Leopoldo Lugones y Emilia Cadelago

Biografia de Kafka Franz Vida y Obra Literaria Resumen Cronologia

Biografia de Kafka Franz
Vida y Obra Literaria – Los Amores de Kafka

Franz Kafka nació en Praga, que entonces pertenecía al Imperio Austro-Húngaro, el 3 de julio de 1883, en una familia de clase media.Fue un novelista checo,  autor de breves nararciones. Es uno de los novelistas más singulares del siglo XX. Su obra está marcada por un desgarro interior alimentado por su confusa identidad: de origen judío, vivió en el hervidero nacionalista centroeuropeo y escribió en alemán.

Su padre, un comerciante, fue una figura dominante cuya influencia impregnó la obra de su hijo y que, según él mismo, agobió su existencia. En Carta al padre, escrita en 1919, pero publicada, como casi toda su obra, póstumamente, Kafka expresa sus sentimientos de inferioridad y de rechazo paterno.

A pesar de esta grave incompatibilidad, vivió con su familia la mayor parte de su vida y no llegó a casarse, aunque estuvo prometido en dos ocasiones.

En 1912 Kafka conoció a través de Max Brod (amigo de la infancia) a una berlinesa llamada Felice Bauer, mujer alta y no muy agraciada físicamente, pero segura de sí misma y tranquila. Kafka le pidió que se casara con él, pero no estaba seguro y hubo varias rupturas. La excusa que se ponía a sí mismo era: «Si soy feliz por algo no relacionado con la escritura, me siento incapaz de escribir ni una sola palabra», pero el verdadero problema es que quizá no estaba enamorado de Felice y que todavía no había logrado romper sus barreras.

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Se prometieron dos veces, en 1914 y en 1917, después de que él escribiera El procesoque se ha leído como una metáfora de su relación– y saliera fortalecido. En ambas ocasiones él se echó atrás, aunque como hizo con Julie, usó como excusa el agravamiento de la tuberculosis que padecía.

Durante los seis años que duró la relación Franz envió a Felice más de quinientas cartas y postales. Esta difícil relación con Felice Bauer, puede ser analizada en Cartas a Felice (1967).

Se doctoró en Derecho en 1906 en Checoslovaquia, su país natal. Tras un año de práctica ocupó un cargo público hasta 1928, pero su verdadera vocación fue la literatura. Colaborador de la revista Hyperion (1907), en 1909 frecuentó el club Myádich, centro de doctrinas socialistas y revolucionarias.

Franz Kafka

En 1911 se interesó por el sionismo y la literatura judía. Su obra literaria presenta una doble vertiente realista y metafísica. Describe al hombre moderno inmerso en una realidad absurda, la que se ve reflejada en la problemática personal del autor. Su narrativa simbólica y plena de desasosiego escrita en alemán anticipó la opresión y la angustia del siglo XX.

Su estilo lúcido e irónico se manifiesta con una técnica que participa del expresionismo y del surrealismo. Sus obras han dado pie a numerosas interpretaciones.

Uno de sus primeros libros es Un médico rural, serie de relatos que recogen un universo angustiado, entre el sentimiento de la decadencia física y el peso de la obra que aún le queda por escribir. El castillo es ya una obra de plena madurez. En términos generales, a lo largo de toda su obra Kafka se entrega a una exploración de su universo interior. La metamorfosis, El proceso, La colonia penitenciaria, el Diario íntimo y la Correspondencia son sus mejores escritos. Dejó varias obras inacabadas.

En cuanto a la técnica narrativa, en la obra de Kafka el narrador se confunde estrechamente con su criatura, esto es, prácticamente desaparece. El novelista no domina el mundo que describe, sino que lo padece; esto explica la ausencia de una dimensión moral o política en su obra.

En su testamento expresó la voluntad de que fueran destruidas, pero su amigo Max Brod las hizo publicar: La metamorfosis (1915), Cartas a mi padre (1919), En la colonia penitenciaria (1919), El proceso (1925), entre otras.

«Trataba de dormir a la tarde y escribir a la noche. La falta de sueño y el ruido lo alteraban de manera especial. Escribía de corrido, raramente corregía. Escribió La metamorfosis en quince días; La condena está escrita en una noche. Algo parecido a Mozart pero en lenguaje literario. De no morir tan joven, hubiera podido dar una cantidad torrencial de literatura porque -teniendo en cuenta que trabajaba ocho horas diarias para una compañía de seguros—, prácticamente en doce años ha dejado un legado tan importante. En doce años Kafka escribió todo lo que nosotros tenemos.» Jordi Llovet, editor español.

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Kafka es autor de tres grandes novelas (El proceso, El castillo y América), diarios y correspondencia. El proceso apareció por vez primera en Munich, al año siguiente de la muerte de su autor. Una versión dramática de Gide y Barrault fue representada con éxito en París, en 1947. Esta versión tuvo la virtud de llamar la atención de los existencialistas (Camus, especialmente, quien escribió un interesante ensayo sobre la esperanza y lo absurdo en la obra de nuestro autor, luego recogido en El mito de Sísifo).

Esta extraña historia trata de un inocente empleado de banco que es detenido la mañana de su cumpleaños, acusado de algo desconocido. Para sus interrogatorios es citado en domingo, a fin de que no interrumpa su trabajo. Advierte desde su primera comparecencia la imposibilidad de convencer de su inocencia al funcionario judicial: no hace más que provocar grandes risas de los que le escuchan. Jamás logra ver al juez.

Las sesiones del juzgado se celebran en casa de un carpintero. Un día sin sesión le son mostrados por una mujer los supuestos libros de la Ley, que no resultan sino novelas con grabados deshonestos. Los archivos del juzgado están en un granero… Jamás logra ver una acusación escrita de su delito. Pero el proceso sigue inexorablemente. Todo procesado necesita muchos abogados con el objeto de retrasar o activar el proceso. Por medio de su sobrino se pone en contacto con un abogado influyente. El pintor Signorelli, ante quien posa el juez, se niega a ayudarle.

El protagonista —cuyo nombre es K.— va perdiendo capacidad de resistencia física y psíquica. De ahí que no se defienda contra su sentencia de muerte, sobrevenida al año de su primera detención. En el último capítulo de la novela, dos caballeros de levita y sombrero de copa se presentan al anochecer en su casa y lo conducen a las afueras de la ciudad, lo desnudan, hacen que se siente en el suelo, lo cambian muchas y fatigadas veces de postura, le apoyan la cabeza en una piedra y se cambian extrañas cortesías con un cuchillo. .. K. ve asomarse un hombre a una ventana y cómo le adelanta los brazos. K. levanta los suyos, pide justicia, y mientras el cuchillo se hunde en su espalda, dice: «¡ Como un perro!»

El castillo aparece asimismo en Munich, en 1926. Su carácter simbólico es igualmente patente desde las primeras páginas. Se trata de un agrimensor, que llega a un pueblo. El pueblo está presidido y regido por un castillo, algo distante. Pero al agrimensor le es imposible, desde el primer momento, ejercer sus funciones de agrimensor, para las que se le había llamado, porque realmente no hacía falta, y llega al castillo para ver en él a un misterioso funcionario, Klamm.

El único contacto posible con el castillo y su complicada administración es el mantenido a través de Barnabas, el mensajero. Sus primeros intentos por establecer contacto telefónico con el castillo son rechazados con zumbidos, con el silencio o con el rotundo «No» de un funcionario, al otro lado del hilo. Únicamente le es posible llegar hasta un mesón, próximo al castillo, donde enamora y posee a Frieda, amante de Klamm, quien le muestra a éste durmiendo, sentado a su mesa de trabajo, en la habitación contigua, por un agujero de la pared. Con Frieda regresa al pueblo, se instala en una habitación de la escuela y son siempre interrumpidos por la presencia sonriente y misteriosa de los dos ayudantes del agrimensor.

Frieda, que significaba un intento de aproximación al mundo del castillo, se vuelve un día inesperadamente al mismo, pretextando que el agrimensor frecuenta demasiado el trato con una hermana del mensajero, Olga. Una noche es citado para comparecer ante uno de los secretarios del castillo, quienes recibían e interrogaban a los aldeanos por la noche y en cama, a fin de no perder tiempo.

Pero el agrimensor se equivoca de puerta y habla con otro secretario, Bürgel, quien le promete ayuda. Su situación no ha variado sustancialmente desde el día de su llegada. Desconoce incluso con quién ha hablado, pues los secretarios suelen cambiar de aspecto, lo que hace imposible su reconocimiento. Al final de la obra, el misterioso castillo le resulta tan inalcanzable como al principio, e igualmente incomprensible el motivo de su llamada.

América apareció en Munich, en 1927. Es la novela de más alegre atmósfera. Fue comenzada en 1912, con el título Der Verschollene (El desaparecido).

Narra la vida de Karl Rossmann, muchacho que es enviado por su familia a América por haber violado a una muchacha que trae al mundo un niño. Antes de llegar a Nueva York, el fogonero del barco se lamenta del injusto trato de que es objeto por parte del maquinista.

Con ánimo de defender sus derechos, Karl se presenta en el camarote del capitán, y allí se da a conocer un señor, presente casualmente, como el tío americano de Karl, puesto al corriente por la familia de éste del motivo de su viaje. Karl y su tío desembarcan, abandonando al fogonero a su suerte. En una lujosa casa, aislado del mundo, Karl es sometido a una intensa preparación lingüística bajo la vigilancia del tío americano.

Unos compañeros de negocios de su tío le invitan a pasar un día en su casa de campo, cerca de Nueva York. La hija del dueño le conduce a su habitación, y allí luchan, perdiendo Karl. Decide volver a casa. Pero un desconocido lo retiene hasta medianoche.

Entonces le entrega una carta del tío, por la que éste, contrariado por haberle abandonado sin su consentimiento, le ruega que se abstenga de volver. En la calle se une a dos picaros, que le ayudan a buscar trabajo. Karl los abandona al poco tiempo por haber encontrado violentada su maleta. Consigue una colocación de ascensorista en un hotel.

A los pocos días, el gerente encuentra pretexto para despedirle por un momentáneo abandono del servicio. Evita una paliza del portero, huyendo, pero la precipitación le impide recoger una chaqueta en la que guardaba dinero y documentación. El anuncio de un teatro de Oklahoma, donde prometen ocupación a toda clase de hombres, le hace emprender el viaje. Y aquí acaba esta incompleta novela.

FRANZ KAFKA Y LAS MUJERES:

Kafka tenía un elevado concepto del matrimonio: admiraba la familia y sobre todo el orden, su forma patriarcal. Justamente, tal devoción le servía para sentirse incapaz de conformarla. «Ser padre y hablar serenamente con el hijo. Pero para ello se debe tener corazón y no en su lugar un pequeño reloj de juguete», había reclamado alguna vez a su padre.

En 1912 conoció a través de Max Brod a una berlinesa llamada Felice Bauer, la primera mujer que despertó en él la inquietud de casarse. La respuesta de la familia de Felice fue positiva, y cuando todo parecía indicar que no había ningún inconveniente, Kafka decidió que debía pensarlo mejor. El matrimonio se oponía a su trabajo literario. La literatura aparece siempre en sus reflexiones como la trampa en la que la vida corriente se hace imposible: «Si soy feliz por algo no relacionado con la escritura, me siento incapaz de escribir ni una sola palabra».

A pesar de estas dudas sentimentales que lo perturbaron durante cinco años, siguió adelante con sus textos y redactó La metamorfosis, su narración más célebre que tiene ecos autobiográficos en la que se cuenta la experiencia de Gregorio Samsa, convertido en una mañana cualquiera en un monstruoso insecto.

Otra relación de Franz Kafka fue con Milena Jesenzska (1896-1944), su joven traductora al checo, fue sobre todo epistolar. Las veces que se vieron fue por insistencia de ella porque a él, hombre atormentado y descontento con su cuerpo, que le parecía sucio, se le daban mal las relaciones cara a cara.

Milena tampoco lo puso fácil ya que estaba casada y, a pesar de que no era feliz, no quería abandonar a su marido, Ernst Polak, un intelectual diez años mayor que ella que trabajaba como empleado de banca y con el que vivía en Viena. Además, no era judía y no pertenecía a la cultura alemana. Las relaciones de Franz y Milena duraron hasta 1922.

Se empezaron a cartear en 1919, cuando ella le escribió para pedirle permiso para traducirle al checo, y poco a poco se enamoraron. Kafka, aunque lo intentó, no pudo vencer sus miedos. Accedió a que se vieran después de mucha insistencia y muchos pretextos. Para su sorpresa se sintió cómodo hablando con ella.

Kafka dejó por ella a Julie Wohryzek, con la que se prometió a los seis meses de conocerla. De todas formas, la relación estaba destinada al fracaso porque el padre de Kafka se oponía.

En los últimos tiempos de la relación, Kafka volvió a sentirse atormentado: necesitaba las cartas, pero no quería verse más involucrado; quería que ella le escribiera menos, pero luego se arrepentía. «Ayer te aconsejé que no me escribieras todos los días». Aunque añadió: «Pero, por favor, Milena, no me hagas caso y escríbeme igual todos los días, aunque sea una carta muy breve como la de hoy, apenas dos líneas, una sola, una mera palabra; privarme de esa palabra me costaría horribles sufrimientos». (Fuente: 99 Amores de la Historia – Alicia Misrahi – Editorial De Bolsillo)

Un Nuevo Amor y El fin

En 1923, Kafka conoció a Dora Diamant. Tenía diecinueve años y trabajaba como voluntaria en un campamento de vacaciones, en Müritz, al sur del mar Báltico. Dora recuerda que estaba preparando los alimentos en el bar cuando el escritor le dijo con una voz suave: «¡Unas manos tan tiernas obligadas a realizar un trabajo tan sangriento!».

Kafka, que por ese entonces había abrazado la causa vegetariana, había recurrido a su particular estilo para dar una impresión de la realidad y para iniciar su conquista. Al poco tiempo decidieron vivir juntos y lograron en pocos meses construir algo muy similar a lo que Kafka toda su vida había considerado como felicidad o normalidad. Ella había aprendido rápidamente a no alterar sus tiempos de escritura y a su vez ocupaba el lugar de mujer y de enfermera que él estaba necesitando.

La tuberculosis, mientras tanto, siguió su marcha. Kafka pasó las semanas finales en el sanatorio de Kier-ling, cerca de Viena, acompañado de Dora, Max y su tío Siegfried, personaje muy querido por él y que había retratado en su cuento «El médico rural». Falleció el 3 de junio de 1924, cuando tenía 40 años. Sus tres hermanas menores iban a morir unos años mas tarde en el período nazi, en los terribles campos de concentración alemanes.

Unos días después del entierro, Max Brod, revisando los papeles de su amigo, se encontró con la carta donde por última vez Kafka pretendía algo imposible.

CRONOLOGIA DE SU VIDA

1883: Nace Franz Kafka en Praga (Checoslovaquia). 1889-1901: Estudia en la Deutsche Knabenschule.

1901-06: Estudia Derecho en la Universidad de Praga; se recibe de abogado. Entabla amistad con Max Brod.

1904-1905: Escribe el primer texto que se conoce de él, «Descripción de una batalla».

1908: Comienza a trabajar en una compañía de seguros.

1910-1912: Se preocupa intensamente por conocer la cultura hebrea y entabla amistad con Jizchak Lówy, el director de una pequeña compañía de artistas hebreos.

1910: Comienza su Diario.

1911: Comienza la novela El disperso (que queda inconclusa y que más tarde fue publicada por Brod.)

1912: Conoce a Felice Bauer, tal vez la mujer más importante de su vida. Siguen un noviazgo, con una larga interrupción, hasta 1918. Escribe La condena y La metamorfosis.

1913: Se edita su primer libro, Contemplación. Se publica La condena.

1914: Escribe El proceso.

1915: Aparece La metamorfosis.

1916: Escribe «El médico rural», inspirándose en su tío Siegfried.

1918: Los médicos confirman el diagnóstico de tuberculosis. El noviazgo con Felice llega a su fin definitivamente. Se publica La muralla china.

1919: Noviazgo con Julie Wohryzek. Escribe «Carta al padre».

1920: A partir de una estadía en el sanatorio de Merano inicia la correspondencia con la periodista Milena Jesenska, esposa de Ernst Pollak y la primera traductora de los textos de Kafka al checo.

1922: Comienza su tercera novela, El castillo.

1924: Vive con Dora Diamant en Berlín. Muere en un sanatorio cercano a Praga.

Fuente Consultada:
99 Amores de la Historia – Alicia Misrahi – Editorial De Bolsillo
ARISTO Diccionario de Biografías Universales Editorial Visor
Enciclopedia Temática Ilustrada – Biografías – Editorla GL
Cuadernillo «LEGADOS» Nº3 Franz Kafka Editorial Pagina 12 de Liliana Viola

 

Los Amantes de Teruel Historias de Amor

Los Amantes de Teruel – Historias de Amor

El viajero que llega a Teruel, pequeña capital de provincia rodeada de un hermoso y áspero paisaje de colinas y barrancos, dividida por el profundo tajo del río Turia, de inmediato se siente asombrado ante la belleza de varias torres que emergen del perfil de la ciudad.

