Francisco de Miranda Su Lucha Por La Independencia Hispanomericana


Biografía de Francisco de Miranda y Su Lucha Por La Independencia Hispanoamericana

Prolijamente ordenados, listos para su uso, 582 fusiles descansan en un depósito cercano a la cubierta. Junto a ellos 16 trabucos, 15 carabinas, 440 machetes y 297 sables. Pero no spn los únicos pertrechos de aquella nave que en febrero de 1806 cruza lánguidamente las mansas aguas del Atlántico: en su santabárbara se amontonan 6500 cartuchos, 1586 libras de plata, 5 toneladas de plomo y 10 000 pedernales de fusil.

Amenazadores, imponentes, 19 cañones de nueve libras y 8 de seis ocupan la cubierta, custodiados permanentemente por un guardia que también vigila dos cañones de bronce y dos petardos. En los camarotes —precarios habitáculos construidos en la bodega— se apeñusca un centenar de reclutas tentados por el espíritu aventurero de la empresa, listos para usar esas armas, dispuestos a entrar en acción.

Son los hombres de Francisco Miranda, los patriotas que, siguiendo el ambicioso plan del líder revolucionario, acaban de zarpar de la costa de Estados Unidos rumbo al sur con la idea de desembarcar en Venezuela y liberar a su patria de la dependencia que entonces la ligaba a España.

Navegan en el Leandro, buque insignia en el que enarbola Miranda su bandera amarilla, azul y roja y tras él, tripulando los demás barcos, avanza el resto de su tropa, doscientos voluntarios entre los que se cuentan ingleses y norteamericanos impulsados a esa aventura por convicciones ideológicas, intereses económicos o simple afán de emociones nuevas.

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Francisco de Miranda (1750-1816), militar venezolano, ‘precursor’ de la emancipación hispanoamericana y creador de la bandera de Venezuela. Nació en Caracas el 28 de marzo de 1750. Después de estudiar el bachillerato en artes en la Universidad de Caracas, viajó a España (25 de enero de 1771).Con el grado de capitán participó en la defensa de Melilla (9 de diciembre de 1774). En 1780 fue destinado a La Habana (Cuba), como capitán del Regimiento de Aragón y edecán del general Juan Manuel Cagigal. De allí escapó y, atraído por la independencia de las colonias inglesas, se refugió el 1 de junio de 1783 en Estados Unidos, donde se entrevistó con George Washington, con el marqués de La Fayette y con otras personalidades estadounidenses. Pasó a Londres el 1 de febrero de 1785 para presentar al gobierno inglés su proyecto revolucionario. Luego de muchas vicisitudes y fracasos, murió en los calabozos españoles en 1816, cuando aún parecía lejana la libertad de su patria, Venezuela.

Sin embargo la traición, los errores, la fe desmedida en el puñado de verdades que los alentaban hicieron fracasar la ambiciosa empresa. Pero eso no detuvo el fervor de los rebeldes: la lucha no se había iniciado en ese momento ni iba a terminar con ese traspié. Los antecedentes de la rebelión se remontan, en realidad, a varios precursores, integrantes de movimientos esporádicos a veces, teóricos por momentos pero infatigables siempre. La independencia de Nueva Granada y Venezuela fue un sueño largamente acariciado, elaborado en noches de vigilia y choques sangrientos, un sueño que tardó mucho tiempo en concretarse y que demandó heroicos sacrificios y renunciamientos.

Antecedentes, la Diferencia entre Españoles y Criollos

Claro que antes de que la idea emancipadora prendiera en el espíritu de los patriotas, las condiciones económicas y sociales del país fueron gestando lenta, inexorablemente un caldo de cultivo en el que prendió vibrante, arrebatador, el proceso de la Independencia.

