Roma Antigua:Cicerón

Biografia de Septimio Severo Emperador de Roma

Biografia de Septimio Severo Emperdor de Roma

ANTECEDENTES HISTÓRICOS: De reprente en 192-193, se había manifestado la crisis latente que desde hacía una generación atravesaba la estructura del principado romano, iniciado con Augusto.

El asesinato de Cómodo había dado poder y el título imperial a Pertinax, hombre de origen oscuro, pero general de primer orden, político enérgico y administrador prudente y honrado.

Su gobierno, caracterizado por una política liberal respecto al Senado, por el restablecimiento de la disciplina de los pretorianos y por el saneamiento de la hacienda pública, había terminado poco después con su muerte a manos de la soldadesca sublevada.

Publio Helvio Pertinax fue emperador romano durante el breve período comprendido entre el asesinato del emperador Cómodo, cometido el 31 de diciembre de 192, y la muerte del propio Pertinax, también asesinado el 28 de marzo de 193

Y no satisfechos aún con esta acción infame, los pretorianos; considerándose dueños del poder, habían tenido el atrevimiento de vender la dignidad imperial al mejor postor, Didio Juliano, quien pagó por el título veinticinco mil sextercios por cada uno de ellos (193).

El Imperio se hallaba en manos del ejército y el sistema diárquico del Principado quedaba roto por su base.

Septimio Severo era africano (hablaba el latín con acento cartaginés), contaba con el ejército más poderoso (había 10 legiones en el Danubio), le hizo recorrer 260 leguas en siete semanas y fue el primero en llegar a Roma. Los pretorianos no se atrevieron a ofrecer resistencia. Didio, abandonado de todos, fue muerto por orden del Senado, y Severo fue proclamado como nuevo emperador de Roma.

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Severo había nacido en Leptis Magna (Trípoli) el 11 de abril de 146, y procedía de una familia del orden ecuestre, de origen itálico, pero profundamente africanizada.

Sus padres, Septimio Ceta y Fulvia Pía, le dieron una educación bastante esmerada, al objeto de prepararle para la jurisprudencia.

Hacia el 164 pasó a Roma para completar sus estudios. Protegido por Marco Aurelio, a instancias de su tío Severo, Septimio realizó bajo este soberano una carrera brillante: en 171 fue cuestor; propretor de la Bética española en 173 y de Cerdeña en 174; más tarde recibió la legación del proconsulado para la provincia de África, y en 176 fue nombrado tribuno de la plebe.

Pretor para la Tarraconense en 178, recibió al año siguiente el mando de la IV Legión escítica (Antioquía). Cayó en desgracia bajo Cómodo, y entonces dedicó algunos años a perfeccionar su cultura en Atenas.

Fue asesinado un 28 de marzo de 193 d. C., en Roma, Italia

biografia de septimio severo emperador

Lucio Septimio Severo​ fue emperador del Imperio romano de 193 a 211, con el nombre oficial de Lucius Septimius Severus Pius Pertinax Augustus. Fue el primer emperador romano de origen norteafricano en alcanzar el trono y el fundador de la dinastía de los Severos. Tras su muerte fue proclamado Divus por el Senado.

Cuando fue proclamado por su ejército como nuevo emperador Septimio Severo tenía 45 años. Hizo ocupar el campamento de los pretorianos, los reunió delante de su ejército y les ordenó deponer las armas y entregar las banderas.

Luego los licenció, prohibiendo a todos ellos aparecer a menos de cien millas de Roma bajo pena de muerte.

Ya no se alistaron más pretorianos naturales de Italia, y no se admitió como tales más que a los soldados elegidos del ejército. Además, Severo estableció una legión cerca de Roma, al pie del monte Albano.

Se entendió primeramente con Albino, le dio el título de César y le dejó la Bretaña, la Galia y España. Envió su ejército contra Pescennio, que acababa de ocupar todo el Oriente y disponía de nueve legiones. Pero el ejército de Oriente no valía lo que el del Danubio.

Fue vencido en Asia Menor, luego en Iso, a la entrada de Siria. Pescennio cayó prisionero y fue decapitado (194). La guarnición de Bizancio resistió por espacio de tres años.

Sin víveres ya, reducida a comer carne humana, se rindió. Los soldados fueron pasados a cuchillo; las murallas, arrasadas; la ciudad, privada de su gobierno.

LECTURA COMPLEMENTARIA
AMPLIACION SOBRE ESTA BIOGRAFIA

En 187 reapareció en la vida política como gobernador de la Galia Lugdunense; dos años más tarde ocupó el mismo cargo en Sicilia, y en 191 fué destinado a regir los destinos de la Panonia.

Aquí le sorprendieron los sucesos de Roma y su proclamación como emperador.

El acto de las legiones era revolucionario; pero, en realidad, ya nadie sabía qué institución era la depositaría del poder. En este caso la única solución eran la fuerza, la intrepidez y la decisión.

Dando prueba de reunir estas cualidades, Septimio Severo consolidó su título imperial mediante la aplicación de un plan de tres etapas.

En la primera, después de obtener la adhesión de Claudio Albino, jefe de las legiones de Bretaña, nombrándole César y corregente, avanza hacia Italia y derriba el poder de Didio Juliano, quien halla la muerte en la vana resistencia (1° de junio de193).

En la segunda, se dirige contra Níger; asedia Bizancio, cruza los Estrechos, derrota a las legiones de Oriente en Cízico, Nicea e Iso, y logra que su rival emprenda la huida, en la que es asesinado (noviembre de 194).

Finalmente, en una tercera fase, aniquila las esperanzas de Claudio Albino, el cual, convencido de que había sido engañado, desembarca con sus legiones británicas en la Galia y pretende marchar sobre Roma; Septimio Severo le derrota en Trevoux, cerca de Lyón, el 18 de febrero de 197, provocando el suicidio del César.

En este momento, después de tres años de guerra civil, Septimio Severo queda como único emperador por la voluntad de las legiones del Danubio.
Se hace, pues, necesario reorganizar la estructura política del Imperio de conformidad con este principio esencial: la omnipotencia de las legiones.

Después de una guerra afortunada en Oriente contra los partos, que Septimio condujo personalmente, logrando conquistar Babilonia, Seleucia y Ctesifonte (197-198), y restablecer el brillo de las armas romanas en aquella frontera, el emperador regresa a Roma en 202 y procede a sus trascendentales reformas, encaminadas a asegurar la estabilidad gubernamental por el robustecimiento de la autoridad del monarca.

Para ello, como hombre esencialmente militar y como emperador elevado al mando por el ejército, constituye a las legiones como base efectiva de su sistema de gobierno.

Favorece con largueza al ejército, tanto al simple legionario, que ve aumentar su sueldo y recibe el derecho de casarse, como al oficial, ante quien aparta los obstáculos que impedían su rápida carrera. Por otra parte, aumenta la guarnición de Roma y substituye en la guardia pretoriana a los itálicos por soldados de provincia, fieles y adictos a su persona.

Este hecho es significadvo para abarcar la actitud de Septimio Severo frente a unos postulados de política tradicional que ya no son comprendidos, y aclara su posición revolucionaria ante el Senado.

El emperador, que en 193 respetó al Senado para mantener firme su poder ante Pescenio Nlger, actúa duramente contra él después que se ve libre de sus competidores, y en particular de Claudio Albino, esperanza de la aristocracia senatorial.

Depura al Senado y ejecuta a muchos de sus miembros más ilustres.

Le deja los títulos honoríficos, pero le cercena su autoridad o se la arrebata en las esferas legislativa, política, judicial, financiera y militar. Bajo Septimio Severo el Senado deja de ser el supremo representante del elemento civil.

En su lugar, recoge su herencia y se convierte en la rueda más importante de la administración el Consejo Imperial, asamblea de jurisconsultos (Papi-naino, Ülpiano, Paulo y Modestino), encarnación del espíritu y de la voluntad del emperador.

En Septimio Severo actuó la mano del Destino. Pues si él quiso asegurar el poder imperial andándolo en la confianza del ejército, lo que hizo fué dar nuevas alas a la ambición de los oficiales de las legiones.

El inaugura la crisis constitucional del siglo 111 y el hundimiento de la cultura antigua, como se vio después de su muerte, acaecida en Eburácum (York), en el curso de una expedición a Bretaña, el 4 de febrero de 211.

FUENTE

Biografia de Vespasiano Emperador Romano

Biografia de Vespasiano Emperador Romano

Con Vespasiano comenzó una nueva dinastía de tres emperadores, los Flavios. Se llamaba Flavio Vespasiano, y descendía de modestos propietarios de Italia. Su abuelo había sido centurión; su padre, recaudador de contribuciones. Había hecho su carrera como oficial del ejército y tenía ya sesenta años cuando fue proclamado.

Nunca renegó de su origen. Se burló de los cortesanos, que le decían descendientes del dios Hércules, y tuvo empeño en conservar intacta la casa rural en que sus padres habían vivido y en la que había pasado su infancia.

Vivía con sencillez, sin ningún lujo, trabajaba parte de la noche, tenía siempre la puerta abierta para cualquiera que viniera a hablarle y atendía gustoso los consejos que se le daban.

Se negó a dejar que se persiguiese a las gentes que hablaban mal de él y no confiscó los bienes de los hijos de los partidarios de Vitelio.

Vespasiano cierra la primera crisis política de cierta gravedad que había registrado el régimen establecido por Augusto y asegura la continuación del Principado y de la diarquía.

Con su persona llegan al poder, de un lado, la pequeña burguesía italiana, y, de otro, la aristocracia provincial, o sea, los elementos más sanos del. mundo romano.

Biografia de Vespasiano Emperador de Roma

Tito Flavio Vespasiano, conocido como Vespasiano, fue emperador del Imperio romano desde el año 69 hasta su muerte. Fue el fundador de la dinastía Flavia, que gobernó el Imperio romano desde el año 69 hasta el año 96

Quizá se hallen desprovistos de penetrantes ideas políticas; pero, en cambio, aportan al Estado cualidades tradicionales de orden, tenacidad, honradez y buena administración, que salvan el régimen comprometido por las veleidades de un Nerón y por la intromisión de las legiones en asuntos políticos.

Tito Flavio Vespasiano pertenecía a esa pequeña burguesía italiana, de la que era prototípica encarnación.

Había nacido en Reate, el 18 de noviembre del 9, en las montañas de Sabina. Su abuelo era un centurión, su padre, Tito Flavio Sabino, un republicano, y su madre, Vespasia Polla, hermana de un centurión.

Habiendo ingresado en el ejército, se distinguió muy pronto por sus servicios, su honestidad, su prudencia y su recta administración.

Después de servir en las legiones de Tracia, fue nombrado cuestor para Creta y Cirene y luego revistió el edilato y la pretura.

Por esta época se desposó con la hija de un ecuestre de Roma, Flavia Domicila, que le había de dar dos hijos: Tito y Domiciano.

Durante el reinado de Claudio, Vespasiano progresó en su carrera, pues fue protegido por uno de los libertos de aquel emperador, el todopoderoso Narciso.

Mandó fuerzas en el Rin (43-44) y la II legión Británica bajo Aulo Plaucio.

Fue elegido cónsul en el año 51; pero más tarde, al triunfar la emperatriz Agripina, Vespasiano se halló postergado en la corte imperial.

No obstante, era tal la capacidad que se atribuía a su persona, que en 61 fue nombrado procónsul de África y en 66 Nerón le designó para el mando del ejército que había de sofocar la insurrección judía.

Desempeñaba este cometido, con notable acierto, cuando se produjeron los sucesivos asesinatos de Nerón y Galba, la proclamación de Otón y la revuelta de Vitelio con las legiones del Rin.

Pero apenas este general había tenido tiempo de gozar de los frutos de su victoria (16 de abril del 69), que ya las legiones de Oriente, las cuales hasta entonces no habían intervenido en el conflicto sucesorio, proclamaron a su vez otro emperador, en la persona de su caudillo.

Tito Flavio Vespasiano (1º de julio). La proclamación se efectuó en Alejandría, y muy pronto se adhirieron a la causa de Vespasiano las legiones de Siria, las del Danubio e incluso algunos cuerpos itálicos.

Vespasiano no era ambicioso. Aceptó el título a causa de las instancias de su hijo Tito y del gobernador de Siria, Muciano.

Este se encargó de la lucha contra Vitelio. Pero quien dio el golpe decisivo a las legiones del Rin fue Antonio Primo, jefe de las del Danubio, el cual cruzó los Alpes, derrotó al ejército de Vitelio en Bedriácum, saqueó Cremona y tomó Roma al asalto después de vencer una encarnizada resistencia (20 de diciembre del 69).

Al día siguiente el Senado proclamaba a su vez a Vespasiano bajo los resplandores del incendio del Capitolio.

Restablecido el orden en Roma por Muciano, el nuevo emperador no se trasladó a la capital hasta el verano del 70, después de confiar el mando de las legiones de Judea a su hijo Tito.

Llegó en el momento preciso de reorganizarlo todo, y pocas personas, incluso de inteligencia más despejada, hubiesen sido capaces de rehacer el Imperio como aquel vigoroso administrador, dotado de condiciones medianas, pero armónicas, completas y eficaces.

Vespasiano triunfó en su dura tarea por su gigantesca voluntad, su amor al trabajo, su honradez, su tacañería (casi mezquindad) y su indudable capacidad organizadora.

Con firmeza tranquila restauró el Imperio y la autoridad imperial.

En primer término aseguró las fronteras; la insurrección judía fue sofocada por su hijo Tito (70, caída de Jerusalén) y en el mismo año las legiones de Petilio Cerealis pusieron fin a la insurrección de los bátavos y germánicos, los cuales, acaudillados por Civilis, se habían apoderado de las provincias del Rin y habían arrastrado a parte de los galos en su lucha contra Roma.

Restablecida la hegemonía romana en la periferia del Imperio, Vespasiano dedicóse a asegurar el normal funcionamiento de las instituciones constitucionales.

Con algunas modificaciones, exigidas por el cambio de los tiempos, restableció el sistema diárquico, pues el Senado era el único contrapeso al poder militar.

A tal fin tuvo que depurar el Senado de los elementos indeseables que se habían introducido en él en los últimos tiempos, en particular los libertos.

Revestido de la censura, que rehabilitó para esta solemne ocasión, dio ingreso al Senado a la aristocracia ecuestre italiana y a la aristocracia municipal de las provincias. Medida de gran futuro, ya que sobre ambas clases había de recear el mando del Imperio en la época de su apogeo (siglo 11).

Vespasiano consagró sus desvelos a los problemas financieros, en completo desorden por las prodigalidades de Nerón y las perturbaciones de la guerra civil.

Declaró la guerra a los gastos inútiles, revisó el catastro, restituyó al dominio público los campos de que se habían apropiado los particulares y creó nuevos impuestos.

Constantemente vigiló la administración de las provincias y evitó toda clase de abusos.

Al morir (23 de junio del 79) en los baños de Cutilia cerca de Reate, las miserias del 69 eran sólo un recuerdo.

Este es el elogio mayor que puede hacerse al hombre cuya energía se halla resumida en la frase que se le atribuye, pronunciada en su última enfermedad: «Un emperador debe morir de pie.»

ALGO MAS SOBRE SU GOBIERNO: Restableció el orden reprimiendo las sublevaciones y acostumbrando de nuevo a los soldados a la disciplina.

Se ocupó mucho de las provincias y en ellas estableció colonias de ciudadanos.

La mayor parte de las antiguas familias nobles habían desaparecido y ya no había número suficiente de senadores.

Vespaciano hizo el censo, determinó la lista del Senado e hizo entrar a muchos senadores nuevos. Creó también, con las familias principales de las provincias, sobre todo de España y de la Galia, una nobleza nueva, más honrada y menos ambiciosa que la antigua.

Necesitaba mucho dinero para hacer reparaciones en Roma, para reedificar el Capitolio, para restaurar los acueductos y construir el Coliseo, para los caminos y los ejércitos. Fue muy económico. Sus enemigos se burlaron de lo que llamaban su avaricia.

Cuentan que había establecido una contribución sobre los urinarios, y que su hijo le censuró por ello. Vespasiano le mostró el dinero recogido y le preguntó: «¿Huele mal este dinero? «.

En diez años había restaurado la hacienda del Imperio. Trabajó hasta sus últimos momentos. «El empe rador, decía, debe morir de pie». Murió esforzándose para levantarse (79 a.C).

Su hijo Tito, que llevaba el título de César, le sucedió. Había jurado conservar las manos limpias de sangre, se negó a perseguir a nadie por delitos de lesa majestad y perdonó a dos nobles condenados a muerte por haber conspirado contra él.

Trató con respeto al Senado, dio al pueblo juegos magníficos y manifestó en el teatro que el gusto de los espectadores, no el del emperador, había de decidir. Se hizo querer de todos y sus amigos le llamaron delicias del género humano.

Murió al cumplir dos años y dos meses de reinado.

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Biografia de Claudio Emperador Romano Historia y Vida

Biografia de Claudio Emperador Romano

Según la historia, cuando Calígula fue asesinado los pretorianos clamaban por Claudio como nuevo emperador, oponiéndose al régimen republicano que el Senado deseaba instaurar.

