Delincuencia Juvenil

Castigos y Trato en las Prisiones Antiguas La Vida de Prisioneros

Castigos y Trato en las Prisiones Antiguas
Vida de Prisioneros

La historia pasada del tratamiento de ios delincuentes por la sociedad: Se ha dicho que el tratamiento de los criminales ha pasado por tres etapas, de venganza, castigo y reforma, o, en otras palabras, represión, segregación y reclamación. El advenimiento del espíritu de justicia en la aplicación de la ley por la seguridad pública y la protección de la propiedad es casi tan reciente como la preocupación eficaz por la salud pública que indicábamos en otro post de este sitio.

La civilización genuina está aún dentro del alcance de la memoria de los más viejos. Hace ochenta años el mundo estaba en un estado de salvajismo, en lo que concierne al castigo del delito. Miramos a Roma y a su inexplicable crueldad en los días de los gladiadores; pero con respecto al castigo fué, en conjunto, más compasiva que los ineleses o los norteamericanos hasta mediados del siglo XIX.

El destierro y la degradación de la ciudadanía eran los castigos romanos más temidos. Fueron los teutones —los fieros daneses, sajones y normandos— los que establecieron el código más cruel de leyes expiatorias y vindicativas. Y necesitó el mundo un millar de años para aprender que el sufrimiento más brutal y degradante no purgará del delito el corazón de los hombres, sino que le dejará peor.

La ingenuidad de la crueldad, que nunca ha quebrantado la voluntad del hombre La ingenuidad humana no ha actuado nunca con un propósito tan estéril como el de pretender quebrantar con la pena la voluntad del hombre El que la voluntad haya sido fortalecida por la te o por el vicio es indiferente; la dureza rara vez la ha vencido sino momentáneamente.

La muerte por la cuerda por la guillotina, por el hacha, por la estrangulación, por el veneno, por el fuego, por el descuartizamiento, por el aceite hirviendo, etc., ha sido utilizada como freno aterrador y no ha refrenado ni disuadido. Los múltiples y refinados métodos de tortura no han evitado los delitos, reales o supuestos, que intentaban corregir y que han continuado.

La inutilidad de estos ultrajes a la Humanidad puede considerarse siempre tan evidente como su crueldad, y, sin embargo, fueron practicados muy cerca de nuestros días, y algunos de ellos los hemos alcanzado. Las gentes que no han leído nunca la Historia de la civilización suelen preguntar si ha habido realmente progreso. He aquí algunos hechos que pueden ayudar a contestar la pregunta.

La Inquisición española, fundada hacia el mismo tiempo que se descubría América, no fue abolida hasta 1808. Durante este período sus víctimas ascendieron casi a 350.000, de las cuajes 32 millares aproximadamente fueron quemadas vivas. La tortura por los métodos más refinados, no sólo de los condenados, sino también de los meros sospechosos, para hacerles declarar contra ellos mismos o contra los demás, fue universal en Europa hasta los tiempos de la Revolución francesa y aun después.

Fue durante la Revolución Norteamericana de 1775 y después cuando Juan Howard realizó su campaña, que hizo por primera vez habitables las prisiones para los seres humanos. Antes no había instituciones públicas, sino que eran administradas y dirigidas por contratistas desalmados. En Francia, hasta la Revolución de 1789, el rey usaba a su placer para los cortesanos sus lettres de cachet, por las cuales podía hacer arrestar a cualquiera y lanzarlo, sin ninguna clase de juicio, a las más sucias prisiones y dejarle allí pudrirse hasta que la muerte le libertara.

prisiones antiguas

JUAN HOWARD VISITANDO LOS ENFERMOS DE TOA PRISIÓN DSJL SIGI.O XVIII

La horca fue un castigo posible para 223 delitos, en Inglaterra, hasta 1797
En Inglaterra los hombres eran quemados en aceite hirviendo por traición, hasta el reinado de Enrique VIII, y en 1788, el año después de Saratoga fue quemada viva una mujer por falsificadora. Sir Jaime Stephen estima que cuando la población tenía menos de cinco millones, un promedio anual de 800 subía al cadalso.

Todavía en el año 1797 un hombre podía ser ahorcado por robar un bolsillo con más de un chelín, y había entonces 222 delitos al lado del de asesinato para los cuales la horca era un castigo posible.

En el año 1818 hizo el Parlamento una tentativa para abolir la horca por robar una suma de más de cuatro chelines de una tienda; y tan recientemente como en 1831, 40 personas fueron ahorcadas en Inglaterra por delitos que no fueron el de asesinato, y en 1833, un niño de sólo nueve años fue condenado a la horca por horadar con un palo el empapelado de un lienzo de papel y robar pintura por el valor de unos 5 céntimos.

El niño no llegó a ser ahorcado, porque la horca cesó en la práctica en 1832, aunque no fue abolida hasta 1861, y es todavía un castigo legal para muchos delitos nacionales, como el de traición No había mucha «compensación moral» y la continuación de los delitos mostró que 1a seguridad no estaba alcanzada.

Mientras eran dictadas por todo el país estas terribles sentencias de muerte, frecuentemente seguidas de una mutilación vengadora del cuerpo o colgándole de cadenas de la misma horca, había un castigo en las cárceles que era peor que la muerte, y en muchos casos conducía inevitablemente a ella El aspecto más horrible de la distribución en total era que se ponían en el mismo nivel las ofensas de cualquier grado de enormidad o de trivialidad. Un pequeño hurto se castigaba lo mismo que el más enorme crimen.

Las prisiones promiscuas, que eran peor que la muerte
Este fue el secreto de la ingenuidad mostrada para producir las formas atormentadoras de sufrimiento que marcan con horror ciertos siglos cristianos. El quemar en aceite hirviendo por ejemplo, fue una forma especial de muerte ideada para prisioneros.

El castigo aterrador en las cárceles de los siglos XVII y XVIII ha tenido el mismo atroz rasgo: suprimían toda distinción en el delito y destrozaban conjuntamente la naturaleza del santo iniciador de una religión pura y del corrompido vagabundo teniendo éste mucha mejor suerte, ya que estaba más acostumbrado al ambiente sucio y malsano.

Originariamente, ia teoría de ta prisión procedía de que convenía que el interesado estuviese encerrado para su segura custodia, y no era un castigo. El lock up (encierro) de las gentes ha existido en éste, como pueden recordar muchas personas aún, hasta nuestros días.

El borracho y el turbulento consideraba el pueblo que debía ser guardado en seguridad, para evitar que hiciera mal a sí mismo o a los demás, como el ganado extraviado era guardado en el depósito de la villa. En este simple sentido fue detenido Juan Bunyan en la cárcel de Bedford, para evitar algún agravio, ya que la justicia local se sentía ofendida.

Pero pronto la prisión se convirtió en casa de corrección, y su propósito se convirtió definitivamente en primitivo, aunque hasta el final del siglo XVIII no fue asociado el «trabajo forzado» con la prisión, o no se introdujo, por primera vez, el confinamiento solitario.

Antes de aquel tiempo la cárcel era la sima común de la humanidad delincuente y desgraciada, y su custodia fue en una gran medida, desempeñada por el provecho Hasta 1774, como ya sabemos, no se hizo oficial su dirección.

Durante el temeroso período de las cárceles hacinadas—hacinamiento que podía ser el más beneficioso para los guardianes y para aquellos que subarrendaban el trabajo de esquilmar a los huéspedes—, la inspección de su estado era imposible en muchos casos, porque la constante presencia del tifus, o «fiebre de la prisión», hacía la visita peligrosa en extremo.

Verdaderamente, la administración de justicia en los tribunales ordinarios era un deber peligroso, porque la hediondez de las cárceles, que no se limpiaban durante meses, era llevada a los tribunales, y el juez, los consejeros, los testigos y los ayudantes de los tribunales morían de la muerte que había sido preparada en la suciedad de la prisión.

No eran mejores las condiciones reinantes en los navios-prisiones o en los barcos en que los presos eran transportados a América y luego a Australia, cuando la rebelión americana paralizó los envíos. La única misión de las autoridades era la de alejar los prisioneros del país y dejarlos de su mano. Para este fin se hacían contratos para el transporte de los presos a las «plantaciones», quedándose los contratistas con el beneficio de su trabajo de esclavos.

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CASTIGO VINDICATIVO EN TIEMPOS DE LOS ESTUARDOS
El pavoroso destino de los conspirador» de la conjura de la pólvora.

Las condiciones de las cárceles en Norteamérica no diferían mucho. Hasta 1827 la prisión del Estado de Connecti-cut era sencillamente un sótano abandonado, en el cual los prisioneros eran casi olvidados, con los pies esposados y cadenas alrededor del cuello y unidas a una gran viga que había arriba.

En el Maine, aun después de esa época, las celdas eran pozos redondos, a los cuales se bajaba por escalerillas fijadas en un entramado de madera que había arriba. Tales eran las ideas y la práctica que aprobaba la sociedad en su trato con los hombres que quebrantaban sus leyes temporales, y cuando los reos eran, en proporción a la población, mucho más numerosos que ahora. Un vivo sentimiento de venganza descargaba su cólera, sobre todo siempre que se quebrantaba la ley, y las gentes se llenaban de horror al ver las consecuencias del delito y la expiación ofrecida de vez en cuando por sus héroes; pero para evitar el delito y para la redención de la clase delincuente, que había llegado a formar una fracción tan amplia de la comunidad, nada se hacía.

Cuando el resentimiento y la vindicta habían agotado su veneno, el espíritu público no pedía nada más. La historia del despertar de la conciencia social y la reforma de los métodos de tratar a delincuentes y criminales es una historia de estos últimos días, que habrá de ser desenvuelta en nuestro capítulo próximo. Es una historia en la cual Norte-América y, en general, la raza anglosajona, tiene una parte honrosa.

Fuente Consultada:
Colección Moderna de Conocimientos Universales – La Sociedad Humana – Tomo II – Editores W.M. Jackson, Inc.

