España y el Oro Americano

Historia de Abderraman I Primer Emir de Cordoba

Historia del Emir Abderraman I

EL EMIRATO: Los conquistadores musulmanes permanecieron en España hasta el año 1492, fecha de la toma de Granada, su última posesión, por los Reyes Católicos. Este largo intervalo, en que los españoles luchan por recuperar su territorio, se denomina período de la Reconquista.

Por parte de los musulmanes se divide este tiempo en tres períodos, según la forma de gobierno. El primero, de 711 a 756, se llama del Emirato, porque los gobernantes de España o emires dependen del califa de Damasco.

El segundo, de 756 a 1031, se llama del Califato, porque España está regida por califas independientes que tienen su capital en Córdoba.

El tercero, de 1031 a 1492, se denomina de los Reinos y de taifas, y en él hay varias monarquías musulmanas independientes, que van sucesivamente desapareciendo en su lucha con los reinos cristianos.

La conquista musulmana de la península ibérica fue iniciada por Tarik en la batalla del Guadalete.

En el período 711–718, España se constituyó como provincia dependiente del Califato Omeya. Sus gobernantes fijaron su capital en Córdoba y recibieron del califa de Damasco el título de emir.

La población musulmana en España estaba formada por los árabes instalados en las ciudades, conocidos como los bereberes radicados en las zonas rurales.

También estaban los sirios, que sumieron a la península en larga guerra civil , que finaliza con la aparición de Abderramán I

La conquista de España, iniciada por Tarik en la batalla del Guadalete, siguió por parte de él y de Muza, gobernador de África, y se terminó con facilidad.

El sucesor de Muza, su hijo, permitió la existencia del reino independiente de Teodomiro en Orihuela, consolidado el régimen de libertad de los cristianos que con el nombre de muzárabes quedáronse a vivir entre los invasores.

Los moros intentaron pasar a Francia, pero fueron definitivamente contenidos por Carlos Martel, el año 732, en la batalla de Poitiers.

HISTORIA DE ABDERRAMAN I

En 750, los abasíes derrocaron a los omeyas del Califato de Damasco y ordenan el asesinato de toda la familia omeya.

En 756, Abderramán Ique había escapado del sangriento destino final de los omeyas logrando huir de Damasco– desembarcó en al-Ándalus y se proclamó emir (comandante en jefe) tras conquistar Córdoba y, en 773, se independiza de la nueva capital abasí, Bagdad.

emir abderraman

Deseando establecer en España un gobierno fuerte que acallase los disturbios entre árabes puros y moros berberiscos, fue llamado a España para que reinase como soberano independiente Abderramán, de la familia de los Omniadas, destituida en Damasco por los Abasidas.

Abderramán venció a Yusuf-el-Fehri, último de los emires, y fundó el Emirato Independiente.

Entre los fugitivos de la familia Omeya, que huían de la cruel persecución decretada por el califa Abasida, figuraban dos jóvenes hermanos, Yahya y Abderramán, nietos del califa Hisham .

Desconfiando del indulto ofrecido por el Abasida, siguieron ocultos, pero los emisarios del califa descubrieron su escondite, y Yahya, que no tuvo tiempo de escapar, fue degollado.

Abderramán huyó a una aldea junto al Eufrates, y en ella estaba un día, encerrado en una habitación oscura, porque padecía de la vista, cuando su hijo Solimán, entró despavorido y se arrojó en los brazos de su padre.

Este salió a indagar la causa del temor del niño, y distinguió los estandartes negros de sus perseguidores. Huyó apresurado a refugiarse en un bosque, y desde allí, cuando se le unió su fiel liberto Bedr, se encaminó a las orillas del Eufrates.

No tardaron en aparecer los que iban en su busca, y Abderramán, con un hermano suyo de trece años, que iba con él, se arrojó al río para pasarlo a nado.

Los abasidas le gritaban desde la orilla que se volvieran, que no les harían daño, y el niño, sintiendo que sus fuerzas se agotaban, se volvió, en efecto.

Cuando Abderramán, llegó a la otra orilla pudo ver cómo al momento degollaban a la criatura.

Anduvo Abderramán errante varios años entre las tribus africanas, en espera de los grandes destinos a que las predicciones le tenían llamado.

Tuvo que alejarse del gobernador árabe de África, que, aspirando a la independencia, quería desprenderse del descendiente de los Omeyas, y, por último, mientras estaba hospedado en la tribu beréber de Nafra, envió a España, con su fiel Bedr, una carta dirigida a los clientes de su familia, que en España vivían, implorando su auxilio para entrar en la Península como pretendiente.

Sus clientes trabajaron bien la partida, y, unidos con los árabes yemeníes, enemigos del emir Yusuf, convinieron que Abderramán viniera a España.

Desembarcó en el puerto de Almuñécar en el mes de septiembre del año 755. No tardó Yusuf en convencerse de la inutilidad de la resistencia, y en el pacto de Armilla se sometió. Abderramán había logrado sus deseos y era emir independiente de España.

Tuvo Abderramán que someter varias rebeliones, pues eran muchos los odios entre las fracciones árabes y bereberes, y los califas abasidas no dejaron de enviar emisarios a España para acabar con el nuevo poder.

Entre estas rebeliones es célebre la del wali de Zaragoza, que pidió auxilio a Carlomagno, dando lugar a la expedición famosa que terminó con el suceso de Roncesvalles.

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Biografia de Horatio Nelson Marino Británico

Biografia de Horatio Nelson-Héroe de Trafalgar

Trafalgar, 1805. Se libra un violento combate naval entre fuerzas francoespañolas y británicas. Al mando de las áitimas está un capitán que ese día escribe la última página de su historia.

El almirante británico que murió heroicamente en Trafalgar fue Horacio (Horatio) Nelson, nacido en Inglaterra en 1758. Durante más de tres décadas surcó el Atlántico, el Mediterráneo y el Ártico, combatiendo a todos los adversarios de su patria.

Por su valentía y coraje, fue nombrado almirante y elevado a categoría de héroe nacional por el imperio británico. Tras su muerte, consecuencia de una herida de bala recibida en el pecho y el hombro en la batalla de Trafalgar, los ingleses colocaron su estatua en una alta columna en Londres, para que siguiera vigilando desde allí el horizonte.

El brillante militar, que había destruido las flotas francesa y española frente a Cádiz, no pudo disfrutar de su mayor victoria.

BIOGRAFIA DE HORATIO NELSON

HORATIO NELSON: Como almirante, el más famoso de la historia de Inglaterra y uno de los más célebres de todos los tiempos y países. Resuelto, frío, bravo, dominando a placer el arte de navegar y la estrategia naval, del Imperio Británico del siglo XIX.

Porque sin Nelson quizá no habrían sido ni Abukir ni Trafalgar, las dos grandes victorias que hicieron estériles los triunfos de Napoleón en el continente.

Los ingleses pueden, con legítimo orgullo, venerar la figura del almirante entre las páginas de oro de sus guerras en el mar.

Biografia de Horatio Nelson
En 1797, se distinguió por su victoria sobre España en la batalla del cabo San Vicente. Poco después de la antedicha batalla, Nelson participó en el ataque a Santa Cruz de Tenerife, donde fue malherido perdiendo un brazo, y forzado a marcharse a Inglaterra para recuperarse.

Hijo de Edmundo Nelson y de Catalina Suckling, emparentada con los Walpole, Horatio nació en Burnhm Thorpe (Norfolk) el 29 de septiembre de 1.758.

Su padre era rector de aquella parroquia y proporcionó a su hijo una buena, aunque sumaria educación en Norwich, Downham y North Walsham.

Sin embargo, quien desempeñó el papel más importante en la vida de Horatio fue su tío, el capitán Mauricio Suckling, oficial de intendencia de la armada.

Debido a la intervención de éste, Horatio entró a los doce años de edad en calidad de grumete en el navio Raisonnable.

Pero habiéndose solventado las diferencias que a la sazón existían entre Inglaterra y España, el capitán Suckling le embarcó en un velero mercante que navegaba a la India, y, a su regreso, le ejercitó en la dura escuela de la navegación de cabotaje, entre las brumas, los vientos, las rocas y los escollos de los mares del Norte.

En 1772 tomó parte en la expedición ártica del capitán Phippo y luego se embarcó de nuevo para la India. Su prolongada vida en el mar despertó en él la ambición del heroísmo.

