Los medios de transporte en Argentina colonial Traccion a sangre



Los Medios de Transporte en Argentina Colonial Tracción a Sangre

«La carreta fue, durante tres siglos, el más importante medio de transporte de personas y mercancías en gran parte de nuestro territorio. En torno a ella giró un sector a la vez dinámico y dinamizador de la economía, La carreta fue mucho más: ciudad móvil fortaleza, tesoro nacional, carro fúnebre, imprenta, burdel, correo y transbordador, Con la llegada del ferrocarril y el alambrado, las pesadas carretas comienzan su marcha hacia el ocaso. La introducción del camión y la camioneta terminará por quitarla de los caminos y borrarla del paisaje.»

La carreta era en España el nombre usual para designar el vehículo tirado por bueyes. Es el modo que emplea Cervantes en El Quijote, cuando dice: «Ya encantado Don Quijote en esta carreta…» La definición y descripción que de ella hace Félix Coluccio en su Diccionario folklórico argentino, nos parece lamas abarcadura e insustituible.

El investigador define a las carretas como «carros de gran tamaño, tirados por bueyes, que eran utilizados en nuestra campaña para llevar los productos de una región a otra, así como sirvió para transporte de pasajeros durante mucho tiempo, ya que era el único medio de comunicación disponible.

Su uso se ha limitado en nuestro país y aún sigue manteniéndose con ventaja en el norte del Uruguay. Debe señalarse que los carros de ruedas macizas tienen aún bastante empleo en el interior de nuestro país, y que por lo común son arrastrados por bueyes, especialmente los grandes destinados al transporte de troncos o de madera en general, por ejemplo, las que se usan en la región patagónica occidental».

Continúa Coluccio: «Hacia 1773, Concolorcorvo describía minuciosamente la carreta: las dos ruedas son de dos y media varas de alto, punto más o menos, cuyo centro es una maza gruesa de dos o tres cuartas. En el centro de ésta atraviesa un eje de quince cuartas sobre el cual está el lecho o «cajón» de la «carreta».

Esta se compone de una viga que se llama  pértigo», de siete y medio varas de largo, a las que acompañan otras dos de cuarto y medio, y están unidas en el  pértigo por cuatro varas o varejones que se llaman  teleras, forman el «cajón cuyo ancho es de vara y inedia.

Sobre este plano lleva en cada costado seis estacas clavadas, y en cada dos va un arco que, siendo de madera o de especie de mimbre, hacen un techo ovalado. Los costados se cubren de junco tejido, que es más fuerte que la totora que gastan los mendocinos.

Y por encima, para preservarlas de aguas y soles, se cubren con cueros de toro cosidos, y para que esta carreta camine y sirva se le pone al extremo de aquella viga de siete y media varas un «yugo» dedos y media, al que se uncen los bueyes, que regularmente llaman «pertigueros»».

Sin embargo, las definiciones varían según los distintos autores.

Ramón J. Cercano, en su clásica Historia de los medios de comunicación y transporte, editada en Buenos Aires en 1893. considera a la carreta como tal sólo cuando sus laterales son de quincho o de totora.



Según este autor, corresponde hablar de «carretón» cuando su lateral es de madera. Otros autores, como Enrique Rápela, también la llaman «castillo», en este caso aludiendo a su forma lateral trapezoidal.

Los planos que ilustran esta nota han sido realizados sobre la base de fuentes bibliográficas, observación en museos, entrevistas con personas conocedoras del tema y relevamiento de carretas existentes.

Aparentemente, el precursor y primer «armador» de una flota de carretas fue el gobernador del Tucumán don Juan Ramírez de Velazco, quien en 1593 le informa por carta al rey de España que construirá a su costa 40 carretas provistas cada una de ellas con tres yuntas de bueyes bien fornidos.

Con ellas esperaba unir el Tucumán con Buenos Aires en un trayecto de 600 leguas. Distancia que se cubría a razón de ocho leguas por día. La carreta soportaba una carga de 228 arrobas.

Las famosas carretas tucumanas. dice Horacio William Bliss, «eran capaces de conducir dos toneladas de carga».

En 1708. una carreta en Corrientes costaba 100 pesos. Para establecer ese valor, no sólo se tomaba en cuenta el trabajo que demandaba su fabricación, que doblaba el salario de un obrero, sino también el costo de transporte de las maderas empleadas en su construcción, las que se traían de sitios distantes de la ciudad. Los precios puede dar una idea de su valor: un buey costaba seis pesos; una arroba de yerba, cuatro pesos; una vaca invernada, un peso; un corte de carreta en bruto, 25 pesos; una carreta terminada, 100 pesos.

De todo esto surge la importancia que tenía la carreta no sólo como medio auxiliar de otras actividades económicas, sino de ella misma como actividad industrial. La carreta generó, por las características de las técnicas y materiales empleados en su construcción, y por su mismo uso y mantenimiento, un importante sector dentro de la economía de la época.

En su fabricación intervenían una importante cantidad de artesanos y ayudantes. Fueron las provincias de Tucumán. Corrientes y Mendoza donde mayor importancia alcanzó su fabricación. En Corrientes, este medio de transporte tuvo gran vigencia y casi se puede decir que ella fue durante la mayor parte de la vida correntina el único medio seguro usado para el transporte.

Según da tos recogidos por Maria E. Pérez, referidos a diciembre de 1882, el número de carretas que entraron al «Piso», el principal mercado de concentración y sus cargas, fueron: 213 con maderas, 127 con sandías, 29 con leña, 18 vacías, 17 con zapallos y melones, 13 con postes, 11 con cueros y 9 con maíz en grano.

Esto indica que la carreta era el único medio de transporte empleado y la existencia de una importante flota moviéndose en torno a la capital correntina y sus cercanías. Las disposiciones sobre carros y  carretas recogidas en los digestos municipales del siglo pasado confirman esa importancia.



Las autoridades establecían las medidas admitidas, horario de marchas, tipos de cargas, ancho de llantas, patentes a abonar y condiciones para la explotación del servicio. Estas carretas llegaban a Buenos Aires trayendo no sólo pasajeros y mercancías, sino también dolores de cabeza a los funcionarios que renegaban por los daños que provocaban sus altas ruedas en las calles de tierra.

Tal era el fastidio que el Cabildo prohibió su acceso a las manzanas céntricas en 1774, medida que encendió más aún la polémica con los defensores de los carros tirados por caballos. Se exponían teorías sobre la presión de los vasos de uno y otro animal, el ancho más adecuado de las ruedas o la influencia de la velocidad. Catorce años después, el Cabildo se decide a autorizar la circulación de las «serviciales carretas».

En la Intendencia de Salta del Tucumán se fabricaban, hacia 1776, unas 200 carretas al año a un costo de 50 pesos por unidad, señala el padre Furlong. Había quejas sobre «el apego a la rutina» del que hacían gala algunos fabricantes que demoraban en construir «carretas de cuatro ruedas, a ejemplo de los coches de Valencia y Murcia». Reclamo que escuchó el salterio Domingo Patrón, quien «en 1805 fabricó unas 12 o 14 galeras de cuatro ruedas», según Edberto Acevedo.

De acuerdo al censo de 1820, en las provincias de Corrientes y Entre Ríos se registran 47 carreteros y 164 carpinteros, número importante en relación con las otras actividades productivas detalladas en dicho censo. «Las carretas mendocinas eran más a nenas que las de Tucumán y llevaban 20 arrobas más de carga, porque los caminos que recorrían éstas últimas tenían montes espesos que lo estrechaban.

Los tucumanos no tenían necesidad de bajar su carga en el camino; los mendocinos sólo en época de avenidas, en los que las utilizaban hechas con los yugos. Paraban en el camino alrededor de las diez de la mañana, hasta las cuatro de la tarde, ya que el calor era lo único que cansaba a las bestias», anotan las investigadoras María Inés Soules, Susana Martínez y Silvia Moreau.

Respecto al caso del Litoral, contamos con el testimonio de Emilio Honorio Daireaux (1887), que recoge Moncaut en su reciente interesante libro Travesías de antaño. En el Litoral «no existía ningún bosque, no se podían construir vehículos, faltaba madera. En cambio ésta abundaba en los campos de Tucumán, situada en el camino del Perú y de Bolivia.

De allí salieron los primeros tipos de esas enormes carretas que, arrastradas por seis u ocho yuntas de bueyes, no han cesado, desde entonces, de surcar la pampa por convoyes de ocho ó diez, viajando de conserva, transportando del litoral al Perú, los cargamentos venidos de Europa, viaje que duraba cinco o seis meses.

Las etapas eran de a cuatro leguas por día, ya era eso mucho para un buey, sobre todo para ruedas macizas, imperfectamente redondas que soportaban la imponente masa de estos elevados edificios, más altos que la mayor parte de las casas de la colonia, de paredes más resistentes, de sólida techumbre. Se viajaba de día o de noche, según que la temperatura, fresca o cálida permitía o no arrostrar los rayos del sol. Después de tres siglos, en nada ha cambiado su aspecto, no piensan en abdicar ante el ferrocarril; antes bien éste ha debido transigir con ellas».



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