Población Aborigen

Biografia de Francisco de Miranda Precursor de la Independencia

Biografía de Francisco de Miranda

BIOGRAFIA FRANCISCO DE MIRANDA: 

Para los sudamericanos, el Precursor; para los europeos, dentro del cuadro general de la cultura, uno de los más típicos personajes del momento revolucionario de fines del siglo XVIII.

Esto fue Miranda, precursor de la independencia de las colonias españolas en América y entusiasta partidario de las formas políticas liberales, democráticas y republicanas, las cuales defendió en tres continentes. No fué ningún teórico, sino un hombre de acción, tanto en el secreto de las logias masónicas como en los riesgos de una aventurada expedición emancipadora.

Nacido en Caracas el 9 de junio de 1756, de opulenta familia criolla, cursó en su ciudad natal y en la universidad de México los estudios de filosofía y derecho.

Pasó luego a España, de cuyo ejército entró a formar parte en 1772. Sirvió en varias campañas, particularmente en las del Norte de África.

En 1780, con motivo de la lucha entre España e Inglaterra en apoyo de la independencia de los Estados Unidos, se trasladó a las Antillas. Parece que en este lugar alimentó sus primeros ideales de emancipación de Hispanoamérica.

En todo caso, en 1783 intrigó en este sentido en América del Norte y en 1784 en Inglaterra. De Londres emprendió un viaje por el continente europeo y el Próximo Oriente.

Después de visitar Alemania, Austria, Italia, Grecia, Asia Menor y Egipto, terminó su viaje en Rusia, en cuyo país, habiendo merecido el favor de Catalina II, fué nombrado coronel del ejército zarista.

Sin embargo, Miranda tuvo que abandonar San Petersburgo, a requerimiento del gobierno español (1787).

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Francisco de Miranda (1750-1816), militar venezolano, ‘precursor’ de la emancipación hispanoamericana y creador de la bandera de Venezuela. Nació en Caracas el 28 de marzo de 1750. Después de estudiar el bachillerato en artes en la Universidad de Caracas, viajó a España (25 de enero de 1771).Con el grado de capitán participó en la defensa de Melilla (9 de diciembre de 1774).

En 1780 fue destinado a La Habana (Cuba), como capitán del Regimiento de Aragón y edecán del general Juan Manuel Cagigal. De allí escapó y, atraído por la independencia de las colonias inglesas, se refugió el 1 de junio de 1783 en Estados Unidos, donde se entrevistó con George Washington, con el marqués de La Fayette y con otras personalidades estadounidenses.

Pasó a Londres el 1 de febrero de 1785 para presentar al gobierno inglés su proyecto revolucionario. Luego de muchas vicisitudes y fracasos, murió en los calabozos españoles en 1816, cuando aún parecía lejana la libertad de su patria, Venezuela.

Por Suecia y Dinamarca regresó a Inglaterra y se estableció transitoriamente en Londres.

En 1790 presentó a Pitt un proyecto de liberación de las colonias españolas en América. No habiendo recibido buena acogida, a fines de 1791 cruzó el canal de la Mancha y puso su espada al servicio de la Revolución francesa.

Como general participó en las acciones de Valmy y Amberes (1792).

Al año siguiente, nombrado jefe del ala izquierda del ejército francés, fué derrotado con Dumouriez en Neerwinden. Este revés le valió ser juzgado por el tribunal revolucionario, quien le absolvió de la acusación de traidor.

Detenido durante la reacción termidoriana, se escapó a Inglaterra después del golpe de estado de Fructidor (1797). Desde este momento redobló su actividad en favor de la independencia de la América española, tanto en Londres como en Washington o en París.

Sus palabras fueron escuchadas, por último, por el gobierno inglés, cuando en 1804 éste rompió de nuevo las hostilidades contra Napoleón y España.

Inglaterra y los Estados Unidos subvencionaron la expedición del Leander, que fracasó por dos veces, una en Ocumare y otra en Vela de Coro de agosto de 1806), ya que los criollos colombianos rehusaron prestar su apoyo a un movimiento que juzgaban atizado por el extranjero.

Derrotado, aunque no desalentado, Miranda regresó a Londres.

A través de las logias que controlaba, ya la londinense de Grafton Square, ya la gaditana Lautaro, ejerció una profunda influencia sobre los futuros mandos de los ejércitos revolucionarios.

En 1810 Simón Bolívar, como delegado de la Junta Suprema de Caracas, ofreció un puesto a Miranda en el movimiento emancipador.

El viejo revolucionario regresó a su país natal para proclamar la independencia del Estado venezolano (5 de julio de 1811).

Pero la reacción realista fué muy poderosa, y en 1812 los patriotas tuvieron que capitular ante las fuerzas de la legitimidad. Bolívar huyó; pero Miranda cayó prisionero (26 de julio).

Trasladado a la fortaleza de Cádiz, en España, murió en ella el 14 de julio de 1816.

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VEAMOS LA HISTORIA DE LA INDEPENDENCIA DE LAS COLONIAS ESPAÑOLAS

Antecedentes, la Diferencia entre Españoles y Criollos

Antes de que la idea emancipadora prendiera en el espíritu de los patriotas, las condiciones económicas y sociales del país fueron gestando lenta, inexorablemente un caldo de cultivo en el que prendió vibrante, arrebatador, el proceso de la Independencia.

Cuando corren los últimos años del siglo XVIII casi tres millones de blancos, indios, pardos y negros, que nutren una escala social en la que las divisiones son netas y tajantes, habitan el territorio que actualmente ocupan las repúblicas de Colombia, Venezuela y Ecuador.

En Nueva Granada —la zona actual de Colombia— más de ochocientos mil blancos, españoles y criollos, forman en exclusividad las filas de los poderosos, de los que usufructúan los más altos cargos y las más jugosas fortunas. Los españoles en particular manejan con manos firmes tierras, encomiendas, minas y cuanto se relacione con la dirección política y económica de la vasta zona.

Los criollos, por su parte, comparten con los españoles los bienes, las grandes riquezas y en general la posición de privilegio que ostentan con orgullo, con altivez.

Pero en lo que se refiere al manejo político del país los blancos nacidos en América se hallan relegados a un oscuro, mediocre segundo plano. Aunque casi todas las puertas se abren ante ellos, las que permiten acceder al poder político, al manejo de la cosa pública, están siempre cerradas.

Por eso, dedicados por entero al comercio y a las profesiones liberales, los criollos consiguen desplazar de esas actividades a catalanes, vizcaínos y canarios, sus tradicionales cultores.

Sin embargo no son esas las actividades fundamentales del país: la explotación del oro constituye la más importante fuente de riquezas, el sostén de la economía, y a su extracción se hallan dedicados miles de esclavos negros.

En un lugar secundario se encuentran la explotación agrícola y ganadera, origen de los ingresos de los grandes terratenientes blancos que cuentan con el trabajo de los indígenas sometidos.

En el territorio de la actual Venezuela —entonces Capitanía General dividida en provincias que gozaban de cierta autonomía administrativa— la población estaba constituida por pardos, indios negros y zambos, condenados al trabajo, el tributo y la ignorancia.

También allí los blancos se dedicaban a la exportación y al comercio de los productos agrícolas de la cálida zona costera y los templados valles.

Los españoles, por su parte, controlaban las actividades de La Guipuzcoana, una compañía que hasta 1785 habia logrado monopolizar totalmente el comercio del cacao. Los mantuanos —así se llaman los nativos de la zona— eran grandes terratenientes, herederos de repartimientos y encomiendas concedidas a sus antecesores y sometían a los esclavos negros de la costa.

Su poder, tan importante desde el punto de vista económico, estaba limitado, en cambio, en el terreno político: sólo podían acceder por excepción a los cargos municipales y a la carrera militar o eclesiástica. No tardaron en manifestar su resentimiento, su callada envidia a través de las convulsiones prerrevolu-cionarias que agitaron la zona.

En esos combates como en otros posteriores tuvieron activa participación —integrando los dos bandos en pugna— los llaneros, habitantes del interior del país, hábiles con los caballos, acostumbrados a vivir en pleno campo.

En la presidencia de Quito —actual Ecuador— el grupo social dominante estaba constituido por el clero, representado en Quito por 400 religiosos ricos, influyentes e ilustrados. A ellos se sumaba la aristocracia criolla, formada en base a títulos comprados y que desempeñaría un
importante papel en la lucha por la independencia. La mano de obra era, en esa zona, eminenterhente esclava.

«¡Fuera los gachupines!»

En su mayoría, los inspiradores y conductores de movimientos en pro de la independencia eran miembros de la económicamente poderosa oligarquía criolla.

Difícilmente esos hombres, dueños de grandes fortunas, extensas haciendas y centenares de esclavos, podían resignarse a obedecer el mandato político de españoles a los que consideraban inferiores en ilustración, prestigio y riquezas.

Los criollos despreciaban a los hijos de España y los llamaban despectivamente «gachupines», «chapetones» o «godos». Sin embargo nada pudieron hacer para impedir que los españoles monopolizaran los grandes embarques, las más jugosas transacciones económico-financieras y las operaciones comerciales más tentadoras.

El descontento de los criollos, provocado por esos hechos, se acumuló así lenta pero sólidamente.

A esa situación, muy tirante de por sí, se suman en los estertores del siglo XVIII las consecuencias de las reformas introducidas por los Borbones: llegaron al país funcionarios más rígidos, menos corruptibles, que aplicaron con más rigor las leyes en favor de los españoles motivando nuevas y más enérgicas protestas de los nativos blancos.

Así, sucesivos alzamientos, desconectados entre sí, llevaron la alarma a la región y preocuparon a los fieles de la Corona: entre 1730 y 1732, por ejemplo, el zambo Andresote se sublevó al frente de la población del valle del Yaracuy, en Venezuela; en 1761 se produjo en Quito la rebelión de los estancos y en 1781 la de los Comuneros del Socorro en Nueva Granada.

En todos estos casos los levantamientos fueron dominados rápida y fácilmente y no pueden ser considerados movimientos precursores de la revolución: apenas sí fueron pálidos reflejos de una rebeldía que no había hallado cauce.

A diferencia de esas revueltas, el alzamiento de los negros e indios de Coro, en Venezuela, producido en 1795, reclamó la supresión de la esclavitud y apuntó ya a algunos de los objetivos que proclamaron luego los revolucionarios. Sin embargo, el levantamiento fue reprimido cruelmente por las armas, y su líder, el zambo Chirinos, ejecutado.