Claudio era hermano de Germánico y tío del asesinado Calígula. La soldadesca halló al elegido por sus oficiales oculto en una cámara del palacio imperial, y le arrastró a su proclamación medio muerto de pánico (24 de enero del año 41).

biografia del emperador Claudio

Tiberio Claudio César Augusto Germánico​, historiador y político romano, fue el cuarto emperador romano de la dinastía Julio-Claudia, y gobernó desde el 24 de enero del año 41, hasta su muerte en el año 54. Nacido en Lugdunum, en la Galia, fue el primer emperador romano nacido fuera de la península itálica.

Tenía cincuenta años de edad, y hasta entonces nadie se había fijado en su persona. Siempre según las mismas fuentes, Claudio fue de natural humilde y encogido, enfermizo y débil, torpe y pusilánime, espíritu recto y pacífico, y dedicado a la pura erudición.

Un ser, pues, realmente secundario, a quien la diadema imperial habría de venir harto holgada.

Elevado de repente a lugar de tanta responsabilidad, el aprovechado discípulo de Tito Livio, pues este eminente historiador le había introducido en los recovecos de la erudición, confió el gobierno a los libertos y su persona a las intrigas y caprichos de sus dos últimas mujeres, Mesalina y Agripina.

Esta decisión hállase explicada no sólo por su naturaleza, sino por los avatares de su vida. Tiberio Claudio Nerón había nacido para obedecer y para ser menospreciado, en un complejo permanente de inferioridad.

Sus padres, Druso y Antonia, adoraban en Germánico, el mayor de los hermanos, mientras que Claudio era relegado a un lugar secundario en el afecto paterno (había nacido en Lyón el 1° de agosto del año 10 antes de Cristo).

Más tarde, cuando Augusto adoptó a Tiberio y a Germánico, Claudio fue excluido de cualquier cargo público, lo que se explica no sólo por su timidez, sino por la preocupación de la familia Julia de no confundirse con la Claudia.

De esta manera pasó lo mejor de su vida entregado a estudios sobre los etruscos y los Césares, cuyo carácter fué algo pedante. Es lógico que cuando fué llamado a gobernar se apoyara en los libertos y en sus esposas, dotadas de más recia personalidad, aunque no de buenas costumbres.

Este es, por lo menos, el relato tradicional. Lo que se desprende de los sucesos históricos y de los documentos arqueológicos, revela, por el contrario, que Claudio presidió una época de paz y prosperidad, y que, personalmente, siguió la política de rehacer el Principado de Augusto, comprometido por las veleidades de última hora de Tiberio y las tendencias orientalizantes de Calígula.

En efecto, logró que, de nuevo, el Senado y el ejército cooperasen en una misma función bajo la persona del emperador.

esposas de claudio
Las dos esposas del emperador Claudio. Mesalina (izquierda) fue educada en el mayor libertinaje. Casada a los dieciséis años con Claudio, siguió en la pendiente del vicio hasta hundirse en la mayor depravación. Su nombre ha quedado como símbolo de la impudicia femenina. Sus actos llegaron a tal extremo, que Claudio la hizo matar. Julia Agripina descendía de Germánico y Agripina la Mayor. De joven se casó con Domicio Aenobarbo. Desterrada por sus vicios por su hermano Calígula, regresó a Roma para casarse por segunda vez, ahora con su tío Claudio. Sin reparar en intrigas, logró el trono para su hijo Nerón

Y este éxito no puede ni debe atribuirse al gobierno de los libertos (Narciso, Palas, Calixto, Polibio), los cuales, si acertaron en algunas medidas de gobierno, como en la unificación progresiva del mundo romano y el desarrollo de los organismos administrativos, contribuyeron a rodear la persona de Claudio de una atmósfera de corrupción, vicios y desórdenes morales y físicos.

En todo caso, no debemos olvidar que bajo Claudio el territorio del Imperio se engrandece con Britania, Mauritania y Tracia; que las obras públicas adquieren singular desarrollo; que la prosperidad es general, y que se realizan los artículos básicos del programa del Imperio.

Pero la Historia, conducida por Tácito y Suetonio, se ha complacido mucho más en presentarnos a Claudio como juguete de sus esposas.

De una de ellas, Mesalina, mujer impúdica, sensual y egoísta, se libró por la muerte cuando sus devaneos con Cayo Silio terminaron en una conspiración en regla contra la vida del emperador (48).

De la otra, Agripina, cuya figura también comentaremos, no supo librarse jamás. Con tenacidad inquebrantable, Agripina logró que Claudio adoptase a su hijo, el futuro Nerón, en detrimento de Británico y Octavia, sus hermanastros.

Se desembarazó de todos los obstáculos que separaban a su hijo del trono; y cuando fué el mismo Claudio quien pudo constituir una barrera, le envenenó gracias al trágico saber de Locusta.

El hecho ocurrió el 12 de octubre del 54. Claudio debió morir al día siguiente. Pero esta tradición merece ahora muy poco crédito

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Biografia de Galba Emperador Romano

Biografia de Galba Emperador Romano

Servio Sulpicio Galba, fue el primero de los cuatro emperadores que ocuparon el trono de Roma durante el año 69, el conocido como año de los cuatro emperadores. Fue una figura destacada de un grave momento en la vida del Principado de Octavio Augusto: la llamada crisis del año 69, cuando, extinguida la dinastía Julio-Claudia, de nuevo el ejército se dispone a entronizar a su candidato en el poder.

Pero, en este caso, ya no se trata de un solo ejército; las legiones de Roma se han regionalizado, y en España, el Rin, el Danubio y Oriente sostienen criterios y generales distintos. En escala reducida, la crisis del año 69 es el ensayo precursor de la crisis del siglo 111.

biografia emperador Galba

Servio Sulpicio Galba fue emperador del Imperio romano desde el 8 de junio de 68 hasta su muerte. Fue el primero de los cuatro emperadores que ocuparon el trono de Roma durante el año 69, el conocido como año de los cuatro emperadores.

Pues bien, en este ambiente de confusión política brilla por un instante la personalidad de Galba.

Cuando Cayo Julio Víndex se levantó en la Galia en marzo del 68 contra el gobierno despótico de Nerón, halló a su lado a Servio Sulpicio, gobernador general de la Tarraconense.

Tanto por su padre, Sulpicio Galba, como por su madre, Mumia Acaica, descendía de las familias más ilustres de Roma, donde había nacido el 24 de diciembre del año 5 antes de la Era.

Por su madrastra, Livia Ocella, entró en parentesco con Livia, madre de Augusto, la cual le distinguió con singular afecto.

A estas buenas relaciones se debió su próspera carrera política: gobernador de Aquitania, cónsul el año 33, gobernador del Alto Rin del 39 al 41, miembro del estado mayor de Claudio durante la conquista de Britania, procónsul en África en el 4% y gobernador de la Tarraconense desde el 66.

En todas partes había probado su pericia militar y sus excelentes cualidades administrativas y burocráticas.

Pero cuando se pronunció contra Nerón era ya un hombre viejo, sin el vigor y la energía de la juventud o de la plena hombría (tenía 73 años).

Esto explica sus vacilaciones, sus dudas y el fracaso de su gestión. Derrotado Víndex en la Galia, Galba se dio por perdido, a pesar de que contaba con el firme apoyo de los gobernadores de la Lusitania y la Bética.

Sin embargo, la suerte le favoreció, pues el vencedor de Víndex, Virginio Rufo, abandonó la causa de Nerón para reclamar el restablecimiento de la autoridad del Senado, y el mismo emperador halló la muerte el 9 de junio del 68.

La guardia pretoriana, convenientemente sobornada, se decidió a apoyar la causa de Galba. Este fue, pues, proclamado y reconocido emperador por el Senado, los pretorianos y el ejército, a excepción de las legiones de África, las cuales a la muerte de su jefe Claudio Mácer, muy pronto fueron sometidas.

Galba llegó a Roma a principios de octubre del 68 y penetró en la ciudad sobre montones de cadáveres, ya que tuvo que sofocar un levantamiento de una legión de marinos creada por Nerón.

Recibido favorablemente por el Senado, no supo atraerse a sus enemigos ni captarse nuevos partidarios con habilidad, tacto y largueza. Severo, justo, administrador minucioso, casi avariento, creía que dirigir el Imperio era regir una provincia.

En política se dejó llevar por gente de reputación dudosa, como Nimfidio, Laco, Vinio. Sin embargo, cuando se percató de que no reunía las condiciones necesarias para salvar la autoridad imperial de la amenaza de las legiones el ejército del Rin acababa de proclamar a Vitelio — eligió como colaborador y futuro sucesor a L. Calpurnio Pisón, distinguido miembro de la aristocracia senatorial.

Pero la guardia pretoriana impuso su voluntad. Manejada por Salvio Otón, se sublevó contra Galba y Pisón y les dio injusta muerte el 15 de enero del año 69. Galba había reinado tres meses.

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Biografia de Julia Agripina – Madre de Neron

Biografia de Julia Agripina

La figura de Agripina la Menor—-hija de Germánico y Agripina la Mayor — destaca con tonos de sangre, tanto en la vida disipada de la Roma imperial como en los trágicos incidentes que se desarrollaron entre los miembros de la dinastía Julia para asegurarse el poder y derrotar a sus adversarios familiares.

biografia de julia agripina
Julia Agripina (posiblemente en Oppidum Ubiorum, 15-59), más conocida como Agripina la Menor​ —para distinguirla de su madre— o Agripina, fue la hija mayor de Germánico y Agripina la Mayor, bisnieta por tanto de Marco Antonio y Octavia la Menor. Fue además hermana de Calígula, esposa y sobrina de Claudio y madre de Nerón.

Apenas hay otra biografía que, como la de Agripina, contribuya a explicar con mayor realismo las miserias que azotaron a la aristocracia romana después del estable cimiento del Principado por Augusto y a advertir la putrefacción de las costumbres detrás de la majestuosa imagen del edificio del Imperio.

Nació Agripina en el país de lo ubios, en Germania, el 6 de diciembre del año 15.

De su madre heredó la ambición, el ánimo varonil y el deseo de mandar.

Muy pronto intervino en la vida política, aunque» desde luego sin quererlo, pues cuando apenas contaba catorce años de edad fué casada con Cneo Domicio Enobardo, quien tenía treinta años más que ella.

El matrimonio fue planeado por el emperador Tiberio, el cual confiaba en Enobardo para montar una oposición contra el partido de Agripina la Mayor.

Esta y sus dos hijos mayores — Nerón y Druso — fueron desterrados de Roma; Druso fue asesinado por orden de Tiberio y Agripina la Mayor dejóse morir de hambre (31).

En el año 28, con tan solo 13 años, se casó por primera vez con el cónsul romano Cneo Domicio Enobarbo, quien afirmó de su futuro hijo: «De la unión de Agripina y yo sólo puede salir un monstruo.»

Al poco tiempo moría Tiberio en su retiro de Capri, y quedaba expedito el camino para los sucesores de Germánico y Agripina la Mayor.

En el año 37 empezó a reinar Cayo César, el emperador denominado Calígula.

La fortuna parecía sonreír a Agripina por tres motivos: la erección imperial de su hermano, el nacimiento de su hijo Lucio Domicio Enobardo y su traslado a Roma.

En efecto, Cayo quiso tener en la corte a sus tres hermanas — Agripina, Drusila y Julia

En la Ciudad Eterna empezó la gran carrera política de la ambiciosa mujer; y también se inició su hundimiento moral. Figuró en la crónica más licenciosa de la ciudad.

Se asegura que fue amante de su propio hermano y de su cuñado, Emilio Lapido, esposo de Drusila. Tanta aberración sexual tuvo un término transitorio cuando Calígula ordenó matar a Lépido y decretó el destierro de Agripina y Julia a las islas de Ponza (40).

Por entonces, Agripina enviudó.

Un año duró el exilio. Asesinado Calígula, ascendió al poder su tío Claudio (41). Regresaron a Roma las dos hermanas, y muy pronto compitieron entre ellas y con Mesalina, la esposa del emperador, en licencia de costumbres y afanes de mando.

Agripina casó por segunda vez con un personaje fabulosamente rico, Pa-sieno Crispo, el cual murió en 44, según se dice envenenado por su esposa a la que había legado todos sus bienes.

Pero no paraba aquí la ambición de Agripina. Cuando Mesalina fué ejecutada por sus costumbres depravadas (48), la ambiciosa descendiente de Germánico se propuso ser emperatriz. Y con la ayuda del liberto Palas lo logró en el mismo año.

La nueva emperatriz quiso tomar parte efectiva en el gobierno del Estado. Restableció la disciplina de la corte e incluso moderó la licencia anterior.

Concedía audiencia al lado de su esposo y se hizo otorgar el título de Augusta y honores extraordinarios.

Pero su ambición apuntaba más lejos. Quería el trono imperial para su hijo, en detrimento del legítimo sucesor de Claudio, Británico. A sus planes se oponían dos obstáculos: la persona de Británico y la de su hermana Octavia, prometida a Silano, descendiente de Augusto. Agripina logró romper los desposorios, con lo que Silano se suicidó.

Entonces hizo adoptar Lucio Domicio por Claudio, con el nombre de Claudio Nerón.

Para señalarlo como heredero de la corona, le casó con Octavia, le hizo otorgar multitud de honores, confió su educación al filósofo Séneca y le rodeó de personalidades fieles, como Burrho, prefecto del pretorio. Cuando, a pesar de todo esto, el partido de Británico volvió a ganar terreno, Agripina se deshizo de Claudio (54).

Ya tenía Nerón el trono imperial; ya podía mandar Agripina. La emperatriz quiso tomar parte en los consejos, asistir a las sesiones del Senado y a la recepción de los embajadores.

Pero entre el poder y ella se le-ventó una barrera poderosa: su propio hijo. Por una carrera de crímenes, este digno hijo de su madre aseguró sus propios caprichos personales.

Coronaba su obra en marzo del 59. Uno de sus compañeros de vicio, Aniceto, se brindó a librarle de Agripina. Seguido por dos^ camaradas, le dio una terrible muerte.

El puñal de Aniceto, impulsado por el cobarde parricida, desgarró las mismas visceras que habían tenido el fatal privilegio de haber dado a .luz a uno de los mayores monstruos de crueldad y depravación (19 de marzo).

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Biografia de Pompeyo Politico y General Romano

Biografia de Pompeyo- Politico y General Romano

POMPEYO (106-48 a. de J. C.): En la crisis constitucional romana del siglo I, si Mario representa el triunfo de los ideales radicales de la democracia y Sila la reacción oligárquica, Pompeyo encarna la instauración de un poder personal basado en la aquiescencia de las instituciones tradicionales.

La política pompeyana choca con la persona y el credo de Cayo Julio César, preconizador de la solución monárquico helenística y debelador implacable de los antiguos poderes.

De esta pugna surge poderosa la llama violenta de la guerra civil, en cuyo transcurso se agota la vida de Pompeyo. No obstante, parte de su sistema constitucional — el Principado — sobrevivirá a su persona y a la de su rival y será recogida por Octavio Augusto, quien la llevará a término en forma bastante más profunda y, sobre todo, más ágil y duradera.

biografia de Pompeyo.

Cneo Pompeyo o Pompeyo Magno, también conocido como Pompeyo el Grande ​ ​ fue un político y general romano. Provenía de una rica familia itálica de provincias, y alcanzó por sí mismo el rango de la nobleza romana a través de su exitoso liderazgo en diversas campañas

Ya desde su juventud se hizo notar por sus relevantes condiciones militares. A los 17 años (había nacido el 30 de septiembre de 106, y tenía, por lo tanto, la misma edad que Cicerón), abrazó junto con su padre, llamado también Cneo Pompeyo, la causa de Sula contra los miembros del partido mariano.

La muerte de su progenitor y el triunfo momentáneo de Cinna lo retuvieron en la oscuridad.

Pero cuando regresó Sila (83), Pompeyo manifestó de nuevo su actividad apoyándolo con tres legiones, levantadas en el Piceno.

En este año recibió el título de imperator por un gran triunfo obtenido sobre los marianos y sus asociados. Prosiguió sus éxitos aniquilando a los adversarios de Sila en Sicilia y África.

Al regresar de estas campañas (81), mereció los honores del triunfo y, al mismo tiempo, el título de «Magno» que le confirió su general.Sila, además, le concedió la mano de su hijastra, con lo que el porvenir político de Pompeyo pareció asegurado.

Muerto Sila en 78, Pompeyo quedó como la única figura destacada de Roma.

Pero la oligarquía senatorial temía aquella fría y ambiciosa persona, a la que reprochaba sus veleidades democratizantes.

No obstante, la reacción popular que siguió a la muerte del dictador, obligó al Senado a recurrir por dos veces a Pompeyo: la primera para contener la insurrección del cónsul Emilio Lépido (77), y la segunda, para aniquilar al ejército que Sertorio, partidario de Cinna, había logrado constituir en España.

En esta ocasión obtuvo el proconsulado a pesar de no haber ejercido antes ninguna magistratura; sin embargo, el Senado vulneró la normalidad constitucional porque así lo exigían las circunstancias.

Pompeyo combatió en España del 76 al 71, y logró poner fin a la guerra de Sertorio y de su lugarteniente Perpenna.

Al regresar a Italia con sus legiones, se le presentó la ocasión de aniquilar a los restos del ejército de los esclavos, los cuales, con su jefe Espartaco, acababan de ser derrotados en la Apulia por Craso. Aquella victoria sirvióle para jactarse de haber sofocado la sublevación social y valióle nuevo crédito entre los romanos.

