Medicina Criolla

Remedios de los Aborigenes Americanos Medicina Pre Colonial

Remedios de los Aborígenes Americanos

EN TIERRA FIRME: LA NUEVA ESPAÑA: En México se pueden para obtener los datos médicos de dos cronistas que vivieron allí. El primero es el franciscano fray Bernardino de Sahagún quien recopiló información sobre el mundo azteca en la obra Historia General de las Cosas de Nueva España (México).

Había tratamientos para todos los males del cuerpo y las medicinas eran mayoritariamente de origen vegetal: corteza, hojas, raíces, flores y hasta hollín. Un ejemplo: para el dolor de oído se usaba el chili o ají picante.

También había ingredientes de origen animal y uno de ellos era la orina que se usaba para curar caspa, sarna y cráneos descalabrados. Otro ejemplo: la madre que tenía poca leche para amamantar, comía asado el vergajo de los perrillos, esto es, el órgano sexual de los perros chihuahua.

A veces se reunían ingredientes de ambos orígenes Domo en un emplasto para el dolor de muelas hecho con “gusano revoltón” mezclado con trementina. O el compuesto para las nubes de los ojos hecho de nuevo de lagartija, hollín vegetal y agua.

Un caso interesante de a medicina azteca es el de la duración de huesos quebrados de un modo que puede interpretarse como implantación de prótesis.

Escuchemos al fraile Sahagún: «se ha de raer y legrar el hueso encima de la quebradura, cortar un palo de tea que tenga mucha resma, y encajallo con el tuétano del hueso para que quede firme, y atarse muy bien, y cerrar la carne con el patle. . . »“ «Patle” significa veneno, por lo cual deducimos que debió ser una sustancia muy fuerte, de efectos antibióticos.

También había operaciones de cirugía estética para nariz y labios partidos que se cosían con cabello de la víctima.

Para las bubas de la sífilis, que, según escribe el fraile “Lastiman mucho con dolores y tullen las manos y los pies, y están arraigadas en los huesos”, los médicos aztecas recomendaban brebajes y baños. Lo interesante de este dato es que de nuevo corrobora la presencia del mal en épocas prehispánicas..

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Mural de Diego Rivera La Medicina Colonial

Ahora escuchemos los testimonios del soldado-cronista Bernal Díaz del Castillo, del ejército de Cortés, autor de Historia verdadera de la conquista de Nueva España. Sus testimonios son muy valiosos porque, entre otras cosas, nos muestran los padecimientos del conquistador en particular y del hombre de aquel tiempo, ya fuera indio o español.

Así, Díaz del Castillo nos habla del «mal de llagas» y del «mal de lomos» refiriéndose a las ulceraciones y dolores que a los soldados se les manifestaba en hombros y espalda por tanto marchar cargando armas y pertenencias.

También describe los padecimientos que tenían directa incidencia en la salud: el hambre que los inducía a comer alimentos intoxicantes o en mal estado, la sed que los enloquecía, los dientes quebrados por hondazos de indios, pero también por masticar granos de maíz, a veces el único alimento, y el riesgo de vivir en las llamadas “tierras dolientes”, bajas, húmedas, calientes e infestadas de mosquitos transmisores del paludismo.

Otro padecimiento grande era la falta de sal y qué decir de los encuentros con los indios de los que todos salían “cada cual con su herida”. Estas no sólo significaban dolor y dificultad o imposibilidad de movilizarse, sino también la amenaza de la infección.

Para evitarla las cauterizaban con aceite hirviendo, pero había veces que no lo tenían y entonces, cuenta Díaz del Castillo, sacaban el unto —la grasa— de un indio muerto, lo fundían y lo vertían en las heridas. Podemos imaginar el sufrimiento extra que tal cura acarrearía, fuera de las feas cicatrices que dejaría.

En su relato se refiere a las pestes que se ensañaban con la humanidad de aquel tiempo. Nos cuenta de una que a él lo tuvo “muy malo de calenturas y echaba sangre por la boca, y gracias a Dios —dice— me curé porque me sangraron”, recurso médico muy usado tanto por indios como por españoles, juntamente con las purgas y dietas.

A veces las pestes cruzaban el mar desde España a América, como fue la viruela, originaria del Viejo Mundo y responsable, junto a otras enfermedades infecciosas “importadas”, del 75% de las muertes ocurridas entre los indígenas.

Díaz del Castillo narra el caso de un navío en el que se declaró el «mal de modorra» del que muchos murieron, tanto en el trayecto como al llegar a Méjico, entre ellos el licenciado Luis Ponce de León, funcionario de la Corona: “Viniendo del monasterio del señor San Francisco, de oír misa— escribe el cronista— le dio una muy recia calentura y echóse en la cama, y estuvo cuatro días amodorrido… y todo lo más del día y de la noche era dormir; y desque aquello vieron los médicos.., les pareció que era bien que se confesase y recibiese los San tos Sacramentos.., y después de recibidos.., hizo testamento” .

Cuenta el caso de una nave que llegó a Méjico, proveniente de Cuba, trayendo sesenta sol dados. “Todos —escribe— estaban dolientes y muy amarillos e hinchadas las barrigas.., y los sanos, por burlar les… pusimos los panciverdetes, porque traíar los colores de muertos…” ¿Y con qué servicio médico contaban esos soldados conquistadores para aliviar sus sufrimientos? .

Diaz del Castillo menciona a “un zurujano que se llamaba maestre Juan, que curaba algunas malas heridas.., a excesivos precios, y también un medio matasanos que se decía Murcia, que era boticario y barbero, que también curaba”.

Un caso singular era el del soldado Juan Catalán, especie de enfermero y santón, que mientras él y sus compañeros se curaban como mejor podían, “nos las santiguaba y ensalmaba.., todas las heridas y descalabradas”.

Agrega que los indios amigos se impresionaron tanto al verlo obrar como un inspirado, poseedor de dones divinos, que “iban a él y eran tantos, que en todo el día tenía harto de curar”.

No falta en la crónica de Díaz del Castillo la tremenda presencia de la sífilis y hace una patética e inolvidable descripción de un sifilítico: “era muy viejo y caducaba, y estaba tullido de bubas

A continuación agrega un detalle curioso: “estaba tan doliente y ético que le daba de mamar una mujer de Castilla, y tenía unas cabras que también bebía leche dellas…” Es decir que su debilidad era tal, que su estómago no aguantaba otro alimento fuera de leche materna o similar.

Muchas más informaciones de interés médico pueden encontrarse en el inagotable manantial de las crónicas de la conquista.

Al igual que las seleccionadas para este artículo, la mayoría nos impresionan por los primitivos y hasta extravagantes recursos del arte de curar de aquel tiempo; sin embargo, ellos fueron pasos, experimentaciones, ensayos y búsquedas que han contribuido al desarrollo y excelencia de la medicina actual.

PRIMEROS MÉDICOS DE BUENOS AIRES COLONIAL Y SUS HONORARIOS

En 1778 habla en Buenos Aires nueve módicos, dos cirujanos, seis sangradores, cinco boticarios y cuarenta y ocho herberos. El cabildo vigilaba el ejercicio honesto de la medicina y cierta prudencia en la cobranza de honorarios. En 1781 se estableció un arancel según el cual los médicos debían cobrar:

Por una visita simple: 4 reales.
Por visita a medianoche: 1 peso.
Por operación quirúrgica simple: 2 pesos.
Por operación compuesta (como la amputación de las dos piernas): 4 pesos.
Por la amputación de una pierna: 1 peso.
Por visita a dos leguas: a 1 peso por legua.
Por visita que dure días: 6 pesos por día.

En otro arancel se autorizó a los «barberos flebótomos» a cobrar 2 reales por un sangría, y 2 reales por las sanguijuelas. Poner ventosas importaba 2 reales; y y 3 si eran sajadas. Las obstétricas cobraban por su labor 5 pesos y 1 por la visita, para atender a señoras «ricas o de clase»; y sólo 2 pesos con 4 reales si se trataba de mujeres pobres y esclavas.

EL PROTOMEDICATO Y LA PRIMERA ESCUELA DE MEDICINA

Para examinar a quienes quisieran ejercer la medicina y para fiscalizar el desempeño de los que la ejercían, a fin de asegurar su idoneidad y velar por la salud pública, se constituyó en las principales ciudades americanas —así como en la metrópoli— un tribunal presidido por el protomédico.

En 1570, Felipe II creó el Protomedicato del Perú, y en 1640 se estableció el de Córdoba. En Buenos Aires, el virrey Vértiz estableció el «Tribunal Real de Protomedicato» el 17 de agosto de 1780 y designó para ejercer el cargo al doctor Miguel O’Gorman, a quien secundaron, entre otros, el médico Francisco Argerich y el licenciado José Alberto Capdevila.

La Real Cédula del 19 de julio de 1798, por la cual se convalidó el establecimiento del Protomedicato, con jurisdicción en todo el virreinato, autorizaba también la instalación de una Escuela de Medicina, de la que fueron profesores conspicuos los médicos Agustín E. Fabre y Cosme M. Argerich, como catedráticos de Cirugía y Medicina, respectivamente.

Según el plan de estudios, en 1er. año se estudiaba Anatomía y vendajes; en 29, Elementos de química farmacéutica, fisiología y botánica; en 39, Instituciones médicas y materia médica; en 4ª, Heridas, tumores, úlceras y enfermedades de los huesos; en 59, Operaciones y partos; en 6ª Clínicas.

LA VACUNA EN EL RÍO DE LA PLATA

A Miguel O’ Gorman se deben los primeros empeños por las inoculaciones variolosas en el Río de la Plata.

Por otra parte, a raíz de la inmunización descubierta por Jenner, el rey Carlos IV envió al médico Francisco Javier de Balmis a América para la propagación y práctica del descubrimiento.

El virus vacuno se introdujo en Montevideo por una fragata portuguesa en la que venían 38 esclavos inoculados. De allí, el traficante Antonio Machado Carvalho trajo la vacuna a Buenos Aires a mediados de 1805, inoculada en dos negritos. Desde entonces el gran propagador de la vacuna en el Río de la Plata fue el canónigo Saturnino Segurola.

LA REVOLUCIÓN DE MAYO

La Primera Junta dé Gobierno envió expediciones al interior para sostener con las armas los principios del Pronunciamiento de Mayo, frente a las asechanzas de los realistas.

En esas expediciones fueron enrolados médicos, entre los que merece especial mención el Dr. Juan Madera, Primer Cirujano de la Expedición Auxiliadora del Alto Perú, a quien secundaría Manuel Casal, como segundo cirujano, y Sixto Molouni como boticario. 

La guerra de la independencia contó con la abnegada cooperación de ilustres médicos, como los doctores Cosme Argerich y Diego Paroissien, quienes aliviaron el dolor de los soldados y fortalecieron el patriotismo con su ejemplo.

Fuente Consultada: Revista «Todo es Historia» Nota de Teresa Piossek Prebisch

Leer Parte I de Medicina Colonial

La Medicina y Primeros Medicos en Argentina Colonial -Virreinato-

La Medicina y Primeros Médicos en Argentina Colonial o Virreinato del Río de la Plata

LA MEDICINA EN ESPAÑA: La segunda mitad del siglo XV y las primeras décadas del siguiente fueron fecundas para el desarrollo de la ciencia medica en España.

La autorización conferida por Fernando de Aragón, en 1488, a los médicos y cirujanos de la cofradía de San Cosme y San Damián de abrir o atomizar los cuerpos de los hombres y mujeres que murieran en su hospital, dio a la ciencia médica una sólida base para que pudieran iniciarse los estudios prácticos de anatomía.

Las autopsias y las disecciones cadavéricas, que desde entonces se practicaron regularmente, permitieron llegar a un mejor conocimiento de la anatomía humana, el cual, además de reemplazar la tradicional anatomía comparada de Galeno, abrió nuevos horizontes para la fisiología —en la que pronto surgirían genios creadores como Servet— y permitió a los cirujanos perfeccionar su técnica y los métodos operatorios.

De ahí que los primeros años del siglo XVI señalen para España el comienzo de la enseñanza verdaderamente científica de la anatomía, la difusión de nuevos tratamientos terapéuticos, una multiplicación de los centros de enseñanza, un extraordinario adelanto de la medicina operatoria (tratamiento quirúrgico de las fístulas y curación de las heridas mediante suturas), la incorporación a los planes de estudio de la medicina legal y de las materias clínicas y la construcción de hospitales.

Producido el Descubrimiento de América, los monarcas españoles se preocuparon de que en la expediociones que partína hacia las Indias  occidentales no faltasen médicos y de que se fundasen hospitales en las nuevas poblaciones americanas.

Así vemos que en las instrucciones acordadas por los Reyes Católicos a Colón con motivo de su tercer viaje (1498) se imponía al almirante: «Así mismo debe ir un Físico, e un Boticario, e un Herbolario e algunos instrumentos e música para pasatiempos de las gentes que allá han de estar.»

Conforme se iba operando la conquista y más tarde la colonización, la Corona fue dando normas básicas para resolver los problemas sanitarios en América; el conjunto de estas disposiciones reales registradas dentro de las Leyes de Indias constituye todo un código sanitario.

Entre estas importantes disposiciones se reglamenta:

«Que ninguno cure de medicina, ni cirugía, sin grado ni licencia.»

«Que los protomedicos no den licencias a los que no parecieren personalmente a ser examinados.»

«Que se visiten las boticas y medicinas.»

Si España volcó en sus provincias de ultramar su rica herencia médica, tampoco puede negarse que ésta se enriqueció con nuevos conocimientos con el arte de curar indígena y el aporte de un gran número de drogas americanas: jalapa, quina, copaiba, zarzaparrilla, coca, bálsamo de Tolú, etc.

Como explica un historiador, «el encuentro de la medicina europea con la americana no fue un choque, sino un abrazo»: en lugar de excluirse se complementaron admirablemente.

Por lo que respecta a nuestro país, ignoramos si en las expediciones de Solís (1516) y la de Magallanes (1519) al Río de la Plata viniese algún médico; en todo caso, sus nombres no se han conservado, pero sí conocemos los de expediciones posteriores.

En la de Sebastián Caboto (1527), fundador de la primera población en territorio argentino (fuerte Corpus Chisti) , hallamos en calidad de cirujanos a los maestros Pedro de Mesa, Juan Fernando de Molina y Hernando de Alcázar.

Sabemos que con Mendoza vino el médico Hernando de Zamora; sospechamos que el cirujano sea el bachiller Martín de Armencia, pero ignoramos quién fue el boticario.

Otros galenos fueron llegando en expediciones posteriores, según obligación ordenada por el monarca español, y más tarde, ya en marcha la colonización, correspondió a los Cabildos extender títulos, dar carta de aprobación y castigar el ejercicio ilegal de la medicina.

Que los Cabildos tomaron a pecho todo lo referente a la salud pública son pruebas: la frecuencia en exigir la exhibición de los documentos legales, la represión del curanderismo en todas sus fases, el empeño en retener en la ciudad los médicos y cirujanos de prestigio y, por qué no decirlo también, la vigilancia en mantener precios moderados en los medicamentos y fijar aranceles a los profesionales.

Durante los primeros años de la colonización, el Río de la Plata careció de médicos. Los enfermos confiaban su curación a los esfuerzos de la naturaleza.

Las heridas y traumatismos todos sabían curarlas; mas, tratándose de enfermedades internas, las circunstancias obligaron a menudo a recurrir a las prácticas y elementos curativos utilizados por los aborígenes.

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Respecto a la llegada de nuevos «médicos» a estas lejanas e inhóspitas tierras, el médico Omar López Mato explica en su libro «La Patria Enferma» lo siguiente:

Fundada una vez más Buenos Aires por don Juan de Garay, se destinó un predio en la nueva aldea para instalar un hospital que habría de llamarse como el patrono de la ciudad, San Martín de Tours, y debía ubicarse en la manzana de 25 de Mayo y Corrientes. Este proyecto nunca se concretó porque justamente faltaba quien lo atendiera.

El mismo padre Guillermo Furlong afirmaba: «Nació pues la ciudad de Buenos Aires sin tener médico, boticario ni cura, trinidad infaltable en todo pueblo».

