Los Montoneros

Historia del Peronismo Nacimiento, Desarrollo Político y Caída

Historia del Peronismo

TEMAS TRATADOS:

1-Origen del Peronismo

2-La Batalla Política

3-La Gran Movilización del 17 de Octubre

4- Perón es elegido presidente de la Nación Argentina

5- Plan Quinquenal

6- Políticas de Gobierno

7- El Voto Femenino

8- Segunda Presidencia

9- La Revolución Libertadora

10-Operativo Retorno

11- Muerte de Juan Perón

12- Gobierno de «Isabelita»

En  junio de 1943, un régimen autoritario —ensayado ya en 1930 por el general José F. Uriburu—volvía a instalarse en el gobierno nacional, a través de un nuevo golpe de estado. Mientras tanto, en Europa, se expandían los regímenes fascistas: habían, triunfado primero en España; luego con Hitler y Mussolini a la cabeza se habían lanzado a la conquista del mundo. Y aparentemente iban lográndola.

Los nacionalistas argentinos estaban influidos, sin duda, por estas victorias alcanzadas sobre el viejo liberalismo europeo; muchos militares, de espíritu antiliberal y antibritánico, seguían muy de cerca esos acontecimientos.

El proceso les interesaba en un doble sentido: militarmente, porque el despliegue bélico de las potencias del Eje parecía imparable; políticamente, porque de ganar Alemania la guerra —como todo hacía pensar— estaba reservado para la Argentina un papel protagónico en América latina. Por eso era necesario establecer un gobierno fuerte y decidido, un Estado militar rigurosamente organizado.

ETAPA I DEL PERONISMO:

El Nacimiento:

El GOU (Grupo Obra de Unificación del Ejército), una logia de oficiales nacionalistas, había sido el artífice del pronunciamiento militar del 4 de junio de 1943. La materia gris de ese cerebro conspirativo, -quien más había trabajado para otorgarle un contenido ideológico, era el coronel Juan D. Perón.

Pero de todo su plan original, lo único que el GOU cumplió con eficacia fue el derrocamiento del presidente Ramón S. Castillo. El general Arturo Rawson, cabeza visible del movimiento, no llegó a asumir- la presidencia. Juró en su lugar el general Pedro P. Ramírez, quien nombró ministro de Guerra al general Edelmiro J. Farrell. Fue a través de este último que Perón lograría entonces acceder al cargo de jefe eñ la Secretaría del Ministerio de Guerra, el 5 de junio de 1943. La actividad desplegada por Perón en ese cargo fue inusitada, eficazmente secundado por su amigo personal, el teniente coronel Domingo A. Mercante.

En agosto del 43 estalló un conflicto en el gremio de la carne, cuyo líder máximo y militante del Partido Comunista, José Peter, fue encarcelado. El coronel Perón intervino directamente en el diferendo y logró negociar, tratando en forma personal con los dirigentes gremiales el levantamiento del paro.

De esta manera, Perón comenzó sus contactos con los gremios, un terreno hasta entonces inexplorado por los militares. A fines de octubre, pocos días después de que el general Farrell asumiera la vicepresidencia de la Nación, Perón reclamó y obtuvo para sí la presidencia del llamado Departamento Nacional del Trabajo, íntimamente vinculado con los problemas sindicales. Fue esa institución revitalizada la que se transformaría tiempo después en la Secretaría de Trabajo y Previsión y lo convertiría a él en eje de los. acontecimientos políticos futuros.

El 25 de febrero de 1944, Farrell accedía a la presidencia. Al mismo tiempo desde la flamante secretaría,, la popularidad de Perón iba en aumento. Su táctica —de acuerdo con sus propias afirmaciones— apuntaba al corazón de los obreros. Pero también deseaba alcanzar un equilibrio de fuerzas que le permitiera retener el poder político en sus manos. Hábilmente, especulaba con el peligro comunista para convencer a los industriales de la necesidad de apoyarlo, al tiempo que favorecía el ascenso de los dirigentes sindicales que estaban dispuestos a respaldar su labor en la secretaría y a favorecer su eventual candidatura política.

Por su parte, los partidos tradicionales, que se habían unido contra el régimen militar —de marcados rasgos corporativistas en sus comienzos— temían que Perón encarnara un brote fascista en momentos en que esta ideología acababa de ser derrotada en la guerra por los aliados. Pero esta actitud los enfrentó a los sindicalistas, quienes veían en Perón al hombre que los comprendía, y puso a los partidos en la misma trinchera en la que estaban las fuerzas empresarias: el antiperonismo.

Fue así que se produjo la reacción sindical en favor de la Secretaría de Trabajo, dividiéndose los gremios y alcanzando Perón el apoyo de la gran mayoría de las bases obreras. El coronel recibía a los líderes sindicales y les hablaba en un lenguaje claro, con un tono muy dif érente al de los funcionarios públicos. Los decretos y convenios de trabajo —que él mismo redactaba ante sus ojos— se convertían en una realidad palpable, que asombraba a sus interlocutores. Desde los partidos tradicionalmente obreros comenzó el éxodo hacia el peronismo.

Los dirigentes sindicales Ángel G. Borlenghi y Luis F. Gay fueron los más notorios adherentes a la nueva corriente política que se fue conformando alrededor del hábil coronel. El 7 de julio de 1944, éste fue nombrado vicepresidente de la Nación, sin resignar por ello sus cargos de secretario de Trabajo y de ministro de Guerra, que había obtenido de manos de Farrell. El poder que concentraba en ese momento, no era para nada despreciable. Había llegado el momento de lanzar la gran batalla.

Juan Domingo Perón

La batalla política

El primer movimiento lo realizaron los más poderosos comerciantes e industriales del país, quienes el 16 de junio de 1945 en un manifiesto exigieron al gobierno que rectificara su política social. En 1944 se habían firmado 127 convenios con intervención de las asociaciones patronales y 421 con intervención de los sindicatos. Los millares de obreros que se reunieron el 12 de julio frente a la Secretaría de Trabajo fueron la respuesta más categórica al manifiesto de los empresarios. Estaban convocados por una causa popular, tenían un líder cuya candidatura proclamaban indirectamente y la clase patronal los empujaba a la lucha. Estaban dadas las condiciones para una gesta.

Los partidos políticos, que seguían viendo en Perón un peligro nazifascista azuzaban contra él a los estudiantes de la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA). Ello aparejaba protestas estudiantiles y represión, policial. Estimulados por el embajador norteamericano Spruille Braden, —tras la victoria aliada—, las fuerzas antifascistas organizaron lo que se llamó Marcha de la Constitución y la Libertad.

Antiperonistas de todos los colores y de todas las clases sociales engrosaron sus multitudinarias columnas. El gobierno contestó reimplantando el Estado de sitio y modificando el Estatuto de los Partidos Políticos, a cuyas autoridades se prohibía reelegir. Fue entonces que los estudiantes ocuparon las facultades. Y la represión policial los desalojó.

A esa altura, Perón ya era el eje de la situación política. El país, a su influjo, se había dividido en dos partes bien definidas y no quedaba espacio para los indiferentes. De un lado, con Perón: la clase obrera, tanto industrial como agraria, representada por los nuevos sindicatos segregacionistas; también el Ejército y la Iglesia, apoyados por la cadena de Radio del estado y por todos los resortes del gobierno.

Del otro lado: casi toda la clase media y alta, representadas por las entidades estudiantiles y empresarias y por los partidos tradicionales; también la Marina y los intelectuales; apoyados por la mayor parte del periodismo escrito. Todo esto sucedía a fines de setiembre y en los primeros días del mes de octubre de 1945.

La aparente derrota

La unidad del gobierno, ante todas estas situaciones, por las que se atravesaba, se iba deteriorando. A raíz de la designación de Oscar Nicolini como director de Correos y Telecomunicaciones (se decía que la actriz Evita Duarte, amiga de Perón, había influido en ella), se desató la crisis. El jefe de la guarnición de Campo de Mayo, general Eduardo J. Avalos, retiró entonces su apoyo a Perón y le pidió la renuncia. Los sectores castrenses más poderosos le dieron la espalda. Perón aceptó: «No quiero sangre«, dijo por medio de un discurso que se retransmitiría a todo el país y que pronunció desde la Secretaría de Trabajo y se despidió de sus seguidores, concentrados allí multitudinariamente.

El diario La Época reprodujo sus palabras y el texto de un decreto que dejaba preparado, por medio del cual se implantaba un sistema de aumentos de salarios «móvil, vital y básico«. Pero nadie lo firmaría si él se alejaba de la secretaría. Su clásica frase «de casa al trabajo y del trabajo a casa«, con la que siempre cerraba sus discursos, sonó muy amarga ese día a los oídos de los trabajadores. Sus ánimos estaban exacerbados y algunas palabras duras del líder, los incitaban a la resistencia.

El 11 de octubre, Perón se alejó de la Capital. Su «despedida» de los obreros, sin embargo, había molestado profundamente a ciertos sectores del Ejército. Grupos de oficiales propiciaban la destitución de Farrell. Los políticos consultados propusieron la entrega delgobierno a la Suprema Corte. Finalmente, los sectores castrenses impusieron al presidente un cambio total de gabinete.

Pero a esa altura de los acontecimientos tal medida ya no era solución. Porque, en el momento en que —el 12 de octubre— la multitud antiperonista se reunía en plaza San Martín exigiendo la entrega del gobierno a la Suprema Corte, muchos oficiales del Ejército advertían que el antiguo antimilitarismo liberal estaba resucitando y que se había cerrado el paso a un enemigo pero se lo había abierto a otro, que ni siquiera pertenecía a sus filas. Mientras se encontraban sumergidos en tales reflexiones, la policía, incómoda por el estribillo de «Gestapo» con que la muchedumbre reunida frente al Círculo Militar la zahería, reprimió a los antiperonistas; fue allí que el médico Eugenio Ottolenghi se desplomó, sin vida, junto a una gran cantidad de heridos.

La crisis era total. El doctor Juan Alvarez, Procurador General de la Nación, estaba encargado de la formación de un nuevo gabinete. Pero el 13 de octubre, los únicos ministros del Ejecutivo eran el general Avalos, el almirante Héctor Vernengo Lima y el civil Juan Fentanes, cuyas palabras como flamante secretario de Trabajo y Previsión fueron muy poco prometedoras para la expectante clase obrera.

Ese mismo día, el presidente Farrell, sometido a múltiples presiones jardenó cue se detuviera al coronel Perón, quien habia vuelto a Buenos Aires. Allí fue sustraído de la jurisdicción del Ejército y trasladado a la de la Marina, la que lo interna en el buque Independencia y desde allí lo transfiere a la isla Martín García. En el trayecto al puerto, Perón sólo abrió la boca para pedirle al coronel Mercante, quien lo acompañaba, que cuidara de Evita.

La movilización

La detención del coronel, conmocionó a los gremios. Encabezó su movilización el Sindicato Autónomo de Obreros de la Carne, dirigido por Cipriano Reyes (enemigo de José Peter). El día 15, los obreros copaban prácticamente Berisso y Ensenada. Sus esfuerzos recrudecerían al enterarse de que Perón había sido trasladado a Buenos Aires nuevamente y que se hallaba en el Hospital Militar.

Se intentó organizar una marcha obrera que llegara allí, pero esos intentos fueron muy desorganizados y fue fácil disolver las pequeñas manifestaciones que se iniciaban. Los pocos peronistas que lograron recorrer el centro de la ciudad, le hicieron juntos con los militantes de la Alianza Libertadora Nacionalista. Mientras algunos de ellos eran conducidos a las comisarías, los sindicatos antiperonistas condenaban la movilización y lo mismo hacían los partidos políticos: : «son bandas armadas dirigidas por Cipriano Reyes», dijo por ejemplo el Partido Comunista. Algo parecido opinaron los socialistas y los radicales.

El 17 de octubre de 1945

El día 17 se reeditaría la marcha intentada en la víspera. Pero ahora, mucho mejor organizada. El objetivo de los dirigentes era concentrar el mayor número posible de personas frente al Hospital Militar y la Casa de Gobierno, como una forma de presión que respaldara la reposición del líder en todos sus cargos. Desde Lanús, Berisso, Ensenada, La Plata, partieron los contingentes más nutridos.

La coordinación entre unos y otros era excelente. Avanzaron sobre la capital realizando mítines en las esquinas, atacando los locales de los partidos políticos y portando cartelones, retratos del coronel y banderas argentinas. A las puertas de Avellaneda, el personal de la Dirección General de Navegación y Puertos les permitió atravesar los puentes en lugar de cumplir enseguida la orden de levantarlos que había dado el gobierno.

Camiones, autos, bicicletas y caminantes logran pasar del otro lado y los que llegaban tarde al ver los puentes levantados cruzaron en lanchones y hasta nadando. Toda la zona sur del Gran Buenos Aires quedó aislada: se levantaron los rieles tranviarios y los obreros ferroviarios decretaron el paro general. No había ni un comercio abierto.

A las 5 de la tarde de aquel 17 de octubre todo el mundo sabía que los peronistas estaban reunidos frente a la Casa de Gobierno, y que la policía no los reprimía. Desde todos los barrios de la capital empezó a acercarse gente, incluso los más dubitativos seguidores. Mientras esperaban en la plaza, se enteraron de que un grupo de sindicalistas había hablado con Perón en el Hospital Militar y que éste opinaba que era frente a la Casa de Gobierno donde debía presionarse

Los últimos momentos del gobierno

Mientras la multitud se refrescaba del intenso calor sumergiéndose a medias en la vieja fuente de la Plaza de Mayo, una CGT muy dividida, que la noche anterior apenas si había logrado decidir el paro general para el día 18 (con el voto conseguido a último momento de Libertario Ferrari) entrevistaba al presidente Farrell. En la plataforma que le exponían se habla de elecciones democráticas, de la consulta a la clase trabajadora, de la firma del último decreto de aumentos de salarios que Perón había dejado preparado.

Pero para nada se mendonaba la libertad del coronel, Farrell no obstante todas las presiones a las que estaba sometido, se mantenía impasible. Esa sería su constante actitud. El ministro Avalos no parecía tampoco demasiado definido y optaba por permanecer fiel al texto de un comunicado que llevaba su firma: «El Ejército no intervendrá contra el pueblo en ninguna circunstancia«, decía en su parte medular. «Hay que dejarlos que se dasaho-guen, total no pueden hacer nada», repetía el confiado procurador Alvarez.

Sólo el almirante Vernengo Lima era partidario de la represión. Cuando Farrell y Avalos se entrevistaron con el general Juan Pistarini y el coronel Mercante —ambos peronistas— para negociar una salida pacífica, el almirante decidió sublevar la Marir na^ Esperaba que la guarnición militar de Campo de Mayo secundara su acción, pero como esto no sucedió, quedó aislado políticamente y el día 18 se presentó detenido en el Ministerio de Marina.

Dos modalidades diferentes

En todo el proceso de cabildeos y maniobras políticas que se desarrolló a partir de la entrevista de Pistarini y Mercante con Avalos y Farrell, la que culminó a las once de la noche del 17, cuando Perón dirigió la palabra a sus adictos concentrados en la Plaza, dos estilos opuestos se mostraron en pugna. El peronismo, audaz y agresivo, con objetivos políticos concretos, empleaba recursos y estrategias ganadoras, a pesar de ser un movimiento de reciente formación. Sus opositores, en cambio eran excesivamente indecisos y se movían en base a esquemas políticos que empezaban a sonar arcaicos.

Las imposiciones de Perón fueron todas aceptadas: renuncias de Avalos y de Vernengo Lima, y formación de un gabinete peronista. Farrell aceptó, incluso, hablar esa noche al pueblo desde el balcón, como mero segundo, dejando el discurso final a Perón. Posteriormente, fueron liquidados los sectores adversos dentro del Ejército y la militancia peronista ganó la calle.

Los mismos que la noche del 17 agitaron —a pedido del coronel— sus pañuelos blancos durante 15 minutos debajo del balcón de la Casa Rosada, coparon el terreno libre que el antiperonismo, desmoralizado, les dejaba. «Hay que aprovechar el entusiasmo obrero para organizarse bien» afirmó entonces Cipriano Reyes (el «héroe de la marcha del 17 de octubre», como lo calificaba el líder).

Esto quería decir, en otras palabras, que había que organizar un partido político. Y fue el propio Reyes quien dio el puntapié inicial para la formación del Partido Laborista, con la idea de crear una agrupación semejante al Labour Party, de Gran Bretaña, cuya base de sustentación habían sido los sindicatos. Sólo que en esta caso se trataría de los flamantes sindicatos peronistas exclusivamente. La candidatura de Perón a la presidencia de la República era ya un hecho irreversible.

ETAPA II DEL PERONISMO:

Afines de octubre de 1945, Cipriano Reyes, encargado de la organización de un partido político que capitalizara la efervescencia popular adicta a Perón, cumplió eficazmente su cometido. En pocos días, secundado por otros dirigentes gremiales, fundó el Partido Laborista, a semejanza —según él— del Labour Party, que en Gran Bretaña acababa de desalojar del gobierno a los conservadores.

De ahí surgiría la candidatura de Perón a las elecciones nacionales programadas para el 24 de febrero de 1946. Las conocidas injerencias del embajador norteamericano Spruille Braden en favor de los sectores antiperonistas surtieron el efecto contrario y abonaron el terreno al flamante candidato. «Braden o Perón» fue el slogan del laborismo con lo que se establecía una disyuntiva aparentemente patriótica.

Luego de los gigantescos mítines y de los grandes discursos, en medio de una movilización preelectoral caracterizada por algunos desbordes de violencia, llegó la hora de las urnas. Se trató de una correctísima elección, según afirmaciones de un bando y otro. Cuando terminó el recuento de los votos, la fórmula Perón-Quijano había obtenido 1.527.231 sufragios contra 1.207.155 del binomio Tamborini-Mosca, candidatos de una coalición denominada Unión Democrática y que nucleaba a radicales, demócratas progresistas, socialistas y comunistas.

El Plan Quinquenal

Perón comenzó su tarea de gobierno tras su flamante ascenso a general de brigada. Una vez establecido su equipo de ministros y secretarios (en donde figuraban entre otros Ramón Cereijo, Juan Pistarini, Juan Atilio Bramuglia, Ángel Borlenghi y Ramón Carrillo), puso manos a la obra.

El llamado Plan Quinquenal de Gobierno 1947-1951 aparecía como la base programática de su accionar, aunque, en verdad, se trataba de una importante recopilación de datos de todas las áreas ministeriales sobre el estado del país, en donde también se hacían algunas sugerencias importantes, como: establecer la necesidad de materias primas y combustibles, verificar la eficiencia de los sistemas de producción y explotación de los mismos y completar las obras e inversiones necesarias para el desarrollo industrial y agrícola, que ya estaban proyectadas por las administraciones anteriores.

En materia educacional se planificó la construcción de escuelas rurales, pero se mantuvieron los viejos planes de estudio, a los que se añadió —por compromisos electorales previos— la enseñanza religiosa en los colegios estatales. Hubo en cambio mayor preocupación por los programas de salubridad y por la construcción de modernos hospitales (a los que se denominó policlínicos) y por la edificación de barrios obreros en distintos puntos del país. Resultaría muy importante la organización del Censo Nacional, que estaba sumamente atrasado, en donde trabajó el mismo recopilador que preparó el Plan Quinquenal, Francisco José Figuerola un antiguo y eficaz funcionario del Departamento de Trabajo a quien Perón llevó a la Casa de Gobierno como secretario Técnico de la Presidencia.

Las nacionalizaciones

La compra de los ferrocarriles ingleses fue el paso más espectacular del gobierno peronista en materia de servicios públicos. Se concretó así una antigua aspiración de las compañías ferroviarias, deseosas de venderle los viejos talleres, ramales y convoyes para quedarse solamente con el servicio de manutención, que era la parte más interesante del negocio.

Los ferrocarriles fueron entregados, además, como parte de pago de la gran deuda en libras esterlinas que el gobierno inglés tenía con la Argentina (por la compra de alimentos durante la Segunda Guerra Mundial) y que se negaba a saldar en efectivo. El gobierno peronista, sin embargo, exhibió la operación como un gran triunfo nacional sobre el imperialismo británico.

A partir de allí, paulatinamente la explotación de los servicios públicos fue pasando a manos del Estado, hasta eliminar totalmente la injerencia de las empresas extranjeras. Pero con una excepción: la Compañía Argentina de Electricidad (CADE), que había apoyado económicamente la candidatura de Perón.

La Compañía Primitiva de Gas (de capitales ingleses) fue reemplazada por un ente estatal y la construcción de un gasoducto, que en su momento fue el más largo del mundo, permitió aprovechar el gas que hasta ese momento se desperdiciaba en Comodoro Rivada-via. En otra operación similar, la empresa telefónica norteamericana United River Plate Telephone Company Limited, de la ITT, pasó a poder del Estado.

La política energética

La flamante empresa autárquica Agua y Energía Eléctrica fue la-encargada de continuar la política energética que ya se había iniciado en el país. Fueron así terminados los diques Escaba y Nihuil, con sus centrales hidroeléctricas, y otras obras semejantes se concluyeron en todo el país, el que alcanzó una producción de potencia de 350.000 kilovatios.

Paralelamente a esté aprovechamiento de los recursos hídricos, se intensificó ei aprovechamiento del yacimiento carbonífero de Río Turbio. Los proyectos de explotación petrolera, por su parte, obligaron a una renovación de la flota de buques tanques: 18 barcos, con un porte bruto de 234 mil toneladas, fueron incorporados al servicio durante este primer período de gobierno. En agosto de 1950 se creó un nuevo ente estatal que agrupó a todas las empresas —cinco en total— que administraban todas las fuentes energéticas. Se lo denominó ENDE y fue el encargado de digitar los futur«^pasos a dar en ese sentido.

La política económica

La economía del país, al menos durante los tres primeros años de administración peronista, danzaría al compás que le marcaba Miguel Miranda, a quien llamaban «el mago de las finanzas». Sus armas fundamentales fueron la nacionalización del Banco Central (de cuyo directorio era el presidente) y la creación del IAPI (Instituto Argentino de Promoción del Intercambio). Desde allí controlaba el comercio exterior y centralizaba la comercialización de las cosechas. La política de Miranda, además, despertó un afán industrializador en el país, lo que permitió que se eliminaran de la importación muchos productos. Pero esa política fue tan caótica en su aplicación y produjo tantos errores que la estrella de Miranda comenzó a languidecer y fue reemplazado por el Consejo Económico Social.

En abril de 1951, tras un conflicto con Gran Bretaña, en cuyo transcurso se suspendieron las exportaciones de carne a ese país, el gobierno obtuvo el precio récord de 150 libras por tonelada. Esto tranquilizó a los grandes terratenientes, quienes atravesaron incólumes el período peronista, y al que habían recibido con la guardia en alto, temerosos de los revolucionarios planes de reforma agraria a los que se hacía mención en los discursos preelectorales. En ese sentido, más allá de las leyes de arrendamientos congelados y de los precios fijados por el IAPI, sus intereses y sus hectáreas permanecieron intactos.

El plan de obras públicas, en cambio, sí fue voluntariosamente impulsado. Las prioridades se centralizaron en un rubro de impostergable necesidad: la vivienda. El remozado Banco Hipotecario Nacional fue un elemento básico alrededor del cual giró la política edilicia. Surgieron así gran cantidad de monobloques en diversos barrios; proliferaron las «casitas obreras»; la Ciudad Evita —un gigantesco complejo de 10.000 viviendas— llegó a edificarse en un 45 por ciento y se completó el llamado Barrio Presidente Perón, en Saavedra.

En cinco años una gran cantidad de viviendas fue entregada a sus flamantes dueños, aunque como trasfondo de esas realizaciones menudearan las denuncias de todo tipo de irregularidades administrativas y de adjudicaciones acomodaticias. El aeropuerto de Ezeiza, vastos complejos edili-dos del interior del país, escuelas, colegios secundarios, edificios universitarios, fomento de la infraestructura hotelera, fueron otros tantos aportes del gobierno en lo que al rubro de las obras públicas se refiere.

El incremento de la producción industrial, la construcción de oleoductos y gasoductos, el descubrimiento de algunos yacimientos minerales, el aprovechamiento del carbón, la positiva modificación de las importaciones y el aumento del promedio de consumo, quedarían registrados como los más importantes logros de la primera presidencia del peronismo.

Como contrapartida, la exagerada prisa por la industrialización en detrimento directo de la agricultura (en momentos en que eran altos los precios de los cereales, por influjo de la posguerra) y una fría actitud con respecto a la tan mentada reforma agraria, aparecen como sus puntos mas débiles. Pero el formidable aparato propagandístico que se monto en ese lapso —cadenas de diarios y radios estatales— influyó notoriamente para que muy pocos advirtieran los defectos principales del régimen peronista. Así se fortificó el slogan «Perón cumple, Evita dignifica», con el que se llegó a 1951.

La segunda presidencia

El resultado de las elecciones del 11 de noviembre de 1951 tuvo las características de un verdadero plebiscito popular. El binomio Perón-Quijano sumó 4.744.803 votos contra 2.416.712 de la fórmula radical Balbín-Frondizi. El resto de los partidos1; incluyendo los votos en blanco, apenas sobrepasó los 400.000 sufragios.

El voto femenino y la reelección presidencial —incorporada a la Constitución por la reforma de 1949— jugaron un importante papel en esos resultados. El 4 de junio de 1952, cuando Perón reasumió el gobierno, era Evita quien debía acompañarlo como vicepresidenta de la Nación, pero su postulación aparentemente jaqueada por el Ejército (con la complicidad del presidente), no tuvo «él respaldo de su marido y ella se vio precisada a renunciar dramáticamente a la candidatura el 22 de agosto, tras el famoso Cabildo Abierto del Justicialismo.

De todas formas, poco le quedaba ya de vida, pues minada por una dura enfermedad dejaría de existir el 26 de julio de 1952. Perón autorizó entonces el embalsamamiento de su cuerpo y un velatorio de 15 días, con funerales de Jefe de Estado. Largas e imponentes filas de mujeres y hombres desfilarían por su capilla ardiente.

Como si la muerte de Evita hubiera sido un preaviso de las crisis que se avecinaba, en 1952 se alcanzó el récord de inflación y se produjeron tremendas sequías. Se manifestaron notorios fracasos en los planes de desarrollo y comenzaron a producirse graves desequilibrios entre los precios y los salarios.

El Segundo Plan Quinquenal hablaba pomposamente de la «soberanía política», pero fue entonces que comenzaron las tratativas con empresas norteamericanas para la explotación del petróleo nacional. Ciertos escándalos, además, iban empañando la imagen del líder, como por ejemplo sus relaciones con la rama femenina de la UES (Unión de Estudiantes Secundarios) y ei controvertido suicidio de Juan Duarte, hermano de Evita (vinculado con turbios negociados). También se cuestionaban las maniobras financieras de Jorge Antonio dueño de un poder económico privado —pero con todas las ventajas de la protección oficial a su favor— que adquirió Radio Belgrano, Canal 7, la agencia noticiosa Télam; importó 50.000 televisores y gran cantidad de automóviles y colectivos.

El incesante aumento del costo de vida era la contrapartida de ese proceso aparentemente tan exitoso, y un incipiente malestar popular era ya innegable.ÍLos sectores más duros de la oposición tuvieron entonces mayor basamento para lanzarse a la acción. El 15 de abril de 1953, mientras Perón hablaba en una gran concentración en la Plaza de Mayo, estallaron varias bombas (que ocasionaron cinco muertos) y come respuesta, se atacó al edificio del Jockey Club, a la Casa del Pueblo, a la Casa Radica, y a otras sedes partidarias, los que fueron saqueados e incendiados.

Los éxitos deportivos de la Argentina, que en ese momento se sucedían en fútbol, en automovilismo y en boxeo, no lograban disimular el desgaste político que el gobierno sufría a diario. Las cárceles albergaban ya a centenares de presos políticos y había también numerosos exiliados en el Uruguay.

El conflicto con la Iglesia

En julio de 1954, al mismo tiempo que debió enfrentar la huelga metalúrgica, el gobierno comenzó a experimentar sus primeros rozamientos con la Iglesia. Mientras un grupo de católicos fundaba el opositor Partido Demócrata Cristiano, desde el pulpito algunos sacerdotes iniciaron una campaña que apuntó, en un principio, a ciertos aspectos de la moral gubernamental. Perón los calificó de «curas perturbadores». Pero cuando un cierto número de ellos fue detenido, se produjo un claro distanciamiento entre el presidente y el cardenal Copello, su aliado de 1945.

El bloque peronista de la Cámara de Diputados comenzó entonces a barajar proyectos tales como la separación de la Iglesia y el Estado, la implantación del divorcio y la ley de profilaxis, mientras que el Ejecutivo decidía suprimir la enseñanza religiosa en los colegios estatales, establecida en 1946. Arreciaron manifestaciones de católicos armados y de pronto el vicario general, Manuel Tato, fue deportado a Roma el 15 de junio de 1955. Veinticuatro horas más tarde, un movimiento cívico-militar intentaba derrocar al presidente. Miguel Ángel Zavala Ortiz, Raúl Lamuraglia, Pedro E. Aramburu y Samuel Toranzo Calderón eran las cabezas más visibles del complot. Ya el 28 de diciembre de 1951 se había producido una intentona semejante, acaudillada por el general»Benjamín Menéndez, pero había fracasado.