Utilizó su fama y sus legiones para requerir el consulado — otra ilegalidad —, el cual le fue otorgado, junto con Craso, para el año 70.

Su gestión consular tuvo verdadera importancia, pues derogó la constitución de Sila, restauró el tribunado y la censura y repartió el poder judicial entre los senadores y los equites.

Los équites (‘caballeros’)​ formaban una clase social de la Antigua Roma, conocidos allí como Ordo equester (‘clase ecuestre’).

Indudablemente, Pompeyo buscaba los votos del partido democrático para sus futuros proyectos.

Por aquel entonces Roma tenía planteados dos graves problemas militares: el de los piratas del Mediterráneo y el de la nueva guerra de Mitrídates de Ponto.

En 67 los demócratas, entre ellos César, apoyaron la ley Gabinia que daba a Pompeyo un poder militar jamás visto a fin de acabar con los piratas.

El éxito no se hizo esperar; en tres meses destruyó los nidos de los bandidos del mar.

Al año siguiente, por la ley Manilia, se extendían sus poderes al Oriente. En el transcurso de cinco años, del 66 al 62, Pompeyo venció a Mitrídates, anexionó al imperio romano la provincia de Siria y el reino de Judea, fundó colonias, restableció el orden, reorganizó la administración y fomentó el bienestar público.

En realidad, Pompeyo creó el Asia romana. Era entonces el princeps, el primer ciudadano de Roma, revestido de grandes poderes militares. ¿Qué sucedería al regresar a Italia? Contra toda presunción, Pompeyo licenció a sus legiones y se mantuvo en un terreno de estricta corrección constitucional (61).

Es posible que careciera del atrevimiento para dar un golpe de estado o que quisiera respetar las instituciones republicanas para que éstas le otorgaran la autoridad suprema.

En todo caso, el Senado se negó a ratificar sus demandas: reconocimiento de sus actos en Asia y reparto de tierras entre sus veteranos.

Esta negativa le echó en brazos de César y Craso, con los cuales concertó el primer triunvirato (60). Al propio tiempo, se casó con Julia, hija del que había de ser su afortunado rival.

El primer triunvirato iba dirigido contra la aristocracia senatorial. César lo demostró en su consulado del año 59. Acabada su magistratura, pasó a las Galias, lo que aprovechó Pompeyo para reanudar su labor de aproximación al Senado, en lo que le auxilió Cicerón.

Pero la aristocracia senatorial continuó negándose a aceptar la solución del Principado propuesta por Pompeyo, como demostró rechazando dos leyes que beneficiaban a éste en 57 y 56.

Entonces Pompeyo renovó sus lazos con César (entrevista de Luca, 56). En virtud de este acuerdo fue elevado por segunda vez al consulado en 55, junto con Craso.

A la expiración de su mandato se le nombró procónsul de España. Pero bajo especiosos pretextos continuó residiendo en Roma.

Intendente supremo de la annona, ejerciendo el imperio proconsular y libre de la presencia de César y Craso, Pompeyo pudo considerarse señor de los destinos de la política romana, tanto más cuanto él Senado se dio cuenta, por fin, de que sus intereses le aconsejaban apoyar la persona de Pompeyo frente a la de César.

A ello contribuyó la actitud del general, quien durante los años 4 y 53 dejó que la anarquía se adueñara de Roma.

Finalmente, en 52 el Senado, por un senadocon-sulto último, le encargó de restablecer el orden público y le confirió poderes excepcionales: el de cónsul único con derecho a elegir su colega.

Pompevo aprovechó el momento para imponer una autoridad de hierro en Roma y las provincias, y también para tomar ventajas militares sobre César, ya que su proconsulado en Hispania fue prorrogado por cinco años.

Pero el antagonismo entre los dos rivales, fomentado después de las muertes de Julia (54) y Craso (53), estalló muy pronto en forma de guerra civil. César franqueó el Rubicón (49).

Pompeyo, vacilante, abandonó Italia y se preparó para defender su política con el apoyo de las provincias.

Pero fue vencido por César en Farsalia (junio del 48). Cuando desembarcó en Pelúsium para buscar un refugio en Egipto, Pompeyo fue asesinado por uno de sus centuriones, el 28 de septiembre del 48.

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Biografia de Cayo Mario Tribuno y Consul Romano

Biografía de Cayo Mario-Tribuno y Consul Romano

CAYO MARIO (15687 a. de J. C.): Cayo Mario inaugura una nueva etapa en la vida de Roma. Hasta entonces los partidos políticos — oligarquía y democracia — habían luchado por el poder mediante las armas constitucionales creadas en el curso de cuatro siglos de Historia.

Mario inicia un sistema de conquista del Estado apoyándose en el ejército, que él transformó en permanente y asoldado. Éste cambio reñía impuesto por la nueva misión imperial de Roma v la prolongación de las campañas de conquista en Asia, España y África Menor.

Cayo Mario Biografia

Cayo Mario ​ fue un político y militar romano, llamado tercer fundador de Roma por sus éxitos militares.​ Fue elegido cónsul siete veces a lo largo de su vida, nunca ocurrido antes en Roma.

Pero fue Mario, el homus novo (nuevo hombre) , quien con su popularidad fue capaz de imponer la transformación que conducía de modo inevitable el cesarismo.

Por su aversión a los optimates, utilizo el ejército en favor del credo y partido radical de los demócratas.

Los optimates (los hombres excelentes’)​ constituyeron la facción aristocrática de la República romana tardía.

De esta manera, dando un ejemplo a la aristocracia, que ésta recogió en la persona de Sula, abrió el camino a la crisis constitucional romana del siglo i antes de nuestra Era.

De origen volsco, nacido en 156 en la aldea de Cércete, Arpiño, de una familia de campesinos — lo que parece bastante problemático—, Mario creció con la mayor sencillez.

Careció de la esmerada educación de la nobleza romana, pero asimismo se vio libre de su corrupción y de sus vicios.

Dotado de inteligencia natural y de admirables condiciones de bravura y sagacidad militar, se distinguió sobremanera por su brillante conducta ante los muros de Numancia a las órdenes de Escipión Emiliano (133).

Este comportamiento le valió la protección de la poderosa familia Métela, bajo cuyos auspicios se inició en la carrera política. Después de ser tribuno militar y cuestor, fue elegido tribuno de la plebe en 119 y pretor en 116.

Como propretor en 115 le correspondió una jefatura provincial en España, que desempeñó acertadamente. Poco más tarde daba un paso más en su carrera gracias al matrimonio contraído con Julia, tía de César.

Enlazado con la mejor sociedad romana y apoyado por los Mételos, Mario conservaba intacta su alma de viejo veterano y de pequeño campesino.

En su fondo despreciaba a la aristocracia, y cuando ésta le negó sus votos para el cargo de cónsul — al que le hacía acreedor el éxito obtenido en Muthul (109) en la guerra yugurtina—, rompió con ella de modo definitivo.

A pesar de la oposición de la oligarquía fue elevado al consulado dos años después (107), y este cargo le valió inmediatamente la dirección de la campaña de Numidia en substitución de Cecilio Mételo.

En esta ocasión reformó la constitución del ejército romano, admitiendo en las filas de las legiones a libertos y proletarios, hombres sin hacienda, que no tenían prisa para terminar una campaña y regresar a sus hogares. Así se constituyeron los veteranos de las legiones. Habían de apoyar a su general en lo militar como en lo político.

Mario condujo la guerra contra Yugurta con mayor energía y rapidez que Mételo; pero también se vio obligado a una guerra de guerrillas en el desierto, de la que resultó, por último, vencedor cuando el rey Boceo le entregó a traición a Yugurta (gracias a la hábil diplomacia de Sula, 105).

Como premio a su victoria fue nombrado cónsul por segunda vez (104) y encargado de hacer frente a la temible invasión de los cimbrios y teutones, bárbaros que desde 113 merodeaban por los confines septentrionales del Imperio.

En esta nueva campaña llegaron a su punto culminante las virtudes militares de Mario; afianzó la disciplina del ejército, adiestró a las legiones, y cuando llegó el momento del gran choque, deshizo a los teutones en Aquae Sextiae (102) y a los cimbrios en Vercellae (101).

En el colmo de su popularidad y de su poder — ya que había sido elegido cónsul cada año transcurrido desde 104 a 100Mario quiso aportar el peso de su persona a la causa que sostenía la democracia para renovar las virtudes de la vieja Roma.

Desgraciadamente, esta causa se hallaba en manos de dos demagogos, Saturnino y Glaucio. Entre la revolución inminente y el orden republicano, Mario no se atrevió a dar el golpe de estado y retrocedió.

Este acto equivalió al derrumbamiento de todas sus ambiciones. El mejor general de Roma quedó desacreditado como político.

Viajó entonces por Asia Menor, tanto para ponerse al corriente de la ideología del mundo helenístico como para orientarse respecto a las amenazas que Mitrídates de Ponto hacía pesar sobre las provincias orientales de Roma.

A su regreso, hizo vida retirada, aunque contribuyó a sofocar la sublevación de los federados en la llamada guerra mársica o social (90-88).

En este instante quiso aspirar al mando de la expedición que Roma aprestaba contra Mitrídates de Ponto, pero en las elecciones para el consulado del año 88 fue derrotado por el jefe de los patricios, Sula.

Este desengaño lo arrojó en brazos de P. Sulpicio Rufo, tribuno

de la plebe, quien se proponía abrir todas las tribus romanas a los federados itálicos y apoyar la candidatura de Mario para el mando extraordinario en Asia. Pero los aliados fueron derrotados por Sula, el cual se adueñó de la capital por un acto de fuerza. Rufo perdió la vida, y Mario pudo huir a África (88).

Cuando Sula marchó a Asia, Cinna, un miembro del partido democrático, obtuvo el consulado para el año 87.

La oligarquía le destituyó de sus funciones, sin contar con que Mario, que había desembarcado en Etruria, reunía en un momento un poderoso ejército de libertos, federados y veteranos.

De esta manera logró conquistar la capital. Entonces inauguró un verdadero régimen de terror contra la aristocracia.

Emborrachado con su venganza, Mario obtuvo el consulado para el año 86. Pero murió en 13 de enero de este mismo año, ahogado por la sangre que había hecho verter.

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Biografia de Marco Porcio Caton -El Censor- Politico Romano

Biografia de Marco Porcio Caton «El Censor»

MARCO PORCIO CATÓN, EL CENSOR (234-149 a. de J. C.):  Representante de la ideología de la democracia rural romana y encarnación de las virtudes de las antiguas costumbres frente a la pérdida de moral acarreada por la rápida edificación del imperio mediterráneo, así se nos aparece la figura de Marco Porcio Catón, el hombre en quien se ha visto al más acérrimo defensor de la constitución de Roma, tal cual había salido de las luchas políticas del siglo III, ante los dos mayores peligros que la amenazaban: la oligarquía y el poder personal.

marco caton el censor biografia

Marco Porcio Catón fue un político, escritor y militar romano conocido por los apodos de Censor, Mayor, Viejo, Sapiens y Prisco para distinguirlo de su bisnieto Catón el Joven

Este hombre, activo, tenaz y agresivo, de una severidad de costumbres rayana en la exageración, era natural de Túsculum y de una familia de agricultores de mediana condición.

Durante su adolescencia aró con su misma mano los campos legados por su padre y recogió de la tradición el culto hacia los héroes de la vieja Roma.

A los diecisiete años, después del desastre de Cannas, combatió contra los cartagineses de Aníbal en la Campania.

En 313 pasó con el grado de tribuno militar a Sicilia, formando parte del ejército de Marcelo.

En 207 figuró en las filas de las legiones que infligieron a Asdrúbal, el hermano de Amílcar, la dura derrota de Metauro. Entonces empezó a destacarse en el foro romano como orador de singular potencia.

A los treinta años fué elegido cuestor y adscrito al pretoriado de Sicilia.

En tal cargo contribuyó al armamento y preparativos de la expedición de Publio Cornelio Escipión a África. Es posible que se iniciara entonces la rivalidad personal entre el caudillo aristocrático e innovador y el político republicano y conservador.

Esta rivalidad, iba a trasladarse muy pronto a la arena política. Publio Cornelio Escipión, el formidable triunfador de Naraggara, representaba el primer paso hacia el poder personal y, al mismo tiempo, hacia la helenización de las costumbres romanas.

Catón supo formar un partido, que aglutinaba al viejo patriciado conservador y a la democracia rural, al objeto de poner un valladar a la política de los Escipiones.

Elegido edil de la plebe en 199, pretor en 198 y cónsul en 195, favorecido por los éxitos obtenidos en la expedición que dirigió a España para someter a los sublevados de la provincia Citerior (194), Catón pudo sostener la dura lucha política que le libraron los Escipiónidas durante más de quince años. Esta lucha tuvo fases de suerte alterna.

En 190, después del triunfo de los Escipiones sobre Antíoco III en Magnesia, el Africano impuso su voluntad en Roma.

Pero Catón no cejó en su empeño, hasta que en 187 logró envolver a Publio Cornelio en un asunto de fraude al Estado. El vencedor de Zama se retiró a su dominio de la Campania. A su muerte, en 183, Catón quedaba dueño del terreno.

Después de hundir la carrera personal de Escipión, dirigiría ahora su verbo cáustico y su enérgica acción contra los partidarios de la oligarquía.

La nueva pugna de Catón duró los últimos cuarenta años de su vida, sin lograr, en definitiva, contener el alud de lo inevitable.

El primer paso por esta senda lo dio en 185, cuando fué elegido para la censura — la magistratura más influyente de Roma en el terreno político— correspondiente al 184.

Apoyado por los votos de la democracia rural, frente a los Escipiónidas y a los oligarcas, Catón ejerció su período de censura con tal severidad y rigidez, que han pasado a la Historia como prototípicas.

Revisó la lista del Senado, expulsando de entre sus miembros a los aristócratas corruptores, a los faltos de moralidad y escrúpulos; recargó el precio de los objetos de lujo; restituyó al Estado los terrenos públicos indebidamente ocupados; y protegió a los humildes.

Desde entonces Marco Porcio fue el hombre más influyente de la ciudad. Honrado y recto, quiso salvar la Roma del pasado, aunque su acción no tuvo plan de conjunto.

También le faltó superar lo tosco de su origen, la prevención del campesino a lo aristocrático y elevado, su injusto odio contra todo lo griego, su avaricia rayana en la sordidez. Pero sus acciones políticas dejaron una huella muy fuerte.

Sus intervenciones fueron múltiples. Desde 183 favoreció el establecimiento de colonias de tipo urbano, constituidas por agricultores, viejo sueño de la democracia rural; en 180 inspiró la ley Villia Annalis, que fijaba las condiciones precisas para aspirar a los cargos públicos, medida dirigida contra la ambición política de la juventud dorada; acusó tenazmente a los hombres del partido oligárquico en sus extralimitaciones, siendo notable su diatriba contra Sulpicio Galba, el verdugo de Lusitania (149); obtuvo en 155 el despido de la embajada de los tres famosos filsósofos atenienses (Carneades, Diógenes y Critolao).

Finalmente, acaudilló con su habitual constancia el grupo que quería a toda costa la destrucción de Cartago, cuya recuperación económica había tenido ocasión de comprobar en 157 cuando la visitó como legado de Roma.

Ceteram censeo Garthaginem esse delendam —, y además, creo que Cartago debe ser destruida.

Con estas palabras acababa todas sus intervenciones en el Senado, según es fama tradicional.

Aunque la guerra contra Cartago fué declarada en 150, Catón no logró ver realizada esta última aspiración de su vida; murió un año después, a la edad de 85 años, cuando todavía su espíritu pugnaba para defender a Roma de la oligarquía y del contagio del espíritu helénico.

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Biografia de Cornelio Escipion -El Africano-

Biografia de Cornelio Escipion El Africano

PUBLIO CORNELIO ESCIPION EL AFRICANO (235-183 a, de J. C.): Para la ilustre familia patricia de los Cornelios, el año 211 antes de la Era cristiana fue importante en un doble aspecto.

De un lado, fue muy triste, puesto que en tal fecha murieron dos de sus miembros más significados: Publio y Cneo, derrotados y muertos por los hispanocartagineses en España.

De otro, por el contrario, fue esplendoroso, ya que en su transcurso empezó a alzarse el astro genial de la familia, Publio Cornelio Escipión el Africano, uno de los héroes del mundo romano.

biografia de Publio Cornelio Escipión el Africano
Biografia de Publio Cornelio Escipión el Africano

Heredero de las virtudes de la madre Roma, tanto del patriciado, por parte de su padre Publio, como de la plebe, por la de su madre Pomponia, el joven Escipión encarnó la voluntad de vencer en la segunda guerra púnica, cuando todavía Aníbal esgrimía la amenaza de su espada en las mismas puertas de la Ciudad Eterna.

Noble, audaz, bello, valeroso y de afable trato; confiado en su buena estrella; dotado de inteligencia bastante para unir a su persona los intereses del pueblo; hombre de elevadas miras, de superior espíritu de apreciación y de gran energía, que unía al ímpetu romano ia gracia de la educación helénica, Escipión es una figura simpática, atractiva y humana.

Indiscutiblemente fue un gran general y un buen político, a pesar de que la crítica histórica del siglo XIX pretendió rebajar esas cualidades atribuyéndolas a su fortuna excepcional.