El primero en instalarse en la aldea diciendo ser médico fue el portugués Manuel Álvarez, aunque algunos sostienen que ya andaba por estos lares un tal Pedro Díaz que no debió de haberlo pasado nada bien, ya que Antonio López, uno de los primeros habitantes de la nueva Buenos Aires, fue condenado por herir fieramente a Díaz.

Quizás haya sido éste el primer litigio por praxis médica en estas tierras que no se resolvió por los intrincados caminos de las leyes sino por vía directa de los puños.

Manuel Álvarez tuvo más suerte (o quizá más conocimientos) y el 31 de enero de 1605 firmó un contrato con el Cabildo, en el que la institución se comprometía a pagarle cuatrocientos pesos en frutos de la tierra, a cambio de sus servicios.

Sin embargo, era tan miserable la aldea que, escasos meses después, el pobre maese Álvarez reclamaba los honorarios que no le habían sido abonados aún.

Al año debió renunciar, cansado de tantos reclamos insatisfechos. Le cabe al maese Álvarez ser el primer médico de Buenos Aires en recibir un «paga dios» como honorarios por sus servicios. Muchos más engrosarían esta lista que parece no tener fin.

A lo largo del mismo 1605 se instaló en Buenos Aires otro médico, el portugués Juan Fernández de Fonseca, y al año siguiente otro de la misma nacionalidad.

Esta proliferación de galenos lusitanos obedeció a la simple razón de que, ese año, los inquisidores portugueses visitaron las colonias del Brasil. No es extraño suponer que muchos cristianos nuevos hayan buscado otros horizontes para no sufrir viejos tormentos eclesiásticos.

Correspondió a un tal Miranda el honor de figurar en el primer recibo por honorarios médicos otorgado en Buenos Aires. Constaba que el galeno había asistido a doña María de Bracamonte, viuda del gobernador Valdez y de la Banda, sin especificar la suerte de doña María, que no debió de haber sido tan funesta ya que, al menos, saldó sus deudas.

En 1608 apareció don Francisco Bernardo Xijón, el primer médico español con título hábil y reconocido. Comenzó con el doctor Xijón un problema que hostigaría durante largos años la práctica de la medicina nacional: la legitimidad de los diplomas que certifiquen la condición de galeno.

Como cinco galenos para este villorrio era un exceso, el doctor Xijón solicitó que el Cabildo les exigiera a los demás médicos (o supuestos médicos) que mostraran sus títulos habilitantes.

Mutis por el foro, silencio en la noche. Los galenos truchos recogieron sus petates y, de la noche a la mañana, nada se supo de ellos. Don Xijón quedó así como único prestador en toda la ciudad, pero no por mucho tiempo porque, acompañando a Ortiz de Zarate, llegó a estas orillas el italiano Lorenzo de Menaglioto, quien decía ser médico, al igual que el cirujano portugués Juan Escalera de la Cruz, quien arribó junto al nuevo gobernador don María Negrón, a fines de 1609. Nuevo conflicto en puertas.

Para 1630 ya eran varios los médicos que vivían en Buenos Aires, y pocos los recaudos que se tomaban para confirmar su condición, a pesar de los periódicos reclamos del doctor Xijón, que ya tenía cansados a los honorables miembros del Cabildo con tanta litigiosidad.

Muerto el doctor Xijón, el vizcaíno Alonso Garro de Aréchaga tomó la antorcha de la legitimidad, aunque para ese entonces los títulos eran fácilmente reproducibles y las falsificaciones estaban a la orden del día.

Don Garro propuso a los cabildantes que lo importante era demostrar la ideoneidad del profesional y sus conocimientos. ¿Cómo? Pues, hombre, ¡con un examen! ¿Y quién sería el examinador? ¿Quién otro que Alonso Garro de Aréchaga?

Fue así como Garro, secundado por el médico Francisco Navarro, examinó a Pedro de Silva y a Antonio Pasarán para valorar sus condiciones de profesionales. Este último pasó el examen mientras que Silva fue reprobado.

Fue este el primer examen de medicina tomado en la ciudad de Buenos Aires.

«La Patria Enferma»
Omar López Mato

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En lo tocante al número de médicos, si bien hubo épocas en que escasearon en algunas poblaciones, de ordinario estuvieron bien dotadas de estos artífices de sanidad; así, en 1765 tenía Buenos Aires unos diez médicos y cirujanos, lo que ciertamente no era poco para una población de 18.000 habitantes.

En un principio, las ciudades más importantes ordenaban el envío temporario de un médico a villas dependientes de su jurisdicción, pero a fines del siglo XVIII aún en estas escuálidas poblaciones fueron estableciéndose facultativos.

CONTRIBUCIÓN DE LAS ORDENES RELIGIOSAS. Al establecer las Reducciones entre los indios guaraníes, los jesuítas, a fuer de celosos misioneros, tuvieron que improvisarse en expertos enfermeros, pues los indígenas, tan fuertes y sanos en su vida selvática, se enfermaban con facilidad estando reunidos en pueblos.

Naturalmente que estos primeros jesuítas, no entendiendo mucho en medicina y medicamentos, suplieron con más buena voluntad que ciencia adecuada, el oficio de galenos.

Con el tiempo, el conocimiento que llegaron a tener de las propiedades curativas de ciertas plantas, y valiéndose a veces de las prácticas que habían visto hacer a los indígenas, algunos de estos religiosos llegaron a adquirir prestigio en el difícil arte de curarjcomo el santafesino Buenaventura Suárez y el tirolés Segismundo Aperger, que se atrevieron a hacer curaciones más o menos atrevidas sin que por ello dejaran de ser dos curanderos de buena ley, por exigencia de los tiempos.

Estas mismas limitaciones indujeron a los misioneros a pedir a su general el envío de hombres especializados en la ciencia de Galeno.

Con cuatro médicos de prestigio contó la Compañía de Jesús: los Hermanos Blas Gutiérrez, Juan Zubeldía y Pedro Montenegro, y el P. Tomás Falkner.

Pocas noticias poseemos de los dos primeros, mientras que sí sabemos que Hermano Pedro Montenegro, excelente herbolario y hábil cirujano, fue el más grande médico con que contaron las Reducciones guaraníticas en el siglo XVIII. Prueba de esta capacidad son sus renombradas obras afines a la materia Libro de Cirugía y sobre todo el Recetario Médico, conocida modernamente con el nombre de «Materia Médica Misionera», que consta de cinco partes, siendo la última un agregado posterior.

En cuanto  Tomás Falkner, estudió medicina en la capital inglesa bajo la dirección del célebre médico Ricardo Mead; al terminar su carrera fue comisionado al Río de la Plata por la «Royal Society», de Londres, para que en nombre de la institución y a expensas de la misma estudiara las propiedades médicas de las aguas y yerbas americanas.

Llegado a Buenos Aires en 1730, dos años después abjuró el calvinismo e ingresó en la Compañía de Jesús, españolizando su apellido por «Falconer», autorizándosele a ejercer la medicina con ciertas restricciones .

Ordenado sacerdote en 1739, ejerció por espacio de veintiocho años su doble apostolado de misionero y médico; fue también un herborista célebre y compuso la extensa obra A treatise on American distempers cured by American druggs («Tratado sobre las enfermedades americanas curadas con medicinas americanas»), cuyos originales, lastimosamente, se han extraviado.

Tal fue la figura simpática de este relevante médico inglés de la época colonial, y con el cual sólo puede parangonarse otro eximio médico británico: Miguel Gorman.

¿Entre los curanderos de otras Ordenes adquirió celebridad en su época el franciscano fray Pedro Luis Pacheco, que desde 1791 a 1806 atendió con notable pericia a toda clase de personas, y, además de extender receta, él mismo administraba un botiquín en elconvento, lo que le atrajo no pocas contrariedades de parte de boticarios aprobados.

Cerramos esta apretada exposición sobre la labor médica de los jesuítas haciendo referencia a los Padres Betlemitas, institucion de origen americano  dedicada exclusivamente al servicio de hospitales.

Solicitados por el Cabildo de Buenos Aires, llegaron al país el 4 de noviembre de 1727, haciéndose cargo del Hospital San Martín, y más tarde de los hospitales de Córdoba y Mendoza, de donde salieron en 1817 acompañando al ejército de los Andes.

ORGANISMOS SANITARIOS EN LA ÉPOCA COLONIAL:
Hospitales coloniales. La fundación de hospitales en la época hispana se asienta en la legislación respectiva.

Así, en la Recopilación de los Reinos de Indias, en la ley I, leemos:

«Encargamos y mandamos a nuestros Virreyes, Audiencias y Gobernadores que con especial cuidado provean, que en todos los pueblos de Españoles e Indios de Provincias y jurisdicciones, se funden Hospitales dónde sean curados los pobres enfermos, y que se exercite la caridad Christiana.»

Como ésta, otras muchas sabias y benéficas disposiciones.Consecuentes con estos principios de carácter público, los fundadores de ciudades señalaron en el égido de las poblaciones el solar destinado a hospital, de ordinario al lado de la iglesia.

Llama la atención la disposición del fundador de San Juan, capitán Juan Jufré, al destinar solares para dos hospitales: uno destinado a los españoles y otro a los naturales.

Mas si se señalaron los solares, nuestro país casi no tuvo hospitales hasta principios del siglo XVIII. Las razones eran muy sencillas: las gentes de entonces, como las de ahora, preferían cuidar sus enfermos en casa; además, la población gozaba de excelente sanidad al disponer de vastos terrenos, recibiendo las casas aire y sol sin limitación y llevando sus moradores un régimen de vida muy frugal a base de alimentos sanos y de mucho ejercicio (léase: «trabajo»).

Pero, más que nada, la carencia de edificios hospitalarios se explica por la escasez de población; como muy graciosamente acota el P. Furlong: «no había hospitales porque no había enfermos, y no había enfermos porque no había habitantes»; y prueba de ello es que algunas veces el Cabildo, deseando aprovechar el local, disponía «alquilar la casa del hospital a los que la quisieran», o bien lo transformaban en «Casa de Recogimiento para mujeres’ en peligro o Beaterío» .

Cabe hacer notar que la mayoría de los hospitales de la época hispánica surgieron no tanto al conjuro de los Cabildos cuanto a la munificencia de individuos de fortuna: fueron, como se estila ahora, fundaciones particulares.

La ciudad de Córdoba contó con el Hospital Santa Eulalia casi desde el comienzo de su existencia (1577).

El dinámico Garay, al hacer el trazado de Buenos Aires, señaló el solar para el edificio del «Hospital del Señor San Martín» (manzana comprendida por las actuales calles: 25 de Mayo, Sarmiento, Corrientes y Reconquista).

Si bien este solar cumplía con la disposición de la Recopilación de Indias, dictada en 1573, que ordenaba levantar los hospitales cerca de la iglesia, se cambió la ubicación primitiva por ser un lugar despoblado, teniendo además en cuenta lo «distante del comercio, y por lo mismo, ser mayor la dificultad para reunir las limosnas, y además, viniendo por la mar la mayor parte de los pobres enfermos, era más a propósito la cuadra que tenían (por calles) Fernando Barrios, Francisco Rivero, el capitán Antón Higuera y Pedro Izarra .

Habiendo cedido los pobladores esas tierras, se erigió en ella el hospital, por el gobernador Hernandarias, el 6 de junio de 1605, en la manzana comprendida por las actuales calles: Defensa, Balcarce, México y Chile. Este hospital destinado sólo a hombres fue conocido desde entonces como «Hospital del Alto de San Pedro».

Durante mucho tiempo estuvo exclusivamente al servicio de los militares del presidio, «los cuales se encontraban tan desasistidos, que morían más a la necesidad que al rigor del accidente».

A partir de 1745, después de largas y engorrosas tramitaciones, el hospital que había sido de militares, se convirtió en general y se encargó a un vecino notable de la ciudad, don Domingo de Basavilbaso de traer de Potosí cuatro o cinco padres bethlemitas para que se pusiesen al frente del establecimiento (1761).

De 16 camas que contaba el hospital, los bethlemitas las aumentaron a 84 en sucesivas ampliaciones.

En este sitio se mantuvo por muchos años, prestando a la población menesterosa sus humanitarios servicios, hasta que con el correr del tiempo y el aumento de población se encontró reducido el local, trasladándose, mediante la indispensable célula Real, al barrio de la «Residencia», llamado así por estar ubicado allí la mansión o residencia de los sacerdotes de la Compañía de Jesús.

Comprendía un espacioso terreno de manzana y media abarcadas por las calles Bethleem (hoy Humberto), Santa Bárbara (San Juan), San Martín (Defensa) y Santo Cristo (Balcarce).

El antiguo hospital se destinó entonces para convalecientes, locos, incurables y enfermos contagiosos, con el nombre de «Santa Catalina», subsistiendo hasta 1821 en que fue clausurado por decreto.

En cuanto al hospital de la Residencia, que fue durante muchos años el único con que contó la ciudad, subsistió hasta 1882 en que se habilitó el «Buenos Aires» y en el hicieron sus cursos clínicos todos los médicos que recibieron en la ciudad en ese largo período de tiempo.

Fuente Consultada:
HISTORIA DE LA CULTURA ARGENTINA ARTE-LITERATURA-CIENCIAS de Manuel Horacio Solari Editorial «El Ateneo»
HISTORIA DE LA CULTURA ARGENTINA Tomo II de Francisco Arriola Editorial Stella

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AMPLIACIÓN:

En las crónicas de la conquista de América hay interesante información sobre temas relativos a salud, enfermedad y medicina.

Se la encuentra a partir de la que podemos llamarla crónica fundadora, aquella titulada Relación acerca de las antigüedades de los indios cuyo autor es Fray Ramón Pané, de la Orden de los Gerónimos.

Es la primera obra escrita en nuestro continente, en una lengua europea, y la primera investigación etnográfica sobre indígenas americanos.

Así explicaba un misionero la despiadada terapéutica que había presenciado entre los indígenas de Tierra del Fuego.

«Cuando un indio, hombre o mujer, viejo o joven, grande o chico, se halla enfermo, se llama al médico, quien hace colocar al enfermo a sus pies, y después de repetidas fricciones en la parte dolorida, si ésta es, por ejemplo, el vientre, se pone encima, de pie o de rodillas, y lo pisotea fuertemente.

Cuando la parte enferma es la cabeza, las espaldas o el hombro, entonces se cambia de procedimiento: se reemplazan los pisotones por tremendos puñetazos, que el enfermo recibe con resignación.

Estos «tratamientos terapéuticos» los juzgan tan necesarios que, si no pudieran recibirlos, les parecería faltarles el mundo entero. Es verdad que muchas veces la impaciencia del alma para abandonar el cuerpo la obliga a marcharse antes de que el «tratamiento» termine; mas, esto’ no es suficiente para que ellos cambien de sistema.

Estas «curas» van generalmente acompañadas de gritos, imprecaciones, amenazas, gestos y contorsiones ridículas para obligar al espíritu maligno a huir; pues, según ellos, vive en el cuerpo del enfermo.»

El procedimiento es propio de todas las tribus salvajes de América. Los hechiceros, que también eran curanderos, sacerdotes y adivinos, trataban de «ahuyentar al espíritu maléfico que se había apoderado del enfermo», mediante sopladuras, succiones, u otros recursos mágicos.

Pero, por otra parte, los indígenas adquirieron conocimiento empírico sobre las propiedades terapéuticas de numerosas hierbas y substancias naturales: quina, zarzaparrilla, tabaco, coca, grasa de iguana o de puma, etc.

Estos recursos, así como los «remedios caseros» y supersticiones terapéuticas de linaje español, fueron recogidos por el saber de curanderos, enraizados en la creencia popular.

medicina colonial

Cuando a fines de 1493 Cristóbal Colón llegó por segunda vez a la isla de Santo Domingo lo acompañaba el fraile que había aprendido la lengua de los indios arawak, pobladores de la región.

Colón le encomendó vivir en sus aldeas para informarse sobre sus creencias, costumbres y prácticas, entre las cuales estaban algunas relativas a la medicina.

Según cuenta Paré, entre los indios arawaky como suele ocurrir en los pueblos primitivos— la medicina era ejercida por el brujo de la tribu quien debía poner cara de enfermo, guardar dieta y purgarse juntamente con el paciente.

Lo hacía con aspiraciones de polvo de cohoba que, además, le provocaba alucinaciones.

A veces el enfermo se curaba y, otras, fallecía. En este caso los deudos se comunicaban con su espíritu y si éste les decía que había muerto por mala praxis, apaleaban al brujo-médico hasta dejarlo muerto.