Ahora, aprovechando un supuesto homenaje que se le tributaría al presidente, los aviones navales volaron al mediodía a escasa altura y bombardearon la Casa Rosada, ametrallando también las inmediaciones. El movimiento fracasó, fundamentalmente por que las fuerzas de tierra retacearon a último momento su participación. Al caer la tarde, media docena de camiones transportaban centenares de cadáveres de transeúntes que habían sido alcanzados por la metralla y de pasajeros de un trolebús deshecho por una bomba.

Mientras el almirante Benjamín Gargiulo se disparaba un tiro en la sien dentro del Ministerio de Marina, prefiriendo la muerte al fracaso, bandas armadas del oficialismo se tomaban revancha saqueando y quemando la mayoría de las iglesias de la zona céntrica. La Curia, San Ignacio, el Convento de San Francisco, Santo Domingo, La Merced, La Piedad, Nuestra Señora del Socorro, San Juan y San Nicolás fueron lamidas por las llamas.

Se trataba del último eslabón del enfrentamiento entre el peronismo y la Iglesia, como corolario de los anteriores rozamientos y de los incidentes producidos en la poco pacífica procesión de Corpus Christi de ese año, tras la campaña anticlerical exacerbada por el diario oficialista Democracia.

A partir de ese momento, la crisis interna se agudizó rápidamente. En medio de una ola de rumores y con un gabinete ministerial totalmente recompuesto, el 5 de julio Perón pidió —en un discurso radial— una tregua política. Era un tardío llamado a la pacificación, mientras las conspiraciones golpistas arreciaban por todos lados.

El gobierno se veía obligado a negociar y ofreció por primera vez en diez años las radios. Usaron de ellas Arturo Frondizi (UCR), Luciano Molinas (PDP) y Vicente Solano Lima (PD), pero le fue negado el micrófono a Alfredo L. Palacios (PS), quien exigía la renuncia del presidente. Todos criticaron y aportaron sus soluciones; pero era demasiado tarde para pacificar.

En la última semana de agosto los acontecimientos de precipitaron y Perón ofreció su renuncia. Como rápida respuesta, la CGT organizó para el día 31 una multitudinaria concentración en apoyo a su líder. Frente a ella, Perón recobró sus energías políticas e hizo un discurso de tono violento. Un par de semanas después, el 16 de setiembre, otro levantamiento militar, más importante, lograba derribarlo.

En la lluviosa mañana del lunes 19, el presidente escribió su renuncia de puño y letra y la entregó al general Franklin Lucero, su ministro de Ejército. Se trataba del último acto de gobierno. Faltaban escasas horas para que venciera el plazo impuesto por la Marina de Guerra, dispuesta a cañonear las costas.

ETAPA III DEL PERONISMO:

Cuando a las ocho de la mañana del 20 de setiembre de 1955 Perón entró en la Cancillería de la Embajada del Paraguay, su exilio comenzaba. Desde el exterior, sin embargo, seguiría digitando las futuras jugadas políticas de su movimiento. Mientras tanto, en Buenos Aires, los hechos políticos se precipitaban. Con el general Pedro E. Aramburu en el poder fue disuelto el Partido Peronista y se intervino la CGT.

A las restricciones partidarias se sumaría la angustia económica y las bases gremiales se agitaron. Prolifera-ron los grupos pequeños, sin experiencia, pero liberados de la mediocridad de sus antiguos dirigentes prefabricados. Sin demasiada coordinación entre ellos, la mayoría se inclinaba por la salida insurreccional.

Basándose en esas células, en parte de las estructuras gremiales que subsistían, en amplios sectores de la suboficialidad del Ejército y encabezada por un grupo de oficiales peronistas, se lanzó la contrarrevolución militar del 9 de junio de 1956. Sus líderes eran los generales Juan José Valle y Raúl Tanco, secundados principalmente por el teniente coronel Osear Cogorno. Sus propósitos políticos consistían en «terminar con el régimen y llamar a elecciones», según sus propias afirmaciones de aquellos días.

Pero la falta de coordinación, las infidencias y también la falta de fogueo y de disciplina de los grupos civiles que los apoyaban, se combinaron y el movimiento fracasó. Avellaneda, La Plata, Campo de Mayo, la Escuela de Mecánica del Ejército, fueron los principales escenarios de ese dramático episodio que culminaría con el fusilamiento de 27 personas, algunas de las cuales poco y nada tenían que ver con el movimiento. Ante el fracaso del levantamiento y buscando con su actitud el cese de las ejecuciones, el general Valle optó por entregarse y la Ley Marcial cobró en él su última víctima. El jefe del llamado Movimiento de Recuperació n Nacional enfrento así al pelotón de fusilamiento en la antigua cárcel de la avenida Las Heras.

El pacto con Frondizi

Una verdadera ola de antiperonismo era la tónica de aquellos días, en los que lo^ partidos políticos aumentaban sus presiones sobre el gobierno para que éste implementara la salida electoral. El 23 de febrero de 1958 fue la fecha fijada para las elecciones generales, pero antes —y sorpresivamente — el gobierno militar convocó auna Convención Constituyente.

La Constitución de 1949 ya había sido derogada y quería reformarse la de 1853. Ai mismo tiempo, las dificultades crecientes en el orden sindical motivaron que la intervención convocara a un congreso confederal. Fue allí donde los gremios antiperonistas, que eran 32 se retiraron del plenario. Los que se quedaron, que sumaban 62, constituyeron las «62 Organizaciones Peronistas». Los campos iban definiéndose. En las elecciones de constituyentes, la consigna del voto en blanco —impartida por Perón desde Caracas y retransmitida desde Chile por John W. Cooke— concluyó con el triunfo «blanco», aunque por muy escaso margen, sobre la UCRP.’De todas formas, desgarrada por enfrentamientos internos y defecciones, la Constituyente murió al perder su quorum cuando se retiró la representación de la UCRI. Pero el peronismo; a través de esas elecciones, había hecho una reafirmación de su poderío.

El apoyo de esos votos peronistas era la gran obsesión de Arturo Frondizi. Pero la mayoría de los dirigentes del movimiento estaba a favor del voto en blanco y apoyaba al llamado Comando Táctico, que agrupaba a más de 120 representantes de todas las agrupaciones del peronismo y que seguía aferrándose a la resistencia. Mientras se reunía a menudo en Caracas con Rogelio Frigerio —representante directo de Frondizi—, Perón aseguraba a Jorge Antonio que la orden final sería votar en blanco, pero más tarde, avanzado ya el proceso electoral, se formalizó un pacto y en conferencia de prensa el líder recomendó votar por el candidato presidencial de la UCRI.

Frondizi obtuvo así 3.761.248 sufragios para la UCRI contra 2.229.291 de la UCRP encabezada por Ricardo Balbín, su más cercano seguidor. Mientras Frondizi encabezaba los festejos en Buenos Aires, en su nueva residencia de Ciudad Trujillo (hoy Santo Domingo) comentaba Perón a Andrés Framini: «Ningún pacto se hace de buena fe, todos se hacen con trampa».

El «Operativo Retorno»

El famoso pacto comenzó a hacer agua antes de lo esperado. El inicial apoyo peronista al gobierno de Frondizi se fue convir-ttendo en una fuerte oposición, traducida en huelgas y actos terroristas, desestabilización de ministros y batallas callejeras con la policía. En ese marco se desarrollaron —esta vez sin proscripciones de ninguna índole— las elecciones de 1962 para la renovación parcial de las cámaras y de la gobernación de algunas provincias, la de Buenos Aires entre ellas. Los comentarios más sen-sacionalistas confirmaban a Perón como candidato a gobernador de esta última.

esde su nuevo, y definitivo, refugio de Madrid, hacia donde iban y venían sin cesar dirigentes políticos y gremiales de su movimiento (cuyas fuerzas e influencias manipulaba con gran habilidad), Perón ungió a Andrés Framini, del gremio textil, como real candidato a la gobernación de Buenos Aires y en los comicios del 18 de marzo de 1962 su partido demostró que seguía siendo una mayoría abrumadora en el país.

Al otro día un gobierno examine—y duramente presionado por las Fuerzas Armadas— decretó la intervención de las cinco provincias más importantes en las cuales se había impuesto el justicialismo. El decreto establecía la caducidad de poderes y la invalidez de los comicios, con lo que la gran victoria moría apenas alcanzada. A los pocos días caería también el gobierno de Frondizi.

Tras poco más de un año, agitado por peligrosos enfrentamientos militares, la gestión de José María de Guido —reemplazante de Frondizi— culminó con un nuevo llamado a elecciones. El peronismo, proscripto oficialmente, se unió nuevamente a la UCRI y a algunos otros grupos minoritarios y surgió así el Frente Nacional y Popular. Desde Madrid se señaló como candidato a Vicente Solano Lima, dirigente conservador popular de la provincia de Buenos Aires. Pero esta designación rompió la unidad frentista y sus simpatizantes terminaron votando en blanco con un escaso caudal en una elección ganada por la UCRP.

Arturo Illia accedió a la presidencia y al poco tiempo la CGT, dirigida por el peronista José Alonso, lanzó su «plan de lucha», menudeando las ocupaciones de fábricas y los tiroteos. Comenzaron también las divisiones del campo sindical peronista, donde no todo era rosas, y Augusto Vandor, metalúrgico, se impuso a Andrés Framini en las elecciones internas de la «62 Organizaciones». Aunque los grupos siguieron actuando en conjunto, sus posiciones se alejaban cada vez más. Ni siquiera la noticia de la vuelta de Perón pudo cohesionarlas. El llamado «Operativo Retorno «, no obstante, fue una programación de suspenso político que duró casi un año y que presionó tremendamente a los factores de poder. Finalmente, el avión de línea que traía al líder —detenido en Río— debió volver a España con toda su comitiva a bordo.

Isabelita y Vandor.

La campaña electoral de marzo de 1965 se llevó a efecto —en el campo peronista— en medio de una atmósfera de desaliente por la fallida «Operación Retorno». Ante la falta de reconocimiento del Partido Justicialista, éste optó por la sigla Unión Popular.

Cuando se formó en Córdoba la Confederación de los Partidos y Movimientos Populares y Provinciales, en base a los legisladores neoperonistas, «Las 62» se apresuraron a acusarla de traición al movimiento. Esas divisiones, en el fondo, los ponían en manos de sus adversarios y entonces Perón inició gestiones conciliatorias que terminaron en una orden: unificación con los «neos» y unificación de los bloque: parlamentarios. En medio de esa lucha interna, como la figura de Vandor se agrandaba visiblemente, Perón envió a su mujer. María Estela Martínez (Isabelita) a Buenos Aires, para desautorizarlo. Llegó con el pelo rubio y sospechosamente recogido «a lo Evita».

Luego de tumultuosas giras por el interior, mientras algunos grupos reaccionaban contra su presencia, Isabelita se dirigió a Mendoza, en vísperas de las elecciones para renovar la gobernación, donde la candidatura de Alberto Serú García, líder del Movimiento Popular Mendocino. apoyado por Vandor, parecía asegurarse los votos del peronismo. Justamente para quitarle el apoyo y otorgarle su aval a Ernesto Corvalán Nanclares, señalado por Perón, fue hasta allí Isabel. El resultado de las elecciones fue favorable al Partido Demócrata (conservador), pero en el pleito interno del peronismo ganó Corvalár. Nanclares. Esta derrota política de Vandor no influiría demasiado en su liderazgo sindical, pero demostró que no existía posibilidad de enfrentar a Perón sin riesgo.

El regreso de Perón

Toda la actividad opositora del peronismo hacia el gobierno radical de Illia fue cuidadosamente alimentada por los militares que conspiraban para derrocarlo desde el mismo momento en que le habían entregado el poder. El propio «plan de lucha» de la CGT contaba con el guiño militar en el sentido de que tuvieran la seguridad de que no habría represión de ningún tipo por parte de ellos.

La alianza sindical-militar. alentada por los vandoristas y bendecida luego por Perón, fue públicamente confesada por uno de los principales dirigente: de aquel entonces: Paulino Niembro admitió poco antes de morir (en un reportaje publicado en el libro Sindicalismo, el poder y la crisis) que los sindicalistas habían apoyado a los militares para «desestabilizar la cosa». Esto se comprobó poco después, cuando todos los dirigentes sindicales acudieron a saludar al general Onganía el día de su asunción como nuevo presidente, en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno, en junio de 1966, tras el derrocamiento del gobierno constitucional de Illia.

La CGT emitió dos días después una declaración respaldando el golpe militar de Onganía, y el propio Perón dijo desde Madrid que había que «desensillar hasta que aclare». Era la época en que los sindicalistas peronistas habían empezado a convencer a los militares que ellos eran «la única barrera contra el comunismo en la Argentina», debido a la extracción nacionalista y antimarxista de sus principales dirigentes. En esa alianza, los sindicatos peronistas obtuvieron como premio la mayor cantidad de beneficios que pudieron conseguir de un gobierno que no era peronista, como por ejemplo la institu-cionalización de las obras sociales de sus gremios, lo que les permitiría acrecentar sus ingresos y procrear una nueva clase aristocrática en la dirigencia sindical.

Pero a los cinco meses de asumir Onganía ya Perón se decidió a quebrar la alianza. Lo hizo a través de una carta abierta en la que analizaba los perjuicios de la política económica en marcha —acababa de asumir como ministro Adalbert Krieger Vasena— y alentaba a sus partidarios a enfrentar decididamente al régimen militar. De este modo, Perón no solo desbarataba las ambiciones políticas de Vandor sino que también ponía en marcha un plan de estallidos sociales en todo el interior del país, en momentos en que el gobierno alcanzaba rápidamente su impopularidad por las torpezas de sus funcionarios y el fracaso de sus arrogantes enunciados corporativistas.

En ese contexto se fue engendrando la incipiente guerrilla urbana, cuya primera víctima fue el mismo Vandor, asesinado en junio de 1969. Luego le ocurrió lo mismo al sindicalista José Alonso y más tarde al ex presidente Pedro E. Aramburu, secuenstrado y ejecutado por un comando peronista que irrumpió en el escenario político con el nombre de Montoneros.

Este comando, nacido en las huestes nacionalistas de derecha, reciutaría luego a la gran mayoría de la juventud peronista de izquierda y se convertiría en el sector más duro del movimiento. En sus inicios fue alentado por Perón, quien lo calificaba de «juventud maravillosa», y estimulado en sus acciones terroristas por el aval que el líder diera a las llamadas «formaciones especiales». Al producirse el famoso «Cordobazo», que provocó el pánico social en la capital cordobesa, y el asesinato de Aramburu, Onganía fue desalojado del poder y reemplazado en la presidencia por el general Roberto Marcelo Levingston, quien apenas gobernó algunos meses hasta que fue desplazado por el general Alejandro Agustín Lanusse.

Recrudece así el período de violencia, durante el cual Lanusse fue convencido por sus consejeros de que era preciso negociar un pacto con Perón. Esta política fue impulsada también por el delegado del propio Perón, Jorge Daniel Paladino. Nació así el GAN (Gran Acuerdo Nacional). El viaje a Madrid del coronel Francisco Cornicelli, enviado por Lanusse, permitía pensar que la tentativa sería realizable. Fue en ese marco que se verificó la devolución del cadáver de Evita, se le pagaron los sueldos atrasados de general a Perón y se cerraron los numerosos procesos judiciales abiertos contra él.

Sin embargo, el líder advirtió que un pacto de tales características, una especie de bendición a la presunta candidatura de Lanusse, podía ser un colapso para su autoridad dentro del movimiento. Lanusse lo desafió entonces a volver, diciendo que ya no pesaban interdicciones contra él y que si no lo hacía era porque «no le da el cuero para volver». Le puso un plazo para ser candidato; Perón volvió, aunque no como candidato.

Esa vuelta en 1972 y posteriormente el avasallante triunfo en 1973 del FREJULI (un frente popular que amalgamaba al peronismo con otros partidos minoritarios), que impuso a Héctor Cámpora como presidente y a Vicente Solano Lima como vice, fueron los hechos más significativos que marcaron el final de la proscripción del peronismo. Aparentemente, la Argentina se reencontraba así definitivamente con el retorno a la democracia auténtica.

El gobierno y la caída

Tres semanas después de asumido el gobierno por el peronismo, una muchedumbre esperaba en Ezeiza el regreso definitivo de su líder, que estaba otra vez en España. Pero los enfrentamientos internos del peronismo, que podían sintetizarse en dos consignas opuestas («Patria peronista» versus «Patria socialista») estallaron violentamente ese 20 de junio de 1973. Ese claro antagonismo se siguió prolongando. El 13 de julio, Cámpora y su gobierno presentaron la renuncia para permitir la candidatura de Perón. El 23 de setiembre, en los nuevos comicios, la fórmula Perón-Isabeli-ta obtuvo el 62 por ciento del electorado, con casi 7.300.000 sufragios a su favor.

El asesinato de José I. Rucci, secretario general de la CGT, sirvió de inauguración de este tercer gobierno de Perón. Esa sería una de las primeras víctimas de una época marcada a fuego por la violencia. El movimiento peronista se encontraba profundamente dividido. Diversas camarillas rodeaban al anciano presidente y luchaban entre sí. Algunos sectores esperaban una vuelta al desenfrenado nacionalismo del 45, otros eran más cuidadosos con los intereses de los sectores oligárquicos y no faltaban quienes propiciaban un indefinido socialismo. En medio de esa puja interna, Perón —impotente— enfrentaba nuevas situaciones que nada tenían que ver con las de sus presidencias anteriores. Nada era lo mismo.

En 1973 la deuda externa era ya de varios miles de millones de dólares. Entre 1974 y 1975, el Mercado Común Europeo cerró sus puertas a la importación de carnes argentinas y comenzó a regularse interna-cionalmente el precio del petróleo por parte de los países productores. Había desabastecimiento industrial. La producción agropecuaria estaba estancada. El intento de establecer un moderado programa de nacionalismo económico se tradujo en una incipiente inflación, con salarios que, aun aumentando, nunca alcanzaban.

La recaudación impositiva decayó y el contrabando comenzó a hacer estragos. En el campo estrictamente político, la lucha de facciones llegó a su punto álgido con el enfrentamiento entre el gobierno y los sectores de la juventud que en su momento habían impulsado la lucha armada y ahora se sentían desautorizados por las estructuras partidarias. Varios gobernadores fueron destituidos, la Juventud Peronista fue acusada de desviacionismo marxista y el Io de mayo de 1974, Perón la expulsó de la Plaza de Mayo durante un violento discurso, que culminó en un duro enfrentamiento. Dos meses después, exactamente, Perón dejaba de existir sin haber podido frenar la violencia de los grupos parapoliciales y de los extremistas que se habían adueñado del país durante su gobierno.

La influencia del secretario privado de Perón y ministro de Bienestar Social, José López Rega, cobró entonces mayores dimensiones al asumir Isabelita la presidencia. Acusado de organizar y armar un poderoso grupo terrorista de derecha, las «Tres A», su gravitación sobre la presidenta era decisiva. Mientras tanto, la delincuencia económica y administrativa fomentaba la escasez de productos y generaba el mercado negro. El descontrol inflacionario, producía la constante presión de los trabajadores, en pos de nuevos aumentos salariales.

El antagonismo entre los bloques parlamentarios del peronismo auguraba muy pocas posibilidades de solución de la crisis. En un país cada vez más armado, la confusión y la inseguridad se daban la mano. El «Rodrigazo», plan de estabilización del ministro Celestino Rodrigo, acentuó aún más esa crisis y produjo una continua sucesión de ministros de Economía, mientras se multiplicaban los paros obreros, los paros ganaderos y el lock-out de los productores. López Rega elogiaba al nazismo desde la revista Las Bases.

Circulaban acusaciones de todo tipo vinculadas a la corrupción administrativa y un cheque de la Cruzada de la Solidaridad Justicialista, con el cual la presidenta intentó pagar una deuda personal, marcaron el inevitable desmoronamiento del gobierno. Este se produjo en momentos en que ciertos sectores del sindicalismo se apartaban cada vez más de su línea, pues los llamados «antiverticalis-tas» rechazaban las directivas del «verticalismo». No faltaban quienes querían someter a juicio político a la presidenta, mientras el país se colocaba al borde de la cesación de pagos.

En 1982, de acuerdo con los datos más conocidos, algunas de las divisiones que minaron el último gobierno justicialista parecen subsistir. Esa misma división se manifiesta dentro del sector obrero, donde coexisten dos CGT, institución que ha sido siempre uno de los puntales de la organización peronista, y que de esta manera se debilita. En el ámbito de «Las 62» siguió firme la figura de Lorenzo Miguel.

Se siente la carencia de un líder de las características de Perón —imposible de igualar— que amalgame discrepancias e imponga unidad. El peronismo, a ocho años de la muerte de su fundador y conductor, no ha logrado aún convertirse en un partido orgánico y dejar de ser un movimiento multitudinario. Pero esa es su única alternativa de supervivencia y esto lo han comprendido sus dirigentes más lúcidos, quienes están notablemente empeñados en lograr la democratización interna para re emplazar la arbitrariedad de los verticalismos.

BIBLIOGRAFÍA
Carlos S. Fayt. La naturaleza del peronismo. Edit. Viracocha; Bs. As., 1967.
Hugo Gambini. El 17 de octubre de 1945. Edit. Brújula; Bs. As. 1969.
Hugo Gambini. El primer gobierno peronista. Centre Editor de América Latina; Bs. As. 1971. Hugo Gambini. El peronismo y la iglesia. Centro Editor de América Latina; Bs. As. 1971. Historia el Peronismo. En revista Primera Plana (de 1965 a 1969); editada en Buenos Aires. Perón-Cooke, correspondencia. Edit. Granica; Bs. As., 1973.
Robert A. Potash. El ejército y la política en la Argentina. Tomo I (1928-1945, de Yrigoyen a Perón). Edil Sudamericana; Bs. As., 1981. Tomo II (1945-1962, de Perón a Frondizi). Edit. Sudamericana; Bs. As., 1982. Gregorio Selser. El Onganiato. Tomo I (La espada y el hisopo) Edit. Carlos Samonta; Bs. As., 1972. Tomo II (La llamaban Revolución Argentina). Edit. Carlos Samonta; Bs. As., 1973.

Fuente Consultada:
Formación Política Para La Democracia Tomo III – La Historia del Peronismo – Editorial Sanchez Teruelo S.A.

El Monetarismo en la Economia Argentina Consecuencias

El Monetarismo en la Economía Argentina

El término monetarista apareció con frecuencia en las discusiones   político-económicas mundiales a fines de 1974. Abarcaba, en líneas generales, a quienes eran partidarios de la deflación para hacer frente a las crisis de aumentos de los precios. Basándose en la reducción del gasto público y en la restricción de la oferta monetaria, esta escuela desarrolló su accionar, más que nada, bajo la influencia decisiva del economista Milton Friedman, profesor estadounidense de la Universidad de Chicago.

Milton Friedman

Milton Friedman (1912- ), economista estadounidense, principal figura de la denominada Escuela de Chicago y del monetarismo que ésta propugnaba. Obtuvo el Premio Nobel de Economía en 1976. Friedman nació en Nueva York y estudió en la Universidad Rutgers y más tarde en la Universidad de Chicago.

Críticos irreconciliables de las políticas estatales de contención de precios como forma de desarticular los procesos inflacionarios —una constante del mundo actual, por otra parte— los monetaristas se pronuncian, al contrario, por una irrestricta libertad de las fuerzas que concurren al mercado.

Vinculados a políticas industriales renuentes a todo tipo de proteccionismo o ayuda selectiva a cualquier empresa, incluso —y más que nada— las estatales, cuya privatización propician, complementan esa postura con la afirmación de que los gobiernos son incapaces de controlar las tasas de desempleo, que dependen exclusivamente —dicen— del mercado de trabajo y de sus fluctuaciones.

De ahí, entre otras cosas, su profunda polémica con los seguidores de la escuela keynesiana (que basa sus postulados en las teorías del economista británico Keyne, autor en 1936 de la fundamental «Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero«) quienes hacen hincapié en la absoluta necesidad de garantizar el pleno empleo, aun a costa del desarrollo del sector público, y en la importancia de las inversiones —favorecidas por la rentabilidad y el tipo de interés— como única forma de superar la recesión económica.

Aquellos que tuvieron en sus manos, a partir del mes de marzo de 1976, la conducción de la economía argentina, se apegaron a estas recetas del monetarismo, que en el plano internacioiral son respaldadas por la presencia del Fondo Monetario Internacional (FMI). Juzgando que la inflación, enemiga de todo intento de crecimiento económico, no se origina en una demanda insuficiente, ubicaron las fuentes de la misma en el ámbito financiero.

Las medidas que impulsaron después fueron coherentes con ese análisis: freno del crédito y reducción de la creación de moneda, con el fin de obtener un ritmo igual entre el crecimiento de su masa y la demanda que se derive de ella y del aumento de los bienes y servicios, por la apertura irrestricta de la importación. Todo cuanto estimulase los préstamos bancarios, entonces, así como también la creación monetaria y la demanda, fue severamente controlado. Con ello, se pretendía mantener la estabilidad de los precios, en un mercado absolutamente liberado.

En él competirían los artículos extranjeros y los nacionales, los inmensos complejos transnacionales y las endebles medianas y pequeñas industrias nacionales, privadas de apoyo o alguna suerte de protección oficial.

El resultado no se hizo esperar y las quiebras estuvieron a la orden del día, fomentadas aún más por un restringido sistema crediticio. La recesión económica fue una constante, el crecimiento de los índices de costo de vida alcanzó dimensiones más que alarmantes, los salarios cayeron aceleradamente y el desempleo aumentó considerablemente.

En el campo internacional, el endeudamiento llegó a extremos nunca antes conocidos en la Nación. Sólo parecieron prosperar veloz —y audazmente— los especuladores que alguien ubicó dentro de los límites de una verdadera «patria financiera«. Y en los últimos tiempos, hasta los más poderosos sectores industriales y ganaderos que, en el principio del proceso, apoyaban esta política multiplican sus condenas al gobierno: sucede que la recesión es ya tan grande que hasta ellos ha llegado.

Están lejos los tiempos en que, renegando de todas las formas de populismo, escribía Guillermo Alchourón en la Revista «Anales», de la Sociedad Rural Argentina: «…dijimos que no podíamos imaginar una sana transformación nacional si esta no conlleva una sensación generalizada de constricción e incomodidad en la inmensa mayoría de los habitantes de este suelo. Porque no podíamos ignorar que las políticas demagógicas que habían predominado en las tres décadas precedentes habían promovido una inusitada variedad de artificios merced a los cuales importantes mayorías y aun algunas minorías del país se habían sentido particular y aparentemente beneficiadas, aunque, eso sí, a costa de hipotecar por largo tiempo las reservas morales y económicas de nuestra república».

Eso se decía en 1979. En marzo de 1981, las misma Sociedad Rural Argentina enumeraba, en una solicitada, las consecuencias del monetarismo en nuestro país: presión tributaria y financiera del Estado, generadora de costos divorciados de los del mercado internacional; competencia externa que marginó la producción y las industrias nacionales; debilitamiento de la estructura financiera de las empresas argentinas; finalmente, lo que denominaba la aberración de los mercados de cambios y financiero.

Las criticas de los sectores más desposeídos, por ende, serán mucho más graves: de sobra conocidas, no serán repetidas aquí. De todas formas, resulta clarísimo el fracaso de la aplicación de esta política económica, cuyas líneas generales establecía el doctor Juan Alemann el 20 de marzo de 1981: «Nuestro liberalismo económico se define en aspectos muy concretos, a saber:  A) Libertad de precios; B) Libertad cambiaría; C) Libertad de comercio exterior, eliminación de derechos de exportación, de cupos y prohibiciones y reducciones de derechos de importación; D) Libertad de alquileres; E) Libertad de salarios; F) Intereses libres»(2)Como quien dice, la vuelta al «laissez-faire«.

Fuente Consultada:
Formación Política Para La Democracia Tomo II – El Monetarismo –  Editorial Redacción

John Cooke y la Resistencia Peronista Objetivos y Resumen

OBJETIVOS DE LA RESISTENCIA PERONISTA

El gobierno de Perón fue derrocado por un amplio conglomerado político y social, cuyo punto de cohesión era el rechazo al presidente. Este frente antiperonista estaba formado por los siguientes sectores: todos los partidos políticos opositores, la Iglesia y las organizaciones de laicos, buena parte de las Fuerzas Armadas, las organizaciones de los estudiantes universitarios, la mayoría del empresariado rural y parte del industrial y del comercial. En el plano social, estos sectores opositores pertenecían, por lo general, a la clase media, mientras que la clase obrera mantuvo su identificación con el peronismo.

Como en la mayor parte de los frentes que organizaron golpes de Estado en la historia de nuestro país, los acuerdos entre los distintos sectores eran muy limitados: todos coincidían en el rechazo a Perón, pero diferían en sus otros objetivos. Estas diferencias se hicieron presentes desde el inicio del gobierno de la llamada Revolución Libertadora.

