El Rey Español

Biografia de Francisco de Miranda Precursor de la Independencia

Biografía de Francisco de Miranda

BIOGRAFIA FRANCISCO DE MIRANDA: 

Para los sudamericanos, el Precursor; para los europeos, dentro del cuadro general de la cultura, uno de los más típicos personajes del momento revolucionario de fines del siglo XVIII.

Esto fue Miranda, precursor de la independencia de las colonias españolas en América y entusiasta partidario de las formas políticas liberales, democráticas y republicanas, las cuales defendió en tres continentes. No fué ningún teórico, sino un hombre de acción, tanto en el secreto de las logias masónicas como en los riesgos de una aventurada expedición emancipadora.

Nacido en Caracas el 9 de junio de 1756, de opulenta familia criolla, cursó en su ciudad natal y en la universidad de México los estudios de filosofía y derecho.

Pasó luego a España, de cuyo ejército entró a formar parte en 1772. Sirvió en varias campañas, particularmente en las del Norte de África.

En 1780, con motivo de la lucha entre España e Inglaterra en apoyo de la independencia de los Estados Unidos, se trasladó a las Antillas. Parece que en este lugar alimentó sus primeros ideales de emancipación de Hispanoamérica.

En todo caso, en 1783 intrigó en este sentido en América del Norte y en 1784 en Inglaterra. De Londres emprendió un viaje por el continente europeo y el Próximo Oriente.

Después de visitar Alemania, Austria, Italia, Grecia, Asia Menor y Egipto, terminó su viaje en Rusia, en cuyo país, habiendo merecido el favor de Catalina II, fué nombrado coronel del ejército zarista.

Sin embargo, Miranda tuvo que abandonar San Petersburgo, a requerimiento del gobierno español (1787).

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Francisco de Miranda (1750-1816), militar venezolano, ‘precursor’ de la emancipación hispanoamericana y creador de la bandera de Venezuela. Nació en Caracas el 28 de marzo de 1750. Después de estudiar el bachillerato en artes en la Universidad de Caracas, viajó a España (25 de enero de 1771).Con el grado de capitán participó en la defensa de Melilla (9 de diciembre de 1774).

En 1780 fue destinado a La Habana (Cuba), como capitán del Regimiento de Aragón y edecán del general Juan Manuel Cagigal. De allí escapó y, atraído por la independencia de las colonias inglesas, se refugió el 1 de junio de 1783 en Estados Unidos, donde se entrevistó con George Washington, con el marqués de La Fayette y con otras personalidades estadounidenses.

Pasó a Londres el 1 de febrero de 1785 para presentar al gobierno inglés su proyecto revolucionario. Luego de muchas vicisitudes y fracasos, murió en los calabozos españoles en 1816, cuando aún parecía lejana la libertad de su patria, Venezuela.

Por Suecia y Dinamarca regresó a Inglaterra y se estableció transitoriamente en Londres.

En 1790 presentó a Pitt un proyecto de liberación de las colonias españolas en América. No habiendo recibido buena acogida, a fines de 1791 cruzó el canal de la Mancha y puso su espada al servicio de la Revolución francesa.

Como general participó en las acciones de Valmy y Amberes (1792).

Al año siguiente, nombrado jefe del ala izquierda del ejército francés, fué derrotado con Dumouriez en Neerwinden. Este revés le valió ser juzgado por el tribunal revolucionario, quien le absolvió de la acusación de traidor.

Detenido durante la reacción termidoriana, se escapó a Inglaterra después del golpe de estado de Fructidor (1797). Desde este momento redobló su actividad en favor de la independencia de la América española, tanto en Londres como en Washington o en París.

Sus palabras fueron escuchadas, por último, por el gobierno inglés, cuando en 1804 éste rompió de nuevo las hostilidades contra Napoleón y España.

Inglaterra y los Estados Unidos subvencionaron la expedición del Leander, que fracasó por dos veces, una en Ocumare y otra en Vela de Coro de agosto de 1806), ya que los criollos colombianos rehusaron prestar su apoyo a un movimiento que juzgaban atizado por el extranjero.

Derrotado, aunque no desalentado, Miranda regresó a Londres.

A través de las logias que controlaba, ya la londinense de Grafton Square, ya la gaditana Lautaro, ejerció una profunda influencia sobre los futuros mandos de los ejércitos revolucionarios.

En 1810 Simón Bolívar, como delegado de la Junta Suprema de Caracas, ofreció un puesto a Miranda en el movimiento emancipador.

El viejo revolucionario regresó a su país natal para proclamar la independencia del Estado venezolano (5 de julio de 1811).

Pero la reacción realista fué muy poderosa, y en 1812 los patriotas tuvieron que capitular ante las fuerzas de la legitimidad. Bolívar huyó; pero Miranda cayó prisionero (26 de julio).

Trasladado a la fortaleza de Cádiz, en España, murió en ella el 14 de julio de 1816.

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VEAMOS LA HISTORIA DE LA INDEPENDENCIA DE LAS COLONIAS ESPAÑOLAS

Antecedentes, la Diferencia entre Españoles y Criollos

Antes de que la idea emancipadora prendiera en el espíritu de los patriotas, las condiciones económicas y sociales del país fueron gestando lenta, inexorablemente un caldo de cultivo en el que prendió vibrante, arrebatador, el proceso de la Independencia.

Cuando corren los últimos años del siglo XVIII casi tres millones de blancos, indios, pardos y negros, que nutren una escala social en la que las divisiones son netas y tajantes, habitan el territorio que actualmente ocupan las repúblicas de Colombia, Venezuela y Ecuador.

En Nueva Granada —la zona actual de Colombia— más de ochocientos mil blancos, españoles y criollos, forman en exclusividad las filas de los poderosos, de los que usufructúan los más altos cargos y las más jugosas fortunas. Los españoles en particular manejan con manos firmes tierras, encomiendas, minas y cuanto se relacione con la dirección política y económica de la vasta zona.

Los criollos, por su parte, comparten con los españoles los bienes, las grandes riquezas y en general la posición de privilegio que ostentan con orgullo, con altivez.

Pero en lo que se refiere al manejo político del país los blancos nacidos en América se hallan relegados a un oscuro, mediocre segundo plano. Aunque casi todas las puertas se abren ante ellos, las que permiten acceder al poder político, al manejo de la cosa pública, están siempre cerradas.

Por eso, dedicados por entero al comercio y a las profesiones liberales, los criollos consiguen desplazar de esas actividades a catalanes, vizcaínos y canarios, sus tradicionales cultores.

Sin embargo no son esas las actividades fundamentales del país: la explotación del oro constituye la más importante fuente de riquezas, el sostén de la economía, y a su extracción se hallan dedicados miles de esclavos negros.

En un lugar secundario se encuentran la explotación agrícola y ganadera, origen de los ingresos de los grandes terratenientes blancos que cuentan con el trabajo de los indígenas sometidos.

En el territorio de la actual Venezuela —entonces Capitanía General dividida en provincias que gozaban de cierta autonomía administrativa— la población estaba constituida por pardos, indios negros y zambos, condenados al trabajo, el tributo y la ignorancia.

También allí los blancos se dedicaban a la exportación y al comercio de los productos agrícolas de la cálida zona costera y los templados valles.

Los españoles, por su parte, controlaban las actividades de La Guipuzcoana, una compañía que hasta 1785 habia logrado monopolizar totalmente el comercio del cacao. Los mantuanos —así se llaman los nativos de la zona— eran grandes terratenientes, herederos de repartimientos y encomiendas concedidas a sus antecesores y sometían a los esclavos negros de la costa.

Su poder, tan importante desde el punto de vista económico, estaba limitado, en cambio, en el terreno político: sólo podían acceder por excepción a los cargos municipales y a la carrera militar o eclesiástica. No tardaron en manifestar su resentimiento, su callada envidia a través de las convulsiones prerrevolu-cionarias que agitaron la zona.

En esos combates como en otros posteriores tuvieron activa participación —integrando los dos bandos en pugna— los llaneros, habitantes del interior del país, hábiles con los caballos, acostumbrados a vivir en pleno campo.

En la presidencia de Quito —actual Ecuador— el grupo social dominante estaba constituido por el clero, representado en Quito por 400 religiosos ricos, influyentes e ilustrados. A ellos se sumaba la aristocracia criolla, formada en base a títulos comprados y que desempeñaría un
importante papel en la lucha por la independencia. La mano de obra era, en esa zona, eminenterhente esclava.

«¡Fuera los gachupines!»

En su mayoría, los inspiradores y conductores de movimientos en pro de la independencia eran miembros de la económicamente poderosa oligarquía criolla.

Difícilmente esos hombres, dueños de grandes fortunas, extensas haciendas y centenares de esclavos, podían resignarse a obedecer el mandato político de españoles a los que consideraban inferiores en ilustración, prestigio y riquezas.

Los criollos despreciaban a los hijos de España y los llamaban despectivamente «gachupines», «chapetones» o «godos». Sin embargo nada pudieron hacer para impedir que los españoles monopolizaran los grandes embarques, las más jugosas transacciones económico-financieras y las operaciones comerciales más tentadoras.

El descontento de los criollos, provocado por esos hechos, se acumuló así lenta pero sólidamente.

A esa situación, muy tirante de por sí, se suman en los estertores del siglo XVIII las consecuencias de las reformas introducidas por los Borbones: llegaron al país funcionarios más rígidos, menos corruptibles, que aplicaron con más rigor las leyes en favor de los españoles motivando nuevas y más enérgicas protestas de los nativos blancos.

Así, sucesivos alzamientos, desconectados entre sí, llevaron la alarma a la región y preocuparon a los fieles de la Corona: entre 1730 y 1732, por ejemplo, el zambo Andresote se sublevó al frente de la población del valle del Yaracuy, en Venezuela; en 1761 se produjo en Quito la rebelión de los estancos y en 1781 la de los Comuneros del Socorro en Nueva Granada.

En todos estos casos los levantamientos fueron dominados rápida y fácilmente y no pueden ser considerados movimientos precursores de la revolución: apenas sí fueron pálidos reflejos de una rebeldía que no había hallado cauce.

A diferencia de esas revueltas, el alzamiento de los negros e indios de Coro, en Venezuela, producido en 1795, reclamó la supresión de la esclavitud y apuntó ya a algunos de los objetivos que proclamaron luego los revolucionarios. Sin embargo, el levantamiento fue reprimido cruelmente por las armas, y su líder, el zambo Chirinos, ejecutado.

Pero junto a aquellos que luchaban por obtener mejores condiciones para la venta de sus productos, por aliviar la presión impositiva o para alcanzar altos cargos, existían hombres impulsados a la acción por razones ideológicas, por profundas convicciones filosóficas.

Ellos fueron los precursores de la revolución y sus planes culminaron con diversos proyectos de organización de un nuevo estado. Entre ellos se destaca Francisco de Santa Cruz y Espejo, un mestizo que desarrolló sus actividades en Quito.

Doctorado en Medicina, Jurisprudencia y Derecho se dedicó a luchar contra la dominación española a partir de 1767. Con ese fin se unió a un grupo conspirador y hacia 1795 fue apresado, juzgado por susactividades revolucionarias y condenado a prisión. Murió en la cárcel sin ver realizados sus sueños de liberación.

En Bogotá, Antonio Nariño, uno de los principales líderes rebeldes de la epopeya emancipadora de Nueva Granada, conoce también el rigor de las prisiones: encarcelado en 1793 por haber traducido la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, fue enviado luego a un presidio español ubicado en África.

Al llegar a Cádiz logra huir en una audaz maniobra y se traslada al territorio francés esperando encontrar asilo político en ese país. No lo consigue y entonces debe dirigirse a Londres, donde establece contacto con Miranda.

En la capital británica Nariño solicita el apoyo de las autoridades inglesas para concretar sus planes de emancipación de las colonias españolas de América. Los británicosaceptan en principio sus proposiciones, pero condicionándolas al posterior reconocimiento de la soberanía inglesa sobre los territorios arrebatados a España.

Nariño rechaza esa contrapropuesta e insiste en su pedido hasta que finalmente logra alguna cooperación.

Entonces regresa de incógnito a su patria y comienza a organizar una red de conspiradores, pero no logra demasiado éxito en esa tarea. Descorazonado por su fracaso, y ante la promesa de las autoridades españolas de respetar su libertad si se entrega voluntariamente, se presenta a los jefes militares hispanos quienes lo encarcelan sin respetar la palabra empeñada.

En Venezuela las autoridades españolas, entretanto, lograban desbaratar una conspiración en la que habían participado elementos criollos e hispanos.

Entre los primeros se contaban Manuel Gual y José María España y entre los segundos Juan Bautista Picornell y Andrés Manuel Campomanes. Todos ellos fueron apresados en 1797, cuando el plan que habían elaborado minuciosamente se desmoronó a raíz de una infidencia cometida por uno de los conspiradores.

Las andanzas de un «aventurero» llamado Francisco Miranda

Dueño de una imaginación desbordante y de una audacia sin límites, Francisco Miranda —un venezolano nacido en 1750— puede ser considerado con justicia como el más importante precursor de los movimientos revolucionarios de todo el continente.

En 1801 Miranda concibió su más audaz proyecto: organizar una campaña libertadora para crear un estado independiente, único y gigantesco que llegaría desde el Mississippi hasta el Cabo de Hornos.

Tras numerosas negociaciones con los ingleses consiguió el apoyo de una poderosa casa comercial británica y organizó la expedición que partió de la costa de los Estados Unidos en febrero de 1806.

Pero cuando los españoles se enteraron de esa escalada criolla reaccionaron alertando a los destacamentos costeros de Venezuela para que se pusieran inmediatamente en pie de guerra. Sin embargo esas fortificaciones necesitaban cierto tiempo para aceitar sus mecanismos de defensa y Miranda, en un grave error táctico, les otorgó esa ventaja al recalar con su flota en Santo Domingo.

Los españoles aprovecharon muy bien los días perdidos por el líder rebelde y cuando el Leandro —buque insignia de los revolucionarios— zarpó definitivamente hacia el continente, los realistas ya estaban listos para el combate.

Por eso el fulminante ataque previsto por Miranda fracasó ante la empecinada resistencia que los realistas opusieron al desembarco, realizado el 27 de abril de 1806. Miranda logró huir pero cerca de sesenta de sus hombres debieron rendirse a los españoles quienes los encadenaron y los arrojaron a los sucios calabozos del castillo de Puerto Cabello.

Poco después, acusados de piratería, rebelión y asesinato, se los sometió a proceso: tras un corto juicio, quince fueron enviados a la horca y el resto debió cumplir largas condenas. Se ordenó al verdugo arrojar al fuego la proclama de Miranda y la bandera que le habían capturado.

Además se quemó una efigie del conspirador y se prohibió a los habitantes de Venezuela mantener contacto alguno con el «filibustero» (así llamaban los españoles a Miranda) excepto para prenderle. En nombre del rey se ofrecieron treinta mil pesos por el «traidor», vivo o muerto.

Al describir la forma bárbara en que se ejecutó la sentencia dictada contra los prisioneros uno de los testigos dijo: «En los bajos insultos y el sanguinario triunfo de los españoles leímos la apología de Miranda».

El líder, entretanto, había salvado milagrosamente su vida y huido a las Antillas inglesas. Allí, sin demorarse, continúa buscando la fórmula para burlar el poder militar español y logra organizar una tropa con la que reanuda la lucha revolucionaria en junio de 1806, año de febriles actividades bélicas para Miranda.

El 2 de agosto avista la costa venezolana de Coro y poco después desembarca dispuesto a levantar a la población contra el régimen europeo. Sin embargo los españoles, previendo la acción propagandística de Miranda, utilizan una táctica más sutil, menos sanguinaria: lo desprestigian entre la población local, despertando desconfianzas y temores en los habitantes de Coro.

El revolucionario que se sentía capaz de derrumbar ese muro de indiferencias y recelos, entra en la ciudad predicando sus ideas: pero nadie lo sigue, nadie se une a él. Ante este nuevo fracaso reembarca a sus hombres e inicia un peregrinaje por las islas vecinas en busca de un apoyo que se le niega una y otra vez.

Pese a sus derrotas Miranda no se decide a abandonar la epopeya en la-que se había embarcado en 1807 y viaja a Londres donde se dedica a planear nuevas acciones revolucionarias.

Ha abandonado ya el proyecto de un estado único y propicia en cambio la creación de cuatro: uno en México y Centroamérica, otro en Nueva Granada, Venezuela y Quito, el tercero en el Perú y Chile y el cuarto en el Río de la Plata.

Su actividad no conoce pausa. Mientras en Europa mantiene constantes reuniones en busca de aliados que le ayuden a concretar sus fervorosas ilusiones, sigue escribiendo a los cabildos de las ciudades americanas encendidas proclamas que incitan a la rebelión.

Por fin los primeros movimientos insurreccionales producidos en Caracas en 1808 parecen dar la razón a tanto frenesí revolucionario.

Se encienden las llamas de la Independencia…

En Quito, entretanto, apenas conocida la destitución de Fernando VII, un grupo de aristócratas constituyó una Junta destinada a reemplazar a los funcionarios españoles «en defensa de la patria y la. religión…». Procesados por la Audiencia los conspiradores recuperaron de inmediato la libertad gracias a un ardid muy simple: el «extravío del expediente en que constaban sus delitos no dejó acusación legal en pie contra ellos, por lo que pudieron reanudar rápidamente sus actividades revolucionarias.

Contando con la anuencia de la guarnición militar decidieron dar el golpe el 9 de agosto de 1809. Así, en forma incruenta y sin violencia se produjo el cambio de gobierno: al día siguiente la población se enteró que las autoridades españolas habían sido depuestas y que en su lugar gobernaba Juan Pío Montú-far, un nativo de América. La revolución quiteña no había sido, al menos en esta etapa, más que un simple cambio de autoridades, un canje de españoles por criollos.

De todas maneras los americanos no podrían mantenerse en el poder durante mucho tiempo: las disidencias que separaban a los criollos —productos de viejas rivalidades o de la división entre republicanos y monárquicos— y la falta de adhesión de los gobernantes de otras provincias los convirtieron en flancos vulnerables de la revolución.

Al comprobar esas debilidades los virreyes del Perú y Nueva Granada – Amat y Abascal respectivamente— enviaron sus tropas contra Quito. Rodeada la ciudad y aislados totalmente sus habitantes, los rebeldes capitularon.

Fracasaba así la primera tentativa de liberación surgida en Quito.

Una calma tensa, impregnada de rencores y odios envolvió al territorio. Era evidente que esa paz tan artificial no iba a durar: poco después se produce un nuevo estallido, porque los españoles, que habían prometido no tomar represalias, desencadenan una serie de atropellos que culminan en una verdadera matanza.

El pueblo reacciona airado y el 2 de agosto de 1810, prácticamente desarmado, sin organización, contando sólo con un entusiasmo arrebatador, se lanza a la calle contra el ejército, asalta a las cárceles y libera a los prisioneros.

Ante ese furor las tropas responden con la misma violencia y luchan durante tres horas sin dar ni recibir cuartel.

La intervención del obispo de la ciudad pone fin al combate y el 4 de agosto, se firma un acuerdo que estipula el abandono de la ciudad por las tropas, el perdón de los sobrevivientes de la revolución de 1809 y la formación de una nueva Junta de Gobierno encabezada por Carlos Montúfar, hijo de Juan Pío.

Fue necesaria mucha sangre para que los criollos retomaran el poder e iba a ser necesaria mucha más para que pudieran conservarlo.

