La Locura en la Argentina:José Ingenieros Resumen Libro (1919)



La Locura en la Argentina: José Ingenieros Resumen Libro (1919)

José Ingenieros (1877-1925)
Fuente Consultada: Primera edición, Buenos Aires, Cooperativa editorial limitada, 1920.
II. Los Antiguos “Loqueros” de Buenos Aires

I. Primitiva ubicación del Hospital en la fundación de Juan de Garay.- II. El Hospital San Martín, o de Santa Catalina, o de los Betlemitas, y su “Loquero”.- III. El Protomedicato.- IV. El Hospital General de Hombres y su “Cuadro de Dementes”.- V. El Hospital General de Mujeres y su “Patio de Dementes”. – VI. Alienadas en la Casa de Corrección y en la Cárcel de Mujeres.- VII. Conjeturas estadísticas sobre los alienados de Buenos Aires en 1810.- VIII. Datos del Interior.

Jose IngenierosI. Primitiva ubicación del Hospital en la fundación de Juan de Garay

Con excepción de pocas ciudades, cuya población española fue de alguna consideración, en los demás villorios y aldeas de América fue puramente normal la existencia de Hospitales, durante el siglo XVI.

Era de práctica, en toda fundación, destinar un sitio de la planta urbana, contiguo a un convento, para levantar una casa destinada a la asistencia de enfermos indigentes; así lo disponían reales órdenes y S. M. había destinado “un noveno y medio” de los diezmos para sostenimiento de hospitales.

Los cincuenta o cien vecinos de cada “ciudad” nueva se apresuraban a fundar un Hospital en el sitio indicado, el cual consistía en una habitación o enfermería, de paja y barro, contigua a una Ermita o Capilla; para su cuidado cada Cabildo nombraba un vecino-mayordomo, que vivía en el Hospital y de parte de sus rentas, consumiéndose las demás en algunas limosnas y en costear la cera y adornos de la Capilla.

De estos “hospitales” -sin médico, botica ni enfermos- hubo muchos en el territorio argentino;  el objeto efectivo de su fundación era agregar un empleo más a los poquísimos de que podían beneficiarse los vecinos.

El fin piadoso o curativo era puramente nominal; no había población suficiente para que el hospital fuese necesario, ni querían los pobres -indios, negros, mestizos o mulatos- meterse en el rancho custodiado por un vecino español que jamás había sangrado ni puesto sanguijuelas.

Estas circunstancias deben tenerse presentes para interpretar los datos relativos a la fundación del primer Hospital de Buenos Aires; durante más de un siglo sólo se trata nominalmente de la asistencia de enfermos, pues en realidad todo se refiere al manejo de un bien raíz y a la administración de las rentas destinadas a sostenerlo.

Eso mismo explica algunas disputas entre los Cabildos y las autoridades eclesiásticas, así como la resistencia de los mandatarios reales a entregar esos bienes y rentas a las órdenes hospitalarias que se ofrecían a apoderarse de ellos, con la subrepticia intención de fundar conventos.



En la Introducción de los “Acuerdos del Cabildo de Buenos Aires”, se enuncia la siguiente conjetura legítima, seguida por datos vagamente imprecisos: “Don Juan de Garay, según lo demostrarían probablemente algunas de las primeras actas perdidas, había arreglado con el Cabildo la fundación de un Hospital y Ermita de San Martín; obra que no pudo llevarse a efecto hasta 1611, y que se estableció en donde hoy se prolonga la calle Defensa, y en el lugar inmediato a la Iglesia de la Residencia, que ha ocupado hasta ahora diez años.

Fue su primer mayordomo como galardón de honra el mismo lugarteniente Capitán Manuel de Frías.  Esta somera noticia acerca del primer hospital de Buenos Aires merece ampliarse, ya que algún desorden se nota igualmente en los datos reunidos por otros autores. ( Los Acuerdos del Cabildo, los Documentos del Archivo de Indias y otras publicaciones que mencionaremos, permiten reordenar su historia de un modo menos imperfecto.

En 1580, al fundar Garay la ciudad de Buenos Aires, destinó la manzana 36 a Hospital; de acuerdo con la Ley 2, Tít. IV, Lib. I. de la Recopilación de Indias (1575), debía ser ubicado en la proximidad de una iglesia.  Fue puesto bajo la advocación de San Martín; su patrono y administración correspondía al “Cabildo, Justicia y Regimiento de la Ciudad”, que designaba anualmente al efecto dos regidores diputados. En 1605 se acordó formar el hospital, con el nombre de “Hospital de San Martín”; era su principal destino la asistencia de los militares del presidio, pudiendo recibir accesoriamente a algunos pobres de la población.

¿Se construyó ese hospital? ¿Fue habilitado? ¿Dónde?
En el acuerdo del 6 de junio de 1605, se dice: “En lo que toca a Ruy Gómez de Ávila, haga el Espital, mandaron que, conforme a la escritura de obligación, se despache el recado que convenga para la execución dello” (I, 142); el 20 de julio de 1605 se apremia al constructor Ávila (I, 143) y el 3 de enero de 1607 se nombra Mayordomo de San Martín y del Hospital a Domingo Gribeo (I, 302).

Nos parece indudable que el vecino Gribeo fue nombrado mayordomo de “algo” situado en la manzana asignada por Garay al hospital. Si no era el Hospital mismo, debió ser, por lo menos, la “Hermita del Señor San Martín”, o sea la capilla del hospital.

Así se refiere del “Rumbo y mensura del egido”, efectuado el 16 de diciembre de 1608 (II, 116) y de la “Mensura y amojonamiento” que la completa (II, 117). En el rumbo al Norte de Plaza Principal, se menciona “la primera punta que hace la barranca del Río de la Plata, yendo hacia el río de las Conchas…, y vino a caer el moxón nuevo en la Cruz Grande de la hermita del Señor San Martín, que es un poco más adelante de dicha punta”. La mensura complementaria se refiere al rumbo Sur, hacia el Riachuelo. Parece, pues, que en 1608 la Hermita de San Martín estaba edificada en el Norte de la ciudad,  es decir, donde ubicó Garay el hospital.

