Formación de Francia

Biografia de Colbert Jean Baptiste Ministro de Luis XIV

Biografia de Colbert Jean Baptiste Ministro del Rey Luis XIV

Juan Bautista Colbert, nacido en 1619, era hijo de un vendedor de paños de Reims que se había enriquecido y había comprado un cargo. Fue empleado en las oficinas del secretario de Estado Le Tellier.

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Hijo de un mercader de paños de Reims — donde nació el 29 de agosto de 1619—educado en la escuela del trabajo, aportó a los altos cargos de la administración pública el espíritu práctico, recto, laborioso v preciso de la burguesía francesa de la época.

Luego entró al servicio de Mazarino, llegó a ser intendente y se dedicó a administrar la enorme fortuna de éste. Aprovecho su posición para empezar a enriquecerse. Mazarino, satisfecho de Colbert, incluyó en su testamento una cláusula en que rogaba al rey se sirviera de él.

Colbert se captó la confianza de Luis XIV, proporcionándole dinero, y le decidió a desembarazarse de Fouquet. Después de haber caído en desgracia Fouquet, Luis XIV nombró a Colbert intendente.

Más tarde (1665) le hizo inspector general de Hacienda y hasta su muerte (1683) le dejó regir el Tesoro de Francia.

Colbert, aun cuando había llegado a ser gran señor, conservó siempre costumbres modestas. Iba al Consejo a pie, sin criado, sin llevar más que un saco de terciopelo negro en que metía sus papeles.

Colbert fue muy trabajador. Pasaba el día entero leyendo papeles, escribiendo despachos y memorias y preparando informes para el rey.

Luis XIV tenía tanta confianza en él que le dio sucesivamente la superintendencia de las construcciones y los cargos de secretario de la Casa Real y de la Marina.

Colbert tuvo entonces en sus atribuciones, la Hacienda, la Marina, las Colonias, la Industria, el Comercio, las Construcciones, las Obras Públicas, las Bellas Artes, la Casa Real.

Reunía las atribuciones de siete de nuestros ministros. Regía todos los asuntos, exceptó los de Guerra, las Relaciones Exteriores y la Justicia.

Colbert pretendía vitalizar el comercio y la industria de Francia, ya por el aumento de la circulación económica general ya por la obtención de materias primas.

En efecto, el desarrollo de la producción industrial y el correspondiente aumento del comercio francés fueron los móviles que él nunca perdió de vista.

Para lograr estos fines, Colbert puso toda la potencia y autoridad del Estado en la reglamentación y desarrollo del comercio, la industria y el trabajo franceses.

Su teoría general descansaba en la obtención de productos nacionales de buena calidad, con los cuales competir favorablemente con la industria extranjera, tanto en los mercados interiores como exteriores.

A este principio obedecen las minuciosas normas dictadas para reglamentar el trabajo y la producción.

El régimen de corporaciones fue generalizado en 1671, pues sólo a través de ellas el Estado podía fiscalizar la aplicación de las disposiciones decretadas sobre la confección y calidad de los productos.

Estas medidas determinaron el nacimiento de una frondosa burocracia. Las diversas ramas industriales existentes recibieron la protección y las subvenciones del gobierno.

Se intentó resucitar las que habían periclitado desde fines del Medievo y se introdujeron especialidades nuevas, como la cristalería de Murano, los tejidos holandeses y los bordados de Venecia.

Colbert dio gran impulso, asimismo, al establecimiento de manufacturas, ya incitando a los productores a asociarse, ya otorgándoles privilegios, honores, monopolios y subsidios.

Así se constituyeron las manufacturas reales, como centros modelos de producción industrial: la de muebles y tapices de los Gobelinos; la de espejos de San Antonio; la de encajes de Reims, Chantilly y Alencon; la de armas de San Etienne; la de cobre de Chálons, etc.

Para proteger esta actividad ante la concurrencia extranjera, Colbert dictó una serie de tarifas protectoras que gravaron los derechos de aduana en la importación de los productos no nacionales.

Algunas veces inició guerras de tarifas, las cuales pronto se transformarbn en verdaderas contiendas bélicas — las únicas preconizadas por Colbert —como en el caso de Holanda y la tarifa de 1662.

Por otra parte, buscó nuevos mercados para la industria, y de la época de su gobierno arranca la fase culminante de la colonización francesa en la India y América del Norte.

A imitación de Holanda e Inglaterra, Colbert favoreció la creación de grandes Compañías por acciones (de las Indias orientales y occidentales, del Norte y de Levante) y estimuló el crecimiento de las marinas mercante y militar. La ordenanza de Comercio de 1673 —- primer código mercantil de la época moderna—, completada por la de marina de 1681, señalan las principales facetas de su actividad legislativa.

Murió en París el 6 de septiembre de 1683. Trabajador incansable, aun había hallado tiempo para proteger el desarrollo de las instituciones científicas (muchas de las academias francesas datan de su época), favorecer a los literatos y artistas del Grand Siécle, embellecer la capital con suntuosos edificios y enriquecerse cumplidamente.

Su sistema fue imitado por muchos Estados europeos en el siglo XVIII, criticado con violencia en el XIX y enjuiciado como lógico y necesario por los historiadores modernos.

La Obra de Colbert

Colbert, que había llegado a ser el principal consejero de Luis XIV, expuso sus ideas en Memorias que entregó al rey (1663-1664).

Creía que el poderío de un Estado depende «la abundancia del dinero». Juzgaba que había en Europa una cantidad limitada de dinero que «rodaba» de un país otro por el comercio. No se podía aumentar la cantidad de dinero en un Estado sino disminuyendo la de los demás.

Los franceses compraban entonces en el extranjero gran parte de los productos fabricados y pagaban en dinero contante, lo que hacía salir el oro y la plata del reino. Colbert creó industrias que fabricasen dichos productos. Empleó tres procedimientos:

1º) Creó manufacturas reales, con directores y obreros pagados por el rey o convenios particulares que concedían monopolios.

2º) Para permitir a los fabricantes vender sus productos más caros, Colbert estableció derechos de aduanas sobre los productos similares procedentes del extranjero. El reglamento, llamado tarifas, de 1664 impuso derechos elevados. Fue lo que se llamó sistema proteccionista. Los italianos le han denominado colbertismo.

3º) Colbert quería lograr que los productos franceses tuvieran en el extranjero buena fama, para que los compradores se resolvieran a adquirirlos. Quiso obligar a los fabricantes a no producir más que artículos buenos.

En las ciudades del Norte de Francia, los obreros estaban reunidos en corporaciones llamadas oficios, cada una de las cuales tenía sus reglamentos que prescribían la manera de trabajar. Mandó hacer más de 140 reglamentos. El reglamento de 1669 fijaba exactamente y al detalle las condiciones en que se debían trabajar.

Si un fabricante no aplicaba el reglamento, era multado según la reincidencia en contravención. Pero los fabricantes se resistieron, y Colbert no logró que sus reglamentos fueran aplicados.

En aquel tiempo en que los caminos estaban empedrados o Menos de baches, se hacía poco comercio por tierra. Para facilitar el tráfico en el interior, Colbert intentó hacer los ríos más navegables.

Entonces se hizo el canal de Languedoc, que permitió ir del Mediterráneo al océano, pasando por Aude y el Ga-rona. Lo hizo un contratista de aduanas, Riquet, al que se dio en cambio la señoría del canal.

Colbert se ocupó sobre todo del comercio exterior. Le irritaba que los navios holandeses llegaran a los puertos de Francia a buscar las mercancías extranjeras. Se había establecido un derecho de cincuenta sueldos (dos pesetas y media) por tonelada a los barcos extranjeros.

Los holandeses pedían a Luis XIV su supresión. Colbert hizo que fuera mantenido. Esperaba que los franceses se resolvieran a construir barcos que impidieran a los extranjeros hacerles competencia.

Los armadores franceses no eran bastante ricos o bastante atrevidos para emprender solos expediciones a los países remotos. Colbert fundó Compañías de navegación, semejantes a la Compañía holandesa de las lndias.

La Compañía de las Indias orientales, fundaba en 1664, debía ser propietaria de todas las islas que ocupase en el Atlántico y el Pacífico, y tener el derecho exclusivo de comerciar en las Indias. Se construyó un puerto que tomó el nombre de la Compañía, se llamó L’Orient.

La Compañía de las Indias occidentales, establecida en el Havre, debía tener el comercio y el gobierno de todas las colonias de América y de la costa occidental de África, y una prima por cada tonelada de mercancías exportadas e importadas.

Más tarde se creó una Compañía del Norte, en Dunkerque (1689), para el tráfico del mar del Norte y del Báltico, y una Compañía del Levante, en Marsella, para el Mediterráneo.

Estas Compañías no pudieron pagar dividendos y pronto quedaron arruinadas. Pero el número de barcos franceses se duplicó desde 1670 a 1683.

Como Colbert encontró la marina de guerra deshecha mande construir dos flotas, una en el Mediterráneo, otra en el océano.

En el Mediterráneo, los barcos eran galeras largas y bajas, movidas por remos enormes de 12 metros de largo. Se necesitaban cuatro o cinco hombres para cada remo.

Los remeros, condenados a galeras, iban sujetos con cadenas a los remos.

Los guarda-chusma, armados de látigo, estaban en el medio y azotaban |a espalda de los hombres para que remasen más fuerte.

Como se necesitaban muchos remeros, Colbert recomendaba que se condenase la más gente posible a galeras. Se hacía así con los criminales, los contrabandistas, los alborotadores, los vagabundos, los mendigos.

Más tarde se condenó también a los protestantes que intentaban salir de Francia. Se retenía indefinidamente a los condenados a galeras, aun cuando hubiera pasado el tiempo de la condena.

En el océano, los barcos eran fragatas o navios de línea, de puente alto, armado con dos o tres filas de cañones superpuestos. Tenían tres palos y navegaban a vela.

No podían entrar más que en los grandes puertos, en Brest o en Tolón. Colbert mandó construir un puerto de guerra nuevo en Rochefort, en el Charente.

Para tener marinos, Colbert creó un servicio obligatorio. Todos los marinos de la costa de Francia, dedicados al comercio o a la pesca, fueron inscritos y divididos en cinco clases (o tres, según las regiones). Cada clase debía servir de tiempo en tiempo en los barcos del rey.

Además, se podía hacer embarcar a todas en caso de necesidad. En cambio, los inscritos percibían sueldo y un pequeño retiro. Este régimen, llamado matrícula de mar, se ha conservado hasta nuestros días.

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Biografia de Madame de Maintenon Marquesa Amante del Rey

Biografia de Madame de Maintenon

Françoise d’Aubigné, marquesa de Maintenon (1635-1719), noble francesa, segunda esposa de Luis XIV, rey de Francia, nacida en Niort.

Madame de Maintenón desempeñó un papel importantísimo en los últimos años del reinado de Luis XIV de Francia.

En 1651, se casó con el novelista francés Paul Scarron. Tras la muerte de éste, en 1660, pasó a ser la institutriz del hijo ilegítimo de Luis XIV.

En 1674 se convirtió en amante del Rey y compró la finca de Maintenon, que pasó a ser un marquesado en 1678.

Biografia de Marquesa de Maitenon

Favorita y luego amante del Rey Sol, fue vivamente atacada por cuantos resultaron perjudicados por este monarca: los hugonotes, los príncipes y los intrigantes de toda clase.

También la perjudicó el triste declinar de la grandeza de su regio consorte. Pero la moderna crítica histórica plantea la vida de la marquesa de Maintenón desde otros puntos de vista.

Nacida en la prisión de Niort el 17 de noviembre de 1635, donde estaba encarcelado su padre, Constante d’Aubigné, a causa de su calvinismo, Francisca fue bautizada católicamente, pues su madre era ortodoxa.

Su juventud transcurrió en la Martinica (Antillas); muerto su padre, regresó con su madre a Francia. En esta época experimentó una profunda crisis religiosa, que resolvió a favor del catolicismo gracias a su tía, madame de Meuillant.

Protegida del caballero de Mere, empezó a hacerse notoria en los salones de la capital por su cultura literaria. En 1657 contrajo matrimonio con el poeta Scarrón, del que fue más enfermera que esposa.

Habiendo enviudado en 1760, continuó percibiendo una pensión de la corte.

Desde esta época puso especial empeño en mantener una conducta moral irreprensible. En 1669 madame de Montespán, favorita de Luis XIV, le confió la educación de los bastardos que había dado al rey.

Este encargo la aproximó a la corte, de la que entró a formar parte en 1674, después de la legitimación de sus dos educandos. Por esta época adquirió los estados de Maintenón, de los que recibió el título marquesal en 1678.

En los cuarenta y tantos años de su vida se inician sus relaciones amorosas con Luis XIV. Madame de Maintenón logró desplazar a la de Montespán y constituirse en la favorita privilegiada del monarca.

A la muerte de María Teresa de Austria, Luis XIV le dio el rango de primera dama de la corte después de la esposa del delfín, y probablemente en el invierno de 1685-1686 se casó con ella ante el arzobispo de París.

Este matrimonio robusteció su influencia; pero ni el monarca era hombre para dejarse gobernar, ni la Maintenón lo indiscreta para imponerse a su esposo. Su injerencia en los negocios públicos fue moderadora y más notable en los detalles que en las grandes líneas de gobierno.

Se preocupó de modo especial de mantener en la corte una severa moralidad de costumbres.

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En 1686 fundó el instituto de Saint-Cyr para la educación de las jóvenes francesas. Para este centro compuso algunas obritas cuyo principal tema es el honor y la reputación. Como escritora es correcta, pero fría.

En los postreros años de la vida de Luis XIV, intrigó para que la regencia de Luis XV fuera confiada al duque de Maine. Sin embargo, a la muerte del monarca se impuso el duque de Orleáns. Entonces, la Maintenón se retiró a su instituto de Saint-Cyr, donde murió el 15 de abril de 1719.

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Biografia de Du Guesclin Bertrand Causas de su Fama

Biografia de Bertrand Du Guesclin

Beltrán Du Guesclin, que había de llegar a ser uno de los más famosos guerreros de su época era bretón y nacido en los alrededores de Rennes, el mayor de los diez hijos de una familia noble que pobremente vivía en reducida heredad.

Era un muchacho rechoncho, feo, de color cetrino, rudo, que pegaba a sus hermanos y a sus camaradas. No aprendía nada, pues pasaba el tiempo bebiendo y peleándose con los mozos de la aldea. Sus padres no le tenían cariño y confesaban que habrían «querido verle bajo tierra».

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Nación en Dinan, Bretaña, 1314 – Chateauneuf Randon, Auvernia, 1380) Capitán francés de la Guerra de los Cien Años. Luchó inicialmente al servicio de Carlos de Blois y, más tarde, para el rey Carlos V de Francia.

Un día que se celebraba un torneo en Rennes, Beltrán, que a la sazón contaba dlecisite años, ardía en deseos de ir allá; pero su familia era demasiado pobre para equiparle.

Entonces, saltando en un caballo de labor, llegó a Rennes y encontró a un primo suyo que accedió a prestarle su caballo y su armadura.

Se presentó en el torneo para combatir, el rostro oculto dentro del casco, y nadie supo quién era, ni siquiera sus padres, que figuraba entre los espectadores.

Hizo quince justas seguidas y siempre derribó a su adversario. Entonces levantó la visera del casco, su padre le admiró y en lo sucesivo se sintió orgulloso de él.

Es un personaje célebre en Francia por el papel que tuvo en la guerra de los Cien Años contra Inglaterra, y también en España por haber intervenido en las campañas que Enrique II de Trastámara, sostuvo contra su hermano el rey Pedro I de Castilla.

Durante la guerra de Bretaña, Beltrán, reunió una tropa de aldeanos y se dedicó a hacer la guerra y a tomar castillos. Acabada la guerra se puso al servicio del rey de Francia, que le recompensó nombrándole de su Consejo y dándole tierras. Entonces fue señor de dos castillos.

Du Guesclin había seguido siendo feo, falto de gracia y rudo, pero tenía un cuerpo robusto y ágil que no conocía el cansancio. No profesaba respecto a la guerra las mismas ideas que los señores, acostumbrados a las fiestas y los torneos. No peleaba por el placer de batirse y no se creía obligado a combatir al enemigo en batalla regular como en un torneo.

Prefería sorprenderlo, gustaba más de los sitios que de los combates. Cuidaba mucho a sus hombres, antes de enviarlos al asalto les hacía beber vino, y cuando la paga se retrasaba no dejaba de reclamar hasta tenerla. Era leal, cuando había dado su palabra la mantenía.

Una vez que hubo entrado al servicio del rey de Francia, le permaneció siempre fiel y constantemente peleó por él, sin olvidarse empero hacerse pagar. Detestaba a los ingleses y a los franceses que servían al rey de Inglaterra, a los que llamaba «malos franceses». Fue el más firme defensor del rey y de Francia.

Carlos V, que reinaba desde 1364, no se parecía a Juan, su padre. Siendo muy joven había padecido una grave enfermedad de la que no se había repuesto. Como le costaba trabajo andar a caballo, no tenía afición a la caza ni a la guerra.

Durante todo su reinado no se alejó nunca de París, y vivía en su fortaleza del Louvre o en los castillos de los alrededores, vestido como un burgués, leyendo, conversando, trabajando con sus consejeros y sus astrólogos. Se le llamó el Sabio.

Encargó a Du Guesclin de dispersar las compañías de bandoleros al servicio del rey de Navarra que se habían establecido entre París y la Normandía. Su jefe, un noble gascón, el Captal de Buch, había peleado en el ejército inglés.

Apostó sus hombres como los ingleses en Poitiers, en lo alto de una colina que domina al Eure, en Cocherel. Du Guesclin mandó avanzar a sus hombres como para el ataque. Cargaron al grito de «Nuestra Señora Guesclin», luego aparentaron huir.

El Captal había comprendido la estratagema, pero no pudo contener a los suyos que bajaron en persecución del enemigo. Entonces una tropa de 200 caballeros bretones, que Du Guesclin había mantenido de reserva, cargó contra ellos y los derrotó; el Captal fue hecho prisionero.

El rey dio en recompensa a Du Guesclin el condado de Longuevllle en Normandía (1364).

Du Guesclin fue luego a hacer la guerra a Bretaña y en una batalla cayó en poder de los Ingleses. El rey de Francia pagó su rescate. Luego se encargó de conducir a España las Grandes Compañías que saqueaban Francia.

Al pasar por Avlgnon, los de las compañías dijeron que eran peregrinos y obligaron al Papa a darles la absolución y a pagarles una gruesa suma. En España, Du Guesclin apoyó ál rey Enrique de Trastamara, aliado del de Francia, contra Pedro de Castilla, aliado del rey de Inglaterra. Fue preso en una batalla y los ingleses le llevaron a la Guyena (1367).

Un día, Du Guesclin fue a rogar ai Príncipe negro que le diera libertad. El Príncipe le dijo que fijase él mismo la cuantía de su rescate. Beltrán propuso 100.000 escudos de oro. «Se burla de mí, dijo el Príncipe, al ofrecer semejante suma.

Le dejaré libre por la cuarta parte.» Beltrán accedió a no ofrecer más que 60.000. «El rey de Francia, dijo, pagará mi rescate, y, si no pudiera, todas las hilanderas de Francia trabajarán para ganarlo.»

Carlos V rescató a Du Guesclin y volvió de nuevo a hacer la guerra a los ingleses (1369). Encargó a Du Guesclin de dirigirla y le dio el título de condestable (jefe del ejército), Du Guesclin se excusó en un principio, diciendo que no era más que un pobre caballero. «¿Cómo osaría yo mandar a vuestros hermanos, a vuestros primos? » Pero el rey le dijo: «Yo no tengo hermano, ni sobrino, ni primo que no os obedezca» (1370).

Los franceses habían adoptado un nuevo método de guerra, se encerraban en las ciudades fortificadas y dejaban a los Ingleses saquear los campos.

Tres ejércitos atravesaron Francia sin encontrar ningún ejército francés, pero hallando todas las plazas bien defendidas (1369, 1370, 1373). Un ejército pasó cerca de París (1370).

Desde sus ventanas Carlos V veía las aldeas incendiadas, y su consejero le decía: «Dejadlos, señor, no os quitarán vuestra herencia con todas sus humaredas». El ejército inglés, compuesto de caballeros, no podía tomar una plaza fuerte y, después de unos cuantos meses de campaña, los hombres caían enfermos y se dispersaban.

Por último Du Guesclin, con sus bretones, recuperó poco a poco todas las provincias del Oeste, ayudado por los habitantes que no uqerían obedecer al rey de Inglaterra.

Murión en 1379 sitiando una fortaleza en la montaña del rey de Inglaterra. No le quedaban en Francia mas que las plazas de Calais, Burdeos y Bayona.

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Batalla de Crecy Desarrollo La Toma de Calais

Desarrollo Batalla de Crecy y la Toma de Calais

Iniciado el conflicto entre Inglaterra y Francia, conocido como la Guerra de los 100 años, durante algunos años se peleó en Flandes y en Bretaña, luego en la Guyena, sin gran resultado. Pero el año 1346, Eduardo desembarcó en Normadía con un ejército diferente a los que hasta entonces habían combatido en Francia.

Contaba 4 ó 5.000 hombres de armas, revestidos con armadura completa como la de los antiguos caballeros, armados con lanza y montados en caballos protegidos con caparazón.

Pero los infantes eran de una clase nueva. La mayoría eran arqueros armados con un arco como no se había visto hasta entonces, arco ligero de madera de tejo, más alto que un hombre.

Se tendía a la altura de la vista, tiraba tres veces más de prisa que la ballesta y lanzaba largas flechas con tanta fuerza que a trescientos metros se podía matar a un hombre y atravesar una cota de malla.

Los otros infantes, llamados cuchilleros, llevaban un cuchillo puntiagudo al extremo de un asta y servían, sobre todo, para rematar a los caballeros caídos en tierra.

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Eran todos subditos del rey, porque los ingleses debían tener armas en sus casas y acudir a la guerra cuando el rey lo ordenaba. Eduardo envió comisionados por toda Inglaterra los habían elegido entre los más robustos, valientes y más diestros.

El ejército inglés atravesó toda la Normandía. En ella encontró trigo y ganado en abundancia, y en las ciudades mucho oro, plata y ricos vestidos, porque el país era fértil y hacía mucho tiempo no había sido saqueado. Los ingleses lo arrebataron todo.

En Caen tomaron 40.000 piezas de paño y con ellas cargaron sus barcos. Luego llegaron por el Sena hasta Poissy, saqueando e incendiando todas las aldeas.

Felipe VI reunió un gran ejército de caballeros, las milicias de las ciudades del norte de Francia y 6.000 ballesteros italianos. Tenía un ejército mucho más numeroso que el de Eduardo y empezó a perseguirle.

El ejército Inglés se retiró en dirección a Picardía. Al llegar al Somme, encontró los puentes cortados y los vados bajo la custodia de las milicias francesas. El ejército francés se acercaba e iba a rodearle.

Pero un muchacho del país llevó a los ingleses al vado de Blanchetaque, cerca de la desembocadura del Somme. Allí encontraron arena firme, por encima de la cual sus carros pasaron a marea baja.

El ejército francés se vio detenido por el mar que subía y no se apoderó más que de algunos bagajes.

El ejército inglés, escapado del peligro, atravesó el bosque de Crecy por un sendero y se apostó cerca de él al borde de una colina. Eduardo mandó apearse a sus hombres de armas y los alineó en tres batallones, los caballeros en el centro, los arqueros en las dos alas.

Delante, a la derecha, puso a su hijo el príncipe de Gales con 1.200 caballeros desmontados y 4.000 arqueros; a la izquierda, 1.200 caballeros a pie y 3.000 arqueros. El rey con el resto (1.500 caballeros y 4.000 arqueros) se quedó a retaguardia, próximo a un molino de viento desde el cual se podía ver toda la comarca.

Felipe VI no sabía ya dónde estaba el ejército inglés. Partió por la mañana de Abbeville, siguiendo el camino que daba vuelta al bosque. Por la tarde su vanguardia llegó cerca de Crécy, frente a los ingleses.

Unos caballeros vinieron a decirle que habían visto a los ingleses sentados en el suelo, el arco y el casco delante de ellos, y descansando. Los franceses estaban fatigados de la larga marcha. Felipe quería esperar al día siguiente para pelear y mandó hacer alto.

Pero los señores franceses, más habituados a los torneos que a la guerra, querían batirse sin más tardanza y todos llegar los primeros a presencia del enemigo.

Como la vanguardia hubiera hecho alto, los que seguían detrás empujaban para tratar de colocarse en primera fila. Los caballeros de vanguardia, que no querían quedarse detrás, avanzaron hasta llegar delante de los ingleses, de los que ya no les separaba más que una pequeña cañada.

El mismo rey, al ver a los Ingleses, fue acometido de cólera, porque los detestaba, y decidió atacar, ordenando que se adelantasen los ballesteros genoveses.

En aquel momento estalló violenta tempestad, y los dos ejércitos se calaron de agua. Luego la tempestad cesó y brilló el sol.

Los ballesteros bajaron al valle. Por tres veces lanzaron su grito de guerra e hicieron una descarga. Pero sus flechas cayeron delante de la línea de los ingleses. Entonces los arqueros ingleses dando un paso adelante, empezaron a tirar.

Sus flechas caían tan de prisa que parecían una tempestad de nieve y atravesaban cascos y corazas. Muchos ballesteros cayeron. Los demás, tirando la ballesta, retrocedieron subiendo de nuevo la pendiente.

Los señores franceses, no comprendiendo aquel movimiento, creyeron que los ballesteros hacían traición, y el rey gritó: «Matad a toda esa canalla, porque nos estorban el camino sin razón».

Entonces los caballeros franceses, cargaron contra sus propios ballesteros, bajaron la pendiente hiriéndolos. Al llegar abajo quisieron subir por el otro lado. Los arqueros ingleses comenzaron otra vez a lanzar flechas.

Los caballos, atravesados por ellas, retrocedían o se echaban a un lado, y los caballeros caían sin ver siquiera a los que los mataban.

Los franceses no lograron colocarse en orden de batalla. A medida que un grupo llegaba, se lanzaba en desorden contra los Ingleses.

Hubo de esta manera quince cargas. Algunas llegaron a la línea de los caballeros ingleses que los esperaban lanza en ristre; pero los arqueros, colocados en el flanco, atravesaban a los asaltantes con sus flechas.

Eduardo no necesitó hacer entrar en liza a su batallón de reserva y ni siquiera se puso el casco. Llegada la noche, las cargas se hicieron menos vigorosas y luego los caballeros franceses huyeron.

