Orígenes de la Oligarquía

Biografia de Francisco Moreno Perito en el Sur Argentino Patagonia

Biografía de Francisco Moreno
Perito en el Sur Argentino – La Patagonia

El territorio argentino es el séptimo más extenso entre todos los países del mundo. Con casi 3 millones de kilómetros cuadrados, Argentina es unas 6 veces más grande que España y 65 veces mayor que Suiza. Pero durante muchos años, a partir de la Declaración de la Independencia en 1816, buena parte del país fue térra incognita6 territorio desconocido que aparecía en los mapas como un espacio en blanco.

Francisco Moreno nació en Buenos Aires en 1852 en una familia de dinero. Desde chico se sintió atraído por plantas y animales. A los 12, formó con sus hermanos una exhibición de piedras y plantas raras a la que denominaron, un poco exageradamente, «museo de historia natural».

Cuando cumplió los 21 hizo su primer viaje a la Patagonia. Recogió rocas, restos de animales, antiguos cráneos humanos y descubrió una nueva pasión: la historia de los pueblos aborígenes, habitantes del país desde hacía miles de años. Francisco Moreno quedó enamorado para siempre del paisaje del sur argentino.

Hasta su muerte en 1919, exploró e hizo aparecer en los mapas buena parte de la Patagonia. Por su conocimiento de la zona, el Gobierno Nacional lo nombró perito (experto) en límites geográficos y lo premió con una gran extensión de tierras patagónicas.

Moreno vendió la mayor parte para crear comedores escolares destinados, sobre todo, a los chicos aborígenes. El resto lo donó al Estado para crear el primer Parque Nacional, ahora llamado Nahuel Huapi.

CONOCIDO COMO "EL HÉROE NACIONAL" Y RECORDADO COMO EL PERITO MORENO

Francisco Moreno
Científico Naturalista
1852 – 1919

Francisco P. Moreno es más conocido como Perito Moreno, científico naturalista argentino, explorador de la Patagonia. Nació el 31 de mayo de 1852 en la ciudad de Buenos Aires.

Su padre había permanecido exiliado en Uruguay durante el régimen del político y militar argentino Juan Manuel Rosas, en tanto que su madre era hija de uno de los oficiales británicos que habían participado en la invasión inglesa de 1807 y que, tras haber sido hecho prisionero, fijó su residencia en el país sudamericano.

Francisco había perdido a su madre a temprana edad por el cólera y, con sus hermanos, alternaban estudios con excursiones por las barrancas del río, buscando huesos prehistóricos con los que montarían un incipiente museo en el mirador de la casa paterna.

En 1866 instaló con sus hermanos el primer “museo” en el mirador de su casa donde exhibía restos hallados en excursiones con su padre.

En 1871 recogió fósiles en la laguna de Vitel.

En 1872 fundó, en colaboración con un grupo de ingenieros, la Sociedad Científica Argentina.

En 1872-73 exploró el territorio de Río Negro y, en 1875 llegó al lago Nahuel Huapi, que recorrió para luego pasar a Santa Cruz y alcanzar el lago que bautizó con el nombre de Argentino.

El 22 de enero de 1876 con 23 años de edad se convierte en el primer hombre blanco que llega al lago Nahuel Huapi desde el océano Atlántico, donde implanta la bandera argentina.

El 20 de octubre de 1876 , se embarca en la goleta Santa Cruz rumbo a las tierras australes, y luego de un viaje nada fácil, la nave fondea en la desembocadura del río Chubut. Allí, Moreno recorre la colonia galesa obteniendo gran cantidad de fósiles marinos. Tres meses más tarde, la nave zarpa nuevamente, llegando a la boca de río Santa Cruz el 21 de diciembre. El propósito de esta empresa, es remontar el río y recorrerlo en toda su extensión.

En el mes de febrero de 1877 , también, descubre y bautiza el lago San Martín y días más tarde avista el lago Viedma y el cerro Chaltén, al que identifica como un inmenso volcán y bautiza con el nombre de Fitz Roy. Moreno dispone el regreso descendiendo por el río Santa Cruz; en mayo retorna a la capital federal exultante por los éxitos obtenidos y por el gran cúmulo de información recopilada.

Una vez arribado, dona sus colecciones para fundar el Museo Antropológico y Arqueológico de la provincia de Buenos Aires.

Entre 1882 y 1884, realiza viajes a Córdoba, San Luis, Mendoza y San Juan en busca de elementos que pertenezcan a civilizaciones anteriores a la conquista española y de yacimientos fósiles.

Para esta fecha, el Museo provincial ya no podía albergar tamaña colección, por lo que surge la idea de reemplazarlo por un edificio más acorde con la calidad del material estudiado. Nace así, el Museo de La Plata.

Entre 1892 y 1897 comienza a intervenir en cuestiones limítrofes con Chile y, ante el recrudecimiento de la cuestión acepta el cargo de Perito Argentino en la negociación y convence a sus pares chilenos que la mejor solución era la diplomática.

El 20 de noviembre de 1902, se firma el laudo arbitral, en virtud del cual Argentina rescata cuarenta y dos mil kilómetros cuadrados de tierras que el perito chileno atribuía a Chile. Nuevamente el Dr. Moreno había prestado sus servicios y su inquebrantable patriotismo en bien de su país.

Como pago por su labor como perito en cuestiones limítrofes, recibe como compensación del Congreso de la Nación, veinticinco leguas fiscales de tierra. El 6 de noviembre de 1903, dona “tres leguas cuadradas en la región situada en el límite de los territorios de Neuquén y Río Negro, en el extremo Oeste del Fjord principal del lago Nahuel Huapi, con el fin de que sea conservado como parque natural”.

Falleció el 22 de noviembre de 1919. Sus restos fueron trasladados en 1944 a la isla Centinela, en lago Nahuel Huapí.

EL ESPÍRITU DE UN JOVEN LLAMADO FRANCISCO P. MORENO: Así lo describe RAÚL A. ENTRAIGAS, (Río Negro) En Historia Argentina Contemporánea, 1862 -1930. Vol. IV: Historia de las provincias y sus pueblos; segunda sección. Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 1967).


En abril de 1873 llegaba un joven de 21 años lleno de inquietudes, llamado Francisco P. Moreno, a Carmen de Patagones. Recorrió el valle del río Negro, y con sesenta cráneos y más de mil flechas regresó a la capital. Al año siguiente, en el bergantín Rosales, emprende un nuevo viaje a la Patagonia con el capitán Martín Guerrico y el doctor Berg. En esta excursión, malograda en parte por la revolución de septiembre de 1874, visitó dos veces el río Negro.

Pero sus grandes excursiones fueron las de 1875-76. Fue por tierra. Partió el 25 de septiembre de 1875. El 17 de octubre llegaba nuevamente al Carmen en el río Negro. Ahí pasa más de un mes ocupado en reconocimientos e investigaciones.

El 27 de noviembre salía, por la ribera sur del río de los Sauces. Iba en la expedición con la que el mayor Miguel Linares emprendía una batida contra los indios que habían llevado un malón a Romero Grande. Eran más de cien los expedicionarios. Moreno iba tranquilo, porque Linares era sobrino del temible Sayhueque.

El 6 de diciembre estaba en Primera Angostura, y el 15 en Chichínales. Ahí se separa de los guerreros aborígenes y sigue con su gente hacia Neuquén. En la confluencia debe hacer sus primeras armas como tropero, al tener que cruzar el río a caballo, a la manera indígena. Y sigue hacia las cordilleras.

Uno de los parajes que más lo sorprendieron fue el Chocó-Geyú. Llega al Collon-Curá, anuncia su presencia a Sayhueque y le comunica su deseo de ir a saludarlo. Así llega a los toldos de Caleufú, capital del Señor de las Manzanas.

Los caciques que obedecían a Sayhueque celebran un parlamento y deciden que el huirica no debe seguir a Chile como era su intención.

Pero, con la ayuda de Quinchahuala, consiguió permiso para llegar al Nahuel Huapi. En sus riberas, en la hermosa rinconada de Tequel Malal, tenía sus reales el gran cacique Inacayal. Moreno cruzó el río Traful y llego al magnífico lago el 22 de enero de 1876. Y se hubiera quedado en el lago, pero el exequátur del Señor de las Manzanas era perentorio; tuvo que regresar a Caleufú.

Se dio cuenta que ahí reinaba un ambiente hostil para el cristiano. Supo que en un malón llevado contra el Azul habían muerto al mayor Jurado (Turao, decían los indios) y a Calderón, el mayoral de la mensajería de Bahía Blanca. Había que advertir a Patagones. Apenas pudo, pues, emprendió el regreso por el valle del Limay.

En Chichínales le dieron 25 caballos más, gracias a los cuales pudo llegar sano y salvo a Carmen de Patagones.

Al día siguiente, ya estaba de nuevo sobre el arzón de su caballo, rumbo a Bahía Blanca, a donde llegó en sólo dos días. Y prosiguió… Iba en busca del telégrafo para anunciar al gobierno la invasión inminente… Llega a Tandil. Prosigue.

Las Flores. Toma el tren ahí y consigue llegar a Buenos Aires en tiempo récord. Anuncia la invasión. No le creen. Dicen que «son cosas de muchacho asustado». Pero tres .días después «se produjo el terrible malón que costó cientos de vidas y centenares de miles de ganado».. .»

CRÓNICA DE LA ÉPOCA:

Francisco P. Moreno, quien el año pasado fundó, en colaboración con un grupo de ingenieros, la Sociedad Científica Argentina, ha partido en un viaje de exploración e investigación a la Patagonia.

Según sus propias declaraciones, lo mueve el interés de investigar la formación geológica del continente, su flora, su fauna y su historia natural. En abril, ya en Carmen de Patagones, ha encontrado sesenta cráneos, mil flechas o puntas de lanza y grandes cantidades de sílices tallados.

Su padre asegura que a su regreso le tiene preparado un edificio de 200 metros cuadrados para el archivo de sus colecciones. Fascinado por las muestras recibidas, ha decidido centrar su actividad investigadora en la exploración de la región patagónica.

El joven investigador y científico nació el 31 de mayo de 1852 en la ciudad de Buenos Aires. Su padre estuvo exiliado en Uruguay durante el régimen de Juan Manuel Rosas, y su madre es hija de uno de los oficiales británicos que participó en la invasión de 1807.

En 1867, Germán Burmeister, director del Museo Público, visitó la colección privada de Moreno, y para sorpresa del joven científico le pidió prestado un ejemplar de «Panochtus» para exhibirlo.

A fines de enero de 1871, Buenos Aires sufrió la epidemia de fiebre amarilla y una de sus víctimas fue doña Juana Thwaites, madre del naturalista. La familia decidió refugiarse en la estancia Vitel, cerca de la laguna de Chascomús. Se nos informa que el joven hombre de ciencia encontró allí, entre otros fósiles, un caparazón de gliptodonte, un verdadero tesoro paleontológico.

Ampliar: Primeros Naturalistas Argentinos

Biografia de Ameghino Florentino Naturalista Argentino

VIDA Y OBRA CIENTÍFICA DE FLORENTINO AMEGHINO

Dinosaurios en
la Patagonia
Dinosaurio:
Abelisaurus
Biografía de
Francisco Moreno
Florentino
Ameghino

Florentino Ameghino

Florentino Ameghino (1854 – 1911): Naturalista, Paleontólogo y Antropólogo También considerado climatólogo, geólogo y zoologo.

Nació en Villa del Luján, de la Provincia de Buenos Aires, el 18 de septiembre de 1854, hijo de don Antonio Ameghino y de doñaMaría Dina Armanino. (hay versiones que dicen que nació en Génova, pero él declara que nació en Luján)

En Ameghino su interés por la paleontología comenzó muy de pequeño, cuando le preguntó a su padre de dónde venían los restos de caracoles que había encontrado en la barranca del río Luján, cerca de su casa, y éste le respondió que los traía el río.

Florentino consideró que no debía ser así porque la corriente no podría enterrarlos, y decidió que averiguaría por qué estaban allí y cómo habían llegado.

Tenía dos hermanos, llamado Juan y Carlos que le ayudaron en muchas oportunidades, pero Carlos fue siempre un excelente colaborador sobretodo en arduas y lentas exploraciones.

Puede considerarse como la primera gran figura de la ciencia nacional y la que alcanzó, seguramente, mayor trascendencia internacional. Fue un autodidacta, que puso por alto el prestigio científico del país sin más fuerzas que su formidable tesón y el apoyo de su hermano Carlos, y sin más financiamiento que los exiguos fondos obtenidos de una librería, negocio que manejó durante años en La Plata.

Florentino Ameghino fue una de las personalidades científicas más descollantes de la Argentina en el siglo XIX. Nació en 1854 y era adolescente aún cuando los muchachos de su edad lo apodaron «el loco de los huesos» por su inveterada costumbre de hurgar con pico y pala las cercanías del río Lujan en busca de restos fósiles. A los veinte años reunió en un folleto varias observaciones acerca del origen del hombre americano, y tiempo después abandonó su puesto de maestro en la localidad de Mercedes para trasladarse primero al Uruguay y después a Europa. Allá recorrió los principales museos de ciencias naturales y se vinculó con paleontólogos célebres, deslumbrándolos con la colección que había formado.

Su formación primaria la realizó en forma particular y como entretenimiento infantil recogía huesos en las barrancas de Luján. En Buenos Aires siguió los estudios secundarios que no concluyó y enseguida se trasladó a la localidad bonaerense de Mercedes, donde fue maestro, director de una escuela y dedicó nueve meses al estudio geológico y paleontológico de los terrenos de la llanura pampeana.

Ameghino fue un brillante autodidacta en paleontología, geología, antropología y anatomía comparada. Ya de adolescente, aprendió idiomas para poder leer a los principales científicos de la época, como el geólogo británico Charles Lyell, y adhirió a la teoría de Darwin.

Cuando tenía 17 años le presentó a Germán Burmeister, entonces director del Museo de Buenos Aires y autoridad máxima de las ciencias en el país, sus primeros descubrimientos. Pero a éste las investigaciones del joven provinciano no le inspiraron confianza ni le parecieron de interés. Al contrario de lo que podría creerse, esto no desalentó a Ameghino, que más tarde diría: “Pero para algo sirve la desgracia… la incredulidad e indiferencia que encontré hirieron mi amor propio, me obligaron a estudiar y buscar medios de acumular nuevos materiales”.

Siempre vivió estudiando, investigando y luchando por conseguir medios económicos para crecer en su actividad científica.

En 1875 dio a conocer las primeras especies nuevas que había descubierto. En el mismo año, se presentó en un concurso-exposición organizado por la Sociedad Científica con siete cajas de fósiles. Pero a los jurados poco les interesaban aquellas reliquias y sólo las premiaron con la última de las catorce menciones honoríficas. Ameghino insistió al año siguiente con una memoria sobre el cuaternario –la más reciente era geológica– que ni siquiera fue considerada.  Decidió viajar a Europa, y presentar su crecida colección de huesos en la Exposición Internacional de París de 1878 y gracias a su trabajo en la escuela puedo financiar en 1875 su primer viaje a Uruguay. Mas tarde con el apoyo del pueblo natal pudo viajar a París en 1878 y exhibir su colección de huesos en la Exposición Universal donde logró la admiración de los científicos mas destacados de su época.

Su viaje a Paris le demandó tres años y debió vender parte de los objetos llevado, por 40.000 francos, y con ese dinero financió la edición de La antigüedad del hombre en el Plata, una de sus principales obras y Los Mamíferos fósiles en la América Meridional. Al poco tiempo debió volver a vender mas material de su colección (que no se lo aceptaban en museos de la Argentina); hacia 1892, setenta piezas de su colección fueron destinadas a un museo de Munich y, tres años más tarde, se vio obligado a vender al Museo Británico una colección de unas 380 aves fósiles. El objetivo era, como siempre, financiar nuevas investigaciones.

Como curiosidad histórica hay que destacar que  cuando regresa de Europa, llega casado con una joven parisinaLeontina Poirier y pobre y como si fuera poco, se encuentra que había sido exonerado de su cargo de director de la escuela de Mercedes por abandono del puesto.

En 1886, Francisco Moreno lo nombra vicedirector del Museo de la Plata, en  el cual Ameghino aporta su propia colección de huesos, pero lamentablemente al poco tiempo estos científicos entran en un conflicto debido a diferencias y celos profesionales  y pierde el cargo oficial. Como salida decide abrir un negocio de libros y en donde por tercera vez volvió a iniciar una colección de fósiles, ya que Moreno le había prohibido la entrada al museo y no podía estudiar sus propios fósiles.

Su obra publicada —185 títulos que totalizan unas 20.000 páginas— hace referencia tanto a la descripción de piezas fósiles, en gran parte halladas por él, como a apoyar su teoría sobre el origen americano del hombre. Para Ameghino, la especie humana había evolucionado en las Pampas argentinas, desde donde habría migrado al resto del planeta. Y para probarlo se sirvió de todos sus hallazgos paleontológicos.

De todas maneras en su etapas de comerciante, Ameghino desplegó un gran esfuerzo creador: Filogenia (otro libro de su autoría) le brindó el reconocimiento nacional y mientras fue librero en La Plata publicó el trabajo premiado en Paris y mantuvo acaloradas polémicas con científicos nacionales y extranjeros.

Un año después presentó en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias su obra magna, compuesta por 1028 páginas y un atlas: Contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles de la República Argentina.

En la exposición de París de 1889,obtuvo uno de los mayores logros científicos internacionales de la época: la medalla de oro y el diploma de honor, por su contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles de Argentina, escrita en poco mas de un año, entre grandes dramas económicos. Este reconocimiento lo ubicó entre las pocas figuras mundiales del enfoque paleontológico de la biología evolutiva.

Ameghino murió en La Plata, el 6 de agosto de 1911. Su entierro fue grandioso, teniendo en cuenta lo alejado que estuvo de las esferas oficiales. Todo el mundo intelectual se hizo presente y al depositar sus restos en el Panteón de los maestros, hicieron uso de las palabras eminentes personalidades como E. Holmberg, Víctor Mercante, J. B. Ambrosetti, José Ingenieros y otros.

HITOS DE SU VIDA
1854: Nació en la ciudad de Lujan, el 18 de setiembre, hijo de modestos inmigrantes italianos.

1863: Desde niño llamó la atención de sus padres y maestros, por la forma en que se interesaba por desenterrar restos fósiles y averiguar su posible origen. A los nueve años de edad, reunió una colección de caracoles que había juntado a orillas del río Lujan.

1867: El maestro Carlos d’Aste, amigo de sus padres, les sugirió la idea de enviarlo a Buenos Aires para que siguiera estudios secundarios en la Escuela de Preceptores.

1870: Ameghino entró a desempeñarse, como Auxiliar Docente, en una escuela de Mercedes, donde, poco después, comenzó a dictar clases. 1871: Organizó, en Mercedes, un pequeño Museo de Ciencias Naturales, anexo al antes citado colegio.

1872: Fue nombrado Director de la Escuela Elemental de Mercedes, cargo que conservg durante varios años. Mientras tanto, proseguía estudios e investigaciones sobre etnografía y paleontología.

1873 a 1877: Estableció contacto epistolar con varios sabios europeos a quienes comunicó, por carta, sus hallazgos y teorías. Realizó gran cantidad de excavaciones, pagando él mismo los gastos que tales tareas originaban. Venciendo grandes dificultades, llegó a disponer de la mejor colección de fósiles conocida en América.

1878: Emprendió viaje hacia Europa, en cuyos museos estudió y trabajó con la venta de ejemplares repetidos de fósiles. Pudo costearse la edición de su libro «La antigüedad del hombre en el Plata». 1880: Contrajo enlace con Leontina Poirier, de nacionalidad francesa.

1881: Después de tres años de ausencia, regresó, con su esposa, a la Argentina, donde se enteró de que, vencida la licencia que le habían acordado en sus puestos docentes, ya no los tenía.

1882: Abrió en la ciudad de Buenos Aires una librería, a la  que llamó «El gliptodonte» y con los ingresos obtenidos, prosiguió sus estudios e investigaciones.

1883 a 1901: Reinició sus tareas paleontológicas, ayudado por su mujer y por su hermano Carlos, con quienes efectuó numerosos viajes por la costa atlántica y por el sur de la Argentina. Lograron encontrar más de un centenar de esqueletos de especies mamíferas extinguidas, los cuales pasaron a formar parte de la colección del Museo de Historia Natural de Buenos Aires, que Carlos, posteriormente, dirigió. Florentino, mientras tanto, ejerció como pofesor en las universidades de Córdoba, La Plata y Buenos Aires.

1902: Sus méritos, como investigador, fueron reconocidos dentro y fuera de la Argentina. El Gobierno de ese país lo nombró Director del Museo de Historia Natural de Buenos Aires, instituto que organizó con extraordinaria eficacia.

1911: Enfermo de diabetes y sintiéndose muy afectado, es-piritualmente, por la muerte de su madre y de su esposa, falleció el 6 de agosto. Sus últimas palabras fueron: «¡Cuánto me queda por hacer!».

SOBRE SU TRAYECTORIA….

Desempeñó los siguiente cargos: maestro de escuela de Mercedes (Bs.As.), catedrático de Zoología y Anatomía comparada de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Cordoba, conservador de las seccines de Zoología y Antropología de la misma Universidad, miembro académico de la Facultdad de Ciencias Médicas de la misma; Director del Museo de La Plata, etc.

Los premios que ha logrado por sus trabajos científicos son los siguientes: mención honorífica por la «Sociedad Científica Argentina» en el concurso y exposición del 28 de julio de 1875; medalla de bronce en la Exposición Universal de París en 1878: medalla de oro (primer premio) en la Exposición Continental Sud-Americana de 1882, en la ciudad de Buenos Aires; medalla de oro (primer premio) en la Exposición de París en 1889; y medalla de oro (primer premio) en la Exposición de Chicago en 1893.

Fuera de las obras que se han señalado más arriba, ha dado a la publicidad y se ha traducido a varios idiomas una colección numerosa de libros y trabajos sobre antropología, geología y paleontología, que fueron sus especialidades en las ciencias naturales, dedicando «Un recuerdo a la memoria de Darwin», cuyas teorías fueron sus ideales de niño-sabio y después fueron la base de su reputación científica.

La Dirección del Museo Nacional de Historia Nacional la ocupó Ameghino a la muerte de Berg en 1902: y entonces el genio produce su formidable teoría de la existencia del hombre en los terrenos terciarios del país. Semejante teoría produjo un revuelo en el avispero científico. La iglesia encontró un terrible enemigo en Ameghino, al que combatió intensamente.

Los iíltimos años de su vida los pasó el ilustre sabio al frente de una librería que instaló en La Plata donde luchó contra la adversidad del destino. Pero el precitado nombramiento de Director del Museo Nacional, le proporcionó un bienestar que alcanzó a disfrutar casi dos lustros. Murió en La Plata el 6 de agosto de 1911, desempeñando el cargo de referencia.

Ante su tumba abierta, el doctor José Ingenieros pronunció elocuente oración fúnebre, en la que dijo entre otras cosas: «Muere con él la tercera vida ejemplar de «nuestra centuria: Sarmiento inagotable catarata de energía en las gloriosas batallas de nuestra emancipación intelectual; Mitre, que alcanzó !a santidad «de un semi-Dios y fue consejero de pueblos; Ameghino, preclaro sembrador de altas verdades cosechadas a filo de hacha en la selva infinita de «la naturaleza. . .»

Fué su gran colaborador su hermano Carlos Ameghino, que más adelante lo reemplazó en el cargo de Director del Museo Nacional de Historia Natural. Fuera de las obras citadas, merece mencionarse: «El transformismo considerado como una ciencia exacta» y otras muchas que seríía largo enumerar .

Fuente Consultada:
Enciclopedia Ciencia Joven Fasc. N°23 Florentino Ameghino Edit. Cuántica
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938).

Grandes Boxeadores de Argentina

Grandes Boxeadores de Argentina

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Luis A.
Firpo
José M. GaticaPacual
Perez
Oscar BonavenaNicolino LoccheCarlos Monzón

Vida de Carlos Monzón

Carlos Monzon, BoxeadorAmalia Ledesma y Roque Monzón tuvieron el 7 de Agosto de 1942 a su quinto hijo y lo llamaron Carlos. En San Javier (Santa Fe) vivió los primeros años de su vida y fue ahí donde comenzó su verdadera pelea que se basaba en defenderse y subsistir a una infancia sin juguetes, de pobreza y con muchos inconvenientes.

En 1951, toda la familia se mudó hacia el barrio Barranquita. Desde chico, Carlos percibía que lo suyo no era el estudio y por tal motivo dejó la escuela en tercer grado. Esto lo motivó y lo obligó a trabajar para ayudar a sus padres.

Para conseguir un mango se las rebuscaba como sodero, lechero o diariero, mientras que compañeros de su edad estudiaban o se reunían para jugar.

Todavía no boxeaba, pero en la vida estaba cayendo por puntos. Buscando un camino y un rumbo dentro del pugilismo recorrió distintos gimnasios. Sus ocasionales «managers» eran el «Mono» Martínez y Roberto Agrafogo.

Empezaba a mantenerse haciendo lo que más le gustaba. Con un peso de 64 kilos disputó su primer enfrentamiento, en el pabellón de la Industria ubicado en su ciudad, frente a José Cardozo. El resultado indicó un empate en tres asaltos y recibió un viático de 50 pesos. Las peleas, estilo callejeras, por montos irrisorios, eran moneda corriente hasta que..

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Grandes Boxeadores de la Historia

 

Biografía de Nicolino Locche Los Mejores Boxeadores del Mundo

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NICOLINO LOCCHE: Nació en Tunuyán, Mendoza un 2 de septiembre de 1939. Hijo de inmigrantes italianos que llegaban al país alejándose del conflicto bélico mundial. De chico se enamoró del boxeo, y debuta como profesional a los 19 años (1958), ganándole a Luis García por nocaut en el 2º. round, dirigido por Francisco Paco Bermúdez. Luego seria campeón mendocino, argentino y sudamericano liviano. Como aficionado ganó 122 peleas, con apenas 5 derrotas.

Biografia de Nicolino Locche Los Mejores Boxeadores del Mundo IntocableEn 1966 ingresa a la categoría welter junior y logra a la coronas nacional y continental. Era un púgil muy rápido y habilidoso, con un estilo propio de boxeo, donde se destacaba por su virtud para el esquive veloz, de los feroces latigazos que sus rivales querían propinarles.

Les ponía su cara al descubierto, como provocándolos  descaradamente  y cuando lanzaban sus puños, es ya los había «gambeteado» y estaba en otro lugar del ring, para mostrarle nuevamente su cara. Sus peleas eran verdaderos shows de habilidad e ingenio, el publico se emocionaba y él a su vez iba cosechando popularidad.

Por ese estilo fue conocido y el recordado como el «Intocable». En cada una de sus presentaciones llenaba el Luna Park, y fue tan popular que comenzó a asistir el público femenino y el famoso «ole del futbol», también comenzó a escucharse en cada mágica gambeta que le hacia a los golpes al aire de sus contrincantes.

En el año 1968 llega al auge de su carrera deportiva y se consagra campeón mundial venciendo a Paul Fuji, en Tokyo. Defendio su título 6 veces ante Manuel Jack Hernández, Carlos Hernández, Joao Henrique, Adolph Pruitt, Antonio Cervantes y Domingo Barrera Corpas, pero el 10 de marzo de 1972 pierde la corona por puntos en Panamá contra Alfonzo Frazer.

Luego de perder el título ante Alfonzo Frazer en 1972 intentó sin suerte recuperarlo y unos años más tarde, en 1975, anunciaría su retiro del boxeo profesional.

En el año 2003 ingresa al Salón Internacional de la Fama del Boxeo.

Nicolino Locche muere en el año 2005, en su ciudad natal de Las Heras, en Mendoza.

 
Las defensas de su corona en Buenos Aires, cinco noches en el Luna para defender su título y siempre el mismo resultado: vencedor por decisión de los jurados, su cara casi intacta y los rivales con ganas de pegarle a algo. Son clásicas sus poses agazapado o girando la cintura contra las cuerdas para sentir el aire silbando junto a su rostro. Son risueñas las anécdotas que dicen que fumaba un cigarrillo o dormía una siesta minutos antes de sus combates

Grandes Boxeadores de la Historia

Grandes Figuras del Deporte Argentino

 

Baston Blanco Para Ciegos Inventos Argentinos Inventores de Argentina

Bastón Blanco Para Ciegos Inventos Argentinoscuriosidades

Bolígrafo  – Dactilografía  –  Quniela –  Colectivo  –  Tranfusión Dulce de Leche  –  Bastón Ciegos  –  Jeringa Descartable  –  Técnica de ByPass

El 15 de Octubre, se celebra el Día Mundial del Bastón Blanco contribuye a sensibilizar a la sociedad acerca de los obstáculos que las personas no videntes enfrentan para su libre circulación, representando una contribución a la integración de éstas.

bastón blanco para ciegosEl Bastón Blanco es un instrumento que identifica a los ciegos y deficientes visuales y les permite desplazarse en forma autónoma. Sus peculiares características de diseño y técnica de manejo facilitan el rastreo y detección oportuna de obstáculos que se encuentran a ras del suelo.

En una pequeña localidad de la provincia de Santa Fe, Argentina, llamada San Vicente, vivía Jose Mario Falliotico, quien en la década del 30, y durante su permanencia en Buenos Aires, inventó el BASTÓN BLANCO para ciegos.

Cuenta la historia que en una muy fría tarde de 22 junio de 1931 José Mario Falliotico volvía de su trabajo en una hojalatería caminando esa calle de Buenos Aires rumbo a su casita en el barrio de Flores. Cuando se detuvo junto al cordón de una vereda y miró antes de cruzar, alguien le tocó el brazo suavemente.

Falliotico se volvió y se encontró con un hombre joven, de anteojos negros, que extendía sus manos hacia delante como en un extraño sonambulismo. Al principio no llegó a entender, pero sólo dos palabras dirigidas a él por aquel hombre lo hicieron caer en la cuenta: – Me cruza?

Falliotico ayudo al no vidente, Miguel Fidel, a trasponer la avenida, y le pidió sus datos. «Déjeme su dirección, mañana recibirá algo que en lo sucesivo, le evitara estos plantones en la calle», le dijo.

Había nacido la idea de un bastón blanco, y convertirlo en un objeto que individualice instantáneamente al ciego. Al día siguiente, Fidel recibió el primer bastón blanco, y por la tarde Falliotico llevó la idea de popularizar el invento al entonces director de la biblioteca Argentina para ciegos, Agustin Rebuffo.

Posteriormente, numerosos visitantes llevarían la idea a otros países, y esta se popularizaría a nivel mundial.. Entre sus promotores, figura el tenor y medico hepatólogo Mexicano, Alfonso Ortiz Tirado, quien volvía con la idea a su país, donde impuso a las autoridades sobre la novedad Argentina, y pidió que se estableciera su obligatoriedad.

Fue una sencilla pero trascendental idea que se anota dentro del compendio de las grandes creaciones Argentinas.

Primeras Carceles de Mujeres en Argentina

Primeras Cárceles de Mujeres

La cárcel de mujeres en Argentina
Despojada de real importancia cuantitativamente, la delincuencia femenina sin embargo, atrajo la atención de los responsables de las cárceles. Es que siempre se procuró separar a la población carcelaria femenina de la masculina, una amputación que reconocía su causa en la derivación sexual que traía aparejada una comunidad carcelaria que mixturara hombres y mujeres.

Si bien es cierto que en algunas provincias la imposibilidad de levantar establecimientos diferenciados —por falta de medios económicos— llevó a alojar a hombres y mujeres en un mismo establecimíento, siempre se procuraba destinarlos a celdas diferentes. N obstante, las cárceles que se vieron forzadas a utilizar este sistema ce conocieron todo tipo de problemas. Es más angustiante quizá, era la suc sión de amotinamientos que originaba la situación.

Los presos hombres forzados a la abstinencia sexual con formaban una población levantisca, dispuesta a estallar en cualquier momento por el estímulo que significaba tener a la mujer «al alcance de la mano». E. J., un alojado por homicidio en la Cárcel de Córdoba —obligada a la mixtura entonces—, refería allá por 1898 después de haber sido puesto en libertad:

«Cada vez que salíamos a los patios, la situación se tornaba insostenible. Cada mujer tenía su grupo de candidatos —aun sin saberlo—, que se disputaban su mi-nula y cada uno de sus gestos. Recuerdo que un compañero mío, F. M., llegó a trabar relación con una presa, S. V., con la que intercambiaba vellos ‘lo la zona pelviana mediante ingeniosos ardides.

Con ellos, F. M. se dedicaba a las prácticas onanistas mala que fue descubierto por otroi- compañero que intentó disputarle esos trofeos. Fue tan grande la batahola que se armó en la celda común o después de aquel descubrimiento, que el carcelero debió cambiar a todos los hombres de lugar».

Por lo demás, la delincuencia femenina siempre tuvo características muy particulares. Las mujeres que criminológicamente hablando podían entrar en una clasificación no eran muchas; apenas algunas mecheras y estafadoras diversas en magro número. Generalmente, la mujer accedía a la cárcel por ejercer la prostitución, o por crímenes pasionales.

Remontándonos a la historia, la ciudad de Buenos Aires fue una de las primeras donde se separó a la población femenina: una real cédula del 6 de noviembre de 1718, autorizó la aplicación de un impuesto a la exportación de cueros para erigir un instituto dedicado a las mujeres «por no haberlo en la ciudad». Posteriormente, el 26 de abril de 1774, el virrey Juan José Vértiz comunicó a la Corona haber construido la Casa de Recogidas, «para sujetar y corregir en ella las mujeres de vida licenciosa».

Hasta ese entonces, las condenadas habían permanecido alojadas en la Cárcel del Cabildo junto a los hombres, y según se infiere de un informe que presentó un regidor defensor de pobres, la misión que allí cumplían consistió en atender las labores culinarias de esa cárcel. Cuando Vértiz levantó la Casa de Recogidas, poco después se creó otro instituto.

En el barrio llamado alto de San Pedro sacerdotes betlemitas —pertenecientes a una orden cuyo nombre deriva de Belén y fue fundada en Guatemala en el siglo XVII— atendían a enfermos en una casa conocida como la Residencia. A poco, los betlemitas resolvieron cambiar los fines de la Residencia prestando menor atención a los enfermos y ocupándose de la «reducción de mujeres de vida airada». En 1890, el vetusto hospital de los betlemitas fue traspasado a las hermanas del Buen Pastor, una congregación que, en América, dedicó sus esfuerzos a la readaptación de las mujeres detenidas.