Consciente de su precariedad, el nuevo gobierno debió prepararse para los choques armados que no tardaron en llegar: el virrey Abascal ordenó a los ejércitos peruanos que combatieran a los rebeldes y, a pesar de que en los primeros combates los revolucionarios lograron algunos triunfos, pronto se vieron obligados a retroceder, acosados por la inclemencia del tiempo, la escasez de abastecimiento y por una sublevación de aborígenes que ensombreció más aún el crítico panorama de los criollos.

Por si fuera poco, a las derrotas militares se agregaron las vacilaciones e indecisiones de la Junta y finalmente, en noviembre de 1812, la ciudad fue ocupada. La batalla final, librada el 1º de diciembre, culminó con el triunfo peninsular: mientras los últimos revolucionarios huían o eran desterrados, las autoridades españolas retornaban Iriunfalmente a Quito.

Sin embargo en los dos años que los criollos lograron mantenerse en el poder fueron asentando las bases de la emancipación definitiva de América: prueba de ello fue el Primer Congreso de los Pueblos Libres de la Presidencia, reunido en Quito el 4 de diciembre de 1811 y la promulgación, el 15 de febrero de 1812, de una carta fundamental que organizaba un gobierno «electivo y responsable», dirigido por el Congreso Supremo, que aseguraba a todos los ciudadanos la libertad de sufragio y pensamiento.

El espíritu de rebelión contagió también a los hombres de Santa Fe de Bogotá: al tener conocimiento de la represión ejercida contra los criollos, Nariño abandonó su largo silencio y organizó una conspiración que fue dominada y costó la vida a sus gestores.

La gota que desborda el vaso…

En Bogotá todo comenzó, en realidad, con un pequeño incidente que bastó para desencadenar la revuelta. Durante un agasajo a un representante real, españoles y criollos iniciaron una discusión sin importancia referida al arreglo de la mesa del banquete.

Sin embargo los ánimos se caldearon muy rápidamente y las palabras pronto derivaron en hechos: se generó la riña, el pueblo tomó conocimiento del episodio y se lanzó a la calle mientras las campanas de los templos se echaban a vuelo y oradores improvisados arengaban en las esquinas a los grupos enfervorizados.

Así, un suceso doméstico, de poca importancia, dio lugar a una verdadera rebelión popular que exigió un cabildo abierto aceptado por el virrey. La Junta organizada desconoció su autoridad recalcando, en cambio, su obediencia a Fernando VII.

El 25 de agosto de 1810, destituido el virrey, disuelta la Audiencia y desconocida la regencia española, la Junta se autodenominó Junta Suprema del Reino y solicitó a las provincias el envío de representantes para constituir un gobierno central.

Pero la unidad de los criollos no es monolítica: mientras algunas provincias rechazan la supremacía de Bogotá y quieren ser totalmente independientes, otras siguen fieles a España y no pocas envían sus diputados sólo para reafirmar sus opiniones federalistas. Así, en medio de esas discusiones, llega la escisión. Nariño y el estado de Cundinamarca, organizado alrededor de Bogotá, se separan del resto de las provincias, dando un paso más hacia una guerra civil que parece inevitable.

El período que sigue es oscuro y caótico y culmina el 13 de enero de 1813 con la victoria parcial de los centralistas. Sin embargo las tendencias federalistas siguen la lucha y la guerra civil continúa desangrando a los revolucionarios. El Congreso ve en Simón Bolívar al hombre capaz de dominar la situación y, aprovechando su regreso de la campaña de Venezuela, le entrega el mando, ocupando de inmediato sus efectivos la ciudad de Bogotá.

Por primera vez, aunque teóricamente, los rebeldes parecen dominar la región en su totalidad. Sin embargo Iqs soldados de Bolívar no logran quebrar la resistencia de las fuerzas españolas acantonadas en Santa Marta y el libertador, desalentado, abandona la lucha y se traslada a Jamaica. Entonces la situación da un vuelco definitivo: con la llegada de los efectivos enviados por Fernando VII se inicia un oscuro período en el que la revolución parece vencida definitivamente.

La revolución en Venezuela

En Caracas, la ciudad más importante de la Capitanía General de Venezuela, se habían desarrollado también, tensos episodios originados en la naciente rebelión. Tras el fallido intento de Miranda las primeras revueltas recomenzaron al llegar las noticias de los sucesos ocurridos en España en 1808. Los criollos más ricos trataron entonces de tomar el poder, pero la falta de apoyo de  milicias hicieron fracasar esa intentona sin embargo, y el 12 de eneró de 1809, varios jefes militares, entre ellos Simón Bolívar, organizaron el motín de la Casa de la Misericordia.

Miembro de una aristocrática familia caraqueña, heredero de una gran fortuna, simón convar tema por entonces 24 años. Había completado sus estudios en España y recorrido varios países europeos hasta que en 1806 decidió volver para incorporarse a las luchas emancipadoras. Coronel en 1807, con ese grado intervino en el alzamiento de la Casa de la Misericordia, en el que las fuerzas patriotas fueron nuevamente derrotadas.

Durante más de un año siguió flotando en el ambiente la tensión revolucionaria hasta que el 19 de abril de 1810 los rebeldes, tuvieron una nueva oportunidad al conocerse en Caracas la disolución de la Junta de Sevilla, en ese momento el pueblo pidió la convocatoria de un Cabildo Abierto y en él se decidió desobedecer la autoridad del Capitán General Vicente Emparán y crear una Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII que debería disolverse al recuperar el rey su corona.

Como primera medida la Junta destituyó a los funcionarios conservadores, informó al pueblo de lo realizado y embarcó sin más trámites rumbo a España a los jerarcas de la burocracia hispana. De inmediato la Junta pidió la adhesión de los demás Ayuntamientos de América, envió a Bolívar Miranda, que había regresado a su país, trabajaba intensamente tratando de radicalizar la revolución desde las páginas de El Patriota Venezolano, en las que exigía la declaración de la independencia y la sanción de una constitución. Su prédica no fue en vano: el 5 de julio de 1811, en medio del júbilo popular, se declaró la independencia de Venezuela.

Claro que no todos vieron con buenos ojos esos hechos: José Domingo Díaz, un español que fue testigo de esos acontecimientos Jos describió así: «Yo lo vi. Este día funesto fue uno de los más crueles de mi vida. Aquellos jóvenes, en el delirio de su triunfo, corrieron por las calles: reunieron las tropas en la plaza de la Catedral, despedazaron y arrojaron las banderas y escarapelas españolas; sustituyeron las que tenían e hicieron correr igualmente con una bandera de sedición a la sociedad patriótica, club numeroso establecido por Miranda y compuesto por hombres de todas castas y condiciones cuyas violentas decisiones llegaron a ser la norma de las del gobierno.

En todo el día y la noche las atroces pero indecentes furias de la revolución agitaron violentamente los espíritus de los sediciosos. Yo los vi correr por las calles en mangas de camisa llenos de vino, dando alaridos y arrastrando los retratos de S. M. que habían arrancado de todos los lugares donde se encontraban. Aquellos pelotones de hombres de la revolución, negros, mulatos, blancos, españoles y americanos corrían de una plaza a la otra, en donde oradores energúmenos incitaban al populacho al desenfreno y a la licencia. Mientras tanto todos los hombres honrados, ocultos en sus casas, apenas osaban ver desde sus ventanas entreabiertas a los que pasaban por sus calles. El cansancio o el estupor causado por la embriaguez terminaron con la noche tan escandalosas bacanales».

Claro que más allá de las intolerancias españolas los patriotas seguían en el intento de afianzar la revolución. Así el 15 de julio los nuevos funcionarios juraron sus cargos ante el Congreso y el 30 se dio la noticia a todos los ámbitos mediante un «manifiesto al mundo».

La nueva constitución, que garantizaba la libertad, seguridad, propiedad e igualdad para todos los venezolanos entró en vigencia el 21 de diciembre.

El nuevo gobierno, rodeado de entusiasmo y calor popular, debió enfrentarse, sin embargo, con múltiples problemas: las ciudades del interior no lo aceptaban, la situación económica era desastrosa, el ejército carecía de armas y los hombres más ricos huían del país con sus capitales. Finalmente y, según la caprichosa interpretación de los realistas, como «castigo de Dios», el 26 de marzo de 1812 un violento terremoto destruyó varias ciudades y sembró el pánico entre muchos venezolanos.

El cúmulo de inconvenientes que sufría el nuevo gobierno recibió el golpe de gracia cuando el general Monteverde, sublevado, avanzó triunfante desde Coro. El Congreso entonces se autodisolvió y entregó sus facultades al poder ejecutivo, que nombró generalísimo a Miranda. Los dos ejércitos se enfrentaron y Miranda, derrotado, debió firmar un armisticio en julio de 1812. Poco después, y acusado de traición, fue entregado a los españoles quienes lo enviaron a prisión, donde murió en 1816.

Fuente Consultada:
Historia Argentina de Etchart – Douzon – Wikipedia –  La Argentina, Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada.
Gran Historia Latinoamerica Fasc. 21 La Independencia Hipamericana  Editorial Abril

Potosí en America Colonial Economía, Origen e Historia

Historia de Potosí en América Colonial Economía,Vida y Origen

De los pequeños cerros de la región, el de Potosí es seguramente el más alto y pedregoso. Lo cubre un pedregullo gris y, al sol, su loma es blanca y brillante, como si continuamente lo empapara el rocío del amanecer. El terreno es empinado y se desgaja por todos lados en hondas barrancas desde las que suben furiosos vientos en tremolina. Allí sólo crecen plantas tristes, apenas agarradas a la tierra. Sin embargo, tanta desolación tiene una ventaja: convierte al cerro en una fortaleza casi inaccesible.

Por eso, durante muchos siglos, Potosí guardó celosamente en sus entrañas las más fabulosas riquezas en plata que conocieron los conquistadores al sojuzgar América. Pero él secreto no duró mucho cuando los españoles comenzaron a recorrer el territorio. Nada permaneció oculto a su insaciable codicia, y al influjo de los ríos de metal precioso que brotaron del cerro se desarrolló una de las más ricas y prósperas ciudades de Hispanoamérica: una ciudad que, en el siglo XVII, era más poderosa que México y Lima, las dos joyas más preciadas del imperio colonial español.

Algunos cronistas consideran que los incas conocían la riqueza de Potosí y que el emperador Huaina Cápac había ordenado que se la explotase. Pese a ello, según una leyenda, cuando los aborígenes intentaron extraer el mineral, una voz surgida con gran estruendo de las profundidades, les advirtió: «No saquéis la plata de este cerro porque es para otros dueños«. El relato, de indudable origen español, refiere entonces que los incas no se atrevieron a desobedecer la orden y volvieron a trabajar en las aledañas minas de Porco hasta que las tropas españolas invadieron el Cuzco y se apropiaron de esos riquísimos yacimientos, sin saber aún que Potosí escondía mayores tesoros que todos los que se explotaban en los alrededores.

A partir de allí, circularon varias versiones —recogidas por los cronistas de época— sobre la manera en que se llegó a descubrir el yacimiento de Potosí. Sin embargo, todas las fuentes coinciden en señalar que fue un indígena llamado Huallpa, encomendado a un minero de Porco, Juan de Villarroel, el primero en descubrirla. Afirman los cronistas que Huallpa, «persiguiendo durante todo un día un carnero que iba de huída, le dio alcance en el mismo cerro de Potosí siendo bien entrada la noche (…) y atado el carnero en un matorral de paja, luego que amaneció lo arrancó de cuajo y así descubrió la veta».

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El trabajo en las minas y los ingenios recaía por entero sobre los indígenas, cuya población activa ascendía en 1603 a 58 800 operarios. De ellos, sólo 13 500 estaban dedicados a tareas estrictamente mineras; los demás se ocupaban de actividades complementarias. Únicamente 10 500 prestaban servicio obligatorio; el resto eran trabajadores libres

Otra versión cuenta que Huallpa, para protegerse del frío encendió unas matas y a la mañana siguiente «vio que con la actividad del fuego se había derretido la plata de aquélla veta y corrido en riquísimos hilos». Lo cierto es que el indígena no le comunicó a nadie su hallazgo y secretamente extraía la plata de Potosí, la fundía y gastaba en Porco sus ganancias como un potentado. Por supuesto, la noticia no tardó en llegar a oídos del encomendero Villarroel y, con ella, el’origen de la riqueza repentina de Huallpa.

Sin dudar, el español registró la «veta descubridora» a su nombre, según las leyes vigentes en la época y dio pie para que otros mineros de Porco explotasen distintas vetas del yacimiento de Potosí, cuyo nombre se convirtió vertiginosamente en sinónimo de riqueza.

No fue fácil para los españoles el asentamiento de un poblado a la vera del cerro. Por ser perpetuo el frío, «no se cría en este suelo ningún género de mantenimiento, excepto algunas papas. La tierra está pelada sin ninguna arboleda ni. verdura…» escribió Luis Capoche, en su Relación General de la Villa Imperial de Potosí.

Por otra parte, en un sitio cercano, existía un pueblo indígena, denominado Cantumarca, cuyos habitantes convinieron en un principio ayudar a los españoles que «a fuerza de palos y malos tratamientos los obligaron con toda violencia a que hicieran adobes y abriesen cimientos», razón por la cual, los aborígenes se sublevaron y, parapetados en un cerro vecino, hostilizaron a los conquistadores. Según se cuenta, enviaron un mensajero con esta orden: «Decid a esos enemigos nuestros, ladrones de oro y plata, barbudos sin palabra, que si hubiéramos sabido que eran gente sin piedad y que no cumplen los tratos, desde que supimos que estaban en Porco les hubiéramos hecho guerra y echándolos de allí no le permitiéramos entrar donde estábamos ni sacar la plata de Potosí».

Se entabló entonces una feroz batalla de la que surgieron vencedores los españoles. Los indígenas huyeron hacia el valle de Mataca. desamparando sus ranchos que inmediatamente fueron ocupados por los vencedores mientras esperaban la construcción de sus casas en Potosí. Finalmente, en enero de 1546, según algunos autores, o en diciembre de 1545, según otros, comenzó a fundarse la Villa Imperial de Potosí.

En poco tiempo se edificaron casas en los sitios más secos y luego, al crecer la población, se rellenaron los terrenos cenagosos para levantar nuevas construcciones. La población creció sin orden ni planificación: en 18 meses se construyeron más de 2500 viviendas habitadas por 14 000 personas entre indígenas, y españoles que ocupaban, respectivamente, la parte sur y el sector norte de la villa.

Hacia el año 1573 la ciudad ya tenía 120 000 habitantes. Creció sin mesura a medida que se fueron descubriendo nuevas minas y acudían de toda España y Europa, hombres ávidos del botín que durante siglos había escondido la naturaleza. Un censo de 1611 estableció que, durante la gobernación del virrey Montesclaros, los habitantes superaban las 150 mil almas, cifra que aumentó en 10 mil treinta años más tarde, según consta por un padrón que ordenó levantar el presidente de la Audiencia de la Plata, Francisco de Mestares Marín.

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Bocamina exterior de un antiguo socavón colonial en las cercanías de Potosí. La explotación de las riquezas minerales dio nacimiento a la abigarrada ciudad que en menos de veinte años fue la más grande y poblada de Iberoamérica, superando a México y Lima, las grandes capitales virreinales. La plata hacía la prosperidad de la ciudad y también la de España.

La economía potosina

Durante ciertas épocas del año, en Potosí, unas cuantas tormentas azotan la tierra y la,desgarran, dejando nada más que una arenilla negruzca flotando en el aire. Por eso, aun en los momentos de mayor riqueza, los alrededores de Potosí eran tristes, pelados, a veces sin un árbol, sin una cosa verde que descansara los ojos. De allí que Potosí no podía producir prácticamente nada para la alimentación de sus habitantes. Durante todo el tiempo que duraba la explotación de los yacimientos las actividades agrícola-ganaderas eran nulas v la ciudad debía abastecerse con mercaricias de regiones lejanas, que proveían hasta la leña y la paja.

Esta desventaja (dada la magnitud demográfica y la capacidad adquisitiva ce sus habitantes) hizo entonces que en Potosí se originaran importantes corrientes comerciales. La mayor parte de su población estuvo fundamentalmente dedicada al comercio, a la compra-venta de productos que llegaban de todas partes del mundo.

Los metales que no se producían estrictamente en Potosí sino en los alrededores, iban asimismo a parar a la Casa de la Moneda de la ciudad donde se marcaba la plata en barras con el cuño real. Plata y azogue (Mercurio, que provenía de las minas de Huancavelica, en Perú) sustentaban el poderío económico de la villa, servían para pagar los vinos, aguardientes y aceitunas que llegaban desde los fértiles valles de lea; el sebo, la grasa, el charque, las maderas y las muías que provenían de la lejana provincia de Tucumán; la yerba que remontaba ignotos ríos desde el Paraguay; los caballos de Chile; las medicinas, el hierro, los tejidos finos y todo tipo de productos y mercancías que atravesaban el océano desde la lejana Europa y abarrotaban los almacenes potosinos.

Este auge comercial creó, por supuesto, una clara estratificación entre los comerciantes de la villa. La venta de productos más rentables o la de los destinados a la población española de mayor capacidad adquisitiva, estaba en manos de españoles. Uno de los mayores negocios durante la época de explotación del yacimiento fue, sin embargo, la comercialización de la coca. Implicaba, aproximadamente, un millón de pesos fuertes al año y la consumía toda la población indígena de la región.

En varias oportunidades se quiso prohibir su venta porque se la consideraba nociva, pero los poderosos intereses en juego impidieron que se suprimiera su tráfico. Se llevaba a Potosí desde los cálidos valles orientales del Cuzco donde aproximadamente 400 españoles se dedicaban a su explotación.

La venta al menudeo, en Potosí, la realizaban los propios indígenas, pues para los españoles constituía un enorme desprestigio social dedicarse al comercio al por menor, aunque eran, por supuesto, los responsables de las compras de coca al por mayor.

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Catedral de Potosí. Se comenzó a construir en los últimos tiempos de la Colonia (1808) bajo la dirección del arquitecto fray Manuel Samanja. Pero durante la época de mayor esplendor la numerosa población asistía a los oficios religiosos que se realizaban en los sesenta templos con que contaba la ciudad. La mayoría de ellos hoy están en ruinas.

Los distintos productos se vendían en «plazas» destinadas exclusivamente al comercio. La plaza del metal era, sin duda, la más pintoresca, ya que allí se reunían los aborígenes para vender el metal que se les pagaba como salario por su trabajo en las minas. «Se sientan los indios e indias muy juntos y juntas —escribió Luis Capoche—, por hileras (…) y son como cuatrocientas personas o quinientas las que vienen con metal para vender, en especial los jueves y viernes y sábados, porque los demás días, por ser los primeros de la semana, no viene tanta gente…».

Además de la concurrida plaza de metal, existían otras tres en las qiie se vendían diversos productos, sobre todo maíz, harina, ganado, carbón y leña. Los productos manufacturados europeos se vendían, a su vez, en locales cerrados que el Cabildo de Potosí alquilaba en dos de las plazas principales, la Mayor y la del Regocijo.

Las ventas de «ropas de Castilla» alcanzaron en un año el millón de pesos, signo indudable del lujo, la riqueza y la necesidad de figuración de las clases dominantes que eran las que «consumían mayormente las mercancías europeas. «El principal lujo de esta villa —se asombró Concolorcorvo— consiste en los soberbios trajes, porque hay dama común que tiene más vestidos guarnecidos de oroy plata que lapr-incesade Asturias…»

Puñaladas y sablazos
Tanta riqueza generó no pocas luchas por el poder. Las clases dominantes (divididas en tres bandos netamente diferenciados, los azogueros o propietarios de ingenios, los propietarios de minas y los grandes mercaderes) se trenzaban cotidianamente en interminables y feroces disputas. La autoridad real, representada por un corregidor, no siempre lograba imponerse y, por el contrario, a veces avivaba el fuego de la discordia, volcando sus preferencias por uno u otro grupo.