Cuando corren los últimos años del siglo XVIII casi tres millones de blancos, indios, pardos y negros, que nutren una escala social en la que las divisiones son netas y tajantes, habitan el territorio que actualmente ocupan las repúblicas de Colombia, Venezuela y Ecuador. En Nueva Granada —la zona actual de Colombia— más de ochocientos mil blancos, españoles y criollos, forman en exclusividad las filas de los poderosos, de los que usufructúan los más altos cargos y las más jugosas fortunas. Los españoles en particular manejan con manos firmes tierras, encomiendas, minas y cuanto se relacione con la dirección política y económica de la vasta zona.



Los criollos, por su parte, comparten con los españoles los bienes, las grandes riquezas y en general la posición de privilegio que ostentan con orgullo, con altivez. Pero en lo que se refiere al manejo político del país los blancos nacidos en América se hallan relegados a un oscuro, mediocre segundo plano. Aunque casi todas las puertas se abren ante ellos, las que permiten acceder al poder político, al manejo de la cosa pública, están siempre cerradas. Por eso, dedicados por entero al comercio y a las profesiones liberales, los criollos consiguen desplazar de esas actividades a catalanes, vizcaínos y canarios, sus tradicionales cultores.

Sin embargo no son esas las actividades fundamentales del país: la explotación del oro constituye la más importante fuente de riquezas, el sostén de la economía, y a su extracción se hallan dedicados miles de esclavos negros. En un lugar secundario se encuentran la explotación agrícola y ganadera, origen de los ingresos de los grandes terratenientes blancos que cuentan con el trabajo de los indígenas sometidos.

En el territorio de la actual Venezuela —entonces Capitanía General dividida en provincias que gozaban de cierta autonomía administrativa— la población estaba constituida por pardos, indios negros y zambos, condenados al trabajo, el tributo y la ignorancia. También allí los blancos se dedicaban a la exportación y al comercio de los productos agrícolas de la cálida zona costera y los templados valles.

Los españoles, por su parte, controlaban las actividades de La Guipuzcoana, una compañía que hasta 1785 habia logrado monopolizar totalmente el comercio del cacao. Los mantuanos —así se llaman los nativos de la zona— eran grandes terratenientes, herederos de repartimientos y encomiendas concedidas a sus antecesores y sometían a los esclavos negros de la costa. Su poder, tan importante desde el punto de vista económico, estaba limitado, en cambio, en el terreno político: sólo podían acceder por excepción a los cargos municipales y a la carrera militar o eclesiástica. No tardaron en manifestar su resentimiento, su callada envidia a través de las convulsiones prerrevolu-cionarias que agitaron la zona.

En esos combates como en otros posteriores tuvieron activa participación —integrando los dos bandos en pugna— los llaneros, habitantes del interior del país, hábiles con los caballos, acostumbrados a vivir en pleno campo.

En la presidencia de Quito —actual Ecuador— el grupo social dominante estaba constituido por el clero, representado en Quito por 400 religiosos ricos, influyentes e ilustrados. A ellos se sumaba la aristocracia criolla, formada en base a títulos comprados y que desempeñaría un
importante papel en la lucha por la independencia. La mano de obra era, en esa zona, eminenterhente esclava.

“¡Fuera los gachupines!”

En su mayoría, los inspiradores y conductores de movimientos en pro de la independencia eran miembros de la económicamente poderosa oligarquía criolla. Difícilmente esos hombres, dueños de grandes fortunas, extensas haciendas y centenares de esclavos, podían resignarse a obedecer el mandato político de españoles a los que consideraban inferiores en ilustración, prestigio y riquezas.

Los criollos despreciaban a los hijos de España y los llamaban despectivamente “gachupines”, “chapetones” o “godos”. Sin embargo nada pudieron hacer para impedir que los españoles monopolizaran los grandes embarques, las más jugosas transacciones económico-financieras y las operaciones comerciales más tentadoras. El descontento de los criollos, provocado por esos hechos, se acumuló así lenta pero sólidamente.

A esa situación, muy tirante de por sí, se suman en los estertores del siglo XVIII las consecuencias de las reformas introducidas por los Borbones: llegaron al país funcionarios más rígidos, menos corruptibles, que aplicaron con más rigor las leyes en favor de los españoles motivando nuevas y más enérgicas protestas de los nativos blancos.