Destacando contra el cielo del Bajo Aragón, puede apreciar cuatro esplendidas muestras del arte mudéjar: La Catedral, San Pedro, San Salvador y la postrer de la Merced invitan a subir y admirar fachadas e interiores.

En la obligada visita a la iglesia de San Pedro, sorprende encontrar en uno de sus anexos un moderno sepulcro realizado en alabastro cuyo motivo es, sin duda alguna, profano; contemplamos dos sepulturas, adornadas con sendas figuras yacentes, mujer y varón, ambos jóvenes, captados en el momento final en que pretenden entrelazar sus manos, en un intento de permanecer unidos en la eternidad.

El monumento, esculpido en 1956 por Juan de Ávalos, es un homenaje que la ciudad rinde a dos de sus conciudadanos más universales: Isabel de Segura y Diego Marcilla, a quienes, quizá para que pudiesen gozar en el recuerdo lo que no lograron en vida, han sido unidos para siempre en un único nombre: Los Amantes de Teruel.

No es esta la única leyenda sobre amores trágicos que recoge la memoria popular turolense, ¿acaso la dura geografía propicia pasiones igualmente extremas? Pero, sin duda, Isabel y Diego se han erigido en el paradigma de amor imposible llevado a sus últimas consecuencias.

Existen múltiples versiones de la trágica historia, la mayoría difieren en los detalles, pero conservan lo esencial del argumento:

A principios del siglo XIII, viven en Teruel dos familias, probablemente hidalgas y, por lo que se sabe, en buena armonía. Mientras que los Segura disfrutaban de una posición económica acomodada, los Marcilla no parece que tuviesen tal suerte. Isabel de Segura, heredera de los primeros, y Diego Marcilla, segundón de la otra, eran dos jóvenes de parecida edad, se conocían desde niños, jugaron juntos y al llegar a la adolescencia trocaron amistad por un profundo amor.

En su momento, de común acuerdo con su amada, el joven solicitó la mano de Isabel. D. Pedro de Segura, padre de la novia, se opuso tajantemente, alegando la falta de recursos de los Marcilla, que en el caso de Diego estaba agravada por la legislación civil: la herencia familiar, escasa o abundante, pasará íntegra al hermano primogénito.

Ante esta negativa, Diego Marcilla solicita de D. Pedro, un plazo de cinco años para intentar mejorar su suerte. Estamos en el Aragón de la Reconquista, el poder almohade acaba de ser destrozado en forma definitiva en las Navas de Tolosa; ahora, el territorio controlado por los musulmanes aparece como presa fácil para el empuje cristiano, está al alcance de la mano de guerreros afortunados conseguir riqueza y honor. El tesón de los novios vence la inicial reticencia paterna y se consigue el acuerdo; de inmediato el joven parte a la guerra.

Pasan los cinco años y Diego no regresa ¿habrá muerto en el empeño? ¿será que olvidó su promesa?. La falta de noticias autoriza al padre de Isabel para, sin faltar a su palabra, concertar la boda de su hija con D. Pedro Fernández de Azagra, hermano del señor de Albarracín, cuya familia es probablemente la más acaudalada y poderosa de la frontera.

El día de la boda, a celebrar en la principal iglesia de la ciudad, todo Teruel se encuentra en fiestas, no en balde se están uniendo dos familias de lo más notable. Un jinete cruza la muralla a través del portillo de la Andaquilla, extrañado por el alegre ambiente que reina en las calles, pregunta la causa y al oír la respuesta su rostro palidece, corre hacia la iglesia, atraviesa la nave principal, y llega a los pies del altar mayor justo a tiempo para escuchar la bendición del sacerdote a los recién casados.

Se trata, como era de imaginar, de D. Diego, ahora rico y ennoblecido por su valor y decisión en el campo de batalla. Ante lo inevitable de su suerte, solicita de Isabel un único beso de despedida; la reciente esposa, haciendo honor a su nuevo estado, se lo niega y el infeliz amador cae muerto, ¡fulminado a sus pies!

Al día siguiente, tienen lugar los funerales por el desgraciado guerrero. En mitad de la ceremonia aparece una dama ataviada de riguroso luto, que acercándose al catafalco, donde se expone al fallecido, le besa y a continuación cae muerta a su lado. Es Isabel, quien no ha podido sobrevivir a aquella única prueba de amor.

Las tres familias afectadas, con una profunda impresión por el imprevisto desenlace, una vez superado el horror inicial, deciden enterrarlos juntos, en la nave de la misma iglesia donde ha culminado la tragedia.

¿Leyenda o realidad? Es difícil responder. Los numerosos estudios – no todos objetivos ni desinteresados – parecen alimentar la segunda hipótesis. Existe un acta notarial fechada en 1619 que atestiguan una exhumación realizada en 1555 durante unas obras en la iglesia de San Pedro. Enterrados bajo el pavimento aparecen los cadáveres de un varón y una mujer, que son los restos que ahora reposan bajo el mausoleo de Juan de Ávalos. Los resultados de los análisis realizados en el año 2004 corroboran el origen medieval, aunque con ciertas discrepancias según las diferentes muestras.  Mientras que algunas apuntan a 1260 como antigüedad máxima, con un margen de error de unos cuarenta años, en buena armonía con la fecha de 1217, donde varias crónicas sitúan los hechos; otras las datan entre los siglos XIV y XV. Una plausible explicación sería la posible contaminación con otras fuentes ocurridas durante algún traslado o levantamiento no registrado.

Parece cierto que al descubrirse los cadáveres, de inmediato fueron atribuidos a Los Amantes de Teruel. Esta reacción popular probaría que ya en aquella lejana fecha existía una fuerte tradición oral sobre la veracidad de la leyenda. Tradición que fue recogida en forma literaria por primera vez en el drama “Los Amantes”, del autor valenciano Rey de Artieda, impreso en 1581, pero probablemente escrito con anterioridad. Con Rey de Artieda comienza una larga compilación teatral: Tirso de Molina; Moreno Carbonero; Hartzembusch, cuya versión romántica, estrenada en 1837, es quizá la más difundida; sin olvidar el género lírico, donde el compositor Tomás Bretón estrena en 1889 “Gli Amanti di Teruel” de la que diez años después realiza la versión en español, son los principales exponentes de esta corriente. Las diferentes versiones adornan la acción con distintos episodios periféricos, según el gusto de cada época, pero el esquema fundamental, responde al narrado anteriormente.

Para terminar, permítase una breve reflexión personal. Impresiona que sea la pura fatalidad quien decide el destino de los amantes. Todos los personajes, incluido D. Pedro de Segura, tienen un comportamiento razonable. Al final, el tiempo se erige en autentico protagonista de la tragedia. No existen enemigos declarados que se opongan explícitamente a la felicidad de la pareja; circunstancia que difiere notablemente de otras historias análogas: D. Pedro y Dª Inés de Castro, por ejemplo, pero esto es ya argumento de otro relato.

José Andrés Martínez

Collado Villalba, Marzo de 2005.

Biografia de Francisco Ramirez Caudillo de Entre Rios Cronología

Biografia de Francisco Ramirez Caudillo de Entre Rios Cronología de su Vida

Francisco «Pancho» Ramírez , nació el 13 de marzo de 1786,  en la localidad de Concepción del Uruguay, hoy perteneciente a la provincia de  Entre Ríos,en aquel momento perteneciente al Virreinato del Río de la Plata y fallece a los 35 años de edad, el día 10 de julio de 1821, al hacer frente a una partida de soldados del Brigadier López que habían secuestrado a su amada Delfina.

Era conocido como el Supremo Entrerriano, fue un caudillo federal argentino, uno de los líderes de la provincia de Entre Ríos durante los años de formación de la República Argentina, creando en 1820  la República de Entre Ríos

Ramírez, tras derrotar a las fuerzas del Directorio y a las de Gervasio Artigas, Ramírez se propuso consolidar su dominio político en el Litoral. En septiembre de 1820 proclamó la República de Entre Ríos y se declaró su Jefe Supremo provisorio. La República incluía las jurisdicciones de Entre Ríos, Corrientes y Misiones, cada una de las cuales se convirtió en un departamento, gobernado por un comandante militar. Entre noviembre y diciembre de ese año, se realizaron elecciones que ratificaron al caudillo como Jefe Supremo.

Ramírez dictó una serie de bandos y reglamentos que, entre otras medidas, establecieron un poder judicial independiente, organizaron las rentas públicas y buscaron fomentar ia producción agropecuaria y la educación pública. Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba se opusieron a esto proyecto de unidad regional, que no excluía ia organización de la Argentina bajo el sistema federal.

El Supremo Entrerriano fue derrotado por las fuerzas conjuntas de esos tres Estados provinciales. Tras su muerte en 1821, la República fue disuelta, Corrientes y Entre Ríos se proclamaron provincias autónomas.

Francisco Ramirez alias Pancho, caudillo entrerriano

Francisco Ramírez (1786-1821). Fue conocido con el nombre de Supremo Entrerriano, aunque sus montoneros lo llamaban Pancho Ramírez. La moderna crítica histórica ha reivindicado su memoria y lo considera un demócrata federal. (Archivo General de la Nación.)

BIOGRAFÍA HISTÓRICO-POLÍTICA: Francisco Ramírez nació el 13 de mayo de 1786 en el Arroyo de la China, lugar lejos de todas partes, a orillas del Uruguay, él fue hijo de gente pro: su padre, don Gregorio Ramírez, paraguayo pariente del marqués de Salinas; su madre, doña Tadea Florentina Jordán, sobrina nieta del virrey don Juan José Antonio Jordán y Vértiz. Por tales razones, figuran entre los principales vecinos de la villa, y se les adjudica el solar número uno, en 1782. (La casa existía hasta no hace mucho.)

El padre de José Francisco Ramírez falleció cuando éste tenía tres años y su madre contrajo nuevas nupcias con D. Lorenzo López, natural de Marchena, en Andalucía, El niño Ramírez recibió esmerada educación que le impartieron fray Mariano Agüero y el Dr. José Bonifacio Redruello, la que trató de los conocimientos elementales que se enseñaban en aquellos tiempos; pues de la urbanidad y trato social se encargó su severa madre, como se practicaba en todos los hogares decentes de antaño.

Francisco Ramírez, a la manera de Alejandro, tuvo una vida breve y fulgurante que atravesó la historia con centelleo trágico, porque trágica fue la época en que le tocó vivir. Como todo hombre grande, alimentó pasiones extremas. Quizá porque  el azar o la providencia sabían que su vida sería breve, lo prepararon para la acción desde temprano. Apenas con diecisiete años, es designado alcalde. Pero su sitio no estará en la calma administración de la justicia, ejercitando virtudes más bien domésticas en tareas sin gloria, dirimiendo conflictos locales, organizando pacíficamente la vida comarcana, como anónimo héroe de olvidados archivos, sino en medio de la contienda desatada para alcanzar y consolidar la libertad de los pueblos.

Tiempos de guerra son los que le toca vivir, de espinosas cuestiones no resueltas. Sin mayores disgustos, es de presumir, abandona alcaldía y destino administrativo y se transforma en guerrero. Hombre de campo es: por tanto, de a caballo. Cumplirá su gesta al galope y desde tierra adentro, aunque varias veces ínfulas de cruzado lugareño lo llevarán a la ciudad, buscando reacomodar la carga de porteños errados en sus metas, según piensa.

Es joven, mozo entusiasta, dicharachero, y las mujeres se alborotan al paso de su pingo, pero él, que cree amar a la hermana de un amigo, elige como novia a Norberta Cálvente Cuando aparece la Delfina cambia amor y destino.

Algunos dicen que la mujer fue envío de brasileños taimados que con ella quisieron poner freno al joven liero; desentenderlo de sueños de grandeza que presumían nocivos para sus intereses. Otros la prefieren porteña; muchos, simplemente, ángel negro surgido de aciago destino. Para él fue regalo de los dioses y como tal la acepta. Con ella marchará hasta el fin, que alcanzará precisamente por su culpa.

Pero no son polleras las que atarán el empuje de Ramírez. Es joven, animoso y valiente: al servicio de la causa de Mayo pone tal capital. Cautivo de esa pasión, mientras muchos siguen viviendo como si nada hubiera sucedido, él entra en la contienda, sirviendo a la Junta de Gobierno con un servicio de chasquero a caballo, entregando cartas o mensajes confidenciales.

Así es: hombre de a caballo como el mejor, sin frío en la pupila, arriesgado y valiente hasta la temeridad, Ramírez jugó su vida en cada correría. Los partes iban y venían. En el camino, las charlas de las postas, esperaban el estímulo y el calor de la palabra cortante del bravo entrerriano que pasaba como una exhalación llevando los hilos revolucionarios de un extremo a otro del solar nativo.

La leyenda empezó a orlar su cabeza; su bravura templada alzó en el paisanaje el prestigio de su nombre familiar.

Ramírez, soberbio, ambicioso y valiente y C¡consciente de su bravura, experiencia y poder en la región alistó todos los partidarios posibles para adueñarse de su provincia natal. .Instaló su cuartel general en el Arroyo de la China, y estableció entre sus tropas una severa disciplina. Los demás comandantes de departamentos, le miraban con recelo, y Artigas, a quien ya los portugueses empezaban a estrechar su territorio oriental, lo respetaba como un aliado poderoso.

Ramírez, por su parte, sin negar el concurso militar a Artigas, se mantenía en los límites de su territorio sin confundir sus armas con las del caudillo uruguayo. Este era de ideas anarquistas antinacionalistas, cuya finalidad era separatista, pretendiendo segregar del resto del Estado a la Banda Oriental y a los territorios argentinos que le obedecían.

Ramírez, por el contrario, aunque federalista, se reconocía miembro de la familia argentina, aspiraba a influir en sus destino y miraba con antipatía al Paraguay. Esta divergencia fundamental de puntos de vista, debía producir, con el correr del tiempo, una honda divergencia entre los dos caudillos.

Respaldado por sus gauchos orientales, Artigas dispuso tomar lo que el gobierno de Buenos Aires no quería entregarle: el mando de su tierra natal. Para sus propósitos separatistas contó con la natural antipatía del gaucho a la disciplina militar y al orden político que aplicaba el gobierno central. Era innato en el interior el sentimiento federalista, no sólo desde el punto de vista político, sino también social, como cierto afán de las clases bajas por eliminar diferencias que se mantenían desde el período hispánico.

En julio de 1816 se produjo la invasión portuguesa a la Banda Oriental y aunque Artigas no fue sorprendido y puso en práctica un plan defensivo concebido con anterioridad, luego de dura resistencia fue vencido en Tacuarembó (enero de 1820) y debió trasladarse a la provincia de Entre Ríos.

Esta política federalista de Artigas culminará con la acción de los caudillos Estanislao López de Santa Fe y Francisco Ramírez de Entre Ríos, quienes vencieron en 1820 a las tropas del gobierno central en la batalla de Cepeda  y provocaron en esta forma la disolución del régimen nacional.

Al día siguiente de Cepeda, los primeros dispersos llevan la noticia de la victoria federal a la ciudad de Buenos Aires. Ramírez y López, al proclamar su victoria, exigen el cese del Directorio y la disolución del Congreso, e invitan al pueblo a elegir a sus propias autoridades provinciales. Como prueba de la honestidad de sus intenciones, mantienen sus fuerzas sobre el Arroyo del Medio durante ocho días, otorgando un armisticio en lugar de invadir de inmediato.

Entre tanto, la anarquía gana a los políticos y militares porteños. Miguel Estanislao Soler reúne tropas en Puente de Márquez mientras Rondeau pretende reasumir el mando, el Cabildo intenta designar autoridades y, desde San Nicolás, Balcarce quiere hacer valer los mil hombres con que cuenta para dominar la situación. El 11 de febrero, por imposición de los hechos e intimados por el Cabildo, Rondeau y los miembros del Congreso renuncian.

Así deja de existir un gobierno central de las Provincias Unidas, que pasan a regirse autónomamente hasta que un nuevo congreso general las reúna.

Vencido el plazo y sin que Buenos Aires haya elegido sus autoridades, Ramírez ordena avanzar en dirección a Pilar. Pese a los temores de los porteños, las montoneras federales marchan lentamente y no cometen saqueos ni desmanes. Ramírez y López, en su campamento, asisten a un ir y venir de delegaciones y personajes que buscan su apoyo para convertirse en los dueños del poder en la provincia.

Finalmente, un reducido número de vecinos de la capital designa como gobernador provisorio a Manuel de Sarratea. El mismo hombre que declaró traidor a Artigas en 1813, es ahora el encargado de negociar con sus lugartenientes, Ramírez y López, la convención que pondrá fin a las hostilidades.

Ramírez, dueño de todo el territorio situado entre las ríos Paraná y Uruguay, tomó posesión de Corrientes y se proclamó Jefe Supremo de las tres provincias, a las que dio la denominación de República del Entre Ríos, apoderándose en Corrientes de la escuadrilla de Campbell, perteneciente a Artigas. Ensoberbecido con sus triunfos, pensó seriamente llevar la guerra al Paraguay, y al efecto, empezó a organizar un ejército expedicionario, escribiéndole al gobernador de Santa Fe, en el sentido de que le prestase avada en la empresa.

