El Capitalismo en 1850

Biografía de Napoleon III Luis Presidente de Francia

Biografía de Napoleón III

Napoleón III (1808-1873), presidente de la República (1849-1852) y emperador de los franceses desde 1852 hasta su derrota frente a la pujante Prusia, en 1870. Fue el creador del II Imperio Francés, llamado Luis Napoleón Bonaparte, y de nombre imperial fue el de Napoleón III, era el sobrino del Napoleón por excelencia, Napoleón I Bonaparte. Contrajo matrimonio, en 1853, con la aristócrata española Eugenia de Montijo. Refugiado en Inglaterra, en Chislehurst, murió el 9 de enero de 1873

El 9 de junio de 1815 terminaban las sesiones del Congreso de Viena. Todas las potencias que exaltaban el principio llamado de legitimidad habían participado, y restablecían los gobiernos monárquicos reconocidos antes de la Revolución y de la epopeya napoleónica.

Se había creído que con la proclamación de un principio se apagaría en la conciencia de los pueblos el entusiasmo y el deseo de libertad que el gran Corso había suscitado. Las decisiones del Congreso no habían hecho más que retrasar un proceso histórico normal que iba a proseguir a través de toda una serie de revoluciones y de guerras.

En Francia, gracias a las hábiles maniobras del príncipe de Talleyrand, quien después de haber sido ministro de Napoleón puso su astucia al servicio de los legitimistas, Luis XVIII había ascendido al trono en 1824; su hermano Carlos X le sucedió.

Estos dos reyes, sobre todo el segundo, que ambicionaba restaurar el absolutismo de la monarquía, trataron de borrar el recuerdo de Napoleón del corazón de los franceses. En realidad, éste, después de su muerte en la isla de Santa Elena, en 1821, había llegado a ser para los bonapartistas un ídolo inolvidable.

Es necesario recordar la exaltación del alma popular y el deseo lleno de nostalgia que tenían los franceses de volver a ver como jefe a un hombre digno de suceder a su venerado emperador, para comprender las razones del éxito inesperado de Carlos Luis Napoleón, sobrino de Napoleón I.

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Casado en  1853 con la bella aristócrata española Eugenia de Montijo, quien pasó gran parte de su juventud viajando y visitando las principales ciudades de Europa, y tuvo un lugar importante en la vida pública del país.  En las comidas, donde se reunían nobles y diplomáticos de diferentes naciones, a menudo se tomaban importantes decisiones políticas.

Carlos Luis Napoleón nació en 1808, en París. Eran sus padres Hortensia de Beauharnais y Luis Bonaparte, rey de Holanda de 1806 a 1810. Cuatro años antes que él había nacido Luis Napoleón, el hermano a quien siempre quiso y que compartió sus aventuras de juventud. Pasaron su infancia bajo la protección del ilustre tío, de quien heredaron las ambiciones.

Pero la derrota napoleónica y la restauración de la monarquía alcanzaron directamente a los miembros de la familia Bonaparte. Luís Bonaparte tuvo que refugiarse en Italia, adonde llevó a su hijo mayor, mientras que su esposa, de quien estaba separado, se retiró a Suiza con su hijo menor. Se instalaron en el castillo de Arenenberg, situado a orillas del lago Constanza, en un lugar magnífico pero solitario.

Transformados en vasallos suizos, madre e hijo pasaron allí una vida cuya monotonía solamente fue interrumpida por tres viajes que Luis Napoleón hizo a Italia para ver a su padre (1823, 1824 y 1826).

El niño tenía un carácter tan reservado que su madre tomó la costumbre de llamarlo «el dulce sombrío»; pero quizás porque había sido ganado para la causa de las ideas liberales por su preceptor, se interesó desde muy niño por los pueblos oprimidos, víctimas de potencias extranjeras o de los gobiernos absolutistas del propio suelo.

Su hermano se parecía mucho a él en el ardor juvenil, y durante la guerra ruso-turca (1827-1829) pidieron, aunque en vano, a su padre que les permitiera enrolarse en los ejércitos que luchaban contra los turcos.

En 1830, según la expresión de Octavio Aubry, Luis Felipe «escamotea» la corona. Pero en Italia el viento de la insurrección continúa soplando. Los «carbonarios», en cuya secta ingresaron los dos hermanos, fueron vencidos, pero no abatidos. Y de pronto en Romana se produce un nuevo levantamiento. Los dos jóvenes se enrolan.

En febrero de 1831 la temeraria empresa parece estar a punto de triunfar. Pero los austríacos envían tropas adiestradas en la verdadera guerra. Los dos príncipes huyen a Forli, En la huida, el mayor es mortalmente herido. Por consideración hacia su madre, se dirá que murió de sarampión. El mismo Luis ha sido herido. Hortensia acude y lo lleva consigo a París.

Sin embargo, sus aspiraciones y el deseo innato de actuar le impiden resignarse a una vida apacible. En 1832 acontecía algo decisivo para el futuro: la muerte en Viena del único hijo de Napoleón I, el joven Napoleón II, en quien habían cifrado hasta entonces todas sus esperanzas los bonapartistas franceses.

En virtud de los senadoconsultos, que habían establecido la sucesión imperial, el príncipe Luis Napoleón era el representante directo de la dinastía napoleónica; la monarquía se mostraba inquieta por ella. En consecuencia, hizo renovar la ley de destierro para la familia Bonaparte.

El joven príncipe se retira a Arenenberg durante cuatro años, pero es con el fin de prepararse a desempeñar su papel en el gran escenario europeo. Escribe obras políticas y militares; se mantiene al corriente de los movimientos de simpatía popular y de las manifestaciones a favor del imperio, y hasta llega a provocarlos. Tiene frecuentes contactos con los bonapartistas, y sabe que en todas partes se está conspirando.

En 1836 pasó decididamente a la acción, tratando de sublevar a una guarnición en Estrasburgo y de derribar al rey. Esta empresa aventurada, digna de un audaz héroe del romanticismo, terminó en un fracaso completo. Fue arrestado, y luego de una corta detención, llevado a Estados Unidos. Volvió poco después a Europa y permaneció un tiempo en Inglaterra.

En 1836 fracasó la tentativa de Luis Napoleón para derribar la monarquía de Luis Felipe. En Estrasburgo, el príncipe, que llevaba uniforme de coronel, fue rodeado junto con sus cómplices, y debió rendirse. Fue llevado a Taris como prisionero. Luego de una corta detención, fue deportado a América del Norte, pero en corto tiempo regresó a Europa y se estableció
en Londres.

El 6 de agosto de 1840 hizo una nueva tentativa, en Boloña, para adueñarse del poder. Esta vez fue condenado a prisión perpetua y encerrado en el castillo de Ham. Pasó allí casi seis años, que dedicó a leer. Su causa no perdió nada con su encarcelamiento, pues si cuando era libre había ganado la simpatía del pueblo, ahora que estaba prisionero suscitaba la piedad y el entusiasmo; había entre los bonapartistas quienes comparaban su existencia en la cárcel y la de su tío, llena de prodigiosas epopeyas.

En 1846, cuando Luis Napoleón logró evadirse de la fortaleza con la complicidad de un amigo, la mayor parte del pueblo francés mostró sólo admiración por esta nueva proeza.

El apoyo popular le sería más claramente demostrado en 1848, inmediatamente después de las jornadas sangrientas del mes de febrero, que obligaron a Luis Felipe de Orleáns a huir y establecieron el gobierno provisional; a su frente estuvo, para proclamar la República, el poeta Alfonso de Lamartine.

Luis Napoleón, quien a raíz de estos acontecimientos favorables había vuelto a Francia, fue elegido diputado de la Asamblea Constituyente. A partir de aquel momento su actitud habría de cambiar. Pues sabiendo que había entre los diputados muchos opositores, se esforzó para hacerles olvidar sus actos revolucionarios, adoptando una línea de conducta pacífica y moderada; pero los bonapartistas actuaron en su lugar, y su elección de Presidente de la Segunda República, que se realizó  en  diciembre del mismo año, casi fue una sorpresa para Francia.

No faltaron comentarios desagradables de los partidos republicanos y socialistas, y sin embargo Luis Napoleón Bonaparte había obtenido cinco millones y medio de votos.

A pesar de la oposición, el 2 de diciembre de 1851 Luis Napoleón llevó a cabo con éxito un golpe de estado, y logró que los poderes constituyentes le otorgaran la presidencia por diez años, pretextando que las luchas de los partidos mantenían en el país una agitación permanente. En 1852, después de un viaje a través de Francia, el senadoconsulto del 7 de noviembre y el plebiscito del 21 y 22 del mismo mes lo consagraron emperador bajo el nombre de Napoleón III.

Durante el período de su arriesgado ascenso al trono, a Napoleón, en una fiesta dada en el año 1851 en el palacio del Elíseo, le llamó grandemente la atención la joven condesa española Eugenia María de Montijo de  Guzmán,  que  era una  de  las mujeres más bellas y más cultas de su época, y que entonces vivía en París con su madre. Decidió su noviazgo durante estada de Eugenia en Compiégne. En el transcurso de una  reunión colocó sobre la cabeza de su  prometida  una   corona de hiedra, diciéndole: «Mientras esperas la otra.»

La Segunda República había pasado a la posteridad. Aunque Napoleón III no llegó a realizar todas sus ambiciones, dio a Francia un lugar privilegiado entre las potencias europeas. Su acción política siempre estuvo animada por la ambición de devolver a Francia el prestigio que había adquirido bajo Napoleón I. Recordaremos su intervención en la guerra de Crimea (1853-1856) y la participación que tuvo en la guerra de la Independencia italiana. En 1858, Cavour sedujo a Napoleón III con la idea de la unidad italiana.

Tres años más tarde Francia había llegado a ser la aliada de Piamonte, y el ejército francés intervenía junto a las tropas italianas en la guerra contra Austria, que fue señalada por las victorias de Montebello, Palestro, Turbigo, Magenta, Solferino, y que finalizó con la paz de Zurich (10 de septiembre). Esta guerra preparó la unidad de Italia, consolidada entre los años 1860 y 1861, después de una serie de insurrecciones   en   ios   estados   napolitanos   y   romanos.

Durante el reinado de Napoleón III, Francia conoció un período de prosperidad económica y de progreso en las reformas sociales. Las grandes industrias se desarrollan, y mientras que el comercio y la agricultura crecen, París anexa nuevos barrios, y llega a ser el centro más floreciente de la cultura europea. En el exterior, el Imperio pacificó Kabilia y creó el Ministerio de Argelia y de las colonias, para dar una organización administrativa a las dependencias de Francia en África.

El período en que reinó Napoleón III es universalmente designado con el nombre de Segundo Imperio. Fue una época de eran brillo para las artes y la economía en Francia. Al emperador le agradaba rodearse de una corte llena de lujo, donde, bajo la esclarecida protección de la emperatriz Eugenia, brillaron algunas de las más claras inteligencias de la época. El gran músico Gounod compuso para las suntuosas fiestas del castillo de Compiegne algunas de sus más notables melodías.

El gobierno de Napoleón III ha sido objeto de numerosas críticas, a menudo injustas. Se lo ha acusado sobre todo de no haber sabido tomar, en el momento oportuno, las decisiones que se imponían tanto en política interior como en política exterior; aun cuando Francia se encontró en el apogeo de sus conquistas, tanto legitimistas como republicanos le reprocharon no haber realizado las esperanzas que habían fundado en él.

Napoleón fue la víctima de la astucia de Bismarck; se dejó llevar peligrosamente a la guerra contra Rusia por el muy astuto ministro de Guillermo I. Esta desdichada empresa terminó lamentablemente en Sedán (1-2 de septiembre de 1870). Napoleón III, después de haber buscado vanamente la muerte en el campo de batalla, fue hecho prisionero. Dos días después se proclamaba la Tercera República.

Habiéndose refugiado en Inglaterra, en Chislehurst, murió el 9 de enero de 1873. Luego de su muerte, su mujer, la espléndida condesa española Eugenia de Montijo, volvió a su país de origen. Murió en Madrid en 1920, pero el hijo que le había dado, el joven príncipe Eugenio Luis Juan José Napoleón, sólo sobrevivió a su padre seis años. Alistado en las tropas inglesas, murió en Sudáfrica. combatiendo contra los zulúes, en el transcurso de una exploración.

LA PERSONALIDAD DE NAPOLEÓN III

Sus gestos eran quietos, su tono de voz suave. No ten Ta nunca esos estallidos de temperamento que a Napoleón I le condujeron a veces a grandes éxitos, a veces a tremendos fracasos. En los momentos críticos tenía un absoluto dominio de sí y hasta una flema […]. Sin embargo, de su persona desprendíase una notable influencia fascinadora.

Cuando la reina Victoria se encontró con él en 1855, primero en Londres y luego en París, pudo comprobar en aquel hombre «enigmático» un poder de fascinación, y no ocultó hasta qué punto había sucumbido ella misma a ese poder: «Hay que conocerle para ver lo que hay en su carácter de verdaderamente amable, bondadoso y honorable. Es tan sencillo y tan natural que nunca hace circunloquios ni cumplidos; tiene un tacto exquisito, gusto excelente y mucho estilo de vida. Es enteramente imperial, y no necesjti, fingir su cargo.»

También Bismarck manifestó siempre simpatías por él. Pero pensaba desde muy pronto, todavía en tiempos de Federico Guillermo IV, que el emperador francés no era tan listo como el mundo creía: «Creo que se alegra cuando puede gozar en paz de alguna cosa buena; su entendimiento se exagera a costa de su corazón; en el fondo es bueno y siente en extraordinaria medida la gratitud por los servicios recibidos.» En otra ocasión observa críticamente que Napoleón obra by fits and starts [por impulsos].

En todas estas observaciones hay algo exacto. El emperador cambiaba fácilmente de planes, de medios y de hombres. Contrariamente al primer Napoleón, de quien Talleyrand dijera que era imposible de divertir, propendía resueltamente al deleite. La bondad y la gratitud le impulsaron a exclusiva indulgencia hacia los que le rodeaban y que en parte eran gente indigna de ella. Además, desde sus días de conspirador tenía adquirida una propensión fatal a seguir caminos torcidos y ocultos.

Su gobierno tenía siempre algo de intriga y de conspiración. Finalmente, habiendo llegado demasiado tardíamente a su altísima posición, y teniendo otra multitud de intereses, faltábale el pleno conocimiento de los negocios. En cierto modo fué siempre un diletante que acudía presuroso a todo lo nuevo y brillante, para abandonarlo tan pronto como lo había comenzado, o a medio terminar. El ministro inglés Palmerston decía, con su característica rudeza, que la cabeza del emperador estaba llena de planes, como la conejera de conejos.

Friedrich Luckwaldt. El sistema de los Estados europeos, en W.Goetz. Tomo VIII.

Fuente Consultada:
LO SE TODO Tomo III Biografía de Napoelon III – Editorial CODEX

 

 

Reformas Urbana en París del Barón Haussmann con Napoleón III

LA VIDA EN PARIS DURANTE EL GOBIERNO DE NAPOLEÓN III

LA VIDA PARISIENSE: Durante los primeros años del gobierno de Napoleóm III, Francia estaba feliz, o bien, pareccía serlo. En todo caso el emperador reinaba sin competir el poder. La vida política casi no existía. La oposición oposición  republicana estaba dominada o en el exilio; por más que Víctor Hugo fustigaba a «Napoleón el Pequeño», sus ideas apenas conseguían abrirse camino. La prensa estaba amordazada y bajo la continua amenaza de una amonestación que podía llevar consigo la desaparición del periódico.

Las mismas elecciones no alcanzaban a despertar a los franceses de su apatía política. Eran los prefectos, que disponían de plenos poderes, quienes las manejaban: escogían los candidatos adictos al régimen y favorecían su propaganda; al mismo tiempo, los candidatos de la oposición se encontraban con muchas dificultades: no conseguían hallar salas de reuniones; los impresores, ante las presiones oficiales, se mostraban vacilantes, etc. Los mismos patronos de las fábricas incitaban a los obreros a que votasen «bien», ya que, en caso contrario, correrían el riesgo de ser despedidos. A todo esto se denominaba candidatura oficial.

Una misa en Paris

Una misa en una capilla de Paris

Algunas gentes, en los salones parisienses, se burlaban de ello, o hacían chistes; pero era una oposición estéril La pasión po-lícita estaba extinguida No era tiempo de grandes esperanzas revolucionarias. Los franceses habían abandonado un idealismo que se juzgaba pasado de moda, por un realismo vulgar: ganar dinero y divertirse. Los bancos se desarrollaban rápidamente, en una época en que la estabilidad política estimulaba las inversiones.

El Gobierno daba el ejemplo, emprendiendo grandes obras. Era el momento de los ferrocarriles; y las carreteras se desarrollaban igualmente. A petición de Napoleón III, el prefecto del Sena, barón Haussmann, emprendió la reconstrucción de París. Era conveniente que el emperador del pueblo tuviera la más hermosa capital del mundo, que el dinamismo del soberano por elección rompiera con el mediocre tradicionalismo de los príncipes hereditarios de la vieja Europa.

París debía ser la capital del mundo. Por tanto, tenían que desaparecer los tugurios y los barrios inmundos: era necesario también dar muestras de un humanitario desvelo.

Haussmann comenzó a hacer derribos, y a trazar, a través de todo París, grandes avenidas modernas. Estas serían bellas y famosas; por otra parte, tendrían la ventaja, al no estar empedradas, sino cubiertas con macadán, de impedir el levantamiento de barricadas sirviéndose del pavimento; por último, el ejército podría en ellas disparar fácilmente en los disturbios.

Barón Houssmann

Georges Eugène Haussmann (1809-1891), político y urbanista francés, responsable de la drástica remodelación del trazado de París durante el reinado de Napoleón III (1852-1870). Fue el encargado de llevar a cabo las reformas que necesitaba el área de París en un escaso periodo de tiempo.Haussmann propuso una nueva ciudad, heredera de los esquemas barrocos de perspectivas y simetrías. Urbanizó la periferia, abrió nuevas calles anchas y rectilíneas, trasladó las estaciones de tren fuera del núcleo urbano, conectadas por una trama racional, organizó nuevos parques (como el Bois de Boulogne), construyó numerosos edificios públicos y planteó un nuevo sistema de alcantarillado y abastecimiento de agua.

Todo  esto  significaba  gastos,   especulación, realización de negocios. Todo el mundo se benefició un poco de ello. Se hicieron algunas fortunas colosales. Morny continuó siendo uno de los mejor situados.

Época de actividad febril, pero también de diversiones, en la que reinaba sobre la vida parisiense, Jacques Offenbach, al son de cuyas ligeras melodías bailaba todo París, así como los innumerables viajeros que acudían allí a distraerse. «Los cuentos de Hoffmann» y «La Bella Elena», obras amables, músicas sencillas y alegres, caracterizaron a esta época, que no buscaba más que la diversión, dejando a otros el cuidado de dirigir el país.

La moral era poco rígida. Si, en la Corte, la nobleza se dedicaba a juegos inocentes como el de la gallina ciega, en otros sitios reinaban las mujeres fáciles, que se paseaban por el Bosque de Bolonia en magníficos carruajes, a la espera de conquistar a los caballeros ricos, deseosos de mostrar al todo París su buena fortuna, y capaces de arruinarse por estas mujeres. El mismo emperador, a su vez, multiplicaba sus aventuras amorosas.

Las clases inferiores participaban, asimismo, de la euforia general. La riqueza del país iba en aumento: el ahorro se desarrolló hasta doblar sus efectivos, el consumo fue en pos de los progresos de la industria, los grandes almacenes se desarrollaron. El «Bon Marché», por ejemplo, redujo el margen de sus beneficios, esperando así vender más productos. Los clientes podían encontrar en el mismo comercio todo lo que necesitaban; podían entrar en él, sin verse obligados a comprar nada, pero, ¿quién era capaz de resistir a la tentación? El nuevo sistema de venta causó furor; el «Bon Marché» obtuvo un éxito extraordinario, y Zola

describió todo este en su obra «Au bon-heur des Dames». Pero no fue sólo París quien se benefició con la situación.

En provincias, se multiplicaron las vías de comunicación. En lo sucesivo, el campo quedaba menos aislado, y podía participar de las grandes transformaciones comrecia-les. Las arenas de las Landas fueron saneadas: se plantaron bosques de abetos, que servirían para proveer de viguetas a las minas. En los Alpes, se inició la apertura de un túnel a través del Mont Cenis. Por último, sobre todo, y contra el parecer de los expertos, y a pesar del escepticismo de los ingleses, se emprendió, a partir de 1859, una obra digna de los faraones: la construcción del canal de Suez.

El Mediterráneo no sería ya, en adelante, un callejón sin salida. Sus ciudades y sus puertos se aprestaron a renacer. En previsión de este capital acontecimiento, la política exterior francesa se reanimó, con el propósito de convertir el Mediterráneo en una especie de «mare nos-trum» galo.  La pacificación de Argelia, la intervención en Italia, la defensa de los Santos Lugares. Pero este cuadro podría parecer demasiado hermoso. Zola describiría su otra cara: la miserable situación de los obreros,  el  alcoholismo,  la  represión  policíaca.

Fuente Consultadas:
Todo Sobre Nuestro Mundo Christopher LLoyd
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo X La Revolución Industrial
Historia Universal Ilustrada Tomo II John M. Roberts
Historia del Mundo Para Dummies Peter Haugen
La Revolución Industrial M.J. Mijailov

El Socialismo Científico Fundamentos e Ideas de Marx y Engels

CARACTERÍSTICAS DEL SOCIALISMO CIENTÍFICO Y SU DIFERENCIA CON EL UTÓPICO

A lo largo de los dos siglos anteriores se han sucedido ideas y programas socialistas muy divergentes: desde los planes idealistas de los primeros socialistas utópicos, pasando por los proyectos revolucionarios de Marx y Engels, quienes dieron un soporte teórico y práctico a partir de una concepción materialista de la historia. El marxismo sostenía que el capitalismo era el resultado de un proceso histórico caracterizado por un conflicto continuo entre clases sociales opuestas. El socialismo ha tenido muchas encarnaciones, pero sus valores centrales y sus objetivos básicos han mantenido una notable constancia. Los socialistas de todos los tipos coinciden en su oposición a las muchas y palpables injusticias provocadas por el capitalismo. Fundamentalmente todos los «socialistas» buscan crear una sociedad más justa haciendo frente a la tendencia del capitalismo a concentrar la riqueza y el poder en manos de la minoría.

Los Primeros Socialistas Aunque numerosos principios del socialismo pueden retrotraerse a mucho antes, los primeros pensadores que recibieron el nombre de socialistas surgieron, sobre todo en Francia y Gran Bretaña, en las décadas de 1820 y 1830. La mayoría de los primeros radicales sociales, llamados utópico, (ver: socialismo utópico) actuaban espoleados por las salvajes desigualdades causadas por la industrialización, en la que empresarios y propietarios de fábricas acumulaban fortunas gracias a los trabajadores,quienes, en su inmensa mayoría, trabajaban jornadas interminables por salarios míseros en condiciones peligrosas e insalubres.

Mrax y Engels

Karl Marx  fue, junto a Friedrich Engels, el fundador del socialismo científico. Autor del Manifiesto Comunista y de El capital, ambas obras se convirtieron en el sustrato ideológico de dicho movimiento, que pronto pasaría a ser conocido por el nombre de comunismo.

Socialismo científico: El pensamiento socialista fue producto de los grandes alcances científicos del siglo XIX y del desarrollo de las ciencias sociales, que los pensadores alemanes Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) utilizaron para fundamentar su teoría.

carl marx socialismo cientificoAsí, desarrollaron su propia ideología conocida como socialismo científico, que desplazó a los socialistas utópicos, porque partía de la realidad económica y social concreta que se vivía bajo el sistema de producción capitalista, con la finalidad de establecer leyes y reglas de conducta y acción correspondientes.

Autor de varias obras, Marx publicó en 1848, junto con Engels, El Manifiesto Comunista. En él se hacía un llamado a los obreros de todo el mundo para que se unieran, y rompieran con la organización social de la sociedad burguesa capitalista y pasaran de «ser esclavos a dueños de su propio destino».

Según Marx, históricamente los conflictos existentes en toda sociedad tenían su origen en la lucha de clases. En el caso de la sociedad capitalista, las dos clases con intereses  contrapuestos eran la obrera y la burguesía. Esta última explotaba a la primera y se había enriquecido  al  obtener beneficios extras con su trabajo.

Para terminar con esta injusta situación era necesario construir una sociedad comunista, es decir, una sociedad igualitaria donde ya no habría ni explotadores ni explotados,   por lo que los obreros teman que organizarse para tomar el poder, utilizando la vía revolucionaria si era necesario, con lo que se establecería un nuevo orden social.

Marx explicó que el trabajo del hombre basado sólo en los beneficios era una brutalidad física y una bancarrota moral:
[La burguesía] en el lugar de todas las innumerables libertades, bien adquiridas y escrituradas, ha establecido como única libertad la del libre     comercio sin escrúpulo. En una palabra, la burguesía ha sustituido la explotación envuelta en     ilusiones religiosas y políticas por la explotación franca, descarada, directa y adusta.

El capitalismo había provocado el derrumbamiento de los valores de la familia:
La burguesía arrancó el velo patético-sentimental que encubría las relaciones familiares reduciéndolas a una mera relación de dinero.
Su necesidad de crecimiento económico constante había creado un apetito insaciable de conquistas globales. La necesidad de colocar sus productos en mercados cada vez más amplios empuja a la burguesía a los más apartados rincones del planeta. En todas partes tiene que afincarse, echar raíces y establecer relaciones.

Evolución del socialismo utópico al socialismo científico: En el curso de la revolución industrial, la sociedad capitalista fue revelando cada vez más sus contradicciones. Se manifestaba con nitidez cada vez mayor la pringipal contradicción del capitalismo, la contradicción entre el carácter social dé la producción y la forma capitalista privada de apropiación de sus frutos. La realidad capitalista refutaba sin dejar lugar a dudas las viciosas concepciones de los ideólogos burgueses, que proclamaban la identidad de los intereses del trabajo y del capital y afirmaban que el pueblo alcanzaría el bienestar general gracias al desarrollo de la sociedad burguesa.

En el proceso de la revolución industrial no sólo se formó la ideología burguesa; cristalizo también la ideología proletaria. Las obras de los socialistas utópicos Claudio E. Saint-Simón, Carlos Fourier y Roberto Owen expresaban ya teóricamente, aunque de modo imperfecto, los intereses del proletariado.(El socialismo utópico debe su nombre a la obra Utopía, del pensador inglés Tomás Moro, quien describe en ella la isla fantástica de ese nombre, en la que existía un régimen social ideal).

En 1802 Saint-Simón publicó su libro Cartas de un vecino de Ginebra, en la que argumentaba su idea de que «todos los hombres deben trabajar». En 1825 apareció su trabajo El nuevo cristianismo, en el que este noble representante del socialismo utópico-crítico declaró abiertamente que el fin de la sociedad debía ser el de mejorar la suerte de la   «clase   más  numerosa y más  pobre».

Los   discípulos de Saint-Simón expresaron su ideal socialista con las palabras: «A cada uno, según su capacidad; a cada capacidad, según sus obras» (esta consigna fue modificada por Marx y Engels, que la expresaron así: «Dé cada uno, según su capacidad; a cada uno, según su trabajo»).

En la primera mitad del siglo XIX aparecieron también los trabajos de Carlos Fourier, otro gran representante del socialismo utópico-crítico. Fourier demostraba en sus obras que el régimen capitalista, con todos sus vicios, debería ceder lugar a un régimen social superior. Sin embargo, Fourier era enemigo de la lucha revolucionaria; confiaba en que, mediante la propaganda, se lograría persuadir a los capitalistas de las ventajas del nuevo régimen. Por ello las obras de Fourier (la principal es El nuevo mundo industrial y societario) deben principalmente su importancia a que contiene una ingeniosa y mordaz crítica de las lacras del régimen capitalista.