Así, sucesivos alzamientos, desconectados entre sí, llevaron la alarma a la región y preocuparon a los fieles de la Corona: entre 1730 y 1732, por ejemplo, el zambo Andresote se sublevó al frente de la población del valle del Yaracuy, en Venezuela; en 1761 se produjo en Quito la rebelión de los estancos y en 1781 la de los Comuneros del Socorro en Nueva Granada.

En todos estos casos los levantamientos fueron dominados rápida y fácilmente y no pueden ser considerados movimientos precursores de la revolución: apenas sí fueron pálidos reflejos de una rebeldía que no había hallado cauce. A diferencia de esas revueltas, el alzamiento de los negros e indios de Coro, en Venezuela, producido en 1795, reclamó la supresión de la esclavitud y apuntó ya a algunos de los objetivos que proclamaron luego los revolucionarios. Sin embargo, el levantamiento fue reprimido cruelmente por las armas, y su líder, el zambo Chirinos, ejecutado.

Pero junto a aquellos que luchaban por obtener mejores condiciones para la venta de sus productos, por aliviar la presión impositiva o para alcanzar altos cargos, existían hombres impulsados a la acción por razones ideológicas, por profundas convicciones filosóficas. Ellos fueron los precursores de la revolución y sus planes culminaron con diversos proyectos de organización de un nuevo estado. Entre ellos se destaca Francisco de Santa Cruz y Espejo, un mestizo que desarrolló sus actividades en Quito.

Doctorado en Medicina, Jurisprudencia y Derecho se dedicó a luchar contra la dominación española a partir de 1767. Con ese fin se unió a un grupo conspirador y hacia 1795 fue apresado, juzgado por susactividades revolucionarias y condenado a prisión. Murió en la cárcel sin ver realizados sus sueños de liberación.

En Bogotá, Antonio Nariño, uno de los principales líderes rebeldes de la epopeya emancipadora de Nueva Granada, conoce también el rigor de las prisiones: encarcelado en 1793 por haber traducido la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, fue enviado luego a un presidio español ubicado en África. Al llegar a Cádiz logra huir en una audaz maniobra y se traslada al territorio francés esperando encontrar asilo político en ese país. No lo consigue y entonces debe dirigirse a Londres, donde establece contacto con Miranda.

En la capital británica Nariño solicita el apoyo de las autoridades inglesas para concretar sus planes de emancipación de las colonias españolas de América. Los británicosaceptan en principio sus proposiciones, pero condicionándolas al posterior recono-cimiento de la soberanía inglesa sobre los territorios arrebatados a España. Nariño rechaza esa contrapropuesta e insiste en su pedido hasta que finalmente logra alguna cooperación.

Entonces regresa de incógnito a su patria y comienza a organizar una red de conspiradores, pero no logra demasiado éxito en esa tarea. Descorazonado por su fracaso, y ante la promesa de las autoridades españolas de respetar su libertad si se entrega voluntariamente, se presenta a los jefes militares hispanos quienes lo encarcelan sin respetar la palabra empeñada.

En Venezuela las autoridades españolas, entretanto, lograban desbaratar una conspiración en la que habían participado elementos criollos e hispanos. Entre los primeros se contaban Manuel Gual y José María España y entre los segundos Juan Bautista Picornell y Andrés Manuel Campoma-nes. Todos ellos fueron apresados en 1797, cuando el plan que habían elaborado minuciosamente se desmoronó a raíz de una infidencia cometida por uno de los conspiradores.

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Las andanzas de un “aventurero” llamado Francisco Miranda

Dueño de una imaginación desbordante y de una audacia sin límites, Francisco Miranda —un venezolano nacido en 1750— puede ser considerado con justicia como el más importante precursor de los movimientos revolucionarios de todo el continente.