En Buenos Aires, esas hermanas prestaron su servicio a las detenidas alojadas en el edificio ubicado en las calles San Juan y Humberto I. Tiempo después, ese hospital que inicialmente regentearon los betlemitas —origen de la cárcel de mujeres— pasó a denominarse Asilo Correccional de Mujeres. No albergaba muchas cuando tras el código de Tejedor se emprendió la reforma carcelaria.

Del número exacto —como en el caso de la cárcel de hombres—, nadie dio cuenta oficialmente. De cualquier forma, esa población femenina no difería de la de la época colonial. Sin embargo la reforma carcelaria llegó también a la mujer, recomendando un tratamiento que pusiera el acento «sobre una preparación eficaz para las tareas del hogar».

Es que la delincuencia femenina —como se dijo—, por sus características especiales no tenía importancia cuantitativa. Además, en aquel entonces —tiempo en que la familia giraba en torno al pater familiae—, el rol de la mujer en la sociedad no era el mismo que hoy se plantea en la sociedad de consumo. Recomendaciones oficiales a las hermanas del Buen Pastor hicieron hincapié, en todos los casos, en readaptar a la mujer para su ulterior vuelta a la vida social «teniendo presente que debe constituirse en sostén del hogar».

Las hermanas intentaron cumplir esta solicitud introduciendo u las mecheras, homicidas pasionales y prostitutas que allí recalaban en la enseñanza de tareas domésticas y jardinería en algunos casos. También dictaron clases de costura, bordado, planchado, zurcido y otras artes menores, tan codiciados por los hombres solteros de entonces.

Aunque, como se explicó, las inexistentes estadísticas no arrojan luz sobre cantidad y causa de mujeres detenidas en esa época, una carta de la hermana María del Rosario González dio cuenta en 1901 que «las veintitrés detenidas cumplen con piedad los oficios y algunas se amoldan bien a los trabajos».

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Aplicacion de la Pena de Muerte en Argentina Historia de las Cárceles

Aplicación de la Pena de Muerte en Argentina Historia de las Cárceles

Tuvo lugar el 6 de abril de 1900 en la Penitenciaría Nacional, y la sufrió un italiano nacido en 1854 en Bonefatti, provincia de Constanza, llamado Domingo Cayetano Grossi. Víctima de la pena de muerte que legisló el código Tejedor —hoy derogado—, Grossi a poco de arribar a la Argentina en 1878, emprendió los trabajos más variados merodeando la plaza de Retiro.

Fue botellero, afilador ambulante, mozo de cordel, vendedor de cacerolas y carrero, último oficio que practicó antes de morir cuando se lo acusó de culpable de la muerte de recién nacidos que aparecieron mutilados en la quema. Esos niños, según se probó, eran hijos de Grossi, nacidos todos ellos de una extraña situación que mantenía con una viuda y dos de sus hijas en un inquilinato de la calle Artes
1438.

Tanto la madre —Rosa de Nicola—, como sus hijas Clara y Catalina, mantenían relaciones sexuales con Grossi (que por otra parte estaba casado en Italia, donde había dejado dos hijos), de las cuales nacieron los niños que Grossi se encargó de hacer desaparecer. Las mujeres lo acusaron a él y él a las mujeres, pero cometió el error de reconocer uno de los infanticidios y el juez Ernesto Madero lo condenó a la pena de muerte.

Apelado el fallo, la Cámara confirmó la sentencia elevando el dictamen al Poder Ejecutivo «a los fines de ley«. Ese mismo día —el 5 de abril de 1900-, el presidente de la República, Julio Argentino Roca, decretaba que el ministro de Guerra pusiera a disposición del juez Madero la fuerza pública necesaria para que en la Penitenciaría Nacional se ejecutara la sentencia al día siguiente. La última foja que cerró el expediente judicial era el informe del jefe del pelotón de fusilamiento.

Decía así: «Al Señor Juez del Crimen, Doctor Ernesto Madero. Pongo en conocimiento de V. S. que el día 6 del corriente siendo las ocho a.m. y dando cumplimiento a la orden que el Señor Jefe de Estado Mayor me comunica con fecha 5 del mismo, pasé por las armas al individuo Cayetano Grossi».

Adjunto a la presente una copia de las últimas palabras pronunciadas por el reo, las cuales fueron recogidas por un particular a quien el reo se las dictó, lo que comunico a V.S. a los fines que estime convenientes. Dios guarde a V. S. Firmado: Manuel Medrano, Capitán».

Las últimas palabras de Grossi, insistían en su inocencia: «He tenido cinco hijos cristianados, en una sola mujer; de ellos, tres viven, dos varones y una mujer. Los otros dos, que eran mujeres, murieron aproximadamente hace quince años.»

«Yo recibo con resignación la pena que se me ha impuesto, pero soy inocente. Yo no soy culpable de la muerte de esas criaturas porque las culpables son esas mujeres que me han acusado asesino de sus hijos. Yo no soy el padre de las víctimas; los padres de esos niños eran los amantes de las mujeres Nicola. Si yo fuera un asesino tan feroz, yo hubiera muerto a mis hijos con la madre.

«¿Cómo es posible que una madre haya permitido que yo asesinara sus propios hijos? ¿Por qué no me acusaron ante la Policía cuando yo salía a la calle, las madres de las víctimas?.»No siento morir y hago esta declaración por el amor a mis hijos legítimos».

Pero era tarde para ensayar protestas. Día fatídico para Cayetano Grossi, el 6 de abril de 1900, apenas las manecillas del reloj marcaron las ocho y cinco minutos el médico de la Penitenciaría Nacional, doctor Raffo, cumplía con la última formalidad legal: la verificación de la muerte del condenado.

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Reforma Carcelaria de Carlos Tejedor Codigo Penal Vida Carcelaria

La Reforma Carcelaria de Carlos Tejedor Código Penal

La transformación carcelaria en Buenos Aires Once años después de aquel intento, Carlos Tejedor —hombre público de la provincia de Buenos Aires— conocía el halago de que aprobaran su código penal, preparado por encargo de la nación.

Desde 1866 entonces, comenzó a regular la vida carcelaria argentina la amplia gama de penalidades que establecía ese código, a tono con los mejores códigos de la época que, por la influencia de los criminólogos modernos, tendían a crear categorías de delincuentes.

Para los que delinquieran, Tejedor había legislado las siguientes penas: de muerte (limitada a los «crímenes más espantosos»), presidio, penitenciaría, confinamiento, prisión y arresto.

El presidio, llamado urbano, en el Reglamento de la Confederación y también industrial, era una pena que evitaba a los jueces condenar a muerte, y consistía en la práctica de trabajos públicos pesados por parte del preso.

El artículo 7° del código de Tejedor la definió así: «Los sentenciados a presidio trabajarán públicamente en beneficio del Estado, llevarán una cadena al pie, pendiente de la cintura, o asida a la de otro penado, serán empleados en trabajos exteriores, duros y penosos, como construcciones de canales, obras de fortificación, caminos y no recibirán auxilio alguno de fuera del establecimiento»

La penitenciaría, a diferencia del presidio industrial, era una pena que no. descartaba la corrección del condenado, forzado a cumplir con un trabajo que lo readaptara, en beneficio propio y no del Estado.

Así quedó establecida en el código: «Los sentenciados a esta pena la sufrirán en las penitenciarías donde las hubiese, o en establecimientos distintos de los presidios, con sujeción a trabajos forzosos dentro de ellos mismos, y sin cadena, exceptuando el caso de temerse seriamente la evasión.

«El producto del trabajo se aplicará en primer lugar a indemnizar el gasto causado en el establecimiento; en segundo, a satisfacer la responsabilidad civil; y en tercero, a procurar a los condenados algún auxilio, y a formarles un ahorro, cuyo fondo se les entregará cumplida la condena».

Confinamiento, prisión y arresto eran penas menores que las anteriores. Solían purgarse en lapsos relativamente breves, sobre todo el arresto, una medida confiada a la autoridad policial que la aplicaba por transgresión de ordenanzas públicas en general.

De todas esas sanciones, la que más críticas debió haber recibido fue sin duda la penitenciaría por su propósito de readaptar al preso. Una novedad que la sociedad recibió un tanto incrédula.

«Las penitenciarías son nuevas en Europa —se atajó Tejedor— y la diversidad de los procederes empleados, como también algunos ensayos infructuosos, les han suscitado adversarios. Unos han pensado que la regeneración de los condenados no era más que un sueño brillante de una crédula filantropía.

Otros, después de exagerar los efectos del sistema, lo han desdeñado cuando han visto que no podían realizar sus locas esperanzas. No pocos, en fin, han temido que la dulzura del régimen penitenciario no ejerciese una represión suficiente, y que los condenados encontrasen en la prisión demasiados agrados. La cuestión estaba mal presentada.

El fin del sistema penitenciario no ha sido nunca, ni podía ser, el de regenerar radicalmente a los condenados, revestirlos de una pureza primitiva, y hacer de ellos gentes honradas en toda la extensión de la palabra… Su fin es impedir la reincidencia, y si pudiera alcanzarse completamente, sería para la sociedad una gran ventaja. Independientemente de los principios de moralidad que deben inculcarse al condenado, la misión principal del régimen penitenciario es darle hábitos de orden y trabajo, ilustrarlo sobre sus verdaderos intereses, hacerle comprender y seguir las reglas de esa honradez relativa, que consiste en abstenerse de lo que prohibe la ley.

Reducido a estas principales proporciones el problema deja de ser insoluble… La regeneración moral no es más que una consecuencia, y no el fin único.»

A poco de sancionarse el código comenzó a construirse en Buenos Aires la Penitenciaría, que pudo inaugurarse el 28 de mayo de 1877 con el nombre de Penitenciaría de Buenos Aires. Erigida en la calle Las Heras al 3400 era pertenencia de la Provincia de Buenos Aires, ya que la capital aun no se había federalizado. Cuando este hecho se produjo en 1880, pasó a denominarse Penitenciaría Nacional.

Con la asistencia del presidente Domingo Faustino Sarmiento al acto de la inauguración, 710 presos provenientes de la cárcel del Cabildo fueron alojados en su nueva morada. El edificio fue construido con abundancia de largos pabellones ya que, según rezaban los considerandos, el sistema celular era inhumano «para los hombres de nuestro país, acostumbrados a las inmensas llanuras de nuestros campos».

Fuente Consultada: Cáceles  Historia Popular  Tomo 19  Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

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Historia Del Sistema Carcelario Argentino Primeras Carceles

Historia Del Sistema Carcelario Argentino
Las Primeras Cárceles

La Idea de cárcel en la Colonia: Desde el virreinato y hasta la caída de Rosas la idea de cárcel en nuestro territorio se había originado en el medioevo español. En aquel entonces la Iglesia hispana, recogiendo en su ámbito a perseguidos de las leyes civiles en un intento por suavizar la legislación de la época (muerte, mutilación, galera), había impuesto el asilo. «Sucesivas decisiones papales, fueron excluyendo de este beneficio a salteadores, seductores, quebrados y ladrones públicos», historió el penalista Ladislao Thot.

Esas cárceles eclesiásticas, culminaron la obra poniendo coto a los excesos del poder civil. Alfonso X, El Sabio, un inteligente monarca que recogió un problema que venía de arrastre, comprendió la necesidad de reglamentar una cárcel más humana para evitar la intromisión de la Iglesia en el poder civil.

Con la mira puesta en la seguridad —condición fundamental que se exigía de la cárcel entonces— resolvió incluir en Las Partidas, esta sentencia en romance: «La cárcel non es dada para escarmentar los yerros, mas para guardar los presos solamente en ella, hasta que sean guarda de presos, sobrevivió en las leyes de Indias: «Las cárceles se hagan para custodia y guardia de los delincuentes y otros que deben estar presos».

La norma no varió fundamentalmente cuando un gobierno nativo, por primera vez, resolvió legislar sobre cárceles. El artículo 69 del decreto sobre Seguridad Individual dictado por el Primer Triunvirato el 23 de noviembre de 1811, ordenaba: «Siendo las cárceles para seguridad y no para castigo de los reos toda medida que a pretexto de precaución sirva para mortificarlos, será castigada rigurosamente».

De allí pasó al Estatuto de 1815 y, posteriormente, a las constituciones de 1819 y 1826. No varió sustancialmente el texto en la Constitución de 1853, cuyo artículo 18 aclara: «Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas, y toda medida que a pretexto de precaución conduzca a mortificarlos más allá de lo que aquélla exija, hará responsable al juez que la autorice».

El origen común de los textos ha movido a que no pocos penalistas en la actualidad, entiendan que el artículo 18 de la Ley Suprema que nos rige, solo se puede aplicar a las cárceles de encausados (presos sin sentencia, que pueden ser culpables pero también inocentes) y no a los establecimientos que alojan condenados (presos sentenciados culpables) Elias Neuman y Enrique Fentanes, entre otros, piensan así.

Es que aquello de «guardar los presos… hasta que sean judgados», y la referencia del artículo 18 de la Constitución «hará responsable al juez que la autorice (de cualquier medida que mortifique en la cárcel al reo)», son preceptos que parecen aludir a los encausados (presuntos culpables alojados en la cárcel a disposición y bajo la responsabilidad del juez hasta que se dicte sentencia), a diferencia de los condenados que reciben un tratamiento readaptativo (una vez producida la sentencia firme del juez) a cargo de un nuevo responsable: el instituto penal que prepara la foja criminológica de la cual se infiere el tratamiento ideal para resocializar al penado.

Todos estos vericuetos legales abren otros laberintos semánticos: muchos juristas sostienen que el término cárcel solo hace referencia al instituto que aloja procesados o encausados.

Las colonias penales, prisiones abiertas y cerradas, penitenciarías y presidios donde se trata y aloja a condenados, no son para ellos sinónimo del término cuestionado.

Pero como desde la creación de estos modernos institutos —después del código penal de Tejedor, allá por 1866— rara vez no se han mixturado condenados y procesados en un mismo alojamiento, el término cárcel en la Argentina comenzó a definir, con la imprecisión de la voz popular, a todos los institutos que privaban de libertad.

LA NUEVAS CÁRCELES: A poco de asumir la presidencia de la Confederación el general Justo José de Urquiza debió instalar su gobierno en la ciudad de Paraná, capital de su provincia natal, Entre Ríos. Es que la ciudad de Buenos Aires, en ese entonces capital de la provincia del mismo nombre, tendía a segregarse defendiendo con uñas y dientes la Aduana, una jugosa vaca lechera sobre la que ejercía monopolio.

 Urquiza Justo JoseInstalado el gobierno de la Confederación en la ciudad de Paraná erigió allí otra Aduana con la que se dispuso destruir el monopolio de Buenos Aires con su puerto, definitivamente separada y en abierta competencia con el resto de la Confederación. Pero el intento no prosperó.

Los buques de ultramar optaban por amarrar en los embarcaderos de Buenos Aires sometiéndose a su Aduana en lugar de remontar el río Paraná en busca de la otra. La desigual lucha comercial inclinó la balanza en favor del territorio bonaerense que se dispuso a crecer en obras públicas, próspero y desafiante.

Esta prieta reseña de un hecho económico político argentino, es útil para comprender el posterior desarrollo carcelario que, obviamente, no pudo escapar al mismo, la competencia económica que enfrentó a Buenos Aires con el resto de la Confederación dibujaba en uno de los flancos de la disputa una resultante muy desigual.

Mientras la sociedad bonaerense se enorgullecía de sus obras públicas —entre las que se disponía encarar la reforma carcelaria construyendo establecimientos modernos—, la sociedad confederada, con pocos medios y sin recursos casi, debía conformarse con transformaciones hechas a fuerza de buena voluntad.

No obstante, movida por su deseo de no quedar rezagada, legisló con talento sobre aquellas necesidades que por falta de fondos no podía concretar. Y en este terreno sacó ventaja a Buenos Aires. El 5 de febrero de 1855, el gobierno de Urquiza se anticipaba con el Primer Reglamento Para las Cáceles , un cuerpo legal acordado por el Superior Tribunal de Justicia de la Confederación «para las cárceles y villas del territorio federalizado».

Como se explicó, la influencia que el penitenciarista inglés John Howard había ejercido sobre los autores del folleto editado en Londres en 1825 «para los nuevos países hispanoamericanos», se esparció, aunque tibiamente, sobre ese primer Reglamento.

La idea de Howard de separar los presos según la naturaleza del delito cometido, apareció por primera vez en la Argentina en el capítulo inicial de esa disposición, titulado Régimen interior que deberá observarse con los presos.

En su artículo primero establecía: «Los presos se distribuirán de modo que en cuanto sea posible, ocupen calabozos diferentes: 1) Los procesados por delitos graves. 2) Los rematados. 3) Los procesados por delitos leves o aprehendidos por delitos de policía. 4) Los presos por deudas civiles. 5) Las mujeres, las que serán privadas de toda comunicación con los demás presos y guardias de la cárcel; esta separación se observará si fuese posible en las salidas al patio y en los demás actos del Establecimiento».

Esta discriminación inicial palió una secuela que arrastraban las cárceles virreinales desde su creación: la contaminación que engendraba la mixtura de presos. Es que esas mazmorras recogían por igual a hombres, mujeres y niños.

Y lo que era peor aun: juntaban bajo un mismo techo al transgresor de un edicto policial , poniéndolo en contacto con el ladrón avezado y el criminal recalcitrante. Por lo demás, el Reglamento nada nuevo aportó al mejoramiento carcelario. Y aunque su articulado incorporaba una embrionaria y obligatoria práctica religiosa, por compulsiva, lejos estaba de acercarse a la que con fines terapéuticos de tipo moral recomendaban los penitenciaristas ingleses.

El artículo 11 exigía: «Una hora después del toque de oraciones se rezará diariamente el Rosario, presidiendo este acto en cada calabozo, el Mayordomo nombrado al efecto por el Alcaide, quien deberá presenciar también estos actos».

Y el artículo 12 agregaba: «Los presos cumplirán anualmente con la Iglesia en la semana de cuasimodo (primera se mana después de Pascua)». Sobre enseñanza en las cárceles nada decía, no mencionaba práctica de oficios ni estudio alguno y, con relación al trabajo terapéutico con regla de silencio o sin ella, nada se aportó. El artículo 20, dedicado a normar sobre trabajo, recurría a los públicos que encaraban los presos ya en tiempo de la Colonia.

Esa pena se denominaba presidio urbano y así quedó legislada en el Reglamento: «los condenados a presidio urbano solo saldrán de la cárcel previa la orden competente y con la custodia necesaria, cuando la ejecución de algún trabajo público lo requiera».

Fuente Consultada: Cáceles – Historia Popular – Tomo 19 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

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Ver: La Pena de Muerte en Argentina

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La Carcel de Ushuaia Historia Presidio Del Sur Argentino

Historia Presidio Patagónico: La Cárcel de Ushuaia

LA MALDITA CÁRCEL DE USHUAIA: El 15 de septiembre de 1902 fue colocada la piedra fundamental del edificio carcelario a levantar en Ushuaia, que, según Arnoldo Canclini “fue realmente monumental: ocupaba cuatrocientos metros de frente en el costado occidental del poblado y, una vez terminado, al margen de las instalaciones accesorias, las celdas estaban dispuestas en cinco pabellones, en distribución radial”.

La cárcel de Ushuaia. El brazo de un recluso anónimo se agarra de las rejas,
tras las cuales aparece la majestuosa y libre naturaleza.

Custodiados por guardias de la penitenciaría, cuatro presidiarios trabajan arduamente en el tendido de rieles del ferrocarril de Ushuaia. Según el mencionado autor, la capacidad estaba calculada para 380 presos “pero hubo hasta doscientos más” Las celdas eran de metro y medio o dos metros de ancho y largo, para uno o dos reclusos. Carecían de ventilación y la humedad chorreaba continuamente por las paredes. Todo hace pensar que las intenciones fueron buenas: colonización, reclusión y no pena de muerte, pero el excesivo número de reclusos, las malas condiciones de las celdas y la brutalidad de algunos guardia cárceles configuraron un sistema carcelario degradante de la condición humana.

En resumidas cuentas la historia del lóbrego presidio presenta tres fechas trascendentes: las que corresponden a los años 1896, en que se aprobó su construcción, 1902 en que se dio comienzo a los trabajos y 1949, en que se firmó el decreto que suprimió su uso. ¿Qué destino tuvo el edificio central? Aclaramos que nos referimos al presidio original porque también hubo galpones que se utilizaron para recluir a los condenados. La respuesta es que fue ocupado por la Marina de Guerra que estableció allí su base naval. Escribió un testigo del ocaso: “Hoy todo aquello ha desaparecido, el presidio y la población de guardiacárceles, los yaganes, los onas, el gendarme de línea con su guitarra y su winchester”.

UN RÉGIMEN CARCELARIO INHUMANO

En 1934 el diputado nacional Manuel Ramírez visitó el penal de Ushuaia. Sus impresiones las volcó en un libro. Entre sus denuncias se destacan las siguientes: “la más variada nomenclatura del delito se registra en la Cárcel de Ushuaia: homicidio, lesiones, violación y estupro, robo, corrupción y ultraje al pudor, hurto, motín y complot, encubrimiento, tentativa de homicidio, asociación ilícita, contra la fe pública, extorsión. Hay delincuentes primarios, ocasionales y reincidentes.»

El 48 por ciento son delincuentes primarios, hombres que han delinquido por primera vez en su vida; los demás reclusos en su mayoría rateros condenados por hurto. Sin embargo, impera para todos una misma disciplina, el mismo régimen. Viven y son tratados en común, sin clasificación de ninguna especie, desde que entran hasta que salen, sea la condena de un año como de veinte”. Ramírez se conmueve por la ausencia de un régimen carcelario equitativo, según la clasificación que es menester aplicar para diferenciar el cumplimiento de las condenas.

“Al lado del delincuente profesional está el joven que en un momento extraño infirió una puñalada a su vecino; junto al carterista reincidente convive el pobre paisano, traído de algún lejano territorio, que se perdió en alguna borrachera dominical; el asesino que descuartizó a su amigo para robarle alterna con el obrero recluido por un delito de carácter social”

Seguidamente se refiere a La curiosa situación jurídica de un numeroso contingente de penados, quienes cumplen la pena accesoria del artículo 52 del Código Penal. “Tratase de reincidentes, en buen número rateros, carteristas, etcétera. Suman 97, muchos en plena juventud. Ocurre que una vez cumplidos los dos o tres años de prisión que les fueran impuestos por su última ratería, automáticamente pasan a purgar en el mismo establecimiento y bajo igual régimen.

 La segunda parte de la condena: la accesoria de articulo 52, o sea La reclusión por tiempo indeterminado. No es raro que el delito que ha provocado semejante pena sea un robo de gallinas, un perramus (prenda) , una cartera o cosa por el estilo. Estos hombres constituyen una verdadera legión de desesperados”. Las injusticias no se limitaron a la falta de diferenciación entre los reclusos condenados por delitos graves y los que habían cometido delitos leves. Las acusaciones de malos tratos son varias y abarcan golpes, palizas, trabajos inhumanos y actos de sadismo, como los de arrojar presidiarios desnudos a la nieve o lanzarles baldes de agua helada encima o dejarlos por varios días sin salir de su celda.

Durante la dictadura de Felix uriburu, conscriptos de los regimiento 1,2 y 3 de infantería fueron enviado a Ushuaia para
custodiar al grupo de  presos políticos radicales

“A menudo los guardias—dice uno de los testimonios— para distraer su ocio, organizaban carreras macabras. En un extremo del pabellón colocaban uno o dos presos y persiguiéndolos a golpes, con látigos, los hacían desarrollar velocidades fantásticas. Los presos tropezaban o sus piernas cedían, rodando por el suelo, estrellándose contra las paredes, pisoteando el uno al otro, en medio de estrepitosas carcajadas y aullidos de los carceleros, que festejaban tales ocurrencias.

 Esas crueldades trascendieron y dieron lugar a que el penal tuviera una aureola trágica. Solía decirse por aquellos años que ir allí era ir “a la muerte en vida, que es la peor de las muertes”. Pese a todo, había un mínimo de alivio para aquellos seres humanos caídos en la desgracia. Algunos trabajaban en los talleres según el oficio que tenían, otros eran llevados al monte en un trencito para realizar diversos trabajos, tala de árboles, desmalezamiento, etc.; trabajos que, aunque duros y fatigantes, podían llegar a servirles como una descarga para hacer menos angustiosa la soledad. Además, vistiendo el uniforme de franjas horizontales azules y amarillas, la banda del penal los días festivos daba conciertos al aire libre, a los que concurría la población. Según Canclini “El presidio y el pueblo eran casi la misma cosa. Quienes no eran detenidos, eran guardianes, personal administrativo, familiares de todos ellos y aun algunos ex reclusos que se quedaron a vivir en él».

 Hay que diferenciar los condenados por delitos varios y los que fueron allí por cuestiones políticas. En 1934, Ricardo Rojas, Honorio Pueyrredón, Adolfo Güemes, Enrique M. Mosca y otros, conocieron el frío y la soledad de esas lejanas latitudes, pero no conocieron el horrible penal: vivieron en casas particulares, siendo su única obligación presentarse periódicamente a la delegación policial del lugar. También conocieron Ushuaia en las mismas condiciones Emir Mercader, Pedro Bidegain, Néstor Aparicio, Arturo Benavidez, Carlos Montes y Mario Cima, Víctor Juan Guillot, Mario Guido, Alvarez de Toledo y José Pecco.

PRESIDIARIOS DE TRISTE FAMA

El número de presos de los llamados famosos por la repercusión que tuvieron sus crímenes es elevado. En su tiempo, debido a la difusión del sensacionalismo periodístico —Crítica, especialmente—, se destacaron Ladrón de Guevara, quien luego de matar a su esposa e hijos se dio a la fuga sin poder ser aprehendido. Antes de ser localizado por un investigador espontáneo —que luego ingresó a la Policía—. Ladrón de Guevara había cometido otro crimen, esta vez mató a un comerciante que según él lo había estafado. En el penal encontró auxilio en la religión.

Los veteranos recordarán al Saccomano. el cual una confundió a una telefonista, que luego de cumplir un turno se dirigía a su hogar, con una prostituta y quiso robarle la cartera. Ante la débil defensa que intentó hacer la pobre mujer, optó por matarla con un golpe de furca. En el penal hacía los trabajos más peligrosos, como el de volar con dinamita rocas de las canteras.

También fue comentado el caso de Mateo Banks, un estanciero de la pampa bonaerense acusado de matar a ocho personas en Azul (entre ellas a su cuñada, sobrinas y peones). ¿Motivos? Quedarse con las dos estancias de su familia. Purgó gran parte de la condena en Ushuaia y en la Penitenciaría de la calle Las Heras. (cuando sospecharon de su culpabilidad presentó su bota con un agujero de bala que según su argumento le habían disparados los asesinos, pero resulta que su pie estaba intacto.) Al poco tiempo de cumplir su condena muere al patinarse en el baño de su casa.

Presos con vigilancia permanente que hacia imposible la fuga, los presos salían todos los días  a trabajar, en este caso están construyendo un puente

No escapa a la galería de estos personajes el descuartizador Serruchito, que dividió el cuerpo de su socio en varios pedazos que arrojó al lago de Palermo. En el presidio se le había asignado la tarea de trozar las reses que eran parte del alimento de los reclusos.

Entre tanta sordidez, hubo un crimen que no fue por intereses materiales, sino producto de una pasión. Eduardo Sturla, conmovió al tranquilo barrio de Floresta cuando mató a su cuñada, de catorce años, al negarse ella a continuar con las relaciones que mantenían secretamente.

En la cárcel su conducta no fue motivo de quejas. Pero él siempre se quejó de ese amor no correspondido. A otro, lo llamaban El Mejicano, pero, también, Claudio Cerdeira, Vicente Giannatempo o Erasmo Fabeile. Su currículurn delictivo acusaba homicidios, legiones y atentados a la autoridad que uno de los “pesados”, siempre provocando a los guardia cárceles y, a veces, agrediéndoos.

Cayetano Santos Godino, más conocido por el Petiso Orejudo conmovió a la opinión pública de su época con el relato de sus crímenes, motivados por sus bajos instintos. Después de pasar una temporada en el manicomio ingresó en la prisión donde vivió el resto de sus días. Se dice que su muerte fue provocada por una feroz paliza que le propinaron otros reclusos, por haber matado a un gatito. La lista abarca a integrantes de la mafia que capitaneaba Juan Galiffi, entre ellos Juan Vinti —quien participó en el secuestro y muerte del joven Abel Ayerza— y Luis Corrado, chofer del capo italiano, y los hermanos Di Grado. Pero no todos eran asesinos profesionales.

También estuvo allí quien mató en nombre de un ideal anarquista: Simón Radowitzky, de origen ruso, que arrojó la bomba que puso fin a la vida del entonces jefe de Policía, coronel Ramón L. Falcón, y de su secretario en 1909; Guillermo Mac Hannaford, ex mayor del Ejército Argentino, degradado y condenado a reclusión perpetua por el delito de traición a la patria, y algunos estafadores que también adquirieron fama en su época, entre ellos Juan Dufour, de malandanzas internacionales, de quien se dice que pudo escapar de la Isla del Diablo, pero no de Tierra del Fuego.

ESTUVIERON REALMENTE ALLÍ?

La leyenda acompañó al célebre presidio. Así como podemos dar fe que en él purgaron la condena que impuso la justicia a sujetos que se hicieron tristemente famosos por haber cometido delitos, porque existen constancias documentales que lo acreditan, no se ha encontrado prueba alguna que permita afirmar que, según versiones, ciertos personajes por todos conocidos hayan padecido las soledades de aquellos inhóspitos parajes. Carlos Gardel, según una de esas versiones, estuvo allí en plena adolescencia por habérsele aplicado la Ley 3335 que penaba a los reincidentes.

La única constancia al respecto arroja muchas dudas: la firma que habría estampado en una postal en la que se lee “C. Gardel”, cuando todavía firmaba Carlos Gardes También corre la versión de que Josip Broz estuvo algunos años en el austral presidio cuando era un joven inmigrante serbio que, según viejos vecinos del Dock Sud, habría habitado en ese lugar, y que fuera condenado por sus actividades anarco-sindicalistas. Naturalmente, cierto o no, ello habría tenido lugar mucho antes de convertirse en el Mariscal Tito.

Asimismo, Luis Angel Firpo, de acuerdo con otra versión, habría purgado allí una corta condena por un acto ilícito cometido en la tramitación de una compra de tierras. Leyenda o realidad? Han desaparecido los archivos que podían iluminar las tinieblas de años y años que transcurrieron desde la creación de aquel reducto del dolor y la fecha en que dejó de serlo.

EVASIONES FRUSTRADAS

Hubo varios intentos de fuga por parte de los presidiarios que no tuvieron el éxito que esperaban. El más resonante fue el protagonizado por Simón Radowitzky. “Lo hizo apoyado desde Punta Arenas, donde otros anarquistas arribados de Buenos Aires, contratan los servicios de Pascualín.

Rispoli, también conocido como el último pirata del Beagle por sus oscuras navegaciones llevando alcohol o cueros de lobos marinos de un lado al otro de la frontera. Con la goleta Sokolo fondearon en Puerto Golondrina, al oeste de la ciudad de Ushuaia (4-11-1918). El 7 del mismo mes Radowitsky deja el penal vestido de guardia cárcel, llega hasta el punto convenido y se embarca, de inmediato parten hacia Punta Arenas. Mientras tanto, en el penal, a las 9:22 se nota su ausencia y comienza la persecución desde Ushuaia y desde Chile. La marina de este último país lo recaptura en Aguas Frías, a 12 kilómetros de Punta Arenas: fueron sólo 23 días de libertad.

De regreso al primero se le aplicó un largo castigo de reclusión en su celda y media ración En el libro Confesiones de un comisario, el policía retirado Plácido Donato narra el intento de fuga del criminal Bruno Debella, alias Facciabrutta, que purgaba una condena en el presidio de Ushuaia por asesinatos, asalto a mano armada y otros delitos. “Su influencia —dice— hizo nacer una sublevación. Fabricó una bomba de treinta kilos, introdujo armas en el pabellón número uno y la madrugada del 7 de septiembre de 1934 capitaneó una fuga en masa de los presidiarios.

Cuando ya estaban frente a las puertas mismas del penal, el teniente primero Damián Pereyra al mando de un pelotón de soldados los detuvo con las bocas silenciosas y amenazantes de sus fusiles Mauser. Facciabruta se encogió de hombros: «Está bien, ganaron» —dijo cansadamente mientras tiraba su pistola de 22 tiros. Había perdido otra vez .

Hubo otros intentos que también fracasaron. Pueden afirmarse que los reclusos tenían sólo tres formas de liberación de ese lugar: por cumplimiento de condena, por indulto o por fallecimiento. En las dos primeras salían caminando, en la última en ataúd.

 

EL CIERRE DEL PENAL El 21 de marzo de 1947 es la fecha del decreto firmado por el presidente Juan Domingo Perón, que dispone el cierre del temido presidio.”Ushuaia, tierra maldita, incorpórese sin lacras al sentimiento argentino”, es el título del articulo mediante el cual Crítica da a conocer la noticia. El diario de Botana se había ocupado en numerosas ediciones sobre el tétrico penal, particularmente en lo que atañe a la situación extrema que padecía Radowitzky.

Una publicación recogió las declaraciones de una pobladora de Ushuaia, Lucinda Otero, que resume las impresiones de la gente del lugar: “En ese momento muchísima gente dejó la ciudad porque trabajaban para el presidio y se habían quedado sin trabajo, se quedaron sólo los que estaban demasiado arraigados. En un momento la ciudad se achicó, pero enseguida llegó la Marina, lo que hizo que al pueblo llegara una nueva corriente de gente más actualizada, con otro nivel (…) Con la Marina el contacto con el mundo fue más constante. Los buques iban una vez por mes, después llegó el avión, aunque no era tan fácil viajar en él y después el camino”.

En cambio, para otros pobladores el cierre de la cárcel les acarreó pérdidas materiales, salarios o ventas comerciales. Sin lugar a dudas, alrededor del penal se formó una población que gracias a él poseía trabajo, viviendas dignas y una creciente línea de pequeños negocios. Gracias a él también hubo avances edilicios. Los reclusos efectuaron trabajos de desmonte, hicieron las instalaciones eléctricas y de obras sanitarias de Ushuaia, bajo estricta vigilancia de los guardianes.

