Formación de España

Gobierno de Azaña Manuel Reformas Agraria y Militar

Gobierno de Azaña Manuel Reformas y Biografia

Manuel Azaña (1880-1940) fue un escritor y político español fue ministro de la Guerra en el gobierno provisional presidido por Niceto Alcalá Zamora tras el advenimiento de la II República, en abril de 1931.

Después de la dimisión de éste, en octubre de ese año pasó a encabezar su primer gobierno. En 1933 dimitió como jefe del gabinete.

Principal dirigente de la coalición política del Frente Popular, formó de nuevo gobierno en febrero de 1936 y resultó elegido por las Cortes presidente de la República tres meses después.

El estallido de la Guerra Civil en julio de ese año vació su cargo de contenido.

En febrero de 1939 presentó su dimisión después de que, días antes, se refugiara en Francia ante el avance decidido de los ejércitos franquistas.

Biografia de Azaña Manuel Presidente España en la Guerra Civil
Manuel Azaña presidía la II República de España durante la Guerra Civil que tuvo lugar entre 1936 y 1939. Tropas sublevadas procedentes de África al mando del general Franco penetran en la Península, y el gobierno republicano repliega sus fuerzas para defender la continuidad de la II República. La Guerra Civil española estalla en julio de 1936.

Nacido en Alcalá de Henares en 1880, Manuel Azaña fue uno de los políticos más destacados de la etapa republicana española. Doctorado en derecho por la Universidad de Zaragoza, Azaña fundó el partido Acción Republicana en 1925.

Sus dotes políticas y su carácter dialogante lo llevaron a la presidencia del gobierno en 1931 y en febrero de 1936 y en mayo de ese año a la presidencia de la República, poco antes del estallido de la Guerra Civil.

Con él dió comienzo el bienio denominado «republicano-socialista», «reformista» o «social-azañista», en el que, a partir de la nueva Constitución, se intentaron reformar las estructuras de un estado que arrastraba graves deficiencias que hacían imposible su incorporación al mundo del siglo XX surgido de las recientes convulsiones internacionales.

Defensor de la democracia: Tras asumir la presidencia, Manuel Azaña trató de apaciguar el clima de violencia que vivía el país.

Pero, a pesar de esto, no pudo evitar el alzamiento encabezado por el general Francisco
Franco, quien representaba a los sectores más conservadores del país.

El presidente Manuel Azaña defendió la República identificándola con la democracia.

Ante el avance de las tropas sublevadas, Azaña trasladó la sede del gobierno de Madrid a Valencia y más tarde a Barcelona.

El triunfo de los sublevados en 1939 lo obligó a exiliarse a Francia, donde dimitió el cargo.

Murió en Montauban al año siguiente.

Su gobierno elaboró un amplio programa de reformas.

1) Reformas militares. La república heredó unas fuerzas armadas entroncadas con la monarquía y sobrecargadas de oficiales, jefes y generales y, en gran parte, hostiles al nuevo régimen.

Azaña ofreció a los militares la posibilidad de abandonar el servicio, pero sin dejar de percibir los ingresos correspondientes a su grado, las dieciséis divisiones orgánicas fueron convertidas en ocho, se eliminaron los empleos de teniente general y capitán general, la justicia militar quedó circunscrita a los delitos de índole castrense y fue suprimida la Academia General Militar, en Zaragoza.

Por otra parte, la situación en el seno del ejército estaba dividida entre la Unión Militar Española (UME), antimonárquica y con tendencias totalitarias, y la Unión Militar Republicana Antifascista (UMRA), de orientación democrática.

2) Los nacionalismos. La proclamación de la república dio paso a una
situación política proclive a dar respuesta a las aspiraciones autonomistas de las regiones, pues la Constitución reconocía esa posibilidad.

En Cataluña había triunfado la Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) y el 18 de abril de 1931 quedó constituida la Generalitat como nuevo gobierno autónomo.

El estatuto de autonomía fue aprobado en plebiscito el 3 de agosto, pero la línea federalista que mostraba encontró la oposición del gobierno del estado.

El fallido golpe de estado del general Sanjurjo, en agosto de 1932, aceleró los debates y el 9 de septiembre el estatuto fue aprobado en las Cortes.

También en el País Vasco y Navarra existía un profundo deseo autonomista.

En septiembre de 1931 se presentó un proyecto de estatuto, fruto del trabajo conjunto de nacionalistas y tradicionalistas.

El Partido Nacionalista Vasco (PNV) mostró su disposición al diálogo con las fuerzas que apoyaban al gobierno y su apoyo al régimen de libertades, pero el tradicionalismo se oponía a la república y a la democracia.

La actitud de los carlistas paralizó la posibilidad de conseguir un estatuto de autonomía, cuya aprobación no se produjo hasta 1936.

3) Reforma agraria y legislación social. Cambiar las estructuras socioeconómicas del medio agrario era fundamental en un país donde casi la mitad de la población desarrollaba sus actividades diarias en este ámbito.

Los grandes terratenientes querían seguir manteniendo su control sobre la sociedad rural, pero los campesinos querían tomar la tierra.

Un pequeño grupo de propietarios era dueño de enormes extensiones y en los latifundios masas de jornaleros sin tierra y yunteros reclamaban el reparto del campo, mientras que en los minifundios los dueños de minúsculas parcelas estaban en una situación económica no muy distinta de la del jornalero.

El 15 de abril de 1931 el gobierno provisional reconoció la función social de la propiedad privada y dictó normas referidas a la prórroga de los contratos de arrendamiento, prohibición de mantener tierras sir cultivar y a la jornada laboral en las faenas del campo, entre otras.

La reforma agraria fue objeto de numerosos debates dentro y fuera del gobierno y varios proyectos a ley sufrieron el rechazo de las Corte, hasta que el 9 de septiembre de 1932 quedó aprobada la ley de Bases de la Reforma Agraria, cuya aplicación quedó encomendada al Instituto de Reforma Agraria (IRA).

Biografia de Juan Jose de Austria Vida y Obra Politica

Biografia de Juan Jose de Austria-Vida y Obra Politica

Juan José de Austria (1629-1679), político y general español, hijo natural de Felipe IV. Conocido en su época como don Juan, el nombre de Juan José procede seguramente de una obra apologética, escrita por su colaborador Francisco Fabro Bremundán.

La persona de Juan José de Austria, vinculada a los hechos más dolorosos de la decadencia del poder español en Europa, fue por unos años centro de las esperanzas mesiánicas de quienes confiaban en él para salvar a la monarquía del desastre que la amenazaba.

Biografia de Juan Jose de Austria
Muerto Felipe IV, aglutinó la oposición de la alta nobleza frente a la política de la reina regente, Mariana de Austria, y sus favoritos Juan Everardo Nithard y Fernando de Valenzuela. En 1677, marchó con un ejército sobre Madrid e hizo que su hermanastro, Carlos II, le nombrara primer ministro, cargo desde el que inició importantes reformas que no pudo culminar por su temprana muerte.

Como representante de este sentimiento enfermizo del pueblo que ha perdido el Norte de su rumbo, el infante gozó de una popularidad que realmente no merecía ni por sus cualidades ni por su talento.

Pero ante la descomposición del Estado, ante la perspectiva de una larga regencia y de la privanza de un extranjero, los españoles no hallaron otro recurso que acogerse a las posibilidades que les podía brindar el hijo natural de Felipe IV y la Calderona.

Decir que Juan José de Austria no respondió a las citadas esperanzas es referirse a una observación histórica objetiva.

¿Pero quién era capaz entonces de rehabilitar la fortuna de las armas de España frente a los poderosos ejércitos de Luis XIV, apoyándose en un país empobrecido y arruinado por dos siglos de guerras en Europa y de colonización en América?.

Fruto de una de esas aventuras amorosas a que se entregó con harta frecuencia Felipe IV, Juan José nació en Madrid el 7 de abril de 1629 de la famosa actriz María Calderón.

A poco de venir al mundo, su madre se retiró a un convento.

El niño recibió una buena educación, y pese a las dudas que existían sobre su filiación, fue reconocido por Felipe IV en 1642 y beneficiado con el priorato de San Juan en Consuegra.

Recordando en la corte el nombre de don Juan de Austria, el famoso hijo natural de Carlos V, se le invistió muy pronto con misiones de gran confianza.

En 1647, a los dieciocho años de edad, fue enviado a Nápoles para so-
focar la insurrección de Tomás Aniello, lo que logró con el auxilio de buenos generales.

Desempeñó el cargo de virrey de Nápoles de 1648 a 1651, en cuya fecha regresó a España para participar en los últimos hechos de armas de la guerra de Cataluña.

Asistió al sitio y rendición de Barcelona (1651-1652) y combatió con éxito contra los franceses en Gerona.

Estas acciones, en que desempeñó el papel de pacificador, y sus modales simpáticos y agradables, le dieron una popularidad merecida.

En 1656 la corte le nombró gobernador de los Países Bajos, cargo de suma responsabilidad a causa de la guerra que dirimían Francia y España.

En el transcurso del mismo año, obtuvo al lado de Conde la victoria de Valenciennes, en cuya acción demostró innegable arrojo.

Pero dos años más tarde, Turena le derrotaba por completo en la batalla de las Dunas (14 de junio de 1658), triste preliminar de la paz de los Pirineos (1659).

Pese al fracaso de las Dunas, la corte de Felipe IV no había perdido la confianza en Juan José de Austria.

En 1661 se le confió el mando del ejército que operaba en Extremadura contra Portugal.

Al iniciarse la campaña obtuvo éxitos apreciables; pero la ofensiva no progresó debido a su indolencia.

En 1663 era derrotado en Ameixial, de modo muy grave para la causa de España. Este revés fue aprovechado por el partido de la reina Mariana de Austria para perderle.

Desposeído del mando del ejército, se retiró a Consuegra. Aquí se hallaba cuando murió Felipe IV (1665).

Desde este momento se convirtió en jefe del partido de la oposición contra el gobierno del padre Nithard privado de la regente Mariana de Austria.

Aprovechando los descalabros sufridos por España en la guerra de Devolución, redobló sus ataques contra Nithard, hasta el punto que éste decidió poner coto a sus demasías.

Pero don Juan huyó de Consuegra, se refugió en Barcelona, y desde aquí emprendió una verdadera marcha militar sobre Madrid (1669).

El pueblo le aclamaba como salvador de España. Pero a don Juan le faltó decisión y valor; se satisfizo con obtener la destitución de Nithard y con formular unas cuantas admoniciones políticas a la regente.

El 4 de junio de 1669 aceptó el cargo de virrey de Aragón con la esperanza de rehacer su partido, debilitado por sus últimas claudicaciones.

El desgobierno del Estado bajo lo privanzade Valenzuela rehizo el crédito de Juan José de Austria.

A fines de 1677, poco después de la mayoría de edad de Carlos II, fue nombrado ministro universal de la corona, triunfando sobre Mariana de Austria y Valenzuela.

Su período de gobierno fue muy breve, pues murió el 17 de septiembre de 1679 en Madrid.

Sin embargo, aun se vio obligado a firmar la Paz de Nimega (1678).

La muerte le libró de la destitución, medida que hacía prever el rápido desencanto de la gente que le había considerado dotado de poderes sobrenaturales para restaurar España.

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Biografia de Primo de Rivera Jose Antonio Vida del Politico Español

Biografia Primo de Rivera José Antonio, Hijo de Miguel

Político español. Nacido en Madrid, primogénito del que sería general y dictador Miguel Primo de Rivera, en 1922 se licenció en Derecho por la Universidad Central de Madrid. Tres años más tarde comenzó a ejercer como abogado.

En octubre de 1930, finalizada la dictadura de su padre, entró a formar parte de la Unión Monárquica Nacional, la organización política conservadora creada para sustentar el régimen monárquico representado por el rey Alfonso XIII.

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Nacido en la tarde del 24 de abril de 1903 en Madrid, José Antonio fue hijo primogénito de Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, entonces teniente coronel de Infantería, y doña Casilda Sáenz de Heredia y Suárez de Argudín, noble dama que unía su recia estirpe de Castilla a una soñadora sangre antillana.

Fue bautizado pocos días después en la iglesia de Santa Bárbara (13 de mayo), que iría unida a otros episodios culminantes de su vida.

Cuando contaba tres años, la familia Primo de Rivera se trasladó a Algeciras, pues don Miguel había sido nombrado jefe del Batallón de Cazadores de Talavera, de guarnición en el campo de Gibraltar.

No obstante, al cabo de dos años, a la muerte de la madre, acaecida el 9 de noviembre de 1908, José Antonio, con sus hermanos, permaneció en Madrid, al cuidado de su tía doña María.

Su niñez se desarrolló en un cuadro de aficiones variadas, aunque predominando las lecturas de los héroes románticos, el dibujo y la redacción de artículos para periódicos infantiles.

En el transcurso de este período de tiempo, tuvieron cierta trascendencia sus veraneos en la finca del Encinar, propiedad del tío de su padre, don Fernando, que en la guerra había adquirido el marquesado de Estella. Allí recogía de boca del general sus memorias y escuchaba las anécdotas que circulaban entre sus contertulios.

La enseñanza media, efectuada de 1912 a 1917 con un profesor particular, examinándose libremente en los Institutos Cardenal Cisneros, de Madrid, y los de Cádiz y Jerez, no ejerció mucha importancia en su formación.

En cambio, sí la tuvo su vida universitaria. A pesar de los lazos familiares que le relacionaban con el ejército, se decidió por la carrera de Derecho, que respondía a las tendencias normativas de su espíritu.

Su vida de estudiante fue muy intensa, interviniendo en las primeras asociaciones escolares de la época. Cursó la licenciatura de 1917 a 1922, y el doctorado en 1922-1923. Sus últimos períodos académicos fueron de una brillantez excepcional, como lo atestiguan las calificaciones de su expediente universitario.

Terminada la carrera, José Antonio pasó a Barcelona, a fin de reunirse con su padre, quien desde la primavera de 1922 ocupaba la capitanía genera! de Cataluña.

La ciudad condal, que ya había conocido el año anterior, despertó en él la sensación de dinamismo y vitalidad que no había conocido en la capital.

En ella sentó plaza de voluntario en el regimiento de caballería, número 9, de Dragones de Santiago, en el que debía servir escaso tiempo, pues, habiendo su padre empuñado el gobierno de España después del golpe de Estado de 13 de septiembre de 1923, fue agregado al regimiento de Húsares de la Princesa, de guarnición en Madrid.

El 3 de abril de 1924, a punto de cumplir 21 años, se dio de alta en el Colegio de Abogados de la capital, e inauguró su bufete, que muy pronto se vio concurridísimo.

Los adversarios políticos de la Dictadura atribuyeron este éxito a la influencia política de su padre, de cuya imputación lo defendió el mismo don Miguel en una nota oficiosa dirigida al país.

Por aquella época efectuó un viaje a Italia en el séquito oficial que acompañaba a Sus Majestades, don Alfonso XIII y doña Victoria. Posteriormente, se dedicó a compendiosas lecturas, en particular del grupo de la Revista de Occidente.

En diciembre de 1929, con motivo de celebrarse un homenaje a los hermanos Machado, José Antonio habló por vez primera en público.

El tema de aquella noche fue la Poesía. Muy pronto habrían de brotar de sus labios palabras de mayor trascendencia pública.

La caída de la Dictadura el 22 de enero de 1930 y la subsiguiente muerte de don Miguel (París, 16 de marzo), convirtieron a José Antonio en el defensor de la memoria de su padre.

En concepto de tal ingresó en el partido de Unión Monárquica Nacional y tomó parte en el mitin del frontón Euskalduna de Bilbao, con Ramiro de Maeztu, Esteban Bilbao y el conde de Guadalhorce (6 de octubre de 1930).

La esterilidad de aquellos esfuerzos le hizo abandonar las filas del partido, aunque, como grande de España y marqués de Estella, continuara asistiendo a las recepciones dadas en Palacio.

Sobrevino luego el desplome de la monarquía el 14 de abril — que él siempre enjuició desde un punto de vista de necesidad revolucionaría—.

El 4 de octubre de 1931 se presentó candidato a Cortes por Madrid, con el único objeto de reivindicar la memoria de su progenitor. Pero, apoyado tibiamente, fue derrotado en las urnas por Cossío.

Su vocación política se iba acentuando. Estudiaba y leía a Mussolini, Hitler, Rosenberg, Farinacci, Mala-parte, Trotsky y Lenín, a fin de conocer la ideología v la táctica de amigos y adversarios.

Pero tampoco olvidaba bucear en los pensadores clásicos esoañoles, como Balmes, Donoso, Cortés y Menéndez y Pelayo, o en los contemporáneos, como Ortega y Unamuno.

El fruto de la experiencia que iba recogiendo, se reveló en la defensa que hizo del ex ministro Galo Ponte ante el tribunal parlamentario nombrado al efecto.

El informe llamado «del Senado» (26 de noviembre de 1931) es una pieza intermedia entre su vida anterior y la actuación política que iba a emprender muy pronto, estimulado por las lecturas de «La Conquista del Estado que editaban las J.O.N.S., y «La Gaceta Literarias de Giménez Caballero.

Sin embargo, no tomó parte en el alzamiento de 10 de agosto de 1932, pues aquel día se hallaba en Francia; pero el día 11 fue detenido en San Sebastián y llevado a Madrid. Allí fue libertado.

En marzo de 1933 colaboró en el primer número de un periódico, «El Fascio», que se proponía lanzar Delgado Barreto en colaboración con Giménez Caballero Sánchez Mazas y los directivos jonsistas Ledesma y Aparicio.

La edición fue recogida por la autoridad gubernativa. No desalentándose, en la primavera y verano de 1933 organizó el M.E.S., o sea, el Movimiento Español Sindicalista, al que aportaron su colaboración, entre otros, Ruiz de Alda y García Valdecasas.

Muy pronto este núcleo contó con ramificaciones en varias provincias españolas, en particular en Castilla la Nueva, Levante y Andalucía. Su presentación pública la efectuó con motivo de la campaña electoral de octubre de 1933.

En el transcurso de este mes, José Antonio se entrevistó en Roma con Benito Mussolini, y a fines del mismo, el día 29, se celebró en el teatro de la Comedia, de Madrid, el acto que ha sido denominado «fundacional de Falange Española».

En él hablaron García Valdecasas, Ruiz de Alda y José Antonio, quien expuso, con cálida y emotiva palabra, las grandes líneas del Movimiento político que dirigía.

Elegido diputado a Cortes por la circunscripción de Cádiz el 19 de noviembre, y revestido, por este hecho, de la inmunidad parlamentaria, pudo dedicarse a la organización de la Falange.

En enero de 1934 salió el periódico «F. E.», cuya venta dio al Movimiento sus primeros caídos, entre ellos Matías Montero, uno de los fundadores del Sindicato Español Universitario (9 de febrero).

El vigor del nuevo grupo indujo a los dirigentes de las J.O.N.S. a plantear la fusión entre las dos organizaciones, que hasta entonces había chocado con algunos imponderables.

Este hecho tuvo lugar el 13 de febrero de 1934, uniéndose F.E. y las J.O.N.S. bajo el nuevo denominativo de F.E. de las J.O.N.S., el triunvirato de José Antonio, Ramiro Ledesma y Ruiz de Alda, y los signos y emblemas de los jonsistas.

De este modo se presentó ante el público vallisoletano, donde gracias a Onésimo Redondo la T.O.N.S. contaba con muchas simpatías, en el Teatro Calderón, el 4 de marzo de 1934, en cuyo acto José Antonio definió la misión histórica de Castilla.

En mayo de 1934 visitó por vez primera Alemania, al objeto de estudiar las creaciones del Nacionalsocialismo.

A su regreso, tuvo efecto la concentración de las escuadras falangistas en el aeródromo de Estremera (3 de junio), que fue muy comentada por la prensa del país.

A este hecho siguieron los sangrientos sucesos del domingo siguiente (10), que tuvieron por marco las riberas de Manzanares, y, con la muerte de Juan Cué-Har, desataron las represalias de la acción falangista.

La intranquilidad y el nerviosismo de que por entonces daba prueba la nación, indujeron a José Antonio a escribir un mensaje al general Francisco Franco, en términos del más encendido patriotismo, augurando acontecimientos revolucionarios para muy en breve.

Acertó en su profecía, pues apenas acababa de ser elegido Jefe Nacional del Movimiento por el Iº Consejo Nacional de Falange (4 de octubre), se desencadenaron los hechos de la revolución de octubre.

En el transcurso del inyierno de 1934 a 1935, José Antonio afirmó el Movimiento con la publicación de los 27 Puntos programáticos de F. E. y de las J.O.N.S., la separación de Ramiro Ledesma (diciembre), la publicación de Arriba, y la participación en numerosos actos de propaganda oral, como el del Teatro Bretón de Salamanca (10 de febrero), notable porque a él asistió Miguel de Unamuno.

En abril dirigió la palabra a los congresistas del S.E.U., y en mayo habló en Barcelona, Córdoba y en el cine Madrid de la capital (19), cuyo acto probó el desarrollo que adquiría el Movimiento y reveló sus grandes posibilidades de orador, ya demostradas en sus intervenciones parlamentarias.

Su perspicacia política le hizo intuir entonces nuevas amenazas, y a tal fin, en la reunión celebrada en Gredos el 16 de junio de 1935, hizo prevalecer el criterio de que, ante la revolución inminente, era preciso aprestarse para la guerra insurreccional.

Aquel verano lo pasó en San Sebastián, aunque también hizo un viaje a Suiza para entrevistarse (Montreaux) con Degrelle, Mosley, Codreanu y Stahrenberg.

A su regreso, presidió el II Consejo Nacional de F. E. y de las J.O.N.S., al que sus palabras, pronunciadas en un nuevo mitin celebrado en el cine Madrid (17 de noviembre de 1935), cerraron con broche de oro.

La clausura del Parlamento y la convocatoria de nuevas elecciones pusieron sobre el tapete la constitución de un Bloque de Derechas para oponerse al Frente Popular.

De aquél resultó incomprensiblemente excluida la Falange, lo que obligó a José Antonio a presentar sola su candidatura en Madrid y Cádiz.

Necesitaba el acta de diputado para estar amparado por la inmunidad parlamentria, pues, de lo contrario, sus amigos temían los mayores contratiempos para su persona.

En la campaña electoral, actuó en forma muy vibrante: en Madrid se celebraron dos actos simultáneos en los cines Europa y Padilla (2 de febrero).

Sin embargo, como ya se temía, sus frutos no fueron favorables. Después de la instauración de los frentepopulistas en el poder, se inició una dura represión contra la Falange y su Jefe.

