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Biografia de Lope de Vega Felix Resumen de Obra Literaria y Amores

Biografía de Lope de Vega – Obra Literaria –

Lope Félix de Vega Carpió nació en Madrid el 25 de noviembre del año 1562. Dramaturgo español y creador del teatro nacional, abruma en su grandeza; Miguel de Cervantes le llamó “monstruo de la Naturaleza” con cierta envidia y desprecio aunque también reconoció que había logrado “el cetro de la monarquía teatral”.

La fecundidad literaria de Lope de Vega es impresionante; cultivó todos los géneros vigentes en su tiempo, dando además forma a la comedia.

La Historia nos dice que sus padres fueron el bordador en oro Félix de Vega —hombre enamoriscado y poeta de cortos vuelos —y Francisca Hernández, pobre mujer hidalga, madraza de cinco hijos. Pero la poesía nos jura que Lope fue el hijo primogénito del matrimonio maravilloso del Destino y la Villa de Madrid, contraído a fines de 1561, con el padrinazgo del mejor rey de España, don Felipe II.

Lope estudió con los teatinos. Cuando acababa de cumplir los doce años se escapó a Segovia con un amigo, de donde le devolvieron a la Corte certificado con un corchete. Poco después entró al servicio del obispo de Avila, don Jerónimo Manrique… que residía en Madrid. Estudió en la Universidad de Alcalá de Henares, aun cuando su nombre no figura en los registros universitarios.

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Se alistó en las armadas españolas que combatieron felizmente en las Islas Terceras e infelizmente en las costas de Inglaterra ; intrépido arcabucero, alma vibrante, en la llamada Armada Invencible utilizó como tacos de su arcabuz los manuscritos de sus poemas dedicados a Filis (Elena Osorio, cómica, hija de cómico y mujer de ídem).

Durante algunos meses vivió en Valencia, porque a la fuerza ahorcan, y él tenía prohibida, bajo penas severas, la vuelta a Madrid, en cuya cárcel de Corte había sido huésped durante algún tiempo.

Nombrado secretario de cartas de don Antonio Alvarez de Toledo, duque de Alba, con éste vivió en Toledo y en Alba de Tormes. 1596: le procesaron en Madrid por concubinato.

Habiéndose escapado de los curiales con ingenio y respingo, sirvió al marqués de Malpica —1596— y al conde de Lemos — 1598.

Entre 1599 y 1610 anduvo por Valencia, Toledoy Sevilla estrenando comedias, dirigiendo tertulias literarias, para instalarse definitivament en Madrid.

Desde este año, Lope fue el proveedor casi exclusivo de los dos teatros de Madrid: el del Príncipe y el de la Cruz, y de casi todos los que funcionaban en España. Se ordenó sacerdote en 1614.

Sirvió de alcahuete y secretario de cartas amorosas a don Luis Fernández de Córdoba y Aragón, duque de Sessa.

Disfrutó de varios oficios eclesiásticos. Urbano VI le nombró doctor en Teología y caballero de la Orden de San Juan.

Dirigió las famosísimas Justas Poéticas dedicadas a San Isidro, patrón de Madrid, con motivo de su beatificación — 1620— y de su canonización —1622—.

Formó parte de las Academias literarias El Parnaso y Selvage.

Ostentó el título honorífico de familiar del Santo Oficio. Angustiado por los problemas familiares y por los reconcomios del alma, murió el 27 de agosto de 1635 en su casita de la calle de los Francos.

Con los enumerados episodios de la inquieta y turbulentísima vida de Lope hay, y sobran, para nutrir varios libros

 Se casó dos veces: con doña Isabel de Urbina y Alderete — 1588—, hija de un rey de armas y regidor de Madrid, a quien raptó… prenupcialmente, y por cuyo delito dio con sus huesos en la cárcel de Corte y en el destierro valenciano.

En 1598 con doña Juana Guardo, hija de un rico abastecedor de carne y pescado, que le llevó en dote 22.382 reales y hembra «con más de flamenca que de menina».

Dieciséis años acababa de cumplir cuando se ayuntó con María de Aragón, chicuela coqueta y alegre, con quien Lope tuvo un hijo, a la que cantó en sus versos y prosas con el nombre de Marjisa.

A Elena Osorio, hija de un cómico y mujer de un ídem, la llamó Filis, vivía en el Avapiés y era una moza morena, desenvuelta, picante, «de ojos castaños picados de oro».

Pues los escándalos que dieron los amantes, y que ella, por consejo de sus padres, y tácito asentimiento de su marido, cayera en los brazos del rico imbécil don Juan Tomás Perrenot de Granvela, motivaron proceso escandaloso y escandalosa cárcel para el seductor chulito Lope.

En 1596, los alcaldes de Casa y Corte incoaron proceso contra Lope por vivir en concubinato con doña Antonia Trillo de Armenta, hija de un alférez de la Guardia Española en Lisboa, y viuda de un tal Puche, natural de Barcelona.

Entre los años 1599 y 1612, Lope tuvo una amante oficial — con la que braceaba por ciudades y coliseos —la cómica Micaela de Lujan, Camila Lucinda, mujer de un actor pésimo, hermosísima esta Micaela de Lujan, de ojos azules y pelo negro, blanca y fogosa, con la que Lope hubo siete hijos.

En 1614 andaba Lope en ayuntamientos alardeados con Jerónima de Burgos — Gerarda —, para quien él escribió su famosa comedia La dama boba, bellísima y culta comedianta, la cual tan «apegada estaba a Lope», que para ayudarle a «mejor vivir», en ratos que el amante no necesitaba su compañía, iba a hacérsela al duque de Sessa, y de la cual sacaba pingües frutos que compartía con el genial poeta.

Ya sacerdote, en 1616, el genio siente breve debilidad amorosa por Lucía de Salcedo, cómica que venía de Nápoles y que residió en Valencia.

En este año se inició la más sincera de las pasiones amorosas de aquel Monstruo de Naturaleza; en el ocaso de su vida se enamoró con vehemencia de mar enloquecido de doña Marta de Nevares Santoyo —Amarilis—, mujer de Rodrigo Hernández de Ayala, «hombre de negocios», en la que el ciego enamorado encontró todas las perfecciones.

Con cierta justificación, pues que según cuantos la conocieron doña Marta de Nevares — además de desgraciada por un marido torpe e inculto— era rubia, de ojos verdes, alta y esbelta, melosa de habla, inteligente y muy culta, tañía y cantaba con incomparable destreza, danzaba hechiceramente y componía versos que a Lope parecíanle superiores a los de Safo griega, Valeria latina y Argentaría española.

Metió en su casa a doña Marta, y doña Marta sirvió de madre a los hijos que le vivían a Lope y, claro está, a la hijita que tuvo de Lope, Amarilis — ¡ ay, Dios, Dios, Dios ! — cegó repentinamente; enloqueció después y murió en 1632, dejando a Lope, además de una pena «más grande que el mundo» a la hijita de ambos, Antoñica Clara, nacida en Madrid en 1617.

¿Cuántos hijos se le conocen a Lope? De Marfisa tuvo uno, muerto pronto.

De su primera mujer, doña Isabel de Urbina, dos niñas: Antonia y Teodora, que sobrevivieron poco tiempo a su madre, muerta en 1595.

De Micaela de Lujan, siete, de los que llegaron a mayores Marcela y Lope Félix, díscolo y poeta, que se hizo militar y murió durante una expedición para pescar perlas en la isla Margarita, del mar Caribe.

De su segunda esposa, doña Juana Guardo, dos, Carlos Félix — encantadora criatura, delicia de su padre, muerto en flor, a los siete años — y Feliciana, cuyo nacimiento causó la muerte a su madre, única hija legítima que sobrevivió a Lope, y que casó con don Luis de Usátegui, oficial de la Secretaría del Consejo de Indias.

De su mayor amor, Marta de Nevares, una niña, Antoñica Clara, bellísima como su madre, raptada cuando sólo tenía diecisiete años por un galán de la corte, don Cristóbal Tenorio, antiguo servidor de Felipe IV.

Lope de Vega escribió más del triple que el autor que más haya escrito. Fijémonos en los grandes escritores modernos: Galdós, Balzac, Dickens, Dumas padre.

Los que no vivieron sino para escribir. Los que, como el último de los mentados, escribieron con varios colaboradores.

La producción ingente, asombrosa, de cualquiera de ellos, es… una cantidad sin importancia ante la suma inverosímil de las obras lopinas. ¿Mil ochocientas comedias? Pongamos menos, ya que Montalbán pudiera exagerar.

¿Mil quinientas? Pongamos menos, ya que el propio Lope pudiera pavonearse un tanto. ¿Mil doscientas? Seguramente más de mil.

Y muchos miles de poemas. Y novelas. Y poemas épicos extensísimos.

Y poemas burlescos. Y libros religiosos. Y acciones en prosa. Y libros de historia. Y libros ascéticos.

Entre quienes fueron sus contemporáneos el juicio de Cervantes es definitivo; porque nunca fueron buenos amigos Lope y él, y sí enemigos plenos en 1615, fecha de la que son los elogios cervantinos:

«Entró luego de Monstruo de Naturaleza el gran Lope de Vega, alzóse con la monarquía cómica; avasalló y puso debajo de su jurisdicción a todos los farsantes; llenó el mundo de comedias propias, y felices y bien razonadas, y tantas, que pasan de diez mil pliegos los que tiene escritos, y todas, que es una de las mayores cosas que puede decirse, las ha visto representar u oído decir, por lo menos, que se han representado; y si algunos, que hay muchos, han querido entrar a la parte y gloria de sus trabajos, todos juntos no llegan en lo que han escrito a la mitad de lo que él solo».

Cuando Lope empezó a escribir para la escena luchaban en ella muchos ingenios movidos por diversas y aun contrarias tendencias. Unos estaban demasiado apegados a las reglas clásicas y al afán estéril de imitar los teatros griego y romano.

Otros anteponían los sentimientos morales de una esbozada tendencia nacional. Todos ellos pecaban de un lenguaje desaliñado, pretencioso y oscuro, o de una poesía vulgar sin sazón ni soltura.

casa de lope de vega

Estudio en la casa madrileña de Lope de Vega. — Entristecido y anciano sacerdote, en este estudio trabajaba el llamado por Cervantes «Monstruo de la Naturaleza», durante los últimos años de su vida, en compañía única de su idolatrada hija A ntoñica Clara, que le nació en Madrid, en 1617, de la mujer más adorada por él: aquella Marta de Nevares, la Amarilis de sus poemas suspirados, rubia, de ojos verdes, alta y esbelta, melosa de habla y muy culta. Alta, rubia, ojimelosa, hechicera como su madre, Antoñica Clara, un día cualquiera de 1634, dio a su anciano y melancólico padre el último beso… antes de ser raptada por el audaz galán don Cristóbal Tenorio. Suponemos que no con gran disgusto de la raptada.

Lope acabó con todo esto, implantó el buen gusto en la elección de los temas. Perfeccionó el estilo dentro de una sencillez asombrosa. Exaltó la pasión por lo netamente nacional, tradicional o histórico. Ajustó el movimiento escénico. Avivó la invención sin violentarla ni exagerarla.

Repudió cuanto no era natural. Introdujo en la intriga la acción cómica. Dibujó con primorosa mano los caracteres femeninos. Dio una variedad asombrosa a la versificación. Lope se convirtió en todo el teatro español. Conviene repetirlo una y mil veces: sin Lope no tendríamos a «Tirso», ni a Calderón, ni a los demás; él es el padre augusto de todos.

El gran crítico y erudito alemán Schack asegura que no existe literatura alguna en el mundo que, como la española, deba todo su teatro a un solo autor: Lope de Vega. Y el crítico y erudito inglés, muy conocedor de nuestra literatura, Fitzmaurice Kelly, sentenció «que sería mucho más fácil que en la literatura universal aparecieran otro Cervantes, otro Shakespeare, que otro Lope de Vega».

Porque resulta realmente inverosímil, inconcebible, cómo pudo escribir Lope lo que escribió, que precisa una muy larga existencia dedicada exclusivamente a laborar en la soledad, mientras vivió como vivió… Porque, ¿cómo tuvo tiempo Lope ni para vivir su vida?.

El primer estupor que nos saca del alma Lope es éste: ¿cómo meter tanta acción y tanta pasión y tanta preocupación en setenta y tres años? ¿Cómo se las arregló para vivir años de mil y un días, y días de setenta y dos horas?.

Físicamente fue Lope lo que se dice «un buen mozo». Alto, enjuto de cuerpo, el rostro moreno y muy agraciado, la nariz larga, los ojos vivísimos y seductores. Y Montalbán, que tan amigo suyo fue, agrega: «Fue hombre de mucha salud, porque fue muy templado en los humores, muy suelto en los miembros, muy ágil en las fuerzas, muy proporcionado en las facciones y muy ligero de pies y manos. Era discreto en las conversaciones, modesto en las visitas, atento en los actos públicos, descuidado en los suyos propios, apacible con su familia, galante con las mujeres y cortesano con los hombres».

libro de lope de vega

Portada de «Los pastores de Belén», de Lope de Vega. 1612. — Primera impresión de obra tan grata y significativa. Su impresor, Juan de la Cuesta, el de la calle de Atocha con vuelta a la Costanilla de los Desamparados, e impresor de las dos partes del Quijote. Se encargó de vender esta edición del libro de Lope el más popular librero del Madrid de entonces: Antonio Pérez, amigo y admirador incondicional del «Monstruo de la Naturaleza» —proclamado tal por Cervantes— y padre del más fervoroso amigo, discípulo y biógrafo de Lope: Juan Pérez de Montalbán. Los pastores de Belén: prosas y versos divinos fueron dedicados por Lope a su hijito Carlos Félix. Su éxito fue considerable y fulminante. Y son rarísimos los ejemplares de esta edición príncipe… ¡a causa de la severa expurgación que hizo de este magnífico libro el celosísimo Tribunal del Santo Oficio!

Escritores coetáneos a él afirmaron que las mujeres salían a los balcones para bendecirle y que se llegó a crear un símbolo paradigmático para todo lo bueno de la vida: Esto es Lope. ¿Una fiesta suntuosa, sin posible descripción? ¡Esto es Lope! ¿Un nuevo suceso fausto para España? ¡Esto es Lope! ¿Un objeto de valor incalculable o de una impar belleza? ¡Esto es Lope! Sólo los seres excepcionales como Lope «no pueden estar en los medios».

