Historia del Movimiento Obrero en Argentina Resumen



BREVE HISTORIA DEL MOVIMIENTO OBRERO EN ARGENTINA

En las últimas décadas del siglo pasado, comenzaron a surgir las primeras fábricas en la Argentina, con un régimen de trabajo similar al europeo: extensas jornadas de trabajo, explotación de menores y mujeres, viviendas insalubres y miserables, etc. La existencia de un proletariado industrial creó las condiciones para la formación de un movimiento obrero integrado en su mayoría por inmigrantes europeos (españoles, alemanes, italianos, franceses, etc.). Los obreros europeos aportaron su experiencia organizativa y de lucha conseguida en los países de origen y fueron importantes en la constitución del movimiento obrero argentino.

EL PROCESO EN LA ARGENTINA

En Argentina se promulgó la famosa Ley de Residencia, que establece igualmente la facultad de deportar extranjeros sin juicio, y la Ley de Defensa Social, son acompañadas de una cada vez más dura represión, en respuesta al crecimiento del movimiento obrero.

El mismo se apoya en el desarrollo cuantitativo de los asalariados de la industria y del transporte, relativamente mayor que en el resto de Latinoamérica a partir del 80, aunque concentrados en la franja litoral que llega desde Rosario a Buenos Aires, y particularmente en esta última ciudad. Ese desarrollo es suficientemente acelerado como para transformar totalmente la relación entre las clases sociales, repercutiendo de modo directo sobre la conducta de la burguesía.

En efecto: el censo industrial de 1887 arrojó 42.321 obreros (sin contar la construcción); el de 1895 (contando la construcción), 170 mil y el de 1913 un total de 410 mil. Posteriormente se carecen de datos estadísticos hasta 1935, a pesar de que en ese lapso se produjo un notorio crecimiento de la industria.

A los solos fines comparativos, puede tomarse en cuenta que en el último año citado (anterior al gran salto industrial de la década) la clase obrera había llegado a un total de 544 mil personas ocupadas.

Esto fue acompañado por una gran actividad organizativa, en la que a poco se formalizan tres tendencias: la anarquista, que es mayoritaria hasta los alrededores de 1920; la socialista (socialdemócrata); y la sindicalista «pura» o tradeunionista. Las tres luchan entre sí por el predominio, y esto se traduce en que, tras un primer momento de unidad relativa en una central sindical única (la Federación Obrera Argentina – R. O. A., creada en 1890), luego aparecen constantemente dos centrales de fuerza variable, fracasando todos los intentos de unidad: ya en 1905 aparecen enfrentadas la F. O. R. A., organizada en el 59 Congreso bajo total control anarquista, y la U. G. T., bajo control predominantemente socialista.

En 1895, ya había veinticinco sociedades gremiales constituidas. En mayo de 1901 surge la Federación Obrera Argentina (FOA). Las manifestaciones obreras a través de huelgas se hicieron frecuentes, alcanzando gran intensidad hacia 1902. En ese año se produce la primera huelga importante que paraliza el transporte y el trabajo portuario (elementos clave de la economía agroexportadora). El objetivo de las primeras manifestaciones obreras fue el aumento de los salarios y mejora en las condiciones de trabajo. En 1894 comienzan los reclamos por la reducción de la jornada laboral. Recién en 1905 se sancionará una ley sobre el descanso dominical y en 1907, la ley de reglamentación del trabajo de mujeres y menores.

Esta, partiendo de 41 sindicatos adheridos, con 41 mil cotizantes, en 1903, llegó a nuclear 95 sindicatos con 102 mil cotizantes en 1906, para decaer a 26 sindicatos y sólo 22 mil cotizantes en 1909. Pero más tarde, al reorganizarse socialistas y sindicalistas en la F. O. R. A. del 9° Congreso, frente a la F. O. R. A. del 59 (que permaneció bajo control anarquista), su actividad y predominio, así como el crecimiento de la clase obrera, se refleja en el salto que llevó de 80 sindicatos y 24 mil cotizantes en 1916 a 367 sindicatos y 308 mil cotizantes en 1919.