Primero se clausuró el Centro, y el 14 de marzo de 1936, bajo especiosos pretextos, fueron detenidos José Antonio y los principales miembros de la Junta Política.

Conducido a la Cárcel Modelo el día 16, no por eso aquél interrumpió su actividad política desbordante, pues desde allí continuó dirigiendo a sus huestes, y del 4 de mayo es su augural manifiesto «A los militares de España».

Durante aquellos meses se le substanciaron cuatro causas, la última, un recurso de casación ante la Sala competente del Tribunal Supremo (5 de junio).

Aquella misma noche, José Antonio era trasladado con su hermano Miguel a Alicante, cuyo suelo había de regar con su sangre generosa.

Desde la cárcel de Alicante continuó dando instrucciones al Movimiento y a la Primera Línea de Madrid, en vistas a un alzamiento que se juzgaba inminente y en el que, según las versiones más autorizadas, tenía la seguridad de intervenir (24 y 29 de junio).

La suerte no lo quiso así, debido a algo que aun hoy permanece en la obscuridad de la Historia.

Mientras las tropas acaudilladas por el general Francisco Franco iniciaban el Alzamiento Nacional y desDués de cruzar el Estrecho avanzaban sobre Madrid, José Antonio permanecía en su celda alicantina, con el corazón devorado por la impaciencia de no poder participar en la empresa que tanto había deseado.

En noviembre de 1936, cuando las tropas nacionales pugnaban para forzar las líneas madrileñas, se le abrió proceso, cuya sentencia estaba prefijada antes de que se iniciaran las primeras diligencias el 13 de dicho mes.

Tres días después se celebró el juicio oral, en el cual José Antonio defendió su actuación política, en términos emocionantes.

Condenado a muerte, lo que le fue comunicado a las dos de la madrugada del 18, se despidió con gran entereza de sus familiares. «Espero la muerte sin desesperación» escribió en sus últimas horas.

Las balas del pelotón de ejecución segaron su noble existencia a las siete menos veinte minutos de la mañana del 20 de noviembre de 1936.

Apenas amanecía, y en su último palpito, su carne se estremeció con el presentimiento de la Victoria.

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Historia del Reino de Castilla Resumen Siglos XIV y XV Reyes

Resumen Histórico del Reino de Castilla en los Siglo XIV y XV

Describiremos la historia de este reino, pero a partir de la muerte de Sancho IV, el Bravo, cuando su hijo Fernando en el año 1295 debe asumir al trono, pero por ser menor de edad, su madre, Doña María de Molina toma la regencia y finaliza en el siglo XV.

Si desea estudiar los años anteriores de este reino, desde su origen, puede hacerlo desde aqui:

Doña María de Molina, hubo de pelear contra los nobles ambiciosos apoyándose en el estado llano.

Una leyenda de poco crédito, a que se debe el nombre del rey, dice que por orden de éste, y sin proceso regular y sin justicia, fueron arrojados dentro de una jaula dos hermanos, Pedro y Juan de Carvajal, a los que se suponía asesinos del caballero cortesano don Juan de Benavldes.

Los condenados, a la hora del suplicio, emplazaron al rey que injustamente los castigaba para que, en el término de treinta días, compareciese ante el tribunal de Dios.

A los treinta días, en efecto, el rey fue hallado muerto (1312).

Alfonso XI, su hijo, era menor de edad, y hubo otra minoría anárquica en que fueron regentes Doña Constanza, la madre del rey, Doña María de Molina, la abuela, y otros dos personajes de la familia real. En el año 1325, el rey fue proclamado mayor de edad prematuramente.

Tenía apenas quince años, pero se mostraba sumamente severo. Uno de los personajes más revoltosos era el infante Don Juan el Tuerto, tan influyente que con su hija Constanza solicitó y obtuvo matrimonio el mismo rey.

A este infante, más tarde, el rey le mandó llamar a Toro, y, para salvar sus recelos, le dio salvoconducto y le prometió todo género de honores y ventajas. Salió a recibirle con mucho agasajo y le invitó a una comida para el día siguiente. Pero apenas entró en palacio, fue apuñalado por hombres del rey.

Ya no hubo más rebeldes con esta justicia y Alfonso XI pudo dedicarse a hacer la guerra a los moros. Los benimerines, procedentes de África, invadieron la península, derrotando la armada que, al mando del almirante Jofre Tenorio, guardaba el estrecho de Glbraltar, y poniendo sitio a Tarifa.

Alfonso XI del reino de Castilla
lAlfonso XI del Reino de Castilla

Con los reyes de Aragón y Portugal, acudió Alfonso en socorro de la plaza, y se dio, el año 1340, la famosa batalla del río Salado, en que los cristianos recogieron grandes trofeos. El rey fue luego a poner sitio a Gibraltar, y, en el cerco murió, víctima de la famosa peste negra (1350).

Alfonso XI fue rey legislador (Ordenamiento de Alcalá). En su tiempo se descubrieron las islas Canarias y se incorporó voluntariamente a Castilla la provincia de Álava.

Pedro I, apodado el Cruel, fue durante mucho tiempo rey muy popular en Castilla y figura principal en el teatro, pues sus justicias o ejecuciones se dirigieron siempre contra personas de alta alcurnia.

pedro I de castilla
Pedro I del Reino de Castilla

Comenzó a reinar (1350) encerrando a Doña Leonor de Guzmán, la favorita de su padre Alfonso XI y madre de los Trastamara, que murió luego asesinada en Talavera.

Mandó matar al noble Garcilaso de la Vega, que había promovido un motín contra el rey en Burgos (1351).

Casó con la infanta francesa Doña Blanca, pero vivió sempre con Doña María de Padilla, con la que estaba unido en secreto.

Los nobles, en unión de los Trastamara, formaron una liga contra el rey. En Toro le tuvieron preso; pero don Pedro escapó, y con crueles venganzas sofocó la sublevación.

El año 1858 acudió a Sevilla el infante y maestre de Santiago Don Fadrique, a quien Don Pedro, que le había mandado llamar, recibió placentero al siguiente día en el Alcázar donde se alojaba.

El rey dijo: «Pero Lope de Padilla, prended al maestre’, y añadió: «Ballesteros, matad al maestre de Santiago». Los ballesteros se hicieron repetir la orden, y entonces salieron tras del infante, que huía. No pudo éste desenvainar la espada y la maza de Ñuño Fernández la derribó.

El rey salió en busca de los acompañantes del maestre, y, encontrando a Sancho Ruiz de Villegas, su caballerizo mayor, que creyendo librarse había tomado en sus brazos a la infanta Beatriz, hija del rey y de Doña María de Padilla, le obligó a dejarla y él mismo le hirió con su puñal.

Dícese que a los pocos momentos comió en la cámara donde yacía el cadáver de su hermano bastardo.

El infante Don Juan de Aragón seguía al rey porque éste le había prometido el señorío de Vizcaya. Diciéndole quería dar más solemnidad al nombramiento, convocó una junta de vizcaínos en el árbol de Guernica; pero los convocados cuya voluntad había ganado Don Pedro, manifestaron no querer otro señor sino el rey de Castilla.

Fue el rey a Bilbao con el infante, que ya le seguía receloso; mandóle llamar a palacio al día siguiente y los ballesteros le mataron y arrojaron a la calle, acompañando estas palabras que el rey pronunció desde el balcón: ¡Ahí tenéis el que os pedía ser señor de Vizcaya! .

Don Enrique, que había huido a Francia, entró en España, el año 1366 al frente de las Compañías Blancas, de que era jefe Beltrán Du Guesclin. Don Pedro pasó a su vez a Francia y volvió con tropas inglesas, que acaudillaba el Príncipe Negro.

Ganó el rey la batalla de Nájera, pero sus venganzas le enajenaron el apoyo del príncipe inglés.

Volvió el de Trastamara en 1368 y llegó hasta Toledo. Don Pedro acudió en socorro de la plaza; pero se vio obligado a encerrarse en el castillo de Montiel.

Entre los que acompañaban al rey estaba el noble Men Rodríguez de Sanabria, que conocía a Du Guesclin. Salió del castillo y, entrevistándose con el francés, le ofreció grandes mercedes si salvaba a Don Pedro.

Aparentó el francés aceptar la oferta, y, avisó a Don Enrique, comunicó a Don Pedro que podía venir a su tienda, donde le facilitaría los medios para la fuga.

Al llegar Don Pedro a la tienda de Du Guesclin, encontró allí a su hermano; trabáronse de palabras y no tardaron en luchar.

Como Don Pedro hubiera derribado a Don Enrique, Du Guesclin dio vuelta al caído pronunciando las célebres palabras: Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor. Y Don Pedro fue muerto por su hermano.

Tiene este rey en su haber importante labor legislativa. En las Cortes de Valládolid de 1351, por ejemplo, hizo el Ordenamiento de menestrales, con acertados reglamentos del trabajo.

Enrique II (1369), primero de la dinastía de Trastamara, ejerció al principio del reinado bárbaras venganzas contra los partidarios de Don Pedro.

Alegaban derechos a la corona de Castilla el rey de Portugal y el duque de Lancaster, casado con una hija de Don Pedro. Para lograr partidarios, Don Enrique concedió grandes franquicias y donaciones a los nobles, y también al estado llano.

Enrique II Castilla
Enrique II el «Fractricida»

Por esto ha pasado a la Historia con la denominación de el de las mercedes. Creó, por ejemplo, el título de duque, siendo el primero que lo disfrutó el de Benavente. Concedió extraordinarios privilegios y honores a los maestros.

Juan I, su hijo, fue rey el año 1379. Para acabar con las pretensiones del de Portugal, casó con Doña Beatriz, hija y única heredera del lusitano.

A la muerte de éste debía ser rey consorte de Portugal Don Juan; pero los portugueses nombraron al maestre de Avis, el cual se aseguró en el trono derrotando a los castellanos en la batalla de Aljubarrota (1385).

Enrique III el Doliente (1390), niño cuando subió al trono, víctima de sus tutores, que le hacían vivir en la más absoluta pobreza, mostró luego grandes energías y dotes de buen gobernante.

enrique iii el doliente de castilla

Enrique III el Doliente

Juan II (1406), sólo tenía dos años al morir su padre. Gobernaron como co-regentes, la reina madre, Doña Catalina, y el infante Don Fernando, hermano del rey.

Este infante lleva en la historia el nombre de Don Fernando el de Antequera, por haber sido venturoso conquistador de la población de este nombre.

El infante, a quien la hueste de Sevilla había traído la espada de San Fernando como símbolo de victoria, entró en el reino moro, y el 27 de abril de 1410 acampó a la vista de Antequera.

Los moros se reunieron en Archidona y el 6 de mayo comenzó la lucha, acometiendo los muslimes los atrincheramientos del obispo de Palencia, don Sancho de Rojas, cuyas tropas los rechazaron.

Juan II de Castilla
Juan II de Castilla

Siguió la batalla, que vencieron los cristianos, obteniendo gran botín y dispersando al ejército granadino.

En seguida se emprendió la acometida a Antequera. Se hicieron bastidas y castillos portátiles para el ataque; pero los moros destruían estas máquinas con sus tiros, principalmente con una gran bombarda que tenían en la torre del Homenaje.

Había que cegar el foso, pero cuantos se acercaban al hacerlo salían mal parados y cundía el temor.

Entonces el Infante tomó una espuerta, y pasando por entre una lluvia de balas, piedras y flechas envenenadas, llegó al borde del foso y vació la espuerta, diciendo: «Tened vergüenza y haced lo que yo hago».

Se cegó el foso y pudieron acercarse las bastidas que el alcalde de la ciudad destruyó en vigorosa salida.

Se levantó una cerca por parte de los sitiadores para incomunicar la ciudad, se privó a los sitiados de agua, se pidió a León el pendón de San Isidro para lograr el entusiasmo religioso, y el 16 de septiembre, en vigoroso asalto, los pendones castellanos y las banderas de los señores y de los concejos ondearon en los torreones y almenas de la muralla.

Quedaban por rendir el alcázar; pero, cuando ya amenazaba convertirse en escombros, rindióse, el 24 de septiembre de 1410.

Juan II fue mal gobernante. Su favorito, Don Alvaro de Luna, le sustituyó en este oficio. Era Condestable de Castilla, es decir, tenía el mando superior del ejército después del rey.

Los magnates, a cuyo frente estaban los infantes de Aragón, a saber, Don Juan y Don Enrique, llamado Impropiamente marqués de Villena, forman partido contra el favorito. Llegaron a detener al monarca y al favorito en Tordesillas y lograron que el rey desterrase a Don Alvaro.

Como los nobles se hubieran confabulado para dar muerte al rey, el conde de Rlbadeo vistió las ropas del monarca y fue cosido a puñaladas.

En recuerdo de este hecho los reyes de España regalan todos los años a los descendientes del conde de Ribadeo el traje que visten el día de la Epifanía, en el que ocurrió aquel voluntario sacrificio.

De nuevo el favorito en su puesto, logró el año 1431 vencer a los moros en la batalla de la Higuera.

El año 1445, Don Alvaro derrotó a los nobles en la batalla de Olmedo. Casado el rey en segundas nupcias con Doña Isabel de Portugal (1452), la reina alcanzó del rey orden de prisión contra el favorito.

Doce letrados del Consejo Real le impusieron la pena de muerte.

Fue ejecutado en Valládolid, en circunstancias muy dramáticas. Su cuerpo fue trasladado más tarde a la capilla que lleva su nombre en la catedral de Toledo. El rey murió poco después.

Ha de llamarse la atención sobre lo que en la historia literaria de Castilla representa el renacimiento poético de la corte de Don Juan II.

Enrique IV el Impotente (1454) guerreó contra los moros, de los cuales recuperó Don Juan de Guzmán, primer duque de Medina Sidonla, la plaza de Gibraltar, recibiendo en recompensa grandes extensiones de terreno.

Enrique IV el Impotente

Enrique IV el Impotente

Casó en segundas nupcias el rey con Doña Juana, infanta de Portugal, que al poco tiempo dio a luz una niña, conocida con el nombre de Doña Juana la Bel-traneja, por suponerse que su padre era Don Beltrán de la Cueva, caballero de la guardia de los Continuos del rey.

Formóse una liga de nobles que no querían jurar como heredera a la Beltraneja. El rey, atemorizado, dio crédito a los rumores que corrían y declaró heredero del trono a su hermano Don Alfonso.

Pero luego anuló este acto, y los nobles, reunidos en Avila, destronaron al rey en imagen y proclamaron a Don Alfonso. Murió éste a poco, y los conjurados recurrieron a la hermana del rey, Doña Isabel, que no quiso aceptar la corona en tanto viviera Don Enrique.

El cual, en recompensa, la reconoció heredera en el campo de los Toros de Guisando. Disgustado luego por haberse casado Isabel con el infante Don Fernando de Aragón, la desheredó y reconoció a Doña Juana.

El año 1474 murió el rey y dejó a Castilla amenazada de una guerra civil.

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Historia Origen de los Reinos Taifas en España Arabe Resumen

Los Reinos Taifas en España Arabe

REINOS DE TAIFAS: Dura este período de gobierno de los musulmanes españoles desde 1031 a 1492.

Reinos de taifas quiere decir reinos de bandería, y sus soberanos aparecen destrozándose entre sí, agotando sus fuerzas y haciéndose incapaces para oponerse al avance de la Reconquista, cuando entre los cristianos no se observa el mismo mal y sus reyes saben fomentar y aprovechar las disensiones entre sus enemigos.

Fueron los principales reinos de taifas: el de los Alameries (Almería), que comprendía casi toda la zona marítima oriental y meridional de la Península; el de los Aftasidas, Extremadura y parte de Portugal; el de
los Edlsltas, en Málaga; el de los Hamudíes, en Algeciras; el de los Tachivíes y los Beni-Hud, en Zaragoza.

Almotacen fue el más célebre rey de Almería, notable por el esplendor a que en fábricas y comercio llevó a su Estado.

Almamún (1031), rey de Toledo, se apoderó de Córdoba y de Sevilla.
Almotadhir (1042), rey de Sevilla, conquistó Córdoba y Málaga.

El califato de Córdoba terminó por desaparecer en el año 1031. En su lugar surgió un mosaico de pequeños reinos, llamados de taifas expresión que significa “banderías”.

De forma paulatinas las taifas o banderías de Almería, Murcia, Alpuente, Arcos, Badajoz, Carmona, Denia, Granada, Huelva, Morón, Silves, Toledo, Tortosa, Valencia y Zaragoza fueron independizándose del poder central de Córdoba.

LOS ALMORÁVIDES

Este nombre, que quiere decir hombres religiosos, corresponde a los fundadores de un gobierno que se formó en el norte de África en el siglo XI.

Yusuf-ben-Takfin, el jefe de los almorávides, fue llamado por los moros de España para que los auxiliara contra el rey Alfonso VI de Castilla, conquistador de Toledo. Los almorávides vencieron al castellano en Zalaca (1086), pero después acabaron con todos los reinos de taifas.

Los almorávides eran fanáticos y musulmanes puros, y así combatieron todas las ¡deas de tolerancia mantenida con los mozárabes y la refinada cultura de los musulmanes españoles.

LOS ALMOHADES

Los almohades (unitarios) partidarios de las doctrinas del filósofo Algazel, querían la observancia del mahometismo primitivo en toda su pureza. Llamados a España por los almorávides, acabaron con la dominación de éstos.

Vencieron a Alfonso VIII en Alarcos (1195), pero fueron vencidos en las Navas de Tolosa y se volvieron a África.

Los benimerines, que en África sustituyeron a los almohades, hicieron expedición a España, pero fueron deshechos por Alfonso XI en la batalla del Salado (1340).

REINO DE GRANADA

Fue el último de los que fundaron los musulmanes en España y celebérrimo por su refinada civilización y sus leyendas.

Le fundó Mahomed Alhamar el Magnífico, el constructor de la Alhambra de Granada, el año 1235.

Creó también los cuerpos zegríes, abencerrajes, gómeles y zenetas, que se convirtieron más tarde en bandos políticos, que entre sí lucharon dando origen sus hazañas a numerosas leyendas.

Fue el último de los que fundaron los musulmanes en España y celebérrimo por su refinada civilización y sus leyendas.

Creó también los cuerpos zegríes, abencerrajes, gómeles y zenetas, que se convirtieron más tarde en bandos políticos, que entre sí lucharon dando origen sus hazañas a numerosas leyendas.

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Historia Antigua de España Primeros Habitantes y Colonizacion

Historia Antigua de España- Primeros Habitantes, Colonizaciones e Invasiones

SITUACIÓN GEOGRÁFICA: España forma un conjunto geográfico natural, es una península al suroeste de Europa, separada de ella por la barrera pirenaica y bañada por los mares Mediterráneo, Atlántico y Cantábrico en el resto de su contorno.

Desde tiempo relativamente moderno en Geología, el estrecho de Gibraltar la separa de África.

Una alta meseta desciende del lado del Cantábrico y del Mediterráneo, y se hace más suave en dirección al Atlántico.

Una cordillera de macizos aislados (la ibérica), orientada en general de noroeste a sureste, sirve de arranque a cordilleras que se dirigen de este a oeste y que forman los grandes valles del Duero, Tajo, Guadiana y Guadalquivir, compartimientos y divisiones naturales, como lo son también la zona litoral mediterránea y la cantábrica.

Estas divisiones naturales, que traen consigo condiciones climatológicas de suelo y de vida diferentes, explican en gran parte la estructura regionalista española.

PRIMEROS HABITANTES DE ESPAÑA

Después de las razas prehistóricas, de que parece haber quedado como vestigio la turania o éuskara, con su idioma propio, vinieron a España los iberos, procedentes de Asia, de razo aria o indo europea, y de los que la Península tomó el nombre de Iberia, nombre que también quedó en el río Ebro.

Luego vinieron los celtas, arios también, y que se establecieron en la zona cantábrica y gallega, siendo en ésta donde mejor se conserva su tipo.

COLONIZACIONES FENICIA Y GRIEGA

Los fenicios, continuando la serie de colonias que habían establecido en el norte de África, llegaron a España en el siglo XI antes de Jesucristo. Se establecieron en el litoral del mediodí; y levante de la Península.

Su colonia principal es Gadir (Cádiz); Hispalis (Sevilla), Malaca (Málaga) y Corduba (Córdoba) son también establecimientos suyos. Aunque arribaron con fines mercantiles en España, aprovecharon a nuestro país y difundieron los elementos de su civilización.

Los restos fenicios más interesantes que se han descubierto en España son los hallados en 1887 en Cádiz, y figuran en el Museo arqueológico de dicha ciudad (un sepulcro antropoide, varias alhajas, etc.).

Los griegos vinieron a España más tarde (se afirma que en el siglo VII (a.C), y fundaron establecimientos en las costas de Cataluña y Valencia, Emporion (Ampurias). Rodas (Rosas), Artemisium o Dianum (Denia) y Zante (Sagunto) son los más famosos.

Piteas, en el siglo V, recorrió la costa española. No hay vestigios arquitectónicos, pero sí escultóricos y, sobre todo, de cerámica (Sagunto).

mapa de españa antigua

LOS CARTAGINESES EN ESPAÑA

Vinieron estos hijos de Fenicia en el siglo VI antes de Jesucristo para ayudar a los de Cádiz, atacados por los naturales. Dominaron pronto a las colonias fenicias y siguieron extendiendo sus conqusitas bajo el mando de una familia de generales, los Barcas.

Fueron dueños del territorio de la Península hasta el Duero y el Ebro, salvo las colonias griegas del litoral. Su principal establecimiento fue Cártago nova (Cartagena).

Su dominación en España fue efectiva y de explotación de los recursos del país y de los hombres para agregarlos a sus ejércitos.

El año 219 antes de Jesucristo, Aníbal pone sitio a Sagunto, ciudad aliada de Roma, y la destruye después de una resistencia famosa.

El año 210, y después de los sucesos de la segunda guerra púnica, el general romano Publio Cornelio Escipión inaugura la dominación latina en España con la toma de Cartagena, que va seguida de la de otras ciudades y territorios, hasta lograr la completa sumisión o expulsión de los cartagineses que había en españa.

los fenicios en roma antigua

CONQUISTA ROMANA

Desde Escipión hasta Augusto, los romanos lucharon en España para lograr la sumisión de los naturales. La resistencia de éstos se personificó primeramente en los legendarios Indivil y Mandonio, y sigue, porque Roma enviaba para gobernar a España pretores rapaces y sanguinarios, con contadas excepciones, como la de Sempronio Graco.

