La Medicina y Primeros Medicos en Argentina Colonial -Virreinato-



La Medicina y Primeros Médicos en Argentina Colonial o Virreinato del Río de la Plata

LA MEDICINA EN ESPAÑA: La segunda mitad del siglo XV y las primeras décadas del siguiente fueron fecundas para el desarrollo de la ciencia medica en España.

La autorización conferida por Fernando de Aragón, en 1488, a los médicos y cirujanos de la cofradía de San Cosme y San Damián de abrir o atomizar los cuerpos de los hombres y mujeres que murieran en su hospital, dio a la ciencia médica una sólida base para que pudieran iniciarse los estudios prácticos de anatomía.

Las autopsias y las disecciones cadavéricas, que desde entonces se practicaron regularmente, permitieron llegar a un mejor conocimiento de la anatomía humana, el cual, además de reemplazar la tradicional anatomía comparada de Galeno, abrió nuevos horizontes para la fisiología —en la que pronto surgirían genios creadores como Servet— y permitió a los cirujanos perfeccionar su técnica y los métodos operatorios.

De ahí que los primeros años del siglo XVI señalen para España el comienzo de la enseñanza verdaderamente científica de la anatomía, la difusión de nuevos tratamientos terapéuticos, una multiplicación de los centros de enseñanza, un extraordinario adelanto de la medicina operatoria (tratamiento quirúrgico de las fístulas y curación de las heridas mediante suturas), la incorporación a los planes de estudio de la medicina legal y de las materias clínicas y la construcción de hospitales.

Producido el Descubrimiento de América, los monarcas españoles se preocuparon de que en la expediociones que partína hacia las Indias  occidentales no faltasen médicos y de que se fundasen hospitales en las nuevas poblaciones americanas.

Así vemos que en las instrucciones acordadas por los Reyes Católicos a Colón con motivo de su tercer viaje (1498) se imponía al almirante: «Así mismo debe ir un Físico, e un Boticario, e un Herbolario e algunos instrumentos e música para pasatiempos de las gentes que allá han de estar.»

Conforme se iba operando la conquista y más tarde la colonización, la Corona fue dando normas básicas para resolver los problemas sanitarios en América; el conjunto de estas disposiciones reales registradas dentro de las Leyes de Indias constituye todo un código sanitario.

Entre estas importantes disposiciones se reglamenta:

«Que ninguno cure de medicina, ni cirugía, sin grado ni licencia.»

«Que los protomedicos no den licencias a los que no parecieren personalmente a ser examinados.»



«Que se visiten las boticas y medicinas.»

Si España volcó en sus provincias de ultramar su rica herencia médica, tampoco puede negarse que ésta se enriqueció con nuevos conocimientos con el arte de curar indígena y el aporte de un gran número de drogas americanas: jalapa, quina, copaiba, zarzaparrilla, coca, bálsamo de Tolú, etc.

Como explica un historiador, «el encuentro de la medicina europea con la americana no fue un choque, sino un abrazo»: en lugar de excluirse se complementaron admirablemente.

Por lo que respecta a nuestro país, ignoramos si en las expediciones de Solís (1516) y la de Magallanes (1519) al Río de la Plata viniese algún médico; en todo caso, sus nombres no se han conservado, pero sí conocemos los de expediciones posteriores.

En la de Sebastián Caboto (1527), fundador de la primera población en territorio argentino (fuerte Corpus Chisti) , hallamos en calidad de cirujanos a los maestros Pedro de Mesa, Juan Fernando de Molina y Hernando de Alcázar.

Sabemos que con Mendoza vino el médico Hernando de Zamora; sospechamos que el cirujano sea el bachiller Martín de Armencia, pero ignoramos quién fue el boticario.

Otros galenos fueron llegando en expediciones posteriores, según obligación ordenada por el monarca español, y más tarde, ya en marcha la colonización, correspondió a los Cabildos extender títulos, dar carta de aprobación y castigar el ejercicio ilegal de la medicina.

Que los Cabildos tomaron a pecho todo lo referente a la salud pública son pruebas: la frecuencia en exigir la exhibición de los documentos legales, la represión del curanderismo en todas sus fases, el empeño en retener en la ciudad los médicos y cirujanos de prestigio y, por qué no decirlo también, la vigilancia en mantener precios moderados en los medicamentos y fijar aranceles a los profesionales.