Eduardo prohibió a sus hombres abandonar su puesto. Los ingleses pasaron la noche vigilantes, no sabiendo la victoria que habían conseguido. Por la mañana la bruma era tan espesa que no se podía ver nada.

Entonces solamente fueron en busca de los muertos y los despojaron. Habían perecido más de 1.500 caballeros franceses, y los Ingleses no habían perdido más que tres hombres de armas y cuarenta arqueros.

Se cuenta que los ballesteros genoveses se habían negado a avanzar, porque la tempestad había mojado las cuerdas de sus arcos. Se dice también que los ingleses habían puesto en batalla varios cañones que sirvieron para asustar a los franceses.

TOMA DE CALAIS (1347)

El ejército inglés fue inmediatamente contra Calais. Era una ciudad de marinos que robaban los barcos de los ingleses y estorbaban mucho su comercio. Eduardo quería apoderarse de ella. Juró «no partir de allí, ni en invierno ni en verano, hasta que fuera tomada».

Calais estaba bien fortificada, rodeada de doble foso que se llenaba de agua todas las mareas. Todo el contorno, estaba formado por arenas movedizas en las cuales no podían asentarse máquinas de guerra.

Eduardo decidió tomarla por hambre. Para alojar a su ejército, mandó construir toda una ciudad de madera. Los habitantes del país tenían en ella dos mercados semanales a los que llevaban sus artículos.

Durante el invierno Calais recibió víveres por mar, pero al llegar la primavera una flota inglesa fue a bloquearla por aquel lado. Entonces faltaron víveres.

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La Toma de Calais

El jefe de la guarnición escribió a Felipe VI: «Sabed que no hay nada que no se haya comido, los gatos, los perros, los caballos».

Felipe VI, que había llegado al fin con un ejército de caballeros, encontró el campamento Inglés demasiado bien fortificado. Propuso a Eduardo VI un día y un lugar para la batalla, como si se tratase de un torneo. Luego partió de nuevo.

El jefe de la guarnición rogó a Eduardo que dejase salir a los habitantes, pero el Inglés se negó. «Los de Calais, dijo, han hecho morir a tantos de mis hombres, que es preciso que de los suyos mueran también».

No obstante, consintió en dejarlos con vida. «Pero, dijo, es necesario que seis de los ciudadanos de más nota vengan con la cabeza descubierta y los pies descalzos, sin otro vestido que sus ropas interiores, la cuerda al cuello, llevando en sus manos las llaves de la ciudad y la de la fortaleza, y de esos seis haré lo que me plazca, y perdonaré a los demás».

El capitán francés mandó tocar las campanas, y todos, hombres y mujeres, se reunieron en el mercado. Les dijo lo que exigía el rey de Inglaterra y les rogó que se decidieran cuanto antes.

Todos empezaron a dar voces y a llorar tan fuerte que al capitán le dio lástima y lloró también.

Entonces el ciudadano más rico de Calais, Eustaquio de Saint-Pierre, se levantó y dijo: «Sería gran lástima dejar morir a este pueblo por hambre o de otra forma, si se puede impedir, y tengo gran esperanza de que me acompañe la gracia de Dios para salvar a este pueblo, que quiero ser el primero, y me pondré gustoso en camisa, la cabeza descubierta, los pies descalzos, la cuerda al cuello, a merced del rey de Inglaterra».

Otros cinco ciudadanos se sacrificaron también. El capitán, montado en un caballo de poca alzada, los llevó en camisa y bragas, la cuerda al cuello, con las llaves.

Fueron a arrodillarse delante del rey de Inglaterra. Eduardo permaneció al principio inmóvil, la cólera le impedía hablar. Luego mandó que les cortasen la cabeza.

Los ingleses lloraban y suplicaban al rey que los perdonase. «Sería demasiado cruel hacer morir a esos desgraciados ciudadanos, que se han puesto a vuestra merced por salvar a los demás».

Eduardo rechinó los dientes y dijo: «Hagan venir ai corta-cabezas».

Entonces la reina de Inglaterra, que había seguido a su marido a la guerra, se puso de rodillas delante de él y dijo: » ¡Ah, señor queridísimo, desde que he pasado el mar, con gran peligro, no os he pedido nada. Ruego ahora, en nombre del hijo de Santa María, que tengáis piedad de esos seis hombres! »

Eduardo, enternecido, la miró y dijo: «Tomad, os los entrego, haced de ellos lo que queráis».

La reina se levantó, les quitó la cuerda del cuello, los llevó consigo y mandó que los vistieran.

Los habitantes salieron de Calais. Felipe VI los estableció en diferentes ciudades de Francia. Eduardo mandó venir ingleses y les dio todas las casas. Calais llegó a ser una ciudad inglesa y siguió siéndolo hasta 1558.

En seguida Eduardo, no teniendo ya dinero, hizo una tregua y se volvió a Inglaterra. Luego una peste terrible, traída de Oriente a los puertos de Provenza, acabó con una parte de la población, primeramente en el Mediodía de Francia (1348), más tarde en Inglaterra.

Se la llamó la Gran Peste o la Muerte negra y se dice que en ciertos sitios mató las dos terceras partes de la población.

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Formacion de Grandes Feudos en Francia

Historia de la Formacion de Ducados y Condados en Francia

DESMEMBRACIÓN DEL REINO DE FRANCIA EN GRANDES FEUDOS
Desde los tiempos de Carlomagno había en cada comarca un jefe de guerreros, encargado por el rey de gobernarla, por lo común con el título de conde.

Cada conde regía una ciudad, casi siempre cabeza de una diócesis, con su territorio llamado condado.

En las fronteras los jefes tenían un territorio mayor y se llamaban duques.

El rey no nombraba condes o duques más que a grandes propietarios que tenían a su servicio una tropa de caballeros, era preciso que fueran bastante fuertes para hacerse obedecer.

Cuando un conde o un duque dejaba al morir un hijo, el rey generalmente se veía obligado a nombrar a este hijo en su lugar.

Pero, para mostrar que el nuevo conde o duque era un funcionario al servicio del rey, debía personalmente presentarse al monarca y jurar serle «fiel», ceremonia que se llamaba homenaje.

De esta suerte los condes o duques eran los fieles o los hombres del rey que habían jurado obedecerle.

El ducado o el condado que cada uno debía regir se consideraba como un dominio que el rey le había dado para disfrutarle vitaliciamente, y a esto se llamaba dar en feudo.

He aquí por qué los condados y los ducados fueron llamados los grandes feudos.

En el siglo X se había establecido la costumbre de considerar los condados y los ducados como una herencia que el padre trasmitía a sus hijos. Los grandes feudos se habían hecho hereditarios.

Como los reyes de Francia habían distribuido todas las provincias entre los duques y los condes, ya no tenían territorios en los que fueran verdaderamente dueños.

El año 946, el rey Luis IV decía al duque Hugo: «Has ocupado Reims, me has quitado Laon, no disponía más que de estas dos ciudades para mi retiro. Mi padre ha sido preso y encerrado, no ha sido libre sino al morir. De la monarquía de mis antepasados ya no queda más que la sombra».

Entonces el reino de Francia se vio desmembrado entre las familias de los condes y de los duques. No había tantos como condados, porque las familias más poderosas había reunido varios condados.

En su territorio el conde o el duque tenía los mismos poderes que el rey, y como ya no obedecía al rey de Francia, era en realidad a modo de rey en pequeño y su territorio un verdadero Estado.

Pero varios de ellos tenían por bajo otros condes que les juraban fidelidad como ellos la juraban al rey, y que les obedecían mejor que ellos obedecían al monarca. He aquí por qué no es fácil hacer la lista de los grandes feudos entre los que se repartía el reino de Francia.

Si no se cuentan más que los duques y los. condes fieles al rey, se encuentran menos de veinte. Hay más de treinta,, si se cuentan también los vasallos de los duques y de los condes.

Todo el norte de Francia, hasta el Loire, pertenecía a seis grandes familias:

1º) El condado de Flandes ocupaba todo el territorio comprendido desde el Escalda hasta el Somme, y no era más que un país selvático en el que no había más ciudades que Arras;

2°) Desde Flandes a Bretaña se extendía el ducado de Normandía, trasmitido a los descendientes de Rollón. Era el más poderoso de todos. El duque era mejor obedecido por sus subditos que ningún otro príncipe de Francia. Les había prohibido hacerse guerra unos a otros;

3º) El ducado de Bretaña pertenecía a una familia de guerreros celtas que habían adoptado el título de rey de Bretaña. Como los piratas daneses había destruido aquel reino, los duques se habían refugiado en el territorio donde se hablaba francés, en Nantes y habían venido a ser príncipes franceses. El país estaba, y ha persistido, dividido en dos partes; la Bretaña bretona, a occidente, donde se habla celta, la Bretaña francesa, al este, Rennes y Nantes;

4º) A lo largo del Loire la familia de los condes de Blois había reunido la comarca de Blois, la Beauce y la Sologne;

5º) El condado de Champagne se extendía por la gran llanura del Mame;

6º) En el Loire los condes de Anjou, establecidas en un principio en Angers, habían adquirido la Turena y el Maine y se batían con sus vecinos de Normandía y de Bretaña.

Todo el resto del territorio al norte del Loire estaba dividido. La familia más poderosa, la del duque Hugo, dueño de París, iba a ser la familia real de Francia (la comarca se llamó más tarde Isla de Francia).

El territorio comprendido entre París y el Somme, donde había muchos obispos (Laon, Beauvais, Soissons, Noyon, San Quintín, Amiens), iba a llamarse Picardía (país de los picardos), lo cual quiere decir probablemente hombres armados con la pica.

Del lado del este, !a comarca del Saona formaba el ducado de Borgoña. El duque tenía por vasallos a varios condes, cuyo territorio se extendía por todas partes (Nevers, Auxerre, Sens, Chalon-sur-Saone, Macón).

Pero no tenía sobre ellos gran poder y, aun en su ducado, era muy poco obedecido.

Al sur del Loire, el territorio más grande de todos era el ducado de Aquitania, que llegaba desde el Loire hasta el Gironda. Pero el duque de Aquitania no poseía realmente más que el país más cercano a la costa, la Guyena, es decir, la comarca de Burdeos, el Saintonge y el Poitou.

Todo lo demás (la Auvernia, el Périgord, Angulema, la Marche), hasta las montañas del centro de Francia, pertenecía a condes vasallos del duque de Aquitania, pero por entero independientes.

Al sur de Gironda, hasta los Pirineos, se extendía el ducado de Gascuña país de los gascones. Pero como los duques tenían la costumbre de dividir sus bienes entre sus hijos, el ducado se había repartido entre varias familias que ostentaban por lo común el título de vizconde.

Toda la comarca comprendida desde el Garona hasta el Ródano, que hoy se llama Languedoc, dependía del conde de Tolosa; pero éste no era dueño más que en el condado de Tolosa. El resto era de sus vasallos (condes de Rodez, de Carcassone; vizcondes de Albi, de Béziers).

A ambos lados de los Pirineos, a orillas del Mediterráneo, el condado de Barcelona era todavía un feudo del reino de Francia. Tenía casi todo su territorio al sur de los Pirineos, en Cataluña, pero también un trozo al norte, el Rosellón, donde hoy todavía se habla catalán.

El reino de Francia no pasaba del Ródano y de la llanura del Saona. Ei territorio situado más allá (Provenza, Delfinado, Saboya, Franco Condado), formaba parte del reino de Arles.

En cada uno de estos países, el duque o el conde era un príncipe independiente y hereditario. Francia estaba de esta suerte dividida en pequeños Estados.

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Biografia de Felipe IV de Francia Caracteristicas de su Reinado

Biografia de Felipe IV de Francia – Su Reinado

FELIPE IV: Felipe III, hijo de San Luis, reinó quince años (1270-1285), rodeado de los consejeros de su padre, que gobernaron en su nombre.

Su hijo, Felipe IV, llamado el Hermoso, (no confundir con Felipe I de Castilla) reinó treinta años. Era alto, guapo, blanco y rubio, robusto, aficionado a la bebida y a la caza.

No hablaba casi y se dejaba llevar de las gentes que le rodeaban. Uno de sus enemigos decía: «Nuestro rey se parece al gran duque, el más lindo de los pájaros, pero también el más estúpido. No sabe más que mirar fijamente sin decir nada. No es hombre ni animal, es una estatua».

biografia de felipe IV de francia
Miembro de la dinastía de los Capetos, Felipe IV de Francia, llamado el Hermoso (Fontainebleau, 1 de julio de 1268 – 29 de noviembre de 1314), fue rey de Francia y de Navarra. Fue el segundo hijo del rey Felipe III el Atrevido y de su primera esposa Isabel de Aragón.
Lo apodaban «El Rey de Hierro», por su personalidad rígida y severa.
Contrajo matrimonio con la reina Juana I de Navarra el 14 de agosto de 1284 en la catedral de Notre Dame, en París.

Las personas que le dirigieron fueron su hermano, su esposa, su hija, y, sobre todo, sus consejeros. Estos no eran señores habituados a hacer la vida del caballero, sino abogados, legistas, casi todos gentes del Mediodía que habían estudiado derecho en las Universidades.

Felipe pasó casi todo su reinado haciendo guerra, primero contra el rey de Inglaterra al cual quería quitar la Guyena, luego contra Flandes, que intentó conquistar. La guerra de Guyena (1293-1298) no tuvo resultado y Felipe se decidió a hacer la paz (1299).

En Flandes.. un ejército de caballeros franceses fue aniquilado en Courtray (1302) por los infantes flamencos armados con picas, y la guerra duró hasta el final del reinado.

RECURSOS FINANCIEROS
Para estas guerras, el rey tuvo necesidad de mucho dinero. Empezó por obligar a los ricos burgueses a prestarle sumas que no siempre devolvía; pero les daba a elegir entre prestar o partir para el ejército. Luego estableció un impuesto sobre todas las ventas.

El pueblo llamó inmediatamente a esta contribución la maltote (mal impuesta) y en algunas ciudades hubo motines.

Luego se impusieron tributos a todos los habitantes del reino, calculados unas veces sobre el capital, el 1 ó 1 y medio por 100, otros sobre la renta, una vigésima, una décima, un quinto. Todos los años se imponían estos tributos a los que no iban a la guerra.

Luego se ideó otro procedimiento, y ahora se contaba entonces por libras, sueldos y dineros, 12 dineros componían un sueldo, 20 sueldos una libra, pero no era más que una manera de contar; no había moneda de una libra o de un sueldo.

Había un escudo de oro, llamado agnel porque llevaba grabado un carnero, que valía 12 sueldos y medio en tiempo de San Luis, y un tornes gordo, que valía un sueldo.

Pero como esta moneda no llevaba grabada ninguna cifra, el rey podía consiguientemente decir cuántos sueldos representaba el escudo de oro o el tornes.

Hasta entonces se habían acuñado monedas con metal casi puro, en que no entraba más que un 1/25 de aleación.

Al marco de plata, que valía realmente 54 sueldos, se atribuía un valor de 58, siendo por tanto pequeño el beneficio.

Los consejeros de Felipe el Hermoso se decidieron a aumentar el beneficio aminorando el valor intrínseco de la moneda.

Se hicieron piezas que contenían más cobre y el rey se quedaba con el oro o la plata que se ponía de menos en ellas.

Durante más de diez años se disminuyó de esta suerte el valor de las monedas, tanto que en 1303 una moneda de oro que en tiempos de San Luis sólo habría valido 21 sueldos y medio, equivalía a 60 y medio.

Las gentes que debían dinero podían pagar su deuda con la tercera parte de lo que habían recibido y sus acreedores perdían los dos tercios.

Además, como cada moneda había disminuido de valor, los comerciantes exigían por los artículos un precio más elevado, lo cual perturbaba todas las transacciones.

Pero la perturbación fue todavía mucho mayor cuando el rey, habiendo hecho la paz, quiso volver a la buena moneda. Declaró que las piezas acuñadas desde 1295 no valdrían sino con arreglo a la cantidad de plata que contenían.

Entonces toda la moneda nueva perdió dos tercios de su valor, y el tornes, que valía tres sueldos y cuarto, no valió más que tres cuartos de sueldo. Los burgueses, propietarios de casas en París reclamaron a sus inquilinos para que pagasen en buena moneda.

Los inquilinos, a los que se pedía tres veces más de lo que debían, se amotinaron. Los especieros, los tejedores, los taberneros, saquearon la casa de un rico burgués a quien se acusaba de haber decidido al rey a restaurar la buena moneda. Rajaron los almohadones, desfondaron los toneles y se bebieron el vino.

Luego la multitud, armada con palos, fue ante la casa fuerte donde el rey estaba con sus consejeros, la cercaron y arrojaron al lodo todo cuanto se llevaba para el rey. Cuando el motín hubo terminado se encerró en prisiones a mucha gente y se ahorcó a 28, en cuatro árboles, delante de cuatro puertas de París.

Aquel mismo año (1306), se prendió un día a todos los judíos del reino. Se confiscaron todos sus bienes, se vendieron todos cuantos objetos preciosos poseían, alhajas, anillos, copas de oro y plata.

Se apoderaron de sus libros de cuentas y en ellos se vieron los nombres de los cristianos que les debían dinero, y se les obligó a pagar al rey todo lo que ellos debían a los judíos expulsados.

CONFLICTO CON EL PAPA: Felipe el Hermoso había obligado a los obispos y a los abades de su reino a pagar los tributos correspondientes a ios dominios de sus iglesias.

El Papa Bonifacio VIII, reclamó y prohibió a los eclesiásticos franceses. Era regla entonces que los bienes de la Iglesia debían estar libres de tributos (1296).

Se reconcilió no obstante con el rey. Pero, pocos años más tarde se inició otra disputa a propósito del obispo de Pamiers, al cual Felipe había mandado prender por hablar mal del rey (1301).

Bonifacio ordenó al rey que dejase libre al obispó para que fuera a justificarse a Roma. Le envió una bula (se llamaba así a las cartas del Papa) en que censuraba por haberse apoderado de los bienes de las iglesias y alterado el valor de la moneda y le anunciaba que iba a reunir un concilio en Roma.

Los consejeros de Felipe inventaron entonces, en iugar de la bula, una cartita muy insolente y la hicieron correr como si fuera la bula del Papa.

Luego el rey convocó en París una Asamblea de sus subditos. Un consejero del rey les refirió la historia a su manera y se hizo que los nobles escribieran una carta en que se censuraba al Papa por querer oprimir al reino de Francia.

Bonifacio se molesto por aquella falsificación, se incomodó con Pedro Fiotte, el principal consejero del rey, y dijo: «Será castigado en lo espiritual y en lo temporal».

Pocos días más tarde, Fiotte era muerto en la batalla de Courtray, y ello se atribuyó a castigo de Dios.

Felipe intentó excusarse y el Papa le respondió que reparase lo que había hecho, que en caso contrario sería excomulgado. Entonces el nuevo consejero de Felipe, Guillermo de Nogaret, le decidió a tomar la ofensiva haciendo prender al Papa para que le juzgase un concilio.

Hizo que se le encargase de una misión secreta que le daba derecho a entenderse en nombre del rey «con toda clase de personas para cualquier especie de alianza».

Con objeto de tener un pretexto para citar a Bonifacio a juicio, Nogaret le acusó de crímenes imaginarios.

En presencia de los señores y de los obispos reunidos en París, el rey hizo leer un acta en que se enumeraban los siguiente crímenes: «Bonifacio no cree en la inmortalidad del alma, porque dice: «Preferiría ser perro a ser francés», lo que no diría si creyera que los franceses tienen alma inmortal. —Tiene en su casa un demonio al cual pide consejo. —Ha hecho matar a varios eclesiáticos. —Ha hecho matar a su predecesor, etc.»

El rey proponía que se hiciera comparecer al Papa ante un concilio. Escribió a los otros reyes para decidirles a ello.

Mientras tanto, Nogaret en Italia, reunía una banda de hombres de guerra mandada por un enemigo del Papa, Colonna. Bonifacio estaba entonces en su ciudad natal, Anagni, en la montaña, y se preparaba a hacer pública la excomunión de Felipe el Hermoso.

El 7 de septiembre de 1303, al amanecer, Nogaret, a la cabeza de su banda y llevando el estandarte de flores de lis de oro del rey de Francia, entraba bruscamente en Anagni.

Los sobrinos del Papa y sus sirvientes, despiertos al ruido, impidieron el acceso a la casa, á la que la tropa de Nogaret prendió fuego tomándola luego por asalto, Bonifacio, que había quedado solo, se había sentado en su cámara, revestidos los hábitos pontificios, la tiara a la cabeza, en las manos las llaves de San Pedro.

Colonna, que había entrado el primero con sus hombres, espada en mano, le tomó del brazo y quiso darle muerte. Bonifacio le dijo en italiano: «He aquí mi cuello, he aquí mi cabeza». Nogaret llegó y pronunció un discurso ordenando al Papa que convocase a concilio que le juzgase. Mientras tanto le guardaba prisionero.

Bonifacio permaneció sin hablar y se negó a comer. Al tercer día los habitantes de Anagni tomaron las armas, gritando: «¡Viva el Papa! ¡Mueran los extranjeros!. Pero Bonifacio no se repuso de aquella emoción y murió el 11 de octubre.

Su sucesor se disponía a hacer condenar a Nogaret y a Colonna por sacrilegio cometido en la persona del Papa, cuando murió de pronto (envenenado quizá) el 7 de julio de 1304.

Los cardenales dejaron pasar cerca de un año sin ponerse de acuerdo para elegir Papa.

Por último (1305), eligieron a un obispo francés, Clemente V, que no se estableció en Roma. Permaneció en Francia y pocos años más tarde se instaló en Avignon. Desde aquel momento el Papa no tuvo defensa contra el rey de Francia.

PROCESO DE LOS TEMPLARIOS:  La orden de los Templarios, expulsada de Tierra Santa por los musulmanes, poseía en Europa, en Francia principalmente, grandes dominios.

Tenía en su tesoro mucho dinero, porque servía de banquero a los príncipes. En París el Temple era una fortaleza, a donde el mismo rey enviaba su dinero para que estuviera seguro.

Desde que se había perdido Tierra Santa los templarios ya no tenían qué hacer. Se les censuraba el ser con exceso ricos, holgazanes y borrachos (hoy se dice todavía, «beber como un templario»).

La regla de la Orden era secreta, los novicios eran admitidos por una Asamblea secreta que se celebraba de noche en una sala guardada por centinelas. La gente imaginaba que allí ocurrirían cosas extrañas, que se adoraban ídolos.

Felipe había sido durante mucho tiempo amigo de los templarios. Pero necesitaba dinero y los templarios tenían mucho. Pidió, pues, a Clemente V que aboliera la Orden, con objeto de apoderarse de sus bienes, so pretexto de que los templarios cometían diferentes clases de crímenes. El Papa no accedió a ello.

El 13 de octubre de 1307, y en ese mismo día, todos los templarios fueron detenidos como herejes por orden del rey y todos sus bienes fueron confiscados.

Luego un manifiesto, redactado por Nogaret, fue leído públicamente en París, en el jardín del rey. Enunmeraba los crímenes atribuidos a los templarios.

Inmediatamente los inquisidores empezaron el interrogatorio de los templarios presos. Había de someterles a tormento para que confesasen sus crímenes y hacerles escribir su confesión.

Los templarios fueron interrogados durante un mes en París, ante los frailes inquisidores, los consejeros del rey, los escribanos y los verdugos. Los que no querían confesar eran atormentados.

Murieron por el tormento 25. Los restantes fueron encerrados en calabozos oscuros y húmedos y sometidos a pan y agua. Se quería obligarles a confesar que el día de su admisión en la Orden habían renegado de Cristo y escupido la cruz, y que en las casas del Temple había un ídolo que adoraban.

La mayor parte confesaron todo lo que los verdugos quisieron hacerles confesar.

El Papa se quejó de que el rey mostrase contar con su aprobación para aquel acto de fuerza. Pero cedió y ordenó a los demás príncipes que prendieran a los templarios que hubiera en su reino.

Luego, recobrando el valor, citó a los templarios para que comparecieran ante su tribunal. Nogaret entonces le amenazó, dijo que era peor que Bonifacio, que se había dejado comprar por los templarios para protegerlos. Clemente V tuvo miedo, cedió otra vez y convocó un Concilio general en Viena (de Francia) para decidir la supresión de la Orden (1308).

En tanto, por espacio de dos años, los inquisidores y los obispos siguieron los procesos contra los templarios acusados de herejía.

Una comisión nombrada por el Papa estaba en París para examinar las acusaciones contra la Orden.

Varios templarios refirieron cómo se les había forzado a confesar crímenes imaginarios. Uno de ellos dijo «que se les habían atado las manos a la espalda, tan fuertemente que la sangre brotaba de las uñas; que luego les habían metido en una fosa». Decía: «Si otra vez se hace, volveré a decir cuanto quieran.

Estoy dispuesto a sufrir cualquier suplicio siempre que sea corto. Que me corten la cabeza, que la pongan a cocer. Pero no puedo soportar suplicios como los que he sufrido de dos años a esta parte».

Los templarios, citados ante los comisarios del Papa, habían recobrado el valor. 546 declararon que querían defender a su Orden, y los procuradores encargados de su defensa redactaron un mensaje en que se demostraba que los crímenes eran imaginarios.

Entonces los consejeros del rey inventaron otro medio. El arzobispo de Sens, hermano de uno de los consejeros, reunió en París en concilio a los obispos de su provincia.

Aquel concilio tenía derecho a condenar a los herejes sin oírlos y ordenar su inmediata ejecución. El 12 de mayo, los templarios que habían declarado pertenecer a la Orden fueron condenados por el concilio.

En carros
fueron llevados a la hoguera encendida delante de la puerta de San Antonio (1310).

El Concilio general se reunió por fin (octubre de 1311) en Viena de Francia. Le fue presentada una lista de los crímenes que se habían hecho confesar a los templarios: escupían el crucifijo, adoraban un ídolo o un gato, etc. Felipe y Clemente temían a los obispos de los otros países, porque en Alemania, en España, en Italia, se había reconocido la inocencia de los templarios.

Felipe llegó entonces con su ejército y nadie se atrevió a ofrecer resistencia. Clemente mandó leer una bula que declaraba suprimida la Orden del Temple. El rey había de hacer entrega al Papa de todas las tierras de los templarios. Pero se quedó con todo el dinero e hizo que le pagasen además los gastos de prisión y de tormento.

El Gran Maestre Jacobo de Molay y otro dignatario habían sido reservados para que los juzgase el Papa. Fueron condenados a prisión perpetua, y las sentencias les fueron leídas delante de la iglesia de Nuestra Señora de París.

