Biografía de Karl Marx

Biografia de Bakunin Mijail El Anarquismo Vida Política

RESUMEN DE LA BIOGRAFÍA Y VIDA POLÍTICA DE MIJAIL BUKANIN

Mijaíl Alexándrovich Bakunin fue un revolucionario anarquista ruso (Torzk, 1814 – Berna, 1876). Participó en los movimientos revolucionarios de 1848 y fue encarcelado en Rusia.  Fundó la Alianza de la Democracia Socialista y la secta de los Hermanos Internacionales. Preconizó el ateísmo, la abolición de clases, la igualdad de los sexos, la propiedad en común de la tierra y las riquezas, la desaparición de todos los estados y de las autoridades. En 1872 creó una liga, germen del anarquismo.

Hijo de una familia aristócrata rusa del siglo XIX, destacado en la historia del pensamiento humano por  su credo anarquista, que fue una verdadera filosofía de la naturaleza y del hombre. De Bakunin, este «titán con cabeza de león», anarquista y revolucionario, su amigo Herzen decía: «En el fondo de la naturaleza de este hombre se encuentra el germen de una actividad colosal, que no logró su consumación».

Partidario del colectivismo antiautoritario, Bakunin participó en todas las luchas revolucionarias y presintió los excesos futuros en la aplicación del pensamiento marxista. Dedicó su vida a la difusión de su doctrina anarquista por todo Europa.

Entre sus principales obras figuran: El Imperio Knuto-Germánico e Internacional, La teología política de Mazzini, Dios y el Estado, El catecismo revolucionario y Los principios de la Revolución.

Bukanin anarquismo

Mijail Bukanin (1814-1876)

Bakunín, dos años más joven que su amigo Herzen, procedía también de una antigua familia rusa, y fue oficial, antes de hacerse revolucionario. Fue mucho más lejos que Herzen. En 1845, en París, también conoció a Michelet, a Lamennais y a Proudhon.

Nació el 18 de mayo de 1814 en la provincia rusa de Tver y disfrutó de una infancia feliz en la hacienda paterna, rodeado de sus cuatro hermanas, por las cuales sentía un gran cariño. Recibió una educación escolar de buen nivel gracias a los servicios de un preceptor privado y se interesó por la vida de los campesinos.

A los catorce años fue enviado a San Petersburgo para estudiar en la academia militar. Al cabo de cinco años se convirtió en oficial de un regimiento apostado en Polonia. Sin embargo, preso del aburrimiento y del ocio, desertó en 1835 y se inscribió en la universidad de Moscú, donde estudió filosofía hasta 1840. Durante esa época se familiarizó con el pensamiento de Hegel. En Moscú también frecuentó los círculos literarios que se reunían en torno a Turguéniev; fue allí donde conoció al que sería su amigo más querido, más allá de las desavenencias políticas: Alexandr  Herzen.

Herzen fue otro revolucionario ruso que abandonó su país en 1847 y se instaló en Londres, allí publicó una revista, «La estrella Polar», seguida, a partir de 1857, por un diario, «La Campana» (Kolokol). A pesar de la censura, el diario llegó a todas partes en Rusia. Herzen tomó de Proudhon la idea de que el advenimiento del socialismo se produciría por el libre juego de las relaciones económicas. El mir (comunidad) sería la base de la revolución, que debe surgir desde abajo. Herzen lleva la eslavofilia (defensa de los eslavos) a conclusiones revolucionarias. A los estudiantes, entre quienes creció su influencia rápidamente, les dió consignas, la primera de las cuales fue la de «ir al pueblo».

En 1848-49, Bakunin participó en los movimientos revolucionarios y nacionalistas de Europa central. Fue detenido y encarcelado, durante varios años, en Austria, porque predicaba la peligrosa idea de una Federación de Naciones eslavas libres y autónomas.

Deportado a Siberia, se escapó a Japón y luego a América, hasta que eligió como residencia Inglaterra. Herzen decía de él: «Avanzaba con botas de siete leguas, a través de los montes y los mares, a través de los años y los siglos».

En 1861, cuando llegó a Londres tras huir de Siberia, se encontró con su compatriota y amigo Alexandr Herzen, que editaba un periódico socialista en ese país; sin embargo, a diferencia de éste, cuya principal preocupación era el pragmatismo político, Bakunin privilegió entonces la insurrección y elaboró una teoría de la revolución que pronto lo convertiría en el «padre del anarquismo».

Tras el fracaso de la insurrección polaca de 1863, organizó su acción sobre un programa socialista, cuya idea central seguía siendo la autonomía de las individualidades nacionales, dentro de un marco federativo.

En 1864 se estableció en Italia por cuatro años. Durante esa época, su aporte específico al pensamiento anarquista y revolucionario tomó forma.

En 1868 se adhiere a la Primera Internacional de Trabajadores, organización que nació en septiembre de 1864 en torno a los revolucionarios europeos emigrados, después de las revoluciones de 1848-1850. Fue concebida como un gran partido internacional y no como una federación de partidos nacionales. Sin embargo, los distintos países no tenían la misma importancia en el seno de la Asociación y las tendencias políticas eran muy diversas, del tradeunionismo inglés al anarquismo de las federaciones italiana, española.

Marx, había redactado los estatutos de 1864, intentó darle una orientación revolucionaria y proletaria, por lo que Bakunin protagonizó un áspero debate con Marx, encabezando la disidencia anarquista con respecto a las propuestas más autoritarias y centralistas que el socialismo marxista estaba imponiendo en el movimiento obrero; dicho enfrentamiento, que marcó toda la vida de la Primera Internacional, desembocó en la expulsión de Bakunin (Congreso de La Haya, 1872). Su pensamiento radical y romántico, plasmado en obras como El Estado y la anarquía (1873), influyó especialmente sobre los nihilistas rusos.

En 1869, se tradujo al ruso el Manifiesto Comunista de Marx y Engels.

En el Congreso de Basilea, del mismo año, Bakunín formuló los principios de su programa: «Liquidación social, expropiación de todos los propietarios, destrucción de todos los Estados nacionales, y, sobre sus ruinas, edificación del Estado Internacional de los Trabajadores». Trata de conciliar, en su pensamiento, las contradicciones de anarquismo y colectivismo. Dotado de una prodigiosa vitalidad, Bakunín gana muchos adeptos, con el príncipe Kropotkín entre ellos, pero Herzen, su amigo, se aparta, en aquel momento, de los nuevos revolucionarios.

El pensamiento político ruso avanza y surgen distintas corrientes. A partir de 1867, Lavrov publica en una revista, con el seudónimo de Pyrtov, sus «Cartas Históricas», chocando con las posiciones nihilistas. Desterrado en París, en 1870, desarrolló sus tesis: con la idea de Herzen de «ir al pueblo», afirmó la necesidad de educar políticamente a ese pueblo, antes de conducirlo a la revolución social y política. Sus escritos tuvieron un gran éxito en Rusia.

Inmediatamente, muchos jóvenes se dedicaron a aquella labor educativa, mientras el mir se convertía en el tema de estudio y de conversación más apasionante. Estaba a punto de formularse el populismo, pero la propaganda abierta en favor de unas tesis es más fácil de yugular que los movimientos subterráneos y anarquistas de las sociedades secretas. La policía zarista era implacable, y el populismo tuvo que dejar paso al socialismo terrorista preconizado por Bakunín, cuyos únicos medios de propaganda eran la octavilla, el revólver y la bomba, a falta de toda posibilidad de representación.

Kropotkin (1842-1921) y Bakunin (1814-1876) fueron los más destacados teóricos del anarquismo. Exaltaban al individuo y creían en la acción directa, que llevaba a negar poder creador a las masas. Según su concepción, el atentado terrorista superaba en eficacia a la organización de carácter político. Algunos contraponían el sindicalismo revolucionario a todo tipo de acción política.

Siempre se caracterizó por su espíritu inquieto y preocupado por la dura realidad de los obreros, y no se condicionó al pensamiento teórico, sino que fue un hombre de de acción: luchó en las barricadas de la Revolución de 1848 en París, Polonia y Alemania. Detenido en Sajonia, fue condenado a muerte en Prusia, Austria y Rusia, indultado y confinado en Siberia. Consiguió escapar a Japón en 1861 y desde allí regresó a Europa a través de Estados Unidos.

Sostenido económicamente por su amigo Herzen, participó en las luchas de la unificación italiana, en la revolución de Polonia de 1863 y en un intento de extender a Lyon la insurrección de la Comuna de París (1870). Militó en la Liga por la Paz y la Libertad.

Durante el congreso de La Haya, en septiembre de 1872, sus partidarios fueron excluidos de la Asociación Internacional de Trabajadores y formaron una Internacional antiautoritaria. Sin embargo, la espontaneidad revolucionaria de las masas también desilusionó a Bakunin en septiembre de 1870 en Lyon, al igual que en mayo del año siguiente en París, cuando la Comuna fue aniquilada, o incluso en mayo de 1874 en Bolonia: los proyectos de rebelión fracasaron.

Pasó sus últimos años en Suiza, viviendo en la miseria, planeando conspiraciones que nunca llegaron a realizarse y manteniendo correspondencia con pequeños grupos anarquistas, alentados por su ferviente inspiración. Bakunin murió en Berna en medio de la miseria, el 1 de julio de 1876.

Sus obras se convirtieron en la fuente teórica del anarquismo de finales del siglo XX: Dios y el Estado, El Estado y la anarquía, El Imperio Knuto-Germdnico e Intemacional, La teología política de Mazzini, Dios y el Estado, El catecismo revolucionario y Los principios de la Revolución.

herzen anarquista ruso

 Al igual que Bakunin, Herzen fue prisionero en Siberia antes de exiliarse. Si bien en un primer momento se dejó seducir por el modelo occidental, terminó por juzgarlo decadente.

CRONOLOGÍA DE SU VIDA

1814 Nacimiento de Mijaíl Alexándrovich  Bakunin en Priamujino, provincia de Tver, el 18 de mayo.

1828 Es enviado a San Petersburgo para  estudiar en la academia militar.

1835 Abandona el ejército para estudiar  filosofía en Moscú.

1840 Viaja a Berlín.

1841 Publicación de la Esencia del  cristianismo de Feuerbach.

1844 El gobierno ruso le retiene su  pasaporte.Viaja a París.

1844-1847 Conoce a Marx y Proudhon.

1847 Lanza un Llamamiento a los hermanos polacos y es expulsado de Francia.

1848 Regresa a Francia y luego viaja al  congreso eslavo en Praga.

1849 Participa en la revolución de Dresde.

1850 Es condenado a cadena perpetua.

1851 Es entregado a Rusia.

1857 Bakunin, condenado a un exilio perpetuo en Siberia.

1861 Logra huir de Siberia y llega a Londres.

1864 Fundación en Londres de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT).

1865 Teoría de la propiedad de Proudhon.

1867 Marx publica el primer libro del Capital.

1868 Bakunin adhiere a la Primera Internacional.

1872 Excluído de la AIT durante el congreso de La Haya.

1876 Muerte de Bakunin en Berna, el I de julio.

Fuente Consultadas:
HICIERON HISTORIA Biografías Editorial Larousse Entrada: Bakunin Mijail
ENCICLOPEDIA HISPÁNICA Tomo 12 Entrada: Bakunin Mijail
CIVILIZACIONES DE OCCIDENTE Tomo B Jackson J. Spielvogel – El Anarquismo
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre CODEX Tomo X

La Iglesia Contra el Liberalismo del Siglo XIX Pensamiento Social

RESUMEN: LA IGLESIA CATÓLICA FRENTE AL LIBERALISMO
Pensamiento Social

Desde el surgimiento del liberalismo y la Revolución Francesa de 1789. la Iglesia católica se había opuesto a los cambios y a las sociedades masónicas. Durante el siglo XIX, distintos Papas habían condenado derechos consagrados por los gobiernos liberales, como la libertad de imprenta, de conciencia, de culto, de palabra y de enseñanza.

Con la propagación de los ideales socialistas y comunistas entre los obreros, la Iglesia también lanzó su condena en duros términos: «Esta execrable doctrina es totalmente contraria al derecho natural, y no podría establecerse, sin que los derechos, los intereses, las propiedades de todos, y la sociedad misma fuesen completamente trastornados» (en la Encíclica del Papa Pío IX. del 29 de noviembre de 1846).

Cambiando la postura sobre las problemáticas obreras, en el marco de democratización del Estado a fines del siglo XIX, el papa León XIII elaboró el documento Rerum novarum («Sobre las cosas nuevas») en la cual reflexiona sobre la mala situación de los trabajadores y la injusticia que sufren por parte de las instituciones, por lo que propone tratar sus problemas con una mirada comprensiva y una actitud caritativa.

Dice que el socialismo surgió debido a la «voraz usura» de los patrones, pero no implica una solución pacífica para la sociedad, porque esta ideología excita en los pobres el odio a los ricos y quiere que se sustituya la propiedad privada por la colectiva, cuando esto traería injusticia a los que «legítimamente poseen». Por último, recomienda la práctica de la religión, de la que se deriva el amor al prójimo y el respeto a los derechos de los demás.

Papa Pio IX y sus cardenales

Pío IX, rodeado por sus cardenales. Durante su papado, iniciado en 1846, se consolidó un ordenamiento interno de la Iglesia, basado en la centralización jerárquica. Al mismo tiempo, su política fuertemente conservadora aisló a la Iglesia de las principales corrientes de pensamiento de la época.

Los profundos cambios políticos e ideológicos que se produjeron en Europa en el siglo XIX provocaron una fuerte conmoción dentro de la Iglesia Católica. Ésta debió hacer frente a las medidas de los gobiernos liberales que la privaban de bienes y posesiones y que limitaban su influencia en_ el plano político.

En la primera mitad del siglo XIX, nauchos Estados europeos firmaron acuerdos con la Iglesia —llamados concordatos— en los que se establecían los derechos de ésta y las obligaciones que los Estados tenían en materia eclesiástica. Pero estos acuerdos se dificultaron ante el avance de las ideas liberales, que propugnaban una completa separación entre la Iglesia y el Estado. En el seno de la propia Iglesia se dividieron las opiniones sobre cuál debía ser la actitud de la institución ante estas políticas.

PAPA PIO IX Y EL TRIUNFO DEL ULTRAMONTANÍSIMO
Con Pío IX, en 1846, se abre el pontificado más largo de la Iglesia. El nuevo Papa era un hombre de gran bondad, de una profunda fe, pero muy intransigente y muy poseído de sus prerrogativas. Expulsado de Roma por la revolución de 1848, regresó decidido a imponer su autoridad y a combatir el liberalismo en todas sus formas.

Contra los partidarios del «galicanis-mo» episcopal, que no reconocían la infalibilidad más que a los concilios y reivindicaban una cierta autonomía para los obispos en sus diócesis, Pío IX afirmó que el Papa era el único infalible en materia de dogma y que no podía señalarse restricción alguna a su poder en el gobierno de la Iglesia; con su sola autoridad, promulgó, en 1854, el nuevo dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen, según el cual sólo María, entre todos los seres humanos, había nacido sin pecado original.

Apoyado por la aplastante mayoría de la Iglesia, el soberano pontífice quiso que la infalibilidad papal fuese proclamada oficialmente por un concilio, y, a este fin, convocó en 1870 el Concilio Vaticano. Las pasiones se desataron inmediatamente en los distintos periódicos católicos: en Francia, los ultramontamos, con Veuillot y su periódico «L’Univers» a la cabeza, apoyaban al papado.

Pero la oposición (dividida entre los «antiinfalibilistas», agrupados alrededor del teólogo alemán Ignaz Doellinger, que rechazaban el dogma de la infalibilidad como contrario a la tradición y a las sagradas escrituras, y los «inoportunistas», que, como Dupanloup, aceptaban tal dogma en la práctica, pero juzgaban inoportuno el momento para proclamarlo) resistió obstinadamente. Sin embargo, tuvo que inclinarse cuando, después de violentos debates, el concilio votó, el 18 de julio de 1870, la infalibilidad pontificia, reconociendo al Papa un poder supremo de jurisdicción, tanto en el campo doctrinal como en el de la disciplina.

Los sesenta minoritarios habían abandonado la sala antes de la votación. Muchos se sometieron, a continuación, y Doellinger no tuvo a su lado más que a unos pocos disidentes. El galicanismo, es decir, la independencia de las iglesias nacionales respecto a Roma, había muerto. En su combate por la unidad de la cristiandad, el Papado salió engrandecido y aureolado de un gran prestigio.

LA LUCHA CONTRA EL CATOLICISMO LIBERAL
Muchos eran los católicos liberales que, como Montalembert, Lacordaire y Dupan-loup, pensaban que la Iglesia debía aceptar las libertades modernas, surgidas de los principios de 1789. Montalembert defendió este criterio en dos discursos pronunciados en Malinas, que tuvieron gran resonancia.

Para cortar tales iniciativas, Pío IX promulgó, el 8 de diciembre de 1864, la encíclica «Quanta Cura», en la que reafirmaba el papel preponderante de la Iglesia en la sociedad, condenaba los principios de soberanía del pueblo, de supremacía del poder civil, de libertad de conciencia, de prensa, y estigmatizaba el comunismo, el socialismo y el liberalismo moderno. Acompañaba a esta encíclica un «Syllabus», en que se relacionaban los «80 principales errores de nuestro tiempo».

Las relaciones de la Iglesia con los distintos Estados, muy estrechas hasta entonces (Austria, por un concordato firmado en 1855, incluso había hecho de la religión católica la religión del Estado), entraron en un período de abiertos conflictos: Austria y España rompieron con el Vaticano; en 1872, Bismarck instituyó en Alemania el «Kulturkampf» —«combate por la civilización»—, esencialmente dirigido contra los católicos; el Gobierno italiano trataba de que el Papado declarase su renuncia al poder temporal, y, en Francia, los anticlericales constituían una fuerza política cada vez más influyente. Pío IX murió el 7 de febrero de 1878, después de treinta y dos años de reinado.