Durante los primeros años de la colonización, el Río de la Plata careció de médicos. Los enfermos confiaban su curación a los esfuerzos de la naturaleza.

Las heridas y traumatismos todos sabían curarlas; mas, tratándose de enfermedades internas, las circunstancias obligaron a menudo a recurrir a las prácticas y elementos curativos utilizados por los aborígenes.



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Respecto a la llegada de nuevos «médicos» a estas lejanas e inhóspitas tierras, el médico Omar López Mato explica en su libro «La Patria Enferma» lo siguiente:

Fundada una vez más Buenos Aires por don Juan de Garay, se destinó un predio en la nueva aldea para instalar un hospital que habría de llamarse como el patrono de la ciudad, San Martín de Tours, y debía ubicarse en la manzana de 25 de Mayo y Corrientes. Este proyecto nunca se concretó porque justamente faltaba quien lo atendiera.

El mismo padre Guillermo Furlong afirmaba: «Nació pues la ciudad de Buenos Aires sin tener médico, boticario ni cura, trinidad infaltable en todo pueblo».

El primero en instalarse en la aldea diciendo ser médico fue el portugués Manuel Álvarez, aunque algunos sostienen que ya andaba por estos lares un tal Pedro Díaz que no debió de haberlo pasado nada bien, ya que Antonio López, uno de los primeros habitantes de la nueva Buenos Aires, fue condenado por herir fieramente a Díaz.

Quizás haya sido éste el primer litigio por praxis médica en estas tierras que no se resolvió por los intrincados caminos de las leyes sino por vía directa de los puños.

Manuel Álvarez tuvo más suerte (o quizá más conocimientos) y el 31 de enero de 1605 firmó un contrato con el Cabildo, en el que la institución se comprometía a pagarle cuatrocientos pesos en frutos de la tierra, a cambio de sus servicios.

Sin embargo, era tan miserable la aldea que, escasos meses después, el pobre maese Álvarez reclamaba los honorarios que no le habían sido abonados aún.

Al año debió renunciar, cansado de tantos reclamos insatisfechos. Le cabe al maese Álvarez ser el primer médico de Buenos Aires en recibir un «paga dios» como honorarios por sus servicios. Muchos más engrosarían esta lista que parece no tener fin.

A lo largo del mismo 1605 se instaló en Buenos Aires otro médico, el portugués Juan Fernández de Fonseca, y al año siguiente otro de la misma nacionalidad.



Esta proliferación de galenos lusitanos obedeció a la simple razón de que, ese año, los inquisidores portugueses visitaron las colonias del Brasil. No es extraño suponer que muchos cristianos nuevos hayan buscado otros horizontes para no sufrir viejos tormentos eclesiásticos.

Correspondió a un tal Miranda el honor de figurar en el primer recibo por honorarios médicos otorgado en Buenos Aires. Constaba que el galeno había asistido a doña María de Bracamonte, viuda del gobernador Valdez y de la Banda, sin especificar la suerte de doña María, que no debió de haber sido tan funesta ya que, al menos, saldó sus deudas.

En 1608 apareció don Francisco Bernardo Xijón, el primer médico español con título hábil y reconocido. Comenzó con el doctor Xijón un problema que hostigaría durante largos años la práctica de la medicina nacional: la legitimidad de los diplomas que certifiquen la condición de galeno.

Como cinco galenos para este villorrio era un exceso, el doctor Xijón solicitó que el Cabildo les exigiera a los demás médicos (o supuestos médicos) que mostraran sus títulos habilitantes.

elogios importantes para la mujer

Mutis por el foro, silencio en la noche. Los galenos truchos recogieron sus petates y, de la noche a la mañana, nada se supo de ellos. Don Xijón quedó así como único prestador en toda la ciudad, pero no por mucho tiempo porque, acompañando a Ortiz de Zarate, llegó a estas orillas el italiano Lorenzo de Menaglioto, quien decía ser médico, al igual que el cirujano portugués Juan Escalera de la Cruz, quien arribó junto al nuevo gobernador don María Negrón, a fines de 1609. Nuevo conflicto en puertas.

Para 1630 ya eran varios los médicos que vivían en Buenos Aires, y pocos los recaudos que se tomaban para confirmar su condición, a pesar de los periódicos reclamos del doctor Xijón, que ya tenía cansados a los honorables miembros del Cabildo con tanta litigiosidad.