Habían esperado salir absueltos y, al verse perdidos, dijeron: «No somos culpables de las cosas de que se nos acusa, pero nos arrepentimos de haber hecho traición a la orden para salvar nuestras vidas». La muchedumbre se agitaba. Entonces el preboste de París tomó a los condenados y aquella misma noche hizo que fueran quemados en el islote del Sena donde hoy está el Puente Nuevo (1314).

Se cuenta que en el momento de morir el Gran Maestre había emplazado al rey y al Papa para que compareciesen ante el tribunal de Dios.
Clemente murió un mes más tarde, Felipe a los seis meses.

AUMENTO DEL DOMINIO REAL
Al advenimiento de Hugo Capeto , el rey de Francia no poseía más que los condados de París, Orleáns, Melun, Etampes, un castillo y unas cuantas casas en las ciudades de Sens, Beauvais, Amiens, Noyon y Soissons.

Era el dominio real. Todo el resto del reino era el dominio de los príncipes vasallos del rey. Se lo reconocia oficialmente dentro de este dominio, y se lo consignaba en los documentos, pero no tenía ningún poder.

Este dominio no era siquiera un territorio seguido. Para ir de una a otra de sus ciudades, el rey tenía que pasar por las tierras de varios señores, que al acecho estaban en sus fortalezas y de ellas salían para detener a los mercaderes y a los peregrinos.

Entre Orleáns y París, la torre de Monthléry interceptaba el camino. Felipe I la adquirió al final de su vida, y decía a su sucesor: «Hijo mío, conserva bien esta torre, me ha hecho envejecer antes de tiempo: la maldad de sus poseedores no me ha dejado reposo».

El dominio real no se ensanchó, casi durante dos siglos.

Felipe Augusto por sí solo adquirió más territorio que todos sus predecesores. Reunió al dominio la mayor parte de la Picardía y todas las provincias conquistadas al rey de Inglaterra, Normandía, Anjou, Maine, Poiton.

El rey fue dueño entonces de la mayor parte del norte de Francia.
La cruzada contra los albigenses hizo entrar todo el Mediodía de Francia en el dominio real. El conde de Tolosa, vencido por los cruzados, cedió al rey casi todo el país hoy llamado Languedoc (1229).

El resto de sus dominios fue dado al hermano del rey, Alfonso, que casó con la única hija de aquél, y, cuando murieron sin herederos, todo el país entró a formar parte del dominio real (1271).

Felipe el Hermoso adquirió la Champaña, que su mujer le llevaba en dote, y el condado de Chartres. Confiscó los condados de la Marche y de Angulema.
Comenzó también a extenderse fuera del reino de Francia.

Cerca del Ródano adquirió la comarca de Valence y Lyon. (Uno de sus sucesores, Felipe VI, adquirió el Delfinado.)

El dominio real comprendía entonces la mayor parte de la Francia del Norte y todo el Mediodía, excepto el sudoeste. No se ensanchó casi nada durante siglo y medio, porque los reyes dieron a sus hijos menores sus nuevas adquisiciones.

CRECIMIENTO DEL PODER REAL: Durante todo el siglo XI el rey de Francia no era obedecido en absoluto, fuera de sus dominios.

En el siglo XII, Luis VI pasó casi todo su reinado (1138-1157) guerreando con los señores dedicados al bandidaje y que se hallaban establecidos en el dominio real. No obstante, el rey empezaba a ser más respetado. En 1124, el emperador Enrique V había reunido un ejército para invadir Francia.

Entonces, de todas las provincias del Norte acudieron los príncipes con sus caballeros al ejército reunido en Reims, y el emperador se retiró.

Luis VII fue reconocido por todos los obispos del reino, y, cuando partió para la Cruzada, todos los señores cruzados del reino de Francia fueron bajo su mando.

Pero Felipe Augusto fue quien principalmente aumentó el poder real. Empezó dando órdenes a los condes y a los duques que hasta entonces habían sido siempre dueños en sus Estados. Promulgó ordenanzas que debían ser observadas en todo el reino.

Para administrar sus dominios envió bailes (apoderados). Eran caballeros encargados de regir una parte del dominio en sustitución del rey. Tenían aproximadamente el mismo poder que tuvieron los condes en la época de los reyes francos.

Pero los Capetos no permitieron que aquellos magistrados suyos fueran hereditarios, como lo habían sido los condes.

Por el contrario, nombraban para el cargo gente que no era del país que debían gobernar, y, por lo común, los cambiaban de puesto al cabo de unos cuantos años.
San Luis instaló en su palacio de París un tribunal para juzgar todas las cuestiones del reino. Así comenzó el Parlamento de París.

Felipe el Hermoso comenzó a exigir el servicio militar, no solamente a los habitantes del dominio real, sino también a todos los subditos del reino. Parte solamente acudían al ejército. Pero todos los demás se liberaban del servicio pagando una cantidad proporcional de sus rentas. Así comenzó el impuesto.

(Ampliar Sobre La Conspiración a los Templarios)

fuentes

Biografia Felipe II Augusto de Francia Historia de su Reinado

Biografia de Felipe Augusto de Francia-Reinado y Conquistas

A la muerte de Luis VII (1180) Francia no poseía más que un territorio reducido. Enrique II , rey de Inglaterra, tenía casi toda la mitad occidental de Francia. Era vasallo del rey francés , pero mucho mas poderoso que él.

Entonces subió al trono, a los dieciséis años de edad, Felipe, llamado más tarde Augusto.

Felipe fue el séptimo rey de la dinastía de los Capetos, hijo y heredero de Luis VII de Francia el Joven y de Adela de Champaña. Ocupó el trono de Francia entre 1180 y 1223.

Nació el 21 de agosto de 1165 en Gonesse, Francia y falleció un 14 de Julio de 1223 en Mante La-joile. Reinó Francia desde el 18 de septiembre de 1180 hasta su muerte en 1223.

Era alto, de hermosa presencia, el rostro encendido, aficionado al vino y a la buena comida, pronto para encolerizarse, pero de espíritu vivo, que rápidamente se daba cuenta de lo que se necesitaba hacer.

Aun cuando no le gustase arriesgar la vida, fue un gran batallador y pasó casi todo el tiempo en guerra.

Como todos los príncipes de su familia, era devoto, y le ocurría rezar arrodillado sobre el pavimento de la iglesia de Saint-Denis, y antes de salir para una expedición, depositaba una ofrenda en el altar del Santo. No había tenido tiempo de acabar de instruirse, no había aprendido el latín y sabía apenas escribir.

biografia de felipe augusto de Francia

Felipe II de Francia, llamado «El Augusto», fue el séptimo rey de la dinastía de los Capetos, hijo y heredero de Luis VII de Francia el Joven y de Adela de Champaña. Ocupó el trono de Francia entre 1180 y 1223

En cuanto fue rey, Felipe entró en guerra con los príncipes sus vecinos, el conde de Champagne y el conde de Flandes (1181-1185). Sin haber ganado ninguna batalla, llegó a indisponer unos con otros a sus adversarios y obligó al conde de Flandes a pedir la paz.

Luego tuvo el atrevimiento de acometer al rey de Inglaterra Enrique II. Este había regañado con sus hijos, y Felipe los mandó venir a su lado. Intimó primero con Godofredo, luego, cuando éste hubo muerto, con Ricardo (llamado más tarde Corazón de León).

Felipe y Ricardo no se separaban nunca. Según costumbre de la época, comían en el mismo plato y dormían en el mismo lecho.

Se peleó en todos los países donde los dominios de los dos reyes se tocaban. Por ambos lados se habían alistado soldados de oficio que talaban los campos e incendiaban las ciudades.

Entonces se supone que los musulmanes acababan de apoderarse otra vez de Jeru-salén y del sepulcro de Cristo.

El Papa y los obispos suplicaron a los reyesque hicieran la paz para ir a la reconquista de Jerusalén.

FELIPE Y RICARDO

Al morir Enrique II, Ricardo vino a ser rey de Inglaterra, y los dos reyes se decidieron al fin a partir para la Cruzada (1189). Juraron permanecer amigos y aun repartirse las conquistas que hicieran en Tierra Santa, y luego partieron juntos (1190).

Pero en Palestina se incomodaron. Felipe, dejando a Ricardo continuar la guerra contra los musulmanes, se volvió a Francia.

En el momento de embarcarse, le juró sobre el Evangelio que durante su ausencia no atacaría sus posesiones de Francia y hasta que las «protegería con tanto cuidado como si defendiese su propia ciudad de París».

Inmediatamente de volver se las entendió con Juan Sin Tierra, hermano de Ricardo, para atacar las posesiones de éste.

De vuelta de la Cruzada y al pasar por Alemania, Ricardo fue hecho prisionero por el duque de Austria, que le detestaba y le vendió al emperador Enrique VI.

Felipe y Juan ofrecieron al emperador una gran suma para que no le soltase, y otra, mayor todavía, si accedía a entregársele. Ricardo, queriendo evitar a toda costa caer en sus manos, se resignó a prometer un enorme rescate y fue puesto en libertad.

Felipe escribió entonces a Juan: «Poneos en guardia; el diablo está suelto». Juan se refugió cerca del rey de Francia.

Ricardo, inmediatamente que estuvo de vuelta, fue a Normandía a rechazar el ejército de Felipe. La guerra duró cinco años (1194-11.99).

Cada uno de los dos reyes había tomado a su servicio jefes de salteadores que tomaban como profesión saquear el país e imponer rescate a sus prisioneros.

Ricardo fue muerto de un ballestazo cuando sitiaba un castillo del Limousin (1199).

Decíase que el dueño de dicho castillo había encontrado un tesoro. Ricardo le reclamó en calidad de soberano. Le fue negado, y Ricardo puso sitio al castillo. Herido mortalmente, tuvo todavía, antes de morir, tiempo de ver cómo los suyos se apoderaban del castillo.

Ordenó que ahorcasen a toda la guarnición, luego mandó que le trajeran ai ballestero que le había herido, Bertrand de Gourdon. «¿Eres tú, le dijo, el que ha osado herir al representante de Dios? «.

Bertrand respondió: «Yo soy, y de ello me enorgullezco, porque he vengado a mi padre y dos hermanos que tú has hecho matar».

Ricardo, admirando aquel valor, ordenó que dieran libertad al soldado. Pero en cuanto el rey murió, el jefe de los de la banda, Mercadier, mandó desollar vivo a Bertrand.

GUERRA CON JUAN SIN TIERRA

Juan, nombrado rey de Inglaterra por muerte de Ricardo, se enfrentó muy pronto con su antiguo aliado Felipe.

El hermano de Juan, Godofredo, muerto antes que él, había dejado un hijo, Arturo, al cual los señores de Bretaña habían reconocido duque. Los señores de Poiton y de las orillas del Loire, no queriendo obedecer a Juan, declararon también que reconocían a Arturo por su señor.

Felipe Augusto vio en ello pretexto para apoderarse de las posesiones que Juan tenía en Francia. Le intimó para que entregase a Arturo el Poitou y la Normandía, y le ordenó comparecer en juicio ante su tribunal.

Por haberse negado a responder a la citación del rey de Francia, su soberano, los jueces le condenaron a perder cuantos territorios poseía en Francia.

En la guerra que siguió (1202), Juan sorprendió al ejército de Arturo y le hizo prisionero. Le encerró en la torre de Falaise, en Normandía, y metió a los caballeros de su escolta en una prisión donde los dejó morir de hambre.

Luego ordenó que se trasladase a Arturo a un castillo de Rouen, en el que fue asesinado (1203-1204). Jamás se supo de qué manera.

Se cuenta que Juan había querido encargar a sus servidores que matasen a su sobrino, pero ninguno había aceptado. Entonces el mismo Juan fue a esconderse en un pueblecito que había en medio del bosque, a orillas del Sena.

Luego, cuando fue de noche, tomó una barca, pasó el río y llegó a Rouen, al pie de la torre donde su sobrino estaba encerrado.

Una poterna se abría al nivel del Sena. Juan, de pie sobre la barca, ordenó que llevasen a Arturo. Le hizo entrar en la barca y lo llevó al medio del río.

Arturo se abrazó a sus rodillas diciendo: » ¡Tío, ten piedad de tu joven sobrino; mi buen tío, perdona al hijo de tu hermano! «. Juan, tomándolo del pelo, le hundió su espada en el vientre, la sacó y con ella le abrió la cabeza. Luego arrojó el cadáver al río.

Se contó (y así se ha creído durante mucho tiempo) que, por el asesinato de Arturo, Juan había sido citado ante el tribunal del rey de Francia y condenado a perder sus posesiones; pero la sentencia es de 1202.

TOMA DE CHÁTEAU-GAILLARD

Felipe comenzó la conquista de Normandía. El país estaba defendido por una serie de fortalezas levantadas a orillas del Sena.

En lo alto de una colina rocosa que cae en rápida pendiente por tres lados Ricardo, que era buen ingeniero, había mandado edificar el célebre Cháteau-Gaillard.

Del lado por donde la colina se une al resto del país, el único que no estaba defendido por rocas a pico, se había abierto un ancho foso a través de toda la colina. Detrás del foso se alzaba un recinto de forma triangular.

La punta, vuelta hacia donde venía el enemigo, estaba formada por una maciza torre redonda unida a cada lado, por muros gruesos, a otra torre redonda.

Detrás de este primer recinto, y pasado un foso de diez metros, venía el recinto de en medio, donde estaba la capilla y varios edificios. Detrás había aún otro tercero casi oval.

En uno de los lados se había construido la torre del homenaje, redonda, alta enorme.

El ejército de Felipe Augusto fue a acampar delante de Cháteau-Gaillard, en cabanas de ramaje y paja, y pasó el invierno bloqueándole. El sitio duró más de seis» meses; pero ningún ejército llegó a estorbarse.

Juan estaba en Inglaterra. Cuando fueron a decirle que enviase socorros, jugaba a los dados, respondió «que no podía hacer nada», y se puso de nuevo a jugar.

Defendía el castillo una tropa reducida de caballeros y 200 infantes; pero se había refugiado en él mucha gente de los alrededores con sus enseres. Pronto empezaron a faltar los víveres.

El jefe de la guarnición despidió a todos los que no podían servir para la defensa; hombres, mujeres, niños, más de 400. Los sitiadores no les dejaron pasar y permanecieron en el espacio comprendido entre la puerta del castillo y el campamento francés, sin tener otra cosa que hierba para comer. Comieron perros que arrojaron del castillo.

Una gallina perdida fue devorada inmediatamente sin desplumarla. Al cabo de tres meses, casi todos habían muerto de hambre. Felipe Augusto, que había ido al sitio, les oyó gritar y dejó salir a los que aún vivían; pero murieron casi todos en cuanto les dieron de comer.

En marzo, Felipe se decidió a atacar el castillo Mandó cegar los fosos con tierra. Los sitiadores bajaron con escalas al foso medio cegado y colgaron sus escalas del lado de la gran torre. Como no llegaban al pie de la misma, treparon abriendo agujeros en la roca con sus puñales.

Luego, resguardándose con los escudos, hicieron un agujero debajo de los cimientos. Sostuvieron el muro con maderos, a los que luego prendieron fuego.

Cuando la madera hubo ardido, se derrumbó un trozo de muralla. Los sitiadores, pasando por la brecha, entraron en el primer recinto. Los sitiados, renunciando a su defensa, prendieron fuego a los edificios que encerraba y se retiraron al segundo recinto.

En uno de los lados de este último se había edificado la capilla, dominando la roca sobre la que se levantaba aquél.

Tenía en el piso bajo una pequeña ventana abierta al exterior, de forma que podía verse desde fuera. Un joven caballero francés, con unos cuantos compañeros, trepó hasta lo largo de la roca, y luego, subiéndose a ia espalda de uno de sus compañeros, llegó a la ventana con las manos y, haciendo un esfuerzo grande, entró por ella.

Arrojó una cuerda a sus compañeros que se unieron a él. Se encontraron en una cripta debajo de la capilla, y desde allí penetraron en el recinto, lanzando un grito de guerra, en tanto los sitiadores atacaban la puerta exterior. Los sitiados, viendo enemigos dentro del recinto, incendiaron la capilla y se retiraron ai último recinto.

Para tomar éste, los franceses llevaron delante de la puerta una máquina que lanzaba grandes piedras. Zapadores, a cubierto debajo de manteletes de madera, hicieron trabajos al pie de la muralla.

Luego las piedras lanzadas por la máquina derribaron un lienzo del muro, Felipe ordenó el asalto. Ya no quedaban más defensores que 20 caballeros y 120 infantes rendidos de cansancio.

Renunciaron a refugiarse en la torre del homenaje, que no habrían podido defender mucho tiempo, e intentaron escapar por una poterna. Fueron descubiertos y hechos prosioneros.

CONQUISTAS DE FELIPE AUGUSTO

Después de Cháteau-Gaillard, Felipe fue apoderándose una tras otra de todas las ciudades de Normandía. Juan seguía divirtiéndose en Inglaterra.

Cuando se le anunciaba que el rey de Francia acababa de tomar uno de sus castillos, respondía: «Dejadle, lo que él me toma en un año, yo lo recobraré de una vez», Felipe conquistó la Normandía entera (1204), luego las otras próvidas que en Francia tenía el rey de Inglaterra, el Anjou, la Turena, el Poitu.

Pero los señores del Poitou y de Aquitania no querían obedecer al rey de Francia. Se sublevaron. Juan volvió al Poitou y Felipe renunció a conservar el territorio del sur del Loire.

LAS FORTIFICACIONES

Para poner sus provincias en estado de defensa, Felipe Augusto mandó edificar gran número de castillos. Uno de los más famosos es la torre de Etampes.

Tiene forma de trébol de cuatro hojas, con muros de varios metros de espesor. En París mandó edificar la fortaleza del Louvre, a orillas del Sena, con una torre maciza en la que guardaba su tesoro y sus archivos. Esta fortaleza fue demolida y otras construcciones la sustituyeron.

Felipe Augusto mandó levantar también todo alrededor de París una muralla de la que subsisten todavía algunos trozos.

El muro de recinto, defendido por un foso, tenía tres metros de espesor y más de cinco de altura. Encerraba los dos barrios nuevos que se habían formado en las dos orillas del Sena.

Alrededor de la isla donde estaba la Cité, en la orilla derecha, llegaba casi junto al Temple, en la orilla izquierda rodeaba la pendiente de la colina de Santa Genoveva.

El trazado de este recinto está indicado por los nombres de algunas calles (calle de los fosos de Santiago, calle de los fosos de San Marcelo).

La muralla estaba interrumpida por puertas, 34 en la orilla izquierda 33 en la derecha, cada una de ellas defendida por torres redondas en saliente. El espacio comprendido en ese recinto no estaba entonces habitado por completo. Felipe ordenó construir casas en él.

COALICIÓN CONTRA FELIPE AUGUSTO

Juan Sin Tierra no se resignaba a dejar a Felipe dueño de sus conquistas, pero estaba ocupado en Inglaterra defendiéndose contra el Papa (véase cap. «Inglaterra»).

Cuando hizo la paz con este último (1213) se preparó para reanudar la guerra. Se puso de acuerdo con el emperador alemán Otón, con los príncipes de los Países Bajos (duque de Brabante, duque de Lorena, conde de Holanda, conde de Namur) y con Ferrand, conde de Flandes, y Renaud, conde de Boulogne, ambos vasallos de Felipe Augusto e indispuestos con él, Resolvió atacar a Francia por el oeste, mientras sus aliados la atacarían por el norte.

Los príncipes reunieron grandes fuerzas que se encargó de mandar el emperador, más de 1.500 jinetes, aproximadamente otros 5.000 sin armadura y un fuerte ejército de infantes belgas, sobre todo brabanzones, cubiertos con cota de mallas y armados con largas picas.

Pero el ejército había empleado mucho tiempo en reunirse y no llegó a Francia hasta el mes de julio de 1214.

Antes de que estuviera dispuesto, Juan, que había desembarcado en la Rochela con sus soldados de oficio, había reunido a los señores del sudoeste de Francia, vasallos suyos, y caminado hacia el Loire.

Quería entretener al ejército francés en este río, en tanto sus aliados se encaminarían a París por el norte. Felipe Augusto y su hijo Luis fueron efectivamente a su encuentro, le hicieron retroceder y saquearon el Poitou.

Pero Felipe volvió pronto a París, no dejando a Luis más que una reducida tropa de caballeros, Juan fue a sitiar una fortaleza a orillas del Loire, la Roca de los frailes.

Cuando Luis llegó con su tropa, los guerreros de Juan, aterrorizados, abandonaron máquinas, tiendas y bagajes y cruzaron el río por un vado, ahogándose muchos.

Luis los atacó en su huida e hizo muchos prisioneros (2 de julio). La invasión de Francia por el oeste había fracasado.

Felipe, había reunido a todos sus vasallos del norte de Francia y fue contra el emperador. Tenía muchos jinetes; pero su infantería, formada sobre todo por burgueses de las ciudades de Picardía que peleaban con la pica, no valía lo que la de Otón.

El ejército francés pasó la frontera para ir a atacar al enemigo. Otón se retiró del lado de Occidente, a un país de colinas donde los jinetes franceses podían maniobrar con dificultad.

Contaban que los príncipes del ejército de Otón estaban tan seguros de hacerse dueños del ejército francés, que ya mandaban preparar las cuerdas para atar a los prisioneros, y el emperador repartía ya entre ellos las provincias de Felipe Augusto.

Los señores franceses decidieron a Felipe a replegarse del lado de la llanura de Cambrai, donde sus jinetes podrían combatir. El único camino que allí llevaba, una antigua vía romana, atravesaba un río por el puente de Bouvines.

BATALLA DE BOUVINES (1214)

El 27 de julio, al despuntar el día, el ejército francés entraba en el dicho camino. Felipe había enviado por delante trabajadores que ensanchasen el puente, de modo que doce hombres pudiesen pasar a la vez. Pero el ejército, obligado a estrecharse para el paso del río, avanzaba con lentitud.

La infantería y los bagajes, colocados a vanguardia, habían pasado ya; pero casi toda la caballería se hallaba aún del otro lado, cuando la vanguardia del emperador, formada por caballeros de Flandes, llegó a la vía romana y empezó a cargar contra la retaguardia francesa.

Los franceses se encontraban divididos en dos partes por el río, en una posición en que les costaba trabajo desplegarse.

Era mediodía y el calor apretaba grandemente. Felipe, que se’había quitado la armadura, descansaba cerca de una capilla, a la sombra de un fresno, y tomaba una sopa con vino.

Vio llegar a Guérin, obispo de Sen-lis, que había pertenecido a la orden de los hospitalarios y le servía de jefe de Estado Mayor. Guérin manifestaba que el enemigo iba a atacar, porque sus caballos tenían los pechos cubiertos de hierro.

«Es preciso armaros, dijo, porque los de allí abajo no quieren de ningún modo dejar la batalla para mañana. Ved que se nos echan encima».

Felipe entró en la capilla y rezó una oración, salió inmediatamente, revistió la armadura y montó a caballo. Decidido a dar la batalla donde se encontraba, ordenó que se llamase a la parte de su ejército que ya había pasado el puente.

La vanguardia de Otón, comprendiendo que ya no tenía bastante fuerza para atacar, esperó al resto del ejército. La infantería francesa tuvo tiempo de volver a pasar el río y la retaguardia lugar para descansar.

Los dos ejércitos se alinearon en orden de batalla. Otón se puso en el centro con su estandarte, un dragón y encima un águila de oro, colocado en un carro del que tiraban cuatro caballos, alrededor de él los caballeros que había llevado de Alemania, delante de la infantería armada con la pica, alineada en filas espesas.

En su ala derecha estaban los jinetes de Flandes, en la izquierda la caballería belga y la infantería brabanzona que el rey Juan había tomado a sueldo, mandadas una y otra por un señor inglés y por Renaud de Boulogne.

Felipe se había colocado también en el centro, con el oriflama rojo de la abadía de Saint-Denis y su estandarte azul con flores de lis de oro, empuñado por un caballero.

En el ala derecha estaban los caballeros de Borgoña y de Champaña, en la izquierda los de Picardía.

Los de caballería estaban ya alineados cuando los infantes, volviendo a pasar el puente, cruzaron por en tre sus filas y se colocaron delante del rey. Se hizo gran silencio, no se oía ninguna voz.

Los imperiales, probablemente más numerosos, formaban una línea más larga y amenazaban con envolver la formación francesa. El obispo Guérin corrió a caballo a lo largo de ésta diciendo: «La llanura es bastante ancha, separaos para que los enemigos no os cerquen, colocaos de modo que podáis combatir todos en un solo frente».

En el momento de combatir Felipe Augusto dirigió algunas palabras a sus caballeros y, alzando las manos, hizo ademán de bendecirlos. Los capellanes entonaron un salmo, las trompetas tocaron.

El obispo Guérin comenzó el ataque. Envió contra los caballeros flamencos a los guardias de a caballlo de la abadía de San Medardo que no eran nobles.

Los flamencos, despreciando a aquellos adversarios, los recibieron sin moverse y desjarretaron sus caballos. Luego, a su vez, atacaron a los caballeros franceses. Sus jefes gritaban: «Acordaos de vuestras damas», como si se tratase de un torneo. Por esta parte, en efecto, se peleaba como en un torneo, sin orden. Algunos caballeros rompían la línea enemiga, llegaban a la retaguardia y volvían batiéndose.

En el centro, Otón mandó avanzar a la infantería belga contra las milicias francesas. Los franceses, rotas inmediatamente sus filas, se dispersaron. Los infantes belgas, en su arremetida, llegaron hasta donde estaba Felipe Augusto.

Los caballeros que rodeaban al rey cargaron contra ellos y rompieron su línea. Pero Felipe Augusto, separado de sus hombres, fue cercado por los infantes. Uno de ellos, metiendo el gancho de su pica en la cota de mallas del rey, le enganchó e hizo caer al suelo.

Los soldados se arrojaron sobre él, tratando de hundir una daga por entre las piezas de la armadura. Pero un caballero francés saltó a tierra y dio su caballo al rey. El caballero que llevaba la bandera real la agitaba para pedir auxilio.

Los caballeros del rey, a aquella señal, se unieron y cargaron contra los infantes. Mientras tanto, en el ala izquierda, la caballería al servicio del rey Juan cargaba contra los caballeros franceses.

Guérin combatía con una maza, porque estaba prohibido a los eclesiásticos derramar sangre. Dio un golpe en la cabeza al jefe de los señores ingleses y te hizo caer. Sus hombres se desbandaron.