El representante más notable del socialismo utópico en Inglaterra fue Roberto Owen. En su libro Sistema social, Owen expone la necesidad de una transformación radical dé toda la sociedad para convertirla en una unión de comunidades comunistas. Owen trató de plasmar en hechos su doctrina fundando tales comunidades. La primera colonia comunista, llamada «Nueva Armonía», surgió en Norteamérica, en el Estado de Indiana. Sin embargo, no tardó en fracasar, ya que era un pequeño y solitario islote en medio del proceloso océano de la anarquía capitalista de la producción. Durante toda su actuación, Owen mantuvo una actitud negativa hacia la lucha política de la clase obrera y se pronunció contra las huelgas.

En Alemania, el representante del socialismo utópico fue Guillermo Weitling. En sus obras, Weitling criticó con brillantez y audacia la sociedad burguesa de su tiempo. Era contrario a la propiedad privada, viendo en ella la «fuente de todos los males» de la humanidad. A diferencia de la mayoría de los socialistas utópicos, Weitling exhortaba al   proletariado   a   que   luchase   él   mismo   para derrocar el régimen odiado y construir una nueva sociedad.

Sin embargo, Weitling estimaba que los mejores luchadores por el régimen comunista no eran los proletarios industriales, sino el proletario e incluso los bandidos, por considerarlos la capa más enemiga de la sociedad capitalista. Marx y Engels consideraron el comunismo de Weitling el primer movimiento teórico independiente del proletariado alemán. Sin embargo el movimiento encabezado por él fue degenerando en una , secta y penetrándose de ideas religiosas por lo que acabó en la más completa degradación.

Todos los socialistas utópicos señalaban en una u otra medida las agudas contradicciones de la sociedad capitalista: el rápido incremento de la producción y la pauperización del proletariado las crisis de superproducción y el contraste entre la ciudad y el campo. Caracterizando los trabajos de íos «Socialistas utópicos Marx y Engels dijeron: «Estas obras socialistas y comunistas encerraban también elementos de crítica. Atacaban todos los cimientos de la sociedad existente. Por eso proporcionaron un material sumamente valioso para ilustrar a los obreros».

Pero las ideas de los socialistas utópicos nacieron en un período en que la lucha de clases entre el proletariado y la burguesía apenas si se había desarrollado. Los socialistas utópicos veían en el proletariado la clase que más sufría pero no la creían capaz de hacer cambiar de modo radical con sus propias fuerzas, la sociedad.

Por eso ninguno de ellos actuó como representante del proletariado exclusivamente: querían liberar de golpe a toda la humanidad, y no, en primer lugar, a una determinada clase social. Los socialistas utópicos no vinculaban la transformación socialista de la sociedad con la lucha revolucionaria de las clases oprimidas y mantenían una actitud negativa hacia esa lucha. Vinculaban el surgimiento del régimen socialista con la actividad filantrópica de las capas superiores de la sociedad, suponiendo que sus mejores representantes, penetrados de las nobles ideas socialistas, crearían un nuevo orden social.

Las concepciones de los socialistas utópicos no fueron ni podían ser la bandera del proletariado combatiente, pues no expresaban de modo científico los intereses cardinales de la clase obrera y eran tan sólo utopías, sueños irrealizables. Ni siquiera los mejores representantes del socialismo utópico supieron descubrir las leyes objetivas del capitalismo ni hallar la fuerza social capaz de construir la nueva sociedad.

Los discípulos de los grandes socialistas utópicos cerraban obstinadamente los ojos para no ver en la clase obrera a una fuerza histórica independiente, predicaban la necesidad de transformaciones pacíficas y seguían apelando, preferentemente, a las clases poseedoras y negando la lucha de clases. Por ello, a medida que fue creciendo el papel político revolucionario del proletariado, esas doctrinas se volvieron cada vez más reaccionarias. El desarrollo de la revolución industrial y la activación e intensificación de la lucha revolucionaria del proletariado planteaban imperiosamente la tarea de crear una teoría amplia, omnímoda y verdaderamente científica, una concepción proletaria nueva, revolucionaria. Esa tarea la cumplieron Carlos Marx y Federico Engels.

Carlos Marx y Federico Engels dieron respuesta a las cuestiones vitales planteadas ante el movimiento obrero. Expusieron científicamente en sus trabajos la inevitabilidad del hundimiento del régimen capitalista y del triunfo de un nuevo régimen, el socialista. Mostraron que el socialismo no es una invención de soñadores, sino el resultado inevitable del desarrollo de la sociedad burguesa.

Carlos Marx y Federico Engels demostraron que el artífice de la nueva Sociedad sería el proletariado y que la lucha de éste contra los capitalistas llevaría necesariamente al establecimiento de la dictadura del proletariado. A su vez, la dictadura del proletariado sería tan sólo un medio de transición, por la supresión de todas las clases, a la sociedad sin clases. Marx y Engels enseñaron que la clase obrera, vinculada con la gran industria, la forma más avanzada de economía, era edificación socialista y comunista en la Unión Soviética y por la experiencia de la clase obrera y las masas trabajadoras de las democracias populares, que construyen el socialismo.

El marxismo es la mayor realización del pensamiento humano, una poderosa arma espiritual de transformación revolucionaria de la sociedad y guía para la acción de los proletarios, los demócratas, los patriotas y todos los hombres honestos de la tierra.

El marxismo surgió durante la revolución industrial. En aquellos tiempos el capitalismo se desarrollaba todavía en línea ascendente, la incompatibilidad de los intereses de burgueses y proletarios no había alcanzado el actual grado de antagonismo, y las contradicciones del régimen burgués apenas si empezaban a perfilarse. Desde entonces las cosas han cambiado mucho: hace tiempo que el capitalismo perdió definitivamente todo carácter progresista paraconvertirse en un freno del desarrollo social.

Las fuerzas de la paz, la democracia y el socialismo, que en aquella época apenas si habían surgido, son hoy el factor decisivo del desarrollo de la historia. La nueva época ha permitido enriquecer con espíritu creador el marxismo, aportándole nuevas tesis y deducciones. No obstante, lo principal y decisivo en la teoría del comunismo científico, la tesis de la inevitabilidad del hundimiento del capitalismo y de su sustitución por el comunismo, queda en pie. La vitalidad de dicha tesis la confirma todo el  curso   del   desenvolvimiento   histórico.

Con el correr del tiempo, el socialismo evidencia cada vez más su superioridad no sólo en la esfera política, sino también en la económica. En las ramas principales de la ciencia y de la técnica se aprecian con mayor nitidez cada día las ventajas del socialismo.

PRINCIPALES OBRA DE CARL MARX
1841Diferencia entre las filosofías de la naturaleza de Demócrito y Epicuro (tesis doctoral)
1844Manuscritos económico-filosóficos
1845La sagrada familia (contra Bruno Bauer y la izquierda hegeliana; en colaboración con Friedrich Engels)
1845-1846La ideología alemana (primera exposición de la concepción materialista de la historia; en colaboración con Engels)
1847Miseria de la filosofía (contra las tesis de Pierre Joseph Proudhon)
1848Manifiesto Comunista (en colaboración con Engels)
1852El 18 brumario de Luis Bonaparte (ensayo histórico-político sobre el golpe de Estado acaecido en Francia el 2 de diciembre de 1851)
1859Crítica de la economía política
1867El capital (vol. I; los vols. II y III fueron editados y publicados por Engels, con carácter póstumo, en 1885 y 1894, respectivamente)
1871La guerra civil en Francia (análisis de la experiencia de la Comuna de París)
1875Crítica del programa de Gotha (publicada por Engels, con carácter póstumo, en 1891)

Fuente Consultadas:
Todo Sobre Nuestro Mundo Christopher LLoyd
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo X La Revolución Industrial
Historia Universal Ilustrada Tomo II John M. Roberts
Historia del Mundo Para Dummies Peter Haugen
La Revolución Industrial M.J. Mijailov
Enciclopedia Digital Encarta Entrada: Socialismo
50 Cosas Que Hay Que Saber Sobre Política Ben Dupré

El Socialismo Utopico Origen, Fundamentos e Ideas Saint Simon

RESUMEN DEL SOCIALISMO UTÓPICO – PENSADORES E IDEAS FUNDAMENTALES :SAINT SIMON

Desde el incio del siglo XIX se designa socialismo a las teorías y acciones políticas que persiguen una economía basada en la democratización de los sistemas de producción (máquinas, materias primas, etc.) bajo el control estatal, que puede ser total o parcial. Nació como respuesta a las injusticias vividas por los obreros en los inicios de la era capitalista cuando los patrones eran los dueños absolutos de los elementos de producción y explotaban laboralmente a familias enteras en pos de sustanciosas ganancias. El objetivo final de los socialistas era establecer una sociedad comunista o sin clases, pero con el tiempo se han centrado cada vez más en reformas sociales realizadas en el seno del capitalismo.

Sistema de organización social y económico basado en la propiedad y administración colectiva o estatal de los medios de producción y en la regulación por el Estado de las actividades económicas y sociales, y la distribución de los bienes.

Mrax y Engels

Karl Marx  fue, junto a Friedrich Engels, el fundador del socialismo científico. Autor del Manifiesto Comunista y de El capital, ambas obras se convirtieron en el sustrato ideológico de dicho movimiento, que pronto pasaría a ser conocido por el nombre de comunismo.

DESTINO TRÁGICO DE LOS CAMPESINOS MODESTOS Y DE LOS OBREROS

Ya fuera en calidad de siervos, de asalariados, de aparceros o de jornaleros, la condición de los pequeños campesinos era miserable en toda Europa. En los países más ricos, como Francia, Inglaterra y los Países Bajos, debían trabajar en el campo, mientras que sus mujeres hilaban o tejían, el día entero, por algunos centavos, para asegurarse sus pobres comidas, compuestas de pan, queso y legumbres. En Inglaterra, el movimiento de los «acotados» redujo a muchos de ellos al estado de indigentes.

En Irlanda, el hambre fue tan terrible, que los campesinos se sublevaron, en varias ocasiones, incendiando y saqueando las tierras de los «landlords». En Rusia, donde, además de su miseria, los siervos, sufrían el yugo de su señor, estallaron centenares de sublevaciones populares; en 1848, los campesinos del sur de Alemania, oprimidos por los usureros, se sublevaron.

La lenta emigración hacia las ciudades comenzaba para todos aquellos que la tierra no podía alimentar. Pero allí les esperaba una suerte igualmente difícil. La clase obrera, que nacía en esta primera mitad del siglo XIX, sufrió, efectivamente, las peores condiciones de su existencia: en todas partes, los salarios nominales registraban una baja, mientras que el coste de vida, en particular los el trabajo de los niños se votó igualmente en Francia, pero no fue jamás aplicada.

Las condiciones de trabajo continuaban siendo, en 1850, igualmente desastrosas: el frío o el calor intensos, la falta de luz, la estrechez de los locales, la vida colectiva en los dormitorios y la presencia continua de los tiránicos vigilantes, que no lograban acabar con la indisciplina, explicaban las enfermedades (raquitismo, tuberculosis), el alcoholismo, la prostitución, las alta natalidad que oprimía a la clase obrera europea.

Numerosos obreros se rebelaban contra su situación: en Inglaterra, en Francia, en Bélgica, los obreros rompían las máquinas, como terribles competidores. Las huelgas esporádicas estallaban en las minas y en los talleres, siendo frecuentemente sofocadas por la fuerza; la de los empleados de las fábricas de seda de Lyon («canuts»), que lucharon «por el pan y el trabajo», con sus seis mil muertos, ha pasado a la historia como la más sangrienta. Pero la falta de asociaciones obreras llevaba estas sublevaciones al fracaso.

Las corporaciones y las mutualidades no agrupaban entonces más que a la aristocracia obrera (artesanos especializados, trabajadores cualificados) cuyas cotizaciones permitían ayudar a los acciden tadados, enfermos v los parados deprofesión.

PRIMEROS REFORMADORES Y UTOPISTAS
En 1830, fueron muchos los que, ante la situación miserable de las clases populares y el enriquecimiento escandaloso de una minoría privilegiada, pusieron en tela de juicio los fundamentos de la sociedad y, en nombre de la caridad cristiana o de la justicia social, propusieron reformas o construyeron nuevos sistemas políticos.

En Francia apareció, en 1829, el movimiento católico liberal en torno a los sacerdotes Lammenais y Lacordaire, y del joven par de Francia, el conde de Montalembert.

Hostiles a las ideas del Antiguo Régimen y a la enfeudación de la Iglesia al estado monárquico, se pronunciaron en su periódico «L’Avenir» por la separación de la Iglesia y el Estado, por la libertad de conciencia, de prensa, de asociación, de enseñanza, por la soberanía del pueblo y por el sufragio universal.

Condenados por el Papa en la Encíclica «Mirari vos» (1832), sospechosos al gobierno francés, el movimiento fue frenado y «L’Avenir» dejó de publicarse. Pero la doctrina se mantuvo y fue el origen de la iniciativa tomada en 1833 por un joven estudiante, Federico Ozanam, que creó la sociedad de San Vicente de Paul, de ayuda mutua y de caridad.

saint simonLas primeras obras socialistas que intentaban reorganizar la sociedad sobre nuevas bases, en provecho de las clases explotadas, eran, en gran parte, utópicas; tenían, sin embargo, el mérito de dar a conocer una serie de nociones de las que se derivaría el socialismo posterior.

Uno de los primeros socialistas fue el conde de Saint-Simón; este noble arruinado fue el autor de doctrinas económicas y sociales poco seguidas mientras él vivió.

Llevaban consigo una violenta crítica del régimen social fundado en la competencia y en la explotación de la clase más numerosa por una minoría de poseedor res casi siempre inactivos, y llegaban a la conclusión de la necesidad de suprimir a esta clase privilegiada.

Sus bienes y sus capitales pasarían al Estado, único propietario legítimo; la sociedad sería reorganizada y jerarquizada, según la capacidad de cada uno; el poder del rey y de la Iglesia sería sustituido por el de los trabajadores, sabios, banqueros, industriales, obreros…, animados por una misma fe en la ciencia y en el progreso.

Fueron los discípulos de Saint-Simón (Enfantin y Bazard) los que dieron a conocer su doctrina; intentaron organizar una vida comunitaria, de acuerdo con los principios del maestro: «a cada uno según sus capacidades, a cada capacidad según sus obras»; pero desavenencias internas y un proceso intentado por el Estado dieron fin a este proyecto. El «saint-simonismo», por el lugar que otorgaba a la economía, tuvo una cierta influencia sobre los industriales y los hombres de negocios del Segundo Imperio.

El inglés Robert Owen, contemporáneo de Saint-Simón, preconizaba un socialismo anti-estatal, donde el poder de decisión pertenecería a los trabajadores reagrupados en cooperativas propietarias del capital y de la maquinaria. La reunión de estas cooperativas en una federación central permitiría canjes armoniosos. Owen quiso poner en práctica sus ideas y fundó una colonia modelo en los Estados Unidos, con el nombre de «New Harmony».

El socialismo utópico: Una corriente ideológica precursora de los movimientos socialistas fue el socialismo utópico, que tuvo especial importancia en las primeras décadas del siglo XIX. De forma global, se caracterizaba por su crítica a la situación social creada por el capitalismo, europeo, y por el carácter predominantemente moral de sus teorías, en el que se aunaban influencias románticas y cristianas, hasta desembocar en una concepción casi mística de la vida y de las relaciones labo-rales. Así.Saint-Simon (1760-1825) abogaba en sus escritos por un tipo de sociedad basado en un fuerte desarrollo industrial y gobernada por un conjunto de sabios, banqueros y empresarios que debería   respetar  determinadas   normas morales y favorecer a las clases más humildes.

Esta fracasó, pero Owen había puesto las bases de un sindicalismo que alcanzaría gran difusión en Inglaterra, poco después. Se encuentran preocupaciones similares en el francés Fourier: el Estado debía desaparecer, en provecho de los falansterios, asociaciones libres y autónomas de trabajo, donde cada uno podría dedicarse a las ocupaciones que eligiera; la vida comunitaria, que permitía a cada cual desarrollarse, era obligatoria.

Fourier pensaba que estas unidades, que agruparían alrededor de 2.000 individuos de ocupaciones complementarias, permitirían llegar al enriquecimiento general.

Si bien los falansterios constituidos por sus discípulos no pudieron desarrollarse, sus conceptos sobre las asociaciones de trabajadores fueron aceptados igualmente por el movimiento socialista.

En los años que precedieron a 1848, la multiplicación de los sistemas socialistas demostró la atención cada vez mayor que se prestaba a aquellos problemas. Algunos reformadores, como Louis Blanc, se propusieron hacer del Estado su único patrono; todas las industrias privadas se incorporarían a los talleres sociales, donde los trabajadores elegirían sus jefes y repartirían sus beneficios.

Otros, como Cabet (autor del «Viaje a Icaria»), iban más lejos aún, haciendo del Estado el único propietario, que distribuiría a cada uno el trabajo y los productos que necesitara. Proudhon combatió la idea misma de la propiedad: «la propiedad es un robo»; el autor de «Filosofía de la miseria» (1846) predicaba la supresión del Estado y de las leyes, y los sustituía por contratos individuales, única garantía de una libertad total.

Excluyendo toda soberanía, incluso la del pueblo («el sufragio universal es una lotería»), y todo sistema de gobierno, Proudhon anunciaba el anarquismo.

La diversidad de los sistemas indicaba claramente que el socialismo no era un partido político provisto de un programa bien definido. Sin embargo, al final de este período, algunos reformadores intentaron organizar las masas obreras, a fin de que influyeran más eficazmente en la escena política.

En París se fundó, en 1836, la Federación de los Justos por los emigrados revolucionarios alemanes, de los que el sastre Weitling era la figura más notable; en 1847, en el Congreso de Londres tomó el nombre de «Liga de los comunistas».

En esta ocasión, Carlos Marx y Federico Engels redactaron el «Manifiesto del partido comunista». Esta llamada a una agrupación internacional de las fuerzas socialistas, lanzada en 1848, no sería escuchada hasta años después.

fabrica de medias

Fábrica de medias perteneciente a Manufacturas Owen y Unglow, en Inglaterra.

SINTESIS: Los socialistas utópicos partían del principio de que el ser humano era bueno por naturaleza y que si se le ofrecía una auténtica igualdad de oportunidades, sin injusticias ni egoísmos, dejarían de haber pobres y ricos, y todos ios hombres serían realmente iguales.

El socialismo utópico propugnaba por una sociedad donde no hubiera explotadores ni explotados, y reinara la felicidad y la armonía entre los hombres.

Para conseguirlo debían aprovecharse las ventajas de la industrialización y el trabajo colectivo, organizados ambos de modo igualitario, es decir, suprimir la propiedad privada de los medios de producción, como los campos de cultivo, fábricas, máquinas, etcétera, para que pasaran a ser rropiedades colectivas.

Entre los teóricos del socialismo utópico destacaron los franceses Sainat Simón y Fourier, así como el inglés Robert Owen, quien desde una tura filantrópica introdujo mejoras sociales en sus fábricas, se preocupó por la educación de los obreros y apoyó las asociaciones cooperativistas.

cuadro socialismo utopico

Dimensión de futuro: El «socialismo utópico» —representado por estos autores y muchos otros en toda Europa y América— preparó el camino al nacimiento y desarrollo del «socialismo científico» o «marxismo». Algunas de las tesis de esta doctrina fueron iniciadas por los ilustrados pensadores de principios del siglo XIX. El pensamiento de Marx y Engels se perfiló en parte al definirse en contraste con la ideología utópica.

Hemos visto en otros post cómo Owen y los demás autores defienden la propiedad colectiva de los bienes, cómo Fourier reniega de la civilización elaborada sólo en la defensa de los intereses de la clase empresarial, y cómo Saint-Simón anuncia —aunque tímidamente— la confusión creciente entre el mundo político y los intereses económicos.

Dar un paso más e interpretar toda la Historia como dependiente en parte del desarrollo de la lucha de clases, fue obra de Marx y Engels.

La aportación genuina de estos autores es precisamente enraizar la solución a la injusticia capitalista en la lucha del propio proletariado en defensa de sus intereses, y hacer ver que esta lucha surge de la situación relativa de las clases.

Los socialistas utópicos no desempeñan un papel relevante en el desarrollo de la historia de la organización social precisamente porque sus actuaciones no se fundamentaron en las fuerzas sociales existentes, sino que confiaron en la actuación de un Estado —que en principio defendía los valores contrarios— o bien en la actuación paternalista de gentes de buena voluntad.

Sin embargo, sí ocupan un lugar relevante en la historia del pensamiento al realizar los primeros análisis de las contradicciones que el sistema capitalista industrial llevaba consigo.

BIOGRAFIA DE SAINT SIMON:

Filósofo y sociólogo francés, inspirador de la Fisiopolítica, nace y muere en París. Hombre de negocios, participa en la guerra de independencia de los Estados Unidos; su verdadero nombre es Claude-Henri, conde de Rouvroy.

Propone la conformación de una confederación europea semejante a la unión de Estados proyectada en Estados Unidos, con un gobierno y un parlamento comunes, anticipándose a lo que hoy se conoce como la Comunidad Europea de Naciones. Hace esta propuesta en una de sus primeras obras, La reorganización de la sociedad europea, publicada en 1814.

Estudioso de los Enciclopedistas, aplica por primera vez la ciencia a los problemas sociales, inaugurando una nueva ciencia que tiene como modelo la fisiología s y que denomina Fisiopolítica, a la que Comte dará más tarde el nombre de Sociología.

El ideal político de Saint-Simon dista de la democracia y centra el ejercicio del poder en las élites, las que considera necesarias. Al frente de la nueva sociedad política que proyecta en sus obras coloca a los científicos y a los productores, reunidos estos últimos en un consejo industrial que reemplaza los parlamentos integrados por militares y funcionarios. Dicha sociedad se funda en el trabajo como camino hacia el progreso y el papel del Estado se reduce al de asegurar el orden público.

Los planteamientos de Saint-Simon cambian, sin embargo, durante su vida. Consciente de las insuficiencias de una organización racional, en su obra El nuevo cristianismo, publicada en 1825 plantea la necesidad de una identidad religiosa orientada a la práctica de una fraternidad humana, cuyo deseo sea el de preocuparse por las clases menos favorecidas.

Saint-Simon formula la teoría de la propiedad social de los medios de trabajo, que inspira varias revoluciones; la teoría del progreso como factor de la armonía universal; la función clave de la banca, y la restricción de la burocracia política en la administración de las fuerzas productivas.

Entre sus principales obras están Del sistema industrial (1821) y Opciones literarias, filosóficas e industriales, publicada en 1825, año de su muerte.

Fuente Consultadas:
Todo Sobre Nuestro Mundo Christopher LLoyd
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo X La Revolución Industrial
Historia Universal Ilustrada Tomo II John M. Roberts
Historia del Mundo Para Dummies Peter Haugen
La Revolución Industrial M.J. Mijailov

 

 

 

La Iglesia Contra el Liberalismo del Siglo XIX Pensamiento Social

RESUMEN: LA IGLESIA CATÓLICA FRENTE AL LIBERALISMO
Pensamiento Social

Desde el surgimiento del liberalismo y la Revolución Francesa de 1789. la Iglesia católica se había opuesto a los cambios y a las sociedades masónicas. Durante el siglo XIX, distintos Papas habían condenado derechos consagrados por los gobiernos liberales, como la libertad de imprenta, de conciencia, de culto, de palabra y de enseñanza.

Con la propagación de los ideales socialistas y comunistas entre los obreros, la Iglesia también lanzó su condena en duros términos: «Esta execrable doctrina es totalmente contraria al derecho natural, y no podría establecerse, sin que los derechos, los intereses, las propiedades de todos, y la sociedad misma fuesen completamente trastornados» (en la Encíclica del Papa Pío IX. del 29 de noviembre de 1846).

Cambiando la postura sobre las problemáticas obreras, en el marco de democratización del Estado a fines del siglo XIX, el papa León XIII elaboró el documento Rerum novarum («Sobre las cosas nuevas») en la cual reflexiona sobre la mala situación de los trabajadores y la injusticia que sufren por parte de las instituciones, por lo que propone tratar sus problemas con una mirada comprensiva y una actitud caritativa.

Dice que el socialismo surgió debido a la «voraz usura» de los patrones, pero no implica una solución pacífica para la sociedad, porque esta ideología excita en los pobres el odio a los ricos y quiere que se sustituya la propiedad privada por la colectiva, cuando esto traería injusticia a los que «legítimamente poseen». Por último, recomienda la práctica de la religión, de la que se deriva el amor al prójimo y el respeto a los derechos de los demás.

Papa Pio IX y sus cardenales

Pío IX, rodeado por sus cardenales. Durante su papado, iniciado en 1846, se consolidó un ordenamiento interno de la Iglesia, basado en la centralización jerárquica. Al mismo tiempo, su política fuertemente conservadora aisló a la Iglesia de las principales corrientes de pensamiento de la época.

Los profundos cambios políticos e ideológicos que se produjeron en Europa en el siglo XIX provocaron una fuerte conmoción dentro de la Iglesia Católica. Ésta debió hacer frente a las medidas de los gobiernos liberales que la privaban de bienes y posesiones y que limitaban su influencia en_ el plano político.

En la primera mitad del siglo XIX, nauchos Estados europeos firmaron acuerdos con la Iglesia —llamados concordatos— en los que se establecían los derechos de ésta y las obligaciones que los Estados tenían en materia eclesiástica. Pero estos acuerdos se dificultaron ante el avance de las ideas liberales, que propugnaban una completa separación entre la Iglesia y el Estado. En el seno de la propia Iglesia se dividieron las opiniones sobre cuál debía ser la actitud de la institución ante estas políticas.

PAPA PIO IX Y EL TRIUNFO DEL ULTRAMONTANÍSIMO
Con Pío IX, en 1846, se abre el pontificado más largo de la Iglesia. El nuevo Papa era un hombre de gran bondad, de una profunda fe, pero muy intransigente y muy poseído de sus prerrogativas. Expulsado de Roma por la revolución de 1848, regresó decidido a imponer su autoridad y a combatir el liberalismo en todas sus formas.

Contra los partidarios del «galicanis-mo» episcopal, que no reconocían la infalibilidad más que a los concilios y reivindicaban una cierta autonomía para los obispos en sus diócesis, Pío IX afirmó que el Papa era el único infalible en materia de dogma y que no podía señalarse restricción alguna a su poder en el gobierno de la Iglesia; con su sola autoridad, promulgó, en 1854, el nuevo dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen, según el cual sólo María, entre todos los seres humanos, había nacido sin pecado original.

Apoyado por la aplastante mayoría de la Iglesia, el soberano pontífice quiso que la infalibilidad papal fuese proclamada oficialmente por un concilio, y, a este fin, convocó en 1870 el Concilio Vaticano. Las pasiones se desataron inmediatamente en los distintos periódicos católicos: en Francia, los ultramontamos, con Veuillot y su periódico «L’Univers» a la cabeza, apoyaban al papado.

Pero la oposición (dividida entre los «antiinfalibilistas», agrupados alrededor del teólogo alemán Ignaz Doellinger, que rechazaban el dogma de la infalibilidad como contrario a la tradición y a las sagradas escrituras, y los «inoportunistas», que, como Dupanloup, aceptaban tal dogma en la práctica, pero juzgaban inoportuno el momento para proclamarlo) resistió obstinadamente. Sin embargo, tuvo que inclinarse cuando, después de violentos debates, el concilio votó, el 18 de julio de 1870, la infalibilidad pontificia, reconociendo al Papa un poder supremo de jurisdicción, tanto en el campo doctrinal como en el de la disciplina.