El héroe de este período fue Viriato, pastor lusitano, que derrotó al pretor Vetilio, sorprendió e hizo firmar al cónsul Serviliano un Tratado de paz, humillante para Roma.

El pretor Cepión acabó con Viriato, sobornando a tres de sus compañeros, que le dieron muerte cuando dormía. «La muerte de Viriato, dice Valerio Máximo, fue obra de doble alevosía: una la de sus amigos, porque éstos le mataron con sus propias manos; y otra, la del cónsul Quinto Servilio Cepión, porque, habiendo sido el autor de ella, compró con infamia la victoria que no tenía merecida».

Numancia, capital de los pelendones; a una legua de Soria, dio auxilio a algunos de los soldados de Viriato, y por tal motivo mereció de Roma la declaración de guerra.

Luchó catorce años, y los romanos necesitaron de la dirección de un general famoso, Escipión Emiliano, y de obras de ataque muy considerables para apoderarse de sus ruinas; las de Numancia y de los campamentos romanos han sido objeto de excavaciones y estudios que continúan, y que hacen de ellas la estación arqueológica más importante de la comarca celtíbera.

ROMANIZACIÓN DE ESPAÑA

La guerra de conquista de los romanos en España siguió largo tiempo, y durante ellas ocurrió el episodio de Sertorio, general del partido de Mario que, buscando en Iberia un punto de apoyo para luchar contra Sila, trató de organizar un Estado independiente, calcado sobre la constitución romana. Sertorio fue asesinado por Perpenna (setenta y dos años antes de Jesucristo).

La completa conquista de España se realizó en tiempo de Augusto, venciendo la insurrección de los cántabros; la fecha de este hecho se señala en la Era hispánica (treinta y ocho años antes de Jesucristo).

Entonces se produjo la romanización de España, que llegó a ser la más completa que se conoció en los países colonizados por Roma, fuera de Italia. La influencia romana fue desde luego vencedora en el sur de la Península (Bética) y de Portugal.

En el este tardó más, pero el centro y norte de la Península, sobre todos ios distritos rurales y apartados, conservaron durante mucho tiempo su cultura y organización propias.

Esta cultura podemos aprenderla en la Geografía de Estrabón, autor griego coetáneo, que visitó nuestra España. Los Iberos y celtas constituían tribus distintas, que sólo se confederaban por necesidades de momento.

Los galaicos, astures, cántabros y vascones formaban confederaciones de esta clase en el norte; los cerretanos e indlgetes, en Cataluña; los edetanos en Valencia; los contéstanos, en Alicante y Murcia; los turdetanos, al sur de Extremadura y occidente de Andalucía; los túrdalus, en casi toda Andalucía; los lusitanos, en Portugal; los vacceos, en el norte de Castilla la Vieja; los vetones, entre el Duero y el Guadiana; los carpetanos, en el centro de España, y los oretanos, en la región de Ciudad Real.

La familia, la gens con su patriarca como jefe, sus clientes y esclavos, y la tribu o reunión de varias gentes, gobernada por un reyezuelo o príncipe, eran los escalones de la organización de aquellos pueblos, que celebraban Asambleas para la resolución de los asuntos comunes.

Cada gens tenía sus dioses particulares, probablemente los antepasados, pero había divinidades de carácter más general; como la Luna. Se hacían sacrificios humanos y se conocía el arte augural.

Los turdetanos y túrdulos eran los más adelantados entre los españoles de entonces, y desde ellos el atraso iba siendo mayor, hasta terminar en los habitantes del norte y noroeste.

Los romanos dividieron a España en citerior y ulterior, del lado norte y sur del Ebro, respectivamente.

Augusto hizo nueva división de la Península en Tarraconense, Bética y Lusitania, y más tarde se añadió a estas denominaciones las de Cartaginenses, Baleárica y Galaica, con la Mauritania Tingitana, que también formaba la parte de la Hispania. Gobernaban en nombre de Roma los pretores, jefes militares y civiles.

Para lo religioso había Concilios o Colegios sacerdotales, y para la administración de justicia Convenios jurídicos.

Las ciudades erar estipendiarías, inmunes o federadas, según sus títulos con relación a la metrópoli. Constituían municipios organizados como Roma.
España fue próspera durante la dominación romana. La cifra de su población alcanzó a cuarenta millones.

El comercio marítimo, por Cádiz, Málaga y Cartagena, y el interior, por las numerosas y bien mantenidas vías que cruzaban ia Península, alcanzaban cifras extraordinarias.

Hay numerosas pruebas del adelanto artístico e intelectual de esa época.

INVASIONES BARBARAS

Los vándalos, suevos y alanos invadieron España el año 409 a.C, estableciéndose los vándalos en Andalucía y los suevos en Galicia.

Los visigodos aparecieron en 414 a.C. luchando contra los otros invasores de España en calidad de auxiliares de los romanos, carácter que tenía Ataúlfo, considerado el primero de los reyes godos, casado con Gala Placidia, hermana del emperador Honorio, Ataúlfo sólo pudo apoderarse en la Península de la Gotalaunia (Cataluña).

Walia, de su dinastía, obtuvo de Honorio la cesión de la Aquitania (en la Galia). Los vándalos abandonaron España y pasaron a África reinando Teodorico, que extendió su dominio en la Galia hasta el Loire y el Ródano. Teodorico murió en la batalla de los Campos Cataláunicos.

Reinando Eurico fue el fin del Imperio romano. En su tiempo se promulgó el Código que lleva su nombre, y que no es sino la consignación por escrito de las costumbres legales germánicas.

Alarico es contemporáneo de Clodoveo en Francia, y luchando con él vio reducidos sus territorios en las Galias a la Septimania (Narbona, Carcasona, Lodére, Béziers, Nimes, Magalone y Ayde), y murió en la batalla de Poitiers.

De su tiempo es el Código de Alarico, Breviario del Aniano o Lex Romana visigothorum, que había de regir para el pueblo hispano-latino sometido.

En el año 549 a.C. los griegos de Bizancio, que se habían apoderado de la Mauritania, destronan a Agila en provecho de Atanagildo, y se establecen en el litoral del Mediterráneo, iniciando una sensible influencia en España.

El año 572 a.C. empieza el reinado de Leovigildo, Realiza la unidad de España destruyendo el reino de los suevos, que había persistido en Galia. Su hijo Hermenegildo, educado como católico, se rebeló contra él, fue muerto estando prisionero en Tarragona y consi-

derado mártir y santo. Leovigildo es el primero de los reyes godos que usa los atributos de la monarquía y acuña moneda con su efigie.

Recaredo, segundo hijo de Leovigildo, realiza la unión religiosa de España abjurando el arrianismo en ceremonia solemne que se celebró en la iglesia de Santa Leocadia de Toledo. Iguala en derechos a godos e hispano-latinos.

WAMBA

Según lo dispuesto en el Concilio octavo de Toledo, al morir Recesvinto en la aldea de Gérticos (de la provincia de Valladolid, hoy se llama Bamba por este hecho), fue elegido en el mismo lugar un noble godo llamado Wamba.

Por su resistencia a aceptar la corona dio lugar a leyendas que hacen su nombre inolvidable entre la lista de los reyes godos.

Legendarias son también las circunstancias con que termina su reinado. Dícese que un cortesano, llamado Ervigio, administró al rey un narcótico y que, ya aletargado, anunció la muerte del rey, le cortó la cabellera y le vistió mortaja de penitente. Al despertar Wamba se encontró incapacitado para reinar.

En tiempos de Egica (687 a.C.) se promulgó el Fuero Juzgo, código general que es base de toda la legislación española de la Edad Media.

Witiza su sucesor, es monarca muy discutido, pues mientras unos le tratan de tirano sensual, otros juzgan mentirosas las tradiciones que se le atribuyen y que son invención de la teocracia, que probablemente combatiría Witiza.

Le destronó D. Rodrigo, último rey de los godos. Su reinado lleno de leyendas, fue muy greve. Los hijos de Witiza, auxiliados por el obispo don Opas, metropolitano de Sevilla, y con el auxilio del conde D. Julián, gobernador de Ceuta, hicieron venir a España a los moros.

Refieren que Hércules edificó en Toledo una casa muy fuerte, con puertas de hierro y ordenó que ningún rey de los que después vinieren osase abrirla, antes al contrario, pusiera al subir al trono, nuevo candado a la puerta.

Porque, predecía, que cuando la puerta de esa torre se abriese, vendrían a España gentes de África que la tomarían para destruirla.

Hicieron así todos los reyes, pero D. Rodrigo, cuando se le invitó a poner el candado, manifestó su resolución de entrar. Rotas las cerraduras, penetró y vio que el edificio era de una pieza y que tenía cuatro galerías, una blanca como la nieve, otra muy negra, verde como el limón la tercera y roja la cuarta.

En el fondo de un arca que allí había hallóse una tela y en ella pintados moros armados y a caballo con un letrero que decía: «Cuando este paño fuere extendido y aparecieren estas figuras, hombres que andan así armados tomarán y ganarán a España y serán de ella señores».

Se dice también que existía entonces la costumbre, entre las personas de alta alcurnia, de enviar sus hijos a educar a la Corte del Rey. Entre las doncellas que así estaban en la del rey D. Rodrigo, figuraba Florinda, hija de Bolyán (Julián), gobernador de Tánger y Ceuta.

El rey abusó de ella estando embriagado y la recluyó para ocultar lo sucedido. El conde, al conocer lo ocurrido, fue a recogerla, la llevó a África y entró en tratos con Muza, gobernador árabe de aquellos países, para la invasión de España.

El gobernador musulmán de África, Muza, envió a España a su lugarteniente Tarik para reconocer sus costas, y luego a un ejército invasor al mando de Tarif.

A su encuentro, llamado por el gobernador de Andalucía, fue D. Rodrigo, dándose la batalla del Guadalete (711 a.C.) en la que pereció D. Rodrigo, y dio fin el reino visigodo.

Los hispano-latinos no opusieron resistencia a los nuevos invasores, lo cual prueba que no se había logrado su fusión con los godos, y que éstos no eran bien mirados. Los judíos a quienes los monarcas visigodos perseguían con frecuencia, fueron decididos auxiliares de los musulmanes en la irrupción, llegando a entregarles ciudades como Toledo.

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Biografia de Farnesio Alejandro Militar Español

Biografia de Farnesio Alejandro

En una de las encrucijadas más peligrosas de la historia del reinado de Felipe II de España — la rebelión de los Países Bajos—, Alejandro Farnesio destacó con su capacidad, tanto en el aspecto militar como en el político, que bien puede ser considerado como una de las personalidades más eminentes del Imperio hispánico, pese a su ascendencia italiana.

En efecto, a Farnesio debió España la conservación de los Países Bajos del Sur, en un momento en que era muy problemático su futuro político.

Por otra parte, gracias al engrandecimiento de su figura, intervino en los asuntos internacionales de mayor importancia en el último período del reinado del Prudente: la lucha contra Inglaterra y contra Enrique IV de Francia.

Farnesio Alejandro

Alejandro Farnesio, hijo de Octavio Farnesio y Margarita de Parma, hija ilegítima de Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, sobrino de Felipe II y de Juan de Austria.

En todos estos asuntos se reveló como hombre de grandes dotes intelectuales, suma previsión política, enérgicas condiciones de mando y poderosa virilidad. En definitiva. Alejandro Farnesio fue el digno rival de Enrique IV de Francia y Guillermo I de Orange.

Hijo de Octavio Farnesio, primer duque de Parma, y de Margarita de Austria, y reuniendo, por lo tanto, la ascendencia de Paulo III a la de Carlos V, Alejan dro nació en Roma el 27 de agosto de 1545. Desde su¡ primeros años se inclinó a favor de la política espa ñola, la cual había alcanzado su auge en Europa a raí; de la paz de Cateau Cambresis de 1559.

Estimulada ests inclinación por su madre, Alejandro estableció su re sidencia en Madrid, frecuentando la corte de Felipe II.

Años más tarde, celebró su matrimonio con María de Portugal en Bruselas (1565), en un momento en que los ánimos estaban ya tendidos y se auguraba una pro xima y terrible convulsión política y social.

Habiendo resignado su madre en 1566 al gobierne de los Países Bajos, Alejandro Farnesio regresó a Ita lia, donde procuró la recta administración de sus esta dos.

En 1571 tomó parte activa en la batalla de Lepan to, aunque su papel en esta acción fué secundario Cuando en 1577 la situación de los Países Bajos Uegc a ser muy crítica y don Juan de Austria — aislado en Namur — reclamó el regreso de los tercios españoles, el mando de éstos fué concedido por Felipe II al duque Alejandro.

Su presencia en aquel foco de conflictos fué sumamente beneficiosa para la causa de España.

En 1578 ganaba la batalla de Gembloux, y con ella la posibilidad de rescatar el Brabante, en poder de los insurrectos y amenazado por Guillermo el Taciturno y Francisco de Alenzón.

La inesperada muerte de Juan de Austria dio a Alejandro la posibilidad de desarrollar plenamente sus grandes aptitudes.

Nombrado gobernador de los Países Bajos de octubre de 1578), el duque de Parma aprovechó las disensiones de los confederados de Gante — raciales, políticas y religiosas — para atraerse a su causa a la nobleza valona del Sur, católica, francesa y tradicionalista. La Unión de Arras de 1579 fué el fruto inmediato de su habilidad diplomática.

Por la subsiguiente paz de Arras, Farnesio, a cambio del reconocimiento de la autoridad real, se comprometió a respetar las antiguas libertades valonas.

Desde este momento, se abría un foso inabordable entre las provincias del Sur y las del Norte, foso que Alejandro Farnesio iba a utilizar para dar un golpe de muerte al movimiento secesionista del Taciturno.

Reorganizado el ejército español y consolidada la situación política en el reducto valón, Alejandro Farnesio emprendió la reconquista sistemática de Flan-des y el Brabante.

Entre 1580 y 1585 cayeron en su poder Maestricht, Tournai, Gante, Brujas y Amberes. La toma de esta plaza —- considerada inexpugnable — fue un duro golpe para los holandeses, que acababan de perder a Guillermo de Orange (1584).

Cuando Alejandro podía confiar en poner fin a la sublevación en el Norte, la política de Felipe II le obligó a desviarse de su objetivo supremo. En 1587 recibió el encargo de preparar el ejército que había de desembarcar en Inglaterra la Armada Invencible.

El fracaso de esta flota (1588) inutilizó, al mismo tiempo, los proyectos del duque de Parma sobre Holanda. A mayor abundamiento, tuvo que intervenir en la lucha entre la Liga Católica y Enrique IV de Francia.

En Ligny (1590) primero, y en Ruán (1591) después, Alejandro burló al gran rey francés e hizo ilusorias las esperanzas de éste de tomar París al asalto.

Herido en Cau de Bec, agotado por la fatiga y la trepidante actividad, el duque de Parma moría en San Waast el 3 de diciembre de 1592, coronado por la fama de sus grandes proezas.

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Biografia de Carlos IV de España

Biografia de Carlos IV de España

No es siempre cierto el refrán «de tal palo, tal astilla». En el caso de Carlos IV, no puede haber más diferencia entre el temperamento y los gustos del padre, Carlos III, y los del hijo.

Aquél, ávido de saber y deseoso de gobernar y procurar el bien de sus subditos; éste, abúlico, bonachón, desinteresado de los asuntos del Estado y dejándose dominar, primero, por su esposa y sus favoritos, luego por su hijo, y, por último, por Bonaparte.

Rey Carlos IV de España Biografia

Goya, e incluso el mismo Vicente López, nos han legado unos retratos bastante elocuentes sobre el aspecto físico y el temple moral de Carlos IV.

Nacido el 12 de noviembre de 1748 en el palacio real de Pórtici, en Nápoles, Carlos era el segundo hijo varón de Carlos III y de María Josefa Amalia de Sajorna.

A los once años de edad ae trasladó a España con su padre, que acababa de heredar esta corona, y su hermano mayor, el príncipe Felipe, incapacitado para gobernar a causa de su deficiencia mental.

Proclamado heredero de España en 1759, su padre procuró aplicarle a las tareas de gobierno, para las cuales siempre se mostró reacio.

Prefirió participar en ciertas intrigas cortesanas, a lo que le indujo María Luisa de Parma, su esposa desde el 4 de septiembre de 1765, mujer que muy pronto se hizo dueña de su espíritu.

Elevado al trono el 23 de diciembre de 1788, los dos primeros años de su gobierno fueron un simple apéndice del reinado de Carlos III, pues persistió el mismo personal político, presidido por el conde de Florida-blanca.

En este período parece que Carlos IV hasta llegó a ser popular. Pero después de las Cortes de Madrid de 1789, en que se acordó una pragmática derogando la de Felipe V sobre el establecimiento de la ley sálica, y los dos primeros coletazos de la Revolución francesa, el gobierno periclitó a ojos vistas.

Florida-blanca salió del ministerio por una zancadilla del conde de Aranda, y éste, a su vez, fue substituido por Manuel Godoy, autor de toda la intriga.

Así, pues, desde el 15 de noviembre de 1792 la política de la monarquía es la del futuro príncipe de la Paz, sin que Carlos IV se preocupe de imprimir a ella un rumbo personal.

Aunque su nombre intervenga forzosamente al lado del de Godoy, se trata de un convencionalismo oficial histórico. Incluso cuando el Directorio obtuvo la dimisión del favorito (28 de marzo de 1798), éste continuó residiendo en la corte, dirigiendo la política y esperando el momento para hacer su triunfal reaparición en 1801.

Carlos IV prefería, desde luego, entregarse a la caza que quebrarse la cabeza en las espinosas cuestiones internacionales o en averiguar que había de cierto en los rumores y confirmaban los hechos sobre las relaciones de su esposa y el favorito.

Ni los desastres ante Inglaterra, ni las constantes humillaciones de Francia, pudieron alterar la manera de ser del rey. Por esta causa, Napoleón creyó que España era tan débil y decadente como su monarca, en lo que se engañó por completo.

Así empezó a tejer la trama de la próxima comedia que quería hacer desempeñar a Carlos IV, cuyo primer acto corrió a cargo del príncipe heredero don Fernando. Este fue denunciado por la reina y Godoy como autor de una conspiración para derribar a Carlos IV del trono.

El propio monarca detuvo al príncipe de Asturias en El Escorial (28 de octubre de 1807).

Pero después de este acto de energía, claudicó a causa de la intervención de Bonaparte. A mayor abundamiento, se humilló ante el emperador mandándole un extracto del proceso instruí-do contra su hijo. Este fué puesto en libertad, que aprovechó para perseverar en sus intrigas.

En la noche del 17 de marzo de 1808, cuando la corte, que se hallaba en Aranjuez, se disponía a trasladarse a Cádiz ante la invasión de las tropas napoleónicas, estalló un motín contra Godoy, cuya última consecuencia fué la abdicación presentada por el monarca el 19 de marzo.

Napoleón aprovechó la oportunidad para rematar su obra.

En Bayona obtuvo, sucesivamente, la renuncia y la abdicación de Fernando VII y Carlos IV, otorgada ésta el 5 de mayo, mientras en Madrid la sangre corría por las calles en las primeras luces de la guerra de Independencia.

El ex monarca residió algún tiempo en Compiegne. En 1811 pasó a Italia y allí vivió algunos años, ora en Roma ora en Nápoles, hasta que la muerte se lo llevó al sepulcro en esta ciudad, el 19 de enero de 1819, pocos días más tarde que su esposa muriera en Roma.

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Biografia de Juan I de Castilla

Biografia de Juan I de Castilla

Quemó en la llama de la generosidad y en la del amor hacia sus subditos, y este perfil peculiar e inédito en la historia de los Trastamara, junto a la tenacidad administrativa de su padre Enrique II, formaron luego las joyas con que se fornaron los mejores de la dinastía, tanto en Castilla como en Aragón.

La Casa de Trastámara fue una rama de la dinastía de origen castellano que reinó en la Corona de Castilla de 1369 a 1555

Aquellos rasgos explican la fecundidad del gobierno interior de Juan I, caracterizado por una íntima fusión y compromiso entre el rey y el país, y, asimismo, la tenacidad del afecto popular que rodeó al monarca y que le permitió superar las más adversas y dolorosas peripecias de su reinado.

Puede decirse que Juan I consolidó la obra de su padre e hincó fuertemente la dinastía Trastamara en Castilla más con el corazón que con la espada.

Siempre evitó la fortuna de las armas, y si, aprendió la vida con la bondad de su espíritu.

Juan I de Castilla
Juan I de Castilla fue rey de Castilla​ desde el 29 de mayo de 1379 hasta el 9 de octubre de 1390. Fue hijo de Enrique II de Castilla y de Juana Manuel de Villena, hija de Don Juan Manuel
Fecha de nacimiento: 24 de agosto de 1358, Épila, España
Fallecimiento: 9 de octubre de 1390, Alcalá de Henares, España
Lugar de sepelio: Santa Iglesia Catedral Primada de Toledo, Toledo, España
Hijos: Enrique III de Castilla, Fernando I de Aragón, Miguel de Castilla y León
Padres: Enrique II de Castilla, Juana Manuel de Villena
Cónyuge: Beatriz de Portugal (m. 1383), Leonor de Aragón (m. 1375–1382

La muerte de Enrique II en Santo Domingo de la Calzada el 29 de mayo de 1379 dio la corona de Castilla a su primogénito Juan, habido de doña Juana Manuel, nacido en Epila (Aragón) el 24 de agosto de 1358, y a la sazón de unos veinte años de edad.

El nuevo monarca, cuya adscripción al mecanismo de las cortes castellanas se puso muy pronto de relieve, siguió en su política exterior los precedentes establecidos por su padre, e incluso estrechó la alianza con Francia.

A tal fin en el problema del Cisma de Occidente, ante el cual su padre había practicado una política de neutralidad, se declaró Juan I partidario de la causa del antipapa de Aviñón, Clemente VII, al que reconoció en 1381.

Al mismo tiempo, continuó prestando auxilio a Carlos V en la guerra de los Cien Años, de modo que en 1380 una escuadra castellana realizó la proeza de remontar el Támesis hasta las inmediaciones de Londres.

Sin embargo, esta política antiinglesa resultó en definitiva perjudicial para la causa de Tuan I, pues buena parte de los conflictos con Portugal durante esta época fueron suscitados o avivados por la corte de Inglaterra.

Fernando I de Portugal, que ya en tiempos de Enrique II había reclamado la corona de Castilla, renovó sus pretensiones al subir al trono Juan I.

Contenido por las treguas de 1380, buscó luego la alianza con Inglaterra, y habiéndola obtenido, se lanzó a la lucha, a la que Juan I hizo frente desde 1381 con singular acierto.