Al cabo de tres horas estaba decidida la batalla. El conde de Flandes, herido varias veces, fue derribado de su caballo y hecho prisionero, los suyos huyeron.

En el centro una tropa de jinetes franceses, atravesando por entre la infantería imperial, llegó hasta donde estaba el emperador. Pedro Mauvoisin tomó su caballo de la brida, Gerardo la Truie le dirigió dos puñaladas, la primera de las cuales resbaló en la armadura y la segunda saltó un ojo al caballo que cayó a tierra.

Los caballeros del emperador le dieron otro caballo; pero Guillermo des Barras se llegó a Otón, le asió por la nuca a través del casco y le apretó fuertemente. Una tropa de caballeros alemanes le libertó, matando el caballo a Guillermo.

Pero Otón, exhausto, huyó corriendo hasta Va-lenciennes, dejando allí su estandarte que fue tomado. Casi todos sus caballeros se dejaron matar.

Entonces ya no quedó más que Renaud de Boulogne. Había reunido una tropa de infantes bra-banzones, los había puesto en círculo, y de aquella fortaleza viviente salía con unos cuantos jinetes para dar una carga, luego volvía a ponerse a resguardo.

Los caballeros franceses se estrellaban contra las picas y no podían llegar hasta él. Se veía de lejos a Renaud, de muy grande estatura, con el casco coronado por barbas negras de ballena.

Al fin los caballeros, cargando por todos los lados a la vez, rompieron el círculo de los brabanzones y los pasaron a cuchillo. Renaud fue hecho prisionero. La batalla había terminado.

Muchos de infantería habían sido muertos. Los jinetes, defendidos por la armadura, habían tenido pocos muertos, pero los franceses habían hecho muchos prisioneros.

Felipe Augusto mandó encerrar a Renaud de Boulogne en una torre,-sujeto con una cadena de hierro muy corta.

El conde de Flandes fue conducido encadenado en un carro hasta París. Felipe hizo una entrada triunfal en París. Las casas aparecían colgadas con tapices y adornadas con guirnaldas, las calles sembradas de flores y ramaje verde.

El clero, los estudiantes, el pueblo iban delante del rey entonando cánticos. La muchedumbre miraba pasar a los señores prisioneros, encadenados en los carros, y cantaba:

Cuatro ferrandos bien sujetos
Tiran de Ferrando bien encadenado

Los ferrandos eran los caballos castaños que llevaban a Ferrando, conde de Flandes.

La coalición estaba rota, el vencido rey de Inglaterra estaba atento a defenderse de sus subditos sublevados. «Desde entonces, dice un cronista, nadie se atrevió a hacer la guerra a Felipe y vivió en completa paz».

Murió (1223) habiendo más que doblado su reino y hecho del rey de Francia el príncipe más poderoso de todo el reino.

fuente

Biografia de Carlomagno Rey de los Francos Vida y Conquistas

Biografia de Carlomagno Rey de los Francos Vida y Conquistas

Rey de los francos y emperador de Occidente (? 742-Aquisgrán 814). Era el hijo mayor de Pipino el Breve, que al morir en 768 repartió sus reinos entre sus dos hijos, Carlomagno y Carlomán.

Al primero le correspondieron Austrasia, Neustria y Aquitania occidental, y al segundo Borgoña, Provenza, Aquitania oriental, Gotia, Alamania, Turingia y Hesse. Los dos hermanos no se llevaron bien, y al morir Carlomán quedó Carlomagno como único rey.

carlomagno rey de los francos
El reinado de Carlomagno se caracterizó por una especie de renacimiento de las letras y de las artes a causa del enérgico impulso del emperador. Alcuino de York fue el director de la escuela instalada en el propio palacio de Carlomagno. Desde allí Alcuino ejerció una gran influencia sobre el movimiento teológico, científico y literario de la época.

Carlomagno nació el 2 de abril en…, no se sabe dónde aún. Pudo ser en Lieja, en Aquisgrán, en Ingelheim, en el castillo bávaro de Salzburgo. Sus padres fueron Pipino «el Breve», primer rey franco de la dinastía carolingia, y Bertrada, hija de Cariberto, conde de Laón.

Poco antes de morir, Pipino creyó conveniente, para evitar discordias fraternales, ser él quien dividiese sus reinos entre sus hijos Carlomán y Carlomagno.

A éste le concedió territorios de la Austrasia, territorios de la Neustria y territorios de la Aquitania, que se extendían en arco de círculo en torno de un núcleo más coherente que fue el dejado a Carlomán. Pipino «el Breve» murió el 24 de septiembre del 768.

¿Qué se sabe de la infancia, de la adolescencia de Carlomagno? Poco más que nada. Que fue educado, poco y mal, en la corte de su padre, donde tanto abundaban los fieros guerreros como escaseaban los relativamente «sabios» que supieran leer y escribir. Eso sí, siendo muy joven aún, Carlomagno asistió con su padre a las campañas de la Aquitania.

Apenas el padre cerró los ojos definitivamente, los hermanos empezaron a competir por su poder.

Carlomagno, que en seguida tuvo que medir sus armas contra el duque de Aquitania, Hunaldo, pidió ayuda a su hermano; y a éste le prohibió prestársela su propia esposa Gerberga, una de las primeras princesas de los francos con actitudes de hombres y más aficionada a las intrigas diplomáticas y al estrépito de las armas que… a las labores propias de su sexo y condición social.

Pero sin necesidad de tal ayuda, Carlomagno venció a Hunaldo y, de paso, a un duque Lupus que andaba buscando tierras en las que enraizar un ducado que nadie sabía quién le había otorgado.

Carlomagno, muy sensible a la mujer, apenas salido de su adolescencia tuvo un hijo, Pepino, de una bellísima doncella llamada Himiltruda. Ya rey contrajo matrimonio con la hija de Desiderio, rey de los lombardos.

Pero como esta boda no fue del gusto del Papa Esteban IV, Carlomagno arrinconó a su esposa, sustituyéndola —771— por Hildegarda, sobrina del duque de Aquitania.

En este mismo año murió Carlomán; y su viuda Gerberga se apresuró a refugiarse en un lugar de la Lombardía, temiendo las represalias de su cuñado. Pero éste andaba por entonces metido en otras, mucho más productivas, empresas.

Carlomagno se unió al Papa y en nombre de éste rescató las tierras pontificias. Fue un éxito completo.

Carlomagno marchó a Roma, donde el 5 de junio del 774 recibió de manos del Papa la corona de hierro de los lombardos.

De regreso de Roma, tomó el título de rey de la Lombardía. Pero justo es consignar que este título fue poco menos que simbólico; pues aún necesitó varios años para terminar con las sublevaciones de varios nobles lombardos. Sólo con la sumisión del duque de Benevento —787—quedó terminada la conquista de la Lombardía.

Pocos años antes, en Roma, ante su egregio padre, los hijos niños de Carlomagno, Pipino y Carlomán, fueron consagrados por el Papa reyes, respectivamente, de Italia y Aquitania.

Luego de tomar aliento durante algún tiempo, instruyéndose con auténtico fervor en su corte, y dedicándose a dar un enorme impulso a la cultura y una gran moralidad a las costumbres, Carlomagno se decidió a dar batalla decisiva a los sajones, constantemente rebeldes desde los tiempos de Carlos Martel.

biografia de Carlomagno
Los triunfos de Carlomagno. Miniatura francesa del siglo XV. — Carlomagno triunfa de sus enemigos infieles y paganos. La admirable miniatura se conserva en un códice de la Biblioteca Nacional de Turín. Carlomagno imberbe, rodeado de sus generales, contempla tranquilamente el espectáculo. Espectáculo del que sólo contemplamos un acto, de los dos de que consta: el de la matanza de paganos e infieles. El otro acto, en el que salvan la pelleja quienes se bautizan, transcurre, por esta vez, entre bastidores.

Pero sus luchas contra éstos, dirigidos por los Engern, y contra los westfalios, dirigidos por Witiking, fueron largas y sangrientas. Y contribuyeron a esta tardanza las incursiones que hubo de hacer Carlomagno —778— en España para contener las aspiraciones territoriales del conde Teodorico.

Incursiones que fueron aprovechadas por Witiking para aniquilar en Suntel — 782 — a un gran ejército franco. La venganza del rey franco no se hizo esperar. Pues acudió al remedio con tropas de refresco y sólo en un día pudo «darse el gusto» de que fueran degollados cerca de cinco mil prisioneros westfalios.

Tamaña crueldad levantó nuevamente a los sajones; pero ya tenían perdida la partida. Entre los años 783 y 785 recibieron el bautismo más de diez mil sajones, entre ellos el feroz caudillo Witiking. Y los sajones pudieron comprobar la generosidad de Carlomagno en este detalle: que cuantas más tierras les quitaba, les fundaba en sus ciudades más obispados. Lo cual seguramente les sirvió de gran consuelo. Por lo tanto, la frontera septentrional del reino de Carlomagno tuvo este límite: el Eider.

Pero el ambicioso monarca deseó igualmente echar hacia allá, al Este y al Sur, las fronteras de su imperio.

Al Sur estaba España, país que le pareció magnífico a Carlomagno para establecer «algunas dependencias». En el 778 creyó conveniente ponerse de parte del conde de Barcelona en la contienda que éste sostenía contra Abderramán de Córdoba.

Pero la expedición enviada por Carlomagno sufrió en Roncesvalles la más estrepitosa de las derrotas, y en ella murieron los más nobles caballeros de Francia, entre ellos el archifamoso Rolando, héroe de cantares de gesta y de leyendas.

Esta derrota tanto escoció a Carlomagno que decidió dejarse de empresas tremendas y — a partir del año 785 — procurar introducirse en Cataluña poquito a poco. Así entró en Gerona — 785 —, en Barcelona —801—, en Tortosa —811—.

Así estableció su frontera, al Sur, a lo largo de ciento cincuenta kilómetros más acá de los Pirineos. Al Oeste creó una Marca, Bretaña, que confió a su hijo Carlos. Y también se preocupó de fijar los límites marítimos de sus territorios, tanto en el Mediterráneo como en el Atlántico.

A principios del siglo IX, el Estado franco se convirtió en un vasto imperio, cuyas fronteras quedaron consolidadas metódicamente.

vida del rey carlomagno
Escenas de la vida de Carlomagno. Miniatura iluminada. Carlomagno, uno de los monarcas más augustos, inteligentes, batalladores y legisladores de la Historia, tuvo… realmente tiempo para todo: ganar muchas batallas, y perder otras (Roncesvalles); casarse y descasarse con relativasfacilidad}’frecuencia,y aun tener amoríos de la mano zurda; inaugurar la Era de los tratados internacionales, a escala solemne, que luego no han de cumplirse; crear imperios… con los pies de barro ¡fomentar la cultura por medio de bibliotecas y de escuelas (de ello buenos testigos Alcuino y Eginardo); ser coronado emperador por el romano pontífice con aparatosidad de tetralogía wagneriana; departir amablemente con las damas y los caballeros (como recuerdan las escenas de esta miniatura); y morirse conservando el ánimo entero y la voz segura para impartir bendiciones y dar consejos a hijos y nobles… Quienes, por supuesto, no los seguirían… desde el mismo momento que a Carlomagno muerto le bajaron los párpados unos dedos suaves de dama palatina.

Su centro de gravedad se desplazó un tanto hacia el Este: Aix-la-Chapelle. Al Sur, la Marca Hispánica. Al Este, la Lombardía y Alemania. Al Norte, los territorios actuales daneses y flamencos. Al Oeste, la Marca Bretaña, tan codiciada por los normandos y sajones.

Aprovechando nuevas paces, y por recomendación del Pontificado, Carlomagno intentó garantizar la libertad de los cristianos en Siria y Palestina, por lo cual entabló relaciones amistosas con el califa de Bagdad Harum-al-Raschid — ¡ el de Las mil y una noches! —, al que envió valiosos regalos.

Poco después recibió Carlomagno a unos emisarios del patriarca de Jerusalén, quienes le traían, con las llaves de esta ciudad, preciosos recuerdos de la Tierra Santa, y algo más importante para la Cristiandad: la súplica de que el Emperador tomara bajo su protección la Ciudad Santa, librándola de los ataques y de las violencias de los infieles.

Aceptó Carlomagno misión tan honrosa y delicada, y por tal aceptación, y hasta hace pocos años, Francia ejerció cierto protectorado sobre los Santos Lugares.

Por todo lo cual, y por haber jurado fidelidad al Papa — 776 — asegurándole la posesión pacífica del Patrimonium Petri, es lógico que Carlomagno se creyera tanto soberano temporal como también cabeza de la Iglesia franca.

Y hasta punto tal, que con «cierto aire soberbio», se permitió escribir una epístola al Papa León III recomendándole que él se limitara a rogar a Dios por su Iglesia, pues del gobierno real de la Cristiandad ya se preocuparía él, Carlomagno. ¿Protestó León III de la inaudita recomendación de Carlomagno?.

Pues, no. Y tenía para ello sus buenas razones; entre ellas, que gracias al soberano franco pudo librarse del secuestro perpetrado contra él por sus enemigos, regresar a Roma y recobrar la tiara.

Por todo lo cual, León III, en el año 800, coronó a Carlomagno como emperador universal (Occidente y Oriente) en la basílica de San Pedro.

Lógicamente haciéndose ilusiones, Carlomagno envió embajadores a la corte de Bizancio, exigiendo ser reconocido emperador; tras muchos años de negociaciones muy complejas, en el año 812 consiguió que el obispo Miguel y los protoespadarios griegos Teognostos y Arsapio le dieran — en Aquisgrán — el título de Basileus, que se daba a los emperadores de Oriente.

En Aquisgrán consiguió Carlomagno que fuera proclamado emperador su hijo Luis.

Y el 28 de enero del 814 murió en Aix-la-Chapelle.

Rey Carlomagno

LA VIDA DEL EMPERADOR: Carlomagno ha sido descrito por su amigo Eginardo, que le conoció en la última parte de su vida.

Era muy alto, grueso y robusto. Su esqueleto, que fue medido en 1861, tiene un metro 92 centímetros.

Tenía los ojos grandes y claros, la nariz larga, largo el cabello, gran barba y rostro franco, el andar firme y la voz penetrante. Toda su persona imponía respeto.

Tuvo siempre buena salud, excepto al final de su vida, y aun entonces no se avenía a obedecer a los médicos que querían impedirle comer carnes asadas. Bebía poco y detestaba la embriaguez. Comía con preferencia carne asada, que le era servida en el mismo asador.

Llevaba el traje de los francos, camisa y calzón de hilo, túnica corta ceñida con cinturón, zapatos de cuero sujetos con cintas que pasaban rodeando la pierna. En invierno se ponía una casaca de piel de nutria. Cuando salía usaba un manto de lana.

Al costado llevaba espada con empuñadura de oro o plata. Solamente en las grandes fiestas consentía en ponerse el traje imperial, vestidura bordada de oro, manto sostenido con corchete de oro, diadema de oro adornada con piedras preciosas.

Todos los días iba a la iglesia. Mientras comía, hacía que le leyeran libros piadosos, sobre todo La Ciudad de Dios, de San Agustín. Al levantarse, en tanto iba vistiéndose, recibía a los que tenían algún pleito por juzgar.

Hablaba, por lo común, en lengua franca, pero sabía también latín. Había aprendido a escribir ya tarde y lo hacía con dificultad.

Como a todos los de su familia, le gustaba montar a caballo e ir a la caza del ciervo, del jabalí, del lobo, a las espesas selvas.

Carlomagno pasó la mayor parte de su vida en la guerra y durante mucho tiempo no tuvo residencia fija. Le gustaban sobre todo los terrenos selváticos cercanos a su dominio de Aquisgrán.

Hay en ellos fuentes termales en las que se bañaba con agrado. Mandó edificar un palacio y una iglesia y allí vivió sus últimos años.

LA FAMA DE CARLOMAGNO

Tan extraordinaria llego a ser la personalidad de Carlomagno, que las gentes fueron convirtiéndola en una personalidad metida de lleno en, los reinos de la poesía y de la fantasía. ¡El emperador de la barba florida!.

Así estaba en las portadas de las catedrales románicas, en los capiteles de las columnas del arte benedictino, en las monedas dineros de plata, en los medallones constelados de piedras preciosas, en las capas pluviales, en los frisos de las salas capitulares, en las miniaturas de los códices y de los libros de horas, en el pecho de los escudos, en la proa de los cascos…

En Francia, Italia, Germania, Inglaterra, Escandinavia, España se forjaron multitud de leyendas, se escribieron incontables poemas acerca de su personalidad.

Aun antes de que se realizase la primera Cruzada, la Iglesia le atribuyó un sensacional viaje a Oriente para conquistar y custodiar el sepulcro del Redentor.

Hasta muy mediada la Edad Media, le fueron atribuidas cuantas legislaciones servían de base para formar las de cada país. Son incontables las composiciones provenzales y francesas dedicadas a exaltar su persona y su obra.

Y tantas fueron las crónicas — más o menos rimadas — que se escribieron con Carlomagno como protagonista, que a este conjunto de obras histórico-literarías se le dio el nombre de Ciclo Carolingio, de arrolladura fuerza expansiva por toda Europa, estimulando imitaciones y prosecuciones.

De estas crónicas es la más famosa — y quizá la primera — la de Turpín, en prosa latina y erudita, atribuida al obispo de Reims Turpín, hacia el año 800; su tema lo constituyen episodios de la vida de Carlomagno.

A este ciclo pertenecen Historia de Carlomagno y de los doce Pares, Noble cuento del emperador Cario Maynes… Pero inclusive la figura del gran emperador interviene en otras obras de aventuras fantásticas como la Geste de Doon de Mayence, el poema de Huon de Bordeaux, la Chanson de Rolland…

En muchas Crónicas españolas, a partir de la Crónica General de don Alfonso el Sabio, existen fuertes inspiraciones de las guerras carolingias contra los árabes de España, en las que se crea a un Bernardo del Carpió vencedor de Roldan.

CARLOMAGNO SEGÚN SU BIÓGRAFO

ASÍ ERA CARLOMAGNO
(Según Einhard, escritor y biógrafo de Carlomagno.)

Carlos era grande, fuerte y de alta estatura… Se sabe que su altura era siete veces el largo de su pie. La parte de arriba de su cabeza era redondeada, sus ojos grandes y vivaces, su nariz quizá un poco larga, tenía pelo castaño, de cara sonriente y alegre.

Su apariencia era imponente y digna, ya estuviera de pie o sentado; aunque su cuello era un tanto corto y grueso y su barriga un tanto prominente… De acuerdo con la costumbre nacional, hacía mucho ejercicio a caballo y cazando… Nadaba a menudo y nadie podía ganarle.

Se vestía según la usanza de los francos; primero una camisa y pantalones de montar de lino, arriba una túnica con bordes de seda y unas calzas sujetas con fajas que cubrían sus piernas, pies y zapatos.

En invierno, como abrigo para el pecho y los hombros, usaba un saco entallado o pieles de marta.

Arriba de todo, se arrojaba un manto azul y también llevaba una espada con empuñadura de oro o plata ceñida a la cintura con un cinturón.

Carlos era moderado en la comida y especialmente en la bebida, ya que le disgustaban profundamente las borracheras… mucho más tratándose de él o de cualquiera que viviese en su casa.

Mientras comía, escuchaba alguna lectura u oía música. Los temas favoritos de lectura eran las historias y hazañas del pasado. También le gustaba leer a san Agustín, en especial el libro titulado La ciudad de Dios.

Carlos tenía gran habilidad para hablar lo hacía con fluidez y prontitud, y podía expresar todo lo que quería decir con la claridad más absoluta. Su dominio del latín le permitía hablarlo bien.

Cultivaba las artes liberales, tenía gran estima por sus maestros y les otorgaba grandes honores. Aprendió gramática con el diácono Pedro de Pisa…

Otro diácono, Alcuino, de origen sajón, era un gran erudito de la época y fue su maestro en otras ramas del saber.

También intentó con la escritura; acostumbraba a guardar tablillas de escribir bajo su almohada para practicar en los ratos libres; sin embargo, por haber empezado su aprendizaje tarde en la vida, no logró éxito en este aspecto.

Abrazó con gran fervor y devoción los principios de la religión cristiana que había conocido en la infancia. Por esto mandó a construir la bellísima basílica de Aix-la-Chapelle, la hizo adornar con lámparas de oro y plata, con puertas y barandas de bronce sólido.

Carlos estaba siempre dispuesto a ayudar al necesitado… No solamente dio el ejemplo ayudando dentro de su país sino que, cuando descubrió que había cristianos pobres en Siria, Egipto y Cartago, tuvo compasión de ellos y les envió dinero. Murió a la edad de setenta y dos años y lo enterraron en Aix-la-Chapelle.

Carlos estaba siempre dispuesto a ayudar al necesitado… No solamente dio el ejemplo ayudando dentro de su país sino que, cuando descubrió que había cristianos pobres en Siria, Egipto y Cartago, tuvo compasión de ellos y les envió dinero.

Murió a la edad de setenta y dos años y lo enterraron en Aix-la-Chapelle.

Ver: Historia de Alemania Primitiva Hasta el Imperio


Biografia de Carlos IX de Francia

Biografia de Carlos IX de Francia

Su figura histórica queda desdibujada por su muerte prematura. Como los últimos Valois, sus hermanos Francisco y Enrique, Carlos IX fue un joven de refinada cultura, en contacto con Ronsard y los poetas de la Pléyade; pero, también, un monarca débil de espíritu y sin voluntad para imponerse a los demás y a sí mismo.

Carlos IX de Francia

Este hecho explica su sujeción a Catalina de Médicis y a Coligny, sus vacilaciones antes de la noche de San Bartolomé, y su ruina física, consumada por la violencia de sus ejercicios corporales y el desenfreno de su vida amorosa.

Tercer hijo de Enrique II y Catalina de Médicis, nacido en San Germán de Laye el 27 de junio de 1550, acababa de cumplir diez años cuando la muerte de Francisco II le dio la corona de Francia, una Francia amenazada por las luchas entre católicos y calvinistas.

Ejerció la regencia su madre, hasta el 17 de agosto de 1563, fecha en que fué proclamado mayor de edad; pero, de hecho, continuó llevando la dirección del gobierno Catalina de Médicis.

En 1562-1563 se habían desarrollado las escenas sangrientas de la primera guerra de religión. Después de la paz de Amboise transcurrió un período de relativa tolerancia, hasta que Conde pretendió apoderarse por la fuerza de la persona del monarca (1567).

Descubiertos sus planes, se reanudó la lucha, en la que llevaron la mejor parte las armas católicas (segunda y tercera guerra de religión).

Pero con gran sorpresa de todos, Carlos IX confió el gobierno (1570) al almirante Coligny, jefe de los hugonotes, el cual le había entusiasmado con sus atractivos proyectos de hundir el poder de Felipe II en Europa. Coligny gobernó muy poco tiempo.

El excesivo predominio otorgado a los calvinistas provocó una reacción de los católicos. Catalina de Médicis, Enrique de Guisa y Enrique de Anjou arrancaron del rey el permiso de proceder a la eliminación de los jefes hugonotes más destacados, reunidos en París para asistir a las bodas de Enrique de Navarra y Margarita de Valois.

El 24 de agosto de 1572 se registraron las trágicas escenas de la noche de San Bartolomé.

Una víctima directa de aquella jornada fué el propio Carlos IX. Devorado por la fiebre y el remordimiento, impresionado por la sangre derramada, fué extinguiéndose poco a poco.

Murió en Vincennes el 31 de mayo de 1574.

Biografia de Maria Antonieta de Austria – Su Ejecucion

Biografia de María Antonieta de Austria – Su Ejecución Post Revolución

MARÍA ANTONIETA DE HABSBURGO-LORENA (1755-1793)
Hija de la gran María Teresa de Austria, María Antonieta no poseyó las eminentes cualidades políticas de su madre, salvo la tenacidad, más comparable en ella a terca obsesión.

Situada en un ambiente extraño, reina en un país que tradicionalmente era enemigo de su familia e imperio, enfrentada con una violenta conmoción revolucionaria, la desgraciada señora quiso superar ese cúmulo de adversidades y la timidez y debilidad de su marido, dirigiendo a su guisa la corte y la política de Francia.

maria antonieta de austria

Nacida para reina, gozó hasta el fin la vida despreocupada y frívola de la corte. Sin embargo, amargos sinsabores y un desenlace trágico la aguardaban luego del 14 de julio de 1789: al descrédito sucedió el encarcelamiento hasta culminar en la guillotina

Fracasó en este empeño, e incluso sus actos contribuyeron en no poca cuantía al fatal desenlace de 1793. Sin embargo, la dignidad y entereza con que, en sus últimos días, hizo frente a la adversidad, borran en el aspecto personal las equivocaciones de su actuación.

Nacida en Viena el 5 de noviembre de 1755, hija de Francisco I de Lorena y María Teresa de Habsburgo, fue educada con gran severidad y con el fin de prepararla para el enlace con el delfín de Francia, tal como hacía previsible la alianza concertada en 1756.

El abate Vermond fue su tutor hasta 1769.

Prometida desde los doce años al Delfín de Francia, el futuro Luis XVI, se trató de educarla de acuerdo con las conveniencias de su futura misión, sin demasiado éxito.

Caprichosa y mimada, su espíritu solo admitía los conocimientos que le llegaban a través de la diversión. Indiferente a las lecciones de la historia, hablaba incorrectamente el francés, era una mediocre ejecutante de clavicordio y su ortografía resultaba desesperante.

Los rasgos armoniosos, la cabellera rubia con matices rojizos, la piel sonrosada y perfecta y el rápido fulgor de sus ojos azules, así como su finísimo talle, la vivaz ingenuidad de la expresión y el encanto de sus movimientos sedujeron a los franceses desde que hizo su entrada triunfal en el país de su prometido, el 8 de mayo de 1770, cuando aún no había cumplido quince años.

El 16 de abril de 1770 Luis XV pidió su mano para su nieto, y el enlace matrimonial se efectuó en Versalles el 16 de mayo. Cuatro años más tarde, el 10 de mayo de 1774, la muerte de Luis XV la hacía reina de Francia. Tenía entonces dieciocho años y medio.

El 16 de mayo, en medio de un entusiasmo desbordante, se celebró la boda en Versalles. El Delfín, modesto, inteligente, sin ser brillante, indeciso y tímido ante las responsabilidades, escribe en su diario al día siguiente: «Nada». Y «nada» fue durante varios años, hasta que aceptó someterse a la pequeña operación.