Tales eran las preocupaciones del caudillo entrerriano en los momentos en que se afirmaba en Buenos Aires el gobierno del general Martín Rodríguez, después del motín del coronel Pagóla, el 19 de octubre de 1820, al que siguió prontamente el tratado del 24 de noviembre entre López, Rodríguez y los representantes de Bustos, con el cual quedaba terminada definitivamente la guerra entre Buenos Aires y Santa Fe.

Despechado Ramírez y mal aconsejado por los emigrados porteños, que después de los tumultos de octubre se refugiaron en Entre Ríos, abandonó la idea de expedicionar sobre el Paraguay y resolvió dirigir sus miras contra Buenos Aires, reconcentrando al efecto, todas sus armas fluviales y terrestres, en La Bajada. Intimó a López que se le uniera en la empresa, o por lo menos, que le concediese franco paso por su territorio.

A ambas propuestas se negó Estanislao López, lo que decidió a Ramírez a obtener por la fuerza lo que se le negaba por las buenas. A principios de marzo de 1821 lanzó en primer proclama de guerra, con el anuncio de que marchaba contra Buenos Aires. Después dirigió otras dos proclamas, una a los santafecinos y otra a Buenos Aires y su campaña. López contestó proclamando a su provincia abiertamente contra Ramírez y apresurando la concentración de sus milicias.

Ramírez decidió apoderarse de la ciudad de Santa Fe, empleando al efecto un cuerpo de tropas del que puso bajo las órdenes del coronel Lucio Mansilla la artillería y la infantería, que se embarcó en la escuadrilla de Monteverde, tomando el comando de todas las fuerzas el coronel Romualdo García. Los expedicionarios se apoderaron de las baterías que había hecho colocar López en la ribera y después volvieron a embarcarse, regresando a La Bajada.

Buenos Aires había armado dos ejércitos; uno al mando de Gregorio Aráoz de Lamadrid; el otro, del gobernador Martín Rodríguez. López y Bustos también se aprestaron a la lucha. Ramírez intentó unirse al chileno Carrera, que desde el sur convulsionaba Córdoba y Buenos Aires.

A principios de mayo de 1821 el caudillo entrerriano cruzó el Paraná y derrotó a Lamadrid en varios encuentros. Pero las pérdidas en hombres le fueron fatales. Dos días después su cansado ejército se enfrentó con las fuerzas de López y fue totalmente derrotado. Acompañado por su compañera, la Delfina. y por cuatrocientos hombres, huyó hacia Córdoba. Se unió con Carrera y juntos enfrentaron a Bustos en un encuentro indeciso.

Carrera decidió regresar a su patria, Chile, pero fue apresado en Mendoza y fusilado. Ramírez siguió su propio itinerario. El otrora Supremo Entrerriano. al frente de sólo doscientos hombres, se internó en Córdoba. Derrotado en las proximidades de Río Seco, fue perseguido y muerto mientras procuraba salvar la vida de su compañera.

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CRONOLOGÍA DE SU VIDA:

1786: El 13 de marzo nace Francisco Ramírez en Arroyo de la China (actual Concepción del Uruguay).

1789: Fallece su padre, y su madre, Tadea Jordán, se casa con Lorenzo López. De este matrimonio nacerá José Ricardo López Jordán, medio hermano y lugarteniente de Ramírez.

1803: Ramírez es alcalde de Hermandad en Arroyo de la China.

1806-1807: Invasiones inglesas. Ramírez ingresa en la milicia de Cívicos.

1810: Revolución de Mayo. Los cabildos entrerrianos reconocen a la Primera Junta. Las fuerzas realistas ocupan Arroyo de la China, Gualeguay y Gualeguaychú. Ramírez actúa, de correo entre el comandante José Miguel Díaz Vélez y José Rondeau, oficial criollo al servicio de España, que conspira para levantarse contra los realistas. Creación de la Junta Grande.

1811: Levantamiento entrerriano contra los realistas. Inicio de la revolución en la Banda Oriental. Artigas y Rondeau se suman a la causa patriota.Derrota de las expediciones al Paraguay y Alto Perú. Cae la Junta Grande. Primer sitio de Montevideo e invasión portuguesa a la Banda Oriental. El Primer Triunvirato firma un armisticio con los realistas. Éxodo del pueblo oriental al Ayuí. Primera disputa entre Artigas y los gobiernos porteños. Los entrerrianos confraternizan con los artiguistas.

1812: Los realistas rompen el armisticio. Tratado Rademaker-Herrera, por el que los portugueses se retiran de la Banda Oriental. Victoria de Belgrano en Tucumán. Caída del Primer Triunvirato. Manuel de Sarratea se entrevista con Artigas e invaden la Banda Oriental. Divergencias entre porteños y orientales. Segundo sitio de Montevideo por las fuerzas patriotas. Sarratea es separado del mando.

1813: Nuevas incursiones realistas en las riberas del Paraná y del Uruguay. Combate de San Lorenzo. Rechazo a buques españoles en la Bajada y  arroyo del Bellaco La Asamblea General Constituyente rechaza a los diputados de los pueblos orientales. Ruptura entre Artigas y Buenos Aires.

1814: Artigas abandona el sitio de Montevideo y comienza la guerra civil contra el Directorio. Rendición de Montevideo. Entre Ríos se suma a la Liga de los Pueblos Libres. Posadas negocia con los caudillos para separarlos de Artigas. Creación de la provincia de Entre Ríos por el Directorio. Ramírez integra el cabildo «aporteñado» de Arroyo de la China.

1815: Derrota de las fuerzas porteñas en Guayabos. Alvear abandona Montevideo, que es ocupada por los artiguistas. El motín de Fontezuelas depone a Alvear como Director Supremo. Buenos Aires entabla negociaciones con Artigas. Santa Fe y Córdoba se suman al artiguismo. El Congreso de Oriente, reunido en Arroyo de la China, formaliza la Liga de los Pueblos Libres, que proclama a Artigas como su Protector. El Directorio reanuda las hostilidades sobre el Litoral.

1816: Sublevación de Estanislao López y Mariano Vera contra las tropas porteñas que ocupan Santa Fe. Las provincias del Litoral no envían diputados al Congreso de Tucumán. Juan Martín de Pueyrredón es designado Director Supremo. Segunda invasión portuguesa a la Banda Oriental.Francisco Ramírez queda a cargo de la comandancia de Arroyo de la China, nombrado por Artigas.

1812: Victorias de los portugueses, que ocupan Montevideo. Levantamiento de José Eusebio Hereñú, Gregorio Samaniego y Gervasio Correa contra Artigas. Ramírez organiza las milicias artiguistas del sur entrerriano.

1818: Nueva invasión directorial a Entre Ríos. Ramírez derrota al general Marcos Balcarce en Saucecito. Fuerzas portuguesas saquean Arroyo de la China. Ramírez y López Jordán se aseguran el control de su provincia, tras derrotar a Correa y Hereñú. Estanislao López se proclama gobernador de Santa Fe y enfrenta a los ejércitos directoriales.

1819: Fuerzas de Ramírez rechazan una nueva invasión a Santa Fe. Armisticio de San Lorenzo. Jura de la constitución centralista y promonárquica en Buenos Aires. José Rondeau asume como Director Supremo. Ramírez cruza a Santa Fe y junto a López inicia operaciones contra el gobierno de Buenos Aires.

1820: Motín del Ejército del Norte en Arequito. Los portugueses triunfan en Tacuarembó y aseguran su control sobre la Banda Oriental. López y Ramírez vencen a las fuerzas porteñas en Cepeda. Caída del Directorio y firma del Tratado del Pilar. Artigas reúne el Congreso de Ábalos. Ramírez enfrenta al Protector y lo derrota. Se proclama la República de Entre Ríos y Ramírez es su Jefe Supremo. Planifica una invasión al Paraguay y una contraofensiva contra los portugueses en la Banda Oriental, pero no tiene apoyo en las demás provincias.
Pacto de Benegas entre Buenos Aires y Santa Fe.

1821: Ramírez rompe relaciones con Buenos Aires e invade Santa Fe. Estanislao López y el gobernador cordobés Juan Bautista Bustos se unen a los porteños contra los entrerrianos. Tras vencer dos veces a Gregorio Aráoz de Lamadrid, Ramírez es derrotado por López en Coronda. Se dirige a Córdoba, donde se une con José Miguel Carrera. Fracasan en tomar Cruz Alta y se separan. El 10 de julio, el Supremo Entrerriano muere al hacer frente a una partida que lo persigue, cerca de Río Seco (Córdoba).

Dos versiones sobre la muerte de Delfina: «El hombre no pregunta quiénes son ni qué hacen ahí y mucho menos por qué va con ellos esa joven mujer que, no obstante la fatiga y la mugre que la tapa, sigue siendo como una hermosa aparición. Ella va entre los primeros a quienes el balsero ayuda a cruzar el río; por algo que dice se da cuenta de que es extranjera, aunque el hombre no acierta a saber de dónde vendrá. A los 19 días de la muerte de Ramírez, Delfina vuelve a pisar tierra entrerriana para no abandonarla ya nunca más» (Delfina y Pancho Ramírez, de Susana Silvestre).

«Consigue arrebatar a Delfina de entre las manos brutales de la partida santafesina y la sube en su caballo. Pero un pistoletazo le atraviesa el corazón. El caudillo se Inclina hada adelante abrazándose al pescuezo de su cabalgadura en el estertor de la agonía. El caballo continúa galopando un trecho con su jinete muerto hasta que lo detienen y Ramírez cae al suelo con la cabeza envuelta en su poncho rojo. Las cabezas de doña Delfina y su compañero cayeron juntas bajo los cuchillos de los soldados (Delfina Ramírez, la leona de Montiel, artículo periodístico de Ricardo Santiago Katz).

PARA SABER MAS…
LÓPEZ Y RAMÍREZ

Vencedores en Cepeda y convertidos por la fuerza de las circunstancias en los líderes locales de las provincias de Santa Fe y de Entre Ríos ganadas a la causa artiguista, habían nacido el mismo año: 1786. Estanislao López en la ciudad de Santa Fe, como hijo natural, luego reconocido, de un capitán de Blandengues con quien hizo sus primeras armas al servicio del rey.

Francisco Ramírez, por el contrario, debió haber tenido, seguramente, un mejor reconocimiento social, como vástago de un comerciante paraguayo, don Juan Gregorio Ramírez, y una dama entrerriana, Teresa Florentina Jordán. Algunos aspectos de su infancia confirman la holgura económica en que se crió, al lado de su madre, quien -luego de enviudar- le daría en un segundo matrimonio un hermanastro: José Ricardo López Jordán, lugarteniente y heredero político del protagonista de Cepeda.

Mientras Estanislao López abandonaba sus primeros estudios a la temprana edad de quince años para alistarse junto a su padre en el cuerpo de Blandengues que operaba en la frontera norte de Santa Fe; el entrerriano, a cargo de las haciendas de la familia, ya contaba con merecido prestigio y según parece habría sido alcalde de Arroyo Grande. Estanislao López se sumó a la Revolución desde los primeros momentos, alistándose en el ejército al mando de Belgrano, con quien tuvo su bautismo de fuego en Campichuelo.

La actitud de Francisco Ramírez es aún hoy objeto de versiones contradictorias y poco claras para los historiadores. Algunos estudiosos lo vinculan a las milicias entrerrianas encargadas de combatir a Artigas, mientras otros lo identifican como participante de la insurrección entrerriana de Arroyo de la China en 1811. Lo que no se discute es la presencia de ambos en el combate de El Espinillo, en febrero de 1814.

El santafesino formaba en las vencidas tropas directoriales; Ramírez en las milicias artiguistas de Eusebio Hereñú. A partir de entonces ambos caerían presos de las inestables lealtades causadas por el enfrentamiento entre el Directorio y Artigas. Las presiones y excesos del primero convencieron a López de la necesidad de buscar la protección de Artigas y unir voluntades con Ramírez, comprometido desde mucho antes con la expansión de la causa artiguista en el litoral. Así las cosas, tomaron juntos la ofensiva contra el Directorio en los campos de Cepeda y juntos ataron sus fletes en las rejas de la Pirámide de Mayo en la Plaza de la Victoria. Los hechos posteriores los enfrentarían definitivamente.

Traiciones y traidores que Ramírez no pudo evitar; desconfianzas y recelos que el santafesino no pudo ignorar. La vida de Ramírez se apagó en lo que sus comprovincianos interpretaron como la causa por la integración del litoral. La de López perduraría en una suerte de federalismo más acorde con los nuevos tiempos que se acercaban.

Bibliografía:

Historia de Caudillos Argentinos Tulio Halperin Donghi
Francisco Ramirez Grandes Protegonistas de la Historia Argentina Editorail Planeta
Biografías Argentinas y Sudamericana de Jacinto R. Yaben Tomo IV «Francisco Ramirez»
La Delfina: (circa 1800-1839) probable hija del virrey portugués en Brasil. Acompañó constantemente y ejerció una gran influencia sobre el caudillo Francisco Ramírez.
Francisco Ramírez: (1786-1821) nació en la actual Concepción del Uruguay. Caudillo entrerriano, uno de los primeros líderes del federalismo. De familia prominente, se incorporó tempranamente (en 1810) a las luchas por la Independencia.

Por: María Rosa Lojo – La Nación Revista.

Elisa Brown y Francisco Drummond Amor de la Hija de Brown

Amor: Elisa Brown y Francisco Drummond

AMOR ETERNO: Francisco Drummond, nació en Dundee, una ciudad de Escocia en el año 1803. Fue hijo del Capitán Francis Drummond y Chatarine Young. Su familia pertenecía a la elite de Forfar, sus antepasados habían servido a la causa de la Casa de Bruce y también a la de Stuart.

Elisa Brown y Francisco Drummond Además, tenían una tradición militar, tanto es así que su padre y sus cuatro hermanos habían muerto en combate. En su juventud viajó a América, una vez allí, se incorporó voluntariamente a las fuerzas del almirante Guillermo Brown . Aunque era muy apuesto y hacia suspirar a varias mujeres, Drummond tenía ojos solamente para la hija del almirante Elisa, que tenía 17 años. (imagen izq.)

A medida que las visitas de Drummond se incrementaron, el Almirante consintió que los jóvenes mantengan el romance. Así, Francisco y Elisa solían pasear por los álamos que adornaban el jardín de la casa de Brown. El amor que sentían uno por el otro era tan transparente que con sólo mirarse se comunicaban. Apenas se miraban. Él, orgulloso pero retraído en su respeto; ella, ansiosa aunque tímida y recatada.

Brown los miraba desde lejos y sonreía al verlos. Sin embargo, el tiempo de paz se terminó y ambos militares debieron continuar con su carrera, partiendo hacia la guerra con el Brasil. El capitán Drummond sería el comandante de una de las tres naves argentinas que enfrentarían a dieciséis buques brasileños.

Su barco era el Independencia. El saldo de la guerra que Argentina entablo con Brasil fue desfavorable, la tensión entre ambos países había quedado latente en episodios como la batalla de Ituzaingó.

Los brasileros esperaban tener una revancha y se encarnizaron con este nuevo enfrentamiento bélico. De esta manera, las tres naves patriotas se defendían como podían, rodeadas por las dieciséis enemigas que vomitaban plomo y muerte.

Franciso Drummond se destaca en batalla, era un verdadero león sobre la cubierta de su buque. Cuando en medio de un bombardeo se quedaron sin municiones, Franciso ordenó cargar los cañones con eslabones de cadena, todo menos rendirse, pensó.

A pesar que los brasileros iban ganando, Drummond nunca dejo de dar batalla, con un humo que enturbiaba el sitio y el futuro, una esquirla le arrancó una oreja de cuajo a Francisco Drummond. Malherido no dejaba de dar órdenes. Al presenciar que la vida de Drummond corria peligro, el almirante Brown, desde otra nave, la Sarandí, le ordena mediante señales con banderas que abandone el buque de inmediato, quemando antes su casco para que no cayera en manos del enemigo.

Sin embargo, Francisco continuó peleando, tomó un bote y, en medio del fragor de la lucha, se abrió paso hasta el Sarandí para pedirle a su almirante más municiones y su autorización para no abandonar la contienda. Al verlos las naves enemigas descargan contra el pequeño bote todas las municiones, volando en pedazos la embarcación.

Drummond herido de muerte es rescatado por sus compatriotas, llevándolo a bordo del tercer navío argentino, el República. Allí es acostado en la litera de Juan Coe, el joven capitán de ese buque. Drummond comprende que va a morir y, con la mayor premura, cumple sus deberes heroicos. Pronuncia unas palabras que evitan cuidadosamente la queja; entrega a su amigo, el capitán Coe, el anillo nupcial para Elisa y alcanza a mantenerse vivo hasta la llegada del propio almirante, en cuyos brazos muere.

Al regreso, en febrero de 1827, el Almirante se encarga de dar la fatídica noticia a la joven Elisa, la cual apretando con fuerza el anillo que su prometido le dejó antes de morir, lo besará y se marchará en silencio, algunos dicen que sufrió desde ese momentos una leve demencia. A Francisco lo velaron en la comandancia de marina y lo enterraron con honores en el cementerio protestante.

Diez meses después, Elisa decidió vestirse con el traje de novia que había bordado para su casamiento con Drummond, y se adentró en el río, quitándose la vida. Después de este hecho fatídico, el Almirante Brown no pudo reponerse, de tal manera que Guillermo Enrique Hudson lo vio muchos años después, vestido de negro y parado en la puerta de su casa, mirando fijamente a la distancia.