Pero junto a aquellos que luchaban por obtener mejores condiciones para la venta de sus productos, por aliviar la presión impositiva o para alcanzar altos cargos, existían hombres impulsados a la acción por razones ideológicas, por profundas convicciones filosóficas.

Ellos fueron los precursores de la revolución y sus planes culminaron con diversos proyectos de organización de un nuevo estado. Entre ellos se destaca Francisco de Santa Cruz y Espejo, un mestizo que desarrolló sus actividades en Quito.

Doctorado en Medicina, Jurisprudencia y Derecho se dedicó a luchar contra la dominación española a partir de 1767. Con ese fin se unió a un grupo conspirador y hacia 1795 fue apresado, juzgado por susactividades revolucionarias y condenado a prisión. Murió en la cárcel sin ver realizados sus sueños de liberación.

En Bogotá, Antonio Nariño, uno de los principales líderes rebeldes de la epopeya emancipadora de Nueva Granada, conoce también el rigor de las prisiones: encarcelado en 1793 por haber traducido la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, fue enviado luego a un presidio español ubicado en África.

Al llegar a Cádiz logra huir en una audaz maniobra y se traslada al territorio francés esperando encontrar asilo político en ese país. No lo consigue y entonces debe dirigirse a Londres, donde establece contacto con Miranda.

En la capital británica Nariño solicita el apoyo de las autoridades inglesas para concretar sus planes de emancipación de las colonias españolas de América. Los británicosaceptan en principio sus proposiciones, pero condicionándolas al posterior reconocimiento de la soberanía inglesa sobre los territorios arrebatados a España.

Nariño rechaza esa contrapropuesta e insiste en su pedido hasta que finalmente logra alguna cooperación.

Entonces regresa de incógnito a su patria y comienza a organizar una red de conspiradores, pero no logra demasiado éxito en esa tarea. Descorazonado por su fracaso, y ante la promesa de las autoridades españolas de respetar su libertad si se entrega voluntariamente, se presenta a los jefes militares hispanos quienes lo encarcelan sin respetar la palabra empeñada.

En Venezuela las autoridades españolas, entretanto, lograban desbaratar una conspiración en la que habían participado elementos criollos e hispanos.

Entre los primeros se contaban Manuel Gual y José María España y entre los segundos Juan Bautista Picornell y Andrés Manuel Campomanes. Todos ellos fueron apresados en 1797, cuando el plan que habían elaborado minuciosamente se desmoronó a raíz de una infidencia cometida por uno de los conspiradores.

Las andanzas de un «aventurero» llamado Francisco Miranda

Dueño de una imaginación desbordante y de una audacia sin límites, Francisco Miranda —un venezolano nacido en 1750— puede ser considerado con justicia como el más importante precursor de los movimientos revolucionarios de todo el continente.

En 1801 Miranda concibió su más audaz proyecto: organizar una campaña libertadora para crear un estado independiente, único y gigantesco que llegaría desde el Mississippi hasta el Cabo de Hornos.

Tras numerosas negociaciones con los ingleses consiguió el apoyo de una poderosa casa comercial británica y organizó la expedición que partió de la costa de los Estados Unidos en febrero de 1806.

Pero cuando los españoles se enteraron de esa escalada criolla reaccionaron alertando a los destacamentos costeros de Venezuela para que se pusieran inmediatamente en pie de guerra. Sin embargo esas fortificaciones necesitaban cierto tiempo para aceitar sus mecanismos de defensa y Miranda, en un grave error táctico, les otorgó esa ventaja al recalar con su flota en Santo Domingo.

Los españoles aprovecharon muy bien los días perdidos por el líder rebelde y cuando el Leandro —buque insignia de los revolucionarios— zarpó definitivamente hacia el continente, los realistas ya estaban listos para el combate.

Por eso el fulminante ataque previsto por Miranda fracasó ante la empecinada resistencia que los realistas opusieron al desembarco, realizado el 27 de abril de 1806. Miranda logró huir pero cerca de sesenta de sus hombres debieron rendirse a los españoles quienes los encadenaron y los arrojaron a los sucios calabozos del castillo de Puerto Cabello.

Poco después, acusados de piratería, rebelión y asesinato, se los sometió a proceso: tras un corto juicio, quince fueron enviados a la horca y el resto debió cumplir largas condenas. Se ordenó al verdugo arrojar al fuego la proclama de Miranda y la bandera que le habían capturado.

Además se quemó una efigie del conspirador y se prohibió a los habitantes de Venezuela mantener contacto alguno con el «filibustero» (así llamaban los españoles a Miranda) excepto para prenderle. En nombre del rey se ofrecieron treinta mil pesos por el «traidor», vivo o muerto.

Al describir la forma bárbara en que se ejecutó la sentencia dictada contra los prisioneros uno de los testigos dijo: «En los bajos insultos y el sanguinario triunfo de los españoles leímos la apología de Miranda».

El líder, entretanto, había salvado milagrosamente su vida y huido a las Antillas inglesas. Allí, sin demorarse, continúa buscando la fórmula para burlar el poder militar español y logra organizar una tropa con la que reanuda la lucha revolucionaria en junio de 1806, año de febriles actividades bélicas para Miranda.

El 2 de agosto avista la costa venezolana de Coro y poco después desembarca dispuesto a levantar a la población contra el régimen europeo. Sin embargo los españoles, previendo la acción propagandística de Miranda, utilizan una táctica más sutil, menos sanguinaria: lo desprestigian entre la población local, despertando desconfianzas y temores en los habitantes de Coro.

El revolucionario que se sentía capaz de derrumbar ese muro de indiferencias y recelos, entra en la ciudad predicando sus ideas: pero nadie lo sigue, nadie se une a él. Ante este nuevo fracaso reembarca a sus hombres e inicia un peregrinaje por las islas vecinas en busca de un apoyo que se le niega una y otra vez.

Pese a sus derrotas Miranda no se decide a abandonar la epopeya en la-que se había embarcado en 1807 y viaja a Londres donde se dedica a planear nuevas acciones revolucionarias.

Ha abandonado ya el proyecto de un estado único y propicia en cambio la creación de cuatro: uno en México y Centroamérica, otro en Nueva Granada, Venezuela y Quito, el tercero en el Perú y Chile y el cuarto en el Río de la Plata.

Su actividad no conoce pausa. Mientras en Europa mantiene constantes reuniones en busca de aliados que le ayuden a concretar sus fervorosas ilusiones, sigue escribiendo a los cabildos de las ciudades americanas encendidas proclamas que incitan a la rebelión.

Por fin los primeros movimientos insurreccionales producidos en Caracas en 1808 parecen dar la razón a tanto frenesí revolucionario.

Se encienden las llamas de la Independencia…

En Quito, entretanto, apenas conocida la destitución de Fernando VII, un grupo de aristócratas constituyó una Junta destinada a reemplazar a los funcionarios españoles «en defensa de la patria y la. religión…». Procesados por la Audiencia los conspiradores recuperaron de inmediato la libertad gracias a un ardid muy simple: el «extravío del expediente en que constaban sus delitos no dejó acusación legal en pie contra ellos, por lo que pudieron reanudar rápidamente sus actividades revolucionarias.

Contando con la anuencia de la guarnición militar decidieron dar el golpe el 9 de agosto de 1809. Así, en forma incruenta y sin violencia se produjo el cambio de gobierno: al día siguiente la población se enteró que las autoridades españolas habían sido depuestas y que en su lugar gobernaba Juan Pío Montú-far, un nativo de América. La revolución quiteña no había sido, al menos en esta etapa, más que un simple cambio de autoridades, un canje de españoles por criollos.

De todas maneras los americanos no podrían mantenerse en el poder durante mucho tiempo: las disidencias que separaban a los criollos —productos de viejas rivalidades o de la división entre republicanos y monárquicos— y la falta de adhesión de los gobernantes de otras provincias los convirtieron en flancos vulnerables de la revolución.

Al comprobar esas debilidades los virreyes del Perú y Nueva Granada – Amat y Abascal respectivamente— enviaron sus tropas contra Quito. Rodeada la ciudad y aislados totalmente sus habitantes, los rebeldes capitularon.

Fracasaba así la primera tentativa de liberación surgida en Quito.

Una calma tensa, impregnada de rencores y odios envolvió al territorio. Era evidente que esa paz tan artificial no iba a durar: poco después se produce un nuevo estallido, porque los españoles, que habían prometido no tomar represalias, desencadenan una serie de atropellos que culminan en una verdadera matanza.

El pueblo reacciona airado y el 2 de agosto de 1810, prácticamente desarmado, sin organización, contando sólo con un entusiasmo arrebatador, se lanza a la calle contra el ejército, asalta a las cárceles y libera a los prisioneros.

Ante ese furor las tropas responden con la misma violencia y luchan durante tres horas sin dar ni recibir cuartel.

La intervención del obispo de la ciudad pone fin al combate y el 4 de agosto, se firma un acuerdo que estipula el abandono de la ciudad por las tropas, el perdón de los sobrevivientes de la revolución de 1809 y la formación de una nueva Junta de Gobierno encabezada por Carlos Montúfar, hijo de Juan Pío.

Fue necesaria mucha sangre para que los criollos retomaran el poder e iba a ser necesaria mucha más para que pudieran conservarlo.

Consciente de su precariedad, el nuevo gobierno debió prepararse para los choques armados que no tardaron en llegar: el virrey Abascal ordenó a los ejércitos peruanos que combatieran a los rebeldes y, a pesar de que en los primeros combates los revolucionarios lograron algunos triunfos, pronto se vieron obligados a retroceder, acosados por la inclemencia del tiempo, la escasez de abastecimiento y por una sublevación de aborígenes que ensombreció más aún el crítico panorama de los criollos.

Por si fuera poco, a las derrotas militares se agregaron las vacilaciones e indecisiones de la Junta y finalmente, en noviembre de 1812, la ciudad fue ocupada. La batalla final, librada el 1º de diciembre, culminó con el triunfo peninsular: mientras los últimos revolucionarios huían o eran desterrados, las autoridades españolas retornaban Iriunfalmente a Quito.

Sin embargo en los dos años que los criollos lograron mantenerse en el poder fueron asentando las bases de la emancipación definitiva de América: prueba de ello fue el Primer Congreso de los Pueblos Libres de la Presidencia, reunido en Quito el 4 de diciembre de 1811 y la promulgación, el 15 de febrero de 1812, de una carta fundamental que organizaba un gobierno «electivo y responsable», dirigido por el Congreso Supremo, que aseguraba a todos los ciudadanos la libertad de sufragio y pensamiento.