Si se enteraban que había sobrevivido a la golpiza, lo atacaban nuevamente y esta vez —escribe Paré— “le sacan los ojos y le rompen los testículos».

Un dato médico valioso lo hallamos en uno de los mitos que recogió el fraile, relativo a los primeros seres humanos que habitaron la isla.

Dice así: originalmente, todos vivían en cuevas, pero un día, un joven llamado Guahayona decidió buscar otro lugar dónde vivir. Se fue aunque no sin compañía ya que instó a todas las mujeres a seguirlo, incluso a las casadas que abandonaron esposos e hijos.

Recorrió la isla durante un tiempo hasta que en un momento dado, quizá porque ya habrían nacido niños que demorarían su marcha, decidió abandonar el harén y continuar solo.

Pero pronto comenzó a extrañar la compañía femenina y creyó hallarla al encontrarse con una mujer. Intentó conquistarla, pero sucedía según escribe Pané “que el promiscuo Guahayona estaba lleno de aquellas llagas que nosotros [los españoles] llamamos mal francés” .

En otras palabras, padecía síilis y Guabonito (que así se llamaba la mujer) en lugar de ceder a sus requerimientos lo aisló hasta que se curó.

Este mito —que, como varios, debió tener alguna raíz histérica— responde a una pregunta que se plantea la ciencia:¿los españoles contagiaron la sífilis a los aborígenes americanos o éstos a ellos?

La conclusión a que nos conduce el mito es que, a fines del siglo XV, hacía mucho que la enfermedad existía en el Nuevo Mundo, tanto como para estar incorporada a una vieja tradición arawak.

También existía en Europa, donde se la identificaba como “mal francés’ o de “Nápoles”. Es decir que ya entonces estaba difundida por todo el globo.

La Paleontología corrobora el dato ya que en esqueletos aborígenes prehispánicos se han encontrado lesiones típicas de la sífilis.

Años después, en 1533, en la misma Santo Domingo se produjo un caso de interés médico que narra Gonzalo Fernández de Oviedo, primer cronista oficial de la Corona española, en su obra Historia General y Natural de las Indias.

Cuenta que a un joven matrimonio le nacieron siamesas, un pequeño monstruo compuesto por dos cuerpos unidos desde el esternón hasta el ombligo, dos cabezas, cuatro brazos y cuatro piernas.

El hecho causó asombro general, pero, curiosamente, antes que despertar una inquietud científica planteó un problema teológico: ese extraño engendro, ¿debía ser considerado una sola persona poseedora de una sola alma o como personas con dos almas? se preguntó el sacerdote que lo bautizó, quien concluyó se trataba de lo segundo.

Las  siamesas fueron visitadas una delegación compuesta autoridades, vecinos, forasteros, religiosos, más nuestro cronista quien observó que así físicamente, en un sector, formaban un solo ser y, en el resto, eran dos personas distinta, a  veces actuaban al unísono y otras, independientemente. Esto avivaba la pregunta: eran una sola persona o dos?.

 A la semana las siamesas murieron. Fernández de Oviedo presenció la autopsia y comprobó que el único órgano que compartían era el hígado; en el resto, “reunían todas las cosas que en dos cuerpos humanos suele haber… por lo cual —concluye-—muy claramente se conocía ser dos personas y haber allí dos ánimas Así quedó resuelto el principal problema que había suscitado el caso.

Fuente Consultada: Revista «Todo es Historia» Nota de Teresa Piossek Prebisch

Sigue Parte II de Medicina Colonial

 


Principales Investigadores de la Medicina en Argentina Historia

Principales Investigadores de la Medicina-Primeras Cirugias-

GUILLERMO RAWSON, FUNDADOR DE LA CRUZ ROJA ARGENTINA

Principales Investigadores de la Medicina

LOS ESTUDIOS DE LA ANATOMÍA Y FISIOLOGÍA HUMANAS EN ARGENTINA

El estudio de la anatomía en nuestro país está íntimamente ligado con la historia de la medicina. Los primeros antecedentes se remontan al año 1779, en que fue creado por el Virrey Vértiz el Real Protomedicato de Buenos Aires. Esta institución, inaugurada el 17 de agosto de 1780, tenía por objeto controlar el ejercicio de la medicina y la venta de medicamentos.

El Protomedicato comenzó a funcionar bajo la dirección del médico irlandés Miguel O’Gorman, secundado por el Licenciado José Alberto de Capdevilla y el Dr. Francisco Cosme Argerich.

Paralelamente a la obra realizada por esta institución, comenzaron los verdaderos estudios médicos en nuestro país. En 1793 se facultó al Tribunal para enseñar oficialmente la cirugía y la medicina, y el Protomedicato se instaló en el Colegio de San Carlos, teniendo como anexo la Escuela de Medicina, cuyos planes de estudio tenían una duración de 6 años. Los cursos comenzaron en 1801 con 13 alumnos.

En el año 1802 el Dr. O’ Gorman fue remplazado en el dictado de sus cátedras por el Dr. Cosme Argerich.

En 1812, la Escuela tuvo que interrumpir su marcha por los acontecimientos revolucionarios, hasta que se nombró una comisión integrada por los doctores Cosme Argerich, Luis Chorroarín y Diego Zabaleta para reorganizar la enseñanza de la medicina. Es así como en 1813 se creó el Instituto Médico, integrado por seis catedráticos, con un plan de estudios de seis años y con enseñanza gratuita.

Este instituto funcionó hasta 1821, año en que fue fundada la Universidad de Buenos Aires. El 17 de abril de 1822, Rivadavia fundó la Academia de Medicina cuya misión era propender al desarrollo de la medicina y fomentar las investigaciones científicas.

A partir de esa época comenzó una situación desfavorable para los estudios de medicina, que entraron en un período de completa decadencia hasta 1852. En ese año, con la creación de la Facultad de Medicina de Buenos Aires, se reanudó el progreso de esta ciencia. Fue nombrado presidente el Dr. Juan Antonio Fernández, continuándole en el cargo, de 1862 a 1873, el eminente cirujano y primer profesor de cirugía, Dr. Juan José Montes de Oca.

El 27 de setiembre de 1877 fue criada en Córdoba la Facultad de Ciencias Médicas, siendo su primer decano el médico holandés Dr. Herry Weyenberg, quien redactó el plan de estudios.

En la actualidad el movimiento científico argentino es extraordinario en sus diversos órdenes, ya que nuestros hombres de ciencia ocupan un lugar de privilegio por sus adelantos e investigaciones científicas en los centros médicos mundiales.

Investigadores argentinos
Cosme Argerich (1758-1820). Médico argentino muy destacado por su actuación en la historia de la medicina en nuestro país. Durante varios años presidió el Instituto Médico Argentino. También se destacó como patriota al actuar en la guerra de la Independencia. El Hospital Militar Central de Buenos Aires lleva su nombre.

Principales Investigadores de la Medicina Guillermo Rawson (1821-1890). Eminente médico e higienista argentino nacido en San Juan. Sus obras trascienden al extranjero, siendo muy elogiadas. Orientó la ciencia medien hacia la medicina preventiva y la medicina social.(imagen)

Ignacio Pirovano (1842-1895). Médico argentino que se destacó notablemente en cirugía, llegando a ser considerado el mejor cirujano de Sudamérica. Introdujo e! uso del microscopio en histología patológica. Uno de los hospitales de Buenos Aires lleva su nombre.

Pedro Lagleyze (1855-1916). Médico y cirujano argentino que se destacó por sin notables estudios como oculista, siendo considerado corno el precursor de la oftalmología argentina.

Juan B. Justo (1865-1928). Destacado médico y cirujano argentino que también sobresalió como sociólogo, político y economista. Se perfeccionó en las mejores clínicas europeas, innovando la técnica operatoria en nuestro país. Inició en la Argentina la cirugía abdominal.

Luis Agote (1869-1954). Médico y catedrático argentino, autor de numerosos trabajos. Intervino en congresos internacionales representando a nuestro país. Se destacó mundialmente por su método de trasfusión de sangre citratada.

Pedro Chutro (1880-1937). Médico y cirujano argentino. Se destacó en esta última especialidad sobre la que realizó numerosos trabajos. Intervino como médico en la primera Guerra Mundial, actuando en la sanidad militar francesa.

Principales Investigadores de la Medicina Enrique Finocchieto(1881-1948). Médico y cirujano argentino, creador de numeroso instrumental quirúrgico y de nuevas técnicas operatorias. Fue profesor universitario y sus técnicas fueron continuadas por sus discípulos y por su propio hermano Ricardo, que también se distinguió en la misma especialidad. Fue miembro de la Academia Nacional do Medicina.(imagen)

Bernardo Alberto Houssay (1887-1972). Investigador, médico y fisiólogo argentino, que en 1947 recibió el Premio Nobel de Medicina y Fisiología por sus trabajos de investigación realizados sobre la relación entre el páncreas y la hipófisis.

LA MEDICINA Y LA CIRUGIA EN ARGENTINA:

Los estudios de medicina. — En el ambiente creado por la tiranía —donde no existía libertad e imperaba el temor, el servilismo y la sumisión— no podría prosperar ninguna manifestación científica.

Esta situación desfavorable para las ciencias, fue más grave aun para la ciencia médica, pues por la influencia que los médicos ejercían en las familias —donde sus opiniones eran escuchadas—, el tirano les temía. De ahí que el primer ataque a la ciencia médica consistiera en la eliminación de los profesores que no evidenciaran su incondicionalismo a la dictadura.

Prueba terminante al respecto la constituye el texto del decreto de 20 de abril de 1835, que, basándose en que «en los preceptores de nuestra juventud deben resaltar además de la virtud, moralidad y suficiencia, una fidelidad y decidida adhesión a la causa de la Federación, a fin de que impriman en sus alumnos esos religiosos sentimientos», dispuso separar de sus cátedras a los doctores Juan Antonio Fernández y Juan José Montes de Oca, porque —dice— «no hay otro arbitrio para salvar al país de los males que le amenazan, sino depurar todo lo que no sea en consonancia con la opinión general del país, alejando definitivamente de los cargos públicos a aquellos que abiertamente lo han contrariado». El texto es tan elocuente que no es preciso agregar ningún comentario.

A la destitución de profesores, Rosas añadió la reunión de varias cátedras en una. Así los estudios de medicina entraron en un período de completa decadencia. De 1835 a 1852, anota Eliseo Cantón, «sólo llegaron a recibirse de médicos algunos curanderos».

Caído el tirano, el gobierno de la provincia de Buenos Aires se preocupó de reorganizar la escuela de medicina.

Atendiendo a la necesidad impostergable de reanimar los estudios, dictó el decreto de 15 de abril de 1852 que abordó y solucionó en forma transitoria todas las cuestiones vinculadas con la enseñanza de la medicina.

Reintegró a sus cátedras a los profesores que habían sido destituidos.

Estableció un plan de estudios que, siguiendo las tendencias dominantes en las universidades europeas, dio preferencia a las materias fundamentales, determinando que patología interna y externa debían enseñarse teóricamente, mientras clínica médica y quirúrgica debía dictarse en la sala de los hospitales y en la cabecera de los enfermos.

Finalmente, separó los estudios de medicina de la universidad, dejándolos a cargo de una comisión integrada por los doctores Juan Antonio Fernández, Juan José Montes de Oca y Teodoro Alvarez.

En octubre de 1852 los estudios volvieron a incorporarse a la universidad, dándose a la escuela de medicina la categoría de facultad, y se creó el Consejo de Higiene Pública y la Academia de Medicina.

El Consejo, que fue presidido por el doctor Irineo Portela, tenía la misión de velar por el mejoramiento de todo lo vinculado con la salud pública. Debía, en consecuencia, adoptar medidas para impedir la introducción de enfermedades infecciosas y epidémicas, difundir la vacuna, inspeccionar las farmacias, vigilar la introducción de drogas y perseguir al curanderismo.

En cuanto a la Academia de Medicina no fue, en realidad, una nueva creación, pues el gobierno se limitó a hacer resurgir la creación de Rivadavia. El objetivo concreto que se le señaló fue contribuir al «adelantamiento de la medicina y sus ciencias auxiliares».

Estas medidas encauzaron los estudios de medicina y permitieron el progreso de la ciencia de curar.

La cirugía. Hasta ese momento la cirugía que se practicaba entre nosotros era rudimentaria y limitadísima: se reducía a ligaduras, amputaciones, desarticulaciones, tallas pe-rienales y tumores externos.

Pero, a partir de 1852 comenzaron a destacarse en el campo de la cirugía diversos profesionales que, inspirados por deseos de mejoramiento y renovación, adoptaron y difundieron las técnicas operatorias impuestas pollos grandes maestros de Europa. Tal, por ejemplo, el caso de Teodoro Alvarez (1818-1889), cuyas intervenciones fueron las primeras que alcanzaron numerosos éxitos.

Un progreso sensible experimentó la cirugía argentina con Manuel Augusto Montes de Oca (1831-1882), que fue un eximio maestro y un cirujano eminente. Hasta entonces las heridas eran lavadas con una esponja empapada en una infusión de eucaliptus, conservada generalmente en una palangana cnlozada.

Cualquiera fuese el carácter o las complicaciones de las heridas, en cada sala de cirugía siempre se usaba una esponja y la misma palangana para todos los enfermos. Montes de Oca advirtió la presencia de un peligro, pero no llegó a descubrirlo.

«Hay algo que nos rodea o que está en nuestras mismas manos —decía— y que causa tan terribles complicadones en las heridas. Una vez que lo hayamos descubierto y evitemos esta complicación, la cirugía realizará enormes progresos». De ahí que al conocer el sistema de Lister —la antisepsia— lo implantara y se preocupara por difundirlo.

Montes de Oca fue un creador en cirugía, pues ideó procedimientos operatorios verdaderamente originales —amputación de la pierna a «colgajo rotuliano» y amputación con el term.ocauterio— que ampliaron el campo de la cirugía y mere-1 cieron elogios de los especialistas extranjeros.

Su semblanza como cirujano ha sido trazado por Eliseo Cantón de la manera siguiente:. «Examinaba a fondo sus enfermos, establecía razonando el diagnóstico, y si de él surgía el tratamiento quirúrgico hacía preparar al paciente para intervenir, previa explicación y elección del método operatorio a aplicar. . . Profundo conocedor del terreno en que operaba, y seguro de su arte, era un audaz en cirugía, pero no un impulsivo. Tenía la visión clara para salvar las dificultades del momento; improvisaba sobre el terreno, y no había aparato ni órgano que detuviera su cuchillo, cuando creía salvar con él a sus operados».

Después de Montes de Oca el ejercicio de la cirugía fue monopolizado, durante casi una década, por Ignacio Pirovano (1844-1895).

Su mérito radicó en haber sistematizado, en forma práctica y efectiva, la antisepsia que, al evitar las infecciones que producían un elevado índice de mortandad entre los operados, revolucionó la cirugía. En elogio de Pirovano se ha dicho que «fue siempre un cirujano de conciencia, que jamás abusó de su arte incomparable ni entre la clientela hospitalaria».

El progreso decisivo de la cirugía argentina se debió a Juan B. Justo, personalidad que ocupa un lugar prominente en la historia de nuestra ciencia médica.

PARA SABER MAS…
CRÓNICA DE LA ÉPOCA
El Bicentenario Fasc. N° 4 Período 1870-1889 Rawson, El Fundador de la Cruz Roja

El doctor Guillermo Rawson, junto con Toribio Ayerza, fundó la Cruz Roja Argentina el pasado 10 de junio. Rawson pertenece a una familia de médicos y su padre es un importante doctor estadounidense, Aman Rawson.

Nació el 27 de junio de 1821 en San Juan, donde realizó sus primeros estudios. A los 18 años se mudó a Buenos Aires donde, en colegios jesuitas, se distinguió en las áreas científicas. Egresó de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires en 1844, con mención de honor.

Regresó a San Juan ya como un médico de renombre y comenzó a militar en política. Se lo designó para ocupar una banca en la legislatura, desde la cual se opuso con vehemencia al gobernador de facto de la provincia, el caudillo Naza-rio Banavídez. Esta postura política le valió la cárcel en 1853, pero siguió defendiendo el valor de la democracia. Mantuvo esa postura mientras ocupó los cargos de senador, ministro del Interior y presidente interino, siempre defendiendo la legalidad y las libertades cívicas.