El 9 de abril de 1777, después de servir en la fragata Worcester, fue admitido en la flota real inglesa como teniente. A causa de sus conocimientos navales y de su habilidad para atraerse simpatías, en 1779 le fué confiado el mando de la fragata Hinchinbrook. Tenía entonces veintiún años.

Combatiendo por los mares: Nelson navegó con los buques de la Armada Británica en la época de la Revolución Francesa y el imperio napoleónico, cuando Francia y España competían con Inglaterra por hacerse con el dominio de los océanos. Y el célebre almirante se enfrentó con ambos países a lo largo de toda su carrera. En 1797, por ejemplo, hundió la flota francesa y detuvo así el avance de Napoleón en Egipto.

Nelson no se distinguió mucho en las operaciones de la guerra de Independencia norteamericana, aunque sus jefes, como el almirante Hood, ya le consideraban como gran experto en la táctica naval. Acabada la lucha en 1783, se trasladó a Francia para estudiar la marina de sus adversarios.

Poco después recibía el mando de la fragata Bóreas, con la que prestó servicio en las Indias Occidentales.

Aquí se casó con Francés Nisbet (1787). Sus informes sobre el contrabando llamaron frecuentemente la atención del Almirantazgo, el cual, en 1793, al estallar la guerra con Francia, le adscribió a la flota del almirante Hood como capitán del Agamemnon (30 de noviembre).

Al mando de este buque participó en la toma de Tolón, en la conquista de Córcega y en otras operaciones en el Mediterráneo occidental, donde demostró su iniciativa personal. Ante Calvi, en 1794, fue herido en el ojo derecho, que le quedó inutilizado para la visión.

Su figura se iluminó repentinamente para el público inglés por su destacadísima intervención en la victoria obtenida por el almirante Jervis sobre la flota española en el cabo de San Vicente (14 de febrero de 1797).

Sin embargo, la satisfacción que podía experimentar Nelson, nombrado ya contraalmirante, se truncó cuando fue herido de gravedad en el fracasado intento de desembarco en Santa Cruz de Tenerife (24 de julio de 1797). En esta acción perdió el brazo derecho.

Repuesto de sus heridas e incorporado de nuev: a servicio activo el 10 de abril de 1798, fué designad: por el gobierno para vigilar el destino de la flota q-je Francia concentraba en Tolón.

Pasó al Mediterráneo con tres navios de batalla y cinco fragatas. La escuadra francesa burló el bloqueo de Nelson, a causa de un incidente fortuito, y se dirigió a Egipto. Nelson la persiguió a lo largo del Mediterráneo y el 1.° de agosto la destrozaba en la gran batalla de Abukir.

Esta victoria, decisiva para la suerte de la expedición napoleónica, le valió el título de barón (del Nilo) y la consolidación definitiva de su fama como gran marino.

Entre 1798 y 1800 intervino en los asuntos del reino de Ñapóles, retenido por su misión y por sus amores con lady Hamilton, esposa del embajador inglés, a quien había conocido en 1793.

Esta parte de su vida es sumamente novelesca. En 1800 regresó a Inglaterra y el 1° de enero de 1801 fue ascendido a vicealmirante. Meses más tarde recibía la misión de forzar el bloqueo de los neutrales, lo que logró después de la batalla y bombardeo de Copenhague (2 de abril de 1801).

Continuó prestando algunos servicios de flotilla, hasta que al firmarse la paz de Amiens (1802). se retiró a su finca de Merton, en el Surrey.

La segunda ruptura de hostilidades entre Francia y su país le hizo entrar de nuevo en liza. En 1803 tomó el mando de la flota del Mediterráneo, con la que bloqueó la escuadra francesa. Pero, he aquí que ésta logró burlar su vigilancia y pasar al Atlántico.

Por pura intuición, Nelson supuso que Villeneuve, el almirante adversario, había preparado una diversión hacia las Antillas, a cuyos mares marchó persiguiéndole.

De regreso las dos flotas a Europa sin haber trabado combate, la francoespa-ñola se encerró en Cádiz. Nelson, quien había tomado un breve descanso en Merton, partió de esta localidad el 13 de septiembre de 1805. El 29 se hallaba al frente de su escuadra.

La batalla de Trafalgar, obra maestra del genio naval de Nelson, terminó con un triunfo innegable de la flota británica (21 de octubre).

El gran almirante, que al iniciarse la refriega había comunicado: «Inglaterra espera que cada hombre cumplirá su deber», no pudo recoger los laureles del triunfo.

Una bala, disparada desde el navio francés Redoutable, le quitó la vida en el puente del Victory. Murió exclamando: «Gracias a Dios, he cumplido con mi deber.»

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Biografia de Juana de Castilla -La Loca- Reina de Castilla

Biografia de «Juana La Loca» – Reina de Castilla

JUANA LA LOCA, DE CASTILLA (1479-1555): Pocas figuras de la historia de España suscitan tanta conmiseración como la de la princesa Juana de Castilla, a la que la muerte, abatiéndose sobre sus dos hermanos mayores y sus sobrinos, hizo heredera del trono de los Reyes Católicos.

Lo que la muerte le dio, se lo arrebató la caprichosa fortuna, nublando su razón y haciéndola incapaz para regir en persona las vastas posesiones de sus padres.

Juana La Loca
Juana I de Castilla, llamada «la Loca», fue reina de Castilla de 1504 a 1555, y de Aragón y Navarra, desde 1516 hasta 1555,
Fecha de nacimiento: 6 de noviembre de 1479, Toledo, España
Fallecimiento: 12 de abril de 1555, Tordesillas, España
Cónyuge: Felipe I de Castilla (m. 1496–1506)
Hijos: Carlos I de España, MÁS
Padres: Isabel I de Castilla, Fernando II de Aragón

Doña Isabel dio a luz a su tercera hija en Toledo, el 6 de noviembre de 1479. La muchacha creció enfermiza y delicada, pero nada hacía suponer que sería presa en el porvenir de tan funesta dolencia.

A los once años de edad, en 1490, fue prometida a Felipe de Borgoña, hijo del emperador de Alemania, Maximiliano de Austria.

La política antifrancesa de las dos coronas precipitó la boda. A mediados de 1496 una poderosa flota partió de Laredo para trasladar a la princesa a sus nuevos estados.

La ceremonia nupcial se celebró en Lierre (Flandes) el 21 de octubre de 1496. Juana se enamoró apasionadamente de su esposo, sin que éste correspondiera a su amor y se mantuviera fiel a su palabra.

La muerte del príncipe don Juan en 1497, la de la princesa doña Isabel en 1498 y la del infante don Miguel de Portugal en 1500, hicieron de Juana la heredera de Castilla y Aragón.

Para ser reconocida en calidad de tal, Juana regresó a España con don Felipe en enero de 1502.

Jurada por las cortes de los respectivos reinos, su esposo partió para sus estados a fines del mismo año. Fue en esta ocasión que se revelaron claramente los primeros síntomas de la enajenación mental de la princesa heredera de Castilla (Medina del Campo, noviembre de 1503).

Empeñada en volver al lado de su inconstante esposo, Juana obtuvo de su madre la debida autorización para marchar a Flandes.

La reina doña Isabel dióle este permiso para ver si el espíritu de Juana recobraba la serenidad y el equilibrio. De nuevo la princesa se embarcó en Laredo (primavera de 1504); pero ahora acompañaba a la flota un aire de irreparable tragedia. Su ausencia no fue muy larga.

La muerte de doña Isabel la hacía reina de Castilla, aunque bajo la regencia de Fernando el Católico.

El 28 de abril de 1506 desembarcaba con Felipe el Hermoso en La Corana. Este logró imponerse a su suegro y fue aclamado por los nobles como rey de Castilla, en detrimento del testamento de Isabel la Católica.

El nuevo soberano quiso recluir a su esposa como demente y encargarse él solo de la regencia del reino. Pero las cortes de Valladolid juraron a doña Juana reina propietaria el 12 de julio de 1506.

La muerte de Felipe el Hermoso (25 de septiembre de 1506) dejó a doña Juana en un estado de estúpida insensibilidad.

No quiso separarse del cadáver de su marido, al que fué acompañando en una peregrinación por los campos de Castilla que se ha hecho famosa.

En agosto de 1507 entrevistóse en Móstoles con su padre don Fernando, que regresaba de Ñapóles para hacerse cargo de nuevo de la regencia del reino. Desde este momento la reina residió en Arcos y en Tordesillas.