Esta actividad organizativa va acompañada por una paralela actividad de lucha, que puede apreciarse en el número de huelgas anuales registradas, aunque, claro está, estos datos no cubren ni agotan la riqueza y las dimensiones de los hechos. En esos límites, las huelgas registradas siguieron la siguiente curva:




Pero, como decía, los datos estadísticos no revelan sino una parte de la realidad: además de las huelgas registradas existen multitud de otras que no lo están, ni de las cifras surge la importancia relativa de las organizaciones, el tipo de obreros que las forman (de talleres o de la gran industria), la magnitud de los paros, la diferencia entre huelgas de empresa y huelgas generales, las diferencias de combatividad, etc. Tampoco, la existencia de organizaciones por fuera de las centrales, y, mucho menos, las luchas aisladas que no llegaron a traducirse en formas organizativas permanentes.

No estaban organizados en relación con las centrales los obreros de los ingenios tucumanos, pero en 1903 estalla allí una huelga de tal magnitud que a F. O. R. A. y la U. G. T. enviaron delegados que actuaron en tareas de organización y en las negociaciones de salarios y condiciones de trabajo. Y era justamente allí, entre los obreros alejados de los grandes centros urbanos y entre los obreros rurales, donde el capitalismo primitivo funcionaba con más dureza y crueldad, donde los abusos, patronales convertían a los obreros en semiesclavos sometidos a condiciones de vida infrahumanas, pues el patrón capitalista ni siquiera estaba interesado, como el amo de esclavos, en mantener con vida a sus trabajadores.

Obreros al salir de una fábrica, se dirigen a una manifestación

El resultado más importante de la huelga en los ingenios fue lograr que los trabajadores recibieran su paga en billetes, y en ese sentido actuaron los mediadores de las centrales obreras. Pero si a Tucumán llegó la acción sindical en 1903, recién hacia 1906 comienza a desarrollarse alguna acción gremial entre los mensús de Misiones y del Chaco. Allí, bajo formas capitalistas, seguían subsistiendo las características del trabajo forzoso, mediante contratos que establecían el trabajo obligatorio, y a través de la utilización directa de las fuerzas policiales locales por las empresas. Basta transcribir el modelo de un contrato de la época en los obrajes para hacerse una idea de lo que esto significaba.

Tampoco es suficiente, para hacer un cuadro de la legislación antiobrera de la época, es recordar las dos leyes generales más conocidas (leyes de Residencia y de Defensa Social). En las leyes particulares, aun en aquellas que otorgaban ciertas concesiones a los trabajadores, se imponían cláusulas contra la actividad sindical. Por ejemplo: la ley de jubilaciones de los ferroviarios, establecía que el derecho a la jubilación implicaba obligatoriamente la renuncia al derecho de huelga (artículo 11 de la ley respectiva).

Esa cláusula sólo fue derogada después de la huelga de 1917, que puede servir de modelo para comprender las condiciones de la época, aun en un gremio relativamente privilegiado como el ferroviario: las huelgas del gremio de 1887 a 1890 lograron algunos éxitos parciales, pero la represión fue creciendo, mediante los métodos «clásicos»: varias asambleas obreras fueron disueltas a balazos por la policía, se multiplicaron los arrestos y, finalmente, fueron encarcelados, condenados o deportados los cuadros más activos, hasta que la Fraternidad quedó disuelta de hecho. Sólo en 1896 pudo reconstruirse trabajosamente, y recién en 1912 se pudo organizar la Federación Obrera Ferrocarrilera, que agrupaba a los trabajadores no calificados.

