Biografía de Robespierre

Biografia de Danton Georges Jacques Politico Frances

Biografia de Danton Georges Jacques

Desfigurado el rostro por las viruelas, tumultuoso, desbordante y elocuente, Dantón es una de las figuras más conspicuas del movimiento revolucionario francés.

Demagogo en los Cordeliers, ministro durante las matanzas de septiembre de 1792, partidario de la moderación ante el Terror, impulsor de la política imperialista de la República, los historiadores descubren muchos repliegues en el fondo de su espíritu.

Danton Georges Biografia

Georges-Jacques Danton fue un abogado y político francés que desempeñó un papel determinante durante la Revolución francesa y cuyo talante contemporizador fue atacado por los diferentes partidos en pugna.

Por sus innegables condiciones de patriota, éste fue el primer revolucionario que rehabilitó la crítica histórica del pasado siglo, e incluso la historiografía conservadora ha tenido ciertas debilidades al considerar su personalidad.

Modernamente, no se olvida que en muchas de sus actuaciones corrió el dinero y que su integridad moral es tan dudosa como la de Mirabeau.

No obstante, se le aprecia, como calidad política esencial, cierto realismo, tan alejado del doctrinarismo abstracto de Robespierre como del asesinato por sistema de Marat.

Era hijo de una buena familia provinciana. Nacido en Arcis del Aube el 28 de octubre de 1759, quedó huérfano de padre cuando tenía tres años de edad. Su madre descuidó su educación, por lo que Jorge Jacobo creció dando rienda suelta a su temperamento vital y apasionado.

A los catorce años ingresó en los Oratorianos de Troyes, donde se distinguió en los estudios de historia, mitología y retórica. En 1780 se trasladó a París para dedicarse a la abogacía.

Durante algunos años trabajó en las oficinas del abogado Vinot; defendió algunos casos ante el Parlamento y se dedicó a la lectura de la Enciclopedia y las obras de Rousseau.

En 1787 contrajo matrimonio con Angélica Charpentier. Esta boda le permitió comprar un cargo de abogado en los consejos reales (1787), donde ganó una preciosa experiencia en los asuntos públicos.

Afiliado a las logias masónicas, gozando de mucha simpatía entre las gentes humildes de su barrio, Dantón fue muy pronto, a raíz de la toma de la Bastilla (14 de julio de 1789), uno de los agitadores más populares de París. Su figura, su voz, sus ademanes, le predestinaron a la demagogia.

El dinero del duque de Orleáns le incitaba a la acción. Desde la tribuna de los jacobinos o desde la más radical de los Cordeliers, club que había contribuido a fundar en 1790, abogó contra la corte y el moderantismo de La Fayette.

En las elecciones de 1791 fue elegido administrador de su distrito municipal. Con motivo de la fuga del rey a Varennes, desencadenó una violenta agitación democrática; pero al fracasar la jornada del Campo de Marte (julio de 1791), tuvo que huir a Arcis y luego a Inglaterra.

A fines del mismo año volvía a estar en la capital. Esta vez apoyó a los girondinos en su política bélica, no se sabe exactamente con qué fines. Cuando los ejércitos aliados invadieron Francia, Dantón preparó la jornada revolucionaria del 10 de agosto. La victoria de las turbas fue su victoria.

A la mañana siguiente recibía el nombramiento de ministro de Justicia por la Asamblea Legislativa.

En aquel momento fue el único hombre del gobierno revolucionario que supo mantener la moral de Francia ante el continuo progreso de los ejércitos del duque de Brunswick. Son famosas sus palabras del 2 de septiembre: ((Audacia, todavía audacia y siempre audacia.»

Para dominar el presumible alzamiento de los contrarrevolucionarios, decretó una serie de medidas contundentes sobre las visitas domiciliarias y la detención de los sospechosos.

Los siniestros adeptos de Marat las utilizaron para proceder a las matanzas de Septiembre, que Dantón no supo o no quiso evitar. Esta es una mancha que cae pesadamente sobre su cabeza.

Habiendo renunciado al cargo de ministro (21 de septiembre) en favor delacta de diputado a la Convención, Dantón fue delegado a Bélgica para proceder a la reorganización de aquel territorio, recién conquistado por las tropas republicanas.

Al volver de su misión, propuso la anexión de aquella provincia, y renovó, en un famoso discurso, la política de las fronteras naturales de Richelieu. Atacado por los girondinos, que veían en él al autor de las matanzas de Septiembre, tuvo que apoyarse en Robespierre y la Montaña.

Sin embargo, su política era más liberal y menos democrática que la de los jacobinos. La alianza de éstos con los dantonistas determinó la derrota del brillante grupo de la Gironda en las jornadas de mayo y junio de 1793. Pero esta victoria no le fue tan fructífera como la del 10 de agosto, pues benefició a Robespierre.

El 10 de junio de 1793 fue reemplazado en el Comité de Salud Pública — en el que figuraba como dueño desde el mes de abril anterior — por Maximiliano. No obstante, Dantón conservó gran influencia sobre la Convención.

En octubre de 1793 Dantón se trasladó a Arcis para reponer su salud. Cuando regresó, emprendió una vibrante campaña contra el Terror.

Pero entonces Robespierre tenía entre sus manos a los jacobinos, y combatió a los dantonistas llamándolos indulgentes. Con una ciega confianza en su estrella,

Dantón no se preocupó de las acechanzas que le tendía su rival. Consideró como un éxito propio el fin de los hebertistas o exaltados en la guillotina. Pero, en realidad, era otro triunfo de Robespierre.

El siguiente fue la detención del mismo Dantón y de sus adeptos (1° de abril). Después de un juicio tan inicuo como los acostumbrados, ante el mismo Tribunal Revolucionario que él había creado y organizado, Dantón fué condenado a muerte.

El 6 de abril de 1794 su cabeza rodó en la guillotina. El Terror devoraba a los que le habían engendrado.

fuente

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La Toma de la Bastilla

CAUSAS DIRECTAS DE LA TOMA DE LA BASTILLA: La humillante derrota francesa por los británicos en la guerra de los Siete Años (1756-1763) «296-297, con la pérdida de las colonias norteamericanas, motivó grandes desembolsos de dinero en la guerra de la Independencia estadounidense (1775-1783) «298-299. Para ello se situó la reforma fiscal en el primer punto de la agenda política.

Bajo el Antiguo Régimen (el «viejo orden» prerrevoludonario), la sociedad francesa se dividía en tres estamentos: nobleza, clero y tercer estado. La nobleza y el clero, apenas un 3% de la población que poseía el 40°/o de las tierras, estaban exentos de impuestos, por lo que la carga fiscal recaía sobre la burguesía (clase media) y el campesinado. Numerosos profesionales liberales influidos por la Ilustración  exigían un papel más importante en el gobierno. El precio del pan casi se dobló por las malas cosechas de 1788-1789, acrecentando la tensión social.

La inquietud y el malestar social se potenciaba. Numerosos folletos, diarios, oradores en cafés o en las calles, evidenciaban la efervescencia popular. Luis XVI que se había visto obligado a aceptar la situación, preparó junto con la reina María Antonieta y sus seguidores (la corte y la nobleza de toga) un golpe de Estado con la intención de disolver la Asamblea Constituyente. Destituyó a Jacobo Necker, el ministro de Finanzas que contaba con el apoyo popular, y contrató a mercenarios extranjeros que se instalaron en las cercanías del palacio de Versalles.

La Asamblea exigió al monarca el retiro del ejército, pero Luis XVI se mantuvo firme. En respuesta, el 14 de julio de 1789 se produce el primer levantamiento popular de la revolución: la toma de la Bastilla. Una multitud invadió la fortaleza estatal (prisión) y se adueñó del armamento que allí existía.