Los sesenta minoritarios habían abandonado la sala antes de la votación. Muchos se sometieron, a continuación, y Doellinger no tuvo a su lado más que a unos pocos disidentes. El galicanismo, es decir, la independencia de las iglesias nacionales respecto a Roma, había muerto. En su combate por la unidad de la cristiandad, el Papado salió engrandecido y aureolado de un gran prestigio.

LA LUCHA CONTRA EL CATOLICISMO LIBERAL
Muchos eran los católicos liberales que, como Montalembert, Lacordaire y Dupan-loup, pensaban que la Iglesia debía aceptar las libertades modernas, surgidas de los principios de 1789. Montalembert defendió este criterio en dos discursos pronunciados en Malinas, que tuvieron gran resonancia.

Para cortar tales iniciativas, Pío IX promulgó, el 8 de diciembre de 1864, la encíclica «Quanta Cura», en la que reafirmaba el papel preponderante de la Iglesia en la sociedad, condenaba los principios de soberanía del pueblo, de supremacía del poder civil, de libertad de conciencia, de prensa, y estigmatizaba el comunismo, el socialismo y el liberalismo moderno. Acompañaba a esta encíclica un «Syllabus», en que se relacionaban los «80 principales errores de nuestro tiempo».

Las relaciones de la Iglesia con los distintos Estados, muy estrechas hasta entonces (Austria, por un concordato firmado en 1855, incluso había hecho de la religión católica la religión del Estado), entraron en un período de abiertos conflictos: Austria y España rompieron con el Vaticano; en 1872, Bismarck instituyó en Alemania el «Kulturkampf» —«combate por la civilización»—, esencialmente dirigido contra los católicos; el Gobierno italiano trataba de que el Papado declarase su renuncia al poder temporal, y, en Francia, los anticlericales constituían una fuerza política cada vez más influyente. Pío IX murió el 7 de febrero de 1878, después de treinta y dos años de reinado.

EL PONTIFICADO DE LEÓN XIII: 1878-1903
Hombre habu e inteligente, tan intransigente como su predecesor en cuestiones doctrinales, León XIII dió pruebas de mucha más flexibilidad y moderación en la práctica. En todos los países había católicos que se preocupaban de los problemas sociales e intentaban remediar la miseria obrera. Con la ayuda de Ketteler en Alemania, de Manning en Inglaterra, de Gib-bons en los EE. UU., de Albert de Mun y de La Tour Du Pin en Francia, se formaron círculos católicos de obreros que atrajeron a muchos adeptos.

Al publicar, el 15 de mayo de 1891, la encíclica «Rerum Novarum», León XIII dio una nueva dimensión a aquel movimiento social. Aunque reconociendo la legitimidad de la propiedad privada, la encíclica condenaba los abusos de la explotación capitalista, que condenaba a la miseria a los indefensos trabajadores. Para remediar estas desigualdades, preconizaba la creación de asociaciones obreras, la participación de los trabajadores en el capital de la empresa, y la adopción, por parte de los Estados, de legislaciones sociales equitativas.

Con el deseo de llevar a la práctica estos principios, Marc Sangnier creó en Francia el movimiento de «Sillón», pero la muerte de León XIII, en 1903, fue un duro golpe para el catolicismo social. En sus relaciones con los diversos gobiernos, León XIII había invertido la política de Pío IX.

Exhortó a los católicos franceses a adherirse a la República, y a los católicos alemanes a que se acercasen a Bismarck, a fin de que fuera abandonado el «Kulturkampf»; apoyó al Gobierno inglés contra la agitación irlandesa, y al de San Petersburgo contra las veleidades de independencia del clero polaco. Con esta táctica, confiaba en salvar todos los obstáculos que se oponían al desarrollo de la Iglesia católica en aquellos países.

Sólo fue inflexible con el Gobierno italiano, al que se negó a reconocer, y prohibió, incluso, a los católicos de su país tomar parte en las elecciones. Por último, León XIII se dedicó a elevar el nivel cultural del clero, reorganizando los estudios teológicos, fundando un Instituto Bíblico en Jerusalén y multiplicando los congresos internacionales de católicos. Pero este nuevo programa, tanto en el plano social como en el político y en el cultural, no le sobreviviría.

LA REACCIÓN DEL PAPA PIO X
Teólogo, preocupado, ante todo, de mantener los dogmas y de imponer su autoridad, Pío X no era un político ni un diplomático. No hizo nada por evitar la separación de la Iglesia y del Estado en Francia, y trató de imponer sus directrices a los partidos católicos de cada país. Empezó chocando con los modernistas: numerosos en Alemania, en Italia y en Francia, estos teólogos querían que la Iglesia se adaptase al mundo moderno, que se plegase a los métodos científicos para estudiar los texto? antiguos, descubriendo sus contradicciones, y se aviniese a la renuncia a ciertos dogmas ya caducos.

El abate Loisy, profesor de la facultad de Teología de París, había resumido estas tendencias en 65 proposiciones. Fue condenado en 1907, por el decreto «Lamentabili», y, después, excomulgado. El 17 de septiembre de 1907, Pío X promulgó la encíclica «Pascendi», que condenaba el modernismo como «síntesis de todas las herejías», imponiendo a los profesores de Teología la enseñanza de la filosofía escolástica medieval, y les obligaba a prestar un juramento antimodernista. En Francia aún existía el movimiento del «Sillón», que agrupaba alrededor de su periódico «El despertar democrático» a católicos liberales y sociales, en su mayor parte republicanos.

Condenando sus ideas y su colaboración con los no católicos, Pío X, en 1910, les ordenó que se disolvieran. Al conceder su apoyo al catolicismo social, León XIII había querido limitar el desarrollo de los partidos socialistas. Por su sectarismo, Pío X les entregó el control de la clase obrera y favoreció los avances de la irreligión y del anticlericalismo en muchos países europeos.

Sin embargo, en aquel mismo período, la Iglesia consiguió éxitos importantes. El catolicismo se propagó rápidamente en Inglaterra, donde la jerarquía se restableció y pudo contar, a finales de siglo, con más de cinco millones de fieles, y en los Estados Unidos, donde la Iglesia, gracias a la llegada de emigrantes irlandeses e italianos y a la conversión de muchos millares de protestantes, se convirtió en una verdadera fuerza política.

Una febril actividad misionera animó a las congregaciones que propagaron la fe en Extremo Oriente, en Levante, en Oceanía y en África. En este último continente, la evangelización, paralela a la colonización, logró los resultados más espectaculares. El siglo XIX señala el fin de la lucha secular entre los Estados y la Iglesia. Si es cierto que ha perdido todo poder temporal, la Santa Sede se erige en el único arbitro en materia espiritual, controla la vida interna de la Iglesia, y, por medio de los partidos católicos, conserva una innegable influencia política.

EL PENSAMIENTO SOCIAL DE LA IGLESIA

El Estado debe promover el bienestar material del obrero.

61. Por lo que toca a la defensa de los bienes corporales y externos, lo primero que hay que hacer es librar a los pobres obreros de la crueldad de hombres codiciosos que, a fin de aumentar sus propias ganancias, abusan sin moderación alguna de las personas, como si no fueran personas sino cosas. Exigir tan grande tarea, que con el excesivo trabajo se embote el alma y sucumba al mismo tiempo el cuerpo a la fatiga, ni la justicia, ni la humanidad lo consiente. En el hombre toda su naturaleza, y consiguientemente la fuerza que tiene para trabajar, está circunscrita con límites fijos, de los cuales no puede pasar. Auméntase, es verdad, aquella fuerza con el uso y ejercicio, pero a condición de que de cuando en cuando deje de trabajar y descanse.

Débese, pues, procurar que el trabajo de cada día no se extienda a más horas de las que permiten las fuerzas. Cuánto tiempo haya de durar este descanso se deberá determinar, teniendo en cuenta las distintas especies de trabajo, las circunstancias del tiempo y de lugar, y la salud de los obreros mismos. Los que se ocupan en cortar piedra en las canteras o en sacar hierro, cobre y semejantes materias de las entrañas de la tierra, como su trabajo es mayor y nocivo a la salud, así a proporción debe ser más corto el tiempo que trabajen. Débese también atender a la estación del año, porque no pocas veces sucede que una clase de trabajo se puede fácilmente soportar en una estación, y en otra o absolutamente no se puede, o no sin mucha dificultad.

62. Finalmente, lo que puede hacer y a lo que puede entregarse un hombre de edad adulta y bien robusto, es inicuo exigirlo a un niño o a una mujer. Más aún; respecto de los niños hay que tener grandísimo cuidado que no los recoja la fábrica o el taller, antes que la edad haya suficientemente fortalecido su cuerpo, sus facultades intelectuales, y toda su alma. Pues las energías que a semejanza de tiernas plantas brotan en la niñez las destruye una prematura sacudida; y cuando esto sucede, ya no es posible dar al niño la educación que le es debida.

Del mismo modo hay ciertos trabajos que no están bien a la mujer, nacida para las atenciones domésticas; las cuales atenciones son una grande salvaguardia del decoro propio de la mujer, y se ordenan naturalmente a la educación de la niñez y prosperidad de la familia. En general debe quedar establecido que a los obreros se ha de dar tanto descanso, cuanto compense las fuerzas gastadas en el trabajo; porque debe el descanso ser tal que restituya las fuerzas que por el uso se consumieron.

En todo contrato que se haga entre amos y obreros, haya siempre expresa o tácita la condición de que se atienda convenientemente a este doble descanso; pues contrato que no tuviera esta condición sería inicuo, porque a nadie es permitido ni exigir ni prometer que descuidará los deberes que con Dios y consigo mismo le ligan.

León XIII. Encíclica Rerum Novarum (fragmento).

PARA SABER MAS…: Como ampliación del tema publicamos una nota en El Bicentenario Fasc. N° 3 período 1850-1869 a cargo de Roberto Di Stefano, historiador.

CRÓNICA DE LA ÉPOCA
SE CELEBRA EL CONCILIO VATICANO I

La noticia de que Pío IX ha decidido convocar a un nuevo Concilio Ecuménico ha sido recibida con entusiasmo por los católicos de todo el orbe y con desconfianza por los críticos de la Iglesia. Hace dos años el Papa comunicó a los cardenales su deseo de que el nuevo Concilio encuentre «los remedios necesarios para los males que afligen a la Iglesia».

Los motivos de preocupación del pontífice romano son de público dominio: el desarrollo de las sociedades masónicas, el avance de las ideas liberales, las expropiaciones de bienes eclesiásticos y la promulgación de leyes que restringen el accionar de la Iglesia en diferentes países. El Papa teme, además, que los conflictos que sacuden a Europa pongan fin a los Estados pontificios.

En la prensa de todo el orbe católico se han levantado voces entusiastas y críticas en relación con el Concilio. Los liberales han puesto de manifiesto en ambas márgenes del Atlántico su temor de que los decretos conciliares confirmen las orientaciones que el sumo pontífice ha dirigido a los prelados católicos en la encíclica Quanta Cura y en el Syllabus errorum en 1864. Diarios italianos, franceses e hispanoamericanos, y algunos de la ciudad de Buenos Aires, han expresado su inquietud por la posibilidad de que el Concilio renueve la condena de las ideas liberales.

No todos los obispos argentinos piensan concurrir al Concilio, cuyas sesiones se abrirán oficialmente el 8 de diciembre. De los cinco prelados de la república, tienen intención de viajar monseñor Mariano José Escalada (arzobispo de Buenos Aires), monseñor Buenaventura Risso Patrón (obispo de Salta) y monseñor Wenceslao Achával (obispo de Cuyo). No se sabe si concurrirán el obispo de Paraná, monseñor José María Gelabert, y el de Córdoba, monseñor José María de Arellana.

Un periódico católico de la ciudad de Buenos Aires ha explicado que la ausencia del obispo cordobés se debería a la fragilidad de su salud y a su avanzada edad. En su última visita pastoral a La Riqja, monseñor sufrió horrorosamente: perdió la dentadura y se vio atormentado por fuertes dolores en el pecho. Con respecto al obispo de Paraná, sus dudas se relacionan con los altos costos del viaje a la Ciudad Eterna, por lo que un grupo de notables católicos santafesinos ha decidido organizar una colecta.

Es de esperarse que los obispos argentinos se dirijan al gobierno nacional pidiendo alguna contribución pecuniaria para afrontar los cuantiosos gastos del viaje. Hasta ahora sólo lo ha hecho el obispo de Salta, con resultado negativo. Las causas de la respuesta no se deberían sólo a las estrecheces del erario: el gobierno no oculta su disgusto por no haber sido oficialmente informado de la convocatoria ni invitado a enviar a sus propios representantes junto a la delegación eclesiástica.

El Bicentenario Fasc. N° 3 período 1850-1869 a cargo de Roberto Di Stefano, historiador.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

Ver:Principios de la Doctrina Social de la Iglesia

Nacimiento de la Sociedad Capitalista Consecuencias

Nacimiento de la Sociedad Capitalista y sus Consecuencias

El siglo XVIII significó el final del proceso de transición del feudalismo al capitalismo en Europa occidental. Se produjeron cambios sociales, económicos, políticos e ideológicos que transformaron profundamente la organización social europea e iniciaron los tiempos del capitalismo.

Ya desde los siglos XV y XVI la expansión europea hacia otros continentes —África, América, Asia— había llevado a la formación de una economía-mundo. Por primera vez se incorporaban estos continentes a las rutas comerciales de Europa.

En lo político, desde los siglos XV y XVI se consolidaron Estados centralizados modernos en Gran Bretaña, Francia y España. Pero este proceso no ocurrió al mismo tiempo en todas las regiones de Europa. En Alemania e Italia y otras regiones de Europa oriental, por ejemplo, los Estados centralizados se constituyeron más tardíamente, durante la segunda mitad del siglo XIX.

El desarrollo de nuevas actividades económicas y los cambios que se estaban produciendo en las formas de organizar el trabajo rural y urbano, pusieron en crisis el modo tradicional de dominación feudal en Europa occidental y sentaron las bases del poder económico, social y político de la burguesía.

El protagonismo de la burguesía creció incesantemente desde la segunda mitad del siglo XVIII, época en la que tuvo lugar una doble revolución: una revolución económica —la Revolución Industrial— que se Inició en Inglaterra y que fue tal vez el proceso transformador más Importante que vivió la humanidad hasta ese momento, y una revolución social y política —la Revolución Francesa— que marcó el principio del fin del antiguo régimen. Ambas revoluciones permitieron, en el futuro, la consolidación de la nueva sociedad capitalista. La Revolución Industrial dio origen a una nueva forma de organizar el trabajo: el trabajo fabril; a un nuevo tipo de trabajador: el obrero industrial; y a una nueva forma de organización económico-social: el capitalismo.

El capitalismo surgió luego de una sucesión de grandes y profundos cambios sociales y económicos que se produjeron en el campo y en las ciudades. El trabajo asalariado se difundió en las ciudades en las que se desarrollaba la industria y también en las zonas rurales en las que la producción agropecuaria se destinaba al mercado. Sin duda el capitalismo significó para el hombre un camino de progreso, pero al mismo tiempo llevó a la formación de una sociedad dividida en clases sociales con intereses contrapuestos.

El conflicto más profundo fue el que se planteó entre la burguesía, propietaria de los medios necesarios para la producción, como las Industrias, la tierra, las herramientas, y los obreros, que no disponían de bienes ni de tierras ni de herramientas, y que lo único que podían hacer para subsistir era vender su fuerza de trabajo.

Hacia la primera mitad del siglo XIX, el capitalismo se consolidó en Europa occidental y los cambios que había introducido la Revolución Industrial se extendieron por otros países del continente europeo y los Estados Unidos.

La burguesía se consolidó como clase y fue protagonista de importantes revoluciones —1830, 1848— e impuso al mundo sus ideas, valores e instituciones de corte liberal. Pero este mundo burgués fue también un mundo de fuertes conflictos sociales. Junto a la próspera burguesía, en las ciudades industriales el número de obreros organizados crecía cada vez más: reclamaban por mejores condiciones de vida y mejores salarlos.

El progreso y la miseria fueron las principales características de esta época.

Vista de la Fundiciones Creusot

SOCIEDAD: LAS GRANDES FAMILIAS: El rapidísimo desarrollo de las fuerzas productivas en la segunda mitad del siglo XIX tuvo profundas repercusiones sociales. Mientras la Europa oriental, esencialmente agrícola, era dominada por la aristocracia terrateniente, la clase capitalista se imponía como clase dominante en la Europa Occidental y en los Estados Unidos.

A pesar de las crisis económicas, empresarios, capitalistas, banqueros y grandes comerciantes se enriquecieron considerablemente, multiplicando sus inversiones, acometiendo nuevas industrias, fabricando material de guerra, prestando dinero a los Estados, especulando en la Bolsa… A los Rothschild vinieron a sumarse nuevas dinastías de banqueros: los Rockefeller, los Morgan, los Cernuschi, los Lazard, los Pereire. Kuhlmann y Pechiney hicieron fortuna en la química. Krupp en Alemania, Schneider y Wendel en Francia, Dupont de Nemours en los Estados Unidos y Nobel en Suecia se convirtieron en los omnipotentes magnates de la metalurgia, mientras Cunard era el rey de los barcos.

Faábrica de Cañornes Krupp

Estos nuevos ricos se mezclaban con la vieja aristocracia decadente, adquiriendo, por matrimonio, los títulos prestigiosos que el nacimiento les había negado, organizando fastuosas recepciones, abonándose a los palcos de los grandes teatros, en los que sus mujeres podían rivalizar en elegancia, lanzando la moda de las ciudades termales y de las estaciones balnearias, frecuentando los clubs mundanos. Influyentes en los partidos conservadores, dirigían la política, hacían y deshacían gobiernos.

Aprovechándose del enriquecimiento general, una nueva clase media, compuesta de pequeños burgueses, industriales o comerciantes, de propietarios, de funcionarios y de intelectuales, hizo su aparición y ocupó un puesto destacado en todas las sociedades capitalistas avanzadas.

Encontró su expresión política en los partidos progresistas y liberales, como el partido radical en Francia, dispuesto a luchar contra los conservadores por la obtención de las libertades esenciales, pero rechazando las subversiones económicas propuestas por los  socialistas. Demostrando  que era posible alcanzar el bienestar sin cambiar las estructuras de la sociedad, el desarrollo de estas clases medias favoreció la ideología reformista en el propio seno de los partidos obreros.

LA RESPUESTA OBRERA
Pero si el desarrollo del capitalismo permitió a una minoría enriquecerse, mantuvo en condiciones miserables a un proletariado cada vez más numeroso, reforzado por la llegada incesante de campesinos pobres a quienes la mecanización del campo obligaba a emigrar hacia las ciudades.

No teniendo nada que ofrecer más que su fuerza de trabajo, sufrían el despotismo económico de los patronos que les imponían los salarios más bajos, horarios inhumanos (hasta 17 horas diarias), sin garantía alguna contra las enfermedades, la vejez y los accidentes, y el despotismo político de los gobiernos que les negaban el derecho de asociarse y de plantear luchas por el mejoramiento de su condición.

Los teóricos socialistas fueron los primeros en condenar aquella explotación, descubrieron sus causas y exhortaron a los obreros a reagruparse para defender sus intereses. Y es en la segunda mitad del siglo XIX cuando surgen, a través de toda Europa, sindicatos de masas y de partidos obreros que luchan por la obtención de reformas inmediatas y por la transformación, a largo plazo, de la sociedad.

Ante su presión y sus combates, los gobiernos burgueses concedieron al proletariado las primeras grandes leyes sociales, limitando el tiempo de trabajo, prohibiendo el empleo de los niños, autorizando cajas de retiro y de paro, estableciendo la responsabilidad de los patronos en caso de accidentes.

La Iglesia misma no permanece indiferente a la miseria obrera, y, para apartar a los trabajadores de la ideología socialista, dotó a los partidos católicos de un programa social. Pero, excepto en Bélgica, donde se constituyó un poderoso sindicato católico, en ninguna parte pudo quitar a los partidos obreros el monopolio de las luchas contra los patronos.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre

El Capitalismo Financiero Siglo XIX 2° Revolucion Industrial

RESUMEN: CAPITALISMO FINANCIERO Y LA CONCENTRACIÓN INDUSTRIAL

La unión entre industrias y bancos: Entre 1850 y 1914, el desarrollo tecnológico posibilitó un aumento extraordinario de la producción industrial. La expansión del ferrocarril originó el crecimiento de industrias complementarias como las del hierro, el carbón y el acero. Desde fines del siglo crecieron también las industrias químicas y eléctricas.

Ante este crecimiento económico, los bancos ampliaron sus actividades. Otorgaron gran cantidad de préstamos o créditos a largo plazo y, en muchos casos, los mismos bancos invirtieron capitales en las industrias. Esta etapa se caracterizó por la frecuente unión entre industrias y bancos.

En Francia, por ejemplo, este proceso fue encabezado por los bancos Credit Mobilier —fundado en 1852— y el Credit Lyonnais, creado en 1863. En Alemania, el Darmastadter Bank y el Deustche Bank adquirieron grandes industrias en ese país y extendieron su influencia a Rusia, Austria e Italia.

Fábrica en la Segunda Revolución Industrial

EL CAPITALISMO FINANCIERO
El desarrollo de la industria y las grandes inversiones que ello acarreaba, entrañaron la búsqueda de capitales. Por este motivo, se desarrolló el crédito también. Para ello, fue necesario desplegar una poderosa organización bancaria.

Junto a los bancos de negocios, que tomaron gran incremento, surgieron nuevos bancos, los llamados de depósito, que recibían el dinero producto del ahorro de muchísima gente, como, por ejemplo, el «Crédit Lyonnais», fundado en 1863, y la «Saciete General», fundada al año siguiente.

Por otra parte, la moneda era, entonces, excepcionalmente estable y en cantidad creciente, a causa de haberse descubierto nuevas minas de oro en África del Sur y en Australia. Aunque, sin embargo, la moneda de metal circuló cada vez menos, por sufrir la concurrencia de la moneda fiduciaria (el billete de banco), que estaba garantizada por las reservas de oro. En los negocios, se extendió el uso del cheque, que facilitaba las transacciones.

Los ricos sintieron la necesidad de que su dinero les rindiera un fruto. Por lo cual, se dedicaron a comprar acciones, es decir, a convertirse en propietarios de una parte de la empresa a la que pertenecían aquéllas, o a comprar obligaciones, por las que recibían, entonces, un interés fijo, o títulos de la deuda emitidos por el Estado. De esta forma, la constitución de sociedades anónimas se convirtió en regla habitual, a partir de fines del siglo.

En torno a las Bolsas de Valores, nació un mundo, nuevo, cuyos actores eran los agentes y los corredores de bolsa. El sistema del empréstito público se desarrolló a nivel mundial; el emitido para la construcción del canal de Suez, fue suscrito por quince naciones. Dicha situación dio como resultado la interdependencia del capitalismo mundial, que trajo como consecuencia la aparición de crisis económicas generales.

Así, se originó una economía mundial, que entrañó una especialización de la producción no sólo en cada país (en Francia, la región del Languedoc, por ejemplo, se especializó en el cultivo de la vid), sino también en el plano mundial: los países nuevos vendían el excedente de sus materias primas.

El comercio se convirtió en verdaderamente internacional, siendo su punto de apoyo Inglaterra, que gozaba de un extraordinario sistema bancario. Los bancos ingleses se encontraban agrupados en un barrio de Londres: la City.

A mediados de siglo, algo más de la mitad de todo el oro que producían las minas del mundo pasaba por Londres. Los capitales mundiales afluían a Inglaterra, atraídos por la prosperidad económica de este país. Y, recíprocamente, el capitalismo inglés hacía inversiones de su dinero en el extranjero. La libra esterlina era el punto de mira y de referencia de todas las demás monedas del mundo.

«Desde la segunda mitad del siglo XIX, la producción industrial mundial creció en todas las ramas. La producción de hierro se triplicó, pasó de 12 millones de toneladas a 37 millones. La de carbón se multiplicó por tres veces y media, de 220 millones a 800 millones. Esta fase de crecimiento se apoyó, además, en la abundancia de metales preciosos, de oro y de plata. El activo comercio mundial del período necesitó de instrumentos de cambio y las monedas tomaron como patrón el oro. El aumento de sus reservas —en 1848 se descubrió oro en California, en 1849 en Australia y más tarde en Alas-ka— permitió la fluidez del intercambio internacional. Pero en esta fase no sólo aumentó la circulación de monedas sino también la de los nuevos instrumentos financieros de la revolución industrial: los créditos bancarios, las acciones de sociedades anónimas y los seguros.» (Antonio Fernández en Historia Universal)

LA CONCENTRACIÓN INDUSTRIAL: LOS «TRUSTS» Y LOS «CARTELS»
Para poder afrontar todo este prodigioso desarrollo industrial, se hizo necesario organizar, para lo sucesivo, la producción; hablándose, entonces, de producción masiva, de «estandardización», de «taylorismo», de «trusts», etc. Este nuevo vocabulario fue el signo de que la industria había cambiado sus propios conceptos.

En efecto, para amortizar los gastos y luchar contra la competencia, era preciso que se produjera rápidamente y bien. El americano Taylor estudió la organización científica del trabajo, y preconizó el trabajo en serie: de aquí, el nombre de «taylorismo». Por los mismos motivos, las empresas se agruparon: la concentración se llamó «horizontal», cuando se agrupaban varias que fabricaban productos que se encontraban en el mismo estadio de producción; y «vertical» (también llamada «integración»), cuando se reunían estadios de producción complementarios (por ejemplo, una mina y una fábrica).

Así se formaron vastas zonas industriales: en los alrededores de París, en Lille, Roubaix, Tourcoing, en el Rhur. A veces, la concentración fue más fuerte aún: «pools», «cartels» (como el del carbón, formado por Kirdof, el Bismarck de la industria), «trusts» (en los Estados Unidos).

El trabajo en cadena implicó la especialización de la mano de obra: en adelante, el trabajador se dedicaría a realizar una labor muy determinada: por ejemplo, apretar tornillos. Esta servidumbre del hombre a la máquina provocaría violentas reacciones, como, por ejemplo, la de «Charlot» en «Tiempos modernos».

Ciertamente, fue el final de toda una concepción de la industria. Pero he aquí el reverso de la situación: la producción masiva necesitaba salidas. Si éstas escaseaban o desaparecían, la misma superproducción sería la causante de graves crisis.

La concentración industrial
El desarrollo de las nuevas industrias —la siderúrgica, la química y la eléctrica— estuvo ligado cada vez más a la incorporación de las nuevas tecnologías. Pero únicamente las grandes empresas —vinculadas a los «bancos— pudieron hacer frente a los altos costos que significaba incorporar los adelantos tecnológicos (las fundidoras de hierro y los convertidores de acero, por ejemplo).

Por otro lado, los bancos otorgaban mayores facilidades de crédito y capital a las empresas dedicadas a esas nuevas actividades industriales que eran las que permitían obtener mayores ganancias. En estas condiciones, las pequeñas empresas no pudieron competir con las mayores y, por ello, tendieron a desaparecer, quebrando o vendiendo sus bienes a las más grandes.

Este proceso de concentración industrial se intensificó durante las últimas décadas del siglo XIX. En Francia, por ejemplo, de 1866 a 1896, el número de establecimientos industriales se redujo a la mitad, pasando de 1.450.223 a 784.240. En Alemania la concentración fue más intensa.

fabrica de la segunda revolucion industrial

Fábrica de cañones Krapp en Essen (Alemania). Esta empresa, creada en 1812 como una modesta fundición de acero, se convirtió hacia fines del siglo XIX en una de las empresas siderúrgicas más importantes del mundo. En 1904 llegó a emplear a 43.000 obreros. Esta empresa alemana fue uno de los ejemplos más importantes de concentración industrial en Europa.

La tendencia a la formación de monopolios y oligopolios (proceso por el cual las graneles er presas absorbieron a otras y eliminaron a las más débiles de la competencia) se dio en forma más completa en la economía norteamericana.
El origen de la concentración y de los monopolios reside en las leyes del sistema capitalista. En Estados Unidos se desarrollaron los «big business», los grandes negocios o la empresa en gran escala como unidad económica típica del capitalismo norteamericano. Sus protagonistas fueron Rockefeller, los Morgan, los Mellon y los Du Pont.

El proceso de concentración se inició en los ferrocarriles -múltiples compañías sumergidas en una ruinosa competencia donde las guerras de tarifas llevaron a los propietarios a convenir acuerdos o pools para limitar la competencia y compartir ganancias, conformándose luego grandes monopolios ferroviarios.

Las adquisiciones y fusiones fueron obra de los llamados «magnates ladrones» mo Jay Gould y Cornelius Vanderbilt), aventureros que quebraban empresas, utilizaban soborno y todo tipo de estrategias deshonestas para adquirir los ramales.

Vocabulario
Monopolio: control del mercado por una sola empresa. No hay competidores. El único vendedor estipula los precios.

Oligopolio: control del mercado por un grupo reducido de grandes empresas. Un ejemplo de carácter oligopólico es el mercado automotriz norteamericano, está dominado por tres fuertes empresas; Ford Motors, General Motors y Chrysler.

Pools: acuerdos de precios, organización de varias compañías comerciales que convienen regular los precios. Es una forma de asociación que no implica fusión de capitales, y donde las empresas participantes conservan su autonomía.

Cártel: acuerdo de reparto de mercados y zonas de influencia, fijando los porcentajes de acrecentamiento para el futuro y volúmenes de producción. Junto con los pools fueron las primeras formas de cooperación entre capitalistas para reducir la competencia.

Trust: fusión para monopolizar la producción. Se crea una empresa tenedora de los paquetes mayoritarios de acciones de las empresas participantes. «Holdings: grupos financieros que tienen el control do las acciones de empre sas rivales.

El capital financiero surge porque, así como el florecimiento de la industria pesada con sus gigantescas necesidades requirió nuevas formas de financiación […], también la creación de consorcios y trusts, de cárteles y de corporaciones, está ligada a una cierta transformación de los métodos de financiación.

El proceso de monopolización requiere una aportación constante de capitales. Cuando se tiene que formar un consorcio, cuando se tienen que comprar continuamente nuevas empresas para limitar la competencia, cuando la fijación de precios bajos para competir con los elementos ajenos al cártel requiere sumas gigantescas, se tiene que disponer de un banco o de un grupo de bancos que puedan aportar en cada momento capitales a la organización monopolista. Es evidente que en esta situación los bancos quieren vigilar los negocios de la industria a la que dan apoyo económico. Esto es más práctico cuando los bancos participan directamente en la dirección de la industria.

Por su parte, como es lógico, también los capitalistas industriales quieren estar representados en los bancos, para observar y controlar cómo éstos invierten el dinero […]. Los industriales pueden lograr su intención de participar en los consejos de administración de los bancos, en particular porque el gran deudor tiene bajo el capitalismo, aunque también en otras formas económicas, un poder peculiar: es la gallina que tiene que poner los huevos de oro de los intereses; y, en segundo lugar, porque los bancos tienen que estar directamente interesados en la industria si quieren encontrar una inversión rentable.

Kuczinski, J.: Breve historia de la economía.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre
Historia Mundial Contemporánea 1° Año Polimodal T. Brass – M.Gallego
Historia Argentina y El Mundo Contemporáneo Alonso-Elisalde-Vázquez

Crisis del Capitalismo en el Siglo XIX Revolucion Industrial

RESUMEN DE LA PRIMERA CRISIS CAPITALISTA

Entre 1873 y 1896 aproximadamente, la economía capitalista mundial sufrió los efectos de una gran depresión. La crisis se originó por la superproducción que tuvo lugar a partir del desarrollo tecnológico y el aumento de la producción. Los precios de los productos industriales y agrícolas bajaron y disminuyeron las ganancias de los capitalistas.

Las acciones que se emprendieron para salir de la depresión económica significaron el fin del capitalismo liberal, organizado sobre los principios de la libre competencia entre empresas privadas en el interior de un país, la no intervención del Estado en la economía, y la libre competencia entre los Estados por los mercados del comercio mundial.

Con el objetivo de evitar futuras superproducciones que originaran la caída de los precios de los productos y de las ganancias, los capitalistas y, desde entonces, también los Estados, decidieron intervenir en la economía y regular el libre juego del mercado —es decir, de la oferta y la demanda— mediante acciones de diferente tipo.

Fabrica de la 2° Revolución Industrial

Fabrica de la 2° Revolución Industrial

LA CRISIS ECONÓMICA: Puede resultar extraño que, al referirse a este período, haya que hablar de crisis, pues podría parecer que esta palabra introduce una nota discordante en esta gran sinfonía del progreso mundial. En efecto, las crisis no se debieron al retroceso de la producción, sino que fueron provocadas por el cambio de relaciones entre la oferta y la demanda, y también a la relación entre la cantidad de las transacciones comerciales efectuadas y la masa monetaria que regulaba tales transacciones.

En este período de prosperidad general, hay que distinguir tres fases, pero sin creer que cada una de ellas fuese homogénea, ni que sus fechas tuvieran un valor absoluto. Aun en plena prosperidad, se producen indudables fracturas en la curva de su desarrollo.

La primera fase de expansión hay que situarla entre 1850 y 1873, y se debió, principalmente, al descubrimiento y explotación de las minas de oro de California (1859) y de Australia (1861). Esta masa de metal precioso determinó la cantidad de moneda puesta en   circulación,   ya  directamente en forma, de piezas metálicas, ya de moneda fiduciaria. Fue la época de la «quimera del oro».

El optimismo se hizo general. Pero se produjo una gran crisis a partir de 1873, cuyo principal agente fue el agotamiento de los «stocks» de oro. Los negocios empeoraban y la crisis agrícola era general. La industria sufrió la situación, al encontrarse falta de salidas. Era la crisis.

Una banca de Viena, la «Kreditanstalt», fue la primera afectada. En seguida, Inglaterra sufrió el contragolpe (pues, en efecto, había situado muchos de sus capitales en Austria y Alemania); después, le llegó el turno a los Estados Unidos. Entonces, comenzó a desarrollarse el ciclo infernal de la caída de los precios, del paro, de la baja del poder de compra. Esta depresión provocó, en seguida, el abandono del libre cambio, pues la reacción general de cada país fue protegerse contra las producciones rivales. Se adoptó el proteccionismo, salvo en los países que vivían del comercio: Bélgica, Inglaterra y los Países Bajos. En los últimos años del siglo, volvió la prosperidad:

La producción de oro creció, debido a la explotación de nuevas minas. Inmediatamente, se produjo el aumento de las operaciones bancarias y de los negocios. La producción masiva bajó los precios de venta. El aumento de población hizo creer la demanda. Los países subdesarrollados tenían necesidad, cada vez más, de los productos procedentes de Europa. Y, por si fuera poco, el peligro de guerra fue seguido por una carrera de armamentos, que «relanzó» la economía (por ejemplo, en Inglaterra y Alemania).

Pero este segundo período de prosperidad fue más vacilante que el primero, pues se sucedieron crisis pasajeras, aunque menos graves que la anterior (1901 y 1908). La guerra estalló en el momento en que la economía mundial se encontraba desequilibrada. El mundo se hallaba amenazado de saturación, ya que el poder de compra de cada país no se correspondía con la expansión de la producción.

Las nuevas condiciones económicas llevaron consigo un desarrollo demográfico considerable. La población mundial aumentó, entre 1850 y 1914, de un modo asombroso, pasando de 1.100.000.000 de habitantes a más de 1.650.000.000. Europa casi duplicó su población en esos años. El hambre como azote desapareció, debido al aumento de la producción agrícola y al perfeccionamiento del transporte.

Por otra parte, gracias al progreso de la medicina, se alargó la duración del término medio de la vida del hombre. Por ejemplo, en Francia, donde a principios del siglo xix era de 30 años, pasó a ser de 39 en 1860, y de 50 en 1914. En cambio, disminuyó la natalidad, fenómeno que pueden explicar estas tres razones: práctica de la limitación de nacimientos, deseo de no dividir las herencias entre muchos vastagos, y una menor influencia de la religión. El resultado de esta situación fue un sensible envejecimiento de la población, que frenó el dinamismo de los países.

El progreso del transporte, la necesidad de mano de obra de los centros industriales y la baja del nivel de vida de los campesinos fueron otros tantos factores del éxodo rural. El campesino pobre, el jornalero agrícola, el arrendatario, abandonaron el campo, atraídos por un salario mejor y un trabajo, a menudo, menos penoso. Pero el éxodo no se podujo igualmente en todo momento, sino  que procedió  por  etapas, siendo especialmente fuerte el que tuvo lugar entre 1875 y 1895, es decir, durante la gran depresión económica.

Se constituyeron grandes aglomeraciones urbanas: por ejemplo, alrededor de París, que pasó de tener 1 millón de habitantes, en 1848, a tener 5 millones en 1914. Así como Roubaix pasó de 20.000 habitantes en 1836, a 125.000 en 1896. En Francia, la población de las ciudades, que, en 1850, representó el 25 por 100 del total de la población del país, pasó a ser casi el doble en 75 años. Mientras que, en 1861, sólo cinco ciudades francesas superaban los 100.000 habitantes, en 1911 eran ya dieciséis las que sobrepasaban dicha cifra. En cuanto a la ciudad de Berlín, sufrió un aumento de población del 850 por 100, entre 1815 y 1914. En 1970, diez ciudades alemanas tenían 100.000 habitantes; en 1910, serían cinco veces más numerosas.

Esta enorme población urbana estaba formada, en su mayor parte, por los trabajadores, quienes fueron, poco a poco, tomando conciencia de su necesidad de unión, y llegaron a constituir una nueva clase: la clase obrera, la cual pronto representaría una fuerza política organizada, que habrían de tener en cuenta los Gobiernos, y que se opondría a la burguesía, detentadora del capital, en una serie de conflictos inevitables.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre

La Vida de los Obreros en la Revolucion Industrial Trabajo Esclavo

La Vida de los Obreros en la Revolución Industrial

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL
LAS CONDICIONES DE VIDA DE LOS OBREROS EN GRAN BRETAÑA
:
El desarrollo de la urbanización, y también de la industrialización, en Europa, en la primera mitad del siglo XIX, tuvo consecuencias sobre las condiciones de vida de los trabajadores. La gran mayoría de éstos apenas lograban subsistir, acosados por el hambre y las epidemias. Muchos de estos trabajadores pobres eran artesanos que ejercían su oficio de manera independiente, trabajadores domiciliarios o empleados en pequeños talleres.

Pero a medida que avanzó la industrialización creció el número de obreros empleados en las fábricas mecanizadas. Este proletariado industrial se fue transformando en el sector más numeroso entre los trabajadores urbanos. La vida miserable que llevaba la mayoría de ellos se agravaba ante la amenaza permanente de la desocupación.

Los trabajadores empobrecidos, que no lograban satisfacer sus necesidades básicas, comenzaron a buscar formas para mejorar su vida cotidiana. Sobre todo en los primeros tiempos, buscaron soluciones en forma individual. Pero, al poco tiempo, empezaron a organizarse tras una solución colectiva.

Una salida de tipo individual consistió en tratar de ascender socialmente, tomando como ideal el modo de vida de la burguesía. Algunos trabajadores pensaron que una vida austera y el esfuerzo personal era la forma de mejorar su posición social.

Sin embargo, el camino del progreso económico era muy difícil de transitar para quien no contaba con un mínimo de capital para invertir. Fuera de Inglaterra las posibilidades de progreso económico eran aun menores.

Aunque ENGELS en su obra Situación de la clase trabajadora en Inglaterra (1848) denunció el empobrecimiento de los obreros y la acumulación de beneficios de los empresarios, los aspectos sociales de la Revolución Industrial no fueron debidamente estudiados ni debatidos hasta nuestro siglo. ¿Mejoró el nivel de vida de los obreros o la industrialización produjo problemas nuevos y más graves?

A esta cuestión han dedicado atención los más grandes historiadores británicos. Los debates han resultado fecundos y polémicos, así que a los efectos de dilucidar si efectivamente mejoró o empeoró con la industrialización el nivel de vida obrero ha de prestarse atención a una serie de indicadores básicos. Elegimos cuatro: alimentación, vivienda, salud y trabajo de los niños.

a) Alimentación. Más de la mitad de los gastos de la familia obrera se invertían en comida, y de este capítulo la mayor parte se destinaba a pan. Con la industrialización disminuyó el consumo de pan y apareció como artículo sustitutorio otro más barato, la patata. Hoy consideramos positiva esta diversificación de los alimentos, pero en aquel momento se consideró un empobrecimiento.

El consumo de carne aumentó lentamente, pero todos los estudios indican que mientras abundaba en las mesas pudientes no comparecía casi nunca en las pitanzas humildes. El azúcar pasó de una media de 19,12 libras entre 1800-1809 a 17,83 entre 1820-1829. A partir de 1800 aumentó el consumo de cerveza, pero se trata de una forma de compensar el sudor en trabajos pesados -minería, descarga, etc.-y se convirtió en hábito que degeneró en alcoholismo.

b) Vivienda. Sobre la vivienda se realizaron excelentes estudios en plena industrialización. Inicial-mente las humildes viviendas de ladrillo supusieron una mejora con respecto a las que ocuparon los inmigrantes del período pre-industrial. Pero se produjeron dos fenómenos negativos: hacinamiento (varias famillas en una sola vivienda) y envejecimiento (en pocos años se deterioraron de forma irreversible). El problema atañe sobre todo al urbanismo. Se formaron barrios insalubres, los slums, donde no sólo la vivienda era pobre sino que carecían de servicios y en los que hablar de áreas de esparcimiento era como mentar un paraíso coránico. En réplica a Ashton, Thompson ha destacado que las condiciones infrahumanas se dieron sobre todo en barrios de inmigración irlandesa de aglomeraciones industriales: Liverpool, Manchester, Leeds, Bradford.

c) Salud. Con respecto a la salud, los datos del Primer Informe del Registro General (1839) muestran que la tisis, enfermedad relacionada con condiciones de pobreza y hacinamiento, alcanzaba el veinte por ciento de la mortalidad total. Otro fenómeno terrible era la mortalidad infantil. En Manchester la mitad de los niños de familia humilde morían antes de cumplir los cinco años. Tanto la mortalidad infantil como la general eran más altas en las familias trabajadoras. Con punzante juicio escribe Thompson: «No hay razón para suponer que los niños moribundos o las enfermedades se repartieron más equitativamente que la carne o la ropa de abrigo».

d) Trabajo de los niños. Sobre el trabajo de los niños y sobre los efectos nocivos para su salud y desarrollo se ha escrito mucho. CLARK NARDINELLI (Child Labor and the Industrial Revolution. Indiana University press, 1990) ha intentado una revisión, arguyendo que no todos los problemas de la infancia pueden ser atribuidos a la industrialización.

Pero los argumentos de Thompson no parece que hayan sido desmontados. Porque los niños no sólo realizaron trabajos inapropiados sino que la misma naturaleza del trabajo industrial, monótono, siempre igual, alteraba su psiquismo. Incluso de los datos que proporciona Nardinelli, un salario infantil mucho más elevado
en las minas, se puede deducir que las familias más necesitadas tenían que enviar a sus hijos precisamente al sector que les resultaba más perjudicial.

Habría que considerar otros indicadores: vestido, nivel de empleo, educación. No harían otra cosa que reforzar la tesis, no aceptada por los historiadores, de que para los sectores inferiores de la pirámide social la Revolución Industrial, al menos en su primera fase, hasta 1830, no supuso mejoras en sus condiciones de vida sino que generó nuevos y graves problemas.

SITUACIÓN DE LOS OBREROS EN EL SIGLO XIX

» A las  2, a las 3, a las 4 de la mañana, se sacan a la fuerza de sus sucias camas a niños de 9 a 10 años, y se les obliga a trabajar para ganarse un mísero sustento hasta las 10, las 11 y las 12 de la noche, mientras su musculatura desaparece, su figura se va haciendo más y más raquítica […]. El sistema, tal como lo ha descrito el reverendo Montagu Valpy, es un sistema de esclavitud desenfrenada en todos los sentidos, en el social, en el físico, en el moral y en el intelectual […]. ¿Qué pensar de una ciudad en la que se celebra una asamblea pública para pedir que la jornada de trabajo de los hombres se reduzca a ¡18 horas al día! […]?»


Extracto del «Daily Telegraph de Londres», del 17 de enero de 1860, citado por Marx en El capital.

«Las ruidosas y vistosas calles de las grandes urbes se hallan muy cerca de los tugurios en que vive la clase obrera. Estos tugurios se parecen mucho en todas las ciudades de Inglaterra. Son los edificios más repugnantes, en los peores lugares de la ciudad. Por lo general, en ellos, las calles están sin pavimentar, sucias, llenas de hoyos y cubiertas de basura. La construcción irregular y desordenada impide la ventilación y, como allí vive mucha gente en un espacio reducido, el aire se mantiene viciado incluso en el mejor tiempo.»


M. I. Mijailov. La Revolución Industrial.

«Hoy, el esfuerzo está divorciado de la recompensa; no es el mismo el hombre que trabaja y luego descansa; por el contrario, tienen que trabajar unos precisamente para que descansen otros […] Por eso, la inacabable multiplicación de las fuerzas productivas del trabajo no puede conducir a otro resultado que a acrecentar el lujo y los placeres de los ricos ociosos.»


Sismondi, Nouveaux Príncipes.

Fuente Consultada:
HISTORIA DEL MUNDO CONTEMPORÁNEO
A. Fernández
Vicens Vives

La Segunda Internacional Obrera Asociaciones de Trabajadores

La Segunda Internacional Obrera
Asociaciones de Trabajadores

El fracaso de la Comuna de París  la disolución de la Primera Internacional no pusieron un al movimiento obrero, sino que, por el contrario, éste vio incrementadas sus fuerzas, en todos los países de Europa se organizaron partidos socialistas. Estos partidos continuaban aspirando a la misma meta que el socialismo originario: sustituir la sociedad capitalista por una organización social más justa, donde hubiese desaparecido la explotación del hombre por el hombre.

CUADRO SINTESIS

cuadro sobre la primera internacional

Sin embargo, los métodos cambiaron. Los primeros pensadores socialistas consideraban que era necesaria la revolución para que la clase obrera llegase al poder; en cambio ahora, al haberse extendido el sufragio universal por casi todos los países, el socialismo se orientó hacia formas más pacíficas, participando en las elecciones y consiguiendo situar diputados obreros en los distintos Parlamentos.

Era lógico, por otra parte, que los numerosos partidos y sindicatos de trabajadores que aparecieron por todas partes, al tener una misma ideología y utilizar unos mismos métodos, se unieran. Y así, en 1889 se fundó en París la llamada Segunda Internacional. Dos importantes diferencias presentaba esta organización con respecto a la primera: por lo pronto, sólo formaban parte de ella los grupos socialistas, por cuanto se había excluido a los anarquistas; en segundo lugar, frente al centralismo de la AlT , el nuevo organismo tenía una estructura descentralizada y flexible, de tal manera que, en la práctica, se limitaba a orientar y a mantener informados a sus adheridos.

La Segunda Internacional llevó a cabo una labor eficaz y su influencia se extendió rápidamente por toda Europa. A ella se debió el establecimiento del 1 de mayo como jornada reivindicativa de los trabajadores de todo el mundo. Igualmente, a partir de su Fundación comenzó a notarse una mejora en el nivel de vida de la clase obrera, que consiguió, entre otras conquistas, la reducción de la jornada laboral y subidas en los salarios.

Las continuas luchas de los obreros por sus reivindicaciones obligaron a los gobiernos a reconocer las libertades de organización y reunión, y el derecho a la huelga. En 1889 se fundó en París la I Internacional.

A la vez, los partidos socialistas europeos crecieron de forma espectacular. El más importante de ellos, el alemán, en 1912 tenía ya 110 representantes en el Parlamento, periódicos en todas las ciudades, cooperativas, agrupaciones deportivas y círculos culturales obreros. En Francia, a principios del siglo XX, el socialismo contaba con cerca de un millón y medio de electores. En el Reino Unido, el Partido Laborista atraía no sólo a los obreros, sino también a los intelectuales y filósofos más destacados. En España, el Partido Socialista Obrero Español, fundado en 1879 por Pablo Iglesias (1850-1925), creaba por odas partes, en unión con la UGT, las llamadas Casas del Pueblo.

Junto con la expansión surgió una nueva generación de pensadores socialistas. Entre ellos hay que citar al alemán Bernstein (1850-1932), discípulo de Marx, del que discrepaba al señalar que el capitalismo no podía ser destruido por una revolución y que, en consecuencia, la estrategia correcta para llegar al socialismo era la de luchar por conseguir reformas que fuesen poco a poco acabando con las injusticias.

También alemán, aunque de origen checo, fue Karl Kautsky (1854-1938), quien insistió sobre todo en el respeto a las libertades democráticas y en la necesidad de que los partidos socialistas llegasen al poder a través de elecciones parlamentarias. Por último hay que nombrar también el francés Jean Jaurés (1858-1914), cuya obra como político y escritor se orientó especialmente a resaltar el caracter humanista y pacífico del socialismo; y a la polaca Rosa Luxemburg 1871-1919), opuesta al revisionismo le Bernstein, defensora de la acción le masas y participante activa en los Sucesos que desembocaron en la revolución rusa de 1905.

Congreso de la 2° Internacional

El 1 de mayo: En diciembre de 1888 el Congreso de Sindicatos de EE. UU., reunido en Saint Louis, decidió organizar manifestaciones el 1 de mayo en favor de la jornada de ocho horas y para recordar la sangrienta jornada de represión ocurrida en Chicago dos años antes, por motivos similares. En las reuniones de la Segunda Internacional (1889) se aprobó una resolución en la que se llamaba a los obreros para que manifestasen su solidaridad en todos los países en una fecha determinada.

De esta forma, el 1 de mayo de 1890 se produjeron huelgas y manifestaciones en numerosos lugares de Francia, Italia, Bélgica, Suecia, Gran Bretaña, Portugal y España. En el Congreso de la Internacional celebrado en Bruselas en 1891 se institucionalizó la fecha del 1 de mayo como día para celebrar huelgas y manifestaciones solidarias, «siempre que las condiciones de los países lo permitan». Aunque la interpretación de esta cláusula dio lugar a algunas disensiones, sobre todo en la zona germánica, desde esa fecha el 1 de mayo se convirtió en la jornada reivindicativa por excelencia.

Revoluciones Liberales Principios Liberales de la Burguesia en Europa

Revoluciones y Principios Liberales de la Burguesía Europea

• La Comuna de París
• Revoluciones Burguesas
• El Cartismo
• Revolución de 1830

LAS REVOLUCIONES LIBERALES
EL PODER DE LA BURGUESÍA

¿QUIÉN ERA LA BURGUESÍA?: ERIC HOBSBAWM, en su libro «La Era del Capitalismo», dice «Entre las principales características de la burguesía como clase hay que resaltar que se trataba  de un grupo de personas con poder e influencias, independientes del poder y la influencia provenientes del nacimiento y del status tradicionales. Para pertenecer a ella se tenía que ser alguien’, es decir, una persona que contase como individuo, gracias a su fortuna, a su capacidad para mandar otros hombres o, al menos , para influenciarlos.[…] El recurso clásico del burgués en apuros o con motivos de queja fue ejerce o solicitar las influencias individuales: hablar con el alcalde, con el diputado, con el ministro, con el antiguo compañero de escuela o colegio, con el pariente, o tener contacto de negocios.»

El mundo contemporáneo experimentó otra revolución en el campo de la política, no menos trascendental que la Revolución Industrial en el campo de la técnica y los cambios sociales. Nos referimos a la revolución liberal. El liberalismo es una doctrina política que postula la libertad de los individuos frente a los excesos de cualquier poder arbitrario; más aún, sostiene que el poder procede del conjunto de los ciudadanos y que a estos corresponde elegir a sus dirigentes y su forma de gobierno.

Con estos principios, el choque con las monarquías absolutas fue frontal. Su primer episodio, considerado el modelo, se inició en Francia a partir de 1789, si bien las denominadas revoluciones atlánticas ofrecieron otros capítulos en la independencia de Estados Unidos y de las colonias españolas en América, así como en Irlanda, Países Bajos y Polonia.

Posteriormente, tras la recuperación y alianza de las monarquías históricas, nuevos episodios revolucionarios (1820,1830 y 1848), jalonaron el enfrentamiento entre regímenes del pasado y los modelos liberales, que marcarían la pauta del futuro, con elecciones, pluralidad de partidos, redacción de constituciones, tan definitorias del mundo contemporáneo como la máquina de vapor o los ferrocarriles.

Los primeros teóricos del Liberalismo fueron el inglés Locke y los filósofos ilustrados franceses: Rousseau, Montesquieu y Voltaire. Entre sus ideas, que se repetirían a lo largo del siglo, unas pocas se convirtieron en las columnas de apoyo de los modelos políticos:

1. Soberanía nacional. Los ciudadanos, agrupados en partidos, eligen a sus gobernantes, responsables ante parlamentos que representan al pueblo.
2. Separación de poderes. Según la fórmula de Montesquieu, para evitar la tiranía se separan el poder ejecutivo (gobierno), legislativo (parlamento) y judicial.
3. Igualdad. Todos los ciudadanos tienen los mismos derechos y deberes.
4. Defensa de la propiedad privada, como instrumento para conseguir la felicidad.

A mediados del siglo XIX, la burguesía no era un fenómeno nuevo: su evolución puede seguirse desde sus orígenes en las ciudades de la Europa medieval. Sin embargo, durante muchos siglos -a pesar de su importancia económica y cultural su lugar en la sociedad fue secundario. El poder y la riqueza residían en el mundo rural. Los que vivían en este mundo campesino tenían jerarquías sociales, costumbres, valores y creencias que diferían de los imperantes en las ciudades. Con la industrialización y la expansión de la vida urbana, la burguesía se consolidó.

En términos ideológicos, los burgueses de la segunda mitad del siglo XIX eran predominantemente liberales. Defendían el capitalismo y la empresa privada, creían en el progreso y en el valor de la ciencia y la razón. Eran partidarios de gobiernos representativos que aseguraran las libertades y derechos civiles. Pensaban que el éxito era un resultado del mérito personal y que, por consiguiente, el fracaso revelaba la falta de esfuerzo y mérito.

Por esto, la burguesía se sentía con derecho bien ganado para ejercer una posición de mando en la sociedad. De acuerdo con esta concepción, los obreros y el conjunto de los sectores populares debían aceptar como legítimo el dominio burgués y seguir su ejemplo. (ampliar sobre la revoluciones burguesas)

«Durante su dominación apenas de cien años, la burguesía ha creado fuerzas productivas más masivas que todas las generaciones anteriores. La sujeción al hombre de las fuerzas de la naturaleza, la maquinaria, la aplicación de la química a la industria y la agricultura, la navegación a vapor, los ferrocarriles, el telégrafo, el desbrozamiento de continentes enteros para el cultivo, la canalización de ríos, hacer surgir del suelo poblaciones enteras: ¿qué siglo anterior tuvo siquiera el presentimiento de que tales fuerzas productivas dormitaban en el seno del trabajo social? La burguesía no puede existir sin revolucionar constantemente los instrumentos de producción y, por este medio, las relaciones de producción, y con ellas todas las relaciones de la sociedad.»
CARLOS MARX Y FEDERICO ENGELS. Manifiesto comunista, 1848.

Revolución Agrícola I

Revolución Agrícola II

Revolución Algodonera

Revolución Metalúrgica

Fuente Consultada:
HISTORIA DEL MUNDO CONTEMPORÁNEO
A. Fernández
Vicens Vives.

La Industria textil en Gran Bretaña Algodon y la Revolucion Textil

La Industria Textil en Gran Bretaña:Algodón

Invención del telar La Máquina a Vapor Los Transportes Primera Revolución Agrícola

Historia de la Industria Textil Británica: la industria algodonera:

La Inglaterra de la primera mitad del siglo XVII vio producirse cierto crecimiento de su mercado interior, ligado a las consecuencias favorables de su revolución burguesa y a la transformación que estaba experimentando su agricultura.

En el siglo XVIII, Gran Bretaña encabezaba la producción de bienes de algodón baratos, mediante el uso de los métodos tradiciones de la industria doméstica. El desarrollo de la lanzadera volante cremento la velocidad del proceso de tejido en un telar, lo cual le permitió a los tejedores duplicar la producción.

Sin embargo, esto provocó escasez de hilo, hasta que la máquina de hilar de James Hargraves, perfeccionada en 1768, permitió a los hilanderos fabricar subproducto en mayores cantidades. La máquina de hilar de sistema hidráulico, cuyo inventor fue Richard Arkwright, impulsada por agua r caballos, y la llamada muía de Samuel Crompton —que com- ioa aspectos del sistema hidráulico y de la máquina de hilar— cementaron aún más la producción de hilo.

El telar mecánico, untado en 1787 por Edmund Cartwright, permitió que el proceso ejido de ropa se coordinara con el proceso de hilado. Incluso, los primeros telares mecánicos eran demasiado ineficientes, lo que permitía que los tejedores manuales domésticos siguiesen prosperando,al menos, hasta mediados de la década de 1820.

Después de esa fecha fueron sustituidos de manera gradual por las nuevas máquinas. En 1813 había 2400 telares mecánicos en operación en Inglaterra; aumentaron hasta 14.150 en 1820; en 1833 ya eran 100.000, y para 1850 llegaron hasta 250 000. En Inglaterra, en la década de 1820 todavía había 250 000 tejedores manuales; en 1860, sólo quedaban 3000.

HISTORIA: John Kay patentó en 1733 la lanzadera volante, que había de mejorar considerablemente la productividad del tejido; pero esta invención no tuvo efectos inmediatos, entre otras razones porque se hacía preciso aumentar en el mismo grado la productividad del hilado, si se quería evitar que se produjese un estrangulamiento de difícil solución. Si no hubiera sobrevenido ningún cambio externo al sistema, es posible que esta situación hubiera conducido a abandonar la invención de Kay —como ocurrió con otros inventos en el transcurso del siglo XVII— o a una lenta readaptación de toda la industria algodonera, con imprevisibles consecuencias humanas. Pero el cambio se produjo, dado que sobrevino un estímulo capaz de salvar la situación.

El comercio exterior británico dependía en buena parte del tráfico con los tejidos de algodón de la India (las indianas); a mediados del siglo XVII, la Compañía Inglesa de las Indias Orientales comenzó a tropezar con dificultades para aprovisionarse de tejidos indios, y dirigió su demanda al propio mercado británico. La existencia de esta demanda explica el interés que suscitó la renovación de los métodos de hilado, que desembocó en una serie de innovaciones harto conocidas.

La spin-nini-Jenny de Hargreaves (inventada en 1764 y patentada en 1770) comenzó funcionando con 16 husos a la vez, manejados por un solo operario, y acabó conteniendo más de 100 husos: en 116’J Arkwright patentó el water-frame, una máquina que ya no era apta para la industria doméstica, sino que había sido proyectad; para funcionar en una factoría, empleando la fuerza hidráulica ; el vapor; pocos años más tarde (1779), la mulé de Crompton combinó los principios de la spinning-jenny y del water-frame, en 1785 se comenzaron a utilizar las nuevas máquinas de vapor de Watt para hacer funcionar una fábrica de hilados. El resultado de la aplicación de estas innovaciones era que, hacia 1812. un hilador podía hacer tanto trabajo como hacían doscientos mediados del siglo xvm.

Naturalmente, estos perfeccionamientos en el hilado no sólo permitieron emplear la lanzadera volante de Kay, sino que suscitaron nuevas innovaciones en el tejido (como el telar mecánico de Cartwríght, introducido a comienzos del siglo XIX), e incluso en otros aspectos de la producción algodonera (el blanqueo por cloro, que suprimía el engorroso y largo blanqueo al sol, con las telas extendidas en los prados de indianas).

Esta sucesión increíble de innovaciones en el transcurso de treinta años (mucho más numerosas e importantes que las que se habían registrado en »’cualquier sector de la industria textil en los trescientos años anteriores) no podría explicarse si no hubiese habido una, considerable expansión en la producción, única circunstancia que podía justificar tantas y tan costosas inversiones en renovación de utillaje.

En efecto, de 1780 a comienzos de siglo XIX las exportaciones británicas de tejidos de algodón se multiplicaron por diez. Paralelamente, los aumentos de productividad permitían reducir hasta la sexta parte los precios de algunos productos. Transformaciones semejantes en el breve plazo de dos o tres décadas no se habían producido nunca con anterioridad. No cabe duda de que nos hallamos ante un fenómeno tan nuevo y de tanta magnitud que no es exagerado calificarlo de revolucionario; como ha señalado Hobsbawm, este salto hacia delante que dio nacimiento al desarrollo económico moderno es uno de los hitos fundamentales de la historia de la humanidad.

En el plano del comercio internacional, la transformación de la industria algodonera británica hizo posible que los comerciantes ingleses dominaran el mercado mundial en una forma y a una escala que no se habían dado jamás. Inicialmente, estos tejidos de algodón se destinaban a un comercio triangular: eran llevados a África a cambio de esclavos; estos esclavos se transportaban a las plantaciones norteamericanas para venderlos y adquirir algodón en rama, que conducía entonces a la metrópoli.

A la metrópoli se llevaban además los beneficios, porque el fabuloso aumento de la productividad permitió mantener los precios del mercado internacional, e incluso bajarlos considerablemente, y realizar enormes beneficios, que nos ayudan a entender el entusiasmo por efectuar inversiones industriales. Este entusiasmo se explica también por el hecho de que la capacidad de expansión del mercado ultramarino parecía infinita: la India fue sistemáticamente desindustrializada a comienzos del siglo XIX y se convirtió, paradójicamente, en uno de ios mayores importadores de tejidos de algodón británicos; la América española, una vez emancipada, cayó también bajo el dominio del comercio inglés.

Por otra parte, la expansión del comercio ultramarino de tejidos favoreció el proceso general de perfeccionamiento de la industria y la puso en situación de adueñarse del propio mercado europeo. Pasaron muchos años antes de que otros países europeos iniciaran el mismo camino y se situaran en condición de poder competir con los tejidos de algodón británicos. Para entonces, los beneficios acumulados en Gran Bretaña eran enormes, y en buena parte se habían invertido ya en otras ramas de la producción.

Se ha discutido mucho acerca de si la simple expansión de la industria algodonera pudo haber causado el «despegue» en el proceso de crecimiento económico autosostenido que encontramos en Gran Bretaña en el siglo XIX. Quienes objetan esta posibilidad señalan el hecho de que la industria algodonera adquiría su materia prima en el extranjero y hacía pocas demandas de bienes o servicios a otros sectores de la propia economía británica. Pero esta objeción, planteada al nivel estático de los intercambios entre diversas industrias en un momento dado, ignora toda una serie de factores importantes que se escapan del enrejado de una tabla input-output.

La revolución de la industria algodonera motivó una serie de cambios que, si inicialmente provocaron la transformación de la sociedad británica, acabaron influyendo sobre la propia economía. Apareció, en primer lugar, un proletariado urbano: un ejército de mano de obra industrial, dispuesto a emplearse donde y cuando se precisase. No es seguro que estos campesinos desarraigados, hacinados en los suburbios de las ciudades industriales, mejoraran su nivel de vida en las primeras décadas de la revolución industrial; más bien parece haber ocurrido lo contrario.

Pero sus necesidades de alimentos estimularon la comercialización de la agricultura, y su demanda de bienes de consumo ayudó a crear un mercado interior para la propia producción industrial. También al nivel de los empresarios se produjeron cambios sustanciales: los rendimientos decrecientes del comercio internacional, en el que existía fuerte competencia, vinieron a poner de relieve lo excepcional de los beneficios industriales, y fomentaron ulteriores inversiones en la industria en general, no sólo en la algodonera.

La vida entera de la Gran Bretaña se había transformado, la sociedad británica había iniciado un camino irreversible, hacia la industrialización, dando origen al capitalismo actual.

PARA SABER MAS…
HILANDERÍA PERPETUA

Samuel Slater se fijó en la memoria los mecanismo una fábrica de algodón cuando emigró a América en 1790. De este modo burló la ley que prohibía la exportación de maquinaria de Inglaterra. En la nueva fábrica de tejidos de Slater, en Pawtucket; Rhode Island, se producía con tanta velocidad, que las plantaciones algodoneras del sur no pudieron abastecer suficiente algodón en rama.

Cada trabajador de las plantaciones necesitaba por lo diez horas para separar las pequeñas semillas incrustadas en tres libras de algodón. Eli Whitney salvó tanto a los dueños de las plantaciones como a la fábrica de Slater con el invento de su famosa desmotadora de algodón.

El invnto consistía en un aparato que utilizaba dientes metálicos sobre una rueda, con ranuras tan juntas, que las semillas se desprendían del algodón, el cual pasaba a través de un tamiz de alambre, impulsado por cilindros provistos de espigas que giraban uno contra otro. Un cepillo giratorio quitaba las semillas de los cilindros.

Este nuevo invento hizo posible que cada trabajador de las plantaciones produjera un mínimo de 50 libras de algodón por día. La súbita afluencia de cargamentos de algodón cada vez mayores a la íábrica de Slater indujo a éste a abrir una nueva fábrica tras otra, con lo cual se inició la era mecánica en América. La producción de algodón aumentó de 63.500 kilos a 57 millones de kilos una generación después de la invención de la desmotadora de algodón.

Por su parte, en Inglaterra, la máquina de vapor de Watt influyó poderosamente en el desarrollo de la industria textil. Las fábricas no necesitaron más las caídas de agua para hacer girar sus ruedas. En 1810 había 500 fábricas de hilados equipadas con máquinas Watt. Diez años más tarde funcionaban cinco millones de lanzaderas.

La fábrica de algodón estuvo íntimamente vinculada a oíros inventos. En 1801 Jacquard inventó el telar automático. El telar de Jacquard se basaba en el mismo principio de una pianola. El diseño del tejido era determinado por un número de clavijas montadas sobre una cadena, unidas mediante tarjetas horadadas con largos vastagos de hierro.

Los vastagos cuyos extremos no penetraban en los agujeros de las tarjetas horadadas levantaban los,hilos de la malla. Mediante el uso continuado de un determinado juego de tarjetas, podía hacerse en el tejido un dibujo con hilos de distintos colores.

Posteriormente, el telar se automatizó más al lograr que pudiera insertarse una bobina de hilo sin necesidad de detenerse. Esto se consiguió medianil una lanzadera de enhebrado automático.

Luego se introdujo un cortador especial, que corlaba los dos extremos de la trama. Con estos y otros aparatos automáticos, pronto, un operario pudo atender dieciséis telares a la vez. En 1857 la maquinaria de las hilanderías era resultado de alrededor de 800 inventos, y un solo obrero vigilaba 80 telares o más. Medio millón de tejedoras mecánicas producían una cantidad de telas que hubiese requerido diecisiete millones de tejedoras manuales.

Actualmente los hilados artificiales están dominando. Una masa plástica se transforma en finos chorros que recorren más de trescientos metros. En este proceso se desulfuran, se blanquean, se lavan, se secan y se unen en una bobina, todo ello en seis minutos de operación automática, merced a los ágiles dedos del Hombre Mecánico.

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Origen del Movimiento Obrero en el Siglo XIX Resumen

Origen del Movimiento Obrero en el Siglo XIX

ORÍGENES DEL MOVIMIENTO OBRERO: La industrialización provocó la aparición de una clase social nueva, el obrerismo industrial o proletariado, agobiada por problemas generales, no específicos de un país. Para responder a estos problemas algunos pensadores sociales presentaron otros modelos de sociedad y proporcionaron a los obreros de todas las naciones industriales la conciencia de que les unían problemas comunes, por encima de las fronteras. Esta movilización internacional del proletariado representa otro de los fenómenos básicos del mundo contemporáneo.

A muchos capitalistas no les importaba que sus trabajadores, a veces niños de siete años, trabajaran 12 ó 14 horas por día en condiciones insalubres, con graves riesgos físicos. Su única preocupación era aumentar la producción al menor costo posible, es decir, pagando el salario más bajo que se pudiera, aprovechándose de la gran cantidad de desocupados que había.

Esta situación de injusticia llevó a la aparición de los primeros sindicatos de trabajadores y de huelgas en demanda de aumentos de sueldo y de mejoras en las condiciones de trabajo. La unión de los trabajadores posibilitó la sanción de las primeras leyes protectoras de sus derechos y, consecuentemente, el mejoramiento progresivo de su calidad de vida.

Desde la Revolución Francesa y durante el ciclo de las revoluciones burguesas, los trabajadores se habían movilizado y luchado junto a la burguesía, en contra de los privilegios de la aristocracia. Pero a medida que comprendieron que la situación de explotación que sufrían era resultado de la industrialización, comenzaron a plantear sus propias demandas, a elaborar sus propias ideas. El movimiento obrero, poco a poco, se fue alejando de su alianza con la burguesía.

LAS IDEOLOGÍAS: En 1848 Marx y Engels lanzan su famoso llamamiento a los proletarios de todo el mundo. En ese texto fundamental denunciaban la apropiación de los beneficios del progreso por la clase burguesa. Se considera frecuentemente como la biblia del movimiento obrero o al menos del socialismo denominado científico.

En realidad movimientos de protesta obrera pueden documentarse casi desde los comienzos de la Revolución Industrial. Habían quedado sofocados. Resurgieron de nuevo en la gran convulsión revolucionaria de 1848. Pero, nuevamente, en la ola de prosperidad que inundó Europa en torno a 1850, quedaron adormecidos y la clase obrera se encontró sin dirigentes. Entre 1850 y 1880 el crecimiento industrial fue fantástico.

En Inglaterra la instalación de máquinas de vapor se multiplicó por seis. Y en correlación se multiplicaron las huestes obreras.

Dotada en esta fase de una conciencia más clara, la clase obrera no centraría su actividad en la protesta de empresa sino en la organización y en la solidaridad internacional de clase.

movimiento obrero

La Revolución Industrial significó naturalmente el aumento de poder de la burguesía y la consolidación del capitalismo contemporáneo. Un capitalismo que estaba basado en la propiedad privada de los medios de producción, en la explotación del proletariado y que tenía como doctrina la propia del liberalismo económico y social. Doctrina según la cual, el Estado no debía intervenir en las cuestiones económicas y sociales, sino que, por el contrario, debería permitir que los individuos organizasen como mejor quisieran sus empresas y negocios.

Naturalmente, en la práctica esto supone el dominio del fuerte sobre el débil; el imperio absoluto de los patronos sobre los obreros, que carecían por completo de protección. Durante cierto tiempo la clase trabajadora europea no supo reaccionar; pero poco a poco, a medida que crecía su número y aumentaba su miseria, comenzó a moverse.

En este despertar jugaron un papel importante un conjunto de intelectuales que hicieron suyos los procedimientos y la subyugación de los obreros. Fueron los primeros socialistas. La ideología socialista surgió, pues, en la primera mitad del siglo XIX, como oposición al capitalismo. Y puesto que el capitalismo estaba basado en la propiedad privada de unos pocos y en la no intervención del Estado, el socialismo predicó que la propiedad de los medios de producción debería estar en manos de toda la comunidad y que era obligación del Estado ordenar e intervenir en la economía para los trabajadores.

Muy pronto los obreros de Europa comenzaron a pensar que lo mismo que la burguesía había hecho su revolución contra la aristocracia, el proletariado debería hacer la suya contra el Estado burgués; y lo mismo que los burgueses destruyeron la monarquía absoluta introduciendo la libertad política, los trabajadores, sin renunciar a las libertades ya conquistadas, tendrían por fuerza que lanzarse a la consecución de la igualdad social.

Desde entonces, en efecto, la revolución cambió de protagonistas. Los movimientos revolucionarios que tuvieron lugar a partir de la mitad del siglo XIX ya no serán protagonizados por burgueses, sino por obreros. Como Inglaterra era el país más industrializado de Europa, fue allí donde más fuerza cobraría el pensamiento socialista.

Entre los primeros teóricos de la nueva doctrina hay que citar a Robert Owen (1771-1858), propietario de una industria textil de Escocia, que se dedicó a intentar mejorar la condición obrera, llegando a fundar una colonia en América basada en la propiedad y en el trabajo comunes, aunque no tuvo éxito. Pese a este fracaso, sus discípulos fueron los impulsores del movimiento obrerista.

Mayor importancia tuvo el francés Louis Blanc (1811-1882), que publicó una obra titulada La organización del trabajo (1839), de decisiva influencia en su época. Blanc proponía un sistema económico en el que una parte de la industria estuviese en manos del Estado, y otra en poder de los trabajadores.

Con todo, el más importante de los pensadores socialistas del siglo XIX fue Karl Marx (1818-1883), quien en colaboración con su amigo Friedrich Engels (1820-1895) escribió diversas obras que constituyen el soporte teórico de la ideología socialista. A él se debe la teoría según la cual, al ser el trabajo del hombre lo único que crea riqueza, esta riqueza debe quedar en manos del obrero que la produce.

Marx consideraba, además, que el capitalismo llevaba en sí mismo los gérmenes de su propia destrucción y que una revolución obrera llevaría a una sociedad justa y libre, en la que cada ciudadano aportaría en función de sus posibilidades y recibiría de acuerdo con sus necesidades. Desde otros supuestos surgieron también teóricos de otra concepción de las relaciones entre los hombres y las clases sociales: el anarquismo.

SOCIALISMO UTÓPICO: El socialismo utópico Una corriente ideológica precursora de los movimientos socialistas fue el socialismo utópico, que tuvo especial importancia en las primeras décadas del siglo XIX. De forma global, se caracterizaba por su crítica a la situación social creada por el capitalismo europeo, y por el carácter predominantemente moral de sus teorías, en el que se aunaban influencias románticas y cristianas, hasta desembocar en una concepción casi mística de la vida y de las relaciones laborales.

Así, Saint-Simon (1760-1825) abogaba en sus escritos por un tipo de sociedad basado en un fuerte desarrollo industrial y gobernada por un conjunto de sabios, banqueros y empresarios que debería respetar determinadas normas morales y favorecer a las clases más humildes.

Charles Fourier (1772-1837) ideó una nueva sociedad organizada en torno a una red de cooperativas de producción (falansterios), cuyo funcionamiento describió hasta en sus más mínimos detalles. Etienne Cabet (1788-1856), por su parte, inspirándose en Utopía de Tomás Moro, publicó en 1840 Viaje a Icaria, descripción utópica de un mundo fundado sobre la colectividad de la propiedad y la práctica de una fraternidad ideal.

Estas teorías dieron lugar a diferentes intentos de creación de comunidades, pero hacia la mitad del siglo XIX o habían fracasado o se habían convertido en corporaciones comerciales.

Todos rechazaban una sociedad desigual, los socialistas utópicos se preocuparon por buscar un nuevo sistema social que garantizara el interés general. Aunque hubo una gran diversidad de escuelas y de movimientos, casi todos estaban de acuerdo en unas cuantas proposiciones fundamentales:

a) La sustitución de la propiedad privada de los medios de producción por formas de propiedad colectiva (cooperativa, comunal, socialista, etc.).

b) La defensa de la libertad; la democracia y la soberanía popular: en resumen, el compromiso para combatir la tiranía.

c) La necesidad de reformas para mejorar la situación de las clases populares. Propugnaban la intervención estatal, la protección de los niños y de las mujeres, la asistencia sanitaria, la igualdad de los sexos, etc.

d) La existencia de la lucha social como un hecho inevitable. Definieron los conceptos de burguesía, proletariado y clase social y comenzaron a perfilar la teoría de la lucha de clases, aunque diferían en las fórmulas revolucionarias para la transformación de la sociedad.

cuadro movimiento obrero

Sintesis evolución del movimiento obrero

Reivindicación de la jornada de ocho horas
Nosotros, Asamblea de los sindicatos del cinturón industrial de Chicago en representación de los trabajadores organizados, declaramos que la jornada de ocho horas permitirá dar más traba jo y mejores salarios. Declaramos que permitirá la posesión y goce de mayores riquezas a los que las crean. Esta ley aliviará la carga de la sociedad dando trabajo a los parados. Disminuirá el predominio del rico sobre el pobre, no porque el rico vaya a ser pobre, sino porque el pobre se enriquecerá. Creará las condiciones necesarias a la promoción intelectual de las masas. Disminuirá el crimen y la intemperancia. Para los obreros, supondrá un aumento de posibilidades de control de las condiciones de vida a las que se les somete. Aumentará las necesidades, estimulará la ambición y disminuirá el conformismo de los obreros. Estimulará la producción y aumentará el consumo de bienes entre las masas. Hará necesario el empleo cada vez más extendido de máquinas para economizar la fuerza de trabajo. No perjudicará, no turbará, no perturbará el actual sistema de remuneración del trabajo. Al contrario, es una medida que tenderá, de manera permanente, a acrecentar los salarios sin aumentar por ello el coste de producción de las riquezas. Disminuirá la pobreza y aumentará el bienestar de todos los asalariados. Y gracias a esta ley, en algunos años, el actual sistema salarial desaparecerá para ceder el sitio a un sistema de cooperación industrial en el cual los salarios representarán ganancias y no (como ocurre ahora) el mínimo necesario al asalariado. (1882)

LA LUCHA DE LOS OBREROS EN LA ARGENTINA

LUCHA DE LOS OBREROS EN ARGENTINA

«El 1° de Mayo de 1890, los obreros elevareron al Congreso de la Nación un documento con 7.431 firmas en el cual se solicitaba, entre otras cosas jornada de trabajo de 8 horas; prohibición de! trabajo de niños; abolición del trabajo nocturno: prohibición del trabajo de mujeres en determinadas industrias; inspección de fábricas y talleres; seguro obligatorio contra los accidentes del trabajo a cargo de empresarios y Estado; creación de tribunales de conciliación para solucionar los conflictos laborales.»

Ernesto A. Isuani. Los orígenes conflictivos de a seguridad social argentina, Buenos Aires, Centre
Editor de América Latina, 1985.

EL DÍA DEL TRABAJADOR
«La movilización desencadena casi 5.000 huelgas, y 200.000 obreros consiguen que la jornada se reduzca a diez horas. Llega mayo de 1886 y Chicago presencia las trágicas jornadas del 1,° y el 3 cuando, en las cercanías de la fábrica Mac Cor-mick, la policía hace fuego contra los manifestantes causando muertos y heridos […]. (A raíz de este hecho y en homenaje a los obreros caídos -los Mártires de Chicago- el movimiento obrero internacional adopta el 1.° de Mayo como la fecha símbolo de sus luchas contra el capital.)»
Enrique Bourges. Sindicatos por industria.
EL MOVIMIENTO SOCIALISTA EN LA ARGENTINA
El Partido Socialista fue fundado en 1894 por el médico Juan B. Justo, uno de sus principales líderes. El Socialismo argentino adopta en sus líneas generales el pensamiento de la socialdemocracia europea, promoviendo la participación política de los trabajadores. Su mayor incidencia se produjo en las décadas de 1910 a 1930, cuando logró que el Congreso aprobara las primeras leyes de protección a los trabajadores.

Ampliar el Tema: Origen del Movimiento Obrero en Argentina

Caracteristicas del Socialismo Origen y Consecuencias Ideologia Marx

Resumen Características del Socialismo

El sistema socialista: El sistema socialista nació con el propósito de reorganizar la sociedad, como reacción a las desigualdades sociales existentes en el capitalismo. Carlos Marx proporcionó la teoría, y Lenin la práctica. Este sistema pretendía una mejor distribución de la riqueza, una sociedad más justa e igualitaria. El partido comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, en una declaración de 1961, consideraba que:

– el comunismo es un sistema social sin clases, en el cual los bienes de producción son de propiedad estatal;

– en él existe una igualdad social;

– bajo este sistema crecen las fuerzas de producción sobre la base de un desarrollo constante de la ciencia y la técnica;

– rige el principio: «de cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades».

Desde 1917 en la Unión Soviética y después de la Segunda Guerra Mundial en otros países, el socialismo ha sido un modo de organizar el Estado, la sociedad y la economía sobre los principios de igualdad y solidaridad que pretendían poner fin a la explotación del hombre por el hombre.

Ese sistema fracasó. La parte del mundo controlada por el comunismo cambió y surgieron nuevos protagonistas de la economía mundial. Cuando la URSS dejó de existir y con ella el principal modelo socialista, se dijo que más que un fracaso eco-nómico y político, es la quiebra y el fracaso de una ideología.

Características del modelo económico socialista: Este modelo tiene como objetivos:

  • Terminar con la propiedad privada y sustituirla por una propiedad colectiva o estatal, al igual que los medios de producción: el Estado gestiona las empresas o cede la gestión a cooperativas, y la propiedad privada se reduce a bienes personales.

  • Eliminar las clases sociales y establecer la vigencia del proletariado en tanto se constituye a sociedad comunista, sin clases y sin Estado. ¡Realizar una planificación centralizada de la producción, la distribución y el consumo.

  • El Estado dirige la economía mediante planes que marcan los objetivos de desarrollo.

  • Un partido único, el Partido Comunista, domina la vida política y económica, ejerce el monopolio del poder y controla la administración, las empresas, etc. interés social, por el que los beneficios económicos deben permitir la atención sanitaria, cultural y educativa de todos.

Caracteristicas del Socialismo Origen y Consecuencias Idelogia MarxCarlos Marx (1878-1883) nació en Prusia, Alemania. En 1848 redactó, junto con Engels, el Manifiesto Comunista, que contiene los principios esenciales de su doctrina. En (867 se publicó el primer volumen de El Capital, donde enunció su teoría política y económica.

Esta se basaba en el análisis de la historia y parte del estudio de las relaciones económicas de la producción; además, destacaba la importancia del trabajo. Construyó un modelo económico para demostrar cómo el capitalismo explotaba a su clase trabajadora y cómo esta explotación conduciría inevitablemente a su destrucción.

Fuentes:
Espacios y Sociedades del Mundo Política, Economia yu Ambiente de C.V. Bertone de Daguerre y S.M. Sassone
Historia del Mundo Contemporáneo Cronos A. Fernández
Las Ideologías en el Siglo XXI Ignacio Massun
Enciclopedia Wikipedia

Caracteristicas del Capitalismo Origen y Consecuencias Liberalismo

Resumen de las Características del Capitalismo

En el análisis de la economía de un país en particular se plantea siempre la necesidad de identificar claramente su marco institucional y la influencia que este ejerce sobre su estructura económica. O sea: los hombres adoptan distintas formas de organización social para el desempeño de su actividad económica; dichas formas se denominan sistemas económicos. Se reconocen dos sistemas o modelos de Estado: el capitalista y el socialista.

Toda economía nacional debe resolver algunas cuestiones económicas fundamentales como: ¿Qué clases y cantidades se producirán de todos los posibles bienes y servicios? , ¿Cómo son empleados los recursos económicos para producir tales bienes?

El sistema capitalista: El modelo económico capitalista es el dominante en el mundo actual. Nació con la Revolución Industrial y el liberalismo económico de Adam Smith. El capitalismo es un sistema de organización económica, donde el funcionamiento económico de la sociedad descansa en las leyes de mercado y la interacción del interés individual y la competencia. Es un régimen económico que se basa sobre el predominio del capital como elemento de producción. Se rige por la libre competencia y la ley de la oferta y la demanda.

La concentración de empresas y la necesidad de recurrir a la banca para aumentar las inversiones originó, a fines del siglo XIX, el capitalismo financiero. En el capitalismo financiero las grandes empresas llegan a un nivel cíe ganancias (debido a las actividades productivas) que les permiten tener excedentes que vuelcan al mercado financiero. Grandes sociedades accionarias empezaron a controlar los mercados y a fijar las calidades y los precios de los productos.

El capitalismo ha adoptado dos formas de gobierno clásicas: la monarquía y la república. Ahora bien, al lado de las monarquías parlamentarias y las democracias, como las de Europa occidental, conviven monarquías autoritarias o dictatoriales, como las de algunos países árabes, y junto a repúblicas democráticas, las hay también dictatoriales, como las africanas. El capitalismo, en su evolución histórica, ha ido pasando por diferentes fases y en la actualidad no existe en ningún lugar del mundo en su forma clásica.

Características del modelo económico capitalista:

  • Libertad de actuación.

  • Poder político diversificado.

  • Partidos políticos múltiples.

  • Respeto incondicional por la propiedad privada; los medios de producción son de propiedad privada, las empresas pertenecen a una persona o a varias que se unen en sociedades.

  • Absoluta libertad de mercado.

  • La producción y el mercado son libres; fabrica, compra y vende libremente toda clase de bienes y servicios que pueden ser demandados por la sociedad.

  • Inexistencia del planeamiento centralizado.

  • Libertad en la formación de los precios, que por lo tanto son libres.

  • Las empresas son las que determinan el precio de los productos, ateniéndose a la ley de la oferta y la demanda.

  • Libre contratación de trabajo.

  • El móvil principal del empresario es la obtención del máximo beneficio en el menor tiempo posible; el beneficio es considerado una recompensa lógica al riesgo asumido por el empresario.

Caracteristicas del Capitalismo Origen y Consecuencias LiberalismoAdam Smith (1723-1790) nació en Escoda. Estudió Lenguas y Ciencias Morales y Políticas en Oxford. Es considerado el fundador de la escuela clásica del pensamiento económico. En 1776 publicó la Investigación sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones, en donde desarrolla su doctrina económica, doctrina que defiende los derechos individuales y la propiedad privada.

Individualismo Económico: Cada individuo en particular pone todo su cuidado en buscar el medio más oportuno de emplear con mayor ventaja el capital de que puede disponer. Lo que desde luego se propone es su propio interés, no el de la sociedad en común: pero estos mismos esfuerzos hacia su propia ventaja le inclinan a preferir, sin premeditación suya, el empleo más útil a la sociedad como tal (…).

Todo sistema de preferencia extraordinaria o de restricción, se debe mirar como proscrito, para que de su propio movimiento se establezca el simple y obvio de la libertad labrantil, mercantil y manufacturante.

Todo hombre, con tal que no viole las leyes de la justicia, debe quedar perfectamente libre para abrazar el medio que mejor le parezca para buscar su modo de vivir y sus intereses; y que puedan salir sus producciones a competir con las de cualquier otro individuo de la naturaleza humana.

ADAM SMITH: La riqueza de las naciones (1776).

PARA SABER MAS….

La ley de la oferta y la demanda no es una ley escrita sino que se da naturalmente en el mercado, si nadie interviene para impedir su funcionamiento. Los siguientes casos demuestran teóricamente su funcionamiento:.

Caso 1: la oferta es mayor que la demanda (es decir, la cantidad que se vende de un producto es mayor que la cantidad de compradores). En este caso, el productor deberá bajar los precios a fin de que más gente le compre (es decir, para aumentar la demanda). Pero como algunos productores no podrán competir (por falta de compradores y porque sus ganancias serán menores), dejarán de producir el producto.

Caso 2: la oferta es menor que la demanda (es decir, la cantidad que se vende de un producto es menor que la cantidad de compradores que lo desean). En este caso, los compradores compiten por conseguir el producto, por lo que están dispuestos a pagar más. Por lo tanto, el precio de un bien escaso sube. Si el precio sube, quien lo produce gana más, y habrá más personas interesadas en producir ese producto. Y como el precio será alto, menos personas podrán pagarlo. Es decir, se podrá volver al caso 1.

De esta manera, la oferta y la demanda regulan el precio y la producción de determinados bienes, hasta llegar un equilibrio entre ambas fuerzas, sin necesidad de la intervención del Estado. La función de éste sería sólo garantizar la libertad de los productores y de los compradores. Esta «no intervención» del Estado podría resumirse en la fórmula francesa » Laissez-faire, laissez-passer» («dejar hacer, dejar pasar»). Así, la economía se regularía sola.

Fuentes:
Espacios y Sociedades del Mundo Política, Economia yu Ambiente de C.V. Bertone de Daguerre y S.M. Sassone
Historia del Mundo Contemporáneo Cronos A. Fernández
Las Ideologías en el Siglo XXI Ignacio Massun
Enciclopedia Wikipedia

Ver: Surgimiento del Primer Capitalismo en la Edad Media

Ver: Historia de las Ciudad Industrial

Resumen de la Deuda Externa Argentina Origen Causas e Historia

Resumen de la Deuda Externa Argentina

Entre 1973 y 1978, la acción concertada de los países exportadores de petróleo llevó a un aumento abrupto en su precio mundial. Como estos países no podían gastar todos sus inesperados beneficios en sus propios mercados, comenzaron a efectuar depósitos masivos de divisas en bancos internacionales, mayoritariamente de capitales norteamericanos.

Estos bancos, se encontraron así con importantísimas sumas de dinero disponible que les permitieron ofrecer créditos a bajas tasas de interés. Los banqueros de Europa y los Estados Unidos pensaron que los países latinoamericanos, manejados mayoritariamente por dictaduras que no tendrían que responder ni ante la prensa ni ante la oposición, serían buenos clientes para sus créditos.

Así comenzó un verdadero aluvión de créditos. Entre 1970 y 1980, América latina incrementó su deuda externa de 27 mil a 231 mil millones de dólares, lo que implicaba un pago anual de intereses por 18 mil millones.

A lo largo de la década de los 80, el gobierno de los Estados Unidos, los banqueros privados y las autoridades del Fondo Monetario Internacional, impusieron duros términos en el régimen de pago de las deudas a los países de la región: recortes presupuestarios, suspensión de partidas económicas destinadas a salud, educación y acción social. Sólo silos gobiernos aceptaban estos ajustes se hacían acreedores de nuevos préstamos para pagar las cuotas de los adquiridos con anterioridad.

Estas reformas “sugeridas” por los banqueros y los organismos internacionales de crédito incluían la apertura de la economía al mercado y a las inversiones extranjeras y el fin del Estado benefactor. Estas medidas de neto corte neoliberal, requerían ajustes estructurales en la política económica y significaron el abandono de las políticas económicas y sociales basadas en la industrialización y la expansión del salario y el mercado interno en los países latinoamericanos.

La Deuda Externa, la mayor estafa al pueblo argentino:

La deuda externa es la madre de todos nuestros males. La deuda externa es un instrumento que un país utiliza para crecer en base a un plan programado, estudiado, discutido y aprobado por los congresales. La finalidad ultima de endeudarse es la de generar riquezas para el bienestar de los habitantes del país.

Brasil ha logrado incorporar tecnología e insertarse en el mercado internacional, otros países como Argentina pidió dinero con tal irracionalidad que solo logró arruinarse.

En la historia de este país hay tres argentinas distintas:

  1. a) La agraria, cuyo modelo generador de riqueza fue el modelo agro-exportador en la pampa húmeda que fue pensado por la clase conservadora de 1880. Finalizó en 1945.
  2. b)     Nace la patria industrial con el gobierno de Perón, se empieza a producir bienes y energía. (1945-1976)
  3. c)      Nace con el golpe militar la argentina financiera o especulativa dirigida por el ministro         Martínez de Hoz. No responde a ningún modelo, no quiere producir riqueza ni distribuirla,ese plan no sirve y nos lleva a la decadencia.

1976 Golpe Militar, Martínez de Hoz flamante ministro, su segundo fue Kleim. Fueron los padres de la deuda, estancamiento productivo, cierre de empresas, desocupación. Patria financiera.

Un poco de historia:

En 1936 llega a Argentina Franklin Roosevelt, para proponer un tratado latinoamericano de asistencia mutua. Argentina es pro-británica, no lo acepta, EE.UU. se enoja. Tratado de Breton Wood, para el nuevo sistema monetario internacional, el patrón monetario será ahora entre el oro y el dólar. Argentina disiente. Comienza la segunda guerra mundial argentina no toma partido y permanece neutral.

EE.UU. quiere colocar bases militares en el Río de la Plata, argentina no acepta, es como entregarle parte de nuestra soberanía para siempre. Todo esto hace que este país sea declarado incorregible e intratable, EE.UU. se propone destruir la capacidad productiva del país, Perón lo siente hasta sus últimos días.

Termina la segunda guerra mundial, Inglaterra junto a EE.UU. tratan un plan conocido como el Imperio Global, que tiene tres misiones:

  1. a) Reducir la población del tercer mundo (son 5000 millones)
  2. b) Controlar todos los recursos naturales del planeta
  3. c) Subordinar la producción de esos países de acuerdo a los intereses de los países desarrollados.

En economía hay dos forma de generar riquezas:

  1. a) por medio del trabajo y la producción
  2. b) Absorbiendo la riquezas de los demás ya sea a través de la usura, la renta y la especulación.

La muerte de los 55 niños por día es parte del plan imperio global. Está en el libro “La Cuarta Guerra Mundial, el imperio contra el tercer mundo”

Aparece el FMI. para intervenir entre la banca internacional y los gobierno, para muchos es para estafar a los pueblos y naciones. Perón tampoco lo aceptó hasta que en 1957 ingresa al sistema. Es una estrategia para el sometimiento futuro de los países pobres por los desarrollados.

En Argentina hubo cuatro gobierno que fueron democráticos y derrumbados por dictaduras, y ninguno contrajo deuda externa. Fueron Irigoyen, Perón, Ilia e Isabel Martínez.

Guerra de Iom Kipur, EE.UU. apoya a Israel con armas y equipos bélicos en el medio oriente, la OPEP decide limitar la exportación de petróleo hasta tanto no se desarme la zona de guerra. El precio del barril de petróleo se multiplica por 3. Todos los subproductos aumentan notablemente. Los países de la OPEP multiplican sus ganancias.

Aparecen los “petrodólares”árabes en los bancos americanos. Ese dinero es destinado a América Latina en préstamos sin muchas exigencias y controles. Comienza la patria financiera. La plata dulce, aparecen cientos de bancos y financieras. La clase media estaba contenta, se viajaba por todo el mundo y había productos importados de lo que se busque. Estaba de moda el ”deme dos”.

En Argentina Hoz junto a Kleim y el FMI estipulan mensualmente la cantidad de dinero y destinos de los préstamos. El Fondo solo lleva el control del endeudamiento y daba seguridad a los acreedores de cobro a futuro. El Banco Central nunca registro contablemente los ingresos de dinero. Había una libreta negra, del tipo “despensa”.

Hoz dice que debe endeudarse para tecnificar el país y para tapar agujeros de una mala administración anterior. Además aduce que muchos países han tenido que pasar por esta etapa de apoyo económico. Un país que no se endeuda no puede progresar, ni crecer. El director de YPF con solo firmar un pedido de prestamos de dinero, era suficiente para que llegue el dinero, pero que luego quedaba en el camino en el tesoro nacional para determinar su destino. Había mucha gente vinculada con esta estafa: funcionarios públicos, gerentes, empresarios,  directores, todos delincuentes internacionales, que trabajaban para la usura de la banca externa y para sus propios intereses.

Antes de entregar el poder a la democracia, Cavallo (imagen) , Aleman, Dianella, Pastore, Sigot, Gonzalez Solar presidente del banco central, deciden estatizar la deuda privada de cientos de empresas. Cerca de 14.000 millones de dólares, que sumado a la deuda inicial se llega al monto de 40.000 millones.

Se hizo mediante un “seguro de cambio” que consistía en asegurarle al deuda el valor del dólar al momento del pago de la deuda. Por ejemplo si debía 10.000 dólares a un valor de $10. por dólar, cuando llegue el momento de abonarla, puede ser 3 años o mas, el deudor solo abona los 10.000 a 10 pesos el dólar, la diferencia en caso de un aumento del dólar lo absorbe el estado, el pueblo. Es decir se transfirió la deuda privada a la sociedad Argentina.

Machinea que estaba en el Banco Central en 1985, cuando Alfonsín era presidente, hace los pagaré de la deuda privada.

Lo más triste de esto, es que gran parte de la deuda estatizada era “auto-prestamos”es decir prestamos que se hacia la misma empresa con dinero que tenia ahorrado en banco exteriores. El banco emisor del crédito era el testaferro de la empresa y el cómplice se esta estafa. Muchas empresas fueron descubiertas como: FATE, SADE, algunas del grupo TECHINT, BGH, SIDECO. Pero se detuvo la investigación en el gobierno de Alfonsín, Mars, fue el que firmó esta decisión.

Las siguientes empresas se beneficiaron con la estatización:

AUTOPISTAS URBANAS

CELULOSA ARGENTINA

ACINDAR

BRIDAS

ALPARGATAS

SIDERCA

SEVEL

IMB

MERCEDES BENZ

ESSO

FIAT

FORD

PIRELLI

LOMA NEGRA

BANCOS DE ITALIA, RIO, FRANCES, LONDRES, GALICIA Y OTROS MAS

Cavallo transfirió la deuda al ministerio de economía, pero este a su vez, lo trasfiere al City Bank para que administre la deuda argentina junto a otros 7 bancos mas de su dependencia. Como el Banco Central no tenía registros de los endeudamientos, solo estadísticas aproximadas, estos bancos fueron los encargados de determinar la deuda de los argentinos, y como la deberá pagar. También determinó los intereses hasta esa fecha.

Llega la década del 80, casi todos los países latinoamericanos no pueden pagar la deuda, menos los intereses. Para tratar de una lograr una renegociación, Brady, secretario del Tesoro de EE.UU., una especia de ministro de economía de los países latinos, lanza un plan para toda Latinoamérica, el Plan Brady. Se pensó que era la solución final al tema de la deuda Sudamérica.

Se idea un “canje de deuda”, los bancos tenían bonos de cada país como garantía de la deuda contraída. (eran bonos de baja calidad, por incobrables) Esos bonos valían poco y podían ser recomparados por el mismo país para achicar su deuda, como fue el caso de Brasil. A partir del  Plan de Brady,  EE.UU. garantizaba esos bonos (ahora eran de alta calidad) con el mismo tesoro americano, por lo que tomaron valor y pasaron de 18 ctvos. cada uno a $1.00, es decir se multiplicó por cinco. Estos bonos fueron vendidos por los bancos tenedores  a sus distintos clientes, de aquí en mas los bancos cobraron y los clientes serian los nuevos acreedores de la deuda Argentina. Con esos bonos después compraron las empresas públicas privatizadas.

La entrada a este Plan nunca fue tratada en el Congreso de la nación, como así tampoco se trató cada pedido de préstamos internacionales. Se podía haber comprados los bonos viejos a bajo precio y hoy tendríamos una deuda sumamente controlada. El Congreso debería determinar concretamente cuanto se adeuda realmente y adonde fueron a parar los montos pedidos.

También mucho bancos como el Nación, Desarrollo y Ciudad de Bs.As. avalaba créditos a importantes empresas privadas, por amor a sus “amistades”. Estos créditos nunca fueron pagados, al caer el aval, el estado debió hacerse cargo.

Un Sr. Declarado ciudadano ilustre, llamado Alejandro Olmos, tuvo una visión muy rápida y certera de esta estafa y presentó una denuncia judicial contra el Ministro De Hoz, la cual llevó 18 años de investigación, y en el 2000 el Juez Ballestero, dio un fallo histórico, confirmando que luego de años de estudios y controles, la deuda externa no tiene ningún tipo de justificación: ni económica, administrativa ni financiera, y que el monto de la misma es el resultado de la irracionalidad de muchos dirigentes políticos y económicos, en la época del proceso militar.

Esta conclusión se presentó con todos los detalles de la investigación de 50 peritos de muy alto nivel, en el Congreso, donde nunca hubo quórum para su tratamiento definitivo. Hoz fue sobreseído y demás culpables están libres.

Como epílogo se puede decir que la dictadura militar ha dejado dos huellas importantes en todos los argentinos

  1. a) El terrorismo de estado, donde ha violado los derechos humanos y la propiedad privada  de todos los ciudadanos
  2. b) El incontrolado endeudamiento con la banca internacional.

Hay un proyecto conocido como la Unión Sudamericana para negociar la deuda, ya que representa a 500 millones de latinos frente a los países desarrollados. También se va a presentar una denuncia frente al Tribunal de la Haya para que se investigue esta estrategia, para endeudar a los países del tercer mundo, sometiéndolos a una vida muy dura y comprometiendo a varias generaciones hasta el cobro de la misma.

José Ingeniero, primer secretario del partido socialista, ya vislumbraba este plan del imperialismo, para dominar e hipotecar nuestra soberanía y futuro. (Descargar Libros Sobre La Deuda Externa)

PARA SABER MAS…
La verdad contable

Hasta 1992 cuando la Argentina quería saber cuánto debía tenía que preguntarle a los bancos. La supuesta deuda externa no estaba registrada, hasta que se empezó a hacerlo en la Cuenta de Inversión. Además, el Banco Mundial de 1992 recomendó que, a los efectos de poder hacer comparaciones, se utilizara el mismo método, la contabilidad de doble asiento.

Construir esa contabilidad llevó desde 1992 hasta 1998. En el año 1998 se hizo el primer Balance Consolidado de Argentina, consolidado por todos los Organismos Multilaterales, y por las autoridades de la Nación. A partir de 1998 se empezaron a llevar las cuentas con esa metodología por lo que fue posible cruzar los números y calcular los índices de Solvencia y Liquidez que determinan si, en definitiva, el solicitante puede ser considerado sujeto de crédito.

Mientras índice de Solvencia es todo el Activo contra todo el Pasivo, el índice de Liquidez surge de la comparación del Activo Disponible de todo el año para atender el pago del Pasivo Exigible. Si ese número da menor que uno, ningún banco le da un crédito. En razón de mis tareas corno perito en el juicio por el llamado Megacanje designado por la Fiscalía Federal, tuve entonces acceso a la información contable -entonces bastante reservada- que hoy está publicada en las páginas web del Ministerio de Economía.

En 1998, ese primer balance mostró que el índice de Solvencia fue de 0,5, y que por ser menor que uno el país no podía ser considerado sujeto de crédito pues surgía claramente que no iba a poder pagar lo que estaba tomando, máxime teniendo en cuenta que desde 1998 los índices de liquidez fueron bajando desde 0,27, 0,23, al 0,19 en el 2001, cuando estalló la crisis.

A pesar de estos números -que cualquier auditor puede comprobar- el FMI siguió dando su famosa «luz verde», para que bancos y brokers de todo el mundo siguieran operando con los bonos del país. En 1998 la Argentina estaba ya en una situación de insolvencia económica y financiera, momento en que tendría que haberse presentado con la mayor transparencia a Concurso de Acreedores o Default, porque estaba técnicamente quebrada. No tenía activos para responder al pasivo y menos aún la liquidez necesaria para atender los compromisos de ese año y los siguientes.

¿Qué ocurre entre los particulares cuando los deudores no quieren mostrar su insolvencia y continúan renovando créditos? Se ofrecen garantías adicionales, por ejemplo hipotecas, activos físicos no fácilmente liquidables. Frecuentemente, esta situación beneficia a ciertos acreedores a quienes el deudor pretende beneficiar, otorgándoles cierto privilegio. En los concursos preventivos hay acreedores que son privilegiados, que cobran el 100%; que en el caso de las sociedades son los salarios o las cargas sociales y deudas impositivas. La hipoteca también establece un privilegio, pero puede determinarse que si el acreedor conocía la situación financiera del deudor al momento de otorgar la hipoteca ello configura una maniobra para quedarse con una garantía privilegiada y dejar afuera al resto de la masa de acreedores; en ese caso esa hipoteca no es reclamable, y es nula.

Debemos tener en cuenta que en general lo que los bancos quieren es cobrar, mientras que los usureros quieren quedarse con los activos de los deudores. Es el caso de los fondos buitres con propuestas como cambiar deuda por tierra y otros «creativos» inventos que se han propuesto.

Así como los particulares pueden otorgar garantías, también los países pueden hacerlo, pero ¿qué podía ofrecer nuestro país como garantía? Al equipo económico se le ocurrió la cesión a los acreedores de los ingresos impositivos futuros, lo que constituiría ofrecer la renta de los argentinos, situación perfectamente encuadrada en el artículo 29 de la CN cuando afirma que el «El Congreso no puede conceder al Ejecutivo nacional, ni las Legislaturas provinciales a los gobernadores de provincias, facultades extraordinarias, ni la suma del poder público, ni otorgarle:, sumisiones o supremacías por las que la vida, el honor o las fortunas de los argentinos queden a merced de gobiernos o persona alguna. Actos de esta naturaleza llevan consigo una nulidad insanable y sujetarán a lo:-; que los formulen, consientan o firmen, a la responsabilidad y pena de los  infames traidores a la Patria».

Cabe preguntarse: ¿los auditores del FMI no se dieron cuenta de esta situación?

En todas las publicitadas reuniones con el FMI ¿no se discutía nada de todo esto? Con el agravante que 1998 es un año muy emblemático porque el Dr. Carlos Menem, como presidente de la Argentina, fue invitado a la Asamblea General del FMI en septiembre, en Washington, para compartir el podio con Michael Camdessus, Director Gerente del FMI, y con el presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton. Desde esa tribuna se les dijo a 187 países reunidos en aquella asamblea, que tenían que seguir el modelo de la Argentina.

Cierto es que pese a que a la Argentina no se le podía dar créditos, los auditores del FMI venían a Buenos Aires, revisaban las cuentas, tenían entrevistas y finalmente daban luz verde, lo cual hacía que el resto del mundo, ya sean países o individuos privados, asumieran que el país podría pagar sus deudas. Entonces bancos y brokers, en base a esa información falsa de los auditores, seguían operando con bonos y ello agravó el posterior default.

La situación anterior debió haber sido conocida por el FMI, pero como no lo dijo se constituyó así en partícipe necesario para establecer una estafa, que llevó a la debacle no sólo económica sino fundamentalmente social de nuestro país.

En realidad, la deuda nunca se pudo pagar porque al contener deuda odiosa, se generaron intereses sobre intereses a partir del cambio unilateral de las tasas que a partir de un 1% ó 2% anual en 1973 llegaron, años después, hasta el 22%.

Haciendo las cuentas se comprueba que el pago anual no alcanzaba para pagar los intereses, entonces éstos se capitalizaban y la deuda se convirtió así en una bola de nieve. Esta situación constituye usura, fenómeno perverso que existe cuando un deudor paga pero cada vez debe más.

El Art. 1198 de nuestro Código de Comercio es muy sabio cuando dice que «los contratos deben celebrarse, interpretarse y ejecutarse de buena fe y de acuerdo con lo que verosímilmente las partes entendieron o pudieron entender, obrando con cuidado y previsión. Los contratos bilaterales conmutativos y los unilaterales onerosos y conmutativos de ejecución diferida y continuada si la prestación a cargo de una de las partes se torna excesivamente onerosa por acontecimientos extraordinarios e imprevisibles, la parte perjudicada podrá demandar la resolución del contrato.

El mismo principio se aplicará a los contratos aleatorios cuando la excesiva generosidad se produzca por causas extrañas al riesgo propio del contrato».

El Art. 11 de la Ley de Quiebras de los Estados Unidos, establece que cuando una empresa entra en quiebra sus bienes son rematados y sus acreedores cobran lo que queda. Pero también en la misma ley existe el artículo 9° que determina el operativo de la verificación de acreedores y en función de eso se pagan primero las necesidades básicas para atender la población, y luego, si queda algo se reparte. Esta fundamental verificación no solo lo hace con el monto y plazo determinados sino al origen de la operación, que es justamente lo que no se hizo en Argentina.

ALGUNOS CONCEPTOS:

Acuerdo «stand by»: Tipo de acuerdo financiero que comprende el otorgamiento de un préstamo atado al cumplimiento de ciertas pautas de política económica. Este tipo de acuerdos se establece entre el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el gobierno de un determinado país.

Centralización La centralización del capital tiene lugar cuando una empresa o grupo económico adquiere otras empresas, incrementando sus recursos y su participación en el mercado.

Concentración: Proceso en el que unas pocas empresas (o sólo una) acrecienta su participación en un mercado como resultado de una mejor posición para afrontar la competencia con otras empresas.

Fondo Monetario Internacional (FMI): Organismo financiero internacional de gran peso en la economía mundial. Su creación data del período próximo a la Segunda Guerra Mundial, con el objetivo de proveer préstamos en divisas para los países con dificultades en sus balanzas de pago.

Fuga de capitales:Proceso mediante el cual residentes de una economía remiten fondos fuera del país, por ejemplo, la apertura de una cuenta en un banco radicado en el exterior o la adquisición de títulos públicos o acciones de empresas también radicadas en el exterior.

Privatización: Venta de empresas u otros activos estatales a empresarios privados.

Ingreso y Egresos de Dólares a Argentina

Fuente Consultada: Argentina 2010 Esperanza o Frustración Moisés Resnick Brenner

Historia del Movimiento Obrero en Argentina Resumen

BREVE HISTORIA DEL MOVIMIENTO OBRERO EN ARGENTINA

En las últimas décadas del siglo pasado, comenzaron a surgir las primeras fábricas en la Argentina, con un régimen de trabajo similar al europeo: extensas jornadas de trabajo, explotación de menores y mujeres, viviendas insalubres y miserables, etc. La existencia de un proletariado industrial creó las condiciones para la formación de un movimiento obrero integrado en su mayoría por inmigrantes europeos (españoles, alemanes, italianos, franceses, etc.). Los obreros europeos aportaron su experiencia organizativa y de lucha conseguida en los países de origen y fueron importantes en la constitución del movimiento obrero argentino.

EL PROCESO EN LA ARGENTINA

En Argentina se promulgó la famosa Ley de Residencia, que establece igualmente la facultad de deportar extranjeros sin juicio, y la Ley de Defensa Social, son acompañadas de una cada vez más dura represión, en respuesta al crecimiento del movimiento obrero.

El mismo se apoya en el desarrollo cuantitativo de los asalariados de la industria y del transporte, relativamente mayor que en el resto de Latinoamérica a partir del 80, aunque concentrados en la franja litoral que llega desde Rosario a Buenos Aires, y particularmente en esta última ciudad. Ese desarrollo es suficientemente acelerado como para transformar totalmente la relación entre las clases sociales, repercutiendo de modo directo sobre la conducta de la burguesía.

En efecto: el censo industrial de 1887 arrojó 42.321 obreros (sin contar la construcción); el de 1895 (contando la construcción), 170 mil y el de 1913 un total de 410 mil. Posteriormente se carecen de datos estadísticos hasta 1935, a pesar de que en ese lapso se produjo un notorio crecimiento de la industria.

A los solos fines comparativos, puede tomarse en cuenta que en el último año citado (anterior al gran salto industrial de la década) la clase obrera había llegado a un total de 544 mil personas ocupadas.

Esto fue acompañado por una gran actividad organizativa, en la que a poco se formalizan tres tendencias: la anarquista, que es mayoritaria hasta los alrededores de 1920; la socialista (socialdemócrata); y la sindicalista «pura» o tradeunionista. Las tres luchan entre sí por el predominio, y esto se traduce en que, tras un primer momento de unidad relativa en una central sindical única (la Federación Obrera Argentina – R. O. A., creada en 1890), luego aparecen constantemente dos centrales de fuerza variable, fracasando todos los intentos de unidad: ya en 1905 aparecen enfrentadas la F. O. R. A., organizada en el 59 Congreso bajo total control anarquista, y la U. G. T., bajo control predominantemente socialista.

En 1895, ya había veinticinco sociedades gremiales constituidas. En mayo de 1901 surge la Federación Obrera Argentina (FOA). Las manifestaciones obreras a través de huelgas se hicieron frecuentes, alcanzando gran intensidad hacia 1902. En ese año se produce la primera huelga importante que paraliza el transporte y el trabajo portuario (elementos clave de la economía agroexportadora). El objetivo de las primeras manifestaciones obreras fue el aumento de los salarios y mejora en las condiciones de trabajo. En 1894 comienzan los reclamos por la reducción de la jornada laboral. Recién en 1905 se sancionará una ley sobre el descanso dominical y en 1907, la ley de reglamentación del trabajo de mujeres y menores.

Esta, partiendo de 41 sindicatos adheridos, con 41 mil cotizantes, en 1903, llegó a nuclear 95 sindicatos con 102 mil cotizantes en 1906, para decaer a 26 sindicatos y sólo 22 mil cotizantes en 1909. Pero más tarde, al reorganizarse socialistas y sindicalistas en la F. O. R. A. del 9° Congreso, frente a la F. O. R. A. del 59 (que permaneció bajo control anarquista), su actividad y predominio, así como el crecimiento de la clase obrera, se refleja en el salto que llevó de 80 sindicatos y 24 mil cotizantes en 1916 a 367 sindicatos y 308 mil cotizantes en 1919.

Esta actividad organizativa va acompañada por una paralela actividad de lucha, que puede apreciarse en el número de huelgas anuales registradas, aunque, claro está, estos datos no cubren ni agotan la riqueza y las dimensiones de los hechos. En esos límites, las huelgas registradas siguieron la siguiente curva:


Pero, como decía, los datos estadísticos no revelan sino una parte de la realidad: además de las huelgas registradas existen multitud de otras que no lo están, ni de las cifras surge la importancia relativa de las organizaciones, el tipo de obreros que las forman (de talleres o de la gran industria), la magnitud de los paros, la diferencia entre huelgas de empresa y huelgas generales, las diferencias de combatividad, etc. Tampoco, la existencia de organizaciones por fuera de las centrales, y, mucho menos, las luchas aisladas que no llegaron a traducirse en formas organizativas permanentes.

No estaban organizados en relación con las centrales los obreros de los ingenios tucumanos, pero en 1903 estalla allí una huelga de tal magnitud que a F. O. R. A. y la U. G. T. enviaron delegados que actuaron en tareas de organización y en las negociaciones de salarios y condiciones de trabajo. Y era justamente allí, entre los obreros alejados de los grandes centros urbanos y entre los obreros rurales, donde el capitalismo primitivo funcionaba con más dureza y crueldad, donde los abusos, patronales convertían a los obreros en semiesclavos sometidos a condiciones de vida infrahumanas, pues el patrón capitalista ni siquiera estaba interesado, como el amo de esclavos, en mantener con vida a sus trabajadores.

Obreros al salir de una fábrica, se dirigen a una manifestación

El resultado más importante de la huelga en los ingenios fue lograr que los trabajadores recibieran su paga en billetes, y en ese sentido actuaron los mediadores de las centrales obreras. Pero si a Tucumán llegó la acción sindical en 1903, recién hacia 1906 comienza a desarrollarse alguna acción gremial entre los mensús de Misiones y del Chaco. Allí, bajo formas capitalistas, seguían subsistiendo las características del trabajo forzoso, mediante contratos que establecían el trabajo obligatorio, y a través de la utilización directa de las fuerzas policiales locales por las empresas. Basta transcribir el modelo de un contrato de la época en los obrajes para hacerse una idea de lo que esto significaba.

Tampoco es suficiente, para hacer un cuadro de la legislación antiobrera de la época, es recordar las dos leyes generales más conocidas (leyes de Residencia y de Defensa Social). En las leyes particulares, aun en aquellas que otorgaban ciertas concesiones a los trabajadores, se imponían cláusulas contra la actividad sindical. Por ejemplo: la ley de jubilaciones de los ferroviarios, establecía que el derecho a la jubilación implicaba obligatoriamente la renuncia al derecho de huelga (artículo 11 de la ley respectiva).

Esa cláusula sólo fue derogada después de la huelga de 1917, que puede servir de modelo para comprender las condiciones de la época, aun en un gremio relativamente privilegiado como el ferroviario: las huelgas del gremio de 1887 a 1890 lograron algunos éxitos parciales, pero la represión fue creciendo, mediante los métodos «clásicos»: varias asambleas obreras fueron disueltas a balazos por la policía, se multiplicaron los arrestos y, finalmente, fueron encarcelados, condenados o deportados los cuadros más activos, hasta que la Fraternidad quedó disuelta de hecho. Sólo en 1896 pudo reconstruirse trabajosamente, y recién en 1912 se pudo organizar la Federación Obrera Ferrocarrilera, que agrupaba a los trabajadores no calificados.

En 1917 se realizó un pacto de solidaridad entre las dos organizaciones ferroviarias, y esto permitió realizar un paro general del gremio. De inmediato se desató !a represión: en Rosario se fusila a obreros detenidos, en Junín, en los talleres de Constitución, en Sola, y en Mendoza, las tropas del ejército hacen fuego a mansalva sobre las asambleas; la marinería del Crucero Almirante Brown balea a los huelguistas de los talleres del F. C. Sud. Sólo después de una dura lucha, en la que no se pudo quebrar a los huelguistas, el gobierno interviene, e Yrigoyen dicta un decreto anulando el artículo 11 de la ley y estableciendo un aumento general de salarios.

El caso no es aislado, sino que constituye algo así como un «modelo»: patrones y gobierno tratan de impedir la organización obrera. Cuando ésta aparece, la persiguen, cuando comienza la lucha se desata la más dura represión. Finalmente, si los trabajadores han logrado resistir, dejando en el camino decenas y aun centenares de muertos, encarcelados y deportados, se les hace algunas concesiones, apareciendo el gobierno como mediador.

Si la represión logra quebrar a los obreros, la situación de éstos queda como antes o aun empeora. Algunos momentos particulares, caracterizados por la ferocidad de la represión, han quedado en la memoria colectiva: las masacres de 1909, !as de enero de 1919, conocidas bajo el nombre de la Semana Trágica, los fusilamientos de la Patagonia de 1921-22.

En este período, sin embargo, pueden advertirse dos hechos nuevos: por una parte, junto a la represión de la policía y el ejército, aparecen por primera vez grupos civiles armados (la Asociación de! Trabajo y la Liga Patriótica), que prefiguran las organizaciones fascistas de la década posterior. Por otra parte, la represión, más dura que nunca, es acompañada por primera vez en el país por intentos de paternalismo reformista en cierta escala.

El primer hecho, aunque su importancia es fundamental para entender el desarrollo de la lucha de clases, excede los límites de este trabajo, y lo dejaremos en adelante de lado.

El segundo, nos lleva a tratar otra cuestión clave: la del paternalismo y el reformismo. De todo lo reseñado en este capítulo, queda, sin embargo, una síntesis a destacar: la organización sindical obrera nace desde los primeros momentos en que el proletariado aparece como una clase separada en la sociedad capitalista, como una necesidad que surge espontáneamente para defenderse de la explotación y la opresión de la burguesía.

Y la primera respuesta de ésta es, en todas partes, represiva: se legisla contra los sindicatos y la acción sindical, y se reprime ferozmente toda actividad dirigida a disminuir la explotación. Como subproducto de la lucha obrera surgen el paternalismo y el reformismo.

A mediados de la década de 1920 el movimiento obrero tuvo poca influencia política (hubo escaso número de huelgas y los sindicatos eran pequeños y poco representativos). En 1930 se creó la Confederación General del Trabajo (CGT), que estaba compuesta por socialistas, sindicalistas, comunistas y algunos anarquistas. A mediados de esa década, los sindicatos empezaron a crecer en cantidad y en número de afiliados. Si bien los reclamos salariales habían predominado hacia principios del siglo, en la década de 1940 las demandas giraban en torno de los denominados beneficios complementarios: vacaciones, pagos por enfermedad, seguros sociales, compensación por accidentes, etc.

Con el advenimiento del gobierno de Juan Domingo Perón (1946-1955), la idea de una justicia social y los sindicatos controlados por el Estado se convirtieron en elementos clave de su gobierno. Los beneficios para la clase obrera urbana incluyeron: pensiones y protección contra el desempleo, jornada de trabajo de duración definida legalmente, vacaciones pagadas, nueva ley de descanso dominical, indemnización por accidente, controles sobre el trabajo de mujeres y niños, vivienda subvencionada, centros de vacaciones, organismos de empleo y pagos adicionales anuales (aguinaldo). Además, la sanción de la Constitución Justicialista de 1949 -en reemplazo de la Constitución Nacional de 1953- garantizó los derechos básicos del trabajador.

Periódico Obrero en 1908

PARA SABER MAS…
El primer sindicato y la primera huelga.
El 25 de mayo de 1857 se constituyó la Sociedad Tipográfica Bonaerense; en 1878 los tipógrafos, nucleados en la Unión Tipográfica, protagonizaron la primera huelga en busca de mejores condiciones de vida.

En 1887 se organizaron los maquinistas y foguistas ferroviarios, formando la agrupación La Fraternidad. Los obreros panaderos y otros gremios tomaron determinación similar. Las huelgas se hicieron frecuentes. Los obreros exigían jornadas de 8 horas y salarios dignos, prohibición del trabajo a menores de 14 años, abolición del trabajo nocturno de mujeres y menores, mejores condiciones de higiene en los talleres, etc. A veces, algunos conflictos terminaban con el triunfo de los huelguistas, pero no era así en la mayor parte de los casos. El Estado no concebía esos desbordes y la represión frecuentemente era violenta.

Desarrollo del movimiento obrero. En 1887 funcionaban en Buenos Aires más de 10 000 talleres y fábricas —generalmente pequeñas—, que ocupaban a más de 42 000 personas. Con el tiempo, esas cifras aumentaron y el movimiento sindical se hizo más poderoso. El l9 de mayo se celebró por primera vez en 1890, con la participación de miles de trabajadores; en 1894 un mitin realizado en la plaza Rodríguez Peña para lograr la jornada de 8 horas, reunió más de 10 000 personas.

En 1896, cerca de 25 000 obreros participaron en movimientos de fuerza. Estibadores del puerto, constructores de carruajes, telefonistas, tipógrafos, operarios de las usinas de gas, mecánicos, relojeros y joyeros, albañiles, cigarreros, hojalateros, ferroviarios, sastres, etc., hacian sentir asi su protesta ante la injusticia social.

Al comenzar el siglo XX. La acción obrera se intensificó en la primera década del nuevo siglo; en 1907, alrededor de 75 000 obreros participaron en diversos conflictos, al tiempo que buscaban unificar su acción, surgiendo asi la Unión General de Trabajadores (UGT), la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), etc.

Entidades políticas, como el Partido Socialista, se hicieron eco de los reclamos obreros y, poco a poco, se fueron imponiendo condiciones más justas, no sin que fracasaran muchos intentos por lograrlas. La fuerza creciente de los movimientos sindicales puede deducirse de estas cifras: en 1915 la FORA contaba con la adhesión de 51 sindicatos y más de 20 000 cotizantes; en 1920 esas cifras habían crecido: 734 agrupaciones obreras contaban con casi 750 000 afiliados.

El movimiento obrero
Por este entonces los obreros ya estaban organizados. Se concentraban en torno a tres tendencias: la socialista, la anarquista y la católica. La primera agrupaba en su mayoría a obreros criollos y extranjeros de ideas no extremistas; […]. El anarquismo intentaba una acción más violenta y a diferencia del socialismo no quería ninguna vinculación con la política. Su organizador en el país Pietro Gori (abogado) «indujo a los anarquistas de la Argentina a abandonar la vieja táctica individualista para encarrilarlos por la organización». […]. Estas dos tendencias obreras eran de un contenido ideológico liberal que revelaron en manifestaciones favorables al Proyecto de Ley de Divorcio, que se debatiera el año 1902 y resultara rechazado en la Cámara de Diputados por escaso margen: 50 a 48 votos. […] los Círculos Católicos formados por el emprendedor Padre Grote trataban de aunar el proletariado bajo las consignas de la Rerum Novarum, […]. La situación obrera era cada vez peor, la desocupación amenazaba a los hogares, ya el año anterior se había hecho una manifestación de más de 15.000 obreros ante la Casa Rosada para que se considerase su situación. A principios de noviembre la Dirección de Inmigración hizo averiguaciones sobre la desocupación en Rosario, considerándose el exceso de trabajadores de 2.000 a 2.500; el órgano de la F.O.A. dice que había en el país 200.000 desocupados y que la miseria había provocado una emiqración de 79.427 obreros.

Pereyka, Horacio J. La reforma de la Ley electoral del año 1902.

Historia de los Sindicatos y la Política en Argentina Resumen

Los Sindicatos y la Política en Argentina

SINDICALISMO Y POLÍTICA

En las sociedades modernas los sindicatos de trabajadores han tomado gran desarrollo, y su importancia e influencia aumenta día a día. También se desarrollan las asociaciones de patronos y las agrupaciones de empresarios. La actividad económica, la producción y distribución de bienes y servicio se han convertido en nuestra época en actividad cardinal de la sociedad. El desarrollo industrial, la tecnificación y racionalización de las actividades, la aspiración de todos los sectores a elevar el nivel de vida, la enorme concentración urbana, el mayor conocimiento de las leyes sociales y económicas, la conciencia de los derechos sociales, económicos y culturales, son fenómenos que caracterizan nuestra civilización.

Que los sindicalistas se ocupen de política no es un fenómeno nuevo, como muchos creen, ni atribuible al peronismo. En realidad, así ha sido desde los orígenes del sindicalismo —allá por las últimas décadas del siglo pasado— por la sencilla razón de que, ya desde entonces, correspondía al Estado controlar y reprimir las actividades gremiales.

Los tiempos heróicos

El moderno movimiento obrero argentino se constituye en las últimas décadas del siglo pasado, allí donde el crecimiento económico dio lugar a grandes empresas de servicios —ferroviarias o marítimas— y también a incipientes establecimientos manufactureros. Esto ocurrió en las grandes ciudades —Buenos Aires, Rosario— donde el nuevo proletariado se conformó mayoritariamente con inmigrantes extranjeros. Allí surgieron los primeros gremios y los primeros sindicalistas que, a diferencia de los actuales, eran puramente vocacionales.

Los gremios, semiclandestinos, casi no tenían organización ni podían pagar a sus dirigentes, los cuales tampoco lo hubieran aceptado. Los movía, antes que otra cosa, una pasión política profunda: mejorar la sociedad, y aun rehacerla.

Tres fueron las corrientes ideológicas, que predominaron entre aquellos sindicalistas, que apuntaban a distintas concepciones de la lucha política: anarquismo-, socialismo y sindicalismo. El mensaje anarquista era claro y directo: la sociedad debía ser rehecha desde sus bases. Para ello, la lucha política convencional —la de los partidos— no solo era inútil sino que fortalecía a los enemigos: los burgueses y el Estado. El camino era la huelga general revolucionaria y, efectivamente, los anarquistas movilizaron a los obreros urbanos en una serie de grandes huelgas que culminó en 1910 y pareció poner en jaque a la sociedad establecida.

Los socialistas, en cambio, eran gradualistas. No apuntaban a la solución total sino a la reforma gradual, mediante una legislación que obligara a los egoístas patrones a conceder hoy una cosa, mañana otra. Para ello era necesario que los obreros —en su mayoría inmigrantes— se naturalizaran, votaran y llevaran a los socialistas al Congreso.

En 1904 fue elegido en la Boca Alfredo Palacios —primer diputado socialista de América— y desde 1912 hubo regularmente una empeñosa bancada socialista, autora de importantes leyes sociales.

Los sindicalistas —corriente ideológica derivada del anarquismo e inspirada en G. Sorel— compartían con los socialistas el gradualismo y el espíritu negociador, pero desconfiaban de los partidos y ponían sus esperanzas en los sindicatos. Se afianzaron en las primeras grandes organizaciones, ligadas a las actividades vitales del país, como la ferroviaria y la marítima, utilizaron la huelga y se acostumbraron a dialogar y a negociar, con las empresas y con el Estado.

La etapa radical

Desde 1915, los sindicalistas fueron la corriente dominante. Por entonces, el incremento de la agitación sindical, al promediar la Guerra Mundial, coincidió con la llegada al poder de los radicales. Yrigoyen dejó de lado la política sistemáticamente represiva y dejó hacer a los gremios: en ciertos momentos actuó como mediador y arbitro, y rara vez lo hizo contra los obreros. La comunicación entre algunos dirigentes sindicales, como el marítimo García (el más notable gremialista de su época) y las altas esferas políticas fue muy fluida, anticipando sin duda situaciones posteriores.

Esto impulsó el movimiento reivindicati-vo hasta extremos intolerables para los grandes intereses, que movilizaron inclusive a las fuerzas armadas. En 1919, cuando la Semana Trágica, obligaron al gobierno a autorizar una represión indiscriminada, que se continuó cuando las huelgas de la Patagonia de 1921. El primer intento de diálogo y conciliación entre los sindicalistas y el gobierno había fracasado.

La «década infame» y el peronismo

En 1930 la dictadura y la crisis económica —con su secuela de desocupación— redujeron considerablemente las posibilidades de acción de los sindicalistas, que cuando intentaron algo fueron violentamente reprimidos. Pero a partir de 1935, el auge industrial y el crecimiento económico fueron creando las condiciones para la reconstrucción de un movimiento sindical activo, nutrido tanto en los viejos trabajadores como en aquellos nuevos, venidos de las zonas rurales y atraídos por las posibilidades de empleo.

Los socialistas reorganizaron algunos sindicatos importantes —como ferroviarios, municipales o empleados de comercio— mientras los comunistas impulsaban las primeras agrupaciones por rama de industria, que superaban la primitiva organización por oficios.

Pese a que los temas políticos —como la guerra de España o la lucha contra el fascismo— eran importantes, dominaba en estos dirigentes la preocupación por mantener y desarrollar unas organizaciones sindicales que, como en el caso de los ferroviarios, habían alcanzado gran complejidad. Esto obligaba a frecuentes contactos, tanto con las empresas como con el Estado, y a intentar un diálogo fluido, que en este período de inacción política y escasa sensibilidad social trajo aparejado mayores conquistas para los sindicalistas.

Estaba configurada ya, sin embargo, la tendencia a dialogar y a negociar con el gobierno, a conceder apoyo político a cambio de ventajas económicas. Esta tendencia, latente en buena parte de la dirigencia sindical, maduró súbitamente cuando alguien, desde el Estado, hizo la oferta.

Este fue el coronel Perón, quien desde la Secretaría de Trabajo y Previsión puso en marcha una amplia serie de medidas en favor de los obreros (vacaciones pagas, aguinaldo, indemnización por despido, etc.), muchas de las cuales correspondían a leyes aprobadas anteriormente pero nunca aplicadas. Por entonces, la Segunda Guerra Mundial no sólo había mejorado la situación económica general del país sino que había impulsado firmemente la industrialización.

Aunque movilizados desde el Estado, los sindicalistas tenían un proyecto político propio, que implicaba una alianza, de igual a igual, con Perón. Por eso constituyeron el Partido Laborista, principal sostén electoral de Perón en las elecciones de 1946. Pero una vez triunfante, el Estado peronista comenzó a crecer, a eliminar todo tipo de autonomía de sus soportes y a inmiscuirse en todas las esferas.

La poderosa maquinaria estatal, y los medios masivos de comunicación, aseguraron la relación directa entre el líder y las masas, y Perón pudo prescindir de sus molestos aliados. Los viejos dirigentes sindicales, que en su mayoría se habían hecho peronistas, fueron eliminados. Los sindicatos crecieron notablemente, en afiliados, en bienes, en actividades, pero perdieron su autonomía, dentro de un movimiento que, confundido con el Estado, se verticalizaba totalmente.

El posperonismo

Desde 1955 la situación de los dirigentes sindicales cambió totalmente. El peronismo fue excluido del sistema político, que quedó viciado así de una ilegitimidad radical, al tiempo que los empresarios se proponían recuperar lo perdido en la década pasada. Paradójicamente, los dirigentes sindicales peronistas —y los que no lo eran constituían un grupo irrelevante— resultaron fortalecidos.

A ellos competió la dura defensa de los intereses económicos de la clase trabajadora. Por otra parte, en el cuadro de una desorganización general del peronismo —cuyos hilos conservaba Perón, a costa de confundirlos permanentemente— fueron el único sector que mantuvo su organicidad. Las 62 Organizaciones peronistas, su expresión política, pasaron a ser la columna vertebral del movimiento.

Por otra parte, el gobierno abandonó la actitud persecutoria inicial, cuando descubrió que una dirección sindical fragmentada era potencialmente más-peligrosa que un sindicalismo unido y negociador. En 1958 el presidente Frondizi no sólo les devolvió la CGT sino que, con la Ley de Asociaciones Profesionales —que establecía el sindicato único y la afiliación obligatoria— aseguró la hegemonía de la burocracia sindical. Los empresarios, por su parte, comenzaron a practicar el soborno masivo, la corrupción de algunos dirigentes sindicales.

Eran los tiempos de Augusto Vandor, notable dirigente metalúrgico que llegó a concebir un peronismo sin Perón. Su estrategia fue doble: impugnar el sistema político y negociar con los poderes reales, es decir los empresarios y las Fuerzas Armadas. Fueron diez años de vaivén, de dureza y de blandura, de lucha y de negociación, en los que los sindicalistas hicieron un buen aporte —junto con las fuerzas armadas— a la crisis del sistema político. No extrañó entonces que aplaudieran en 1966 la caída de Illia y que asistieran —luego de ponerse la corbata— a la jura presidencial del general Onganía.

Los sindicalistas y la Revolución Argentina

Quedó claro, entonces, que sindicalistas, militares y empresarios coincidían en el deseo de establecer un acuerdo corporativo, por encima del sistema político tradicional.

Se trataba sin embargo de una relación difícil. En 1966 los grandes empresarios y las fuerzas armadas coincidieron en una pTosco Sindicalistaolítica que aspiraba a eliminar las trabas al desarrollo capitalista. Esto suponía no sólo una redistribución regresiva de los ingresos sino un control estricto de la agitación laboral, ya fuera la que escapaba al control de la dirigencia sindical como la realizada por ésta.

Onganía reservó el garrote para los díscolos y la mano tendida para los que quisieran «participar». No había ya lugar para el juego pendular del vandorismo. Muchos «participaron», e hicieron la corte a las autoridades militares, y otros se replegaron.

Consecuencia de esto fue que las luchas espontáneas de los trabajadores buscaron otras direcciones: Ongaro y la CGT de los Argentinos, el peronismo combativo de Atilio López o el sindicalismo clasista de Agustín Tosco o René Salamanca en Córdoba.

La protesta, sindical empalmó con una ola de disconformismo generalizado, que luego del estallido de 1969 hizo trizas al régimen militar. Los viejos sindicalistas se vieron beneficiados por la ola, aun cuando frente a una movilización que los rebasaba, y que incluso los cuestionaba, su posición no era nada cómoda.

Los sindicalistas y el gobierno peronista

Esta ambigüedad perduró luego de marzo de 1973, con el agravante de que, estando el peronismo en el gobierno, no había un enemigo común que unificara a las fracciones adversas y borrara las diferencias. La exacerbación de la politización hizo que los sindicalistas —la denostada burocracia sindical— fuera convirtiéndose en el polo del ala derecha peronista, y que luego de la caída de Cámpora recuperasen posiciones.

Pero el sindicalismo estaba demasiado hecho a negociar desde afuera para que las relaciones con su propio gobierno —y aún con el mismo Perón— fueran fáciles. El Pacto Social los embretaba, entre lo que el gobierno podía ofrecer y lo que las bases reclamaban.

Muerto Perón, la situación se aclaró, y a mediados de 1975 los dirigentes sindicales condujeron contra Isabel Perón una movilización que en poco difería de las realizadas contra Frondizi o Illia. Eso les permitió capitalizar el apoyo de las bases y eliminar de entre ellas a sus competidores y enemigos, es decir a quienes querían conformar una dirección sindical alternativa. Utilizaron para ello las peores armas —el matonismo y la violencia— anticipando lo que ocurriría luego de 1976.

Sindicatos y Proceso de Reorganización Nacional

No es difícil entender que los sindicalistas tuvieron bastante que ver —por acción u omisión— con la desestabilización de su propio gobierno y con el advenimiento del último régimen militar. Sin embargo, las relaciones con éste fueron más difíciles que en la anterior versión. Los militares llevaron a cabo una dura represión de los activistas —cosa que no molestaba demasiado a los dirigentes— pero también un ataque frontal a las organizaciones.

Se disolvió la CGT, se intervinieron los sindicatos y se los privó de las obras sociales. Se suprimieron las paritarias y se prohibieron las huelgas. Todo parecía retornar a 1943, con el agravante de que la propia industria era atacada, afectando hasta a las bases laborales del sindicalismo.

Otra vez el régimen ofreció el garrote y la participación, y a la mayoría de los sindicalistas no les quedó otro remedio que aceptar la segunda opción. Los dirigentes de segunda línea reaparecieron como asesores de los interventores militares, o «dialogando» con quien en el régimen militar asumía el papel de dialoguista. Muchos fueron estimulados desde el gobierno para constituir una corriente proclive al entendimiento. Como en 1972, el deterioro del régimen pareció devolverles el calor popular y las fuerzas perdidas. ¿Se repetirá la historia?.

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Isabel Perón, en la CGT, rodeada
por José López Rega Casildo Herreras. Ricardo Otero y Lorenzo Miguel. Luego los líderes sindicales orquestaron contra ella una durísima movilización, que ayudó a desestabilizar a su debilitado gobierno (4 de abril de 1975).

LOS PARTIDOS POLÍTICOS Y LOS SINDICATOS BAJO LOS REGÍMENES DESPÓTICOS

En los regímenes totalitarios se niega la libertad a los partidos políticos y a los sindicatos. No se tolera organización o expresión que sea contraria a las ideas o propósitos del gobierno.

En los regímenes totalitarios sólo se admite la existencia de un partido: el del gobierno; sólo se admite una organización sindical: la controlada por el gobierno.

Parten del supuesto de que el gobierno encarna la voluntad popular. Por lo tanto también la encarna el partido propio y la organización sindical montada por él. No se admite la existencia de otros grupos o tendencias.

Hitler no admitía sino al partido nacional-socialista; Mus-solini sólo admitía al partido fascista; los regímenes soviéticos sólo reconocen al partido comunista.

El partido oficial, con frecuencia el único existente, goza de todos los favores y privilegios. La pertenencia a él es prácticamente obligatoria para quienes aspiran a desarrollar cualquier actividad, aunque sea privada.

En tales regímenes el partido es el educador del pueblo, el director de las conciencias, intérprete único de la voluntad popular, su representante y custodio en el gobierno.

Se realizan enormes campañas electorales, usando todos los medios técnicos de la moderna propaganda. Pero su objeto no son las elecciones, pues no existe posibilidad de opción para los ciudadanos, sino provocar entusiastas manifestaciones populares de adhesión al régimen y a sus dirigentes.

Cosa semejante a lo que sucede con los partidos sucede con los sindicatos. Son instrumentos de la política gubernamental.

Fuente Consultada:
Formación Política Para La Democracia – Tomo II – Los Sindialistas y la Políitca Argentina – Nota de Romero Luis Alberto – Editorial Biblioteca Redacción

Historia de la Organización Sindical en América Primeros Sindicatos

Historia de la Organización Sindical en América
Primeros Sindicatos

HISTORIA EN EL MUNDO: Se llama sindicatos a las asociaciones de trabajadores de un mismo ramo o de una misma categoría profesional que se unen para la defensa de sus intereses laborales. Las asociaciones que pueden formarse con participación de obreros y empleadores suelen llamarse corporación. En las sociedades modernas los sindicatos de trabajadores han tomado gran desarrollo, y su importancia e influencia aumenta día a día. También se desarrollan las asociaciones de patronos y las agrupaciones de empresarios.

La actividad económica, la producción y distribución de bienes y servicio se han convertido en nuestra época en actividad cardinal de la sociedad. El desarrollo industrial, la tecnificación y racionalización de las actividades, la aspiración de todos los sectores a elevar el nivel de vida, la enorme concentración urbana, el mayor conocimiento de las leyes sociales y económicas, la conciencia de los derechos sociales, económicos y culturales, son fenómenos que caracterizan nuestra civilización.

En tal tipo de sociedad, necesariamente, los sindicatos obreros y las asociaciones empresarias ven aumentarse su fuerza, importancia e influencia. Los sindicatos, que durante mucho tiempo fueron solamente un instrumento de la lucha contra los empresarios, se convierten en una de las fuerzas estructurales de la comunidad, que prestan servicios asistenciales de importancia.

Las sociedades modernas tienden a convertirse en grandes comunidades de trabajo. Lógico es que en ellas las fuerzas organizadas, tanto del capital como del trabajo, sean estructuras fundamentales del ordenamiento social.

Los gremios y corporaciones tuvieron gran desarrollo e importancia durante la edad media. Estaban formados por trabajadores sin dependencia (artesanos), y velaban no sólo por sus propios intereses, sino que también cuidaban la formación profesional de los aprendices, la calidad de los productos elaborados y la justicia en los precios. Además tomaban a su cargo una serie de funciones sociales como la asistencia a las viudas, huérfanos y enfermos.

La Revolución Francesa disolvió esas asociaciones de artesanos y prohibió su formación, argumentando que impedían la libertad de trabajo al limitar el número de aprendices con el objeto de restringir la competencia futura y al elegir esos aprendices dentro de las familias de los mismos artesanos. Tal es el contenido de la famosa ley Le Chapelier (1791). Los revolucionarios no advirtieron que al destruir una situación que consideraban mala, dieron lugar a la creación de circunstancias que, decenios más adelante, con la aparición del capitalismo, se volvió precisamente contra aquellos que quería proteger.

Durante el siglo XIX, época de auge del liberalismo individualista, las asociaciones de trabajadores fueron prohibidas en casi todos los países. El trabajo, a la llegada del capitalismo fue considerado como una mercancía sujeto a la ley de la oferta y la demanda. Así se produjeron una serie de situaciones de injusticias sociales y de explotación de los obreros.

Las asociaciones obreras resurgieron para defensa propia, primero clandestinamente, y luego con existencia legal, reconocida a fines del siglo pasado y comienzos del presente.

Actualmente los sindicatos no son únicamente reconocidos, sino que su formación es alentada en casi todos los países.
Es mucho lo que se ha logrado mediante las organizaciones sindicales.

Entre sus frutos principales podemos señalar:

— haber destruido la concepción que convertía al trabajo humano en una mercancía, despojándolo de su dignidad;
— haber corregido muchas injusticias sociales y desarrollado el espíritu de solidaridad;
— haber logrado mejores retribuciones y mejores condiciones de trabajo;
— haber logrado en casi todos los países mejorar las leyes laborales, asistenciales y de previsión;
— asegurar a los trabajadores la seguridad de sus personas y el respeto de sus derechos.

En la actualidad los sindicatos adquieren una enorme fuerza política. Como las medidas que más afectan a los intereses de los trabajadores no son tanto las actitudes de los empresarios, cuanto las leyes que sobre conducción económica dicta el estado, hacia este problema se vuelca la fuerza sindical. Existe un caso de legítima intervención de los sindicatos ante los órganos políticos cuando lo hacen para defender sus intereses afectados por las leyes o medidas gubernamentales. Fuera de ese caso, cuando pretenden actuar en política sustituyendo a los partidos y convirtiéndose en aparatos electorales, su intervención es ilegítima.

el sindicalismo mundial

LA ORGANIZACIÓN SINDICAL EN AMÉRICA

En Estados Unidos, después de la derrota de la revolución alemana en 1848, se instaló el amigo de Marx, Joseph Weydemeyer, quien fundó la Alianza de Trabajadores Norteamericanos, y un periódico Die Reform. Bajo su influencia, después de la guerra de Secesión, Ira Steward organizó en todos los estados del norte la «Liga por la jornada de ocho horas», y en 1866 se fundó en Baltimore la Unión Nacional del Trabajo, que se puso en contacto con la Primera Internacional, mientras Sorge establecía en Nueva York la Asociación General de Obreros Alemanes y contribuía a fundar el Club Comunista. Fue en base a todo esto que la Internacional trasladó su sede a Nueva York en 1872, aunque para languidecer y desaparecer poco después. Bajo su influencia, sin embargo, se extendió el movimiento sindical desde el norte hasta Illinois, aunque no logró penetrar en el oeste.

La crisis de 1873 influyó, a su vez, para que apareciera el primer movimiento obrero típicamente norteamericano, la famosa Noble Orden de los Caballeros del Trabajo (Knights of Labor), que participaron en la ola de huelgas insurreccionales desatada en 1877 en Nueva York, Baltimore, San Luis, Pittsburg, Chicago, y en los levantamientos de 1884 a 1886, que cubrieron todas las redes ferroviarias en sucesivas huelgas masivas, las minas de carbón del Colorado, la industria de la madera para construcción, las canteras de Illinois, para culminar el 1′ de mayo de 1886 en la primera huelga general conocida en Estados Unidos, desatada para exigir la jornada de ocho horas.

Por primera vez en Estados Unidos, el ejército apareció junto a la policíapara reprimir un movimiento que en algunos lugares, como en Pittsburg, llegó a derrotar a las milicias del Estado, ocupando la ciudad durante dos días. La represión masiva fue acompañada por la detención de los dirigentes de la huelga en Chicago del I9 de mayo del 86, Parsons, Fischer, Engel, Spies y Lingg, condenados a muerte y ahorcados, y conocidos desde entonces como los Mártires de Chicago.

Esas luchas y ese crimen están ligados al reconocimiento del día I9 de mayo por todo el movimiento obrero mundial. En América Latina las primeras sociedades obreras parecen haber sido fundadas en Chile en 1847, bajo formas mutualistas que se transformaron en seguida en sindicatos de oficio, agrupando a zapateros, tipógrafos y carpinteros.

Y ya en 1865 aparecen secciones de la Asociación Internacional de Trabajadores (Primera Internacional) en La Martinica, Puerto Rico y Cuba, creándose en esta última en el mismo año la Asociación de Trabajadores de La Habana. En México, ya en 1870 estaban agremiados los albañiles, tejedores, zapateros, sastres e impresores haciendo propaganda entre ellos el anarquista polaco Golskovsky y los socialistas mexicanos Santiago Villanueva y Francisco Salacosta, que crearon en el año citado el Gran Círculo de Obreros de México, en relación con la Internacional de Londres y sus secciones norteamericanas.

En la Argentina, por su parte, en 1870 se creó el primer sindicato, la Sociedad Tipográfica Bonaerense, que se puso en contacto con las secciones españolas de la Internacional en 1872, apareciendo poco después las secciones francesas, españolas e italianas locales. En el Uruguay, ya en 1871 existe correspondencia con los adherentes a la Internacional en México, y en 1875, en gran parte bajo influencia de las organizaciones de la Argentina, se funda la Federación Obrera, disuelta poco después. Pero en 1876 se crea la Federación Regional de Montevideo, que es aceptada en la Internacional anarquista en 1877, habiendo declarado contar con seis oficios organizados, cinco secciones y dos mil socios permanentes.

DESARROLLO Y REPRESIÓN EN AMERICA LATINA

Después del 70 se modifican las condiciones en algunos países latinoamericanos, y esto permite el desarrollo de relaciones capitalistas de producción y el crecimiento cuantitativo de la clase obrera, lo que a su vez se traduce en una mayor actividad en las luchas sociales. En México, la lucha contra la intervención imperialista franco-española de 1861-67 y el movimiento de la Reforma, con sus leyes de desamortización y nacionalización, transformaron las estructuras agrarias, e impulsaron la producción capitalista en el agro y la industrialización.

El Círculo de Obreros de México se transforma en 1874 en el Gran Círculo de Obreros, con filiales en varios estados y más de 8 mil aliados. Esto provoca la persecución contra la actividad sindical, y el código penal de 1872 declara delito toda acción dirigida a defender los salarios, aumentando la represión bajo la dictadura del general Porfirio Díaz (1876-1910),sobre todo a partir de 1844.

La agitación obrera desaparece prácticamente hasta 1898, en que estalla la huelga de los fundidores de Tlaxcala. A partir de ese momento, la lucha de los obreros de la industria se liga con la de los peones y campesinos sin tierra, bajo la influencia del Partido Liberal, dirigido por los hermanos Flores Magón, que, bajo la consigna de tierra y libertad organizan sucesivas rebeliones armadas contra el porfirismo en 1900, 1903, 1905, 1906 y 1909.

Finalmente, su influencia se ejerce sobre el zapatismo, actuando como ala campesina y proletaria en la revolución de 1910. En Chile, la incipiente clase obrera se vuelca después de la caída de Balmaceda en e! Partido Demócrata, que opera como un movimiento de tipo populista, dirigido por la pequeña burguesía, pero con numerosos grupos proletarios internos. El desarrollo vertiginoso de la minería (en particular del salitre) y la política conciliadora del Partido Demócrata, provocan escisiones en sus filas, segregándose grupos socialistas y anarquistas, fundándose en 1897 la «Unión Socialista» y poco después la organización anarquista «Socialismo Libertario».

En el orden gremial, se funda en Iquique, el 1? de enero de 1900, la Mancomunal Obrera, que publica un periódico diario de 1901 a 1908, influyendo y organizando toda la zona salitrera, y dirigiendo las sucesivas huelgas que estallan desde 1902 a 1907, que llega a abarcar en el último año a los portuarios y demás gremios, bajo la conducción común del «Comité Central Pampa e Iquique». La represión desatada alcanzó su más alto nivel en la «Matanza de Iquique», en la que fueron fusilados los miembros del Comité Central y ametrallados más de setecientos obreros, que se hallaban concentrados en una escuela. Recién en 1909 pudo reconstruirse el movimiento obrero chileno, con la fundación de la Federación Obrera de Chile, convertida en una poderosa central en 1917, con el apoyo de las Uniones Obreras organizadas bajo la dirección de Luis Emilio Recabarren, cubriendo prácticamente todo el país.

Al aumento de la actividad obrera respondió un nuevo ciclo de represión: masacre en Puerto Mátale de los obreros rurales en huelga; incendio del local de la Federación Obrera de Punta Arenas; muerte en la cárcel del poeta Gómez Rojas a consecuencia de los vejámenes padecidos; encarcelamiento por tres meses de Recabarren y de otros dirigentes de la FOCH. En el Brasil, pese al escaso desarrollo del movimiento, además de la continua persecución contra los activistas, aunque no se decreta delito el organizarse sindicalmente, se dicta la llamada ley Adolfo Gordo, que establece la deportación de extranjeros por actividades «antisociales».

Fuente Consultada:
Educación Democrática de Argentino Moyano Coudert – Texto Para 3º Año – Tercera Edición- Editorial Guadalupe

Historia del Movimiento Obrero Los Primeros Sindicatos Ley Chapelier

Historia del Movimiento Obrero
Los Primeros Sindicatos

El movimiento sindical es hoy un fenómeno gigantesco y complejo, que comprende centenares de millones de trabajadores. En casi todos los países es reconocido por los gobiernos, y aun allí donde se ha tratado de prohibirlo, reemplazándolo por organizaciones corporativas manejadas totalmente por el Estado que, a la vez, persigue duramente toda reivindicación de los trabajadores (como en España) nadie ignora la existencia de organizaciones sindicales clandestinas que dirigen, las luchas reivindicativas. No sólo están organizados sindicalmente los obreros, sino también los empleados, y en casi todas partes sus gremios forman parte de las centrales de trabajadores

En los países más avanzados, los sindicatos poseen edificios propios, cooperativas, obras de asistencia médica, editan periódicos y revistas, sostienen escuelas sindicales, construyen viviendas, y en algunos casos tienen empresas propias que, a su vez, emplean asalariados. Los dirigentes sindicales son figuras públicas, sus opiniones son recogidas por los periódicos, la radio y la televisión. Y en muchos casos constituyen burocracias rentadas, con un poder igual o superior al de muchos políticos tradicionales.

Este panorama, que hoy nos parece normal, oculta, sin embargo, multitud de contradicciones que expresan, en el nivel de las organizaciones gremiales, la complejidad de la lucha de clases, con sus avances y retrocesos; y es el producto, de una larga, dura y aun sangrienta lucha, de una verdadera guerra que se libra desde hace más de siglo y medio. Es imposible presentar aquí ni siquiera un cuadro aproximadamente completo ni de esa larga historia ni de la situación actual.

Por eso nos ceñiremos a presentar solamente algunos de los aspectos fundamentales del movimiento sindical en los países capitalistas, dando apenas algunos ejemplos que los ilustren, y sin pretender siquiera referirnos a multitud de cuestiones secundarias que, sin embargo, resultarían en muchos casos indispensables para que el cuadro general fuera más comprensible. Dada la importancia y complejidad del proceso de organización sindical, en capítulos posteriores se volverá sobre distintas características actuales del fenómeno.

MOVIMIENTO OBRERO Y REPRESIÓN

Recién en el siglo siglo XIX estuvieron dadas las condiciones para que apareciera el movimiento obrero como un fenómeno separado de las otras clases sociales, con caracteres propios. Esto ocurrió en primer lugar en Inglaterra, casi en seguida en Francia, y recién unas décadas después en Alemania, en otros países de Europa occidental, y en Estados Unidos.

En Inglaterra, la revolución industrial, iniciada hacia 1750, maduró en gran escala hacia fines del siglo, y desde 1800 hasta 1815 en Francia, por la aplicación extendida del motor a vapor en las manufacturas y en el transporte y por la aplicación de innovaciones técnicas en el hilado y el tejido. A la vez, en Inglaterra habían sido rotas en un proceso de dos siglos las relaciones feudales, operación que se realizó más radicalmente en Francia por la revolución de 1789.

Este doble proceso creó una enorme masa de proletarios provenientes del campesinado y del artesano urbano, desposeídos de todo otro bien que no fuera su fuerza de trabajo (o sea: desposeídos de todo medio de producción), y en condiciones de poder vender «libremente» esa única mercancía que poseían a los propietarios de medios de producción (es decir: de capitales) en el momento en que la maduración de la revolución industrial exigía y hacía posible la utilización de esa mano de obra en gran escala.

De tal modo, esas nuevas condiciones no sólo crearon un numeroso proletariado moderno, correspondiente al capitalismo, sino que hicieron ver a la clase obrera por primera vez que sus intereses eran diferentes de los de las otras clases sociales, y contrapuestos a los de la burguesía. De tal modo, en la década de 1800 aparecieron por primera vez en Inglaterra agrupaciones económicas de los obreros del hilado, de la construcción y de la metalurgia (fabricación de máquinas de vapor), aunque en una confusa mezcla de objetivos, ya que luchaban tanto por obtener mejoras salariales, criticando la ganancia capitalista, como contra el propio maquinismo: al lado de gérmenes de sindicatos se desarrolló el vasto movimiento «luddista», que se oponía a la utilización de máquinas, y organizaba asaltos a las fábricas para destruirlas.

En Francia, la clase obrera aparece por primera vez en escena en la zona de hilados y tejidos de Lyon, adquiriendo sus luchas la forma del motín revolucionario, al punto de exigir verdaderas expediciones militares para aplastarlas. Esto muestra los caracteres del primitivo movimiento obrero: en Inglaterra toma de inmediato formas sindicales, gremiales, por oficio, dirigidas fundamentalmente a la lucha económica (por mejores salarios y condiciones de trabajo), y desde allí se lanza muy rápidamente a la acción política, que no está dirigida a luchar frontalmente contra el poder de la burguesía sino a obtener reformas democráticas: en 1829 los obreros del Lancashire (hilanderos) organizaron la Asociación Nacional de Oficios y en Londres los de la construcción y la metalurgia la Unión Metropolitana de Oficios.

De inmediato se pasa a la agitación por la «Reforma» parlamentaria, basada fundamentalmente en el reclamo de la extensión del derecho al voto a los no propietarios, agitación que culminó en la ley de Reforma electoral (1832), y que fue apenas un escalón en las luchas de masas que se organizaron en el gran movimiento cartista, que combinaba reclamos democráticos ( como el voto universal) con reivindicaciones económicas sobre salarios y jornada de trabajo.

En Francia, en cambio, la tradición obrera recorrió un camino diferente: aparece rápidamente (1796) el partido conspirativo, que intenta la conquista del poder, con la Conspiración de los Iguales, dirigida por Babeuf y Darthés, que a su vez inspiró el movimiento dirigido por Blanqui (1836-1839), y, a la par, se desarrolla la lucha obrera insurreccional, que trata de pasar continuamente a los combates de barricadas en las calles, enfrentando al Estado burgués y a las tropas regulares, siguiendo el ejemplo de los tejedores de Lyon, alzados en 1831 y 1834.

Ambos movimientos aparecen por primera vez ligados en las jornadas de junio de 1848, en París, durante las cuales los obreros sublevados enfrentaron al ejército del gobierno que habían contribuido a crear durante la revolución republicana de comienzos de ese año. Con el cartismo en Inglaterra y con la sublevación de 1848 hizo su aparición en escena la clase obrera organizada en partidos políticos, proceso que culminó en Inglaterra con !a represión de 1848 y en Francia con la instalación de la Comuna en 1871, seguida de una feroz matanza cuando cayó ese primer intento de gobierno obrero.

LAS LEYES ANTISINDICALES

Las luchas obreras y la represión desatada por la burguesía en el poder, que muestran el fondo del fenómeno, tuvieron sus manifestaciones propias en el campo sindical estrictamente dicho: en Francia, el recién instalado gobierno revolucionario burgués dictó en 1791 la llamada» Ley Chapelier, dirigida en principio contra los gremios heredados del pasado feudal y contra las trabas que oponían a la libre competencia y la libre contratación de trabajo. Pero ya en 1793-94 los jacobinos la utilizaron para romper las huelgas obreras mediante el reclutamiento forzoso de mano de obra.

En Inglaterra, por su parte, se dictaron en 1789 y 1800 las Combínations Acís, dirigidas contra los sindicatos, en las que se consideraba como reos de delito de conspiración a ios obreros agremiados. Derogadas en 1824, se reimplantaron en 1825, aunque bajo formas menos rigurosas. Destaquemos: las leyes citadas consideraban delito el simple hecho de agremiarse, no sólo la actividad dirigida contra los empresarios para obtener mejoras salariales o de condiciones de trabajo (huelga, boycot, manifestaciones), que, desde luego, también eran reprimidas.

LA CLASE OBRERA EN AMÉRICA

En América el desarrollo del movimiento obrero, y en particular el de los sindicatos, fue, lógicamente, posterior a! de Europa, puesto que la industria apareció más tardíamente, sobre todo en lo que respecta a América Latina que permaneció como productora de materias primas, con rasgos predominantemente agropecuarios, cuando ya Estados Unidos se había transformado en una sociedad industrial. Con todo, las primeras organizaciones obreras aparecieron casi simultáneamente al norte y a! sur del Río Grande porque tanto en Estados Unidos como en América Latina los inmigrantes europeos trajeron consigo los principios de la lucha de clases y de la organización. En consecuencia allí donde se formó aun el más pequeño núcleo obrero surgieron de inmediato organizaciones mutualistas, sindicatos, periódicos, y rápidamente se intentó formar partidos proletarios.

Desde luego, él mayor desarrollo capitalista e industrial de Estados Unidos proveyó una base material mucho mayor y mucho más temprana para esos intentos que en el resto de América, de tal modo que en los países latinoamericanos si bien la iniciación de las organizaciones obreras es contemporánea a la de aquel país, su expansión real es mucho más tardía y en muchos casos recién se produce en el siglo XX.

Hubo otro elemento que trabó el desarrollo de una clase obrera moderna, capitalista, tanto en Estados Unidos como en América Latina: la esclavitud y el trabajo servil indígena. Si tomáramos un mapa económico y social de este continente hacia 1850, cuando ya la clase obrera estaba ampliamente desarrollada en Europa occidental, nos encontraríamos con una panorama aproximadamente así: en Estados Unidos se había producido un importante crecimiento industrial en el norte sobre la costa del Atlántico y un vasto desarrollo de las plantaciones de tabaco y algodón en el sur, con la utilización masiva de mano de obra que esto significa.

Pero si bien en la industria manufacturera se utilizaba fuerza de trabajo asalariada, la mano de obra esclava se había expandido de tal modo que no sólo se empleaba en las plantaciones de modo exclusivo sino también en la industria extractiva. Un documento de 1859 referido a una mina de carbón en Virginia decía: «Ayer visité un pozo de una mina de carbón: la mayoría de los mineros son esclavos y, por lo general, negros. . . pero también trabajan un número considerable de blancos. . . los esclavos pertenecen algunos a la compañía minera; pero la mayoría son alquilados por sus propietarios a razón de ciento veinte o doscientos dólares al año, alojándolos y vistiéndolos la compañía».

En América Latina, por su parte, encontramos tres situaciones diferentes: países donde también existía agricultura industrial (plantaciones) en la que se utilizaba mano de obra esclava, como en Cuba y las islas del Caribe en general, y el Brasil; países donde subsistió el trabajo forzado de los indios, para el trabajo agrícola y en la minería, como Solivia, Perú, Paraguay, México, toda América Central con excepción de Costa Rica y Panamá; y países en donde, si bien subsistió la esclavitud y el uso de indios en condición servil o semiservil, al no haberse desarrollado la agricultura industrial ni la minería (ni tampoco la industria manufacturera) no aparecieron grandes masas de mano de obra, como en la Argentina y el Uruguay.

Es cierto que en el primer impulso de la independencia se decretó la abolición del trabajo forzado de los indios, pero allí donde la mano de obra indígena era usada en gran escala, casi inmediatamente se reimplantó: en Solivia, las medidas abolicionistas tomadas por Bolívar en 1826 fueron derogadas por Santa Cruz en 1829, y la supresión del trabajo forzado dispuesta por San Martín en el Perú en 1821 fue derogada en 1825, manteniéndose el trabajo servil durante todo el siglo XIX, no sólo en las explotaciones agrarias del Estado y del clero, sino también en las haciendas privadas, que podían enrolar trabajadores por la fuerza.

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En gran parte de América Latina las organizaciones sindicales han obtenido una posición de cierta importancia política. Esto es especialmente cierto en la Argentina, donde el movimiento obrero es muy numeroso, relativamente rico, bastante bien organizado y completamente politizado. El dirigente de un gran sindicato en la Argentina es casi automáticamente un político nacional prominente; el secretario general de la Confederación General del Trabajo posee un poder político potencial probablemente igual al del líder de uno de los principales partidos políticos.

El tamaño del movimiento sindical organizado ha variado mucho durante el período de posguerra. Alcanzó su máximo probablemente a principios de la década de 1950, cuando según el gobierno contaba con 4 millones de miembros. En la actualidad la cifra es posiblemente próxima a los 3 millones, o sea aproximadamente el 40 por ciento de la fuerza obrera total del país. No solamente los obreros de las fábricas están organizados; la mayor parte de los empleados en comercios, bancos y oficinas del gobierno están afiliados a sindicatos.

En realidad, de todos los grupos importantes de asalariados del país, solamente el servicio doméstico y los trabajadores agrícolas carecen de una organización efectiva. No todos los sindicatos son reducidos. Los trabajadores ferroviarios, los metalúrgicos, los empleados de comercio, los textiles y los empleados del gobierno poseen sindicatos con más de 200.000 afiliados cada uno y varios otros sindicatos poseen más de 700.000 afiliados.

Los sindicatos son financiados, en gran parte, por un sistema de «descuentos». La ley exigía que los empleadores deduzcan las cuotas sindicales de los sueldos de sus empleados y que depositen estos fondos en la cuenta bancaria de la organización sindical nacional. Las cuotas son generalmente del uno al dos por ciento del sueldo de los afiliados. En los últimos años la mayor parte de los sindicatos han sido autorizados por el Ministerio de Trabajo para retener el primer mes de aumento de los sueldos cada vez que se negocia un nuevo acuerdo.

El movimiento sindical argentino no solamente es grande, extremadamente bien organizado y relativamente rico sino que además está politizado hasta un punto casi incomprensible para muchos.

Peter  Snow
(Fuerzas Políticas en la Argentina)

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Ley Le Chapelier, de junio de 1791

Siendo una de las bases de la Constitución francesa la anulación de toda especie de corporaciones de un mismo estado y profesión, se prohíbe restablecerlas con cualquier pretexto y en ninguna forma que sea…

Los ciudadanos de un mismo estado y profesión, los contratistas, los que tienen tienda abierta, los obreros y demás, no podrán cuando se reúnan nombrar presidente, ni secretario, ni síndico, ni tener registro, ni tomar acuerdos o deliberaciones, ni formar reglamentos sobre sus pretendidos intereses comunes.

Se prohíbe a los cuerpos administrativos y municipales recibir peticiones emanadas de un estado o profesión, ni responderlas… Si algunos ciudadanos de una misma profesión, arte u oficio tomasen acuerdos entre ellos, tendiendo a rechazar o fijar, de común concierto, un precio determinado para prestar el concurso de sus industrias o de sus trabajos, las dichas deliberaciones y convenios serán declarados anticonstitucionales, atentatorios a la libertad y a la declaración de los derechos del hombre… Los autores, jefes e instigadores que los hayan provocado, redactado o presidido, serán citados ante el Tribunal de Policía a instancia del fiscal y condenados cada uno a quinientas libras de multa y a la suspensión por un año del ejercicio de sus derechos de ciudadanos activos… Si dichas declaraciones y convenios, anuncios públicos y circulares contuviesen amenazas contra los contratistas, artesanos, obreros y jornaleros extranjeros, que vinieren a trabajar o contra los que se contentan con un salario inferior, todos sus autores, instigadores y firmantes… serán castigados con una multa de mil libras y tres meses de cárcel cada uno.

Todas las asociaciones de artesanos, obreros y jornaleros… serán consideradas como reuniones sediciosas, y como tales disueltas por los depositarios de la fuerza pública…

Ver:PRIMERAS ASOCIACIONES DE TRABAJADORES