El espíritu de rebelión contagió también a los hombres de Santa Fe de Bogotá: al tener conocimiento de la represión ejercida contra los criollos, Nariño abandonó su largo silencio y organizó una conspiración que fue dominada y costó la vida a sus gestores.

La gota que desborda el vaso…

En Bogotá todo comenzó, en realidad, con un pequeño incidente que bastó para desencadenar la revuelta. Durante un agasajo a un representante real, españoles y criollos iniciaron una discusión sin importancia referida al arreglo de la mesa del banquete.

Sin embargo los ánimos se caldearon muy rápidamente y las palabras pronto derivaron en hechos: se generó la riña, el pueblo tomó conocimiento del episodio y se lanzó a la calle mientras las campanas de los templos se echaban a vuelo y oradores improvisados arengaban en las esquinas a los grupos enfervorizados.

Así, un suceso doméstico, de poca importancia, dio lugar a una verdadera rebelión popular que exigió un cabildo abierto aceptado por el virrey. La Junta organizada desconoció su autoridad recalcando, en cambio, su obediencia a Fernando VII.

El 25 de agosto de 1810, destituido el virrey, disuelta la Audiencia y desconocida la regencia española, la Junta se autodenominó Junta Suprema del Reino y solicitó a las provincias el envío de representantes para constituir un gobierno central.

Pero la unidad de los criollos no es monolítica: mientras algunas provincias rechazan la supremacía de Bogotá y quieren ser totalmente independientes, otras siguen fieles a España y no pocas envían sus diputados sólo para reafirmar sus opiniones federalistas. Así, en medio de esas discusiones, llega la escisión. Nariño y el estado de Cundinamarca, organizado alrededor de Bogotá, se separan del resto de las provincias, dando un paso más hacia una guerra civil que parece inevitable.

El período que sigue es oscuro y caótico y culmina el 13 de enero de 1813 con la victoria parcial de los centralistas. Sin embargo las tendencias federalistas siguen la lucha y la guerra civil continúa desangrando a los revolucionarios. El Congreso ve en Simón Bolívar al hombre capaz de dominar la situación y, aprovechando su regreso de la campaña de Venezuela, le entrega el mando, ocupando de inmediato sus efectivos la ciudad de Bogotá.

Por primera vez, aunque teóricamente, los rebeldes parecen dominar la región en su totalidad. Sin embargo Iqs soldados de Bolívar no logran quebrar la resistencia de las fuerzas españolas acantonadas en Santa Marta y el libertador, desalentado, abandona la lucha y se traslada a Jamaica. Entonces la situación da un vuelco definitivo: con la llegada de los efectivos enviados por Fernando VII se inicia un oscuro período en el que la revolución parece vencida definitivamente.

La revolución en Venezuela

En Caracas, la ciudad más importante de la Capitanía General de Venezuela, se habían desarrollado también, tensos episodios originados en la naciente rebelión. Tras el fallido intento de Miranda las primeras revueltas recomenzaron al llegar las noticias de los sucesos ocurridos en España en 1808. Los criollos más ricos trataron entonces de tomar el poder, pero la falta de apoyo de  milicias hicieron fracasar esa intentona sin embargo, y el 12 de eneró de 1809, varios jefes militares, entre ellos Simón Bolívar, organizaron el motín de la Casa de la Misericordia.

Miembro de una aristocrática familia caraqueña, heredero de una gran fortuna, simón convar tema por entonces 24 años. Había completado sus estudios en España y recorrido varios países europeos hasta que en 1806 decidió volver para incorporarse a las luchas emancipadoras. Coronel en 1807, con ese grado intervino en el alzamiento de la Casa de la Misericordia, en el que las fuerzas patriotas fueron nuevamente derrotadas.

Durante más de un año siguió flotando en el ambiente la tensión revolucionaria hasta que el 19 de abril de 1810 los rebeldes, tuvieron una nueva oportunidad al conocerse en Caracas la disolución de la Junta de Sevilla, en ese momento el pueblo pidió la convocatoria de un Cabildo Abierto y en él se decidió desobedecer la autoridad del Capitán General Vicente Emparán y crear una Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII que debería disolverse al recuperar el rey su corona.

Como primera medida la Junta destituyó a los funcionarios conservadores, informó al pueblo de lo realizado y embarcó sin más trámites rumbo a España a los jerarcas de la burocracia hispana. De inmediato la Junta pidió la adhesión de los demás Ayuntamientos de América, envió a Bolívar Miranda, que había regresado a su país, trabajaba intensamente tratando de radicalizar la revolución desde las páginas de El Patriota Venezolano, en las que exigía la declaración de la independencia y la sanción de una constitución. Su prédica no fue en vano: el 5 de julio de 1811, en medio del júbilo popular, se declaró la independencia de Venezuela.

Claro que no todos vieron con buenos ojos esos hechos: José Domingo Díaz, un español que fue testigo de esos acontecimientos Jos describió así: «Yo lo vi. Este día funesto fue uno de los más crueles de mi vida. Aquellos jóvenes, en el delirio de su triunfo, corrieron por las calles: reunieron las tropas en la plaza de la Catedral, despedazaron y arrojaron las banderas y escarapelas españolas; sustituyeron las que tenían e hicieron correr igualmente con una bandera de sedición a la sociedad patriótica, club numeroso establecido por Miranda y compuesto por hombres de todas castas y condiciones cuyas violentas decisiones llegaron a ser la norma de las del gobierno.

En todo el día y la noche las atroces pero indecentes furias de la revolución agitaron violentamente los espíritus de los sediciosos. Yo los vi correr por las calles en mangas de camisa llenos de vino, dando alaridos y arrastrando los retratos de S. M. que habían arrancado de todos los lugares donde se encontraban. Aquellos pelotones de hombres de la revolución, negros, mulatos, blancos, españoles y americanos corrían de una plaza a la otra, en donde oradores energúmenos incitaban al populacho al desenfreno y a la licencia. Mientras tanto todos los hombres honrados, ocultos en sus casas, apenas osaban ver desde sus ventanas entreabiertas a los que pasaban por sus calles. El cansancio o el estupor causado por la embriaguez terminaron con la noche tan escandalosas bacanales».

Claro que más allá de las intolerancias españolas los patriotas seguían en el intento de afianzar la revolución. Así el 15 de julio los nuevos funcionarios juraron sus cargos ante el Congreso y el 30 se dio la noticia a todos los ámbitos mediante un «manifiesto al mundo».

La nueva constitución, que garantizaba la libertad, seguridad, propiedad e igualdad para todos los venezolanos entró en vigencia el 21 de diciembre.

El nuevo gobierno, rodeado de entusiasmo y calor popular, debió enfrentarse, sin embargo, con múltiples problemas: las ciudades del interior no lo aceptaban, la situación económica era desastrosa, el ejército carecía de armas y los hombres más ricos huían del país con sus capitales. Finalmente y, según la caprichosa interpretación de los realistas, como «castigo de Dios», el 26 de marzo de 1812 un violento terremoto destruyó varias ciudades y sembró el pánico entre muchos venezolanos.

El cúmulo de inconvenientes que sufría el nuevo gobierno recibió el golpe de gracia cuando el general Monteverde, sublevado, avanzó triunfante desde Coro. El Congreso entonces se autodisolvió y entregó sus facultades al poder ejecutivo, que nombró generalísimo a Miranda. Los dos ejércitos se enfrentaron y Miranda, derrotado, debió firmar un armisticio en julio de 1812. Poco después, y acusado de traición, fue entregado a los españoles quienes lo enviaron a prisión, donde murió en 1816.

Fuente Consultada:
Historia Argentina de Etchart – Douzon – Wikipedia –  La Argentina, Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada.
Gran Historia Latinoamerica Fasc. 21 La Independencia Hipamericana  Editorial Abril

Francisco Solano: Su Profecía Sobre Esteco Ciudad Colonial

HISTORIA DE ESTECO Y SAN FRANCISCO SOLANO

Fue algo así como la Sodoma de la antigua tierra saltona: una ciudad de gente disipada, más propensa a las trapacerías y al goce inmediato de los placeres que a los esfuerzos disciplinados o a la sobriedad. Se llamaba Esteco, y los españoles la fundaron en el lugar más estratégico.

Quedaba más cerca del Perú que cualquier pueblo nacido con anterioridad y esa cercanía influyó, parece, en la conducta de sus pobladores, que tuvieron fácil acceso al lujo, las mercancías y las tentaciones de la mundana capital del Perú. Las encomiendas se fueron multiplicando én los alrededores a medida que los indios eran sujetos a regímenes de trabajo más severos y extenuantes.

Francisco Solano Santo

La riqueza producida por esa mano de obra esclava dió nacimiento a grandes fortunas. Se construyeron buenas casas, abundaron los muebles de lujo transportados desde el Perú a lomo de mula, se multiplicaron las fiestas y diversiones.

Según la tradición, San Francisco Solano advirtió severamente que, de continuar la población con esa vida disipada, un terremoto destruiría la ciudad junto con sus habitantes. Su voz fue desoída y no faltaron los que se burlaran de la profecía: se cuenta que a raíz de los sermones de Solano, cuando algunas niñas estequeñas iban de compras a las tiendas de Salta, preguntaban con tono picaresco a los vendedores sino tenían «cintas color temblor».

Indiferente a las burlas, el santo permaneció un buen tiempo en Esteco y sus alrededores, donde moraban los indios del Gran Chaco o Chaco Gualamba, como se llamaba por entonces  la  impenetrable llanura que se extendía hacia el oriente salteño.  Cuentan antiguos cronistas que para entenderse con los numerosos grupos aborígenes de la región resultaba indispensable dominar decenas de dialectos.

Así lo hacían, empeñosamente, los escasos misioneros jesuítas y franciscanos consagrados a la reducción de los indios, puesto que las gentes de espada mostraban más inclinación a exterminar a los aborígenes  que  a  comunicarse   con ellos.

Según los relatos populares, San  Francisco  Solano  apelaba a sus dotes de violinista para atraer a los indios, que, sorprendidos al principio por la dulce música ejecutada por el sacerdote, se prestaban luego a escuchar sus referencias sobre el Dios, misericordioso, muerto por amor a los hombres.   Sin embargo, se mostraban más  bien  escépticos:  aquello de que «todos los hombres son hermanos» resultaba difícil de entender a la luz de su experiencia con los españoles.