Como diputado, en el Congreso de Paraná, se destacó por su oposición a Justo José de Urquiza.

En 1862, el presidente Bartolomé Mitre lo nombró Ministro de Interior y desde so ministerio asistió a Marcos Paz cuando Mitre dejó el gobierno para encabezar los ejércitos de la Triple Alianza. Durante unos meses de 1868, quedó solo al frente de la primera magistratura, tras la muerte de Paz.

Por la ley de amnistía general, tratada en 1875, sostuvo una fuerte polémica con Domingo Sarmiento desde sus respectivas bancas del Senado. Pero su intensa actividad pública no lo hizo desatender el ejercicio de la medicina.

Se convirtió en el primer catedrático de Higiene Pública en el país, luego se lo nombró miembro de la Academia de Medicina y en 1876 representó a la Argentina en el Congreso de Filadelfia, con un destacado estudio sobre la higiene pública de la ciudad, que fue el más completo que se realizó sobre el tema.

La importancia de este trabajo es que despierta el interés por los estudios de higiene y su carácter social y vinculado con el aspecto demográfico.

Rawson redactó proyectos para modificar la urbanización de Buenos Aires para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. También planificó medidas variadas para el control de los alimentos y la higiene urbana. Ese año fue nombrado Académico de Honor de la Facultad de Medicina. Gracias a que el presidente Nicolás Avellaneda ratificó el Convenio de Ginebra, recientemente se dio lugar a la fundación de la Cruz Roja Argentina.

CRÓNICA II: Primera Operación Abdominal en Argentina

El día 22 de abril de este año se practicó la primera operación abdominal en Buenos Aires. El cirujano que la realizó es el escocés John A, Alston. Se trató de unaovariotomía.eneldomiciliode la enferma, y se usó el éter como anestésico. Esta operación se viene realizando desde hace poco en Inglaterra, Francia y los Estados Unidos con la misma anestesia.

Laactividadquirúrgicayelusode la anestesia en nuestro medio se vienen desarrollandodesde hace unos añostantoen el Hospital General de Hombres como en el de Mujeres. El Hospital de Hombres cuenta ya con 400 camas, aunque susantiguos pabellones están en pésimas condiciones de higiene. Se han comenzado las gestiones para la adquisición de terrenos adecuados donde se pueda construir nuevos edificios para el nosocomio destinado a los varones, como lo disponen las leyes pertinentes.

Cabe recordar que tras la expulsión de los jesuítas en 1767, los betlehemitasaprovecharon para solicitar la construcción de un hospital más amplio y moderno en los terrenos que aquellos poseían. Fue llamado Hospital General de Hombres y es el que todavía hoyestáen uso en las condiciones descriptas. En 1863 se creó en ese hospital una sala para oficiales del ejército, que luego se transformó en el primerhospital militar y,en laparte noroeste de la convalecencia, se abren las puertas para el Hospital para Hombres Dementes.

A fines deesemismoañose logró habilitar una sección de la nueva Casa de Dementes, con capacidad provisoria para 123 enfermos Se trasladaron allílos alienados más peligrosos e incómodos, quedando en el cuadro del hospital los demás, incesantemente aumentados. Su aspecto y su hacinamiento hacen imprescindiblelaagilizacíón délos trámites y laconstrucción del nuevo Hospital General de Hombres.

Medicamentos Antiguos Medicinas Milagrosas Primeras Civilizaciones

Medicamentos Antiguos Medicinas Milagrosas

Desde la época cavernaria el hombre sintió la necesidad y procuró la forma de obtener remedios para combatir las enfermedades que lo aquejaban. En un comienzo esos logros fueron resultado de una «medicina sobrenatural»; conformada por extraños y muchas veces inhumanos rituales, “Pases mágicos” y maniobras tramposas, hasta que se llegó a los productos naturales, que casi siempre eran mas peligrosos e insoportables que el propio padecimiento.

INTRODUCCIÓN: Existieron incontables tribus primitivas que además de la necesidad de la aplicación de emplastos y sustancias curativas acompañaron la medicación con palabras mágicas, «pases de manos» y hasta danzas en ofrenda a los dioses, quienes creían , eran los que tenían la última palabra acerca de los efectos de la medicina y, por lo tanto, del destino de los enfermos.

Medicamentos Antiguos Medicinas Milagrosas Prueba de lo antedicho fue el hallazgo de textos de los babilonios datados en el siglo l a. de C. y asentados en la biblioteca de Asurbanipal (669-627) (imagen) en Nínive.

Allí se recogieron infinidad de recetas en manuales” escritas sobre tablillas de barro y que, seguramente, muchas datan del II milenio a de C. En dichos documentos se pueden leer los síntomas de la enfermedad, el remedio para tratarla y el procedimiento para la elaboración del medicamento y hasta la diferenciación por usos internos y externos.

Para uso interno los babilonios tenían como vehículo de sus medicinas vino, cerveza, leche, aceite o agua. Hasta aquí los pacientes babilonios no presentaban mayores problemas para la ingerirlos, pero el sacrificio comenzaba cuando a esas bases se les agregaban semillas, raíces, hojas, tallos, frutos y hasta materias minerales y animales, que solían ir desde una frágil paloma hasta un repugnante roedor o reptil.

Por suerte, para los pacientes de la época sus contemporáneos habían inventado las píldoras, evitando con su ingesta si no una posible muerte por la enfermedad misma, al menos una más segura por la repulsa digestiva de las pretendidas panaceas.

Para el uso externo, los babilonios se valían, fundamentalmente, de emplastos y vendajes que se aplicaban sobre pomadas elaboradas en base a grasas de cualquier animal que anduviera sobre la tierra y debajo de ella: sebo, aceite a mantequilla, con la adición de drogas machacadas. Dicho menjunje, después de un tiempo de tratamiento y teniendo en cuenta el clima de la región, proporcionaba al enfermo ambulatorio un hedor insoportable, creándose de esa manera una especie de cuarentena desodorante.

También los médicos del Asia Menor —sobre todo en Egipto— no sólo utilizaron el “excremento oficinal” del hombre y animales, sino que también agregaron a sus pócimas los excrementos de las moscas depositados sobre las paredes. Por su parte, los chinos también hicieron uso de lo que la historia ha denominado “farmacia inmunda”, tanto que para combatir las psicosis recomendaban un remedio compuesto por excrementos humanos, dejados reposar en un recipiente encerrado en la tierra durante tres años.

Para combatir la pulmonía utilizaban el regalíz (raíz o palo dulce) mezclado con amoníaco, luego se introducía la mezcla en una caña de bambú y se guardaba en un retrete durante tres años, cubierto por heces. A pesar de las medicinas descriptas (algunas tan insoportables como la propia enfermedad) los babilonios estaban de tal manera adelantados que conocían el uso de tampones, supositorios, la extracción de sangre mediante sanguijuelas, vomitivos (a veces constituidos por los mismos específicos con que trataban algunas enfermedades) y los baños de vapor.

Fuente Consultada: Revista «Todo es Historia» Nota de Juan Ángel del Bono

Historia del Descubrimiento de las Vitaminas y Propiedades

Historia del Descubrimiento de las Vitaminas y Propiedades

Las vitaminas han sido uno de los hallazgos más sorprendentes del comienzo de este siglo. Casimir Funk abrió el camino por donde transitaron otros investigadores que aislaron otras vitaminas indispensables para el metabolismo orgánico. En 1911 pudo determinar el principio activo proveniente de la cáscara del arroz, bloqueaba una grave enfermedad, el beríberi. Esta desde entonces, la vitamina B. El estudio de este compuesto se constituyó en un polo de atracción para científicos, quienes descubrieron nuevas vitaminas, qui fueron sintetizadas y purificadas.

Vitaminas y hormonas:

La diabetes es una enfermedad tan antigua como la humanidad. En muchos casos, los síntomas son leves e incluso pasan inadvertidos; pero en los casos graves, la mayor predisposición a contraer diversas infecciones, el adelgazamiento progresivo y la paulatina pérdida de las funciones del organismo pueden conducir a la muerte. El descubrimiento de un tratamiento eficaz para esta extendida enfermedad fue uno de los principales triunfos logrados por la medicina en el transcurso de los años 20.

Para entonces, la investigación desarrollada en varios países había permitido establecer la naturaleza de la enfermedad. Su causa esencial consiste en que unos grupos celulares del páncreas, los islotes de Larigerhans, dejan de secretar una sustancia que regula el metabolismo del azúcar.

En 1920, Frederick Grant Banting, un joven cirujano ortopédico, abrió su consulta en la dudad canadiense de Toronto y obtuvo un puesto de auxiliar de fisiología en la Universidad del Este de Ontario, en el laboratorio de John James Richard Macleod. Interesado por la diabetes, solicitó la colaboración de un joven estudiante de medicina, C.H. Best. Tras haber repasado exhaustivamente la bibliografía existente, concibió la idea de que si cerraba los conductos del páncreas, la glándula se atrofiaría con la única excepción de los islotes de Langerhans, residuo que le permitiría extraer la sustancia activa, denominada insulina.

El método resultó adecuado y en enero de 1922 se llevó a cabo con todo éxito la primera prueba clínica de administración del extracto. A partir de entonces, quedaban dos problemas básicos: en primer lugar, el de preparar la insulina en cantidades suficientes y, en segundo lugar, el de idear medios para administrar a los pacientes dosis controladas.

Vitaminas y Hormonas Historia de su DescubrimientoEl problema del suministro quedó parcialmente resuelto mediante el proceso de extracción desarrollado por el joven bioquímico canadiense James Bertram Colhp, que utilizaba como fuente de insulina las glándulas pancreáticas del ganado sacrificado en un matadero próximo.

En 1926, era posible conseguir insulina en forma de cristales puros, lo cual reducía en gran medida las dificultades de la dosificación exacta. A partir de ese momento, la sustancia estuvo al alcance de todos los que la necesitaban.

En 1923, Banting y Macleod compartieron el premio Nobel de fisiología o medicina, honor doblemente importante, ya que es poco frecuente obtener el galardón tan inmediatamente después de realizar el descubrimiento premiado.

Aunque la diabetes se reconocía ya como tal en el siglo u de nuestra era, sólo fue posible controlarla eficazmente gracias al descubrimiento de la insulina, realizado por Banting y Best en 1922. En esta trágica fotografía aparece un niño de 3 años, de apenas 7kg de peso, afectado ese mismo año por la enfermedad.

El descubrimiento de la insulina fue importante en si mismo, porque hizo posible el control eficaz (aunque no la curación) de una grave enfermedad. Pero fue fundamental además como una de las facetas del creciente conocimiento de la fisiología humana y del progreso en e] tratamiento de otras diversas enfermedades similares.

Muchas de las glándulas del organismo secretan sustancias a través de conductos claramente definidos y con una acción más o menos localizada. Pero no todas las glándulas poseen, estos conductos. Las denominadas glándulas endocrinas secretan sustancias fisiológicamente activas que pasan al torrente sanguíneo y ejercen su influencia sobre todo el organismo.

Las sustancias activas producidas por las glándulas endocrinas reciben el nombre de hormonas, término empleado por primera vez en 1905. Las hormonas son esencialmente mensajeros químicos que contribuyen a mantener en equilibrio el complejo metabolismo del organismo.

Los trastornos por exceso o por defecto en la producción de las glándulas endocrinas producen una variedad de síntomas específicos. Así pues, una tiroides hiperactiva, que produce un exceso de tiroxina, causa bocio exoftálmico, mientras que el hipotiroidismo produce alopecia, metabolismo lento y mixedema, una ralentización de las facultades intelectuales. Estos efectos comenzaron a comprenderse a principios de siglo y generaron una nueva rama de la medicina que, en 1909, el médico italiano Nicola Pende denominó endocrinología.

Los progresos en el ámbito de la ciencia médica siguieron dos líneas básicas. En primer lugar, aumentó de forma considerable el conocimiento de cada una de las glándulas endocrinas y de las hormonas que secretan. En segundo lugar, y no menos importante, se llegó a la conclusión de que estas glándulas no actúan individualmente sino de forma coordinada. Desentrañar sus complejas interacciones era, y sigue siendo, una tarea de enorme dificultad.

Uno de los precursores en este campo fue el fisiólogo argentino Bernardo Houssay, que desarrolló las investigaciones de Banting y descubrió que las hormonas secretadas por la glándula hipófisis, un órgano diminuto situado en la base del cráneo, están estrechamente vinculadas con la producción de insulina.

Las hormonas sexuales, producidas por los testículos y los ovarios, ejercen una profunda influencia sobre la actividad sexual y la fertilidad, al mismo tiempo que determinan las características sexuales secundarias, como la presencia de vello facial.

Las hormonas son sustancias químicas notables por su extremado poder fisiológico: cantidades nimias producen efectos considerables, las hay de muy diferente estructura.

La insulina, por ejemplo, es una proteína compleja, mientras que la tiroxina es relativamente simple y destaca por su elevado contenido en yodo. En la pequeña glándula tiroides se puede encontrar hasta un tercio del yodo presente en el organismo. Esta hormona fue sintetizada en 1927.

Una segunda enfermedad de origen hormonal comenzó a ceder ante el tratamiento a fines de los años 20. Era la enfermedad de Addison, un flagelo muy antiguo que sin embargo sólo fue identificado claramente en 1849 por el británico Thomas Addison. Lo único que pudo hacer este médico fue describir el síndrome, pero, de hecho, la enfermedad está causada por la atrofia de las glándulas suprarrenales. Los síntomas más evidentes son debilidad, pérdida de peso y pigmentación de la piel en manchas marrones. En ausencia de tratamiento, el desenlace suele ser la muerte.

En 1929, en Estados Unidos, W.W. Swingte y J.J. Pfiffuer prepararon extractos activos de la glándula y, un año más tarde, comprobaron su eficacia en el tratamiento de la enfermedad de Addison. En 1934, F.C. Kendall consiguió aislar la hormona. En la actualidad, el mal se puede controlar mediante la administración regular de corticosteroides.

Las hormonas se producen en el propio organismo, pero otra clase de productos naturales esenciales, las vitaminas, forman parte de la dieta. Como las hormonas, las vitaminas son notables por una actividad fisiológica extremadamente poderosa. Aunque en muy poca cantidad obran efectos considerables, su carencia puede tener consecuencias con frecuencia graves e incluso mortales.

Al igual que en el caso de las hormonas, los efectos de las deficiencias vitamínicas eran de sobra conocidos mucho antes de que se llegaran a establecer sus causas.

El escorbuto, por ejemplo, se conocía como el mal que afectaba a los marinos, sobre todo en largas travesías sin provisiones frescas. En el siglo XVIII, James Lind (1716-1794) recomendó el uso de zumo de limón para su prevención y tratamiento. Los resultados fueron espectaculares; cuando sus recomendaciones fueron aceptadas (bastante tardíamente, por cierto), el escorbuto prácticamente desapareció de la marina real británica. Una relación similar entre dieta y enfermedad fue descubierta por Christiaan Eijkman en 1890.

En 1909, el bioquímico alemán W.U. Stepp demostró que las grasas químicamente puras carecen de un factor alimentario esencial, identificado más adelante como la vitamina A (1913).

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, se había establecido ya que existía una relación entre la dieta y ciertas enfermedades (algunas muy difundidas y graves), pero todavía no había sido posible determinar la naturaleza de la relación. Para la salud, era importante mantener un equilibrio adecuado de los nutrientes básicos (proteínas, hidratos de carbono y grasas), pero resultaba evidente que había otros factores esenciales, necesarios en cantidades mínimas.

En 1912, el bioquímico polaco Casimir Funk acuñó el término «vitaminas» para designar estos factores esenciales le la dieta, en la errónea creencia de que todos pertenecían a una clase de sustancias químicas llamada aminas. Uno de los pioneros en el estudio de las vitaminas fue Frederick Gowland Hopkins, de la Universidad le Cambridge, que en 1929 compartió el premio Nobel con Eijkman.

Si bien se conocía su función, las vitaminas, no obstante, sólo fueron una abstracción hasta 1926, cuando se aisló la vitamina B1 (cuya carencia produce la enfermedad del beriberi) en forma cristalina pura. Dos años más tarde, también fue aislada la vitamina C (eficaz contra el escorbuto) y en 1933 fue posible sintetizarla. En 1929 se aisló la vitamina K, seguida de la vitamina D en 1931.