Por su parte, María Antonieta se entrega inmediatamente al vértigo de las distracciones-bailes, mascaradas, juegos y representaciones teatrales- y también al juego. Su comportamiento resulta imprudente en medio de una corte donde la apariencia es más importante que la honradez y donde la adulación encubre intrigas y calumnias.

Honesta y espontánea por naturaleza, la Delfina no advierte el peligro. No es respetuosa de las formas, que son a veces la aparente salvaguardia del honor, y da a Madame de Noailles, encargada de instruirla al respecto, el mote de Madama Etiqueta.

María Antonieta había causado una buena impresión en la corte francesa. Pero muy pronto este sentimiento se desvaneció.

Existía en Versalles un poderoso partido antiaustríaco, que no perdonaba ocasión para criticar a la nueva soberana.

Por su parte, María Antonieta daba alas a ese grupo con sus extravagancias y su pasión por el lujo, el juego y las intrigas. Su entrega a la camarilla de los condes de Polignac y su interferencia en los asuntos políticos — como en la destitución de Turgot (1776)—, provocaron una viva agitación.

Su hermano, José II, aprovechó su estancia en París en este año para recomendarle mayor cordura.

Cuando el 10 de mayo de 1774 muere el rey Luis XV, la pareja se espanta por la responsabilidad que la aguarda. Son demasiado jóvenes, demasiado inexpertos y no se sienten preparados para reinar.

Ella carece de sentido social y político, y sus impulsos, cuyas consecuencias no sabe medir, hacen del poder una cuestión de amor propio.

El es recto, consciente y magnánimo, pero su indulgente inseguridad frente a las exigencias ajenas, más la sumisión que demuestra ante su mujer, harán de su reinado una función sin autoridad.

El 11 de junio de 1775 se efectúa la emocionante ceremonia de la coronación en la catedral de Reims. Pero la corona pesará tanto sobre esas dos cabezas que acabará por hacerlas caer.

La reina se sustrae a esa carga con sus ligerezas: bailes, paseos a caballo, ostentosas fiestas campestres. Rousseau y otros filósofos han puesto de moda la naturaleza y la reina obedece esos principios que quieren ser virtuosos.

En el Trianón, casa de campo que le ha cedido Luis XVI, juega a las pastoras refinadas con sus amigas la princesa deLamballe y la duquesa de Polignac.

Estos ingenuos placeres alimentan la malicia de la corte y las sospechas del pueblo. Como no son ajenos a esas reuniones varios galantes caballeros-entre ellos el conde de Artois, hermano del rey-, se tejen al respecto historias y cantitos malignos o picarescos.

Estos actos le valieron nuevas insidias de sus enemigos, las cuales, divulgadas entre el pueblo, determinaron que éste considerara a la «austríaca» como causa de la inestabilidad del gobierno y de la ruina de la hacienda pública.

El prestigio de la reina decae día a día y sus buenas acciones y sus obras caritativas no bastan para apuntalarlo. Las calumnias y los cuchicheos van y vienen, como la marea, de los barrios populares a Versalles y de la corte al pueblo.

La contemplación de una puesta de sol o de un amanecer se convierte en orgía para la maledicencia, y las prebendas que otorga a sus favoritos se exageran hasta cifras siderales. Se asegura que el Trianón tiene paredes tapizadas de diamantes y que se han invertido millones en su reparación.

El hambre, la falta de trabajo y de harina hacen el resto: la popularidad se va trocando en odio, y la admiración en rencoroso desprecio. Comienza a ser «la Austríaca», la enemiga, «Madame Déficit».

Aunque el rey ha dejado constancia en su diario de sus relaciones matrimoniales, y en 1778 nace su primera hija, María Teresa, se pone en duda su capacidad y se lanzan sospechas sobre esa paternidad y las posteriores, que traen al mundo a Luis José en 1781, a Luis Carlos en 1785 y a María Sofía en 1786. María Sofía morirá en 1787 y Luis José en 1789.

El asunto del «collar de diamantes» (1785-1786), que fue resultado de una falsificación de la condesa de la Motte, alimentó el fuego de las calumnias de sus adversarios.

Al abrirse los Estados Generales en 1789, María Antonieta no era, en general, bien vista por el pueblo francés. Antirrevolucionaria como su marido, aunque más resuelta que éste, asumió en grado considerable la responsabilidad de sacar la monarquía francesa del atolladero en que se hallaba.

Sin embargo, sólo aceptó la ayuda de los revolucionarios con manifiesta repugnancia. En realidad, ponía su confianza en las potencias extranjeras y en la acción de los emigrados.

Mantenía una correspondencia muy seguida con Mercy-Argentau, el ex embajador de Austria en París, y con el conde Axel Fersen.

Gracias al auxilio de éste, se planeó la fuga real al extranjero, que fracasó en Varennes (21 de junio de 1791). De regreso a París, creciendo su temor por la vida de su esposo, negoció secretamente con Austria, a pesar de que parecía prestar confianza al grupo de los feuillants (Barnave).

En esta correspondencia, cuyo tono a partir de la declaración de guerra en 1792 no sólo fue antirrevolucionario sino contrario a los intereses militares del Estado, María Antonieta se comprometió irremediablemente.

Después de la jornada del 20 de junio, inspiró el manifiesto de Brunswick, que fue de tan fatal resultado para la monarquía.

Prisionera en el Temple a causa de la revolución demagógica del 10 de agosto, aguardaron a la infeliz soberana las más rudas pruebas: la ejecución de su esposo (21 de enero de 1793), la separación de sus hijos, su encierro en la Conciergerie bajo el más repugnante espionaje, y, por último, el juicio ante un tribunal de desalmados (14 de octubre de 1793) y la muerte en la guillotina dos días más tarde (16 de octubre).

Durante estos terribles y agotadores meses, María Antonieta dio pruebas más que sobradas de cómo la majestad real superaba el vilipendio y los malos tratos de los sansculotes.

maria antonieta

EL ASUNTO DEL COLLAR: En 1785 estalló el asunto del collar, que sería, según Goethe, el prefacio de la Revolución.

En un principio se trataba de una estafa: un gran señor, el cardenal de Roñan, distanciado de la reina, se dejó convencer por cierta Hádame de la Motte-Valois que María Antonieta ya no estaba resentida con él, y que ella necesitaba comprar, por su intermedio, un suntuoso collar de diamantes, cuyo valor era de 1.600.000 libras.

Desde luego, el collar no llegó nunca a manos de la reina, y los joyeros nunca recibieron su pago.

Este caso selló definitivamente la imagen de la reina ante la opinión pública, y la caracterizó por el desenfreno con que dilapidaba el dinero de la realeza para satisfacer sus placeres.

María Antonieta demostró una gran imprudencia al ordenar el arresto de Rohan y un proceso público que aumentó el descrédito de la monarquía.

Desde luego, el collar no llegó nunca a manos de la reina, y los joyeros nunca recibieron su pago.

Este caso selló definitivamente la imagen de la reina ante la opinión pública, y la caracterizó por el desenfreno con que dilapidaba el dinero de la realeza para satisfacer sus placeres.

María Antonieta demostró una gran imprudencia al ordenar el arresto de Rohan y un proceso público que aumentó el descrédito de la monarquía.

Así rezaba un panfleto de la época:

Ávida, derrochadora, manipuladora, extranjera, corrupta, la reina ocupó un lugar entre las grandes malhechoras de la historia: «Más malvada que Agripina, cuyos crímenes fueron inauditos, / más lujuriosa que Mesalina, / más cruel que los Médicis» rezaban los panfletos que circulaban sobre «la Austríaca». Aunque a veces sufría a causa de ellos, se negó a tomar en cuenta las críticas: su deseo sincero de ser una mujer y no sólo una reina minaba los valores monárquicos. Pretendía hacer de rey, pero era incapaz de hacer de reina.

MARÍA ANTONIETA CONTRA LA REVOLUCIÓN
Desde el principio, la reina fue hostil a todo compromiso con las causas revolucionarias. Ante la constitución de los diputados del tercer estado en la Asamblea nacional, el 17 de junio de 1789, preconizó el envío de tropas.

Multiplicó las maniobras ante el rey para que él optara por la firmeza, y por ello naturalmente fue acusada de estar en el centro del complot aristocrático y austríaco. En el fondo, se opuso a toda reforma de la monarquía, escogió actuar como si nada hubiese cambiado y despreció a la multitud y a Mirabeau, con quien se reunía en secreto.

Con la ayuda del sueco Axel de Fersen, con el que indudablemente sostuvo una relación amorosa, María Antonieta preparó la huida de la familia real, que fracasó con el arresto en Varennes. Sin embargo, en el período agitado que siguió, reveló cierta grandeza de reina, acorde con la idea que ella tenía de la monarquía.

Por último, reconciliada con su función, desplegó todos los rasgos del heroísmo familiar y cristiano al replicar el espíritu de sacrificio de Luis XVI.

En su proceso, del 14 al 16 de octubre de 1793, surgieron las acusaciones habituales, además de otras de incesto completamente montadas. Fue guillotinada el 16 de octubre, fecha a partir de la cual su leyenda se puso en marcha.

Biografia de Luis XIV
Biografia de Luis XV
Biografia de Luis XVI
Revolución Francesa
Carlota Corday
Florence Nightingale
Ana Frank

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Biografia de Lotario I «Luis el Piadoso»

Biografia de Lotario I – Luis El Piadoso

En Lotario I concurren tres factores distintos que permiten comprender los avatares de su vida: de un lado, la decadencia biológica de los Carolingios; de otro, el influjo germánico de ambición del poder y de concepción patrimonial del Estado; por último, la supervivencia de la idea imperial legada por su abuelo Carlomagno.

Lotario I
Lotario I, emperador de Occidente, fue el hijo mayor del emperador Ludovico Pío, también conocido en español como «Luis el Piadoso».
Fecha de nacimiento: 795 d. C., Reino de los francos en la época merovingia
Fallecimiento: 29 de septiembre de 855 d. C., Prüm, Alemania
Cónyuge: Ermengarda de Tours (m. 821 d. C.–851 d. C.)
Reinado: 843 – 855

En realidad, Lotario I presenta, aumentados, los defectos que esterilizaron la obra política de su padre Ludovico Pío.

Hijo de este príncipe y de Irmengarda, son muy poco conocidos los primeros años de su vida, que probablemente transcurrieron en la corte de Carlomagno hasta 815, cuando fue nombrado duque de Baviera.

En 817, cuando Ludovico procedió a la primera partición de su Imperio, Lotario recibió la dignidad imperial en Aquisgrán, junto con el reconocimiento de cierta supremacía sobre sus hermanos Luis y Pepino.

Desde 823 ejerció el gobierno de Italia, y el 5 de abril de 823 fue coronado emperador en Roma por el papa Pascual I. En los seis años sucesivos gobernó Italia dictando sabias disposiciones.

Pero luego acaudilló el movimiento de rebeldía contra Judit de Baviera y la obra de segregación territorial emprendida por su padre a favor de su último hijo, el futuro Carlos el Calvo.

En abril de 830 impuso a su padre las durísimas condiciones de Comoiésne, que fueron una humillación grandísima para el poder imperial. Pero falto de las condiciones de energía y tacto requeridas, perdió aquella oportunidad y fue de nuevo relegado a Italia, donde esperó el momento del desquite.

En 832 acudió, al parecer, en auxilio1 de su padre; en realidad contribuyó a la segunda humillación del emperador en Sigolsheim y a su ignominioso proceso (junio de 833).

¿Había quedado restablecida la unidad imperial en la persona de Lotario? Muy pronto se comprobó que el Imperio de los francos estaba herido de muerte. Ni Pepino ni Luis quisieron acatar la voluntad de su hermano mayor y contribuyeron a reponer a su padre en el trono (1° de marzo de 834).

Lotario se retiró a Italia, en cuyo país recibió las insignias imperiales después de la muerte de su progenitor el 20 de junio de 840. Pero si en 833 había fracasado en su propósito de unificación imperial, no tuvo mayor éxito en 840.

Un año después sufría una grave derrota en Fontenoy (25 de junio) a manos de sus hermanos Luis el Germánico y Carlos el Calvo. De ellos tuvo que aceptar el tratado de Verdún (843), por el que, si se le reconocía el título honorífico de emperador, se limitaba su poder a Italia y a una faja territorial hasta el mar del Norte a la que dio su nombre: Lotaringia.

Abandonando el gobierno de Italia a su primogénito Luis, Lotario residió en la Lotaringia, donde vivió en lucha contra los normandos, los nobles y sus hermanos.

Cayó enfermo en 855, y murió en el monasterio de Prüm, donde se había retirado después de abdicar, el 29 de septiembre del mismo año.

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OTRAS BIOGRAFIAS PARA INFORMARSE:
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Biografia de Carlos V de Francia

Biografia de Carlos V de Francia

Después de Poitiers (19 de septiembre de 1356) Francia se hallaba sin rey, sin ejército, sin gobierno y sin recursos, entregada a la voluntad de la monarquía inglesa y sometida a las más violentas conmociones internas.

Este fue el momento más crítico con que se enfrentó la casa de los Valois. ¿Y quién tenía la responsabilidad de salvar la nave del Estado?. Un joven de unos veinte años, enfermizo y prematuramente envejecido; un joven que nunca había demostrado veleidades belicistas ni deseado triunfos y aparatosos éxitos, como sus predecesores, sino que amaba la vida sedentaria de los palacios, el rincón agradable de la biblioteca y la oración en la capilla.

Carlos V de Francia
Carlos V, llamado el Sabio, fue un monarca de la dinastía Valois, que gobernó como rey de Francia desde 1364 hasta su muerte. Era el hijo primogénito del rey Juan el Bueno y de Bona de Luxemburgo.
Fecha de nacimiento: 21 de enero de 1338, Vincennes, Francia
Fallecimiento: 16 de septiembre de 1380, Castillo de Beauté-sur-Marne
Reinado: 8 de abril de 1364 – 16 de septiembre de 1380
Carlos VI de Francia

Este joven, llamado Carlos, iba a ser el salvador de Francia, el restaurador de la nación empobrecida, el humillador de la monarquía inglesa.

Había nacido en el castillo de Vincennes, el 21 de enero de 1337, primogénito de Juan II y de Bona de Luxemburgo. Su primera juventud había transcurrido alejada de los asuntos de gobierno.

Sólo poco antes de Poitiers había recibido, con el título, la administración del ducado de Normandía. Pequeño aprendizaje para hacer frente a la carga que echaba sobre sus hombros la captura de su padre por los ingleses en Poitiers.

Para acudir a lo más perentorio, el delfín, como lugarteniente del reino, convocó los Estados Generales de los países de Lengua de Oil en París. En las reuniones celebradas por esta asamblea en 1356 y 1357 se puso de relieve el espíritu agresivo de los mercaderes de París, acaudillados por Esteban Marcel y auxiliados por los partidarios de Carlos de Navarra.

La oposición se transformó en sublevación. Marcel fue el verdadero señor de París: dio libertad a Carlos de Navarra y sus hombres asesinaron a destacados servidores del regente en la propia cámara de Carlos V.

A mediados de 1358 la situación parecía desesperada: en París imperaba el terror de los marcelistas; en el campo corrían las bandas de la jacquerie; en las fronteras se aprestaban las tropas de Inglaterra y de Navarra.

Pero la constancia de Carlos V logró superar esta dura prueba: Marcel fue eliminado; la jacquerie, sofocada; los ingleses y los navarros no pudieron lograr ningún éxito positivo.

Por otra parte, gracias a su habilidad diplomática, el regente obtenía de Eduardo III el tratado de Bretigny, ratificado por el de Calais (1360), desde luego ventajoso para Inglaterra, pero no humillante como el firmado por su padre erí Londres el año precedente.

Después de una segunda etapa de gobierno de Juan el Bueno, siempre tan fantástico — pensaba en la Cruzada y no en reparar las ruinas de Francia —, Carlos recibió la corona en Reims el 19 de mayo de 1364.

Desde aquel momento empleó todos sus esfuerzos en restaurar la potencialidad de Francia. Para ello se valió de dos condiciones innegables que poseía: su talento para descubrir servidores aptos y fieles y su habilidad y astucia diplomáticas.

Los hombres de su reinado fueron legistas y capitanes afortunados: un Bureau de la Riviére o un Bertrán du Guesclin, sinceramente afectos a la monarquía y trabajadores honestos e incansables.

Con su ayuda puso orden en la hacienda pública, en particular en el aspecto monetario, y mantuvo a raya al turbulento Carlos el Malo de Navarra y a sus propios hermanos, Felipe, Luis y Juan, que le dieron más de un disgusto.

A la pacificación del reino contribuyó la expulsión de las Compañías blancas, las cuales en 1368 hallaron nuevo campo de actuación en la guerra civil castellana entre Pedro I y Enrique de Trastamara.

Llegaba el momento de tomarse el desquite de Inglaterra. Carlos V dispuso lo oportuno para llegar a la ruptura citando al príncipe de Gales ante el parlamento de París. En mayo de 1369 se iniciaron las hostilidades.

Pese a sus incursiones en 1369, 1370 y 1373, los ingleses no lograron ningún éxito positivo. Por eí contrario, respaldado con el auxilio de Flandes y de Castilla, Carlos V se apoderaba de Ponthieu, Roerga, el Lemosino, Poitou, Santonja, etc.

En julio de 1380 los ingleses quedaban reducidos a Calais, el Bordelesado y unos pocos territorios más. Dos años antes, en 1378, habían caído en poder de Francia, por sorpresa, los dominios normandos de Carlos el Malo, acusado de traición a la causa de su monarca.

El gran rey, llamado el Prudente por la Historia, murió prematuramente, en el castillo de Beauté, en el Marne, cerca del bosque de Vincennes, a la edad de 43 años, el 16 de septiembre de 1380, cuando muchos proyectos ambiciosos anidaban en su corazón.

Había establecido en Francia un rudimento de administración coherente, había dado rudos golpes a la nobleza y había favorecido la prosperidad del país. Distinguióse como erudito en astrología, medicina, leyes y filosofía.

Su palacio fue frecuentado por distinguidos escritores, como Felipe de Meziéres y Nicolás Oresme, algunas de cuyas ideas llevó él a la práctica. Sólo le cabe achacar en culpa en el aspecto religioso de su vida —- por lo demás modélica—, la protección dispensada al antipapa Clemente VII con lo que fomentó el Cisma de Occidente , nocivo para los intereses políticos de Francia.

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Biografia de Woodrow Wilson
Biografia de Chamberlain Joseph
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Biografia de Eduardo III de Inglaterra

Biografia Juan II de Francia

Biografia Juan II de Francia

JUAN II DE FRANCIA (1319-1361)
La muerte de Felipe VI el 22 de agosto de 1350 dio la corona de Francia a su primogénito, el príncipe Juan, habido en 1319 de Juana de Borgoña. La estira; de los Valois, que proporcionó soberanos en general» débiles y enfermizos, aunque alguno de ellos revelara aptitudes intelectuales y políticas extraordinarias, enriqueció con un tipo extravagante.

Juan II, llamado el Bueno, no reunía ninguna dote para gobernar. Era frivolo, pródigo, versátil y muy poco inteligente. En lo único que se distinguió fue en la violencia de sus actos y en el mantenimiento de su palabra de caballero medieval.

Juan II de Francia
Juan II de Francia, llamado el Bueno, fue el segundo rey de Francia de la Casa de Valois. Era hijo de Felipe VI de Francia y Juana de Borgoña.
Fecha de nacimiento: 26 de abril de 1319, Le Mans, Francia
Fallecimiento: 8 de abril de 1364, Palacio Savoy, Londres, Reino Unido
Hijos: Carlos V de Francia, Felipe II de Borgoña, Juan I de Berry,
Cónyuge: Juana I de Auvernia (m. 1350), Bona de Luxemburgo (m. 1332)

Condiciones muy poco propicias para hacer frente a sus adversarios, el famoso Eduardo III de Inglaterra y el no menos famoso, aunque por distimc motivo, Carlos el Malo de Navarra.

Al ceñir la corona de San Luis, Juan II tuvo que enfrentarse con la amenaza inglesa, que había culminada últimamente en la victoria de Crecy y la toma de Calais (1346 y 1347).

En 1348 se había firmado una tregua entre los dos reinos, que fue prorrogada hasta 1355, tanto a instancias del Papado como a causa de los devastadores efectos de la Peste Negra. Pero bajo estas apariencias de paz, se mantenía vivo el fuego de las hostilidades.

Contribuyó a hacerlas más encarnizadas la traición de Carlos el Malo de Navarra, yerno de Juan II. quien abominaba la raza de los Valois y aspiraba a la corona de Francia.

Carlos entró en tratos con los ingleses desde 1354 e incitó al delfín Carlos V a apoderarse de la corona. En un acto de intrepidez, Juan II detuvo al rey de Navarra en Ruán el 5 de abril de 1356 y le mandó cargado de cadenas a Cháteau-Gaillard.

Por aquel entonces los ingleses habían pasado de nuevo al ataque bajo la dirección del Príncipe Negro. Sus huestes arrasaron los territorios próximos al Loira. Cuando regresaban a Guyena, les salió al paso el ejército francés al mando del propio Juan II.

La acción se libró cerca de Poitiers (19 de septiembre de 1356) y acabó con una rotunda victoria del Príncipe Negro. Juan II, que combatió hasta el fin como un bravo caballero, cayó en poder de los ingleses. El Príncipe Negro le proclamó el guerrero más valeroso de su reino, pero se lo llevó como prisionero a Londres.

Permaneció en Inglaterra durante cuatro años. El 24 de mayo de 1359 firmó los preliminares de Londres. por los que renunciaba a grandes posesiones del territorio francés en favor de Eduardo III: Normandía. Bretaña, Anjou, Maine, Turena, etc.

Afortunadamente, su hijo Carlos V, que ejercía la regencia, supo maniobrar con tal acierto que arrancó del rey inglés el tratado de Bretigny (8 de mayo de 1360), ratificado luego por Juan II en Calais (9 de octubre), mucho más favorable, aunque sin dejar de ser adverso.

Juan II fue puesto en libertad a cambio de un rescate de 3.000 escudos de oro, pagaderos en seis años. Dejó en Londres como rehén a su hijo Luis de Anjou.

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Biografia de Juan I de Castilla
Biografia de Juan V Paleologo

Biografía de Carlos VI El Bienamado Rey de Francia

Biografía de Carlos VI
«El Bienamado» Rey de Francia

Carlos VI el Bienamado (1368-1422), rey de Francia (1380-1422), hijo de Carlos V. Tras la muerte de su padre, ocurrida en 1380, estuvo bajo la tutela de un consejo ducal hasta 1388, año en que rechazó la regencia y comenzó a reinar por derecho propio. Gobernó en buen estado de salud hasta 1392, momento en que empezó a padecer trastornos mentales.

Carlos V murió en 1380. Fue un rey sabio. Su hijo, que entonces contaba 12 años de edad, caería tiempo después víctima de la locura. Sus tíos, los duques de Anjou, de Borgoña y de Berry, se preocupaban únicamente de sus propios intereses. El primero aspiraba a reinar sobre Nápoles; el segundo, a sacar el mayor partido del feudo de Flandes, cuya heredad debía recibir; el tercero sólo quería amontonar riquezas para gozar de ellas.

Carlos VI Bienamado de Francia

Mantuvieron aislado al pequeño rey, hasta que, irritado por los abusos cometidos, el país se levantó contra ellos. En París estalló la rebelión de los Maillotins, y en el Mediodía, la de los Tuchins.

También sobrevino la guerra de Flandes. Carlos VI participó en ella, dando pruebas de su valor, en la batalla de Rosebecque (1382), adonde fueron derrotados los flamencos que se levantaron contra el yugo feudal. Los vencidos se vieron tan acosados que, según un viejo cronista, no quedaba entre ellos bastante lugar para que la sangre corriera. Cuando regresó a París, Carlos VI encontró al pie de Montmartre 20.000 hombres armados, en orden de batalla, y temió verse obligado a combatirlos para entrar en su propia ciudad.

Pero los parisienses le hicieron saber que tan imponente presentación sólo obedecía al deseo de darle una idea de su poder y no al de atacarlo. Al día siguiente, Carlos VI hizo derribar una parte de la muralla y, con casco ceñido y lanza en mano, entró en la ciudad con aire agresivo.

Se tomaron medidas muy severas contra los habitantes de París, y hasta hubo ejecuciones cuya crueldad debe ser reprochada a los regentes antes que al joven príncipe, que aún no había subido al trono. Sus tíos resolvieron casarlo inmediatamente. Dirigiéronse al duque Esteban de Baviera, quien les envió a una de sus hijas, Isabel, a la que el pueblo francés llamaría Isabeau. Cuando la vio, el joven príncipe quedó prendado. Era la prometida que había deseado. Desgraciadamente sería el flagelo de Francia.

El matrimonio fue celebrado en Amiens, en julio de 1385. Después de su enlace, el rey quiso hacerse cargo del poder. Fue apoyado por Pedro de Montaigu, cardenal de Laon, a quien esta actitud razonable le valió morir asesinado. Los antiguos consejeros de Carlos V: Olivier de Clisson, Bureau de la Riviére, Le Bégue de Vilaines, Juan de Novian, Juan de Montaigu, llamados despectivamente por los grandes señores «los mamarrachos», lo aconsejaron en la misma forma que a su padre y lo apoyaron con todas sus fuerzas. El rey les confió la dirección de los asuntos de Estado, y su desempeño prueba que merecían ese cargo.

Poco tiempo después el duque de Orleáns, gentil y disoluto, contraía nupcias con la hermosa Valentina Visconti; su matrimonio fue seguido por la consagración de la reina Isabel en París, el domingo 20 de agosto de 1389. La fiesta fue magnífica. En la puerta de Saint-Denis habíase representado un cielo estrellado y los niños, vestidos de ángeles, cantaban melodiosamente.

Una imagen de Nuestra Señora tenía en los brazos a un niño accionado por un mecanismo; la fuente de Saint-Denis derramaba los mejores vinos, y jóvenes con sombreros de oro ofrecían de beber. En la segunda puerta de Saint-Denis, Dios Padre, en Majestad, el Hijo y el Espíritu Santo recibieron a la reina. Las casas estaban empavesadas, y en la plaza del Chátelet se levantaba un gran castillo de madera, de donde salieron un ciervo blanco, un águila y un león. Vestido como un ángel, un acróbata descendió desde lo alto de una de las torres de la iglesia de Notre-Dame por una cuerda y coronó a la reina. Hubo justas y el rey fue uno de los vencedores.