La toma de la Bastilla, considerada como un símbolo de la Revolución Francesa, fue un episodio de importancia por que señaló que el poder pasaba del rey a la Asamblea y entregó armas a la población de París.
El pueblo común comenzó a participar directamente en las cuestiones políticas.

EL JUEGO DE PELOTA EL JURAMENTO Los intentos de reforma económica de Luis XVI fueron obstaculizados por los nobles, que lo obligaron a convocar los Estados Generales, un parlamento compuesto por los tres estamentos que no se había reunido en 175 años. Cuando en mayo de 1789 se reunieron en Versalles, el mayoritario tercer estado exigió tener más peso en las votaciones. Al ser rechazada su petición, se escindió y formó la Asamblea Nacional, junto con algunos nobles y clérigos simpatizantes. El 20 de junio se les impidió el acceso a palacio, por lo que se reunieron en una cancha de juego de pelota (leu de Paume) donde juraron «no separarse jamás hasta que la constitución sea aprobada».

LA TOMA DE LA BASTILLA: En el verano boreal de 1789 estalló en Francia una sublevación contra el gobierno de Luis XVI. Diferentes factores provocaron esta revolución, pero si un acontecimiento simbolizó el colapso del poder real frente al descontento popular generalizado fue el asalto de la prisión de la Bastilla, el 14 de julio de ese año.

Construida entre 1370 y 1383 como parte del perímetro amurallado de París, en el s. XVII la Bastilla se convirtió en cárcel para prisioneros políticos. También servía como arsenal, ya que almacenaba grandes cantidades de armas y pólvora. En 1789 la prisión estaba defendida por 18 cañones y 12 piezas de menor calibre, manejadas por una guarnición de 82 «inválidos» (soldados veteranos no aptos para el servicio activo), reforzados por 32 granaderos de un regimiento de mercenarios suizos mandado llamar por el rey Luis XVI unos días antes.

El 14 de julio se propagó por todo París el rumor de que las tropas marchaban hacia la ciudad para sofocar las protestas contra el rey. En respuesta a esta amenaza, una multitud de entre 600 y 1.000 personas, equipadas con armas tomadas del Hotel de los Inválidos, un hospital militar, se apostó frente a la Bastilla para hacerse con su arsenal y defender la ciudad.

Alrededor de las 10.30, la primera de dos delegaciones se reunió con Bernard-René de Launay, gobernador de la Bastilla, con el fin de exigirle que distribuyera las armas entre la muchedumbre. Ambas delegaciones fracasaron, y hacia las 13.30, la gente, que había perdido la paciencia, se abalanzó sobre el indefenso patio exterior. Aunque no es seguro qué bando disparó primero, los cañones abrieron fuego. Hacia las 15, un destacamento de 62 guardias franceses amotinados llegó hasta la prisión y emplazó sus dos cañones frente a los portones. Los combates ganaban intensidad, y de Launay amenazó con volar la fortaleza, pero sus hombres se rindieron y lo obligaron a abrir las puertas.

A las 17.30, la muchedumbre asaltó la Bastilla. El gobernador fue arrastrado hasta el Ayuntamiento y ejecutado junto con al menos dos de sus hombres. Un defensor y 98 asaltantes murieron en la refriega y 78 atacantes resultaron heridos.

La noticia de la toma de la Bastilla recorrió velozmente toda Francia y provocó levantamientos en muchas ciudades. En realidad, la prisión era un símbolo casi vacuo de la tiranía real, ya que sólo albergaba a siete reos, pero su toma significó que el poder había pasado de los que discutían sobre el cambio político a quienes habían pasado a la acción.

QUIENES TOMARON LA BASTILLA: «El propósito inmediato fue encontrar pólvora que había sido enviada allí desde el Arsenal. (…) Se creía que la fortaleza poseía una importante guarnición; sus cañones, que esa mañana apuntaban a la rué Saint-Antoine,* podían provocar un desastre en las casuchas atestadas, se rumoreaba que durante la noche las tropas habían entrado en el faubourg y ya habían comenzado a masacrar a sus ciudadanos. Más aún, (…) la Bastilla era odiada generalmente como símbolo del ‘despotismo’ (…) «Pero falta responder a una pregunta: ¿en realidad, quiénes eran los sitiadores? «La mayoría (…) de treinta y treinta y cuatro años, casi todos eran padres de familia (…) hombres comunes reclutados en los oficios y las profesiones típicas del faubourg y los distritos adyacentes: carpinteros y ebanistas, cerrajeros y zapateros, (…) tenderos, fabricantes de gasas, escultores, trabajadores del río y peones… Pero en un sentido más amplio tal vez podamos coincidir con Michelet en que la captura de la Bastilla fue obra, no de los pocos centenares de ciudadanos provenientes sólo del distrito de Saint Antoine, sino del pueblo de París en general. Se ha afirmado que ese día de 180 000 a 300 000 parisienses estaban bajo las armas.»

George Rude, La Revolución Francesa. Buenos Aires, Vergara , 1989.

Biografia de Robespierre Resumen Funcion en el Comite de Salvación

Biografía de Robespierre Maximiliano – Resumen –
Funcion en el Comité de Salvación Pública

ANTECEDENTES: 1793, La Convención, dominada por los jacobinos, instaló un régimen de terror que persiguió a los opositores de la revolución.

El poder se concentró en el Comité de Salvación Pública, en el que se destacó Maximiliano Robespierre. Se enviaron representantes a todas las provincias, con amplios poderes para confiscar propiedades, arrestar y condenar a muerte a los enemigos políticos. Esta época recibió el nombre de «período del Gran Terror», por la implacable persecución de los adversarios políticos que realizaban los comités.

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Se destacó por su oratoria como defensor de la justicia y la igualdad, respaldando esa prédica con su comportamiento íntegro. De esta manera se transformó en el líder más sobresaliente del Club de Jacobinos. Miembro de la Asamblea Constituyente y de la Convención Nacional, apoyó la destitución del rey Luis XVI. Miembro del Partido Radical de Montaña, (junto con Danton y Marat), combatió a los girondinos y tras su caída, que él mismo había propiciado, se hizo miembro del Comité de Salvación Pública (1793). Aprobó las medidas radicales y, en 1794, se convirtió en dictador. Eliminó la extrema izquierda (partidarios de Hebert) y los revolucionarios moderados (Danton y Desmoulins). Apoyado en las masas populares, intentó llevar a cabo una democratización radical y crear un «poder de la virtud». Para conseguir sus objetivos, implantó el Sistema del Terror (1793-1794).Sus enemigos de la convención lo encarcelaron y una vez destituido de su cargo fue guillotinado.

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BIOGRAFÍA DE MAXIMILIANO ROBESPIERRE

Maximiliano nació el 6 de mayo de 1758, en Arras, capital del Artois, provincia del noroeste de Francia. Hijo primogénito de Francois Derobespierre y Jacqueline Carrault, tuvo tres hermanos: Agustín —muy ligado a él—, Carlota y Enriqueta.

En el certificado de bautismo, su apellido figuró como «Derobespierre». Las circunstancias que lo llevaron a introducir en él una pequeña alteración denotan algo de su personalidad.

Todavía adolescente y no indiferente a la posibilidad de ascendencia noble que el «de» permitía entrever, Maximiliano separó la partícula del nombre; ella confería un aire vagamente aristocrático al portador.

De la misma manera, cuando en 1790 la Asamblea Constituyente abolió los títulos de nobleza, por iniciativa propia eliminó el «de» del nombre —ser noble dejaba de ser algo apreciable—.

Su madre, hija de un fabricante de cerveza, murió al dar a luz a Enriqueta. Ese hecho trastornó enteramente la vida de Francois Derobespierre, modesto abogado de provincia como lo habían sido su abuelo y bisabuelo.

Maximiliano tenía siete años cuando su padre abandona la clientela, comienza a vagar por las calles, se embriaga en las tabernas y por fin desaparece en el extranjero. La familia se desmorona.