Los conflictos se planteaban indistintamente para lograr la sanción de leyes que beneficiara a unos en desmedro de otros, para conseguir mayor y mejor mano de obra en las repartijas de indígenas, para lograr franquicias en las explotaciones o el comercio de ciertos productos. De esta manera, los pleitos que se seguían ante la Audiencia de Charcas, el virrey del Perú o el Consejo de Indias eran interminables. Potosí, durante los 200 largos años que duró la explotación de los yacimientos, mantuvo varios procuradores ante la corte metropolitana para peticionar directamente en España, buscando crear conflictos de poderes con otras autoridades coloniales o intentando resolver los problemas internos.

Estos escarceos diplomáticos iban generalmente acompañados de acciones violentas. Cada grupo tenía a su servicio bandas armadas reclutadas entre los soldados que, al finalizar las guerras de la Conquista, no encontraban ocupación. Cualquier pretexto servía para justificar un enfrentamien-to, cuyas características eran similares a las de los torneos feudales. Se citaban los «caballeros» en el Arenal de Potosí y allí, casi siempre durante las madrugadas, piqueros y arcabuceros lujosamente ataviados iniciaban una batalla formal que culminaba con muertos y heridos a granel.

Durante los siglos XVI y XVII  todo fue válido en Potosí: la emboscada, el asesinato, los asaltos a mano armada, las violaciones de mujeres del bando enemigo. Los episodios criminales eran cotidianos y bastaba una mala mirada, una leve interjección o un saludo desdeñoso para que dos hombres se trabaran en lucha.

Es célebre el. caso del capitán Pineda, un andaluz, y de Juan Pérez Ramusio, un criollo de Mataca: se cuenta que un sábado por la tarde el capitán Pineda caminaba por la calle de los Césares cuando se le cruzó Ramusio que, por algún pleito anterior, evitó saludarlo. Se encrespó el andaluz y lo llamó a los gritos: «Ven acá… mestizo…».

El insulto erizó al criollo quien, acelerando el paso se plantó abruptamente a dos pasos de Pineda. Este, sonriendo, le espetó: «¿Acaso no aprendiste a persignarte cuando me vas a pasar?». Ramusio se quedó callado, como pensando una salida ingeniosa que no lo dejara mal parado ante el público que comenzaba a rodearlos.

Lentamente sacó una daga oculta en la cintura y susurró con rabia c ontenida: «Mis padres, que eran andaluces, me enseñaron a hacer la señal de la cruz de esta manera…». Decir eso y ensartarle el puñal en la frente al desprevenido Pineda fue todo uno. El andaluz cayó redondo, bañado en sangre, muerto: el pleito quedó así formalmente resuelto.

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Por entre las casas de la ciudad corre el arroyo que durante el tiempo de creciente proveía de agua a los ingenios que estaban a su vera. Para remediar la escasez que se producía en tiempo de sequía y darle el caudal suficiente se construyeron embalses y presas a pocos kilómetros de la ciudad, aguas arriba.

Tres días de tiranía
Desde los orígenes de la Villa Imperial de Potosí, la ambición, las ansias de poder, las desaforadas intenciones de los diversos grupos que pugnaban por gobernar, crearon no pocas situaciones revulsivas. Cientos de batallas sangrientas se libraron en las calles de la ciudad de la plata, aunque quizá ninguna haya sido tan feroz como la que entablaron en marzo de 1553 las fuerzas leales a la monarquía española y un conjunto de vecinos encabezados por un taLEgas de Guzmán, quien aspiraba a gobernar la urbe y explotar el cerro sin rendirle cuentas al rey.

Egas logró, en efecto, sojuzgar a la población merced a la violenta acción de 50 hombres que, muy bien pagados, asolaron el territorio,’ejecutando a indígenas y españoles leales. Dos capitanes del ejército español, sin embargo, pretendieron enfrentarlo. Francisco Centeno y Diego Díaz, al mando de 60 arcabuceros y 400 indígenas armados sólo de macanas y hondas rodearon, el 2 de marzo de 1553, la Villa, en cuya plaza central estaban apostados los secuaces de Egas de Guzmán.

Marchó Centeno hacia el centro de la ciudad y se puso a tiro del arcabuz enemigo, acercándose peligrosamente hacia la plaza y dejando cubiertas sus espaldas con la tropa indígena. Egas de Guzmán, percibiendo la debilidad de la retaguardia enemiga optó por enviar 40 de sus hombres a caballo para que rompieran el cerco aborigen y acometieran a la infantería de los. leales por detrás.

Así fue que mientras la lucha en el frente favorecía a Centeno y a Díaz, la batalla en los alrededores de la ciudad les era absolutamente desfavorable.

Luego de una hora de rigurosa pelea, los infantes leales fueron finalmente sometidos. Algunos pocos huyeron mientras los heridos eran pasados por las armas directamente en el campo de batalla. «Hubiera sido más atroz la tiranía de Egas de Guzmán en esta guerra —relata el cronista Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela en su libro Historia de la Villa Imperial de Potosí— si en la cuesta del cerro de la Cantería los indios que se retiraban derrotados no hubieran defendido a los leales tirándoles tantas piedras a Guzmán y a los suyos cuantas fueron necesarias para detenerlos…».

La victoria de Guzmán paralizó vir-tualmente todo trabajo en Potosí: pocas horas después de la pelea, el tirano saqueó las casas de los leales («valiéndole el saco —afirma Arzáns— más de 1 800 000 pesos en marcos de plata»), mató a quienes se le opusieron, hizo azotar públicamente a «muchas mujeres españolas porque averiguó que trataban entre ellas de matarlo», quemó casas y ejecutó aborígenes, acusándolos de traidores. Tres días exactamente duró su gobierno. Ni los propios hombres de Egas de Guzmán toleraban a su jefe; hasta el extremo de que uno de sus capitanes, Antonio de Lujan, logró que seis soldados engrillaran al tirano y lo sometieran a la peor de las muertes: el descuartizamiento.

El episodio es sólo un ejemplo del alto grado de violencia que alcanzaban en Potosí las tensiones sociales, económicas y políticas. Existían razones para que ello sucediera.

La villa imperial no fue, como la mayor parte de las ciudades hispanoamericanas, una urbe que se enriqueciera por la producción agrícola-ganadera de la región rural que las circundaba. No era una «ciudad hidalga» ni una «ciudadela militar», no estaba dominada por una aristocracia feudal ni el prestigio de las clases más poderosas provenía de la tradición sino, por el contrario, del caudal de riqueza acumulada. Por eso, las clases sociales potosinas se estructuraron de manera diferente al resto de las urbes coloniales: en un primer momento el acceso a la riqueza fue fácil y produjo, consecuentemente, una gran movilidad social.

Prestigio, poder e influencia eran conseguidos por todos aquellos que habían obtenido inmensas fortunas dedicándose a cualquiera de las tres grandes actividades económicas que la ciudad fomentaba. Pero, de la misma manera que lo adquirían, lo perdían, al inundarse una mina, al perderse un barco con mercadería o al fallar un envío de azogue. Los grupos dirigentes de Potosí estaban integrados por españoles y ocasionalmente algunos criollos.

Por lo general, el poder político no constituyó una aspiración de la «nobleza» potosina, dedicada por completo al comercio y sus derivados. Los cargos de regidores caían —según un cronista— «en manos de cualquier forastero, sin más averiguación que la de tener la cara blanca y las posibilidades suficientes para mantener su decencia…». Sucedía que el poder final de decisión se encontraba fuera de Potosí: los pleitos los resolvía primordialmente la Audiencia de Charcas.

La decadencia
Pero esa petulancia nacida de la riqueza comienza a deteriorarse a partir de la segunda mitad del siglo xvn, cuando disminuye notoriamente el rendimiento de las minas de plata. La decadencia de Potosí significó también la decadencia de los grupos dirigentes y sus habitantes contemplaron con pena y nostalgia el ocaso de una de las más opulentas ciudades de Hispanoamérica, atribuyéndole su ruina a la incapacidad de la urbe de atraer gente noble: «Ya no es lo que solía —escribió Capoche— porque de España pasan a estas Indias gente común y falta de nobleza».

Semejante situación hizo cundir el desconcierto y a la ruina económica continuó el desbande, un decrecimiento demográfico del que nunca pudo recuperarse Potosí. Sólo salvó a la ciudad de un derrumbe total el funcionamiento de algunas fundiciones. Como no existían este tipo de establecimientos en las regiones aledañas, hasta la villa llegaba metal para ser fundido y luego «quintado» en su Casa de la Moneda, por otra parte la única que existía en todo el ámbito de esa importante región minera de América.

Pese a todo, ya en el despunte del siglo xvni la población de Potosí había bajado a menos de la mitad. «Ha disminuido de tal manera —estampó un cronista de la época— que hoy no pasan de 70 000 entre españoles e indios, que viven unos y otros en 16 000 casas entre grandes y pequeñas de una y otra nación… Las familias de indios que al presente están avecinadas en Potosí pasarán de mil pero se acrecientan a veces con la llegada de forasteros, también indios. La de los españoles ya no se acrecienta por el comercio o por la llegada de tratantes y contratantes que antes de todas las naciones de’Europa acudían incesantemente todos los días».

De esta manera, a los pies del cerro, agujereado por todas partes pero con sus pasadizos vacíos, se adormeció Potosí. Sólo algún indígena solitario intentaba de vez en cuando reeditar la ardua tarea de sus antepasados. Con una candela de sebo encendida en la mano se sumergía por los recovecos y las escalerillas construidas en el cerro, llevando un zurrón de cuero en las espaldas. Hurgaba en las vetas secas, rapiñaba algo de metal. Pero estaban muy lejos los tiempos en que Potosí producía hasta casi siete-mil barras de plata por año-y era —según un cronista— «la más feliz y dichosa de cuantas ciudades se saben en el mundo».

La desmedida explotación de los yacimientos potosinos y su consecuente decadencia, al agotarse las vetas de plata más ricas, hizo que decayera sus-tancialmente la producción. Como la zona no ofrecía posibilidades para ningún otro tipo de actividad, la villa que–dó virtualmente en manos de algunos pocos empecinados que, a costa de terribles esfuerzos, lograban a veces, mantener latente la esperanza de que sería posible recuperar la riqueza perdida.

En 1773 escribía Concolorcorvo: «Dicen que desde el descubrimiento de las riquezas de aquel cerro se señalaron 15 000 indios para su trabajo y el de las haciendas que se benefician con la plata (…) Hoy se redujo ese número a tres mil entre los que se mezclan los honrados con los ladrones de metales, quienes acometen de noche en las minas y como prácticos en ellas sacan los últimos, los más preciosos beneficios y llevan al banco que el Rey tiene de rescate, siendo cierto que estos permitidos piratas sacan más plata que los propietarios mineros…».

Así, en un postrer intento por mantener la más fabulosa fuente argentífera de Hispanoamérica, las autoridades reales no dudaron en permitir el bandidaje y el saqueo de las vetas de las cuales aún no se habían succionado los últimos vestigios de plata. Pero, por supuesto, fue un manotazo vano. La villa imperial de Potosí, lentamente, se adormeció sobre su pasado esplendor del cual quedó, como único testigo, el cerro acribillado por las mazas y los picos de los mineros.

Fuente Consultada:
Gran Historia de Latinoamérica Fasc. Nº21 Editorial Abril – Ciudades: Potosí

Los Muebles en America Colonial Estilo del Mobiliario Español

Los Muebles en América Colonial

Todo el confort existente en la América de la Conquista se reducía al elemental suministrado por la naturaleza: la sombra de los árboles, su madera en las regiones frías, la frescura de un río en la faja ecuatorial, la obsequiosidad de los indígenas, que sacrificaban su propia comodidad para ofrendarla a las gentes del Este.

Cuando en los galeones que llegaban a América, los rudos aventureros de los primeros tiempos fueron siendo reemplazados por clérigos y ventrudos burócratas con acompañamiento femenino, comenzó a sentirse en los nuevos poblados la urgencia de rodearse de ese mundillo de objetos grandes y pequeños que daban la pauta del grado de civilización de su dueño. Ya no fue suficiente saber desbastar la madera para hacer una tosca silla: ahora había demanda por sillones forrados, mesas de estilo, alfombras y todo el mobiliario que en España servía de marco para la formal y ceremoniosa etiqueta que hizo famosos a los españoles en toda Europa, y que llegó a su primer apogeo bajo Felipe II.

Tanto los carpinteros, como el resto de los artistas y artesanos de la Colonia, provenían al principio de España y Porlugal. Paulatinamente se fueron formando los artesanos auténticamente «coloniales» y americanos. Con su trabajo acumularon muebles y objetos, y ya en el siglo XVIII toda la América colonial estaba tallada, forrada y tapizada.

Un excelente ejemplo lo proporciona un salón de lujo en el Perú del siglo XVIII. Abundan los canapés forrados en baqueta y los sillones de cuero adornados con tachuelas de metal; del techo cuelga un farol de cinco luces con candilejas cubiertas de sebo. En la pared es posible que cuelgue un cuadro que represente a San Juan Bautista o a Nuestra Señora de las Angustias, y a su lado el retrato del jefe de la familia, pintado por un amigo de la casa o por el profesional de moda.

En el dormitorio reina la cama, a la que se sube por medio de una escalerilla: es un lecho matrimonial muy alto, a la usanza española. Mientras tanto, los esclavos duermen sobre pellejos de carnero.

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En Arequipa las paredes de las casas están decoradas con guardas, lazos de amor y vistosos adornos. Los muebles siguen el modelo español y están pintados de blanco o azul-celeste; filetes dorados y dibujos de rosas y margaritas cumplen con la función de nacerlos más elegantes. En el salón no es raro tropezar con algún bargueño antiguo tallado o un aparador de roble negro. Otro adorno de las paredes son los cuadros de degollaciones, crucificciones y autos de fe pintados por artistas de Quito y Cuzco.

En las ciudades frías, las alfombras se constituyen casi en una necesidad. En cambio, muy pocas ventanas lucen cortinas. Se desconocen las estufas y
chimeneas, los caloríferos y los braseros.

Un viajero francés ha dejado constancia de la impresión que le produjeron las casas de Buenos Aires en el siglo XVIII: «El interior de las casas muestra uno o dos patios. Las de los empleados y comerciantes son lujosas. En la sala un piano, un sofá, sillas americanas de madera (incómodas y duras) bien doradas, de colores brillantes. La sala es el lugar de recepción de los señores. Las señoritas pasan el día sin hacer nada…»

El mobiliario
En el siglo XVII se usa ya una gran diversidad de maderas para moblaje: castaño y nogal, Jacaranda, palo santo, ébano. Algunos llevan adornos de palo de rosa, marfil, caoba o nácar.

Las sillas siguen el modelo español: cuero en el asiento y el respaldo, tapizadas a veces con tela y adornadas con tachas de bronce. En la segunda mitad del siglo se las puede adquirir con las patas delanteras trabajadas. Son comunes la de forma «cebolla», «enrulado» y «de pincel». los sillones y las banquetas presentan características similares.

Una de las preferidas fue la silla encadenada, donde se podían sentar varias personas, ya que se unían tres o más sillas en un sólo mueble. Otra muy en boga en el Brasil fue la silla esquinada, de origen inglés. En la región rioplatense son comunes las sillas ratonas, colocadas e.n el lugar de honor, el estrado, parte elevada del salón. Se las usa para sentarse a tomar mate, para quitarse las botas, para coser, o simplemente como adorno.

Son acompañadas por sillitas, mesas y papeleras, distribuidas según el gusto de la dueña de casa. No en vano se dice que en el siglo xvm reinaron la mujer y la silla. De esta última aparecieron todos los tipos posibles, como para satisfacer el más alocado capricho.

muebles de la etapa colonial

Interior de uno sala del Palacio Torre Tagle, en Lima, Perú.
El  mobiliario refleja fielmente el refinado modo de vida transplantado en América

En cuanto a la mesa para comer o la de adorno, podían ser rectangulares, redondas, algunas con alas plegadizas v patas giratorias. Muy apreciado era el contador, que iba apoyado sobre un bufete alto y parecido a una mesa. También gozaron de gran aprobación la cómoda y la cómoda-escribanía, con cajones superpuestos, ambas de origen italiano, que desplazaron al viejo arcón, arca o baúl, pesados e incómodos.

En Brasil hubo un auge de la cómoda-papelera, una combinación de guardarropa y escritorio.

Pero el más monumental de los muebles coloniales era la cama, con adornos, colgantes, doseles y posangulares 0 columnas de diseño barroco. Los resididos solían ser muy altos y las perillas podían ser de madera o marfil.

En las casas de familia eran numerosas las sillas, sillones, mesas y camas de jacarandá, con la característica «pata de burro» o «pata de cabra».

En el siglo XVIII rioplatense el mueble luso brasileño llegó a desplazar al español, ya que el cierre casi total del come mío favoreció al contrabando.

Las casas y los templos hicieron buen acopio de ellos y de los no menos apreciado, muebles de estilo inglés (Chippendale) y rococó francés, recargado de conchillas, flores y hojas. La influencia potugusesa también llegó a  Chile, México, Lima y Quito, adonde marcharon varios artesanos de nombradla.

Para completar la decoración de una casa colonial no debían faltar los utensilios y objetos de plata y oro. Las familias que disfrutaban de un «buen pasar» se hacían servir en vajilla de plata. Gran parte de estas vajillas fueron labradas y repujadas por artífices locales, aunque a veces se traían de Europa y otros sitios. Los artífices que tenían como clientes al vecindario acomodado de Buenos Aires hacían sus piezas en oro. Se llegó a dictar una ley que imponía el trabajo en oro de 22 quilates y prohibía el uso del de 24 y del de 20.

La platería
Una de las preocupaciones principales de todo americano «respetable» era completar su vajilla de plata. Siempre «estaban faltando» algunas piezas, y en cuanto era posible, se mandaban a hacer en plata maciza, oro o plata con baño de oro. Una de las razones de la preferencia por el metal debió ser sin duda el que la porcelana resultaba muy cara.

El juego de vajilla se componía, por lo general, de fuentes, platos, bandejas, jarros para distintos usos y sahumadores calados y cincelados. Esto era lo básico. Pero no pasaba mucho tiempo sin que se intentara completarlo con soperas, tazas, vasos, cubiletes, palilleros, vinagreras, dulceras, ollas, sartenes, baldes, etc., reemplazando también las piezas ya envejecidas. Y era preciso no olvidarse ele los floreros, los apliques, candelabros, tarjeteros, tinteros, marcos para espejos, salivaderas y, tras de una cortina de pudor, la taza de noche y los irrigadores.

En el sur del continente el orgullo de la familia podía ser el juego de plata para la «mateada». En espera del elogio (y de la envidia disimulada) se hacían presentes la yerbera (con adornos de oro) y la infaltable colección de mates de formas fantasiosas, como caballitos, palomas, avestruces o pavos reales.

Fuente Consultada:
Gran Historia de Latinoamérica Fasc. Nº21 Editorial Abril Educativa

La Salud Pública y la Medicina en el Virreinato del Río de la Plata

La Medicina en el Virreinato del Río de la Plata

Los estudios de medicina: España había sentido,  en el siglo XV la necesidad de fundar cuerpos técnicos que,  actuando como tribunales colegiados  o unipersonales,  tuvieran a su cargo vigilar el ejercicio de la profesión médica y afínes; que actuaran a la vez como organismos docentes de esas ciencias y satisfacieran sus fines sociales. Al efecto creó  el Protomedicato,   institución que tomó desarrollo e importancia en su legislación y llegó a constituir una entidad fuerte y bien organizada para velar por la salubridad pública.