En el acuerdo del 7 de febrero de 1611, se lee, sin embargo, que en el sitio designado por Garay, no se ha edificado el hospital, aunque existía ya la ermita, cuya Cruz Grande había servido en 1608 como punto de referencia para el amojonamiento.
Se resolvió edificarlo “en la dicha quadra”, y se nombró para correr con ello al capitán Manuel de Frías; al mismo tiempo se nombró diputados para el hospital, a los dos alcaldes ordinarios, encargándoles de tomar en cuenta “a los Mayordomos que an sido del Ospital y de San Martín” (II, 326), es decir, Gribeo y algún sucesor suyo.
Esta resolución de construir el hospital (completando la ermita) en la manzana fijada por Garay, fue pronto revocada.

II. El Hospital San Martín, o de Santa Catalina, o de Los Betlemitas, y su “loquero”

En el acuerdo del 7 de marzo de 1611, se expusieron las dificultades que presentaba la anterior ubicación para el hospital, y se resolvió construirlo “en el camino que va al Riachuelo”, a mano izquierda; la razón principal fue que el barrio Sur era el único poblado, por estar esa parte más próxima al Riachuelo, que, siendo puerto, daba el único movimiento a la aldea.

La modestísima construcción, compuesta de una capilla y un rancho de barro para enfermos, fue rápida; el 9 de enero de 1611 se nombró mayordomo del Hospital San Martín, al sargento mayor Sebastián de Orduña (II, 414). No hay noticia de que el hospital se usara en esa época, pues carecía de médicos y de remedios, siendo sus escasísimas rentas insuficientes para costear la cera y las flores de papel que consumía la capilla. Los vecinos, aun los más miserables, preferían asistirse en sus casas; los soldados, en el presidio.



La asistencia médica de los vecinos se hacía en los domicilios, mediante las purgas, sudaciones y paños calientes que los mismos enfermos se recetarían, reservándose los clásicos “candeales y caldos de gallina” para fortalecer a los convalecientes. Por natural superstición tenían mucho favor las oraciones y votos; si no curaban, entretenían los espíritus con benéficas esperanzas, hasta que la fuerza medicatriz de la naturaleza resolvía el pleito sin apelación.

Algún médico o cirujano de verdad llegaba de tiempo en tiempo, cuando en el pueblo aparecía un buque de registro o arribaba un navío con tropas, lo que fue raro durante más de medio siglo; solía rogársela que asistiera en la aldea a algún enfermo de calidad, durante el breve tiempo de su permanencia. Dejó buen recuerdo, en 1610, don Juan Escalera.

En enero de 1605, se presentó al Cabildo el sujeto Manuel Álvarez, “Médico Zurujano esamynado”, ofreciendo sus servicios por un salario anual que pagarían a escote los vecinos; el Cabildo cerró con él formal contrato el 7 de marzo, obligándose Álvarez a servir “en esta ciudad a toda ella, a los vezinos y moradores y yndios esclavos dellos, en todas sus enfermedades que tubiesen de cualquier género que fuesen y sangrarlos y ventosearlos, pagándole el estipendio que buenamente fuesen para su sustento”, aparte del salario anual que el Cabildo le pagaría en frutos del país (I, 120 y 127).

El incauto sangrador intentó ausentarse a los dos meses, pero el Cabildo le ordenó permanecer en la ciudad, por el año de su contrata (I, 137); no lograba Álvarez cobrar su estipendio, reclamándolo en vano el 11 de julio (I, 147), y volviendo a reclamarlo el 27 de febrero de 1606 (I, 187). Desapareció de la ciudad, y en diciembre de 1608, el Procurador General pidió al Cabildo que “al vien de los vezinos y rrepública, convenía se asalariase a Francisco Bernardo Jijón, médico que reside en esta ciudad por tiempo de un año” (II, 113). A poco de atender su tareas, advirtió Jijón que le era imposible vencer la competencia de los frailes y curanderos, que le disputaban la clientela; Juan Cordero, Francisco de Villabánez, Jerónimo de Miranda y Francisco Bernardo, curaban “de zixuxía y medizina” sin haber presentado sus cartas de examen ni pedido licencia.

El 30 de marzo de 1609, el Cabildo defirió a las quejas de Jijón, y los conminó a presentar sus títulos y justificaciones (II, 150). El 13 de abril exhibió Jijón los suyos, que eran muy buenos, y el Cabildo los aprobó; pero le haría poca gracia el ver que en la misma sección autorizó al “herrador y albeitar”, Juan Cordero Margallo, para que “cure lamparones”, enfermedad en que le consideró especialista (II, 251). Se habría marchado Jijón, que estaba en la ciudad por un año, cuando el Cabildo entró en alarmas, porque amenazaba ausentarse al Brasil el “barbero y zurujano” Antonio Navarro, desamparando a los que precisaran de sus lancetas y sanguijuelas; y en el acuerdo del 9 de enero de 1612, resolvió obligarlo a quedar, pidiendo al Gobernador que le impidiera embarcarse (II, 414). Así vivía la aldea, sin más médico ni botica que algún arribado con las tropas o en buque de registro, no hallando modo de conseguir que ninguno permaneciera; y era tal la común pobreza, que los mismos sangradores y ventoseros que por acá llegaban, huían hacia el Perú o el Brasil, en busca de mejor acomodo. Sólo curandeaba algún pícaro, y de tiempo en tiempo el Cabildo necesitaba conminar a los fingidos “zurujanos”, para que presentaran sus títulos y pidiesen licencias, lo que bastaba para ahuyentarlos (III, 32).

El Hospital San Martín, formado en 1611, seguía sin enfermos y quemando cera en la capilla, consagrada a Nuestra Señora de Copa Cabana; sólo algún infeliz se atrevía a refugiarse en él, seguro de no hallar quien le asistiera, ni con qué. El vecindario creyó que mejoraría su situación cuando llegó a la ciudad un franciscano, Fray Polaino, que parecía estar examinado en medicina y cirugía, titulándose “especialista en ebacuaciones”. Venía de España y pidió licencia al Cabildo para curar, la que le fue acordada el 24 de febrero de 1620; al mismo tiempo se acordó tratar con él sobre el tiempo que podría quedarse en la ciudad para asistir a los enfermos (IV, 360). Le prometieron buscar algunas limosnas “para las medicinas”; y como se cumpliría con él lo mismo que con su antecesores, Fray Polaino dejó la aldea en busca de mejor suerte.

Los 1.000 habitanes que tendría Buenos Aires en 1622 no se resignaban, sin embargo, a vivir sin médico y botica. En el Cabildo del 19 de julio el regidor Juan Bautista Ángel propuso se encargara al maestre Pero Díaz Carlos, que volvía de Sevilla con su navío de permiso “trayga un médico y boticario en la primera ocasión” (V, 231); no hay noticia de que Pero Díaz defiriese a un pedido tan bien intencionado.

El rancho de San Martín seguía en la miseria. Su mayordomo Martín de Rodrigo, en 1623, “por no tener renta el dicho ospital avia acudido a pedir entre los vezinos y moradores deste puesto limosna en que avia juntado mil y quinientos cueros mas o menos”; luego se presentó al Cabildo, como patrono del Hospital, para que obtuviera licencia del Justicia Mayor para embarcar dichos cueros, arguyendo “que como a el dicho cavildo consta el dicho ospital está muy pobre y padesen de muchas cosas para el regalo y cura de los pobres que en el se recogen que de ordinario son muchos así españoles como yndios…” (V, 412). Los muchos recogidos, como se verá, podrían contarse en los dedos de una mano; su mismo desamparo, siendo tan caritativos los vecinos, obliga a pensar que serían sujetos de mala condición, apestados, leprosos, crónicos o dementes.

Para alivio del vecindario llegó después el “zurujano” Alonso de Garro, quien al poco tiempo resolvió embarcar para España; el 29 de agosto de 1630 se renovaron en el Cabildo las instancias para que el Gobernador suspendiera su embarque (VII, 146), hasta que pudiese venir otro el siguiente año. ( 29 ) Se comprende que los vecinos vieran con simpatía la llegada del vicario provincial de la Orden de San Juan de Dios, quien se presentó diciendo que venía a estas provincias para hacer las capitulaciones convenientes y poblar un hospital.

El Cabildo, como patrono, consintió el 9 de enero de 1635 que el fraile se quedara y asistiese desde luego, pidiéndole condiciones para lo demás (VII, 455); el 7 de mayo resolvió entregarle el Hospital existente “en el dicho sitio que es el mejor de la ciudad sobre la barranca del rrío, a condición de conservarle el nombre del señor San Martín” (VII, 642). Esa capitulación fue aceptada por Fray Alonso de la Cadena.

Entretanto el Hospital siguió en manos inexpertas. El 19 de octubre de 1635 el Cabildo autorizó a curandear y sacar muelas a Gaspar Azevedo, quien es “mayordomo del hospital y enfermero, es barbero y sangra, echa bentosas y cura algunas veces de surujía” (VII, 489). El sucesor, Pedro Gómez, pidió el siguiente año al Cabildo “que se bendan los negros del ospital por ser malos y de peores costumbres y mal serbicio, y se compren otros” amenazando renuciar si no se hiciese (VII, 75), como renunció, reemplazándole el ya citado Garro.

De mal en peor, aumentaban los curanderos. El 6 de mayo de 1639 el Cabildo mandó que se pidieran títulos de “médicos sirujanos barberos” a todas las personas que curaban sin tener licencia (VIII, 381), reiterando la orden en marzo de 1640 (IX, 24). Un médico Andrés Gedeón habíase marchado a Córdoba y por no haber otro “ha habido muchos muertos por su falta”; alguien propuso en el Cabildo, el 13 de enero de 1642, que se llamase a Gedeón, ofreciéndole recibirlo con agasajos (IX, 345). Impasible a tan efusiva súplica, Gedeón no acudió.

El rancho de barro, que seguía llamándose Hospital a los efectos de percibir el noveno y medio de los diezmos, se deshizo durante un temporal. Quedaron en pie un rancho contiguo, en que había esclavos de servicio del Mayordomo, y la Capilla; pero esta última sufrió igual suerte al poco tiempo.

Una iniciativa conventual puso, por entonces, en peligro la teórica existencia del Hospital Militar de San Martín, cuya finca y rentas intentó sustraerlo al patronato civil del Cabildo para ponerlo en manos de una nueva congregación religiosa. Con disimulo, y sin mencionar la casa del Hospital, el procurador Juan de Saavedra pidió la fundación de un convento de monjas de Santa Teresa, idea que al Cabildo pareció acertada, el 21 de enero de 1653 (X, 302 y 305).

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Alerta en España el poder civil, sospechó la treta, que era harto conocida en toda América; el 1º de agosto de 1654 llegó a Buenos Aires una Real Cédula prohibiendo que se funden nuevos conventos sin autorización real, ni aun bajo el pretexto de hospicios u hospitales, “por ser tantos los religiosos, que en algunas ciudades hay tres partes más que vecinos” (X, 358). La disputa entre el poder civil y el eclesiástico, por la casa del Hospital y sus rentas, quedó planteada y duró medio siglo.

El Gobernador José Martínez Salazar, a 28 de junio de 1664, representó a S. M. la necesidad de fundar un hospital con 4 frailes de San Juan de Dios, porque “del que servía de Hospital sólo queda la Hermita de Nuestra Señora de Copa Cabana”. El Consejo de Indias, a 22 de enero de 1665, excluyó el fundar el Hospital con religiosos, aconsejando que se juntaran todas las autoridades para ver de habilitar el hospitalito preexistente;  el 5 de marzo de 1665 el Rey denegó lo pedido.

El 22 de noviembre de 1667 se realiza en Buenos Aires la junta de autoridades, coincidiendo todas en reiterar la petición; por su parte, dice el Obispo, el hispitalito se fundó hace más de 60 años, con iglesia a la calle y tiene pocos aposentos ruinosos, “y aunque a temporadas se mete en ellos algún pobre desesperado es porque tiene cubierto donde ampararse de la inclemencia del cielo y entra a padesser con la solenidad y falta de todo”.  Tres días después el Cabildo insiste a su vez,  apoyando el parecer de la junta de autoridades, y el gobernador Salazar despacha a España el mismo día una nueva carta reiterando el pedido.

Se estaba en esas andanzas, cuando el Juez Eclesiástico consiguió que el ex alcalde ordinario Bartolomé Rendón le entregara el libro del Hospital, que pertenecía a su patrono, el Cabildo; súpolo éste y encargó al Alguacil Mayor que procediese de hecho, resultando que el 30 de octubre de 1669 fue puesto preso el ex alcalde, dos días en su casa por estar enfermo y luego en la cárcel del Cabildo.