Carlota y Enriqueta son alojadas en una especie de institución de caridad y los abuelos maternos se encargan de los varones.

Maximiliano crece taciturno y orgulloso. Asiste al colegio de Arras, cría palomas en el jardín de su casa y llora cuando alguno de sus animalitos muere. Mantiene largas conversaciones con su hermano menor, que siente por él ciega admiración.

Y con cierta razón, pues Maximiliano es un niño inteligente y sensible, un ávido lector y un alumno ejemplar.

A los doce años, cubierto de medallas y premios por buenas notas, Maximiliano gana una beca para estudiar en el Colegio Luis el Grande, uno de los más importantes de la Universidad de París. El viejo edificio de la rué Saint Jacques era tétrico. Hacían economías en la calefacción y en la comida.

Durante el invierno los niños estudiaban con los dedos azulados por el frío y los estómagos molestos por el hambre, insatisfechos con la disciplina rigurosa y el curriculum anticuado.

A escondidas, circulaban entre ellos los libros de Rousseau y los panfletos de Voltaire, cuya irreverencia hacía más soportable la chatura de aquel mundo.

La condición de becario ciertamente influyó mucho sobre el niño. Para sus colegas nobles no pasaba de un mero receptor de caridad, sin importarles las cualidades que tuviese.

En la convivencia con la familia también debe haber absorbido cierto resentimiento contra las jerarquías sociales del Antiguo Régimen, nombre con el que se conoce el sistema político-social anterior a la Revolución.

Su orgullo y su ambición, revelados en la tentativa de «ennoblecer» el nombre, y contrariados por la decadencia familiar y por el desprecio de sus compañeros nobles, producirán en Maximiliano un resentimiento que, en mayor o menor grado, fue común a todos los jóvenes de talento de las clases medias francesas, lo que explica en parte la entusiasta acogida que los libros de Rousseau tuvieron entre los jóvenes: presentaban los privilegios de los nobles y su fortuna como una usurpación de los «derechos naturales» de todos los hombres.

Luego, el joven de maneras graves encontró a un amigo que era exactamente su opuesto. Otro becario, dos años más joven, espiritual, improvisador irreprimible, que se convertiría en uno de los más formidables tribunos de la Revolución Francesa y en su más brillante periodista: Camille Desmoulins.

Otros cuatro futuros jefes revolucionarios estudiaron con él en ese período: Duport-Duletre, Lebrun, Freron y su propio hermano Agustín.

Finalmente, en 1778, Maximiliano realizó un antiguo sueño: visitar a Rousseau. El viejo filósofo moriría ese mismo año, y Robespierre recordaría siempre ese encuentro con entusiasmo y admiración.

En 1780, terminado el colegio, se inscribió en derecho. Y a los 23 años, ya recibido de abogado, regresó a Arras con pocas esperanzas: no podía esperar de la vida nada mejor que lo que habían conseguido sus abuelos.

En 1789 con la Toma de la Bastilla se inicia un proceso revolucionario contra el poder absoluto del rey Luis XVI, que pasó por distintas etapas, entre negociaciones y conflictos ideológicos, que se iniciaron con una Asamblea Nacional para terminar con el imperio francés al mando de Napoleón.

Durante la etapa de la Asamblea , donde aun permanecía todavía en Versalles, los diputados más radicales entre ellos Robespierre, se reunían en un café. En París organizaron un «club» que comenzó a funcionar en una sala alquilada al convento de los dominicanos.

Sus miembros, aunque oficialmente se denominasen «Amigos de la Constitución», recibieron el sobrenombre de Jacobinos, antigua designación de los primeros dominicanos instalados en París en la Rué St. Jacques (Calle de Santiago o Jacobo el Mayor, de donde Jacobinos). En breve estarían aceptando socios no diputados e inaugurando nuevos clubes en las provincias.

En la mañana del 21 de junio de 1791, París despertó alarmado por una noticia: la familia real había huido del Palacio de las Tullerías. La ciudad, los clubes y la Asamblea estaban sumamente agitados. Los diputados radicales, Robespierre inclusive, vieron en ello indicios de traición: el rey y la reina buscaban ayuda para aplastar a la nación de la que, se creían propietarios.

El rey fue perseguido, reconocido y detenido en Varennes —donde insistiera en parar para comer durante el viaje— y los fugitivos reconducidos bajo escolta a París. La Convención investigó el proceder del rey, quien fue declarado culpable de establecer alianzas con las potencias extranjera, y fue condenado a morir en la horca el 21 de enero de 1793.

Los girondinos se habían preparado para defender al rey con una serie de instrumentos legales. La ofensiva de Robespierre y Saint-Just los dejó desarmados, sin aliento. Lanzan entonces una propuesta: someter el resultado, sea cual fuere, a un referendo popular. Robespierre y Marat argumentan que dividir el país en tiempo de guerra es un crimen. El 21 de enero de 1793, Luis XVI es decapitado. Mostró en la muerte la firmeza que no tuvo en vida.

El 4 de setiembre de 1793, una multitud impresionante se reunió delante de la Comuna. Los sans-culottes exigían mayor igualdad en la distribución de la riqueza, la división de las grandes propiedades, el congelamiento de los precios, una distribución más justa de los alimentos. Por una parte presionado, por otra comprendiendo la necesidad de medidas drásticas para salvar la Revolución, Robespierre aceptó en parte las proposiciones.

Se creó un ejército revolucionario, que barrió el país, sembrando el pánico entre los opositores. Leyes draconianas fueron adoptadas contra los especuladores.

Era el Terror. Las medidas de extrema violencia adoptadas por la Comisión de Salvación Pública surtieron efecto.

Con el tiempo ,las voces comienzan a levantarse en la propia Convención: «¡Basta con el Terror! ¡Vuelta a la legalidad!» Robespierre no deseaba otra cosa, pero aflojar en ese momento hubiera sido provocar el desmoronamiento del edificio revolucionario, pero es inevitable comienzan las discusiones y disensiones internas.

Danton había sido tan poco hábil como para dejar caer en manos de sus enemigos cartas que no sólo lo comprometían políticamente, sino que probaban su intervención en la corrupción financiera.

Los robespierristasse encontraban solos a la cabeza de la revolución.Mas Robespierre estaba destrozado por dentro con toda esa matanza. Quien lo sostenía psicológica y políticamente era el inflexible Saint-Just.

En la Convención, a los pies del grupo vencedor, se encontraba un bando aterrorizado, y los más asustados entre ellos eran los que habían ido más lejos en el camino del Terror.

Tenían miedo de que, cuando fuera inevitable el final del Terror, fuesen acusados por sus crímenes. Algunos de ellos, como Fouché y Tallien, sabían que si dependían de Robespierre, tendrían sus días contados. Con el coraje de la desesperación, resolvieron atacar.

Reunieron todo lo que quedaba de los feuillants, dantonistas, banqueros y realistas en una sola ofensiva y, el 27 de julio de 1794 (9-Termidor, según el calendario revolucionario) prendieron de sorpresa a los robespierristas en la Convención. Los robespierristas esperaron la muerte hasta el amanecer, y Robespierre fue el último en ser guillotinado; antes presenció la muerte de sus compañeros.

Ese golpe señala, con la reacción radical de Babeuf, tres años después, el fin del período avanzado de la Revolución Francesa. Pero la obra de los jacobinos no podía ser apagada: Francia jamás volvería a su pasado feudal.

El Motin del Te Guerras de la Independencia de EE.UU. Trece Colonias

MOTÍN DEL TÉ: GUERRAS DE LA INDEPENDENCIA

En diciembre de 1773, la crisis estalla nuevamente. Un grupo de ciudadanos de Boston, disfrazados de indios, asaltan navíos británicos y arrojan al mar trescientas cajas de té. Este episodio se conoce históricamente con el nombre de «Boston Tea Party«.