En este palacio pasó la mayor parte de su vida, desde 1509 hasta su muerte, ocurrida el 11 de abril de 1555, después de una cruel enfermedad.

Durante cincuenta años de muerte en vida, doña Juana vivió alejada por completo de los asuntos del Estado, aunque su nombre figuró legalmente en los documentos públicos.

Su nombre sólo volvió a sonar en septiembre de 1520 con motivo de la sublevación de los comuneros castellanos, una de cuyas diputaciones fué a entrevistarse con ella en su retiro de Tordesillas.

Juana La Loca y Felipe I
Juana «La Loca» Junto a su marido el Rey Felipe I

Ver: Amor Felipe I y Juana de Castilla

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España Primitiva Pre Romana Pobladores y Cultura

España Primitiva Pre Romana
Pobladores y Cultura

ESPAÑA PRERROMANA
Tiempos prehistóricos
España se halla situada en la península Ibérica, separada del África por el estrecho de Gibraltar, y de Francia por los montes Pirineos.

Poco se sabe acerca de los primeros habitantes. Los más antiguos —período del paleolítico inferior— trabajaban la piedra a golpes para obtener hachas de mano.

En el paleolítico superior habitó en la península la raza de Cro-Magnon, formada por hombres de alta talla que sabían dominar el fuego y cubrían su cuerpo con pieles de animales. De este período han quedado expresiones de arte rupestre en las paredes de las cavernas que utilizaban como viviendas.

En las Cuevas ce Altamira (Santander) se han encontrado figuras de bisontes, jabalíes, un caballo salvaje y una cierva; los contornos son incisiones y las pinturas realizadas con materias colorantes naturales.

En el V y IV milenios (a. C). pueblos procedentes de! norte de África —o quizás del valle del Danubio— penetraron en España e introdujeron la cultura neolítica. Conocían la agricultura y la ganadería, mejoraron las armas de piedra y fabricaron vasijas de barro cocido.

La abundancia de cobre y estaño brindó características particulares a la cultura del bronce, cuyas muestras más importantes se han encontrado en las ruinas de la localidad de El Agar (Almería).

La utilización del hierro marca el comienzo de los tiempos históricos.

mapa de espana pre romana

Primeros pobladores históricos
Se afirma que, en los comienzos de los tiempos históricos, los más antiguos pobladores de España fueron los iberos —que penetraron por el sur— probables integrantes de un grupo racial de tipo mediterráneo-africano. Sin embargo, otros estudiosos sostienen que los primeros habitantes de esa época fueron los ligures, llegados a la península por el norte.

En la región sur de la península (Andalucía, parte de Murcia y Alicante) floreció una brillante civilización, la de los Tartesios, cuya antigüedad no puede precisarse pero que seguramente es muy remota. Su origen es incierto, aunque algunos historiadores creen que este pueblo pertenece a la familia de los iberos. Los tartesios formaron un gran imperio comercial que tuvo importantes relaciones con los mercaderes fenicios y griegos.

En el siglo VI (a. C.) penetraron en España los celtas, pueblo de origen indoeuropeo que procedía de las costas del mar del Norte. Luego de cruzar los Pirineos, los recién llegados ocuparon la parte noroeste de la península. Eran altos, rubios y vigorosos; llevaban armas y utensilios de hierro e introdujeron en España ese tipo de cultura.

Los celtas se dividieron a su vez en cuatro ramas: los lusitanos y los gallegos, que ocuparon el oeste de la península —en el sur y en el norte, respectivamente—, y los astures y los cántabros que se instalaron en la parte meridional sobre las costas del mar Cantábrico.

Los celtas se extendieron por toda la península, especialmente en la región occidental. Pero en la meseta la penetración fue contenida por los iberos, quienes se opusieron al avance de los invasores.

Se afirma que de ese contacto se produjo la fusión de las dos razas en una sola que se llamó de los celtíberos. En el siglo IV (a. C.) la zona central de España estaba ocupada por este nuevo pueblo, mientras que en el norte y en el sur seguían dominando los celtas e iberos, respectivamente.

Cultura
Si bien las manifestaciones artísticas de la España primitiva poseen caracteres propios, es indudable que fueron notablemente influidas por los colonizadores fenicios, griegos y cartagineses. Por tal causa, los pobladores de la región sudoriéntal muestran rasgos culturales muy distintos de los que poseen los habitantes del interior, que vivieron alejados de esas influencias.

Los fenicios estimularon la industria y el comercio; además, introdujeron objetos artísticos de oro, plata, marfil y vidrio, con marcados caracteres orientales.

Los griegos gravitaron enormemente en el aspecto cultural y artístico. Lo demuestran la acuñación de monedas y, sobre todo, la arquitectura y la escultura. Los españoles no se limitaron a copiar los modelos griegos, sino que asimilaron el arte helénico y supieron darle caracteres propios.

En la región sudoriental, de cultura más desarrollada y que recibió mayor Influencia griega, se han encontrado restos de numerosas poblaciones y santuarios construidos en lugares elevados así como también valiosas piezas escultóricas, entre las que se destacan: La Leona de Bocairente y la famosa Dama de Elche.

Leona de

Leona de Bocairente

la dama de elche

Dama de Elche: 
La dama de Elche, junto a la dama del Cerro de los Santos y la de Baza (las tres en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid) son tres excepcionales ejemplos de escultura ibérica. Es un busto de carácter funerario con influencias del arcaísmo griego y el arte púnico. Resalta la ornamentación de su tocado con dos rodetes a ambos lados del rostro. Se trata de un busto femenino en piedra caliza, descubierto en 1897 en La Alcudia (Elche). Ricamente alhajada, lleva una tiara ceñida con una diadema, dos grandes ruedas sobre las orejas para recoger el pelo y collares sobre el pecho. Algunos especialistas consideran que el orificio que presenta en la espalda corresponde a una urna cineraria.
Fuente Consultada:Historia I José Cosmelli Ibañez Editorial Troquel

 

España y el Oro Americano Carlos V y Felipe Oro de America Europa

España y el Oro Americano
Carlos V y Felipe de España

historia sobre el oro

Cabría pensar que hacia mediados del siglo XVI España tuvo que ser, con mucho, la nación más rica de Europa. Sin embargo, no lo fue.

La repercusión de esta incorporación inmensa y súbita a la riqueza monetaria fue sentida en el resto de Europa e incluso en el Extremo Oriente, pero en España no subsistieron beneficios duraderos de las hazañas espectaculares de los conquistadores y de los ríos de sangre que fluyeron de blancos e indios.

El oro entraba por un lado y desaparecía por otro, sin dejar rastro. ¿Cómo fueron los españoles capaces de desbaratar estas riquezas? ¿Por qué tan gran porción de los frutos de esa primera fiebre del oro acabó en manos de otros?.

Parte de las respuestas a estas preguntas radica en las peculiaridades del carácter de la España del siglo XVI.

Carlos V reinó junto con su madre en todos los reinos y territorios de España con el nombre de Carlos I (1516-1556)

Otra, y quizá mayor, fue resultado del entorno dinámico e incansable de la época, en donde la sociedad española estaba mal preparada para intervenir.  Una vez que el oro comenzó a llegar en cantidad, los españoles se mostraron mucho más activos en el gasto que en la producción. Las enormes importaciones de oro y de plata estimularon las inclinaciones al gasto al mismo tiempo que ahogaban el incentivo hispano para la producción.

España se comportó como un individuo pobre que gana una fortuna en la mesa de juego, pero llega a creer que el dinero es su destino y no un acontecimiento aislado. Y desde luego no volvió a repetirse: por copiosos que fueran durante el siglo XVI los envíos de oro a España, alcanzaron un punto máximo hacia la mitad del siglo y cayeron en picado a partir de 1610; los envíos de plata lograron su cenit hacia el ario 1600 e iniciaron un marcado declive a partir de 1630.

Durante el siglo XVI , cinco sextas partes de las mercancías salidas de España, sobre todo a las colonias, eran bienes cultivados o manufacturados en otros países. A finales de ese siglo, las Cortes declaraban:

«Cuanto más [oro] llega, menos tiene el reino […]. Aunque nuestros reinos deberían ser los más ricos del mundo […] son los más pobres, porque sirven sólo como puente para que [el oro y la plata] vayan a los reinos de nuestros enemigos.» Un observador español, Pedro de Valencia, escribió en 1608: «Tanta plata y tanto dinero …] han sido siempre un veneno fatal para las repúblicas y ciudades. Creen que las mantendrá el dinero y no es cierto; lo que proporciona sustento son los campos arados, los pastos y las pesquerías.» Otro se quejaba: «La agricultura abandonó el arado y se vistió de seda, ablandando sus manos encallecidas E…]. Los oficios adquirieron aire de nobleza y se lucieron por las calles.»