Esta Revolución Libertadora era liderada por el Gral. Aramburu y el Alte. Rojas en 1955, el líder derrocado fue proscrito y negado, a punto tal que hasta la mención de su nombre fue prohibida por decreto. Recluido en su exilio y dada la imposibilidad de retornar al país para insertarse en el escenario político institucional, hacia fines de los cincuenta, Perón comenzó a alentar las huelgas y las acciones violentas de sus seguidores organizados en comandos revolucionarios, cuyo líder principal fue el ex diputado peronista John William Cooke.

 

John William Cooke

John William Cooke

El ex diputado y líder de la Resistencia Peronista, John William Cooke, murió el 19 de septiembre de 1968 en el Hospital de Clínicas En los últimos años de su trayectoria política había tratado de establecer una síntesis entre la tradición peronista y las experiencias socialistas que han surgido en distintos países de Latinoamérica.

De esta manera surgió el peronismo clandestino y combativo de la Resistencia Peronista, que devino hacia 1964 en Peronismo Revolucionario. En sus acciones de sabotaje usaban el «caño», un artefacto explosivo de origen anarquista que estaba armado con un niple metálico.

También se expresaba su rechazo a la proscripción pintando leyendas en las paredes de los barrios populares y distribuyendo volantes y periódicos que llamaban a mantener viva la lealtad a Perón. Éste no dudó en incentivar esas acciones con miras a desatar una rebelión general que volteara al gobierno golpista. Para eso contó con la colaboración de John William Cooke, un ex diputado que en marzo de 1957 logró fugarse de la prisión de Río Gallegos junto a otros presos políticos y se transformó en el principal impulsor del «giro a la izquierda» del peronismo. Cooke incluso intentaría convencer a Perón de adherir al nacionalismo revolucionario y al socialismo y conformar un amplio «movimiento de liberación» antioligárquico.

Con él transcurso del tiempo algunos comandos se mantuvieron autónomos, mientras otros comenzaron a reagruparse en organizaciones más complejas amalgamados por un ideal común: implantar la lucha armada para lograr sus objetivos políticos.

John W. Cooke: En su juventud militó en FORJA, pero en 1945, se incorporó al peronismo. Al año siguiente fue electo diputado nacional y a lo largo de los cuatro años que permaneció en la Cámara mantuvo una férrea posición antiimperialista como lo demuestra su oposición a la ratificación del Tratado de Chapultepec.

Entusiasmado con los postulados del nacionalismo, se acercó al peronismo y fue diputado nacional del primer gobierno de Perón. Luego de la Revolución Libertadora fue detenido en la cárcel de Ushuaia, y en 1956 fue designado por Perón su representante en la Argentina yjefe de la Resistencia Peronista.

Un año después se fugó con Cámpora a Chile y llegó a La Habana, donde participó de la Tricontinental, la OLAS, y la batalla de playa Girón en la Bahía de Cochinos librada en 1961. Su estadía en Cuba se interrumpió en 1958 cuando regresó al país y organizó la Segunda Resistencia Peronista que obligó al gobierno a decretar el estado de sitio e implementar el plan de Conmoción Interior del Estado (CONINTES).

En 1964, pudo regresar nuevamente al país gracias a la amnistía que otorgó el presidente lllia y continuó sus tareas de organizar y formar comandos revolucionarios a partir de la captación de estudiantes y obreros. En los primeros grupos organizados con la dirección de Cooke estuvieron las simientes de los Uturuncos y de la llamada ARP (Acción Revolucionaria Peronista). Muchos de los comandos de Cooke terminaron incorporados en diferentes organizaciones armadas.

citas de cooke

Producido el golpe del 55, Juan Domingo Perón lo designó inter ventor del Partido Peronista de la Capital Federal y, desde ese cargo, lideró la resistencia a la dictadura de la Revolución Libertadora. Cayó preso en 1957 y escapó de manera espectacular de la prisión de Río Gallegos, en compañía de otros detenidos peronistas como Jorge Antonio y Héctor Cámpora.

Cooke fue quien propuso por primera vez el uso de la violencia para lograr el retorno de Perón. Fomentaba dos líneas de acción: las huelgas revolucionarias y la acción directa de los comandos. A partir de su afinidad ideológica con el régimen de Fidel Castro, buscó fraccionar al peronismo hacia las propuestas castroguevaristas. Entendía que la lucha antiimperialista sólo prosperaría con la declaración simultánea de la guerra al capitalismo en el mundo subdesarrollado. Para Cooke la liberación nacional debía hacerse con la revolución social, en ello radicaba el fundamento de la lucha de los pobres contra los ricos.

En 1957 Cooke decía que era necesaria «… una política insurreccional de masas […] de agitación, propaganda y hechos, que abarque desde la huelga general revolucionaria hasta la organización de los intelectuales estructurando un frente amplio pero diferenciado, global y pensado como guerra del pueblo y con el firme carácter de organización político militar.

Explica Marcos Navarro en su libro Historia de la Argentina (1955-2010): Si bien la Resistencia se extendió -y con ella el sabotaje y los «caños», sobre todo durante 1957-, los resistentes siguieron actuando sin coordinación ni plan para la toma del poder, y se cuidaron de no dañar a personas (hubo un solo asesinato político entre ese año y 1960), incluso luego de los fusilamientos de junio de 1956.

Sucedía que los sindicatos tenían sus propios intereses, que en general privilegiaron frente al deseo de Perón de que hicieran todo lo posible por su regreso al poder: más allá de la politización de sus reclamos y de la polarización política reinante, no descartaron salidas negociadas para los conflictos sectoriales y acordaron moderar sus planteos a cambio de que se respetara la legalidad de sus organizaciones.

El gobierno de Aramburu, además de las medidas represivas, adoptó otras para atender esas expectativas: permitió que el peronismo sindical se reorganizara, e incluso que los salarios se recuperaran entre 1956 y 1957, con lo que la ola de protestas disminuyó y los gremios descartaron una huelga revolucionaria como la que esperaban Perón y Cooke.

Instrucciones generales de Perón para los dirigentes:
Perón tomó la costumbre de enviar cartas con instrucciones para sus seguidores en el país a través de los pocos canales con que contaba.

En una de ellas, de julio de 1956, decía: «Ellos nos están matando, nosotros no nos vamos […] a dedicar a rezar solamente a la Virgen […] un gorila quedará tan muerto mediante un tiro en la cabeza, como aplastado por casualidad por un camión que se da a la fuga […] los bienes y viviendas de los asesinos deben ser objeto de toda clase de destrucciones mediante el incendio, la bomba […] lo mismo ha de ser objeto de ataque la familia de cada uno de esos canallas, hasta que vayan a vivir en los barcos o decidan irse del país por no poder convivir con el Pueblo que escarnecieron […] la violencia más grande es la regla».

Las citas están tomadas de Samuel Amaral, «El avión negro: retórica y práctica de la violencia», en S. Amaral y M. Plotkin (comps.), Perón, del exilio al poder, Buenos Aires, Cántaro, 1993. JKT

Fuente Consultada:
Los llaman «Jóvenes Ideaslistas» de Victoria Villaruel

Conflicto Chile con Argentina Por El Canal de Beagle Resumen

Resumen Conflicto Chile con Argentina Por El Canal de Beagle

LA FIESTA DE LA DEMOCRACIA ARGENTINA: Ver a Raúl Alfonsín el 10 de Diciembre de 1983 saludando desde el balcón de la Casa Rosada a un multitud de miles y miles de personas de todas las clases sociales, junto a diversas marchas por la defensa de los derechos humanos, tan humillados por un gobierno autoritario que durante siete años había secuestrado, torturado y asesinado a cuanto «supuesto » opositor apareciera en su camino fue una verdadera fiesta nacional, donde se renovaban las ilusiones y esperanzas de millones de argentinos que aspiraban un país mas justo y organizado.

La  sociedad entera  salió a las calles, feliz y orgullosa de haber podido participado democráticamente para elegir un nuevo presidente, con un Congreso y un Sistema Judicial. En su discurso de ese día, el presidente identificó el fin de la dictadura «con la línea divisoria que separa una etapa de decadencia y disgregación de un porvenir de progreso y bienestar».

ANTECEDENTES DE LA ÉPOCA: En las elecciones del 30 de octubre de 1983, la fórmula Raúl Alfonsín-Víctor Martínez se impuso con cerca del 52% de los sufragios a la fórmula Italo Luder-Deolindo Bittel, que alcanzó alrededor del 40%.

El comienzo del gobierno de Alfonsín estuvo signado por un fuerte optimismo. Los problemas del país no habían sido valorados por el conjunto de las fuerzas populares con la debida precisión.

La gravedad de la situación económica, sobre todo, no había sido adecuadamente considerada.

Las prioridades del gobierno democrático incluían la eliminación del autoritarismo, el restablecimiento del valor de la justicia y los derechos individuales, la reinserción del país en el ámbito internacional, la democratización de la actividad sindical y la modernización cultural y educativa.

Los militares y los sindicalistas –protagonistas del «pacto militar-sindical» denunciado por Alfonsín en su campaña electoral– eran los antagonistas de estos objetivos propuestos por el gobierno.

El intento de Alfonsín de democratizar los sindicatos fue derrotado por la oposición peronista, mayoritaria en el Senado, que rechazó la ley de normalización sindical propuesta por el Ejecutivo.

Esta ley incluía el voto secreto y obligatorio, la representación de las minorías, la limitación de las reelecciones y la fiscalización de las elecciones por parte del Estado.

La consolidación de la democracia requería –de acuerdo con la concepción del gobierno– la sanción a los principales responsables de la violencia política en la Argentina, la solución del conflicto limítrofe con Chile y la subordinación efectiva de las Fuerzas Armadas al poder civil.

Otra dificultad para resolver fue la presión militar. El coronel carapintada Aldo Rico volvió a sublevarse y resultó nuevamente encarcelado. En 1988, el coronel Seineldín gestó un nuevo levantamiento reclamando amnistía e indulto a los militares condenados.

Estos amotinados fueron reprimidos y terminaron en prisión. Igual destino tuvo en 1989 un grupo de civiles que intentó tomar el cuartel de la Tablada en la provincia de Buenos Aires.

En el plano cultural y educativo, la recuperación de la democracia implicó el fin de la censura y la discriminación, y el restablecimiento de la libertad de expresión.

Las universidades recuperaron su autonomía y muchos científicos e intelectuales -algunos exiliados, otros marginados en su propio país- retornaron a las aulas.

Respecto de las relaciones internacionales, el gobierno tuvo que resolver un conflicto con el vecino país Chile sobre el canal de Beagle. A fines de 1985, se realizó un referéndum popular no obligatorio acerca de las negociaciones con Chile.

En 1978, en pleno gobierno militar, los dos países se hallaban a punto de entrar en guerra, la que se evitó por intervención del Papa Juan Pablo II.

conflicto beagle papa juan pablo II Alfonsin

La mediación papal -que había contribuido decisivamente a evitar la guerra- produjo un dictamen que no fue aceptado por los militares. Consciente de la necesidad de eliminar las hipótesis de conflicto con países vecinos y de las resistencias que la aceptación del laudo papal encontraba en medios nacionalis tas y militares, el gobierno propuso la realización de una consulta popular no vinculante.

El gobierno radical propuso aceptar el laudo papal, pero organizó un referéndum para votar a favor o en contra; al final el sí tuvo un apoyo abrumador del pueblo.

También durante este gobierno se intentó revertir la imagen del gobierno argentino en las Naciones Unidas en relación con el conflicto de las islas Malvinas. En este aspecto, trabajó en forma favorable el canciller Dante Caputo.

En noviembre de 1984, Alfonsín convocó a un plebiscito para aceptar o rechazar el laudo arbitral del Vaticano por el Canal de Beagle, que mayormente favorecía al país vecinc aunque el «Sí» logró más del 60% de respaldo, el peronismo legislativo votó casi en bloque en contra e intentó agitar el avispero militar con  la idea de que el gobierno estaba resignando soberanía.

La posición de aceptar el laudo papal y terminar con cualquier posibilidad de conflicto con Chile, que era la que sostenía el gobierno, obtuvo una amplia mayoría. Sin embargo, esta contundente demostración no tuvo un correlato semejante en el Congreso, donde solamente consiguió una exigua mayoría en el Senado, ya que buena parte de los senadores peronistas se opuso.

Durante el gobierno militar, el conflicto limítrofe entre Argentina y  Chile acerca de la soberanía sobre tres islas en el Canal de Beagle estaba pendiente de resolución y sometido al Laudo Arbitral de 1977 que ambas partes habían acordado obedecer.

SINTESIS:

  • En 1977 se dictó una sentencia que entregó las tres islas a Chile, pero la junta declaró la sentencia «insanablemente nula», colocando a ambos países al borde de la guerra.
  • El 22 de diciembre de 1978 Videla dio partida a la Operación Soberanía, destinada a ocupar las islas militarmente. Solo la intervención papal en el último minuto hizo desistir a la junta militar de comenzar la guerra.
  • El Papa Juan Pablo II inició una mediación, pero su propuesta fue rechazada por Videla, Viola, Galtieri v Bignone. Las tensiones continuaron hasta el retorno de la democracia a Argentina, tras la Guerra de las Malvinas.
  • El conflicto no se resolvería hasta la firma del Tratado de Paz v Amistad de 1984, que resolvería la soberanía chilena sobre las islas.

PARA SABER MAS…: Como ampliación del tema publicamos una nota en El Bicentenario Fasc. N° 10 período 1990-2010 a cargo de Marcelo Gullo , politólogo

PAZ Y AMISTAD ENYTRE PUEBLOS HERMANOS: El 29 de noviembre, en la milenaria ciudad de Roma, los ministros de Relaciones Exteriores de la Argentina y Chile sellaron con sus firmas un histórico Tratado de Paz y Amistad que puso punto final al conflicto  limítrofe respecto de la soberanía sobre el canal del Beagle así como sobre tres islas situadas en el ámbito de ese canal marítimo.

El tratado incluye la delimitación marítima, un procedimiento para la solución de controversias, estipula derechos de navegación y precisa los límites en el estrecho de Magallanes. En cada uno de estos puntos reafirma, también, los derechos de ambos países sobre la Antártida y exhorta a ambos pueblos a seguir el camino de la paz y la cooperación.

Chile obtuvo el reconocimiento por parte de la Argentina de la soberanía sobre todas las islas al sur de la Isla Grande de Tierra del Fuego, quedando como argentinas las situadas al lado norte del canal, a cambio de la renuncia chilena de la mayor parte de los derechos marítimos que tales islas otorgan, según el derecho internacional. Además, ambos países intercambiaron derechos de navegación en la zona y la Argentina renunció a sus aspiraciones en el estrecho de Magallanes.

Conviene recordar -para calibrar la importancia histórica de este Tratado Paz y Amistad- que la Argentina y Chile estuvieron al borde de la guerra por esta cuestión, en diciembre de 1978. Tanto la genocida dictadura militar chilena como la genocida dictadura militar argentina veían, en la guerra, la posibilidad de congelar los conflictos internos que sufrían, dada la desastrosa situación económica que atravesaban ambas naciones producto de la aplicación, en ambos países, del modelo liberal de apertura indiscriminada de la economía que diezmó, a ambos lados de la cordillera, las estructuras industriales locales, condenando así a miles de trabajadores al desempleo y la miseria.

La diferencia de postura entre ambas dictaduras estribaba solamente en que el gobierno chileno prefería mantenerse a la defensiva dada la supuesta inferioridad de condiciones. Posición defensiva que, en el seno de los organismos internacionales , le permitía acusar a la Argentina de país agresor.

Mientras tanto, en diciembre de 1978, el general argentino Julio Benjamín Menéndez manifestó -en voz baja- que para Navidad estaría lavándose los pies en el océano Pacífico, mientras el general Augusto Pinochet le manifestó a su círculo de generales más íntimos que albergaba la esperanza de que una exitosa contraofensiva chilena le permitiera derrotar a la Argentina y cumplir así su sueño de ocupar la Patagonia para que Chile pudiese convertirse en un país bioceánico. La situación no podía ser más grave.

En ambos lados de la cordillera, los pueblos, bombardeados por una agresiva propaganda belicista, parecían haber olvidado que habían luchado juntos en la guerra de la independencia, que en 1952 el presidente Perón se había confundido en un abrazo fraternal con el presidente Ibáñez, declarando en la ocasión, delante de una multitud que ovacionaba a ambos mandatarios en Santiago de Chile, que en la Patria Grande las fronteras sólo eran líneas imaginarias que existían en la mente de los políticos y militares retrógrados.

Una vez desconocida la validez del laudo arbitral, encargado por ambos países a la reina de Inglaterra, el gobierno militar argentino movilizó todo su supuesto poderío bélico para cambiar lo establecido. Para ello planificó, con el nombre de Operación Soberanía, un «plan de acción militar» contra Chile con el fin de ocupar las islas Picton, Lenox y Nueva, las tres situadas en carnal de Beagle y que el laudo le había otorgado a Chile.

Las Fuerzas Armadas argentinas desembarcarían en las islas y, en caso de que las tropas de élite chilenas que las protegían opusieran resistencia, se invadiría el territorio continental de Chile buscando el frente que ofreciese menos resistencia para cortar el país en por lo menos un lugar y así obligar a Chile a aceptar las condiciones argentinas.

En la noche del 21 al 22 de diciembre de 1978, tras más de veinte días en alta mar y por lo menos una postergación del inicio de las hostilidades, los buques argentinos con tropas y material de desembarco enfilaron hacia la zona de conflicto para iniciar la operación anfibia que establecería la soberanía argentina sobre las islas. Felizmente para ambos pueblos hermanos, una fuerte tormenta demoró el inicio de las operaciones militares argentinas, lo que dio tiempo a la llegada a Buenos Aires de la noticia de que el papa Juan Pablo II había ofrecido mediar en el conflicto. Tras una hora de discusión, la junta militar argentina aceptó la mediación papal y dio la orden de contramarcha a las tropas y a la flota.

El Papa nombró al cardenal Antonio Samoré, de 73 años, como responsable de sus buenos oficios, fruto de los cuales la Argentina y Chile firmaron este Tratado de Paz y Amistad que pone fin al litigio austral pero, sobre todo, se reconocieron nuevamente, como en los tiempos de San Martín y O’Higgins, como pueblos hermanos. (Fuente: El Bicentenario Fasc. N° 10 período 1990-2010 a cargo de Marcelo Gullo , politólogo)


Fuentes Consulatadas:
Historia Argentina Luchilo-Romano-Paz Santillana
Ciencias Sociales 9°EGB Editorial Stella
Historia de la Argentina 1955-2010 Marcos Novaro

Rodolfo Walsh Causas de su Desaparición Carta Abierta

RESUMEN BIOGRAFÍA DE RODOLFO WALSH – HISTORIA DE SU DESAPARICIÓN

rodolfo walsh

Rodolfo Walsh

Rodolfo Walsh (1927-1977), de profesión periodista, también narrador, cronista, traductor y dramaturgo argentino, nacido en Choele-Choel, en la provincia de Río Negro.

Fue un destacado intelectual argentino, que figura entre los miles desaparecidos durante la nefasta dictadura argentina, iniciada en 1976, por una Junta Militar presidida por Jorge Rafael Videla, Roberto Viola y Leopoldo Fortunato Galtieri.

Estudió en Buenos Aires el secundario y siguió con Filosofía, carrera que abandonó por asuntos laborales, donde trabajó como lavacopas, obrero, vendedor de antiguedades, para finalmente dedicarse a la actividad periodistica que ejerció hasta su desaparición.

Sus primeros pasos por el periodismo fue en las revistas Leoplán y Vea y Lea, por el año 1951, y ya en 1957, cuando tenía 30 años de edad, publicó Operación Masacre, con el subtítulo «Un Proceso Que No Ha Sido Clausurado» un analisis periodístico precursor del «nuevo Periodismo» que posteriormente fue llevada al cine.

Mientras tanto comenzó a militar en política en la Alianza Libertadora Nacionalista, para luego adherirse al peronismo.

En 1959 viajó a Cuba, donde junto con sus colegas y compatriotas Jorge Masetti, Rogelio García Lupo, y el escritor colombiano Gabriel García Márquez fundó la agencia Prensa Latina.

De regreso durante el gobierno de Onganía trabajó para la revista Primera Plana y fundó el semanario de la CGT, que dirigió durante dos años, hasta 1970 cuando se comenzó a publicar clandestinamente por la censura militar.

Escribió Semanario Villero y en 1973 forma parte del grupo Montoneros, para convertirse en una importante pieza dentro de la organiazcion en poco tiempo.

Usó distintos sobrenombres claves para su actividad política, como «Esteban», «Profesor Neurus», o «Capitán».

En 1969 había formado parte del grupo que asesinó al sindicalista Augusto Timoteo Vandor, por traición cumpliendo con la Operación Judas, operación que según otros integrantes, como Dardo Cabo, confirmarían que el plan ideológico fue de Walsh.

En 1974 Firmenich decide sopresivamente el pase a la clandestinidad de Montoneros, actitud que distancia a Walsh de la agrupación, y en 1976 funda una agencia secreta de difusión mano a mano, conocida como ANCLA y que todas sus notas comenzaban con: «Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información».

A fines de septiembre de 1976, Rodolfo Walsh recibe un duro golpe, cuando su hija María Victoria, de 26 años de edad, que también formaba parte de Montoneros se suicida con un tiro en la cabeza, en un enfrentamiento con el Ejército, al verse acorralada, sin posibilidad de escapar.

Lo mismo haría luego en Mendoza su amigo Paco Urondo, con una pastilla de cianuro, para evitar un control militar en la zona.

Luego de la difusión de su «Carta Abierta», el 24 de marzo de 1977, su desaparición consta desde el día siguiente, cuando un grupo de tareas militar intenta detenerlo, pero ante su resistencia es baleado, mientras trataba de refugiarse detrás de un árbol.

Su cuerpo jamás fue encontrado.

Rodolfo Walsh se convirtió en paradigma de intelectual comprometido.

Algunas versiones señalan que no murió en el tiroteo, sino que fue llevado con vida a la Escuela Mecánica de la Armada, donde falleció a causa de los tormentos. Otras, que se suicidó.

Lo cierto es que en octubre de 2005 se detuvo a doce represores, entre ellos Jorge «el Tigre» Acosta, Alfredo Astiz y Ernesto Weber. Hacia 2010 la Justicia no había determinado aún qué ocurrió exactamente aquel día de 1977.

ANTECEDENTES DE LA ÉPOCA: El 24 de marzo de 1976, el debilitado gobierno de Isabel Martínez de Perón, fue destituído por una Junta Militar integrada por Jorge R. Videla en representación del Ejército, Emilio Massera por la Armada y Ramón Agosti por la Fuerza Aérea, dedicó sus dos primeros años de gobierno a aplicar su «plan antisubversivo», que además de fines represivos contemplaba metas políticas, como el de reeducar y reorganizar la sociedad, con los valors cristianos, liberales y occidentales.

Videla tuvo un poder ilimitado, pero gobernó a través de una junta de comandantes que se dividieron el control del territorio según un sistema ideado por ellos, del 33%, en un mecanismo repartidor de culpas y, al mismo tiempo, de irresponsabilidad.

Argentina vivía un clima de «guerra interna» aunque las guerrillas, pese al aislamiento y la derrota que para ese entonces enfrentaban, dio el marco para que la Junta Militar pusiera en marcha su plan de «aniquilamiento de la subversión», en la que incluyó a una larga lista de actores, armados y desarmados. Dicho plan contó con un amplio consenso en las filas militares.

El régimen que Videla se disponía a comandar como presidente de facto desde marzo de 1976 hasta marzo de 1981.

En una primera etapa, se montó toda la ciudadela represiva cuyo núcleo fueron los 364 centros clandestinos de detención distribuidos en 11 de las 23 provincias argentinas; se estableció la pena de muerte por Consejos de Guerra que nunca se aplicaría a la luz del día; se prohibió la actividad política; se estableció la censura de prensa, y se redujo el Congreso a una comisión intermilitar que elaboraba seudoleyes.

Se dejó la represión en manos de Suárez Masón, Santiago Omar Riveros y el jefe militar de inteligencia el montaje del Operativo Cóndor, coronel Alberto Alfredo Valín (que unía a las fuerzas represivas del Cono Sur para secuestrar, asesinar opositores de Uruguay, Brasil, Chile, Paraguay, Bolivia, Perú y la Argentina).

También en esa primera etapa los militares intentarían darle una impronta fundacional a su gobierno. Además de perseguir a los ex funcionarios del gobierno peronista, desarticularon la cúpula del ERP y acorralaron a los Montoneros cuyos jefes se vieron obligados a salir del país.

El 90% de las desapariciones ocurrió entre 1976 y 1978, los años en que Videla fue jefe del Ejército y Presidente de la Nación.

Los «paquetes», los «bultos» que los desaparecedores arrojaron al mar, al Río de la Plata, al Riachuelo —los desaparecidos—, eran mayoritariamente ciudadanos argentinos y en casi todos los casos, el 94%, civiles.

Eran hombres y mujeres, en su mayoría jóvenes, de entre 21 y 30 años.

Eran obreros, estudiantes, empleados, profesionales, trabajadores independientes, docentes, amas de casa, periodistas, artistas, religiosos, conscriptos y militares rebeldes.

Hubo embarazadas, unos ochocientos adolescentes de entre once y veinte años, y unos quinientos niños y bebés «chupados» por la maquinaria del régimen.

En este contexto histórico, Rodolfo Walsh desapareció un 25 de marzo de 1977, por lo que ese año que es recordado por su carga inédita de dolor, se cierra sin noticias sobre uno de nuestros grandes escritores.

Rodolfo Walsh está desaparecido desde marzo, sin que se haya conocido ninguna información oficial. La prensa internacional se hizo eco de la denuncia sobre el secuestro, difundida el 1 de abril por la Agencia de Noticias Clandestina, que ningún medio argentino reprodujo.

Las versiones recogidas por Ancla indican que Walsh fue visto por última vez el 25 de marzo en ia zona de plaza constitución.

El mismo día en que habría sido secuestrado, el escritor había difundido su Carta Abierta a la Junta Militar, texto que denuncia la represión y hace un profundo análisis del proyecto económico y social regresivo de la dictadura.

La hipótesis del secuestro de Walsh se confirmó, pues esa misma noche -según informa Ancla- fue allanada su casa y saqueadas sus pertenencias.

Walsh es autor de «Operación Masacre», libro que relata los fusilamientos de civiles acusados de participar en el alzamiento del 9 de junio de 1956. Era entonces un periodista independiente, pero dejaría constancia, en las sucesivas ediciones, de su acercamiento a las organizaciones del peronismo revolucionario.

En 1968 dirigió el periódico de la CGT de los Argentinos y más tarde, en 1973, participó en el elenco directivo del diario Noticias. Ya había publicado otros dos relatos testimoniales, «Caso Satanowsky», sobre el asesinato de un famoso abogado por parte del Servicio de Informaciones del Ejército, y ¿Quién mató a Rosendo?, texto que incluye un valioso análisis del sindicalismo vandorista.

Sus dos libros de cuentos «Los oficios terrestres» y «Un kilo de oro» reúnen algunos de los mejores textos de ficción de la Argentina contemporánea.

Entre ellos se destaca «Esa mujer», cuento que refleja la omnipresencia del cuerpo de Evita, venerado por sus partidarios y temido por sus enemigos. Walsh, que había participado en la fundación de la agencia cubana Prensa Latina en 1959, publicó también dos obras de teatro, «La granada y La batalla», que, orillando el absurdo, caricaturizan a los dictadores latinoamericanos y la mentalidad militar. Autor de cuentos policiales, había obtenido en 1953, el Premio Municipal de Literatura por su libro «Variaciones en rojo.»

El voluntario retiro de estos últimos años, dedicados a la militancia, lejos de hacer olvidar al escritor, puso de relieve la profundidad de su compromiso político e intelectual. (Fuente: Diario El Bicentenario Período 1970-1989 Fasc. N° 9 – Un Escritor Desaparecido Nota de Eduardo Jozami)

CARTA ABIERTA DE RODOLFO WALSH A LA DICTADURA ARGENTINA

Así relatan Noberto Chab y Javier Sinay, en su libro «100 Crímenes Resonantes Que Conmovieron a la Sociedad Argentina» las últimas horas de Walsh, luego de envíar la carta: …El 25 de marzo de 1977 Rodolfo Walsh echó los sobres al buzón de Plaza Constitución para que la «Carta abierta de un escritor a la Junta Militar» viajara hacia remitentes nacionales e internacionales.

No sólo se trataba de una acabada pieza de denuncia; era, también, un análisis revelador sobre los métodos terroristas y económicos de la dictadura.

Más tarde, Walsh se dirigió a San Juan y Entre Ríos.

Lo esperaba un compañero. En la calle se respiraba terror y un grupo de tareas lo venía siguiendo. Los milicos sacaban a los detenidos y los obligaban a marcar a sus compañeros o a servir de carnada para una emboscada.

No iba a ser fácil dar con Rodolfo Walsh, que ya era un escritor reconocido y un militante montonero de primera línea que luchaba con la determinación del que ya conoce el horror: su amigo Paco Urondo se había tragado una pastilla de cianuro antes de ser detenido y su hija mayor había muerto a los 26 años, descerrajándose un tiro en la sien frente a 150 soldados.

Para atraparlo, sus verdugos recurrieron a una carnada. Sorprendido, Walsh se defendió con la pistola que llevaba frente a un arsenal que sabía que prevalecería.

Un sobreviviente de la ESMA relataría más tarde que ese día el policía Ernesto Weber, alias 220, le hizo una confesión: «Lo bajamos a Walsh. El hijo de puta se parapetó detrás de un árbol y se defendía con una 22. Lo cagamos a tiros y no se caía el hijo de puta».

Primera Parte: La censura de prensa, la persecución a intelectuales, el allanamiento de mi casa en el Tigre, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que murió combatiéndolos, son algunos de los hechos que me obligan a esta forma de expresión clandestina después de haber opinado libremente como escritor y periodista durante casi treinta años.

El primer aniversario de esta Junta Militar ha motivado un balance de la acción de gobierno en documentos y discursos oficiales, donde lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades.

El 24 de marzo de 1976 derrocaron ustedes a un gobierno del que formaban parte, a cuyo desprestigio contribuyeron como ejecutores de su política represiva, y cuyo término estaba señalado por elecciones convocadas para nueve meses más tarde.

En esa perspectiva lo que ustedes liquidaron no fue el mandato transitorio de Isabel Martínez sino la posibilidad de un proceso democrático donde el pueblo remediara males que ustedes continuaron y agravaron.

Ilegítimo en su origen, el gobierno que ustedes ejercen pudo legitimarse en los hechos recuperando el programa en que coincidieron en las elecciones de 1973 el ochenta por ciento de los argentinos y que sigue en pie como expresión objetiva de la voluntad del pueblo, único significado posible de ese «ser nacional» que ustedes invocan tan a menudo.

Invirtiendo ese camino han restaurado ustedes la corriente de ideas e intereses de minorías derrotadas que traban el desarrollo de las fuerzas productivas, explotan al pueblo y disgregan la Nación.

Una política semejante sólo puede imponerse transitoriamente prohibiendo los partidos, interviniendo los sindicatos, amordazando la prensa e implantando el terror más profundo que ha conocido la sociedad argentina.

…….
….

Rodolfo Walsh. – C.I. 2845022
Buenos Aires, 24 de marzo de 1977.

Libro: Operación Masacre

En el prólogo a Operación Masacre, años después, Walsh relató que la sublevación militar lo había sorprendido jugando al ajedrez en un café de la ciudad de La Plata, a unos 60 kilómetros de Buenos Aires.

Walsh contó que volvió a su casa en medio de un tiroteo.

Describió y se describió así en esas circunstancias:

«Mi casa era peor que el café y peor que la estación de ómnibus porque había soldados en las azoteas, y en la cocina y en los dormitorios… Tampoco olvido que pegado a la persiana oí morir a un soldado en la calle y ese hombre no dijo ‘Viva la patria’ sino que dijo ‘No me dejen solo, hijos de puta’.

Después no quiero recordar más, ni la voz del locutor en la madrugada, anunciando que dieciocho civiles habían sido ejecutados, ni la ola de sangre que anega al país hasta la muerte de Valle. Tengo demasiado para una sola noche. Valle no me interesa. Perón no me interesa, la revolución no me interesa. ¿Puedo volver al ajedrez? Puedo.

Al ajedrez y a la literatura fantástica que leo, a los cuentos policiales que escribo, a la novela ‘seria’ que planeo para dentro de algunos años y a otras cosas que hago para ganarme la vida y que llamo periodismo aunque no es periodismo.

La violencia me ha salpicado las paredes, en las ventanas hay agujeros de balas, he visto un coche agujereado y adentro un hombre con los sesos al aire, pero es solamente el azar lo que me ha puesto eso ante los ojos. Pudo ocurrir a cien kilómetros, pudo ocurrir cuando yo no estaba».

También será el azar el que lo haga escribir Operación Masacre. Fue en ese bar donde escuchó la irresistible frase: «Hay un fusilado que vive» y que lo hizo, a partir de ese momento, comenzar un largo camino de investigación sobre los fusilamientos y, luego, un largo e irreductible compromiso con la mi-litancia en las filas del peronismo revolucionario.

Ya enrolado en ellas, Walsh hizo su análisis de algunos rasgos del gobierno de Aramburu.

«La matanza de junio ejemplifica pero no agota la perversidad de ese régimen. El gobierno de Aramburu encarceló a millares de trabajadores, reprimió cada huelga, arrasó la organización sindical. La tortura se masificó y se extendió a todo el país.

El decreto que prohibe nombrar a Perón o la operación clandestina que arrebata el cadáver de su esposa, lo mutila y lo saca del país, son expresiones de un odio al que no escapan ni los objetos inanimados, sábanas y cubiertos de la Fundación incinerados y fundidos porque llevan estampado ese nombre que se concibe como demoníaco (…)

El humanismo liberal retrocede a fondos medievales: pocas veces se ha visto aquí ese odio, pocas veces se han enfrentado con tanta claridad dos clases sociales. Pero si este género de violencia pone al descubierto la verdadera sociedad argentina, fatalmente escindida, otra violencia menos espectacular y más perniciosa se instala en el país con Aramburu.

Su gobierno modela la segunda década infame… La República Argentina, uno de los países con más baja inversión extranjera (5% del total invertido), que apenas remesaba anualmente al extranjero un dólar por habitante, empieza a gestionar esos préstamos que sólo benefician al prestamista, a adquirir etiquetas de colores con el nombre de tecnologías, a radicar capitales extranjeros formados con el ahorro nacional y a acumular esa deuda que hoy grava el 25% de nuestras exportaciones.

Un solo decreto despoja al país de 2 mil millones de dólares en depósitos bancarios nacionalizados y los pone a disposición de la banca internacional que ahora podrá controlar el crédito, estrangular a la pequeña industria y preparar el ingreso masivo de los grandes monopolios».

Fuente Consultada:
Argentina, El Siglo del Progreso y La Oscuridad (1900-2003) de María Seoane
El Bicentenario Fasc. N°9 Período 1970-1989
100 Crímenes Resonantes de N. Chab y J. Sinay

La Hora del Pueblo Objetivo del Acuerdo Político

ENCUENTRO NACIONAL DE LOS ARGENTINOS: LA HORA DEL PUEBLO

Después de algunas discusiones, las Fuerzas Armadas eligieron al general Roberto Marcelo Levingston como sucesor de Onganía. Sin embargo, no estaba claro qué tipo de gobierno llevaría adelante. Los altos oficiales estaban ante una disyuntiva: algunos consideraban que definitivamente los objetivos de 1966 no se podrían cumplir, y que debían optar inmediatamente por una salida legal. Los nacionalistas (entre ellos Levingston) creían que era necesario profundizar la revolución e insistir en la transformación económica para entregar el poder en forma ordenada y honrosa. Lanusse se inclinaba por la primera opción y Levingston por la segunda.

presidente argentino levingtone

Con la asunción a la presidencia de Roberto Levingston, las fuerzas políticas esperaban una mayor apertura política. Sin embargo, el nuevo presidente prefirió establecer un plazo de cinco años para las nuevas elecciones para reformar los partidos. Los dirigentes políticos, entonces, incrementaron las actividades en contra del gobierno y los contactos entre las fuerzas políticas.

El 20 de junio nacía el Encuentro Nacional de los Argentinos (ENA), impulsado por el Partido Comunista y donde tenían participación radicales, peronistas, democristianos, socialistas y demoprogresistas, con el objeto de acercar posiciones y constituir un frente político.

El 11 de noviembre, impulsado por el PJ, se concretó una reunión con los partidos Conservador Popular, el Demócrata Progresista, el Socialista Argentino, la UCR bloquista y la UCR, se emitió un documento denominado «La hora del pueblo«, en el que se exigía elecciones inmediatas, y se asumía un compromiso de participación sin exclusiones, y de respeto a las minorías.

Durante el gobierno de Levingstone, la cartera de economía fue asumida por el exministro de Obras y Servicios Públicos, el doctor en ciencias económicas Aldo Ferrer. Su propuesta es llevar adelante una política nacionalista, pero sus desafíos son enfrentar el déficit fiscal y exterior y lacreciente inflación. Ferrer fue funcionario de la secretaría de las Naciones Unidas entre el 50 y el 53 y agregado económico en la embajada de Londres. Estuvo al frente del Ministerio de Economía y Hacienda de la provincia de Buenos Alresen entre 1958 y 1960 , y desde el 67 fue el primer secretario ejecutivo del  Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso), Como docente, trabajó en la Universidad Nacional de La Plata y en la Universidad de Buenos Aires. Su tesis doctoral se tituló «El Estado y el desarrollo económico». Dentrode la arena política, cuenta con el apoyo del dirigente Osear Allende.

A este acuerdo lo integraban los partidos tradicionales y mayoritarios del país: El Justicialismo, el Radicalismo, el Partido Demócrata Progresista, el Partido Socialista Argentino, y otros menores. La Hora, del Pueblo significaba la respuesta del sector civil a las ambiciones de Levingston de darle continuidad al poder militar. Al mismo tiempo, la participación de radicales y peronistas implicaba el acercamiento de los dos grandes partidos populares luego de 25 años de hostilidad y enfrentamientos.

La reaparición de los partidos era un «colchón» entre la actividad guerrillera, que se desplazaba al margen del sistema institucional, y el poder militar, cuya legitimidad era cada vez más cuestionada por distintos sectores de la sociedad. La acción guerrillera agudizaba la crisis militar y alentaba un mayor consenso social y político en torno a una salida institucional. Radicales y peronistas se comprometieron, luego de arduas negociaciones, a aceptar el resultado que emergiera de elecciones libres, «sin vetos ni proscripciones».

A pesar del pronunciamiento de los políticos, Levingston reafirmó su postura de normalizar la economía antes de entregar el poder. Si bien inició conversaciones con dirigentes de los principales partidos -excepto Perón-reafirmó que todavía no era tiempo del regreso de la actividad política. El gobierno militar afirmó que La Hora del Pueblo era el regreso de «la antigua retórica y la demagogia».

A fines de ese año, en un discurso ofrecido en Neuquén, Levingston sostuvo que la salida electoral llevaría «años». Esas declaraciones lo distanciaron definitivamente del jefe del Ejército, general Lanusse, que era partidario de una salida electoral rápida.

La figura de Juan Domingo Perón crecía desde el exilio. Era considerado el líder necesario para evitar el avance de la dictadura. Un gran número de personas que pertenecían a la clase media adhirieron a sus postulados, como también jóvenes, estudiantes y grupos guerrilleros que veían en él el camino necesario para llegar al socialismo.

A esta situación se sumó la actitud del propio Perón, que trataba de negociar a fin de lograr una armonía dentro de su partido. Además, el resto de los partidos políticos entendía que, para garantizar una verdadera apertura democrática, era necesario que el peronismo compitiera en las elecciones.

En este marco político, el 11 de noviembre de 1970, exponentes de diversos partidos sentaron las bases para la participación en la contienda electoral en un documento conocido como «La hora del Pueblo».

«…Proponemos, concretamente, para colocar al pueblo argentino en el camino de la decisión que sólo a él le compete estos puntos mínimos para iniciar la marcha:

1- Partidos Políticos: No hay otra forma natural de expresión y decisión política que a través de sus órganos naturales y específicos, los partidos políticos…

2- Estatutos políticos: La futura organización de los partidos y movimientos debe encuadrarse en una norma orgánica, asegurando el poder de decisión de los ciudadanos que voluntariamente se entreguen en ello. Para alcanzar este objetivo es necesaría una ley, un estatuto o como se acuerde llamarlo…

3- Compromiso de los partidos: Sin perjuicio de los cientos que surgirán de esta coincidencia de las corrien| tes políticas que aquí comienza a expresarse, los partidos se comprometen desde ya a crear instrumentos e institucionalizar el régimen de gobierno con: a) La población de los mejores hombres que tenga el país, b) Respeto de la mayoría ocasional por las minorías circunstanciales y convivencia institucional de éstas entre sí y con aquella, c) Responsabilidad compartida de todos los partidos que voluntariamente lo acepten en la defensa y realización de los puntos básicos de una política nacional…» (Fuente: José Luis Romero. Las ideas políticas en Argentina. Fondo de Cultura Económica).

DECLARACIÓN CONJUNTA DE LOS PARTIDOS POlírtCOS «LA HORA DEL PUEBLO»

«Frente a este instante crucial que vive nuestro país las fuerzas políticas nacionales damos un paso al frente y asumimos nuestras responsabilidades. El tiempo de la discusión inútil ha pasado; las fuerzas políticas son la representación natural de las masas y del ciudadano común, que se expresan a través de ellas.

O se admite que el país no es una tierra de nadie o fundamentalmente, un pueblo que recrea el país y funda la Nación y se reconoce a ese pueblo expresado por las organizaciones que él mismo se ha dado, o se niega lisa y llanamente a la Nación al excluir su cuerpo y mediatizar su alma., Tampoco se puede seguir hablando vanamente de pacificación y de unidad nacional. Ahora la pacificación y la unidad nacional hay que hacerlas. La República no tiene espacio para continuar siendo el limbo de palabras que no son inocentes.

Predicamos con el ejemplo al dar este paso al frente, en armonía y coincidencia, desde corrientes políticas opuestas. Porque las coincidencias que dice buscar el poder reinante ya existen. Estaban en el ser profundo de la nacionalidad y ahora han aflorado. Esto tiene de grande nuestro pueblo, capaz de extraer conclusiones positivas de lo más negativo. Por eso hoy está en la conciencia de la ciudadanía que sólo el pueblo en conjunto, sin exlcusión de sectores o clases, puede y debe ser el artífice de las soluciones que queremos todos o por lo menos las grandes mayorías».

Giacobone, Carlos y Gallo, Edit. Radicalismo,
un siglo al servicio de la Patria. UCR,
Biblioteca, Archivo histórico

Fuente Consultada:
Cuatro Década de Historia Argentina (1966-2001) Dobaño – Lewkowicz
El Diario del Bicentenario Fasc. N°9 Nota del Historiador Eduardo Anguita
Ciencias Sociales EGB N°9 Editorial Stella Borgognoni-Cacace
Historia La Argentina Contemporánea, Polimodal A-Z, Pigna-Dino-Mora-Bulacio-Cao
“Argentina El Siglo del Progreso y la Oscuridad”, María Seoane.
Los Llaman Jóvenes Idealistas….Victoria Villaruel

Secuestro y Asesinato de Aramburu por Montoneros

Secuestro y Asesinato de Aramburu por Montoneros

ANTECEDENTES DE LA ÉPOCA: Frente a la crisis económica y social imperante en 1955, todos comenzaron a oponerse a Perón: la oposición, que era sometida a una fuerte censura, los sindicatos que lo habían apoyado, la Iglesia, y ciertos sectores de las fuerzas armadas que intentaron matar al presidente el 16 de junio de 1955 bombardeando la casa de gobierno sin éxito.

El final se estaba precipitando.

El 16 de setiembre, el general Lonardi llevó a cabo una acción militar en Córdoba. Frente a esta situación, el presidente Juan Domingo Perón renunció y se dirigió al Paraguay.

El poder quedó en manos de las fuerzas armadas. El general Lonardi se hizo cargo del gobierno provisional al triunfar la «Revolución Libertadora» y nombró como vicepresidente al contraalmirante Isaac Francisco Rojas.

El objetivo del gobierno era restablecer el poder de los sectores tradicionales pues, a diferencia de otras épocas, con el advenimiento del peronismo se había producido un cambio social y económico que, por primera vez, les había dado un lugar a las masas populares.

Revolucion Libertadora Isaac Rojas y Aramburu

Isaac Francisco Rojas y Pedro Eugenio Aramburu

Explica María Seoane, en su libro «Argentina El Siglo del Progreso y la Oscuridad»: Con el derrocamiento de Perón llegaba a su fin el modelo de país que planteaba una distribución popular del ingreso y de las riquezas nacionales sin antecedentes en la historia argentina, la participación política masiva de los trabajadores y la intención de lograr independencia política y económica de las potencias internacionales.

Arrasar ese modelo de país, acabar con la utopía distribucionista del peronismo fue, como lo certifica la historia, el verdadero motivo de la conspiración de las grandes empresas y los dueños de la tierra infatigablemente unidos, en el propósito, con los Estados Unidos. Acabar con el gobierno de la censura impuesta por la Policía y los propagandistas del régimen fue la razón que unió a liberales, comunistas, nacionalistas y radicales a la conjura de los grandes terratenientes y del Ejército.

Eduardo Lonardi gobernó en un país enfrentado entre dos bandos: los que estaban con Perón o contra él.

La situación hizo que Lonardi proclamara que no había «ni vencedores, ni vencidos» en un intento conciliatorio que no fue aceptado por otros sectores de las fuerzas armadas, lo que finalmente provocó el pedido de su renuncia.

Tomó el poder el jefe del estado mayor Pedro Eugenio Aramburu y el contraalmirante Isaac Francisco Rojas lo acompañó como vicepresidente.

La conspiración contra Perón y su Estado de Bienestar había sido dirigida por los generales Eduardo Lonardi y Pedro Eugenio Aramburu, y el contralmirante Isaac Rojas.

La autodenominada «Revolución Libertadora», conocida como el gobierno de «los gorilas» —calificativo que se le daba a los antiperonistas— se inició con la promesa del elegido presidente de facto Lonardi: «No habrá ni vencedores ni vencidos»

Con la Revolución Libertadora, a la que adhirieron civiles, se inició el período de proscripción del peronismo que duró casi dos décadas.

Aramburu pensaba que para llevar a cabo su gestión debía iniciar una depuración en las fuerzas armadas de los adeptos a Perón y disolver al partido peronista, lo que lo llevó a prohibir hasta la exhibición de símbolos o palabras que hicieran alusión al peronismo e intervenir la CGT.

En materia económica, puso el acento en la libre empresa, lo que se tradujo en una actitud conservadora en los planos económico y social.

Además, con el propósito de recuperar el marco legal vigente anterior a la sanción de la Constitución de 1949, el gobierno implantó la Constitución de 1853, para lo cual convocó a elecciones para constituir la convención constituyente que debía reformar la Constitución.

LA GUERRILLA:

Una generación de jóvenes insatisfechos con el escenario político institucional argentino, quienes dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias volcaron sus esperanzas en la violencia como única vía para lograr los cambios económicos, sociales y políticos que proponían.

La mayoría vio en la revolución cubana el paradigma del cambio social al que aspiraban. Para estos jóvenes el proceso cubano era la expresión más acabada del patriotismo, el americanismo y el antiimperialismo.

Muchos de ellos de origen cristiano encontraron en las propuestas del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo el impulso necesario para adquirir un compromiso social militante afín a las organizaciones armadas de las que pasaron a formar parte.

La formación de grupos políticos armados fue la expresión local de un fenómeno continental. La Revolución Cubana obró como un poderoso imán sobre ciertos sectores de la juventud latinoamericana, que la tomaron como modelo y trasladaron la metodología utilizada en Cuba (la guerrilla rural) a los diversos países de la región.

En la Argentina, antes de 1968, se produjeron algunos intentos guerrilleros, que no tuvieron mayor relevancia, especialmente en el ámbito rural.

Pero a partir de la llegada de Onganía al poder, los nuevos grupos dejaron el campo para tras ladar su accionar a las ciudades.

La guerrilla argentina tuvo dos vertientes: el peronismo y el marxismo. En la primera, actuaron tres grupos principales: las FAP (Fuerzas Armadas Peronistas), Descamisados y Montoneros.

Esta última organización sería la más importante y terminaría incluyendo en su seno a todas las expresiones de la guerrilla peronista, desprendimientos de grupos marxistas y a las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) una organización que se había originado en fracciones de partidos de izquierda, especialmente el Partido Comunista y el Partido Socialista de Vanguardia, para integrarse con grupos provenientes de la Juventud Peronista.

Por el contrario, el núcleo fundador de Montoneros provenía de grupos de la extrema derecha católica, y fue evolucionando junto con algunos sectores de la Iglesia como el conocido como de sacerdotes del Tercer Mundo, hacia posiciones más progresistas hasta situarse, a comienzos de los 70, a la izquierda del peronismo.

EL SECUESTRO:Argentina pasaba por momentos políticos – económicos muy complejos y no se vislumbraba una salida exitosa. Comenzaba a jugarse el destino económico, político y social de la Argentina en las décadas venideras.

Así ocurrió que el 29 de mayo de 1970, el día que se cumplía el primer aniversario del Cordobazo, hizo su aparición pública el grupo guerrillero urbano peronista Montoneros.

Un comando que mostró un alto grado de entrenamiento y organización, secuestró de su domicilio a Aramburu, acusado por los asesinatos de José León Suárez durante la Revolución Libertadora y de haber secuestrado el cadáver de Evita.

«Aramburu fue sometido a un «juicio popular» por los jóvenes guerrilleros cuya edad promedio no superaba los 23 años, interrogado sobre el destino del cadáver de Eva Perón y luego fusilado.

Muy poco después, el 18 de junio, rodó la cabeza de Onganía, quien fue reemplazado  por el agregado militar de la Embajada argentina en Washington, el general Roberto Marcelo Levingston.

Los cambios en el gobierno tenían un objetivo claro: buscar una salida política para que el estallido del volcán no cubriera de lava al sistema.», explica María Seoane.

RELATO DE LOS ACONTECIMIENTOS: El viernes 29 de mayo se cumplia un año del Cordobazo, y las centrales sindicales lanzaron un paro en esa provincia.

Ese mismo 29 se escuchaba por la radio: «El ex presidente Aramburu se retiró de su domicilio esta mañana, poco después de las nueve, escoltado por dos hombres que vestían uniformes militares. Desde entonces no hay noticias de su paradero. Se habla de la posibilidad de que haya sido secuestrado por un grupo comando».

Al día siguiente, apareció el coche en que se llevaron a Aramburu -un Peugeot 404 blanco- y dos sospechosos fueron detenidos en la zona de Florida.

El secretario de Información, coronel Luis Premoli, comunicó que no había contacto con los secuestradores y reiteró su pedido a la población de que «colabore con las fuerzas de seguridad informando cualquier actitud sospechosa o extraña que pueda observar en cualquier persona».

Ese fin de semana, se difundió el comunicado del comando Juan José Valle de la organización Montoneros, que empezaba con la consigna «Perón Vuelve» y se dirigía «Al pueblo de la Nación»: «Hoy a las 9.30 horas, nuestro Comando procedió a la detención de Pedro Eugenio Aramburu, cumpliendo una orden emanada de nuestra conducción a los fines de someterlo a juicio revolucionario.

Sobre él pesan los cargos de traidor a la Patria y al pueblo y asesinato en la persona de 27 argentinos».

La furia del régimen fue muy grande. Por las calles, los subtes, las páginas de los diarios, se repetía un cartel de «Buscados», con las fotos de Carlos Ramus, Fernando Abal Medina, Mario Firmenich, Carlos Capuano Martínez, Norma Arrostito y el padre Alberto Carbone, señalados como autores del secuestro, y se ofrecían recompensas por cualquier información que ayudara a detenerlos.

pedido de captura a montoneros

Pasados unos meses, y después de matar a Aramburu, algunas de las personas más buscadas del país se reunieron, inexplicablemente, en una pizzería donde cualquiera podía reconocerlos.

Eran las 20.15 del 7 de septiembre: la pizzería estaba casi vacía, se llamaba La Rueda y quedaba cerca de la estación de William Morris, en el oeste del Gran Buenos Aires.

En una mesa junto a la ventana estaban Abal Medina, Sabino Navarro y Luis Rodeiro. Afuera, en un Peugeot 404 bordó esperaba y vigilaba Ramus; un poco más allá, en un Fiat 1500 blanco, estaba Capuano Martínez.

El dueño de la pizzería llamó a la policía.

Abal Medina tenía una chapa de la policía, la mostró y los agentes se fueron. Pero afuera, otros dos efectivos empezaron a tirotearse con Ramus, que cuando quisieron identificarlo sacó una granada que le explotó en las manos. Navarro y Abal Medina también empezaron a tirar.

Abal cayó con un tiro en el pecho; Navarro consiguió escaparse hacia la casa de al lado y después siguió viaje por los fondos. En la calle, Capuano aprovechó la confusión para escaparse. Rodeiro, que no tenía armas, terminó detenido.

En el Peugeot, los policías encontraron papeles y documentos con nombres y apodos de militantes de la organización.

El entierro se hizo el viernes 11 en la Chacarita. Los féretros entraron cubiertos con una bandera argéntina que la policía obligó a retirar, y entre las coronas estaba la de Juan Domingo Perón.

Arturo Jauretche y Miguel Gazzera asistieron al funeral. El padre Carlos Mugica los despidió diciendo que «se comprometieron con la causa de la justicia, que es la de Dios, porque comprendieron que Jesucristo nos señala el camino del servicio. Que este holocausto nos sirva de ejemplo».

Fuente Consultada:
El Diario del Bicentenario Fasc. N°9 Nota del Historiador Eduardo Anguita
Historia La Argentina Contemporánea, Polimodal A-Z, Pigna-Dino-Mora-Bulacio-Cao
«Argentina El Siglo del Progreso y la Oscuridad», María Seoane.
Los Llaman Jóvenes Idealistas….Victoria Villaruel

Los Montoneros en Argentina El Terrorismo de Estado en Argentina

Los Montoneros en Argentina
El Terrorismo de Estado en Argentina

LOS MONTONEROS EN ARGENTINA:  La generalización de la violencia y la creciente desconfianza en el régimen institucional redujeron el espacio de la política en favor de la lucha armada terrorismo. A fines de la década del ’60 se produjo una generalización de la violencia política; así fueron apareciendo diversos grupos que consideraron que la lucha armada era la vía legítima para alcanzar o defender el poder. (ver: Secuestro de Aramburu)

La debilidad del sistema de partidos, la proscripción del peronismo y el exilio de Domingo Perón, y el cierre por parte de los militares de todos los canales instituciones de participación y protesta favorecieron estas prácticas.

Por otra parte, también influyeron factores internacionales, en especial la difusión de las ideas y prácticas de Revolución Cubana (1959) y de las campañas de Ernesto Che Guevara, muerto en Bolivia en 1967. Las agrupaciones «guerrilleras» El aumento de la violencia generó organizaciones del tipo «guerrilleras».

Sus acciones consistían en atacar a miembros de las fuerzas de seguridad y empresarios, con secuestros, atentados o asesinatos. También pedían rescates a los dueños de las fábricas para repartir alimentos en las «villas miseria».

Excepto pocas excepciones, sus fundadores y dirigentes eran personas jóvenes de la clase media o alta, en genera universitarios, a los que se unían algunos obreros. A veces mantenían conexiones con otros grupos extranjeros o recibían entrenamiento militar en el exterior.

Los primeros grupos guerrilleros en la Argentina surgieron estimulados por los éxitos de la guerrilla en Cuba, y se propusieron la creación de focos revolucionarios en zonas rurales de nuestro país. Los primeros grupos que surgieron en los años sesenta Rieron los Uturuncos (de tendencia peronista, que operó en Tucumán y Santiago del Bastero), el Ejército Guerrillero del Pueblo (ERP, de tendencia castro-guevarista, a principios de 1970) y el Destacamento 17 de Octubre (peronista, que actuó en Taco Ralo, Tucumán, entre 1967 y 1968).

ALGUNOS ANTECEDENTES DE LA GUERRILLA EN ARGENTINA:

123
Años de Proscripción del Peronismo y exilio del líder.Gobiernos civiles de baja legitimidad, con partidos débilesImplantación de gobiernos militares, sin canales de participación política
45
Revolución Cubana, actuación y muerte del Che en BoliviaRuptura de Chica,
con la URSS. Fidel Castro en Cuba.

El Grupo Montoneros, fundado en 1967 por activistas provenientes del nacionalismo católico, que más tarde adoptaron postulados del socialismo y finalmente se incorporaron al peronismo. Mantenían vínculos con la Juventud Peronista (la «JP»). Recién aparecidos lograron gran repercusión con el secuestro y asesinato del expresidente de la Revolución Libertadora, Pedro E. Aramburu. Sus líderes, Mario Firmenich y Roberto Quieto, buscaron una política de unidad con otras agrupaciones.

En el interior del movimiento peronista comenzaron a diferenciarse grupos que formaron el ala izquierda del movimiento. Desde este sector se comenzó a pensar al peronismo como movimiento revolucionario, una variante nacional del socialismo.

La radicalización de un importante sector del peronismo había aportado un componente nuevo. Al discurso tradicional de Perón se sumaba la reinterpretación antiimperialista y social de su doctrina. Se pensaba la acción de Perón dentro de las tendencias que luchaban para alcanzar el socialismo.

Esta relectura del peronismo permitió que se acercaran al movimiento nuevos sectores de la juventud, entre ellos el Movimiento Nacionalista Revolucionario Montoneros. Montoneros fue la organización más importante de la izquierda peronista.

Esta fue creada en 1967 por un grupo de miembros de la Acción Católica, algunos de los cuales eran alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires. Algunos de ellos habían sido integrantes de Tacuara, una agrupación estudiantil de tendencia nacionalista-católica.

Los fundadores de la organización Montoneros fueron Fernando Abal Medina (izq.), Carlos Gustavo Ramus y Mario Eduardo Firmenich (der.), todos ellos militantes de la Acción Católica Argentina, y relacionados con el grupo de sacerdotes del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo (leer abajo en verde).

En 1962, el Papa Juan XXIII convocó al Concilio Vaticano II y a través de sus encíclicas propuso acercar a la Iglesia los problemas sociales y económicos que vivía la población mundial. La Iglesia Latinoamericana lile una de las que impulsaron con mayor fuerza esta transformación. En 1968, la Conferencia Episcopal Latinoamericana se reunió en Medellín, Colombia, con la presencia del Papa Pablo VI. En los Documentos de Medellín denunciaron que los signos de los tiempos eran la pobreza y el desamparo en que vivía la mayoría de la población, y que Dios hablaba a través de los hermanos más pobres. En este contexto proclamaron su opción por los pobres. Estas transformaciones también se produjeron en Argentina. En 1968 un numeroso grupo de sacerdotes organizó el Movimiento de Sacerdotes puní d Tercer Mundo, realizaron un trabajo social en barrios carenciados y villas miseria. Entre ellos, los más destacados fueron el sacerdore Juan Carlos Mugica y el obispo de La Rioja, Enrique Angelelli.

Inicialmente Montoneros incorporó a jóvenes provenientes del nacionalismo católico, pero también a algunos que habían militado en grupos de izquierda, como Norma Arrostito (abajo-izq). Dentro de Montoneros existían diferentes tendencias.

Por un lado, algunos consideraban que el objetivo era la construcción de una variante nacional del socialismo; otros veían en el peronismo una forma socialista de la revolución nacional. Pero los aglutinaba la convicción de que la contradicción fundamental de la Argentina era imperialismo versus nacionalismo.

Montoneros impulsó la formación de un frente de liberación nacional y se comprometió a luchar en dos ámbitos a la vez: contra los militares y contra la burocracia sindical conciliadora. Su primera aparición pública fue con el secuestro y posterior asesinato de Pedro Eugenio Aramburu, en mayo de 1970.

El hecho más resonante, sin duda, es el secuestro y asesinato del general Pedro Eugenio Aramburu, a quien un grupo de Montoneros saca de su hogar el 29 de mayo. Los guerrilleros usan uniformes militares y llevan a Aramburu hasta una casa de la localidad bonaerense de Timote, donde es asesinado. Su cadáver fue encontrado un mes más tarde. El episodio desgasta totalmente a Onganía, que el 8 de julio es destituido por las propias Fuerzas Armadas y reemplazado por una figura militar casi desconocida: el general Roberto M. Levingston.

Dentro del peronismo, también surgieron otras agrupaciones específicas para el trabajo político en diferentes frentes. Algunas fueron la Juventud Peronista (JP), que operó en el trabajo barrial; la Juventud Universitaria Peronista (JUP), para leí trabajo con los estudiantes universitarios; la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), en los colegios; la Juventud Trabajadora Peronista (JTP), en el frente sindical; y el Movimiento Villero Peronista.

Otra agrupación guerrillera la constituyeron las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), identificadas con las ideas de John W. Cooke. Cooke había sido delegado personal de Perón en el país luego del golpe de 1955, tenía una visión del peronismo como equivalente al socialismo nacional y realizó una fuerte propaganda a favor de la lucha armada. Otra organización era la de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), grupo foquista liderado por Roberto Quieto. Tanto las FAP como las FAR se fusionaron con Montoneros entre 1973 y 1974.

Fuera del peronismo, existían las Fuerzas Armadas de Liberación (FAL), rama armada del Partido Comunista Leninista, y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), creado por Enrique Gorriarán Merlo y Mario Santucho, de orientación trotskista, que desarrolló su acción en zonas rurales.

A partir de los gobiernos militares se inició una guerra abierta, donde las organizaciones guerrilleras promovieron una gran cantidad de acciones armadas en aras de demostrar la debilidad del estado. Estas acciones no recibieron el respaldo esperado de la población y, en muchos casos, provocaron el alejamiento de antiguos colaboradores.

El gobierno optó por la represión ilegal y las agrupaciones guerrilleras fueron rápidamente vencidas. A comienzos de 1977, los propios militares reconocieron que la actividad guerrillera ya no representaba una amenaza. Pero este informe no fue difundido al público. El gobierno quería alimentar la creencia de que la guerrilla seguía operando, lo que le permitía continuar e incluso extender la represión sobre grupos más amplios de la población.

Lo cierto era que a doce meses del golpe, el ERP prácticamente había desaparecido y la actividad ofensiva de los Montoneros era casi nula. A lo largo de 1977, algunas células cometieron atentados con bombas y causaron alrededor de cuarenta bajas a las Fuerzas Armadas y de seguridad. Pero los secuestros y las muertes en enfrentamientos fraguados se contaban por miles.

En 1977, informes de Montoneros reconocían haber sufrido 2.000 bajas desde el golpe, mientras que para agosto de 1978 ya se hablaba de 4.500, incluyendo en ese número personas escasamente o no vinculadas con la organización. El derrumbe guerrillero evidencia, no solo la eficacia de la estrategia antisubversiva, sino la debilidad política de sus organizaciones. Desde principios de 1976, sus vínculos con el movimiento de masas eran endebles y sus cuadros estaban diezmados, desorientados y aislados de su conducción.

La persistencia e intensificación de la represión ilegal aun después de derrotada la guerrilla demuestra que el Estado Terrorista tenía otro objetivo: controlar al conjunto de la población por medio del temor. Tras sucesivas derrotas militares, los Montoneros cambiaron de estrategia.

Para lograr la adhesión de los trabajadores, articularon las demandas obreras con ataques armados a militares y miembros clave del gobierno. Con el propósito de contribuir a este proceso, fundaron en 1977 el Movimiento Peronista Montonero, realizaron actos de sabotaje en huelgas obreras, atentaron contra varias figuras del gobierno y lanzaron un llamado a la pacificación y al diálogo. Pero el resultado fue una gran cantidad de dirigentes y militantes asesinados por las Fuerzas Armadas.

Los obreros no se identificaron con las acciones guerrilleras, pues consideraban muy riesgoso unirse con los montoneros y disentían en cuanto a la metodología de acción. Los principales dirigentes montoneros seguían sosteniendo que la estrategia había sido oportuna y acertada. Esta distorsionada imagen de la realidad provocó el alejamiento de la organización de muchos miembros, como por ejemplo R. Galimberti y M. Bonasso. La actividad guerrillera perdió adeptos y quedó definitivamente aislada del resto de la población.

«La entonces incipiente organización Montoneros descubrió el sincretismo entre cristianismo y revolución a través de dos personas de gran influencia en sus comienzos: el padre Carlos Mugica, miembro de los Jesuitas y del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y el intelectual y periodista Juan García Elorrio, más tarde director de una revista que llevó ese nombre: Cristianismo y Revolución.

Señala Gillespie que «en 1964 Mugica entró en contacto con los ex tacuaristas Fernando Abal Medina, Mario Eduardo Firmenich y Carlos Gustavo Ramus, en ese entonces todos alumnos del Nacional Buenos Aires y militantes de la Juventud Estudiantil Católica (JEC). Según dijo Firmenich años después a la revista El Peronista, «Mugica nos enseñó que el cristianismo era imposible sin el amor a los pobres y a los perseguidos por su defensa de la justicia y su lucha contra la injusticia». Pero algunos de los pensamientos del sacerdote cayeron en saco roto: el mismo Mugica dijo, también, «estoy dispuesto a que me maten, pero no a matar».

Argentinos Jorga Lanata Tomo II

CARTA DE LOS MONTONEROS A PERÓN

PERÓN VUELVE
Argentina, 9 de febrero de 1971 Al Gral. J. D. Perón

Como hemos hecho en oportunidades anteriores, aprovechamos la comunicación que con Usted tienen los compañeros del Movimiento para hacerle llegar nuestras inquietudes con respecto al proceso revolucionario del pueblo argentino.

Es nuestra intención y deseo poder comunicarnos personalmente con Usted y lo haremos tan pronto como sea posible. Hasta tanto, nos vemos obligados a recurrir a la colaboración de los compañeros a quienes estamos profundamente agradecidos.

Deseamos hacerle conocer algunas consideraciones nuestras sobre hechos claves que determinan los pasos a dar por el Movimiento tanto en el futuro inmediato, es decir tácticamente, como en el futuro a largo plazo, es decir dentro de la concepción estratégica.

1) En primer lugar, creemos necesario explicar las serias y coherentes razones que nos movieron a detener, juzgar y ejecutar a PEA (Pedro Eugenio Aramburu). Es innecesario explayarse sobre los cargos históricos que pesaban sobre él: traición a la Patria y a su Pueblo. Esto sólo basta para ejecutar una sentencia que el pueblo ya ha dictaminado. Pero además había otras razones que hacfan necesaria esta ejecución. La razón fundamental era el rol de válvula de escape que este señor pretendía jugar como carta de recambio del sistema. […]

Nos preocupan algunas versiones que hemos recogido, según las cuales nosotros con este hecho estropeamos sus planes políticos inmediatos. Demás está decir que no está en nuestros propósitos entorpecer la conducción de conjunto que Usted realiza para la mejor marcha del Movimiento en su totalidad. […] Creemos que no sólo para nosotros, sino para el movimiento entero, es necesaria su palabra esclarecedora acerca de estas hipotéticas contradicciones entre sus planes y nuestro accionar. […]

4) Otra aparente opción para la hora del pueblo argentino es la salida electoral. Esta perspectiva se ve alimentada por el triunfo de Salvador Allende en Chile. […]

Ahora bien, para llevar adelante ese paso táctico, el compañero Paladino plantea como opciones estratégicas equivalentes, el camino electoral y el camino revolucionario por la vía armada. Esto, como hemos visto, es en sí incorrecto. Lo que en realidad parece suceder es que se utiliza la opción revolucionaria armada, es decir, nosotros, como factor de presión para reforzar el golpe táctico, o sea las elecciones. Esto puede ser tácticamente útil, aunque abrigamos algunas dudas. Sobre lo que no abrigamos dudas es sobre la necesidad de mantenernos como opción estratégica, y por lo tanto la absoluta imposibilidad de subordinar nuestro accionar a una opción táctica. En síntesis, no interferiremos al ala política del movimiento en tanto la Hora del Pueblo es una maniobra útil, y por lo tanto tácticamente acertada, pero nos mantendremos en la actividad señalando la vía armada como único método estratégicamente correcto para tomar el poder, y creemos que sería conveniente, en consecuencia, que los distintos frentes del movimiento no interfieran la presentación de la vía armada como una opción estratégica.

5) Bien, hemos visto la eficacia de nuestro método de lucha para golpear al régimen con la ejecución de Aramburu, el descreimiento popular sobre el sindicalismo como herramienta capaz de conducir un proceso revolucionario, la imposibilidad que el ejército pueda generar un proceso de liberación nacional, y la insuficiencia del camino electoral para tomar el poder. En fin hemos querido expresarle en estas consideraciones, dichas aquí un poco a vuelo de pájaro, lo que en realidad constituye nuestra teoría, es decir, un análisis tempo-espacial de la realidad argentina hecho a la luz de la doctrina justicialista.

Tenemos clara una doctrina y clara una teoría de la cual extraemos como conclusión una estrategia también clara: el único camino posible para que el pueblo tome el poder e Instaure el socialismo nacional es la guerra revolucionaria, nacional y prolongada, que tiene como eje fundamental al peronismo.

El método a seguir es la guerra de guerrillas urbana y rural. Lo cierto es que no somos un tiro al aire. No somos tantos ni tan pocos, pero no estamos para hacer mucho ruido y ofrecer pocas nueces. La concepción es clara y la decisión total, como lo prueban nuestros compañeros muertos. […]

Es para nosotros de fundamental importancia conocer sus opiniones acerca de estas consideraciones. [.,,] General, sus muchachos peronistas […] no lo defraudaremos. (El resaltado es nuestro).

GRANDES CRÓNICAS
ASESINATO DE ARAMBURU:
EL CONTEXTO EN EL CUAL LOS MONTONEROS PUBLICARON LOS DETALLES DEL ASESINATO DEL GENERAL ARAMBURU

El ala extremista del peronismo ha generado los hechos más espectaculares y a través de ellos se puede ratificar una vieja reflexión; su capacidad de acción política pareciera agotarse en el manejo de la metralleta. Más allá de ese límite encuentran enormes dificultades para encauzar sus propias definiciones, a las cuales, por lo demás, no encuentran tampoco una forma neta de diferenciarlas.

La Juventud Peronista había aceptado hace poco ser una simple prolongación del grupo Montoneros y, antes, el pequeño y deficientemente organizado grupo Montoneros, encabezado ahora por Firmenich, había declarado su fusión con la organización FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), mejor preparada y dirigida por Quieto. Firmenich y sus amigos provienen del nacionalismo católico. Quieto, desde sus tiempos de dirigente universitario, viene de una izquierda inspirada por el castrismo.

Las puntualizaciones anteriores no son desdeñables para preguntarse hasta qué punto la ruptura declarada por los Montoneros es fruto no sólo de su incapacidad para actuar en un marco partidario tan elástico como el que le ofrecía el peronismo, sino para resolver con coherencia sus propias contradicciones internas. Esto último tiene mucho más peso si es exacto, como se afirma en el propio peronismo, que en la fusión más arriba mencionada Firmenich se quedó con el nombre y Quieto se quedó con al organización.

El día en que circuló el periódico en el cual dos de los coautores del asesinato del teniente general Aramburu efectuaron una minuciosa y siniestra descripción de todas las circunstancias en que se cometió el crimen, el asco hacia la bajeza moral no impidió una generalizada interrogación: cuáles serían los motivos por los cuales se efectuaba esa publicación. Quizás no pueda decirse, simplemente, que las declaraciones y decisiones posteriores a aquel día dieron una respuesta a tal interrogante. En rigor, cabe inferir que la difusión por un medio periodístico adicto a las confesiones frías y de los detalles escalofriantes formó parte de una cadena de decisiones.

En primer término, tal vez se quisiera saber hasta dónde podía seguir estirándose la cuerda. Cuando ésta se cortó, se resolvió el enfrentamiento neto con el Gobierno, no ya como una parte opositora, sino como un enemigo visualizado con óptica militar. Pero no resultará superfluo que se inserte en todo el juego de sucesos a algo que aconteció antes del indignante episodio al cual sirvió de vehículo el número 9 de La Causa Peronista. En efecto, el prólogo político de esa provocación y del posterior ingreso en la clandestinidad de los Montoneros y todas las organizaciones colaterales fue la constitución de la llamada Agrupación del Peronismo Auténtico.

La mayoría de los hombres que se han colocado tras Andrés Framini presenta una filiación homogénea dentro del peronismo. No extraña pues, que la declaración haya dicho que el Movimiento «carece de una conducción representativa». La Juventud Peronista, los Montoneros y todo lo que corporiza a la Tendencia, como genéricamente se la denomina, necesitaba una pierna adulta -ligada al peronismo tradicional- para echarse a caminar. Ya la tiene.

Fuente Consultada:
Cuatro Décadas de Historia Argetina – Proyecto Editorial – P. Dobaño y M. Lewkowicz
La Nación 135 Años Testimonios de Tres Siglos
Argentinos Jorga Lanata Tomo II
La Enciclopedia del Estudiante Tomo 20 Historia Argentina

Los Llaman… «Jóvenes Idealistas» Victoria Villarruel
La Nación 135 Años Testimonios de Tres Siglos

 

Teología de la Liberación Compromiso de la Iglesia con los Pobres

LA TEOLOGÍA DE LIBERACIÓN EN AMÉRICA LATINA

La teología de la liberación, que ha tenido en Iberoamérica sus principales exponentes y fue muy activa entre los años 1970 y 1990, defiende que la iglesia católica ha de concentrarse de modo preferencia! en ayudar a los pobres. De esta manera la iglesia de América Latina intenta buscar soluciones a la opresión y el subdesarrollo de la población. Los ideólogos más importantes de la teología de la liberación son Gustavo Gutiérrez y Leonardo Boff. Esta teología es una reflexión que comenzó después del concilio Vaticano II y la conferencia de Medellín en 1968.

Los prelados que asistieron al a Segunda Conferencia de Obispos Latinoamericanos, realizada en Medellín, inspirados por las reformas del Concilio Vaticano II, examinaron el papel social de la Iglesia en sus países. Tras muchas discusiones, los obispos publicaron un documento.

Denunciaron la opresión sistemática de los pobres, criticaron la explotación del Tercer Mundo por las naciones industrializadas y exigieron reformas políticas y sociales. No se detuvieron ahí: los obispos declararon que la Iglesia de Latinoamérica contenía una misión distinta a la de la Iglesia de Europa (que en realidad era una Iglesia distinta) y le otorgaban una función política activa. Esta aplicación práctica de la fe se conoció como Teología de la liberación, una de las ramas más importantes dentro de la Iglesia católica moderna y una influencia política importante en América Central y del Sur.

En 1971, el padre Gustavo Gutiérrez, un teólogo peruano, publicó la doctrina central del movimiento, Una teología de la liberación, que establecía que la Iglesia debía ayudar a los pobres y no imponerse sobre ellos. El libro inspiró la fundación de la Iglesia de los Pobres, una organización popular que combina la enseñanza religiosa con el activismo social.

El movimiento fue más allá con el teólogo brasileño Leonardo Boff, que en sus libros criticó a la Iglesia histórica que había permitido las injusticias en Latinoamérica, e incluso había contribuido a ellas, y defendió con firmeza la moralidad de la lucha de clases.

Los obispos reunidos, no se detuvieron sólo en esos reclamos, sino que también declararon que la Iglesia Latinoamericana contenía una misión distinta de la de Europa. Por lo tanto, en esta región, la Iglesia debía tener un alto compromiso con la realidad social de su contexto y una praxis transformadora. Esta práctica de la fe cristiana se conoció como la “teología de la liberación” y tuvo durante décadas una importante influencia dentro de la Iglesia Católica.

Los máximos exponentes de esta teología, Monseñor Romero, arzobispo de El Salvador y el jesuita Ellacuría, fueron asesinados a sangre fría, así como otros muchos catequistas, sacerdotes y agentes de pastoral que practicaban y aceptaban sus supuestos, en varios países de América Latina.

Ni a Roma ni a los regímenes conservadores latinoamericanos les gustó el cariz marxista de la teología de la liberación: los dirigentes del movimiento no fueron invitados a la conferencia de obispos de 1979. El papa Juan Pablo II sustituyó a los teólogos de la liberación por clérigos dóciles y, en 1984, el Vaticano condenó a Boff a un año de silencio.

Las represalias laicas, en forma de asesinatos cometidos por escuadrones de la muerte o en forma de encarcelamientos con torturas, se incrementaron y clérigos como el arzobispo de El Salvador, Oscar Romero, y el padre Antonio Pereira Neto, de Brasil, y el obispo de La Rioja, monseñor Enrique Angelelli, se convirtieron en mártires del movimiento.

En El Salvador en 1989 fueron asesinados Ignacio Ellacuría, que era jesuita y rector de la Universidad Centroamericana de El Salvador, y cinco profesores más. También Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, fue asesinado en 1980 mientras celebraba misa en la catedral.

Estos religiosos defendían una tendencia ideológica llamada teología de la liberación, basada en la necesidad de la liberación de la miseria de las poblaciones oprimidas y en particular de los indígenas. Estas muertes fueron la respuesta de algunos grupos violentos a la forma de entender el catolicismo que proponían muchos religiosos en todo el continente. La causa de estos asesinatos pudo estar en que algunos pensaron que, matando, dejaría de escucharse su mensaje, la voz de estos hombres de paz.

Aunque Juan Pablo II criticó duramente a los teólogos de la liberación, anteriormente, en marzo de 1967, el papa Pablo VI ofreció al mundo su encíclica Populorum Progressio que planteaba la «necesidad de promover el desarrollo de los pueblos». Como consecuencia directa del concilio Vaticano II, la encíclica aludía a la situación marginal del tercer mundo, y a la situación desigual de desarrollo.

Su idea del hombre era la cristiana, pero con aspiraciones radicalmente distintas de las mantenidas hasta entonces por los textos de los papas: «verse libre de la miseria, […] participar todavía más en las responsabilidades, fuera de toda opresión y al abrigo de situaciones que ofenden su dignidad de hombres».

La encíclica finalmente subrayaba la necesidad de la solidaridad con los más necesitados y pedía una conformación mundial para ayudar a los países pobres: «Pedimos la constitución de un fondo mundial alimentado con una parte de los gastos militares, a fin de ayudar a los más desheredados. Solo una colaboración mundial, de la cual un fondo común sería al mismo tiempo símbolo e instrumento, permitiría superar las rivalidades estériles y suscitar un diálogo pacífico y fecundo entre todos las pueblos».

Encíclica Pacem Interris

Revolución Libertadora 1955 Caida Gobierno de Peron Argentina

Revolución Libertadora – Caída Gobierno de Peron

LA REVOLUCIÓN LIBERTADORA: A pesar de triunfar en las elecciones de 1952 con el 60% de los votos, el gobierno peronista comenzaba ya a mostrar signos de debilidad, que se agudizaron con la muerte de Eva Perón. Además, el deterioro de la situación económica fue acompañado por un endurecimiento del régimen, que intensificó la persecución de los opositores.

En 1955, la escena política estaba dominada por el conflicto del gobierno con la Iglesia, iniciado un año antes, y con la oposición. En medio de ese clima se comenzó a delinear un golpe de estado. En septiembre, finalmente, una revolución encabezada por el general Lonardi derrocó a Perón.

ANTECEDENTE HISTÓRICOS: Uno de los componentes del clima de enfrentamiento político en los últimos meses del gobierno de Perón fue el uso por parte del presidente de virulentas apelaciones a la violencia. El punto culminante de esta escalada de violencia verbal se manifestó en el discurso del 31 de agosto, frente a una concentración popular en su apoyo.

ROBERT POTASH, en su libro «El ejército y la política en la Argentina»  escribía sobre la escalada de violencia en la última etapa del gobierno de Perón, en el año 1955. Allí Perón dijo:

«Con nuestra tolerancia exagerada, nos hemos ganado el derecho a reprimirlos violentamente. Y desde ya establecemos como una conducta permanente para nuestro movimiento: aquel que en cualquier lugar intente alterar el orden en contra de las autoridades constituidas, o en contra de la ley o de la Constitución, puede ser muerto por cualquier argentino. […] La consigna para todo peronista, esté aislado o dentro de una organización, es contestar a una acción violenta con otra más violenta. Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos».

Este discurso -que, en cierta medida,  implicaba un reconocimiento de las críticas que los opositores hacían a su régimen- fue empañado de la autorización para que los líderes opositores hablaran por radio. Más allá de sus diferencias, la oposición política reaccionó con desconfianza y reclamó, como condición mínima para una tregua política, el restablecimiento de las garantías jurídicas, comenzando por el levantamiento del estado de guerra interno -una figura similar a la del estado de sitio, que permitía a Poder Ejecutivo suspender las garantías constitucionales y arrestar a individuos sir orden judicial-, vigente desde 1951. El gobierno consideró inaceptables estas demandas y mantuvo una línea de enfrentamiento que llegó a su apogeo retórico con el discurso de Perón del 31 de agosto de 1955.

La oposición, mientras tanto, organizaba el golpe de estado con la decisiva participación de oficiales del Ejército y, principalmente, de la Marina.

Por otro lado el general Pedro Eugenio Aramburu, director de sanidad militar, con mínimo apoyo y  sin tropa a su cargo decidió postergar la Revolución para el año próximo, a pesar de la fuerte expectativa existente y del miedo a represalias que hicieran imposible la sublevación.

Entonces llegó el turno del general Eduardo Lonardi (1896-1956), artillero que había estado preso en 1953. Tenía contactos en la guarnición de Córdoba, cuya oficialidad joven estaba dispuesta a salir antes de que fuera demasiado tarde: finalizado setiembre las municiones debían retirarse y no cabrían posibilidades hasta el año entrante.

Lonardi conversó con los marinos y fijó fecha el 16 de setiembre para tomar la Escuela de Artillería de Córdoba. Supuso y no se equivocó que en la situación crítica que vivía el gobierno bastaría crear un foco revolucionario para que las demás fuerzas se sumaran a los rebeldes. Cumplió su palabra y así comenzó la revolución.

El 16 de septiembre estalló el levantamiento en Córdoba, encabezado por el general Eduardo Lonardi. A pesar de que las tropas leales no pudieron sofocarlo, el levantamiento no consiguió extenderse. La mayoría del Ejército procuraba no intervenir, pero la Marina se movilizó casi totalmente contra Perón. Sus naves bloquearon Buenos Aires y amenazaron con atacar los depósitos de combustible de La Plata y Dock Sud -como ya lo habían hecho con los de Mar del Plata-.

Antes de la hora señalada como ultimátum por la Marina, el ministro de Guerra, el general Lucero, pidió parlamentar y leyó una carta en la que Perón solicitaba al Ejército la negociación de un acuerdo. Esta carta no era una renuncia -Perón describía su actitud como un renunciamiento-, pero la junta de generales, superiores del «Ejército decidió considerarla como tal y negociar con el grupo revolucionario. Ante esta situación, el 20 de septiembre Perón se refugió en la embajada del Paraguay e inició su largo exilio.

Hubo un cambio ideológico (de «sano autoritarismo») que repercutió en la región según la dirección impuesta por la diplomacia norteamericana, determinó que los golpistas -que allí buscaban apoyo político y doctrinario contra Perón, a quien, como dijimos, identificaban con el fascismo europeo- hallaran escasas justificaciones y orientaciones para su acción: la apertura a un mundo signado por la lucha irreconciliable entre capitalismo y comunismo indujo a los adherentes de la Libertadora a tener mayores motivos para disputarse entre sí el poder y el derecho a fijar el curso a seguir una vez eliminado el «fascismo criollo». Ello se refleja en el eco que pronto hallarían -en sectores de las Fuerzas Armadas, la iglesia y el empresariado- las posiciones más ferozmente reaccionarias que por entonces circulaban en los países centrales sobre la seguridad y el papel de los sindicatos y la izquierda.

El 23 de septiembre, una multitud, perteneciente a la clase media, llenó la Plaza de Mayo para escuchar la palabra del nuevo presidente provisional, el general Lonardi.

Ésta se diferenció de los anteriores golpes no sólo porque se inició en una guarnición del interior, sino también porque no tuvo una definición inmediata. Al foco mediterráneo se sumó el de Puerto Belgrano y más tarde la guarnición de Cuyo. Pero el golpe fracasó en Corrientes y ningún general de la guarnición de Buenos Aires se movilizó. El ministro de Guerra a cargo de la represión envió fuerzas a Córdoba donde se libraron combates entre leales y rebeldes. Entre tanto la flota de mar navegaba rumbo a Buenos Aires en actitud amenazadora, dispuesta a bombardear los tanques de petróleo de Mar del Plata, La Plata y la capital.

En tales circunstancias Perón presentó una renuncia que los generales de la guarnición porteña, todos ellos peronistas, optaron por aceptar a pesar de que su texto resultaba poco claro. Al conocerse esta novedad, una multitud se lanzó a festejar el fin del peronismo en las calles, en medio de lluvias torrenciales. Entre tanto la CGT, en actitud pasiva, ni siquiera declaró la huelga general.

Mientras Perón buscaba refugio en una cañonera del Paraguay, país donde tenía buenos amigos, Lonardi se aprontaba a trasladarse a Buenos Aires, en su carácter de jefe de la Revolución que él mismo tituló «Libertadora», para asumir el cargo de presidente provisional.

Después de 9 años de gobierno Perón caía definitiva dejando una situación politica mucho mas compleja de lo que pensaban sus adversarios.

El 23 de septiembre de 1955, el general Lonardi asumió la presidencia provisional de la nación. Pero pronto comenzaron a manifestarse las diferencias entre los golpistas, que condujeron al reemplazo del presidente Lonardi por el general Pedro E. Aramburu (imagen). Con Aramburu en el gobierno se afianzaron los sectores autoritarios que se resistían a aceptar los profundos cambios sociales llevados a cabo por el peronismo: el Partido Peronista fue declarado ilegal y Perón fue proscrito.

En 1957, el radicalismo se dividió en dos partidos: la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI), liderada por Arturo Frondizi. y la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP), encabezada por Ricardo Balbín. La división de la UCR complicó los planes del gobierno, que quería encontrar una salida electoral que no implicara el retorno del peronismo.

Frondizi, por su parte, sabía que si lograba arrastrar los votos peronistas ganaría las elecciones. Por eso selló un pacto con Perón, que consistía en el apoyo electoral peronista a su candidatura a cambio del levantamiento de las proscripciones al partido. Gracias al pacto, Frondizi se impuso en las elecciones nacionales del 23 de febrero de 1958.

Una sociedad dividida

En El otro rostro del peronismo (1956), Ernesto Sábato relata cómo recibió la noticia del golpe mientras visitaba a unos amigos en Salta: «Aquella noche de septiembre de 1955, mientras los doctores, hacendados y escritores festejábamos ruidosamente en la sala la caída del tirano, en un rincón de la antecocina ví cómo las dos indias que allí trabajaban tenían los ojos empapados de lágrimas.

Y aunque en todos aquellos años yo había meditado en la trágica dualidad que escindía al pueblo argentino, en ese momento se me apareció en su forma más conmovedora».

Sabato intenta ofrecer una explicación de lo sucedido y de lo que es preciso hacer para «corregir» ese desencuentro, y anticipa el giro en la interpretación del fenómeno peronista que muchos intelectuales (sobre todo de izquierda, que hasta entonces lo habían rechazado) intentarían con los años: «En el movimiento peronista no sólo hubo bajas pasiones y apetitos puramente materiales: hubo un genuino fervor espiritual, una fe pararreligiosa en un conductor que les hablaba como seres humanos y no como a parias […].

Lo demás es detalle […] y no incurramos ahora en los mismos defectos y vicios que hemos recriminado a la tiranía: no pretendamos unanimidad de juicio, no califiquemos a nuestros adversarios de enemigos de la nación […]. Una cosa es, y bien posible, el desmontaje casi físico de las piezas que aseguran al totalitarismo […] y otra cosa es negar esas fuerzas o creerlas únicamente obra de la propaganda. El fervor multitudinario que Perón aprovechó no será liquidado mediante medidas de fuerza… sólo se logrará reforzarlo hasta convertirlo en una tremenda, incontenible y trágica aplanadora».

Fuente Consultada:
Historia Argentina Luchilo-Romano-Paz
Argentina de su país y de su gente María Sáenz Quesada.

Nacionalizacion de Aerolineas Argentinas Gobierno de Juan Peron

Nacionalizacion de Aerolineas Argentinas Por Perón

NACIONALIZACIÓN DE LOS SERVICIOS PÚBLICOS: Si algo caracterizó a la política económica del peronismo en su etapa inicial esto fue la nacionalización de los servicios públicos. Discutida y atacada duramente por la oposición, esa política sin embargo fue llevada adelante con una firme decisión. Con el correr de los años, lo que más se le ha criticado al peronismo han sido los resultados concretos de esa nacionalización de servicios públicos, pues éstos incrementaron los gastos del Estado en forma desproporcionada y deterioraron en casi todos los casos la calidad de las prestaciones. Pero en el momento de ponerse en marcha aquella política lo que más se discutía era la forma en que se hacían las negociaciones con las compañías extranjeras, a las que se concedió un tratamiento que irritaba a los opositores, porque se pagaban indemnizaciones consideradas excesivas.

Aerolíneas Argentinas

Desde 1929 funcionaba en el país una sola empresa aérea de transportes: Aeroposta Argentina, que inició sus vuelos con aviones franceses Late 25. En 1933, por medio de un apoyo oficial, se incorporaron nuevos aparatos que ampliaron el pasaje de cuatro a ocho pasajeros por vuelo. Cuatro años después esta compañía adquirió aviones Junkers, de fabricación alemana, con mayor potencia y capacidad para 17 personas, lo que permitió aumentar los servicios y reducir el tiempo de vuelo.

Pero el esfuerzo que significaba sostener y ampliar estos servicios obligó a convertir a la empresa en una sociedad mixta con participación estatal, lo que se formalizó en 1945. También en ese año el gobierno dispuso crear otras tres empresas mixtas de transporte comercial y se constituyeron así la Flota Aérea Mercante Argentina (FAMA), para la explotación de rutas internacionales la Sociedad Mixta Zonas Oeste y Norte de Aerolíneas (ZONDA), que vinculaba a Buenos Aires con el interior del país, y la Sociedad Mixta de Aviación del Litoral Fluvial Argentino (ALFA), cuyas líneas conectaban con la Mesopotamia, Asunción del Paraguay y Montevideo.

Aerolíneas Argentinas fundada por Perón

La más importante, FAMA, aprovechó la asunción del nuevo presidente, el 4 de junio de 1946, para inaugurar sus servicios regulares a Europa y Santiago de Chile. Cuatro meses después agregó Río de Janeiro. Pero los déficit aumentaban y el gobierno resolvió unificar todas las empresas; mediante un decreto, el 3 de mayo de 1949 se incorporó al patrimonio nacional a las cuatro compañías. “El 51 por ciento del capital era del Estado y el resto de empresas privadas.

Pero el sector privado no aportó las sumas que le correspondían para reducir el déficit y llegó un momento en que la deuda superaba al capital aportado. Entonces resolvimos crear una sola empresa estatal y fundamos Aerolíneas Argentinas, en marzo de 1950”, recordaría el entonces ministro de Transportes, coronel Juan F. Castro. La nueva empresa monopolizó el cabotaje interno y recibió como sedes el edificio de la Oficina de Ajustes, que utilizaban los ferrocarriles, en Leandro N. Alem y Alsina, y el Palacio del Viajero, en Perú 22. “Los cuatro talleres que había se centralizaron en uno solo: Ezeiza. Apenas creada Aerolíneas inauguramos los servicios regulares a Nueva York. La base de la flota eran 36 aviones Douglas DC-3, y para los vuelos a Europa y Estados Unidos se utilizaban los flamantes DC-4. La flotilla de hidroaviones Sandringhan sirvió para atender los servicios al Litoral”, explicó Castro.

El ingeniero Maggi, su sucesor en el ministerio, exaltó, a su vez, la construcción del aeropuerto Ministro Pistarini como “una obra perdurable” y enumeró la ampliación y perfeccionamiento de las viejas pistas de tierra del interior del país: “Se hicieron nuevos aeropuertos -dijo- en Río Cuarto, Río Gallegos, Río Turbio, Ushuaia, Comodoro Rivadavia y Comandante Espora».

17 de Octubre de 1945: Día de la Lealtad Peronista

Fuente Consultada: La Primera Presidencia de Perón – Biblioteca Política Argentina

La Flota Mercante en el Gobierno de Juan Peron

La Flota Mercante en el Gobierno de Juan Perón

NACIONALIZACIÓN DE LOS SERVICIOS PÚBLICOS: Si algo caracterizó a la política económica del peronismo en su etapa inicial esto fue la nacionalización de los servicios públicos. Discutida y atacada duramente por la oposición, esa política sin embargo fue llevada adelante con una firme decisión.

Con el correr de los años, lo que más se le ha criticado al peronismo han sido los resultados concretos de esa nacionalización de servicios públicos, pues éstos incrementaron los gastos del Estado en forma desproporcionada y deterioraron en casi todos los casos la calidad de las prestaciones. Pero en el momento de ponerse en marcha aquella política lo que más se discutía era la forma en que se hacían las negociaciones con las compañías extranjeras, a las que se concedió un tratamiento que irritaba a los opositores, porque se pagaban indemnizaciones consideradas excesivas.

Presidente Juan Domingo Perón

La flota mercante

En agosto de 1941 el gobierno de Ramón S. Castillo resolvió comprar los 16 barcos italianos bloqueados en puertos argentinos por los aliados y creó así la Flota Mercante del Estado. Se trataba de buques obsoletos, pero que en ese momento representaban 136 mil toneladas de porte bruto que servirían para movilizar el comercio exterior. Perón decidió en 1946 modernizar aquella flota y encargó a Génova la construcción de tres motonaves para cubrir la línea de carga y pasaje con el puerto de Nueva York. Esos buques fueron bautizados con los nombres de “Río de la Plata”, “Río Jachal” y “Río Tunuyán”.

Pero su principal operación para ampliar la flota consistió en adquirir los barcos de la Compañía Argentina de Navegación Dodero S.A. Los orígenes de esa empresa se remontaban a 1897, cuando un inmigrante yugoslavo, Nicolás Milianovich, inició sus actividades como botero durante el aprovisionamiento de las tropas que peleaban en la guerra con el Paraguay. Cuando Mihanovich acumulé dinero suficiente para comprar los primeros remolcadores y balleneros, admitió el ingreso de capitalistas ingleses y amplié su negocio. En 1931 contaba con 324 unidades y en noviembre de 1942 vendió todos sus barcos a los hermanos Alberto, Nicolás y José Dodero. Estos, a su vez, incorporaron 25 buques de ultramar que los Estados Unidos vendían a bajo precio al término de la guerra y que se habían producido en serie durante las operaciones bélicas en el Pacífico. Los Dodero reorganizaron su negocio y crearon dos empresas: Río de la Plata 5. A. de Navegación de Ultramar y Compañía de Navegación Fluvial S. A. En realidad, la primera de ellas se estructuró como un holding, teniendo en su poder las acciones de las otras dos.

Barco de la flota peronista

«Barco Presidente Perón» un barco suntuoso moderno de la flota mercante durante el gobierno de Juan perón

Las primeras negociaciones de Alberto Dodero con el gobierno peronista dan cuenta de una ayuda oficial para enjugar el déficit de su empresa (que se estimaba en 200 mil pesos diarios) y que consistió en obtener el monopolio del transporte de 30 mil inmigrantes, a razón de 600 pesos cada uno. Pero eso no alcanzó para restaurar la situación financiera y Dodero se decidió a poner en venta su empresa naviera. El primer interesado fue el gobierno y la operación se consumó en mayo de 1949 mediante un decreto que declaro “servicios públicos, esenciales a la independencia económica nacional, los prestados por la Compañía Dodero”. El IAPI quedó facultado para formalizar la compra de las acciones por un total de 164 millones de pesos, aunque el costo de la operación se estimé en 100 millones más, debitados en el pasivo de la empresa.

La oposición parlamentaria aprovechó para formular un pedido de informes, que presentó el diputado Silvano Santander a principios de junio. Más de 20 horas deliberaron los legisladores en el recinto, con la presencia de los ministros Cereijo, Paz, Gómez Morales, Ares y Castro. El peso de la defensa recayó en Cereijo, quien se enorgulleció “por estar vinculado a esta limpia operación que cumple una nueva etapa en la obtención progresiva de los servicios públicos en manos del Estado”. Las interrupciones de Santander reclamando cifras al ministro fueron interceptadas por José Emilio Visca: “j,No prefiere que le traigamos la Gula Kraft, señor diputado? “. Abarrotado de expedientes, Cereijo comenzó a detallar el inventario del edificio de Corrientes y Reconquista y con ironía abundé en explicaciones sobre. el reloj de su cúspide y la amplia capacidad de los ascensores.

— ¡Queremos saber cuAnto mide la cabeza del ascensorista! —troné fastidiado Atilio Cattáneo.

—Esta payasada es un insulto a la Cámara —reproché Oscar López Serrot, también radical.

—Lá minoría pidió la interpelación, y no me va a enseñar cómo debo contestarla —se defendió Cereijo.

—Termine de una vez, que a usted ya no lo aguantan ni en Rácing —le espeté Luis Dellepiane.

Tras dos cuartos intermedios, uno pedido por Visca “para que descanse el orador” y otro por Dellepiane “para que descanse el auditorio”, la Cámara escuché a Santander: “El gobierno ha sido complaciente y generoso con el holding Dodero, cuyos integrantes son también directores de la CADE. El país ha comprado una empresa en bancarrota”. La operación se aprobó lo mismo y, mientras se levantaba la sesión, un diputado gritó desde su banca: “El informe del ministro ha sido el del sindico de un quebranto”. El grupo Dodero quedé en manos del IAPI hasta que pasé al Ministerio de Transportes, en 1951, y de la fusión de la Compañía Argentina de Navegación Dodero y Río de la Plata 5. A. surgió la empresa estatal Flota Argentina de Navegación de Ultramar (FANU). Sobre la base de la Compañía de Navegación Fluvial S. A. se creó la Flota Argentina de Navegación Fluvial.

La prensa clandestina denunció que Alberto Dodero “gestionó la compra de su flota halagando a la pareja presidencial” y que Dodero había costeado primero el viaje de Evita a Europa, en junio de 1947, y luego de la operación le obsequió su residencia de Gelly y Obes 2287, un paraíso arquitectónico de 8 pisos con una piscina aérea bordeada de jardines. Así lo denunciaron el semanario socialista La Vanguardia (30-XI-48) y el boletín radical Orcora (1-1 1-50).

Pero esos dardos no inmutaron a los altos funcionarios, que estaban dispuestos a organizar el transporte marítimo y fluvial. “La flota argentina llegó a un millón 200 mil toneladas de desplazamiento —dice Maggi, quien en 1951 sucedió a Castro en el Ministerio de Transportes— y creamos la flota de empuje, con remolcadores norteamericanos, iguales a los que se usan en el Misisipí, que pueden movilizar un tren de doce barcazas cada uno. La importancia de nuestra flota se comprobó cuando logramos copar el comercio con Brasil: más del 75 por ciento de ese comercio costero se hacía con barcos argentinos.” Argentina había adquirido en Gran Bretaña tres buques de carga, por medio del IAPI, a los que bautizó “Presidente Perón”, “Eva Perón” y “17 de Octubre”.

Holanda construyó para la Compañía Dodero (que siguió funcionando como empresa privada, aunque sus acciones pertenecían al Estado) tres barcos de pasajeros, a los que se resolvió denominar “Yapeyú”, “Maipú” y “San Lorenzo”. Este último debió llamarse, en cambio, “Alberto Dodero”. La muerte del empresario, quien había manifestado públicamente su “amistad y lealtad a Perón”, obligó a cambiar el nombre de aquel barco antes de botarlo.

17 de Octubre de 1945: Día de la Lealtad Peronista

Fuente Consultada: La Primera Presidencia de Perón – Biblioteca Política Argentina

Política Energetica en el Gobierno de Peron Carbon de Rio Turbio

Política Energetica en el Gobierno de Perón

NACIONALIZACIÓN DE LOS SERVICIOS PÚBLICOS: Si algo caracterizó a la política económica del peronismo en su etapa inicial esto fue la nacionalización de los servicios públicos. Discutida y atacada duramente por la oposición, esa política sin embargo fue llevada adelante con una firme decisión.

Con el correr de los años, lo que más se le ha criticado al peronismo han sido los resultados concretos de esa nacionalización de servicios públicos, pues éstos incrementaron los gastos del Estado en forma desproporcionada y deterioraron en casi todos los casos la calidad de las prestaciones. Pero en el momento de ponerse en marcha aquella política lo que más se discutía era la forma en que se hacían las negociaciones con las compañías extranjeras, a las que se concedió un tratamiento que irritaba a los opositores, porque se pagaban indemnizaciones consideradas excesivas.

Juan perón

La Política energética del Gobierno de Juan Perón

Toda esa política de nacionalización de servicios públicos excluyó a la única empresa en situación próspera, la CADE, cuyos intereses fueron respetados. Perón había entrado en negociaciones con la CADE en 1944, cuando esta empresa la encomendé “persuadir al Presidente Farrell para que desistiera de nacionalizar los servicios eléctricos”. (Farrell quería celebrar el primer aniversario del golpe militar de 1943 firmando un decreto que resolvía “recuperar para el Estado los bienes mal habidos por la CADE”.)

Después se supo que Perón había pactado con el gerente general de la CADE —quien vivía en el mismo edificio que él, en Posadas 1567, unos pisos más arriba— el apoyo económico para su campaña electoral, a cambio del secuestro de los originales del famoso Informe Rodríguez Conde (en el que se documentaban los sobornos de la empresa para obtener en 1936 la prórroga de las concesiones eléctricas de parte del Concejo Deliberante). El Informe no fue publicado hasta después del derrocamiento de Perón, en 1956, y la CADE desarrollé su actividad sin problemas hasta esa fecha.

Manteniendo intacta la explotación privada del servicio eléctrico, el gobierno peronista prefirió, en cambio, lanzarse a una movilización de fuentes naturales de energía, que hasta ese momento permanecían desaprovechadas.

Desde el primero de enero de 1946 había quedado estructurado el mecanismo de la Dirección Nacional de Energía, dando nacimiento a cuatro entidades: Gas del Estado, Combustibles Sólidos y Minerales; Centrales Eléctricas del Estado y Combustibles Vegetales y Derivados. Cada una ostentaba una dirección general, similar a la de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (de donde se habían desprendido las dos primeras), y todas, incluyendo a esta última, pasaron a depender del ente central creado a fines de octubre de 1943, a los cinco meses del estallido militar.

Aquella Dirección Nacional de Energía había sido confiada al coronel Bartolomé Descalzo, quien retuvo el cargo al asumir Perón y confirmó en sus puestos a los ingenieros Julio V. Canessa (en Gas del Estado) y Juan Eugenio Maggi (en Centrales Eléctricas). Mientras Canessa libraba su batalla para construir el gasoducto Comodoro Rivadavia-Buenos Aires, Maggi emprendía el estudio de un vasto plan de realizaciones para incorporarlas al programa de gobierno que José Figuerola preparaba desde su Secretaría de Asuntos Técnicos. Maggi, que había sido inspector general de explotación técnica en la Comisión del Control del Transporte hasta el 4 de junio de 1943, fue nombrado luego ministro de Obras Públicas y Riego, en Mendoza.

“Es falso que hayamos asaltado los cargos, como se dijo. Yo ocupaba un puesto de alta jerarquía antes del 43 y ganaba tanto como un ministro: 1.200 pesos por mes”, explicó al autor de este trabajo. Pero su adhesión al peronismo tenía otra explicación: “En mi casa siempre se habló de política; yo fui afiliado radical desde 1920 y me incorporé a FORJA porque soy nacionalista. En un congreso de ingenieros efectuado en Córdoba, en 1942, con varios colegas logramos que se aprobaran algunas ponencias sobre nacionalización de servicios públicos y fomento de la industria siderúrgica. Estábamos hartos de seguir atados a un imperialismo decadente como el inglés”.

Diques y usinas nuevos

Centrales Eléctricas del Estado sería fusionada al poco tiempo, en 1947, con la Dirección General de Irrigación para dar nacimiento a la empresa autárquica Agua y Energía Eléctrica. Maggi ocupó el cargo de director general y comenzó a ejecutar los proyectos aprobados en el Plan Quinquenal. “Hubo que improvisar todo porque no había antecedentes técnicos. Cuando me hice cargo de Centrales Eléctricas —dijo— estábamos en cero. Una vez planificadas las obras empezamos a trabajar. Las provincias habían expropiado, entre 1944 y 1945, las usinas térmicas del grupo ANSEC y una central hidroeléctrica en Tucumán.

Esa provincia, Entre Ríos, Santa Fe y Jujuy hicieron convenios con la Nación, traspasándole los servicios expropiados. Agua y Energía los tomó a su cargo y los amplió; también expropió los servicios eléctricos del grupo SUDAM (en Santa Fe, Buenos Aires y Santiago del Estero) y comenzó a funcionar en Córdoba y Corrientes.” La primera meta consistía en terminar dos obras iniciadas durante el período revolucionario: los diques Escaba (en Tucumán) y Nihuil (en Mendoza), con sus centrales hidroeléctricas. Simultáneamente se terminó también el dique Los Quiroga (en Santiago del Estero) y se inició la construcción de centrales hidroeléctricas en todo el país. Esa extensa nómina incluye 6 diques con usinas en Córdoba; otros 6 en Catamarca; 4 en Río Negro y 3 en Mendoza. Las obras de mayor trascendencia fueron los diques Florentino Ameghino, en Chubut; Las Pirquitas, en Catamarca; Los Molinos, en Córdoba y La Florida, en San Luis.

“Para dar una idea del impulso iniciado —dijo Maggi— conviene establecer que en 1943 teníamos una potencia instalada en centrales hidroeléctricas de 45 mil kilovatios y ahora Agua y Energía tiene siete veces más: 350 mil kilovatios. A esto debe agregarse una cartera de estudios y proyectos por valor de 6 millones de kilovatios.”

Las continuas fricciones con el gobierno uruguayo postergaron la construcción de las obras hidroeléctricas de Salto Grande, a pesar de que el convenio entre ambos países fue aprobado el 2 de junio de 1948, sobre la base de un acuerdo similar entre los Estados Unidos y Canadá para el aprovechamiento del río San Lorenzo.

Ello impidió contar con una potencia de 840 mil kilovatios para repartir entre ambas márgenes del río Uruguay. El diputado peronista Joaquín Díaz de Vivar acusó, en agosto de 1949, al canciller uruguayo Eduardo Rodríguez Larreta de ser “la punta de lanza del imperialismo norteamericano para detener la obra”. La prensa oriental respondió acusando de imperialista al gobierno de Perón.

Además de realizarse ampliaciones en las centrales termoeléctricas existentes, el Plan Quinquenal sembró usinas térmicas en Mar del Plata, Mendoza, Río Negro, Tucumán y Entre Ríos. Algunas modificaciones en la serie de obras proyectadas obligaron a eliminar la instalación de una usina en San Luis, a cambio de otras prioridades más urgentes como la construcción de centrales térmicas en San Juan, Córdoba y Corrientes. La usina Calchines, de Santa Fe, fue ampliada; y el proyecto de construir una gran usina en Rosario se sustituyó por la supercentral de San Nicolás, iniciada con la vigencia del primer plan e inaugurada en el segundo.

Carbón en Río Turbio

Otro de los proyectos previstos en el plan energético era la explotación del yacimiento carbonífero de Río Turbio. “Una necesidad impostergable —según Maggi—, porque significaba modificar la vieja mentalidad. Los mismos capitales ingleses que explotaban las fuentes de energía nos vendían también el carbón para hacerlas funcionar. Para hacer andar aquí sus ferrocarriles importaban su propio carbón. Un negocio redondo que ellos justificaban con el falso argumento del bajo costo: tomaban como base el precio inferior que se había pagado (20 pesos la tonelada) en lugar de considerar el promedio entre 1910 y 1945 (que era de 38 pesos).”

Durante los años de la guerra YPF se interesó por ese yacimiento, que había sido descubierto en 1887 por el marino argentino Agustín del Castillo y visitado en 1892 por el naturalista Alcides Mercerat y en 1921 por el geólogo Anselmo Windhausen, quienes habían aconsejado su explotación. Recién a principios de 1943 un departamento especialmente creado en YPF comenzó a explorar la zona enviando comisiones que vivían precariamente en carpas. Hasta que en 1946, con la creación de la Dirección General de Combustibles Sólidos y Minerales, los campamentos se fueron convirtiendo en confortables viviendas. “Una vez establecida la capacidad productiva del yacimiento, a mediados de 1947 se comenzó la explotación —recuerda Maggi, a quien en 1948 se confirió la vicepresidencia de la Dirección Nacional de Energía—; y hubo que hacer caminos, puentes, instalar usinas, edificar viviendas y traer maquinarias. Realmente era hacer patria fundar una población argentina en ese lugar, donde los chilenos se sienten dueños de todo.”

Precisamente la instalación de maquinarias movió al gobierno chileno a sugerir que el carbón extraído fuera llevado hasta Puerto Natales, la salida al mar más próxima al yacimiento, y transportado en barcos chilenos por los fiordos que desembocan en el estrecho de Magallanes. Pero los técnicos argentinos preferían tender líneas férreas en su territorio, para unir Río Turbio con uno de los puertos nacionales. El más apropiado resultaba el de Santa Cruz, pero la zona montañosa impediría ir cargado al ferrocarril, y entonces se decidieron por el puerto de Río Gallegos, más precario, aunque con una significativa ventaja: el trayecto, paralelo al río Turbio, era una suave pendiente. De ese modo se evitó que Chile tuviera en sus manos la puerta de salida del carbón argentino e intentara presionar con su cierre en alguna disputa fronteriza.

“Encaramos el gran déficit energético que impedía desarrollar las industrias con una gran ofensiva. Llegamos a ubicar 100 millones de metros cúbicos de carbón en Río Turbio y comenzamos a explotarlos. Además, logramos reducir la importación de carbón de hulla para

producir gas porque aprovechamos el gas natural de los pozos petrolíferos, que llegó a Buenos Aires en el nuevo gasoducto”, explicaría después Rolando V. Lagomarsino, que ocupaba la Secretaría de Industria y Comercio. Los barcos extranjeros que venían cargados de carbón y regresaban con trigo argentino comenzaron a traer otra clase de productos: maquinarias. Uno de los pioneros que integró las comisiones exploradoras en 1943, el ingeniero Luis Calliari, refiere su primera entrevista con el gobernador de Santa Cruz, capitán de corbeta Juan M. Gregores, en estos términos: “Me presenté para darle cuenta de la tarea encomendada y no titubeó en anticiparme la capacidad productiva de nuestras cuencas carboníferas. Fue el más entusiasta, en una época de derrotistas, escépticos e intereses creados”, escribió en El Yacimiento Presidente Perón en la cuenca carbonífera de Río Turbio (ENDE, Buenos Aires, 1952).

El trabajo manual a pico y pala fue paulatinamente sustituido por maquinarias adquiridas en Gran Bretaña (500 mil libras esterlinas) y en los Estados Unidos (200 mil dólares). “Compresores eléctricos, martillos picadores y perforadores, cortadoras de carbón y transportadoras accionadas con aire comprimido, cargadoras mecánicas, cintas transportadoras, locomotoras diesel y vagonetas modernas para dos toneladas cada una, fueron provocando la remoción del viejo sistema”, señala Calliari.

Nuevos buques petroleros

Los proyectos de explotación petrolera incluyeron una prioridad insalvable: renovar la flota de buques-tanques. Las nuevas autoridades de YPF adquirieron en Suecia un barco de 17 mil toneladas de porte bruto en 1946 (se considera porte bruto a la capacidad de carga, más la de combustibles, provisiones y el peso de la tripulación) y otro en los Estados Unidos de 4 mil, en 1947; pero al año siguiente recibieron de este último país cuatro unidades más, por un total de 26 mil toneladas. A medida que se iban entregando a la empresa estatal los buques encargados la flota petrolera ensanchaba su capacidad de transporte y a los 3 barcos recibidos de Holanda y Suecia en 1950, siguieron 6 más (tres ingleses, dos suecos y uno holandés) en 1951 y otros 3 al año siguiente (uno británico, otro holandés y el último danés). Cuando expiró el primer periodo presidencial YPF había incorporado a su flota 18 barcos extranjeros con un porte bruto total de 234 mil toneladas. También se había construido un buque-tanque argentino, el “Figueroa Alcorta”.

“Había dos grandes dificultades —memora Lagomarsino—: no producíamos petróleo en cantidad suficiente y faltaban maquinarias y elementos de perforación. Rápidamente se decidió impulsar a YPF y comprar ese material donde fuera, porque los norteamericanos se negaban a vendemos torres de perforación.” El ingeniero Maggi señala que los resultados más significativos fueron los cateos: “Por encima de la nueva flota, las maquinarias y la producción, lo más importante fueron las exploraciones del suelo. Cuando Perón llegó al gobierno se conocía una reserva de 40 millones de metros cúbicos de petróleo. Los nuevos yacimientos elevaron esa cifra a 300 millones. Se descubrió petróleo en Neuquén, Como doro Rivadavia (flancos sur y norte), Salta (Campo Durán y Madrejones), Tierra del Fuego y Mendoza.” Uno de los responsables de esa tarea, el ingeniero Julio y. Canessa (dos veces presidente de YPF, en 1947 y de 1949 hasta 1952), explicó que “la escasez de petróleo sufrida por la Argentina durante la Segunda Guerra Mundial no fue por falta de ese combustible en el mundo, sino porque se carecía de buques-tanques para traerlo”.

Según sus cálculos, “la capacidad de elaboración argentina, con la puesta en marcha de la destilería de La Plata, se elevó a 10 millones de metros cúbicos anuales”. También se iniciaron en aquellos años los primeros estudios glaciológicos, para determinar la cantidad de nieve, establecer el regadío y poder regularlo. Para ello vino un técnico suizo, experto en la materia. Aunque la peor parte ya había sido cumplida: fue el sacrificio anónimo del ingeniero argentino Dagoberto Sardina, que quedó aislado en la nieve y fue muerto por un alud, en sus tareas de exploración.

Empresas nacionales de energía

En agosto de 1950 el gobierno decidió crear un ente estatal que agrupara a las cinco  empresas energéticas. Se lo denominó ENDE (Empresas Nacionales de Energía) y las direcciones generales de Gas del Estado, YPF, Combustibles Sólidos Minerales, Combutibles Vegetales y Derivados, y Agua y Energía Eléctrica se llamaron, en lo sucesivo, administraciones. Fueron suprimidos los directorios de cada uno de ellas y se los sustituyó por un gerente general. “Mantuvieron la autarquía para explotar los servicios a su cargo, pero la construcción de nuevas obras quedó reservada a la decisión de ENDE. Esta se habla constituido con un directorio con representación obrera, y el modelo de organización se calcó de DINIE (Dirección Nacional de Industrias del Estado), cuyo funcionamiento había dado buenos resultados al administrar 32 empresas incautadas a la propiedad enemiga”, explicó José Constantino Barro, quien fuera presidente del nuevo organismo en su calidad de ministro de Industria y Comercio, desde abril de 1948. El coronel Bartolomé Descalzo quedó al frente de la Dirección Nacional de Energía, ente que siguió administrando el Fondo Nacional de la Energía, de donde se obtenía el dinero para invertir en esas obras.

Barro, que había sucedido a Lagomarsino (primero como secretario interino, en agosto de 1947, y luego como ministro), fue el encargado de continuar con una política energética destinada a empujar el desarrollo industrial, de acuerdo con las directivas dadas por el propio Perón en sus discursos: “Para poder industrializar tengo que dar energía barata, porque con energía a 45 centavos el kiowatt no se puede hacer mucha industria a buen precio. Mientras no tengamos la energía hidroeléctrica, por la que estamos trabajando sin descanso, para suplir con ella a la termoeléctrica, no hay solución económica posible. Tengo que dar también transportes baratos, para que los productores e industriales puedan exportar en las mejores condiciones económicas en los mercados internacionales”. Así se expresó el Presidente en un discurso pronunciado a principios de 1949.