El Obispo proveyó un auto “en que con pena pecuniaria y de excomunición manda que dentro de una hora mande soltar de la prisión” al preso. Reunióse, el mismo día 4 de noviembre de 1669, el Cabildo para tratar el gran conflicto, que expuso el alcalde ordinario, capitán Hernando de Rivera Mondragón; mientras sesionaba entró atropelladamente el regidor José Rendón, hijo del preso, arguyendo que el Cabildo no podía sesionar porque estaba excomulgado en masa, al no cumplir lo ordenado por el Obispo; y fue la consecuencia de ello que el hijo quedó preso junto con su padre, imponiéndosele además una multa por desacato.

El Cabildo aprobó la conducta del Alcalde y resolvió apelar ante la Real Audiencia, gastándose más palabras de las que estarían escritas en el libro del Hospital.

Puede afirmarse que hasta 1670 la existencia del Hospital San Martín fue esencialmente nominal; el cuidado de su capilla y su par de ranchos era una modesta sinecura municipal, que sólo por excepción se había relacionado con la asistencia de algún infeliz que no hallaba amparo en casa alguna del pobrísimo villorrio donde era difícil ser desconocido.

Vueltas las cosas a su quicio, la autoridad civil emprendió la reedificación del Hospital San Martín, desde sus cimientos; así lo comunicaron a S. M. los oficiales de la Real Audiencia al mismo tiempo que remitieron cuentas de sus rentas, el 3 de noviembre de 1670.  Con fecha 11 de dicho mes y año el Gobernador Salazar escribió lo mismo y manifestó que ya tenía los enseres para 20 camas.

Hubo, por fin, Hospital, pero con tan exiguos recursos que fue imposible asistir enfermos con regularidad. Diez años más tarde, el 30 de mayo de 1680, el Obispo se dirigió a S. M. para expresar que el edificio estaba arreglado, pero no tenía enfermos ni médicos, por escasez de recursos; los pocos reunidos se gastaban en reparaciones y en una fiesta consagrada a Nuestra Señora de Copa Cabana, de manera que para hacer hospital era indispensable asignarle entradas suficientes. No se hizo la asignación; el 26 de abril de 1690 el Gobernador Herrera y Sotomayor expuso a S. M. que el Hospital era inútil y pidió se destinara parte de sus rentas a mantener curas doctrineros.

La ninguna prosperidad del Hospital alentó de nuevo al Obispo para gestionar su aplicación a fines religiosos, al mismo tiempo que procuraba contravenir las órdenes reales de no fundar nuevos conventos.

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El 20 de enero de 1693 expuso que aun cuando “en el hospital estuviera todo prevenido para la cura de los enfermos, estoy entendiendo que ninguno fuera a curarse en él, según los naturales y condición de esta tierra primero se dexaran morir en sus casas antes de ir al hospital a curarse, aun con esperanza de sanar”; y por todo ello pedía que se aplique el Hospital San Martín “a un recogimiento de doncellas pobres y huérfanas”.

Era la idea del procurador Saavedra, hábilmente disimulada con el nombre de “recogimiento de doncellas”; ¿lo comprendería el Fiscal del Consejo de Indias, que aconsejó se concediera recoger “las huérfanas” en la casa del Hospital y que viviesen en ella “como seglares hasta tomar estado”, sin que eso se entendiera fundación de Convento ni casa religiosa?

Así se dispuso y el Obispo no volvió a la carga hasta que, en 1699, contó con la complicidad del gobernador Agustín de Robles, del Cabildo y del Procurador general. Este último habla, con menos prudencia, de “un Monasterio o casa de recogimiento”; no se trata ya de asilo para huérfanas, ni cosa parecida, sino de que “en el interno se abre camino a la fundación de algún monasterio… se supla con una Casa de recogimiento”.

Mientras se enviaba la representación y se encargaba su despacho a procuradores, Robles y el Obispo, en 1699, instalaron en el Hospital el Beaterío que luego verían manera de transformar en Monasterio.

El Rey, a 27 de noviembre de 1701, dispuso terminantemente que se conservara el Hospital; y acordó, a la vez, que se buscaran arbitrios para conservar la “casa de huérfanas”, no sospechando lo que ésta era en realidad.

El nuevo gobernador Juan de Valdés y Inclán trajo la Real Cédula que se leyó en el Cabildo el 14 de agosto de 1702. Descubrió con tal motivo que sin permiso real funcionaba desde tres años un Beaterío en el Hospital, promovió cuestión y dio un violento auto de desalojo. El Cabildo, azorado, se disculpó, pretextando que había mediado engaño, sin poderse precisar de quién. Las beatas fueron expulsadas; el 1 de setiembre de 1702 se dio principio a habilitar el Hospital; el 30 de octubre de 1705 el gobernador Valdés hizo las ordenanzas que regirían en lo sucesivo su funcionamiento.

Respondiendo a la Real Cédula de 1701, Valdés comunicó en 1705 haberse conservado el Hospital y que algunos vecinos ofrecían hacerle recursos, con la condición de que S. M. se “sirva conmutar en fundación de Monasterio de Carmelitas descalzas con 33 Monjas de Velo, la casa de recogimiento”. Eso era hablar claro: sostendrían el Hospital si se autorizaba fundar un Monasterio. Al ofrecer su dinero creían superfluo seguir hablando de la “casa de huérfanas”, a que el Rey no se oponía. Dicen los donantes: “deseando de que por su falta no carezca de el venefizio de tener en ella (la Ciudad) un coro de Vírgenes que continuamente alaven la divina Majestad”, etc., y lamentan “que no aya en ella ningún combento de monjas en que poder recoger las Hijas de las personas Ilustres que componen esta ciudad”.

Como el Rey no autorizara la fundación del Monasterio, la piadosa colecta en favor del Hospital no se formalizó; las donantes no se habían propuesto hacer la caridad en bien de los enfermos pobres, sino comprar subrepticiamente una autorización que el Rey, dignamente, no podía vender.