En ese mismo año el rey y la corte tomaron partido por la Santa Virgen, contra una secta de teólogos que el pueblo llamó «enemigos de María», y se instituyó en París una fiesta en honor de la Inmaculada Concepción.

Los placeres de los grandes no impedían sin embargo que el país fuese desgraciado. Gente, antes rica y poderosa casino tenía con que trabajar sus viñedos y sus tierras: todos los años pagaban cinco o seis tallas y sus bienes diezmados quedaban reducidos a la tercera o cuarta parte, y a veces a nada. En 1390, cuando la pareja real estaba en Saínt-Germain, estalló una espantosa tempestad. Isabel, que esperaba su tercer hijo, vio en la tormenta una manifestación de la cólera celeste. Suplicó a su esposo que aliviara al pueblo.

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Isabel, mujer de Carlos VI, no quiso ser menos que los duques de Orleáns y de Borgoña.  Libre del  control de su marido, llevó una existencia de lujo desenfrenado, sin preocuparse por la condena de la Iglesia.

El rey hizo lo que pudo, pero fue contrariado por los duques de Borgoña y de Berry, y por su hermano, el duque de Orleáns, que llevaba una vida disipada. El mismo rey, aunque compasivo y generoso, gustaba de los entretenimientos con el entusiasmo de un adolescente dispuesto a satisfacer sus caprichos, y no podría asegurarse que, a esa edad, sú razón no estuviese ya afectada. A principios del año 1392 tuvo un primer acceso de «fiebre amarilla», provocada sin duda por alguna profunda alteración orgánica.

Antes de continuar, evoquemos el ambiente en que vivían el rey y la reina. Era su morada el hotel Saint-Pol, compuesto por un grupo de hoteles, casas y jardines adquiridos por la familia real en 1365. Los departamentos se componían del dormitorio (albergue del rey), la capilla, el salón del retiro, el estudio, las cámaras tibias, así llamadas porque en ellas se encendían estufas durante el invierno. En los jardines había una pajarera, una pieza para tórtolas y una jaula para fieras.

Este confuso conjunto, escribe Dulaure, comprendía patios y corrales. El patio de justas era el más amplio. Las vigas y tirantes de los principales departamentos estaban decorados con flores de lis de estaño dorado, cuenta Saint-Foix en sus Ensayos históricos (1754). Los vidrios, pintados con distintos colores y cargados de escudos de armas, divisas e imágenes de santos y santas, parecían vidrieras de iglesia. El rey tenía sillas de brazos, en cuero rojo con franjas de seda…

Una noche, al salir de una fiesta realizada en la residencia real, Olivier de Clisson, condestable de Francia, después de la muerte de Du Guesclin que había sido su hermano de armas, fue atacado por Pedro de Craon y su banda y dado por muerto o moribundo. Cuando el rey se enteró de lo ocurrido, corrió a la casa del panadero que había recogido a Clisson y juró vengarlo.

Pedro de Craon, denunciado por Clisson, se refugió en Bretaña; Carlos VI, a la cabeza de un ejército, resolvió ir en su búsqueda para castigarlo. Y aquí se sitúa el episodio dramático de la locura de Carlos VI, que Michelet relata de la siguiente manera: «Cuando atravesaba el bosque del Maine, un hombre de mal aspecto, sin otra indumentaria que una saya blanca, se arrojó repentinamente al encuentro del caballo del rey, gritando con terrible tono: «¡Detente, noble rey! ¡No sigas adelante, te traicionaron!».

Obligáronle a soltar la brida del caballo, pero le permitieron que siguiera al rey, gritando durante media hora. Al mediodía, el rey salía del bosque para entrar a una planicie de arena donde el sol caía a plomo. Todos sufrían el calor.

Un paje que llevaba la lanza real se durmió sobre su cabalgadura, y la lanza, al caer, golpeó el casco de otro paje.Con el ruido del acero, al chocar, el rey se sobresalta, desenvaina su espada, y precipitándose sobre los pajes, grita: «¡A los traidores! ¡Quieren entregarme!»

Con la espada desnuda se precipitó sobre el duque de Orleáns. Éste logró escapar, pero el rey enceguecido, dio muerte a cuatro de sus hombres antes de que pudieran detenerlo. Fue preciso que se cansara: entonces uno de los caballeros lo tomó por la espalda.

Consiguieron entre varios  desarmarlo y hacerlo descender del caballo; lo acostaron luego en el suelo. Los ojos le daban vueltas en las órbitas, no reconocía a nadie y no articulaba palabra. Sus tíos y su hermano encontrábanse a su alrededor. Todos podían aproximarse y verlo. Los embajadores de Inglaterra acudieron como los demás; esto fue muy mal visto por la mayoría.

El duque de Borgoña, sobre todo, increpó airadamente al chambelán La Riviére, porque éste había permitido que los enemigos de Francia vieran al rey en ese lamentable estado. Cuando éste volvió en sí, y supo lo que había hecho, sintió horror, pidió perdón y se confesó.»

Los tíos del rey tomaron entonces posesión del gobierno; el duque de Orleáns fue separado de su cargo por ser «demasiado joven» para desempeñarlo. La primera preocupación del duque de Borgoña fue deshacerse de todos aquellos que podían ser fieles al rey. En cuanto a la reina, que hasta ese momento había llevado una vida disipada, desafió a todas las opiniones.

Pasaba gran parte de su tiempo arreglándose, tomaba baños en agua de pamplina hervida o en leche de burra, como Mesalina, cuyas locuras imitaba. Los religiosos criticaban desde el pulpito su lujo insolente y su forma de vivir. Un agustino, Jacques Legrand, llegó a decir: «La gente de bien condena vuestra conducta. ¡Si no queréis creerme, recorred la ciudad vestida como una mujer pobre, y oiréis lo que dicen de vos!».

Poco le importaba. Y poco le significaba el reino de Francia, aunque aceptó ponerse a la cabeza de un Consejo de Regencia, del que formaba parte el duque de Orleáns. Pero ella transformaba fácilmente la sala del Gran Consejo en sala de fiestas.

¿El rey? ¿Qué ocurría con el rey mientras tanto? Divertíanlo. Se divertía. Pasaba de un entretenimiento a otro; casi pereció en uno de ellos. Fue el 29 de enero de 1393: Isabel organizó una mascarada en honor de una viuda a su servicio, que se volvía a casar. «Es una mala costumbre practicada en distintas partes del reino —dice el religioso de Saint-Denis— hacer toda clase de locuras en el casamiento de mujeres viudas, y tomarse las libertades más atrevidas, con los disfraces más extravagantes…»

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Las mismos cortesanos se burlaban con frecuencia del rey. Durante un baile de máscaras, Carlos VI se disfrazó de salvaje. En medio de la fiesta las plumas con que había decorado su disfraz se inflamaron, y habría sufrido una muerte horrible si la duquesa de Berry no hubiese apagado las llamas.

El escudero Hugolino sugirió al rey que se disfrazara de salvaje, con algunos de sus cortesanos. Y cuando el baile había comenzado, Carlos VI y cinco de sus compañeros se hicieron coser sayas de telas cubiertas de lino y se untaron con pez para pegarse plumas y estopas. El rey entró a la sala de baile con sus cinco compañeros. Durante la danza, un imprudente aproximó una antorcha a uno de los salvajes y la pez se inflamó.

En un momento todos estuvieron en llamas. La reina se desmayó. La duquesa de Berry, con notable espíritu de arrojo, logró salvar al rey, envolviéndolo con su manto y ayudándole a salir. Pero semejante emoción sólo podía agravar el estado mental del monarca.

Sin embargo el pueblo quería al desdichado Calor VI y no lo hacia  responsable de los males iel reino. Es cierto que, en los momentos en que el rey recuperaba la lucidez, las medidas que tomaba eran justas. Pero cuando perdía el uso de la razón, su Consejo lo obligaba a revocar sus decisiones.

Así fueron restablecidos los juegos de azar, anteriormente suprimidos y disueltas las milicias de arqueros, que él mismo había formado y autorizado para defender el país de las invasiones extranjeras, pero que podían llegar a ser más poderosas que «los príncipes y los nobles»…, justamente lo que estos últimos querían evitar.

Carlos VI murió en 1422. Sabido es cómo se encontraba entonces Francia. El tratado de Troyes, firmado en 1420, abandonaba el país a Inglaterra.

La reina, sin embargo, continuó entregándose a los placeres, preocupada únicamente por satisfacer sus lujos y caprichos y sólo consentía las privaciones que le imponía su régimen para adelgazar.

Tuvo sobre las modas de su siglo la influencia más extraña. A propósito, resumiremos una página de Miche-let: «Los asientos destinados a las damas parecían pequeñas catedrales de ébano. Velos preciosos, sacados antaño del tesoro de las iglesias, ondeaban alrededor de las hermosas cabezas… Hasta las formas satánicas que gesticulaban en las gárgolas fueron incorporadas a la indumentaria. Las mujeres llevaban cuernos en el tocado, los hombres en los pies. Las puntas de sus zapatos se retorcían formando astas, garras o colas de escorpión.»

Recordemos que fue para divertir al rey loco que se perfeccionó el juego de cartas, cuya invención es probablemente china, y que se dio a sus figuras el nombre de personajes de la historia o de las novelas de caballería.

Bajo este mismo reinado, una ordenanza de 1396 obligaba a los jueces a entregar anualmente a la Facultad de Medicina de Montpellier, el cuerpo de un condenado a muerte —decisión considerable para el progreso de la ciencia médica—, porque hasta entonces, como entre los romanos, la disección de cadáveres estaba prohibida en Francia. Citaremos aún, entre los hechos que se relacionan con esta época, las expediciones del ciudadano de Dieppe, Juan de Béthancourt, que organizó un establecimiento en las islas Canarias.

Una fecha importante para la historia del teatro es la concesión acordada en 1402 por Carlos VI a la Cofradía de la Pasión, instalada en el edificio del hospital de la Trinidad. El teatro francés tiene su origen en esta cofradía.

Fueron éstas algunas imágenes de un rey que fue juguete de la corte, pero a quien su pueblo jamás acusó de los males que abrumaban a Francia. Diéronle dos sobrenombres: Carlos el Insensato y Carlos el Bienamado.

Fuente Consultada
LO SE TODO T omo III Editorial CODEX Biografía de Carlo VI

Arquitectura del Renacimiento y Sus Arquitectos

Arquitectura del Renacimiento – Arquitectos

El siglo XV trajo consigo un renovado gusto por el arte clásico; esta tendencia, que se mantuvo latente durante la Edad Media, se manifestó en Italia tanto en la literatura como en las artes decorativas.

El estilo románico tenía su punto de partida en el arte romano (la bóveda románica derivaba de un sistema ya empleado en Roma), y el gótico había sido siempre atemperado en la península, modificándose según los principios de ese equilibrio formal que caracteriza los monumentos clásicos.

El interés por la antigüedad griega y romana, se intensifica y disciplina en el curso del siglo XV  y llega a influir marcadamente sobre el nuevo estilo arquitectónico.

El Renacimiento es una creación típicamente italiana. Esto se explica si se considera que Italia había conservado el patrimonio clásico del que era heredera directa, y que durante todo el siglo XV, su riqueza artística no habría de franquear las fronteras alpinas. Pero en el curso del siglo XVI, gracias a numerosos grupos de arquitectos italianos, se difundiría en los países vecinos con un alcance sólo comparable al de la arquitectura gótica del siglo XIII.

En el curso de los siglos XV y XVI, nacen en Italia las señorías, y los papas se convierten en protectores de las artes, llamados mecenas.

Una manifestación del espíritu de aquella época la constituye la evolución de la arquitectura, que influye sobre toda la vida civil y crea sus obras maestras no sólo en el dominio de los monumentos religiosos, sino también en el sector de los edificios públicos y privados.

Esto tiene proyecciones tales, que en todas las ciudades nacen espléndidos palacios y, en la campaña, las casas de descanso.

No debe olvidarse que en el curso del Renacimiento se desarrolló en Italia la ciencia del urbanismo, es decir, de una arquitectura nacional en el recinto urbano, según el plan general y el ordenamiento de la ciudad.

El Renacimiento recurre al arte antiguo en busca de elementos arquitectónicos, de concepciones planimétricas, de principios sobre las proporciones y los sistemas de construcción.

Sin embargo, la arquitectura del Renacimiento no es una mera imitación de la que se desarrolló en la antigüedad. Los arquitectos, teniendo en cuenta los viejos modelos, los transforman a la luz de un ideal estético que les es propio.

En el lenguaje artístico Florencia sufrió radicales transformaciones a partir  del siglo XV por obra de unos cuantos artistas, cuyo número y calidad resultan sobresalientes en la Historia del Arte. En el primer tercio del siglo el arquitecto Brunelleschi, el escultor Donatello y el pintor Masaccio desplegaron una actividad que sirvió de base y punto de partida para ulteriores desarrollos en Florencia y en otras ciudades de Italia a partir del segundo tercio del siglo y para la progresiva difusión e implantación del nuevo estilo en el resto de Europa occidental, con los naturales matices e incluso importantes diferencias por razones geográficas y cronológicas.

En sus inicios, el arte que denominamos renacentista tuvo como característica común su preocupación por el hombre, entendido como ser individual y libre, y por el espacio que le rodea.

En el siglo XV aparece una nueva concepción arquitectónica que subsiste aún en nuestros días. A diferencia de los constructores de los períodos románico y gótico, el arquitecto del Renacimiento no sale de entre los albañiles y escultores.

Es un hombre de formación más teórica que práctica; a menudo, proviene de otras ramas del arte, y sólo se consagra a la arquitectura de tiempo en tiempo.

Él dibuja los planos del edificio y, en la mayoría de los casos, encarga a otros la realización de los mismos. Ello explica que el aporte del Renacimiento sea no de orden constructivo, como en el románico y el gótico, sino puramente estético.

Si apartamos la común derivación de la arquitectura clásica, las creaciones del Renacimiento se presentan bajo tantos aspectos como, arquitectos han trabajado en ellas.

Este fenómeno se explica por la preparación misma del arquitecto de este período, quien, en razón de su cultura, no podía limitarse a reconstruir un modelo ya existente, sino que aspiraba a distinguirse imponiendo a su obra el sello de su personalidad.

Desde el punto de vista del estilo, conviene dividir el Renacimiento italiano en dos períodos bien distintos: en el primero, que comprende todas las manifestaciones arquitectónicas del siglo XV, los elementos clásicos son interpretados con una armonía, simplicidad y elegancia que no se repetirán en el segundo, es decir, el que corresponde al siglo XVI, durante el cual la arquitectura buscará efectos monumentales y espectaculares.

Durante el siglo XV predomina y se difunde por toda Italia la tendencia marcada por los artistas florentinos; éstos siguen las enseñanzas de Felipe Brunelleschi y León Bautista Alberti. En el curso del siglo XVI, las directivas estéticas serán impartidas por los arquitectos de Roma.

cupula brunesllechi

La cúpula de Santa María de las Flores es un milagro de la arquitectura, pues el equilibrio de esta obra gigantesca es obtenido sin ninguna armazón, gracias al simple y perfecto enlace de los dos casquetes. El proyecto inicial es obra de Lorenzo Ghiberti y de Felipe Brunelleschi, pero es a este último a quien corresponde él mérito de la realización.

El siglo XV se inaugura con los trabajos del artista y escultor Brunelleschi (1377-1446).

Si la prodigiosa cúpula de Santa María de las Flores, inspirada en la cúpula clásica del Panteón, nos lo revela aún entusiasmado con el verticalismo gótico, sus obras ulteriores prueban, de manera incontestable, que su nueva modalidad es típicamente latina.

A la cúpula florentina sucede la iglesia de San Lorenzo, con una nave techada y las naves laterales terminadas en crucero.

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Iglesia de Santa María de Novella en Florencia

Leon Battista Alberti (1404-1472), arquitecto y escritor italiano, fue el primer teórico del arte del renacimiento, y uno de los primeros en emplear los órdenes clásicos de la arquitectura romana.Alberti nació en Génova el 14 de febrero de 1404. Hijo de un noble florentino, recibió una educación acorde con su clase social, primero en la escuela de Barsizia (Padua) y luego en la Universidad de Bolonia. Allí estudió griego, matemáticas y ciencias naturales. Como poeta, filósofo y organista —uno de los mejores de su tiempo— ejerció una gran influencia entre sus contemporáneos. En 1432 fue nombrado secretario del papa Eugenio IV.

Vienen luego, en orden cronológico, la Sagrestiú vecchia, que responde a un plano cuadrado con teche en cúpula, y la galería del Hospital de los Inocentes, financiada por los tejedores de seda. Sin embargo, es en la capilla de los Pazzi donde Brunelleschi revela más claramente el sentido de la medida, de la armonía y de las proporciones.

En la iglesia del Espíritu Santo, comenzada por el arquitecto en 1436 y terminada después de su muerte, el sentido más desarrollado de la profundidad y del espacio hace presentir la arquitectura del siglo XVI.

En las dos iglesias florentinas que acabamos de mencionar, señalaremos la acentuación del eje longitudinal del edificio que vuelve al plano tradicional de la basílica paleo-cristiana, y el aligeramiento de las arcadas, mucho más esbeltas que las del medievo italiano.

arquitectura El palacio Rucellai

Florencia: El palacio Rucellai fue edificado entre 1447 y 1451 por Bernardo Rossellino, sobre un proyecto de León Bautista Alberti. Este edificio, en el cual se notará la admirable fusión de elementos clásicos con elementos de la más pura tradición medieval y el resurgimiento de los órdenes superpuestos (ventanas con dintel, que comprenden al mismo tiempo un almohadillado liso y de doble cristal), volverá a ser tomado como modelo por los arquitectos del siglo XV.

Esto último pudo lograrse gracias a la inserción de arcos entre el capitel y el pie derecho (pilar que soporta el arco o el dintel). La misma luminosidad y la misma elegancia aparecen en la capilla de los Pazzi, donde el arquitecto ha repetido con ciertas modificaciones el motivo del pronaos griego.

Entre las construcciones civiles del Renacimiento se admira el espléndido palacio Pitti, diseñado por Brunelleschi y realizado por varios arquitectos, entre los cuales citaremos a Lucas Fancelli (siglo XV) y Bartolomé Ammannati (siglo XVI). La simplicidad de las líneas y la sobriedad de los ornamentos contribuyen a dar al edificio mayor majestuosidad y armonía.

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Palacio Pitti, diseñado por Brunelleschi

Los trabajos arquitectónicos de León Bautista Alberti revelan menos elegancia y ligereza; se caracterizan por una mayor amplitud, que los emparenta con las construcciones grecorromanas.

La figura de este artista aparece como el ideal vivo del arquitecto de la época. Alberti (1404-1472), es antes que nada, un teórico de la arquitectura.

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Florencia: Hospital de los Inocentes. Es una de las primeras realizaciones de Brunelleschi; en ella se admira la armonía de las proporciones, característica de los comienzos del Renacimiento florentino. Son fácilmente observables los elementos clásicos (columnas griegas, arco romano, el cornisamento acentuado por el frontón y la orla).

Se conocen sus tratados De la Escultura, De la Pintura y De la Arquitectura, en los cuales expresa su deseo de retornar al arte clásico, pero con un nuevo espíritu; cuando se le encomienda la ejecución de los planos de los edificios, no es él quien se ocupa de su realización: el arquitecto confía el diseño de los mismos a sus alumnos: Mateo de Pasti, Bernardo Rossellino, Pier de Gennari, Mateo Nuzio y Lucas Fancelli.

Además del templo Malatestiano en Rímini, el proyecto de cuya fachada (que no ha sido ejecutada) se conserva en una medalla grabada por Mateo de Pasti, Alberti nos ha dejado: el palacio Rucellai en Florencia, la iglesia de San Andrés de Mantua, en cuyas paredes laterales se abren numerosas capillas que confieren a la construcción la magnificencia de los edificios romanos; también merece mencionarse la restauración de la fachada de Santa María la Nueva en Florencia.

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En el siglo XV, en Venecia, los elementos góticos sufrieron grandes transformaciones, tal como puede verse en la iglesia de los Milagros, obra de Antonio Rizzo y de Pedro Lombardo; allí la simplicidad del Renacimiento toscano ha sido realzada por las marqueterías de mármol y los rosetones.

Luciano Laurana fue otro de los grandes arquitectos del siglo XV; nació en Zara y murió en Pésaro. No se tiene lamentablemente una información precisa en cuanto a la ciudad donde recibió su formación artística.

Se sabe solamente que entre 1460 y 1470 permaneció en Urbino, donde ejercía su actividad en el palacio Ducal, y que en 1468, Federico II de Montefeltro lo nombró arquitecto en jefe de su corte.

El nuevo estilo arquitectónico se difunde en Toscana y en el centro y norte de Italia, gracias a los arquitectos toscanos, que inspirándose en las obras de Brunelleschi y Alberti, realizaron trabajos llenos de originalidad.

Michelozzo Michelozzi, joyero y grabador (1396-1472), edifica en Florencia el convento de San Marcos y el palacio Médicis Riccardi, y en la campiña toscana las casas de Cafaggiolo y de Careggi, que lo enfrentan con el problema de las construcciones privadas; el arquitecto lo resuelve inspirándose en las moradas medievales.

En Milán, donde trabaja hacia 1462, construye la capilla Portinari de San Eustaquio y el palacio del Banco Mediceano, cuyo portón se conserva en el museo del castillo de esa ciudad.

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Pocos son los ejemplares de la arquitectura del siglo XV en Roma. Citaremos la iglesia de Santa María del Pueblo, construida por Baccio Pontelli y M. del Caprina e inspirada en la obra de Brunelleschi y de Alberti.

El palacio Strozzi y el pórtico de la iglesia de Santa María de la Gracia en Arezzo, obras realizadas en Florencia por Benedicto da Maiano, nos muestran la original interpretación de los cánones entonces vigentes, y cuya aplicación en las proporciones caracteriza todas las manifestaciones del siglo XV, expresándose por una tendencia hacia lo monumental.

Citaremos también a Giuliano da Maiano, Giuliano da Sangallo, Antonio da Sangallo (conocido principalmente por sus construcciones militares), Agostino di Duccio (cuya habilidad de decorador se pone de manifiesto en el oratorio de San Bernardino en Perusa), Bernardo Rossellino, arquitecto, escultor y,  urbanista, a quien el papa Pío II confió la tarea de transformar su ciudad natal en una ciudad artística modelo.

En el norte de Italia, donde subsistía la tradición románico-gótica, los arquitectos modifican las enseñanzas del arte florentino, multiplicando los elementos decorativos.

SOBRE LOS ALGUNOS ARQUITECTOS

Filippo Brunelleschi
(1377-1446)
Las piezas realizadas por los escultores Ghiberti y Brunelleschi en el concurso de 1401 para la segunda puerta de bronce del Baptisterio de Florencia muestran la distancia entre la estética formalista del primero y la preocupación del segundo por el trasfondo humano de la escena representada. Tras negarse a colaborar en esta obra con su contrincante, Brunelleschi viajó a Roma y allí, en contacto con los monumentos antiguos, se encaminó a la práctica arquitectónica.

Su primera obra, la gran cúpula de la catedral de Florencia, que supuso la resolución de complejos problemas técnicos, se convirtió en un símbolo de la primacía de la ciudad y de su entronque histórico con la antigua Roma. Desde entonces, Brunelleschi mostró una clara concepción del arquitecto moderno distinguiendo proyecto intelectual y ejecución material, facetas que se confundían en el maestro de cantería medieval.

En el Hospicio florentino (iniciado en 1419) se observa ya el dominio de las proporciones que caracterizaría toda su obra frente a la infinitud gótica. La aplicación de un módulo explica la precisa geometría de San Lorenzo, mientras en la capilla Pazzi alcanza un punto culminante en el ritmo medido y contrastado de los elementos arquitectónicos resaltados en piedra gris sobre el muro blanco. Su última obra -la iglesia del Espíritu Santo- presenta un espacio unificado, pues las capillas rodean por completo el templo y sus arcos de entrada son de proporción idéntica a los que separan las naves: la visión es unitaria y el hombre resulta centro del edificio.

Vignola
(1507-1573)
Pocos edificios han alcanzado la repercusión que tuvo en Europa occidental la iglesia de la Compañía de Jesús en Roma -el Gesú- comenzada en 1568 por Jacopo Barozzi llamado Vignola. Siguiendo ideas de Alberti en San Andrés de Mantua, Vignola relaciona una nave longitudinal cubierta con gran bóveda de cañón con la planta central de gran crucero; las capillas laterales, sin embargo, se ven reducidas a pequeños nichos enfrentados a la nave.

Similar contraste manierista se produce en la iluminación del templo desde la luz tamizada de la nave, que proviene de las capillas laterales, a la mayor oscuridad del tramo que antecede al crucero y, finalmente, a la explosión luminosa del espacio bajo la cúpula.

La fachada, concebida por el mismo Vignola apoyándose también en concepciones albertianas, permitía trasponer la distinta altura de las naves sin romper la proporción y el orden clásicos mediante un cuerpo superior con frontón y aletones de unión con el frente inferior. La arquitectura del interior y de la fachada, aunque manierista, contenía en sí misma posibilidades de unificación y dinamismo barrocas -por ejemplo: desarrollo continuo del entablamiento o valoración de la luz-que explican su difusión como iglesia contrarreformista a lo largo de los siglos siguientes.

Juan de Herrera
(hacia 1530-1597)
Como Vignola se identifica con el Gesú, Herrera se recuerda sobre todo por su intervención en el monasterio de El Escorial, aunque proyectó, entre otros, edificios de tanta trascendencia como la catedral de Valladolid en 1585. Comenzó a trabajar en El Escorial en 1563 bajo la dirección de Juan Bautista, y desde 1572 dirigió la obra escurialense de modo definitivo hasta su conclusión en 1584, mostrando una visión práctica y una habilidad para combinar e interpretar ideas y pareceres variados poco comunes.

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Sus conocimientos humanistas y de ciencias ocultas, así como su admiración por Ramón Llull le llevaron a reforzar la concepción de El Escorial como templo de Salomón y también como imagen de la Iglesia. Formalmente acentuó su manierismo elevando la fachada principal y construyendo una portada sin trasfondo, encerrando un patio ante la iglesia y utilizando en ésta un lenguaje de obsesionante e intelectualizada geometría, en extremo pura y simple dentro de su difícil hermetismo.