EL PONTIFICADO DE LEÓN XIII: 1878-1903
Hombre habu e inteligente, tan intransigente como su predecesor en cuestiones doctrinales, León XIII dió pruebas de mucha más flexibilidad y moderación en la práctica. En todos los países había católicos que se preocupaban de los problemas sociales e intentaban remediar la miseria obrera. Con la ayuda de Ketteler en Alemania, de Manning en Inglaterra, de Gib-bons en los EE. UU., de Albert de Mun y de La Tour Du Pin en Francia, se formaron círculos católicos de obreros que atrajeron a muchos adeptos.

Al publicar, el 15 de mayo de 1891, la encíclica «Rerum Novarum», León XIII dio una nueva dimensión a aquel movimiento social. Aunque reconociendo la legitimidad de la propiedad privada, la encíclica condenaba los abusos de la explotación capitalista, que condenaba a la miseria a los indefensos trabajadores. Para remediar estas desigualdades, preconizaba la creación de asociaciones obreras, la participación de los trabajadores en el capital de la empresa, y la adopción, por parte de los Estados, de legislaciones sociales equitativas.

Con el deseo de llevar a la práctica estos principios, Marc Sangnier creó en Francia el movimiento de «Sillón», pero la muerte de León XIII, en 1903, fue un duro golpe para el catolicismo social. En sus relaciones con los diversos gobiernos, León XIII había invertido la política de Pío IX.

Exhortó a los católicos franceses a adherirse a la República, y a los católicos alemanes a que se acercasen a Bismarck, a fin de que fuera abandonado el «Kulturkampf»; apoyó al Gobierno inglés contra la agitación irlandesa, y al de San Petersburgo contra las veleidades de independencia del clero polaco. Con esta táctica, confiaba en salvar todos los obstáculos que se oponían al desarrollo de la Iglesia católica en aquellos países.

Sólo fue inflexible con el Gobierno italiano, al que se negó a reconocer, y prohibió, incluso, a los católicos de su país tomar parte en las elecciones. Por último, León XIII se dedicó a elevar el nivel cultural del clero, reorganizando los estudios teológicos, fundando un Instituto Bíblico en Jerusalén y multiplicando los congresos internacionales de católicos. Pero este nuevo programa, tanto en el plano social como en el político y en el cultural, no le sobreviviría.

LA REACCIÓN DEL PAPA PIO X
Teólogo, preocupado, ante todo, de mantener los dogmas y de imponer su autoridad, Pío X no era un político ni un diplomático. No hizo nada por evitar la separación de la Iglesia y del Estado en Francia, y trató de imponer sus directrices a los partidos católicos de cada país. Empezó chocando con los modernistas: numerosos en Alemania, en Italia y en Francia, estos teólogos querían que la Iglesia se adaptase al mundo moderno, que se plegase a los métodos científicos para estudiar los texto? antiguos, descubriendo sus contradicciones, y se aviniese a la renuncia a ciertos dogmas ya caducos.

El abate Loisy, profesor de la facultad de Teología de París, había resumido estas tendencias en 65 proposiciones. Fue condenado en 1907, por el decreto «Lamentabili», y, después, excomulgado. El 17 de septiembre de 1907, Pío X promulgó la encíclica «Pascendi», que condenaba el modernismo como «síntesis de todas las herejías», imponiendo a los profesores de Teología la enseñanza de la filosofía escolástica medieval, y les obligaba a prestar un juramento antimodernista. En Francia aún existía el movimiento del «Sillón», que agrupaba alrededor de su periódico «El despertar democrático» a católicos liberales y sociales, en su mayor parte republicanos.

Condenando sus ideas y su colaboración con los no católicos, Pío X, en 1910, les ordenó que se disolvieran. Al conceder su apoyo al catolicismo social, León XIII había querido limitar el desarrollo de los partidos socialistas. Por su sectarismo, Pío X les entregó el control de la clase obrera y favoreció los avances de la irreligión y del anticlericalismo en muchos países europeos.

Sin embargo, en aquel mismo período, la Iglesia consiguió éxitos importantes. El catolicismo se propagó rápidamente en Inglaterra, donde la jerarquía se restableció y pudo contar, a finales de siglo, con más de cinco millones de fieles, y en los Estados Unidos, donde la Iglesia, gracias a la llegada de emigrantes irlandeses e italianos y a la conversión de muchos millares de protestantes, se convirtió en una verdadera fuerza política.

Una febril actividad misionera animó a las congregaciones que propagaron la fe en Extremo Oriente, en Levante, en Oceanía y en África. En este último continente, la evangelización, paralela a la colonización, logró los resultados más espectaculares. El siglo XIX señala el fin de la lucha secular entre los Estados y la Iglesia. Si es cierto que ha perdido todo poder temporal, la Santa Sede se erige en el único arbitro en materia espiritual, controla la vida interna de la Iglesia, y, por medio de los partidos católicos, conserva una innegable influencia política.

EL PENSAMIENTO SOCIAL DE LA IGLESIA

El Estado debe promover el bienestar material del obrero.

61. Por lo que toca a la defensa de los bienes corporales y externos, lo primero que hay que hacer es librar a los pobres obreros de la crueldad de hombres codiciosos que, a fin de aumentar sus propias ganancias, abusan sin moderación alguna de las personas, como si no fueran personas sino cosas. Exigir tan grande tarea, que con el excesivo trabajo se embote el alma y sucumba al mismo tiempo el cuerpo a la fatiga, ni la justicia, ni la humanidad lo consiente. En el hombre toda su naturaleza, y consiguientemente la fuerza que tiene para trabajar, está circunscrita con límites fijos, de los cuales no puede pasar. Auméntase, es verdad, aquella fuerza con el uso y ejercicio, pero a condición de que de cuando en cuando deje de trabajar y descanse.

Débese, pues, procurar que el trabajo de cada día no se extienda a más horas de las que permiten las fuerzas. Cuánto tiempo haya de durar este descanso se deberá determinar, teniendo en cuenta las distintas especies de trabajo, las circunstancias del tiempo y de lugar, y la salud de los obreros mismos. Los que se ocupan en cortar piedra en las canteras o en sacar hierro, cobre y semejantes materias de las entrañas de la tierra, como su trabajo es mayor y nocivo a la salud, así a proporción debe ser más corto el tiempo que trabajen. Débese también atender a la estación del año, porque no pocas veces sucede que una clase de trabajo se puede fácilmente soportar en una estación, y en otra o absolutamente no se puede, o no sin mucha dificultad.

62. Finalmente, lo que puede hacer y a lo que puede entregarse un hombre de edad adulta y bien robusto, es inicuo exigirlo a un niño o a una mujer. Más aún; respecto de los niños hay que tener grandísimo cuidado que no los recoja la fábrica o el taller, antes que la edad haya suficientemente fortalecido su cuerpo, sus facultades intelectuales, y toda su alma. Pues las energías que a semejanza de tiernas plantas brotan en la niñez las destruye una prematura sacudida; y cuando esto sucede, ya no es posible dar al niño la educación que le es debida.

Del mismo modo hay ciertos trabajos que no están bien a la mujer, nacida para las atenciones domésticas; las cuales atenciones son una grande salvaguardia del decoro propio de la mujer, y se ordenan naturalmente a la educación de la niñez y prosperidad de la familia. En general debe quedar establecido que a los obreros se ha de dar tanto descanso, cuanto compense las fuerzas gastadas en el trabajo; porque debe el descanso ser tal que restituya las fuerzas que por el uso se consumieron.

En todo contrato que se haga entre amos y obreros, haya siempre expresa o tácita la condición de que se atienda convenientemente a este doble descanso; pues contrato que no tuviera esta condición sería inicuo, porque a nadie es permitido ni exigir ni prometer que descuidará los deberes que con Dios y consigo mismo le ligan.

León XIII. Encíclica Rerum Novarum (fragmento).

PARA SABER MAS…: Como ampliación del tema publicamos una nota en El Bicentenario Fasc. N° 3 período 1850-1869 a cargo de Roberto Di Stefano, historiador.

CRÓNICA DE LA ÉPOCA
SE CELEBRA EL CONCILIO VATICANO I

La noticia de que Pío IX ha decidido convocar a un nuevo Concilio Ecuménico ha sido recibida con entusiasmo por los católicos de todo el orbe y con desconfianza por los críticos de la Iglesia. Hace dos años el Papa comunicó a los cardenales su deseo de que el nuevo Concilio encuentre «los remedios necesarios para los males que afligen a la Iglesia».

Los motivos de preocupación del pontífice romano son de público dominio: el desarrollo de las sociedades masónicas, el avance de las ideas liberales, las expropiaciones de bienes eclesiásticos y la promulgación de leyes que restringen el accionar de la Iglesia en diferentes países. El Papa teme, además, que los conflictos que sacuden a Europa pongan fin a los Estados pontificios.

En la prensa de todo el orbe católico se han levantado voces entusiastas y críticas en relación con el Concilio. Los liberales han puesto de manifiesto en ambas márgenes del Atlántico su temor de que los decretos conciliares confirmen las orientaciones que el sumo pontífice ha dirigido a los prelados católicos en la encíclica Quanta Cura y en el Syllabus errorum en 1864. Diarios italianos, franceses e hispanoamericanos, y algunos de la ciudad de Buenos Aires, han expresado su inquietud por la posibilidad de que el Concilio renueve la condena de las ideas liberales.

No todos los obispos argentinos piensan concurrir al Concilio, cuyas sesiones se abrirán oficialmente el 8 de diciembre. De los cinco prelados de la república, tienen intención de viajar monseñor Mariano José Escalada (arzobispo de Buenos Aires), monseñor Buenaventura Risso Patrón (obispo de Salta) y monseñor Wenceslao Achával (obispo de Cuyo). No se sabe si concurrirán el obispo de Paraná, monseñor José María Gelabert, y el de Córdoba, monseñor José María de Arellana.

Un periódico católico de la ciudad de Buenos Aires ha explicado que la ausencia del obispo cordobés se debería a la fragilidad de su salud y a su avanzada edad. En su última visita pastoral a La Riqja, monseñor sufrió horrorosamente: perdió la dentadura y se vio atormentado por fuertes dolores en el pecho. Con respecto al obispo de Paraná, sus dudas se relacionan con los altos costos del viaje a la Ciudad Eterna, por lo que un grupo de notables católicos santafesinos ha decidido organizar una colecta.

Es de esperarse que los obispos argentinos se dirijan al gobierno nacional pidiendo alguna contribución pecuniaria para afrontar los cuantiosos gastos del viaje. Hasta ahora sólo lo ha hecho el obispo de Salta, con resultado negativo. Las causas de la respuesta no se deberían sólo a las estrecheces del erario: el gobierno no oculta su disgusto por no haber sido oficialmente informado de la convocatoria ni invitado a enviar a sus propios representantes junto a la delegación eclesiástica.

El Bicentenario Fasc. N° 3 período 1850-1869 a cargo de Roberto Di Stefano, historiador.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

Ver:Principios de la Doctrina Social de la Iglesia

Nacimiento de la Sociedad Capitalista Consecuencias

Nacimiento de la Sociedad Capitalista y sus Consecuencias

El siglo XVIII significó el final del proceso de transición del feudalismo al capitalismo en Europa occidental. Se produjeron cambios sociales, económicos, políticos e ideológicos que transformaron profundamente la organización social europea e iniciaron los tiempos del capitalismo.

Ya desde los siglos XV y XVI la expansión europea hacia otros continentes —África, América, Asia— había llevado a la formación de una economía-mundo. Por primera vez se incorporaban estos continentes a las rutas comerciales de Europa.

En lo político, desde los siglos XV y XVI se consolidaron Estados centralizados modernos en Gran Bretaña, Francia y España. Pero este proceso no ocurrió al mismo tiempo en todas las regiones de Europa. En Alemania e Italia y otras regiones de Europa oriental, por ejemplo, los Estados centralizados se constituyeron más tardíamente, durante la segunda mitad del siglo XIX.

El desarrollo de nuevas actividades económicas y los cambios que se estaban produciendo en las formas de organizar el trabajo rural y urbano, pusieron en crisis el modo tradicional de dominación feudal en Europa occidental y sentaron las bases del poder económico, social y político de la burguesía.

El protagonismo de la burguesía creció incesantemente desde la segunda mitad del siglo XVIII, época en la que tuvo lugar una doble revolución: una revolución económica —la Revolución Industrial— que se Inició en Inglaterra y que fue tal vez el proceso transformador más Importante que vivió la humanidad hasta ese momento, y una revolución social y política —la Revolución Francesa— que marcó el principio del fin del antiguo régimen. Ambas revoluciones permitieron, en el futuro, la consolidación de la nueva sociedad capitalista. La Revolución Industrial dio origen a una nueva forma de organizar el trabajo: el trabajo fabril; a un nuevo tipo de trabajador: el obrero industrial; y a una nueva forma de organización económico-social: el capitalismo.

El capitalismo surgió luego de una sucesión de grandes y profundos cambios sociales y económicos que se produjeron en el campo y en las ciudades. El trabajo asalariado se difundió en las ciudades en las que se desarrollaba la industria y también en las zonas rurales en las que la producción agropecuaria se destinaba al mercado. Sin duda el capitalismo significó para el hombre un camino de progreso, pero al mismo tiempo llevó a la formación de una sociedad dividida en clases sociales con intereses contrapuestos.

El conflicto más profundo fue el que se planteó entre la burguesía, propietaria de los medios necesarios para la producción, como las Industrias, la tierra, las herramientas, y los obreros, que no disponían de bienes ni de tierras ni de herramientas, y que lo único que podían hacer para subsistir era vender su fuerza de trabajo.

Hacia la primera mitad del siglo XIX, el capitalismo se consolidó en Europa occidental y los cambios que había introducido la Revolución Industrial se extendieron por otros países del continente europeo y los Estados Unidos.

La burguesía se consolidó como clase y fue protagonista de importantes revoluciones —1830, 1848— e impuso al mundo sus ideas, valores e instituciones de corte liberal. Pero este mundo burgués fue también un mundo de fuertes conflictos sociales. Junto a la próspera burguesía, en las ciudades industriales el número de obreros organizados crecía cada vez más: reclamaban por mejores condiciones de vida y mejores salarlos.

El progreso y la miseria fueron las principales características de esta época.

Vista de la Fundiciones Creusot

SOCIEDAD: LAS GRANDES FAMILIAS: El rapidísimo desarrollo de las fuerzas productivas en la segunda mitad del siglo XIX tuvo profundas repercusiones sociales. Mientras la Europa oriental, esencialmente agrícola, era dominada por la aristocracia terrateniente, la clase capitalista se imponía como clase dominante en la Europa Occidental y en los Estados Unidos.

A pesar de las crisis económicas, empresarios, capitalistas, banqueros y grandes comerciantes se enriquecieron considerablemente, multiplicando sus inversiones, acometiendo nuevas industrias, fabricando material de guerra, prestando dinero a los Estados, especulando en la Bolsa… A los Rothschild vinieron a sumarse nuevas dinastías de banqueros: los Rockefeller, los Morgan, los Cernuschi, los Lazard, los Pereire. Kuhlmann y Pechiney hicieron fortuna en la química. Krupp en Alemania, Schneider y Wendel en Francia, Dupont de Nemours en los Estados Unidos y Nobel en Suecia se convirtieron en los omnipotentes magnates de la metalurgia, mientras Cunard era el rey de los barcos.

Faábrica de Cañornes Krupp

Estos nuevos ricos se mezclaban con la vieja aristocracia decadente, adquiriendo, por matrimonio, los títulos prestigiosos que el nacimiento les había negado, organizando fastuosas recepciones, abonándose a los palcos de los grandes teatros, en los que sus mujeres podían rivalizar en elegancia, lanzando la moda de las ciudades termales y de las estaciones balnearias, frecuentando los clubs mundanos. Influyentes en los partidos conservadores, dirigían la política, hacían y deshacían gobiernos.

Aprovechándose del enriquecimiento general, una nueva clase media, compuesta de pequeños burgueses, industriales o comerciantes, de propietarios, de funcionarios y de intelectuales, hizo su aparición y ocupó un puesto destacado en todas las sociedades capitalistas avanzadas.

Encontró su expresión política en los partidos progresistas y liberales, como el partido radical en Francia, dispuesto a luchar contra los conservadores por la obtención de las libertades esenciales, pero rechazando las subversiones económicas propuestas por los  socialistas. Demostrando  que era posible alcanzar el bienestar sin cambiar las estructuras de la sociedad, el desarrollo de estas clases medias favoreció la ideología reformista en el propio seno de los partidos obreros.

LA RESPUESTA OBRERA
Pero si el desarrollo del capitalismo permitió a una minoría enriquecerse, mantuvo en condiciones miserables a un proletariado cada vez más numeroso, reforzado por la llegada incesante de campesinos pobres a quienes la mecanización del campo obligaba a emigrar hacia las ciudades.

No teniendo nada que ofrecer más que su fuerza de trabajo, sufrían el despotismo económico de los patronos que les imponían los salarios más bajos, horarios inhumanos (hasta 17 horas diarias), sin garantía alguna contra las enfermedades, la vejez y los accidentes, y el despotismo político de los gobiernos que les negaban el derecho de asociarse y de plantear luchas por el mejoramiento de su condición.

Los teóricos socialistas fueron los primeros en condenar aquella explotación, descubrieron sus causas y exhortaron a los obreros a reagruparse para defender sus intereses. Y es en la segunda mitad del siglo XIX cuando surgen, a través de toda Europa, sindicatos de masas y de partidos obreros que luchan por la obtención de reformas inmediatas y por la transformación, a largo plazo, de la sociedad.

Ante su presión y sus combates, los gobiernos burgueses concedieron al proletariado las primeras grandes leyes sociales, limitando el tiempo de trabajo, prohibiendo el empleo de los niños, autorizando cajas de retiro y de paro, estableciendo la responsabilidad de los patronos en caso de accidentes.