En realidad, Escipión fue el vencedor del general más brillante de su época, Aníbal, y el político que, tanto en Occidente como en Oriente, señaló la firme ruta del imperialismo romano.

Cuando le fue otorgado el imperio proconsular en 3ti contaba veinticuatro años y no tenía la edad requerida por la ley para ejercer la jefatura del ejército de Roma en España.

Anteriormente, en 213, había ocupado la magistratura de edil curul, de escasa importancia en el juego político de la urbe.

Mereció, pues, su nombramiento y su elección unánime a la gloria atribuida a su padre y a su tío, tan valerosamente caídos en España, y a la confianza que se depositaba en sus dotes militares.

Muy pronto demostró que era capaz de honrar la designación hecha por sus conciudadanos.

En España, desde 210, condujo la campaña con brío tan poco común, que en 209, en un ataque genial, se apoderó por sorpresa de la gran base de operaciones de los cartagineses en los confines del Mediterráneo: Cártago Nova.

Al año siguiente se enfrentaba con fortuna contra el ejército de Asdrúbal, el hermano de Aníbal, en Béculo, en la Bética, y en 206 aniquilaba por completo a las tropas cartaginesas de Asdrúbal Gis-cón, Magón y Masinisa en la batalla de Hipo (Cástulo), donde remedó con rasgos originales el movimiento estratégico que había dado a Aníbal la victoria en Cannas.

El triunfo de Hipo señala el fin del dominio cartaginés en España; a poco se rendía Gades. De esta manera Escipión dio, en tres años, dos nuevas provincias a Roma.

El conquistador de España recibió en su patria los honores del triunfo. Fue elegido cónsul para el año 205, y al terminar su mandato recibió el proconsulado de Sicilia, solución de compromiso, ya que él pedía el imperio proconsular para asestar un golpe de muerte a Cártago en la misma África y no en Italia, como querían algunos al ver a Aníbal debatirse en la impotencia en el Brútium.

Ya en Sicilia (204), preparó con gran habilidad la situación diplomática para lanzarse contra Cartago, e incluso captó’ para su planes a algunos miembros influyentes de Roma. Prorrogado su imperio proconsular, Escipión se embarcó con 25.000 hombres para la costa africana, donde puso pie en la otoñada de 204.

Allí invernó, después de un ataque fracasado contra Utica, y en la primavera del 203 deshizo por sorpresa al ejército combinado de cartagineses y númidas cerca de Castra Cornelia.

Este éxito alteró por completo la situación militar, mucho más cuando, a consecuencia del mismo, Masinisa pudo adueñarse del reino de los númidas de Sífax, aliado de Cártago.

Esta ciudad, en trance muy angustioso, reclamó la presencia en África de Aníbal y sus tropas.

Pero la llegada del gran general no pudo ya cambiar la marcha de la Historia. Escipión le venció en la batalla de Naraggara en octubre de 202), después de una bella preparación estratégica y de una no menos feliz innovación táctica.

Naraggara obligó a Cártago a pedir la paz, y dio a Escipión, con el triunfo, la mayor popularidad en Roma y el título de Africano.

Durante diez años Escipión fue el hombre político más en boga en Roma. Su palabra y su partido — el de la aristocracia helenizada — se imponían en las decisiones de gobierno.

El fue quien realmente dirigió la sumisión de Oriente a Roma, basada no en la anexión territorial, sino en la reducción a la impotencia de los estados más fuertes. Pese a la oposición del partido oligarca y de la democracia rural — encarnada en Catón—, Escipión, censor en 199, logró que uno de los suyos, Flaminio, cónsul en 198, se encargara del mando de las legiones que luchaban en Macedonia.

Flaminio obtuvo el triunfo de Cinoscéfalos (197), que abatió Macedonia e inauguró la oposición entre Roma y Antíoco III de Siria.

Sin embargo, la crisis no estalló hasta 193, después del año del segundo proconsulado de Escipión, quien en previsión de tal contingencia se había hecho elegir cónsul en 195.

Para intervenir en el nuevo conflicto bélico, el Africano apoyó la candidatura de su hermano Lucio al consulado para el año 190, lo que valió a éste la jefatura del ejército que luchaba contra Antíoco.

En realidad, ejerció el mando Publio, el cual acompañó a su hermano como legado.

Fue el Africano quien dispuso los planes estratégicos que dieron el triunfo a Roma en la disputada y decisiva batalla de Magnesia (190), aunque no intervino personalmente en la contienda a causa de una enfermedad.

De regreso a Roma, donde el partido oligárquico había recobrado muchas posiciones, los Escipiones continuaron imponiendo su voluntad política, hasta que en 187 Catón logró envolverlos en un proceso sobre la distribución de las cantidades pagadas por Antíoco III después de Magnesia.

Aunque el Africano no fue condenado ni se probó su supuesta deshonestidad, Catón había triunfado al despedazar su crédito moral. Nuestro héroe se retiró a Literno, en la Campania, donde moría poco después, en 183.

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Biografia de Amilcar Barca General Cartagines

Biografia del General Amilcar

AMÍLCAR (270-229? a. de J. C.): Si hubo alguien en Cartago que se irguiera contra la humillación infligida a su patria por el tratado de paz de 241, clausurando la primera guerra púnica, éste fue, sin duda alguna, el general Amílcar Barca.

Y nadie como él con más motivos ni más derecho. Porque durante la lucha en Sicilia, él había sido el único general que no había cedido a las legiones romanas ni una pulgada de terreno.

biografia amilcar barca

En circunstancias críticas para su patria, había sido designado para dirigir la resistencia en Sicilia. Aun no contaba 27 años, pero el joven Bárquida habíase ya granjeado una reputación de bravura sin igual.

Desde 247, atrincherado en los poderosos reductos de la ciudadela del monte Heircté (Pellegrino), cerca de Palermo, y luego en el monte Eryx, había sabido conducir una sabia guerra de posiciones contra los romanos.

Guerra agotadora, en que, más de una vez, estuvieron a punto de partirse las garras de las águilas romanas.

Pero la derrota naval de las islas Egates (242) hizo estériles los esfuerzos de Amílcar. Cártago había sido vencida v era preciso capitular.

El mismo Amílcar recibió la dolorosa misión de decidirse por la paz o por la continuación de la guerra. Y con amargura infinita se decidió por la paz. Con el cónsul Lutacio Cátulo concertó la evacuación de Sicilia por los cartagineses.

Ya en Cártago, Amílcar se convierte en el campeón de la idea de desquite. Es preciso reforzar y aumentar el poderío cartaginés para vengar la derrota y destruir la orgullosa Roma.

Pero para ello es preciso, primero, imponerse al partido pacifista, el partido de los comerciantes, y dominar los conatos de subversión interna del Estado. Estos provienen de los mercenarios, quienes exigen el cumplimiento de las promesas hechas por Cartago en el curso de la lucha.

Viendo denegadas sus peticiones, los mercenarios, gente de todas partes, pero con predominio de bereberes, se apoderan de Túnez, exigen de Cártago condiciones imposibles y atacan las principales ciudades dependientes del imperio, como Hippo y Utica.

Hannón el Grande, jefe del partido pacifista, fracasa en sus campañas para domeñar la sublevación (240). Amílcar, que lo substituye, es más afortunado. La lucha entre cartagineses y mercenarios se libra a muerte, sin cuartel.

El general cartaginés entra en Túnez sobre los cadáveres de 40.000 revoltosos. Luego, en 237, caen Hippo y Utica. La sublevación ha sido vencida.

Cártago confiere a Amílcar los honores del triunfo. El caudillo bárquida ejerce una dictadura virtual. Este es el momento para imponer sus ideales de desquite.

A fin de atacar a Roma engrandecerá los dominios de Cártago, irá a España en busca de hombres y riquezas, y luego asestará a su odiada rival un golpe del que no se recobrará.

En 237, la Gerusia aprueba su plan con entusiasmo, y poco después el ejército de Amílcar desembarca en la Península Hispánica para restaurar, con su conquista, el decadente poder de Cartago en el Mediterráneo.

Desde Cádiz, el Bárquida inicia las operaciones sistemáticas de conquista. Su ejército destruye la oposición de los turdetanos andaluces — los antiguos tartesios — y sofoca la resistencia de Indortes e Istolacio, primeros caudillos de la independencia hispánica.

Compagina las medidas de rigor con otras de magnanimidad. Asegurada Andalucía, Amílcar pasa al Sudeste, foco de la pujante civilización ibérica.

Allí funda una fortaleza, Akra Lenca (Alicante), que le servirá de base para con solidar su dominio; porque la lucha es dura, el guerrero español muy bravo y Roma está vigilante (en 231 sus embajadores reclaman que no rebase los límites estipulados en las convenciones anteriores).

En una de las campañas contra los iberos, Amílcar avanza sobre Hélice (Elche).

Cerca de la ciudad, muere en una refriega librada contra las tropas del régulo de los orisios u oretanos que acudía en socorro de aquélla. Este suceso acaeció en el invierno del año 229 al 228 antes de nuestra Era.

La figura de Amílcar ha sido eclipsada por la de su hijo Aníbal. Sin embargo, históricamente no desmerece de ella. Aníbal es el genio brillante e improvisador; Amílcar, el realizador clarividente.

De éste son los planes y las ideas que luego trató aquél de poner en práctica en su desesperada tentativa de acabar con Roma en la misma Italia.

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Biografia de Bruto Marco Junio

Biografia de Bruto Marco Junio

MARCO JUNIO BRUTO (85-42 a, de J. C.): La crítica histórica tradicional ha considerado a Marco Junio Bruto como el exponente de la reacción republicana y cívica frente a los planes monárquicos de César.

En realidad, esta encarnación magnifica y engrandece una figura que, hasta cierto punto, jugó en los hechos de su época un papel secundario y que se elevó por breves momentos sobre el anonimato histórico sin lograr dominar los acontecimientos ni imponer su persona, dotada de un espíritu soñador, ávido de gloria y de aplausos, pero carente de la voluntad y la inteligencia necesarias para señorear el destino.

Biografia Marco Bruto

Marco Junio Bruto, nacido en 85 (según algunos autores en 79 ó 78), era miembro de una familia de rancio abolengo democrático.

Su padre había muerto a manos de los partidarios de Pompeyo Magno por oponerse a los planes dominadores de éste.

Pero el joven Bruto, educado en Atenas y luego por su tío, el famoso Catón de Utica, modeló su espíritu hacia una tendencia conservadora y oligárquica.

Entre los años 59 Y 53 efectuó dos viajes a Oriente, uno a Chipre y otro a Cilicia, en los cuales se dedicó a actividades financieras. Su participación en la vida política la efectuó al lado de Pompeyo, olvidando la muerte de su padre en aras de una convicción aristocrática común.

Con Pompeyo fue derrotado por César en Farsalia, pero el gran general romano le perdonó e incluso, para atraérselo a su causa, le nombró gobernador de la Galia Cisalpina (46).

Más tarde, al regresar César de España después de la victoria de Munda, se lo llevó consigo a Roma, donde le confió el cargo de pretor urbano (44) y le prometió el gobierno de Macedonia.

En este momento, quizá desengañado por los proyectos políticos de César o más probablemente ambicionando su gloria y su poder, tomó parte en la conspiración contra la persona del dictador, de la qué fue jefe con Casio.

El mismo fue uno de los asesinos del 15 de marzo.

La oportuna intervención de Marco Antonio frustró sus planes políticos.

Con Casio huyó de Roma y preparó en Oriente un ejército capaz de hacer frente al que reunían los segundos triunviros en Italia. Ocupó Macedonia y se dirigió al Epiro para derrotar a Marco Antonio y Octavio, cuyas tropas ocupaban una desventajosa situación en Filipos.

Casio fue derrotado en el curso de una primera acción, y se dio la muerte para no caer prisionero en poder de sus adversarios. Veinte días más tarde, Bruto, que había quedado como único jefe del ejército republicano, era vencido por Marco Antonio.

A la mañana siguiente (fines de octubre del 42), se suicidaba para no ver la ruina de sus ideales.

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Biografia de Juliano El Apostata Emperador Romano

Biografia de Juliano El Apóstata

En el Bajo Imperio, restablecida la autoridad imperial y las jerarquías administrativas del Estado, los dos grandes problemas que se presentaban tumultuosamente ante los emperadores eran el religioso y el de las invasiones bárbaras.

Los pueblos que rodeaban el Imperio — germánicos y persas — se presentaban cada vez más amenazadores, en busca del punto débil por donde vulnerar la cobertura de las fronteras y precipitarse como un alud sobre las ricas ciudades imperiales. Por otra parte, la cuestión religiosa distaba mucho de estar resuelta.

Juliano el Apostata
Flavio Claudio Juliano, conocido como Juliano II o, como fue apodado por los cristianos, «el Apóstata». Fue emperador de los romanos desde el 3 de noviembre de 361 hasta su muerte.
Fecha de nacimiento: 330 d. C., Constantinopla
Fallecimiento: 26 de junio de 363 d. C., Ctesifonte, Irak
Sucesor: Joviano
Lugar de sepelio: Iglesia de los Santos Apóstoles, Estambul, Turquía

Aunque Constantino el Grande, con sagaz previsión, había dado la mano a la Iglesia de Cristo y apoyado el sector ortodoxo, la debilidad de su obra se demostró en la política de sus dos sucesores más destacados: su hijo, Constancio II, convirtió el arrianismo en religión oficial del Estado; en cuanto a su sobrino, Flavio.

Claudio Juliano, una de las mentalidades más poderosas entre los sucesores de Constantino, puso todo su empeño en revalorizar el paganismo y elevarlo de nuevo a su función religiosa oficial.

Flavio Claudio Juliano era el hijo menor de Julio Constancio, hermanastro de Constantino el Grande, y de Basilina, hija del patricio Julio Juliano. Había nacido en Constantinopla a mediados de 331.

Cuando contaba seis años se había librado de la terrible matanza del año 337, por la que los tres hijos del difunto emperador (Constantino, Constante y Constancio) habían aniquilado a sus posibles competidores en el trono, o sea a los descendientes del segundo matrimonio de Constancio Cloro: los cuñados de Constantino, sus dos sobrinos Dalmacio y Anibaliano, seis nietos de Constancio Cloro y su hijo Julio Constancio. Sólo se habían salvado Galo y Juliano, hijos de este último.

Ni que decir tiene que tan horrible exterminio modeló para siempre el espíritu y la vida de Juliano. Después de la matanza fué confiado a la custodia del obispo Eusebio de Nicomedia, el cual le educó en el cristianismo; cursó sus estudios en las escuelas públicas de Nicomedia bajo la dirección de un eunuco.

Más tarde, fué trasladado al castillo de Macelo, cerca de Cesárea de Capadocia, pues Constancio II recelaba aún de sus primos. En este castillo, Juliano maduró la restauración del paganismo.

Se distinguió ya entonces por sus aspiraciones de héroe, por sus brillantes cualidades morales, por su belleza física, por su cultura vasta y dilatada.

En su amor a lo bello y a lo noble, Juliano buscó en vano la solución a su problema espiritual. No pudo hallarla en el Cristianismo, porque lo confundía con las personas de los asesinos de su familia, con aquel desagradable Constancio II, fanático odioso de la herejía arriana. Fué por esta causa que volvió sus ojos al mundo helénico. En la religión y normas morales y filosóficas halló la satisfacción de sus entusiasmos estéticos, políticos y militares.

Las circunstancias le permitieron ceñir la diadema imperial. En 353 Constancio II había visto cómo se restablecía a su provecho la unidad del Imperio.

Pero desde antes de que terminara su lucha contra el usurpador Magencio, habíase percatado de la imposibilidad de regir solo las posesiones imperiales. Así en 3151 se buscó un colaborador, aunque no un colega, en la persona de Galo, el hermano mayor de Juliano, con el título de César de Oriente.

Pero la frivolidad, la avidez y la incapacidad de Galo provocaron el odio de sus subditos. Constancio II le hizo ejecutar a últimos de 354.

En esta ocasión Constancio II estuvo tentado de ordenar la muerte de Juliano, quien entonces contaba 23 años y se distinguía por sus esplendentes cualidades.

Pero le salvó la intervención de la emperatriz Eusebia. De momento, fué desterrado a Atenas. Aquí intimó con personas destinadas a ocupar un papel relevante en el mundo cristiano, como Basilio de Cesárea y Gregorio Nacianceno. Pero Juliano, empapado del ideal neoplatónico de la escuela fundada en Alejandría por Plotino, perseveró en su neopaganismo.

A principios de 355 se hizo iniciar en los misterios eleusinos. Era su ruptura con el cristianismo.

A fines de 355, y a pesar de la repugnancia de Constancio II, éste tuvo que decidirse a confiar a Juliano el mando en la Galia, con el título de César (6 de noviembre).

La situación en las provincias occidentales era muy amenazadora: no sólo se había proclamado emperador en Colonia un tal Silvano, general franco, sino que los germánicos pretendían de nuevo forzar la línea del Rin.

A pesar de las burlas con que fué recibido por el ejército — se le denominaba el «estudiante grecicista» —, Juliano se impuso desde el primer momento por su energía, su amplitud de miras, su serenidad, su arrojo y su capacidad bélica y administrativa.

