Consejo de Indias

Biografia de Ignacio Alvarez Thomas Historia Política y Militar

Biografia del General  Ignacio Alvarez Thomas
Historia Política y Militar

Nació en la ciudad de Arequipa, el 15 de febrero de 1787, época en la que gobernaba allí su padre, el brigadier don Antonio Alvarez y Ximénez, natural de Vigo; siendo su madre doña Isabel Thomas y Ranzé, de origen francés, nacida en Barcelona y fallecida en 1824, en Madrid, mientras que su esposo murió en Lima, en 1812 .

Alvarez Thomas de 7 a 8 años de edad ya había sentado plaza como cadete en el cuerpo de artilleros Milicianos de Lima. Teniendo su padre que regresar s España, vióse obligado a detenerse en Buenos Aire, a consecuencia de la guerra que por enlonces sostenía aquel país con Inglaterra, guerra que hacía sumamente expuesta la navegación de los buques españoles.

Merced a sus relaciones y a su elevada jerarquía militar, el brigadier Alvarez consiguió que su hijo fuese designado subteniente de bandera del Regimiento Fijo de Infantería de Buenos Aires, el 7 de enero de 1 799, no cumplidos aún los doce años.

En 1803, regresando su padre para ir a ocupar el mando militar y político de las islas de Chiloé, Alvarez tuvo que quedar separado de su familia, pero ésta había obtenido que fuera admitido en la secretaría del Virrey.

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En 1806, cuando se esperaba el desembarco de los ingleses, fue nombrado ayudante de órdenes del coronel Gutiérrez, que con una división de caballería observaba la dirección de la escuadra enemiga sobre la costa de la Ensenada de Barragán. Al ocupar el general Beresford la ciudad, Alvarez Thomas perteneció al grupo de oficiales veteranos que se retiró con Sobremonte al Monte de Castro, primero, y a Córdoba después.

En esta ciudad, el Virrey organizó una gran fuerza de caballería, armada con malas lanzas y muy pocas armas de fuego, con la que se puso en marcha para reconquistar la Capital: al llegar a San Nicolás supo la recuperación de la misma por las fuerzas confiadas a Liniers en Montevideo. Sobremonte debió retirarse por haber decaído completamente su autoridad; pero Alvarez se ocupó su puesto en la secretaría del Virrey.

Reiniciadas las hostilidades por los británicos a comienzos de 1807, pidió que se le permitiera reincorporarse a su regimiento, y con él se halló en la acción que tuvo lugar en la playa del Buceo, en que desembarcó el ejército de Auchmuty para poner sitio a Montevideo; en la desastrosa salida del 20 de enero, en que Alvarez corrió los más graves riesgos, y en todos los trabajos de sitio y bombardeo hasta el asalto llevado a cabo por los sitiadores en la madrugada del 3 de febrero en que recibió una bala de fusil en el hombro derecho y seguidamente, 10 heridas de bayoneta en todo el cuerpo, quedando como muerto al pie de la banqueta que ocupaba su regimiento, que fue extinguido en su mayor parte.

Colocado en el hospital de sangre como prisionero de guerra, el estado de sus heridas no permitió su traslado a Inglaterra; y fue puesto en libertad a consecuencia de la capitulación de Whitelocke, en julio del mismo año.

Por tan honroso comportamiento, el Virrey Liniers le extendió despachos de teniente del Cuerpo de Voluntarios del Río de la Plata, con fecha 29 de julio de 1807: y el 22 de octubre del mismo año era promovido a capitán del Batallón de Granaderos de Liniers, cuerpo de solo cuatro compañías de preferencia, brillante por su disciplina y uniforme.

Se halló en el movimiento del 10 de enero de 1809 encabezado por Alzaga y otros europeos de importancia, en sostén de la autoridad legal: y por su actuación, Liniers le extendió despachos de teniente coronel graduado, el 21 de julio del mismo año. Reemplazado éste por Cisneros, el nuevo Virrey continuó manteniendo el Batallón de Granaderos acuartelado en el Fuerte, lugar de su palacio y tratando a Alvarez con la misma distinción que sus antecesores.

Acató y cooperó al movimiento emancipador del 25 de mayo de 1810 y el gobierno patriota le confirió el 4 de julio del mismo año, la efectividad de teniente coronel del Regimiento Nº 4 de Infantería, de reciente creación (antiguos batallones de andaluces y montañeses), que en seguida quedó a su cargo por la separación del coronel.

Al año siguiente aquel cuerpo fue refundido en el N9 3, siendo designado el teniente coronel Alvarez, el 27 de noviembre de 1811, secretario 2º Ayudante del E. M. del Ejército de estas provincias, con cuyo cargo hizo la segunda campaña sitiadora de Montevideo, marchando por Santa Fe y Entre Ríos hasta delante de la plaza. De allí regresó a Buenos Aires en los primeros meses de 1813, a causa de las desinteligencias entre Sarratea y Artigas. Se reintegró en sus funciones en el Estado Mayor.

Desempeñó la gobernación-intendencia de Santa Fe desde el 25 de febrero de 1814 hasta abril del mismo año, tiempo que le fue suficiente a Alvarez Thomas para quebrar la maléfica influencia de Artigas, con su sistema federal de montoneras, que empezaban a levantarse encabezadas por don José Eusebio Hereñú, en Entre Ríos, primero, y en Santa Fe, después. Alvarez Thomas se granjeó allí de algunas amistades que le fueron de utilidad posteriormente, cuando desempeñó la Dirección Suprema.

De Santa Fe marchó nuevamente a incorporarse al ejército sitiador de Montevideo, en cuya rendición se halló el 23 de junio de 1814, mereciendo por esta circunstancia que se le promoviera a coronel efectivo del Ejército con fecha 24 de julio de igual año, así como también la medalla de oro discernida por el Director Supremo Posadas con el lema: «LA PATRIA A LOS LIBERTADORES DE MONTEVIDEO» y el honroso dictado de «Benemérito de la Patria en Grado Heroico y Eminente«.

Rehusó la mayoría de la plaza con que se le brindaba; pero a fines del mismo año se hizo cargo del gobierno de la misma, por haber salido a campaña el propietario, general Soler, que desempeñó hasta 1815, en que por la discordia de Artigas debió regresar a Buenos Aires.

En seguida se le despachó a tomar el mando de una división de 400 hombres, que se encaminaba a reforzar la guarnición del Paraná, amenazada por la anarquía de Entre Ríos. En aquella época el descrédito de la autoridad del Director Alvear era casi general, y era desconocida por el Ejército del Norte. Marchando el coronel Alvarez Thomas con la división, encontró en el territorio de Santa Fe al general Díaz Vélez que, con un grupo de oficiales había evacuado aquella ciudad, que quedaba en poder de las tropas de Artigas.

Tal circunstancia obligó a Alvarez a retrogradar a Fontezuelas para esperar órdenes: fue entonces cuando los oficiales le representaron el tamaño de los males que afligían al país y los riesgos que corría la provincia de Buenos Aires de caer en manos de Artigas, y le confiaron la dirección del movimiento que debía derrocar la autoridad aborrecida de Alvear .

Cediendo al convencimiento de su propia conciencia, el coronel Alvarez Thomas tomó la responsabilidad de la empresa, y en consecuencia se expidieron órdenes para la reunión de las milicias de la campaña; lanzando, igualmente, un manifiesto desconociendo la autoridad del Director; pasando una circular a las provincias interiores y una interpelación a Artigas para que sus fuerzas no penetrasen en la provincia que iba a reivindicar sus derechos.

El movimiento iniciado el 2 de abril de 1815, tuvo el más completo éxito y en pocos días la división se encontraba robustecida con más de 2000 hombres de los cuerpos de línea, que llegando sucesivamente al cuartel general, tomaban parte en la revolución, después de separar a los jefes y oficiales que no inspiraban confianza. Fue su eficaz colaborador en el movimiento el coronel Eusebio Valdenegro.

Puesto en marcha el ejército en dirección a Lujan, Alvarez Thomas envió al Director Alvear para que depusiese el mando supremo por obsequio a la paz pública. Al llegar a la Villa mencionada, se encontró con un diputado de la Soberana Asamblea, comisionado para arreglar una suspensión de hostilidades mientras se ajustaban las diferencias pendientes; negociación que fue interrumpida con la novedad de que en la Capital se había producido un movimiento popular, protegido por el Cabildo, que colocaba al general Alvear, situado con su ejército en la costa de los Olivos, en la confusión más espantosa.

No encontró alternativa mejor en tan delicada posición, que abandonar el poder y refugiarse en un buque de guerra inglés.

Es sabido que en este movimiento subversivo Alvarez Thomas no pudo reprimir algunas irregularidades cometidas por los hombres más exaltados que le acompañaron en la empresa.

El 16 de abril el Director había renunciado al mando, e inmediatamente el Cabildo eligió Supremo Jefe del Estado al general Rondeau y su suplente al «virtuoso coronel don Ignacio Alvarez». (Manifiesto del Cabildo). Reasumiendo el gobierno provisoriamente el Cabildo, este nombró a Alvarez general en jefe del ejército de la Capital, enviándole despachos de coronel mayor extendidos con fecha 24 de abril de 1815, y votando al mismo tiempo una espada de honor con las inscripciones que recordaban los servicios rendidos a la causa de la libertad. La entrega de esta última, mandada a construir en Inglaterra, no tuvo efecto por falta de los fondos necesarios .

Por la circunstancia de hallarse el general Rondeau ejerciendo el mando en jefe del Ejército del Norte, Alvarez Thomas ocupó la Dirección Suprema el 6 de mayo. Pocos días después procedió con una energía que lo enaltece en extremo: como una consecuencia muy común de los movimientos subversivos en que toman parte fuerzas armadas, pronto vio Alvarez las pretensiones imposibles de satisfacer de una gran parte de los jefes y oficiales que le habían acompañado en la empresa, y no encontró mejor solución que arrestarlos en la noche del 24 de mayo, despachándolos en seguida a los ejércitos del Norte y de los Andes, a excepción del coronel Valdenegro, a quien conservándole empleo y sueldo, lo relegó a Patagones, por ser el más peligroso de todos.

Se apresuró a remitir refuerzos al Ejército del Norte, enviando una división de cerca de 1200 hombres a las órdenes del general French, que se incorporó a aquel después del desastre de Sipe-Sipe.

Tocóle a su gobierno la honra de convocar el Congreso Nacional Constituyente, que reunido en Tucumán, debía declarar la independencia de las Provincias Unidas. El 13 de abril de 1816 recibió Alvarez Thomas la comunicación de haberse instalado aquella corporación el día 24 de Marzo, y el 15 a las 10 de la mañana prestó juramento de reconocimiento a dicho cuerpo soberano ante las autoridades civiles, militares y políticas, en la Casa Consistorial, después de lo cual pasaron a la Fortaleza, donde se repitió el juramento .

Pero la indisciplina se abría camino en todas partes y el 16 de abril, después de la misa en acción de gracias por la feliz inauguración del Congreso, llegaban las noticias del desorden sangriento que ocurría en Santa Fe: el pronunciamiento del coronel Mariano Vera, que obligó a capitular al general Viamonte con el ejército porteño que había enviado Alvarez Thomas para apoyar a los cantaleemos contra Artigas, y también para protegerlos de las invasiones de los indios.

Las fuerzas de Buenos Aires destacadas en San Nicolás al mando de Eustaquio Díaz Vélez, no pudieron aproximarse a Santa Fe en defensa de Viamonte, y conocida la derrota de éste, dio Alvarez Thomas el mando de aquellas al general Belgrano, temeroso que Artigas vadease el Paraná y llegaran a convulsionar la campaña de Santa Fe. Belgrano trató de llegar a un acuerdo pacífico con los vencedores de Santa Fe. y  al efecto, comisionó a Díaz Vélez, quien el 9 de abril celebró con Cosme Maciel, representante santafecino, un convenio en Santo Tomé, en el que fijó:

1º Separar  a Belgrano del mando del ejército y nombraríase por sucesor a Díaz Vélez.

2° Retiro de las tropas de Buenos Aires y deposición del Director Supremo.

Este convenio fue ratificado por las fuerzas porteñas el día 11 .

En conocimiento de estas circunstancias, Alvarez Thomas dirigía el mismo 16 de abril su renuncia al Cabildo que, aceptada, se procedió inmediatamente a la elección del sucesor, lo que realizó la junta de Observación y el Cabildo, recayendo en la persona del general Antonio González Balcarce.  Alvarez Thomas se retiró a su casa, donde recibió los testimonios más lisonjeros de aprecio y estima de la parte más sensata y distinguida de la Capital.

Pocos meses después se le nombró Presidente del Tribunal Militar, y en seguida, vocal de la Comisión de Guerra encargada de proponer las medidas de defensa, arreglo del ejército en sus diferentes ramos, y que cerró sus trabajos en 1817 con la publicación de las tácticas para la infantería y caballería, que estuvieron en uso por largos años.

Reorganizado en 1818 el E. M. G.. fue colocado en la clase de 1er. ayudante comandante general afecto a la infantería, tarea laboriosa que desempeñó hasta comienzos del año siguiente, en que fue designado Jefe del E. M. del ejército de Observación sobre Santa Fe, que acababa de ponerse a las órdenes del general Viamonte.

La aproximación del Ejército del Norte al mando de Belgrano facilitaron la entrada en negociaciones con los montoneros. El general Alvarez Thomas recibió instrucciones del último para ajustar el armisticio, consiguiendo la suspensión de las hostilidades y formalizado el convenio en San Lorenzo, el 5 de abril de 1819, fue ratificado el día 12 por Belgrano y Estanislao López; habiendo actuado como representante porteño el general Alvarez y como santafecino, el comandante don Agustín Urtubey.

Retirado el ejército, Alvarez quedó en San Nicolás con 700 hombres, y autorizado por el gobierno para concluir con los diputados de López y Ramírez el tratado definitivo de reconciliación. Pero los meses pasaban y no se producía el ajuste definitivo y entonces Alvarez solicitó volver a su puesto en el E. M. G., reemplazándolo el general Martín Rodríguez en el mando de aquella fuerza.

Envuelto en las intrigas y persecuciones del año 1820, el gobernador Sarratea lo hizo poner en prisión, siendo puesto en libertad por su sucesor Ramos Mejía, a los 19 días de detención. Poco después el gobernador Dorrego lo llevó a su lado so pretexto de servirle en la Secretaría General; se le incorporó en Areco, en los momentos en que su división había sido dispersada en Pavón por Estanislao López. Por insinuación del propio Alvarez, Dorrego le confió el mando de la guarnición de San Nicolás, donde permaneció hasta los sucesos de Octubre, y restablecido Rodríguez en el gobierno de la provincia, Alvarez fue llamado a la Capital.

El 4 de diciembre de 1820 fue nombrado Ministro de Guerra interino. En 1821 ocupó un asiento en la Legislatura, como representante de la sección de San Nicolás, Baradero y San Pedro; sin abandonar sus funciones militares, cuando el gobernador Rodríguez lo nombró el 13 de enero de 1823, Inspector y Comandante General de Armas; no obstante haber obtenido su reforma militar en el curso del año 1822 .

Cuando hubo de estallar el movimiento subversivo contra el gobernador Rodríguez en la noche del 19 de marzo de 1823, Alvarez Thomas, en unión de los generales Viamonte. Las Heras y otros, contribuyó a hacerlo fracasar.

El 3 de octubre de 1824 fue enviado en misión extraordinaria al Perú, con el objeto de estrechar relaciones con aquel Estado: emprendió viaje en el mes de Diciembre, por la vía de la Cordillera, llevando consigo a su hijo mayor Ignacio. En el viaje se enteró del triunfo definitivo de Ayacucho. De Valparaíso pasó al puerto de Chorrillos por estar aún en poder de los realistas el del Callao. Llegó a Lima pocos días después de haber partido para el Alto Perú el general Bolívar.

Su misión tuvo un éxito muy relativo, mereciendo en el tiempo que ella duró, que fue solo de 11 meses, la distinción de ser incorporado como miembro honorario al Colegio de Abogados de Lima. Muchas gentes le ofrecieron ventajas positivas, una vez concluida su misión diplomática, para que se estableciera en el Perú, su país de origen, pero Alvarez Thomas las rechazó de plano.

En marzo de 1826 se embarcó para Valparaíso; el 2 de abril, después de haber sido acojido afectuosamente por la mejor sociedad de Santiago, el Presidente de la República general Ramón Freiré, lo obsequió con un banquete al cual asistió lo más selecto de las instituciones armadas, cónsules, ministros, etc.

En Chile contrató algunos buques de guerra que eran innecesarios para aquel país; pero de una fragata de 44 cañones y dos corbetas que compró y armó, solo llegó a la República Argentina la más pequeña perdiéndose la primera en el Cabo de Hornos. La corbeta, con grandes averías, debió regresar a Valparaíso, donde fue desmantelada. Conforme a las instrucciones del Presidente Rivadavia, ajustó con el Ministro de Relaciones Exteriores, señor Gandarillas, un tratado de amistad y comercio entre ambos países; el cual nunca se ratificó por el cambio de gobierno que se operó en Buenos Aires y disolución del Congreso General.

En febrero de 1827 se puso en viaje de regreso para esta Capital, a la que llegó después de 28 meses de ausencia; siendo aprobada oficialmente su conducta. Al poco tiempo se produjo la resignación del ilustre Rivadavia del mando supremo, y apercibido el general Alvarez del cambio radical que iba a operarse en los hombres que debían figurar en la escena política, se apresuró a obtener su retiro militar, pues en 1822 se le había ajustado el importe de su reforma, pero no la había cobrado: entonces le correspondían 31.000 y pico de pesos en fondos públicos al 6 %; pero a causa de la desvalorización de la moneda sólo llegó a reunir poco más de 8.000 pesos efectivos, mientras que en la época de su reforma hubiera cobrado de 25 a 26.000, pues los referidos fondos tenían un valor de 80 a 85 %.

Desde el 27 de marzo de 182 7 hasta el 1º de julio de igual año, revistó en la P. M. siendo en esta última fecha en la que pasó a la situación de reformado.

Fue adversario decidido del gobernador Dorrego, a cayo derrocamiento contribuyó sin reparos, formando parte de los que aconsejaron al general Lavalle aplicara la pena capital a aquel. El 3 de diciembre de 1828 fue designado por el nuevo gobernador, Inspector General de Armas; empleo que aceptó temporariamente y del cual se le exhoneraría tan pronto como cesase la premura de las circunstancias, y que abandonó cuando el general Paz se encaminó a Córdoba con la división del ejército que se le había confiado.

El 29 de marzo de 1829 fue nombrado jefe del Cuerpo de «Reserva de Patricios» y poco después, cuando fue necesario encarar la organización de la defensa de la Capital, Alvarez Thomas recibió el mando en jefe del acantonamiento del Retiro, en que sirvió hasta que por la Convención de Cañuelas, ajustada el 24 de junio, se desarmó la ciudad.

Consolidado el nuevo estado de cosas, el 19 de noviembre de 1829, el general Alvarez Thomas se embarcó para Soriano, en el Estado Oriental, en compañía de los generales Martín Rodríguez y Fernández de la Cruz. Allí, el glorioso Almirante Brown amigo y compadre de Alvarez, salvó a este y su familia de la mendicidad por un acto de generosidad sin ejemplo; ofreció a la esposa de aquél los campos y posesiones de que era dueño en la Colonia y sus inmediaciones, donación que legalizó por el término de 10 años. El 8 de septiembre de 1831 el general Alvarez tuvo el placer inefable de tener a toda su familia reunida después de estar dos años alejado de la misma.

La revolución de Rivera en 1836 alteró aquella vida apacible: el 16 de septiembre un oficial de Oribe, Gregorio Dañabeitea, con una fuerza armada, lo arrancó del seno de su familia, habiéndose apoderado antes de todos sus papeles. En la Colonia lo reunieron al doctor Salvador María del Carril y a don Luis J. de la Peña, que en Villa Mercedes habían sufrido análogo tratamiento.

Por tierra fueron conducidos a Montevideo donde los alojaron en la cárcel pública la noche de la llegada. Merced a los amistosos oficios de don José Miguel Neves, fueron puestos en libertad al día siguiente bajo la garantía del último y con la condición expresa de que en el plazo de 1 5 días saliesen cabos afuera del Río de la Plata.

Se trasladó a Río de Janeiro donde no dejó de sufrir molestias por parte de los sicarios de la dictadura; pero cuando se recibió la noticia del triunfo de Rivera en los Potreros de Yucutujá, el 22 de octubre de 1837, Alvarez Thomas se trasladó a Santa Catalina (capital Nossa Senhora do Desterro), donde residían numerosos compatriotas, a los que se reunió a comienzos de 1838. La victoria de Rivera en el Palmar, el 15 de junio de aquel año, les abrió la entrada en Montevideo.

Después de ofrecer sus servicios al general vencedor en aquella Capital, los que fueron aceptados previo aviso de Rivera, Alvarez Thomas se trasladó a la Colonia, a donde llegó el 8 de enero de 1 839, después de un viaje molesto de 5 días, el último de los cuales, un rayo o centella despedazó el palo de popa de la embarcación en que se trasladaron. Allí encontró a su familia sumida en una pobreza indescriptible.La cruzada libertadora de Lavalle le llevó a su hijo Eduardo de 1 8 y medio años de edad el que tuvo un comportamiento dignísimo en el combate del Yeruá.

Perdió la vida el ] 6 de julio de 1 840 en el Sauce Grande, combatiendo contra Echagüe, y su cadáver fue sepultado por sus compañeros de armas en la Isla frente a Punta Gorda (Diamante) . También el hijo mayor Ignacio se incorporó a las legiones libertadoras, y con el grado de capitán murió gloriosamente en el combate de Monte Grande o Famaillá, el 19 de septiembre de 1841 .

Cuando el triunfo de Oribe en Arroyo Grande hizo peligrosa su presencia en la Colonia, el general Alvarez Thomas se trasladó a Montevideo, entre cuyos defensores se contó, nombrado por el ilustre general Paz, en 1 843. Presidente del Tribunal Militar. En los comienzos de 1847 se trasladó a Chile por la vía del Cabo de Hornos, país aquel donde solo estuvo de paso, y donde fue visitado por todos los principales emigrados argentinos.

Aún se hallaba en Santiago, en enero de 1850. De allí pasó a Lima, donde el buen nombre dejado y las muchas relaciones, del tiempo cuando desempeñó su misión diplomática, y también la influencia de un hermano altamente ubicado, consiguieron que el Congreso le asignase una pensión que aceptó agradecido y merced a la cual pudo ver a su familia a cubierto de ingratas privaciones .

Las dianas libertadoras de Caseros inmediatamente llegaron a sus oídos llenando su espíritu de inefable dicha: se puso en viaje para su patria adoptiva, y el I9 de abril de 1853, ya se hallaba en Mendoza, ciudad de donde partió a principios de julio, llegando a Río IV en momentos en que se acababa de recibir la noticia de la disolución del ejército sitiador de Buenos Aires, mandado por Urquiza.

Apenas llegó a esta Capital, en agosto de 1853 fue dado de alta en la P. M. en su empleo de coronel mayor. Vivió en esta ciudad sin participar en ninguna de las combinaciones públicas de aquella época turbulenta, de las cuales lo alejaban sus muchos años y la razón de haber estado casi 5 lustros apartado de los negocios del Estado.

No estando el sueldo de los militares en consonancia con los demás empleados de la lista civil, el general Alvarez Thomas junto con sus colegas Manuel de Escalada, Gervasio Espinosa, Tomás de Iriarte, Juan Madariaga, José María Piran y Casto Cáceres. presentaron el 2 7 de junio de 185 7 una solicitud al Gobierno con el fin de obtener un aumento, y este decretó el 19 de julio, que los interesados ocurriesen al Senado de la Provincia, el que pasó la solicitud a la comisión de peticiones lo que fue publicado en «El Orden» del 1 9 de julio .

Al día siguiente, lunes 20, se hallaba el general Alvarez Thomas acompañado por una de sus hijas, cuando cayó al suelo víctima de un ataque apoplético, de que sucumbió a pesar de todos los esfuerzos de la ciencia; falleciendo el mismo día, a las siete de la noche. En el acto del sepelio en el Cementerio del Norte, usaron de la palabra el presbítero Gabriel Fuentes en el oficio fúnebre y el general don Tomás de Iriarte.

Ei gneral Alvarez Thomas contrajo enlace en Buenos Aires, el 3 de mayo de 1812, con doña María del Carmen Ramos Belgrano, porteña, hija de don Ignacio Ramos Villamil, natural de Galicia, muerto en la flor de la edad, y doña Juana Belgrano, hermana del general de este apellido, la que contrajo enlace en segundas nupcias con don Francisco Chas. La esposa de Alvarez Thomas falleció en Montevideo, el 21 de diciembre de 1846, después de una vida ejemplar y de haber dado ocho hijos a la Patria.