La Iglesia misma no permanece indiferente a la miseria obrera, y, para apartar a los trabajadores de la ideología socialista, dotó a los partidos católicos de un programa social. Pero, excepto en Bélgica, donde se constituyó un poderoso sindicato católico, en ninguna parte pudo quitar a los partidos obreros el monopolio de las luchas contra los patronos.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre

El Capitalismo Financiero Siglo XIX 2° Revolucion Industrial

RESUMEN: CAPITALISMO FINANCIERO Y LA CONCENTRACIÓN INDUSTRIAL

La unión entre industrias y bancos: Entre 1850 y 1914, el desarrollo tecnológico posibilitó un aumento extraordinario de la producción industrial. La expansión del ferrocarril originó el crecimiento de industrias complementarias como las del hierro, el carbón y el acero. Desde fines del siglo crecieron también las industrias químicas y eléctricas.

Ante este crecimiento económico, los bancos ampliaron sus actividades. Otorgaron gran cantidad de préstamos o créditos a largo plazo y, en muchos casos, los mismos bancos invirtieron capitales en las industrias. Esta etapa se caracterizó por la frecuente unión entre industrias y bancos.

En Francia, por ejemplo, este proceso fue encabezado por los bancos Credit Mobilier —fundado en 1852— y el Credit Lyonnais, creado en 1863. En Alemania, el Darmastadter Bank y el Deustche Bank adquirieron grandes industrias en ese país y extendieron su influencia a Rusia, Austria e Italia.

Fábrica en la Segunda Revolución Industrial

EL CAPITALISMO FINANCIERO
El desarrollo de la industria y las grandes inversiones que ello acarreaba, entrañaron la búsqueda de capitales. Por este motivo, se desarrolló el crédito también. Para ello, fue necesario desplegar una poderosa organización bancaria.

Junto a los bancos de negocios, que tomaron gran incremento, surgieron nuevos bancos, los llamados de depósito, que recibían el dinero producto del ahorro de muchísima gente, como, por ejemplo, el «Crédit Lyonnais», fundado en 1863, y la «Saciete General», fundada al año siguiente.

Por otra parte, la moneda era, entonces, excepcionalmente estable y en cantidad creciente, a causa de haberse descubierto nuevas minas de oro en África del Sur y en Australia. Aunque, sin embargo, la moneda de metal circuló cada vez menos, por sufrir la concurrencia de la moneda fiduciaria (el billete de banco), que estaba garantizada por las reservas de oro. En los negocios, se extendió el uso del cheque, que facilitaba las transacciones.

Los ricos sintieron la necesidad de que su dinero les rindiera un fruto. Por lo cual, se dedicaron a comprar acciones, es decir, a convertirse en propietarios de una parte de la empresa a la que pertenecían aquéllas, o a comprar obligaciones, por las que recibían, entonces, un interés fijo, o títulos de la deuda emitidos por el Estado. De esta forma, la constitución de sociedades anónimas se convirtió en regla habitual, a partir de fines del siglo.

En torno a las Bolsas de Valores, nació un mundo, nuevo, cuyos actores eran los agentes y los corredores de bolsa. El sistema del empréstito público se desarrolló a nivel mundial; el emitido para la construcción del canal de Suez, fue suscrito por quince naciones. Dicha situación dio como resultado la interdependencia del capitalismo mundial, que trajo como consecuencia la aparición de crisis económicas generales.

Así, se originó una economía mundial, que entrañó una especialización de la producción no sólo en cada país (en Francia, la región del Languedoc, por ejemplo, se especializó en el cultivo de la vid), sino también en el plano mundial: los países nuevos vendían el excedente de sus materias primas.

El comercio se convirtió en verdaderamente internacional, siendo su punto de apoyo Inglaterra, que gozaba de un extraordinario sistema bancario. Los bancos ingleses se encontraban agrupados en un barrio de Londres: la City.

A mediados de siglo, algo más de la mitad de todo el oro que producían las minas del mundo pasaba por Londres. Los capitales mundiales afluían a Inglaterra, atraídos por la prosperidad económica de este país. Y, recíprocamente, el capitalismo inglés hacía inversiones de su dinero en el extranjero. La libra esterlina era el punto de mira y de referencia de todas las demás monedas del mundo.

«Desde la segunda mitad del siglo XIX, la producción industrial mundial creció en todas las ramas. La producción de hierro se triplicó, pasó de 12 millones de toneladas a 37 millones. La de carbón se multiplicó por tres veces y media, de 220 millones a 800 millones. Esta fase de crecimiento se apoyó, además, en la abundancia de metales preciosos, de oro y de plata. El activo comercio mundial del período necesitó de instrumentos de cambio y las monedas tomaron como patrón el oro. El aumento de sus reservas —en 1848 se descubrió oro en California, en 1849 en Australia y más tarde en Alas-ka— permitió la fluidez del intercambio internacional. Pero en esta fase no sólo aumentó la circulación de monedas sino también la de los nuevos instrumentos financieros de la revolución industrial: los créditos bancarios, las acciones de sociedades anónimas y los seguros.» (Antonio Fernández en Historia Universal)

LA CONCENTRACIÓN INDUSTRIAL: LOS «TRUSTS» Y LOS «CARTELS»
Para poder afrontar todo este prodigioso desarrollo industrial, se hizo necesario organizar, para lo sucesivo, la producción; hablándose, entonces, de producción masiva, de «estandardización», de «taylorismo», de «trusts», etc. Este nuevo vocabulario fue el signo de que la industria había cambiado sus propios conceptos.

En efecto, para amortizar los gastos y luchar contra la competencia, era preciso que se produjera rápidamente y bien. El americano Taylor estudió la organización científica del trabajo, y preconizó el trabajo en serie: de aquí, el nombre de «taylorismo». Por los mismos motivos, las empresas se agruparon: la concentración se llamó «horizontal», cuando se agrupaban varias que fabricaban productos que se encontraban en el mismo estadio de producción; y «vertical» (también llamada «integración»), cuando se reunían estadios de producción complementarios (por ejemplo, una mina y una fábrica).

Así se formaron vastas zonas industriales: en los alrededores de París, en Lille, Roubaix, Tourcoing, en el Rhur. A veces, la concentración fue más fuerte aún: «pools», «cartels» (como el del carbón, formado por Kirdof, el Bismarck de la industria), «trusts» (en los Estados Unidos).

El trabajo en cadena implicó la especialización de la mano de obra: en adelante, el trabajador se dedicaría a realizar una labor muy determinada: por ejemplo, apretar tornillos. Esta servidumbre del hombre a la máquina provocaría violentas reacciones, como, por ejemplo, la de «Charlot» en «Tiempos modernos».

Ciertamente, fue el final de toda una concepción de la industria. Pero he aquí el reverso de la situación: la producción masiva necesitaba salidas. Si éstas escaseaban o desaparecían, la misma superproducción sería la causante de graves crisis.

La concentración industrial
El desarrollo de las nuevas industrias —la siderúrgica, la química y la eléctrica— estuvo ligado cada vez más a la incorporación de las nuevas tecnologías. Pero únicamente las grandes empresas —vinculadas a los «bancos— pudieron hacer frente a los altos costos que significaba incorporar los adelantos tecnológicos (las fundidoras de hierro y los convertidores de acero, por ejemplo).

Por otro lado, los bancos otorgaban mayores facilidades de crédito y capital a las empresas dedicadas a esas nuevas actividades industriales que eran las que permitían obtener mayores ganancias. En estas condiciones, las pequeñas empresas no pudieron competir con las mayores y, por ello, tendieron a desaparecer, quebrando o vendiendo sus bienes a las más grandes.

Este proceso de concentración industrial se intensificó durante las últimas décadas del siglo XIX. En Francia, por ejemplo, de 1866 a 1896, el número de establecimientos industriales se redujo a la mitad, pasando de 1.450.223 a 784.240. En Alemania la concentración fue más intensa.

fabrica de la segunda revolucion industrial

Fábrica de cañones Krapp en Essen (Alemania). Esta empresa, creada en 1812 como una modesta fundición de acero, se convirtió hacia fines del siglo XIX en una de las empresas siderúrgicas más importantes del mundo. En 1904 llegó a emplear a 43.000 obreros. Esta empresa alemana fue uno de los ejemplos más importantes de concentración industrial en Europa.

La tendencia a la formación de monopolios y oligopolios (proceso por el cual las graneles er presas absorbieron a otras y eliminaron a las más débiles de la competencia) se dio en forma más completa en la economía norteamericana.
El origen de la concentración y de los monopolios reside en las leyes del sistema capitalista. En Estados Unidos se desarrollaron los «big business», los grandes negocios o la empresa en gran escala como unidad económica típica del capitalismo norteamericano. Sus protagonistas fueron Rockefeller, los Morgan, los Mellon y los Du Pont.

El proceso de concentración se inició en los ferrocarriles -múltiples compañías sumergidas en una ruinosa competencia donde las guerras de tarifas llevaron a los propietarios a convenir acuerdos o pools para limitar la competencia y compartir ganancias, conformándose luego grandes monopolios ferroviarios.

Las adquisiciones y fusiones fueron obra de los llamados «magnates ladrones» mo Jay Gould y Cornelius Vanderbilt), aventureros que quebraban empresas, utilizaban soborno y todo tipo de estrategias deshonestas para adquirir los ramales.

Vocabulario
Monopolio: control del mercado por una sola empresa. No hay competidores. El único vendedor estipula los precios.

Oligopolio: control del mercado por un grupo reducido de grandes empresas. Un ejemplo de carácter oligopólico es el mercado automotriz norteamericano, está dominado por tres fuertes empresas; Ford Motors, General Motors y Chrysler.

Pools: acuerdos de precios, organización de varias compañías comerciales que convienen regular los precios. Es una forma de asociación que no implica fusión de capitales, y donde las empresas participantes conservan su autonomía.

Cártel: acuerdo de reparto de mercados y zonas de influencia, fijando los porcentajes de acrecentamiento para el futuro y volúmenes de producción. Junto con los pools fueron las primeras formas de cooperación entre capitalistas para reducir la competencia.

Trust: fusión para monopolizar la producción. Se crea una empresa tenedora de los paquetes mayoritarios de acciones de las empresas participantes. «Holdings: grupos financieros que tienen el control do las acciones de empre sas rivales.

El capital financiero surge porque, así como el florecimiento de la industria pesada con sus gigantescas necesidades requirió nuevas formas de financiación […], también la creación de consorcios y trusts, de cárteles y de corporaciones, está ligada a una cierta transformación de los métodos de financiación.

El proceso de monopolización requiere una aportación constante de capitales. Cuando se tiene que formar un consorcio, cuando se tienen que comprar continuamente nuevas empresas para limitar la competencia, cuando la fijación de precios bajos para competir con los elementos ajenos al cártel requiere sumas gigantescas, se tiene que disponer de un banco o de un grupo de bancos que puedan aportar en cada momento capitales a la organización monopolista. Es evidente que en esta situación los bancos quieren vigilar los negocios de la industria a la que dan apoyo económico. Esto es más práctico cuando los bancos participan directamente en la dirección de la industria.

Por su parte, como es lógico, también los capitalistas industriales quieren estar representados en los bancos, para observar y controlar cómo éstos invierten el dinero […]. Los industriales pueden lograr su intención de participar en los consejos de administración de los bancos, en particular porque el gran deudor tiene bajo el capitalismo, aunque también en otras formas económicas, un poder peculiar: es la gallina que tiene que poner los huevos de oro de los intereses; y, en segundo lugar, porque los bancos tienen que estar directamente interesados en la industria si quieren encontrar una inversión rentable.

Kuczinski, J.: Breve historia de la economía.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre
Historia Mundial Contemporánea 1° Año Polimodal T. Brass – M.Gallego
Historia Argentina y El Mundo Contemporáneo Alonso-Elisalde-Vázquez

Crisis del Capitalismo en el Siglo XIX Revolucion Industrial

RESUMEN DE LA PRIMERA CRISIS CAPITALISTA

Entre 1873 y 1896 aproximadamente, la economía capitalista mundial sufrió los efectos de una gran depresión. La crisis se originó por la superproducción que tuvo lugar a partir del desarrollo tecnológico y el aumento de la producción. Los precios de los productos industriales y agrícolas bajaron y disminuyeron las ganancias de los capitalistas.

Las acciones que se emprendieron para salir de la depresión económica significaron el fin del capitalismo liberal, organizado sobre los principios de la libre competencia entre empresas privadas en el interior de un país, la no intervención del Estado en la economía, y la libre competencia entre los Estados por los mercados del comercio mundial.

Con el objetivo de evitar futuras superproducciones que originaran la caída de los precios de los productos y de las ganancias, los capitalistas y, desde entonces, también los Estados, decidieron intervenir en la economía y regular el libre juego del mercado —es decir, de la oferta y la demanda— mediante acciones de diferente tipo.

Fabrica de la 2° Revolución Industrial

Fabrica de la 2° Revolución Industrial

LA CRISIS ECONÓMICA: Puede resultar extraño que, al referirse a este período, haya que hablar de crisis, pues podría parecer que esta palabra introduce una nota discordante en esta gran sinfonía del progreso mundial. En efecto, las crisis no se debieron al retroceso de la producción, sino que fueron provocadas por el cambio de relaciones entre la oferta y la demanda, y también a la relación entre la cantidad de las transacciones comerciales efectuadas y la masa monetaria que regulaba tales transacciones.

En este período de prosperidad general, hay que distinguir tres fases, pero sin creer que cada una de ellas fuese homogénea, ni que sus fechas tuvieran un valor absoluto. Aun en plena prosperidad, se producen indudables fracturas en la curva de su desarrollo.

La primera fase de expansión hay que situarla entre 1850 y 1873, y se debió, principalmente, al descubrimiento y explotación de las minas de oro de California (1859) y de Australia (1861). Esta masa de metal precioso determinó la cantidad de moneda puesta en   circulación,   ya  directamente en forma, de piezas metálicas, ya de moneda fiduciaria. Fue la época de la «quimera del oro».

El optimismo se hizo general. Pero se produjo una gran crisis a partir de 1873, cuyo principal agente fue el agotamiento de los «stocks» de oro. Los negocios empeoraban y la crisis agrícola era general. La industria sufrió la situación, al encontrarse falta de salidas. Era la crisis.

Una banca de Viena, la «Kreditanstalt», fue la primera afectada. En seguida, Inglaterra sufrió el contragolpe (pues, en efecto, había situado muchos de sus capitales en Austria y Alemania); después, le llegó el turno a los Estados Unidos. Entonces, comenzó a desarrollarse el ciclo infernal de la caída de los precios, del paro, de la baja del poder de compra. Esta depresión provocó, en seguida, el abandono del libre cambio, pues la reacción general de cada país fue protegerse contra las producciones rivales. Se adoptó el proteccionismo, salvo en los países que vivían del comercio: Bélgica, Inglaterra y los Países Bajos. En los últimos años del siglo, volvió la prosperidad:

La producción de oro creció, debido a la explotación de nuevas minas. Inmediatamente, se produjo el aumento de las operaciones bancarias y de los negocios. La producción masiva bajó los precios de venta. El aumento de población hizo creer la demanda. Los países subdesarrollados tenían necesidad, cada vez más, de los productos procedentes de Europa. Y, por si fuera poco, el peligro de guerra fue seguido por una carrera de armamentos, que «relanzó» la economía (por ejemplo, en Inglaterra y Alemania).

Pero este segundo período de prosperidad fue más vacilante que el primero, pues se sucedieron crisis pasajeras, aunque menos graves que la anterior (1901 y 1908). La guerra estalló en el momento en que la economía mundial se encontraba desequilibrada. El mundo se hallaba amenazado de saturación, ya que el poder de compra de cada país no se correspondía con la expansión de la producción.

Las nuevas condiciones económicas llevaron consigo un desarrollo demográfico considerable. La población mundial aumentó, entre 1850 y 1914, de un modo asombroso, pasando de 1.100.000.000 de habitantes a más de 1.650.000.000. Europa casi duplicó su población en esos años. El hambre como azote desapareció, debido al aumento de la producción agrícola y al perfeccionamiento del transporte.

Por otra parte, gracias al progreso de la medicina, se alargó la duración del término medio de la vida del hombre. Por ejemplo, en Francia, donde a principios del siglo xix era de 30 años, pasó a ser de 39 en 1860, y de 50 en 1914. En cambio, disminuyó la natalidad, fenómeno que pueden explicar estas tres razones: práctica de la limitación de nacimientos, deseo de no dividir las herencias entre muchos vastagos, y una menor influencia de la religión. El resultado de esta situación fue un sensible envejecimiento de la población, que frenó el dinamismo de los países.

El progreso del transporte, la necesidad de mano de obra de los centros industriales y la baja del nivel de vida de los campesinos fueron otros tantos factores del éxodo rural. El campesino pobre, el jornalero agrícola, el arrendatario, abandonaron el campo, atraídos por un salario mejor y un trabajo, a menudo, menos penoso. Pero el éxodo no se podujo igualmente en todo momento, sino  que procedió  por  etapas, siendo especialmente fuerte el que tuvo lugar entre 1875 y 1895, es decir, durante la gran depresión económica.

Se constituyeron grandes aglomeraciones urbanas: por ejemplo, alrededor de París, que pasó de tener 1 millón de habitantes, en 1848, a tener 5 millones en 1914. Así como Roubaix pasó de 20.000 habitantes en 1836, a 125.000 en 1896. En Francia, la población de las ciudades, que, en 1850, representó el 25 por 100 del total de la población del país, pasó a ser casi el doble en 75 años. Mientras que, en 1861, sólo cinco ciudades francesas superaban los 100.000 habitantes, en 1911 eran ya dieciséis las que sobrepasaban dicha cifra. En cuanto a la ciudad de Berlín, sufrió un aumento de población del 850 por 100, entre 1815 y 1914. En 1970, diez ciudades alemanas tenían 100.000 habitantes; en 1910, serían cinco veces más numerosas.