En 1801 Miranda concibió su más audaz proyecto: organizar una campaña libertadora para crear un estado independiente, único y gigantesco que llegaría desde el Mississippi hasta el Cabo de Hornos. Tras numerosas negociaciones con los ingleses consiguió el apoyo de una poderosa casa comercial británica y organizó la expedición que partió de la costa de los Estados Unidos en febrero de 1806.

Pero cuando los españoles se enteraron de esa escalada criolla reaccionaron alertando a los destacamentos costeros de Venezuela para que se pusieran inmediatamente en pie de guerra. Sin embargo esas fortificaciones necesitaban cierto tiempo para aceitar sus mecanismos de defensa y Miranda, en un grave error táctico, les otorgó esa ventaja al recalar con su flota en Santo Domingo.

Los españoles aprovecharon muy bien los días perdidos por el líder rebelde y cuando el Leandro —buque insignia de los revolucionarios— zarpó definitivamente hacia el continente, los realistas ya estaban listos para el combate. Por eso el fulminante ataque previsto por Miranda fracasó ante la empecinada resistencia que los realistas opusieron al desembarco, realizado el 27 de abril de 1806. Miranda logró huir pero cerca de sesenta de sus hombres debieron rendirse a los españoles quienes los encadenaron y los arrojaron a los sucios calabozos del castillo de Puerto Cabello.

Poco después, acusados de piratería, rebelión y asesinato, se los sometió a proceso: tras un corto juicio, quince fueron enviados a la horca y el resto debió cumplir largas condenas. Se ordenó al verdugo arrojar al fuego la proclama de Miranda y la bandera que le habían capturado. Además se quemó una efigie del conspirador y se prohibió a los habitantes de Venezuela mantener contacto alguno con el “filibustero” (así llamaban los españoles a Miranda) excepto para prenderle. En nombre del rey se ofrecieron treinta mil pesos por el “traidor”, vivo o muerto.

Al describir la forma bárbara en que se ejecutó la sentencia dictada contra los prisioneros uno de los testigos dijo: “En los bajos insultos y el sanguinario triunfo de los españoles leímos la apología de Miranda”.

El líder, entretanto, había salvado milagrosamente su vida y huido a las Antillas inglesas. Allí, sin demorarse, continúa buscando la fórmula para burlar el poder militar español y logra organizar una tropa con la que reanuda la lucha revolucionaria en junio de 1806, año de febriles actividades bélicas para Miranda. El 2 de agosto avista la costa venezolana de Coro y poco después desembarca dispuesto a levantar a la población contra el régimen europeo. Sin embargo los españoles, previendo la acción propagandística de Miranda, utilizan una táctica más sutil, menos sanguinaria: lo desprestigian entre la población local, despertando desconfianzas y temores en los habitantes de Coro.

El revolucionario que se sentía capaz de derrumbar ese muro de indiferencias y recelos, entra en la ciudad predicando sus ideas: pero nadie lo sigue, nadie se une a él. Ante este nuevo fracaso reembarca a sus hombres e inicia un peregrinaje por las islas vecinas en busca de un apoyo que se le niega una y otra vez.

Pese a sus derrotas Miranda no se decide a abandonar la epopeya en la-que se había embarcado en 1807 y viaja a Londres donde se dedica a planear nuevas acciones revolucionarias. Ha abandonado ya el proyecto de un estado único y propicia en cambio la creación de cuatro: uno en México y Centroamérica, otro en Nueva Granada, Venezuela y Quito, el tercero en el Perú y Chile y el cuarto en el Río de la Plata.

Su actividad no conoce pausa. Mientras en Europa mantiene constantes reuniones en busca de aliados que le ayuden a concretar sus fervorosas ilusiones, sigue escribiendo a los cabildos de las ciudades americanas encendidas proclamas que incitan a la rebelión. Por fin los primeros movimientos insurreccionales producidos en Caracas en 1808 parecen dar la razón a tanto frenesí revolucionario.