En vez de transformar el oro y la plata en nueva riqueza productiva, los españoles pagaron a otros países con los metales preciosos y gastaron tanto que las deudas a países extranjeros se incrementaron en gran medida. En fecha tan temprana como la década de 1550, una sentencia popular afirmaba que «España es las Indias de los extranjeros» porque harto buen dinero español era pagado a los foráneos a cambio de «puerilidades»: fruslerías como ajorcas, cristalería barata y naipes.

España había cometido un costoso error económico en 1492, el año de Colón, aunque la decisión produjo alegría y orgullo en el tiempo en que fue tomada. Tanto los judíos como los musulmanes fueron expulsados en 1492. Luego de su conversión al cristianismo, permanecieron algunos judíos, pero rápidamente se desintegró la vibrante comunidad intelectual que tan gran contribución habla hecho a España durante centenares de años. La mayoría de los españoles cristianos de la época eran campesinos o soldados, analfabetos y sin conocimiento alguno de la aritmética elemental. Los nobles se mostraban ociosos o se consagraban a la guerra.

Judíos y musulmanes, en contraste, eran instruidos, encabezaban e progreso científico y eran inmunes a las estrictas reglas cristianas contra la usura Fueron diestros administradores públicos y hombres de negocios. Los musulmanes, en particular, poseían una larga tradición en el comercio, la importación y la exportación. Con su partida, España perdió casi toda su clase comercian autóctona, que resultaba esencial en una época de dinámico desarrollo económico en toda Europa.

Cádiz y Sevilla, por el contrario, rebosaban de extranjeros: mercaderes y banqueros genoveses, prestamistas alemanes, fabricantes holandeses y suministradores de cualquier género de bienes, servicios y finanzas di toda Europa, incluso bretones y gentes de áreas tan lejanas como las costas dé mar del Norte. Casi todos los cuantiosos préstamos que recibió España durante el siglo XVI tuvieron financiados por extranjeros. La salida de judíos y musulmanes constituyó una pérdida en otro sentido.

En razón de su situación geográfica, España no se hallaba en la ruta que seguían comerciantes y viajeros para ir de un lugar a otro. La línea de países desde Francia hacia el este y la proyección de Italia y de Grecia hacia el Mediterráneo se encontraban en la encrucijada este-oeste de viajes y comercio a través de Europa. No había necesidad de cruzar España a no ser que se viniera de África y, aun así, la península no constituía la única posibilidad. Como resultado, el país tendió a quedarse más encerrado en sí mismo.

Sólo Sevilla, Barcelona y Bilbao mantenían conexiones significativas con el resto de Europa. El ambiente cosmopolita procedía de judíos y musulmanes, quienes durante siglos habían mantenido contactos con otros países. Su partida cortó el vínculo con el mundo exterior, dejando a España dependiente de forkeos leales a otras potencias.

Un estudio autorizado ha resumido la situación de España como una terrible paradoja:

El oro y la plata adquirían simplemente su rango internacional en España sin hallarse en modo alguno vinculados a la economía española…] Existían una abundancia de metales sin ninguna evolución productiva y un alza de los precios sin alteración monetaria. En suma, la España del siglo XVI se caracterizaba por una separación entre el dinero y las mercancías.

El gran despilfarro inspirado por el oro de España no radicó en el afán de lujo o en la pérdida de una complejidad comercial y financiera. Se centraba en los sueños de gloria de los monarcas españoles. El oro había estado siempre vinculado al poder.  Una vez que los reyes de España comprendieron cuánto les proporcionaría la nueva riqueza de los descubrimientos en las colonias americanas, se convencieron de que su fortuna era lo bastante grande pasa imponer al mundo su voluntad, especialmente en la candente cuestión del catolicismo frente al protestantismo.

Hacia mediados de ese siglo, la mitad de todos los negocios en España se llevaban a cabo por cuenta del rey. Carlos V, que ascendió al trono en 1516 tras la muerte de su abuelo Fernando, estaba resuelto a hacer de España la potencia dominante en Europa. Pero no le bastaba el poder de España. También deseaba seguir los pasos de su otro abuelo y convertirse en emperador del Sacro Imperio Romano. A ese puesto no se llegaba por vía hereditaria; sólo era posible convertirse en emperador a partir de la elección de un grupo de alemanes designados por el Papa, los electores. Francisco I de Francia poseía ambiciones idénticas. Estalló una intensa guerra de pujas por la compra de votos, en un ilimitado certamen de sobornos. Francisco se hallaba respaldado por los banqueros genoveses y Carlos por los Fugger, la gran familia de banqueros de Augsburgo.

El Oro de los Incas Tesoros Usurpados Por Los Españoles

El Oro de los Incas
Tesoros Usurpados En Su Conquista

historia sobre el oro

Antes de la llegada de los conquistadores españoles a Perú, así como a toda América central y del Sur, los incas constituían un potente imperio que puede colocarse entre los grandes edificadores de la historia universal.

En la época en que llegaron los conquistadores españoles, en la primera mitad del siglo XVI, los incas se encontraban divididos; el trono y el poder estaban siendo disputados por dos pretendientes: Huáscar y Atahualpa, que contaban con el apoyo de parte de la aristocracia.

Es en este momento cuando los españoles, conducidos por Francisco Pizarro, irrumpen en escena y comienzan sus campañas de conquistas en el año 1532.

En principio se enfrentaron a las fuerzas de Atahualpa, mucho más numerosas que las españolas, pero muy impresionadas por el armamento y en especial por los caballos y trabucos de éstas.

Los españoles lograron ganar la confianza de Atahualpa y atraerle a su campamento de Cajamarca, donde mataron a sus acompañantes y le hicieron pasionero, veamos como fue la historia…

LA HISTORIA DE LA CONQUISTA ESPAÑOLA: Pizarro entró en la ciudad capital el 15 de noviembre de 1532 y, en una breve entrevista con Atahualpa, éste les instó a que le devolvieran las tierras tomadas y aplazaran la entrevista para el día siguiente. Aquella noche los españoles se escondieron alrededor de la plaza.

Cuando al otro día llego el Inca con su escolta y se empezó a impacientar, cayeron sobre ellos sin previo aviso, ahuyentándoles y apresando a Atahualpa; al amanecer siguiente saquearon el campamento de la ciudad.

El clérigo que acompañaba a Pizarro corrió hacia donde se hallaba el conquistador y le previno: «Actúa al instante. Yo te absuelvo.»

Pizarro agitó un pañuelo blanco, tronó un cañón desde la fortaleza y sus hombres, algunos montados y otros a pie, se precipitaron hacia la plaza, lanzando su grito de batalla que invocaba a Santiago, patrón de España: «Santiago y a ellos!»

Los indios fueron presa del pánico. Sorprendidos por el estruendo de la artillería y los mosquetes, y cegados por la humareda sulfurosa, no ofrecieron resistencia cuando los españoles los arrollaron con sus caballos y los acuchillaron indefensos.

La matanza de los indios continuó durante largo tiempo hasta que cayeron miles de ellos.

Es discutible el número de  muertos, pero los prisioneros fueron incontables.

Algunos de los soldados de Pizarro deseaban ejecutar a los prisioneros o al menos incapacitarles, cortándoles las manos. Pizarro se negó y liberó a todos con la acepción de un pequeño número de ellos que quedaron para atender las necesidades de los españoles.

Por su parte, Atahualpa observaba atentamente a los españoles. Pronto descubrió que sentían un deseo aún más poderoso que el de convertirle al cristianismo: su amor al oro. Un día Atahualpa propuso un trato.

Si Pizarro le dejaba en libertad, el Inca dispondría que en el plazo de dos meses la estancia por él ocupada fuese colmada de oro hasta la altura donde alcanzara su mano; el oro procedería del palacio real, los templos y los edificios públicos.