17 de Octubre de 1945: Día de la Lealtad Peronista

Fuente Consultada: La Primera Presidencia de Perón – Biblioteca Política Argentina

Los Transporte Ferrocarriles en el gobierno peronista Peron y Evita

Los Transporte Ferrocarriles en el Gobierno de Perón

NACIONALIZACIÓN DE LOS SERVICIOS PÚBLICOS: Si algo caracterizó a la política económica del peronismo en su etapa inicial esto fue la nacionalización de los servicios públicos. Discutida y atacada duramente por la oposición, esa política sin embargo fue llevada adelante con una firme decisión.

Con el correr de los años, lo que más se le ha criticado al peronismo han sido los resultados concretos de esa nacionalización de servicios públicos, pues éstos incrementaron los gastos del Estado en forma desproporcionada y deterioraron en casi todos los casos la calidad de las prestaciones. Pero en el momento de ponerse en marcha aquella política lo que más se discutía era la forma en que se hacían las negociaciones con las compañías extranjeras, a las que se concedió un tratamiento que irritaba a los opositores, porque se pagaban indemnizaciones consideradas excesivas.

La Corporación de Transportes

Una abrumadora sesión de la Cámara de Diputados sancionó, en 1936, la Ley 12.311, creando la Corporación de Transportes. El proyecto se originó en Londres tres años antes, durante la concreción del pacto Roca-Runciman, y fue redactado por las compañías británicas Anglo-Argentina Ltda. y Lacroze de Buenos Aires, la primera de ellas filial del grupo internacional SOFINA. (La memoria y balance del Anglo, publicada en Bruselas, revela que el Vicepresidente argentino Julio A. Roca (h.) aceptó el proyecto de esas compañías, que buscaban monopolizar el transporte para salvar su crisis financiera.) La votación se prolongó hasta que el diputado José Arce, uno de los patrocinantes del proyecto, pudiera volar apresuradamente desde Santiago de Chile para formar quorum.

Esa ley obligaba a 52 empresas de 4ransporte a depender de la Corporación, cosa que solo aceptaron las 12 inglesas. La idea, según se dijo, era “salvar al riel de la competencia de ómnibus y colectivos, con una buena coordinación centralizada”. Se sabía que las empresas tranviarias (de capitales ingleses) sufrían cuantiosas pérdidas, entre ellas la Anglo-Argentina, Lacroze y Chadopyf. Al resistirse las otras cuarenta compañías (en su mayoría de capitales nacionales y explotadores de servicios por automotor) el Estado les inició juicio.

En 1942, al sentarse en la Cámara de Diputados, Iñigo Carrera fue elegido secretario de la Comisión Investigadora de la Corporación de Transportes y descubrió los entretelones de un decreto aprobando un préstamo de cuarenta millones de pesos, por parte de un grupo financiero a la Corporación, “para expropiar ómnibus y colectivos”. Se trataba de una maniobra de la CADE, que invertía así sus ganancias obtenidas con la discutida prórroga de concesiones en 1943. “Fue inútil que exigiéramos al ministro del Interior, Miguel 3. Culacciati, el informe técnico para aprobar ese préstamo —recordaría Iñigo Carrera—; se declaró en fuga ante mi interpelación, el 3 de junio de 1943. Al día siguiente un golpe militar lo barrió del ministerio. Claro que también acabó con la investigación iniciada.”

ferrocarriles argentinos

En agosto de 1944 una disposición judicial puso la administración de la Corporación en manos del Ministerio del Interior, pues las continuas subvenciones estatales para enjugar el déficit habían convertido al gobierno en el mayor accionista de esa empresa mixta, y se nombró un fideicomisario: Teodoro Sénchez de Bustamante. La mayor afluencia de pasajeros de Buenos Aires y la escasez de neumáticos debida a la guerra determinaron dos sucedáneos de corta duración: los tranvías sin asientos y los colectivos sobre rieles. En enero de 1946 el juez federal Belisario Gache Pirán falló a favor del Estado un juicio de expropiación contra la línea de colectivos y sentó jurisprudencia en la materia. (Perón lo haría después su ministro de Justicia.)

 Una vez en la presidencia Perón enfrentaba el primer gran problema de su flamante gobierno: la crisis del transporte urbano. En la rotonda de las avenidas de Mayo y 9 de Julio se estacionaron 200 colectivos y 106 ómnibus embanderados y con neumáticos nuevos. “Estas unidades entran hoy en circulación y dentro de pocos días habrá 200 más”, explicó el Presidente. En diciembre de 1947 Perón anunció que la compañía norteamericana Mack vendería a la Corporación 600 ómnibus modernos y que en poco tiempo más se agregarían 1.200 colectivos y 130 trolebuses.

También en esa época se sustituyó al fideicomisario Sánchez de Bustamante por José F. Domínguez. Pero nada pudo impedir que a fin del mismo año la Corporación acumulara un déficit de 260 millones de pesos. Transcurridos cuatro meses se creó la Comisión Coordinadora del Transporte y en junio de 1948 la Secretaría de Transportes. Pero las pérdidas aumentaban y en setiembre el Congreso resolvió liquidar la Corporación. Tres nuevos fideicomisarios se hicieron cargo de los bienes (José Riú, Ernesto Villarroel Puch e Italo F. Maberino), pero la empresa se siguió administrando sin el menor contralor por parte de los accionistas, pues se había suspendido el directorio, y las asambleas ordinarias sólo se reunían para conocer el balance y la memoria presentada por los fideicomisarios.

El secretario de transportes, coronel Juan Francisco Castro, se convirtió en ministro de esa misma cartera al reformarse la Constitución Nacional, en 1949. Un año después Perón escuchó su propuesta en el gabinete “para privatizar algunas lineas” y puso en marcha ese plan a partir de 1951, pero con mucha reticencia, debido a la tenaz oposición de la Unión Tranviarios Automotor. Castro comenzó a ser jaqueado en su gestión, y luego revelaría que “fue una lucha sórdida, subterránea, llevada adelante por los ministros Cereijo, Gómez Morales y Mendé, lo que perfiló mi antagonismo total con una política que nos llevaba a la confusión y la bancarrota”. En noviembre de 1951 Castro renunció.

Durante su mandato la Corporación pasó a depender del Ministerio de Transportes, en un acto público celebrado en setiembre de 1949, durante el cual el ministro Angel Borlenghi admitió que debían adoptarse “urgentes medidas para reducir un déficit mensual de 30 millones de pesos”. En abril de 1951 se anunciaron negociaciones con Gran Bretaña para adquirir todas las compañías inglesas de transportes; nuevamente se cambiaron los fideicomisarios (designóse a Alfredo Eguzquiza, Godofredo Rossi y Enzo Baetti) y se abrió la licitación con un único ofertante: el Gobierno, que esgrimió 410 millones de pesos.

Peron nacionaliza los ferrocarriles

En ese momento la Corporación tenía un pasivo de 1.835 millones de pesos, adeudados al Estado y al sistema bancario oficial, y de 169 millones más a terceros. A fines de ese mismo año se acordaron 500 millones de pesos en créditos para enjugar el déficit, tres días antes de formalizar la compra definitiva. A partir del primero de enero de 1952 la Corporación dejó de existir y se creó una nueva empresa: Transportes de Buenos Aires, cuyo administrador general fue el ingeniero Godofredo Rossi. Un mes más tarde, Eguzquiza, en su calidad de fideicomisario, iniciaba la liquidación judicial y la quiebra de la Corporación. Para esa fecha, las tarifas habían aumentado: el boleto tranviario a 30 centavos, el subterráneo a 40 y el troley a 50.

Quienes analizaron la explotación de este servicio entre 1945 y 1954 arribaron a estas conclusiones:

1)      El crecimiento de los gastos de explotación fue inusitado: de 155 millones de pesos en 1945 se llegó a mil millones en 1952.

2)      A pesar de que no hubo variaciones en el kilometraje recorrido, de haberse retirado unidades de circulación y de unificarse en algunos casos las funciones de conductor y cobrador, el personal ascendió de 32 mil personas a 51 mil.

3)      El déficit soportado en dicho período llegó a incrementarse en un 5 mil por ciento. En 1945 fue de 18 millones de pesos, y en 1952 de 470 millones.

17 de Octubre de 1945: Día de la Lealtad Peronista

Fuente Consultada: La Primera Presidencia de Perón – Biblioteca Política Argentina

LOS TELEFONOS Nacionalizacion de los Servicios Publicos Peron Juan

LOS TELEFONOS Nacionalización de los Servicios con Perón

NACIONALIZACIÓN DE LOS SERVICIOS PÚBLICOS: Si algo caracterizó a la política económica del peronismo en su etapa inicial esto fue la nacionalización de los servicios públicos. Discutida y atacada duramente por la oposición, esa política sin embargo fue llevada adelante con una firme decisión.

Con el correr de los años, lo que más se le ha criticado al peronismo han sido los resultados concretos de esa nacionalización de servicios públicos, pues éstos incrementaron los gastos del Estado en forma desproporcionada y deterioraron en casi todos los casos la calidad de las prestaciones. Pero en el momento de ponerse en marcha aquella política lo que más se discutía era la forma en que se hacían las negociaciones con las compañías extranjeras, a las que se concedió un tratamiento que irritaba a los opositores, porque se pagaban indemnizaciones consideradas excesivas.

La compra de los teléfonos

En una ceremonia efectuada en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno, el 3 de setiembre de 1946, la empresaUnited River Piate Telephone Company Limited pasó a poder del Estado por la suma de 319 millones de pesos (95 millones de dólares). Los argentinos conocían a esa empresa con otro nombre más familiar: Unión Telefónica. Pocos reparaban en su verdadero origen extranjero hasta que Perón se encargó de difundirlo para promover la nacionalización.

logo de entel

La Empresa Nacional de Telecomunicaciones (ENTel) fue una empresa pública argentina creada originalmente en 1948
por el gobierno de Juan Domingo Perón.

El trust que explotaba esos servicios a través de la Unión Telefónica era laInternational Telegraph and Telephone (ITT), cuyo presidente y vice asistieron especialmente invitados al acto de transferencia. Se trataba del coronel norteamericano Sosthenes Behn y del doctor. Henry A. Arnold, quienes recibieron de manos de Perón dos obsequios: una réplica del sable corvo de San Martín y el monopolio de una concesión para proveer asistencia técnica y todo el material telefónico a la compañía nacionalizada, durante diez años.

El término Trust (voz inglesa: «confianza») se refiere, dentro del ámbito económico, a una concentración de empresas bajo una misma dirección. El control legal de las sociedades constituyentes se confería a la junta de administradores, cambiándose las acciones de las compañías por los certificados del trust. Es la unión de empresas distintas bajo una misma dirección central con la finalidad de ejercer un control de las ventas y la comercialización de los productos.

A los dos días el Senado escuchó al ministro de Hacienda, Ramón A. Cereijo, dar una explicación contable sobre el precio pagado por el gobierno a la ITT: “La Unión Telefónica tenía un activo de 483 millones de pesos y un pasivo de 164. Por eso pagamos solo la diferencia: 319 millones”. Pero esos argumentos resultaron demasiado ingenuos para los diputados radicales, quienes reclamaron la concurrencia de Cereijo a la sesión del 8 de setiembre, que debía tratar la ley de nacionalización de los teléfonos.

Antes de considerar el problema, el diputado Ricardo Balbín protestó “porque cien mil jubilados esperan ansiosos (dos mil están ahora en las escalinatas del Congreso) una solución a sus problemas, mientras se da preferencia a un mal acto de gobierno en perjuicio de la economía del país”. Por 98 votos contra 44 fue aprobada la ley y el diputado peronista Hernán 5. Fernández fundamentó el despacho de la mayoría, que aconsejaba sancionar el proyecto enviado por el Senado. Se trataba de aprobar la compra de la empresa y los contratos de provisión de materiales y asesoramiento técnico, concedidos a la firma Stándard Electric, filial de la ITL Los radicales reclamaron airadamente la presencia de Borlenghi y Cereijo, pero la presidencia de la Cámara informó:

—El señor ministro Borlenghi no podrá concurrir porque está muy enfermo.
— Está enfermo de crisis! —tronó Balbín.

Media hora después Cereijo llegó al recinto y defendió acaloradamente la operación, con los mismos argumentos que expusiera en el Senado tres días antes. El diputado Arturo Frondizi criticó “el secreto de las negociaciones”, sostuvo que se pagaba un precio superior al de la valuación y se opuso a la concesión de un nuevo monopolio a la ITT. Propuso, en cambio, la expropiación lisa y llana de la Unión Telefónica y la sanción de una ley orgánica para esos servicios.

Pero la ley quedó promulgada y el 31 de diciembre de 1946 asumían sus funciones las autoridades de la flamante Empresa Mixta Telefónica Argentina (EMTA), en el edilicio de Defensa 143. La ceremonia sirvió para que se aclararan algunos conceptos. “¿Qué se busca con la formación de las sociedades mixtas? En primer lugar, obtener la argentinización (fíjense bien que digo argentinización y no nacionalización) de las grandes compañías de servicios públicos de capitales foráneos”, explicó en su discurso el vicepresidente del IAPI, Carlos Devries, a quien Miguel Miranda comisionó para que hablara en su nombre porque un accidente lo tenía postrado en cama. El subsecretario de Industria y Comercio, Ildefonso Cavagna Martínez, y el gerente general del Banco Central, Orlando Maroglio, presidieron el acto en que fueron puestos en sus cargos el presidente de EMTA, doctor Alberto R. Fretes, y los directores, Luis Francisco Gay y Arturo Sáiz. Ese mismo día el juez federal Juan César Romero Ibarra dictaba prisión preventiva para el doctor José María Cullen, acusado de desacato por sus artículos en Argentina Libre y Tribuna, y para el columnista Mario Sciocco, redactor de La Vanguardia y responsable de una sección denominada “La bolsa negra”. Ambos acusaban al gobierno de “sucios negociados”.

Un alIo después, en 1948, Nicolás Repetto analizaba minuciosamente aquella compra en su nuevo libro El socialismo y el Estado. “En reemplazo de un permiso precario surgen dos contratos con ganancias seguras para el capital privado. El permiso precario no nos ataba y caducaba sin otra compensación que la correspondiente al activo real. Los contratos, en cambio, crean obligaciones por diez años, aparte de pagar a la empresa una suma muy superior a la que corresponde por su activo. El móvil natural de la nacionalización, prestar el servicio por el costo, se quebranta por privilegio concedido a un ex propietario que sigue siendo socio, en virtud de su asesoramiento, como si la experiencia técnica telefónica rayase en su condición de secreto a la altura de la bomba atómica”, escribió el anciano dirigente.

Otro socialista, Héctor Iñigo Carrera, se ocupó de puntualizar escrupulosamente los continuos aumentos de tarifas, las que se incrementaron en un 400-por ciento en solo cuatro años (hubo aumentos en febrero y julio de 1949; en abril de 1951 y en febrero de 1952), y de documentar el fracaso de la empresa mixta. “EMTA se organizó con una duración prevista de cincuenta años y las ocho primeras series de acciones serían suscriptas por mitades entre el Estado y los particulares. Pero apenas duró un año y medio, pues los negociados de funcionarios y representantes del Estado, a los que se procesó por delitos en perjuicio de EMTA; la falta de interés popular en suscribir acciones y el déficit de explotación motivaron que en julio de 1948 se decretase la incorporación al Estado de la empresa mixta ante la desafortunada gestión”, explicaría Iñigo Carrera.

El asesoramiento técnico fue rescindido el 15 de mayo de 1952, veinte días antes de que Perón terminara su primera presidencia, y el Gobierno indemnizó a la empresa concesionaria con 3 millones de dólares. Frondizi había advertido en agosto de 1949 que la Standard Electric cotizaba con un recargo del 700 por ciento. “Todo eso configuró un pésimo negocio que se inició con tramitaciones clandestinas, abultamiento de capitales por 200 millones de pesos por parte de la Unión Telefónica y un desvalorizado estancamiento del servicio sin renovar equipos durante la guerra”, concluyó Iñigo Carrera.

17 de Octubre de 1945: Día de la Lealtad Peronista

Fuente Consultada: La Primera Presidencia de Perón – Biblioteca Política Argentina

El Gaseoducto de Cannesa Nacionalizacion de los Servicios

El Gaseoducto de Cannesa y Juan Perón

NACIONALIZACIÓN DE LOS SERVICIOS PÚBLICOS: Si algo caracterizó a la política económica del peronismo en su etapa inicial esto fue la nacionalización de los servicios públicos. Discutida y atacada duramente por la oposición, esa política sin embargo fue llevada adelante con una firme decisión.

Con el correr de los años, lo que más se le ha criticado al peronismo han sido los resultados concretos de esa nacionalización de servicios públicos, pues éstos incrementaron los gastos del Estado en forma desproporcionada y deterioraron en casi todos los casos la calidad de las prestaciones. Pero en el momento de ponerse en marcha aquella política lo que más se discutía era la forma en que se hacían las negociaciones con las compañías extranjeras, a las que se concedió un tratamiento que irritaba a los opositores, porque se pagaban indemnizaciones consideradas excesivas.

Perón y Canesa

El gran gasoducto

La Compañía Primitiva de Gas (de capitales ingleses) había visto vencer su concesión en 1940 con la mayor indiferencia, pues sus directivos confiaban en el presidente Roberto M. Ortiz, que era contrario a las nacionalizaciones. Pero se alarmaron cuando Ramón S. Castillo llegó al poder imprevistamente y con una idea muy distinta. Sin embargo, Castillo nada pudo hacer en esos años porque la Segunda Guerra Mundial impedía adquirir el material necesario (acero, cañerías) que permitiera mejorar el servicio una vez expropiado.

Al producirse el golpe militar de 1943 la situación seguía sin definirse, hasta que algunos técnicos de YPF comenzaron a rondar los despachos oficiales para convencer a las nuevas autoridades de “la necesidad de crear un organismo estatal que reemplazara a la Primitiva de Gas”. Lo consiguieron recién el 5 de marzo de 1945, fecha en que Perón asistió a la toma de posesión por parte de YPF de las viejas instalaciones de la compañía privada. Ese día el coronel fue acompañado durante la recorrida de las instalaciones por el ingeniero Julio V. Canessa, a quien se acababa de designar administrador de los Servicios de Gas de la Capital Federal, organismo que dependía de YPF. La conversación, alternada con explicaciones técnicas, permitió al flamante funcionario abrir una importante puerta. “Cuando necesite algo no dude en venirme, a yerme”, le dijo Perón.

Quince días después Canessa arrastraba a otro alto funcionario de YPF, el ingeniero Teófilo Tabanera, hasta el despacho del ministro de Guerra, en Callao y Viamonte, donde Perón les concedió apenas diez minutos para que concretaran su iniciativa. “Es imprescindible crear un organismo nacional y autónomo para desarrollar y explotar el servicio de gas en todo el país”, dijeron. Perón escuchó atentamente y guardó los planes, prolijamente encarpetados, en un cajón de su escritorio. Canessa y Tabanera echaron una última y desconsoladora mirada al proyecto.

Tres meses después, celebrando la llegada de un nuevo buque petrolero de YPF, Perón se aprestaba a saludar uno por uno a los funcionarios alineados en la dársena. Al encontrarse con Canessa le susurró al oído: “Quédese tranquilo, ingeniero; su proyecto está por salir…“ Canessa sonrió descreídamente y a las 48 horas, cuando imaginaba sepultada aquella iniciativa en un archivo, se enteró por los diarios de un decreto del Poder Ejecutivo creando la Dirección Nacional de Gas del Estado, organismo que entraría a funcionar a partir del primero de enero de 1946.

Ese año, apenas asumió sus funciones presidenciales, Perón descubrió que una de las primeras audiencias solicitadas correspondía al presidente de Gas del Estado, ingeniero Canessa. “Anotalo para dentro de un mes —ordenó a su secretario privado, Juan Duarte—; no hay tanto apuro.” A los treinta días Canessa pudo disponer de una hora y media para explicar a Perón que el objetivo de la nacionalización no terminaba allí:

—Ahora viene lo más difícil; pero hay que hacerlo, general. De lo contrario, todo esto no sirve para nada.

— ¿Y qué es lo que hay que hacer?

—Un gasoducto. Vea, en Comodoro Rivadavia dejamos escapar el gas, y después importamos carbón de hulla para fabricarlo. Tenemos que traer ese gas á Buenos Aires y terminar con el carbón importado.

Perón hizo llamar a su despacho al ministro de Industria y Comercio, Rolando V. Lagomarsino, mientras seguía atentamente las explicaciones de Canessa sobre un gran mapa. La conversación terminó así:

—Está bien; no hace falta que entremos en detalles. Ingeniero: vaya y hágalo. Ahora se lo ordeno. Y usted, Laguito, se ocupará de que a Gas del Estado no le falte nada. Quiero ver ese gasoducto cuanto antes. Canessa revivirá aquella escena con emoción: “¿Se da cuenta?

Vaya y hágalo. Aquella frase me martilló toda la noche. Era la primera vez que un Presidente terminaba así una entrevista de ésas. Yo no podía creerlo”. La euforia se transmitió a los técnicos que acompañaban a Canessa y en seis meses la obra quedó planeada. El 21 de febrero de 1947 Perón fue a la localidad bonaerense de Llavallol para soldar el primer caño del gasoducto, pero una lluvia torrencial lo obligó a cambiar de vehículo. Dejó el coche presidencial y a bordo de un jeep atfavesó dificultosamente los pantanos para llegar al lugar de la ceremonia con los pies envueltos en el barro y un perramus echado sobre los hombros. Se puso una máscara, empuñó el soldador y dejó comenzada la obra simbólicamente. Después salió el sol.

“Nadie comprendía por qué empezamos en Llavallol y no en Comodoro —recordó Canessa al autor de este trabajo—, pero nosotros habíamos trazado una estrategia. Sabíamos que los intereses extranjeros podrían interferir y hacer parar la obra en cualquier punto; pero si el tramo construido estaba aislado no servía para nada y había que terminarlo. Por eso empezamos al revés y quemamos las naves: jugamos a todo o nada; o terminábamos o nos echaban a todos.” El gasoducto quedó inaugurado el 29 de diciembre de 1949 y en ese momento fue el más largo del mundo. Costó 50 millones de dólares y sirvió para que la distribución de gas aumentara de 300 mii metros cúbicos por día a 15 millones de metros cúbicos. “Fijese otro resultado: el metro cúbico de gas costaba en 1940 igual que el .litto de leche, 20 centavos. Después, cuando la leche costó 19 pesos, el gas ya valía la mitad. El valor de esa obra no tiene precio, porque sirvió para aprovechar los recursos naturales”, se enorgulleció Canessa.

17 de Octubre de 1945: Día de la Lealtad Peronista

Fuente Consultada: La Primera Presidencia de Perón – Biblioteca Política Argentina

Origen Madres Plaza de Mayo Historia de su Creación

Origen Madres Plaza de Mayo
Historia de su Creación y Objetivos

Durante la dictadura militar de 1976-1983 los niños robados como «botín de guerra» fueron inscriptos como hijos propios por los miembros de las fuerzas de represión, dejados en cualquier lugar, vendidos o abandonados en institutos como seres sin nombre N.N. De esa manera los hicieron desaparecer al anular su identidad, privándolos de vivir con su legítima familia, de todos sus derechos y de su libertad.

La Asociación Civil Abuelas de Plaza de Mayo es una organización no-gubernamental que tiene como finalidad localizar y restituir a sus legítimas familias todos los niños secuestrados desaparecidos por la represión política, y crear las condiciones para que nunca más se repita tan terrible violación de los derechos de los niños, exigiendo castigo a todos los responsables.

Historia de Las Madres de Plaza de Mayo

La «loca» aventura de la Guerra de Malvinas, que terminó con un fracaso nacional y la angustia y dolor de miles de familias argentina, también debemos sumar la desesperación de otras miles de familias que lloraban en silencio a las víctimas de la represión ilegal.

A medida que los asesinatos clandestinos se multiplicaban, un grupo de madres comenzó a rondar por los pasillos oficiales en busca de sus hijos.

Dado que no obtenían respuesta, algunas madres, lideradas por Azucena Villaflor, comenzaron a juntarse los jueves en la histórica Plaza de Mayo, en la ciudad de Buenos Aires, para exigir respuestas a los gobernantes.

Desde 1977, las madres de detenidos y desaparecidos, cansadas de reclamar en oficinas y cuarteles por la suerte de sus seres queridos, decidió protestar todos los jueves alrededor de la pirámide de la Plaza de Mayo. Desfilaban dando vueltas en silencio, con la cabeza cubierta por un pañuelo blanco.

Las Madres de Plaza de Mayo se convirtieron en el emblema de los kelpers (ciudadanos de segunda) argentinos privados de sus derechos cívicos.

Por su parte, las Abuelas de Plaza de Mayo centraban su labor en el esclarecimiento de los casos de hijos de desaparecidos nacidos en el cautiverio y entregados en adopción con suAzucena Villaflordocumentación cambiada.

La policía les impidió reunirse, argumentando que un decreto establecía el estado de sitio y estaban prohibidas las reuniones. Les dijeron; «Circulen, circulen», Y ellas circularon: comenzaron a dar vueltas alrededor de la Pirámide de Mayo, en tanto exigían conocer el destino de sus hijos y el castigo para los culpables. A fines de 1977, la Armada secuestró y asesinó a Azucena Villaflor.(imagen izq.)

A ese respecto, cabe consignar que a mediados del año 2000 se encontraban abiertos procesos judiciales por la apropiación de dichos menores, bajo la interpretación de que tales hechos no fueron incluidos en las leyes de Punto Final y Obediencia Debida (1987) ni en los indultos (1990).

El grupo fue creciendo. Fueron a lugares a los que acudían otras madres a pedir por sus hijos, para sumarlas a la organización. Se llegó a ir casa por casa para convocar a otras madres que hubieran perdido hijos, acción riesgosa, ya que quien lo hacía debía resignarse a ser seguido por un auto, a que los dueños de casa llamaran a la policía o a que, simplemente, no le abrieran la puerta. De todas maneras, algunas sí se abrieron.

En ese caso, la Madre que visitaba aconsejaba a los dueños de casa acerca del camino a seguir.

Al advertir la policía que el número de Madres que se reunían en la Plaza llegaba ya a 60 o 70, decidieron terminar con esa situación tan molesta para el gobierno.

Arguyeron el estado de sitio, que no permitía las reuniones públicas de esa cantidad de personas, y a golpes las obligaron a caminar y circular. Así comenzaron las famosas rondas de las Madres.

En la Plaza las cosas no eran fáciles. Las Madres eran golpeadas, les lanzaban los perros, las detenían, les lanzaban gas lacrimógeno. Un día, un policía le exigió a una Madre que le mostrara sus documentos de identidad. La tercera vez que a una le exigieron sus documentos, las Madres -que por razones obvias no deseaban ser identificadas- decidieron mostrarle al policía los documentos de las 300 allí presentes. Fue la última vez que se los pidieron.

Por aquella época las Madres de la Plaza de Mayo eran «las madres de la subversión», «si mataron a sus hijos es porque algo habrán hecho», la puertas se les cerraban y muy poca gente conversaba con ellas.

En esa época, las Madres todavía no usaban el pañuelo blanco y solo se reunían en la Plaza de Mayo, en algún bar o en el atrio de alguna iglesia. En octubre de 1977 decidieron acudir a una marcha convocada por organismo de defensa de los derechos humanos y a otra convocada por la iglesia basílica de Luján, en la provincia de Bs.As.

madres de plaza de mayo

Se les planteó el problema de como identificarse, y decidieron usar un pañuelo blanco en la cabeza.

En esa ocasión el pañuelo fue un pañal de sus hijos, que todas guardaban como recuerdo. La marcha fue la oportunidad para que muchos argentinos descubrieran que en la Argentina había desaparecidos y que sus madres pedían por ellos.

Lcapitán de Marina Alfredo Astiza organización fue infiltrada por agentes del gobierno, entre ellos el capitán de Marina Alfredo Astiz, que se presentó diciendo que tenía un hermano desaparecido. Sus informes provocaron la desapari

Por este último caso, el ángel rubio fue juzgado en ausencia en Francia y condenado a prisión perpetua. (Imagen izq. Alfredo Astiz)

Las Madres decidieron comenzar a publicar solicitudes en los principales diarios del país.

El día de la publicación de la primera, Azucena Villaflor, la fundadora del grupo, se dirigió a comprar el diario. Fue su fin: fue secuestrada y desapareció.

La sede del Campeonato Mundial de Fútbol de 1978 fue la Argentina. El gobierno hizo lo posible para tapar lo que ocurría. Mientras muchos festejaban el acontecimiento deportivo, las Madres sufrían la indiferencia de la mayoría; algunos medios de comunicación las atacaban por antinacionales.

Pero el Mundial también hizo que aumentara la presencia de periodistas extranjeros en el país. Las Madres comenzaron así a tener cierta repercusión mundial. Empezaron a viajar a Europa y a reunirse frente a las embajadas argentinas en algunos países europeos.

Una misión de la OEA visitó la Argentina en 1979. Sus funcionarios no recibieron a una comisión, sino a todas las Madres: unas 150. Sin embargo, la misión no logró los resultados que las Madres esperaban.

Al año siguiente, las Madres editaron su primer boletín. A esa altura ya se habían constituido grupos de apoyo en toda Europa y llegaban aportes económicos externos para sostener la organización.