Se encienden las llamas de la Independencia…

En Quito, entretanto, apenas conocida la destitución de Fernando VII, un grupo de aristócratas constituyó una Junta destinada a reemplazar a los funcionarios españoles “en defensa de la patria y la. religión…”. Procesados por la Audiencia los conspiradores recuperaron de inmediato la libertad gracias a un ardid muy simple: el “extravío del expediente en que constaban sus delitos no dejó acusación legal en pie contra ellos, por lo que pudieron reanudar rápidamente sus actividades revolucionarias.

Contando con la anuencia de la guarnición militar decidieron dar el golpe el 9 de agosto de 1809. Así, en forma incruenta y sin violencia se produjo el cambio de gobierno: al día siguiente la población se enteró que las autoridades españolas habían sido depuestas y que en su lugar gobernaba Juan Pío Montú-far, un nativo de América. La revolución quiteña no había sido, al menos en esta etapa, más que un simple cambio de autoridades, un canje de españoles por criollos.

De todas maneras los americanos no podrían mantenerse en el poder durante mucho tiempo: las disidencias que separaban a los criollos —productos de viejas rivalidades o de la división entre republicanos y monárquicos— y la falta de adhesión de los gobernantes de otras provincias los convirtieron en flancos vulnerables de la revolución. Al comprobar esas debilidades los virreyes del Perú y Nueva Granada – Amat y Abascal respectivamente— enviaron sus tropas contra Quito. Rodeada la ciudad y aislados totalmente sus habitantes, los rebeldes capitularon.

Fracasaba así la primera tentativa de liberación surgida en Quito. Una calma tensa, impregnada de rencores y odios envolvió al territorio. Era evidente que esa paz tan artificial no iba a durar: poco después se produce un nuevo estallido, porque los españoles, que habían prometido no tomar represalias, desencadenan una serie de atropellos que culminan en una verdadera matanza.

El pueblo reacciona airado y el 2 de agosto de 1810, prácticamente desarmado, sin organización, contando sólo con un entusiasmo arrebatador, se lanza a la calle contra el ejército, asalta a las cárceles y libera a los prisioneros. Ante ese furor las tropas responden con la misma violencia y luchan durante tres horas sin dar ni recibir cuartel.

La intervención del obispo de la ciudad pone fin al combate y el 4 de agosto, se firma un acuerdo que estipula el abandono de la ciudad por las tropas, el perdón de los sobrevivientes de la revolución de 1809 y la formación de una nueva Junta de Gobierno encabezada por Carlos Montúfar, hijo de Juan Pío. Fue necesaria mucha sangre para que los criollos retomaran el poder e iba a ser necesaria mucha más para que pudieran conservarlo.

Consciente de su precariedad, el nuevo gobierno debió prepararse para los choques armados que no tardaron en llegar: el virrey Abascal ordenó a los ejércitos peruanos que combatieran a los rebeldes y, a pesar de que en los primeros combates los revolucionarios lograron algunos triunfos, pronto se vieron obligados a retroceder, acosados por la inclemencia del tiempo, la escasez de abastecimiento y por una sublevación de aborígenes que ensombreció más aún el crítico panorama de los criollos.

Por si fuera poco, a las derrotas militares se agregaron las vacilaciones e indecisiones de la Junta y finalmente, en noviembre de 1812, la ciudad fue ocupada. La batalla final, librada el 1º de diciembre, culminó con el triunfo peninsular: mientras los últimos revolucionarios huían o eran desterrados, las autoridades españolas retornaban Iriunfalmente a Quito.

Sin embargo en los dos años que los criollos lograron mantenerse en el poder fueron asentando las bases de la emancipación definitiva de América: prueba de ello fue el Primer Congreso de los Pueblos Libres de la Presidencia, reunido en Quito el 4 de diciembre de 1811 y la promulgación, el 15 de febrero de 1812, de una carta fundamental que organizaba un gobierno “electivo y responsable”, dirigido por el Congreso Supremo, que aseguraba a todos los ciudadanos la libertad de sufragio y pensamiento.