La estancia tenía de 5 m. de ancho, 7 m. de largo y 3 m de alto. Ansioso de tantas riquezas, Pizarro aceptó la oferta. Cuando Atahualpa se puso de puntillas, trazaron una línea roja en el punto hasta donde llegó; un escribano redactó las cláusulas del acuerdo y Atahualpa despaché correos para la ejecución de la tarea.

Pizarro también envió a la capital, Cuzco, emisarios que hubieron de recorrer 900 Km. por un escarpado camino entre las montañas. Allí encontraron el gran templo del Sol cubierto de planchas de oro yen su interior momias reales, cada una sentada en un trono áureo.

Los españoles arrancaron de los muros del templo setecientas planchas del tamaño de la tapa de un cofre y un peso de algo más de dos kilos. Así constituyeron doscientas cargas de oro que serían trasladadas a Cajamarca sobre los hombros de los humillados indios. Esta fue simplemente una incursión preliminar; más tarde se llevaría a cabo una mayor y más rapaz expedición a Cuzco.

Mientras tanto llegaba oro de todo Perú, de los templos y palacios del Inca y de otros edificios públicos, para cumplir su pacto con Pizarro. El metal revestía muchas formas: copas, aguamaniles, bandejas, vasos de variedades múltiples, ornamentos y utensilios, baldosas y planchas, curiosas imitaciones de distintos animales y plantas y una fuente que alzaba un deslumbrante surtidor de oro.

Pizarro seleccionó una pequeña muestra de esos objetos para remitirlos al emperador, Carlos V nieto de Isabel. Éste había heredado de su madre, Juana la Loca, los reinos de España y era además emperador del Sacro Imperio Romano, cuyo trono ocupé su abuelo paterno. Sólo Napoleón y Hitler Hitler en la cumbre de su poderío gobernaron una superficie mayor de Europa.

Excepto la reducida muestra que Pizarro enviéó a España, ni una sola pieza de aquel tesoro de la estancia de Atahualpa ha sobrevivido en su forma original, pero resulta asombrosa la menguada cantidad de obras áureas peruanas que escapó de las manos de los españoles y ha llegado hasta nosotros.

Con tal facilidad se obtenía oro de gran pureza de los depósitos fluviales de Perú que muy pronto surgió la orfebrería. Hacia 500 a.C. se hacían ya diademas, pendientes, brazaletes y placas. Existen incluso objetos más antiguos con claras influencias chinas y vietnamitas, que sugieren que los marinos asiáticos cruzaban el Pacífico cuando los europeos apenas conseguían atravesar el Mediterráneo.

Bien es cierto que ignoramos si consiguieron regresar. Los peruanos de la época de la conquista recubrían con finos panes de oro vasijas y máscaras de gran variedad, complejidad y opulencia. Entre sus logros más espectaculares figuraron enormes copas de boca ancha con la forma de una efigie humana, difícil obra técnica con un efecto sorprendente en quien tas contemplaba.

Algunas de ellas muestran la cabeza en una posición invertida; se bebía así del cuello, indicio de que tales recipientes representaban quizá cabezas de enemigos derrotados. Quien las utilizaba bebía simbólicamente en el cráneo de un adversario, al igual que los lombardos.

Se ha encontrado una túnica de lana que contenía 30.000 minúsculas placas de pan de oro. En el otro extremo de la escala, los orfebres crearon planchas de oro con dibujos repujados y destinadas a cubrir las paredes, como las que los españoles arrancaron de los muros del templo de Cuzco.

A excepción de la pequeña muestra reservada a Carlos V, todo el tesoro acumulado en forma de ornamentos fue convertido en dinero. Un objeto tras otro desapareció en los crisoles para ser transformado en lingotes de un tamaño uniforme. Pizarro asigné esta tarea a los orfebres indios, los mismos hombres que habían creado esas maravillosas obras. La tarea duré un mes entero, pero produjo 1.326.539 pesos de oro, cuyo valor fue calculado por Prescott en 15 millones de dólares cuando escribió su libro, durante la década de 1840.

En dinero actual equivaldrían a 270 millones de dólares, que en cualquier circunstancia representarían una espléndida retribución por los esfuerzos acometidos. Mas esta cifra no puede revelar la repercusión de tal tesoro en las economías mucho más menguadas del siglo XVI.

El cálculo no incluye el trono en el cual el Inca hizo su tumultuosa llegada: 86 Kg. de oro de 16 quilates o el equivalente de la producción anual de las minas peruanas. Pizarro se reservé este botín. El tesoro que llenó la estancia de Atahualpa superaba el total de la producción anual en Europa en aquel momento o, dato todavía más impresionante, era comparable a veinte años de producción de las minas peruanas.

En contraste, vale la pena recordar que Justiniano empleó el doble de oro en Santa Sofía y que los tres millones de coronas del rescate de Juan II suponían más del doble de la masa de oro en la estancia de Atahualpa. ¡No es extraño que Justiniano creyera haber superado a Salomón y que los franceses se rebelaran ante los gravámenes que soportaron!.

Biografia de Vasco Nuñez de Balboa Descubrimiento del Oceano Pacifico

Biografía de Vasco Nuñez de Balboa Descubre el Océano Pacífico

historia sobre el oro

Un aventurero español, establecido en la región del actual Panamá, oye hablar a los indios de la existencia de un mar desconocido. Con el ánimo de lograr gloria y fortuna, en 1513 organiza una expedición que cruza el istmo centroamericano y llega finalmente al océano Pacífico.

Su personalidad está vinculada a la colonización del golfo de Darién y del istmo de Panamá, en cuyos parajes, en el transcurso de ocho años de vida frenética, fue soldado, alcalde mayor, jefe militar, adelantado del mar del Sur y gobernador de namá y Coiba, para acabar miserablemente sus días en el patíbulo.

Fue un adelantado, explorador, gobernante y conquistador español. Fue el primer europeo en divisar el océano Pacífico desde su costa oriental y el primer europeo en fundar una ciudad permanente en tierras continentales americanas. 

Vasco Nuñez de Balboa

Aventurero genial, organizador de temple y de bravura sin par, Balboa es una figura de la que irradia una irresistible simpatía, pese a su temperamento levantisco y ambicioso y a su dureza para los indígenas.

Conquistador español nacído en Jerez de los Caballeros, Badajoz, en 1475.

A los veintiséis años se alistó en la expedíción de Rodrigo de Bastidas y se estableció en La Española.

De esta isla pasó como polizón al continente, donde, con la aprobación real, fundó en 1510 Santa María la Antigua del Darién, que fue el primer poblamiento español permanente del continente.

Durante su administración interina en Darién supo por algunos indios de la existencia de un gran mar al sur.

Con el ánimo de llegar hasta él, Balboa partió con un grupo de indígenas y españoles el primer día de septiembre de 1513.

Luego de tres semanas, Balboa llegó al nuevo océano, que bautizó Mar del Sur.

El descubrimiento de Vasco Núñez Balboa despejó las dudas de que esas tierras eran un nuevo continente.

Fecha de nacimiento: 1475, Jerez de los Caballeros, España
Fallecimiento: 15 de enero de 1519, Acla
Ocupación: Militar y gobernante colonial
Cónyuge: María de Peñalosa (m. 1516–1519)
Padres: Álvaro Núñez de Balboa

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BIOGRAFIA DE VASCO NUÑEZ DE BALBOA:

Este personaje de la conquista española del Nuevo Mundo, nacido en 1475 en Extremadura, España, inició su carrera como polizón.

Primero marchó de España para instalarse en la isla La Española, de donde huiría por deudas, y en 1510, cuando Martín Fernández de Enciso preparaba una expedición al poblado de San Sebastián, en el golfo de Lirabá, costa oriental de la actual Panamá, Balboa se escondió en un barril a bordo.

Llevaba consigo a su perro mastín, Leoncico. Cuando la nave estaba en alta mar, Vasco se presentó ante la furia del capitán.

Pero fue perdonado, especialmente, porque ya había estado en esas tierras y su experiencia podría ser útil.

Al llegar a San Sebastián comprobaron que todos los colonos habían sido muertos tras un encuentro con los nativos. Uno de los pocos sobrevivientes era Francisco Pizarro, el futuro conquistador de Perú.

Balboa escondía un secreto sueño: quería llegar a la costa occidental porque había logrado informarse de que allí la tierra que supuestamente lo separaba del “otro mar» era escasa y angosta.

En 1511 partió con 100 hombres. En Careta trabó relación con los indios e incluso el cacique se convirtió al cristianismo y entregó a su joven hija a Balboa.