 

DESTINO PARADÓJICO

Puede afirmarse que el penal de Ushuaia se ha ganado un prominente lugar en la reafirmación de nuestros derechos soberanos en los territorios del sur patagónico. Fue el primer paso para la recuperación de nuestra olvidada región austral. José Luis de Imaz cuenta que, “cuando la Marina Argentina llegó a la bahía de Ushuaia se encontró con un mundo en el que se hablaba inglés y yagan. Y con esos indios que no se podía saber si eran compatriotas nuestros, o chilenos, aunque se estuviera en tierra cartográficamente argentina. Recién acababa de ser delimitada. “Bridges debió ver con profunda desazón el arribo de aquellos barcos de la Marina de Guerra, preanunciados en los relevamientos geográficos de dos años antes. Llegaban latinos al Beagle, único enclave de evangelización cristiana no papista en el continente sudamerican.

“También como periodista Payró llegó a Ushuaia en 1898. La parte argentina de la población le desencantó profundamente. Cuando fue a la Misión y asistió al oficio —en inglés, cánticos en yagan, y una oración en español por la autoridades del país—, sobre todo cuando fue invitado a tomar el té en la casa del pastor, creyó encontrarse en Lomas de Zamora o en Temperley (únicos medios británicos que conocía).

“En 1934, Ricardo Rojas, confinado político en Ushuaia, tuvo un encuentro con un yagán. El diálogo debió ser muy difícil. Al despedirse Darskapalaes le dijo: «You are a christian gentleman». Impresiones similares describe Nicanor Larrain, ya en 1883: Entre los Fueguinos se habla generalmente el idioma inglés, lo mismo que entre los Tehuelches y demás indios que tienen trato y comercio con las misiones de Magallanes. “Inmediatamente me vino a la memoria la ocupación de las Malvinas y el despojo que de ellas se nos ha hecho…

“No sucederá, me decía yo que con la Tierra del Fuego, donde hay misiones inglesas, pueda con el tiempo acaecernos lo que con las Malvinas? Quién sabe si no corresponde a esta idea la creación en la Tierra del Fuego de una Colonia Penal que hoy preocupa al Gobierno Argentino. Dios lo quiera; de todos modos, llamamos la atención de quien corresponda, porque la fundación de una Colonia bien organizada y dirigida traerá el alejamiento del peligro que indicamos, nos pondrá en condiciones de vigilar a nuestros sospechosos vecinos que se pasean por la margen norte del Estrecho, y crearemos un pueblo que nos dará beneficios en la producción y el trabajo de los penados, que allí deben regenerarse.

Podríamos concluir con una comprobación: el severo encierro del presidio fue también, paradójicamente, la apertura a la reafirmación de nuestros soberanos derechos sobre una región, disputada por otros países.

Fuente Consultada: Todo Es Historia Nro. 396 Nota de Gerardo Bra

 

Historia de la Casa Cuna Argentina Origen y Función

Historia de la Casa Cuna: Grandes Médicos Argentinos – Identidad Nacional

LOS PRIMEROS 224 AÑOS… Y LO QUE VENDRÁ

HOSPITAL GENERAL DE NIÑOS DR. PEDRO DE ELIZALDE.  Por Dr. Pablo A. Croce [1]

Para defender las Colonias Españolas del Atlántico Sur de las expediciones militares que Portugal, Francia y Gran Bretaña venían realizando, Carlos III crea en 1776 el Virreinato del Río de La Plata, abre el puerto de Buenos Aires a la navegación directa con España y envía a 9.000 soldados a la ciudad, apenas habitada por 28.000 personas.

La presencia de tantos hombres en tránsito, habrá producido un significativo aumento de embarazos no deseados, con el consecuente abandono de numerosos recién nacidos, según el Virrey Vértiz, expuestos por sus deslizadas madres a la caridad pública.

Una serie de infortunios sufridos por estos niños abandonados en las calles (ser comido por perros cimarrones y cerdos sueltos, atropellados por transeúntes y carruajes en la oscuridad nocturna, morir de frío, de inanición o ahogados en charcos), mueve al Síndico Procurador General Marcos José de Riglos, con el apoyo de diez testigos de primera autoridad,  entre otros el Regidor Ramos Mejía, el Capitán Pereyra Lucena, el ex alcalde Espinosa y Mujica, el ex Regidor Francisco de Escalada y el Defensor General de Pobres, Manuel Rodríguez de la Vega, a peticionar al Virrey Vértiz el 17/06/1779, la apertura de una Casa Cuna, que ampare y proteja a los infantes abandonados, pues entre las públicas necesidades, es una de las más urgentes que haya una Casa… (para)… los muchos niños que se exponen.

El verbo exponer y el sustantivo expósito, del latín ex-positum, literalmente: puesto afuera, repite la figura jurídica del Imperio Romano, que da poder al padre (pater potestas), de excluir de su hogar a cualquiera de sus integrantes, aún  abandonar en la vía pública a recién nacidos, sin la protección necesaria para asegurar su supervivencia, a merced de quienes quisieran recogerlos, pues eran considerados por ciertas circunstancias de su concepción, embarazo o nacimiento, social, física o místicamente inconvenientes para su familia de origen, o para alejarlos de destinos aún más funestos. Numerosos mitos fundadores de diversas culturas, como Sargón, Gilgamesh, Ciro, Hércules, Paris, Edipo, Rómulo y Remo, y hasta Moisés, fueron recién nacidos abandonados por sus padres, criados por seres no biológicamente vinculados a ellos y que de adultos, protagonizaron hechos decisivos en la vida de sus comunidades.

La idea de que se funden hospitales en todos los pueblos de españoles e indios, donde sean curados los pobres enfermos y se ejercite la caridad cristiana,  está dispuesta en las Leyes de Indias en 1541; y como iniciativa privada ya figura en las Actas Capitulares del Cabildo de Córdoba, con la cuádruple misión de proteger al peregrino, asistir al enfermo, segregar al contagioso y cobijar al indigente, para servicio de Dios, amparo de los pobres y alivio de mi conciencia.

En la América Hispana, los Hospitales fueron la tercera institución en aparecer, y la primera sin ambición de poder ni lucro, sólo precedidas por el gobierno y la Iglesia.

La orfandad médica era tan grande en los primeros tiempos de Buenos Aires, que el Cabildo dispuso en 1609, prohibirle salir de la ciudad a Gerónimo de Miranda, costeándole un salario entre los vecinos para sangrar, afeitar, echar ventosas y sacar muelas a quien lo necesitare.

El 14 de julio de 1779, exactamente 10 años antes de la Revolución Francesa, el Virrey Vértiz dispone la apertura de la Casa de Expósitos para que estos hijos ilegítimos puedan educarse en el Santo Temor de Dios y ser hombres útiles a la Sociedad, según fundamenta en carta al Rey. La Casa tenía como modelos la Inclusa de Madrid, fundada por Felipe IV en 1623 para cuidar a los menores abandonados en dicha ciudad y la de Lima, en 1590.

Se asemejaba a las Casas de Expósitos de México y Santiago de Chile, casi contemporáneas a la de Buenos Aires. Vértiz tenía experiencia directa en esta problemática por haber sido juez de menores.

La Junta de Temporalidades, creada para administrar localmente los bienes de los Jesuitas recientemente expulsados de América, la desaparecida Compañía, ofrece una parte de la luego conocida como Manzana de las Luces, que los Jesuitas habían comenzado a construir en 1622, la esquina parcialmente demolida en 1936 para abrir la Diagonal Sur, de San Carlos y San José (hoy Alsina y Perú) en ese momento Arsenal de Guerra, como edificio para la Casa Cuna, y el alquiler de nueve pequeñas propiedades frente a la Plaz

De este primer edificio de la Casa quedan en pie dos salas que hoy se usan para el Mercado de las Luces, una galería de artesanías.

El 7 de agosto de 1779 Martín de Sarratea, su primer Director, en la hoja inicial del libro de ingresos, anota junto a la frase de subido paternalismo autoritario todo debe hacerse para el pueblo y nada por él, a la primera expósita admitida,  una negrita bautizada Feliciana Manuela.

El origen de la Casa Cuna está así rodeado de apellidos de familias ilustres de la Ciudad, con vocación por el bien público, agrupados en la Hermandad de la Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo, creada en 1727, en la Iglesia de San Miguel Arcángel,  bajo la advocación de Nuestra Señora de los Remedios, por Don Juan Guillermo Gutiérrez González Aragón, para dar cristiana sepultura a las víctimas desamparadas, de la epidemia que entonces se abatió sobre Buenos Aires, lo que provocó duros cuestionamientos de los párrocos dispuestos a inhumar sólo a quienes podían pagarlo y que ya en 1755 había propuesto la creación de una Casa Cuna en esta Ciudad.

Estas familias, al comienzo del Siglo XIX serían decisivas para el nacimiento de la Nación Argentina.

En la Iglesia de San Miguel se conserva aún hoy la imagen de Nuestra Señora de los Remedios a cuyos pies se reunía a rezar la Santa Hermandad.

No era fácil entonces conseguir recursos suficientes en la comunidad porteña, golpeada por las dificultades económicas producidas por la expulsión de los industriosos jesuitas y la declinación del Imperio Español. Vértiz echó mano por eso a toda su fértil imaginación.

En 1781, con el aval del Rey, dispuso trasladar a la Casa de Expósitos a costa de no pequeños gastos, la imprenta que los Jesuitas habían hecho en la Misión de Loreto y que estaba abandonada en los sótanos del Colegio Montserrat de Córdoba desde la expulsión de la Compañía en 1767, dándosela en concesión a Silva Aguiar, para que la recaudación de su trabajo reforzase el magro presupuesto; pero con su tecnología primitiva y lo reducido de sus tiradas no pudo competir, ni en precio ni en calidad, con los impresos llegados de España.

Recién al comienzo del siglo XIX, con la impresión de los sucesivos periódicos y piezas literarias producidas en Buenos Aires, la imprenta fue rentable.

En ella se imprimieron hasta las esquelas que invitaban al Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, los bandos y proclamas elaboradas a raíz de la Reconquista y Defensa de Buenos Aires frente a los ingleses, y las de los primeros Gobiernos Patrios.

Algunos trabajos religiosos se imprimieron en latín, pero los documentos propios de la administración virreinal y las publicaciones de información general y de política, que superaban las censuras virreinal y eclesiástica, se hacían en castellano, guaraní, aymará o quechua.

Fue tanta la importancia política de esta imprenta que ingleses y portugueses, cuando dominan Montevideo, se apresuran a traer sus propias imprentas para contrarrestarla.

Para compensar el escaso rédito de la imprenta se le agregaron recaudaciones de funciones teatrales a beneficio, en el Teatro de la Ranchería luego Coliseo de Comedias, especialmente de obras de autores locales, como Labardén, que así pudo estrenar su drama Siripo.

El esfuerzo de sostener la Casa de Expósitos, facilitó entonces la producción periodística, literaria y teatral de la Ciudad, con evidentes consecuencias en la formación cultural e ideológica y en la toma de conciencia, de la comunidad en la que crecía la idea de la Independencia.

Pero fue sólo gracias a las generosas donaciones que  Vértiz  continuó realizando aún viviendo en Montevideo, y a otros aportes que Casa Cuna tuvo una cierta estabilidad financiera en sus primeros años, pues ni José de Silva y Aguiar con la Imprenta ni Francisco Velarde con el Teatro, aportaron los recursos como se esperaba.

Es de remarcar que el propio Rey de España dispone que si no es posible reunir con sus providencias y la venta de Bulas para poder comer carne en Cuaresma, 5.000 pesos anuales para la Casa Cuna de Buenos Aires, se completase la suma indicada, sacándosela del ramo de la guerra.

Las autoridades españolas no dudaron de desplazar recursos militares, en momentos en que ingleses, portugueses, franceses e indios salvajes acechaban al Río de La Plata, para reforzar los de Casa Cuna, ya que el esfuerzo valía para que estos niños no se malogren en la tierna edad, según nota de 1783.

En 1784, ante el pedido de relevo de Sarratea y en víspera de su regreso definitivo a España, Vértiz, para asegurar la continuidad de su obra, entrega la dirección y gobierno de la Casa, a la Hermandad de la Santa Caridad, pero reservándole el superior gobierno de la Institución a la autoridad virreinal.

La Hermandad nombra administrador a Pedro Díaz de Vivar, quien dispone mudar la Casa a otro edificio, en Moreno y Balcarce, junto al Hospital de Mujeres y al fondo del Convento de San Francisco, predio que hoy ocupa el Museo Etnográfico, más discreto, para alejar de miradas inoportunas  al torno en que se abandonaba a los niños, conforme a lo que se estilaba en España,  inspirado en el del Papa Inocencio III, en el Siglo XII,  y  que repetía la sentencia de San Vicente de Paul colocada  en 1638 en la primer Casa de Expósitos de Francia, mi padre y mi madre me arrojan de sí, la piedad divina me recoge aquí.

El torno, era un mueble giratorio de madera compuesto por una tabla vertical, cuyos bordes superior e inferior estaban unidos como diámetros a sendos platos.

El conjunto tapaba completamente un hueco hecho ex profeso en la pared externa.

Cuando alguien depositaba sobre el plato inferior un bebe y hacía sonar la campanilla que acompañaba el artefacto, un operador desde adentro giraba el dispositivo y el bebé ingresaba a la casa, sin que quien lo dejaba y quien lo recibía, pudieran mirarse.

El torno que todavía conserva la Casa de Ejercicios de la Avenida Independencia da idea de lo que era el de la Casa de Expósitos.

En 1786 ya hay 150 niños que crecen en la Casa de Expósitos, con el cuidado de amas de leche para los lactantes, y a su despecho amas de cría, para los mayorcitos, entusiasmando con sus logros a las familias patricias y  la Hermandad que se había hecho cargo de la Casa.

En 1788, en sus Instrucciones para Corregidores, Carlos IV, preocupado por una corrupción que por sus víctimas es más inadmisible, dispone que en las casas de expósitos no se extravíen sus caudales y rentas, sino que se apliquen a los niños que precisamente se críen en ellas.

En 1794 logran por Real Cédula de Carlos IV que los asilados superando la supuesta ilegitimidad de su origen sean considerados por mi autoridad soberana como hombres buenos del Estado llano, dándoles la misma dignidad que a los reconocidos por sus padres,  que sean admitidos en colegios de pobres, sin diferencia alguna,  que no recibiesen castigos más severos en caso de transgredir leyes, pues estaban siendo correctamente educados, e incluso establece castigos para quienes los injuriasen por el hecho de haber sido expósitos teniéndolos por bastardos, espurios, incestuosos o adulterinos, aunque no les consten estas cualidades.

En una sociedad de castas, donde las virtudes y defectos se suponían inherentes a las familias de origen y a las formas de nacer, es notable la preocupación del Rey, seguramente influido en todas estas disposiciones, por su ministro y valido D. Manuel Godoy.

En 1795, teniendo la Casa un presupuesto anual de pesos 7.890, ya le debía al Defensor de Pobres y Tesorero de la Casa, D. Manuel Rodríguez de la Vega, pesos 38.344 con 7 reales, por lo que este ilustre caballero resuelve perdonar esa deuda y dejar a la Casa toda su herencia.

Lamentablemente el cuadro pintado en vida de D. Rodríguez de la Vega que lo representaba, brindándose a los Expósitos, rara muestra de la pintura porteña del siglo XVIII, a cuyo pie entonces se escribió que como especialísimo tutor de los huérfanos, con admirable caridad, los protegió en lo moral y material, obteniendo del Virrey Arredondo medidas eficaces para salvaguardar la vida de los huérfanos, desapareció de Casa Cuna en la década de 1980 o 90, dejándola sin uno de los más significativos soportes materiales de su memoria.

En 1796 Francisco de Necochea (padre del General Mariano Necochea), dona 12 becas para que los expósitos más destacados completen su formación en las artes y demás saberes, en España.

Ese año, con la experiencia acumulada se dicta la Constitución de la Casa de Expósitos, basada en el Reglamento General para las Inclusas de Carlos IV, destinado a garantizar la salud y la educación de estos niños.

Ese mismo año el Ministro del Rey, don Manuel Godoy, en sus Recomendaciones Complementarias  dispone que el amamantamiento de los expósitos no sea de menos de un año.

En  Buenos Aires, la Hermandad de la Caridad ha advertido que, para lograr el desarrollo armónico de los expósitos, no sólo se necesitan los cuidados del cuerpo, sino también la educación de la mente y la adecuada inserción social.

Con ese espíritu, es que se decidió que todo abandonado llevara dos nombres, sirviendo el segundo de apellido en su adultez en caso de no haber sido adoptado antes.

Desde 1801 y en forma discontinua, la Imprenta editó sucesivos periódicos: El Telégrafo Mercantil, Rural, Político-Económico e Histórico Geográfico del Río de La Plata, dirigido por Cabello y Mesa, El Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, dirigido por Juan Hipólito Vieytes, El Correo de Comercio de Buenos Aires, dirigido por Manuel Belgrano.

El nombre de los periódicos y las personalidades de sus directores muestran claramente la intención con que fueron publicados. Finalmente , ya en 1810, sale el diario más famoso impreso en la Casa y el más trascendente para difundir el ideario revolucionario, La Gazeta de Buenos Aires, que tenía como lema tiempos éstos de rara felicidad en que es lícito al hombre pensar lo que quiere y decir lo que piensa.

El Seminario de Agricultura, Industria y Comercio de Vieytes, el de la famosa jabonería, publicado por la imprenta de la Casa de Niños Expósitos, muestra el interés de su Director no sólo por la industria y el comercio, sino también por la química y la salud.

Entre 1802 y 1807, da consejos sobre crianza de los niños, algunos llenos de fantasía y otros con observaciones que casi 200 años después, asombran por lo agudas: si los amamanta una nodriza participará de los defectos de su carácter; las nodrizas deben privarse de alimentos con gusto muy vivo; destetar sin que (los lactantes) padezcan vigilias ni queden atormentados;  si el destete fue precoz dar alimentos medio masticados; polvo de ojos de cangrejo para desarreglos intestinales; como la naturaleza no habla en ellos, hay que examinar con atención sus llantos; los andadores los exponen a volverlos gibosos; en épocas en que se los inmovilizaba con fajas: si los niños gozaran de completa libertad desde que nacen, andarían más pronto; en tiempo de severa disciplina institucional, se aconseja para los internos de la Casa, para que los niños se desarrollen armónicamente, deben ejercitarse en juegos propios de la edad; los colores de los juguetes pueden ser peligrosos, cuando el niño los lleva a la boca, deben evitarse los pintados con plomo, minio, cobre, óxido de hierro, oripimente y cúrcuma.

A partir de 1810 el Gobierno Patrio toma progresiva injerencia en la Casa Cuna, disminuyendo las atribuciones de la Hermandad de la Caridad.

El interés del Estado por la salud es tal, que la misma Asamblea de 1813 dispone que los niños sean bautizados con agua tibia, para evitar el mal de los siete días (tétano del recién nacido), que atribuían al frío del agua bautismal.

Al retirarse el último administrador de la Casa, nombrado por la Hermandad, Don José Martínez de Hoz, recibe un reconocimiento de parte del severo inspector Elizalde, por su celo nada común.

En 1817 se hace cargo de la dirección, con el nombre de Padre de los Huérfanos, el canónigo Saturnino Segurola, Dr. en Ciencias de la Universidad San Felipe de Santiago de Chile, religioso preparado en el arte quirúrgico, conocido por haber introducido y administrado la vacuna antivariólica en el Río de La Plata, desde julio de 1805, por impulso del Virrey Sobremonte, sólo 6 años después de la comunicación original de Jenner, y por ser también, Director de la Biblioteca Nacional.

Desde el comienzo de su gestión, Segurola insiste en la importancia de contar con un profesional médico que asista los expósitos, una botica que los provea de las medicinas necesarias, y una sala especial para los expósitos enfermos.

En 1817 se nombra médico de la Casa al Dr. Juan de Dios Madera, que como practicante se había destacado en el cuidado de los heridos durante las Invasiones Inglesas, como vecino firmó el petitorio para la constitución de la Primera Junta el 25 de Mayo, que en junio de 1810 fue el primer cirujano militar del Ejército Patrio, fundador de la Cátedra de Materia Médica y Terapéutica de la Escuela de Medicina, y que estaba trabajando para el Cabildo como médico de policía; y como boticario se nombra a Diego Gallardo.

El Regidor Defensor General de Menores debía controlar el cumplimiento de las tareas de ambos. Es notable que en una época en que por falta de médicos, los barberos, sangradores y algebristas tenían gran prestigio, no hay registro que alguno de estos subprofesionales, hayan sido llamados a trabajar en la Casa de Expósitos.

En 18l8, Madera contra su voluntad es reemplazado por Cosme Argerich,  como aquél, ex-cirujano de los Ejércitos Patrios y futuro profesor del Departamento de Medicina de la Universidad de Buenos Aires.

Madera apela al Cabildo, suscitando un lamentable conflicto que dura dos años, del que ninguno de los involucrados sale indemne. Posteriormente, Madera y  Argerich fueron miembros fundadores de la Academia Nacional de Medicina.

Cuando en 1820 el Gobierno Central entró en colapso y cada Provincia asumió su total autonomía, Buenos Aires, monopolizadora del tráfico marítimo y sin compromiso de solidaridad con el resto de la Nación, vio enriquecerse rápidamente a su clase privilegiada.

Políticamente desarrolló una actividad secularizadora, limitando las injerencias sociales que las órdenes religiosas y las hermandades de laicos conservaban de las épocas coloniales.

Riqueza y secularización llevaron a Rivadavia,  ministro del Gobernador Martín Rodríguez, a disolver la Hermandad de la Santa Caridad y a organizar la Sociedad de Beneficencia, presidida por Mercedes Lasala de Riglos e integrada entre otras por Juana del Pino de Rivadavia, hija del ex Virrey y esposa del Ministro, María Rosario Azcuénaga, Bernardina C. de Viamonte, esposa del General y Mariquita Sánchez, dando espacio comunitario a las mujeres de clase alta, pues según su Decreto Fundacional la existencia social de las mujeres es aún demasiado vaga e incierta…siendo las damas la mitad más preciosa de la especie, con cualidades, ideas y sentimientos que no posee el hombre. 

Esta Sociedad se hizo cargo de todas las Instituciones de Bien Público destinadas a mujeres y niños, que habían regenteado las Ordenes y Hermandades, incluida la Casa de Expósitos. Tal vez fue inspirada en la labor de la Junta de Damas, que Carlos IV organizó para que se hiciera cargo de la Inclusa de Madrid.

La Casa de Expósitos, nacida por iniciativa de las autoridades locales de Buenos Aires, los funcionarios del Cabildo, en el Siglo XVIII, ante el clamor de los vecinos, impulsadas por el esclarecido delegado de la monarquía absoluta que reinaba desde Madrid, el Virrey Vértiz, administrada casi desde su comienzo por una cofradía confesional no integrada al gobierno de la Iglesia (la Santa Hermandad), con varias e irregulares fuentes de financiamiento pasa a depender de una organización no gubernamental pero apoyada desde el flamante Estado Provincial, la Sociedad de Beneficencia.

La Sociedad y el Gobierno, por iniciativa de Juana del Pino de Rivadavia y de Miguel Belgrano, sobrino del General, dispusieron que el Director de la Casa  fuese Narciso Martínez, y su Médico Pedro Rojas.

El Gobierno garantizó pagos mensuales a 250 amas para que cuidasen niños en sus casas, criándolos a leche completa, media leche y despecho, según correspondiera debiendo someterlos a examen médico mensual previo al pago de su salario.

A partir de los 4 años se los da en guarda o como criados, o continúan con sus amas externas. Sólo los que no pueden ser colocados permanecen en la Casa de Expósitos; ya figuran en su plantel empleados que han sido expósitos, tradición que se mantuvo hasta 1990.

Estas personas llegadas a la Casa como Expósitos y luego incorporadas como empleadas, siempre se distinguieron por su conmovedora dedicación sin límites a la Casa y a sus enfermitos.

En 1824, ya asumido el sostenimiento de la Casa Cuna por la Sociedad de Beneficencia, y disminuida la importancia de la Imprenta de los Niños Expósitos, por la presencia en Buenos Aires de otra más moderna, Rivadavia entrega la vieja imprenta al gobierno de Salta, donde sirvió para publicar la acción oficial y la cultura salteña.

Se mantuvo funcionando, hasta que en octubre de 1867, sitiada Salta por las fuerzas de Felipe Varela, sus plomos fueron fundidos para hacer las balas que defendieron a la ciudad. La imprenta creada por los Jesuitas en 1701, que ayudó a sostener Casa Cuna en sus inicios y que difundió las ideas revolucionarias de Mayo, las noticias de la guerra de la Independencia y la primera literatura argentina, terminó sus días ayudando a derrotar la última montonera que interfería en la Unión Nacional.

Casa Cuna continuó con similares características, hasta que en 1838 el bloqueo anglo-francés colocó al Gobierno de Buenos Aires en una grave crisis financiera.

El Gobernador Rosas, no teniendo fondos el erario, dejó entonces sin presupuesto público a todas las Instituciones dedicadas a la salud y a la educación, ordenando que Casa Cuna no admita nuevos expósitos y distribuyendo a los existentes entre las personas que tengan la caridad de recibirlos. Ante tal orden, Segurola presentó su renuncia indeclinable.

La mortalidad promedio de los Expósitos desde 1779 a 1838 se estima en un 40%.

DE LA ORGANIZACIÓN NACIONAL A LA ACTUAL UBICACIÓN

Recién en 1852, con la caída de Rosas, por Decreto de Vicente López y Valentín Alsina, se restablece la Sociedad de Beneficencia, ahora presidida por la ya anciana Mariquita Sánchez, famosa por haber sido la primer mujer en Buenos Aires que se negó a casarse con el hombre impuesto por su padre, aquélla en cuya casa se cantó por primera vez el Himno Nacional y en la que se conocieron San Martín y Remedios de Escalada; también integraban la Sociedad Pilar Spano de Guido (esposa de Tomás Guido y madre del poeta), Lucía Riera de López (esposa de Vicente López y Planes y madre de Vicente Fidel López) y, por decreto de Urquiza, Agustina Rosas de Mansilla (hermana de Don Juan Manuel y madre de Lucio V. Mansilla).

La vocación por la beneficencia (y por el prestigio social) reunía a señoras cuyos familiares varones estaban violentamente enfrentados entre sí.

La Sociedad rehabilitó la Casa de Expósitos, fundamentalmente por la valiosa donación de Mariquita Sánchez y 66 onzas de oro legadas por el General Urquiza. Según el Ministro de Gobierno, Bartolomé Mitre, la reapertura de la Casa fue el más bello monumento de la caridad pública.

Si bien las damas se reservaron el papel de Inspectoras y las decisiones más importantes, pusieron ininterrumpidamente como directores a prestigiosos pediatras, entre ellos  a futuros profesores de la materia en la Universidad de Buenos Aires.

Desde 1855 fue Director Manuel Blancas, nacido en Jerez de la Frontera, España, quien posteriormente creó la Cátedra de Enfermedades de los Niños y su Clínica Respectiva, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, por lo que se lo considera fundador de la enseñanza de Pediatría en la Argentina.

Hizo el primer diagnóstico de difteria en el país en 1856; se destacó en la asistencia de pacientes en las epidemias de Cólera de 1867 y de Fiebre Amarilla de 1871 en Buenos Aires, y a pedido especial de Bartolomé Mitre, en la evaluación sanitaria de las víctimas del terremoto de Mendoza de 1861 y de los heridos de la Guerra del Paraguay, repatriados a Buenos Aires. En 1883, Blancas fue nombrado Académico de la Medicina.

En el Reglamento de 1855, se establece que los médicos de la Casa de Expósitos deben curar a los enfermos, registrando sus malestares, cuidar a los internos sanos, vacunar y visitar a los expósitos externos, vigilar el estado de salud de las amas y atender el botiquín, exigiéndoles que coloquen en aislamiento a los que padezcan coqueluche, sarampión, garrotillo y sífilis. Indudablemente Casa Cuna era ya entonces un Centro Médico Integral para los expósitos y sus amas.

Los registros de ingreso de los niños puestos en el torno que se conservan, muestran que muchos son dejados con alguna señal que los pueda identificar (pañuelos, mantillas o medallas, cortadas a la mitad, mensajes escritos en papeles, etc.) con la esperanza de poder rescatarlos cuando la situación de las madres que los abandonaba mejorase.

En 1854, el Gobernador Valentín Alsina, cuestionó parte del reglamento de la Sociedad, que permitía a la familia abandonante rescatar a los niños, pues entendía que la tutela de los Expósitos reside en el Gobierno y que esos niños podían ser adoptados sin esperar a sus padres biológicos, que por ser anónimos podrían haberse muerto o alejado de Buenos Aires sin que nadie lo supiera.

Convocados como árbitros Dalmacio Vélez Sarsfield y Domingo F. Sarmiento, opinaron que debía dejarse a la Sociedad obrar en cada caso como la prudencia aconseje, atendiendo siempre al bien de los menores. Valentín Alsina propone, además, que los niños cerca de los 5 años comiencen con ejercicios gimnásticos y Sarmiento que la Casa envíe mensualmente al Departamento de Estadísticas el movimiento de internos y anualmente a la Legislatura, un informe sobre la actividad y el estado económico de la Casa.

Los hombres que trabajaban por crear la Argentina moderna,  muchas veces en conflicto entre ellos, coincidían en su interés por organizar y acompañar la labor de la Casa Cuna, hasta en sus menores detalles.

En 1859 se dispone que las Hermanas del Huerto colaboren con la Sociedad en el control de las amas y en la administración de la Casa, en la que permanecieron más de 120 años.

CASA CUNA LLEGA A BARRACAS

En 1873, designado Juan Argerich, director en reemplazo de Blancas, resuelve que la Casa Cuna, después de estar durante casi 90 años en Moreno y Balcarce, cambie otra vez de domicilio, a su actual predio  hoy avenida  Montes de Oca 40, el terreno en lo alto de la “Barranca de Santa Lucía” de Doña Trinidad Balcarce.

Su casa había sido volada por venganza durante el sitio de Buenos Aires en 1852; en el terreno  se construyó entonces el “Instituto Sanitario Modelo”, desplazado por Casa Cuna.

El 24 de marzo de 1874 se inauguró la primera capilla de la Casa en su nuevo emplazamiento. El pabellón San Camilo, es de aquella época.

Historiadores como Torre Revello suponen que en el Parque Lezama, a 500 metros de la Casa Cuna, Pedro de Mendoza instaló su primera y frustrada Buenos Aires, con su penoso cortejo de hambre, violencia desaforada, canibalismo, desilusión y fracaso.

A mediados de 1700, el Parque tuvo el triste destino de ser el mercado de esclavos de la Compañía Guinea, donde sobresalió como “comerciante” Martín de Alzaga.

El barrio, donde ya en el Siglo XVII había precarias barracas para acopiar cueros, tan abundantes que se llegaron a embarcar en cantidades de hasta ciento cincuenta mil anuales, y luego de otros frutos del país, como yerba, madera, sebo, grasa, se  comenzó a poblar a principios del Siglo XVIII; tomó el nombre de las barracas y tierra de Doña María Bazurco; casualmente Francisco Bazurco es uno de los miembros fundadores de la Hermandad de la Santa Caridad, que tanta significación tuvo en la Historia de la Casa Cuna.

Luego la zona se denominó Barracas del Riachuelo hacia 1750, fecha en que se define el camino hacia la Ensenada de Barragán y Pampas, por su lugar más transitable, más firme y seco.

En 1790 las carretas que lo usaban eran obligadas a ir dejando piedras al regreso  del puerto para asentarlo. Cruzaba el Riachuelo en canoas, por el paso de Olasar, en el que en 1791 se construyó el Puente de Gálvez. Al progresar la urbanización el camino se llamó Calle Larga.

En 1783, sobre dicha calle se trasladó la Capilla de Santa Lucía, que dio nuevo nombre a la Calle Larga y a su área de influencia.

Sobremonte mandó incendiar el Puente de Gálvez, como tímida defensa frente al avance de Beresford en 1806, durante la Primera Invasíón Inglesa, pero viendo desde la Convalecencia cómo los invasores cruzaban el río, rápidamente se dio a la fuga.

Los patriotas de la Sociedad de los Siete, se reunían en la Calle Larga en 1809, con el pretexto de ir de caza, pero en realidad para preparar la sublevación contra el Rey.

En la Capilla de Santa Lucía, con la complicidad de su capellán, se reunió la conspiración de Alzaga de 1812, última resistencia realista en la ciudad. En 1816, los indios, que serían todavía numerosos y activos, obtienen que el Cabildo los exima del derecho de pontazgo (pago de peaje) en el Puente de Gálvez.

En 1820, en el Puente de Gálvez se reúnen las fuerzas de Rosas y de Martín Rodríguez, para marchar hacia la Plaza Mayor y dar a la anarquizada Provincia de Buenos Aires su primer gobierno estable.

En 1827, Elisa Brown, la hija preferida del Almirante, desde la atalaya de su casa, la  Cannon House, luego conocida por el intenso color de sus muros como Casa Amarilla, en las actuales Martín García y Patricios, vio el movimiento de la flota que enfrentó a la Armada Brasileña en el combate naval de Quilmes.

En la acción perdió la vida su prometido Francis Drumond, defendiendo la de su padre, el Almirante Brown. Semanas después Elisa, con apenas 17 años, profundamente deprimida, se ahogó en el Río de la Plata.

Su trágico destino fue inmortalizado por Petit de Murat  y Manzi en la obra La Novia de Arena. El Almirante muere en esa casa en 1857, entre las parras y perales que tanto disfrutó.

Desde comienzos del Virreinato el barrio se fue poblando de casonas señoriales que continuaban las de San Telmo, corrales, mataderos, saladeros, ceberías, curtiembres y barracas para depositar los frutos del país, que se embarcaban en el Puerto del Riachuelo hacia el exterior y hornos de ladrillos y quintas de verdura, antecedentes de las industrias alimentaria, textil  y de la indumentaria y de los corralones que luego caracterizaron a Barracas.

Transitaban así por sus calles, además de familias patricias, troperos, matarifes, faenadores de ganados, triperos, changadores, quinteros, carreros, cuarteadores para los días de barro, marineros y negros libertos.

Esta clase trabajadora y semirrural, habituada a las tareas más duras, entretenía sus descansos con famosas carreras cuadreras y de sortijas, cinchadas de carros, riñas de gallos, corridas de toros (al menos hasta 1835), y célebres payadas en varias pulperías de las que, según Héctor Pedro Blomberg, salió Ramona Bustos, la pulpera… cuyos ojos celestes reflejaban la gloria del día… cuando el año (18)40 moría y Lavalle sitiaba Buenos Aires.

Ese mismo año, según leyenda, Amalia Sáenz escondió en su quinta de la Calle Larga a Eduardo Belgrano, sobrino del General, perseguido por la Mazorca y lo ayudó a huir a Montevideo.

Su valiente conducta fue relatada por José Mármol en Amalia, primera novela argentina. Hasta Masculino, el célebre diseñador de los típicos Peinetones, tenía su quinta en la calle larga.