El espíritu de rebelión contagió también a los hombres de Santa Fe de Bogotá: al tener conocimiento de la represión ejercida contra los criollos, Nariño abandonó su largo silencio y organizó una conspiración que fue dominada y costó la vida a sus gestores.

La gota que desborda el vaso…

En Bogotá todo comenzó, en realidad, con un pequeño incidente que bastó para desencadenar la revuelta. Durante un agasajo a un representante real, españoles y criollos iniciaron una discusión sin importancia referida al arreglo de la mesa del banquete. Sin embargo los ánimos se caldearon muy rápidamente y las palabras pronto derivaron en hechos: se generó la riña, el pueblo tomó conocimiento del episodio y se lanzó a la calle mientras las campanas de los templos se echaban a vuelo y oradores improvisados arengaban en las esquinas a los grupos enfervorizados.

Así, un suceso doméstico, de poca importancia, dio lugar a una verdadera rebelión popular que exigió un cabildo abierto aceptado por el virrey. La Junta organizada desconoció su autoridad recalcando, en cambio, su obediencia a Fernando VII.

El 25 de agosto de 1810, destituido el virrey, disuelta la Audiencia y desconocida la regencia española, la Junta se autodenominó Junta Suprema del Reino y solicitó a las provincias el envío de representantes para constituir un gobierno central.

Pero la unidad de los criollos no es monolítica: mientras algunas provincias rechazan la supremacía de Bogotá y quieren ser totalmente independientes, otras siguen fieles a España y no pocas envían sus diputados sólo para reafirmar sus opiniones federalistas. Así, en medio de esas discusiones, llega la escisión. Nariño y el estado de Cundinamarca, organizado alrededor de Bogotá, se separan del resto de las provincias, dando un paso más hacia una guerra civil que parece inevitable.

El período que sigue es oscuro y caótico y culmina el 13 de enero de 1813 con la victoria parcial de los centralistas. Sin embargo las tendencias federalistas siguen la lucha y la guerra civil continúa desangrando a los revolucionarios. El Congreso ve en Simón Bolívar al hombre capaz de dominar la situación y, aprovechando su regreso de la campaña de Venezuela, le entrega el mando, ocupando de inmediato sus efectivos la ciudad de Bogotá.

Por primera vez, aunque teóricamente, los rebeldes parecen dominar la región en su totalidad. Sin embargo Iqs soldados de Bolívar no logran quebrar la resistencia de las fuerzas españolas acantonadas en Santa Marta y el libertador, desalentado, abandona la lucha y se traslada a Jamaica. Entonces la situación da un vuelco definitivo: con la llegada de los efectivos enviados por Fernando VII se inicia un oscuro período en el que la revolución parece vencida definitivamente.

La revolución en Venezuela

En Caracas, la ciudad más importante de la Capitanía General de Venezuela, se habían desarrollado también, tensos episodios originados en la naciente rebelión. Tras el fallido intento de Miranda las primeras revueltas recomenzaron al llegar las noticias de los sucesos ocurridos en España en 1808. Los criollos más ricos trataron entonces de tomar el poder, pero la falta de apoyo de  milicias hicieron fracasar esa intentona sin embargo, y el 12 de eneró de 1809, varios jefes militares, entre ellos Simón Bolívar, organizaron el motín de la Casa de la Misericordia.

Miembro de una aristocrática familia caraqueña, heredero de una gran fortuna, simón convar tema por entonces 24 años. Había completado sus estudios en España y recorrido varios países europeos hasta que en 1806 decidió volver para incorporarse a las luchas emancipadoras. Coronel en 1807, con ese grado intervino en el alzamiento de la Casa de la Misericordia, en el que las fuerzas patriotas fueron nuevamente derrotadas.