Lope de Vega fue fuente inagotable de inspiración, no sólo para los dramaturgos nacionales, sino igualmente para los extranjeros. En su producción entraron «a saco» Boisrobert, Rotrou, Cellot, Montfleury, Corneille, Moliere, Le Sage, Shirley…

Entre las mejores obras escénicas de Lope figuran: La Estrella de Sevilla, Peribáñez, Fuenteovejuna, El caballero de Olmedo, El rey don Pedro en Madrid, El mejor alcalde, el rey, El anzuelo de Fenisa, Santiago el Verde, La dama boba, El perro del hortelano, El villano en su rincón, La bella malmaridada, La moza del cántaro, El castigo en la venganza, El remedio en la desdicha, Los milagros en él desprecio, Porfiar hasta morir…

Entre sus mejores obras poéticas están: Soliloquios, La Arcadia, La Dorotea, Pastores de Belén, Rimas sacras, La hermosura de Angélica, Rimas humanas y divinas, La Gatomaquia, El Isidro, La Dragontea, La Jerusálén conquistada, Corona trágica…

Fuente Consultada:Enciclopedia Temática Familiar – Tomo I – Grandes Figuras de la Humanidad – Entrada: Lope de Vega – Editorial Cadyc

Biografia de Kafka Franz Vida y Obra Literaria Resumen Cronologia

Biografia de Kafka Franz
Vida y Obra Literaria – Los Amores de Kafka

Franz Kafka nació en Praga, que entonces pertenecía al Imperio Austro-Húngaro, el 3 de julio de 1883, en una familia de clase media.Fue un novelista checo,  autor de breves nararciones. Es uno de los novelistas más singulares del siglo XX. Su obra está marcada por un desgarro interior alimentado por su confusa identidad: de origen judío, vivió en el hervidero nacionalista centroeuropeo y escribió en alemán.

Su padre, un comerciante, fue una figura dominante cuya influencia impregnó la obra de su hijo y que, según él mismo, agobió su existencia. En Carta al padre, escrita en 1919, pero publicada, como casi toda su obra, póstumamente, Kafka expresa sus sentimientos de inferioridad y de rechazo paterno.

A pesar de esta grave incompatibilidad, vivió con su familia la mayor parte de su vida y no llegó a casarse, aunque estuvo prometido en dos ocasiones.

En 1912 Kafka conoció a través de Max Brod (amigo de la infancia) a una berlinesa llamada Felice Bauer, mujer alta y no muy agraciada físicamente, pero segura de sí misma y tranquila. Kafka le pidió que se casara con él, pero no estaba seguro y hubo varias rupturas. La excusa que se ponía a sí mismo era: «Si soy feliz por algo no relacionado con la escritura, me siento incapaz de escribir ni una sola palabra», pero el verdadero problema es que quizá no estaba enamorado de Felice y que todavía no había logrado romper sus barreras.

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Se prometieron dos veces, en 1914 y en 1917, después de que él escribiera El procesoque se ha leído como una metáfora de su relación– y saliera fortalecido. En ambas ocasiones él se echó atrás, aunque como hizo con Julie, usó como excusa el agravamiento de la tuberculosis que padecía.

Durante los seis años que duró la relación Franz envió a Felice más de quinientas cartas y postales. Esta difícil relación con Felice Bauer, puede ser analizada en Cartas a Felice (1967).

Se doctoró en Derecho en 1906 en Checoslovaquia, su país natal. Tras un año de práctica ocupó un cargo público hasta 1928, pero su verdadera vocación fue la literatura. Colaborador de la revista Hyperion (1907), en 1909 frecuentó el club Myádich, centro de doctrinas socialistas y revolucionarias.

Franz Kafka

En 1911 se interesó por el sionismo y la literatura judía. Su obra literaria presenta una doble vertiente realista y metafísica. Describe al hombre moderno inmerso en una realidad absurda, la que se ve reflejada en la problemática personal del autor. Su narrativa simbólica y plena de desasosiego escrita en alemán anticipó la opresión y la angustia del siglo XX.

Su estilo lúcido e irónico se manifiesta con una técnica que participa del expresionismo y del surrealismo. Sus obras han dado pie a numerosas interpretaciones.

Uno de sus primeros libros es Un médico rural, serie de relatos que recogen un universo angustiado, entre el sentimiento de la decadencia física y el peso de la obra que aún le queda por escribir. El castillo es ya una obra de plena madurez. En términos generales, a lo largo de toda su obra Kafka se entrega a una exploración de su universo interior. La metamorfosis, El proceso, La colonia penitenciaria, el Diario íntimo y la Correspondencia son sus mejores escritos. Dejó varias obras inacabadas.

En cuanto a la técnica narrativa, en la obra de Kafka el narrador se confunde estrechamente con su criatura, esto es, prácticamente desaparece. El novelista no domina el mundo que describe, sino que lo padece; esto explica la ausencia de una dimensión moral o política en su obra.

En su testamento expresó la voluntad de que fueran destruidas, pero su amigo Max Brod las hizo publicar: La metamorfosis (1915), Cartas a mi padre (1919), En la colonia penitenciaria (1919), El proceso (1925), entre otras.

«Trataba de dormir a la tarde y escribir a la noche. La falta de sueño y el ruido lo alteraban de manera especial. Escribía de corrido, raramente corregía. Escribió La metamorfosis en quince días; La condena está escrita en una noche. Algo parecido a Mozart pero en lenguaje literario. De no morir tan joven, hubiera podido dar una cantidad torrencial de literatura porque -teniendo en cuenta que trabajaba ocho horas diarias para una compañía de seguros—, prácticamente en doce años ha dejado un legado tan importante. En doce años Kafka escribió todo lo que nosotros tenemos.» Jordi Llovet, editor español.

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Kafka es autor de tres grandes novelas (El proceso, El castillo y América), diarios y correspondencia. El proceso apareció por vez primera en Munich, al año siguiente de la muerte de su autor. Una versión dramática de Gide y Barrault fue representada con éxito en París, en 1947. Esta versión tuvo la virtud de llamar la atención de los existencialistas (Camus, especialmente, quien escribió un interesante ensayo sobre la esperanza y lo absurdo en la obra de nuestro autor, luego recogido en El mito de Sísifo).

Esta extraña historia trata de un inocente empleado de banco que es detenido la mañana de su cumpleaños, acusado de algo desconocido. Para sus interrogatorios es citado en domingo, a fin de que no interrumpa su trabajo. Advierte desde su primera comparecencia la imposibilidad de convencer de su inocencia al funcionario judicial: no hace más que provocar grandes risas de los que le escuchan. Jamás logra ver al juez.

Las sesiones del juzgado se celebran en casa de un carpintero. Un día sin sesión le son mostrados por una mujer los supuestos libros de la Ley, que no resultan sino novelas con grabados deshonestos. Los archivos del juzgado están en un granero… Jamás logra ver una acusación escrita de su delito. Pero el proceso sigue inexorablemente. Todo procesado necesita muchos abogados con el objeto de retrasar o activar el proceso. Por medio de su sobrino se pone en contacto con un abogado influyente. El pintor Signorelli, ante quien posa el juez, se niega a ayudarle.

El protagonista —cuyo nombre es K.— va perdiendo capacidad de resistencia física y psíquica. De ahí que no se defienda contra su sentencia de muerte, sobrevenida al año de su primera detención. En el último capítulo de la novela, dos caballeros de levita y sombrero de copa se presentan al anochecer en su casa y lo conducen a las afueras de la ciudad, lo desnudan, hacen que se siente en el suelo, lo cambian muchas y fatigadas veces de postura, le apoyan la cabeza en una piedra y se cambian extrañas cortesías con un cuchillo. .. K. ve asomarse un hombre a una ventana y cómo le adelanta los brazos. K. levanta los suyos, pide justicia, y mientras el cuchillo se hunde en su espalda, dice: «¡ Como un perro!»

El castillo aparece asimismo en Munich, en 1926. Su carácter simbólico es igualmente patente desde las primeras páginas. Se trata de un agrimensor, que llega a un pueblo. El pueblo está presidido y regido por un castillo, algo distante. Pero al agrimensor le es imposible, desde el primer momento, ejercer sus funciones de agrimensor, para las que se le había llamado, porque realmente no hacía falta, y llega al castillo para ver en él a un misterioso funcionario, Klamm.

El único contacto posible con el castillo y su complicada administración es el mantenido a través de Barnabas, el mensajero. Sus primeros intentos por establecer contacto telefónico con el castillo son rechazados con zumbidos, con el silencio o con el rotundo «No» de un funcionario, al otro lado del hilo. Únicamente le es posible llegar hasta un mesón, próximo al castillo, donde enamora y posee a Frieda, amante de Klamm, quien le muestra a éste durmiendo, sentado a su mesa de trabajo, en la habitación contigua, por un agujero de la pared. Con Frieda regresa al pueblo, se instala en una habitación de la escuela y son siempre interrumpidos por la presencia sonriente y misteriosa de los dos ayudantes del agrimensor.

Frieda, que significaba un intento de aproximación al mundo del castillo, se vuelve un día inesperadamente al mismo, pretextando que el agrimensor frecuenta demasiado el trato con una hermana del mensajero, Olga. Una noche es citado para comparecer ante uno de los secretarios del castillo, quienes recibían e interrogaban a los aldeanos por la noche y en cama, a fin de no perder tiempo.

Pero el agrimensor se equivoca de puerta y habla con otro secretario, Bürgel, quien le promete ayuda. Su situación no ha variado sustancialmente desde el día de su llegada. Desconoce incluso con quién ha hablado, pues los secretarios suelen cambiar de aspecto, lo que hace imposible su reconocimiento. Al final de la obra, el misterioso castillo le resulta tan inalcanzable como al principio, e igualmente incomprensible el motivo de su llamada.

América apareció en Munich, en 1927. Es la novela de más alegre atmósfera. Fue comenzada en 1912, con el título Der Verschollene (El desaparecido).

Narra la vida de Karl Rossmann, muchacho que es enviado por su familia a América por haber violado a una muchacha que trae al mundo un niño. Antes de llegar a Nueva York, el fogonero del barco se lamenta del injusto trato de que es objeto por parte del maquinista.

Con ánimo de defender sus derechos, Karl se presenta en el camarote del capitán, y allí se da a conocer un señor, presente casualmente, como el tío americano de Karl, puesto al corriente por la familia de éste del motivo de su viaje. Karl y su tío desembarcan, abandonando al fogonero a su suerte. En una lujosa casa, aislado del mundo, Karl es sometido a una intensa preparación lingüística bajo la vigilancia del tío americano.

Unos compañeros de negocios de su tío le invitan a pasar un día en su casa de campo, cerca de Nueva York. La hija del dueño le conduce a su habitación, y allí luchan, perdiendo Karl. Decide volver a casa. Pero un desconocido lo retiene hasta medianoche.

Entonces le entrega una carta del tío, por la que éste, contrariado por haberle abandonado sin su consentimiento, le ruega que se abstenga de volver. En la calle se une a dos picaros, que le ayudan a buscar trabajo. Karl los abandona al poco tiempo por haber encontrado violentada su maleta. Consigue una colocación de ascensorista en un hotel.

A los pocos días, el gerente encuentra pretexto para despedirle por un momentáneo abandono del servicio. Evita una paliza del portero, huyendo, pero la precipitación le impide recoger una chaqueta en la que guardaba dinero y documentación. El anuncio de un teatro de Oklahoma, donde prometen ocupación a toda clase de hombres, le hace emprender el viaje. Y aquí acaba esta incompleta novela.

FRANZ KAFKA Y LAS MUJERES:

Kafka tenía un elevado concepto del matrimonio: admiraba la familia y sobre todo el orden, su forma patriarcal. Justamente, tal devoción le servía para sentirse incapaz de conformarla. «Ser padre y hablar serenamente con el hijo. Pero para ello se debe tener corazón y no en su lugar un pequeño reloj de juguete», había reclamado alguna vez a su padre.

En 1912 conoció a través de Max Brod a una berlinesa llamada Felice Bauer, la primera mujer que despertó en él la inquietud de casarse. La respuesta de la familia de Felice fue positiva, y cuando todo parecía indicar que no había ningún inconveniente, Kafka decidió que debía pensarlo mejor. El matrimonio se oponía a su trabajo literario. La literatura aparece siempre en sus reflexiones como la trampa en la que la vida corriente se hace imposible: «Si soy feliz por algo no relacionado con la escritura, me siento incapaz de escribir ni una sola palabra».

A pesar de estas dudas sentimentales que lo perturbaron durante cinco años, siguió adelante con sus textos y redactó La metamorfosis, su narración más célebre que tiene ecos autobiográficos en la que se cuenta la experiencia de Gregorio Samsa, convertido en una mañana cualquiera en un monstruoso insecto.

Otra relación de Franz Kafka fue con Milena Jesenzska (1896-1944), su joven traductora al checo, fue sobre todo epistolar. Las veces que se vieron fue por insistencia de ella porque a él, hombre atormentado y descontento con su cuerpo, que le parecía sucio, se le daban mal las relaciones cara a cara.

Milena tampoco lo puso fácil ya que estaba casada y, a pesar de que no era feliz, no quería abandonar a su marido, Ernst Polak, un intelectual diez años mayor que ella que trabajaba como empleado de banca y con el que vivía en Viena. Además, no era judía y no pertenecía a la cultura alemana. Las relaciones de Franz y Milena duraron hasta 1922.

Se empezaron a cartear en 1919, cuando ella le escribió para pedirle permiso para traducirle al checo, y poco a poco se enamoraron. Kafka, aunque lo intentó, no pudo vencer sus miedos. Accedió a que se vieran después de mucha insistencia y muchos pretextos. Para su sorpresa se sintió cómodo hablando con ella.

Kafka dejó por ella a Julie Wohryzek, con la que se prometió a los seis meses de conocerla. De todas formas, la relación estaba destinada al fracaso porque el padre de Kafka se oponía.

En los últimos tiempos de la relación, Kafka volvió a sentirse atormentado: necesitaba las cartas, pero no quería verse más involucrado; quería que ella le escribiera menos, pero luego se arrepentía. «Ayer te aconsejé que no me escribieras todos los días». Aunque añadió: «Pero, por favor, Milena, no me hagas caso y escríbeme igual todos los días, aunque sea una carta muy breve como la de hoy, apenas dos líneas, una sola, una mera palabra; privarme de esa palabra me costaría horribles sufrimientos». (Fuente: 99 Amores de la Historia – Alicia Misrahi – Editorial De Bolsillo)

Un Nuevo Amor y El fin

En 1923, Kafka conoció a Dora Diamant. Tenía diecinueve años y trabajaba como voluntaria en un campamento de vacaciones, en Müritz, al sur del mar Báltico. Dora recuerda que estaba preparando los alimentos en el bar cuando el escritor le dijo con una voz suave: «¡Unas manos tan tiernas obligadas a realizar un trabajo tan sangriento!».

Kafka, que por ese entonces había abrazado la causa vegetariana, había recurrido a su particular estilo para dar una impresión de la realidad y para iniciar su conquista. Al poco tiempo decidieron vivir juntos y lograron en pocos meses construir algo muy similar a lo que Kafka toda su vida había considerado como felicidad o normalidad. Ella había aprendido rápidamente a no alterar sus tiempos de escritura y a su vez ocupaba el lugar de mujer y de enfermera que él estaba necesitando.

La tuberculosis, mientras tanto, siguió su marcha. Kafka pasó las semanas finales en el sanatorio de Kier-ling, cerca de Viena, acompañado de Dora, Max y su tío Siegfried, personaje muy querido por él y que había retratado en su cuento «El médico rural». Falleció el 3 de junio de 1924, cuando tenía 40 años. Sus tres hermanas menores iban a morir unos años mas tarde en el período nazi, en los terribles campos de concentración alemanes.

Unos días después del entierro, Max Brod, revisando los papeles de su amigo, se encontró con la carta donde por última vez Kafka pretendía algo imposible.

