Remedios de los Aborigenes Americanos Medicina Pre Colonial



Remedios de los Aborígenes Americanos

EN TIERRA FIRME: LA NUEVA ESPAÑA: En México se pueden para obtener los datos médicos de dos cronistas que vivieron allí. El primero es el franciscano fray Bernardino de Sahagún quien recopiló información sobre el mundo azteca en la obra Historia General de las Cosas de Nueva España (México).

Había tratamientos para todos los males del cuerpo y las medicinas eran mayoritariamente de origen vegetal: corteza, hojas, raíces, flores y hasta hollín. Un ejemplo: para el dolor de oído se usaba el chili o ají picante.

También había ingredientes de origen animal y uno de ellos era la orina que se usaba para curar caspa, sarna y cráneos descalabrados. Otro ejemplo: la madre que tenía poca leche para amamantar, comía asado el vergajo de los perrillos, esto es, el órgano sexual de los perros chihuahua.

A veces se reunían ingredientes de ambos orígenes Domo en un emplasto para el dolor de muelas hecho con “gusano revoltón” mezclado con trementina. O el compuesto para las nubes de los ojos hecho de nuevo de lagartija, hollín vegetal y agua.

Un caso interesante de a medicina azteca es el de la duración de huesos quebrados de un modo que puede interpretarse como implantación de prótesis.

Escuchemos al fraile Sahagún: «se ha de raer y legrar el hueso encima de la quebradura, cortar un palo de tea que tenga mucha resma, y encajallo con el tuétano del hueso para que quede firme, y atarse muy bien, y cerrar la carne con el patle. . . »“ «Patle” significa veneno, por lo cual deducimos que debió ser una sustancia muy fuerte, de efectos antibióticos.

También había operaciones de cirugía estética para nariz y labios partidos que se cosían con cabello de la víctima.

Para las bubas de la sífilis, que, según escribe el fraile “Lastiman mucho con dolores y tullen las manos y los pies, y están arraigadas en los huesos”, los médicos aztecas recomendaban brebajes y baños. Lo interesante de este dato es que de nuevo corrobora la presencia del mal en épocas prehispánicas..

Medicina Colonial

Mural de Diego Rivera La Medicina Colonial

Ahora escuchemos los testimonios del soldado-cronista Bernal Díaz del Castillo, del ejército de Cortés, autor de Historia verdadera de la conquista de Nueva España. Sus testimonios son muy valiosos porque, entre otras cosas, nos muestran los padecimientos del conquistador en particular y del hombre de aquel tiempo, ya fuera indio o español.

Así, Díaz del Castillo nos habla del «mal de llagas» y del «mal de lomos» refiriéndose a las ulceraciones y dolores que a los soldados se les manifestaba en hombros y espalda por tanto marchar cargando armas y pertenencias.



También describe los padecimientos que tenían directa incidencia en la salud: el hambre que los inducía a comer alimentos intoxicantes o en mal estado, la sed que los enloquecía, los dientes quebrados por hondazos de indios, pero también por masticar granos de maíz, a veces el único alimento, y el riesgo de vivir en las llamadas “tierras dolientes”, bajas, húmedas, calientes e infestadas de mosquitos transmisores del paludismo.

Otro padecimiento grande era la falta de sal y qué decir de los encuentros con los indios de los que todos salían “cada cual con su herida”. Estas no sólo significaban dolor y dificultad o imposibilidad de movilizarse, sino también la amenaza de la infección.

Para evitarla las cauterizaban con aceite hirviendo, pero había veces que no lo tenían y entonces, cuenta Díaz del Castillo, sacaban el unto —la grasa— de un indio muerto, lo fundían y lo vertían en las heridas. Podemos imaginar el sufrimiento extra que tal cura acarrearía, fuera de las feas cicatrices que dejaría.

En su relato se refiere a las pestes que se ensañaban con la humanidad de aquel tiempo. Nos cuenta de una que a él lo tuvo “muy malo de calenturas y echaba sangre por la boca, y gracias a Dios —dice— me curé porque me sangraron”, recurso médico muy usado tanto por indios como por españoles, juntamente con las purgas y dietas.

A veces las pestes cruzaban el mar desde España a América, como fue la viruela, originaria del Viejo Mundo y responsable, junto a otras enfermedades infecciosas “importadas”, del 75% de las muertes ocurridas entre los indígenas.

Díaz del Castillo narra el caso de un navío en el que se declaró el «mal de modorra» del que muchos murieron, tanto en el trayecto como al llegar a Méjico, entre ellos el licenciado Luis Ponce de León, funcionario de la Corona: “Viniendo del monasterio del señor San Francisco, de oír misa— escribe el cronista— le dio una muy recia calentura y echóse en la cama, y estuvo cuatro días amodorrido… y todo lo más del día y de la noche era dormir; y desque aquello vieron los médicos.., les pareció que era bien que se confesase y recibiese los San tos Sacramentos.., y después de recibidos.., hizo testamento” .

Cuenta el caso de una nave que llegó a Méjico, proveniente de Cuba, trayendo sesenta sol dados. “Todos —escribe— estaban dolientes y muy amarillos e hinchadas las barrigas.., y los sanos, por burlar les… pusimos los panciverdetes, porque traíar los colores de muertos…” ¿Y con qué servicio médico contaban esos soldados conquistadores para aliviar sus sufrimientos? .

Diaz del Castillo menciona a “un zurujano que se llamaba maestre Juan, que curaba algunas malas heridas.., a excesivos precios, y también un medio matasanos que se decía Murcia, que era boticario y barbero, que también curaba”.