Durante más de un año siguió flotando en el ambiente la tensión revolucionaria hasta que el 19 de abril de 1810 los rebeldes, tuvieron una nueva oportunidad al conocerse en Caracas la disolución de la Junta de Sevilla, en ese momento el pueblo pidió la convocatoria de un Cabildo Abierto y en él se decidió desobedecer la autoridad del Capitán General Vicente Emparán y crear una Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII que debería disolverse al recuperar el rey su corona.

Como primera medida la Junta destituyó a los funcionarios conservadores, informó al pueblo de lo realizado y embarcó sin más trámites rumbo a España a los jerarcas de la burocracia hispana. De inmediato la Junta pidió la adhesión de los demás Ayuntamientos de América, envió a Bolívar Miranda, que había regresado a su país, trabajaba intensamente tratando de radicalizar la revolución desde las páginas de El Patriota Venezolano, en las que exigía la declaración de la independencia y la sanción de una constitución. Su prédica no fue en vano: el 5 de julio de 1811, en medio del júbilo popular, se declaró la independencia de Venezuela.

Claro que no todos vieron con buenos ojos esos hechos: José Domingo Díaz, un español que fue testigo de esos acontecimientos Jos describió así: “Yo lo vi. Este día funesto fue uno de los más crueles de mi vida. Aquellos jóvenes, en el delirio de su triunfo, corrieron por las calles: reunieron las tropas en la plaza de la Catedral, despedazaron y arrojaron las banderas y escarapelas españolas; sustituyeron las que tenían e hicieron correr igualmente con una bandera de sedición a la sociedad patriótica, club numeroso establecido por Miranda y compuesto por hombres de todas castas y condiciones cuyas violentas decisiones llegaron a ser la norma de las del gobierno.

En todo el día y la noche las atroces pero indecentes furias de la revolución agitaron violentamente los espíritus de los sediciosos. Yo los vi correr por las calles en mangas de camisa llenos de vino, dando alaridos y arrastrando los retratos de S. M. que habían arrancado de todos los lugares donde se encontraban. Aquellos pelotones de hombres de la revolución, negros, mulatos, blancos, españoles y americanos corrían de una plaza a la otra, en donde oradores energúmenos incitaban al populacho al desenfreno y a la licencia. Mientras tanto todos los hombres honrados, ocultos en sus casas, apenas osaban ver desde sus ventanas entreabiertas a los que pasaban por sus calles. El cansancio o el estupor causado por la embriaguez terminaron con la noche tan escandalosas bacanales”.

Claro que más allá de las intolerancias españolas los patriotas seguían en el intento de afianzar la revolución. Así el 15 de julio los nuevos funcionarios juraron sus cargos ante el Congreso y el 30 se dio la noticia a todos los ámbitos mediante un “manifiesto al mundo”.

La nueva constitución, que garantizaba la libertad, seguridad, propiedad e igualdad para todos los venezolanos entró en vigencia el 21 de diciembre.

El nuevo gobierno, rodeado de entusiasmo y calor popular, debió enfrentarse, sin embargo, con múltiples problemas: las ciudades del interior no lo aceptaban, la situación económica era desastrosa, el ejército carecía de armas y los hombres más ricos huían del país con sus capitales. Finalmente y, según la caprichosa interpretación de los realistas, como “castigo de Dios”, el 26 de marzo de 1812 un violento terremoto destruyó varias ciudades y sembró el pánico entre muchos venezolanos.

El cúmulo de inconvenientes que sufría el nuevo gobierno recibió el golpe de gracia cuando el general Monteverde, sublevado, avanzó triunfante desde Coro. El Congreso entonces se autodisolvió y entregó sus facultades al poder ejecutivo, que nombró generalísimo a Miranda. Los dos ejércitos se enfrentaron y Miranda, derrotado, debió firmar un armisticio en julio de 1812. Poco después, y acusado de traición, fue entregado a los españoles quienes lo enviaron a prisión, donde murió en 1816.

Fuente Consultada:
Historia Argentina de Etchart – Douzon – Wikipedia –  La Argentina, Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada.
Gran Historia Latinoamerica Fasc. 21 La Independencia Hipamericana  Editorial Abril

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