El impuesto que incidía sobre el producto no había sido, en verdad, el motivo principal del atentado, y sí el hecho de que el monopolio de la importación de té estaba en manos de la Compañía de las Indias, empresa británica que estorbaba considerablemente las actividades de los que anteriormente se dedicaban a la importación del producto y de los muchos contrabandistas de la región.

motin del te

La chispa del inicio de la Independencia de EE.UU.

La reacción de los ingleses fue inmediata: sus tropas bloquean el puerto de Boston, que sólo sería abierto nuevamente cuando fuera abonado el té arrojado al mar. Ante esa situación, Washington y otros políticos sólo ven una salida: la rebelión abierta. A todos los que piden la adopción de una línea política más moderada Washington les responde que pasó el tiempo de enviar peticiones, pues está convencido de que la metrópoli está decidida a oponerse a todos los reclamos coloniales.

Por orden de Londres, el gobernador de Virginia clausura la Asamblea, foco principal de la insurrección. Los colonos responden convocando a una reunión con representantes de todas las colonias. Es el Primer Congreso Continental, reunido en Filadelfia en setiembre de 1774 con la presencia de 55 delegados de todas las colonias, a excepción de Georgia. Entre los representantes de Virginia se encuentra George Washington.

Hay divergencias políticas, mas todos concuerdan en un punto básico: las imposiciones inglesas son jurídicamente erradas y políticamente injustas. La idea general es que las colonias deben obedecer al rey en las guerras exteriores y en los tratados de paz, mas en lo restante son libres para autogobernarse, teniendo sus asambleas, dentro de los respectivos territorios, la misma autoridad que el Parlamento en Inglaterra.

El Primer Congreso Continental organiza un boicot más eficaz de los productos británicos, envía al rey una petición y al pueblo inglés una Declaración de los Derechos y de las Quejas de las colonias.

Pero la Metrópoli se niega a negociar. La tensión aumenta y, en Virginia, George Washington comienza a formar un destacamento de voluntarios. (En Massachusetts la acción de los colonos también es enérgica: constituyen un gobierno revolucionario y preparan una guerra civil.) En 1775, participa de la nueva reunión de los virginianos cuando se decide colocar la colonia en estado de defensa y parte enseguida para el Segundo Congreso Continental de Filadelfia.

En la reunión se comprueba que hay un clima de rebelión abierta en varias regiones de las trece colonias: las milicias de las provincias toman posiciones y aumentan sus efectivos. Se discute mucho, pero la conclusión es una sola: agotadas las posibilidades de negociación, sólo queda partir hacia la lucha contra los británicos. George Washington es elegido comandante general de las tropas.

Por encima de las razones militares, en él nombramiento de Washington prevalecerán las políticas. Era necesario escoger a un hombre del sur, y Washington representaba a una colonia importante, la más poderosa y organizada entre las del sur. Además, el comandante en jefe tendría que ser un hábil diplomático, un hombre capaz de unir a las fuerzas rebeldes.

Asume oficialmente el comando en Cambridge, el 3 de julio de 1775. Ya tiene experiencia militar suficiente para saber con qué tipo de tropas contará: hombres para los cuales la guerra significa disparar las armas, sin importarles mucho los problemas de organización. Son hacendados, labradores, hombres incultos, contadores, estibadores, cada uno haciendo su pequeña guerra personal, sin ninguna disciplina. Surgen de los lugares más imprevistos y rápidamente desaparecen. Se juntan a la hora de los ejercicios, reaparecen a la hora de la distribución de las provisiones. A pesar de ello, para los ingleses son una terrible amenaza.

Falta de todo en ese ejército de Washington: desde gente entrenada para la guerra hasta dinero, auxilios, armas, municiones, uniformes. Será una lucha de aficionados contra profesionales; de tropa indisciplinada contra aquella que tiene a la guerra por oficio, incluso reforzada por expertos mercenarios europeos.

Los primeros movimientos del ejército rebelde, a pesar de todas sus deficiencias, son exitosos. En 1775 Washington toma el fuerte de Ticonderoga, importantísimo desde el punto de vista estratégico; en marzo de 1776 ocupa y fortifica Dorchester Heights; días después obliga a los ingleses a retirarse del puerto de Boston, comandados por el General Howe.

Mientras tanto, el Congreso Continental continúa reunido. A medida que el movimiento rebelde adquiere fuerzas, el poder ejecutivo británico se va desmoronando en las colonias. Los gobernadores, ya sin autoridad, huyen a Inglaterra o son tomados prisioneros. El viejo sistema entra en crisis y uno nuevo comienza a perfilarse en las siguientes sesiones del Congreso de Filadelfia. Ya se discuten resoluciones sobre crédito, comercio, sistema postal, formas de administración.

Richard Henry Lee, uno de los representantes de Virginia, propone la formación de una Federación americana independiente. Después de mucha discusión la propuesta termina por ser aceptada. Se nombra una comisión encargada de redactar una declaración de independencia. Después de tres días de trabajos, durante los cuales se destaca la participación de Thomas Jefferson, el Segundo Congreso Continental aprueba solemnemente la Declaración de Independencia. Es el 4 de julio de 1776.

Incluso ya firmada la Declaración, los debates prosiguen encendidos, cuando Benjamín Franklin, recordando una de las últimas proclamas reales, termina la disputa con una frase: «Caballeros, necesitamos permanecer unidos si no queremos ser colgados uno por uno».

El Congreso vuelca entonces toda su atención hacia el problema de defender militarmente la secesión. Al frente de su improvisado ejército, Washington, ayudado por algunos voluntarios europeos (que escucharon el llamado universalista de los revolucionarios norteamericanos), como el francés La Fayette, el prusiano Steuben o el polaco Kosciusko, va sosteniendo una dura lucha contra los ingleses.

A las victorias sorprendentes siguen serias derrotas y, en esa alternancia de éxitos y reveses, la guerra prosigue sin definirse hasta 1778. Ese año llega al comandante del ejército estadounidense una auspicióse noticia: gracias, sobre todo, al excelente trabajo diplomático de Benjamín Franklin en París, Francia, con sobrados motivos para oponerse a loS ingleses, sus tradicionales enemigos decide ayudar a los norteamericanos. Y a esa ayuda se une también la corona española, aliada de la francesa.

Inicialmente, llega una reducida fuerza expedicionaria, pequeña además para las necesidades del aliad c Pero en 1780 va hacia América un numeroso contingente francés, que componen un eficiente y disciplinado ejército bajo el comando del Conde de Rochambeau. Ahora, la lucha ser definitivamente de igual a igual.

Entendiéndose muy bien, Washinton y Rochambeau articulan inteligentes maniobras que llevan al enemigo al agotamiento. Pierden alguna que otra batalla, pero en la mayoría de las acciones tienen éxito. Por fin, en octubre de 1781 los ingleses cesan el fuego en todas las líneas y solicitan que se inicien conversaciones de paz. Desde ya, la guerra se da por terminada.

El 3 de setiembre de 1783, es firmado el tratado de paz, en Versalles. En noviembre, las tropas inglesas abandonaron el territorio de sus ex colonias; en diciembre, el ejército comandado por George Washington entra en Nueva York, donde se habían reunido los contingentes británicos desde el cese de fuego.

PARA REFLEXIONAR: ¿Fue este incidente la causa de la Revolución americana? No en lo inmediato, ni directamente. Las autoridades de la metrópoli podían ignorar los hechos, tal como hicieron el año anterior, cuando el asalto al Gaspée. Pero en el caso del Gaspée los daños afectaron principalmente a las personas y no hubo mucha destrucción de bienes.

En el siglo XVIII los atentados contra la propiedad siempre se juzgaban con más severidad que las lesiones a las personas. También podían dejar las autoridades de la metrópoli que las de Massachusetts hiciesen las averiguaciones necesarias y pusieran a los perpetradores a disposición de sus jueces. Sin embargo, y pese a ser perfectamente conocidos en Boston los cabecillas, difícilmente se reunirían pruebas suficientes para persuadir a un jurado bostoniano. En las demás colonias, la Boston Tea Party no causó regocijo sino más bien escándalo. Hasta los patriotas moderados consideraron que las cosas habían ido demasiado lejos en Boston.