En 1917 se realizó un pacto de solidaridad entre las dos organizaciones ferroviarias, y esto permitió realizar un paro general del gremio. De inmediato se desató !a represión: en Rosario se fusila a obreros detenidos, en Junín, en los talleres de Constitución, en Sola, y en Mendoza, las tropas del ejército hacen fuego a mansalva sobre las asambleas; la marinería del Crucero Almirante Brown balea a los huelguistas de los talleres del F. C. Sud. Sólo después de una dura lucha, en la que no se pudo quebrar a los huelguistas, el gobierno interviene, e Yrigoyen dicta un decreto anulando el artículo 11 de la ley y estableciendo un aumento general de salarios.

El caso no es aislado, sino que constituye algo así como un «modelo»: patrones y gobierno tratan de impedir la organización obrera. Cuando ésta aparece, la persiguen, cuando comienza la lucha se desata la más dura represión. Finalmente, si los trabajadores han logrado resistir, dejando en el camino decenas y aun centenares de muertos, encarcelados y deportados, se les hace algunas concesiones, apareciendo el gobierno como mediador.

Si la represión logra quebrar a los obreros, la situación de éstos queda como antes o aun empeora. Algunos momentos particulares, caracterizados por la ferocidad de la represión, han quedado en la memoria colectiva: las masacres de 1909, !as de enero de 1919, conocidas bajo el nombre de la Semana Trágica, los fusilamientos de la Patagonia de 1921-22.



En este período, sin embargo, pueden advertirse dos hechos nuevos: por una parte, junto a la represión de la policía y el ejército, aparecen por primera vez grupos civiles armados (la Asociación de! Trabajo y la Liga Patriótica), que prefiguran las organizaciones fascistas de la década posterior. Por otra parte, la represión, más dura que nunca, es acompañada por primera vez en el país por intentos de paternalismo reformista en cierta escala.

El primer hecho, aunque su importancia es fundamental para entender el desarrollo de la lucha de clases, excede los límites de este trabajo, y lo dejaremos en adelante de lado.

El segundo, nos lleva a tratar otra cuestión clave: la del paternalismo y el reformismo. De todo lo reseñado en este capítulo, queda, sin embargo, una síntesis a destacar: la organización sindical obrera nace desde los primeros momentos en que el proletariado aparece como una clase separada en la sociedad capitalista, como una necesidad que surge espontáneamente para defenderse de la explotación y la opresión de la burguesía.

Y la primera respuesta de ésta es, en todas partes, represiva: se legisla contra los sindicatos y la acción sindical, y se reprime ferozmente toda actividad dirigida a disminuir la explotación. Como subproducto de la lucha obrera surgen el paternalismo y el reformismo.

A mediados de la década de 1920 el movimiento obrero tuvo poca influencia política (hubo escaso número de huelgas y los sindicatos eran pequeños y poco representativos). En 1930 se creó la Confederación General del Trabajo (CGT), que estaba compuesta por socialistas, sindicalistas, comunistas y algunos anarquistas. A mediados de esa década, los sindicatos empezaron a crecer en cantidad y en número de afiliados. Si bien los reclamos salariales habían predominado hacia principios del siglo, en la década de 1940 las demandas giraban en torno de los denominados beneficios complementarios: vacaciones, pagos por enfermedad, seguros sociales, compensación por accidentes, etc.

Con el advenimiento del gobierno de Juan Domingo Perón (1946-1955), la idea de una justicia social y los sindicatos controlados por el Estado se convirtieron en elementos clave de su gobierno. Los beneficios para la clase obrera urbana incluyeron: pensiones y protección contra el desempleo, jornada de trabajo de duración definida legalmente, vacaciones pagadas, nueva ley de descanso dominical, indemnización por accidente, controles sobre el trabajo de mujeres y niños, vivienda subvencionada, centros de vacaciones, organismos de empleo y pagos adicionales anuales (aguinaldo). Además, la sanción de la Constitución Justicialista de 1949 -en reemplazo de la Constitución Nacional de 1953- garantizó los derechos básicos del trabajador.

Periódico Obrero en 1908

PARA SABER MAS…
El primer sindicato y la primera huelga.
El 25 de mayo de 1857 se constituyó la Sociedad Tipográfica Bonaerense; en 1878 los tipógrafos, nucleados en la Unión Tipográfica, protagonizaron la primera huelga en busca de mejores condiciones de vida.