En el curso de cinco años derrotó a los alamanes y a los salios, expulsó a los invasores al otro lado del Rin, venció a los usurpadores y restableció en todas partes el orden, la justicia, la prosperidad y el bienestar.

Estos éxitos suscitaron, desde luego, los mayores recelos en el ánimo del emperador, quien vigilaba la actuación de Juliano a través de los altos funcionarios de que le había rodeado.

A fines de 360 las legiones de las Galias proclamaron emperador a Juliano en Lutecia (París). El César no dirigió este acto, sino que fué promovido por el disgusto de la tropa ante las exig-encias de Decencio, enviado de Constancio, para reclamar el envío de refuerzos que le auxiliasen en la campaña contra los persas.

Ante el hecho, ya inevitable, Juliano pidió al emperador que ratificara el acto y le considerase como colega. Al negarse Constancio, lo que significaba la muerte, decidió salvar la vida, conquistar el poder e imponer su reforma en el Estado.

En mayo de 361 emprendió una rápida campaña que, por el Danubio, le llevó a Sirmio, Naisos y, finalmente, ante Constantinopla.

Aquí le sorprendió la noticia de la muerte de Constancio II, ocurrida el 3 de noviembre de 361, cuando marchaba a oponerse con su ejército al de Juliano. De este modo se evitaba la guerra civil y el emperador lograba ser reconocido por todas las provincias del Imperio.

Su gobierno imperial fué muy breve. Se caracterizó por las mismas cualidades que había revelado en la administración de las Galias. Pero lo típico fué su obra anticristiana. Primero adoptó una posición tolerante; mas luego inició una verdadera persecución moral, filosófica y administrativa contra la Iglesia de Cristo.

Esta perdió sus privilegios, sus jefes, su jurisdicción; se prohibió a los cristianos ocupar cargos públicos y dedicarse a la enseñanza. Por el contrario, abrió los templos paganos, les devolvió los bienes que les habían confiscado Constantino y Constancio II y dotó al culto pagano de un clero oficial.

Estas medidas eran absurdas y suscitaron una corriente formidable de oposición, la cual habría dado lugar a sangrientos choques si Juliano no hubiera muerto el 26 de junio de 363, en el curso de una victoriosa campaña contra los persas.

Castigo de Dios, exclamaron los cristianos al enterarse de la muerte del Apóstata. Realmente, Juliano vivió desplazado de su siglo. El cristianismo era lo moderno y habría acabado por arrollar su obra.

Dos siglos antes, Juliano hubiera sido un gran emperador, al estilo de Marco Aurelio.

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OTRAS BIOGRAFIAS PARA INFORMARSE:
Biografia de Juan Knox
Biografia de Lutero
Biografia de Calvino
Biografia de Pirro de Piro
Biografia de Epicuro
Biografia de Aristofanes
Biografia de Tucidides
Biografia de Juliano El Apostata

Aforismos de Belleza Nómade por Luis Raúl Calvo

Aforismos de «Belleza Nómade»

¤ La eternidad: ese instante que nos habita sólo una vez.

¤ Habíamos especulado tanto que perdimos el rumbo.

¤ No busques afuera a los demonios. Viven contigo.

¤ ¿La estupidez humana? Está ahí, al alcance de tu mano.

¤ No creas tanto en lo que dicen, cree más en lo que callan.

¤ Toqué fondo y me di cuenta que había más.

¤ Quien cree humanizar lo humanizado, deshumaniza.

¤ Cuando reconozco un punto en el desierto, ese punto lo cubre todo.

¤ La militancia de los muertos no ha dejado de respirar.

¤ Nada me restituye más que mis propias cavilaciones.

¤ Quien crea, algo de él está matando.

¤ En el hospicio la vida pasa, como si no pasara. Como a veces nos ocurre, fuera del hospicio.

¤ El dolor transforma el mundo en un gran desierto.

¤ Sueño, y ese gran esfuerzo me consume.

¤ La niebla esconde otra niebla. Como la vida.

¤ Nos han quitado casi todo, pero nos parece que conservamos todo.

¤ La poesía no es posesión de nada ni de nadie.

¤ El mar arrastra todo pero nos devuelve la memoria.

Luis Raúl Calvo
(Del libro Belleza Nómade, Ed. Generación Abierta,
Buenos Aires, 2007)

Información Sobre el Autor:

Nació –y vive-en Buenos Aires, Argentina en 1955. Poeta y ensayista. Autor y compositor de música, cantautor. Licenciado en Psicología. Dirige la revista cultural “Generación Abierta” (Letras-Arte- Educación), fundada en el año 1988 y que fuera” Declarada de Interés Cultural de la Ciudad de Buenos Aires” en el año 2000, por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Premio Puma de Plata 2009 otorgado por la Fundación Argentina para la Poesía, por la Dirección de la Revista “Generación Abierta”. Desde el año 1992 dirige el Café Literario “Antonio Aliberti”, en el Café Montserrat, espacio de Arte y Literatura que ha propiciado la participación de mas de 2000 escritores y 800 artistas plásticos de suma valía, del país y del exterior.

Desde el año 2007 co-conduce el programa “Generación Abierta en Radio”, por la Radio AM 1010 “Onda Latina”, de Buenos Aires. Poemas suyos han sido traducidos al inglés (por Flavia Cosma y Carmen Vasco), al francés (por Duilio Ferraro y Ana Romano), al portugués (por Antonio Miranda, Lourdes Sarmento y Patricia Tenorio), al rumano (por Flavia Cosma), al italiano (por Antonio Aliberti y Gladys Sica), al bengalí (por Mainak Adak) y al albanés por Baki Ymeri.

Ha recibido diversas distinciones y reconocimientos literarios. Forma parte del Inventario de Poetas en Lengua Española-segunda mitad del siglo XX- trabajo de investigación realizado conjuntamente por la Universidad Autónoma de Madrid con la Asociación Prometeo de Poesía, de España.

Obra publicada: En poesía:

“Tiempo dolorosamente resignado”(Ediciones “Generación Abierta”, Buenos Aires, 1989); “La anunciación de la partera” (Ediciones Correo Latino, Buenos Aires, 1992); “Calles asiáticas” (Editorial Plus Ultra, Buenos Aires, 1996)); “Bajos fondos del alma” (Ediciones  “Generación Abierta”, Buenos Aires,2002); ”Belleza nómade” (Ediciones Generación Abierta, Buenos Aires, 2007); “Nimic pentru aici, nimic pentru dincolo”, Antología poética, en lengua rumana, con traducción de Flavia Cosma (Editorial Gens Latina, Rumania, 2009); “Nada por aquí, nada por allá”, Antología poética, en español (Ediciones Generación Abierta, Buenos Aires,2009); “Profane Uncertainties” (“Profana Incertidumbre”), Antología Poética, en lengua inglesa, con traducción de Flavia Cosma (Editorial Cervena Barva Press, Estados Unidos, 2010); “Breve Anthologie”, Antología poética, en edición bilingue francés-español, con traducción de Ana Romano (Editorial Harmattan, Francia, 2012); “A Outra Obscuridade” (Antología Poética) en edición bilingüe portugués-español, con traducción de Patricia Tenorio (Editorial “Sarau Das Letras”, Brasil, 2013); “Viata reala si alte poeme”/ ”Jeta reale dhe poema tjera” (Antología Poética) en edición bilingüe rumano-albanés, con traducción de Baki Ymeri (Amanda Edit Verlag, Rumania, 2015).

En Prosa:

“Poetas sobre Poetas”, ensayo, autores varios (La Luna Que, Buenos Aires, 2011)

Obra editada en música:

“¿Cuál es la verdad de lo vivido?”Canciones Urbanas, álbum musical con temas propios, letra y música, que incluye la musicalización del poema “¿Será verdad que cuando toca el sueño?” de Gustavo Adolfo Becquer. Grabado en el año 2011 en el estudio del músico Oscar Laiguera. Acompañante vocal: Noemí Magliocca, Este álbum musical fue incluido en -Les cahiers de Val-David Festival Notebooks Los cuadernos de Val-David 2009-2014 Anthologie breve (Cervená Barva Press, Somerville, Massachusetts, Estados Unidos, 2014).

La Familia en Roma Antigua El Matrimonio y los hijos en Roma

HISTORIA DE ROMA ANTIGUA: LA FAMILIA – EL MATRIMONIO

la vida cotidiana en roma antigua

EL HOMBRE Y LA MUJER LIBRE: El romano en su casa era dueño absoluto de su familia y de sus esclavos. La autoridad paternal era muy grande, y durante mucho tiempo tuvo el padre derecho de vida y muerte sobre los suyos.

En la ciudad era ante todo un ciudadano. No se dedicaba, como el griego, al comercio, sino a los negocios públicos. Si era acaudalado, recibía por la mañana a sus clientes, escuchaba sus peticiones y les distribuía consejos o socorros. Después iba al Foro, donde tomaba asiento en el senado o en el tribunal. Si era pobre, se inscribía como cliente de un rico, lo escoltaba en público y lo sostenía con su voto en las elecciones.

Las distracciones eran raras. Por la tarde jugaba a la pelota o iba a los baños que eran, como el café moderno, la cita de los ociosos. Sólo algunas procesiones religiosas y algunos juegos del circo alteraban a veces la monotonía del año. Esa vida convenía a un pueblo de propietarios rurales; pero las costumbres fueron modificándose muy de prisa en Roma como se verá más adelante, hasta que en la época del Imperio se convirtió en verdadera ciudad de placeres.

El papel de la mujer era más importante en Roma que en Grecia. Gobernaba también la casa, pero tenía más autoridad que la mujer griega, porque estaba más asociada a la vida de su marido. Se la felicitaba porque cuidaba del gobierno de la casa e hilaba la lana, pero en realidad hacía más que eso. Compartía los honores que se tributaban a su esposo, aparecía con él en público, en las ceremonias y los juegos, y estaba rodeada de consideraciones; era en fin la señora, la matrona. En la casa, no estaba confinada en sus habitaciones, sino que tomaba parte en las comidas y recepciones. Su influencia, aunque no reconocida por la ley, de hecho era muy grande. Catán tuvo la prueba cuando quiso acabar, por medio de una ley, con el lujo de las mujeres. Los ciudadanos no se atrevieron a votar el proyecto a vista que sus esposas estaban en la Asamblea.

LA FAMILIA EN LA REPUBLICA : El fundamento del estado romano era la familia, y el de la familia, el matrimonio. Cuando los patricios eran los únicos ciudadanos, sólo existía un matrimonio el matrimonio religioso, la confarreación, que consistía en ofrecer un sacrificio esparciendo farro sobre la víctima y en comer después los esposos una torta de farro Esta ceremonia la presidía el flamen de Júpiter. En seguida, la esposa vestida de blanco y cubierta la cara con un velo rojo, era conducida a son de flautas y cánticos a casa del esposo, que la hacia transponer el umbral levantándola en vilo, para simular un rapto. De esa manera la separaba de los dioses de su propia familia y la unía a los de su nueva casa.

Cuando los plebeyos conquistaron la igualdad, se instituyó para ellos un matrimonio civil, la coemptio, que fué substituyéndose poco a poco por el matrimonio religioso. Consistía en una venta simulada hecha delante de un magistrado: el esposo tocaba una balanza con una moneda de cobre que seguidamente ofrecía a los padres de la prometida, como precio de su mujer.

Las mujeres tenían una dote que el marido habla de devolver en caso de divorcio; y los divorcios, raros en su origen, fueron aumentando a medida que las antiguas costumbres iban alterándose. Primitivamente, el marido podía, en virtud de su derecho de jefe de familia, repudiar a su mujer. La mujer, a su vez, pudo más tarde pedir la separación. El filósofo Séneca, en tiempo del Imperio, decía indignado: e Las damas nobles se divorcian para volver a casarse, y contraen nuevo matrimonio para divorciarse otra vez.

EL HIJO: El hijo recibía el apellido del padre, es decir era reconocido por éste una semana después de su nacimiento, el día llamado de la purificación. Era generalmente criado y educado por la madre, hasta el momento en que iba a la escuela. Se le suspendía al cuello una bolsita o bula, que contenía amuletos contra el aojo, y que conservaba hasta el día en que abandonaba la toga pretexta para ponerse la viril. Esta ceremonia de la mayor edad se verificaba ante el altar de los lares, cuando tenía diez y siete años; pero aun declarado mayor de edad, continuaba bajo la potestad de su padre.

En la escuela, aprendía a leer, a escribir y a contar bajo la dirección de profesores severos que lo castigaban con azotes por la menor falta. Los niños ricos tenían preceptores en casa de sus padres. La música y la gimnasia eran artes de entretenimiento y lujo. Después de la enseñanza primaria, los jóvenes romanos recibían la literaria que comprendía el estudio de la Ley de las Doce Tablas , el de los poetas griegos y el de los escritores latinos, porque se trataba de formar administradores y oradores. Así el que un joven romano explicara poco más o menos los mismos textos latinos y griegos que un joven de la época actual, que hace sus estudios clásicos.

familia romana

LA FAMILIA ROMANA EN EL BAJO IMPERIO: Alrededor del siglo II d. de C., ocurrieron cambios significativos en el seno de la familia romana. Los fundamentos de la autoridad del paterfamilias sobre su familia —que ya habían comenzado a debilitarse en los últimos días de la República— se socavaron todavía más. El paterfamiliasya no tenía autoridad absoluta sobre sus hijos; ya no podía venderlos como esclavos o matarlos. Es más, la autoridad absoluta del esposo sobre su cónyuge se había desvanecido, práctica que también comenzó en las postrimerías de la República. En el Antiguo Imperio, la idea de un cónyuge guardián se debilitó de manera importante, y para finales del siglo u d. de C. se había vuelto una mera formalidad.

Las mujeres romanas de las clases altas disfrutaban de considerable libertad e independencia. Habían adquirido el derecho a poseer, heredar y disponer de propiedades. Las mujeres de las clases altas eran libres para asistir a las carreras, al teatro y a espectáculos del anfiteatro, aunque en los dos últimos lugares se les obligaba a sentarse en secciones para mujeres.

Es más, las damas de alcurnia se hacían acompañar de doncellas y de matronas cuando salían. Algunas mujeres manejaban negocios, como compañías de embarques. Las mujeres todavía no podían participar en la política, pero el Antiguo Imperio fue testigo de un número importante de mujeres que influyeron en la política a través de sus esposos, por ejemplo: Livia, la esposa de Augusto; Agripina, la madre de Nerón, y Plotina, la esposa de Trajano.

A finales del primer siglo y comienzos del segundo hubo una disminución apreciable en el número de niños, tendencia que se había iniciado al final de la República. Fue particularmente evidente el incremento de matrimonios sin hijos. A pesar de las leyes imperiales dirigidas al incremento de niños, la baja tasa de nacimiento persistía.

La clase alta romana no sólo continuó utilizando el infanticidio; utilizaba también los anticonceptivos y el aborto para limitar la familia. Existían muchas técnicas anticonceptivas. Aunque muy solicitados, los amuletos, las fórmulas mágicas y las pociones para inducir la esterilidad temporal demostraron ser ineficaces, al igual que el método del ritmo, ya que los médicos romanos creían que una mujer era más fértil justo cuando la menstruación estaba concluyendo.

Una práctica más confiable consistía en el uso de aceites, ungüentos y lana suave para obstruir la abertura del útero. También se utilizaban técnicas anticonceptivas para varones. Una primitiva versión de condón sefabricaba con la vejiga de una cabra , pero su precio loo hacia prohibitivo. Aunque las fuentes medicas no lo mencionan , los romanos también practicaban el ubicuo coitus interrumptus. También se practicaba el aborto ya sea por la ingestión de drogas o mediante instrumentos quirúrgicos. Ovidio fustiga a Corina: «Oh, mujer porque apuñaláis y agujereáis con instrumentos  y ofreces venenos espantosos a vuestros hijos aun no nacidos»

La fama atribuye a los romanos cometer grandes excesos en la comida y la bebida. Pero sólo el patriciado gozaba de tanta abundancia. El romano medio tenía dificultades para conseguir comida barata y fresca. En el mercado, la oferta era de mala calidad. Por eso se apelaba a distintos recursos para olvidar que se ingería comida en descomposición: las hierbas aromáticas ayudaban a disimular el olor desagradable y el «garum«, salsa de pescado muy fuerte, compensaba el mal gusto.

Por lo general, el desayuno consistía en pan y agua, y el almuerzo, en carne y fruta con vino. La comida principal era la cena, que, para los patricios, constituía un pequeño acontecimiento social. El panorama era radicalmente distinto entre los necesitados. Los pobres carecían de cocina en sus viviendas, lo que los obligaba a adquirir en el mercado productos idóneos para ser consumidos en el momento. El descontento por la escasez de comida era tan grande, que los emperadores instituyeron días de reparto de alimentos gratuitos.

 

Los Dioses Romanos La Religion en Antigua Roma Significado

Religion y los Dioses Romanos y Significado en Antigua Roma

la vida cotidiana en roma antigua

La religión oficial romana se centraba en rendir culto a un panteón de dioses y diosas, entre otros a Juno, la diosa patrona de las mujeres; Minerva, la diosa de los artesanos; Marte, el dios de la guerra; y Júpiter Optimus Maximus (el mejor y el más grande), que se convirtió en la divinidad patrona de Roma y asumió un lugar central en la vida religiosa de la ciudad.