Le pareció un fantasma. El jardín de la casa del almirante fue suplantado por la plazoleta Elisa Brown, un modesto homenaje municipal.

Fuente Consultada: Crónica Loca de Víctor Suerio y Espadas y Corazones de Balmaceda

Ines de Castro y Pedro de Portugal: Un Amor Trágico

Dª Inés de Castro y D. Pedro I de Portugal

La terrible historia de D. Pedro y Dª Inés, a bela garça, transcurrió en el convulso Portugal de principios del Siglo XIV. Sólo aspiraban a amarse, pero la fatalidad los hizo protagonistas y víctimas de la compleja política ibérica; en aquel tiempo aún más confusa por la implicación de los reinos peninsulares en la guerra de los Cien Años, comenzada en 1337.

En seis siglos, es probable que, con ánimo de embellecerla, la historia haya incorporado alguna escena de dudosa veracidad.

Pero el cuerpo principal del romance está documentado con rigor, resultando tan estremecedor, que no necesitaría adorno alguno para transmitir tal halo de tragedia que la convierte en incomparable.

PRINCIPALES PERSONAJES

Dª Inés de Castro (1320 -1355): La heroína de nuestro relato.

Nacida en la comarca de Limia, en la actual provincia de Orense, tierras de la profunda Galicia. Hija natural de Pedro Fernández de Castro y Aldonza Soares de Valladares; su destino estuvo en gran parte marcado por los orígenes familiares.

Al ser biznieta de Sancho IV de Castilla, resultaba prima segunda de Pedro I.

Sus dos hermanastros, hijos legítimos del padre, participan en numerosas revueltas palaciegas que influyeron en el desenlace fatal.

Queda huérfana de madre siendo muy niña, fue enviada al castillo de Peñafiel (Valladolid), donde creció en compañía de Constanza Manuel, destinada a ser su dama de compañía. En tal desempeño escolta a su señora y amiga a la corte lusitana donde debe reunirse con su marido, el príncipe Pedro.

El Príncipe heredero, D. Pedro (1320 – 1367): ¿Héroe o villano? No es fácil discernir; la Historia lo recuerda con los apelativos de “El Cruel” y también “El Justiciero”.

En 1329 se pactó sus esponsales con la princesa Blanca de Castilla; la unión nunca se consumó, al parece por impedimento físico y mental de la novia y el vínculo fue anulado. En 1334 se acuerda una nueva boda con Dª Constanza Manuel. Nadie podía imaginar el trágico desenlace de la unión.

El Rey de Portugal, D. Alfonso IV, “El Bravo” (1290 – 1357). El malvado del romance. Dueño de vidas y haciendas no vacila en eliminar cuanto se interpone en sus deseos.

Hijo de D. Dinis y la reina Santa Isabel. Casó con la infanta Dª Beatriz, hija del rey Sancho IV de Castilla. De temperamento belicoso, las crónicas lo muestran en continuo enfrentamiento con padre, hermanos y hermanastros; con la vecina Castilla mantuvo innumerables guerras. Según los usos de la época, la consiguiente “paz perpetua” era sellada con bodas reales. Además de la propia, los dos casamientos que concertó para su heredero, fueron con sendas nobles castellanas.

La Princesa Constanza Manuel (1318 – 1349): Víctima inocente de la fatalidad. A pesar de intentarlo, no pudo evitar la infidelidad de su marido.

Segunda esposa de D. Pedro. Cuando sólo contaba cuatro años, su padre, el Infante D. Juan Manuel II, intentó convenir su casamiento con el rey de Castilla, Alfonso XI; fracasado en su ambición, vuelve la mirada hacia el entonces príncipe Pedro de Portugal, esta vez con éxito. La boda se realiza por poderes y cuatro años más tarde marcha a Lisboa a reunirse con su marido, propiciando de manera inocente el drama que nos ocupa.

La historia de amor

El desastre comienza a gestarse alrededor del año 1338, fecha en que la comitiva nupcial de Dª Constanza Manuel hace su entrada en la corte lusitana. La ceremonia religiosa se celebra en la Catedral de Lisboa, oficiada por el propio Arzobispo, con la pompa que exige el rango social de los contrayentes.

Las crónicas narran que, ya en el primer encuentro, D. Pedro quedó prendado de Dª Inés, a quien describen como: “bellísima, de esbelto cuerpo, ojos claros y colo de garça”. No se conoce con exactitud cuando nació la pasión entre ambos jóvenes, pero debió ser con relativa presteza.

Lo confirmaría una anécdota ocurrida en 1343. Constanza urde una estratagema para separar a los enamorados; designa a Inés madrina del recién nacido infante D. Luis, confiando en que el parentesco espiritual así adquirido indujese a los amantes a poner término a la relación.

No se sabe si el artificio surtió efecto, la fortuna, una vez más, se muestra esquiva con la princesa. El infante muere a los pocos meses y el romance continúa.

Ante el giro de los acontecimientos, el rey decide actuar con energía. Destierra a Inés de Portugal, confiando en que la separación física de los amantes mitigue su ardor. La maniobra surte poco efecto. En espera de tiempos mejores, de acuerdo con D. Pedro, la novia busca refugio en el castillo de Albuquerque, pequeña localidad extremeña a la vista de la frontera portuguesa.

En Octubre de 1345, muere la infortunada Constanza al dar a luz al Infante D. Fernando. La viudedad del príncipe elimina gran parte de las razones de escándalo aducidas por los contrarios al idilio, circunstancia que D. Pedro aprovecha de inmediato.

En contra de la voluntad real, rescata a Dª. Inés del exilio; la pareja marcha a vivir lejos de la corte, al norte de Portugal, allí nacieron sus cuatro hijos, los Infantes D. Alfonso (muerto aún niño), D. João, D. Dinis y Dª. Beatriz. Mas adelante, ante la aparente calma de la situación, retornan a Coimbra, yendo a vivir en la vecindad del Convento de Santa Clara, en una finca situada en las laderas del valle que baña el río Mondego.

En recuerdo de los sucesos que narramos, el solar se donde se asentaba es llamado “Quinta das lágrimas” (¿Algún idioma iguala al portugués en poner nombre al hado?)

En esta época feliz el príncipe se alejó de la política, de la corte y de sus obligaciones de heredero. Pero pronto, la apacible vida de los amantes se verá turbada por causas a las que desearían permanecer ajenas. Un sinfín de circunstancias confluyen para sellar el destino fatal de nuestra protagonista.

• En primer lugar se encuentra la cuestión dinástica: Alfonso IV intenta varias veces organizar para su hijo una tercera boda con princesa de sangre real, pero Pedro rechaza tomar otra mujer que no sea Inés. El único hijo legítimo de Pedro, el futuro rey Fernando I de Portugal, se mostraba un niño frágil, mientras que los bastardos de Inés prometían llegar a la edad adulta. Si el infante muriese, sin duda reclamarían derechos a la corona, sumergiendo al reino en nuevas calamidades.

• En segundo término hallamos la complicada situación política: Los reinos peninsulares se han convertido en campo de batalla diplomática, donde Inglaterra y Francia, enfrentados en su interminable guerra, tratan de atraerlos a su bando. Las diputas internacionales entremezcladas con las propias luchas dinásticas, justifican el apelativo de “época turbulenta”. D. Fernando y D. Álvaro Pires de Castro, hermanastros de Dª Inés, aparentan un progresivo ascendiente sobre el príncipe, induciéndolo a inclinar su política hacia Castilla, donde llega a presentar su candidatura al trono.

El Rey aunque preocupado por las implicaciones políticas que conlleva la influencia de la familia Castro, es en particular sensible el riesgo de futuros conflictos civiles enfrentando hijos legítimos con bastardos, moneda de cambio en la época.

La reiterada negativa del príncipe a contraer nuevo matrimonio real no contribuye a ahuyentar los temores. Dª Inés es un obstáculo en apariencia infranqueable. Parecería que sólo la muerte podría separar a los enamorados.

¿La muerte? No es obstáculo insalvable. En consejo celebrado en el palacio de Montemor-o-Velho D. Alfonso presta su conformidad al asesinato de la infortunada enamorada.

La sentencia se ejecutará en la propia residencia de la pareja en Coimbra, aprovechando alguna ausencia de D. Pedro, muy aficionado a la caza.

Llegados a este punto, las versiones discrepan sobre la secuencia de los hechos, la más enternecedora afirma que el rey manda llamar a Dª Inés para comunicarle la sentencia fatal. Ella acude acompañada de sus cuatro hijos. El gran Luis Camões en la estrofa 127 del canto III de “Os Lusíadas” narra así la petición de clemencia de Dª Inés:

Ó tu, que tens de humano o gesto e o peito

(Se de humano é matar hûa donzela,

Fraca e sem força, só por ter sujeito

O coração a quem soube vencê-la), A estas criancinhas tem respeito,

Pois o não tens à morte escura dela;

Mova-te a piedade sua e minha,

Pois te não move a culpa que não tinha.

¿Las súplicas surtieron efecto? En principio así lo parece, el rey autoriza el regreso de Inés a su residencia; pero de inmediato cambia de parecer y ordena a tres cortesanos cumplir la sentencia. Otras crónicas no recogen esta entrevista; el veredicto se ejecuta nada más pronunciado.

Existiese o no la audiencia real, todas las versiones coinciden en la continuación: Pero Coelho, Álvaro Gonçalves y Diego López Pacheco se dirigen al Monasterio de Santa Clara, próximo a la “Quinta das lágrimas”, que alojaba a Inés y sus hijos en la ausencia de D. Pedro.

En el jardín, en presencia de los niños, la degüellan sin piedad. Era el 7 de Enero de 1355.

La Venganza

La desaparición de Inés no propició la esperada tranquilidad. De inmediato D. Pedro culpa a su padre del asesinato.

En unión de los Castro, agrupa en torno suyo una facción de la nobleza y encabeza una revuelta contra el Rey.

Los sublevados llegan a poner sitio a Oporto, pero antes de que las aguas salgan por completo de cauce, la reina Dª Beatriz interviene entre los contendientes, logrando, sino la reconciliación, al menos la paz, que se formaliza el 15 de Agosto del mismo año en Canaveses.

Por este acuerdo, el rey delega una parte importante de sus responsabilidades en el heredero, quien, a cambio, depone las armas, promete olvidar el pasado y perdonar a todos los implicados en la conjura que acabó con la vida de Dª Inés.

El comportamiento de D. Pedro, en contra de la leyenda que trata de mostrarlo desconsolado, es bastante contradictorio.

La revuelta contra el padre, principal responsable del crimen, no parece muy convincente; en tan solo ocho meses aplaca su ira hasta el punto de llegar a un acuerdo favorable para sus aspiraciones de poder.

En 1356, apenas un año después del crimen, Dª Teresa Lourenço le da un nuevo hijo, el futuro João I, vencedor de los castellanos en la batalla de Aljubarrota e instaurador de la dinastía Aviz: es el auténtico superviviente de toda la trama

En 1357 muere Alfonso IV, el heredero pasa a ceñir la corona y da comienzo una venganza, tan cruel, que ha pasado a los anales.

Los asesinos de Inés, por consejo del rey moribundo, buen conocedor de su hijo, se habían exilado a Castilla. D. Pedro negocia con el rey castellano – que por capricho del destino tiene igual nombre y apodo, Pedro I, “El Cruel” o “El Justiciero” y también arrastra una amplia historia de pasiones – intercambiar los tres verdugos por algunos refugiados en Portugal. Como no podía ser menos, los reyes llegan a un acuerdo, Pero Coelho y Álvaro Gonçalves son devueltos a Portugal; Diego Lopes Pacheco, más afortunado, consigue cruzar a tiempo la frontera con Aragón y de allí pasa a Francia, donde se pierde su rastro.

La venganza fue consumada en el palacio de Santarém en presencia de otros cortesanos. D. Pedro mandó preparar un espléndido banquete de ceremonia mientras las víctimas eran amarradas a sendos postes de suplicio y torturados con toda crueldad.

Luego, mientras comía con parsimonia, (e bebe o seu vinho tinto, según las crónicas portuguesas) ordenó al verdugo arrancarles el corazón: a Gonçalves por la espalda y a Coelho por el pecho. Por último, insatisfecho con el tremenda martirio, aún tuvo ira suficiente para morder aquellos corazones, que para él, por siempre serían malditos.El Mito

En 1360, el ya rey Pedro I realizó en presencia de la corte la famosa declaración de Cantanhede, jurando que un año antes de la muerte de Inés ambos habían contraído matrimonio secreto.

De esta forma ella alcanzaba el rango de reina y se legitimaban los hijos habidos en aquella unión.

Los historiadores dudan de que la boda se hubiese podido celebrar; los contrayentes eran primos, para que el matrimonio fuese válido debían solicitar bula papal, documento imprescindible, de cuya existencia no se tiene prueba alguna.

D. Pedro, no muy dado a sutilezas legales, actuó acorde a su juramento. En el Monasterio de Alcobaça, sede de la mayor iglesia portuguesa, ordeno esculpir un túmulo funerario para Inés.

Cuando estuvo finalizado, ordeno el solemne traslado de los restos desde Coimbra hasta la nueva sepultura.

La lúgubre comitiva que trasportaba el cadáver, enlutada con todo rigor, era encabezada por el propio rey acompañado por prelados, cortesanos y burgueses. En el camino, el pueblo llano era obligado a salir a su paso, llorando y rezando por el alma de la fallecida.

Prosigue la leyenda. Una vez llegados a la corte, destino final de la comitiva, el cadáver se engalanó con vestimentas reales y sentado en el trono, todos los nobles fueron obligados a prestarle homenaje como reina de Portugal, besando su mano en señal de fidelidad y vasallaje. Por último, se depositó con enorme protocolo en el bello sepulcro tallado para ella.

La crónica moderna duda que la macabra ceremonia tuviese lugar; entonces ¿Cómo se explica el arraigo de la leyenda?.

Quizá, el dramatismo de la escena es tan intenso, que ha impresionado la imaginación popular hasta el extremo de convertirla en el núcleo central del mito de nuestra heroína, la desgraciada Inés de Castro ¡REINÓ DESPUÉS DE MORIR!

La última escena, en mi opinión la más hermosa, sucede siete años más tarde. Antes de morir el rey encarga tallar para él, otro túmulo funerario en el mismo estilo que el anterior de Inés; ambos tenían que ser colocados pies contra pies para que, el día de juicio, al despertar, lo primero que viese cada amante, con sus miradas cruzadas frente a frente, fuese la figura del otro, Ambas sepulturas, de estilo gótico, pueden admirarse en el Monasterio de Alcobaça. Se consideran los más bellos ejemplares del arte funerario portugués.

La última escena, en mi opinión la más hermosa, sucede siete años más tarde. Antes de morir el rey encarga tallar para él, otro túmulo funerario en el mismo estilo que el anterior de Inés; ambos tenían que ser colocados pies contra pies para que, el día de juicio, al despertar, lo primero que viese cada amante, con sus miradas cruzadas frente a frente, fuese la figura del otro, Ambas sepulturas, de estilo gótico, pueden admirarse en el Monasterio de Alcobaça. Se consideran los más bellos ejemplares del arte funerario portugués.

Biografia Isabel de PortugalJosé Andrés Martínez

Collado Villalba, primavera 2005

Biografia de Carlota Corday Mujeres Que Lucharon Por La Libertad

Biografía de Carlota Corday: Mujeres Que Lucharon Por La Libertad

Resumen Biografía de Carlota Corday
La perspectiva histórica ha hecho de ella una heroína equivocada, pero no pudo dejar de reconocer su temple y su capacidad de sacrificio para la misión que se había impuesto y que cumplió con fervor casi religioso: devolver a Francia la libertad abatiendo a quien juzgaba un demagogo sangriento antes que un revolucionario decidido, inflexible con las vacilaciones de los girondinos.

Biografía de Carlota Corday

Carlota Corday es más el nombre de una leyenda que de un personaje real, si se piensa que a veces los actos heroicos no pueden juzgarse con el criterio de verdad o error histórico. En su vida se aunan la juventud y la belleza con el horror del asesinato que planeó y ejecutó.

María Ana Carlota Corday D’Armont nació en Saint-Saturnin des Lignerets (Normandía) el 27 de julio de 1768. Su padre, Francisco Corday, pertenecía a una familia noble de provincias venida a menos, por lo que educó a sus cinco hijos casi en la pobreza.

Agobiada por la miseria murió la madre, y el padre, después de resistir un tiempo más, decidió internar a sus hijas en el monasterio de Caen, según era habitual en la época.

En los conventos solían hacerse en aquel entonces reuniones mundanas, a las que asiste Carlota, ya de trece años. La joven conoce así a Belzunce, coronel del regimiento de caballería con guarnición en Caen, y pariente de la abadesa. Hay quienes sostienen que Carlota se enamoró de él, pero que al ser asesinado el militar en una revuelta, ella juró vengarlo y esto recaería después sobre Marat.


Como resultado de la nueva situación política que sobrevino con la Revolución de 1789, se cerraron los conventos, Carlota -casi desprovista de medios- se vio obligada a vivir en Caen con una anciana tía, madame de Bretteville.