CRONOLOGIA DE SU VIDA

1883: Nace Franz Kafka en Praga (Checoslovaquia). 1889-1901: Estudia en la Deutsche Knabenschule.

1901-06: Estudia Derecho en la Universidad de Praga; se recibe de abogado. Entabla amistad con Max Brod.

1904-1905: Escribe el primer texto que se conoce de él, «Descripción de una batalla».

1908: Comienza a trabajar en una compañía de seguros.

1910-1912: Se preocupa intensamente por conocer la cultura hebrea y entabla amistad con Jizchak Lówy, el director de una pequeña compañía de artistas hebreos.

1910: Comienza su Diario.

1911: Comienza la novela El disperso (que queda inconclusa y que más tarde fue publicada por Brod.)

1912: Conoce a Felice Bauer, tal vez la mujer más importante de su vida. Siguen un noviazgo, con una larga interrupción, hasta 1918. Escribe La condena y La metamorfosis.

1913: Se edita su primer libro, Contemplación. Se publica La condena.

1914: Escribe El proceso.

1915: Aparece La metamorfosis.

1916: Escribe «El médico rural», inspirándose en su tío Siegfried.

1918: Los médicos confirman el diagnóstico de tuberculosis. El noviazgo con Felice llega a su fin definitivamente. Se publica La muralla china.

1919: Noviazgo con Julie Wohryzek. Escribe «Carta al padre».

1920: A partir de una estadía en el sanatorio de Merano inicia la correspondencia con la periodista Milena Jesenska, esposa de Ernst Pollak y la primera traductora de los textos de Kafka al checo.

1922: Comienza su tercera novela, El castillo.

1924: Vive con Dora Diamant en Berlín. Muere en un sanatorio cercano a Praga.

Fuente Consultada:
99 Amores de la Historia – Alicia Misrahi – Editorial De Bolsillo
ARISTO Diccionario de Biografías Universales Editorial Visor
Enciclopedia Temática Ilustrada – Biografías – Editorla GL
Cuadernillo «LEGADOS» Nº3 Franz Kafka Editorial Pagina 12 de Liliana Viola

 

Biografía de Emilio Salgari Vida y Obra Literaria Novelas

Biografía de Emilio Salgari y Su Obra Literaria

Emilio Salgari (1862-1911), escritor italiano, autor de una extensísima obra de narrativa de aventuras. Fue uno de los escritores que más suscitaron el entusiasmo de los jóvenes es Emilio Salgan. En contraste con las extraordinarias aventuras que movieron a los fantásticos personajes de sus novelas, tuvo una vida pobre e infeliz a causa de la avaricia de los editores que publicaban sus obras. Una grave crisis sobrevino luego, originada por el enorme trabajo en el que estaba constreñido, hasta el punto de llevarlo al suicidio el 25 de abril de 1911. Su popularidad como escritor de relatos de aventuras se ha extendido por el mundo entero.

Emilio Salgari Escritor

Emilio Salgari: Del período que va desde que abandonó la Escuela de Venecia hasta 1882, en que fue colaborador en un diario de Verona, poco sabemos de Salgari. Este año señaló la iniciación de su carrera periodística y literaria, cuando ingresó como redactor fijo en un diario rival al primero. En 1891 entró a formar parte del grupo de colaboradores de un diario de jóvenes, dedicándose entonces sólo a escribir libros de aventuras. También Salgari, como tantos hombres de talento, tenía sus pequeñas manías: para escribir sus novelas hacía uso de una vieja pluma y se sentaba a una mesa tambaleante.

Estamos en el mes de julio de 1883, y con esta carta, remitida a un diario de la ciudad de Milán (Italia), Emilio Salgan, de 20 años de edad, tentaba suerte como escritas solicitando la publicación de una novela plena de acción y de episodios espectaculares en países exóticos, característica ésta que distingue todos sus escritos y que constituyó el elemento principal de su éxito.

«Yo, joven desconocido en Milán, pero de alguna nombradla en Verana, antiguo cadete de la Marina Mercante, le envío este escrito por mí redactado, a fin de que, si lo juzga digno, lo publique en su diario, de ser ello posible. Se trata de un naufragio ocurrido sobre la costa de Nueva Guinea …»

La lectura de este primer relato, así como la de los que le siguieron, hizo suponer que el escritor,  a más de tener una exuberante imaginación y una vasta experiencia personal, había navegado a lo largo y a lo ancho de todos los rilares del mundo, tocando lejanas tierras y conociendo las costumbres de maravillosos y extraños pueblos.

Mientras Salgari vivió fueron muchos los que creyeron cuanto se decía sobre su aventurera existencia. Todos sus lectores, grandes y pequeños, se hallaban persuadidos, en efecto, de que el autor de sus novelas preferidas no era uno de esos solitarios escritores que envejecen sobre su mesa de trabajo, en el cotidiano esfuerzo de crear páginas y páginas, sino que era el protagonista de las fabulosas aventuras por él relatadas.

Pero la verdadera vida de Salgari era otra, muy distinta de la que se le atribuía. En realidad, el escritor creaba en su imaginación los episodios que narraba. No existieron los fabulosos viajes ni las fantásticas aventuras que se le adjudicaban.

Emilio Salgari nació en Verona el 21 de agosto de 1862. Sus padres fueron Luis Salgari, dedicado al comercio de telas, y Justina Gradara, de origen dálmata. Desde la adolescencia Salgari manifestó su desagrado hacia la modesta y pacífica vida burguesa, al punto de que, al cumplir los 16 años de edad, su padre le permitió trasladarse a Venecia a inscribirse en los cursos de capitán de cabotaje en el Real Instituto Técnico de Marina Mercante.

Se sabe con certeza que el muchacho concurrió a sus aulas durante dos años, distinguiéndose de los otros alumnos, según expresiones de un observador de la época, por una singular propensión al aislamiento y su natural austeridad.

En 1882 obtuvo la licencia de capitán, e inmediatamente se embarcó en un barco mercante, iniciando así su experiencia marina. Luego hallamos muchos puntos oscuros en su biografía.

Nuestro deseo sería poder llenar esta laguna dando crédito a lo que Salgari mismo, ya famoso, contó en Mi aventura, pero esta especie de autobiografía aparece en muchos pasajes de sus novelas, dudándose, en consecuencia, de su autenticidad.

Sin embargo, resulta interesante referir lo que Salgari afirmó haber hecho en aquellos años: licenciado de capitán a los 20 años, entró al servicio de un tal Varak, capitán de un pequeño velero llamado Italia Una, y con él efectuó algunos cortos cruceros a lo largo de las costas adriáticas. Permaneció con Varak sólo unos pocos días, pues no estaba totalmente de acuerdo con el comportamiento de aquel hombre de pocos escrúpulos y por demás avaro; pasó luego al servicio del capitán Giuffré.

Este último era un sujeto más abominable y cínico que el primer patrón, de modo que, habiendo surgido un altercado entre ambos mientras la nave se encontraba surcando las aguas de la India, Salgari fue obligado por Giuffré a desembarcar en Bombay, donde, abandonado, se encontró solo y sin medios para subsistir.

Algunos días después conoció, por simple casualidad, al emisario de un raja de Borneo que, despojado de sus bienes por los ingleses, se había dedicado a la piratería para reconquistar sus propias tierras perdidas. El emisario, que se llamaba Tremal-Naik, propuso al joven marino italiano asumir el mando de una de sus naves corsarias, y Salgari, después de haber conocido a Sandokán, el príncipe despojado, y luego de haberse cerciorado de la veracidad de sus razones y propósitos, aceptó sin tardanza el ofrecimiento.

He aquí a Salgari transformado en pirata, vestido como los hindúes, con sucinta indumentaria que le dejaba el pecho al descubierto, y con el clásico turbante. En la primera expedición realizada contra los ingleses y sus aliados, los holandeses, fue completamente derrotado.

Los hombres de Sandokán —los tigres de Mompracem— fueron sitiados en un islote en el que se habían atrincherado, sus naves fueron destruidas y sus jefes dispersos. Salgari estuvo a punto de caer prisionero de los holandeses cuando, lanzándose al mar, fue recogido por una nave francesa. Sus salvadores, luego de escuchar sus aventuras y una vez asegurada su identidad, le ofrecieron la permanencia a bordo. Después de dos años de navegar con sus salvadores, desembarcó en el puerto de Marsella (Francia).

Esta historia, como dijimos, es demasiado fantástica para ser tomada por cierta. Contentémonos entonces con emprender la narración de la vida de Salgari a partir de 1882, año en que lo volvemos a encontrar en Verona colaborando en un diario, cuyo suplemento publica sus primeras novelas: Tay See (editada luego bajo el título de La Rosa de Dong Giang), El tigre de la Malasia y La favorita del Mahdi.

Su éxito como novelista es inmediato; Salgari se lanza entonces a la carrera que se le ofrece, abandonando para siempre una secreta y juvenil aspiración: la de ser poeta. En efecto, adolescente aún, había escrito en sus cuadernos escolares algunos versos ingeniosos y, en verdad, de mucho valor.

Gracias a las novelas de Salgari, el diario que las publica aumenta inmediatamente la venta de sus ejemplares y el nombre del autor es pronto conocido no sólo en Verona sino también en Venecia, Genova y Milán. Otro diario de Verona intentó atraerlo ofreciéndole un puesto de redactor con un elevado y tentador sueldo. Sin embargo, Salgari, ya seguro de su propio éxito, prefirió renunciar a cualquier tipo de obligación con los diarios y dedicarse libremente a la profesión de escritor. Es de destacar, tiempo después, precisamente en 1891, la publicación de su novela La cimitarra de Buda en un periódico para jóvenes.

Los críticos, algunos años más tarde, comenzaron a ocuparse de la actividad de Salgari, manifestando, en este sentido, juicios’ opuestos. Se dijo, entre otras cosas que aún conservan actualidad, que el estilo literario de Salgari era, sin duda, nítido y capaz de dar al lector una sensación visual de las escenas descriptas, pero que carecía de la brillantez que distingue a un verdadero escritor.

Por otra parte, se le objetó que la estructura de sus novelas no era muy cuidada, notándose que los episodios se sucedían con ritmo demasiado confuso y el desenlace ocurría muy inesperadamente. No obstante, todos los críticos reconocieron su capacidad para transportar al lector a los lugares de acción, cualidad ésta que, para un escritor de novelas de aventuras, es, por cierto, de importancia principal. Se decía también que sus personajes eran tratados y descriptos con cierta superficialidad y de un modo demasiado convencional; sin embargo, todo aquello que Salgari refería en cada una de sus novelas tiene un notable valor instructivo.

Cuando, en 1892, Salgari contrajo matrimonio con Ida Peruzzi, el escritor gozaba ya de gran fama. Miles de lectores preferían sus obras. Muchachos aventureros, sugestionados por sus cuentos del mar, se fugaban de sus casas para enrolarse en la Marina. Periodistas y escritores extranjeros frecuentaban la casa de Salgari, deseosos de descubrir los secretos de su éxito y difundirlos entre sus lectores. Sin embargo, la vida de éste no era tan alegre como se puede imaginar. En primer lugar le faltaba, como siempre le faltó, la seguridad económica. Sus necesidades se hacen mayores, más tarde, con los sucesivos nacimientos de sus cuatro hijos: Fátima, Nadir, Ornar y Romero.

Su vocación de escritor se transforma entonces en pesada y penosa actividad, transformando su vida en un monótono quehacer. Su trabajo era intenso: al tiempo que terminaba de redactar una novela ya tenía otra para iniciar y, mientras, empezaba a pensar en una tercera. Las novelas de Salgari superan el centenar.

Considerando la popularidad lograda por Salgari uno se pregunta cómo entonces el escritor vivía en condiciones económicas tan modestas, al punto de tener que recurrir a los auxilios de la reina Elena, gran admiradora de su obra. La respuesta es simple y se encuentra en las exigencias de los editores que siempre lo ligaron con contratos desfavorables, fijándole honorarios que eran, en la mayoría de los casos, irrisorios.

Salgari trabajaba, pues, muchas horas al día, tratando de vencer la fatiga y el sueño. El novelista no podía escribir más que con una tinta especial, liviana, que él mismo preparaba, y con la pluma que adoptó para escribir sus primeras novelas, ya deteriorada y sujeta con hilo de coser. Tampoco podía trabajar si no era sentado a una mesita tambaleante que había empleado cuando se inició como escritor, porque —solía afirmar sonriendo— no sólo eso era encantador sino que también su inestabilidad le daba la impresión de encontrarse navegando sobre la cubierta de una nave.

Tenía Salgari conciencia y responsabilidad de su trabajo: le ayudaba una memoria prodigiosa que le permitía desarrollar sus novelas sin tener que recurrir a la ayuda de los manuales de historia o geografía. Muchas veces, terminada la novela, diseñaba, con bastante habilidad por cierto, las ilustraciones principales y las cartas geográficas.

En los años en que sus hijos eran pequeños, la vida de Salgari no fue siempre triste y monótona; por el contrario, estuvo matizada con pequeños y felices episodios. Le gustaba, por ejemplo, ensayar con los niños las escenas de batalla que tenía que describir en una novela, y, en aquellas ocasiones, el bosque vecino a su casa o su jardín se transformaban, a los ojos de los muchachos y a los suyos propios (Salgari era una más entre las criaturas), en enmarañada selva erizada de peligros; o bien, si él tenía que describir una tempestad, improvisaba en el piano tenantes y tumultuosas composiciones.

El escritor pone fin a su vida suicidándose, el 25 de abril de 1911, en el bosque de «la Virgen del Pilar», cerca de Turín, donde solía pasear en compañía de su familia. Fueron varios los motivos que lo indujeron a tomar esa fatal decisión: la repentina enfermedad de su mujer, las preocupaciones económicas, el exceso de trabajo y el temor de perder, con la vejez, su fecunda imaginación. Fue este último y trágico acto de violencia contra sí mismo lo que hizo finalmente conocer a sus lectores la verdad de su vida, nada envidiable por cierto.

Aunque faltas de un verdadero lazo de continuidad entre un libro y otro, las novelas de Salgari, por afinidad de argumentos, de ambientes y de personajes, pueden ser agrupadas así: relatos de la jungla, cuya acción se desarrolla en la India o en la Malasia (Los Tigres de Mompracem, Los piratas de la Malasia, La reconquista de Mompracem, El rey del mar, La última aventura de Sandokán, etc.); las que tratan de piratería (El Corsario Negro, Yolanda, la hija del Corsario Negro, Los últimos filibusteros, Los corsarios de Bermuda); referentes a pieles rojas (En las fronteras del Far West, La selva ardiente, etc.); las que tienen como tema exploraciones polares (Los pescadores de ballenas, El país del hielo, Los cazadores de focas, etc.); las inspiradas en los progresos científicos de la época y del futuro (A través del Atlántico en globo, El tren volante, Las maravillas del año dos mil, etc.).

Muchas novelas, por otra parte, se basan, con mayor o menor fidelidad, en acontecimientos históricos, entre las que se recuerda, por ejemplo, El tesoro del presidente del Paraguay, en la que el episodio imaginado tiene como fondo la guerra entre el Paraguay, Uruguay, Brasil y la República Argentina; y El subterráneo de la muerte, ambientada en la China en la época de los boxers.