Conforme Roma se desarrollaba y entraba en contacto con otros pueblos y dioses, la comunidad, simplemente, adoptó nuevos dioses.

Así, el Mermes griego se convirtió en el romano Mercurio, y la griega Démeter se transformó en Ceres. En las postrimerías del siglo III a. de C., ocurrió más bien una completa fusión de las religiones griega y romana.

En general, los romanos fueron tolerantes con los nuevos cultos religiosos y sólo en forma ocasional los prohibieron.

LOS DIOSES ROMANOS

Cada aspecto de la sociedad romana estaba permeado por la religión. La religión romana se centró en la adoración de los dioses debido a una razón muy práctica: los seres humanos creían que dependían por completo de los dioses.

El desempeño exacto del ritual resultó crucial para establecer una relación correcta con los dioses. Lo que era cierto para los individuos, lo era también para el estado.

Los romanos, como todos los pueblos antiguos, creían en seres invisibles, mucho más poderosos que los hombres, los dioses.

Se figuraban a la mayor parte de ellos establecidos cada uno en un lugar, una montaña, un bosque, una roca, un río, o aún en una fuente o un árbol. Aquellos dioses locales se contaban por miles.

De donde sale la chanza del novelista Petronio en el Satiricón. Una buena mujer que vive en una campiña casi desierta, dice: «Nuestra comarca está tan llena de dioses que es mucho más fácil en ella encontrar un dios que un hombre».

Se creía también en divinidades extendidas por el mundo, que dirigían cada una, una clase de fenómenos.

dios romano jupiter

Júpiter, considerado el más poderoso de todos, era el dios de la luz y de la tempestad, el dios que lanzaba el rayo. El templo más grande de Roma, en el Capitolio, estaba consagrado a Júpiter, el mejor el más excelso, óptimo, máximo, que protegía especialmente al pueblo romano.

dios romano jupiter

Juno era la diosa del matrimonio, diosa de la luz, patrona de las mujeres romanas. Se la representó más tarde como esposa de Júpiter.

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Marte, dios de la guerra, era el padre del pueblo romano. Los sabinos le llamaban Quirinus (en Roma era adorado también un Quirinus). El lobo era el animal sagrado de Marte.

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Vesta era la diosa del hogar.

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Jano, que se representaba con dos caras, tenía por función abrir el año.

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Saturno era el dios de los latinos.

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Minerva, adorada en Etruria, era la diosa de la razón, de la reflexión y de los recintos fortificados.

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Vulcano, dios de la forja, era ei patrono de los herreros.

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Neptuno era el dios del mar.

dios ramano

Venus, la diosa de los jardines y de la fecundidad.

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Ceres, la diosa de los trigos y de la cosecha. Diana, la diosa de las selvas y de la caza. Liber, el dios de la viña.

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Mercurio, el dios de los viajeros y de los mercaderes.

dios romano jupiter

Hades, el dios de la morada subterránea a donde iban las almas de los muertos.

La Tierra, el Sol, la Luna eran también dioses.

Habían en los bosques dioses, en las cercanías de las guentes, diosas, los Silvanos, los Faunos, las Ninfas y las Camenas (a las que más tarde se confundió con las Musas griegas).

Había divinidades protectoras del ganado, una para los bueyes (Bubona), una para los caballos (Equina), una para los carneros (Pales), una divinidad de las flores (Flora), una de los frutos (Pomona).

Había un dios, Terminus, para los mojones que marcaban los límites entre las propiedades.

Cada casa tenía un espíritu que la protegía, el Lar; cada hombre tenía su genio que le guardaba.

Había también una divinidad especial para cada una de las partes de la casa: Forculus para la puerta, Limentinus para el umbral, Cardea para los goznes.

Había una para cada acto de la vida. Cuando se criaba un niño, Educa y Potina le enseñaban a mamar, Cuba a acostarse, Statanus a tenerse en pie, Abeona y Adeona a andar, Fabulinus a hablar.

Cuando iba a la escuela, Iterduca le conducía, Domiduca le volvía a casa, Ossipago le hacía endurecer los huesos. Todos estaban inscritos en la lista de Jos indigitamenta, que daba los nombres de los dioses.

Se hacían también divinidades con cualidades personificadas, la Pax, la Victoria, la Buena Fe, La Esperanza, la Concordia, la Piedad. La más venerada era la Fortuna, diosa del éxito. Había templos de la Fortuna pública, de la Fortuna femenina, de la Fortuna de los caballeros.

Los romanos no trataban de representarse la forma de sus dioses, y durante mucho tiempo no tuvieron estatuas de ellos.

Adoraban a Marte representado por una espada; a Quirino, por una lanza; a Júpiter, por una piedra.

No se los imaginaban quizá semejantes a los hombres, no se los figuraban casados unos con otros, o reuniéndose, como hacían los griegos. No contaban sus aventuras.

Los llamaban numen (manifestación). No se les conocía más que como la manifestación de un poder divino incógnito. Lo cual explica que no tuvieran forma humana, ni genealogía, ni historia.

Los romanos, desde los tiempos antiguos, adoptaron algunas de las creencias y de las prácticas de sus vecinos, de los etruscos y de los griegos (sobre todo de los griegos de Cumas).

Pusiéronse a adorar a algunos de los dioses griegos, Apolo, Latona, Heracles, que ellos llamaron Hércules, Castor y Pólux. Los adoraban según el rito griego, con la cabeza descubierta y coronada de laurel.

Más tarde los romanos, a imitación de los etruscos y de los griegos, tuvieron estatuas de madera, luego de piedra, que representaban a las divinidades y llegaron a  ser ídolos a los que se adoraba. Entonces los dioses romanos se confundieron con los dioses griegos y se les atribuyeron la misma forma y las mismas aventuras.

Relación de Nombres Entre Dioses Griegos y Romanos

los dioses romanos

EL CULTO

No amaban mucho los romanos a sus dioses y no pensaban que los dioses tuvieran el deseo de ser amados por los hombres. Su religión no exigía ninguna manifestación de amor.

La divinidad no les inspiraba otro sentimiento que el miedo. Les bastaba saber que los dioses se manifestaban a veces como seres poderosos, que podían hacer mucho bien o mucho daño y que, por consiguiente, era prudente lograr su amistad.

El culto era un cambio de servicios. El hombre llevaba al dios regalos y esperaba en recompensa que el dios le concediese provechos. Es lo que ingenuamente dice un personaje de Plauto: «aquel a quien los dioses son favorables le hacen ganar dinero».

Los romanos creían que los dioses tenían en mucho ciertas formas antiguas, y que les enojaría grandemente que fueran cambiadas. Mostraban gran cuidado, por tanto, en hacer exactamente todo según los ritos (así se llamaba a las reglas del culto).

Se ofrecía a los dioses sobre todo alimentos. Los líquidos, la leche o el vino, se derramaban en el suelo, y a esto se decía hacer una libación.

Las frutas, las tortas se depositaban en el altar. Se creía que lo que más les agradaba eran los animales, sobre todo los carneros, cerdos y bueyes. El animal debía ser matado ceremoniosamente. Es lo que significaba la palabra sacrificar (hacer una ceremonia sagrada).

Para hacer un sacrificio había que elegir un animal sin tacha, un buey blanco para Júpiter, un carnero negro para un dios de los infiernos. Se le llevaba delante del altar, que era un montículo al aire libre.

Se le rodeaba la cabeza con cintas, se le ponía en la frente una bola de harina salada, la mola salsa (de donde ha venido la palabra inmolar, que ha tomado la significación de matar). Se le hería con un cuchillo o un hacha, según los casos.

Luego se ponía la grasa y los huesos encima del altar y se encendía fuego. La carne se guardaba para comerla.

El sacrificio iba comúnmente acompañado de una oración para pedir al dios un favor.

La oración no era un voto de fe o de amor, como elevación del aima hacia el dios, sino una petición interesada, siempre acompañada de una ofrenda. Se creía que los dioses no escuchaban al suplicante que no ofrecía nada.

El que oraba había de llevar vestidos limpios, porque los dioses apreciaban la limpieza exterior, mantenerse de pie, la cabeza cubierta con un velo, y empezar invocando al dios.

Los romanos creían que los dioses tenían un nombre secreto que los hombres ignoraban.

«Nadie, decían, sabe los verdaderos nombres de los dioses». Se invocaba, por tanto, al dios empleando el nombre usual, pero añadiendo una salvedad.

Se decía, por ejemplo: «Júpiter, muy bueno, muy grande, si es que no prefieres ser llamado con otro nombre».

Se manifestaba luego lo que se pedía al dios teniendo cuidado de servirse siempre de palabras muy claras y precisas. Dor miedo a verse comorometido sin Quererlo con el dios.

Al derramar una libación se decía: «Recibe la ofrenda de este vino que vierto», para que el dios no pudiera reclamar otro.

El culto se concebía como un Contrato entre el dios y el hombre, en el que cada uno quedaba obligado por los términos del contrato.

No era ¡lícito tratar de engañar al dios. Una leyenda representa al rey Numa discutiendo con Júpiter: «Me sacrificaréis una cabeza, dice el dios. Bien, responde Numa, una cabeza de ajos de mi huerta. —No, quiero una cabe de hombre—.

Se te dará la punta de los pelos. —No, necesito un ser vivo—. Se añadirá un pescadito». Júpiter se ríe y acepta.

Cuando el hombre, después de haber hecho una ofrenda, no recibe lo que esperaba, se queja de haber sido engañado por el dios, como el campesino italiano de nuestros días injuria al santo en devoción al cual ha hecho arder velas sí no le da lo que pide.

Se tenía cuidado de dirigirse al dios al cual se creía más capaz de prestar el servicio pedido, a Ceres para obtener una buena cosecha, a Neptuno para tener una buena navegación.

Varrón decía: «Tan útil es saber qué dios puede ayudarnos en los distintos casos como saber dónde viven el carpintero o el panadero».

Los particulares hacían sacrificios y oraciones por el éxito de sus asuntos propios.

El gobierno de Roma los hacía por el de los asuntos del pueblo romano, no se osaba emprender ningún acto público importante (guerra, paz, edificaciones) sin una ceremonia para pedir a los dioses que asegurasen el buen éxito.

EL PANTEON DE LOS DIOSES ROMANOS

EL PANTEÓN DE AGRIPA El primer templo era rectangular, al igual que el de la Concordia del Foro romano. Estaba construido con bloques de travertino y revestido en mármol. Los capiteles eran de bronce y la decoración incluía cariátides y estatuas frontales. En el interior del pronaos, había sendas estatuas de Augusto y Agripa. Por Dio Casio se sabe que la denominación de Panteón no era la oficial del edificio, y que la intención de Agripa era crear un culto dinástico, probablemente dedicado a los protectores de la «gens» Julia: Marte, Venus y el «Divo» Julio, es decir, Julio César divinizado. El edificio padeció los daños de un incendio en el año 80 y fue reparado por Domiciano, aunque sufrió una nueva destrucción en tiempos de Trajano, en 110.

Dentro del panteón romano encontramos cuatro agrupaciones que tenían la función de representar al Estado: la triada Júpiter-Marte-Quirino, la triada capitolina constituida por Júpiter, Juno y Minerva; y los doce dioses principales: Vesta -diosa del fuego del hogar-, Juno -diosa del matrimonio y del hogar, hermana y esposa de Júpiter-, Minerva -diosa de la inteligencia, de la sabiduría y de las artes-, Ceres -diosa de la agricultura-, Diana -diosa de las doncellas, de los bosques y de la caza-, Venus -diosa de la belleza y del amor, esposa de Vulcano y amante de Marte-, Marte -dios de la guerra-, Mercurio -dios del comercio, de la elocuencia y de los ladrones, mensajero de los dioses-, Júpiter -dios supremo-, Neptuno -dios del mar-, Vulcano -dios de los infiernos, del fuego, del metal y de la fragua- y Apolo -dios de los oráculos, de la juventud, de la belleza, de la poesía, de la música y de las artes-.

En la mitología romana, Minerva es la diosa de la sabiduría, las artes y las técnicas de la guerra, además de protectora de Roma y patrona de los artesanos. Se corresponde con Atenea en la mitología griega. Ovidio llamó a Minerva la «diosa de las mil obras» Fue adorada en toda Italia, aunque sólo en Roma se asoció con la guerra. En una ocasión, se enfrentó a Aracne para comprobar cuál de las dos tejía más rápidamente y mejor. Según cuenta Ovidio en «Las metamorfosis» cuando Minerva vio la superioridad de Aracne, le entraron tantos celos que decidió convertirla en una araña, lo cual le dio fama de cruel. Esta escena fue representada por Velázquez en su famoso lienzo «Las hilanderas»

La triada Ceres-Libero-Libera representaba a los plebeyos. Con el fin de festejar a todos los dioses en los templos y los lugares sacros, los romanos establecieron un calendario, originalmente ligado a la agricultura. El mes se dividía en dos fases, siguiendo el esquema del calendario lunar.

Cada mes estaba dedicado a una divinidad, existiendo días festivos propios para cada dios. Los meses de febrero y diciembre correspondían a los inicios del año por lo que se celebraban las llamadas fiestas caóticas.

También se consideró que el 21 de abril era otro comienzo de año para festejar el nacimiento de Roma.

Junto al culto público, los romanos presentaban un culto privado, más personal e intimista. El pater familias era el responsable de los ritos dirigidos a las divinidades domésticas: los lares y los penates.

Además, cada individuo rendía culto a su genio personal. Las ideas de ultratumba apenas influían en el conjunto de la religión ya que bastaba con que el difunto fuera enterrado con las debidas honras fúnebres.

El cadáver se transformaba en sombra y pasaba a formar parte del reino de los manes, los dioses de la muerte. (Este concepto sufrirá una profunda transformación cuando en el Imperio Romano entre con fuerza el cristianismo).

Casi inadvertidos entre los practicantes de tantas religiones prometedoras de vida eterna, perdidos en el fárrago de la Roma imperial de los cesares Antoninos, algunos hombres se reunían clandestinamente para celebrar con unción los sencillos oficios exigidos por una nueva fe que ellos habían abrazado: el cristianismo.

EL CRISTIANISMO: Sobre este trasfondo religioso «pagano» avanzó el cristianismo. A su culto se incorporaron no pocos elementos de las antiguas creencias. A principios del siglo IV, Constantino I puso fin a la clandestinidad de los cristianos, otorgándoles ciertos privilegios y permitiéndoles la construcción de grandes templos.

En 313, a través del Edicto de Milán, el emperador decretó la libertad de culto para los cristianos y el fin del paganismo como religión oficial del Imperio. El Edicto de Tesalónica fue hecho público por el emperador romano Teodosio el 24 de noviembre de 380. Mediante este texto legal, el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio Romano. (ver: Cristianismo)

PARA SABER MAS…

EL IMPERIO ROMANO era tolerante con las religiones mientras no pusieran en duda el culto oficial a los viejos dioses romanos o la divinidad del emperador. La religión romana era más bien fría, por lo que no es de extrañar que las religiones más emocionales y espirituales empezaran a ganar popularidad.

OTRAS RELIGIONES
El culto a Mitra, el dios persa de la luz, concedía una gran importancia al amor fraternal y era especialmente popular entre los soldados romanos. El culto a Isis, una diosa egipcia, atraía a muchas mujeres romanas.

En cambio, el cristianismo se extendió rápidamente entre las clases menos privilegiadas porque proclamaba que Dios consideraba iguales a todos los hombres, ya fueran esclavos, hombres libres o mujeres.

OPOSICIÓN
Los primeros grupos de cristianos eran vistos con recelo por las personas de religión politeísta (que adoraban a más de un dios).

Algunas de las razones para estas sospechas eran que los cristianos no consumían la carne sacrificada en templos paganos (se creía que se reunían en secreto para celebrar extraños banquetes caníbales) y tampoco asistían a los violentos espectáculos públicos.

Las persecuciones eran constantes y algunos cristianos eran torturados e incluso llegaban a morir; sin embargo, el cristianismo siguió extendiéndose por todo el imperio.

INQUIETUD
En las épocas de incertidumbre, con la amenaza de las invasiones de los persas y los bárbaros, todos los emperadores buscaban el apoyo de un dios poderoso que librara a Roma del desastre.

El emperador Diocleciano (245-313) declaró a Mitra, su dios favorito, como el protector del imperio. En cambio el emperador Constantino (280-337) eligió al dios de los cristianos.

CONSTANTINO
En el 312, mientras se dirigía hacia Roma para arrebatársela a un enemigo, Constantino vio un signo cristiano sobre la superficie del sol y en latín pronunció estas palabras: «En este signo estará tu conquista». El ejército de Constantino venció la batalla en el puente Milvio, sobre el río Tíber. En poco tiempo el cristianismo se convirtió en la religión oficial del imperio romano.

El Derecho en Roma Antigua Origen Objetivos Y Caracteristicas

HISTORIA DE ROMA ANTIGUA: EL ORIGEN DEL DERECHO ROMANO

la vida cotidiana en roma antigua

INTRODUCCION: La consolidación del extendido imperio romano se acompaño en su proceso del nacimiento de un nuevo tipo de Derecho, el fundado por los prácticos romanos, quienes supieron amalgamar bajo su dominio a pueblos y culturas disímiles por medio de una armazón de normas jurídicas de tal consistencia que posibilitó la organización social, económica y administrativa de inmensos territorios.

