El Marsiano de Venus Cuentos Pendientes Mi Juego de Javier Mendez



EL MARSIANO DE VENUS

Sólo hay una cosa igual de deprimente que los circos pobres: los corsos barriales.

No pretendo con ésta afirmación atacar la noble intención de los artistas que, enfundados en sus gastados atuendos plagados de lentejuelas, intentan función tras función lograr la maravilla, ni mucho menos denostar a quienes por una o dos noches mágicas, abandonan su triste rutina y se transforman en héroes o villanos, en estrellas o en seres ridículos, todos ellos roles, en definitiva mucho más interesantes que el que la cotidianidad les ha asignado para el resto del año.

Ocurre que con la pérdida de la inocencia que lenta y casi imperceptiblemente trae el tiempo, sobreviene también una odiosa y paulatina ceguera que nos impide percibir el paisaje de las emociones.

Parece ser que con el paso de los años apenas por algunos ínfimos y cada vez más escasos momentos podemos elevarnos por encima del espantoso y gris tapial que construyen los días para asomarnos y divisar (¿adivinar?) lo que hace mucho tiempo encontrábamos a la vuelta de cada esquina.

De chico, los corsos barriales me resultaban tan monumentales que inclusive llegué a perderme en uno de ellos.

Me maravilló un personaje que se autodenominaba «El marsiano de Venus». Su atuendo consistía en una polera de lana negra y raída sobre la cual, en la espalda y prendido con alfileres de gancho, lucía un cartel rectangular de trapo blanco amarillento con esa inscripción.

Completaban su traje intergaláctico unos pantalones también negros -que seguramente pertenecieron en su época de gloria al ambo de un buen señor, cuya decisión más acertada sin dudas fue regalárselo a mi extraterrestre- , guantes de cuero negro y un gran tacho pintado con aerosol plateado por escafandra.

Me llamó la atención el único ojo -perforado en el centro del tacho- que, ahora pienso, tal vez era la causa de su andar bamboleante y errático por el improvisado circuito del corso montado alrededor de la plaza.- Pero en aquel tiempo, lejos estaba yo de inquietarme por la dificultosa visión del personaje. Más bien me incliné por pensar que  seguramente en Venus,  los «marsianos» tenían un  sólo globo ocular.

Así pues, lo seguí.



A una prudente distancia y olvidado de mis padres caminé toda la noche detrás del cautivante alienígena.

Lo vi marchar, casi derrumbándose a cada instante, esquivando mascarones a contramano, avanzando de a ratos erguido, de a ratos en cuatro patas, profiriendo  gruñidos casi guturales, ahogados por el tacho escafandra de plata.

Lo ví zigzagueando de cordón en cordón, moviendo aparatosamente los brazos.

Lo vi palmeado en la espalda con más fuerza de la que marca el afecto, por muchachones que empuñaban botellas de cerveza y se daban vuelta, tras su paso, lanzando carcajadas y gritándole cosas que ya no recuerdo bien.

Lo vi pateado en sus piernas, sin responder los ataques, por los niños bien vestidos que iban a mi escuela y que ocupaban los primeros bancos en la misa dominical.

Lo vi trastabillando ante las zancadillas de los padres de familia que sonreían orgullosos y valientes mirando de reojo a sus señoras  e hijos que festejaban la ocurrencia de esos machos alfa.

Lo vi caer, después de no se cuántas vueltas a la manzana, y quedar como un ovillo arrodillado, quizás rezándole a algún Dios estelar que aquí no conocemos.

Vi su espalda sacudirse espasmódicamente y tuve un impulso por apoyar mi mano en su hombro.

Pudo más mi miedo infantil y la marea de gente me llevó cada vez más lejos, hasta perderlo de vista.

Mi padre me encontró llorando en el umbral de una mercería justo cuando quemaban al Rey Momo, totalmente perdido y desconsolado.



Atribuyó  mis lágrimas al desencuentro y al peligro que aparejan el sentirse solo y absolutamente desamparado.

Ahora lo entiendo.

Cuentos Pendientes – Javier Mendez

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