El descubrimiento de las vitaminas fue uno de los grandes acontecimientos médicos de los años 20. En la actualidad multitud de vitaminas han encontrado un sitio en la farmacopea mundial. Más aún, ha llegado a ser práctica habitual en la industria alimentaria el refuerzo de ciertos productos, como la margarina y la leche en polvo, con dosis extraordinarias de vitaminas, para asegurarse de que la población las consuma en cantidad suficiente: una medida muy importante de salud pública.

Como las vitaminas difieren enormemente unas de otras en su composición química, no existe una única técnica que permita aislarlas a todas, lo cual se complica por el hecho de que están presentes en muy pequeñas concentraciones (a veces de unas pocas partes por millón), mezcladas con multitud de sustancias diferentes y a menudo irrelevantes. Hay sin embargo dos consideraciones fundamentales.

La primera es encontrar una fuente relativamente abundante: para la vitamina C, Szent-Gyórgyi utilizaba el pimentón húngaro (paprika). La segunda consiste en hallar un organismo adecuado para las pruebas (por lo general un animal pequeño de laboratorio), que permita estudiar la vitamina a través de sucesivas fases de creciente pureza.

ALGO MAS SOBRE LA HISTORIA DE SU DESCUBRIMIENTO:

Los estragos que producía el beríberi en los ejércitos holandeses que operaban en las Indias Orientales, exigían el permanente estudio de los médicos, quienes no encontraban las causas determinantes de la terrible enfermedad, que no atacaba a los indígenas. Durante muchos años se buscó, aunque sin éxito, el microbio que producía el mal y los esfuerzos se reduplicaron en tal sentido. Había que hallarlo. Pero las investigaciones no daban resultado.

Un día, el doctor Christian Eijkman, llegado al lugar con una misión de médicos por recomendación de Koch, como se dedicaba a la cría de pollos, tuvo que dar a sus animales, por falta de otro alimento, arroz blanco, limpio, completamente descascarillado, tal como lo comían los hombres. Un mes después de haber iniciado ese régimen de alimentación, Eijkman advirtió con desagradable sorpresa que sus pollos, antes robustos, eran ahora aves enfermas que apenas podían mantenerse en pie. De pronto el cocinero se negó a seguir suministrando para los pollos el alimento que tenía destinado para los enfermos que se atendían en el hospital allí Instalado.

Las aves volvieron al alimento ordinario y barato: el sucio y oscuro arroz sin descascarillar. Con sorprendente rapidez recuperaron sus fuerzas. Se hicieron investigaciones sobre los hombres.

Los casos de beríberi eran mucho más frecuentes entre los que comían arroz limpio. Eijkman había encontrado por tan fortuitos medios, que la cascarilla de arroz prevenía o curaba el beriberi. Cuando dejó las Indias, el encargado de continuar las investigaciones fue el joven doctor Gerrit Grijns, quien lanzó la teoría de que el beriberi se originaba en la carencia de alguna sustancia que el cuerpo necesitaba.

La causa no estaba en lo que se comía, sino en lo que no se comía. Un día, invitado por el Instituto Lister de Londres, comenzó sus estudios otro joven facultativo, el doctor Casimir Funk, hijo de un dermatólogo polaco. Esto ocurría en 1911 y ese mismo año, Casimir Funk, que siguió investigando las causas determinantes del beriberi y los análisis de la cascarilla de arroz, dio la nota sensacional.

De 312 kilogramos de cascarilla de arroz, extrajo 186 gramos de cristales impuros, pero muy activos. «Aquí está la sustancia que cura el beriberi —anunció—. Un milésimo de onza puede curar en tres horas a una paloma paralítica». Era un compuesto de tipo amina. (Luego se supo que no). Podría llamarse Vital-amina, que para simplificar, sería «vitamina». Y agregó con tono sentencioso: «Creo que debe haber otras vitaminas capaces de curar otras enfermedades, como el escorbuto, el raquitismo y la pelagra».

Se había dado el primer paso realmente importante en la fecunda investigación. Puede decirse que ése fue el punto de partida que llevó finalmente a los más importantes descubrimientos en la lucha contra la muerte por medio de los alimentos. Comprobado que ciertas sustancias indispensables para el organismo se hallaban en los alimentos, había que llegar al régimen dietético adecuado. Se lograría por medio de las combinaciones químicas. Centenares de estudiosos se dedicaron a la investigación.

Así se encontró que la manteca y algunas grasas contienen la sustancia que se llamó Vitamina A, pasando a ser B la descubierta por Casimiro Funk. Una de las últimas vitaminas descubiertas es la llamada biotina, la vitamina H.

Su molécula forma un sistema cíclico de dos anillos pentagonales. Se la suele encontrar en la yema de los huevos, en la sangre y en varios tejidos humanos. Varias enfermedades cuyos orígenes se desconocen tuvieron su génesis en disturbios ocasionados por esta vitamina. Ciertos trastornos cutáneos, la caída del cabello, manifestaciones de cansancio, dolores musculares, la carencia de apetito, son motivados muchas veces por deficiencias vitamínicas de este tipo.

La vitamina K —filoquinona— es una vitamina antihemorrágicos un derivado de la naftoquinona. Puede ser extraída de la harina de pescado y también se la localiza en algunos vegetales como la alfalfa, y en los intestinos se sintetiza Su acción más intensa es su intervención en la síntesis de la protrombina y facilita la coagulación de la sangre Posteriormente se aisló la vitamina E, el tocoferol, la que es muy común hallarla en los vegetales frescos, pero también se la aisla de los aceites de las semillas de algodón. y del maíz, y también de la leche y los huevos.

 Las deficiencias vitamínicas de este tipo ocasionan alteraciones en la reproducción o degeneración de los conductos espermáticos, esterilidad y cambios de la espermatogénesis de las ratas macho, así como alteraciones musculares. En el hombre no se manifiesta su carencia en forma ostensible, pero se la relaciona con los procesos de oxirreducción de los citocromos.

Es necesario destacar el esfuerzo realizado por los bioquímicos en el hallazgo de nuevas vitaminas y en un conocimiento más amplio de las ya descubiertas. Sobre las vitaminas D y D1 se hicieron notables progresos; la primera de origen animal hallada en el aceite de hígado de bacalao, en la yema de los huevos de las aves y, entre los vegetales, en los hongos. La D1 también es aislada de vegetales, aunque no siempre frecuentemente.

Se pudo determinar que su presencia es muy importante en el individuo porque interviene en el metabolismo del fósforo y del calcio, para facilitar la absorción de estos elementos en el intestino. Las deficiencias en la administración de la vitamina D ocasionan osteomalacia, transformaciones en los huesos y el raquitismo con todas las secuelas en las criaturas. Mientras las investigaciones sobre el descubrimiento de nuevas vitaminas se acrecientan en todos los centros de estudio dedicados a este apasionante tema, ya no existe la premiosa necesidad de extraerlas de los animales y vegetales para suplir el déficit parcial o carencial de estas sustancias en el organismo.

La química ha ido conociendo su composición molecular y las pudo reemplazar a tal punto que, elaboradas convenientemente en grageas, o píldoras, o en soluciones, representan una vía muy útil y rápida para combatir las enfermedades ocasionadas por deficiencias en su formación en el organismo humano. He ahí el invalorable aporte que la ciencia presta para lograr generaciones liberadas de dolencias físicas.

Ver: Historia Descubrimiento del ADN

Ver: Historia de la Anestesia

Ver: Historia de las Cirugias

Fuente Consultada:
El estallido científico de Trevor I. Williams
LA RAZÓN 75 AÑOS – 1905-1980 Historia Viva – Las Vitaminas

Los Microorganismos y La Medicina en el Siglo XIX Historia Resumen

Los Microorganismos y La Medicina en el Siglo XIX

Una enfermedad puede aniquilar poblaciones enteras. Desde la Antigüedad se ha intentado entender cómo se propaga y por qué afecta a unas personas y a otras no. Este es el campo de la epidemiología, cuyos hallazgos de los últimos 150 años han tenido un gran impacto en la salud pública.

En 1864, Louis Pasteur demostró que los microorganismos no surgen de forma espontánea (como se creía), sino que su presencia provocaba la infección. Robert Koch aplicó esta idea para explicar la causa de las enfermedades infecciosas y, en 1890, enunció una serie de criterios, los postulados de Koch, que determinan si una enfermedad es causad; por microbios. Estos microorganismos pueder ser aislados a partir de individuos infectados y cultivarse en laboratorio para su identificación a fin de establecer un tratamiento adecuado. En la actualidad han sido identificados numerosos microbios patógenos.

A principios del s. XIX, muchos médicos suscribían la teoría miasmática, que consideraba a los miasmas (los efluvios o los aires malsanos) como causa de enfermedad. Florence Nightingale abogaba por un régimen de aire fresco en sus salas de hospital. Algunos médicos aconsejaron mejorar la higiene, pero fueron ignorados en general. Así, en 1864, el microbiólogo francés Louis Pasteur demostró que unos organismos presentes en el aire provocaban la fermentación de nutrientes líquidos, y el médico alemán Robert Koch halló bacterias en animales que sufrían carbunco.

Esto dio un nuevo enfoque al control de la infección  Si las bacterias -y otros «gérmenes» (microbios patógenos)- podían propagarse de una persona a otra, con la misma facilidad invadirían tina herida abierta, pero podían eliminarse mediante sustancias químicas y no se desarrollabaí en un entorno libre de ellos (estéril).

Jospeh Lister fue el abanderado de la campaña por la eliminación química de los microbios. Lister trató tanto las heridas como el instrumental quirúrgico con ácido carbólico o fénico (también conocido como fenol, usado para desodorizar las aguas residuales), estableciendo así una técnica antiséptica que redujo las infecciones de forma considerable.

El estudio de los microorganismos: Ya en la antigua Roma se redujo la propagación de enfermedades gracias a la construcción de un avanzado sistema de cloacas, pero los estudiosos de la época no sabían el porqué.La respuesta tuvo que esperar al s. XIX y al surgimiento de un nuevo tipo de científico: el epidemiólogo. Fue durante el s. XIX cuando la vaga noción de que las enfermedades infecciosas eran causadas por vapores nocivos, heredada de la Grecia clásica, fue por fin abandonada. Este avance procedía en parte de la obra de científicos como Louis Pasteur y de otros epidemiólogos.

Ignaz Semmelweis fue un médico húngaro que aplicó con éxito uno de los primeros métodos higiénicos para atajar el contagio de enfermedades. En 1847, mientras trabajaba en una meternidad de Viena, instruyó al personal para que se lavara las manos con desinfectante antes de atender a las entes si antes había realizado una autopsia. El resultado fue un drástico descenso de la mortalidad por fiebre puerperal, causada por infecciones contraídas durante el parto. Pese a ello, la teoría de Semmelweis fue ridiculizada, y él despedido. No se recuperó nunca y murió en un manicomio.

Cuando se observaron por primera vez las bacterias, se extendió la idea de que debían ser los más pequeños de los organismos vivos. Sin embargo, poco después, mientras los físicos descubrían que los átomos no eran después de todo las unidades más pequeñas de la materia, se hizo evidente que existían otras formas de vida más pequeñas que las bacterias.

A principios de siglo se descubrió que una serie de enfermedades graves, como la poliomielitis, la liebre aftosa del ganado y el mosaico del tabaco, eran producidas por agentes infecciosos tan pequeños que pasaban a través de los filtros que atrapaban a las bacterias. A diferencia de éstas, no era posible cultivarlos en medios inanimados sino en células vivas como, por ejemplo, en yema de huevo.

En 1915, trabajando en Londres, F.W. Twort descubrió que algunos virus, a los que dio el nombre de bacteriófagos, pueden infectar y destruir bacterias. El servicio militar durante la guerra le impidió proseguir sus investigaciones, que fueron desarrolladas por Félix d’Hérelle, en Francia.

Un microorganismo, también llamado microbio u organismo microscópico, es un ser vivo que sólo puede visualizarse con el microscopio. La ciencia que estudia a los microorganismos es la microbiología. Los microorganismos son formas de vida muy pequeñas que sólo pueden ser observados a través del microscopio. En este grupo están incluidas las bacterias, los virus, los mohos y las levaduras. Algunos microorganismos pueden causar el deterioro de los alimentos entre los cuales se encuentran los microorganismos patógenos, que a su vez pueden ocasionar enfermedades debido al consumo de alimentos contaminados. Adicionalmente, existen ciertos microorganismos patógenos que no causan un deterioro visible en el alimento. Sin embargo, por otro lado existen también algunos microorganismos que son beneficiosos y que pueden ser usados en el procesamiento de los alimentos con la finalidad de prolongar su tiempo de vida o de cambiar las propiedades de los mismos (por ejemplo, para la fermentación llevada a cabo para la elaboración de las salchichas, el yogur y los quesos).
Fuente Consultada: Wikipedia

Los Microorganismos La Medicina en el Siglo XIX

Hasta 1927, año en que Albert Calmette  y Camlile Guerin  del Instituto Pasteur de París, elaboraron la vacuna BCG, no había una protección eficaz contra la tuberculosis. Sin embargo, le vacuna no era una solución para los que ya estaban afectados por el mal, para quienes el único tratamiento conocido era el reposo, el aire puro y los baños de sol.

Según se suponía, este régimen aumentaba el suministro sanguíneo a los pulmones y favorecía la resistencia contra la infección. Los sanatorios de Suiza atraían a muchos enfermos, pero los que no podían pagarlos tenían que recurrir a los establecimientos públicos. En la fotografía, tratamiento de un grupo de nidos afectados de tuberculosis, mediante exposición a rayos ultravioleta (Londres, 1930).

Hasta la llegada de las sulfamidas y los antibióticos, la principal arma contra las enfermedades infecciosas era la inmunización, un sistema de prevención más que un tratamiento. En los años 20, la más mortal de las infecciones endémicas seguía siendo la tuberculosis por lo que la elaboración de una vacuna adecuada, en 1927, constituyó un importante progreso. Sus inventores fueron los biólogos franceses L.C.A. Calmette y Camille Guérin, de ahí el nombre de la vacuna (BCG, «bacilo de Calmette-Guérin»). La vacuna era un derivado de bacilos de la tuberculosis bovina, cuya virulencia había sido reducida mediante cultivo en bilis de buey.

 Uno de los aspectos básicos del tratamiento convencional de la tuberculosis era la luz del sol, y no se regateaban esfuerzos para proporcionárselas a quienes tenían medios para pagarla. Este sanatorio en Aix-les-Bains, al sureste de Francia, constaba de una planta giratoria para que los pacientes estuvieran al sol todo el día. También se creía que las aguas minerales podían tener un efecto benéfico. Sin duda, la localización de este sanatorio se escogió para que tos enfermos pudieran disfrutar de ambos tratamientos.

La tuberculosis puede atacar a diferentes órganos, pero especialmente a los pulmones. Esta enfermedad estaba considerada como uno de los grandes flagelos de la humanidad desde los albores de la historia; sin embargo, hasta la aparición de las vacunas y de fármacos como la isoniacida, muy poco podía hacerse por los afectados.

Los médicos resaltaban los méritos del aire puro y los baños de sol, pero los sanatorios antituberculosos no hacían más que retrasar el desenlace de la enfermedad.

Descubrimiento de la vacunación
Los experimentos del médico británico Edward Jenner indujeron la inmunización de la viruela, no con un activador de la viruela humana, sino de la viruela bovina , y por esta razón se llamó vacunación al proceso. Hasta finales del s. XIX, cuando Louis Pasteur, químico francés, y Robert Koch, médico alemán, demostraron que las causantes de la enfermedad son partículas vivas, se creía que la provocaban miasmas (efluvios o gases malignos) o imprecisos conceptos similares.

Pasteur comenzó sus experimentos para desarrollar activadores inmunitarios, a los que llamó vacunas, y así descubrió en su laboratorio que las bacterias del cólera de un cultivo abandonado se habían debilitado porque el medio en que se estaban cultivando había sido «rechazado»: ya no producían la enfermedad, pero aún activaban la inmunidad.