Asimismo, el aspecto político e institucional tampoco fue descuidado por este sistema normativo y esta dimensión significó, junto con las ya mencionadas, una de las fundamentales en el logro de la unificación de dicho Imperio.

La enorme trascendencia de este Derecho radica, precisamente, en su fuerza como leyes para el funcionamiento del cuerpo social y del sistema político.

A través de los siglos, su ejemplo perdura y proporciona la base sobre la que se asienta, en virtud del legado histórico recibido, el andamiaje jurídico y legal en todos los órdenes de la vida de las naciones modernas.

LAS LEYES Y EL DERECHO

Durante los primeros siglos los romanos, lo mismo que todos los pueblos antiguos, habían carecido de leyes escritas. Cada generación hacía lo mismo que había hecho la precedente, y a esto se llamaba seguir la costumbre de los antepasados (mos ma/orum). Los magistrados juzgaban con arreglo a esta costumbre.

A mediados del siglo V, según la tradición los plebeyos obligaron al Senado a conceder leyes escritas que todos pudieran conocer. Los decenviros encargados de hacer las leyes estudiaron, d ícese, las de las ciudades griegas.

Las leyes nuevas, grabadas en tablas de madera o planchas de metal, fueron célebres con el nombre de Leyes de las doce tablas. Continuaron aplicándose durante varios siglos, constituyeron, decía Cicerón, «la fuente de todo el derecho humano».

En tiampo de Horacio todavía, se hacía que los niños las aprendieran de memoria en las escuelas. Se han conservado trozos de ellas, pero en escritores de cuatro o cinco siglos más tarde, lo cual es causa de que se discuta su autenticidad.

Son sentencias breves, en un lenguaje seco, rudo e imperioso. He aquí lo que se dice respecto al deudor insolvente: «Si no paga, cítesele a juicio. Si la enfermedad o la vejez le impide, désele un caballo, pero no litera.

Tenga treinta días de plazo. Si no paga, que el acreedor le sujete con correas o cadenas que pesen quince libras, no más. Al cabo de sesenta días véndasele al otro lado del Tíber. Si hay varios acreedores, que le corten en pedazos. Si cortan más o menos, no se les atribuya como delito».

Estas leyes regulaban el derecho privado, la familia, la propiedad y la herencia. Una ley, por ejemplo, castigaba con la muerte al hechicero que, mediante palabras mágicas, había hecho pasar a su campo la cosecha del vecino. Otra indicaba cómo había de procederse para hacer un registro en la casa del individuo acusado de robo.

El acusador debía presentarse desnudo, con unos calzoncillos solamente, sosteniendo en ambas manos una fuente para que no pudiera sospecharse que había llevado el objeto que suponía haberle sido robado.

Hubo, después de las leyes de las doble tablas, muchas leyes (leges o plebiscita) votadas por las asambleas del pueblo, pero se referían más bien al gobierno qué al derecho privado.

Senado Romano

EL DERECHO ROMANO: Si de Grecia hemos heredado la idea de armonía, el sentido de la belleza expresada en su arte, en sus leyendas, en su literatura, y al mismo tiempo una concepción de la vida y el mundo reflejadas en los conceptos de democracia, libertad y en su pensamiento filosófico, Roma es la organización, el sentido político, la administración casi perfecta, el derecho, el idioma y la estructura total del Estado que, fundido con la idea del Cristianismo, tenía que perdurar hasta nuestros días.

Roma fue un pueblo ordenador. Prueba de ello es que supo mantener durante siglos bajo un mando único a pueblos muy dispares y distanciados. Una gran parte de esta prodigiosa organización se debe al Derecho Romano.

Ya hemos citado la compilación llamada «Ley de las Doce Tablas«, refundición del derecho consuetudinario. Más tarde apareció en la sociedad la clase llamada «juris prudentes» o letrados, hombres entendidos en leyes.

Los distintos gobernantes promulgaron leyes adecuadas a cada circunstancia.

Así, por la Ley Valeria, por ejemplo, Sila consiguió legalmente hacerse con el poder. César fue un gran legislador, pues reorganizó la vida municipal y financiera, dictó leyes contra el lujo excesivo y reformó los presupuestos.

En una de sus leyes daba premios al matrimonio que tuviera mayor número de hijos.

El jurisconsulto Juliano publicó el Edicto Perpetuo, que fue una codificación del Derecho Civil.

En los últimos siglos del Imperio se promulgaron numerosas leyes y el Derecho adquirió una importancia extraordinaria. Los principales jurisconsultos establecieron que todo el poder radicaba en el Emperador.

En parte fueron dulcificadas las leyes republicanas que daban una autoridad demasiado grande a los «pater familiae», y el trato con los esclavos resulté también mejorado.

Grandes hombres de leyes fueron Papiniano y sus discípulos Ulpiano, autor de Disputationes y de Instituciones, y Julio Paulo. En la época de Diocleciano se publicó el Código Gregoriano y el Hermogeniano.

Se comprende que esta intensa tradición legal fuese continuada por Justiniano, soberano del Imperio Romano de Oriente.

La influencia del Derecho de Roma en todos los códigos del mundo y en las ordenaciones legales es tan intensa que incluso en nuestros días todas as legislaciones de países civilizados se basan, en sus líneas fundamentales, en las leyes romanas.

Aunque las leyes tendían a asegurar el poder militar y la autoridad absoluta del Estado, se tenía t la familia en muy alta estima; en ella no existía más autoridad que la del padre, «pater».

A él debían sujetarse los demás miembros: esposa, hijos, clientes, etc. Poco a poco, la autoridad de la madre fue igualando a la que poseía el padre, y exponente de ello son las palabras simbólicas que dirigía la recién casada al marido, en el instante de penetrar con él en el atrio: «donde tú eres el amo, yo soy el ama».

En el hogar, la mujer se dedicaba a labores propias de su sexo, a manejar la rueca y el huso, pero no tenía que entregarse a trabajos rudos; cuidaba además del fuego sagrado mantenido ante los dioses lares y, en ciertos cultos, era sacerdotisa exclusiva (Bona Dea, Vesta).

La unión entre los esposos era indisoluble y la poligamia no estaba permitida; la castidad era muy estimada, y la filiación, el ideal de su vida, hasta tal punto que el que no tenía hijos podía adoptar los ajenos. El culto de los dioses protectores y de los dioses lares se hallaba tan grabado en las costumbres, que los esposos acostumbraban a dirimir sus contiendas ante la diosa protectora de los cónyuges.

OBJETIVOS: El derecho romano comprende las normas establecidas para regular la vida social: las relaciones familiares, comerciales, laborales, privadas o públicas.

El sujeto del derecho romano era el ciudadano. En Roma había dos tipos de ciudadanía, la completo (la gozaban los ciudadanos romanos que tenían plenos derechos políticos y civiles y la incompleta (correspondía a los ciudadanos habitantes de las provincias, que tenían solamente derechos civiles, como casarse, tener propiedades y celebrar contratos comerciales).

Sólo existía el derecho consuetudinario o no escrito, regido por las costumbres y controlado por pontífices.

La importancia de la Ley de las 12 Tablas radico en el hecho de consagrar las normas escritas, que se hicieron de este modo públicas y conocidas por todos.

A partir de aquí se sumaron con el correr del tiempo otras leyes, decretos del Senado, de las Asambleas, etcétera.

Durante la época republicana tuvo mucha importancia la actividad realizada por los pretores, magistrados anuales encargados de la administración de justicia.

Al asumir su cargo, dictaban un conjunto de leyes o “edictos” por los cuales se iban a regir, o confirmaban los de sus antecesores.

Las normas dictadas por el pretor urbano dieron origen al “derecho civil”. Es decir, al que se ocupaba de regular las relaciones entre los ciudadanos romanos.

Las normas dictadas por el pretor peregrino dieron origen al llamado “derecho de gentes”, que regulaba las relaciones de los habitantes de las provincias del imperio (ciudadanos incompletos).

En la época imperial, el “derecho” continuó con su desarrollo. Las resoluciones del emperador se transformaban en fuente de derecho.

En el año 121 Adriano ordenó la recopilación de todas las leyes vigentes en un Edicto Perpetuo. A partir de aquí no era necesario renovar todos los años las normas legales.

Con este documento también se eliminaron las contradicciones existentes entre los edictos de los pretores, que se habían acumulado. En el siglo III se suprimió la distinción entre el derecho civil y el derecho de gentes, cuando el emperador Caracalla otorgó la ciudadanía romana a todos los habitantes del imperio. Mediante nuevas recopilaciones posteriores se complementó la tarea realizada.

LA JURISPRUDENCIA
Estas leyes no preveían más que un reducido número de casos y, por otra parte, no eran siempre claras.

Las gentes que tenían un pleito pendiente iban a consultar a hombres que tenían fama de conocer el derecho, a los que se llamaba jurisprudentes (los que saben el derecho) o jurisconsultos.

Eran, por lo común, grandes personajes, nobles, como Catón. Respondían gratuitamente a los que iban a consultarles. Dícese que el Senado dio a uno de ellos, Escipión Nasica, una casa en la calle principal, la vía Sacra, para facilitar las consultas.

Las respuestas de estos jurisconsultos eran llevadas a los magistrados encargados de juzgar, lo que, por lo común, las tenían en cuenta y, poco a poco, acababan por ser consideradas como reglas. Augusto resolvió que tuvieran fuerza de ley.

Interpretaban esta última en los casos en que resultaba oscura y la completaban en aquellos que las leyes no había previsto. De esta suerte se constituyó la jurisprudencia, que fue, juntamente con la ley, una de las fuentes del derecho romano.

A partir del establecimiento del Imperio, el pueblo dejó de hacer leyes. Pero el emperador tuvo la facultad de dictar disposiciones que tenían exactamente el mismo valor.

El jurisconsulto del siglo II, Gayo dice: «Lo que el príncipe ha querido, tiene fuerza de ley». Estas resoluciones adoptaban diferentes formas.

El emperador promulgaba un edicto (edictum), es decir, un reglamento. Cuando los gobernadores, jefes en su provincia, se hallaban ante una dificultad, le preguntaban cómo habían de juzgar. El emperador respondía con un rescripto, que adquiría el carácter de obligatorio.

EL EDICTO DEL PRETOR
Los romanos no reconocían la facultad de aplicar las reglas del derecho más que al magistrado revestido del imperium. Solamente un cónsul o un pretor podía presidir un tribunal, lo que los romanos denominaban «pronunciar el derecho» (jusdicere).

Todo magistrado, cónsul, pretor o procónsul, al entrar en el cargo, dictada un edicto (llamado también álbum porque se ponía en una tabla blanca) indicando las reglas que contaba seguir para juzgar. No se aplicaba más que en el tiempo que duraban sus funciones, comúnmente un año, y su sucesor tenía el derecho de establecer reglas distintas.

Pero, en realidad, cada magistrado conservaba con escasa diferencia el álbum de sus predecesores.

Entre estos magistrados, dos, principalmente, ejercieron influjo en el derecho romano.

El uno, llamado pretor de la ciudad (praetor urbanus), juzgaba los pleitos entre los ciudadanos conforme al derecho romano.

El otro, llamado «pretor entre los ciudadanos y los extranjeros», o, para abreviar, pretor extranjero (praetor peregrinus), juzgaba los pleitos entre los ciudadanos y los que no eran ciudadanos (peregrini).

No estaba sujeto a ninguna ley, no estando hecha la ley romana más que para los ciudadanos de Roma.

Como los demás magistrados, el pretor tenía su álbum, el edicto del pretor, en el que indicaba las reglas que había de aplicar.

Legalmente, este edicto no era valedero más que por un año, pero la costumbre quería que cada pretor conservase el edicto de sus predecesores, introduciendo solamente algunas adiciones.

En tiempos del Imperio se perdió la costumbre de añadir nada. El emperador Adriano mandó hacer el edicto del pretor, que no fue variado en lo sucesivo.

Como había dos tribunales y dos edictos diferentes, se establecieron dos sistemas de reglas de derecho. Las reglas seguidas entre ciudadanos por el pretor de la ciudad constituyeron el derecho civil (Jus civile), es decir, «de la ciudad». Las reglas dictadas por el pretor de los extranjeros formaron el derecho de gentes (jus gentium), es decir, «de los pueblos».

LA FAMILIA
En el antiguo derecho romano, la familia aparece organizada como un pequeño reino en que el jefe es dueño absoluto. Se le llama «padre de familia» (pater familias).

Pater no significa el que ha engendrado (se diría genitor), es un nombre religioso que se da al jefe. Virgilio llama a Eneas Pater Eneas.

La familia se compone de la mujer, de los hijos y de los servidores. El padre de familia ejerce sobre todos poder absoluto, tiene el derecho de repudiar a su mujer, de no reconocer a sus hijos y de venderlos; tiene el derecho de incautarse de todo lo que les pertenece, de cuanto su mujer ha aportado ai matrimonio, de cuanto los hijos ganan, porque es el único propietario.

Tiene sobre ellos el derecho de vida o muerte (jus vitae necisque), es decir, el derecho de juzgarlos y condenarlos. «El marido, decía Catón el Viejo, es juez de su mujer, puede lo que quiere.

Si ha cometido la mujer una falta, si ha bebido vino, la condena; si ha sido infiel la mata».

El Senado había resuelto en una ocasión (186 antes de Jesucristo) que todo el que hubiera tomado parte en las orgías de Baco fuera condenado a muerte.

Los hombres fueron ejecutados, pero el Senado encargó a los padres de familia de juzgar a las mujeres y ellos fueron los que condenaron a muerte a sus mujeres o a sus hijas. Durante la conspiración de Catilina, un senador descubrió que su hijo había entrado en el complot, mandó que le prendieran, le juzgó y le condenó a muerte.

Una frase del derecho romano indica esta dependencia, el hombre se llama sul juris, la mujer y el hijo son alieni juris (en el derecho de otro), no se pertenecen a sí mismos.

EL MATRIMONIO

La familia romana se constituye por el matrimonio. Fue éste al principio una ceremonia religiosa. En presencia del gran pontífice y del flami’n de Júpiter, ante diez testigos, los esposos pronunciaban las palabras consagradas y ofrecían a Júpiter un pan de harina de espelta (farreus), de donde viene la palabra confarrea-tio; pero los patricios únicamente podían casarse de esta manera.

Los plebeyos adoptaron formas nuevas que no tenían ningún carácter religioso y que vinieron a ser las formas habituales del matrimonio.

En presencia de cinco testigos, un pariente de la mujer la vendía al marido según las formas empleadas para vender un esclavo.

Era la coemptio, pero el marido manifestaba comprarla para que fuera su mujer. La mujer era de esta suerte entregada al marido (la palabra era tradere).

Venía a ser igual en dignidad a su marido, se la llamaba «madre de familia» (mater familias) o matrona, como al marido se le llamaba «padre de familia» o patronus. Era dueña con respecto a sus esclavos.

Con respecto al marido la mujer era dependiente, los jurisconsultos decían que estaba «en su mano» (in manu) o «como hija suya» (loco filiae). No podía ser propietaria, ni hacer testamento, ni pleitear. El marido ejercía por ella todos sus derechos.

LOS HIJOS
Los hijos nacidos del matrimonio se denominaban legítimos (legitimi). Pero el padre no estaba obligado a criarlos, tenía el derecho de mandar exponerlos en la calle. Si los aceptaba, conservaba el derecho de venderlos. Los casaba con quien le placía, sin consultarles.

No podían adquirir propiedad, lo que ganaban pasaba a manos del padre. Comunmente se les dejaba la posesión, era lo que se llamaba peculio (peculium), pero no era más que una condescendencia y siempre tenía el padre el derecho de recoger el peculio.

La hija no estaba bajo la patria potestad más que hasta el momento en que contraía matrimonio. El hijo no se emancipaba nunca del poder del padre, aun cuando fuera nombrado cónsul.

Cuando moría el padre, cada uno de los hijos era a su vez padre de familia. Pero la mujer no podía quedar libre, caía bajo la potestad del heredero de su marido, estaba sometida a su propio hijo.

LA ADOPCIÓN
El matrimonio constituía entre los romanos un deber religioso. Les interesaba grandemente dejar alguien que acudiera a realizar las ceremonias fúnebres a su tumba, y estas ceremonias no podían hacerlas más que los hijos y los nietos del difunto.

No se debía, por tanto, dejar que una familia se extinguiera, había que continuarla para celebrar el culto de los antepasados.

Cuando un individuo no tenía hijo legítimo podía hacer que le cediera uno otro padre de familia, y a esto se decía adoptar. Para hacerlo se empleaba una ficción, como se hacía con gran frecuencia en el derecho romano.

La ley de las XII tablas decía: «Si un padre ha vendido a su hijo tres veces seguidas, el hijo queda emancipado de su padre» (filius a pater líber esto). El padre, el que quería adoptar y un tercer ciudadano se presentaban juntos antes un magistrado.

El padre vendía su hijo al ciudadano que había acudido para servir de intermediario, y éste, ya propietario del hijo, le emancipaba.

El hijo volvía a cer bajo la potestad de su padre, que lo vendía segunda vez, y segunda vez le emancipaba el comprador. De nuevo en poder de su padre, el hijo era vendido por tercera vez, Ya entonces el comprador le conservaba.

