Historia de los Sindicatos y la Política en Argentina Resumen



Los Sindicatos y la Política en Argentina

SINDICALISMO Y POLÍTICA

En las sociedades modernas los sindicatos de trabajadores han tomado gran desarrollo, y su importancia e influencia aumenta día a día. También se desarrollan las asociaciones de patronos y las agrupaciones de empresarios. La actividad económica, la producción y distribución de bienes y servicio se han convertido en nuestra época en actividad cardinal de la sociedad. El desarrollo industrial, la tecnificación y racionalización de las actividades, la aspiración de todos los sectores a elevar el nivel de vida, la enorme concentración urbana, el mayor conocimiento de las leyes sociales y económicas, la conciencia de los derechos sociales, económicos y culturales, son fenómenos que caracterizan nuestra civilización.

Que los sindicalistas se ocupen de política no es un fenómeno nuevo, como muchos creen, ni atribuible al peronismo. En realidad, así ha sido desde los orígenes del sindicalismo —allá por las últimas décadas del siglo pasado— por la sencilla razón de que, ya desde entonces, correspondía al Estado controlar y reprimir las actividades gremiales.

Los tiempos heróicos

El moderno movimiento obrero argentino se constituye en las últimas décadas del siglo pasado, allí donde el crecimiento económico dio lugar a grandes empresas de servicios —ferroviarias o marítimas— y también a incipientes establecimientos manufactureros. Esto ocurrió en las grandes ciudades —Buenos Aires, Rosario— donde el nuevo proletariado se conformó mayoritariamente con inmigrantes extranjeros. Allí surgieron los primeros gremios y los primeros sindicalistas que, a diferencia de los actuales, eran puramente vocacionales.

Los gremios, semiclandestinos, casi no tenían organización ni podían pagar a sus dirigentes, los cuales tampoco lo hubieran aceptado. Los movía, antes que otra cosa, una pasión política profunda: mejorar la sociedad, y aun rehacerla.

Tres fueron las corrientes ideológicas, que predominaron entre aquellos sindicalistas, que apuntaban a distintas concepciones de la lucha política: anarquismo-, socialismo y sindicalismo. El mensaje anarquista era claro y directo: la sociedad debía ser rehecha desde sus bases. Para ello, la lucha política convencional —la de los partidos— no solo era inútil sino que fortalecía a los enemigos: los burgueses y el Estado. El camino era la huelga general revolucionaria y, efectivamente, los anarquistas movilizaron a los obreros urbanos en una serie de grandes huelgas que culminó en 1910 y pareció poner en jaque a la sociedad establecida.

Los socialistas, en cambio, eran gradualistas. No apuntaban a la solución total sino a la reforma gradual, mediante una legislación que obligara a los egoístas patrones a conceder hoy una cosa, mañana otra. Para ello era necesario que los obreros —en su mayoría inmigrantes— se naturalizaran, votaran y llevaran a los socialistas al Congreso.

En 1904 fue elegido en la Boca Alfredo Palacios —primer diputado socialista de América— y desde 1912 hubo regularmente una empeñosa bancada socialista, autora de importantes leyes sociales.

Los sindicalistas —corriente ideológica derivada del anarquismo e inspirada en G. Sorel— compartían con los socialistas el gradualismo y el espíritu negociador, pero desconfiaban de los partidos y ponían sus esperanzas en los sindicatos. Se afianzaron en las primeras grandes organizaciones, ligadas a las actividades vitales del país, como la ferroviaria y la marítima, utilizaron la huelga y se acostumbraron a dialogar y a negociar, con las empresas y con el Estado.

La etapa radical

Desde 1915, los sindicalistas fueron la corriente dominante. Por entonces, el incremento de la agitación sindical, al promediar la Guerra Mundial, coincidió con la llegada al poder de los radicales. Yrigoyen dejó de lado la política sistemáticamente represiva y dejó hacer a los gremios: en ciertos momentos actuó como mediador y arbitro, y rara vez lo hizo contra los obreros. La comunicación entre algunos dirigentes sindicales, como el marítimo García (el más notable gremialista de su época) y las altas esferas políticas fue muy fluida, anticipando sin duda situaciones posteriores.

Esto impulsó el movimiento reivindicati-vo hasta extremos intolerables para los grandes intereses, que movilizaron inclusive a las fuerzas armadas. En 1919, cuando la Semana Trágica, obligaron al gobierno a autorizar una represión indiscriminada, que se continuó cuando las huelgas de la Patagonia de 1921. El primer intento de diálogo y conciliación entre los sindicalistas y el gobierno había fracasado.



La «década infame» y el peronismo

En 1930 la dictadura y la crisis económica —con su secuela de desocupación— redujeron considerablemente las posibilidades de acción de los sindicalistas, que cuando intentaron algo fueron violentamente reprimidos. Pero a partir de 1935, el auge industrial y el crecimiento económico fueron creando las condiciones para la reconstrucción de un movimiento sindical activo, nutrido tanto en los viejos trabajadores como en aquellos nuevos, venidos de las zonas rurales y atraídos por las posibilidades de empleo.