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En la novela Al polo norte se narra las peripecias de dos jóvenes que se aventuran a través de mares y océanos para cazar focas. Gran estupor les causa la imprevista aparición de un gran aparato de hierro. Se trataba de un sumergible desde el cual sus tripulantes invitan a los dos cazadores a unirse a ellos en el viaje de exploración al polo. Llegan así a una gran montaña de forma cónica y el jefe de la expedición coloca la bandera sobre la pendiente cubierta de nieve, mientras gritos de entusiasmo se elevan de la tripulación jubilosa. En esta novela, Salgari, atendiendo las ansias y aspiraciones de sus contemporáneos, imprime una personalísima visión del polo norte, aún inexplorado,  en realidad, en aquella época.

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Al grupo de los corsarios pertenece la novela de Salgari El Corsario Negro, una de las mejores de su vasta producción. ha acción se desarrolla en el siglo XVII durante la lucha de los filibusteros contra los colonos españoles. El protagonista es un noble italiano que se hace corsario por el odio que siente hacia los españoles, uno de los cuales dio muerte a un hermano suyo. Su único deseo es vengar ese crimen, matando a su vez al asesino y a su familia. Pero se enamora de una joven que viaja en una nave por él capturada. Cuando el Corsario Negro se entera de que ella es la hija del matador de su hermano, el odio supera el amor, y, con profundo dolor, abandona a la muchacha sola en una chalupa en medio del océano.

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En él libro Mi aventura, Emilio Salgari describe su propia vida juvenil. Comienza la narración cuando, muchacho aún, sentábase en los bancos de la escuela. Pasa luego al relato de una maravillosa aventura con la descripción de fantásticas y peligrosas peripecias vividas sobre el mar. Particularmente interesante es su arribo a la India y la extraña amistad con Sandokán y Janez dos de los más extraordinarios personajes de sus novelas. En la lámina vemos a Salgari, vestido de joven hindú, mientras socorre a un amigo herido. Se distinguen, en el fondo, los soldados holandeses perseguidores. Esta narración es muy fantástica para ser tenida por real. Si bien no es atendible como autobiografía, la novela se lee con placer.

Fuente Consultada:
LO SE TODO Tomo IV Editorial Larousse – Biografías: Emilio Salgari –
Enciclopedia Electrónica ENCARTA Microsoft

 

Lorenzon Cuentos Pendientes Mi Juego de Javier Mendez

LORENZON

«A mí lo que me preocupa son los comentarios malintencionados», dijo Lorenzón mientras se rascaba obsesivamente la testa.

“No te aflijas”, le contesté, “acordate de Bermúdez. Todo el mundo lo acusaba del asunto de la ferretería y, al final, resultó ser inocente”.

«Sí, pero terminó ahorcándose», insistió Lorenzón con tono sarcástico.

Nos sentamos a la mesita del rincón desde donde, casi ocultos, podíamos campanear todo el movimiento del Bar de los gallegos. Las luces bajas y amarillentas de las mesas de billar formaban triángulos truncos que parecían apoyarse en el paño verde y contener entre sus definidas paredes, espesas masas de un humo perezoso y azul que ascendía en cámara lenta y sólo se agitaba espasmódicamente cuando un jugador penetraba en la campana de luz para ejecutar una carambola difícil.

Un bafle de madera aglomerada colgaba sobre nuestras cabezas y nos obligaba a hablar a los gritos.

«Ahí viene», dijo Lorenzón casi resignado.

Lucrecia entró al Bar como si saliera a la pasarela y enfiló directamente hacia nosotros, ignorando olímpicamente las miradas babosas que le bañaban el cuerpo de sílfide.

Atiné a sacarle una silla de manera tan torpe que se me cayeron los anteojos al inclinarme.

Lucrecia, por supuesto, eligió otra y se sentó con una sonrisa

burlona y casi imperceptible, dejándome desairado y en ridículo tanteando el suelo mugriento.

«Y entonces?», nos dijo sin más.

Lorenzón boqueaba como un pescado fuera del agua y se rascaba la cabeza de tal manera que me dolía a mí.

Lucrecia encendió un cigarrillo tan fino y largo como sus femeninos dedos de aguja.- Aspiró profundamente y se tomó todo el tiempo del mundo en exhalar divertida y con un mohín encantador y perverso el humo, mirando hacia el techo.

Después, sólo después, nos miró a los ojos, haciéndonos desviar la vista como temerosos de sufrir una súbita y ardiente ceguera.

Miré de manera cobarde a Lorenzón. Seguía  mudo.

«¿Tomás algo?», se me ocurrió decir en otro arranque de torpeza caballeresca.

El mozo -que obviamente ya sabía lo que siempre se servía Lucrecia-  estaba parado cual estatua con la margarita de rigor. Me miró de reojo como a un principiante y con una sonrisa cortés,  le dejó el trago sobre la mesa.

» ¿Y entonces?», volvió a cargar con divertida -para ella- crueldad.

«Mirá Lucrecia”… comenzó Lorenzón, “Lo que pasa es que yo … nosotros… vos sabés…».

«¿Que?».

«…»

«Dale. ¿Que es lo que yo sé?»

«Que no es algo tan fácil. Que no se si voy a poder.»

«Pero a eso ya me lo dijiste la semana pasada. Para eso esperamos hasta hoy», dijo Lucrecia más concentrada en revolver lentamente el sorbette en el vaso, que en sus sufrientes interlocutores.

«Lo que pasa es que Lorenzón…», intenté salvarlo.

«Y vos, de qué la jugás?»,  me cortó con una sonrisa helada.

«No. Yo lo acompaño nomás. Yo, nada que ver. Pasaba y él me contó».

Perdí la vista en el piso y sentí la mirada de Lorenzón, como la de un náufrago al que acababa de soltar la mano, vencido por la tempestad. Permanecí mudo y atormentado por mi cobardía durante los infinitos minutos que duró la conversación.

Lucrecia, se levantó deslizándonos un «chau» cargado de sensual desprecio y la vi alejarse abriéndose paso sin necesidad de pedir permiso entre los parroquianos que se hacían a un lado en un silencio libidinoso.

Escuché a Lorenzón a mi lado, meterse apurado los últimos tragos de cerveza. No me atreví a mirarlo y sé que ya tampoco me veía. Oí el ruido del grueso vaso de vidrio apoyándose contra la mesita, el arrastrarse de su silla al levantarse y algunos pasos de su retirada que hasta hoy me retumban en la cabeza como tambores de orquesta.

Me quedé solo con mi infierno mental de culpas e imágenes mirando el suelo no sé cuánto tiempo. Solamente levanté la vista cuando el mozo me dijo que cerraban. Pagué la cuenta sin hablar. Atravesé el salón vacío y vi que estaba amaneciendo.- Por el costado de las vías era el camino más largo a casa, pero sabía que no podía hacer más que transitarlo.

A lo lejos, dibujado contra un inmenso y espantoso sol rojo, vi el bulto que colgaba de los tirantes salientes de un galpón. Cuando crucé a su lado lleno de vergüenza, casi me detengo a pedirle perdón. Pero Lorenzón  ya no me escuchaba.

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La Cena Cuentos Pendientes Mi Juego de Javier Mendez

LA CENA 

Estaban cenando como todas las noches. Como todas las noches, visita; esta vez los tíos. Como todas las noches, sus hermanas conversaban animadamente con su madre. Como todas las noches, el padre ausente, la mesa cuadrada, el mantel de hilo a cuadros azules y blancos, el hule transparente, las banquetas largas y apretadas contra la pared, de modo tal que sentarse primero implicaba una difícil maniobra, consistente en recorrer todo el largo de la mesa hasta el sitio indicado, con el cuerpo echado hacia atrás, casi sentado en el aire, las piernas debajo de la mesa, dando pasos laterales, las manos sobre la tabla, como tocando un piano sin teclas, porque estaba secretamente prohibido, de eso estaba seguro, girar el torso y apoyarse contra la pared en el dificultoso avance.

Hubiera sido más fácil correrse lateralmente hacia el lugar por medio de sucesivas sentadas, pero eso era de mujeres.

Arroz caliente mezclado con zanahoria rallada fría. Horrible. ¿Cuantas veces tendría que decir a su madre que no mezclara lo frío y lo caliente?

En ese pensamiento estaba sumido cuando levanto la vista y sobre la pared de enfrente vio el cuadro. ¡Nadie hacía nada y el cuadro estaba ahí! Espantoso, cada vez más rojo, latía a punto de estallar. ¡Y todos seguían hablando como si nada ocurriera! Abrió la boca para gritar, pero no tenía voz, apenas un sonido ahogado, forzado, que sin embargo fue suficiente para llamar la atención de los comensales que lo miraron sorprendidos. El cuadro era cada vez mas aterrador, bordó, con esas sombras, emanando maldad.

Saltó sobre la mesa con un estrépito de vajilla y cubiertos hechos trizas, resbaló tirando casi todo el mantel sobre su banqueta, lo alcanzó y gritando horrorizado le pegó trompadas con toda la fuerza que nace del pánico.

A cada golpe, del cuadro saltaba sangre, pero eso no era suficiente. Golpeó y golpeó, a pesar de los gritos del resto, que se oían muy lejanos. Nadie podía detenerlo. Sólo paró cuando quedó exhausto y afónico. Eso ya no lo recuerda bien. Hoy come en el patio, en la soledad, donde no hay lugares estrechos que recorrer para sentarse, ni paredes donde colgar cuadros espantosos.

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Un Cuento Policial Cuentos Pendientes Mi Juego de Javier Mendez

UN CUENTO POLICIAL 

Las seis en punto de la mañana. Nadie se hubiera imaginado que al levantar las persianas del almacén, Aguirre se encontraría con el cadáver de Eulogio Argañaráz, ex Jefe de la Estación del ferrocarril, que se encontraba, casi como descansando apoltronado en la silla de mimbre ubicada al lado de los baños, debajo del cartel de cigarrillos «Máximos».

Si no fuera por el delgado hilo de sangre que partía desde su garganta y recorría caprichosamente todo el largo de la camisa celeste, para formar un rojo y pobre lago bajo la pernera izquierda del pantalón, cualquier distraído hubiera hecho caso omiso de la presencia del muerto en aquel rincón del local.

Sin embargo, Aguirre era un tipo despierto y, apenas levantó la pesada cortina metálica, advirtió la funesta anormalidad en el paisaje cotidiano del almacén.

Se acercó al muerto con esa precaución innecesaria que se tiene frente al descubrimiento de un cadáver.- ¿Acaso Argañaráz iba a levantarse súbitamente, con los brazos alzados y a gritarle en la cara para aterrarlo? ¿Acaso podría el muerto estallar como una bomba?. Era simplemente un muerto y como tal, absolutamente inofensivo. Sin embargo, Aguirre avanzó lenta y silenciosamente hasta detenerse al lado de Argañaráz. Conteniendo  incluso la respiración y con la boca y los ojos bien abiertos,  se inclinó sobre el finado  apoyándose las manos en las rodillas. Dio un pequeño respingo cuando advirtió el hilito de sangre que nacía en el cuello de Argañaráz, pero de inmediato retomó la compostura y se acercó esta vez sin miedo alguno, presa de una morbosa curiosidad a observar de cerca.- Siguió el camino de la sangre y descubrió el charquito junto al zapato de Argañaráz.

Un persistente dolor de quijadas lo torturaba y, de pronto tomó conciencia de su boca abierta a más no poder desde que había descubierto el cadáver.- Cerró la boca, tragó dificultosamente saliva y decidió llamar a la policía.- Corrió hacia el teléfono que estaba en la esquina del mostrador y apenas marcó el número de la Comisaría, quedó como petrificado con el  tubo  al oído.- ¿Cómo explicaría la presencia de Argañaráz en su almacén?. ¿Le creerían que lo descubrió ya muerto al levantar las persianas?¿Lo detendrían bajo el cargo de homicidio?

– Comisaría Séptima, buenos días…

– ….

– Buenos días, ¿quién habla?.

-….

-Hola?

– e… equivocado. CLACK!

Aguirre tenía otra vez la boca  abierta y muda. Su vista estaba fija en su propia mano húmeda, blanca,  que apretaba el tubo del teléfono contra el aparato, como temiendo que se descolgara solo y lo pusiera  otra vez en comunicación directa con sus perseguidores.- Respiraba agitadamente y trataba de ordenar su mente, pero  sus pensamientos habían ya cobrado independencia. Surgían tenebrosos y de a miles, se entremezclaban y superponían a gran velocidad.

Como un autómata se sirvió un vasito culón de ginebra para entonarse y ordenar los pensamientos.

El primer dato de cordura lo asaltó instantáneamente.-  Las huellas dactilares!.

Sí, sus huellas quedarían estampadas en el vasito culón y en  la botella de ginebra Llave.

Dios mío, .-pensó-. También en el teléfono y en la cinta de la persiana!!.- Y en el picaporte…

-Estoy hasta las pelotas- , se dijo Aguirre mientras se servía un segundo vasito de ginebra.-

Había estado preso por cuarenta y ocho horas en averiguación de antecedentes, aquella vez,  como treinta años atrás, cuando se le ocurrió quedarse a curiosear la pelea de un viejo, finalmente cortado en la panza por una botella quebrada en la barra del cabaret, blandida por un  paraguayo que le disputaba una bailarina.- Esas cuarenta y ocho horas le habían resultado infinitas e interminables.- No podría soportar una condena perpetua.

La sola idea lo atormentaba.

-Debo borrar toda huella-, pensó.

Instintivamente abrió el cajón de los repasadores y  tomó el trapo verde.

-Es imposible!!!, cayó en la cuenta.

Había dejado sus marcas en la  manija del cajón y apoyado  torpemente su mano entera sobre el mostrador.

-Cada movimiento que hago deja mis marcas. Me haré prófugo.

Corrió  aturdido por la desesperación hacia la puerta del almacén. y casi  se le detuvo el corazón cuando se encontró cara a cara con  Doña Dalia que, maldita costumbre, vino a primera hora a llevar su habitual cuarto de membrillo para el vientre flojo.

-Está cerrado- atinó a decir.

Doña Dalia lo hizo a un lado, con la prepotencia tetona de las viejas de barrio y le contestó al pasar que se deje de pavadas, que para que levantaba entonces las persianas si no quería atender a la gente.

El resto fue cuestión de segundos.

Doña Dalia  cayó seca a sus pies, con la boca en «o» y los ojos abiertos y censores.

-Ahora llevo dos muertos a cuesta-, se dijo Aguirre, mientras soltaba  displicente el ensangrentado taburete.

Caminó sin rumbo por el almacén un instante.

Se detuvo debajo del foco antibichos a pensar.. Se cubrió el rostro con sus manos y cayó de rodillas al escuchar la partida policial que ingresaba al lugar.

Mudo, eternamente mudo y sin excusas, se dejó llevar hasta la Seccional.

Los diarios locales de la época expusieron su condición de monstruo.

No siempre Dios ayuda al que madruga.

