Luis IX de Francia

Biografia de Colbert Jean Baptiste Ministro de Luis XIV

Biografia de Colbert Jean Baptiste Ministro del Rey Luis XIV

Juan Bautista Colbert, nacido en 1619, era hijo de un vendedor de paños de Reims que se había enriquecido y había comprado un cargo. Fue empleado en las oficinas del secretario de Estado Le Tellier.

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Hijo de un mercader de paños de Reims — donde nació el 29 de agosto de 1619—educado en la escuela del trabajo, aportó a los altos cargos de la administración pública el espíritu práctico, recto, laborioso v preciso de la burguesía francesa de la época.

Luego entró al servicio de Mazarino, llegó a ser intendente y se dedicó a administrar la enorme fortuna de éste. Aprovecho su posición para empezar a enriquecerse. Mazarino, satisfecho de Colbert, incluyó en su testamento una cláusula en que rogaba al rey se sirviera de él.

Colbert se captó la confianza de Luis XIV, proporcionándole dinero, y le decidió a desembarazarse de Fouquet. Después de haber caído en desgracia Fouquet, Luis XIV nombró a Colbert intendente.

Más tarde (1665) le hizo inspector general de Hacienda y hasta su muerte (1683) le dejó regir el Tesoro de Francia.

Colbert, aun cuando había llegado a ser gran señor, conservó siempre costumbres modestas. Iba al Consejo a pie, sin criado, sin llevar más que un saco de terciopelo negro en que metía sus papeles.

Colbert fue muy trabajador. Pasaba el día entero leyendo papeles, escribiendo despachos y memorias y preparando informes para el rey.

Luis XIV tenía tanta confianza en él que le dio sucesivamente la superintendencia de las construcciones y los cargos de secretario de la Casa Real y de la Marina.

Colbert tuvo entonces en sus atribuciones, la Hacienda, la Marina, las Colonias, la Industria, el Comercio, las Construcciones, las Obras Públicas, las Bellas Artes, la Casa Real.

Reunía las atribuciones de siete de nuestros ministros. Regía todos los asuntos, exceptó los de Guerra, las Relaciones Exteriores y la Justicia.

Colbert pretendía vitalizar el comercio y la industria de Francia, ya por el aumento de la circulación económica general ya por la obtención de materias primas.

En efecto, el desarrollo de la producción industrial y el correspondiente aumento del comercio francés fueron los móviles que él nunca perdió de vista.

Para lograr estos fines, Colbert puso toda la potencia y autoridad del Estado en la reglamentación y desarrollo del comercio, la industria y el trabajo franceses.

Su teoría general descansaba en la obtención de productos nacionales de buena calidad, con los cuales competir favorablemente con la industria extranjera, tanto en los mercados interiores como exteriores.

A este principio obedecen las minuciosas normas dictadas para reglamentar el trabajo y la producción.

El régimen de corporaciones fue generalizado en 1671, pues sólo a través de ellas el Estado podía fiscalizar la aplicación de las disposiciones decretadas sobre la confección y calidad de los productos.

Estas medidas determinaron el nacimiento de una frondosa burocracia. Las diversas ramas industriales existentes recibieron la protección y las subvenciones del gobierno.

Se intentó resucitar las que habían periclitado desde fines del Medievo y se introdujeron especialidades nuevas, como la cristalería de Murano, los tejidos holandeses y los bordados de Venecia.

Colbert dio gran impulso, asimismo, al establecimiento de manufacturas, ya incitando a los productores a asociarse, ya otorgándoles privilegios, honores, monopolios y subsidios.

Así se constituyeron las manufacturas reales, como centros modelos de producción industrial: la de muebles y tapices de los Gobelinos; la de espejos de San Antonio; la de encajes de Reims, Chantilly y Alencon; la de armas de San Etienne; la de cobre de Chálons, etc.

Para proteger esta actividad ante la concurrencia extranjera, Colbert dictó una serie de tarifas protectoras que gravaron los derechos de aduana en la importación de los productos no nacionales.

Algunas veces inició guerras de tarifas, las cuales pronto se transformarbn en verdaderas contiendas bélicas — las únicas preconizadas por Colbert —como en el caso de Holanda y la tarifa de 1662.

Por otra parte, buscó nuevos mercados para la industria, y de la época de su gobierno arranca la fase culminante de la colonización francesa en la India y América del Norte.

A imitación de Holanda e Inglaterra, Colbert favoreció la creación de grandes Compañías por acciones (de las Indias orientales y occidentales, del Norte y de Levante) y estimuló el crecimiento de las marinas mercante y militar. La ordenanza de Comercio de 1673 —- primer código mercantil de la época moderna—, completada por la de marina de 1681, señalan las principales facetas de su actividad legislativa.

Murió en París el 6 de septiembre de 1683. Trabajador incansable, aun había hallado tiempo para proteger el desarrollo de las instituciones científicas (muchas de las academias francesas datan de su época), favorecer a los literatos y artistas del Grand Siécle, embellecer la capital con suntuosos edificios y enriquecerse cumplidamente.

Su sistema fue imitado por muchos Estados europeos en el siglo XVIII, criticado con violencia en el XIX y enjuiciado como lógico y necesario por los historiadores modernos.

La Obra de Colbert

Colbert, que había llegado a ser el principal consejero de Luis XIV, expuso sus ideas en Memorias que entregó al rey (1663-1664).

Creía que el poderío de un Estado depende «la abundancia del dinero». Juzgaba que había en Europa una cantidad limitada de dinero que «rodaba» de un país otro por el comercio. No se podía aumentar la cantidad de dinero en un Estado sino disminuyendo la de los demás.

Los franceses compraban entonces en el extranjero gran parte de los productos fabricados y pagaban en dinero contante, lo que hacía salir el oro y la plata del reino. Colbert creó industrias que fabricasen dichos productos. Empleó tres procedimientos:

1º) Creó manufacturas reales, con directores y obreros pagados por el rey o convenios particulares que concedían monopolios.

2º) Para permitir a los fabricantes vender sus productos más caros, Colbert estableció derechos de aduanas sobre los productos similares procedentes del extranjero. El reglamento, llamado tarifas, de 1664 impuso derechos elevados. Fue lo que se llamó sistema proteccionista. Los italianos le han denominado colbertismo.

3º) Colbert quería lograr que los productos franceses tuvieran en el extranjero buena fama, para que los compradores se resolvieran a adquirirlos. Quiso obligar a los fabricantes a no producir más que artículos buenos.

En las ciudades del Norte de Francia, los obreros estaban reunidos en corporaciones llamadas oficios, cada una de las cuales tenía sus reglamentos que prescribían la manera de trabajar. Mandó hacer más de 140 reglamentos. El reglamento de 1669 fijaba exactamente y al detalle las condiciones en que se debían trabajar.

Si un fabricante no aplicaba el reglamento, era multado según la reincidencia en contravención. Pero los fabricantes se resistieron, y Colbert no logró que sus reglamentos fueran aplicados.

En aquel tiempo en que los caminos estaban empedrados o Menos de baches, se hacía poco comercio por tierra. Para facilitar el tráfico en el interior, Colbert intentó hacer los ríos más navegables.

Entonces se hizo el canal de Languedoc, que permitió ir del Mediterráneo al océano, pasando por Aude y el Ga-rona. Lo hizo un contratista de aduanas, Riquet, al que se dio en cambio la señoría del canal.

Colbert se ocupó sobre todo del comercio exterior. Le irritaba que los navios holandeses llegaran a los puertos de Francia a buscar las mercancías extranjeras. Se había establecido un derecho de cincuenta sueldos (dos pesetas y media) por tonelada a los barcos extranjeros.

Los holandeses pedían a Luis XIV su supresión. Colbert hizo que fuera mantenido. Esperaba que los franceses se resolvieran a construir barcos que impidieran a los extranjeros hacerles competencia.

Los armadores franceses no eran bastante ricos o bastante atrevidos para emprender solos expediciones a los países remotos. Colbert fundó Compañías de navegación, semejantes a la Compañía holandesa de las lndias.

La Compañía de las Indias orientales, fundaba en 1664, debía ser propietaria de todas las islas que ocupase en el Atlántico y el Pacífico, y tener el derecho exclusivo de comerciar en las Indias. Se construyó un puerto que tomó el nombre de la Compañía, se llamó L’Orient.

La Compañía de las Indias occidentales, establecida en el Havre, debía tener el comercio y el gobierno de todas las colonias de América y de la costa occidental de África, y una prima por cada tonelada de mercancías exportadas e importadas.

Más tarde se creó una Compañía del Norte, en Dunkerque (1689), para el tráfico del mar del Norte y del Báltico, y una Compañía del Levante, en Marsella, para el Mediterráneo.

Estas Compañías no pudieron pagar dividendos y pronto quedaron arruinadas. Pero el número de barcos franceses se duplicó desde 1670 a 1683.

Como Colbert encontró la marina de guerra deshecha mande construir dos flotas, una en el Mediterráneo, otra en el océano.

En el Mediterráneo, los barcos eran galeras largas y bajas, movidas por remos enormes de 12 metros de largo. Se necesitaban cuatro o cinco hombres para cada remo.

Los remeros, condenados a galeras, iban sujetos con cadenas a los remos.

Los guarda-chusma, armados de látigo, estaban en el medio y azotaban |a espalda de los hombres para que remasen más fuerte.

Como se necesitaban muchos remeros, Colbert recomendaba que se condenase la más gente posible a galeras. Se hacía así con los criminales, los contrabandistas, los alborotadores, los vagabundos, los mendigos.

Más tarde se condenó también a los protestantes que intentaban salir de Francia. Se retenía indefinidamente a los condenados a galeras, aun cuando hubiera pasado el tiempo de la condena.

En el océano, los barcos eran fragatas o navios de línea, de puente alto, armado con dos o tres filas de cañones superpuestos. Tenían tres palos y navegaban a vela.

No podían entrar más que en los grandes puertos, en Brest o en Tolón. Colbert mandó construir un puerto de guerra nuevo en Rochefort, en el Charente.

Para tener marinos, Colbert creó un servicio obligatorio. Todos los marinos de la costa de Francia, dedicados al comercio o a la pesca, fueron inscritos y divididos en cinco clases (o tres, según las regiones). Cada clase debía servir de tiempo en tiempo en los barcos del rey.

Además, se podía hacer embarcar a todas en caso de necesidad. En cambio, los inscritos percibían sueldo y un pequeño retiro. Este régimen, llamado matrícula de mar, se ha conservado hasta nuestros días.

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Biografia de Felipe IV de Francia Caracteristicas de su Reinado

Biografia de Felipe IV de Francia – Su Reinado

FELIPE IV: Felipe III, hijo de San Luis, reinó quince años (1270-1285), rodeado de los consejeros de su padre, que gobernaron en su nombre.

Su hijo, Felipe IV, llamado el Hermoso, (no confundir con Felipe I de Castilla) reinó treinta años. Era alto, guapo, blanco y rubio, robusto, aficionado a la bebida y a la caza.

No hablaba casi y se dejaba llevar de las gentes que le rodeaban. Uno de sus enemigos decía: «Nuestro rey se parece al gran duque, el más lindo de los pájaros, pero también el más estúpido. No sabe más que mirar fijamente sin decir nada. No es hombre ni animal, es una estatua».

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Miembro de la dinastía de los Capetos, Felipe IV de Francia, llamado el Hermoso (Fontainebleau, 1 de julio de 1268 – 29 de noviembre de 1314), fue rey de Francia y de Navarra. Fue el segundo hijo del rey Felipe III el Atrevido y de su primera esposa Isabel de Aragón.
Lo apodaban «El Rey de Hierro», por su personalidad rígida y severa.
Contrajo matrimonio con la reina Juana I de Navarra el 14 de agosto de 1284 en la catedral de Notre Dame, en París.

Las personas que le dirigieron fueron su hermano, su esposa, su hija, y, sobre todo, sus consejeros. Estos no eran señores habituados a hacer la vida del caballero, sino abogados, legistas, casi todos gentes del Mediodía que habían estudiado derecho en las Universidades.

Felipe pasó casi todo su reinado haciendo guerra, primero contra el rey de Inglaterra al cual quería quitar la Guyena, luego contra Flandes, que intentó conquistar. La guerra de Guyena (1293-1298) no tuvo resultado y Felipe se decidió a hacer la paz (1299).

En Flandes.. un ejército de caballeros franceses fue aniquilado en Courtray (1302) por los infantes flamencos armados con picas, y la guerra duró hasta el final del reinado.

RECURSOS FINANCIEROS
Para estas guerras, el rey tuvo necesidad de mucho dinero. Empezó por obligar a los ricos burgueses a prestarle sumas que no siempre devolvía; pero les daba a elegir entre prestar o partir para el ejército. Luego estableció un impuesto sobre todas las ventas.

El pueblo llamó inmediatamente a esta contribución la maltote (mal impuesta) y en algunas ciudades hubo motines.

Luego se impusieron tributos a todos los habitantes del reino, calculados unas veces sobre el capital, el 1 ó 1 y medio por 100, otros sobre la renta, una vigésima, una décima, un quinto. Todos los años se imponían estos tributos a los que no iban a la guerra.

Luego se ideó otro procedimiento, y ahora se contaba entonces por libras, sueldos y dineros, 12 dineros componían un sueldo, 20 sueldos una libra, pero no era más que una manera de contar; no había moneda de una libra o de un sueldo.

Había un escudo de oro, llamado agnel porque llevaba grabado un carnero, que valía 12 sueldos y medio en tiempo de San Luis, y un tornes gordo, que valía un sueldo.

Pero como esta moneda no llevaba grabada ninguna cifra, el rey podía consiguientemente decir cuántos sueldos representaba el escudo de oro o el tornes.

Hasta entonces se habían acuñado monedas con metal casi puro, en que no entraba más que un 1/25 de aleación.

Al marco de plata, que valía realmente 54 sueldos, se atribuía un valor de 58, siendo por tanto pequeño el beneficio.

Los consejeros de Felipe el Hermoso se decidieron a aumentar el beneficio aminorando el valor intrínseco de la moneda.

Se hicieron piezas que contenían más cobre y el rey se quedaba con el oro o la plata que se ponía de menos en ellas.

Durante más de diez años se disminuyó de esta suerte el valor de las monedas, tanto que en 1303 una moneda de oro que en tiempos de San Luis sólo habría valido 21 sueldos y medio, equivalía a 60 y medio.

Las gentes que debían dinero podían pagar su deuda con la tercera parte de lo que habían recibido y sus acreedores perdían los dos tercios.

Además, como cada moneda había disminuido de valor, los comerciantes exigían por los artículos un precio más elevado, lo cual perturbaba todas las transacciones.

Pero la perturbación fue todavía mucho mayor cuando el rey, habiendo hecho la paz, quiso volver a la buena moneda. Declaró que las piezas acuñadas desde 1295 no valdrían sino con arreglo a la cantidad de plata que contenían.

Entonces toda la moneda nueva perdió dos tercios de su valor, y el tornes, que valía tres sueldos y cuarto, no valió más que tres cuartos de sueldo. Los burgueses, propietarios de casas en París reclamaron a sus inquilinos para que pagasen en buena moneda.

Los inquilinos, a los que se pedía tres veces más de lo que debían, se amotinaron. Los especieros, los tejedores, los taberneros, saquearon la casa de un rico burgués a quien se acusaba de haber decidido al rey a restaurar la buena moneda. Rajaron los almohadones, desfondaron los toneles y se bebieron el vino.

Luego la multitud, armada con palos, fue ante la casa fuerte donde el rey estaba con sus consejeros, la cercaron y arrojaron al lodo todo cuanto se llevaba para el rey. Cuando el motín hubo terminado se encerró en prisiones a mucha gente y se ahorcó a 28, en cuatro árboles, delante de cuatro puertas de París.

Aquel mismo año (1306), se prendió un día a todos los judíos del reino. Se confiscaron todos sus bienes, se vendieron todos cuantos objetos preciosos poseían, alhajas, anillos, copas de oro y plata.

Se apoderaron de sus libros de cuentas y en ellos se vieron los nombres de los cristianos que les debían dinero, y se les obligó a pagar al rey todo lo que ellos debían a los judíos expulsados.

CONFLICTO CON EL PAPA: Felipe el Hermoso había obligado a los obispos y a los abades de su reino a pagar los tributos correspondientes a ios dominios de sus iglesias.

El Papa Bonifacio VIII, reclamó y prohibió a los eclesiásticos franceses. Era regla entonces que los bienes de la Iglesia debían estar libres de tributos (1296).

Se reconcilió no obstante con el rey. Pero, pocos años más tarde se inició otra disputa a propósito del obispo de Pamiers, al cual Felipe había mandado prender por hablar mal del rey (1301).

Bonifacio ordenó al rey que dejase libre al obispó para que fuera a justificarse a Roma. Le envió una bula (se llamaba así a las cartas del Papa) en que censuraba por haberse apoderado de los bienes de las iglesias y alterado el valor de la moneda y le anunciaba que iba a reunir un concilio en Roma.

Los consejeros de Felipe inventaron entonces, en iugar de la bula, una cartita muy insolente y la hicieron correr como si fuera la bula del Papa.

Luego el rey convocó en París una Asamblea de sus subditos. Un consejero del rey les refirió la historia a su manera y se hizo que los nobles escribieran una carta en que se censuraba al Papa por querer oprimir al reino de Francia.

Bonifacio se molesto por aquella falsificación, se incomodó con Pedro Fiotte, el principal consejero del rey, y dijo: «Será castigado en lo espiritual y en lo temporal».

Pocos días más tarde, Fiotte era muerto en la batalla de Courtray, y ello se atribuyó a castigo de Dios.

Felipe intentó excusarse y el Papa le respondió que reparase lo que había hecho, que en caso contrario sería excomulgado. Entonces el nuevo consejero de Felipe, Guillermo de Nogaret, le decidió a tomar la ofensiva haciendo prender al Papa para que le juzgase un concilio.

Hizo que se le encargase de una misión secreta que le daba derecho a entenderse en nombre del rey «con toda clase de personas para cualquier especie de alianza».

Con objeto de tener un pretexto para citar a Bonifacio a juicio, Nogaret le acusó de crímenes imaginarios.

En presencia de los señores y de los obispos reunidos en París, el rey hizo leer un acta en que se enumeraban los siguiente crímenes: «Bonifacio no cree en la inmortalidad del alma, porque dice: «Preferiría ser perro a ser francés», lo que no diría si creyera que los franceses tienen alma inmortal. —Tiene en su casa un demonio al cual pide consejo. —Ha hecho matar a varios eclesiáticos. —Ha hecho matar a su predecesor, etc.»

El rey proponía que se hiciera comparecer al Papa ante un concilio. Escribió a los otros reyes para decidirles a ello.

Mientras tanto, Nogaret en Italia, reunía una banda de hombres de guerra mandada por un enemigo del Papa, Colonna. Bonifacio estaba entonces en su ciudad natal, Anagni, en la montaña, y se preparaba a hacer pública la excomunión de Felipe el Hermoso.

El 7 de septiembre de 1303, al amanecer, Nogaret, a la cabeza de su banda y llevando el estandarte de flores de lis de oro del rey de Francia, entraba bruscamente en Anagni.

Los sobrinos del Papa y sus sirvientes, despiertos al ruido, impidieron el acceso a la casa, á la que la tropa de Nogaret prendió fuego tomándola luego por asalto, Bonifacio, que había quedado solo, se había sentado en su cámara, revestidos los hábitos pontificios, la tiara a la cabeza, en las manos las llaves de San Pedro.

Colonna, que había entrado el primero con sus hombres, espada en mano, le tomó del brazo y quiso darle muerte. Bonifacio le dijo en italiano: «He aquí mi cuello, he aquí mi cabeza». Nogaret llegó y pronunció un discurso ordenando al Papa que convocase a concilio que le juzgase. Mientras tanto le guardaba prisionero.

Bonifacio permaneció sin hablar y se negó a comer. Al tercer día los habitantes de Anagni tomaron las armas, gritando: «¡Viva el Papa! ¡Mueran los extranjeros!. Pero Bonifacio no se repuso de aquella emoción y murió el 11 de octubre.

Su sucesor se disponía a hacer condenar a Nogaret y a Colonna por sacrilegio cometido en la persona del Papa, cuando murió de pronto (envenenado quizá) el 7 de julio de 1304.

Los cardenales dejaron pasar cerca de un año sin ponerse de acuerdo para elegir Papa.

Por último (1305), eligieron a un obispo francés, Clemente V, que no se estableció en Roma. Permaneció en Francia y pocos años más tarde se instaló en Avignon. Desde aquel momento el Papa no tuvo defensa contra el rey de Francia.

PROCESO DE LOS TEMPLARIOS:  La orden de los Templarios, expulsada de Tierra Santa por los musulmanes, poseía en Europa, en Francia principalmente, grandes dominios.

Tenía en su tesoro mucho dinero, porque servía de banquero a los príncipes. En París el Temple era una fortaleza, a donde el mismo rey enviaba su dinero para que estuviera seguro.

Desde que se había perdido Tierra Santa los templarios ya no tenían qué hacer. Se les censuraba el ser con exceso ricos, holgazanes y borrachos (hoy se dice todavía, «beber como un templario»).

La regla de la Orden era secreta, los novicios eran admitidos por una Asamblea secreta que se celebraba de noche en una sala guardada por centinelas. La gente imaginaba que allí ocurrirían cosas extrañas, que se adoraban ídolos.

Felipe había sido durante mucho tiempo amigo de los templarios. Pero necesitaba dinero y los templarios tenían mucho. Pidió, pues, a Clemente V que aboliera la Orden, con objeto de apoderarse de sus bienes, so pretexto de que los templarios cometían diferentes clases de crímenes. El Papa no accedió a ello.

El 13 de octubre de 1307, y en ese mismo día, todos los templarios fueron detenidos como herejes por orden del rey y todos sus bienes fueron confiscados.

Luego un manifiesto, redactado por Nogaret, fue leído públicamente en París, en el jardín del rey. Enunmeraba los crímenes atribuidos a los templarios.

Inmediatamente los inquisidores empezaron el interrogatorio de los templarios presos. Había de someterles a tormento para que confesasen sus crímenes y hacerles escribir su confesión.

Los templarios fueron interrogados durante un mes en París, ante los frailes inquisidores, los consejeros del rey, los escribanos y los verdugos. Los que no querían confesar eran atormentados.

Murieron por el tormento 25. Los restantes fueron encerrados en calabozos oscuros y húmedos y sometidos a pan y agua. Se quería obligarles a confesar que el día de su admisión en la Orden habían renegado de Cristo y escupido la cruz, y que en las casas del Temple había un ídolo que adoraban.

La mayor parte confesaron todo lo que los verdugos quisieron hacerles confesar.

El Papa se quejó de que el rey mostrase contar con su aprobación para aquel acto de fuerza. Pero cedió y ordenó a los demás príncipes que prendieran a los templarios que hubiera en su reino.

Luego, recobrando el valor, citó a los templarios para que comparecieran ante su tribunal. Nogaret entonces le amenazó, dijo que era peor que Bonifacio, que se había dejado comprar por los templarios para protegerlos. Clemente V tuvo miedo, cedió otra vez y convocó un Concilio general en Viena (de Francia) para decidir la supresión de la Orden (1308).

En tanto, por espacio de dos años, los inquisidores y los obispos siguieron los procesos contra los templarios acusados de herejía.

Una comisión nombrada por el Papa estaba en París para examinar las acusaciones contra la Orden.

Varios templarios refirieron cómo se les había forzado a confesar crímenes imaginarios. Uno de ellos dijo «que se les habían atado las manos a la espalda, tan fuertemente que la sangre brotaba de las uñas; que luego les habían metido en una fosa». Decía: «Si otra vez se hace, volveré a decir cuanto quieran.

Estoy dispuesto a sufrir cualquier suplicio siempre que sea corto. Que me corten la cabeza, que la pongan a cocer. Pero no puedo soportar suplicios como los que he sufrido de dos años a esta parte».

Los templarios, citados ante los comisarios del Papa, habían recobrado el valor. 546 declararon que querían defender a su Orden, y los procuradores encargados de su defensa redactaron un mensaje en que se demostraba que los crímenes eran imaginarios.

Entonces los consejeros del rey inventaron otro medio. El arzobispo de Sens, hermano de uno de los consejeros, reunió en París en concilio a los obispos de su provincia.

Aquel concilio tenía derecho a condenar a los herejes sin oírlos y ordenar su inmediata ejecución. El 12 de mayo, los templarios que habían declarado pertenecer a la Orden fueron condenados por el concilio.

En carros
fueron llevados a la hoguera encendida delante de la puerta de San Antonio (1310).

El Concilio general se reunió por fin (octubre de 1311) en Viena de Francia. Le fue presentada una lista de los crímenes que se habían hecho confesar a los templarios: escupían el crucifijo, adoraban un ídolo o un gato, etc. Felipe y Clemente temían a los obispos de los otros países, porque en Alemania, en España, en Italia, se había reconocido la inocencia de los templarios.