La Vida Dentro de un Reformatorio Para Menores

La Vida Dentro de un Reformatorio Para Menores

En el país hay más de 20 mil niños, niñas y jóvenes privados de libertad. El 87 por ciento está bajo un régimen de encierro no por la comisión de un hecho delictivo sino como consecuencia de situaciones de carencias socio-económicas. La “institucionalización” ha sido la respuesta generalizada que ha dado el Estado desde las políticas públicas a los chicos abandonados, abusados o víctimas de otros delitos, según surge del primer relevamiento nacional sobre niños y jóvenes privados de libertad, presentado ayer por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación y Unicef.

El estudio encontró que, en algunos casos, chicos con “causas asistenciales” comparten el mismo establecimiento con menores con “causas penales”. “La separación de los niños y niñas de sus familias y su consecuente institucionalización, lejos de evitar problemas, constituyeron el camino hacia la carrera delictiva. Los institutos y ‘reformatorios’, además de violar los derechos de los niños y niñas internos, han sido verdaderas escuelas del delito”, señala el informe oficial. (Fuente: www.pagina12.com.ar)

Superpoblación y hacinamiento

Son importantes también el Instituto de Menores Garrigos, que alberga actualmente a 150 chicas de edades comprendidas entre los 6 y 14 años con problemas de familia; el Instituto Emilia y Manuel Patino, enclavado en Lomas de Zamora y que aloja a 55 adolescentes mujeres; el Hogar Número 11 Nuestra Señora del Valle, para madres solteras menores de 16 a 21 años; el Instituto Doctor José Sánchez Picado para deficientes mentales de entre 6 y 12 años; la Colonia Ortiz Basualdo (Las Armas) para menores de 12 a 18 años, entre otros. La población actual de los llamados institutos «monstruos» fluctúa actualmente entre los cincuenta y sesenta internos. Durante el Proceso, y para la misma capacidad edilicia, llegaron a convivir 150 y hasta 170 menores por instituto, con su consecuente secuela de hacinamiento, masificación y promiscuidad.

Por los oscuros pasillos del infierno

Una comisión de diputados, acompañada por el periodista Miguel Núñez del diario «La Razón», visitó en 1985 el instituto Agote. «El propósito es verificar las condiciones en que se desenvuelven estos centros y el modo en que son tratados los internados para luego introducir las mejoras que sean necesarias —escribía Núñez—. El guía ordenó al guardia abrir un portón de barrotes en el que remataba el pasillo de entrada.

En el salón contiguo, una larga mesa con bancos de material era todo el mobiliario del comedor. Apenas enfrente, a dos pasos, las pequeñas celdas permanecían vacías. El diputado justicialista Domingo Purita preguntó para qué eran los calabozos, y otro vigilante que acompañaba al grupo le contestó; «Estos no son calabozos, señor diputado, son las celdas donde duermen los chicos». Pero Punta no aceptó la explicación. Esto es una cárcel, exclamó contrariado. Las celdas en cuestión tienen dos metros y medio de largo por dos de ancho, cerradas por puertas de hierro con barrotes y ajustadas por gruesos candados. Todas tienen dos camas; una de ellas era simplemente un colchón tirado en el suelo. En las paredes, la pintura era suplantada por leyendas y escrituras y fotos pegadas por sus habitantes. Algunos guardaban bolsas de comida o cajas con muy pocas ropas».

Quienes vivieron en los reformatorios y quienes «ascendieron» luego a los infiernos de los penales, coinciden en remarcar que en uno y otro sitio se da la misma organización interna, con sus mitos, prejuicios y supersticiones. No obstante, en los institutos para menores no llega a tener tanto peso la «ética carcelaria», las relaciones personales son más fugaces e irregulares que en las penitenciarías de adultos y la inestabilidad general, tan propia de la adolescencia, suele ser el signo preponderante.

Aunque en ciertos reformatorios los menores son alojados en pequeñas celdas, lo cierto es que en la mayoría de estos institutos prevalecen los dormitorios o pabellones, que los internos llaman «cuadros». Allí es donde se forman las tradicionales «ranchadas», alrededor de las cuales se nuclean para compartir la comida, los juegos y las interminables charlas del hastío, seis o siete  adolescentes bajo la mirada «protectora» de un líder.

Este personaje es por lo general quien posee más fuerza física, mayor cantidad de años y, por lo tanto, más experiencia. Impone al principio sus criterios y se convierte luego en esclavo de ellos. «El líder no crea las necesidades del grupo, las encuentra dadas y su función se limita a canalizarlas», aclara Víctor Irurzún. En los reformatorios suele tener su propio «carima» (homosexual pasivo), algún que otro «valerio» (sirviente) que lava la ropa y cocina para todos.

Junto a otros patrones de «ranchadas» vecinas, se las arreglará para «apretar» al médico del instituto o a algún celador que se ablande bajo las amenazas y ceda sin chistar las llaves del consultorio, y vaciarán las vitrinas en busca de «falopa» que más tarde redistribuirán, canjearán o venderán en los dormitorios. «Como en los primeros días uno no conoce a nadie y no se ha ganado todavía los favores de los líderes, depende únicamente de lo que puedan contrabandearle los amigos desde afuera —relata Guido R.—.

Ese contrabando puede venir en el interior de los paquetes de cigarrillos o de los chicles. En el primer caso, el procedimiento es bastante complicado porque hay que despegar con vapor el celofán, desarmar el atado, cortarle a los cigarrillos unos tres centímetros de punta y colocar en el fondo las pastillas; procurar que queden todos los puchos a la misma altura y cerrar milimétricamente para que parezca virgen»

Sexualidad y humillaciones

Todo se vende, se compra o se arrebata en los reformatorios, especialmente el sexo. El drama suele comenzar con una alucinante «ceremonia de iniciación» durante la cual se viola para humillar. Más tarde se permuta el sexo por la protección, que invariablemente ofrece un «padrino», o muchacho mayor. No se trata ya de humillación,-sino de goce sexual. Algunos niños se definen allí adentro como homosexuales; otros salen, olvidan y reafirman su propio sexo en la libertad, aunque con las secuelas evidentes. La abstinencia, el onanismo y la pérdida de identidad sexual, dan una idea cabal del grado de represión y perversidad que cunde en el interior de estos institutos.

Elias Neuman opina que «la situación sexual que se vive en el encierro crea agudos problemas. La contención y la abstinencia forzosa de la libido y la presencia de homosexuales con esa tendencia, crea una atmósfera cargada de sensualismo que suele derivar en actos de perversión y violencia inimaginables. (…) El onanismo se debe por sobre todo a la abstinencia sexual, según la mayoría, y su práctica se establece y multiplica y, en algunas oportunidades, de vicio solitario, se vuelve común o, lo que es peor, asociado. De ahí a la homosexualidad hay un solo paso».

El despertar sexual del menor se ve así sacudido por experiencias sórdidas que determinan, a corto o largo plazo, modificaciones negativas en la estructuración de su personalidad. Esta clase de padecimientos con que la sociedad condena a estos niños y adolescentes, es devuelto tarde o temprano a la comunidad bajo la forma de sátiros abominables, psicópatas y violadores que merodean las calles de las ciudades sembrando el mismo pánico que alguna vez ellos sintieron.

Según los propios habitantes de estos institutos correccionales, el único requisito que se exige para cubrir un puesto de celador es saber respirar. «No puedo evitar un estremecimiento al recordar la crueldad y el sadismo de que eran capaces esos ‘maestros’ que de maestros no tenían nada —confiesa Enrique Medina—. También recuerdo que las celadoras eran peores que los celadores y que nos aplicaban torturas sin hacer discriminaciones y sin demostrar piedad alguna».

La doctora Pascual admite, por su parte, que los castigos físicos continuaban propinándose hasta hace muy poco tiempo, pero que hoy «la denuncia de un solo chico efectivizada en el despacho dé un juez con sentido humanitario y decencia, pone las cosas inmediatamente en manos de la Justicia, que hace sentir, a su vez, todo el peso de la ley sobre ese celador de mano larga».

La licenciada Malena Di Paola ensaya una suerte de disculpa para con estos personajes, al decir que «algunos de ellos cumplen jornadas completas y trabajan hasta los fines de semana; cargan con las tareas más pesadas, están mal remunerados y encima se les exige que cumplan con una tarea asistencial para la cual no se encuentran preparados».

Los estudiosos de la minoridad no dejan de señalar, sin embargo, que muchos de los amotinamientos producidos en determinados reformatorios se deben exclusivamente a los malos tratos recibidos. Se ha insinuado también que los famosos «rechifles» o fugas masivas se concretan con la complicidad de ciertos «maestros», muy propensos ellos a aceptar sobornos.

En ese mundo oscuro y hostil, en ese «aguantadero» institucionalizado, pasa sus días este adolescente casi niño pero casi hombre. Allí se entrega con fastidio a rutinarias y compulsivas actividades que apenas sirven para combatir el tedio. Aprende silenciosamente las técnicas del delito, explicadas con grandilocuentes gestos por precoces asaltantes y punguistas que comparten su «rancho» y que quizás hasta alguna vez se transformen en sus cómplices. Se vuelve desconfiado, egocéntrico hasta la exasperación y frustrado para siempre. Se trata ya de un perdedor.

RECUERDOS DEL PRIMER DÍA EN UN REFORMATORIO CUALQUIERA:

El testigo rememora: «Pálido y asustado como nunca, el primerizo se alinea en el patio del instituto, junto a otros compañeros en desgracia y grita fuerte ‘presente’, cuando su nombre aparece en la lista.

Luego es obligado a desvestirse y a soportar la primera requisa. Mientras dura esta operación, uno siente que todo es una pesadilla y que aquello no puede estar ocurriendo en la realidad. Mientras te cachean y te hacen los tactos rectales en busca de pastillas o algún «corte» (arma blanca), salen de algún lado los internos viejos y empiezan a «chetearte» (robar) la ropa y los zapatos que traes de afuera.

Más tarde te dan; a cargo, el overol azul, el buzo, y las zapatillas de lona, y te cortan el pelo. Ahí casi todos aflojan y largan el llanto, y los «maestros» (celadores) se te cagan dé risa en la cara. Uno de los ‘maestros’ me dijo ‘Ya vas a ver esta noche como te rompen la colita, maricón». Me metieron luego abajo de las duchas durante media hora.