Esto le impulsó a desarrollar una vacuna contra el cólera en 1879, y en 1881 contra el carbunco, pero su mayor logro fue la de la rabia. Creó una vacuna junto con el médico Émile Roux, pero solamente la habían probado en animales. Entonces Pasteur se arriesgó a un proceso judicial al inocularla a un niño que había sido mordido por un perro rabioso. El niño no desarrolló enfermedad, por lo que Pasteur fue considerado un héroe en su época.

Fuente Consultada: El estallido científico de Trevor I. Williams

La Medicina a Principios del Siglo XX Primera Guerra Mundial Resumen

La Medicina a Principios del Siglo XX

Cirugía y transplantes: Durante el siglo XIX, dos adelantos fundamentales en el ámbito de la cirugía habían contribuido al bienestar del paciente, aumentando además sus probabilidades de supervivencia.

Por un lado, la anestesia permitía que los cirujanos realizaran operaciones mucho más largas y complejas que las posibles con el paciente consciente.

Por otro, la aplicación de técnicas asépticas y, en general, un mayor cuidado de la higiene redujeron en gran medida el riesgo de infecciones postoperatorias, que con demasiada frecuencia resultaban mortales.

A principios del siglo XX, las técnicas eran todavía primitivas y el futuro reservaba grandes progresos, pero estos dos importantes principios ya habían sido establecidos. Aun así, todavía quedaban áreas en las que las intervenciones quirúrgicas resultaban arriesgadas.

Los mayores problemas eran los planteados por los órganos cuya actividad debía mantenerse ininterrumpidamente para conservar la vida del paciente. Un ejemplo básico era la cirugía de tórax, ya que la apertura de la cavidad torácica provocaba el colapso de los pulmones.

Un importante adelanto en este campo fue el logrado por Ferdinand Sauerbruch, nombrado catedrático de cirugía en Zurich en 1910. Sauerbruch diseñó una cámara operatoria especial que dejaba fuera la cabeza del paciente, al cuidado del anestesista.  (Ver: Descubrimiento de las Vitaminas)

El cuerpo del enfermo y el cirujano se situaban en el interior de la cámara, que se mantenía a baja presi6n para evitar el colapso pulmonar.

La técnica fue rápidamente adoptada, pues en Zurich abundaban los afectados de trastornos pulmonares que acudían a los sanatorios de las montañas.

muestra de una cirugia

El trasplante d. órganos sólo se convirtió en una práctica relativamente segura a fines del siglo XX, poro gran parte de su éxito se debio al trabajo del cirujano y fisiólogo francés Alexls Carral. Aparte de los problemas del rechazo una do las principales dificultades consistía en suturar los pequeños vasos sanguíneos para restablecer la circulación. Carrel resolvió este problema y obtuvo por ello el premio Nobel en 1912. A partir de entonces, se trasladó al Instituto Rockefeller de Nueva York, donde desarrolló, durante la guerra, una técnica para tratar heridas profundas mediante Irrigación constante. En la fotografía aparece haciendo una demostración de su técnica, hacia el final de la guerra.

En 1908, F. Trendelenburg intentó tratar quirúrgicamente una embolia pulmonar (obstrucción de los tejidos pulmonares), pero la técnica no llegó a dominarse hasta 1924. Para los pacientes con los músculos respiratorios gravemente afectados (por ejemplo, a consecuencia de una poliomielitis), el «pulmón de acero» inventado por P. Drinker en 1929 constituyó un gran progreso.

Sin embargo, para los afectados de trastornos cardiacos era muy poco lo que podía ofrecer un cirujano.

La bibliografía médica contenía referencias ocasionales de operaciones con éxito en pacientes que habían sufrido heridas de arma blanca o accidentes similares, pero los enfermos crónicos tenían pocas esperanzas.

La introducción de la simpatectomía (extirpación de parte del sistema nervioso simpático) como tratamiento para la angina, intentada por el cirujano rumano Thoma lonescu en 1916, fue un paso pequeño pero muy significativo.

Aunque la cirugía intracraneana se practicaba desde los tiempos más remotos (algunos cráneos hallados en yacimientos prehistóricos revelan trepanaciones con supervivencia del paciente, tal vez como tratamiento para fracturas de la caja craneana, incluso en el siglo XIX el índice de mortalidad de los pacientes seguía siendo muy elevado.

En la mayoría de los casos, esto se debía a que se aplicaban los métodos de la cirugía general. Los progresos sólo comenzaron cuando se desarrollaron técnicas más especializadas, sobre todo gracias a los trabajos de Harvey Cushing en Estados Unidos.

La Medicina a Principios del Siglo XX

La fabricación de miembros artificiales se convirtió en una importante industria. Aparecieron algunas empresas especializadas y otras diversificaron sus producción para abarcar el sector ortopédico. La gran demanda determino progresos en el diseño sobre todo de articulaciones

El secreto de su éxito residía en un diagnóstico previo excepcionalmente completo, con métodos especializados, y en unas operaciones meticulosamente cuidadosas, en las que a menudo invertía muchas horas.

Obtuvo resultados especialmente buenos en el tratamiento de tumores cerebrales y de los nervios acústico y óptico.

Realizó además un detenido estudio de la glándula hipófisis, localizada en la base del encéfalo, que es tal vez la más importante de las glándulas endocrinas (secretoras de hormonas), ya que influye sobre todas las demás.

La reputación de Cushing atrajo discípulos de todo el mundo, que luego regresaban a sus países para fundar clínicas donde aplicaban sus métodos.

Mientras se desarrollaban técnicas de neurocirugía para tratar las perturbaciones patológicas del cerebro y el sistema nervioso, otros investigadores ensayaban métodos más sutiles para diagnosticar y tratar los trastornos de la mente.

En París, J.M. Charcot (1825-1893) había desviado su atención de las enfermedades del sistema nervioso para concentrarse en los problemas de la conducta humana, en especial, la histeria.

Entre sus discípulos, a fines del siglo XIX, figuraba el austriaco Sigmund Freud, padre del psicoanálisis.

Ridiculizado al principio, su concepto del psicoanálisis, desarrollado con CG. Jung, A. Adler y otros, obtuvo finalmente amplia aceptación, y en 1910 se fundó la Asociación Psicoanalítica Internacional. Freud fue nombrado miembro extranjero de la Royal Society inglesa en 1936.

Durante muchos años prosiguió la enseñanza y las investigaciones, hasta que en 1938 se vio obligado a abandonar Viena como consecuencia de la ocupación nazi de su país, instalándose en Londres, donde siguió trabajando hasta su muerte.

En este campo, los enfoques experimentales convencionales revestían escasa validez, por lo que se hacía necesario encontrar otros nuevos.

Entre ellos estaba el famoso test de manchas de tinta, que permitía el estudio de la inteligencia, las emociones y la personalidad, ideado por el psiquiatra suizo Hermann Rorschach en 1921.

Durante el siglo XX, las operaciones de trasplante de órganos se convirtieron en un aspecto normal, aunque altamente especializado, de la práctica médica.

Durante los primeros años del siglo se realizaron importantes contribuciones a este campo. Uno de los precursores fue Alexis Carrel, que trabajó en el Instituto Rockefeller de Nueva York.

Allí suscitó un considerable interés por los trasplantes de órganos que, entre otros problemas, planteaban la dificultad de restablecer una corriente sanguínea hacia el órgano trasplantado; el desenlace más frecuente de las operaciones anteriores había sido la trombosis (formación de coágulos) o la estenosis (estrechamiento de los vasos sanguíneos).

Carrel superó estos problemas mediante el desarrollo de nuevas técnicas de sutura de los vasos sanguíneos, que le permitieron extirpar órganos de animales y volver a colocarlos en su posición original.

Al trabajar con un solo animal, evitaba el rechazo, uno de los principales problemas del trasplante en pacientes humanos.

Carrel realizó además trabajos innovadores en el campo del cultivo de tejidos. Consiguió mantener células vivas en una solución nutriente, mucho después de que muriera el animal del que habían sido extraídas.

Bastante más adelante, en 1935, inventó un corazón mecánico, capaz de mantener la circulación durante la Cirugía cardiaca.

En el tratamiento de las enfermedades infecciosas, la opinión médica de la época favorecía el uso de vacunas, terreno en el que ya se había registrado una serie de éxitos y que todavía reservaba algunos más.

Un adelanto fundamental fue la introducción de la vacuna BCG en 1927 para la protección contra la tuberculosis. Por el contrario, la experiencia con los agentes químicos había sido decepcionante.

El salvarsán y el neosalvarsán habían demostrado ser eficaces Contra la sífilis, pero los efectos secundarios eran graves y en numerosas ocasiones mortales. En 1924, los químicos alemanes produjeron la plasmoquina, una alternativa sintética a la quinina, sustancia antipalúdica largamente utilizada.

 Así pues, la historia de los agentes químicos no resultaba demasiado impresionante; pero con la ventaja que da la perspectiva del tiempo, es posible apreciar que la situación estaba empezando a cambiar. En 1927,

G. Dornagk, director de los laboratorios de patología y bacteriología experimental de la gran empresa química alemana LG. Farben, tuvo el suficiente optimismo para emprender una búsqueda sistemática de agentes químicos que pudieran controlar algunas de las enfermedades más graves del género humano, como la meningitis, la tuberculosis y la neumonía, siendo esta última particularmente temida como «el capitán de las huestes de la muerte».

Los progresos fueron lentos, pero la confianza y la paciencia encontraron su recompensa en 1932, con el descubrimiento del primer fármaco del grupo de las sulfamidas, un acontecimiento auténticamente revolucionario. En 1928 se hizo otro descubrimiento que, aunque en ese momento pasó prácticamente inadvertido, estaba destinado a ser todavía más revolucionario. Ese año, el bacteriólogo británico Alexander Fleming descubrió la penicilina.

Historia de la Vacuna Contra Poliomielitis

Ver: Historia Descubrimiento del ADN

Fuente Consultada: El estallido científico de Trevor I. Williams

Medicina en el Imperio Romano Medicos en Roma Antigua

LA MEDICINA EN EL IMPERIO ROMANO

(SIGLOS III A.C. a VI D.C.) 

INTRODUCCIÓN:

EN EL año 332 a.C., después de la conquista de Egipto, cuando Alejandro Magno buscaba un sitio para fundar una de las 17 Alejandrías que estableció durante sus campañas de conquista en Oriente, tuvo un sueño en el que un hombre viejo recitaba unos versos sobre una isla llamada Faros. Convencido de que el viejo de su sueño había sido Homero, que le aconsejaba el mejor sitio para su nueva ciudad, Alejandro visitó la isla, situada cerca de la orilla del Mediterráneo, al oeste del delta del Nilo, pero resultó demasiado pequeña para sus planes.

Entonces escogió la costa de Egipto que estaba frente a la isla y ahí fundó su ciudad, que creció rápidamente. Alejandro nunca la vio, porque unos tres meses después inició su viaje a la India y sólo regresó después de su muerte, a ocupar su mausoleo.

Cuando murió Alejandro, en el año 323 a.C., tres de sus generales macedonios fundaron dinastías importantes para el desarrollo ulterior de la cultura helenística: Antígono I, en Asia Menor y Macedonia, Seleuco I, en Mesopotamia, y Ptolomeo Soter, en Egipto.

Este último estableció la XXXI Dinastía de los Ptolomeos, se proclamó faraón y tomó residencia en Alejandría; la ciudad se hizo rica gracias al intenso comercio marítimo que sostenía con el resto de las poblaciones mediterráneas, y por la misma razón era cosmopolita. En sus calles se mezclaban griegos, macedonios, sirios, persas, romanos, judíos, árabes y hasta algunos egipcios; a pesar de su localización geográfica, Alejandría tuvo muy poco que ver con el resto de Egipto.

Durante el reinado de Ptolomeo I, que duró casi 50 años, se establecieron las tres instituciones que harían a esa ciudad tan importante como Roma en los siglos III-I a.C., y que le darían un sitio privilegiado en la historia de la cultura occidental: el faro, el museo y la biblioteca.

El faro de Alejandría, que se dice alcanzaba casi 150 m de altura  terminaba con una estatua de Ptolomeo I de más de 7 m de altura que se movía con el viento, o sea que funcionaba como veleta; considerado como una de las siete maravillas del mundo, se derrumbó con un temblor en el siglo XIV. La casa de las Musas o Museo, construido y sostenido en su totalidad con fondos reales, funcionaba como un instituto de investigación humanística, artística y científica, abierto a los estudiosos de prestigio y a sus alumnos sin restricciones ni geográficas ni raciales.

La Biblioteca se inició adquiriendo colecciones famosas y se enriqueció gracias a ciertas leyes arbitrarias; por ejemplo todos los viajeros que llegaban a la ciudad debían declarar y entregar los libros que poseían, el Estado los copiaba, devolvía las copias a los propietarios y se quedaba con los originales.

De esta manera, la biblioteca alcanzó dimensiones legendarias; se dice que llegó a tener más de 700 000 libros (o rollos de papiro).

Esto, junto con las espléndidas instalaciones del Museo, atrajo a literatos, filósofos, artistas y científicos, entre los que estuvieron Calímaco, Apolonio de Rodas, Teócrito de Siracusa, Erastótenes de Cirena, Euclides y su alumno Arquímedes de Siracusa, y para nuestro interés, que es la historia de la medicina, Herofilo de Calcedonia y Erasístrato de Chios.

HERÓFILO Y ERASÍSTRATO

Según Galeno, Herófilo fue el primero en disecar tanto animales como seres humanos, lo que seguramente se refiere a disecciones públicas, ya que Diocles de Caristo probablemente ya lo había hecho un siglo antes en Atenas. Herófilo era un profesor muy popular que escribió libros acerca de anatomía, ojos y los partos, pero sus escritos se perdieron; de todos modos, sus contribuciones fueron numerosas.

Reconoció que el cerebro es el sitio de la inteligencia (en lugar del corazón, como creía Aristóteles ) distinguió entre los nervios motores y los sensoriales, describió las meninge y dejó su nombre en la presa de Herófilo, separó al cerebro del cerebelo, identificó el cuarto ventrículo y bautizó al calamus scriptorius porque le recordó a la pluma con que escribían los griegos de entonces. También les dio su nombre a la próstata y al duodeno, distinguió entre arterias y venas, y describió los vasos quilíferos.

Erasistrato era más joven pero contemporáneo de Herófilo y sus obras también se perdieron; lo que se sabe de él se debe a Galeno, quien escribió dos libros en su contra. Erasístrato profesaba la medicina racionalista y se oponía a todo tipo de misticismo, aunque concebía que la naturaleza actuaba en forma externa para configurar las funciones del organismo; en esto se oponía al concepto de «esencia» de Aristóteles, que actuaba como una fuerza interna o innata Erasístrato concebía que los tejidos estaban formados por una malla fina de arterias, venas y nervios, pero pensó que en algunos los intersticios se llenaban con elparénquima.

Trazó el origen de los nervios primero a la dura madre, pero posteriormente se corrigió e identificó al cerebro como su terminación; consideró que los ventrículos cerebrales contenían un espíritu animal y que los nervios lo conducían a los tejidos. Pensó que, en el corazón, el ventrículo derecho contenía sangre y el izquierdo espíritu vital o pneurna; durante la diástole llegaría sangre al ventrículo derecho y pneuma al izquierdo, que se expulsarían en la sístole.

Erasístrato nombró a la válvula tricúspide y señaló con claridad la función de las dos válvulas aurículo-ventriculares y de las semilunares; según Singer, también imaginó la comunicación entre venas y arterias para explicar por qué las arterias aparecen vacías en el cadáver y sin embargo sangran cuando se cortan en el vivo. Por eso ciertos historiadores concluyen que Erasístrato estuvo a punto de descubrir la circulación sanguínea, lo que no ocurrió sino hasta 1628.

Celso (ca. 30 a.C.), Tertuliano (155-222 d.C.) y san Agustín (354-430 d.C.) acusaron a Herófilo y a Erasístrato de haber disecado hombres vivos, criminales condenados a muerte que les fueron facilitados por el faraón; Tertuliano dice que Herófilo era «un carnicero que disecó a 600 personas vivas». Tales acusaciones son poco probables, si consideramos que:

1) siempre ha habido prejuicios, especialmente religiosos, en contra de las disecciones y a través de la historia se han hecho acusaciones semejantes a otros anatomistas, como Carpi, Vesalio y Falopio;

2) ninguno de los acusadores era médico y dos de ellos eran religiosos,

3) nadie más repitió la acusación, incluyendo a Galeno, quien criticó a los anatomistas alejandrinos por otras muchas razones.