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Anecdotas de Javier Mendez Cuentos Pendientes Jugar con Arena

ARENA 

Llegamos a Villa Sarmiento a pasar las vacaciones de verano. En aquel entonces, dos tías solteronas ocupaban la casona que fuera de mis abuelos. Sobraba lugar. Nada hacía suponer que nos íbamos a entretener, pero a pesar de las enérgicas protestas que elevábamos con mis hermanos, hacía como tres años seguidos que veníamos al mismo pueblo los primeros días de enero. Mis padres aducían cariño a las tías. Yo creo que era falta de presupuesto.

Había un pibe, a la vuelta de la esquina. Él era nuestro compañero de juegos. Ese año la novedad fueron las enormes montañas de arena (yo les llamaba inadecuadamente dunas -por mi paso por el mar-) que una compañía constructora  había  levantado  en un gran terreno baldío. Prácticamente era una manzana entera. Recuerdo muchas manzanas baldías en Villa Sarmiento.

Escalábamos las montañas amarillas valiéndonos de unos palos, a modo de bastones,  que enterrábamos en la arena a medida que ascendíamos. Una siesta infernal, el chico de a la vuelta se fue hacia atrás en plena escalada, rodó  por sus espaldas y cayó contra una pared socavada por las máquinas excavadoras de la duna de al lado. Enseguida vino el desmoronamiento y, casi como un áureo  monstruo, la montaña se lo tragó.

Descendimos con mucho cuidado, clavando a fondo nuestros bastones a un costado del cuerpo y afirmando bien los talones en cada paso, temerosos de sufrir la misma suerte que el pibe. Lo buscamos un buen rato sin éxito. Cuando se hizo de tardecita volvimos a la casona a tomar la leche y resolvimos que lo mejor sería no comentar nada a nuestros padres, pues se disgustarían al enterarse de que habíamos ido a trepar montañas con los zapatos de salir. Al año siguiente, sobre el terreno que ocupaban las dunas, se levantaba un importante edificio con un  cartel que decía «Escuela de Educación Técnica».  A una de las aulas le pusieron el nombre del pibe.

Cuando pedí permiso para ir a su casa a invitarlo a jugar (después de todo, se había convertido en una celebridad y yo era su amigo), mis padres y  tías se miraron como espantados y finalmente me contestaron que ya no vivía  más allí. Pienso que se habrá ido de la vergüenza, por temor a que un día volviéramos con mis hermanos para delatarlo. Solamente nosotros sabemos la verdad: el premio que le han dado al ponerle su nombre al aula es injusto. Él se cayó cuando apenas iba por la mitad del camino. Nosotros sí llegamos a la cima. En lo que a mí respecta, estoy un poco decepcionado con el pibe. Él debería estar tranquilo. Yo sé guardar secretos.

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EL COBARDE

Cuando era pibe, hubo un período en que en el pueblo se puso de moda, organizar festivales boxísticos.

Cualquier excusa, la construcción de un aula nueva para la escuela más humilde, la colecta de fondos  para la parroquia local, la remodelación de la sede del club del barrio, era buena para organizar un festival de box, en el que unos pobres desgraciados se reventaban a trompadas por un sandwich y una Coca que se los podía ver consumir, acodados en el borde mismo del precario cuadrilátero, al poco rato de terminar su combate, mientras miraban, con ojos ausentes, el martirio de sus no menos infelices colegas.

A falta de otras atracciones y por temor a parecer extraño, yo concurría con mis amigos a ver tales patéticos espectáculos.

El ring era construido sobre un armazón de caños oxidados, donde se apoyaban tablones en forma despareja, los que luego eran cubiertos con una gruesa lona que conservaba manchas grasientas en las cuatro esquinas y que no lograba disimular enteramente los desniveles del tablado. Eso, lejos de resultar un inconveniente, parece ser que beneficiaba al espectáculo, ya que el irregular piso solía provocar inesperadas caídas de los contendientes, que no se sabía a ciencia cierta si se precipitaban al suelo por los desmañados mamporros del rival, por propio cansancio o justamente por una traición de lona y tablas.

Cualquiera fuera la causa, en definitiva, el efecto era el mismo: los alcoholizados espectadores irrumpían en un frenesí de alaridos espantosos, levantando los puños apretados, saltando  y diciendo malas palabras (allí, en la cancha de fútbol y en los recreos de la escuela aprendí casi todas mis malas palabras).

Enseguida me percaté de que tal reacción del público no era de furia,  indignación,  horror o algo parecido,  sino  por el contrario, los hombres (porque allí concurrían casi exclusivamente hombres, no como en las peleas de la TV, donde se ven en la platea rubias señoritas con faldas cortas y tapados de armiño), se regocijaban ante el sufrimiento de los protagonistas.

No puedo olvidar el tañer desafinado del gong (que nunca alcancé a divisar, pero que, adivino, no era tal  sino uno de los caños que sostenían el ring, golpeado por una barra de hierro), el sonido de los tablones mal pisados por los peleadores, el raspar de las zapatillas contra la gruesa lona y sobre todo el desagradable y espantoso ruido de las trompadas que llegaban a destino, casi siempre bajo la forma de abierta cachetada de payaso.

Varios días antes del festival, por medio de la publicidad rodante (un viejo auto negro, tipo cascarudo, con gigantescos parlantes grises con forma de vitrola en el techo), se anunciaba el espectáculo, prometiéndose la presencia del «Guapo Lazo», «Metralleta Céspedes», Ríos, «El Desalmado», «Sepulturero Rojas» y otros asesinos por el estilo cuyos nombres generaban escalofríos.

Con el tiempo fuimos reconociendo a los boxeadores. En realidad, la trouppe era siempre la misma con algún que otro nuevo osado gladiador muerto de hambre.

El conocimiento de los protagonistas nos permitió la licencia -en círculo de amigos- de poner nuestros propios motes a los pugilistas. Así, para nosotros Céspedes, no era “Metralleta”, sino «El Tomate», sobrenombre que le caía mucho mejor tomando en cuenta el color que adquiría su rostro apenas terminaba el primer round. Nosotros, por esa extraña vocación en favor de los perdedores, éramos hinchas del «Tomate», quien tenía la virtud de durar muchos rounds contra el verdugo que le tocara en suerte.

 Su coloración iba aumentando hacia tonos morados a medida que avanzaba la pelea y, si bien en varias ocasiones no alcanzó a escuchar la última campanada (o fierrazo), normalmente perdía por puntos y era cariñosamente abrazado y besado por el mismo tipo que dos minutos antes lo había molido a palos. (Ahí aprendí también ese asunto de la caballerosidad deportiva.)  Todos esperábamos ansiosos ese final apoteótico del “Tomate” alzado en brazos por su rival en el centro del ring y alcanzábamos a adivinar en su desfigurado rostro una especie de sonrisa (quizás pensando en la Coca y el sándwich que lo esperaban).

Un buen -o mal- día,  cuando le pregunté a un grupo de señores en que pelea le tocaba a Céspedes, me miraron con caras graves, como de reproche, y recibí la noticia que me golpeó  tan fuerte como una de las miles de trompadas que habría recibido mi ídolo: «Céspedes, murió en un festival la semana pasada, en Bovril. La culpa la tuvo el referee que no paró la pelea a tiempo».

Los demás señores asintieron con la cabeza y dedicaron entre ellos algunos comentarios al asunto, todos destinados a los malos árbitros, gente de lo peor, que se vende por unos pocos pesos y a la que no le importa la salud de los deportistas, en definitiva, depositarios de todas las culpas. (Ahí aprendí algo de eso que llaman  hipocresía.)

Apesadumbrado y confundido, me escabullí entre el gentío para informar a mis amigos de la mala nueva: nunca más veríamos combatir al “Tomate”. Mi triste información sin embargo, no pareció afectarlos demasiado y me miraron con cara de sobradores, conocedores de una novedad mucho más importante: el día anterior, sobre el cierre de las negociaciones, se había logrado la presencia en el Festival de un púgil apodado «El Cobarde», de quien mucho habíamos oído hablar, pero que nunca había peleado en nuestro pueblo.

“El Cobarde” era famoso por su extraño estilo, una particular guardia de brazos extendidos hacia adelante y la cabeza girada hacia atrás, que sumada a sus ojos entrecerrados le impedían ver a su rival.  Se mentaba que “El Cobarde” avanzaba a tientas con los pies y moviendo los brazos sin ton ni son, como arañando (tarea imposible, por eso de los guantes), siempre mirando hacia atrás. Cuando su rival intentaba desbordarlo en un ataque, “El Cobarde” cambiaba repentinamente su guardia, girando sobre los talones, haciéndose un ovillo humano y cubriéndose la nuca con los guantes. Esta sorprendente  estrategia de combate, a la que añadía un contraataque desgastante consistente en dejarse caer -sin perder su forma de ovillo-  contra las rodillas de su adversario, no más de dos veces por round para no perder la pelea por Knock Out técnico, lo llevaba indefectiblemente a la victoria, sea por ataque de nervios de los rivales -que abandonaban el cuadrilátero golpeando inclusive a sus propios Segundos, cuando intentaban interponerse-,  sea por lesiones en las articulaciones de las piernas, finalmente vencidas por el peso casi muerto de “El Cobarde” que les caía constantemente -a razón de dos veces por round-  en un plan de combate tan admirable como demoledor.

“El Cobarde” era odiado y temido por sus adversarios.

Todos, sin exclusión, maldecían cuando los papelitos del sorteo indicaban que su suerte estaba sellada: combatir con “El Cobarde” era derrota segura. Esa noche entonces, nos preparamos ansiosos para ver “El Cobarde” en acción. Su pelea contra «Topadora López» estaba programada para ser la última, a las once de la noche.

Sin embargo jamás nos hubiéramos podido imaginar que finalmente nunca  lograríamos ver al gran campeón en escena. Apenas terminado el noveno combate (producto de un golpe bajo sufrido por «Guapo Lazo», que resonó en el tinglado como cuando alguien revienta una bolsa del mercadito, y lo dejó fulminado en la lona con un color entre amarillo y verdoso, a pesar de los esfuerzos de los asistentes y del abundante agua fría vertida en la zona afectada), anunciaron por los altoparlantes que “El Cobarde” no sería de la partida por motivos que en breve se harían conocer al respetable público.

La noticia no pudo caer peor entre los asistentes, quienes casi de inmediato pasaron de la violencia verbal a la acción. El ring side se convirtió en un pandemonium donde volaban trompadas, sillas, patadas y botellas de cerveza desde y hacia todos los lugares. Algunos boxeadores frustrados no tardaron en subir al cuadrilátero para trenzarse en feroz combate con quien se les cruzara por delante.- En minutos el ring estaba repleto de energúmenos ensangrentados y furiosos que revoleaban trompadas y todo objeto que cayera sobre sus hinchadas cabezas.

Desesperado, no encontré mejor lugar para guarecerme que debajo del ring, entre la  estructura de caños que lo  sostenía. En esa semipenumbra, aturdido por el ruido de las pisadas que atronaban sobre el escenario, alcancé a divisar otra silueta, también acuclillada y con las manos sobre la cabeza.

Los tablones comenzaron a crujir y oí el chirrido de unos goznes del cañerío que estaban cediendo. Me arrimé como pude a la silueta, a buscar refugio y compañía en la desesperante situación. No sé por qué se me ocurrió identificarme, como si ello sirviera para algo en ese momento. Ante mi gran sorpresa, el tipo también se identificó:

«-Soy El Cobarde», dijo. Me explicó el porqué de su faltazo al combate y hasta me autografió un volante que indicaba el precio de los choripanes.

Apenas pude escapar segundos antes de que el armazón de tablas, lona y cañerío se desplomara estrepitosamente y terminara con los días del campeón. (Esa noche aprendí lo que se llama «retirarse a tiempo».)

Cuentos Pendientes – Javier Mendez

Cuentos Cortos: La Infiel Javier Mendez

LA INFIEL

Cantaba tangos en un cabaret de cuarta, de esos que abundan en calle Junín.

Su fuerte era “La Infiel”, de Ternengo y Baldassini. Los que frecuentaban el lugar comentaban que le ponía tanto

 sentimiento a esa canción por un asunto de polleras que en sus años de juventud lo había marcado a fuego.

Cuando alguien se le acercaba a preguntarle por la verdad de ese costado autobiográfico de la interpretación, el tipo los miraba con aire enigmático y balbuceaba cualquier respuesta incoherente, capaz de dejar desorientado hasta al más curioso. El whisky berreta y el afán del resto de pasar por “entendidos” de los códigos de la noche, hacían lo demás.

Con lo que sacaba de los dos shows, a las dos y a las cuatro de la mañana, le alcanzaba para pagar mal y tarde el alquiler de la pocilga. Tenía cuenta en el cabaret. Le hubiera alcanzado, pero lo jodían, o sospechaba, porque se perdía en el séptimo fernet y a partir de ahí no llevaba la cuenta de los tragos como parta discutir.

Todas las madrugadas, cuando llegaba a la pensión, cumplía con el mismo rito. Abría la puerta desvencijada ayudándose con un empujón del pie (había una baldosa levantada que la trababa de abajo), colgaba la llave de la trompa erguida de un elefante de yeso pintado de marrón y cubierto de polvo gris que había ganado en una noche triunfal, tumbando tarros con pelotas de media y trapo en la kermesse del barrio,  le daba un beso a ella y se tiraba en el colchón del suelo a fumar el último cigarrillo.

Después de todo, se decía, él no era más infeliz que los tipos que tiraban la guita en el cabaret donde cantaba. Seguro que flor de despelote tenían con sus mujeres como para caer ahí, o que eran almas solitarias que no habían encontrado su par. “En una de esas la regla no es que tiene que haber almas gemelas sino, como ocurre casi siempre, nacemos únicos, incompletos e infelices”, pensaba. Pero ese no era su caso. Ella estaba allí, con su mirada fría, y él estaba seguro de que no lo abandonaría nunca. De eso estaba completamente seguro y le bastaba. En esas divagaciones solía dormirse.

   Una noche faltó al cabaret. Al día siguiente, a la tardecita, cuando el dueño lo mandó a buscar, vieron por la ventana su cabeza en el colchón, ya con un tono amarillento. Parece que se murió tranquilo, durmiendo.

Lo curioso no fue encontrarlo así, final previsible si se quiere, sino el hallazgo del otro cadáver, según los informes de la policía, de una mujer joven muerta  aproximadamente veinte años atrás, que descansaba en el roperito casi vacío de la habitación.

Entre la poca ropa del tipo encontraron la libreta de enrolamiento para hacer los trámites de rigor. Se llamaba Evaristo Ternengo Baldassini.

Cuentos Cortos de Javier Mendez Historias Verdaderas en mi Infancia

RELICARIO 

Bajé los desparejos escalones, como si conociera palmo a palmo  ese antiquísimo territorio, no obstante no

 haberlo andado nunca en mi vida.