Un caso singular era el del soldado Juan Catalán, especie de enfermero y santón, que mientras él y sus compañeros se curaban como mejor podían, “nos las santiguaba y ensalmaba.., todas las heridas y descalabradas”.

Agrega que los indios amigos se impresionaron tanto al verlo obrar como un inspirado, poseedor de dones divinos, que “iban a él y eran tantos, que en todo el día tenía harto de curar”.



No falta en la crónica de Díaz del Castillo la tremenda presencia de la sífilis y hace una patética e inolvidable descripción de un sifilítico: “era muy viejo y caducaba, y estaba tullido de bubas

A continuación agrega un detalle curioso: “estaba tan doliente y ético que le daba de mamar una mujer de Castilla, y tenía unas cabras que también bebía leche dellas…” Es decir que su debilidad era tal, que su estómago no aguantaba otro alimento fuera de leche materna o similar.

Muchas más informaciones de interés médico pueden encontrarse en el inagotable manantial de las crónicas de la conquista.

Al igual que las seleccionadas para este artículo, la mayoría nos impresionan por los primitivos y hasta extravagantes recursos del arte de curar de aquel tiempo; sin embargo, ellos fueron pasos, experimentaciones, ensayos y búsquedas que han contribuido al desarrollo y excelencia de la medicina actual.

PRIMEROS MÉDICOS DE BUENOS AIRES COLONIAL Y SUS HONORARIOS

En 1778 habla en Buenos Aires nueve módicos, dos cirujanos, seis sangradores, cinco boticarios y cuarenta y ocho herberos. El cabildo vigilaba el ejercicio honesto de la medicina y cierta prudencia en la cobranza de honorarios. En 1781 se estableció un arancel según el cual los médicos debían cobrar:

Por una visita simple: 4 reales.
Por visita a medianoche: 1 peso.
Por operación quirúrgica simple: 2 pesos.
Por operación compuesta (como la amputación de las dos piernas): 4 pesos.
Por la amputación de una pierna: 1 peso.
Por visita a dos leguas: a 1 peso por legua.
Por visita que dure días: 6 pesos por día.

En otro arancel se autorizó a los «barberos flebótomos» a cobrar 2 reales por un sangría, y 2 reales por las sanguijuelas. Poner ventosas importaba 2 reales; y y 3 si eran sajadas. Las obstétricas cobraban por su labor 5 pesos y 1 por la visita, para atender a señoras «ricas o de clase»; y sólo 2 pesos con 4 reales si se trataba de mujeres pobres y esclavas.

EL PROTOMEDICATO Y LA PRIMERA ESCUELA DE MEDICINA

Para examinar a quienes quisieran ejercer la medicina y para fiscalizar el desempeño de los que la ejercían, a fin de asegurar su idoneidad y velar por la salud pública, se constituyó en las principales ciudades americanas —así como en la metrópoli— un tribunal presidido por el protomédico.

En 1570, Felipe II creó el Protomedicato del Perú, y en 1640 se estableció el de Córdoba. En Buenos Aires, el virrey Vértiz estableció el «Tribunal Real de Protomedicato» el 17 de agosto de 1780 y designó para ejercer el cargo al doctor Miguel O’Gorman, a quien secundaron, entre otros, el médico Francisco Argerich y el licenciado José Alberto Capdevila.

La Real Cédula del 19 de julio de 1798, por la cual se convalidó el establecimiento del Protomedicato, con jurisdicción en todo el virreinato, autorizaba también la instalación de una Escuela de Medicina, de la que fueron profesores conspicuos los médicos Agustín E. Fabre y Cosme M. Argerich, como catedráticos de Cirugía y Medicina, respectivamente.



Según el plan de estudios, en 1er. año se estudiaba Anatomía y vendajes; en 29, Elementos de química farmacéutica, fisiología y botánica; en 39, Instituciones médicas y materia médica; en 4ª, Heridas, tumores, úlceras y enfermedades de los huesos; en 59, Operaciones y partos; en 6ª Clínicas.

LA VACUNA EN EL RÍO DE LA PLATA

A Miguel O’ Gorman se deben los primeros empeños por las inoculaciones variolosas en el Río de la Plata.

Por otra parte, a raíz de la inmunización descubierta por Jenner, el rey Carlos IV envió al médico Francisco Javier de Balmis a América para la propagación y práctica del descubrimiento.

El virus vacuno se introdujo en Montevideo por una fragata portuguesa en la que venían 38 esclavos inoculados. De allí, el traficante Antonio Machado Carvalho trajo la vacuna a Buenos Aires a mediados de 1805, inoculada en dos negritos. Desde entonces el gran propagador de la vacuna en el Río de la Plata fue el canónigo Saturnino Segurola.

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LA REVOLUCIÓN DE MAYO

La Primera Junta dé Gobierno envió expediciones al interior para sostener con las armas los principios del Pronunciamiento de Mayo, frente a las asechanzas de los realistas.

En esas expediciones fueron enrolados médicos, entre los que merece especial mención el Dr. Juan Madera, Primer Cirujano de la Expedición Auxiliadora del Alto Perú, a quien secundaría Manuel Casal, como segundo cirujano, y Sixto Molouni como boticario. 

La guerra de la independencia contó con la abnegada cooperación de ilustres médicos, como los doctores Cosme Argerich y Diego Paroissien, quienes aliviaron el dolor de los soldados y fortalecieron el patriotismo con su ejemplo.

Fuente Consultada: Revista «Todo es Historia» Nota de Teresa Piossek Prebisch

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