Los socialistas reorganizaron algunos sindicatos importantes —como ferroviarios, municipales o empleados de comercio— mientras los comunistas impulsaban las primeras agrupaciones por rama de industria, que superaban la primitiva organización por oficios.

Pese a que los temas políticos —como la guerra de España o la lucha contra el fascismo— eran importantes, dominaba en estos dirigentes la preocupación por mantener y desarrollar unas organizaciones sindicales que, como en el caso de los ferroviarios, habían alcanzado gran complejidad. Esto obligaba a frecuentes contactos, tanto con las empresas como con el Estado, y a intentar un diálogo fluido, que en este período de inacción política y escasa sensibilidad social trajo aparejado mayores conquistas para los sindicalistas.

Estaba configurada ya, sin embargo, la tendencia a dialogar y a negociar con el gobierno, a conceder apoyo político a cambio de ventajas económicas. Esta tendencia, latente en buena parte de la dirigencia sindical, maduró súbitamente cuando alguien, desde el Estado, hizo la oferta.

Este fue el coronel Perón, quien desde la Secretaría de Trabajo y Previsión puso en marcha una amplia serie de medidas en favor de los obreros (vacaciones pagas, aguinaldo, indemnización por despido, etc.), muchas de las cuales correspondían a leyes aprobadas anteriormente pero nunca aplicadas. Por entonces, la Segunda Guerra Mundial no sólo había mejorado la situación económica general del país sino que había impulsado firmemente la industrialización.

Aunque movilizados desde el Estado, los sindicalistas tenían un proyecto político propio, que implicaba una alianza, de igual a igual, con Perón. Por eso constituyeron el Partido Laborista, principal sostén electoral de Perón en las elecciones de 1946. Pero una vez triunfante, el Estado peronista comenzó a crecer, a eliminar todo tipo de autonomía de sus soportes y a inmiscuirse en todas las esferas.

La poderosa maquinaria estatal, y los medios masivos de comunicación, aseguraron la relación directa entre el líder y las masas, y Perón pudo prescindir de sus molestos aliados. Los viejos dirigentes sindicales, que en su mayoría se habían hecho peronistas, fueron eliminados. Los sindicatos crecieron notablemente, en afiliados, en bienes, en actividades, pero perdieron su autonomía, dentro de un movimiento que, confundido con el Estado, se verticalizaba totalmente.

El posperonismo

Desde 1955 la situación de los dirigentes sindicales cambió totalmente. El peronismo fue excluido del sistema político, que quedó viciado así de una ilegitimidad radical, al tiempo que los empresarios se proponían recuperar lo perdido en la década pasada. Paradójicamente, los dirigentes sindicales peronistas —y los que no lo eran constituían un grupo irrelevante— resultaron fortalecidos.

A ellos competió la dura defensa de los intereses económicos de la clase trabajadora. Por otra parte, en el cuadro de una desorganización general del peronismo —cuyos hilos conservaba Perón, a costa de confundirlos permanentemente— fueron el único sector que mantuvo su organicidad. Las 62 Organizaciones peronistas, su expresión política, pasaron a ser la columna vertebral del movimiento.

Por otra parte, el gobierno abandonó la actitud persecutoria inicial, cuando descubrió que una dirección sindical fragmentada era potencialmente más-peligrosa que un sindicalismo unido y negociador. En 1958 el presidente Frondizi no sólo les devolvió la CGT sino que, con la Ley de Asociaciones Profesionales —que establecía el sindicato único y la afiliación obligatoria— aseguró la hegemonía de la burocracia sindical. Los empresarios, por su parte, comenzaron a practicar el soborno masivo, la corrupción de algunos dirigentes sindicales.



Eran los tiempos de Augusto Vandor, notable dirigente metalúrgico que llegó a concebir un peronismo sin Perón. Su estrategia fue doble: impugnar el sistema político y negociar con los poderes reales, es decir los empresarios y las Fuerzas Armadas. Fueron diez años de vaivén, de dureza y de blandura, de lucha y de negociación, en los que los sindicalistas hicieron un buen aporte —junto con las fuerzas armadas— a la crisis del sistema político. No extrañó entonces que aplaudieran en 1966 la caída de Illia y que asistieran —luego de ponerse la corbata— a la jura presidencial del general Onganía.

Los sindicalistas y la Revolución Argentina

Quedó claro, entonces, que sindicalistas, militares y empresarios coincidían en el deseo de establecer un acuerdo corporativo, por encima del sistema político tradicional.

Se trataba sin embargo de una relación difícil. En 1966 los grandes empresarios y las fuerzas armadas coincidieron en una pTosco Sindicalistaolítica que aspiraba a eliminar las trabas al desarrollo capitalista. Esto suponía no sólo una redistribución regresiva de los ingresos sino un control estricto de la agitación laboral, ya fuera la que escapaba al control de la dirigencia sindical como la realizada por ésta.

Onganía reservó el garrote para los díscolos y la mano tendida para los que quisieran «participar». No había ya lugar para el juego pendular del vandorismo. Muchos «participaron», e hicieron la corte a las autoridades militares, y otros se replegaron.