Llegué hasta el cofre, en realidad un  tosco y antiguo baúl armado a martillazos apurados hacía cientos de años que me hizo reflexionar sobre lo absurdo de la prisa. La prisa es humana, pensé. Es torpe y esencialmente humana. Apenas un intento de ganar una batalla perdida contra lo inmóvil de la historia. Abrí el cofre y allí estaba. Un relicario –cofre dentro del cofre-, envuelto en sedas de colores indefinidos por el paso del tiempo. En su interior, el grabado de la pareja bailando: ella extrañamente de espaldas, abrazada a un hombre, cuyo rostro no denotaba placer, sino más bien una mueca de angustia y resignación. Lo guardé en el bolsillo de mi camisa –no el del corazón, sino el de la derecha, avergonzándome de ser permeable a las leyendas irracionales-. Miré hacia todos los rincones de la habitación y concluí, sin necesidad de investigar demasiado, que nada había allí que pudiera atraer mi atención, salvo ese pesado olor a humedad.

Desandé las escalinatas agitado y conseguí, a duras penas, reaparecer en el salón.

Los bailarines estaban aún allí, ajenos a mi desaparición y reingreso a la fiesta.

Ella seguía reinando al otro lado del salón, rodeada de su cohorte de obsecuentes y al mismo tiempo absoluta e inexplicablemente sola.

Envalentonado con mi triunfo de rapaz, decidí apropiarme también de su corazón.

Atravesé la inmensa sala y, sin palabras, la invité a bailar.

Nos deslizamos como amantes perfectos toda la maravillosa noche.- Nos fundimos en uno, haciéndonos parte de la eternidad, como si así el destino lo hubiera marcado.- Pasamos una y mil veces frente al retratista que, con mirada cómplice hacia mi negra dama, daba los últimos retoques a su obra.

En el vaho húmedo y casi irrespirable, espero paciente al audaz que me libere de este espantoso relicario.

Cuentos Pendientes – Javier Méndez

El Señor Mansilla Cuentos Pendientes Mi Juego de Javier Mendez

EL SR. MANSILLA 

El Sr. Mansilla era el enfermero del barrio.

En efecto, donde yo vivía no se llamaba a un enfermero recurriendo a la guía telefónica o a los clasificados del diario, sino que simplemente había un enfermero por barrio, asignado por nadie y por todos, de manera tácita e incuestionable, que ejercía su jurisdicción de temidos pinchazos en toda la zona.

En el caso de los pibes de mi barrio, atacados que éramos por una infame gripe o algún catarro persistente, caíamos tarde o temprano en las inevitables agujas del Sr. Mansilla.

En aquella época no había jeringas descartables, por lo que mi agonía se extendía desde que escuchaba postrado en la cama la conversación de mis padres que concluía en la decisión de convocar al Sr. Mansilla, el sonido más desagradable que nunca del timbre que anunciaba su llegada, los escalofriantes ruidos a latas en la cocina, producidos por un extraño rito consistente en prender fuego con alcohol las dolorosas agujas de la mortificación, los pasos cada vez más fuertes que se acercaban al dormitorio y finalmente su presencia, terrible y aterradora.

Con su chaquetilla blanca y sus anteojos cuadrados, de carey negro, se paraba un instante bajo el marco de la puerta, como escudriñando todo el ambiente para cerciorarse de que mi grado de espanto era el apropiado para su faena.

De inmediato avanzaba decidido y sin hacer gesto alguno, sólo con una mirada de sus helados ojos, me  indicaba que había llegado el momento.

Sin palabras de consuelo ni cuentos de hadas, me daba un par de cachetazos en el trasero y, tras cartón, venía la punzada desalmada  y ardiente, seguida por un cada vez más intenso dolor que me dejaba el resto del día compungido y cuidadoso de dormir «solo del otro costado».

Aprendí que las «aceitosas» eran las más temibles  y maldije más de una vez cuando el Sr. Mansilla se olvidaba (yo creo que lo hacía a propósito) de traer «el solvente» que las diluía un poco y las hacía algo menos insufribles.

Lo cierto es que, por efecto de las inyecciones o por pánico a la prolongación del tratamiento, en un par de días me declaraba bajo juramento, totalmente sano, incluso en condiciones como para asistir a la escuela.

Yo aborrecía al Sr. Mansilla. La sola invocación de su nombre me congelaba la sangre.

Una siesta, disfrutando de mi buena salud, estaba sentado sobre el tapial que daba a la calle.

Jugaba al bombardeo, entretenimiento consistente en alinear, según su tamaño, cascotes de barro seco y piedras, para arrojarlos a los automóviles (tanques enemigos) que pasaban.

En mi tapial-trinchera reinaba una tensa calma, tal vez producto de la hora de escaso movimiento, y sólo había podido arrojar, sin suerte, dos granadas.-

Estaba comenzando a aburrirme por la falta de éxito y enemigos, así que decidí tirar la bomba atómica antes de lo planeado y pasar a otro juego.

La bomba atómica era un cascotón de barro seco del tamaño de una pelota de fútbol, que para ser arrojado hacía necesaria una misión suicida: correr al encuentro del enemigo sosteniendo con ambas manos la bomba y en el momento y a la distancia exactos,  revolearla con todas las fuerzas y huir hacia el tapial-trinchera a buscar refugio.

Apenas había tomado la decisión de utilizar mi arma más poderosa cuando vi aparecer por la esquina al tanque enemigo, un Citröen 3CV gris que avanzaba lenta y dificultosamente por entre los pozos de la calle.

Mi juego de guerra recobró de inmediato la intensa emoción inicial.

Pude sentir caudales hermosos e infinitos de adrenalina que agudizaban mis sentidos y  me provocaban un frío sudor de pies y  manos.

Levanté el cascotón y esperé agazapado que el cachivache gris estuviera lo suficientemente cerca.

En el momento exacto emprendí la carrera para interceptarlo.

A duras penas conseguí aparearme al objetivo y cuando ya las fuerzas me abandonaban revoleé mi bomba que cayó como tal,  justo  sobre el capó enemigo, para estallar en mil pedazos, en medio de un estruendo de lata y barro seco.

De inmediato inicié la urgente retirada hacia el tapial-trinchera y alcancé a percibir a mis espaldas que el tanque detenía su motor.

Salté con increíble agilidad el muro y me asomé lentamente para ver los efectos de mi bomba, pero ya con una sensación que transformaba  la euforia inicial, en tremendo susto y ganas de no estar allí.

Un espantoso frío  me recorrió la espina  y me asaltaron incontenibles deseos de ir al baño cuando vi que del tanque enemigo descendía el Sr. Mansilla.

Se paró un momento a observar los despojos de mi bomba desparramados sobre el capó, pareció emprender su marcha hacia la puerta de casa,  creí desfallecer. Dudó un instante y de dos manotazos barrió las trizas de barro y se volvió a meter en el auto.

Cuando vi alejarse al vehículo, me sorprendí en una extraña actitud, con la boca y los ojos abiertos a más no poder, en cuclillas y con las uñas clavadas en el tapial-trinchera.

Así me quedé largo rato, hasta que me quitó del trance el llamado de mi madre para bañarme.

Esa noche comí en completo silencio y decidí definitivamente que los juegos de guerra nunca me gustaron.

Cuentos Pendientes – Javier Mendez

Museo Cuentos Pendientes Mi Juego de Javier Mendez

MUSEO 

Me han dicho que los museos fueron creados para convocar a las musas.

Sin embargo, sospecho que sólo albergan fantasmas.

Fantasmas torturados y recelosos que no atinan de una vez a dejar su continente físico.

Fantasmas que observan con espanto la morbosa mirada de los visitantes sobre sus cuerpos secos y demacrados.

Fantasmas indignados ante la brutal exhibición de sus relicarios, de sus medallas, de su antigua cotidianidad, de sus deshonras. Fantasmas avergonzados, fantasmas furiosos.

Hay un frío de muerte inconclusa en los museos. No es el frío vivo de las calles en invierno, sino el de un ciclo forzado torpemente por los hombres a no cerrarse, a contrariar el curso natural de las cosas.

Un silencio ensordecedor se amontona contra los vidrios y se posa pesadamente sobre los gruesos cordeles de los cercos desteñidos que separan las piezas de la gente.

Los curiosos se asoman, impertinentes, a escudriñar las cartas de amor de un espectro que se retuerce impotente intentando ocultarlas.

En vano se arroja sobre ellas para cubrirlas. En vano se interpone y les ruega que se vayan. En vano grita desesperadamente hasta caer sin fuerzas, invisible. Ni siquiera el amor es respetado.

No existe paz detrás de esa helada calma. Sólo sufrimiento e ira.

Por eso el desasosiego. Por eso mis horrendas percepciones. Por eso la necesidad urgente de salir de allí.

Nunca vendrían a un lugar así las musas.

Algo espantoso movió a erigir museos.

Algo espantoso interrumpió el ciclo de la vida y la muerte para condenar a los desdichados espíritus a exhibir eternamente sus cuerpos disecados y sus recuerdos más íntimos a quien se le ocurriera entrar allí.

¿Qué pecado justificó tal condena? En esa prisión sin tiempo se estremecen, violados día tras día, los fantasmas. Sin voz para implorar que los dejemos en paz. Sin sustancia para sacarnos a empujones.

No han de acudir aquí las musas. Todos los museos guardan el horror.

Cuentos Pendientes – Javier Mendez

Dos Ladrones Cuentos Pendientes Mi Juego de Javier Mendez

DOS LADRONES 

Se habían criado juntos, casi como hermanos, aunque en realidad eran hijos de madres distintas y padres desconocidos.

A pesar de ello, todo el mundo los tenía por hermanos y, pese a no serlo, habían adquirido ese particula

r parentesco que dan las vivencias comunes que reproducen gestos, lenguajes, actitudes, miradas y hasta rasgos físicos.

Iniciados en pequeños trabajitos, fueron ascendiendo, pasando por la función de «campanas» -favorecidos por su inofensiva (y real) apariencia de niños desvalidos y mugrientos-, hasta liderar juntos y sin discusiones su propia pandilla, luego derivada por obra de los diarios y las leyendas  en banda.

Los dos cumplirían sus larguísimos veintipico de años ese mes de enero.

A pesar de lo que se decía de ellos, de su  terrible fama alimentada por la imaginación de los vecinos de la Villa, nunca habían lastimado a nadie.

Ese 2 de enero, cebados por la inmensa y temprana experiencia que arrastraban y por lo simple del objetivo que llevaban, salieron sin plan alguno a asaltar el Súper del barrio vecino.

Cumplía años la Griselda y sólo se trataba de armarse de unos cajones de sidra para festejar como es debido la fiesta de la princesa del caserío.

Esperaron a que dieran las ocho, para que se retirara el personal y el Turco viejo cumpliera con el ritual de bajar las persianas metálicas del negocio.

La parte de atrás del Súper, donde estaba el depósito, daba a un baldío  y nada más debían saltar el tapial mohoso para descender por los viejos cajones apilados en el patio, atravesado el cual, apenas una añosa puerta los separaría del botín.

El Chino saltó primero y esperó del lado de adentro, casi como desganado por el trámite, la aparición de la oscura silueta de Hugo sobre el tapial.

Bajaron por los cajones y, con la fiel barreta que llevaban siempre, emprendieron la fácil tarea de vencer la puerta del depósito.

En eso estaban cuando, de repente, oyeron a sus espaldas un siseo que los dejó helados.

Se dieron vuelta como rayos, tratando de adivinar en la imposible oscuridad, pero nada vieron.

Se miraron de reojo, como para comprobar que el súbito terror era compartido.

Esa noche no hubo festejos en la casilla de la Griselda.-

Las crónicas baratas de la semana dieron cuenta de dos hermanos que murieron desangrados, justo en la deshonrosa actividad de robar un comercio.

La noticia, pronto fue olvidada, su lugar fue ocupado por la renuncia del Intendente, acusado de propiciar el envenenamiento de perros callejeros.

Los hermanos fueron velados en la Sala municipal y se cuenta -se cuentan tantas cosas- que no les pudieron cerrar los ojos, ni quitar, a pesar de varios baños de colonia, el desagradable olor a almizcle que apuró el cierre de los cajones de cuarta, comprados gracias a una «vaca» que armaron los amigos.

Cuentos Pendientes – Javier Mendez

Cuentos Corto El Cobarde de Javier Mendez Cuentos Pendientes

VIENTO NORTE 

Despierta las serpientes y enloquece.

Las vecinas viejas y las no tan viejas afilan sus lenguas detrás de las persianas entrecerradas y cuando uno menos lo espera, salen a la vereda a trenzarse en duelo de ofensas y griterío.

Los perros se azotan contra las rejas, mostrando sus colmillos y babeando.

La arenilla lastima los ojos y los pordioseros insultan a quien se les cruce.

Surgen sorpresivos remolinos y uno debe masticar sucios y crujientes granos de tierra todo el día.

El pelo se hace ingobernable y los automovilistas se empecinan en levantar polvareda y dar estridentes bocinazos.

La ropa pesa y pica.

Los árboles chillan,  desafinando.

Casi no hay pájaros, y los pocos que hay atacan a los ojos de los transeúntes.

Aparecen insectos inverosímiles que dejan ronchas ardientes e infectas.

Los pies se hinchan y las costuras de los zapatos mortifican al caminante.

Las cuadras se alargan,  infinitas.

El sol causa fiebre.

Un persistente olor a enfermedad flota espeso, dulzón y vomitivo en el ambiente.

El pasto se subleva en forma de secos espartillos.

Las piedras que hacen desparejos los caminos se multiplican  y disfrutan en su muda felicidad obstacular.

Un silbido persistente perfora los oídos.

Los ceños se fruncen.- No se puede mirar al cielo.

Hay maldiciones en las esquinas, en los zaguanes húmedos y en cada rincón de la ciudad.

Conviene no salir con viento Norte, esperar los rayos y la lluvia que todo lo lava y convoca los espíritus pacíficos.

Cuentos Pendientes – Javier Mendez

El Marsiano de Venus Cuentos Pendientes Mi Juego de Javier Mendez

EL MARSIANO DE VENUS

Sólo hay una cosa igual de deprimente que los circos pobres: los corsos barriales.

No pretendo con ésta afirmación atacar la noble intención de los artistas que, enfundados en sus gastados atuendos plagados de lentejuelas, intentan función tras función lograr la maravilla, ni mucho menos denostar a quienes por una o dos noches mágicas, abandonan su triste rutina y se transforman en héroes o villanos, en estrellas o en seres ridículos, todos ellos roles, en definitiva mucho más interesantes que el que la cotidianidad les ha asignado para el resto del año.

Ocurre que con la pérdida de la inocencia que lenta y casi imperceptiblemente trae el tiempo, sobreviene también una odiosa y paulatina ceguera que nos impide percibir el paisaje de las emociones.

Parece ser que con el paso de los años apenas por algunos ínfimos y cada vez más escasos momentos podemos elevarnos por encima del espantoso y gris tapial que construyen los días para asomarnos y divisar (¿adivinar?) lo que hace mucho tiempo encontrábamos a la vuelta de cada esquina.

De chico, los corsos barriales me resultaban tan monumentales que inclusive llegué a perderme en uno de ellos.

Me maravilló un personaje que se autodenominaba «El marsiano de Venus». Su atuendo consistía en una polera de lana negra y raída sobre la cual, en la espalda y prendido con alfileres de gancho, lucía un cartel rectangular de trapo blanco amarillento con esa inscripción.