El agua salía hirviendo y el vapor hacía imposible la visión adentro de esos baños enormes. Fue entonces cuando por poco me caigo en un pozo ciego. Lo que pasaba era que los internos les destapaban a los nuevecitos el pozo para que se resbalaran y se enterraban hasta el pescuezo en esa montaña de excremento que siempre había en el fondo. Al final fuimos a parar a un dormitorio con seis camas. Allí nos presentamos entre nosotros y nos damos cuenta de que todos é-ramos debutantes. Me encargué de recordarles las amenazas que me había hecho el ‘maestro’. Descubrimos ahí nomás, que convenía estar preparado por las dudas.

Desarmamos las camas, hicimos ‘espadas’ con los elásticos de hierro y esperamos a que cayera la noche. Cuando ya estaba bien oscuro, escuchamos claramente cómo uno de los ‘maestros’ abría la puerta y dejaba pasar a diez pendejos grandes con caras de venir a darse un festín. Nosotros adivinamos al instante que si no reaccionábamos, íbamos a perder hasta el invicto. Sacamos entonces a relucir las ‘espadas’ y les hicimos frente. Los tipos estaban calibrándonos, a ver si éramos ‘logis‘ o ‘pesados‘. Cuando vieron que pensábamos presentar batalla, se replegaron.»

La menor tampoco es un problema menor:

Las estadísticas policiales revelaron que durante los últimos cinco años han desaparecido en la Capital Federal 1.313 chicas de entre 14 y 17 años y que existe al respecto una tendencia creciente. «Se denota preocupación desde distintos sectores por la reiterada frecuencia con que se están produciendo estas desapariciones —advierte Graciela Nora Manonellas—. Algunas de estas jovencitas retornan con el tiempo, otras no vuelven jamás. Se ha negado categóricamente la existencia de organizaciones siniestras dedicadas al secuestro de adolescentes. Se afirmó que sólo en muy pocos casos no se vuelve a tener noticias, otros testimonios indican lo contrario. Todo esto debe llevarnos a reflexionar sobre el tema a fin de establecer sus causas y tomar los recaudos.

En nuestro país se da un fenómeno común a aquellos países que pasaron por trances similares, para luego llegar felizmente a la democracia. En nosotros se ve agravado por la profundidad de la crisis socioeconómica que padecemos.

«Muchas menores, criadas en situación de abandono, se nuclean en grupos cuyos integrantes tienen problemas afines y toman contacto con los medios de comunicación, que les transmiten la imagen de bienes sunturarios de lujos y riquezas a los que jamás podrían acceder. Por eso muchas jovencitas se prostituyen y, en ese submundo entablan relación con los que lucran con ese ‘trabajo’ y las invitan a ingresar en el ambiente que antes veían sólo en imágenes. Lo trascendente es crear las condiciones de hecho que no posibiliten la actuación de esos personajes. Las jovencitas deben tomar conciencia que para ingresar a ese mundo de fantasía que les ofrecen, deben pagar un alto precio: su libertad. Se debe combatir la explotación y trata de mujeres con el mayor énfasis, pero, al mismo tiempo, se debe ayudar a sus víctimas a poder emerger de la trampa tendida y vivir dignamente en sociedad».

El ochenta por ciento de las menores que son internadas en los reformatorios provienen efectivamente del mundo de la prostitución. La doctora Marta Pascual explica cuáles son las características de las menores infractoras: «El varón llega a nosotros después de haber cometido algún hecho violento. La mujer, en cambio, es más pacífica. La proporción de entradas en institutos es de 1 a 10; por cada chica, diez varones. Curiosamente, esas chicas repiten los destinos de sus madres y abuelas, quienes también han sido golpeadas y golpearon, quienes han sido prematuramente rameras y madres. Repiten las conductas a través de las generaciones».

Componentes de una carreta Nombre de las partes de una carreta Bueyes

Componentes de una Carreta: Nombre de las Partes de una Carreta

«La carreta fue, durante tres siglos, el más importante medio de transporte de personas y mercancías en gran parte de nuestro territorio. En torno a ella giró un sector a la vez dinámico y dinamizador de la economía.

La carreta fue mucho más: ciudad móvil fortaleza, tesoro nacional, carro fúnebre, imprenta, burdel, correo y transbordador, Con la llegada del ferrocarril y el alambrado, las pesadas carretas comienzan su marcha hacia el ocaso. La introducción del camión y la camioneta terminará por quitarla de los caminos y borrarla del paisaje.»

Banco o blandura: asiento que se colocaba en el cruce del yugo con el pértigo, formado por una tabla horizontal y dos verticales. Sobre él se colocaba un cuero blando, lanudo.

Bombas: pelotas hechas con hilo de cáñamo, adornadas con plumas de avestruz de colores o plumeros.

Boyero o bueyem: encargado de conducir o picanear los bueyes. Su ubicación aparentemente es la de ir sobre el pértigo, y no dentro de la caja. Era el muchacho «ayudante» encargado de cuidar y traer los bueyes durante los altos de un viaje. También se llamaba así al caballo que iba atado detrás de la carreta y se usaba para juntar los bueyes en los altos del viaje.

Buche: espacio cerrado que se agregaba delante o detrás -culata– con tres cueros vacunos unidos entre sí y a los varales.

Cabezal: vigas de madera dura (lapacho o urunday) transversal al pértigo de 0,20 por 1,15 centímetros, y que conforma la estructura de base, unida a las vigas laterales o limones (coplanares del pértigo). Sobre ella se arma el piso de la carreta de tablas. Entre las tablas y los limones, cada 60 centímetros van los teleras de 4 por 4 centímetros.

Cantramilla: pieza de hierro con forma de pera (y de su tamaño natural aproximadamente) invertida con un aguijón en su base y cascabeles en su entorno, que colgaba de la caña tacuara «picana» y pasaba a su vez por el llamador, pendiente en balancín de la cumbrera de la carreta. Se usaba para estimulara la segunda yunta de bueyes. En su libro, B. Caviglia hace un exhaustivo análisis de este aparato.

Cuarta: sogas torcidas – generalmente tres- que unen los bueyes al yugo.

Quincho: del quichua «kencha», tejido de junto o paja lateral o de cubierta.

Maza: centro de la rueda adonde convergen los rayos. De madera dura, de aproximadamente 45 o 50 centímetros de diámetro, generalmente alojan 10 rayos de 4 por 6.

Matraquilla: lámina de madera, de forma de espátula usada en las carretas de bullangueros o mercachifles, de aproximadamente 50 centímetros de largo, 15 centímetros de ancho y espesor variable de 5 a 1 centímetros, con una guía perforada longitudinal para regular su penetración en los ejes de la carreta. Fijada alabase de ésta, permitiría regular su sonido.

Muchacho: palos que colocados en el extremo del pértigo y en la parte trasera de la culata, unidos por un tiento, permitían trabar y mantener el equilibrio al vehículo (cuando no tenía unido los bueyes) y en la posición horizontal. Paucke los llama en alemán «buben».

Llamador: travesaño o palo superior de aproximadamente 1.50 metros de largo, unido a la cumbrera del toldo. De su extremo cuelga la trabilla y también adornos.

Noque o capacho: saco de cuero donde se llevaban los avíos del viaje o, a veces, grasa derretida o leche. Pértigo: lanza de la carreta, general mente de madera dura (urunday) unida a la caja del vehículo. Sobresale casi tres metros y a el se vinculan los yugos de los bueyes. En el extremo, el pértigo lleva un «muchacho» articulado, para permitir su permanencia en equilibrio horizontal, al sacar los bueyes (mide aproximadamente 7,5 varas, 25 por 15 centímetros).

Picana: Martiniano Leguizamón dice que la picana responde a dos formas: cuando las carretas llevaban tres yuntas de bueyes, el carrero iba sentado en el pescante y usaba la «cantramilla» para agujar a la segunda yunta, pues ella colgaba de la «picana» y con ésta picaba la delantera.

Cuando mejoran los caminos, las carretas ya sólo llevan dos yuntas, y entonces el carrero va sentado en el pértigo, usando el extremo de la picana para los delanteros, y con la otra punta afilada a los bueyes traseros, tranqueros o pértigos o pertigueros.

Es una larga caña con un aguijón en su punta, que cuelga el llamador mediante una «trabilla», de manera equilibrada para facilitar su accionar. Hay varios tipos de picanas decoradas. Las observaciones de Leguizamón aparecieron en La Nación del 18 de abril de 1926 y el 3 de octubre de 1946.

Picanilla: picana corta o de mano usada sólo para los pertigueros de tres varas y medio de largo. Según Paucke era llamada «nocololate/njoaquitiqui».

Toldo: cueros vacunos de potro con el pelo hacia afuera, colocados sobre la estructura de los arcos. A veces iban sobre un entramado de paja.

Trabilla: pieza de madera, que colgaba de una soga o tiento del extremo del «llamador». Por dentro de ella pasaba la caña «picana», manejada en equilibrio desde el interior de la carreta. Primitivamente esta pieza era un cuerno vacuno.

Turú: especie de cometa armada con una caña tacuara y un cuerno vacuno usada para estimular los bueyes y comunicarse, dado que su sonido grave llegaba a mucha distancia.

Varal: travesaños horizontales, paralelo al llamador ubicados en el tercio superior de la caja, que sobresalen de los extremos y permiten armar el «buche», con cueros vacunos. Medidas 4,5 varas de 4 por 4 aproximadamente.

Yugo: pieza de madera dura de aproximadamente 2,5 varas, 2,00 metros de largo, 0,2 centímetros de ancho y 0,15 de alto donde se atan los bueyes por la nuca, por medio de sogas llamadas «coyundas». Yuntas de bueyes: la más cercana a la carreta: «pertigueros»; la segunda: cuartera del medio; la tercera o delantera: cuartera de adelante.

Vasijas: de barro cocido para llevar agua o bebidas alcohólicas colocadas por fuera del vehículo, de capacidad de 50 a 100 litros con espiches para su uso.

carreta antigua del virreinato del rio de la plata

Accesorios La caldera, recipiente anterior a la pava usado para calentar el agua para el mate. Aparentemente desciende del samovar ruso; este recipiente de forma de jarra está ampliamente documentado en la iconografía gauchesca. La caldera —conocida como pava— es de origen y fabricación inglesa (en hierro) o catalana (en cobre).