Tuvo entonces oportunidad de leer algunos libros que influyeron mucho en ella: Rousseau, «un filósofo del amor y un poeta de la política»; Plutarco, el historiador clásico, y otros autores que presentaban el sacrificio personal como una razón de Estado.

INMOLARSE POR LA PATRIA
Republicana por convicción pero monárquica por sentimiento, se interesa por los movimientos que entonces agitaban a Francia; inclusive asiste a los juicios públicos ante las asambleas populares que juzgaban a los acusados de contrarrevolucionarios; a menudo, más que establecer la verdad o hacer justicia, se buscaba simplemente un culpable. Con las mejillas encendidas por el dolor, que realzaban su hermosura, Carlota presenciaba los desfiles hacia el patíbulo.

En esas circunstancias conoció a un muchacho, Franquelin, quien mantuvo con ella una secreta correspondencia; Carlota lo alentó vagamente, como una forma de compartir los infortunios de su amigo.

La partida de un batallón de voluntarios que marcha a París hace que se apodere de Carlota la idea de evitar que se malgasten vidas tan generosas y de liberara Francia de un gobierno que ella juzgaba tiránico, sin necesidad de más lucha fratricida. Juan Pablo Marat, se decía -y de ese médico y líder político jacobino se decían muchas cosas-, va había hecho listas con los nombres de los simpatizantes girondinos cuyas cabezas debían rodar para asegurar el triunfo de los revolucionarios más decididos.

Carlota imaginó que el inminente baño de sangre solo podría detenerse con el sacrificio de la suya propia. Así fue como el 7 de julio de 1793, con el pretexto de partir para Inglaterra, Carlota abandonó a su padre y su hermana para dirigirse a París, adonde llegó el jueves 11.

Ya tenía trazado un plan: pensaba que Marat concurriría al Campo de Marte para la gran ceremonia del 14 de julio, pero la enfermedad de este la obligó a cambiar de táctica. Decidió entonces buscarlo en su propia casa. Le escribió una carta en estos términos: «Vengo de Caen; conociendo su amor por la patria, supongo que se enterará con agrado de los terribles acontecimientos de esta parte de la República. Iré a su casa alrededor de la una. Tenga la bondad de recibirme y concederme un momento de audiencia. Le daré la ocasión de prestar un gran servicio a Francia».

LA MUERTE DE MARAT
Sin embargo, Marat no la recibe. Una segunda esquela, más insistente, refuerza la primera: «Marat, ¿ha recibido mí carta? No puedo creerlo, pues encuentro la puerta cerrada. Espero que mañana me conceda una entrevista. Le repito: vengo de Caen; tengo que revelarle importantes secretos para la salvación de la República. Me persiguen, además, pues saben que la libertad es mi causa; soy desgraciada, y este título es suficiente para tener derecho a su patriotismo.»

A las siete de la tarde del 13 de julio, sin esperar la contestación, va a la casa de Marat. Se arregla con cuidado, para impresionar bien a quienes custodiaban al insobornable jefe republicano. Aunque la portera no quiere dejarla pasar, la muchacha sube decididamente las escaleras.

En los primeros tramos la detiene Simone Evrard, la fiel amiga de Marat, que había oído el cambio de palabras. A su vez, el propio Juan Pablo oye discutir a las dos mujeres y, pensando que se trata de la desconocida que le ha escrito el día anterior, indica que dejen pasar a su visitante. En el aposento a medias iluminado Marat, enfermo, toma un baño, cubierto con una sábana manchada de tinta.

Carlota baja los ojos y espera junto a la bañera el interrogatorio. Responde con serenidad a las preguntas sobre la situación en Normandía. «¿Quiénes son los representantes refugiados en Caen?» Carlota dice sus nombres y Marat, con medio cuerpo y el brazo fuera del agua, los anota; añade: «Antes de ocho días irán todos a la guillotina». Al oírlo, Carlota saca un cuchillo y lo hunde con fuerza en el pecho de Marat, que mientras se desangra pide auxilio. Acuden Simone v un criado.

CAMINO DEL PATÍBULO
Carlota no trata de huir y apenas se oculta tras una cortina, pero el criado la golpea con una silla y ella se desploma. El tumulto y los gritos atraen a los vecinos, que suben las escaleras y se arremolinan, furiosos, en la calle, pidiendo a gritos que les entreguen al asesino para vengar allí mismo la muerte del gran tribuno.

No obstante, un piquete de soldados con bayonetas y el comisario Grillard conducen a Carlota, maniatada, al salón de Marat, donde es interrogada. Ella contesta con calma, orgullosa de su acción, y se dispone su reclusión en una prisión cercana. Ya en la cárcel, entre sus ropas se descubre, una proclama redactada por ella, en la que exhorta a derrocar la tiranía.

El 16, severamente custodiada, comparece ante el presidente del tribunal revolucionario. Conmovido por tanta belleza y tanto fanatismo que casi desdibujan el crimen, este la interroga sugiriendo las respuestas, de modo que el asesinato parezca demencial. Tal suposición irrita a Carlota, que la rechaza.

Trasladada a la Conserjería -la famosa prisión donde pasan sus últimas horas los que morirán en el patíbulo-, a las ocho déla mañana siguiente es conducida ante el tribunal revolucionario, el cual, por no tener ella quien la defienda, le designa como defensor de oficio al joven Chanveau—Lagarde, célebre por su defensa de María Antonieta, tres meses más tarde.

No obstante la elocuencia y valentía de Lagarde, el tribunal vota unánimemente la pena de muerte para la acusada. Al sacerdote que le envían para asistirla, Carlota le explica: «Agradezco a quienes lo han mandado, pero no tengo necesidad de su ministerio; la sangre que he derramado y la mía que va a verterse son los únicos sacrificios que puedo ofrecer al Eterno». Ese mismo 17 de julio marcha al suplicio en una carreta, bajo la lluvia, pero ello no arredra a la multitud congregada para presenciar la ejecución.

El verdugo, para ver mejor el cuello, le arranca la pañoleta que le cubre el pecho. El pudor humillado afecta a Carlota más que la muerte cercana, pero recobra en seguida su serenidad y acerca la cabeza, que la cuchilla troncha y hace rodar. Se cuenta que, al recogerla, uno de los ayudantes del verdugo la abofeteó y que entonces las mejillas de Carlota enrojecieron como si la ofensa les hubiese devuelto la vida. La multitud reprueba el ultraje pero celebra la muerte de quien asesinara al «amigo del pueblo».

Los girondinos encarcelados dijeron, al saber de su suplicio: «Ella nos mata, pero nos enseña a morir». Y Franquelin, su joven enamorado, se retira a una aldea normanda pues no puede soportar la desaparición de su amada. Muere pocos meses después, no sin antes pedir que junto con él entierren el retrato y las cartas de Carlota…

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia

Camila y Uladislao Gutiérrez Ladislao Amor Prohibido Historia

Camila y Uladislao Gutiérrez o Ladislao: Amor Prohibido – Historia

El régimen rosista empezaba a ser más tolerante con sus opositores. Muchos habían regresado, cansados de esperar el fin del tirano. Mariquita Sánchez, por caso, se entretenía tocando el piano y recibiendo a unos pocos amigos fieles en su casa de la calle Florida.

Camila, amor tragico argentinoUna tediosa monotonía caracterizaba la vida pública y privada. Xavier Marmier, hombre de letras que visitó Buenos Aires en 1850, se aburrió mucho en las tertulias donde no se podía hablar de otra cosa que de modas y banalidades.Ludovico Besi, un prelado italiano que vino como legado papal ese mismo año, se sintió asqueado ante la ostentación de la obsecuencia por parte del clero porteño.

El obispo local había tolerado la supresión de las fiestas religiosas decretada por el gobierno para que la gente trabajara un poco más. El espionaje, la delación y la inmoralidad eran moneda corriente. Los jesuitas, llamados por Rosas de regreso al país, se habían ido de nuevo porque no admitían los actos de sumisión que se les imponían.

Transgredir la ley se pagaba cruelmente. Esto le sucedió a Camila O’Gorman, una jovencita que se enamoró del teniente cura del templo del Socorro, Uladislao (o Ladislao) Gutiérrez.

La pareja escapó a Corrientes para poder vivir sin trabas su amor, no advirtiendo el escándalo que dejaban atrás. Rosas, disgustado porque los emigrados de Montevideo denunciaban el libertinaje de la sociedad federal, decidió dar un escarmiento: ordenó apresar a la pareja y la hizo fusilar aduciendo que ése era el castigo dispuesto por la antigua legislación española para los amores sacrílegos. Esta conmovedora tragedia, que ocurrió en el Campamento Militar de Santos Lugares en 1848, contribuyó a demostrar que el uso arbitrario del poder era la esencia del régimen. (Fuente Consultada: Argentina, Historia del País y De Su Gente – María Saenz Quesada)

Los O’Gorman eran irlandeses, por eso era muy común que visitara la casa de esta familia un curita muy joven que no hacía muchos meses había llegado a la parroquia del Socorro. Había nacido en Tucumán, pertenecía a una familia adinerada, era muy apuesto con su pelo moreno y su sonrisa franca, tenía veinticuatro años y se llamaba Ladislao Gutiérrez.

Una de las hijas de los O’Gorman se llamaba Camila, tenía veinte años y era de una belleza serena pero deslumbrante. Su espíritu era festivo y romántico. Era la niña mimada de la casa. Es imposible saber cómo empezó todo. El caso es que Camila y Ladislao se enamoraron. Sabían lo que significaba aquello y ambos pedían perdón a Dios por lo que no podían y no sabían refrenar. Juzgarlos sería demasiado fácil.

Camila y Ladislao deciden fugarse. En los últimos días de 1847 salen por la noche, él de paisano, ella con un modesto vestido. Pocas horas después, la familia de Camila denuncia la desaparición de la joven y comienza una afiebrada búsqueda. Ellos pertenecen también a una familia socialmente acomodada y con contactos en los mandos, por lo que las autoridades, sin imaginar el escándalo en ciernes, agotan los recursos para encontrarla.

Solo al advertir la desaparición del padre Ladislao e hilar algunos hechos que antes parecían casuales pero ya no, comienzan a entrever la verdad. Crece la desesperación. Ni los familiares de Camila ni las autoridades eclesiásticas saben qué hacer. La noticia toma estado público y se la califica como un «crimen horrendo”. Todo Buenos Aires habla de la pareja y nadie sabe dónde están. Nadie.

La policía de Juan Manuel de Rosas busca afanosamente a los protagonistas del “crimen horrendo”. El gobernador de Tucumán, Celedonio Gutiérrez, tío de Ladislao, se presura a enviar, sin motivo alguno, un regalo valioso al Restaurador: dos sillas talladas a mano que, más que eso, es una manera de decir de que se lava las manos por la actitud de su sobrino y acepta disciplinadamente las decisiones del poderoso Rosas, sean las que fueren.

Camila y Ladislao, mientras tanto, lograron abordar una pequeña embarcación en el Tigre convenciendo al capitán para que los dejara en Goya, Corrientes. El hombre desconoce la identidad de sus casuales pasajeros. Ellos llevan documentos falsos donde él figura como un comerciante jujeño llamado Máximo Brandier y ella como su esposa, Valentina Desán de Brandier, Al poco tiempo, la pareja abre una escuela en Goya y comienzan a dar clases a los habitantes del lugar, que enseguida se encariñan con ambos como si hubieran vivido allí desde siempre. La casa de ellos es pequeña pero limpia y decorosa.

Dedican casi todo su tiempo a la enseñanza y a amarse con mucha ternura. Puede decirse que son felices, tal vez hasta muy felices, pero nada es eterno. Un día hay una fiesta en Goya y ellos asisten.  Allí, un hombre recién llegado de Buenos Aires los reconoce. Se acerca a Ladislao, que por supuesto viste de paisano, y le pregunta a quemarropa con un tono lleno de ironía:

Cómo está Ud., padre Gutierrez? ¿Hace mucho que no va por Buenos Aires?”. De responderle, Ladislao debió decirle que pronto se  cumplirían seis meses desde el día en que huyeron de la ciudad, pero fingió no escuchar nada y se fue para otro lugar la fiesta. El tipo se quedó mirándolo, con una sonrisa maliciosa y sin esperar una respuesta, que ya estaba dada.

Camila y Ladislao decidieron no huir. Tal vez pensaron que el  tiempo había ablandado las opiniones, quizá creyeron que no debían seguir escapando o que ya los habrían olvidado. Pero no era así. Dos días más tarde llegó la orden de Buenos Aires: ellos debían ser detenidos y devueltos a la ciudad. Así se hizo.

Por orden de Rosas se habilitó una celda del Cabildo para encerrar en ella a Ladislao y una habitación especialmente parada en la Casa de Ejercicios que administraban las monjitas de caridad, donde Camila sería recluida. Pero también por orden de Rosas, en mitad de camino llegó un chasque que desvió a los prisioneros al campamento militar de Santos Lugares. Se dice que en Buenos Aires corrían rumores de linchamiento apenas pusieran pie en la ciudad y el gobernador quiso evitar aquello, por eso el cambio.

El 14 de junio de 1848, en una fiesta organizada por el juez de paz, Uladislao fue reconocido por el sacerdote Miguel Ganrton y denunciado a las autoridades. Incomunicados por orden de Rosas, fueron engrillados y remitidos a Buenos Aires en la misma nave que habían empleado para huir. A partir de ese momento, y durante varias semanas, el gobernador debió soportar presiones en favor y en contra de los prisioneros.

En una carta que dirigió a la joven, Manuelita Rosas le anunciaba que había intercedido por ella y su amante ante su padre. La Iglesia, por su parte, se había convertido en implacable acusadora. «Todas las personas primeras del clero me hablaron o escribieron sobre este atrevido crimen, y la urgente necesidad de un ejemplar castigo para prevenir otros escándalos semejantes», confesó Juan Manuel de Rosas a Federico Terrero en el año 1870.

Camila y Ladislao llegaron penosamente encadenados al campamento de Santos Lugares. Un hecho hubo que parecía aliviar la situación pero que, en realidad, no hizo más que empeorarla: ella estaba embarazada.

El comandante del lugar, Antonino Reyes, se hace cargo de la situación lo mejor que puede: ordena que Camila sea tratada con delicadeza y hace que forren con tela suave los eslabones de la cadena que la engrillan. Ella y Ladislao son puestos en celdas separadas pero atendidos con toda corrección, mientras Reyes espera órdenes de Buenos Aires. Estas no tardan en llegar y su contenido es tan inesperado y terrible que el comandante debe leerlas varias veces para convencerse: Camila y Ladislao deben ser fusilados al día siguiente, a las diez de la mañana.

El 18 de junio de 1848 Camila y Ladislao son llevados frente al pelotón de fusilamiento. Camino al paredón, iban separados y con los ojos vendados, pero se percibían.

Ella preguntó al aire mientras caminaba a su muerte: —Estás allí Ladislao?

—Sí —respondió Gutiérrez desde un par de pasos de distancia y también sin poder verla por la venda—. Aquí estoy. Y mi último pensamiento es para ti…

Poco antes se le había permitido mandarle una nota de despedida a su amada en la que terminaba diciéndole: «Ya que no hemos podido vivir unidos en la Tierra, nos uniremos en el Cielo, ante Dios’»

Ambos fueron confesados por el cura del campamento, unos minutos antes del terrible momento. No pidieron clemencia, no lloraron, no se resistieron. La descarga de fusilería fue una sola y tremenda. Luego, el olor a pólvora quemada, una humareda que el viento disipó y el impresionante silencio de los soldados y oficiales que debieron cumplir la orden.

Todo quedó así por varios segundos, quieto, como en una fotografía. Como si el tiempo se hubiera detenido en ese momento para todos los protagonistas de esta historia, como nos ocurre ahora a nosotros al terminar de leerla.

(Fuente Consultada: Crónica Loca de Víctor Suerio)

Amores de Julio Argentino Roca-Ignacia Robles Romances Argentinos

Amores de Julio Argentino Roca e Ignacia Robles Romances Argentinos

HISTORIA DE LOS ROMANCES ARGENTINOS
Julio Roca e Ignacia Robles

Julio Argentino Roca-Ignacia Robles Romances ArgentinosEn los últimos años, la figura de Julio Argentino Roca ha dado mucho que hablar dentro de la opinión pública argentina, ya que si bien algunos continúan considerándolo un verdadero prócer de nuestra nación, otros en cambio ven en él a un personaje nefasto, incluso genocida.

Es que se lo critica por sus diversas campañas, y al mismo tiempo se lo acusa de por ejemplo haber robado y secuestrado mujeres.

En este sentido, se sabe que es posible que haya adquirido esa actitud desde muy joven, incluso antes de convertirse en un político destacado de nuestro país. Según se cuenta que Roca mantuvo un noviazgo secreto con una hermosa joven llamada Ignacia Robles.

La relación permaneció en secreto debido a que los padres de la muchacha no aprobaban que su hija estuviera de amoríos con Roca, hasta que éste decidió raptarla, dando como resultado el nacimiento de su primera hija.Todo comenzó cuando Roca andaba por los 26 años de edad. Era una época en la que ya había comenzado a ser reconocido por sus méritos militares, y siendo teniente coronel estaba a cargo del mando militar en la ciudad de Tucumán.