Esta enorme población urbana estaba formada, en su mayor parte, por los trabajadores, quienes fueron, poco a poco, tomando conciencia de su necesidad de unión, y llegaron a constituir una nueva clase: la clase obrera, la cual pronto representaría una fuerza política organizada, que habrían de tener en cuenta los Gobiernos, y que se opondría a la burguesía, detentadora del capital, en una serie de conflictos inevitables.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre

La Vida de los Obreros en la Revolucion Industrial Trabajo Esclavo

La Vida de los Obreros en la Revolución Industrial

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL
LAS CONDICIONES DE VIDA DE LOS OBREROS EN GRAN BRETAÑA
:
El desarrollo de la urbanización, y también de la industrialización, en Europa, en la primera mitad del siglo XIX, tuvo consecuencias sobre las condiciones de vida de los trabajadores. La gran mayoría de éstos apenas lograban subsistir, acosados por el hambre y las epidemias. Muchos de estos trabajadores pobres eran artesanos que ejercían su oficio de manera independiente, trabajadores domiciliarios o empleados en pequeños talleres.

Pero a medida que avanzó la industrialización creció el número de obreros empleados en las fábricas mecanizadas. Este proletariado industrial se fue transformando en el sector más numeroso entre los trabajadores urbanos. La vida miserable que llevaba la mayoría de ellos se agravaba ante la amenaza permanente de la desocupación.

Los trabajadores empobrecidos, que no lograban satisfacer sus necesidades básicas, comenzaron a buscar formas para mejorar su vida cotidiana. Sobre todo en los primeros tiempos, buscaron soluciones en forma individual. Pero, al poco tiempo, empezaron a organizarse tras una solución colectiva.

Una salida de tipo individual consistió en tratar de ascender socialmente, tomando como ideal el modo de vida de la burguesía. Algunos trabajadores pensaron que una vida austera y el esfuerzo personal era la forma de mejorar su posición social.

Sin embargo, el camino del progreso económico era muy difícil de transitar para quien no contaba con un mínimo de capital para invertir. Fuera de Inglaterra las posibilidades de progreso económico eran aun menores.

Aunque ENGELS en su obra Situación de la clase trabajadora en Inglaterra (1848) denunció el empobrecimiento de los obreros y la acumulación de beneficios de los empresarios, los aspectos sociales de la Revolución Industrial no fueron debidamente estudiados ni debatidos hasta nuestro siglo. ¿Mejoró el nivel de vida de los obreros o la industrialización produjo problemas nuevos y más graves?

A esta cuestión han dedicado atención los más grandes historiadores británicos. Los debates han resultado fecundos y polémicos, así que a los efectos de dilucidar si efectivamente mejoró o empeoró con la industrialización el nivel de vida obrero ha de prestarse atención a una serie de indicadores básicos. Elegimos cuatro: alimentación, vivienda, salud y trabajo de los niños.

a) Alimentación. Más de la mitad de los gastos de la familia obrera se invertían en comida, y de este capítulo la mayor parte se destinaba a pan. Con la industrialización disminuyó el consumo de pan y apareció como artículo sustitutorio otro más barato, la patata. Hoy consideramos positiva esta diversificación de los alimentos, pero en aquel momento se consideró un empobrecimiento.

El consumo de carne aumentó lentamente, pero todos los estudios indican que mientras abundaba en las mesas pudientes no comparecía casi nunca en las pitanzas humildes. El azúcar pasó de una media de 19,12 libras entre 1800-1809 a 17,83 entre 1820-1829. A partir de 1800 aumentó el consumo de cerveza, pero se trata de una forma de compensar el sudor en trabajos pesados -minería, descarga, etc.-y se convirtió en hábito que degeneró en alcoholismo.

b) Vivienda. Sobre la vivienda se realizaron excelentes estudios en plena industrialización. Inicial-mente las humildes viviendas de ladrillo supusieron una mejora con respecto a las que ocuparon los inmigrantes del período pre-industrial. Pero se produjeron dos fenómenos negativos: hacinamiento (varias famillas en una sola vivienda) y envejecimiento (en pocos años se deterioraron de forma irreversible). El problema atañe sobre todo al urbanismo. Se formaron barrios insalubres, los slums, donde no sólo la vivienda era pobre sino que carecían de servicios y en los que hablar de áreas de esparcimiento era como mentar un paraíso coránico. En réplica a Ashton, Thompson ha destacado que las condiciones infrahumanas se dieron sobre todo en barrios de inmigración irlandesa de aglomeraciones industriales: Liverpool, Manchester, Leeds, Bradford.

c) Salud. Con respecto a la salud, los datos del Primer Informe del Registro General (1839) muestran que la tisis, enfermedad relacionada con condiciones de pobreza y hacinamiento, alcanzaba el veinte por ciento de la mortalidad total. Otro fenómeno terrible era la mortalidad infantil. En Manchester la mitad de los niños de familia humilde morían antes de cumplir los cinco años. Tanto la mortalidad infantil como la general eran más altas en las familias trabajadoras. Con punzante juicio escribe Thompson: «No hay razón para suponer que los niños moribundos o las enfermedades se repartieron más equitativamente que la carne o la ropa de abrigo».

d) Trabajo de los niños. Sobre el trabajo de los niños y sobre los efectos nocivos para su salud y desarrollo se ha escrito mucho. CLARK NARDINELLI (Child Labor and the Industrial Revolution. Indiana University press, 1990) ha intentado una revisión, arguyendo que no todos los problemas de la infancia pueden ser atribuidos a la industrialización.

Pero los argumentos de Thompson no parece que hayan sido desmontados. Porque los niños no sólo realizaron trabajos inapropiados sino que la misma naturaleza del trabajo industrial, monótono, siempre igual, alteraba su psiquismo. Incluso de los datos que proporciona Nardinelli, un salario infantil mucho más elevado
en las minas, se puede deducir que las familias más necesitadas tenían que enviar a sus hijos precisamente al sector que les resultaba más perjudicial.

Habría que considerar otros indicadores: vestido, nivel de empleo, educación. No harían otra cosa que reforzar la tesis, no aceptada por los historiadores, de que para los sectores inferiores de la pirámide social la Revolución Industrial, al menos en su primera fase, hasta 1830, no supuso mejoras en sus condiciones de vida sino que generó nuevos y graves problemas.

SITUACIÓN DE LOS OBREROS EN EL SIGLO XIX

» A las  2, a las 3, a las 4 de la mañana, se sacan a la fuerza de sus sucias camas a niños de 9 a 10 años, y se les obliga a trabajar para ganarse un mísero sustento hasta las 10, las 11 y las 12 de la noche, mientras su musculatura desaparece, su figura se va haciendo más y más raquítica […]. El sistema, tal como lo ha descrito el reverendo Montagu Valpy, es un sistema de esclavitud desenfrenada en todos los sentidos, en el social, en el físico, en el moral y en el intelectual […]. ¿Qué pensar de una ciudad en la que se celebra una asamblea pública para pedir que la jornada de trabajo de los hombres se reduzca a ¡18 horas al día! […]?»


Extracto del «Daily Telegraph de Londres», del 17 de enero de 1860, citado por Marx en El capital.

«Las ruidosas y vistosas calles de las grandes urbes se hallan muy cerca de los tugurios en que vive la clase obrera. Estos tugurios se parecen mucho en todas las ciudades de Inglaterra. Son los edificios más repugnantes, en los peores lugares de la ciudad. Por lo general, en ellos, las calles están sin pavimentar, sucias, llenas de hoyos y cubiertas de basura. La construcción irregular y desordenada impide la ventilación y, como allí vive mucha gente en un espacio reducido, el aire se mantiene viciado incluso en el mejor tiempo.»


M. I. Mijailov. La Revolución Industrial.

«Hoy, el esfuerzo está divorciado de la recompensa; no es el mismo el hombre que trabaja y luego descansa; por el contrario, tienen que trabajar unos precisamente para que descansen otros […] Por eso, la inacabable multiplicación de las fuerzas productivas del trabajo no puede conducir a otro resultado que a acrecentar el lujo y los placeres de los ricos ociosos.»


Sismondi, Nouveaux Príncipes.

Fuente Consultada:
HISTORIA DEL MUNDO CONTEMPORÁNEO
A. Fernández
Vicens Vives

Revoluciones Liberales Principios Liberales de la Burguesia en Europa

Revoluciones y Principios Liberales de la Burguesía Europea

• La Comuna de París
• Revoluciones Burguesas
• El Cartismo
• Revolución de 1830

LAS REVOLUCIONES LIBERALES
EL PODER DE LA BURGUESÍA

¿QUIÉN ERA LA BURGUESÍA?: ERIC HOBSBAWM, en su libro «La Era del Capitalismo», dice «Entre las principales características de la burguesía como clase hay que resaltar que se trataba  de un grupo de personas con poder e influencias, independientes del poder y la influencia provenientes del nacimiento y del status tradicionales. Para pertenecer a ella se tenía que ser alguien’, es decir, una persona que contase como individuo, gracias a su fortuna, a su capacidad para mandar otros hombres o, al menos , para influenciarlos.[…] El recurso clásico del burgués en apuros o con motivos de queja fue ejerce o solicitar las influencias individuales: hablar con el alcalde, con el diputado, con el ministro, con el antiguo compañero de escuela o colegio, con el pariente, o tener contacto de negocios.»

El mundo contemporáneo experimentó otra revolución en el campo de la política, no menos trascendental que la Revolución Industrial en el campo de la técnica y los cambios sociales. Nos referimos a la revolución liberal. El liberalismo es una doctrina política que postula la libertad de los individuos frente a los excesos de cualquier poder arbitrario; más aún, sostiene que el poder procede del conjunto de los ciudadanos y que a estos corresponde elegir a sus dirigentes y su forma de gobierno.

Con estos principios, el choque con las monarquías absolutas fue frontal. Su primer episodio, considerado el modelo, se inició en Francia a partir de 1789, si bien las denominadas revoluciones atlánticas ofrecieron otros capítulos en la independencia de Estados Unidos y de las colonias españolas en América, así como en Irlanda, Países Bajos y Polonia.

Posteriormente, tras la recuperación y alianza de las monarquías históricas, nuevos episodios revolucionarios (1820,1830 y 1848), jalonaron el enfrentamiento entre regímenes del pasado y los modelos liberales, que marcarían la pauta del futuro, con elecciones, pluralidad de partidos, redacción de constituciones, tan definitorias del mundo contemporáneo como la máquina de vapor o los ferrocarriles.

Los primeros teóricos del Liberalismo fueron el inglés Locke y los filósofos ilustrados franceses: Rousseau, Montesquieu y Voltaire. Entre sus ideas, que se repetirían a lo largo del siglo, unas pocas se convirtieron en las columnas de apoyo de los modelos políticos:

1. Soberanía nacional. Los ciudadanos, agrupados en partidos, eligen a sus gobernantes, responsables ante parlamentos que representan al pueblo.
2. Separación de poderes. Según la fórmula de Montesquieu, para evitar la tiranía se separan el poder ejecutivo (gobierno), legislativo (parlamento) y judicial.
3. Igualdad. Todos los ciudadanos tienen los mismos derechos y deberes.
4. Defensa de la propiedad privada, como instrumento para conseguir la felicidad.

A mediados del siglo XIX, la burguesía no era un fenómeno nuevo: su evolución puede seguirse desde sus orígenes en las ciudades de la Europa medieval. Sin embargo, durante muchos siglos -a pesar de su importancia económica y cultural su lugar en la sociedad fue secundario. El poder y la riqueza residían en el mundo rural. Los que vivían en este mundo campesino tenían jerarquías sociales, costumbres, valores y creencias que diferían de los imperantes en las ciudades. Con la industrialización y la expansión de la vida urbana, la burguesía se consolidó.

En términos ideológicos, los burgueses de la segunda mitad del siglo XIX eran predominantemente liberales. Defendían el capitalismo y la empresa privada, creían en el progreso y en el valor de la ciencia y la razón. Eran partidarios de gobiernos representativos que aseguraran las libertades y derechos civiles. Pensaban que el éxito era un resultado del mérito personal y que, por consiguiente, el fracaso revelaba la falta de esfuerzo y mérito.

Por esto, la burguesía se sentía con derecho bien ganado para ejercer una posición de mando en la sociedad. De acuerdo con esta concepción, los obreros y el conjunto de los sectores populares debían aceptar como legítimo el dominio burgués y seguir su ejemplo. (ampliar sobre la revoluciones burguesas)

«Durante su dominación apenas de cien años, la burguesía ha creado fuerzas productivas más masivas que todas las generaciones anteriores. La sujeción al hombre de las fuerzas de la naturaleza, la maquinaria, la aplicación de la química a la industria y la agricultura, la navegación a vapor, los ferrocarriles, el telégrafo, el desbrozamiento de continentes enteros para el cultivo, la canalización de ríos, hacer surgir del suelo poblaciones enteras: ¿qué siglo anterior tuvo siquiera el presentimiento de que tales fuerzas productivas dormitaban en el seno del trabajo social? La burguesía no puede existir sin revolucionar constantemente los instrumentos de producción y, por este medio, las relaciones de producción, y con ellas todas las relaciones de la sociedad.»
CARLOS MARX Y FEDERICO ENGELS. Manifiesto comunista, 1848.

Revolución Agrícola I

Revolución Agrícola II

Revolución Algodonera

Revolución Metalúrgica

Fuente Consultada:
HISTORIA DEL MUNDO CONTEMPORÁNEO
A. Fernández
Vicens Vives.

Historia del Movimiento Obrero en Argentina Resumen

BREVE HISTORIA DEL MOVIMIENTO OBRERO EN ARGENTINA

En las últimas décadas del siglo pasado, comenzaron a surgir las primeras fábricas en la Argentina, con un régimen de trabajo similar al europeo: extensas jornadas de trabajo, explotación de menores y mujeres, viviendas insalubres y miserables, etc. La existencia de un proletariado industrial creó las condiciones para la formación de un movimiento obrero integrado en su mayoría por inmigrantes europeos (españoles, alemanes, italianos, franceses, etc.). Los obreros europeos aportaron su experiencia organizativa y de lucha conseguida en los países de origen y fueron importantes en la constitución del movimiento obrero argentino.

EL PROCESO EN LA ARGENTINA

En Argentina se promulgó la famosa Ley de Residencia, que establece igualmente la facultad de deportar extranjeros sin juicio, y la Ley de Defensa Social, son acompañadas de una cada vez más dura represión, en respuesta al crecimiento del movimiento obrero.

El mismo se apoya en el desarrollo cuantitativo de los asalariados de la industria y del transporte, relativamente mayor que en el resto de Latinoamérica a partir del 80, aunque concentrados en la franja litoral que llega desde Rosario a Buenos Aires, y particularmente en esta última ciudad. Ese desarrollo es suficientemente acelerado como para transformar totalmente la relación entre las clases sociales, repercutiendo de modo directo sobre la conducta de la burguesía.

En efecto: el censo industrial de 1887 arrojó 42.321 obreros (sin contar la construcción); el de 1895 (contando la construcción), 170 mil y el de 1913 un total de 410 mil. Posteriormente se carecen de datos estadísticos hasta 1935, a pesar de que en ese lapso se produjo un notorio crecimiento de la industria.

A los solos fines comparativos, puede tomarse en cuenta que en el último año citado (anterior al gran salto industrial de la década) la clase obrera había llegado a un total de 544 mil personas ocupadas.

Esto fue acompañado por una gran actividad organizativa, en la que a poco se formalizan tres tendencias: la anarquista, que es mayoritaria hasta los alrededores de 1920; la socialista (socialdemócrata); y la sindicalista «pura» o tradeunionista. Las tres luchan entre sí por el predominio, y esto se traduce en que, tras un primer momento de unidad relativa en una central sindical única (la Federación Obrera Argentina – R. O. A., creada en 1890), luego aparecen constantemente dos centrales de fuerza variable, fracasando todos los intentos de unidad: ya en 1905 aparecen enfrentadas la F. O. R. A., organizada en el 59 Congreso bajo total control anarquista, y la U. G. T., bajo control predominantemente socialista.

En 1895, ya había veinticinco sociedades gremiales constituidas. En mayo de 1901 surge la Federación Obrera Argentina (FOA). Las manifestaciones obreras a través de huelgas se hicieron frecuentes, alcanzando gran intensidad hacia 1902. En ese año se produce la primera huelga importante que paraliza el transporte y el trabajo portuario (elementos clave de la economía agroexportadora). El objetivo de las primeras manifestaciones obreras fue el aumento de los salarios y mejora en las condiciones de trabajo. En 1894 comienzan los reclamos por la reducción de la jornada laboral. Recién en 1905 se sancionará una ley sobre el descanso dominical y en 1907, la ley de reglamentación del trabajo de mujeres y menores.

Esta, partiendo de 41 sindicatos adheridos, con 41 mil cotizantes, en 1903, llegó a nuclear 95 sindicatos con 102 mil cotizantes en 1906, para decaer a 26 sindicatos y sólo 22 mil cotizantes en 1909. Pero más tarde, al reorganizarse socialistas y sindicalistas en la F. O. R. A. del 9° Congreso, frente a la F. O. R. A. del 59 (que permaneció bajo control anarquista), su actividad y predominio, así como el crecimiento de la clase obrera, se refleja en el salto que llevó de 80 sindicatos y 24 mil cotizantes en 1916 a 367 sindicatos y 308 mil cotizantes en 1919.

Esta actividad organizativa va acompañada por una paralela actividad de lucha, que puede apreciarse en el número de huelgas anuales registradas, aunque, claro está, estos datos no cubren ni agotan la riqueza y las dimensiones de los hechos. En esos límites, las huelgas registradas siguieron la siguiente curva:


Pero, como decía, los datos estadísticos no revelan sino una parte de la realidad: además de las huelgas registradas existen multitud de otras que no lo están, ni de las cifras surge la importancia relativa de las organizaciones, el tipo de obreros que las forman (de talleres o de la gran industria), la magnitud de los paros, la diferencia entre huelgas de empresa y huelgas generales, las diferencias de combatividad, etc. Tampoco, la existencia de organizaciones por fuera de las centrales, y, mucho menos, las luchas aisladas que no llegaron a traducirse en formas organizativas permanentes.