Fuente Consultada:
LO SE TODO Tomo II Editorial CODEX Arquitectura del Renacimiento
Maestros del Arte Editorial SALVAT Cuadernillo de Aula Abierta N°5

Biografía de Giovanni Battista Tiepolo Pintor Italiano Obra Artistica

Biografía de Tiépolo Giovanni Battista Pintor Italiano – Obra Artística

Giovanni Battista Tiepolo (1696-1770), pintor italiano considerado como el principal maestro de la escuela veneciana y el mejor muralista del estilo rococó.Admirable intérprete de la Venecia del siglo XVIII, Tiépolo buscó, más que la expresión individual, el movimiento en la composición, y trabajó siempre con esa maravillosa facilidad que lo distinguió entre los pintores de frescos.

A comienzos del siglo XVIII, Italia se encuentra desgarrada. Los españoles ocupan el Norte y el Sur, Génova está sometida a la dominación extranjera, en Florencia reinan príncipes temerosos, la grandeza de Roma va camino de extinguirse, el Piamonte se ha armado para defender a los Alpes, cuya barrera no sirve ya para contener la amenaza exterior, y Venecia ha perdido las recientes conquistas de Morosini.

El arte mismo se halla en decadencia. El impulso creador de los siglos precedentes se ha debilitado, y ya no hay grandes maestros ni grandes obras.

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La pintura se pierde en los colores sin brillo de los «tenebrosos», artistas que manifestaron un gusto particular por los tonos oscuros y buscaron los efectos de sombra.

¿Qué será de la pompa decorativa que embelleciera tantos palacios? ¿La gracia que distinguía a las obras del siglo anterior no había dejado ninguna huella?.

La fuerza del arte renace de pronto en Venecia: Benedicto Marcello (1686-1739) se consagrará por sus obras como el Príncipe de la Música, Carlos Goldoni (1707-1793) convertiráse en el Moliere italiano, y Battista Tiépolo hará florecer en su paleta los frescos y vividos colores de los grandes maestros.

Este pintor nació en Venecia, un día de marzo del año 1696, en una casa hoy desaparecida.

Su apellido era el mismo do una muy antigua familia patricia veneciana, y más adelante, para distinguir al joven, hijo de un simple capitán de navio mercante, se lo llamó, entre irónica y afectuosamente, Tiepoletto.

De su madre se conoce casi únicamente el nombre de pila, Ürsula, pero se sabe también que fue ella quien lo educó, ya que el padre del niño murió cuando éste contaba un año de edad.

La madre advirtió la afición que Battista manifestó tempranamente por la pintura, y lo hizo entrar como aprendiz en el taller de Gregorio Lazzarini, que gozaba en Venecia de una gran reputación.

Tiépolo fue un artista de vigoroso talento, apasionado por la pintura de líneas firmes y precisas.

En la Venecia del siglo xvm, irreflexiva, espiritual, refinada en su gusto por los placeres, Tiépolo se vio influido por ese ambiente y adaptóse a la época, pero el estilo impetuoso de algunos de sus cuadros no debe hacernos olvidar su verdadera naturaleza, serena, fuerte y llena de sensatez.

El artista se dejaba llevar por su fantasía, pero el hombre prefería la dulzura apacible del hogar. Tiépolo se casó a los 23 años, el 17 de noviembre de 1719, con Cecilia Guardi, hermana del pintor Francisco Guardi, que exaltó frecuentemente en sus lienzos la frivola alegría de Venecia.

De los años de su infancia, hasta la época de su casamiento, muy poco se conoce sobre la existencia de Tiépolo.

deslumbrantes de su talento, en especial los frescos del cielo raso de los Scalzi (destruidos por una granada austríaca ), y en el Palacio Labia, en el de los Dux y en la casa Rezzonico.

En el Palacio Labia representó la historia de Antonio y Cleopatra (1757) en una serie de frescos que igualan casi las fastuosas pinturas del Veronés.

En el palacio de los Dux compuso una obra imaginativa, en la que aparece Neptuno depositando a los pies de Venecia los tesoros de las profundidades.

Hasta en la lejana Rusia era conocido su nombre Catalina la Grande le encargó cuatro pequeños frescos destinados a la decoración de una bóveda, y la sociedad culta de Francia admiró profundamente su arte.

Habiendo ofrecido algunos cuadros a Luis XV, éste le retribuyó con regalos de gran valor.

Durante el verano de 1750, reclamado de todas partes, se decidió a salir de Italia, con gran disgusto de sus compatriotas, que se veían arrebatar al gran artista por las fortunas extranjeras.

Fue llamado de Alemania, para ir al principado de Wurzburgo, por Carlos Felipe, príncipe obispo de Franconia oriental, con un ofrecimiento de 3.000 florines para el viaje, 21.000 por sus servicios y otros 3.000 como gratificación. Wurzburgo es una hermosa ciudad construida sobre el Meno.

El nuevo obispo, que deseaba establecerse allí en forma suntuosa, había requerido los servicios de Neumann, gran arquitecto de la época, para la edificación de su residencia, y  fue sin duda por consejo de éste que invitó a Tiépolo.

Los cuadros de Juan Bautista Tiépolo suscitaron la admiración de la corte de Francia al igual que la de España. Como expresión de agradecimiento por algunos cuadros que el artista veneciano le enviara, el rey Luis XV le hizo llegar numerosos regalos de gran valor.

Los artistas italianos eran bien acogidos en Wurzburgo. El tema que se indicó a Tiépolo fue el de las nupcias de Federico Barbarroja con Beatriz de Borgoña, acontecimiento celebrado en el año 1156 y del que la ciudad no había cesado de enorgullecerse.

Tiépolo terminó los frescos en dos años, pero tampoco pudo entonces volver a Venecia, pues se le pidió que decorara la fastuosa escalera, donde prodigó la luminosidad de sus colores.

En el centro figura Apolo, y alrededor del Dios del Sol, en un firmamento mitológico, aparecen Neptuno emergiendo de las algas que parecen moverse; Venus, rodeada de palomas y amorcillos; Flora, en un desborde de flores, y Vulcano con sus oscuros cabellos y su torso bronceado. También aquí, como en los frescos del ciclo de Cleopatra, la historia de la antigüedad es interpretada libremente por el pintor, transformándose en un pretexto para el vuelo de la línea y los juegos de luces.

Regresó luego a Venecia, donde permaneció siete años, y en diciembre de 1761 anunció al patricio Tomás José Farzetti su intención de ir a España, desde donde lo llamaba el rey Carlos III. Tiépolo tenía entonces 66 años.

Llamado a Milán por el cardenal Odescalchi, Tiépolo pintó los frescos de la basílica de San Víctor, siendo ayudado por su hijo Domingo, continuador de su obra, a realizar el Cielo de oro.

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Su fama había atravesado las fronteras de su patria. En 1750,  Tiépolo fue requerido desde Wurzburgo, Alemania,  para decorar el suntuoso palacio recién construido y destinado al nuevo obispo del principado, en el que trabajó durante tres años y luego volvió a Venecia.

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Los cuadros de Juan Bautista Tiépolo suscitaron la admiración de la corte de Francia al igual que la de España. Como expresión de agradecimiento por algunos cuadros que el artista veneciano le enviara, el rey Luis XV le hizo llegar numerosos regalos de gran valor.

El 31 de marzo de 1762 confió a su hijo José María, que era religioso, el cuidado de sus asuntos privados, y con sus otros hijos Domingo y Lorenzo y su amigo José Casina, de Padua, se dirigió a España por vía terrestre.

No tenía la intención de permanecer mucho tiempo lejos tarde, de haber tratado así al extraordinario artista, y para testimoniarle su reconocimiento póstumo ordenó que sus cuadros fueran colgados en el lugar de honor de la iglesia de Aranjuez.

Pero a la muerte del rey, manos desconocidas los sacaron para substituirlos con obras de Mengs, y los cuadros de Tíépolo, dispersados por toda España, fueron olvidados.

Desde sus comienzos en la pintura, Tiépolo prefirió a los cuadros al óleo los grandes frescos desplegados sobre vastos muros, o en bóvedas generosamente iluminadas.

Sus ángeles y sus amorcillos, sus madonas y sus santos, al igual que sus personajes inspirados por la mitología o la vida real, nunca están dispuestos de acuerdo con una disciplina preconcebida, sino que triunfan libremente, en amplios cielos y espacios sin fin.

Los límites del cuadro fueron demasiado rigurosos para este pintor, que hubiera deseado aprisionar al sol en un mural, y en su obra no debe buscarse la complacencia en el estudio de un detalle, una mano, por ejemplo, pues lo principal es el conjunto, que constituye una armónica, infinita suma de acordes, en los cuales se oponen la transparencia y los tonos sombríos, en una permanente renovación de impulsos hacia universos imponderables.

¿Cuáles fueron sus maestros?. Todos aquéllos a quienes supo amar y admirar y de los que, sin embargo, se alejó. No hay en él la terrible fantasía del Tintoretto, ni la límpida serenidad del Veronés, ni el poderoso colorido del Tiziano.

Pero diríase que mojaba sus pinceles en la luz, y en sus espacios se respira el aire libre. Su alma rehuía las escenas de dolor, y aun cuando represente el martirio de un santo, es más grande la solemnidad que el sufrimiento, como si se tratara, en realidad, de una ceremonia.

Neptuno obra de tiepolo

Neptuno depositando los tesoros de las profundidades a los pies de Venecia. Palacio de los Dux.

apotiosis tiepolo obra artistica

La apoteosis del almirante Vittor Pisani es uno de los frescos que Giovanni Battista Tiepolo pintó en la villa Pisani, en Italia, entre 1761 y 1762. Representa a Vittor Pisani ascendiendo al paraíso rodeado de ángeles.

Pero, junto a estas pinturas, cuántas damitas graciosas jugando con el abanico, cuántos personajes disfrazados, cuántos alegres gitanos, encontrados probablemente en las calles de Venecia al ir o regresar de alguna fiesta, y que Tiépolo se complacía en observar, captando su aspecto brillante, multicolor, para extraer obras maestras.

El hombre del tricornio negro se agitaba quizá en el tumulto de la ciudad centelleante, y el gondolero fue para él la encarnación siempre renovada del hombre de pueblo veneciano, cuyas canciones repercuten de un palacio a otro, enlazándose sobre las aguas . . .

En sus vastas composiciones campestres hallamos al pintor sereno y reflexivo, que gustaba del trabajo minucioso cuando no estaba apremiado por quienes aguardaban alguna obra suya.

Los dibujos de su taller, realizados para su placer personal y clasificados por sus hijos, nos hacen descubrir a un nuevo Tiépolo, el verdadero tal vez, ya que el dibujo es la carta confidencial en la que un artista vuelca su alma.

Con una inquietud febril dominada por la observación, escrutaba atentamente todo cuanto la vida podía ocultarle aún. Tanto los motivos animados como los inanimados lo atraían, y eso es lo que da tanto valor a las obras de sus cartones.

Su talento excepcional no fue comprendido en España, pero el espíritu del vigoroso pintor y aguafuertista habría de revivir en otro artista genial: Francisco de Goya. Cuando sus últimas obras parecían haber sido olvidadas, al igual que su nombre, un hombre se acordó de él. . . y ese hombre valía por todos.

Fuente Consultada:
LO SE TODO Tomo I – Juan Bautista TiÉpolo – Editorial CODEX
Historia Universal de la Civilización  Editorial Ramón Sopena Tomo II del Renacimiento a la Era Atómica
Enciclopedia ENCARTA Microsoft

Guerras Entre Carlos V y Francisco I de Francia Por Europa

Carlos V de Alemania y Francisco I de Francia
Guerras Por El Control de Europa

El interminable y encarnizado duelo que sostuvieron Carlos I de España y Francisco I de Francia para lograr la hegemonía en Europa, dio a conocer nuevos sistemas de gobierno. Los intereses religiosos fueron cediendo terreno progresivamente a los intereses políticos y a las preocupaciones dinásticas. Debido a las dificultades que se le plantearon a la Iglesia católica, el papa decidió convocar un concilio en Trento en el que dejó establecidos ciertos principios.

A fines de la Edad Media y en los albores de los tiempos modernos, en Europa occidental fueron delineándose los grandes Estados actuales. Sus soberanos, que disponían de desarrolladas instituciones administrativas, aspiraban a un poder cada vez más arbitrario y absoluto. También intentaban extender su influencia más allá de sus fronteras.

Por este motivo, no contentos con tratar de resolver los problemas de su propio país, sostuvieron encarnizadas luchas entre ellos para asegurarse el predominio. Así ocurrió especialmente en la primera mitad del siglo XVI, entre dos soberanos que dominaron su época: Carlos I y Francisco I.

Francisco I de Francia y Carlos V de Alemania

Carlos I de España y V de Alemania (nacido en 1500 en Gante y muerto en 1558) heredó un imperio inmenso pero disperso, que comprendía los Países Bajos borgoñones, el Franco Condado, Éspaña y sus posesiones en Italia y las colonias españolas de América.

A la muerte de su abuelo Maximiliano I de Austria, consiguió asegurarse la corona del Sacro Romano Imperio.

Francisco I (1515-1547), rey de Francia, cuyas posesiones estaban rodeadas en gran parte por los Estados de Carlos I, también deseaba esta corona imperial. Por otra parte, los dos soberanos fueron rivales durante la mayor parte de su reinado, a pesar de que desde 1530 estaban unidos por lazos familiares.

En efecto, el rey de Francia se había casado con Eleonora, hermana de Carlos I. Pero debido a la extensión de las posesiones de éste, en Europa se rompió el equilibrio. El rey de Francia quería restablecerlo, y a ser posible, inclinar la balanza a su favor, puesto que en 1519 presentó su candidatura al trono imperial.

Algunos territorios fueron reivindicados desde un principio por ambos soberanos. En primer lugar estaba el ducado de Borgoña, que en el siglo anterior Luis XI le había arrebatado a María de Borgoña, abuela de Carlos. Por otra parte, Francisco I reivindicó unos supuestos derechos sobre Napóles, Sicilia y Milán, e invadió el Milanesado.

Durante la larga lucha que sostuvieron las dos casas, la suerte de las armas tanto favoreció a una como a otra. En 1525 Carlos I obtuvo una primera victoria en Pavía. No sólo venció al rey de Francia, sino que lo hizo prisionero y lo encerró en una torre en Madrid. Francisco tuvo que pasar por la dura prueba de firmar el tratado de paz de 1526. En él renunció a Borgoña, al Milanesado y a Tournai, así como a los derechos de soberanía que la Corona de Francia siempre había reivindicado sobre Flandes y el Artois.

Pero en cuanto Francisco recobró la libertad, negó todo lo que había aceptado en Madrid y reemprendió la guerra. Esta vez pudo contar con el apoyo del papa Clemente VII y del rey de Inglaterra Enrique VIII, que antes se había puesto al lado de Carlos. Ambos querían poner fin a la hegemonía del rey de España y a la de la dinastía de los Habsburgo, a la que éste pertenecía.

A pesar de las derrotas de los ejércitos franceses, y pese al saqueo de Roma por los ejércitos imperiales, en 1529 se firmó la paz de Cambrai. Esta «paz de las Damas» (llamada así porque las conferencias se habían celebrado a instancias de Margarita, tía de Carlos, y de Luisa de Saboya, madre de Francisco) establecía que, mediante una importante indemnización pecuniaria, Carlos renunciaba, por lo menos de modo provisional, a sus pretensiones sobre Borgoña.

En efecto, los protestantes alemanes insurrectos y la amenaza de los turcos, eran adversarios mucho más temibles contra los que tendría que movilizar todas sus fuerzas.

Pero Francisco aspiraba a arruinar el poder de los Habsburgo. Pese a ser católico, por ambiciones políticas no vaciló lo más mínimo en aliarse a los jefes protestantes alemanes. Incluso concluyó una alianza con los turcos, rompiendo, así, con sus antepasados, que habían emprendido más de una cruzada, y olvidando que los turcos seguían siendo los principales enemigos de la cristiandad.

Desde este punto de vista, sus intervenciones representaban el nuevo espíritu que se afirmaba a fines de la Edad Media: los intereses políticos ganaban terreno progresivamente a los religiosos. Por otra parte, su alianza con los protestantes alemanes no impidió que Francisco I persiguiera a los reformados en su propio país.

Por lo tanto, Carlos tuvo que luchar simultáneamente en varios campos. No obstante, logró rechazar los principales ataques. Pero el emperador no tenía suficientes recursos para someter a toda Europa. Ésta fue también la opinión de Enrique VIII, que volvió a ponerse de su parte. Su ayuda fue bien acogida, pues Carlos tenía que hacer frente además a las dificultades provocadas por los príncipes luteranos.

Después surgieron problemas de orden religioso. Para resolverlos, Carlos propuso que se convocara un concilio. Francisco I empezó negando su aprobación, pero el Concilio se celebró en Trento, en 1545. El rey de Francia murió dos años después.

Durante su reinado, Francia vivió un período de fastuosidad y lujos exteriores, que se ven reflejados en castillos como los de Blois, Chambord o Fontaieminentes artistas como Leonardo de Vinci y Benvenuto Cellini. Pero toda esta magnificencia mermó considerablemente el tesoro público.

Sin embargo, su hijo Enrique II, apoyado por los protestantes alemanes, logró proseguir la lucha contra Carlos I. Finalmente, desanimado y agotado, el emperador abdicó en 1555. Pero antes repartió su imperio tan difícil de gobernar entre su hijo Felipe (a quien dio los Países Bajos, España, el Milanesado, Napóles y las colonias) y su hermano Fernando, que heredó las tierras de los Habsburgo y la candidatura al trono imperial.

//historiaybiografias.com/archivos_varios4/fuente_tomo2.jpg Carlos V y Francisco I: Rivales Encarnizados –

Enrique IV Borbón Biografía y Gobierno Como Rey de Francia

Enrique IV Borbón: Biografía y Gobierno Como Rey de Francia

Después de las sangrientas guerras de religión qué se sostuvieron durante el reinado de los Valois, Enrique IV aportó a Francia una era de prosperidad. En colaboración con Sully, se dedicó a sanear la hacienda pública. También concedió mucha importancia a la agricultura y la industria. Al mismo tiempo, Francia estableció las bases de su imperio de ultramar. Enrique IV fue asesinado en 1610.

Enrique IV de Borbón

Enrique IV (de Francia) (1553-1610), rey de Francia (1589-1610), que restauró la estabilidad tras las guerras de Religión del siglo XVI. Fue el primer rey Borbón de Francia y también rey de Navarra, con el nombre de Enrique III (1562-1610). Enrique nació en Pau (entonces Navarra) el 13 de diciembre de 1553. Su padre, Antonio de Borbón, duque de Vendôme y rey de Navarra, era descendiente, en novena generación, del rey de Francia del siglo XIII, Luis IX. Su madre, Juana de Albret, era reina de Navarra y sobrina del rey Francisco I de Francia.

Durante el siglo XIII, Francia vivió un período de prosperidad durante la época de los grandes Capetos, Felipe Augusto, Luis IX (san Luis) y Felipe el Hermoso. Seguidamente estalló la Guerra de los Cien Años, que llevó al país al borde de la ruina, pero que, gracias a la enérgica intervención de Juana de Arco, finalizó con la victoria de Francia.

Después, el poder pasó a manos de los Valois, llamados los «reyes malditos», entre ellos Carlos VII, Luis XII, Francisco I, el enemigo jurado del emperador Carlos I de España, y por último Enrique II y sus tres hijos: Francisco II, Carlos IX y Enrique III. Durante el reinado de estos tres últimos, Francia estuvo ensangrentada por crueles guerras de religión (1560-1590). Enrique III murió  asesinado,  y así se dio fin a la casa de los Valois.

Enrique de Borbón, jefe de los hugonotes (calvinistas franceses), que ya era rey de Navarra, subió al trono de Francia con el nombre de Enrique IV. Tras largas tergiversaciones, decidió convertirse al catolicismo. En julio de 1593 fue bautizado en la catedral de Saint-Denis, cerca de París.

Al año siguiente, París, que era profundamente católico y estaba en manos de la fanática Liga Santa, abrió sus puertas al nuevo rey. La famosa frase «París bien vale una misa» se ha atribuido a Enrique IV, pero probablemente su autor fue su ministro Sully, que después de esto se hizo famoso.

casamiento de enrique IV Borbón

Casamiento de Enrique IV Borbón con María de Medicis

Al poco tiempo de haber entrado en París, Enrique IV declaró la guerra a España. La lucha finalizó en 1598 con la paz de Vervins. De este mismo año data el Edicto de Nantes, por el que se autorizó a los hugonotes a practicar libremente su culto, pero sólo en ciudades en las que ya se hubieran celebrado anteriormente oficios protestantes.

Además, se concedieron a los hugonotes «plazas de seguridad» como garantía de que el Estado respetaría las cláusulas del Edicto de Nantes. También desde ese momento pudieron desempeñar cargos oficiales. «Sólo los católicos y los hugonotes se considerarán buenos franceses», fue la máxima del programa de Enrique IV, la base de su obra maestra.

A pesar de su carácter poco enérgico, este rey se distinguió por una sólida dosis de buen sentido, y sus objetivos fueron fundamentalmente buenos. Quería hacer a la realeza independiente de la Iglesia, de las supervivencias del feudalismo, de las asambleas de clases y del Parlamento de París. Pero, ante todo, deseaba sanear la situación económica del Estado. El duque de Sully fue su brazo derecho en esta delicada tarea.

Maximiliano de Béthume, baron de Rosny, a quien Enrique IV había concedido el título de duque de Sully, formaba parte de la corte desde los once años, y fue el amigo íntimo del rey. A pesar de que era esencialmente hombre de guerra, también reveló grandes aptitudes para los negocios. En 1598, Enrique IV le concedió los cargos de superintendente de Hacienda, gran veedor y gran maestre de Artillería (es decir, ministro de Hacienda, de Trabajo y de Guerra).

Para superar las dificultades financieras de Francia, Sully introdujo un nuevo impuesto que se recaudaba una vez al año. Este impuesto recaía sobre los miembros del Cuerpo de Justicia y de Hacienda. A cambio, en lo sucesivo podían legar su cargo a sus herederos. En realidad, sólo fue un reconocimiento oficial de la herencia de estos cargos u oficios,. Este derecho fue dado en arriendo a Charles Paulet; por este motivo, el nuevo impuesto no tardó en recibir el sobrenombre de «Paulette», nombre que conservó hasta la Revolución francesa.

Gracias a la hábil gestión financiera de Sully, Francia logró liquidar sus deudas y al mismo tiempo reducir los impuestos. De este modo se cumplió la voluntad del rey, que deseaba que cada campesino pudiera tener, los domingos, una gallina en la cazuela.

Después de haber saneado la hacienda, el rey y su ministro se preocuparon por mejorar la situación económica. Sully insistió sobre la importancia de la agricultura y la cría de ganado: «Labranza y pasturaje —decía—, son las dos ubres de Francia».

Con esta idea, hizo secar pantanos a fin de que los campesinos tuvieran más tierras de labrantío. Podríamos preguntarnos de dónde le venía a Enrique IV esta notable predilección por el labrador. ¿Se debió a que pasó toda su juventud entre campesinos de Bearne, o a que los consideraba las fuerzas vivas del Estado, al que daban los mejores soldados?.

Fuera como fuere, se dispusieron numerosas medidas en su favor: se redujeron sus impuestos; se prohibió a los agentes del fisco que se incautaran del ganado o material agrícola en caso de retraso en el pago de los impuestos; por otra parte, se prohibió a los nobles que cazaran en los campos de trigo y en los viñedos ; asimismo, fueron severamente castigados los soldados que saqueaban los campos o devastaban las cosechas.

Enrique IV también se preocupó mucho de las industrias. En este campo su principal consejero fue el economista Laffemas, a quien en 1602 nombró Contrdleur general (ministro) de Comercio.

Creó nuevas industrias de lujo y favoreció las ya existentes manufacturas de tapices, las cristalerías, curtidurías y los tejidos de fina tela de lino. También hizo plantar morales en toda Francia, indispensables para la cría del gusano de seda.
Se trazaron muchas carreteras nuevas y se construyeron canales. Sully tenía grandes planes, cuyo objetivo era unir el mar Mediterráneo al océano Atlántico. Estableció acuerdos comerciales con Inglaterra y Turquía y favoreció la
creación de una compañía para el comercio con las Indias.

Durante el reinado de Enrique IV, Francia estableció las bases de su imperio colonial de ultramar. El explorador Samuel de Champlain fue enviado a América del Norte con la misión de fundar una colonia francesa. La ciudad de Quebec, situada en la desembocadura del río San Lorenzo, se convirtió en el centro de dicha colonia.

En lo concerniente a la política internacional, Enrique IV pretendía acabar con el poder de los Habsburgo. Con tal intención, en 1610 concluyó una alianza con los príncipes protestantes de Alemania. Sully apoyó esta política. Este plan, conocido con el nombre de «gran designio», fue en cierto modo un primer proyecto de Estados Unidos de Europa. Aunque nunca se llevó a cabo, contribuyó poderosamente a extender la idea de que la paz debe apoyarse en una reorganización política de Europa.

La Liga Santa nunca perdonó a Enrique IV que tolerara a los hugonotes en el Estado, ni que antes hubiera sido uno de ellos. Incluso se dijo que tenía la intención de declarar la guerra al papa. Excitado por estas habladurías y por otros muchos chismes, Ravaillac concibió el plan de asesinar al rey. El 14 de mayo de 1610, en una callejuela estrecha, la calle de la Ferronerie, fue asesinado Enrique IV, cuando se dirigía a ver a Sully.

-París, Bien Vale Una Misa –

Reinado de Carlos X de Francia Biografía y Gobierno

BIOGRAFÍA Y GOBIERNO DE CARLOS X DE FRANCIA

La restauración monarquica en Europa de 1815, sufrió una leve transformación al morir Luis XVIII en 1824 y llegar al trono Carlos X. Carlos X (1757-1836) era nieto de Luis XV y hermano menor de Luis XVI, y fue  rey de Francia durante 6 años, desde 1824-1830. Se le conocía como Carlos Felipe, conde de Artois, hasta que fue proclamado rey. Fue uno de los líderes durante la Revolución Francesa.

Posteriormente residió en Gran Bretaña (1795-1814). Tras la ascensión de Luis XVIII al trono francés (1814), Carlos regresó a Francia, donde encabezó al reaccionario partido ultramonárquico. El favoritismo hacia la Iglesia católica y la aristocracia que caracterizó su reinado levantó un gran rechazo en el pueblo. Atacado internamente por todos, pensó que una aventura guerrera fuera de Europa afianzaría su poder, sin enemistarlo con los demás soberanos europeos.