En una de las tantas reuniones sociales a las cuales solían asistir frecuentemente, Roca tuvo la oportunidad de conocer al que se convertiría en uno de sus máximos caprichoso: Ignacia Robles, una jovencita diez años menor que él, proveniente de una familia de hacendados.

Al conocerlo, Ignacia también se sintió fuertemente atraída por Roca. No obstante, debía guardar en secreto su amor y pasión, ya que siempre estaba acompañada de su madre, que jamás aprobaría que su hija se relacionara con Roca. Es que la mujer sostenía que las habladurías que indicaban que Roca era un mujeriego eran totalmente ciertas, por lo que en ningún caso era un buen partido para su hija.

De todas maneras, contrariando los deseos de los padres de Ignacia, Julio Roca comenzó a frecuentar la casa de los Robles con intenciones claras, por lo que por supuesto no era demasiado bienvenido.
En principio, Roca mantuvo una actitud serena al respecto, intentando en cada visita y en cada reunión que se topaba con los Robles, lograr conquistar el corazón de su suegra, para que al fin aprobara la relación con su hija, que de todas formas se había concretado de manera secreta.

No obstante, Roca perdió la paciencia. Totalmente enamorado, y ante la realidad de la imposibilidad de llevar su amor al altar, tomó una decisión inesperada por todos. Raptó a la joven durante una semana, con lo que por supuesto se generó un escándalo a gran escala.

El hecho se produjo mientras se llevaba a cabo una fiesta de la alta sociedad. En medio de la reunión, Roca tomó a la joven Ignacia de un brazo y se la llevó consigo delante de toda la concurrencia, protegido por la impunidad que le otorgaba su cargo.

Cabe destacar que días antes, Roca ya había preparado su plan, ya que según se sabe había alquilado una casa para tal fin, en la cual pasó una semana junto a la joven Robles, sin que nadie se atreviera a contradecir su voluntad, ni siquiera los padres de la muchacha.

Transcurrida la semana, Roca puso en libertad a Ignacia, quien a pesar del escándalo regresó a su hogar paterno como si nada hubiera sucedido. Pero el escándalo no se detuvo allí, ya que luego de transcurridos nueve meses, la joven Ignacia daba a luz una hija, la cual fue bautizada como Carmen. Mientras tanto, Roca dejaba Tucumán para viajar a Entre Ríos y sumarse al ejército que lucharía para reinstaurar el orden constitucional luego del asesinato de Justo José de Urquiza.

Por decisión de los Robles, la joven Ignacia contrajo matrimonio con Bibiano Paz, quien tenía un parentesco materno con Roca. Algunos años después, Julio Roca se casó con Clara Funes, con quien tuvo seis hijos: Julio, Elisa, María Marcela, Agustina, Clara y Josefina.

Roca jamás reconoció la paternidad de Carmen, pero tampoco se la negó, y en realidad a pesar de llevar el apellido Robles, la pequeña era conocida por todos como la hija del general Roca. Padre e hija se conocieron finalmente en 1883, cuando Carmen había cumplido los 13 años, y a partir de allí se mantuvieron en contacto. 

Fuente: Graciela Marker Para Planeta Sedna

Amores de Hipólito Yrigoyen y Dominga Campos Historia Romanticas

Amores de Hipólito Yrigoyen y Dominga Campos Historia Románticas

Hipólito Yrigoyen y Dominga Campos

En la historia de la Argentina existe una larga lista de Presidentes que han contradicho en los hechos los principios políticos que sostenían ante la opinión pública. En este sentido, uno de los casos más peculiares ha sido el de Hipólito Yrigoyen, que mientras tuvo voz y voto en el Congreso defendió rotundamente la creación de una plataforma adecuada que sirviera para reivindicar la institución del matrimonio, pero que en realidad aquella prédica no se veía reflejada en su vida privada.

Hipolito IrigoyenLo cierto es que Yrigoyen fue único Presidente soltero de la Argentina, y no precisamente porque le faltaran amoríos, sino porque a lo largo de su vida y en sus diferentes romances, siempre se negó a casarse.

Se sabe que Yrigoyen tuvo tres grandes amores correspondidos, y que cada una de estas mujeres se sometió a la decisión que él había adoptado para su vida de rechazar el matrimonio. Por otra parte, con cada una de ellas tuvo una vida en común y varios hijos, aunque no todos fueron reconocidos legalmente por el mandatario.

Su primera historia de amor data del año 1872, cuando se enamoró de Antonia Pavón, una joven humilde que le dio una hija a quien bautizaron Elena. Y su último amor tuvo lugar en 1897 cuando conoció a Luisa Bacichi, la viuda del escritor Cambaceres, con quien tuvo un hijo llamado Luis Hernán Irigoyen.

Entre medio de aquellas relaciones, Yrigoyen conoció a una de las mujeres que sin dudas más lo amó: Dominga Campos. Hija del destacado Coronel Julio Campos, la joven se había criado en medio del ambiente militar, viviendo muchas veces en fortines.

Fue precisamente cuando Yrigoyen tenía 25 años que conoció a esta hermosa jovencita de 17 años y comenzó a tejerse una de las relaciones más escandalosas de la época. Es que el romance comenzó cuando la joven aún vivía en la casa de sus padres, e Hipólito Yrigoyen solía visitarla, no sólo por la tarde, sino también por la noche.

Aquellas frecuentes citas nocturnas dieron como resultado que al poco tiempo de conocerse, Dominga quedara embarazada por primera vez de Yrigoyen. Ante la realidad, el padre de Dominga intimó a la joven y a su amante a contraer matrimonio, a lo que Yrigoyen se negó rotundamente.

Para Dominga aquello no fue ningún desprecio, ya que sabía que jamás se convertiría en su esposa. Por el contrario, la joven estaba feliz viendo crecer su vientre, llevando dentro suyo de fruto de aquel gran amor.

Don Campos, indignado con el proceder de Yrigoyen decidió que su hija debía abandonar la casa paterna y olvidar para siempre que tenía una familia. Al mismo tiempo, los parientes de Yrigoyen no aprobaban su unión con Dominga, ya que preferían que Hipólito se casara con Antonia Pavón.

Finalmente el conflicto se resolvió el 27 de octubre de 1880 cuando Dominga dio a luz a Eduardo Abel, el que sería el primer hijo de la pareja. La joven dejó para siempre el hogar paterno, y se mudó a una casa ubicada en la actual avenida Scalabrini Ortiz esquina Santa Fe, que Yrigoyen había alquilado.

En principio, parecía el hogar de una familia constituida, aunque no precisamente bajo los términos de la ley, pero lo cierto es que allí vivían Dominga y su hijo Eduardito, mientras que Yrigoyen siempre estaba de paso.

A pesar de la opinión de la gente, que no dejaba de criticarlos, ellos continuaron por varios años llevando adelante su vida, y mientras Yrigoyen trabajaba para hacerse un lugar en la política del país, Dominga daba a luz a sus hijos y los criaba, tal como una madre soltera, pero con la diferencia de que la familia era mantenida por Yrigoyen. No faltaba dinero, pero se observaba la ausencia total de un padre.

A lo largo de los años de convivencia, Dominga e Hipólito tuvieron seis hijos, de los cuales tres murieron de pequeños.

Según se cuenta, a la par que mantenía su relación con Dominga, Yrigoyen extrañamente intentó casarse con una joven de la alta sociedad, lo cual jamás sucedió debido a que el padre de la muchacha se negó rotundamente. Sin embargo, aquello nos les impidió que tuvieran un hijo, al cual Yrigoyen jamás reconoció.

Cuando Dominga e Yrigoyen llegaron a cumplir más de doce años juntos, la pareja ya había comenzado a pensar en contraer matrimonio. Sin embargo, en noviembre de 1889 Dominga murió antes de cumplir 29 años, a causa de padecer de tuberculosis.

Los tres pequeños hijos de la pareja fueron criados a partir de allí por Carmen Campos, padeciendo para siempre la ausencia de su padre, que luego de la muerte de Dominga jamás volvió a interesarse en ellos.

Fuente: Graciela Marker Para Planeta Sedna

Felicitas Guerrero y Enrique Ocampo Romances de la Historia Argentina

Felicitas Guerrero y Enrique Ocampo – Romances de la Historia Argentina

HISTORIA DE LOS ROMANCES ARGENTINOS
Felicitas Guerrero y Enrique Ocampo

Felicitas Guerrero Las historias de fantasmas y apariciones habitan desde siempre en el imaginario colectivo, tanto de los pueblos del interior como de las grandes ciudades como la de Buenos Aires. Es en esta urbe donde surgen las historias más atrapantes, cuyos protagonistas son los espectros de figuras conocidas de la historia argentina.

En este sentido, seguramente el fantasma de Felicitas Guerrero es el más popular.

Según cuenta la leyenda que aún hoy circula, todos los días 30 de enero por la noche, quienes se encuentran cerca de la Iglesia de Santa Felicitas, ubicada sobre la calle Isabel La Católica 520, entre las calles Brandsen y Aristóbulo del Valle, frente a la Plaza Colombia en el barrio porteño de Barracas, pueden escuchar el llanto desconsolado de Felicitas, e incluso algunos aseguran haber podido observar su figura espectral detrás de las rejas que encierran la capilla.

Pero la leyenda urbana no se detiene ahí, sino que también existen quienes aseguran que quien osa tocar la estatua de mármol que representa a Felicitas y a su hijo Félix, la cual se emplaza en el predio de la Iglesia sobre la calle Brandsen, son víctimas de grandes tragedias.

Por supuesto que el mito popular que encierra la figura de Felicitas Guerrero tiene su fundamento, y como sucede en casi todas las leyendas de este tipo, ha sido basado en la dramática vida y la trágica muerte que tuvo la mujer.

De joven, Felicitas fue una de las mujeres más cortejadas del mundo aristócrata de Buenos Aires. Esto hizo que el hacendado Martín de Álzaga, un hombre que por ese entonces tenía 60 años, se propusiera como esposo de Felicitas, que sólo contaba con 15 años, ante los padres de la joven.

Álzaga era el hombre más rico de la Argentina, por lo que a pesar de que Felicitas imploró a sus padres no aceptar la propuesta, su progenitor hizo oídos sordos al pedido de su hija, y decidió entregarla a dicho matrimonio, creyendo que la jovencita lograría un excelente futuro plagada de felicidad y sin necesidades.

Pocos meses después se llevaba a cabo la boda entre Felicitas Guerrero y Martín de Álzaga, en medio de una fiesta en la que estaba presente toda la alta sociedad de Buenos Aires, entre los cuales también se encontraba Enrique Ocampo, un joven que desde siempre había amado en secreto a Felicitas.

Felicitas no era feliz con aquel matrimonio, pero aquella tristeza pareció desvanecerse cuando dio a luz a su primer hijo, a quien bautizó Félix de Álzaga. Sin embargo, la alegría resultó efímera, ya que el pequeño murió de fiebre amarilla cuando sólo tenía seis años de edad.

La tristeza nuevamente invadía su vida, hasta que logró quedar embarazada nuevamente, dando a luz en esta oportunidad a Martín, quien lamentablemente también murió pocos días después de haber nacido.

El destino parecía que se había ensañado con la pareja, pero la fortaleza del espíritu de Felicitas la mantuvo con vida. Por el contrario, la muerte del pequeño niño fue una tragedia demasiado grande para el septuagenario Martín de Álzaga, que murió quince días después de la muerte de su hijo, a causa de una profunda depresión.

Con sólo 25 años, Felicitas se convertía en la viuda más rica de la Argentina, pero también en una de las mujeres más tristes. Fue en ese momento que Enrique Ocampo decidió acercarse a ella con el fin de conquistar su corazón, pero sólo halló el rechazo de parte de Felicitas, ya que la joven estaba dispuesta a cumplir con el luto riguroso que se había propuesto.

Pasaron algunos años, y una vez reincorporada a la vida social, Felicitas conoció a Samuel Sáenz Valiente, un joven hacendado que supo enamorar a la mujer y así surgió un romance apasionado, que dio como resultado que a los pocos meses anunciaran públicamente su matrimonio.

Mientras tanto, Enrique Ocampo observaba con despecho cómo su único amor se escapaba nuevamente de su destino, y esta vez no pudo tolerarlo.

Aquella mañana del mes de enero, Enrique Ocampo tomó su arma y partió hacia la casa de Felicitas dispuesto a todo. Luego de una discusión, intempestivamente decidió descargar su furia apretando el gatillo, dirigiendo una bala mortal hacia Felicitas. Segundos después, Ocampo apuntó el arma hacia su corazón y se suicidó. Finalmente, después de tres días de intensa agonía, el 30 de enero de 1872 Felicitas exhalaba su último suspiro.

Cuatro años después, en aquella casona en la que vivió su vida y se encontró con la muerte la bella Felicitas, fue construida la Iglesia que lleva su nombre. Poco tiempo después comenzaron a circular las historias que aseguran que el fantasma de Felicitas aún no ha hallado la paz.

Fuente: Graciela Marker Para Planeta Sedna

Amores de Bartolomé Mitre y Delfina Vedia Grandes Romances Personajes

Amores de Bartolomé Mitre y Delfina Vedia Grandes Romances

HISTORIA DE LOS ROMANCES ARGENTINOS
Bartolomé Mitre y Delfina Vedia

Bartolomé Mitre Si debiéramos crear un ranking que listara a las mujeres de nuestros próceres argentinos en base a lo que han sufrido en su vida, seguramente Delfina Vedia, la esposa de Bartolomé Mitre, sería quien poseería todos los méritos para quedarse con el primer lugar.

Y no es precisamente que no haya conocido la felicidad en su vida, ya que en realidad ella misma confesó estar muy cerca de dicho sentimiento durante el nacimiento de cada uno de sus hijos. Pero lo cierto es que la sombra de la desdicha siempre opacó los pocos momentos de alegría que tuvo su existencia.

Delfina conocía las tretas de la muerte muy de cerca, sobre todo en épocas de guerra, ya que esto había sido el causante de haber perdido para siempre a su madre y a cinco de sus seis hermanos.

Pero la desgracia no acobardó su espíritu, y pensó que en el matrimonio, junto al hombre que amaba profundamente, encontraría la ansiada paz y felicidad. Así fue que el 28 de noviembre de 1840, se casó con su amado Bartolomé Mitre.Delfina Vedia

Poco después debía enfrentarse a una penosa realidad, ya que su marido priorizaba su misión política a su vida en pareja. Es por ello que se cuenta que en los primeros tiempos el matrimonio tenía una extraña relación a distancia, debido a que Delfina vivía aún en Montevideo y Mitre debía viajar frecuentemente a Buenos Aires.

Incluso, en la casa que compartían en escasas oportunidades, la pareja tenía habitaciones separadas, y según relata la historia Delfina tenía prohibida la entrada al cuarto de Mitre, incluso debía pedirle permiso para asear la habitación cuando él se encontraba de viaje.

En medio de este contexto, se produjo el nacimiento de la primera hija de Delfina y Bartolomé, que llegó a este mundo el 14 de abril de 1843, siendo bautizada como Delfina Josefa. Aquel nacimiento que Delfina debió enfrentar sola, fue seguramente el detonante para que decidiera mudarse a Buenos Aires, con la firme intención de estar en permanente contacto con su marido, y poder dejar atrás tanta tristeza.

Allí, mientras su esposo ascendía en su carrera política, Delfina continuó refugiándose en la maternidad, y con el correr de los años tuvo cuatro varones y dos mujeres.

Mientras tanto, Bartolomé Mitre se mantenía distante y alejado de su mujer, abocado a su misión política, que lo condujo a convertirse en el Gobernador de Buenos Aires, lo que al mismo tiempo significó que ganara una enorme popularidad, no sólo entre sus compañeros y amigos, sino también entre las mujeres. Aquello comenzó a sembrar dudas en torno a la fidelidad de su esposo, dudas que disipaba convencida de que Bartolomé era sólo suyo.

Las dudas se disipaban, pero la profunda tristeza de Delfina no, quizás porque esa era la cruz que debía llevar a cuestas en su vida. Aquella tristeza llegó a un nivel realmente intolerable, cuando su hijo Jorge de 18 años se quitó la vida. Delfina no pudo soportar la tragedia, y sobre todo el enfrentarla en soledad, hundiéndose cada vez más profundo en su depresión.

Los años continuaron transcurriendo, y mientras tanto Delfina registraba sus vivencias y sentimiento en su diario íntimo, el cual es considerado como una verdadera joya en el género.
El 6 de octubre de 1882, Delfina moría de peritonitis. Casi una década después, Mitre era derrotado en las elecciones presidenciales. A los 84 años, precisamente el 19 de enero de 1906, Mitre daba su último aliento.

Fuente: Graciela Marker Para Planeta Sedna

Las Mujeres de Sarmiento Romances de la Historia Argentina Amores

Las Mujeres de Sarmiento – Romances de la Historia Argentina 

HISTORIA DE LOS ROMANCES ARGENTINOS
Sarmiento y su historia con las mujeres

Más allá del mito, detrás de la formal figura de Sarmiento se escondía un hombre que gustaba mucho de las mujeres. Según se cuenta, los arrebatos amorosos del prócer lo condujeron a desilusiones constantes y sufrimientos repetidos por amor, ya que si bien era un hombre que poseía un excelente poder de oratoria, algo que atraía a las jovencitas idealistas de la época, lo cierto es que su apariencia no lo ayudaba demasiado.

sarmiento presidente argentinoLa vida amorosa del Padre del Aula se inicia alrededor de 1831, cuando Sarmiento parte exiliado hacia Chile. En su nueva residencia, comienza a trabajar como maestro en San Francisco del Monte, donde conoce a una joven chilena llamada Jesús del Canto. El fugaz amor de la pareja dejó una marca indisoluble en el tiempo, ya que tuvieron una hija, quien fuera bautizada como Faustina.