No estaban organizados en relación con las centrales los obreros de los ingenios tucumanos, pero en 1903 estalla allí una huelga de tal magnitud que a F. O. R. A. y la U. G. T. enviaron delegados que actuaron en tareas de organización y en las negociaciones de salarios y condiciones de trabajo. Y era justamente allí, entre los obreros alejados de los grandes centros urbanos y entre los obreros rurales, donde el capitalismo primitivo funcionaba con más dureza y crueldad, donde los abusos, patronales convertían a los obreros en semiesclavos sometidos a condiciones de vida infrahumanas, pues el patrón capitalista ni siquiera estaba interesado, como el amo de esclavos, en mantener con vida a sus trabajadores.

Obreros al salir de una fábrica, se dirigen a una manifestación

El resultado más importante de la huelga en los ingenios fue lograr que los trabajadores recibieran su paga en billetes, y en ese sentido actuaron los mediadores de las centrales obreras. Pero si a Tucumán llegó la acción sindical en 1903, recién hacia 1906 comienza a desarrollarse alguna acción gremial entre los mensús de Misiones y del Chaco. Allí, bajo formas capitalistas, seguían subsistiendo las características del trabajo forzoso, mediante contratos que establecían el trabajo obligatorio, y a través de la utilización directa de las fuerzas policiales locales por las empresas. Basta transcribir el modelo de un contrato de la época en los obrajes para hacerse una idea de lo que esto significaba.

Tampoco es suficiente, para hacer un cuadro de la legislación antiobrera de la época, es recordar las dos leyes generales más conocidas (leyes de Residencia y de Defensa Social). En las leyes particulares, aun en aquellas que otorgaban ciertas concesiones a los trabajadores, se imponían cláusulas contra la actividad sindical. Por ejemplo: la ley de jubilaciones de los ferroviarios, establecía que el derecho a la jubilación implicaba obligatoriamente la renuncia al derecho de huelga (artículo 11 de la ley respectiva).

Esa cláusula sólo fue derogada después de la huelga de 1917, que puede servir de modelo para comprender las condiciones de la época, aun en un gremio relativamente privilegiado como el ferroviario: las huelgas del gremio de 1887 a 1890 lograron algunos éxitos parciales, pero la represión fue creciendo, mediante los métodos «clásicos»: varias asambleas obreras fueron disueltas a balazos por la policía, se multiplicaron los arrestos y, finalmente, fueron encarcelados, condenados o deportados los cuadros más activos, hasta que la Fraternidad quedó disuelta de hecho. Sólo en 1896 pudo reconstruirse trabajosamente, y recién en 1912 se pudo organizar la Federación Obrera Ferrocarrilera, que agrupaba a los trabajadores no calificados.

En 1917 se realizó un pacto de solidaridad entre las dos organizaciones ferroviarias, y esto permitió realizar un paro general del gremio. De inmediato se desató !a represión: en Rosario se fusila a obreros detenidos, en Junín, en los talleres de Constitución, en Sola, y en Mendoza, las tropas del ejército hacen fuego a mansalva sobre las asambleas; la marinería del Crucero Almirante Brown balea a los huelguistas de los talleres del F. C. Sud. Sólo después de una dura lucha, en la que no se pudo quebrar a los huelguistas, el gobierno interviene, e Yrigoyen dicta un decreto anulando el artículo 11 de la ley y estableciendo un aumento general de salarios.

El caso no es aislado, sino que constituye algo así como un «modelo»: patrones y gobierno tratan de impedir la organización obrera. Cuando ésta aparece, la persiguen, cuando comienza la lucha se desata la más dura represión. Finalmente, si los trabajadores han logrado resistir, dejando en el camino decenas y aun centenares de muertos, encarcelados y deportados, se les hace algunas concesiones, apareciendo el gobierno como mediador.

Si la represión logra quebrar a los obreros, la situación de éstos queda como antes o aun empeora. Algunos momentos particulares, caracterizados por la ferocidad de la represión, han quedado en la memoria colectiva: las masacres de 1909, !as de enero de 1919, conocidas bajo el nombre de la Semana Trágica, los fusilamientos de la Patagonia de 1921-22.

En este período, sin embargo, pueden advertirse dos hechos nuevos: por una parte, junto a la represión de la policía y el ejército, aparecen por primera vez grupos civiles armados (la Asociación de! Trabajo y la Liga Patriótica), que prefiguran las organizaciones fascistas de la década posterior. Por otra parte, la represión, más dura que nunca, es acompañada por primera vez en el país por intentos de paternalismo reformista en cierta escala.

El primer hecho, aunque su importancia es fundamental para entender el desarrollo de la lucha de clases, excede los límites de este trabajo, y lo dejaremos en adelante de lado.

El segundo, nos lleva a tratar otra cuestión clave: la del paternalismo y el reformismo. De todo lo reseñado en este capítulo, queda, sin embargo, una síntesis a destacar: la organización sindical obrera nace desde los primeros momentos en que el proletariado aparece como una clase separada en la sociedad capitalista, como una necesidad que surge espontáneamente para defenderse de la explotación y la opresión de la burguesía.

Y la primera respuesta de ésta es, en todas partes, represiva: se legisla contra los sindicatos y la acción sindical, y se reprime ferozmente toda actividad dirigida a disminuir la explotación. Como subproducto de la lucha obrera surgen el paternalismo y el reformismo.

A mediados de la década de 1920 el movimiento obrero tuvo poca influencia política (hubo escaso número de huelgas y los sindicatos eran pequeños y poco representativos). En 1930 se creó la Confederación General del Trabajo (CGT), que estaba compuesta por socialistas, sindicalistas, comunistas y algunos anarquistas. A mediados de esa década, los sindicatos empezaron a crecer en cantidad y en número de afiliados. Si bien los reclamos salariales habían predominado hacia principios del siglo, en la década de 1940 las demandas giraban en torno de los denominados beneficios complementarios: vacaciones, pagos por enfermedad, seguros sociales, compensación por accidentes, etc.

Con el advenimiento del gobierno de Juan Domingo Perón (1946-1955), la idea de una justicia social y los sindicatos controlados por el Estado se convirtieron en elementos clave de su gobierno. Los beneficios para la clase obrera urbana incluyeron: pensiones y protección contra el desempleo, jornada de trabajo de duración definida legalmente, vacaciones pagadas, nueva ley de descanso dominical, indemnización por accidente, controles sobre el trabajo de mujeres y niños, vivienda subvencionada, centros de vacaciones, organismos de empleo y pagos adicionales anuales (aguinaldo). Además, la sanción de la Constitución Justicialista de 1949 -en reemplazo de la Constitución Nacional de 1953- garantizó los derechos básicos del trabajador.

Periódico Obrero en 1908

PARA SABER MAS…
El primer sindicato y la primera huelga.
El 25 de mayo de 1857 se constituyó la Sociedad Tipográfica Bonaerense; en 1878 los tipógrafos, nucleados en la Unión Tipográfica, protagonizaron la primera huelga en busca de mejores condiciones de vida.

En 1887 se organizaron los maquinistas y foguistas ferroviarios, formando la agrupación La Fraternidad. Los obreros panaderos y otros gremios tomaron determinación similar. Las huelgas se hicieron frecuentes. Los obreros exigían jornadas de 8 horas y salarios dignos, prohibición del trabajo a menores de 14 años, abolición del trabajo nocturno de mujeres y menores, mejores condiciones de higiene en los talleres, etc. A veces, algunos conflictos terminaban con el triunfo de los huelguistas, pero no era así en la mayor parte de los casos. El Estado no concebía esos desbordes y la represión frecuentemente era violenta.

Desarrollo del movimiento obrero. En 1887 funcionaban en Buenos Aires más de 10 000 talleres y fábricas —generalmente pequeñas—, que ocupaban a más de 42 000 personas. Con el tiempo, esas cifras aumentaron y el movimiento sindical se hizo más poderoso. El l9 de mayo se celebró por primera vez en 1890, con la participación de miles de trabajadores; en 1894 un mitin realizado en la plaza Rodríguez Peña para lograr la jornada de 8 horas, reunió más de 10 000 personas.

En 1896, cerca de 25 000 obreros participaron en movimientos de fuerza. Estibadores del puerto, constructores de carruajes, telefonistas, tipógrafos, operarios de las usinas de gas, mecánicos, relojeros y joyeros, albañiles, cigarreros, hojalateros, ferroviarios, sastres, etc., hacian sentir asi su protesta ante la injusticia social.

Al comenzar el siglo XX. La acción obrera se intensificó en la primera década del nuevo siglo; en 1907, alrededor de 75 000 obreros participaron en diversos conflictos, al tiempo que buscaban unificar su acción, surgiendo asi la Unión General de Trabajadores (UGT), la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), etc.

Entidades políticas, como el Partido Socialista, se hicieron eco de los reclamos obreros y, poco a poco, se fueron imponiendo condiciones más justas, no sin que fracasaran muchos intentos por lograrlas. La fuerza creciente de los movimientos sindicales puede deducirse de estas cifras: en 1915 la FORA contaba con la adhesión de 51 sindicatos y más de 20 000 cotizantes; en 1920 esas cifras habían crecido: 734 agrupaciones obreras contaban con casi 750 000 afiliados.

El movimiento obrero
Por este entonces los obreros ya estaban organizados. Se concentraban en torno a tres tendencias: la socialista, la anarquista y la católica. La primera agrupaba en su mayoría a obreros criollos y extranjeros de ideas no extremistas; […]. El anarquismo intentaba una acción más violenta y a diferencia del socialismo no quería ninguna vinculación con la política. Su organizador en el país Pietro Gori (abogado) «indujo a los anarquistas de la Argentina a abandonar la vieja táctica individualista para encarrilarlos por la organización». […]. Estas dos tendencias obreras eran de un contenido ideológico liberal que revelaron en manifestaciones favorables al Proyecto de Ley de Divorcio, que se debatiera el año 1902 y resultara rechazado en la Cámara de Diputados por escaso margen: 50 a 48 votos. […] los Círculos Católicos formados por el emprendedor Padre Grote trataban de aunar el proletariado bajo las consignas de la Rerum Novarum, […]. La situación obrera era cada vez peor, la desocupación amenazaba a los hogares, ya el año anterior se había hecho una manifestación de más de 15.000 obreros ante la Casa Rosada para que se considerase su situación. A principios de noviembre la Dirección de Inmigración hizo averiguaciones sobre la desocupación en Rosario, considerándose el exceso de trabajadores de 2.000 a 2.500; el órgano de la F.O.A. dice que había en el país 200.000 desocupados y que la miseria había provocado una emiqración de 79.427 obreros.

Pereyka, Horacio J. La reforma de la Ley electoral del año 1902.

Historia de los Sindicatos y la Política en Argentina Resumen

Los Sindicatos y la Política en Argentina

SINDICALISMO Y POLÍTICA

En las sociedades modernas los sindicatos de trabajadores han tomado gran desarrollo, y su importancia e influencia aumenta día a día. También se desarrollan las asociaciones de patronos y las agrupaciones de empresarios. La actividad económica, la producción y distribución de bienes y servicio se han convertido en nuestra época en actividad cardinal de la sociedad. El desarrollo industrial, la tecnificación y racionalización de las actividades, la aspiración de todos los sectores a elevar el nivel de vida, la enorme concentración urbana, el mayor conocimiento de las leyes sociales y económicas, la conciencia de los derechos sociales, económicos y culturales, son fenómenos que caracterizan nuestra civilización.

Que los sindicalistas se ocupen de política no es un fenómeno nuevo, como muchos creen, ni atribuible al peronismo. En realidad, así ha sido desde los orígenes del sindicalismo —allá por las últimas décadas del siglo pasado— por la sencilla razón de que, ya desde entonces, correspondía al Estado controlar y reprimir las actividades gremiales.

Los tiempos heróicos

El moderno movimiento obrero argentino se constituye en las últimas décadas del siglo pasado, allí donde el crecimiento económico dio lugar a grandes empresas de servicios —ferroviarias o marítimas— y también a incipientes establecimientos manufactureros. Esto ocurrió en las grandes ciudades —Buenos Aires, Rosario— donde el nuevo proletariado se conformó mayoritariamente con inmigrantes extranjeros. Allí surgieron los primeros gremios y los primeros sindicalistas que, a diferencia de los actuales, eran puramente vocacionales.

Los gremios, semiclandestinos, casi no tenían organización ni podían pagar a sus dirigentes, los cuales tampoco lo hubieran aceptado. Los movía, antes que otra cosa, una pasión política profunda: mejorar la sociedad, y aun rehacerla.

Tres fueron las corrientes ideológicas, que predominaron entre aquellos sindicalistas, que apuntaban a distintas concepciones de la lucha política: anarquismo-, socialismo y sindicalismo. El mensaje anarquista era claro y directo: la sociedad debía ser rehecha desde sus bases. Para ello, la lucha política convencional —la de los partidos— no solo era inútil sino que fortalecía a los enemigos: los burgueses y el Estado. El camino era la huelga general revolucionaria y, efectivamente, los anarquistas movilizaron a los obreros urbanos en una serie de grandes huelgas que culminó en 1910 y pareció poner en jaque a la sociedad establecida.

Los socialistas, en cambio, eran gradualistas. No apuntaban a la solución total sino a la reforma gradual, mediante una legislación que obligara a los egoístas patrones a conceder hoy una cosa, mañana otra. Para ello era necesario que los obreros —en su mayoría inmigrantes— se naturalizaran, votaran y llevaran a los socialistas al Congreso.

En 1904 fue elegido en la Boca Alfredo Palacios —primer diputado socialista de América— y desde 1912 hubo regularmente una empeñosa bancada socialista, autora de importantes leyes sociales.

Los sindicalistas —corriente ideológica derivada del anarquismo e inspirada en G. Sorel— compartían con los socialistas el gradualismo y el espíritu negociador, pero desconfiaban de los partidos y ponían sus esperanzas en los sindicatos. Se afianzaron en las primeras grandes organizaciones, ligadas a las actividades vitales del país, como la ferroviaria y la marítima, utilizaron la huelga y se acostumbraron a dialogar y a negociar, con las empresas y con el Estado.

La etapa radical

Desde 1915, los sindicalistas fueron la corriente dominante. Por entonces, el incremento de la agitación sindical, al promediar la Guerra Mundial, coincidió con la llegada al poder de los radicales. Yrigoyen dejó de lado la política sistemáticamente represiva y dejó hacer a los gremios: en ciertos momentos actuó como mediador y arbitro, y rara vez lo hizo contra los obreros. La comunicación entre algunos dirigentes sindicales, como el marítimo García (el más notable gremialista de su época) y las altas esferas políticas fue muy fluida, anticipando sin duda situaciones posteriores.

Esto impulsó el movimiento reivindicati-vo hasta extremos intolerables para los grandes intereses, que movilizaron inclusive a las fuerzas armadas. En 1919, cuando la Semana Trágica, obligaron al gobierno a autorizar una represión indiscriminada, que se continuó cuando las huelgas de la Patagonia de 1921. El primer intento de diálogo y conciliación entre los sindicalistas y el gobierno había fracasado.

La «década infame» y el peronismo

En 1930 la dictadura y la crisis económica —con su secuela de desocupación— redujeron considerablemente las posibilidades de acción de los sindicalistas, que cuando intentaron algo fueron violentamente reprimidos. Pero a partir de 1935, el auge industrial y el crecimiento económico fueron creando las condiciones para la reconstrucción de un movimiento sindical activo, nutrido tanto en los viejos trabajadores como en aquellos nuevos, venidos de las zonas rurales y atraídos por las posibilidades de empleo.

Los socialistas reorganizaron algunos sindicatos importantes —como ferroviarios, municipales o empleados de comercio— mientras los comunistas impulsaban las primeras agrupaciones por rama de industria, que superaban la primitiva organización por oficios.

Pese a que los temas políticos —como la guerra de España o la lucha contra el fascismo— eran importantes, dominaba en estos dirigentes la preocupación por mantener y desarrollar unas organizaciones sindicales que, como en el caso de los ferroviarios, habían alcanzado gran complejidad. Esto obligaba a frecuentes contactos, tanto con las empresas como con el Estado, y a intentar un diálogo fluido, que en este período de inacción política y escasa sensibilidad social trajo aparejado mayores conquistas para los sindicalistas.

Estaba configurada ya, sin embargo, la tendencia a dialogar y a negociar con el gobierno, a conceder apoyo político a cambio de ventajas económicas. Esta tendencia, latente en buena parte de la dirigencia sindical, maduró súbitamente cuando alguien, desde el Estado, hizo la oferta.

Este fue el coronel Perón, quien desde la Secretaría de Trabajo y Previsión puso en marcha una amplia serie de medidas en favor de los obreros (vacaciones pagas, aguinaldo, indemnización por despido, etc.), muchas de las cuales correspondían a leyes aprobadas anteriormente pero nunca aplicadas. Por entonces, la Segunda Guerra Mundial no sólo había mejorado la situación económica general del país sino que había impulsado firmemente la industrialización.

Aunque movilizados desde el Estado, los sindicalistas tenían un proyecto político propio, que implicaba una alianza, de igual a igual, con Perón. Por eso constituyeron el Partido Laborista, principal sostén electoral de Perón en las elecciones de 1946. Pero una vez triunfante, el Estado peronista comenzó a crecer, a eliminar todo tipo de autonomía de sus soportes y a inmiscuirse en todas las esferas.

La poderosa maquinaria estatal, y los medios masivos de comunicación, aseguraron la relación directa entre el líder y las masas, y Perón pudo prescindir de sus molestos aliados. Los viejos dirigentes sindicales, que en su mayoría se habían hecho peronistas, fueron eliminados. Los sindicatos crecieron notablemente, en afiliados, en bienes, en actividades, pero perdieron su autonomía, dentro de un movimiento que, confundido con el Estado, se verticalizaba totalmente.