Y ahí habría quedado el asunto, si tanto los británicos como los estadounidenses hubiesen optado por fijarse más en lo que los unía, y no en lo que los separaba. Pero las autoridades británicas creyeron, quizá con no mucho acierto, que una cosa así ni siquiera en Estados Unidos debía quedar sin alguna acción punitiva. En Inglaterra, los mercaderes y la Compañía clamaban exigiendo sanciones. Una vez tomada la decisión de no consentir sin castigo, el gobierno inglés hizo aprobar por el parlamento, pese a una enconada oposición, una serie de disposiciones que no tardaron en ser calificadas de «leyes de represalia» (Retaliatory Acts) por todos los patriotas norteamericanos, y que constituyeron el principal de los agravios que recoge la Declaración de Independencia. (Fuente: Al Rescate de la Historia Rayner y Stapley)

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Causas de la Independencia de las Colonias Britanicas El Motin del Te

Causas de la Independencia de las Colonias Británicas

LAS LEYES DE LA METRÓPOLI SON EL DETONANTE DE LA REBELIÓN: Con el tratado de París, firmado en 1763, el Imperio británico llega a su apogeo en el siglo XVIII. Francia había perdido prácticamente todos sus territorios en América del Norte y la India.

Gran Bretaña, por el contrario, ya se comenzaba a afirmar como la nación más poderosa de Europa. Pero el largo período de guerra había sido muy oneroso para el tesoro británico. Y era preciso mucho dinero para colonizar y administrar satisfactoriamente tanto a los antiguos como a los nuevos y extensos territorios incorporados al Imperio.

Al mismo tiempo, el equilibrio de poder entre la metrópoli y las colonias se hace cada vez más precario.

Teóricamente, las colonias tienen el derecho de autogobernarse en los negocios internos, a través de sus asambleas censatariamente elegidas las más, y siempre puestas bajo el control de los gobernantes nombrados por el rey inglés, los cuales deben velar para que esas decisiones no contraríen los intereses generales de la corona, que se superponen a todo.

 Independencia de las Colonias BritanicasLas colonias americanas atacan sistemáticamente ese principio. Libres del peligro francés, con una base económica sólida, sus habitantes encaran el futuro con mucho optimismo.

Actúan con un espíritu de independencia que preocupa al Rey Jorge III.

El piensa que Inglaterra debe mantener su posición de madre patria, usando a las colonias como fuente de materias primas y mercado consumidor de sus productos industrializados.

En esas condiciones, el rey decide re-vigorizar la estructura administrativa del Imperio: el Parlamento inglés deberá legislar con autoridad sobre los territorios que pertenezcan a la corona británica, de modo de posibilitar una política unitaria.

Era un plan poco realista, especialmente en cuanto a las colonias de la costa oriental de la América del Norte, El monarca parecía no comprender que las trece colonias inglesas instaladas en América ya no eran simples apéndices de Inglaterra. Se trataba de territorios densamente poblados, dotados de instituciones peculiares, con una tradición cultural ya enraizada.

Además, los planes que el gobierno de Jorge III quería aplicar a los norteamericanos eran extremadamente inadecuados: hacían de ellos ciudadanos británicos de «segunda clase», ignorando que, jurídicamente, eran tan ingleses como los londinenses.

El ser ciudadano inglés no significaba sólo ser subdito del rey de Gran Bretaña; más que eso, comprendía una serie de derechos, tales como el de ser juzgado según las normas procesales y las garantías del derecho británico y de tratar de los negocios de la comunidad a través de sus propios representantes elegidos para el Parlamento.

Por lo tanto, los norteamericanos veían en sus tribunales y asambleas, en las instituciones y derechos reconocidos en la carta colonial, la propia esencia de la ciudadanía inglesa, que estaban dispuestos a defender.

Una grave crisis financiera en la Metrópoli precipita el choque entre Gran Bretaña y las colonias británicas de América del Norte (el Canadá era un país conquistado).

En 1764, buscando recursos para enfrentar la crisis, el Parlamento vota la llamada Ley del Azúcar, imponiendo altos impuestos sobre las ganancias de la comercialización del ron fabricado en las colonias. Y al año siguiente aprueba la Ley de Sellos, estableciendo tributos sobre los documentos públicos. Las dos leyes son la mecha que encendió la rebelión de las trece colonias.

Más de treinta periódicos ya existentes en América del Norte protestan al unísono contra las medidas. En las asambleas, después de inflamados discursos, se votan resoluciones afirmando, con argumentos jurídicos, que las trece colonias no aceptarán esos impuestos tan perjudiciales a su economía, ya que ellas no tienen representantes en el Parlamento que las sancionó.

Ante la imposibilidad de ver ejecutada la Ley de Sellos, el Parlamento suspende su aplicación en 1766. Pero vuelve a insistir en 1767, sancionando las Leyes Townshend; bajo la inspiración del canciller que dio nombre a las leyes, establece impuestos aduaneros sobre la importación de té, tabaco y barniz, entre otros productos A esas medidas siguen otras, reformando el sistema de percepción de tributos en las colonias, para hacerlo más eficaz.

En las colonias, la reacción es inmediata. Asociaciones patrióticas realizan manifestaciones públicas; escriben poesías satíricas, queman efigies de personajes locales favorables a Inglaterra y deciden boicotear el comercio inglés, dejando de comprar los productos tradicionalmente exportados por la Isla.

La protesta general se acentúa cuando el Parlamento insular determina la clausura de la asamblea de Nueva York, que se niega a votar las cantidades necesarias para la manutención de las tropas británicas asentadas en las colonias.

Se trataba de un acto sin precedentes, pues hasta entonces sólo los gobernadores, como representantes del rey, podían intervenir y clausurar las asambleas. En Virginia, la Asamblea vota un mensaje al rey, un memorial a la Cámara de los Lores y una queja a la Cámara de los Comunes.

En 1770, el Parlamento británico cede parcialmente a las protestas, temiendo que algo peor acontezca. Anula los impuestos aduaneros a excepción del que incide sobre el té. Con ello, consigue aplazar por un tiempo el movimiento antibritánico. Mas los primeros disparos de la guerra anglonorteamericana habían matado a tres ciudadanos de Boston.

 Sigue Parte II

Elisa Brown y Francisco Drummond Amor de la Hija de Brown

Amor: Elisa Brown y Francisco Drummond

AMOR ETERNO: Francisco Drummond, nació en Dundee, una ciudad de Escocia en el año 1803. Fue hijo del Capitán Francis Drummond y Chatarine Young. Su familia pertenecía a la elite de Forfar, sus antepasados habían servido a la causa de la Casa de Bruce y también a la de Stuart.

Elisa Brown y Francisco Drummond Además, tenían una tradición militar, tanto es así que su padre y sus cuatro hermanos habían muerto en combate. En su juventud viajó a América, una vez allí, se incorporó voluntariamente a las fuerzas del almirante Guillermo Brown . Aunque era muy apuesto y hacia suspirar a varias mujeres, Drummond tenía ojos solamente para la hija del almirante Elisa, que tenía 17 años. (imagen izq.)

A medida que las visitas de Drummond se incrementaron, el Almirante consintió que los jóvenes mantengan el romance. Así, Francisco y Elisa solían pasear por los álamos que adornaban el jardín de la casa de Brown. El amor que sentían uno por el otro era tan transparente que con sólo mirarse se comunicaban. Apenas se miraban. Él, orgulloso pero retraído en su respeto; ella, ansiosa aunque tímida y recatada.