Felipe llegó entonces con su ejército y nadie se atrevió a ofrecer resistencia. Clemente mandó leer una bula que declaraba suprimida la Orden del Temple. El rey había de hacer entrega al Papa de todas las tierras de los templarios. Pero se quedó con todo el dinero e hizo que le pagasen además los gastos de prisión y de tormento.

El Gran Maestre Jacobo de Molay y otro dignatario habían sido reservados para que los juzgase el Papa. Fueron condenados a prisión perpetua, y las sentencias les fueron leídas delante de la iglesia de Nuestra Señora de París.

Habían esperado salir absueltos y, al verse perdidos, dijeron: «No somos culpables de las cosas de que se nos acusa, pero nos arrepentimos de haber hecho traición a la orden para salvar nuestras vidas». La muchedumbre se agitaba. Entonces el preboste de París tomó a los condenados y aquella misma noche hizo que fueran quemados en el islote del Sena donde hoy está el Puente Nuevo (1314).

Se cuenta que en el momento de morir el Gran Maestre había emplazado al rey y al Papa para que compareciesen ante el tribunal de Dios.
Clemente murió un mes más tarde, Felipe a los seis meses.

AUMENTO DEL DOMINIO REAL
Al advenimiento de Hugo Capeto , el rey de Francia no poseía más que los condados de París, Orleáns, Melun, Etampes, un castillo y unas cuantas casas en las ciudades de Sens, Beauvais, Amiens, Noyon y Soissons.

Era el dominio real. Todo el resto del reino era el dominio de los príncipes vasallos del rey. Se lo reconocia oficialmente dentro de este dominio, y se lo consignaba en los documentos, pero no tenía ningún poder.

Este dominio no era siquiera un territorio seguido. Para ir de una a otra de sus ciudades, el rey tenía que pasar por las tierras de varios señores, que al acecho estaban en sus fortalezas y de ellas salían para detener a los mercaderes y a los peregrinos.

Entre Orleáns y París, la torre de Monthléry interceptaba el camino. Felipe I la adquirió al final de su vida, y decía a su sucesor: «Hijo mío, conserva bien esta torre, me ha hecho envejecer antes de tiempo: la maldad de sus poseedores no me ha dejado reposo».

El dominio real no se ensanchó, casi durante dos siglos.

Felipe Augusto por sí solo adquirió más territorio que todos sus predecesores. Reunió al dominio la mayor parte de la Picardía y todas las provincias conquistadas al rey de Inglaterra, Normandía, Anjou, Maine, Poiton.

El rey fue dueño entonces de la mayor parte del norte de Francia.
La cruzada contra los albigenses hizo entrar todo el Mediodía de Francia en el dominio real. El conde de Tolosa, vencido por los cruzados, cedió al rey casi todo el país hoy llamado Languedoc (1229).

El resto de sus dominios fue dado al hermano del rey, Alfonso, que casó con la única hija de aquél, y, cuando murieron sin herederos, todo el país entró a formar parte del dominio real (1271).

Felipe el Hermoso adquirió la Champaña, que su mujer le llevaba en dote, y el condado de Chartres. Confiscó los condados de la Marche y de Angulema.
Comenzó también a extenderse fuera del reino de Francia.

Cerca del Ródano adquirió la comarca de Valence y Lyon. (Uno de sus sucesores, Felipe VI, adquirió el Delfinado.)

El dominio real comprendía entonces la mayor parte de la Francia del Norte y todo el Mediodía, excepto el sudoeste. No se ensanchó casi nada durante siglo y medio, porque los reyes dieron a sus hijos menores sus nuevas adquisiciones.

CRECIMIENTO DEL PODER REAL: Durante todo el siglo XI el rey de Francia no era obedecido en absoluto, fuera de sus dominios.

En el siglo XII, Luis VI pasó casi todo su reinado (1138-1157) guerreando con los señores dedicados al bandidaje y que se hallaban establecidos en el dominio real. No obstante, el rey empezaba a ser más respetado. En 1124, el emperador Enrique V había reunido un ejército para invadir Francia.

Entonces, de todas las provincias del Norte acudieron los príncipes con sus caballeros al ejército reunido en Reims, y el emperador se retiró.

Luis VII fue reconocido por todos los obispos del reino, y, cuando partió para la Cruzada, todos los señores cruzados del reino de Francia fueron bajo su mando.

Pero Felipe Augusto fue quien principalmente aumentó el poder real. Empezó dando órdenes a los condes y a los duques que hasta entonces habían sido siempre dueños en sus Estados. Promulgó ordenanzas que debían ser observadas en todo el reino.

Para administrar sus dominios envió bailes (apoderados). Eran caballeros encargados de regir una parte del dominio en sustitución del rey. Tenían aproximadamente el mismo poder que tuvieron los condes en la época de los reyes francos.

Pero los Capetos no permitieron que aquellos magistrados suyos fueran hereditarios, como lo habían sido los condes.

Por el contrario, nombraban para el cargo gente que no era del país que debían gobernar, y, por lo común, los cambiaban de puesto al cabo de unos cuantos años.
San Luis instaló en su palacio de París un tribunal para juzgar todas las cuestiones del reino. Así comenzó el Parlamento de París.

Felipe el Hermoso comenzó a exigir el servicio militar, no solamente a los habitantes del dominio real, sino también a todos los subditos del reino. Parte solamente acudían al ejército. Pero todos los demás se liberaban del servicio pagando una cantidad proporcional de sus rentas. Así comenzó el impuesto.

(Ampliar Sobre La Conspiración a los Templarios)

fuentes

Biografia Felipe II Augusto de Francia Historia de su Reinado

Biografia de Felipe Augusto de Francia-Reinado y Conquistas

A la muerte de Luis VII (1180) Francia no poseía más que un territorio reducido. Enrique II , rey de Inglaterra, tenía casi toda la mitad occidental de Francia. Era vasallo del rey francés , pero mucho mas poderoso que él.

Entonces subió al trono, a los dieciséis años de edad, Felipe, llamado más tarde Augusto.

Felipe fue el séptimo rey de la dinastía de los Capetos, hijo y heredero de Luis VII de Francia el Joven y de Adela de Champaña. Ocupó el trono de Francia entre 1180 y 1223.

Nació el 21 de agosto de 1165 en Gonesse, Francia y falleció un 14 de Julio de 1223 en Mante La-joile. Reinó Francia desde el 18 de septiembre de 1180 hasta su muerte en 1223.

Era alto, de hermosa presencia, el rostro encendido, aficionado al vino y a la buena comida, pronto para encolerizarse, pero de espíritu vivo, que rápidamente se daba cuenta de lo que se necesitaba hacer.

Aun cuando no le gustase arriesgar la vida, fue un gran batallador y pasó casi todo el tiempo en guerra.

Como todos los príncipes de su familia, era devoto, y le ocurría rezar arrodillado sobre el pavimento de la iglesia de Saint-Denis, y antes de salir para una expedición, depositaba una ofrenda en el altar del Santo. No había tenido tiempo de acabar de instruirse, no había aprendido el latín y sabía apenas escribir.

biografia de felipe augusto de Francia

Felipe II de Francia, llamado «El Augusto», fue el séptimo rey de la dinastía de los Capetos, hijo y heredero de Luis VII de Francia el Joven y de Adela de Champaña. Ocupó el trono de Francia entre 1180 y 1223

En cuanto fue rey, Felipe entró en guerra con los príncipes sus vecinos, el conde de Champagne y el conde de Flandes (1181-1185). Sin haber ganado ninguna batalla, llegó a indisponer unos con otros a sus adversarios y obligó al conde de Flandes a pedir la paz.

Luego tuvo el atrevimiento de acometer al rey de Inglaterra Enrique II. Este había regañado con sus hijos, y Felipe los mandó venir a su lado. Intimó primero con Godofredo, luego, cuando éste hubo muerto, con Ricardo (llamado más tarde Corazón de León).

Felipe y Ricardo no se separaban nunca. Según costumbre de la época, comían en el mismo plato y dormían en el mismo lecho.

Se peleó en todos los países donde los dominios de los dos reyes se tocaban. Por ambos lados se habían alistado soldados de oficio que talaban los campos e incendiaban las ciudades.

Entonces se supone que los musulmanes acababan de apoderarse otra vez de Jeru-salén y del sepulcro de Cristo.

El Papa y los obispos suplicaron a los reyesque hicieran la paz para ir a la reconquista de Jerusalén.

FELIPE Y RICARDO

Al morir Enrique II, Ricardo vino a ser rey de Inglaterra, y los dos reyes se decidieron al fin a partir para la Cruzada (1189). Juraron permanecer amigos y aun repartirse las conquistas que hicieran en Tierra Santa, y luego partieron juntos (1190).

Pero en Palestina se incomodaron. Felipe, dejando a Ricardo continuar la guerra contra los musulmanes, se volvió a Francia.

En el momento de embarcarse, le juró sobre el Evangelio que durante su ausencia no atacaría sus posesiones de Francia y hasta que las «protegería con tanto cuidado como si defendiese su propia ciudad de París».

Inmediatamente de volver se las entendió con Juan Sin Tierra, hermano de Ricardo, para atacar las posesiones de éste.

De vuelta de la Cruzada y al pasar por Alemania, Ricardo fue hecho prisionero por el duque de Austria, que le detestaba y le vendió al emperador Enrique VI.

Felipe y Juan ofrecieron al emperador una gran suma para que no le soltase, y otra, mayor todavía, si accedía a entregársele. Ricardo, queriendo evitar a toda costa caer en sus manos, se resignó a prometer un enorme rescate y fue puesto en libertad.

Felipe escribió entonces a Juan: «Poneos en guardia; el diablo está suelto». Juan se refugió cerca del rey de Francia.

Ricardo, inmediatamente que estuvo de vuelta, fue a Normandía a rechazar el ejército de Felipe. La guerra duró cinco años (1194-11.99).

Cada uno de los dos reyes había tomado a su servicio jefes de salteadores que tomaban como profesión saquear el país e imponer rescate a sus prisioneros.

Ricardo fue muerto de un ballestazo cuando sitiaba un castillo del Limousin (1199).

Decíase que el dueño de dicho castillo había encontrado un tesoro. Ricardo le reclamó en calidad de soberano. Le fue negado, y Ricardo puso sitio al castillo. Herido mortalmente, tuvo todavía, antes de morir, tiempo de ver cómo los suyos se apoderaban del castillo.

Ordenó que ahorcasen a toda la guarnición, luego mandó que le trajeran ai ballestero que le había herido, Bertrand de Gourdon. «¿Eres tú, le dijo, el que ha osado herir al representante de Dios? «.

Bertrand respondió: «Yo soy, y de ello me enorgullezco, porque he vengado a mi padre y dos hermanos que tú has hecho matar».

Ricardo, admirando aquel valor, ordenó que dieran libertad al soldado. Pero en cuanto el rey murió, el jefe de los de la banda, Mercadier, mandó desollar vivo a Bertrand.

GUERRA CON JUAN SIN TIERRA

Juan, nombrado rey de Inglaterra por muerte de Ricardo, se enfrentó muy pronto con su antiguo aliado Felipe.

El hermano de Juan, Godofredo, muerto antes que él, había dejado un hijo, Arturo, al cual los señores de Bretaña habían reconocido duque. Los señores de Poiton y de las orillas del Loire, no queriendo obedecer a Juan, declararon también que reconocían a Arturo por su señor.

Felipe Augusto vio en ello pretexto para apoderarse de las posesiones que Juan tenía en Francia. Le intimó para que entregase a Arturo el Poitou y la Normandía, y le ordenó comparecer en juicio ante su tribunal.

Por haberse negado a responder a la citación del rey de Francia, su soberano, los jueces le condenaron a perder cuantos territorios poseía en Francia.

En la guerra que siguió (1202), Juan sorprendió al ejército de Arturo y le hizo prisionero. Le encerró en la torre de Falaise, en Normandía, y metió a los caballeros de su escolta en una prisión donde los dejó morir de hambre.

Luego ordenó que se trasladase a Arturo a un castillo de Rouen, en el que fue asesinado (1203-1204). Jamás se supo de qué manera.

Se cuenta que Juan había querido encargar a sus servidores que matasen a su sobrino, pero ninguno había aceptado. Entonces el mismo Juan fue a esconderse en un pueblecito que había en medio del bosque, a orillas del Sena.

Luego, cuando fue de noche, tomó una barca, pasó el río y llegó a Rouen, al pie de la torre donde su sobrino estaba encerrado.

Una poterna se abría al nivel del Sena. Juan, de pie sobre la barca, ordenó que llevasen a Arturo. Le hizo entrar en la barca y lo llevó al medio del río.

Arturo se abrazó a sus rodillas diciendo: » ¡Tío, ten piedad de tu joven sobrino; mi buen tío, perdona al hijo de tu hermano! «. Juan, tomándolo del pelo, le hundió su espada en el vientre, la sacó y con ella le abrió la cabeza. Luego arrojó el cadáver al río.

Se contó (y así se ha creído durante mucho tiempo) que, por el asesinato de Arturo, Juan había sido citado ante el tribunal del rey de Francia y condenado a perder sus posesiones; pero la sentencia es de 1202.

TOMA DE CHÁTEAU-GAILLARD

Felipe comenzó la conquista de Normandía. El país estaba defendido por una serie de fortalezas levantadas a orillas del Sena.

En lo alto de una colina rocosa que cae en rápida pendiente por tres lados Ricardo, que era buen ingeniero, había mandado edificar el célebre Cháteau-Gaillard.

Del lado por donde la colina se une al resto del país, el único que no estaba defendido por rocas a pico, se había abierto un ancho foso a través de toda la colina. Detrás del foso se alzaba un recinto de forma triangular.

La punta, vuelta hacia donde venía el enemigo, estaba formada por una maciza torre redonda unida a cada lado, por muros gruesos, a otra torre redonda.

Detrás de este primer recinto, y pasado un foso de diez metros, venía el recinto de en medio, donde estaba la capilla y varios edificios. Detrás había aún otro tercero casi oval.

En uno de los lados se había construido la torre del homenaje, redonda, alta enorme.

El ejército de Felipe Augusto fue a acampar delante de Cháteau-Gaillard, en cabanas de ramaje y paja, y pasó el invierno bloqueándole. El sitio duró más de seis» meses; pero ningún ejército llegó a estorbarse.

Juan estaba en Inglaterra. Cuando fueron a decirle que enviase socorros, jugaba a los dados, respondió «que no podía hacer nada», y se puso de nuevo a jugar.

Defendía el castillo una tropa reducida de caballeros y 200 infantes; pero se había refugiado en él mucha gente de los alrededores con sus enseres. Pronto empezaron a faltar los víveres.

El jefe de la guarnición despidió a todos los que no podían servir para la defensa; hombres, mujeres, niños, más de 400. Los sitiadores no les dejaron pasar y permanecieron en el espacio comprendido entre la puerta del castillo y el campamento francés, sin tener otra cosa que hierba para comer. Comieron perros que arrojaron del castillo.

Una gallina perdida fue devorada inmediatamente sin desplumarla. Al cabo de tres meses, casi todos habían muerto de hambre. Felipe Augusto, que había ido al sitio, les oyó gritar y dejó salir a los que aún vivían; pero murieron casi todos en cuanto les dieron de comer.

En marzo, Felipe se decidió a atacar el castillo Mandó cegar los fosos con tierra. Los sitiadores bajaron con escalas al foso medio cegado y colgaron sus escalas del lado de la gran torre. Como no llegaban al pie de la misma, treparon abriendo agujeros en la roca con sus puñales.

Luego, resguardándose con los escudos, hicieron un agujero debajo de los cimientos. Sostuvieron el muro con maderos, a los que luego prendieron fuego.

Cuando la madera hubo ardido, se derrumbó un trozo de muralla. Los sitiadores, pasando por la brecha, entraron en el primer recinto. Los sitiados, renunciando a su defensa, prendieron fuego a los edificios que encerraba y se retiraron al segundo recinto.

En uno de los lados de este último se había edificado la capilla, dominando la roca sobre la que se levantaba aquél.

Tenía en el piso bajo una pequeña ventana abierta al exterior, de forma que podía verse desde fuera. Un joven caballero francés, con unos cuantos compañeros, trepó hasta lo largo de la roca, y luego, subiéndose a ia espalda de uno de sus compañeros, llegó a la ventana con las manos y, haciendo un esfuerzo grande, entró por ella.

Arrojó una cuerda a sus compañeros que se unieron a él. Se encontraron en una cripta debajo de la capilla, y desde allí penetraron en el recinto, lanzando un grito de guerra, en tanto los sitiadores atacaban la puerta exterior. Los sitiados, viendo enemigos dentro del recinto, incendiaron la capilla y se retiraron ai último recinto.

Para tomar éste, los franceses llevaron delante de la puerta una máquina que lanzaba grandes piedras. Zapadores, a cubierto debajo de manteletes de madera, hicieron trabajos al pie de la muralla.

Luego las piedras lanzadas por la máquina derribaron un lienzo del muro, Felipe ordenó el asalto. Ya no quedaban más defensores que 20 caballeros y 120 infantes rendidos de cansancio.

Renunciaron a refugiarse en la torre del homenaje, que no habrían podido defender mucho tiempo, e intentaron escapar por una poterna. Fueron descubiertos y hechos prosioneros.

CONQUISTAS DE FELIPE AUGUSTO

Después de Cháteau-Gaillard, Felipe fue apoderándose una tras otra de todas las ciudades de Normandía. Juan seguía divirtiéndose en Inglaterra.

Cuando se le anunciaba que el rey de Francia acababa de tomar uno de sus castillos, respondía: «Dejadle, lo que él me toma en un año, yo lo recobraré de una vez», Felipe conquistó la Normandía entera (1204), luego las otras próvidas que en Francia tenía el rey de Inglaterra, el Anjou, la Turena, el Poitu.

Pero los señores del Poitou y de Aquitania no querían obedecer al rey de Francia. Se sublevaron. Juan volvió al Poitou y Felipe renunció a conservar el territorio del sur del Loire.

LAS FORTIFICACIONES

Para poner sus provincias en estado de defensa, Felipe Augusto mandó edificar gran número de castillos. Uno de los más famosos es la torre de Etampes.

Tiene forma de trébol de cuatro hojas, con muros de varios metros de espesor. En París mandó edificar la fortaleza del Louvre, a orillas del Sena, con una torre maciza en la que guardaba su tesoro y sus archivos. Esta fortaleza fue demolida y otras construcciones la sustituyeron.

Felipe Augusto mandó levantar también todo alrededor de París una muralla de la que subsisten todavía algunos trozos.

El muro de recinto, defendido por un foso, tenía tres metros de espesor y más de cinco de altura. Encerraba los dos barrios nuevos que se habían formado en las dos orillas del Sena.

Alrededor de la isla donde estaba la Cité, en la orilla derecha, llegaba casi junto al Temple, en la orilla izquierda rodeaba la pendiente de la colina de Santa Genoveva.

El trazado de este recinto está indicado por los nombres de algunas calles (calle de los fosos de Santiago, calle de los fosos de San Marcelo).

La muralla estaba interrumpida por puertas, 34 en la orilla izquierda 33 en la derecha, cada una de ellas defendida por torres redondas en saliente. El espacio comprendido en ese recinto no estaba entonces habitado por completo. Felipe ordenó construir casas en él.

COALICIÓN CONTRA FELIPE AUGUSTO

Juan Sin Tierra no se resignaba a dejar a Felipe dueño de sus conquistas, pero estaba ocupado en Inglaterra defendiéndose contra el Papa (véase cap. «Inglaterra»).

Cuando hizo la paz con este último (1213) se preparó para reanudar la guerra. Se puso de acuerdo con el emperador alemán Otón, con los príncipes de los Países Bajos (duque de Brabante, duque de Lorena, conde de Holanda, conde de Namur) y con Ferrand, conde de Flandes, y Renaud, conde de Boulogne, ambos vasallos de Felipe Augusto e indispuestos con él, Resolvió atacar a Francia por el oeste, mientras sus aliados la atacarían por el norte.

Los príncipes reunieron grandes fuerzas que se encargó de mandar el emperador, más de 1.500 jinetes, aproximadamente otros 5.000 sin armadura y un fuerte ejército de infantes belgas, sobre todo brabanzones, cubiertos con cota de mallas y armados con largas picas.

Pero el ejército había empleado mucho tiempo en reunirse y no llegó a Francia hasta el mes de julio de 1214.

Antes de que estuviera dispuesto, Juan, que había desembarcado en la Rochela con sus soldados de oficio, había reunido a los señores del sudoeste de Francia, vasallos suyos, y caminado hacia el Loire.

Quería entretener al ejército francés en este río, en tanto sus aliados se encaminarían a París por el norte. Felipe Augusto y su hijo Luis fueron efectivamente a su encuentro, le hicieron retroceder y saquearon el Poitou.

Pero Felipe volvió pronto a París, no dejando a Luis más que una reducida tropa de caballeros, Juan fue a sitiar una fortaleza a orillas del Loire, la Roca de los frailes.

Cuando Luis llegó con su tropa, los guerreros de Juan, aterrorizados, abandonaron máquinas, tiendas y bagajes y cruzaron el río por un vado, ahogándose muchos.

Luis los atacó en su huida e hizo muchos prisioneros (2 de julio). La invasión de Francia por el oeste había fracasado.

Felipe, había reunido a todos sus vasallos del norte de Francia y fue contra el emperador. Tenía muchos jinetes; pero su infantería, formada sobre todo por burgueses de las ciudades de Picardía que peleaban con la pica, no valía lo que la de Otón.

El ejército francés pasó la frontera para ir a atacar al enemigo. Otón se retiró del lado de Occidente, a un país de colinas donde los jinetes franceses podían maniobrar con dificultad.

Contaban que los príncipes del ejército de Otón estaban tan seguros de hacerse dueños del ejército francés, que ya mandaban preparar las cuerdas para atar a los prisioneros, y el emperador repartía ya entre ellos las provincias de Felipe Augusto.

Los señores franceses decidieron a Felipe a replegarse del lado de la llanura de Cambrai, donde sus jinetes podrían combatir. El único camino que allí llevaba, una antigua vía romana, atravesaba un río por el puente de Bouvines.

BATALLA DE BOUVINES (1214)

El 27 de julio, al despuntar el día, el ejército francés entraba en el dicho camino. Felipe había enviado por delante trabajadores que ensanchasen el puente, de modo que doce hombres pudiesen pasar a la vez. Pero el ejército, obligado a estrecharse para el paso del río, avanzaba con lentitud.

La infantería y los bagajes, colocados a vanguardia, habían pasado ya; pero casi toda la caballería se hallaba aún del otro lado, cuando la vanguardia del emperador, formada por caballeros de Flandes, llegó a la vía romana y empezó a cargar contra la retaguardia francesa.

Los franceses se encontraban divididos en dos partes por el río, en una posición en que les costaba trabajo desplegarse.

Era mediodía y el calor apretaba grandemente. Felipe, que se’había quitado la armadura, descansaba cerca de una capilla, a la sombra de un fresno, y tomaba una sopa con vino.

Vio llegar a Guérin, obispo de Sen-lis, que había pertenecido a la orden de los hospitalarios y le servía de jefe de Estado Mayor. Guérin manifestaba que el enemigo iba a atacar, porque sus caballos tenían los pechos cubiertos de hierro.

«Es preciso armaros, dijo, porque los de allí abajo no quieren de ningún modo dejar la batalla para mañana. Ved que se nos echan encima».

Felipe entró en la capilla y rezó una oración, salió inmediatamente, revistió la armadura y montó a caballo. Decidido a dar la batalla donde se encontraba, ordenó que se llamase a la parte de su ejército que ya había pasado el puente.

La vanguardia de Otón, comprendiendo que ya no tenía bastante fuerza para atacar, esperó al resto del ejército. La infantería francesa tuvo tiempo de volver a pasar el río y la retaguardia lugar para descansar.

Los dos ejércitos se alinearon en orden de batalla. Otón se puso en el centro con su estandarte, un dragón y encima un águila de oro, colocado en un carro del que tiraban cuatro caballos, alrededor de él los caballeros que había llevado de Alemania, delante de la infantería armada con la pica, alineada en filas espesas.

En su ala derecha estaban los jinetes de Flandes, en la izquierda la caballería belga y la infantería brabanzona que el rey Juan había tomado a sueldo, mandadas una y otra por un señor inglés y por Renaud de Boulogne.

Felipe se había colocado también en el centro, con el oriflama rojo de la abadía de Saint-Denis y su estandarte azul con flores de lis de oro, empuñado por un caballero.

En el ala derecha estaban los caballeros de Borgoña y de Champaña, en la izquierda los de Picardía.

Los de caballería estaban ya alineados cuando los infantes, volviendo a pasar el puente, cruzaron por en tre sus filas y se colocaron delante del rey. Se hizo gran silencio, no se oía ninguna voz.

Los imperiales, probablemente más numerosos, formaban una línea más larga y amenazaban con envolver la formación francesa. El obispo Guérin corrió a caballo a lo largo de ésta diciendo: «La llanura es bastante ancha, separaos para que los enemigos no os cerquen, colocaos de modo que podáis combatir todos en un solo frente».

En el momento de combatir Felipe Augusto dirigió algunas palabras a sus caballeros y, alzando las manos, hizo ademán de bendecirlos. Los capellanes entonaron un salmo, las trompetas tocaron.

El obispo Guérin comenzó el ataque. Envió contra los caballeros flamencos a los guardias de a caballlo de la abadía de San Medardo que no eran nobles.

Los flamencos, despreciando a aquellos adversarios, los recibieron sin moverse y desjarretaron sus caballos. Luego, a su vez, atacaron a los caballeros franceses. Sus jefes gritaban: «Acordaos de vuestras damas», como si se tratase de un torneo. Por esta parte, en efecto, se peleaba como en un torneo, sin orden. Algunos caballeros rompían la línea enemiga, llegaban a la retaguardia y volvían batiéndose.

En el centro, Otón mandó avanzar a la infantería belga contra las milicias francesas. Los franceses, rotas inmediatamente sus filas, se dispersaron. Los infantes belgas, en su arremetida, llegaron hasta donde estaba Felipe Augusto.

Los caballeros que rodeaban al rey cargaron contra ellos y rompieron su línea. Pero Felipe Augusto, separado de sus hombres, fue cercado por los infantes. Uno de ellos, metiendo el gancho de su pica en la cota de mallas del rey, le enganchó e hizo caer al suelo.

Los soldados se arrojaron sobre él, tratando de hundir una daga por entre las piezas de la armadura. Pero un caballero francés saltó a tierra y dio su caballo al rey. El caballero que llevaba la bandera real la agitaba para pedir auxilio.

Los caballeros del rey, a aquella señal, se unieron y cargaron contra los infantes. Mientras tanto, en el ala izquierda, la caballería al servicio del rey Juan cargaba contra los caballeros franceses.

Guérin combatía con una maza, porque estaba prohibido a los eclesiásticos derramar sangre. Dio un golpe en la cabeza al jefe de los señores ingleses y te hizo caer. Sus hombres se desbandaron.

Al cabo de tres horas estaba decidida la batalla. El conde de Flandes, herido varias veces, fue derribado de su caballo y hecho prisionero, los suyos huyeron.

En el centro una tropa de jinetes franceses, atravesando por entre la infantería imperial, llegó hasta donde estaba el emperador. Pedro Mauvoisin tomó su caballo de la brida, Gerardo la Truie le dirigió dos puñaladas, la primera de las cuales resbaló en la armadura y la segunda saltó un ojo al caballo que cayó a tierra.

Los caballeros del emperador le dieron otro caballo; pero Guillermo des Barras se llegó a Otón, le asió por la nuca a través del casco y le apretó fuertemente. Una tropa de caballeros alemanes le libertó, matando el caballo a Guillermo.

Pero Otón, exhausto, huyó corriendo hasta Va-lenciennes, dejando allí su estandarte que fue tomado. Casi todos sus caballeros se dejaron matar.

Entonces ya no quedó más que Renaud de Boulogne. Había reunido una tropa de infantes bra-banzones, los había puesto en círculo, y de aquella fortaleza viviente salía con unos cuantos jinetes para dar una carga, luego volvía a ponerse a resguardo.

Los caballeros franceses se estrellaban contra las picas y no podían llegar hasta él. Se veía de lejos a Renaud, de muy grande estatura, con el casco coronado por barbas negras de ballena.

Al fin los caballeros, cargando por todos los lados a la vez, rompieron el círculo de los brabanzones y los pasaron a cuchillo. Renaud fue hecho prisionero. La batalla había terminado.

Muchos de infantería habían sido muertos. Los jinetes, defendidos por la armadura, habían tenido pocos muertos, pero los franceses habían hecho muchos prisioneros.

Felipe Augusto mandó encerrar a Renaud de Boulogne en una torre,-sujeto con una cadena de hierro muy corta.

El conde de Flandes fue conducido encadenado en un carro hasta París. Felipe hizo una entrada triunfal en París. Las casas aparecían colgadas con tapices y adornadas con guirnaldas, las calles sembradas de flores y ramaje verde.

El clero, los estudiantes, el pueblo iban delante del rey entonando cánticos. La muchedumbre miraba pasar a los señores prisioneros, encadenados en los carros, y cantaba:

Cuatro ferrandos bien sujetos
Tiran de Ferrando bien encadenado

Los ferrandos eran los caballos castaños que llevaban a Ferrando, conde de Flandes.

La coalición estaba rota, el vencido rey de Inglaterra estaba atento a defenderse de sus subditos sublevados. «Desde entonces, dice un cronista, nadie se atrevió a hacer la guerra a Felipe y vivió en completa paz».

Murió (1223) habiendo más que doblado su reino y hecho del rey de Francia el príncipe más poderoso de todo el reino.

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Biografia de Diderot Denis Filosofo y Literato Frances

Biografia de Diderot Denis

Quizá más que Voltaire, y en todo caso mucho más que Rousseau, Denis (Dionisio) Diderot es el verdadero representante del espíritu racionalista, superficial y anticristiano del siglo XVIII.

El mismo se consideró un genio redentor de la humanidad. Pero la historia imparcial le juzga desde un punto de vista muy distinto. Reconociendo su avidez de saber y la vastedad de sus conocimientos, no halla en sus obras nada que le acredite como el más filósofo de los filósofos del siglo XVIII — como se le llamó en aquella época—.

Diderot Denis
DIDEROT DENIS: Filósofo, literato y autor dramático francés que nació en Langres (Champaña) en 1713 y murió en París el 30 de julio de 1784. Dedicado por su padre a estudios teológicos, los dejó bien pronto para dedicarse a la filosofía y la literatura, por lo que aquél le negó su apoyo, teniendo que dedicarse a escribir artículos literarios para ganar el sustento. Bien pronto manifestó sus tendencias filosóficas. En 1746 publicó su libro Pensamientos fílosóficos, en el que combatía las creencias dominantes en Francia, por lo que fue procesado el autor y el libro quemado por mano del verdugo. Posteriormente (1749), por otros escritos publicados, fue considerado como ateo y sufrió un año de prisión en Vincennes.

El padre de la Enciclopedia sembró los vientos que luego se desataron en la tempestad de la conmoción revolucionaria. Y los sembró con la impertinencia del intelectual que se cree situado más allá del bien y del mal.

Con su pluma contribuyó a demoler los principios de la religión y del trono, sin que creara otra forma para reemplazarlos, más que el reconocimiento del imperio de la razón y la libre condescendencia a los instintos naturales

Nacido en Langres el 5 de octubre de 1713, en el seno de una honrada familia, Denis Diderot estudió en su juventud en el colegio de los jesuítas de su ciudad natal al objeto de prepararse para el sacerdocio. A los doce años, en efecto, recibió la tonsura. Pero el muchacho se rebeló muy pronto contra la decisión paterna.

Tonsura: Ceremonia litúrgica de la iglesia católica en la que se cortaba a cada hombre un trozo del cabello de la coronilla para indicar su consagración a Dios y su entrada en el clero.

Entonces, se le envió a París para, practicarse en la abogacía. Tampoco por esta senda tuvo su padre mayor éxito, pues Diderot estudió con preferencia las lenguas modernas, las matemáticas y la filosofía.

Finalmente, privado de toda pensión familiar, se dedicó a la enseñanza privada, a la venta de libros y a la redacción de escritos varios.

Entre 1743 y 1746 tradujo varias obras del inglés, lengua que dominaba a la perfección. Su matrimonio con Ana Antonieta Champion (1743) no fue afortunado, pues era mujer muy católica y de distinta formación moral.

Remedió sus desventuras caseras entregándose a una vida depravada con varias amantes.

En 1746 publicó su primera obra personal, Pensamientos filosóficos, que fué condenada al fuego por el parlamento de París en 1747 a causa de sus atrevidas ideas sobre la religión natural.

En los años siguientes, Diderot perseveró en esta senda, redactando el Paseo de un escéptico, Carta a un ciego y la burda novela Las joyas indiscretas.

En 1749 se encargó de la dirección de una enciclopedia que el editor Lebretón quería traducir del inglés. Diderot sugirió un plan nuevo, confiando la redacción de los artículos a los librepensadores y filósofos avanzados.

La Enciclopedia apareció en 1751, y fue publicándose hasta 1765, en que vio la luz el último volumen. Diderot fue su alma, junto con D’Alembert.

Durante aquellos años combatió vivamente a cuantos se oponían a su obra, en particular Frerón y Pallissot.

Su crédito menguó mucho a consecuencia de los acerados ataques de este último.

En 1757 y 1758 habían aparecido dos dramas, El hijo natural y El padre de familia, que algunos autores alemanes consideraron como piedra angular de un nuevo mundo cultural.

En 1772 Diderot decidió vender su biblioteca para constituir una dote a su hija. Al tener noticia de este hecho, Catalina II invitóle a San Petersburgo. Allí pasó el filósofo francés una temporada (1773-1774). siendo objeto de honores regios.

A su regreso a París, continuó trabajando, aunque no con el mismo ímpetu de antes. Murió diez años más tarde, el 30 de julio de 1784.

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Biografia de Carlos IX de Francia

Biografia de Carlos IX de Francia

Su figura histórica queda desdibujada por su muerte prematura. Como los últimos Valois, sus hermanos Francisco y Enrique, Carlos IX fue un joven de refinada cultura, en contacto con Ronsard y los poetas de la Pléyade; pero, también, un monarca débil de espíritu y sin voluntad para imponerse a los demás y a sí mismo.

Carlos IX de Francia

Este hecho explica su sujeción a Catalina de Médicis y a Coligny, sus vacilaciones antes de la noche de San Bartolomé, y su ruina física, consumada por la violencia de sus ejercicios corporales y el desenfreno de su vida amorosa.

Tercer hijo de Enrique II y Catalina de Médicis, nacido en San Germán de Laye el 27 de junio de 1550, acababa de cumplir diez años cuando la muerte de Francisco II le dio la corona de Francia, una Francia amenazada por las luchas entre católicos y calvinistas.

Ejerció la regencia su madre, hasta el 17 de agosto de 1563, fecha en que fué proclamado mayor de edad; pero, de hecho, continuó llevando la dirección del gobierno Catalina de Médicis.

En 1562-1563 se habían desarrollado las escenas sangrientas de la primera guerra de religión. Después de la paz de Amboise transcurrió un período de relativa tolerancia, hasta que Conde pretendió apoderarse por la fuerza de la persona del monarca (1567).

Descubiertos sus planes, se reanudó la lucha, en la que llevaron la mejor parte las armas católicas (segunda y tercera guerra de religión).

Pero con gran sorpresa de todos, Carlos IX confió el gobierno (1570) al almirante Coligny, jefe de los hugonotes, el cual le había entusiasmado con sus atractivos proyectos de hundir el poder de Felipe II en Europa. Coligny gobernó muy poco tiempo.

El excesivo predominio otorgado a los calvinistas provocó una reacción de los católicos. Catalina de Médicis, Enrique de Guisa y Enrique de Anjou arrancaron del rey el permiso de proceder a la eliminación de los jefes hugonotes más destacados, reunidos en París para asistir a las bodas de Enrique de Navarra y Margarita de Valois.

El 24 de agosto de 1572 se registraron las trágicas escenas de la noche de San Bartolomé.

Una víctima directa de aquella jornada fué el propio Carlos IX. Devorado por la fiebre y el remordimiento, impresionado por la sangre derramada, fué extinguiéndose poco a poco.

Murió en Vincennes el 31 de mayo de 1574.

Biografia de Thiers Louis Adolphe Ministro de Francia

Biografia de Thiers Louis Adolphe

LUIS ADOLFO THIERS (1797-1877): El hombre de la Tercera República Francesa, cuyo nacimiento y consolidación hizo posible por su actuación conservadora y, a la vez, por su sentido liberal de la vida, nació en Marsella el 15 de abril de 1797.

Después de estudiar en el liceo de Marsella y Je licenciarse en derecho en la universidad de Aix, partió para París con el propósito de labrarse un porvenir literario y político en la capital.

Thiers Louis Adolphe

Louis Adolphe Thiers fue un historiador y político francés. Fue repetidas veces primer ministro bajo el reinado de Luis-Felipe de Francia. Después de la caída del Segundo Imperio, se convirtió en presidente provisional de la Tercera República Francesa, ordenando la supresión de la Comuna de París en 1871.

Su único viático era una carta de recomendación para el diputado Manuel, el cual le introdujo en los salones liberales y le proporcionó trabajo en la redacción de El Constitucional (1821).

Muy pronto el joven provenzal destacó en el campo del periodismo, por su espíritu crítico y su cultura vasta, aunque superficial. Sus crónicas artísticas le hicieron famoso, así como su Historia de la Revolución francesa (1823-1827), escrita con un leve asomo de apología.

Partidario de la legalidad de la Carta otorgada, se opuso al régimen de Carlos X, por considerarlo reaccionario. Participó en forma destacada en la entronización del duque de Orleáns después de la revolución de julio de 1830. Esto le abrió las puertas de su carrera política.

Diputado por Aix y secretario general del ministerio de Hacienda, se afilió primero al partido del ((movimiento». Pero luego, considerando perjudicial esta política para la consolidación de la nueva dinastía, pasó a ser miembro del partido conservador o de la «resistencia».

En junio de 1832 fué nombrado ministro del Interior, en cuya cartera demostró condiciones de gran energía, reprimiendo tanto las conjuraciones borbónicas como los alzamientos republicanos. La represión de 1834 abrió entre él y los demócratas un foso que sólo se colmó cuarenta años más tarde.

Ministro del Interior por segunda vez, en 1835 no vaciló en decretar fá reducción de la libertad de imprenta, en cuyo nombre se había levantado contra Carlos X cinco años antes.

Formó un ministerio en 1836; pero éste fué de escasa duración, pues no pudo sobrevivir a los ataques parlamentarios contra su política de intervenir en España a favor de los cristinos (22 de marzo a 25 de agosto de 1836).

Viajó algún tiempo por Italia. En 1838 reanudó sus tareas parlamentarias y el 1° de marzo de 1840 fué designado por segunda vez presidente del consejo de ministros y ministro de Negocios Extranjeros.

Su política patriótica estuvo a punto de provocar una guerra con Inglaterra y Alemania a propósito de la cuestión de Oriente. El régimen burgués de Luis Felipe no gustaba de tales desplantes. Thiers fue reemplazado por Guizot (29 de octubre), contra cuyo gobierno desencadenó una campaña sistemática de 1840 a 1848. Simultáneamente, redactó una Historia del Consulado y del Imperio, cuyo primer volumen apareció en 1845.

Ante el movimiento revolucionario de febrero de 1848, Luis Felipe confió la presidencia del gobierno a Thiers. Pero ni los republicanos ni los socialistas quisieron saber de él. El régimen se hundió.

Durante la segunda República, Thiers dirigió con gran éxito la oposición conservadora en la Asamblea Nacional. Poco partidario de Luis Napoleón, a quien consideraba un soñador utópico, fué detenido con motivo del golpe de estado de diciembre de 1851 y expulsado de Francia.

Un año más tarde se autorizaba su regreso. Bajo el Imperio autoritario continuó en su trabajo histórico sobre el Consulado y el Imperio, pero siempre se mantuvo apartado de Napoleón III.

Cuando el régimen empezó a declinar, en 1863, Thiers se convirtió en el jefe de una oposición implacable, exigiendo el retorno a la política tradicional de Francia y la lucha sistemática contra la unificación de Italia y Alemania.

Por esta causa, cuando sobrevino el hundimiento del Segundo Imperio en Sedán (1870), Thiers fue el hombre designado para salvar el país de las ruinas en que le había sumido una política tan poco clarividente.

Negociador de la paz en Londres, Viena y San Petersburgo, fué elegido jefe del poder ejecutivo de la República francesa el 17 de febrero de 1871.

En calidad de tal firmó el armisticio de Versalles con Bismarck y sofocó vigorosamente la «Commune» de París. Restablecido el orden interior y la paz exterior, Thiers se convenció de que una república conservadora era el régimen que menos separaba a los franceses, y encaminó su política a esta-
blecerla en Francia.

La reacción de los monárquicos le obligó a presentar la dimisión de su cargo en 24 de mayo de 1873. En los cuatro últimos años de su vida apoyó a la coalición republicana con su prestigio de salvador de Francia del desorden y de la anarquía.

Murió en San Germán en Laye, el 3 de septiembre de 1877.

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Biografia de Maria Antonieta de Austria – Su Ejecucion

Biografia de María Antonieta de Austria – Su Ejecución Post Revolución

MARÍA ANTONIETA DE HABSBURGO-LORENA (1755-1793)
Hija de la gran María Teresa de Austria, María Antonieta no poseyó las eminentes cualidades políticas de su madre, salvo la tenacidad, más comparable en ella a terca obsesión.

Situada en un ambiente extraño, reina en un país que tradicionalmente era enemigo de su familia e imperio, enfrentada con una violenta conmoción revolucionaria, la desgraciada señora quiso superar ese cúmulo de adversidades y la timidez y debilidad de su marido, dirigiendo a su guisa la corte y la política de Francia.

maria antonieta de austria

Nacida para reina, gozó hasta el fin la vida despreocupada y frívola de la corte. Sin embargo, amargos sinsabores y un desenlace trágico la aguardaban luego del 14 de julio de 1789: al descrédito sucedió el encarcelamiento hasta culminar en la guillotina

Fracasó en este empeño, e incluso sus actos contribuyeron en no poca cuantía al fatal desenlace de 1793. Sin embargo, la dignidad y entereza con que, en sus últimos días, hizo frente a la adversidad, borran en el aspecto personal las equivocaciones de su actuación.

Nacida en Viena el 5 de noviembre de 1755, hija de Francisco I de Lorena y María Teresa de Habsburgo, fue educada con gran severidad y con el fin de prepararla para el enlace con el delfín de Francia, tal como hacía previsible la alianza concertada en 1756.

El abate Vermond fue su tutor hasta 1769.

Prometida desde los doce años al Delfín de Francia, el futuro Luis XVI, se trató de educarla de acuerdo con las conveniencias de su futura misión, sin demasiado éxito.

Caprichosa y mimada, su espíritu solo admitía los conocimientos que le llegaban a través de la diversión. Indiferente a las lecciones de la historia, hablaba incorrectamente el francés, era una mediocre ejecutante de clavicordio y su ortografía resultaba desesperante.

Los rasgos armoniosos, la cabellera rubia con matices rojizos, la piel sonrosada y perfecta y el rápido fulgor de sus ojos azules, así como su finísimo talle, la vivaz ingenuidad de la expresión y el encanto de sus movimientos sedujeron a los franceses desde que hizo su entrada triunfal en el país de su prometido, el 8 de mayo de 1770, cuando aún no había cumplido quince años.

El 16 de abril de 1770 Luis XV pidió su mano para su nieto, y el enlace matrimonial se efectuó en Versalles el 16 de mayo. Cuatro años más tarde, el 10 de mayo de 1774, la muerte de Luis XV la hacía reina de Francia. Tenía entonces dieciocho años y medio.

El 16 de mayo, en medio de un entusiasmo desbordante, se celebró la boda en Versalles. El Delfín, modesto, inteligente, sin ser brillante, indeciso y tímido ante las responsabilidades, escribe en su diario al día siguiente: «Nada». Y «nada» fue durante varios años, hasta que aceptó someterse a la pequeña operación.

Por su parte, María Antonieta se entrega inmediatamente al vértigo de las distracciones-bailes, mascaradas, juegos y representaciones teatrales- y también al juego. Su comportamiento resulta imprudente en medio de una corte donde la apariencia es más importante que la honradez y donde la adulación encubre intrigas y calumnias.

Honesta y espontánea por naturaleza, la Delfina no advierte el peligro. No es respetuosa de las formas, que son a veces la aparente salvaguardia del honor, y da a Madame de Noailles, encargada de instruirla al respecto, el mote de Madama Etiqueta.

María Antonieta había causado una buena impresión en la corte francesa. Pero muy pronto este sentimiento se desvaneció.

Existía en Versalles un poderoso partido antiaustríaco, que no perdonaba ocasión para criticar a la nueva soberana.

Por su parte, María Antonieta daba alas a ese grupo con sus extravagancias y su pasión por el lujo, el juego y las intrigas. Su entrega a la camarilla de los condes de Polignac y su interferencia en los asuntos políticos — como en la destitución de Turgot (1776)—, provocaron una viva agitación.

Su hermano, José II, aprovechó su estancia en París en este año para recomendarle mayor cordura.

Cuando el 10 de mayo de 1774 muere el rey Luis XV, la pareja se espanta por la responsabilidad que la aguarda. Son demasiado jóvenes, demasiado inexpertos y no se sienten preparados para reinar.

Ella carece de sentido social y político, y sus impulsos, cuyas consecuencias no sabe medir, hacen del poder una cuestión de amor propio.

El es recto, consciente y magnánimo, pero su indulgente inseguridad frente a las exigencias ajenas, más la sumisión que demuestra ante su mujer, harán de su reinado una función sin autoridad.

El 11 de junio de 1775 se efectúa la emocionante ceremonia de la coronación en la catedral de Reims. Pero la corona pesará tanto sobre esas dos cabezas que acabará por hacerlas caer.

La reina se sustrae a esa carga con sus ligerezas: bailes, paseos a caballo, ostentosas fiestas campestres. Rousseau y otros filósofos han puesto de moda la naturaleza y la reina obedece esos principios que quieren ser virtuosos.

En el Trianón, casa de campo que le ha cedido Luis XVI, juega a las pastoras refinadas con sus amigas la princesa deLamballe y la duquesa de Polignac.

Estos ingenuos placeres alimentan la malicia de la corte y las sospechas del pueblo. Como no son ajenos a esas reuniones varios galantes caballeros-entre ellos el conde de Artois, hermano del rey-, se tejen al respecto historias y cantitos malignos o picarescos.

Estos actos le valieron nuevas insidias de sus enemigos, las cuales, divulgadas entre el pueblo, determinaron que éste considerara a la «austríaca» como causa de la inestabilidad del gobierno y de la ruina de la hacienda pública.

El prestigio de la reina decae día a día y sus buenas acciones y sus obras caritativas no bastan para apuntalarlo. Las calumnias y los cuchicheos van y vienen, como la marea, de los barrios populares a Versalles y de la corte al pueblo.

La contemplación de una puesta de sol o de un amanecer se convierte en orgía para la maledicencia, y las prebendas que otorga a sus favoritos se exageran hasta cifras siderales. Se asegura que el Trianón tiene paredes tapizadas de diamantes y que se han invertido millones en su reparación.

El hambre, la falta de trabajo y de harina hacen el resto: la popularidad se va trocando en odio, y la admiración en rencoroso desprecio. Comienza a ser «la Austríaca», la enemiga, «Madame Déficit».

Aunque el rey ha dejado constancia en su diario de sus relaciones matrimoniales, y en 1778 nace su primera hija, María Teresa, se pone en duda su capacidad y se lanzan sospechas sobre esa paternidad y las posteriores, que traen al mundo a Luis José en 1781, a Luis Carlos en 1785 y a María Sofía en 1786. María Sofía morirá en 1787 y Luis José en 1789.

El asunto del «collar de diamantes» (1785-1786), que fue resultado de una falsificación de la condesa de la Motte, alimentó el fuego de las calumnias de sus adversarios.

Al abrirse los Estados Generales en 1789, María Antonieta no era, en general, bien vista por el pueblo francés. Antirrevolucionaria como su marido, aunque más resuelta que éste, asumió en grado considerable la responsabilidad de sacar la monarquía francesa del atolladero en que se hallaba.

Sin embargo, sólo aceptó la ayuda de los revolucionarios con manifiesta repugnancia. En realidad, ponía su confianza en las potencias extranjeras y en la acción de los emigrados.

Mantenía una correspondencia muy seguida con Mercy-Argentau, el ex embajador de Austria en París, y con el conde Axel Fersen.

Gracias al auxilio de éste, se planeó la fuga real al extranjero, que fracasó en Varennes (21 de junio de 1791). De regreso a París, creciendo su temor por la vida de su esposo, negoció secretamente con Austria, a pesar de que parecía prestar confianza al grupo de los feuillants (Barnave).

En esta correspondencia, cuyo tono a partir de la declaración de guerra en 1792 no sólo fue antirrevolucionario sino contrario a los intereses militares del Estado, María Antonieta se comprometió irremediablemente.

Después de la jornada del 20 de junio, inspiró el manifiesto de Brunswick, que fue de tan fatal resultado para la monarquía.