La pareja no volvió a verse jamás, y la pequeña niña fue criada y educada por Doña Paula Albarracín, la madre de Sarmiento, con la ayuda de sus hermanas en la humilde casa de San Juan. Aquella pequeña se convertiría con el transcurrir de los años en la única compañía de Sarmiento durante sus últimos días de vida en el Paraguay.

Más de una década después de su primer amor, precisamente en 1845, y luego de un largo viaje por Europa, Estados Unidos y África, Sarmiento regresa a Chile, esta vez a Valparaíso, donde comienza una relación clandestina con Benita Martínez de Pastoriza (imagen der.) , una mujer casada.aurelia velez sarfield

Por aquella época, Benita da a luz a su único hijo, del cual siempre se ha dudado la identidad de su padre biológico, ya que muchos aseguran que se trata del hijo legítimo de Sarmiento. Lo cierto es que en 1848 el Padre del Aula regresa a Valparaíso con el objetivo de contraer matrimonio con Benita, además de adoptar al pequeño niño y darle su apellido, quien pasa a llamarse Domingo Fidel Sarmiento.

No obstante, los celos constantes de Benita hacen que la pareja comience a tener problemas, que conducen al matrimonio al fracaso inevitable, por lo Sarmiento decide alejarse durante un tiempo.

Así es que Sarmiento regresa a su patria, y en Buenos Aires encuentra a una joven que había conocido de niña, pero que el paso de los años la habían convertido en una adolescente hermosa, inteligente, y amante de la política: Aurelia Vélez Sársfield, hija de Dalmácio Vélez Sársfield, quien fuera amigo de Sarmiento. Aquella era la mujer ideal para él, pero lamentablemente aún estaba casado, y Aurelia también, ya que había contraído matrimonio con su primo Pedro Ortíz Vélez.

«Te amo con todas las timideces de una niña y con toda ia pasión de que es capaz una mujer. Te amo como no he amado nunca, como no creía que era posible amar. He aceptado tu amor porque estoy segura de merecerlo. Sólo tengo en mi vida una falta y es mi amor a ti. Perdóname encanto mío, pero no puedo vivir sin tu amor. Escríbeme, dime que me amas, que no estás enojado con tu amiga que tanto te quiere».
Aurelia Vélez Sarsfield.

En 1857 Benita cansada de esperar el regreso de su marido, decidió viajar a Buenos Aires, algo que en realidad fue una mala noticia para el Padre del Aula, por lo que su desprecio por Benita crece, de la misma manera que se acrecienta su amor por Aurelia.

Cuando Sarmiento se muda a San Juan para cumplir con su cargo de Gobernador, comienza a escribir cartas a Buenos Aires, para su esposa Benita, para su hijo Dominguito y para su amada Aurelia. Pero el destino que nada perdona, hizo que una de las cartas de amor destinadas a Aurelia cayera en manos de Dominguito, quien inmediatamente se la mostró a su madre.

Aquello que al principio había sido una mala pasada casual se convirtió en el motivo que permitió a Sarmiento separarse definitivamente de Benita, después de 14 años de matrimonio. Cabe destacar que fue en esa época que Sarmiento se entera de que su mujer lo engañaba, y que además estaba esperando un hijo de otro.

Dos años después, parte a Estados Unidos para desenvolverse como Embajador, y a pesar de seguir enamorado de Aurelia, allí mantiene un romance con una joven profesora de ingles llamada Ida Wickersham, quien también estaba casada.

Aquella aventura perdura por mucho tiempo, incluso mantuvieron el contacto a través  de cartas, cuando en 1868 Sarmiento regresa a Argentina siendo elegido Presidente de la República. Mientras tanto, Sarmiento continúa profundamente enamorado de Aurelia Vélez Sársfield.

Los años pasaron, y al cumplir 77 años Sarmiento parte a Paraguay. Una vez allí le escribe a su gran amor para que se reúna con él, a lo que Aurelia, quien también se confesó enamorada del Padre del Aula, responde de manera positiva viajando a Paraguay.

Nuevamente el destino les jugaría una mala pasada, ya que Aurelia no alcanzó a hallarlo con vida a Sarmiento, quien daría su último respiro el 11 de septiembre de 1888.

DALMACIO FUE QUIEN ABRIÓ LAS PUERTAS POLÍTICAS DE BUENOS AIRES AL SANJUANINO, Y TAMBIÉN LE ABRIÓ LA PUERTA DE SU CASA. LA PUERTA DEL DORMITORIO DE SU HIJA ES PROBABLE QUE LA HAYA ABIERTO DOMINGO FAUSTINO, PERO SOBRE ESTOS TEMAS NUNCA SE SABE CON SEGURIDAD CÓMO FUERON LAS COSAS.

ALGO MAS SOBRE AURELIA VELEZ SARSFIELD:
Fuente: Cuadernillo N°11 Aurelia Vélez Sarsfield –
La Hija de Dalmacio, la Amante de Sarmiento
Universidad Nacional del Litroral

La historia de amor empieza cuando Aurelia ya está separada de su marido y Sarmiento ha regresado a Buenos Aires y trabaja en el diario que dirige don Dalmacio.

Aurelia aún no ha cumplido veinte años pero es una mujer inteligente, despierta, que ha vivido experiencias inusuales para una muchacha de su edad y de su clase y que, a pesar de los dolores de cabeza que le ha dado a su padre, es su preferida y su principal colaboradora intelectual.

Los hombres y las mujeres que la conocieron sugieren que no era lo que se dice una mujer hermosa. La palabra «interesante» tal vez sería la más adecuada para caracterizarla. Los retratos que se conservan de ella no permiten decir que fuera fea. Sus ojos, su boca, la expresión un tanto irónica, un tanto burlona, dan cuenta de una mujer que, si el retrato no miente, era algo más que «interesante».

Aurelia, en 1853 se casó con su primo Pedro Ortiz Vélez. El resultado de ese noviazgo y casamiento fue un fracaso total, incluidas las infidelidades, el crimen y el probable aborto. Hay una discusión entre los historiadores sobre la fecha de ese casamiento, porque algunos la ubican en 1858 aunque lo más probable, atendiendo a la documentación disponible, es que haya sido en 1853.

Se dice que fue en la redacción del diario El Nacional que Aurelia conoció al hombre de su vida. Sarmiento ingresó a ese diario de la mano de su amigo Dalmacio en julio de 1855.

Dalmacio fue quien abrió las puertas políticas de Buenos Aires al sanjuanino, y también le abrió la puerta de su casa. La puerta del dormitorio de su hija es probable que la haya abierto Domingo Faustino, pero sobre estos temas nunca se sabe con seguridad cómo fueron las cosas.

No se conoce con certeza qué día se conocieron los futuros amantes, tampoco si quedaron deslumhrados de entrada o si se fueron enamorando a medida que se conocían. De lo que sí hay bastantes certezas es de que ya para entonces Aurelia no sólo había protagonizado el escándalo que todo Buenos Aires comentó en su momento, sino que era también una eficaz colaboradora de su padre, algo así como una secretaria de confianza que le llevaba al día su correspondencia y le ordenaba los papeles.

Digamos que la mujer que Sarmiento conoce en 1855 tiene diecinueve años, pero es una mujer formada políticamente y que ha vivido una experiencia afectiva que la ha marcado de una manera especial.

Vale la pena aclarar esto, porque si no sobrevive el prejuicio de que Domingo Faustino sedujo a una niña inocente y desvalida aprovechándose de la amistad con el padre y de su experiencia como amante.

Para 1855 Aurelia no tenía nada de inocente, y su estilo de vida y sus gustos tenían poco que ver con los de las niñas de su edad. Respecto del abuso de confianza de Sarmiento por haber seducido a la hija de un amigo, habría que decir que Vélez Sarsfield jamás censuró esa relación, que la conoció prácticamente desde sus inicios y que no hay un escrito, una palabra que indique que el viejo estuviese fastidiado por la relación de su amigo con su hija. Por el contrario, hay testimonios de que no sólo aceptaba la relación, sino que, en cierto sentido, estaba satisfecho por que las cosa fueran así.

No deja de sorprender la conducta del padre de Aurelia. Es un hombre mayor, conservador, que acepta que su hija mantenga relaciones con un hombre casado. Es que pareciera que, después del escándalo protagonizado con Pedro Ortiz, don Dalmacio había quedado curado de espanto, y todo lo que hiciera Aurelia le parecía poco o nada comparado con lo que había ocurrido con ese desgraciado matrimonio y lamentable desenlace.

Pero, más allá de las especulaciones, sigue pendiente el interrogante respecto de la comprensión que tuvo Dalmacio por la relación de su hija con su amigo.

En algún momento los historiadores discutieron si la relación entre ellos fue la de amantes o amigos íntimos. Hoy esta discusión está superada, pero en otros tiempos a muchos historiadores les resultaba chocante admitir que el procer Sarmiento hubiera sido un amante fogoso de niñas recién salidas de la adolescencia, porque -vale la pena recordar- María del Canto también era lo que se dice una niña cuando quedó embarazada de su maestro en la escue-lita chilena de Los Andes.

 

Mariano Moreno – Guadalupe Cuenca Romances Penosos Funestos

Mariano Moreno y Guadalupe Cuenca – Romances Penosos y Funestos

HISTORIA DE LOS ROMANCES ARGENTINOS
Mariano Moreno y Guadalupe Cuenca

Mariano Moreno - Guadalupe Cuenca Romances Penosos FunestosUn simple camafeo con la imagen de una hermosa muchacha fue el punto de partida para el nacimiento de una historia de amor sin igual. Según se sabe, en el año 1800 el joven Mariano Moreno había viajado al Alto Perú para cursar sus estudios religiosos en la Universidad Chuquisaca.

Su máxima ambición por aquellos tiempos residía en convertirse en padre de la Iglesia Católica, por lo que se disponía a educarse en teología y llevar a cabo el seminario en la prestigiosa alta casa de estudios.

No obstante, el acercamiento de Moreno a las teorías sociales de Rousseau y Montesquieu hizo que finalmente se decidiera por estudiar Derecho. Pero además hubo otro hecho que fue motivo del renunciamiento del joven al seminario religioso.

Según cuenta la historia, una tarde el joven Moreno visitó una joyería en Chuquisaca, donde accidentalmente encontró un camafeo que incluía en su interior la fotografía de una de las más bellas jóvenes que había visto en toda su vida. Ante la requisitoria insistente del joven, el joyero le proporcionó los datos necesarios para contactar a la muchacha, y así fue que Moreno inició el cortejo a Guadalupe Cuenca.Guadalupe Cuenca

Por aquella época, él tenía 24 años y ella sólo 14, pero la diferencia de edad no fue motivo suficiente para impedir su unión, que concluyó con el matrimonio el 20 de mayo de 1804 en la Catedral de Chuquisaca.

Casi un año después nació el único hijo de la pareja, quien fuera bautizado con el mismo nombre que su padre. Poco después la nueva familia se trasladó a Buenos Aires, donde Moreno comenzó sus trabajos como abogado del Cabildo.

Su cada vez mayor participación política lo llevaron en enero de 1809 a ser parte del motín de Alzaga, que se levantó contra el Virrey Liniers, y que básicamente luchaba por lograr el fin del monopolio español en el país.

Muy pronto ocuparía el cargo de secretario de la Primera Junta, durante el año 1810, como así también la dirección del primer diario nacional denominado “La Gazeta de Buenos Aires”. Y mientras Moreno vive intensamente su pasión política, luchando de manera incansable para lograr la independencia del país y dedicando su tiempo libre a traducir los textos de Rousseau, no hay tiempo para su amada Guadalupe.

No obstante, su amor incondicional continúa sin extinguirse, y Guadalupe se transforma en la compañera ideal de un hombre que dio su vida por la Nación.

En el mes de diciembre de 1810, ante las permanentes contrariedades y amenazas recibidas, Moreno renuncia a su cargo en el Congreso, y es destinado a Londres como agente diplomático.

El 24 de enero de 1811 se produce el último encuentro entre Moreno y su mujer, ya que él se embarcó en la nave inglesa La Fama, para cumplir con su destino, que supuestamente lo conduciría a Londres.

Sin embargo, Moreno finalmente muere en alta mar el 4 de marzo de ese mismo año, generando un sinfín de dudas en torno al motivo de su deceso, ya que incluso se sospecha que puede haberse producido por envenenamiento.
De aquel amor insoslayable que mantuvieron Guadalupe y Mariano sólo queda un puñado de cartas, aquellas que la mujer le escribiera a su marido sin saber aún que él había muerto, y que una vez regresadas al remitente, Guadalupe guardó sin abrir junto a sus más preciados tesoros.

Aquellas cartas que casi siempre culminaban con la siguiente frase: “Haceme llevar. Adiós, mi Moreno, no te olvides de mí, tu mujer”.

Maria Remedios de Escalada Esposa de San Martin Matrimonio

María Remedios de Escalada Esposa de San Martín

San Martín y Remedio de Escalada

Maria Remedio de Escalada esposa de San Martin Historias de AmorUna velada en la casa de Don Antonio José de Escalada fue el lugar y el momento adecuado para que José de San Martín, recién llegado a estas tierras, conociera a la que sería su gran amor: María de los Remedios Carmen Rafaela Feliciano Escalada de la Quintana.

Al día siguiente de aquel encuentro, el Libertador escribiría a su amigo Mariano Necochea: “Esa mujer me ha mirado para toda la vida”, sellando así una relación que perduró por años y que se convertiría en leyenda.

Poco tiempo después de que José de San Martín llegara a Buenos Aires y luego de haber obtenido su graduación, y como solía acostumbrarse en aquella época, fue presentado en sociedad, pudiendo acceder así a las más tradicionales e influyentes familias de la ciudad. Entre estas familias se encontraban la de Don Antonio José de Escalada.

La historia de aquel hombre, un criollo rico que resumía la tradición de las viejas familias coloniales, combinadas con las formas más cortesanas que había dejado el virreinato, estaba casado en segunda nupcias con Doña Tomasa de la Quintana, quien a su vez tenía dos hijas, llamadas María de las Nieves y María de los Remedios.

San Martín llegó a la casa de los Escalada a través de Don Antonio, quien lo había invitado para una velada en la que además de la diversión habitual se discutirían cuestiones políticas. Pero lo cierto es que aquella reunión terminó convirtiéndose en un momento mágico, cuando las miradas de José de San Martín, de 34 años, y María de los Remedios de Escalada, de 15 años, se cruzaron por primera vez.

Así fue como finalmente ambos comenzaron un noviazgo, que fue aprobado por unanimidad por la familia Escalada, ya que San Martín había estrechado fuertes lazos con el clan, sobre todo con Don Antonio y con sus hijos Mariano y Manuel, quienes posteriormente acompañarían al Libertador en sus Campañas de Chile.Maria Remedio de Escalada esposa de San Martin Historias de Amor

El ansia por concretar definitivamente su amor, llevó a San Martín a solicitar la reglamentaria licencia militar a sólo cinco meses de llegado al país, con el fin de efectuar la boda. Una vez autorizado el pedido de matrimonio por el Triunvirato, la ceremonia nupcial se llevó a cabo el 12 de setiembre de 1812, en la Catedral de Buenos Aires.

Lamentablemente, las obligaciones militares de José de San Martín hicieron que poco después de la boda, él debiera abandonar el hogar para marchar junto a los Granaderos a San Lorenzo. Mientras tanto, María de los Remedios permaneció en casa de sus padres, siendo ese el comienzo de una corta vida en común, en la que la pareja debería aceptar que lo primero era la Patria.

No obstante, el gran amor que María de los Remedios sentía por su marido acortó la distancia, y finalmente dos años después se reunieron en la provincia de Mendoza, momento en el cual San Martín asumiera como Gobernador de la provincia de Cuyo.

Decidieron entonces radicarse en Alameda, Mendoza, en la casa que cobijó su amor por un período escaso, pero que sería la temporada más larga que la pareja viviría junta, esto debido a las misiones emprendidas por el Libertador, entre las que debió llevar a cabo la preparación del ejército patriota, que posteriormente cruzaría la Cordillera de los Andes hacia Chile.

En Mendoza, Remedios, además de atender a su marido, también se dedicó a continuar con la práctica del espíritu hospitalario que había aprendido desde su niñez en su casa paterna, por lo que su hogar habitualmente recibía la visita de las más influyentes damas mendocinas.

Con ellas, remedios fundó la denominada Liga Patriótica de Mujeres, que colaboraría en la organización del Ejército de los Andes, donando joyas y bienes para adquirir el equipamiento de las tropas. Asimismo, este grupo de mujeres fueron las creadoras de la bandera que llevaría en alto el ejército encabezado por José de San Martín.

El 31 de agosto de 1816 nace la única hija de la pareja, que fuera bautizada Mercedes Tomasa, que durante el exilio de San Martín en Europa se convertiría en su única compañía.