Muerto el doctor Xijón, el vizcaíno Alonso Garro de Aréchaga tomó la antorcha de la legitimidad, aunque para ese entonces los títulos eran fácilmente reproducibles y las falsificaciones estaban a la orden del día.

Don Garro propuso a los cabildantes que lo importante era demostrar la ideoneidad del profesional y sus conocimientos. ¿Cómo? Pues, hombre, ¡con un examen! ¿Y quién sería el examinador? ¿Quién otro que Alonso Garro de Aréchaga?

Fue así como Garro, secundado por el médico Francisco Navarro, examinó a Pedro de Silva y a Antonio Pasarán para valorar sus condiciones de profesionales. Este último pasó el examen mientras que Silva fue reprobado.

Fue este el primer examen de medicina tomado en la ciudad de Buenos Aires.

«La Patria Enferma»
Omar López Mato

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En lo tocante al número de médicos, si bien hubo épocas en que escasearon en algunas poblaciones, de ordinario estuvieron bien dotadas de estos artífices de sanidad; así, en 1765 tenía Buenos Aires unos diez médicos y cirujanos, lo que ciertamente no era poco para una población de 18.000 habitantes.

En un principio, las ciudades más importantes ordenaban el envío temporario de un médico a villas dependientes de su jurisdicción, pero a fines del siglo XVIII aún en estas escuálidas poblaciones fueron estableciéndose facultativos.

CONTRIBUCIÓN DE LAS ORDENES RELIGIOSAS. Al establecer las Reducciones entre los indios guaraníes, los jesuítas, a fuer de celosos misioneros, tuvieron que improvisarse en expertos enfermeros, pues los indígenas, tan fuertes y sanos en su vida selvática, se enfermaban con facilidad estando reunidos en pueblos.

Naturalmente que estos primeros jesuítas, no entendiendo mucho en medicina y medicamentos, suplieron con más buena voluntad que ciencia adecuada, el oficio de galenos.

Con el tiempo, el conocimiento que llegaron a tener de las propiedades curativas de ciertas plantas, y valiéndose a veces de las prácticas que habían visto hacer a los indígenas, algunos de estos religiosos llegaron a adquirir prestigio en el difícil arte de curarjcomo el santafesino Buenaventura Suárez y el tirolés Segismundo Aperger, que se atrevieron a hacer curaciones más o menos atrevidas sin que por ello dejaran de ser dos curanderos de buena ley, por exigencia de los tiempos.

Estas mismas limitaciones indujeron a los misioneros a pedir a su general el envío de hombres especializados en la ciencia de Galeno.

Con cuatro médicos de prestigio contó la Compañía de Jesús: los Hermanos Blas Gutiérrez, Juan Zubeldía y Pedro Montenegro, y el P. Tomás Falkner.

Pocas noticias poseemos de los dos primeros, mientras que sí sabemos que Hermano Pedro Montenegro, excelente herbolario y hábil cirujano, fue el más grande médico con que contaron las Reducciones guaraníticas en el siglo XVIII. Prueba de esta capacidad son sus renombradas obras afines a la materia Libro de Cirugía y sobre todo el Recetario Médico, conocida modernamente con el nombre de «Materia Médica Misionera», que consta de cinco partes, siendo la última un agregado posterior.

En cuanto  Tomás Falkner, estudió medicina en la capital inglesa bajo la dirección del célebre médico Ricardo Mead; al terminar su carrera fue comisionado al Río de la Plata por la «Royal Society», de Londres, para que en nombre de la institución y a expensas de la misma estudiara las propiedades médicas de las aguas y yerbas americanas.

Llegado a Buenos Aires en 1730, dos años después abjuró el calvinismo e ingresó en la Compañía de Jesús, españolizando su apellido por «Falconer», autorizándosele a ejercer la medicina con ciertas restricciones .

Ordenado sacerdote en 1739, ejerció por espacio de veintiocho años su doble apostolado de misionero y médico; fue también un herborista célebre y compuso la extensa obra A treatise on American distempers cured by American druggs («Tratado sobre las enfermedades americanas curadas con medicinas americanas»), cuyos originales, lastimosamente, se han extraviado.

Tal fue la figura simpática de este relevante médico inglés de la época colonial, y con el cual sólo puede parangonarse otro eximio médico británico: Miguel Gorman.

¿Entre los curanderos de otras Ordenes adquirió celebridad en su época el franciscano fray Pedro Luis Pacheco, que desde 1791 a 1806 atendió con notable pericia a toda clase de personas, y, además de extender receta, él mismo administraba un botiquín en elconvento, lo que le atrajo no pocas contrariedades de parte de boticarios aprobados.

Cerramos esta apretada exposición sobre la labor médica de los jesuítas haciendo referencia a los Padres Betlemitas, institucion de origen americano  dedicada exclusivamente al servicio de hospitales.

Solicitados por el Cabildo de Buenos Aires, llegaron al país el 4 de noviembre de 1727, haciéndose cargo del Hospital San Martín, y más tarde de los hospitales de Córdoba y Mendoza, de donde salieron en 1817 acompañando al ejército de los Andes.

ORGANISMOS SANITARIOS EN LA ÉPOCA COLONIAL:
Hospitales coloniales. La fundación de hospitales en la época hispana se asienta en la legislación respectiva.

Así, en la Recopilación de los Reinos de Indias, en la ley I, leemos:

«Encargamos y mandamos a nuestros Virreyes, Audiencias y Gobernadores que con especial cuidado provean, que en todos los pueblos de Españoles e Indios de Provincias y jurisdicciones, se funden Hospitales dónde sean curados los pobres enfermos, y que se exercite la caridad Christiana.»

Como ésta, otras muchas sabias y benéficas disposiciones.Consecuentes con estos principios de carácter público, los fundadores de ciudades señalaron en el égido de las poblaciones el solar destinado a hospital, de ordinario al lado de la iglesia.

Llama la atención la disposición del fundador de San Juan, capitán Juan Jufré, al destinar solares para dos hospitales: uno destinado a los españoles y otro a los naturales.

Mas si se señalaron los solares, nuestro país casi no tuvo hospitales hasta principios del siglo XVIII. Las razones eran muy sencillas: las gentes de entonces, como las de ahora, preferían cuidar sus enfermos en casa; además, la población gozaba de excelente sanidad al disponer de vastos terrenos, recibiendo las casas aire y sol sin limitación y llevando sus moradores un régimen de vida muy frugal a base de alimentos sanos y de mucho ejercicio (léase: «trabajo»).

Pero, más que nada, la carencia de edificios hospitalarios se explica por la escasez de población; como muy graciosamente acota el P. Furlong: «no había hospitales porque no había enfermos, y no había enfermos porque no había habitantes»; y prueba de ello es que algunas veces el Cabildo, deseando aprovechar el local, disponía «alquilar la casa del hospital a los que la quisieran», o bien lo transformaban en «Casa de Recogimiento para mujeres’ en peligro o Beaterío» .

Cabe hacer notar que la mayoría de los hospitales de la época hispánica surgieron no tanto al conjuro de los Cabildos cuanto a la munificencia de individuos de fortuna: fueron, como se estila ahora, fundaciones particulares.

La ciudad de Córdoba contó con el Hospital Santa Eulalia casi desde el comienzo de su existencia (1577).

El dinámico Garay, al hacer el trazado de Buenos Aires, señaló el solar para el edificio del «Hospital del Señor San Martín» (manzana comprendida por las actuales calles: 25 de Mayo, Sarmiento, Corrientes y Reconquista).

Si bien este solar cumplía con la disposición de la Recopilación de Indias, dictada en 1573, que ordenaba levantar los hospitales cerca de la iglesia, se cambió la ubicación primitiva por ser un lugar despoblado, teniendo además en cuenta lo «distante del comercio, y por lo mismo, ser mayor la dificultad para reunir las limosnas, y además, viniendo por la mar la mayor parte de los pobres enfermos, era más a propósito la cuadra que tenían (por calles) Fernando Barrios, Francisco Rivero, el capitán Antón Higuera y Pedro Izarra .

Habiendo cedido los pobladores esas tierras, se erigió en ella el hospital, por el gobernador Hernandarias, el 6 de junio de 1605, en la manzana comprendida por las actuales calles: Defensa, Balcarce, México y Chile. Este hospital destinado sólo a hombres fue conocido desde entonces como «Hospital del Alto de San Pedro».

Durante mucho tiempo estuvo exclusivamente al servicio de los militares del presidio, «los cuales se encontraban tan desasistidos, que morían más a la necesidad que al rigor del accidente».