Completaban su traje intergaláctico unos pantalones también negros -que seguramente pertenecieron en su época de gloria al ambo de un buen señor, cuya decisión más acertada sin dudas fue regalárselo a mi extraterrestre- , guantes de cuero negro y un gran tacho pintado con aerosol plateado por escafandra.

Me llamó la atención el único ojo -perforado en el centro del tacho- que, ahora pienso, tal vez era la causa de su andar bamboleante y errático por el improvisado circuito del corso montado alrededor de la plaza.- Pero en aquel tiempo, lejos estaba yo de inquietarme por la dificultosa visión del personaje. Más bien me incliné por pensar que  seguramente en Venus,  los «marsianos» tenían un  sólo globo ocular.

Así pues, lo seguí.

A una prudente distancia y olvidado de mis padres caminé toda la noche detrás del cautivante alienígena.

Lo vi marchar, casi derrumbándose a cada instante, esquivando mascarones a contramano, avanzando de a ratos erguido, de a ratos en cuatro patas, profiriendo  gruñidos casi guturales, ahogados por el tacho escafandra de plata.

Lo ví zigzagueando de cordón en cordón, moviendo aparatosamente los brazos.

Lo vi palmeado en la espalda con más fuerza de la que marca el afecto, por muchachones que empuñaban botellas de cerveza y se daban vuelta, tras su paso, lanzando carcajadas y gritándole cosas que ya no recuerdo bien.

Lo vi pateado en sus piernas, sin responder los ataques, por los niños bien vestidos que iban a mi escuela y que ocupaban los primeros bancos en la misa dominical.

Lo vi trastabillando ante las zancadillas de los padres de familia que sonreían orgullosos y valientes mirando de reojo a sus señoras  e hijos que festejaban la ocurrencia de esos machos alfa.

Lo vi caer, después de no se cuántas vueltas a la manzana, y quedar como un ovillo arrodillado, quizás rezándole a algún Dios estelar que aquí no conocemos.

Vi su espalda sacudirse espasmódicamente y tuve un impulso por apoyar mi mano en su hombro.

Pudo más mi miedo infantil y la marea de gente me llevó cada vez más lejos, hasta perderlo de vista.

Mi padre me encontró llorando en el umbral de una mercería justo cuando quemaban al Rey Momo, totalmente perdido y desconsolado.

Atribuyó  mis lágrimas al desencuentro y al peligro que aparejan el sentirse solo y absolutamente desamparado.

Ahora lo entiendo.

Cuentos Pendientes – Javier Mendez

Javier Mendez Autor de Cuentos Pendientes

MI JUEGO:

Existe un territorio indefinido que divide las imágenes de la vigilia y lo que otros llaman la realidad.

Negar su existencia puede llevar a engaño. Intentar transitarlo resulta a menudo peligroso y revelador.

Recordaré siempre aquella mañana en que aun después del desayuno continuaba exigiendo que bajaran desde el armario mi juego de «Jim West», un ingenioso entretenimiento de mesa -especial para los días de invierno en Bahía Blanca- que mis padres y hermanos se negaron, en una conjura injustificable, a entregarme.-

Aducían que tal juego no existía y, en su reemplazo, se esforzaban en ofrecerme otros aburridísimos, tales como «La Oca», «El Ludo» o «Chan, el mago que contesta».

Nada me conformaba (ni me conformó jamás), ya que no podía explicarme el porqué de esa persistente negativa  a alcanzarme el «Jim West».

Recuerdo, aunque no perfectamente, su tapa predominantemente roja, con letras amarillas de rebordes oscuros y la figura de los héroes del juego plasmadas en la caja rectangular.

Desgraciadamente, por más que me esfuerzo, no consigo recordar las reglas del «JimWest», pero puedo asegurar que se trataba del juego más entretenido y apasionante que jamás se haya inventado.

Guardé  siempre un inocultable resentimiento contra mi familia por aquella injusta negativa.

Un mal día intenté aprovechar el desorden producido por nuestra mudanza para dar, de una vez por todas, con mi juego de «Jim West».

Por fin iban a vaciar el armario y allí sí, se descubriría la inicua conjura.

Permanecí expectante toda la mañana, controlando disimuladamente  los movimientos de mis padres y hermanos mayores, esperando el momento en que vaciaran el armario, para arrebatarle el «Jim West» a quien lo pusiera a mi alcance.

Grande fue mi desilusión cuando el armario estuvo vaciado totalmente, sin que mi juego apareciera.

¿Lo habrían sacado por la noche, mientras yo dormía?

Nunca lo sabré.

Lo cierto es que aun cuando logré revisar a escondidas los cajones preparados para la mudanza, no pude dar con mi «Jim West», hábilmente escondido por mi familia.

Decepcionado, se apoderó de mí un creciente mutismo, al principio justificado por mis padres en mi nostalgia por la vieja casa que me vio nacer, pero que al poco tiempo, sin dudas, comenzó a preocuparlos a tal punto que decidieron pagar costosas sesiones de terapia psicológica (infrecuentes en aquella época para una típica familia de clase media).

Finalmente, cuando me consideré satisfecho con mi muda venganza, confesé el porqué de mi silencio.- Me ocultaban sin justificación alguna el «Jim West».

Con estupor, vi a mis padres mirar desesperados al psicólogo que los observaba interrogante y jurar una y otra vez que el «Jim West» no existía y que ni siquiera sabían de qué se trataba.

Mi madre llegó incluso al paroxismo de las lágrimas.

El tiempo pasó sin que yo pudiera superar la creciente y angustiante sensación de saberme un extraño en el seno de mi propio hogar.

No podía abrirme plenamente a los sentimientos familiares y, a partir de aquel injusto e inexplicable ocultamiento de mi juego favorito, fui descubriendo a veces e intuyendo otras, numerosas conspiraciones -tan arbitrarias e incomprensibles como la primera- urdidas por mis hermanos y mis padres.

Ciertas veces irrumpía súbitamente en el comedor, donde los encontraba conversando, seguramente acerca de mi persona, y ante mi mirada inquisitiva de inmediato todos callaban, observándome entre asustados e inquietos.

Apenas cumplidos los dieciocho, aproveché la excusa de un trabajo en Chivilcoy para irme de casa.

De nada valieron las insistencias de mis padres para que continuara mis estudios universitarios.

Sólo deseaba abandonar cuanto antes aquella farsa hipócrita que llamaban familia y que apenas me contaba para ser blanco de oscuras componendas cuyos motivos nunca logré descifrar.

Mi vida ha transcurrido en una gris normalidad, solamente alterada por los inevitables llamados telefónicos cargados de falsedad que recibo los días de mi cumpleaños y la formulación de excusas para evitar sistemáticamente concurrir  a las fiestas de fin de año que tanto odio.

He montado mi propio taller de juguetes artesanales e incluso he buscado, viajando específicamente a Buenos Aires para ello, de manera infructuosa, otro juego de “Jim West”, para plagiarlo cambiándole el nombre y desarrollar un vistoso tablero de madera lustrada.

Nunca conseguí el juego, ni logro recordar sus reglas.

Para colmo de males, sus imágenes me resultan cada vez más oscuras y se entremezclan confundiéndose con otras producto de mi esforzada imaginación, a punto tal que cada día que pasa, no puedo asegurar si el juego que tengo en mente es aquel que hizo felices los días de mi infancia u otro, totalmente distinto plagado de mis propios artificios mentales que han venido a usurpar las piezas y los casilleros del original desvirtuándolo totalmente.

De cualquier modo, mi viejo juego de “Jim West” ha determinado el rumbo de mi vida y conforma una porción esencial de mi persona.

No hay conjura que pueda arrebatarme los sueños ni borrarme los recuerdos, por difusos que estos se tornen.

Y si en esta vida no logro reencontrarme con mi juego -asumo que he perdido casi por completo las esperanzas-, no concibo un paraíso que seguramente me espera como a todos quienes hemos sufrido injusticias en este mundo, sin un flamante juego de “Jim West” listo para desplegar su colorido tablero y transitar la eternidad partida tras partida.

Cuentos Pendientes – Javier Mendez

Elisa Brown y Francisco Drummond Amor de la Hija de Brown

Amor: Elisa Brown y Francisco Drummond

AMOR ETERNO: Francisco Drummond, nació en Dundee, una ciudad de Escocia en el año 1803. Fue hijo del Capitán Francis Drummond y Chatarine Young. Su familia pertenecía a la elite de Forfar, sus antepasados habían servido a la causa de la Casa de Bruce y también a la de Stuart.

Elisa Brown y Francisco Drummond Además, tenían una tradición militar, tanto es así que su padre y sus cuatro hermanos habían muerto en combate. En su juventud viajó a América, una vez allí, se incorporó voluntariamente a las fuerzas del almirante Guillermo Brown . Aunque era muy apuesto y hacia suspirar a varias mujeres, Drummond tenía ojos solamente para la hija del almirante Elisa, que tenía 17 años. (imagen izq.)

A medida que las visitas de Drummond se incrementaron, el Almirante consintió que los jóvenes mantengan el romance. Así, Francisco y Elisa solían pasear por los álamos que adornaban el jardín de la casa de Brown. El amor que sentían uno por el otro era tan transparente que con sólo mirarse se comunicaban. Apenas se miraban. Él, orgulloso pero retraído en su respeto; ella, ansiosa aunque tímida y recatada.

Brown los miraba desde lejos y sonreía al verlos. Sin embargo, el tiempo de paz se terminó y ambos militares debieron continuar con su carrera, partiendo hacia la guerra con el Brasil. El capitán Drummond sería el comandante de una de las tres naves argentinas que enfrentarían a dieciséis buques brasileños.

Su barco era el Independencia. El saldo de la guerra que Argentina entablo con Brasil fue desfavorable, la tensión entre ambos países había quedado latente en episodios como la batalla de Ituzaingó.

Los brasileros esperaban tener una revancha y se encarnizaron con este nuevo enfrentamiento bélico. De esta manera, las tres naves patriotas se defendían como podían, rodeadas por las dieciséis enemigas que vomitaban plomo y muerte.

Franciso Drummond se destaca en batalla, era un verdadero león sobre la cubierta de su buque. Cuando en medio de un bombardeo se quedaron sin municiones, Franciso ordenó cargar los cañones con eslabones de cadena, todo menos rendirse, pensó.

A pesar que los brasileros iban ganando, Drummond nunca dejo de dar batalla, con un humo que enturbiaba el sitio y el futuro, una esquirla le arrancó una oreja de cuajo a Francisco Drummond. Malherido no dejaba de dar órdenes. Al presenciar que la vida de Drummond corria peligro, el almirante Brown, desde otra nave, la Sarandí, le ordena mediante señales con banderas que abandone el buque de inmediato, quemando antes su casco para que no cayera en manos del enemigo.

Sin embargo, Francisco continuó peleando, tomó un bote y, en medio del fragor de la lucha, se abrió paso hasta el Sarandí para pedirle a su almirante más municiones y su autorización para no abandonar la contienda. Al verlos las naves enemigas descargan contra el pequeño bote todas las municiones, volando en pedazos la embarcación.

Drummond herido de muerte es rescatado por sus compatriotas, llevándolo a bordo del tercer navío argentino, el República. Allí es acostado en la litera de Juan Coe, el joven capitán de ese buque. Drummond comprende que va a morir y, con la mayor premura, cumple sus deberes heroicos. Pronuncia unas palabras que evitan cuidadosamente la queja; entrega a su amigo, el capitán Coe, el anillo nupcial para Elisa y alcanza a mantenerse vivo hasta la llegada del propio almirante, en cuyos brazos muere.

Al regreso, en febrero de 1827, el Almirante se encarga de dar la fatídica noticia a la joven Elisa, la cual apretando con fuerza el anillo que su prometido le dejó antes de morir, lo besará y se marchará en silencio, algunos dicen que sufrió desde ese momentos una leve demencia. A Francisco lo velaron en la comandancia de marina y lo enterraron con honores en el cementerio protestante.

Diez meses después, Elisa decidió vestirse con el traje de novia que había bordado para su casamiento con Drummond, y se adentró en el río, quitándose la vida. Después de este hecho fatídico, el Almirante Brown no pudo reponerse, de tal manera que Guillermo Enrique Hudson lo vio muchos años después, vestido de negro y parado en la puerta de su casa, mirando fijamente a la distancia.

Le pareció un fantasma. El jardín de la casa del almirante fue suplantado por la plazoleta Elisa Brown, un modesto homenaje municipal.

Fuente Consultada: Crónica Loca de Víctor Suerio y Espadas y Corazones de Balmaceda

Biografia de Carlota Corday Mujeres Que Lucharon Por La Libertad

Biografía de Carlota Corday: Mujeres Que Lucharon Por La Libertad

Resumen Biografía de Carlota Corday
La perspectiva histórica ha hecho de ella una heroína equivocada, pero no pudo dejar de reconocer su temple y su capacidad de sacrificio para la misión que se había impuesto y que cumplió con fervor casi religioso: devolver a Francia la libertad abatiendo a quien juzgaba un demagogo sangriento antes que un revolucionario decidido, inflexible con las vacilaciones de los girondinos.

Biografía de Carlota Corday

Carlota Corday es más el nombre de una leyenda que de un personaje real, si se piensa que a veces los actos heroicos no pueden juzgarse con el criterio de verdad o error histórico. En su vida se aunan la juventud y la belleza con el horror del asesinato que planeó y ejecutó.

María Ana Carlota Corday D’Armont nació en Saint-Saturnin des Lignerets (Normandía) el 27 de julio de 1768. Su padre, Francisco Corday, pertenecía a una familia noble de provincias venida a menos, por lo que educó a sus cinco hijos casi en la pobreza.

Agobiada por la miseria murió la madre, y el padre, después de resistir un tiempo más, decidió internar a sus hijas en el monasterio de Caen, según era habitual en la época.

En los conventos solían hacerse en aquel entonces reuniones mundanas, a las que asiste Carlota, ya de trece años. La joven conoce así a Belzunce, coronel del regimiento de caballería con guarnición en Caen, y pariente de la abadesa. Hay quienes sostienen que Carlota se enamoró de él, pero que al ser asesinado el militar en una revuelta, ella juró vengarlo y esto recaería después sobre Marat.


Como resultado de la nueva situación política que sobrevino con la Revolución de 1789, se cerraron los conventos, Carlota -casi desprovista de medios- se vio obligada a vivir en Caen con una anciana tía, madame de Bretteville.

Tuvo entonces oportunidad de leer algunos libros que influyeron mucho en ella: Rousseau, «un filósofo del amor y un poeta de la política»; Plutarco, el historiador clásico, y otros autores que presentaban el sacrificio personal como una razón de Estado.

INMOLARSE POR LA PATRIA
Republicana por convicción pero monárquica por sentimiento, se interesa por los movimientos que entonces agitaban a Francia; inclusive asiste a los juicios públicos ante las asambleas populares que juzgaban a los acusados de contrarrevolucionarios; a menudo, más que establecer la verdad o hacer justicia, se buscaba simplemente un culpable. Con las mejillas encendidas por el dolor, que realzaban su hermosura, Carlota presenciaba los desfiles hacia el patíbulo.