El posperonismo

Desde 1955 la situación de los dirigentes sindicales cambió totalmente. El peronismo fue excluido del sistema político, que quedó viciado así de una ilegitimidad radical, al tiempo que los empresarios se proponían recuperar lo perdido en la década pasada. Paradójicamente, los dirigentes sindicales peronistas —y los que no lo eran constituían un grupo irrelevante— resultaron fortalecidos.

A ellos competió la dura defensa de los intereses económicos de la clase trabajadora. Por otra parte, en el cuadro de una desorganización general del peronismo —cuyos hilos conservaba Perón, a costa de confundirlos permanentemente— fueron el único sector que mantuvo su organicidad. Las 62 Organizaciones peronistas, su expresión política, pasaron a ser la columna vertebral del movimiento.

Por otra parte, el gobierno abandonó la actitud persecutoria inicial, cuando descubrió que una dirección sindical fragmentada era potencialmente más-peligrosa que un sindicalismo unido y negociador. En 1958 el presidente Frondizi no sólo les devolvió la CGT sino que, con la Ley de Asociaciones Profesionales —que establecía el sindicato único y la afiliación obligatoria— aseguró la hegemonía de la burocracia sindical. Los empresarios, por su parte, comenzaron a practicar el soborno masivo, la corrupción de algunos dirigentes sindicales.

Eran los tiempos de Augusto Vandor, notable dirigente metalúrgico que llegó a concebir un peronismo sin Perón. Su estrategia fue doble: impugnar el sistema político y negociar con los poderes reales, es decir los empresarios y las Fuerzas Armadas. Fueron diez años de vaivén, de dureza y de blandura, de lucha y de negociación, en los que los sindicalistas hicieron un buen aporte —junto con las fuerzas armadas— a la crisis del sistema político. No extrañó entonces que aplaudieran en 1966 la caída de Illia y que asistieran —luego de ponerse la corbata— a la jura presidencial del general Onganía.

Los sindicalistas y la Revolución Argentina

Quedó claro, entonces, que sindicalistas, militares y empresarios coincidían en el deseo de establecer un acuerdo corporativo, por encima del sistema político tradicional.

Se trataba sin embargo de una relación difícil. En 1966 los grandes empresarios y las fuerzas armadas coincidieron en una pTosco Sindicalistaolítica que aspiraba a eliminar las trabas al desarrollo capitalista. Esto suponía no sólo una redistribución regresiva de los ingresos sino un control estricto de la agitación laboral, ya fuera la que escapaba al control de la dirigencia sindical como la realizada por ésta.

Onganía reservó el garrote para los díscolos y la mano tendida para los que quisieran «participar». No había ya lugar para el juego pendular del vandorismo. Muchos «participaron», e hicieron la corte a las autoridades militares, y otros se replegaron.

Consecuencia de esto fue que las luchas espontáneas de los trabajadores buscaron otras direcciones: Ongaro y la CGT de los Argentinos, el peronismo combativo de Atilio López o el sindicalismo clasista de Agustín Tosco o René Salamanca en Córdoba.

La protesta, sindical empalmó con una ola de disconformismo generalizado, que luego del estallido de 1969 hizo trizas al régimen militar. Los viejos sindicalistas se vieron beneficiados por la ola, aun cuando frente a una movilización que los rebasaba, y que incluso los cuestionaba, su posición no era nada cómoda.

Los sindicalistas y el gobierno peronista

Esta ambigüedad perduró luego de marzo de 1973, con el agravante de que, estando el peronismo en el gobierno, no había un enemigo común que unificara a las fracciones adversas y borrara las diferencias. La exacerbación de la politización hizo que los sindicalistas —la denostada burocracia sindical— fuera convirtiéndose en el polo del ala derecha peronista, y que luego de la caída de Cámpora recuperasen posiciones.

Pero el sindicalismo estaba demasiado hecho a negociar desde afuera para que las relaciones con su propio gobierno —y aún con el mismo Perón— fueran fáciles. El Pacto Social los embretaba, entre lo que el gobierno podía ofrecer y lo que las bases reclamaban.

Muerto Perón, la situación se aclaró, y a mediados de 1975 los dirigentes sindicales condujeron contra Isabel Perón una movilización que en poco difería de las realizadas contra Frondizi o Illia. Eso les permitió capitalizar el apoyo de las bases y eliminar de entre ellas a sus competidores y enemigos, es decir a quienes querían conformar una dirección sindical alternativa. Utilizaron para ello las peores armas —el matonismo y la violencia— anticipando lo que ocurriría luego de 1976.

Sindicatos y Proceso de Reorganización Nacional

No es difícil entender que los sindicalistas tuvieron bastante que ver —por acción u omisión— con la desestabilización de su propio gobierno y con el advenimiento del último régimen militar. Sin embargo, las relaciones con éste fueron más difíciles que en la anterior versión. Los militares llevaron a cabo una dura represión de los activistas —cosa que no molestaba demasiado a los dirigentes— pero también un ataque frontal a las organizaciones.

Se disolvió la CGT, se intervinieron los sindicatos y se los privó de las obras sociales. Se suprimieron las paritarias y se prohibieron las huelgas. Todo parecía retornar a 1943, con el agravante de que la propia industria era atacada, afectando hasta a las bases laborales del sindicalismo.

Otra vez el régimen ofreció el garrote y la participación, y a la mayoría de los sindicalistas no les quedó otro remedio que aceptar la segunda opción. Los dirigentes de segunda línea reaparecieron como asesores de los interventores militares, o «dialogando» con quien en el régimen militar asumía el papel de dialoguista. Muchos fueron estimulados desde el gobierno para constituir una corriente proclive al entendimiento. Como en 1972, el deterioro del régimen pareció devolverles el calor popular y las fuerzas perdidas. ¿Se repetirá la historia?.

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Isabel Perón, en la CGT, rodeada
por José López Rega Casildo Herreras. Ricardo Otero y Lorenzo Miguel. Luego los líderes sindicales orquestaron contra ella una durísima movilización, que ayudó a desestabilizar a su debilitado gobierno (4 de abril de 1975).

LOS PARTIDOS POLÍTICOS Y LOS SINDICATOS BAJO LOS REGÍMENES DESPÓTICOS

En los regímenes totalitarios se niega la libertad a los partidos políticos y a los sindicatos. No se tolera organización o expresión que sea contraria a las ideas o propósitos del gobierno.

En los regímenes totalitarios sólo se admite la existencia de un partido: el del gobierno; sólo se admite una organización sindical: la controlada por el gobierno.

Parten del supuesto de que el gobierno encarna la voluntad popular. Por lo tanto también la encarna el partido propio y la organización sindical montada por él. No se admite la existencia de otros grupos o tendencias.

Hitler no admitía sino al partido nacional-socialista; Mus-solini sólo admitía al partido fascista; los regímenes soviéticos sólo reconocen al partido comunista.

El partido oficial, con frecuencia el único existente, goza de todos los favores y privilegios. La pertenencia a él es prácticamente obligatoria para quienes aspiran a desarrollar cualquier actividad, aunque sea privada.

En tales regímenes el partido es el educador del pueblo, el director de las conciencias, intérprete único de la voluntad popular, su representante y custodio en el gobierno.

Se realizan enormes campañas electorales, usando todos los medios técnicos de la moderna propaganda. Pero su objeto no son las elecciones, pues no existe posibilidad de opción para los ciudadanos, sino provocar entusiastas manifestaciones populares de adhesión al régimen y a sus dirigentes.

Cosa semejante a lo que sucede con los partidos sucede con los sindicatos. Son instrumentos de la política gubernamental.

Fuente Consultada:
Formación Política Para La Democracia – Tomo II – Los Sindialistas y la Políitca Argentina – Nota de Romero Luis Alberto – Editorial Biblioteca Redacción

Historia de la Organización Sindical en América Primeros Sindicatos

Historia de la Organización Sindical en América
Primeros Sindicatos

HISTORIA EN EL MUNDO: Se llama sindicatos a las asociaciones de trabajadores de un mismo ramo o de una misma categoría profesional que se unen para la defensa de sus intereses laborales. Las asociaciones que pueden formarse con participación de obreros y empleadores suelen llamarse corporación. En las sociedades modernas los sindicatos de trabajadores han tomado gran desarrollo, y su importancia e influencia aumenta día a día. También se desarrollan las asociaciones de patronos y las agrupaciones de empresarios.

La actividad económica, la producción y distribución de bienes y servicio se han convertido en nuestra época en actividad cardinal de la sociedad. El desarrollo industrial, la tecnificación y racionalización de las actividades, la aspiración de todos los sectores a elevar el nivel de vida, la enorme concentración urbana, el mayor conocimiento de las leyes sociales y económicas, la conciencia de los derechos sociales, económicos y culturales, son fenómenos que caracterizan nuestra civilización.

En tal tipo de sociedad, necesariamente, los sindicatos obreros y las asociaciones empresarias ven aumentarse su fuerza, importancia e influencia. Los sindicatos, que durante mucho tiempo fueron solamente un instrumento de la lucha contra los empresarios, se convierten en una de las fuerzas estructurales de la comunidad, que prestan servicios asistenciales de importancia.

Las sociedades modernas tienden a convertirse en grandes comunidades de trabajo. Lógico es que en ellas las fuerzas organizadas, tanto del capital como del trabajo, sean estructuras fundamentales del ordenamiento social.

Los gremios y corporaciones tuvieron gran desarrollo e importancia durante la edad media. Estaban formados por trabajadores sin dependencia (artesanos), y velaban no sólo por sus propios intereses, sino que también cuidaban la formación profesional de los aprendices, la calidad de los productos elaborados y la justicia en los precios. Además tomaban a su cargo una serie de funciones sociales como la asistencia a las viudas, huérfanos y enfermos.

La Revolución Francesa disolvió esas asociaciones de artesanos y prohibió su formación, argumentando que impedían la libertad de trabajo al limitar el número de aprendices con el objeto de restringir la competencia futura y al elegir esos aprendices dentro de las familias de los mismos artesanos. Tal es el contenido de la famosa ley Le Chapelier (1791). Los revolucionarios no advirtieron que al destruir una situación que consideraban mala, dieron lugar a la creación de circunstancias que, decenios más adelante, con la aparición del capitalismo, se volvió precisamente contra aquellos que quería proteger.

Durante el siglo XIX, época de auge del liberalismo individualista, las asociaciones de trabajadores fueron prohibidas en casi todos los países. El trabajo, a la llegada del capitalismo fue considerado como una mercancía sujeto a la ley de la oferta y la demanda. Así se produjeron una serie de situaciones de injusticias sociales y de explotación de los obreros.

Las asociaciones obreras resurgieron para defensa propia, primero clandestinamente, y luego con existencia legal, reconocida a fines del siglo pasado y comienzos del presente.

Actualmente los sindicatos no son únicamente reconocidos, sino que su formación es alentada en casi todos los países.
Es mucho lo que se ha logrado mediante las organizaciones sindicales.

Entre sus frutos principales podemos señalar:

— haber destruido la concepción que convertía al trabajo humano en una mercancía, despojándolo de su dignidad;
— haber corregido muchas injusticias sociales y desarrollado el espíritu de solidaridad;
— haber logrado mejores retribuciones y mejores condiciones de trabajo;
— haber logrado en casi todos los países mejorar las leyes laborales, asistenciales y de previsión;
— asegurar a los trabajadores la seguridad de sus personas y el respeto de sus derechos.

En la actualidad los sindicatos adquieren una enorme fuerza política. Como las medidas que más afectan a los intereses de los trabajadores no son tanto las actitudes de los empresarios, cuanto las leyes que sobre conducción económica dicta el estado, hacia este problema se vuelca la fuerza sindical. Existe un caso de legítima intervención de los sindicatos ante los órganos políticos cuando lo hacen para defender sus intereses afectados por las leyes o medidas gubernamentales. Fuera de ese caso, cuando pretenden actuar en política sustituyendo a los partidos y convirtiéndose en aparatos electorales, su intervención es ilegítima.

el sindicalismo mundial

LA ORGANIZACIÓN SINDICAL EN AMÉRICA

En Estados Unidos, después de la derrota de la revolución alemana en 1848, se instaló el amigo de Marx, Joseph Weydemeyer, quien fundó la Alianza de Trabajadores Norteamericanos, y un periódico Die Reform. Bajo su influencia, después de la guerra de Secesión, Ira Steward organizó en todos los estados del norte la «Liga por la jornada de ocho horas», y en 1866 se fundó en Baltimore la Unión Nacional del Trabajo, que se puso en contacto con la Primera Internacional, mientras Sorge establecía en Nueva York la Asociación General de Obreros Alemanes y contribuía a fundar el Club Comunista. Fue en base a todo esto que la Internacional trasladó su sede a Nueva York en 1872, aunque para languidecer y desaparecer poco después. Bajo su influencia, sin embargo, se extendió el movimiento sindical desde el norte hasta Illinois, aunque no logró penetrar en el oeste.

La crisis de 1873 influyó, a su vez, para que apareciera el primer movimiento obrero típicamente norteamericano, la famosa Noble Orden de los Caballeros del Trabajo (Knights of Labor), que participaron en la ola de huelgas insurreccionales desatada en 1877 en Nueva York, Baltimore, San Luis, Pittsburg, Chicago, y en los levantamientos de 1884 a 1886, que cubrieron todas las redes ferroviarias en sucesivas huelgas masivas, las minas de carbón del Colorado, la industria de la madera para construcción, las canteras de Illinois, para culminar el 1′ de mayo de 1886 en la primera huelga general conocida en Estados Unidos, desatada para exigir la jornada de ocho horas.

Por primera vez en Estados Unidos, el ejército apareció junto a la policíapara reprimir un movimiento que en algunos lugares, como en Pittsburg, llegó a derrotar a las milicias del Estado, ocupando la ciudad durante dos días. La represión masiva fue acompañada por la detención de los dirigentes de la huelga en Chicago del I9 de mayo del 86, Parsons, Fischer, Engel, Spies y Lingg, condenados a muerte y ahorcados, y conocidos desde entonces como los Mártires de Chicago.

Esas luchas y ese crimen están ligados al reconocimiento del día I9 de mayo por todo el movimiento obrero mundial. En América Latina las primeras sociedades obreras parecen haber sido fundadas en Chile en 1847, bajo formas mutualistas que se transformaron en seguida en sindicatos de oficio, agrupando a zapateros, tipógrafos y carpinteros.

Y ya en 1865 aparecen secciones de la Asociación Internacional de Trabajadores (Primera Internacional) en La Martinica, Puerto Rico y Cuba, creándose en esta última en el mismo año la Asociación de Trabajadores de La Habana. En México, ya en 1870 estaban agremiados los albañiles, tejedores, zapateros, sastres e impresores haciendo propaganda entre ellos el anarquista polaco Golskovsky y los socialistas mexicanos Santiago Villanueva y Francisco Salacosta, que crearon en el año citado el Gran Círculo de Obreros de México, en relación con la Internacional de Londres y sus secciones norteamericanas.

En la Argentina, por su parte, en 1870 se creó el primer sindicato, la Sociedad Tipográfica Bonaerense, que se puso en contacto con las secciones españolas de la Internacional en 1872, apareciendo poco después las secciones francesas, españolas e italianas locales. En el Uruguay, ya en 1871 existe correspondencia con los adherentes a la Internacional en México, y en 1875, en gran parte bajo influencia de las organizaciones de la Argentina, se funda la Federación Obrera, disuelta poco después. Pero en 1876 se crea la Federación Regional de Montevideo, que es aceptada en la Internacional anarquista en 1877, habiendo declarado contar con seis oficios organizados, cinco secciones y dos mil socios permanentes.

DESARROLLO Y REPRESIÓN EN AMERICA LATINA

Después del 70 se modifican las condiciones en algunos países latinoamericanos, y esto permite el desarrollo de relaciones capitalistas de producción y el crecimiento cuantitativo de la clase obrera, lo que a su vez se traduce en una mayor actividad en las luchas sociales. En México, la lucha contra la intervención imperialista franco-española de 1861-67 y el movimiento de la Reforma, con sus leyes de desamortización y nacionalización, transformaron las estructuras agrarias, e impulsaron la producción capitalista en el agro y la industrialización.

El Círculo de Obreros de México se transforma en 1874 en el Gran Círculo de Obreros, con filiales en varios estados y más de 8 mil aliados. Esto provoca la persecución contra la actividad sindical, y el código penal de 1872 declara delito toda acción dirigida a defender los salarios, aumentando la represión bajo la dictadura del general Porfirio Díaz (1876-1910),sobre todo a partir de 1844.

La agitación obrera desaparece prácticamente hasta 1898, en que estalla la huelga de los fundidores de Tlaxcala. A partir de ese momento, la lucha de los obreros de la industria se liga con la de los peones y campesinos sin tierra, bajo la influencia del Partido Liberal, dirigido por los hermanos Flores Magón, que, bajo la consigna de tierra y libertad organizan sucesivas rebeliones armadas contra el porfirismo en 1900, 1903, 1905, 1906 y 1909.

Finalmente, su influencia se ejerce sobre el zapatismo, actuando como ala campesina y proletaria en la revolución de 1910. En Chile, la incipiente clase obrera se vuelca después de la caída de Balmaceda en e! Partido Demócrata, que opera como un movimiento de tipo populista, dirigido por la pequeña burguesía, pero con numerosos grupos proletarios internos. El desarrollo vertiginoso de la minería (en particular del salitre) y la política conciliadora del Partido Demócrata, provocan escisiones en sus filas, segregándose grupos socialistas y anarquistas, fundándose en 1897 la «Unión Socialista» y poco después la organización anarquista «Socialismo Libertario».