A partir de 1745, después de largas y engorrosas tramitaciones, el hospital que había sido de militares, se convirtió en general y se encargó a un vecino notable de la ciudad, don Domingo de Basavilbaso de traer de Potosí cuatro o cinco padres bethlemitas para que se pusiesen al frente del establecimiento (1761).

De 16 camas que contaba el hospital, los bethlemitas las aumentaron a 84 en sucesivas ampliaciones.

En este sitio se mantuvo por muchos años, prestando a la población menesterosa sus humanitarios servicios, hasta que con el correr del tiempo y el aumento de población se encontró reducido el local, trasladándose, mediante la indispensable célula Real, al barrio de la «Residencia», llamado así por estar ubicado allí la mansión o residencia de los sacerdotes de la Compañía de Jesús.

Comprendía un espacioso terreno de manzana y media abarcadas por las calles Bethleem (hoy Humberto), Santa Bárbara (San Juan), San Martín (Defensa) y Santo Cristo (Balcarce).

El antiguo hospital se destinó entonces para convalecientes, locos, incurables y enfermos contagiosos, con el nombre de «Santa Catalina», subsistiendo hasta 1821 en que fue clausurado por decreto.

En cuanto al hospital de la Residencia, que fue durante muchos años el único con que contó la ciudad, subsistió hasta 1882 en que se habilitó el «Buenos Aires» y en el hicieron sus cursos clínicos todos los médicos que recibieron en la ciudad en ese largo período de tiempo.

Fuente Consultada:
HISTORIA DE LA CULTURA ARGENTINA ARTE-LITERATURA-CIENCIAS de Manuel Horacio Solari Editorial «El Ateneo»
HISTORIA DE LA CULTURA ARGENTINA Tomo II de Francisco Arriola Editorial Stella

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AMPLIACIÓN:

En las crónicas de la conquista de América hay interesante información sobre temas relativos a salud, enfermedad y medicina.

Se la encuentra a partir de la que podemos llamarla crónica fundadora, aquella titulada Relación acerca de las antigüedades de los indios cuyo autor es Fray Ramón Pané, de la Orden de los Gerónimos.

Es la primera obra escrita en nuestro continente, en una lengua europea, y la primera investigación etnográfica sobre indígenas americanos.

Así explicaba un misionero la despiadada terapéutica que había presenciado entre los indígenas de Tierra del Fuego.

«Cuando un indio, hombre o mujer, viejo o joven, grande o chico, se halla enfermo, se llama al médico, quien hace colocar al enfermo a sus pies, y después de repetidas fricciones en la parte dolorida, si ésta es, por ejemplo, el vientre, se pone encima, de pie o de rodillas, y lo pisotea fuertemente.

Cuando la parte enferma es la cabeza, las espaldas o el hombro, entonces se cambia de procedimiento: se reemplazan los pisotones por tremendos puñetazos, que el enfermo recibe con resignación.

Estos «tratamientos terapéuticos» los juzgan tan necesarios que, si no pudieran recibirlos, les parecería faltarles el mundo entero. Es verdad que muchas veces la impaciencia del alma para abandonar el cuerpo la obliga a marcharse antes de que el «tratamiento» termine; mas, esto’ no es suficiente para que ellos cambien de sistema.

Estas «curas» van generalmente acompañadas de gritos, imprecaciones, amenazas, gestos y contorsiones ridículas para obligar al espíritu maligno a huir; pues, según ellos, vive en el cuerpo del enfermo.»

El procedimiento es propio de todas las tribus salvajes de América. Los hechiceros, que también eran curanderos, sacerdotes y adivinos, trataban de «ahuyentar al espíritu maléfico que se había apoderado del enfermo», mediante sopladuras, succiones, u otros recursos mágicos.

Pero, por otra parte, los indígenas adquirieron conocimiento empírico sobre las propiedades terapéuticas de numerosas hierbas y substancias naturales: quina, zarzaparrilla, tabaco, coca, grasa de iguana o de puma, etc.

Estos recursos, así como los «remedios caseros» y supersticiones terapéuticas de linaje español, fueron recogidos por el saber de curanderos, enraizados en la creencia popular.

medicina colonial

Cuando a fines de 1493 Cristóbal Colón llegó por segunda vez a la isla de Santo Domingo lo acompañaba el fraile que había aprendido la lengua de los indios arawak, pobladores de la región.

Colón le encomendó vivir en sus aldeas para informarse sobre sus creencias, costumbres y prácticas, entre las cuales estaban algunas relativas a la medicina.

Según cuenta Paré, entre los indios arawaky como suele ocurrir en los pueblos primitivos— la medicina era ejercida por el brujo de la tribu quien debía poner cara de enfermo, guardar dieta y purgarse juntamente con el paciente.

Lo hacía con aspiraciones de polvo de cohoba que, además, le provocaba alucinaciones.

A veces el enfermo se curaba y, otras, fallecía. En este caso los deudos se comunicaban con su espíritu y si éste les decía que había muerto por mala praxis, apaleaban al brujo-médico hasta dejarlo muerto.

Si se enteraban que había sobrevivido a la golpiza, lo atacaban nuevamente y esta vez —escribe Paré— “le sacan los ojos y le rompen los testículos».

Un dato médico valioso lo hallamos en uno de los mitos que recogió el fraile, relativo a los primeros seres humanos que habitaron la isla.

Dice así: originalmente, todos vivían en cuevas, pero un día, un joven llamado Guahayona decidió buscar otro lugar dónde vivir. Se fue aunque no sin compañía ya que instó a todas las mujeres a seguirlo, incluso a las casadas que abandonaron esposos e hijos.

Recorrió la isla durante un tiempo hasta que en un momento dado, quizá porque ya habrían nacido niños que demorarían su marcha, decidió abandonar el harén y continuar solo.

Pero pronto comenzó a extrañar la compañía femenina y creyó hallarla al encontrarse con una mujer. Intentó conquistarla, pero sucedía según escribe Pané “que el promiscuo Guahayona estaba lleno de aquellas llagas que nosotros [los españoles] llamamos mal francés” .

En otras palabras, padecía síilis y Guabonito (que así se llamaba la mujer) en lugar de ceder a sus requerimientos lo aisló hasta que se curó.

Este mito —que, como varios, debió tener alguna raíz histérica— responde a una pregunta que se plantea la ciencia:¿los españoles contagiaron la sífilis a los aborígenes americanos o éstos a ellos?

La conclusión a que nos conduce el mito es que, a fines del siglo XV, hacía mucho que la enfermedad existía en el Nuevo Mundo, tanto como para estar incorporada a una vieja tradición arawak.

También existía en Europa, donde se la identificaba como “mal francés’ o de “Nápoles”. Es decir que ya entonces estaba difundida por todo el globo.

La Paleontología corrobora el dato ya que en esqueletos aborígenes prehispánicos se han encontrado lesiones típicas de la sífilis.

Años después, en 1533, en la misma Santo Domingo se produjo un caso de interés médico que narra Gonzalo Fernández de Oviedo, primer cronista oficial de la Corona española, en su obra Historia General y Natural de las Indias.

Cuenta que a un joven matrimonio le nacieron siamesas, un pequeño monstruo compuesto por dos cuerpos unidos desde el esternón hasta el ombligo, dos cabezas, cuatro brazos y cuatro piernas.

El hecho causó asombro general, pero, curiosamente, antes que despertar una inquietud científica planteó un problema teológico: ese extraño engendro, ¿debía ser considerado una sola persona poseedora de una sola alma o como personas con dos almas? se preguntó el sacerdote que lo bautizó, quien concluyó se trataba de lo segundo.

Las  siamesas fueron visitadas una delegación compuesta autoridades, vecinos, forasteros, religiosos, más nuestro cronista quien observó que así físicamente, en un sector, formaban un solo ser y, en el resto, eran dos personas distinta, a  veces actuaban al unísono y otras, independientemente. Esto avivaba la pregunta: eran una sola persona o dos?.

 A la semana las siamesas murieron. Fernández de Oviedo presenció la autopsia y comprobó que el único órgano que compartían era el hígado; en el resto, “reunían todas las cosas que en dos cuerpos humanos suele haber… por lo cual —concluye-—muy claramente se conocía ser dos personas y haber allí dos ánimas Así quedó resuelto el principal problema que había suscitado el caso.

Fuente Consultada: Revista «Todo es Historia» Nota de Teresa Piossek Prebisch

Sigue Parte II de Medicina Colonial

 


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