Siguió la avanzada por tierras cada vez más tropicales y complejas. Toparon con otra aldea donde el jefe los recibió amablemente, luciendo corona de oro, rodeado de sus hijos y los atendió con manjares y bebidas fermentadas.

Uno de los hijos del cacique advirtió la extraña mirada de los visitantes a todo lo que relucía y les regaló adornos de oro, lo que provocó la pérdida total de la compostura de los españoles que se trenzaron en furiosa pelea.

El cacique entonces —como ocurriría muchas otras veces— les señaló a lo lejos, lo más lejos posible, una tierra colmada de oro. Y les aseguró que detrás de las montañas, hacia el sur del istmo, yacía un inmenso mar quieto, donde desembocaban ríos de oro y sus playas estaban cubiertas de perlas.

Vasco Núñez de Balboa regresó a la base y se reorganizó. Reemprendió la búsqueda. Cruzó selvas intrincadas, espesura entramada, humedad permanente, tropezó con alimañas, insectos, pájaros gritones, todo siempre en la casi permanente oscuridad verde de la jungla tropical. Pero a medida que avanzaban la vegetación era menos densa.

Comenzaron a trepar. La tierra se elevaba y hacía más claro el día. Cuando Vasco vio la cima de la montaña, ordenó que sus 66 hombres lo esperaran. Subió solo. Allí arriba finalmente, con sus ojos desmesurados, la boca entreabierta y las manos crispadas, divisó el Mar del Sur.

Quieto. Inmenso. Infinito. Era septiembre de 1513. Había llegado a lo que luego Magallanes llamada con más precisión Océano Pacífico.

Vasco había escuchado por primera vez el nombre de un mágico imperio, llamado Pirá. Encontrarían las islas de las perlas.

Esta hazaña rindió una fortuna para el contingente que naturalmente repartió Balboa, separando la parte de la Corona y luego la del capitán y finalmente, la de los miembros de la delegación, por panes iguales, aunque una parte fue para Leoncico, el perro más rico del Nuevo Mundo, cuyos caninos bienes administraría el propio Núñez de Balboa.

La aventura de Balboa terminada con acusaciones de traición, crímenes contra los indios y conspiración contra la Corona.

El 15 de enero de 1517 Vasco Núñez de Balboa fue decapitado en la plaza pública. Cuando su cabeza comenzó a rodar, sus ojos permanecieron abiertos, enormes, desmesurados, incrédulos, angustiados. Otra vez estaban viendo el infinito.

EL FIN DE BALBOA: Dos días más tarde (de descubrir el océano) , Balboa penetró en el Pacífico con la espada desenvainada y reivindicó para el rey de España «el gran Mar del Sur con todo que contiene». Luego, fijando la medida de crueldad con los indios que emularían muchos otros españoles, Nuñez de Balboa y sus hombres saquearon sin piedad el copioso tesoro de objetos de oro que encontraron en las aldeas indígenas de la zona.

A todas luces carecían de significado para ellos la elegancia la complejidad deslumbrante de esos objetos semi-abstractos. Se mostraron mucho más fascinados por los rastros de mineral áureo que descubrieron en las costas arenosas del mar.

Este deslumbrante acontecimiento no resolvió las dificultades de Balboa quien parece haberse hallado en constantes apuros frente a las autoridades.

Poco tiempo después del descubrimiento del Pacífico y cuando hacía planes para navegar hacia el sur por su mar recién descubierto, camino de Perú y en busca de más oro, el gobernador de Darién le acusó de traición y ordenó que lo decapitasen.

Este gobernador que había sido enviado por el rey de España con 1.500 hombres tras conocer la espléndida noticia del descubrimiento de Balboa, era en realidad el suegro de éste. El ejecutor designado para la tarea por el gobernador fue nada menos que Francisco Pizarro.

El Gran Pago del Rescate del Delfin de Francia Juan II Rey Francés

El Gran Pago del Rescate del Delfín de Francia

historia sobre el oro

El delfín, hijo de Juan el Bueno (y también duque de Normandía) traicionó a su padre. En abril de 1356 celebró en su castillo de Rouen una cena en honor de su primo y vecino Carlos el Malo, rey de Navarra, confiando en organizar una conspiración para conseguir el trono de Francia.

Carlos era tan malvado que cualquiera comparado con él, como el propio Juan II, habría sido calificado de bueno.

Previamente enterado de la reunión entre Carlos y el delfín, Juan II irrumpió allí armado hasta los dientes. Ordenó la muerte de los partidarios de Carlos, encarceló a éste y confiscó sus propiedades normandas.

El hermano de Carlos el Malo y los seguidores que habían sobrevivido solicitaron ayuda inglesa para recobrar sus posesiones.

Los ingleses respondieron sin demora y bajo el mando del duque de Lancaster desembarcaron en Cherburgo y penetraron tierra adentro y secuestraron a Juan II.

Así el rey de Francia se convirtió en prisionero de guerra.

El monarca no fue en modo alguno la única persona distinguida capturada aquel día. En la lista figuraban los más altos jefes militares franceses y más de 2.000 miembros de la nobleza.

Siete meses después de la batalla, el Príncipe Negro condujo al rey francés a Inglaterra y le acomodó por todo lo alto en el palacio de Savoy hasta percibir el rescate. ¿Pero cuál sería su cuantía?.

Cuando los franceses rechazaron una oferta preliminar en 1358, los ingleses respondieron elevando sus exigencias. Mientras tanto se agotaba el tiempo.

En marzo de 1359, cuando sólo quedaban seis meses para que concluyese la tregua negociada en Poitiers, Juan II firmó el tratado de Londres.

Su desesperación se tornó evidente en las condiciones que aceptó: a cambio de abandonar la cautividad, había de entregar Francia desde Calais hasta los Pirineos, amén de pagar un rescate de cuatro millones de ecus de oro (coronas de oro, el equivalente demás de 600.000 libras).

El pago del rescate estaría garantizado por la entrega de cuarenta rehenes nobles y reales.

Si los franceses impedían de cualquier modo la ejecución de ese tratado, Eduardo tendría derecho a volver a enviar sus ejércitos a Francia, a expensas del rey francés.

Eduardo sabía lo que hacia cargando el peso económico sobre el enemigo, porque sus guerras en Francia resultaban altamente costosas.

Sólo en un año obtuvo doscientos mil florines de oro de sus banqueros italianos (no cumplió luego las condiciones del préstamo).

Cuando el delfín, que actuaba como regente en ausencia de su padre, recibió noticia de su capitulación total, convocó a los Estados Generales para que le ayudasen a tomar la dificilísima decisión de elegir entre la paz y la reanudación de la guerra.

La respuesta fue inmediata y unánime: el tratado era inaceptable y habìa que declarar la guerra a Inglaterra.

Los ingleses pronto acometieron otra prolongada campaña en Francia septentrional, pero esta vez los franceses rehuyeron la batalla campal y recurrieron a la estrategia de tierra quemada.

El 13 de abril, cuando el diezmado y ya harapiento ejército inglés acampó cerca de Chartres, cayó un granizo extraordinariamente intenso, acompañado por vientos huracanados y chubascos de agua gélida.

Según Tuchman, «en media hora el ejército de Eduardo sufrió una acometida que no hubieran podido infligirle manos humanas y que difícilmente podía ser considerada algo distinto de una advertencia celestial».

Es raro el jefe militar que en algún momento no haya atendido a los mensajes de fuentes sobrenaturales. Eduardo III, por duro que friese en muchos otros aspectos, resolvió en este punto que la discreción constituía la mejor parte del valor En cualquier caso, retenía un considerable poder negociador porque Juan II seguía siendo su prisionero.

Aceptó reanudar las negociaciones, que concluyeron por fin el 8 de mayo de 1360 en la cercana localidad de Brétigny. El rescate de Juan quedó reducido a tres millones de coronas de oro. También menguaron las concesiones territoriales, pero todavía representaban cerca de una tercera parte de Francia.

El tratado señalaba de forma explicita que los cuarenta rehenes serían retenidos como medida de seguridad del pago del rescate. En las estipulaciones se incluyeron a dos de los hijos menores del rey, a su hermano, al cuñado del delfin ya nueve grandes condes.

Los ingleses aceptaron que Juan pasara de Londres a Calais tras el paco del primer plazo del rescate constituido por 600.000 coronas de oro.