Por entonces Esteban Echeverría ya había recorrido los mataderos, saladeros y pulperías de la zona, buscando temas y decires para construir el romanticismo rioplatense, primer movimiento literario desarrollado en Buenos Aires, sin la tutela española.

En las noches de fiesta en Barracas, se escuchaban en las casonas patricias minués y mazurcas, en los ranchos cielitos y triunfos y en las reuniones de negros candombes.

En la esquina de Suárez y Montes de Oca de la actual Plaza Colombia una barrera y su respectiva bandera hacían parar las carretas venidas de Cuyo y de las pampas del sur, para cobrarles el peaje impuesto por la Sala de Representantes de la Provincia.

Por eso las  sucesivas casas de comida de esa esquina llevan desde aquellos años el nombre de La Banderita.

En 1849, el heroico Coronel Chilavert reemplazó al Puente de Gálvez por otro, también de madera, que llamó de la Restauración de las Leyes.

Defendiendo la Calle Larga contra el ataque de Hilario Lagos en 1853, durante la última intentona federal en la ciudad, Bartolomé Mitre recibe la célebre herida que le marcó la frente por el resto de su vida y que tapaba inclinando su chambergo.

Felicitas Guerrero, según Guido Spano la dama más bella de la República, heredera de la inmensa fortuna de los Alzaga, es asesinada en 1872 a los 26 años de edad y ya viuda, en su mansión familiar, solar de la actual Plaza Colombia, al costado de la hoy Montes de Oca, por Enrique Ocampo, su despechado pretendiente.

En su memoria sus padres hicieron construir rápidamente la hermosa iglesia de Santa Felicitas, en el mismo lugar donde cayera muerta y en la que pueden apreciarse las estatuas de la familia.

Cuando Casa Cuna se instaló en el barrio, varios hechos lo estaban modificando: en 1865 se tendió el Ferrocarril Sud, desde la vieja Plaza de Carretas, hoy Plaza Constitución, dividiendo parcialmente al barrio.

En 1870, el primer tranvía a caballo recorrió la Calle Santa Lucía.

En 1871, a raíz de la epidemia de fiebre amarilla, en la que murió el 10% de la población de la ciudad, por considerarlos focos de la enfermedad, se cerraron los mataderos y saladeros de Barracas, aunque alguno se reabrió clandestinamente, pero en definitiva la epidemia terminó tanto con los mataderos como con la mayoría de las familias pudientes que del barrio se mudaron hacia el norte en busca de lugares más sanos.

En el mismo 1871, para pasar sobre el Riachuelo en reemplazo del siempre precario Puente de madera, se inauguró uno de hierro, con el nombre del ingeniero Prilidiano Pueyrredón, que lo diseñó y que muriera sin verlo terminado. Posteriormente otros tres puentes sucesivamente construidos en el mismo lugar, repitieron su nombre.

La capilla de Santa Lucía fue elevada a parroquia en 1869 y declarada santuario en 1977. En 1871, durante una prolongada sequía se llevó en procesión a Santa Lucía para que cambiara el clima; pese a que la ceremonia empezó con cielo claro, terminó con una beneficiosa lluvia, por lo que aún hoy, los 13 de diciembre se celebra a la Santa con una gran fiesta, con la imagen en procesión recorriendo el barrio, mientras los vecinos la saludan con una lluvia de jazmines.

En 1873, se adoquina la calle pagándose la obra con peaje. Tren, puente, tranvía, adoquinado, facilitaron la movilidad de las familias que se fueron acercando a Casa Cuna en busca de salud para sus hijos.

Frente a Casa Cuna, en la Quinta de Cambaceres, Mariano Acosta fundó en 1874 la Escuela Normal de Maestras, que dio la primera salida laboral intelectual socialmente aceptada para las mujeres.

Al lado de esa escuela, la Buenos Aires English High School, inaugurada en 1875, educaba a los hijos de británicos afincados en el barrio desde la época del Almirante Brown, acrecentados luego con los profesionales y técnicos traídos para la construcción y mantenimiento de los ferrocarriles.

Su primer director, Mr. Hutton, fue famoso por fundar con los ex-alumnos de su escuela el Club Alumni, el más exitoso equipo de Fútbol de la primera década del Siglo XX.

En 1880, durante la sublevación de la Provincia de Buenos Aires, encabezada por C.Tejedor, contra las autoridades de la República, la línea de defensa de las tropas provinciales hizo pie en la esquina de Casa Cuna, incautando para su ejército hasta los caballos de la Cía. de Tranways en su garage de Montes de Oca y Río Cuarto.

En 1882, muere Manuel Augusto Montes de Oca, cirujano, profesor, académico, diputado, ministro, donante de la biblioteca de la Facultad, cuya quinta daba sobre la calle de Santa Lucía, que en su homenaje pasó a llamarse Montes de Oca al año siguiente.

En el barrio vivieron también los doctores Eduardo Wilde, Abel Ayerza y Abel Zubizarreta, cuyas holgadas situaciones socioeconómicas no les impidió preocuparse por aliviar las enfermedades y dolores que producían la miseria en tantos vecinos; y ya en el Siglo XX, dos pilares de la Medicina Argentina, también con destacada sensibilidad social, los Dres. Pedro Escudero y Pedro Chutro, vivieron en el barrio. En el Instituto Malbran de la Avenida Velez Sarsfield, comenzó su carrera de investigador nuestro tercer científico premio nóbel el Dr. Cesar Mildstein.

En el censo de 1887, la Parroquia de Santa Lucía tenía en sus 690 hectáreas 18.357 habitantes, 57% de ellos varones, 53% de nacionalidad extranjera, y menos del 2% negros; de sus 1.594 casas, el 92% eran de una planta y sólo 5 alcanzaban los tres pisos.

Puede calcularse el impacto que causaba la edificación de la Casa en los alrededores. Entre 1888 y 1895, en el barrio se inauguraron el parque de diversiones “El Prado Internacional”, un teatro de títeres y varias romerías.

En ese último cuarto del Siglo XIX, en Barracas Arolas y Villoldo acunaban sus primeros tangos (el Restaurante El Choclo, estaba sobre Montes de Oca), y en el Hotel América, a una cuadra de Casa Cuna, Villoldo pasaba momentos de amores ocultos e inspiración musical; una placa donada por tangueros finlandeses, colocada en el frente del hotel, lo recuerda.

Irigoyen paseaba su adusto carisma entre los vecinos, desde su vivienda a 150 metros de Casa Cuna, demolida por Cacciatore para hacer la Autopista 9 de Julio, y el fútbol se iba acriollando en los numerosos clubes y potreros del barrio.

Los mataderos fueron reemplazados por la industria de la alimentación, atrayendo como mano de obra fundamentalmente a los inmigrantes europeos que llegaron masivamente a fines del Siglo XIX y principios del Siglo XX.

Casa Cuna vino a afincarse entonces en una avenida y un barrio cuya historia y leyenda hacen juego con las del propio hospital, al punto que en pleno Siglo XX, Leopoldo Marechal en “Adán Buenosayres”, pone a Samuel Tesler en el Hospital Borda, talvez en alusión a Jacobo Fijman, Sábato; en “Sobre Héroes y Tumbas”, ubica a la desdichada protagonista, Alejandra Vidal Olmos, último exponente de una trágica familia patricia, devastada por la locura y la violencia, en una deteriorada mansión en la Calle Río Cuarto, cerca de la Avenida Montes de Oca, y Borges sitúa “El Aleph”, el mítico rincón donde se reúnen sin mezclarse todos los lugares del mundo, en la Avenida Garay, en vecindad de la Casa Cuna.

Desde la caída de Rosas, en el barrio se fueron levantando varios hospitales significativos: primero “el de la Convalecencia”, desde 1854 oficialmente destinado para alienadas, luego la “Casa de Dementes”, para varones; a raíz de los heridos de la guerra del Paraguay, el “Hospital de Inválidos” y finalmente el “Hospital Militar”, que hasta 1883, estuvo frente mismo a la Casa Cuna; sus ricas historias no son parte de este trabajo. Por Montes de Oca, seis cuadras hacia el Sur, se instala en 1880, el “Instituto Frenopático Argentino”, donde actuaron José María Ramos Mejía y José Ingenieros.

Frente al Hospital Ferrer, a la vuelta de Casa Cuna, funcionó en la década de 1930 la primera escuela bilingüe argentino-japonesa, destinada a los niños de esa comunidad. En 1955, a doscientos metros de Casa Cuna, Jorge Burgos enceguecido por los celos mató y descuartizó a su novia, conmoviendo a todo el barrio.

Los principales problemas somáticos en Casa Cuna, antes de los descubrimientos de Pasteur y de la nutrición científica, eran las enfermedades eruptivas, tos convulsa, difteria, sífilis, tétanos, (que según Costa, provocó el 26% de la mortalidad infantil en la Casa, entre 1873 a 1877), las tiñas, las oftalmías purulentas, la gastroenteritis, el escorbuto, el raquitismo y la desnutrición global (atrepsia).

La distancia entre los pabellones daba cierto aislamiento empíricamente necesario para evitar las epidemias intrahospitalarias. La provisión de sustitutos confiables de la leche humana, cuando las nodrizas no eran suficientes, creaba problemas de difícil solución. Se usaron leche de vaca, yegua, burra y cabra, pero hasta comprender la manera de esterilizarla, poco se podía hacer para conservarla, habiéndose intentado hasta colocar los bebés directamente en las ubres de cabras amaestradas al efecto. Por ese entonces, comienza a elaborarse en Buenos Aires, la «leche malteada», que se vendía en farmacias y droguerías.

En 1884, recién nombrado Bosch director en reemplazo de Argerich, aconseja una serie de reformas edilicias para asegurar el aislamiento de los pacientes infectocontagiosos y brindar a todos los internos espacios llenos de luz y bien aireados.

El impacto que produjeron las vacunas elaboradas por Pasteur, fue tan grande que el Jefe de Infecciosas de la Casa Cuna, Dr. Desiderio Davel fue a París a buscar la vacuna antirrábica, trayéndola cultivada con riesgo de su vida en lotes sucesivos de conejos para conservarla. Llega a Buenos Aires en 1886, justo a tiempo para salvar la vida de un niño uruguayo mordido por un perro confirmadamente rabioso, derivado especialmente a Buenos Aires para su tratamiento, siendo ésta la primera administración de esa vacuna fuera de Francia, y tal vez el antecedente del turismo sanitario hacia Bs. As.

CENTENO Y ELIZALDE, LOS GRANDES GUÍAS

El Dr. Ángel  Mauricio Centeno, discípulo de Blancas, incorporado a Casa Cuna en 1887,  informa ante el Parlamento al solicitar aumento del aporte estatal  en 1889, que Casa Cuna había recibido 1.580 bebés abandonados, alrededor del 5% de los recién nacidos vivos que se estima nacieron ese año en la Ciudad, debiendo atender 4.086 internos con un presupuesto insuficiente.

Al mismo tiempo denuncia, en una exposición fundamental para corregir perversiones instaladas en la comunidad, fortificar la relación madre-hijo, y dar nuevo impulso al cuidado de la infancia, que la imposibilidad de las madres que trabajan de amamantar y  cuidar sus hijos en las condiciones laborales impuestas entonces, la persistencia del torno y una siniestra organización de parteras “especializadas en colocar a los bebés”, son responsables de la mayoría de tan alta tasa de abandono.

Estas parteras saben cómo dejar los niños en el torno con señales que los identifiquen y cómo “recuperarlos”, cuando sea el tiempo del destete, o cuando tengan unos 6 años, edad a los que se los puede poner a trabajar para completar los ingresos de la familia, o para realizar tareas domésticas mientras sus madres trabajan. Menciona también pobres parturientas obligadas a dejar sus hijos para amamantar mercenariamente a los niños de familias pudientes, cuyas madres no quieren tener el compromiso de realizarlo ellas mismas. Según informa Centeno, las parteras cobran por alojar a las embarazadas a término en sus casas y asistirlas en el parto; por llevar a los niños a la Casa Cuna con elementos de identificación sólo conocidos por ellas; por colocar a las parturientas como amas de leche de los ricos; y por rescatar a los niños ya crecidos.

El torno decía Centeno, crea huérfanos de padres vivos, a los que debemos evitarles el hospitalismo. Como antecedente se mencionó que en 1860, Francia suprimió el torno, reemplazado al decir de Feuillet por un torno viviente, humano, sensible a la piedad (la recepcionista).

Ante esta realidad, a su instancia y con el decisivo impulso del gran sanitarista Emilio Coni, que lo consideró aparato indigno de una sociedad culta, el torno es retirado en julio de 1891, luego de funcionar durante 112 años. Fray Mocho, en uno de sus cuentos costumbristas, había confirmado las denuncias de Centeno.

En 1891, las Hermanas de Caridad, no comprendiendo una indicación profesional, ante una orden de las Inspectoras, lavan y reutilizan material que los médicos de la Casa habían ordenado descartar por su contagiosidad. El conflicto que desencadena este hecho, determina al Gobierno Nacional disponer que el Departamento Nacional de Higiene, supervise en adelante la actividad asistencial de la Casa Cuna, por encima de la Sociedad de Beneficencia, dando lugar a un largo entredicho de baja intensidad entre los conceptos médicos y el criterio de las Inspectoras de la Sociedad de Beneficencia que alimentó al que finalmente estalló con el Estado Nacional en 1946. En 1892 Centeno integra la Comisión redactora de la Farmacopea Argentina.

En 1900, es designado director Ángel Centeno. Ese mismo año, Julio Argentino Roca Presidente de la República, firma las modificaciones a las Normas de Admisión y Rescate de Niños de la Casa de Expósitos, estableciendo que la internación de los niños debía renovarse semestralmente, siempre que continuaran las causales que impulsaron a dejarlos, procurando preservar la identidad del niño y el derecho a mantener el vínculo familiar.

Por donaciones de la familia cuyo nombre llevan, se levantaron entonces los pabellones Millán y Ayerza. En 1901, el Presidente Roca, cede un edificio en la calle Vieytes, que luego sería el Instituto Riglos, y el Hotel de Inmigrantes de Mercedes, provincia de Buenos Aires, rebautizado como Hogar Martín Rodríguez, para alojar a los expósitos sanos que no eran colocados en domicilios de las Amas, para descongestionar la superpoblada Casa Cuna.

El Presidente Roca, complementa su preocupación hacia la Casa, firmando en 1904, el Reglamento para la Colocación y Trato de Expósitos en Poder de Familias. Todas estas disposiciones son iniciativas de Centeno, especialmente preocupado por mantener el vínculo entre los niños y las madres que trabajan, las que están detenidas y las carentes de recursos básicos,  por lo que se lo considera el creador de la Pediatría Social Argentina y  pionero del reconocimiento de los  Derechos del Niño.

Una evaluación de los abandonos ocurridos entre 1912 y 1914, mostró que el 72% de los niños eran dejados por personas que aclaraban su identidad y las motivaciones del abandono. En el 37% de los casos, las madres se manifestaban sin leche, y en el 7% estaban judicialmente recluidas; en el 9% los niños eran huérfanos de ambos padres, en el 15% huérfanos sólo de madre y en el 9% tenían enfermedades que dificultaban su crianza. El 82% de los familiares que ponían a los niños en la Casa, eran extranjeros, la mitad de ellos italianos.

Centeno organizó los Consultorios Externos para atender también a niños que vivían con sus familias, aunque ya desde 1820 se atendía a los hijos y criados de las cuidadoras externas. Construyó el Gabinete de Rayos X, donde, antes que terminara el Siglo XIX se tomó la primera radiografía de un niño en Buenos Aires. Consiguió que la Sala de Cirugía quedase a cargo del reconocido y aún joven profesor de Clínica Operatoria de la UBA, Alejandro Posadas, maestro nada menos que de Arce, Chutro, los Finochietto, Roccatagliatta, Sussini, y de su sucesor en Casa Cuna, José M. Jorge, ya famoso por haber descubierto la Coccidioidomicosis, la primera infección profunda por hongos descripta en el mundo, y protagonista de la primera cirugía filmada en el mundo, en 1899. Desarrolló Centeno el Laboratorio de Alimentación, para preparar los novedosos sustitutos artificiales de la leche humana. Hizo la Sala de Fisioterapia. Dotó al Laboratorio Central de Análisis con los aparatos más modernos de la época.

Obtuvo de parte del Jockey Club, la donación de dos pabellones que, desde principios de este siglo, enmarcan al este y al oeste el jardín central del Hospital, y que con su personalidad arquitectónica lo identifican desde la Avenida Montes de Oca y ahora también desde la Estación Constitución y la Autopista 9 de Julio Sur.

Con este notable aumento de la superficie cubierta y en un renovado esfuerzo para prevenir la ruptura del binomio madre-hijo y el consiguiente abandono infantil, se organiza la Oficina de Recepción, con personal capacitado para mantener de la mejor manera posible el vínculo familiar; luego, con el mismo fin, se crea el “Refugio Materno-Infantil Doña Paula Albarracín de Sarmiento”, que internaba a puérperas sin hogar con sus hijos, mientras la Sociedad de Beneficencia les procuraban trabajo y alojamiento definitivo.

En 1909, se compraron a la Sucesión Reiynaud otros 1.400 m2 de terreno; en 1911 el Congreso de la Nación expropió y donó a la Casa el lote de la familia Rezzonico, que da salida a la Avenida Caseros, y en 1913 la Sociedad le dio la esquina de Caseros y Tacuarí. En 1912, se habían construido los túneles de comunicación por debajo del jardín central y se había comenzado la construcción de la actual capilla. Los azulejos color cobalto, probablemente holandeses, con paisajes típicos y escenas tradicionales, antes abundantes en la Casa, pero hoy apenas presentes en alguna pared, son de esa época.

En ese tiempo tenía la Casa 416 camas para Expósitos, 114 para amas de leche y 30 para el personal y las Religiosas. El plantel estaba constituido por: 14 médicos, 8 practicantes, 10 enfermeras, 18 Hermanas de Caridad, 100 amas de leche internas y 800 amas externas. Cinco médicos inspectores realizaban unas 12 mil visitas anuales a los hogares sustitutos, para controlar el crecimiento, desarrollo e integración familiar y social de los Expósitos. Los registros antropométricos de 223 niños expósitos evaluados en 1906, superaban los promedios de las tablas entonces en vigencia.

 Mientras Centeno intentaba sacar el torno, en 1890, llegó a la Casa su más renombrado Expósito, bautizado con los nombres de Benito Martín y adoptado 6 años después por la familia Chinchella, carboneros de los barcos de la Boca, gracias a los cuales tuvo un papá y una mamá para mí sólo. Cuando comenzó su carrera de pintor modificó su nombre a Benito Quinquela Martín. Usó buena parte de su fortuna para construir y donar el Lactario, el Hospital Odontológico Infantil de la Boca, el Jardín de Infantes, la Escuela de la Vuelta de Rocha y la de Artes Gráficas de La Boca, el Teatro de la Ribera, en agradecimiento a los años pasados en Casa Cuna. Otros expósitos llegaron a destacarse como universitarios, incluso como médicos de Casa Cuna, pero ninguno tuvo su fama.

En 1905, en reconocimiento a su capacidad asistencial, la Casa pasa a llamarse oficialmente Hospital de Niños Expósitos. Ya funcionaban por entonces seis incubadoras en la Casa En su informe anual de 1909, el director de la Administración Sanitaria y Asistencia Pública de la Capital, Dr. José M. Penna, encontró que los Hospitales de la Sociedad de Beneficencia tenían todo el confort y comodidad que los exhibe como modelo. Cuando se federalizó Buenos Aires, se creó la Asistencia Pública de la Capital para asumir la atención médica gratuita de la Ciudad. En 1910, la Asistencia Pública tenía 9 Hospitales y 9 Casas de Socorro, con un presupuesto de unos  2.000.000 de pesos al año, semejante al de los Establecimientos de la Sociedad de Beneficencia, que sólo en Casa Cuna gastaba 664.000 pesos anuales, 517.000 de ellos en personal. La mortalidad de los Expósitos  entre 1852 a 1909 fue alrededor del  20%.

El gobierno resuelve en 1905, que el correo venda estampillas de Navidad y Año Nuevo, cuya recaudación destina a la Sociedad de Beneficencia. En 1906, Centeno es nombrado Profesor titular de Enfermedades de los Niños de la UBA, en reemplazo del ya octogenario Manuel Blancas, continuando así la Cátedra durante sus primeros 37 años y hasta la jubilación de Centeno, en manos de directores de la Casa Cuna. Centeno, al asumir,  define a la Pediatría como «Ciencia difícil y arte delicado».                    

Cuando en 1903 Centeno dispone que la Inspección de Niños en sus hogares sustitutos sea sistemáticamente realizada por médicos, es seleccionado entre otros, para incorporarse al Hospital, a los 24 años de edad y recién graduado, el Dr. Pedro de Elizalde, nacido en la ciudad de Buenos Aires, hijo de Rufino de Elizalde, ex Ministro de Mitre, a quien conocí, ya herido por la enfermedad y a quien perdí siendo muy niño, y de Manuela Leal, importante miembro de la Sociedad de Beneficencia. Era, además, familiar del severo inspector de la Hermandad de la Santa Caridad de su mismo apellido, que en 1817, elogiara la labor de su entonces director.

Elizalde imprimió a la Institución los componentes más significativos de su espíritu. Paulatinamente desarrolló toda una teoría del abandono, comenzando por la revalorización del binomio madre-niño, en constante adaptación mutua como mejor garantía para la salud infantil. Consideró al abandono como el deterioro del cuidado satisfactorio del niño a causa  del desamparo que sufre la madre.

Llamó abandono latente, al deseado pero aún no materializado; abandono inaparente, al deficiente cuidado del niño. Ambos abandonos dijo, predisponen al aumento de la morbimortalidad en la Primera Infancia; definió como abandono transitorio, a aquél efectivizado a la espera  de poder recomponer luego la relación materno-filial; abandono definitivo, al que resulta irreversible y abandono oculto, al niño incorporado a otra familia sin el conocimiento de las autoridades. Clasificó las causas predisponentes de los abandonos en espirituales, sociales, económicas y catastróficas. En su estrategia se debía primero evitar el abandono, segundo hacer que el abandono  inevitable sea transitorio y tercero paliar las consecuencias del abandono definitivo.

Fue Elizalde quien normatizó la Oficina de Recepción de Leche de Mujer, vigilando la salud de las “dadoras de leche” y la de sus hijos biológicos, para evitar su desnutrición y el contagio entre los bebés y las nodrizas. Se llegaron a recolectar 5000 litros de leche humana anuales, conservando la salud de nodrizas, sus hijos y los internos. Esta gota de leche, sirvió también para lactantes no expósitos, cuyas madres no lograban alimentarlos satisfactoriamente. Elizalde vigiló con similar criterio la salud de las cuidadoras. Organizó el Servicio Médico-Social, creando  la “Escuela de Madres”, para preparar a quienes no se sentían en condiciones de asumir a sus hijos, a  abrirse camino en la vida, conservándolos, llegando incluso a hacer que las madres que cuidaban a sus propios hijos recibieran retribución  económica en concepto de ayuda a la crianza. Consiguió que las Hermanas del Huerto, enseñaran a esas madres a leer, escribir, coser y cocinar, también para que enfrentaran mejor la vida y cuidaran mejor de sus hijos. Creó la Escuela de Enfermeras de la Casa, cuyo título consiguió que fuera reconocido por la Facultad de Medicina de la UBA; con el plantel de egresadas de esa Escuela, reemplazó a las tradicionales “cuidadoras internas”, profesionalizando la enfermería del Hospital. Incorporó a Visitadoras de Higiene, graduadas de la Facultad de Medicina, para la labor de prevención del abandono infantil y de vigilancia de los niños de la Casa puestos en hogares sustitutos. Hizo cambiar el nombre de “Expósitos” por el de “Pupilos del Estado”, para los abandonados.

 En 1909, Centeno es designado Académico de la Medicina. El profesor Luigi Concetti, prestigioso pediatra italiano invitado al Congreso Médico del Centenario, en 1910, dijo que su visita a la Casa de Expósitos de Buenos Aires, lo hacía reconciliar con esas instituciones. En 1911 se funda la principal institución científica de la Pediatría Argentina, la Sociedad Argentina de Pediatría. Entre sus 53 socios fundadores se encuentran  7 prestigiosos médicos de Casa Cuna: Centeno, elegido presidente fundador, Elizalde, Samuel Madrid Paez, Daniel J. Cranwell, Cipriano Sires, Juan F. Vacarezza  y José M. Jorge.

Aprovechado el Hogar Unzué, que la Sociedad levantó frente a la Playa La Perla en Mar del Plata, Elizalde organizó estadías de paseo de los pupilos de la Casa a la ciudad balnearia trasladados por su gestión, en forma gratuita por el Ferrocarril del Sud. Los pupilos tuberculosos recibían baño de sol marítimo en el solarium construido con la donación que Hipólito Irigoyen hizo de sus haberes como Presidente de la Nación. La Sala de Incubadoras que Elizalde montó fue reconocida en 1914 como la más importante de Sudamérica. Incorporó la carpa de oxígeno y la nebulización medicamentosa, como tratamiento habitual en Pediatría. En 1915, se dispone de consultorios especiales para atender a la población infantil de la zona sur de la Capital, adaptando nuevamente el Hospital en respuesta a las necesidades y demandas que llegaban de la comunidad.

En 1917, comenzó a practicar la recientemente normatizada reacción de Mantoux en forma sistemática a los niños internados y la aplicación de la vacuna BCG, de la que otro famoso médico de la Casa, el profesor Vacarezza, fue decidido impulsor. Organizó la atención ambulatoria, con énfasis en la Puericultura y la Dietética. Creó el Servicio de Hemoterapia, pensando fundamentalmente en el tratamiento de las anemias, la filactotransfusión con sangre de convaleciente para algunas infecciones, y los sueros endovenosos transfontanelares, por enteroclisis o hipodermoclisis para las deshidrataciones, entonces llamadas toxicosis. Las perfusiones transfontanelares al seno venoso de la duramadre  recién fueron suprimidas en 1964.

En 1918 Centeno es propuesto para Decano de la Facultad de Medicina de la UBA, pero disgustado por la manera en que es impuesta la Reforma no acepta el cargo. Se jubila en 1920.  sucediéndolo como Director del Hospital, el Dr. Cranwell, quien siendo un cirujano respetado en Europa por sus trabajos sobre hidatidosis, noble discípulo de Centeno, jefe de Cirugía de la Casa en reemplazo del Dr. Jorge y profesor de Patología Quirúrgica de la UBA, crea las bases de la puericultura moderna. El Hospital de Expósitos cambia su nombre por el de Casa Cuna, ese año. Cuando en 1922 se planteó la posibilidad de reinstalar el torno, el Director de la Casa, Dr. Daniel J. Cranwell, expresó el torno… de una época y cultura distantes a la nuestra… favorece el abandono y el comercio ilícito… perdiendo el niño la posibilidad de conocer a sus padres… y que éstos recuperen a sus hijos. Argumentando estas posturas, Cranwell demostró estadísticamente que, contrariamente a los supuestos, el torno no modificaba el número de infanticidios.

 En 1922, se pone en marcha la calefacción central a vapor. En 1923 es nombrado director el Dr. Paz, que abre el servicio de neurología y encomienda al Dr. Pascual Cervini la tarea de difundir la vacunación antidiftérica. En 1926 el escultor Lagos entrega a Casa Cuna el busto de Centeno que desde entonces se observa en el jardín. Jubilado Paz en 1928 asume como Director el Dr. Madrid Páez, hasta su muerte en 1936.

Desde 1921 y hasta 1947, el Dr. Elizalde hizo los “Cursos de Verano para Graduados”, para mantener actualizados a los pediatras que se le acercaban. Normatizó los exámenes de ingreso de los practicantes a la Casa.

Los recursos terapéuticos más utilizados entonces en el Hospital eran, además de sangre, plasma y soluciones hidrosalinas, medicamentos que se suponía eliminaban los patógenos: vomitivos, purgantes, diuréticos, sudoríficos, expectorantes, ventosas; los sintomáticos: hipnóticos, analgésicos, antitérmicos, tónicos (aceite de hígado de bacalao, calcio); los protectores: vacunas, antisépticos, baños “medicinales”, cataplasmas; digital, quinina, coramina, cafeína,  el láudano, sueros antitóxicos; el bismuto y los arseniacales para la sífilis. Las anestesias eran fundamentalmente de éter inhalado en el aparato de Ombredanne. Las complicaciones de la anestesia en los niños fueron motivo de un trabajo de Elizalde en 1919, antes que el mismo Ombredanne las describiera.

En el Libro de Oro de la Casa de Expósitos, pueden leerse los siguientes testimonios de esa época: Mabillau, director del Museo Social de Francia y presidente de la Federación Internacional de Mutualidades, escribe en 1912: «La Casa de Expósitos… ejemplo de caridad moderna». El mismo año, el Doctor Piñeiro, Director General de la Administración Sanitaria y Asistencia Pública, expresa, parafraseando a Dante: «Conservad toda esperanza, vosotros que entrais». Nascimento González, profesor de la Facultad de Medicina de Río de Janeiro en 1913, afirma: «Si la civilización se mide por el modo en que un país distribuye la asistencia entre los más necesitados, con el trato en la Casa de Expósitos la República Argentina tiene la hegemonía en la América del Sur». El gran sanitarista Domingo Cabret, manifiesta en 1916: «… el sabio pediatra, profesor Centeno, digno director del establecimiento…».  Avelino Gutiérrez, decano de la Facultad de Medicina de Madrid, en 1923 opina que la Casa «… merece la mayor alabanza y gratitud de todos».

En 1935, los Consultorios Externos de las 8 subespecialidades pediátricas establecidas, atendieron 125.000 consultas.

En 1936, muerto Madrid Páez, Elizalde es designado Director de la Casa Cuna. A su impulso se crea entonces la Asociación de Profesionales de la Casa Cuna, casi contemporánea de la Asociación de Médicos Municipales y nace la revista “Infancia”, pionera de las Revistas Científicas de la Casa, que tras varias interrupciones se prolonga hoy en la “Revista del Hospital General de Niños Dr. Pedro de Elizalde”.

Entonces se incorpora el predio de Montes de Oca 110, de María Escalada de Vélez, conocido como el Palacio Díaz Vélez famoso, además de por su calidad arquitectónica, por el hecho de que en la leonera construida por la obsesión de Eustaquio Díaz Vélez, los leones habrían destrozado a su pretendido yerno. Numerosas estatuas aún diseminadas por los jardines de Casa Cuna, atestiguan esa trágica pasión.

Desde 1889, los Expósitos se identificaban mediante una medalla de bronce numerada correlativamente desde el número 1, colgada de su cuello. En 1929, ya se había llegado al número 50.000, y las pérdidas de medallas con el consecuente riesgo para la identidad del niño eran relativamente frecuentes.

Por eso entonces, se intentó aplicar el método de identificación mediante la papiloscopía de los dedos de la mano de Vucetich; pero la posición de la mano en flexión de los recién nacidos y la superficialidad de sus surcos, hacían poco confiable y dificultoso el método. El Dr. Carlos Urquijo, estimulado por Elizalde, en 1929 idea en la Casa el sistema de identificación de recién nacidos y lactantes menores de 8 meses, mediante la papiloscopía de la zona plantar adyacente al primer dedo pelmatoscopía, que se incorpora a la “Libreta de Pupilo”, cumpliendo el viejo anhelo de conservar fehacientemente la identidad de cada interno. Su experiencia es ampliamente difundida en publicaciones desde 1937. El método es ahora universalmente utilizado.

En 1937, al crearse la Cátedra de Puericultura en la Facultad de Medicina de la UBA, los 8 profesores adjuntos de Pediatría, entre ellos Casaubon,  Enrique E. Beretervide, Bazán y Juan P. Garraham, elevan una nota al Decano, expresándole que no se inscribirán en el concurso por entender que por sus méritos asistenciales, docentes y de investigación, corresponde que se designe titular al Dr. Elizalde. El entonces Decano de Medicina, profesor José Arce, señala que ese gesto es un caso extraordinario en los anales de la Universidad de Buenos Aires. En su clase inaugural, Elizalde recuerda que en Francia  ya Caron en 1865, decía que puericultura es la ciencia de criar a los niños, higiénica y fisiológicamente, y en 1895, Pinard habla de puericultura intrauterina. Para Elizalde, puericultura son las leyes biológicas y sociales, que deben regir la relación del niño con la madre y la familia, desde antes de la procreación, hasta la pubertad. Adelantándose más de una generación en sus ideas, propone que el Hospital además de dar asistencia completa a la infancia, haga docencia e investigación. Sus principales discípulos fueron: Cervini, Beranger, Zucal, Waissman, su propio hijo, Felipe de Elizalde y Aurelia Alonso, primera mujer médica que hizo carrera en Casa Cuna, incorporada en 1930, y destacada historiadora de su Hospital y su Maestro.

Elizalde diseña, construye y en 1939 inaugura el Pabellón Atucha, que incorpora lo más avanzado en la asistencia de la tuberculosis infantil de la era preantibiótica, cuando aún se hablaba de maternohemoterapia y de inyecciones de leche, para tratar algunas de sus  formas extrapulmonares.

En 1942 se terminan las 7 plantas del Pabellón que con 125 camas pensó para Clínica Epidemiológica y en 1943 el Pabellón Alconero para Consultorios Externos. En cuatro años el desarrollo edilicio del Hospital, más que duplicó su superficie cubierta. Se revaloriza entonces el rol de la madre durante la internación de los niños. La edificación permitía en esa época, el ingreso y egreso desde la calle directamente a cada pabellón; en cada uno de ellos había laboratorios y aparatos de Rx, porque se privilegiaba el aislamiento de cada patología, para evitar el contagio intrahospitalario. Hoy la centralización para el mejor uso de los recursos y la restricción de los accesos desde el exterior, por razones de seguridad, modifican notablemente la circulación en el Hospital.

La obra fundamental de Elizalde fue la de enseñar con su palabra, su ejemplo y sus disposiciones organizativas, el respeto y comprensión que merecen y necesitan el niño y su familia; el papel del médico como forjador de armonías, para conservar y recuperar la salud; la importancia de la preparación y desempeño de los servicios de enfermería, mucamas, personal administrativo y de maestranza en el cuidado de los niños; la necesidad de mantenerse actualizados en todos los descubrimientos médicos y del cuidado crítico y prudente para aplicarlos en la pediatría práctica.

A principios de los años 40 inmediatamente antes del uso de los antibióticos, cuando las heladeras eléctricas eran rarezas en casa de los ricos, la leche se fraccionaba a domicilio en carros lecheros sin la mínima higiene, no existía gas natural para calefaccionar las viviendas y las vacunas disponibles no tenían difusión suficiente, una evaluación al azar de 106 defunciones de niños en Casa Cuna, muestra que 26 fueron atribuidas a infecciones respiratorias (dos a bronquitis “capilar”, una a neumonía, una a congestión pulmonar y el grueso a bronconeumonías), 21 a desnutrición (16 a “descomposición” y 5 a distrofia grave), 15 a “toxicosis” (una con otitis), 7 a septicemia y “septicopiohemia”, 6 a coqueluche, 5 a “debilidad vital”, 4 a estreptococcias, 4 a meningitis y paquimeningitis, 4 a sarampión, 2 a “dispepsia”, 2 a TBC y 1 cada una a: insuficiencia hepática, infección urinaria, varicela necrótica, “crup gripal”, hidrocefalia, “muerte tímica”, “melena neonatorum”, “síndrome tóxico”, insuficiencia suprarrenal y peritonitis, señalando cuáles eran los problemas que preocupaban al Cuerpo Médico de entonces.

La introducción de los primeros quimioterápicos y antibióticos en Pediatría, tuvo a Elizalde como entusiasta experimentador. Más de 100 trabajos científicos demuestran su interés en la investigación. En 1942, el Hospital evalúa el uso de las sulfamidas, su tolerancia por parte de los niños y la sensibilidad que a ellas presentan los gérmenes.

En 1944 se jubila Elizalde, y, por única vez en su larga historia, la Sociedad de Beneficencia nombra un Director Honorario, distinción que recae en él. Continuó concurriendo regularmente a los servicios asistenciales, laboratorios, ateneos y cursos del Hospital, hasta cuatro días antes de su muerte, ocurrida en enero de 1949, próximo a cumplir los 70 años de edad. Estaba entonces organizando “Prensa Pediátrica”, revista que incluía colaboraciones y comentarios de pediatras de más de 10 países americanos y que resultó su obra póstuma, cuya dirección ejercicio su discípula la Dra. Aurelia Alonso. Doce años después de su muerte, en 1961, seguía figurando como Presidente Honorario de la Asociación Médica de la Casa Cuna. Cuando se resolvió darle su nombre al Hospital que él  había impregnado con su espíritu, la comunidad hospitalaria se sintió complacida por el merecido homenaje al hombre que siendo huérfano desde tan niño, dedicó todos sus vastos esfuerzos profesionales a la infancia, especialmente a la más desvalida.

 DE LA ESTATIZACIÓN A LA AUTOGESTIÓN

En 1946, tras el sonoro conflicto entre Eva Perón y la Sociedad de Beneficencia, ésta es disuelta y el Hospital, bajo la dirección de Eugenio Zucal, junto a todos los Institutos de la Sociedad, pasa a depender del Estado Nacional, incorporado primero a la Dirección Nacional de Asistencia Social y luego al Ministerio de Trabajo y Previsión. La forma traumática que se le dio al hecho, en realidad, capítulo final de un largo proceso ideológico de transferencia de la asistencia como actividad de Beneficencia Semiprivada, a la atención como actividad médica dentro de la responsabilidad del Estado y derecho del ciudadano, crearon profundas divisiones en el personal de la Casa que duraron varios años.

El General Perón, quien como Evita también era hijo de madre soltera, en 1947 impulsó la ley por la que los nacidos fuera del matrimonio dejaran de anotarse en el Registro Civil como hijos adulterinos o sacrílegos, según fuese la condición de sus padres. La inscripción como hijos naturales, continuó hasta que una ley propuesta por el Dr. De la Rúa suprimió la calificación de los recién nacidos por el estado civil de sus padres, evitando la discriminación que ya preocupaba a Carlos IV en 1794.

Al comienzo de la Administración Estatal en el año 1947 hubo 616 niños recogidos en Casa Cuna. En 53 casos fueron considerados  abandonos “definitivos”, entregados en su mayoría en forma anónima y los demás en condición temporaria: 178 por enfermedad de alguno de los padres, 147 por carencia de recursos para criarlos, 48 por muerte de algunos de los padres, 58 por que padre o madre abandonaron el hogar, desintegrando la familia, 40 por agalactia o nuevo embarazo de la madre, 8 por encarcelamiento de padre o madre, 12 por “índole privada” y el resto por resolución judicial.

En 1952, luego de la muerte de Evita, el Hospital pasa a llamarse Casa Cuna Eva Perón; en 1955, derrocado Perón, recupera el nombre de Casa Cuna, y pasa a depender del Ministerio de Asistencia Social y Salud Pública. La Asociación Médica renueva entonces su estatuto, busca incorporarse a Femeca, instituye el premio Casa Cuna al mejor trabajo científico producido en el Hospital y crea la Ayuda Mutua y el Seguro de Vida Colectivo, para profesionales de la Casa, que sucesivas inflaciones fueron haciéndolos inviables.

En el verano y otoño de 1956, la terrible epidemia de poliomielitis moviliza al personal del Hospital, que improvisa salas de internación, aumenta voluntariamente sus horas de trabajo y organiza sistemas de guardias ad honorem, arriesgándose al contagio de semejante patología. La cesión entonces por un año, del pabellón Díaz Vélez  para Hogar Respiratorio, se va transformando por maniobras cuestionables, en una ocupación inaceptable.

El Profesor Raúl P. Beranger, a quien Elizalde llamaba:«mi hijo espiritual», en Pediatría Clínica y el  Maestro Marcos L. Llambías, sucesor de Marcelo Gamboa,  en Cirugía Infantil, importantes referentes nacionales en sus especialidades, prestigian al Hospital, con sus largas trayectorias en ese tiempo. El Dr. Riggio, con más de 50 años de labor asistencial ininterrumpida como concurrente, médico rentado y voluntario, luego de su jubilación, muestra un compromiso vocacional y afectivo con la Casa, difícil de igualar. El Dr. Néstor Pagniez, desde el laboratorio central del Elizalde idea la reacción para la sífilis que lleva su nombre y los micrométodos que permiten extraer sangre para analizar en forma mucho menos traumática para los niños; ambos procedimientos de amplia difusión en el país y en el exterior. El Dr. Felipe de Elizalde, hijo de Pedro, fue en esos años Jefe de Sala y Profesor de Pediatría en la Casa, llegando luego a ser Decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Beranger, sucesor de Elizalde en los cursos de verano desde 1946, Director Interino de la Casa en 1956, durante la gran epidemia de poliomielitis de Buenos Aires, exigió y obtuvo del Gobierno Nacional los pulmotores imprescindibles para tratar a estos pacientes. Presidente de la Sociedad Argentina de Pediatría, como antes Madera, Argerich, Centeno, Davel, Juan F. Vacarezza , José M Jorge y Pedro de Elizalde, fue uno de los 7 médicos de la Casa Académicos de la Medicina .

En 1961, hay por primera vez un concurso reglado para Director y el cargo recae en un sanitarista el Dr. Roberto Cerutti, quien conduce la actualización del Hospital a la realidad médico-sanitaria de la década: 1) los antibióticos y las vacunas disminuyen el número de ingresos por infecto-contagiosas, sus complicaciones y la duración de sus internaciones; 2) la cirugía, la anestesia y el manejo del postoperatorio inmediato se vuelven más seguros, aumentando las indicaciones quirúrgicas en la infancia; 3) el mejor conocimiento de la clínica, el intenso desarrollo de la tecnología de estudios complementarios y el notable aumento de las alternativas farmacológicas, provoca un explosivo incremento del número e importancia de las subespecialidades pediátricas; 4) prevalece la conciencia que el cuidado progresivo del paciente y la centralización de la aparatología médica¸  es la forma más racional de usar los recursos disponibles; 5) la excelencia en la preparación de los profesionales y la capacitación permanente en servicio es condición esencial para mantener el nivel de formación y actualización exigibles en un Hospital especializado; 6) el más correcto registro asistencial sanitario, legal, administrativo, se obtiene centralizando la documentación médica.

Como consecuencia de esa modernización y a través de cambios a lo largo de 12 años se redistribuye el uso de la superficie cubierta, incrementando las de internación en Cirugía y Clínica Pediátricas; se agiliza el giro cama en infecciosas, que desarrolla un sector para meningoencefalitis, en condición equivalente a terapia intermedia y uno para hepatitis con aislamiento hídrico. Se organiza Neonatología con un sector de terapia intensiva neonatal y otro de terapia intermedia. Se crea Terapia Intensiva Pediátrica. Se agrega un sector de Neumonología a Tisiología. Se utiliza el desafectado espacio de recepción de leche de mujer para nuevos consultorios y el del ex Refugio Materno Infantil para centralizar toda la actividad del diagnóstico por imágenes. Se redimensiona el espacio destinado a las Hermanas de Caridad (Clausura). Se unifica la jefatura de todos los registros médicos y elaboración de datos de la actividad hospitalaria y se crea el archivo central de historias clínicas.

En 1961 se impone  al Hospital el nombre de “Dr. Pedro de Elizalde”. En 1962, durante los conflictos entre Azules y Colorados, en dos oportunidades se amenaza bombardear Plaza Constitución, debiéndose proteger a los internados. En 1963, el Hospital pasa al ámbito municipal. La Asociación de Profesionales del Hospital se convierte en filial de la Asociación de Médicos Municipales, alcanzando fuerte presencia en sus órganos directivos. La Asociación de Profesionales continúa como representante de los universitarios no médicos y organizadora de los eventos científicos y sociales del Hospital. Varios profesionales de la Casa se incorporan a la carrera de investigador del Conicet. Cátedras de Pregrado de dos universidades tienen sede en el Hospital. Cuatro carreras de Postgrado de Especialistas Universitarios de la UBA, se dictan también en Casa Cuna. En 1994, la Universidad distinguió a Casa Cuna como Hospital Asociado. Se realizan periódicas Jornadas Científicas con participación de distinguidos colegas extranjeros.

Estudiantes de las principales Escuelas de Enfermería de la Ciudad y universitarios de Nutrición y Servicio Social, realizan prácticas en el Hospital. Además de los múltiples cursos de actualización para graduados de las diferentes especialidades pediátricas, suelen dictarse también Jornadas y Cursillos para maestros de niños severamente enfermos y para la comunidad en general.

En 1963, por iniciativa de la madre Marta de Bary se crea el Servicio de Voluntarias, para colaborar en el cuidado de los niños y apoyar la tarea del personal, sin realizar actividades técnicas ni asistenciales. En 1964, es el primer Hospital Público de la Ciudad que tiene toda su guardia clínica y quirúrgica, integrada por profesionales; hasta entonces las guardias hospitalarias tenían un solo profesional, el médico interno, siendo los demás integrantes, el mayor, el menor y los externos, simples estudiantes de Medicina de Pregrado, los practicantes. En 1967, se incorpora al Plan de Residencias Hospitalarias. Durante la década de 1970, funcionó en el Hospital la Fundación Laboratorio de Investigaciones Pediátricas, FLIP, en la que investigadores del CONICET, desarrollaron sus actividades. Desde 1975 se aceptan becarios extranjeros que perfeccionándose en la Casa, llevan a sus países el espíritu del Elizalde. Hasta la década de 1930, en los hospitales públicos era habitual que sólo los Jefes de Servicio, fuesen rentados. Los demás profesionales, trabajaban ad honoren, a cambio de formarse en el servicio. Progresivamente fueron nombrándose Médicos Rentados de Planta, y era habitual que trabajaran muchos años honorarios, antes de tener la oportunidad de una renta.

Cuando en 1973, en pleno gobierno constitucional, la inercia conspirativa busca tomar hospitales públicos de la Capital, como parte de su estrategia de acción violenta, el personal del Elizalde no dudó en permanecer en vigilancia voluntaria permanente dentro del Hospital para defenderlo. En 1974, 3 médicos de la Casa Cuna, fueron secretarios del Comité Organizador del XIV Congreso Internacional de Pediatría, único celebrado en el país, Entre 1975 y 1980, algunos de los niños abandonados en la vía pública, ingresados a Casa Cuna, eran en realidad hijos de desaparecidas, algunos de los cuales, recuperaron su verdadera identidad.

Entre 1955 y 1980, el principal problema pediátrico sanitario, era la deshidratación, asociada fundamentalmente con las gastroenteritis estivales y la desnutrición, al extremo que las guardias médicas eran reforzadas durante el verano. Entonces la mortalidad por esas patologías estaba cerca del 10%. La mejor calidad de la leche y otros alimentos, la difusión de heladeras eléctricas, la educación nutricional de las madres y el TRO (Tratamiento de Rehidratación Oral) disminuyó notablemente la frecuencia y gravedad de estas enfermedades. Por esos años se consiguió erradicar la rabia y la parálisis infantil de Buenos Aires y se redujo notablemente la fiebre reumática; paralelamente el síndrome urémico hemolítico, la intoxicación salicílica y la enfermedad de Reye se convirtieron en importantes preocupaciones para nuestros pediatras.

Al completarse los 50 años del ingreso al Hospital de la primera médica, las mujeres ya eran mayoría en el plantel profesional, enriqueciendo el espíritu de la Casa.

Profesionales de la Casa Cuna, realizaron más de cien viajes con unos 1.500 días de estadía en total, en el Tren Pediátrico ALMA, dotado de consultorios, salas de Rayos X, laboratorio, sillón de odontología, gabinete de nutrición y hasta un pequeño quirófano, por inquietud del Dr. Urtazun, llevando los adelantos de la Pediatría hasta los confines de la vieja red ferroviaria nacional a pueblos que carecían de servicio médico permanente.

En la década de 1980, y ante el desinterés que hacia el Hospital muestran las autoridades sanitarias, un fuerte movimiento renovador se fue gestando en su cuerpo profesional, buscando redefinir el Hospital en el Sistema de Salud de la Ciudad y del País. El progresivo incremento de la demanda, tanto ambulatoria como en internación, la mirada cada vez más abarcativa hacia los múltiples factores de sufrimiento, minusvalía y enfermedad de la infancia, la incorporación de nuevas estrategias y recursos asistenciales aportados por iniciativa personal de miembros del Hospital, la fuerte conciencia de trabajar en red con los demás prestadores de asistencia pediátrica del área metropolitana, motorizaron el movimiento que fructificó en el Proyecto Casa Cuna/88.

En 1974 comenzó a construirse el pabellón Tacuarí, paralizado al año siguiente por efecto del Rodrigazo; 21 años después,  en 1995, luego de la crisis edilicia, se entregó la 1/3 parte del pabellón  y apenas para pasar parte de las instalaciones del desafectado pabellón C. Pellegrini.

Si bien la facturación de la asistencia brindada a personas con cobertura de Obras Sociales, fue evolucionando como en todo Hospital especializado que efectúa prácticas no habitualmente implementadas en el ámbito privado, la autogestión de los años 90 es vivida fundamentalmente como una oportunidad para desarrollar actividades y adaptar estructuras que satisfagan mejor las demandas y necesidades de la población asistida. La tercerización de las actividades de alimentación, mantenimiento y vigilancia, fueron asumidas por empresas sin suficiente capacitación en la problemática del niño enfermo y su familia. En la década de 1990, con el aumento de la contaminación del aire y del hacinamiento, los principales problemas sanitarios en la infancia son las virosis respiratorias  de las épocas frías del año y las bacterias multiresistentes, al extremo que se deben reforzar las guardias médicas y la provisión de oxígeno medicinal durante los inviernos.

Cuando en 1987 se detectó el primer caso de SIDA infantil en la Argentina, fue Casa Cuna el Hospital que aceptó internarlo, pese al fuerte rechazo que la sola mención de esa patología provocaba entonces. En 1998, durante la última epidemia de sarampión, Casa Cuna volvió a tener un papel central en la emergencia, señalando que deben repensarse las estrategias en Salud ante las modificaciones epidemiológicas originadas en el intenso intercambio de personas y bienes producidas por el Mercosur y el Incosur. Al empezar el Siglo XXI, la gravedad de la crisis socioeconómica, la dificultad para mantener los tratamientos específicos y la disminución de la inmunidad producida por el Sida y las neoplasias, facilitan la aparición de las formas graves de tuberculosis multiresistentes y el resurgimiento de las micosis profundas. La violencia intrafamiliar y el uso indebido de sustancias sicoactivas están firmemente establecidas como problemáticas pediátricas.

 Impacta constatar que aún en 1970, los formularios de internación estaban encabezados con el ítem agua del socorro,  (sí) (no); y en 1990 con: Obra Social ¿cuál?. Aún hoy en día, algunos niños abandonados en Casa Cuna, por padecer de graves malformaciones o enfermedades, al estar de alta médica de internación, son acogidos por el personal del Hospital, que generosamente les brinda los cuidados necesarios en sus propios hogares, incorporándolos a sus familias, donde desarrollan el máximo de salud que su condición permite.

Nueve médicos que trabajaron en Casa Cuna fueron presidentes de la Sociedad Argentina de Pediatría: Centeno de 1911 al`13; Pedro de Elizalde, de 1915 al ’17 y de 1941 al ’43; Felipe de Elizalde de 1955 al ’57; Raúl P Beranger de 1959 al ’61; José M Albores de1969 al ’71 y de 1971 al ’73; Jorge Nocetti Fassolino de 1975 al ’77 y de 1977 al ’79; Teodoro Puga, de 1981 al ’84; Jorge Sires de 1987 al ’90; María L Ageitos, de 1990 al ’93, primer y hasta ahora única mujer presidenta de la Sociedad Argentina de Pediatría.

Todavía llegan a Casa Cuna personas que buscan sus orígenes biológicos y procuran recuperar sus referencias familiares, pues ellos o algunos de sus antepasados fueron expósitos de la Casa; afortunadamente en no pocas ocasiones se los puede ayudar. Algunas veces hasta de Europa  han consultado a la Casa, por parientes que, llegando a Argentina con dificultades dejaron en Casa Cuna a un menor que no podían criar, y con el que ahora desean contactar. La presencia de esta demanda es un contundente recordatorio de la importancia que tiene respetar la verdadera identidad de las personas.

EL PRESENTE, EL FUTURO, LO PERMANENTE

Cuando la ausencia de mantenimiento provocó la crisis edilicia de 1994, la actitud de todo el personal de la Casa, la repercusión que tuvo en la comunidad asistida por el Hospital, el acompañamiento que brindó la Asociación de Médicos Municipales, el interés que despertó  en los medios de difusión, la receptividad de algunos funcionarios sanitarios, hicieron que por fin las autoridades de la Ciudad y del País, comprendieran la importancia y coherencia del proyecto asistencial elaborado en el Hospital y aceptaran diseñar un proyecto arquitectónico capaz de alojarlo. Se cumplían  así los considerandos del Decreto de Vicente López y Adolfo Alsina en la reapertura en 1852: … hay Instituciones tan feliz y sabiamente concebidas que se perpetúan en las afecciones y recuerdos de los pueblos favorecidos por ellas.

Respetuoso de la tradición, el proyecto arquitectónico protege hasta el frondoso y varias veces centenario gomero, único ser todavía vivo, de los que contemplaran la instalación de la casa en su actual predio, cuya generosa sombra cubrió los últimos 130 años de la Casa y que desde sus altas ramas, emite todavía nuevas raíces, como si quisiera asegurarse que para siempre acompañará a las familias que concurren al Hospital y al personal que las cuida. También continuarán los pacientes leones de mármol del jardín, pulidos por el roce de las numerosas generaciones de niños que diariamente se suben a sus lomos entre cariñosos y dominantes.

Preparándose para el momento en que se concrete el nuevo edificio, Casa Cuna ofrece un área de medicina ambulatoria que abarca 31 subespecialidades pediátricas, 10 de ellas en horario ampliado y cuatro en guardia permanente, con un total de 550.000 consultas anuales; consultorios de orientación; de recepción de pacientes derivados de la Red Pediátrica Sur, asegurando su contrarreferencia,  y de segunda opinión; pese a no tener área programática por ser hospital especializado, los distritos escolares cercanos insisten en solicitar que el Hospital Elizalde, se haga cargo de la salud escolar de sus establecimientos.

En el área de internación va creciendo la conducta de ubicar a los niños por niveles de cuidados requeridos, no por patología. Con excepción de: recién nacidos; enfermedades infectocontagiosas; inmunocomprometidos no infectados (medicados con citostáticos y/o corticoides, inmunopatías genéticas, agranulocitosis tóxicas); inmunodeficientes infectados (en general por SIDA). Por el momento hay 292 camas de dotación que producen unos 10.000 egresos anuales. Entre los procedimientos terapéuticos que realiza, figuran: cirugía plástica y craneofacial, cirugía endoscópica otorrinolaringológica, microcirugía de oído e implante coclear, corrección de defectos complejos con equipos interdisciplinarios (urología, neurocirugía, ortopedia, grupo de trabajo de columna),  cirugía artroscópica, cirugía laparoscópica abdominal, cirugía cardíaca por vía endovascular, cardiocirugía con circulación detenida e hipotermia profunda, internaciones breves, hospitales de día: quirúrgico, de nutrición, hematooncológico, inmunológico, endocrinológico, reumatológico,etc.

Incontables familias del área metropolitana confían en que sea cual fuese la emergencia que pueda sufrir un niño, y en el momento en que se produzca, la Guardia de la Casa Cuna podrá asistirlo de inmediato.

La mortalidad  actual de los internados es  del 1% o menos, pese a la gravedad de las patologías tratadas.

Entre los estudios especializados se destacan: pruebas dinámicas con trazadores radioactivos, videoendoscopías digestivas, hemodinamia, registro polisomnográfico de sueño, cuantificación de capacidad inmunológica (humoral y celular), cultivos celulares, carga viral para SIDA, determinaciones de drogas y tóxicos, dosaje de esteroides y hormonas proteicas con sus respectivas pruebas dinámicas, estudios metabólicos complejos, farmacovigilancia, procedimientos de análisis clínicos automatizados, estudios virológicos en gabinete de seguridad biológica. Entre los servicios complementarios Hidroterapia, Musicoterapia, Zooterapia, Medicina del Deporte, Medicina Paliativa y Tratamiento del dolor crónico. Es el centro de referencia de la Red Pediátrica de la zona sur de la Capital. Se está montando un laboratorio de biología molecular y tiene la aprobación del INCUCAI para efectuar trasplantes cardíaco y cardiopulmonar.

Como actividades de extensión, la Casa tiene entre otras, sala y parque de juegos, huerta “La Recorrida”, de laborterapia, escuela domiciliaria preescolar y primaria (y en gestión la secundaria ) bibliotecas infantiles en 8 salas de internación, los caniles “Recrear” para zooterapia, dos coros, grupos de autoayuda de padres de pacientes con enfermedades crónicas o definitivas, un portal en Internet para comunicación con profesionales y comunidad en general, y forma parte de la red de ateneos por telemedicina. Además de la Revista del Hospital se editan Comunicándonos, que informa sobre las novedades de la gestión hospitalaria, Ca Cu, de los residentes y ahora Nueva-Mente, dedicada al desarrollo de  Investigaciones. Los tres Juzgados de Ejecución Penal de la Capital y los Tribunales Contravencionales de la ciudad, envían a los demandados a que cumplan actividades comunitarias previstas en la Probation en  el Hospital Elizalde.

Numerosas  empresas, entidades de bien público, organizaciones no gubernamentales y simples particulares, colaboran con sus donaciones en materiales,  dinero y  trabajo para mejorar la estructura y el equipamiento del Hospital, o dan su tiempo para entretener a los pequeños internados, y acompañar a sus angustiadas madres.

En estos 224 años transcurridos en 4 siglos diferentes, no menos de 10 generaciones completas  de agentes de la salud trabajaron en la Casa Cuna.

Cada una a su manera, por encima de los variables conceptos de Beneficencia, Responsabilidad Estatal, Financiamiento Hospitalario, Obligación de Obras Sociales, Salud Pública y Sanidad, Estructura Familiar,  Legislación de Menores, Autogestión, Centralización y Descentralización intra e interhospitalarias, Administración, Gerenciamiento, técnicas y modas asistenciales, han cumplido y transmitido consignas básicas que permanecen en el tiempo:

1) no hay actividad más válida y gratificante que aliviar el sufrimiento de todos los niños, sin discriminaciones ni exclusiones;

2) al niño que sufre se le debe tratar su cuerpo, su mente, su integridad familiar y social, hasta que alcance, en cada aspecto, el máximo crecimiento y desarrollo que su composición genética y su medio ambiente permiten;

3) al niño sano hay que asegurarle las condiciones necesarias para que logre el total de sus posibilidades de bienestar y llegue a disfrutar, ya adulto, de asumir sus responsabilidades como miembro útil de la sociedad; 4) la personalidad y la identidad del niño deben ser celosamente preservadas;

5) por encima de las alternativas tecnológicas, el principal recurso disponible para ayudar a la niñez es la actividad interdisciplinaria del personal capacitado, responsable, sensible y comprometido con el bienestar integral de la infancia;

6) la tarea del equipo de salud debe respetar y fortalecer  la vida familiar y las actividades educativas, espirituales y recreativas del niño;

7) ningún conflicto en el equipo de salud, de la naturaleza e importancia que sea,  puede interferir en las tareas de atención a los pacientes.

Fiel a su origen, a la cultura sanitaria sedimentada en su historia, a su presencia en el imaginario colectivo, a los requerimientos de la sociedad que solicita sus servicios, Casa Cuna sigue perfeccionándose en los problemas que resultan epidemiológicamente significativos en la salud infantil, especialmente en aquellos cuya prevención y solución precisan prácticas de alta complejidad humana: violencia intrafamiliar, dificultades escolares, desadaptación social, problemática del migrante, tentativa suicida, consumo indebido de drogas, patologías génito-sexuales infanto-juveniles, embarazo y maternidad adolescente, paternidad responsable, anorexia-bulimia, oncología, hemopatías malignas, SIDA, tuberculosis multiresistentes, etc., empeñado en asegurar de la manera más amplia posible, los derechos del niño, en especial, del que sufre enfermedades y discapacidad, manteniendo la mística que hizo decir a su capellán en la misa por los primeros 220 años: “Casa Cuna es un misterio de amor”.

La población que comparte estos conceptos y acompañó a la Casa a lo largo de toda su historia, observa junto a ella cómo las autoridades largamente demoradas comienzan a concretar el proyecto edilicio, que dará al Hospital el espacio físico, equipamiento, insumos, sistema de organización y personal suficiente, para la realización del proyecto asistencial formulado y facilite el encuentro niño-familia-pediatra, que es su fundamento. Queda para su actual generación de agentes de salud la honrosa y pesada tarea de llenar con el espíritu permanente de la Casa el amplio abanico de innovadoras posibilidades de actuar a favor de la salud integral de la Infancia, que estos cambios ofrecen.

Agradecimientos:

A los recuerdos y sugerencias aportados por el personal que pasó su vida de trabajo en la Casa especialmente a la Licenciada Alicia Seygas, que no sólo contribuyó con la bibliografía que posee, sino también con su meritoria labor de cuidar la memoria escrita de la Casa en sus registros originales, que en algunos casos se remontan a 1826, a la Dra. Vacirca,  que conserva documentación de la labor de don Pedro de Elizalde y del Hospital de su tiempo, a la Sra. Mary Miguens, que aportó el material histórico guardado en la Dirección del Hospital, a la licenciada Emilse Elustondo de Echeverría, por sus documentados aportes y su entusiasmo y a la Sra. Judith Weiss, por sus sugerencias y la bibliografía que brindó a través de la Asociación de Médicos Municipales.

Bibliografía:

 

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Autor: Roberto Litvachkes de su Libro Historia del Hospital Argerich

La Locura en la Argentina:José Ingenieros Resumen Libro (1919)

La Locura en la Argentina: José Ingenieros Resumen Libro (1919)

José Ingenieros (1877-1925)
Fuente Consultada: Primera edición, Buenos Aires, Cooperativa editorial limitada, 1920.
II. Los Antiguos «Loqueros» de Buenos Aires

I. Primitiva ubicación del Hospital en la fundación de Juan de Garay.- II. El Hospital San Martín, o de Santa Catalina, o de los Betlemitas, y su «Loquero».- III. El Protomedicato.- IV. El Hospital General de Hombres y su «Cuadro de Dementes».- V. El Hospital General de Mujeres y su «Patio de Dementes». – VI. Alienadas en la Casa de Corrección y en la Cárcel de Mujeres.- VII. Conjeturas estadísticas sobre los alienados de Buenos Aires en 1810.- VIII. Datos del Interior.

Jose IngenierosI. Primitiva ubicación del Hospital en la fundación de Juan de Garay

Con excepción de pocas ciudades, cuya población española fue de alguna consideración, en los demás villorios y aldeas de América fue puramente normal la existencia de Hospitales, durante el siglo XVI.

Era de práctica, en toda fundación, destinar un sitio de la planta urbana, contiguo a un convento, para levantar una casa destinada a la asistencia de enfermos indigentes; así lo disponían reales órdenes y S. M. había destinado «un noveno y medio» de los diezmos para sostenimiento de hospitales.

Los cincuenta o cien vecinos de cada «ciudad» nueva se apresuraban a fundar un Hospital en el sitio indicado, el cual consistía en una habitación o enfermería, de paja y barro, contigua a una Ermita o Capilla; para su cuidado cada Cabildo nombraba un vecino-mayordomo, que vivía en el Hospital y de parte de sus rentas, consumiéndose las demás en algunas limosnas y en costear la cera y adornos de la Capilla.

De estos «hospitales» -sin médico, botica ni enfermos- hubo muchos en el territorio argentino;  el objeto efectivo de su fundación era agregar un empleo más a los poquísimos de que podían beneficiarse los vecinos.

El fin piadoso o curativo era puramente nominal; no había población suficiente para que el hospital fuese necesario, ni querían los pobres -indios, negros, mestizos o mulatos- meterse en el rancho custodiado por un vecino español que jamás había sangrado ni puesto sanguijuelas.

Estas circunstancias deben tenerse presentes para interpretar los datos relativos a la fundación del primer Hospital de Buenos Aires; durante más de un siglo sólo se trata nominalmente de la asistencia de enfermos, pues en realidad todo se refiere al manejo de un bien raíz y a la administración de las rentas destinadas a sostenerlo.

Eso mismo explica algunas disputas entre los Cabildos y las autoridades eclesiásticas, así como la resistencia de los mandatarios reales a entregar esos bienes y rentas a las órdenes hospitalarias que se ofrecían a apoderarse de ellos, con la subrepticia intención de fundar conventos.

En la Introducción de los «Acuerdos del Cabildo de Buenos Aires», se enuncia la siguiente conjetura legítima, seguida por datos vagamente imprecisos: «Don Juan de Garay, según lo demostrarían probablemente algunas de las primeras actas perdidas, había arreglado con el Cabildo la fundación de un Hospital y Ermita de San Martín; obra que no pudo llevarse a efecto hasta 1611, y que se estableció en donde hoy se prolonga la calle Defensa, y en el lugar inmediato a la Iglesia de la Residencia, que ha ocupado hasta ahora diez años.

Fue su primer mayordomo como galardón de honra el mismo lugarteniente Capitán Manuel de Frías.  Esta somera noticia acerca del primer hospital de Buenos Aires merece ampliarse, ya que algún desorden se nota igualmente en los datos reunidos por otros autores. ( Los Acuerdos del Cabildo, los Documentos del Archivo de Indias y otras publicaciones que mencionaremos, permiten reordenar su historia de un modo menos imperfecto.

En 1580, al fundar Garay la ciudad de Buenos Aires, destinó la manzana 36 a Hospital; de acuerdo con la Ley 2, Tít. IV, Lib. I. de la Recopilación de Indias (1575), debía ser ubicado en la proximidad de una iglesia.  Fue puesto bajo la advocación de San Martín; su patrono y administración correspondía al «Cabildo, Justicia y Regimiento de la Ciudad», que designaba anualmente al efecto dos regidores diputados. En 1605 se acordó formar el hospital, con el nombre de «Hospital de San Martín»; era su principal destino la asistencia de los militares del presidio, pudiendo recibir accesoriamente a algunos pobres de la población.

¿Se construyó ese hospital? ¿Fue habilitado? ¿Dónde?
En el acuerdo del 6 de junio de 1605, se dice: «En lo que toca a Ruy Gómez de Ávila, haga el Espital, mandaron que, conforme a la escritura de obligación, se despache el recado que convenga para la execución dello» (I, 142); el 20 de julio de 1605 se apremia al constructor Ávila (I, 143) y el 3 de enero de 1607 se nombra Mayordomo de San Martín y del Hospital a Domingo Gribeo (I, 302).

Nos parece indudable que el vecino Gribeo fue nombrado mayordomo de «algo» situado en la manzana asignada por Garay al hospital. Si no era el Hospital mismo, debió ser, por lo menos, la «Hermita del Señor San Martín», o sea la capilla del hospital.

Así se refiere del «Rumbo y mensura del egido», efectuado el 16 de diciembre de 1608 (II, 116) y de la «Mensura y amojonamiento» que la completa (II, 117). En el rumbo al Norte de Plaza Principal, se menciona «la primera punta que hace la barranca del Río de la Plata, yendo hacia el río de las Conchas…, y vino a caer el moxón nuevo en la Cruz Grande de la hermita del Señor San Martín, que es un poco más adelante de dicha punta». La mensura complementaria se refiere al rumbo Sur, hacia el Riachuelo. Parece, pues, que en 1608 la Hermita de San Martín estaba edificada en el Norte de la ciudad,  es decir, donde ubicó Garay el hospital.

En el acuerdo del 7 de febrero de 1611, se lee, sin embargo, que en el sitio designado por Garay, no se ha edificado el hospital, aunque existía ya la ermita, cuya Cruz Grande había servido en 1608 como punto de referencia para el amojonamiento.
Se resolvió edificarlo «en la dicha quadra», y se nombró para correr con ello al capitán Manuel de Frías; al mismo tiempo se nombró diputados para el hospital, a los dos alcaldes ordinarios, encargándoles de tomar en cuenta «a los Mayordomos que an sido del Ospital y de San Martín» (II, 326), es decir, Gribeo y algún sucesor suyo.
Esta resolución de construir el hospital (completando la ermita) en la manzana fijada por Garay, fue pronto revocada.

II. El Hospital San Martín, o de Santa Catalina, o de Los Betlemitas, y su «loquero»

En el acuerdo del 7 de marzo de 1611, se expusieron las dificultades que presentaba la anterior ubicación para el hospital, y se resolvió construirlo «en el camino que va al Riachuelo», a mano izquierda; la razón principal fue que el barrio Sur era el único poblado, por estar esa parte más próxima al Riachuelo, que, siendo puerto, daba el único movimiento a la aldea.