Luego de sembrar su mensaje entre indios y blancos, San  Francisco  prosiguió  sus  andanzas por el norte y el noroeste, alejándose para siempre de la pecaminosa Estece  Su terrible profecía, no obstante, quedaba en píe y no tardó mucho en cumplirse.

ruinas de esteco

En septiembre de 1692 un violento terremoto sacudió las comarcas salteñas.   Aquel   «jardín   de   Venus» que era Esteco, cuyos caballeros montaban —según se cuenta— en cabalgaduras herradas con plata y oro, se desplomó, y bajo sus muros perecieron todos los habitantes.   Por si eso fuera poco, el río cercano salió de su cauce e inundó las ruinas formando sobre ellas un gran lago: sus aguas sirven de lápida para las vanidades y miserias de Esteco.

OTRA ANÉCDOTA SOBRE FRANCISCO SOLANO

La Conquista es pródiga en historias heroicas y empresas inverosímiles protagonizadas por barbados hijos de la península ibérica, Nada agradable, en cambio, era el panorama que se presentó a los idios después de la irrupción hispánica. Los hijos de la tierra se veían obligados a engrosar con su trabajo esclavo las fortunas de los encomenderos, que financiaban a su vez nuevas expediciones de conquista.

Esos personajes, que nunca tuvieron demasiados es-crúpulos, basaban su dominio en un sistema de explotación que horrorizaba a los espíritus sensibles, como lo era el de Francisco Solano, noble sacerdote que protagonizó muchos episodios que ya ingresaron en la leyenda.

Quien años después sería santificado por la Iglesia, anduvo por La Rioja cuando la opresión a los indígenas era más fuerte que nunca. Los aborígenes habían sido desalojados de sus tierras, en algunos casos trasladados en masa de sus comarcas para acallar rebeldías, destruÍdos inexorablemente por un régimen de trabajo brutal.

Los que intentaban escapar eran cazados con jaurías de perros amaestrados, y cuando se los atrapaba sufrían tormentos y humillaciones infamantes, como el de grabarles con hierro candente en carne viva la marca de su amo.

Cierta vez, invitado a almorzar por una de las familias más encumbradas de La Rioja, fray Francisco aceptó, pero antes de empezar a comer —dice la leyenda— tomó un trozo de pan y apretándolo con fuerza entre los dedos observó que de él escurría un líquido rojo: era sangre. Entonces el santo, que no era de los que hacen la vista gorda, se puso de pie y exclamó con energía: «¡No comeré jamás en la mesa en que se sirven alimentos amasados con la sangre de los pobres!… Carmelo Valdéz anota en sus Tradiciones Riojanas que San Francisco, al comprender que la prosperidad de los campos, los jardines y las huertas de la comarca era el fruto de la sangre, el dolor y la vida de los indios, «sacudió sus sandalias y diciendo «de La Rioja ni el polvo», se marchó para no volver más».

Fuente Consultada:
Hombres y Hechos de la Historia Argentina – Editorial Abril

Pieles Rojas Historia Costumbres Vida y Religión

Pieles Rojas, Su Historia
Costumbres Vida y Religión

Antes de la llegada de los europeos habitaban América unas cuatrocientas grandes tribus de indios. Vivían principalmente de la caza, aunque también cultivaban algunos productos. Después del descubrimiento de América, los colonos impusieron a los indios pesados trabajos. Cuando se constituyó en país independiente, Estados Unidos tendió a la coexistencia pacífica con los indios; pero, en el siglo XIX, la afluencia de adelantados al oeste trajo consigo incontables conflictos y se establecieron las primeras «reservas». En la actualidad, los indios buscan cada vez más integrarse en la sociedad moderna.

Cuando los primeros europeos abordaron el continente americano vivían dispersas en él unas cuatrocientas tribus. El norte extremo lo habitaban los esquimales, que llevaban allí una existencia nómada y bastante primitiva y carecían de otra organización social distinta de la familia.

Los pieles rojas, por el contrario, conocieron una organización neolítica que heredaron de sus antecesores. Encendían fuego golpeando uno contra otro dos pedazos de sílex, empleaban utensilios de piedra, confeccionaban cestos y adiestraban a los perros convirtiéndolos en animales domésticos. No eran muy numerosos; se estima que hacia el año 1600 había en América unos ochocientos mil pieles rojas, doscientos cincuenta mil de los cuales, aproximadamente, residían en la región situada entre la costa del Atlántico y el Mississipí.

Eran tribus reducidas, todavía más debilitadas por sus luchas intestinas. Los de las «cinco naciones», los iroqueses, eran de entre todos los más poderosos. Al norte y al oeste de su territorio residían sus mayores enemigos: los hurones y los álgonquinos. Estas dos tribus habitaban los bosques que pueblan la región de los grandes lagos. Su civilización se caracteriza por el hecho de que conocían los metales y practicaban la alfarería. Además de ellos, las tribus más conocidas del sureste de Estados Unidos eran los creek, los cherokees y los seminóla, en tanto que el oeste lo poblaban los piute, los siux y los cheyenne.

En todas esas tribus encontramos una especie de literatura primitiva constituida por relatos relacionados con los dioses y los antepasados y que se transmitían de padre a hijo. Poseían cierta organización política, principalmente confederaciones de tribus.

De todas maneras poca es la historia que nos ha llegado de los pueblos pieles rojas de Estados Unidos llamados así, no por el color de la tez, sino porque era de un subido color rojo la pintura con la que se maquillaban para entrar en combate. Pero los restos de alfarería primitiva encontrados en Norteamérica, conforme a los estudiados con las modernas técnicas del carbono 14, nos hablan de asentamientos nativos anteriores a los pieles rojas, hacia el 30.000 a.C, mas poco se sabe sobre el origen de estos antiguos habitantes de América del Norte.

En cuanto a los actuales pieles rojas, se sustenta la teoría de que provenían de Asia, de la que emigraron a través del estrecho de Behring. Los rasgos mongólicos más pronunciados entre los esquimales, están menos acentuados entre estos pueblos pieles rojas, tal vez por la mezcla con los primigenios nativos a los que aludíamos antes.

Cuando se habla de la cultura azteca, maya, inca o aymará, se piensa de inmediato en colosales pirámides, en imponentes templos astrológicos, en culturas cosmogónicas y sociales de tal envergadura que asombraron -y alarmaron- a los europeos conquistadores recién llegados. Frente a tanta imponencia y avance cultural, la civilización de los pieles rojas de Norteamérica aparece deslucida o de menor envergadura.

Cuando llegaron los primeros colonos, las tribus que vivían hacia el este ide Norteamérica, como los algonquinos, iroqueses y hurones, habían formado un consejo de cinco naciones coaligadas, una especie de unión panamericana de piele rojas de la zona oriental, con un gran jefe, el cacique Hiawatha, a la cabeza.

Aldea de pieles rojos constituida por tiendas típicas. En círculo, alrededor del fuego, se encuentran reunidos en Consejo los ancianos de la tribu.

Se ha comprobado que existían 12ramas lingüísticas, cada una tan diferente de las demas como pueden serlo hoy el alemán y el persa, el ruso y el castellano, o el inglés y el italiano. Además de esas 12 ramas se hablaban dialectos varios, de tal suerte que al llegar el hombre blanco, había alrededor de 2.000 lenguas habladas por los primitivos americanos pieles rojas.

Vivían en las tiendas llamadas tipi, hechas con cueros de bisonte, sosten idas poi 3 o 4 palos. Otras tribus fabricaban casas rectangulares, hechas de ramas, hojas y paja, llamadas wigwan o también hagan entre los navajos.

Pieles Rojas Sitting Bull

Sitting Bull, célebre jefe siux

ORGANIZACIÓN SOCIAL
Los pieles rojas estaban divididos en diversas tribus, cada una de las cuales tenía su propia tradición y sus leyes, f hablaba un dialecto a menudo incomprensible para las otras. En casos de especial necesidad, algunas tribus se reunían en confederaciones.

La tribu era gobernada por un jefe, que, no obstante, no tenía autoridad absoluta. Él era, más que otra cosa, un jefe guerrero y el ejecutor de la voluntad del pueblo. Los ancianos de la tribu, reunidos en torno al fuego del Consejo, expresaban su voluntad.

La contemplacíón de la naturaleza invitaba a los indios a recogerse en meditación y plegaria: ello los movía e elevar su corazón a Dios.

En algunas tribus, y en casos excepcionales, también participaban de estas reuniones las mujeres y los jóvenes. Pero prevalecía siempre el parecer de los ancianos, más ricos en experiencia y, por ende, más sabios. Una vez tomada una decisión, todos la acataban.

El jefe de la tribu mantenía su cargo mientras la edad se lo permitía. Luego, él mismo designaba su sucesor, que podía ser su hijo o su hija. Este nombramiento debía ser aceptado por todos los notables de la tribu, es decir, por los guerreros que habían realizado el mayor número de hazañas gloriosas. Si éstos indicaban como jefe sucesor a otro guerrero que había demostrado ser más valeroso que el heredero legítimo, este último debía, sin más, cederle el título.

Tabajaban la tierra y cultivaban maíz, tabaco, zapallo, yucas, porotos, pero también sacaron de ella plata y turquesas. Durante los siglos que duró la i«(Ionización española, los navajos atacaron los centros poblados en busca de caballos, bebidas y mujeres, pero en el año 1860, EE.UU. ocupó la región de Arizona y Nuevo México.

En 1864, Kit Carson con sus tropas derrotó a los navajos en la célebre batalla de Bosque Redondo en Nueva México. En 1868 establecían una reserva para ellos en Arizona, donde tuvieron una suerte muy dura por la escasez y pobreza de las tierras. La población navaja asciende hoy a 100.000 personas, y viven en una comarca que apenas aporta alimentación para 35.000.

Hasta hoy la mayoría de los nombres de estados y ciudades en EE.UU. conservan o derivan de nombres del idioma indio: Dakota, significa «aliados»; Oklahoma, «el pueblo rojo»; Iowa, «los dormidos»; Kansas, «una brisa cerca del suelo; Kentucky, «el suelo oscuro y sangriento; Illinois, «la tribu de los hombres perfectos»; Texas, «amigos»; Idaho, «buenos días»; y Mississippi, «padre de las aguas».