Consecuencia de esto fue que las luchas espontáneas de los trabajadores buscaron otras direcciones: Ongaro y la CGT de los Argentinos, el peronismo combativo de Atilio López o el sindicalismo clasista de Agustín Tosco o René Salamanca en Córdoba.

La protesta, sindical empalmó con una ola de disconformismo generalizado, que luego del estallido de 1969 hizo trizas al régimen militar. Los viejos sindicalistas se vieron beneficiados por la ola, aun cuando frente a una movilización que los rebasaba, y que incluso los cuestionaba, su posición no era nada cómoda.

Los sindicalistas y el gobierno peronista

Esta ambigüedad perduró luego de marzo de 1973, con el agravante de que, estando el peronismo en el gobierno, no había un enemigo común que unificara a las fracciones adversas y borrara las diferencias. La exacerbación de la politización hizo que los sindicalistas —la denostada burocracia sindical— fuera convirtiéndose en el polo del ala derecha peronista, y que luego de la caída de Cámpora recuperasen posiciones.

Pero el sindicalismo estaba demasiado hecho a negociar desde afuera para que las relaciones con su propio gobierno —y aún con el mismo Perón— fueran fáciles. El Pacto Social los embretaba, entre lo que el gobierno podía ofrecer y lo que las bases reclamaban.

Muerto Perón, la situación se aclaró, y a mediados de 1975 los dirigentes sindicales condujeron contra Isabel Perón una movilización que en poco difería de las realizadas contra Frondizi o Illia. Eso les permitió capitalizar el apoyo de las bases y eliminar de entre ellas a sus competidores y enemigos, es decir a quienes querían conformar una dirección sindical alternativa. Utilizaron para ello las peores armas —el matonismo y la violencia— anticipando lo que ocurriría luego de 1976.

Sindicatos y Proceso de Reorganización Nacional

No es difícil entender que los sindicalistas tuvieron bastante que ver —por acción u omisión— con la desestabilización de su propio gobierno y con el advenimiento del último régimen militar. Sin embargo, las relaciones con éste fueron más difíciles que en la anterior versión. Los militares llevaron a cabo una dura represión de los activistas —cosa que no molestaba demasiado a los dirigentes— pero también un ataque frontal a las organizaciones.



Se disolvió la CGT, se intervinieron los sindicatos y se los privó de las obras sociales. Se suprimieron las paritarias y se prohibieron las huelgas. Todo parecía retornar a 1943, con el agravante de que la propia industria era atacada, afectando hasta a las bases laborales del sindicalismo.

Otra vez el régimen ofreció el garrote y la participación, y a la mayoría de los sindicalistas no les quedó otro remedio que aceptar la segunda opción. Los dirigentes de segunda línea reaparecieron como asesores de los interventores militares, o «dialogando» con quien en el régimen militar asumía el papel de dialoguista. Muchos fueron estimulados desde el gobierno para constituir una corriente proclive al entendimiento. Como en 1972, el deterioro del régimen pareció devolverles el calor popular y las fuerzas perdidas. ¿Se repetirá la historia?.

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Isabel Perón, en la CGT, rodeada
por José López Rega Casildo Herreras. Ricardo Otero y Lorenzo Miguel. Luego los líderes sindicales orquestaron contra ella una durísima movilización, que ayudó a desestabilizar a su debilitado gobierno (4 de abril de 1975).

LOS PARTIDOS POLÍTICOS Y LOS SINDICATOS BAJO LOS REGÍMENES DESPÓTICOS

En los regímenes totalitarios se niega la libertad a los partidos políticos y a los sindicatos. No se tolera organización o expresión que sea contraria a las ideas o propósitos del gobierno.

En los regímenes totalitarios sólo se admite la existencia de un partido: el del gobierno; sólo se admite una organización sindical: la controlada por el gobierno.

Parten del supuesto de que el gobierno encarna la voluntad popular. Por lo tanto también la encarna el partido propio y la organización sindical montada por él. No se admite la existencia de otros grupos o tendencias.

Hitler no admitía sino al partido nacional-socialista; Mus-solini sólo admitía al partido fascista; los regímenes soviéticos sólo reconocen al partido comunista.

El partido oficial, con frecuencia el único existente, goza de todos los favores y privilegios. La pertenencia a él es prácticamente obligatoria para quienes aspiran a desarrollar cualquier actividad, aunque sea privada.

En tales regímenes el partido es el educador del pueblo, el director de las conciencias, intérprete único de la voluntad popular, su representante y custodio en el gobierno.

Se realizan enormes campañas electorales, usando todos los medios técnicos de la moderna propaganda. Pero su objeto no son las elecciones, pues no existe posibilidad de opción para los ciudadanos, sino provocar entusiastas manifestaciones populares de adhesión al régimen y a sus dirigentes.

Cosa semejante a lo que sucede con los partidos sucede con los sindicatos. Son instrumentos de la política gubernamental.

Fuente Consultada:
Formación Política Para La Democracia – Tomo II – Los Sindialistas y la Políitca Argentina – Nota de Romero Luis Alberto – Editorial Biblioteca Redacción

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