Prisionera en el Temple a causa de la revolución demagógica del 10 de agosto, aguardaron a la infeliz soberana las más rudas pruebas: la ejecución de su esposo (21 de enero de 1793), la separación de sus hijos, su encierro en la Conciergerie bajo el más repugnante espionaje, y, por último, el juicio ante un tribunal de desalmados (14 de octubre de 1793) y la muerte en la guillotina dos días más tarde (16 de octubre).

Durante estos terribles y agotadores meses, María Antonieta dio pruebas más que sobradas de cómo la majestad real superaba el vilipendio y los malos tratos de los sansculotes.

maria antonieta

EL ASUNTO DEL COLLAR: En 1785 estalló el asunto del collar, que sería, según Goethe, el prefacio de la Revolución.

En un principio se trataba de una estafa: un gran señor, el cardenal de Roñan, distanciado de la reina, se dejó convencer por cierta Hádame de la Motte-Valois que María Antonieta ya no estaba resentida con él, y que ella necesitaba comprar, por su intermedio, un suntuoso collar de diamantes, cuyo valor era de 1.600.000 libras.

Desde luego, el collar no llegó nunca a manos de la reina, y los joyeros nunca recibieron su pago.

Este caso selló definitivamente la imagen de la reina ante la opinión pública, y la caracterizó por el desenfreno con que dilapidaba el dinero de la realeza para satisfacer sus placeres.

María Antonieta demostró una gran imprudencia al ordenar el arresto de Rohan y un proceso público que aumentó el descrédito de la monarquía.

Desde luego, el collar no llegó nunca a manos de la reina, y los joyeros nunca recibieron su pago.

Este caso selló definitivamente la imagen de la reina ante la opinión pública, y la caracterizó por el desenfreno con que dilapidaba el dinero de la realeza para satisfacer sus placeres.

María Antonieta demostró una gran imprudencia al ordenar el arresto de Rohan y un proceso público que aumentó el descrédito de la monarquía.

Así rezaba un panfleto de la época:

Ávida, derrochadora, manipuladora, extranjera, corrupta, la reina ocupó un lugar entre las grandes malhechoras de la historia: «Más malvada que Agripina, cuyos crímenes fueron inauditos, / más lujuriosa que Mesalina, / más cruel que los Médicis» rezaban los panfletos que circulaban sobre «la Austríaca». Aunque a veces sufría a causa de ellos, se negó a tomar en cuenta las críticas: su deseo sincero de ser una mujer y no sólo una reina minaba los valores monárquicos. Pretendía hacer de rey, pero era incapaz de hacer de reina.

MARÍA ANTONIETA CONTRA LA REVOLUCIÓN
Desde el principio, la reina fue hostil a todo compromiso con las causas revolucionarias. Ante la constitución de los diputados del tercer estado en la Asamblea nacional, el 17 de junio de 1789, preconizó el envío de tropas.

Multiplicó las maniobras ante el rey para que él optara por la firmeza, y por ello naturalmente fue acusada de estar en el centro del complot aristocrático y austríaco. En el fondo, se opuso a toda reforma de la monarquía, escogió actuar como si nada hubiese cambiado y despreció a la multitud y a Mirabeau, con quien se reunía en secreto.

Con la ayuda del sueco Axel de Fersen, con el que indudablemente sostuvo una relación amorosa, María Antonieta preparó la huida de la familia real, que fracasó con el arresto en Varennes. Sin embargo, en el período agitado que siguió, reveló cierta grandeza de reina, acorde con la idea que ella tenía de la monarquía.

Por último, reconciliada con su función, desplegó todos los rasgos del heroísmo familiar y cristiano al replicar el espíritu de sacrificio de Luis XVI.

En su proceso, del 14 al 16 de octubre de 1793, surgieron las acusaciones habituales, además de otras de incesto completamente montadas. Fue guillotinada el 16 de octubre, fecha a partir de la cual su leyenda se puso en marcha.

Biografia de Luis XIV
Biografia de Luis XV
Biografia de Luis XVI
Revolución Francesa
Carlota Corday
Florence Nightingale
Ana Frank

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Biografia de Lotario I «Luis el Piadoso»

Biografia de Lotario I – Luis El Piadoso

En Lotario I concurren tres factores distintos que permiten comprender los avatares de su vida: de un lado, la decadencia biológica de los Carolingios; de otro, el influjo germánico de ambición del poder y de concepción patrimonial del Estado; por último, la supervivencia de la idea imperial legada por su abuelo Carlomagno.

Lotario I
Lotario I, emperador de Occidente, fue el hijo mayor del emperador Ludovico Pío, también conocido en español como «Luis el Piadoso».
Fecha de nacimiento: 795 d. C., Reino de los francos en la época merovingia
Fallecimiento: 29 de septiembre de 855 d. C., Prüm, Alemania
Cónyuge: Ermengarda de Tours (m. 821 d. C.–851 d. C.)
Reinado: 843 – 855

En realidad, Lotario I presenta, aumentados, los defectos que esterilizaron la obra política de su padre Ludovico Pío.

Hijo de este príncipe y de Irmengarda, son muy poco conocidos los primeros años de su vida, que probablemente transcurrieron en la corte de Carlomagno hasta 815, cuando fue nombrado duque de Baviera.

En 817, cuando Ludovico procedió a la primera partición de su Imperio, Lotario recibió la dignidad imperial en Aquisgrán, junto con el reconocimiento de cierta supremacía sobre sus hermanos Luis y Pepino.

Desde 823 ejerció el gobierno de Italia, y el 5 de abril de 823 fue coronado emperador en Roma por el papa Pascual I. En los seis años sucesivos gobernó Italia dictando sabias disposiciones.

Pero luego acaudilló el movimiento de rebeldía contra Judit de Baviera y la obra de segregación territorial emprendida por su padre a favor de su último hijo, el futuro Carlos el Calvo.

En abril de 830 impuso a su padre las durísimas condiciones de Comoiésne, que fueron una humillación grandísima para el poder imperial. Pero falto de las condiciones de energía y tacto requeridas, perdió aquella oportunidad y fue de nuevo relegado a Italia, donde esperó el momento del desquite.

En 832 acudió, al parecer, en auxilio1 de su padre; en realidad contribuyó a la segunda humillación del emperador en Sigolsheim y a su ignominioso proceso (junio de 833).

¿Había quedado restablecida la unidad imperial en la persona de Lotario? Muy pronto se comprobó que el Imperio de los francos estaba herido de muerte. Ni Pepino ni Luis quisieron acatar la voluntad de su hermano mayor y contribuyeron a reponer a su padre en el trono (1° de marzo de 834).

Lotario se retiró a Italia, en cuyo país recibió las insignias imperiales después de la muerte de su progenitor el 20 de junio de 840. Pero si en 833 había fracasado en su propósito de unificación imperial, no tuvo mayor éxito en 840.

Un año después sufría una grave derrota en Fontenoy (25 de junio) a manos de sus hermanos Luis el Germánico y Carlos el Calvo. De ellos tuvo que aceptar el tratado de Verdún (843), por el que, si se le reconocía el título honorífico de emperador, se limitaba su poder a Italia y a una faja territorial hasta el mar del Norte a la que dio su nombre: Lotaringia.

Abandonando el gobierno de Italia a su primogénito Luis, Lotario residió en la Lotaringia, donde vivió en lucha contra los normandos, los nobles y sus hermanos.

Cayó enfermo en 855, y murió en el monasterio de Prüm, donde se había retirado después de abdicar, el 29 de septiembre del mismo año.

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Biografia de Carlos V de Francia

Biografia de Carlos V de Francia

Después de Poitiers (19 de septiembre de 1356) Francia se hallaba sin rey, sin ejército, sin gobierno y sin recursos, entregada a la voluntad de la monarquía inglesa y sometida a las más violentas conmociones internas.

Este fue el momento más crítico con que se enfrentó la casa de los Valois. ¿Y quién tenía la responsabilidad de salvar la nave del Estado?. Un joven de unos veinte años, enfermizo y prematuramente envejecido; un joven que nunca había demostrado veleidades belicistas ni deseado triunfos y aparatosos éxitos, como sus predecesores, sino que amaba la vida sedentaria de los palacios, el rincón agradable de la biblioteca y la oración en la capilla.

Carlos V de Francia
Carlos V, llamado el Sabio, fue un monarca de la dinastía Valois, que gobernó como rey de Francia desde 1364 hasta su muerte. Era el hijo primogénito del rey Juan el Bueno y de Bona de Luxemburgo.
Fecha de nacimiento: 21 de enero de 1338, Vincennes, Francia
Fallecimiento: 16 de septiembre de 1380, Castillo de Beauté-sur-Marne
Reinado: 8 de abril de 1364 – 16 de septiembre de 1380
Carlos VI de Francia

Este joven, llamado Carlos, iba a ser el salvador de Francia, el restaurador de la nación empobrecida, el humillador de la monarquía inglesa.

Había nacido en el castillo de Vincennes, el 21 de enero de 1337, primogénito de Juan II y de Bona de Luxemburgo. Su primera juventud había transcurrido alejada de los asuntos de gobierno.

Sólo poco antes de Poitiers había recibido, con el título, la administración del ducado de Normandía. Pequeño aprendizaje para hacer frente a la carga que echaba sobre sus hombros la captura de su padre por los ingleses en Poitiers.

Para acudir a lo más perentorio, el delfín, como lugarteniente del reino, convocó los Estados Generales de los países de Lengua de Oil en París. En las reuniones celebradas por esta asamblea en 1356 y 1357 se puso de relieve el espíritu agresivo de los mercaderes de París, acaudillados por Esteban Marcel y auxiliados por los partidarios de Carlos de Navarra.

La oposición se transformó en sublevación. Marcel fue el verdadero señor de París: dio libertad a Carlos de Navarra y sus hombres asesinaron a destacados servidores del regente en la propia cámara de Carlos V.

A mediados de 1358 la situación parecía desesperada: en París imperaba el terror de los marcelistas; en el campo corrían las bandas de la jacquerie; en las fronteras se aprestaban las tropas de Inglaterra y de Navarra.

Pero la constancia de Carlos V logró superar esta dura prueba: Marcel fue eliminado; la jacquerie, sofocada; los ingleses y los navarros no pudieron lograr ningún éxito positivo.

Por otra parte, gracias a su habilidad diplomática, el regente obtenía de Eduardo III el tratado de Bretigny, ratificado por el de Calais (1360), desde luego ventajoso para Inglaterra, pero no humillante como el firmado por su padre erí Londres el año precedente.

Después de una segunda etapa de gobierno de Juan el Bueno, siempre tan fantástico — pensaba en la Cruzada y no en reparar las ruinas de Francia —, Carlos recibió la corona en Reims el 19 de mayo de 1364.

Desde aquel momento empleó todos sus esfuerzos en restaurar la potencialidad de Francia. Para ello se valió de dos condiciones innegables que poseía: su talento para descubrir servidores aptos y fieles y su habilidad y astucia diplomáticas.

Los hombres de su reinado fueron legistas y capitanes afortunados: un Bureau de la Riviére o un Bertrán du Guesclin, sinceramente afectos a la monarquía y trabajadores honestos e incansables.

Con su ayuda puso orden en la hacienda pública, en particular en el aspecto monetario, y mantuvo a raya al turbulento Carlos el Malo de Navarra y a sus propios hermanos, Felipe, Luis y Juan, que le dieron más de un disgusto.

A la pacificación del reino contribuyó la expulsión de las Compañías blancas, las cuales en 1368 hallaron nuevo campo de actuación en la guerra civil castellana entre Pedro I y Enrique de Trastamara.

Llegaba el momento de tomarse el desquite de Inglaterra. Carlos V dispuso lo oportuno para llegar a la ruptura citando al príncipe de Gales ante el parlamento de París. En mayo de 1369 se iniciaron las hostilidades.

Pese a sus incursiones en 1369, 1370 y 1373, los ingleses no lograron ningún éxito positivo. Por eí contrario, respaldado con el auxilio de Flandes y de Castilla, Carlos V se apoderaba de Ponthieu, Roerga, el Lemosino, Poitou, Santonja, etc.

En julio de 1380 los ingleses quedaban reducidos a Calais, el Bordelesado y unos pocos territorios más. Dos años antes, en 1378, habían caído en poder de Francia, por sorpresa, los dominios normandos de Carlos el Malo, acusado de traición a la causa de su monarca.

El gran rey, llamado el Prudente por la Historia, murió prematuramente, en el castillo de Beauté, en el Marne, cerca del bosque de Vincennes, a la edad de 43 años, el 16 de septiembre de 1380, cuando muchos proyectos ambiciosos anidaban en su corazón.

Había establecido en Francia un rudimento de administración coherente, había dado rudos golpes a la nobleza y había favorecido la prosperidad del país. Distinguióse como erudito en astrología, medicina, leyes y filosofía.

Su palacio fue frecuentado por distinguidos escritores, como Felipe de Meziéres y Nicolás Oresme, algunas de cuyas ideas llevó él a la práctica. Sólo le cabe achacar en culpa en el aspecto religioso de su vida —- por lo demás modélica—, la protección dispensada al antipapa Clemente VII con lo que fomentó el Cisma de Occidente , nocivo para los intereses políticos de Francia.

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Biografia Juan II de Francia

Biografia Juan II de Francia

JUAN II DE FRANCIA (1319-1361)
La muerte de Felipe VI el 22 de agosto de 1350 dio la corona de Francia a su primogénito, el príncipe Juan, habido en 1319 de Juana de Borgoña. La estira; de los Valois, que proporcionó soberanos en general» débiles y enfermizos, aunque alguno de ellos revelara aptitudes intelectuales y políticas extraordinarias, enriqueció con un tipo extravagante.

Juan II, llamado el Bueno, no reunía ninguna dote para gobernar. Era frivolo, pródigo, versátil y muy poco inteligente. En lo único que se distinguió fue en la violencia de sus actos y en el mantenimiento de su palabra de caballero medieval.

Juan II de Francia
Juan II de Francia, llamado el Bueno, fue el segundo rey de Francia de la Casa de Valois. Era hijo de Felipe VI de Francia y Juana de Borgoña.
Fecha de nacimiento: 26 de abril de 1319, Le Mans, Francia
Fallecimiento: 8 de abril de 1364, Palacio Savoy, Londres, Reino Unido
Hijos: Carlos V de Francia, Felipe II de Borgoña, Juan I de Berry,
Cónyuge: Juana I de Auvernia (m. 1350), Bona de Luxemburgo (m. 1332)

Condiciones muy poco propicias para hacer frente a sus adversarios, el famoso Eduardo III de Inglaterra y el no menos famoso, aunque por distimc motivo, Carlos el Malo de Navarra.

Al ceñir la corona de San Luis, Juan II tuvo que enfrentarse con la amenaza inglesa, que había culminada últimamente en la victoria de Crecy y la toma de Calais (1346 y 1347).

En 1348 se había firmado una tregua entre los dos reinos, que fue prorrogada hasta 1355, tanto a instancias del Papado como a causa de los devastadores efectos de la Peste Negra. Pero bajo estas apariencias de paz, se mantenía vivo el fuego de las hostilidades.

Contribuyó a hacerlas más encarnizadas la traición de Carlos el Malo de Navarra, yerno de Juan II. quien abominaba la raza de los Valois y aspiraba a la corona de Francia.

Carlos entró en tratos con los ingleses desde 1354 e incitó al delfín Carlos V a apoderarse de la corona. En un acto de intrepidez, Juan II detuvo al rey de Navarra en Ruán el 5 de abril de 1356 y le mandó cargado de cadenas a Cháteau-Gaillard.

Por aquel entonces los ingleses habían pasado de nuevo al ataque bajo la dirección del Príncipe Negro. Sus huestes arrasaron los territorios próximos al Loira. Cuando regresaban a Guyena, les salió al paso el ejército francés al mando del propio Juan II.

La acción se libró cerca de Poitiers (19 de septiembre de 1356) y acabó con una rotunda victoria del Príncipe Negro. Juan II, que combatió hasta el fin como un bravo caballero, cayó en poder de los ingleses. El Príncipe Negro le proclamó el guerrero más valeroso de su reino, pero se lo llevó como prisionero a Londres.

Permaneció en Inglaterra durante cuatro años. El 24 de mayo de 1359 firmó los preliminares de Londres. por los que renunciaba a grandes posesiones del territorio francés en favor de Eduardo III: Normandía. Bretaña, Anjou, Maine, Turena, etc.

Afortunadamente, su hijo Carlos V, que ejercía la regencia, supo maniobrar con tal acierto que arrancó del rey inglés el tratado de Bretigny (8 de mayo de 1360), ratificado luego por Juan II en Calais (9 de octubre), mucho más favorable, aunque sin dejar de ser adverso.

Juan II fue puesto en libertad a cambio de un rescate de 3.000 escudos de oro, pagaderos en seis años. Dejó en Londres como rehén a su hijo Luis de Anjou.

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Biografía de Carlos VI El Bienamado Rey de Francia

Biografía de Carlos VI
«El Bienamado» Rey de Francia

Carlos VI el Bienamado (1368-1422), rey de Francia (1380-1422), hijo de Carlos V. Tras la muerte de su padre, ocurrida en 1380, estuvo bajo la tutela de un consejo ducal hasta 1388, año en que rechazó la regencia y comenzó a reinar por derecho propio. Gobernó en buen estado de salud hasta 1392, momento en que empezó a padecer trastornos mentales.

Carlos V murió en 1380. Fue un rey sabio. Su hijo, que entonces contaba 12 años de edad, caería tiempo después víctima de la locura. Sus tíos, los duques de Anjou, de Borgoña y de Berry, se preocupaban únicamente de sus propios intereses. El primero aspiraba a reinar sobre Nápoles; el segundo, a sacar el mayor partido del feudo de Flandes, cuya heredad debía recibir; el tercero sólo quería amontonar riquezas para gozar de ellas.

Carlos VI Bienamado de Francia

Mantuvieron aislado al pequeño rey, hasta que, irritado por los abusos cometidos, el país se levantó contra ellos. En París estalló la rebelión de los Maillotins, y en el Mediodía, la de los Tuchins.

También sobrevino la guerra de Flandes. Carlos VI participó en ella, dando pruebas de su valor, en la batalla de Rosebecque (1382), adonde fueron derrotados los flamencos que se levantaron contra el yugo feudal. Los vencidos se vieron tan acosados que, según un viejo cronista, no quedaba entre ellos bastante lugar para que la sangre corriera. Cuando regresó a París, Carlos VI encontró al pie de Montmartre 20.000 hombres armados, en orden de batalla, y temió verse obligado a combatirlos para entrar en su propia ciudad.

Pero los parisienses le hicieron saber que tan imponente presentación sólo obedecía al deseo de darle una idea de su poder y no al de atacarlo. Al día siguiente, Carlos VI hizo derribar una parte de la muralla y, con casco ceñido y lanza en mano, entró en la ciudad con aire agresivo.

Se tomaron medidas muy severas contra los habitantes de París, y hasta hubo ejecuciones cuya crueldad debe ser reprochada a los regentes antes que al joven príncipe, que aún no había subido al trono. Sus tíos resolvieron casarlo inmediatamente. Dirigiéronse al duque Esteban de Baviera, quien les envió a una de sus hijas, Isabel, a la que el pueblo francés llamaría Isabeau. Cuando la vio, el joven príncipe quedó prendado. Era la prometida que había deseado. Desgraciadamente sería el flagelo de Francia.

El matrimonio fue celebrado en Amiens, en julio de 1385. Después de su enlace, el rey quiso hacerse cargo del poder. Fue apoyado por Pedro de Montaigu, cardenal de Laon, a quien esta actitud razonable le valió morir asesinado. Los antiguos consejeros de Carlos V: Olivier de Clisson, Bureau de la Riviére, Le Bégue de Vilaines, Juan de Novian, Juan de Montaigu, llamados despectivamente por los grandes señores «los mamarrachos», lo aconsejaron en la misma forma que a su padre y lo apoyaron con todas sus fuerzas. El rey les confió la dirección de los asuntos de Estado, y su desempeño prueba que merecían ese cargo.

Poco tiempo después el duque de Orleáns, gentil y disoluto, contraía nupcias con la hermosa Valentina Visconti; su matrimonio fue seguido por la consagración de la reina Isabel en París, el domingo 20 de agosto de 1389. La fiesta fue magnífica. En la puerta de Saint-Denis habíase representado un cielo estrellado y los niños, vestidos de ángeles, cantaban melodiosamente.

Una imagen de Nuestra Señora tenía en los brazos a un niño accionado por un mecanismo; la fuente de Saint-Denis derramaba los mejores vinos, y jóvenes con sombreros de oro ofrecían de beber. En la segunda puerta de Saint-Denis, Dios Padre, en Majestad, el Hijo y el Espíritu Santo recibieron a la reina. Las casas estaban empavesadas, y en la plaza del Chátelet se levantaba un gran castillo de madera, de donde salieron un ciervo blanco, un águila y un león. Vestido como un ángel, un acróbata descendió desde lo alto de una de las torres de la iglesia de Notre-Dame por una cuerda y coronó a la reina. Hubo justas y el rey fue uno de los vencedores.

En ese mismo año el rey y la corte tomaron partido por la Santa Virgen, contra una secta de teólogos que el pueblo llamó «enemigos de María», y se instituyó en París una fiesta en honor de la Inmaculada Concepción.

Los placeres de los grandes no impedían sin embargo que el país fuese desgraciado. Gente, antes rica y poderosa casino tenía con que trabajar sus viñedos y sus tierras: todos los años pagaban cinco o seis tallas y sus bienes diezmados quedaban reducidos a la tercera o cuarta parte, y a veces a nada. En 1390, cuando la pareja real estaba en Saínt-Germain, estalló una espantosa tempestad. Isabel, que esperaba su tercer hijo, vio en la tormenta una manifestación de la cólera celeste. Suplicó a su esposo que aliviara al pueblo.

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Isabel, mujer de Carlos VI, no quiso ser menos que los duques de Orleáns y de Borgoña.  Libre del  control de su marido, llevó una existencia de lujo desenfrenado, sin preocuparse por la condena de la Iglesia.

El rey hizo lo que pudo, pero fue contrariado por los duques de Borgoña y de Berry, y por su hermano, el duque de Orleáns, que llevaba una vida disipada. El mismo rey, aunque compasivo y generoso, gustaba de los entretenimientos con el entusiasmo de un adolescente dispuesto a satisfacer sus caprichos, y no podría asegurarse que, a esa edad, sú razón no estuviese ya afectada. A principios del año 1392 tuvo un primer acceso de «fiebre amarilla», provocada sin duda por alguna profunda alteración orgánica.

Antes de continuar, evoquemos el ambiente en que vivían el rey y la reina. Era su morada el hotel Saint-Pol, compuesto por un grupo de hoteles, casas y jardines adquiridos por la familia real en 1365. Los departamentos se componían del dormitorio (albergue del rey), la capilla, el salón del retiro, el estudio, las cámaras tibias, así llamadas porque en ellas se encendían estufas durante el invierno. En los jardines había una pajarera, una pieza para tórtolas y una jaula para fieras.

Este confuso conjunto, escribe Dulaure, comprendía patios y corrales. El patio de justas era el más amplio. Las vigas y tirantes de los principales departamentos estaban decorados con flores de lis de estaño dorado, cuenta Saint-Foix en sus Ensayos históricos (1754). Los vidrios, pintados con distintos colores y cargados de escudos de armas, divisas e imágenes de santos y santas, parecían vidrieras de iglesia. El rey tenía sillas de brazos, en cuero rojo con franjas de seda…

Una noche, al salir de una fiesta realizada en la residencia real, Olivier de Clisson, condestable de Francia, después de la muerte de Du Guesclin que había sido su hermano de armas, fue atacado por Pedro de Craon y su banda y dado por muerto o moribundo. Cuando el rey se enteró de lo ocurrido, corrió a la casa del panadero que había recogido a Clisson y juró vengarlo.

Pedro de Craon, denunciado por Clisson, se refugió en Bretaña; Carlos VI, a la cabeza de un ejército, resolvió ir en su búsqueda para castigarlo. Y aquí se sitúa el episodio dramático de la locura de Carlos VI, que Michelet relata de la siguiente manera: «Cuando atravesaba el bosque del Maine, un hombre de mal aspecto, sin otra indumentaria que una saya blanca, se arrojó repentinamente al encuentro del caballo del rey, gritando con terrible tono: «¡Detente, noble rey! ¡No sigas adelante, te traicionaron!».

Obligáronle a soltar la brida del caballo, pero le permitieron que siguiera al rey, gritando durante media hora. Al mediodía, el rey salía del bosque para entrar a una planicie de arena donde el sol caía a plomo. Todos sufrían el calor.

Un paje que llevaba la lanza real se durmió sobre su cabalgadura, y la lanza, al caer, golpeó el casco de otro paje.Con el ruido del acero, al chocar, el rey se sobresalta, desenvaina su espada, y precipitándose sobre los pajes, grita: «¡A los traidores! ¡Quieren entregarme!»

Con la espada desnuda se precipitó sobre el duque de Orleáns. Éste logró escapar, pero el rey enceguecido, dio muerte a cuatro de sus hombres antes de que pudieran detenerlo. Fue preciso que se cansara: entonces uno de los caballeros lo tomó por la espalda.

Consiguieron entre varios  desarmarlo y hacerlo descender del caballo; lo acostaron luego en el suelo. Los ojos le daban vueltas en las órbitas, no reconocía a nadie y no articulaba palabra. Sus tíos y su hermano encontrábanse a su alrededor. Todos podían aproximarse y verlo. Los embajadores de Inglaterra acudieron como los demás; esto fue muy mal visto por la mayoría.

El duque de Borgoña, sobre todo, increpó airadamente al chambelán La Riviére, porque éste había permitido que los enemigos de Francia vieran al rey en ese lamentable estado. Cuando éste volvió en sí, y supo lo que había hecho, sintió horror, pidió perdón y se confesó.»

Los tíos del rey tomaron entonces posesión del gobierno; el duque de Orleáns fue separado de su cargo por ser «demasiado joven» para desempeñarlo. La primera preocupación del duque de Borgoña fue deshacerse de todos aquellos que podían ser fieles al rey. En cuanto a la reina, que hasta ese momento había llevado una vida disipada, desafió a todas las opiniones.

Pasaba gran parte de su tiempo arreglándose, tomaba baños en agua de pamplina hervida o en leche de burra, como Mesalina, cuyas locuras imitaba. Los religiosos criticaban desde el pulpito su lujo insolente y su forma de vivir. Un agustino, Jacques Legrand, llegó a decir: «La gente de bien condena vuestra conducta. ¡Si no queréis creerme, recorred la ciudad vestida como una mujer pobre, y oiréis lo que dicen de vos!».

Poco le importaba. Y poco le significaba el reino de Francia, aunque aceptó ponerse a la cabeza de un Consejo de Regencia, del que formaba parte el duque de Orleáns. Pero ella transformaba fácilmente la sala del Gran Consejo en sala de fiestas.

¿El rey? ¿Qué ocurría con el rey mientras tanto? Divertíanlo. Se divertía. Pasaba de un entretenimiento a otro; casi pereció en uno de ellos. Fue el 29 de enero de 1393: Isabel organizó una mascarada en honor de una viuda a su servicio, que se volvía a casar. «Es una mala costumbre practicada en distintas partes del reino —dice el religioso de Saint-Denis— hacer toda clase de locuras en el casamiento de mujeres viudas, y tomarse las libertades más atrevidas, con los disfraces más extravagantes…»

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Las mismos cortesanos se burlaban con frecuencia del rey. Durante un baile de máscaras, Carlos VI se disfrazó de salvaje. En medio de la fiesta las plumas con que había decorado su disfraz se inflamaron, y habría sufrido una muerte horrible si la duquesa de Berry no hubiese apagado las llamas.

El escudero Hugolino sugirió al rey que se disfrazara de salvaje, con algunos de sus cortesanos. Y cuando el baile había comenzado, Carlos VI y cinco de sus compañeros se hicieron coser sayas de telas cubiertas de lino y se untaron con pez para pegarse plumas y estopas. El rey entró a la sala de baile con sus cinco compañeros. Durante la danza, un imprudente aproximó una antorcha a uno de los salvajes y la pez se inflamó.

En un momento todos estuvieron en llamas. La reina se desmayó. La duquesa de Berry, con notable espíritu de arrojo, logró salvar al rey, envolviéndolo con su manto y ayudándole a salir. Pero semejante emoción sólo podía agravar el estado mental del monarca.

Sin embargo el pueblo quería al desdichado Calor VI y no lo hacia  responsable de los males iel reino. Es cierto que, en los momentos en que el rey recuperaba la lucidez, las medidas que tomaba eran justas. Pero cuando perdía el uso de la razón, su Consejo lo obligaba a revocar sus decisiones.

Así fueron restablecidos los juegos de azar, anteriormente suprimidos y disueltas las milicias de arqueros, que él mismo había formado y autorizado para defender el país de las invasiones extranjeras, pero que podían llegar a ser más poderosas que «los príncipes y los nobles»…, justamente lo que estos últimos querían evitar.

Carlos VI murió en 1422. Sabido es cómo se encontraba entonces Francia. El tratado de Troyes, firmado en 1420, abandonaba el país a Inglaterra.

La reina, sin embargo, continuó entregándose a los placeres, preocupada únicamente por satisfacer sus lujos y caprichos y sólo consentía las privaciones que le imponía su régimen para adelgazar.

Tuvo sobre las modas de su siglo la influencia más extraña. A propósito, resumiremos una página de Miche-let: «Los asientos destinados a las damas parecían pequeñas catedrales de ébano. Velos preciosos, sacados antaño del tesoro de las iglesias, ondeaban alrededor de las hermosas cabezas… Hasta las formas satánicas que gesticulaban en las gárgolas fueron incorporadas a la indumentaria. Las mujeres llevaban cuernos en el tocado, los hombres en los pies. Las puntas de sus zapatos se retorcían formando astas, garras o colas de escorpión.»

Recordemos que fue para divertir al rey loco que se perfeccionó el juego de cartas, cuya invención es probablemente china, y que se dio a sus figuras el nombre de personajes de la historia o de las novelas de caballería.

Bajo este mismo reinado, una ordenanza de 1396 obligaba a los jueces a entregar anualmente a la Facultad de Medicina de Montpellier, el cuerpo de un condenado a muerte —decisión considerable para el progreso de la ciencia médica—, porque hasta entonces, como entre los romanos, la disección de cadáveres estaba prohibida en Francia. Citaremos aún, entre los hechos que se relacionan con esta época, las expediciones del ciudadano de Dieppe, Juan de Béthancourt, que organizó un establecimiento en las islas Canarias.

Una fecha importante para la historia del teatro es la concesión acordada en 1402 por Carlos VI a la Cofradía de la Pasión, instalada en el edificio del hospital de la Trinidad. El teatro francés tiene su origen en esta cofradía.

Fueron éstas algunas imágenes de un rey que fue juguete de la corte, pero a quien su pueblo jamás acusó de los males que abrumaban a Francia. Diéronle dos sobrenombres: Carlos el Insensato y Carlos el Bienamado.

Fuente Consultada
LO SE TODO T omo III Editorial CODEX Biografía de Carlo VI

Biografía de Luis IX El Santo Rey de Francia Obra Política

VIDA Y OBRA POLÍTICA DE LUIS IX EL SANTO DE FRANCIA – LAS CRUZADAS –

El rey Luis IX de Francia, uno de los santos de la Iglesia Católica, dirigió las dos últimas cruzadas y es uno de los personajes más notables de esa época turbulenta. Nació el 25 de abril de 1215, hijo del rey Luis El León.

Recibió una educación muy esmerada, en particular de su madre, Blanca de Castilla, quien según una difundida biografía solía decir: «Hijo, prefiero verte muerto antes que en desgracia de Dios por el pecado mortal».

VEAMOS SU BIOGRAFIA

Luis IX el Santo, llamado San Luis (Poissy, 1215 – Túnez, 1270) , rey de Francia (1226-1270), hijo y sucesor de Luis VIII el León.

Su madre, Blanca de Castilla, hija del rey de Castilla, Alfonso VIII, actuó como regente durante su minoría de edad y desde 1248 hasta la muerte de ella, ocurrida en el año 1252.

Durante sus últimos años de vida estuvo en Tierra Santa, participando en la séptima Cruzada, donde murió cuando estaba en Túnez.

Luis ix el santo de Francia

Dada su corta edad, la Regencia recayó en la reina madre, en cuyas manos dejó luego Luis la gobernación del reino, desde que fuera declarado mayor de edad en 1234 hasta 1242.

De esta forma, Blanca de Castilla gozo, durante su regencia, de un papel que ninguna reina iba a desempeñar en lo sucesivo, hasta llegar a Catalina de Médicis, tres siglos después.

Sin embargo, necesitó de toda su energía y toda su inteligencia pare imponerse, pues los barones de Francia, a la muerte de Luis VIII, padre de Luis IX,  habían declarado noblemente que el reino era «algo demasiado grande para ser gobernado por una mujer».

También  se rebelaron Felipe Hurepel, hijo legitimado de Felipe Augusto, aliado con el rey de Inglaterra Enrique III, con el conde de la Marca, Hugo de Lusignan, y con el duque de Bretaña, Pedro Mauclerc.

La monarquía vivió momentos dramáticos; los conjurados estuvieron a punto, en 1228, de raptar al joven rey, y,dos años después, Enrique III desembarcaba en Saint-Malo. Pero los barones de Bretaña se unieron en Ancenis al campo de Blanca, a donde acudió también Teobaldo de Champaña con trescientos caballeros. Enrique tuvo que volverse a Inglaterra.

De esta manera, frente a los intereses particulares de los grandes señores, la nueva sociedad, desligada poco a poco de la tutela feudal, tendía a reunirse bajo la poderosa protección de la corona.

Cuando Luis IX alcanzó su mayoría de edad, en 1235, la regente continuó, durante algunos años, desempeñando el papel de gran animadora de la política francesa.

El primer acto del rey fue, sin embargo, la guerra, porque Enrique III, a quien el conde de la Marca había vuelto a convocar, estaba en el continente. Victorioso en Taillebourg, el 22 de julio de 1241, Luis persiguió al inglés, pero fue detenido por la disentería y aceptó una tregua que devolvió al rey de Inglaterra a su isla.

Solamente a partir de 1254, cuando hubo de regresar de Tierra Santa a causa de la muerte de su madre, Luis IX se impuso por sus cualidades, que le inmortalizarían en el espíritu de los pueblos  con  el nombre de  San  Luis.

San Luís puso el máximo empeño en realizar su ideal de paz y de justicia. Aunque  multiplicaba los actos de devoción personal (ayunos,  penitencias,  servicio a los pobres y enfermos), desempeñó sin debilidad su oficio real, muy imbuido de las prerrogativas de la corona, y no dudando en hacerlas respetar incluso por el clero y el Papado. El esplendor de Francia en el siglo XIII es debido, en gran parte, a su personalidad.

El rey de Francia cuenta entonces cuarenta años. Alto y esbelto, de tez clara, ojos azules y cabellos rubios, es un hermoso  caballero,   cuya  agradable  fisonomía y voluntarioso mentón logran, a la vez, atraer e imponer respeto.

Parece haber recibido en herencia las mayores virtudes de su tiempo: el orgullo castellano y la inteligencia de su madre, el valor de su padre, a quien habían apodado el León, la sabiduría política de su abuelo Felipe Agusto. Posee igualmente la gracia, la rectitud y la alegría.

Por ello, la Edad Media ha encontrado en él su símbolo, y la cristiandad preferirá su personalidad dulce y sencilla, aunque noble y enérgica, a la de los grandes papas dominantes.

Autoritario e independiente, se rodeó de consejeros y amigos, pero nunca de ministros influyentes. A su hermano Carlos, que prendió injustamente a un vasallo, le declaró que «no hay más que un solo rey en Francia», y, en otra ocasión, dijo al Emperador: «la corona de Francia no ha caldo tan bajo que se cuelgue de vuestras espuelas». 

El, tan generoso, una vez que se había pronunciado una sentencia justa, no concedía gracia más que en casos excepcionales.

Pero el milagro de la santidad de Luis consiste en que toda esta energía estaba dirigida muy lejos de toda ambición personal, hacia el bien común.

Desde luego, las circunstancias le resultaron favorables; fue una suerte para el rey haber subido al trono después de la Cruzada contra los albi-genses, y no tener que mancharse con las matanzas de aquella sangrienta expedición. Fue también otra gran suerte el haber heredado de su padre y de su abuelo un reino poderoso y respetado.

Reinó sobre un país sin herejes y al que le fue dado ennoblecer, afirmar, y completar en la paz lo que había hecho la espada de sus precursores.

LA PAZ DEL REINO DE FRANCIA
«Después que el rey Luis volvió de ultramar a Francia, miró y pensó que era muy hermosa cosa, y muy huena, mejorar el reino de Francia», nos dice Joinville. En efecto, la obra interna de San Luis proseguía la de Felipe Augusto, dando al reino de Francia una estructura sólida, y el país, durante su reinado, conoció un período de prosperidad innegable.

Hasta entonces,   la   administración   monárquica   había servido, sobre todo, para salvaguardar los derechos de la corona, para favorecer su jurisdicción y desarrollar sus finanzas. Ahora, tiende a asegurar el orden público, a mejorar las condiciones del pueblo.

Los bailes, los senescales, creados por Felipe, tendrán tareas más «complejas por la preocupación cada vez más viva del rey por penetrar en todos los engranajes de la vida y de la sociedad; agentes especializados auxiliarán al baile en sus funciones.

Ciertos cargos militares se confiarán, a expensas de los bailes, a capitanes que vigilan las fortalezas reales, mientras que en el Mediodía, un juez-mayor suplantará al senescal en sus atribuciones judiciales.

Esta administración múltiple necesitará cuerpos constituidos, actuando cerca del rey, encargados de vigilarla. Así, los especialistas de la justicia reforzarán el Parlamento, los de las finanzas harán lo mismo, y, de esta forma, nacerá el Tribunal de Cuentas.

El Parlamento somete los tribunales judiciales de provincia a su intervención, y su acción contribuyó a la unificación del derecho y a la supresión de antiguas costumbres pasadas, como el duelo judicial.

En la administración corriente, el francés ocupó el lugar del latín. Por primera vez, el pueblo sentía que el gobierno no era una máquina para oprimirlo; por primera vez:, el funcionario cesaba de aparecérsele como un dueño y señor.

La fuerza de la realeza se aliaba con la justicia, y el rey, cesde lejos, velaba por su pueblo y se compadecía de sus miserias. La realeza se hacía popular, arraigaba en las provincias, se atraía la opinión pública y se convertía en indispensable, porque también era bienhechora.

Luis IX de Francia

Probablemente fue también la influencia de su madre la que le hizo profundamente religioso, consagrándose a la tarea de reinar con firme apego a los principios cristianos, pero su dulzura no impedía al rey de Francia recurrir, cuando la necesidad. así lo exigía, a una severidad implacable en la que se revelaba el orgullo de los Capetos. La justicia  de San  Luis—Manuscrito  francés—París, Biblioteca Nacional.

EL ÚLTIMO CRUZADO
La paz y la justicia que el rey quiso hacer reinar entre sus subditos fueron también la regla constante de la política internacional de Luis IX. Habría podido, sin duda, arrancar al rey de Inglaterra los últimos jirones de sus posesiones continentales, y al rey de Aragón los feudos que poseía en el Languedoc.

Sin embargo, ofreció a ambos, pese a la opinión de sus consejeros, arreglos amistosos. El tratado de Corbeil, en 1258, sancionaba los esponsales de Isabel de Aragón con el heredero de Francia, Felipe.

El rey renunciaba a una soberanía poco efectiva sobre el Rosellón y el condado de Barcelona, mientras que Jaime de Aragón abandonaba definitivamente sus pretensiones sobre el condado de Toulouse.

En diciembre de 1259, iba a ser firmado el tratado de París, que ponía fin a un siglo de guerra entre Francia e Inglaterra. Muy criticado por sus contemporáneos, sin duda es una medida política discutible, pero San Luis deseaba: «poner amor entre nuestros hijos y los de Inglaterra, que son primos hermanos».

Enrique reconocía el abandono de Normandía, del Maine, de Anjou, de la Turena y de Poitiers, mientras conservaba la Guyena y sus dependencias, por las que se declaraba feudatario del rey de Francia.

Desde entonces, la justicia, las monedas, las ordenanzas francesas iban a invadir el ducado de Guyena, como los otros feudos, y, en caso de felonía de su vasallo, la monarquía francesa se apoderaría legalmente de la tierra. Luis IX no podía pensar que el germen de la Guerra de los Cien Años se encontraba en este tratado.

Sin embargo, la confianza que inspiraba su equidad le valió un prestigio que hizo que lo tomaran por arbitro en diversas circunstancias. San Luis partirá, por segunda vez, para la más loca y la más anacrónica de las empresas: la Cruzada, cuyo peligro, inutilidad y fracaso le vaticinaban todos.

El entusiasmo de los primeros cruzados revivía en este rey, a quien sería concedido morir tal como había soñado siempre, combatiendo por la fe, el 25 de agosto de 1270, en Túnez.

ALGO MAS…
SAN LUIS EN SIRIA
En 1244, gravemente enfermo, hizo voto de participar en la Cruzada si se restablecía. Cuatro años después, se embarcó en Aigues-Mortes, acompañado de sus tres hermanos y de la flor de la caballería francesa. Las galeras, con los bellos nombres de: la Reine, la Demoiselle, la Montjoie, anclaron en Chipre, donde el rey Enrique I de Lusignan los recibió con una fastuosa hospitalidad.

Después, el rey decidió atacar a los musulmanes en el corazón de su poderío, es decir, en Egipto.

La ciudad de Damieta fue  elegida como objetivo, y,  el 6 de junio de 1249, los barones de Francia, rivalizando en ardor con los de Siria, se apoderaron de la ciudad.

El temor a la crecida del Nilo impidió a los francos sa car provecho de su ventaja para march;n sobre El Cairo, y esa demora de cinco meses permitió al enérgico sultán de Egipto Es-Salih-Ayub, recobrarse.

Reincidiendo en el error de Pelayo, Luis IX, mal acón sejado por su hermano Roberto de Artois, rechazó la proposición del sultán, que ofrecía Jerusalén a cambio de Damieta, y, el 20 de noviembre, se precipitó hacia la ca pital.

Ante la fortaleza de Mansurah, los francos fueron detenidos de nuevo. La temeridad de Roberto de Artois, lanzándose alocadamente a las calles de la ciudad, supuso, con su propia muerte, el aniquilamiento de la vanguardia.

El rey, estimando que el honor le prohibía batirse en retirada, hizo frente a los egipcios, a pesar de que el tifus diezmaba al ejército franco.

Ni el valor del soberano (del que Joinville ha conservado la visión inolvidable «del héroe, por sí solo, más grande que la batalla»), ni el heroísmo de sus soldados fueron suficientes para salvar al ejército franco, que capituló el 6 de abril de 1250.

Mientras tanto, el sultán de Egipto fue asesinado por los mercenarios turcos de la guardia, los mamelucos, que estuvieron a punto de degollar a Luis IX en su prisión.

Sin embargo, aceptaron por el rescate de éste y el de su ejército la rendición de Damieta y la entrega de 500.000 libras, tornesas. El 8 de mayo, el rey embarcó para Siria. Allí permaneció  cuatro  años,  reorganizando el país, con el fin de preservalos contra el atque del Islam.

LA REORGANIZACIÓN DE TIERRA SANTA
Desde hacía más de veinte años, las colonias francas eran los territorios más anárquicos. Luis IX quiso restablecer en ellas la noción del Estado.

Su sentido del deber, su lealtad absoluta, su cortés entereza hicieron que sus medidas autoritarias fueran aceptadas de buen grado por los barones de Acre y de Tiro. Y el rey de Francia, por anacrónico que pudiera parecer en su afecto a la vieja idea de la liberación de los Santos Lugares, se mostró notablemente audaz en su juego diplomático.

Cuando toda Europa temblaba ante el despliegue de los mongoles, Luis, sabiendo que eran en parte cristianos nestorianos, envió al gran Khan de Tartaria un emisario, el franciscano Guillermo de Rubruquis.

Esperaba hacer coincidir su ataque contra el sultán de Egipto con la invasión con que los mongoles amenazaban a éste. Pero la lentitud de los intercambios no permitió una sincronización eficaz de las operaciones. Por otra parte, el rey, yendo contra el Islam oficial, no dudó en concluir una alianza con el «Viejo de la Montaña», jefe de los temibles «asesinos». Se trataba de una secta disidente creada en el siglo XI, cuyos adeptos llevaban oficialmente el nombre de ismaelitas.

En   el  término   de   «asesinos», puede observarse la deformación de hash-shashin, consumidoras de hashish, porque los pertenecientes a la secta se embriagaban con esta planta antes de cometer sus fechorías. Eran, en efecto, fanáticos, especializados en atentados terroristas.

Esperando intimidar a Luis IX, lo habían amenazado con asesinarle. Después, comprendiendo que tal amenaza no tenía posibilidad de éxito, su jefe envió al rey, en prueba de amistad, «su camisa y su anillo», además de un elefante de cristal, un soberbio juego de ajedrez y perfumes maravillosos.

Luis respondió a estas amabilidades con el regalo de «joyas, tela color escarlata, copas y frenos de plata para los caballos». Cuando el soberano, llamado a Francia tras la muerte de su madre, la regente Blanca de Castilla, dejó el país, había introducido en la Siria franca notables mejoras, tanto por lo que se refiere a la organización interior como a la situación diplomática.

EL FIN DE LA EPOPEYA DE LAS CRUZADAS
La unidad que la presencia de San Luis  había dado a Tierra Santa, no sobrevivió, a su marcha. El reino entero se dividió, y la guerra civil enfrentó a los partidarios de las dos ciudades italianas.

El mongol Hulagú, nieto de Gengis-Khan, se apoderó de Bagdad, y después, de Alepo y de Damasco.

Un mameluco de origen mongol, Baibars, llegado al trono de Egipto mediante una serie de asesinatos, se reveló como uno de los primeros estadistas de su tiempo, feroz y desleal, pero soldado de genio e incomparable administrador. Los francos tuvieron por adversario a este personaje sin igual.

En principio, arrebató Siria a los lugartenientes de Hugalú, y después se volvió contra la cristiandad. Cesárea, Arsuf, Jafa, Beaufort y Antioquía cayeron en sus manos, entre 1265 y 1268.

En Francia, el rey Luis decidió volver a partir, a pesar de los consejos de todos los que le sugerían que deje esa guerra. Inició la octava la Cruazada, que se dirigió a Túnez con la idea de convertir al cristianismo al sultán de ese país, pero debido al gran calor en esa región , el cólera enseguida se difundió y contagió a gran parte del ejército francés y entre ellos al Rey también, quien murió en 1270.

Fuente Consultada:
HISTORAMA La GRan Aventura del Hombre Tomo III Vida de Luis IX de Francia Edit. CODEX

Enrique II Plantagenet Biografía Rey de Inglaterra

BIOGRAFÍA Y REINADO DE ENRIQUE II
INGLATERRA LA PRIMERA POTENCIA DE OCCIDENTE

Enrique II (de Inglaterra) (1133-1189), rey de Inglaterra (1154-1189) uno de los soberanos más poderosos de su tiempo, fue el primer monarca inglés perteneciente a la dinastía Plantagenet. Reinó entre los años 1154 y 1189. Fue el primer monarca de la Casa de Anjou o Plantagenet, fue un importante reformador de la administración y uno de los soberanos europeos más poderosos de su época. Nació en Francia, ciudad de Le Mans el 5 de marzo de 1133, fue duque de Normandía en 1151.

Cuando fallece su padre  heredó los territorios franceses que pertenecían a los Angevinos (miembros de la casa de Anjou). Mediante su matrimonio en 1152 con Leonor de Aquitania, añadió a sus posesiones una serie de extensos territorios del suroeste de Francia.

Enrique II de Inglaterra Plantagenets

El gobierno de los Plantagenet: Al rey Guillermo El Conquistador I le sucedió su hijo Guillermo II, llamado El Rojo, que luego de un gobierno mediocre pereció asesinado (año 1100); entonces ocupó el trono su hermano Enrique I, soberano que logró el favor popular, eliminando rencores entre anglosajones y normandos. A su muerte, heredó la corona su hija Matilde, quien casóse con el conde francés Godofredo Plantagenet, representante de la Casa de Anjou. Sin embargo, Matilde no pudo gobernar porque las ambiciones de su primo Esteban de Blois originaron diversas luchas.

Finalmente ocupó el trono de Inglaterra el hijo de Matilde, llamado Enrique II, Plantagenet, conde de Anjou (año 1154). La nueva dinastía se mantuvo en el poder cerca de trescientos años. Además del territorio inglés, Enrique II dominaba toda la región occidental de Francia hasta los Pirineos.

ENRIQUE II PLANTAGENET Y SUS POSESIONES FRANCESAS

mapa dominio de enrique plantagenets

Enrique II, buen mozo, pelirrojo, de apariencia muy sencilla, inclinado a terribles furores, pero encarnizado trabajador, dotado de una gran inteligencia y habiendo recibido una buena educación, Enrique II fue uno de los reyes más grandes que tuvo Inglaterra. No se entendía bien con Leonor, y profesó una verdadera hostilidad a los hijos que ella le dio, atrayéndose así el odio de toda su familia. Fue, sin embargo, capaz de una gran amistad, como la que le unió, durante muchos años, con Tomás Becket.

Continuando con la política centralizadora de su abuelo, pasó gran parte de su reinado recorriendo sus dominios y reorganizándolos. Si no pensó nunca en la unificación de sus posesiones francesas, que era irrealizable, intentó, sin embargo, atenuar las diferencias que había entre ellas. Realizó una obra considerable en el ducado de Normandía, donde introdujo el Excbequer que tuvo lugar dos veces al año en Caen, ciudad en la que estaba depositado el tesoro del ducado; reemplazó los vizcondes por bailes, encargados de hacer justicia y de percibir los impuestos en cada bailía (tierras bajo su juridicción) ; hizo fructificar los ingresos de sus dominios, creó derechos sobre el comercio y sobre la pesca, acumulando así un tesoro considerable. Supo aliarse hábilmente con el clero, cubriéndolo de oro, y obtuvo el apoyo de la burguesía de las ciudades, concediéndole ciertas libertades municipales, a cambio de estrictas obligaciones militares.

Sus estados de Anjou, Turena y Maine estaban mucho más retrasados que Normandía, y Enrique tuvo que recurrir a un virrey para imponer su autoridad en ellos.

Leonor, que seguía siendo la soberana de Aquitania, fue una excelente administradora; ella estimuló la promulgación del Código de Oloron, que fue durante siglos la base del derecho marítimo. Sin embargo, la nobleza, el clero e incluso las ciudades de esta provincia estaban muy indisciplinadas, y no esperaban más que una ocasión pata sublevarse y reclamar su independencia.

A causa de todas estas posesiones, los Plantagenet eran vasallos del rey de Francia, a quien debían homenaje y asistencia. Pero Enrique II, vasallo mucho más poderoso que su soberano, omitió el cumplimiento de las obligaciones que los lazos de vasallaje exigían, ocasionando así conflictos permanentes entre los dos reinos.

Además de las posesiones que había recibido por herencia, Enrique II intentó conquistar más, por alianzas o por guerras: así, el Vexin francés, aportado como dote por Margarita de Francia, hija de Luis VII, a su hijo y heredero Enrique Court Mantel igualmente, Enrique se apoderó de la Bretaña, casando a su cuarto hijo Godofredo con la heredera de este ducado; tomó por la fuerza el Quercy, y obligó al conde Raimundo de Toulouse a rendirle homenaje.

INGLATERRA, PRIMERA POTENCIA DE OCCIDENTE
Prosiguió esta política hegemóníca en Irlanda, donde, en 1170, llevó a cabo una expedición e instaló a numerosos señores ingleses en el país de Gales, imponiendo ro soberanía, y también en Escocia, a cují rey. Guillermo el León, obligó a prestarle juramento y a rendirle homenaje despues de haberle infligido una terrible derrota en 1174, en la batalla de Alnwick. Escocia se convirtió en un feudo de la corona de Inglaterra, su clero fue sometido al clero inglés, y se instalaron guarniciones en todas sus plazas fuertes.

En 20 años, Enrique II había hecho de Inglaterra la primera potencia de Occidente. En la propia Inglaterra, supo rodearse de excelentes consejeros, adictos a la idea del absolutismo real; tres de ellos desempeñaron funciones muy importantes: el Canciller, guardián del sello real y consejero jurídico y político del soberano. Este cargo adquirió un gran relieve cuando Enrique II lo confió a un hombre cuya personalidad igualaba a la suya, y que, después de haber sido su más fiel servidor, se convirtió en su irreductible enemigo: Tomás Becket.

Hijo de un noble inglés consagrado a la causa de los Plantagenet, y de la hija de un emir de Palestina, Tomás Becket fue, desde muy joven, el amigo y confidente de Enrique II. Ambos eran jóvenes, brillantes y despreocupados, y tenían la misma pasión por los festines, la caza y las mujeres. Enrique quiso hacer Canciller a su amigo más querido, y Tomás probó rápidamente sus cualidades de hábil político.

En materia de finanzas, el Tesorero del Exchequer tenía un papel coordinador tanto más considerable cuanto que Enrique había separado la Tesorería o Bajo-Exchequer de la Cámara de Cuentas o Alto-Exchequer, encargada de registrar los gastos y los ingresos. Por último, el Consejo del rey, presidido por el Justicia Mayor, se convirtió en un tribunal permanente, que enviaba, todos los años, a provincias, delegaciones encargadas de hacer justicia en nombre del rey y de constituir jurys, nueva institución creada por Enrique II.

LA REBELIÓN DE LEONOR Y DE SUS HIJOS
Enrique II intentó disminuir el poderío de los nobles, reforzando los órganos que dependían directamente de él; revocó todas las concesiones que les había otorgado Esteban de Blois, confiscó sus dominios, destruyó los castillos. Disminuyó la importancia de los ejércitos feudales instituyendo una tasa mediante la cual se podía sustituir la obligación del servicio militar. Los ingresos derivados de esta tasa permitieron la formación de un ejército profesional, mucho más dócil que el feudal. Gracias aél, pudo vencer Enrique II la rebelión de ¡os señores que estalló en el continente.

En 1173, Enrique desembarcó en Guyena, acompañado de su esposa y sus hijos, para recibir el homenaje de sus vasallos. Pero la rebelión se estaba incubando hacía largo tiempo, y el joven delfín, Enrique Court Mantel, la hizo estallar poniéndose a la cabeza de ios rebeldes; Luis VII, aprovechándose de estas querellas internas, apoyó a su yerno. Muy pronto, los dos hijos menores, Godofredo y Ricardo, instigados por Leonor, traicionaron también a su padre y levantaron contra él a los barones de la Marca del Perigord y de Angulema. Enrique derrotó al ejército de sus hijos y al del rey de Francia, primero en Verneuil y luego en Ruán. Entonces, Enrique Court Mantel y Ricardo imploraron su perdón y se firmó la paz, en Mont-Louis, en septiembre de 1174.

Si Enrique se mostró clemente con sus hijos, no perdonó, en cambio, a su esposa, a quien hizo encerrar durante dieciséis años, no dejándola aparecer en la Corte más que en raras ocasiones. En Guyena y en Poitiers se produjo un gran descontento, pues el pueblo reclamaba a su soberana. Para mantener a raya toda nueva rebelión, Enrique impuso un nuevo juramento de fidelidad a sus vasallos, por una disposición del año 1176.

TOMAS BECKET O EL ASESINATO EN LA CATEDRAL
Todavía con más violencia que con la nobleza, tuvo que enfrentarse con el clero. La Iglesia constituía entonces una fuerza muy bien organizada, con inmensas riquezas, y cuyos miembros, los personajes más cultivados de la época, alcanzaban las más altas funciones políticas. Favorable a una concepción de realeza electiva, en la que el soberano debe, ante todo, hacer respetar la voluntad divina, constituía un importante foco de resistencia a la monarquía, tal como la concebía Enrique II.

En 1162, moría el arzobispo de Canterbury. Decidido a imponer su intervención sobre la Iglesia, Enrique designó a Tomás Becket para reemplazarlo; éste, tras algunas vacilaciones, aceptó el honor que se le hacía. Pero, tan pronto como fue investido de su nuevo cargo, se operó en él un gran cambio; renunciando a todos los placeres que el dinero y sus funciones le habían procurado hasta el momento, se convirtió en un hombre austero, y llevó una vida muy sencilla, repartida entre las plegarias y la administración de su diócesis. (continuar: Asesinato de Tomas Becket)

Fuente Consultada:
HISTORAMA La Gran Aventura dell Hombre Edit. CODEX Tomo III
HISTORIA I  José Ibañez Edit. Troquel

Vida de los Señores Feudales Comida, Caza, Religión y Fiestas

VIDA DE LA NOBLEZA EN LA EDAD MEDIA

La vida de la nobleza feudal no era tan idílica como se la describe con frecuencia en las novelas románticas. Aunque, indudablemente, no le faltaba la agitación, era muy fatigosa y la muerte cobraba su tributo a edad temprana. Tras un estudio cuidadoso de los esqueletos medievales, un científico moderno ha calculado que en los tiempos feudales el porcentaje de mortalidad alcanzaba su nivel más alto a la edad de cuarenta y dos años, en tanto que al presente lo alcanza alrededor de los sesenta y dos. Además, las condiciones de vida eran relativamente pobres hasta para los nobles más ricos.

vida de los señores feudales en la edad media

Casi hasta fines del siglo XI el castillo feudal no era sino una fortaleza tosca de madera. Y los grandes castillos de piedra posteriores estaban lejos de ser modelos de comodidad. Las habitaciones eran oscuras y húmedas y las paredes de piedra sin revestimiento resultaban frías y tristes. Hasta que se reanudó el comercio con el Oriente, cuya consecuencia fue la importación de tapices y alfombras, los pisos estaban generalmente cubiertos con juncos o paja, que se renovaban cuando los anteriores eran ya insoportables a causa de la inmundicia dejada por los perros de caza.

La comida del noble y su familia, si bien abundante y sustanciosa, no era muy variada ni apetitosa. Sus componentes principales eran la carne, el pescado, el queso, las coles, los nabos, las zanahorias, las cebollas, los porotos y las arvejas. Las únicas frutas que se podían obtener en abundancia, eran las manzanas y las peras. No se conocían el café y el té, como tampoco las especies hasta que se intensificó el comercio con el Oriente. También se importaba azúcar, pero durante mucho tiempo siguió siendo rara y costosa y hasta se vendía como droga.

Aunque los nobles no trabajaban para ganarse la vida, no pasaban el tiempo en la ociosidad. Los convencionalismos de su sociedad les exigían gran actividad bélica, aventurera y deportiva. No sólo luchaban con pretextos baladíes para apoderarse de los feudos vecinos, sino también por puro amor a la lucha como aventura excitante. Eran tan frecuentes los actos de violencia, que la Iglesia tuvo que intervenir con la Paz de Dios en el siglo X y luego con la Tregua de Dios en el siglo XI.

Mediante la Paz de Dios la Iglesia pronunciaba anatemas solemnes contra quienes realizaban actos de violencia en los lugares destinados al culto, robaban a los pobres o agraviaban a los sacerdotes. Más tarde se extendió esta protección a los comerciantes. La Tregua de Dios prohibía toda clase de lucha desde «la víspera del miércoles hasta el amanecer del lunes» y también desde la Navidad hasta la Epifanía (6 de enero) y durante la mayor parte de la primavera, fines del verano y comienzos del otoño. El propósito de esta última regulación era, evidentemente, proteger a los labradores durante las estaciones de la siembra y la cosecha. La pena que se imponía al noble que violaba esa tregua,  era la excomunión.

Hasta muy entrada la Edad Media, los modales de la aristocracia feudal eran todos menos refinados y suaves. La glotonería constituía un vicio común y las cantidades de vino y cerveza que se consumían en los castillos medievales durante las fiestas causarían vértigo a un bebedor moderno. En las comidas cada cual cortaba la carne con su propio cuchillo y la comía con los dedos. Los huesos y las sobras eran arrojados al suelo, donde se los disputaban los perros siempre presentes. A las mujeres se las trataba con indiferencia y a veces con desprecio y brutalidad, pues aquél era un mundo masculino.

En los siglos XII y XIII, sin embargo, se suavizaron y mejoraron considerablemente los modales de las clases aristocráticas gracias a la aparición de la llamada caballería andante. La caballería era el código social y moral del feudalismo, la encarnación de sus ideales más altos y la expresión de sus virtudes. Los orígenes de este código eran principalmente germanos y cristianos, pero en su desarrollo también desempeñó algún papel la influencia sarracena. El caballero ideal debía ser, no sólo valiente y leal, sino también generoso verídico, respetuoso, bueno con los pobres y desvalidos y desdeñoso de las ventajas injustas y las ganancias sórdidas.

El ideal caballeresco hacía del amor a las mujeres un verdadero culto, con un   ceremonial   complicado   que   el noble debía observar escrupulosamente. Por ello, las mujeres alcanzaron en la última Edad Media una posición social mucho más elevada que en el período anterior. La caballería imponía también a sus miembros la obligación de luchar en defensa de causas nobles. Era su deber especial actuar como campeón de la Iglesia y defender sus intereses con la espada y la lanza.

McNali Burns, Edward. Civilizaciones de Occidente. Buenos Aires, 1968.

Fuente Consultada:
HISTORIA 1  José Cosmelli Ibañez Editorial Troquel

Biografia de Leopoldo I Rey de Bélgica Política y Gobierno

RESUMEN DE LA VIDA Y GOBIERNO DE LEOPOLDO I , REY DE BÉLGICA

Leopoldo de Sajonia-Coburgo-Gotha nació en Alemania el 16 de diciembre de 1790. Hijo del duque reinante de Sajonia-Coburgo, realizó una carrera militar y fue un gran diplomático. Fue un aristócrata internacional de origen alemán, Leopoldo combatió en el ejército ruso en 1813 durante las Guerras Napoleónicas.

Vivió en Inglaterra a partir de 1846 y desposó a una princesa francesa en 1832, la princesa Carlota, hija del príncipe regente que más tarde sería Jorge IV de Gran Bretaña. Llegó a ser rey de los belgas casi por casualidad en 1834, supo proteger a la joven nación de la codicia de sus poderosos vecinos, e hizo que Bélgica desempeñara un papel importante en la escena europea.

Leopoldo I de Bélgica

Leopoldo I de Bélgica

Cuando tenía apenas 5 años, el zar de Rusia lo nombró coronel de la Guardia Imperial y a la edad de 12, él será general. La lucha contra Napoleónle llevó a servir como oficial en el ejército ruso (1805-10). Acabada la guerra, pasó a vivir en Inglaterra, donde adquirió la nacionalidad británica y contrajo matrimonio con la heredera del trono (1816), la princesa Charlotte, muerta al año siguiente cuando dá a luz.

Las dos primeras revoluciones europeas que dieron lugar a alteraciones en el orden del Congreso de Viena le ofrecieron la Corona de los respectivos Estados independientes que crearon: Leopoldo rechazó la de Grecia (1830), pero aceptó la de Bélgica, que acababa de rebelarse contra el dominio holandés (1831).

La independencia belga:  Bélgica, que formaba con Provincias Unidas una federación de estados, y no se sentía representada por la constitución otorgada por Guillermo I (1815-1840), rey de los Países Bajos. El holandés era el único idioma oficial, y las decisiones legales y administrativas quedaban en manos de los funcionarios holandeses. A esta situación se sumaba la persecución de que era objeto la religión católica, credo que profesaba la mayoría de los belgas.

Durante el Congreso de Viena, luego de caída del imperio napoleonico, se formó esa federación de países para evitar la influencia de Francia en esa zona. La unión de esos países le convenía económicamente a Bélgica, pero el descontento social igual reinaba, pues no sopórtaban la persecución religiosas de los belgas. Francia quizo aprovechar este malestra para recuperar su influencia en Bruselas.

En 1830, año de muchas revoluciones liberales en Europa, tambien estalla en Bélgica, Guillermo I envió al ejército para reprimir a los belgas, pero sus tropas fueron batidas en la lucha callejera. Convocado a elecciones, el pueblo eligió un congreso que proclamó la independencia de Bélgica, instauró la creación de una monarquía constitucional hereditaria y excluyó a la casa de Orange de la sucesión al trono belga.

El 4 de noviembre de 1830, las grandes potencias aceptaron la separación de Provincias Unidas y Bélgica, y reconocieron la independencia de este último país, a condición de que se proclamase neutral.

Convocados a nuevas elecciones, los belgas eligieron rey a Leopoldo de Sajonia, o Leopoldo I de Bélgica. Las fronteras establecidas por las grandes potencias desencadenaron choques armados entre Provincias Unidas y Bélgica, que Francia quiso aprovechar, pero la crisis se apaciguó ante la amenaza de una intervención militar por parte de Prusia, Rusia, Austria y Gran Bretaña.

El 21 de julio de 1831 juró solemnemente sobre la Constitución: Bélgica se convirtió de este modo en una monarquía constitucional y comenzaba una vida independiente. Desde un principio, el rey se esforzó por proteger esta independencia. Apenas subió al trono debió enfrentar una invasión de Guillermo I, que no aceptaba el tratado de 1831. Leopoldo I en persona defendió en Lovaina la ruta de Bruselas, ayudado por el general francés Étienne Maurice Gérard. Finalmente, Holanda dejó de ser una amenaza con la firma del tratado de Londres, el 19 de abril de 1839.

Casamiento con Luisa María de Orleans

1832: Casamiento con Luisa María de Orleans

Durante todo ese período, Leopoldo I desplegaría su habilidad diplomática para asegurar la frágil existencia del nuevo Estado. En 1832 desposó a Luisa María de Orleans, hija de Luis Felipe I, con la que tuvo cuatro hijos, a los que casó de la manera más ventajosa para Bélgica.

El rey sexagenario, más triste que nunca, se pliega de Laeken, conoce el final de una vida dolorosa y muere el 10 de diciembre 1865.Su funeral se celebró el 16 de diciembre. A pesar de las dificultades externas y tragedias personales, dejó un reino próspero que casi nadie cuestiona la legitimidad.

CRONOLOGÍA DE SU VIDA:

1790 Nacimiento de Leopoldo, cuarto hijo del  duque de Sajonia-Coburgo, el 16 de diciembre.

1813-1814  Leopoldo combate en el ejército ruso  contra Napoleón.

1815 Congreso de Viena: Bélgica es anexada   a Holanda,   Leopoldo de Sajonia-Coburgo desposa a  Carlota de Inglaterra, hija única del   futuro rey Jorge IV.

1817 Muerte de Carlota.

1828 Pacto de alianza entre los católicos y los  liberales belgas. Inicio del unionismo.

1830 Revoluciones en Europa. Levantamiento en  Bruselas. El ejército holandés deja la ciudad. Constitución de un gobierno provisional. Elección de un Congreso nacional. Conferencia de Londres que reconoce la independencia de Bélgica.

1831 Protocolo que establece la neutralidad de   Bélgica. Constitución belga. Leopoldo I, rey de los belgas. Guerra llamada de los diez días «contra Bélgica por Guillermo I, rey de Holanda».

1832 Leopoldo I se casa con Luisa María de    Orleans, hija mayor de Luis Felipe I.   Tienen cuatro hijos.

1839 Tratado de Londres. Guillermo I de  Orange, rey de Holanda, reconoce la   independencia de Bélgica.

1846 Fundación del Partido liberal.

1847 Primer ministro liberal.  Fin del unionismo.

1865 Muerte de Leopoldo I; lo sucede su hijo Leopoldo II, el 10 de diciembre.

Fuentes Consultadas:
Historia Universal ESPASA Siglo XXI Independencia de México
SOCIEDADES 8° Año Vicens Vives de M. González y M. Massone
Hicieron Historia Biografia de Leopoldo I de Bélgica Kapelusz
La Aventura del Hombre en la Historia Tomo II Editorial ATENEO

Biografía de Luis Felipe I de Francia Historia de su Gobierno

VIDA Y GOBIERNO DE LUIS FELIPE I, EL REY DE FRANCIA

Luis Felipe I de Orleans, (1773-1850) fue el rey de los franceses de 1830 a 1848, también conocido como el Rey Ciudadano (1773-1850). Era hijo de Luis Felipe José de Orleans (llamado Felipe Igualdad) y nació en París. Inicialmente llevó un reinado marcado por la prosperidad nacional, la estabilidad, y la fecundidad intelectual, pero finalmente fue destituído por sus tendencias autoritarias.

Pertenecía a la Casa de Borbón-Orleans, su padre era hermano del rey de Francia Luis XIV. Luis Felipe fue duque de Valois desde su nacimiento hasta 1785 y desde entonces el de duque de Chartres hasta 1793, año en el que su padre fue guillotinado y heredó el título de duque de Orleans. Políticamente predicaba con los ideales de fraternidad, libertad e igualdad de la Revolución Francesa de 1789.

Luis Felipe I Rey de Francia

Luis Felipe I Rey de Francia

Proclamado «rey de los franceses» por la gracia de Dios y la voluntad nacional, Luis Felipe I sería también el úitimo rey de Francia, cuando la misma voluntad nacional optó por la República. Llegó al poder tras una revolución y fue derrocado por otra. Durante los dieciocho años de su reinado proyectó la imagen de un soberano triste y sin grandeza en una Francia desgarrada.

ANTECEDENTES DE LA ÉPOCA:

Tras la derrota de napoleón, asumió el trono de Francia Luis XVIII. Este rey respetó muchos de los derechos conquistados por la burguesía y, al mismo tiempo, le hizo concesiones políticas y económicas pues necesitaba de su apoyo para impedir nuevas demandas y el estallido de revoluciones más radicalizadas. Por ejemplo, respetó la igualdad de todos los franceses ante la ley y las libertades de pensamiento, prensa y culto.

Cuando murió Luis XVIII lo sucedió Carlos X. Este rey intentó restaurar la monarquía absoluta tal como era durante el Antiguo Régimen. Abolió la libertad de prensa y declaró el estado de emergencia por el cual quedaban suspendidas las garantías individuales. Pero cuando suprimió la Cámara de diputados, estalló en París un movimiento popular en el que participaron sectores de la burguesía, obreros y estudiantes en defensa de las libertades. Tres días después la lucha de los liberales había conseguido la renuncia de Carlos X.

La restauración monárquica impuesta por las potencias vencedoras en el Congreso de Viena no abolir las principales ideas difundidas en la revolución. Como vimos hubo una reacción bajo Carlos X, que terminó renunciando, y ahora su reemplazo en Luis Felipe, quien no sería un rey «a la antigua»: establecería una monarquía constitucional donde la influencia política de la burguesía —y de las finanzas— sería cada vez más sensible. A partir de este momento la vieja nobleza jamás reconquistaría sus privilegios.

Las restricciones impuestas a las libertades y las privaciones materiales de la población, terminarían por reencender la llama de la revolución. En tres oportunidades sucesivas (1830, 1848 y 1870) el pueblo de París saldría a las calles. Y restablecería la República en las dos últimas.

Luis Felipe había acido en París el 06 de octubre 1773, hijo Felipe Igualdad (apodo) , duque de Orleans. Desde 1785 hasta la ejecución de su padre, el 06 de noviembre 1793, era conocido como el duque de Chartres, a partir de entonces como el duque de Orleans y fue líder de la rama más joven de la familia Borbón.

En 1790, en pleno desarrollo de la revolución francesa el duque se unió al Club de los Jacobinos y como militar estuvo al servicio de la Convención; pero mas tarde, decidió escapar de Francia y buscar la protección austríaca en 1793 para evitar caer él también víctima del Terror. Permaneció en Suiza y Estados Unidos hasta su regreso a Francia en 1817, convirtiéndose enseguida en una figura apreciada por las clases medias liberales, por su postura a medio camino entre los excesos de la revolución popular y la reacción ultrarrealista que se impuso desde finales del reinado de Luis XVIII.

luis felipe i de francia

Restauró el Palacio de Versalles, abandonado desde la salida de Luis XVI en octubre de 1789, y estableció un museo de la historia de Francia, con una inscripción en su frontón: «a todas las glorias de Francia». También organizó el regreso de las cenizas de Napoleón (15 de diciembre de 1840) y erigidas al este de la ciudad de París.

Durante el inicio de su gobierno intento apoyar al sector republicano que lo había entronizado, pero con el tiempo su postura democrática fue cambiando, tomando alguna serie de medidas autoritarias , que se contradecían a su compromiso de mantener una monarquía constitucional. Acordó el matrimonio de su hija Luisa con Leopoldo I de Bélgica.

A partir de 1831, Luis Felipe I, que deseaba ejercer el poder por su cuenta, prefirió a los conservadores de la «Resistencia», encabezados por Guízot, en lugar de los partidarios del «movimiento» de La Fayette. Frente a las miserias, como el cólera de 1832, o las rebeliones, como las de los tejedores de seda de Lyon en 1831 y 1834, el rey respondió con indiferencia o por la fuerza.

Aunque el censo electoral se extendió a más personas, sólo un 9% de los electores podía votar. Esta clase dirigente que confiscó el poder en nombre de la razón fue muy corrupta, como lo revelaron una serie de escándalos financieros.

En política exterior, Luis Felipe I apoyó la gestión pacifista de Guizot, fundada en la alianza con Inglaterra, y en 1830 se lanzó con mesura en la colonización de Argelia, emprendida con ligereza tras un incidente diplomático en que el rey de Argelia le asestó un golpe de abanico al cónsul de Francia. Esta imprudencia alimentó su creciente impopularidad. Finalmente, la crisis de subsistencia de 1846-1847 fue la que volcó a las calles de París las muchedumbres hambrientas y encolerizadas.

Luis Felipe I y la Reina Victoria

La revolución de 1830 había llevado al poder a los sectores más ricos de la alta burguesía. Pero la pequeña burguesía y los sectores populares habían sido excluidos del sistema político autoritario, elitista y de sufragio censitario de Luis Felipe. La búsqueda de mayor participación política, así como el reclamo de mejores condiciones de trabajo y el derecho al voto, hicieron confluir en similares objetivos a sectores de la burguesía, intelectuales, estudiantes universitarios y trabajadores urbanos. Al mismo tiempo que las ideas liberales y democráticas se radicalizaban, comenzaron a tomar fuerza en Europa nuevas ideologías que reclamaban cambios en la organización de la sociedad y mejoras en la calidad y las condiciones de vida de los sectores obreros.

El 24 de febrero de 1848, el pueblo tomó el ayuntamiento gritando «viva la República» y Luis Felipe I abdicó en favor de su nieto. Al día siguiente, Francia ya era una República, al tiempo que el rey derrocado se refugiaba en Inglaterra, donde murió el 26 de agosto de 1850.

CRONOLOGÍA DE SU VIDA

1773 Nace el duque de Valois, el 6 de octubre.

1774 Luis XVI es entronizado.

1785 El duque de Valois se convierte en duque de Chartres.

1789 Toma de la Bastilla.

1791 Huida del rey, que es arrestado en Varennes.

1792 Condena y ejecución de Luis XVI. Ejecución de Felipe Igualdad; el duque de Chartres toma el título de duque de Orleans.

1795 Muerte de Luis XVII. El conde de Provenza toma el título de Luis XVIII. Inicio del Directorio.

1799 Golpe de Estado de Bonaparte.

1804 Napoleón es coronado emperador.

1814 El Senado proclama la deposición de Napoleón I y llama a Luis XVIII. Luis Felipe toma posesión de una parte de sus bienes.

1815 Los Cien Días y la segunda Restauración.

1824 Muerte de Luis XVIII; Carlos X se convierte en rey.

1830 Revolución (las Tres jornadas gloriosas); Carlos X abdica. Luis Felipe I, rey de los franceses.

1831 Ministerio de Casimir Perier. Rebelión de los tejedores de seda de Lyon.

1832 Cólera en París.

1833 Ley Guizot para la enseñanza primaria.

1834 Disturbios republicanos en París. Segunda rebelión de los tejedores de seda de Lyon.

1848 Primera revolución (febrero) y proclamación 1 de la República. Abdicación de Luis Felipe I que se refugia en Inglaterra. Segunda revolución (junio).

1850 Muerte de Luis Felipe I, el 26 de agosto.

 

 

Biografia de Marqués de La Fayette Héroe de Francia y EE.UU.

RESUMEN BIOGRAFÍA Y VIDA POLÍTICA DEL MARQUES DE LAFAYETTE

Marie Joseph Motier, conocido como marqués de La Fayette (1757-1834), fue un militar y político francés, que defendió  los principios democráticos y tuvo una actuación destacada en la independencia de las colonias británicas en América.

Mas y tarde  fue miembro de la Asamblea Nacional en los orígenes de la  Revolución Francesa de 1789, donde promulgó una Declaración de Derechos basada en la Declaración de Independencia estadounidense.

Recibió el mando de la Guardia Nacional de París; y creó un sociedad de políticos moderados que defendía la instauración de una monarquía constitucional.

Se lo considera un héroe de la independencia estadounidense y luego de la Revolución francesa, La Fayette contribuyó a la caída de la monarquía. Por tanto, en dos ocasiones impuso a un rey el emblema tricolor que se había convertido en el símbolo de la República.

En EE.UU. conoció a George Washington, con quien mantuvo muy buena amistad. Su intervención en la campaña de Virginia provocó la rendición de los británicos en Yorktown.

La Fayette, héroe de la revolución francesa

Nacido el 6 de septiembre de 1757 en el castillo de Chavaniac, en Auvernia, Marie-Joseph du Motier Paul nació en una familia noble.

Su padre murió en Minden (Alemania) en 1759, y su madre y su abuelo, murieron en 1770.

A los 16 años, se casó con Marie Francoise Adrienne de Noailles († 1807), hija del duque de Ayen y nieta del duque de Noailles, una de las familias más influyentes del reino.

 A los 17 años, después de su matrimonio se negó a aceptar un lugar en la corte, lo  que le habría asegurado una vida cómoda y prefiere dirigir su destino hacia una carrera militar.

Entró en la casa militar del rey en 1772. Era un joven capitán de dragones a la edad de 19 años cuando las colonias inglesas en América declararon su independencia.

Consciente de esta importante cuestión política, donde las colonias luchaban por su libertad , siente que su corazón se inflama por sumarse a esa causa y en abril de 1777, desafiando la prohibición del Rey, se embarca a América. Después de un viaje de dos meses, que atracó en Filadelfia, la sede del gobierno de las colonias, ofrece sus servicios al Congreso.

La Fayette aún no liene veinte años, y, a pesar de las prohibiciones de su padre y del rey, se alista.  «La felicidad de América está íntimamente ligada a la felicidad de la humanidad: ella se convertirá en el respetable y seguro
asilo de la honradez, de la tolerancia, de la igualdad y de una tranquila libertad».

« Desde el primer momento que escuch pronunciar el nombre de América, lo he amado; desde el instante en que supe que combatía por la libertad, deseé con vehemencia derramar mi sangre por ella». Con estas palabras, el marqués de La Fayette justificó su compromiso en favor de los insurgentes norteamericanos en su lucha contra la corona de Inglaterra.

El marqués de La Fayette, fue un ejemplo célebre de compromiso ciego por la causa de las colonias inglesas, pues con apenas diecinueve años de edad, deja su cómoda vida en Francia para embarcarse en la dura y peligrosa taera de luchar contra la potencia militar mas grande de esa época. Silas Deane, impresionado por  tan importante actitud y ciraje, le prometió el grado de mayor general.

Los oficiales franceses se sentían, a menudo, decepcionados por la acogida bastante fría de los americanos, que no aceptaban con gusto  el   ser mandados  por unos  extranjeros que ni siquiera hablaban su idioma.

En compañía del vizconde de Noailles y del conde de Segur, La Fayette llegó a América en  junio  de 1777.

En   Filadelfía fue, al principio, mal recibido: se lo tomaba como un aventurero. Orgullosamente, La Fayette exigió servir sin estipendio, como simple soldadodo.

Una carta de Franklin aclara los malentendidos y La Fayette se convierte en mayor general del ejército americano.

Fue herido en la toma Pennsylvania en la batalla de Brandywine Creek, y, en el curso del invierno siguiente, entabló amistad con Washington en los penosos cuarteles de invierno de Valley Forge: el aristócrata francés y el burgués de Virginia parecen haber nacidos para entenderse.

Se incorporó con cierta dificultad en el Ejército de Estados Unidos con el rango de general de división. Su papel militar es interrumpido por un período de seis meses cuando George Washington se encargó de convencer al rey de Francia para que enviara una fuerza expedicionaria.

Francia y Estados Unidos sellaron una alianza contra Gran Bretaña en 1778, razón por la cual esta última declaró la guerra a los franceses.

La Fayette regresó a su país y permaneció allí durante seis meses a fin de conseguir ayuda económica y militar para los rebeldes de las colonias. De vuelta en los EE.UU. en 1780 a bordo de la Hermione, recibe una petición de Washington, para comandar las tropas de Virginia.

Participó en 1780 en la decisiva batalla de Yorktown, que conduce a la rendición de Cornwallis, fue un 18 de octubre de 1781. Regresó a Canadá en 1782 donde fue ascendido a mariscal de campo.

Regresa a Francia en 1785 y convencido de los ideales de la Constitución estadounidense, La Fayette quiso que la monarquía adoptase algunos de sus principios.

Luego de participar en la Asamblea de los notables de 1787, fue elegido como representante de su orden ante los estados generales de 1789.

Muy pronto se declaró partidario del tercer estado, lo que le valió una gran popularidad, que culminó cuando redactó, junto con otros, la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, inspirada en la Constitución estadounidense.

Presenta un proyecto de Declaración sobre los Derechos Humanos en la Asamblea Constituyente. Fue nombrado comandante de la Guardia Nacional en julio de 1789.

Su papel en esta posición durante la Revolución todavía sigue siendo un poco enigmática, pues el 5 de octubre de 1789, cuando los parisinos van hasta Versalles para pedir pan a Luis XVI, la Guardia Nacional dirigida por La Fayette llega a tiempo para defender al rey y la reina, frente a una multitud enardecida que invadia las habitaciones reales, cansada de hacer colas interminables por un poco de alimento.

Responsable de la seguridad del castillo, le resultará incapaz de evitar nuevas invasiones de gente descontenta con las medidas de la familia real.

En 1791 fue él quien trajo a París al rey, sorprendido en Varennes cuando intentaba huir de Francia; pero fue también él quien ordenó disparar sobre las masas de manifestantes que, como consecuencia, pedían su destronamiento (matanza del Campo de Marte). Tras la formación del régimen republicano de la Convención (1792), La Fayette dio la razón a quienes dudaban de su lealtad, al huir de Francia después de haber fracasado en el intento de sublevar a sus tropas en favor del rey.

En diciembre de 1791, Lafayette toma el mando de uno de los tres ejércitos formados para luchar contra los austríacos, pero viendo que la vida de la pareja real era cada días mas amenazada, se opuso el partido jacobino, y se opuso a utilizar su ejército para restaurar una monarquía constitucional.

El 19 de agosto de 1792, se lo declara un traidor a la partia francesa. Obligado a refugiarse en Lieja, será capturado por los prusianos y los austriacos, y se le mantuvo arrestado en prisiones de Prusia y Austria desde 1792 hasta 1797.

A la sazón más prudente, La Fayette asistió de lejos a la entronización de Napoleón y renunció a desempeñar un papel en el escenario político, a sabiendas que no tenía cupo. Oportunista, esperó la noticia de la derrota de Waterloo para oponerse a un emperador caído.

El retorno de los Borbones al trono de Francia no hizo que su situación se tornase más propicia, y no pudo contar con el favor de los hermanos de Luis XVI, al que defendió tan mal.

Finalmente volvió en 1799; pero apenas participó en la vida política porque desaprobaba el programa de Napoleón I Bonaparte. En 1802 se opuso bajo el gobierno de Napoleón cónsul vitalicio; y en 1804, votó contra el título de emperador.

Fue electo diputado de Sarthe y de  Seine-et-Marne durante los cien días, le pide la abdicación de Napoleón primero. Adjunto de la Sarthe en octubre de 1818 y de nuevo en Seine et Marne en septiembre de 1819, se opone resueltamente a la Restauración y se adhiere a los carbonarios en 1821.

Reelegido diputado en noviembre de 1822, en Meaux, fue derrotado en las elecciones 1823.

En 1824 a septiembre de 1825 regresó a Estados Unidos donde realiza  una gira triunfal en 182 ciudades. Fue recibido con honores por el pueblo americano, quien le entrega $ 200.000 y 12.000 ha en Florida.

De regreso a Francia, fue reelegido diputado en junio 1827.

En tres días, 27,28 y 29 de julio de 1830, que pasaron a la historia con el nombre de las «Tres jornadas gloriosas», el pueblo parisiense puso fin al reinado de Carlos X, donde muchos partidarios le piden su apoyo, pero tal vez debido a sus 73 años, él apoya la causa de Luis Felipe, a quien le da la tricolor.

Lafayette sigue al mando de la Guardia Nacional durante unos meses, pero renuncia finalmente.

Lafayette muere en París el 20 de mayo de 1834. Está enterrado en el cementerio de Picpus en París.

El papel del marqués de Lafayette en la historia de la independencia americana está consagrado desde hace mucho tiempo en un plaza en Washington que lleva su nombre y hay levantada una  estatua ecuestre en el centro, frente a la Casa Blanca. El 8 de agosto de 2002, fue elevado a título póstumo, como  ciudadano honorario de los Estados Unidos de América, un raro privilegio que se ha concedido sólo cuatro veces antes en la historia estadounidense.

CRONOLOGÍA DE SU VIDA

1757 Nacimiento de Gilbert Motier, marqués de La Fayette, en el castillo de Chavaniac, el 6 de septiembre.

1773 Es oficial en un regimiento de mosqueteros.

1776 Proclamación de la Independencia  de Estados Unidos de América.

1777 La Fayette se embarca hacia  América del Norte.

1781 Victoria de Yorktown sobre los ingleses.

1787 La Fayette es elegido para la Asamblea   de los notables.

1789 Es representante de la nobleza en los estados generales. Nombrado comandante de la Guardia Nacional después de la toma de la Bastilla, le impone a Luis XVI la escarapela tricolor.

1791 La Fayette ordena a la Guardia   Nacional abrir fuego sobre los partidarios de la monarquía constitucional que
asisten a una manifestación en el Campo de Marte. Creación del Club des Feuillants.

1792 La Fayette comanda el ejército del   I Norte y luego, después del 10 de agosto, es detenido por los austríacos.
La Fayette retorna a Francia tras el golpe de Estado de Bonaparte, el 18 de brumario.

1818-1824 Elegido diputado de Sarthe.

1827 Diputado de Seine-et-Marne.

1830 La revolución de julio.

1834 La Fayette muere en París, el 20 de mayo.

HITOS DE LA HISTORIA DE FRANCIA EN LA ÉPOCA DE LAFAYETTE

    • Etapa absolutista hasta la revolución francesa en 1789 cuando Luis XVI es destituído y luego condenado a la guillotina.
    • Nace la primera república bajo los principios de «fraternida, libertad e igualdad»
    • Continua una Convención, el Directorio y luego Napoleón se proclama Cónsul y en 1804 es Emperador del imperio francés.
    • 1814 es derrotado Napoleón, y en 1815 en el Congreso de Viena se restituyen las monarquías en todo Europa.
    • Nace la Santa Alianza para enfrentar contra todo nuevo levantamiento a las monarquías.
    • LLega al trono Luis XVIII en Francia y luego le sigue Carlos X
    • Las ideas liberales de Napoleón tuvieron su arraigo y evolución, generando distintas revoluciones en Europa, contra el poder absolutista. Una de ellas en 1830 , destrona a Carlos X , quien es reemplazado por Luis Felipe I de Orleans, quien apoya estas nuevas ideas de la ilustración francesa, difundidas durante la etapa napoleónica.
    • En 1848 sectores marginados, como los obreros, estudiantes, comerciantes, maestros, profesionales, provocan otra revolución, reemplazado a Luis Felipe por Napoleón II, sobrino del emperador. Nace la 2° república.
    • Napoleón III , hijo de anterior Napoleón destituído dá un golpe de estado, dando origen al 2° Imperio que durará hasta 1870, cuando Francia pierde la guerra contra Prusia y pierde algunos territorios.
  • 1871, nace la 3°república francesa con Thiers como presidente.

Biografía de Francisco I Rey de Francia Historia y Vida

Biografía de Francisco I Rey de Francia Historia y Vida

Francisco I, hijo del conde Carlos de Orleáns y de Luisa de Saboya, nació el 12 de septiembre de 1494 en el castillo de Cognac. Tenía apenas dos años cuando murió su padre y quedó bajo la tutela del duque Luis, jefe de la casa de Orleáns. Cuando éste sucedió a Carlos VIII en el trono de Francia, Francisco I fue a vivir a la corte.

Rey Francisco I de Francia

En treinta y dos años de reinado, Francisco I marcaría con su impronta la Francia del Renacimiento, instituyendo los principios políticos del absolutismo real. Sin embargo, el reino se preparaba para los sombríos días de las guerras de Religión. Los retratos del monarca realizados por Clouet o Tiziano lo representan como un caballero risueño, elegante y atlético a la vez, y sus contemporáneos se mostraron impresionados por la imponente estatura del rey de Francia. Amable y seductor, gustaba ser comparado con Hércules el «noble campeón», y se complacía en mostrarse como un nuevo César: de hecho, los poetas de la corte no dejaban de afirmar que las cualidades física; del monarca francés reflejaban la perfección del cuerpo de Estado.

 Su fascinación personal le hizo convertirse en el predilecto del rey, que le otorgó la mano de su hija Claudia. Con esa unión, Luis XII, que no tenía herederos masculinos, designaba a Francisco I heredero del trono. Así fue como, a la muerte de Luis XII, acaecida en 1515, Francisco I se convirtió en rey de Francia, a la edad de veintiún años.

En seguida quiso continuar la política francesa de expansión hacia Italia, y con un ejército de tres mil caballeros, treinta mil infantes y setenta piezas de artillería, cruzó los Alpes para conquistar el Ducado de Milán.

Entre el 13 y el 14 de septiembre de 1515, el ejército francés derrotó a las tropas suizas mercenarias del duque Maximiliano Sforza, en la batalla de Marignano (hoy Melegnano). Luego, Francisco I marchó sobre Milán y sitió al castillo, que se rindió después de veinte días.

Apeíias finalizada la campaña de Italia, Francisco I, sin darse tregua, debió retomar las armas contra un adversario mucho más poderoso: Carlos V, rey de España y emperador de Alemania.

Los territorios de este soberano, situados en torno a Francia, impedían la expansión de ese país, y Francisco I no perdió ninguna oportunidad de combatir contra su gran adversario. Luchó en cuatro guerras, que devastaron durante muchos años diversos países de Europa (1521-1544).

Entre las muchas batallas en las cuales Francisco I combatió contra su gran rival, Carlos V, merece recordarse la de Pavía, empeñada el 24 de febrero de 1525, y en el transcurso de la cual el rey francés dio pruebas de una gran audacia. Durante la lucha, Francisco I avanzó a caballo entre las fuerzas imperiales, e hizo estragos con su espada. En medio de los muertos y del correr de la sangre, herido en el rostro y en el brazo, Francisco I continué combatiendo hasta que su caballo cayó malherido.

Rápidamente, las fuerzas enemigas lo rodearon para capturarlo, pero el rey, con gran peligro para su vida, no quiso entregarse. Sólo cuando se presentó ante él el comandante supremo del ejército imperial español, Francisco I rindió su espada y se declaró prisionero. Después de la batalla, desde la prisión, escribió a su madre, Luisa de Saboya, las famosas palabras: «Todo está perdido, menos el honor y la vida, que están a salvo».

Francisco I murió a los cincuenta y tres años de edad, en 1547, mientras se preparaba para una nueva guerra contra Carlos V.

Las guerras de Italia: Dividida en numerosos principados rivales, Italia provocaba la codicia de sus poderosos vecinos, comenzando por Francia, En 1494, Carlos VIII se lanzó en la aventura italiana con la fe de un cruzado que iba a salvar de la anarquía a las ciudades de la península. Fue recibido como liberador en Pavía, Florencia, Siena y Roma, antes de alcanzar Napóles en 1495. Pero el sueño se convirtió rápidamente en un avispero. El Sacro Imperio, España, el papa y Venecia se aliaron para expulsar a los franceses.

Luis XII, entronizado en 1498, se obstinó en hacer reconocer sus derechos sobre el Milanesado. Nuevamente fue una expedición sin éxito, antes que Francisco I, soñara a su vez con Italia. Sin embargo, el ascenso al trono del Sacro Imperio del español Carlos Quinto, en 1519, frustró brutalmente las esperanzas francesas. Francisco I fue derrotado en Pavía en 1525. Hecho prisionero, renunció a sus pretensiones italianas. Estas guerras no trajeron nada nuevo políticamente, pero pusieron a Francia en contacto con Italia y las riquezas poco conocidas de la Antigüedad. Un descubrimiento que anunciaba la llegada del Renacimiento.

LA CORTE DE FRANCISCO I
Francisco I fue muy ambicioso y amante del poder. Quería que sus subditos le fueran sumisos y aceptaran sin discutir sus órdenes. Sus enemigos decían de él que era «el rey de las. .. bestias», porque sus vasallos le obedecían ciegamente, con la sumisión propia de un animal doméstico.

En efecto, gobernó a Francia como soberano absoluto. Nunca convocó a los Estados Generales (es decir, a los representantes del pueblo francés) ni siquiera cuando debía obtener de sus subditos grandes sumas de dinero.

Se limitaba a pedir consejo a cuatro o cinco de sus ministros, por él nombrados, que le eran completamente sumisos. Las leyes y las disposiciones de este rey terminaban regularmente con las palabras: «porque éste es nuestro deseo». Francisco 1510 tenía una residencia fija.

La población de París era, en aquellos tiempos, de unos 300.000 habitantes, pero no tenía el aspecto de una capital y al rey no le agradaba vivir en ella. Prefería trasladarse de un castillo a otro, en los alrededores de la ciudad o a lo largo del río Loira. Hizo construir o agrandar varios castillos, entre los cuales, lo.s más famosos son los de Chambord, de Amboise y de Blois. Su residencia preferida estaba en Fontainebleau.

En la corte de Francisco I se vivía alegre y despreocupadamente. El rey organizaba con frecuencia bailes, juegos, conciertos y grandes partidas de caza. Nunca se había visto en la corte de Francia tanto lujo en el amueblamiento de los salones y en la vestimenta de los cortesanos.

Francisco I fue amante de las artes; principalmente de la poesía: él mismo escribía versos y reunió en su corte a los más famosos poetas y escritores franceses de su tiempo, motivo por el cual se le llamó «padre de las letras». También los artistas extranjeros fueron muy bien recibidos por este rey. Entre otros, recordamos a Benvenuto Cellini y a Leonardo de Vinci.

CRONOLOGÍA DE SU VIDA:

1494 Nacimiento de Francisco, hijo de Carlos de Valois-Orleans, conde de Angulema, y de Luisa de Saboya, el 12 de septiembre en Cognac.

1514 Matrimonio con Claudia de Francia, hija de su primo Luis XII.

1515 Coronación de Francisco I. Expedición al norte de Italia.Victoria de Marignano.

1516 Concordato de Bolonia firmado con el papa León X.

1519 Fracaso de la candidatura de Francisco I al Sacro Imperio ante Carlos Quinto. Inicio de la construcción del castillo de Chambord.

1520 Entrevista del Campo del paño de oro entre Francisco I y EnriqueVIII.

1523 Pérdida del Milanesado. Derrota de Pavía. Francisco I, prisionero de Carlos Quinto.

1526 Tratado de Madrid.

1527 Francisco I impone su autoridad absoluta al parlamento.

1529 Paz de Cambrai o paz de las Damas.

1530 Fundación del Colegio de Francia.

1531 Muerte de Luisa de Saboya. Alianza con los príncipes protestantes. Confiscación de los bienes del condestable de Borbón.

1534 Asunto de las pancartas.

1536 Tratados con los turcos.

1539 Ordenanza deVillers-Cotteréts: el francés, lengua oficial.

1544 Tratado de Crépy-en-Laonnois.

1545 Persecución de los valdenses.

1547 Muerte de Francisco I en Rambouillet, el 31 de marzo.

Fuente Consultada:
Enciclopedia Ilustrada del Estudiante Tomo IV – Francisco I de Francia –
Biografías Hicieron Historia Tomo I Entrada: Francisco I de Francia Edit. Larousse

La Edad Media Costumbres,Tradiciones,Pecados y Vida Cotidiana

LA VIDA, COSTUMBRES Y TRADICIONES EN LA EDAD MEDIA
la vida en la edad media

bullet edad mediaLos Viajes y Viajeros
bullet edad media Medir El Tiempo
bullet edad media Leyes y Castigos – Los Penitenciales
bullet edad media Casas, Comidas y Alimentación
bullet edad media Vestidos y Aseos
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bullet edad media Diversiones
bullet edad media La Homosexualidad, ida Conyugal y Extraconyugal
bullet edad media Violencia y Muerte
bullet edad media Paganismo
bullet edad media Pecados y Penitencias
bullet edad media La Familia
bullet edad media Medicina Medieval y Salud
bullet edad media La Muerte
bullet edad media Acontecimientos en  la Edad Media

Los ejércitos bárbaros, al mando de Alarico el Godo, entraron a Roma durante la calurosa noche del 24 de agosto del año 410 d.C. Los guerreros
germánicos saquearon la capital imperial durante tres días, y así pusieron un final simbólico al esplendor romano. «El mundo entero pereció en una sola ciudad», escribió San Jerónimo.

En los turbulentos siglos que siguieron, las tribus germánicas paganas, como las de sajones y francos, devastaron lo que quedó del orgulloso
imperio y se asentaron, sólo para ser devastados, a su vez, por los vikingos escandinavos.

El cataclismo orilló a los celtas a emigrar al oeste, y su cultura sólo perduró en la costa atlántica de Europa: Cornualles, Gales, Bretaña e Irlanda.

Algunos historiadores llaman Edad Oscura a este caótico periodo. Pero las tribus guerreras enriquecieron la cultura europea con su arte y su energía: un espíritu pionero, técnicas agrícolas vigorosas y mitos heroicos que celebraban los triunfos propios.

La caída del Imperio Romano fue acompañada en toda Europa por un enorme flujo de emigrantes; algunos ya convertidos al cristianismo. Hablaban idiomas distintos, sus indumentarias eran diferentes y no comían los mismos alimentos, pero todos dependían de la tierra, los ríos y el mar para su subsistencia.

Se trabajaba duramente para arar la tierra, y la cantidad de cultivos aumentó con la tala de bosques. Hacia el año 1000 d.C., los escandinavos se asentaron, construyendo castillos y fundando reinos.

El orden se restauró lentamente en Europa occidental: la vida se volvió más estable, próspera y refinada. La población aumentó hasta que la escasez de tierras y las epidemias la menguaron en el siglo XIV.

A partir del siglo XII, en Asia y en Europa había aumentado la proporción de habitantes de ciudades y pueblos. Hombres y mujeres escaparon de la dependencia de los señores feudales hacia la libertad de las ciudades.

El comercio de vino y lana cruzó las fronteras de Europa; y la seda y las especias viajaron de Asia a Europa. Donde se cruzaban las rutas comerciales, surgían bulliciosos mercados y ferias.

En el campo, la vida cotidiana se adecuaba a las estaciones; en las ciudades, se enriquecía con las fiestas religiosas.

Arquitectura, pintura, música y literatura captaron el espíritu de estos tiempos vibrantes y a veces violentos. Todavía perdura la magnificencia de las catedrales, que tardaron generaciones en construirse; y las universidades de Boloña, París y Oxford demuestran el interés medieval por el conocimiento.

Este fue valorado aún más en los países del Islam, en el siglo x, y ciudades como El Cairo, Córdoba y Bagdad eran famosas por sus bibliotecas y palacios. Los sabios islámicos sobresalieron en filosofía, ciencia y medicina.

Sin embargo, la mayoría de hombres y mujeres nunca vieron una ciudad, y no sabían leer ni escribir. Las autoridades religiosas normaban todo comportamiento.

La Iglesia construyó monasterios y conventos donde la manera de vivir era sumamente disciplinada. Cristianismo e Islam se enfrentaron, especialmente durante las Cruzadas, pero el cristianismo también sufrió conflictos internos, y Asia y África compartieron la violencia.

El siglo XV en Europa fue de extravagancia, herejía y superstición, pero también se caracterizó por las mejoras materiales que beneficiaron a las mayorías y por el alto nivel de imaginación que las artes alcanzaron.

Tres innovaciones impulsaron una nueva etapa. La imprenta, ya conocida en China, llegó a Europa cuando Gutenberg introdujo el uso de los tipos móviles. La pólvora, otra invención china, hizo que el castillo de la Edad Media pasara de moda.

La brújula posibilitó los viajes de los primeros exploradores europeos. Uno de ellos, Cristóbal Colón, «descubrió» América en 1492.(ver: Grandes Descubrimientos)

VIDA DETRÁS DETRÁS DE LAS MURALLAS: «El aire de las ciudades hace libres a los hombres»; así rezaba un proverbio medieval.

En la época en que casi todos dependían de la tierra, propiedad del señor feudal, las ciudades surgieron como cunas de la libertad. Dentro de estas bulliciosas —y a veces corruptas—colmenas, se vivía bajo normas muy distintas a las del campo. Sus residentes obedecían al alcalde y demás funcionarios electos.

En vez de trabajar para mantener a un noble y su castillo, pagaban impuestos al rey y reunían entre ellos la suma necesaria para defender la ciudad.

La vida urbana resurgió en el siglo XI. Cuando las llamas de los disturbios se apagaron, algo similar a un gobierno organizado se asentó en los reinos europeos. Los príncipes jugaron un importante papel en este resurgimiento.

Siempre escasos de fondos, permitieron que algunos poblados se independizaran y se desligaran del castillo local, a cambio de pagos en efectivo.

El otorgamiento del estatuto del poblado era el gran acontecimiento de este proceso. Una vez otorgado, el concejo municipal se encargaba de la administración. Los poblados eran a veces ciudades romanas que renacían tras la destrucción bárbara, o nuevas comunidades que crecían a las puertas de un castillo medieval.

Muchas emergieron de modo caótico alrededor de los senderos y límites de los conjuntos de parcelas, lo que explica las estrechas y sinuosas callejuelas.

Los constructores también favorecían este estilo: la intrincada retícula de edificios era una protección contra el viento, en una época en que las ventanas de vidrio eran poco conocidas.

De entre las ciudades europeas, París era la única que no tenía alcalde, sino un preboste o superintendente del rey. Era típico de las incipientes ciudades constituirse a partir de una asamblea de aldeas dispersas e interconectadas.

Esto explica la abundancia de iglesias y abadías. Pastizales y pantanos en ambas márgenes del Sena, que eran linderos entre las aldeas, fueron cubiertos gradualmente con construcciones.

Como en otras ciudades medievales, los puentes parisinos tuvieron gran importancia, pues fueron los primeros centros comerciales: en ellos se instalaban tiendas y establos.

Los cambistas ocuparon un puente que, a partir de 1142, fue conocido como Pont-au-Change (Puente del Cambio). Bajo Felipe Augusto II (1180-1223), rodeada por una muralla, la ciudad se convirtió en una unidad.

La gruesa muralla protegía el poblado y sus portones se cerraban al ocaso.

Las calles no tenían alumbrado. Guardias de ciudadanos patrullaban las calles con antorchas  y si alguien deambulaba por la noche sin motivo era encerrado. Los pregoneros daban la voz de alarma.

FERIA, FIESTA Y COMERCIO
Uno de los grandes acontecimientos en las ciudades de la Europa medieval era la feria anual, que tenía lugar en las afueras de la muralla y duraba varios días.

Los monarcas estimulaban estas ferias para promover el comercio y sacar ganancias de los impuestos con que gravaban las mercancías.

Los negocios de la feria transcurrían en una atmósfera de carnaval. Un bufón en zancos se eleva sobre la concurrencia, los malabaristas siguen sus pasos, y trovadores con laúd divierten a los transeúntes. Un mercader muestra sedas que quizá sean chinas, y otro tiene suficientes ollas para abastecer por todo un año a los vinateros.

En otras tiendas, los clientes regatean pieles rusas, vinos franceses y cristal italiano. La feria está vigilada y bajo control. Los guardias montados supervisan todo, y la tienda pintada de colores brillantes aloja una corte especial llamada píedpoudre (pies enlodados), donde se dirimen las disputas de los quejosos que aún no se han aseado.

LAS FIESTAS

Bajo el signo de la religión, se organizaban, sin embargo, numerosas fiestas en las ciudades.

Todo era pretexto para hacer procesiones, tanto la necesidad de conjurar un peligro invocando la protección de los santos, como el deseo de realizar una acción de gracias.

En París no pasaba semana sin que se organizara una de estas procesiones. Además, el pueblo podía divertirse con el castigo de los condenados (¡qué extraña esta complacencia de los miserables en la desgracia de alguien aún más mísero que ellos!).

Las ejecuciones siempre tenían lugar en las plazas más frecuentadas, y la masa no cesaba de dirigir pullas y de gozar ante las diversas torturas con las que se afligía a los reos.

Las calles estaban animadas, además, por diversos saltimbanquis, titiriteros y domadores de animales. Para las grandes ocasiones, se organizaban fiestas públicas: se distribuían víveres, y toda la población podía embriagarse en las fuentes de vino.

Se podía admirar, también, la llegada de los príncipes, y participar en diferentes representaciones teatrales:   farsas y, sobre todo, misterios.

Todos los habitantes aportaban su concurso a la realización de estos espectáculos, como actores o como confeccionadores de trajes.

Estas representaciones eran ofrecidas, generalmente, por señores de la ciudad, por el municipio o por algunos gremios.

Así, los zapateros montaban a su costa el «Misterio de San Crispín», que era su patrono.

Los ciudadanos de la Edad Media tenían, como se ve, muchas ocasiones de abandonar su trabajo, pero sus días festivos no estaban codificados y regularizados como en las sociedades modernas.

El trabajo no se caracterizaba todavía por ese ritmo y esa preocupación por la productividad que nos imponen las máquinas.

Los textos de la Edad Media son, por otra parte, muy discretos en lo que respecta al mundo del trabajo.

Según el orden del mundo, los hombres debían estar agrupados en tres categorías: los que combaten, los que rezan y los que trabajan; estos últimos eran considerados despreciables y poco interesantes, pues se pensaba que eran incapaces de hacer otra cosa.

Características Sociedad Feudal

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PARA SABER MAS…

EN LA EUROPA MEDIEVAL, el trabajo de una persona, su alimentación, sus vestidos y su vivienda se correspondía estrictamente con el lugar que ocupaba en la sociedad.

LA VIDA DEL CAMPESINO Los campesinos ocupaban el grado más bajo de la escala social. Vivían en aldeas y cultivaban la tierra, propiedad del señor, a quien debían entregar una parte de la cosecha. Vestían ropas de tejidos toscos y zapatos de madera. Su dieta consistía en legumbres, pan y poca cantidad de productos animales (huevos y tocino).

SEÑORES Y DAMAS
Los señores y sus esposas pasaban mientras tanto su vida privilegiada en el castillo. Usaban ropa lujosa procedente de fábricas a veces muy lejanas y hecha de telas preciadas, como la seda y el terciopelo. Comían carne y pan blanco, y bebían vino en lugar de cerveza.

DIETA MEDIEVAL
Sin embargo, la dieta medieval no contenía todos los nutrientes esenciales, ni siquiera en las clases privilegiadas. La leche era muy escasa, y en invierno no había ni frutas ni verduras frescas.

LA FORMACIÓN DEL SEÑOR A los siete años, un niño de noble nacimiento comenzaba a educarse como caballero. Su primer paso consistía en trasladarse al castillo de otro señor feudal en calidad de paje. Allí servía a la mesa y aprendía a manejar la espada y a montar un caballo de batalla, dos tareas indispensables para un caballero. A los 14 años se convertía en escudero. A la edad de 21 años, el señor del castillo lo armaba caballero golpeándole suavemente los hombros con su espada.

LA VIDA DE UNA MUCHACHA Las hijas de familias nobles debían aprender a comportarse como castellanas, es decir, como señoras del castillo. Un cruzado, por ejemplo, podía estar lejos del castillo durante años, dejando éste a cargo de su esposa. Usualmente, las mujeres se casaban entre los 14 y los 16 años. Los matrimonios eran concertados por las familias. La prometida debía entregar a su marido una dote de oro y tierras.

TORNEOS
La guerra era la principal ocupación de un señor feudal. Pero en tiempos de paz, los caballeros la simulaban mediante la celebración de combates deportivos llamados torneos. En 1180, en Lagny-sur-Manie (Francia), 3-000 caballeros armados lucharon contra otros tantos en un torneo multitudinario. Los torneos se regían por reglas estrictas: los participantes debían usar armas sin afilar, y un caballero no podía ser atacado si había perdido su casco. Asimismo, los golpes bajos eran una grave ofensa.

HERÁLDICA
Debido a que los contendientes llevaban el rostro cubierto por el yelmo, cada caballero que competía en un tomeo llevaba un estandarte y un escudo con una insignia particular. Estas divisas se hicieron importantes para identificar a los caballeros durante la batalla. Con el tiempo, estos emblemas sirvieron para identificar a las familias nobles. El sistema de codificación de las enseñas se conoce como «heráldica».

CAZA Y CETRERÍA Los nobles también se entretenían con la caza y la cetrería, actividades que los proveían de carne fresca. Las damas medievales participaban también en las partidas de caza.

MERCADERES MEDIEVALES
El comercio era una actividad próspera. Los principales comerciantes recibieron el nombre de «burgueses», palabra proveniente del alemán Burg (ciudad amurallada). Los comerciantes comenzaron a adquirir casas lujosas y a establecer vínculos con otras naciones.

LA LIGA HANSEÁTICA
En 1241, los comerciantes de Lübeck y Hamburgo, en el norte de Alemania, formaron la Liga H anseática, que estableció vínculos con países tan alejados como Rusia. Los mercaderes de la Liga H anseática se hicieron ricos y poderosos y comenzaron a considerarse iguales a los príncipes.

LA PESTE NEGRA
Durante cuatro años —de 1347 a 1351 — una epidemia de peste acabó con la vida de 25 millones de personas, casi una cuarta parte de la población de Europa. Después de esta plaga hubo una enorme escasez de mano de obra. Las gentes comenzaron a exigir mejores pagas y mejor tratamiento por parte de los señores.

Fuente Consultada:
Civilizaciones de Occidente Tomo A y B Jackson Spielvogel
La Aventura del Hombre en la Historia Tomo 1
Historia del Mundo Grupo Z Multimedia DK
Atlas de la Historia del Mundo Kate Santon y Liz McKay
Gran Enciclopedia de la Historia Todolibro

La Guerra de los Siete Años Causas y Consecuencias Francia Inglaterra

La Guerra de los Siete Años Causas y Consecuencias

En Inglaterra, William Pitt ocupa en 1756 el puesto de primer ministro. Es la primera vez que un primer ministro representa exclusivamente los intereses de la City, es decir, de los comerciantes y financieros.

En justa correspondencia, su objetivo era la construcción de un imperio inglés y la obtención de la hegemonía sobre el comercio mundial. Pero en Norteamérica y en la India chocó con Francia.

Especialmente en Norteamérica, los grandes territorios franceses que se extendían desde Nueva Orleans hasta Quebec (Canadá) asfixiaban a las trece colonias inglesas.

guerra de los siete años

Mientras Federico vencía a los franceses en el continente, Pitt coordinaba las acciones por mar. El blanco de sus ataques ya no era Francia, sino el comercio francés, para lo que se sirvió de la red de información de los comerciante ingleses.

En África se apoderó de Dakar, convirtiéndola en base del comercio de caucho y esclavos; en Canadá se apoderó de Montreal Quebec y las convirtió en campamentos base del comercio de pesca y pieles; en la India, la Compañía de las Indias orientales echó a los franceses por su propia iniciativa, mientras Pitt bloqueaba las rutas comerciales del este de Asia y se adueñaba del comercio de té con China —desde entonces los ingleses ya no bebieron café, sino té, porque resultaba más barato—.

Los franceses perdieron su dominio sobre el mundo, pues sus gobiernos consideraban más importantes sus rivalidades dinásticas en Europa que la política de ultramar; por el contrario, los ingleses se hicieron con el dominio del mundo, pues su gobierno parlamentario representaba ya los intereses comerciales de los capitalistas.

La India, Canadá y todo el territorio hasta el Misisipí, desde Nueva Orleans a Florida, pasó a manos de los ingleses. Federico el Grande fue el cofttndador del Imperio británico.

Yen 1763, finalizada la guerra de los Siete Años, comienza la modernidad. ¿Por qué? La guerra había preparado el escenario en el que ahora tiene lugar una extraordinaria aceleración del tiempo, y este proceso conduce a una cuádruple revolución.

1. La eliminación de Francia como rival colonial elimina también los peligros a los que antes estaban expuestas las colonias inglesas. Ahora ya no necesitan que se las proteja ni que se las defienda de nadie. En otras palabras: venciendo a Francia en la guerra de los Siete Años, los propios ingleses han hecho desaparecer la única razón por la que las colonias permitían ser gobernadas desde Inglaterra.

En 1776, sólo trece años después de la victoria de Inglaterra, las trece colonias americanas de Inglaterra declaran su independencia. Junto a Prusia, nace ahora otra gran potencia mundial: Estados Unidos. Pero esta Declaración de independencia significa al mismo tiempo una revolución: los norteamericanos —descendientes de los puritanos— vuelven a negar su obediencia al Rey La guerra de Independencia es también una guerra de siete años y dura desde 1776 hasta 1783, aunque en realidad es una guerra civil con un océano por medio y en ambos lados hay leales y rebeldes.

En Inglaterra, los rebeldes se sientan en el Parlamento, por ejemplo Pitt el Viejo, el dramaturgo Richard Sheridan, el vividor Charles Fox y el ensayista político Edmund Burke, y pronuncian fulminantes discursos en favor de la libertad de los norteamericanos y contra la tiranía del gobierno. Trece años antes de la Revolución francesa comienza la Revolución americana. La Declaración de independencia contiene la Declaración de los Derechos del Hombre en un inglés excelente: Villiold lhese truths to be self-evident: that ah men are created equal; (hat thev are endowed their Greatar with certain malienabie rights, that among these are lfe, liberty an.d tli.epursuit of happiness… » («Consideramos evidentes las siguientes verdades: que todos los hombres han sido creados iguales; que su Creador los ha dotado de ciertos derechos inalienables; entre ellos el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad»).

2. La victoria de Inglaterra en la guerra de los Siete Años su dominio sobre el comercio mundial prepararon la Revolución industrial. Para ello resultaban necesarios tres ingredientes: grandes mercados, gigantescos capitales producción de energías titánicas con las que hacer funcionar las máquinas.

Con la invención y el posterior perfeccionamiento de la máquina de vapor por parte de James Watt a partir de 1765, se cerraba el circulo que empezaría a transformar cada vez más rápidamente el mundo: como la máquina de vapor —a diferencia de la electricidad— concentraba su energía en un lugar, las máquinas también debían concentrarse en un lugar, lo mismo que los hombres que las manejaban. Así surgía el sistema industrial y después ya nada sería como antes: asistirnos al nacimiento de un nuevo tipo de infierno. El capitalismo estaba ahí.

En este sistema, grandes capitales hacían que inmensas cantidades de energía se concentraran para poner en funcionamiento muchas máquinas, que eran manejadas al mismo tiempo por muchos hombres con el fin de producir masivamente unos productos destinados a gigantescos mercados, y volver así a obtener enormes capitales. Una vez puesto en marcha, el proceso se aceleró por sí mismo, y los maestros manufactureros, que hasta entonces estaban al frente de las fábricas, fueron sustituidos progresivamente por los propietarios de los capitales. Este sistema industrial hizo posible la peor forma de explotación desde las canteras de Siracusa las minas de plata de Potosí: los trabajadores ya no se organizaban en gremios, por lo que estaban des-protegidos; trabajaban por un sueldo de hambre durante diez o doce horas diarias, en condiciones sanitarias deplorables, y vivían en chabolas. Esta situación motivaría la formación de los sindicatos y la crítica de Marx al capitalismo.

— La celeridad con la que se transforman las condiciones de vida de la gente da origen a la revolución cultural que llamamos Romanticismo. Esta época comienza alrededor de 1760 y la mejor forma de comprenderla es atendiendo a las nuevas formas de experiencia que trae consigo la transformación de los conceptos fundamentales.

— Es fundamental la nueva forma de experimentar el tiempo: las transformaciones técnicas hacen que las cosas cotidianas también envejezcan rápidamente. Así, la propia infancia «pertenece al pasado», vive sólo en el recuerdo. Se descubre la nostalgia, un sentimiento romántico. De este modo se descubre también la «infancia» como dimensión propia de la experiencia que favorece la comprensión, y se descubre el amor materno.

— Como todo cambia, ahora aparece «la» historia. Hasta entonces sólo había habido historias en plural, stories. En principio, éstas eran repetibles e ilustraban la permanencia de las normas morales, por ejemplo, «Cuanto mayor es la subida, mayor es la caída». Por eso se podía aprender de la historia. Ahora surge el nombre colectivo «historia» en el sentido (la historia Universal, una historia que progresa y en la que nada se repite, pues todo cambia. Esta idea implica enormes consecuencias.

La historia se convierte en la idea rectora. Al concebirla como progreso, se hacen depender de ella todas las esperanzas que hasta entonces se ligaban a la religión. La historia tiene una meta: la salvación de la humanidad como realización de la utopía.

Todo ello conduce a la aparición de las ideologías. El final de la religión anuncia la época de las ideologías y las guerras ideológicas del siglo XX resucitan las guerras religiosas del siglo XVIII.

— Como la historia no se repite, se siente por vez primera que la historia de la humanidad es única, lo que confiere valor a la idea de originalidad. El concepto «individuo» (que significa propiamente «indiviso») significa ahora «original». Cada individuo vive el mundo a su manera, como se expresa de forma muy clara en el arte y en la poesía. De este modo la teoría del arte adquiere una nueva base. Anteriormente, el arte era una imitación de la naturaleza conforme a las reglas dadas por los clásicos; ahora, la originalidad prohíbe la imitación. Por lo tanto, el artista ya no imita el mundo, sino que crea uno nuevo: el artista se convierte en creador, y crea del mismo modo que Dios: libremente. Es concebido corno el hermano pequeño de Dios: es un genio.

— Corno todos los individuos son originales, todos tienen el mismo valor. Ya no hay distintas clases (le individuos más o menos valiosos. Así pues la división de la humanidad en clases sociales —nobleza, clero, burguesía , campesinos— se vuelve problemática. Todo esto no son más que divisiones introducidas arbitrariamente por los hombres y contrarias a la naturaleza humana. Ahora, el concepto de naturaleza se opone al de sociedad falsa. La naturaleza es buena (algo que en Alemania los Verdes siguiente creyendo: aunque los lobos se comen a los corderos, ellos son unos románticos). Se descubren los pueblos primitivos, como los indios y a parece la idea del «buen salvaje».

La Revolución francesa quiere restaurar el orden natural, por lo que quita de en medio todo aquello que considera un invento de la sociedad. Se venera a la diosa Naturaleza, se pretende que las fronteras sean naturales, como el Rin (lo que los alemanes no consideran tan natural); se suprimen las antiguas provincias y los nuevos departamentos reciben nombres de accidentes geográficos, como por ejemplo los ríos; se da a los meses del año nombres como «mes del calor» (termidor) o «mes de la niebla» (brumario). Desde el punto de vista político, lo decisivo es que todos los hombres tienen «derechos naturales» como «libertad, igualdad…». Si estos derechos son violados, los hombres pueden recurrir a la revolución. Y para poder vivir todo esto, la poesía romántica invoca a la naturaleza, a la buena, como caja de resonancia del alma humana. Sumergiéndose en la naturaleza, el alma se purifica de toda la suciedad que se le ha adherido en su trato con la sociedad. La sociedad es mala, es un mundo de hipocresía en el que se pierde la identidad y la autenticidad. En ella, el ser humano se pierde y se enajena, excepto cuando encuentra un alma aÍin con la que compartir su soledad, esto es, el amor.

— La intimidad del amor se convierte en el sustituto de la sociedad, que todo lo falsifica. El amor es una esfera en la que el ser humano puede ser él mismo; por eso, su medio de comunicación no es ya el lenguaje manido, sino un lenguaje especial situado más allá del lenguaje: el sentimiento. Los sentimientos no se pueden fingir, son siempre auténticos (y quien los finge, quien por ejemplo se casa por dinero, es considerado un inmoral). Así pues, el sentimiento se convierte en el santo y seña de la época.

Por más paradójico que pueda parecer, en la Ilustración razón y sentimiento todavía no se oponen entre sí: el sentimiento es tan natural como la razón. La oposición surgirá después, cuando la razón torne las riendas y dañe el sentimiento. Hay un hombre que con su excéntrica carrera y su exhibicionismo espiritual ha contribuido más que ningún otro a la difusión del concepto de sentimiento: Jean-Jacques Rousseau (1712-1778).

Con su Emilio, Rousseau escribió el manual de educación alternativo para el niño no corrompido por la sociedad (aunque él metió a sus hijos en un orfanato), se desnudó espiritualmente en sus confesiones e hizo que toda Europa supiera cuánto le dolía ser un rebelde solitario, un paria y un proscrito. Puesto que de algún modo todos se sentían solos, Europa compartió su sentir.

Roussean inspiró la Revolución francesa y el Werther de Goethe, introdi4jo el «dolor cósmico» y el concepto de <volonté générale> (voluntad general). Debido a su oscuridad, este concepto se convirtió en un arma peligrosa durante la Revolución francesa. Le sucedió algo similar a lo que después le ocurriría al «interés objetivo del proletariado». Todos pretextaron estar actuando en su nombre, y de este modo justificaron sus crímenes.

PARA SABER MAS…
causas de la Guerra de los Siete Años (1756-1763)

Entre los motivos principales del conflicto que estalló a mediados de siglo, debemos señalar:
La rivalidad por lograr la hegemonía continental. Austria, Francia, Rusia y el Imperio se enfrentan con Prusia.

La competencia por el control del comercio y las posesiones ultramarinas entre Inglaterra, Francia y España.

En 1756 comienza la guerra entre Francia e Inglaterra. En los dos primeros años, los triunfos son franceses; posteriormente, Inglaterra logra recuperarse.

Guillermo Pitt, integrante del gobierno inglés, traza un plan para revertir la desfavorable situación de su país en la guerra. Ayuda monetariamente a Prusia en su enfrentamiento continental y concentra su esfuerzo bélico en el mar.

Finalmente, Inglaterra y Prusia son las potencias vencedoras.
En 1763, se firma la Paz de París:
– Francia cede Canadá a Gran Bretaña y Luisiana a España.
– España entrega Florida a Inglaterra.

La guerra resultó ventajosa para Inglaterra mientras que Francia sufrió importantes pérdidas territoriales coloniales. Por la Paz de Hubertsburgo (1763), que pone fin al conflicto en el continente, se afirma la posición de Prusia como nueva potencia. Como consecuencia imprevista de esta guerra, en un futuro cercano, Francia y España apoyarán la independencia de las colonias inglesas de Norteamérica (una forma de desquite contra Inglaterra).

Fuente Consultada: La Cultura de Dietrich Schwanitz