En esas circunstancias conoció a un muchacho, Franquelin, quien mantuvo con ella una secreta correspondencia; Carlota lo alentó vagamente, como una forma de compartir los infortunios de su amigo.

La partida de un batallón de voluntarios que marcha a París hace que se apodere de Carlota la idea de evitar que se malgasten vidas tan generosas y de liberara Francia de un gobierno que ella juzgaba tiránico, sin necesidad de más lucha fratricida. Juan Pablo Marat, se decía -y de ese médico y líder político jacobino se decían muchas cosas-, va había hecho listas con los nombres de los simpatizantes girondinos cuyas cabezas debían rodar para asegurar el triunfo de los revolucionarios más decididos.

Carlota imaginó que el inminente baño de sangre solo podría detenerse con el sacrificio de la suya propia. Así fue como el 7 de julio de 1793, con el pretexto de partir para Inglaterra, Carlota abandonó a su padre y su hermana para dirigirse a París, adonde llegó el jueves 11.

Ya tenía trazado un plan: pensaba que Marat concurriría al Campo de Marte para la gran ceremonia del 14 de julio, pero la enfermedad de este la obligó a cambiar de táctica. Decidió entonces buscarlo en su propia casa. Le escribió una carta en estos términos: «Vengo de Caen; conociendo su amor por la patria, supongo que se enterará con agrado de los terribles acontecimientos de esta parte de la República. Iré a su casa alrededor de la una. Tenga la bondad de recibirme y concederme un momento de audiencia. Le daré la ocasión de prestar un gran servicio a Francia».

LA MUERTE DE MARAT
Sin embargo, Marat no la recibe. Una segunda esquela, más insistente, refuerza la primera: «Marat, ¿ha recibido mí carta? No puedo creerlo, pues encuentro la puerta cerrada. Espero que mañana me conceda una entrevista. Le repito: vengo de Caen; tengo que revelarle importantes secretos para la salvación de la República. Me persiguen, además, pues saben que la libertad es mi causa; soy desgraciada, y este título es suficiente para tener derecho a su patriotismo.»

A las siete de la tarde del 13 de julio, sin esperar la contestación, va a la casa de Marat. Se arregla con cuidado, para impresionar bien a quienes custodiaban al insobornable jefe republicano. Aunque la portera no quiere dejarla pasar, la muchacha sube decididamente las escaleras.

En los primeros tramos la detiene Simone Evrard, la fiel amiga de Marat, que había oído el cambio de palabras. A su vez, el propio Juan Pablo oye discutir a las dos mujeres y, pensando que se trata de la desconocida que le ha escrito el día anterior, indica que dejen pasar a su visitante. En el aposento a medias iluminado Marat, enfermo, toma un baño, cubierto con una sábana manchada de tinta.

Carlota baja los ojos y espera junto a la bañera el interrogatorio. Responde con serenidad a las preguntas sobre la situación en Normandía. «¿Quiénes son los representantes refugiados en Caen?» Carlota dice sus nombres y Marat, con medio cuerpo y el brazo fuera del agua, los anota; añade: «Antes de ocho días irán todos a la guillotina». Al oírlo, Carlota saca un cuchillo y lo hunde con fuerza en el pecho de Marat, que mientras se desangra pide auxilio. Acuden Simone v un criado.

CAMINO DEL PATÍBULO
Carlota no trata de huir y apenas se oculta tras una cortina, pero el criado la golpea con una silla y ella se desploma. El tumulto y los gritos atraen a los vecinos, que suben las escaleras y se arremolinan, furiosos, en la calle, pidiendo a gritos que les entreguen al asesino para vengar allí mismo la muerte del gran tribuno.

No obstante, un piquete de soldados con bayonetas y el comisario Grillard conducen a Carlota, maniatada, al salón de Marat, donde es interrogada. Ella contesta con calma, orgullosa de su acción, y se dispone su reclusión en una prisión cercana. Ya en la cárcel, entre sus ropas se descubre, una proclama redactada por ella, en la que exhorta a derrocar la tiranía.

El 16, severamente custodiada, comparece ante el presidente del tribunal revolucionario. Conmovido por tanta belleza y tanto fanatismo que casi desdibujan el crimen, este la interroga sugiriendo las respuestas, de modo que el asesinato parezca demencial. Tal suposición irrita a Carlota, que la rechaza.

Trasladada a la Conserjería -la famosa prisión donde pasan sus últimas horas los que morirán en el patíbulo-, a las ocho déla mañana siguiente es conducida ante el tribunal revolucionario, el cual, por no tener ella quien la defienda, le designa como defensor de oficio al joven Chanveau—Lagarde, célebre por su defensa de María Antonieta, tres meses más tarde.

No obstante la elocuencia y valentía de Lagarde, el tribunal vota unánimemente la pena de muerte para la acusada. Al sacerdote que le envían para asistirla, Carlota le explica: «Agradezco a quienes lo han mandado, pero no tengo necesidad de su ministerio; la sangre que he derramado y la mía que va a verterse son los únicos sacrificios que puedo ofrecer al Eterno». Ese mismo 17 de julio marcha al suplicio en una carreta, bajo la lluvia, pero ello no arredra a la multitud congregada para presenciar la ejecución.

El verdugo, para ver mejor el cuello, le arranca la pañoleta que le cubre el pecho. El pudor humillado afecta a Carlota más que la muerte cercana, pero recobra en seguida su serenidad y acerca la cabeza, que la cuchilla troncha y hace rodar. Se cuenta que, al recogerla, uno de los ayudantes del verdugo la abofeteó y que entonces las mejillas de Carlota enrojecieron como si la ofensa les hubiese devuelto la vida. La multitud reprueba el ultraje pero celebra la muerte de quien asesinara al «amigo del pueblo».

Los girondinos encarcelados dijeron, al saber de su suplicio: «Ella nos mata, pero nos enseña a morir». Y Franquelin, su joven enamorado, se retira a una aldea normanda pues no puede soportar la desaparición de su amada. Muere pocos meses después, no sin antes pedir que junto con él entierren el retrato y las cartas de Carlota…

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia

Camila y Uladislao Gutiérrez Ladislao Amor Prohibido Historia

Camila y Uladislao Gutiérrez o Ladislao: Amor Prohibido – Historia

El régimen rosista empezaba a ser más tolerante con sus opositores. Muchos habían regresado, cansados de esperar el fin del tirano. Mariquita Sánchez, por caso, se entretenía tocando el piano y recibiendo a unos pocos amigos fieles en su casa de la calle Florida.

Camila, amor tragico argentinoUna tediosa monotonía caracterizaba la vida pública y privada. Xavier Marmier, hombre de letras que visitó Buenos Aires en 1850, se aburrió mucho en las tertulias donde no se podía hablar de otra cosa que de modas y banalidades.Ludovico Besi, un prelado italiano que vino como legado papal ese mismo año, se sintió asqueado ante la ostentación de la obsecuencia por parte del clero porteño.

El obispo local había tolerado la supresión de las fiestas religiosas decretada por el gobierno para que la gente trabajara un poco más. El espionaje, la delación y la inmoralidad eran moneda corriente. Los jesuitas, llamados por Rosas de regreso al país, se habían ido de nuevo porque no admitían los actos de sumisión que se les imponían.

Transgredir la ley se pagaba cruelmente. Esto le sucedió a Camila O’Gorman, una jovencita que se enamoró del teniente cura del templo del Socorro, Uladislao (o Ladislao) Gutiérrez.

La pareja escapó a Corrientes para poder vivir sin trabas su amor, no advirtiendo el escándalo que dejaban atrás. Rosas, disgustado porque los emigrados de Montevideo denunciaban el libertinaje de la sociedad federal, decidió dar un escarmiento: ordenó apresar a la pareja y la hizo fusilar aduciendo que ése era el castigo dispuesto por la antigua legislación española para los amores sacrílegos. Esta conmovedora tragedia, que ocurrió en el Campamento Militar de Santos Lugares en 1848, contribuyó a demostrar que el uso arbitrario del poder era la esencia del régimen. (Fuente Consultada: Argentina, Historia del País y De Su Gente – María Saenz Quesada)

Los O’Gorman eran irlandeses, por eso era muy común que visitara la casa de esta familia un curita muy joven que no hacía muchos meses había llegado a la parroquia del Socorro. Había nacido en Tucumán, pertenecía a una familia adinerada, era muy apuesto con su pelo moreno y su sonrisa franca, tenía veinticuatro años y se llamaba Ladislao Gutiérrez.

Una de las hijas de los O’Gorman se llamaba Camila, tenía veinte años y era de una belleza serena pero deslumbrante. Su espíritu era festivo y romántico. Era la niña mimada de la casa. Es imposible saber cómo empezó todo. El caso es que Camila y Ladislao se enamoraron. Sabían lo que significaba aquello y ambos pedían perdón a Dios por lo que no podían y no sabían refrenar. Juzgarlos sería demasiado fácil.

Camila y Ladislao deciden fugarse. En los últimos días de 1847 salen por la noche, él de paisano, ella con un modesto vestido. Pocas horas después, la familia de Camila denuncia la desaparición de la joven y comienza una afiebrada búsqueda. Ellos pertenecen también a una familia socialmente acomodada y con contactos en los mandos, por lo que las autoridades, sin imaginar el escándalo en ciernes, agotan los recursos para encontrarla.

Solo al advertir la desaparición del padre Ladislao e hilar algunos hechos que antes parecían casuales pero ya no, comienzan a entrever la verdad. Crece la desesperación. Ni los familiares de Camila ni las autoridades eclesiásticas saben qué hacer. La noticia toma estado público y se la califica como un «crimen horrendo”. Todo Buenos Aires habla de la pareja y nadie sabe dónde están. Nadie.

La policía de Juan Manuel de Rosas busca afanosamente a los protagonistas del “crimen horrendo”. El gobernador de Tucumán, Celedonio Gutiérrez, tío de Ladislao, se presura a enviar, sin motivo alguno, un regalo valioso al Restaurador: dos sillas talladas a mano que, más que eso, es una manera de decir de que se lava las manos por la actitud de su sobrino y acepta disciplinadamente las decisiones del poderoso Rosas, sean las que fueren.

Camila y Ladislao, mientras tanto, lograron abordar una pequeña embarcación en el Tigre convenciendo al capitán para que los dejara en Goya, Corrientes. El hombre desconoce la identidad de sus casuales pasajeros. Ellos llevan documentos falsos donde él figura como un comerciante jujeño llamado Máximo Brandier y ella como su esposa, Valentina Desán de Brandier, Al poco tiempo, la pareja abre una escuela en Goya y comienzan a dar clases a los habitantes del lugar, que enseguida se encariñan con ambos como si hubieran vivido allí desde siempre. La casa de ellos es pequeña pero limpia y decorosa.

Dedican casi todo su tiempo a la enseñanza y a amarse con mucha ternura. Puede decirse que son felices, tal vez hasta muy felices, pero nada es eterno. Un día hay una fiesta en Goya y ellos asisten.  Allí, un hombre recién llegado de Buenos Aires los reconoce. Se acerca a Ladislao, que por supuesto viste de paisano, y le pregunta a quemarropa con un tono lleno de ironía:

Cómo está Ud., padre Gutierrez? ¿Hace mucho que no va por Buenos Aires?”. De responderle, Ladislao debió decirle que pronto se  cumplirían seis meses desde el día en que huyeron de la ciudad, pero fingió no escuchar nada y se fue para otro lugar la fiesta. El tipo se quedó mirándolo, con una sonrisa maliciosa y sin esperar una respuesta, que ya estaba dada.

Camila y Ladislao decidieron no huir. Tal vez pensaron que el  tiempo había ablandado las opiniones, quizá creyeron que no debían seguir escapando o que ya los habrían olvidado. Pero no era así. Dos días más tarde llegó la orden de Buenos Aires: ellos debían ser detenidos y devueltos a la ciudad. Así se hizo.

Por orden de Rosas se habilitó una celda del Cabildo para encerrar en ella a Ladislao y una habitación especialmente parada en la Casa de Ejercicios que administraban las monjitas de caridad, donde Camila sería recluida. Pero también por orden de Rosas, en mitad de camino llegó un chasque que desvió a los prisioneros al campamento militar de Santos Lugares. Se dice que en Buenos Aires corrían rumores de linchamiento apenas pusieran pie en la ciudad y el gobernador quiso evitar aquello, por eso el cambio.

El 14 de junio de 1848, en una fiesta organizada por el juez de paz, Uladislao fue reconocido por el sacerdote Miguel Ganrton y denunciado a las autoridades. Incomunicados por orden de Rosas, fueron engrillados y remitidos a Buenos Aires en la misma nave que habían empleado para huir. A partir de ese momento, y durante varias semanas, el gobernador debió soportar presiones en favor y en contra de los prisioneros.

En una carta que dirigió a la joven, Manuelita Rosas le anunciaba que había intercedido por ella y su amante ante su padre. La Iglesia, por su parte, se había convertido en implacable acusadora. «Todas las personas primeras del clero me hablaron o escribieron sobre este atrevido crimen, y la urgente necesidad de un ejemplar castigo para prevenir otros escándalos semejantes», confesó Juan Manuel de Rosas a Federico Terrero en el año 1870.

Camila y Ladislao llegaron penosamente encadenados al campamento de Santos Lugares. Un hecho hubo que parecía aliviar la situación pero que, en realidad, no hizo más que empeorarla: ella estaba embarazada.

El comandante del lugar, Antonino Reyes, se hace cargo de la situación lo mejor que puede: ordena que Camila sea tratada con delicadeza y hace que forren con tela suave los eslabones de la cadena que la engrillan. Ella y Ladislao son puestos en celdas separadas pero atendidos con toda corrección, mientras Reyes espera órdenes de Buenos Aires. Estas no tardan en llegar y su contenido es tan inesperado y terrible que el comandante debe leerlas varias veces para convencerse: Camila y Ladislao deben ser fusilados al día siguiente, a las diez de la mañana.

El 18 de junio de 1848 Camila y Ladislao son llevados frente al pelotón de fusilamiento. Camino al paredón, iban separados y con los ojos vendados, pero se percibían.

Ella preguntó al aire mientras caminaba a su muerte: —Estás allí Ladislao?

—Sí —respondió Gutiérrez desde un par de pasos de distancia y también sin poder verla por la venda—. Aquí estoy. Y mi último pensamiento es para ti…

Poco antes se le había permitido mandarle una nota de despedida a su amada en la que terminaba diciéndole: «Ya que no hemos podido vivir unidos en la Tierra, nos uniremos en el Cielo, ante Dios’»

Ambos fueron confesados por el cura del campamento, unos minutos antes del terrible momento. No pidieron clemencia, no lloraron, no se resistieron. La descarga de fusilería fue una sola y tremenda. Luego, el olor a pólvora quemada, una humareda que el viento disipó y el impresionante silencio de los soldados y oficiales que debieron cumplir la orden.

Todo quedó así por varios segundos, quieto, como en una fotografía. Como si el tiempo se hubiera detenido en ese momento para todos los protagonistas de esta historia, como nos ocurre ahora a nosotros al terminar de leerla.

(Fuente Consultada: Crónica Loca de Víctor Suerio)