Al cabo de un siglo de gran productividad humanística y científica, la energía alejandrina empezó a agotarse. En el año 95 d.C., durante una revuelta entre griegos y judíos el Museo fue destruido. Aunque se cambió a un templo cercano, en el año 391 una turba cristiana saqueó el templo, quemó la biblioteca y convirtió los restos en una iglesia. Del museo y de la biblioteca no quedó nada.

ROMA

Desde hacía un par de siglos la vida cultural se había mudado a Roma. Al librarse de la dominación etrusca, a fines del siglo V a.C., Roma inició una serie de cambios políticos y legislativos que llevaron a los plebeyos a alcanzar la igualdad con los patricios en el laño 287 a.C. El último bastión etrusco, la ciudad de Veii, muy cercana a Roma, fue conquistado en 392 a.C., con lo que Roma casi duplicó su tamaño. En el año 387 a.C. los galos derrotaron al ejército romano, invadieron e incendiaron Roma, pero ésta se recuperó y para el año 338 a.C., no sólo había expulsado a los galos sino que dominaba todo el territorio central de Italia.

El enfrentamiento con Pirro, rey de Epiro, terminó con su fainosa victoria «pírrica», que lo obligó a retirarse a Sicilia en el año 275 a.C., con lo que Roma dominó desde el río Po en el norte hasta la punta de la bota italiana. Las tres guerras púnicas, que con intervalos ocuparon a Roma durante más de 100 años (264-146 a.C.) y terminaron con la destrucción de Cartago, así como las tres guerras macedonias y la campaña de España, que ocurrieron en el mismo lapso (215-134 a.C.) tuvieron como consecuencia la expansión de Roma fuera de la península de Italia.

La organización administrativa y política de la República romana había surgido de las necesidades y aspiraciones de Roma como Ciudad-Estado, pero el crecimiento desmesurado requería otra estructura, que no tardó en imponerse en forma del Imperio romano.

La medicina en Roma también tuvo un desarrollo inicial esencialmente religioso. En los altos del Quirinal había un templo a Dea Salus, la deidad que reinaba sobre todas las otras relacionadas con la enfermedad, entre las que estaban Febris, la diosa de la fiebre, Uterina, que cuidaba de la ginecología, Lucina, encargada de los partos, Fessonia, señora de la debilidad y de la abstenía, etc. Plinio el Viejo, dice con orgullo que la antigua Roma era sine medicis… nec tamen sine medicina, o sea «saludable sin médicos pero no sin medicina».

El estado de la práctica médica en esos tiempos puede apreciarse por la recomendación de Catón para reducir luxaciones: recitar huant hanat huat ista pista sista domiabo damnaustra, lo que no quiere decir absolutamente nada, y por su panacea para las heridas: aplicar col molida. Como en otras culturas, la medicina sobrenatural romana conservó su vigencia y su popularidad hasta mucho después de la caída del Imperio romano; su naturaleza esencialmente religiosa le permitió integrarse con las teorías médicas que surgieron en el Imperio bizantino y que prevalecieron durante toda la Edad Media.

En el año 293 a.C. una terrible plaga asoló Roma. Alarmados por su gravedad e indecisos sobre la solución, los ancianos consultaron los libros sibilinos; la respuesta fue que buscaran la ayuda del dios griego Asclepios, en Epidauro. La leyenda dice que se envió un navío especial, que el dios aceptó la solicitud y viajó a Roma en forma de serpiente, que cuando llegó se instaló en una isla del Tíber, y que la plaga terminó. Los romanos agradecidos le construyeron un templo al dios y lo conocieron con el nombre de Esculapio.

El primer médico griego que llegó a Roma en el año 219 a.C. se llamaba Archágathus y al principio tuvo mucho éxito, pero como se inclinaba a usar el bisturí y el cauterio con excesiva frecuencia, su popularidad decayó. Casi un siglo más tarde otro médico griego, Asclepíades de Prusa (124-50 a.C.) conquistó a la sociedad romana con su oratoria brillante, su parsimonia terapéutica y su oposición a las sangrías.

Asclepíades adoptó la teoría atomista de Demócrito, que Lucrecio había puesto de moda en esa época con su poema De re natura, pero no insistía en los aspectos más teóricos de la medicina griega sino más bien en el manejo práctico de cada paciente; de todos modos, sus sucesores lo consideraron como el iniciador de una escuela opuesta al humoralismo hipocrático, que se conoció como el metodismo (vide infra).

Asclepíades manejaba una terapéutica mucho menos agresiva que la de los otros médicos griegos: sus dietas siempre coincidían con los gustos de los pacientes, evitaba purgantes y eméticos, recomendaba reposo y masajes, recetaba vino y música para la fiebre y sus remedios eran tan simples que le llamaban el «dador de agua fría». E

s interesante que Asclepíades no llegó a Roma como médico sino como profesor de retórica, pero como no tuvo éxito en esta ocupación decidió probar su suerte con la medicina, o sea que no tenía ninguna educación como médico antes de empezar a ejercer como tal. Su éxito revela el carácter eminentemente práctico de la medicina romana, lo que también explica que otro lego en la profesión, Aulio Cornelio Celso (ca. 30 a.C. 50 d.C.) haya escrito De Medicina, el mejor libro sobre la materia de toda la antigüedad.

Este libro formaba parte de una enciclopedia, De Artibus, que también trataba de agricultura, jurisprudencia, retórica, filosofía, artes de la guerra y quizá otras cosas más, pero que se perdieron. Por fortuna, en 1426 (!13 siglos después!) se encontraron dos copias completas de De Medicina, que fue el primer libro médico que se imprimió con el invento de Gutenberg, en 1478, y el único texto completo de medicina que nos llegó de la antigüedad, porque (según Majno) el papiro de Smith se detiene en la cintura y el Corpus Hipocráticum es una mezcla caótica de textos de muy distinto valor.

CELSO

El libro de Celso es hipocrático pero está enriquecido con conceptos alejandrinos y también hindúes. Está dividido en tres partes, según la terapéutica utilizada: dietética, farmacéutica y quirúrgica. Celso describe y critica a los empiristas y a los metodistas, porque los primeros pretenden curar todas las enfermedades con drogas, mientras los segundos se limitan a dieta y ejercicios. De Medicina contiene suficiente anatomía para convencernos de que Celso estaba al día en esta materia, pero no demasiada porque el libro estaba dirigido al médico práctico.

Entre las causas de las enfermedades menciona las estaciones, el clima, la edad del paciente y su constitución física. Los síntomas discutidos, como fiebre, sudoración, salivación, fatiga, hemorragia, aumento o pérdida de peso, dolor de cabeza, orina espesa, y muchos otros, se analizan conforme a la tradición hipocrática; la descripción de los distintos tipos de paludismo es magistral.

En otras páginas se encuentran el lethargus, enfermedad caracterizada por sueño invencible que progresa rápidamente hacia la muerte, la tabes, que seguramente incluye a la tuberculosis y otras formas de caquexia, las jaquecas de distintos tipos, el asma, la disnea, la neumonía, las enfermedades renales, las gástricas, las hepáticas, las diarreas, etc.

Las medidas dietéticas e higiénicas que recomienda Celso para estos padecimientos son hipocráticas: ejercicio moderado, viajes frecuentes estancias en el campo, abstención de ejercicios violentos, de relaciones sexuales y de bebidas embriagantes. Deben evitarse los cambios bruscos de dieta o de clima, y preferirse las medidas para bajar de peso (una comida al día, purgas frecuentes, baños en agua salada, menos horas de sueño, gimnasia y masajes); las recomendaciones dietéticas ocupan la mitad del segundo libro y la hidroterapia se discute extensamente. Celso divide las drogas conocidas según sus efectos en purgantes, diaforéticas, diuréticas, eméticas, narcóticas, etc.; la acción anestésica del opio y la mandrágora (que con, tiene escopolamina y hioscianina) ya era bien conocida. La mejor parte del libro de Celso es la quirúrgica, que ocupa los libros VII y VIII, en ella dice: 

La tercera parte del arte de la medicina es la que cura con las manos […] no omite medicamentos y dietas reguladas, pero hace la mayor parte con las manos […] El cirujano debe ser joven o más o menos, con una mano fuerte y firme que no tiemble, listo para usar la izquierda igual que la derecha, con visión aguda y clara, y con espíritu impávido. Lleno de piedad y de deseos de curar a su paciente, pero sin conmoverse por sus quejas o sus exigencias de que vaya más aprisa o corte menos de lo necesario; debe hacer todo como silos gritos de dolor no le importaran.

Celso discute el manejo de las heridas y señala que las dos complicaciones más importantes son la hemorragia y la inflamación, lo que era realmente infección. Para la hemorragia recomienda compresas secas de lino, que deben cambiarse varias veces si es necesario, y si la hemorragia no cesa, entonces mojarlas en vinagre antes de aplicarlas. Pero si todo esto falla, hay que identificar la vena que está sangrando, ligarla en dos sitios y seccionaría entre las ligaduras. Celso recomienda aplicar a la herida distintos medicamentos compuestos de acetato de cobre, óxido de plomo, alumbre, mercurio, sulfuro de antimonio, carbón seco, cera y resma de pino seca, mezclados en aceite y vinagre; otros componentes recomendados (Celso propone 34 fórmulas diferentes) son sal, pimienta, cantáridas, vino blanco, clara de huevo, ceniza de salamandra, heces de lagartija, de pichón, de golondrina y de oveja.

LA MEDICINA ROMANA

La medicina romana era esencialmente griega, pero los romanos hicieron tres contribuciones fundamentales:

1) los hospitales militares,

2) el saneamiento ambiental, y

3) la legislación de la práctica y de la enseñanza médica.

1) Los hospitales militares o valetudinaria se desarrollaron como respuesta a una necesidad impuesta por el crecimiento progresivo de la República y del Imperio. Al principio, cuando las batallas se libraban en las cercanías de Roma, los enfermos y heridos se transportaban a la ciudad y ahí eran atendidos en las casas de los patricios; cuando las acciones empezaron a ocurrir más lejos, sobre todo cuando la expansión territorial sacó a las legiones romanas de Italia, el problema de la atención a los heridos se resolvió creando un espacio especialmente dedicado a ellos dentro del campo militar. La arquitectura de los valetudinaria era siempre la misma: un corredor central e hileras a ambos lados de pequeñas salas, cada una con capacidad para 4 o 5 personas Estos hospitales fueron las primeras instituciones diseñadas para atender heridos y enfermos; los hospitales civiles se desarrollaron hasta el siglo IV d.C., y fueron producto de la piedad cristiana.

2) El saneamiento ambiental se desarrolló muy temprano en Roma, gracias a las obras de la cloaca máxima, un sistema de drenaje que se vaciaba en el río Tíber y que data del siglo VI a.C. En la Ley de las Doce Tablas  (450 a.C.) se prohiben los entierros dentro de los límites de la ciudad, se recuerda a los ediles su responsabilidad en la limpieza de las calles y en la distribución del agua. El aporte de agua se hacía por medio de 14 grandes acueductos que proporcionaban más de 1 000 millones de litros de agua al día, y la distribución a fuentes, cisternas y a casas particulares era excelente, pero en los barrios menos opulentos no tan buena.

El agua se usaba para beber y para los baños, una institución pública muy popular y casi gratuita; también se colectaba el agua de la lluvia, que se usaba para preparar medicinas. En general, las condiciones de higiene ambiental en Roma eran tan buenas como podía esperarse de un pueblo que desconocía por completo la existencia de los microbios.

3) Durante la República la mayoría de los médicos eran esclavos o griegos, o sea, sujetos en una posición subordinada, pero en el Imperio (ca. 120 d.C.) Julio César concedió la ciudadanía a todos lo que ejercieran la medicina en Roma.

Reconstrucción de un hospital militar romano, valetudinaria, que forma parte de un campamento en la frontera (tomado de Majno). 

Además, se estableció un servicio médico público, en el que la ciudad contrataba a uno o más médicos (archiatri) y les proporcionaba local e instrumentos para que atendieran en forma gratuita a cualquier persona que solicitara su ayuda. Los salarios de estos profesionales los fijaban los consejeros municipales. También se organizó el servicio médico de la casa imperial, y muchos de los patricios retenían en forma particular a uno o más médicos para que atendieran a sus familias. Con el tiempo también se legisló que la elección de un médico al servicio público debería ser aprobada por otros siete miembros de ese servicio. Las plazas eran muy solicitadas porque los titulares estaban exentos de pagar impuestos y de servir en el ejército. El gobierno los estimulaba a que tomaran estudiantes, por lo que podían recibir ingresos adicionales.

Entre los médicos griegos y romanos que ejercían en el Imperio se distinguían cuatro sectas o escuelas, basadas en sus diferentes posturas filosóficas, teóricas y prácticas: 1) Los dogmáticos reconocían como su fundador a Herófilo, aprobaban el estudio de la anatomía por medio de las disecciones, consideraban que las teorías sobre las causas de la enfermedad eran la esencia del la medicina (desequilibrio de los elementos, de los humores del pneuma; migración de la sangre a los vasos que llevan el pneuma; bloqueo de los canales del cuerpo por «átomos»‘ etc.).

Sus enemigos los caracterizaban como más «habladores» que «hacedores», y decían que pasaban más tiempo discutiendo que viendo al paciente. Los dogmáticos decían que la confirmación de sus doctrinas se encontraba en el Corpus Hipocraticum y que el mismo Hipócrates había sido un dogmático. 2) Los empíricos nombraban a Erasístrato como su antecesor y se oponían a las disecciones porque rechazaban la importancia de la anatomía en la medicina. Su postura era que no deberían buscarse las causas de las enfermedades, porque las inmediatas eran obvias y las oscuras eran imposibles de establecer; por lo tanto, la comprensión de cosas como el pulso, la digestión o la respiración era inútil.

Lo más importante en medicina era la experiencia personal del médico con su paciente, y lo que debía hacer es recoger los síntomas y tratarlos uno a uno usando los remedios que ya se habían demostrado efectivos en el pasado. Al igual que los dogmáticos, los empíricos alegaban que Hipócrates y el Corpus Hipocraticum estaban de su lado. 3) Los metodistas también rechazaban todas las hipótesis y teorías sobre las causas de la enfermedad, pero en cambio sostenían que sólo había unas cuantas circunstancias que eran comunes a muchas enfermedades, que debían ser manejadas principalmente por medio de dietas. Naturalmente, estaban convencidos de que Hipócrates y toda su escuela habían sido esencialmente metodistas. 4) Los neumatistaseran inicialmente dogmáticos pero se separaron de esa secta porque consideraron que la sustancia fundamental de la vida era el pneuma y que la causa única de las enfermedades eran sus trastornos en el organismo, desencadenados por un desequilibrio de los humores. Éste era el panorama del ejercicio de la medicina en Roma cuando apareció Galeno.

Los Medicos en Grecia Antigua Sintesis La Medicina Helenica

LA MEDICINA Y MÉDICOS EN GRECIA ANTIGUA

INTRODUCCIÓN

LA CIVILIZACIÓN griega se extiende desde los siglos XI o X a.C., hasta el siglo a. C., o sea un total de aproximadamente 10 siglos o 1.000 años. Lo que se conoce como la cultura griega antigua ocupa la primera mitad de ese lapso, mientras que la cultura griega clásica se desarrolló en la segunda mitad, a partir del siglo V a.C. (el llamado siglo de Pericles), y hasta el siglo I a.C.

Durante la época antigua el pueblo griego integró su identidad étnica y social a partir de grupos aqueos, jonios, dorios y orientales.

pericles antigua grecia

Durante ese prolongado lapso los griegos recibieron múltiples y profundas influencias de culturas más antiguas, como las mesopotámicas (asiria, caldea, babilónica y persa), las de Medio Oriente (siria, israelí) y las africanas (libia, egipcia).

El llamado «milagro griego», o sea el surgimiento casi explosivo en Grecia, durante el siglo V a.C., de una cultura que sentó las bases del pensamiento característico de la civilización occidental, debe gran parte de su existencia y de su estructura a las tradiciones, a las experiencias y a las ideas que los pueblos griegos recibieron y adoptaron de sus antecesores y vecinos.