Así concibió la expedición a Argelia y al norte de África. Sin embargo, para realizarla debió desafiar la amenaza de Inglaterra, cuya posición era predominante en el Mediterráneo. De todas maneras, el resto de Europa veía con benevolencia esta acción francesa que, cualquiera que fuera su resultado, limitaría el absorbente y cada vez más extenso poderío inglés.

La aventura no fue secundada por el pueblo francés y la burguesía mantuvo su oposición al rey, quien limitó más la libertad de prensa, lo que condujo a la revolución en 1830, conocida como la Revolución de Julio. La revolución ganó la calle, se enarboló nuevamente la bandera tricolor y Carlos X debió huir del país.

Revolución de 1830: En la ciudad de París estalla un movimiento revolucionario que obliga a abdicar al rey francés de la Casa de Borbón, Carlos X, antes de extenderse a otros países europeos. Aunque los dirigentes más radicales propugnan la instauración del régimen republicano, los liberales defienden la continuación de la monarquía, si bien limitada en sus poderes, en la persona de Luis Felipe, duque de Orleans, que poco después será proclamado rey de Francia por la Asamblea Nacional.

carlos x de francia

El rey francés Carlos X sucedió a su hermano Luis XVIII en 1824 y acentuó la política reaccionaria de la restauración monárquica.  En el retrato  aparece Carlos X con la vestimenta propia de la consagración regia.

Carlos X a sus 67 años de edad, como nuevo rey conservaba del gran señor del Antiguo Régimen los modales y los principios. Su esbelta figura, sus aristocráticas maneras y su elegancia eran legendarias. Aferrado a las prerrogativas reales más que a nada, se hizo consagrar en Reims con el mayor ceremonial.

Contrario a toda reforma, estaba completamente decidido a continuar con la política reaccionaria; pero su falta de inteligencia, su mediocridad y su testarudez terminarían por perderle. Villéle siguió en su puesto y trató de consolidar la mayoría ultra para satisfacer a su nuevo soberano. Ligó más estrechamente el clero al Gobierno, haciendo votar la ley sobre el sacrilegio, que penaba severamente los ultrajes a la Iglesia. Y se aseguró el apoyo de los defensores del Antiguo Régimen haciendo votar la ley de los mil millones en favor de los emigrados, que indemnizaba a todos los que habían visto confiscados sus bienes por la Revolución.

Estas leyes irritaron a la oposición, que manifestó su hostilidad de diversas maneras: los entierros de liberales como el general Foy, Manuel y La Rochefoucault-Liancourt sirvieron de pretexto para que se reunieran inmensas multitudes, que chocaron violentamente con la policía.

En la Cámara, los constitucionales, con Royer-Collard a la cabeza, formaron un bloque con los liberales, los galicanos, e incluso con «la punta», grupo de oposición de extrema derecha, dirigido por La Bourdonnaye y Chateaubriand. Villéle pensó poner fin al desorden que provocaban, disolviendo la Cámara «retrouvée» para anticipar las elecciones, pero éstas arruinaron sus esperanzas: todos los oposicionistas se habían unido en la sociedad denominada «Ayúdate a ti mismo, y el cielo te ayudará», dirigida por Guizot; su propaganda fue tal, que consiguieron sacar 250 diputados contra los 200 que obtuvieron los partidarios del Gobierno.

Considerando lo ocurrido, Villéle presentó su dimisión al rey, en enero de 1828. Carlos X se halló, pues, ante una Cámara ingobernable, la mayoría de cuyos diputados le era hostil. Comenzó por contemporizar, y puso en el ministerio del Interior al vizconde de Martignac, un constitucional de derecha, partidario del acercamiento a los liberales. Todos sus proyectos de ley fueron rechazados por la Cámara de Diputados, y Carlos X se sirvió de estos fracasos para destituir a Martignac, en agosto de 1829, y confió el ministerio a uno de sus amigos ultras, el príncipe de Polignac. El nuevo ministro, hijo de la favorita de María Antonieta, y jefe de la emigración, se rodeó de ultras, todos hostiles a la Carta Constitucional.

1830: LAS «TRES GLORIOSAS»
Junto a los republicanos, que atacaban al régimen en sus periódicos «La Tribune» y «La Jeune France», apareció una nueva corriente de oposición, formada alrededor del duque de Orleáns; sus partidarios, entre los que se encontraban Talleyrand, Carrel, Mignet y Thiers —estos dos últimos, directores del periódico «Le National»—, eran realistas moderados, preocupados, sobre todo, por los intereses de la burguesía; la República les atemorizaba tanto como la vuelta del Antiguo Régimen, y soñaban con una monarquía a la inglesa, en la que el poder estuviera repartido entre el rey y las Cámaras. Ante la amplitud de la agitación, el soberano acabó por convocar a las Cámaras en marzo de 1830.

Las acusaciones y las amenazas proferidas por él en el discurso de la Corona contra los oposicionistas, no intimidaron en absoluto a éstos; en la contestación, votada por 221 diputados, se proclamaba solemnemente el derecho de los franceses a discutir los intereses públicos, y se acusaba al rey de violar abiertamente la Carta. Ante tanta jactancia, Polignac hizo disolver la Cámara y fijó la fecha de las nuevas elecciones para el mes de junio o julio.

Raras veces una campaña electoral conoció una animación semejante. El Gobierno depuró los ministerios, censuró los periódicos, hizo que interviniese el clero e incluso el rey, que dirigió un solemne llamamiento a los franceses. Pero la oposición no se mostró menos activa, y, pese a los obstáculos, consiguió un triunfo sin precedentes, obteniendo 274 diputados.

El Gobierno no tenía más que una alternativa: aceptar lo ocurrido, o apelar a la fuerza. Carlos X hizo que se recurriera al artículo 14 de la Carta, que le permitía promulgar ordenanzas con fuerza de ley; así, el 25 de julio, firmó, en el castillo de Sainr-Cloud, las cuatro famosas ordenanzas que iban a desencadenar la revolución.

La primera de ellas sometía la prensa, «instrumento de desorden y de sedición», a una censura rígida, y ningún periódico podría publicarse sin autorización previa, renovable cada tres meses, bajo pena de ser secuestrado. La segunda decretaba la disolución de la nueva Cámara, debido a las maniobras que «habían engañado y extraviado a los electores».

La tercera concedía el derecho de voto sólo a los ciudadanos franceses que pagasen contribución territorial y el impuesto personal y mobiliario, descartando así a muchos comerciantes, industriales y miembros de profesiones liberales juzgados muy hostiles al régimen. Por último, la cuarta disponía que las nuevas elecciones se celebrasen en septiembre.

Los periodistas fueron los primeros en reaccionar: el 26 de julio, firmaron un llamamiento redactado por Thiers, en el que declaraban que publicarían sus periódicos sin petición de autorización previa, «ya que el Gobierno había perdido el carácter legal que obliga a la obediencia». Aquel atardecer, se manifestaron obreros, impresores y estudiantes al grito de «¡Abajo los ministros!». Al día siguiente, obreros y artesanos de los barrios populares se unieron a ellos, y se levantaron las primeras barricadas en las calles de la capital. Cuando, el día 28, llegó a París la noticia del nombramiento del mariscal Marmont (que había traicionado al emperador en 1814) como jefe del ejército, miles de hombres y mujeres se echaron a la calle, y, portando banderas tricolores al frente, ocuparon el barrio de Saint-Antoine, y después el Ayuntamiento y Notre-Dame.

El joven republicano Cavaignac se apoderó, con ayuda de los alumnos de la Escuela Politécnica, de varios cuarteles y distribuyó armas a la población. Los regimientos reales que no se habían pasado al lado de los insurgentes fueron aplastados en pocas horas; el Louvre y las Tullerías fueron sitiados; Marmont, derrotado, tuvo que evacuar París. El pueblo por sí solo, y en tres jornadas —las «tres gloriosas»—, había barrido a una monarquía execrada.

LA VICTORIA FINAL DE LOS ORLEANISTAS
Cuando la victoria del pueblo fue indudable, los diputados de la oposición comprendieron que no era posible ningún compromiso con Carlos X; así, cuando éste, consciente, al fin, de los peligros que corría, les envió emisarios para darles cuenta de que retiraba las ordenanzas promulgadas, aquéllos se negaron a recibirlos. Hostiles a Carlos X, estos ricos burgueses no lo eran menos a la república democrática. Supieron aprovecharse, hábilmente, de una situación que les era favorable; en efecto, el partido republicano no tenía ni jefes de prestigio, ni un programa coherente, ni arraigo profundo en el pueblo.

Ellos, en cambio, tenían un candidato y un programa, pero era necesario actuar con rapidez; reunidos en la tarde del 29, en casa del banquero Laffitte, con los jefes orleanistas nombraron una comisión municipal de cinco miembros, encargada de administrar provisionalmente París; después, por la noche, hicieron cubrir las calles de la capital con carteles donde se trazaba un retrato elogioso del duque de Orleáns, partidario de las conquistas de la Revolución, de la Carta Constitucional y de la bandera tricolor. Y les fue fácil, en las primeras horas de a tarde del día 30, convencer a los diputados y a los pares de que enviaran una delegación a Luis Felipe para ofrecerle la lugartenencia general del reino, hábil solución que descartaba la República y no imponía aún la monarquía.

Aunque Carlos X no había abdicado todavía, Luis Felipe respondió favorablemente a la proposición. Aprovechándose de las rivalidades entre los republicanos y los bonapartistas, los orleanistas organizaron, el día 31, un gran cortejo que, a través de las calles de París obstruidas por las barricadas, condujo a Luis Felipe, triunfalmente, de su residenica del Palais Royal al Ayuntamiento. Aunque primeramente hostil, la masa acabó por dejarse convencer y aplaudió hasta con entusiasmo cuando el príncipe, acompañado por el viejo La Fayette, ganado por el partido orleanista, apareció en el balcón, envuelto en una bandera tricolor.

Para evitar lo peor, Carlos X abdicó en favor de su nieto, el duque de Burdeos, hijo póstumo del duque de Berry, y rogó a Luis Felipe que asumiera la regencia; pero éste se negó e hizo un llamamiento a los parisienses para que marcharan sobre Rambouillet, refugio del viejo soberano. Entonces, el rey huyó a Inglaterra, dejando el trono vacante. El 3 de agosto, las Cámaras ofrecieron a Luis Felipe el título de rey de los franceses, a condición de que aceptara la revisión de la Carta y que prestara juramento ante ellas. Así terminó el período de la Restauración.

La toma de Argelia, unos días antes de la revolución, la excelente situación económica de Francia, la paz mantenida desde hacía quince años, no habían sido bastantes para salvar a un régimen cuyos excesos le habían hecho muy impopular.

Fuente Consultadas:
Todo Sobre Nuestro Mundo Christopher LLoyd
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo X La Revolución Industrial
Historia Universal Ilustrada Tomo II John M. Roberts
Historia del Mundo Para Dummies Peter Haugen
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Biografía de Luis IX El Santo Rey de Francia Obra Política

VIDA Y OBRA POLÍTICA DE LUIS IX EL SANTO DE FRANCIA – LAS CRUZADAS –

El rey Luis IX de Francia, uno de los santos de la Iglesia Católica, dirigió las dos últimas cruzadas y es uno de los personajes más notables de esa época turbulenta. Nació el 25 de abril de 1215, hijo del rey Luis El León.

Recibió una educación muy esmerada, en particular de su madre, Blanca de Castilla, quien según una difundida biografía solía decir: «Hijo, prefiero verte muerto antes que en desgracia de Dios por el pecado mortal».

VEAMOS SU BIOGRAFIA

Luis IX el Santo, llamado San Luis (Poissy, 1215 – Túnez, 1270) , rey de Francia (1226-1270), hijo y sucesor de Luis VIII el León.

Su madre, Blanca de Castilla, hija del rey de Castilla, Alfonso VIII, actuó como regente durante su minoría de edad y desde 1248 hasta la muerte de ella, ocurrida en el año 1252.

Durante sus últimos años de vida estuvo en Tierra Santa, participando en la séptima Cruzada, donde murió cuando estaba en Túnez.

Luis ix el santo de Francia

Dada su corta edad, la Regencia recayó en la reina madre, en cuyas manos dejó luego Luis la gobernación del reino, desde que fuera declarado mayor de edad en 1234 hasta 1242.

De esta forma, Blanca de Castilla gozo, durante su regencia, de un papel que ninguna reina iba a desempeñar en lo sucesivo, hasta llegar a Catalina de Médicis, tres siglos después.

Sin embargo, necesitó de toda su energía y toda su inteligencia pare imponerse, pues los barones de Francia, a la muerte de Luis VIII, padre de Luis IX,  habían declarado noblemente que el reino era «algo demasiado grande para ser gobernado por una mujer».

También  se rebelaron Felipe Hurepel, hijo legitimado de Felipe Augusto, aliado con el rey de Inglaterra Enrique III, con el conde de la Marca, Hugo de Lusignan, y con el duque de Bretaña, Pedro Mauclerc.

La monarquía vivió momentos dramáticos; los conjurados estuvieron a punto, en 1228, de raptar al joven rey, y,dos años después, Enrique III desembarcaba en Saint-Malo. Pero los barones de Bretaña se unieron en Ancenis al campo de Blanca, a donde acudió también Teobaldo de Champaña con trescientos caballeros. Enrique tuvo que volverse a Inglaterra.

De esta manera, frente a los intereses particulares de los grandes señores, la nueva sociedad, desligada poco a poco de la tutela feudal, tendía a reunirse bajo la poderosa protección de la corona.

Cuando Luis IX alcanzó su mayoría de edad, en 1235, la regente continuó, durante algunos años, desempeñando el papel de gran animadora de la política francesa.

El primer acto del rey fue, sin embargo, la guerra, porque Enrique III, a quien el conde de la Marca había vuelto a convocar, estaba en el continente. Victorioso en Taillebourg, el 22 de julio de 1241, Luis persiguió al inglés, pero fue detenido por la disentería y aceptó una tregua que devolvió al rey de Inglaterra a su isla.

Solamente a partir de 1254, cuando hubo de regresar de Tierra Santa a causa de la muerte de su madre, Luis IX se impuso por sus cualidades, que le inmortalizarían en el espíritu de los pueblos  con  el nombre de  San  Luis.

San Luís puso el máximo empeño en realizar su ideal de paz y de justicia. Aunque  multiplicaba los actos de devoción personal (ayunos,  penitencias,  servicio a los pobres y enfermos), desempeñó sin debilidad su oficio real, muy imbuido de las prerrogativas de la corona, y no dudando en hacerlas respetar incluso por el clero y el Papado. El esplendor de Francia en el siglo XIII es debido, en gran parte, a su personalidad.

El rey de Francia cuenta entonces cuarenta años. Alto y esbelto, de tez clara, ojos azules y cabellos rubios, es un hermoso  caballero,   cuya  agradable  fisonomía y voluntarioso mentón logran, a la vez, atraer e imponer respeto.

Parece haber recibido en herencia las mayores virtudes de su tiempo: el orgullo castellano y la inteligencia de su madre, el valor de su padre, a quien habían apodado el León, la sabiduría política de su abuelo Felipe Agusto. Posee igualmente la gracia, la rectitud y la alegría.

Por ello, la Edad Media ha encontrado en él su símbolo, y la cristiandad preferirá su personalidad dulce y sencilla, aunque noble y enérgica, a la de los grandes papas dominantes.

Autoritario e independiente, se rodeó de consejeros y amigos, pero nunca de ministros influyentes. A su hermano Carlos, que prendió injustamente a un vasallo, le declaró que «no hay más que un solo rey en Francia», y, en otra ocasión, dijo al Emperador: «la corona de Francia no ha caldo tan bajo que se cuelgue de vuestras espuelas». 

El, tan generoso, una vez que se había pronunciado una sentencia justa, no concedía gracia más que en casos excepcionales.

Pero el milagro de la santidad de Luis consiste en que toda esta energía estaba dirigida muy lejos de toda ambición personal, hacia el bien común.

Desde luego, las circunstancias le resultaron favorables; fue una suerte para el rey haber subido al trono después de la Cruzada contra los albi-genses, y no tener que mancharse con las matanzas de aquella sangrienta expedición. Fue también otra gran suerte el haber heredado de su padre y de su abuelo un reino poderoso y respetado.

Reinó sobre un país sin herejes y al que le fue dado ennoblecer, afirmar, y completar en la paz lo que había hecho la espada de sus precursores.

LA PAZ DEL REINO DE FRANCIA
«Después que el rey Luis volvió de ultramar a Francia, miró y pensó que era muy hermosa cosa, y muy huena, mejorar el reino de Francia», nos dice Joinville. En efecto, la obra interna de San Luis proseguía la de Felipe Augusto, dando al reino de Francia una estructura sólida, y el país, durante su reinado, conoció un período de prosperidad innegable.

Hasta entonces,   la   administración   monárquica   había servido, sobre todo, para salvaguardar los derechos de la corona, para favorecer su jurisdicción y desarrollar sus finanzas. Ahora, tiende a asegurar el orden público, a mejorar las condiciones del pueblo.

Los bailes, los senescales, creados por Felipe, tendrán tareas más «complejas por la preocupación cada vez más viva del rey por penetrar en todos los engranajes de la vida y de la sociedad; agentes especializados auxiliarán al baile en sus funciones.

Ciertos cargos militares se confiarán, a expensas de los bailes, a capitanes que vigilan las fortalezas reales, mientras que en el Mediodía, un juez-mayor suplantará al senescal en sus atribuciones judiciales.

Esta administración múltiple necesitará cuerpos constituidos, actuando cerca del rey, encargados de vigilarla. Así, los especialistas de la justicia reforzarán el Parlamento, los de las finanzas harán lo mismo, y, de esta forma, nacerá el Tribunal de Cuentas.

El Parlamento somete los tribunales judiciales de provincia a su intervención, y su acción contribuyó a la unificación del derecho y a la supresión de antiguas costumbres pasadas, como el duelo judicial.

En la administración corriente, el francés ocupó el lugar del latín. Por primera vez, el pueblo sentía que el gobierno no era una máquina para oprimirlo; por primera vez:, el funcionario cesaba de aparecérsele como un dueño y señor.

La fuerza de la realeza se aliaba con la justicia, y el rey, cesde lejos, velaba por su pueblo y se compadecía de sus miserias. La realeza se hacía popular, arraigaba en las provincias, se atraía la opinión pública y se convertía en indispensable, porque también era bienhechora.

Luis IX de Francia

Probablemente fue también la influencia de su madre la que le hizo profundamente religioso, consagrándose a la tarea de reinar con firme apego a los principios cristianos, pero su dulzura no impedía al rey de Francia recurrir, cuando la necesidad. así lo exigía, a una severidad implacable en la que se revelaba el orgullo de los Capetos. La justicia  de San  Luis—Manuscrito  francés—París, Biblioteca Nacional.

EL ÚLTIMO CRUZADO
La paz y la justicia que el rey quiso hacer reinar entre sus subditos fueron también la regla constante de la política internacional de Luis IX. Habría podido, sin duda, arrancar al rey de Inglaterra los últimos jirones de sus posesiones continentales, y al rey de Aragón los feudos que poseía en el Languedoc.

Sin embargo, ofreció a ambos, pese a la opinión de sus consejeros, arreglos amistosos. El tratado de Corbeil, en 1258, sancionaba los esponsales de Isabel de Aragón con el heredero de Francia, Felipe.

El rey renunciaba a una soberanía poco efectiva sobre el Rosellón y el condado de Barcelona, mientras que Jaime de Aragón abandonaba definitivamente sus pretensiones sobre el condado de Toulouse.

En diciembre de 1259, iba a ser firmado el tratado de París, que ponía fin a un siglo de guerra entre Francia e Inglaterra. Muy criticado por sus contemporáneos, sin duda es una medida política discutible, pero San Luis deseaba: «poner amor entre nuestros hijos y los de Inglaterra, que son primos hermanos».

Enrique reconocía el abandono de Normandía, del Maine, de Anjou, de la Turena y de Poitiers, mientras conservaba la Guyena y sus dependencias, por las que se declaraba feudatario del rey de Francia.

Desde entonces, la justicia, las monedas, las ordenanzas francesas iban a invadir el ducado de Guyena, como los otros feudos, y, en caso de felonía de su vasallo, la monarquía francesa se apoderaría legalmente de la tierra. Luis IX no podía pensar que el germen de la Guerra de los Cien Años se encontraba en este tratado.

Sin embargo, la confianza que inspiraba su equidad le valió un prestigio que hizo que lo tomaran por arbitro en diversas circunstancias. San Luis partirá, por segunda vez, para la más loca y la más anacrónica de las empresas: la Cruzada, cuyo peligro, inutilidad y fracaso le vaticinaban todos.

El entusiasmo de los primeros cruzados revivía en este rey, a quien sería concedido morir tal como había soñado siempre, combatiendo por la fe, el 25 de agosto de 1270, en Túnez.

ALGO MAS…
SAN LUIS EN SIRIA
En 1244, gravemente enfermo, hizo voto de participar en la Cruzada si se restablecía. Cuatro años después, se embarcó en Aigues-Mortes, acompañado de sus tres hermanos y de la flor de la caballería francesa. Las galeras, con los bellos nombres de: la Reine, la Demoiselle, la Montjoie, anclaron en Chipre, donde el rey Enrique I de Lusignan los recibió con una fastuosa hospitalidad.

Después, el rey decidió atacar a los musulmanes en el corazón de su poderío, es decir, en Egipto.

La ciudad de Damieta fue  elegida como objetivo, y,  el 6 de junio de 1249, los barones de Francia, rivalizando en ardor con los de Siria, se apoderaron de la ciudad.

El temor a la crecida del Nilo impidió a los francos sa car provecho de su ventaja para march;n sobre El Cairo, y esa demora de cinco meses permitió al enérgico sultán de Egipto Es-Salih-Ayub, recobrarse.

Reincidiendo en el error de Pelayo, Luis IX, mal acón sejado por su hermano Roberto de Artois, rechazó la proposición del sultán, que ofrecía Jerusalén a cambio de Damieta, y, el 20 de noviembre, se precipitó hacia la ca pital.

Ante la fortaleza de Mansurah, los francos fueron detenidos de nuevo. La temeridad de Roberto de Artois, lanzándose alocadamente a las calles de la ciudad, supuso, con su propia muerte, el aniquilamiento de la vanguardia.

El rey, estimando que el honor le prohibía batirse en retirada, hizo frente a los egipcios, a pesar de que el tifus diezmaba al ejército franco.

Ni el valor del soberano (del que Joinville ha conservado la visión inolvidable «del héroe, por sí solo, más grande que la batalla»), ni el heroísmo de sus soldados fueron suficientes para salvar al ejército franco, que capituló el 6 de abril de 1250.

Mientras tanto, el sultán de Egipto fue asesinado por los mercenarios turcos de la guardia, los mamelucos, que estuvieron a punto de degollar a Luis IX en su prisión.

Sin embargo, aceptaron por el rescate de éste y el de su ejército la rendición de Damieta y la entrega de 500.000 libras, tornesas. El 8 de mayo, el rey embarcó para Siria. Allí permaneció  cuatro  años,  reorganizando el país, con el fin de preservalos contra el atque del Islam.

LA REORGANIZACIÓN DE TIERRA SANTA
Desde hacía más de veinte años, las colonias francas eran los territorios más anárquicos. Luis IX quiso restablecer en ellas la noción del Estado.

Su sentido del deber, su lealtad absoluta, su cortés entereza hicieron que sus medidas autoritarias fueran aceptadas de buen grado por los barones de Acre y de Tiro. Y el rey de Francia, por anacrónico que pudiera parecer en su afecto a la vieja idea de la liberación de los Santos Lugares, se mostró notablemente audaz en su juego diplomático.

Cuando toda Europa temblaba ante el despliegue de los mongoles, Luis, sabiendo que eran en parte cristianos nestorianos, envió al gran Khan de Tartaria un emisario, el franciscano Guillermo de Rubruquis.

Esperaba hacer coincidir su ataque contra el sultán de Egipto con la invasión con que los mongoles amenazaban a éste. Pero la lentitud de los intercambios no permitió una sincronización eficaz de las operaciones. Por otra parte, el rey, yendo contra el Islam oficial, no dudó en concluir una alianza con el «Viejo de la Montaña», jefe de los temibles «asesinos». Se trataba de una secta disidente creada en el siglo XI, cuyos adeptos llevaban oficialmente el nombre de ismaelitas.

En   el  término   de   «asesinos», puede observarse la deformación de hash-shashin, consumidoras de hashish, porque los pertenecientes a la secta se embriagaban con esta planta antes de cometer sus fechorías. Eran, en efecto, fanáticos, especializados en atentados terroristas.

Esperando intimidar a Luis IX, lo habían amenazado con asesinarle. Después, comprendiendo que tal amenaza no tenía posibilidad de éxito, su jefe envió al rey, en prueba de amistad, «su camisa y su anillo», además de un elefante de cristal, un soberbio juego de ajedrez y perfumes maravillosos.

Luis respondió a estas amabilidades con el regalo de «joyas, tela color escarlata, copas y frenos de plata para los caballos». Cuando el soberano, llamado a Francia tras la muerte de su madre, la regente Blanca de Castilla, dejó el país, había introducido en la Siria franca notables mejoras, tanto por lo que se refiere a la organización interior como a la situación diplomática.

EL FIN DE LA EPOPEYA DE LAS CRUZADAS
La unidad que la presencia de San Luis  había dado a Tierra Santa, no sobrevivió, a su marcha. El reino entero se dividió, y la guerra civil enfrentó a los partidarios de las dos ciudades italianas.

El mongol Hulagú, nieto de Gengis-Khan, se apoderó de Bagdad, y después, de Alepo y de Damasco.

Un mameluco de origen mongol, Baibars, llegado al trono de Egipto mediante una serie de asesinatos, se reveló como uno de los primeros estadistas de su tiempo, feroz y desleal, pero soldado de genio e incomparable administrador. Los francos tuvieron por adversario a este personaje sin igual.

En principio, arrebató Siria a los lugartenientes de Hugalú, y después se volvió contra la cristiandad. Cesárea, Arsuf, Jafa, Beaufort y Antioquía cayeron en sus manos, entre 1265 y 1268.

En Francia, el rey Luis decidió volver a partir, a pesar de los consejos de todos los que le sugerían que deje esa guerra. Inició la octava la Cruazada, que se dirigió a Túnez con la idea de convertir al cristianismo al sultán de ese país, pero debido al gran calor en esa región , el cólera enseguida se difundió y contagió a gran parte del ejército francés y entre ellos al Rey también, quien murió en 1270.

Fuente Consultada:
HISTORAMA La GRan Aventura del Hombre Tomo III Vida de Luis IX de Francia Edit. CODEX