En la frontera con California hay varias reservas de tribus indias: arapahos hacia el oeste, apaches y navajos hacia el noreste en los límites del territorio de Nueva México. Hasta el día de hoy hay localidades, dentro del mismo estado de Arizona, que llevan nombres de distintas tribus que fueron los primitivos y auténticos habitantes de esta región: Coconinos al norte; en el centro Yavapai (Aguas claras). Incluso el nombre de Cochise que fue el caudillo que educó al famoso indio Jerónimo, figura al sur del estado de Arizona, en el 1 imite con México.

Una forma habitual para comunicarse entre las tribus eran las señales de humo que se lograban colocando una manta en forma intermitente sobre una fogata encendidacon madera verde para que les asegurara un buen fuego con humo.

Una tribu de cualquier clase estaba constituida por varios clanes y en cada uno de ellos regía un anciano magistrado elegido por el clan en cuestión, llamado Sachem. Pero a su vez, los jefes guerreros de cada clan eran los Natani, elegidos en ceremonias sagradas. Varios Sachem formaban un Consejo de Ancianos o Jefes Mayores, los que eran comandados por un gran cacique. La categoría de estos últimos se destacaba por el revestimiento de ornamentos de plata y cuentas de arcilla y piedras coloreadas alrededor del cuello, pero sobre todo por el típico tocado confeccionado con plumas de águila.

Cada guerrero de cualquier tribu podía ataviarse con plumas de águila de acuerdo a los coups o encuentros con enemigos armados como él, en las frecuentes guerras entre tribus rivales. Así como un piloto de la RAF, durante la última guerra mundial, solía pegar una cruzde hierro en la carlinga de su avión por cada aeronave nazi derribada por él, también en la misma forma los guerreros pieles rojas, contabilizaban por cada coups una pluma timonera de águila.

Las plumas recortadas de cuervo indicaban que había sido herido en acción. También se diferenciaban los guerreros pieles rojas con los de otra tribu por la colocación de las plumas, como los clanes escoceses en la elección de los colores y el dibujo de las telas. Pero siempre las plumas del cóndor y el águila eran las favoritas, pues eran aves que estaban más cerca del cielo y de los dioses y simbolizaban el acuerdo del hombre con Manitú.

Los hombres que oficiaban de curanderos-chamanes de la tribu, denominados Wakan, llevaban el cabello recogido con un moño y sus revelaciones y consejos eran escuchados y seguidos respetuosamente por el resto de la tribu. También oficiaban de sacerdotes para casar a las parejas.

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Muerte del  general  Custer  (1876);
episodio de la  lucha entre blancos y pieles rojas

RELIGIÓN
«Padre mío, que estás en todas partes, y por quien estoy vivo: tal vez ha; sido Tú quien, por obra de los hombres, me has colocado en esta situación pues eres Tú quien lo dispone todo. Y como nada es imposible para Ti, líbrame de mis enemigos, si lo consideras justo. Y ahora, a vosotros todos, peces de los ríos, pájaros del cielo y animales que corréis sobre la Tierra, y a ti, oh Sol, os ofrezco este mi caballo. Vosotros, pájaros del aire, y vosotros, habitantes de la pradera, sois mis hermanos, porque un solo Padre nos ha creado, y veis cómo soy infeliz. Entonces, si tenéis algún poder ante el Padre, interceded por mí.»

Esta hermosa plegaria fue pronunciada por un indio de la tribu de los pawnees, cuando se hallaba en una situación desesperada. En ella encontramos no sólo la expresión de fe en un Dios, padre justo y amoroso de todas las criaturas, sino también el sentido de una profunda resignación a la voluntad divina y el concepto de la omnipresencia de Dios.

Las diferentes tribus pieles rojas llamaban al Gran Espíritu Creador con distintos nombres: «Manitú» (Gran Manito), los algonquines; «Wakonda los síux; «Yastasinane» (que significa «capitán del cielo»), los apaches. Además, veneraban todas las manifestaciones de la naturaleza: el Sol, la Luna, el Aire, el Agua, el Fuego. A estas fuerzas misteriosas dedicaban largas oraciones silenciosas, o ritos complicados y enigmáticos, como la Danza del Sol. que bajo la guía de los hechiceros, a veces se prolongaban durante días.

GUERRAS
» Apesar de tantas luchas, he tenido la suerte de no derramar nunca la sangre de una mujer o de un niño, ni siquiera involuntariamente». Así se expresaba Gerónimo, un gran jefe apache, dando fin a la narración de sus aventuras guerreras.

Las tribus pieles rojas guerreaban frecuentemente entre sí por los motivos más fútiles. Bastaba que dos tribus se encentraran simultáneamente en un mismo territorio de caza para que la guerra fuera inevitable. Sin embargo, fueron combatientes leales: ni las mujeres ni los niños de los vencidos eran nuertos; los prisioneros eran respetados, y los tratados, aunque  solo  fueran  verbales,  se observaban escrupulosamente.

Para algunas tribus, como los apaches, los comanches y los siux. la guerra no era más que un tipo particular de caza que concluía con la captura de los caballos de la aldea atacada. Prestamente, la ilustración representa un método empleado por los comanches para atacar de sorpresa a una aldea. Los jinetes se mantenían agarrados al cuello de los caballos, escondiéndose tras uno de sus flancos, y se acercaban al poblado simulando ser ana manada en pastoreo. Luego, de improviso, los guerreros se erguían decididos y se lanzaban denodadamente al ataque.

LA    CAZA
El otoño era la estación de las grandes cacerías. La tribu se trasladaba continuamente en busca de manadas de búfalos, que galopaban hacia el sur. Había manadas tan numerosas que a veces se extendían hasta sesenta kilómetros, y ccntinuaban pasando durante cinco días seguidos. Los jinetes se situaban en los flancos de la manada, y sus flechas, casi siempre certeras, se clavaban en la juntura del lomo de los bisontes. Un procedimiento más audaz para abatir a la presa era saltar de la grupa del caballo sobre la del risonte y clavarle un cuchillo en la garganta.

Los pieles rojas sabían utilizar la carne y otras partes de este animal. Con la piel aún cubierta de pelos, hacían camas, mantas y capas. Después de haberla raspado la usaban para fabricar tiendas, piraguas, escudos, ropa y calzado. Los huesos servían para preparar utensilios (palas, arpones, puntas de flechas, agujas, ornamentos); los tendones y los intestinos eran transformados en cuerdas para arcos, lazos y ataduras; los cuernos hacían las veces de recipientes; los cascos daban una gelatina que se empleaba como cola; el cerebro servía para el curtido de las pieles.

LAS    DANZAS
Los pieles rojas fueron famosos, además, por las fantásticas danzas que ejecutaban en distintas ocasiones. Había danzas de carácter religioso que servían para solicitar al Gran Espíritu una lluvia, una caza abundante, o la victoria en la guerra. Otras danzas, que se ejecutaban inmediatamente antes de una batalla, tenían por objete exciear a los guerreros para la pelea. A menudo, en la excitación los guerreros se excedían; el resultado era, así, opuesto al deseado, pues llegaban a la batalla físicamente extenuados. Otro tipo de danza, que tenía carácter de espectáculo, consistía, generalmente, en la narración mímica de una  hazaña guerrera.

PARA SABER MAS…
Las religiones: Como todos los pueblos antiguos, no sólo de América del Norte, Centro y Sur, sino de Europa, Asia u Oceanía, la figura del sol era tan importante como la de la Luna. Se le adjudicaba al primero la jerarquía, la cacería, la acción de la naturaleza, el cacique, la paternidad, mientras que la segunda estaba parangonada con la noche, el reposo, las aguas, los misterios, la maternidad, el medicine-man (wakan). También adoraban al viento y al rayo al que temían y representaban como una culebra en movimiento, por ello muchas tribus se abstenían de matarlas. Más bien las veneraban y danzaban como los Hopi en ceremonias mágicas y secretas.

Creían que existíaun Gran Espíritu y también otros menores que vivían en cada hombre, en cada animal, lago, árbol, pasto y hasta en las piedras.

Así, para los espirituales indios Hopi, el monte era sagrado y el mundo material y su relación con los espíritus no tenían fronteras limitantes. Cualquier terrón de la tierra era sagrado y como tal habitado por seres sutiles, Además del Sol y la Luna existían las Personas de los Hombres, las Personas de la Tierra, las Personas del Agua, y las Personas del Viento. Esto último coincide con las leyendas de las culturas europeas y orientales sobre los genios que habitan los distintos elementos (hadas, salamandras, sílfides, elfos, etc.)

Entre los zuñies y pawnees, existía la creencia de que las sombras que dejaban en el suelo al caminar, eran sus almas y que cuando fallecían se reunían en un lugar desolado al que ningún miembro vivo de la tribu podía acceder.

Todos los muertos hacían un  largo viaje hacia los cielos y formaban juntos la Vía Láctea, cualquiera hubiera sido su rol en la vida. Las estrellas brillantes, sin embargo, eran los espíritus de los bravos guerreros que cabalgaban, por siempre, los campos celestes del Gran Manitú.

El hombre blanco al llegar a América descubrió muchas cosas importantes y cubrió otras de miseria y olvido. Pero entre las primeras, encontró un verdadero tesoro de leyendas: mellizos que viajaban al sol, aves que raptaban a hermosas doncellas, mujeres arañas librando gente de un diluvio. Al igual que otros escritores o narradores de mitos del resto del planeta, estos pieles rojas contaban la creación del mundo: como se descubrió el fuego, como brotaron las plantas y fueron creados los hombres.

Pero los mitos que los conquistadores escucharon y perpetuaron no eran simples fábulas. Eran herencia sagrada que explicaban las fuerzas de la naturaleza y daban un contenido vital a los cantos y danzas primigenias del ceremonial religioso piel roja. (Fuente: Huellas del Cielo Norma Palma de Sindona)

Ver: Los Bisontes de la Pradera Norteamericana

Fuente Consultada:
Enciclopedia Estudiantil Ilustrada Tomo III Los Pieles Rojas
Huellas del Cielo Norma Palma de Sindona

Inestabilidad Politica Argentina Guerras de la Independencia

Inestabilidad Política Argentina
Las Guerras de la Independencia

La etapa revolucionaria (1810-1820): Entre 1810 y 1820 se vive un clima de gran inestabilidad política. Se suceden los gobiernos (Primera Junta (1810), Junta Grande (1811), Triunviratos (1811-1814) y el Directorio (1814-1820) que no pueden consolidar su poder y deben hacer frente a la guerra contra España. En esta lucha se destacarán Manuel Belgrano, José de San Martín, llegado al país en 1812, y Martín Miguel de Güemes.