En el orden gremial, se funda en Iquique, el 1? de enero de 1900, la Mancomunal Obrera, que publica un periódico diario de 1901 a 1908, influyendo y organizando toda la zona salitrera, y dirigiendo las sucesivas huelgas que estallan desde 1902 a 1907, que llega a abarcar en el último año a los portuarios y demás gremios, bajo la conducción común del «Comité Central Pampa e Iquique». La represión desatada alcanzó su más alto nivel en la «Matanza de Iquique», en la que fueron fusilados los miembros del Comité Central y ametrallados más de setecientos obreros, que se hallaban concentrados en una escuela. Recién en 1909 pudo reconstruirse el movimiento obrero chileno, con la fundación de la Federación Obrera de Chile, convertida en una poderosa central en 1917, con el apoyo de las Uniones Obreras organizadas bajo la dirección de Luis Emilio Recabarren, cubriendo prácticamente todo el país.

Al aumento de la actividad obrera respondió un nuevo ciclo de represión: masacre en Puerto Mátale de los obreros rurales en huelga; incendio del local de la Federación Obrera de Punta Arenas; muerte en la cárcel del poeta Gómez Rojas a consecuencia de los vejámenes padecidos; encarcelamiento por tres meses de Recabarren y de otros dirigentes de la FOCH. En el Brasil, pese al escaso desarrollo del movimiento, además de la continua persecución contra los activistas, aunque no se decreta delito el organizarse sindicalmente, se dicta la llamada ley Adolfo Gordo, que establece la deportación de extranjeros por actividades «antisociales».

Fuente Consultada:
Educación Democrática de Argentino Moyano Coudert – Texto Para 3º Año – Tercera Edición- Editorial Guadalupe

Historia del Movimiento Obrero Los Primeros Sindicatos Ley Chapelier

Historia del Movimiento Obrero
Los Primeros Sindicatos

El movimiento sindical es hoy un fenómeno gigantesco y complejo, que comprende centenares de millones de trabajadores. En casi todos los países es reconocido por los gobiernos, y aun allí donde se ha tratado de prohibirlo, reemplazándolo por organizaciones corporativas manejadas totalmente por el Estado que, a la vez, persigue duramente toda reivindicación de los trabajadores (como en España) nadie ignora la existencia de organizaciones sindicales clandestinas que dirigen, las luchas reivindicativas. No sólo están organizados sindicalmente los obreros, sino también los empleados, y en casi todas partes sus gremios forman parte de las centrales de trabajadores

En los países más avanzados, los sindicatos poseen edificios propios, cooperativas, obras de asistencia médica, editan periódicos y revistas, sostienen escuelas sindicales, construyen viviendas, y en algunos casos tienen empresas propias que, a su vez, emplean asalariados. Los dirigentes sindicales son figuras públicas, sus opiniones son recogidas por los periódicos, la radio y la televisión. Y en muchos casos constituyen burocracias rentadas, con un poder igual o superior al de muchos políticos tradicionales.

Este panorama, que hoy nos parece normal, oculta, sin embargo, multitud de contradicciones que expresan, en el nivel de las organizaciones gremiales, la complejidad de la lucha de clases, con sus avances y retrocesos; y es el producto, de una larga, dura y aun sangrienta lucha, de una verdadera guerra que se libra desde hace más de siglo y medio. Es imposible presentar aquí ni siquiera un cuadro aproximadamente completo ni de esa larga historia ni de la situación actual.

Por eso nos ceñiremos a presentar solamente algunos de los aspectos fundamentales del movimiento sindical en los países capitalistas, dando apenas algunos ejemplos que los ilustren, y sin pretender siquiera referirnos a multitud de cuestiones secundarias que, sin embargo, resultarían en muchos casos indispensables para que el cuadro general fuera más comprensible. Dada la importancia y complejidad del proceso de organización sindical, en capítulos posteriores se volverá sobre distintas características actuales del fenómeno.

MOVIMIENTO OBRERO Y REPRESIÓN

Recién en el siglo siglo XIX estuvieron dadas las condiciones para que apareciera el movimiento obrero como un fenómeno separado de las otras clases sociales, con caracteres propios. Esto ocurrió en primer lugar en Inglaterra, casi en seguida en Francia, y recién unas décadas después en Alemania, en otros países de Europa occidental, y en Estados Unidos.

En Inglaterra, la revolución industrial, iniciada hacia 1750, maduró en gran escala hacia fines del siglo, y desde 1800 hasta 1815 en Francia, por la aplicación extendida del motor a vapor en las manufacturas y en el transporte y por la aplicación de innovaciones técnicas en el hilado y el tejido. A la vez, en Inglaterra habían sido rotas en un proceso de dos siglos las relaciones feudales, operación que se realizó más radicalmente en Francia por la revolución de 1789.

Este doble proceso creó una enorme masa de proletarios provenientes del campesinado y del artesano urbano, desposeídos de todo otro bien que no fuera su fuerza de trabajo (o sea: desposeídos de todo medio de producción), y en condiciones de poder vender «libremente» esa única mercancía que poseían a los propietarios de medios de producción (es decir: de capitales) en el momento en que la maduración de la revolución industrial exigía y hacía posible la utilización de esa mano de obra en gran escala.

De tal modo, esas nuevas condiciones no sólo crearon un numeroso proletariado moderno, correspondiente al capitalismo, sino que hicieron ver a la clase obrera por primera vez que sus intereses eran diferentes de los de las otras clases sociales, y contrapuestos a los de la burguesía. De tal modo, en la década de 1800 aparecieron por primera vez en Inglaterra agrupaciones económicas de los obreros del hilado, de la construcción y de la metalurgia (fabricación de máquinas de vapor), aunque en una confusa mezcla de objetivos, ya que luchaban tanto por obtener mejoras salariales, criticando la ganancia capitalista, como contra el propio maquinismo: al lado de gérmenes de sindicatos se desarrolló el vasto movimiento «luddista», que se oponía a la utilización de máquinas, y organizaba asaltos a las fábricas para destruirlas.

En Francia, la clase obrera aparece por primera vez en escena en la zona de hilados y tejidos de Lyon, adquiriendo sus luchas la forma del motín revolucionario, al punto de exigir verdaderas expediciones militares para aplastarlas. Esto muestra los caracteres del primitivo movimiento obrero: en Inglaterra toma de inmediato formas sindicales, gremiales, por oficio, dirigidas fundamentalmente a la lucha económica (por mejores salarios y condiciones de trabajo), y desde allí se lanza muy rápidamente a la acción política, que no está dirigida a luchar frontalmente contra el poder de la burguesía sino a obtener reformas democráticas: en 1829 los obreros del Lancashire (hilanderos) organizaron la Asociación Nacional de Oficios y en Londres los de la construcción y la metalurgia la Unión Metropolitana de Oficios.

De inmediato se pasa a la agitación por la «Reforma» parlamentaria, basada fundamentalmente en el reclamo de la extensión del derecho al voto a los no propietarios, agitación que culminó en la ley de Reforma electoral (1832), y que fue apenas un escalón en las luchas de masas que se organizaron en el gran movimiento cartista, que combinaba reclamos democráticos ( como el voto universal) con reivindicaciones económicas sobre salarios y jornada de trabajo.

En Francia, en cambio, la tradición obrera recorrió un camino diferente: aparece rápidamente (1796) el partido conspirativo, que intenta la conquista del poder, con la Conspiración de los Iguales, dirigida por Babeuf y Darthés, que a su vez inspiró el movimiento dirigido por Blanqui (1836-1839), y, a la par, se desarrolla la lucha obrera insurreccional, que trata de pasar continuamente a los combates de barricadas en las calles, enfrentando al Estado burgués y a las tropas regulares, siguiendo el ejemplo de los tejedores de Lyon, alzados en 1831 y 1834.

Ambos movimientos aparecen por primera vez ligados en las jornadas de junio de 1848, en París, durante las cuales los obreros sublevados enfrentaron al ejército del gobierno que habían contribuido a crear durante la revolución republicana de comienzos de ese año. Con el cartismo en Inglaterra y con la sublevación de 1848 hizo su aparición en escena la clase obrera organizada en partidos políticos, proceso que culminó en Inglaterra con !a represión de 1848 y en Francia con la instalación de la Comuna en 1871, seguida de una feroz matanza cuando cayó ese primer intento de gobierno obrero.

LAS LEYES ANTISINDICALES

Las luchas obreras y la represión desatada por la burguesía en el poder, que muestran el fondo del fenómeno, tuvieron sus manifestaciones propias en el campo sindical estrictamente dicho: en Francia, el recién instalado gobierno revolucionario burgués dictó en 1791 la llamada» Ley Chapelier, dirigida en principio contra los gremios heredados del pasado feudal y contra las trabas que oponían a la libre competencia y la libre contratación de trabajo. Pero ya en 1793-94 los jacobinos la utilizaron para romper las huelgas obreras mediante el reclutamiento forzoso de mano de obra.

En Inglaterra, por su parte, se dictaron en 1789 y 1800 las Combínations Acís, dirigidas contra los sindicatos, en las que se consideraba como reos de delito de conspiración a ios obreros agremiados. Derogadas en 1824, se reimplantaron en 1825, aunque bajo formas menos rigurosas. Destaquemos: las leyes citadas consideraban delito el simple hecho de agremiarse, no sólo la actividad dirigida contra los empresarios para obtener mejoras salariales o de condiciones de trabajo (huelga, boycot, manifestaciones), que, desde luego, también eran reprimidas.

LA CLASE OBRERA EN AMÉRICA

En América el desarrollo del movimiento obrero, y en particular el de los sindicatos, fue, lógicamente, posterior a! de Europa, puesto que la industria apareció más tardíamente, sobre todo en lo que respecta a América Latina que permaneció como productora de materias primas, con rasgos predominantemente agropecuarios, cuando ya Estados Unidos se había transformado en una sociedad industrial. Con todo, las primeras organizaciones obreras aparecieron casi simultáneamente al norte y a! sur del Río Grande porque tanto en Estados Unidos como en América Latina los inmigrantes europeos trajeron consigo los principios de la lucha de clases y de la organización. En consecuencia allí donde se formó aun el más pequeño núcleo obrero surgieron de inmediato organizaciones mutualistas, sindicatos, periódicos, y rápidamente se intentó formar partidos proletarios.

Desde luego, él mayor desarrollo capitalista e industrial de Estados Unidos proveyó una base material mucho mayor y mucho más temprana para esos intentos que en el resto de América, de tal modo que en los países latinoamericanos si bien la iniciación de las organizaciones obreras es contemporánea a la de aquel país, su expansión real es mucho más tardía y en muchos casos recién se produce en el siglo XX.

Hubo otro elemento que trabó el desarrollo de una clase obrera moderna, capitalista, tanto en Estados Unidos como en América Latina: la esclavitud y el trabajo servil indígena. Si tomáramos un mapa económico y social de este continente hacia 1850, cuando ya la clase obrera estaba ampliamente desarrollada en Europa occidental, nos encontraríamos con una panorama aproximadamente así: en Estados Unidos se había producido un importante crecimiento industrial en el norte sobre la costa del Atlántico y un vasto desarrollo de las plantaciones de tabaco y algodón en el sur, con la utilización masiva de mano de obra que esto significa.

Pero si bien en la industria manufacturera se utilizaba fuerza de trabajo asalariada, la mano de obra esclava se había expandido de tal modo que no sólo se empleaba en las plantaciones de modo exclusivo sino también en la industria extractiva. Un documento de 1859 referido a una mina de carbón en Virginia decía: «Ayer visité un pozo de una mina de carbón: la mayoría de los mineros son esclavos y, por lo general, negros. . . pero también trabajan un número considerable de blancos. . . los esclavos pertenecen algunos a la compañía minera; pero la mayoría son alquilados por sus propietarios a razón de ciento veinte o doscientos dólares al año, alojándolos y vistiéndolos la compañía».

En América Latina, por su parte, encontramos tres situaciones diferentes: países donde también existía agricultura industrial (plantaciones) en la que se utilizaba mano de obra esclava, como en Cuba y las islas del Caribe en general, y el Brasil; países donde subsistió el trabajo forzado de los indios, para el trabajo agrícola y en la minería, como Solivia, Perú, Paraguay, México, toda América Central con excepción de Costa Rica y Panamá; y países en donde, si bien subsistió la esclavitud y el uso de indios en condición servil o semiservil, al no haberse desarrollado la agricultura industrial ni la minería (ni tampoco la industria manufacturera) no aparecieron grandes masas de mano de obra, como en la Argentina y el Uruguay.

Es cierto que en el primer impulso de la independencia se decretó la abolición del trabajo forzado de los indios, pero allí donde la mano de obra indígena era usada en gran escala, casi inmediatamente se reimplantó: en Solivia, las medidas abolicionistas tomadas por Bolívar en 1826 fueron derogadas por Santa Cruz en 1829, y la supresión del trabajo forzado dispuesta por San Martín en el Perú en 1821 fue derogada en 1825, manteniéndose el trabajo servil durante todo el siglo XIX, no sólo en las explotaciones agrarias del Estado y del clero, sino también en las haciendas privadas, que podían enrolar trabajadores por la fuerza.

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En gran parte de América Latina las organizaciones sindicales han obtenido una posición de cierta importancia política. Esto es especialmente cierto en la Argentina, donde el movimiento obrero es muy numeroso, relativamente rico, bastante bien organizado y completamente politizado. El dirigente de un gran sindicato en la Argentina es casi automáticamente un político nacional prominente; el secretario general de la Confederación General del Trabajo posee un poder político potencial probablemente igual al del líder de uno de los principales partidos políticos.

El tamaño del movimiento sindical organizado ha variado mucho durante el período de posguerra. Alcanzó su máximo probablemente a principios de la década de 1950, cuando según el gobierno contaba con 4 millones de miembros. En la actualidad la cifra es posiblemente próxima a los 3 millones, o sea aproximadamente el 40 por ciento de la fuerza obrera total del país. No solamente los obreros de las fábricas están organizados; la mayor parte de los empleados en comercios, bancos y oficinas del gobierno están afiliados a sindicatos.

En realidad, de todos los grupos importantes de asalariados del país, solamente el servicio doméstico y los trabajadores agrícolas carecen de una organización efectiva. No todos los sindicatos son reducidos. Los trabajadores ferroviarios, los metalúrgicos, los empleados de comercio, los textiles y los empleados del gobierno poseen sindicatos con más de 200.000 afiliados cada uno y varios otros sindicatos poseen más de 700.000 afiliados.

Los sindicatos son financiados, en gran parte, por un sistema de «descuentos». La ley exigía que los empleadores deduzcan las cuotas sindicales de los sueldos de sus empleados y que depositen estos fondos en la cuenta bancaria de la organización sindical nacional. Las cuotas son generalmente del uno al dos por ciento del sueldo de los afiliados. En los últimos años la mayor parte de los sindicatos han sido autorizados por el Ministerio de Trabajo para retener el primer mes de aumento de los sueldos cada vez que se negocia un nuevo acuerdo.

El movimiento sindical argentino no solamente es grande, extremadamente bien organizado y relativamente rico sino que además está politizado hasta un punto casi incomprensible para muchos.

Peter  Snow
(Fuerzas Políticas en la Argentina)

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Ley Le Chapelier, de junio de 1791

Siendo una de las bases de la Constitución francesa la anulación de toda especie de corporaciones de un mismo estado y profesión, se prohíbe restablecerlas con cualquier pretexto y en ninguna forma que sea…

Los ciudadanos de un mismo estado y profesión, los contratistas, los que tienen tienda abierta, los obreros y demás, no podrán cuando se reúnan nombrar presidente, ni secretario, ni síndico, ni tener registro, ni tomar acuerdos o deliberaciones, ni formar reglamentos sobre sus pretendidos intereses comunes.

Se prohíbe a los cuerpos administrativos y municipales recibir peticiones emanadas de un estado o profesión, ni responderlas… Si algunos ciudadanos de una misma profesión, arte u oficio tomasen acuerdos entre ellos, tendiendo a rechazar o fijar, de común concierto, un precio determinado para prestar el concurso de sus industrias o de sus trabajos, las dichas deliberaciones y convenios serán declarados anticonstitucionales, atentatorios a la libertad y a la declaración de los derechos del hombre… Los autores, jefes e instigadores que los hayan provocado, redactado o presidido, serán citados ante el Tribunal de Policía a instancia del fiscal y condenados cada uno a quinientas libras de multa y a la suspensión por un año del ejercicio de sus derechos de ciudadanos activos… Si dichas declaraciones y convenios, anuncios públicos y circulares contuviesen amenazas contra los contratistas, artesanos, obreros y jornaleros extranjeros, que vinieren a trabajar o contra los que se contentan con un salario inferior, todos sus autores, instigadores y firmantes… serán castigados con una multa de mil libras y tres meses de cárcel cada uno.

Todas las asociaciones de artesanos, obreros y jornaleros… serán consideradas como reuniones sediciosas, y como tales disueltas por los depositarios de la fuerza pública…

Ver:PRIMERAS ASOCIACIONES DE TRABAJADORES

La Formación de la Clase Obrera en Europa Primera Internacional

La Formación de la Clase Obrera en Europa

El desarrollo de la urbanización, y también de la industrialización, en Europa, en la primera mitad del siglo XIX, tuvo consecuencias sobre las condiciones de vida de los trabajadores. La gran mayoría de éstos apenas lograban subsistir, acosados por el hambre y las epidemias.

Muchos de estos trabajadores pobres eran artesanos que ejercían su oficio de manera independiente, trabajadores domiciliarios o empleados en pequeños talleres. Pero a medida que avanzó la industrialización creció el número de obreros empleados en las fábricas mecanizadas.

Este proletariado industrial se fue transformando en el sector más numeroso entre los trabajadores urbanos. La vida miserable que llevaba la mayoría de ellos se agravaba ante la amenaza permanente de la desocupación.

Las calles de las ciudades inglesas se poblaban de trabajadores en busca de ocupación para subsistir, a causa del desempleo o empleo temporario. Por esta razón nacieron las casas de empeño, que fue creciendo en número a medida que se incrementaba la desocupación.