La modestísima construcción, compuesta de una capilla y un rancho de barro para enfermos, fue rápida; el 9 de enero de 1611 se nombró mayordomo del Hospital San Martín, al sargento mayor Sebastián de Orduña (II, 414). No hay noticia de que el hospital se usara en esa época, pues carecía de médicos y de remedios, siendo sus escasísimas rentas insuficientes para costear la cera y las flores de papel que consumía la capilla. Los vecinos, aun los más miserables, preferían asistirse en sus casas; los soldados, en el presidio.

La asistencia médica de los vecinos se hacía en los domicilios, mediante las purgas, sudaciones y paños calientes que los mismos enfermos se recetarían, reservándose los clásicos «candeales y caldos de gallina» para fortalecer a los convalecientes. Por natural superstición tenían mucho favor las oraciones y votos; si no curaban, entretenían los espíritus con benéficas esperanzas, hasta que la fuerza medicatriz de la naturaleza resolvía el pleito sin apelación.

Algún médico o cirujano de verdad llegaba de tiempo en tiempo, cuando en el pueblo aparecía un buque de registro o arribaba un navío con tropas, lo que fue raro durante más de medio siglo; solía rogársela que asistiera en la aldea a algún enfermo de calidad, durante el breve tiempo de su permanencia. Dejó buen recuerdo, en 1610, don Juan Escalera.

En enero de 1605, se presentó al Cabildo el sujeto Manuel Álvarez, «Médico Zurujano esamynado», ofreciendo sus servicios por un salario anual que pagarían a escote los vecinos; el Cabildo cerró con él formal contrato el 7 de marzo, obligándose Álvarez a servir «en esta ciudad a toda ella, a los vezinos y moradores y yndios esclavos dellos, en todas sus enfermedades que tubiesen de cualquier género que fuesen y sangrarlos y ventosearlos, pagándole el estipendio que buenamente fuesen para su sustento», aparte del salario anual que el Cabildo le pagaría en frutos del país (I, 120 y 127).

El incauto sangrador intentó ausentarse a los dos meses, pero el Cabildo le ordenó permanecer en la ciudad, por el año de su contrata (I, 137); no lograba Álvarez cobrar su estipendio, reclamándolo en vano el 11 de julio (I, 147), y volviendo a reclamarlo el 27 de febrero de 1606 (I, 187). Desapareció de la ciudad, y en diciembre de 1608, el Procurador General pidió al Cabildo que «al vien de los vezinos y rrepública, convenía se asalariase a Francisco Bernardo Jijón, médico que reside en esta ciudad por tiempo de un año» (II, 113). A poco de atender su tareas, advirtió Jijón que le era imposible vencer la competencia de los frailes y curanderos, que le disputaban la clientela; Juan Cordero, Francisco de Villabánez, Jerónimo de Miranda y Francisco Bernardo, curaban «de zixuxía y medizina» sin haber presentado sus cartas de examen ni pedido licencia.

El 30 de marzo de 1609, el Cabildo defirió a las quejas de Jijón, y los conminó a presentar sus títulos y justificaciones (II, 150). El 13 de abril exhibió Jijón los suyos, que eran muy buenos, y el Cabildo los aprobó; pero le haría poca gracia el ver que en la misma sección autorizó al «herrador y albeitar», Juan Cordero Margallo, para que «cure lamparones», enfermedad en que le consideró especialista (II, 251). Se habría marchado Jijón, que estaba en la ciudad por un año, cuando el Cabildo entró en alarmas, porque amenazaba ausentarse al Brasil el «barbero y zurujano» Antonio Navarro, desamparando a los que precisaran de sus lancetas y sanguijuelas; y en el acuerdo del 9 de enero de 1612, resolvió obligarlo a quedar, pidiendo al Gobernador que le impidiera embarcarse (II, 414). Así vivía la aldea, sin más médico ni botica que algún arribado con las tropas o en buque de registro, no hallando modo de conseguir que ninguno permaneciera; y era tal la común pobreza, que los mismos sangradores y ventoseros que por acá llegaban, huían hacia el Perú o el Brasil, en busca de mejor acomodo. Sólo curandeaba algún pícaro, y de tiempo en tiempo el Cabildo necesitaba conminar a los fingidos «zurujanos», para que presentaran sus títulos y pidiesen licencias, lo que bastaba para ahuyentarlos (III, 32).

El Hospital San Martín, formado en 1611, seguía sin enfermos y quemando cera en la capilla, consagrada a Nuestra Señora de Copa Cabana; sólo algún infeliz se atrevía a refugiarse en él, seguro de no hallar quien le asistiera, ni con qué. El vecindario creyó que mejoraría su situación cuando llegó a la ciudad un franciscano, Fray Polaino, que parecía estar examinado en medicina y cirugía, titulándose «especialista en ebacuaciones». Venía de España y pidió licencia al Cabildo para curar, la que le fue acordada el 24 de febrero de 1620; al mismo tiempo se acordó tratar con él sobre el tiempo que podría quedarse en la ciudad para asistir a los enfermos (IV, 360). Le prometieron buscar algunas limosnas «para las medicinas»; y como se cumpliría con él lo mismo que con su antecesores, Fray Polaino dejó la aldea en busca de mejor suerte.

Los 1.000 habitanes que tendría Buenos Aires en 1622 no se resignaban, sin embargo, a vivir sin médico y botica. En el Cabildo del 19 de julio el regidor Juan Bautista Ángel propuso se encargara al maestre Pero Díaz Carlos, que volvía de Sevilla con su navío de permiso «trayga un médico y boticario en la primera ocasión» (V, 231); no hay noticia de que Pero Díaz defiriese a un pedido tan bien intencionado.

El rancho de San Martín seguía en la miseria. Su mayordomo Martín de Rodrigo, en 1623, «por no tener renta el dicho ospital avia acudido a pedir entre los vezinos y moradores deste puesto limosna en que avia juntado mil y quinientos cueros mas o menos»; luego se presentó al Cabildo, como patrono del Hospital, para que obtuviera licencia del Justicia Mayor para embarcar dichos cueros, arguyendo «que como a el dicho cavildo consta el dicho ospital está muy pobre y padesen de muchas cosas para el regalo y cura de los pobres que en el se recogen que de ordinario son muchos así españoles como yndios…» (V, 412). Los muchos recogidos, como se verá, podrían contarse en los dedos de una mano; su mismo desamparo, siendo tan caritativos los vecinos, obliga a pensar que serían sujetos de mala condición, apestados, leprosos, crónicos o dementes.

Para alivio del vecindario llegó después el «zurujano» Alonso de Garro, quien al poco tiempo resolvió embarcar para España; el 29 de agosto de 1630 se renovaron en el Cabildo las instancias para que el Gobernador suspendiera su embarque (VII, 146), hasta que pudiese venir otro el siguiente año. ( 29 ) Se comprende que los vecinos vieran con simpatía la llegada del vicario provincial de la Orden de San Juan de Dios, quien se presentó diciendo que venía a estas provincias para hacer las capitulaciones convenientes y poblar un hospital.

El Cabildo, como patrono, consintió el 9 de enero de 1635 que el fraile se quedara y asistiese desde luego, pidiéndole condiciones para lo demás (VII, 455); el 7 de mayo resolvió entregarle el Hospital existente «en el dicho sitio que es el mejor de la ciudad sobre la barranca del rrío, a condición de conservarle el nombre del señor San Martín» (VII, 642). Esa capitulación fue aceptada por Fray Alonso de la Cadena.

Entretanto el Hospital siguió en manos inexpertas. El 19 de octubre de 1635 el Cabildo autorizó a curandear y sacar muelas a Gaspar Azevedo, quien es «mayordomo del hospital y enfermero, es barbero y sangra, echa bentosas y cura algunas veces de surujía» (VII, 489). El sucesor, Pedro Gómez, pidió el siguiente año al Cabildo «que se bendan los negros del ospital por ser malos y de peores costumbres y mal serbicio, y se compren otros» amenazando renuciar si no se hiciese (VII, 75), como renunció, reemplazándole el ya citado Garro.

De mal en peor, aumentaban los curanderos. El 6 de mayo de 1639 el Cabildo mandó que se pidieran títulos de «médicos sirujanos barberos» a todas las personas que curaban sin tener licencia (VIII, 381), reiterando la orden en marzo de 1640 (IX, 24). Un médico Andrés Gedeón habíase marchado a Córdoba y por no haber otro «ha habido muchos muertos por su falta»; alguien propuso en el Cabildo, el 13 de enero de 1642, que se llamase a Gedeón, ofreciéndole recibirlo con agasajos (IX, 345). Impasible a tan efusiva súplica, Gedeón no acudió.

El rancho de barro, que seguía llamándose Hospital a los efectos de percibir el noveno y medio de los diezmos, se deshizo durante un temporal. Quedaron en pie un rancho contiguo, en que había esclavos de servicio del Mayordomo, y la Capilla; pero esta última sufrió igual suerte al poco tiempo.

Una iniciativa conventual puso, por entonces, en peligro la teórica existencia del Hospital Militar de San Martín, cuya finca y rentas intentó sustraerlo al patronato civil del Cabildo para ponerlo en manos de una nueva congregación religiosa. Con disimulo, y sin mencionar la casa del Hospital, el procurador Juan de Saavedra pidió la fundación de un convento de monjas de Santa Teresa, idea que al Cabildo pareció acertada, el 21 de enero de 1653 (X, 302 y 305).

Alerta en España el poder civil, sospechó la treta, que era harto conocida en toda América; el 1º de agosto de 1654 llegó a Buenos Aires una Real Cédula prohibiendo que se funden nuevos conventos sin autorización real, ni aun bajo el pretexto de hospicios u hospitales, «por ser tantos los religiosos, que en algunas ciudades hay tres partes más que vecinos» (X, 358). La disputa entre el poder civil y el eclesiástico, por la casa del Hospital y sus rentas, quedó planteada y duró medio siglo.

El Gobernador José Martínez Salazar, a 28 de junio de 1664, representó a S. M. la necesidad de fundar un hospital con 4 frailes de San Juan de Dios, porque «del que servía de Hospital sólo queda la Hermita de Nuestra Señora de Copa Cabana». El Consejo de Indias, a 22 de enero de 1665, excluyó el fundar el Hospital con religiosos, aconsejando que se juntaran todas las autoridades para ver de habilitar el hospitalito preexistente;  el 5 de marzo de 1665 el Rey denegó lo pedido.

El 22 de noviembre de 1667 se realiza en Buenos Aires la junta de autoridades, coincidiendo todas en reiterar la petición; por su parte, dice el Obispo, el hispitalito se fundó hace más de 60 años, con iglesia a la calle y tiene pocos aposentos ruinosos, «y aunque a temporadas se mete en ellos algún pobre desesperado es porque tiene cubierto donde ampararse de la inclemencia del cielo y entra a padesser con la solenidad y falta de todo».  Tres días después el Cabildo insiste a su vez,  apoyando el parecer de la junta de autoridades, y el gobernador Salazar despacha a España el mismo día una nueva carta reiterando el pedido.

Se estaba en esas andanzas, cuando el Juez Eclesiástico consiguió que el ex alcalde ordinario Bartolomé Rendón le entregara el libro del Hospital, que pertenecía a su patrono, el Cabildo; súpolo éste y encargó al Alguacil Mayor que procediese de hecho, resultando que el 30 de octubre de 1669 fue puesto preso el ex alcalde, dos días en su casa por estar enfermo y luego en la cárcel del Cabildo.

El Obispo proveyó un auto «en que con pena pecuniaria y de excomunición manda que dentro de una hora mande soltar de la prisión» al preso. Reunióse, el mismo día 4 de noviembre de 1669, el Cabildo para tratar el gran conflicto, que expuso el alcalde ordinario, capitán Hernando de Rivera Mondragón; mientras sesionaba entró atropelladamente el regidor José Rendón, hijo del preso, arguyendo que el Cabildo no podía sesionar porque estaba excomulgado en masa, al no cumplir lo ordenado por el Obispo; y fue la consecuencia de ello que el hijo quedó preso junto con su padre, imponiéndosele además una multa por desacato.

El Cabildo aprobó la conducta del Alcalde y resolvió apelar ante la Real Audiencia, gastándose más palabras de las que estarían escritas en el libro del Hospital.

Puede afirmarse que hasta 1670 la existencia del Hospital San Martín fue esencialmente nominal; el cuidado de su capilla y su par de ranchos era una modesta sinecura municipal, que sólo por excepción se había relacionado con la asistencia de algún infeliz que no hallaba amparo en casa alguna del pobrísimo villorrio donde era difícil ser desconocido.

Vueltas las cosas a su quicio, la autoridad civil emprendió la reedificación del Hospital San Martín, desde sus cimientos; así lo comunicaron a S. M. los oficiales de la Real Audiencia al mismo tiempo que remitieron cuentas de sus rentas, el 3 de noviembre de 1670.  Con fecha 11 de dicho mes y año el Gobernador Salazar escribió lo mismo y manifestó que ya tenía los enseres para 20 camas.

Hubo, por fin, Hospital, pero con tan exiguos recursos que fue imposible asistir enfermos con regularidad. Diez años más tarde, el 30 de mayo de 1680, el Obispo se dirigió a S. M. para expresar que el edificio estaba arreglado, pero no tenía enfermos ni médicos, por escasez de recursos; los pocos reunidos se gastaban en reparaciones y en una fiesta consagrada a Nuestra Señora de Copa Cabana, de manera que para hacer hospital era indispensable asignarle entradas suficientes. No se hizo la asignación; el 26 de abril de 1690 el Gobernador Herrera y Sotomayor expuso a S. M. que el Hospital era inútil y pidió se destinara parte de sus rentas a mantener curas doctrineros.

La ninguna prosperidad del Hospital alentó de nuevo al Obispo para gestionar su aplicación a fines religiosos, al mismo tiempo que procuraba contravenir las órdenes reales de no fundar nuevos conventos.

El 20 de enero de 1693 expuso que aun cuando «en el hospital estuviera todo prevenido para la cura de los enfermos, estoy entendiendo que ninguno fuera a curarse en él, según los naturales y condición de esta tierra primero se dexaran morir en sus casas antes de ir al hospital a curarse, aun con esperanza de sanar»; y por todo ello pedía que se aplique el Hospital San Martín «a un recogimiento de doncellas pobres y huérfanas».

Era la idea del procurador Saavedra, hábilmente disimulada con el nombre de «recogimiento de doncellas»; ¿lo comprendería el Fiscal del Consejo de Indias, que aconsejó se concediera recoger «las huérfanas» en la casa del Hospital y que viviesen en ella «como seglares hasta tomar estado», sin que eso se entendiera fundación de Convento ni casa religiosa?

Así se dispuso y el Obispo no volvió a la carga hasta que, en 1699, contó con la complicidad del gobernador Agustín de Robles, del Cabildo y del Procurador general. Este último habla, con menos prudencia, de «un Monasterio o casa de recogimiento»; no se trata ya de asilo para huérfanas, ni cosa parecida, sino de que «en el interno se abre camino a la fundación de algún monasterio… se supla con una Casa de recogimiento».

Mientras se enviaba la representación y se encargaba su despacho a procuradores, Robles y el Obispo, en 1699, instalaron en el Hospital el Beaterío que luego verían manera de transformar en Monasterio.

El Rey, a 27 de noviembre de 1701, dispuso terminantemente que se conservara el Hospital; y acordó, a la vez, que se buscaran arbitrios para conservar la «casa de huérfanas», no sospechando lo que ésta era en realidad.

El nuevo gobernador Juan de Valdés y Inclán trajo la Real Cédula que se leyó en el Cabildo el 14 de agosto de 1702. Descubrió con tal motivo que sin permiso real funcionaba desde tres años un Beaterío en el Hospital, promovió cuestión y dio un violento auto de desalojo. El Cabildo, azorado, se disculpó, pretextando que había mediado engaño, sin poderse precisar de quién. Las beatas fueron expulsadas; el 1 de setiembre de 1702 se dio principio a habilitar el Hospital; el 30 de octubre de 1705 el gobernador Valdés hizo las ordenanzas que regirían en lo sucesivo su funcionamiento.

Respondiendo a la Real Cédula de 1701, Valdés comunicó en 1705 haberse conservado el Hospital y que algunos vecinos ofrecían hacerle recursos, con la condición de que S. M. se «sirva conmutar en fundación de Monasterio de Carmelitas descalzas con 33 Monjas de Velo, la casa de recogimiento». Eso era hablar claro: sostendrían el Hospital si se autorizaba fundar un Monasterio. Al ofrecer su dinero creían superfluo seguir hablando de la «casa de huérfanas», a que el Rey no se oponía. Dicen los donantes: «deseando de que por su falta no carezca de el venefizio de tener en ella (la Ciudad) un coro de Vírgenes que continuamente alaven la divina Majestad», etc., y lamentan «que no aya en ella ningún combento de monjas en que poder recoger las Hijas de las personas Ilustres que componen esta ciudad».

Como el Rey no autorizara la fundación del Monasterio, la piadosa colecta en favor del Hospital no se formalizó; las donantes no se habían propuesto hacer la caridad en bien de los enfermos pobres, sino comprar subrepticiamente una autorización que el Rey, dignamente, no podía vender.

El 9 de junio de 1713 el gobernador de Armas avisó a S. M. que el Hospital marchaba muy mal.  Hemos podido establecer que, en los veinte años siguientes, se asistían en su única sala de 15 a 20 enfermos, con un promedio de 8 como asistencia diaria. Los asistía el mayordomo-enfermero, que era, en el mejor de los casos, algún barbero entendido en hacer sangrías, poner ventosas y curar lamparones; vivía en el Hospital, tenía algunos esclavos como asistentes y repartía las exiguas entradas entre comida para sus huéspedes y cera para la capilla.

Por el año 1740 la situación del Hospital mejoró. Se habilitaron más camas y hubo un promedio de 15 enfermos en asistencia. Eran casi todos militares y estaban mejor asistidos que el resto de la población, pues se ocupaba de curarlos el Cirujano de Presidio, de competencia legítima, venido de España con las tropas mismas. En 1748 el Hospital tenía 16 camas.

En 1726 el Alférez Real pidió al Cabildo que el Hospital San Martín fuese puesto bajo la dirección de los Padres Betlemitas. Con ello se inició una larga gestión que duró más de veinte años, sospechando siempre el Consejo de Indias que la atención del Hospital fuera una excusa para fundar nuevos conventos, como era cierto.

El Cabildo Eclesiástico de Buenos Aires habla de lo ventajoso que sería «la fundación de un convento de Religiosos de nuestra Señora de Belén»; y pide se dé para ello el Hospital con sus anexos y rentas (agosto 1738); en cambio el Fiscal del Consejo de Indias concede que los betlemitas se encarguen de hospitales para asistir enfermos, pero no para fundar conventos (agosto 16 de 1740).

Este juego de pedir una cosa para luego hacer otra, dilató por algún tiempo las gestiones, hasta que se obtuvo el real permiso para asistencia hospitalaria. En 1848 vivieron 6 Betlemitas y el Hospital de San Martín pasó a llamarse de Betlemitas o de Santa Catalina, y vulgarmente de Barbones o Belermos. La transferencia fue ordenada por el gobernador Andonaegui.

La insuficiencia del local y la escasez de recursos fueron constantes en el Hospital de Santa Catalina, ( que siguió prestando servicios después de estar habilitado el Hospital General de Hombres y la Convalecencia de Belén.

No hay noticias de que recluyeran alienados en ese hospital antes de que pasase a manos de los Betlemitas; es probable, sin embargo, que algún demente fuera a refugiarse allí. La Cárcel del Cabildo conservaba el privilegio de recibir algún agitado y seguían pidiendo limosna en las calles ciertos locos inofensivos.

Durante la administración betlemita es seguro que hubo allí dementes; los enviaba el Cabildo cuando estorbaban en su Cárcel, siendo notorio que en el Hospital los utilizarían como sirvientes o los relegarían al loquero, rancho apartado de la sala de enfermos. Esta situación de hecho comenzó a oficializarse poco antes de crearse el Virreinato (1776) y, particularmente, bajo la gobernación de Juan José de Vértiz, que acentuó la reforma de cosas y costumbres esbozadas por el gobernador Bucarelli.

Vértiz ordenó se efectuara una recogida de vagos y mendigos que pululaban en la vía pública; entre ellos había varios alienados tranquilos, casi todos en estado demencial. Del Cabildo fueron pasados al Hospital de Santa Catalina, donde ya se asilaban otros. Algunos de estos dementes trabajaban en el Hospital como sirvientes y varios ayudaban a los Betlemitas en calidad de enfermeros. Con disposiciones ulteriores afirmó esa política de saneamiento urbano,  que continuó más tarde como Virrey.

Narraba el Dr. Vicente Fidel López que un mulato de la clientela de sus abuelos, sufría periódicamente la locura de creerse rey de su «nación» de negros, con la particularidad de padecer una o dos semanas de agitación, seguidas por tres o cuatro meses de melancolía; pasaba en la cárcel del Cabildo las semanas peligrosas y en el Hospital de Santa Catalina los meses melancólicos, quedándole lo restante del año para vivir con su familia y trabajar de peón de albañil. Tomó las armas durante las invasiones inglesas y en la época revolucionaria salió en un contingente hacia el Alto Perú, de donde no volvió.

En 1799, los «convalecientes, incurables, locos y contagiosos», ocupaban dos ranchos aparte, contiguos al edificio del hospital; el de locos e incurables, ( loquero ), era un depósito de maniáticos y dementes, y el estar allí se consideraba una pena más cruel que permanecer en la cárcel del Cabildo.

Los de mejor conducta y más aptitud para el trabajo, eran «premiados» pasándolos a trabajar de sirvientes, y aun de enfermeros, en el hospital. Se miró como un gran progreso nosocomial la traslación de estos locos del Santa Catalina, al Hospital General de Hombres, en 1779. Algunos de los más serviciales debió quedar; en 1820 era popular, en el barrio de San Francisco, un negro conocido por «el loco del hospital», cuya principal manía era la de creer que un brujo habíale introducido en el abdomen varios sapos, que incesantemente le comían «los hígados».
El Hospital de Santa Catalina o de Belén, vino a menos en 1812, desde que el Superior de los Betlemitas, Fray José de las Ánimas, se complicó en la conspiración de Álzaga contra los argentinos.

En 1822, época de su clausura definitiva, permanecían recluidos en él cierta cantidad de alienados, aunque los más estaban en el Hospital General de Hombres. Acerca de su situación y tratamiento, escribió el Dr. Albarellos el siguiente párrafo: «Los dementes se alojaban en unos cuartos aislados que daban a un espacioso corralón, que estaba al fondo del edificio, corral que aunque grande, estaba muy alambrado y servía a la vez (hasta 1821) de cementerio. Los desgraciados dementes, que afortunadamente eran pocos en ese tiempo, vegetaban sin ninguna clase de tratamiento especial». – (Albarellos, Ob. cit., página 89, 1864).

En la época de Rosas, sus ruinosos edificios se utilizaban para cuartel de los Restauradores, en el mismo sitio que en 1863 servía de «cuartel y depósito de carros de policía», según Albarellos. Allí se edificó más tarde la actual Casa de Moneda.
Tales son los datos menos inseguros que hemos podido reunir sobre el primer hospital de Buenos Aires, que fue, a la vez, su primer «loquero».

III. El protomedicato

1778 – 1822. – Algunos médicos civiles vinieron al Río de la Plata acompañando buques de registro o contingentes de tropa, antes de crearse el Virreinato; su presencia era transitoria y nunca fueron competidores serios de los frailes, brujos y curanderos. En la segunda mitad del siglo XVIII se establecieron en el Virreinato los primeros médicos fijos, mucho después que en otras colonias americanas, más florecientes.

Hasta entonces la salud pública de estas provincias había dependido del Real Protomedicato de Lima, que no podía extender su influencia hasta el lejano Río de la Plata. Para obviar esas deficiencias el ilustre Virrey Vértiz, aprovechando la presencia en Buenos Aires del primer médico de la expedición de Ceballos, Don Miguel Gorman, lo instó a detenerse para arreglar los Hospitales y examinar sus consumos. El 2 de mayo de 1778 el Virrey creó el Protomedicato, que inauguró sus funciones por acto público el 17 de agosto de 1780; la Corte consintió su institución en 1783 y la aprobó en 1798.

Es importante señalar que, de acuerdo con instrucciones reales, los bienes de Temporalidades, pertenecientes a los jesuitas expulsados en 1767, se destinaron a obras de utilidad pública. El Hospital General de Hombres (Residencia de Belén), la Casa de Expósitos (Casa de Ejercicios) y la Convalecencia (Chacra de Belén), fueron fundándose sobre propiedades que pertenecieran a la Compañía.

Desde 1778 hasta su extinción en 1822, el Protomedicato no tomó disposiciones de importancia relativas a la asistencia y reclusión de los alienados. La fundación de la Casa de Corrección para mujeres concentró en ella algunas alienadas del Cabildo y de los Conventos de Monjas; muchos alienados varones pasaron del Hospital Santa Catalina y del Cabildo a la Residencia, cuando ésta se habilitó. Eran casi todos negros y mulatos; muy pocos criollos indigentes.

IV. El Hospital General de Hombres y su «Cuadro de Dementes»

En 1734 el vecino Ignacio Zeballos hizo donación a los Jesuitas «para que ello ayudara a salvar su alma», de una manzana en el Alto de San Pedro, con más una chacra de sus inmediaciones, para que se fundase una casa auxiliar de la Compañía; allí se edificó en 1735 y la casa funcionó desde su origen con el nombre de Residencia de Belén, llamándose Chacra de Belén a la que se extendía al Oeste, hasta más allá del sitio en que después se fundó la «Convalecencia».  En 1760 el vecino Melchor García de Tagle fundó, en el terreno contiguo a la Residencia, una Casa de Ejercicios para mujeres que donó a los Jesuitas, además de una estanzuela y varias casillas con cuyo producto había de sostenerse la institución.
Poseían, pues, los Jesuitas, al tiempo de su expulsión, tres anexos: la Residencia de Belén, la Chacra de Belén y la Casa de Ejercicios.

En 1770 tres años después de la expulsión, el procurador general de los Betlemitas, solicitó del Rey que se le concediera la Residencia y la Chacra de Belén para trasladar el Hospital de Santa Catalina. Se interpusieron gestiones de Vértiz y al fin el traslado fue dispuesto por una Real Cédula; más tarde la Junta de Temporalidades dictó una Providencia organizando las funciones del Hospital nuevo.

Desde 1799 la Residencia de Belén fue destinada a «Hospital de convalecencia, incurables, locos y contagiosos»; los Betlemitas hicieron algunas construcciones en la parte más alta de la Chacra de Belén, destinándolas a sus convalecientes.

Como el de Santa Catalina no se suprimió, tuvo Buenos Aires a fines del Virreinato tres Hospitales atendidos por los Betlemitas: el de enfermos agudos (Santa Catalina), el de incurables y locos (Residencia) y el de Convalecientes (Convalecencia).

Durante algún tiempo existió, además, otro Hospital, llamado del Rey, detrás de San Francisco y sobre la barranca del río; a su lado se trasladó la Casa de Expósitos, después de estar muy poco tiempo en la Casa de Ejercicios donada por García Tagle a los Jesuitas para la atención de su clientela femenina.

Los primeros enfermos trasladados del Santa Catalina fueron los llamados «incurables y dementes» que vivían hacinados en el loquero. No todos los «dementes» fueron a la Residencia; algunos de los más válidos quedaron en el Santa Catalina para atender a los servicios domésticos y otros fueron enviados con igual objeto a la Chacra de Belén junto con los convalecientes. En los tres hospitales había alienados en los últimos años del virreinato, además de seguir algunos furiosos en la Cárcel del Cabildo.

El mayor número fue a la Residencia. Pero como esta casa se habilitara para Hospital General de Hombres, la presencia de los locos, cuyo número aumentó rápidamente, indujo a separarlos en un cuadro de dementes que fue de hecho, durante casi un siglo, nuestro único manicomio de hombres; en este loquero se estableció desde el principio un calabozo con cadenas y cepos, destinado a los furiosos, análogo al del Cabildo. Por el año 1800 había allí, aproximadamente, unos 50 alienados, sobre un total de 100 enfermos.

El 9 de noviembre de 1822 la Sala de Representantes de Buenos Aires autorizó al Gobierno a emplear una fuerte suma en la construcción de una sala en el Hospital General de Hombres, al mismo tiempo que disponía se proyectaran otras dos, con urgencia.
«Con este aumento el hospital se componía -en 1826- de una sala primera, baja, estrecha, antiguo claustro, que contendría veinticuatro camas; su costado derecho daba a la calle; en ésta se colocaban las afecciones quirúrgicas, por lo que se llamaba por los estudiantes sala de cirugía.
«Una sala segunda para clínica médica en el fondo del patio, algo oscura aunque grande, contenía como cuarenta camas.

«La sala tercera, que hacía cruz con ésta, dando un costado al segundo patio, era la nueva construcción, grande, elevada y bien ventilada por ventanas al patio.

«La sala cuarta estaba situada en un corredor estrecho y muy obscuro que conducía a lo que se llamaba el cuadro o departamento de dementes. Esta sala era muy obscura y húmeda se denominaba sala de presos, porque allí se asistían a los delincuentes y tenía un centinela a la puerta.

«Hubo, además, una sala en el primer patio, situada al fondo, que contenía diez camas, destinadas para la asistencia de los oficiales del ejército de línea. Por último al lado del cuadro que alojaba los dementes, había otra sala donde estaban alojados los viejos incurables y se llamaba de crónicos».

Tenía, pues, el Hospital, 3 salas generales (un centenar de camas), 1 sala de presos (10 ó 20 camas), 1 salita de oficiales del ejército (10 camas) y 1 sala de crónicos (20 a 25 enfermos). Veamos como era entonces el loquero anexo cuyo título oficial era: Cuadro de Dementes.

«El cuadro consistía en un cuadrilongo de cuarenta varas por veinte y cinco de ancho, edificado en todos sus costados, con corredor corrido todo de bóvedas, algunos árboles en su centro; parecía haber sido destinado para celdas de los jesuitas que lo construyeron, por ser todo compuesto de cuadros aislados, con puerta al corredor, piezas todas hermosas y muy secas… Ahí se mantenían encerrados y con un centinela en la puerta los locos, a los cuales pasaba visita uno de los médicos cuando se enfermaba de otra cosa que su demencia, pues para ella no se les prodigaba entonces ningún tratamiento.

«A estos locos los cuidaba, o mejor diré los gobernaba, un capataz que generalmente tenía una verga en la mano, con la cual solía darles
algunos golpes a los que no le obedecían sus órdenes, y por medio del terror se hacía respetar y obedecer; cuando algún loco se ponía furioso, en uno de esos accesos que suelen tener las demencias crónicas, se les encerraba en un cuarto sin muebles y muchas veces sin cama, donde permanecían mientras le duraba la exaltación mental. Varias veces sucedió que estos infelices se peleaban entre ellos y se hacían heridas más o menos graves; y siendo yo estudiante fui testigo de dos casos de muerte causada por un loco a otro, sirviéndose como arma del pie de un catre de madera fuerte». – Albarellos, lug. cit.

En 1854 el Hospital General de Hombres tenía 131 dementes, hacinados en su famoso Cuadro. En 1857 se llevaron algunos dementes seniles al Asilo de Mendigos; al terminar el año quedaban en el Hospital 120, sobre un total de 195 enfermos. En diciembre del siguiente año, 1858, el Hospital tenía en su Cuadro 131 dementes, sobre un total de 195 enfermos; más de dos tercios de su población.
En 1852 se amplió el Cuadro de Dementes del Hospital, construyéndose un gran patio en el sitio que ocupara la ropería. La medida fue insuficiente; la Comisión del Hospital se lamentó, en 1860, del hacinamiento de los alienados.

A fines de 1863 se logró habilitar una sección de la nueva Casa de Dementes, con capacidad provisoria para 123 enfermos (origen del actual Hospicio de las Mercedes). Se trasladaron allí los alienados más peligrosos e incómodos, quedando en el Cuadro del Hospital los demás, incesantemente aumentados. Su aspecto y su hacinamiento no varió hasta 1883, en que fue evacuado el edificio; el Cuadro era «un patio grande, de forma cuadrada, limitado en dos de sus lados por pequeños cuartos, que eran las habitaciones de los practicantes y dementes. Estos últimos ejercían funciones de sirvientes y vivían en completa promiscuidad con los «internos».

En 1879 se pensó trasladar al Hospital San Roque el excedente de los alienados del Hospicio y del Hospital, lo que no pudo efectuarse por haber sobrevenido, en 1880, la epidemia de viruela. En 1881 se llevaron algunos dementes seniles del Hospital al Asilo de Mendigos; otros, que permanecieron mezclados con enfermos crónicos, fueron pasados a los dos nuevos pabellones construidos con ese fin, en el Hospicio de las Mercedes, en 1883, fecha en que fue demolido el secular Hospital General de Hombres.

V. El Hospital General de Mujeres y su «Patio de Dementes»

Cuando el Gobernador Robles, en 1692, destinó el local del Hospital San Martín para «Casa de Recogimiento», el Cabildo enviaba allí alguna loca agitada, de familia pobre, que no podía sin escándalo ser asistida en su casa y molestaba en los Conventos. Al reabrirse el Hospital, en 1701, se volvió a la Asistencia doméstica y conventual, pues hasta mucho tiempo después no hubo Hospital de Mujeres ni Casa de Corrección.

El vecino Juan Alonso González fundó en 1727 la Hermandad de la Santa Caridad; colocó un altar en la Parroquia de San Juan, dándole el Obispo una imagen de San Miguel Arcángel para que fuese su patrono. A poco tiempo construyó en el Alto de San Pedro una capilla con su sacristía, denominada del Arcángel San Miguel y bajo el patrocinio de Nuestra Señora de los Remedios.

En 1734 enviudó González y tomó estado eclesiástico. Siendo intransitables las calles de su capilla, la vendió y con el producto construyó una nueva.  Como su cofradía se reunía al toque de campana para enterrar gratuitamente a los difuntos pobres y a los ajusticiados, «que hasta la fecha quedaban como pasto de los perros y las aves de rapiña», los curas párrocos, viendo disminuir sus ganancias, le promovieron pleito y lograron que el Obispo mandara suspender los entierros gratuitos que hacía la Hermandad (1741). Con este motivo el fundador volvió su caridad hacia los enfermos pobres y edificó, al lado de la capilla,  una sala con doce camas para mujeres pobres, que recibió enfermos desde 1743, aunque no regularizó sus funciones hasta 1774; es probable que durante esas tres décadas fuesen recogidas allí algunas dementes.

En 1759, el vecino Álvarez Campana, benefactor del colegio de huérfanas que la Hermandad sostenía dotó una sala con 13 camas para mujeres, atendida por las esclavas y huérfanas del colegio; Álvarez Campana proyectó fundar allí mismo un nuevo hospital, que no pudo llevar a efecto por haber fallecido en 1768. El presbítero José González Islas -hijo de Juan Alonso González y sucesor suyo en San Miguel- dio nuevo impulso a la iniciativa, secundada por varias donaciones de particulares.

En 1790 la Hermandad pudo adquirir parte del terreno en que más tarde se edificó el Hospital General de Mujeres.  El 1º de julio de 1822 pasó a ser propiedad del Estado, teniendo en esa fecha 62 camas. La Sociedad de Beneficencia no llegó a hacerse cargo de su administración; siguió sostenido por el gobierno hasta 1838, fecha en que Rosas le retiró todo recurso.

Subsistió por la buena voluntad de algunos médicos y vecinos, llegando su miseria a tal extremo que «el servicio de enfermeras y sirvientas lo desempeñaban mujeres salidas de la cárcel pública».

Hasta 1852 ese Hospital compartió con la Cárcel de Mujeres el carácter de depósito de alienadas. Al caer Rosas había en el Hospital unas 50 enfermas, de las cuales «más o menos la mitad» eran alienadas. Había un calabozo con cepo, para alguna agitada. Las tranquilas se usaban como enfermeras y sirvientes, compartiendo estas funciones con las presas de la Cárcel.

En 1852, la Sociedad de Beneficencia pidió que la policía dejara de llevar alienadas a la Cárcel y las condujese al Hospital, que estaba a su cargo. Con esta medida aumentó el número de asiladas y pronto se formó un patio de dementes, análogo al que existía en el Hospital General de Hombres. En 1854 se trasladaron 64 alienadas del Hospital a la Convalecencia, que luego se transformó en el actual Hospital Nacional de Alienadas.

VI. Alienadas en la Casa de Corrección y en la Cárcel de Mujeres

A espaldas de la Residencia funcionó la Casa de Corrección de Mujeres, fundada por el Virrey Vértiz en un edificio, que usaban los Jesuitas como Casa de Ejercicios para hombres.  Durante el Virreinato se proyectó repetidamente establecer allí un Hospital de Mujeres, lo que equivalía a convertir la Residencia en Hospital Mixto, bajo la administración de los Betlemitas. Este proyecto no se realizó. En la Casa de Corrección hubo alienadas y calabozo para las furiosas, con cadena y cepo, hasta el establecimiento de la Convalecencia y su transformación en Hospital de Alienadas, donde se trasladó de inmediato a las agitadas.

Además de esta Casa de Corrección, existía la Cárcel de Mujeres (actual calle Victoria entre Bolívar y Perú), contigua a la Cárcel General que estaba en los bajos del Cabildo. En esa Cárcel de Mujeres existió un cuadro o calabozo especial para alienadas; en 1852 había más de 20, que la Sociedad de Beneficencia hizo trasladar al Hospital de Mujeres, donde se formó el patio de dementes, reuniéndose allí en dos años más de 60 alienadas, que en 1854 fueron pasadas a la Convalecencia.

VII. Conjeturas Estadísticas sobre los Alienados de Buenos Aires en 1801

Del centenar de enfermos asilados en la Residencia por el año 1810, «más o menos la mitad eran dementes» (varones), entendiéndose por tales a todos los alienados pobres que no podían andar sueltos ni ser cuidados en sus domicilios.  Ninguna familia «decente» tenía locos en la Residencia, prefiriendo los Conventos o la reclusión en quintas privadas.

Por el año 1810, Buenos Aires y su campaña, para 100.000 habitantes, debía tener, aproximadamente, 200 alienados hospitalizables, (2 por mil), 100 varones y 100 mujeres. El número de asilados en el Cuadro de Dementes, 50 representaba la mitad del total de varones; la otra mitad estaba en los conventos y en quintas particulares. Las mujeres dementes, recluidas en la Casa de Corrección, eran muchas menos que los varones recluidos en la Residencia; en cambio eran más numerosas en los conventos, dado el frecuente contenido religioso de la enfermedad y el concepto supersticioso que se tenía de la locura.

Dos terceras partes de las alienadas no estaban hospitalizadas y las costumbres se oponían a ello. Aparte del horror y vergüenza que, en general, inspiraban los hospitales, era harto sabido que los tranquilos no tenían ninguna asistencia médica y los furiosos eran «amansados» con violentos medios de corrección.

Los 200 alienados hospitalizables serían el residuo permanente de 30 casos nuevos (3.66 por mil) que se producirían anualmente sobre los 100.000 habitantes de la ciudad y su campaña.

De los 180 varones, 80 serían alcoholistas, maníacos, agitados, rápidamente curables; de los cien restantes, 40 serían propiamente dementes, 40 melancólicos y deprimidos, 20 delirantes parciales, sistematizados y degenerados polimorfos.
De las 180 mujeres, 40 serían propiamente dementes, 60 deprimidas y melancólicas, 30 agitadas y maníacas, 30 delirios místicos y religiosos, 20 delirios parciales, sistematizados, histéricos y polimorfos.

VIII. Datos del Interior

En 1762, los religiosos betlemitas comenzaron a asistir enfermos en Córdoba. Desde los primeros días tuvieron ocasión de curar padecimientos nerviosos y mentales: «una pasión histérica que estaba muy deplorada» «varios síntomas, así histérico, como llagas», etc. En el inventario del Hospital San Roque, efectuado el 1º de mayo de 1813, se lee que en el «pasadizo que va al corralón» existía «un cuarto contiguo, sin revoque ni piso, de tres varas en cuadro, para locos.

Las cosas no habían cambiado en 1819, pues del inventario efectuado por Bustos resulta que: «15-Había un corralón, al que conducía un pasadizo cubierto, en cuyo trayecto había entre otras dependencias los lugares secretos y el cepo con herrajes para locos » hasta 1863 subsistió este instrumento.

Y sin variación se halla en 1826, conforme a un inventario levantado por Fray Miguel del Rosario: «En el pasadizo que iba al Corralón había una piecita para un cepo en el que colocaban los locos «. ( Parece que no se ocupaba mucho, sin embargo; en las estadísticas de ese tiempo sólo por accidentes figura algún alienado;  es probable que otros figurasen entre los «sin diagnóstico» y que algunos más estuviesen en la Cárcel, si peligrosos, o vagasen por la ciudad, si tranquilos. Es seguro que los de familias decentes, especialmente mujeres, eran admitidas en conventos, vieja costumbre de la época colonial que persistió hasta la segunda mitad del siglo XIX.

En otras ciudades de la República la reclusión se hacía en la policía o en los conventos, según el rango, el sexo y la tranquilidad de los enfermos; esta situación se modificó después de 1870, en que se estableció la costumbre de enviar los agitados y los indigentes a los nuevos manicomios de Buenos Aires.

Biografia de Cosme Mariano Argerich Historia Resumen Vida y Obra

Biografía de Cosme Mariano Argerich: Resumen Vida y Obra

doctor argerich cosme Nació en Buenos Aires el 26 de septiembre de 1 758, siendo sus padres el coronel don Francisco Argerich, natural de Sistero, obispado de Nigel, provincia de Cataluña; y doña María Josefa del Castillo .

De muy corta edad fue enviado a España, siguiendo la carrera de medicina en Barcelona, doctorándose después de seguir los cursos con brillo.

De regreso a Buenos Aires, perteneció a la hermandad de caridad, en 1795, al hospital de mujeres y casa de huérfanas, siendo nombrado en 1800 por el gobierno peninsular para dirigir la cátedra de medicina en Buenos Aires, inaugurando sus cursos el 19 de marzo de 1802, en que empezó a funcionar la Escuela de Medicina que Argerich regenteó con sabiduría y dignidad; enseñó igualmente, química, física y botánica.

Respecto a la designación del Hospital con el nombre de “Cosme Mariano Argerich” es un verdadero honor y orgullo para los miembros del mismo y a su vez el crecimiento y el prestigio de la institución significan un homenaje a quien loa honrara con el legado de su nombre.

 A continuación explicaré el porque de estas afirmaciones, para esto haremos un pequeño resumen de los sucesos que permitirían la llegada y asentamiento de los Argerich y de su aporte a la Medicina de nuestro país.  Para eso volvemos a los aspectos históricos que habíamos mencionado al inicio del libro.

Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, los betlehemitas aprovecharon para pedir la construcción de un hospital más amplio y moderno en los terrenos que aquellos poseían.

Se inició la edificación y lo primero que se trasladó al nuevo hospital fueron los alienados y luego los enfermos crónicos. Fue llamado Hospital General de Hombres y subsistió hasta 1883. Existió en el mismo una sala para oficiales del ejército, razón que lo transforma en el primer hospital militar.

La tercera institución metropolitana fue el Hospital General de Mujeres, que tuvo su origen en la Hermandad de la Santa Caridad.

Este hospital funcionó precariamente, desarrollando su labor a merced de donaciones.

Entre los médicos que fijaron su residencia en Buenos Aires al promediar el siglo XVIII, el más famoso fue el coronel don Francisco Argerich, médico de los jesuitas en Buenos Aires y otras órdenes religiosas; es el primero de los Argerich en ejercer la Medicina en el Virreynato.

Estamos en los momentos en que se organiza la institución que se dio en llamar Protomedicato, es decir la entidad que regularía la manera en que ejercen la actividad los miembros que conforman esa agrupación, o sea, los Médicos.

  Es un intento de reglamentación que lleva adelante Carlos III en España y que se traslada de igual manera al Virreynato del Río de la Plata.

En este contexto, Vértiz (que gobernó entre los años 1778 y 1784) creó el primer Tribunal del Protomedicato y nombró al primer protomédico: el irlandés doctor don Miguel Gorman, designado como «Protomédico General y Alcalde Mayor de todos los facultativos en Medicina, Cirugía y Farmacia en todos los distritos del virreinato”.

Paralelamente fueron creadas medidas de mejoramiento urbano y social, creando paseos públicos, fomentando la implementación de un censo poblacional, que presentó datos sumamente interesantes: la población de la ciudad de Buenos Aires era de 24.205 habitantes y el 50 por ciento de la misma estaba compuesta por indígenas y mestizos.

Francisco Argerich, había participado en 1780 como jefe médico de la expedición enviada por el virrey Vértiz para combatir la insurrección de Túpac Amaru.

El primer protomédico, Miguel Gorman propuso la designación de Francisco Argerich –que desempeñaba el mismo puesto de cirujano Mayor de los ejércitos del Rey con el grado de coronel– y del licenciado don José Alberto Capdevila.

Francisco Argerich era el padre de Cosme Mariano Argerich, quien había nacido en la ciudad de Buenos Aires el 26 de Setiembre de 1758.  Tendría 17 hermanos.  En 1776, su padre lo envía a estudiar a España, donde obtiene en 1783 el título de Medicina del Gremio y Claustro de la Real y Pontificia Universidad de Cervera (Barcelona), y se casa allí con la joven Margarita Marti.

Se destacó ejerciendo su profesión en Barcelona.  Cosme Mariano vuelve a Buenos Aires en 1784 y es nombrado Médico del Colegio de Huérfanos, y al tiempo se convierte en el Primer Examinador del Protomedicato.  En 1786 nació su hijo, Francisco Cosme (bautizado con el nombre de su abuelo y de su padre).

En Buenos Aires tiene durante los años 1794 y 1796 activa participación en la lucha contra los brotes de viruela.

Por esa época, junto a Agustín Fabre y Bernardo Nogués redacta las Ordenanzas del Real Colegio de Medicina y Cirugía de Buenos Aires.

En 1801 publica un artículo en el Telégrafo Mercantil donde recomienda la vacunación antivariólica y siendo Profesor de la carrera de Medicina, tiene como alumno del Primer Curso a su propio hijo: Francisco Cosme.

En 1802 asume como catedrático de Medicina en carácter de sustituto y como “Protomédico General y Alcalde Mayor de todas las Facultades de Medicina, Cirugía, Pharmacia y Phlebotomía”.

Durante las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807 actuó como Médico Jefe del Hospital de la Caridad atendiendo a militares heridos.

En 1810 participa junto a Agustín Fabre, Bernardo Nogués y Justo García Valdés en el Cabildo Abierto del día 22 de mayo. Los  cuatro profesionales médicos sostienen con patriótico entusiasmo las nuevas ideas de emancipación.

La influencia de los sucesos de 1810 en los médicos y cirujanos de la época fue sobresaliente. Es así que los hechos en España y los que desembocarían en la Revolución de Mayo de 1810, tuvieron una enorme gravitación en las vidas de los jóvenes del Río de la Plata, ya que el ambiente era más proclive a sostener los primeros pasos independentistas, que a la actividad de las aulas.

Por eso, no es de extrañarse que desde 1804 hasta 1815 no se creó ningún curso de medicina. Sin embargo el Protomedicato continuó con su rol de guardián de la salud pública y garante de la profesión médica.

Buenos Aires, pasado el cimbronazo de las invasiones inglesas supo encontrar su camino y con la revolución de 1810 forjó airosamente su destino con los cambios consiguientes políticos – sociales.

El 25 de mayo la voluntad del pueblo, categórica y valiente, tuvo su triunfo. La percepción del advenimiento del proceso y la libertad de pensamiento serían principios renovadores impuestos por la victoria revolucionaria de mayo, principios compartidos por el Dr. Cosme Mariano Argerich.

El gobierno de Buenos Aires, en 1812 designa a Cosme Argerich, Luis Chorroarín y Diego Savaleta en una comisión destinada a desarrollar un plan de estudios y de educación pública en un colegio de ciencia próximo a ser creado, pero ese plan resultó impracticable.

En marzo de 1813 la Asamblea decidió crear la Facultad Médica y Quirúrgica y el 9 de abril de 1813 el doctor Argerich fue nombrado catedrático de medicina «por cuanto se ha creído indispensablemente necesario realizar en esta ciudad un plan de estudios de medicina y cirugía que proporcione a la juventud acontecimientos e ilustración de los objetos de tanta importancia que comprende».

El Plan del doctor Argerich aprobado por la Asamblea era de 6 años y fue uno de los mejores por la coordinación de las materias y la amplitud de su estudio. La Anatomía Normal y Patológica, la Fisiología, Patología General, Higiene, Semiología, Terapéutica y Materia Médica, estaban distribuidas en los 4 primeros años de estudio, reservándose para los 2 últimos la enseñanza de la Nosografía Quirúrgica y Médica. Los alumnos de 5° y 6° año tenían la obligación de asistir diariamente a las visitas hospitalarias de los profesores y escuchar las conferencias de clínica. Entre las condiciones exigidas para el ingreso, figuraban los conocimientos de la sanidad y el título de bachiller.

La necesidad de cirujanos en los batallones patriotas se hizo tan necesaria que se admitieron voluntarios extranjeros. Fue entonces cuando en mayo de 1813, la Facultad Médica y Quirúrgica pasó a ser el Instituto Médico Militar, destinado al aumento y mejor dotación de cirujanos para los ejércitos de la patria. El director del Instituto fue Cosme Argerich, quién designó como colaboradores al doctor Salvio Gaffarot, el doctor Cristóbal Martín de Montufar, el doctor Juan Fernández, y a su propio hijo, el Dr. Francisco Cosme Argerich.

El 19 de diciembre de 1813 se lo designa Cirujano de la Expedición Auxiliar del Ejército del Perú, pero a causa de su vulnerada salud, retornó a Buenos Aires.

En 1814 Argerich eleva al Gobierno un Reglamento de Medicina Militar para aplicar en el Instituto.   La resolución que daba comienzo a los cursos apareció en la gaceta Ministerial del Gobierno el 1° de marzo de 1814.  Según la misma, tanto los profesores como los alumnos quedaban de hecho incorporados al Ejército.  Este proyecto fue rechazado por el Consejo de Estado, que acusó a los profesores de buscar un pretexto para beneficiarse con las distinciones y honores de los Jefes y Oficiales del Ejército.  A pesar de todo, los cursos se iniciaron en 1815.

Tanto los profesores como los alumnos tenían la obligación de concurrir cuando el gobierno los necesitara. Todos cumplieron con su deber como practicantes primero y como cirujanos más tarde.

Los primeros egresados fueron: Miguel Rivero, Pedro Martínez Niño, Fuentes y Sánchez.

En septiembre de 1816 el doctor Cosme Argerich, junto con Diego Paroissien (nombrado Cirujano Mayor del Ejército de los Andes) tuvo a su cargo la organización del departamento de Hospitales del Ejército, constituido por 3 profesores, 5 betlemitas y 7 civiles asistentes de cirujanos en cumplimiento del mandato del Instituto Médico Militar.  El mismo ordenaba el mejor servicio de los Ejércitos de la Patria, y proveyeron a San Martín los insumos médicos y sanitarios para la campaña libertadora de Chile. Entre todos lograron formar un verdadero hospital de sangre que auxilió al ejército en el cruce de los Andes.

En 1818 ya habían transcurrido cinco años de la creación del Instituto Médico Militar y no estaban aprobados todavía el Reglamento y Plan de Estudios del mismo.  Argerich escribe que era necesario hacer primero algunas observaciones para que su aplicación no saliese errada.  El plan finalmente aprobado ha sido calificado como uno de los mejores por la coordinación de las materias y amplitud de los estudios.

El 14 de febrero de 1820 muere producto de un cuadro anginoso el Dr. Cosme Mariano Argerich.

ALGO MAS SOBRE LA VIDA DE COSME ARGERICH:

En 1806 y 1807 prestó servicios profesionales en las rudas jornadas que tuvieron por teatro la ciudad de Buenos Aires y por su intervención en la Reconquista el 12 de noviembre de 1806 fué nombrado cirujano del 29 Escuadrón de Húsares. Tuvo participación activa en los trabajos preparatorios de la revolución de mayo figurando entre los concurrentes a la asamblea del día 22 de aquel mes glorioso, en la que se depuso al virrey Cisneros, y en la cual seguramente influyó mucho su consejo sabio y escuchado por todos.

En aquel Cabildo Abierto sostuvo que habiendo caducado la suprema autoridad, debía ésta reasumirse en el pueblo y por consecuencia, interinamente en el Cabildo, hasta tanto se organizase el gobierno local por medio de los diputados nombrados por votación popular, Gobierno que el 25 de mayo tomaba el nombre de Junta.

En junio de 181 1 fué designado para desempeñar el cargo efe conjuez en el Tribunal del Proto-medicato. Al producirse el combate de San Lorenzo, el 3 de febrero de 1813, tan pronto tuvo conocimiento el Gobierno de este suceso, despachó por la posta al doctor Francisco Cosme Argerich, con un botiquín, para ir a atender a los heridos, siendo quien practicó la operación al capitán Bermúdez, que falleció el 14.

El 10 de diciembre de aquel año, el doctor Argerich era designado por el Gobierno, cirujano del Ejército Auxiliar del Alto Perú, haciendo toda la campaña a las órdenes de San Martín primero, y de Rondeau después, asistiendo a los combates de Puesto del Marqués 17 de abril de 1815, y de Ven ta y Media el 20 de octubre del mismo año; no encontrándose en Sipe-Sipe por haberse retirado a Cochabamba enfermo, donde se reunió al sargento mayor José María Paz que había sido herido de bala en el codo derecho en el combate de Venta y Media.

Posteriormente, el doctor Argerich abandonó las filas del ejército sien do nombrado jefe y director del Instituto Médico creado en reemplazo u\s Ir primera Escuela de Medicina que él fundara y, desempeñando este puesto, 1? muerte lo sorprendió en medio de sus tareas profesionales el 14 de febrero de 1820. Sus restos fueron depositados en el templo de San Francisco, de donde fueron exhumados tres años después para ser trasladados al cementerio de la Recoleta, siendo conducidos a pulso hasta este enterratorio, el 24 de febrero de 1823. El doctor Pedro Rojas, uno de sus discípulos, pronunció un elocuente discurso en este acto y por él se sabe que el doctor Argerich era de un carácter dulce y de un espíritu vehemente, benévolo, bondadoso y desinteresado; de una erudición vasta y profunda, aunque dotado de un extremado amor propio.

El doctor Cosme Argerich fué casado en primeras nupcias con doña Margarita Martí. Habiendo enviudado, contrajo segundo matrimonio con doña Juana López Camelo, y al fallecer ésta casó por tercera vez con doña Juana Chaves.

Autor: Roberto Litvachkes de su Libro Historia del Hospital Argerich

Fuente Consultada:
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938).

Historia de la Salud Publica en Buenos Aires Hospital Argerich

Historia de la Salud Pública en Buenos Aires Hospi tales Argentinos – Argerich

Capítulo 2: LA SALUD PÚBLICA EN ARGENTINA

Quienes leían los diarios en la última década del siglo XIX encontrarían profusamente detalladas las noticias sobre los arribos de los barcos cargados con inmigrantes. La Argentina estaba cambiando y la impresionante cantidad de extranjeros que llegaban a nuestro país para radicarse y probar fortuna era una inequívoca señal de ello.

El caso más significativo de crecimiento urbano en la Argentina se observaba claramente en Buenos Aires: de menos de 200.000 habitantes que se estimaba en 1870, el censo de 1904 da una población cercana al millón de habitantes. Era obvio que la capacidad para alojar semejante cantidad de personas fue brutalmente rebasada, pues Buenos Aires no poseía la infraestructura indispensable (ni viviendas, ni agua potable, ni servicios de limpieza) para los recién llegados.

Estas condiciones iban a ser parte de un cóctel peligroso y explosivo. Las autoridades empezaban a tomar cuenta del problema sanitario que la situación podía provocar y empiezan a organizar las primeras respuestas.

La zona anegadiza donde desembocan en el Río de la Plata las aguas del Riachuelo, había estado durante muchos años deshabitada. Recién hacia 1850 comienzan a instalarse familias genovesas y se construyen astilleros navales, almacenes y “barracas” donde se almacenaban diferentes productos, en especial cueros.

Debido a que el barrio era lugar de entrada de los buques cargados con inmigrantes, fue uno de los puntos donde se concentró la población de recién llegados.

Para 1895 La Boca, se había convertido ya en la segunda circunscripción de Buenos Aires y contaba con cerca de 39.000 habitantes, de los cuales 17.000 eran argentinos, 14.000 italianos, 2.500 españoles y el resto de otras colectividades.

Pero el sector que se concentraba aquí era uno de los más humildes de la ciudad, y uno de los que más iba a sentir la falta de una infraestructura habitacional y sanitaria adecuadas: la Asistencia Pública sería la respuesta a sus requerimientos.

Esta institución contaba con una Oficina Central y se apoyaba en varios Hospitales Municipales y algunas Estaciones Sanitarias y Consultorios Barriales.

Haremos una breve síntesis de sus orígenes: en la Ciudad de Buenos Aires, la Comisión Municipal en su sesión del 31 de enero de 1833, por moción de su Presidente, Torcuato de Alvear, designó a Ramos Mejía para desempeñar el cargo de Director General de la Asistencia Pública.

Como veremos, por lo menos en esta etapa, la idea de ayuda y atención se va a mezclar con la idea de control social y dominio poblacional. El mismo Ramos Mejía dice: “si los inmigrantes necesitan más ayuda, también necesitan controles especiales”.

También es opinión de las autoridades que se necesita una absoluta centralización y concentración del poder en manos de un “Gran General del Ejército de los Médicos” para tomar las decisiones apropiadas: controlar las infecciones, las epidemias y controlar socialmente a los inmigrantes, que prácticamente “invadían” la ciudad.

Por lo tanto, Ramos Mejía, al hacerse cargo de la Asistencia Pública, recibe todos los establecimientos que dependían directamente de la Municipalidad. Según su criterio, la Asistencia Pública Municipal permitiría “centralizar, reorganizar y fiscalizar bajo un plano armónico todos esos establecimientos de asistencia que antes, cuando dependían de la Comisión de Higiene de la Corporación Municipal, marchaban sin orden ni concierto”.

Ramos Mejía, primer Director de la Asistencia Pública, era hombre de su tiempo y miembro de la elite gobernante; político, hombre público y profesor universitario, estaba convencido que la comunidad era aquella que formaba la sociedad porteña tradicional, el resto era una masa de personas indiscriminadas que el Estado debía controlar.

Durante el período 1888-1896 se intentaron distintas soluciones para atender las urgencias y emergencias de los accidentados y de los más humildes. Sin embargo, a pesar de la inversión económica, no se lograba una buena coordinación para la atención del público.

El Consejo Deliberante había suprimido el Servicio de Asistencia a Domicilio que efectuaban los Médicos de cada Sección de la Ciudad, proyectando sustituirlos por las Casas de Socorro, pero en su mayoría no llegaron a instalarse y se volvió al sistema anterior.

También se había tratado de mejorar el Cuerpo de Inspectores Sanitarios afectado al control de los inmigrantes, sospechosos de estar contaminados por alguna enfermedad exótica. Se impulsa el dictado de leyes que obliguen a denunciar los casos de enfermos “infectados” y también la obligatoriedad de desinfectar sus casas.

Se aspiraba a mejorar el Servicio de Asistencia Médica Nocturna, encomendando a médicos particulares que espontáneamente debían inscribirse para brindar esos servicios por llamado directo de los clientes a sus casas; este sistema tampoco llegó a prosperar.

Se llega a 1896 con el Dr. Juan B. Señorans a cargo de la Asistencia Pública. Entre sus ideas había varias que afectaban especialmente a los habitantes de La Boca, por ejemplo, el aislamiento obligatorio de todo habitante de conventillo afectado de una enfermedad exótica, el aislamiento de las personas que habitasen esa casa, o la construcción de un Hospital para el aislamiento de enfermos, llamados “Hospitales Barracas”.

Asume como Intendente el Dr. Francisco Alcobendas, quien nombra en noviembre de 1896 al Dr. Telémaco Susini para el puesto de Director de la Asistencia Pública y su gestión va a ser la responsable de la construcción del primer Hospital Seccional de La Boca, que con el tiempo se convertiría en el Hospital Dr. Cosme Argerich.

El Dr. Susini, a diferencia de los directores que lo precedieron era un miembro nato de la Asistencia Pública, por lo tanto conocía la repartición, lo que le permitiría los cambios que iba a llevar adelante.

Una de sus primeras intervenciones fue en el sistema de atención de los servicios para los enfermos pobres, las urgencias y los primeros auxilios para toda persona que lo demandara. Para esto, dividió la ciudad en dos partes: Servicio de los Suburbios, en la cual se incluiría La Boca, y la otra parte Servicio del Centro. Estableció tres Hospitales Vecinales el de Flores, La Boca, y Corrales.

Cada uno cuenta con cuatro o cinco camas, Botica, Consultorio a cargo de un médico que había de atender a domicilio, más dos Practicantes, un Enfermero, y el Personal de Servicio. La instalación, las provisiones y gran parte del personal pertenecían a los Hospitales próximos, de donde se les sustraía.

El primer paso hacia el “Hospital Argerich” había sido dado.

La Salud de los porteños: La asistencia pública

Sobre fines del s. XIX, lo que llamaríamos la “Salud Pública de Buenos Aires” era responsabilidad de la “Asistencia Pública”, la cual dependía de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. Antes de continuar hablando de este tema convendría explicar qué se entendía en esos años por Salud Pública, cuáles eran los problemas sanitarios más comunes de la población y cuáles eran las expectativas de ésta en cuanto al tipo de respuestas que esperaban de la Asistencia Pública.

Veamos algunos aspectos de la Asistencia Pública correspondientes al año 1897. En el mencionado año se había decidido intentar realizar algunas economías en el Presupuesto Municipal Médica; siendo que en 1896 la atención de la población menesterosa se había realizado con 21 médicos, en 1897 la misma se realiza con 10, lo cual ha significado un ahorro de $ 3.000.- y no pocas protestas de la población. Más adelante veremos que estas protestas van a promover de alguna manera la instalación del Hospital Vecinal de la Boca, precursor del Hospital Argerich.

Entonces, la Dirección Sanitaria crea para la atención médica en los suburbios los Hospitales Vecinales de Belgrano, Corrales, Floresta, Flores, Barracas y La Boca. La idea es que estos centros se ocupen de la asistencia urgente y que cuenten con personal de Guardia las 24 hs. del día.

Estos hospitales tienen un Médico Director que atiende las consultas y hace las visitas domiciliarias; cuenta con el apoyo de practicantes y enfermeros que hacen el servicio de Guardia.

Durante 1897 se han atendido cerca de 100.000 enfermos, de los cuales 15.000 corresponden a visitas a domicilio.

De acuerdo a las instituciones que congregaban a los médicos municipales, la importancia fundamental de estos servicios era la atención médica de urgencia, y es la misma la que presta un gran beneficio al público.

Este servicio se realiza por medio de ambulancias, pero en caso de no contar con las mismas, se usan coches u otros vehículos prestados.

La ambulancia a caballo

“El tipo de ambulancia que utiliza la Asistencia Pública es de dos modelos, el tipo liviano con llanta de goma y el pesado con llanta de acero. Para distribuir este material rodante se ha tenido en cuenta el pavimento en que debe circular, es decir el primero en la parte céntrica, dejando el segundo para los barrios apartados.

La ambulancia de tipo liviano ha sido construida en Norte América siguiéndose instrucciones de la Dirección General y es arrastrada por un caballo.

El segundo construido en el país generalmente es arrastrado por una yunta. La caballada de raza mestiza es toda seleccionada exigiéndose para su adquisición ciertas condiciones de talla y adiestración en el tiro.

Además de las ambulancias anteriormente mencionadas la repartición posee en hospitales y casas de socorro el número suficiente de carruajes para el personal de médicos encargados de la asistencia domiciliaria y los carros de transporte para los servicios administrativos de las dependencias citadas:

Ambulancias de auxilio40
Puestos de socorro3
Para trasporte de enfermos especiales3
Para trasporte de enfermos comunes6
Para trasporte de alienados2
Para trasporte de infecciosos3
Fúnebres4
Carruajes20
Carros y chatas8
TOTAL89

Con el fin de aumentar la rapidez en el servicio de primeros auxilios se ha ensayado el sistema de ambulancia automóvil (eléctrica o nafta) llegándose a la conclusión de que con buenos caballos bien descansados la tracción a sangre es siempre preferible por la menor cantidad de inconvenientes que presenta al concurrir a los llamados:

1.- Porque las mencionadas máquinas no han llegado a un grado de perfección que ofrezca seguridad absoluta, habiendo ocurrido casos en que mientras se concurría a un auxilio la ambulancia automóvil quedó descompuesta a la mitad del camino, siendo necesario pedir a la casa central el envío de una ambulancia de tracción a sangre y perdiéndose de esa manera un tiempo precioso.

2.- Porque en una ciudad de tanto tráfico como la de Buenos Aires la velocidad a que puede marcharse, en la parte céntrica no es mayor que la que lleva una ambulancia a sangre.

3.- Porque en los suburbios, que es donde podían marchar a mayor velocidad, la naturaleza del pavimento no lo permite aumentándose las dificultades en los días de lluvia.

Completan estos inconvenientes el precio elevado de las máquinas, máxime si se tiene en cuenta el número que tendría que adquirirse para atender los múltiples pedidos diarios.”

Es interesante la descripción de este servicio según la Memoria de la Intendencia Municipal presentada al Consejo Deliberante de la Capital Federal correspondiente a la Asistencia Pública. Veamos una síntesis de la misma:

“Inmediatamente de recibirse aviso de un accidente, el telegrafista de guardia anota el sitio en que se ha producido, hace sonar una campana de alarma que repercute en toda la casa; el cochero, que está con su ambulancia lista toca el timbre, sale el Practicante o el Médico que está de guardia y en la calle, despejada por los agentes de policía recorre la distancia a una buena velocidad. Entretanto, se dispone una nueva ambulancia para no ser sorprendidos por falta de vehículos o de personal ante un nuevo pedido de auxilio”.

De esta manera, se ha llegado a atender hasta cinco llamados de urgencia en 5 minutos. El informe destaca que la labor desarrollada ha permitido salvar de la muerte segura a un buen número de personas. Se describe también cómo se complementa el Servicio de Urgencia Central y el Servicio de Urgencia de los Hospitales, y la preparación ante catástrofes. Como ejemplo, se detalla el caso de la explosión de la Fábrica de pólvora ocurrida en el mes de noviembre de 1897. Hemos podido verificar que los diarios de esa fecha destacan la atención brindada por la Asistencia Pública.

Encontramos que el Hospital de La Boca era mencionado en la profusa documentación consultada, indistintamente como “Casa de Socorro”, “Unidad Sanitaria”, u “Hospital Vecinal”

En verdad, cuando el Dr. Susini comienza a implementar estos cambios, los vecinos de La Boca se asustan, y piensan que pierden la atención médica gratuita, por lo que elevan protestas que los diarios de la época recogen. El jueves 14 de enero de 1897, el diario La Nación da a conocer la respuesta del Dr. Susini, quien explica la habilitación de mejoras en el consultorio de la calle Brandsen y la promesa de instalar otros consultorios para la mejor atención de los vecinos. En la misma nota, adelanta que los vecinos de La Boca se reunirían para dar forma a la idea de recolectar fondos, a fin de comprar un terreno y donarlo a la Municipalidad para que construya allí el Hospital Seccional que tiene proyectado y cuyos fondos ($ 26.000.-m/n) han sido ya votados por el Consejo Vecinal. Este terreno medía 87 m. de largo por 23 de ancho.

inicios del hospital argerich

Autor: Roberto Litvachkes de su Libro Historia del Hospital Argerich

AMPLIACIÓN DEL TEMA
CRÓNICA DE LA ÉPOCA
NOTA A CARGO DE DIEGO ARMUS Historiador
Periódico El Bicentenario Período 1910-1929 Fasc. N°6

[…] El paludismo es epidémico en el noreste y endémico en el noroeste. Vastos sectores de la población rural lo aceptan como un dato inevitable de la vida. Políticos , médicos higienistas hablan de aplicar quinina, contra el mosquito , sanear los depósitos de gua, mejorrar la vivienda rural y alentar la educación sanitaria. Cuando se llevan a la práctica , estas iniciativas son erráticas, repitiendo lo que se hace en otros lugares sin considerar las especificidades locales. Como en muchos otros lugares, también en la Argentina la Fundación Rockefeller impulsó campañas antipalúdicas que revelan el hegemónico rol -no siempre vinculado con intereses económicos- de EE.UU. en la salud pública internacional.

En las grandes ciudades las novedades en materia de salud son más ostensibles. Muchas de las enfermedades infectocontagiosas están controladas, en gran medida como resultado de las obras de saneamiento. La tuberculosis, la sífilis y las enfermedades gastrointestinales son las patologías que en esta década se transformaron en problemas públicos.

Si en las ciudades del Litoral la tuberculosis continúa haciendo estragos pero no aumenta, en algunas del interior la mortalidad tuberculosa es similar a la de Buenos Aires tres décadas antes. Como sea, tanto en el Litoral como en el interior, los esfuerzos por dominarla siguen siendo impotentes, porque no se dispone de curas eficaces y porque se entiende que sus causas son muy variadas, desde los diferentes niveles de inmunidad colectiva o individual a las condiciones de vivienda, trabajo y alimentación.

La tuberculosis es la enfermedad que más atención concita como problema público. Pero esa atención no logra producir instrumentos legales que permitan impulsar políticas duraderas. Hay, de todos modos, iniciativas que si bien no curan a los tuberculosos al menos apuntan a tratar de asistirlos.

El reconocimiento de las enfermedades gastrointestinales revela cierta preocupación por la mortadad infantil acoplada a la importancia de criar correctamente a los niños en tanto futuros ciudadanos. Pero esas preocupaciones nunca logran materializarse en iniciativas significativas.

La lucha contra las enfermedades venéreas tomó cierta envergadura cuando las estadísticas indicaron que estaban decayendo. En verdad, se trata de campañas marcadas por preocupaciones por el futuro de la raza nacional y de reacciones moralizantes frente a una sexualidad que, se dice, tiene efectos degenerativos en la herencia.

Estas novedades resultan en parte de la consolidación de grupos profesionales, en primer lugar los médicos, que muy pronto incidirán en la dirección en que el Estado se involucre en las cuestiones de salud pública. Así, irán emergiendo las modestas bases de una red de instituciones de atención y también un renovado esfuerzo por difundir en la sociedad una conciencia higiénica moderna.

En el corto y mediano plazo ambos alimentan unaumento de las expectativas de la gente por acceder a esos servicios que muy pronto resultarán insuficientes. La historia del hospital urbano expresa bien estos cambios. Si a fines del siglo XIX era visto como un lugar donde se iba a morir, este año ya se lo reconoce como una institución donde es posible la cura y la asistencia y al que concurren pobres y sectores medios.

El número de camas por habitante aumentó, se renovaron instalaciones y se multiplicaron los consultorios externos y de urgencias. Gestionado por el Estado, por asociaciones mutualistas o por sociedades de beneficencia, el hospital urbano se hizo un lugar en las ciudades del Litoral y en las del interior situadas en regiones bien integradas al mercado nacional o internacional. Incluso ciudades alejadas de la expansión agroexportadora tienen sus modestos hospitales.

Sin embargo, y a pesar del paso firme con que el proceso de medicalización renovó el cuidado de la salud individual y colectiva, este año y desde foros médicos y periodísticos se denunció la proliferación de modos de atención alejados de la medicina diplomada. Tales denuncias revelan que al momento de atender su salud -y especialmente frente a malestares para los que la biomedicina no ofrece respuestas eficaces- la gente considera una variedad de ofertas, del hospital a los medicamentos de venta libre en la farmacia, de los herboristas a la medicina hogareña.

Fuente: Periódico El Bicentenario Período 1910-1929 Fasc. N°6

Historia del Hospital Argerich:Basado en el libro de Litvachkes

Historia del Hospital Argerich: Basado en el libro de Roberto Litvachkes

INTRODUCCIÓN:
La Historia del Hospital Argerich La Historia del Hospital Argerich comienza con la llegada de las primeras expediciones a Buenos Aires, ya que, como veremos, la Historia del Argerich está ligada a una zona cuyo crecimiento y desarrollo se basó en la inmigración, La Boca. Ese barrio que se formaba junto al Riachuelo supo representar las ilusiones y esperanzas de trabajadores de todo el mundo que llegaban a nuestro país y que se quedaban en la Ciudad de Buenos Aires.

tapa libro argerichEntonces, podemos decir que el Argerich tiene otra historia y que ésta comienza prácticamente con la llegada de los primeros adelantados: Don Pedro de Mendoza y Juan de Garay. Vienen a fundar una nueva Ciudad en nombre de los Reyes de España, pero tanto Mendoza primero, y luego Garay en segundo término, tratando de enmendar los fracasos del primero, han tomado esta empresa de aventura y conquista a su propio riesgo, la Corona solo les dará parte de lo que ellos encuentren, si fracasan nada tendrán.

Entonces se deben ocupar de los navíos, de los elementos que necesiten para tan largo viaje, de las armas, de sortear los peligros de la navegación, de la disciplina, de alimentar a sus hombres, y de la salud… pues para eso están los médicos, luego los hospitales… y alrededor de 450 años mas tarde… el Argerich. Para mejor contar esta historia, o sea, estos 450 años y también nosotros como “adelantados” le explicaremos como ha sido estructurado este trabajo:

En el comienzo, gracias a la ayuda del Licenciado Ángel Jankilevich, especialista en historia de la medicina Argentina, hicimos un breve resumen de los inicios de la medicina en el Virreinato del Río de la Plata hasta los albores de los movimientos de Independencia, lo que aprovechamos para introducir la figura del Dr. Cosme Mariano Argerich, indisolublemente ligado a los acontecimientos de Mayo de 1810 y del pensamiento revolucionario de la época.

Luego pasamos a explicar los movimientos inmigratorios y su asentamiento en la zona de la Boca , en este caso recurrimos a la ayuda, los conocimientos y la generosidad del Sr. Rubén Granara Insúa, Presidente del Museo Histórico de la Boca y tres veces Presidente de la República de la Boca, creemos que gracias a él podemos brindar un claro panorama de la formación y las principales características socio-culturales del Barrio. Así llegamos a 1897, y

 

 quien nos motivó para el camino que emprendimos desde aquí, sin duda alguna fue el Dr. Edgardo Schapachnik, quien, primero en las reuniones del Comité de Cultura del Hospital y luego en charlas personales, no solo despertó mi interés hacia esta investigación sinó que fue extraordinariamente generoso con datos y contactos sin los cuales este trabajo hubiera sido imposible.

La pasión y amor que tiene por el Barrio de la boca y por “su Hospital” fueron un incentivo permanente en mi tarea. También por influencia del Dr. Schapachnik conocí por primera vez el viejo Hospital de la Boca de la calle Pínzón, el día de la visita nos habíamos citado a las 10 hs. de la mañana y yo era parte de un grupo de diez personas que lo querían conocer, llegué puntual pero el resto del grupo lo hizo mas tarde así que ingresé solo al viejo edificio y en el momento que traspasé su portón de hierro supe que iba a ser atrapado por su pasado, es una sensación que ya he sentido antes de iniciar otras investigaciones históricas y es un presentimiento que suele ser verdad y que incentiva a persistir ante los obstáculos que muchas veces presenta la complejidad del trabajo.

En este caso, conformando un muy reducido grupo y algo presionados por los tiempos comenzamos por desempolvar registros y documentos de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, del Instituto Histórico de la Ciudad, de la Biblioteca Gálvez, de la Biblioteca Joaquin V. González de la Boca, de las Bibliotecas de la Facultad de Medicina, de la Asociación Médica Argentina y del Hospital Argerich, del Museo Mitre, de la Academia Nacional de Historia, del Archivo General de la Nación y de algún otro lugar que seguro nos olvidamos.

Y no solo hemos rescatado documentos, sino también un material fotográfico inédito del pasado del Hospital que merece ser conocido, la etapa de la Ambulancia a Caballo, de los Pabellones recién construidos con árboles a su alrededor y del frente de la Antigua Salita de la Boca con médicos y enfermeros que conforman una postal detenida en el tiempo. Veremos también que, por vaya uno a saber que extraño mecanismo del destino, por cada pregunta que contestamos aparecen otras que quedan sin respuesta, son como eslabones de una interminable cadena que quedan sueltos, pero nuestra experiencia indica que muchas veces esas lagunas se completan en otra etapa del camino y de manera mucho más rica que si quisiéramos hacerlo ya, así que dejemos esas incógnitas a un costado de la mesa de luz que el tiempo y una nueva mirada se ocuparán de ellas.

El lector podrá enterarse de que manera la pequeña salita de primeros auxilios comienza a atender al público en 1897, al llegar a 1904 lo invitaremos a hacer una pausa para conocer de que manera se produce el hecho del cual ahora se conmemoran los cien años: el ahora; Hospital Vecinal de la Boca pasa a llamarse Hospital Argerich y juntos nos introducimos en las curiosas discusiones que culminan en la designación de su actual nombre.

Entonces este será el momento apropiado para completar la biografía de quien antes habíamos comenzado a esbozar su perfil dentro de la historia de la medicina, nos referimos obviamente al Dr. Cosme Argerich. Y seguramente los vecinos de la Boca se sentirán orgullosos de que el nombre del Dr. Argerich sea parte del hospital y la Comunidad médica compartirá ese sentimiento y sumará al mismo la responsabilidad y el compromiso de seguir su ejemplo el cual fue entregarse con pasión a las causas en las que uno cree, por eso su compromiso con la formación médica, con la causa de la libertad y con el mejoramiento de los hombres en su totalidad.

En esta etapa nuevamente es imposible no agradecer a los brillantes trabajos de Angel Jankelevich y a los generosos aportes de Paula Mariel Zabuski y Anibal Fryc. del Mercurio de la Salud. Hemos insertado en este punto una serie de estadísticas de la atención médica del Argerich en esos años, datos técnicos que, como sucede siempre con los datos, resultan algo aburridos pero nos pareció que sería útil compilarlos en este trabajo antes que el tiempo dificultara poder encontrarlos nuevamente.

Si uno apela a la paciencia, les presta atención y los compara con datos de la actualidad comprenderá mejor esas épocas y las decisiones que se tomaban . También rescatamos los nombres de muchos de los profesionales que prestaron servicios en la institución durante las décadas del 30 y del 40 y que deben estar todavía en la memoria de los mayores.

En otras etapas el lector encontrará testimonios donde se cuentan anécdotas de muchas de las personas que se nombran y que permiten conocer facetas muy ricas de sus personalidades. Después, nuevamente nos ayuda Rubén Insúa para conocer como era la relación del Hospital con la comunidad en sus inicios, los problemas sociales de la zona, y los benefactores de la Institución, entre los que se destaca desde luego el Maestro Benito Quinquela Martín pero que a fuerza de sinceros conforman una lista afortunadamente interminable.

En la actualidad es la Sra. Clara Alonso la responsable de dirigir y coordinar los esfuerzos de la Asociación Cooperadora del Hospital, gracias a su generosidad pudimos acceder a registros inéditos de gran valor para nuestra investigación y cuya lectura provoca no poca emoción.

Era realmente una obligación moral que cumplimos con gran satisfacción poder entrevistar a Antonio Yacarino quien nos relató las divertidas anécdotas de los médicos en el Bodegón Yacarino, bar de su padre que funcionaba en la esquina del primitivo Hospital pero que era el refugio infaltable de los profesionales con la excusa de sobrellevar el stress cotidiano.

Luego recorremos las primeras décadas del Argerich en la Calle Pinzón gracias a los recuerdos que la exquisita sensibilidad y el humor del Dr. Rubén Nemirovsky nos dejara en su libro sobre el Hospital, estos recuerdos fueron completados por el Dr. Goldvarg que con sus casi 90 años nos revivió su paso por el “viejo Hospital Argerich de la Calle Pinzón” con una pincelada muy especial de amor, cariño por esa etapa de mucho esfuerzo pero que también tuvo el color humano de una de inocente picardía. Llegamos entonces a la mudanza a Almirante Brown, un salto a la modernidad no exento de luchas para recuperar el Argerich que parecía perdido.

Aquí los diarios de la época, los registros de periódicos médicos y nuevamente la memoria de vecinos e instituciones de la Boca nos han ayudado ha reconstruir los sucesos que se dieron de 1940 a 1946 y que unieron al Barrio en defensa de “su hospital”. Finalmente nos acercaremos al presente, a la etapa de consolidación y de reconocimiento nacional e internacional, el Hospital Argerich, el de la atención clínica cotidiana a los vecinos del Barrio pero también, ahora, el Hospital de Alta Complejidad a la vanguardia de las prácticas médicas de última generación y de la investigación científica.

Es también la etapa de una responsabilidad diferente producto de haber sido elegidos como el Hospital Presidencial pero sin descuidar el compromiso con la salud de la Comunidad y con el futuro. …………………………………….. Lunes 24 de Noviembre del 2003 Diario Clarín “ Seguramente, ningún inmigrante italiano del puñado que fundó en 1897 la Unidad Sanitaria de La Boca haya imaginado que alguna vez un presidente de la Nación la usaría como sanatorio de cabecera. Un siglo y seis años después, aquella salita de barrio se convirtió en el Argerich, el hospital público de mayor complejidad del país y uno de los mejores de Latinoamérica. Ahora también va a ser el sello sanitario de la gestión K: el presidente Néstor Kirchner lo eligió para atenderse, en caso de necesitarlo, hasta que termine su gestión en 2007…” ………………………………………. Podríamos agregar que muchas cosas han pasado en estos aproximadamente 400 años desde las primeras preocupaciones de los vecinos cuando la Ciudad no contaba aún con 1000 habitantes hasta la decisión de convertir al Argerich en el Hospital responsable de la salud del Presidente. De esto trata este libro: rescatar los inicios del Hospital Argerich, contar cómo se vivía y cómo se cuidaba la salud de los vecinos en las épocas en que el Hospital Vecinal de la Boca comienza a brindar servicios, su inserción comunitaria y su designación como “Hospital Dr. Cosme Argerich”, su nueva ubicación y las anécdotas y recuerdos que unen la pequeña salita de la calle Pínzón con el actual edificio de la Avenida Almirante Brown.

Cuando se cotejan los documentos legislativos y municipales con las publicaciones y diarios de la época y cuando se escuchan los testimonios que espontáneamente historiadores amigos, vecinos de la Boca y los médicos nos brindaban, se llega a la conclusión de que el camino que ha recorrido el Hospital no ha sido fácil y hubiera sido imposible sin la valentía y generosidad de lo que podríamos llamar la comunidad hospitalaria.

Desde sus inicios el Argerich tuvo que pelear por su espacio y en muchas ocasiones fue rescatado del peligro por vecinos a veces anónimos y a veces ilustres como Quinquela Martín, por legisladores que podían dudar pero finalmente encontraban la firmeza que sus legislados les exigían, y por los miembros médicos y no médicos del propio hospital que habían tejido una relación de afecto, compromiso y solidaridad con el barrio y con quienes requerían de su auxilio.

En este libro el lector encontrará también anécdotas que hoy le parecerán absurdas y risueñas: curiosidades de cómo se practicaba el arte de curar en una época lejana que quizás despierten en él una sonrisa, pero que seguramente también evocarán recuerdos emotivos de sus mayores y de las creencias y hábitos con que enfrentaban las enfermedades en otros tiempos. Estamos seguros que se sorprenderá con muchos de los datos y documentos que aquí le presentamos: en muchos casos hemos preferido citarlos en forma textual y con las referencias necesarias para que pueda cotejarlos si quisiera hacerlo.

La lectura atenta de los mismos no sólo no lo librarán de la incredulidad sino que quedará atrapado en una historia apasionante: la historia de cómo una comunidad ha enfrentado el sufrimiento, la historia de la Ciencia, la Tecnología y el Conocimiento como armas de médicos, auxiliares y personal del Hospital Argerich, pero también historias de solidaridad, de pasión y muchas veces del sacrificio de la propia vida. Lo invitamos a disfrutar y recorrer este camino hacia el pasado para compartir la alegría de los cien años del Hospital Argerich.

A modo de rápido avance de nuestro trabajo van estos adelantos de algunos capítulos del libro los cuales iniciamos con una entrevista a su actual Director, el Dr. Nestor Hernández. Pero, de manera que parecerá paradójica, comenzamos este trabajo de historia tratando de conocer un suceso reciente en el tiempo. Nos referimos a la decisión del Presidente de la Nación , el Dr. Nestor Kirchner en cual designó al Hospital Argerich para atender su salud y la de su familia.

A nuestro entender este no es un dato menor y quienes conforman el Hospital saben que esta responsabilidad es el resultado de una larga trayectoria que trataremos de contar pero que podríamos resumir como ¨cien años de compromiso con la salud”.

El Dr. Hernández ejerce en la actualidad el cargo de director Hospital Argerich, en ese momento era el Sub-director y la dirección era ejercida por el Dr. Donato Spacavento, ambos se enteran de la decisión presidencial a través del Dr. Bollomo, médico personal del Presidente, quien les expresa que en función del interés y de la confianza del mismo en la Salud Pública y merced que el grupo de médicos que lo asesoraba le había indicado que en el Hospital Argerich podía encontrar una excelente respuesta a cualquier requerimiento para el cuidado de la salud de los miembros del Poder Ejecutivo decide asignarle esa responsabilidad.

El Dr. Hernández se formó dentro de la órbita de la Salud Pública por lo que la noticia lo llenó de orgullo y considera que el mismo debe ser extensivo a todos los médicos de los Hospitales Públicos, “ el Argerich es en este caso es el estandarte y el ejemplo de otros hospitales pues muestra donde se puede llegar en base al esfuerzo, a la capacitación y a la superación personal.

Hoy en el Argerich se realizan trasplantes cardíacos, hepáticos, renales, se hace la cirugía de más alta complejidad en el país, y a la vez cuenta con profesionales que son Profesores Titulares de las Cátedras más prestigiosas por lo que, junto con el Hospital, son referentes nacionales e internacionales y Presidentes de Congresos que reúnen a los médicos más importantes del Mundo.

Y obviamente esto es así gracias al esfuerzo de la comunidad médica de este centro en pos de una idea y esta es que el Hospital Público debe ser la Primer Referencia en el Tema de la Salud y donde se encuentren los profesionales mas capacitados a disposición de la población, este es un compromiso que toman todos los médicos de esta institución.

Por eso el slogan que nos representa a todos, a médicos y no médicos del Hospital Argerich, en estos cien años; “ comprometidos con la Salud Pública “. Finalmente se concreta la propuesta presidencial con el acondicionamiento de un sector para que pueda brindar la seguridad que el primer mandatario debe tener, y con la atención similar a la que recibe cualquier ciudadano con la única diferencia de que goza con la mayor flexibilidad para cubrir las distintas alternativas de un tratamiento y la vez con comodidades para permitirle seguir ejerciendo las responsabilidades de su cargo. En el Argerich siempre fue importante la superación profesional y de servicios y siempre contó con grandes profesores para lograr la mejor capacitación. El Hospital siempre fue referencia en Cirugía, en Cardiología, en Tocoginecología.

La guardia siempre fue reconocida por la cantidad de pacientes que atiende y por la calidad de esa atención. Es de destacar el cambio que se produce en el Hospital a partir de la década del 60 con la creación de las residencias, esto provoca un mejoramiento extraordinario en la formación médica. La Secretaría de Salud del Gobierno de la Ciudad supo apreciar las posibilidades que brindaba esta reorganización y su apoyo permitió el beneficio en la capacitación profesional hospitalaria y por ende en la atención de la población.

Y el Argerich siempre fue un Hospital Escuela de excelencia que exigía para ingresar el mayor esfuerzo y los mejores promedios lo que permitió su jerarquización y su permanente superación y lo distinguió con el reconocimiento de los Hospitales de la Argentina. La actividad del Hospital empieza a tener mayor trascendencia a fines de los 80, ya que a partir de la conformación del área de diálisis comienzan a realizarse los trasplantes renales, allí la labor del hospital toma notoriedad y luego siguen los trasplantes hepáticos y los cardíacos.

También el área de cirugía cardiovascular es líder en el área, un servicio de cirugía formada con procedimientos y equipamiento de última generación, el hospital también es centro de referencia en otras áreas médicas entre las cuales se destacan cirugía ileopancreática y diagnósticos y tratamientos hemodinamicos. A todo esto se suma un completísimo equipamiento de avanzada entre los que se destacan los de tomografía helicoidal, resonancia nuclear magnética, ecógrafos de última generación y cámara gamma. En el futuro el Hospital Argerich seguramente consolidará su posición como espacio de referencia para Medicina de Alta Complejidad fundamentalmente en las áreas quirúrgicas donde se destaca como Hospital de Avanzada y hará aún mas firme su compromiso con la salud pública de los argentinos”

hospital argerich

Autor: Roberto Litvachkes de su Libro Historia del Hospital Argerich

Primeros Hospitales en Argentina Historia del Hospital Argerich

Primeros Hospitales en Argentina: Historia del Hospital Argerich

CAPITULO 1:  
Los comienzos de la medicina o algo parecido en el Virreinato del Río de la Plata. La idea de hospitales como lugar de atención de los enfermos no tiene un significado unívoco, ni siquiera será igual en el Viejo Continente que en las nuevas regiones de América, así que para entender un poco mejor el sentido y funciones del Hospital moderno y como estas fueron cambiando a medida que la sociedad también cambiaba decidimos empezar con un breve recorrido por la historia de la ciudad de Buenos Aires.

Sucede que, en 1536, Pedro de Mendoza se pone de acuerdo con el Rey de España y decide venir a estas tierras a fundar la ciudad de Santa María de los Buenos Aires , trae a Hernando de Zamora, médico personal del adelantado quien se decía cirujano de su majestad, ser cirujanos en esa época no era garantía de nada, digamos que ahora tampoco pero en esa época menos, había Doctores recibidos en prestigiosas universidades europeas pero no era este el caso de los primeros cirujanos que vinieron a estas tierras .

Mendoza le promete fama y fortuna, pero como Zamora no se decide le ofrece también Hosptital Argerich50.000 maravedíes como honorarios, no hubo ni lo uno ni lo otro y el pobre Dr. Zamora se pasó años reclamando su dinero a quien quisiera escucharlo pero con escasa suerte.

Por lo que sabemos don Pedro de Mendoza, el 2 de febrero de 1536, funda la Ciudad de Santa María de Buenos Aires, muy cerca de la Boca, se cree que se asentó en la zona cercana a Parque Lezama, así que es razonable pensar que habrá pisado los terrenos del hospital hace mas de 400 años y que Mendoza habrá quedado bastante preocupado ya que el mismo todavía no estaba

 

 construido y era bien poca la confianza que este tenía sobre su médico personal. Esta situación, la naturaleza poco amigable de los indios y seguramente las discusiones con su “médico” minaron su salud. Y como cinco siglos era mucho tiempo para esperar un turno en el Argerich decidió volver a España, cosa que hizo apenas a tiempo para morir.

Otros médicos que también hubo en la zona fueron Sebastián León y Blas de Testanova : no queda claro si vinieron a ejercer el arte de curar o en pos de fortuna y aventura, ya hay testimonios de sus quejas por la miseria que que pasaban, es probable que hayan pensado que muy rápidamente se harían de oro y plata pero esta no era la realidad del Río de la Plata, y al igual que sus potenciales pacientes debían tomar la azada y la espada para sobrevivir mientras hacían uno que otro sangrado y ponían unas que otras ventosas, es de creer que al poco tiempo tomaban conciencia estos viajes al nuevo mundo eran un desafío en el que muchas veces se perdía la vida. . Pues bien, como es sabido, Mendoza regresa a España y sus hombres se dispersan principalmente hacia el norte así que su esfuerzo ha terminado en un fracaso.

Tanto Pedro de Mendoza como su predecesor harán acuerdos con el Rey que se llamaban Capitulaciones, por medio de las mismas el Rey autoriza la realización de la Hosptital Argerichexpedición, da al responsable el poder y autoridad para realizarla, le indica los límites de su poder y que actos deberá cumplir durante su tarea.

Así mismo se fijaban porcentajes de las utilidades que habría para cada uno pero quedaba claro que el expedicionario y sus hombres arriesgaban su capital y sus vidas y si no conseguían o conquistaban nada, nada ganaban y nada se llevaban más debían pagar todos los gastos ocasionados por la aventura.

En líneas generales eso dicen las capitulaciones, mas allá de una serie de indicaciones y ordenes que se cumplían y controlaban de acuerdo a las circunstancias.

A Juan de Garay le corresponde el segundo intento, como veremos hay una serie de ordenanzas y decretos sobre el establecimientos de hospitales a fin de brindar asistencia a pobres y necesitados, Angel Jankilevich, merced a un riguroso trabajo de investigación ensaya una explicación de lo sucedido y porqué Buenos Aires tarda en tener su hospital. “…llama la atención que un fundador de pueblos como Garay, no hubiera traído algún licenciado, cirujano o sangrador, cuanto menos civil o religioso, ya que algunos misioneros ejercían la medicina con verdadero acierto, tampoco hubo sacerdote alguno destinado a la nueva población, nació pues la ciudad de Buenos Aires, sin tener médicos, boticario, ni cura, trinidad infaltable en todo pueblo de habla hispana. “ “ Ley 1 de las Leyes de Indias del 7 de Octubre de 1541 Que se funden hospitales en todos los pueblos de Españoles e Indios.

Encargamos y mandamos a nuestros Virreyes, Audiencias y Gobernadores, que con especial cuidado provean, que en todos los pueblos de Españoles e Indios de provincias y jurisdicciones, se funden hospitales donde sean curados los pobres enfermos, y se ejercite la caridad cristiana…”.

En los comienzos de 1580 Juan de Garay intenta una nueva Fundación, no trae médicos, pero cuando ordena la ciudad en manzanas elige una para un futuro hospital . Este hospital va a estar regido por el Cabildo por administradores nombrados por el Cabildo y a pesar de que las órdenes para construir hospitales eran órdenes reales quienes eran responsables económicos de su construcción y mantenimiento eran los pobladores a través del órgano de gobierno de ellos o sea el Cabildo.

Llama la atención la similitud con la época actual en cuanto a responsabilidades y organización médica de la Ciudad, y no es esto un juicio de valor, solo una observación sobre un hecho que por lo menos debería mover a la reflexión. Esto da a lugar que; al ser pequeña las cantidades de vecinos, a que la salud era relativamente buena, a que los recursos eran escasos y a que las costumbres hacían que fuese suficiente con algún “médico” que concurriera a la casa del enfermo a realizar curaciones que no se sentía la necesidad imperiosa de construir el hospital.

Para los vecinos: los cirujanos . Para los humildes y necesitados… “ El 11 de Noviembre de 1614, con motivo del solemne traslado de la imagen del Santo de San Martín desde la Iglesia Mayor hasta el hospital, situado en el cruce de las actuales calles México y Defensa ( en la manzana que completaban Balcarce y Chile) se inaugura oficialmente el Primer Hospital de Buenos Aires, para beneficio de los 930 habitantes con que contaba la ciudad en eso momento…” Así que finalmente se designa un hospital , aunque sea en otra manzana de la acordada inicialmente .

En la misma época el Cabildo contrata con una muy buena asignación a Manuel Álvarez como “zurujano” de los españoles ya que esta tarea las personas pudientes preferían que se realizara en sus casas. El hospital estaba pensado como lugar de estadía de soldados heridos, pobres, indios o enfermos que carecían de sustento, pero en todo caso personas a las que no consideraban como formando parte del mismo vecindario. Creemos que José Ingenieros, gracias al el estilo irónico de su pluma y a una excelente y bien documentada investigación hace una excelente descripción de la situación en Buenos Aires en ese momento: “

En enero de 1605, se presentó al Cabildo el sujeto Manuel Álvarez, «Médico Zurujano esamynado», ofreciendo sus servicios por un salario anual que pagarían a escote los vecinos; el Cabildo cerró con él formal contrato el 7 de marzo, obligándose Álvarez a servir «en esta ciudad a toda ella, a los vezinos y moradores y yndios esclavos dellos, en todas sus enfermedades que tubiesen de cualquier género que fuesen y sangrarlos y ventosearlos, pagándole el estipendio que buenamente fuesen para su sustento», aparte del salario anual que el Cabildo le pagaría en frutos del país (I, 120 y 127).

El incauto sangrador intentó ausentarse a los dos meses, pero el Cabildo le ordenó permanecer en la ciudad, por el año de su contrata (I, 137); no lograba Álvarez cobrar su estipendio, reclamándolo en vano el 11 de julio (I, 147), y volviendo a reclamarlo el 27 de febrero de 1606 (I, 187).

Desapareció de la ciudad, y en diciembre de 1608, el Procurador General pidió al Cabildo que «al vien de los vezinos y rrepública, convenía se asalariase a Francisco Bernardo Jijón, médico que reside en esta ciudad por tiempo de un año» (II, 113). A poco de atender su tareas, advirtió Jijón que le era imposible vencer la competencia de los frailes y curanderos, que le disputaban la clientela; Juan Cordero, Francisccirugia en el hospital argericho de Villabánez, Jerónimo de Miranda y Francisco Bernardo, curaban «de zixuxía y medizina» sin haber presentado sus cartas de examen ni pedido licencia.

El 30 de marzo de 1609, el Cabildo defirió a las quejas de, Jijón y los conminó a presentar sus títulos y justificaciones (II, 150). El 13 de abril exhibió Jijón los suyos, que eran muy buenos, y el Cabildo los aprobó; pero le haría poca gracia el ver que en la misma sección autorizó al «herrador y albeitar», Juan Cordero Margallo, para que «cure lamparones», enfermedad en que le consideró especialista (II, 251).

Se habría marchado Jijón, que estaba en la ciudad por un año, cuando el Cabildo entró en alarmas, porque amenazaba ausentarse al Brasil el «barbero y zurujano» Antonio Navarro, desamparando a los que precisaran de sus lancetas y sanguijuelas; y en el acuerdo del 9 de enero de 1612, resolvió obligarlo a quedar, pidiendo al Gobernador que le impidiera embarcarse (II, 414).

Así vivía la aldea, sin más médico ni botica que algún arribado con las tropas o en buque de registro, no hallando modo de conseguir que ninguno permaneciera; y era tal la común pobreza, que los mismos sangradores y ventoseros que por acá llegaban, huían hacia el Perú o el Brasil, en busca de mejor acomodo. Sólo curandeaba algún pícaro, y de tiempo en tiempo el Cabildo necesitaba conminar a los fingidos «zurujanos», para que presentaran sus títulos y pidiesen licencias, lo que bastaba para ahuyentarlos (III, 32).

El Hospital San Martín, formado en 1611, seguía sin enfermos y quemando cera en la capilla, consagrada a Nuestra Señora de Copa Cabana; sólo algún infeliz se atrevía a refugiarse en él, seguro de no hallar quien le asistiera, ni con qué. El vecindario creyó que mejoraría su situación cuando llegó a la ciudad un franciscano, Fray Polaino, que parecía estar examinado en medicina y cirugía, titulándose «especialista en ebacuaciones».

Venía de España y pidió licencia al Cabildo para curar, la que le fue acordada el 24 de febrero de 1620; al mismo tiempo se acordó tratar con él sobre el tiempo que podría quedarse en la ciudad para asistir a los enfermos (IV, 360). Le prometieron buscar algunas limosnas «para las medicinas»; y como se cumpliría con él lo mismo que con su antecesores, Fray Polaino dejó la aldea en busca de mejor suerte.”

Responsabilidad del Cabildo en el cuidado de la Salud Los vecinos de Buenos Aires, estaban remisos a realizar los gastos que resultaban del mantenimiento de un hospital cuando los recursos y la población todavía eran escasos pero por otro lado ocuparse de la salud pública no era un tema que preocupara a la Corona.

Pero si es importante como antecedente de la situación sanitaria actual que la institución que pasaba a hacerse cargo de estos temas era el Cabildo, que no sólo no representaba a las autoridades de la Colonia sino que era el órgano de poder de los vecinos que representaba la descentralización del poder de la Corona y que incluso con el correr del tiempo la autonomía se transforma en oposición así que comienza a destituir virreyes para cambiarlos por otros y finalmente, durante los sucesos de Mayo , los cambia por un gobierno independiente de España.

En esos años el Cabildo regula con distintos individuos las autorizaciones para que estos “ practiquen el arte de curar ya sea con ventosas, sangrados y otros menesteres que fueran necesarios.” . Y el Cabildo debió recurrir a lo que sería una primitiva mutualización para que los vecinos aportaran una cantidad de bienes y dineros para los médicos a fin de que estos prestaran atención a ellos y sus familias. Mientras tanto el Hospital presta atención solo con una especie de encargado o enfermero .

En 1634, con la ciudad en camino de contar con 2000 vecinos, Fray Alonso de Benavides Cadena, Vicario Provincial de la Orden San Juan de Dios, trata de llegar a un acuerdo con el Cabildo para traer religiosos al hospital a fin de mejorar las tareas asistenciales, pero la Corona le niega autorización al Cabildo para que se entregara o se construyera un nuevo Hospital con dinero de la Hacienda Real y que en todo caso encontraran la forma de mejorar la atención sin afectar sus recursos. En 1642 se derrumba el pequeño rancho de paja y adobe donde funcionaba el Hospital San Martín y es reconstruido para uso de soldados accidentados y presos enfermos y sanos.

En 1663, con 3000 habitantes en Buenos Aires, asume José Martínez de Salazar con intenciones de cuidar los intereses de las autoridades de la Colonia luchando contra el contrabando, para esto debe acrecentar la guarnición y por lo tanto ocuparse del Hospital que formaba parte de las estructuras y necesidades militares. Salazar escribe al Rey solicitando su ayuda para implementar una reestructuración completa de la atención sanitaria, pedía enfermeros, cirujanos y hermanos de la Orden de San Juan de Dios, quería lograr una solución más integral al problema. Pretendía transformar el Hospital Militar en General y obtener el apoyo de la población.

En su pedido detalla incluso las necesidades materiales, ( 2 cajas de medicinas y cirugía, sábanas, mantas, y el personal: un sacerdote, 2 cirujanos, practicantes y un enfermero). En 1665 el Consejo Real le niega autorización para llevar adelante su emprendimiento, en 1667 Salazar, con el apoyo del Cabildo, insiste con un informe que sorprende con el detalle que ha planificado todos los aspectos de su propuesta El Consejo de su Majestad responde que no consideraba oportuno tomar ingerencia en el asunto y recomendaba resolver las cosas conforme a los propios recursos y posibilidades de la ciudad.

De allí en mas el Hospital pasaría a ser casa de religiosos y luego nuevamente hospital, de acuerdo a los gobiernos de turno de la Ciudad. De alguna manera nos parece necesario citar estos antecedentes generales sobre los orígenes de la organización para la atención de la salud de la población y la relación de los Hospitales con la comunidad.

En la etapa histórica que estamos considerando los vecinos de Buenos Aires veían en el Hospital parte del aparato y el poder colonial y de su poder económico policial al controlar el puerto, por lo que la opinión pública se sumaba a la idea de suprimirlo como institución. El Obispo de Buenos Aires en una carta de Enero de 1692 dirigida al Rey, plantea la inutilidad del hospital del cual dice los vecinos desconfían y en su defecto defiende la caridad con que se aplica la medicina casera.

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Autor: Litvachkes de su Libro Historia del Hospital Argerich