Las campañas sanmartinianas terminarán, tras liberar a Chile, con el centro del poder español de Lima. El 9 de julio de 1816 un congreso de diputados de las Provincias Unidas proclamó la independencia y en 1819 dictó una constitución centralista que despertó el enojo de las provincias, celosas de su autonomía.

Inestabilidad Politica Argentina Guerras de la Independencia

A comienzos de 1817, el Congreso inició su traslado a Buenos Aires, donde comenzó a sesionar en mayo.

Luego de muchas discusiones, el 22 de abril de 1819 proclamó la Constitución. Aunque de apariencia republicana, sus artículos podían ser fácilmente modificados para convertir al Estado en una monarquía.

En efecto: establecía la figura de un Director Supremo que debía gobernar junto con un Consejo de Estado.

El Poder Legislativo era bicameral: una Cámara de Representantes, dirigida por el pueblo de la nación, era acompañada por un Senado, donde se encontrarían representadas las grandes corporaciones: Iglesia, Ejército, provincias y universidades.

Aunque la Constitución fue formalmente jurada por las provincias, la resistencia contra su carácter centralista y pro-monárquico no tardó en aparecer.

En pocos meses, caería junto con el Congreso y el Directorio que le habían dado vida.

En el período 1816-1820 las Provincias Unidas alcanzaron un importante objetivo: la independencia política, proclamada por medio de sus representantes en el Congreso y en un momento de gran peligro por el triunfo de la reacción española.

Los acuerdos entre los dirigentes de Buenos Aires, Cuyo y el Norte hicieron posible la independencia y la campaña de San Martín a Chile. Asegurada la emancipación, las disidencias se acentuaron. La anarquía se hizo presente. No fue posible establecer las bases para la organización del Estado. Los proyectos analizados: centralismo o federación, monarquía constitucional o república, no lograron el consenso necesario para imponerse. La Constitución promulgada en 1819 intentó una fórmula mixta, pero no tuvo en cuenta la realidad del país.

Las autoridades nacionales perdieron poder, agotadas en la lucha por la independencia y en los enfrentamientos internos contra los pueblos partidarios de la federación.

El proceso de disgregación territorial se acentuó: el Alto Perú quedó en manos de los españoles; el Paraguay siguió su política independiente y se negó a participar en el Congreso Nacional; la Banda Oriental fue anexada por los portugueses.

Fuente Consultada: La Argentina Una Historia Para Pensar 1776-1996 Rins-Winter

Crisis del Imperio Español en America y Sus Consecuencias

Crisis del Imperio Español en América: La Primera Junta

La revolución de Mayo de 1810: En 1806 y 1807 se produjeron dos invasiones inglesas, que fueron rechazadas por el pueblo de Buenos Aires, alistado en milicias de criollos y españoles. En cada milicia, los jefes y oficiales fueron elegidos democráticamente por sus integrantes. Las milicias se transformaron en centros de discusión política.

Estas  invasiones inglesas demostraron que España estaba seriamente debilitada y que no podía ni abastecer correctamente ni defender a sus colonias.  La ocupación francesa de España por Napoleón, la captura de del Rey Carlos IV y su hijo Fernando VII y la caída de la Junta Central de Sevilla decidieron a los criollos a actuar.

En estas circunstancias, Cornelio Saavedra (jefe del Regimiento de Patricios), Manuel Belgrano y Juan José Castelli actuaron en representación de los grupos criollos ante el Cabildo y el Virrey, mientras las milicias y los activistas revolucionarios presionaban desde los cuarteles y las calles. Belgrano, Saavedra y Castelli reclamaron a los miembros del Cabildo de Buenos Aires la convocatoria de una asamblea de vecinos, de carácter excepcional, denominada “Cabildo abierto”.

El 25 de mayo de 1810 se formó la Primera Junta de gobierno presidida por Cornelio Saavedra, que puso fin al período virreinal. Mariano Moreno, secretario de la Junta, llevará adelante una política revolucionaria tendiente a fomentar el libre comercio y a sentar las bases para una futura independencia.

La etapa inicial de la revolución se caracterizó por la inestabilidad, la guerra originada por la reacción de los funcionarios españoles y los enfrentamientos entre los grupos revolucionarios que trataban de imponer sus soluciones a los graves problemas planteados.
Los objetivos no estuvieron claramente expuestos. Se hablaba de independencia y constitución pero no llegaba el momento de encarar esas decisiones. La suerte adversa de las armas y la restitución de Fernando VII en el trono llevaron a una posición negociadora que no dio resultados. Sin embargo, se proclamó la soberanía, se conformaron los símbolos nacionales y se generalizó la idea de independencia.

Desde el punto de vista territorial se produjeron importantes pérdidas: el Alto Perú quedó en manos de los españoles y el Paraguay inició una vida autónoma. La Banda Oriental, y el litoral, liderados por Artigas, optaron por la federación, rechazada totalmente por los hombres cíe Buenos Aires.

La revolución quedó dividida en dos grandes sectores: las Provincias Unidas del Río de la Plata, lideradas por los hombres de Buenos Aires, y la Liga de los Pueblos Libres bajo la autoridad de Artigas. Ninguno de los dos grupos pudo conformar un sistema político sólido que permitiese organizar el país.

Todo estaba por hacer: la independencia, la organización y la definición de la guerra, pero se había logrado contener la reacción española y los ideales de libertad se habían difundido en los pueblos. La revolución federal de 1815 abría una esperanza.

Conquista y Colonizacion Española en America España Conquista America

Periodo Colonial en America Sociedad, Costumbres y Cultura

Período Colonial en América
La Vida, Sociedad, Costumbres y Cultura

1-Creación del Virreinato del Río de la Plata
2-La Cultura Colonial
3-Las Ciudades Coloniales – Arquitectura
4-Vida y Costumbres Coloniales
5-Estructura Social  Colonial

La etapa colonial: Virreinato del Perú y Luego el del Río de la Plata: Carlos III rey de la dinastía Borbón, fue el que emprendió el intento de reforma más ambicioso. Apremiado por la creciente competencia de otras potencias coloniales, y ante numerosas dificultades para hacerse obedecer en América, decidió modificar drásticamente el sistema de administración. Para ello, creó el Virreinato del Río de la Plata en 1776, con capital en Buenos Aires, hasta ese momento Argentina perteneció al virreinato del Perú. El primer virrey fue Pedro de Ceballos.

El establecimiento del virreinato del Río de la Plata respondió al intento del gobierno español  de consolidar las fronteras con el Brasil meridional y frenar los avances de los portugueses, que alcanzaban ya las costas del Río de La Plata, así como de acabar con la presencia permanente de embarcaciones británicas en las aguas del Atlántico sur y del Pacífico, atraídas por el contrabando, la riqueza pesquera de estos mares y la revalorización de la ruta del cabo de Hornos.

Se organizó una gran expedición destinada a zanjar el viejo litigio de límites entre las posesiones españolas y portuguesas, y se puso al frente de ella a Pedro Antonio de Cevallos, quien además recibió provisionalmente, el 1 de agosto de 1776, el título de virrey. La campaña fue suspendida por la firma del Tratado de San Ildefonso (1º de octubre de 1777), por el que España aceptaba la soberanía portuguesa en la franja sur de Brasil, pero, a cambio, se le reconocían sus derechos en el Río de la Plata, el Uruguay, el Paraná y el Paraguay, así como en sus territorios adyacentes. Ese mismo año, acabada la contienda y consolidada la demarcación, Cevallos fue sustituido en el cargo.

historia argentina

LA CULTURA COLONIAL:

Establecimientos educativos. Durante el período colonial, la enseñanza, reflejo de la sociedad, conservó el carácter aristocrático. La enseñanza de las primeras letras era costeada por la Corona (escuelas del rey), los cabildos (escuelas municipales) o las órdenes religiosas (escuelas conventuales). De acuerdo con las nuevas características de la monarquía borbónica se manifestó el interés por elevar culturalmente a la población, dedicándose los bienes de los jesuítas expulsos a la erección de establecimientos educativos.

Buenos Aires, centro político, económico y administrativo, cortó su dependencia cultural de Córdoba con la creación del Real Colegio Convictorio Carolino (1783) sobre las bases del Colegio de San Carlos. Los centros de enseñanza superior estaban en Córdoba y Chuquisaca, con sus respectivas universidades.

Periódicos de la época. La instalación de la Imprenta de los Niños Expósitos data del año 1 780, por obra del virrey Vértiz que tramitó su compra al Colegio de Montserrat. Si bien antes de su instalación circulaban páginas manuscritas con noticias referentes al panorama europeo (1760-64), el periodismo colonial propiamente dicho, nació con la edición del Telégrafo Mercantil, Rural, Político. Literario e Historiográfico del Río de la Plata (1801-1802) dirigido por Cabello y Mesa, siguiéndole el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio (1802-1807). dirigido por Vieytes y el Correo de Comercio (1810-11), fundado por Belgrano.

Arquitectura. En el período colonial, laS regiones del Río de la Plata recibieron el influjo de diversas corrientes arquitectónicas europeas. Sin embargo, el medio local no fue propicio al desarrollo intensivo de esta actividad: se carecía de una base indígena (como la que proporcionaron incas y aztecas en Perú y México), los recursos económicos eran escasos, y en ciertas zonas también se careció de materiales adecuados para construcciones de gran envergadura. Los primeros colonos de la margen occidental del Plata levantaron sus habitaciones de adobe a falta de piedra, y sólo más adelante se fabricaron los ladrillos para la edificación.

En el orden de la arquitectura oficial o religiosa es en el que encontramos las muestras más importantes, destacándose, además, algunas residencias particulares levantadas sobre todo en el siglo XVIII.

Los estilos renacentista, neoclásico y barroco, penetraron en estos países matizados con aportes peruanos, españoles, lusitanos, etc.. surgiendo del conjunto un arte hispanocriollo colonial de tonalidades propias.

Dentro de un panorama total sumamente precario, resaltaron las iglesias, fruto lógico de una época en que los valores religiosos eran predominantes.
En la arquitectura civil son característicos los cabildos, sede de los poderes municipales, con sus pórticos superpuestos y balcones de reja.

Las casas particulares eran, en general, de una sola planta con entrada a través de un zaguán y varios patios en torno a los cuales se instalaban las habitaciones.