Recién se populariza después de 1880. Otros accesorios eran las jaulas con aves de corral; maderas para eventuales reparaciones: alimentos (charque); agua; chifles con bebidas alcohólicas; herramientas: lazos, cuerdas, utensilios diversos, cueros y cañas, entre otros.

Uso de bueyes en las carretas La Vida en los Viajes en Carreta

Uso de Bueyes en las Carretas: Viajes en Carreta

«La carreta fue, durante tres siglos, el más importante medio de transporte de personas y mercancías en gran parte de nuestro territorio. En torno a ella giró un sector a la vez dinámico y dinamizador de la economía. La carreta fue mucho más: ciudad móvil fortaleza, tesoro nacional, carro fúnebre, imprenta, burdel, correo y transbordador, Con la llegada del ferrocarril y el alambrado, las pesadas carretas comienzan su marcha hacia el ocaso. La introducción del camión y la camioneta terminará por quitarla de los caminos y borrarla del paisaje.»

El buey, una de las especies animales relacionadas con la mitología, integra, con la vaca y el toro, un grupo siempre presente en todas las culturas. Ligado estrechamente a la producción agropecuaria, es natural que ellos pertenezcan a los distintos cultos con la fertilidad y con la fuerza, llegando a ser en muchos casos la representación de los dioses de la tierra. A ellos algunas religiosas dedicaban los sacrificios mientras que, en otros, constituían los objetos de sacrificio.

Los primeros animales domesticados e históricamente conocidos, antecesores de nuestros vacunos, son los de Egipto, donde el buey Apis se consideraba divino y símbolo de la energía divina y creadora. En la India, el respeto hacia estos animales llega al castigo a quienes falten a esa costumbre, y nos queda de Babilonia suficiente material como para apreciar el culto hacia los toros. A los persas podemos agregar los hebreos, quienes llegan a adorar al becerro de oro.

De los cretenses recordamos el tema del laberinto y el Minotauro, la taurocatapsia y su presencia constante para los minoicos, tema que luego pasa a la cultura romana convertido en Baco. En nuestra tradición de raíz hispánica conocemos la presencia constante del toro y la vigencia de sus corridas, practicadas hasta ahora en algunos países latinoamericanos.

Esa presencia permanente de los vacunos, junto al trabajo, a la mitología y la religión de la mayoría de los pueblos, tiene en el buey aun protagonista que trasciende y dura en la imagen. No es casual entonces que en el escudo nacional de la República Oriental del Uruguay figure un vacuno, como símbolo de la riqueza y abundancia, y tenga también la carreta un hermoso monumento en el principal parque de Montevideo. Para Ezequiel Martínez Estrada, «de la vaca provienen todos los males y todos los bienes argentinos…». En tanto que César Fernández Moreno anota que «en la Argentina los portafolios llevan afuera cuero de vaca, y en su interior expedientes de vacas…».

Para no fatigar a los bueyes, en verano la marcha era nocturna y en invierno, diurna. Con frecuencia, ante el agotamiento prematuro de algún buey, se lo abandonaba y reponía por los de refresco. El animal, librado a su suerte sin agua y alimento, moría y era pasto de las abundantes aves de rapiña. Eran muy buscados los bueyes «rocines», que podían soportar hasta 48 horas sin beber agua.

Félix de Azara, en Apuntamientos para la historia natural de los cuadrúpedos del Paraguay y el Río de la Plata, refiere que «el Capitán Juan de Salazar trajo de Andalucía 7 vacas y un toro desde el Brasil hasta Asunción en 1556, siendo ellos los primeros vacunos arribados a tierras americanas». A este aporte se agregaron animales provenientes del Pacífico y directamente de Europa.

Al fundarse Corrientes en 1588. se arrean desde Asunción 3000cabezas vacunas. Con la facilidad de contar con infinitos animales, el buey era en la práctica un recurso natural inagotable, lo que llevó a su utilización como fuerza motriz de las carretas y a la perdurabilidad de ellas. La fuerza de tracción y su «combustible» eran gratuitos, lo que permitió que este medio tuviera a lo largo de los años tanta vigencia, ayudado de una geografía de llanura, pródiga en pasturas y aguadas naturales.

Los bueyes que propulsaron las carretas eran de raza criolla con cruzas muy diversas: Jersey, Holando e Inglés, siendo por lo general animales de seis a quince años y con un peso de entre 400y 500 kilos. Cada buey tenía su propio nombre. Los más hábiles y acostumbrados eran los que se ubicaban delante de todo, yendo siempre los más ariscos a la tercera colocación como «pertigueros»- ,cercanos al conductor y a su picanilla de mano de fácil manejo.

A los bueyes, a los que se llamaba comúnmente «güey» o «guay», se los identificaba con nombres «clásicos», tales como Palomo, Colorao. Barroso. Yaguané, Rosa, Overeo Cola Blanca. A este respecto, es Saubidet quien registra un listado muy amplio, rara vez de tres sílabas. El mismo autor cita a uno de los cantares de los carreteros:

Señores les cantaré/ la vida del carretero/ que siempre va por la gueya/arre, arre, compañero…/La vida del carretero es una, vida trompeta/ muchas veces va dormido/sentao sobre la carreta/ Y siempre andando en la gueya/cuando divisa algún pozo /fuerte le grita a los bueyes:/ ¡Osco! /yaguané/ barroso.’

Los Caminos en Argentina Colonial Los Viajes en Carretas con Bueyes

Los Caminos en la Argentina Colonial: Viajes en Carretas Tiradas por Bueyes

«La carreta fue, durante tres siglos, el más importante medio de transporte de personas y mercancías en gran parte de nuestro territorio. En torno a ella giró un sector a la vez dinámico y dinamizador de la economía. La carreta fue mucho más: ciudad móvil fortaleza, tesoro nacional, carro fúnebre, imprenta, burdel, correo y transbordador, Con la llegada del ferrocarril y el alambrado, las pesadas carretas comienzan su marcha hacia el ocaso. La introducción del camión y la camioneta terminará por quitarla de los caminos y borrarla del paisaje.»

Con justa razón se comparó a los conductores de carretas con los navegantes. Se asemejaban a éstos no sólo como capitanes de sus navíos terrestres, sino también por conducir verdaderas escuadras de decenas de carretas que surcaban nuestros horizontes. Pablo Rojas Paz. nos recuerda Carlos Antonio Moncaut, acuñó una de las más hermosas imágenes evocadora de estos viajes. «Era tierra más para ser navegada que transitada, para ser vivida y no viajada», escribe Rojas Paz y añade: «Las carretas hacían por eso el crucero en convoy formando tropas, con un cañoncito que se alistaba en cualquier emergencia.

Hacer caminos hubiera sido escribir en el agua. Había que usar, pues, una técnica náutica, guiarse por las estrellas. El camino trazado en la tierra hubiera sido borrado por los vientos, el agua y la sequía; había que grabarlo en la mente, llevarlos en secreto. Y así el hombre marchó por rumbos invisibles. Y cuando el gaucho conquistó el fiel del rumbo, los caminos se alzaron desde la huella humilde por donde el hombre marchaba mirando más el cielo que a la tierra». Ese mar estaba preñado de peligros.

El prolongado aislamiento entre las cabeceras del viaje, las inseguridades, los accidentes del terreno, la técnica adecuada de conducción en las travesías, generaban un microcosmos con códigos y normas de comportamiento respetados por la heterogénea y forzosa compañía.

Se trataba de una modalidad sui generis, diferente a la que se observaba en la vida urbana. En aquella se imponía la autoridad y la disciplina de los «navegantes» expertos y conocedores de la geografía, el tiempo, los accidentes y los horarios adecuados para la marcha, el descanso, el canto y el baile.

De esta peculiar forma de vida nómade existe una abundante iconografía. Los carreteros, junto a los domadores, troperos y tronzadores de cuero, pertenecían no sólo a uno de los más antiguos y mejor retribuidos oficios de nuestra pampa, sino que conformaban uno de los escasos grupos donde se podían encontrar diferencias por sus especializaciones.

Los ingresos de este grupo solían ser un 50 por ciento mayores que el resto. Según José Barcia, a los carreteros se los conocía con el nombre de «gobernadores de carros», lo que acusa la importancia y el reconocimiento que en la época se concedía a su función. Narra Sarmiento que la autoridad del jefe de la tropa de carretas era absoluta: imponía la ley a garrote o a cuchillo. Llegaba a torturar y hasta ejecutar a los «díscolos» y a los remisos a su autoridad.

En la carreta delantera, sede del capitán de estas verdaderas escuadras terrestres, se instalaba un cañoncito. como ya vimos que recordaba Rojas Paz. La mayoría de los propietarios de las carretas eran de origen vasco. Los peones y picadores eran gauchos porteños o criollos de provincias.

Los propietarios de carretas actuaban también como comisionistas o acopladores en combinación con los comerciantes de Buenos Aires. Algunos de estos empresarios carreteros solían adquirir parte de sus mercancías a los productores. La modalidad era adelantarles en pago el 50 por ciento de su valor.

Este anticipo muchas veces se convertía en único pago, pues la lentitud de las comunicaciones, la escasez de noticias y el hecho de que muchos productores no sabían leer ni escribir, favorecían estas maniobras que permitieron el enriquecimiento de muchos de estos propietarios de flotas de carretas. Para Ramón J. Cercano, el gremio estaba dividido en tres grupos principales. En primer lugar, los llamados «hombres distinguidos» de Cuyo o el interior.

Reservaban una o dos carretas para transportar los «efectos europeos» destinados a cubrir sus propias necesidades, alquilando el resto de los vehículos de la tropa. En segundo término, gente de menores recursos… quienes lograban acumular un pequeño capital propio que arriesgaban íntegramente en cada operación de viaje de una flota de carretas.

Por último, los fletadores eran un grupo constituido por gente sin recursos que cobraban los fletes por anticipado, lo que generaba continuos pleitos y embargos por falta de cumplimiento, Los tripulantes de estas carretas formaban una virtual casta, y estaban más allá déla ley de julio de 1823 que regulaba las contrataciones de mano de obra y establecía la obligatoriedad de llevar «la papeleta de conchabo».