En 1382 la flota real castellana atacó Lisboa, y el 9 de agosto del mismo año don Fernando se inclinó a firmar las paces con Castilla. Después de un nuevo convenio en marzo de 1383, Juan I casó con doña Beatriz, hija y heredera del monarca de Portugal, con determinadas estipulaciones para evitar que este reino fuera anexionado al castellano.

La muerte de don Fernando, el 22 de octubre de 1383, indujo a Juan I a proclamarse rey de Portugal. Pero los portugueses no se mostraron partidarios del rey castellano, sino que aclamaron a Juan de Avís, hijo bastardo de Pedro I.

El de Avís organizó la resistencia nacional contra Juan I de Castilla, a quien la reina gobernadora, doña Leonor, entregó el gobierno el 12 de enero de 1384 en Santarem.

Aquel mismo año los castellanos sufrían dos graves descalabros: una derrota campal en Atoleiros y el levantamiento del sitio de Lisboa a causa de la peste que diezmó las filas de las huestes de Juan I.

Este no cejó en sus propósitos, a pesar de que la voluntad de Portugal se afirmó con la coronación del bastardo de Avís el 6 de abril de 1385.

Con un lucido ejército penetró en tierras portuguesas por la frontera extremeña, pero sufrió un irreparable desastre en Aljubarrota el 15 de agosto de 1385.

Inglaterra aprovechó la oportunidad para desembarcar en las costas gallegas al duque de Lancáster, Juan de Gante, otro de los que reclamaban los derechos al trono de Castilla, esta vez para su esposa doña Constanza, hija de Pedro I el Cruel.

Juan de Gante se apoderó de Santiago y concertó una alianza con el de Avís (1386). Al año siguiente quiso pasar a la Meseta. Rechazado en Benavente, cobró Valderas, Villalpando y otros lugares.

Pero no hallando ambiente para su causa, concertó con Juan I el tratado de Troncoso (1387), que ponía fin a la cuestión dinástica con el enlace del heredero de Castilla con la infanta Catalina, hija del duque de Lancáster y depositaría de los derechos de Pedro el Cruel.

Poco después se firmaba una tregua de seis años con Portugal. Las cortes castellanas ratificaron estas decisiones.

Al finalizar las de Guadalajara, Juan I halló la muerte en Alcalá de Henares, a raíz de una caída de caballo, el 9 de octubre de 1390.

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Biografia de Juana de Castilla -La Loca- Reina de Castilla

Biografia de «Juana La Loca» – Reina de Castilla

JUANA LA LOCA, DE CASTILLA (1479-1555): Pocas figuras de la historia de España suscitan tanta conmiseración como la de la princesa Juana de Castilla, a la que la muerte, abatiéndose sobre sus dos hermanos mayores y sus sobrinos, hizo heredera del trono de los Reyes Católicos.

Lo que la muerte le dio, se lo arrebató la caprichosa fortuna, nublando su razón y haciéndola incapaz para regir en persona las vastas posesiones de sus padres.

Juana La Loca
Juana I de Castilla, llamada «la Loca», fue reina de Castilla de 1504 a 1555, y de Aragón y Navarra, desde 1516 hasta 1555,
Fecha de nacimiento: 6 de noviembre de 1479, Toledo, España
Fallecimiento: 12 de abril de 1555, Tordesillas, España
Cónyuge: Felipe I de Castilla (m. 1496–1506)
Hijos: Carlos I de España, MÁS
Padres: Isabel I de Castilla, Fernando II de Aragón

Doña Isabel dio a luz a su tercera hija en Toledo, el 6 de noviembre de 1479. La muchacha creció enfermiza y delicada, pero nada hacía suponer que sería presa en el porvenir de tan funesta dolencia.

A los once años de edad, en 1490, fue prometida a Felipe de Borgoña, hijo del emperador de Alemania, Maximiliano de Austria.

La política antifrancesa de las dos coronas precipitó la boda. A mediados de 1496 una poderosa flota partió de Laredo para trasladar a la princesa a sus nuevos estados.

La ceremonia nupcial se celebró en Lierre (Flandes) el 21 de octubre de 1496. Juana se enamoró apasionadamente de su esposo, sin que éste correspondiera a su amor y se mantuviera fiel a su palabra.

La muerte del príncipe don Juan en 1497, la de la princesa doña Isabel en 1498 y la del infante don Miguel de Portugal en 1500, hicieron de Juana la heredera de Castilla y Aragón.

Para ser reconocida en calidad de tal, Juana regresó a España con don Felipe en enero de 1502.

Jurada por las cortes de los respectivos reinos, su esposo partió para sus estados a fines del mismo año. Fue en esta ocasión que se revelaron claramente los primeros síntomas de la enajenación mental de la princesa heredera de Castilla (Medina del Campo, noviembre de 1503).

Empeñada en volver al lado de su inconstante esposo, Juana obtuvo de su madre la debida autorización para marchar a Flandes.

La reina doña Isabel dióle este permiso para ver si el espíritu de Juana recobraba la serenidad y el equilibrio. De nuevo la princesa se embarcó en Laredo (primavera de 1504); pero ahora acompañaba a la flota un aire de irreparable tragedia. Su ausencia no fue muy larga.

La muerte de doña Isabel la hacía reina de Castilla, aunque bajo la regencia de Fernando el Católico.

El 28 de abril de 1506 desembarcaba con Felipe el Hermoso en La Corana. Este logró imponerse a su suegro y fue aclamado por los nobles como rey de Castilla, en detrimento del testamento de Isabel la Católica.

El nuevo soberano quiso recluir a su esposa como demente y encargarse él solo de la regencia del reino. Pero las cortes de Valladolid juraron a doña Juana reina propietaria el 12 de julio de 1506.

La muerte de Felipe el Hermoso (25 de septiembre de 1506) dejó a doña Juana en un estado de estúpida insensibilidad.

No quiso separarse del cadáver de su marido, al que fué acompañando en una peregrinación por los campos de Castilla que se ha hecho famosa.

En agosto de 1507 entrevistóse en Móstoles con su padre don Fernando, que regresaba de Ñapóles para hacerse cargo de nuevo de la regencia del reino. Desde este momento la reina residió en Arcos y en Tordesillas.

En este palacio pasó la mayor parte de su vida, desde 1509 hasta su muerte, ocurrida el 11 de abril de 1555, después de una cruel enfermedad.

Durante cincuenta años de muerte en vida, doña Juana vivió alejada por completo de los asuntos del Estado, aunque su nombre figuró legalmente en los documentos públicos.

Su nombre sólo volvió a sonar en septiembre de 1520 con motivo de la sublevación de los comuneros castellanos, una de cuyas diputaciones fué a entrevistarse con ella en su retiro de Tordesillas.

Juana La Loca y Felipe I
Juana «La Loca» Junto a su marido el Rey Felipe I

Ver: Amor Felipe I y Juana de Castilla

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Biografia de Maximiliano I de Austria Desarrollo de su Reinado

Biografía de Maximiliano I de Austria

MAXIMILIANO I Archiduque de Austria y emperador de Alemania (Wiener Neustadt, 1459 – Wels, 1519). Entre su padre Federico III y su nieto Carlos V, Maximiliano I de Austria despliega sus brillantes cualidades físicas, morales e intelecto para remediar la crisis de la autoridad monárquica en Alemania y restablecer su hegemonía imperial en Europa.

Era hijo del emperador Federico III, a quien sucedió en 1493. Su matrimonio con María de Borgoña, heredera de Carlos el Temerario (1477), hizo entrar en el patrimonio de la Casa de Habsburgo los Países Bajos y el Franco Condado; para ello, hubo de concertar un acuerdo con Francia por el Tratado de Arras (1482), en virtud del cual se repartían los dominios borgoñones entre Austria (Países Bajos y Franco Condado) y Francia (Picaría y Borgoña), tras la muerte de su mujer en aquel mismo año.

Biografia de Rey Maximiliano I de Austria
Rey Maximiliano I de Austria:recibibió de su padre, Federico III, en 1493, una sustanciosa herencia: Austria, Hungría, otras posesiones, y el derecho prioritario al reino de Alemania y al título de emperador. Por entonces, la casa de Habsburgo, llamada también de Austria desde fines del siglo XIII, ya figuraba entre las más poderosas de Europa.

Durante su reinado inició una serie de desgraciadas empresas guerreras y una desafortunda su política interior que sumado a su sistema de enlaces monárquicos no consiguió para nada un gobierno exitoso.

Maximiliano hubiera sido un emperador de fama imperecedera si Alemania le hubiese secundado y si, por su parte, hubiese puesto en sus empresas no tanta fantasía y un poco más de sentido práctico.

Con todo, su nombre destaca con simpático relieve en la historia de fines del siglo XV y de comienzos del XVI.

Hijo de Federico III, el emperador de los infortunios, y de Leonora de Portugal, nació Maximiliano en Wiener-Neustadt el 22 de marzo de 1459. El rumbo de su política quedó fijado desde su juventud, cuando su padre y Carlos de Borgoña concertaron su matrimonio con María Blanca, heredera de los Países Bajos.

El anciano emperador había transmitido también al hijo una divisa —A.E.I.O.U.— iniciales de la frase que resumía su política: «Austriae Est Imperare Orbi Universo», o sea, «La Casa de Austria debe reinar sobre el inundo entero». Para poner en ejecución esa idea, Maximiliano 1 confió, como su padre, en la eficacia de la solución propuesta por un viejo proverbio: «Si no tienes fortuna, cásate con ella».

Pese a la oposición de Luis XI de Francia, quien ambicionaba la mano de la duquesa para su hijo Carlos, el casamiento tuvo lugar el 19 de agosto de 1477, poco después que el Temerario perdiera la vida ante los muros de Nancy. Por este simple hecho, Maximiliano se convertía en heredero de la política ducal de Borgoña y en rival implacable de Francia.

Esta hostilidad se tradujo inmediatamente en una guerra formal. Maximiliano triunfó en Guinegate (1479), pero tuvo que ceder ante Luis XI por la paz de Arras (1483), motivada por las discrepancias interiores de Flandes. Un año antes, había muerto María Blanca, y la posición de su esposo se había debilitado mucho.

En 1488 fué hecho prisionero por los mercaderes de Brujas, que sólo le devolvieron la libertad ante la amenaza de un ejército imperial que acudió en su ayuda.

La situación quedó restablecida cuando en 1493 Carlos VIII de Francia, deseoso de librarse de enemigos para sus empresas de Italia, restituyó el Franco Condado y el Artois a Maximiliano por el tratado de Senlís. Poco después, el 19 de agosto de 1493, sucedía en el trono de Alemania a su padre, quien había preparado su elección como rey de romanos en 1468.

Seguro el Imperio por Occidente, Maximiliano intentó impedir la expansión de Francia en Italia. Así su nombre se halla vinculado al de las guerras que se desarrollaron en esta península entre 1494 y 1519.

Recordemos que la llave de la hegemonía militar en Italia se hallaba en el Milanesado, y que los emperadores de Alemania se consideraban soberanos de este territorio. Por otra parte, Maximiliano se casó (1494) en segundas nupcias con Blanca María Sforza, sobrina de Ludovico el Moro, duque de Milán.

Estos detalles explican las repetidas intervenciones de Maximiliano en la política italiana y, además, su alianza con los Reyes Católicos de España, robustecida en 1497 con los enlaces del príncipe Juan y de la princesa Juana, hijos de estos monarcas, con sus propios hijos, Margarita y Felipe, respectivamente.

Maximiliano participó en la liga de Venecia de 1494, dirigida contra Carlos VIII de Francia; en la liga de Cambrai de 1508, ésta lanzada contra Venecia; en la Liga Santa de 1511, de nueva contra Francia; y, por último, en la liga de Marignano de 1513, también contra Francia.

En Italia, España se hizo próspera; pero Maximiliano sólo recogió reveses y derrotas. En 1509 perdió todo su crédito militar en el asedio de Verona; y en 1515 el desastre de Marignano libró el Milanesado a Francisco I de Francia…..

Poco más feliz fué el resultado de su política dama biana, que tendía a la restauración de la monarquía de los Austrias en Hungría. Después de la muerte Matías Corvino en 1490, Maximiliano había penetra do en Hungría en son de guerra y conquistado Alba Real (1491).

Pero tuvo que resignarse a aceptar la elección de Ladislao Jagellón por los húngaros. Desde en tonces procuró anudar lazos dinásticos con el monarca de Bohemia y Hungría, lo que logró en 1515, a bai enlace de Ana, heredera del Jagellón, con uno sus nietos (en 1521, Fernando casó con ella).

En el interior del Reich, Maximiliano procuro po ner freno a la anarquía dimanante del reinado de Fe derico III.

En una serie de Dietas, desde la de Worm de 1495 a la de Colonia de 1512, se arbitraron muchas disposiciones para equilibrar los deseos del poder im perial y las ambiciones de los príncipes electores: se instituyó un tribunal imperial, una junta del Reich (Reichsregiment), un impuesto general y una división administrativa en «círculos».

Pero ninguna de esas re formas fue suficiente para impedir el declive del poder central en Alemania.

Maximiliano murió el 12 de enero de 1519 en Wels mientras preparaba la elección de su nieto Carlos a la corona de Alemania. Su fortuna había sido precaria; pero, en cambio, había establecido con firmeza las bases del poder de los Austrias en Europa.

La «diplomacia matrimonial» ofrecía ventajas considerablemente ma-yores que la política de guerras de conquista, sobre todo para la economía de recursos.

Fue pensando así como Federico III había casado a Maximiliano con María de Borgoña, heredera de los Países Bajos —riquísimo centro comercial— y del Franco Condado. Con ese mismo objetivo, Maximiliano, a su vez, envió emisarios en sondeos diplomáticos por toda Europa en busca de casamientos ventajosos para sus hijos.

La elección recayó en España. La península, en proceso de unificación gracias al matrimonio de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla —los Reyes Católicos—, había incorporado recientemente a sus riquezas las promisorias tierras del Nuevo Continente: América.

Sin duda, excelente dote para los numerosos hijos del matrimonio. Muy exitoso en las negociaciones, Maximiliano casó a su hijo Felipe (llamado el Hermoso) con Juana de Castilla, y a su hija Margarita con Juan de Aragón, único hijo varón y heredero de los reyes peninsulares. Se estableció así una sólida alianza entre el Imperio Romano Germánico (o, por lo menos, entre la Casa de Austria) y los soberanos españoles.

Pero no todo ocurrió como se había previsto. Algunos meses después del casamiento, el Infante Don Juan muere. Maximiliano advierte a Felipe: «Tu hermana Margarita quedó viuda y sin hijos.

Por lo tanto, cabe ahora exclusivamente a ti la responsabilidad de traer al Imperio la corona española». El hijo no lo decepciona: en siete años su mujer da a luz seis hijos, y el primogénito, Carlos, será el heredero del trono de España. Felipe no llega a ver el nacimiento de la última criatura, ya que muere en el año 1506.

Fuente Consultada:
Mil Figuras de la Historia Universal Tomo I Entrada Maximilano I de Austria
Grandes Personajes de la Historia Universal Tomo III Editorial Abril

Biografía de Carlos VI El Bienamado Rey de Francia

Biografía de Carlos VI
«El Bienamado» Rey de Francia

Carlos VI el Bienamado (1368-1422), rey de Francia (1380-1422), hijo de Carlos V. Tras la muerte de su padre, ocurrida en 1380, estuvo bajo la tutela de un consejo ducal hasta 1388, año en que rechazó la regencia y comenzó a reinar por derecho propio. Gobernó en buen estado de salud hasta 1392, momento en que empezó a padecer trastornos mentales.

Carlos V murió en 1380. Fue un rey sabio. Su hijo, que entonces contaba 12 años de edad, caería tiempo después víctima de la locura. Sus tíos, los duques de Anjou, de Borgoña y de Berry, se preocupaban únicamente de sus propios intereses. El primero aspiraba a reinar sobre Nápoles; el segundo, a sacar el mayor partido del feudo de Flandes, cuya heredad debía recibir; el tercero sólo quería amontonar riquezas para gozar de ellas.

Carlos VI Bienamado de Francia

Mantuvieron aislado al pequeño rey, hasta que, irritado por los abusos cometidos, el país se levantó contra ellos. En París estalló la rebelión de los Maillotins, y en el Mediodía, la de los Tuchins.

También sobrevino la guerra de Flandes. Carlos VI participó en ella, dando pruebas de su valor, en la batalla de Rosebecque (1382), adonde fueron derrotados los flamencos que se levantaron contra el yugo feudal. Los vencidos se vieron tan acosados que, según un viejo cronista, no quedaba entre ellos bastante lugar para que la sangre corriera. Cuando regresó a París, Carlos VI encontró al pie de Montmartre 20.000 hombres armados, en orden de batalla, y temió verse obligado a combatirlos para entrar en su propia ciudad.

Pero los parisienses le hicieron saber que tan imponente presentación sólo obedecía al deseo de darle una idea de su poder y no al de atacarlo. Al día siguiente, Carlos VI hizo derribar una parte de la muralla y, con casco ceñido y lanza en mano, entró en la ciudad con aire agresivo.

Se tomaron medidas muy severas contra los habitantes de París, y hasta hubo ejecuciones cuya crueldad debe ser reprochada a los regentes antes que al joven príncipe, que aún no había subido al trono. Sus tíos resolvieron casarlo inmediatamente. Dirigiéronse al duque Esteban de Baviera, quien les envió a una de sus hijas, Isabel, a la que el pueblo francés llamaría Isabeau. Cuando la vio, el joven príncipe quedó prendado. Era la prometida que había deseado. Desgraciadamente sería el flagelo de Francia.

El matrimonio fue celebrado en Amiens, en julio de 1385. Después de su enlace, el rey quiso hacerse cargo del poder. Fue apoyado por Pedro de Montaigu, cardenal de Laon, a quien esta actitud razonable le valió morir asesinado. Los antiguos consejeros de Carlos V: Olivier de Clisson, Bureau de la Riviére, Le Bégue de Vilaines, Juan de Novian, Juan de Montaigu, llamados despectivamente por los grandes señores «los mamarrachos», lo aconsejaron en la misma forma que a su padre y lo apoyaron con todas sus fuerzas. El rey les confió la dirección de los asuntos de Estado, y su desempeño prueba que merecían ese cargo.

Poco tiempo después el duque de Orleáns, gentil y disoluto, contraía nupcias con la hermosa Valentina Visconti; su matrimonio fue seguido por la consagración de la reina Isabel en París, el domingo 20 de agosto de 1389. La fiesta fue magnífica. En la puerta de Saint-Denis habíase representado un cielo estrellado y los niños, vestidos de ángeles, cantaban melodiosamente.

Una imagen de Nuestra Señora tenía en los brazos a un niño accionado por un mecanismo; la fuente de Saint-Denis derramaba los mejores vinos, y jóvenes con sombreros de oro ofrecían de beber. En la segunda puerta de Saint-Denis, Dios Padre, en Majestad, el Hijo y el Espíritu Santo recibieron a la reina. Las casas estaban empavesadas, y en la plaza del Chátelet se levantaba un gran castillo de madera, de donde salieron un ciervo blanco, un águila y un león. Vestido como un ángel, un acróbata descendió desde lo alto de una de las torres de la iglesia de Notre-Dame por una cuerda y coronó a la reina. Hubo justas y el rey fue uno de los vencedores.

En ese mismo año el rey y la corte tomaron partido por la Santa Virgen, contra una secta de teólogos que el pueblo llamó «enemigos de María», y se instituyó en París una fiesta en honor de la Inmaculada Concepción.

Los placeres de los grandes no impedían sin embargo que el país fuese desgraciado. Gente, antes rica y poderosa casino tenía con que trabajar sus viñedos y sus tierras: todos los años pagaban cinco o seis tallas y sus bienes diezmados quedaban reducidos a la tercera o cuarta parte, y a veces a nada. En 1390, cuando la pareja real estaba en Saínt-Germain, estalló una espantosa tempestad. Isabel, que esperaba su tercer hijo, vio en la tormenta una manifestación de la cólera celeste. Suplicó a su esposo que aliviara al pueblo.

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Isabel, mujer de Carlos VI, no quiso ser menos que los duques de Orleáns y de Borgoña.  Libre del  control de su marido, llevó una existencia de lujo desenfrenado, sin preocuparse por la condena de la Iglesia.

El rey hizo lo que pudo, pero fue contrariado por los duques de Borgoña y de Berry, y por su hermano, el duque de Orleáns, que llevaba una vida disipada. El mismo rey, aunque compasivo y generoso, gustaba de los entretenimientos con el entusiasmo de un adolescente dispuesto a satisfacer sus caprichos, y no podría asegurarse que, a esa edad, sú razón no estuviese ya afectada. A principios del año 1392 tuvo un primer acceso de «fiebre amarilla», provocada sin duda por alguna profunda alteración orgánica.

Antes de continuar, evoquemos el ambiente en que vivían el rey y la reina. Era su morada el hotel Saint-Pol, compuesto por un grupo de hoteles, casas y jardines adquiridos por la familia real en 1365. Los departamentos se componían del dormitorio (albergue del rey), la capilla, el salón del retiro, el estudio, las cámaras tibias, así llamadas porque en ellas se encendían estufas durante el invierno. En los jardines había una pajarera, una pieza para tórtolas y una jaula para fieras.

Este confuso conjunto, escribe Dulaure, comprendía patios y corrales. El patio de justas era el más amplio. Las vigas y tirantes de los principales departamentos estaban decorados con flores de lis de estaño dorado, cuenta Saint-Foix en sus Ensayos históricos (1754). Los vidrios, pintados con distintos colores y cargados de escudos de armas, divisas e imágenes de santos y santas, parecían vidrieras de iglesia. El rey tenía sillas de brazos, en cuero rojo con franjas de seda…

Una noche, al salir de una fiesta realizada en la residencia real, Olivier de Clisson, condestable de Francia, después de la muerte de Du Guesclin que había sido su hermano de armas, fue atacado por Pedro de Craon y su banda y dado por muerto o moribundo. Cuando el rey se enteró de lo ocurrido, corrió a la casa del panadero que había recogido a Clisson y juró vengarlo.

Pedro de Craon, denunciado por Clisson, se refugió en Bretaña; Carlos VI, a la cabeza de un ejército, resolvió ir en su búsqueda para castigarlo. Y aquí se sitúa el episodio dramático de la locura de Carlos VI, que Michelet relata de la siguiente manera: «Cuando atravesaba el bosque del Maine, un hombre de mal aspecto, sin otra indumentaria que una saya blanca, se arrojó repentinamente al encuentro del caballo del rey, gritando con terrible tono: «¡Detente, noble rey! ¡No sigas adelante, te traicionaron!».

