un palo de tea que tenga mucha resma, y encajallo con el tuétano del hueso para que quede firme, y atarse muy bien, y cerrar la carne con el patle. . . »“ «Patle” significa veneno, por lo cual deducimos que debió ser una sustancia muy fuerte, de efectos antibióticos.

También había operaciones de cirugía estética para nariz y labios partidos que se cosían con cabello de la víctima.

Para las bubas de la sífilis, que, según escribe el fraile “Lastiman mucho con dolores y tullen las manos y los pies, y están arraigadas en los huesos”, los médicos aztecas recomendaban brebajes y baños. Lo interesante de este dato es que de nuevo corrobora la presencia del mal en épocas prehispánicas..

Medicina Colonial

Mural de Diego Rivera La Medicina Colonial

Ahora escuchemos los testimonios del soldado-cronista Bernal Díaz del Castillo, del ejército de Cortés, autor de Historia verdadera de la conquista de Nueva España. Sus testimonios son muy valiosos porque, entre otras cosas, nos muestran los padecimientos del conquistador en particular y del hombre de aquel tiempo, ya fuera indio o español.

Así, Díaz del Castillo nos habla del «mal de llagas» y del «mal de lomos» refiriéndose a las ulceraciones y dolores que a los soldados se les manifestaba en hombros y espalda por tanto marchar cargando armas y pertenencias.

También describe los padecimientos que tenían directa incidencia en la salud: el hambre que los inducía a comer alimentos intoxicantes o en mal estado, la sed que los enloquecía, los dientes quebrados por hondazos de indios, pero también por masticar granos de maíz, a veces el único alimento, y el riesgo de vivir en las llamadas “tierras dolientes”, bajas, húmedas, calientes e infestadas de mosquitos transmisores del paludismo.

Otro padecimiento grande era la falta de sal y qué decir de los encuentros con los indios de los que todos salían “cada cual con su herida”. Estas no sólo significaban dolor y dificultad o imposibilidad de movilizarse, sino también la amenaza de la infección.

Para evitarla las cauterizaban con aceite hirviendo, pero había veces que no lo tenían y entonces, cuenta Díaz del Castillo, sacaban el unto —la grasa— de un indio muerto, lo fundían y lo vertían en las heridas. Podemos imaginar el sufrimiento extra que tal cura acarrearía, fuera de las feas cicatrices que dejaría.

En su relato se refiere a las pestes que se ensañaban con la humanidad de aquel tiempo. Nos cuenta de una que a él lo tuvo “muy malo de calenturas y echaba sangre por la boca, y gracias a Dios —dice— me curé porque me sangraron”, recurso médico muy usado tanto por indios como por españoles, juntamente con las purgas y dietas.

A veces las pestes cruzaban el mar desde España a América, como fue la viruela, originaria del Viejo Mundo y responsable, junto a otras enfermedades infecciosas “importadas”, del 75% de las muertes ocurridas entre los indígenas.

Díaz del Castillo narra el caso de un navío en el que se declaró el «mal de modorra» del que muchos murieron, tanto en el trayecto como al llegar a Méjico, entre ellos el licenciado Luis Ponce de León, funcionario de la Corona: “Viniendo del monasterio del señor San Francisco, de oír misa— escribe el cronista— le dio una muy recia calentura y echóse en la cama, y estuvo cuatro días amodorrido… y todo lo más del día y de la noche era dormir; y desque aquello vieron los médicos.., les pareció que era bien que se confesase y recibiese los San tos Sacramentos.., y después de recibidos.., hizo testamento” .

Cuenta el caso de una nave que llegó a Méjico, proveniente de Cuba, trayendo sesenta sol dados. “Todos —escribe— estaban dolientes y muy amarillos e hinchadas las barrigas.., y los sanos, por burlar les… pusimos los panciverdetes, porque traíar los colores de muertos…” ¿Y con qué servicio médico contaban esos soldados conquistadores para aliviar sus sufrimientos? .

Diaz del Castillo menciona a “un zurujano que se llamaba maestre Juan, que curaba algunas malas heridas.., a excesivos precios, y también un medio matasanos que se decía Murcia, que era boticario y barbero, que también curaba”.

Un caso singular era el del soldado Juan Catalán, especie de enfermero y santón, que mientras él y sus compañeros se curaban como mejor podían, “nos las santiguaba y ensalmaba.., todas las heridas y descalabradas”.

Agrega que los indios amigos se impresionaron tanto al verlo obrar como un inspirado, poseedor de dones divinos, que “iban a él y eran tantos, que en todo el día tenía harto de curar”.

No falta en la crónica de Díaz del Castillo la tremenda presencia de la sífilis y hace una patética e inolvidable descripción de un sifilítico: “era muy viejo y caducaba, y estaba tullido de bubas

A continuación agrega un detalle curioso: “estaba tan doliente y ético que le daba de mamar una mujer de Castilla, y tenía unas cabras que también bebía leche dellas…” Es decir que su debilidad era tal, que su estómago no aguantaba otro alimento fuera de leche materna o similar.

Muchas más informaciones de interés médico pueden encontrarse en el inagotable manantial de las crónicas de la conquista.

Al igual que las seleccionadas para este artículo, la mayoría nos impresionan por los primitivos y hasta extravagantes recursos del arte de curar de aquel tiempo; sin embargo, ellos fueron pasos, experimentaciones, ensayos y búsquedas que han contribuido al desarrollo y excelencia de la medicina actual.

PRIMEROS MÉDICOS DE BUENOS AIRES COLONIAL Y SUS HONORARIOS

En 1778 habla en Buenos Aires nueve módicos, dos cirujanos, seis sangradores, cinco boticarios y cuarenta y ocho herberos. El cabildo vigilaba el ejercicio honesto de la medicina y cierta prudencia en la cobranza de honorarios. En 1781 se estableció un arancel según el cual los médicos debían cobrar:

Por una visita simple: 4 reales.
Por visita a medianoche: 1 peso.
Por operación quirúrgica simple: 2 pesos.
Por operación compuesta (como la amputación de las dos piernas): 4 pesos.
Por la amputación de una pierna: 1 peso.
Por visita a dos leguas: a 1 peso por legua.
Por visita que dure días: 6 pesos por día.

En otro arancel se autorizó a los «barberos flebótomos» a cobrar 2 reales por un sangría, y 2 reales por las sanguijuelas. Poner ventosas importaba 2 reales; y y 3 si eran sajadas. Las obstétricas cobraban por su labor 5 pesos y 1 por la visita, para atender a señoras «ricas o de clase»; y sólo 2 pesos con 4 reales si se trataba de mujeres pobres y esclavas.

EL PROTOMEDICATO Y LA PRIMERA ESCUELA DE MEDICINA

Para examinar a quienes quisieran ejercer la medicina y para fiscalizar el desempeño de los que la ejercían, a fin de asegurar su idoneidad y velar por la salud pública, se constituyó en las principales ciudades americanas —así como en la metrópoli— un tribunal presidido por el protomédico.

En 1570, Felipe II creó el Protomedicato del Perú, y en 1640 se estableció el de Córdoba. En Buenos Aires, el virrey Vértiz estableció el «Tribunal Real de Protomedicato» el 17 de agosto de 1780 y designó para ejercer el cargo al doctor Miguel O’Gorman, a quien secundaron, entre otros, el médico Francisco Argerich y el licenciado José Alberto Capdevila.

La Real Cédula del 19 de julio de 1798, por la cual se convalidó el establecimiento del Protomedicato, con jurisdicción en todo el virreinato, autorizaba también la instalación de una Escuela de Medicina, de la que fueron profesores conspicuos los médicos Agustín E. Fabre y Cosme M. Argerich, como catedráticos de Cirugía y Medicina, respectivamente.

Según el plan de estudios, en 1er. año se estudiaba Anatomía y vendajes; en 29, Elementos de química farmacéutica, fisiología y botánica; en 39, Instituciones médicas y materia médica; en 4ª, Heridas, tumores, úlceras y enfermedades de los huesos; en 59, Operaciones y partos; en 6ª Clínicas.

LA VACUNA EN EL RÍO DE LA PLATA

A Miguel O’ Gorman se deben los primeros empeños por las inoculaciones variolosas en el Río de la Plata.

Por otra parte, a raíz de la inmunización descubierta por Jenner, el rey Carlos IV envió al médico Francisco Javier de Balmis a América para la propagación y práctica del descubrimiento.

El virus vacuno se introdujo en Montevideo por una fragata portuguesa en la que venían 38 esclavos inoculados. De allí, el traficante Antonio Machado Carvalho trajo la vacuna a Buenos Aires a mediados de 1805, inoculada en dos negritos. Desde entonces el gran propagador de la vacuna en el Río de la Plata fue el canónigo Saturnino Segurola.