Fuente Consultada:
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938).

Biografía de Araoz de Lamadrid Gregorio Historia Militar y Política

Biografía de Araoz de Lamadrid Gregorio
Historia Militar y Política

Nació en la ciudad de Tucumán, el 28 de noviembre de 1795 . Incorporado a las milicias tucumanas, tan pronto se tuvo noticias allí del desastre de Huaquí, con el grado de teniente del Regimiento de Voluntarios de Caballería el 1º de septiembre de 1811, recibió su bautismo de fuego en el combate adverso de Nazareno, sobre las márgenes del río Suipacha, el 13 de enero de 1812, bajo las órdenes del coronel Eustoquio Díaz Vélez. Bajo el mando del mismo Jefe se distinguió en la retirada que se efectuó desde Jujuy hasta Tucumán, siendo comandante en jefe el general Manuel Belgrano.

gregorio araoz de lamadrid

Asistió al pequeño triunfo de Las Piedras, el 3 de septiembre del mismo año. Se batió con su valor singular en la batalla de Tucumán el 24 del mismo mes, distinguiéndose después por el encarnizamiento con que persiguió a los fugitivos realistas hasta que se atrincheraron en Salta.

Asistió a la batalla de este nombre, el 20 de febrero de 1813, donde adquirió alta reputación por su valor admirable. Antes de esta aeción, en la persecución mencionada de los realistas derrotados en Tucumán, Lamadrid midió sus armas con la de los enemigos en los puntos denominados Algarrobos y el Bañado.

Por su comportamiento en Salta, fue ascendido a teniente del Regimiento de Caballería del Perú, con fecha 25 de mayo de 1813. Se encontró en la desastrosa acción de Vilcapugio, el 1º de octubre de aquel año. Después de este contraste, desde Macha, lo destacó Belgrano con comunicaciones para el coronel Díaz Vélez, para que hiciera circular a las provincias la orden de alistar armas, hombres y recursos con qué remontar el ejército deshecho. Lamadrid da cumplimiento a su misión marchando de día y de noche, sin descanso, atacando las partidas reales que encuentra a su paso, haciendo prisioneros. Tiene siempre el delirio de la acción, del movimiento.

A los 18 días está de regreso en Macha, con 16 prisioneros, después de haber asaltado a un pueblo del que tiene que salir corriendo, apedreado por los indios y después de haber realizado la magnífica proeza de Tambo Nuevo; ha recorrido el campo de Vilcapugio, dando sepultura al valiente Beldón, ante la asombrada fuerza realista que corona la altura de Condo, contemplando con admiración el gesto y rinde, caballeresca, sus armas ante el homérico homenaje del valeroso muchacho (tiene apenas 18 años).

Se encuentra en la funesta jornada de Ayohuma, el 14 de noviembre, donde estuvo siempre en los puestos de mayor peligro.

En la tercera campaña que se alistaba, Lamadrid comparte la ruda tarea en la preparación de los elementos para la misma. Mientras el coronel San Martín manda en jefe el Ejército Auxiliar, éste nombró a Lamadrid uno de sus ayudantes de campo y le regaló una espada. Al emprenderse a comienzos de 1815, desde Jujuy (adonde llegara el Ejército a fines del año anterior) el avance hacia el Norte, Lamadrid marcha en la vanguardia.

Rondeau es el comandante en jefe. Aquel ostenta las presillas de sargento mayor de dragones. Se encontró en la acción del Puesto del Marqués, el 17 de abril de 1815, bajo el directo comando del general Fernández de la Cruz. Fue ayudante de éste en Potosí. Cuando se preparaba el ataque sobre la guardia enemiga en Venta y Media, Lamadrid pidió recorrer la posición enemiga con 16 dragones, contribuyendo a la sorpresa de la gran guardia enemiga, en la madrugada del 20 de octubre de 1815, batiéndose con valor en la acción que tuvo lugar en el curso de la jornada.

En aquellos días se le reconoció la efectividad de sargento mayor. Asistió a la batalla desastrosa de Sipe-Sipe, el 29 de noviembre del mismo año, en la cual Lamadrid realiza actos valerosos y revela hidalguía al achicarse en su caballo para que se enanque de un salto un soldado que quedó a pie, salvándolo así de caer en poder del enemigo.

En esta batalla, Lamadrid contribuyó a salvar también al general Fernández de la Cruz, que herido de bala en un muslo, corría riesgo de caer prisionero: Lamadrid cubrió la retirada con veinte y tantos dragones, hasta dejar a su general en salvo .

Después de esta batalla, Lamadrid es destacado al frente de una fuerza montada, con la cual sostiene contra fuerzas enemigas superiores un encuentro el 31 de enero de 1816, en Culpina, de resultados indecisos.

El 2 de febrero del mismo año secundó victoriosamente con su fuerza al jefe indígena Vicente Camargo en el combate de la quebrada de Uturango, pero desgraciadamente Lamadrid fue completamente derrotado diez días después por el comandante Eustaquio González (argentino al servicio de España), en las márgenes del río San Juan, viéndose obligado a replegarse con unos pocos soldados, hacia Tucumán.

Poco después el general Rondeau le quiso designar segundo jefe del cuerpo de Dragones, en calidad de jefe del segundo escuadrón, pero Lamadrid se presentó al Director Supremo, general Pueyrredón, que se encontraba en Tucumán (julio de 1816) y este le designó teniente coronel y jefe del Cuerpo de Húsares de Tucumán, del cual fue encargado de organizarlo .

Cuando se produjo la sublevación del teniente coronel Francisco Borges en la provincia de Santiago del Estero, Lamadrid fue comisionado por el general Belgrano para batir al jefe rebelde al cual alcanzó en Pitambalá, el 27 de diciembre de 1816, ordenando su fusilamiento 3 días después en cumplimiento a las órdenes del comandante en jefe.

El general Belgrano lo destacó poco después con 150 húsares para ex-pedicionar sobre Oruro, marchando por el camino del Despoblado. El 18 de marzo salió de Tucumán. El 15 de abril siguiente (1817) se apoderó de Tarija, tomando prisioneros a tres tenientes coroneles, diez y siete oficiales y una gran cantidad de armamento, pero fue rechazado al pretender acometer una empresa semejante el 20 de mayo contra Chuquisaca, que atacó en la noche de aquel día, pues en la madrugada del 21 los enemigos resistían y, la aproximación del coronel Felipe La Hera, que se encontraba con 500 infantes a 12 leguas de la ciudad, determinaron a Lamadrid a retirarse en la tarde del 21.

El 12 de junio de 1817 el mismo coronel La Hera sorprendía a Lamadrid en Sopachuy, perdiendo éste toda su artillería, una bandera y numerosos prisioneros. De aquí marchó a Culpina, continuando su retirada por Tarija, valle de la Concepción, Toldos, Yamparaez, llegando a la ciudad de Oran, casi todos a pie, por el estado de sus cabalgaduras. De aquí prosiguió Lamadrid su retirada llegando a Tucumán con 386 hombres de tropa, pues en su marcha de ida y vuelta, se le habían incorporado muchos voluntarios.

A fines de 1818 el general Belgrano, que lo había graduado de Coronel el 17 de mayo de 1817, destacó a Lamadrid con 300 jinetes, para concurrir en defensa del coronel Juan Baustista Bustos que se hallaba en Fraile Muerto con 300 infantes del Nº 2 y algunos milicianos. Pero pocos días después de iniciada la marcha, se supo que Bustos había rechazado a las montoneras en el Fraile Muerto, de lo que informóse Lamadrid al llegar a Santiago, regresando nuevamente a Tucumán a fines de noviembre de 1818 después de una campaña de 10 días.

En el último tercio del mes siguiente, partió nuevamente Lamadrid con sus Húsares reforzados por el 3er. Escuadrón de Dragones que comandaba el teniente coronel José María Paz, marchando desde el acantonamiento de Los Lules hacia Córdoba, ciudad en la que entraron el 1° de enero de 1819. Seis u ocho días después marchaban para La Herradura, sobre el Río Tercero, a 36 leguas de Córdoba, donde se les reunió el coronel Bustos con su fuerza, que habiendo abandonado su posición de Fraile Muerto, se había colocado en la Villa de los Ranchos, perdiendo una considerable extensión de territorio.

El 18 y 19 de febrero, Lamadrid y Bustos sostenían violento combate en La Herradura contra las montoneras de Estanislao López que atacaron vigorosamente, pero con resultado infructuoso, razón por la cual resolvió retirarse el segundo día. El día 21 por la tarde se ponían en marcha hacia la Villa del Rosario .

Poco después el resto del Ejército Auxiliar recibía orden de marchar hacia la provincia de Santa Fe y a fines de marzo de 1819 se reunía en la Villa del Rosario a las fuerzas de Bustos y Lamadrid, desde donde siguió su marcha hasta la Candelaria, ya dentro de la provincia de Santa Fe. El armisticio ajustado por Viamonte y López, permitió que el ejército de Belgrano retrocediese para situarse en la Cruz Alta y después en Fraile Muerto, distante 25 leguas de la primera.

De allí se marchó el general Belgrano para Tucumán, mortalmente enfermo, quedando a cargo del ejército el general Fernández de la Cruz, quien se replegó aún más al Norte, al Pilar, 35 leguas al Norte de Fraile Muerto, y distante solo 10 leguas de la ciudad de Córdoba, donde permaneció a la espera del desenlace del armisticio pactado con López.

A fines de 1819, Cruz recibió orden del Director Supremo Rondeau, de aproximarse nuevamente a la provincia de Santa Fe. Había llegado a la posta de Arequito, el 7 de enero de 1820, cuando se produjo la sublevación de aquel nombre, el día 8 por la mañana, encabezada por Juan Bautista Bustos, siendo el coronel Lamadrid uno de los jefes que permanecieron leales al general Fernández de la Cruz.

Lamadrid antes de llegar a. Córdoba el ejército sublevado, fue puesto en libertad y se marchó a Buenos Aires, donde actuó en los sucesos funestos de aquel año, siempre de parte del gobierno de Buenos Aires. Acompañó a Dorrego, cuando el 2 de agosto de 1820, puso en fuga a los partidarios de Alvear y Carrera, atrincherados en San Nicolás, correspondiéndole a Lamadrid la conducción a Buenos Aires de los numerosos jefes y oficiales prisioneros. Tambien había contribuido a la elevación de Dorrego al cargo de gobernador, el mes anterior.

Ayudó al restablecimiento en el poder del gobernador general Martín Rodríguez, derrocado por la revolución encabezada por el coronel Pagola, el 19 de octubre de aquel año funesto. El 5 del mismo mes, los reaccionarios se apoderaban de la ciudad, gracias al apoyo recibido por el comandante Juan Manuel de Rosas y sus «Colorados». La paz del 24 de noviembre de aquel año, ajustada entre Santa Fé y Buenos Aires, y a la que se agregó el gobernador Bustos de Córdoba, por medio de sus representantes, dieron término a aquella larga y penosa contienda.

Pero la paz no podía ser duradera. A principios de 1821, el caudillo entrerriano, Francisco Ramírez resolvió llevar la guerra a Buenos Aires, buscando comprometer en la empresa a su antiguo aliado, Estanislao López, pero ésíe no quería más luchas con Buenos Aires y estaba dispuesto a cumplir lealmente con el tratado del 24 de noviembre. Ramírez entonces se declaró en guerra contra Santa Fe y Buenos Aires, aliándose al caudillo chileno José Miguel Carrera. Para dar cumplimiento a sus propósitos, Ramírez invadió la provincia de Santa Fé, desembarcando en Coronda, en los primeros días de mayo de 1821, donde estableció su cuartel general.

Lamadrid había sido destacado por el gobernador Rodríguez con una división de tropas porteñas, con el fin de ponerse a las órdenes del gobernador de Santa Fé. Desobedeció esta parte de las instrucciones y procediendo por sus propias inspiraciones, pretendió sorprender a Ramírez en su propio campamento, pero fue completamente batido por el caudillo entrerriano, perdiendo todo su armamento de reserva, sus caballadas y hasta treinta mil patacones que conducía con destino al ejército santafecino.

Al día siguiente, 25 de mayo, el coronel Arévalo había logrado reunir 300 dispersos, con los cuales se incorporaba Lamadrid a Estanislao López el mismo día, y al siguiente, 26, batían ambos completamente a Ramírez el cual apeló a la fuga para salvarse. La muerte de Ramírez, puso término a aquella campaña, regresando Lamadrid a Buenos Aires en el mes de julio de 1821. Lamadrid el 28 de noviembre de 1820 había sido nombrado Coronel de los Húsares del Orden, por el gobernador Rodríguez.

Acompañó a éste en su expedición contra los indios en el año 1822 y en este año Lamadrid trató de conseguir que el gobierno lo declarara comprendido dentro del decreto o Ley de Reforma, sin poder conseguirlo. Poco después se establecía con su Regimiento en la Guardia del Monte.

Tiempo después, fue reformado y debió entregar el comando del Regimiento al coronel D. Domingo Soriano de Arévalo. Recibió por su reforma, la cantidad de 17.000 y pico de pesos, con cuyo importe se compró una casa y chacra en el pueblo del Monte (Guardia de este nombre).

El 23 de marzo de 1825 partió Lamadrid de Buenos Aires acompañado del sargento mayor Ramón Rodríguez y dos oficiales más con destino a Salta, habiéndolo ordenado el Gobierno Nacional no obstante estar reformado, pues a raíz de la noticia de la batalla de Ayacucho el gobernador Las Heras había dispuesto que el gobernador y capitán general de Salta D. Juan Antonio Alvarez de Arenales, expedicionara con las fuerzas de su provincia al Alto Perú contra el general Olañeta que se mantenía en Chuquisaca, separado del virrey La Serna.

En el mes de abril llegó Lamadrid a Salta, y allí supo que el general Arenales se había marchado ya con una división de las tres armas, llevando como segundo al coronel José María Paz. Arenales se había adelantado a Potosí para entrevistarse con el general Sucre, quien se le había anticipado y batido al general Olañeta.

Lamadrid prosiguió su marcha a Nazareno adonde llegaba el 26 de abril; pero allí se encontró con el coronel Paz y por él supo que la guerra estaba concluida, de modo que la fuerza que mandaba Arenales no tenía objeto.

Paz, en su «Diario de marcha del Batallón de Cazadores», cuerpo que comandaba desde el 24 de marzo de aquel año, registra, el día 28 de abril:

«Antes de ayer llegó el coronel Lamadrid, con el sargento mayor Ramón Rodríguez y un joven Pizarro, Venían destinados a la División, más estando ya la guerra concluida, esta fuerza no tiene objeto y su venida puede graduarse inoficiosa».

Ambos se hallan enfermos y en cura. El 22 de mayo, según registra Paz en su Diario, Lamadrid, que estuvo enfermo todo el tiempo transcurrido desde su llegada, se puso en marcha para Salta. Aquí, Lamadrid recibió órdenes del gobernador general Las Heras de conducir el contingente de las provincias de Salta, Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca, con destino al ejército nacional que debía operar contra el imperio del Brasil.

Lamadrid se trasladó primero a Tucumán para activar el envío del contingente de aquella provincia, a lo que le opuso dificultades el gobernador Javier López, y a principios de noviembre de 1825, lo hizo a Catamarca para hacer lo propio con el de esta última y facilitarle al gobernador Gutiérrez los fondos necesarios para poder enviarlo a Tucumán. El 1º de agosto de 1826 el Gobierno Nacional lo nombró coronel del Regimiento 15 de Caballería de Línea

El 26 de noviembre de 1825, a la cabeza de una parte del contingente que tenía listo para el ejército nacional, Lamadrid derrocó al gobernador López, ocupando su lugar. El Gobierno Nacional desaprobó su conducta y encargó al coronel José María Paz se hiciese cargo de los contingentes de las provincias del Norte. La provincia de Tucumán, entre tanto, en elecciones populares, eligió a Lamadrid gobernador propietario.

Los gobernadores Bustos y Quiroga quisieron imponer a Lamadrid que desconociese la autoridad central de Buenos Aires, pero al negarse el nuevo gobernador de Tucumán, aquellos le llevaron la guerra a su provincia y en los campos del Tala, el 27 de octubre de 1826, se encontraron frente a frente Lamadrid y Quiroga y la suerte quiso que cuando ya Quiroga era derrotado y su adversario le llevase una tercera carga, Lamadrid tuviese la desgracia de caer herido, recibiendo un balazo en el cuerpo disparado a quema ropa, y nueve heridas de sable, casi todas en la cabeza. Allí fue pisoteado y hubiera quedado prisionero, sino lo hubiesen creído muerto.

Pero su cuñado Ciríaco Díaz Vélez, pasó al campo de batalla y le pidió a Quiroga autorización para retirar el cadáver de Lamadrid, el cual no fue encontrado sino más lejos adonde lo había conducido una partida que lo abandonó ante la aproximación de los enemigos. Lamadrid restableció de sus heridas después de una prolongada cura y volvió a ocupar el gobierno de Tucumán, no sin que antes entrara Quiroga en la ciudad de Tucumán, como unos 8 ó 9 días después de la acción del Tala, siendo conducido Lamadrid algunas horas antes de la entrada del caudillo riojano, al pueblo de Las Trancas, distante 21 leguas de la capital.

En estas circunstancias, el gobernador Arenales, de Salta, destacó una división de 600 a 700 hombres en auxilio de Tucumán, bajo el mando del coronel Francisco Bedoya, el mismo que batió y dio muerte al famoso caudillo Francisco Ramírez, en Río Seco (Córdoba) el 10 de julio de 1821 .

La fuerza de Bedoya cruzaba el pueblo de Las Trancas, cuando Lamadrid se encontraba allí casi moribundo. Al acercarse el coronel Bedoya a Tucumán, Quiroga e Ibarra abandonaron esta ciudad el 3 de diciembre y el 5 entraba Bedoya en la misma y poco después el propio Lamadrid, ya repuesto algo de sus terribles heridas.

Encargado Lamadrid por el gobierno nacional de oponerse por la fuerza a los federales de Córdoba, La Rioja y Santiago del Estero, emprendió sus operaciones con un refuerzo de tropas de Salta, al mando del coronel colombiano don Domingo López Matute. El 6 de julio de 1827, se encontraban en el Rincón, a dos leguas de Tucumán, los federales mandados por Quiroga e Ibarra, con las fuerzas de Lamadrid y Hatute.

La victoria al principio estuvo del lado de estos últimos, pero los sáltenos se pasaron al enemigo y Lamadrid se vio precisado a huir y perseguido insistentemente por el vencedor, se vio obligado a buscar asilo en Bolivia, llegando a Talima, el 2 7 de julio con solo 15 hombres armados.

En Chuquisaca fue muy bien recibido por el general Sucre y allí permaneció un tiempo más o menos largo, tratando de reponerse, pues sus heridas del Tala le causaban múltiples sinsabores. Después regresó a Salta y desde allí ofició al gobernador de Tucumán pidiendo permiso para atravesar la provincia, el que le fue negado lo que demoró la estada de Lamadrid en Salta, hasta que finalmente emprendió viaje a Buenos Aires, ciudad a la que llegó después de grandes dificultades y en mal estado por sus heridas, más o menos, el 22 o 23 de marzo de 1828.

Mal recibido por su compadre, el gobernador Dorrego, no se le contestó una solicitud que formuló cuando estuvo mejorado de sus heridas, para que se le enviase al ejército de operaciones contra el Brasil. Poco después, llamado por Dorrego, Lamadrid se presentó al gobernador, quien le hizo agregar al Estado Mayor del Ejército, donde permanecía cuando se produjo la revolución del 1º de diciembre de aquel año.

El nuevo gobernador Lavalle designó Ministro General al doctor Miguel Díaz Vélez, padre político de Lamadrid. Se incorporó al cuerpo de tropas organizado por Lavalle para salir a campaña, asistiendo al combate de Navarro el 9 de diciembre.

Prisionero el coronel Dorrego, y condenado a muerte sin proceso de ninguna clase por disposición del general Lavalle, Lamadrid le acompañó en sus últimos instantes, a petición del ex-gobernador, habiendo hecho lo posible Lamadrid para persuadir a Lavalle que escuchase al condenado. Facilitó a Dorrego su chaquetilla militar para el acto de la ejecución, puesto que quería que la suya se la entregasen a su esposa. Recibió el último abrazo del coronel Dorrego, instantes antes de ser fusilado.

Posteriormente, Lavalle dispuso que Lamadrid se incorporase al ejército con el cual el general Paz marchó al interior. El 26 de febrero de 1829 se le autorizó para levantar un escuadrón de caballería ligera titulado «Escuadrón de Voluntarios Argentinos«.

En el Desmochado, el 3 de abril de 1829, tenían su última entrevista Lavalle y Paz, dirigiéndose este último a la provincia de Córdoba. Se batió con su valor acostumbrado en la batalla de San Roque, el 22 de abril, en la que fue completamente derrotado el gobernador Bustos. Participó en la terrible jornada de la Tablada, los días 22 y 23 de junio del mismo año, en la que fue completamente destrozado su ex-adversario, el Tigre de los Llanos de la Rioja. Después de la derrota de Quiroga, Lamadrid recibió orden de Paz de perseguirlo, pero su audaz adversario logró escaparse.

Tomó parte en la batalla de Oncativo o Laguna Larga, el 25 de febrero de 1830, en la que Paz venció por segunda vez al general Quiroga. Después de esta victoria, el general Paz lo destinó a la provincia de La Rioja, donde fue elegido gobernador. Permaneció en este puesto, hasta que al año siguiente el general Paz lo llamó a Córdoba con el contingente riojano, en carácter de urgente, pues las fuerzas mandadas por Estanislao López hollaban el suelo de aquella provincia. Lamadrid se incorporó al ejército de Paz.

Cuando este General cayó prisionero en la tristemente célebre jornada del 10 de mayo de 1831, Lamadrid ocupó su lugar y desempeñó interinamente la gobernación de Córdoba desde el 16 hasta el 26 del mismo mes de mayo.

Ante el avance del ejército federal de López combinado con las fuerzas de Quiroga, Lamadrid se vio obligado a iniciar aquella trágica retirada hacia el Norte, que debía conducirlo al desastre de la Ciudadela el 4 de noviembre del mismo año, donde fue completamente derrotado por Facundo Quiroga, viéndose necesitado Lamadrid a emigrar a Bolivia, dirigiéndose a Tupiza, desde donde escribió a su temible rival, recomendándole su familia, la que fue atendida con deferencia por el Tigre de los Llanos. El 25 de diciembre de 1831 se le reunía su familia en el pueblo de Mojos (Bolivia).

El 11 de junio de 1832 llegó a Lima, con su familia, con el fin de visitar a su hermano el coronel Francisco Lamadrid, perteneciente al ejército peruano, el cual había estado largos años prisioneros de los españoles en las Casas Matas del Callao, capturado en Ayohuma.

El 11 de diciembre zarpó de nuevo del Callao, rumbo a Arica, dejando a su madre, a su hermano Francisco y dos hermanas allí, en Lima. Lamadrid se estableció en la ciudad de La Paz, donde permaneció todo el año 1833 y a mediados de enero de 1834, obtuvo pasaporte del Presidente Santa Cruz para pasar a la República Oriental, saliendo a principios de marzo del puerto de Arica, llegando a Valparaíso en la noche del 4 de abril.

El 24 del mismo se embarcaba con su familia en la barca italiana «BENAVIER» (capitán Panza) y después de afrontar un terrible temporal en el Cabo de Hornos alrededor del 10 de mayo, llegaron a Montevideo el 22 de junio de 1834.

Allí permaneció cuatro largos años. En 1836, Lamadrid se excusó de entrar en la revolución contra Oribe promovida por Rivera. El 30 de agosto de 1838 embarcóse en el paquete «ROSA», en Montevideo, llegando a Buenos Aires el 19 de septiembre a mediodía. Permaneció en Buenos Aires todo el año 1839, hasta que en los primeros días de enero de 1840, Rosas le dio la misión de trasladarse a Tucumán con el pretexto de ir a buscar el armamento de aquella provincia para el sostén de la guerra contra los franceses; pero en realidad era con el fin de que se apoderase del gobierno de la misma.

El 22 de febrero se puso en marcha para cumplir su misión y llegado a Tucumán, Lamadrid se puso totalmente a favor de aquel pueblo y de su gobernador Piedrabuena, quien el 6 de abril le designó general de armas y al día siguiente, 7 de abril, el gobernador y todo el pueblo de Tucumán juraron «defender la causa de la libertad contra el absolutismo de la civilización contra la barbarie, de la humanidad contra sus sangrientos opresores». Este fue el primer acto de la Coalición del Norte.

El 4 de julio de 1840, Lamadrid era nombrado gobernador delegado de don Pedro Garmendia, que había reemplazado a Piedrabuena. Don Marcos Avellaneda fue nombrado gobernador reemplazante de Lamadrid, desde el 23 de mayo de 1841, hasta el 19 de septiembre del mismo.