Obligáronle a soltar la brida del caballo, pero le permitieron que siguiera al rey, gritando durante media hora. Al mediodía, el rey salía del bosque para entrar a una planicie de arena donde el sol caía a plomo. Todos sufrían el calor.

Un paje que llevaba la lanza real se durmió sobre su cabalgadura, y la lanza, al caer, golpeó el casco de otro paje.Con el ruido del acero, al chocar, el rey se sobresalta, desenvaina su espada, y precipitándose sobre los pajes, grita: «¡A los traidores! ¡Quieren entregarme!»

Con la espada desnuda se precipitó sobre el duque de Orleáns. Éste logró escapar, pero el rey enceguecido, dio muerte a cuatro de sus hombres antes de que pudieran detenerlo. Fue preciso que se cansara: entonces uno de los caballeros lo tomó por la espalda.

Consiguieron entre varios  desarmarlo y hacerlo descender del caballo; lo acostaron luego en el suelo. Los ojos le daban vueltas en las órbitas, no reconocía a nadie y no articulaba palabra. Sus tíos y su hermano encontrábanse a su alrededor. Todos podían aproximarse y verlo. Los embajadores de Inglaterra acudieron como los demás; esto fue muy mal visto por la mayoría.

El duque de Borgoña, sobre todo, increpó airadamente al chambelán La Riviére, porque éste había permitido que los enemigos de Francia vieran al rey en ese lamentable estado. Cuando éste volvió en sí, y supo lo que había hecho, sintió horror, pidió perdón y se confesó.»

Los tíos del rey tomaron entonces posesión del gobierno; el duque de Orleáns fue separado de su cargo por ser «demasiado joven» para desempeñarlo. La primera preocupación del duque de Borgoña fue deshacerse de todos aquellos que podían ser fieles al rey. En cuanto a la reina, que hasta ese momento había llevado una vida disipada, desafió a todas las opiniones.

Pasaba gran parte de su tiempo arreglándose, tomaba baños en agua de pamplina hervida o en leche de burra, como Mesalina, cuyas locuras imitaba. Los religiosos criticaban desde el pulpito su lujo insolente y su forma de vivir. Un agustino, Jacques Legrand, llegó a decir: «La gente de bien condena vuestra conducta. ¡Si no queréis creerme, recorred la ciudad vestida como una mujer pobre, y oiréis lo que dicen de vos!».

Poco le importaba. Y poco le significaba el reino de Francia, aunque aceptó ponerse a la cabeza de un Consejo de Regencia, del que formaba parte el duque de Orleáns. Pero ella transformaba fácilmente la sala del Gran Consejo en sala de fiestas.

¿El rey? ¿Qué ocurría con el rey mientras tanto? Divertíanlo. Se divertía. Pasaba de un entretenimiento a otro; casi pereció en uno de ellos. Fue el 29 de enero de 1393: Isabel organizó una mascarada en honor de una viuda a su servicio, que se volvía a casar. «Es una mala costumbre practicada en distintas partes del reino —dice el religioso de Saint-Denis— hacer toda clase de locuras en el casamiento de mujeres viudas, y tomarse las libertades más atrevidas, con los disfraces más extravagantes…»

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Las mismos cortesanos se burlaban con frecuencia del rey. Durante un baile de máscaras, Carlos VI se disfrazó de salvaje. En medio de la fiesta las plumas con que había decorado su disfraz se inflamaron, y habría sufrido una muerte horrible si la duquesa de Berry no hubiese apagado las llamas.

El escudero Hugolino sugirió al rey que se disfrazara de salvaje, con algunos de sus cortesanos. Y cuando el baile había comenzado, Carlos VI y cinco de sus compañeros se hicieron coser sayas de telas cubiertas de lino y se untaron con pez para pegarse plumas y estopas. El rey entró a la sala de baile con sus cinco compañeros. Durante la danza, un imprudente aproximó una antorcha a uno de los salvajes y la pez se inflamó.

En un momento todos estuvieron en llamas. La reina se desmayó. La duquesa de Berry, con notable espíritu de arrojo, logró salvar al rey, envolviéndolo con su manto y ayudándole a salir. Pero semejante emoción sólo podía agravar el estado mental del monarca.

Sin embargo el pueblo quería al desdichado Calor VI y no lo hacia  responsable de los males iel reino. Es cierto que, en los momentos en que el rey recuperaba la lucidez, las medidas que tomaba eran justas. Pero cuando perdía el uso de la razón, su Consejo lo obligaba a revocar sus decisiones.

Así fueron restablecidos los juegos de azar, anteriormente suprimidos y disueltas las milicias de arqueros, que él mismo había formado y autorizado para defender el país de las invasiones extranjeras, pero que podían llegar a ser más poderosas que «los príncipes y los nobles»…, justamente lo que estos últimos querían evitar.

Carlos VI murió en 1422. Sabido es cómo se encontraba entonces Francia. El tratado de Troyes, firmado en 1420, abandonaba el país a Inglaterra.

La reina, sin embargo, continuó entregándose a los placeres, preocupada únicamente por satisfacer sus lujos y caprichos y sólo consentía las privaciones que le imponía su régimen para adelgazar.

Tuvo sobre las modas de su siglo la influencia más extraña. A propósito, resumiremos una página de Miche-let: «Los asientos destinados a las damas parecían pequeñas catedrales de ébano. Velos preciosos, sacados antaño del tesoro de las iglesias, ondeaban alrededor de las hermosas cabezas… Hasta las formas satánicas que gesticulaban en las gárgolas fueron incorporadas a la indumentaria. Las mujeres llevaban cuernos en el tocado, los hombres en los pies. Las puntas de sus zapatos se retorcían formando astas, garras o colas de escorpión.»

Recordemos que fue para divertir al rey loco que se perfeccionó el juego de cartas, cuya invención es probablemente china, y que se dio a sus figuras el nombre de personajes de la historia o de las novelas de caballería.

Bajo este mismo reinado, una ordenanza de 1396 obligaba a los jueces a entregar anualmente a la Facultad de Medicina de Montpellier, el cuerpo de un condenado a muerte —decisión considerable para el progreso de la ciencia médica—, porque hasta entonces, como entre los romanos, la disección de cadáveres estaba prohibida en Francia. Citaremos aún, entre los hechos que se relacionan con esta época, las expediciones del ciudadano de Dieppe, Juan de Béthancourt, que organizó un establecimiento en las islas Canarias.

Una fecha importante para la historia del teatro es la concesión acordada en 1402 por Carlos VI a la Cofradía de la Pasión, instalada en el edificio del hospital de la Trinidad. El teatro francés tiene su origen en esta cofradía.

Fueron éstas algunas imágenes de un rey que fue juguete de la corte, pero a quien su pueblo jamás acusó de los males que abrumaban a Francia. Diéronle dos sobrenombres: Carlos el Insensato y Carlos el Bienamado.

Fuente Consultada
LO SE TODO T omo III Editorial CODEX Biografía de Carlo VI

Arquitectura del Renacimiento y Sus Arquitectos

Arquitectura del Renacimiento – Arquitectos

El siglo XV trajo consigo un renovado gusto por el arte clásico; esta tendencia, que se mantuvo latente durante la Edad Media, se manifestó en Italia tanto en la literatura como en las artes decorativas.

El estilo románico tenía su punto de partida en el arte romano (la bóveda románica derivaba de un sistema ya empleado en Roma), y el gótico había sido siempre atemperado en la península, modificándose según los principios de ese equilibrio formal que caracteriza los monumentos clásicos.

El interés por la antigüedad griega y romana, se intensifica y disciplina en el curso del siglo XV  y llega a influir marcadamente sobre el nuevo estilo arquitectónico.

El Renacimiento es una creación típicamente italiana. Esto se explica si se considera que Italia había conservado el patrimonio clásico del que era heredera directa, y que durante todo el siglo XV, su riqueza artística no habría de franquear las fronteras alpinas. Pero en el curso del siglo XVI, gracias a numerosos grupos de arquitectos italianos, se difundiría en los países vecinos con un alcance sólo comparable al de la arquitectura gótica del siglo XIII.

En el curso de los siglos XV y XVI, nacen en Italia las señorías, y los papas se convierten en protectores de las artes, llamados mecenas.

Una manifestación del espíritu de aquella época la constituye la evolución de la arquitectura, que influye sobre toda la vida civil y crea sus obras maestras no sólo en el dominio de los monumentos religiosos, sino también en el sector de los edificios públicos y privados.

Esto tiene proyecciones tales, que en todas las ciudades nacen espléndidos palacios y, en la campaña, las casas de descanso.

No debe olvidarse que en el curso del Renacimiento se desarrolló en Italia la ciencia del urbanismo, es decir, de una arquitectura nacional en el recinto urbano, según el plan general y el ordenamiento de la ciudad.

El Renacimiento recurre al arte antiguo en busca de elementos arquitectónicos, de concepciones planimétricas, de principios sobre las proporciones y los sistemas de construcción.

Sin embargo, la arquitectura del Renacimiento no es una mera imitación de la que se desarrolló en la antigüedad. Los arquitectos, teniendo en cuenta los viejos modelos, los transforman a la luz de un ideal estético que les es propio.

En el lenguaje artístico Florencia sufrió radicales transformaciones a partir  del siglo XV por obra de unos cuantos artistas, cuyo número y calidad resultan sobresalientes en la Historia del Arte. En el primer tercio del siglo el arquitecto Brunelleschi, el escultor Donatello y el pintor Masaccio desplegaron una actividad que sirvió de base y punto de partida para ulteriores desarrollos en Florencia y en otras ciudades de Italia a partir del segundo tercio del siglo y para la progresiva difusión e implantación del nuevo estilo en el resto de Europa occidental, con los naturales matices e incluso importantes diferencias por razones geográficas y cronológicas.

En sus inicios, el arte que denominamos renacentista tuvo como característica común su preocupación por el hombre, entendido como ser individual y libre, y por el espacio que le rodea.

En el siglo XV aparece una nueva concepción arquitectónica que subsiste aún en nuestros días. A diferencia de los constructores de los períodos románico y gótico, el arquitecto del Renacimiento no sale de entre los albañiles y escultores.

Es un hombre de formación más teórica que práctica; a menudo, proviene de otras ramas del arte, y sólo se consagra a la arquitectura de tiempo en tiempo.

Él dibuja los planos del edificio y, en la mayoría de los casos, encarga a otros la realización de los mismos. Ello explica que el aporte del Renacimiento sea no de orden constructivo, como en el románico y el gótico, sino puramente estético.

Si apartamos la común derivación de la arquitectura clásica, las creaciones del Renacimiento se presentan bajo tantos aspectos como, arquitectos han trabajado en ellas.

Este fenómeno se explica por la preparación misma del arquitecto de este período, quien, en razón de su cultura, no podía limitarse a reconstruir un modelo ya existente, sino que aspiraba a distinguirse imponiendo a su obra el sello de su personalidad.

Desde el punto de vista del estilo, conviene dividir el Renacimiento italiano en dos períodos bien distintos: en el primero, que comprende todas las manifestaciones arquitectónicas del siglo XV, los elementos clásicos son interpretados con una armonía, simplicidad y elegancia que no se repetirán en el segundo, es decir, el que corresponde al siglo XVI, durante el cual la arquitectura buscará efectos monumentales y espectaculares.

Durante el siglo XV predomina y se difunde por toda Italia la tendencia marcada por los artistas florentinos; éstos siguen las enseñanzas de Felipe Brunelleschi y León Bautista Alberti. En el curso del siglo XVI, las directivas estéticas serán impartidas por los arquitectos de Roma.

cupula brunesllechi

La cúpula de Santa María de las Flores es un milagro de la arquitectura, pues el equilibrio de esta obra gigantesca es obtenido sin ninguna armazón, gracias al simple y perfecto enlace de los dos casquetes. El proyecto inicial es obra de Lorenzo Ghiberti y de Felipe Brunelleschi, pero es a este último a quien corresponde él mérito de la realización.

El siglo XV se inaugura con los trabajos del artista y escultor Brunelleschi (1377-1446).

Si la prodigiosa cúpula de Santa María de las Flores, inspirada en la cúpula clásica del Panteón, nos lo revela aún entusiasmado con el verticalismo gótico, sus obras ulteriores prueban, de manera incontestable, que su nueva modalidad es típicamente latina.

A la cúpula florentina sucede la iglesia de San Lorenzo, con una nave techada y las naves laterales terminadas en crucero.

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Iglesia de Santa María de Novella en Florencia

Leon Battista Alberti (1404-1472), arquitecto y escritor italiano, fue el primer teórico del arte del renacimiento, y uno de los primeros en emplear los órdenes clásicos de la arquitectura romana.Alberti nació en Génova el 14 de febrero de 1404. Hijo de un noble florentino, recibió una educación acorde con su clase social, primero en la escuela de Barsizia (Padua) y luego en la Universidad de Bolonia. Allí estudió griego, matemáticas y ciencias naturales. Como poeta, filósofo y organista —uno de los mejores de su tiempo— ejerció una gran influencia entre sus contemporáneos. En 1432 fue nombrado secretario del papa Eugenio IV.

Vienen luego, en orden cronológico, la Sagrestiú vecchia, que responde a un plano cuadrado con teche en cúpula, y la galería del Hospital de los Inocentes, financiada por los tejedores de seda. Sin embargo, es en la capilla de los Pazzi donde Brunelleschi revela más claramente el sentido de la medida, de la armonía y de las proporciones.

En la iglesia del Espíritu Santo, comenzada por el arquitecto en 1436 y terminada después de su muerte, el sentido más desarrollado de la profundidad y del espacio hace presentir la arquitectura del siglo XVI.

En las dos iglesias florentinas que acabamos de mencionar, señalaremos la acentuación del eje longitudinal del edificio que vuelve al plano tradicional de la basílica paleo-cristiana, y el aligeramiento de las arcadas, mucho más esbeltas que las del medievo italiano.

arquitectura El palacio Rucellai

Florencia: El palacio Rucellai fue edificado entre 1447 y 1451 por Bernardo Rossellino, sobre un proyecto de León Bautista Alberti. Este edificio, en el cual se notará la admirable fusión de elementos clásicos con elementos de la más pura tradición medieval y el resurgimiento de los órdenes superpuestos (ventanas con dintel, que comprenden al mismo tiempo un almohadillado liso y de doble cristal), volverá a ser tomado como modelo por los arquitectos del siglo XV.

Esto último pudo lograrse gracias a la inserción de arcos entre el capitel y el pie derecho (pilar que soporta el arco o el dintel). La misma luminosidad y la misma elegancia aparecen en la capilla de los Pazzi, donde el arquitecto ha repetido con ciertas modificaciones el motivo del pronaos griego.

Entre las construcciones civiles del Renacimiento se admira el espléndido palacio Pitti, diseñado por Brunelleschi y realizado por varios arquitectos, entre los cuales citaremos a Lucas Fancelli (siglo XV) y Bartolomé Ammannati (siglo XVI). La simplicidad de las líneas y la sobriedad de los ornamentos contribuyen a dar al edificio mayor majestuosidad y armonía.

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Palacio Pitti, diseñado por Brunelleschi

Los trabajos arquitectónicos de León Bautista Alberti revelan menos elegancia y ligereza; se caracterizan por una mayor amplitud, que los emparenta con las construcciones grecorromanas.

La figura de este artista aparece como el ideal vivo del arquitecto de la época. Alberti (1404-1472), es antes que nada, un teórico de la arquitectura.

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Florencia: Hospital de los Inocentes. Es una de las primeras realizaciones de Brunelleschi; en ella se admira la armonía de las proporciones, característica de los comienzos del Renacimiento florentino. Son fácilmente observables los elementos clásicos (columnas griegas, arco romano, el cornisamento acentuado por el frontón y la orla).

Se conocen sus tratados De la Escultura, De la Pintura y De la Arquitectura, en los cuales expresa su deseo de retornar al arte clásico, pero con un nuevo espíritu; cuando se le encomienda la ejecución de los planos de los edificios, no es él quien se ocupa de su realización: el arquitecto confía el diseño de los mismos a sus alumnos: Mateo de Pasti, Bernardo Rossellino, Pier de Gennari, Mateo Nuzio y Lucas Fancelli.

Además del templo Malatestiano en Rímini, el proyecto de cuya fachada (que no ha sido ejecutada) se conserva en una medalla grabada por Mateo de Pasti, Alberti nos ha dejado: el palacio Rucellai en Florencia, la iglesia de San Andrés de Mantua, en cuyas paredes laterales se abren numerosas capillas que confieren a la construcción la magnificencia de los edificios romanos; también merece mencionarse la restauración de la fachada de Santa María la Nueva en Florencia.

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En el siglo XV, en Venecia, los elementos góticos sufrieron grandes transformaciones, tal como puede verse en la iglesia de los Milagros, obra de Antonio Rizzo y de Pedro Lombardo; allí la simplicidad del Renacimiento toscano ha sido realzada por las marqueterías de mármol y los rosetones.

Luciano Laurana fue otro de los grandes arquitectos del siglo XV; nació en Zara y murió en Pésaro. No se tiene lamentablemente una información precisa en cuanto a la ciudad donde recibió su formación artística.

Se sabe solamente que entre 1460 y 1470 permaneció en Urbino, donde ejercía su actividad en el palacio Ducal, y que en 1468, Federico II de Montefeltro lo nombró arquitecto en jefe de su corte.

El nuevo estilo arquitectónico se difunde en Toscana y en el centro y norte de Italia, gracias a los arquitectos toscanos, que inspirándose en las obras de Brunelleschi y Alberti, realizaron trabajos llenos de originalidad.

Michelozzo Michelozzi, joyero y grabador (1396-1472), edifica en Florencia el convento de San Marcos y el palacio Médicis Riccardi, y en la campiña toscana las casas de Cafaggiolo y de Careggi, que lo enfrentan con el problema de las construcciones privadas; el arquitecto lo resuelve inspirándose en las moradas medievales.

En Milán, donde trabaja hacia 1462, construye la capilla Portinari de San Eustaquio y el palacio del Banco Mediceano, cuyo portón se conserva en el museo del castillo de esa ciudad.

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Pocos son los ejemplares de la arquitectura del siglo XV en Roma. Citaremos la iglesia de Santa María del Pueblo, construida por Baccio Pontelli y M. del Caprina e inspirada en la obra de Brunelleschi y de Alberti.

El palacio Strozzi y el pórtico de la iglesia de Santa María de la Gracia en Arezzo, obras realizadas en Florencia por Benedicto da Maiano, nos muestran la original interpretación de los cánones entonces vigentes, y cuya aplicación en las proporciones caracteriza todas las manifestaciones del siglo XV, expresándose por una tendencia hacia lo monumental.

Citaremos también a Giuliano da Maiano, Giuliano da Sangallo, Antonio da Sangallo (conocido principalmente por sus construcciones militares), Agostino di Duccio (cuya habilidad de decorador se pone de manifiesto en el oratorio de San Bernardino en Perusa), Bernardo Rossellino, arquitecto, escultor y,  urbanista, a quien el papa Pío II confió la tarea de transformar su ciudad natal en una ciudad artística modelo.

En el norte de Italia, donde subsistía la tradición románico-gótica, los arquitectos modifican las enseñanzas del arte florentino, multiplicando los elementos decorativos.

SOBRE LOS ALGUNOS ARQUITECTOS

Filippo Brunelleschi
(1377-1446)
Las piezas realizadas por los escultores Ghiberti y Brunelleschi en el concurso de 1401 para la segunda puerta de bronce del Baptisterio de Florencia muestran la distancia entre la estética formalista del primero y la preocupación del segundo por el trasfondo humano de la escena representada. Tras negarse a colaborar en esta obra con su contrincante, Brunelleschi viajó a Roma y allí, en contacto con los monumentos antiguos, se encaminó a la práctica arquitectónica.

Su primera obra, la gran cúpula de la catedral de Florencia, que supuso la resolución de complejos problemas técnicos, se convirtió en un símbolo de la primacía de la ciudad y de su entronque histórico con la antigua Roma. Desde entonces, Brunelleschi mostró una clara concepción del arquitecto moderno distinguiendo proyecto intelectual y ejecución material, facetas que se confundían en el maestro de cantería medieval.

En el Hospicio florentino (iniciado en 1419) se observa ya el dominio de las proporciones que caracterizaría toda su obra frente a la infinitud gótica. La aplicación de un módulo explica la precisa geometría de San Lorenzo, mientras en la capilla Pazzi alcanza un punto culminante en el ritmo medido y contrastado de los elementos arquitectónicos resaltados en piedra gris sobre el muro blanco. Su última obra -la iglesia del Espíritu Santo- presenta un espacio unificado, pues las capillas rodean por completo el templo y sus arcos de entrada son de proporción idéntica a los que separan las naves: la visión es unitaria y el hombre resulta centro del edificio.

Vignola
(1507-1573)
Pocos edificios han alcanzado la repercusión que tuvo en Europa occidental la iglesia de la Compañía de Jesús en Roma -el Gesú- comenzada en 1568 por Jacopo Barozzi llamado Vignola. Siguiendo ideas de Alberti en San Andrés de Mantua, Vignola relaciona una nave longitudinal cubierta con gran bóveda de cañón con la planta central de gran crucero; las capillas laterales, sin embargo, se ven reducidas a pequeños nichos enfrentados a la nave.

Similar contraste manierista se produce en la iluminación del templo desde la luz tamizada de la nave, que proviene de las capillas laterales, a la mayor oscuridad del tramo que antecede al crucero y, finalmente, a la explosión luminosa del espacio bajo la cúpula.

La fachada, concebida por el mismo Vignola apoyándose también en concepciones albertianas, permitía trasponer la distinta altura de las naves sin romper la proporción y el orden clásicos mediante un cuerpo superior con frontón y aletones de unión con el frente inferior. La arquitectura del interior y de la fachada, aunque manierista, contenía en sí misma posibilidades de unificación y dinamismo barrocas -por ejemplo: desarrollo continuo del entablamiento o valoración de la luz-que explican su difusión como iglesia contrarreformista a lo largo de los siglos siguientes.

Juan de Herrera
(hacia 1530-1597)
Como Vignola se identifica con el Gesú, Herrera se recuerda sobre todo por su intervención en el monasterio de El Escorial, aunque proyectó, entre otros, edificios de tanta trascendencia como la catedral de Valladolid en 1585. Comenzó a trabajar en El Escorial en 1563 bajo la dirección de Juan Bautista, y desde 1572 dirigió la obra escurialense de modo definitivo hasta su conclusión en 1584, mostrando una visión práctica y una habilidad para combinar e interpretar ideas y pareceres variados poco comunes.