Era el momento en que el quería adoptar al hijo aparentaba reclamarle como hijo suyo. El comprador manifestaba reconocer justa la reclamación. El magistrado declaraba que el niño era hijo del que le adoptaba.

El hijo adoptado tenía en lo sucesivo los mismos deberes y los mismos derechos que si fuera hijo verdadero. Tomaba el nombre de su padre adoptivo, añadiendo a él el de su primera familia.

Así Escipión, el destructor de Cártago, hijo de un Emilíus (Pablo, el vencedor de Perseo), fue adoptado por un Cornelius y se llamó P. Cornelius Sciplo AEmilianus.

LA PARENTELA
En este sistema sólo se contaban los varones, pues la mujer, al casarse, había entrado en la familia de su marido y salido de la suya. No podía, por tanto, cumplir los deberes fúnebres con sus antepasados, no tenía otro culto que el de la familia de su marido.

Los romanos admitían que pudiera haber parentesco por las mujeres (cognatus), pero era preciso ser pariente por los varones (agnatus) para tener derecho a heredar.

Había también varones que se consideraban descendientes de un mismo antepasado porque llevaban el mismo nombre, aun cuando no les fuera posible probar su parentesco.

Todo ciudadano llevaba el nombre de su gens, con el suyo personal (praenomen), por ejemplo, Caius Marius o Publius Cornelius Scipio.

El conjunto de aquellos descendientes, verdaderos o supuestos, se llamaba gens.

Los miembros de una misma gens, llamados gentiles, ten ían derecho los unos sobre los otros. Si un individuo moría sin tener ningún agnatus, el más cercano gentilis heredaba, aun cuando hubiera un cognatus muy próximo, tal como un tío materno.

LA PROPIEDAD
No admitían los romanos que cualquier hombre pudiera ser propietario ni que todas las cosas pudieran constituir una propiedad. Sólo el ciudadano romano podía ser «propietario según el derecho romano» (dominus ex jure Quirítium), como se decía, y solamente de ciertos objetos llamados res mancipi, es decir, «objetos de apropiación».

Se trataba de las tierras en territorio italiano, de los esclavos y de los animales que se doman por el cuello o por los lomos, tales como los bueyes, las muías y los asnos.

No había propiedad completa respecto a las demás cosas, ni para el ganado menor, carneros, cerdos, cabras, ni para los elefantes y camellos, probablemente porque los romanos de los primeros siglos no los habían conocido.

De las tierras de las provincias conquistadas por los romanos no había legalmente más que un solo propietario: Roma, más tarde el emperador.

El jurisconsulto Gayo decía: «Sobre el suelo de las provincias, César sólo tiene la propiedad, nosotros no tenemos más que la posesión».

Pero todas estas cosas sobre las cuales no podía haber propiedad romana era posible poseerlas (posslderes) y los romanos admitieron muy pronto que el poseedor (possessor) tenía exactamente los mismos derechos que el propietario (dominus).

Su poder se definía: «El de usar y de abusar» (jus utendl et abutendi) es decir, de gozar de la cosa y de destruirla a su antojo.

No se podía adquirir la propiedad romana (dominium) sino por ciertos procedimientos definidos: sentencia pronunciada por un magistrado (addictio), posesión prolongada durante un año (usucapio), o venta en forma legal.

Para vender una tierra, un esclavo o un animal no bastaba que el vendedor y el comprador estuvieran de acuerdo, sino que era preciso que cinco ciudadanos romanos, por lo menos, hubieran de asistir como testigos. Otro ciudadano, el porta-balanza (libripens) aparecía con un peso.

El comprador, poniendo la mano sobre lo que compraba, un esclavo, por ejemplo, decía: «Declaro que este hombre es mío por el derecho de los romanos, y sea comprado por mí con este bronce y esta balanza de cobre».

Luego tomaba un lingote de cobre y golpeaba con él la balanza sostenida por el porta-balanza; hecho lo cual entregaba el lingote al vendedor. Esta ceremonia se remonta a una época en que los romanos no tenían aún moneda y en que se pagaba con un lingote de metal.

Se podía también comprar empleando una ficción. El comprador y el vendedor aparentaban tener un pleito pendiente y acudían ante el magistrado. El comprador, con el objeto en la mano, declaraba que era suyo.

El vendedor, aparentando reconocer su derecho, no respondía nada y el magistrado declaraba el objeto adjudicado al comprador.

Se empleó luego un procedimiento más cómodo y que podía aplicarse a todas las cosas, la traditio (entrega). El vendedor entregaba la cosa, el adquirente la tomaba y entonces venía a ser, no propietario, sino poseedor de ella.

Fuente Consultada: La Consultora Tomo 7 – El Derecho Romano

La filosofia en Roma Antigua Imperio Romano de Occidente

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Una política tan agitada como fue la romana, forzosamente tuvo que dar origen a grandes oradores públicos que pudieron hacer sus primeras armas en el Senado y en el foro. Catón, Escipión el Africano, y los Gracos alcanzaron fama en la época anterior al nacimiento de Cristo, pero ninguno de ellos tuvo el renombre de Marco Tulio Cicerón (107-43), escritor, soldado, político y orador, una de las figuras más preclaras de la Roma anterior al Imperio.

Había nacido el año 107 a. J. C., y mientras ejerció el cargo de cónsul atacó duramente a Catilina, que pretendía rebelarse, en sus famosas Catilinarias. Del mismo modo fustigó a Marco Antonio en sus Filípicas, ya que Cicerón era enemigo del triunviro Marco Antonio.

Marco tulio Cicerón

Entre sus escritos didácticos destacan De la vejez, La República y numerosas epístolas. En el Siglo de Oro de la literatura latina aparecieron notables historiadores, como Julio César, que relató la Guerra de las Galias de la que fue protagonista y que no siempre transcribió con imparcialidad. En el siglo anterior a nuestra Era, Tito Livio (58-17 a.C.) escribió una Historia de Roma que consta de 142 libros, de estilo muy depurado y más imparcial que las obras de César.

A partir del siglo I de nuestra Era se inicia la decadencia romana, pero aún surgen figuras extraordinarias, entre las cuales no es posible olvidar a un español, el cordobés Séneca (4-65) que había sido maestro de Nerón y a quien éste obligó a cortarse las venas el año 65. Fue un filósofo estoico y un hombre recto y noble. Escribió De la ira y Epístolas a Lucilio.

Fruto de la época fue la aparición de numerosos escritores satíricos, entre los cuales los más conocidos quizá sean el español Marcial (40-102), autor de Epigramas, y el romano Juvenal (54-138).

Otro español notable fue Quintiliano (35-95), considerado como uno de los primeros escritores de Pedagogía y autor de uno de los primeros libros de Educación: Instituciones Oratorias.

Tácito y Suetonio fueron importantes historiadores, mientras los dos Plinios, Columela y Pomponio Mela, se dedicaron a la literatura didáctica.

En todos los pueblos la novela es el último género que suele aparecer, mientras que el primero es casi siempre la poesía épica.

Lo mismo ocurrió en Roma. En tiempo de Nerón, Petronio escribió una narración cuyo título es El satiricón, de la que sólo se conservan algunos fragmentos. Más divulgada es la novela El asno de oro, de Apuleyo. En ella se relata la aventura de Lucio, convertido en asno al querer imitar a una bruja que por arte de encantamiento se transformó en pájaro. Es una obra satírica.

Los financista romanos Historia y vida de los romanos Imperio Romano

Los Financista Romanos Historia y Vida de los Romanos Imperio Romano

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El elevado coste de las empresas militares llevó a la República a solicitar ayuda a la iniciativa privada. Serán los publicanos quienes presten la ayuda necesaria al Estado en estos momentos de necesidad. Estos publicanos eran una institución de origen helenístico que tenían arrendado un servicio comunitario (publicum) que podía tratarse desde la adjudicación de contratas de obras públicas al cobro de algún impuesto.

En unos momentos de expansión como vive Roma durante los siglos III y II a.C. las regiones y provincias que eran conquistadas debían pagar un impuesto que una vez delimitada su cuantía, se sacaba a pública subasta.

El Estado cobraba de manera anticipada la cantidad estipulada y los adjudicatarios tenían que recaudar directamente los tributos.

En numerosas ocasiones existían asociaciones de publicanos para pujar por el arrendamiento fiscal de un lugar determinado. Esas sociedades tenían sus estatutos y estaban dirigidas por un magister que tenía su residencia en Roma, donde trataba directamente con los funcionarios públicos. De esta manera el Estado contaba por adelantado con el dinero durante un período de cinco años y se ahorraba un buen pellizco en sueldos.

El riesgo que corrían los publicanos era muy alto por lo que el Estado protegía con mimo a estos suministradores de dinero. Sin embargo, cuando el negocio resultaba fructífero, los beneficios eran tremendamente elevados. Este sistema de recaudación fiscal plantea numerosos defectos siendo las corrupción el más corriente.

No olvidemos que los publicanos tenían la protección de los magistrados, quienes debían proteger incluso militarmente a los recaudadores si fuera necesario. El Senado no podía permitir que sus sostenes materiales dejaran de percibir beneficios.

En la provincia de Asia los publicanos se embolsaban unos diez millones de denarios al año por los peajes de mercancías, la misma cantidad que recibía el Estado. En numerosas ocasiones los propios publicanos prestaban el dinero necesario a los contribuyentes insolventes, recibiendo un elevado interés por el crédito. En otras ocasiones cobraban varias veces el tributo o exigían diez veces la cantidad prevista. La usura alcanzaba límites insospechados -a veces hasta del 4 % mensual- por lo que Sila tuvo que establecer un tope del 12 % de interés anual.

Estas corruptelas contaban en buen medida con el apoyo de algún magistrado. Sin embargo, conocemos más de un proceso por corrupción como el de Verres, Sereno o Bebio Massa, siendo las penas muy leves en relación con los hechos imputados. Será en época imperial cuando las quejas de las provincias surjan efecto, estableciéndose un cierto control estatal. Se recuperará la figura del publicano como figura aislada, huyendo de grandes sociedades, con el fin de evitar la consolidación de potentes fortunas que se conviertan en ámbitos de poder.

Los procuradores controlaban la gestión de estos recaudadores lo que benefició a los contribuyentes. En la crisis del siglo III será el Estado quien recaude directamente los impuestos. Nadie quiere arrendar el cobro de tributos, ya que no hay de donde recaudar, ni participar del transporte de tropas o víveres al asegurar con su propio dinero lo transportado. Paradójicamente, la actividad que mayores fortunas creó en época republicana en los últimos momentos del Imperio no era desempeñada por nadie.

Los comerciantes en Roma Antigua Financistas y el costo de vida

Los comerciantes en Roma Antigua
Financistas y el costo de vida

la vida cotidiana en roma antigua

En las calles y plazas de Roma  se apiñaba una colorida y bulliciosa multitud de tiendas: panaderías, carnicerías, pollerías, pescaderías, tabernas, barberías, librerías, perfumerías, mueblerías, herrerías, zapaterías y muchas más. Algunas eran prósperas, pero la mayoría eran chozas abarrotadas y mal iluminadas, tan desvencijadas que se ladeaban hacia las viviendas o que se desparramaban hacia callejones y mercados.

Se colocaban pintorescos cartelones para atraer la atención del público, y frecuentemente se exhibían las mercancías en las aceras, que se hacían casi intransitables por los vendedores que caminaban pregonando sus productos.

La congestión llegó a ser tan grave que el emperador Domiciano prohibió los puestos callejeros, forzando a los vendedores y tenderos a regresar a sus locales.

Buena parte de la actividad comercial era realizada por los mismos productores. Los excedentes agrarios eran llevados a la ciudad por el campesino que adquiría -o cambiaba- en los talleres los productos necesarios.

El propio Estado era el encargado de llevar a los campamentos militares todo lo necesario para su manutención. Pero a pesar de estas limitaciones ya existía la figura del intermediario, dedicándose a las actividades comerciales un buen puñado de romanos e itálicos.

El comercio se realizaba preferentemente por vía marítima -más rápido y más barato- siendo hombres libres los propietarios de los barcos, habitualmente organizados en sociedades mercantiles. Para evitar desplazamientos continuos, el armador solía delegar cierta responsabilidad en un esclavo de su confianza que representaba jurídicamente al comerciante.

Los grandes emporios comerciales del Imperio eran las principales ciudades – Roma, Alejandría, Marsella, Antioquía- y en ellas podíamos encontrar expertos de diferentes orígenes -judíos, hispanos, sirios-. La manera de conseguir una fortuna con mayor facilidad era dedicarse al comercio.

comercio en roma antigua

En Roma, el gran Foro era el principal centro comercial, con un enorme conjunto de locales, mercados y lugares de reunión. Los cambistas tenían sus negocios en este sitio, y hacían destellar, sonar y bailar sus pilas de monedas para atraer a la clientela. Se podían obtener pingües ganancias con los préstamos, aunque los romanos de la alta sociedad lo consideraban un negocio despreciable, al igual que toda otra forma de comercio: «Ningún caballero puede ser prestamista», escribió el estadista conservador Catón.

Sin embargo, incluso los aristócratas sucumbían al encanto de las ganancias fáciles. El objetivo era pedir prestado con intereses bajos y prestar con intereses altos. Para combatir la especulación, en tiempos imperiales se decretó una tasa legal de interés de 12% anual. Gozaba de más respetabilidad el ser propietario de tierras, y esto convirtió en multimillonarios a muchos ciudadanos. Se cuenta que el acaudalado político Marco Craso dijo que un hombre no podía considerarse rico a menos que pudiera pagar, de su propio ingreso, la manutención de una legión (unos 6,000 hombres).

Los bancos prosperaban en la capital, en tanto que los pobres guardaban sus magros ahorros en alcancías de barro. La unidad monetaria básica era una moneda de cobre llamada os; un sestercio valía dos ases y medio, y un denario de plata, 4 sestercios o 10 ases. Un soldado común recibía como sueldo 225 denarios anuales; un saco de trigo pequeño costaba medio denario.

Uno de los comercios más prósperos era el del aceite de oliva. No sólo se usaba para cocinar, sino también para lámparas y como sustituto de jabón para el baño. Diario se compraban y vendían colosales cantidades de aceite: en el año 300 a.C., había 2,300 vendedores tan sólo en Roma.

Las alfarerías producían millones de vasijas de vino y aceite, y también se produjeron en masa recipientes de vidrio, una vez que se introdujo la técnica de soplado, posiblemente por vidrieros sirios inmigrantes durante el siglo I d.C.

LA TIENDA DE «TONSURA»
«Todas estas cicatrices que podéis contar sobre mi mentón, tantas como las de un viejo luchador, me las hizo el barbero con su hierro y su infame mano. Sólo el chivo, entre todos los seres vivientes, es inteligente: porque se deja la barba y escapa al carnicero». Así exclamaba Marcial, un chispeante escritor hispano-romano, a propósito de los «tonsores» (peluqueros) de su tiempo.

Sus palabras no son precisamente un cumplido, pero es de creer que se ajustan un poco a la realidad: basta pensar en cuan rudimentarias eran las herramientas que los pobres peluqueros empleaban.

Las tijeras, de hierro, no tenían ni el perno que une las dos hojas ni los aros en los que se introducen los dedos: cabe imaginar que cortarían más a la buena suerte que a la voluntad del peluquero. Los rasuradores eran también de hierro y, aunque se afilaban cuidadosamente sobre una piedra especial, que se importaba de España, con seguridad no tenían el «filo» de las modernas navajas de acero. Se han encontrado muy pocos rasuradores romanos; como eran de hierro, la herrumbre los destruyó. En cambio, se encontraron muchos rasuradores etruscos y de otras poblaciones más antiguas, que estaban confeccionados con bronce.

Parece ser que los primeros peluqueros llegados a Roma fueron sicilianos. Sus peluquerías comenzaron a difundirse hacia el siglo ni a. C. Hasta entonces, los romanos se dejaban crecer libremente los cabellos, la barba y los bigotes. Poco a poco la moda de afeitarse y de tener cortos los cabellos se fue afirmando y, hacia el siglo II de nuestra era, la práctica era habitual en toda la población.

Las tiendas de peluqueros proliferaron; las más famosas estaban emplazadas al aire libre, en el cruce de las arterias. Así, pues, las condiciones en que el artesano ejecutaba su delicado trabajo, en medio del tumulto de la vía pública, no eran, precisamente, los más adecuados. Alrededor de la tienda estaban los escaños para los clientes que esperaban su turno. El «paciente» estaba en medio de la tienda. Sin la menor jabonadura, ni ungüento que ablandara el pelo, comenzaba la afeitada. Lo más que se hacía era humedecer la cara con un poco de agua fría.

Al margen de estos inconvenientes, concurrir a la tienda del tonsor no resultaba muy desagradable: allí, reunidos en círculo, estaban los hombres dispuestos para las más animadas tertulias: se hablaba de las últimas elecciones consulares, o de las victorias de un «auriga» (conductor de bigas) en el circo, o algún legionario narraba sus aventuras.

Y, como muchas veces el peluquero intervenía en las discusiones, los cortes de cabello y el rasurado de barba se prolongaban largo tiempo: «Mientras el peluquero corta el cabello a su cliente, a éste le vuelve a crecer de nuevo la barba…», dice al respecto el agudo Marcial.

Fuente Consultada:
Wikipedia –
Enciclopedia Estudiantil Tomo IV CODEX