Constituida la Coalición del Norte en apoyo de la revolución promovida por el general Juan Lavalle, Lamadrid marchó con un ejército sobre Córdoba, en cuya ciudad penetró entre las aclamaciones del pueblo, el 11 de octubre de 1840. Al mes siguiente invadió la provincia de Santiago del Estero, al frente de una división, pero fue derrotado el día 5 por el comandante Manuel Ibarra en las márgenes del Río Salado, viéndose obligado a replegarse nuevamente a Córdoba, donde substituyó en el carácter de gobernador delegado al doctor Francisco Alvarez, el 7 de diciembre, cargo en el que se mantuvo por muy pocos días, pues debió retirarse apresuradamente ante el avance de las fuerzas victoriosas del Quebracho Herrado, que mandaba el general Manuel Oribe, quien entró en la ciudad de Córdoba el 19 de diciembre.

Lamadrid siguió su retirada hacia el Norte y el 28 de enero de 1841 llegaba a Tucumán. De esta ciudad marchó a la de Salta, con fines de coordinar las fuerzas unitarias. Listas estas, el 23 de mayo Lamadrid rompió la marcha con 2000 hombres y el 19 de junio entraba en Catamarca. El 13 de julio salió de esta ciudad y el 22 entraba en La Rioja, donde se le incorporó el coronel Ángel Vicente Peñaloza.

Después de algunas otras incidencias, Lamadrid penetró en la provincia de Mendoza, cuya capital ocupó el 4 de septiembre de 1841, siendo designado por el pueblo gobernador provisorio el mismo día, pues el titular, general José Félix Aldao, había salido a campaña y el delegado don Juan Isidro Mazo, huyó al aproximarse los unitarios.

Pero 20 días después en los campos del Rodeo del Medio, Lamadrid fue completamente derrotado por el ejército del general Ángel Pacheco, segundo de Oribe, cuyos trofeos fueron 400 muertos y más de 500 prisioneros, incluidos 75 oficiales, 9 cañones, banderas, etc. A los vencidos se les persiguió tenazmente, sin cuartel: los que no murieron bajo los sables y lanzas federales, fueron sepultados en las nieves de la Cordillera de los Andes, o quedaron inválidos para siempre.

Lamadrid con un puñado de valientes escapó por el paso de Uspallata, internándose en Chile y únicamente debió su salvación a sus buenos caballos y al auxilio que les prestó allende los Andes, don Domingo Faustino Sarmiento, que estaba emigrado en Chile. Los padecimientos fueron terribles para aquel grupo y el 10 de octubre se encontraban ya reunidos en Santa Rosa de los Andes 138 jefes y oficiales, 286 individuos de tropa y 22 mujeres que los acompañaban, esmerándose todo el vecindario de la población nombrada para asistir a los emigrados, una gran parte de los cuales habían perdido miembros de su cuerpo por las nieves andinas.

Lamadrid después pasó a Bolivia, estableciéndose en Potosí, adonde se le incorporó su familia, deteniéndose en aquella ciudad hasta el 23 de diciembre en que marcharon para Chuquisaca. A principios de junio de 1842 se embarcó en Cobija para Copiapó (Chile), donde se instaló con su numerosa familia estableciéndose con una panadería para poder reunir los medios de subsistencia. De Copiapó se trasladó a Valparaíso, de donde pasó a Santiago, ciudad en la que permaneció desde abril de 1843 hasta mediados de mayo de 1846, puntos todos, en los que Lamadrid sufrió con su familia la privación más completa.

El 16 de aquel mes y año, salía de la capital chilena para Valparaíso, embarcándose en en el paquete chileno «ROMANA», con el cual llegaron a Montevideo el 8 de julio del año 1846 . Al llegar a aquella ciudad, Lamadrid ofreció sus servicios al gobierno inútilmente, pues no se le ocupó, hasta que al fin fué dado de alta en el ejército. Actuó en las fuerzas en operaciones próximas a Paysandú y al poco tiempo regresó a Montevideo. En los años 1849 y 50 estuvo a cargo de la fortaleza del Cerro, durante aquella paite del asedio que sufría la capital uruguaya.

Cuando se levantó el sitio de Montevideo, a raíz de la aproximación de Urquiza por haber capitulado Oribe el 8 de octubre de 1851, Lamadrid se incorporó al Ejército Aliado y en la batalla de Caseros mandó el ala derecha de la línea de Urquiza, donde su comportamiento y el de la fuerza de su mando, estuvo a la altura de sus antecedentes. Asistió a la entrada del ejército vencedor en Buenos Aires, quince días después de la batalla, donde Lamadrid fué recibido con frenesí por los porteños.

El general Lamadrid falleció en Buenos Aires, el 5 de enero de 1857. Había contraído enlace el 19 de septiembre de 1820 con María Luisa Díaz Vélez, hija de su primo, el doctor Miguel Díaz Vélez, ministro que fué del general Lavalle, cuando la revolución del 19 de diciembre de 1828, la cual le dio 13 hijos. Su madre Andrea Aráoz, después de la campaña de 1826 en que se creyó que Lamadrid había muerto, se marchó al Perú son dos hijas, a reunirse con su otro hijo Francisco Aráoz de Lamadrid.

La viuda del general Lamadrid le sobrevivió hasta la fiebre amarilla de abril de 1871 falleciendo de esta enfermedad en la noche del 12 de aquel mes.

Refiriéndose en sus memorias a las heridas que recibió en la batalla del Tala, Lamadrid dice: «Es el único defecto que me ha quedado de resultas de las heridas del «Tala, la distracción o falta de memoria, cuando soy interrumpido en cualquier discurso que esté haciendo. Se me van las ideas cuando se me interrumpe, y aunque después pregunte de lo que se trataba y se me diga, quedo enteramente enagenado por mucho tiempo» .

Fuera de sus «Memorias», el general Lamadrid escribió en 1855 unas «Observaciones a las Memorias Postumas del general José María Paz» .

Fuente Consultada:
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938).

 

 

Biografía de Valentin Alsina Obra de Gobierno en Bs.As.

Biografía de Valentín Alsina
Gobernador de Buenos Aires

Nació en Buenos Aires el 16 de diciembre de 1802, siendo hijo de D. Juan de Alsina, natural de Cataluña, Agrimensor general del Virreinato y maestro de náutica; y doña María Pastora Ruano, natural de Andalucía. Su padre, D. Juan de Alsina, murió de un balazo en la memorable Defensa de Buenos Aires, el 5 de julio de 1807.

Valentín Alsina inició sus estudios en la Universidad de Córdoba, donde tuvo por maestro al Deán Funes, pasando después a Buenos Aires, doctorándose juntamente con D. Marcelo Gamboa, el defensor de los Reinafé en el célebre proceso; y D. Eduardo Lahitte. La tesis que presentara Alsina para graduarse de abogado, verso sobre la pena de muerte.

Valentin Alsina

Desde su iniciación en la carrera jurídica se entregó a la vida pública. De ideas netamente, liberales, puso su pluma al servicio de aquellas durante los años 1825, 26 y 27, en las columnas de «El Nacional» y de «El Mensajero Argentino» en las que destacó su bien nutrido saber.

Tuvo participación activa en la revolución del 19 de diciembre de 1828, encabezada por el general Lavalle, en cuyo gobierno provisorio formó parte, subscribiendo todos los decretos, órdenes, etc. del mismo hasta el día 3 de aquel mes en que el doctor José Miguel Díaz Vélez se hizo cargo del despacho como secretario general. En 1829 ocupó la dirección de la Biblioteca Pública de la Capital, en cuyo puesto demostró celo y contracción recomendables, así como también conocimientos administrativos poco comunes. Organizó el archivo de la misma e impulsó tal útil institución.

En julio del mismo año apareció electo diputado por primera vez, a la Legislatura de la Provincia, haciendo entonces, con tal motivo, su profesión de fe política conjuntamente con otros correligionarios en una publicación aparecida en las columnas de «La Gaceta Mercantil» del 1º de agosto de aquel año.

Entregado al ejercicio de su carrera de abogado, en 1831 fue nombrado defensor del coronel Paulino Rojas, encausado judicialmente por uxoricidio en la persona de su esposa, doña Buenaventura Fierro, en Bahía Blanca. Alsina se abocó la defensa del acusado y obtuvo su libertad, probando la inculpabilidad de aquel en el crimen que se le imputaba.

Refiriéndose a estos trabajos suyos, el doctor Alsina dice en una autobiografía:

«En 1831 trabajé la famosa defensa del coronel Rojas, publicada a principios del siguiente año. Aquel jefe distinguido de la independencia, condenado a destierro en primera instancia, había sido condenado a muerte por la Cámara de Justicia. Fue en esas circunstancias casi desesperadas, en súplica, que me encargué de su defensa, la cual tuve que hacer con gran precipitación.

La notabilidad del acusado; el suceso de que se le acusaba; la circunstancia nunca vista de revocarse una sentencia criminal, no para disminuir la pena, sino al contrario, para aumentarla hasta la pérdida de la vida; la consideración de que, por lo mismo, debía presumirse que los jueces habían meditado mucho el negocio y procedido en virtud de convicciones inalterables y la casi imposibilidad, por consiguiente, de lograr que ese mismo tribunal variase en ellas, y confesase implícitamente que se había pronunciado con injusticia o irreflexión, todo esto incitó el interés del público de un modo extraordinaria. El éxito de aquella defensa sobrepasó todos los cálculos y levantó muy alto mi crédito profesional.

Entre tanto, yo hice gratis y con mucho gusto todo ese trabajo. Tengo delante la carta que me dirigió el agradecido Rojas y mi respuesta, publicadas ambas por él: Encargado usted señor, (decía aquél entre otras cosas), o más bien, destinado por el cielo para proteger mi inocencia, era menester que abriese Vd. el templo de la justicia, y que, rodeando mi causa y mis derechos de una inmensa luz, mostrara al tribunal las leyes que me garantían y el laberinto en que se ocultaba la justificación de mis descargos.

La constancia de un corazón vigorizado por el espíritu de la verdad, y el poder irresistible de una elocuencia inspirada por el saber y la justicia, derribaron los obstáculos que se oponían a mi salvación; y desenmarañando las incoherencia de un proceso intrincado, me presentaron a unos jueces legales, y al inexorable tribunal de la opinión pública, desnudo de las notas que aniquilaban mi reputación, y que habían amargado hasta los últimos instantes de mi vida… Y de que modo podré descargarme de la deuda perpetua de reconocimiento, en que me ha constituido el esfuerzo magnánimo y desinteresado de Vd. ? Nada habría que bastase a dejar satisfecho el sentimiento de gratitud de que estoy animado.

Pero nada poseo, sino la espada, que empleé por tantos años en la defensa de la libertad e independencia de América, y que tengo que conservar para legarla sin infamia a mi querida hija. Nada me queda, señor, que ofrecer a Vd. sino ese Diploma ¡monumento de honor!, con que el gobierno del Perú premió mis servicios, incorporándome a la republicana Orden del Sol y asignándome una pensión vitalicia… Si el valor de ese título puede aumentarlo un candido y sincero ‘voto de un ilimitado agradecimiento, recíbalo Vd. también, igualmente, con el afecto que merece el autor de mi nueva existencia civil.

Recibí también, le respondía yo (entre otras cosas), un diploma que en 1822 le otorgó en premio el gobierno peruano, para el goce de una pensión de quinientos pesos anuales por vida, y que Vd. se sirve pasarme  en compensación de un servicio. Es mi deber agradecer esta afectuosa consideración de un desgraciado, pero también es el de rehusarla, como lo hago sin la menor violencia.

Lo único que me fuera sensible, sería el que Vd. equivocase los motivos de esta repulsa, señor don Paulino: No cuento, ni he contado en mi vida con otro patrimonio, capital, renta o ingreso, que el escaso producto de mi trabajo personal y diario, y siempre gravitaron sobre mí obligaciones muy sagradas que llenar. Sin embargo de esto, cuando las circunstancias lamentables — que conozco perfectamente — del hombre que me encomendó su vida, exigen que ese trabajo sea gratuito y generoso, no debo consentir recompensas ruinosas para él, que disminuirían quizá la importancia que aquél se merezca. No lo extrañará Vd. desde que sabe que en este asunto, nada, nada suena a interés de mi parte, desde que sabe que en este concepto me encargué de su defensa; y desde que sabe también que la eminente profesión a que tengo el honor de pertenecer, es esencialmente benefactora.

Devuelvo, pues, el diploma. Consérvelo Vd., señor don Paulino. El es un documento ilustre de su gloria, él le representa un recurso de subsistencia, tanto más necesario a Vd. que ningún otro posee, cuanto más incierto es hoy su destino futuro. Consérvelo Vd. amigo mío: tiene Vd. una hija; esfuércese en sobreponerse a su suerte; el poder invencible del tiempo debilitará gradualmente las dolorosas impresiones de lo pasado; y entretanto, yo viviré satisfecho, si he tenido la fortuna de fijar la gratitud de un hombre de honor, y si hay en la tierra dos seres que en algún modo me sean deudores de su sosiego…»

Noble respuesta del ilustre abogado a su cliente que se desprendía de tan querido tesoro como era aquel que consagraba su fama de guerrero valeroso y que, además, le proporcionaba una parte de la subsistencia. La defensa del coronel Rojas consagró el prestigio del doctor Alsina, el cual desde entonces gozó de la más alta reputación entre sus compatriotas.

En 1833 tuvo a su cargo la defensa de los Yáñez, padre e hijo, chilenos, que acusados de un crimen odioso y capital, tenían por adversarios a una familia respetable y de muchas relaciones. En cambio, los Yáñez eran hombres del campo: el doctor Alsina puso en plena luz su inocencia y la defensa también fue gratis, como la del coronel Rojas.

El doctor Alsina fue designado por el Gobierno, el 2 1 de diciembre de 1833, miembro de la junta de ciudadanos teólogos, canonistas y juristas, para emitir opinión acerca de 1 4 proposiciones en que el gobierno consignó la base de sus procedimientos en los negocios de provisión de obispados, etc.

Al año siguiente desempeñó en la Universidad la cátedra de derecho natural y de gentes, renunciándola a fines de aquel año y cediendo patrióticamente sus sueldos devengados a favor del establecimiento.

Elevado Rosas al poder supremo dictatorial, Alsina de inmediato se vio perseguido por sus sicarios, y puesto preso, fue transportado al pontón SARANDI, desde Paraná por el gobernador de Entre Ríos, general Echagüe, con una barra de grillos.

En aquella prisión flotante, Alsina debió permanecer a la expectativa de una suerte adversa, «si las circunstancias y la nobleza de un hombre, dice el doctor Servando García en la biografía de aquél publicada en el Diccionario Biográfico Nacional no hubieran venido en su ayuda: ¡fugó!

Veamos cómo: Había sido nombrado comandante del pontón en reemplazo de Ferreyra, don Enrique Sinclair, nombramiento que obtuvo por la influencia amistosa de la familia del coronel Pueyrredón (preso también) con José María Rojas, Ministro de Hacienda de Rosas, y a petar de cierta prevención del tirano contra el agraciado.

El mayor Sinclair conservaba gratitud por un servicio importante que en otro tiempo le hi-ciera Pueyrredón, estaba algo relacionado con el doctor Alsina y mucho más con el Dr. Maza, que se interesaba vivamente por su yerno. De común acuerdo resolvieron la fuga. Esta se efectuó a las ocho de la noche del 5 de septiembre de 1935 .

Embarcados en una lancha, el coronel desarmó al centinela que para no infundir sospechas a la guarnición del SARANDI, había hecho bajar Sinclair. Enseguida quedó resuelto tomar rumbo a la Colonia. Los cuatro marineros de la embarcación se mantuvieron en una actitud pacífica y obediente. Antes de todo esto, la joven esposa de Alsina, doña Antonia Maza, había salido en coche de la casa-quinta de su padre, cubierta la cabeza con un gorro y embozada en una capa de éste, objetos que él le puso en el instante de partir.

La acompañaba el inglés don Ricardo Haines, que le fuera a buscar expresamente por su íntima amistad con Sin-clair, que los esperaba en la playa. Allí subió la señora en la embarcación salvadora para ir en busca de los presos. Llevaba oculto bajo la capa un tier-no niño: su hijo Adolfo, cuya respiración dificultosa le arrancó una exclamación…

La señora doña Antonia compartió noblemente los riesgos de la evasión. El doctor Alsina pasó después a Montevideo, refugio heroico de los emigrados argentinos y foco incesante de conspiraciones contra Rotas, donde por su patriotismo e inteligencia le cupo una parte importante en la dirección de los sucesos como miembro de la Comisión Argentina, cuyo principal propósito era derrocar la tiranía impuesta al país en los albores de su emancipación política.»

Desde el comienzo de la campaña del Ejército Libertador a las órdenes del general Lavalle, el doctor Alsina dudó del éxito de aquella empresa, cuyo esbozo original fue para iniciarla en la provincia de Buenos Aires y no en la de Entre Ríos, como al fin lo hizo. El doctor Alsina bien claramente le expresó su punto de vista al coronel Pueyrredón en carta fechada en Montevideo, el 1 5 de agosto de 1839. La derrota del Ejército Libertador confirmó el sano juicio del doctor Alsina.

Cuando el general Oribe estableció el asedio de la plaza de Montevideo, el 16 de febrero de 1843, el doctor Alsina tomó un fusil y se alistó entre los componentes de la «Legión Argentina» que mandó el coronel Gelly y Obes, pero evidentemente, su puesto no estaba en las filas de los defensores de la ciudad heroica, sino en la prensa, para alimentar el odio contra el Dictador Argentino.

Colaboró en los diarios que aparecían en la capital uruguaya, especialmente en «El Comercio del Plata» y cuando el 20 de marzo de 1848 el insigne Florencio Várela caía bajo el puñal de Cabrera, emisario del general sitiador, Alsina valientemente ocupó el puesto del muerto y con ánimo sereno desafió la ira de los enemigos, esgrimiendo briosamente su pluma y desde las columnas del periódico de referencia, prosiguió la tarea que había sido la causa del asesinato de su antecesor.

En este puesto actuó sin desmayar un momento, hasta que la victoria de Caseros le abrió las puertas de su ciudad natal, a la que llegó el 8 de febrero de 1852. Don Vicente López y Planes, designado gobernador de Buenos Aires, dio a Alsina el ministerio de Gobierno, que desempeñó con la inteligencia y contracción que le caracterizaba y en el que dio pruebas brillantes de su capacidad para administrar los negocios públicos.

Su obra ministerial estuvo principalmente orientada para borrar en lo posible la acción del período dictatorial que había ensangrentado por espacio de casi cuatro lustros, el suelo de la República Argentina: Alsina trató de restituir los bienes confiscados por Rosas, a sus dueños; reinstaló la Sociedad de Beneficencia; erigió en Facultad la Escuela de Medicina, que separó de la Universidad; y prestó interés especial y protección a la instrucción pública, tan obstaculizada en el período rosista.

Pero la actitud del general Urquiza después del Acuerdo de San Nicolás, colocó a Alsina frente a aquel, que asumió el gobierno de Buenos Aires ilegalmente, cuando renunció don Vicente López: Urquiza ordenó la prisión y destierro de varios políticos, entre ellos el doctor Alsina.

La revolución del 11 de septiembre contó al doctor Alsina entre sus principales organizadores. «En el Fuerte —dice don José Luis Bustamante—, se reunían otros ciudadanos notables, entre ellos, el Dr. Valentín Alsina, que con gran abnegación y tino dirigía todas las combinaciones, jugando su cabeza en los importantes resultados que buscaba para la libertad de su Patria, desafiando el poder irascible y vengativo del general Urquiza. Allí se arreglaron y concertaron las medidas que instantáneamente debían adoptarse para asegurar el éxito del movimiento; y las opiniones del Dr. Alsina daban a aquellas el aplomo y acierto que se necesitaba en momentos tan graves y decisivos.»

Producida la revolución el 11 de septiembre, el gobernador Pinto designó a Alsina ministro de Gobierno e Instrucción Pública. El 30 de octubre del mismo año fue elegido gobernador propietario de Buenos Aires, recibiéndose del cargo el día 31, designando su Ministro de Guerra y Marina al general José María Flores, nombrando además, comandantes militares de departamentos de la provincia, a los coroneles Hilario Lagos y Cayetano Laprida, los que se levantaban en armas el 19 de diciembre, con el apoyo de Urquiza.

En una proclama del primero, declaraba al Dr. Alsina obstáculo para la tranquilidad pública, invitando a sus compañeros para derrocarlo y para proclamar por jefe al general Flores. Alsina, con el objeto de evitar la guerra civil, presentó su renuncia, la que fue aceptada por la Legislatura el 6 de diciembre, siendo designado en su reemplazo, interinamente, el general Pinto.

En 1853 desempeñó sucesivamente los puestos de vocal y presidente de la Cámara de Justicia. En abril de 1854 y en mayo del año siguiente, fue elegido senador, cargo que no ocupó. En 1855, el Dr. Pastor Obligado, al ser elegido gobernador, designó a Alsina para el ministerio de Gobierno y Relaciones Exteriores, en reemplazo de don Irineo Pórtela, que renunció, desempeñando el cargo hasta mayo de 1856, en que dimitió.

El 3 de mayo de 185 7, después de reñidísimas elecciones, fue nombrado 2º gobernador constitucional de la provincia de Buenos Aires, recibiéndose del puesto dos días después: designó sus ministros a don Norberto de la Riestra, Bartolomé Mitre y José Matías Zapiola. Desde el 4 de noviembre hasta el 21 de diciembre de 185 7 debió salir a. campaña, quedando a cargo del P. E. el presidente del Senado, don Felipe Llavallol.

En 1859 se produjo el estado de guerra entre Buenos Aires y la Confederación y la batalla de Cepeda derrocó al Dr. Alsina, al cual sus amigos le significaron la conveniencia de abandonar el puesto, cediendo a las exigencias del general Urquiza a fin de poder abrir negociaciones con este último, cuyas fuerzas estaban en los suburbios de la Capital: Alsina renunció el 8 de noviembre, y tres días después se ajustaba el pacto de unión, bajo la mediación del gobierno paraguayo, por el cual se convenía la reincorporación de Buenos Aires a la Confederación, previo examen de la Constitución Nacional de 19 de mayo de 1853, por medio de una convención provincial, en la cual formó parte el Dr. Alsina.

Elevado al gobierno de Buenos Aires el general Mitre, éste nombró ministro al Dr. Alsina, el que se excusó de aceptarlo. En 1861 fue elegido senador por Buenos Aires al Congreso del Paraná, pero la ruptura de relaciones entre la Confederación y los porteños, dejó sin efecto el nombramiento, siendo Alsina designado entonces asesor de Gobierno, puesto que había desempeñado ya con brillo y reconocida competencia.

Después de la batalla de Pavón, fue elegido para ocupar una banca en el congreso que debía reunirse en Buenos Aires. En diciembre de 1862, por acuerdo de gobierno, se encomendó a Alsina la redacción de un proyecto de Código Rural, trabajo que ejecutó satisfactoriamente, después de un prolijo estudio de la materia, compulsando los antecedentes propios y las obras extranjeras al respecto. Sometido el proyecto a la Legislatura, fue aprobado con ligeras variantes.

Su último cargo público fue el nombramiento de senador, en noviembre de 1867, designándosele poco después, Presidente de H. Senado; y en tal carácter, tocóle presidir el 16 de junio de 1 868 la asamblea general que proclamaba electos presidente y vice-presidente de la Nación, a los ciudadanos don Domingo Faustino Sarmiento y don Adolfo Alsina, su hijo único.

Después de anunciar a la asamblea el resultado de la elección y proclamar presidente a Sarmiento, el Dr. Alsina se sintió tan conmovido que cedió el cargo al vice presidente del Alto Cuerpo, Dr. Elias, para que proclamase la elección de su hijo. Después de verificado este requisito, el doctor Alsina tomó la palabra para cerrar la sesión, haciendo votos para que el pueblo de la Nación apoyase en masa al nuevo gobierno que se aclamaba, conceptuando que sin el auxilio popular no hay gobernante que pueda labrar la felicidad de sus conciudadanos.

En sus últimas palabras manifestó la probabilidad de que él no volvería a presenciar otra elección presidencial, como en efecto sucedió, pues falleció en Buenos Aires, el 6 de septiembre de 1 869, cubriéndose de luto el país con la desaparición de tan esclarecido ciudadano. En el sepelio hablaron Sarmiento, Mitre, el gobernador de Buenos Aires y otros personajes.

El 5 de abril de 1875 se inauguró en la Recoleta su monumento sepulcral, frente a la tumba de Florencio Várela; y en el acto de su inauguración, hicieron oir su voz armoniosa, el presidente Avellaneda, el gobernador de la provincia y varios otros oradores, haciendo resaltar la figura consular del Dr. Valentín Alsina. Este último formó su hogar con doña Antonia Maza, hija del Dr. Manuel Vicente Maza.

Un hermano de Alsina, Dr. Juan José Alsina, actuó como agente de la «Comisión Argentina» de Montevideo ante el gobernador Ferré, en 1842, y cuando el Ejército Unido que mandaba Fructuoso Rivera, sufrió la terrible derrota del Arroyo Grande, el 6 de diciembre de aquel año, el día 14, el Dr. Alsina se embarcaba con Ferré, rumbo a la emigración que les imponía aquel desastre.

Fuente Consultada:
Biografías Argentinas y Sudamericanas – Jacinto Yaben – Editorial “Metropolis”

Biografía de Marco M. de Avellaneda

Biografía de Marco M. de  Avellaneda

Nació en la ciudad de Catamarca el 18 de junio de 1813, siendo sus padres don Juan Nicolás de Avellaneda y Tula, y doña Salomé González. De pocos años pasó a la ciudad de Tucumán, volviendo después a la de Catamarca a estudiar latín bajo la dirección de un distinguido profesor eclesiástico que se complacía en reputarle el más aventajado de sus discípulos, pues a la edad de 9 años, le eran conocidos ya los clásicos latinos, que traducía con notable facilidad.

Demostrando una inteligencia precoz y dotes especiales por el estudio, Avellaneda fue comprendido en el grupo de jóvenes que por disposición del Presidente Rivadavia y costeados por el Estado, vinieron a estudiar a la Capital. Cursó en las aulas del Colegio de Ciencias Morales ingresando después en la Facultad de Derecho, en la que se graduó de abogado en 1834.

marco de avellanedaFueron sus compañeros de colación: Lusebio Agüero, Gregorio Alagón, Francisco S. Antuña, Juan María Gutiérrez, Manuel Mansilla, Olegario Morón, Marcos Paz, José María Reybaud, Juan M. Thompson y Estanislao Vega. Fue su padrino de colación, el Dr. Mauricio Herrera, habiendo tenido lugar el acto el 5 de mayo de 1834.

Dotado de palabra fácil y persuasiva, a medida que enriquecía su espíritu en los libros, Avellaneda se hacía notar por su singular elocuencia excitando el entusiasmo y la admiración de sus condiscípulos que le llamaban «Marco Tulio Cicerón». Empezó por escribir en algunos periódicos en 1833, durante el gobierno del general Juan Ramón Balcarce; fue co-redactor de «El Amigo del País», diario opositor a Rosas.

Algún tiempo después, la influencia del Dictador arrastraba a las cárceles y pontones mucha juventud distinguida: advertido, el joven Avellaneda resolvió regresar a Tucumán. Por su talento e ilustración estaba destinado a ocupar los más altos puestos compatibles con su profesión: fue presidente del Tribunal de Justicia y Presidente de la Legislatura.

Pero su espíritu elevado y generoso no podía permanecer indiferente a los males que azotaban a la Patria, desangrada y oprimida por la dictadura y los caudillos.

Realiza activa propaganda política contra el caudillo local general Alejandro Heredia, el que trata de reprimir la propaganda de Avellaneda; pero el pueblo se subleva; Heredia sale de la Capital y marcha a Lules y en el camino es asesinado por el comandante Gabino Robles, el 12 de noviembre de 1838. Este asesinato fue la señal para que las provincias de Salta, Tucumán y Jujuy se sublevasen contra Rosas, al que retiraron la representación exterior del país.

En el mismo año tres gobernadores se suceden en Tucumán. El 7 de abril de 1840 ocupa la silla de gobierno don Pedro Garmendia, el cual designa a Avellaneda su ministro general, el que se multiplica en su propaganda como tribuno, como periodista, como hombre de Estado. Consiguió que la provincias de Catamarca, La Rioja y Córdoba formaran parte de la Coalición del Norte, aliadas a las provincias de Salta, Tucumán y Jujuy. Al ocupar el general Lamadrid el gobierno de Tucumán, Avellaneda continuó desempeñando el ministerio general.

El 21 de agosto de 1840 se inauguró el Congreso de agentes con gran solemnidad, haciendo el pueblo demostraciones de júbilo que nos dejó satisfacción completa, dice el agente de Salta, don Juan Antonio Moldes, en su carta a su gobernador. La primera cuestión que decide el Congreso es afirmar su carácter constituyente, no obstante que no debió tener otro fin que formalizar el pacto de alianza: el 24 de septiembre suscribía este último, en el cual se resolvió nombrar al general Tomás Brizuela general en jefe de las fuerzas militares de la Coalición, elección muy poco acertada, por ser este un soldadote incapaz de imprimir ninguna actividad a las operaciones.

Avellaneda se hace militar: se pone al frente de las milicias tucumanas y contiene a Ibarra que pretendía invadir la provincia de Tucumán. El 23 de mayo de 1841, al salir el general Lamadrid a campaña, Avellaneda quedó a cargo del gobierno de la provincia, contribuyendo poderosamente con su activa gestión a la formación del pequeño ejército con el cual el general Lavalle dio a Oribe la batalla de Famaillá o Monte Grande, el 19 de septiembre de 1841, a la que asistió el doctor Avellaneda.

Después de la derrota, salió del campo de batalla acompañado por dos sirvientes, en dirección a la estancia del Raco, en la provincia de Tucumán, con el objeto de tomar caballos para seguir viaje a Bolivia.

Antes de llegar a aquel punto, se le incorporaron los coroneles Aquino, Hornos y Vilela, con algunos soldados, los dos primeros con la intención de alcanzar al general Lavalle. Al llegar a San Javier, supo Avellaneda que estaba allí el general Lavalle y entonces ordenó a uno de sus sirvientes que hacía de baqueano que cambiase de camino por no encontrarse con él y, en el mismo momento de haber efectuado esto, se le separaron Aquino y Hornos con todos sus soldados y Avellaneda prosiguió su marcha a Raco, donde renovó sus caballos, prosiguiendo su marcha para Jujuy por la Pampa Grande.

A 2 ó 3 leguas más al N. de este punto, el 26 de septiembre se encontró con el capitán Gregorio Sandoval, de la escolta de Lavalle, el cual lo tomó preso, conjuntamente con Vilela y algunos oficiales más, el cual los entregó a Oribe: éste ordenó al coronel Mariano Maza formase consejo de guerra a Avellaneda, el cual lo condenó a muerte, siendo ejecutado en Metan, el 3 de octubre de 1841 y su cabeza cortada y expuesta en la plaza de Tucumán, clavada en una lanza: a los 15 días, doña Fortunata García logró que el coronel Carballo, jefe de la plaza, le entregase la cabeza del mártir, a la que dio piadosa sepultura, después de lavarla y perfumarla con sumo cuidado.

Cuarenta años después se levantaba en el Cementerio de la Recoleta el monumento a su memoria, en el cual el procer está representado de cuerpo entero.

Biografía de Berón de Astrada Genaro Historia de Corrientes

Biografía de Berón de Astrada

Nació en la provincia de Corrientes a fines del siglo XVIII. Inició su carrera militar en 1826, sentando plaza como subteniente de artillería y ascendiendo gradualmente hasta ostentar en 183 7 la jerarquía de teniente coronel de Granaderos a Caballo de las milicias correntinas. No había participado en ninguna campaña fuera de la provincia con excepción de la de Entre Ríos, en 1831 careciendo, por lo tanto, de la escuela que da la práctica de la guerra, mereciendo, sin embargo, las simpatías de la tropa veterana por su dedicación asidua al servicio, y la del pueblo, por sus condiciones morales y por su vinculación de familia y sólidas amistades.

Baron de Astrada General Correntino

Estaba en íntimo contacto con la clase más distinguida de Corrientes, siendo Berón de Astrada, Ferré, Madariaga y Tiburcio Rolón, los únicos representantes de aquella en la milicia correntina.

A pesar de la medianía de Berón de Astrada, no había en su provincia uno mejor para substituir al gobernador coronel Ramón de Atienza, fallecido a fines de 1837, en el departamento de Curuzú-Cuatiá. Ferré se había atraído el rencor de Rosas, lo que eliminaba aquella candidatura.

Berón de Astrada desempeñaba en aquellos momentos la comandancia general de las fuerzas que guarnecían la frontera del río Uruguay. La Sala de Representantes lo designó interinamente el 14 de diciembre de 1837 y el Congreso general ratificó su nombramiento el 15 de enero de 1838 para completar el período de Atienza, ascendiéndolo al mismo tiempo al rango de coronel.

Con esta designación triunfaron los desafectos a Atienza: Berón de Astrada no era un hombre capacitado para el manejo de los negocios públicos; carecía de talento y su instrucción no excedía a la de la generalidad de las personas cultas. Profesaba las ideas del general Ferré, siendo su amigo íntimo. Berón de Astrada prestó su conformidad a los actos de Rosas, en la cuestión de Francia, y a la protección armada que dio a Oribe, «en razón, explicó después en su manifiesto del 28 de febrero de 1839, de «que no podía dejar de contemporizar con él por el estado de la Provin-«cia, y de negarse a la condescendencia, se aventuraba a hacerle sufrir todo «el peso de una guerra desastrosa».

El gobernador de Santa Fe, don Domingo Cullen, despachó cerca de Berón de Astrada a don Manuel Leiva, ex-ministro de Ferré. La sola marcha de Leiva intranquilizó a Echagüe, gobernador de Entre Ríos, pues eran conocidas las ideas del personaje; fue pública su estrecha amistad con los políticos correntinos y su intimidad con Cullen. Leiva iba a tratar de obtener la alianza de las dos provincias, a fin de propender a un cambio depolítica o de situación, en la de Entre Ríos, para que las tres, y la de Córdoba, cuya adhesión se pensaba conseguir, impusieran a Rosas otra orientación en los asuntos públicos o resistieran su dictadura.

Leiva fue recibido lo mejor posible para el desempeño de su cometido, pero la correspondencia que cambió Berón de Astrada con Cullen fue interceptada por Echagüe, que se apresuró a enviársela a Rosas, como prueba de la traba que se preparaba. En Corrientes la negociación se había tratado con impenetrable secreto.

Cullen fue obligado a huir. Pero en aquellos meses el general Rivera logró derrotar a Oribe y asumió la dirección política de la República Oriental.

Entretanto, el Dictador autorizó al gobernador de Entre Ríos para que invadiera la provincia de Corrientes para castigar a Berón de Astrada por su traición. Echagüe trató de emplear la intriga en Corrientes, especialmente entre los jefes, sobre todo con el general Ferré y el coronel Vicente Ramírez, pero no logró su objeto. Empleó Echagüe medios agresivos contra Berón de Astrada, tales como detención de correos, colocación de fuerzas sobre el Guayquiraró y el Mocoretá y se utilizaron intimaciones atrevidas.

Berón de Astrada resolvió obrar con energía y en ello radica su gloria: triunfó la solución guerrera. Reunió en su campamento de Abalos las tropas veteranas y de milicias que constituyeron el primer Ejército Libertador y en el cual se encontraba el guerrero de la independencia coronel Manuel Olazábal, quien dirigió todo lo relativo a organización y disciplina, siendo notable la escasez de oficiales con alguna instrucción y el armamento poco y no nuevo. Olazábal también fue comisionado para tratar una alianza con Rivera, en Diciembre de 1838, y el 31 del mismo mes firmó en Montevideo un tratado por el cual Berón de Astrada pondría 5000 hombres y el presidente oriental 2000.

El 22 de enero de 1839 el congreso correntino acordó al gobernador las facultades solicitadas y un crédito de 50.000 pesos fuertes para la guerra contra Rosas. El 31 de diciembre anterior, Berón de Astrada había asumido el mando del ejército concentrado en Abalos, fuerte de 5000 hombres, de los cuales sólo 400 eran infantes y poco más de 50 artilleros, mandados por el coronel Tiburcio Rolón, «el tipo más distinguido de «todo el ejército, —según Mantilla—, por su hermosura, su gallardía, su «educación y su fortuna». La caballería la mandaba el coronel Olazábal.

El 4 de marzo levantó su campamento de Abalos, permaneciendo algunos días en el Chañar y a fines de Marzo avanzó hasta el Mocoretá, sin salir de la jurisdicción de Corrientes, porque Echagüe se había aproximado a la frontera. Según el plan acordado con Rivera, las tropas orientales y co-rrentinas debian operar simultáneamente para estrechar a Echagüe y ponerse a cubierto de un contraste.

La situación del ejército correntino lo habilitaba para las operaciones en todo momento, no así la del oriental, que debía aproximarse a la costa del Uruguay y vadearlo para penetrar en Entre Ríos. Berón pidió insistentemente a su aliado que se pusiera en la aptitud acordada en el tratado, mientras él avanzó hasta la frontera de Entre Rios.

El 30 de marzo acampó Echagüe en el arroyo Basualdo, a pocas leguas del enemigo. Berón de Astrada se mantuvo quieto en la esperanza de que Rivera cumpliría sus compromisos, llamando la atención de los federales por la retaguardia, con unos 1500 jinetes, pero el aliado no dio señales de vida.

Echagüe, amenazado de hallarse entre dos fuegos, aprovechó la inacción de Rivera y se lanzó sobre Berón de Astrada, el 31 de marzo. Su ejército sumaba 6000 hombres y se movió del arroyo Basualdo en tres columnas paralelas, mandando la derecha Urquiza, la del centro Servando Gómez y el propio Echagüe la de la izquierda. A poco de marchar, tropezó con las avanzadas correntinas que se replegaron sobre el grueso del ejército con precipitación y en desorden. Echagüe las siguió con marcha acelerada y a las 3 leguas enfrentó al ejército de Berón de Astrada, formado en línea de batalla en el distrito de Pago Largo.

Echagüe detúvose a prudente distancia para tomar el orden de combate en la misma distribución que habían avanzado. Los correntinos impacientes, no esperaron el ataque y tomaron la iniciativa con brío, cuidando de mantener la cohesión. Tropas nuevas como eran, fiaban más en el entusiasmo y el valor del que se sentían animadas, que en el poder de la disciplina.

Su empuje fué detenido durante algunos minutos se batieron ambos bandos con igual empeño, dominando sin embargo, con sus fuegos el centro libertador, formado por los granaderos a caballo, la infantería y la artillería y en el cual se hallaba Berón de. Astrada. La cobardía de un jefe que abandonó su puesto, según unos; la superioridad militar de Urquiza, según otros; y el orden de sus tropas, produjo la derrota de la izquierda correntina, a la que luego siguió la derecha. Sin embargo, el centro permaneció sin conmoverse, peleando con imperturbable energía contra todo el ejército federal, y sucumbió, muertos o prisioneros sus defensores, después de una valerosa resistencia. Berón de Astrada fue muerto en el combate, a lanza, y Tiburcio Rolón degollado en el acto de caer prisionero.

Sobre el campo de batalla perecieron 1900 correntinos y otros 800 fueron degollados después de haber caído prisioneros. Del cadáver de Berón de Astrada se sacó una lonja para manea, al uso de los indios salvajes en sus guerras, y asevera la tradición, que confeccionada la manea fué regalada al general Urquiza. Muchos la vieron y afirman que su dueño la conservó como un recuerdo glorioso de aquel espantoso día de barbarie y sin igual carnicería.

Fuente Consultada:
Biografías Argentinas y Sudamericanas – Jacinto Yaben – Editorial “Metropolis”

Biografía de Beruti Antonio El Patriota de la Escarapela

Biografía de Beruti Antonio Luis
Patriota de la Revolución de Mayo de 1810

Nació en Buenos Aires el 2 de septiembre de MI2, siendo sus padres don Pablo Manuel Beruti, natural de Cádiz; y doña María González de Al-derete, nobles españoles avecindados en Buenos Aires, desde 1754, que gozaban de gran consideración social. Bajo la administración del virrey Aviles, el joven Antonio Luis desempeñó con laborioso empeño y sin compensación alguna, varios cargos delicados que evidenciaron su honradez y laboriosidad ; después pasó a España para completar sus conocimientos; y, al regreso a su ciudad natal, encontró a sus conciudadanos que festejaban el triunfo de la Reconquista. Beruti abrazó enseguida la causa de los «criollos» que estaban disgustados con la actitud cobarde de las autoridades metropolitaras.

Esto sucedía en 1809. Miembro del Comité secreto que se reunía en la casa de don Nicolás Rodríguez Peña, revelo en todas las conterencias a que asistió, su decidida e irrevocable idea de que esa independencia se llevara a cabo con esfuerzos y recursos propios . Es conocidísima su activa y brillante actuación en los inolvidables días de mayo de 1810, en que proclamaba a la muchedumbre «lleno de petulancia y animado por una chispa del fuego sagrado que iluminaba su fisonomía y calentaba su palabra».

beruti antonio luis coronel

En el Congreso que se constituyó en aquellos días, votó el 22 de mayo, por la deposición del virrey Cisneros. El nombramiento de la Junta gubernativa realizado en la noche del 23, constituyó una verdadera intriga, en la que aparentemente se trató de satisfacer las demandas del pueblo, el cuál quería ver totalmente anulada la autoridad de Cisneros, observando, en cambio, que el partido español había hecho pesar su influencia en el espíritu de los cabildantes, a los que acusaba de haberse extralimitado en sus funciones.

Este motivo decidió el movimiento popular en el seno del Comité Secreto, y Beruti que había contribuido con su palabra fogosa y entusiasta a hacer germinar todas estas ideas en todos los círculos sociales, apostábase el día 25 en la plaza de la Victoria, frente a un selecto concurso de patriotas reunidos por él con el deliberado propósito de hacer respetar la voluntad popular expresada el día 22 .

Fue allí, que aceptando la idea de French, distribuyó entre los patriotas enardecidos por sus vibrantes discursos, las escarapelas azul y blanca que habían confeccionado y cuya primera ostentó Beruti en su vestimenta. Fue él que por una inspiración del momento, propuso e impuso en esa misma fecha, con la cooperación del patriota Martín Rodríguez, la lista de los componentes del primer gobierno patrio que tuvo la República Argentina y que constituyó la Primera Junta. Beruti realizó una de las aspiraciones populares de aquel momento.

Según el historiador Mitre y el testimonio de don Tomás Guido, testigo presencial, fue de exclusiva inspiración de Beruti la composición nominal de nuestra Primera Junta de gobierno. La hizo considerando los propósitos del movimiento emancipador y los deseos del pueblo que ya no se contentaba con la deposición del Virrey.

El 27 de junio de 1810 era nombrado teniente coronel del Regimiento América, creado por la junta. Después de estos períodos iniciales de la emancipación política argentina, Beruti ya no brilla en la escena pública, hasta el momento en que empezaron a manifestarse las divisiones entre los miembros de la Junta poco después, como uno de los fundadores de la célebre sociedad patriótica compuesta por jóvenes distinguidos, la cual no era sino un club, siendo su punto de reunión el Café Marcos, establecido con el fin de extender la instrucción y otros fines literarios.

En esta Sociedad figuraban muchos decididos partidarios de Moreno y más que todo, de las intrigas del partido de D. Cornelio Saavedra, Presidente de la Junta, que a toda costa quería recuperar el terreno perdido por la entrada de los nuevos vocales en el Gobierno. Esta circunstancia hizo mirar con desconfianza las reuniones del café Marcos, pues se supo que algunos miembros de la junta se encontraban complicados en los trabajos tendientes a verificar el movimiento subversivo que premeditaba el partido Saavedrista, con el objeto de conquistar para su exclusivo provecho la dirección de los negocios públicos.

Esto motivó el motín del 5 y 6 de abril de 1811, que produjo el alejamiento de la Capital de los vocales Azcuénaga, Vieytes, Peña y los miembros más conspicuos de la Sociedad Patriótica: Beruti, French, Donado, Posadas, etc. Un mes después Beruti regresaba a la Capital, respondiendo a una orden del Gobierno que disponía se le restituyera a su domicilio, por no encontrarse razón suficiente para mantener la medida de destierro decretada.

El 19 de enero de 1812 se le nombraba teniente coronel del Regimiento N9. 3 y el 18 de noviembre del mismo año, Teniente gobernador interino de Santa Fé, dependiente de la Intendencia de Buenos Aires, que desempeñó hasta el 4 de junio de 1813, en que fue designado para desempeñar el mismo cargo en Tucumán, dependiente de la de Salta, ejerciéndolo hasta el 4 de marzo de 1814, en que fue designado teniente coronel del 1er. batallón del Regimiento Nº3.

El 9 de mayo del mismo año fue comandante del 2o. Tercio Guardia Nacional de infantería de Buenos Aires, y el 6 de agosto de aquel año fue graduado coronel y le fue encomendado el cuidado y vigilancia de los prisioneros de guerra, a cuyo efecto se le expidió el nombramiento de comisario general de prisioneros. Había desempeñado el Ministerio de la Guerra en dos ocasiones cuando fue nombrado el 30 de agosto de 1816 coronel efectivo y Sub inspector del Ejército de los Andes.

El 24 de enero de 1817, el general San Martín le confería el cargo de 29. Jefe del Estado Mayor, puesto con el cual tuvo distinguida actuación en la batalla de Chacabuco, el 12 de febrero siguiente, mereciendo una citación especial del comandante en jefe, por sus merecimientos en aquella gloriosa jornada. Poco después, a fines de marzo del mismo año, se retiró del Ejército de los Andes, regresando a Buenos Aires, donde permaneció sin puesto de importancia hasta que la lucha de los partidos políticos reavivó su antiguo entusiasmo, impulsándolo a afiliarse al Partido Unitario.

En el año 1841 como ministro del. general Lamadrid, asistió a la batalla del Rodeo del Medio (Mendoza), ganada por Pacheco el 24 de septiembre de aquel año y Beruti, derrotado, se ocultó. Descubierto por el general vencedor , éste le dispensó consideraciones especiales, no obstante lo cual el fogoso tribuno que era ya un anciano, no pudo dominar su abatimiento moral: asaltóle un delirio que alteró su razón y que fue el presagio de su muerte, ocurrida el 3 de octubre siguiente, esto es, diez días después de la derrota. Su cadáver fue eneerrado en Mendoza, sin que en su sepultura se colocase alguna señal distintiva, lo que hizo imposible a sus familiares encontrar sus restos ni perpetuar su memoria por medio de un monumento recordatorio.

Beruti obtuvo su reforma militar el 12 de febrero de 1823.

Había contado matrimonio con doña Mercedes Ortiz, una de las matronas que en Mendoza entregaron sus joyas en holocuasto a la patria.

Fuente Consultada:
Biografías Argentinas y Sudamericanas – Jacinto Yaben – Editorial “Metropolis”

Biografía de Juan José Carrera Plan Para Derrotar a O’Higgins

Biografía del Brigadier Juan José Carrera

Nació en Santiago de Chile en 1782, siendo sus progenitores, don Ignacio de la Carrera, prestigioso Brigadier de los Reales Ejércitos; y doña Paula Verdugo Fernández de Valdivieso, perteneciente a una distinguida familia nativa, de noble alcurnia.

Dedicado a la carrera desde sus más tempranos años, Carrera ostentaba las presillas de sargento mayor cuando estalló la revolución emancipadora de su patria, alcanzando la jerarquía de brigadier en la asonada del 15 de noviembre de 1811. Apoyó a su hermano José Miguel en las diversas revueltas en que desquició el orden y arrojó al abismo la obra de los demás patriotas chilenos.

Cuando el 1º  de abril de 1811, el comandante Tomás de Figueroa intentó apoderarse del mando, mediante la revolución que encabezó en Santiago, Juan José Carrera en su calidad de sargento mayor del Regimiento de Granaderos, contribuyó poderosamente al restablecimiento del orden, y por sus merecimientos en esta emergencia, por decreto del 9 de aquel mes y año, la Junta Gubernativa de Chile le otorgó el ascenso a teniente coronel efectivo de caballería de línea y lo condecoró con un escudo con el lemas «Yo salvé la Patria», el que debía ser llevado en el brazo izquierdo.

Acompañó a su hermano, como queda dicho, en los dos levantamientos: en el del 4 de septiembre de 1811, en que se produjo el cambio de la Junta Gubernativa colocando personas que creían eran sus partidarios; y después, en el del 15 de noviembre del mismo año, por medio del cual derrocó a estas personas y se estableció en su lugar tomando la dirección suprema.

A raíz de este movimiento, el 11 de enero de 1812, Juan José Carrera debió salir de Santiago al frente de 300 Granaderos, 20 artilleros, ó piezas y 100 jinetes del Regimiento Miliciano de Melipilla, para reprimir la resistencia al nuevo gobierno presentada por los habitantes de Penco. Posteriormente pasó a formar parte de la Junta de Gobierno, en la que ya figuraba en abril de 1813.

En el curso de este año operó contra los españoles y en noviembre se hallaba en un lugar llamado Ñipe, distante de Chillan como 12 leguas, 4 al Sud de liara, con 600 fusileros, 18 cañones con 80 artilleros. El 9 de diciembre de 1813 un cambio en la situación política, hizo cesar a los hermanos Carrera en los mandos militares que se habían asignado. Acompañó a su hermano José Miguel en la tercera revuelta para alterar el orden, que tuvo lugar en Santiago el 23 de julio de 1814, ya pesar de esta adhesión y cooperación, este último en varios pasajes de su «Diario Militar» rebosa de la malquerencia que sentía por su hermano: «Juan José nunca pudo llevar «con paciencia verse mandado por mí, siendo menor que él.

Le acompañó en la campaña del Sur para contrarrestar la invasión realista conducida por el brigadier Antonio Pareja, campaña que terminó tan desastrosamente en Chillán y de regreso de Mendoza, después que el movimiento del 23 de julio de 1814 llevó al poder a su hermano José Miguel, se incorporó al ejército y asistió con O’Higgins al glorioso sitio y derrota de Rancagua.

Barros Arana, autoridad insospechable dice:

«Contaban los contemporáneos que desde que los patriotas se vieron encerrados en Rancagua, D. Juan José Carrera, que tenía el título de brigadier desde 1811, se acercó a O’Higgins y le dijo «Aunque yo soy general más antiguo, Vd. es el que manda». Esta versión está también consignada en los apuntes de D. Juan Thomas. Si esas palabras no son perfectamente exactas, el hecho sí lo es. D. Juan José Carrera que había perdido todo prestigio militar por su conducta en la campaña de 1813, en que nunca había hecho cosa alguna de provecho, ni se había dejado ver en ningún puesto de peligro, no hizo sentir tampoco su presencia en Rancagua, permaneciendo durante todo el combate dentro de la casa del cura, y sin presentarse una sola vez a los soldados» («Historia General de Chile», tomo IX, página 562).

El desastre de Rancagua lo arrojó como a los demás patriotas, de Chile a Mendoza, de donde pasó a Buenos Aires, pues en aquella Gobernación Intendencia la voluntad inflexible del futuro libertador de Chile no les había sido cómoda. Desde esta ciudad José Miguel pasó a los Estados Unidos, donde le fracasaron sus propósitos de armar buques y reclutar gente, para regresar a Buenos Aires, de donde marcharía a libertar a su país con el apoyo de sus compatriotas emigrados.

El fracaso de estos planes fue debido en parte a la intervención del Director Pueyrredón, que por indicación de San Martín, frustró en la medida de sus posibilidades la realización de aquellos. A su regreso a Buenos Aires, San Martín ya había logrado el triunfo de Chacabuco.

Los tres Carrera entraron en la conjuración encabezada por Agrelo, Pagóla y French, para derrocar a Pueyrredón, la que descubierta, dio con aquellos en prisiones: Juan José, en compañía de su hermano Luis fueron a parar a una cárcel en tierra mientras que José Miguel fue colocado en el bergantín «BELÉN», de donde fugó, yéndose a Montevideo.

Después de un tiempo, los dos primeros fueron puestos en libertad, convencido el Gobierno de que habrían desistido de sus empresas subversivas.

Bien pronto, en vez, idearon un atrevido plan para pasar a Chile, con «el fin de derrocar a O’Higgins del mando y ponerse en su lugar: Juan José y Luis Carrera debían atravesar las provincias argentinas y reunirse con otros partidarios que se irían concentrando desde diversos puntos de la emigración en la Hacienda de San Miguel, en uno de los valles de la Cordillera; donde esperarían a José Miguel, que arribaría a aquel puntos en una fragata norteamericana, con la que partiría desde Montevideo para dar cima a su empresa.

Luis Carrera,  partió de Buenos Aires el 10 de julio de 1817, disfrazado y con el nombre de Leandro Barra, pero tuvo la desgracia, por su falta de tacto, de caer en manos de la justicia de San Luis, que lo trasmitió a la de Mendoza, quedando por completo revelado el plan que iban a desarrollar los tres hermanos. Juan José, que ignoraba lo acontecido, salió a su vez de Buenos Aires el 8 de agosto, bajo el nombre supuesto de Narciso Méndez, disfrazado de peón, como acoro pañante del impresor chileno don Cosme Alvarez.

Hicieron sin novedad el viaje en las primeras etapas, pero al cubrir la travesía de Río IV a San Luis, pasando la posta de «San José», y habiéndose adelantado Alvarez alguna distancia, quedó muerto en el camino un postillón de 16 años que acompañaba a Juan José Carrera, sobre el que recayó las sospecha de un crimen que jamás pudo comprobarse.

En la posta de «La Barranquerita», este último y Alvarez fueron detenidos por un destacamento enviado por el gobernador de San Luis, prevenido desde Mendoza, y a la responsabilidad del crimen en el desierto se sumó el complot subversivo del cual ya tenía el gobierno de Mendoza pleno conocimiento.

En Mendoza los dos hermanos fueron sometidos a juicio, donde desde la cárcel prepaiaron un nuevo complot que tenía por objeto derrocar al gobernador Luzuriaga, reuniendo las milicias y movilizando los chilenos expatriados y prisioneros españoles, para formar una gran fuerza, con la cual pasarían a Chile a imponer respeto a San Martín y O’Higgons. El sargento y la guardia de la cárcel estaban complicados en el movimiento que debía estallar el 25 de febrero de 1818 por la noche, siendo descubierto en la tarde de este mismo día por uno de los complotados que delató la conspiración temeroso del resultado que podría acarrearle.

El fin de estos infortunados hermanos lo aceleró el triunfo de los españoles en Cancha Rayada, pues el Dr. Monteagudo que había atravesado los Andes con la desastrosa noticia de aquella sorpresa, se puso en contacto con Luzuriaga, al que estimuló en toda forma para acelerar la causa de los Carrera, pues al conocer el resultado de Cancha Rayada, se había producido una extraña agitación entre los emigrados chilenos y los prisioneros españoles.

El 7 de abril la causa estaba pronta a ser sentenciada habiendo solicitado el fiscal, comandante Manuel Corvalán, la última pena, no obstante lo cual Luzuriaga quiso escuchar la opinión de tres letrados, los que se expidieron confirmando la pena pedida por el fiscal, el 8 de abril, y la que se cumplimentó el mismo día a las 5 de la tarde en la Plaza Mayor de Mendoza.

En sus últimos instantes, Juan José Carrera se halló completamente abatido y protestando contra la sentencia cruel, a la inversa de su hermano Luis, que tuvo una firmeza singular hasta el extremo de darle ánimo a Juan José.

Fuente Consultada:
Biografías Argentinas y Sudamericanas  – Jacinto Yaben – Editorial «Metropolis»

Biografía de Pedro Castelli Coronel de la Conjuracion de Maza a Rosas

Biografía del Coronel Pedro Castelli

Nació en Buenos Aires en 1801, siendo sus padres el Dr. Juan José Castelli y doña María Rosa Lynch. Inició su carrera militar como cadete de la 2.a compañía del 1er. escuadrón del Regimiento de Granaderos a Caballo, en cuyo carácter tomó parte en el combate de San Lorenzo, el 3 de febrero de 1813, donde recibió su bautismo de fuego. El 4 de diciembre del mismo año fue ascendido a teniente.

El 15 de febrero del año siguiente, nombrado capitán de la 1.a compañía del Batallón de Cazadores, concurre al sitio de Montevideo hasta la capitulación de la plaza, el 23 de junio de aquel ano, mereciendo la condecoración otorgada a los vencedores por el Supremo Gobierno. Tomó parte en la lucha contra Artigas en la Banda Oriental.

pedro castelli

De regreso, se hallaba acantonado en Olivos, cuando Alvarez Thomas, que mandaba aquellas fuerzas, recibió orden de marchar contra las montoneras en Santa Fe. Fue uno de los firmantes de la famosa Acta de Fontezuelas, por medio de la cual los jefes y oficiales de aquel ejército se rebelaron contra el Director Supremo Alvear, derrocándolo.

El 24 de septiembre de 1815 fue designado capitán de la 2a. compañía del 1er. escuadrón de Granaderos de Caballería del Supremo Gobierno. En noviembre de 1818 era capitán del Regimiento «Húsares de la Unión». Participó de Tas vicisitudes de los años 1818 a 1820, luchando contra las montoneras de Estanislao López y Francisco Ramírez, habiendo sido graduado sargento mayor el 14 de octubre de 1818 y recibiendo la efectividad de este empleo el 12 de enero de 1820, en el Regimiento 19 de Lanceros, cuerpo del cual obtuvo su licencia absoluta el 20 de abril del mismq año.

En 1823 se acogió a la ley de reforma con el empleo de sargento mayor de caballería. Fue uno de los jefes firmantes de la intimación del general Soler al Cabildo de Buenos Aires, hecha desde Lujan, el 11 de febrero de 1820.

Retirado del servicio militar, se dedicó a los trabajos rurales en el ramo ganadería, administrando cerca de 7 años la estancia «La Esperanza» (en el Divisadero de los Montes Grandes) de la casa Zimmermann y Cía., hasta que vendida a la razón social Sánchez y Cía., fue a regentearla don Martín Serna.

Castelli protegido por su amigo don Manuel Campos pudo adquirir la pequeña estancia que poseía en la remota sierra del Volcán, formando con su dedicación y trabajo, un capital propio; y esta circunstancia unida a las dotes de su carácter franco y generoso, a la par de sus méritos militares, le dieron ascendiente y popularidad entre los habitantes del S. de Buenos Aires.

Cuando en 1839 los hacendados del Sud resolvieron hacer un movimiento revolucionario para derrocar a Rosas, eligieron a Castelli como jefe militar. Este acto subversivo debió tener lugar en combinación con la conjuración Maza en Buenos Aires y cuando esta fracasó, los dirigentes del Sur de Buenos Aires instaron al general Lavalle para que se trasladase de la Isla de Martín García, a la costa sur de Buenos Aires y tocase tierra en la Laguna de los Padres, donde lo esperarían con una buena escolta.

Lavalle había resuelto cumplir este pedido, pero las insinuaciones de muchos de sus compañeros, lo llevaron a seguir su destino por Entre Ríos y Corrientes, para iniciar desde allí la cruzada libertadora.

Los del Sur de Buenos Aires quedaron librados a sus propios recursos y Castelli, designado general por los revolucionarios, logró reunir cerca de 2000 hombres en Dolores, el 5 de noviembre de 1839; y otro grupo numeroso en Chascomún.

El 7 de aquel mes, eran completamente derrotados en la batalla de este último nombre librada contra las fuerzas de los jefes rosista, don Prudencio Ortiz de Rozas y don Nicolás Granada. Los revolucionarios perdieron más de la mitad entre muertos, heridos, prisioneros y dispersos, retirándose el resto al Sur en buen orden, gracias a la serenidad y resolución del comandante Rico, el que pudo embarcarse en el riacho de Ajó y llegar a Montevideo.

El jefe militar Pedro Segundo Castelli cayó en manos de los federales durante la persecución; y degollado por el miliciano Juan Duran, fué remitida su cabeza al comandante militar de Dolores para que la hiciera colocar en una pica en la plaza, como se cumplimentó «en el extremo de un madero de 5 metros de altura y allí permaneció siete años» («La Batalla de Chascomús», por Juan B. Selva).

Fuente Consultada:
Biografías Argentinas y Sudamericanas  – Jacinto Yaben – Editorial «Metropolis»

Biografía de Manuel Alberti Vocal del Primer Gobierno Patrio

Biografía de Manuel Alberti

Nació en Buenos Aires, el 28 de mayo de 1763, donde cursó sus estudios eclesiásticos y se ordenó de sacerdote en 1783. En 1785 se graduó de doctor en cánones, en la ciudad de Córdoba.

Desempeñó el curato de San Fernando de Maldonado, en la Banda Oriental, donde se hallaba en 1806, cuando aquella ciudad fue tomada por los ingleses, quienes desterraron a Alberti, acusado de mantener correspondencia reservada con los jefes españoles del campamento militar situado en «Pan de Azúcar». En consecuencia se trasladó a Montevideo en diciembre de aquel año.

En dicho año, rigiendo el curato de San Nicolás de Bari, en esta Capital, el doctor Julián Joaquín de Gaínza, fue dictado un decreto del Virrey, dividiendo aquella parroquia y erigiendo una nueva en la parte desmembrada, lo que produjo una protesta del citado Gaínza patrocinado por el Dr. Mariano Moreno.

Manuel Alberti A fines de 1808 fue nombrado por el Obispo de Buenos Aires el doctor Alberti para hacerse cargo del nuevo curato de San Benito de Palermo, advocación de San Nicolás de Barí, y nombró un apoderado para que lo efectuase a su nombre y representación; pero fue rechazado el citado Gaínza, que se negó a darle posesión, y protestó del nombramiento de Alberti por considerarse deber ser preferido por derecho en la elección, caso de verificarse.

Al día siguiente, sin perjuicio del derecho de elección que aquel tenía por la erección, dispuso el obispado que se diera la posesión ordenada al apoderado de Alberti, para cuyo acto se comisionó al cura interino, doctor Mariano Medrano.

La primera partida que consta en el archivo de dicho curato parroquial firmada por Alberti, lleva la fecha de 19 de noviembre de 1808.

Desempeñaba este cargo cuando sobrevino la revolución de Mayo, a cuya preparación coadyuvó con incansable actividad con Belgrano, Paso, Rodríguez Peña, Donado, Vieytes, Chiclana, Castelli y otros notables patriotas.

En el congreso general o Cabildo Abierto el 22 de mayo, adhirió su voto al del Dr. Juan N. Sola, por la cesación en el mando del virrey Cisneros, cuya autoridad debía recaer en el Cabildo hasta la erección de la junta gubernativa correspondiente.

Fue uno de los elegidos para formar parte de la Primera Junta, y en su carácter de vocal subscribió todas las importantes medidas que tomó aquella, menos la de pasar por las armas a Liniers y sus compañeros de infortunio, que rehusó enérgicamente.

Se negó a tomar parte en el debate alegando su carácter sacerdotal, y concluido éste, apenas firmada la fatal sentencia, volvió a entrar y seguro de que su opinión no modificaría la medida, declaró que la Junta se apartaba de la justicia, pues que si alguno debía morir por instigador acérrimo de la contrarevolución que se mandaba decapitar era, únicamente, el Obispo Orellana.

Cuando los nueve diputados de las provincias pidieron incorporarse a la Junta «para crear una autoridad sin unidad de pensamiento y con intereses y propósitos divergentes«, Alberti les concedió su voto favorable, aunque declarando que solo accedía por conveniencia política del momento, pues tal pretensión era contra todo derecho y la preveía origen de muchos males. Los resultados confirmaron su modo de pensar.

Este patriota distinguido, que al decir de los historiadores Mitre y Núñez, fue una de las dos primeras víctimas de nuestras disensiones internas, falleció repentinamente en Buenos Aires el 2 de febrero de 1811, sin la satisfacción de ver consumada la grande obra a que asoció perdurablemente su nombre.

El doctor Alberti fue también uno de los redactores de la «Gazeta de Buenos Aires». En 1822 el Gobierno dispuso que una de las calles de esta ciudad perpetuara su nombre.

Conquista y Colonizacion de la India Por Inglaterra

Conquista y Colonización de la India

Hasta el siglo XVIII, la India estuvo bajo la hegemonía de los grandes mongoles, príncipes musulmanes. Cuando murió el último de estos soberanos, el país se dividió en una multitud de pequeños Estados rivales. Franceses e ingleses, que tenían factorías comerciales en el país, hicieron lo posible por conquistarlo. La India, que durante la guerra de los Siete Años pasó a ser colonia inglesa, proporcionó a Inglaterra enormes riquezas.

A principios del siglo XVIII, la India era un imperio muy poblado cuya civilización nada tenía que envidiar a la de Occidente, salvo desde el punto de vista técnico. Hasta 1700, aproximadamente, toda la península había permanecido bajo la autoridad de los grandes mongoles, que pertenecían a una rama musulmana de emperadores que descendían de Tamerlán.

Cuando hubo desaparecido el último gran mongol, el país se dividió en una multitud de pequeños Estados rivales.

Había finalizado el período fastuoso de la civilización india. Por otra parte, la rivalidad entre el hinduismo y el islamismo, así como las diferencias de razas, lenguas y castas desgarraban el país. La India iba a ser una presa fácil para un nuevo conquistador.

Francia e Inglaterra habían instalado en la India establecimientos comerciales o factorías. Las factorías inglesas más importantes se encontraban en Bombay, Calcuta y Madras, mientras que los franceses habían fundado Pondichery, Chandernagor, Mahé, Karikal y Yanaón.

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Revuelta de Cipayos

Hacia mediados del siglo xvm, el gobernador francés Dupleix intentó, a partir de estas concesiones, lanzarse a la conquista de todo el país. Disponía de un ejército de soldados autóctonos encuadrados por oficiales europeos.

Manejando hábilmente la oposición que existía entre los señores indios, en seis años logró situar gran parte de la India bajo la influencia de Francia.

Pero como Francia no tenía la intención de enfrentarse abiertamente a Inglaterra, en 1754 Dupleix fue llamado a su país, y su sucesor Godehey firmó un acuerdo con los ingleses: ambas partes abandonaban sus protectorados y renunciaban a concluir acuerdos con los príncipes locales.

Cuando, en 1756, estalló la guerra de los Siete Años entre Francia e Inglaterra, un francés de origen irlandés, Thomas Lally Tollendal, partió para las factorías francesas en la India e inició la lucha contra los ingleses.

Obtuvo algunas victorias, pero no le llegaron refuerzos, y cuando Robert Clive se dirigió hacia el sur de la India, su situación se hizo precaria.

Cuando el nabab de Bengala mandó matar a ciento veinticinco prisioneros ingleses, Robert Clive pasó al ataque. La batalla de Plassey (1757) hizo que Bengala pasara a manos de los ingleses. Tollendal, que permanecía acorralado en Pondichery, tuvo que rendirse cuatro años más tarde. Había caído el poderío francés en la India, aunque por el Tratado de París (1763) se permitió a Francia conservar sus posesiones con la condición de que las fortificaciones fueran destruidas.

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Palacio del maharajá en Mysore:Este majestuoso edificio se encuentra en la ciudad india de Mysore, en el estado de Karnātaka. Construido a finales del siglo XIX, este palacio amurallado se proyectó con cúpulas, arcos, torrecillas y columnatas de acuerdo con el estilo indo-sarraceno. El interior está decorado con deslumbrantes colores, vidrieras, pavimentos de mosaico, espejos y puertas de madera tallada.
Cipayo: Soldado indio de los siglos XVIII y XIX al servicio de Francia, Portugal y Gran Bretaña.

Los ingleses reemprendieron por su cuenta la política de Dupleix y se adentraron en el país. Robert Clive y sus sucesores, especialmente Warren Hastings, sometieron a toda la India al control de Inglaterra. Al principio el territorio fue puesto bajo la autoridad de la Compañía inglesa de las Indias Orientales, pero a causa de las quejas contra las exacciones de la Compañía, el Gobierno británico no tardó en instaurar un consejo de vigilancia.

robert clive

Robert Clive

A principios del siglo XIX, la autoridad de Inglaterra hallábase ya sólidamente impuesta: sólo las regiones del Indo quedaban todavía fuera del poder británico. Los territorios del curso inferior del río se encontraban en manos de los emires musulmanes, que en 1843 se vieron forzados a someterse.

En 1849, tras dos violentas campañas emprendidas contra el Penyab, fueron sometidas también las regiones más septentrionales. Desde ese momento toda la India estuvo bajo el control de Inglaterra. Los territorios confiscados a los príncipes hostiles a Inglaterra fueron colocados bajo la autoridad del «gran procónsul», el gobernador lord Dalhousie, que los dominó con mano férrea de 1848 a 1856.

Mientras tanto, Inglaterra había extendido su hegemonía a los Estados vecinos de la India: ocupó Aden y Birmania.
Inglaterra tuvo que reprimir varias revueltas. Una de las más importantes fue la de los cipayos, en 1857.

Delhi, Canpur y Lajno cayeron en manos de los rebeldes, y durante los dos años siguientes se libraron feroces combates.

Una de las consecuencias de la rebelión fue la abolición de la Compañía inglesa de las Indias Orientales: la India se convirtió en una colonia que dependía directamente de la Corona, y era dirigida desde Londres por un secretario de Estado asistido por un consejo de 25 miembros. De este secretario de Estado dependía, en Calcuta, un virrey, asistido por un consejo legislativo y ejecutivo. En 1876 la reina Victoria fue proclamada emperatriz de las Indias.

En el siglo XIX, la oposición al régimen colonial inglés cobró un cariz más violento. El movimiento nacionalista fundó un Congreso Nacional que exigía la autonomía del país. Se concertaron varias reformas, pero no se habló de autonomía. Para obtenerla, Gandhi aplicó una política de resistencia pasiva y lanzó la frase: «ingleses, abandonad la India». En 1947, la India fue dividida en tres Estados autónomos: la Unión India, Paquistán y Ceilán

LA DESCOLONIZACIÓN:

La rebelión de los cipayos, soldados indios que prestaban sus servicios en el ejército inglés al mando de oficiales europeos, sorprendió a Gran Bretaña. Sin embargo, la rebelión había estado incubándose desde hacía mucho tiempo: fue tanto más peligrosa cuanto que en ella participaron hindúes y musulmanes. No obstante, los ingleses lograron dominarla, en parte porque algunas regiones de la península india, especialmente el Penyab, permanecieron fieles a ellos.

A pesar de las importantes reformas que siguieron a la pacificación, los indios todavía tenían muchos agravios políticos y económicos contra Inglaterra. El Congreso Nacional Indio, asociación de patriotas fundada en 1885, les proporcionó la ocasión para formularlos. Este congreso pedía la indianización de la Administración, e hizo aplicar una serie de beneficiosas medidas en el terreno social y educativo.

Con Bal Giandaghar Tilak no tardó en imponerse la tendencia extremista que reclamaba la independencia. El poeta Rabindranath Tagore también se declaró partidario de la independencia.

En 1905, el Congreso aconsejó que se boicotearan los productos ingleses en beneficio de los productos indígenas. El país fue escenario de actos de terrorismo cometidos por una organización clandestina.

En 1909, todos estos acontecimientos dieron como resultado unas reformas que sólo satisfacían en parte los deseos de los patriotas moderados: se concedió entrada a un indio en el Gabinete del virrey, y otros dos, un hindú y un musulmán, obtuvieron escaños en el Consejo del secretario de Estado en Londres.

La primera guerra mundial aportó un cambio radical en las relaciones entre Inglaterra y la India: más de un millón de soldados indios combatieron en el frente aliado en el Próximo Oriente, Europa y África. Además, la India, desarrollando su industria y su comercio, cooperó con Gran Bretaña en el esfuerzo de guerra.

En 1917, los nacionalistas le arrancaron a Montagu, secretario de Estado para los asuntos indios, la promesa de una progresiva autonomía.

En 1919, en virtud de la Indian Act, se concedió a los indios atribuciones particulares en el aspecto regional, pero la Administración central siguió prácticamente en manos del virrey.

Los dirigentes indios no se sintieron satisfechos con estas reformas. Entre ellos estaba Mohandas Karamchand Gandhi (1869-1948), que no tardaría en ocupar una posición predominante en el movimiento de independencia.

Gandhi era un abogado que había defendido los intereses de los indios emigrados a Natal, en África del Sur. No era contrario a los ingleses ni a Occidente, pero sentía una viva repulsión por el materialismo, al que consideraba una de las características esenciales de la sociedad occidental. En cambio, no ocultaba su admiración por los valores espirituales de Occidente.

Al igual que Tolstoi, con quien mantenía correspondencia, sentía predilección por la vida en el campo y se oponía a la técnica moderna. Entre los eslóganes políticos de Gandhi citaremos satya (verdad), ahimsa (no violencia) y brahmacharya (amor al prójimo).

Gandhi preconizó una resistencia pasiva a Inglaterra, es decir, la desobediencia civil y la no cooperación con el Gobierno colonial. Organizó manifestaciones pacíficas y reuniones, que provocaron una reacción brutal por parte de las autoridades inglesas. En Amritsar, un general inglés dio orden de disparar sobre la multitud. Esta represión indujo a los nacionalistas moderados a apartarse de Inglaterra.

Después de la muerte de Tilak en 1920, Gandhi se convirtió en el jefe indiscutido del Congreso Nacional. Aquel mismo año apoyó al Congreso con su campaña de no cooperación, y en 1921 provocó una huelga de impuestos.

A pesar de que Gandhi fue enemigo declarado de la violencia, menudearon los incidentes entre indios e ingleses y entre hindúes y musulmanes. En 1922, Gandhi empezó su primera huelga del hambre y fue condenado a seis años de cárcel.

Dos años después fue puesto en libertad. Hasta 1930, Gandhi se dedicó exclusivamente a actividades sociales y económicas. Puso toda su influencia y su prestigio al servicio de los millones de parias a quienes llamaba «pueblo de Dios».

Mientras tanto, el partido moderado (moderado únicamente en lo concerniente a la táctica, pues la meta seguía siendo la autonomía) había obtenido mayoría en el Congreso Nacional. La comisión de información enviada por Inglaterra fue boicoteada por los indios que, en 1928, exigieron la inmediata instauración de un régimen de dominio.

En 1930, Gandhi partió con gran número de discípulos en dirección a la costa a fin de recoger allí un puñado de sal y romper, de este modo, simbólicamente, el monopolio inglés de la sal. En efecto, la sal estaba grabada con un impuesto. (Ver: Marcha de la Sal)

Al año siguiente, el Congreso participó en una mesa redonda en Londres, pero esta conferencia no dio resultado alguno. En 1937, el partido del Congreso obtuvo brillantes victorias en las elecciones para los parlamentos provinciales. Sin embargo, la oposición entre hindúes y musulmanes se había acentuado.

Durante la segunda guerra mundial, Gandhi se declaró partidario de Inglaterra y China, mientras que Subhas Chandra Bose, presidente del Congreso, se ponía de parte de Alemania y Japón. La invasión de la India partiendo de Birmania, que había planeado Bose, terminó en fracaso. Sir Stafford Cripps, representante británico en Delhi, prometió a la India el estatuto de dominio, estatuto que le sería concedido inmediatamente después de la guerra.

Pero en 1942 Gandhi lanzó su proclama: «Ingleses, abandonad la India». Poco después de finalizadas las hostilidades, Mohamed Ali Kinnah, jefe de la Liga Musulmana, invitó a los musulmanes a pasar, a su vez, a la acción.

A Inglaterra sólo le quedaban dos alternativas: emplear la violencia o abandonar la India, repartiéndola entre hindúes y musulmanes. Optó por la segunda solución, y, en 1947, el Congreso y la Liga Musulmana aceptaron el plan de división que les había presentado el virrey, lord Mountbatten.

La India sería dividida en tres dominios: la Unión India, Paquistán y Ceilán. Algunos meses después, el 30 de enero de 1948, Gandhi fue asesinado por un fanático, y el primer ministro, Jawaharlal  Nehru,  le  sucedió  como señor espiritual y político de la nueva India.

En 1966, Indira Gandhi sucedió a Nehru, su padre. La división de la India provocó emigraciones masivas, acompañadas de violencias que costaron la vida de centenares de miles de personas. Numerosos hindúes abandonaron Paquistán, mientras que los musulmanes se retiraron de la Unión India. Sin embargo, una décima parte de la población de la India son musulmanes.

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El Grito de Asencio La Revolución de la Banda Oriental

El Grito de Asencio – La Revolución de la Banda Oriental

La Revolución en la Banda Oriental: La Junta de Buenos Aires había enviado a su secretario Paso a la Banda Oriental, con la difícil misión de convencer al Cabildo de Montevideo de que se plegase a la causa patriota, pero sus propuestas fueron rechazadas de plano por los cabildantes. La situación empeoró aún más con la llegada de España del ex-gobernador Francisco Javier de Elío, quien retornaba con el flamante título de Virrey otorgado por el Consejo de Regencia.

Elío, mientras preparaba su ejército, pidió por pura formalidad el reconocimiento de su investidura por parte de la Junta, lo que, por supuesto, le fue negado.

Gervasio Artigas

Uno de los jefes de las milicias realistas de Montevideo era el criollo José Gervasio Artigas, quien desertó del bando español para servir a la libertad de su patria. Luego de una breve estancia en Buenos Aires, Artigas recorrió la campaña uruguaya al frente de un centenar y medio de soldados de frontera, los blandenques, insurreccionando todo el interior de la Banda Oriental.

El 28 de febrero de 1811, en el pueblo de Asencio, los patriotas orientales proclamaron la unión de la Banda Oriental al gobierno de Buenos Aires, pasaje histórico que es recordado como el «Grito de Asencio».

En apoyo a los sublevados de la Junta dispuso que el general Belgrano pasara con las tropas que regresaban del Paraguay a la Banda Oriental. La decidida acción de Artigas insurreccionó a todo el país y el 18 de mayo de 1811 el caudillo oriental obtuvo un rotundo éxito militar en Las Piedras. Luego de arrebatar Colonia a los españoles cerró el cerco sobre Montevideo. Belgrano, que había actuado de acuerdo con Artigas, tuvo que dejar el mando del ejército al coronel José Rondeau y regresar a Buenos Aires.

Virrey Elío

Los realistas sitiados contaban con la excelente fortaleza del Cerrito y con una flota que les aseguraba el control del Río de la Plata y el aprovisionamiento de Montevideo. Por otro lado esperaban la llegada de refuerzos militares de España. A pesar de todo ello el virrey Elío cometió la imprudencia de llamar en su auxilio a Portugal.

La corte portuguesa residía por entonces en Río de Janeiro, para ponerse a salvo de las tropas de Napoleón. Cumpliendo el viejo anhelo de dominar una de las márgenes del Plata los portugueses pusieron en camino hacia la Banda Oriental un ejército de 1200 hombres.

La fuerza expedicionaria portuguesa distaba de ser imbatible, pero la diplomacia lusitana la presentaba como una fuerza de paz mediadora entre patriotas y realistas y proponía un armisticio. Tal cosa era favorable a los realistas y quizás a Buenos Aires, preocupada por la derrota de Huaqui, pero para los patriotas orientales era un verdadero desastre.

En octubre de 1811 se firmó el armisticio. Las fuerzas de Rondeau levantaban el sitio y regresaban a Buenos Aires; el comercio entre ambas márgenes del Plata se reanudaba; el virrey Elío seguía en Montevideo esperando un reconocimiento de Buenos Aires que no llegaría nunca.

El acuerdo a que habían llegado los porteños desagradó profundamente a los orientales. Siguiendo a las milicias de Artigas que se retiraban a Entre Ríos, toda la población de la campaña abandonaba su tierra y sus casas en dramático ejemplo de amor a la libertad, que es conocido como el «Exodo Oriental».

Fuente Consultada:
Biblioteca del Estudiante Tomo I N°15 La Revista

Primer Libro Impreso en América La Imprenta de los Jesuitas

Primer Libro Impreso en América
La Imprenta de los Jesuítas

IMPRENTA E INCUNABLES EN IBEROAMÉRICA: El arte de imprimir cobró auge considerable en la América Española inmediatamente después de la conquista, ya que era urgente disponer de una literatura religiosa que ayudara a los misioneros en la evangelización de los indios.

La primera imprenta quedó establecida en México en 1539 por instigación del primer obispo de la Nueva España fray Juan de Zumárraga, y del primer virrey, don Antonio de Mendoza.

El primer impresor fue el italiano Juan Pablos, que celebró un contrato con el impresor alemán Juan Cromberger, establecido en la ciudad de Sevilla. Se cree que el primer libro impreso fue la Escala Espiritual de San Juan Clí-maco, traducida por fray Juan de Estrada, pero bl primer libro que lleva la fecha de 1539 es Breve y Más Compendiosa Doctrina Cristiana en Lengua Castellana y Mexicana, impreso por Drden del mismo Zumárraga.

Las publicaciones se sucedieron en forma ininterrumpida y la bibliografía comentada de los libros impresos en México en el siglo XVI y XVII forma hoy voluminosos catálogos. Notables eruditos como Joaquín García Icazbalceta (1825-1896), Vicente de P. Andrade (1844-1915), Nicolás León (1859-1929), en México, y José Toribio Medina (1852-1930), en Chile, han hecho estudios extensos sobre el origen de la imprenta y sus primeras publicaciones en toda Hispanoamérica.

En la historia de la imprenta en Hispanoamérica corresponde cronológicamente el segundo lugar a la ciudad de Lima, en el Perú. El primer impresor allí fue Antonio Ricardo, y el primer libro, Doctrina Cristiana, y Catecismo
para Instrucción de los Indios y de las Demás Personas que Han de Ser Enseñadas en Nuestra Santa Fe. En Guatemala la imprenta fue establecida en el año de 1660 y su propulsor fue el agustino fray Payo de Ribera. El primer impresor en este país fue José de Pineda Ibarra.

En el virreinato de La Plata la primera publicación impresa apareció en 1705 y fue una obra de tipo religioso escrita por los misioneros jesuítas. En la Habana el impreso más antiguo que se conoce por referencia lleva como fecha el año de 1707. En el virreinato de la Nueva Granada fueron los jesuítas también los que hicieron la primera publicación, en 1739. En Quito data el primer impreso del año 1760; en Chile, es del año 1776.

Fundacion de la Primera Ciudad Hispana en America Segundo Viaje

HISTORIA DE LA FUNDACIÓN DE LA PRIMER CIUDAD HISPANA EN AMÉRICA:

INTRODUCCIÓN: En 1493 el doctor Diego Álvarez Charca emprendía desde Cádiz un viaje singular. Embarcó junto al pasaje de la armada de Cristóbal Colon, que retornaba a «las Indias» con el objetivo de fundar la primera ciudad hispana en el Nuevo continente. Las poéticas y encendidas descripciones de la tierra prometida comenzaron a desvanecerse tras el arribo a la isla que bautizaron San Martín. A partir de allí luchas, matanzas y enfermedades y huracanes fueron signando el itinerario de la expedición , que fue descripta al detalle por el sagaz viajero Chanca.

carabelas de Colon

Debe haber sido inolvidable el espectáculo que ofreció la armada de 17 naves, del Almirante del Mar Océano Cristóbal Colón, cuando salió de la bahía de Cádiz y entró gloriosa al mar con sus velas desplegadas, aquel 26 de septiembre de 1493.

Era el segundo viaje que el descubridor hacía a las Indias —como entonces se llamó a América—y su destino era la isla La Española, actuales Haití y Santo Domingo. Allí había dejado una guarnición de 39 hombres, en el fuerte de La Navidad, en dominios del cacique Guacamarí, señor de una parcialidad de indios arawakos, que en el primer viaje le había mostrado sincera amistad.

En esa misma isla proyectaba fundar la primera ciudad hispana en las Indias y con ese propósito llevaba 1.600 colonizadores, todos ellos llenos de ilusión despertada por sus entusiastas descripciones de la nueva tierra: naturaleza generosa, aborígenes mansos que aportarían mano de obra y mucho oro aluvial en los caudalosos ríos. Era —les había dicho— un pedazo de paraíso terrenal donde hallarían la prosperidad.

En el pasaje iban muchas personalidades prestigiosas, una de ellas el médico o físico Diego Alvarez Chanca, hombre sensible y sagaz que en la carta que envió al Cabildo de Sevilla, su ciudad natal, dejó un valioso testimonio sobre este viaje que comenzó con magnificas perspectivas y terminó en fracaso. Después de cuarenta días de navegación, al alba del 3 de noviembre, los viajeros se despertaron con el grito del piloto de la nave capitana que anunciaba:” —Albricias, que tenemos tierra! “Fue la alegría tan grande en la gente —escribe Chanca conmovido— que era maravilla oírlas gritar y placeres que todos hacían, y con mucha razón, que la gente venía ya tan fatigada de mala vida y de pasar agua, que con muchos deseos suspiraban todos por tierra” .

Contribuía a aumentar su felicidad el panorama que se abría ante sus ojos coincidente con las poéticas y encendidas descripciones de Colón: el mar estaba calmo y las naves se deslizaban sobre él como en un paseo. El sol subía luminoso desde el horizonte y la bruma matinal se disolvía para revelar, como por arte de encantamiento, islas que iban surgiendo aquí y allá, según recuerda Chanca, semejantes a esmeraldas ensartadas en mar de topacio, bajo un cielo de turquesa. Costearon la más próxima que era “todo montaña muy hermosa e muy verde, hasta el agua, que era alegría en mirarla», y como estaban en día domingo, Colón la bautizó Dominica.

Continuaron hacia la que llamó Marigalante y como en ella halló buen puerto, desembarcó portando el estandarte real para tomar solemne posesión del territorio en nombre de Isabel y Fernando, los reyes católicos. A la mañana siguiente llegaron ala isla que el Almirante bautizó Guadalupe, de bellísima imagen. Había en ella “una gran montaña que parecía que quería llegar al cielo de la cual caía un golpe de aguatan gordo como un buey, que se despeñaba de tan alto como si cayera del cielo…; era la más hermosa cosa del mundo de ver..”.

Así la describe Chanca, expresando el estado de ánimo propio y el de sus compañeros de viaje, ya que todos se sentían como transportados por la hermosura del mundo edénico al que habían llegado y en el que iban a vivir. Sin embargo, muy pronto la realidad indiana comenzaría a mostrarles su otra cara, brutal y despiadada.

EL PRIMER CHOQUE DE CULTURAS

Desembarcaron y con los dos indios intérpretes que llevaban , se dirigieron aun caserío en busca de información sobre el lugar, pero sus habitantes huyeron al verlos aproximarse dejando todo abandonado, lo que permitió a Colón y sus acompañantes recorrer tranquilamente las viviendas.

Encontraron diversas pertenencias, entre ellas mucho algodón hilado, pero también algo que los espeluznó: cuatro o cinco huesos de brazos y piernas humanos. Comprendieron que estaban en dominio de los indios caribes o caribes, comedores de carne humana, que con tanto pavor mencionaron los arawakos de La Española.

Por unas mujeres que tomaron prisioneras supieron que, periódicamente, organizaban expediciones a otras islas, dentro de un área de 150 leguas a la redonda, con el propósito de cazar gente. Últimamente habían partido diez canoas y eso explicaba la casi total ausencia de varones en la isla. A las cautivas mujeres —que elegían “mozas y hermosas”, como observó el sensible Chanca— las tenían como esclavas y mancebas. «A los niños que nacían de ellas los comían pues, en acto de primitivo racismo, sólo dejaban vivir a los hijos de mujeres de su tribu. A los varones adultos los comían y a los muchachos los castraban, algo que Chanca corrobora al decir que los jóvenes cautivos que encontraron tenían “cortados sus miembros”.

Cuando llegaban a la adultez los comían porque, según añade, para los caribes “la carne de hombre es tan buena que no hay tal cosa en el mundo”. Entrar a sus viviendas era enfrentarse a este mundo antropófago que nuestro doctor observaba con curiosidad y repulsión. En una encontraron “un cuello de hombre hirviendo en un caldero”. En otras, los cascos de las cabezas colgados por las casas a manera de vasijas para tener cosas”, y por todas partes “infinitos huesos de hombres”. Ante estos hallazgos, los 1.500 viajeros se felicitaban de que su destino final fuera la tierra de los pacíficos arawakos del cacique Guacamari Estaban deseosos de asentarse de una vez por todas para comenzar la construcción de la ciudad que sería su nueva patria.

El 10 de noviembre zarparon nuevamente anhelando llegar a La Navidad donde 39 compatriotas los aguardaban. Pasaron frente a una isla que denominaron Montserrat, de la cual diez ex cautivas que llevaban les contaron que estuvo habitada, pero los caribes exterminaron su población. Llegaron a la que bautizaron San Martín, también de indios caribes, donde tuvo lugar el primer encuentro con éstos, en una suerte de pequeña “batalla naval”: 25 españoles estaban haciendo navegación costera en una barca, cuando vieron venir una canoa caribe con cuatro varones, dos mujeres y un muchacho, los siete tan absortos en la contemplación de la armada colombina, que pudieron aproximárseles para tomarlos por sorpresa. En el último instante los caribes advirtieron el peligro, reaccionaron y se armó la batalla que Chanca observó desde las naves.

Los de la barca peleaban con lanzas; los caribes, tanto varones como mujeres, con flechas. La barca embistió la canoa y la trastornó, pero los caribes nadaron hacia unos bancos de arena donde hacían pie y continuaron flechando hasta huir todos salvo uno que había recibido un lanzazo. Los españoles lo llevaron a una de las naves, pero murió poco después.

De ellos hubo dos heridos de flecha. Continuando la navegación pasaron frente a las islas que bautizaron Santa Cruz, Santa Ursula, Oncemil Vírgenes, Puerto Rico, Mona y Monito hasta llegar a La Española, sobre cuya costa norte, a algunos días más de navegación estaba La Navidad. Hacia allí se dirigió Colón, también deseoso de llegar a destino.

Durante este tramo final del viaje murió uno de los dos heridos en la batalla. Era la primera vez que la muerte se hacia presente entre los españoles por enfrentamientos con aborígenes y esto despertó en ellos un sentimiento lúgubre muy distinto del jubiloso que hasta entonces los había embargado. Ahora aparecía un mal un presagio.

LA TRISTE Y DURA REALIDAD

Llegaron al puerto que bautizaron Montecristo, distante 12 leguas de los dominios del cacique Guacamari. Chanca, siempre observador gozoso del paisaje, cuenta que allí desembocaba un hermoso y caudaloso río, y que Colón, en busca de sitio donde fundar su ciudad, despachó a una cuadrilla para que lo explorara. Los expedicionarios se internaron corriente arriba y, de pronto, hicieron un macabro hallazgo: “dos hombres muertos…, el uno con un lazo al pescuezo y el otro con otro al pie . Al día siguiente, “otros dos muertos…, el uno de estos… se le pudo conocer tener muchas barbas… Los nuestros sospecharon más mal que bien,., porque los indios son todos desbarbados”, señala Chanca.

Esto les permitió deducir que los muertos eran españoles y entonces una inquietud funesta los invadió, ¿que hallarían en La Navidad? Regresaron a informar a Colón, quien no podía creer que su amigo Guacamarí hubiera permitido que algo malo les sucediera a sus hombres. Con más ansias que nunca apuró la navegación. El 27 de noviembre a la noche surgió la costa de La Navidad. Por temor a encallar no quiso aproximarse hasta el amanecer, pero “mandó tirar dos lombardas a ver si respondían los cristianos que habían quedado con el dicho Guacamari, porque también tenían lombardas… Nunca respondieron ni menos aparecían fuegos ni señal de casas en aquel lugar, de lo cual se desconsoló mucho la gente”, comenta Chanca con un tono de preocupación que hasta ahora no había usado.

No era para menos, ya que durante el viaje todos habían aguardado el momento de la llegada e imaginado esa especie de jubiloso diálogo de lombardas que tendría lugar. También imaginaron la visión reconfortante de los fuegos ardiendo en medio de la noche, en cada hogar, pero, por el contrario, encontraban silencio y oscuridad. ¿Qué ocurría? Una canoa rondaba la nave capitana y uno de los indios pidió hablar con Colón.

Era primo de Guacamarí que le traía un obsequio en su nombre. Al preguntársele por los españoles de La Navidad respondió que estaban bien, aunque algunos murieron de “dolencias y otros de diferencias que habían acontecido entre ellos Le contó a Colón que Guacamarí no vivía más en el sitio donde lo dejó, porque los caciques Caonabó y Mayrení le habían hecho la guerra e incendiado el pueblo, razón por lo que debió mudarse. Agregó que de la lucha quedo’ herido en una pierna y por eso no había venido, pero que [al] otro día vendría. Cuenta Chanca que con esta explicación Colón se tranquilizó, sin embargo al día siguiente hubieron señales muy preocupantes: los arawakos, un año atrás cargosos de tan amistosos, brillaban por su ausencia.

Los españoles de La Navidad no daban señales de vida y cuando una cuadrilla fue al fuerte, lo halló incendiado hasta los cimientos. Finalmente, Guacamarino apareció como había anunciado su primo. Algo malo sucedía. El primo sí regresó y esta vez dijo que, en realidad, todos los de La Navidad estaban muertos; que los habían matado los mismos que atacaron a Guacamari. Los españoles quedaron atónitos con este cambio de versiones, además, el cacique continuaba sin aparecer. ¿Qué había sucedido? ¿Qué ocultaban él y su gente?

Las discusiones no tardaron en surgir, como escribe Chanca: “Habla entre nosotros muchas razones diferentes, unos sospechando que el mismo Guacamarí fuese en la traición o muerte de los cristianos, otros les parecía que no, pues estaba quemada su villa, ansí que la cosa era mucho para dudar Colón estaba entre los que dudaban, negándose a creer en una traición de aquél que creyó su amigo, y acompañado por Chanca y otros más fue a La Navidad. Los restos parecían no haber sido tocados y por eso res llamó la atención no encontrar cadáveres; en cambio, en un caserío cercano del que los indios desaparecieron al verlos llegar, hallaron muchas cosas de los cristianos muertos. En el camino de regreso se es aproximaron unos indios que dijeron saber dónde estaban los cadáveres de once de los españoles.

Colón les preguntó quién los había matado y respondieron lo que sonaba a lección aprendida: los dos caciques enemigos de Guacamari. No obstante, Chanca advirtió que, mezcladas a esta explicación, “asomaban quejas que los cristianos uno tenía tres mujeres, otro cuatro, donde creemos que el mal que les vino fue de celos”. Es decir, que la Los indígenas celebraban fiestas con danzas y música en honora sus dioses, tal como se aprecia en este grabado de la Isla La Española, hoy Haití.

La matanza habría sido desenlace de un conflicto entre varones de ambas razas por la posesión de las indias, sobre quienes los hombres blancos y barbados ejercían gran atractivo, pero esta razón no convenció a nadie. Al día siguiente arribó la carabelas que Colón había enviado a explorar, al mando del capitán Melchior. Este contó algo que era como una pieza para agregar al rompecabezas de la misteriosa matanza: que le salió al paso una canoa en la que viajaba un hermano de Guacamari quien le rogó que fuese a visitarlo.

Fue—y lo relató con soma, tal como reprodujo en su carta el doctor Chanca— «lo encontró en su cama echado, haciendo del doliente herido”. Le preguntó por los muertos y respondió lo ya sabido, sus dos enemigos, recalcando que eran los mismos que lo hirieron. Le rogó que le llevara a Colón el mensaje deque lo visitara pues él —insistió— no podía hacerlo por su herida. Colón, quizá pensando que Guacamarí deseaba contarle la verdad de los hechos, fue a visitarlo acompañado por “gente de pro». Chanca describe así el encuentro: “El Almirante, vestido con sus mejores ropas, halló al cacique en su choza de ramas. Estaba rodeado de vasallos, yaciendo en su hamaca, con una pierna envuelta en un paño y, al verlo, le hizo manifestaciones de amistad y le dio nuevos obsequios”.

Luego se refiere a la matanza: “mostró mucho sentimiento con lágrimas en los ojos por la muerte de los Cristianos, e comenzó a hablar de ello . Sin dejar de llorar relató “cómo unos murieron de dolencia, e como otros se habían ido a Caonabó a buscar la mina de oro e que allí los habían muerto, e los otros que se los habían venido a matar allí, en su villa” de La Navidad. Durante todo el tiempo que habló, en ningún momento abandonó su expresión sufriente por lo que Colón le hizo una propuesta que Chanca relata así: “Estábamos presentes yo y un cirujano de armada, entonces dijo el Almirante al dicho Guacamarí que nosotros éramos sabios de las enfermedades de los hombres, que nos quisiese mostrar la herida, él respondió que le placía, para lo cual yo dije sería necesario… saliese fuera de casa, porque con la mucha gente estaba oscura e no se podría ver bien; lo cual él hizo luego, creo más de empacho que de gana… Guacamari dejó su hamaca y, apoyado en Colón, salió a la luz.

El cirujano le quitó la venda para ver la herida pero, oh sorpresa! no había ninguna. Guacamarí explicó que, en verdad, se había tratado de una pedrada, no de una herida, entonces el cirujano lo palpó, pero no encontró señas de golpe. “No tenía más mal en aquella [pierna] que en la otra [sana], aunque él hacía de raposo que le dolía mucho”, observa Chanca socarrón y despreciativo. La realidad era que el cacique había estado mintiéndoles, haciéndolos victimas de una burla. Esto, para muchos, demostraba su culpabilidad en la matanza, pero, para otros, no era prueba suficiente. “Ciertamente no se podía bien determinar —piensa Chanca— porque las razones eran ignotas, que ciertamente muchas cosas había que mostraban haber venido a él gente contraria. Asimismo el Almirante no sabía qué se hacer: parecióle, y a otros muchos, que por entonces y hasta bien saber la verdad, que se debía disimular, porque después de sabida… se podría de él recibir enmienda”.

Por eso Colón, por disimular y además considerando la conveniencia de restablecer la amistad con el cacique en cuya tierra iba a fundar su ciudad, diplomáticamente lo invitó a visitar las naves. Guacamari aceptó y fue acompañado de su hermano. En amistoso diálogo del que fueron intérpretes los dos lenguaraces arawakos, Colón le mostró las herramientas, objetos, semillas y caballos que traía de España para su ciudad y le dijo que quería levantarla próxima a su pueblo, pero el cacique lo disuadió pretextando que el lugar era malsano.

Mientras ambos dialogaban, el hermano del cacique lo hacía con las diez ex cautivas de los caribes que ahora servían a los españoles y así, en esas conversaciones, se pasó la tarde. Guacamari “tomó colación en la nao» tomó a su casa El encuentro, en el que no se mencionó la matanza de La Navidad. había sido satisfactorio y Colón creyó haber dado un paso positivo.