En ese punto quedarían también en libertad diez de los nobles prisioneros, pero habían de ser reemplazados por cuarenta miembros adinerados del Tercer Estamento, la burguesía; como Willie Sutton, Eduardo III sabía muy bien dónde estaba el dinero. El resto del rescate de Juan II tendría que ser abonado en seis plazos trimestrales de 400.000 coronas. El pago de cada plazo determinaría la liberación de una quinta parte de los rehenes.

En cualquier circunstancia, ese rescate habría representado una carga terrible para los franceses, pero resultaba especialmente gravoso tras las depredaciones de la Peste Negra y los estragos y destrucciones de la guerra.

La situación fue tan difícil en un determinado momento que los franceses invitaron a regresar a los judíos, a quienes habían expulsado en 1306, ofreciéndoles residencia durante veinte años mediante la entrega de veinte florines por cada individuo que volviera y siete florines anuales a partir de entonces»

El propio Juan contribuyó con la espléndida dote obtenida por casar a su hija de once años con el rico tirano de Milán, Galeazzo Visconti. El cronista Matteo Villani describió la unión como «subasta de la propia carne del rey». El primer plazo del rescate fue abonado en octubre de 1360. Eduardo se reunió entonces con Juan en Calais y los dos monarcas juraron mantener una paz perpetua.

Después de cuatro años de cautividad, el rey de Francia era al fin un hombre libre. Difícilmente cabría considerar la ocasión como jubilosa. Juan II retornaba a un país que Petrarca, por entonces embajador de los Visconti, describió como «un montón de ruinas. ..» Por doquier reinan el vacío, la desolación y la miseria»: Tampoco fue éste el final de la historia de los pagos del rescate de Juan II.

Algunos rehenes murieron en Inglaterra a causa de la peste, que seguía reapareciendo periódicamente. Otros miembros del grupo trataron de utilizar sus propios recursos para comprar su libertad. Los pagos del rescate pronto sufrieron retrasos.

En 1563, convencido de que su honor estaba en entredicho, Juan cruzó el canal de la Mancha una semana después de Navidad y se impuso la cautividad en Londres, desoyendo los apremios de su Consejo, sus prelados y barones. Fue recibido por los ingleses con gran ceremonia y fasto, pero enseguida cayó enfermo y murió en abril de 1564.

Sólo tenía cuarenta y cinco años. Aún restaba por pagar de su rescate un millón de coronas de oro. En definitiva se abonó menos de la mitad del rescate, pero incluso 1,5 millones de coronas de oro constituían una cantidad colosal de dinero.

Equivalían a todo un año de jornales de unos seis braceros, a trescientas mil ovejas, a unos seis millones de linos de cerveza o a más de cuatro veces el total de los impuestos de capitación que casi veinte años después provocarían una violenta rebelión?.

Crisografia Escribir con Oro Técnica

Crisografía Escribir con Oro

historia sobre el oro

Los europeos imitaron a los bizantinos en el uso delicado de este metal (oro) , conocido como crisografia , en donde una pequeña cantidad de oro en polvo queda suspendida en la clara del huevo o goma.

De esta forma , el metal entonces aplicado a la ilustración de libros como caligrafía, que los europeos desarrollaron hasta constituir un arte de belleza excepcional. La propia técnica había llegado en el siglo II d.C., a través de Egipto y Grecia, para satisfacer la manda romana de artículos de lujo, pero fue Carlomagno quien apoyé el que tomé cuerno en los manuscritos iluminados.

escritura con oro

Carlomagno insistió en que los libros elaborados durante su reinado tuviesen una mejor calidad y asignó la responsabilidad principal de ello a un eclesiástico inglés,Alcuino de York. Los mas famosos entre los volúmenes logrados la supervisión de Alcuino fueron dos evangeliarios: el de Godescalc, escrito para Carlomagno en 783, y el de Saint-Méthard, ambos conservados ahora la Biblioteca Nacional de París.

Los libros de Saint-Méthard guardan toda caligrafía en oro y están ilustrados con miniaturas en oro y plata sobre fondo púrpura. Las letras están diseñadas con gran cuidado, en buena parte adap de la escritura romana de la época de Virgilio, con un trazado peculiar e invariable.

La letra cursiva que hoy se enseña en la escuela es descendiente directo de las letras doradas de Alcuino, con mil doscientos años de antigüedad. hoy escribimos con más rapidez; mediante la crisografía, la ejecución de sola inicial requería más de un día, lo que convirtió esta actividad en una de plena dedicación para los monjes encargados de realizarla.

El Oro Propiedades Caracteristica Historia del Hombre y el Oro

El Oro: Propiedades y Característica

historia sobre el oro

El Oro ha constituido una de las grandes fuerzas propulsoras de las grandes empresas militares. Ha sido brújula y estrella polar para muchos descubridores y exploradores.

Y ha servido, también, como fuerza impulsora en los estudios e investigaciones de la Química, pues nada estimuló tanto la industria química de los alquimistas de la Edad Media como la esperanza de descubrir la piedra filosofal que, según ellos, había de convertir en oro todos los metales.

Aunque no encontraron la piedra filosofal, hicieron importantes y numerosos descubrimientos.

Respecto a sus propiedades, como el platino, el oro es inatacable por los ácidos simples, excepto por el ácido selénico, y sólo es atacado por la mezcla de ácidos nítrico y clorhídrico, y algunas otras mezclas que desprenden cloro, iodo o bromo. Se presenta en forma de un metal más blando que la plata, casi tanto como el plomo; pero si se encuentra aleado con una pequeña cantidad de plomo, cadmio o plata, se vuelve agrio y quebradizo. Su punto de fusión es 1.063 ºC.

Es muy maleable y muy dúctil; puede batirse en hojas que sólo tengan un espesor menor que una cienmilésima de milímetro, y medio decigramo de oro puede estirarse en forma de un alambre que tenga 150 metros de longitud. Su maleabilidad y ductilidad lo han hecho muy adecuado para trabajos finos de ornamentación, así que en épocas de fausto y de pompa no ha faltado nunca el empleo de tejidos de oro.

En 1875, el economista británico Stanley Jevons observó que los 20 millones de libras esterlinas de las transacciones que pasaban cada día por la Cámara de Compensación Bancaria de Londres pesarían unas 157 toneladas si fueran pagadas en monedas de oro «y se necesitarían ochenta caballos para transportarlas». La densidad del oro supone la posibilidad de utilizar cantidades muy pequeñas para monedas de gran cuantía. El oro es casi tan blando como la masilla.

El del cristal veneciano era reducido a un grosor de 0,0000125 cm. tras un proceso conocido como sobredorado. El rey Ptolomeo II de Egipto (285-246 a.C.) ordenó que un oso polar de su zoo encabezara un desfile festivo, seguido de un grupo de hombres portadores de un falo bañado de oro y de 55 m. de altura.

Usted podría estirar una onza de oro (28,4 g) hasta convertirla en un alambre de 80 Km. de longitud o, silo prefiere, batirla para que se transformara en un pan de oro de 9,3 m2. A diferencia de cualquier otro elemento de la Tierra, perdura casi todo el oro extraído, ahora en gran parte en museos, embelleciendo estatuas de antiguos dioses y sus ornamentos o en exposiciones numismáticas; resta una porción en las páginas iluminadas de manuscritos, otra en relucientes lingotes sumidos en los sótanos oscuros de los bancos centrales y bastante en dedos, orejas y dientes.

Hay un residuo que permanece callado en los barcos hundidos en el fondo del mar. Si se formase con todo ese oro un cubo macizo, sería equiparable a cualquiera de los grandes petroleros de hoy en día; su peso total sería de unas 125.000 toneladas, lo que significa un volumen inapreciable si se compara con el acero producido por Estados Unidos en pocas horas; el conjunto de esas empresas posee una capacidad de 120 millones de toneladas anuales.

La tonelada de acero cuesta 550 dólares —2 centavos la onza—, pero esas 125.000 t de oro valdrían un billón de dólares a los precios actuales. ¿No es extraño?. Con acero podemos construir edificios de oficinas, barcos, coches, contenedores y máquinas de todos los tipos; con oro no es posible construir nada. Sin embargo es al oro al que llamamos metal precioso. Nos sobrecoge el oro y bostezamos ante el acero.