El aspecto general de las ciudades rioplatenses. trazadas sobre el esquema típico de damero, era pobre. Buenos Aires, capital del Virreinato desde 1776. mereció para las generaciones posteriores el calificativo modesto de gran aldea.

LAS CIUDADES Y SUS VIVIENDAS

Las ciudades coloniales se fundaron según un plano más o menos uniforme: parecían un papel cuadriculado. Este trazado en «damero», facilitó la distribución de los solares entre ¡os habitantes. En el centro y alrededor déla Plaza Mayor se levantaban los edificios principales: el Cabildo, el Fuerte y la Catedral.En los primeros tiempos Buenos Aires fue una aldea de pocas manzanas: las casas se aglutinaban en torno al Fuerte y escaseaban a medida que se alejaban de él.

En cambio, algunas ciudades del interior, como Córdoba, habían crecida más y contaban con importantes edificios de piedra.  Con las libertades de  comercio, la Buenos Aires de «cuatrocientas casas» (siglo XVII) se convirtió en una ciudad de más de 25.000 habitantes (1779). Además, desde 1776 era la capital del Virreinato del Río de la Plata y empezaba a disfrutar de las ventajas que tal jerarquía le daba.

Si antes no se notaban las deficiencias de la ciudad, se hicieron evidentes a medida que se desarrollaba el comercio y otras actividades. Tadeo Haenke escribió, al visitar Buenos Aires, que su planta era una de las más hermosas y alegres y que «por la parte este y por otras direcciones se salía a hermosas campiñas cubiertas de verde y a las huertas y quintas de las cercanías», pero de las calles. . . su opinión fue muy distinta. Le parecieron terriblemente sucias y abandonadas, sobre todo en tiempos de lluvia.

Bueno, las quejas por el mal estado de las ron durante mucho, mucho tiempo. En el Litoral no era fácil empedrar, porque no había piedras. Pero, además, la gente le tenía miedo al empedrado: creían que haría peligrar la estabilidad de los edificios al debilitar sus cimientos. En fin, se dice que las autoridades fomentaban esas ideas para no hacer las obras. Eso, hasta que el virrey Vértiz se puso firme a impulsar los primeros rudimentos de una acción municipal en cuanto a empedrado, alumbrado público y limpieza de las calles. Afortunadamente, otros virreyes siguieron su ejemplo.

Buenos Aires estaba dividida por entonces en cinco jurisdicciones basadas en la presencia de una iglesia: Concepción, Monserrat, el Socorro, San Nicolás y La Piedad. Las iglesias eran los más sólidos edificios que había, aunque sus fachadas eran sencillas y no podían competir con otras de América. En cuanto a la Catedral, como estuvo mucho tiempo a medio construir,fue para los vecinos el símbolo de la obra inconclusa; por eso cuando se referían a algo que no terminaba nunca exclamaban ¡Bah, esa es la obra de la Catedral!

A partir del siglo XVII, las casas aumentaron y mejoraron su aspecto. Los pudientes las hacían construir según los modelo del sur de España. Las viviendas constaban de dos y hasta tres patios, olorosos de naranjos; pero, contrariamente a lo que muchos creen, muy pocos tenían un aljibe. Por entonces éste eran un lujo que pocas familias podían permitirse. Los Basabilbasso fueron los primeros en instalar uno.  Porque disponer de agua en su propia casa era una comodidad desusada en la colonia. La mayoría de los vecinos no tenían más remedio que comprar el agua extraída del río.

La Plaza de Toros: Desde los comienzos del Virreinato, las corridas de toros fueron una de las diversiones populares típicas. Las primeras corridas no se hicieron en lugares especialmente construidos para este fin, sino en la Plaza Mayor. En efecto, como estos espectáculos solo se ofrecían en algunas ocasiones (cumpleaños del Renacimiento de un príncipe], en esos días se levantaban empalizadas de madera, que delimitaban la arena, y alrededor de ellas se disponían asientos para el público. La improvisada plaza ubicaba frente al Cabildo, pues las autoridades presenciaban corrida desde sus balcones.

Aunque no faltaban las ventanas a la calle, se tendía a volcar la vida familiar hacia el interior. El mobiliario y los adornos variaban según las posibilidades de los dueños. Algunos viajeros opinaban que las casas ricas tenían muebles muy finos, pero que la mezcla de estilos producía un efecto de mal gusto. También se criticaban las rejas porteñas.

Esas rejas «voladas» que demostraban la habilidad de los herreros y su poca imaginación… pues el modelo casi no variaba. En realidad, la crítica no era por esto, sino porque las rejas, que amparaban las ventanas de la calle, sobresalían del marco y, como las veredas eran estrechísimas, más de uno se las llevaba por delante en la oscuridad de la noche. Pero, además, no eran buenas defensas, al menos en verano. Como las ventanas estaban entonces abiertas, los ladrones, ayudados por una caña, «pescaban» sin problemas los objetos más cercanos.

Hablando de estaciones: los inviernos eran una tortura. El frío entraba por todas partes y no había cómo combatirlo. Solo podía la gente entibiarse encendiendo el brasero, alrededor del cual se reunían todos para recibir un poco de calor. Pero éste no templaba todas las habitaciones y, además, como se temía un enrarecimiento del aire, a la hora de dormir se sacaban los braseros al patio.

En Buenos Aires no había edificios llamativos, salvo la cárcel, que llamaba la atención, pero por su fealdad. Los había, en cambio, en la ciudad de Córdoba, con su bella casa del virrey Sobremonte, o la Catedral, o la Iglesia de la Compañía de Jesús. En todas las ciudades del Virreinato, aunque las casas tenían una sala con buenos muebles, damascos y alfombras importadas, solo las usaban en grandes ocasiones. Lo común era recibir en otras salitas, amuebladas con sillas de paja, chuses y una mesa. A la hora de las comidas la familia se reunía en torno a la gran mesa del comedor: sobre ella, o sobre otra —que hacía las veces de aparador—, y en las alacenas de vidrio había muchos objetos de plata que no costaban demasiado. En cambio, la loza era carísima.

A veces, los porteños salían a comer afuera. La elección era fácil, pues había una sola fonda —la de los Tres Reyes—. También se daban comidas en la casa de un tal Monsieur Ramón, pero para «llevar a domicilio». Muchos señores enviaban a sus esclavos a la casa de ese señor para que aprendieran a cocinar. Para tomar algo lo mejor era la confitería francesa, famosa por preparar buen café, tostadas y pastelitos.

Respecto a la moda, las mujeres vestían a la moda, pero sus trajes eran menos lujosos que los de las peruanas. Por otra parte, la gente común y tambien las señoras principales cortaban, cosían y aderezaban sus batas: eran «ingeniosas y delicadas costureras». Y las mujeres más pobres no solo hacían sus vestidos «sino los de sus maridos, hijos y hermanos», cuenta Concolorcorvo.

El vestido de calle era ancho, con el pliegue recogido atrás, generalmente adornado con flecos o una red de borlitas. Había zapatos finos pero costaban una onza de oro el par. La cabritilla no se conocía. Los pobres iban descalzos o embutidos en zapatos hechos de un cuero duro, llamado cordobán. El betún no se conocía.

Si dejamos Buenos Aires y miramos hacia el interior, veremos que los señores cordobeses visten con gran elegancia, pero siusmujeres no. En cambio, las cordobesas son excelentes amas de casa: en general son gentes muy laboriosas. Además, tienene dos colegios importantes —el real y el de Monserrat— y se enorgullecen por tener la primera Universidad del Plata.

Los jóvenes no tenían muchas carreras para elegir en la ciudad: se dedicaban a los oficios mecánicos o entraban como dependientes. Los mozos de tiendas debían hacer su trabajo específico y, además, barrer las veredas, fregar los candeleros, tender su cama —sobre el mostrador— y la de su patrón y limpiar los platos. Todo gratuitamente hasta que adquirían experiencia. . . Entonces les pagaban un sueldo de miseria. Más afortunados eran los hijos de las familias adineradas, pues frecuentemente eran enviados a completar sus estudios a las universidades españolas, a la de Charcas o a la .de Córdoba. Poca gente sabía leer y escribir y los libros no eran abundantes ni mucho menos. Había pocas bibliotecas, una sola imprenta, y la entrada de libros a las colonias era controlada por organismos especiales: se prohibía toda obra que fuera considerada inmoral (muchísimas novelas) o que pudieran alterar el orden. A los criollos, por supuesto, siempre les quedaba el recurso del contrabando, y de esta manera entraban los libros prohibidos.

ESTRUCTURA SOCIAL COLONIAL:

Blancos. El colonizador español que llegó a América pertenecía socialmente al elemento popular que, desplazado en la metrópoli, buscaba en las colonias reivindicar sus derechos, formando la aristocracia de conquista que reunirá en su persona privilegios y cargos, desplazando al criollo. Impedimentos de orden jurisdiccional y religioso restringieron la llegada de extranjeros, pero con la unificación de las Coronas española y portuguesa (1580-1640) y la llegada de los Borbones al trono español (1700), se favoreció la inmigración portuguesa y francesa, formándose en Buenos Aires una importante colectividad extranjera ingresada por medios legales (licencias, afincamiento, naturalización) o clandestinos.

Indígenas. La desigual evolución de las sociedades indígenas fue el factor determinante de las diferencias socioeconómicas en las distintas regiones del Virreinato. Donde los conquistadores hallaron mano de obra abundante se estableció el régimen de la servidumbre (N.O. y Cuyo), en tanto que en otras regiones, ante la escasez de poblaciones indígenas, la economía tuvo su fundamento en la explotación ganadera y el comercio (litoral).

Negros. La falta de brazos para la explotación agrícola fue la causa de la incorporación de esclavos negros procedentes de África o Brasil, mediante licencias reales y asientos negreros. El comercio, monopolizado sucesivamente por portugueses, franceses e ingleses, posteriormente fue declarado libre (1789). Esta disposición se aplicó en el Río de la Plata en 1795. El mestizo, intermediario entre el indio y la ciudad, se estableció en la campaña y formó parte del proletariado rural.

Primeros Aborigenes que Habitaron Territorio Argentino Indigenas

Aborígenes que Habitaron Territorio Argentino

Primeros Pobladores: Los Aborígenes: Los españoles encontraron una gran diversidad de culturas aborígenes que habitaban distintos ambientes: algunas se dedicaban a la caza, la pesca y a la recolección de frutos y plantas silvestres. La población del actual territorio argentino a la llegada de los españoles a principios del siglo XVI sumaba unas 330.000 personas agrupadas en una veintena de grupos étnicos.

Los habitantes del Noroeste, las Sierras Centrales y la Mesopotámica practicaban la agricultura, mientras que el resto del territorio estaba ocupado por grupos de cazadores-recolectores. Las culturas más extendidas fueron los diaguitas al Noroeste, los guaraníes, los tupíes, los tobas y los guaycurúes en el Noreste, los pampas en el centro y los tehuelches, mapuches y onas en el Sur.

La arqueología y las fuentes coloniales nos permiten atisbar dos grandes grupos de culturas: los de la llanura chaqueña y los de la estepa patagónica.

Los pobladores más antiguos, que datan de hace unos 12.000 años, vivían en cuevas que decoraban con pinturas y cazaban animales ya extinguidos, como el mylodon —un perezoso gigante—, o el gliptodonte —una mulita gigante—. Estos grupos se adaptaron pronto al uso de las especies introducidas por los españoles, como el caballo.

Algunos de los pueblos que integraban este grupo son los wichis, los matacos, los abipones, los chorotes, los chulupíes, los pilagaes, los mocovíes, los tobas; y otros, tempranamente extinguidos, como los mocorotaes, los calchines, los quiloazas y los chanátimbúes.

Los matacos habitaban al oeste de la actual provincia de Formosa y en el Chaco salteño. Practicaban la pesca en los ríos y cultivaban, en forma rudimentaria, el zapallo y el maíz. Sus chozas circulares estaban hechas de ramas y paja. Se vestían con prendas de cuero y lucían collares, pinturas corporales, tatuajes, tobilleras de plumas y vinchas. Eran monógamos, aunque los jefes podían tener más de una mujer. Los caciques compartían su autoridad con los médicos hechiceros. Creían en espíritus malos (ohots) que controlaban ciertos ritos y fiestas.

Los abipones, tobas y pilagaes se extendieron en parte de las actuales provincias de Formosa, Chaco y Santa Fe. Pescaban con amones y redes, y cazaban venados y ñandúes. También recogían frutos y miel. Vivían en chozas de ramas y, en épocas de frío, vestían el manto de piel de nutria (quillongo); usaban vinchas, mocasines, faldas de piel y se tatuaban el rostro. Su familia monogámica era fácilmente disoluble y la poligamia era común en los jefes. Sus caciques eran hereditarios y tomaban esclavos entre los prisioneros de guerra.
Creían en un ser supremo y en espíritus de la naturaleza.

Un poco más al este y en la Mesopotamia vivían los caingang, pescadores recolectores de miel, piñas de araucaria, tubérculos, frutos, etc. Vestían un delantal pequeño, hecho con cuero para los hombres y con fibras vegetales para las mujeres. Sus chozas eran simples techumbres a dos aguas sin paredes. Sus caciques-hechiceros gobernaban tribus de unas veinte familias. Creían en un dios bueno (Topen) y en uno maligno (Det Korenk); también sostenían que los animales de caza tenían espíritus que los dominaban y protegían, por lo cual permitían su caza para la alimentación, pero castigaban cualquier abuso.

ANTIGÜEDAD DE YACIMIENTOS ENCONTRADOS EN ARGENTINA: En lo que respecta al actual territorio argentino, las fechas mencionadas para el sur de Chile corresponderían también para nuestra Patagonia (Los Toldos, 10.600 a.C.).

En el caso de Tierra del Fuego, la cultura más antigua no superaría los 6.000 a. C. Para el noroeste, la más antigua estaría ubicada en la provincia de Catamarca, denominada Ampajango, con una probable datación de 12.000 a. C.. En las Sierras Centrales de Córdoba y San Luis se clasificaron antiguas culturas reunidas bajo el nombre común de Ayampitín. La cueva de Intihuasi, San Luis, reveló que sus restos humanos rondarían los 6.000 a. C..

En la puna argentina se ha localizado otra cultura, conocida como la del Saladillo, llegada allí hacia el 4.000 a.C.. Finalmente, podemos agregar que algunos arqueólogos suponen que gran parte del noreste, Misiones y sus zonas próximas, habrían tenido unos primeros poblamientos entre los 8.000 y 10.000 a. C.

Primeros Humanos en América

Conquista y Colonizacion Española en America España Conquista America

Investigadores de Aborigenes de Argentina

Investigadores de los Aborígenes de Argentina

Después de los cronistas coloniales que se ocuparon vagamente del tema, destacamos la figura del español Félix de Azara (17421821), quien residió veinte años, desde 1781, en el Río de la Plata y el Paraguay, ocupándose, como naturalista, de numerosos temas y haciendo observaciones sobre la vida de los indios.

El francés Alcides d’ Orbigny (18021857), residió ocho años en América del Sur, a partir de 1826. Publicó interesantes trabajos sobre arqueología de Argentina, Uruguay, Chile, Bolivia, Brasil y Perú. Su obra: Viaje a la América Meridional.

El Hombre Americano (9 volúmenes), apareció entre los años 1834 a 1847. Sus viajes por la América Meridional tuvieron lugar entre 1826 y 1833. Recorrió el Chaco, la Patagonia, las ruinas de Tiahuanaco en Bolivia, el Amazonas, estudiando numerosas tribus indígenas.

Los italianos Miguel Ángel Mossi (1819-1895), Guido Boggiani (18611901), Santiago Bove (18521887), Carlos Spegazzini (18501926), realizaron interesantes estudios en todo el territorio nacional, desde el Chaco hasta la Patagonia.

La zona del noroeste despertó el interés de numerosos arqueólogos desde fines del siglo pasado y comienzos del presente.

El alemán Karl Bruch (18631943) estudió las ruinas del Pucará de Aconquija (Anda/gala, Catamarca), en 1892. El sueco E ríe Boman (18671924) estuvo desde 1884 en el noroeste, Catamarca y el Chaco y en 1904 estudió los. túmulos del valle de Lerma. El uruguayo Samuel A.

Lafone Quevedo (18351920) tenía una finca muy extensa en Andalgalá y estudió la alfarería caichaquí entre los años 187090. En 1889 realizó una expedición por el norte, acompañado por el dibujante suizo Adolfo Methfessel.

Los hermanos Duncan Ladislao Wagner (18631937) y Emilio Roger Wagner (18681949), nacidos en Escocia, pero «de origen francés, estudiaron, desde. 1885, regiones del Chaco, Santa Fe, Tucumán, etc., y establecieron en Santiago del Estero el Museo Arqueológico (1928).

Los argentinos Juan B. Ambrosetti (18651917), Salvador Debenedetti (18841930), Francisco de Aparicio (18921951), Fernando Márquez Miranda (18971961) y el español Salvador Cañáis Frau (18931958), realizaron vasta labor de investigación.

Ambrosetti reconoció el Pucará de Tilcara, en Jujuy (190815), los menhires de Tafi, en Tucumán (1896), la ciudad de La Paya, en Salta (1904), la cultura caichaquí, etc. Debenedetti continuó las excavaciones en Titeara hasta 1930 y realizó interesantes estudios en la quebrada de Humahuaca. Aparicio realizó investigaciones en Pampa Grande (Salta), en 1941, efectuando valiosos hallazgos de urnas funerarias, sarcófagos de piedra, tejidos, etc.

Con las investigaciones del gran arqueólogo norteamericano Alendell C. Benett (19051953), a partir de 1948, las investigaciones adquieren un carácter sistemático. Su prematura muerte nos ha privado de futuros descubrimientos y síntesis de gran importancia.

Los trabajos de Antonio Serrano (1899), Alberto Rex González (1918) y otros estudiosos argentinos contemporáneos han enriquecido, notablemente, en los últimos años, el conocimiento de las antiguas poblaciones aborígenes de la Argentina

Son conocidos los numerosos trabajos del doctor Alberto Rex González, que lo llevaron a la delimitación de los períodos agroalfareros de las culturas del Noroeste: temprano, medio y tardío, intercalados entre el comienzo de nuestra era y el imperio incaico en 1480.

Para ese entonces la arqueología llegaba a la mayoría de edad y las viejas técnicas eran reemplazadas por una metodología moderna, en la que juega un importante papel el fechado mediante el carbón radiactivo o C14. Se deben al mencionado investigador los resultados de sus primeras aplicaciones en la Argentina.

El libro Primeras Culturas Argentinas, realizado por el doctor González en colaboración con otro especialista de la arqueología noroestina, José Antonio Pérez, ambos vinculados a la Universidad de La Plata y al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, brinda una sencilla pero cuidadosa caracterización de las culturas que se desarrollaron al pie de la Cordillera de los Andes y de los contrafuertes que de ellas nacen, en las provincias de Jujuy, Salta, Tucumán, La Rio ja, Catamarca y norte de San Juan.

Esas culturas, conocidas como Tafi, Condorhuasi, Alamito, Ciénaga, La Aguada, Candelaria, Sanagasta, Santa María, Belén, por haber sido estudiadas por primera vez en las localidades homónimas, fueron englobadas hasta hace pocos años bajo la designación genérica de diaguitas, cuando en realidad ésta corresponde al pueblo que ‘encontró la conquista hispánica.

Como expresan los autores, si bien muchas veces entre los elementos de las referidas culturas se descubre una continuidad de estilo y técnica, por ejemplo en el caso de Ciénaga y Aguada o Condorhuasi y Candelaria, en otras las diferencias son notables y permiten atribuir una auténtica individualidad a cada contexto.

Así sucede cuando se compara la decoración geométrica de Ciénaga con las barrocas figuras de Santa María, o cuando se estudian los patrones de asentamiento de los poblados y las costumbres funerarias.

Otros elementos, como el trabajo de la piedra, que aparecen en el período temprano de Tafi, Alamito y Condorhuasi, no fueron el producto de una evolución local, sino que llegaron ya desarrollados desde otros centros culturales andinos. Su desaparición en tiempos relativamente recientes —como dicen los autores de la obra— obedece a causas que nos son desconocidas, pero lograron alcanzar un expresivo nivel artístico.

Reconstruir el mundo religioso y místico mediante el estudio de las expresiones estéticas —agregan— puede llevar a conclusiones erradas o fantásticas, pues muy escasos son los datos que poseemos sobre las antiguas creencias.

Sin embargo, es válido cuestionar qué relación existía entre artesanos y sus obras materia les, considerados en su respectivo marco socialeconómico.