El 9 de junio de 1713 el gobernador de Armas avisó a S. M. que el Hospital marchaba muy mal.  Hemos podido establecer que, en los veinte años siguientes, se asistían en su única sala de 15 a 20 enfermos, con un promedio de 8 como asistencia diaria. Los asistía el mayordomo-enfermero, que era, en el mejor de los casos, algún barbero entendido en hacer sangrías, poner ventosas y curar lamparones; vivía en el Hospital, tenía algunos esclavos como asistentes y repartía las exiguas entradas entre comida para sus huéspedes y cera para la capilla.

Por el año 1740 la situación del Hospital mejoró. Se habilitaron más camas y hubo un promedio de 15 enfermos en asistencia. Eran casi todos militares y estaban mejor asistidos que el resto de la población, pues se ocupaba de curarlos el Cirujano de Presidio, de competencia legítima, venido de España con las tropas mismas. En 1748 el Hospital tenía 16 camas.

En 1726 el Alférez Real pidió al Cabildo que el Hospital San Martín fuese puesto bajo la dirección de los Padres Betlemitas. Con ello se inició una larga gestión que duró más de veinte años, sospechando siempre el Consejo de Indias que la atención del Hospital fuera una excusa para fundar nuevos conventos, como era cierto.

El Cabildo Eclesiástico de Buenos Aires habla de lo ventajoso que sería “la fundación de un convento de Religiosos de nuestra Señora de Belén”; y pide se dé para ello el Hospital con sus anexos y rentas (agosto 1738); en cambio el Fiscal del Consejo de Indias concede que los betlemitas se encarguen de hospitales para asistir enfermos, pero no para fundar conventos (agosto 16 de 1740).

Este juego de pedir una cosa para luego hacer otra, dilató por algún tiempo las gestiones, hasta que se obtuvo el real permiso para asistencia hospitalaria. En 1848 vivieron 6 Betlemitas y el Hospital de San Martín pasó a llamarse de Betlemitas o de Santa Catalina, y vulgarmente de Barbones o Belermos. La transferencia fue ordenada por el gobernador Andonaegui.

La insuficiencia del local y la escasez de recursos fueron constantes en el Hospital de Santa Catalina, ( que siguió prestando servicios después de estar habilitado el Hospital General de Hombres y la Convalecencia de Belén.

No hay noticias de que recluyeran alienados en ese hospital antes de que pasase a manos de los Betlemitas; es probable, sin embargo, que algún demente fuera a refugiarse allí. La Cárcel del Cabildo conservaba el privilegio de recibir algún agitado y seguían pidiendo limosna en las calles ciertos locos inofensivos.

Durante la administración betlemita es seguro que hubo allí dementes; los enviaba el Cabildo cuando estorbaban en su Cárcel, siendo notorio que en el Hospital los utilizarían como sirvientes o los relegarían al loquero, rancho apartado de la sala de enfermos. Esta situación de hecho comenzó a oficializarse poco antes de crearse el Virreinato (1776) y, particularmente, bajo la gobernación de Juan José de Vértiz, que acentuó la reforma de cosas y costumbres esbozadas por el gobernador Bucarelli.

Vértiz ordenó se efectuara una recogida de vagos y mendigos que pululaban en la vía pública; entre ellos había varios alienados tranquilos, casi todos en estado demencial. Del Cabildo fueron pasados al Hospital de Santa Catalina, donde ya se asilaban otros. Algunos de estos dementes trabajaban en el Hospital como sirvientes y varios ayudaban a los Betlemitas en calidad de enfermeros. Con disposiciones ulteriores afirmó esa política de saneamiento urbano,  que continuó más tarde como Virrey.

Narraba el Dr. Vicente Fidel López que un mulato de la clientela de sus abuelos, sufría periódicamente la locura de creerse rey de su “nación” de negros, con la particularidad de padecer una o dos semanas de agitación, seguidas por tres o cuatro meses de melancolía; pasaba en la cárcel del Cabildo las semanas peligrosas y en el Hospital de Santa Catalina los meses melancólicos, quedándole lo restante del año para vivir con su familia y trabajar de peón de albañil. Tomó las armas durante las invasiones inglesas y en la época revolucionaria salió en un contingente hacia el Alto Perú, de donde no volvió.

En 1799, los “convalecientes, incurables, locos y contagiosos”, ocupaban dos ranchos aparte, contiguos al edificio del hospital; el de locos e incurables, ( loquero ), era un depósito de maniáticos y dementes, y el estar allí se consideraba una pena más cruel que permanecer en la cárcel del Cabildo.

Los de mejor conducta y más aptitud para el trabajo, eran “premiados” pasándolos a trabajar de sirvientes, y aun de enfermeros, en el hospital. Se miró como un gran progreso nosocomial la traslación de estos locos del Santa Catalina, al Hospital General de Hombres, en 1779. Algunos de los más serviciales debió quedar; en 1820 era popular, en el barrio de San Francisco, un negro conocido por “el loco del hospital”, cuya principal manía era la de creer que un brujo habíale introducido en el abdomen varios sapos, que incesantemente le comían “los hígados”.
El Hospital de Santa Catalina o de Belén, vino a menos en 1812, desde que el Superior de los Betlemitas, Fray José de las Ánimas, se complicó en la conspiración de Álzaga contra los argentinos.

En 1822, época de su clausura definitiva, permanecían recluidos en él cierta cantidad de alienados, aunque los más estaban en el Hospital General de Hombres. Acerca de su situación y tratamiento, escribió el Dr. Albarellos el siguiente párrafo: “Los dementes se alojaban en unos cuartos aislados que daban a un espacioso corralón, que estaba al fondo del edificio, corral que aunque grande, estaba muy alambrado y servía a la vez (hasta 1821) de cementerio. Los desgraciados dementes, que afortunadamente eran pocos en ese tiempo, vegetaban sin ninguna clase de tratamiento especial”. – (Albarellos, Ob. cit., página 89, 1864).

En la época de Rosas, sus ruinosos edificios se utilizaban para cuartel de los Restauradores, en el mismo sitio que en 1863 servía de “cuartel y depósito de carros de policía”, según Albarellos. Allí se edificó más tarde la actual Casa de Moneda.
Tales son los datos menos inseguros que hemos podido reunir sobre el primer hospital de Buenos Aires, que fue, a la vez, su primer “loquero”.

III. El protomedicato

1778 – 1822. – Algunos médicos civiles vinieron al Río de la Plata acompañando buques de registro o contingentes de tropa, antes de crearse el Virreinato; su presencia era transitoria y nunca fueron competidores serios de los frailes, brujos y curanderos. En la segunda mitad del siglo XVIII se establecieron en el Virreinato los primeros médicos fijos, mucho después que en otras colonias americanas, más florecientes.

Hasta entonces la salud pública de estas provincias había dependido del Real Protomedicato de Lima, que no podía extender su influencia hasta el lejano Río de la Plata. Para obviar esas deficiencias el ilustre Virrey Vértiz, aprovechando la presencia en Buenos Aires del primer médico de la expedición de Ceballos, Don Miguel Gorman, lo instó a detenerse para arreglar los Hospitales y examinar sus consumos. El 2 de mayo de 1778 el Virrey creó el Protomedicato, que inauguró sus funciones por acto público el 17 de agosto de 1780; la Corte consintió su institución en 1783 y la aprobó en 1798.

Es importante señalar que, de acuerdo con instrucciones reales, los bienes de Temporalidades, pertenecientes a los jesuitas expulsados en 1767, se destinaron a obras de utilidad pública. El Hospital General de Hombres (Residencia de Belén), la Casa de Expósitos (Casa de Ejercicios) y la Convalecencia (Chacra de Belén), fueron fundándose sobre propiedades que pertenecieran a la Compañía.

Desde 1778 hasta su extinción en 1822, el Protomedicato no tomó disposiciones de importancia relativas a la asistencia y reclusión de los alienados. La fundación de la Casa de Corrección para mujeres concentró en ella algunas alienadas del Cabildo y de los Conventos de Monjas; muchos alienados varones pasaron del Hospital Santa Catalina y del Cabildo a la Residencia, cuando ésta se habilitó. Eran casi todos negros y mulatos; muy pocos criollos indigentes.

IV. El Hospital General de Hombres y su “Cuadro de Dementes”

En 1734 el vecino Ignacio Zeballos hizo donación a los Jesuitas “para que ello ayudara a salvar su alma”, de una manzana en el Alto de San Pedro, con más una chacra de sus inmediaciones, para que se fundase una casa auxiliar de la Compañía; allí se edificó en 1735 y la casa funcionó desde su origen con el nombre de Residencia de Belén, llamándose Chacra de Belén a la que se extendía al Oeste, hasta más allá del sitio en que después se fundó la “Convalecencia”.  En 1760 el vecino Melchor García de Tagle fundó, en el terreno contiguo a la Residencia, una Casa de Ejercicios para mujeres que donó a los Jesuitas, además de una estanzuela y varias casillas con cuyo producto había de sostenerse la institución.
Poseían, pues, los Jesuitas, al tiempo de su expulsión, tres anexos: la Residencia de Belén, la Chacra de Belén y la Casa de Ejercicios.

En 1770 tres años después de la expulsión, el procurador general de los Betlemitas, solicitó del Rey que se le concediera la Residencia y la Chacra de Belén para trasladar el Hospital de Santa Catalina. Se interpusieron gestiones de Vértiz y al fin el traslado fue dispuesto por una Real Cédula; más tarde la Junta de Temporalidades dictó una Providencia organizando las funciones del Hospital nuevo.

Desde 1799 la Residencia de Belén fue destinada a “Hospital de convalecencia, incurables, locos y contagiosos”; los Betlemitas hicieron algunas construcciones en la parte más alta de la Chacra de Belén, destinándolas a sus convalecientes.

Como el de Santa Catalina no se suprimió, tuvo Buenos Aires a fines del Virreinato tres Hospitales atendidos por los Betlemitas: el de enfermos agudos (Santa Catalina), el de incurables y locos (Residencia) y el de Convalecientes (Convalecencia).

Durante algún tiempo existió, además, otro Hospital, llamado del Rey, detrás de San Francisco y sobre la barranca del río; a su lado se trasladó la Casa de Expósitos, después de estar muy poco tiempo en la Casa de Ejercicios donada por García Tagle a los Jesuitas para la atención de su clientela femenina.

Los primeros enfermos trasladados del Santa Catalina fueron los llamados “incurables y dementes” que vivían hacinados en el loquero. No todos los “dementes” fueron a la Residencia; algunos de los más válidos quedaron en el Santa Catalina para atender a los servicios domésticos y otros fueron enviados con igual objeto a la Chacra de Belén junto con los convalecientes. En los tres hospitales había alienados en los últimos años del virreinato, además de seguir algunos furiosos en la Cárcel del Cabildo.

El mayor número fue a la Residencia. Pero como esta casa se habilitara para Hospital General de Hombres, la presencia de los locos, cuyo número aumentó rápidamente, indujo a separarlos en un cuadro de dementes que fue de hecho, durante casi un siglo, nuestro único manicomio de hombres; en este loquero se estableció desde el principio un calabozo con cadenas y cepos, destinado a los furiosos, análogo al del Cabildo. Por el año 1800 había allí, aproximadamente, unos 50 alienados, sobre un total de 100 enfermos.

El 9 de noviembre de 1822 la Sala de Representantes de Buenos Aires autorizó al Gobierno a emplear una fuerte suma en la construcción de una sala en el Hospital General de Hombres, al mismo tiempo que disponía se proyectaran otras dos, con urgencia.
“Con este aumento el hospital se componía -en 1826- de una sala primera, baja, estrecha, antiguo claustro, que contendría veinticuatro camas; su costado derecho daba a la calle; en ésta se colocaban las afecciones quirúrgicas, por lo que se llamaba por los estudiantes sala de cirugía.
“Una sala segunda para clínica médica en el fondo del patio, algo oscura aunque grande, contenía como cuarenta camas.

“La sala tercera, que hacía cruz con ésta, dando un costado al segundo patio, era la nueva construcción, grande, elevada y bien ventilada por ventanas al patio.

“La sala cuarta estaba situada en un corredor estrecho y muy obscuro que conducía a lo que se llamaba el cuadro o departamento de dementes. Esta sala era muy obscura y húmeda se denominaba sala de presos, porque allí se asistían a los delincuentes y tenía un centinela a la puerta.

“Hubo, además, una sala en el primer patio, situada al fondo, que contenía diez camas, destinadas para la asistencia de los oficiales del ejército de línea. Por último al lado del cuadro que alojaba los dementes, había otra sala donde estaban alojados los viejos incurables y se llamaba de crónicos”.

Tenía, pues, el Hospital, 3 salas generales (un centenar de camas), 1 sala de presos (10 ó 20 camas), 1 salita de oficiales del ejército (10 camas) y 1 sala de crónicos (20 a 25 enfermos). Veamos como era entonces el loquero anexo cuyo título oficial era: Cuadro de Dementes.

“El cuadro consistía en un cuadrilongo de cuarenta varas por veinte y cinco de ancho, edificado en todos sus costados, con corredor corrido todo de bóvedas, algunos árboles en su centro; parecía haber sido destinado para celdas de los jesuitas que lo construyeron, por ser todo compuesto de cuadros aislados, con puerta al corredor, piezas todas hermosas y muy secas… Ahí se mantenían encerrados y con un centinela en la puerta los locos, a los cuales pasaba visita uno de los médicos cuando se enfermaba de otra cosa que su demencia, pues para ella no se les prodigaba entonces ningún tratamiento.

“A estos locos los cuidaba, o mejor diré los gobernaba, un capataz que generalmente tenía una verga en la mano, con la cual solía darles
algunos golpes a los que no le obedecían sus órdenes, y por medio del terror se hacía respetar y obedecer; cuando algún loco se ponía furioso, en uno de esos accesos que suelen tener las demencias crónicas, se les encerraba en un cuarto sin muebles y muchas veces sin cama, donde permanecían mientras le duraba la exaltación mental. Varias veces sucedió que estos infelices se peleaban entre ellos y se hacían heridas más o menos graves; y siendo yo estudiante fui testigo de dos casos de muerte causada por un loco a otro, sirviéndose como arma del pie de un catre de madera fuerte”. – Albarellos, lug. cit.

En 1854 el Hospital General de Hombres tenía 131 dementes, hacinados en su famoso Cuadro. En 1857 se llevaron algunos dementes seniles al Asilo de Mendigos; al terminar el año quedaban en el Hospital 120, sobre un total de 195 enfermos. En diciembre del siguiente año, 1858, el Hospital tenía en su Cuadro 131 dementes, sobre un total de 195 enfermos; más de dos tercios de su población.
En 1852 se amplió el Cuadro de Dementes del Hospital, construyéndose un gran patio en el sitio que ocupara la ropería. La medida fue insuficiente; la Comisión del Hospital se lamentó, en 1860, del hacinamiento de los alienados.

A fines de 1863 se logró habilitar una sección de la nueva Casa de Dementes, con capacidad provisoria para 123 enfermos (origen del actual Hospicio de las Mercedes). Se trasladaron allí los alienados más peligrosos e incómodos, quedando en el Cuadro del Hospital los demás, incesantemente aumentados. Su aspecto y su hacinamiento no varió hasta 1883, en que fue evacuado el edificio; el Cuadro era “un patio grande, de forma cuadrada, limitado en dos de sus lados por pequeños cuartos, que eran las habitaciones de los practicantes y dementes. Estos últimos ejercían funciones de sirvientes y vivían en completa promiscuidad con los “internos”.

En 1879 se pensó trasladar al Hospital San Roque el excedente de los alienados del Hospicio y del Hospital, lo que no pudo efectuarse por haber sobrevenido, en 1880, la epidemia de viruela. En 1881 se llevaron algunos dementes seniles del Hospital al Asilo de Mendigos; otros, que permanecieron mezclados con enfermos crónicos, fueron pasados a los dos nuevos pabellones construidos con ese fin, en el Hospicio de las Mercedes, en 1883, fecha en que fue demolido el secular Hospital General de Hombres.

V. El Hospital General de Mujeres y su “Patio de Dementes”

Cuando el Gobernador Robles, en 1692, destinó el local del Hospital San Martín para “Casa de Recogimiento”, el Cabildo enviaba allí alguna loca agitada, de familia pobre, que no podía sin escándalo ser asistida en su casa y molestaba en los Conventos. Al reabrirse el Hospital, en 1701, se volvió a la Asistencia doméstica y conventual, pues hasta mucho tiempo después no hubo Hospital de Mujeres ni Casa de Corrección.

El vecino Juan Alonso González fundó en 1727 la Hermandad de la Santa Caridad; colocó un altar en la Parroquia de San Juan, dándole el Obispo una imagen de San Miguel Arcángel para que fuese su patrono. A poco tiempo construyó en el Alto de San Pedro una capilla con su sacristía, denominada del Arcángel San Miguel y bajo el patrocinio de Nuestra Señora de los Remedios.

En 1734 enviudó González y tomó estado eclesiástico. Siendo intransitables las calles de su capilla, la vendió y con el producto construyó una nueva.  Como su cofradía se reunía al toque de campana para enterrar gratuitamente a los difuntos pobres y a los ajusticiados, “que hasta la fecha quedaban como pasto de los perros y las aves de rapiña”, los curas párrocos, viendo disminuir sus ganancias, le promovieron pleito y lograron que el Obispo mandara suspender los entierros gratuitos que hacía la Hermandad (1741). Con este motivo el fundador volvió su caridad hacia los enfermos pobres y edificó, al lado de la capilla,  una sala con doce camas para mujeres pobres, que recibió enfermos desde 1743, aunque no regularizó sus funciones hasta 1774; es probable que durante esas tres décadas fuesen recogidas allí algunas dementes.

En 1759, el vecino Álvarez Campana, benefactor del colegio de huérfanas que la Hermandad sostenía dotó una sala con 13 camas para mujeres, atendida por las esclavas y huérfanas del colegio; Álvarez Campana proyectó fundar allí mismo un nuevo hospital, que no pudo llevar a efecto por haber fallecido en 1768. El presbítero José González Islas -hijo de Juan Alonso González y sucesor suyo en San Miguel- dio nuevo impulso a la iniciativa, secundada por varias donaciones de particulares.

En 1790 la Hermandad pudo adquirir parte del terreno en que más tarde se edificó el Hospital General de Mujeres.  El 1º de julio de 1822 pasó a ser propiedad del Estado, teniendo en esa fecha 62 camas. La Sociedad de Beneficencia no llegó a hacerse cargo de su administración; siguió sostenido por el gobierno hasta 1838, fecha en que Rosas le retiró todo recurso.

Subsistió por la buena voluntad de algunos médicos y vecinos, llegando su miseria a tal extremo que “el servicio de enfermeras y sirvientas lo desempeñaban mujeres salidas de la cárcel pública”.

Hasta 1852 ese Hospital compartió con la Cárcel de Mujeres el carácter de depósito de alienadas. Al caer Rosas había en el Hospital unas 50 enfermas, de las cuales “más o menos la mitad” eran alienadas. Había un calabozo con cepo, para alguna agitada. Las tranquilas se usaban como enfermeras y sirvientes, compartiendo estas funciones con las presas de la Cárcel.

En 1852, la Sociedad de Beneficencia pidió que la policía dejara de llevar alienadas a la Cárcel y las condujese al Hospital, que estaba a su cargo. Con esta medida aumentó el número de asiladas y pronto se formó un patio de dementes, análogo al que existía en el Hospital General de Hombres. En 1854 se trasladaron 64 alienadas del Hospital a la Convalecencia, que luego se transformó en el actual Hospital Nacional de Alienadas.

VI. Alienadas en la Casa de Corrección y en la Cárcel de Mujeres

A espaldas de la Residencia funcionó la Casa de Corrección de Mujeres, fundada por el Virrey Vértiz en un edificio, que usaban los Jesuitas como Casa de Ejercicios para hombres.  Durante el Virreinato se proyectó repetidamente establecer allí un Hospital de Mujeres, lo que equivalía a convertir la Residencia en Hospital Mixto, bajo la administración de los Betlemitas. Este proyecto no se realizó. En la Casa de Corrección hubo alienadas y calabozo para las furiosas, con cadena y cepo, hasta el establecimiento de la Convalecencia y su transformación en Hospital de Alienadas, donde se trasladó de inmediato a las agitadas.

Además de esta Casa de Corrección, existía la Cárcel de Mujeres (actual calle Victoria entre Bolívar y Perú), contigua a la Cárcel General que estaba en los bajos del Cabildo. En esa Cárcel de Mujeres existió un cuadro o calabozo especial para alienadas; en 1852 había más de 20, que la Sociedad de Beneficencia hizo trasladar al Hospital de Mujeres, donde se formó el patio de dementes, reuniéndose allí en dos años más de 60 alienadas, que en 1854 fueron pasadas a la Convalecencia.

VII. Conjeturas Estadísticas sobre los Alienados de Buenos Aires en 1801

Del centenar de enfermos asilados en la Residencia por el año 1810, “más o menos la mitad eran dementes” (varones), entendiéndose por tales a todos los alienados pobres que no podían andar sueltos ni ser cuidados en sus domicilios.  Ninguna familia “decente” tenía locos en la Residencia, prefiriendo los Conventos o la reclusión en quintas privadas.

Por el año 1810, Buenos Aires y su campaña, para 100.000 habitantes, debía tener, aproximadamente, 200 alienados hospitalizables, (2 por mil), 100 varones y 100 mujeres. El número de asilados en el Cuadro de Dementes, 50 representaba la mitad del total de varones; la otra mitad estaba en los conventos y en quintas particulares. Las mujeres dementes, recluidas en la Casa de Corrección, eran muchas menos que los varones recluidos en la Residencia; en cambio eran más numerosas en los conventos, dado el frecuente contenido religioso de la enfermedad y el concepto supersticioso que se tenía de la locura.

Dos terceras partes de las alienadas no estaban hospitalizadas y las costumbres se oponían a ello. Aparte del horror y vergüenza que, en general, inspiraban los hospitales, era harto sabido que los tranquilos no tenían ninguna asistencia médica y los furiosos eran “amansados” con violentos medios de corrección.

Los 200 alienados hospitalizables serían el residuo permanente de 30 casos nuevos (3.66 por mil) que se producirían anualmente sobre los 100.000 habitantes de la ciudad y su campaña.

De los 180 varones, 80 serían alcoholistas, maníacos, agitados, rápidamente curables; de los cien restantes, 40 serían propiamente dementes, 40 melancólicos y deprimidos, 20 delirantes parciales, sistematizados y degenerados polimorfos.
De las 180 mujeres, 40 serían propiamente dementes, 60 deprimidas y melancólicas, 30 agitadas y maníacas, 30 delirios místicos y religiosos, 20 delirios parciales, sistematizados, histéricos y polimorfos.

VIII. Datos del Interior

En 1762, los religiosos betlemitas comenzaron a asistir enfermos en Córdoba. Desde los primeros días tuvieron ocasión de curar padecimientos nerviosos y mentales: “una pasión histérica que estaba muy deplorada” “varios síntomas, así histérico, como llagas”, etc. En el inventario del Hospital San Roque, efectuado el 1º de mayo de 1813, se lee que en el “pasadizo que va al corralón” existía “un cuarto contiguo, sin revoque ni piso, de tres varas en cuadro, para locos.

Las cosas no habían cambiado en 1819, pues del inventario efectuado por Bustos resulta que: “15-Había un corralón, al que conducía un pasadizo cubierto, en cuyo trayecto había entre otras dependencias los lugares secretos y el cepo con herrajes para locos ” hasta 1863 subsistió este instrumento.

Y sin variación se halla en 1826, conforme a un inventario levantado por Fray Miguel del Rosario: “En el pasadizo que iba al Corralón había una piecita para un cepo en el que colocaban los locos “. ( Parece que no se ocupaba mucho, sin embargo; en las estadísticas de ese tiempo sólo por accidentes figura algún alienado;  es probable que otros figurasen entre los “sin diagnóstico” y que algunos más estuviesen en la Cárcel, si peligrosos, o vagasen por la ciudad, si tranquilos. Es seguro que los de familias decentes, especialmente mujeres, eran admitidas en conventos, vieja costumbre de la época colonial que persistió hasta la segunda mitad del siglo XIX.

En otras ciudades de la República la reclusión se hacía en la policía o en los conventos, según el rango, el sexo y la tranquilidad de los enfermos; esta situación se modificó después de 1870, en que se estableció la costumbre de enviar los agitados y los indigentes a los nuevos manicomios de Buenos Aires.

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