Al llegar el momento de la partida hacia Chile, y ante la realidad de la enfermedad que padecía Remedios, quien había enfermado gravemente de tuberculosis, José de San Martín le pidió a su esposa que regresara a la casa de sus padres en Buenos Aires.

Lo cierto es que lamentablemente la enfermedad avanzó de forma rápida y certera, haciendo que Remedios encontrara la muerte el 3 de agosto de 1823, quien por esa época sólo tenía 27 años. De esta forma culminó para siempre aquella historia de amor, que a pesar de que se concretó en un matrimonio que duró 11 años, lo cierto es que vivieron más de la mitad separados, priorizando la Patria a sus sentimientos mutuos.

Leopoldo Lugones Romance del Poeta Argentino Biografia Vida y Obra

Leopoldo Lugones Romance del Poéta Argentino Biografía Vida y Obra

BREVE BIOGRAFÍA DE LEOPOLDO LUGONES
HISTORIA DE LOS ROMANCES ARGENTINOS
Leopoldo Lugones y Emilia Santiago Cadelago

Mi amor en tus ojos, el cielo.
Mi amor en tus manos, la suerte.
Mi amor en tu boca, el anhelo.
Mi amor en tu alma, el consuelo.
Mi amor sin el tuyo, la muerte.

Leopoldo Lugones Aquellas habían sido las palabras elegidas por el escritor Leopoldo Lugones para poner de manifiesto los profundos sentimientos que experimentaba por su amante, la joven Emilia Santiago Cadelago, en un poema que sería premonitorio de la gran tragedia final.

El reconocido poeta había contraído matrimonio en su juventud con Juanita González, el primer amor de su vida, formando una familia basada en importantes principios. Uno de ellos era la fidelidad, por lo que las décadas felices transcurridas por la pareja hicieron que Lugones se autoproclamara como el hombre más fiel de Buenos Aires.

Si bien ambos eran oriundos de Córdoba, pasaron gran parte de su vida en la capital del país.

Durante las primeras épocas de la pareja nació el hijo de ambos, quien fuera bautizado como Leopoldito, que con el tiempo no sólo sería único heredero de la familia, sino también recordado como uno de los personajes más nefastos de la historia argentina, ya que de adulto se convirtió en el instaurador de la picana eléctrica como método de tortura en nuestro país.

La fidelidad de Lugones hacia Juanita era tal, que incluso llegó a escribir un libro dedicado a su esposa, titulado “El libro fiel”, que fuera publicado en 1912. Mientras tanto, el poeta mantenía una rutina tranquila, sin sobresaltos, junto a su amada y abnegada esposa y su pequeño hijo, que crecía haciendo sentir viejos a sus padres.
Pasaron casi treinta años de matrimonio y fue en ese momento que un episodio atípico cambió para siempre el destino de la familia Lugones.

Corría el año 1926 cuando una hermosa joven llamada Emilia Santiago Cadelago se acercó a la Biblioteca del Maestro, situada en la calle Rodríguez Peña, entre Paraguay y Marcelo T. de Alvear, donde habitualmente trabajaba Lugones.

El motivo era sencillo, la joven estudiante necesitaba una copia del libro “Lunario sentimental” de Lugones, que al no poder conseguir de la forma tradicional creyó que el escritor podía llegar a facilitarle un ejemplar para su tesis universitaria.

El encuentro entre ambos fue trascendental, y más aún durante la cita que mantuvieron el 23 de junio de 1926, cuando Leopoldo Lugones le entregó a la joven un ejemplar de “Las horas doradas” en lugar de “Lunario sentimental”. Aquel no fue un problema para ella, ya que lo importante del encuentro estaba por producirse.

Pocos días después, Emilia comenzó a recibir llamados y cartas de Lugones, que si bien era mucho más mayor que ella, el amor que surgió entre ambos logró derribar cualquier tipo de barrera. Así se inició uno de los romances más perturbadores de nuestro país y de esta forma, lo platónico se convirtió rápidamente en una pasión desenfrenada.
Profundamente enamorados, la pareja se reunía en un pequeño departamento del barrio de Retiro, donde su amor clandestino no tenía objeciones, y podían vivir la felicidad de estar juntos, al menos por unas horas.

A partir de allí, Lugones había dejado de ser ese marido fiel que pregonaba, y Emilia se convertiría en la verdadera mujer fiel de Buenos Aires.

Durante seis años vivieron una pasión realmente intensa, que inició su derrumbe cuando el hijo de Lugones, que ya tenía 35 años, descubrió la verdad y amenazó a la familia de la joven para que Emilia dejara a su padre. Cuando la familia Cadelago supo la verdad, decidieron enviar a su hija a Montevideo, a fin de alejarla definitivamente de su amante.

La desesperación invadió la mente del poeta, quien pasó seis años intentando recuperar a su amada. Ante la imposibilidad de hacerlo, y totalmente desencantado con la vida decidió suicidarse el 18 de febrero de 1938, en una austera habitación de una hostería del Tigre.

Casi cinco décadas después murió Emilia Santiago Cadelago, después de vivir en la soltería y en la amarga soledad de amar en silencio al único hombre de toda su existencia.

LEOPOLDO LUGONES

leopoldo lugones

Leopoldo Lugones (1874-1938), nacido en Villa María, provincia de Córdoba, el 13 de junio de 1874, proviene de familias tradicionales del país, fue poeta, narrador y ensayista argentino. Tuvo una variada actuación política, ya que tuvo contacto con el socialismo (fue uno de sus iniciadores en Argentina), el liberalismo, el conservadurismo y, finalmente, desde 1924, el fascismo. Fue una figura emblemática de la cultura argentina de principio de siglo, condensó en su vida enigmática todas las relaciones posibles en la Argentina, entre un intelectual, el movimiento social, la vida política del país y el poder.

Este hombre que a fines del siglo XIX era un activista afiliado al Partido Socialista Argentino, después, cuando ya era un intelectual de primera fila, tomó contacto con el presidente conservador Roca, el de la Campaña al Desierto contra los indios. Roca quería construir la Nación, justamente, sin indios. Ése era el gran debate de la época y Lugones terminó aceptando esa idea y redefinió el papel del intelectual como formulador del mito de la Nación.

Una de las grandes paradojas de la Argentina, desde el punto de vista de la historia intelectual, es la figura inestable del intelectual argentino, que cabe en todo el ciclo de Lugones, que dura cuarenta años. Lugones no pertenecía a una familia patricia argentina.

Se enroló en el Partido Socialista en el barrio de La Boca, dominado por los descendientes de italianos. Fue aplaudido como el primer poeta argentino de la nueva generación. Era un excelente orador que «incendiaba» los mítines del partido del que finalmente se apartó por su «reformismo». Era el tiempo del Lugones revolucionario, en el que decía: «protestamos contra todo orden social existente». En un momento dejó de frecuentar La Boca, dejó de ser de izquierda y se sumó al orden social conservador cuasi Victoriano de Roca.

Lugones abandonó las convicciones anarco-socialistas juveniles que lo llevaron a fundar, junto con José Ingenieros, el periódico La Montaña. Conjuntamente, militaron tan fogosa como fugazmente en el Partido Socialista Argentino y emprendieron una ruta al margen de las adscripciones partidarias orgánicas.

El diario La Nación convocó a intelectuales a escribir sobre el Centenario de la Revolución de Mayo. En Lugones delegó la escritura de una creación poética alusiva que se concretó en La oda a los ganados y las mieses. Tres años después, el mismo diario anunció que habían finalizado las lecturas de El payador, mediante las cuales Lugones se postulaba como el agente de una íntima comunicación nacional «entre la poesía del pueblo y la mente culta de la clase superior».

El escenario fue el teatro Odeón, donde la selecta y nutrida concurrencia contó entre los asistentes al Presidente de la Nación, Roque Sáenz Peña, y a sus ministros, entre ellos Indalecio Gómez, autor de la ley electoral de 1912. ¿Qué expresaba Lugones durante sus disertaciones para concitar tanto entusiasmo en la prensa y en la élite porteña? Se había vuelto sobre el Martín Fierro, obra poética de José Hernández que desde su publicación en 1872 fascinó a distintos sectores de la sociedad, para revelar que en sus páginas se escondía el poema épico de la nacionalidad argentina.

En ese autoproclamado don profético autorizaba su discurso. Inscripto en la renovación modernista, se embarcó en la búsqueda de una tradición cultural que suturara la sociedad inmigratoria. Si en la década de 1890 la literatura criollista a través de la difusión de folletos y de la representación de las aventuras de Juan Moreira en circos y teatros contribuyó a facilitar el proceso de nacionalización de los inmigrantes, la operación literario-política de Lugones tendióla desvincular al héroe Martín Fierro de toda significación ligada a la protesta social para encarnar en él al espíritu de la patria.

Esa esencialización del gaucho, devenido símbolo nacional, se acompañaba de un descreimiento persistente de Lugones en la democracia basada en el sufragio universal. En el discurso de Ayacucho pronunció aquella famosa afirmación: «Ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada». Así adhirió al autoritarismo fascista y al militarismo, apoyando el golpe de 1930, para finalmente refugiarse en la poesía.

Fuentes:
Argentina, El Siglo del Progreso y de la Oscuridad María Seoane Edit. Crítica
Periódico EL BICENTENARIO Fasc. N° 7 Nota de la Historiadora Leticia Prislei

Ver: Biografía de Manuel Galvez

Amores de la Historia Argentina: Belgrano y Dolores Ezcurra Romances

Amores de la Historia Argentina: Belgrano y Dolores Ezcurra – Romances

HISTORIA DE LOS ROMANCES ARGENTINOS
Manuel Belgrano y María Josefa Escurra

Belgrano A pesar que en los últimos años algunos historiadores de la nueva camada, pertenecientes a la corriente revisionista, intentaron sustentar con mala documentación la teoría que aseguraba que Manuel Belgrano tenía inclinaciones homosexuales, lo cierto es que esta hipótesis se vuelve endeble e increíble cuando se repasa el amor que el creador de la bandera Argentina sintió por la abnegada María Josefa Escurra.

Pero aún hay más, ya que este valiente hombre era conocido entre su círculo de amigos como un galante caballero, que jamás perdía oportunidad de embelezarse con las jóvenes mujeres que pasaban por su vida.

La trágica historia de amor que tuvo como protagonistas a Belgrano y Escurra, si bien se inició con anterioridad, cobró su máximo esplendor cuando el padre de la patria llegó a los 40 años. María Josefa era casada, por lo que aquella relación no tenía futuro. Por ello, Belgrano decidió comenzar a buscar compañera para su vida y eligió como esposa a una jovencita de tan sólo quince años llamada Dolores Helguero, hija de una familia patricia de Tucumán, provincia en la que Belgrano era admirado y profundamente querido.Dolores Ezcurra

No obstante, antes de contraer el matrimonio con la joven, que en realidad nunca se llevó a cabo, el creador de la bandera había estado viviendo un profundo romance con María Josefa Ezcurra, ya que luego de ser abandonada por su marido decidió seguir a Belgrano durante toda su Campaña del Norte.

Cabe recordar que según los historiadores, se cree que Josefa conoció a Belgrano durante su juventud, y que la etapa más intensa de la relación se produjo en el período en que Belgrano regresó de su Campaña al Paraguay en el año 1811. Fue a partir de aquel momento que María Josefa acompañó al Ejército del Norte en la Campaña al Alto Perú.

Durante ese lapso María Josefa quedó embarazada de Belgrano, generando de esta forma una situación social comprometida, que al parecer la pareja no pudo afrontar. Es por ello que ella decidió refugiarse en la estancia de sus amigos Juan Manuel de Rosas y Encarnación Ezcurra, en la provincia de Santa Fe.

Allí dio a luz a su hijo, que debido a las convenciones sociales de la época fue inscripto con el apellido Rosas, siendo reconocido como hijo propio por Juan Manuel y Encarnación. Pero lo cierto es que todos conocían la verdad, por lo que el niño era conocido como Pedro Rosas y Belgrano.

Mientras tanto en Tucumán, la joven Dolores Helguero había comenzado a ser el tema central de los chismes, ya que todos sabían lo que sucedía entre Belgrano y María Ezcurra, además de los ocasionales romances que el militar tenía en cada rincón.

Pero lo cierto es que a Dolores no parecía preocuparle aquello, y decidió darle todo su amor a Belgrano, lo que ocasionó que la joven quedara embarazada. Belgrano se enteró de aquello en plena campaña, y cuando al fin pudo regresar a Tucumán para casarse con Dolores, descubrió que el padre de la joven la había obligado a contraer matrimonio con un tal Rivas, que poco después abandonó a su esposa.

Aquello llevó a Dolores a trasladarse definitivamente a la provincia de Catamarca, donde dio a luz a la pequeña Manuela Mónica del Corazón de Jesús Belgrano.

Si bien ya en sus últimos momentos de vida, Belgrano pudo reunirse con su familia, la inminente agonía no le permitió disfrutar de su paternidad, ya que cuando la niña había cumplido un año, fue enviada a Buenos Aires a la casa de sus tíos Juana y Domingo.

Finalmente, el 20 de junio de 1820 Belgrano murió luego de una profunda agonía producida por la sífilis y la hidropesía que había contraído, siendo un hombre pobre y olvidado por aquel pueblo que supo convertir en patria.

Mariquita Sanchez de Thompson Historia de su Romance Amores Argentina

Mariquita Sanchez de Thompson – Historia de su Romance – Amores Argentina

HISTORIAS DE AMOR:
Mariquita Sánchez y Martín Thompson:

Biografia de Mariquita SanchezPor lo general, la mayoría de los argentinos recuerdan a Mariquita Sánchez de Thompson por el simple hecho anecdótico de haber sido la primera en entonar las estrofas del Himno Nacional Argentino, siendo uno de los salones principales de su casa el lugar elegido para estrenar aquella melodía que nos representa.

Pero lo cierto es que fue también una de las más importantes mujeres de la historia de nuestro país, ya que entregó su vida a la lucha de lograr la igualdad femenina social y políticamente.

Pero además, detrás de aquel nombre que ha quedado para siempre unido al Himno Nacional existió una mujer que amó, y que reflejó aquel sentimiento en los dos esposos que tuvo en su vida, primero Martín Thompson y luego Juan Washington de Mendeville.

Lo cierto es que Mariquita debió enfrentarse a la sociedad y derrumbar varios de los principios que sustentaban los ideales de la época, al querer contraer matrimonio con nada más y nada menos que su primo.

La frecuencia con que los jóvenes se solían ver, seguramente fue el causante de aquel amor que los envolvió y deseó culminar en matrimonio. Pero lo cierto es que cuando la sociedad y los padres de María de los Santos Sánchez de Velasco y Trillo, más conocida como Mariquita Sánchez, se enteraron del idilio amoroso que la joven mantenía en secreto con su primo Martín Thompson surgió el escándalo, y la familia completa pasó a ser la comidilla nacional.

No obstante, totalmente enamorados, y después de un noviazgo prohibido que duró cuatro años, Mariquita y Martín estaban dispuestos a unirse para siempre bajo las leyes del matrimonio sagrado. Por supuesto que al principio recibieron la desaprobación absoluta.

Tanto su padre, don Cecilio Sánchez de Velasco, como su madre, doña Magdalena Trillo, se opusieron rotundamente a permitir dicha unión. Además el padre de Mariquita ya había decidido cuál sería el futuro de su hija, que por obligación familiar debía casarse con Diego de Arco.

Desesperada, la joven envió un reclamo al Virrey Sobremonte con el fin de evitar el inminente compromiso. Para ello desafío por completo las convenciones sociales de la época y presentó el denominado juicio de Disenso, un viejo derecho a través del cual una joven podía solicitar al Rey su protección, con el objetivo de impedir que fuera casada contra su voluntad. Esto hizo posible que la ceremonia se suspendiera gracias a la orden emitida por el Virrey.

Aquel episodio tomó estado público, e inmediatamente todos los habitantes de Buenos Aires se enteraron de lo ocurrido, lo que provocó que la familia decidiera separar a los jóvenes primos, obligando a Martín a mudarse a Montevideo, mientras que Mariquita fue enviada a un convento.

No obstante, el juicio de Disenso continuaba en pie, y a pesar de la muerte de don Cecilio, su mujer, la madre de Mariquita, continuaba oponiéndose a la unión de los jóvenes amantes. El proceso fue extenso, hasta que finalmente en 1805 el tribunal emitió su falló a favor de los novios, permitiendo que contrajeran matrimonio ese mismo año. Aquel juicio fue tan difundido que incluso traspasó las fronteras de nuestro país, llegando a España, donde el gran literato Moratín se inspiró en el hecho para escribir su obra “El sí de las niñas”.

El matrimonio superó diversas crisis, incluso aquellas cuya causa radicaba en relación a la vida pública de ambos. No obstante, llegaría el último día que los vería juntos, cuando el 16 de enero de 1816 Martín Thompson partió en un viaje del que ya no volvería.

El motivo de aquello fue una misión secreta que Martín debía llevar a cabo en los Estados Unidos. Tres años después, el gran amor de Mariquita moría en altamar, cuando se encontraba viajando de regreso a Buenos Aires. De esta forma, ella quedaba viuda por primera vez a los 34 años.