En 1887 se organizaron los maquinistas y foguistas ferroviarios, formando la agrupación La Fraternidad. Los obreros panaderos y otros gremios tomaron determinación similar. Las huelgas se hicieron frecuentes. Los obreros exigían jornadas de 8 horas y salarios dignos, prohibición del trabajo a menores de 14 años, abolición del trabajo nocturno de mujeres y menores, mejores condiciones de higiene en los talleres, etc. A veces, algunos conflictos terminaban con el triunfo de los huelguistas, pero no era así en la mayor parte de los casos. El Estado no concebía esos desbordes y la represión frecuentemente era violenta.

Desarrollo del movimiento obrero. En 1887 funcionaban en Buenos Aires más de 10 000 talleres y fábricas —generalmente pequeñas—, que ocupaban a más de 42 000 personas. Con el tiempo, esas cifras aumentaron y el movimiento sindical se hizo más poderoso. El l9 de mayo se celebró por primera vez en 1890, con la participación de miles de trabajadores; en 1894 un mitin realizado en la plaza Rodríguez Peña para lograr la jornada de 8 horas, reunió más de 10 000 personas.

En 1896, cerca de 25 000 obreros participaron en movimientos de fuerza. Estibadores del puerto, constructores de carruajes, telefonistas, tipógrafos, operarios de las usinas de gas, mecánicos, relojeros y joyeros, albañiles, cigarreros, hojalateros, ferroviarios, sastres, etc., hacian sentir asi su protesta ante la injusticia social.



Al comenzar el siglo XX. La acción obrera se intensificó en la primera década del nuevo siglo; en 1907, alrededor de 75 000 obreros participaron en diversos conflictos, al tiempo que buscaban unificar su acción, surgiendo asi la Unión General de Trabajadores (UGT), la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), etc.

Entidades políticas, como el Partido Socialista, se hicieron eco de los reclamos obreros y, poco a poco, se fueron imponiendo condiciones más justas, no sin que fracasaran muchos intentos por lograrlas. La fuerza creciente de los movimientos sindicales puede deducirse de estas cifras: en 1915 la FORA contaba con la adhesión de 51 sindicatos y más de 20 000 cotizantes; en 1920 esas cifras habían crecido: 734 agrupaciones obreras contaban con casi 750 000 afiliados.

El movimiento obrero
Por este entonces los obreros ya estaban organizados. Se concentraban en torno a tres tendencias: la socialista, la anarquista y la católica. La primera agrupaba en su mayoría a obreros criollos y extranjeros de ideas no extremistas; […]. El anarquismo intentaba una acción más violenta y a diferencia del socialismo no quería ninguna vinculación con la política. Su organizador en el país Pietro Gori (abogado) «indujo a los anarquistas de la Argentina a abandonar la vieja táctica individualista para encarrilarlos por la organización». […]. Estas dos tendencias obreras eran de un contenido ideológico liberal que revelaron en manifestaciones favorables al Proyecto de Ley de Divorcio, que se debatiera el año 1902 y resultara rechazado en la Cámara de Diputados por escaso margen: 50 a 48 votos. […] los Círculos Católicos formados por el emprendedor Padre Grote trataban de aunar el proletariado bajo las consignas de la Rerum Novarum, […]. La situación obrera era cada vez peor, la desocupación amenazaba a los hogares, ya el año anterior se había hecho una manifestación de más de 15.000 obreros ante la Casa Rosada para que se considerase su situación. A principios de noviembre la Dirección de Inmigración hizo averiguaciones sobre la desocupación en Rosario, considerándose el exceso de trabajadores de 2.000 a 2.500; el órgano de la F.O.A. dice que había en el país 200.000 desocupados y que la miseria había provocado una emiqración de 79.427 obreros.

Pereyka, Horacio J. La reforma de la Ley electoral del año 1902.

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