Los integrantes de aquellos convoyes podían desplazarse sin necesidad de solicitar permisos especiales a cada juez de paz de cada sitio del trayecto. Así evitaban ser enganchados «voluntariamente» como soldados para ir a la frontera. Los carreteros concentraban sus tropas en sitios escogidos en las orillas de cada pueblo o ciudad en donde acampaban, reparaban sus vehículos, mantenían sus animales, efectuaban las tareas de carga y descarga de bultos y hacían por poco tiempo una vida sedentaria y menos penosa que la de las travesías. En Buenos Aires eran famosos el hueco de plaza Lorea, y las plazas de Once.

Constitución, la Concepción y los bajos de Retiro, sitios en los que después se levantaron algunas de las estaciones ferroviarias. Eran aquellos sitios rumorosos, coloridos. El descanso abría la conversación, estimulaba el apetito de la charla y daba rienda suelta a la «parlanchina bullanguera».

Esa pequeña ciudad satélite y móvil daba animación al poblado sedentario, lo alimentaba de mercancías, novedades y noticias. Se los distinguía a lo lejos por el humo de sus fogatas, las idas y venidas y las guitarras que se templaban al anochecer. Ese paisaje comenzó a desvanecerse por el avance del tren y desapareció empujado por las estaciones ferroviarias, esos templos del progreso que transformaron el paisaje urbano y rural. Muchas de estas estaciones se emplazan en sitios más distantes de las plazas principales.

Hacia allí se transfiere el movimiento de pasajeros y cargas y, durante un tiempo más, también las carretas ahora transportadas sobre vagones. Con la incorporación del ferrocarril comienza a languidecer esta actividad como negocio y, a partir de 1870, tiende a desaparecer como consecuencia del predominio de ese nuevo medio de transporte. De la magnitud de ese movimiento de carretas da cuenta una estadística de 1863, que registra el ingreso de 18.908 vehículos a Buenos Aires.

Durante el período de transición de la era de la carreta a la del ferrocarril coexistieron ambas modalidades. Funcionó entonces un sistema mixto: las cargas se trasladaban en carretas hasta los puntos de concentración. Chascomús fue uno de esos centros de trasbordo. De allí se cargaban las carretas sobre las chatas, con lo que se disponía de una especie de primitivos contenedores. Tan importante era el movimiento de carretas que la partida de cada una de las tropas se anunciaba en los periódicos.

Federico Oberti menciona uno de los tantos avisos: «Salida terrestre. Tropa de carretas de Don Benito Pucheta con destino a Córdoba, Despachada por el Consignatario Manuel Molina saldrá el 26-3-1838 con efectos de ultramar yerba-azúcar-ferretería-aceites-cristales».

Esta importancia de la carreta para la economía del país se reflejó en los billetes de banco de 1869, que reproducen la clásica tropa. A medida que se incorporan los adelantos técnicos al país alambrados, molinos, ferrocarril y otras explotaciones y afluye la inmigración, la carreta, y el mundo que giraba en torno a ella, entra en crisis.

Esto afecta a los empresarios y, en mayor medida, a los amansadores de bueyes, a los picadores, carpinteros, pulperos, boyeros, peones y demás personajes que integraban ese particular universo. La desaparición, comenzada en la provincia de Buenos Aires, se fue propagando a todo el país.

Esta situación contribuyó seguramente a acrecentar los sentimientos de rechazo del criollo hacia el «gringo», en quienes algunos percibían los causantes de su marginación y de la desocupación provocada en ese sector. Contrariamente a lo que se cree, la mujer siempre formó parte de las caravanas, con lo cual queda desvirtuado el enfoque machista de esta actividad.

Tanto los relatos de viajeros como la numerosa iconografía existente reflejan la presencia permanente y natural de la mujer en esos convoyes: desde la partida, los altos en el camino hasta la llegada, participa siempre como constante acompañante del gaucho, tropero y trashumante, negando así la imagen de estar aferrado a un lugar.

Hilario Ascasubi nació debajo de una carreta en Fraile Muerto en 1807. Se sabe que las comodidades de una carreta eran superiores a las de las viviendas de la época. Después de las invasiones inglesas, el general Beresford y sus subordinados prisioneros en la villa de Lujan pidieron vivir en carretas, dado que los alojamientos eran sucios, húmedos y llenos de insectos.

Esto no debe sorprender, pues de los relatos de la época se desprende que los hacendados de las cercanías de los caminos reales, alejados de la «civilización blanca», vivían en condiciones rigurosas y precarias, privados de las comodidades más elementales. En las viviendas faltaba casi todo, a veces hasta puertas y ventanas.

El moblaje se reducía a menudo a un barril de agua, un cuerno para beber, asador de palo, ollas de fierro y algún banquillo. Pese a la abundancia de lana, camas y manteles eran desconocidos. El atuendo de propietarios y peones era similar y sólo difería en la calidad de las prendas, lo que permitía reconocerlos. El paso de alguna caravana por uno de estos sitios provocaba el interés de los pobladores, quienes veían alterada así la monotonía de sus vidas cotidianas.

ompañaba a la flota de carretas los gritos de los peones, el chirrido de las ruedas y una cantidad de animales domésticos: perros, gatos, aves y hasta gallos de riña eran infaltables compañeros de viaje. Los carreteros debían mirar el cielo y descubrir las amenazas de lluvias que traían aparejados los riesgos de naufragios en los ríos crecidos y furiosos.

A menudo, el pasaje de ríos o pantanos obligaba a la descarga sorteando el obstáculo por separado, ya sea en canoas o en pelotas, luego de lo cual se procedía a acomodar pasajeros y bultos en la otra orilla. Hacia el norte se prefería el invierno, la estación seca.

El trayecto de Buenos Aires a Salta se recorría en seis meses, con lo cual, si las condiciones del tiempo eran buenas, una tropa de carretas sólo podía hacer en el año un solo viaje de ida y vuelta. Según recuerdos del doctor Justo José Miranda de Villaguay, Entre Ríos, el viaje entre Concordia y Villaguay en las famosas «carretas de Michelana» duraba 15 días. Ni lluvias ni tormentas, ni crecientes las atajaban.

Tenían altas ruedas enllantadas, techos de zinc, doble forro de pinotea y hojalata en techo, piso y paredes; cabía un hombre parado dentro de ellas; el pértigo era de pinotea y de un grosor de 3 por 8 pulgadas; todas eran nuevas y de lapacho. Para soliviarles el peso a los bueyes, en las culatas se ponían piedras».

En una carreta viajaba la familia y, en la otra, la carga. Cuando dos caravanas se cruzaban en el camino se acostumbraba a hacer un alto, se intercalaba una pausa para dar lugar a la fiesta con guitarreada, baile, asado y juego de naipes. A medida que la carreta avanza, va pagando impuestos en cada provincia.

Los gastos fijos más los impuestos insumen la mitad del costo. Referente a las tasas pagadas, podemos mencionar el testimonio de las quejas de los cuyanos. Debían pagar sobre la totalidad de las botijas, sin considerar que muchas de éstas se rompían en el viaje por el traqueteo y otras transformaban el vino en vinagre debido a los calores que debían soportarse durante la travesía. Este pleito fue finalmente zanjado con la Real Cédula de 1760 donde el impuesto se redujo sensiblemente, por un periodo de los seis años siguientes, pasando de 12 a 4 reales.

El costo de los fletes por cada carreta a Salta y Jujuy, 180 pesos; a Mendoza, 110 pesos. El carretero se asimiló a esta vida naturalmente, y soportó hambre, sed, privaciones, riesgos y agresiones con parecido espíritu de los conquistadores españoles que abrieron muchas de las sendas para esas travesías.

En sus crónicas de la Conquista del Desierto (1879), Remigio Lupo advierte el proceso de sustitución en el sur del país de las viejas y pesadas carretas por carros tirados por muías y el apoyo que en esas operaciones prestaba el ferrocarril. Ya durante la Guerra del Paraguay, la carreta tuvo un importante papel auxiliar en la logística de los ejércitos aliados entre 1865 y 1866.

Los cuadros de Cándido López y el diario «Cabichui» de las trincheras paraguayas revelan la importancia de este vehículo en esas acciones militares. Existen testimonios que años antes, entre 1837 y 1842, en el sur del Brasil, durante la llamada Guerra de los Farrapos, a la carreta le cupo un rol tan importante que el extremo sur brasileño era conocido como la «República de las carretas».

Los carreteros tienen su propio santo patrono: Sebastián de Aparicio, a quien la Iglesia beatificó en 1798. Nacido en Galicia en 1502, se embarcó con destino a México en 1531. Allí se especializó en la fabricación de carretas que hacían transportes de mercancías de Veracruz a Puebla. Tal era su habilidad que despertaba admiración en el pueblo. Tal admiración creció cuando Aparicio añadió a esa condición la de construir los primeros caminos por los cuales circulaban sus carretas.

Llevó una vida de trabajo duro, pues se ocupaba además de tareas agrícolas. A los setenta años ingresó como lego en la Orden de San Francisco, pese a «no saber escribir ni firmar». Sin dejar el convento, retomó allí sus tareas artesanales donde, y a pesar de ser conocido de allí en más como «él fraile loco», comenzó a rodearlo un halo de admiración por sus virtudes y habilidades. Las envidias lo desplazaron del convento al que retornó pues, más allá de no saber ni escribir, se le comenzó a reconocer como sostén económico de la orden.

Finalmente, cuando sus milagros se propagaban por toda la región de Puebla, anunció su muerte, la que sobrevino el 20 de febrero del año 1600. cuando tenía 98 años. La Iglesia de San Francisco de Puebla guarda sus restos.

Los medios de transporte en Argentina colonial Traccion a sangre

Los Medios de Transporte en Argentina Colonial Tracción a Sangre

«La carreta fue, durante tres siglos, el más importante medio de transporte de personas y mercancías en gran parte de nuestro territorio. En torno a ella giró un sector a la vez dinámico y dinamizador de la economía, La carreta fue mucho más: ciudad móvil fortaleza, tesoro nacional, carro fúnebre, imprenta, burdel, correo y transbordador, Con la llegada del ferrocarril y el alambrado, las pesadas carretas comienzan su marcha hacia el ocaso. La introducción del camión y la camioneta terminará por quitarla de los caminos y borrarla del paisaje.»

