Dos Ladrones Cuentos Pendientes Mi Juego de Javier Mendez



DOS LADRONES 

Se habían criado juntos, casi como hermanos, aunque en realidad eran hijos de madres distintas y padres desconocidos.

A pesar de ello, todo el mundo los tenía por hermanos y, pese a no serlo, habían adquirido ese particula

r parentesco que dan las vivencias comunes que reproducen gestos, lenguajes, actitudes, miradas y hasta rasgos físicos.

Iniciados en pequeños trabajitos, fueron ascendiendo, pasando por la función de «campanas» -favorecidos por su inofensiva (y real) apariencia de niños desvalidos y mugrientos-, hasta liderar juntos y sin discusiones su propia pandilla, luego derivada por obra de los diarios y las leyendas  en banda.

Los dos cumplirían sus larguísimos veintipico de años ese mes de enero.

A pesar de lo que se decía de ellos, de su  terrible fama alimentada por la imaginación de los vecinos de la Villa, nunca habían lastimado a nadie.

Ese 2 de enero, cebados por la inmensa y temprana experiencia que arrastraban y por lo simple del objetivo que llevaban, salieron sin plan alguno a asaltar el Súper del barrio vecino.

Cumplía años la Griselda y sólo se trataba de armarse de unos cajones de sidra para festejar como es debido la fiesta de la princesa del caserío.

Esperaron a que dieran las ocho, para que se retirara el personal y el Turco viejo cumpliera con el ritual de bajar las persianas metálicas del negocio.



La parte de atrás del Súper, donde estaba el depósito, daba a un baldío  y nada más debían saltar el tapial mohoso para descender por los viejos cajones apilados en el patio, atravesado el cual, apenas una añosa puerta los separaría del botín.

El Chino saltó primero y esperó del lado de adentro, casi como desganado por el trámite, la aparición de la oscura silueta de Hugo sobre el tapial.

Bajaron por los cajones y, con la fiel barreta que llevaban siempre, emprendieron la fácil tarea de vencer la puerta del depósito.

En eso estaban cuando, de repente, oyeron a sus espaldas un siseo que los dejó helados.

Se dieron vuelta como rayos, tratando de adivinar en la imposible oscuridad, pero nada vieron.

Se miraron de reojo, como para comprobar que el súbito terror era compartido.

Esa noche no hubo festejos en la casilla de la Griselda.-

Las crónicas baratas de la semana dieron cuenta de dos hermanos que murieron desangrados, justo en la deshonrosa actividad de robar un comercio.

La noticia, pronto fue olvidada, su lugar fue ocupado por la renuncia del Intendente, acusado de propiciar el envenenamiento de perros callejeros.

Los hermanos fueron velados en la Sala municipal y se cuenta -se cuentan tantas cosas- que no les pudieron cerrar los ojos, ni quitar, a pesar de varios baños de colonia, el desagradable olor a almizcle que apuró el cierre de los cajones de cuarta, comprados gracias a una «vaca» que armaron los amigos.



Cuentos Pendientes – Javier Mendez

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