Persecuciones Religiosas con Luis XIV de Francia Consecuencias






RESUMEN LA REVOCACIÓN DEL EDICTO DE NANTES EN FRANCIA

LAS PERSECUCIONES DE LOS PROTESTANTES
Mucho más dramáticas fueron las persecuciones dirigidas contra los protestantes. La unidad religiosa era el corolario del absolutismo: «Una fe, una ley, un rey». Por otra parte, el éxito de la Contrarreforma, el renacimiento católico, iban a la par de un cierto debilitamiento del protestantismo.

Entre los reformados había un grupo, del que formaban parte algunos de sus pastores, en el que se esbozaba una corriente favorable a la reunión con el catolicismo, al precio de concesiones recíprocas. La proliferación de iglesias y de sociedades protestantes, la dureza de los calvinistas, habían descorazonado a los fieles.

Luis XIV de Francia

A partir del reinado de Luis XIII, los nobles protestantes se habían ido convirtiendo. En 1668, el retorno al catolicismo de un gran guerrero, Turena, fue resonante. La burguesía protestante, muy activa en los negocios, enriquecida, era menos religiosa y sus miembros practicaban la idolatría regia con tanto fervor como la mayoría de los subditos. Luis XIV pudo, pues, pensar que le sería relativamente fácil reducir el protestantismo, y añadir a todos sus triunfos el del restablecimiento de la unidad cristiana en su reino. No fue el único en decirlo: eclesiásticos y cortesanos actuaron por su parte.

En 1661 el Edicto de Nantes de Enrique IV, que aseguraba la libertad religiosa y la igualdad política de los protestantes, comenzó a ser interpretado de manera restrictiva. En 1663, se prohibió a los católicos convertirse y se suprimieron los templos recientemente edificados. Una caja especial, dirigida por el escritor Pellison, distribuía fondos a los hugonotes que querían abjurar (1676). Se excluyó a los protestantes de las funciones públicas; sus hijos podían abjurar desde la edad de siete años y ser educados, a partir de entonces, por católicos.

Marillac, intendente de Poitou, dio pruebas de su celo: discurrió acantonar regimientos de dragones en las localidades protestantes, con licencia para los soldados de hacer lo que quisieran, violaciones, saqueos, destrucciones. Espantadas por la idea de sufrir las «dragonadas», las aldeas abjuraban en bloque, y Marillac pudo felicitarse de 30.000 «conversiones» en 1681. La indignación fue tal, que el Rey destituyó a Marillac.

LA REVOCACIÓN DEL EDICTO DE NANTES
La muerte de Colbert, que frenaba las persecuciones por razones económicas (importantes sectores manufactureros estaban en manos de los reformados), agravó la intolerancia. Louvois, secretario de Estado para la Guerra, persuadió al Rey de los grandes resultados obtenidos. A esto vinieron a mezclarse razones de «alta política». Luis XIV soñaba con ser candidato al Imperio y comenzaba a asegurarse los votos de algunos electores alemanes.

Pero la derrota de los turcos ante Viena, con el concurso del rey de Polonia Juan Sobieski, hacía del emperador Leopoldo I su salvador, el cual, ayudado por el franciscano Spinola, soñaba con reducir a los protestantes del Imperio a la Iglesia.

Luis XIV quiso, mediante una maniobra por sorpresa, aparecer como el verdadero gran restaurador de la religión (esperaba igualmente que su aliado Jacobo II, rey de Inglaterra desde 1685, restablecería el catolicismo en Inglaterra). Las «dragonadas» fueron renovadas sistemáticamente, y, el 2 de octubre de 1685, se dio el golpe decisivo mediante el Edicto de Fontainebleau: la Iglesia reformada no tendría en adelante existencia legal. Todos los templos serian, destrídos y los pastores exiliados.

La Iglesia  ostentaría el registro civil, los protestantes obstinados quedarían «fuera de la ley», sin identidad. La revocación fue celebrada con entusiasmo por los poetas, los grabadores, los pintores oficiales. Vauban fue uno de los pocos en protestar discretamente.

Las consecuencias fueron desastrosas para Francia: unos 300.000 reformados se marcharon, con peligro de sus vidas, llevando a Holanda, a Inglaterra, a Alemania, su experiencia, sus capitales, su trabajo. Los extranjeros se beneficiaron de su cultura intelectual, de su energía, de sus tradiciones y de su odio hacia Luis XIV. Así se perdió un grupo escogido que daba trabajo a gran número de franceses. El resultado de esta medida fue una crisis económica y social.

En cuanto a los protestantes que se quedaron, ni las persecuciones ni las burlas pudieron con ellos. Difícilmente contenidos hasta 1702, acabaron por rebelarse en masa, resucitando, para el viejo Rey, la pesadilla de la guerra civil.

La región de las Cévennes sublevada, exaltada por los pastores del «desierto», sufrió un régimen de terror: hizo falta movilizar contra ios «camisards» y su jefe un verdadero ejército, bajo las órdenes del ilustre mariscal de Villars.

De un lado y de otro, se golpeaba, se quemaba, se aplastaba. Por último, las tropas reales acabaron con la resistencia de los «camisards». En 1710, se apagó el fuego de la revuelta. Este fue el epílogo de las luchas fratricidas que la nueva religión había encendido en Francia ciento cuarenta años atrás.

LA PARTE DE ATRÁS DE LA FACHADA
A las pérdidas considerables causadas por la emigración protestante, se unieron los gastos de las incesantes guerras: guerras de la Liga de Augsburgo (1689-1697) y de Sucesión de España (1702-1713). El edificio de Colbert se había derrumbado; sólo quedaba un proteccionismo minucioso e ineficaz. Todo el peso de la deuda recaía sobre los campesinos, que representaban las nueve décimas partes de la población.

En 1688, La Bruyére escribió su célebre descripción de la población campesina: «Se ven algunos animales feroces, machos y hembras, negros, lívidos, completamente quemados por el sol, ligados a la tierra, que cavan y remueven con una obstinación invencible.»


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Grandes catástrofes habían agravado esta miseria:   malas   cosechas,   carestías,   epidemias, transformaban rápidamente a los campesinos prósperos en mendigos. Además, la intransigente política aduanera había degradado los precios agrícolas y la renta de Sos bienes raíces había disminuido en la mitad. El numerario servía para pagar los gastos de los ejércitos; era sustraído así de su función económica. La baja de los precios era continua.

Luis XIV procuró hacer participar a cada francés en el esfuerzo común, proporcionalmente a su renta. Creó, en 1695, la capitación o impuesto por cabeza, y en 1710, el diezmo sobre las rentas. Falto de funcionarios para verificar las declaraciones, y a causa de la resistencia de los privilegiados, el peso recayó finalmente sobre el bajo pueblo. El rey, entonces, apeló a los impuestos indirectos: aduanas, derechos de timbre. Pero todo era insuficiente. Hubo que recurrir a los préstamos, al papel moneda, a la venta de cartas de nobleza, a la organización de loterías…

El invierno de 1709 fue «de hielo, de hambre y de peste». El ganado perecía, y ocurría lo mismo, en el fondo de sus madrigueras, con los conejos. La población francesa sufrió una reducción de dos millones de habitantes. Mientras que la burguesía de los negociantes y de los banqueros continuaba relativamente próspera, el pueblo y la pequeña aristocracia campesina eran duramente afectados.

Así, se exasperó el odio de clases: en 1709, numerosos parisienses marcharon hacia Versalles; el bandidaje se desarrolló de una manera aterradora; conventos y castillos fueron atacados. El Rey hizo llevar a la Casa de la Moneda su vajilla de oro y sus muebles de plata, lo que no impidió que sus estatuas fueran ultrajadas, y que carteles injuriosos contra su persona, su conducta y su gobierno fueran fijados en las puertas de París, en las iglesias, en las plazas públicas. Se recitaba la famosa letanía: «Padre nuestro impío que estás en Versalles…»

El Rey procuraba seguir apareciendo con el mismo rostro de sol inmutable, esforzándose por guardar una serenidad constante, no soportando ni la sombra de una contradicción, de una coacción. Su insensibilidad parecía crecer, como se puso de manifiesto durante la discusión del «proyecto del diezmo real» de Vauban (1707).

Este gran hombre había meditado sobre los defectos del sistema, y sobre los medios de restablecer la economía. Tras evocar patéticamente en su proyecto la miseria de los humildes, Vauban proponía un remedio revolucionario:   la  supresión de  todas las  tasas  y  su reemplazo por un «diezmo» calculado en función de las rentas de cada uno. Nadie, ni aun el Rey, quedaría exento.

En 1706 apareció la obra, con gran escándalo de los privilegiados. Los ministros convencieron a Luis de que se atentaba contra su autoridad, y cuando Vauban acudió candidamente a ofrecer su libro al soberano, éste lo recibió con desagrado. El «Diezmo Real» fue prohibido. Se habló de encarcelamiento. Vauban murió descorazonado, el 30 de marzo de 1707. Esta muerte fue reprochada al viejo rey, y acabó de sembrar la turbación en los espíritus.

Luis se enclaustró en Versalles, que no cesaba de embellecer, y que permanecería como un arca preservadora del pasado; ante el esplendor de los árboles alineados como en un desfile, en medio de las estatuas, de los estanques, de las fuentes, de los bosquecillos, de los macizos de flores, de las ninfas y de las góndolas doradas, ¿cómo creer en las desgracias?

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo VI La Gran Aventura del Hombre





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