Cuando todo el acero se halle enmohecido y podrido y mucho tiempo después de eso, el gran cubo de oro permanecerá idéntico. El oro goza de esa clase de longevidad con la que todos soñamos. Su resistencia tenaz a la oxidación, su anómala densidad y su maleabilidad inmediata, esos atributos naturales y simples, explican todo lo que hay tras el romance del oro (incluso la elección de la palabra inglesa gold no es caprichosa; procede de gelo, en el inglés antiguo, y ese término significaba «amarillo»).

En joyería fina se denomina oro alto o de 18k aquél que tiene 18 partes de oro por 6 de otro metal o metales (75% en oro), oro medio o de 14k al que tiene 14 partes de oro por 10 de otros metales (58,33% en oro) y oro bajo o de 10k al que tiene 10 partes de oro por 14 de otros metales (41,67% en oro). El oro de 24k es muy brillante, pero es caro y poco resistente; el oro alto es el de más amplio uso en joyería, ya que es menos caro que el oro puro o de 24k y más resistente, y el oro medio es el más simple en joyería.

Debido a su buena conductividad eléctrica y resistencia a la corrosión, así como una buena combinación de propiedades químicas y físicas, se comenzó a emplear a finales del siglo XX como metal en la industria. En joyería se utilizan diferentes aleaciones para obtener diferentes colores, a saber:

Oro amarillo = 1000 g de oro amarillo tienen 750 g de oro, 125 g de plata y 125 g de cobre.
Oro rojo = 1000 g de oro rojo contienen 750 g de oro y 250 g de cobre.
Oro rosa = 1000 g de oro rosa contienen 750 g de oro, 50 g de plata y 200 g de cobre.
Oro blanco = 1000 g de oro blanco tienen 750 g de oro y 160 g de paladio y 90 g de plata.
Oro gris = 1000 g de oro gris tienen 750 g de oro, alrededor de 150 g de níquel y 100 g de cobre.
Oro verde = 1000 g de oro verde contienen 750 g de oro y 250 g de plata.

HISTORIA DEL HOMBRE Y EL ORO: Los reyes de Asiría vestían túnicas entretejidas de oro; las momias de Egipto aparecen, en ocasiones, doradas con el precioso metal; Darío, rey de Persia, usaba un manto que tenía dos halcones bordados en oro. Aun hoy mismo, las vestiduras sacerdotales y los trajes de gala del ejército y de la armada se encuentran galoneados y adornados con oro. Cuando en el s. V a.C. Píndaro describió el oro como «hijo de Zeus, al que no devoran ni la polilla ni la herrumbre, pero cuya suprema posesión devora la mente del hombre», expresó en pocas palabras toda su historia.

John Stuart Mill parafraseó espléndidamente estos versos en 1848: «Puedes tocar sin temor el oro / pero si se adhiere a tus manos, te herirá presto.» El oro constituye desde luego un cúmulo de contradicciones. Los hombres creen que representa un refugio hasta que, de tanto tomarlo en serio, se convierte en una maldición.

Quizás desde la primera vez que el hombre primitivo vio unos granos dorados brillar en el lecho de un río, se sintió atraído de inmediato por ellos dando inicio a lo que sería la base de las jerarquías: la importancia de los tesoros que posee. Hoy en día, la complejidad del mundo moderno ha llevado a los pueblos a juzgar la salud de su economía según la cantidad del metal que guardan en reserva.

Los pueblos y las personas han luchado a lo largo de la historia por apropiarse del oro de sus vecinos. Los conquistadores españoles, bajo un disfraz ideológico, estaban totalmente obsesionados con la idea de apropiarse de los tesoros dé oro que poseían los incas o los aztecas. Y cuando la flota de corsarios ingleses obtuvo el respaldo de sus soberanos para atacar a los galeones españoles, lo hizo con la ¡dea de apropiarse de los cargamentos de oro que llevaban a las tierras españolas después de haber saqueado a los pueblos americanos. Nadie ha olvidado estas batallas navales, especialmente los buzos modernos, algunos de los cuales dedican su vida a rescatar restos de naufragios del fondo del mar. Es raro que los motive la arqueología submarina; lo que buscan es el oro que se llevaron los navios.

Parece que el ser humano nunca ha cesado de ser un cazador de oro. Utilizando los medios industriales más modernos o las técnica artesanales más rudimentarias, busca el metal. Animado por el sueño de un filón milagroso, o por el fantasma de una pepita grande como una roca, excava el suelo con la firmeza de una termita horadando una pared.

Las naciones lo han buscado por toda la Tierra con el fin de dominar a otras, pero al cabo descubrieron que el oro controlaba su propio destino. Al final del arco iris el oro constituye la felicidad suprema, pero emerge del infierno cuando se encuentra en e fondo de la mina.

Ha colaborado con algunos de los más grandes logros de la humanidad, pero también suscitado algunos de sus peores crímenes. Cuando lo empleamos para simbolizar la eternidad, eleva a las personas a la dignidad suprema, la realeza, la religión, la ceremonia. Sin embargo, el oro, vida perdurable, impulsa a los hombres hacia la muerte. Su más misteriosa incongruencia radica en sí mismo. Es tan maleable que puede adoptar prácticamente cualquier forma; incluso los pueblos menos refinados son capaces de crear con él bellos objetos.

Más aún, es imperecedero. Cabe convertir el mineral de hierro, la leche de vaca, la arena e incluso los puntos luminosos de un ordenador en algo tan diferente de su estado originario que los vuelva irreconocibles. No sucede así con el oro. Cada trozo de este metal refleja las mismas cualidades: el de los pendientes, el aplicado al halo de un fresco, el de la cúpula de la Cámara Legislativa de Massachusetts, el salpicado en los cascos del equipo de fútbol americano de Notre Dame y el de los lingotes guardados en la «hucha» oficial de Estados Unidos en Fort Knox.

El oro se encuentra en pepitas en los depósitos aluviales de los ríos o en filones que la erosión se ha encargado de descubrir. Los depósitos son fáciles de explotar con pocos recursos técnicos, aunque contienen poca cantidad de oro. La explotación de los filones es más problemática, requiere de una maquinaria poderosa que permita extraer y moler el mineral, y de complicados procesos para obtener el metal puro.

La producción de oro fue modesta hasta el siglo XVIII, cuando se descubrieron grandes depósitos en Brasil y Rusia que aceleraron la búsqueda del metal en el mundo. En el siglo XIX se iniciaron las explotaciones de ios grandes depósitos descubiertos sucesivamente en California, Australia, Su-dáfrica y Canadá, expandiendo la extracción, que cayó una vez que se agotaron los depósitos. Tres cuartas partes del oro obtenido en el mundo desde la anti güedad han sido producidas durante los últimos 50 años.

Antes de 1940, Sudáfrica y la URSS dominaban la producción, aunque existían otros tres productores importantes: Canadá, Estados Unidos y Australia, y otros medianos productores como: Chana, Rodesia, el Congo Belga (Zaire), México, Colombia, Japón y las Filipinas. Hoy en día, la situación es más simple. Sudáfrica produce 4/5 partes del total de los países occidentales. Los Estados Unidos y Canadá son ahora medianos productores, y se ha reducido el número de los otros países. Ghana es el único país que ha aumentado su producción, y para la Unión Soviética no existen estadísticas confiables.

El ser humano, claramente preocupado por la reacción de los dioses por su forma de vida en la Tierra, no ha negado parte de sus tesoros a los dioses que adora. Los practicantes de todas las religiones, en cuanto poseen un poco de oro, han ofrecido una parte a su amo celestial. Templos cubiertos de hojas de oro, iconos dorados o cruces de oro puro son testigos por doquier de los deseos de piedad del hombre, donde muestra el deseo de adorar a su Dios con el metal más preciado.

Tal vez el humano sea culpable, pero un vistazo más de cerca nos dice que el hombre no se atreve a protestar. A pesar de todos los siglos de rezos y advertencias que han debido purificar todas las almas, Fort Knox y la magia de la imagen del oro continúan con su fascinación.

Pese a las complicadas obsesiones que ha generado, el oro es en su esencia maravillosamente simple. Su símbolo químico (Au) procede de aurora. Sin embargo, pese a esta fascinante evocación de un cambio, el oro es químicamente inerte, lo que explica, entre otras cosas, que su brillo sea perpetuo. En un museo de El Cairo se exhibe un puente dental hecho de oro de casi 4.500 años de antigüedad: cualquier persona podría utilizarlo en la actualidad. El oro es extremadamente denso. Un volumen de 0,028 m3 pesa media tonelada.

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