Biografia de Carlota Corday Mujeres Que Lucharon Por La Libertad






Biografía de Carlota Corday: Mujeres Que Lucharon Por La Libertad

Resumen Biografía de Carlota Corday
La perspectiva histórica ha hecho de ella una heroína equivocada, pero no pudo dejar de reconocer su temple y su capacidad de sacrificio para la misión que se había impuesto y que cumplió con fervor casi religioso: devolver a Francia la libertad abatiendo a quien juzgaba un demagogo sangriento antes que un revolucionario decidido, inflexible con las vacilaciones de los girondinos.

Biografía de Carlota Corday

Carlota Corday es más el nombre de una leyenda que de un personaje real, si se piensa que a veces los actos heroicos no pueden juzgarse con el criterio de verdad o error histórico. En su vida se aunan la juventud y la belleza con el horror del asesinato que planeó y ejecutó.

María Ana Carlota Corday D’Armont nació en Saint-Saturnin des Lignerets (Normandía) el 27 de julio de 1768. Su padre, Francisco Corday, pertenecía a una familia noble de provincias venida a menos, por lo que educó a sus cinco hijos casi en la pobreza.

Agobiada por la miseria murió la madre, y el padre, después de resistir un tiempo más, decidió internar a sus hijas en el monasterio de Caen, según era habitual en la época.

En los conventos solían hacerse en aquel entonces reuniones mundanas, a las que asiste Carlota, ya de trece años. La joven conoce así a Belzunce, coronel del regimiento de caballería con guarnición en Caen, y pariente de la abadesa. Hay quienes sostienen que Carlota se enamoró de él, pero que al ser asesinado el militar en una revuelta, ella juró vengarlo y esto recaería después sobre Marat.


Como resultado de la nueva situación política que sobrevino con la Revolución de 1789, se cerraron los conventos, Carlota -casi desprovista de medios- se vio obligada a vivir en Caen con una anciana tía, madame de Bretteville.

Tuvo entonces oportunidad de leer algunos libros que influyeron mucho en ella: Rousseau, “un filósofo del amor y un poeta de la política”; Plutarco, el historiador clásico, y otros autores que presentaban el sacrificio personal como una razón de Estado.

INMOLARSE POR LA PATRIA
Republicana por convicción pero monárquica por sentimiento, se interesa por los movimientos que entonces agitaban a Francia; inclusive asiste a los juicios públicos ante las asambleas populares que juzgaban a los acusados de contrarrevolucionarios; a menudo, más que establecer la verdad o hacer justicia, se buscaba simplemente un culpable. Con las mejillas encendidas por el dolor, que realzaban su hermosura, Carlota presenciaba los desfiles hacia el patíbulo.

En esas circunstancias conoció a un muchacho, Franquelin, quien mantuvo con ella una secreta correspondencia; Carlota lo alentó vagamente, como una forma de compartir los infortunios de su amigo.

La partida de un batallón de voluntarios que marcha a París hace que se apodere de Carlota la idea de evitar que se malgasten vidas tan generosas y de liberara Francia de un gobierno que ella juzgaba tiránico, sin necesidad de más lucha fratricida. Juan Pablo Marat, se decía -y de ese médico y líder político jacobino se decían muchas cosas-, va había hecho listas con los nombres de los simpatizantes girondinos cuyas cabezas debían rodar para asegurar el triunfo de los revolucionarios más decididos.

Carlota imaginó que el inminente baño de sangre solo podría detenerse con el sacrificio de la suya propia. Así fue como el 7 de julio de 1793, con el pretexto de partir para Inglaterra, Carlota abandonó a su padre y su hermana para dirigirse a París, adonde llegó el jueves 11.

Ya tenía trazado un plan: pensaba que Marat concurriría al Campo de Marte para la gran ceremonia del 14 de julio, pero la enfermedad de este la obligó a cambiar de táctica. Decidió entonces buscarlo en su propia casa. Le escribió una carta en estos términos: “Vengo de Caen; conociendo su amor por la patria, supongo que se enterará con agrado de los terribles acontecimientos de esta parte de la República. Iré a su casa alrededor de la una. Tenga la bondad de recibirme y concederme un momento de audiencia. Le daré la ocasión de prestar un gran servicio a Francia”.

LA MUERTE DE MARAT
Sin embargo, Marat no la recibe. Una segunda esquela, más insistente, refuerza la primera: “Marat, ¿ha recibido mí carta? No puedo creerlo, pues encuentro la puerta cerrada. Espero que mañana me conceda una entrevista. Le repito: vengo de Caen; tengo que revelarle importantes secretos para la salvación de la República. Me persiguen, además, pues saben que la libertad es mi causa; soy desgraciada, y este título es suficiente para tener derecho a su patriotismo.”

A las siete de la tarde del 13 de julio, sin esperar la contestación, va a la casa de Marat. Se arregla con cuidado, para impresionar bien a quienes custodiaban al insobornable jefe republicano. Aunque la portera no quiere dejarla pasar, la muchacha sube decididamente las escaleras.

En los primeros tramos la detiene Simone Evrard, la fiel amiga de Marat, que había oído el cambio de palabras. A su vez, el propio Juan Pablo oye discutir a las dos mujeres y, pensando que se trata de la desconocida que le ha escrito el día anterior, indica que dejen pasar a su visitante. En el aposento a medias iluminado Marat, enfermo, toma un baño, cubierto con una sábana manchada de tinta.


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Carlota baja los ojos y espera junto a la bañera el interrogatorio. Responde con serenidad a las preguntas sobre la situación en Normandía. “¿Quiénes son los representantes refugiados en Caen?” Carlota dice sus nombres y Marat, con medio cuerpo y el brazo fuera del agua, los anota; añade: “Antes de ocho días irán todos a la guillotina”. Al oírlo, Carlota saca un cuchillo y lo hunde con fuerza en el pecho de Marat, que mientras se desangra pide auxilio. Acuden Simone v un criado.

CAMINO DEL PATÍBULO
Carlota no trata de huir y apenas se oculta tras una cortina, pero el criado la golpea con una silla y ella se desploma. El tumulto y los gritos atraen a los vecinos, que suben las escaleras y se arremolinan, furiosos, en la calle, pidiendo a gritos que les entreguen al asesino para vengar allí mismo la muerte del gran tribuno.

No obstante, un piquete de soldados con bayonetas y el comisario Grillard conducen a Carlota, maniatada, al salón de Marat, donde es interrogada. Ella contesta con calma, orgullosa de su acción, y se dispone su reclusión en una prisión cercana. Ya en la cárcel, entre sus ropas se descubre, una proclama redactada por ella, en la que exhorta a derrocar la tiranía.

El 16, severamente custodiada, comparece ante el presidente del tribunal revolucionario. Conmovido por tanta belleza y tanto fanatismo que casi desdibujan el crimen, este la interroga sugiriendo las respuestas, de modo que el asesinato parezca demencial. Tal suposición irrita a Carlota, que la rechaza.

Trasladada a la Conserjería -la famosa prisión donde pasan sus últimas horas los que morirán en el patíbulo-, a las ocho déla mañana siguiente es conducida ante el tribunal revolucionario, el cual, por no tener ella quien la defienda, le designa como defensor de oficio al joven Chanveau—Lagarde, célebre por su defensa de María Antonieta, tres meses más tarde.

No obstante la elocuencia y valentía de Lagarde, el tribunal vota unánimemente la pena de muerte para la acusada. Al sacerdote que le envían para asistirla, Carlota le explica: “Agradezco a quienes lo han mandado, pero no tengo necesidad de su ministerio; la sangre que he derramado y la mía que va a verterse son los únicos sacrificios que puedo ofrecer al Eterno”. Ese mismo 17 de julio marcha al suplicio en una carreta, bajo la lluvia, pero ello no arredra a la multitud congregada para presenciar la ejecución.

El verdugo, para ver mejor el cuello, le arranca la pañoleta que le cubre el pecho. El pudor humillado afecta a Carlota más que la muerte cercana, pero recobra en seguida su serenidad y acerca la cabeza, que la cuchilla troncha y hace rodar. Se cuenta que, al recogerla, uno de los ayudantes del verdugo la abofeteó y que entonces las mejillas de Carlota enrojecieron como si la ofensa les hubiese devuelto la vida. La multitud reprueba el ultraje pero celebra la muerte de quien asesinara al “amigo del pueblo”.

Los girondinos encarcelados dijeron, al saber de su suplicio: “Ella nos mata, pero nos enseña a morir”. Y Franquelin, su joven enamorado, se retira a una aldea normanda pues no puede soportar la desaparición de su amada. Muere pocos meses después, no sin antes pedir que junto con él entierren el retrato y las cartas de Carlota…

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia





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