La carreta era en España el nombre usual para designar el vehículo tirado por bueyes. Es el modo que emplea Cervantes en El Quijote, cuando dice: «Ya encantado Don Quijote en esta carreta…» La definición y descripción que de ella hace Félix Coluccio en su Diccionario folklórico argentino, nos parece lamas abarcadura e insustituible.

El investigador define a las carretas como «carros de gran tamaño, tirados por bueyes, que eran utilizados en nuestra campaña para llevar los productos de una región a otra, así como sirvió para transporte de pasajeros durante mucho tiempo, ya que era el único medio de comunicación disponible.

Su uso se ha limitado en nuestro país y aún sigue manteniéndose con ventaja en el norte del Uruguay. Debe señalarse que los carros de ruedas macizas tienen aún bastante empleo en el interior de nuestro país, y que por lo común son arrastrados por bueyes, especialmente los grandes destinados al transporte de troncos o de madera en general, por ejemplo, las que se usan en la región patagónica occidental».

Continúa Coluccio: «Hacia 1773, Concolorcorvo describía minuciosamente la carreta: las dos ruedas son de dos y media varas de alto, punto más o menos, cuyo centro es una maza gruesa de dos o tres cuartas. En el centro de ésta atraviesa un eje de quince cuartas sobre el cual está el lecho o «cajón» de la «carreta».

Esta se compone de una viga que se llama  pértigo», de siete y medio varas de largo, a las que acompañan otras dos de cuarto y medio, y están unidas en el  pértigo por cuatro varas o varejones que se llaman  teleras, forman el «cajón cuyo ancho es de vara y inedia.

Sobre este plano lleva en cada costado seis estacas clavadas, y en cada dos va un arco que, siendo de madera o de especie de mimbre, hacen un techo ovalado. Los costados se cubren de junco tejido, que es más fuerte que la totora que gastan los mendocinos.

Y por encima, para preservarlas de aguas y soles, se cubren con cueros de toro cosidos, y para que esta carreta camine y sirva se le pone al extremo de aquella viga de siete y media varas un «yugo» dedos y media, al que se uncen los bueyes, que regularmente llaman «pertigueros»».

Sin embargo, las definiciones varían según los distintos autores.

Ramón J. Cercano, en su clásica Historia de los medios de comunicación y transporte, editada en Buenos Aires en 1893. considera a la carreta como tal sólo cuando sus laterales son de quincho o de totora.

Según este autor, corresponde hablar de «carretón» cuando su lateral es de madera. Otros autores, como Enrique Rápela, también la llaman «castillo», en este caso aludiendo a su forma lateral trapezoidal.

Los planos que ilustran esta nota han sido realizados sobre la base de fuentes bibliográficas, observación en museos, entrevistas con personas conocedoras del tema y relevamiento de carretas existentes.

Aparentemente, el precursor y primer «armador» de una flota de carretas fue el gobernador del Tucumán don Juan Ramírez de Velazco, quien en 1593 le informa por carta al rey de España que construirá a su costa 40 carretas provistas cada una de ellas con tres yuntas de bueyes bien fornidos.

Con ellas esperaba unir el Tucumán con Buenos Aires en un trayecto de 600 leguas. Distancia que se cubría a razón de ocho leguas por día. La carreta soportaba una carga de 228 arrobas.

Las famosas carretas tucumanas. dice Horacio William Bliss, «eran capaces de conducir dos toneladas de carga».

En 1708. una carreta en Corrientes costaba 100 pesos. Para establecer ese valor, no sólo se tomaba en cuenta el trabajo que demandaba su fabricación, que doblaba el salario de un obrero, sino también el costo de transporte de las maderas empleadas en su construcción, las que se traían de sitios distantes de la ciudad. Los precios puede dar una idea de su valor: un buey costaba seis pesos; una arroba de yerba, cuatro pesos; una vaca invernada, un peso; un corte de carreta en bruto, 25 pesos; una carreta terminada, 100 pesos.

De todo esto surge la importancia que tenía la carreta no sólo como medio auxiliar de otras actividades económicas, sino de ella misma como actividad industrial. La carreta generó, por las características de las técnicas y materiales empleados en su construcción, y por su mismo uso y mantenimiento, un importante sector dentro de la economía de la época.

En su fabricación intervenían una importante cantidad de artesanos y ayudantes. Fueron las provincias de Tucumán. Corrientes y Mendoza donde mayor importancia alcanzó su fabricación. En Corrientes, este medio de transporte tuvo gran vigencia y casi se puede decir que ella fue durante la mayor parte de la vida correntina el único medio seguro usado para el transporte.

Según da tos recogidos por Maria E. Pérez, referidos a diciembre de 1882, el número de carretas que entraron al «Piso», el principal mercado de concentración y sus cargas, fueron: 213 con maderas, 127 con sandías, 29 con leña, 18 vacías, 17 con zapallos y melones, 13 con postes, 11 con cueros y 9 con maíz en grano.

Esto indica que la carreta era el único medio de transporte empleado y la existencia de una importante flota moviéndose en torno a la capital correntina y sus cercanías. Las disposiciones sobre carros y  carretas recogidas en los digestos municipales del siglo pasado confirman esa importancia.

Las autoridades establecían las medidas admitidas, horario de marchas, tipos de cargas, ancho de llantas, patentes a abonar y condiciones para la explotación del servicio. Estas carretas llegaban a Buenos Aires trayendo no sólo pasajeros y mercancías, sino también dolores de cabeza a los funcionarios que renegaban por los daños que provocaban sus altas ruedas en las calles de tierra.

Tal era el fastidio que el Cabildo prohibió su acceso a las manzanas céntricas en 1774, medida que encendió más aún la polémica con los defensores de los carros tirados por caballos. Se exponían teorías sobre la presión de los vasos de uno y otro animal, el ancho más adecuado de las ruedas o la influencia de la velocidad. Catorce años después, el Cabildo se decide a autorizar la circulación de las «serviciales carretas».

En la Intendencia de Salta del Tucumán se fabricaban, hacia 1776, unas 200 carretas al año a un costo de 50 pesos por unidad, señala el padre Furlong. Había quejas sobre «el apego a la rutina» del que hacían gala algunos fabricantes que demoraban en construir «carretas de cuatro ruedas, a ejemplo de los coches de Valencia y Murcia». Reclamo que escuchó el salterio Domingo Patrón, quien «en 1805 fabricó unas 12 o 14 galeras de cuatro ruedas», según Edberto Acevedo.

De acuerdo al censo de 1820, en las provincias de Corrientes y Entre Ríos se registran 47 carreteros y 164 carpinteros, número importante en relación con las otras actividades productivas detalladas en dicho censo. «Las carretas mendocinas eran más a nenas que las de Tucumán y llevaban 20 arrobas más de carga, porque los caminos que recorrían éstas últimas tenían montes espesos que lo estrechaban.

Los tucumanos no tenían necesidad de bajar su carga en el camino; los mendocinos sólo en época de avenidas, en los que las utilizaban hechas con los yugos. Paraban en el camino alrededor de las diez de la mañana, hasta las cuatro de la tarde, ya que el calor era lo único que cansaba a las bestias», anotan las investigadoras María Inés Soules, Susana Martínez y Silvia Moreau.

Respecto al caso del Litoral, contamos con el testimonio de Emilio Honorio Daireaux (1887), que recoge Moncaut en su reciente interesante libro Travesías de antaño. En el Litoral «no existía ningún bosque, no se podían construir vehículos, faltaba madera. En cambio ésta abundaba en los campos de Tucumán, situada en el camino del Perú y de Bolivia.

De allí salieron los primeros tipos de esas enormes carretas que, arrastradas por seis u ocho yuntas de bueyes, no han cesado, desde entonces, de surcar la pampa por convoyes de ocho ó diez, viajando de conserva, transportando del litoral al Perú, los cargamentos venidos de Europa, viaje que duraba cinco o seis meses.

Las etapas eran de a cuatro leguas por día, ya era eso mucho para un buey, sobre todo para ruedas macizas, imperfectamente redondas que soportaban la imponente masa de estos elevados edificios, más altos que la mayor parte de las casas de la colonia, de paredes más resistentes, de sólida techumbre. Se viajaba de día o de noche, según que la temperatura, fresca o cálida permitía o no arrostrar los rayos del sol. Después de tres siglos, en nada ha cambiado su aspecto, no piensan en abdicar ante el ferrocarril; antes bien éste ha debido transigir con ellas».

La Historia de la Carreta en Argentina La Tracción a Sangre en el Pais

La Historia de la Carreta en Argentina La Tracción a Sangre en el País

«La carreta fue, durante tres siglos, el más importante medio de transporte de personas y mercancías en gran parte de nuestro territorio. En torno a ella giró un sector a la vez dinámico y dinamizador de la economía, La carreta fue mucho más: ciudad móvil fortaleza, tesoro nacional, carro fúnebre, imprenta, burdel, correo y transbordador, Con la llegada del ferrocarril y el alambrado, las pesadas carretas comienzan su marcha hacia el ocaso. La introducción del camión y la camioneta terminará por quitarla de los caminos y borrarla del paisaje.»

Hasta comienzos del siglo XIX, las comunicaciones de los pueblos del interior con Buenos Aires y de aquellos pueblos entre sí reflejaban la relación de fuerzas y de equilibrios existentes en sus respectivas economías. Desde finales de esa centuria, la extensión de la red ferroviaria quiebra la antigua orienta-norte-sur y este-oeste de los intercambios regionales.

Al hacerlo, consolida a Buenos Aires como centro de un sistema de comunicación hacia el cual convergen y desde el cual divergen los caminos. De ese modo, el esquema de comunicaciones que prevalece será el de un embudo, propio de las economías primarias.

El sistema «parrilla» de países más desarrollados dotó a éstos de una mayor cohesión interna. Décadas después, y con especial intensidad a partir de la década de 1930, comenzará la pavimentación de rutas troncales nacionales que atenuarán los efectos de aquella concentración.

Por último, sobre ambas circularán las líneas aéreas comerciales y del Estado. Pero, para llegar a ese dominio del espacio, fue necesario recorrer un largo trayecto que, iniciado durante la conquista, concluirá con la incorporación del ferrocarril. La extensión territorial de la Argentina, su escasez de población, los riesgos de las largas travesías y la precariedad de los medios de transporte, permanecieron con escasas variantes hasta fines del siglo XIX.

Uno de los medios de transporte más importante que permitió iniciar el proceso de dominio de una parte del espacio fue, sin dudas, la carreta. Dentro del sistema de tracción a sangre, la carreta ocupa un lugar preponderante. Sobre ella se fueron tejiendo y anudando las relaciones comerciales en gran parte del actual territorio argentino. Con la irrupción del ferrocarril, su importancia se redujo pero no fue anulada ya que durante décadas, funcionó la articulación entre el tren y la carreta.

Hasta la primera mitad del siglo XX, en varias provincias argentinas, y en Brasil, Paraguay y Uruguay, siguió prestando sus servicios. Es que la carreta no fue sólo un medio de transporte de pasajeros o cargas: fue, además, la primera casa rodante y el primer diseño móvil espontáneo capaz de reunir múltiples usos.

Es sabido que antes de la llegada de los conquistadores españoles, incas y aztecas disponían de un eficiente servicio de comunicaciones asentado sobre el trazado de una red de caminos, postas o «tambos» y relevos. De este modo, los «chasquis», especialmente adiestrados, eran capaces de recorrer hasta catorce leguas diarias, o sea unos 72 kilómetros. De este sistema casi perfecto se retrocedió a una marcada desorganización, después de la conquista.

Mediante una Real Cédula de 1577, Felipe II prohibió el uso de coches en América. La medida, destinada a poner límites al lujo y la ostentación desmedida de los funcionarios, se tomó pretextando que ese abuso agravaría el peligro de llegar a la escasez de caballos y mulas. También se prohibió que los pobres anduvieran a caballo. Durante toda la vida colonial, y en las primeras décadas de nuestra vida independiente, el caballo y la mula constituían los únicos medios de locomoción.

Recién en 1717 el gobernador de Buenos Aires introdujo una calesa tirada por mulas. En la Lima virreinal, el número de esas calesas era capaz de sostener una importante demanda de mulas. Podemos decir que aquella calesa y los carretones que trajo Juan de Caray fueron los antepasados de nuestros medios de tracción a sangre, entre ellos, la carreta.

El Periodismo en la Carceles Historia del Sistema Carcelario Argentino

El Periodismo en la Cárceles: Historia del Sistema Carcelario Argentino

Los periódicos en la cárcel
Pero no todos los aspectos de aquel período del régimen carcelario fueron negativos. Ya hemos visto que a Penitenciaría Nacional, por su tratamiento científico, comenzaba a llamar la atención a los estudiosos de la ciencia penitenciaria de todo el mundo.

Fue justamente en 1906 —año prolífico como vemos para la ciencia penitenciaria argentina—, cuando inspirado en los consejos de la penitenciarista española Concepción Arenal, José Luis Duffy, director de la Cárcel de Encausados, tras preparar un staff de presidiarios y montar una minerva, creó otra nueva actividad rara solaz y esparcimiento de sus reclusos: el periodismo. El 14 de enero de 1906, Buenos Aires asistía al lanzamiento de un nuevo órgano de opinión, reservado a un nivel  de la opinión pública muy particular: el que conformaban los presidiarios.

Un equipo de redacción perfectamente adiestrado, compuso aquel primer número de Vida Nueva centro de la cárcel; logrando que al año siguiente un decreto del Poder Ejecutivo Nacional dispusiera el envío del periódico a todas las cárceles de la República.

Lamentablemente, por razones de fuerza mayor Vida Nueva dejó de aparecer en 1928, cuando la rotativa estaba acostumbrada a tirar 7.500 ejemplares que se repartían en 47 establecimientos del país.

Fue precisamente Eusebio Gómez quien hizo una reseña del material de lectura inserto en aquella publicación. Dice así: «Vida nueva contiene máximas y escritos de moral, noticias de los últimos descubrimientos e invenciones, extractos o reproducción de artículos tomados de otras publicaciones, curiosidades instructivas o sugerentes para los detenidos, trabajos realizados en las clases y en los talleres, recompensas recibidas, resultados de los exámenes trimestrales, peculio devengado, etcétera»

De cualquier forma, antes de desaparecer, Vida Nueva generó imitadores que siguieron su ejemplo. Entre los años 1921 y 1922, en el presidio de Ushuaia se publicó Nuevos Rumbos, y en la Penitenciaría Nacional, en 1930 se comenzó a vocear La Verdad, una hoja que desapareció de circulación después de contabilizar diez números, logrados contra viento y marea y pagados con el peculio de un esforzado y tozudo equipo de redacción.

Existencia efímera acompañó también a El Eco, un periódico con el que la Escuela de la Cárcel de Ushuaia llegó al insólito mercado en 1931.

Y no faltaron revistas en aquella escalada periodística: la Colonia Hogar Ricardo Gutiérrez, en 1925, se apuntó el honor de ser la primera en salir a la palestra con una publicación de este tipo; Nuevos Rumbos, primer magazine editado en la Argentina en estas condiciones, bajo el título traía un sugestivo slogan, «de los muchachos para los muchachos». La actividad de la Colonia pronto fue copiada por el Patronato Nacional de Menores, que a partir de 1936 se lanzó a su público con la revista Infancia y Juventud.

Si bien sería largo enumerar la nómina entera de publicaciones nacidas en las cárceles argentinas, a modo de cierre digamos que en 1941 la Dirección de Institutos Penales, a cargo entonces del doctor Paz Anchorena, resolvió editar el periódico Domingo, una hoja que se distribuía en los institutos nacionales y alcanzó vasta difusión como el singular Vida Nueva. Pero baste mencionar que todas ellas, sin distinción, intentaron conectar al recluso con un mundo exterior que palpitaba más allá de los muros y las rejas.

Todos ellos significaron —por esa mágica conjunción del papel con las letras—, algo así como «un amigo que nos habla periódicamente, asegurándonos que la libertad no es una utopía», según definió C. R., un detenido de la Cárcel de Encausados allá por 1933.

Fuente Consultada: Cáceles  Historia Popular  Tomo 19  Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

El Petiso Orejudo Cayetano Godino Historia Primer Asesino Serial

El Petiso, Orejudo, Cayetano Godino
Historia Primer Asesino Serial Argentino

Sobre la leyenda de Cayetano Santos Godino, el «Petiso Orejudo», matador de niños y piromaniaco, se han escrito libros, obras de teatro, filmado películas y hasta pintado cuadros. Pero pocos como el periodista Juan José de Soiza Reilly pudieron definir en pocas palabras lo que significaron los cuatro crímenes. El siguiente es un extracto de una nota que Reilly publicó en 1933 en la revista Caras y Caretas:

«En 1912, Buenos Aires se estremeció de espanto. Las madres escondían a sus hijos, gritando
– ¡Un monstruo!

En efecto. Había aparecido un monstruo que robaba niños. Elegía como los ogros de los cuerpos fantásticos, los niños más hermosos y más tiernos de cuatro a seis años. Para atraérselos utilizar: en vez de la varita mágica de los encantadores, algunos caramelos. Los pobres inocentes, sugestionados por la golosina, iban detrás de aquel imán con los brazos tendidos.

El bárbaro se los llevaba a rincones obscuros. Allí los mataba, lentamente, para darse el gusto de ver cómo morían. Era un marqués de Sade. Utilizaba, a falta de colmillos de antropófago, un enorme clavo de hierro».

Fue descubierto y condenado a perpetua en la Cárcel de Ushuaia, allí fue salvajemente golpeado por los reclusos al descubrir que él les había matado su gato de mascota, abocándolo como hacia con sus víctimas.

EL CASO DEL PRIMER ASESINO SERIAL ARGENTINO: CAYETANO SANTOS GODINO:
«El Petiso orejudo»
Ajeno tal vez a esos avalares periodísticos, un joven de 16 años, paciente de una enfermedad que lo movía a mortificar y matar niños, provocaba una ardua polémica en el Buenos Aires de 1914.

Cayetano Godino Por ese entonces, Cayetano Santos Godino —tal el nombre del enfermo, más conocido por su alias El petiso orejudo—, era alojado en el Hospicio de las Mercedes, pabellón de alienados delincuentes, por disposición del juez.

El fallo, que se había basado en un cuádruple informe médico declarando a Godino «insuficiente mental«, provocó acaloradas polémicas. Es que alojado en el Hospicio de las Mercedes El petiso orejudo casi prolongó su necesitad de matar intentando acogotar a varios enfermos.

Y esa probabilidad siempre estaría latente en ese instituto que además de no contar con adecuada vigilancia penitenciaria, no estaba preparado para alojar a un preso como Godino.

(Recién el 28 de abril de 1969, por insólito que parezca, se dio solución eficaz a la falta de un establecimiento médico donde se pudiera alojar a un alienado criminal bajo la vigilancia de médicos y personal de seguridad dependientes de un organismo penitenciario.

Este hecho se produjo ese día con la cesión por parte de la Secretaría de Salud Pública a Institutos Penales de la Nación de las salas Lucio Meléndez y Chiaruggi.)

Claro que por aquel entonces, el fallo declarándolo enfermo asustó a la sociedad dominada por la angustia de una posible evasión de Godino. Hasta la prensa solicitó entonces que a despecho de la enfermedad se lo alojara en una prisión segura.

La Cámara en segunda instancia, optó por esta salida.