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Sus conocimientos humanistas y de ciencias ocultas, así como su admiración por Ramón Llull le llevaron a reforzar la concepción de El Escorial como templo de Salomón y también como imagen de la Iglesia. Formalmente acentuó su manierismo elevando la fachada principal y construyendo una portada sin trasfondo, encerrando un patio ante la iglesia y utilizando en ésta un lenguaje de obsesionante e intelectualizada geometría, en extremo pura y simple dentro de su difícil hermetismo.

Fuente Consultada:
LO SE TODO Tomo II Editorial CODEX Arquitectura del Renacimiento
Maestros del Arte Editorial SALVAT Cuadernillo de Aula Abierta N°5

Biografía de Giovanni Battista Tiepolo Pintor Italiano Obra Artistica

Biografía de Tiépolo Giovanni Battista Pintor Italiano – Obra Artística

Giovanni Battista Tiepolo (1696-1770), pintor italiano considerado como el principal maestro de la escuela veneciana y el mejor muralista del estilo rococó.Admirable intérprete de la Venecia del siglo XVIII, Tiépolo buscó, más que la expresión individual, el movimiento en la composición, y trabajó siempre con esa maravillosa facilidad que lo distinguió entre los pintores de frescos.

A comienzos del siglo XVIII, Italia se encuentra desgarrada. Los españoles ocupan el Norte y el Sur, Génova está sometida a la dominación extranjera, en Florencia reinan príncipes temerosos, la grandeza de Roma va camino de extinguirse, el Piamonte se ha armado para defender a los Alpes, cuya barrera no sirve ya para contener la amenaza exterior, y Venecia ha perdido las recientes conquistas de Morosini.

El arte mismo se halla en decadencia. El impulso creador de los siglos precedentes se ha debilitado, y ya no hay grandes maestros ni grandes obras.

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La pintura se pierde en los colores sin brillo de los «tenebrosos», artistas que manifestaron un gusto particular por los tonos oscuros y buscaron los efectos de sombra.

¿Qué será de la pompa decorativa que embelleciera tantos palacios? ¿La gracia que distinguía a las obras del siglo anterior no había dejado ninguna huella?.

La fuerza del arte renace de pronto en Venecia: Benedicto Marcello (1686-1739) se consagrará por sus obras como el Príncipe de la Música, Carlos Goldoni (1707-1793) convertiráse en el Moliere italiano, y Battista Tiépolo hará florecer en su paleta los frescos y vividos colores de los grandes maestros.

Este pintor nació en Venecia, un día de marzo del año 1696, en una casa hoy desaparecida.

Su apellido era el mismo do una muy antigua familia patricia veneciana, y más adelante, para distinguir al joven, hijo de un simple capitán de navio mercante, se lo llamó, entre irónica y afectuosamente, Tiepoletto.

De su madre se conoce casi únicamente el nombre de pila, Ürsula, pero se sabe también que fue ella quien lo educó, ya que el padre del niño murió cuando éste contaba un año de edad.

La madre advirtió la afición que Battista manifestó tempranamente por la pintura, y lo hizo entrar como aprendiz en el taller de Gregorio Lazzarini, que gozaba en Venecia de una gran reputación.

Tiépolo fue un artista de vigoroso talento, apasionado por la pintura de líneas firmes y precisas.

En la Venecia del siglo xvm, irreflexiva, espiritual, refinada en su gusto por los placeres, Tiépolo se vio influido por ese ambiente y adaptóse a la época, pero el estilo impetuoso de algunos de sus cuadros no debe hacernos olvidar su verdadera naturaleza, serena, fuerte y llena de sensatez.

El artista se dejaba llevar por su fantasía, pero el hombre prefería la dulzura apacible del hogar. Tiépolo se casó a los 23 años, el 17 de noviembre de 1719, con Cecilia Guardi, hermana del pintor Francisco Guardi, que exaltó frecuentemente en sus lienzos la frivola alegría de Venecia.

De los años de su infancia, hasta la época de su casamiento, muy poco se conoce sobre la existencia de Tiépolo.

deslumbrantes de su talento, en especial los frescos del cielo raso de los Scalzi (destruidos por una granada austríaca ), y en el Palacio Labia, en el de los Dux y en la casa Rezzonico.

En el Palacio Labia representó la historia de Antonio y Cleopatra (1757) en una serie de frescos que igualan casi las fastuosas pinturas del Veronés.

En el palacio de los Dux compuso una obra imaginativa, en la que aparece Neptuno depositando a los pies de Venecia los tesoros de las profundidades.

Hasta en la lejana Rusia era conocido su nombre Catalina la Grande le encargó cuatro pequeños frescos destinados a la decoración de una bóveda, y la sociedad culta de Francia admiró profundamente su arte.

Habiendo ofrecido algunos cuadros a Luis XV, éste le retribuyó con regalos de gran valor.

Durante el verano de 1750, reclamado de todas partes, se decidió a salir de Italia, con gran disgusto de sus compatriotas, que se veían arrebatar al gran artista por las fortunas extranjeras.

Fue llamado de Alemania, para ir al principado de Wurzburgo, por Carlos Felipe, príncipe obispo de Franconia oriental, con un ofrecimiento de 3.000 florines para el viaje, 21.000 por sus servicios y otros 3.000 como gratificación. Wurzburgo es una hermosa ciudad construida sobre el Meno.

El nuevo obispo, que deseaba establecerse allí en forma suntuosa, había requerido los servicios de Neumann, gran arquitecto de la época, para la edificación de su residencia, y  fue sin duda por consejo de éste que invitó a Tiépolo.

Los cuadros de Juan Bautista Tiépolo suscitaron la admiración de la corte de Francia al igual que la de España. Como expresión de agradecimiento por algunos cuadros que el artista veneciano le enviara, el rey Luis XV le hizo llegar numerosos regalos de gran valor.

Los artistas italianos eran bien acogidos en Wurzburgo. El tema que se indicó a Tiépolo fue el de las nupcias de Federico Barbarroja con Beatriz de Borgoña, acontecimiento celebrado en el año 1156 y del que la ciudad no había cesado de enorgullecerse.

Tiépolo terminó los frescos en dos años, pero tampoco pudo entonces volver a Venecia, pues se le pidió que decorara la fastuosa escalera, donde prodigó la luminosidad de sus colores.

En el centro figura Apolo, y alrededor del Dios del Sol, en un firmamento mitológico, aparecen Neptuno emergiendo de las algas que parecen moverse; Venus, rodeada de palomas y amorcillos; Flora, en un desborde de flores, y Vulcano con sus oscuros cabellos y su torso bronceado. También aquí, como en los frescos del ciclo de Cleopatra, la historia de la antigüedad es interpretada libremente por el pintor, transformándose en un pretexto para el vuelo de la línea y los juegos de luces.

Regresó luego a Venecia, donde permaneció siete años, y en diciembre de 1761 anunció al patricio Tomás José Farzetti su intención de ir a España, desde donde lo llamaba el rey Carlos III. Tiépolo tenía entonces 66 años.

Llamado a Milán por el cardenal Odescalchi, Tiépolo pintó los frescos de la basílica de San Víctor, siendo ayudado por su hijo Domingo, continuador de su obra, a realizar el Cielo de oro.

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Su fama había atravesado las fronteras de su patria. En 1750,  Tiépolo fue requerido desde Wurzburgo, Alemania,  para decorar el suntuoso palacio recién construido y destinado al nuevo obispo del principado, en el que trabajó durante tres años y luego volvió a Venecia.

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Los cuadros de Juan Bautista Tiépolo suscitaron la admiración de la corte de Francia al igual que la de España. Como expresión de agradecimiento por algunos cuadros que el artista veneciano le enviara, el rey Luis XV le hizo llegar numerosos regalos de gran valor.

El 31 de marzo de 1762 confió a su hijo José María, que era religioso, el cuidado de sus asuntos privados, y con sus otros hijos Domingo y Lorenzo y su amigo José Casina, de Padua, se dirigió a España por vía terrestre.

No tenía la intención de permanecer mucho tiempo lejos tarde, de haber tratado así al extraordinario artista, y para testimoniarle su reconocimiento póstumo ordenó que sus cuadros fueran colgados en el lugar de honor de la iglesia de Aranjuez.

Pero a la muerte del rey, manos desconocidas los sacaron para substituirlos con obras de Mengs, y los cuadros de Tíépolo, dispersados por toda España, fueron olvidados.

Desde sus comienzos en la pintura, Tiépolo prefirió a los cuadros al óleo los grandes frescos desplegados sobre vastos muros, o en bóvedas generosamente iluminadas.

Sus ángeles y sus amorcillos, sus madonas y sus santos, al igual que sus personajes inspirados por la mitología o la vida real, nunca están dispuestos de acuerdo con una disciplina preconcebida, sino que triunfan libremente, en amplios cielos y espacios sin fin.

Los límites del cuadro fueron demasiado rigurosos para este pintor, que hubiera deseado aprisionar al sol en un mural, y en su obra no debe buscarse la complacencia en el estudio de un detalle, una mano, por ejemplo, pues lo principal es el conjunto, que constituye una armónica, infinita suma de acordes, en los cuales se oponen la transparencia y los tonos sombríos, en una permanente renovación de impulsos hacia universos imponderables.

¿Cuáles fueron sus maestros?. Todos aquéllos a quienes supo amar y admirar y de los que, sin embargo, se alejó. No hay en él la terrible fantasía del Tintoretto, ni la límpida serenidad del Veronés, ni el poderoso colorido del Tiziano.

Pero diríase que mojaba sus pinceles en la luz, y en sus espacios se respira el aire libre. Su alma rehuía las escenas de dolor, y aun cuando represente el martirio de un santo, es más grande la solemnidad que el sufrimiento, como si se tratara, en realidad, de una ceremonia.

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Neptuno depositando los tesoros de las profundidades a los pies de Venecia. Palacio de los Dux.

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La apoteosis del almirante Vittor Pisani es uno de los frescos que Giovanni Battista Tiepolo pintó en la villa Pisani, en Italia, entre 1761 y 1762. Representa a Vittor Pisani ascendiendo al paraíso rodeado de ángeles.

Pero, junto a estas pinturas, cuántas damitas graciosas jugando con el abanico, cuántos personajes disfrazados, cuántos alegres gitanos, encontrados probablemente en las calles de Venecia al ir o regresar de alguna fiesta, y que Tiépolo se complacía en observar, captando su aspecto brillante, multicolor, para extraer obras maestras.

El hombre del tricornio negro se agitaba quizá en el tumulto de la ciudad centelleante, y el gondolero fue para él la encarnación siempre renovada del hombre de pueblo veneciano, cuyas canciones repercuten de un palacio a otro, enlazándose sobre las aguas . . .

En sus vastas composiciones campestres hallamos al pintor sereno y reflexivo, que gustaba del trabajo minucioso cuando no estaba apremiado por quienes aguardaban alguna obra suya.

Los dibujos de su taller, realizados para su placer personal y clasificados por sus hijos, nos hacen descubrir a un nuevo Tiépolo, el verdadero tal vez, ya que el dibujo es la carta confidencial en la que un artista vuelca su alma.

Con una inquietud febril dominada por la observación, escrutaba atentamente todo cuanto la vida podía ocultarle aún. Tanto los motivos animados como los inanimados lo atraían, y eso es lo que da tanto valor a las obras de sus cartones.

Su talento excepcional no fue comprendido en España, pero el espíritu del vigoroso pintor y aguafuertista habría de revivir en otro artista genial: Francisco de Goya. Cuando sus últimas obras parecían haber sido olvidadas, al igual que su nombre, un hombre se acordó de él. . . y ese hombre valía por todos.

Fuente Consultada:
LO SE TODO Tomo I – Juan Bautista TiÉpolo – Editorial CODEX
Historia Universal de la Civilización  Editorial Ramón Sopena Tomo II del Renacimiento a la Era Atómica
Enciclopedia ENCARTA Microsoft

Guerras Entre Carlos V y Francisco I de Francia Por Europa

Carlos V de Alemania y Francisco I de Francia
Guerras Por El Control de Europa

El interminable y encarnizado duelo que sostuvieron Carlos I de España y Francisco I de Francia para lograr la hegemonía en Europa, dio a conocer nuevos sistemas de gobierno. Los intereses religiosos fueron cediendo terreno progresivamente a los intereses políticos y a las preocupaciones dinásticas. Debido a las dificultades que se le plantearon a la Iglesia católica, el papa decidió convocar un concilio en Trento en el que dejó establecidos ciertos principios.

A fines de la Edad Media y en los albores de los tiempos modernos, en Europa occidental fueron delineándose los grandes Estados actuales. Sus soberanos, que disponían de desarrolladas instituciones administrativas, aspiraban a un poder cada vez más arbitrario y absoluto. También intentaban extender su influencia más allá de sus fronteras.

Por este motivo, no contentos con tratar de resolver los problemas de su propio país, sostuvieron encarnizadas luchas entre ellos para asegurarse el predominio. Así ocurrió especialmente en la primera mitad del siglo XVI, entre dos soberanos que dominaron su época: Carlos I y Francisco I.

Francisco I de Francia y Carlos V de Alemania

Carlos I de España y V de Alemania (nacido en 1500 en Gante y muerto en 1558) heredó un imperio inmenso pero disperso, que comprendía los Países Bajos borgoñones, el Franco Condado, Éspaña y sus posesiones en Italia y las colonias españolas de América.

A la muerte de su abuelo Maximiliano I de Austria, consiguió asegurarse la corona del Sacro Romano Imperio.

Francisco I (1515-1547), rey de Francia, cuyas posesiones estaban rodeadas en gran parte por los Estados de Carlos I, también deseaba esta corona imperial. Por otra parte, los dos soberanos fueron rivales durante la mayor parte de su reinado, a pesar de que desde 1530 estaban unidos por lazos familiares.

En efecto, el rey de Francia se había casado con Eleonora, hermana de Carlos I. Pero debido a la extensión de las posesiones de éste, en Europa se rompió el equilibrio. El rey de Francia quería restablecerlo, y a ser posible, inclinar la balanza a su favor, puesto que en 1519 presentó su candidatura al trono imperial.

Algunos territorios fueron reivindicados desde un principio por ambos soberanos. En primer lugar estaba el ducado de Borgoña, que en el siglo anterior Luis XI le había arrebatado a María de Borgoña, abuela de Carlos. Por otra parte, Francisco I reivindicó unos supuestos derechos sobre Napóles, Sicilia y Milán, e invadió el Milanesado.

Durante la larga lucha que sostuvieron las dos casas, la suerte de las armas tanto favoreció a una como a otra. En 1525 Carlos I obtuvo una primera victoria en Pavía. No sólo venció al rey de Francia, sino que lo hizo prisionero y lo encerró en una torre en Madrid. Francisco tuvo que pasar por la dura prueba de firmar el tratado de paz de 1526. En él renunció a Borgoña, al Milanesado y a Tournai, así como a los derechos de soberanía que la Corona de Francia siempre había reivindicado sobre Flandes y el Artois.

Pero en cuanto Francisco recobró la libertad, negó todo lo que había aceptado en Madrid y reemprendió la guerra. Esta vez pudo contar con el apoyo del papa Clemente VII y del rey de Inglaterra Enrique VIII, que antes se había puesto al lado de Carlos. Ambos querían poner fin a la hegemonía del rey de España y a la de la dinastía de los Habsburgo, a la que éste pertenecía.

A pesar de las derrotas de los ejércitos franceses, y pese al saqueo de Roma por los ejércitos imperiales, en 1529 se firmó la paz de Cambrai. Esta «paz de las Damas» (llamada así porque las conferencias se habían celebrado a instancias de Margarita, tía de Carlos, y de Luisa de Saboya, madre de Francisco) establecía que, mediante una importante indemnización pecuniaria, Carlos renunciaba, por lo menos de modo provisional, a sus pretensiones sobre Borgoña.

En efecto, los protestantes alemanes insurrectos y la amenaza de los turcos, eran adversarios mucho más temibles contra los que tendría que movilizar todas sus fuerzas.

Pero Francisco aspiraba a arruinar el poder de los Habsburgo. Pese a ser católico, por ambiciones políticas no vaciló lo más mínimo en aliarse a los jefes protestantes alemanes. Incluso concluyó una alianza con los turcos, rompiendo, así, con sus antepasados, que habían emprendido más de una cruzada, y olvidando que los turcos seguían siendo los principales enemigos de la cristiandad.

Desde este punto de vista, sus intervenciones representaban el nuevo espíritu que se afirmaba a fines de la Edad Media: los intereses políticos ganaban terreno progresivamente a los religiosos. Por otra parte, su alianza con los protestantes alemanes no impidió que Francisco I persiguiera a los reformados en su propio país.

Por lo tanto, Carlos tuvo que luchar simultáneamente en varios campos. No obstante, logró rechazar los principales ataques. Pero el emperador no tenía suficientes recursos para someter a toda Europa. Ésta fue también la opinión de Enrique VIII, que volvió a ponerse de su parte. Su ayuda fue bien acogida, pues Carlos tenía que hacer frente además a las dificultades provocadas por los príncipes luteranos.

Después surgieron problemas de orden religioso. Para resolverlos, Carlos propuso que se convocara un concilio. Francisco I empezó negando su aprobación, pero el Concilio se celebró en Trento, en 1545. El rey de Francia murió dos años después.

Durante su reinado, Francia vivió un período de fastuosidad y lujos exteriores, que se ven reflejados en castillos como los de Blois, Chambord o Fontaieminentes artistas como Leonardo de Vinci y Benvenuto Cellini. Pero toda esta magnificencia mermó considerablemente el tesoro público.

Sin embargo, su hijo Enrique II, apoyado por los protestantes alemanes, logró proseguir la lucha contra Carlos I. Finalmente, desanimado y agotado, el emperador abdicó en 1555. Pero antes repartió su imperio tan difícil de gobernar entre su hijo Felipe (a quien dio los Países Bajos, España, el Milanesado, Napóles y las colonias) y su hermano Fernando, que heredó las tierras de los Habsburgo y la candidatura al trono imperial.

//historiaybiografias.com/archivos_varios4/fuente_tomo2.jpg Carlos V y Francisco I: Rivales Encarnizados –

Enrique IV Borbón Biografía y Gobierno Como Rey de Francia

Enrique IV Borbón: Biografía y Gobierno Como Rey de Francia

Después de las sangrientas guerras de religión qué se sostuvieron durante el reinado de los Valois, Enrique IV aportó a Francia una era de prosperidad. En colaboración con Sully, se dedicó a sanear la hacienda pública. También concedió mucha importancia a la agricultura y la industria. Al mismo tiempo, Francia estableció las bases de su imperio de ultramar. Enrique IV fue asesinado en 1610.

Enrique IV de Borbón

Enrique IV (de Francia) (1553-1610), rey de Francia (1589-1610), que restauró la estabilidad tras las guerras de Religión del siglo XVI. Fue el primer rey Borbón de Francia y también rey de Navarra, con el nombre de Enrique III (1562-1610). Enrique nació en Pau (entonces Navarra) el 13 de diciembre de 1553. Su padre, Antonio de Borbón, duque de Vendôme y rey de Navarra, era descendiente, en novena generación, del rey de Francia del siglo XIII, Luis IX. Su madre, Juana de Albret, era reina de Navarra y sobrina del rey Francisco I de Francia.

Durante el siglo XIII, Francia vivió un período de prosperidad durante la época de los grandes Capetos, Felipe Augusto, Luis IX (san Luis) y Felipe el Hermoso. Seguidamente estalló la Guerra de los Cien Años, que llevó al país al borde de la ruina, pero que, gracias a la enérgica intervención de Juana de Arco, finalizó con la victoria de Francia.

Después, el poder pasó a manos de los Valois, llamados los «reyes malditos», entre ellos Carlos VII, Luis XII, Francisco I, el enemigo jurado del emperador Carlos I de España, y por último Enrique II y sus tres hijos: Francisco II, Carlos IX y Enrique III. Durante el reinado de estos tres últimos, Francia estuvo ensangrentada por crueles guerras de religión (1560-1590). Enrique III murió  asesinado,  y así se dio fin a la casa de los Valois.

Enrique de Borbón, jefe de los hugonotes (calvinistas franceses), que ya era rey de Navarra, subió al trono de Francia con el nombre de Enrique IV. Tras largas tergiversaciones, decidió convertirse al catolicismo. En julio de 1593 fue bautizado en la catedral de Saint-Denis, cerca de París.

Al año siguiente, París, que era profundamente católico y estaba en manos de la fanática Liga Santa, abrió sus puertas al nuevo rey. La famosa frase «París bien vale una misa» se ha atribuido a Enrique IV, pero probablemente su autor fue su ministro Sully, que después de esto se hizo famoso.

casamiento de enrique IV Borbón

Casamiento de Enrique IV Borbón con María de Medicis

Al poco tiempo de haber entrado en París, Enrique IV declaró la guerra a España. La lucha finalizó en 1598 con la paz de Vervins. De este mismo año data el Edicto de Nantes, por el que se autorizó a los hugonotes a practicar libremente su culto, pero sólo en ciudades en las que ya se hubieran celebrado anteriormente oficios protestantes.

Además, se concedieron a los hugonotes «plazas de seguridad» como garantía de que el Estado respetaría las cláusulas del Edicto de Nantes. También desde ese momento pudieron desempeñar cargos oficiales. «Sólo los católicos y los hugonotes se considerarán buenos franceses», fue la máxima del programa de Enrique IV, la base de su obra maestra.

A pesar de su carácter poco enérgico, este rey se distinguió por una sólida dosis de buen sentido, y sus objetivos fueron fundamentalmente buenos. Quería hacer a la realeza independiente de la Iglesia, de las supervivencias del feudalismo, de las asambleas de clases y del Parlamento de París. Pero, ante todo, deseaba sanear la situación económica del Estado. El duque de Sully fue su brazo derecho en esta delicada tarea.

Maximiliano de Béthume, baron de Rosny, a quien Enrique IV había concedido el título de duque de Sully, formaba parte de la corte desde los once años, y fue el amigo íntimo del rey. A pesar de que era esencialmente hombre de guerra, también reveló grandes aptitudes para los negocios. En 1598, Enrique IV le concedió los cargos de superintendente de Hacienda, gran veedor y gran maestre de Artillería (es decir, ministro de Hacienda, de Trabajo y de Guerra).