El virrey Vértiz, al tomar el gobierno del virreinato, creyó oportuno y conveniente crear tal institución, independiente de la que existía tanto en Castilla como en Lima, para evitar que el pueblo de sus provincias siguiera sufriendo las deficiencias  imputables en parte a la enorme distancia existente entre ambas capitales.

Afligía a  Vértiz    el  estado de semiabandono lamentable observado en la asistencia pública,   el desquicio de los servicios médicos,  las graves deficiencias de los servicios hospitalarios y el desorden de los servicios de farmacia.

El  virrey propone al doctor Miguel O’Gorman,  funcionario de la misión de Ceballos,   médico aprobado por el Protomedicato de Madrid,  la creación de un tribunal del  Protomedicato en Buenos Aires,  esta disposición sería provisoria y sujeta a una posterior aprobación real.

Los protomedicatos,  en América y en Europa,  fueron formas embrionarías primarias en la evolución de las escuelas de medicina.

Sumaban atributos y fun ciones administrativas,  judiciales y técnicas y también docentes que se estorbaban y quitaban eficacia, fiscalizaban la acción de los médicos y de sus auxiliares y cuidaban la preparada técnica de sus facultativos en ejercicio,   recibían los exámenes para revalidar los títulos,   investían facultad para fundar las escuelas profesionales  respectivas y eran en la práctica sus rafees. Esto explica el júbilo con que fue recibida la noticia de la  instalación de la nueva  institución en la capital del virreinato.

En una nota fechada en Montevideo en enero de 1783,   el doctor O’Gorman propone al virrey la creación de una Academia de Medicina,  con asiento en esa ciudad para asegurar su independencia como institución científica,  ajena a las influencías burocráticas y oficiales del Protomedicato que funcionaba en Buenos Aires.  No existen documentos que hagan mención a los resultados obtenidos por esta iniciativa.

Por una cédula de 1793 se faculta al tribunal para dar la enseñanza oficial de la medicina y la cirugía,   con vistas a una próxima creación de la  Universidad,  de la cual esta Escuela de Medicina pasaría a formar parte.

El alejamiento y la radicación de  Vértiz en España provocaron el que estas iniciativas cayeran en el letargo,   asi como el proyecto de la Universidad de Buenos Aires,   que sólo se concretaría en el período de la  Independencia.  La Escuela de Medicina siguió funcionando aunque sujeta a los movimientos políticos e inestabilidades de principios de siglo.

Las luchas por la independencia obligaron al gobierno a restringir al máximo los gastos públicos. Esto provocó la suspensión de pagos del personal docente y de los cursos de la Escuela de 1812. El Protomedicato siguió funcionando aunque con limitaciones similares a las de la Escuela de Medicina.

Visto el abandono de los cursos de esta institución,  en diciembre de 1812 el doctor Paso decide nombrar una comisión para el estudio de un nuevo programa a cumplirse en un Colegio de  Ciencias que se crearía.

La necesidad de contar con cirujanos y médicos militares realmente capacitados concita el interés de la Asamblea de 1813 que propone la creación del Instituto Medico Militar y la aprobación de un Plan de Enseñanza para la Facultad de Medicina y Cirugía.

El Instituto Médico Militar tuvo una vida efímera.  Iniciadas conentúsias mo sus tareas,  decayó pronto este  interés y se extinguió en febrero de 1820,  al poco tiempo de morir su director,  el doctor Cosme Argerich.

No solamente por la enseñanza se destacaron los jesuítas en estas regiones,  sino también por las actividades  intelectuales de toda índole a que cada uno se dedicaba con singular aliento.

Mientras los conquistadores penetraban en audaces correrías hacia  el corazón del continente en busca de aventuras o de oro,  los jesuítas se ocupaban en el estudio de las nuevas tierras y en darlas a conocer a los europeos por medio de trabajos geográficos y cartográficos.

Las cartas de los misioneros constituyeron una lectura apasionante,  y se multiplicaban en ediciones que daban a conocer los secretos de las nuevas regiones,  a la par que acrecentaban el acerbo científico. Estos aportes son excepcionales,  teniendo en cuenta que hasta fines del siglo XVIII se careció del instrumental científico primario indispensable para esa clase de tareas.

Rómulo Carbia destaca la  indiscutible gloria que merece la Compañía por haber fundado y hecho evolucionar la historiografía nacional,  hasta llevarla a su pleno desarrollo en manos del P. Pedro Lozano,   a quien corresponde uno de los más altos puestos entre los historiadores habidos en el país.

Nuestra historiografía no puede prescindir de las múltiples y diversas cartas,  crónicas,   memorias y apuntes dejados por los jesuítas. Estos historiadores salvaron la memoria de muchos hechos singulares,  cuya reconstrucción habrfa sido difícil dadas las grandes pérdidas sufridas por los archivos del interior en los acontecimientos militares del siglo XIX.

En el estudio de la fauna y flora aborigen la contribución jesuítica es de una magnitud sorprendente.  Como lo es asimismo la profundidad de las observaciones que sus cultores registran con singular prolijidad,   acompañándolas en muchos casos de dibujos. Los padres Gaspar Juárez y José Sánchez Labrador se destacaron en esta labor que siguió el camino abierto por el P.José «Acosta en el Perú» con su obra Historia natural y moral de las Indias.

Después de la expulsión,  el padre Juárez fundó en Roma un Jardín Botánico Americano y editó su monumental Prodromus Florae  Chilensis et Peruvianae.

Sus tres tomos de Observaciones fitológicas sobre las plantas rioplatenses figuran con honor en la mejor bibliografía de la ciencia botánica.

A su lado sobresale el P.Jose Sánchez Labrador,  el naturalista más prolífico y de mayores alientos en la historia de los pueblos rioplatenses.

Fuente Consultada:
Historia de la educación de Manganiello Bregazzi.
Historia Argentina – Historia de la Civilización – Manual de Ingreso 1977 – Dieguez – Pierini – Laplaza Edit. Investigación y Ciencia

Universidad de Córdoba y de Chuquisaca en el Virreinato

Historia de la Universidad de Córdoba y de Chuquisaca en el Virreinato del Río de la Plata

Universidad de  Córdoba:
Córdoba no tuvo propiamente unaUniversidad,   sino un Colegio Máximo de la Compañía de Jesús,  con autorización real y pontificia para otorgar grados universitarios; es decir,   que aunque careció del titulo de Universidad,   actuó como tal en los hechos,  y como Universidad fue conocida hasta en documentos oficiales.  Por real cédula de 1o de diciembre de 1800 se acordó darle el carácter efectivo de verdadera Universidad Real,   con el nombre de Real  Universidad de San Carlos y de Nuestra Señora de Monserrat.

La erección se realizó el 11 de enero de 1808,  en cuya oportunidad se reunió el claustro,  ya secularizado,  en la antigua iglesia de la  Compañía -declarada hoy monumento nacional-,   presidida por el gobernador-intendente Juan Gutiérrez de la Concha,   quien nombró rector al deán,   doctor Gregorio Funes. La secularización de la Universidad cordobesa inició entonces su formal decadencia.

Es posible que en 1767,   al tener que hacerse cargo de los   institutos jesuíticos de  Córdoba,   su elenco de profesores no fuera excepcional,  pero en las postrimerías del siglo pudo presentar un grupo nada despreciable de hombres de valer, en buena parte hijos del país.

La filosofía que se estudió en el Río de la Plata durante el período hispano no fue ni exclusivamente peripatética, ni, en el buen sentido de la palabra, puramente escolástica. Y no lo podía ser -como muy bien dice Juan C. Zuretti-, porque en la segunda mitad del siglo XVII, si bien la escolástica se enseñaba de viva voz en los colegios y universidades hispánicas, había decaído tan notablemente que casi se había eclipsado por completo.

En el curso del siglo siguiente fueron muchos los filósofos que, reteniendo el fondo de la escolástica, trataron de concordarlo con las nuevas teorías científicas y filosóficas, labor en la que descollaron los jesuítas, pero que no rehuyeron los franciscanos. Las ideas renovadoras también penetraron en sus claustros.

Con la creación de la Facultad de Jurisprudencia,  en 1791,  la  Universidad había entrado en una nueva época,  pero de ahí a la secularización definitiva me diaron todavía algunos años,  y fue el resultado de una más vigorosa arremetida del clero alentado por la visible  inclinación de la  Corona.

La causa del clero fue tomada por el doctor Ambrosio Funes,   que como alcalde de primer voto,  logró interesar al Cabildo en la campaña.

Funes escribió en 1779 un Memorial en el que reclamaba la  intervención de la  Corona para contener la decadencia de la Universidad y desterrar los desórdenes  introducidos por los franciscanos al amparo del favoritismo y de la intriga.  Los cargos abarcaban todos los  órdenes de actividad,  desde la administración de las rentas,  de cuya malversación los franciscanos eran acusados, hasta la incapacidad docen tes de estos y el favoritismo que empleaban.  Todo ese desorden sólo podía ser contenido si la Universidad se entregaba al clero.

La campaña abierta por el doctor Funes y su hermano el deán,   obtuvo un éxito completo. Por real cédula del  I de diciembre de 1800,  el monarca resolvió «fundar de nuevo»,  en el edificio del  Colegio Máximo,   una Universidad Mayor que gozaría de los mismos privilegios y prerrogativas que las de su clase en España y América,   con el nombre de Real  Universidad de San Carlos y de Nuestra Señora de Montserrat,   con los recursos para su dotación que en la misma real cédula se mencionan, quedando los franciscanos separados de su dirección.

La real cédula de 1800 fue guardada sin cumplimiento por el virrey Sobremonte,  partidario de los franciscanos,  pero el cambio producido en 1807 por sude posición,  significó para los franciscanos la pérdida de la influencia que habían mantenido. Fue entonces que el cabildo de Córdoba elevó a Liniers una petición para que ejecutase la real  orden,  lo que el nuevo virrey realizó el 29 de noviembre.

La instalación de la nueva Universidad se realizó el   2 de enero de 1808. La real cédula de 1800 ordenaba la erección de las cátedras de latinidad,  filosofía, leyes,  cánones,  escolástica y moral,  facultándose a la Universidad para conferir los grados correspondientes.

La nueva Universidad debía formar sus constituciones ya que las anteriores habían sido abolidas,  pero pasaron muchos años sin que las comisiones nombra das cumpliesen su cometido.

Una reforma importante en sus estudios fue la  introducida por el deán Funes con la creación de una cátedra de matemáticas,  que se abrió en 1809.   Con esa enseñanza quiso el deán sacar los estudios de lo puramente  ideal para llevarlos a lo práctico y más conforme con las aspiraciones y tendencias de la época.

La Real Cédula de 1800 significó la extinción definitiva del viejo centro de estudios jesuítico,  fundado con el propósito de formar el clero. Existe pues  una ra zón fundada para llamar a la universidad establecida en 1808 Nueva Universidad,  ya que define un nuevo tipo de establecimiento y una nueva orientación en los estudios.

Equiparada a las universidades reales de España y América,  esta es la universidad que funcionaba cuando estalló la Revolución de 1810. No mantenía ningún ligamento con el extinguido centro jesuítico,  y por su reciente data,  no pudo tener influencia en la formación de la generación revolucionaria.

La Universidad de  Chuquisaca:
En 1624 fue fundada esta alta casa de estudios,   que tuvo,   antes que la de Córdoba,   una cátedra de  Instituía,  según dotación hecha en 1681 por   el arzobispo Castilla y Zamora.  La expulsión de los jesuítas significó graves tropiezos para el desenvolvimiento de los estudios que se realizaban en ella.  Con los bienes de los jesuítas se dio forma a los estudios y se creó la Real Academia  Carolina destinada a la práctica jurídica de la juventud dedicada al foro.

Los nombres de algunos de los que estudiaron en este centro  intelectual hacen suponer a ciertos autores que en Chuquisaca dominaba una marcada tendencia liberal,  y que en sus cátedras se hablaba de Rousseau y de Montesquieu con plena libertad.  Pero esto es inexacto.

En la Universidad de  Córdoba    las obras de los maestros del ilumínísmo y del filosofismo francés no eran desconocidas y hasta se les estimaban sus aciertos,  Pero no pasaba lo mismo en Chuquisaca donde este tipo de obras no tenían cabida. Si algo es evidente es que fue la región en que el espíritu de lealtad a las viejas normas se mantuvo más tiempo,  con odio a Buenos Aires,  lo que le permitió a sus dirigentes mantenerse hasta  1825 en contra del movimiento independizados.

Después de Córdoba, Buenos Aires y Asunción, tal vez fue Salta la ciudad de más alto nivel cultural en los lindes del virreinato. Equidistante de Chuquisaca y de Córdoba, los hijos de Salta cursaron estudios en una u otra de ambas universidades.

El hecho de que los  vecinos de Mendoza se  interesaran por que el Colegio jesuítico fuese elevado a Universidad demuestra,   no sólo que se estimaba la calidad de sus estudios,  sino que la población tenía amor por la cultura.  Y lo confirma el hecho de que la cátedra de filosofía no desapareció con la expulsión de la Compañía de Jesús,  pues en octubre de 1769 el  Cabildo resolvió restablecerla.

 Fuente Consultada:
Historia de la educación de Manganiello Bregazzi.
Historia Argentina – Historia de la Civilización – Manual de Ingreso 1977 – Dieguez – Pierini – Laplaza Edit. Investigación y Ciencia

Historia de la Conquista del Río Bermejo Sociedad de Navegación

Historia de la Conquista del Río Bermejo
La Sociedad de Navegación

El 4 de septiembre de 1872 el diario La Democracia de Salta publicó una novedad que suscitó cientos de comentarios. El titular, con letras destacadas, decía: «Gran Noticia»; abajo, en letras menores, podía leerse: «Navegación del Bermejo». El texto de la información rezaba: «Adelantamos en una edición extraordinaria las faustas noticias que nos llegan de las costas del Bermejo.

Ellas significan la realización completa de la empresa más trascendente para los intereses económicos y políticos de Salta». Y a renglón seguido el entusiasmado redactor relataba que el vapor «Leguizamón», aunque había encontrado «serias dificultades que vencer», continuaba «hendiendo la corriente del gran río bajo la segura dirección del capitán Natalio Roldan…»

La empresa, sin embargo, era bastante espinosa. En esa oportunidad el «Leguizamón» no pudo vencer al Bermejo; el río, quizás irritado por tanta osadía, lo hizo naufragar. Aun así prosiguieron los esfuerzos. Según José del Nieto —autor de una prolija recopilación sobre el tema—, pronto estuvieron disponibles otros tres vapores adquiridos en los Estados Unidos: el «General Viamonte», el «Oran» y el «Congreso Argentino».

Claro que el río no constituía la única barrera. Las tribus ribereñas eran otro grave obstáculo fue bastante difícil tratar con ella; como lo demostraron los sucesos protagonizados en cierta oportuni dad por la tripulación del «Oran Este barco se hallaba fondeado cerca de La Cangayé (actual Chaco), asegurado a un árbol por una gruesa cadena.

De pronto «… la mano que estaba apoyada en guinche —anota Del Nieto— quedó prácticamente clavada por una flecha que dio certeramente en ella. Simultáneamente caían heri dos dos marineros».

El ataque fue acompañado por alaridos y gritos significativos: «Tierra nuestra, leña nuestra», repetían los aborígenes que defendían lo que era de ellos Conocían en carne propia y en la de muchos hermanos los estragos hechos por el blanco. Sabían que se pretendía despojarlos de su an tigua heredad.

En esa oportunidad el capitán Roldán —de él era la mano atravesada por el flechazo— intuyó de inmediato que si pagaba la leña a los indios «sentaba un mal precedente: aceptar que realmente era de ellos». Por eso ordenó proseguir la marcha de inmediato, intento que casi costó la vida a los dos marineros que pretendían soltar la amarra del barco desde tierra: los indios se les fueron encima y debieron arrojarse al agua y llegar a nado hasta el «Oran».

El combate no tardó en generalizarse, y mientras las flechas hendían el aire la tripulación —parapetada sobre cubierta— comenzaba a hacer tronar los dos cañones que protegían la nave. El «Orán» pudo finalmente proseguir la navegación aguas arriba mientras dos indios que habían caído prisioneros veían alejarse con desesperación -las orillas de su lar nativo.

Con la mano vendada, el capitán Roldán regresó en seguida a cubierta para impedir que sus hombres ultimaran a los aborígenes y, lejos de tomarse venganza, ordenó regalar a éstos ponchos, botas, sombreros y tabaco. Les hizo entonces una propuesta: «Yo no quiero pelear ni matar indios. Por eso tirando balas por arriba. Cuando vuelva mi vapor, cortando leña otra vez aquí, y tocando pito, llamando con pito, que vengan Trigueri y Mulato.

Yo regalarles mucho…» Trigueri y Mulato eran los jefes de ‘los indios prisioneros, y éstos, una vez liberados, debían ser los emisarios que gestionaran la paz. A Roldán, tenaz y hábil empresario, le interesaba explotar esas regiones, no exterminar indios. Para lograrlo había expuesto a sus amigos un proyecto formidable. «Desde aquí —el límite entre el Chaco y Salta— deberíamos comenzar los estudios y posiblemente los trabajos; ésta es la zona de esteros, de madrejones, donde a veces se pierde el curso del Bermejo.

Tendremos que hacer canales, taponar desaguaderos, nivelar. De los varios brazos será necesario establecer el más apropiado y ensancharlo, ahondarlo, dragarlo, alimentarlo oon los otros que habrá que desviar hacia él. Tendremos que cerrar escapes, levantar diques y murallones».

Proyecto, en suma, digno de un soñador fantasioso, que fue escuchado, sin embargo, y dio nacimiento a la Sociedad de Navegación a Vapor del río Bermejo, que se formó en 1869 y cumplió un plan de trabajos de cinco años. En ese lapso cientos de trabajadores indjgenas removieron más de seis millones de metros cúbicos de arena y tierra, cavaron cuatro canales de 19 kilómetros de extensión y 100 metros de ancho cada uno, voltearon millares de árboles. Lamentablemente, tantos esfuerzos resultaron estériles.

Un día, mientras el «Oran» navegaba apaciblemente, sufrió una fuerte sacudida: un tronco de palo santo acababa de incrustarse en el casco y el agua empezó a entrar a raudales por el rumbo. Era el último barco que le quedaba a la sociedad, y con su hundimiento también se iban a pique ingentes esfuerzos y muchas esperanzas. Los intentos de salvarlo fueron inútiles.

Poco después Roldan, su mujer, la tripulación y dos indios imatacos contemplaban angustiados desde la costa cómo el «Oran» desaparecía de la superficie. La colaboración del cacique Somayé y sus hombres permitió luego recuperar decenas de bultos y efectos, pero ya nada podía compensar lo que se había perdido. El Bermejo permanecía arisco e indómito.

Fuente Consultada:
Hombres y Hechos de la Historia Argentina – Editorial Abril

Francisco Solano: Su Profecía Sobre Esteco Ciudad Colonial

HISTORIA DE ESTECO Y SAN FRANCISCO SOLANO

Fue algo así como la Sodoma de la antigua tierra saltona: una ciudad de gente disipada, más propensa a las trapacerías y al goce inmediato de los placeres que a los esfuerzos disciplinados o a la sobriedad. Se llamaba Esteco, y los españoles la fundaron en el lugar más estratégico.

Quedaba más cerca del Perú que cualquier pueblo nacido con anterioridad y esa cercanía influyó, parece, en la conducta de sus pobladores, que tuvieron fácil acceso al lujo, las mercancías y las tentaciones de la mundana capital del Perú. Las encomiendas se fueron multiplicando én los alrededores a medida que los indios eran sujetos a regímenes de trabajo más severos y extenuantes.

Francisco Solano Santo

La riqueza producida por esa mano de obra esclava dió nacimiento a grandes fortunas. Se construyeron buenas casas, abundaron los muebles de lujo transportados desde el Perú a lomo de mula, se multiplicaron las fiestas y diversiones.

Según la tradición, San Francisco Solano advirtió severamente que, de continuar la población con esa vida disipada, un terremoto destruiría la ciudad junto con sus habitantes. Su voz fue desoída y no faltaron los que se burlaran de la profecía: se cuenta que a raíz de los sermones de Solano, cuando algunas niñas estequeñas iban de compras a las tiendas de Salta, preguntaban con tono picaresco a los vendedores sino tenían «cintas color temblor».

Indiferente a las burlas, el santo permaneció un buen tiempo en Esteco y sus alrededores, donde moraban los indios del Gran Chaco o Chaco Gualamba, como se llamaba por entonces  la  impenetrable llanura que se extendía hacia el oriente salteño.  Cuentan antiguos cronistas que para entenderse con los numerosos grupos aborígenes de la región resultaba indispensable dominar decenas de dialectos.

Así lo hacían, empeñosamente, los escasos misioneros jesuítas y franciscanos consagrados a la reducción de los indios, puesto que las gentes de espada mostraban más inclinación a exterminar a los aborígenes  que  a  comunicarse   con ellos.

Según los relatos populares, San  Francisco  Solano  apelaba a sus dotes de violinista para atraer a los indios, que, sorprendidos al principio por la dulce música ejecutada por el sacerdote, se prestaban luego a escuchar sus referencias sobre el Dios, misericordioso, muerto por amor a los hombres.   Sin embargo, se mostraban más  bien  escépticos:  aquello de que «todos los hombres son hermanos» resultaba difícil de entender a la luz de su experiencia con los españoles.

Luego de sembrar su mensaje entre indios y blancos, San  Francisco  prosiguió  sus  andanzas por el norte y el noroeste, alejándose para siempre de la pecaminosa Estece  Su terrible profecía, no obstante, quedaba en píe y no tardó mucho en cumplirse.

ruinas de esteco

En septiembre de 1692 un violento terremoto sacudió las comarcas salteñas.   Aquel   «jardín   de   Venus» que era Esteco, cuyos caballeros montaban —según se cuenta— en cabalgaduras herradas con plata y oro, se desplomó, y bajo sus muros perecieron todos los habitantes.   Por si eso fuera poco, el río cercano salió de su cauce e inundó las ruinas formando sobre ellas un gran lago: sus aguas sirven de lápida para las vanidades y miserias de Esteco.

OTRA ANÉCDOTA SOBRE FRANCISCO SOLANO

La Conquista es pródiga en historias heroicas y empresas inverosímiles protagonizadas por barbados hijos de la península ibérica, Nada agradable, en cambio, era el panorama que se presentó a los idios después de la irrupción hispánica. Los hijos de la tierra se veían obligados a engrosar con su trabajo esclavo las fortunas de los encomenderos, que financiaban a su vez nuevas expediciones de conquista.

Esos personajes, que nunca tuvieron demasiados es-crúpulos, basaban su dominio en un sistema de explotación que horrorizaba a los espíritus sensibles, como lo era el de Francisco Solano, noble sacerdote que protagonizó muchos episodios que ya ingresaron en la leyenda.

Quien años después sería santificado por la Iglesia, anduvo por La Rioja cuando la opresión a los indígenas era más fuerte que nunca. Los aborígenes habían sido desalojados de sus tierras, en algunos casos trasladados en masa de sus comarcas para acallar rebeldías, destruÍdos inexorablemente por un régimen de trabajo brutal.

Los que intentaban escapar eran cazados con jaurías de perros amaestrados, y cuando se los atrapaba sufrían tormentos y humillaciones infamantes, como el de grabarles con hierro candente en carne viva la marca de su amo.

Cierta vez, invitado a almorzar por una de las familias más encumbradas de La Rioja, fray Francisco aceptó, pero antes de empezar a comer —dice la leyenda— tomó un trozo de pan y apretándolo con fuerza entre los dedos observó que de él escurría un líquido rojo: era sangre. Entonces el santo, que no era de los que hacen la vista gorda, se puso de pie y exclamó con energía: «¡No comeré jamás en la mesa en que se sirven alimentos amasados con la sangre de los pobres!… Carmelo Valdéz anota en sus Tradiciones Riojanas que San Francisco, al comprender que la prosperidad de los campos, los jardines y las huertas de la comarca era el fruto de la sangre, el dolor y la vida de los indios, «sacudió sus sandalias y diciendo «de La Rioja ni el polvo», se marchó para no volver más».

Fuente Consultada:
Hombres y Hechos de la Historia Argentina – Editorial Abril

Conflictos Entre las Colonias en Norteamérica Guerras

CONFLICTOS INTERNACIONALES EN EL NUEVO MUNDO

EL MERCANTILISMO COLONIAL
Hacia finales del siglo XVII, todas estas colonias de tan diversos orígenes, contaban alrededor de 250.000 europeos, aplastando ya con su número a la Nueva Francia. Vivían esencialmente de la agricultura. Como París o Madrid, Londres pretendía regir su Imperio de Ultramar según los principios del mercantilismo: las colonias debían proporcionar materias primas y absorber los productos manufacturados de la metrópoli.

La Staple Act de 1663 codificó esta obligación. A cambio de ello, Inglaterra garantizaba a los colonos el monopolio de la venta de sus productos: tabaco, algodón, azúcar, índigo, etc., y concedía subvenciones para el desarrollo de la vid, de la seda, de las construcciones navales.

De esta forma, la Nueva Inglaterra se especializa rápidamente en las industrias de los navios y de la pesca, lo mismo que en el tráfico de los esclavos para las plantaciones del Sur. Porque para los colonos del Norte, el mercantilismo era contrario a sus intereses: ellos no podían exportar más que carnes, pescado, trigo, artículos que la metrópoli producía también, ya que no poseían ni géneros exóticos ni metales preciosos.

La única salida era el comercio «triangular». Por ejemplo, un comerciante de Boston vendía su trigo a Portugal, compraba a cambio vino, lo revendía en Londres y, con este dinero, compraba paños que llevaba a América. Los puertos ingleses, a causa de sus tasas, resultaban doblemente beneficiados. Por ello, desde finales de siglo, el descontento contra el pacto colonial cundía entre los colonos.

Estos se quejaban de estar obligados a comprar en Inglaterra productos demasiado caros e inferiores. El conflicto que culminará con la independencia menos de un siglo más tarde estaba en germen. Y muy pronto, igualmente, las diferencias entre el Norte y el Sur se establecerían claramente.

puerto de colonia en estados unidos

El aumento de valor de los nuevos territorios despertó la codicia de las grandes potencias. El fin del siglo XVII se caracteriza en América por violentos conflictos entre Francia e Inglaterra. Puerto y desembarco de mercancías—Miniatura ejecutada en 1564 por Jacobo le Mayne de Morgues en «Estampas contemporáneas y ritos de esta parte de América llamada Virginia».

DIFERENCIAS NORTE Y SUR:
Al Norte, los yanquis (deformación india de la palabra inglés) eran agricultores, comerciantes, artesanos que se distinguían es pecialmente por la tradición puritana; trabajadores sobrios y obstinados, luchando contra un clima de inviernos muy rudos y un sol ingrato. Pero no hay que dejarse llevar por simplificaciones extremas, oponer un Norte de burgueses puritanos y partidarios de Cromwell a un Sur de aristócratas anarquistas, descendientes de «caballeros» exiliados después de la derrota de Carlos I.

En realidad, muchos plantadores del Sur procedían de la burguesía (aunque dieran a sus propiedades los nombres de los palacios de su país de origen). Pero su género de vida en las grandes plantaciones, el clima y, sobre todo, la introducción de la esclavitud de los negros, les dio muy pronto caracteres muy particulares.

En Virginia, Maryland, Carolina y más tarde en Georgia (fundada en 1732), la esclavitud tomó un gran impulso a partir del año 1670 con la separación radical de los blancos y los negros. En el siglo siguiente, las importaciones anuales de esclavos, cargados en Guinea a cambio del ron de las Antillas, alcanzaron entre cincuenta y cien mil cabezas.

En el Sur eran amantes del teatro, de la danza y se bebía mucho. Se tenía pasión por los caballos, y las carreras estaban reservadas para los «gentlemen». En Nueva Inglaterra, el teatro estuvo largo tiempo prohibido. Por el contrario, la cultura, los libros, la educación, fueron considerados con mucha más atención: los puritanos querían que sus hijos aprendieran pronto a leer para estudiar las Escrituras. El esfuerzo corresponde primeramente a los niños, después a las «Grammar Schools». El colegio de Harvard fue fundado en 1636 y Yale en 1701. El Sur tuvo su universidad, el colegio William y Mary, fundado en Williamsburgo en 1693.

LAS PRIMERAS GUERRAS
El advenimiento de Guillermo de Orange (1688), enemigo de Luis XIV después de la dura guerra de Holanda (1672-1679), provocó la entrada de Inglaterra en las coaliciones contra Francia (guerra de la Liga de Augsburgo y más tarde guerra de Sucesión de España), y el conflicto no dejó de tener sus prolongaciones en el Nuevo Mundo.

Los iroqueses, aliados de los ingleses, atacaron los puestos franceses, paralizando el comercio y provocando el terror entre los colonos franceses; entonces, Luis XIV volvió a enviar al viejo Frontenac al Canadá.

Este pensó por un instante llevar a cabo una incursión contra Nueva York a través del valle del Hudson, pero sus tropas eran insuficientes, por lo que decidió promover también las guerras indias, lanzando las tribus de los hurones y de los algonquinos contra los pueblos ingleses. Un puritano, William Phips, organizó una gran expedición contra la Acadia; tomó Port Royal, pero fue derrotado ante Quebec.

Las matanzas en los pueblos y las granjas aisladas continuaron. En el trascurso de la Guerra de Sucesión de España, la Acadia (la actual Nueva Escocia) fue ocupada por segunda vez por los ingleses que sucumbieron de nuevo ante Quebec. Pero la Paz de Utrecht (1713) resolvió provisionalmente el conflicto. Inglaterra obtenía la Bahía de Hudson, la Acadia y Terranova, donde Francia no conservaría más que los derechos de pesca. Muchos acadianos emigraron a Luisiana.

La Nueva Francia parecía salvada en lo sucesivo; sin embargo, los ingleses tendrían en sus manos todos los accesos. Con el privilegio del comercio en las colonias españolas, Inglaterra iba a convertirse en una gran potencia marítima y comercial. En cambio los franceses, dispersados en inmensos territorios, desde el San Lorenzo a Luisiana, estaban condenados a perder un día su soberanía en América del Norte.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo VI La Gran Aventura del Hombre

Los Cuáqueros en Norteamérica Fundación de Pensilvania

LOS CUÁQUEROS Y LA FUNDACIÓN DE PENSILVANIA

Los cuáqueros (literalmente quiere decir «temblones» porque cuando se apoderaba de ellos la emoción religiosa les hacía temblar), era una secta protestante, la Sociedad de los Amigos, fundada por Georges Fox en el año 1647.

Llevaba el puritanismo a su lógica más extremada: todo hombre podía comunicar con Dios y no había necesidad de ministros ni de templos. Los cuáqueros se diferenciaban de las otras sectas por una especie de humanismo místico. Podían alcanzar sus cimas por medio de la contemplación interior y la comunión con el Espíritu Santo. Su Dios era un Dios de amor. Ellos eran dulces y tolerantes y se negaban a pelear, así como a pagar los diezmos a la Iglesia Anglicana. En una palabra, todas estas razones atraían sobre ellos la persecución.

Cuáqueros en una colonia americana

Cuáqueros en la Nieve Luego de un Desembarco

Los Amigos se habían ganado numerosos adeptos, como el almirante Penn, a quien los Estuardos debían mucho. Por ello su hijo William Penn obtuvo de Carlos II una zona situada al norte de Maryland para establecer en ella, al abrigo de las persecuciones, una república regida por los principios cuáqueros (1681) y que llegó a ser Pensilvania.

La experiencia comenzó al año siguiente; William Penn era un verdadero jefe de Estado, el cual podía designar embajadores. Llamó a su capital Filadelfia, ciudad del amor fraternal. Indudablemente, no hay que idealizar su persona, haciendo de él un demócrata modelo; no descuidó ni su fortuna personal ni su autoridad. Sin embargo, su inclinación a la tolerancia religiosa y a la libertad individual, la amplitud de sus miras, le confieren un rango excepcional. Amigo y discípulo de Locke, confió la iniciativa de las leyes a una asamblea de doscientos miembros, elegida en escrutinio limitado.

Willian Penn cuáquero

William Penn (1644-1718), cuáquero británico, fundador de la colonia de Pennsylvania. Nació el 14 de octubre de 1644 en Londres y estudió en la Iglesia de Cristo, en la Universidad de Oxford, donde se convirtió al cuaquerismo. Murió el 30 de julio de 1718 en Buckinghamshire.

El liberalismo de los cuáqueros abrió el país a grupos muy diversos: católicos, alemanes y suecos luteranos, anglicanos, etc. Filadelfia creció, con sus avenidas cortándose en ángulo recto, sus casas de ladrillos rojos y sus grandes jardines.

Los indios eran mucho mejor tratados que en otras partes y el logro parecía perfecto cuando surgieron las dificultades: primero, los altercados con Lord Baltimore, quien estimaba que Filadelfia había sido construida en un terreno dependiente de Maryland. Después, los disturbios provocados por los turbulentos colonos de Escocia y de Irlanda, que no tenían con respecto a los indios la misma mansedumbre que los bondadosos cuáqueros; en fin, las conflictos entre William Penn y la asamblea.

La Revolución de 1688, arrojando al último de los Estuardo, agravó la situación: Penn era tenido por sospechoso de fidelidad a la dinastía y en 1692 Guillermo de Orange instala un gobernador en el Estado. La oposición de los colonos fue tal que William Penn recobró sus derechos dos años más tarde. Pero molesto y desilusionado, dejó su dominio en 1701 por la corte de la reina Ana.

En 1710, escribía: «La oposición que encuentro aquí me abruma de tristeza. ¿No resulta cruel que cuando esta tierra se ha convertido para ellos en una tierra de libertad y de opulencia, haya llegado a ser para mí, que la heerigido en nación, la causa de mis tribulaciones y de mi pobreza?». A pesar de sus lamentaciones, William Penn podía enorgullecerse de haber fundado uno de los más hermosos Estados de América.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo VI La Gran Aventura del Hombre

Historia de Lima Capital del Virreinato del Perú

HISTORIA CIUDAD DE LIMA: CAPITAL DEL VIRREINATO

La zona en que se fundó Lima se hallaba habitada por indios dedicados a las tareas agrícolas y a la alfarería. Así lo han evidenciado los incontables es descubrimientos arqueológicos realizados en la región, incluso en la actualidad, y hasta en la zona urbana de la magnífica y moderna capital peruana. Fernando Pizarro, hermano del conquistador, al describir la región señaló que los árbolesque bordeaban los caminos «vivían del riego», provisto, sin duda, por las obras de irrigación existentes en tiempos del imperio incaico.

Los habitantes primitivos de la región parecen haber recibido la influencia de las culturas andina, proto-chimú y proto-Nazca, e, incluso, hasta de la de Tiahuanaco. El sello de la raza aimará ha quedado en el nombre del puerto limeño: Callao.

Lima es la castellanización de Rímac, nombre del río que baña la región, y también participio pasivo del verbo quechua «rimay», hablar. También significa «hablador», y, aplicado a un río. equivale poéticamente a «parlero» o «murmu-~zior», aludiendo al ruido de su corriente, rumorosa y cantarína.

LA CIUDAD DE LOS REYES
Francisco PizarroEn el año 1533 hicieron irrupción en la zona del Rímac las tropas españolas al mando de Pizarro. Los hombres de cutis blanco y largas barbas, y el destello de sus armaduras y de sus espadas aterrorizaron a los indios, casi tanto como los extraños animales, arrogantes e inquietos, en que montaban. Cuando se fueron, con ellos se iba el tesoro de Pachacámac, presunto rescate de Atahualpa.

Muerto el último jefe del Tahuantinsuyu, Francisco Pizarro hizo áel Cuzco, la ciudad sagrada de los incas, la cabeza de los «Reinos y Provincias del Perú».

Pero buscó un lugar de fácil defensa, cercano al mar, equidistante del Cuzco y del lago sagrado de Titicaca, y de Cajamarca y San Miguel de Piura, para capital nueva del reino, a la que alejaba así de los centros tradicionales incaicos. Y allá se fueron tres caballeros a explorar la comarca.

Se decidieron a favor del «asiento del cacique de Lima», pródigo en buena agua y tierra fértil. El 18 de enero de 1535 quedó fundada la Ciudad de los Reyes. Y ese nombre llevaría hasta la Independencia.

EL ESCUDO DE LIMA
El 7 de diciembre de 1537, el emperador Carlos V dió armas a la ciudad: «escudo en campo azul con tres coronas de oro de Reyes puestas en triángulo, y encima de ellas una estrella de oro. .. por orla unas letras de oro que digan Hoc Signum Veré Regum Est (este signo es realmente de reyes)… y por timbre y divisa do águilas negras con coronado oro de Reyes, que se miren la ana a la otra, y abracen una I y una K, que son las primeras letras de Nuestros nombres, y encima de esas letras una estrella».

EL NOMBRE
Algunos historiadores dicen que el nombre de Ciudad de los Beyes es un homenaje a los de España, cuyas iniciales luce el escudo. Otros afirman que, por haberse elegido en fecha 6 de enero el sitio de la ciudad, el nombre recuerda a los tres Reyes Magos. Suyas podrían ser las tres coronas reales, y la estrella, la de Belén. Esta versión es la que más crédito ha merecido a los numerosos historiadores peruanos que han examinado el asunto.

LA CIUDAD COLONIAL
Tenia nueve calles longitudinales y trece transversales, que encerraban ciento diecisiete manzanas. Los edificios españoles eran de adobe «y con poca majestad y primor en las portadas, aunque mi grandes y capaces«, según diría el padre Cobo.

El 26 de junio 1541 moría, asesinado en Lima, Francisco Pizarro, y las luch civiles que continuaron no permitieron mayor adelanto a la ciuda No obstante eso, un testigo de vista del siglo XVI habla elogiosamente de Lima, con su gran plaza, sus calles anchas, sus buen casas y las huertas y jardines que se regaban con el agua de diversas y antiguas acequias.

Plano de la Ciudad de Lima en 1748

Pero en realidad todos los primores arquitectónicos se concentraron en las iglesias y conventos, de tan primordial importancia para los fines evangelizadores que, entre otros, guiaron a España en su conquista. Mercedarios, franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas levantaron templos y claustros, y distribuyeron las horas de su vida entre la enseñanza de la verdad de Cristo y la de oficios, artes y trabajos, para atraer al indio a la cultura de Occidente.

Conventos había como el de San Francisco que abarcaban varias manzanas. El obispado de los Reyes fue declarado metropolitar en 1545; una Real Cédula creó, el 12 de mayo de 1551, la Universidad, después conocida como la de San Marcos. En 1543 el Perú se transformó en Virreinato, y en el mismo año hubo una Real Audiencia en Lima.

Los primeros poetas del Perú son nombrados por Cervantes «La Galatea» (1585). La actividad intelectual se manifestó tambien en algunas obras de teatro y en publicaciones de la primera imprenta (1584), que dió un notable impulso a la cultura.

LOS SANTOS
En el siglo XVI Lima asistió, enternecida y asombrada, al milagro presente en sus calles. En 1586 nació Isabel Flores y Oliva a quien un día las manos de santo Toribio de Mogrovejo administraron el sacramento de la Confirmación. Y al pronunciar la fórmula ritual mudó el nombre de Isabel por el de Rosa. Rosa mística de Lima y de América fue la primera flor de santida en nuestro continente.

Rosa Mística

Por allí pasó también la sandalia andariega de Francisco Solano que sembró la fe de Cristo al conjuro de las notas de su violín. Y el mulato fray Martín de Porres, servidor de su convento, enfer mero de los pobres, humilde hermanito del «Poverello» de Asís.

LA RIQUEZA DE LIMA
El sistema comercial de monopolio, que España implantó en «Nuevo Mundo», favoreció especialmente a los españoles de Lima la que vino a ser depósito y mercado de toda la América del Sur. Las flotas que venían desde España desembarcaban sus productos, primero en Nombre de Dios, y, desde 1597, en Portobelo.

Realizada allí una feria, las mercaderías se embarcaban hacia El Callao, y desde allí se las distribuía por toda la América meridional española. Lima se adornaba con joyas de Europa, sedas de la China y frutos de la tierra cálida de Nueva España.

La ciudad era rica, no sólo por lo que venía de allende el mar, sino porque las minas de Potosí parecían inagotables. La plata brillaba, en ocasiones solemnes, hasta en el pavimento de las calles por las que debía pasar algún virrey.

El siglo XVII encuentra a la Ciudad de los Reyes transformada: puentes de piedra sustituyendo a los de madera, iglesias más ricas y casas suntuosas con balcones labrados y amplios, tanto que alguien los llamó «calles sobre los aires». Los edificios se adornaban con azulejos. Las carrozas estaban guarnecidas de seda y oro y los trajes no desentonaban en medio de ese despliegue de lujo de los señores de las minas y de los funcionarios.

Los templos y los monasterios se multiplicaban, y sus altas torres eran como una plegaria que elevaban al cielo los limeños, algo caídos en el pecado de orgullo, por el fervor de sus santos.

La población llegó en el siglo XVII a unos 60.000 habitantes, con cinco o seis mil vecinos españoles, aumentados a unos 25.000 por los viajeros. Había alrededor de 30.000 negros esclavos y 5.000 indios, no obstante la intensa mestización existente.

LAS FIESTAS LIMEÑAS
Las fiestas de la ciudad sobre el Rímac fueron famosas en Indias. Todo era ocasión para desfiles, procesiones, comedias, corridas de toros, disparos de cohetes, repique de campanas, fuegos artificiales. Cuentan viejas crónicas que los limeños sabían preparar «llantos» solemnes por la muerte de un monarca, y festejaban ruidosamente el nacimiento de los príncipes. No huoo fiesta más rumbosa que la que celebró el nacimiento del príncipe Baltasar Carlos, hijo de Felipe IV. El festejo duró cinco meses.

DOS MOTIVOS DE TEMOR
La fiesta se vio interrumpida por un temblor el mismo día, 27 de noviembre de 1630, en que los plateros realizaban su homenaje. Los terremotos se sucedieron muchas veces. Destruyeron casas y crearon una tradición: la del Señor de los Milagros. Era una efigie de Cristo en la cruz, pintada por la mano humilde de un negro angola. En el terremoto del 18 de octubre de 1655 todo a su alrededor se derrumbó y la pintura quedó incólume. En otros terremotos se repitió el milagro. Los limeños rezan fervorosamente al Señor de los Milagros y lo acompañan en procesión todos los años.

El Señor de Los Milagros

Otro motivo de temor para los habitantes de la Ciudad de los Reyes eran los piratas. Si se ha dicho que Buenos Aires colonial tenía su mejor defensa contra ellos en su pobreza, ¿qué podía defender a la fastuosa Lima y a otras ciudades del Virreinato del Perú, cuyas riquezas tentaban a los bandidos del mar?

Se fortificaron los puertos, se cercaron de gruesos muros las ciudades se adiestró a los hombres en el manejo de los cañones, pero aun así los piratas —no tan románticos ni generosos come ha tratado de pintarlos la literatura de sus países de origen, enemigos de España—, asolaron muchas veces las costas del Perú en memorables ataques de verdaderas flotas.

LA CIUDAD DE LOS REYES EN EL SIGLO XVIII
En el año 1700 se estimaba en Lima una población de 37.00 habitantes, sin contar las clases populares. Sus palacios eran cada vez más suntuosos. El de Torre-Tagle es uno de ellos.(imagen abajo)

Los Borbones, con su política de mayor liberalidad económica favorecieron al resto de las tierras de América y quitaron al Parí uno de los factores de su enriquecimiento. El Virreinato del Rio de la Plata se separó y se llevó consigo la riqueza de las minas más valiosas, situadas en tierras del Alto Perú.

El 28 de octubre de 1746 un terrible terremoto destruyó a Lima El virrey don José Manso de Velasco la reedificó. Ha sido llamado el «segundo fundador».

LA INDEPENDENCIA DE AMÉRICA
Los libros de los filósofos franceses del siglo XVIII llegaron mucha dificultad a las manos limeñas. El «Mercurio Peruano» hizo la siembra de las nuevas ideas. Pero aun así, en 1810, Lima fue el último reducto de los españoles en América. A principio de julio de 1821 entró en la ciudad el general don José de San Martín, quien el 28 del mismo mes proclamó la independencia de Perú y enarboló por primera vez la bandera peruana.

LA CIUDAD MODERNA
Poco a poco la ciudad fue perdiendo su aspecto colonial Las calles se pavimentaron, las aceras se hicieron de losas, el alumbrado de gas se encendió por primera vez en 1855. Tuvo telégrafo y ferrocarril, nuevos paseos y edificios públicos de gran belleza.

El siglo XX la ve, con una población de más de un millar de habitantes, culta y pujante. Moderna y tradicional a la vez, bordean sus calles asfaltadas edificios de varios pisos, magníficos cines y departamentos comerciales, pero la tradición habla en los templos churriguerescos, en la vieja Plaza Mayor, en los palacios y los monasterios, en la fiesta brava de los toros, en la grarra ligera de las limeñas.

Lima es vieja y es nueva, y mira feliz hacia el futuro, porque ama y respeta su ayer, encarnado en las piedras que, un día. manos indias y españolas levantaron sobre la margen izquierda del Rimac como avanzada hispana en el Nuevo Mundo.

Fuente Consultada:
Enciclopedia Ilustrada del Estudiante Tomo IV – La Ciudad de Lima: Ciudad de Reyes –

Los Billares en Buenos Aires Colonial Primeros Juegos Publicos

Juegos en el Virreinato: La Magia de los Billares

Una de las actividades más practicadas por los argentinos durante varias décadas fue sin dudas las partidas de billar, un entretenimiento que despertó el interés de los hombres, que durante años se reunían frente a la mesa con paño verde para disfrutar de una competición en la que se requería destreza.

Fue en el año 1801 que se supone abrió una de las primeras confiterías que incluían billar. Por lo menos así lo retrataron las publicaciones de la época, como es el caso de un anuncio del El Telégrafo Mercantil, en relación a la apertura del Café de Marco, que se encontraba ubicado en la esquina de Santísima Trinidad y San Carlos, en la actualidad Bolívar y Alsina.

El artículo publicitario mencionaba lo siguiente: «Mañana jueves se abre con superior permiso una casa café en la esquina frente del colegio, con mesa de billar, confitería y botillería. Tiene hermoso salón para tertulia, y sótano para mantener fresca el agua en la estación de verano. A las 8 de la noche hará la apertura un famoso concierto de obligados instrumentos».

No obstante, se sabe que el billar llegó a Buenos Aires a comienzos del siglo XVII, y en sus primeras épocas fue conocido con el nombre de Truque, utilizando los mismos elementos, reglas y técnicas que se usarían posteriormente en las partidas de billar.

Por lo general, todos los que deseaban jugar al Truque asistían a un local que precisamente se encontraba emplazado en el mismo sitio donde 200 años después comenzaría a funcionar el Café de Marco.

Este popular café era propiedad de Simón de Valdéz, quien además se desenvolvió por un corto período de tiempo como tesorero de la Hacienda Real, y en sus ratos libres gustaba de realizar operaciones comerciales ilícitas, tales como contrabando y tráfico de esclavos.

Pero aquel no era el único reducto en el que se podía disfrutar del billar, ya que en la segunda mitad del siglo XVIII abrió sus puertas el Café de la Sonámbula, cuya principal atracción era precisamente la mesa de billar.

Para el año 1779 diversas crónicas de la época aluden a un denominado Café de los Trucos, cuyo nombre deriva de aquel juego del truque. Fue en ese mismo año que se inauguró el Café de los Catalanes.

Con el paso de los años el billar o truque se convirtió en una de las actividades más populares de Buenos Aires, por lo que el Virrey Vértiz decidió reglamentarla en el año 1799. Probablemente por ese motivo surgiría el Café de Marco dos años después.

Por aquel entonces era común ver a distintos visitantes ingleses que viajaban a Buenos Aires y pasaban parte de su tiempo en los cafés donde se jugaba billar, atraídos seguramente por el ambiente porteño que podía respirarse en esos sitios.

Entre las crónicas de la época, podemos citar la del periodista y cronista británico Thomas George Love, el cual dentro de su obra «Cien años en Buenos Aires (1820-1825)» comenta al respecto: «El café de la Victoria, en Buenos Aires, es espléndido y no tenemos en Londres nada parecido; aunque quizá sea inferior al Mille Colonnes y otros cafés parisinos. Dignos de mención son el San Marcos, el Catalán y el café de Martín. Todos ellos tienen patios tan grandes como no podría darse en Londres, donde el terreno es tan caro. En verano están estos patios cubiertos de toldos, ofreciendo un placentero refugio contra el calor y el sol y tiene aljibes con agua potable. Nunca falta en estos café una mesa de billar siempre concurrida, juego muy apetecido por los criollos, y las mesas están siempre rodeadas de gente».

Otra de las crónicas, en este caso una publicación que data del año 1836 y que pertenece a Alcides D’Orbigny nos relata lo siguiente: «Eran malos y concurridos por gente pendenciera», mientras que Arsenio lsabelle describió a estos cafés como «espaciosos, pero pasablemente malos».

Por su parte, J. A. Beaumont documentó en 1828: «Los cafés de Buenos Aires son muy concurridos y todas las noches se reúne en ellos gran cantidad de público a jugar a las cartas o al billar».

billares porteños

El Chocolate Historia de los Alimentos en America Comida de los Indios

ALIMENTOS DE AMÉRICA: EL CHOCOLATE

El chocolate
Otro alimento que hizo verdadero furor en Europa fue, el chocolate. Igual que el café o el té, el chocolate, es un estimulante cuyo principio activo es la teobromina, que significa «alimento de. los dioses». Este calificativo nos da una descripción mucho más exacta de su uso que cualquier apoyo botánico.

En el Méjico azteca, donde por primera vez lo vieron los europeos, el cacao era la bebida favorita de los emperadores, que eran considerados dioses. El primer europeo que probó el chocolate fue Cortés, invitado por Moctezuma, que se lo ofreció servido en una calabaza dorada.

Para preparar el chocolate, los mejicanos recogían los frutos del árbol del cacao, que siempre está verde y cuyas flores amarillas se parecen a las rosas. Luego partían las frutas y las exponían al sol hasta que «sudaban». El siguiente paso consistía en moler las vainas en un molino que llamaban metatl.

Thomas Gage, un inglés que iba a estar muy relacionado con el chocolate, asegura que su nombre procede de la onomatopeya choco-choco, que imita el chasquido del chocolate al entrar en contacto con el agua, y de atle, el nombre del molino.

El chocolate era tan caro que difícilmente pudo ser la bebida habitual de los campesinos pobres. En Méjico se utilizaba como dinero en lugar de las monedas, de las que nunca se sirvieron los aztecas. Las vainas de cacao se empaquetaban en bultos de 24.000 unidades, y éstos se constituían en la medida estándar del dinero, con los
que los mejicanos y los mayas pagaban sus impuestos.

Tal y como lo tomaron Moctezuma y Cortés, el chocolate era una bebida fría, no líquida, pero sí batida hasta conseguir una consistencia parecida a la de la miel, por lo que había que tomarlo con cuchara. Se mezclaba con toda clase de especias, incluyendo una que todavía se le añade hoy en día: la vainilla. Los aztecas, además le ponían con frecuencia maíz molido a su chocolate.

chocolate derretido

En manos europeas, el chocolate sufrió un considerable cambio. Se convirtió en una bebida auténtica, pues era tan caro que había que mezclarlo con agua. Sin embargo, se seguía batiendo y añadiéndole una gran variedad de especias, según la fórmula propia de cada consumidor.

Lo más probable es que los aztecas le introdujesen varios afrodisíacos naturales. De, hecho, tanto los franceses como los ingleses, consideraban al chocolate como un afrodisíaco.

Resulta característico de ambos temperamentos nacionales el que, mientras los franceses bebían chocolate sin ninguna prevención, estaban muy preocupados respecto al café, pues sus médicos les habían asegurado que los dejaría impotentes. Los ingleses, por su parte, estiman muy tranquilos con el café, pero les preocupaban los efectos que pudiera tener el chocolate sobre la castidad de las mujeres (la castidad de los hombros no se consideraba tan importante).

Al final del siglo XVIII ya no se consideraba que el chocolate pudiese poner en peligro la virtud femenina. Se tomaba en toda Europa, y fue una de las bebidas que hizo posible la revolución intelectual europea, conocida como el Siglo de las Luces.

Las damas francesas de cierto rango organizaban reuniones, y en sus salones se servía café o chocolate a sus imitados, que eran todos intelectuales y hombres, excepto la anfitriona. Mientras sorbían su chocolate discutían sobre los temas de actualidad y de política, como el de si los poderes del rey de Inglaterra deberían ser limitados, o lo que se podría hacer para mejorar la suerte cíe los campesinos.

El chocolate había perdido completamente su exótica reputación, hasta tal punto que con frecuencia lo bebían las colegialas y las monjas. Una de las entusiastas de esta bebida fue Madame d’Arestrel, superiora del convento de la Visitación de Belley, y que tenía un joven amigo llamado Anselme Brillat-Savarin.

La Revolución Francesa hizo que Anselme tuviese que emigrar a Nueva York, donde tuvo que ganarse la vida tocando el piano en una orquestina mientras pensaba en su gran obra gastronómica. En ella habría de incluirse la receta que la madre superiora de Belley le había proporcionado para hacer un buen chocolate.

«Hazlo en un recipiente de porcelana la noche antes de que quieras beberlo. Luego déjalo reposar toda la noche. Con este reposo adquiere una concentración y una textura aterciopelada que lo mejora infinitamente. Dios no nos guardará rencor por este pequeño refinamiento. Al fin y al cabo, ¿no es Él todo perfección?»

Fuente Consultada: La Búsqueda de las Especias de Ritchie

La Ganderia en el Virreinato Las Vaquerias El Consulado y Belgrano

ORGANIZACIÓN ECONÓMICA DEL VIRREINATO DEL RÍO DE LA PLATA:

Política ganadera: La ganadería e industrias derivadas — Los conquistadores fueron los que introdujeron en América los primeros ejemplares de ganado vacuno, caballar, porcino, cabrio y asnal junto con distintas variedades de aves domésticas. Así, los primeros caballos fueron traídos por don Pedro de Mendoza; despoblada Buenos Aires quedaron algunos que al huir a las as se reprodujeron, dando origen a la hacienda cimarrona. El ganado o entró por la costa de Brasil, de donde pasó al Paraguay en 1558 y al fundar las distintas ciudades: Santa Fe, Corrientes, Buenos Aires fueron a cada una de ellas. Según se cree, también Mendoza trajo lo primeros cerdos y en cuanto a las ovejas parece que fueron nevadas del Perú al Paraguay en 1550 por Nufrio de Chaves.

ganaderia en el virreinato del rio de la plata

En la época del Virreinato la fuente de riqueza de estas tierras era la ganadería. Las dilatadas llanuras ofrecían el medio propicio para su desarrollo, siendo esta actividad la preferida por los nativos o gauchos pues les permitía vivir en un medio de grata libertad. La legislación protegía a la ganadería. El ganado alzado fue considerado propiedad del pueblo, ya que Garay dió a los vecinos de Buenos Aires un derecho común sobre el mismo.

Como consecuencia de los continuos robos de hacienda hechos por los indios y vagos, que carecían de medios de vida, del aumento de perros cimarrones, de las sequías, del exceso de tierras sembradas de trigo y de maíz y por último, de la gran cantidad de reses faenadas por los españoles que se dedicaban a la ganadería (cerca de dos mil), matando casi cada uno su vaca por comida, además de las innumerables que degollaban para sacarles el sebo, mientras que de los toros extraían los cueros que exportaban al Brasil, las autoridades adoptaron diversas medidas tendientes a evitar la desaparición del ganado.

A partir de 1609 se abrió un registro en el que se inscribieron cuarenta vecinos autorizados para matar ganado (permisos de vaquería).
Por otra parte, como en los primeros tiempos sólo se utilizaban del animal los cueros, la gordura y las aspas, el resto era abandonado en el campo. Para evitar esto, en 1776, se aceptó un proyecto sobre salazón de carnes que fue aprobado con la condición de introducir de España barriles con flejes de acero y construir depósitos en la ciudad.

Para propender a esta industria que dependía en mucho del precio de la sal, el virrey Loreto propició Vas expediciones a Salinas Grandes, al sudoeste de Buenos Aires. Todo esto trajo aparejada la fundación por parte de particulares, de gran número de fábricas para la salazón de carnes.

Posteriormente el virrey Vértiz gestionó el traslado a Buenos Aires de toneleros extranjeros, que enseñaron su oficio a trabajadores nativos. En 1801 se instalaron curtiembres, pero desde el primer momento fue el cuero el producto más valorado del ganado vacuno, a tal punto que durante mucho tiempo sirvió de unidad de precio y su contrabando favoreció en mucho el adelanto de Buenos Aires.

Fuente Consultada: Historia Argentina de Etchart – Douzon – Wikipedia –  La Argentina, Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada

Real Audiencia Funciones de las Autoridades Españolas en America

Real Audiencia:Funciones de las Autoridades Españolas

Cuando se descubrió América ante la necesidad de gobernar a los habitantes del Nuevo Mundo, se trasplantaron las leyes e instituciones de Castilla, porque la corona no nos consideró colonias sino parte integrante de la monarquía, pero debió adaptarlas a las necesidades y características De estas tierras. Las principales autoridades locales fueron:

Real Audiencia — Después de la llegada de los españoles a América, cuando se empezaron a suscitar pleitos entre los conquistadores y los habitantes del Nuevo Mundo, fue necesario instalar en las ciudades principales organismos para administrar justicia; fueron las Audiencias adonde se concurría para apelar las resoluciones tomadas por los jueces inferiores.

Las Reales Audiencias eran de origen español. Fueron trasladadas a América para administrar justicia, pero si bien la jerarquía de las americanas era igual a la de las españolas, la jurisdicción de las primeras era superior y pronto adquirieron importantes funciones gubernativas y judiciales, pues como la gran distancia a España dificultaba los trámites, se les dió facultades para resolver por sí mismas en ciertos casos.

Podemos clasificarlas en: a) virreinales: instaladas en la capital del virreinato y presididas por el virrey; b) pretoriales: en la capital de las capitanías generales, presididas por un presidente que era el gobernador y capitán general; c) subordinadas: presididas por un presidente togado. La Audiencia de Charcas era subordinada, la de Buenos Aires fue virreinal.

En el orden gubernativo cada una tuvo absoluta independencia, y en el judicial había una cierta subordinación.

Composición — Un presidente, cuatro oidores, un fiscal en lo civil  otro en lo criminal y funcionarios inferiores. Los oidores debían tener capacitación para ejercer su cargo, y se les tributaron honores.

Sus funciones eran:

a) Judiciales: Las sentencias se hacían en nombre el rey con el sello real. Ante este cuerno se podían apelar las resoluciones de virreyes y gobernadores. Los asuntos civiles y militares eran apelados ante ella en primera instancia y en segunda instancia ante el Consejo de Indias; intervenían en los juicios de residencia.

b) Administrativas: Entendieron en el tratamiento que se debía dar a los indios, así como en cuestiones de diezmo y patronato. Los oidores formaban parte de la Junta de Real Hacienda.

e) Políticas: Los oidores aconsejaban al virrey en asuntos graves de gobierno y el más antiguo reemplazaba en caso de ausencia o muerte, hasta que el rey enviaba sucesor.

Audiencia de Buenos Aires — Felipe IV dió una Real Cédula en 1661 autorizando la creación de la Audiencia de Buenos Aires, por considerar que la distancia que la separaba de la de Charcas dificultada y atrasaba los trámites.

Dependían de la Audiencia de Buenos Aires las provincias del Río de la Plata, Paraguay y el Tucumán y estaba subordinada al virrey del Perú. Empezó a funcionar recién en 1663 y en 1671, por considerarse que no había cumplido con las finalidades que se esperaban de ella, se suprimió. En realidad Lima influyó en esta supresión, que le restituyó todos sus antiguos privilegios.

Al crearse el virreinato del Río de la Plata fue necesario restablecer la Audiencia, dada la gran distancia que lo separaba de Charcas. Por Real Cédula de 1783 fue erigida la Real Audiencia de Buenos Aires, cuyo presidente era el virrey.   

La Real Audiencia era el tribunal de justicia de más alto rango que existía en las colonias. A diferencia de las españolas, las audiencias americanas actuaban también como consejos de Estado, cumpliendo funciones políticas y sociales. Integraban las audiencias americanas un Presidente, cuatro o más oidores o jueces (según la importancia del tribunal), un fiscal y otros funcionarios. La primera audiencia se creó en 1511 en Santo Domingo (no entró realmente en funciones hasta 1526) y la siguieron otras en México, Panamá, Lima, Charcas, Quito, Cuzco, Santiago de Chile, etc. La Real Audiencia de Buenos Aires existió entre 1661 y 1771, siendo restablecida en 4783.

Fuente Consultada: Historia Argentina de Etchart – Douzon – Wikipedia –  La Argentina, Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada.

El Comercio Triangular America Europa Actividad Comercial Colonial

El Comercio Triángular América-Europa

mapa expansion colonial europea

La economía de las colonias se hallaba organizada con centro en la explotación de la minería y canalizó hacia ella la mayor parte de los recursos económicos (capitales y hombres). Esta situación motivó que tanto la apicultura como la ganadería no tuvieran un gran desarrollo, y sólo se llevaran adelante para abastecer la demanda de los centros mineros.  Una excepción a esa característica fueron algunos cultivos tropicales, como el azúcar y el tabaco, cuya producción se vendía a Europa y que emplearon tecnología, capital e importantes cantidades de mano de obra. Sólo a partir de mediados del siglo XVIII, con el agotamiento de las minas de plata en América, la producción agrícola del continente pasó a tener importancia comercial y se constituyó en el principal rubro de exportación. A la unidad de producción agrícola y ganadera, destinada a proporcionar alimentos, lana y bestias de carga a bajo precio a las ciudades y a las minas, que empleaban mano de obra indígena, los historiadores la denominan hacienda.  Por otra parte, a las unidades de producción agrícola con mano de obra esclava, grandes cantidades de capital y avanzada tecnología que se establecieron en las zonas tropicales o subtropicales, especializándose en la producción de azúcar, tabaco o algodón, para ser vendida fuera de las colonias, las denominan plantaciones. El interés de las potencias imperiales en determinados bienes del continente, tuvo como consecuencia la conformación de importantes núcleos o áreas exportadoras (Mesoamérica y los Andes centrales), articulando a su alrededor zonas productivas dependientes de sus necesidades.

EL COMERCIO INTERNACIONAL: Los países europeos conquistadores concentraron y dirigieron la riqueza del mundo a través de un desarrollo del comercio que comenzó a utilizar cada vez más la ruta atlántica, que fue lentamente sustituyendo a la mediterránea.

Para extraer las riquezas americanas, siendo insuficiente el trabajo de los indígenas, se buscaron otros hombres en el continente africano a los que se utilizó como esclavos. Nació así un gran negocio para los europeos: la captura y posterior venta de esclavos. Este violento tráfico de seres humanos, junto al oro y la plata obtenidos de América, transformaron la economía europea e iniciaron el proceso de construcción de un mercado que relacionó los diferentes lugares del mundo.

Las rutas comerciales que unieron las metrópolis con las colonias americanas comenzaron a integrar regiones del planeta, dando lugar a lo que tiempo después sería un sistema internacional de intercambio, el mercado mundial. Las colonias tuvieron la función de proveer a este mercado de grandes cantidades de oro y plata. La llegada de los tales preciosos posibilitó un aumento de circulación de productos.

Si bien el oro y la plata llegaban a en forma inmediata salían de ella para pagar las deudas contraídas en las guerras otros Estados y comprar los productos manufacturados, principalmente a Inglaterra. Ésta, entre 1610 y 1640, se convirtió en país mercantil, donde existían elementos a desarrollo de la industria que todavía no conocía ningún otro país del continente. Su comercio exterior, que era fundamentalmente  colonial, se multiplicó por dos.

De esta manera, el desarrollo del comercio, del intercambio entre distintas regiones del mundo, permitió la acumulación y, capitales que fueron invertidos en  la creación de compañías de comercio que monopolizaron regiones y rutas comerciales vinculadas a las materias primas y a la especias, a la actividad bancaria y a la producción manufacturera.

La llegada de los europeos a América significó el comienzo de una nueva realidad, que afectó tanto a las sociedades autóctonas cuanto a la sociedad europea, luego de o cual, el mundo no volvió a ser el mismo. Por entonces, las sociedades autóctonas inca, azteca y otros pueblos como mapuches, guaraníes, etc.-, tenían sus propias formas de organización. Habían desarrollado sus propias culturas y constituían un mundo autónomo; los cambios y conflictos que se generaban se explican por las acciones de cada uno de estos pueblos. La intromisión europea en estas sociedades significó una nueva forma para el desarrollo de sus historias, que reemplazó a la dinámica propia de a historia singular de cada uno de ellos. La conquista de América interrumpió ese proceso y dio comienzo a otro.

Pero no sólo afectó a las sociedades nativas, en Europa provocó profundos cambios y desató una verdadera competencia por ocupar más espacios. Españoles, ingleses, portugueses, franceses y holandeses buscaron apoderarse de nuevas tierras, no sólo en América, sino también en África, Oceanía y Asia, formando así los grandes imperios. Se inició el proceso de dominación europea a escala planetaria.

Esta dominación colonial, más allá de las mutuas transformaciones en las sociedades autóctonas como en las europeas, vinculó diversas regiones del mundo y estableció el lugar que les cabía en él tanto a las personas como a sus sociedades, creando nuevas desigualdades.


comercio triangular europa-america-africa

EL COMERCIO TRIANGULAR: Ruta comercial atlántica. El objetivo de esta ruta era capturar esclavos en África, trasladarlos a América para que trabajen en minas y plantaciones, exportar las materias primas producidas con la mano de obra esclava en América a Europa, elaborar productos manufacturados en Europa, e intercambiar esos productos en África por esclavos repitiendo el ciclo.

Comenzaba con la salida de Europa Occidental (Portugal, España, Francia, Inglaterra u Holanda) con manufacturas o suministros de todo tipo. Se recalaba en la costa occidental de África (entre los ríos Senegal y Congo, con centro en la zona genéricamente conocida como Guinea (región)), donde algunos productos (a veces llamados quincalla: cascabeles, espejitos, cuentas de colores, telas de baja calidad) podían servir para el intercambio. El producto que allí se cargaba eran esclavos negros, cuyo comercio y suministro (continuas guerras) era incentivado por las elites y los comerciantes locales. La siguiente escala eran las islas de las Antillas o la costa americana, donde los esclavos y la mayor parte de las mercancías europeas eran vendidos, y se cargaban productos coloniales (azúcar, tabaco, cacao) y metales preciosos de vuelta a Europa.

Surgimiento del Primer Capitalismo en la Edad Media

Evangelizacion de los Aborigenes Ordenes Religiosas en el Virreinato

Evangelización de los Aborígenes

Con la entrada de las primeras expediciones exploradoras llegaron a comienzos del siglo XVI miembros de las órdenes mercedaria y dominica. Durante los primeros tiempos el número de religiosos resultó insuficiente para atender los requerimientos que la región demandaba. Los informes elevados por las autoridades locales abundan en comentarlos acerca de la falta de una adecuada atención espiritual en estos primeros asentamientos españoles.

A fines de siglo, el obispo del Tucumán Fray Francisco Victoria promovió la entrada de la Compañía de Jesús para superar esta situación. El escaso número de padres misioneros acentuó las dificultades para la tarea pastoral, en un territorio poblado por culturas heterogéneas y poco dispuestas a someterse a la autoridad del europeo y aceptar su religión.

Las tribus del Chaco Gualamba y los pueblos calchaquíes sostuvieron prolongadas guerras de enconada resistencia. En forma conjunta a la labor de los padres misioneros, la Iglesia inició la organización de la diócesis de la extensa provincia del Tucumán, con sede en Santiago del Estero y la del Río de la Plata, con sede primero en Asunción y desde principios del siglo XVII, en Buenos Aires.

Frailes, sacerdotes y legos aunaron esfuerzos en el proyecto evangelizador: se fundaron parroquias para la práctica religiosa de españoles y criollos; doctrinas, para la conversión de los aborígenes en las encomiendas; hospicios y seminarios para la formación teológica de frailes y padres misioneros. Ardua y diversificada fue la tarea: empadronar a los feligreses, llevar los libros de bautismos, matrimonios y difuntos, bautizar, recorrer en cuaresma los pueblos para proveer a la confesión.

Era necesario también desarraigar abusos y restablecer la disciplina de la población española.

Métodos misionales usado por los franciscanos

En este sentido no fueron pocos los conflictos que se generaron entre los conquistadores y encomenderos, defensores de sus intereses y los frailes que asumían la responsabilidad de velar por el buen trato hacia el aborigen.

 Mercedarios, dominicos y franciscanos comenzaron la evangelización sistemática. En un principio se trató de organizar misiones volantes, unos pocos hombres acudían donde era necesario. Luego se adoptó la política de promover las reducciones de los naturales para aislarlos del español y tender a una formación que contemplara la vida en comunidad.

El misionero fue apóstol, maestro, artesano, consejero, agricultor, arquitecto, juez…, su misión fue influir en todos los momentos y aspectos de la vida de los aborígenes convertidos a la fe cristiana. Por la sencillez de sus padres misioneros y la fiel observancia del voto de pobreza, la orden franciscana tuvo un importante ascendiente entre los naturales. Predicar en sus mismas lenguas fue un aspecto Importante que favoreció el acercamiento.

A diferencia de los jesuítas, crearon comunidades abiertas y tuvieron una actitud mediadora frente a los intereses de los encomenderos. Creyeron en la posibilidad de crear una nueva sociedad conformada por la unión de aborígenes y españoles. Abrieron el camino de las reducciones en el Río de la Plata desde Asunción hacia el Atlántico.

San José de Areco y Santiago de Baradero en la actual provincia de Buenos Aires; San Lorenzo de los Mocoretá es junto al Paraná en la provincia de Santa Fe; Nuestra Señora de Itatí y Santa Lucía en la provincia de Corrientes y Concepción del Bermejo en el Chaco, fueron reducciones de los padres franciscanos.

El catecismo del fray Luis Bolaños traducido al guaraní fue modelo a seguir por los misioneros deL litoral. Se debe al empeño de fray Martín Ignacio de Loyola la celebración del primer Sínodo de obispos en Asunción.

En el Tucumán fueron encomiables las actuaciones de fray Francisco Solano santificado y venerado aún hoy en todo el noroeste; y de Fray Fernando de Trejo y Sanabria, quien como obispo a cargo de la diócesis trabajó de común acuerdo con su hermanastro, el gobernador del Río de la Plata, Hernando Arias e Saavedra para la extensión de la obra evangelizadora mediante la creación de reducciones y doctrinas.

A fines del siglo XVIII contaba la orden con 434 integrantes en todo el virreinato, conventos en las principales ciudades y dos noviciados en Buenos Aires y Córdoba. Por su parte los dominicos también abarcaron todo el territorio a través de sus fundaciones y ordenaron un importante número de misioneros nacidos en América. Fue relevante labor de esta orden en el noroeste, en tierras de los lules, y en San Miguel de Tucumán donde, luego de la expulsión, tomaron a su cargo el colegio jesuita.

Los mercedarios estuvieron presentes también con fundaciones en las principales ciudades del interior y a cargo de algunas misiones jesuíticas del litoral hacia fines del XVIII. En el Río de la Píata fundaron un curato de indios en el actual partido de Merlo. Un párrafo aparte merece la labor de las órdenes hospitalarias de los Hermanos de San Juan y de los padres Betlemitas. Cumplieron una función social meritoria y necesaria como fue la asistencia de los enfermos, convalecientes y desvalidos a través de la administración y mantenimiento hospitalario. A diferencia de las otras órdenes, los betlemitas fueron siempre en su mayoría europeos.

Se establecieron a mediados del XVIII en Buenos Aires a pedido del cabildo y practicaron tanto la labor hospitalaria como la monástica. Se hicieron cargo del antiguo Hospital San Martín que luego trasladaron al edificio de la Residencia y Casa de tos Jesuitas en San Pedro Telmo. Fundaron además el convento y hospicio de Santa Cartalina y extendieron su presencia a la ciudad de Mendoza donde se mantuvieron hasta la segunda década del siglo XIX.

Finalmente ya en el siglo XVIII, las órdenes femeninas de las hermanas catalinas de clausura llegadas a Buenos Aires desde Córdoba se establecieron en su actual convento de las calles Viamonte y San Martín, y las monjas capuchinas venidas de Santiago de Chile, en la parroquia de San Juan Bautista, antiguo curato de indios, sita en las actuales Alsina y Piedras. Ambas tuvieron un papel importante dado que sus conventos fueron centros educativos de las hijas de las familias españolas y criollas.

Las órdenes religiosas prolongaron de esta forma su labor evangélica a través de la enseñanza de la educación elemental, lectura, escritura, aritmética y doctrina cristiana, impartida tanto en las escuelas sostenidas por los cabildos como en las conventuales creadas directamente por ellas como prolongación de la tarea pastoral.

Fuente Consultada:
Historia Argentina Tomo I Desde La Prehistoria Hasta 1829  Nota de María Cristina San Román

Los Gobernadores en America Colonial Autoridades Españolas

Los Gobernadores en América Colonial

INSTITUCIONES DE GOBIERNO LOCALES QUE FUERON CREADAS EN ESPAÑA PARA GOBERNAR EN AMERICA

Cuando se descubrió América ante la necesidad de gobernar a los habitantes del Nuevo Mundo, se trasplantaron las leyes e instituciones de Castilla, porque la corona no nos consideró colonias sino parte integrante de la monarquía, pero debió adaptarlas a las necesidades y características De estas tierras. Las principales autoridades locales fueron:

Gobernadores — En los primeros tiempos de la conquista actuaron los adelantados. Más tarde aparecieron los gobernadores que eran nombrados por el rey a propuesta del Consejo de Indias; no había período determinado para su gobierno, duraban tanto como el monarca desease, por lo común de uno a cinco años.

Tenían a su cargo un área reducida, dentro de un virreinato o de una capitanía general, generalmente en regiones fronterizas, que necesitaban defensa

Sus facultades eran amplias y desempeñaban funciones civiles, militares y en algunos casos, judiciales. Dependían directamente del virrey.

En la segunda mitad del siglo XVIII se los reemplazó por los intendentes.

Los intendentes eran funcionarios designados por la Corona y atendían -en territorios designados como gobernaciones intendencias- asuntos político-administrativos, judiciales, económicos y militares. Desplazó al antiguo sistema de alcaldes mayores y corregidores, aunque los intendentes quedaron subordinados a los virreyes.

En el Río de la Plata el sistema se impuso en 1782 mediante una Real Ordenanza que subdividió el territorio en ocho gobernaciones intendencias y cuatro gobiernos militares subordinados.

Fuente Consultada:
Historia Argentina de Etchart – Douzon – Wikipedia –
 La Argentina, Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada.

Funcion de los Cabildos y Consulados en America Virreinal

INSTITUCIONES DE GOBIERNO LOCALES QUE FUERON CREADAS EN ESPAÑA PARA GOBERNAR EN AMÉRICA

MISIÓN DE LOS CABILDOS EN AMERICA

La colonización española tuvo un carácter eminentemente urbanista. Distintos factores motivaron este fenómeno.

Entre ellos señalamos:

— La Corona española quería establecer en América poblaciones estables y no sólo puestos comerciales.
— Los hombres que realizaron la conquista y colonización provenían de regiones que tenían el espíritu y la organización comunal muy desarrollados.
— Por la necesidad de protegerse de la naturaleza y de los indígenas los pobladores debían permanecer agrupados. Los españoles, más que colonizar territorios, fundaban ciudades, desde las cuales partían expediciones para conquistar nuevas zonas.
— Las características de la región, el aislamiento de las distintas ciudades, la dificultad para comunicarse con la Metrópoli y entre sí, condujeron a hacer de cada población un núcleo organizado y autónomo.

En América Española las ciudades no surgían por multiplicación natural de las familias, sino que se fundaban «de planta».

El adelantado o jefe militar que traía en su expedición la gente para la nueva fundación, escogía el lugar apropiado, trazaba la ciudad, distribuía los solares.

Una de las primeras preocupaciones al fundar una ciudad era dotarla de su cabildo o ayuntamiento. Sus miembros eran designados entre los más capacitados o meritorios de la expedición. El cabildo daba permanencia a la fundación, acordaba carácter legal a su existencia y se convertía en el centro regulador de su vida.

Los cabildos desempeñaban múltiples funciones: todas las que se requerían para la conservación y desarrollo de la ciudad.

Estas funciones eran:

políticas: a su cargo estaba el gobierno de la ciudad y de la zona que la rodeaba; la policía de seguridad y la milicia comunal. Peticionaba a las autoridades; suspendía disposiciones superiores, incluso reales, cuando las consideraba injustas «reverenciándolas sin acatarlas». Asumía el poder cuando vacaba en cargo de gobernador.