LA REVOLUCIÓN DE MAYO

La Primera Junta dé Gobierno envió expediciones al interior para sostener con las armas los principios del Pronunciamiento de Mayo, frente a las asechanzas de los realistas.

En esas expediciones fueron enrolados médicos, entre los que merece especial mención el Dr. Juan Madera, Primer Cirujano de la Expedición Auxiliadora del Alto Perú, a quien secundaría Manuel Casal, como segundo cirujano, y Sixto Molouni como boticario. 

La guerra de la independencia contó con la abnegada cooperación de ilustres médicos, como los doctores Cosme Argerich y Diego Paroissien, quienes aliviaron el dolor de los soldados y fortalecieron el patriotismo con su ejemplo.

Fuente Consultada: Revista «Todo es Historia» Nota de Teresa Piossek Prebisch

Leer Parte I de Medicina Colonial

La Medicina y Primeros Medicos en Argentina Colonial -Virreinato-

La Medicina y Primeros Médicos en Argentina Colonial o Virreinato del Río de la Plata

LA MEDICINA EN ESPAÑA: La segunda mitad del siglo XV y las primeras décadas del siguiente fueron fecundas para el desarrollo de la ciencia medica en España.

La autorización conferida por Fernando de Aragón, en 1488, a los médicos y cirujanos de la cofradía de San Cosme y San Damián de abrir o atomizar los cuerpos de los hombres y mujeres que murieran en su hospital, dio a la ciencia médica una sólida base para que pudieran iniciarse los estudios prácticos de anatomía.

Las autopsias y las disecciones cadavéricas, que desde entonces se practicaron regularmente, permitieron llegar a un mejor conocimiento de la anatomía humana, el cual, además de reemplazar la tradicional anatomía comparada de Galeno, abrió nuevos horizontes para la fisiología —en la que pronto surgirían genios creadores como Servet— y permitió a los cirujanos perfeccionar su técnica y los métodos operatorios.

De ahí que los primeros años del siglo XVI señalen para España el comienzo de la enseñanza verdaderamente científica de la anatomía, la difusión de nuevos tratamientos terapéuticos, una multiplicación de los centros de enseñanza, un extraordinario adelanto de la medicina operatoria (tratamiento quirúrgico de las fístulas y curación de las heridas mediante suturas), la incorporación a los planes de estudio de la medicina legal y de las materias clínicas y la construcción de hospitales.

Producido el Descubrimiento de América, los monarcas españoles se preocuparon de que en la expediociones que partína hacia las Indias  occidentales no faltasen médicos y de que se fundasen hospitales en las nuevas poblaciones americanas.

Así vemos que en las instrucciones acordadas por los Reyes Católicos a Colón con motivo de su tercer viaje (1498) se imponía al almirante: «Así mismo debe ir un Físico, e un Boticario, e un Herbolario e algunos instrumentos e música para pasatiempos de las gentes que allá han de estar.»

Conforme se iba operando la conquista y más tarde la colonización, la Corona fue dando normas básicas para resolver los problemas sanitarios en América; el conjunto de estas disposiciones reales registradas dentro de las Leyes de Indias constituye todo un código sanitario.

Entre estas importantes disposiciones se reglamenta:

«Que ninguno cure de medicina, ni cirugía, sin grado ni licencia.»

«Que los protomedicos no den licencias a los que no parecieren personalmente a ser examinados.»

«Que se visiten las boticas y medicinas.»

Si España volcó en sus provincias de ultramar su rica herencia médica, tampoco puede negarse que ésta se enriqueció con nuevos conocimientos con el arte de curar indígena y el aporte de un gran número de drogas americanas: jalapa, quina, copaiba, zarzaparrilla, coca, bálsamo de Tolú, etc.

Como explica un historiador, «el encuentro de la medicina europea con la americana no fue un choque, sino un abrazo»: en lugar de excluirse se complementaron admirablemente.

Por lo que respecta a nuestro país, ignoramos si en las expediciones de Solís (1516) y la de Magallanes (1519) al Río de la Plata viniese algún médico; en todo caso, sus nombres no se han conservado, pero sí conocemos los de expediciones posteriores.

En la de Sebastián Caboto (1527), fundador de la primera población en territorio argentino (fuerte Corpus Chisti) , hallamos en calidad de cirujanos a los maestros Pedro de Mesa, Juan Fernando de Molina y Hernando de Alcázar.

Sabemos que con Mendoza vino el médico Hernando de Zamora; sospechamos que el cirujano sea el bachiller Martín de Armencia, pero ignoramos quién fue el boticario.

Otros galenos fueron llegando en expediciones posteriores, según obligación ordenada por el monarca español, y más tarde, ya en marcha la colonización, correspondió a los Cabildos extender títulos, dar carta de aprobación y castigar el ejercicio ilegal de la medicina.

Que los Cabildos tomaron a pecho todo lo referente a la salud pública son pruebas: la frecuencia en exigir la exhibición de los documentos legales, la represión del curanderismo en todas sus fases, el empeño en retener en la ciudad los médicos y cirujanos de prestigio y, por qué no decirlo también, la vigilancia en mantener precios moderados en los medicamentos y fijar aranceles a los profesionales.

Durante los primeros años de la colonización, el Río de la Plata careció de médicos. Los enfermos confiaban su curación a los esfuerzos de la naturaleza.

Las heridas y traumatismos todos sabían curarlas; mas, tratándose de enfermedades internas, las circunstancias obligaron a menudo a recurrir a las prácticas y elementos curativos utilizados por los aborígenes.

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Respecto a la llegada de nuevos «médicos» a estas lejanas e inhóspitas tierras, el médico Omar López Mato explica en su libro «La Patria Enferma» lo siguiente:

Fundada una vez más Buenos Aires por don Juan de Garay, se destinó un predio en la nueva aldea para instalar un hospital que habría de llamarse como el patrono de la ciudad, San Martín de Tours, y debía ubicarse en la manzana de 25 de Mayo y Corrientes. Este proyecto nunca se concretó porque justamente faltaba quien lo atendiera.

El mismo padre Guillermo Furlong afirmaba: «Nació pues la ciudad de Buenos Aires sin tener médico, boticario ni cura, trinidad infaltable en todo pueblo».

El primero en instalarse en la aldea diciendo ser médico fue el portugués Manuel Álvarez, aunque algunos sostienen que ya andaba por estos lares un tal Pedro Díaz que no debió de haberlo pasado nada bien, ya que Antonio López, uno de los primeros habitantes de la nueva Buenos Aires, fue condenado por herir fieramente a Díaz.

Quizás haya sido éste el primer litigio por praxis médica en estas tierras que no se resolvió por los intrincados caminos de las leyes sino por vía directa de los puños.

Manuel Álvarez tuvo más suerte (o quizá más conocimientos) y el 31 de enero de 1605 firmó un contrato con el Cabildo, en el que la institución se comprometía a pagarle cuatrocientos pesos en frutos de la tierra, a cambio de sus servicios.

Sin embargo, era tan miserable la aldea que, escasos meses después, el pobre maese Álvarez reclamaba los honorarios que no le habían sido abonados aún.

Al año debió renunciar, cansado de tantos reclamos insatisfechos. Le cabe al maese Álvarez ser el primer médico de Buenos Aires en recibir un «paga dios» como honorarios por sus servicios. Muchos más engrosarían esta lista que parece no tener fin.

A lo largo del mismo 1605 se instaló en Buenos Aires otro médico, el portugués Juan Fernández de Fonseca, y al año siguiente otro de la misma nacionalidad.

Esta proliferación de galenos lusitanos obedeció a la simple razón de que, ese año, los inquisidores portugueses visitaron las colonias del Brasil. No es extraño suponer que muchos cristianos nuevos hayan buscado otros horizontes para no sufrir viejos tormentos eclesiásticos.

Correspondió a un tal Miranda el honor de figurar en el primer recibo por honorarios médicos otorgado en Buenos Aires. Constaba que el galeno había asistido a doña María de Bracamonte, viuda del gobernador Valdez y de la Banda, sin especificar la suerte de doña María, que no debió de haber sido tan funesta ya que, al menos, saldó sus deudas.

En 1608 apareció don Francisco Bernardo Xijón, el primer médico español con título hábil y reconocido. Comenzó con el doctor Xijón un problema que hostigaría durante largos años la práctica de la medicina nacional: la legitimidad de los diplomas que certifiquen la condición de galeno.

Como cinco galenos para este villorrio era un exceso, el doctor Xijón solicitó que el Cabildo les exigiera a los demás médicos (o supuestos médicos) que mostraran sus títulos habilitantes.

Mutis por el foro, silencio en la noche. Los galenos truchos recogieron sus petates y, de la noche a la mañana, nada se supo de ellos. Don Xijón quedó así como único prestador en toda la ciudad, pero no por mucho tiempo porque, acompañando a Ortiz de Zarate, llegó a estas orillas el italiano Lorenzo de Menaglioto, quien decía ser médico, al igual que el cirujano portugués Juan Escalera de la Cruz, quien arribó junto al nuevo gobernador don María Negrón, a fines de 1609. Nuevo conflicto en puertas.

Para 1630 ya eran varios los médicos que vivían en Buenos Aires, y pocos los recaudos que se tomaban para confirmar su condición, a pesar de los periódicos reclamos del doctor Xijón, que ya tenía cansados a los honorables miembros del Cabildo con tanta litigiosidad.

Muerto el doctor Xijón, el vizcaíno Alonso Garro de Aréchaga tomó la antorcha de la legitimidad, aunque para ese entonces los títulos eran fácilmente reproducibles y las falsificaciones estaban a la orden del día.

Don Garro propuso a los cabildantes que lo importante era demostrar la ideoneidad del profesional y sus conocimientos. ¿Cómo? Pues, hombre, ¡con un examen! ¿Y quién sería el examinador? ¿Quién otro que Alonso Garro de Aréchaga?

Fue así como Garro, secundado por el médico Francisco Navarro, examinó a Pedro de Silva y a Antonio Pasarán para valorar sus condiciones de profesionales. Este último pasó el examen mientras que Silva fue reprobado.

Fue este el primer examen de medicina tomado en la ciudad de Buenos Aires.

«La Patria Enferma»
Omar López Mato

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En lo tocante al número de médicos, si bien hubo épocas en que escasearon en algunas poblaciones, de ordinario estuvieron bien dotadas de estos artífices de sanidad; así, en 1765 tenía Buenos Aires unos diez médicos y cirujanos, lo que ciertamente no era poco para una población de 18.000 habitantes.

En un principio, las ciudades más importantes ordenaban el envío temporario de un médico a villas dependientes de su jurisdicción, pero a fines del siglo XVIII aún en estas escuálidas poblaciones fueron estableciéndose facultativos.

CONTRIBUCIÓN DE LAS ORDENES RELIGIOSAS. Al establecer las Reducciones entre los indios guaraníes, los jesuítas, a fuer de celosos misioneros, tuvieron que improvisarse en expertos enfermeros, pues los indígenas, tan fuertes y sanos en su vida selvática, se enfermaban con facilidad estando reunidos en pueblos.

Naturalmente que estos primeros jesuítas, no entendiendo mucho en medicina y medicamentos, suplieron con más buena voluntad que ciencia adecuada, el oficio de galenos.

Con el tiempo, el conocimiento que llegaron a tener de las propiedades curativas de ciertas plantas, y valiéndose a veces de las prácticas que habían visto hacer a los indígenas, algunos de estos religiosos llegaron a adquirir prestigio en el difícil arte de curarjcomo el santafesino Buenaventura Suárez y el tirolés Segismundo Aperger, que se atrevieron a hacer curaciones más o menos atrevidas sin que por ello dejaran de ser dos curanderos de buena ley, por exigencia de los tiempos.

Estas mismas limitaciones indujeron a los misioneros a pedir a su general el envío de hombres especializados en la ciencia de Galeno.

Con cuatro médicos de prestigio contó la Compañía de Jesús: los Hermanos Blas Gutiérrez, Juan Zubeldía y Pedro Montenegro, y el P. Tomás Falkner.

Pocas noticias poseemos de los dos primeros, mientras que sí sabemos que Hermano Pedro Montenegro, excelente herbolario y hábil cirujano, fue el más grande médico con que contaron las Reducciones guaraníticas en el siglo XVIII. Prueba de esta capacidad son sus renombradas obras afines a la materia Libro de Cirugía y sobre todo el Recetario Médico, conocida modernamente con el nombre de «Materia Médica Misionera», que consta de cinco partes, siendo la última un agregado posterior.

En cuanto  Tomás Falkner, estudió medicina en la capital inglesa bajo la dirección del célebre médico Ricardo Mead; al terminar su carrera fue comisionado al Río de la Plata por la «Royal Society», de Londres, para que en nombre de la institución y a expensas de la misma estudiara las propiedades médicas de las aguas y yerbas americanas.

Llegado a Buenos Aires en 1730, dos años después abjuró el calvinismo e ingresó en la Compañía de Jesús, españolizando su apellido por «Falconer», autorizándosele a ejercer la medicina con ciertas restricciones .

Ordenado sacerdote en 1739, ejerció por espacio de veintiocho años su doble apostolado de misionero y médico; fue también un herborista célebre y compuso la extensa obra A treatise on American distempers cured by American druggs («Tratado sobre las enfermedades americanas curadas con medicinas americanas»), cuyos originales, lastimosamente, se han extraviado.

Tal fue la figura simpática de este relevante médico inglés de la época colonial, y con el cual sólo puede parangonarse otro eximio médico británico: Miguel Gorman.

¿Entre los curanderos de otras Ordenes adquirió celebridad en su época el franciscano fray Pedro Luis Pacheco, que desde 1791 a 1806 atendió con notable pericia a toda clase de personas, y, además de extender receta, él mismo administraba un botiquín en elconvento, lo que le atrajo no pocas contrariedades de parte de boticarios aprobados.

Cerramos esta apretada exposición sobre la labor médica de los jesuítas haciendo referencia a los Padres Betlemitas, institucion de origen americano  dedicada exclusivamente al servicio de hospitales.

Solicitados por el Cabildo de Buenos Aires, llegaron al país el 4 de noviembre de 1727, haciéndose cargo del Hospital San Martín, y más tarde de los hospitales de Córdoba y Mendoza, de donde salieron en 1817 acompañando al ejército de los Andes.

ORGANISMOS SANITARIOS EN LA ÉPOCA COLONIAL:
Hospitales coloniales. La fundación de hospitales en la época hispana se asienta en la legislación respectiva.

Así, en la Recopilación de los Reinos de Indias, en la ley I, leemos:

«Encargamos y mandamos a nuestros Virreyes, Audiencias y Gobernadores que con especial cuidado provean, que en todos los pueblos de Españoles e Indios de Provincias y jurisdicciones, se funden Hospitales dónde sean curados los pobres enfermos, y que se exercite la caridad Christiana.»

Como ésta, otras muchas sabias y benéficas disposiciones.Consecuentes con estos principios de carácter público, los fundadores de ciudades señalaron en el égido de las poblaciones el solar destinado a hospital, de ordinario al lado de la iglesia.

Llama la atención la disposición del fundador de San Juan, capitán Juan Jufré, al destinar solares para dos hospitales: uno destinado a los españoles y otro a los naturales.

Mas si se señalaron los solares, nuestro país casi no tuvo hospitales hasta principios del siglo XVIII. Las razones eran muy sencillas: las gentes de entonces, como las de ahora, preferían cuidar sus enfermos en casa; además, la población gozaba de excelente sanidad al disponer de vastos terrenos, recibiendo las casas aire y sol sin limitación y llevando sus moradores un régimen de vida muy frugal a base de alimentos sanos y de mucho ejercicio (léase: «trabajo»).

Pero, más que nada, la carencia de edificios hospitalarios se explica por la escasez de población; como muy graciosamente acota el P. Furlong: «no había hospitales porque no había enfermos, y no había enfermos porque no había habitantes»; y prueba de ello es que algunas veces el Cabildo, deseando aprovechar el local, disponía «alquilar la casa del hospital a los que la quisieran», o bien lo transformaban en «Casa de Recogimiento para mujeres’ en peligro o Beaterío» .

Cabe hacer notar que la mayoría de los hospitales de la época hispánica surgieron no tanto al conjuro de los Cabildos cuanto a la munificencia de individuos de fortuna: fueron, como se estila ahora, fundaciones particulares.

La ciudad de Córdoba contó con el Hospital Santa Eulalia casi desde el comienzo de su existencia (1577).

El dinámico Garay, al hacer el trazado de Buenos Aires, señaló el solar para el edificio del «Hospital del Señor San Martín» (manzana comprendida por las actuales calles: 25 de Mayo, Sarmiento, Corrientes y Reconquista).

Si bien este solar cumplía con la disposición de la Recopilación de Indias, dictada en 1573, que ordenaba levantar los hospitales cerca de la iglesia, se cambió la ubicación primitiva por ser un lugar despoblado, teniendo además en cuenta lo «distante del comercio, y por lo mismo, ser mayor la dificultad para reunir las limosnas, y además, viniendo por la mar la mayor parte de los pobres enfermos, era más a propósito la cuadra que tenían (por calles) Fernando Barrios, Francisco Rivero, el capitán Antón Higuera y Pedro Izarra .

Habiendo cedido los pobladores esas tierras, se erigió en ella el hospital, por el gobernador Hernandarias, el 6 de junio de 1605, en la manzana comprendida por las actuales calles: Defensa, Balcarce, México y Chile. Este hospital destinado sólo a hombres fue conocido desde entonces como «Hospital del Alto de San Pedro».

Durante mucho tiempo estuvo exclusivamente al servicio de los militares del presidio, «los cuales se encontraban tan desasistidos, que morían más a la necesidad que al rigor del accidente».

A partir de 1745, después de largas y engorrosas tramitaciones, el hospital que había sido de militares, se convirtió en general y se encargó a un vecino notable de la ciudad, don Domingo de Basavilbaso de traer de Potosí cuatro o cinco padres bethlemitas para que se pusiesen al frente del establecimiento (1761).

De 16 camas que contaba el hospital, los bethlemitas las aumentaron a 84 en sucesivas ampliaciones.

En este sitio se mantuvo por muchos años, prestando a la población menesterosa sus humanitarios servicios, hasta que con el correr del tiempo y el aumento de población se encontró reducido el local, trasladándose, mediante la indispensable célula Real, al barrio de la «Residencia», llamado así por estar ubicado allí la mansión o residencia de los sacerdotes de la Compañía de Jesús.

Comprendía un espacioso terreno de manzana y media abarcadas por las calles Bethleem (hoy Humberto), Santa Bárbara (San Juan), San Martín (Defensa) y Santo Cristo (Balcarce).

El antiguo hospital se destinó entonces para convalecientes, locos, incurables y enfermos contagiosos, con el nombre de «Santa Catalina», subsistiendo hasta 1821 en que fue clausurado por decreto.

En cuanto al hospital de la Residencia, que fue durante muchos años el único con que contó la ciudad, subsistió hasta 1882 en que se habilitó el «Buenos Aires» y en el hicieron sus cursos clínicos todos los médicos que recibieron en la ciudad en ese largo período de tiempo.

Fuente Consultada:
HISTORIA DE LA CULTURA ARGENTINA ARTE-LITERATURA-CIENCIAS de Manuel Horacio Solari Editorial «El Ateneo»
HISTORIA DE LA CULTURA ARGENTINA Tomo II de Francisco Arriola Editorial Stella

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AMPLIACIÓN:

En las crónicas de la conquista de América hay interesante información sobre temas relativos a salud, enfermedad y medicina.

Se la encuentra a partir de la que podemos llamarla crónica fundadora, aquella titulada Relación acerca de las antigüedades de los indios cuyo autor es Fray Ramón Pané, de la Orden de los Gerónimos.

Es la primera obra escrita en nuestro continente, en una lengua europea, y la primera investigación etnográfica sobre indígenas americanos.

Así explicaba un misionero la despiadada terapéutica que había presenciado entre los indígenas de Tierra del Fuego.

«Cuando un indio, hombre o mujer, viejo o joven, grande o chico, se halla enfermo, se llama al médico, quien hace colocar al enfermo a sus pies, y después de repetidas fricciones en la parte dolorida, si ésta es, por ejemplo, el vientre, se pone encima, de pie o de rodillas, y lo pisotea fuertemente.

Cuando la parte enferma es la cabeza, las espaldas o el hombro, entonces se cambia de procedimiento: se reemplazan los pisotones por tremendos puñetazos, que el enfermo recibe con resignación.

Estos «tratamientos terapéuticos» los juzgan tan necesarios que, si no pudieran recibirlos, les parecería faltarles el mundo entero. Es verdad que muchas veces la impaciencia del alma para abandonar el cuerpo la obliga a marcharse antes de que el «tratamiento» termine; mas, esto’ no es suficiente para que ellos cambien de sistema.

Estas «curas» van generalmente acompañadas de gritos, imprecaciones, amenazas, gestos y contorsiones ridículas para obligar al espíritu maligno a huir; pues, según ellos, vive en el cuerpo del enfermo.»

El procedimiento es propio de todas las tribus salvajes de América. Los hechiceros, que también eran curanderos, sacerdotes y adivinos, trataban de «ahuyentar al espíritu maléfico que se había apoderado del enfermo», mediante sopladuras, succiones, u otros recursos mágicos.

Pero, por otra parte, los indígenas adquirieron conocimiento empírico sobre las propiedades terapéuticas de numerosas hierbas y substancias naturales: quina, zarzaparrilla, tabaco, coca, grasa de iguana o de puma, etc.

Estos recursos, así como los «remedios caseros» y supersticiones terapéuticas de linaje español, fueron recogidos por el saber de curanderos, enraizados en la creencia popular.

medicina colonial

Cuando a fines de 1493 Cristóbal Colón llegó por segunda vez a la isla de Santo Domingo lo acompañaba el fraile que había aprendido la lengua de los indios arawak, pobladores de la región.

Colón le encomendó vivir en sus aldeas para informarse sobre sus creencias, costumbres y prácticas, entre las cuales estaban algunas relativas a la medicina.

Según cuenta Paré, entre los indios arawaky como suele ocurrir en los pueblos primitivos— la medicina era ejercida por el brujo de la tribu quien debía poner cara de enfermo, guardar dieta y purgarse juntamente con el paciente.

Lo hacía con aspiraciones de polvo de cohoba que, además, le provocaba alucinaciones.

A veces el enfermo se curaba y, otras, fallecía. En este caso los deudos se comunicaban con su espíritu y si éste les decía que había muerto por mala praxis, apaleaban al brujo-médico hasta dejarlo muerto.

Si se enteraban que había sobrevivido a la golpiza, lo atacaban nuevamente y esta vez —escribe Paré— “le sacan los ojos y le rompen los testículos».

Un dato médico valioso lo hallamos en uno de los mitos que recogió el fraile, relativo a los primeros seres humanos que habitaron la isla.

Dice así: originalmente, todos vivían en cuevas, pero un día, un joven llamado Guahayona decidió buscar otro lugar dónde vivir. Se fue aunque no sin compañía ya que instó a todas las mujeres a seguirlo, incluso a las casadas que abandonaron esposos e hijos.

Recorrió la isla durante un tiempo hasta que en un momento dado, quizá porque ya habrían nacido niños que demorarían su marcha, decidió abandonar el harén y continuar solo.

Pero pronto comenzó a extrañar la compañía femenina y creyó hallarla al encontrarse con una mujer. Intentó conquistarla, pero sucedía según escribe Pané “que el promiscuo Guahayona estaba lleno de aquellas llagas que nosotros [los españoles] llamamos mal francés” .

En otras palabras, padecía síilis y Guabonito (que así se llamaba la mujer) en lugar de ceder a sus requerimientos lo aisló hasta que se curó.

Este mito —que, como varios, debió tener alguna raíz histérica— responde a una pregunta que se plantea la ciencia:¿los españoles contagiaron la sífilis a los aborígenes americanos o éstos a ellos?

La conclusión a que nos conduce el mito es que, a fines del siglo XV, hacía mucho que la enfermedad existía en el Nuevo Mundo, tanto como para estar incorporada a una vieja tradición arawak.

También existía en Europa, donde se la identificaba como “mal francés’ o de “Nápoles”. Es decir que ya entonces estaba difundida por todo el globo.

La Paleontología corrobora el dato ya que en esqueletos aborígenes prehispánicos se han encontrado lesiones típicas de la sífilis.

Años después, en 1533, en la misma Santo Domingo se produjo un caso de interés médico que narra Gonzalo Fernández de Oviedo, primer cronista oficial de la Corona española, en su obra Historia General y Natural de las Indias.

Cuenta que a un joven matrimonio le nacieron siamesas, un pequeño monstruo compuesto por dos cuerpos unidos desde el esternón hasta el ombligo, dos cabezas, cuatro brazos y cuatro piernas.

El hecho causó asombro general, pero, curiosamente, antes que despertar una inquietud científica planteó un problema teológico: ese extraño engendro, ¿debía ser considerado una sola persona poseedora de una sola alma o como personas con dos almas? se preguntó el sacerdote que lo bautizó, quien concluyó se trataba de lo segundo.

Las  siamesas fueron visitadas una delegación compuesta autoridades, vecinos, forasteros, religiosos, más nuestro cronista quien observó que así físicamente, en un sector, formaban un solo ser y, en el resto, eran dos personas distinta, a  veces actuaban al unísono y otras, independientemente. Esto avivaba la pregunta: eran una sola persona o dos?.

 A la semana las siamesas murieron. Fernández de Oviedo presenció la autopsia y comprobó que el único órgano que compartían era el hígado; en el resto, “reunían todas las cosas que en dos cuerpos humanos suele haber… por lo cual —concluye-—muy claramente se conocía ser dos personas y haber allí dos ánimas Así quedó resuelto el principal problema que había suscitado el caso.

Fuente Consultada: Revista «Todo es Historia» Nota de Teresa Piossek Prebisch

Sigue Parte II de Medicina Colonial

 


Principales Investigadores de la Medicina en Argentina Historia

Principales Investigadores de la Medicina-Primeras Cirugias-

GUILLERMO RAWSON, FUNDADOR DE LA CRUZ ROJA ARGENTINA

Principales Investigadores de la Medicina

LOS ESTUDIOS DE LA ANATOMÍA Y FISIOLOGÍA HUMANAS EN ARGENTINA

El estudio de la anatomía en nuestro país está íntimamente ligado con la historia de la medicina. Los primeros antecedentes se remontan al año 1779, en que fue creado por el Virrey Vértiz el Real Protomedicato de Buenos Aires. Esta institución, inaugurada el 17 de agosto de 1780, tenía por objeto controlar el ejercicio de la medicina y la venta de medicamentos.

El Protomedicato comenzó a funcionar bajo la dirección del médico irlandés Miguel O’Gorman, secundado por el Licenciado José Alberto de Capdevilla y el Dr. Francisco Cosme Argerich.

Paralelamente a la obra realizada por esta institución, comenzaron los verdaderos estudios médicos en nuestro país. En 1793 se facultó al Tribunal para enseñar oficialmente la cirugía y la medicina, y el Protomedicato se instaló en el Colegio de San Carlos, teniendo como anexo la Escuela de Medicina, cuyos planes de estudio tenían una duración de 6 años. Los cursos comenzaron en 1801 con 13 alumnos.

En el año 1802 el Dr. O’ Gorman fue remplazado en el dictado de sus cátedras por el Dr. Cosme Argerich.

En 1812, la Escuela tuvo que interrumpir su marcha por los acontecimientos revolucionarios, hasta que se nombró una comisión integrada por los doctores Cosme Argerich, Luis Chorroarín y Diego Zabaleta para reorganizar la enseñanza de la medicina. Es así como en 1813 se creó el Instituto Médico, integrado por seis catedráticos, con un plan de estudios de seis años y con enseñanza gratuita.

Este instituto funcionó hasta 1821, año en que fue fundada la Universidad de Buenos Aires. El 17 de abril de 1822, Rivadavia fundó la Academia de Medicina cuya misión era propender al desarrollo de la medicina y fomentar las investigaciones científicas.

A partir de esa época comenzó una situación desfavorable para los estudios de medicina, que entraron en un período de completa decadencia hasta 1852. En ese año, con la creación de la Facultad de Medicina de Buenos Aires, se reanudó el progreso de esta ciencia. Fue nombrado presidente el Dr. Juan Antonio Fernández, continuándole en el cargo, de 1862 a 1873, el eminente cirujano y primer profesor de cirugía, Dr. Juan José Montes de Oca.

El 27 de setiembre de 1877 fue criada en Córdoba la Facultad de Ciencias Médicas, siendo su primer decano el médico holandés Dr. Herry Weyenberg, quien redactó el plan de estudios.

En la actualidad el movimiento científico argentino es extraordinario en sus diversos órdenes, ya que nuestros hombres de ciencia ocupan un lugar de privilegio por sus adelantos e investigaciones científicas en los centros médicos mundiales.

Investigadores argentinos
Cosme Argerich (1758-1820). Médico argentino muy destacado por su actuación en la historia de la medicina en nuestro país. Durante varios años presidió el Instituto Médico Argentino. También se destacó como patriota al actuar en la guerra de la Independencia. El Hospital Militar Central de Buenos Aires lleva su nombre.

Principales Investigadores de la Medicina Guillermo Rawson (1821-1890). Eminente médico e higienista argentino nacido en San Juan. Sus obras trascienden al extranjero, siendo muy elogiadas. Orientó la ciencia medien hacia la medicina preventiva y la medicina social.(imagen)

Ignacio Pirovano (1842-1895). Médico argentino que se destacó notablemente en cirugía, llegando a ser considerado el mejor cirujano de Sudamérica. Introdujo e! uso del microscopio en histología patológica. Uno de los hospitales de Buenos Aires lleva su nombre.

Pedro Lagleyze (1855-1916). Médico y cirujano argentino que se destacó por sin notables estudios como oculista, siendo considerado corno el precursor de la oftalmología argentina.

Juan B. Justo (1865-1928). Destacado médico y cirujano argentino que también sobresalió como sociólogo, político y economista. Se perfeccionó en las mejores clínicas europeas, innovando la técnica operatoria en nuestro país. Inició en la Argentina la cirugía abdominal.

Luis Agote (1869-1954). Médico y catedrático argentino, autor de numerosos trabajos. Intervino en congresos internacionales representando a nuestro país. Se destacó mundialmente por su método de trasfusión de sangre citratada.

Pedro Chutro (1880-1937). Médico y cirujano argentino. Se destacó en esta última especialidad sobre la que realizó numerosos trabajos. Intervino como médico en la primera Guerra Mundial, actuando en la sanidad militar francesa.

Principales Investigadores de la Medicina Enrique Finocchieto(1881-1948). Médico y cirujano argentino, creador de numeroso instrumental quirúrgico y de nuevas técnicas operatorias. Fue profesor universitario y sus técnicas fueron continuadas por sus discípulos y por su propio hermano Ricardo, que también se distinguió en la misma especialidad. Fue miembro de la Academia Nacional do Medicina.(imagen)

Bernardo Alberto Houssay (1887-1972). Investigador, médico y fisiólogo argentino, que en 1947 recibió el Premio Nobel de Medicina y Fisiología por sus trabajos de investigación realizados sobre la relación entre el páncreas y la hipófisis.

LA MEDICINA Y LA CIRUGIA EN ARGENTINA:

Los estudios de medicina. — En el ambiente creado por la tiranía —donde no existía libertad e imperaba el temor, el servilismo y la sumisión— no podría prosperar ninguna manifestación científica.

Esta situación desfavorable para las ciencias, fue más grave aun para la ciencia médica, pues por la influencia que los médicos ejercían en las familias —donde sus opiniones eran escuchadas—, el tirano les temía. De ahí que el primer ataque a la ciencia médica consistiera en la eliminación de los profesores que no evidenciaran su incondicionalismo a la dictadura.

Prueba terminante al respecto la constituye el texto del decreto de 20 de abril de 1835, que, basándose en que «en los preceptores de nuestra juventud deben resaltar además de la virtud, moralidad y suficiencia, una fidelidad y decidida adhesión a la causa de la Federación, a fin de que impriman en sus alumnos esos religiosos sentimientos», dispuso separar de sus cátedras a los doctores Juan Antonio Fernández y Juan José Montes de Oca, porque —dice— «no hay otro arbitrio para salvar al país de los males que le amenazan, sino depurar todo lo que no sea en consonancia con la opinión general del país, alejando definitivamente de los cargos públicos a aquellos que abiertamente lo han contrariado». El texto es tan elocuente que no es preciso agregar ningún comentario.

A la destitución de profesores, Rosas añadió la reunión de varias cátedras en una. Así los estudios de medicina entraron en un período de completa decadencia. De 1835 a 1852, anota Eliseo Cantón, «sólo llegaron a recibirse de médicos algunos curanderos».

Caído el tirano, el gobierno de la provincia de Buenos Aires se preocupó de reorganizar la escuela de medicina.

Atendiendo a la necesidad impostergable de reanimar los estudios, dictó el decreto de 15 de abril de 1852 que abordó y solucionó en forma transitoria todas las cuestiones vinculadas con la enseñanza de la medicina.

Reintegró a sus cátedras a los profesores que habían sido destituidos.

Estableció un plan de estudios que, siguiendo las tendencias dominantes en las universidades europeas, dio preferencia a las materias fundamentales, determinando que patología interna y externa debían enseñarse teóricamente, mientras clínica médica y quirúrgica debía dictarse en la sala de los hospitales y en la cabecera de los enfermos.

Finalmente, separó los estudios de medicina de la universidad, dejándolos a cargo de una comisión integrada por los doctores Juan Antonio Fernández, Juan José Montes de Oca y Teodoro Alvarez.

En octubre de 1852 los estudios volvieron a incorporarse a la universidad, dándose a la escuela de medicina la categoría de facultad, y se creó el Consejo de Higiene Pública y la Academia de Medicina.

El Consejo, que fue presidido por el doctor Irineo Portela, tenía la misión de velar por el mejoramiento de todo lo vinculado con la salud pública. Debía, en consecuencia, adoptar medidas para impedir la introducción de enfermedades infecciosas y epidémicas, difundir la vacuna, inspeccionar las farmacias, vigilar la introducción de drogas y perseguir al curanderismo.

En cuanto a la Academia de Medicina no fue, en realidad, una nueva creación, pues el gobierno se limitó a hacer resurgir la creación de Rivadavia. El objetivo concreto que se le señaló fue contribuir al «adelantamiento de la medicina y sus ciencias auxiliares».

Estas medidas encauzaron los estudios de medicina y permitieron el progreso de la ciencia de curar.

La cirugía. Hasta ese momento la cirugía que se practicaba entre nosotros era rudimentaria y limitadísima: se reducía a ligaduras, amputaciones, desarticulaciones, tallas pe-rienales y tumores externos.

Pero, a partir de 1852 comenzaron a destacarse en el campo de la cirugía diversos profesionales que, inspirados por deseos de mejoramiento y renovación, adoptaron y difundieron las técnicas operatorias impuestas pollos grandes maestros de Europa. Tal, por ejemplo, el caso de Teodoro Alvarez (1818-1889), cuyas intervenciones fueron las primeras que alcanzaron numerosos éxitos.

Un progreso sensible experimentó la cirugía argentina con Manuel Augusto Montes de Oca (1831-1882), que fue un eximio maestro y un cirujano eminente. Hasta entonces las heridas eran lavadas con una esponja empapada en una infusión de eucaliptus, conservada generalmente en una palangana cnlozada.

Cualquiera fuese el carácter o las complicaciones de las heridas, en cada sala de cirugía siempre se usaba una esponja y la misma palangana para todos los enfermos. Montes de Oca advirtió la presencia de un peligro, pero no llegó a descubrirlo.

«Hay algo que nos rodea o que está en nuestras mismas manos —decía— y que causa tan terribles complicadones en las heridas. Una vez que lo hayamos descubierto y evitemos esta complicación, la cirugía realizará enormes progresos». De ahí que al conocer el sistema de Lister —la antisepsia— lo implantara y se preocupara por difundirlo.

Montes de Oca fue un creador en cirugía, pues ideó procedimientos operatorios verdaderamente originales —amputación de la pierna a «colgajo rotuliano» y amputación con el term.ocauterio— que ampliaron el campo de la cirugía y mere-1 cieron elogios de los especialistas extranjeros.

Su semblanza como cirujano ha sido trazado por Eliseo Cantón de la manera siguiente:. «Examinaba a fondo sus enfermos, establecía razonando el diagnóstico, y si de él surgía el tratamiento quirúrgico hacía preparar al paciente para intervenir, previa explicación y elección del método operatorio a aplicar. . . Profundo conocedor del terreno en que operaba, y seguro de su arte, era un audaz en cirugía, pero no un impulsivo. Tenía la visión clara para salvar las dificultades del momento; improvisaba sobre el terreno, y no había aparato ni órgano que detuviera su cuchillo, cuando creía salvar con él a sus operados».

Después de Montes de Oca el ejercicio de la cirugía fue monopolizado, durante casi una década, por Ignacio Pirovano (1844-1895).

Su mérito radicó en haber sistematizado, en forma práctica y efectiva, la antisepsia que, al evitar las infecciones que producían un elevado índice de mortandad entre los operados, revolucionó la cirugía. En elogio de Pirovano se ha dicho que «fue siempre un cirujano de conciencia, que jamás abusó de su arte incomparable ni entre la clientela hospitalaria».

El progreso decisivo de la cirugía argentina se debió a Juan B. Justo, personalidad que ocupa un lugar prominente en la historia de nuestra ciencia médica.

PARA SABER MAS…
CRÓNICA DE LA ÉPOCA
El Bicentenario Fasc. N° 4 Período 1870-1889 Rawson, El Fundador de la Cruz Roja

El doctor Guillermo Rawson, junto con Toribio Ayerza, fundó la Cruz Roja Argentina el pasado 10 de junio. Rawson pertenece a una familia de médicos y su padre es un importante doctor estadounidense, Aman Rawson.

Nació el 27 de junio de 1821 en San Juan, donde realizó sus primeros estudios. A los 18 años se mudó a Buenos Aires donde, en colegios jesuitas, se distinguió en las áreas científicas. Egresó de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires en 1844, con mención de honor.

Regresó a San Juan ya como un médico de renombre y comenzó a militar en política. Se lo designó para ocupar una banca en la legislatura, desde la cual se opuso con vehemencia al gobernador de facto de la provincia, el caudillo Naza-rio Banavídez. Esta postura política le valió la cárcel en 1853, pero siguió defendiendo el valor de la democracia. Mantuvo esa postura mientras ocupó los cargos de senador, ministro del Interior y presidente interino, siempre defendiendo la legalidad y las libertades cívicas.

Como diputado, en el Congreso de Paraná, se destacó por su oposición a Justo José de Urquiza.

En 1862, el presidente Bartolomé Mitre lo nombró Ministro de Interior y desde so ministerio asistió a Marcos Paz cuando Mitre dejó el gobierno para encabezar los ejércitos de la Triple Alianza. Durante unos meses de 1868, quedó solo al frente de la primera magistratura, tras la muerte de Paz.

Por la ley de amnistía general, tratada en 1875, sostuvo una fuerte polémica con Domingo Sarmiento desde sus respectivas bancas del Senado. Pero su intensa actividad pública no lo hizo desatender el ejercicio de la medicina.

Se convirtió en el primer catedrático de Higiene Pública en el país, luego se lo nombró miembro de la Academia de Medicina y en 1876 representó a la Argentina en el Congreso de Filadelfia, con un destacado estudio sobre la higiene pública de la ciudad, que fue el más completo que se realizó sobre el tema.

La importancia de este trabajo es que despierta el interés por los estudios de higiene y su carácter social y vinculado con el aspecto demográfico.

Rawson redactó proyectos para modificar la urbanización de Buenos Aires para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. También planificó medidas variadas para el control de los alimentos y la higiene urbana. Ese año fue nombrado Académico de Honor de la Facultad de Medicina. Gracias a que el presidente Nicolás Avellaneda ratificó el Convenio de Ginebra, recientemente se dio lugar a la fundación de la Cruz Roja Argentina.

CRÓNICA II: Primera Operación Abdominal en Argentina

El día 22 de abril de este año se practicó la primera operación abdominal en Buenos Aires. El cirujano que la realizó es el escocés John A, Alston. Se trató de unaovariotomía.eneldomiciliode la enferma, y se usó el éter como anestésico. Esta operación se viene realizando desde hace poco en Inglaterra, Francia y los Estados Unidos con la misma anestesia.

Laactividadquirúrgicayelusode la anestesia en nuestro medio se vienen desarrollandodesde hace unos añostantoen el Hospital General de Hombres como en el de Mujeres. El Hospital de Hombres cuenta ya con 400 camas, aunque susantiguos pabellones están en pésimas condiciones de higiene. Se han comenzado las gestiones para la adquisición de terrenos adecuados donde se pueda construir nuevos edificios para el nosocomio destinado a los varones, como lo disponen las leyes pertinentes.

Cabe recordar que tras la expulsión de los jesuítas en 1767, los betlehemitasaprovecharon para solicitar la construcción de un hospital más amplio y moderno en los terrenos que aquellos poseían. Fue llamado Hospital General de Hombres y es el que todavía hoyestáen uso en las condiciones descriptas. En 1863 se creó en ese hospital una sala para oficiales del ejército, que luego se transformó en el primerhospital militar y,en laparte noroeste de la convalecencia, se abren las puertas para el Hospital para Hombres Dementes.

A fines deesemismoañose logró habilitar una sección de la nueva Casa de Dementes, con capacidad provisoria para 123 enfermos Se trasladaron allílos alienados más peligrosos e incómodos, quedando en el cuadro del hospital los demás, incesantemente aumentados. Su aspecto y su hacinamiento hacen imprescindiblelaagilizacíón délos trámites y laconstrucción del nuevo Hospital General de Hombres.

Medicamentos Antiguos Medicinas Milagrosas Primeras Civilizaciones

Medicamentos Antiguos Medicinas Milagrosas

Desde la época cavernaria el hombre sintió la necesidad y procuró la forma de obtener remedios para combatir las enfermedades que lo aquejaban. En un comienzo esos logros fueron resultado de una «medicina sobrenatural»; conformada por extraños y muchas veces inhumanos rituales, “Pases mágicos” y maniobras tramposas, hasta que se llegó a los productos naturales, que casi siempre eran mas peligrosos e insoportables que el propio padecimiento.

INTRODUCCIÓN: Existieron incontables tribus primitivas que además de la necesidad de la aplicación de emplastos y sustancias curativas acompañaron la medicación con palabras mágicas, «pases de manos» y hasta danzas en ofrenda a los dioses, quienes creían , eran los que tenían la última palabra acerca de los efectos de la medicina y, por lo tanto, del destino de los enfermos.

Medicamentos Antiguos Medicinas Milagrosas Prueba de lo antedicho fue el hallazgo de textos de los babilonios datados en el siglo l a. de C. y asentados en la biblioteca de Asurbanipal (669-627) (imagen) en Nínive.

Allí se recogieron infinidad de recetas en manuales” escritas sobre tablillas de barro y que, seguramente, muchas datan del II milenio a de C. En dichos documentos se pueden leer los síntomas de la enfermedad, el remedio para tratarla y el procedimiento para la elaboración del medicamento y hasta la diferenciación por usos internos y externos.

Para uso interno los babilonios tenían como vehículo de sus medicinas vino, cerveza, leche, aceite o agua. Hasta aquí los pacientes babilonios no presentaban mayores problemas para la ingerirlos, pero el sacrificio comenzaba cuando a esas bases se les agregaban semillas, raíces, hojas, tallos, frutos y hasta materias minerales y animales, que solían ir desde una frágil paloma hasta un repugnante roedor o reptil.

Por suerte, para los pacientes de la época sus contemporáneos habían inventado las píldoras, evitando con su ingesta si no una posible muerte por la enfermedad misma, al menos una más segura por la repulsa digestiva de las pretendidas panaceas.

Para el uso externo, los babilonios se valían, fundamentalmente, de emplastos y vendajes que se aplicaban sobre pomadas elaboradas en base a grasas de cualquier animal que anduviera sobre la tierra y debajo de ella: sebo, aceite a mantequilla, con la adición de drogas machacadas. Dicho menjunje, después de un tiempo de tratamiento y teniendo en cuenta el clima de la región, proporcionaba al enfermo ambulatorio un hedor insoportable, creándose de esa manera una especie de cuarentena desodorante.

También los médicos del Asia Menor —sobre todo en Egipto— no sólo utilizaron el “excremento oficinal” del hombre y animales, sino que también agregaron a sus pócimas los excrementos de las moscas depositados sobre las paredes. Por su parte, los chinos también hicieron uso de lo que la historia ha denominado “farmacia inmunda”, tanto que para combatir las psicosis recomendaban un remedio compuesto por excrementos humanos, dejados reposar en un recipiente encerrado en la tierra durante tres años.

Para combatir la pulmonía utilizaban el regalíz (raíz o palo dulce) mezclado con amoníaco, luego se introducía la mezcla en una caña de bambú y se guardaba en un retrete durante tres años, cubierto por heces. A pesar de las medicinas descriptas (algunas tan insoportables como la propia enfermedad) los babilonios estaban de tal manera adelantados que conocían el uso de tampones, supositorios, la extracción de sangre mediante sanguijuelas, vomitivos (a veces constituidos por los mismos específicos con que trataban algunas enfermedades) y los baños de vapor.

Fuente Consultada: Revista «Todo es Historia» Nota de Juan Ángel del Bono

Madre Maria Sanadora Espiritual Biografia Historia de Curanderos

Madre María Sanadora Espiritual
Historia de Curanderos Argentinos

María Salomé Loredo nació en España el 11 de octubre de 1854 y llegó a la Argentina cuando tenía once años. A los diez años de edad era común que contara a su madre y al sacerdote de su pueblo que la imagen del Sagrado Corazón a quien ella veneraba en la iglesia del lugar, le sonreía con mucho amor. Con tales antecedentes desde su infancia, que ella tomaba con naturalidad, llega a Buenos Aires traída por su familia, que se instala en Saladillo, provincia de Buenos Aires.

De familia vasca y campesina, pastoreó ovejas cuando niña y aprendió a amar las flores, apasionada por los claves, al punto que hoy su tumba está cubierta por esas mismas flores. Desde el comienzo María es rodeada de augurios místicos.

Madre Maria Sanadora Espiritual Biografia Historia de Curanderos ArgentinosEl día de su nacimiento cesa una atroz sequía en las provincias vizcaínas y cae a raudales la lluvia bienhechora. A los 10 años permanece en éxtasis ante el Corazón de Jesús y corre luego a dar a su madre la buena nueva: ¡Jesús le había sonreído! «Tal era su dulzura —nos cuenta su panegirista— que el niño enfermo se reconfortaba con solo mirarla; ella le transmitía fuerza y confianza y esa fe ayudaba a la medicina para levantar los ánimos decaídos.»

En 1869, impulsados por los avatares de la guerra carlista, los Loredo emigran a la Argentina, donde llegan bajo el gobierno de Sarmiento. Se instalan en Saladillo, donde el padre continúa las labores campesinas. «Todas las chicas eran lindas —cuenta Yderla Anzoátegui—, pero la belleza de María era motivo de admiración, tanto, que muy pronto empezaron los cortejantes a rondarla y a los cinco años de haber llegado, y al cumplir sus 19 años, la hermosa joven contraía nupcias con el señor José Antonio Demaría, político y acaudalado terrateniente de la provincia de Buenos Aires. Por este casamiento, María quedó emparentada con. familias de alta estirpe y honda raigambre en la sociedad argentina.»

María Loredo había sido una ferviente católica durante toda su vida y nunca dejó de serlo. Si se le preguntaba de dónde pro­venían sus poderes ella contestaba invariablemente que no los tenía, que eran Dios y Cristo los que le habían encomendado una misión y que lo único que hacía ella era cumplirla con ale­gría. Describía su relación con Jesús como alguien puede estar hablando de un amigo, con tanto amor, tanta fidelidad, tanta fe, tanto respeto.

Durante los cuatro años de ese, su primer casamiento, María frecuenta reuniones y tertulias, alterna con Julio A. Roca, Juárez Celman, Pellegrini, Mitre, Alsina, Hipólito Yrigoyen y otros. Roca le regalará una casa. Como toda dama de alcurnia que se respete, María tiene asignada una misión: la beneficencia, y la ejerce con entusiasmo.

Viuda a los 23 años vuelve a casarse a los 28, esta vez con Aniceto Subiza «hombre de bien poseedor de grandes prendas morales y también de una sólida fortuna . . .». Ella prosigue su tarea beneficente, reza con pasión ante el Corazón de Jesús, y acaba por enfermarse.

Sobreviene entonces su encuentro con Pancho Sierra, (ver Pancho Sierra), y la designación de María como sucesora del famoso curalotodo. La nueva viudez lanza a la mujer decididamente al cumplimiento de su misión.

María abre una sala de conferencias, desde donde predica sencillos y ortodoxos sermones cristianos, postulando una vida sana física y moralmente. Postula la vuelta a Dios, el regreso a Jesucristo. Pero no solo eso: María resuelve problemas, cura enfermos, consigue trabajo. Si no fuera por el cariz mágico (negado públicamente por sus apologistas y aceptado por sus adeptos), su organización parecería una suerte de sociedad de beneficencia de «medio pelo».

«Cuántos necesitados llegaban hasta ella —cuenta Anzoátegui— para pedirle trabajo; ella recurría a la inmensa cantidad de gente que conocía y siempñe, de un modo u otro, remediaba la urgencia de! pobre que se lo había encargado.

«Después, la persona agradecida le llevaba su regalo que ella, más tarde, repartía entre otros necesitados que la visitaban.»

Y además, cura. Aunque manifestase: «No soy yo; es vuestra fe la que os cura«, poseía el «toque real» delmanosanta. Depositaba, además, gran fe en el agua fría, la medicina de su maestro Pancho Sierra. Conocía algo de yuyos pero, sobre todo, el llamado poder de la fe. Nunca negó la medicina, pero afirmaba que los médicos no pueden curar los males del espíritu, solo Dios puede hacerlo y a El hay que pedírselo.

Fue llevada ajuicio por su presunto ejercicio ilegal de la medicina. Fue absuelta. En una de las ocasiones en que fue detenida, se cuenta que salió de su celda y ganó la calle caminando sin que nadie supiera cómo. Sus detractores hicieron caer las sospechas sobre los policías que la custodiaban, afirmando que eran seguidores de ella, pero los hombres de uniforme lo negaron y nunca se supo con certeza cómo salió del calabozo que  permaneció cerrado con llave aun cuando María Loredo ya no estaba en él.

También profetizaba. Le predijo a Hipólito Yrigoyen su ascenso a la Presidencia, y le aconsejó no aceptar el segundo período. A su amigo Lázaro Costa, que le daba crédito para pagar entierros s los pobres, le auguró que su casa mortuoria sería la más importante de Buenos Aires.

Gente ilustre acudía a consultarla para aprovechar este don, y hasta un obispo chileno no tuvo a menos concurrir a la Misión para charlar con ella. No atribuía su videncia ni sus poderes al espiritismo, que estigmatizaba como contrario a Dios, sino que se consideraba encomendada por El mismo para regenerar al mundo. De allí que designara Apóstoles y asumiera su carisma a conciencia.

Su doctrina es ascética, pero conserva el aspecto más pagano del catolicismo: la invocación a los santos para conseguir lo que se desea, de acuerdo a la especialidad de cada uno. Introduce, además, a un nuevo santo: Pancho Sierra, que es citado en las oraciones junto a sus «colegas» oficiales, a Jesucristo y a la Virgen María.

Sus «milagros» son eclécticos. Desde salir de un calabozo cuya puerta se abre misteriosamente, cuando estuvo detenida, hasta las curaciones o el conseguir trabajo. Los produce hasta después de muerta, cuando alguien pide su intercesión. Uno de los más notables es el haber logrado que la muy morosa Caja de Previsión para independientes despachara por fin el expediente de una pobre señora que ya desesperaba de cobrar algún día su jubilación.

Su muerte registra una de las grandes manifestaciones de dolor popular. Los diarios registran en sus necrológicas el deceso de la gran dama que eligió otro camino, esta vez evitando las fórmulas que se suelen emplear en esos casos.

Dijo La Nación (5/10/28): «El sepelio de los restos de doña María Salomé Loredo de Subiza —la Madre María— según la consagración de la popularidad, se realizó ayer, en el cementerio del oeste. Y certificaba esa popularidad, singularmente difundida, la presencia de una multitud enorme, que la veló en su casita de Turdera, cerca de Témperley, acompañó su féretro a través de la ciudad y asistió a la inhumación con recogimiento conmovido.»

¿Qué milagros hizo? ¿Qué obras benéficas llevó a cabo para ser llamada con esa familiaridad y llorada como una santa? Hacía milagros en efecto. En aquella casita de Turdera, recibía a los que ya no creían en otros remedios ni en otros consuelos. Llevaba plegarias compuestas de palabras simples, imponía las manos a los menesterosos de alivio, prescribía oraciones que no están en los devocionarios, daba consejos con voz límpida, suave, e indicaba procedimientos sencillos: una gota de agua, una gota de aceite.

Y así, quién sabe por qué virtud de sugestión, por qué influencia de la propia credulidad, llegó a ser para todos, ricos y pobres, de lejos y de la vecindad, a ser lo que fue, es decir, la Madre María, la extraña y bienhechora mujer, que a veces se mostraba en las calles o en los teatros de la Metrópoli, con sus ojos grandes, fijos, serenos, su talla firme, su masa de cabellos blancos, arrollados en un grueso rodete.

Ver:Curas Carismáticos

Uso de Ventosas Remedios o Medicamentos Caseros Cataplasmas

Uso de Ventosas Remedios o Medicamentos Caseros

Cataplasmas, alcanfores y otros preparados: Otro medicamento aún recordado por los no muy entrados en años fueron las cataplasmas de la harina de lino extraída de las semillas de dicha planta, y que se aplicaban sobre determinadas regiones del cuerpo —sobre todo en el pecho— en forma de emplastos calientes para calmar los estados de congestión bronquial.

La preparación era netamente doméstica y la harina se mezclaba con agua a alta temperatura, lo que no pocas veces terminaba en severas quemaduras, ya que los beneficios expectorantes o antiespásticos dependían del calor que se soportara. Las cataplasmas también se usaban con harina de mostaza con las mismas aplicaciones que la de harina de lino, mezclando el polvo con agua caliente y envolviéndola en un lienzo de hilo, para aplicarse bien caliente sobre el pecho.

La mostaza se usó también como eficaz vomitivo en casos de envenenamiento y como rubefaciente (revulsivo, que enrojecía la piel por acumulación de sangre en los pequeños vasos) de acción rápida en los casos de síncopes y peligro de asfixia. Muchos todavía recordarán el uso francamente amplio de una sustancia que acompañaba a nuestros abuelos a donde fueran en cualesquiera de sus formas, que no eran pocas a decir verdad.

Nos referimos al alcanfor, obtenido del árbol del mismo nombre y que también ha sido sintetizado. ¿Pero quién que pase el medio siglo de vida no recuerda la inseparable bolsita de alcanfor para evitar “las infecciones que andan por el aire” que nuestros antepasados portaban en el bolsillo o su cartera? ¿Quién alguna vez no fue friccionado con pomadas que dejaban a su paso la indisimulable estela del alcanfor?

En realidad el alcanfor hoy todavía se utiliza en algunos preparados, pero fue en siglo pasado cuando constituyó una especie de remedio o esencia multiuso para una impensable cantidad de males y previsiones, que iban desde el alejamiento de “malos espíritus” y pantalla microbiana, hasta el dolor de muelas y oídos, las más diversas fricciones (sobre todo como alcohol y aceite alcanforado), estimulante cardíaco en uso interno, en la neumonía y cientos de malestares sin diagnóstico cierto.

Posiblemente el alcanfor haya sido una de las sustancias que se utilizó para la mayor cantidad de propósitos y que hoy aún tiene vigencia, aunque, claro está, en combinaciones propias del adelanto de la farmacopea.

Y hablando de fricciones, vale la pena recordar dos preparados que han actuado sobre pacientes desde hace algo más de cien años y casi hasta la actualidad: la untura blanca y el unto sin sal. El primero —conocido en el laboratorio como linimento de Stockes— era una composición que contenía esencia de trementina con un vehículo oleoso, que producía al friccionarse un calor casi irresistible en la zona y el correspondiente enrojecimiento de la piel.

En cuanto al unto sin sal no se trataba de otra cosa que de grasa de cerdo, que se expendía debidamente envuelta en el también antiguo papel manteca y se usaba en los casos de “empacho”.

La aplicación era la siguiente: se untaba con abundante grasa el vientre del doliente (sobre todos niños) y luego se colocaba sobre la zona friccionada una hoja de amplias dimensiones de repollo o acelga y hasta se podía cubrir todo el emplasto con un lienzo, lo cual, por esos misterios de la naturaleza quizá trajera algún alivio, pero lo que con seguridad provocaba era un olor casi irresistible.

Otro preparado universal-mente usado y que aún en cercanías a la mitad del siglo XX se creyó de uso obligado y acción segura, fue la llamada pomada o ungüento del soldado, que no era otra cosa que una pomada mercurial —medicada desde la época de Paracelso— preparada en base de mercurio, lanolina, aceite de girasol, manteca de cerdo y sebo de toro, entre otras variantes de fórmulas.

Este preparado debe su nombre de batalla —nunca mejor aplicado el sustantivo— a que en una pequeña cajita de latón era entregada a los soldados licenciados o cuando realizaban viajes fuera de la zona de los cuarteles, como curativo y preventivo de la sífilis. Quienes hayan cumplido con el hoy extinguido servicio militar allá por los años 20 podrán recordar esta infaltable pomada en las enfermerías de los cuarteles o en la chaqueta del soldado. Por supuesto que la pomada no era suficiente para evitar el avance del mal, aunque podía prevenir alguna infección menor y, muchas veces, también causar graves consecuencias.

El avance científico —allá por los cuarenta— que aportó la penicilina obligó a dejar olvidada en algún rincón de las también en desuso mochilas militares la “maravillosa” pomada castrense, que, por supuesto, no le era ajena a los “calaveras” civiles de la época. Finalmente, y para no olvidar uno de los perfumes más característicos y agradables de la familia argentina acatarrada, vale la pena mencionar el eucalipto.

Difícilmente no se recuerde en casa de nuestros abuelos un recipiente con agua y hojas de eucalipto hirviendo sobre una estufa o un calentador en la habitación del constipado, cuyas emanaciones bastaban para crear en los ambientes un clima de asepsia y pronto restablecimiento.

El eucalipto fue (y es aún) utilizado de las más diversas formas: como aceites, pastillas, ungüentos, apósitos, válidos para, también, una infinita gama de malestares. Si bien es cierto que los medicamentos y prácticas que el hombre fue aplicando con la consigna de derrotar el dolor, la enfermedad y hasta a la misma muerte pasaron por momentos de desorientación y caos entre lo científico, lo mágico, lo religioso, la charlatanería y los caprichos más absurdos, no cabe duda que cada aporte de la medicina antigua sirvió para que alguien buscase siempre más y convirtiera al siglo XX en el que mayores adelantos dio a la humanidad en la materia.

 

Fuente Consultada: Revista «Todo es Historia» Nota de Juan Ángel del Bono