Para superar las dificultades financieras de Francia, Sully introdujo un nuevo impuesto que se recaudaba una vez al año. Este impuesto recaía sobre los miembros del Cuerpo de Justicia y de Hacienda. A cambio, en lo sucesivo podían legar su cargo a sus herederos. En realidad, sólo fue un reconocimiento oficial de la herencia de estos cargos u oficios,. Este derecho fue dado en arriendo a Charles Paulet; por este motivo, el nuevo impuesto no tardó en recibir el sobrenombre de «Paulette», nombre que conservó hasta la Revolución francesa.

Gracias a la hábil gestión financiera de Sully, Francia logró liquidar sus deudas y al mismo tiempo reducir los impuestos. De este modo se cumplió la voluntad del rey, que deseaba que cada campesino pudiera tener, los domingos, una gallina en la cazuela.

Después de haber saneado la hacienda, el rey y su ministro se preocuparon por mejorar la situación económica. Sully insistió sobre la importancia de la agricultura y la cría de ganado: «Labranza y pasturaje —decía—, son las dos ubres de Francia».

Con esta idea, hizo secar pantanos a fin de que los campesinos tuvieran más tierras de labrantío. Podríamos preguntarnos de dónde le venía a Enrique IV esta notable predilección por el labrador. ¿Se debió a que pasó toda su juventud entre campesinos de Bearne, o a que los consideraba las fuerzas vivas del Estado, al que daban los mejores soldados?.

Fuera como fuere, se dispusieron numerosas medidas en su favor: se redujeron sus impuestos; se prohibió a los agentes del fisco que se incautaran del ganado o material agrícola en caso de retraso en el pago de los impuestos; por otra parte, se prohibió a los nobles que cazaran en los campos de trigo y en los viñedos ; asimismo, fueron severamente castigados los soldados que saqueaban los campos o devastaban las cosechas.

Enrique IV también se preocupó mucho de las industrias. En este campo su principal consejero fue el economista Laffemas, a quien en 1602 nombró Contrdleur general (ministro) de Comercio.

Creó nuevas industrias de lujo y favoreció las ya existentes manufacturas de tapices, las cristalerías, curtidurías y los tejidos de fina tela de lino. También hizo plantar morales en toda Francia, indispensables para la cría del gusano de seda.
Se trazaron muchas carreteras nuevas y se construyeron canales. Sully tenía grandes planes, cuyo objetivo era unir el mar Mediterráneo al océano Atlántico. Estableció acuerdos comerciales con Inglaterra y Turquía y favoreció la
creación de una compañía para el comercio con las Indias.

Durante el reinado de Enrique IV, Francia estableció las bases de su imperio colonial de ultramar. El explorador Samuel de Champlain fue enviado a América del Norte con la misión de fundar una colonia francesa. La ciudad de Quebec, situada en la desembocadura del río San Lorenzo, se convirtió en el centro de dicha colonia.

En lo concerniente a la política internacional, Enrique IV pretendía acabar con el poder de los Habsburgo. Con tal intención, en 1610 concluyó una alianza con los príncipes protestantes de Alemania. Sully apoyó esta política. Este plan, conocido con el nombre de «gran designio», fue en cierto modo un primer proyecto de Estados Unidos de Europa. Aunque nunca se llevó a cabo, contribuyó poderosamente a extender la idea de que la paz debe apoyarse en una reorganización política de Europa.

La Liga Santa nunca perdonó a Enrique IV que tolerara a los hugonotes en el Estado, ni que antes hubiera sido uno de ellos. Incluso se dijo que tenía la intención de declarar la guerra al papa. Excitado por estas habladurías y por otros muchos chismes, Ravaillac concibió el plan de asesinar al rey. El 14 de mayo de 1610, en una callejuela estrecha, la calle de la Ferronerie, fue asesinado Enrique IV, cuando se dirigía a ver a Sully.

-París, Bien Vale Una Misa –

España Primitiva Pre Romana Pobladores y Cultura

España Primitiva Pre Romana
Pobladores y Cultura

ESPAÑA PRERROMANA
Tiempos prehistóricos
España se halla situada en la península Ibérica, separada del África por el estrecho de Gibraltar, y de Francia por los montes Pirineos.

Poco se sabe acerca de los primeros habitantes. Los más antiguos —período del paleolítico inferior— trabajaban la piedra a golpes para obtener hachas de mano.

En el paleolítico superior habitó en la península la raza de Cro-Magnon, formada por hombres de alta talla que sabían dominar el fuego y cubrían su cuerpo con pieles de animales. De este período han quedado expresiones de arte rupestre en las paredes de las cavernas que utilizaban como viviendas.

En las Cuevas ce Altamira (Santander) se han encontrado figuras de bisontes, jabalíes, un caballo salvaje y una cierva; los contornos son incisiones y las pinturas realizadas con materias colorantes naturales.

En el V y IV milenios (a. C). pueblos procedentes de! norte de África —o quizás del valle del Danubio— penetraron en España e introdujeron la cultura neolítica. Conocían la agricultura y la ganadería, mejoraron las armas de piedra y fabricaron vasijas de barro cocido.

La abundancia de cobre y estaño brindó características particulares a la cultura del bronce, cuyas muestras más importantes se han encontrado en las ruinas de la localidad de El Agar (Almería).

La utilización del hierro marca el comienzo de los tiempos históricos.

mapa de espana pre romana

Primeros pobladores históricos
Se afirma que, en los comienzos de los tiempos históricos, los más antiguos pobladores de España fueron los iberos —que penetraron por el sur— probables integrantes de un grupo racial de tipo mediterráneo-africano. Sin embargo, otros estudiosos sostienen que los primeros habitantes de esa época fueron los ligures, llegados a la península por el norte.

En la región sur de la península (Andalucía, parte de Murcia y Alicante) floreció una brillante civilización, la de los Tartesios, cuya antigüedad no puede precisarse pero que seguramente es muy remota. Su origen es incierto, aunque algunos historiadores creen que este pueblo pertenece a la familia de los iberos. Los tartesios formaron un gran imperio comercial que tuvo importantes relaciones con los mercaderes fenicios y griegos.

En el siglo VI (a. C.) penetraron en España los celtas, pueblo de origen indoeuropeo que procedía de las costas del mar del Norte. Luego de cruzar los Pirineos, los recién llegados ocuparon la parte noroeste de la península. Eran altos, rubios y vigorosos; llevaban armas y utensilios de hierro e introdujeron en España ese tipo de cultura.

Los celtas se dividieron a su vez en cuatro ramas: los lusitanos y los gallegos, que ocuparon el oeste de la península —en el sur y en el norte, respectivamente—, y los astures y los cántabros que se instalaron en la parte meridional sobre las costas del mar Cantábrico.

Los celtas se extendieron por toda la península, especialmente en la región occidental. Pero en la meseta la penetración fue contenida por los iberos, quienes se opusieron al avance de los invasores.

Se afirma que de ese contacto se produjo la fusión de las dos razas en una sola que se llamó de los celtíberos. En el siglo IV (a. C.) la zona central de España estaba ocupada por este nuevo pueblo, mientras que en el norte y en el sur seguían dominando los celtas e iberos, respectivamente.

Cultura
Si bien las manifestaciones artísticas de la España primitiva poseen caracteres propios, es indudable que fueron notablemente influidas por los colonizadores fenicios, griegos y cartagineses. Por tal causa, los pobladores de la región sudoriéntal muestran rasgos culturales muy distintos de los que poseen los habitantes del interior, que vivieron alejados de esas influencias.

Los fenicios estimularon la industria y el comercio; además, introdujeron objetos artísticos de oro, plata, marfil y vidrio, con marcados caracteres orientales.

Los griegos gravitaron enormemente en el aspecto cultural y artístico. Lo demuestran la acuñación de monedas y, sobre todo, la arquitectura y la escultura. Los españoles no se limitaron a copiar los modelos griegos, sino que asimilaron el arte helénico y supieron darle caracteres propios.

En la región sudoriental, de cultura más desarrollada y que recibió mayor Influencia griega, se han encontrado restos de numerosas poblaciones y santuarios construidos en lugares elevados así como también valiosas piezas escultóricas, entre las que se destacan: La Leona de Bocairente y la famosa Dama de Elche.

Leona de

Leona de Bocairente

la dama de elche

Dama de Elche: 
La dama de Elche, junto a la dama del Cerro de los Santos y la de Baza (las tres en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid) son tres excepcionales ejemplos de escultura ibérica. Es un busto de carácter funerario con influencias del arcaísmo griego y el arte púnico. Resalta la ornamentación de su tocado con dos rodetes a ambos lados del rostro. Se trata de un busto femenino en piedra caliza, descubierto en 1897 en La Alcudia (Elche). Ricamente alhajada, lleva una tiara ceñida con una diadema, dos grandes ruedas sobre las orejas para recoger el pelo y collares sobre el pecho. Algunos especialistas consideran que el orificio que presenta en la espalda corresponde a una urna cineraria.
Fuente Consultada:Historia I José Cosmelli Ibañez Editorial Troquel

 

Reinado de Carlos X de Francia Biografía y Gobierno

BIOGRAFÍA Y GOBIERNO DE CARLOS X DE FRANCIA

La restauración monarquica en Europa de 1815, sufrió una leve transformación al morir Luis XVIII en 1824 y llegar al trono Carlos X. Carlos X (1757-1836) era nieto de Luis XV y hermano menor de Luis XVI, y fue  rey de Francia durante 6 años, desde 1824-1830. Se le conocía como Carlos Felipe, conde de Artois, hasta que fue proclamado rey. Fue uno de los líderes durante la Revolución Francesa.

Posteriormente residió en Gran Bretaña (1795-1814). Tras la ascensión de Luis XVIII al trono francés (1814), Carlos regresó a Francia, donde encabezó al reaccionario partido ultramonárquico. El favoritismo hacia la Iglesia católica y la aristocracia que caracterizó su reinado levantó un gran rechazo en el pueblo. Atacado internamente por todos, pensó que una aventura guerrera fuera de Europa afianzaría su poder, sin enemistarlo con los demás soberanos europeos.

Así concibió la expedición a Argelia y al norte de África. Sin embargo, para realizarla debió desafiar la amenaza de Inglaterra, cuya posición era predominante en el Mediterráneo. De todas maneras, el resto de Europa veía con benevolencia esta acción francesa que, cualquiera que fuera su resultado, limitaría el absorbente y cada vez más extenso poderío inglés.

La aventura no fue secundada por el pueblo francés y la burguesía mantuvo su oposición al rey, quien limitó más la libertad de prensa, lo que condujo a la revolución en 1830, conocida como la Revolución de Julio. La revolución ganó la calle, se enarboló nuevamente la bandera tricolor y Carlos X debió huir del país.

Revolución de 1830: En la ciudad de París estalla un movimiento revolucionario que obliga a abdicar al rey francés de la Casa de Borbón, Carlos X, antes de extenderse a otros países europeos. Aunque los dirigentes más radicales propugnan la instauración del régimen republicano, los liberales defienden la continuación de la monarquía, si bien limitada en sus poderes, en la persona de Luis Felipe, duque de Orleans, que poco después será proclamado rey de Francia por la Asamblea Nacional.

carlos x de francia

El rey francés Carlos X sucedió a su hermano Luis XVIII en 1824 y acentuó la política reaccionaria de la restauración monárquica.  En el retrato  aparece Carlos X con la vestimenta propia de la consagración regia.

Carlos X a sus 67 años de edad, como nuevo rey conservaba del gran señor del Antiguo Régimen los modales y los principios. Su esbelta figura, sus aristocráticas maneras y su elegancia eran legendarias. Aferrado a las prerrogativas reales más que a nada, se hizo consagrar en Reims con el mayor ceremonial.

Contrario a toda reforma, estaba completamente decidido a continuar con la política reaccionaria; pero su falta de inteligencia, su mediocridad y su testarudez terminarían por perderle. Villéle siguió en su puesto y trató de consolidar la mayoría ultra para satisfacer a su nuevo soberano. Ligó más estrechamente el clero al Gobierno, haciendo votar la ley sobre el sacrilegio, que penaba severamente los ultrajes a la Iglesia. Y se aseguró el apoyo de los defensores del Antiguo Régimen haciendo votar la ley de los mil millones en favor de los emigrados, que indemnizaba a todos los que habían visto confiscados sus bienes por la Revolución.

Estas leyes irritaron a la oposición, que manifestó su hostilidad de diversas maneras: los entierros de liberales como el general Foy, Manuel y La Rochefoucault-Liancourt sirvieron de pretexto para que se reunieran inmensas multitudes, que chocaron violentamente con la policía.

En la Cámara, los constitucionales, con Royer-Collard a la cabeza, formaron un bloque con los liberales, los galicanos, e incluso con «la punta», grupo de oposición de extrema derecha, dirigido por La Bourdonnaye y Chateaubriand. Villéle pensó poner fin al desorden que provocaban, disolviendo la Cámara «retrouvée» para anticipar las elecciones, pero éstas arruinaron sus esperanzas: todos los oposicionistas se habían unido en la sociedad denominada «Ayúdate a ti mismo, y el cielo te ayudará», dirigida por Guizot; su propaganda fue tal, que consiguieron sacar 250 diputados contra los 200 que obtuvieron los partidarios del Gobierno.

Considerando lo ocurrido, Villéle presentó su dimisión al rey, en enero de 1828. Carlos X se halló, pues, ante una Cámara ingobernable, la mayoría de cuyos diputados le era hostil. Comenzó por contemporizar, y puso en el ministerio del Interior al vizconde de Martignac, un constitucional de derecha, partidario del acercamiento a los liberales. Todos sus proyectos de ley fueron rechazados por la Cámara de Diputados, y Carlos X se sirvió de estos fracasos para destituir a Martignac, en agosto de 1829, y confió el ministerio a uno de sus amigos ultras, el príncipe de Polignac. El nuevo ministro, hijo de la favorita de María Antonieta, y jefe de la emigración, se rodeó de ultras, todos hostiles a la Carta Constitucional.

1830: LAS «TRES GLORIOSAS»
Junto a los republicanos, que atacaban al régimen en sus periódicos «La Tribune» y «La Jeune France», apareció una nueva corriente de oposición, formada alrededor del duque de Orleáns; sus partidarios, entre los que se encontraban Talleyrand, Carrel, Mignet y Thiers —estos dos últimos, directores del periódico «Le National»—, eran realistas moderados, preocupados, sobre todo, por los intereses de la burguesía; la República les atemorizaba tanto como la vuelta del Antiguo Régimen, y soñaban con una monarquía a la inglesa, en la que el poder estuviera repartido entre el rey y las Cámaras. Ante la amplitud de la agitación, el soberano acabó por convocar a las Cámaras en marzo de 1830.

Las acusaciones y las amenazas proferidas por él en el discurso de la Corona contra los oposicionistas, no intimidaron en absoluto a éstos; en la contestación, votada por 221 diputados, se proclamaba solemnemente el derecho de los franceses a discutir los intereses públicos, y se acusaba al rey de violar abiertamente la Carta. Ante tanta jactancia, Polignac hizo disolver la Cámara y fijó la fecha de las nuevas elecciones para el mes de junio o julio.

Raras veces una campaña electoral conoció una animación semejante. El Gobierno depuró los ministerios, censuró los periódicos, hizo que interviniese el clero e incluso el rey, que dirigió un solemne llamamiento a los franceses. Pero la oposición no se mostró menos activa, y, pese a los obstáculos, consiguió un triunfo sin precedentes, obteniendo 274 diputados.

El Gobierno no tenía más que una alternativa: aceptar lo ocurrido, o apelar a la fuerza. Carlos X hizo que se recurriera al artículo 14 de la Carta, que le permitía promulgar ordenanzas con fuerza de ley; así, el 25 de julio, firmó, en el castillo de Sainr-Cloud, las cuatro famosas ordenanzas que iban a desencadenar la revolución.

La primera de ellas sometía la prensa, «instrumento de desorden y de sedición», a una censura rígida, y ningún periódico podría publicarse sin autorización previa, renovable cada tres meses, bajo pena de ser secuestrado. La segunda decretaba la disolución de la nueva Cámara, debido a las maniobras que «habían engañado y extraviado a los electores».

La tercera concedía el derecho de voto sólo a los ciudadanos franceses que pagasen contribución territorial y el impuesto personal y mobiliario, descartando así a muchos comerciantes, industriales y miembros de profesiones liberales juzgados muy hostiles al régimen. Por último, la cuarta disponía que las nuevas elecciones se celebrasen en septiembre.

Los periodistas fueron los primeros en reaccionar: el 26 de julio, firmaron un llamamiento redactado por Thiers, en el que declaraban que publicarían sus periódicos sin petición de autorización previa, «ya que el Gobierno había perdido el carácter legal que obliga a la obediencia». Aquel atardecer, se manifestaron obreros, impresores y estudiantes al grito de «¡Abajo los ministros!». Al día siguiente, obreros y artesanos de los barrios populares se unieron a ellos, y se levantaron las primeras barricadas en las calles de la capital. Cuando, el día 28, llegó a París la noticia del nombramiento del mariscal Marmont (que había traicionado al emperador en 1814) como jefe del ejército, miles de hombres y mujeres se echaron a la calle, y, portando banderas tricolores al frente, ocuparon el barrio de Saint-Antoine, y después el Ayuntamiento y Notre-Dame.

El joven republicano Cavaignac se apoderó, con ayuda de los alumnos de la Escuela Politécnica, de varios cuarteles y distribuyó armas a la población. Los regimientos reales que no se habían pasado al lado de los insurgentes fueron aplastados en pocas horas; el Louvre y las Tullerías fueron sitiados; Marmont, derrotado, tuvo que evacuar París. El pueblo por sí solo, y en tres jornadas —las «tres gloriosas»—, había barrido a una monarquía execrada.

LA VICTORIA FINAL DE LOS ORLEANISTAS
Cuando la victoria del pueblo fue indudable, los diputados de la oposición comprendieron que no era posible ningún compromiso con Carlos X; así, cuando éste, consciente, al fin, de los peligros que corría, les envió emisarios para darles cuenta de que retiraba las ordenanzas promulgadas, aquéllos se negaron a recibirlos. Hostiles a Carlos X, estos ricos burgueses no lo eran menos a la república democrática. Supieron aprovecharse, hábilmente, de una situación que les era favorable; en efecto, el partido republicano no tenía ni jefes de prestigio, ni un programa coherente, ni arraigo profundo en el pueblo.

Ellos, en cambio, tenían un candidato y un programa, pero era necesario actuar con rapidez; reunidos en la tarde del 29, en casa del banquero Laffitte, con los jefes orleanistas nombraron una comisión municipal de cinco miembros, encargada de administrar provisionalmente París; después, por la noche, hicieron cubrir las calles de la capital con carteles donde se trazaba un retrato elogioso del duque de Orleáns, partidario de las conquistas de la Revolución, de la Carta Constitucional y de la bandera tricolor. Y les fue fácil, en las primeras horas de a tarde del día 30, convencer a los diputados y a los pares de que enviaran una delegación a Luis Felipe para ofrecerle la lugartenencia general del reino, hábil solución que descartaba la República y no imponía aún la monarquía.

Aunque Carlos X no había abdicado todavía, Luis Felipe respondió favorablemente a la proposición. Aprovechándose de las rivalidades entre los republicanos y los bonapartistas, los orleanistas organizaron, el día 31, un gran cortejo que, a través de las calles de París obstruidas por las barricadas, condujo a Luis Felipe, triunfalmente, de su residenica del Palais Royal al Ayuntamiento. Aunque primeramente hostil, la masa acabó por dejarse convencer y aplaudió hasta con entusiasmo cuando el príncipe, acompañado por el viejo La Fayette, ganado por el partido orleanista, apareció en el balcón, envuelto en una bandera tricolor.

Para evitar lo peor, Carlos X abdicó en favor de su nieto, el duque de Burdeos, hijo póstumo del duque de Berry, y rogó a Luis Felipe que asumiera la regencia; pero éste se negó e hizo un llamamiento a los parisienses para que marcharan sobre Rambouillet, refugio del viejo soberano. Entonces, el rey huyó a Inglaterra, dejando el trono vacante. El 3 de agosto, las Cámaras ofrecieron a Luis Felipe el título de rey de los franceses, a condición de que aceptara la revisión de la Carta y que prestara juramento ante ellas. Así terminó el período de la Restauración.

La toma de Argelia, unos días antes de la revolución, la excelente situación económica de Francia, la paz mantenida desde hacía quince años, no habían sido bastantes para salvar a un régimen cuyos excesos le habían hecho muy impopular.

Fuente Consultadas:
Todo Sobre Nuestro Mundo Christopher LLoyd
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo X La Revolución Industrial
Historia Universal Ilustrada Tomo II John M. Roberts
Historia del Mundo Para Dummies Peter Haugen
La Revolución Industrial M.J. Mijailov

Biografía de Luis IX El Santo Rey de Francia Obra Política

VIDA Y OBRA POLÍTICA DE LUIS IX EL SANTO DE FRANCIA – LAS CRUZADAS –

El rey Luis IX de Francia, uno de los santos de la Iglesia Católica, dirigió las dos últimas cruzadas y es uno de los personajes más notables de esa época turbulenta. Nació el 25 de abril de 1215, hijo del rey Luis El León.

Recibió una educación muy esmerada, en particular de su madre, Blanca de Castilla, quien según una difundida biografía solía decir: «Hijo, prefiero verte muerto antes que en desgracia de Dios por el pecado mortal».

VEAMOS SU BIOGRAFIA

Luis IX el Santo, llamado San Luis (Poissy, 1215 – Túnez, 1270) , rey de Francia (1226-1270), hijo y sucesor de Luis VIII el León.

Su madre, Blanca de Castilla, hija del rey de Castilla, Alfonso VIII, actuó como regente durante su minoría de edad y desde 1248 hasta la muerte de ella, ocurrida en el año 1252.

Durante sus últimos años de vida estuvo en Tierra Santa, participando en la séptima Cruzada, donde murió cuando estaba en Túnez.

Luis ix el santo de Francia

Dada su corta edad, la Regencia recayó en la reina madre, en cuyas manos dejó luego Luis la gobernación del reino, desde que fuera declarado mayor de edad en 1234 hasta 1242.

De esta forma, Blanca de Castilla gozo, durante su regencia, de un papel que ninguna reina iba a desempeñar en lo sucesivo, hasta llegar a Catalina de Médicis, tres siglos después.

Sin embargo, necesitó de toda su energía y toda su inteligencia pare imponerse, pues los barones de Francia, a la muerte de Luis VIII, padre de Luis IX,  habían declarado noblemente que el reino era «algo demasiado grande para ser gobernado por una mujer».