El conocimiento sobre los astros, los principios de la arquitectura, el manejo de la geometría y de las matemáticas, las artes de la navegación y de la guerra, los secretos de la medicina, y muchas otras cosas más, las tomaron los griegos en gran parte de sus contactos con otras culturas y procedieron a cambiarlas y a mejorarlas por medio de su genio incomparable. Pero buena parte del trabajo pionero ya estaba hecho.

LA MEDICINA EN LA GRECIA ANTIGUA

La medicina de la Grecia antigua tenía una sólida base mágico-religiosa, como puede verse en los poemas épicos La Ilíada y La Odisea, que datan de antes del siglo XI a.C.

En ambos relatos los dioses no sólo están siempre presentes sino que conviven con los humanos, compiten con ellos en el amor y pelean con ellos en la guerra y hasta son heridos pero (claro) se curan automáticamente.

No así los guerreros mortales, cuyas heridas requieren los tratamientos de la medicina primitiva, aunque ocasionalmente también se benefician de la participación de los dioses.

El dios griego de la medicina era Asclepíades. Según la leyenda, Asclepíades fue hijo de Apolo, quien originalmente era el dios de la medicina, y de Coronis, una virgen bella pero mortal.

Un día, Apolo la sorprendió bañándose en el bosque, se enamoró de ella y la conquistó, pero cuando Coronis ya estaba embarazada su padre le exigió que cumpliera su palabra de matrimonio con su primo Isquión. La noticia de la próxima boda de Coronis se la llevó a Apolo el cuervo, que en esos tiempos era un pájaro blanco.

Enfurecido, Apolo primero maldijo al cuervo, que desde entonces es negro, y después disparó sus flechas y, con la ayuda de su hermana Artemisa, mató a Coronis junto con toda su familia, sus amigas y su prometido Isquión.

Sin embargo, al contemplar el cadáver de su amante, Apolo sintió pena por su hijo aún no nacido y procedió a extraerlo del vientre de su madre muerta por medio de una operación cesárea.

Así nació Asclepíades, a quien su padre llevó al monte Pelión, en donde vivía el centauro Quirón, quien era sabio en las artes de la magia antigua, de la música y de la medicina, para que se encargara de su educación.

Asclepíades aprendió todo lo que Quirón sabía y mucho más, y se fue a ejercer sus artes a las ciudades griegas, con tal éxito que su fama como médico se difundió por todos lados.

La leyenda señala que con el tiempo Apolo abdicó su papel como dios de la medicina en favor de su hijo Asclepíades, pero que éste fue víctima de hubris y empezó a abusar de sus poderes reviviendo muertos, lo que violaba las leyes del universo. Además, Plutón, el rey del Hades, lo acusó con Zeus de que estaba despoblando su reino, por lo que el rey del Olimpo destruyó a Asclepíades con un rayo.

 

  Estatua de Asclepíades, copia romana de un original griego. Museo Capitolino, Roma.

Una parte de la medicina de la Grecia antigua giraba alrededor del culto a Asclepíades. Entre las ruinas griegas que todavía pueden visitarse hoy, algunas de las mejor conservadas y más majestuosas se relacionan con este culto.

En Pérgamo, Efeso, en Epidauro, en Delfos, en Atenas y en otros muchos sitios más, existen calzadas, recintos y templos así como estatuas, lápidas y museos enteros que atestiguan la gran importancia de la medicina mágico- religiosa entre los griegos antiguos.

Los pacientes acudían a los centros religiosos dedicados al culto de Aslepíades, en donde eran recibidos por médicos sacerdotes que aceptaban las ofrendas y otros obsequios que traían, anticipando su curación o por lo menos alivio para sus males.

En Pérgamo y en otros templos los enfermos dejaban sus ropas y se vestían con túnicas blancas, para pasar al siguiente recinto, que era una especie de hotel, con facilidades para que los pacientes pasaran ahí un tiempo.

En Epidauro las paredes estaban decoradas con esculturas y grabados en piedra, en donde se relataban muchas de las curas milagrosas que había realizado el dios; los pacientes aumentaban sus expectativas de recuperar su salud con la ayuda de Asclepíades.

Cuando les llegaba su turno eran conducidos a la parte más sagrada del templo, el abatón, en donde estaba la estatua del dios, esculpida en mármol y oro.

Ahí se hacían las donaciones y los sacrificios, y llegada la noche los enfermos se dormían, sumidos en plegarias a Asclepíades en favor de su salud; en otros Santuarios los enfermos llegaban directamente al recinto sagrado y ahí pasaban la noche.

En este lapso, conocido como incubatio por los romanos, se aparecían Asclepíades y sus colaboradores (sus hermanas divinas, Higiene y Panacea, así como los animales sagrados, el perro y la serpiente) se acercaban al paciente en su sueño y procedían a examinarlo y a darle el tratamiento adecuado para su enfermedad.

En los orígenes del culto prevalecían los encantamientos y las curas milagrosas, pero con el tiempo las medidas terapéuticas se hicieron cada vez más naturales: las úlceras cutáneas cerraban cuando las lamía el perro, las fracturas óseas se consolidaban cuando el dios aplicaba férulas y recomendaba reposo, los reumatismos se aliviaban con baños de aguas termales y sulfurosas, y muchos casos de esterilidad femenina se resolvieron favorablemente gracias a los consejos prácticos de Higiene.

En la Grecia antigua, el médico o iatros era un sacerdote del culto al dios Asclepíades, y su actividad profesional se limitaba a vigilar que en los santuarios se recogieran las ofrendas y los donativos de los pacientes, se cumplieran los rituales religiosos prescritos, y quizá a ayudar a algún enfermo incapacitado a sumergirse en el baño recomendado, o a aconsejar a una madre atribulada sobre lo que debía hacerse para controlar las crisis convulsivas de su hijo.

Aunque el iatros era el equivalente del brujo o chamán de la medicina primitiva, del asuasirio, del snw egipcio y del tícitl azteca, sus funciones estaban mucho más restringidas que las de sus mencionados colegas, porque él pertenecía a una sociedad mucho más estratificada y a una disciplina profesional mucho más rigurosa.

En los museos de Éfeso, Pérgamo, Epidauro y Atenas (y en muchos otros museos griegos), y también en el Museo del Louvre, en París, en el Museo Británico, en Londres, en el Museo Alemán, en Munich, en el Museo de San Carlos, en México, y seguramente en muchos otros museos de otros piases del hemisferio occidental, hay hermosas estatuas de Asclepíades, el antiguo dios griego de la medicina, que se conoció comoEsculapio entre los romanos.

En mi efigie favorita aparece como un hombre atlético y maduro, con pelo y barba rizados, apenas cubierto por su túnica y recargado en un caduceo en el que se enrosca una gruesa serpiente.

Su imagen es claramente primitiva y no hay duda de que pertenece a un mundo ya desaparecido desde hace muchísimo tiempo.

Sin embargo, su influencia en el ejercicio de la medicina duró más de 1 000 años, en vista de que se inició en el mundo antiguo y se prolongó en la Grecia clásica, se mantuvo en la época de Alejandro Magno, siguió durante Imperio romano y con él llegó hasta el Medio Oriente, en donde persistió hasta los principios de la Edad Media, después de la caída del Imperio bizantino y con la conquista de Constantinopla por los árabes.

Durante todo este prolongado lapso las ideas médicas mágico-religiosas de los asclepíades y las práctica asociadas con ellas prevalecieron en el mundo occidental, o por lo menos coexistieron con otros conceptos y manejos diferentes de las enfermedades, que fueron surgiendo con el tiempo pero que no tuvieron la misma fuerza para sobrevivir. Uno de ellos fue el sistema médico asociado con el nombre de Hipócrates de Cos, quien vivió a principios del siglo V a.C.

LA MEDICINA EN LA GRECIA CLÁSICA

Platón se refiere a Hipócrates como un médico perteneciente a los seguidores de Asclepíades, y aparte de otras breves referencias por otros autores contemporáneos, eso es todo lo que se sabe de él.

Pero aunque su figura es casi legendaria, su nombre se asocia Con uno de los descubrimientos más importantes en toda la historia de la medicina: que la enfermedad es un fenómeno natural.

Como hemos mencionado, la medicina primitiva se basa en el postulado de que la enfermedad es un castigo divino, o una hechicería, o la posesión del cuerpo del paciente por un espíritu maligno, o la pérdida del alma, o varias otras cosas mas, que tienen todas un elemento común: se trata de fenómenos sobrenaturales.

De hecho, ésa es la razón por la que 105 antropólogos la conocen como medicina primitiva.

Pues bien, la tradición ha consagradas a Hipócrates como el defensor del concepto de que las enfermedades no tienen origen divino sino que sus causas se encuentran en el ámbito de la naturaleza, como por ejemplo el clima, el aire, la dieta, el sitio geográfico, etc. En el tratado sobre La enfermedad sagrada, o sea la epilepsia, que data del siglo V a.C., el autor dice:

Voy a discutir la enfermedad llamada «sagrada». En mi opinión, no es más divina o más sagrada que otras enfermedades, sino que tiene una causa natural, y su supuesto origen divino se debe a la inexperiencia de los hombres, y a su asombro ante su carácter peculiar. Mientras siguen creyendo en su origen divino porque son incapaces de entenderla, realmente rechazan su divinidad al emplear el método sencillo para su curación que adoptan, que consiste en purificaciones y encantamientos. Pero si va a considerarse divina nada más porque es asombrosa, entonces no habrá una enfermedad sagrada sino muchas, porque demostraré que otras enfermedades no son menos asombrosas y portentosas, y sin embargo nadie las considera sagradas. 

La postura de la escuela hipocrática, de renunciar a explicaciones sobrenaturales sobre las enfermedades y de buscar sus causas en la naturaleza, no ocurrió en el vacío.

Desde un siglo antes algunos filósofos del mundo griego habían empezado a intentar responder preguntas fundamentales sobre la naturaleza sin tomar recurso en los dioses; como precedieron a Sócrates se les conoce en su conjunto como los filósofos presocráticos.

Los primeros surgieron en Mileto, un próspero puerto en el Egeo (hoy en Turquía), que entonces poseía una población internacional en la que comerciaban e intercambiaban ideas griegos, egipcios, persas, libios y otros habitantes del Mediterráneo.

Los filósofos eran hombres libres, estudiosos de la astronomía, la geografía y la navegación, e interesados también en la política.

Miraban al mundo que los rodeaba y se preguntaban por su naturaleza, por sus causas y por su esencia. Las respuestas que formulaban eran especulativas pero excluían a la mitología, no aceptaban explicaciones sobrenaturales.

El primero de ellos fue Thales, quien predijo el eclipse del año 585 a.C., por lo que sabemos que estaba vivo en el siglo VI a.C. A la pregunta: «¿De qué está formado el Universo?», Tales respondió: «De agua.»

Era una respuesta basada en su experiencia, pues había estado en Egipto y observado la forma como el ciclo anual del Nilo se asocia con la agricultura y el florecimiento del desierto.

Thales asoció el agua con la vida y le pareció que era el elemento que podía dar origen a todo lo demás.

Una generación más tarde, Anaximandro contestó a la misma pregunta señalando que el elemento primario no era el agua sino el apeiron, una sustancia más primitiva y no perceptible por nuestros sentidos, lo que daba origen tanto al agua como al aire, al fuego y a la tierra, que son las sustancias que forman el Universo.

Otro filósofo contemporáneo, su discípulo Anaxímenes, opinó que la sustancia que forma todas las demás del Universo es el aire, y que lo hace a través de los procesos de condensación y rarefacción.

Había otras muchas teorías para explicar varios fenómenos naturales, como los truenos y los rayos, los temblores, los cometas, el arco iris, etc., varias contradictorias entre sí pero todas coincidiendo en buscar las causas y los mecanismos dentro de la misma naturaleza y sin la participación de los dioses.

De modo que cuando los médicos hipocráticos empezaron a rechazar la existencia de enfermedades divinas lo hicieron en un ambiente en donde tales ideas ya no eran extrañas.

Pero hay otro antecedente histórico del concepto natural de las enfermedades, que probablemente también influyó en la postura opuesta a lo sobrenatural de los médicos hipocráticos.

Se trata de una idea originada en Egipto por lo menos 1000 años antes para explicar algunas enfermedades; los snw imaginaron que en el contenido intestinal se generaba un principio patológico, un agente capaz de pasar al resto del organismo a través de los metu o canales que comunicaban a los distintos aparatos y sistemas entre sí, y de producir trastornos más o menos graves en ellos.

Este principio se conoció como wdhw y quizá representa el primer intento en la historia de la cultura occidental de explicar varios síntomas y hasta ciertas enfermedades sin la ayuda de los dioses o de fuerzas sobrenaturales. Naturalmente, el whdw era totalmente imaginario, pero en este caso la imaginación se mantuvo dentro de lo posible en el mundo de la realidad.

La idea del whdw tuvo consecuencias importantes entre los snw, quienes basaron gran parte de sus medidas profilácticas y terapéuticas en ella: los snw recomendaban a los sujetos sanos que se hicieran 2 o 3 enemas al mes, para evitar la aparición de whdw, y desde luego los enfermos eran sometidos a este tratamiento con mucha mayor frecuencia.

El concepto del whdw pasó de Egipto a la Grecia antigua, y sus resonancias influyeron a los médicos hipocráticos.

hipocrates

HIPÓCRATES

Tradicionalmente se considera a Hipócrates de Cos el «padre de la medicina» y se le atribuye la autoría del llamado Juramento hipocrático, de un popular libro sobreAforismas, de cierto número de los textos que forman el Corpus Hipocraticum, así como el hecho de insistir en la observación como base de la práctica clínica, o sea el método hipocrático.

Pero la verdad es que se sabe muy poco del Hipócrates histórico, excepto que vivió en el siglo V a.C., que era originario de Cos, que era un médico reconocido y miembro de los asclepíades, que tomaba alumnos y les enseñaba el arte de la medicina; todo lo demás que se dice de Hipócrates es leyenda.

Desde luego, el Juramento hipocrático es un documento de origen pitagórico, los Aforismas son una colección de consejos y observaciones médicas que se han ido acumulando a lo largo de siglos, y elCorpus Hipocraticum es una colección de cerca de 100 libros sobre medicina que se escribieron en forma anónima durante los siglos V y IV a.C., algunos hasta probablemente después.

El contenido de estos textos es muy variable, algunos son teóricos y muy generales, otros tratan de distintos aspectos especializados de la práctica médica, otros de cirugía, y otros más son series de casos clínicos breves sin conexión alguna entre sí.

Como era de esperarse en una colección tan heterogénea, hay distintas teorías para explicar los mismos fenómenos y numerosas contradicciones, no sólo entre distintos libros sino hasta en un mismo texto.

Hasta el siglo pasado se creía que varios de ellos (los más antiguos) habían sido escritos por el propio Hipócrates o sus discípulos directos, pero investigaciones más recientes han demostrado que tal creencia es infundada.

Lo que el Corpus Hipocraticum sí representa es un resumen del ejercicio entre los griegos de un tipo de medicina, que puede llamarse racional, a partir del siglo V a.C. y hasta el ocaso del helenismo.

Al mismo tiempo que la medicina racional, en la Grecia clásica persistió la práctica de la medicina primitiva o sobrenatural, ejercida por los iatros especializados en los templos de Asclepíades, y al mismo tiempo otra medicina todavía más primitiva, a cargo de magos y charlatanes itinerantes, demiurgos que iban de ciudad en ciudad anunciando sus pócimas maravillosas y prometiendo toda clase de curaciones y milagros.

De hecho, algunos de los libros del Corpus Hipocraticum fueron escritos para combatir a los que practicaban esa forma de medicina, ya que en Grecia no había reglamentación alguna del ejercicio profesional.

Tampoco había escuelas de medicina, de modo que si un joven deseaba hacerse médico buscaba a un miembro distinguido de la profesión que lo aceptara como aprendiz; la regla era que fuera admitido a cambio de una remuneración, con lo que el maestro quedaba obligado a impartirle su ciencia y su arte al alumno durante el tiempo que fuera necesario.

 

 Representación de Hipócrates en un manuscrito bizantino; el libro que sostiene dice:
» La vida es corta, el arte es largo «
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DE LA MAGIA PRIMITIVA
A LA MEDICINA MODERNA
Ruy Pérez Tamayo  1997