Clase Obrera en EuropaLos trabajadores empobrecidos, que no lograban satisfacer sus necesidades básicas, comenzaron a buscar formas para mejorar su vida cotidiana. Sobre todo en los primeros tiempos, buscaron soluciones en forma individual. Pero, al poco tiempo, empezaron a organizarse tras una solución colectiva.

Una salida de tipo individual consistió en tratar de ascender socialmente, tomando como ideal el modo de vida de la burguesía. Algunos trabajadores pensaron que una vida austera y el esfuerzo personal era la forma de mejorar su posición social.

Sin embargo, el camino del progreso económico era muy difícil de transitar para quien no contaba con un mínimo de capital para invertir. Fuera de Inglaterra las posibilidades de progreso económico eran aun menores.

Otros trabajadores pensaron que una acción colectiva, como las rebeliones, podía ser una solución mucho más efectiva. Aunque las rebeliones fueron derrotadas, a partir de estos movimientos de protesta fueron surgiendo las primeras asociaciones de trabajadores que se organizaron para luchar colectivamente.

Los trabajadores europeos, especialmente los ingleses y franceses, comenzaron a tomar conciencia de que su situación de miseria era un hecho social que los afectaba a todos.

El origen de sus problemas y su posible solución no eran de tipo individual. Los trabajadores que más posibilidades tenían de comprender su situación eran los obreros industriales. La reunión de un gran número de ellos en fábricas sirvió para que desarrollaran una conciencia de pertenecer a una clase social y, además, para que se organizaran y actuaran de manera solidaría.

El Desempleo en la ciudad de Boston (Inglaterra)
Actividad Obreros en 1836 Obreros en 1836
Textiles 8124 1036
Herreros 2110 1325
Carpinteros 150 24
Enladrilladores 120 16
Albañiles 150 50
Sastres 500 250
Zapateros 80 40

HACIA LA ORGANIZACIÓN DEL MOVIMIENTO OBRERO

Durante la primera mitad del siglo XIX los trabajadores ingleses y franceses, y en menor medida los de otros países europeos, desarrollaron una gran actividad organizativa. La creación de sindicatos, cooperativas, grupos de agitación y periódicos fueron dando forma a una resistencia organizada frente a la explotación. Así fue surgiendo el movimiento obrero.

Con estas acciones, la clase obrera europea fue desarrollando un conjunto de nuevos valores que la identificaban, diferenciándola de los ideales burgueses. Frente al liberalismo individualista de la burguesía, los obreros, para defender sus propios intereses, opusieron la lucha por una sociedad basada en la cooperación y en el beneficio colectivo.

Desde la Revolución Francesa y durante el ciclo de las revoluciones burguesas, los trabajadores se habían movilizado y luchado junto a la burguesía, en contra de los privilegios de la aristocracia. Pero a medida que comprendieron que la situación de explotación que sufrían era resultado de la industrialización, comenzaron a plantear sus propias demandas, a elaborar sus propias ideas. El movimiento obrero, poco a poco, se fue alejando de su alianza con la burguesía.

Los métodos de lucha de estas primeras organizaciones obreras eran similares a los que la pequeña burguesía radicalizada y los sans-culottes habían empleado durante la Revolución Francesa: agitación callejera, publicación de periódicos y panfletos, motines e insurrecciones.

Además de utilizar estos métodos jacobinos, los obreros encontraron una forma novedosa de lucha: la huelga. La huelga era una acción más apropiada para luchar contra los dueños de las fábricas. Era un medio de presión directa que disminuía la ganancia de los empresarios y permitía a los sindicatos discutir mejores condiciones de trabajo, aumento de salarios o reducción de la jornada laboral.

EL MOVIMIENTO OBRERO EN INGLATERRA

maquinismo revolucion industrialA fines del siglo XVIII los trabajadores ingleses comenzaron a organizarse en clubes y en asociaciones, para acompañar las luchas de los sectores más radicalizados de la burguesía.

La Corresponding Society fue una de estas agrupaciones. Sus principales demandas eran que el Parlamento se reuniera anualmente y que existieran garantías democráticas.

La reacción de las fuerzas conservadoras, que pretendían mantener el poder en manos de una minoría privilegiada, impuso leyes represivas, y persiguió y encarceló a los miembros de estas asociaciones.

Sin embargo, las demandas de democracia de los trabajadores y de algunos sectores de la burguesía lograron que se sancionara la Reforma electoral de 1832. Ésta permitió que aumentara el número de votantes, aunque los obreros siguieron marginados del sistema político.

Simultáneamente con esta reforma electoral se sancionó la Factory Act (ley fabril), en 1833. Esta ley permitía el empleo en las fábricas de niños mayores de 9 años y el cumplimiento de un horario máximo de 48 horas semanales. Así se legalizaban las condiciones de explotación laboral de los menores de edad.

El movimiento obrero inglés comenzó a organizarse en 1838, con el surgimiento del movimiento cartista. Su nombre se debió a que los obreros ingleses, junto con grupos de la baja burguesía radicalizada, produjeron varias olas de agitación en defensa de la Carta del Pueblo. La Carta era un petitorio dirigido al Parlamento y avalado por miles de firmas. Era la primera vez que un movimiento de trabajadores planteaba demandas propias y reclamaba ante una institución como el Parlamento, integrada por representantes de la burguesía.

La agitación cartista se prolongó hasta 1848. En esos años de lucha se fueron definiendo dos tendencias dentro del movimiento. Una de ellas, la denominada Fuerza Moral, pensaba que era preferible una alianza con la burguesía, y confiaba en que muchos políticos burgueses los apoyarían ante la justicia de sus reclamos. Los trabajadores de esta tendencia vivían en su mayoría en el sur de Inglaterra, donde predominaba el trabajo artesanal.

La otra tendencia, a la que se llamaba Fuerza Física, apoyada por los obreros de las regiones más industrializadas del norte (en tomo a Manchester), propiciaba una acción más decidida contra la burguesía.

Para que sus reclamos fueran más efectivos los obreros impulsaron huelgas prolongadas, de un mes de duración, a las que llamaban Gran fiesta nacional o Vacaciones. Esto los llevó a una confrontación total con la burguesía. Por no contar con la organización y el apoyo suficientes fueron derrotados. El fracaso de estas huelgas hizo que el movimiento obrero inglés se inclinara por los métodos de acción más conciliadores con la burguesía, luego conocidos con el nombre de reformismo.

EL MOVIMIENTO OBRERO EN FRANCIA

clase obrera, alcoholismoDurante la primera mitad del siglo XIX, en Francia, el avance de la industrialización originó el crecimiento del número de obreros industriales.

Los primeros pasos del movimiento obrero francés se dieron en 1831, en Lyon, ciudad que era el centro de la industria textil francesa. La llegada al poder del rey liberal Luis Felipe había sido apoyada por muchos trabajadores que rechazaban el absolutismo de Carlos X. Sin embargo, la situación económica de los obreros había empeorado durante los primeros meses del reinado de Luis Felipe.

El salario de los obreros textiles se había reducido a la cuarta parte de su valor. Esto motivó que los tejedores de Lyon exigieran mejores pagas por su trabajo. El gobierno rechazó el pedido y estalló una insurrección.

La huida de las autoridades dejó a la ciudad en manos de los obreros. Sin que éstos lo hubiesen planificado, se apoderaron de la ciudad durante diez días. La reacción del gobierno central de París fue la violenta represión de los insurrectos.

A pesar de las derrotas sufridas, el movimiento obrero siguió organizándose. Al estallar la revolución de febrero de 1848, nuevamente se movilizaron en masa. Después de la experiencia de muchos años de luchas, los obreros tenían ya sus propias agrupaciones e ideales.

Las ideas socialistas eran las más populares entre los trabajadores y sus exigencias los enfrentaron con los burgueses republicanos. Algunos dirigentes como Luis Blanc pensaban que “la revolución social puede lograrse, y quizás con mayor felicidad, por el camino de la colaboración entre los obreros y la burguesía”. Sin embargo, el enfrentamiento social fue cada vez más duro, y estas propuestas reformistas fracasaron.

augusto blanqui
Augusto Blanqui

augusto blanqui revolución francesa

LAS PRIMERAS IDEAS SOCIALISTAS: LOS UTOPISTAS

Junto con las primeras formas de organización de los trabajadores se fueron difundiendo en Europa nuevas ideas que criticaban las injusticias de la sociedad industrial. Saint-Simon, Charles Fourier y Augusto Blanqui, en Francia, y Robert Owen, en Inglaterra, fueron algunos de los pensadores que denunciaron las pésimas condiciones de vida de los trabajadores y que propusieron distintas formas de solución.

Sus propuestas de cambio, si bien difíciles de llevar exitosamente a la práctica, sirvieron para que comenzara a desarrollarse una nueva corriente de ideas, cuyo principal objetivo era construir una sociedad donde reinaran la justicia y la igualdad. A partir de 1820, la palabra socialismo fue la que designó a estas ideas.

Estos pensadores confiaban en que la puesta en marcha de sus proyectos serviría de ejemplo para que los demás hombres los imitaran. De este modo, sin fuertes conflictos, la sociedad industrial sería cada vez más justa. Esta forma de pensar en los cambios sociales fue considerada por otros pensadores como utópica (una utopía es un plan optimista que aparece como irrealizable). Por eso se los denomina socialistas utópicos.

falansterios

El francés Fourie uno de los partidarios de eliminar las injusticias derivadas del desarrollo industrial, propuso construir falansterios.

Se trataba de un conjunto de edificios fabriles y de granjas, habitados por una comunidad que se autoabastecía, en la que todos sus miembros compartían las herramientas de trabajo y se distribuían equitativamente las tareas y los frutos de éstas. Algunos intentaron poner en marcha esta sociedad ideal de Fourier en Es’tados Unidos, pero la experiencia fracasó.

LA NUEVA VISIÓN BURGUESA DE LA REALIDAD

En el siglo XIX, el triunfo de la burguesía en el plano económico fue acompañado por la difusión en la sociedad europea de los valores burgueses. Estos valores tuvieron más importancia en Inglaterra y en Francia.

La doble revolución —la Revolución Industrial y la Revolución Francesa— provocó la ruptura de la sociedad feudal tradicional. La idea de una sociedad inmutable y jerarquizada creada por Dios, fue reemplazada por la convicción burguesa de que los hombres eran los únicos responsables de su destino.

Esta nueva visión del mundo estaba basada en un fuerte optimismo, en una poderosa fe en el progreso material que prometía la industrialización. Los burgueses de este siglo tenían la seguridad de que la iniciativa y la ambición individuales eran las únicas garantías para lograr el bienestar económico y social.

Creían que con el fin de la sociedad feudal y con el triunfo de la burguesía en las revoluciones de 1830 y de 1848 se habían abierto las posibilidades para que los hombres progresaran socialmente.

LOS CAMINOS DE ASCENSO SOCIAL

¿Qué era para un burgués del siglo XIX el ascenso social? Significaba llegar a ser alguien que valía, que había alcanzado un cierto bienestar eco­nómico que le permitía vivir sin penurias a él y a su familia. Significaba que la sociedad lo reconocería por lo que había alcanzado; que sería alguien respetable ante los demás.

burguesia industrial siglo xix

Con las revoluciones burguesas el estudio dejò de ser exclusividad de los grupos aristocràticos y fue accesible a un mayor numero de individuos.Por ello se convirtiò en uno de los medios de ascenso social.

El mundo burgués ofrecía tres caminos para ascender socialmente: los negocios, la educación y el ejército. Los negocios se presentaron al burgués de esta época como la mejor oportunidad para lograr el progreso individual. En una economía que crecía con tanta rapidez como la capitalista, los negocios (industrias, bancos, comercio) eran cada vez mayores.

La educación era otra alternativa para ser alguien en esta nueva socie­dad. Era un medio para llegar a tener una profesión o para obtener un cargo en la administración del Estado. Tener en la familia un abogado, un profe­sor o un médico era honroso para el burgués. Significaba también el triunfo del esfuerzo individual y la victoria sobre la importancia del apellido y el parentesco aristocrático.

También la carrera militar fue muy importante, sobre todo en la Francia revolucionaria y napoleónica. El modelo a imitar fue, sin duda, Napoleón Bonaparte, un burgués que a través de una brillante carrera en el ejército logró la fama y el prestigio social. Que un hijo fuera militar también era un orgullo para un padre burgués.

Pero ni los negocios ni los estudios ni la carrera militar eran caminos abiertos para todos los hombres del siglo XIX. Existían límites para el ascenso social. Sin poseer algún recurso económico resultaba casi imposible emprender alguno de esos caminos. Y ésa era la realidad de la mayor parte de la sociedad de esta época. Los trabajadores asalariados que vivían pobremente en las ciudades y en los campos eran la otra cara del progreso capitalista.

Una familia burguesa inglesa

Una familia burguesa inglesa. La familia ocupó un lugar muy importante en la vida del hombre del siglo XIX? Fue una institución patriarcal, la figura principal era el padre. Debajo de élse organizaba toda una jerarquía de inferiores (mujeres, niños y criados).

Todos los integrantes de la familia debían obediencia a/padre. E/papel de la mujer era secundario, su actitud tenía que ser débil y pasiva, y su obligación era ocuparse de los niños y de las cosas de la casa. La familia burguesa debía ser ejemplo de vida armoniosa y respetuosa de las jerarquías. Para el burgués, la familia representaba el contraste con la realidad externa difícil y competitiva.

EL MANIFIESTO COMUNISTA

En un Congreso celebrado en Londres en 1847 la Liga de los Comunistas, una asociaciòn internacional que se proponìa la defensa de los intereses de los obreros, encargò a dos de sus miembros, la redacciòn de un programa detallado de la Liga. Los alemanes Carlos Marx y Federico Engels, escribieron el Manifiesto Comunista, que fue impreso en Londres unas semanas antes del estallido de la revoluciòn en Francia de febrero 1848.

LAS NUEVAS IDEAS DE CAMBIO: MARXISMO Y ANARQUISMO

El maquinismo y el aumento productivo no mejoraron las condiciones de vida de los trabajadores, como algunos esperaban. El trabajo infantil y las largas y pesadas jornadas de Labor en talleres inhóspitos generaron condiciones para una lectura crítica del “progreso”: el hombre, con la Revolución Industrial, había realizado su aprendizaje productivo; pero aún le faltaba su aprendizaje distributivo. En esa etapa incipiente del capitalismo, se escucharon las voces críticas de una serie de figuras denominadas, luego, socialistas “utópicos”, quienes criticaron las condiciones de explotación a los obreros.

En Londres, durante el verano de 1848, se reunieron diversas corrientes del pensamiento del proletariado, con el, fin de originar a una entidad que las agrupara y elaborar un documento en el cual quedaran expresadas sus demandas.

Surgió así la Liga Comunista, que al año siguiente le encargó a Karl Marx la redacción de una proclama que sirviera de orientación para las acciones de la nueva agrupación. Marx, en colaboración con otro destacado pensador de la época, Frederich Engels, escribieron ese texto que pasó a conocerse, rápidamente, en todo el mundo como El manifiesto comunista.

Tanto Marx como Engels plantearon en el citado documento que, hasta ese momento, los filósofos se habían encargado de describir e interpretar al mundo; pero que, dada la enorme injusticia que en él reinaba, ellos se proponían transformarlo. Para ello, la teoría debía ir acompañada de la acción transformadora del hombre quien —a juicio de estos autores— es plenamente capaz de cambiar la realidad que lo rodea.

Marx y Engels sostenían que la sociedad capitalista —basada en la propiedad privada— era esencialmente una sociedad desigual e injusta, ya que los trabajadores debían vender su propia fuerza de trabajo a los capitalistas a cambio de un salario.

En dicho intercambio de trabajo por dinero, el obrero recibía de manos del capitalista un salario que tan sólo equivalía a lo que necesitaba un obrero para mantenerse a sí mismo y a su familia; algo que se alcanzaba con sólo seis horas de su trabajo.

Pero la jornada laboral era, por aquel entonces, de más de doce horas; de manera que el capitalista se quedaba con lo producido durante las seis horas restantes. Esa diferencia —que Marx llamó plusvalía— constituye el origen de la situación de explotación del obrero que define a la sociedad capitalista, por lo que ésta debía ser eliminada y reemplazada por otra.

Otra de las ideas del pensamiento marxista era la de la lucha de clases. En ella planteaba Marx que la plusvalía indicaba la existencia en la sociedad capitalista de una contradicción fundamental entre los intereses de la burguesía y de los obreros (lucha de clases). Esa contradicción sería cada vez más injusta para los proletarios.

Pero en algún momento, estos últimos deberían tomar plena conciencia de esa situación y plantear, por medio de un movimiento revolucionario, un cambio radical del sistema capitalista por una nueva sociedad: la sociedad comunista. En ella —luego de eliminar la propiedad privada y la burguesía como clase dominante— no existirían las clases sociales, y los hombres serían todos libres e iguales sin distinción de nacionalidad.

ANARQUISTAS: El pensamiento anarquista parte de una aceptación general del planteo marxista acerca de la explotación que caracteriza al sistema capitalista; pero los anarquistas están en contra de la opresión que para ellos encama el Estado, administrado por el Gobierno.

Señalan, además, que cualquier poder corrompe y es fuente de corrupción. Quien llega a él, inevitablemente se corromperá y será un opresor, pues ejercerá el principio de autoridad. Los anarquistas decían que si existía uno que mandaba, significaba que existía otro que era mandado: si existían amos era porque había esclavos.

Sostenían que una de las instituciones representativas del poder y de la autoridad que educa en la sumisión y contribuye a mantener el orden como se encuentra establecido, es la Iglesia. Pues toda creencia en un ser superior implica limitar la libertad humana y trae aparejada la idea de sometimiento y esclavitud. Para cambiar este estado de cosas, el anarquismo propone la rebelión permanente contra cualquier poder, como camino hacia la revolución social.

Fuente Consultada:Historia Europa Moderna y Historia Polimodal A-Z
Alonso/Elisalde/Vazquez/Pigna/Mora/Bulacio/Cao