Brown los miraba desde lejos y sonreía al verlos. Sin embargo, el tiempo de paz se terminó y ambos militares debieron continuar con su carrera, partiendo hacia la guerra con el Brasil. El capitán Drummond sería el comandante de una de las tres naves argentinas que enfrentarían a dieciséis buques brasileños.

Su barco era el Independencia. El saldo de la guerra que Argentina entablo con Brasil fue desfavorable, la tensión entre ambos países había quedado latente en episodios como la batalla de Ituzaingó.

Los brasileros esperaban tener una revancha y se encarnizaron con este nuevo enfrentamiento bélico. De esta manera, las tres naves patriotas se defendían como podían, rodeadas por las dieciséis enemigas que vomitaban plomo y muerte.

Franciso Drummond se destaca en batalla, era un verdadero león sobre la cubierta de su buque. Cuando en medio de un bombardeo se quedaron sin municiones, Franciso ordenó cargar los cañones con eslabones de cadena, todo menos rendirse, pensó.

A pesar que los brasileros iban ganando, Drummond nunca dejo de dar batalla, con un humo que enturbiaba el sitio y el futuro, una esquirla le arrancó una oreja de cuajo a Francisco Drummond. Malherido no dejaba de dar órdenes. Al presenciar que la vida de Drummond corria peligro, el almirante Brown, desde otra nave, la Sarandí, le ordena mediante señales con banderas que abandone el buque de inmediato, quemando antes su casco para que no cayera en manos del enemigo.

Sin embargo, Francisco continuó peleando, tomó un bote y, en medio del fragor de la lucha, se abrió paso hasta el Sarandí para pedirle a su almirante más municiones y su autorización para no abandonar la contienda. Al verlos las naves enemigas descargan contra el pequeño bote todas las municiones, volando en pedazos la embarcación.

Drummond herido de muerte es rescatado por sus compatriotas, llevándolo a bordo del tercer navío argentino, el República. Allí es acostado en la litera de Juan Coe, el joven capitán de ese buque. Drummond comprende que va a morir y, con la mayor premura, cumple sus deberes heroicos. Pronuncia unas palabras que evitan cuidadosamente la queja; entrega a su amigo, el capitán Coe, el anillo nupcial para Elisa y alcanza a mantenerse vivo hasta la llegada del propio almirante, en cuyos brazos muere.

Al regreso, en febrero de 1827, el Almirante se encarga de dar la fatídica noticia a la joven Elisa, la cual apretando con fuerza el anillo que su prometido le dejó antes de morir, lo besará y se marchará en silencio, algunos dicen que sufrió desde ese momentos una leve demencia. A Francisco lo velaron en la comandancia de marina y lo enterraron con honores en el cementerio protestante.

Diez meses después, Elisa decidió vestirse con el traje de novia que había bordado para su casamiento con Drummond, y se adentró en el río, quitándose la vida. Después de este hecho fatídico, el Almirante Brown no pudo reponerse, de tal manera que Guillermo Enrique Hudson lo vio muchos años después, vestido de negro y parado en la puerta de su casa, mirando fijamente a la distancia.

Le pareció un fantasma. El jardín de la casa del almirante fue suplantado por la plazoleta Elisa Brown, un modesto homenaje municipal.

Fuente Consultada: Crónica Loca de Víctor Suerio y Espadas y Corazones de Balmaceda

Biografia de Marat Jean Resumen Que Hizo en la Revolucion Francesa

Biografía de Marat Jean – Resumen
Que Hizo en la Revolución Francesa

BIOGRAFÍA DE JEAN PAUL MARAT, «El Amigo del Pueblo»: El 24 de mayo de 1745 , en Neuchatel, entonces posesión de los Hohenzollen -familia real de Prusia – , nacía Jean-Paul Mará, el futuro Marat. Su padre, ex monje sardo, se casó con una suiza de esa zona, Louise Cabrol, de la que tuvo siete hijos. Personas de baja clase media, pero con algunos recursos, lograron dar alguna instrucción a su vasta prole; Jean-Paul, el mayor, pudo estudiar en el colegio de Neuchatel, y uno de sus hermanos fue preceptor en la corte de Catalina II de Rusia.

marat jean

Casi nada se sabe de la juventud de Marat. Lo poco que se conoce fue extraído de los relatos de su hermana Albertine, quien, tras pasar treinta años alejada, se convirtió en su fiel amiga durante la Revolución y defendió su memoria después de su muerte.

A los dieciséis años, Jean-Paul abandonó la casa paterna y fue a vivir a Francia. En 1762, a los diecinueve años, el joven se encontraba en París. Era bajo, de hombros cargados y brazos fuertes, grandes ojos negros, nariz aguileña, frente amplia, tez morena y voz vibrante. Poseía el aire mediterráneo y hasta semítico que su nombre parece indicar. Tenía aspiraciones intelectuales.

En la brillante capital debe haber llevado la vida típica del estudiante pobre, comiendo poco y leyendo mucho. Sus intereses eran variados: filosofía, historia, ciencias, literatura. Pero sólo había bibliotecas en las grandes mansiones; comprar libros era privilegio de los ricos. Un joven con pocos recursos debía pedirlos prestados o frecuentar las casas de los poseedores.

Por esa época parece haber conocido a los enciclopedistas, que frecuentaban el mismo tipo de gente. Pero estos señores entraban por la puerta principal y eran amigos de los dueños de casa, que los recibían en sus salones. Encarnaban el espíritu de la nobleza esclarecida, mientras Marat —profundamente plebeyo, típico representante del Tercer Estado— reverenciaba a Rousseau y a Montesquieu al tiempo que repudiaba el ateísmo tan en boga entre los iluministas.

A los 22 años, Jean-Paul reside en Londres, frecuenta el Saint Martin’s Lane —café de los artistas— y pasa hambre. Ya en ese período, aún sin ser médico, se arriesga a hacer las primeras consultas a fin de ganarse algunos almuerzos.

Biografia de Marat JueanTiene varios amigos médicos y, llevado por la curiosidad de conocer el alma humana», pasa sus días en hospitales y prisiones. Las experiencias políticas vividas en Londres , cuando el pueblo salía a la calle defendiendo sus derechos civiles, despertaron en él , los fervientes deseos de comprometerse con esos ideales que ya habían calado hondo con los enciclopedistas franceses. Para él, el origen de todos los males estaba en el voto calificado, es decir, que solo podían votar aquellos que poseían cierto rango social, avalado por una propiedad o un título nobiliario.

Estudió mucho la historia, investigando las injusticias de los gobernantes y tratando de encontrar las leyes generales de la política, explicando luego en su  un  libro  como deben actuar «los amantes de la libertad», con la curiosidad que en aquel momento nunca apoyó la violencia, y si el poder del respeto y de la palabra.

En junio de 1775, Jean-Paul Marat se diploma finalmente en medicina, en la Universidad de Saint Andrew, en Edimburgo. Comienza también a firmar Marat, afrancesando su apellido. Su vida sufre una radical transformación. Vive en el Soho de Londres, barrio entonces elegante, y ya puede pagarse la publicación de sus ensayos y artículos médicos.

El 10 de abril del año siguiente deja Londres, cuando una remesa de ejemplares de la edición de su libro Ensayo sobre el Hombre es requisada en la aduana francesa. Resuelto el problema, decide quedarse en París, donde también consigue una rica clientela y, en poco tiempo, se convierte en médico de moda. Entra al servicio del Conde de Artois, hermano del rey y futuro Carlos X, con buen pago y alojamiento.

Su Ensayo sobre el Hombre no le trajo menos disgustos. Marat profesaba un ingenuo dualismo sobre las relaciones cuerpo-alma, llegando a afirmar a cierta altura del libro que la sede más probable del alma eran la meninges, idea, por lo demás, nada sorprendente para la época. Voltaire dedicó al libro una extensa y maliciosa reseña. Diderot, más imparcial, declaró que, aunque el autor nada en tendiese del problema, había hecho «claras, firmes y precisas» observaciones sobre la influencia de los estado! psicológicos sobre el cuerpo (actual mente conocida como dolencias psicosomáticas).

El hecho sólo aumentó la animosidad del Dr. Marat para con los enciclopedistas, a quienes comenzó a llamar «secta perniciosa».

En los años que siguieron, Marat se dedicó cinco años de entero a la ciencia. Montó un laboratorio de física y medicina y trabajó con la electricidad, tradujo a Newton, produjo una decena de libros especializados y una gran serie de artículos. Llegó a trabajar hasta 20 horas seguidas, hasta que cayó enfermo.

Durante 4 años entre 1784 y 1788 en lugar de mejorar, empeoraba, a tal punto que creyó que se estaba muriendo. Hizo el testamento, legando sus aparatos científicos a la Academia de Ciencias y guardó cama. Su carrera parecía terminada, pero mas tarde como él mismo afirmó, «la noticia de la convocatoria me  causó tal fuerte sensación que mi espíritu se reanimó. Se refería a la convocatoria de los tres estados de la Nación (clero, nobleza y comunes) se reuniesen para decidir el futuro del país, era un verdadero triunfo sobre el absolutismo.

En el verano boreal de 1789 estalló en Francia una sublevación contra el gobierno de Luis XVI. Diferentes factores provocaron esta revolución, pero si un acontecimiento simbolizó el colapso del poder real frente al descontento popular generalizado fue el asalto de la prisión de la Bastilla, el 14 de julio de ese año, Marat participó de la jornada como miembro de la junta electoral de su barrio, y en el asalto a la fortaleza exhortó a los soldados para que no tirasen contra el pueblo, pero fue solo uno entre tantos oradores, pero a partir de ese instante vendrán días intensos, de negociaciones, de lucha, de desencuentros y de violencia que as tarde llevaran a Francia hacia el control político napoleónico.

Su defensa de los derechos del pueblo lo convirtieron en un personaje muy apreciado y popular. En 1792 tomó parte en las matanzas de septiembre y fue elegido miembro de la Convención y de la Comuna de París, pero tropezó con la animadversión de los girondinos al incitar al pueblo a usar la fuerza y reclamar la dictadura.

Con el apoyo de Danton y Robespierre, propone a los girondinos la unidad nacional, la cesación de las disputas mientras dure la guerra. Pero se debe proclamar la República, ejecutar al rey, votar inmediatamente las leyes que protejan a las familias de los combatientes (producto de una leva en masa) de la miseria, y aplicar la pena de muerte a los contrabandistas y especuladores. Robespierre vacila en ir tan lejos. Marat se encuentra solo en la Convención, pero Todos temen la vehemencia y la franqueza de Marat. El día en que enfrenta solo los insultos y amenazas de la Gironda sin que nadie intervenga, Camille Desmoulins le dice, entre admirado e irónico: «¡Pobre Marat, estás dos siglos por delante de tu tiempo!»

El 5 de abril es elegido presidente del Club de los Jacobinos. Un día después, Marat se cuenta entre los que fuerzan a la Convención a crear el Comité de Salut Public (Comisión de Salvación Pública), órgano que luego instaurará la dictadura.

El 11 de julio, en la casa en que habita con su hermana y su mujer, duerme con las puertas abiertas; el calor es insoportable. Por causa de una enfermedad de la piel, contraída en su época de fugitivo, cuando moraba en miserables chozas, Marat pasa los días inmerso en la bañera. Allí escribe, con la cabeza envuelta en un lienzo embebido en vinagre. Entran y salen jacobinos, pueblo, amigos. Traen comunicados e informaciones.

En una tienda del centro de París, Charlotte Corday, joven aristócrata llegada de Caen, compra un largo cuchillo. En la mañana del día 13, se dirige a la casa del «monstruo», el hombre que arruinó a toda su familia y sus amigos, el «masacrador» de setiembre.

Marat, constantemente interrumpido, escribe su manifiesto ¡Pongámonos de acuerdo, es hora! No puede recibirla. Charlotte vuelve por la tarde. La situación es la misma. «Dejen entrar a la ciudadana», dice Marat, distraído. Debe ser alguna otra gestión o pedido. Mientras sigue escribiendo, «el Amigo del Pueblo» le pide que aguarde apenas un instante. Segundos después el cuchillo se entierra en su pecho, llenando la bañera de sangre.

Marat no formó parte del gobierno revolucionario que había ayudado a crear: murió en el momento de su nacimiento.

Humanistas de la Edad Media Primeros Primeros Humanistas Italianos

Humanismo Italiano

El Humanismo surgió en las ciudades italianas, donde se formó un importante grupo de hombres de letras que participaron activamente en la sociedad.

Los humanistas eran intelectuales, eruditos de formación universitaria, que comenzaron a resucitar obras filosóficas, históricas o literarias de la antigüedad grecorromana. Sus ideas se vinculaban con las aspiraciones de los sectores burgueses, que adquirieron mayor poder en la sociedad. Humanistas y burgueses coincidieron en el intento de crear una cultura laica, diferente de la medieval tradicional.

Buscaron en los pensadores de la Antigüedad, como Platón y Aristóteles, el punto de apoyo para sus ideas. Pretendieron que el conocimiento le diera al hombre mayores posibilidades de felicidad y libertad.

A finales del siglo XIII surgió en Italia un movimiento literario que presagió con sus obras la transformación que iba a  operarse en la cultura occidental a partir del siglo XV. Sus protagonistas principales fueron Dante, Petrarca y Boccaccio, considerados los precursores del Humanismo.

Dante Alighieri (1265-1321)

Célebre poeta florentino que se dedicó a estudio de los poetas latinos, especialmente Virgilio. Su obra capital fue la Comedia, que la posteridad calificó como Divina Comedia. Relata en ella su itinerario, guiado por el poeta Virgilio, por los distintos ámbitos del infierno y del Purgatorio, donde observa las condenas que cumplen los pecadores. Luego ingresa en el Cielo, acompañado de Beatriz, la mujer amada. Allí habla con quienes disfrutan de la vida eterna.            

Francisco Petrarca (1304-1374)

Poeta toscano, apasionado por la antigüedad grecorromana, fue uno de los más importantes precursores del Humanismo. Sus obras, imbuidas del espíritu clásico, ejercieron gran influencia sobre la poesía lírica italiana. Petrarca compuso innumerables poemas, dedicados a diversos temas, entre ellos «África», sobre la Segunda Guerra Púnica (entre Roma y Cartago). También incursionó en la labor histórica y en la filosofía.

Boccaccio (1313-1375)

También fue un gran entusiasta de las letras y las artes de la Antigüedad. Se lo considera el padre de la prosa italiana. Su obra fundamental fue El Decamerón, colección de cien novelas. Los protagonistas son diez jóvenes (7 muchachos y 3 muchachas) que se refugian en el campo para huir de la peste negra que asolaba por entonces el continente europeo. El libro se divide en «diez días», en cada uno de los cuales «cada joven relata un cuento».


Biografia de Carlota Corday Mujeres Que Lucharon Por La Libertad

Biografía de Carlota Corday: Mujeres Que Lucharon Por La Libertad

Resumen Biografía de Carlota Corday
La perspectiva histórica ha hecho de ella una heroína equivocada, pero no pudo dejar de reconocer su temple y su capacidad de sacrificio para la misión que se había impuesto y que cumplió con fervor casi religioso: devolver a Francia la libertad abatiendo a quien juzgaba un demagogo sangriento antes que un revolucionario decidido, inflexible con las vacilaciones de los girondinos.

Biografía de Carlota Corday

Carlota Corday es más el nombre de una leyenda que de un personaje real, si se piensa que a veces los actos heroicos no pueden juzgarse con el criterio de verdad o error histórico. En su vida se aunan la juventud y la belleza con el horror del asesinato que planeó y ejecutó.