Por las características especiales que revestía la personalidad de Godino —evidentemente un caso límite—, vale la pena bucear en ella siguiendo algunas alternativas de su proceso. Un excepcional reportaje que la desnuda, por ejemplo, publicado por el diario La patria degli italiani que interrogó a Godino en el Hospicio de las Mercedes, después de la condena del juez, lo definía así:

«—Has dormido bien tranquilo, al parecer.
«—Ahora duermo bien.
«—¿Pero después de haber estrangulado a aquel niño?
«—¡Ah,..!, la primera noche, no más, me pasa así.. . después. .. nada…
«—¿Y qué cosas sentías la noche del delito?
«—Nada… el muchachito me seguía embromando y le decía al padre: «¡Papá, ha sido él, agárralo, ha sido él que me ha matado!…»
«—Dime; ¿tu padre se embriagaba?
«—Ahora hace un tiempo que no toma, pero antes siempre estaba borracho y le pegaba a mi madre.
«—¿Tu madre viene a visitarte?
«—No señor, tiene vergüenza.
«—¿Cuántos delitos has cometido?
«—Once, tres muertos y ocho lastimados.
» Y después de otras consideraciones familiares el reportaje proseguía:
«—¿Qué sensaciones sientes cuando estrangulas?
«—No sé.. . me gusta. A más, me da todo un temblor por el cuerpo que me sacude… siento ganas de morder. Al chico ese lo agarré con los dientes aquí, cerca de la boca y lo sacudía como hacen los perros con los gatos. .. luego me da mucha sed. La boca, la garganta se me secan, me arden como si tuviera fiebre…
» Y añadía más adelante el periodista: «Confesó el desgraciado que después de cada delito de sangre, sentía violentas sensaciones eróticas».

Tras lo cual proseguía con el escalofriante interrogatorio:
«—¿Y por qué incendiabas las casas? «—Para ver trabajar a los bomberos. Siempre corría a ver los incendios y les daba una mano a los bomberos. Es lindo cuando caen en el fuego.
«—¿Y robar? «—He probado, no me gusta. Ha sido un compañero mío que me ha enseñado, pero no me gusta».

Francamente, es un ser que nos hace estremecer y al mismo tiempo nos da la más profunda piedad. Pero lo más característico en él es el desequilibrio de las facultades mentales, es la manera de apreciar las cosas. Por ejemplo: respecto al padre de su última víctima, al oírlo, él teme la venganza del desdichado padre, no por el hecho de haber asesinado ál niño, sino porque lo ha engañado.

«—Estoy contento de estar preso. No saldría sino acompañado por un vigilante. Ya todo el mundo me conoce. Y además, el padre del muchacho… ¡si me caza, me mata! ¡Cómo lo he engañado!… Es que cuando me preguntó por su hijo le dije que no lo había visto y que lo buscara en la comisaría. «

Confiesa con verdadera fruición que se divertía en matar los caballos y en probar la sensación del hierro que se hunde y se retuerce en las carnes y el recuerdo de estos espectáculos lo excita y entonces el mentón y el labio inferior se largan y los dientes se cierran, la nariz se ensancha como si aspirase el olor característico de la matanza.

Y en medio de este desastre moral, un solo y débil sentimiento de afectividad hacia la madre, de temor hacia el bastón y los cachetazos del hermano mayor, quien, epiléptico como él, parece no mezquinar medidas enérgicas contra el precoz delincuente.

«—¿Volverías a cometer otros delitos?
«—No señor. Le doy demasiados disgustos a mi madre que hasta tiene vergüenza de mí.
«Pero después de estas declaraciones que hacían vislumbrar una reacción de arrepentimiento, sucede una carcajada que nos hace estremecer cuando el comisario Pereyra le muestra la fotografía de la pieza y del cadáver del menor Laurora. Verla y recordar con lujo de detalles la escena del asesinato que le hacían re vivir aquellos instantes fue todo.

«Es inexacto que Godino sea un invertido más —se afirmaba a continuación en la crónica—; nunca ha tenido contactos normales ni anormales. Únicamente su degeneración es motivada por el alcohol y otros vicios que le debilitan cada vez más su sistema nervioso. Es un epiléptico incurable que sería digno de ser conservado en un manicomio criminal a perpetuidad, por ser peligrosísimo.

«El manicomio criminal será pronto una necesidad tan imperiosa aquí donde el alcohol produce grandes estragos, dadas las especiales cualidades del ambiente —acotaba La patria degli italiani, reclamando ese insti tuto. Para después continuar:

«—Quiero hacerte una última pregunta. ¿Has llorado alguna vez?
«—Sí señor, pero de rabia… lloraba de rabia cuando se me escapaba alguna volada.
«—Pero, ¿por algún otro motivo?
«—Nunca.
«—Pero, ¿no te han inculcado algún principio religioso?
«—Como no, si soy bautizado.
«—¿Y no te han dicho que puedes ser castigado aun así?
«—No sé; pero aquí me han dicho que soy enfermo, que me van a someter a un tratamiento… entonces, ¿qué culpa tengo yo si no puedo sujetarme?»

¿Prisión o tratamiento médico? Eran los interrogantes que abría la sociedad para juzgar el caso Godino o El petiso orejudo, un maniático enfermo que asoló a las familias porteñas allá por 1908.

Los padres de los menores Miguel Depaoli, Jesualdo Giordano (un niño de 3 años de edad hallado muerto junto a los hornos de una industria, atado con un piolín que tomaba manos y pies), Julio Botte (niño de un año y 10 meses de edad al que Godino quemó los párpados con un cigarrillo), Arturo Laurora, Severino González Caló (sumergido en una pileta de lavar caballos), Benita Vainicoff, Ana Ñera, Carmen Gittone y Catalina Naulener, probablemente en medio de sus tragedias estarían más allá de la polémica que entonces monopolizaba a Buenos Aires.

Por fin, en noviembre de 1915 los partidarios de que Godino —calificado de imbécil e irresponsable de sus actos por los informes médicos de los doctores Negri y Lucero, Cabred y Esteves—, fuese a dar a una penitenciaría, se salieron con la suya.

Amparado en la inseguridad del Hospicio de las Mercedes y reclamando una anhelada paz social, el agente fiscal al elevar entonces su dictamen a la cámara ponía en descubierto la falencia del sistema carcelario: «.. .el peligro de que se escape es siempre mayor en un sanatorio que en el presidio.

Hay más: los ilustrados peritos señores Cabred y Esteves insinúan que si no existe un establecimiento adecuado para recluir a este monstruo humano, el Estado debe crearlo. ¿Qué se hará, pues, mientras no se cree tal establecimiento?

Probablemente, retener al sujeto en el pabellón de idiotas del Hospicio de las Mercedes. tiempo sin que volvamos a tener no ticias del ya tristemente célebre Cayetano Santos Godino. Si no estrangula a sus compañeros del sanatorio, ya procurará fugarse».

Poco después, la Cámara seguía el consejo del fiscal fundando su voto. Una parte de los considerandos rezaba: «Esta es la solución práctica que corresponde adoptar por hoy con sujetos de la naturaleza de Godino —aludía a tratamiento carcelario—, procesado que ha mejorado ostensiblemente desde el punto de vista psíquico, durante el tiempo de este proceso, como lo aseveran los peritos».

El reconocimiento en el fallo de las bondades del tratamiento dispensado a Godino en el nosocomio —mientras duró el proceso, o sea mientras estuvo internado en el Hospicio de las Mercedes— reabrió la polémica.

Pero ya era tarde. Godino, en mérito a su minoría de edad, se había salvado de la pena de muerte que fijaban las leyes penales, pero no de la de penitenciaría por tiempo indeterminado a cumplir desde el 12 de noviembre de 1915.

La falta de un establecimiento apropiado, condenaba a un retardado mental —tal vez recuperable— a terminar sus días en una fría celda del Sur, incomunicado. Murió en Ushuaia, poco antes que Perón, en 1947, decretara la extinción de ese instituto en mérito a las condiciones inhumanas de vida que allí se daban.

CRÓNICA DE LA ÉPOCA:
POR LILA CAIMARI Historiadora
Períodico El Bicentenario Fasc. N°6 Período 1910-1929

Con 16 años, el delincuente se confesó responsable de tres homicidios y ocho lesiones a niños de su barrio. Intentan determinar si es imputable.

Interrogatorios policiales y estudios criminológicos han terminado por aclarar la extraordinaria trayectoria del menor Cayetano Santos Godino (alias «el Petiso Orejudo»), que en los últimos meses concitó tanta atención de la prensa porteña.

Con escasos 16 años en el momento de su arresto (y una apariencia de juventud aún mayor), este hijo de una modesta familia de inmigrantes se ha confesado responsable de once crímenes (tres homicidios y ocho lesiones), todos cometidos contra niños de su barrio. También admite ser responsable de varios incendios.

Lejos de mostrar remordimiento, Godino sorprende relatando con detalle sus métodos y exhibiendo incluso cierto orgullo de autor. En conversación exclusiva con nuestro enviado a la cárcel donde se encuentra bajo custodia, aclara que nunca le gustó el hurto y que prefiere mantenerse aislado de los «vulgares» rateros: «Yo no trato con esa gente, son todos ladrones», aclara a este cronista.

Gracias al acceso a información confidencial de este diario, nuestros ávidos lectores han podido ver las fotos del acusado y leer los informes periciales de Godino firmados por los doctores Cabred, Estévez y Coll, entre otros eminentes especialistas en el crimen.

Su misión es decidir si el joven delincuente está loco (y por eso debería ser enviado a un pabellón de alienados) o si es responsable de sus actos (y debe pasar el resto de sus días en una prisión). ¿Loco moral? ¿Psicópata? ¿Degenerado hereditario? ¿Idiota congénito? Psiquiatras, juristas y criminólogos se debaten para dar con un diagnóstico firme.

Mientras tanto, mediciones craneanas, rarezas faciales, datos de herencia biológica y anécdotas de infancia se apilan en el legajo del menor-homicida. Cualquiera sea el resultado de estos debates, y en razón de su corta edad, es probable que Godino sea internado en el hospicio Lucio Meléndez de la ciudad de Buenos Aires, y se salve por elmomento de ser enviado al temible presidio de Ushuaia.

Cuando cumpla la mayoría, su caso será reabierto, acaso para considerar un destino en el fin del mundo. Como siempre, los mantendremos al tanto de las primicias sobre el más precoz criminal de la historia argentina.

Fuente Consultada:
Cáceles Historia Popular Tomo 19 Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo
Revista Muy Interesante Especial N°8 Año 4 Crímenes y Criminales de la Historia
Períodico El Bicentenario Fasc. N°6 Período 1910-1929