Sólo a la mañana se enteró de le que había sucedido mientras dormía: los dos lenguaraces escaparon a “uña de caballo”, y las ex cautivas también, sin duda inducidas por el hermano de Guacamari. Colón, enojado, despachó mensajeros para exigirle que las devolviera, pero cuando llegaron “hallaron el lugar despoblado, que no estaba persona en él”. El cacique había desaparecido, se había burlado nuevamente de él.

EL FINAL DEL PROYECTO

Nunca pudo saberse la verdad sobre lo ocurrido en La Navidad. Como escribe Chanca, “así que el poco entender… y las razones equívocas nos han traído a todos tan ofuscados que hasta ahora no se ha podido saber la verdad de la muerte de nuestra gente , pero, para el grueso de los españoles, peor que la incógnita era el hecho de haber sido victimas de un manejo turbio. Colón, superando la amarga experiencia, prosiguió con su proyecto y fundó el fuerte de La Isabela sobre la costa norte de La Española, sin embargo, el recuerdo de la matanza y lo que algunos consideraban una debilidad inexcusable suya al no hacer entre los indios un castigo ejemplar, enturbió el ambiente desde el comienzo.

Al mes de fundada la colonia estalló un motín que Colón reprimió con extrema dureza, al punto que las protestas contra sus excesos llegaron a la corte y los reyes enviaron un veedor que lo despachó engrillado a España. El paraíso prometido por él se transformó en un infierno. A los enconos personales y al desánimo por el incumplimiento de las promesas de prosperidad se sumaron las enfermedades. Chanca escribe: “la gente ha adolecido en cuatro o cinco días el tercio de ella… pero espero en nuestro Señor que todos se levantarán con salud”. ¿Creía, realmente, en esta recuperación o la enunciaba para darse fuerzas a sí mismo y ocultar la verdad a las autoridades sevillanas?.

Hasta la naturaleza se volvió contra la colonia, primero con un incendio, después con un huracán hasta que La Isabela adquirió fama de ciudad maldita y finalmente fue abandonada. Hoy sus ruinas han sido excavadas y han aparecido los cimientos de la casa de Colón, de la iglesia desde cuyo campanario sonó la primera campana de América, de las viviendas de los pobladores, de un horno para hacer tejas, del hospital y de los almacenes.

Entre los objetos hallados hay pequeños frascos de vidrio para guardar medicinas, ¿habrían pertenecido al doctor Chanca? Nada sabemos de cómo siguió su vida. Si regresó a España ose quedó en La Española para asistir a la fundación que reemplazó a la malhadada Isabela, la ciudad de Santo Domingo levantada en la costa sur de la isla y destinada a ser el centro del naciente imperio español en América. En Historia del Nuevo Mundo de Girolamo Benzoni, aparece este grabado sobre las prácticas de canibalismo de algunos indígenas del Caribe. El descuartizamiento de personas y la cocción de su carne, fueron hechos que espantaron a los europeos y, a la vez, sirvieron para justificar la supremacía blanca sobre los “salvajes” aborígenes.

Las Carabelas de Cristobal Colón

Tratado de Permuta Guerras Guaraníticas España Colonia Sacramento

En 1750 los monarcas de España firmaron el Convenio o Tratado de Permuta por el que España renunciaba al territorio ocupado por siete pueblos guaraníes y recibía a cambio la Colonia del Sacramento, eterna manzana de la discordia en la orilla del Plata. El Convenio entregaba a Portugal parte de la región colonizada por los jesuitas en el Paraná y el Uruguay con sus estancias y vaquerías. La Compañía aceptó la decisión real y dispuso que los guaraníes abandonaran la región.

los jesuitas en america

La cruel orden no pudo cumplirse porque los caciques indígenas se negaron a aceptar el traslado forzoso al sur. Indignados porque los misioneros se sometían al Convenio, se rebelaron contra los paí quizás por primera vez, tomaron a varios de ellos como rehenes y los arrastraron a la lucha armada. Al menos esto fue lo que explicaron los padres.

Antecedentes: En 1716 se firmó un tratado adicional entre España y Portugal enUtrecht, por el cual Portugal recobraba la Colonia del Sacramento  sin especificar la extensión de la zona concedida. En este período se va a fundar Montevideo.

Fundación de Montevideo: Para dominar la entrada del estuario Portugal decidió fundar un establecimiento en la bahía de Montevideo (1723).
Cuando el gobernador del Río de la Plata Bruno Mauricio de Zabala tuvo conocimiento de este hecho, desalojó a los lusitanos y fundó por orden de la corona una ciudad, para afianzar allí el dominio español. La fecha de fundación no se conoce exactamente, aunque se sitúa entre 1725 y 1730; el primer Cabildo se reunió el 1º de enero de 1730.

El tratado de Permuta: La Colonia del Sacramento fue objeto de nuevos conflictos hasta que se firmó el tratado de 1750 durante el gobierno de Femando VI (de España) que estaba casado con Doña Bárbara de Braganza, hija del rey de Portugal. Ambos países decidieron resolver amigablemente sus conflictos coloniales, firmando entonces el tratado del 13 de enero de 1750 para fijar el limite de sus posesiones.

España recuperaba la Colonia y cedía tierras sobre la margen oriental del río Uruguay, en las que había siete pueblos de las misiones jesuíticas. Esto desencadenó la Guerra Guaranítica, pues los indígenas se negaban tanto a depender de Portugal como a trasladarse a la margen occidental del río, de acuerdo a lo que estipulaba el tratado.

Aunque la insurrección fue sofocada, las cláusulas del tratado no fueron cumplidas por ninguno de los dos países. Carlos III, sucesor de Femando VI anuló el tratado de Permuta que tantos territorios otorgaba a Portugal.

Tercera ocupación española — España y Portugal se vieron envueltas en la guerra de los Siete Años. Inmediatamente la primera ordenó al gobernador del Río de la Plata don Pedro de Cevallos que ocupara la Colonia. El 2 de nov3embre de 1762 entró en ella después de una breve campaña.

Devolución de la Colonia — Al terminar la guerra de Siete Años se firmó el tratado de París (1763). Inglaterra aijada de Portugal, ensanchó sus dominios coloniales a expensas de Francia, que quedó anulada como potencia colonial en América; España devolvía la Colonia a Portugal, pero conservaba la provincia brasileña de Río Grande, que había ocupado  durante la guerra.

Esla provincia fue reclamada por los lusitanos y más tarde atacada; fue entonces cuando se mandó la poderosa expedición de Don Pedro de Cevallos que tomó la plaza en junio de 1777.

Cuando Cevallos se disponía a dirigirse contra Río Grande tuvo noticia de que se había firmado el tratado deSan Ildelfonso del 1º de octubre de 1777 por el cual se disponía la demarcación definitiva de la línea divisoria entre los dominios españoles y portugueses. La comisión demarcadora no consiguió plenamente su objeto, pero realizó un importante trabajo topográfico.

España recibió la Colonia, la isla de San Gabriel y algunos territorio3 en la Banda Oriental; Portugal la Guayra, Matto Grosso, Río Grande y Santa Catalina, excepto las misiones orientales. El límite de ambas posesiones estaba marcado por el arroyo Chui.

.Fuente Consultada:
Historia Argentina de Etchart – Douzon – Wikipedia –
 La Argentina, Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada

Los virreyes del Rio de la Plata y Sus Obras Todos los Virreyes

Los virreyes del Río de la Plata y Sus Obras

PEDRO DE CEVALLOS (1776-1778). Expulsó a los portugueses y aminoró el contrabando. En 1777 dio el Auto de libre internación; en 1778 habilitó el puerto de Buenos Aires  para el comercio con España. Fomentó la agricultura y la ganadería. Aumentó la seguridad de los caminos interiores mediante fortines y patrullas.

JUAN JOSÉ DE VÉRTIZ Y SALCEDO (1778-1783). Nativo de México. Implantó la Aduana (1778) y el régimen de intendencias (1782). Creó: la Casa de Corrección; la Casa Cuna u Hospital de Expósitos, donde se instaló la imprenta que estaba abandonada en Córdoba; el Protomedicato, donde, a principios del siglo XIX, se inició la enseñanza de la medicina; y el Hospicio de Pobres Mendigos.

Instaló el alumbrado público con velas de sebo y aceite; dispuso el rellenamiento de los pantanos y la construcción de la alameda sobre la barranca del río. Habilité el teatro que se llamó Casa de Comedias en el lugar denominado La Ranchería (esquina de las actuales calles Perú y Alsina). lmplantó los reales estudios y creó el Real Convictorio Carolino (1783).

Organizó los bienes de los jesuitas, implantando la Junta Superior de Temporalidades. Contribuyó a sofocar la sublevación de Túpac Amaru.

CRISTÓBAL DEL CAMPO, MARQUES DE LORETO (1783-1789). Durante su gobierno se creó la intendencia de Puno, incorporada al virreinato del Perú en 1796. Prosiguió el arreglo de las calles, haciendo empedrar algunas. Procedió a instalar la Audiencia, instituida durante la gestión de su antecesor.

NICOLÁS DE ARREDONDO (1789-1794). Previamente, fue gobernador interino de La Plata (Charcas). Inició el empedrado de la Plaza Mayor y de la calle de las Torres (actual Rivadavia). Permitió el libre comercio negrero a buques nacionales y extranjeros durante seis años. Esta actividad provocó un litigio con el Consulado de Buenos Aires, que acababa de instalarse. (ver: llegada a Bs.As.)

PEDRO MELO DE PORTUGAL Y VILLENA (1794-1797). Con anterioridad, fue gobernador del Paraguay. Amplié el comercio exterior a Manila y otros puertos del Pacífico. Abrió el comercio de carnes y harina con La Habana. Puso en estado de defensa las plazas fuertes de la Banda Oriental.

ANTONIO OLAGUER FELIÚ (1797-1799). Fue virrey interino, por pliego de providencia. Tomó medidas para impedir el ataque de los portugueses, aliados de los ingleses. Permitió el comercio con buques extranjeros.

GABRIEL DE AVILÉS Y DEL FIERRO (1799-1801). Organizó expediciones a las salinas, en procura de sal. Fomentó el desarrollo de las poblaciones fronterizas con los indios. Durante su mandato se publicó el Telègrafo Mercantil. Apoyé el funcionamiento de la Escuela de Náutica, creada por el Consulado.

JOAQUÍN DEL PINO (1801-1804). En 1776 fue gobernador de Montevideo. Terminó la plaza de toros del Retiro. Se preocupó por la concentración de los lugares de expendio de alimentos, surgiendo así la Recova. Reglamentó el comercio de trigo. Fomenté la minería y la construcción de embarcaciones en Corrientes y Paraguay.

MARQUÉS RAFAEL DE SOBREMONTE (1804-1807). Desempeñó previamente los cargos de secretario de Vértiz, gobernador intendente de Córdoba, subinspector general de las tropas del Virreinato. Introdujo la vacuna antivariólica. Gestionó y consiguió la creación del obispado de Salta. Reformó la universidad de Charcas. Fundó la población de San Fernando de Buena Vista. Durante las invasiones inglesas su actuación fue muy deslucida.

virrey Linniers

La caída de Sobremonte, ocurrida después de la Junta de Guerra del 10 de febrero de 1807, hizo recaer en Liniers el mando militar de todo el Virreinato, conservando la Audiencia el poder político.

El último virrey del Río de la Plata, Baltazar Hidalgo de Cisneros.
Los españoles los consideraban como su libertador; los criollos lo aceptaron con reservas.

CAUSAS DE LA CREACIÓN DEL VIRREINATO DEL RÍO DE LA PLATA BORBONES

CAUSAS DE LA CREACIÓN DEL VIRREINATO DEL RÍO DE LA PLATA

CAUSAS DE LA FORMACIÓN DEL VIRREINATO DEL RÍO DE LA PLATA (puedes ampliar este tema)

Las causas de su creación fueron:

a) El peligro lusitano derivado de las cuestiones originadas por la posesión de la Colonia del Sacramento y la conveniencia de tener en estas regiones una autoridad fuerte que pudiese terminar con la amenaza portuguesa.

b) La necesidad de establecer una Audiencia separada de la de Charcas, pues las grandes distancias dificultaban y dilataban los asuntos en trámite. Por otra parte Cuyo, que dependía de la Audiencia de Chile, estaba incomunicada con ésta durante el invierno, debido a las nieves. Tomás Álvarez de Acevedo, fiscal de la Audiencia de Charcas, en 1771 elevó un informe destacando la necesidad de crear un nuevo virreinato.

c) El peligro de que expediciones inglesas y francesas ocupasen las 1771 elevó un informe destacando la necesidad de crear un nuevo costas patagónicas y las Malvinas.

d) El aumento de la población blanca y negra que se dedicaba a la agricultura y ganadería, a las industrias y al contrabando determinaron la necesidad de reorganizar la administración.

Virreinato provisional — A fines de agosto de 1776 salió de España Don Pedro de Cevallos. Venían al Río de la Plata con la misión de afianzar el poder español en detrimento de los portugueses; primero se le concedió el título de jefe de la expedición y dos días después se le confirió el mando de las Provincias del Río de la Plata y de los territorios que comprendía la Audiencia de Charcas, como virrey, gobernador y capitán general. En la resolución se especificaba que terminada la expedición y conseguido el objeto que se proponía, dejara el mando militar y político en la forma que lo había hallado y regresara a España.

El virreinato era, pues, una organización provisoria. La Real Cédula de creación del Virreinato fue fechada y firmada el 1º de agosto de 1776; éste comprendía las provincias de Buenos Aires, Paraguay, Tucumán, Potosí, Santa Cruz de la Sierra. Charcas y los corregimientos, pueblos y territorios que dependían de esta Audiencia además de la región de Cuyo.

En 1777 murió el rey José 1 de Portugal y quedó al frente del gobierno su esposa María Victoria, hermana de Carlos III de España. Inmediatamente se inició una política de acercamiento entre España y Portugal con el consiguiente cese de hostilidades en América.

Firmada la paz entre España y Portugal, Cevallos tomó posesión efectiva del cargo de virrey en octubre de 1777 y gobernó hasta 1778 cuando le sucedió en el gobierno Juan José de Vértiz. Esto significaba que el virreinato quedaba establecido definitivamente, pues se nombraba virrey pese a que ya no existía el peligro lusitano, causa de la creación provisoria del virreinato del Río de la Plata.

mapa virreinatos en america

Fuente Consultada:
Historia Argentina de Etchart – Douzon – Wikipedia –
 La Argentina, Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada

El virreinato del Rio de la Plata y sus virreyes Fundacion de Ciudades

El virreinato del Río de la Plata y sus virreyes

Durante largos años, los productos venidos de España llegaban al nuevo mundo por el Atlántico, se concentraban en Panamá, y tras cruzar el istmo, iban por el Pacífico hasta Perú. De Lima partían después las lentas caravanas de mulas que transportaban las mercaderías hasta las restantes ciudades del virreinato, a lo largo de un viaje de millares de kilómetros, cuya meta final era la ciudad de Buenos Aires.

Estas circunstancias explican la modestia de las ciudades cercanas al Plata, que debían esperar durante largos meses la llegada de las mercaderías esenciales para su actividad comercial.

La situación de Lima, en cambio, era mucho más favorable, no sólo por su proximidad al Pacífico, sino por su condición de ciudad capital del virreinato.

Avanzado ya el siglo XVIII, se hizo evidente la necesidad instalar un nuevo virreinato que atrajese la actividad mercantil hacia las poblaciones más cercanas al Atlántico y que, además, afianzara la autoridad española en la zona del Plata, constantemente amenazada por las incursiones de los portugueses.

Largos años habían pasado desde la llegada del primer adelantado, don Pedro de Mendoza. Para ocupar el cargo fue designado, al correr del tiempo, segundo adelantado del Río de la Plata, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quien llegó a Brasil en 1540 y se trasladó por tierra con sus hombres hasta la Asunción del Paraguay.

Alvar Núñez descubrió las cataratas del Iguazú, y admiró esa caída del río, que forma uno de los saltos de agua más portentosos del mundo. En marzo de 1542 Alvar Núñez llegó a Asunción del Paraguay y se hizo cargo del territorio. No fue feliz su tarea de gobernante. Dos años después de su llegada fue destituido, encarcelado por los vecinos de Asunción, y desterrado a España.

El tercer adelantado del Río de la Plata fue don Juan de Sanabria, quien falleció en España antes de ocupar su cargo; su hijo Diego, designado para reemplazarlo, marchó hacia el Perú en lugar de dirigirse a la Asunción; Irala tomó entonces el mando, hasta 1556, fecha de su muerte. Tras un largo intervalo, el quinto adelantado, Juan Ortiz de Zárate, llegó a la Asunción, luego de un viaje penosísimo. Permaneció en el cargo hasta su muerte, ocurrida en 1576.

Juan de Garay -sin duda la figura señera de este período-, tomó el gobierno. Asesinado por los indios en 1583, el mando de la Asunción pasó a manos del sexto y ultimo adelantado del Río de la Plata, Juan Torres de Vera y Aragón, yerno de su antecesor Ortiz de Zárate. El adelantado fundó en 1588 la ciudad de Corrientes, y marchó después a España, donde renunció a su cargo.

A los adelantados sucedieron los gobernadores, que actuaron entre 1591 y 1776. El primer gobernador del Río de la Plata, asunceño de origen, fue Hernando Arias de Saavedra, Hernandarias, quien desempeñó el cargo durante varios-períodos. En 1617 el rey de España dividió la vasta región del Plata en dos gobernaciones: la del Paraguay, con capital en Asunción, y la del Río de la Plata, con capital en Buenos Aires. Se destacaron como gobernadores de Buenos Aires, entre otros, José de Garro, que desalojó a los portugueses de la Banda Oriental; Bruno Mauricio de Zavala, que fundó en el año 1724 la ciudad de Montevideo; Pedro de Cevallos y Juan José de Vértiz y Salcedo a quienes correspondería actuar después como virreyes.

mapa virreinatos español en america

Corrientes Fundadoras

Durante la época de los adelantados y de los gobernadores se fundó la mayor parte de las ciudades capitales de nuestro país. Las corrientes fundadoras fueron tres:

Corriente del este: Integrada por los hombres que, venidos directamente del viejo mundo por el camino del Atlántico, fundaron las ciudades cercanas al Plata y sus principales afluentes:

Santa Fe, fundada por Juan de Garay en 1573.

Buenos Aires, fundada por Juan de Garay en 1580.

Corrientes, fundada por Juan Torres de Vera y Aragón en 1588.

Corriente del norte: Integrada por los hombres, que procedentes del Perú, fundaron las ciudades del centro y del norte del país Santiago del Estero, fundada por Francisco de Aguirre en 1553.

San Miguel de Tucumán, fundada por Diego de Villarroel en 1565.

Córdoba, fundada por Jerónimo Luis de Cabrera en 1573.

Salta, funda por Hernando de Lerma en 1582. La Rioja, fundada por Juan Ramírez de Velasco en 1591.

San Salvador de Jujuy, fundada por Francisco Argañaraz en 1593.

Catamarca, fundada por Fernando de Mendoza y Mate de Luna en 1683.

Corrientes del oeste: Integrada por los hombres que, procedentes de Chile, funda. ron las ciudades de Cuyo, al oeste de nuestro país.

Mendoza, fundada por Pedro del Castillo en 1561.

San Juan, fundada por Juan Jufré en 1562. San Luis, fundada por Luis Jofré de Loaisa en 1594.

Por Real Cédula del 6 de agosto de 1776, se creó provisionalmente el Virreinato del Río de la Plata, con capital en Buenos Aires y, en 1782, su extenso territorio se dividió en ocho intendencias: Buenos Aires, Córdoba, Salta, Paraguay, Potosí, Charcas, Cochabamba y La Paz. El virreinato comprendía, además, varias zonas militarizadas situadas en los límites con el Brasil: las provincias de Moxos, Chiquitas y Misiones, y la Banda Oriental.

LOS VIRREYES PROGRESISTAS: CEVALLOS Y VERTIZ: Once fueron en total los virreyes del Río de la Plata, sistema de gobierno que se prolongó durante treinta y cuatro años. Entre todos ellos, han de señalarse por su acción progresista, Pedro de Cevallos y Juan José de Vértiz y Salcedo. Cevallos que gobernó dos años, logró la definitiva expulsión, de los portugueses de la Banda Oriental, asegurando así el dominio español en ambas márgenes del Plata.

Vértiz, su sucesor, desempeñó el cargo durante seis años, en cuyo transcurso completó muchas de las obras iniciadas por él mismo cuando fue gobernador. Se ocupó activamente de todo cuanto se relacionara con el bienestar y con el progreso de la colonia.

En 1779 fundó la Casa de Expósitos, para hogar y asilo de los niños desamparados. En 1780 adquirió la impresora y tipos que había funcionado en el Colegio Montserrat de Córdoba y la hizo trasladar a Buenos Aires, que tuvo así su primera imprenta, instalada en la Casa de Expósitas. A partir de 1780 dispuso que hubiera alumbrado público las calles, lo que le valió entre el pueblo el apodo de Virrey de las luminarias. En 1783 creó el Real Colegio de San Carlos, primer  instituto de enseñanza superior que hubo en Buenos Aires. Fue, además, un propulsor sincero de cuanta actividad cultural se insinuase en la colonia; por esta razón, anticipándose a su época y superando recelos y prejuicios, amparó el teatro.

Choque Cultural Españoles y Aborigenes en la Sociedad Colonial

 Choque Cultural Españoles y Aborígenes en la Sociedad Colonial

Luego de la conquista, los españoles intentaron establecer una nueva sociedad en América, pero su organización les presentó una serie de dilemas. El más importante era qué hacer con los habitantes originarios de las tierras conquistadas, a quienes llamaron indios. Este dilema tenía su origen en la discusión acerca de la naturaleza de los indios: si eran humanos o no. Luego de una larga y acalorada polémica entre sabios españoles, entre quienes se destacó Bartolomé de las Casas, se llegó a la conclusión de que los indígenas eran humanos.

Por lo tanto, serían considerados legalmente como personas. Sin embargo, como se los equiparaba con los menores de edad, debían ser tutelados por los adultos (en este caso, los españoles).

Además, desde un primer momento, los reyes de España intentaron separar a los indios de los españoles, legal y físicamente. Las dos “repúblicas” o comunidades —la de los españoles y la de los indígenas— tenían existencia legal como entidades separadas entre sí. Esta separación nunca fue efectiva y, desde un comienzo, ambas comunidades se relacionaron e, incluso, se mezclaron.

Para los indígenas americanos, la conquista significó un verdadero trauma. Eran los vencidos en un choque violento que se desarrolló en varios frentes. Tanto su existencia física como social y cultural estaba amenazada por la sola presencia de los españoles. Con respecto a la existencia física, los españoles habían traído de Europa enfermedades totalmente desconocidas en América, a causa del aislamiento de este continente.

La gripe, el sarampión y las paperas eran inofensivas para los españoles. pero resultaron trágicas para los indígenas. Este “choque biológico” causó, en toda América, un drástico descenso de la población indígena a lo largo de los siglos XVI y XVII.

El descenso demográfico fue mayor en algunas zonas que en otras, de acuerdo a la intensidad del contacto entre indígenas y españoles. En Nueva España, la zona más poblada del continente, la población indígena pasó de unos veinte millones en 1519 a poco más de un millón alrededor de 1610.

Además de este choque biológico, los indígenas tuvieron que enfrentarse con las demandas de los vencedores. Cuando los españoles fundaban una ciudad, repartían los indígenas entre sus hombres como recompensa por su participación en la empresa de conquista y poblamiento.

Este reparto se llamaba encomienda. De acuerdo con la ley española, los encomenderos recibían los tributos de los indios a su cargo y, a su vez, el encomendero debía darles protección y enseñanza en la fe católica. Cada indio adulto debía pagar el tributo en bienes, en trabajo o en moneda.

Este sistema dio lugar a múltiples abusos por parte de los encomenderos. Además del pago del tributo, los indígenas debían trabajar para los españoles en forma rotativa en diferentes actividades, no sólo en la minería sino también en el mantenimiento de caminos, construcciones públicas y limpieza de canales.

Las presiones impuestas por los españoles causaron efectos muy diversos sobre los indígenas. Algunos cayeron en el agotamiento, la desesperación y el desaliento que los llevaron a la muerte. Esto ocurrió, por ejemplo, en Santo Domingo, donde los indígenas se extinguieron ya en el siglo XVI, agotados por el sobretrabajo exigido por los españoles. Otros huyeron de sus lugares de residencia, para alejarse del encomendero y del tributo.

En estos casos se produjeron grandes migraciones indígenas tanto en Nueva España como en los Andes. Los que se quedaron en sus lugares de origen lograron un acuerdo con el encomendero: podían producir alimentos y venderlos en los mercados de las ciudades, para conseguir dinero y pagar el tributo.

También podían recurrir a la justicia española para proteger sus tierras y bienes en caso de tener que enfrentar los abusos de un encomendero. Así lo hicieron los indígenas de toda América, sobre todo los de Nueva España y Perú. Como último recurso frente a las imposiciones españolas, los indígenas se rebelaron, como ocurrió en varias ocasiones durante los siglos XVI, XVII y XVIII.

El choque entre los indígenas y los españoles también fue social y cultural. La pérdida de la autonomía de las sociedades indígenas significó un trauma para ellos, sobre todo para los jefes indígenas, que fueron perdiendo su poder. Las creencias indígenas fueron duramente atacadas por los españoles, quienes buscaban lograr, como misión civilizadora, la incorporación de esos infieles a la religión católica. El proceso de evangelización que comenzó con la conquista ocasionó la “muerte” de los dioses indígenas. Esto no implicó la absoluta e inmediata aceptación del catolicismo por los indígenas, sino que fue un proceso gradual y nunca del todo concluido.

En el otro extremo de la sociedad se encontraban los vencedores, los españoles. La sociedad española en América no era uniforme. Si bien todos eran blancos, y esto los diferenciaba muchísimo del resto, existían profundas diferencias entre ellos. Principalmente, por su lugar de nacimiento: España (peninsulares) o América (criollos).

También por la fortuna. En el siglo XVI, los encomenderos se encontraban en la cúspide de la sociedad. Estos, además de beneficiarse con el trabajo de los indios, fueron controlando cada vez más tierras. La encomienda fue declinando su importancia a fines del siglo XVI y los dueños de la tierras —los hacendados— tomaron el lugar de los encomederos como grupo más poderoso económicamente. Religiosos, comerciantes y altos funcionarios estaban un poco más abajo en la escala social.

Estos cuatro grupos —hacendados, religiosos, comerciantes y altos funcionarios— eran la “gente sana” de la población y la capa más alta de la sociedad, suficientemente integrada mediante matrimonios y parentescos.

Más abajo en la pirámide social, había una masa mucho más mezclada, tanto en las ciudades como en el campo. Esta capa era una mezcla de colores y sangres, fruto de los encuentros sexuales de las diferentes razas. Era el mundo del mestizaje: artesanos, trabajadores, sirvientes, peones.

Por debajo de ellos estaban los negros, traídos de África en contra de su voluntad: eran esclavos domésticos de las familias blancas ricas de las ciudades o eran esclavos rurales de las haciendas y plantaciones, sobre todo, del Caribe y del Brasil.

La religión y la Iglesia lo abarcaban todo: estaban presentes en todos los eventos importantes, en las festividades y en la vida cotidiana de las personas, desde el nacimiento hasta la muerte.

GRUPOS RACIALES:
a) Blanco + Negro: Mulato
b) Blanco + Indio: Mestizo
c) Negro + Indio: Zambo

Había otras subcastas producto entre zambos, mestizos y mulatos

LA SOCIEDAD COLONIAL

Los blancos eran la clase privilegiada, «gente decente». Pero sólo los españoles tenían todos los derechos.
Los Indios no tenían ningún derecho y se los despreciaba. No podían tener empleos ni andar a caballo. Intercambiaban sus productos en las pulperías.
A los criollos les estaba prohibido hacer política. Como máximo podían ser empleados de tienda por supuesto, los que podían Iban a las universidades).
En el Río de la Plata los negros eran, en su mayoría esclavos. Algunos compraban su llbertad al amo: se los llamaba libertos. Vendían productos por su cuenta o de los patrones. También trabajaban en las chacras y el campo. Los negritos llevaban almohadones para que sus amas se sentaran en la iglesia.
La sociedad colonial estaba dirigida por los blancos. Los españoles se consideraban a si mismos como los más Inteligentes.
Pensaban que los criollos no tenían mucha capacidad, Los mestizos y mulatos se desempeñaban como sirvientes.
También se dedicaban al comercio ambulante.
Había una enorme cantidad de vendedores ambulantes. Ofrecían: escobas, pasteles, pescado, fruta, agua, carne, sogas yartículos de contrabando.
Además de recorrer las calles con su mercancías y pregones se establecían por las mañanas en la Recova de la Plaza Mayor.
En las afueras de la ciudad estaban las pulperías, almacenes de campo donde la gente también Jugaba a las cartas y bebía aguardiente.

Contaba Mariquita Sánchez de Thompson: Había mucha escasez de muebles, que eran muy ordinarios. Es cierto que había mucha plata labrada, pero ésta era Indispensable. La loza era muy cara y muy escasa: de modo que era una economía tener una docena de platos, unas fuentes y lo demás no con gran profusión. No se mudaba cubierto a cada plato y algunas veces comían dos cosas en el mismo plato. Y para beber agua había un jarro de plata que circulaba en la mesa. Los más pobres tenían peltre en lugar de plata. La gente del campo vivía en la mayor miseria, los salarios no les permitían vestirse. Andaban con un poncho, un sombrero bajito y un pañuelo para atarse la cabeza. En casa de Mariquita Sánchez de Thompson se entonó por primera vez el Himno Nacional. En época de Sarmiento fue directora general de escuelas. Escribió amenos relatos sobre su tiempo.

Tertulia Colonial:La tertulia era una reunión que tenía lugar todas las noches. A las casas se entraba sin llamar. Durante la velada se tocaba música, bailaban, charlaban y comían. Duraba hasta pasadas las doce de la noche. Los hombres iban a las tertulias vecinas. Así todos se conocían.

Cena Colonial en el Virreinato:Las clases altas, también llamadas «gente decente» almorzaban a las catorce horas. El menú diarlo era de 20 platos: Sopa de pan, vermicheli, varios guisos, puchero, ternera asada, ensaladas. Al terminar una esclava negra rezaba y la familia se persignaba. Después venían los postres que eran exclusivamente frutas. Sólo tomaban agua, luego del postre, otra esclava pasaba un recipiente donde todos se lavaban las manos. Posteriormente se retiraban a dormir la siesta.

Fuente Consultada:
Historia Argentina (Secundaria) Santillana –
Pensar La Historia 8º Año Esc. Media

Asamblea del Año XIII Resumen Obra Politica Social Economica

RESUMEN OBRA DE LA ASAMBLEA DE 1813
Obra Política, Social y Económica

EL Segundo Triunvirato convocó el 24 de octubre de 1812 a los diputados del pueblo a una Asamblea General. Se eligieron 4 representantes por Buenos Aires, 2 por cada capital de provincia y uno por cada ciudad importante. A la ciudad de San Miguel de Tucumán, por el reciente triunfo sobre las tropas españolas, se le concedió el privilegio de enviar dos diputados, Inauguró sus sesiones la Asamblea el 31 de enero de 1813, declarándose «soberana», es decir, depositaría de la voluntad del pueblo. como tal confirmó a los miembros del Triunvirato en el Poder Ejecutivo. De su fructífera labor son muestra las siguientes resoluciones.

LEYES DE LA ASAMBLES:
SOCIALES
Abolición:

de la mita
de la encomienda
del yanaconazgo
del tributo
de los títulos de nobleza
del mayorazgo (1)
de la Inquisición
de los tormentos

Determinó:
la libertad de vientres, es decir, la de los
hijos de esclavos nacido» después del 31 de enero de 1813.
la religión católica como culto oficial del Estado.
la libertad de cultos.
el patronato, y la prohibición de tornar los hábitos antes de los 30 años de edad.

POLÍTICAS:
Dio amnistía para los expatriado» por causa» políticas.
Proclamó la libertad de imprenta.
Reformó la administración de justicia anulando la apelación a los tribunales españoles.
Ordenó levantar un censo.
Consagró el 25 de Mayo como fiesta patria.
Creó el escudo nacional.
Hizo acuñar monedas de plata y oro.
Adoptó como Himno la Canción Patriótica de Vicente López y Planes (letra) y Blas Patera (música).
Creó el Directorio como forma de gobierno.

ECONÓMICAS:
Fomentó el comercio otorgando franquicias.
Impulsó la industria minera.
Disminuyó los sueldos a los empleados públicos.
Instituyó un empréstito de 500.000 pesos.

(1): Al abolirse el mayorazgo, la distribución de las herencias se hizo por partes iguales para todos los hijos y no con exclusividad para el primogénito, como se había hecho hasta entonces.

Facsímil del decreto por el cual la Asamblea declara abolido el uso del tormento (21 de mayo de 1813), Para cumplir con lo dispuesto por la mencionada ley, un verdugo de Buenos Aires arrojó a los llamas una silla de tortura —denominada pairo— que se utilizaba para los castigos en la cárcel. La ceremonia se realizo   en   la   Plaza   Mayor.

La Asamblea del Año XIII no llegó a cumplir sus objetivos principales. Sin embargo, tomó decisiones que marcaron definitorias rupturas con el pasado colonial: se sancionaron la supresión de la mita, el yanaconazgo y el tributo; se declararon la libertad de vientres y la de prensa, y se anularon los títulos de nobleza.

A su vez, se suspendió el juramento de fidelidad a Fernando VII y se propuso que los diputados juraran en nombre de la nación. Si bien la nación era una noción aún indefinida e inexistente en los términos actuales, esta propuesta desató disputas. Primero, porque convertía a los diputados territoriales en diputados de la difusa nación anulándose su mandato imperativo, es decir, las instrucciones con las que habían llegado a la Asamblea. Segundo, porque este cambio fue considerado por las ciudades como un avasallamiento de sus derechos y autonomía.

Como consecuencia, en la Asamblea se debatieron posturas centralistas –organización de un estado central con eje en Buenos Aires y con autoridades nacionales con amplios poderes sobre las provincias– y federalistas, partidarias de una organización política en la que las provincias conservarían sus atribuciones autonómicas.

Fue esta cuestión la que selló la complicada relación con la Banda Oriental, ya que la Asamblea no aceptó el número de diputados enviados desde allí ni las instrucciones escritas con las que arribaron.

asamblea del año 1813

El primer número de «El Redactor de la Asamblea», periódico que apareció el 27 de febrero de 1813. En este órgano oficial del gobierno se publicaron resúmenes —no había taquígrafos— de lo tratado en la Asamblea General Constituyente. El último númtra del periódico tiene fecha del  30 de enero de 1815.

El fracaso del proyecto constitucional

Los pilares en que se asentaba la política revolucionaria —el poder de Napoleón en Europa y la prisión de Fernando VII- comenzaron a resentirse. Las tropas anglo-españolas lograron la recuperación de la península. Hacia fines de 1813 era previsible la liberación del rey cautivo. La dirigencia porteña buscó alternativas para adecuarse a los cambios internacionales. Dentro de la logia surgieron dos posiciones que se reflejaron en la Asamblea:

– Una, dirigida por Alvear, sostenía la necesidad de negociar con Fernando VII, en caso de ser restaurado en el trono, sobre la base del reconocimiento de los derechos de los americanos para dirigir sus asuntos internos. Proponían postergar la declaración de la independencia y la definición de la forma de gobierno. En el orden interno auspiciaban acentuar el centralismo, creando un Poder Ejecutivo unipersonal e imponiéndolo por la fuerza de las armas. Esta fue la postura que predominó.

– San Martín lideraba la otra posición: que proponía declarar la independencia, reorganizar el ejército y aunar esfuerzos para combatir a los españoles. Partidario de mantener el Ejecutivo de tres miembros, era centralista, pero estaba dispuesto a negociar con los caudillos locales y comprometerlos en la lucha por la independencia.
Alvear logró imponer su posición. Desde fines de 1813 la Asamblea estuvo frecuentemente’ en receso.

No resolvió los temas fundamentales para los que fuera convocada: los proyectos constitucionales no fueron tratados y la independencia sufrió una nueva postergación, mientras se intentaba la negociación con el rey.

AMPLIACIÓN DEL TEMA:
Fuente: Historia 5 de Argentina de José Cosmelli Ibañez Edit. Troquel
LA OBRA DE LA ASAMBLEA
La Asamblea del Año XIII —la primera de carácter nacional argentino-realizó una amplia y fecunda labor, especialmente en el primer período de sesiones que se prolongó desde el 19 de febrero al 18 de noviembre de 1813, en cuyo transcurso los diputados trabajaron en forma intensa y con decisión revolucionaria. Posteriormente el organismo carece de orientación definida y vacila ante los problemas políticos y las disensiones internas, hasta que clausura sus sesiones el 26 de enero de 1815.

La labor de la asamblea puede sintetizarse de la siguiente manera:

1) Reformas políticas. El 27 de febrero sancionó el Estatuto dado al Supremo Poder Ejecutivo, en el que establecía las atribuciones y facultades del segundo Triunvirato, como también el funcionamiento del mismo y la duración de sus miembros, quienes sólo podrían ser removidos por la Asamblea en caso de notoria falta o «violación de sus sagrados derechos». Pero al año siguiente, el 26 de enero de 1814, modifica el Estatuto y crea el cargo de Director Supremo de las Provincias Unidas;» además de un Consejo de Estado de nueve vocales.

Una importante resolución de orden político—y también judicial— fue la del 9 de marzo de 1813, por la cual la Asamblea resuelve someter a inicio de residencia (el antiguo sistema aplicado por las leyes españolas) a todos los gobernantes que hubieran actuado en las Provincias Unidas a partir de 1810.

Se iniciaron numerosos procesos, pero la tarea desplegada por la comisión convulsionó a la opinión pública. Las variadas dificultades porque atravesaba el gobierno motivó que el Director Posadas dirigiera —el 5 de febrero de 1814— un mensaje a la Asamblea, por el cual solicitaba el fin de lodos los juicios y la promulgación de una Ley de amnistía general con respecto a los delitos políticos. El pedido fue aceptado, pero sus beneficios no alcanzaron a Saavedra y Campana, quienes fueron condenados a destierro por su actuación en el motín del 5 y 6 de abril.

2) Reformas sociales. Por Iniciativa del Presidente de la Asamblea, Carlos María de Alvear, el citado organismo decretó el 2 de febrero de 1813 la ley de libertad de vientres, según la cual los hijos de esclavos nacidos a partir del 31 de enero anterior debían ser considerados hombres libres. El 4 de febrero la Asamblea declaró libres a todos los esclavos de países extranjeros por el solo hecho de pisar el territorio de las Provincias Unidas.

El gobierno portugués en el Brasil protestó por este decreto de la Asamblea argumentando que estimulaba la fuga de esclavos. En consecuencia y para evitar mayores incidentes, la citada disposición fue modificada el 21 de enero de 1814. Sólo serían considerados libres al pisar el territorio de las Provincias Unidas los esclavos procedentes de países extranjeros introducidos para su comercio o venta, y no los fugados ni los sirvientes de los viajeros.

La Asamblea sancionó un decreto anterior de la Junta Grande (1º de setiembre de 181.1) y declaró extinguido el tributo, la mita, la encomienda, eR yanaconazgo  y toda  forma  de  servicio personal  de  los  Indios.  También) prohibió los mayorazgos y ordenó la abolición de los escudos y distintivos de nobleza.

3)   Reformas judiciales. El 21 de mayo de 1813 la asamblea dispuso la prohibición del uso del tormento para hacer confesar a los detenidos y dispuso que los instrumentos de tortura fueran inutilizados en la Plaza Mayor.
A poco de instalada, la Asamblea habilitó provisoriamente los Tribunales de Justicia que funcionaban hasta esa época y al promulgar el Estatuto del Poder Ejecutivo —ya estudiado— delimitó las atribuciones del último ante el Poder Judicial.
El 6 de setiembre de 1813 fue aprobado el Reglamento de Administración de Justicia, dividido en tres títulos o secciones, subdivididas a su vez en 43 artículos.

4) Reformas eclesiásticas. La asamblea dispuso que las autoridades eclesiásticas debían subordinar sus actos a la soberanía de ese organismo colegiado y también del Triunvirato. El 24 de marzo declaró abolida la Inquisición y dos meses después votó una ley que prohibía a los religiosos regulares de ambos sexos profesar antes de los treinta años de edad. El 16 de junio dispuso que las comunidades religiosas del Río de la Plata quedaban «independientes de toda autoridad eclesiástica que exista fuera del territorio».

5)Reformas económicas: Por iniciativa del diputado Agrelo la Asamblea ordenó acuñar en la ceca de Potosí – en pdoer de los patriotas después de la victoria de Belgrano en Salta— monedas de oro y plata iguales enpeso y valor a las que circulaban en esa época, pero con diferentes grabador,. La imagen del rey fue eliminada.

Además, y para solucionar el desequilibrio económico, se dictaron diversas leyes destinadas a fomentar la agricultura, el comercio y la industria de los saladeros. También recibió impulso la minería y se concedieron franquicias a los extranjeros para la explotación de los yacimientos.

6) Reformas militares. La asamblea continuó con las reformas militares iniciadas con buen éxito por el Triunvirato. Dispuso que el cargo de brigadier general fuera el más alto grado del escalafón, prohibió el uso indebido del uniforme y aplicó castigos muy severos a los desertores.

Ordenó la creación de una Academia Militar para la oficialidad y encomendó a Pedro Cervino la redacción de los planes de estudio. A fines de mayo la Asamblea estableció el Instituto Médico Militar y nombró al doctor Cosme M. Argerich, director y catedrático de medicina.

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DESARROLLO, ATRIBUCIONES Y OBRAS DE LA ASAMBLEA DEL AÑO 1813

El Reglamento de convocatoria dictado por el Segundo Triunvirato establecía que Buenos Aires, por su mayor población, elegiría cuatro diputados; las capitales provinciales, dos; y las otras ciudades con Cabildo, uno. En las elecciones debían participar «todos los vecinos libres y patriotas». Establecía también que «los poderes de los diputados serán concebidos sin limitación alguna y sus instrucciones no tendrán otro límite que la voluntad de los poderdantes».

La Asamblea se reunió el 31 de enero de 1813. Por primera vez no se menciona fidelidad a Fernando VIL Los diputados juraron: «conservar y sostener la libertad, integridad y prosperidad de las Provincias Unidas del Río de la Plata». Una de las-primeras resoluciones que tomó fue declarar que en ella «residía la representación y ejercicio de la soberanía de las Provincias Unidas del Río de la Plata».

Encargó el gobierno a los miembros del segundo Triunvirato. En la Asamblea aparecen por primera vez las manifestaciones claras de voluntad de independencia. Está presente la influencia de la Logia Lautaro.

Artigas reunió en Montevideo un Congreso de Representantes de la Banda Oriental para establecer la actitud a tomar frente a la Asamblea.

El Congreso resolvió aceptar la autoridad soberana de la Asamblea siempre que esta aceptara «la confederación ofensiva y defensiva… y se dejara a esta Banda en la plena libertad que ha adquirido como Provincia compuesta de pueblos libres».

Por su parte la Provincia Oriental se comprometía a aceptar la constitución que sancione la Asamblea.

El congreso, bajo la influencia de Artigas, dio «instrucciones» a sus diputados. Las instrucciones fundamentales eran.

a) Proclamación de la independencia en forma absoluta.
b) Establecimiento de una Confederación.
c) Declaración de libertad civil y religiosa, y respeto a la igualdad entre los ciudadanos y entre los pueblos.
d) Establecimiento de la Capital de la Confederación en una ciudad que no fuera Buenos Aires.

Los diputados orientales, alegando defectos de forma en su elección, no fueron aceptados por la Asamblea. Artigas indignado retiró sus tropas del sitio de Montevideo. Es este uno de los episodios más lamentables de nuestra historia.

La igualdad civil: abolición de privilegios, fueros personales y títulos de nobleza. La libertad civil: abolición de la esclavitud y de los castigos
corporales

— La Asamblea del año 13 fue convocada como «constituyente». Dos elaborados proyectos de Constitución, uno obra de la comisión designada por el Triunvirato, y otra, obra de la Sociedad Patriótica fueron presentados, pero no fueron tratados. La mayoría alvearista se oponía alegando que las circunstancias que atravesaba el país hacían inoportuna la declaración de la independencia.

— La Asamblea dictó leyes y medidas fundamentales.

— Suprimió la imagen de Fernando VII de las monedas, aprobó el Himno Nacional, creó el escudo nacional.

— Decretó la igualdad ante la ley. Abolió los mayorazgos y fueros personales. Sancionó una ley ordenando la extinción de todos los títulos de nobleza y prohibió exhibir en los frentes de las casas signos nobiliarios.

— Declaró libres a los hijos de los esclavos nacidos o que nacieran después del 31 de enero de 1813 y la libertad de todos los esclavos que se introdujecen en territorio de las Provincias Unidas.

— Suprimió la mita, las encomiendas y todo servicio personal de los indígenas declarando que «eran perfectamente libres y en igualdad de derechos a los demás ciudadanos».

— Prohibió el uso de torturas y tormentos como castigo, mandando destruir en la plaza los instrumentos de tormento. Aprobó el «Reglamento para la Administración de Justicia».

— También legisló sobre materias eclesiásticas, excediendo sus facultades: Declaró a las comunidades religiosas independientes de toda autoridad existente fuera del país; prohibió la profesión religiosa antes de los treinta años; resolvió que el poder ejecutivo nombrase a la autoridad religiosa superior del país y proveyese a los cargos vacantes.

La Semana de Mayo
El Directorio
La Asamblea de 1813

Provincias Unidas del Rio de la Plata Mapa

Provincias Unidas del Río de la Plata – Mapa

Las Provincias Unidas del Río de la Plata. Esta denominación se usó desde fines de 1811,  y es el nombre utilizado por el estado surgido en la Revolución de Mayo de 1810 en Buenos Aires para suplantar al virreinato del Río de la Plata, aunque la Independencia se proclamó en nombre de las Provincias Unidas de Sud América.

En 1816, había enfrentamientos entre algunas provincias, y el territorio de nuestro país era bastante diferente al actual.

Diferencias: Los diputados comenzaron a llegar a Tucumán en diciembre de 1815, con instrucciones de los cabildos de sus ciudades y representando intereses muy variados, porque en las Provincias Unidas había diferentes proyectos políticos. Buenos Aires se consideraba «la hermana mayor» de las otras ciudades y quería el proceso independentista. Esto generaba oposición en el Interior.

El Territorio: Como vemos en el mapa de esta página, el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata no coincidía totalmente con el del país actual. Las provincias eran menos, pero más extensas, e incluían a las tres del Alto Perú-actual Bolivia-, aunque se hallaban en poder de los realistas. Gran parte de la Pampa, toda la Patagonia y la región del Gran Chaco eran tierras de los aborígenes.

Aunque el nombre Provincias Unidas del Río de la Plata fue utilizado en todo el período de su existencia, otras denominaciones fueron también utilizadas en algunos documentos oficiales:

Provincias del Río de la Plata, por la Primera Junta en 1810
Provincias Unidas en Sudamérica, por el Congreso de Tucumán en 1816
Provincias Unidas del Río de la Plata en Sudamérica, por el Congreso de 1824 a 1825
República Argentina, por la constitución de 1826

Tucumán, 9 de julio de 1816: En la benemérita y muy digna Ciudad de San Miguel del Tucumán a nueve días del mes de julio de mil ochocientos dieciséis: terminada la sesión ordinaria, el Congreso de las Provincias Unidas continuó sus anteriores discusiones sobre el grande, augusto y sagrado, objeto de la independencia de los Pueblos que lo forman.

Era universal, constante y decidido el clamor del territorio entero por su emancipación solemne del poder despótico de los reyes de España; los Representantes sin embargo consagraron a tan arduo asunto toda la profundidad de sus talentos, la rectitud de sus intenciones e interés que demanda la sanción de la suerte suya, Pueblos representados y posteridad; a su término fueron preguntados:

¡Si querían que las Provincias de la Unión fuesen una Nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli?

Aclamaron primero llenos del santo ardor de la justicia, y uno a uno reiteraron sucesivamente su unánime y espontáneo decidido voto por la independencia del País, fijando en su virtud la determinación siguiente:

Nos los Representantes de las Provincias Unidas en Sud América reunidos en Congreso General, invocando al Eterno que preside al universo, en el nombre y por la autoridad de los Pueblos que representamos, protestando al Cielo, a las naciones y hombres todos del globo la justicia que regla nuestros votos: declaramos solemnemente a la faz de la tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los Reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando Vil, sus sucesores y metrópoli. Quedan en consecuencia de hecho y derecho con amplio y pleno poder para darse las formas que exija la justicia, e impere el cúmulo de sus actuales circunstancias. Todas y cada una de ellas así lo publican, declaran y ratifican, comprometiéndose por nuestro medio al cumplimiento y sostén de esta su voluntad, bajo del seguro y garantía de sus vidas, haberes y fama.

Comuniqúese a quienes corresponda para su publicación y en obsequio del respeto que se debe a las naciones, detállense en un Manifiesto los gravísimos fundamentos impulsivos de esta solemne declaración.