También  se rebelaron Felipe Hurepel, hijo legitimado de Felipe Augusto, aliado con el rey de Inglaterra Enrique III, con el conde de la Marca, Hugo de Lusignan, y con el duque de Bretaña, Pedro Mauclerc.

La monarquía vivió momentos dramáticos; los conjurados estuvieron a punto, en 1228, de raptar al joven rey, y,dos años después, Enrique III desembarcaba en Saint-Malo. Pero los barones de Bretaña se unieron en Ancenis al campo de Blanca, a donde acudió también Teobaldo de Champaña con trescientos caballeros. Enrique tuvo que volverse a Inglaterra.

De esta manera, frente a los intereses particulares de los grandes señores, la nueva sociedad, desligada poco a poco de la tutela feudal, tendía a reunirse bajo la poderosa protección de la corona.

Cuando Luis IX alcanzó su mayoría de edad, en 1235, la regente continuó, durante algunos años, desempeñando el papel de gran animadora de la política francesa.

El primer acto del rey fue, sin embargo, la guerra, porque Enrique III, a quien el conde de la Marca había vuelto a convocar, estaba en el continente. Victorioso en Taillebourg, el 22 de julio de 1241, Luis persiguió al inglés, pero fue detenido por la disentería y aceptó una tregua que devolvió al rey de Inglaterra a su isla.

Solamente a partir de 1254, cuando hubo de regresar de Tierra Santa a causa de la muerte de su madre, Luis IX se impuso por sus cualidades, que le inmortalizarían en el espíritu de los pueblos  con  el nombre de  San  Luis.

San Luís puso el máximo empeño en realizar su ideal de paz y de justicia. Aunque  multiplicaba los actos de devoción personal (ayunos,  penitencias,  servicio a los pobres y enfermos), desempeñó sin debilidad su oficio real, muy imbuido de las prerrogativas de la corona, y no dudando en hacerlas respetar incluso por el clero y el Papado. El esplendor de Francia en el siglo XIII es debido, en gran parte, a su personalidad.

El rey de Francia cuenta entonces cuarenta años. Alto y esbelto, de tez clara, ojos azules y cabellos rubios, es un hermoso  caballero,   cuya  agradable  fisonomía y voluntarioso mentón logran, a la vez, atraer e imponer respeto.

Parece haber recibido en herencia las mayores virtudes de su tiempo: el orgullo castellano y la inteligencia de su madre, el valor de su padre, a quien habían apodado el León, la sabiduría política de su abuelo Felipe Agusto. Posee igualmente la gracia, la rectitud y la alegría.

Por ello, la Edad Media ha encontrado en él su símbolo, y la cristiandad preferirá su personalidad dulce y sencilla, aunque noble y enérgica, a la de los grandes papas dominantes.

Autoritario e independiente, se rodeó de consejeros y amigos, pero nunca de ministros influyentes. A su hermano Carlos, que prendió injustamente a un vasallo, le declaró que «no hay más que un solo rey en Francia», y, en otra ocasión, dijo al Emperador: «la corona de Francia no ha caldo tan bajo que se cuelgue de vuestras espuelas». 

El, tan generoso, una vez que se había pronunciado una sentencia justa, no concedía gracia más que en casos excepcionales.

Pero el milagro de la santidad de Luis consiste en que toda esta energía estaba dirigida muy lejos de toda ambición personal, hacia el bien común.

Desde luego, las circunstancias le resultaron favorables; fue una suerte para el rey haber subido al trono después de la Cruzada contra los albi-genses, y no tener que mancharse con las matanzas de aquella sangrienta expedición. Fue también otra gran suerte el haber heredado de su padre y de su abuelo un reino poderoso y respetado.

Reinó sobre un país sin herejes y al que le fue dado ennoblecer, afirmar, y completar en la paz lo que había hecho la espada de sus precursores.

LA PAZ DEL REINO DE FRANCIA
«Después que el rey Luis volvió de ultramar a Francia, miró y pensó que era muy hermosa cosa, y muy huena, mejorar el reino de Francia», nos dice Joinville. En efecto, la obra interna de San Luis proseguía la de Felipe Augusto, dando al reino de Francia una estructura sólida, y el país, durante su reinado, conoció un período de prosperidad innegable.

Hasta entonces,   la   administración   monárquica   había servido, sobre todo, para salvaguardar los derechos de la corona, para favorecer su jurisdicción y desarrollar sus finanzas. Ahora, tiende a asegurar el orden público, a mejorar las condiciones del pueblo.

Los bailes, los senescales, creados por Felipe, tendrán tareas más «complejas por la preocupación cada vez más viva del rey por penetrar en todos los engranajes de la vida y de la sociedad; agentes especializados auxiliarán al baile en sus funciones.

Ciertos cargos militares se confiarán, a expensas de los bailes, a capitanes que vigilan las fortalezas reales, mientras que en el Mediodía, un juez-mayor suplantará al senescal en sus atribuciones judiciales.

Esta administración múltiple necesitará cuerpos constituidos, actuando cerca del rey, encargados de vigilarla. Así, los especialistas de la justicia reforzarán el Parlamento, los de las finanzas harán lo mismo, y, de esta forma, nacerá el Tribunal de Cuentas.

El Parlamento somete los tribunales judiciales de provincia a su intervención, y su acción contribuyó a la unificación del derecho y a la supresión de antiguas costumbres pasadas, como el duelo judicial.

En la administración corriente, el francés ocupó el lugar del latín. Por primera vez, el pueblo sentía que el gobierno no era una máquina para oprimirlo; por primera vez:, el funcionario cesaba de aparecérsele como un dueño y señor.

La fuerza de la realeza se aliaba con la justicia, y el rey, cesde lejos, velaba por su pueblo y se compadecía de sus miserias. La realeza se hacía popular, arraigaba en las provincias, se atraía la opinión pública y se convertía en indispensable, porque también era bienhechora.

Luis IX de Francia

Probablemente fue también la influencia de su madre la que le hizo profundamente religioso, consagrándose a la tarea de reinar con firme apego a los principios cristianos, pero su dulzura no impedía al rey de Francia recurrir, cuando la necesidad. así lo exigía, a una severidad implacable en la que se revelaba el orgullo de los Capetos. La justicia  de San  Luis—Manuscrito  francés—París, Biblioteca Nacional.

EL ÚLTIMO CRUZADO
La paz y la justicia que el rey quiso hacer reinar entre sus subditos fueron también la regla constante de la política internacional de Luis IX. Habría podido, sin duda, arrancar al rey de Inglaterra los últimos jirones de sus posesiones continentales, y al rey de Aragón los feudos que poseía en el Languedoc.

Sin embargo, ofreció a ambos, pese a la opinión de sus consejeros, arreglos amistosos. El tratado de Corbeil, en 1258, sancionaba los esponsales de Isabel de Aragón con el heredero de Francia, Felipe.

El rey renunciaba a una soberanía poco efectiva sobre el Rosellón y el condado de Barcelona, mientras que Jaime de Aragón abandonaba definitivamente sus pretensiones sobre el condado de Toulouse.

En diciembre de 1259, iba a ser firmado el tratado de París, que ponía fin a un siglo de guerra entre Francia e Inglaterra. Muy criticado por sus contemporáneos, sin duda es una medida política discutible, pero San Luis deseaba: «poner amor entre nuestros hijos y los de Inglaterra, que son primos hermanos».

Enrique reconocía el abandono de Normandía, del Maine, de Anjou, de la Turena y de Poitiers, mientras conservaba la Guyena y sus dependencias, por las que se declaraba feudatario del rey de Francia.

Desde entonces, la justicia, las monedas, las ordenanzas francesas iban a invadir el ducado de Guyena, como los otros feudos, y, en caso de felonía de su vasallo, la monarquía francesa se apoderaría legalmente de la tierra. Luis IX no podía pensar que el germen de la Guerra de los Cien Años se encontraba en este tratado.

Sin embargo, la confianza que inspiraba su equidad le valió un prestigio que hizo que lo tomaran por arbitro en diversas circunstancias. San Luis partirá, por segunda vez, para la más loca y la más anacrónica de las empresas: la Cruzada, cuyo peligro, inutilidad y fracaso le vaticinaban todos.

El entusiasmo de los primeros cruzados revivía en este rey, a quien sería concedido morir tal como había soñado siempre, combatiendo por la fe, el 25 de agosto de 1270, en Túnez.

ALGO MAS…
SAN LUIS EN SIRIA
En 1244, gravemente enfermo, hizo voto de participar en la Cruzada si se restablecía. Cuatro años después, se embarcó en Aigues-Mortes, acompañado de sus tres hermanos y de la flor de la caballería francesa. Las galeras, con los bellos nombres de: la Reine, la Demoiselle, la Montjoie, anclaron en Chipre, donde el rey Enrique I de Lusignan los recibió con una fastuosa hospitalidad.

Después, el rey decidió atacar a los musulmanes en el corazón de su poderío, es decir, en Egipto.

La ciudad de Damieta fue  elegida como objetivo, y,  el 6 de junio de 1249, los barones de Francia, rivalizando en ardor con los de Siria, se apoderaron de la ciudad.

El temor a la crecida del Nilo impidió a los francos sa car provecho de su ventaja para march;n sobre El Cairo, y esa demora de cinco meses permitió al enérgico sultán de Egipto Es-Salih-Ayub, recobrarse.

Reincidiendo en el error de Pelayo, Luis IX, mal acón sejado por su hermano Roberto de Artois, rechazó la proposición del sultán, que ofrecía Jerusalén a cambio de Damieta, y, el 20 de noviembre, se precipitó hacia la ca pital.

Ante la fortaleza de Mansurah, los francos fueron detenidos de nuevo. La temeridad de Roberto de Artois, lanzándose alocadamente a las calles de la ciudad, supuso, con su propia muerte, el aniquilamiento de la vanguardia.

El rey, estimando que el honor le prohibía batirse en retirada, hizo frente a los egipcios, a pesar de que el tifus diezmaba al ejército franco.

Ni el valor del soberano (del que Joinville ha conservado la visión inolvidable «del héroe, por sí solo, más grande que la batalla»), ni el heroísmo de sus soldados fueron suficientes para salvar al ejército franco, que capituló el 6 de abril de 1250.

Mientras tanto, el sultán de Egipto fue asesinado por los mercenarios turcos de la guardia, los mamelucos, que estuvieron a punto de degollar a Luis IX en su prisión.

Sin embargo, aceptaron por el rescate de éste y el de su ejército la rendición de Damieta y la entrega de 500.000 libras, tornesas. El 8 de mayo, el rey embarcó para Siria. Allí permaneció  cuatro  años,  reorganizando el país, con el fin de preservalos contra el atque del Islam.

LA REORGANIZACIÓN DE TIERRA SANTA
Desde hacía más de veinte años, las colonias francas eran los territorios más anárquicos. Luis IX quiso restablecer en ellas la noción del Estado.

Su sentido del deber, su lealtad absoluta, su cortés entereza hicieron que sus medidas autoritarias fueran aceptadas de buen grado por los barones de Acre y de Tiro. Y el rey de Francia, por anacrónico que pudiera parecer en su afecto a la vieja idea de la liberación de los Santos Lugares, se mostró notablemente audaz en su juego diplomático.

Cuando toda Europa temblaba ante el despliegue de los mongoles, Luis, sabiendo que eran en parte cristianos nestorianos, envió al gran Khan de Tartaria un emisario, el franciscano Guillermo de Rubruquis.

Esperaba hacer coincidir su ataque contra el sultán de Egipto con la invasión con que los mongoles amenazaban a éste. Pero la lentitud de los intercambios no permitió una sincronización eficaz de las operaciones. Por otra parte, el rey, yendo contra el Islam oficial, no dudó en concluir una alianza con el «Viejo de la Montaña», jefe de los temibles «asesinos». Se trataba de una secta disidente creada en el siglo XI, cuyos adeptos llevaban oficialmente el nombre de ismaelitas.

En   el  término   de   «asesinos», puede observarse la deformación de hash-shashin, consumidoras de hashish, porque los pertenecientes a la secta se embriagaban con esta planta antes de cometer sus fechorías. Eran, en efecto, fanáticos, especializados en atentados terroristas.

Esperando intimidar a Luis IX, lo habían amenazado con asesinarle. Después, comprendiendo que tal amenaza no tenía posibilidad de éxito, su jefe envió al rey, en prueba de amistad, «su camisa y su anillo», además de un elefante de cristal, un soberbio juego de ajedrez y perfumes maravillosos.

Luis respondió a estas amabilidades con el regalo de «joyas, tela color escarlata, copas y frenos de plata para los caballos». Cuando el soberano, llamado a Francia tras la muerte de su madre, la regente Blanca de Castilla, dejó el país, había introducido en la Siria franca notables mejoras, tanto por lo que se refiere a la organización interior como a la situación diplomática.

EL FIN DE LA EPOPEYA DE LAS CRUZADAS
La unidad que la presencia de San Luis  había dado a Tierra Santa, no sobrevivió, a su marcha. El reino entero se dividió, y la guerra civil enfrentó a los partidarios de las dos ciudades italianas.

El mongol Hulagú, nieto de Gengis-Khan, se apoderó de Bagdad, y después, de Alepo y de Damasco.

Un mameluco de origen mongol, Baibars, llegado al trono de Egipto mediante una serie de asesinatos, se reveló como uno de los primeros estadistas de su tiempo, feroz y desleal, pero soldado de genio e incomparable administrador. Los francos tuvieron por adversario a este personaje sin igual.

En principio, arrebató Siria a los lugartenientes de Hugalú, y después se volvió contra la cristiandad. Cesárea, Arsuf, Jafa, Beaufort y Antioquía cayeron en sus manos, entre 1265 y 1268.

En Francia, el rey Luis decidió volver a partir, a pesar de los consejos de todos los que le sugerían que deje esa guerra. Inició la octava la Cruazada, que se dirigió a Túnez con la idea de convertir al cristianismo al sultán de ese país, pero debido al gran calor en esa región , el cólera enseguida se difundió y contagió a gran parte del ejército francés y entre ellos al Rey también, quien murió en 1270.

Fuente Consultada:
HISTORAMA La GRan Aventura del Hombre Tomo III Vida de Luis IX de Francia Edit. CODEX

Biografía de Luis Felipe I de Francia Historia de su Gobierno

VIDA Y GOBIERNO DE LUIS FELIPE I, EL REY DE FRANCIA

Luis Felipe I de Orleans, (1773-1850) fue el rey de los franceses de 1830 a 1848, también conocido como el Rey Ciudadano (1773-1850). Era hijo de Luis Felipe José de Orleans (llamado Felipe Igualdad) y nació en París. Inicialmente llevó un reinado marcado por la prosperidad nacional, la estabilidad, y la fecundidad intelectual, pero finalmente fue destituído por sus tendencias autoritarias.

Pertenecía a la Casa de Borbón-Orleans, su padre era hermano del rey de Francia Luis XIV. Luis Felipe fue duque de Valois desde su nacimiento hasta 1785 y desde entonces el de duque de Chartres hasta 1793, año en el que su padre fue guillotinado y heredó el título de duque de Orleans. Políticamente predicaba con los ideales de fraternidad, libertad e igualdad de la Revolución Francesa de 1789.

Luis Felipe I Rey de Francia

Luis Felipe I Rey de Francia

Proclamado «rey de los franceses» por la gracia de Dios y la voluntad nacional, Luis Felipe I sería también el úitimo rey de Francia, cuando la misma voluntad nacional optó por la República. Llegó al poder tras una revolución y fue derrocado por otra. Durante los dieciocho años de su reinado proyectó la imagen de un soberano triste y sin grandeza en una Francia desgarrada.

ANTECEDENTES DE LA ÉPOCA:

Tras la derrota de napoleón, asumió el trono de Francia Luis XVIII. Este rey respetó muchos de los derechos conquistados por la burguesía y, al mismo tiempo, le hizo concesiones políticas y económicas pues necesitaba de su apoyo para impedir nuevas demandas y el estallido de revoluciones más radicalizadas. Por ejemplo, respetó la igualdad de todos los franceses ante la ley y las libertades de pensamiento, prensa y culto.

Cuando murió Luis XVIII lo sucedió Carlos X. Este rey intentó restaurar la monarquía absoluta tal como era durante el Antiguo Régimen. Abolió la libertad de prensa y declaró el estado de emergencia por el cual quedaban suspendidas las garantías individuales. Pero cuando suprimió la Cámara de diputados, estalló en París un movimiento popular en el que participaron sectores de la burguesía, obreros y estudiantes en defensa de las libertades. Tres días después la lucha de los liberales había conseguido la renuncia de Carlos X.

La restauración monárquica impuesta por las potencias vencedoras en el Congreso de Viena no abolir las principales ideas difundidas en la revolución. Como vimos hubo una reacción bajo Carlos X, que terminó renunciando, y ahora su reemplazo en Luis Felipe, quien no sería un rey «a la antigua»: establecería una monarquía constitucional donde la influencia política de la burguesía —y de las finanzas— sería cada vez más sensible. A partir de este momento la vieja nobleza jamás reconquistaría sus privilegios.

Las restricciones impuestas a las libertades y las privaciones materiales de la población, terminarían por reencender la llama de la revolución. En tres oportunidades sucesivas (1830, 1848 y 1870) el pueblo de París saldría a las calles. Y restablecería la República en las dos últimas.

Luis Felipe había acido en París el 06 de octubre 1773, hijo Felipe Igualdad (apodo) , duque de Orleans. Desde 1785 hasta la ejecución de su padre, el 06 de noviembre 1793, era conocido como el duque de Chartres, a partir de entonces como el duque de Orleans y fue líder de la rama más joven de la familia Borbón.

En 1790, en pleno desarrollo de la revolución francesa el duque se unió al Club de los Jacobinos y como militar estuvo al servicio de la Convención; pero mas tarde, decidió escapar de Francia y buscar la protección austríaca en 1793 para evitar caer él también víctima del Terror. Permaneció en Suiza y Estados Unidos hasta su regreso a Francia en 1817, convirtiéndose enseguida en una figura apreciada por las clases medias liberales, por su postura a medio camino entre los excesos de la revolución popular y la reacción ultrarrealista que se impuso desde finales del reinado de Luis XVIII.

luis felipe i de francia

Restauró el Palacio de Versalles, abandonado desde la salida de Luis XVI en octubre de 1789, y estableció un museo de la historia de Francia, con una inscripción en su frontón: «a todas las glorias de Francia». También organizó el regreso de las cenizas de Napoleón (15 de diciembre de 1840) y erigidas al este de la ciudad de París.

Durante el inicio de su gobierno intento apoyar al sector republicano que lo había entronizado, pero con el tiempo su postura democrática fue cambiando, tomando alguna serie de medidas autoritarias , que se contradecían a su compromiso de mantener una monarquía constitucional. Acordó el matrimonio de su hija Luisa con Leopoldo I de Bélgica.

A partir de 1831, Luis Felipe I, que deseaba ejercer el poder por su cuenta, prefirió a los conservadores de la «Resistencia», encabezados por Guízot, en lugar de los partidarios del «movimiento» de La Fayette. Frente a las miserias, como el cólera de 1832, o las rebeliones, como las de los tejedores de seda de Lyon en 1831 y 1834, el rey respondió con indiferencia o por la fuerza.

Aunque el censo electoral se extendió a más personas, sólo un 9% de los electores podía votar. Esta clase dirigente que confiscó el poder en nombre de la razón fue muy corrupta, como lo revelaron una serie de escándalos financieros.

En política exterior, Luis Felipe I apoyó la gestión pacifista de Guizot, fundada en la alianza con Inglaterra, y en 1830 se lanzó con mesura en la colonización de Argelia, emprendida con ligereza tras un incidente diplomático en que el rey de Argelia le asestó un golpe de abanico al cónsul de Francia. Esta imprudencia alimentó su creciente impopularidad. Finalmente, la crisis de subsistencia de 1846-1847 fue la que volcó a las calles de París las muchedumbres hambrientas y encolerizadas.

Luis Felipe I y la Reina Victoria

La revolución de 1830 había llevado al poder a los sectores más ricos de la alta burguesía. Pero la pequeña burguesía y los sectores populares habían sido excluidos del sistema político autoritario, elitista y de sufragio censitario de Luis Felipe. La búsqueda de mayor participación política, así como el reclamo de mejores condiciones de trabajo y el derecho al voto, hicieron confluir en similares objetivos a sectores de la burguesía, intelectuales, estudiantes universitarios y trabajadores urbanos. Al mismo tiempo que las ideas liberales y democráticas se radicalizaban, comenzaron a tomar fuerza en Europa nuevas ideologías que reclamaban cambios en la organización de la sociedad y mejoras en la calidad y las condiciones de vida de los sectores obreros.

El 24 de febrero de 1848, el pueblo tomó el ayuntamiento gritando «viva la República» y Luis Felipe I abdicó en favor de su nieto. Al día siguiente, Francia ya era una República, al tiempo que el rey derrocado se refugiaba en Inglaterra, donde murió el 26 de agosto de 1850.

CRONOLOGÍA DE SU VIDA

1773 Nace el duque de Valois, el 6 de octubre.

1774 Luis XVI es entronizado.

1785 El duque de Valois se convierte en duque de Chartres.

1789 Toma de la Bastilla.

1791 Huida del rey, que es arrestado en Varennes.

1792 Condena y ejecución de Luis XVI. Ejecución de Felipe Igualdad; el duque de Chartres toma el título de duque de Orleans.

1795 Muerte de Luis XVII. El conde de Provenza toma el título de Luis XVIII. Inicio del Directorio.

1799 Golpe de Estado de Bonaparte.

1804 Napoleón es coronado emperador.

1814 El Senado proclama la deposición de Napoleón I y llama a Luis XVIII. Luis Felipe toma posesión de una parte de sus bienes.

1815 Los Cien Días y la segunda Restauración.

1824 Muerte de Luis XVIII; Carlos X se convierte en rey.

1830 Revolución (las Tres jornadas gloriosas); Carlos X abdica. Luis Felipe I, rey de los franceses.

1831 Ministerio de Casimir Perier. Rebelión de los tejedores de seda de Lyon.

1832 Cólera en París.

1833 Ley Guizot para la enseñanza primaria.

1834 Disturbios republicanos en París. Segunda rebelión de los tejedores de seda de Lyon.

1848 Primera revolución (febrero) y proclamación 1 de la República. Abdicación de Luis Felipe I que se refugia en Inglaterra. Segunda revolución (junio).

1850 Muerte de Luis Felipe I, el 26 de agosto.