María Ana Carlota Corday D’Armont nació en Saint-Saturnin des Lignerets (Normandía) el 27 de julio de 1768. Su padre, Francisco Corday, pertenecía a una familia noble de provincias venida a menos, por lo que educó a sus cinco hijos casi en la pobreza.

Agobiada por la miseria murió la madre, y el padre, después de resistir un tiempo más, decidió internar a sus hijas en el monasterio de Caen, según era habitual en la época.

En los conventos solían hacerse en aquel entonces reuniones mundanas, a las que asiste Carlota, ya de trece años. La joven conoce así a Belzunce, coronel del regimiento de caballería con guarnición en Caen, y pariente de la abadesa. Hay quienes sostienen que Carlota se enamoró de él, pero que al ser asesinado el militar en una revuelta, ella juró vengarlo y esto recaería después sobre Marat.


Como resultado de la nueva situación política que sobrevino con la Revolución de 1789, se cerraron los conventos, Carlota -casi desprovista de medios- se vio obligada a vivir en Caen con una anciana tía, madame de Bretteville.

Tuvo entonces oportunidad de leer algunos libros que influyeron mucho en ella: Rousseau, «un filósofo del amor y un poeta de la política»; Plutarco, el historiador clásico, y otros autores que presentaban el sacrificio personal como una razón de Estado.

INMOLARSE POR LA PATRIA
Republicana por convicción pero monárquica por sentimiento, se interesa por los movimientos que entonces agitaban a Francia; inclusive asiste a los juicios públicos ante las asambleas populares que juzgaban a los acusados de contrarrevolucionarios; a menudo, más que establecer la verdad o hacer justicia, se buscaba simplemente un culpable. Con las mejillas encendidas por el dolor, que realzaban su hermosura, Carlota presenciaba los desfiles hacia el patíbulo.

En esas circunstancias conoció a un muchacho, Franquelin, quien mantuvo con ella una secreta correspondencia; Carlota lo alentó vagamente, como una forma de compartir los infortunios de su amigo.

La partida de un batallón de voluntarios que marcha a París hace que se apodere de Carlota la idea de evitar que se malgasten vidas tan generosas y de liberara Francia de un gobierno que ella juzgaba tiránico, sin necesidad de más lucha fratricida. Juan Pablo Marat, se decía -y de ese médico y líder político jacobino se decían muchas cosas-, va había hecho listas con los nombres de los simpatizantes girondinos cuyas cabezas debían rodar para asegurar el triunfo de los revolucionarios más decididos.

Carlota imaginó que el inminente baño de sangre solo podría detenerse con el sacrificio de la suya propia. Así fue como el 7 de julio de 1793, con el pretexto de partir para Inglaterra, Carlota abandonó a su padre y su hermana para dirigirse a París, adonde llegó el jueves 11.

Ya tenía trazado un plan: pensaba que Marat concurriría al Campo de Marte para la gran ceremonia del 14 de julio, pero la enfermedad de este la obligó a cambiar de táctica. Decidió entonces buscarlo en su propia casa. Le escribió una carta en estos términos: «Vengo de Caen; conociendo su amor por la patria, supongo que se enterará con agrado de los terribles acontecimientos de esta parte de la República. Iré a su casa alrededor de la una. Tenga la bondad de recibirme y concederme un momento de audiencia. Le daré la ocasión de prestar un gran servicio a Francia».

LA MUERTE DE MARAT
Sin embargo, Marat no la recibe. Una segunda esquela, más insistente, refuerza la primera: «Marat, ¿ha recibido mí carta? No puedo creerlo, pues encuentro la puerta cerrada. Espero que mañana me conceda una entrevista. Le repito: vengo de Caen; tengo que revelarle importantes secretos para la salvación de la República. Me persiguen, además, pues saben que la libertad es mi causa; soy desgraciada, y este título es suficiente para tener derecho a su patriotismo.»

A las siete de la tarde del 13 de julio, sin esperar la contestación, va a la casa de Marat. Se arregla con cuidado, para impresionar bien a quienes custodiaban al insobornable jefe republicano. Aunque la portera no quiere dejarla pasar, la muchacha sube decididamente las escaleras.

En los primeros tramos la detiene Simone Evrard, la fiel amiga de Marat, que había oído el cambio de palabras. A su vez, el propio Juan Pablo oye discutir a las dos mujeres y, pensando que se trata de la desconocida que le ha escrito el día anterior, indica que dejen pasar a su visitante. En el aposento a medias iluminado Marat, enfermo, toma un baño, cubierto con una sábana manchada de tinta.

Carlota baja los ojos y espera junto a la bañera el interrogatorio. Responde con serenidad a las preguntas sobre la situación en Normandía. «¿Quiénes son los representantes refugiados en Caen?» Carlota dice sus nombres y Marat, con medio cuerpo y el brazo fuera del agua, los anota; añade: «Antes de ocho días irán todos a la guillotina». Al oírlo, Carlota saca un cuchillo y lo hunde con fuerza en el pecho de Marat, que mientras se desangra pide auxilio. Acuden Simone v un criado.

CAMINO DEL PATÍBULO
Carlota no trata de huir y apenas se oculta tras una cortina, pero el criado la golpea con una silla y ella se desploma. El tumulto y los gritos atraen a los vecinos, que suben las escaleras y se arremolinan, furiosos, en la calle, pidiendo a gritos que les entreguen al asesino para vengar allí mismo la muerte del gran tribuno.

No obstante, un piquete de soldados con bayonetas y el comisario Grillard conducen a Carlota, maniatada, al salón de Marat, donde es interrogada. Ella contesta con calma, orgullosa de su acción, y se dispone su reclusión en una prisión cercana. Ya en la cárcel, entre sus ropas se descubre, una proclama redactada por ella, en la que exhorta a derrocar la tiranía.

El 16, severamente custodiada, comparece ante el presidente del tribunal revolucionario. Conmovido por tanta belleza y tanto fanatismo que casi desdibujan el crimen, este la interroga sugiriendo las respuestas, de modo que el asesinato parezca demencial. Tal suposición irrita a Carlota, que la rechaza.

Trasladada a la Conserjería -la famosa prisión donde pasan sus últimas horas los que morirán en el patíbulo-, a las ocho déla mañana siguiente es conducida ante el tribunal revolucionario, el cual, por no tener ella quien la defienda, le designa como defensor de oficio al joven Chanveau—Lagarde, célebre por su defensa de María Antonieta, tres meses más tarde.

No obstante la elocuencia y valentía de Lagarde, el tribunal vota unánimemente la pena de muerte para la acusada. Al sacerdote que le envían para asistirla, Carlota le explica: «Agradezco a quienes lo han mandado, pero no tengo necesidad de su ministerio; la sangre que he derramado y la mía que va a verterse son los únicos sacrificios que puedo ofrecer al Eterno». Ese mismo 17 de julio marcha al suplicio en una carreta, bajo la lluvia, pero ello no arredra a la multitud congregada para presenciar la ejecución.

El verdugo, para ver mejor el cuello, le arranca la pañoleta que le cubre el pecho. El pudor humillado afecta a Carlota más que la muerte cercana, pero recobra en seguida su serenidad y acerca la cabeza, que la cuchilla troncha y hace rodar. Se cuenta que, al recogerla, uno de los ayudantes del verdugo la abofeteó y que entonces las mejillas de Carlota enrojecieron como si la ofensa les hubiese devuelto la vida. La multitud reprueba el ultraje pero celebra la muerte de quien asesinara al «amigo del pueblo».

Los girondinos encarcelados dijeron, al saber de su suplicio: «Ella nos mata, pero nos enseña a morir». Y Franquelin, su joven enamorado, se retira a una aldea normanda pues no puede soportar la desaparición de su amada. Muere pocos meses después, no sin antes pedir que junto con él entierren el retrato y las cartas de Carlota…

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia