Enrique IV de Francia

Biografia de Carlos IX de Francia

Biografia de Carlos IX de Francia

Su figura histórica queda desdibujada por su muerte prematura. Como los últimos Valois, sus hermanos Francisco y Enrique, Carlos IX fue un joven de refinada cultura, en contacto con Ronsard y los poetas de la Pléyade; pero, también, un monarca débil de espíritu y sin voluntad para imponerse a los demás y a sí mismo.

Carlos IX de Francia

Este hecho explica su sujeción a Catalina de Médicis y a Coligny, sus vacilaciones antes de la noche de San Bartolomé, y su ruina física, consumada por la violencia de sus ejercicios corporales y el desenfreno de su vida amorosa.

Tercer hijo de Enrique II y Catalina de Médicis, nacido en San Germán de Laye el 27 de junio de 1550, acababa de cumplir diez años cuando la muerte de Francisco II le dio la corona de Francia, una Francia amenazada por las luchas entre católicos y calvinistas.

Ejerció la regencia su madre, hasta el 17 de agosto de 1563, fecha en que fué proclamado mayor de edad; pero, de hecho, continuó llevando la dirección del gobierno Catalina de Médicis.

En 1562-1563 se habían desarrollado las escenas sangrientas de la primera guerra de religión. Después de la paz de Amboise transcurrió un período de relativa tolerancia, hasta que Conde pretendió apoderarse por la fuerza de la persona del monarca (1567).

Descubiertos sus planes, se reanudó la lucha, en la que llevaron la mejor parte las armas católicas (segunda y tercera guerra de religión).

Pero con gran sorpresa de todos, Carlos IX confió el gobierno (1570) al almirante Coligny, jefe de los hugonotes, el cual le había entusiasmado con sus atractivos proyectos de hundir el poder de Felipe II en Europa. Coligny gobernó muy poco tiempo.

El excesivo predominio otorgado a los calvinistas provocó una reacción de los católicos. Catalina de Médicis, Enrique de Guisa y Enrique de Anjou arrancaron del rey el permiso de proceder a la eliminación de los jefes hugonotes más destacados, reunidos en París para asistir a las bodas de Enrique de Navarra y Margarita de Valois.

El 24 de agosto de 1572 se registraron las trágicas escenas de la noche de San Bartolomé.

Una víctima directa de aquella jornada fué el propio Carlos IX. Devorado por la fiebre y el remordimiento, impresionado por la sangre derramada, fué extinguiéndose poco a poco.

Murió en Vincennes el 31 de mayo de 1574.

Biografia de Francois Guizot Politico Frances

Biografia de Francois Guizot

Austero, enérgico, con ideas firmes sobre la historia y la política, dotado de no escasas dotes de generalización, investigador profundo de los acontecimientos de la cultura francesa y europea, Francisco Guizot fue un buen historiador y aun un mejor profesor de Historia.

Pero su intervención en la vida pública de Francia durante la Restauración y la monarquía de Luis Felipe le elevaron a un plano de mayor responsabilidad. Guizot encarna, en efecto, el espíritu de la revolución de 1830 y, asimismo, el régimen burgués y censitario que ésta implantó.

Francois Guizot,un historiador y político francés. Participó en el gobierno durante la monarquía de Luis Felipe de Orleans y fue líder de los doctrinarios.

François Pierre Guillaume Guizot fue un historiador y político francés. Participó en el gobierno durante la monarquía de Luis Felipe de Orleans y fue líder de los doctrinarios.

La evolución de los partidos le situó cada vez más a la derecha, de modo que para los contemporáneos empezó en liberal y terminó en conservador.

En realidad, Guizot se mantuvo siempre fiel a la misma línea de conducta. Sólo los sucesos determinaron la paradoja de que uno de los artífices del alzamiento revolucionario de 1830 cayera en 1848 junto con Metternich, el principal representante del sistema legiti-mista y anturevolucionario en Europa.

Nacido en Nimes el 4 de octubre de 1787, en el seno de una familia calvinista, sufrió desde muy joven las consecuencias de la oleada revolucionaria, pues su padre pereció en el patíbulo durante el Gran Terror (abril de 1794). El muchacho se refugió con su madre en Ginebra.

En 1805, durante el Imperio, regresó a Francia al objeto de estudiar la carrera de Leyes en París. Terminada ésta, publicó algunas obras de carác ter literario e histórico que le valieron la cátedra de Historia Moderna de la Sorbona en 1812.

Afiliado al grupo de los monárquicos liberales de Royer-Collard, ocupó el cargo de secretario general del ministerio del Interior en 1814. Durante los Cien Días volvió a enfrascarse en sus estudios habituales.

Caído el poder napoleónico en Waterloo, Guizot fue nombrado secretario general del ministerio de Justicia en el gobierno Richelieu (1815-1816) y director en el ministerio del Interior en el gobierno Decazes (1819-1820). La reacción de 1820 le enfrentó para siempre con la monarquía borbónica, ya que Guizot consideraba inalterables los términos constitucionales elaborados en 1815.

Miembro del grupo de los «doctrinarios» y uno dé los jefes del partido liberal opuesto al gobierno de Carlos X, fue privado de su cátedra de 1822 a 1828. Durante esta época publicó dos obras que le hicieron famoso: la Historia del gobierno representativo (1821-1822) y la Historia de la civilización en Europa (1828).

En enero de 1830 fué elegido diputado por Lisieux, mandato que había de conservar, renovado periódicamente, hasta 1848. Figuró en el grupo liberal de la Cámara de Diputados.

Disuelta ésta por las famosas Ordenanzas de Julio, Guizot formó parte del Comité moderado que, dirigido por Casimiro Perier y Laffite, logró beneficiarse del movimiento revolucionario que estalló a fines de 1830 en París. Derribada la monarquía de los Borbones, ejerció el ministerio del Interior en el primer gobierno de Luis Felipe (agosto a noviembre de 1830).

Más tarde, en 1832, bajo la presidencia del mariscal Soult, fue ministro de Instrucción Pública. Durante este período, de 1832 a 1836, fomentó grandemente la educación primaria y el desarrollo de las corporaciones eruditas. Por otra parte, cada día se caracteterizaba más como jefe del partido de la resistencia o conservador.

Creía que la evolución histórica había hecho recaer el poder en la burguesía, y que por tanto era utópico hablar de sufragio universal. Frente al movimiento demócrata y republicano se mostraba intransigente. Su lema era «una monarquía limitada por un número limitado de burgueses».

La coherencia del gobierno Soult se rompió en 1836 por la divergencia de criterios entre Guizot y Thiers. Después de formar parte de otros gobiernos de vida efímera, en 1840 aceptó el cargo de embajador de Francia en Londres.

Pero el fracaso de la política oriental de Thiers, le llevó de nuevo al poder. Desde el 29 de octubre de 1840 hasta el 23 de febrero de 1848 fué el verdadero jefe del gobierno, aunque en realidad sólo ocupó la presidencia del consejo desde 1847.

Su pureza y su desinterés personales, su inquebrantable afirmación de los principios de orden, le convirtieron en el símbolo del conservadurismo.

Combatido por la izquierda monárquica y los demócratas, dimitió el 23 de febrero de 1848 cuando ya la revolución era dueña de la capital. Marchó a París al cabo de pocos días, y el 3 de marzo llegaba a Londres.

Después de un año de residencia en Inglaterra, regresó a Francia. Desde este momento vivió alejado de la política. Su principal ocupación fué la literaria, a la que consagró el resto de su existencia. Cooperó al desarrollo del Instituto de Francia, de cuya corporación era miembro.

Retirado en Val Richer (Calvados), cerca de Lisieux, vio cómo se implantaba el Segundo Imperio y cómo éste caía bajo el peso de la derrota militar. También asistió a los primeros pasos de la Tercera República.

En estos últimos años de su vida su figura se agiganta en el puerto de la serenidad. Murió en Val Richer el 12 de octubre de 1874.

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Biografia de Jose I Bonaparte -Pepe Botella-

Biografía de José I Bonaparte Hermano de Napoleón

Entre los Napoleónidas, quizá a ninguno fue ofrecido un porvenir tan brillante como a José Bonaparte Pero no tenía éste las cualidades que hicieron tan famoso a su hermano, en particular el espíritu de decisión y energía, la voluntad de imponerse y la capacidad de trabajo.

Su carácter era sumamente débil, y nada en su sangre le llamaba a desempeñar un papel en el campo de batalla. De formación intelectual, habría sido, sin duda, un buen monarca al estilo de los que preconizaban los filósofos del siglo XVIII aunque sin la dignidad de la estirpe.

Jose Banaparte Biografia

Se le llamaba Pepe Botella debido a su afición por la bebida, sin embargo parece que tal historia no era cierta y que sólo se trataba de una manera de desprestigiarlo

Pero su vida fué, como la de sus demás hermanos, tan azarosa, que requería cualidades eminentes para ocupar un lugar propio y destacado en la Historia. Vivió, pues, tras la sombra de la estrella del gran caudillo corso, y su fortuna periclitó con la caída de Napoleón.

Nació un año y medio antes que éste en Corte (Córcega) el 7 de enero de 1768. Cursó sus primeros estudios en el colegio de Autún; pasó luego a la universidad de Pisa, donde se graduó en leyes, y en 1788 se estableció como abogado en Bastía.

Durante cinco años actuó en las filas del partido francés de Córcega, luchando contra Paoli.

Al triunfar éste en 1793, José se refugió en Francia. La Convención termidoriana le utilizó para concertar la reconquista de la isla natal.

Acompañó a su hermano Napoleón en la campaña de Italia (1796).

Pero a fines del mismo año, con el triunfo de Francia en Córcega, regresó a ella para hacerse cargo de su administración. En calidad de tal fue nombrado miembro del Consejo de los Quinientos.

En 1797 desempeñó el cargo de residente en Parma y, luego, de embajador en Roma, con la misión de favorecer el espíritu revolucionario. Pero ya en esta ocasión se observó que no era hombre de temple.

El golpe de estado de Brumario (1799), en el que participó preparando la conspiración, le elevó de nuevo a un primer plano político.

Napoleón, deseoso de empujarle en la vida, le nombró consejero de Estado y tribuno, y le confió negociaciones diplomáticas de confianza en los Estados Unidos y Austria (paz de Luneville de 1801), así como con el Papado (concordato de 1801) e Inglaterra (paz de Amiens de 1802).

Con la instauración del Imperio, José fue nombrado príncipe, gran elector y lugarteniente del ejército, es decir el segundo después de Napoleón.

Pero éste le reservaba aún mayores beneficios. El 30 de marzo de 1806 se hizo cargo del reino de Nápoles. Gobernó en sentido reformador y suprim los restos del régimen feudal.

Este éxito aparente animó a Napoleón para confiar a José la corona de España en circunstancias reálrmeme graves. Después de la abdicación de Carlos IV y Fernando VII en Bayona, José fue proclamado rey de Es paña el 7 de julio de 1808. Su primer acto fué otorgar una constitución, preparada por su hermano, que jamas se acató.

El pueblo español, en efecto, nunca reconoció la legitimidad de José I. Este, que había entrado en Madrid el 25 de julio, tuvo que huir siete días después ante el avance del ejército español, victorioso en Bailen. Fue repuesto en la capital por Napoleón y la Grande Armée (8 de diciembre).

Durante dos años procuró reinar, sin lograrlo, pues ni el pueblo le quería, ni le obedecían los generales franceses, ni incluso le apoyaba lo bastante Napoleón.

Dada su falta de energía, fué un juguete de los acontecimientos. Después de la derrota de Arapiles, José abandonó por segunda vez Madrid el 11 de agosto de 1812. Aunque regresó a la capital a principios de noviembre siguiente, la abandonó de nuevo en la prim.avera de 1813.

Las derrotas de Vitoria (21 de julio de 1813) y San Marcial (31 de agosto), le arrojaron definitivamente de España.

En diciembre de 1813 renunció a la corona española. Nombrado jefe de la guardia nacional en enero de 1814, prestó pocos servicios a Napoleón en la campaña de Francia.

Refugiado en Suiza después de la entrada en París de los aliados, volvió a Francia durante los Cien Días, en cuyo período ejerció el cargo de presidente del consejo de regencia (1815). Al sobrevenir el desastre de Waterloo, se trasladó a América.

Vivió en Point Brezee, Nueva Jersey, Estados Unidos, como conde de Survilliers, gozando de una buena fortuna. Subdito de aquella República desde 1820, regresó a Europa en 1832 para intentar afianzar el partido bonapartista en Francia, cada día más pujante después de la revolución de julio.

Residió en Londres y en Italia. Establecido en Florencia en 1841, murió en esta ciudad el 28 de julio de 1844.

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Biografia de Lotario I “Luis el Piadoso”

Biografia de Lotario I – Luis El Piadoso

En Lotario I concurren tres factores distintos que permiten comprender los avatares de su vida: de un lado, la decadencia biológica de los Carolingios; de otro, el influjo germánico de ambición del poder y de concepción patrimonial del Estado; por último, la supervivencia de la idea imperial legada por su abuelo Carlomagno.

Lotario I
Lotario I, emperador de Occidente, fue el hijo mayor del emperador Ludovico Pío, también conocido en español como “Luis el Piadoso”.
Fecha de nacimiento: 795 d. C., Reino de los francos en la época merovingia
Fallecimiento: 29 de septiembre de 855 d. C., Prüm, Alemania
Cónyuge: Ermengarda de Tours (m. 821 d. C.–851 d. C.)
Reinado: 843 – 855

En realidad, Lotario I presenta, aumentados, los defectos que esterilizaron la obra política de su padre Ludovico Pío.

Hijo de este príncipe y de Irmengarda, son muy poco conocidos los primeros años de su vida, que probablemente transcurrieron en la corte de Carlomagno hasta 815, cuando fue nombrado duque de Baviera.

En 817, cuando Ludovico procedió a la primera partición de su Imperio, Lotario recibió la dignidad imperial en Aquisgrán, junto con el reconocimiento de cierta supremacía sobre sus hermanos Luis y Pepino.

Desde 823 ejerció el gobierno de Italia, y el 5 de abril de 823 fue coronado emperador en Roma por el papa Pascual I. En los seis años sucesivos gobernó Italia dictando sabias disposiciones.

Pero luego acaudilló el movimiento de rebeldía contra Judit de Baviera y la obra de segregación territorial emprendida por su padre a favor de su último hijo, el futuro Carlos el Calvo.

En abril de 830 impuso a su padre las durísimas condiciones de Comoiésne, que fueron una humillación grandísima para el poder imperial. Pero falto de las condiciones de energía y tacto requeridas, perdió aquella oportunidad y fue de nuevo relegado a Italia, donde esperó el momento del desquite.

En 832 acudió, al parecer, en auxilio1 de su padre; en realidad contribuyó a la segunda humillación del emperador en Sigolsheim y a su ignominioso proceso (junio de 833).

¿Había quedado restablecida la unidad imperial en la persona de Lotario? Muy pronto se comprobó que el Imperio de los francos estaba herido de muerte. Ni Pepino ni Luis quisieron acatar la voluntad de su hermano mayor y contribuyeron a reponer a su padre en el trono (1° de marzo de 834).

Lotario se retiró a Italia, en cuyo país recibió las insignias imperiales después de la muerte de su progenitor el 20 de junio de 840. Pero si en 833 había fracasado en su propósito de unificación imperial, no tuvo mayor éxito en 840.

Un año después sufría una grave derrota en Fontenoy (25 de junio) a manos de sus hermanos Luis el Germánico y Carlos el Calvo. De ellos tuvo que aceptar el tratado de Verdún (843), por el que, si se le reconocía el título honorífico de emperador, se limitaba su poder a Italia y a una faja territorial hasta el mar del Norte a la que dio su nombre: Lotaringia.

Abandonando el gobierno de Italia a su primogénito Luis, Lotario residió en la Lotaringia, donde vivió en lucha contra los normandos, los nobles y sus hermanos.

Cayó enfermo en 855, y murió en el monasterio de Prüm, donde se había retirado después de abdicar, el 29 de septiembre del mismo año.

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Biografia de Carlos V de Francia

Biografia de Carlos V de Francia

Después de Poitiers (19 de septiembre de 1356) Francia se hallaba sin rey, sin ejército, sin gobierno y sin recursos, entregada a la voluntad de la monarquía inglesa y sometida a las más violentas conmociones internas.

Este fue el momento más crítico con que se enfrentó la casa de los Valois. ¿Y quién tenía la responsabilidad de salvar la nave del Estado?. Un joven de unos veinte años, enfermizo y prematuramente envejecido; un joven que nunca había demostrado veleidades belicistas ni deseado triunfos y aparatosos éxitos, como sus predecesores, sino que amaba la vida sedentaria de los palacios, el rincón agradable de la biblioteca y la oración en la capilla.

Carlos V de Francia
Carlos V, llamado el Sabio, fue un monarca de la dinastía Valois, que gobernó como rey de Francia desde 1364 hasta su muerte. Era el hijo primogénito del rey Juan el Bueno y de Bona de Luxemburgo.
Fecha de nacimiento: 21 de enero de 1338, Vincennes, Francia
Fallecimiento: 16 de septiembre de 1380, Castillo de Beauté-sur-Marne
Reinado: 8 de abril de 1364 – 16 de septiembre de 1380
Carlos VI de Francia

Este joven, llamado Carlos, iba a ser el salvador de Francia, el restaurador de la nación empobrecida, el humillador de la monarquía inglesa.

Había nacido en el castillo de Vincennes, el 21 de enero de 1337, primogénito de Juan II y de Bona de Luxemburgo. Su primera juventud había transcurrido alejada de los asuntos de gobierno.

Sólo poco antes de Poitiers había recibido, con el título, la administración del ducado de Normandía. Pequeño aprendizaje para hacer frente a la carga que echaba sobre sus hombros la captura de su padre por los ingleses en Poitiers.

Para acudir a lo más perentorio, el delfín, como lugarteniente del reino, convocó los Estados Generales de los países de Lengua de Oil en París. En las reuniones celebradas por esta asamblea en 1356 y 1357 se puso de relieve el espíritu agresivo de los mercaderes de París, acaudillados por Esteban Marcel y auxiliados por los partidarios de Carlos de Navarra.

La oposición se transformó en sublevación. Marcel fue el verdadero señor de París: dio libertad a Carlos de Navarra y sus hombres asesinaron a destacados servidores del regente en la propia cámara de Carlos V.

A mediados de 1358 la situación parecía desesperada: en París imperaba el terror de los marcelistas; en el campo corrían las bandas de la jacquerie; en las fronteras se aprestaban las tropas de Inglaterra y de Navarra.

Pero la constancia de Carlos V logró superar esta dura prueba: Marcel fue eliminado; la jacquerie, sofocada; los ingleses y los navarros no pudieron lograr ningún éxito positivo.

Por otra parte, gracias a su habilidad diplomática, el regente obtenía de Eduardo III el tratado de Bretigny, ratificado por el de Calais (1360), desde luego ventajoso para Inglaterra, pero no humillante como el firmado por su padre erí Londres el año precedente.

Después de una segunda etapa de gobierno de Juan el Bueno, siempre tan fantástico — pensaba en la Cruzada y no en reparar las ruinas de Francia —, Carlos recibió la corona en Reims el 19 de mayo de 1364.

Desde aquel momento empleó todos sus esfuerzos en restaurar la potencialidad de Francia. Para ello se valió de dos condiciones innegables que poseía: su talento para descubrir servidores aptos y fieles y su habilidad y astucia diplomáticas.

Los hombres de su reinado fueron legistas y capitanes afortunados: un Bureau de la Riviére o un Bertrán du Guesclin, sinceramente afectos a la monarquía y trabajadores honestos e incansables.

Con su ayuda puso orden en la hacienda pública, en particular en el aspecto monetario, y mantuvo a raya al turbulento Carlos el Malo de Navarra y a sus propios hermanos, Felipe, Luis y Juan, que le dieron más de un disgusto.

A la pacificación del reino contribuyó la expulsión de las Compañías blancas, las cuales en 1368 hallaron nuevo campo de actuación en la guerra civil castellana entre Pedro I y Enrique de Trastamara.

Llegaba el momento de tomarse el desquite de Inglaterra. Carlos V dispuso lo oportuno para llegar a la ruptura citando al príncipe de Gales ante el parlamento de París. En mayo de 1369 se iniciaron las hostilidades.

Pese a sus incursiones en 1369, 1370 y 1373, los ingleses no lograron ningún éxito positivo. Por eí contrario, respaldado con el auxilio de Flandes y de Castilla, Carlos V se apoderaba de Ponthieu, Roerga, el Lemosino, Poitou, Santonja, etc.

En julio de 1380 los ingleses quedaban reducidos a Calais, el Bordelesado y unos pocos territorios más. Dos años antes, en 1378, habían caído en poder de Francia, por sorpresa, los dominios normandos de Carlos el Malo, acusado de traición a la causa de su monarca.

El gran rey, llamado el Prudente por la Historia, murió prematuramente, en el castillo de Beauté, en el Marne, cerca del bosque de Vincennes, a la edad de 43 años, el 16 de septiembre de 1380, cuando muchos proyectos ambiciosos anidaban en su corazón.

Había establecido en Francia un rudimento de administración coherente, había dado rudos golpes a la nobleza y había favorecido la prosperidad del país. Distinguióse como erudito en astrología, medicina, leyes y filosofía.

Su palacio fue frecuentado por distinguidos escritores, como Felipe de Meziéres y Nicolás Oresme, algunas de cuyas ideas llevó él a la práctica. Sólo le cabe achacar en culpa en el aspecto religioso de su vida —- por lo demás modélica—, la protección dispensada al antipapa Clemente VII con lo que fomentó el Cisma de Occidente , nocivo para los intereses políticos de Francia.

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Biografia Juan II de Francia

Biografia Juan II de Francia

JUAN II DE FRANCIA (1319-1361)
La muerte de Felipe VI el 22 de agosto de 1350 dio la corona de Francia a su primogénito, el príncipe Juan, habido en 1319 de Juana de Borgoña. La estira; de los Valois, que proporcionó soberanos en general» débiles y enfermizos, aunque alguno de ellos revelara aptitudes intelectuales y políticas extraordinarias, enriqueció con un tipo extravagante.

Juan II, llamado el Bueno, no reunía ninguna dote para gobernar. Era frivolo, pródigo, versátil y muy poco inteligente. En lo único que se distinguió fue en la violencia de sus actos y en el mantenimiento de su palabra de caballero medieval.

Juan II de Francia
Juan II de Francia, llamado el Bueno, fue el segundo rey de Francia de la Casa de Valois. Era hijo de Felipe VI de Francia y Juana de Borgoña.
Fecha de nacimiento: 26 de abril de 1319, Le Mans, Francia
Fallecimiento: 8 de abril de 1364, Palacio Savoy, Londres, Reino Unido
Hijos: Carlos V de Francia, Felipe II de Borgoña, Juan I de Berry,
Cónyuge: Juana I de Auvernia (m. 1350), Bona de Luxemburgo (m. 1332)

Condiciones muy poco propicias para hacer frente a sus adversarios, el famoso Eduardo III de Inglaterra y el no menos famoso, aunque por distimc motivo, Carlos el Malo de Navarra.

Al ceñir la corona de San Luis, Juan II tuvo que enfrentarse con la amenaza inglesa, que había culminada últimamente en la victoria de Crecy y la toma de Calais (1346 y 1347).

En 1348 se había firmado una tregua entre los dos reinos, que fue prorrogada hasta 1355, tanto a instancias del Papado como a causa de los devastadores efectos de la Peste Negra. Pero bajo estas apariencias de paz, se mantenía vivo el fuego de las hostilidades.

Contribuyó a hacerlas más encarnizadas la traición de Carlos el Malo de Navarra, yerno de Juan II. quien abominaba la raza de los Valois y aspiraba a la corona de Francia.

Carlos entró en tratos con los ingleses desde 1354 e incitó al delfín Carlos V a apoderarse de la corona. En un acto de intrepidez, Juan II detuvo al rey de Navarra en Ruán el 5 de abril de 1356 y le mandó cargado de cadenas a Cháteau-Gaillard.

Por aquel entonces los ingleses habían pasado de nuevo al ataque bajo la dirección del Príncipe Negro. Sus huestes arrasaron los territorios próximos al Loira. Cuando regresaban a Guyena, les salió al paso el ejército francés al mando del propio Juan II.

La acción se libró cerca de Poitiers (19 de septiembre de 1356) y acabó con una rotunda victoria del Príncipe Negro. Juan II, que combatió hasta el fin como un bravo caballero, cayó en poder de los ingleses. El Príncipe Negro le proclamó el guerrero más valeroso de su reino, pero se lo llevó como prisionero a Londres.

Permaneció en Inglaterra durante cuatro años. El 24 de mayo de 1359 firmó los preliminares de Londres. por los que renunciaba a grandes posesiones del territorio francés en favor de Eduardo III: Normandía. Bretaña, Anjou, Maine, Turena, etc.

Afortunadamente, su hijo Carlos V, que ejercía la regencia, supo maniobrar con tal acierto que arrancó del rey inglés el tratado de Bretigny (8 de mayo de 1360), ratificado luego por Juan II en Calais (9 de octubre), mucho más favorable, aunque sin dejar de ser adverso.

Juan II fue puesto en libertad a cambio de un rescate de 3.000 escudos de oro, pagaderos en seis años. Dejó en Londres como rehén a su hijo Luis de Anjou.

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Biografia de Thomas Cranmer El Cisma Ingles

Biografía de Thomas Cranmer El Cisma Religioso Inglés

TOMAS CRANMER (1489-1556)
El capricho de Enrique VIII desencadenó el Cisma inglés; la política de Thomas Cromwell lo impuso sobre la inmensa mayoría de los católicos de Inglaterra; pero fue Thomas Cranmer quien, como director del movimiento religioso, encauzó el Cisma hasta un contenido protestante.

Por esta causa, su responsabilidad histórica es aun mayor que la de Cromwell y equiparable a la de Enrique VIII.

Thomas Cranmer
Thomas Cranmer

Nació en Aslacton (Nottinghashire) el 2 de julio de 1489. Su padre, Thomas Cranmer, le educó en los ejercicios deportivos y confió su instrucción a uno de los maestros más severos del lugar.

Al morir, su esposa, Ana Hatfield, llevó al muchacho a Cambridge para completar su educación (1501). Allí se desarrolló la capacidad intelectual del joven Cranmer, quien incluso fue profesor de uno de los colegios universitarios.

Después de un matrimonio frustrado, tomó órdenes sagradas en 1523 y se doctoró en derecho canónico.

La carrera del obscuro profesor del Colegio de Jesus de Cambridge se alteró, por pura casualidad, en 1519. En este año una epidemia le obligó a refugiarse en Waltham.

Aquí entrevistóse con los secretarios del rey, Gardiner y Fox, quienes le preguntaron su opinión sobre el divorcio que pretendía Enrique VIII. Cranmer expuso su criterio de que no era preciso recurrir a Roma para obtenerlo. Esta respuesta hizo su fortuna.

Enrique VIII aceptó su opinión y le dio varios beneficios. Cranmer defendió su doctrina ante las universidades de Oxford y Cambridge, en la misma Roma (1530) y luego en la corte imperial de Carlos V en Alemania.

En este país se contaminó del ambiente luterano, en particular por su amistad con Osiandro, el reformador de Nuremberg, con una de cuyas sobrinas contrajo matrimonio en 1532.

A pesar de este sacrilegio aceptó el arzobispado de Canterbury y las bulas de confirmación papal (30 de marzo de 1533).

Su elevación al primado de Inglaterra se debió a la ansiedad de Enrique VIII, quien confiaba en Cranmer para divorciarse de Catalina de Aragón. El nuevo arzobispo correspondió muy pronto a los deseos del soberano, pues el 23 de mayo declaraba nulo su enlace con aquella bondadosa señora.

A esta bochornosa sumisión siguieron muchas otras, como las anulaciones de los matrimonios de Enrique VIII con Ana Bolena y Ana de Cléveris. Esto indica que Cranmer era hombre de moral muy baja y de temperamento maleable y miedoso.

Desde 1533, y durante los reinados de Enrique VIII y Eduardo VI, Cranmer trabajó con intensidad para dar un contenido dogmático al Cisma inglés, al objeto de hacer imposible una nueva aproximación a Roma.

Su labor partió de ideas poco firmes, y esto explica que fueran radicalizándose con el transcurso del tiempo, pasando de las formas luteranas moderadas a las extremistas e incluso a las de Calvino.

El nombre de Cranmer se vincula a la difusión de la Biblia en lengua inglesa, al Bishop’s book (1537) y al King’s book (1547); al Book of Common Prayer de 1549 y a los 42 Artículos de fe de 1552.

La muerte de Eduardo VI y la entronización de la reina María (1553) significaron el fin de la carrera de Cranmer.

Este participó en la falsificación de la voluntad de Enrique VIII, que hacía aparecer como heredera a Juana Grey. Encarcelado en la Torre de Londres a partir del 14 de septiembre de 1553, fue excomulgado por el papa a causa de su contumacia en el error en noviembre de 1555.

Fue ejectuado en Oxford, después de dos retractaciones, el 21 de marzo de 1556.

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Extensión del Imperio Británico en el Siglo XIX Mapa Territorial

LA EVOLUCIÓN DEL IMPERIO BRITÁNICO – CECIL RHODES –

Durante todo el siglo XIX —y, ciertamente, durante buena parte del XX—, Gran Bretaña fue la potencia imperial por excelencia. Llamamos Imperio Británico, conjunto de territorios vinculados por su lealtad a la monarquía británica, compuesto principalmente por aquellas áreas que quedaron sometidas a la jurisdicción oficial de Inglaterra (Gran Bretaña a partir de 1707) desde finales del siglo XVI hasta el siglo XX, aunque el tipo de dominio ejercido por la metrópoli varió considerablemente a lo largo del tiempo.

A partir de finales del siglo XVII, Gran Bretaña hizo grandes progresos. En las postrimerías del reinado de Victoria, los ingleses se jactaban de que era soberana de un imperio «en el que nunca se pone el sol», expresión materialmente veraz porque el imperio británico estaba tan extendido por el planeta que, a lo largo de las veinticuatro horas, siempre había un sitio donde era de día.

Las bases de este Imperio se sentaron durante su reinado, gracias al desarrollo de la Marina inglesa, donde debemos destacar a Francis Drake quien dió la vuelta al mundo entre 1577 y 1580, el inicio de una ofensiva comercial en ultramar (la Compañía de las Indias Orientales se fundó en 1600) y la rivalidad con la Monarquía Hispánica.

La supremacía imperial británica durante el siglo XIX se debió, parcialmente, a la decadencia de antiguos rivales. Es cierto que el imperio británico había sufrido un grave contratiempo cuando en 1783 se separaron las colonias americanas. Sin embargo, más adelante estallaron la revolución y las guerras napoleónicas, al final de las cuales Francia perdió buena parte de las conquistas de sus luchas coloniales del siglo XVIII con los ingleses y los holandeses tuvieron que entregarles el cabo de Buena Esperanza y Ceilán (actualmente Sri Lanka).

Pocos años más tarde se independizaron casi todas las posesiones que las naciones europeas aún tenían en el continente americano, lo que supuso una reducción drástica de los viejos imperios español y portugués, los primeros creados en la gran era de la expansión europea de ultramar.

Durante el curso de sus guerras contra la Revolución Francesa y contra Napoleón, Inglaterra había podido juzgar el valor de su imperio. Este se había visto aumentado por las conquistas realizadas a costa de Francia y de sus aliados holandeses y españoles: Guayana, Trinidad, Tobago, Santa Lucía, El Cabo, la isla de Francia, Ceilán.

En unión de Gibraltar, las islas Jónicas y la de Malta le aseguraban el dominio del Mediterráneo. Además de valor estratégico que tenían, las colonias reforzaban el poderío comercial inglés. Por el «Pacto Colonial», estaban obligadas a proveer las materias primas que utilizaban las industrias de la metrópoli, o las distribuidas, con grandes beneficios, por el mundo, y a comprar después los productos manufacturados ingleses.

El más rico de los dominios era la India. Establecidos sólidamente en los países del Ganges y del Dekán meridional, en 1815 los ingleses no dominaban aún todo el sub-continente.

La lucha contra los jefes mahratas (1817), la conquista de las regiones del Indo, y la lucha contra los rudos sikhs del Punjab, llenaron la primera mitad del siglo (1849). Ahora faltaba proteger este inmenso imperio y las rutas que conducían a él: Santa Helena, El Cabo, la isla Mauricio, Aden (1839), Ceilán y Singapur (1819) se convirtieron en bases inexpugnables.

El ejército inglés emprendió, igualmente, la tarea de construir un verdadero glacis de protección: después del fracaso de la conquista de Afghanistán (1842), los ingleses se contentaron con fortificar los pasos montañosos del noroeste.

Por el contrario, Birmania, al Nordeste, fue ocupada, en parte, después de dos campañas (1826 y 1825), junto con el puerto de Rangún. Al norte, el Himalaya formaba un obstáculo capaz de descorazonar a cualquier ejército.

La India servía también como base para la dominación del Extremo Oriente. Ya publicamos en este sitio la «guerra del opio» (1840-1842) habría de obligar a China a abrir cinco puertos al comercio británico (entre ellos los de Cantón y Shanghai), y a ceder el islote de Hong-Kong, ciudadela-depósito y notable puesto de observación.

imperialismo británico

En todos estos territorios tropicales, ya superpoblados y de clima penoso, no se trataba apenas de instalar colonos. Por el contrario, el sur de África, Australia, Nueva Zelanda y el Canadá, sí podían atraer a los emigrantes. Partiendo de El Cabo, los ingleses presionaron a los ocupantes holandeses del interior, los boers. Estos, aislados y faltos de ayuda, no pudieron oponerse a la abolición de la esclavitud por Inglaterra, en 1833; esta medida amenazaba con privarles de la mano de obra negra.

En 1833, un éxodo, el gran Trek, condujo a los boers a una y otra parte del Vaal, afluente del río Orange, y a Natal. Cuando, en 1844, Natal fue anexionado, los boers emigraron de nuevo, e Inglaterra reconoció entonces la independencia de las repúblicas de Orange y del Transvaal: todavía no se habían descubierto las minas de diamantes.

Entre 1850 y 1930, las ambiciones imperiales transformaron el mundo. Liberados de las limitaciones de las fuerzas naturales de la Tierra, ahora los barcos de vapor podían viajar por todas partes independientemente de los vientos; los ferrocarriles podían transportar mercancías a gran velocidad sin necesidad de energía humana o animal, y los industriales podían manufacturar números infinitos de baratos productos acabados mediante materiales naturales y artificiales, trabajo no cualificado y máquinas automáticas.

En Australia, país casi vacío de habitantes, y en Nueva Zelanda, después de exterminar a los maoríes, se establecen los blancos; ricas tierras se ofrecen a los colonos. Y Australia se lanza a la cría de corderos, cuya lana es vendida muy bien en Inglaterra. Partiendo de Nueva Gales del Sur, al sudeste de la gran isla, la población crece incesantemente hacia el oeste.

En Canadá, los habitantes de origen francés no habían aceptado de buena voluntad la dominación inglesa. Pero fueron desbordados, poco a poco, por la masa de inmigrantes. Y es en Canadá donde Inglaterra, ilustrada, sin duda, por el precedente americano, intenta por primera vez la implantación de una política liberal en sus colonias, en 1847, a Canadá le es concedida una gran autonomía, con un Parlamento propio y un ministerio responsable. Era el esbozo de la Commonwealth.

Los ingleses conocían perfectamente que la comunidad del idioma y de la civilización era algo tan fuerte como los lazos políticos. Pero este liberalismo político debía reservar se cuidadosamente para los territorios de población europea. En cambio, segura de su superioridad industrial, Inglaterra va abandonando, poco a poco, el viejo sistema del pacto colonial. A partir de 1825, a Canadá le es permitido comerciar con el extranjero, y, en 1849, la supresión de las Actas de Navegación extiende el librecambio a todas las colonias.

A mediados de siglo, Inglaterra, la pequeña isla llena de bruma, que no tenía treinta millones de habitantes, regía mundialmente el destino de doscientos cuarenta millones de hombres.

Los ferrocarriles volvieron logística y económicamente viable la extracción minera de materias primas, como el cobre, los diamantes y el oro, en el interior del continente. Las potencias europeas consideraron que la riqueza natural de África podía proporcionar un triplete de oportunidades: riquezas primordiales para pagar sus nuevas máquinas (diamantes y oro); materias primas para alimentarlas (algodón y caucho), y mercados para sus productos acabados (ropa, té, café, chocolate y armamento). El misionero y explorador escocés David Li-vingstone descubrió grandes zonas del misterioso interior de África entre 1852 y 1856: fue el primer europeo en ver las cataratas Victoria, que lealmente bautizó en honor a su reina.

mapa imperio britanico siglo xix

CECIL RHODES fue un colonizador, un magnate de las minas y un político británico en el sur de África cuya ambición no tenía límites. Fue capaz de ver que los ferrocarriles, los barcos de vapor y la fabricación en serie habían iniciado una nueva era de la supremacía humana sobre la naturaleza. Su sueño era construir una vía ferroviaria desde Ciudad del Cabo, en la punta meridional de África, hasta Alejandría, en la costa mediterránea.

Pero, a diferencia de Alejandro Magno, Rhodes no sólo quería conquistar el mundo, sus pueblos y sus riquezas. En un anticipo profético de la carrera espacial que iba a comenzar medio siglo después de su muerte, sus metas estaban mucho más lejos, incluso fuera de la propia Tierra. Tal como él mismo escribió en su testamento:

El mundo ya se ha repartido casi por completo y lo que aún queda está siendo dividido, conquistado y colonizado ahora mismo. Pensar en esas estrellas que vemos en el cielo por la noche, esos vastos mundos que nunca podemos alcanzar. Si pudiera me adueñaría de los planetas; pienso a menudo en ello. Me entristece verlos tan claramente y, sin embargo, tan lejanos.

Fuente Consultadas:
Todo Sobre Nuestro Mundo Christopher LLoyd
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo X La Revolución Industrial
Historia Universal Ilustrada Tomo II John M. Roberts
Historia del Mundo Para Dummies Peter Haugen
La Revolución Industrial M.J. Mijailov

Gobierno de Mehmet Ali en Egipto Conquistas y Reformas Políticas

REFORMAS Y TRATADOS EN EL GOBIERNO DE MEHMET ALI EN EGIPTO

Mehmet Alí,  nacido en Cavalla (Macedonia) en 1769  y fallecido en Alejandría, Egipto en 1849, fue un pachá otomano de Egipto entre 1805  y1849 , quien transformó el país y fundó una dinastía que gobernó hasta mediados del siglo XX. El cargó de pachá, también llamado bajá, es el nombre utilizado para quien obtenía algún mando superior, como el de la mar, o el de alguna provincia en calidad de virrey o gobernador.

Enfrentó en varias batallas a Francia, cuando las tropas eran comandadas por Napoleón Bonaparte, lo que le permitió hacer una carrera militar ascendente. Derrotó a un ejército británico invasor en 1807; cuatro años después aseguró su supremacía en Egipto masacrando a los mamelucos, grupo militar que conspiró para arrebatarle el poder. Modernizó la administración gubernamental y militar de Egipto y en 1811 inició una contienda contra los wahhabíes de Arabia; en 1818 su hijo, Ibrahim Bajá ganó la guerra. Desde 1820 a 1822, Mehmet Alí se ocupó de la conquista de Sudán, y poco después, en 1823, fundó la ciudad de Jartum. En 1824 el sultán otomano, Mahmud II, solicitó su ayuda en la guerra contra los rebeldes griegos. Sus éxitos en las campañas siguientes movieron al sultán a recompensarle con la isla de Creta.

pachá mehmet ali

LA HISTORIA Y SUS CONQUISTA: Mehmet comerciaba con tabaco, hasta que un reclutamieno lo envió a Egipto a combatir contra los ejércitos  de Bonaparte.  Habiendo  ascendido por su valentía a una graduación elevada, maniobró acertadamente, y, después de la partida de los franceses, se hizo proclamar por el mismo pueblo pachá de El Cairo. Iba a confiscar, poco a poco, todos los instrumentos  del poder:   tierras,  comercio, fuerza militar, mientras los egipcios se callaban, fascinados por el jefe que habían encontrado.

Mehmet Alí sometió a la secta considerada como herética de los wahabitas, que dominaba el Hedjaz, y, a continuación de una larga y difícil campaña, se apoderó de las ciudades santas: La Meca y Medina. Antes de emprender esta misión, se había visto obligado a deshacerse de los mamelucos: les había invitado a una fiesta, y les había hecho asesinar por sus soldados albaneses.   Ibrahim,  hijo  del  «condottiero»,   a continuación  de una nueva campaña,  fue nombrado pacha  de Píedjaz, mientras  que las tropas egipcias sometían el Sudán (1822), Mehmet era ya el amo indudable del país, e instaló su capital en Alejandría, cara al mar, a Turquía, a Europa.

Ciertamente, el pachá mereció sus éxitos por su inteligencia y sus altas cualidades políticas, que utilizó para modertnizar su país, entrando en la vía de las reformas, antes que los sultanes de Constantinopla. Deseoso de llevar a cabo una revolución agrícola, introdujo nuevos cultivos e hizo construir refinerías de azúcar, hilaturas de algodón, manufacturas de telas de lino y, para favorecer las exportaciones, acondicionó los puertos. Se atrajo a los extranjeros, sobre todo a los griegos, que llegaban por miles, y a los  franceses (fue el coronel de Séves quien organizó su ejército a la europea), y envió a jóvenes egipcios a estudiar a París y Londres.

De esta forma, las finanzas mejoraron, pudiendo emplearse en reforzar la marina y el ejército, los cuales mostraron su valor en Grecia. Pero el pacha, único amo del comercio exterior, único propietario de la tierra, imponía a los fellahs una disciplina de hierro, tasando las mercancías, castigando cada falta de una manera implacable. En el decadente imperio otomano, Egipto aparecía como una fuerza nueva.

LA PRIMERA GUERRA DE SIRIA Y EL TRATADO DE UNKIAR SKELESSI
El primer objetivo de Mehmet Alí era el de obtener el poder hereditario, ya que, en 1830, tenía 61 años, y quería dejar a su hijo el país que él había reorganizado. Por eso quería forzar el reconocimiento de la independencia, que de hecho ya poseía. Cuando el sultán Mahmud había llamado a los ejércitos egipcios para combatir contra los rebeldes griegos, había prometido a Ibrahim el gobierno de Morea; después que la intervención de las potencias provocó la evacuación de esta península, Ibrahim reclamó una recompensa. Mehmet eligió Siria.

Mahmud rehusó y propuso Creta, que Mehmet rehusó a su vez. En 1832, a continuación de un incidente sin importancia, Ibrahim invadió Siria, Jaffa, Haifa y San Juan de Acre cayeron, una después de otra, y, en algunos meses, toda Siria estaba en manos de los egipcios que atravesaron el Tauro. El gran visir Reshid fue derrotado en Konieh, en un combate decisivo. El sultán, temiendo por su trono, llamó en su ayuda a Rusia, y, el 20 de febrero de 1833, la flota del zar penetraba en el Bósforo.

La reacción fue inmediata: inquietas, Francia, Inglaterra y Austria hicieron presión sobre Mahmud, y éste consintió en ceder la rebelde Siria y, además, la Cilicia. (Tratado Kutaieh, mayo de 1833). Sin embargo, el zar firmaba con el sultán, en julio del mismo año, el tratado de Unkiar Skelessi. A cambio de retirar su flota, Nicolás garantizaba la integridad del territorio otomano, comprometiéndose, en caso de necesidad, a suministrarle tropas. Obtuvo también la clausura de los Dardanelos a todo navío de guerra extranjero. Este tratado, en un principio secreto, no dejó de inquietar a las otras potencias: Rusia era, provisionalmente, dueña de los estrechos y había adquirido una gran influencia en la marcha de la política otomana. Los intereses ingleses estaban especialmente amenazados.

El ministro británico Palmerston ofreció a la Sublime Puerta (nombre por el que también era conocido el Imperio otomano) la asistencia de su país para reorganizar sus fuerzas armadas, y obtuvo como contrapartida la firma de un tratado comercial (Tratado de Balta Liman en 1838), que limitaba los derechos de aduana turcos al 3%, permitiendo así a Gran Bretaña desarrollar sus compras de materias primas. Si bien la flota otomana estaba mandada por instructores ingleses, Mahmud confió su ejército de tierra a oficiales prusianos. Al mismo tiempo, para impedir que Mehmet Alí avanzase hacia el Oriente, los ingleses ocuparon Aden.

LA SEGUNDA  GUERRA DE SIRIA
Sin embargo, el sultán no había aceptado de buen grado el tratado de Kutaieh y no cesaba de fomentar en Siria una agitación esporádica dirigida contra Mehmet y su hijo. Alentado por Inglaterra, envió, en 1839, un poderoso ejército a Siria. Una gran batalla tuvo lugar el 24 de junio, en Nezib, entre las tropas otomanas y las egipcias, y la victoria de Ibrahim fue aplastante. Entre los oficiales turcos se encontraban numerosos prusianos, y entre ellos un joven teniente, Von Moltke, futuro jefe de estado mayor de los ejércitos de Guillermo I. Poco después, uan traición del capitán-pachá entregaba la flota turca a los egipcios.

El sultán moría (1839), sin llegar a conocer tan funestas noticias. Una vez más, Turquía parecía a punto de caer en poder de Mehmet Alí, tanto más cuanto que el nuevo sultán, Abdul Medjid, no tenía más que 17 años. Se lanzó a la vía de las reformas del Tanzimat (la vuelta a orden). Desde noviembre de 1839, estaba promulgado el Hatti-cherif de Gulhané, nuevo código de leyes, que se basaba en tres puntos:

1, garantías que asegurasen a todas las personas una perfecta seguridad en cuanto a su vida, honor y fortuna;

2, regulación de los impuestos;

3, regulación del reclutamiento de los soldados. Estas leyes se aplicaron a todos los subditos el sultán, y demostraban buena voluntad y un real deseo de progreso, pero chocaron con la apatía de los viejos turcos, por lo que tardaron largo tiempo en realizarse.

Inglaterra iba a salvar a Turquía. Ella quería obligar al pacha a renunciar a Siria, a pesar de su victoria. El zar se declaró dispuesto a arreglar las cuestiones orientales, «de acuerdo con las otras potencias». La única resistencia a la política inglesa se manifestó en Francia: el gobierno de Luis Felipe brindó su apoyo a Egipto. Palmerston había unido alrededor de la Gran Bretaña, a Rusia, Austria y Prusia.

El tratado de Londres, en julio de 1840, concluyó su acuerdo. Un ultimátum de 10 días le fue enviado a Mehmet Alí. Este podría conservar Egipto a título hereditario y Palestina a título temporal, pero debía abandonar los otros territorios y devolver la flota al sultán. El pacha rehusó claramente. En Francia, la opinión pública estaba muy excitada y obligaba a Thiers a actuar con firmeza. «Francia debe recordar que, incluso sola, ha tenido en jaque a Europa», escribió la Revue des deux mondes.

Pero, en realidad, ni los dirigentes de Londres ni los de París deseaban que el conflicto se extendiese. En septiembre de 1840, Inglaterra enviaba, sin embargo, su flota y un pequeño cuerpo expedicionario a Siria, y sus barcos pasaban incluso ante Alejandría. En Francia, Thiers, irreductible, presentaba su dimisión. Así terminó el conflicto entre el pacha rebelde y el sultán. Mehmet, si bien no obtenía todo lo que  había  reclamado,   hacía   reconocer,   almenos, a su dinastía como dueña hereditaria de la rica tierra del Nilo.

En marzo de 1841, la conferencia de Londres establecía la autonomía egipcia, mediante algunas restricciones: tributo anual a la Puerta, ejército limitado, leyes de tipo otomano. El pachá llevaría el título de Khedive (virrey) y su sujeción sería simplemente teórica. Además de decidir la suerte de Egipto, el tratado de Londres había estatuido el régimen de los estrechos de los Dardanelos y del Bósforo, que quedan cerrados a todos los barcos de guerra.

La convención de los estrechos representaba el éxito de Inglaterra: Palmerston, no sólo había impedido un desarrollo demasiado grande del imperio egipcio, sino que también había detenido el avance de la influencia francesa en el Mediterráneo oriental, y privado a Rusia de aprovecharse de las ventajas del tratado de Unkiar Skelessi.

Mehmet Alí murió en Alejandría (Egipto) el 2 de agosto de 1849.

Fuente Consultadas:
Todo Sobre Nuestro Mundo Christopher LLoyd
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo X La Revolución Industrial
Historia Universal Ilustrada Tomo II John M. Roberts
Historia del Mundo Para Dummies Peter Haugen
La Revolución Industrial M.J. Mijailov

Ejércitos y Armas del Rey Sol de Francia Absolutista Luis XIV

EL DINERO Y LA GUERRA
Para el Estado absolutista, es importante tener un ejército y una marina potentes, por lo que necesita un tesoro bien repleto. El metal precioso (oro o plata) es el único medio de intercambio, la «sangre» de la economía. Su cantidad es relativamente reducida, y los países intentan atraerlo al interior de sus fronteras por medio de un comercio exterior favorable.

De ahí toda una política proteccionista para reducir las importaciones y estimular las exportaciones, realizada frecuentemente a costa del salario de los obreros. De aquí se deriva el Pacto Colonial. Las colonias tienen que proporcionar las materias primas a un precio reducido y absorber exclusivamente los productos fabricados en la metrópoli. El mercantilismo es un estatismo económico, sobre todo en su forma francesa. La política belicosa de Luis XIV impuso una verdadera economía de guerra, con intervención directa del Estado.

luis xiv rey sol en francia

En Inglaterra, esta intervención resultó más discreta a causa de la mayor potencia y la mayor autonomía de los grandes comerciantes o fabricantes. Pero los privilegios otorgados a las Compañías, las Actas de Navegación de 1660 y 1663, los Tratados de Comercio, la exclusiva colonial, son otros tantos elementos de una política mercantilista, que también se manifiesta en España. Junto a la corte, el ejército absorbe la parte más importante de los presupuestos.

Durante la primera mitad del siglo, los ejércitos de la Guerra de los Treinta Años (a excepción del de Gustavo Adolfo, de reclutamiento nacional, unido por la ley religiosa) no se diferencian mucho todavía de las tropas privadas del siglo XVI, dirigidas por los condotieros, dispuestos a venderse al mejor postor, a desmandarse o a pasarse al campo enemigo si la soldada tarda demasiado.

Posteriormente, los soberanos tratan de tener un ejército disciplinado y fiel, intervenido directamente por sus servicios. Pero la noción del servicio militar obligatorio no existe; el reclutamiento sigue basándose en el alistamiento voluntario y serán los soldados de oficio los que continuarán dominando. Los mercenarios extranjeros disminuyen, aunque en Francia los suizos, los irlandeses y los alemanes continúan formando regimientos.

Durante el invierno, los reclutadores recorren los campos y las ciudades, frecuentan las tabernas, invitan a beber, exaltan los encantos de la vida militar: buena paga, vino abundante, los amos en el baile, hermosos uniformes. Se colocan carteles de este género: Regimiento de Mosqueteros del Duque de Borgoña.

Se hace saber a todos los gentileshombres o a otros jóvenes de buena familia que vivan noblemente, burgueses con conocimientos que puedan demostrarlos, desde la edad de diez y ocho años hasta los treinta, que midan más de cinco pies de altura y que quieran servir al Rey, que no tienen más que dirigirse al palacio de Carignan, calle de las Vieilles-Estuves, próxima a la Croix du Tiroir; allí encontrarán al comandante, el cual les dará toda clase de satisfacciones. Es un nuevo regimiento de mosqueteros de la guardia del duque de Borgoña: durante la campaña, tendrán doble paga y veinte sueldos al día, hasta su partida, y se les proporcionarán sus equipos.

Necesita también un maestro de matemáticas, un maestro escribano, un maestro de armas y un ayudante, un maestro de baile, dos maestros cirujanos, dos barberos y tres músicos». Atraídos por tal proclama, los jóvenes se dan cuenta, después de haber firmado su contrato, que formarán parte de un simple regimiento de infantería, en lugar del de gloriorosos mosqueteros.

El capitán responde a los descontentos que, efectivamente, tendrán mosquetes, ¡por lo tanto serán «mosqueteros» como se les ha prometido! Al final del reinado de Luis XIV, el ejército cuenta con más de 400.000 hombres, cifra enorme para su tiempo. Felipe V de España pudo reclutar 132 batallones de infantería y 130 escuadrones de caballería. El Elector de Prusia, Federico Guillermo, mantienen un ejército permanente de 30.000 hombres.

Pedro el Grande gasta sin cuenta para sostener su ejército de soldados de oficio. La mayoi parte de los oficiales se recluían entre le nobleza. Los jóvenes de la nobleza francesa hacían su aprendizaje en las compañías de cadetes o en los regimientos de la Casa Real. Los «Maestres de Campo» y los coroneles continúan comprando sus cargos, pero el resto de los oficiales son por nombramiento.

Los oficiales sin fortuna o los plebeyos pueden escalar los puestos jerárquicos gracias al cuadro de ascensos instituido por Louvois. Muchos oficiales, a pesar de los inspectores generales, prefiriendo divertirse en París a ocuparse de sus hombres, declaran fraudulentamente un efectivo superior al que mandan con el fin de disponer de sueldos y de víveres suplementarios.

Cuando se celebraban las «pruebas», las revistas de inspección, contrataban «falsos soldados», simples comparsas que desaparecían en cuanto la inspección se terminaba. Madame de Sévigné transcribe un diálogo entre el severo Louvois, Secretario de Estado para la Guerra de 1661 a 1691, enemigo de Colbert, pero inteligente y gran trabajador, y un joven oficial negligente, el señor de Nogaret. El estilo es muy a lo «gran siglo».

—Señor, su compañía se encuentra en muy mal estado.
—Señor, no lo sabía. —Hay que saberlo. ¿La ha visto usted? —No.
—Debería haberla visto, señor. —Señor, daré la orden. —Debería haberla dado.  Es preciso  tomar una decisión, señor: o se es cortesano o se cumple con su deber cuando se es oficial».

La disciplina es enérgica y los castigos corporales siguen estando en uso en todos los ejércitos: latigazos, potro (a caballo en un banco de madera con pesas en los pies), multas, etc. Los cuarteles no aparecen hasta finales de siglo y las tropas se alojan en las casas de los vecinos.

Heridos y mutilados dependen de la caridad de la iglesia. Sin embargo, para ellos hizo construir Luis XIV, a partir del año 1670, el admirable palacio de los Inválidos. La eficacia del fuego crece a partir del año 1660 con el empleo del fusil con piedra, en el que la pólvora se encendía por medio del choque del pedernal con una varilla de acero, y no por medio de una mecha como los mosquetes. Francia no lo adoptó.

El arma era mucho más manejable y el tiro más rápido (un disparo por minuto). Las bayonetas, sujetas por medio de una abrazadera al extremo del fusil, reemplazaban a las picas. También se extendió el empleo de las granadas demano. Gracias a estas armas, la infantería se convirtió en la «reina de las batallas», dispuesta en líneas paralelas (cinco hombres en fondo), alternando en las descargas.

La caballería pesada de los coraceros y la caballería ligera de los húsares, se completaron con los dragones, infantería montada que se desplazaba a caballo y combatía a pie, con el fusil y la bayoneta. En Francia, Louvois mejoró la artillería, que antes era trasladada al campo de batalla por empresas privadas. En adelante, los cañones de bronce eran manejados por artilleros. Su alcance sobrepasa los 500 metros.

Los progresos de la artillería condujeron a Vauban, discípulo del holandés Coéhorn, a enterrar las fortificaciones y a protegerlas con macizos cubiertos de musgo.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo VII La Gran Aventura del Hombre

Persecuciones Religiosas con Luis XIV de Francia Consecuencias

RESUMEN LA REVOCACIÓN DEL EDICTO DE NANTES EN FRANCIA

LAS PERSECUCIONES DE LOS PROTESTANTES
Mucho más dramáticas fueron las persecuciones dirigidas contra los protestantes. La unidad religiosa era el corolario del absolutismo: «Una fe, una ley, un rey». Por otra parte, el éxito de la Contrarreforma, el renacimiento católico, iban a la par de un cierto debilitamiento del protestantismo.

Entre los reformados había un grupo, del que formaban parte algunos de sus pastores, en el que se esbozaba una corriente favorable a la reunión con el catolicismo, al precio de concesiones recíprocas. La proliferación de iglesias y de sociedades protestantes, la dureza de los calvinistas, habían descorazonado a los fieles.

Luis XIV de Francia

A partir del reinado de Luis XIII, los nobles protestantes se habían ido convirtiendo. En 1668, el retorno al catolicismo de un gran guerrero, Turena, fue resonante. La burguesía protestante, muy activa en los negocios, enriquecida, era menos religiosa y sus miembros practicaban la idolatría regia con tanto fervor como la mayoría de los subditos. Luis XIV pudo, pues, pensar que le sería relativamente fácil reducir el protestantismo, y añadir a todos sus triunfos el del restablecimiento de la unidad cristiana en su reino. No fue el único en decirlo: eclesiásticos y cortesanos actuaron por su parte.

En 1661 el Edicto de Nantes de Enrique IV, que aseguraba la libertad religiosa y la igualdad política de los protestantes, comenzó a ser interpretado de manera restrictiva. En 1663, se prohibió a los católicos convertirse y se suprimieron los templos recientemente edificados. Una caja especial, dirigida por el escritor Pellison, distribuía fondos a los hugonotes que querían abjurar (1676). Se excluyó a los protestantes de las funciones públicas; sus hijos podían abjurar desde la edad de siete años y ser educados, a partir de entonces, por católicos.

Marillac, intendente de Poitou, dio pruebas de su celo: discurrió acantonar regimientos de dragones en las localidades protestantes, con licencia para los soldados de hacer lo que quisieran, violaciones, saqueos, destrucciones. Espantadas por la idea de sufrir las «dragonadas», las aldeas abjuraban en bloque, y Marillac pudo felicitarse de 30.000 «conversiones» en 1681. La indignación fue tal, que el Rey destituyó a Marillac.

LA REVOCACIÓN DEL EDICTO DE NANTES
La muerte de Colbert, que frenaba las persecuciones por razones económicas (importantes sectores manufactureros estaban en manos de los reformados), agravó la intolerancia. Louvois, secretario de Estado para la Guerra, persuadió al Rey de los grandes resultados obtenidos. A esto vinieron a mezclarse razones de «alta política». Luis XIV soñaba con ser candidato al Imperio y comenzaba a asegurarse los votos de algunos electores alemanes.

Pero la derrota de los turcos ante Viena, con el concurso del rey de Polonia Juan Sobieski, hacía del emperador Leopoldo I su salvador, el cual, ayudado por el franciscano Spinola, soñaba con reducir a los protestantes del Imperio a la Iglesia.

Luis XIV quiso, mediante una maniobra por sorpresa, aparecer como el verdadero gran restaurador de la religión (esperaba igualmente que su aliado Jacobo II, rey de Inglaterra desde 1685, restablecería el catolicismo en Inglaterra). Las «dragonadas» fueron renovadas sistemáticamente, y, el 2 de octubre de 1685, se dio el golpe decisivo mediante el Edicto de Fontainebleau: la Iglesia reformada no tendría en adelante existencia legal. Todos los templos serian, destrídos y los pastores exiliados.

La Iglesia  ostentaría el registro civil, los protestantes obstinados quedarían «fuera de la ley», sin identidad. La revocación fue celebrada con entusiasmo por los poetas, los grabadores, los pintores oficiales. Vauban fue uno de los pocos en protestar discretamente.

Las consecuencias fueron desastrosas para Francia: unos 300.000 reformados se marcharon, con peligro de sus vidas, llevando a Holanda, a Inglaterra, a Alemania, su experiencia, sus capitales, su trabajo. Los extranjeros se beneficiaron de su cultura intelectual, de su energía, de sus tradiciones y de su odio hacia Luis XIV. Así se perdió un grupo escogido que daba trabajo a gran número de franceses. El resultado de esta medida fue una crisis económica y social.

En cuanto a los protestantes que se quedaron, ni las persecuciones ni las burlas pudieron con ellos. Difícilmente contenidos hasta 1702, acabaron por rebelarse en masa, resucitando, para el viejo Rey, la pesadilla de la guerra civil.

La región de las Cévennes sublevada, exaltada por los pastores del «desierto», sufrió un régimen de terror: hizo falta movilizar contra ios «camisards» y su jefe un verdadero ejército, bajo las órdenes del ilustre mariscal de Villars.

De un lado y de otro, se golpeaba, se quemaba, se aplastaba. Por último, las tropas reales acabaron con la resistencia de los «camisards». En 1710, se apagó el fuego de la revuelta. Este fue el epílogo de las luchas fratricidas que la nueva religión había encendido en Francia ciento cuarenta años atrás.

LA PARTE DE ATRÁS DE LA FACHADA
A las pérdidas considerables causadas por la emigración protestante, se unieron los gastos de las incesantes guerras: guerras de la Liga de Augsburgo (1689-1697) y de Sucesión de España (1702-1713). El edificio de Colbert se había derrumbado; sólo quedaba un proteccionismo minucioso e ineficaz. Todo el peso de la deuda recaía sobre los campesinos, que representaban las nueve décimas partes de la población.

En 1688, La Bruyére escribió su célebre descripción de la población campesina: «Se ven algunos animales feroces, machos y hembras, negros, lívidos, completamente quemados por el sol, ligados a la tierra, que cavan y remueven con una obstinación invencible.»

Grandes catástrofes habían agravado esta miseria:   malas   cosechas,   carestías,   epidemias, transformaban rápidamente a los campesinos prósperos en mendigos. Además, la intransigente política aduanera había degradado los precios agrícolas y la renta de Sos bienes raíces había disminuido en la mitad. El numerario servía para pagar los gastos de los ejércitos; era sustraído así de su función económica. La baja de los precios era continua.

Luis XIV procuró hacer participar a cada francés en el esfuerzo común, proporcionalmente a su renta. Creó, en 1695, la capitación o impuesto por cabeza, y en 1710, el diezmo sobre las rentas. Falto de funcionarios para verificar las declaraciones, y a causa de la resistencia de los privilegiados, el peso recayó finalmente sobre el bajo pueblo. El rey, entonces, apeló a los impuestos indirectos: aduanas, derechos de timbre. Pero todo era insuficiente. Hubo que recurrir a los préstamos, al papel moneda, a la venta de cartas de nobleza, a la organización de loterías…

El invierno de 1709 fue «de hielo, de hambre y de peste». El ganado perecía, y ocurría lo mismo, en el fondo de sus madrigueras, con los conejos. La población francesa sufrió una reducción de dos millones de habitantes. Mientras que la burguesía de los negociantes y de los banqueros continuaba relativamente próspera, el pueblo y la pequeña aristocracia campesina eran duramente afectados.

Así, se exasperó el odio de clases: en 1709, numerosos parisienses marcharon hacia Versalles; el bandidaje se desarrolló de una manera aterradora; conventos y castillos fueron atacados. El Rey hizo llevar a la Casa de la Moneda su vajilla de oro y sus muebles de plata, lo que no impidió que sus estatuas fueran ultrajadas, y que carteles injuriosos contra su persona, su conducta y su gobierno fueran fijados en las puertas de París, en las iglesias, en las plazas públicas. Se recitaba la famosa letanía: «Padre nuestro impío que estás en Versalles…»

El Rey procuraba seguir apareciendo con el mismo rostro de sol inmutable, esforzándose por guardar una serenidad constante, no soportando ni la sombra de una contradicción, de una coacción. Su insensibilidad parecía crecer, como se puso de manifiesto durante la discusión del «proyecto del diezmo real» de Vauban (1707).

Este gran hombre había meditado sobre los defectos del sistema, y sobre los medios de restablecer la economía. Tras evocar patéticamente en su proyecto la miseria de los humildes, Vauban proponía un remedio revolucionario:   la  supresión de  todas las  tasas  y  su reemplazo por un «diezmo» calculado en función de las rentas de cada uno. Nadie, ni aun el Rey, quedaría exento.

En 1706 apareció la obra, con gran escándalo de los privilegiados. Los ministros convencieron a Luis de que se atentaba contra su autoridad, y cuando Vauban acudió candidamente a ofrecer su libro al soberano, éste lo recibió con desagrado. El «Diezmo Real» fue prohibido. Se habló de encarcelamiento. Vauban murió descorazonado, el 30 de marzo de 1707. Esta muerte fue reprochada al viejo rey, y acabó de sembrar la turbación en los espíritus.

Luis se enclaustró en Versalles, que no cesaba de embellecer, y que permanecería como un arca preservadora del pasado; ante el esplendor de los árboles alineados como en un desfile, en medio de las estatuas, de los estanques, de las fuentes, de los bosquecillos, de los macizos de flores, de las ninfas y de las góndolas doradas, ¿cómo creer en las desgracias?

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo VI La Gran Aventura del Hombre

La Cultura en Holanda Siglo de Oro Pintura en los Paises Bajos

RESUMEN DE LA CULTURA EN LOS PAÍSES BAJOS EN SIGLO XVII

A finales del s.XVI, después de su ruptura con España, las siete provincias reformadas del norte de los Países Bajos siguieron una línea política propia. Formaron una unión republicana de cuyo gobierno se encargaban Estados generales que reunían a las figuras dominantes de cada provincia.

Holanda, a causa de su riqueza, ocupaba el lugar preponderante. Y dio su nombre al conjunto del país. Varios factores contribuyeron al auge económico de las provincias: su situación geográfica constituye la plataforma giratoria del comercio marítimo; heredan la actividad de las ciudades flamencas arruinadas por la guerra; atraen a numerosos exiliados reformistas que representan a menudo una mano de obra muy bien cualificada; y finalmente, el espíritu calvinista ve en la consagración del trabajo mediante el enriquecimiento la manifestación propia de la gracia divina.

Holanda una tierra de refugio: La tolerancia religiosa y política de que dan muestras las Provincias Unidas convertirán a este país, desde el s. XVI hasta el XIX, en un lugar de refugio privilegiado. Allí encontrarán amparo, primero los protestantes perseguidos de Alemania y Francia, y después los puritanos ingleses, los anabaptistas. En algunas provincias, estos refugiados constituyen la mitad de la población. También los filósofos, perseguidos tanto por las Iglesias como por el poder, encontrarán allí una inapreciable acogida, y la libertad que impera en la prensa y la edición hará de este país un hogar ardiente de la cultura europea.

El siglo XVII fue para las Provincias Unidas, además de un período de prosperidad económica, un siglo de esplendor intelectual y artístico. El espíritu de libertad y de tolerancia que reinó hasta la muerte de los hermanos de Witt, atrajo a todos los grandes pensadores europeos que no disfrutaban de tal régimen en su país, favoreció la investigación científica, la discusión ideológica, el nacimiento de corrientes literarias y la aparición de una intensa vida artística.

La Cultura y el Arte: La atmósfera de libertad que reina en Holanda, las necesidades tecnológicas del desarrollo y la afluencia al país de extranjeros emprendedores provocan el florecimiento de una cultura que es, a la vez, muy peculiar y muy cosmopolita. Allí es donde Descartes y Spinoza renuevan la filosofía. Pero el mismo pueblo, a través del teatro, las kermesses y las fiestas religiosas ofrece una representación de la vida hecha a su imagen. De esta cultura popular se alimenta la gran escuela de pintura de la que Rembrandt o Vermeer son las figuras más destacadas.

Las universidades constituyeron el cuadro de esta vida intelectual, y su desarrollo fue prodigioso: la de Leyden, creada en 1575, tuvo un gran esplendor, tanto por la expansión que tomó en ella la enseñanza de la filosofía por especialistas tan notables como José Scaligero, como por la presencia de Descartes, que residió allí de 1628 a 1649.

A partir de 1630, Utrecht, Breda y Ámsterdam, fueron dotadas a su vez de universidades. Sabios, escritores, filósofos, publicaban sus escritos y sus descubrimientos con toda libertad. Numerosos israelitas, huyendo de la política intolerante de Felipe II de España, fueron a instalarse en Ámsterdam, donde abrieron casas editoras y librerías, editando cientos de obras baratas que circularon por toda Europa.

La ilustre familia Elzevir imprimió en francés «La Gaceta de Holanda», primer periódico libre que debatió todos los grandes problemas y que tuvo una audiencia internacional. Cuatro hombres han influido profundamente en este período y dado un vivo desarrollo a sus respectivas ciencias:  el jurista Hugo Groció, republicano indómito, pensionario de la ciudad de Delft, que emigró a Francia después de la muerte de Olden Barneveldt; su tratado «De jure Belli et Pacis», en el que defiende el principio de la libertad de tráfico por el mar, constituiría, durante un largo período, la base del derecho internacional.

Pero, sin duda alguna, fue Descartes, cuya obra fue completamente escrita y publicada en Holanda, quien tuvo la mayor influencia sobre sus contemporáneos; el cartesianismo se discutió en todas las universidades y dio un vivo impulso a los estudios científicos. Cristian Huyghens, físico, geómetra, astrónomo, fue amigo de Descartes.

Este influyó también en el más grande filósofo que conoció Holanda: Espinoza. Originario de una familia israelita española, fue educado en una escuela judía, donde recibió una considerable instrucción religiosa. Convertido al cartesianismo, rompió con el judaismo y publicó en 1665 y 1670 sus dos grandes obras: la «Etica» y el «Tratado de Teología Política», en el cual fundaba la existencia del Estado en la libertad y en la razón, en el contrato consentido por todos los individuos que se reconocen bajo una autoridad, a condición de que ella garantice sus libertades.

Alrededor de Espinoza se reagrupó toda la aristocracia intelectual holandesa de la que formaban parte los hermanos de Witt. Con la muerte de éstos, el gran esplendor del pensamiento holandés conoció una rápida decadencia.

En el apogeo de su prosperidad económica, la burguesía había alcanzado su más alto grado de cultura intelectual. Con la monarquía autoritaria de Guillermo de Orange y la preponderancia tomada por Inglaterra, se produjo un cambio y la cultura entró en un período de profunda decadencia.

Guillermo de Orange-Nassau el Taciturno (1533-1584), príncipe de Orange, encabezó la lucha por la libertad holandesa. Hijo del conde de Nassau,Felipe II le nombró estatúder (gobernador) de las provincias holandesas de Holanda, Zelanda y Utrecht.

Conoció un cierto renacimiento con la llegada de protestantes franceses expulsados por el Edicto de Nantes, pero que no fue comparable en nada a la que habían conocido las Provincias Unidas; este renacimiento se tradujo en la multiplicación de revistas periódicas dirigidas a una élite europea, tales como las «Noticias de la República de las letras», publicadas por Pedro Bayle, a «La Biblioteca Universal», dirigida por Juan Leclerc, y por una renovación de los estudios teológicos con Jurie y Juan Saurín.

LA PINTURA HOLANDESA. REMBRANDT
El arte, y particularmente la pintura, conoció   una   evolución   parecida;   sin   duda, nunca el arte pictórico reprodujo tan fielmente el alma de una civilización. Este arte holandés, puramente nacional, nació en las primeras décadas del siglo XVII, como reacción contra todo lo que triunfaba en los países donde reinaba la Contrarreforma:  a las recargadas iglesias católicas, el holandés  opuso templos desprovistos de toda ornamentación; a los interiores fastuosos países latinos, reflejos de una vida de corte  y de ostentación, los burgueses holandeses opusieron interiores simples y confortables.

A la escuela ele pintura italiana, preponderante a finales del siglo XVI. que permanecía fiel a los temas religiosos y mitológicos, la escuela nacional holandesa opuso su gusto por la realidad concreta, por las escenas de la vida cotidiana pública y privada, los paisajes, el trabajo enraizado en la composición y en el dibujo, la búsqueda de la exactitud en el detalle, la fidelidad en el color. Por los múltiples encargos que hacía a los artistas, la burguesía fue el origen de este notable desarrollo que conoció la pintura.

Franz Hals y Rembrandt son, indiscutiblemente, los dos pintores que mejor han sabido hacer revivir esta burguesía laboriosa. F. Hals se dedicó a los cuadros de grupo, representando escenas de banquetes o de reuniones oficiales.

Ronda de Noche de Rembrandt

Ronda de Noche de Rembrandt

En cada una de sus obras el dibujo es preciso, estando frecuentemente dominado el conjunto por la belleza de los uniformes y de los estandartes. F. Hals fue también un excelente retratista, que nos ha dejado doscientos retratos que representan a las personalidades de Haarlem.

Obra de Hals

Rembrandt ha llevado a todos los motivos, inspirados en su ambiente, su gusto por el misterio, fin los grandes cuadros como «El síndico de ios pañeros», «Ronda de noche», o «Los peregrinos de Emaús», da a la pintura una calidad humana raramente lograda.

Al contrario que F. Hals, Rembrandt no se encastilla en el retrato. Atraído por la antigüedad, por la mitología, da libre curso a su talento en «Homero», «Saúl y David», «La gran novia judía». Los paisajistas holandeses, en fin, tales como Van Goyen, Guyp, y, sobre todo, Hobbema y Ruysdael, han dado a la naturaleza un nuevo lugar en el arte, gracias a su sabia observación y a su gusto por los efectos de luz.

obras de rembrandtbholanda siglo xvii

El siglo XVII  había comenzado para las Provincias Unidas con un notable desarrollo general, que culminó hacia los años 1650 – 1.660, bajo la república de Juan de Win pero con el fin de siglo se apagó esta era de grandeza, y este pequeño país que había do minado la escena europea fue relegado a un segundo plano.

Si el desarrollo se explica por el adelanto económico que habían toma do los Países Bajos desde finales del siglo XVI , por las riquezas inmensas obtenidas por su comercio, por el desarrollo di las técnicas capitalistas desconocidas enton ees en Europa, la decadencia se justifica por la pérdida de estas ventajas, por la concurrencia con naciones cuya superioridad militar iba a dar buena cuenta de la pequeña república.

Francia intentó abatir a su rival por las armas, pero fracasó; Inglaterra la anexionó, haciendo de ella una potencia dependiente y adquiriendo, por más de dos siglos, el primer  lugar  en  el   mercado   mundial.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo VI La Gran Aventura del Hombre

Siglo de Oro de Holanda Economía de las Provincias Unidas

SIGLO DE ORO DE HOLANADA -LA PROSPERIDAD ECONÓMICA DE LAS PROVINCIAS UNIDAS DE LOS PAISES BAJOS

La “edad de oro” de la República Holandesa
Al siglo XVII a menudo se le ha llamado la “edad de oro” de la República Holandesa, en la medida en que las Provincias Unidas fueron centro de una de las grandes potencias de Europa. Al igual que Francia e Inglaterra, las Provincias Unidas fueron una potencia atlántica, con lo cual se subrayaba la importancia del desplazamiento del poder político y económico de la cuenca del Mediterráneo hacia los países costeros del Atlántico.

Como resultado de la revuelta ocurrida en el siglo XVI en los Países Bajos, las siete provincias septentrionales —que en 1581 comenzaron a llamarse las Provincias Unidas de los Países Bajos— se convirtieron en el núcleo del moderno estado holandés. El nuevo estado fue oficialmente reconocido por la Paz de Westfalia en 1648.

Con la independencia vino la disensión interna. Había dos principales centros de poder político en el nuevo estado. Cada provincia tenía un funcionario, conocido como estatúder, responsable de la conducción del ejército y el mantenimiento del orden. Comenzando con Guillermo de Orange y sus herederos, la casa de Orange ocupó la función de estatúder en la mayoría de las siete provincias y favoreció el desarrollo de un gobierno centralizado, con ellos mismos como monarcas hereditarios. Los estados generales, asamblea de representantes  de cada provincia, se opusieron a las ambiciones de los Orange y defendieron una forma de gobierno descentralizada o republicana. I

En gran parte del siglo XVII las fuerzas republicanas estuvieron bajo control. Pero en 1672, agobiadas por la guerra contra Francia e Inglaterra, las Provincias Unidas acudieron una vez más a la casa Orange establecieron un régimen monárquico en la persona de Guillermo III (1672-1702).

La historia holandesa en el siglo XVII es extraordinaria por la relativa facilidad con que los holandeses cambiaban de una base de poder a otra, de acuerdo con sus necesidades internas y externas. La muerte de Guillermo III, acontecida en 1702, y el hecho de no haber dejado herederos directos, permitió a las fuerzas republicanas tomar el control de nuevo. La República Holandesa no se vería seriamente amenazada otra vez por las fuerzas monárquicas.

En el siglo XVlI, bajo la prominencia de los holandeses, subyacía la prosperidad económica —alimentada por el papel de Holanda como transportadora del comercio europeo—. Sin embargo, la guerra resultó desastrosa para la República Holandesa. Las dos guerras anglo-holandesas de las décadas de 1650 y 1660, la guerra contra Francia e Inglaterra de la década de 1670 y su apoyo a Inglaterra en contra de Francia, en la Guerra de la Sucesión Española, pusieron cargas pesadas  sobre las finanzas y la mano de obra holandesas.

La navegación  inglesa comenzó a desafiar la supremacía comercial holandesa y, en 1715, los holandeses sufrieron una decadencia económica grave.

Flotas de Barcos Holanda

Flotas de Barcos en los Puertos de las Provincias Unidas

LA PROSPERIDAD DEL SIGLO XVII

De siempre, la prosperidad de las Provincias Unidas ha descansado sobre el gran comercio internacional. En el siglo xvi, los marinos de Zelanda, de Frisia y de Holanda surcaron ya los mares para vender sus productos pesqueros en los grandes puertos del Báltico y del Mar del Norte.

En el siglo XVII, después de la ruina de Amberes, fue construida, en unas decenas de años, una poderosa flota, gracias a la madera importada de Escandinavia, a una mano de obra muy especializada y poco costosa, y a técnicas de construcción sumamente perfeccionadas. En 1660, las tres cuartas partes de la flota comercial del mundo enarbolaban pabellón holandés; adaptada a todos los mares y a todos los usos, esta flota transportaba las mercancías a precios muy bajos.

Varias compañías de navegación poseían conjuntamente el monopolio del comercio con los países escandinavos: importaban cereales, carnes saladas, cueros, lanas, lino, cáñamo, maderas de todas clases, y el hierro y el cobre de las minas de Suecia, revendiendo estas mercancías en toda la Europa occidental y mediterránea, y comprando en cambio tejidos y artículos de lujo, vinos, aceites y artículos ultramarinos, de los cuales carecían los países nórdicos.

En el siglo XVII, Holanda representó el papel de intermediario que había incumbido tanto tiempo a la Liga Hanseática. Además de este monopolio, los negociantes holandeses, por medio de sus representantes en todos los puertos europeos, aseguraban la casi totalidad del comercio en tránsito y depósito.

En Napóles, Genova y Liorna, almacenaban los productos importados de Levante, que, a continuación, vendían en toda Europa. En Ruán, en Burdeos, en Nantes, sus casas redistribuían las mercancías llegadas de España, de Inglaterra, de Francia, de Portugal… Incluso en Holanda, gigantescos almacenes contenían los «stocks» de mercancías que los negociantes lanzaban cuando no las había en el mercado, haciéndose así dueños de los precios de los principales géneros.

Todo este edificio comercial descansaba sobre la red de crédito extendida por el primer gran banco moderno, el Banco de Amsterdam, fundado en 1609, que prestaba importantes sumas de dinero a bajo interés, a los negociantes holandeses. Al lado del comercio europeo, el dominio del comercio colonial fue una fuente inmensa de riquezas para las Provincias Unidas.

La Compañía de las Indias Orientales, fundada en 1602 para la explotación de los países del Extremo Oriente, sería la verdadera fundadora del imperio colonial holandés. Continuando la obra de una compañía mercantil, esta enorme empresa disponía de un capital de 6.600.000 florines en acciones suscritas por los grandes negociantes v diversas cámaras de comercio encargadas en cambio de su administración.

Disponía de un poder casi ilimitado, puesto que sólo ella tenía el derecho de comerciar al este del Cabo de Buena Esperanza, de realizar ocupaciones territoriales, de concluir tratados y de acuñar moneda; en compensación, el Estado sólo tenía sobre ella un débil poder y no percibía sobre sus operaciones comerciales más que derechos que raramente alcanzaban el 3 por 100. Toda la política de esta compañía consistió en instalar factorías en los territorios conquistados, sin intentar jamás colonizar el interior, someter las poblaciones, evangelizar el país.

Esta colonización superficial, que después se mostraría tan frágil, tuvo perfecto éxito al principio: la Compañía fundó factorías en Java, que se convirtió en el gran centro colonial de Oriente, en Ceilán, en El Cabo, en Cantón, en Formosa. La pimienta, que al principio constituía la mitad del valor de los cargamentos, perdió importancia en beneficio de la seda y del algodón, que, a finales del siglo xvn se habían convertido en las principales importaciones. La Compañía de las Indias Occidentales, fundada en 1621, instaló sus factorías en América (con Nueva Amsterdam),  en el Brasil, en Guinea,  en Cabo Verde; la pérdida de estas colonias, después de 1650, conduciría a esta compañía a una rápida decadencia.

Descansando enteramente sobre el comercio, la economía holandesa dejaba poco lugar a la agricultura y a la industria; a pesar de todo, ésta última, gracias a la acumulación de capitales, había prosperado y se había modernizado; las sederías, los terciopelos de Utrecht, la loza de Delft (que imitaba a la porcelana de China), así como las construcciones navales, alcanzaron reputación en toda Europa.

En 1670, Holanda era el país más rico de Europa; las guerras a las que iba a arrastrarle Guillermo de Orange asestaron un rudo golpe a su prosperidad y relegaron su economía a un puesto secundario. Sin embargo, este pueblo de marinos y de comerciantes, conservaría, durante mucho tiempo aún, importantes posiciones.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo VI La Gran Aventura del Hombre

Creación de las Provincias Unidas de los Países Bajos Causas

HISTORIA DE LA FORMACIÓN DE LAS PROVINCIAS UNIDAS

ANTECEDENTES HISTÓRICOS Al abdicar en 1556, Carlos V dejó las tierras del Imperio a su hermano Fernando, y las tierras dependientes del reino de España a su hijo, que reinó con el nombre de Felipe II. Vasto conjunto este último del que forman parte Italia del sur, el ducado de Milán, los Países Bajos, el Franco-Condado y el inmenso imperio colonial español, al que se añadirá en 1580 el reino de Portugal y sus posesiones americanas y africanas.

Así pues, Felipe II posee el dominio c¿isi absoluto de los mares, y los puertos o bases comerciales que dependen de su administración son los más ricos y activos de Europa. La actividad económica se centra esencialmente en los intercambios con América: España exporta a las colonias bienes de equipo, esenciamente textiles, y, por otra parte, importa metales preciosos, sobre todo oro, que será sustituido progresivamente por la plata.

Felipe II de España

Felipe II de España

Al comienzo de su reinado, Felipe II, que lleva ya Sargo tiempo al corriente de los asuntos de Estado, promete ser un gran soberano. Los embajadores extranjeros encuentran en él un gran parecido físico con Carlos V; tiene la misma encarnadura, los mismos labios colgantes, aunque es más bajo de estatura. Al igual que su predecesor, incluso fuera de las horas de audiencia, se muestra afable y paciente con sus visitantes que se acercan a él libremente. Sólo había español, su lengua materna, pero entiende italiano y francés. Felipe II fue un hombre muy piadoso, alentado por su esposa María Tudor, quien reconcilió de 1553 a 1558 a Roma con ¡a Iglesia de Inglaterra.

La hispanización: Felipe II emprende la tarea de marcar con la huella española todo lo que cae dentro de su soberanía. Puesto que España es ante todo católica, lleva a cabo una lucha sin piedad contra los .herejes. La Inquisición persigue a los moriscos o a los judíos conversos, entre los cuales se contaban la mayoría de los artesanos y comerciantes. En los Países Bajos, donde la Reforma había hecho grandes progresos, la represión, dirigida por el Duque de Alba, es despiadada. Acabará por conducir a las provincias protestantes a una abierta rebelión que recibe el apoyo de Inglaterra. Y a petición del papa Pío V, Felipe II se lanzará a una cruzada contra el Imperio turco cuya expansión por el Mediterráneo amenaza a la cristiandad.

La crisis económica: La desmesurada ambición de Felipe II va a acabar por llevar a España a la ruina. A pesar-de la constante llegada de metales preciosos procedentes de América, las finanzas públicas caminan hacia la bancarrota, ya que tales riquezas americanas no son más que instrumentos de intercambio. España produce poco; el trabajo manual se ha desvalorizado y es menospreciado; los elementos más productivos de la artesanía han sido expulsados; en el campo, los grandes propietarios se preocupan poco de la explotación de la tierra. Esta decadencia se acentuará aún más a lo largo del s.XVII, cuando los metales preciosos se hacen más raros, y poco a poco las ciudades prósperas entran en una especie de letargo.

Provincias Unidas, Estado formado por las siete provincias del norte de losPaíses Bajos (Frisia, Groninga, Güeldres, Holanda, Overijssel, Utrecht y Zelanda), cuyos destinos quedarían unidos a partir de laUnión de Utrecht, acordada el 23 de enero de 1579, y se prolongarían como Estado independiente hasta la ocupación francesa en 1795.

¿Por qué se rebelan los Países Bajos?
Cuando Felipe II decide restablecer el catolicismo en todas las provincias flamencas, los protestantes se unen en torno a Guillermo de Nassau, príncipe de Orange, gobernador de Zelanday Holanda, val conde de Egmont. Felipe II responde a esta rebelión enviando a los Países Bajos a los ejércitos del Duque de Alba, que reprimen cruelmente todos los levantamientos. De este modo comienza en 1568 una verdadera guerra, la llamada guerra de los Ochenta Años.

¿Cómo nacen las Provincias Unidas?
En 1576, un compromiso que recibe el nombre de la pacificación de Gante parece que va a poder asegurar la paz entre los Países Bajos y España, al ser reconocida por el rey la tolerancia religiosa. Pero el rey obtiene por parte de las provincias católicas (las que más tarde constituirían Bélgica) la sumisión total al soberano español. Las provincias protestantes responden firmando entre ellas el tratado de Unión de Utrecht 11579), que marca el nacimiento de la independencia de las Provincias Unidas, independencia que no será reconocida hasta el tratado de Münster en 1648.

DESARROLLO HISTÓRICO DE LA FORMACIÓN

Pero Felipe II, rey absolutista y católico intransigente, se había puesto en contra de la opinión pública por las torpezas de la burocracia española y la persecución del calvinismo dominante en las provincias del norte. El terror del duque de Alba no había triunfado del levantamiento de los «mendigos», y, en 1579, dos tratados consagraron la división religiosa del país: el 6 de enero de 1579, por el Tratado de Arras, las diez provincias del sur de los Países Bajos se unieron para mantener la religión católica y no reconocieron más autoridad que ía del rey de España.

El 24 de enero del mismo año, las siete provincias calvinistas del norte decidieron, en Utrecht, unirse contra la dominación de cualquier monarca extranjero; dos años después, en La Haya, proclamaron su independencia y la deposición de Felipe II.

La guerra continuó; mandados por Alejandro Farnesio, los españoles devastaron Amberes (1585), pero Guillermo de Orange, el Taciturno, resistió con encarnizamiento hasta que fue asesinado. En 1609, España firmaría una tregua de doce años.   Sin  embargo,   habrá  que  esperar  a 1648 para que España reconozca oficialmente, con los Tratados de Westfalia, el estado de hecho existente desde comienzos de siglo.

La emancipación de la tutela española habría de ser el motor, si no la causa, de la gran prosperidad de este pequeño país que, dentro de algunos años, desempeñará un papel principal en la escena europea. Todas las clases sociales habían dado prueba de una total solidaridad en la lucha contra el español; pero, una vez lograda la independencia de hecho, reaccionaron de manera diferente, y el siglo xvn iba a ser testigo de sus disputas.

LAS SIETE PROVINCIAS Y SU ORGANIZACIÓN
El Estado comprendía siete provincias muy heterogéneas en cuanto a sus recursos, actividades y composición social. Las dos más ricas, Holanda y Zelanda, situadas en la parte occidental del país, comprendían la mitad de la población de los Estados (alrededor de dos millones de habitantes). Las islas de Zelanda, habitadas por marinos, vivían de sus muy provechosas actividades pesqueras en el Mar del Norte.

Holanda, por el contrario, estaba exclusivamente vuelta hacia las actividades comerciales; en más de veinte ciudades dominaba una oligarquía mercantil calvinista que pesaría fuertemente en la historia política de las Provincias Unidas.  Amsterdam,  reina  indiscutida del comercio marítimo desde la ruina de Amberes por el asedio de Farnesio, extendió sus actividades por toda Europa. Casi exclusivamente urbana, Holanda no comprendía más que una minoría de campesinos instalados sobre las tierras recientemente conquistadas al mar.

En 1579, un acta de los Estados Generales había instituido un organismo, el Waterstaat, encargado de ganar tierras al mar y a los lagos. Los primeros «polders» aparecieron en el siglo XVII. En 1640 se realizó el primer plan de desecación del mar de Haarlem. Junto a la activa Zelanda y a la rica Holanda, resultan muy pobres las provincias orientales de Utrecht, Güeldres y Overyssel, dominadas por una nobleza rezagada, retirada en sus propiedades rurales, que mantenía con el campesinado las relaciones señoriales propias de la Edad Media.

Sólo las ciudades de Arnhem y Nimega eran como islotes activos en medio de estas miserables provincias. Por el contrario, en las dos provincias marítimas del nordeste, en Frisia y en Groninga, la pesca y la agricultura constituían dos grandes recursos lucrativos. Al lado de estas siete provincias, los países de la Generalidad, conquistados a los españoles, habían sido anexionados a las Provincias Unidas: el condado de Drenthe, país de pantanos y de tierras incultas, Flandes, Limburgo y Brabante, con su fortaleza de Breda, eran administrados de hecho como marcas militares, conservando por otra parte cada una de las siete provincias su organización autónoma.

En el primer grado, las ciudades eran administradas por sus colegios de concejales, elegidos entre la rica burguesía y la nobleza, y sus burgomaestres. Un pensionario cuidaba del mantenimiento del orden.

En cada provincia, las ciudades y los pueblos delegaban sus representantes a los «Estados», que disponían del poder legislativo y de una parte del poder ejecutivo.

La dirección de estas asambleas era confiada a un pensionario, mientras que un estatúder mandaba las tropas y la policía local. Idéntica organización se encontraba a escala federal: de 25 a 40 representantes de las provincias formaban en La Haya los Estados Generales, con un Gran Pensionario y un Estatúder General. Holanda era la más poderosa de las provincias, proporcionando a la unión el Gran  Pensionario  y  el  Estatúder General, siempre elegido en la familia Orange. Nassau heredera del héroe de la independencia , Guillermo El Taciturno.

Guillermo de Orange-Nassau está considerado uno de los grandes patriotas de la nación neerlandesa, al ser el principal líder de la lucha contra la Monarquía Hispánica de Felipe II. Su actividad resultó fundamental para que, por medio de la Unión de Utrecht (1579), nacieran la Provincias Unidas, núcleo del actual Estado de los Países Bajos.

Ver: La Properidad de Amsterdan en el Siglo XVII

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo VII La Gran Aventura del Hombre
Gran Atlas de Historia Universal -Dichas y Desdichas de la españa Católica –

Biografía del Cardenal Richelieu Ministro de Luis XIII Gobierno

Biografía del Cardenal Richelieu Ministro de Luis XIII Gobierno

Armand Jean du Plessis, cardenal de Richelieu (1585-1642), cardenal y político francés, que fomentó más que ningún otro el absolutismo en Francia y sentó las bases de la grandeza del siglo XVII francés. Simbolo del absolutismo real y de la ambición , el cardenal marcó profundamente a Francia en su  cargo de gran ministro.

ANTECDENTES: La monarquía absoluta, o absolutismo, significaba que el poder soberano o la autoridad última del estado reside en las manos de un rey, quien afirmaba gobernar por derecho divino. Pero, ¿qué significaba la soberanía? El teórico político de finales del siglo XVII, Jean Bodin, creía que el poder soberano consistía en la autoridad para hacer leyes, recaudar impuestos, administrar justicia, controlar el sistema administrativo del estado y determinar la política exterior. Estos poderes convertían a un gobernante en soberano. (Derecho Divino)

Uno de los principales teóricos de la monarquía por derecho divino del siglo XVII fue el teólogo francés y predicador de la corte, el obispo Jacques Bossuet (1627-1704), quien expresó sus ideas en un libro titulado Política extraída de la verdadera palabra de las Santas Escrituras. Bossuet argumentó primero que el gobierno estaba divinamente ordenado, de manera que los seres humanos pudieran vivir dentro de una sociedad organizada.

Dios escogía a los reyes y a través de ellos reinaba sobre todos los pueblos del mundo. Debido a que los reyes recibían su poder de Dios, su autoridad era absoluta. No eran responsables ante nadie (incluídos los parlamentos), excepto ante Dios. También existía una enorme brecha entre la teoría del absolutismo, tal y como la expresaba Bossuet, y la práctica del absolutismo. El poder absoluto de un monarca solía estar en gran medida limitado por las realidades prácticas.

Nacido en París, el 9 de septiembre de 1585, en un parto dificil que casi mueren madre e hijo. Su padre un noble en la corte de Enrique III, venido a menos y su madre Susanne de la Porte hija de un famoso abogado de la ciudad natal.

El cardenal de Richelieu

El cardenal de Richelieu Armand Jean du Plessis, el cardenal de Richelieu, consiguió poner fin al poder político de las grandes familias de Francia al hacer del rey un monarca absoluto y convirtió a su país en la primera potencia militar de Europa.

A los nueve años, Armand-Jean comienza sus estudios básicos en el Colegio de Navarra. A los diecisiete ingresa en la principal academia militar de la región. Alumno brillante, objeto de frecuentes elogios por parte de sus profesores, todo hace creer que será un notable oficial. Pero los planes familiares sufrirán una brusca modificación. Sucede que Alphonse, el hermano que debía ordenarse sacerdote, se aparta un poco del rumbo prefijado: cambia el seminario y el sacerdocio seglar por la vida monástica. Para la familia fue un golpe. Esperaban que él recibiese las órdenes mayores y fuese nombrado para el obispado de Lucon, de cuya renta dependían los Richelieu.

El obispado, desde hacía algún tiempo, estaba en manos de un apoderado, que administraba los bienes de la familia, inclusive las rentas obtenidas de las contribuciones de los parroquianos y del trabajo de los siervos en las tierras episcopales. Ese hombre estaba ya viejo, y para retirarse sólo esperaba que un Richelieu ocupara definitivamente la sede.

Para la familia, no existía por el momento otra alternativa que la de ordenar a Armand Jean que suplantase a su hermano Alphonse, y así ocurrió.

 A los 21 años partió para Roma, donde causó excelente impresión en el Vaticano. A los 23 regresó a Francia consagrado como obispo de Lucon. Dió poca importancia a la indiferente acogida de los habitantes de la pequeña ciudad. En los primeros días se ocupó solamente de mejorar el ambiente en que debía trabajar: el palacio episcopal, un viejo solar casi en ruinas.

Enseguida comenzó a destacarse en los estados generales de 1614-1615: su discurso de clausura, de una elocuencia sobresaliente lo llevó a convertirse en diputado del clero, reclamando para la Iglesia el derecho de partricipar en asuntos públicos. Se puso entonces del lado de la reina y de su consejero Concini, lo que le valió su primer puesto ministerial como secretario de estado para la guerra en 1616. La caída de Concini lo arrastró a la desgracia, acentuada por la desconfianza del joven Luis XIII hacia este prelado ambicioso, que proponía vigilar a María de Médicis en secreto.

Reina María de Medicis

María de Médicis estaba encantada con la inteligencia y el buen sentido del joven obispo. Hizo exactamente lo que él calculaba: lo invitó a trabajar en la corte. El camino estaba abierto para Richelieu; y él sabría aprovecharlo. Desde un principio, la regente le confía delicadas tareas de diplomacia interior, como, por ejemplo, apaciguar los focos rebeldes de la nobleza. Después, lo designa embajador en España. Pero termina cambiando la idea. Tiene para Richelieu un cargo más importante: en noviembre de 1616 lo llama a ocupar un puesto en el Consejo de Estado. El obispo Armand-Jean du Plessis ahora es Secretario de Estado de Interior y de Guerra, teniendo además atribuciones en todo lo referente a las relaciones exteriores de Francia.La política de la regente siempre había estado dirigida a una reaproximación a la corte española.

El segundo intento fue acertado. En abril de 1624, Richelieu se integró al Consejo del rey, bajo presión de la reina, pero decidido a ofrecer sus servicios al rey Luis XIII. Poco a poco contribuyó a desacreditar al ministro en ejercicio, el marqués de La Vieuville, lanzando contra él una verdadera «campaña de hostigamiento», ayudado por los panfletistas con que supo rodearse.

La Vieuville fue encerrado en Amboise, y Richelieu se convirtió en el Jefe del Consejo y ministro principal en agosto de 1624. Pero su autoridad llegaría a afianzarse solamente durante la Jornada de los dupes (o día de los engañados), en 1630, cuando el partido devoto y el de la reina madre María de Médicis fueron apartados por voluntad del rey.

Durante los casi cincuenta años que antecedieron a Luis XIV, los gobiernos reales y ministeriales tuvieron que luchar para evitar el colapso del estado. La línea entre el orden y la anarquía a menudo fue estrecha. Esta situación se complicó todavía más debido a que ambos monarcas, Luis XIII (1601-1643) y Luis XIV, eran tan sólo unos niños cuando ascendieron al trono en 1610 y 1643, respectivamente, de forma que el gobierno dependió de los ministros reales. Luis XIII heredó el reinado cuando el rey fue asesinado en 1610, y él tenía nueve años de edad. Los problemas de Luis parecían acumularse hasta que, en 1624, el concejo del rey cayó bajo el control del sagaz, competente y astuto cardenal Richelieu.

Luis XIII de Francia

Luis XIII de Francia

Luis XIII era un rey débil y tímido, que prefiere pasar los días cazando mirlos, gavilanes y zorros a encerrarse en un gabinete para pensar en problemas de Estado, todavía resiste al nombre de Richelieu; resistencia cada vez menor, en verdad, porque él necesita de alguien capaz de presidir, en su nombre, el gobierno de Francia. Por fin, en 1624, Luis XIII acepta hacer una experiencia con Richelieu. En abril, el cardenal vuelve al Consejo de Estado, y en agosto ya es primer ministro de Francia.

El cardenal Richelieu fue líder del concejo real y primer ministro de Luis XIII de 1624 a 1642, e inició políticas que, a la larga, fortalecieron el poder de la monarquía. Uno de los peligros de la autoridad real provenía de los hugonotes. La política de Richelieu respecto a ellos fue dictada por motivos políticos, y no religiosos, a pesar de su posición como cardenal de la iglesia católica. Al elimina: sus derechos políticos y militares, pero conservando sus derecho; religiosos, la Paz de Alais ayudó a transformar a los hugonotes en sus subditos más confiables.

Los primeros meses de gobierno los dedica a examinar las dificultades del país. Uno a uno, Richelieu estudia los problemas que, a su parecer, debilitan el Estado; la alta nobleza, siempre dispuesta a sublevar provincias enteras contra la autoridad real, procurando preservar un sistema feudal que todavía está lejos de haber sido completamente extinguido; los hugonotes, que se habían convertido en un verdadero Estado dentro del Estado (el Edicto de Nantes les permitió como garantía mantener sus plazas fuertes, y sus jefes, en caso de necesidad, acostumbran incluso recurrir  al  extranjero,  así  como  lo hacían los ultracatólicos con España) ; el Tesoro, cada vez más empobrecido en beneficio de una minoría (sobre todo los grandes nobles) ; los sobornables agentes del gobierno; el riesgoso asunto de la venta de cargos; el comercio exterior, totalmente dominado por extranjeros; una marina real prácticamente inexistente, incapaz de proteger las costas de Francia, y otros.

En asuntos exteriores, desde 1618, la Europa Occidental entera está comprometida en una guerra que tuvo origen en un conflicto exclusivamente alemán, de carácter religioso, entre los príncipes protestantes y la Casa de Habsburgo, soberana del Sacro Imperio Romano Germánico. Esa lucha, que devastará a Alemania, se prolongará intermitentemente hasta 1648 y será conocida en la historia como la Guerra de los Treinta Años.

Inflexible, Richelieu va ejecutando con mano de hierro todas las medidas que entiende necesarias para el fortalecimiento del poder monárquico, lo que le parece indispensable para fortalecer el país. Al poco tiempo, la nobleza conspirará para derrocarlo.

Se forma un auténtico partido contrario a Richelieu, con gente dispuesta a asesinar al cardenal, a provocar una sublevación en el país o a declarar a Luis XIII incapaz de gobernar. Pero el cardenal mas precavidos que ellos logró descubrir la conspiración a tiempo y terminaron todos los involucrados en la cárcel.

Con objeto de reformar y fortalecer la administración central, al principio por razones financieras, Richelieu despachó funcionarios reales, llamados intendentes, a las provincias con objeto de llevar cabo las órdenes del gobierno central. Conforme crecieron las funciones de los intendentes, entraron en conflicto con los gobiernos  provinciales. Dado que los intendentes resultaron victorios en la mayoría de estas disputas, fortalecieron aún más el poder la corona. No obstante, Richelieu resultó ser menos diestro e cuestiones financieras.

No sólo era corrupto el sistema básico de las finanzas estatales, sino que era tanta la gente que se beneficiaba de la ineficiencia y de la injusticia del sistema, que el gobierno arrostró gran resistencia cuando trató de reformarlo. El taille (un impuesto anual directo que solía tasarse en función de la tierra o la propiedad) incremento (en 1643 fue dos veces y media mayor de lo que había sido en 1610), y las tierras de la corona fueron hipotecadas de nueva cuenta. Sin embargo, los gastos, sobre todo el costo de los preparativos de guerra, pronto agotaron los ingresos adicionales, por lo que la deuda francesa continuó su espiral ascendente bajo el mandato del cardenal.

El cardenal intentó gobernar por encima de las clases sociales, en beneficio de la centralización monárquica. En su concepción de Francia no privaba el bienestar equitativo de todo su pueblo, sino una ideal figura alegórica: la monarquía encarnada en una realidad que se llamaba Luis XIII. Así, esos numerosos proyectos comerciales y coloniales, por errores de perspectiva, fracasaron casi todos.

Pensaba que Francia, para ser una nación próspera, debía exportar al máximo e importar lo mínimo, acumulando reservas de oro y plata. Como los consumidores, a pesar de todo, continuaban comprando tejidos de todo tipo a Inglaterra y a Holanda, y adquiriendo artículos de lujo a Italia y obras de arte a Flandes, prohibió las importaciones que no llegaran en navios franceses y todas las transacciones que no se realizasen entre subditos de Francia. Mas estas órdenes quedaron sólo en el papel, porque el reino no poseía suficientes sistemas de  control.

Estimuló las empresas coloniales, pero casi todas las compañías comerciales formadas con ese objetivo, tanto las que se volcaban hacia el Oriente, como las que ambicionaban la conquista de tierras en América, no prosperaron. Ante Holanda e Inglaterra,   Francia  quedó   en   desventaja.

Respecto a su salud la misma nunca había sido buena, y a partir de 1642 se debilita hasta tal punto de que en los últimos tiempos casi no puede levantarse de su lecho del actual Palacio Real (entonces Palais Cardinal).

“Mis médicos dicen que estoy mejorando, mas no lo parece”, murmura a cada rato desconsolado. Convencido de que su fin está próximo, solicita al rey que lo dispense de su cargo, pero éste se niega y le responde: “Nunca encontré a nadie que me sirviese tan cabalmente como vos. Es esto lo que me hace desear y pediros que no os retiréis (…). Mi hermano y muchos nobles os quieren mal por mi causa; pero podéis estar seguro de que os protegeré contra cualquiera que sea”.

En la mañana del 4 de diciembre de 1642, tiene a su cabecera al vicario de la parroquia de San Eustaquio. Después de reafirmar su fe en el Credo cristiano, se sumerge en un total estado de inconsciencia. Cerca de mediodía, vuelve en sí. El sacerdote le administra la extramaunción y le dice:
—¡Eminencia, es necesario que perdonéis a vuestros enemigos!
Con los ojos casi cerrados, Richelieu responde casi en un murmullo:
— ¡Mis únicos enemigos fueron los enemigos de Francia!

Está muerto el hombre que durante dieciocho años gobernó a Francia con un régimen implacable, que marcaría de ahora en adelante el estilo de gobierno de la monarquía francesa.

PARA SABER MAS…

La vida fastuosa de Richelieu: ¡Qué distinta era su vida comparada con la del pueblo miserable! Atrás quedaban ya difuminados en la lejanía sus años de pobreza, cuando joven obispo había de acomodar a su talla los ornamentos de su predecesor y devanarse los sesos pensando si podría permitirse el lujo de tener vajilla de plata.

Ahora sus ingresos ascendían a millones y eran verdaderamente fabulosos para aquellos tiempos; quedábanle al año cuantiosos excedentes y eso que, como hijo de una época dada a la ostentación y al fausto, gastaba el dinero a manos llenas. Además de los ingresos en efectivo de su cargo y de los beneficios que del mismo se derivaban, poseía su palacio cardenalicio, castillos con extensos parques y otras propiedades rurales. Percibía rentas de toda clase de bienes inmuebles a las cuales venían a sumarse los ingresos de las seis abadías que le adjudicara el rey. Sus naranjales eran cuidados con más solicitud que los de ningún otro.

Sus cuadras alojaban purasangres y caballos de la mejor raza. La servidumbre de su casa podía equipararse a la del propio monarca con su maestresala, su confesor, su médico personal y su ayuda de cámara. Su mesa la servían nobles cortesanos y pajes. Así vivía él, hombre de mundo, con toda la magnificencia de Grandseigneur y príncipe de la Iglesia.

Por supuesto, en sus necesidades personales se mostraba parco sin que tampoco concediera mucho tiempo al esparcimiento, pues sus energías las dedicaba íntegras al cumplimiento de su misión. No obstante, si alguna vez se permitía solazarse, disfrutaba plenamente de las alegrías terrenas. Le gustaba oír música, asistía a fiestas y representaciones teatrales y, según parece, no era insensible a los encantos de las

Fuente Consultada:
Enciclopedia Grandes Personajes de la Historia Universal Tomo III Edotial Abril Biografía de Richelieu
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre
Enciclopedia Hicieron Historia Tomo I Biografía de Richelieu Tomo I

La Corrupción de Fouquet en el Gobierno de Luis XIV de Francia

Cuando fallece el cardenal Mazarino, tutor y jefe de ministros en el gobierno de Francia, Luis XIV acaba de cumplir 22 años, y debe tomar las riendas de su gobierno.

Entre sus decenas de frentes para gobernar, hay uno que lo preocupa mucho, y es por el excesivo poder de su ministro de Finanzas, Nicolás Fouquet. Además, éste —que había llegarlo al ministerio con los bolsillos vacíos—, se ha hecho muy rico; es dueño, entre otras posesiones, de un suntuoso castillo (Vaux-le-Vicomte), construído especialmente por los mejores artistas y arquitectos del reino, y en él da una fiesta en que el rey ve claramente que el lujo que despliega su ministro supera enojosamente el tren de vida que se lleva en el Palacio del Louvre, morada oficial del rey y su familia.

Nicolas Fouquet

Nicolas Fouquet, Ministro de Hacienda

Al invitar al rey a su magnífico castillo de  Vaux,  el superintendente de las finanzas Fouquet firmó su perdición: «¿Es que no vamos a ser capaces de obligar a esta gente a restituir lo mal adquirido?» Fouquet iba a morir en prisión, pero a pesar de ello el lujo iba a volver con su magnífico esplendor en el Palacio de Versalles.

—El no puede haber adquirido tantas propiedades honestamente —comenta el monarca—. No tenía un solo centavo al ser nombrado para ese cargo…

Luis  XIV  promulga,   entonces,  su primer decreto: destituye a Nicolás Fouquet y decide que el señor dArtagnan, comandante de los mosqueteros, se encargue de prenderlo y conducirlo a la fortaleza de Pignerol, donde   pasará   el   resto   de   su   vida.

El soberano experimenta por primera vez su propia fuerza. Comprende que necesita asesores, pero que no debe permitir que acumulen poderes excesivos, pues correría el riesgo   de  que   escaparan   a  su   control.

Se previene también contra la “nobleza de toga”, que había adquirido durante los reinados anteriores cargos administrativos con carácter hereditario. Nombra funcionarios para cargos transitorios, de duración sólo determinada por los deseos del propio monarca. Tales hombres, como lo había recomendado Mazarino, son escogidos entre los representantes más hábiles de la burguesía.

El más conocido de los ministros de Luis XIV es Colbert, hijo de un comerciante de tejidos, nombrado secretario de Estado, superintendente de las Manufacturas e inspector general de Finanzas, Colbert se convierte, en el brazo derecho del monarca, digno sucesor de Richelieu y de Mazarino. Tiene ideas bien definidas sobre la economía en general y sobre la política económica necesaria al reino. Para él, la sociedad se apoya sobre el trabajo, “fuente de todos los bienes espirituales y materiales”, inclinación natural, pero que el Estado tiene el derecho de imponer.

Colbert quiere limitar el número de los que no trabajan: los “oficiales” de la corte, las personas nobles o burguesas que viven de rentas, los clérigos, etc. Mientras muchos de sus contemporáneos creen tan sólo en la riqueza agrícola, él considera los productos del suelo como inseguros y poco susceptibles de mejora. La industria es para Colbert el gran factor de la prosperidad, ya que no se sujeta a las inconstancias del clima, sino que depende, sobre todo, de la capacidad de los hombres.

Otras ideas de Colbert corresponden a la doctrina económica dominante en su tiempo: el mercantilismo. Lo que hace la riqueza de un Estado son sus recursos en metales preciosos. Como la cantidad de oro y plata existente en el mundo es limitada, Colbert cree que sólo puede aumentar las reservas y riquezas de Francia a costa de sus vecinos. Francia debe bastarse a sí misma, exportar el máximo posible e impedir la entrada al país de productos manufacturados por competidores,   principalmente   europeos.

La industria del reino era incipiente. En su mayor parte, estaba representada por pequeños talleres artesa-nales, incapaces de fabricar productos de calidad a bajo precio y en cantidades suficientes para permitir la exportación. Por eso, Colbert inaugura una política de intervención directa del Estado en la producción. Se crean las manufacturas estatales, reuniendo en un solo local a artesanos de varios talleres. El nuevo sistema es mucho más rentable para el gobierno.

La reunión de los artesanos en grandes grupos aumenta la productividad del trabajo. Además, los trabajadores reciben apenas un magro salario y están sujetos a un régimen opresivo: cualquier divergencia en cuanto a la  paga es  castigada severamente.

EL CORRUPTO FOUQUET: El 10 de marzo de 1661, el canciller Séguier, los secretarios de Estado y los miembros del Consejo fueron reunidos por Luis XIV, que se dirigió a ellos en estos términos: «Os he reunido para deciros que hasta este momento he dejado que mis asuntos fueran gobernados por el señor Cardenal. Ya es tiempo de que los gobierne yo mismo. Vosotros me ayudaréis con vuestros consejos, cuando yo os los pida».

Estas palabras fueron acogidas con un estupor incrédulo. Significaban el establecimiento de una dictadura como Francia no la había conocido nunca. Pero el reino pedía ardientemente un monarca absoluto.

La Fronda dejaba un recuerdo de horror, y de ninguna manera habían sido curadas todas sus heridas. Las victorias sobre el extranjero excitaban el apetito de gloria y hacían desear un gran reinado. Además, los años 1660 y 1661 habían conocido malas cosechas; el pueblo tenía hambre, la mortalidad aumentaba. En las ciudades volvía el paro y el antagonismo de clases. Todos se volvieron hacia el rey como hacia un salvador, y se encontraron con que el rey respondía perfectamente a estas aspiraciones.

Desde el primer día de su gobierno demostró a la escéptica corte una pasión por el trabajo que no cesaría nunca, experimentando una profunda alegría al dirigir, y dominando, sin esforzarse, a sus ministros. Entre estos, el más brillante era cierto Nicolás Fouquet, superintendente de Hacienda, quien se burlaba de la energía del joven monarca, persuadido de que la atracción de la vida amable no tardaría en separar a Luis de sus deberes. Y para la corrupción y los placeres, Fouquet era maestro consumado. Inmediatamente después de la guerra civil, traficantes y tratantes dominaban el gobierno y la sociedad. El Gran Maestre de la Hacienda los protegía y participaba en sus negocios, confundiendo alegremente el dinero del Estado con el suyo.

Su castillo de Vaux le Vicomte, decorado por Le Notre, Le Brun, Poussin, era de una belleza y de un fasto inauditos, y sus colecciones procedían de todos los rincones del mundo; encantador, elegante, perverso, todas las mujeres le estaban sometidas, y los salones de su esposa y de su amante eran los más solicitados de Francia. Hombre atrevido, además, había concebido las principales ideas del programa aplicado más tarde por Colbert.

Colbert había sido recomendado al rey por Mazarino en su lecho de muerte. Hijo de un pañero de Reims, moreno, hosco, siempre malhumorado, el fiel servidor del Cardenal se había enriquecido junto a este último. Sin embargo, si bien entonces se había prestado a turbios manejos, el ministro de Luis XIV sacará más tarde provecho de su integridad, de su amor a la cosa pública.

Colbert no era un desconocido para Luis: cuando los amores del rey con María Mancini, había llevado en propia mano las cartas que la italiana dirigía al soberano desde su exilio de Brouage, donde estaba relegada. Después de la muerte de Mazarino, el sagaz empleado fue nombrado Interventor de la Hacienda, viéndosele trabajar cada noche frente a frente con el rey. Allí, desenredó las cuentas de Fouquet, aclarando sus malversaciones.

Luis necesitó dos meses para decidirse. En mayo, estaba resuelto a hundir al superintendente. Este se condujo con seguridad y orgullo, trabajando en su propia perdición: vendió su cargo de Procurador General en el Parlamento, que le hacía casi inviolable, y ofreció a Su Majestad una fiesta incomparable en su castillo. Deseaba impresionar así al joven rey, por su gloria y su fasto. Pero el espectáculo de los jardines, de los bailes, de los fuegos, de los juegos de agua, irritó al rey, que comparaba sus vetustas estancias con este palacio de sátrapa.

El odio de Luis XIV persiguió entonces al superintendente hasta su fortaleza de Belle Isle, donde el 5 de septiembre fue detenido por los mosqueteros. Tres años después se abrió el proceso de Fouquet. Queriendo Luis ofrecer un terrible ejemplo a los malos servidores de la corona, dejó a Colbert escarnecer injuriosamente a la justicia: el ministro desapareció en el fondo de la fortaleza de Pignerol y jamás salió de ella.

Juzgado demasiado importante el cargo de superintendente, fue suprimido y reemplazado por el de «interventor de hacienda». Una época se había acabado. Después del último sobresalto del feudalismo, Luis XIV iba a gobernar con la «plebe y la baja burguesía», como escribió el duque de Saint Simón.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

Cardenal Mazarino Ministro y Tutor de Luis XIV de Francia Obra

RESUMEN DE LA VIDA Y OBRA DEL CARDENAL MAZARINO, MINISTRO DE LUIS XIV

ANTECEDENTES: La segunda parte del siglo XVII francés, período que sería llamado el «Gran Siglo» por los historiadores, se caracteriza durante sus diez primeros años por una crisis que conmovió a la monarquía como raramente lo había sido antes ni lo volvería a ser después, hasta la Revolución de 1789.

Es una de las pocas veces, durante toda la historia de Francia, en que la monarquía encuentra levantados frente a ella, tanto al Parlamento burgués como a los Príncipes, sostenidos por el pueblo. Todos se sentían cansados de la mano de hierro que Luis XIII había mantenido sobre ellos por medio de su ministro Richelieu. Para defender la corona real se encontró un prelado extranjero, el italiano Mazarino, cuya inteligencia y energía redujeron las intrigas y violencias.

Cuando el pequeño Luis XIV llegó a la edad de ocupar el poder, conservaba de su infancia el horror al desorden y a toda veleidad de independencia. Con una voluntad sistemática establecerá los fundamentos de un absolutismo como Francia no le había sufrido jamás.

cardenal frances mazarino

Giulio Mazarino
Giulio Mazarino o Jules Mazarin (1602-1661), político y cardenal francés que controló el gobierno francés durante la minoría de edad deLuis XIV y ayudó a transformar a Francia en la potencia predominante de Europa.El poderoso cardenal francés de origen italiano Giulio Mazarino gobernó el reino
durante la minoría de edad de Luis XIV.

DOS ESPECIALISTAS  PARA UNIFICAR   UN   REINO
Mientras en Alemania los señores feudales aún tenían fuerza suficiente para impedir la unificación del Imperio, en Francia las cosas marchaban en sentido inverso: la nobleza se debilitaba gradualmente, consolidándose el poder de la monarquía sobre todo el reino.

Desde tiempos de Felipe IV el Hermoso, quien afianzó la obra de Felipe II Augusto, la idea de país iba cobrando cuerpo. Hasta entonces en la Edad Media, cada señor o noble tenía control absoluto sobre sus dominios —los feudos—. Pero, durante los tres últimos siglos, el poder de la nobleza iba siendo limitado. Aunque conservaban todavía algunos privilegios, barones y condes eran obligados a respetar una única autoridad “nacional”, el rey. Aun así, periódicamente la nobleza se rebelaba, reclamando o restableciendo sus antiguos privilegios y creando dificultades a las iniciativas del monarca.

Richelieu procuró subordinar enteramente la nobleza al poder central. Pero el tiempo era corto. El rey envejecía y el propio Richelieu sentía disminuir sus fuerzas, sin que la monarquía francesa hubiese alcanzado el poder absoluto que consideraba indispensable para el fortalecimiento del Estado.

Se hacía imprescindible crear condiciones para que el futuro monarca pudiese continuar la obra. Uno de los obstáculos ya habla sido sorteado: la falta de un heredero directo del trono. Si Luis XIII hubiera muerto sin dejar hijos, la situación se habría complicado, pues la corona habría pasado al hermano del rey, en quien Richelieu no confiaba.

Había ahora una criatura de algunos días de vida. Pero eso solo no bastaba para asegurar la continuidad de la política incitada por el cardenal. Richelieu pensaba que sin un buen consejero ningún soberano se podría conducir con eficacia. Por eso necesitaba preparar con urgencia un sucesor para su propio cargo.

Había un solo hombre que estaba en condiciones de sucederlo: Giulio Mazarino, experto diplomático italiano que había sido soldado en los ejércitos del papa y que por entonces representaba al pontífice en París. En la larga convivencia con el italiano, Richelieu comprobó la perfecta identificación que Mazarino iba adquiriendo con él. La probada habilidad de Mazarino haría de él un continuador ideal de sus proyectos.

Era necesario “afrancesarlo” y aumentar su prestigio, para tornarlo en un consejero viable para el futuro rey de Francia. En 1640, Richelieu manda cambiar su nombre por el de Jules Mazarin y consigue su elevación al rango de cardenal. Esto se produce en el momento preciso: Richelieu fallece dos años más tarde y, al año siguiente, deja de existir también Luis XIII.

Ana de Austria

EL ULTIMO DESAFIO DE LA NOBLEZA
“¡Luis XIII ha muerto, viva Luis XIV!”. Resuenan nuevamente los tambores en las plazas públicas, mientras los heraldos proclaman el nombre del nuevo rey. El monarca tiene sólo cinco años. Corresponde a su madre gobernar provisionalmente, hasta que el rey alcance la mayoría de edad. No muy interesada en los asuntos políticos, la Reina Ana entrega el poder efectivo a ese personaje todavía relativamente oscuro, el cardenal Mazarino. Consta que las relaciones de la reina con su primer ministro eran más que amistosas. El hecho es que Mazarino no pierde tiempo y aplica paso a paso la política de Richelieu.

Luis XIII de Francia

Crea nuevos impuestos y tasas para los nobles, a fin de obtener fondos y reducir  aún   más  sus   privilegios.   Y concentra en sus manos una gran cantidad de poderes que, según explica, serán transferidos a Luis XIV en cuanto éste suba al trono. Mazarino se destaca pronto. Concluye con Alemania los tratados de Westfalia, poniendo fin a la llamada Guerra de los Treinta Años, que a partir de un conflicto entre los príncipes alemanes y los Habsburgo se había transformado en un conflicto continental, pues comprometía prácticamente a todos  los  países  europeos.

Los obispados de Metz, Toul y Ver. dún eran reconocidos como parte del reino de Francia y lo mismo ocurría con Alsacia, que se convertía en un enclave francés en medio de territorios germánicos. El poderío español también se reducía, ya que perdía gran parte de su influencia en los Países Bajos.

La guerra fue financiada por medio de pesados tributos, que afectaban tanto a los varios sectores de la nobleza como a los comerciantes, campesinos y artesanos. A partir de 1646, por ejemplo, todas las mercaderías que entraron en París fueron tasadas. Apoyándose en la burguesía, con la cual entablaron un pacto momentáneo (ambas clases tenían intereses opuestos), los nobles se rebelaban contra Mazarino con el concurso de la población de París.

Sintiéndose poco segura en palacio, la regente manda aprontar un carruaje y, llevando consigo a su hijo, logra atravesar la ciudad y refugiarse en la pequeña villa natal de Luis XIV, Saint-Germain-en-Laye (el pequeño rey no olvidará jamás el miedo que le produjo el levantamiento de París y de la nobleza: toda la vida tratará de domesticar a esta última y nunca se encontrará a gusto en la capital).

Se trataba de la llamada Fronda, rebelión capitaneada por la nobleza contra el poder creciente de la monarquía. Expulsado de París por los nobles, el joven rey Luis XIV fue, no obstante, traído de regreso por un príncipe, Conde. En desacuerdo con la revuelta, Conde afirmaba no tener nada contra el futuro soberano, y sí contra Mazarino. Exigió que fuese echado de Francia. En condiciones de inferioridad, Mazarino se exilió voluntariamente y comenzó a preparar  cuidadosamente   su  retorno.

Mantenía intensa correspondencia con la reina y su hijo, y daba instrucciones precisas en cuanto a la manera de enfrentar a la Fronda. En setiembre de 1651, probablemente debido a su consejo, Luis XIV declara oficialmente terminado el período de la regencia materna y asume todos los poderes de monarca. Tiene apenas trece años.

No tardará en llamar a París al fiel consejero de la corona (fiel, aunque se enriquezca a su nombre). Desde entonces, Mazarino se convierte en la “eminencia gris” del reino, el verdadero gobernante y preceptor del rey. Sólo otra personalidad se hace tan conocida —y odiada— como la suya en los años siguientes: la de Nicolás Fouquet, superintendente de Finanzas, a quien Mazarino encarga la importante tarea de recaudar los impuestos.

Mazarino enseña a Luis XIV a mantener siempre equilibrado el tesoro real, a rodearse de hombres competentes, interesados en desarrollar el comercio y las manufacturas, y a escoger a sus asesores sobre todo entre los burgueses, que, según él. merecen más confianza que la gente de  la   nobleza.

Luis XIV de Francia

No podía haber mejor alumno que Luis XIV. El monarca participaba de las reuniones del consejo a título de “enseñanza práctica” y daba su parecer sobre los asuntos en discusión.

A partir de cierto punto, su opinión divergía frecuentemente de la de los consejeros, lo que provocaba algún malestar en la sala del conseje en definitiva, Luis no era más que un muchachito. Empero, se hacía difícil distinguir dónde terminaba el entrenamiento y dónde comenzaba a expresarse   la   soberana   voluntad   real.

CUANDO  EL  DISCÍPULO APLICA LAS DOCTRINAS DEL MAESTRO
Antes de “diplomarlo”, Mazarino juzgó necesario escoger para él una esposa. Luis ya tenía su elección hecha: María Mancini, joven y bella sobrina del cardenal. Pero éste era contrario a las complicaciones que estos amores podían aportar. “¡Señor, os he recomendado apoyaros sobre los burgueses —dice— pero no sobre las burguesas! …” Mazarino insiste en que el monarca encuentre esposa en las familias reales de Europa. El casamiento es un asunto de Estado, un asunto por demás complicado para confiarlo exclusivamente a los sentimientos.

Mazarino ha iniciado gestiones ante Felipe IV de España: Luis XIV se casará con la princesa María Teresa, recibiendo a cambio territorios españoles de los Países Bajos, además de una pequeña dote de… ¡medio millón de escudos de oro! Al menos teóricamente, la transacción deberá asegurar la paz entre los dos reinos. La ceremonia se realiza en 1660.

Boda de Luix XIV y María Teresa

Boda de Luix XIV y María Teresa

Luis, que había jurado a María una fidelidad eterna, la dejó marchar, entre lágrimas. El corrió a ocultar sus lágrimas a Chantilly, enviando a su bienamada patéticas cartas de amor. Hizo falta, durante meses, toda la ternura de Ana de Austria, toda la sutileza, todas las reprensiones del Cardenal para que el rey consintiese, por fin, en renunciar a María, aceptando ofrecer su mano a la insípida María Teresa. El 9 de junio de 1660, unos esponsales dignos de un cuento de hadas unían a la Infanta de España y al Rey de Francia. María Teresa, desde el día siguiente de su boda, manifestó por su esposo una adoración ingenua y enojosa, que se prolongaría hasta sus últimos días.

EL FIN DE MAZARINO
El rey fue siempre un dócil alumno de Mazarino. Este se comportaba como verdadero monarca. Nadie tenía acceso libre a él, quien solicitaba una gracia debía dirigirse al Cardenal y no a Luis; su salud declinaba de día en día, pero su fasto jamás había aparecido tan esplendoroso. Victorioso frente a Austria y España, todavía encontró tiempo para pacificar el norte de Europa, restableciendo el equilibrio entre Suecía, Polonia y Dinamarca.

Sintiendo entonces próximo su fin, contempló la muerte con grandeza, suspirando solamente a la vista de las maravillas de su colección de cuadros: «Es necesario, pues, dejar todo esto». «Nunca, dijo más tarde Voltaire, hubo en una corte más intrigas y esperanzas que durante la agonía del cardenal Mazarino».

El superintendente Fouquet, protegido por la reina madre, creyó que sucedería al italiano, pero Colbert estaba firmemente resuelto a obstaculizarle el camino y a aprovechar la oportunidad. El día 7 de marzo, Mazarino se despidió noblemente del rey y de la reina madre.

Luis XIV lloró mucho, pero cada uno de sus ministros, acechando en su rostro una señal sobre la que fundar sus esperanzas, quedó decepcionado. El Cardenal se extinguió el 9 de marzo, habiendo llevado a fin la obra de Luis XIII y de Richelieu. Entre las manos del rey de Francia ponía la corona más poderosa de Europa.

PARA SABER MAS…
LAS DIFICULTADES FINANCIERAS EN LA ÉPOCA DE MAZARINO
Mazarino se encontraba frente al enojo de la nobleza y, además, frente a las dificultades económicas que había heredado de su predecesor. Este había concedido a estas cuestiones un mediano interés. El «estado de previsión» establecido cada año no comprendía todos los gastos ni todos los ingresos. Había cajas distintas, cuentas especiales a las cuales estaba afectado un ingreso determinado.

El paso de gente de guerra o una mala cosecha comprometían su percepción, por lo que se imponía encontrar nuevos recursos. Los gastos impagados, los ingresos no cobrados eran diferidos de año en año. Hubieron de aumentarse los impuestos de 17 a 69 millones, acrecentar el número de gravámenes. Pero todo fue insuficiente. La productividad del país era mediocre: el reino estaba siempre en el límite de la subsistencia y al borde del hambre endémica; la población permanecía subalimentada.

Para mantener sus ejércitos, Mazarino hubo de recurrir a métodos detestables, pidiendo prestado dinero a los banqueros, autorizando a éstos a percibir determinados impuestos. El rey ponía entonces a su disposición agentes del fisco y, a veces, hombres armados oprimían con impuestos a los campesinos hambrientos. En 1643 y 1644 hubo revueltas y motines en Rouer-gue, Poitou, Saintonge y el Angoumois. Pero la crisis financiera, lejos de disminuir, se agravaba. Particelli d’Emery, financiero de origen italiano, nombrado superintendente, se las ingenió para encontrar recursos nuevos mediante la venta de oficios inútiles y reducciones de emolumentos.

Exhumó una vieja ordenanza de Enrique II prohibiendo la construcción de casas junto a las murallas de París por razones militares; los propietarios de los suburbios hubieron de pagar una multa en virtud de este Edicto (Edit du Toisé), lo que provocó motines (1644). Una nueva tasa, la de los «Acomodados», afectó a los financieros, pero fue necesario renunciar a ella rápidamente ante las protestas generales.

El Parlamento de París se puso a la cabeza de los descontentos. En 1647, cuando habían comenzado las negociaciones de Westfalia, se promulgó otro Edicto que gravaba los derechos de consumo sobre todas las mercancías que entraran en París.

En fin, en 1648, con ocasión de la renovación de la Paulette (tasa anual pagada por los magistrados, que garantizaba la herencia de sus cargos), se decidió que, en lugar de pagar este derecho anual, los oficiales de los Tribunales (Tribunal de Cuentas, Tribunal de Impuestos Indirectos, Gran Consejo) abonarían cuatro años de sueldo. Aunque el Parlamento de París había sido exceptuado de esta medida, un poco excesiva, no impidió que se solidarizara con sus colegas.

Luis XI de Francia Gobierno y Economia de su Reinado

Luis XI de Francia – Gobierno y Economía de su Reinado

Luis XI (1423-1483), nació en Bourges el 3 de julio de 1423, fue desde 1461 rey de Francia (hasta 1483), hijo y de Carlos VII. Como sucesor de su padre, siguió la misma obra, iniciada por su progenitor. Se esmero desde un primer momento en restablecer la unidad y estabilidad de Francia tras los estragos causados por la guerra de los Cien Años.

Se unió a nobles descontentos en una fallida rebelión contra Carlos VII el año 1440, pero se le perdonó y fue nombrado gobernador del Delfinado o (Dauphiné), donde mostró una gran capacidad para el gobierno. Tras la muerte de su primera esposa, Margarita de Escocia, desafió a su padre al casarse con Charlota de Saboya en 1457. Vivió desde 1456 hasta 1461 en la corte del duque de Borgoña, Felipe el Bueno.

Luis XI de Francia

Cuando Luis XI sucedió a su hermano, lo que había heredado era un reino yermo (pobre, miserable) , con sus pueblos vacíos y sus campiñas asoladas. Cuando él murió, en el año 1483, dejaba una Francia más unida e infinitamente más próspera que la que había encontrado. Pero para lograr este resultado, aparte de su astucia natural, el rey había puesto en acción los recursos de su temperamento autoritario. Reinó como monarca absoluto, y Commynes podrá decir de él: «Fue el rey más terrible que hubo nunca en Francia»,

Le vimos hacer frente, en los primeros años de su reinado, a la Liga del Bien Público, y su represión fue severa: el condestable de Saint Pol y el duque de Nemours fueron decapitados, mientras que el cardenal La Balue estuvo once años prisionero. Además de esto, empleando métodos menos expeditivos, acostumbró a los señores feudales a una sumisión inmediata a su arbitrio.

Conminó a Juan de La Tour d’Auvergne a cambiar su condado de Boulogne por el de Lauraguais. El conde no podía, so pena de un castigo implacable, sustraerse a la voluntad real. Obispos y abades también debieron ser elegidos según la voluntad del rey. Y para ejercer su poder tiránico, Luis estaba secundado por una activa policía, que practicaba la delación y el espionaje. Oigamos, una vez más, a Commynes. «El rey era, naturalmente, amigo de las gentes de condición modesta y enemigo de todos los Grandes, que no lo necesitaban». Así, se apoyaba en las ciudades contra los señores feudales.

Ciertamente, no vacilaba en castigar con severidad a los que se le resistían; por ejemplo, Arras, culpable de haberse mostrado reticente en aceptar su autoridad después de la muerte del Temerario, vio decapitar a veintidós de sus burgueses.

Pero Luis XI, semejante en esto a sus antepasados Felipe Augusto y Felipe el Hermoso, tenía conciencia de la fuerza de los gremios de artesanos. En 1467, confiaba la guardia de París a «sus residentes y habitantes», divididos en compañías formadas tras los sesenta y un. estandartes, bordados en oro, de sus corporaciones. A fin de atraerse a la rica burguesía, hábilmente le confiaba cargos y empleos, ennobleciendo a alcaldes y regidores, a oficiales de justicia y de hacienda.

Los autorizó, igualmente, a fortificar sus dominios campesinos con fosos, murallas, torres y atalayas. En contraposición, la relatiya autonomía de que gozaban las ciudades, iba perdiéndose, día a día: era ésta una tendencia general que, desdé comienzos de siglo, se manifestaba en toda Europa. Luis XI hacía pesar su autoridad con la minuciosa  vigilancia  que  ejercía  sobre  la administración urbana y sus onerosas exigencias financieras.

EL REY DE LOS COMERCIANTES: Al ver pasar a su rey, los habitantes de Abbeville gritaban: «Santo Dios, ¿es éste el rey de Francia, el más grande rey del mundo? Parece más un criado que un caballero.’Entre todo, caballo y vestiduras de su cuerpo, no vale veinte francos». En efecto, estamos lejos de los fastuosos Valois. Más prosaicamente, Luis XI es el rey de los comerciantes; él sabe que el dinero es la garantía más segura de la autoridad, y su afán es vender mucho y comprar poco.

El Estado toma las riendas de la economía, imponiendo una reglamentación rigurosa. Se prohibe a los franceses acudir a las ferias de Ginebra y de los Países Bajos, a las cuales se oponen las de Lyon, Ruán y Caen. Quinientos mil escudos salían todos los años de Francia para la. compra de sederías italianas. Luis XI favoreció el cultivo de la morera y creó en Tours una manufactura para el tejido de la seda. Asimismo, como los productos metalúrgicos eran, en general, importados de Alemania, el rey nombró un inspector general de minas, encargado de hacer prospecciones, e impulsó la creación de altos hornos.

Una mejor utilización de la energía hidráulica permitió la instalación de potentes fuelles, lo que dio lugar a protestas airadas contra estos hornos «abismos de los bosques, tragaderos voraces de madera». Por otra parte, el Estado sostenía a los pañeros de Montpellier y de Poitiers, y protegía «el arte de escribir artificialmente». En 1470, un pequeño taller de imprenta se abría en la Sorbona; a finales del siglo, Lyon poseía una cincuentena.

Pero los vinos de Aquitania pesaban seguramente mucho más en la balanza comercial que los libros: para salvaguardar la fortuna del sudoeste, Luis llegó a autorizar a los navios ingleses que cargaran ellos mismos los toneles. Organizó en Londres una exposición de productos franceses, firmó un tratado comercial con el rey de Portugal y otro, en Argelia, con el «rey de Bona». Y he aquí el correo organizado: correos con blusa azul y gregüescos rojos galopaban a través de Francia en etapas de cuatro leguas.

Las campiñas que cruzaban volvían a tener un aspecto civilizado: a fin de repoblar y poner nuevamente en condiciones de cultivo las tierras devastadas,los señores consentían en contratos liberales, no exigiendo más que un noveno de las cosechas. Se habían otorgado parcelas incultas a campesinos aislados o a grupos de colonos.

La agricultura progresaba, los rendimientos aumentaban y se estima que la tercera parte del suelo francés estaba en explotación en el último tercio del siglo XV. El producto de la talla, tasa sobre las personas y los bienes, pasó de 1.200.000 libras, en 1462, a 4.600.000, en 1481.

Finalmente, se restableció una moneda sana, contante y sonante, el escudo «au soleil», capaz de competir con el florín o la libra esterÜna. Con el fin de llenar sus cajas, el Estado se ocupó de la recaudación de impuestos. El consejo de los tesoreros y de los generales fijaba, cada año, el estado de las finanzas, a partir del cual se hacía el reparto de la talla entre las provincias. Con la gabela—impuesto sobre la sal—y las alcabalas—tasas sobre la venta, la compra y el transporte de las mercancías—se procuraban los recursos del reino. La intervención del Estado era cada vez más gravosa.

LOS CONSEJEROS
Luis XI, en su política de restauración económica, estaba asistido por un «Gran Consejo». La mayor parte de sus miembros seguían al rey en sus desplazamientos, mientras el Parlamento y el Tribunal de Cuentas permanecían en París. Eran servidores del rey, nombrados por él y sometidos, enteramente, a sus deseos, por oposición a los del Parlamento, que se consideraban a sí mismos como servidores de la ley, independientes del soberano.

Este, deseoso de llevar a cabo la restauración económica del país, eligió sus «corsejeros» entre los burgueses provincianos servidores y émulos de Jacques Coeur, ministro de su padre. No hay que olvidar al preboste Tristán Lermite y al antiguo barbero del rey, Olivier le Daim, especialistas en maniobras policíacas y de espionaje. Pero la autoridad imperiosa del soberano se afirmaba de manera aplastante: «A causa de nuestra soberanía y majestad real, a Nos, únicamente, pertenece el Gobierno general y administración de nuestro reino». Luis, al solicitar frecuentemente la opinión de su Consejo, quería, simplemente enmascarar con ello el despotismo.

Al consolidar su autoridad, estableció las bases para la creación de la monarquía absolutista en Francia; al fomentar la industria y el comercio, incrementó la riqueza del país. Murió en Plessisles-Tours el 30 de agosto de 1483 y le sucedió su hijo Carlos VIII.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo V La Gran Aventura del Hombre

 

Historia Edad Moderna Caracteríticas y Principales Hechos

Características de la Edad Moderna
Inventos, Renovacion Científica, Grandes Exploraciones Marítimas

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CARACTERÍSTICAS Y PRINCIPALES HECHOS DE LA EDAD MODERNA

La crisis política.— El paso de la Edad Media a la Moderna no tiene demarcación neta. Los acontecimientos que se citan como línea divisoria (la caída de Constantinopla en 1453, la invención de la imprenta o el descubrimiento de América) son puramente convencionales. La Edad Media se prolonga después de tales hechos, y los tiempos modernos ya se presentan antes.

Los nuevos tiempos se anuncian por una serie de acontecimientos políticos, filosóficos y religiosos. En primer lugar, en 1309 el pontificado se encuentra obligado a abandonar Roma y a permanecer durante setenta y ocho años en Aviñón, en Francia. A esto sucede el gran cisma o sea una división de la cristiandad que no termina hasta 1417.

En 1349 la “peste negra” que asoló a Europa produce la desarticulación de los gremios y de las universidades por la muerte de sus mejores maestros. Resultado de todas estas situaciones fue la pérdida del sentido de la unidad europea. Al ideal de una cristiandad unida, de una sociedad bastante homogénea dirigida por la Iglesia, con instituciones universalmente uniformes y con aspiraciones comunes, se le enfrentan los Estados nacionales centralizados.

En una época en que se creía que todo procedía de Dios, comenzó a afirmarse que el gobierno civil había sido instituido por una disposición divina y que por lo tanto el rey o el emperador habían recibido el poder de Dios. Maquiavelo en Italia, Hobbes en Inglaterra desarrollaron sus concepciones en apoyo de la monarquía absoluta, estableciendo firmemente la soberanía del Estado nacional. Lo que importa en los pueblos es la gloria del príncipe. Por otra parte, en el orden económico surge el capitalismo con el renacimiento del comercio y en la sociedad empieza a definirse una nueva clase social poseedora de la riqueza: la burguesía.

Alrededor de 1500 se unifican tres naciones: Francia, Inglaterra y España, y surgen las nacionalidades encarnadas en sus monarquías, que empiezan a adquirir conciencia propia.

El humanismo y el Renacimiento. — A fines del siglo XIII apareció en Italia una reacción contra la mentalidad medieval. Se observa primero en la pintura y en la arquitectura (Giotto, Simone Martini), pero donde el movimiento cobró vuelo fue en la literatura, que engendró el llamado humanismo. Los humanistas profesaron gran devoción por la antigüedad.

Procuraban descubrir los modelosdel arte entre las abandonadas ruinas romanas y buscaban los escritos clásicos en las bibliotecas monásticas. Alrededor de 1414 se encontró en el monasterio de San Gall, en Suiza, un ejemplar casi completo de las obras de Quintiliano. Este descubrimiento influyó poderosamente en el pensamiento pedagógico de los humanistas.

Este interés aumento aún más cuando se conocieron a los pensadores griegos en su lengua original, en particular a Platón. Muchos italianos se trasladaron a Bizancio para aprender la lengua griega y cuando los griegos fueron perseguidos por los turcos, emigraron a Italia llevándose consigo importantes obras de la antigüedad. Muchos se entregaron a la enseñanza del idioma y otros se dedicaron a copiar manuscritos, multiplicando de esa forma el número de ejemplares de los textos.

La invención de la imprenta favoreció la difusión de las obras clásicas, disminuyendo el precio de los libros y poniéndolos al alcance de muchos. La prosperidad económica de numerosos príncipes y Papas transformados en fervientes protectores de los hombres de letras aseguró el triunfo del humanismo.

El renacer de la cultura clásica. — El Renacimiento descubrió de nuevo a los autores paganos y con ellos a las humanidades. Dante Alighieri (1265-1331) es el precursor de los humanistas y señala el pasaje de la Edad Media a los tiempos modernos.

Su inmortal obra La divina comedia condensa los ideales del momento, pero el primero de los humanistas cristianos fue el célebre poeta florentino Francisco Petrarca (1304-1374). Ferviente admirador de los clásicos, quiso resucitar la pasada grandeza de Roma y producir con ello la unión de la cristiandad bajo el Papa o bajo un emperador.

Petrarca miraba con desdén los siglos inmediatamente anteriores y no estaba contento con el siglo en que vivía, pero cantaba los tiempos futuros, donde todo volvería a ser áureo y lleno de la grandeza antigua. Junto con Petrarca podemos citar a Boccaccio y a Pico de la Mirándola.

Nueva concepción del mundo. — Con la lectura de los autores paganos, el hombre del Renacimiento adquirió una nueva concepción del mundo y de la vida, se sintió constructor de un mundo, consciente de su fuerza creadora. Ya no aspira a los goces de la vida futura sino a los de la vida terrena: el honor, la gloria, la fama, las riquezas, el poder. Se halla más inclinado a la vida civil, donde obra y colabora con sus semejantes para la edificación de la ciudad terrena, que a la vida del claustro.

Asimismo descubre los atractivos del paisaje, ya que en el siglo XIII y en el siguiente construye jardines, villas campestres y realiza ascensiones a puntos pintorescos. Los viajes, la sed de aventuras y los relatos geográficos amplían este sentimiento de la naturaleza.

Entre los elegantes, el Renacimiento tuvo un carácter francamente pagano e influyó en las diversiones. Cada uno estaba decidido a exceder a los demás en cortesía, verbosidad y resistencia. La competencia fue frenética y tan intensa como jamás lo ha sido en ninguna sociedad humana.

El Renacimiento fue la época del héroe como artista, como soldado de la fortuna, como explorador, como erudito; se era un héroe o se era un fracasado.Mas esta alegría de vivir del Renacimiento degeneró fácilmente en frivolidad y en anarquía moral. Como todos los fanáticos de una cultura racional, los espíritus superiores crearon un mundo claro, pero sin corazón.

Fueron asocíales, despreciaron al pueblo. Los sentimientos cristianos quedaron durante el 1500 casi totalmente ocultos. La visión del humanista es primordialmente estética, ya que el culto de lo bello informa toda la vida de ese momento. El humanista es un hombre que tiene el gusto de la vida y aún hoy, que lo hemos perdido en parte, quedamos admirados frente a las construcciones arquitectónicas o a los libros del Renacimiento.

Invenciones y descubrimientos geográficos. — En los últimos -éiglos del medievo aparecen o se propagan algunos inventos trascendentales : la pólvora, que restó importancia a los castillos y mató la vida caballeresca; la brújula, que permitió levantar mapas y navegar lejos de las costas. Así fue cómo los portugueses en 1488 pudieron doblar el cabo de Buena Esperanza, y llegar a la India. Cristóbal Colón descubrió América y El Cano dio la vuelta al mundo (1520). Los grandes descubrimientos geográficos hicieron afluir inmensas riquezas, revolucionaron las relaciones entre los Estados y transformaron la concepción del mundo.

Pero de todos los descubrimientos, el más importante desde e! punto de vista intelectual fue la aparición de la imprenta en las postrimerías de la Edad Media. En 1455, Gutemberg decidió imprimir la Biblia con tipos móviles fundidos en plomo, cuyas letras copió de un manuscrito. Años después la imprenta se extendía por toda Europa, no para difundir la cultura popular, sino los textos clásicos griegos y latinos destinados a los eruditos. Las consecuencias de la imprenta para la vida intelectual fueron enormes. Aumentó el número de personas que podían obtener sólida preparación y se difundió la lectura.

nuevos inventos en la edad moderna

La investigación del mundo físico. — Los humanistas no fueron hombres de ciencia, pero aunque no tienen una visión científica muy clara del universo físico, son grandes rebeldes contra la cosmología medieval. Si el siglo XV estuvo empeñado en restablecer los valores humanos, el siglo XVI se preocupó en fundar una visión del mundo realista y racional, prescindiendo de los límites impuestos polla autoridad de Aristóteles y sin que la autoridad religiosa invadiera el campo reservado a la razón y a la experiencia. En este sentido puede decirse muy bien que con el Renacimiento se constituye autónomo el conocimiento de la naturaleza.

La astrología, la magia, la alquimia, la medicina, etc. concurren todas a tener un conocimiento completo y dominador de la naturaleza. No hay todavía ciencia; en la naturaleza se busca la revelación divina, como lo hace Galileo, y se cae en el panteísmo. Por otra parte, se afina el sentido de la experiencia y de la observación, y se prepara el terreno de la ciencia moderna. Si el hombre es un microcosmos, una síntesis de la naturaleza, él puede penetrarla y obrar sobre ella.

La naturaleza “está llena de infinitas razones que gobiernan y regulan su vida, que la obligan a desarrollarse según la ley que vive en ella”, así escribe Leonardo de Vinci, gran pensador e inventor, además de genial artista, que antes que Galileo reconoció la importancia de las matemáticas para leer el libro del universo.

La teoría científica que tuvo más eficacia sobre el espíritu del siglo fue la heliocéntrica, propuesta por Nicolás Copérnico y precisada científicamente por Kepler (1571-1630) y por Galileo Galilei (1564-1642). La tierra cesa de ser el centro del universo y el hombre aparece como una pequeña criatura perdida en la inmensidad. El nuevo interés por el hombre y la naturaleza condujo a nuevos progresos y a minuciosos estudios de la anatomía humana; triunfa el arte del desnudo.

Al buscarse el conocimiento del cuerpo humano se impulsa el conocimiento de la anatomía, destacándose Andrés Vesalio, médico de Carlos V (1514-64), que escribió un famoso libro sobre la estructura del cuerpo humano, dado a luz el mismo año que la gran obra de Copérnico (1543).

Esta labor fue continuada por Bartolomé Eustaquio, por Falopio de Módena, por el español Miguel Servet, quien descubrió la circulación sanguínea pulmonar, y fue completada por el. inglés Guillermo Harvey. Los resultados de la investigación permitirán formular claramente en el siglo siguiente los rumbos de la llamada ciencia nueva, haciendo triunfar al espíritu crítico y al racionalismo.

Fuente Consultada:
Historia de la Educación – Juan Carlos Zuretti – Editorial Itinerarium – Colección Escuela –
Enciclopedia Electrónica ENCARTA – Microsoft
Enciclopedia del Estudiante Tomo 19-Historia de la Filosofía – Editorial Santillana
Wikipedia –

Biografia de Enrique VIII – El Anglicanismo

Biografía de Enrique VIII  – El Anglicanismo

BIOGRAFÍA ENRIQUE VIII (1509-1547) Heredó el trono a la muerte de su hermano, el príncipe Arturo, casado con Catalina de Aragón , hija de los Reyes Católicos. Era joven, bien parecido, de presencia atlética y muy inteligente; pero a la vez era egoísta, duro y cruel. Contrajo matrimonio con Catalina, viuda de su hermano. Dueño de un país tranquilo y próspero, todo hacía suponer que su reinado sería feliz.

Años después se enamoró perdidamente de una dama irlandesa, Ana Bolena, y pretendió obtener el divorcio. Ante la negativa del Papa, rompió las relaciones con Roma, repudió a Catalina de Aragón y se casó con Ana Bolena. A los tres años Ana era decapitada por coqueta. Todavía Enrique VIII contrajo cuatro nuevos matrimonios: con Juana Seymur, con Ana de Cleves, con Catalina Howard y con Catalina Parr, la única que le sobrevivió.

Por haber roto públicamente con Roma fue excomulgado por el papa Clemente VII, pero el monarca hizo promulgar el Acta de Supremacía que le constituían en jefe supremo de la Iglesia Anglicana. Definió el dogma a su capricho e impuso la pena de muerte, que aplicó cruelmente contra los católicos fieles a Roma.

A su muerte, subió al trono su hijo Eduardo VI (1547-1553). Durante su reinado llegaron a Inglaterra gran número de luteranos que afianzaron el anglicanismo y contribuyeron a darle forma, aunque subsistía una gran masa de población católica.

A la muerte de Eduardo VI fue reconocida como soberana la hija de Enrique VIII, María Tudor (1553-1558). Como era católica, dictó una serie de leyes prohibiendo o persiguiendo el culto protestante. Esta reina estaba casada con Felipe II de España y era tan ardientemente católica como él.

Cuando murió la reina María Tudor, le sucedió su hermanastra, la hija de Enrique VIII y Ana Bolena, Isabel I (1558-1603), mujer de pocos escrúpulos, áspera e insensible, pero sagaz y calculadora. Era ardiente anglicana y durante su reinado mantuvo la misma trayectoria política sin tener en cuenta obstáculo alguno: proteger la corona y procurar la prosperidad de Inglaterra manteniéndola apartada de las luchas que se desarrollaban en el Continente.

Completó la Reforma anglicana y persiguió con la misma dureza y crueldad a los católicos que a los calvinistas. Expropiadas las iglesias católicas, los sacerdotes tuvieron que celebrar la misa secretamente. Por esta razón fue la gran enemiga de Felipe II. Protegió a los protestantes, enemigos de España, y alentó las sublevaciones de los Países Bajos. Gracias a ella,Inglaterra fijó los cimientos de su grandeza y poderío. Bajo su protección y dirección, los piratas ingleses asolaban las colonias del Nuevo Mundo y se apoderaban de las naves que, cargadas de riquezas, regresaban a España. El más famoso de todos fue Francis Drake, el segundo navegante que dio la vuelta al mundo.

María Estuardo (1542-1587), hija de Jacobo V de Escocia, se educó en la Corte francesa, pues estaba destinada a ser la mujer del príncipe Francisco II. En 1560 murió su esposo, Francisco II, rey de Francia, y como sus padres habían fallecido también regresó a Escocia para ser coronada reina.

En su patria existía un gran ambiente de lucha religiosa. Juan Knox, discípulo de Calvino, propagaba la doctrina protestante, el Parlamento había adoptado las doctrinas presbiterianas y los católicos eran perseguidos, los prelados habían sido expulsados del reino y las turbas, enardecidas, destruían las imágenes y saqueaban las iglesias y conventos. El mayor deseo de María Estuardo era restablecer la religión católica en Escocia. Casó con su primo, el lord católico Enrique Darnley, hombre vicioso y de malas costumbres, que murió en circunstancias misteriosas. La voz popular atribuyó el asesinato al conde de Bothwell, íntimo de la reina. En el colmo de la irreflexión, María Estuardo contrajo matrimonio con el conde a los tres meses de haber enviudado.

Toda Escocia se conmovió por el hecho y consideró a María cómplice del asesinato. Los protestantes tomaron las armas, Bothwell huyó a Dinamarca y María Estuardo fue encarcelada, viéndose obligada a abdicar en favor de su hijo Jacobo.

Cuando pudo huir de su encierro, se refugió en Inglaterra bajo la “cariñosa protección” brindada por Isabel. Ésta, envidiosa de la belleza y talento de María Estuardo, la encarceló sin hacer caso a los reclamos de las cortes de España y Francia. Luego de 19 años de cautiverio, Isabel ordenó abrirle proceso, y acusándola de complicidad en una conjura la hizo decapitar en una sala del castillo de Fotheringay.

La política matrimonial de Enrique VIII -regida por su carácter pasional, la aspiración de tener un varón como heredero y las alianzas internacionales- marcó su reinado y condujo a la creación de la Iglesia anglicana. El rey se divorció de dos esposas, Catalina de Aragón y Ana de Heves, primera y cuarta, respectivamente. Ordenó decapitar a la segunda y a la quinta, Ana Bolena y Catalina Howard, a quienes acusó de adulterio, Juana Seymour, la tercera, murió al nacer Eduardo VI. Catalina Parr, la sexta, logró sobrevivirlo. En este marco de inestabilidad familiar también influyeron las facciones proespañola y profrancesa, que buscaban incidir en la política nacional inglesa.

 Biografía de Enrique VIII
Por Federico Ortiz-Moreno

Uno de los personajes más importantes del siglo XVI. Hombre de recio carácter quien trató de dominar a su antojo. Rey de Inglaterra, monarca de monarcas. Impuso su peso y pensamiento sobre demás doctrinas y razones. Evidente es reconocer, no obstante, que fue él uno de los grandes constructores de la historia: Enrique VIII.

Un hombre de gran peso

Hay de hombres a hombres, de monarcas a monarcas, de reyes a reyes. La historia de este personaje, que hoy tocamos, parece ser la de un vivo recuerdo de muchos pormenores que hicieron cambiar la historia. Una figura de gran peso y gran renombre.

Indudable es reconocer la falsedad de muchos hechos, historias intrigantes, mezquinas, apócrifas, como también es menester hacer hincapié en que nuestra historia está plagada de gran cantidad de lagunas, a veces secas, a veces con demasiada agua como para poder atestiguar lo que fue cierto y lo que fue simple leyenda.

Hoy tocamos un personaje bastante pintoresco, llamémosle así. Un personaje que desde lo alto de su trono no se conformó con oponerse a leyes, reglas o preceptos. Él fue aún más allá de todo y enfrentó a grandes figuras desde ministros, gobernantes e incluso hasta a el mismo Papa.

Enrique VIII

Enrique VIII nació justo donde comienzan las horas, en el pequeño poblado de Greenwich, Inglaterra, allá por el año de 1491. Han pasado 499 años, ya casi cinco siglos y la historia de este gran monarca sigue siendo legendaria. Lo que a veces se escribe en los libros puede ser cierto, lo que se sabe de boca a boca, de traspunte a traspunte pudiera también ser verdad.

Rey de Inglaterra de 1509 a 1547, Enrique VIII fue el seudogénito (segundo hijo) de Enrique VII y de Isabel de York. Sucedió a su padre a causa del fallecimiento, en 1502, del primogénito, Arturo, su hermano. Esto, obvio, harían cambiar las cosas, ya que, tal vez (quién lo podrá asegurar?), las cosas pudieran haber sucedido de otra manera.

Enrique: el niño

Bajito y regordete, desde chiquito, el pequeño Enrique era muy dado a los dulces, pasteles y chocolates, lo mismo que a la fruta, particularmente la uva y la manzana. No podía estar sin comer y su madre lo regañaba porque muchas veces lo pescaba comiendo, a deshoras, las ricas galletas que preparaba para la cena.

Así, entre comida y lujos, entre festines y riquezas, entre ostentación, pleitos y riñas familiares fue creciendo el futuro rey de Inglaterra. Así, entre el correr de rumores, el zumbido de las abejas portadoras de rica aunque venenosa miel de murmuraciones, la vida de Enrique VIII fue tomando su rumbo.

Su primer matrimonio

A los dieciocho años, en el mismo año de su coronación (1509), contrajo matrimonio, principalmente por razones de estado, con Catalina de Aragón, viuda de Arturo, príncipe de Gales (muerto en 1502). Catalina era hija de los Reyes Católicos y había nacido en Alcalá de Henares.

Con lo anterior, es posible pasar a creer que los matrimonios (como muchas veces sigue sucediendo ahora) se hacían por conveniencia a fin de conjugar y acrecentar fortunas, olvidando el deber de gobernante y pensando solo en la fama, el poder y el avasallamiento.

Su política

Enrique basó su política en la confiada alianza con España dirigida contra Francia por sus tradicionales rivalidades sobre Flandes, Calais y Escocia. La preponderancia imperial después de la batalla de Pavía, en 1525, le indujo a aproximarse a Francia para contrarrestar el poderío español, el cual ya se dejaba sentir.

Desde los inicios de su reinado apoyó al papado frente a la Reforma, e incluso, consta, escribió en 1521 un tratado llamado Assertio septem sacramentorum (Defensa de los siete sacramentos) contra el credo luterano, por lo que se le concedió el título de “Defensor de la fe”, pero la cuestión matrimonial (el querer casarse nuevamente, sin que hubiese muerto su legítima esposa) inició su distanciamiento y futuro rompimiento con la Santa Sede y con el Papa.

Inician los problemas

A falta de descendencia masculina del enlace con Catalina de Aragón, quiere Enrique romper su vínculo matrimonial; solicita la anulación al Papa, pero éste se opone. La vida de Enrique VIII empieza a disiparse. Ya no es el de antes y empieza a tener amoríos con quien se le ponga enfrente.

Ante esta falta de descendencia masculina, Enrique VIII decide nombrar duque de Richmond a su hijo ilegítimo Enrique Fitzroy, anteponiendo los derechos de éste a los de su esposa y de su hija, María Tudor (nacida en 1516).

Los problemas comienzan. Catalina es relegada a un segundo término. Piensa pedirle el divorcio. De hecho lo hace. Ella se opone. Luego, Enrique va más allá y le solicita al papa la anulación. En 1527 inician las negociaciones, aludiendo, o alegando como pretexto, su parentesco. (Recordemos que Catalina era la esposa de Arturo, hermano de Enrique).

El rompimiento

Cuando dichas negociaciones fracasan, ante la firme negativa de Clemente VII de otorgarle la anulación, se produce la caída del ministro Wolsey, siendo éste substituido por Thomas Cromwell. Luego, para lograr la sumisión del clero, Enrique VIII convoca al Parlamento (1529-1536) que dicta la anulación de muchos privilegios eclesiásticos.

Catalina, por su parte, había apelado al tribunal pontificio y a la ayuda de su sobrino Carlos V. El papa Clemente VII se había mostrado indeciso y conciliador, pero en 1529 el pontífice prohibió a Enrique VIII contraer nuevo matrimonio, aunque no se pronunció sobre el divorcio.

No obstante, el arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer, declaró nulo el matrimonio (esto el 23 de mayo de 1533) y Catalina terminó sus días recluida en varios castillos, sin renunciar jamás a sus derechos de reina. Por su parte Enrique VIII recibía de parte del propio arzobispo de Canterbury la aprobación (qué farsa y qué desfachatez!) para su enlace con Ana Bolena.

Su rompimiento con Roma

El rompimiento se había dado. La aceptación de su enlace con Ana le obliga a romper con Roma. Y, mientras, por una parte, la Iglesia le excomulga (11 de julio de 1533), el parlamento aprueba un documento llamado “Acta de Supremacía” (noviembre de 1534), en que se declara la independencia de la iglesia anglicana bajo la soberanía del rey.

Hay ciertos opositores, entre ellos Tomás Moro y Juan Fisher. Pero Enrique VIII no podía soportar disidencias. Tanto Tomás Moro como Juan Fisher son vilmente ejecutados, en 1535. Las discrepancias continuaron. Algunos más se revelaron, pero quien tenía la sartén por el mango y la corona en la cabeza era Enrique VIII y él era quien habría de ganar.

La Iglesia anglicana fue consolidada por Isabel I, nació de un tácito compromiso entre el catolicismo y el calvinismo surgido en el continente europeo. Si bien su doctrina ponía el acento en la responsabilidad individual y en la interpretación personal de la Biblia, el sistema jerárquico establecido fue un calco de la jerarquía católica, así como las devociones y la liturgia apenas se diferenciaron de las romanas: similares cometidos de obispos y sacerdotes -con la única diferencia de que a los anglicanos se les permitía el matrimonio-, realismo de los sacramentos, conservación de las festividades de los santos y de los días de ayuno y abstinencia. Esta síntesis de catolicismo y calvinismo ha creado tensiones a lo largo de la historia del anglicanismo.

El reinado

Fue el reinado de Enrique VIII un gobierno donde hubo hechos, hubo enmiendas, a la vez que hubo farsas y verdades. En 1536 y 1539, por razones financieras, a la vez que, en parte, políticas, se procedió a secularizar los monasterios y a confiscar los bienes de la Iglesia.

En política interior Enrique VIII impulsó la formación de un estado moderno, un estado soberano, integrando los organismos feudales de las Marcas (provincias o distritos) en administraciones reales, verdaderas.

Quiso el soberano y lo logró, enaltecer el espíritu inglés. Con gran fuerza y excelente visión supo infundir el ánimo necesario para que el pueblo se considerase de gran valor. Durante su reinado se asimiló el País de Gales a Inglaterra (1536), anexionado Irlanda y proclamándose rey de este país en 1541.

De nuevo con la Iglesia

Fue, hasta cierto punto, un hombre de principios. Si bien enfrentado con el papa, excomulgado y de pleito por un simple capricho amoroso, Enrique VIII jamás dejó de reconocer muchas de las bondades de la religión.

Cauto en la cuestión religiosa (esto debido a su habilidad de gobernante, a su sapiencia para conservar el poder y tolerar enojos), durante su reinado, el anglicismo no pasó de ser un mero cisma religioso. Por una parte daba cabida al luteranismo, por otra parte daba vida al anglicismo y por último, mantenía, después de todo y a pesar de todo, sus lazos y benevolencia hacia el catolicismo.

Un rey entre mujeres

Enrique VIII no se conformó con una ni con dos esposas. Tal parece que nuestro simpático y regordete personaje (se dice que era muy chistoso, a veces atolondrado y caprichoso) no se conformaría con una sola mujer. Tenía amor para varias, aunque algunas de esas mismas “varias” dijesen que su marido o amante no era ya bueno para hacer el amor, pues aparte de gordo, ya no podía por lo viejo y roñoso.

Las mujeres se reían de él. El se enfadaba. Ellas tenían aventuras con caballeros más jóvenes y apuestos a quienes contaban todas las intimidades del decrépito monarca. Aún así, muchas le querían. Enrique VIII era el rey de Inglaterra y de algún modo habría que complacerle.

Sus demás matrimonios: Tras el matrimonio con Ana Bolena, de la que nació la futura Isabel I, la necesidad de un hijo varón y el temperamento apasionado, a veces infantil, del rey le condujeron a una serie de nuevos matrimonios. Así iría completar hasta seis nupcias.

Casado primeramente con Catalina de Aragón, luego con Ana Bolena, Enrique VIII se casaría posteriormente con Juana Seymour, Ana de Cléveris, Catalina Howard y Catalina Parr. Con todas tendría sus pasiones, lo mismo que sus enojos y desventuras.

Víctima de gota, el pesado Enrique VIII no tenía más remedio que aguantar dolores, rumores, vejaciones e insultos nada velados, aunque sí claramente insinuados e hirientes. El ya no podía como hombre defenderse. Era un simple bodoque al que aún le quedaba cierto don de mando y fuerza para seguir luchando, para seguir mandando y para seguir viviendo.

Sus últimos años

Aunque ya muy debilitado de fuerza y de carácter, más que todo por su estado físico y la gota que le acribillaba más su alma que sus pies, Enrique VIII intervino los últimos años, activamente, en política exterior.

No tuvo éxito en su intento de someter a Escocia, aunque sí se alió con Carlos I para contrarrestar la influencia de Francia que quería a toda costa la tierra escocesa. En otros aspectos, inició lo que sería una gran potencia marítima, la poderosa flota naval de Inglaterra. Hizo mucho por su reino y a pesar de todo, el pueblo le reconoce como un gran monarca que fue: Enrique VIII, el rey de las seis esposas.

Ver: Enrique VII