En 1983, la democracia retornó a la Argentina. Una de las primeras acciones del presidente Raúl Alfonsín fue decretar el procesamiento de los máximos responsables de la represión durante la dictadura, a los que se condenó en 1985.

En 1991, el presidente peronista Carlos Menem decidió indultar a la mayoría de ellos.

Las madres hasta el día de hoy continúan su lucha para conocer lo que hace mas de 30 años ocurrió con sus hijos y nietos, y que tanto atormenta sus vidas.

Conmovedores testimonios de hijos de desaparecidos por la última dictadura militar en Argentina que fueron encontrados gracias a la labor incansable de las Abuelas de Plaza de Mayo, que siguen luchando luego de tanto tiempo por encontrar a todos esos niños (ahora hombres o mujeres) que fueron apropiados durante el período 1976-1983.Fueron En Total 106 Hijos Recuperados

Desaparición forzada:

La palabra «desaparecido» se hizo famosa en el mundo a partir de los hechos que ocurrieron en la Argentina durante la última dictadura militar. La desaparición forzada de personas constituye una ofensa a la dignidad humana y debe ser considerada como grave violación de los propósitos y principios de la Organización de las Naciones Unidas, y de los derechos humanos y libertades fundamentales proclamados en la Declaración Universa! de Derechos Humanos. Su aplicación constituye un crimen de lesa humanidad. Ningún Estado miembro de Naciones Unidas permitirá o tolerará esta práctica; no podrán invocarse circunstancias excepcionales, como existencia o amenaza de conflictos armados internos o internacionales, estados de emergencia, estado de sitio, inestabilidad política interna, disturbios o tensión interna o cualquier emergencia pública como justificación de esta práctica.

Crimen de lesa humanidad:

Delito que por su gravedad o atrocidad lesiona a la humanidad en su conjunto. Traducción del principio medieval que consistía en que el ultraje a la majestad del poder era un crimen (crimen laesae maiestatis). Expresión empleada en 1972 en la IV Comisión de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, por Amílcar Cabral (dirigente del Partido Africano por la Independencia de Guinea Bissau e islas de Cabo Verde) para definir el carácter criminal de colonialismo. Un crimen definido como de lesa humanidad no es prescriptible y su autor no puede quedar amparado por la legislación de ningún Estado.

Genocidio:

Término adoptado en el derecho internacional después de la Segunda Guerra Mundial, empleado por el jurista polaco R. Lemkin. En 1933 Lemkin presentó en la Sociedad de Naciones (antecesora de la Organización de Naciones Unidas) un memorial pidiendo la elaboración de una convención internacional que prohibiera las ejecuciones en masa. En 1948 la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas aprobó la Convención para la prevención y la sanción del delito de genocidio. El genocidio cometido en tiempo de paz o en tiempo de guerra es un delito de derecho internacional. Como genocidio deliberado y metódico se entiende «el exterminio de grupos raciales y nacionales de la población civil de ciertos terrenos ocupados, con el fin de aniquilar determinadas razas y partes de naciones y pueblos, grupos raciales y religiosos».

Fuente Consultada:
La Argentina Historia del País y de Su Gente María Saenz Quedada
Escenas Inolvidables del Siglo XX Reader´s Digest
Cuatro Décadas de Historia Argentina de Palmira Dobaño y Mariana Lewkowicz

Origen del Partido Socialista en Argentina Historia Resumida

Origen del Partido Socialista en Argentina

NACE UNA NUEVA FUERZA: EL PARTIDO SOCIALISTA. El 7 de abril de 1894 aparecía el diario La Vanguardia, que se autocalificaba como «periódico socialista científico, defensor de la clase trabajadora». Esta fecha suele considerarse como la iniciadora del partido, pero en realidad el congreso constituyente de la agrupación se reunió los días 28 y 29 de junio de 1896. Actuaron en él Juan B. Justo, su principal organizador y teorizante, José Ingenieros, Nicolás Repetto y otros.

Para el socialismo, la sociedad argentina poseía males que no se originaban en la inmoralidad política sino en la explotación económica que se establecía entre los hombres en el marco del sistema capitalista. Su objetivo último era transformar a la sociedad mediante la destrucción de esas relaciones capitalistas y la construcción de una nueva sociedad, basada en los principios del socialismo marxista. Para alcanzar ese objetivo, el partido proponía la participación electoral. La estrategia era ganar los votos de los obreros para acceder a las cámaras legislativas y promover desde allí la aprobación de leyes que mejoraran la situación de la clase trabajadora.

ANTECEDENTES: Abajo vemos una copia del manifiesto del acto que se realizó el 1° de mayo de 1890, oportunidad en que, por primera vez —y en cumplimiento de una decisión del Congreso Obrero Internacional del año anterior— se celebró el Día del Trabajo en la República Argentina. A partir de ese acto se gestó un amplio movimiento unitario de diferentes agrupaciones obreras que comenzaron la tarea de consolidar una organización obrera de carácter más amplio.manifiesto obrero

Las primeras organizaciones obreras se formaron hacia 1890 y su número creció notablemente en la primera década del siglo XX. Desde 1890, año de una gran crisis económica argentina,  hubo varios intentos para crear una federación obrera que agrupara a los diferentes gremios por actividad que se habían ido formando —de carpinteros, sombrereros, tipógrafos, ferroviarios, por ejemplo—. Pero todos fracasaron rápidamente hasta que en 1901 se fundó la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) de tendencia anarquista. En 1902, los gremios de tendencia socialista se retiraron de la FORA y fundaron la Unión General de Trabajadores (UGT).

juan bautista justo

En 1894, sobre la base de diversas organizaciones obreras de la Capital Federal y del interior, Juan B. Justo (imagen) fundó el Partido Socialista. Este partido se proclamó defensor de los intereses de los proletarios, de acuerdo con los principios fundamentales de la doctrina marxista. Por esta razón, el Partido Socialista se enfrentó con la UCR. Justo señalaba que la UCR, como la oligarquía, no tenía otra preocupación que llegar al poder y que carecía de capacidad para afrontar los problemas económicos y sociales fundamentales.

El Partido Socialista: El Partido Socialista fue fundado en 1894 por Juan B. Justo, quien había abandonado las filas del radicalismo, Juan B. Justo comenzó a difundir las ideas socialistas a través de un diario al que llamó La Vanguardia.

diario la vanguardia socialismo

El Partido Socialista dio a su propaganda una fuerza y una coherencia que pocos partidos de la época pudieron conseguir. Su periódico, «La Vanguardia», se convirtió en lectura corriente de la clase obrera urbana en todo el cono sur latinoamericano y también era muy conocido en España. En 1896, dos años después de fundada La Vanguardia, se realizó el Congreso Constituyente del Partido Socialista.

Para el socialismo, la sociedad argentina poseía males que no se originaban en la inmoralidad política sino en la explotación económica que se establecía entre los hombres en el marco del sistema capitalista. Su objetivo último era transformar a la sociedad mediante la destrucción de esas relaciones capitalistas y la construcción de una nueva sociedad, basada en los principios del socialismo marxista. Para alcanzar ese objetivo, el partido proponía la participación electoral.

La estrategia era ganar los votos de los obreros para acceder a las cámaras legislativas y promover desde allí la aprobación de leyes que mejoraran la situación de la clase trabajadora.

El Partido Socialista se transformó en una estructura mucho más organizada que la de la UCR, promovió la formación de grupos de estudio, el desarrollo de actividades artísticas y la instalación de bibliotecas e instituciones culturales, pero su influencia se vio limitada especialmente a la Capital Federal y algunas otras pocas ciudades del país, como Mar del Plata o Bahía Blanca.

En 1896, dos años después de fundada La Vanguardia, se realizó el Congreso Constituyente del Partido Socialista. En ese momento, el semanario representaba a muchos núcleos obreros del interior del país; los propios afiliados al Partido distribuían los ejemplares entre los suscriptores.

grupo socialista en argentina

Arriba una imagen del primer grupo socialista de Buenos Aires: El primer manifiesto electoral del Partido Socialista afirmaba: «Hasta ahora la clase rica o burguesía ha tenido en sus manos el gobierno del país. Roqnistas, mitristas, yrigoyenistas o alemnistas son todos lo mismo. Si se pelean entre ellos es por apetitos de mando […] no por un programa ni por una idea. […] Todos los partidos de la clase rica argentina son uno solo cuando se trata de aumentar los beneficios del capital a costa del pueblo trabajador, aunque sea estúpidamente, y comprometiendo el desarrollo general del país. El Partido Socialista Obrero no dice luchar por puro patriotismo, sino por sus intereses legítimos; no pretende representar los intereses de todo el mundo, sino los del pueblo trabajador contra la clase capitalista opresora y parásita; no hace creer al pueblo que puede llegar al bienestar y la libertad de un momento a otro, pero le asegura el triunfo si se decide a una lucha perseverante y tenaz; no espera nada del fraude ni de la violencia, pero todo de la inteligencia y de la educación populares.»

El partido socialista:
Fuente: Melo R. Carlos Los partidos Políticos entre 1862-1930

«El partido Socialista apareció en la República como consecuencia de las organizaciones similares europeas y de los inmigrantes afiliados a las mismas (abril de 1894), dándose su carta orgánica en abril de 1895, en la cual marcaba su propósito de favorecer, por todos los medios a su alcance, la organización gremial de la clase trabajadora y estrechar los vínculos de solidaridad y unión entre todos los socialistas del mundo.

Su programa mínimo propiciaba, en lo político, el sufragio universal sin distinción de sexos, el sistema electoral proporcional con representación de las minorías, la autonomía municipal, la justicia gratuita y jurado popular electivo para toda clase de delitos, la separación de la Iglesia del Estado, la abolición de la deuda pública y la supresión del ejército permanente; y en lo económico, la limitación y reglamentación de la jornada de trabajo, el salario mínimo, el descanso obligatorio semanal de treinta y seis horas ininterrumpidas, la responsabilidad patronal en los accidentes del trabajo; la instrucción científica, laica, profesional e integral, gratuita y obligatoria; la abolición de los impuestos indirectos, el impuesto directo y progresivo sobre la renta, la supresión de la herencia en línea colateral e impuestos progresivos sobre las herencias en línea directa. El partido Socialista Argentino se afilió a la Segunda Internacional Socialista.

Carlos Marx había logrado, en 1864, el establecimiento de la Primera Internacional, cuyo objeto era unir los diversos grupos socialistas organizados en los países europeos, organización de vida efímera, pues se disolvió en 1876. La Segunda Internacional, a la cual se afilió el socialismo argentino, surgió en 1889 y se caracterizó por su sentido democrático.

Las discrepancias habían creado en el socialismo dos grupos: uno evolucionista, que sostenía que el programa partidario debía lograrse pacíficamente, por vía evolutiva, y la acción ceñirse a las reformas inmediatas, a la vez que se tenía en cuenta la vida nacional del país al que pertenecían.

El otro grupo, compuesto por los socialistas extremos o revolucionarios, profesaba un internacionalismo absoluto, atacaba al nacionalismo y al patriotismo, reclamaba la dictadura del proletariado y proclamaba la revolución mundial.

Mas adelante , durante la famosa «decada infame» con la afirmación de nuevas agrupaciones obreras, como el sindicalismo, el movimiento socialista estaba de acuerdo en considerar a los sindicatos como la rjrincipal_íorma organizativa de los obreros. Pero también creían —a diferencia de los sindicalistas— que la lucha parlamentaria a través de un partido político era fundamental. El Partido Socialista logró un importante apoyo obrero en la Capital Federal y una amplia adhesión entre los sectores medios urbanos. El socialismo, durante los años ’30, estuvo organizado sin-dicalmente en la Confederación Obrera Argentina (COA).

El Partido Socialista (PS), dirigido por Nicolás Repetto y Alfredo Palacios, se constituyó en la principal oposición parlamentaria —junto con los demócratas progresistas— a los conservadores. El socialismo tuvo un importante número de votos en la Capital Federal y, hasta 1935, se benefició con el abstencionismo radica], consiguiendo un importante apoyo electoral en centros urbanos tradicionalmente radicales.

Los socialistas se manifestaron contrarios al golpe militar del 6 de septiembre pero, en los hechos, respetuosos de las reglas del juego impuestas por los conservadores, cumplieron el papel de oposición democrática en un régimen fraudulento. En el Congreso, propusieron y debatieron numerosos proyectos sobre el divorcio, los derechos de la mujer, interpelaron ministros y protestaron contra el fraude.

Por su labor parlamentaria, los socialistas son considerados como los precursores de un conjunto de medidas de reforma social. Sin embargo, casi ninguna de sus propuestas llegó a implementarse, debido al predominio político de la alianza conservadora.

1880Los trabajadores se organizan ensociedades de resistencia y mutuales

1889Se funda la Segunda Internacional obrera
1890Comienzan los movimientos huelguísticos
1894Fundación de La Vanguardia
1896Primer Congreso del Partido Socialista Obrero Argentino

El Partido Socialista en la Argentina surge como respuesta a la transformación económica que trajo aparejada el desarrollo del modelo agroexportador.

Todos estos cambios produjeron nuevas situaciones para los trabajadores que, amenazados por el desempleo, los bajos salarios y la falta de apoyo estatal, tuvieron que organizarse para hacer frente a las arbitrariedades patronales. En su mayoría, la mano de obra estaba formada por inmigrantes que traían de Europa ideas socialistas y anarquistas.

Las agrupaciones socialistas se diferenciaron del anarquismo por adoptar una postura favorable al parlamentarismo. Influidos por la socialdemocracia europea, para los socialistas los trabajadores debían confiar en la política.

Surgido de diversas agrupaciones con ideas socialistas, para 1900 ya existía el Partido Socialista Argentino, que llevó a Alfredo Palacios, en las elecciones de 1904, a ser el primer diputado socialista de América.

1900El Partido Socialista Argentino adhiere a la Internacional Socialista
1901Palacios se afilia al Partido Socialista
1904Palacios es el  primer diputado socialista en América
1908Octavo Congreso del PSA, se adopta el nombre de
Partido Socialista

Operativo Independencia La Lucha Contra La Guerrilla en Tucumán

Operativo Independencia
La Lucha Contra La Guerrilla en Tucumán

LA INTERVENCIÓN MILITAR: Bajo la cobertura legal del decreto 261, se inició en Tucumán el llamado “Operativo Independencia”; su jefe era un antiguo militar peronista, el general Vilas, que admitió que se podían usar con los detenidos métodos prohibidos por las leyes. En febrero de 1975 se creó en Famaillá, provincia de Tucumán, el primer centro clandestino de detención de la Argentina: “La Escuelita”. Según comprobó la justicia, por “La Escuelita’ pasaron más de mil detenidos.    

Todos fueron torturados y un alto porcentaje, ejecutado. En agosto de 1975, asumió como Comandante en jefe del Ejército el general Jorge Rafael Videla. Al poco tiempo, la presidenta Perón pidió Licencia por razones de salud. La reemplazó el presidente del Senado, el doctor Ítalo Argentino Luder.

En octubre comenzaron a circular rumores de golpe de Estado. A los pocos días de reasumir el mando la presidenta, los montoneros lanzaron uno de los operativos más audaces: el ataque a un cuartel de la provincia de Formosa, adonde llegaron con un avión de línea secuestrado para ese efecto, Se produjeron bajas de ambos bandos.

La estrategia de la guerrilla era provocar el golpe de Estado por parte de los militares. Pensaban que con las Fuerzas Armadas en el gobierno, el pueblo tendría más claro quién era el enemigo. Esperaban una represión semejante a las de las dictaduras anteriores.(imagen: Compañía de Monte Ramón Rosas del ERP)

Diciembre de 1975 fue un mes trágico. El día 19, un grupo de oficiales de la Fuerza Aérea se sublevaron contra el gobierno, en un intento de golpe de Estado. Las bases de Morón y Aeroparque estuvieron tomadas por algunas horas. La reacción popular fue nula, pese a lo cual los mandos militares decidieron esperar que la situación del gobierno democrático se deteriorara aun más.

El 23 el ERP atacó el Batallón 601, en Monte Chingolo, en el partido de Quilmes, la provincia de Buenos Aires, pero la operación fue delatada por un oficial de inteligencia infiltrado entre los guerrilleros y la irrupción de los atacantes fue rápidamente repelida por los alertados militares.

Monte Chingolo fue un desastre para el ERP y la última acción de gran despliegue de la guerrilla. El grupo guerrillero estaba destruido, ya había sido derrotado en Tucumán y la gran cantidad de bajas lo había minimizado. Los siguientes atentados demostraron la falta de combatientes. En Navidad, el general Videla pronunció un discurso en Tucumán en el que reclamaba rectificaciones al gobierno, fijándole un plazo de tres meses, justo el tiempo que transcurrió hasta el golpe.

Durante los primeros meses de 1976, la presidenta y su entorno hicieron los últimos intentos para evitar el derrocamiento. Propusieron un gabinete cívico-militar, el ingreso de los militares al gobierno, y adelantaron las elecciones presidenciales para octubre de ese año. En el parlamento se pidió el juicio político a María Estela Martínez, pero este no prosperó.

Todos estos planteos tuvieron escasa repercusión en una opinión pública demasiado influida por las desilusiones permanentes y hábilmente trabajada por la prédica golpista de muchos medios masivos de comunicación. Para la mayoría se hacía difícil identificar un gobierno como el de Isabel con la democracia: había censura, presos políticos, tortura, desaparecidos, aunque perduraba el parlamento, alguna prensa independiente y la posibilidad de cambiar las cosas en las elecciones de octubre.

A las 3 y 10 de la madrugada del 24 de marzo de 1976, las radios cambiaron los tangos por una marcha militar. Un nuevo golpe de Estado se había consumado.

Gobiernos Populistas en America Latina Causas y Objetivos

Gobiernos Populistas en América Latina
Causas y Los Objetivos

Después de la Segunda Guerra Mundial, mientras Estados Unidos y  Unión Soviética rivalizaban por extender su influencia en distintas partes ce mundo, en América Latina surgieron o se consolidaron experiencias denominadas populistas. Las más clásicas son las que se desarrollaron en México. En Argentina y Brasil. Aunque con sus particularidades, estos «populismos» presentaron algunos rasgos en común. Getulio Vargas en Brasil, Lázaro Cárdenas y sus sucesores en México y Juan Domingo Perón en la Argentina se transformaron en líderes muy populares que ejercieron el gobierno de manera personalista.

Populismo en america latina

ANTECEDENTES:

En la Argentinay en toda Latinoamérica— desde mediados de la década de 1940 las masas emergen de un modo inequívoco, en la sociedad y en la política. Esto se relaciona en parte con procesos de industrialización pero, sobre todo, con el acelerado crecimiento de algunas grandes ciudades, a las que se vuelcan sectores expulsados por la crisis rural y atraídos por la posibilidad, más o menos real, de obtener en las ciudades mejores empleos, mejores condiciones de vida. Excluidas y marginadas del consumo, del prestigio y del poder, en un momento esas masas irrumpieron en forma brusca reclamando un lugar en la sociedad. En ese sentido, el 17 de octubre de 1945 fue un episodio de un simbolismo extremo.

¿Qué hacer con esas masas? Hay una política posible para ellas —en la Argentina y en todo el mundo— que es la de lo que genéricamente podría denominarse el socialismo: colaborar con ellas, para que ellas mismas encuentren su propio destino, realicen su propia reivindicación. Se plantean aquí varios problemas tácticos y estratégicos: cuáles van a ser los medios, con qtu velocidad se van a producir esos cambios qué sacrificios debe imponerse una genera ción en aras de las siguientes. En cualquier caso, es un camino difícil. Naturalmente es posible la política inversa: excluir y marginar a las masas, explotarlas, reprimirlas los riesgos también son evidentes y consis ten en una explosión incontenible.

El siglo XX elaboró una tercera opción desarrollada por el fascismo italiano y ade cuada —modificándola sensiblemente— en Latinoamérica: una política de masas que descarte su autonomía y las utilice para sustentar poderes ajenos. Esto es lo que suel denominarse populismo.

Se apoya en primer lugar en el consumo de masas. Estos vastos contingentes, recientemente urbanizados, desean consumir, y ese consumo puede ser adecuado para el desarrollo de ciertos sectores industriales locales. Fomentarlo, mediante una política redistributiva de ingresos, no sólo beneficia a las masas —las tranquiliza quizá— sino también a quienes produce para ellas.

También estos gobierno pretendían que sus países lograran una mayor independencia económica a través de la profundización del desarrollo industrial. Del mismo modo, consideraban que el Estado debía atender los intereses del «pueblo» constituido por los trabajadores urbanos y rurales y los empresarios nacionales.

Tenía que cumplir además la función de arbitro en los conflictos que surgieran entre los distintos grupos sociales.  El mejoramiento de la situación de los trabajadores fue una preocupación central y la base para construir una sociedad más justa y menos conflictiva. El único sector a combatir era la «oligarquía»: una minoría vinculada con el enemigo extranjero, el «imperialismo», ajena a los intereses del «pueblo» y la «Nación».

El Estado jugó efectivamente un papel central en las transformaciones propuestas. Alentó el desarrollo industrial y, en el caso de México, también la reforma agraria. Tomó además a su cargo nuevas funciones empresariales como la explotación del petróleo y de ciertos servicios públicos; protegió a los empresarios industriales, impulsó leyes laborales y aumentó los ingresos de los trabajadores. Fue justamente entre ellos donde los líderes populistas obtuvieron el mayor apoyo.

En el plano económico, si bien creció la industria y se avanzó en el desarrollo de la siderurgia y la producción energética, desde mediados de la década de 1950, sobre todo en la Argentina y Brasil, las economías comenzaron a mostrar signos crecientes de estancamiento.

¿Quién paga esto? Generalmente los sectores productores tradicionalmente volcados a la exportación —nuestra oligarquía terrateniente, por ejemplo— cuyos ingresos son trasladados al sector industrial por intermedio del Estado, a través de retenciones a las exportaciones, cambio diferencial, etc.

Sobre todo, se apoya en una política de masas. Estas son movilizadas y politizadas intensamente, pero cuidando de tronchar todo amago de acción autónoma. La politización es encuadrada por el Estado, junto con un partido —o un movimiento— que se desarrolla adosado a él y que está indisolublemente unido a la figura de un líder carismático, su surgimiento no es un mero azar: esa figura es cuidadosamente construida por los medios de comunicación de masas —la radio, la televisión— cuyo desarrollo es esencial para esta política populista. Ni Mussolini ni Perón habrían existido sin la radio.

También es construida mediante la práctica de una beneficencia directa. El Estado providente y benefactor —el clásico Welfare State de los capitalismos avanzados— se concentra en una persona, de cuya bondad y caridad parece depender esa beneficencia que, según es bien sabido, es hoy una función casi ineludible del Estado moderno.

Falta, finalmente, un buen enemigo, para aglutinar fuerzas. Tratándose de movimientos policlasistas, que procuran armonizar los intereses de sectores de propietarios y de trabajadores, este enemigo no puede ser, sin más, el patrón. Se recurre a figuras más ambiguas en cuanto a contenido real, pero de gran fuerza emocional: la oligarquía, la maléfica, proteica y omnipresente oligarquía, cien veces derrotada y cien veces renacida.

¿Es eterna esta política? Sus límites son los de la distribución de ingresos que le da origen. Mientras haya un sector próspero del que pueda sacarse, con destino a un sector industrial urbano —generalmente ineficiente— esto es posible. Cuando las vacas flacas suceden a las vacas gordas, el populismo suele morir, aunque su recuerdo indisolublemente unido a épocas de prosperidad, perdura largamente y alimenta a quienes pretenden ser sus herederos.

Los problemas de las economías latinoamericanas

El estancamiento no sólo afectaba a los países más grandes de América latina. En la mayoría de los restantes, el mantenimiento de grandes explotaciones improductivas frenaba el desarrollo de la agricultura. Además, la existencia de una masa campesina, que a cambio de su trabajo no recibía salarios sino pequeñas parcelas para explotar, limitaba el número de consumidores y volvía difícil cualquier tipo de desarrollo industrial. El atraso y la miseria generaban, por otra parte, frecuentes rebeliones en el sector rural.

PERÓN EN EL GOBIERNO DE FARREL: Perón a cargo de la secretaría de Trabajo produjo cambios fundamentales respecto de los gobiernos anteriores, tendientes a establecer una relación más fluida con el movimiento obrero. Para lograr tal objetivo, se sancionaron una serie de reformas en la legislación laboral. Las principales medidas fueron:

a. El Estatuto del Peón, que estableció un salario mínimo y procuró mejorar las condiciones de alimentación, vivienda y trabajo de los trabajadores rurales. Esta reforma fue severamente cuestionada por los terratenientes, ya que —según afirmaban— no podrían responder a los gastos que ocasionarían las nuevas disposiciones. Perón les respondió —anunciando un clima de tensión que caracterizaría a toda la década— que «el propietario que no pueda pagar peones, debe trabajar la tierra personalmente», b. El establecimiento del seguro soda! Y la jubilación que benefició a 2 millones de personas.
c. La creación de Tribunales de Trabajo, cuyas sentencias, en líneas generales, resultaron favorables a las demandas obreras.
d. La fijación de mejoras salariales y el establecimiento del aguinaldo para todos los trabajadores.
e. El reconocimiento de las asociaciones profesionales, con lo cual el sindicalismo obtuvo una mejora sustancial de su posición en el plano jurídico
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LA INDEPENDENCIA ECONÓMICA DE JUAN PERÓN: En un discurso pronunciado en octubre de 1946 Perón presentó el Primer Plan Quinquenal y explicó los lineamientos principales de la política económica de su gobierno: «Para aumentar nuestras conquistas sociales necesitamos aumentar la riqueza y aumentar el trabajo. Nuestro plan considera, en esta etapa, multiplicar nuestra riqueza y repartirla convenientemente; y con ello, las nuevas conquistas sociales han de salir de nuestro propio trabajo, sin perjudicar a nadie. A ello tiende nuestro plan quinquenal.

Debemos producir el doble; multiplicarlo por cuatro mediante una buena industrialización, distribuir equitativamente la riqueza y aumentar el estándar de vida de nuestras poblaciones hambrientas, que son la mitad del país; cerrar ese ciclo con una conveniente distribución y comercialización de esa riqueza. Y cuando este ciclo se haya cerrado, no tendremos necesidad de mendigar mercados extranjeros porque tendremos el mercado dentro del país, y habremos solucionado con ello una de las cuestiones más importantes: la estabilidad social.» Un año después, el 9 de julio de 1947, el gobierno peronista declaró, en Tucumán, la independencia económica. Ésta, junto a la justicia social y la soberanía política se convertirían en las tres banderas históricas del peronismo.

PARA SABER MAS…
Populismo

Los estudios sobre el peronismo coinciden en destacar que se trató de un movimiento sustentado en un amplio apoyo popular. Algunos autores lo califican como un movimiento popular, o como un nacionalismo popular, mientras que otros utilizan el concepto de populismo. La expresión populismo, asociada al estudio del peronismo —y de otros movimientos latinoamericanos como el cardenismo en México o el varguismo en Brasil— fue el que alcanzó mayor difusión en el campo de las ciencias sociales y ha sido utilizado con distintos sentidos.

Para algunos historiadores, populismo significa un conjunto de políticas que realizan las clases propietarias desde el Estado, tratando de obtener el apoyo pasivo de las masas. Para otros, el populismo es el resultado de la alianza entre una burguesía que busca impulsar un proyecto industrialista y una clase obrera organizada que se moviliza para lograr satisfacer sus propias demandas. En esta segunda interpretación, el protagonismo popular tiene más importancia que en la primera.

Pero el análisis del populismo no se agota en estas dos interpretaciones. Existe un conjunto de características que describen al peronismo como un movimiento populista y en las que coinciden muchos autores. No obstante, los estudios difieren según e! énfasis que cada autor pone en uno u otro rasgo del populismo.

Algunas de esas características son:

el policlasismo: la base social del peronismo estuvo constituida por una alianza entre obreros, sectores de la burguesía industrial y un grupo nacionalista del ejército.

programa económico industrialista, nacionalista y dístribucionista: el Estado asumió un papel decisivo en el desarrollo de la actividad industrial, creando fuentes de trabajo, generando una redistribución de los ingresos favorable a los trabajadores y ampliando el mercado interno. El Estado —planificador de la economía— impulsó una política de nacionalizaciones de sectores claves como el comercio exterior, las fuentes de energía, las comunicaciones y los transportes. Estas políticas intentaron resolver las necesidades de muchos países latinoamericanos frente a la gran depresión de los años ’30 y a las dificultades económicas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial.

oposición de intereses entre pueblo y oligarquía: los intereses de la alianza gobernante —el pueblo— se identificaron con los intereses de la Nación, mientras que los opositores —la oligarquía— fueron considerados como representantes de proyectos antinacionales y aliados del imperialismo. Al plantear la oposición entre pueblo y oligarquía, el populismo no considera central la diferencia de intereses entre la burguesía y la clase obrera.

liderazgo carismático: el liderazgo político de! movimiento populista lo ejerce un líder carismático —que establece un fuerte vínculo afectivo con el pueblo—. Este jefe político conduce al movimiento en su conjunto, intentando armonizar los distintos intereses de los sectores sociales que integran la alianza populista.

Sociedad , Espacio y Cultura Siglo XX La Argentina en América y el Mundo Tobio/Pipkin/Scaltritti