Era también órgano de consulta y asesoramiento de las autoridades. Todos los funcionarios que llegaban a la ciudad debían presentar sus títulos ante el cabildo que verificaba su autenticidad y los registraba.

económicas: reglamentaba el comercio y la industria, aseguraba el abastecimiento de la ciudad, controlaba los precios y calidad de las mercaderías.

judiciales: los alcaldes actuaban como jueces civiles y criminales en primera instancia. El cabildo actuaba en segunda instancia en los juicios civiles y el gobernador en los criminales.

edilicias: a su cargo estaba la conservación de la ciudad, calles, plazas, puentes, caminos de acceso, etc. También estaban a su cargo los festejos públicos.

educativas: cuidaba de la educación. A su cargo estaban las llamadas «escuelas del Rey».

asistenciales. mantenía hospitales y asilos. Intervenía en los casos de peligros o calamidades públicas y en las situaciones de indigencia. El Cabildo estaba constituido por Alcaldes y Regidores. Duraban un año en sus funciones y no podían ser reelegidos hasta pasados dos años. Los miembros del primer Cabildo eran designados por el Fundador o por el Gobernador; los de los subsiguientes eran elegidos por los miembros del cabildo saliente.

Los Cabildos cumplieron en América Española una misión de trascendental importancia para la formación de las nuevas nacionalidades. Fueron el núcleo organizador y propulsor de la vida y actividad de las ciudades. A través de los Cabildos la población podía interesarse, participar e influir en la vida política.

Fue también misión de los Cabildos la defensa de los derechos y libertades individuales y de los derechos de las ciudades frente a Virreyes, Gobernadores y funcionarios reales. De hecho y de derecho asumía frente a ellos la representación de los derechos de la ciudad y era un órgano permanente que ejercía control sobre los funcionarios.

Cabildo de la ciudad de buenos aires

Cuando se descubrió América ante la necesidad de gobernar a los habitantes del Nuevo Mundo, se trasplantaron las leyes e instituciones de Castilla, porque la corona no nos consideró colonias sino parte integrante de la monarquía, pero debió adaptarlas a las necesidades y características De estas tierras. Las principales autoridades locales fueron:

Los Cabildos — Eran gobiernos municipales, que establecieron los fundadores de cada ciudad, quienes nombraron a los primeros integrantes de los mismos.

Sus miembros eran los alcaldes y regidores. Los primeros ejercían la justicia menor y los regidores, tenían funciones administrativas. Integraban el Cabildo el alférez real, encargado de llevar el estandarte en las fiestas públicas, el sindico procurador, superior a los regidores en categoría y sueldo, reemplazaba a los alcaldes ordinario, por ausencia o muerte y se encargaba de la defensa legal de la institución: el escribano público, que refrendaba o autorizaba las decisiones del Cabildo, el encargado de la cárcel, el juez de menores, el defensor de naturales, el alguacil mayor, que hacía cumplir las prisiones o embargos; el tesorero, el mayordomo, que dirigía el ceremonial, etc.

Elección — Nuestro primer Cabildo fue organizado por Garay, que eligió a sus miembros.

Los alcaldes y regidores duraban un año en sus funciones, se los elegía el 1º de enero de cada año entre los vecinos y especialmente entre los descendientes de conquistadores que supieran leer y escribir; en los centros pequeños costo se pasó por alto. Los cargos eran gratuitos y había. obligación de aceptarlos. Frecuentemente se compraban excepto los de alcalde, mediante una suma que se entregaba al rey.

En las elecciones estaba presente el gobernador o el virrey, pero no se podía influir; sólo se debía limitar a confirmar las elecciones. Si los alcaldes no eran letrados debían contar con la colaboración de un asesor.

Atribuciones — Estaban exentos de las cargas personales; se les debía vender las mejores mercaderías, podían portar armas en lugares prohibidos, se les tomaba juramento en su casa.

Desempeñaban:
a) Funciones judiciales: Estas funciones estaban a cargo de los alcaldes de primero y segundo voto, tenían jurisdicción en primera instancia en asuntos civiles. Actuaban en pleitos entre indios y españoles. Sus resoluciones se podían apelar ante el gobernador o ante la Real Audiencia. No podían juzgar en causas criminales, porque en calidad de vecino conocían a toda la población y podían ser parciales. Nadie podía penetrar al edificio del Cabildo con espada sin licencia ni vivir fija o transitoriamente en sus salas.

b) Funciones administrativas: Se le asignaron fondos llamados propios y arbitrios, que eran los recursos de la ciudad. Los primeros se obtenían mediante el arrendamiento y la venta de tierras pertenecientes a la ciudad; los segundos, es decir los arbitrios, eran los impuestos sobre pesas y medidas. Los regidores se ocupaban en especial de la percepción de los impuestos.

Vecino es el que posee un solar, generalmente ha fundado familia y esta establecido en forma permanente, figurando inscripto en el padrón de la ciudad; en cambio se entiende por habitante el que está de paso en la ciudad, no gozando de los derechos que poseen loe vecinos.

Los miembros del Cabildo se encargaban de vigilar los espectáculos públicos, de la compostura y construcción de calles y caminos, de inspección de las cárceles, de fijar el precio de la yerba, tabaco, carne, etc.

El Cabildo era el único órgano del gobierno integrado por vecinos, es decir personas del lugar, que conocían las necesidades del momento y muchas veces la mejor forma de solucionarlas. Pero sin embargo no podemos considerarlo como una institución eminentemente democrática, ya que los cargos se podían comprar y el funcionario saliente elegía a su sucesor. Además cuando se celebraba Cabildo Abierto, concurría sólo la parte del vecindario que invitaba el Cabildo.

Cabildo Abierto El Cabildo Cerrado funcionaba con los alcaldes y regidores, pero en casos extraordinarios, se reunían los vecinos mis caracterizados de la ciudad en el Cabildo Abierto, por invitación del Cabildo.

Entre nosotros, fueron especialmente importantes los Cabildos Abiertos del 14 de agosto de 1806, cuando después de la primera invasión inglesa, se resolvió deponer al virrey Sobremonte, quien entregó el mando político a la Audiencia y el militar a Santiago de Liniers y el del 22 de Mayo de 1810, cuando caducó el poder real.

Consulados — Hasta la segunda mitad del siglo XVIII se habían fundado sólo dos consulados en la América Hispánica: en México y en Lima, porque en esas regiones estaba concentrado el comercio. En los comienzos fueron reproducción de la Casa de Contratación de Sevilla.

A partir de 1778, como consecuencia de la apertura de todos los puertos españoles, se fundaron otros, entre ellos el de Buenos Aires, que disponía de fondos propios.

ALGO MAS…

Las funciones de los Cabildos fueron múltiples: abarcaban todo lo que interesaba a la población.

Pueden enumerarse las siguientes funciones:

Justicia. Los alcaldes ordinarios distribuyen justicia civil y criminal en primera instancia.
Las sentencias civiles de los alcaldes ordinarios se «alzan» (12) ante el Cabildo, y aquí las resuelve en segunda instancia un regidor asistido por dos letrados o «expertos». Si los fallos son contradictorios y el asunto es importante se puede recurrir en tercera instancia ante la Real Audiencia. Los juicios criminales se alzan al Gobernador, que falla asesorado por un letrado.

Policía. «El fiel ejecutor cumple la baja policía de la fiscalización de mercados, tiendas, pulperías, tahonas, etc.»

Militares. Desde los quince años todos los hombres libres formaban parte de la milicia comunal. Los domingos, en la estación propicia, se hace la revista de armas y ejercicios militares. El Alférez había sido en un principio el jefe de la milicia; pero, luego, la instrucción de las tropas comunales pasó al Comandante de armas.

Edilicias. Cuida la conservación y aseo de las calles y plazas, sus desagües, camino de acceso, etc. Construye aceras y puentes; prepara las festividades en el día del patrono, de la jura de un monarca, o recepción de un virrey o un obispo, etc.

Asistencia social. Mantiene a lo menos un hospital y un asilo de huérfanos; también casas de retiro para ancianos. Contrata servicios médicos cuando no los hubiere en la población.

Instrucción primaria. Contrata maestros para las escuelas «del Rey», para distinguirlas de las religiosas o «escuelas de Dios».

Policía de seguridad. Los alguaciles hacen la ronda por la ciudad y arrestan a los delincuentes y contraventores. En la misma casa del Cabildo está la cárcel, cuidada por el alcalde.

Participación en el gobierno provincial. Todos los Cabildos, incluso los de villas, tienen el derecho de petición a las autoridades y aun al mismo monarca. En caso de no considerar justa una disposición cualquiera, aunque fuera emanada de la autoridad del Rey, podían «reverenciarla y no acatarla».

Los gobernadores y virreyes solían asesorarse por los Cabildos, porque cuanto mayores opiniones reunieran, menor era su responsabilidad en los juicios de residencia.

En las vacancias del cargo, el Cabildo asumía el poder como Cabildo-Gobernador «hasta que otra cosa se dispusiese».

Cuando se reflexiona sobre las funciones que ejercieron los Cabildos, se comprende que su misión fue amplia.

Los Cabildos desempeñaron un papel político importante, no solo durante el período hispánico, sino también al comienzo del gobierno independiente.

Las principales características de su misión son las siguientes:

Defensa de las libertades individuales.

2° Defensa de los derechos de la ciudad.
Mientras los gobernadores y virreyes velaban por los intereses y derechos del Rey, los Cabildos defendían los derechos de la ciudad. Estaban respaldados por la voluntad de los vecinos y por las leyes que amparaban los fueros municipales.

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EN ARGENTINA: De las catorce provincias que formaron la República Argentina, todas, menos Entre Ríos, surgieron del desarrollo de las ciudades-cabildos coloniales. Este solo hecho nos pone de relieve la importancia que tuvieron los Cabildos en el Río de la Plata.

Su acción fue decisiva en los orígenes de nuestra historia patria. Señalamos a continuación algunos hechos fundamentales:

— Fue el Cabildo Abierto del 14 de agosto de 1806, quien, después de la reconquista de la ciudad, resolvió por unanimidad suspender de su cargo al virrey Sobremonte y entregar el poder a Liniers.

— El Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 depuso al virrey Cisneros. El Cabildo de la ciudad asumió el poder hasta la constitución de la Junta de Gobierno y fue quien confirió el poder a la lista propuesta por el pueblo, de donde surgió la Primera Junta de Gobierno el día 25.

— El Reglamento de la Primera Junta establecía que en caso de que sus miembros faltasen gravemente a sus deberes el poder conferido por el pueblo sería reasumido por el Cabildo.

— La Primera Junta envió el día 27 de mayo una circular a todos los Cabildos del interior invitándolos a que designasen diputados que serían incorporados a la Junta y, constituidos en Congreso, establecerían la forma de gobierno.

Los Cabildos, alrededor de los cuales había surgido y se había desarrollado la vida colonial y habían dado caracteres típicos a su vida política, entraron en crisis en las primeras etapas de la vida independiente al chocar con ideas centralistas, de inspiración napoleónica, ajenas a la tradición, promulgadas sobre todo por Rivadavia.

— La Junta Grande dispuso el 10 de febrero de 1811 la creación en el interior de Juntas Provinciales en las gobernaciones-intendencias y de Juntas Subalternas en las demás ciudades, las que asumieron gran parte de las funciones que correspondían a los Cabildos.

— El Primer Triunvirato, por inspiración de Rivadavia, en un gesto de arbitrariedad, rechazó el Reglamento Orgánico preparado por la Junta Conservadora, disolvió a la Junta y expulsó a sus miembros. Fue el comienzo de la anarquía.

— El mismo Triunvirato, atribuyéndose una potestad constituyente que no tenía, sancionó el Estatuto Provicional, según el cual debía reunirse periódicamente una Asamblea General, compuesta por los miembros del Cabildo de Buenos Aires, diputados elegidos por la misma ciudad capital y representantes de los pueblos del interior.

—La Asamblea General, compuesta por 33 diputados de Buenos Aires y 11 del interior se reunió en abril de 1812. Como primer acto designó a Juan Martín de Pueyrredón como miembro del Triunvirato en lugar de Juan José Paso, cuyo mandato había terminado. Y para substituirlo hasta su llegada designó al Dr. José Díaz Velez.

— Rivadavia pretendía que tal substitución correspondía a su persona, por ser el Secretario más antiguo. Hubo tensiones. La Asamblea declaró que su autoridad era suprema sobre todas las demás en las Provincias del Río de la Plata. Rivadavia disolvió a la Asamblea y suspendió al Cabildo de sus funciones «hasta nueva providencia».

— El golpe de Estado, encabezado por las tropas al mando de San Martín y de Alvear, en unión con civiles que pedían Cabildo Abierto destituyó, atribuyéndoles graves cargos, a los miembros del Primer Triunvirato. El Cabildo reasumió la autoridad y se formó el Segundo Triunvirato.

— El Estatuto Provisional de 1815 y la Constitución de 1819 atribuían respectivamente al Cabildo atribuciones en la sanción de las leyes y en la elección de senadores.

El Cabildo de Buenos Aires fue suprimido por obra de Rivadavia y sus ideas centralistas en 1821; el de Corrientes en 1824, el de Córdoba en 1825. La disolución de los Cabildos quitó estabilidad a la vida política y contribuyó a dificultar la pacificación y organización del país.

Dice Rafael Bielsa en su obra «Principios de Régimen Municipal»: «Esta institución, guardiana celosa de las libertades originarias del pueblo… no resistió la obra centralizadora o unitaria, que lejos de respetar a la secular asamblea del pueblo, arrasó con ella… En nombre de la soberanía del pueblo se quitó al pueblo su antiguo poder de administrar sus negocios civiles y económicos… la libertad republicana pereció a manos del despotismo político, restaurado sin el contrapeso que antes le oponía la libertad municipal».

Fuente Consultada:
Historia Argentina de Etchart – Douzon – Wikipedia – La Argentina, Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada.
Educación Democrática de Argentino Moyano Coudert – Texto Para 3º Año – Tercera Edición- Editorial Guadalupe

Autoridades Españolas en América Los Adelantados

INSTITUCIONES DE GOBIERNO LOCALES QUE FUERON CREADAS EN ESPAÑA PARA GOBERNAR EN AMÉRICA

Juan de Garay Funda Santa Fe y Bs.As. Adelantados del Río de la Plata

Cuando se descubrió América ante la necesidad de gobernar a los habitantes del Nuevo Mundo, se trasplantaron las leyes e instituciones de Castilla, porque la corona no nos consideró colonias sino parte integrante de la monarquía, pero debió adaptarlas a las necesidades y características De estas tierras. Las principales autoridades locales fueron:

Adelantados — Los adelantados fueron los primeros gobernantes españoles que hubo en América.

Este título tuvo origen en España, donde tenían jurisdicción civil y militar; eran personas que luchaban contra los moros, adelantando las fronteras, es decir, ganando tierras para la corona. Lograda la unificación, y siendo innecesarios sus servicios, se concedió este título solo con carácter honorífico.

En América fue utilizado por los reyes desde un principio, pues Colón fue nombrado adelantado, en el sentido de que adelantaba las fronteras de Castilla. Después fue concedido en repetidas ocasiones, cuando la corona, exhausto su tesoro y ante las necesidades de conquistar y colonizar las Indias, buscó la colaboración particular para llevar a cabo las expediciones.

El adelantado debía costear la empresa y recibía de la corona consentimientos y directivas. Entre ambos se firmaba un contrato llamado capitulación donde se fijaban las obligaciones y derechos de cada uno.

El título se otorgaba en forma vitalicia y a veces por dos vidas. Los adelantados podían repartir tierras y encomendar indios, nombrar funcionarios menores, fundar poblaciones que se estipulasen, dictar ordenanzas, que debían ser confirmadas antes de dos años; eran jefes principales de 1ustidia, sólo debían dar cuenta de sus actos ante el rey o el Consejo de Indias.

En el Río de la Plata el primer adelantado fue Don Pedro de Mendoza.

Fuente Consultada:
Historia Argentina de Etchart – Douzon – Wikipedia –
 La Argentina, Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada.

El Rey Español Maxima Autoridad en el Virreinato en America Monarquia

El Rey Español Máxima Autoridad en el Virreinato

INSTITUCIONES DE GOBIERNO QUE FUERON CREADAS EN ESPAÑA PARA EL GOBIERNO DE AMERICA: El REY fue la máxima autoridad metropolitana y colonial, en consecuencia, su autoridad era suprema e inapelable en todos los asuntos del gobierno indiano. Era suprema porque no había ningún poder por encima de su voluntad y, en consecuencia, era inapelable: su decisión sobre cualquier asunto era la última y no podía reclamarse por sobre ella. Entonces no existía el concepto de división de poderes; el Rey era el supremo administrador, el supremo legislador y el supremo juez.

El Rey Español Maxima Autoridad en el Virreinato

Rey español Felipe II

Para ejercer esa autoridad sobre tan vastos y lejanos dominios, los monarcas españoles delegaron parte de su autoridad en las instituciones subordinadas, pero reservándose las decisiones últimas e importantes.

Esto último era consecuencia de la desconfianza de los reyes ante la posibilidad de que los magistrados locales actuaran por su cuenta. Por eso fue que crearon complicados y lentos sistemas de decisión: como era necesario contar con la autorización real y como los organismos subordinados se controlaban entre sí, la administración colonial resultó en muchos aspectos pesada e ineficaz.

Los monarcas absolutos asentaron su autoridad en el principio de que los habían delegado en ellos su poder para gobernar en la tierra. “El rey es puesto en la tierra en lugar de Dios para cumplir la justicia e dar a cada uno su derecho”.

En la monarquía absoluta, el rey gobierna por voluntad de Dios sin intervención del pueblo, que sólo debe limitarse a acatar sus decisiones. En la democracia, el pueblo es soberano y delega parte de esa soberanía en los gobernantes.

En la monarquía española de la época colonial, el monarca reunía en sí los tres poderes ya que la división de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial’ es una conquista de la Revolución Francesa, que también otorgó los derechos del hombre y del ciudadano.

Durante el período colonial se sucedieron en el gobierno de España dos dinastías: la Casa de Austria y la de Borbón. A la primera pertenecieron Carlos I, hijo de Juana la Loca (hija de los Reyes Católicos) y de Felipe el Hermoso (hijo de Maximiliano de Austria y de María de Borgoña). Carlos heredó de sus abuelos importantes dominios: de Isabel, el reino de Castilla. Granada y las tierras de América; de Fernando. Aragón, Navarra, Cerdeña, Sicilia, el reino de Nápoles y el Milanesado; Maximiliano el archiducado de Austria y la corona imperial (que era electiva) y de María, el Franco Condado y los Países Bajos.

En 1554 Carlos se retiró al monasterio de Yuste y más tarde abdicó en favor de su hijo Felipe II, que recibió España, América, los Países Bajos, las posesiones italianas y el Franco Condado, y de su hermano Fernando, que con el nombre de Fernando I pasó a ser emperador de Austria. En consecuencia la Casa de los Habsburgo quedó dividida en dos ramas: la de España y la de Alemania.

Después de Felipe II se sucedieron en el gobierno Felipe III, Felipe IV y Carlos II el Hechizado, que al morir iba a dejar el trono vacante pues no tenía descendientes. Pretendieron entonces la corona Luis XIV de Francia, hijo y esposo de princesas españolas; hijas primogénitas, y Leopoldo, emperador de Alemania, también hijo y esposo de princesas españolas, pero que eran hijas segundas, de modo que el Rey Sol se consideraba con más derechos.

Tras muchas incidencias Carlos II nombró en su testamento como heredero a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV a quien éste apoyaba; un mes después moría el enfermizo rey (1º de noviembre de 1700).

Iniciada así la dinastía de los Borbones con Felipe  se fueron sucediendo Fernando VI, Carlos III, Carlos IV y Fernando VII.

Fuente Consultada:
Historia Argentina de Etchart – Douzon – Wikipedia –
 La Argentina, Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada