Batalla de Caseros

Biografia de Cane Miguel Caracteristicas de su Obra Literaria

Biografia de Cane Miguel y Caracteristicas de su Obra Literaria

Fue un escritor argentino que nació en Montevideo durante la expatriación de su familia y regresó a Buenos Aires después de la caída de Juan Manuel Rosas.

Su profesión de abogado le facilitó el desempeño de diversos cargos legislativos y se destacó actuando en favor de la política de Sarmiento.

Biografia de Cane Miguel y Caracteristicas de su Obra Literaria
Los escritores de la llamada generación del 80 practican una literatura cosmopolita, de crónica elegante y amable, a medias entre la historia y la narrativa, inclinándose por la prosa; destacan: Lucio Vicente López, Miguel Cané, Eduardo Wilde y Lucio V. Mansilla.

Vida. Miguel Cané nació en Montevideo (1851), durante la expatriación de su familia. Cuando apenas contaba dos años de edad, estuvo de regreso en Buenos Aires, después de la caída de Rosas.

Como a los demás hijos de emigrados, se le reconoció la ciudadanía argentina.

Cursó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de esa ciudad, durante la dirección del canónigo Eusebio Agüero y el profesor francés Amadeo Jacques, en un régimen de internado.

De allí sacó las experiencias que muchos años más tarde habría de llevar a su obra maestra, el libro Juvenilia (1884).

Luego cursó estudios en la universidad local y se graduó de abogado (1878).

Mientras cursaba esta carrera, ya se había iniciado en el periodismo y participado en política, particularmente a favor de Sarmiento, de quien era gran admirador.

Fue diputado provincial (1875) y nacional (1876), luego tuvo a su cargo la Dirección de Correos.

Fue nuevamente reelegido diputado nacional (1880), pero asumió la representación diplomática argentina ante los gobiernos de Colombia y Venezuela, que ejerció durante dos años (1881-1882).

Como resultado de esa salida del país surgió su libro En viaje (1884).

Ocupó luego otros cargos públicos de importancia, como la intendencia municipal de la ciudad de Buenos Aires, el ministerio de relaciones exteriores y, accidentalmente, el del interior.

Volvió a la vida diplomática con el cargo de ministro argentino en París, regresó a su país, ocupó una banca en el Senado (1898), y falleció en Buenos Aires (1905).

El escritor. Para algunos historiadores de la literatura argentina, Cané es quizás el escritor más representativo de la generación del ochenta (Roberto F. Giusti). Fue crítico, ensayista, traductor, periodista y narrador.

Tuvo fama de ser un infatigable lector, aunque poco entusiasta de la dura tarea de escribir.

La falta de constancia y la ocasionalidad de sus escritos, le han quitado a su obra la prioridad literaria que pudo haber tenido en su tiempo.

La figura literaria de Cané fue la más respetada de la época, ya que en lo personal, era el escritor de mayor prestigio.

Iniciado en el siglo XX, los jóvenes de la generación siguiente chocaban, en la búsqueda de fama, con la imponente figura del maestro, que seguía ejerciendo el liderazgo intelectual.

Tres imputaciones se han formulado a su obra conjunta: el fragmentarismo, el diletantismo y el galicanismo.

Estos tres cargos son reales, pues la obra de Cané no es orgánica en sí, da la impresión de estar hecha por mero placer artístico, y tanto la frase como la inspiración es de oriundez francesa.

No obstante estos perfiles débiles, Cané ha sido un gran prosista, dotado de talento y de buen gusto.

Él mismo tenía conciencia del carácter de sus obras, pero no intentó modificar su enfoque de la tarea literaria ni engañar a sus lectores.

Como hombre de su época, las letras no eran un fin específico en su vida, sino un aspecto parcial de su vocación universal.

El carácter de «prosa ligera» de sus escritos es típico, y ésa fue su característica literaria.

Todo hace suponer, sobre todo su Juvenilia y algunas otras páginas (ensayos, notas, impresiones), que tenía condiciones para la novela, pero sus preferencias no estuvieron por este género.

Su prosa se caracteriza por la impersonalidad y la sencillez. Los hombres del 80 trataron con cuidado de no caer en las efusiones sentimentalistas o apasionadas, y mantuvieron en general, aun en las páginas autobiográficas, una actitud de mesura, discreción y contención.

Su estilo no era de sabor castizo ni tradicional, sino más bien cosmopolita, indefinido, internacional.

La frase de Cané no es la frase de la vieja tradición española. Más bien es una frase francesa escrita en vocablos castellanos, pero no por ello es deficiente ni desagradable.

La lectura de los escritos de Cané deja siempre en el lector una impresión satisfactoria y amena, a pesar de sus galicismos idiomáticos, muy abundantes, y de su persistente recurso a préstamos de otras lenguas.

«Juvenilia». Este libro es la obra maestra de Miguel Cané, y al mismo tiempo, una de las joyas de la literatura argentina. Ha sido leido por todas las generaciones de argentinos que vinieron después y no ha perdido actualidad hasta nuestros días.

A poco de fallecer su padre, Miguel Cacé es internado en el Colegio Nacional de la ciudad de Buenos Aires.

Después del primer momento de tristeza derivado del alejamiento de su hogar, el niño comienza su vida de escolar, contraído al estudio, pero arrastrado también por el espíritu inquieto y travieso propio de su edad.

Estas son las cosas de los jóvenes, las Juvenilia de los argentinos de mediados del siglo pesado, entre los cus les se contaron luego prominentes figuras de la vida intelectual, científica y politice del país.

Narra Cané a través de las páginas del libro sus recuerdos, algunos de los cuales se han hecho famosos: la comida del colegio, las artimañas para no levantarse temprano de mañana, la enfermería, la personalidad de los dos ejemplares rectores, el canónigo Agüero y Amadeo Jacques, las escapadas nocturnas, las peleas y rencillas de los grupos internos, las vacaciones en la Chacarita de los Colegiales, las fugas a fiestas nocturnas, y toda una serie, más o menos picaresca, de travesuras estudiantiles.

Con el correr de los años, Miguel Cané regresa a su querido Colegio Nacional en calidad de profesor, y a punto de tener que tomar su primer examen, resurgen en su memoria los recuerdos de sus años juveniles.

El volumen fue escrito cuando Cané, entrado en años ya, ejercía sus funciones diplomáticas en Europa.

Apareció bellamente editado en Viena.

Está escrito en una prosa directa, llana y afectada de galicismos.

En torno a la lengua de esta obra, se promovió en nuestro país una polémica, cuando el crítico español Américo Castro cuestionó la calidad literaria del volumen por los barbarismos idiomaticos.

Ver: Escritores de la Generación del ´80 en Argentina

OBRAS Y EDICIONES: Juvenilia. Buenos Aires, Estrada, 1939. Con introducción de Américo Castro.
LECTURAS COMPLEMENTARIAS Y ESTUDIOS: Ricardo Sáenz Hayes. Miguel Cané y su tiempo. Buenos Aires, Kraft, 1935. Raúl H. Castagnino, Miguel Cané, cronista del Ochenta porteño. Buenos Aires, Oeste, 1952.

Fuente Consultada:Literatura Española, Hispanoamericana y Argentina de Carlos Alberto Loprete Editorial Plus Ultra Entrada: Autor Miguel Cané

Biografia de Feliciano Chiclana Abogado

Biografía Feliciano Chiclana

Nació en Buenos Aires el 9 de junio de 1761. Estudió en su ciudad natal, terminando su carrera de doctor en jurisprudencia en la Universidad de San Felipe, en Santiago de Chile, donde se graduó en 1783. De regreso al país, ejerció la abogacía y desempeñó el cargo de asesor del Cabildo, a principios del siglo XIX.

En 1803 presentó al Rey un proyecto por el cual proponía atraer a los indios, entablando intercambio comercial con ellos, dándoles facilidades de trabajo y ocupándolos en forma permanente.

feliciano chiclana

Ejercía este cargo, cuando se produjeron las invasiones inglesas, actuando Chiclana con valor en la Reconquista de Buenos Aires, el 12 de agosto de 1806, lo que le valió el grado de capitán de Patricios, el 8 de octubre de 1806, confirmado por Real Orden de 13 de enero de 1809, expedida por la Junta de Sevilla.

Tomó parte en la heroica defensa de la Capital contra los invasores comandados por el general Whitelocke, en las cálidas jornadas del 5 y 6 de julio de 1807.

En la asonada preparada por los miembros del Cabildo contra el Virrey Liniers, el 1º de enero de 1809, la actitud de Chiclana fue realmente arrojada: al frente de un grupo de patriotas concurrió al Fuerte en apoyo de la autoridad virreinal, desconocida por los complotados; y arrebatando de manos del escribano público del Cabildo, la renuncia que Liniers suscribiera en un momento de debilidad moral, Chiclana la despedazó en presencia de los circunstantes.

Su valerosa actuación en la emergencia le valió ser graduado teniente coronel de Patricios, con fecha 23 de marzo de 1809. Fue miembro de la junta secreta de patriotas, confabulados gloriosamente con el patriótico propósito de dar la independencia a estas colonias; Chiclana participó de sus trabajos, de sus desvelos, fatigas y angustias, tuvo la infinita satisfacción de ver realizados sus ideales en la jornada memorable del 25 de mayo de 1810, con la deposición del Virrey Cisneros y la exaltación de sus compañeros de causa.

El 14 de junio de 1810, la Primera Junta se apresuró a nombrarlo Auditor del Ejército Auxiliar, ascendiéndolo a coronel de ejército efectivo, el 15 de julio siguiente.

En agosto fue nombrado Gobernador Intendente interino de Salta, cargo que ejerció hasta el 24 de diciembre del mismo año, en que fue designado para análogo puesto en la de Potosí (nombramiento éste expedido el 3 de diciembre de 1810).

De regreso en Buenos Aires, a consecuencia de intrigas partidistas, Chiclana fue elegido popularmente el 23 de septiembre de ese año, 1811, para formar parte del primer Triunvirato, completado por Juan José Paso y Manuel de Sarratea, en cuyo desempeño cooperó en el sofocamiento de la conspiración encabezada por Di Martín de Alzaga, en la que Chiclana procedió con la debida y necesaria energía.

La revolución del 8 de octubre de 1812 puso término al mandato de Chiclana, el cual el 13 de noviembre del mismo año, volvió a ser nombrado Gobernador Intendente de Salta, puesto que desempeñó hasta octubre del año siguiente. Observados sus procedimientos un tanto arbitrarios, Chiclana presentó su renuncia, la que fue aceptada por el Gobierno, el cual designó para reemplazarlo al coronel Francisco Fernández de la Cruz, que se recibió de su cargo el 26 de octubre de 1813.

La verdadera causa del retiro de Chiclana de la gobernación de Salta fue motivada por no haberse sabido granjear las simpatías del pueblo salteño; lejos de eso, se enajenó la benevolencia de los habitantes por su mal entendido entusiasmo por la causa de la Patria. Sin embargo, la Superioridad hizo justicia a la pureza y buena intención que guiaron sus actos.

El 9 de diciembre de 1814 el Supremo Director Posadas designó al coronel Chiclana «Comisionado Extraordinario para provisión de Víveres y cabalgaduras para el Ejército Auxiliar del Perú», cargo que retuvo un tiempo, regresando a Buenos Aires en 1816.

Posteriormente, debido a la oposición que hizo con toda intransigencia al Director Pueyrredón, fue desterrado por éste en 1817, trasladándose a Estados Unidos, donde se estableció en la ciudad de Baltimore, regresando después al Río de la Plata, pero quedando un año en Montevideo.

Pero hostigado por la miseria, en mayo de 1818 llegó a Buenos Aires sin licencia del Gobierno. En esta emergencia, el día 18 de aquel mes, su esposa doña Micaela Alcaraz, solicitó un asilo para su esposo en algún punto de las Provincias Unidas.

Desterrado en el mes de Julio a Mendoza, se enfermó en el viaje al llegar a la posta de Pavón en compañía del capitán de Húsares D. José Caparroz, el teniente coronel del mismo cuerpo D. Hilarión Guerrero y el teniente coronel retirado Marcelino Balbastro, que marchaban con Chiclana para la ciudad de Mendoza.

Desde el Arroyo Pavón, el 29 de agosto el último solicitó quedar en aquellas cercanías por su «achacoso estado», lo que fue concedido el 10 de septiembre por el Director Pueyrredón, accediendo al libre regreso a esta Capital, restituyéndolo al seno de su familia, lo que se comunicó al jefe del punto, coronel Hortiguera, para su cumplimiento.

El 19 de abril de 1819 fue repuesto en su empleo de coronel. Su último servicio fue una incursión que realizó a las pampas, desde el 23 de octubre hasta fines de diciembre de 1819, para negociar la paz con los indios Ranqueles, a los que entregó las gratificaciones y hasta su propia espada, comisión que desempeñó a satisfacción del Gobierno.

El 28 de febrero de 1822, obtuvo su reforma militar en su clase de coronel, después de haber revistado en el E. M. de Plaza desde el año anterior en su clase de coronel de infantería .

En sus negociaciones con los indios, Chiclana llegó, el 27 de noviembre a Manuel Maeu, distante 120 a 200 leguas al WSW de Buenos Aires, feudo del cacique Lienand, donde conferenció con los caciques ranqueles reunidos con tal objeto.

Falleció en Buenos Aires el 17 de septiembre de 1826. El 19 de enero de 1830 el Gobierno Nacional dictó un decreto disponiendo la erección de monumentos en el Cementerio del Norte para guardar los restos del coronel Dr. Chiclana y general Cornelio Saavedra.

Chiclana fue un patriota de carácter audaz, turbulento, y su figura se destaca como hombre de lucha y de consejo, cualidades que se evidenciaron cuando formó parte del Primer Triunvirato.

Fuente Consultada:
Yabén, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938).

El General Federico Rauch en la Frontera Contra Los Aborígenes

EL GENERAL FEDERICO RAUCH

El 6 de febrero de 1826 el Congreso de las Provincias Unidas del Río de la Plata, en razón de las dificultades internas y principalmente las externas, surgidas por la guerra con el Imperio del Brasil, creó un Poder Ejecutivo nacional. Al día siguiente designó presidente a don Bernardino Rivadavia. A pesar de los múltiples problemas que tuvo que atender, éste se preocupó también por reforzar la frontera contra los indios.

Federico Rauch

La paz que se había firmado en el gobierno anterior no satisfacía a todos los indios, y en 1826 más de setecientos pampas enemigos tomaron por asalto los pueblos de Salto, Arrecifes y Dolores, retirándose con numerosos cautivos y gran cantidad de animales.

Poco después otro malón cayó sobre el paraje denominado Toldos Viejos, no lejos del pueblo de Dolores, y tras encarnizado combate dieron muerte a casi todos los componentes de la guardia que defendía esa zona.

En conocimiento de estos desmanes Rivadavia se propuso tomar enérgicas medidas, y en un memorable mensaje expresó: «La paz que se ha hecho y que se procura conservar a costa de grandes sacrificios no es una garantía suficiente a la que pueda librarse la riqueza de nuestros campos y la vida de nuestros laboriosos habitantes. Sólo el poder de la fuerza puede imponer paz a estas hordas y obligarlas a respetar nuestra propiedad y nuestros derechos».

Con el propósito de castigar a los indios por sus frecuentes malones, Rivadavia decidió organizar una expedición, que puso a las órdenes del coronel Federico Rauch.

Este bravo y hábil oficial dirigió una feliz campaña en la región de la Sierra de la Ventana desde octubre de 1826 hasta enero de 1827, y a principios de ese año en la laguna de Epecuén.

Durante la presidencia de Rivadavia no sólo se llevaron a cabo las expediciones punitivas dirigidas por el coronel Rauch, sino que se planeó un avance de la frontera, que permitió a los blancos ocupar extensas zonas en la provincia de Buenos Aires. Teniendo en cuenta las observaciones hechas por las comisiones nombradas durante el gobierno de Gregorio Las Heras, Bernardino Rivadavia dictó un decreto el 27 de septiembre de 1826.

En el mismo establecía que con la mayor premura posible se fundarían tres fuertes principales: el primero en la laguna de Curalafquén, el segundo en la de Cruz de Guerra y el tercero en la del Potroso. El decreto disponía, además, que acordara con los hacendados la forma de conducir a los vecinos y también que se completaran los cuatro regimientos de caballería para aumentar la seguridad de las poblaciones.

El fuerte de la laguna del Potroso cubría las guardias de Rojas, Salto y Lujan; el de Cruz de Guerra amparaba los territorios guardados antes por los fortines de Navarro, Lobos, Monte y Ranchos; y el de Curalafquén protegía la zona comprendida entre Chascomús, Dolores y el fuerte Independencia, de Tandil. Estos baluartes tenían por objeto proteger a los pobladores de las incursiones de los indios y ganar territorios para la civilización.

Las dificultades económicas de las Provincias Unidas del Río de la Plata, en lucha con el Imperio del Brasil, no permitieron la construcción inmediata de los fuertes proyectados. El 5 de mayo de 1827 Rivadavia dictó un nuevo decreto disponiendo que los reductos serían levantados en la primavera siguiente. En el mismo presentaba también un plan que tendía a consolidar las poblaciones y a extender los núcieos urbanos.

El artículo primero de este decreto disponía que toda persona que se radicara en los nuevos pueblos fundados al amparo de los fuertes recibiría un solar en recompensa. También se expresaba que si deseaba dedicarse a la agricultura se le entregaría en enfiteusis una chacra, y el que se trasladara al lugar con doscientas cabezas de ganado recibiría una estancia.

Este decreto, el primero dictado después de 1810, estatuía medidas legales para fundar nuevos pueblos. Por el mismo se trazaba un plan orgánico tendiente a establecer a la población de manera definitiva en cada lugar de la campaña. Rivadavia no pudo cumplir sus propósitos, pues debido a serias dificultades externas e internas renunció el 27 de junio de 1827.

Explica Felipe Pigna, en «Los Mitos de la Argentina 2«:

24 de febrero de 1827, el efímero presidente Rivadavia se hizo tiempo para emitir un oficio que decía:

Deseando presentar al Sr. Coronel D. Federico Rauch una expresión especial del aprecio que hace de sus distinguidos y relevantes servicios, le envía una espada en memoria del honor con que ha sado la suya sosteniendo la causa pública; ella, desgraciadamente, no corresponde por su calidad al objeto a que se le destina, pero las circunstancias en que se halla el país han hecho ineficaces las más vivas diligencias de encontrar una mejor, quedando por igual motivo sin ejecución por ahora el designio de acompañarla con un par de pistolas, que le serán presentadas tan luego como puedan adquirirse de la clase que se desea.

El coronel Rauch devolvía los elogios con partes militares como éste, mucho menos lírico que el versito de Várela: «Hoy, 18 de enero de 1828, para ahorrar balas, degollamos a 28 ranqueles».

Pronto le llegaría su turno al «espanto del desierto». El 28 de marzo de 1829, en el combate de Las Vizcacheras, Rauch fue derrotado y degollado por el ranquel Arbolito. Al morir Rauch, los 30.000 kilómetros cuadrados de pampas que poseía Buenos Aires se habían transformado en más de 100.000. Se entiende por qué hay una ciudad en la provincia de Buenos Aires que aún lleva su nombre.

Del otro lado de la historia, un grupo de jóvenes músicos que hacen una excelente fusión entre rock y folklore han bautizado a su banda con el nombre de «Arbolito» en recuerdo de aquel bravo guerrero ranquel.

En diciembre de aquel año 29 asumió la gobernación de Buenos Aires don Juan Manuel de Rosas….

Biografía de Adolfo Alsina Historia Politica

Biografía de Adolfo Alsina

Nació en Buenos Aires, el 14 de enero de 1829, siendo ssu padres el doctor Valentín Alsina y doña Antonia Maza. Su familia fue una de las primeras en sufrir las persecuciones rosistas, por lo que debió emigrar a Montevideo el 5 de septiembre de 1835.

«Recuerdo — decía el doctor Alsina tocando este incidente memorable de la vida pública de su ilustre padre —, que una noche llevándome mi madre de la mano, al pasar por la quinta de Guido, se encontraban allí dos hombres en completo estado de ebriedad, y uno de ellos, así que pasamos, le dijo a su compañero: «Mira che que marido lleva la vieja . . . Apenas oí estas palabras me desprendí de las manos de mi madre y me incliné a recoger una piedra para tirarles: mi madre tomándome violentamente del brazo, me dijo estas palabras: ¿Qué vas a hacer? … no ves que peligra la vida de tu padre a quien trato de salvar!

Las palabras de mi madre me impresionaron de tal manera que le seguí sin oponer resistencia. A pocas cuadras de ahí entramos a una taberna donde estaba el capitán del «SARANDI» . Aún cuando yo entonces tenía seis años, conservo tan vivo el recuerdo de la actitud y las palabras de mi madre, que me parece verla y oiría, cuando se toca este incidente.»

adolfo alsina

El doctor Adolfo Alsina, a cuya Infatigable actividad y energía Indeclinable se debió un notable avance de la civilización en el corazón del desierto.

Cuando era un adolescente y poco después de haber completado su educación en el Colegio Nacional que había transportado el venerable maestro Peña, expatriado también, Adolfo Alsina fue dedicado por su padre al trabajo que fortalece el cuerpo y el espíritu y dá el sustento diario: obtuvo un modesto empleo en una barraca, en la cual aprovechaba los momentos de descanso para dedicarse a la lectura de libros, escogidos en general por su inteligente progenitor.

Vivió aquellos nueve años de la defensa de Montevideo respirando atmósfera de fuego, saturada por el olor de la pólvora de los cañones que tronaban cotidianamente, en defensa de las libertades públicas del Río de la Plata, cruelmente holladas por el Dictador Argentino y sus sanguinarios tenientes.

Al caer aquel en los campos de Caseros, la familia de Alsina apresuró su regreso a Buenos Aires, a donde llegú el 8 de febrero de 1852. Adolfo fue empleado en el Ministerio de Relaciones Exteriores del Gobierno Provisorio, pero la actitud de Urquiza para con los porteños, pronto le enajenó la voluntad de éstos, entre los que se contaba el joven expatriado, el cual no obstante su condición de estar al servicio del Gobierno, abrió en las columnas de la «Nueva Época» una briosa campaña contra el general Urquiza, el cual por intermedio del doctor Vicente Fidel López, a cargo interinamente de la cartera de Relaciones Exteriores, le hizo saber que cambiara de actitud pues de lo contrario podría serle funesto su procedimiento.

La contestación del joven Alsina apareció al día siguiente en un violentísimo artículo contra el Gobierno, a consecuencia del cual fue separado de su cargo, el 20 de junio de 1852.

Alsina continuó su propaganda con mayor entusiasmo preparando la conspiración que debía estallar en la forma de la revolución del 11 de septiembre de aquel año. En unión con numerosos otros compañeros formaron una asociación que denominaron «San Juan», en los conciliábulos de la cual se decretó la muerte del general Urquiza, creyendo sinceramente aquellos jóvenes que con la desaparición del vencedor de Caseros quedarían salvadas todas las dificultades políticas.

Sorteados los componentes de la asociación, recayó la designación para dar muerte a Urquiza en el general Manuel Hornos, Adriano Rossi y Adolfo Alsina. El primero de éstos sintió flaquear su ánimo, valiente como el de ninguno, ante la criminal empresa que el destino había puesto en sus manos, y reveló al doctor Valentín Alsina el secreto para que hiciese valer su autoridad paterna con el fin de hacer desistir a Adolfo del intento que habría arrojado infamia a su nombre y una mancha a la revolución que se estaba generando. Ante la intervención de su padre, desistió de su plan funesto.

En cambio, tomó activa participación en el movimiento del 11 de septiembre, que separó a Buenos Aires del resto de la Confederación, siendo uno de sus primeros y más entusiastas sostenedores. Pocos días después el general José María Paz, que había llegado a Buenos Aires casi inmediatamente de producido el movimiento revolucionario, por simple coincidencia, fue enviado con la famosa misión ante los gobernadores de las provincias del interior, acompañándolo el joven Alsina en calidad de secretario: es sabido que el ilustre General no pudo pasar más allá de San Nicolás a causa de las advertencias inamistosas del gobierno de Santa Fé, que se opuso categóricamente al tránsito del emisario por su territorio.

Alsina se enroló en la ciudad arriba nombrada como simple soldado de la 1a. compañía del 1er. Regimiento de G. N. que comandaba D. Juan Andrés del Campo, antiguo veterano del Ejército Libertador; cuerpo con el cual bajó a Buenos Aires para reforzar la guarnición, tomando puestos entre los defensores, en el extremo derecho de la línea de fortificaciones, en la barranca del Retiro, a las órdenes del coronel Emilio Conesa. Comportóse durante el sitio con valor sereno e hidalguía, características de su personalidad que empezaba ya a destacarse.

Terminado el sitio, por la disolución del ejército de Urquiza, el 13 de julio de 1853, Alsina fue nombrado secretario de la Cámara de Diputados de la provincia. Prosiguió sus estudios de jurisconsulto, que terminó en 1854, recibiéndose de abogado.

Su participación en el bando político de los «pandilleros» (unitarios), bautizados así por el partido que encabezaba D. Nicolás Calvo, en el que militaban los federales, que a su vez recibieron el mote de «chupandines», fue importante, y a su esfuerzo personal se debió en gran parte el triunfo de los primeros en las elecciones de 185 7, que llevaron al sillón de Gobierno del Estado de Buenos Aires, a su augusto padre, por segunda vez.

En la campaña del año 1859, tuvo a su cargo el 1er. batallón del Regimiento N°. 4 de G. N.. en substitución del comandante Ramón M. Muñoz, que renunció y se batió con tanto denuedo en el campo de batalla de Cepeda, el 23 de Octubre de aquel año, que mereció una mención especial del general Mitre en el parte de la acción.

Participó en la retirada del ejército porteño sobre San Nicolás, embarcándose en la escuadra de Buenos Aires, la que sostuvo un violento combate con la confederada, el día 24 al caer la tarde, después del cual las fuerzas de Mitre siguieron aguas abajo el Paraná, rumbo a Buenos Aires. Alsina, con su batallón, se preparó para la defensa de la ciudad cuando se aproximó el ejército de Urquiza, situación que obligó a su padre a renunciar el gobierno de la Provincia para facilitar el advenimiento de los dos bandos rivales.

Firmados los tratados del 11 de noviembre, por los cuales se reincorporaba la provincia de Buenos Aires al resto de la Confederación, el Dr. Adolfo Alsina como su padre, fue designado miembro de la convención ad hoc que debía resolver sobre las reformas propuestas a la Constitución del 53. Poco después fue elegido diputado al Congreso de Paraná; pero rechazados los diputados porteños en el seno de aquella asamblea nacional con pretextos fútiles, debieron regresar a Buenos Aires.

Nuevamente estalló la guerra entre este Estado y la Confederación Argentina y Alsina al frente ahora de una brigada compuesta de dos batallones, combatió con su acostumbrada bizarría en los campos de Pavón, el 17 de septiembre de 1861, salvando que el parque cayera en manos del enemigo. Después de la batalla, el general Mitre lanzó una orden General, acordando honores y recompensas a los jefes que habían actuado en primera línea, lo que hirió la susceptibilidad de muchos de los que habían estado en la reserva.

Alsina, que formaba parte de ésta durante la acción, pidió su separación del ejército, produciéndose con tal motivo un cambio de cartas entre Alsina y el general Mitre, que revelan el patriotismo y pundonor del primero y la nobleza militar y ciudadana del segundo. Concluida la campaña, regresó a Buenos Aires, siendo elegido en 1862 diputado por esta provincia al Congreso Nacional.

Con motivo del proyecto de federalización de la ciudad de Buenos Aires lanzado en el seno de la Cámara, Adolfo Alsina pronunció un brillante discurso contra el mismo, pieza oratoria que ha sido reputada como la mejor de su vida parlamentaria pues formó época en aquellos luminosos debates en que intervinieron Rawson, Elizalde, Mármol, Gorostiaga y otros oradores de reconocida capacidad. La defensa que hizo de Buenos Aires fue la señal de su rompimiento con el general Mitre y sus amigos, naciendo entonces de este cisma, los partidos nacionalista y autonomista cuya fogosa rivalidad produjo resultados tan fecundos para el progreso del país.

Sintiéndose enfermo en 1865, solicitó y obtuvo del Congreso una licencia para ausentarse a Europa. A su regreso, fue elegido el 2 de mayo de 1866, gobernador de la provincia de Buenos Aires, prestando al día siguiente el juramento de ley, designando a los doctores Mariano Várela y Nicolás Avellaneda para acompañarla en los ministerios de Hacienda y de Gobierno, respectivamente.

Una de sus primeras medidas, fue el separar las funciones de juez de paz de las de comandante de campaña, hasta entonces unidas; fijó el valor del papel moneda al tipo de 25 pesos por un peso fuerte; promulgó en julio de 1867, la ley que declara ser suficiente título la posesión de 40 años sin interrupción, para los terrenos del municipio de la ciudad y de los ejidos de los pueblos de campaña; la ley que subdividía el territorio del partido de Necochea en dos, denominando al nuevo, Juárez, en honor del Presidente de Méjico. Dispuso la fundación de los pueblos de Olavarría, el 25 de noviembre de 1867, en el paraje conocido por punta del arroyo Tapalqué, partido del Azul; y la del de Brandsen, el 17 de enero de 1868, a inmediaciones del Quequén Salado.

Fundó escuelas en Mercedes, Chascomús, Chivilcoy, San Nicolás de los Arroyos y el Vecino, ordenando la construcción de edificios para escuelas en Azul, Dolores, Saladillo, Ranchos y las Flores.

El partido de Arenales pasó a llamarse Ayacucho, en homenaje a la gran batalla que dio por tierra con el poder español en América. También se votaron leyes para la construcción de un edificio para el banco de la provincia. Empezó la gran obra de las aguas corrientes de Buenos Aires; inauguró el ferrocarril a Chivilcoy; reprimió la criminalidad en la campaña castigando con mano fuerte a los malhechores e hizo cuanto estuvo a su alcance por el bienestar de la provincia.

Poco antes de terminar su administración, sus ministros Várela y Avellaneda renunciaron a raíz de la actitud del doctor Alsina que destituyó a don Eduardo Wilde de la dirección del «Boletín Oficial», que apreció de traidor la actitud del gobernador en un artículo que llevaba su firma.

Tal fue la estimación que se captó el doctor Alsina entre sus conciudadanos por su laboriosa y honrada administración de dos años en la provincia de Buenos Aires, que siendo aún gobernador fue elegido para integrar con Sarmiento, la fórmula pesidencial que salió triunfante en las elecciones de 1868, correspondiéndole a su ilustre padre, en su carácter de Presidente del Senado, de proclamar la fórmula que había triunfado en los comicios.

En sus seis años de vice-presidente de la República, el doctor Adolfo Alsina mantuvo a la mayor altura el carácter que revestía, acrecentando el número de simpatías que sus actos anteriores le habían conquistado, en tal forma que. en 1873, sus partidarios proclamaron su candidatura para la presidencia del país. Pero frente a su nombre se irguió el general Mitre y la lucha trabada entre ambos bandos políticos fue una de las más ardorosas de que guardan memoria nuestros anales. Finalmente, Alsina sintindose débil ante su poderoso adversario, entregó seis elementos a la candidatura Avellaneda que se robusteció con los nuevos adherentes que fueron bautizados por sus adversarios con el mote de «contramarcados».

El partido autonomista se lanzó a la revolución, declarando que buscaba por la fuerza de las armas los derechos que se le desconocían o que les arrebataba el oficialismo. Elevado al Poder Supremo, el doctor Nicolás Avellaneda designó a Alsina Ministro de Guerra y Marina, el 12 de octubre de 1874 y en tal carácter le tocó reprimir con férrea mano la revolución que se había encendido en varios puntos del país, la que quedó definitivamente vencida en las batallas de la Verde y de Santa Rosa, que fueron completamente favorables a las fuerzas del Gobierno.

Vencida la revolución, cierto es que no se fusiló a nadie, pero los consejos de guerra especiales decretaron la pena de muerte para los dos generales derrotados en las acciones precedentemente citadas: Bartolomé Mitre y José Miguel Arredondo, los que finalmente fueron indultados. El plan de campaña contra los revolucionarios fue obra del propio Alsina, que dirigió virtualmente las operaciones militares que condujeron al triunfo definitivo de la legalidad.

Restablecido el orden, un solo partido podía concurrir a las elecciones y en tales circunstancias fue aclamado candidato a gobernador el dector Alsina. quien declinó el honor en atención a que deseaba mantenerse en el Ministerio nacional que ocupaba para aprovechar la influencia política que el mismo le proporcionaba y desde el cual proyectaba llevar adelante su amplio plan de conquista del Desierto que le ha valido un puesto de primera línea en la gratitud nacional. Por esta causa, fue elegido don Carlos Casares para reemplazar al coronel Alvaro Barros, en el gobierno de la provincia de Buenos Aires.

Alsina se dedicó desde ese momento, con verdadero ahinco, al problema de las fronteras y a la preparación de los medios conducentes a la ejecución de su magno propósito. Todo lo sacrificó a esta empresa digna de su carácter y de su inquebrantable voluntad, y puede afirmarse que las fatigas extraordinarias que le ocasionó esta tarea lo condujeron al sepulcro .

Personalmente dirigió la primera campaña que dio por resultado inmediato la ocupación permanente de Carhué, el 23 de abril de 1876, a la que siguieron la de ítalo, Guaminí, Puán, Trenque-Lauquén, etc., dejando establecida la línea de defensa más avanzada que había de proteger en el futuro la provincia de Buenos Aires de los desmanes de los salvajes. A fines de mayo del mismo año, Alsina regresó a la Capital, justamente satisfecho del resultado logrado en aquellas operaciones, y decidido más que nunca a llevar adelante su obra civilizadora.

Entretanto, el malestar político se había agravado considerablemente: era inminente una nueva revolución, más poderosa que la anterior, que amenazaba trastornar el orden de cosas establecido. Alsina vio claro a su alrededor, comprendiendo que el Gobierno estaba divorciado de la opinión y que hasta se sentía la inseguridad con respecto al ejército: en esta situación, el gobernador Casares le dio la clave para la resolución del grave problema mediante la conciliación de los partidos políticos. Para hacerla efectiva, debió el general Mitre sofocar el movimiento próximo a estallar, contra la voluntad de sus partidarios, dando así el más noble ejemplo de civismo que pueda encontrarse .

El supremo esfuerzo que el bienestar de la Patria exigía de sus hijos fue realizado, y aquellos patriotas separados por rivalidades políticas, se dieron sendos abrazos al pie de la estatua de Belgrano, en la plaza de la Victoria, en el día memorable: 7 de octubre de 1877.

Después de conjurar tan noblemente la crisis que amenazaba a la Nación, Alsina se entregó de lleno, nuevamente a su obra predilecta: las fronteras. Este era un problema que le atraía con irresistible fuerza; que le dominaba y le absorbía por completo. Acababa de asegurar la primera línea defensiva, pero proyectaba proseguir su tarea arrojando a las tribus bárbaras al sur  de los ríos Negro, Limay y Neuquén.

Y con este objetivo en vista, Alsina se puso en marcha para el Azul, el 29 de octubre de 1877, obteniendo a los pocos días los frutos de sus preocupaciones, con los triunfos sobre los caciques Namuncurá, Catriel, Pincén y otros, que eran un verdadero azote de la civilización y que solo fueron reducidos por la fuerza de las armas y después de cruentos sacrificios.

cacique pincen y su familia

El cacique Pincén y su familia. Foto tomada cuando fue traído prisionero a Buenos Aires.

Pero la enfermedad que había de tronchar su preciosa existencia, le atacó fuertemente en el curso de esta campaña, imponiéndole el abandono de la frontera, teatro de sus triunfos y su inmediato regreso a Buenos Aires, en busca de alivio a sus males.

Pero desgraciadamente todo fue inútil, pues el 29 de diciembre de 1877, a las 18 horas 57 minutos expiraba, estando rodeado su lecho de muerte por los señores Luis V. Várela, Cosme Beccar, Manuel Aráuz, Juan Francisco Vivot, Jacinto Aráuz, Eduardo O’Gorman, Enrique Sánchez y el antiguo criado de la familia de Alsina, Eugenio Abat, además de sus familiares.

Sus últimos pensamiento fueron dedicados a las operaciones militares que había ordenado contra los salvajes, pues en la fiebre de su delirio nombró continuamente a los jefes que comandaban los cuerpos del ejército entregados a la obra civilizadora: Levalle, Maldonado, Freiré, Vintter, García, etc.

Su muerte constituyó un duelo nacional, no dejando el pueblo demostración por hacer en su honor y los gobiernos nacional y provincial le decretaron honores militares y civiles extraordinarios. El pueblo en masa concurrió a sus exequias, calculándose no menos de 60.000 ciudadanos en el acompañamiento fúnebre.

En el Cementerio de la Recoleta hicieron oir su voz los primeros oradores de la República: el Presidente Avellaneda y el general Mitre, tuvieron conceptos notables para el ilustre muerto. Les siguieron en el uso de la palabra: Antonio Cambaceres, Miguel Navarro Viola, Mariano Várela, Manuel Augusto Montes de Oca, Manuel Aráuz, general Julio de Vedia, Ignacio López Suárez, Enrique Sánchez y Héctor F. Varela.

Correspondió al general don Julio A. Roca dar término a la magnífica empresa de conquistar el Desierto y arrojar defintivamente a los indios de nuestras fronteras, cerrando así uno de los capítulos más emocionantes de la Historia Nacional, desde la llegada de los españoles a esta parte del Continente Americano.

Fuente Consultada:
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938).

Biografia de Ignacio Alvarez Thomas Historia Política y Militar

Biografia del General  Ignacio Alvarez Thomas
Historia Política y Militar

Nació en la ciudad de Arequipa, el 15 de febrero de 1787, época en la que gobernaba allí su padre, el brigadier don Antonio Alvarez y Ximénez, natural de Vigo; siendo su madre doña Isabel Thomas y Ranzé, de origen francés, nacida en Barcelona y fallecida en 1824, en Madrid, mientras que su esposo murió en Lima, en 1812 .

Alvarez Thomas de 7 a 8 años de edad ya había sentado plaza como cadete en el cuerpo de artilleros Milicianos de Lima. Teniendo su padre que regresar s España, vióse obligado a detenerse en Buenos Aire, a consecuencia de la guerra que por enlonces sostenía aquel país con Inglaterra, guerra que hacía sumamente expuesta la navegación de los buques españoles.

Merced a sus relaciones y a su elevada jerarquía militar, el brigadier Alvarez consiguió que su hijo fuese designado subteniente de bandera del Regimiento Fijo de Infantería de Buenos Aires, el 7 de enero de 1 799, no cumplidos aún los doce años.

En 1803, regresando su padre para ir a ocupar el mando militar y político de las islas de Chiloé, Alvarez tuvo que quedar separado de su familia, pero ésta había obtenido que fuera admitido en la secretaría del Virrey.

ignacio alvarez thomas

En 1806, cuando se esperaba el desembarco de los ingleses, fue nombrado ayudante de órdenes del coronel Gutiérrez, que con una división de caballería observaba la dirección de la escuadra enemiga sobre la costa de la Ensenada de Barragán. Al ocupar el general Beresford la ciudad, Alvarez Thomas perteneció al grupo de oficiales veteranos que se retiró con Sobremonte al Monte de Castro, primero, y a Córdoba después.

En esta ciudad, el Virrey organizó una gran fuerza de caballería, armada con malas lanzas y muy pocas armas de fuego, con la que se puso en marcha para reconquistar la Capital: al llegar a San Nicolás supo la recuperación de la misma por las fuerzas confiadas a Liniers en Montevideo. Sobremonte debió retirarse por haber decaído completamente su autoridad; pero Alvarez se ocupó su puesto en la secretaría del Virrey.

Reiniciadas las hostilidades por los británicos a comienzos de 1807, pidió que se le permitiera reincorporarse a su regimiento, y con él se halló en la acción que tuvo lugar en la playa del Buceo, en que desembarcó el ejército de Auchmuty para poner sitio a Montevideo; en la desastrosa salida del 20 de enero, en que Alvarez corrió los más graves riesgos, y en todos los trabajos de sitio y bombardeo hasta el asalto llevado a cabo por los sitiadores en la madrugada del 3 de febrero en que recibió una bala de fusil en el hombro derecho y seguidamente, 10 heridas de bayoneta en todo el cuerpo, quedando como muerto al pie de la banqueta que ocupaba su regimiento, que fue extinguido en su mayor parte.

Colocado en el hospital de sangre como prisionero de guerra, el estado de sus heridas no permitió su traslado a Inglaterra; y fue puesto en libertad a consecuencia de la capitulación de Whitelocke, en julio del mismo año.

Por tan honroso comportamiento, el Virrey Liniers le extendió despachos de teniente del Cuerpo de Voluntarios del Río de la Plata, con fecha 29 de julio de 1807: y el 22 de octubre del mismo año era promovido a capitán del Batallón de Granaderos de Liniers, cuerpo de solo cuatro compañías de preferencia, brillante por su disciplina y uniforme.

Se halló en el movimiento del 10 de enero de 1809 encabezado por Alzaga y otros europeos de importancia, en sostén de la autoridad legal: y por su actuación, Liniers le extendió despachos de teniente coronel graduado, el 21 de julio del mismo año. Reemplazado éste por Cisneros, el nuevo Virrey continuó manteniendo el Batallón de Granaderos acuartelado en el Fuerte, lugar de su palacio y tratando a Alvarez con la misma distinción que sus antecesores.

Acató y cooperó al movimiento emancipador del 25 de mayo de 1810 y el gobierno patriota le confirió el 4 de julio del mismo año, la efectividad de teniente coronel del Regimiento Nº 4 de Infantería, de reciente creación (antiguos batallones de andaluces y montañeses), que en seguida quedó a su cargo por la separación del coronel.

Al año siguiente aquel cuerpo fue refundido en el N9 3, siendo designado el teniente coronel Alvarez, el 27 de noviembre de 1811, secretario 2º Ayudante del E. M. del Ejército de estas provincias, con cuyo cargo hizo la segunda campaña sitiadora de Montevideo, marchando por Santa Fe y Entre Ríos hasta delante de la plaza. De allí regresó a Buenos Aires en los primeros meses de 1813, a causa de las desinteligencias entre Sarratea y Artigas. Se reintegró en sus funciones en el Estado Mayor.

Desempeñó la gobernación-intendencia de Santa Fe desde el 25 de febrero de 1814 hasta abril del mismo año, tiempo que le fue suficiente a Alvarez Thomas para quebrar la maléfica influencia de Artigas, con su sistema federal de montoneras, que empezaban a levantarse encabezadas por don José Eusebio Hereñú, en Entre Ríos, primero, y en Santa Fe, después. Alvarez Thomas se granjeó allí de algunas amistades que le fueron de utilidad posteriormente, cuando desempeñó la Dirección Suprema.

De Santa Fe marchó nuevamente a incorporarse al ejército sitiador de Montevideo, en cuya rendición se halló el 23 de junio de 1814, mereciendo por esta circunstancia que se le promoviera a coronel efectivo del Ejército con fecha 24 de julio de igual año, así como también la medalla de oro discernida por el Director Supremo Posadas con el lema: «LA PATRIA A LOS LIBERTADORES DE MONTEVIDEO» y el honroso dictado de «Benemérito de la Patria en Grado Heroico y Eminente«.

Rehusó la mayoría de la plaza con que se le brindaba; pero a fines del mismo año se hizo cargo del gobierno de la misma, por haber salido a campaña el propietario, general Soler, que desempeñó hasta 1815, en que por la discordia de Artigas debió regresar a Buenos Aires.

En seguida se le despachó a tomar el mando de una división de 400 hombres, que se encaminaba a reforzar la guarnición del Paraná, amenazada por la anarquía de Entre Ríos. En aquella época el descrédito de la autoridad del Director Alvear era casi general, y era desconocida por el Ejército del Norte. Marchando el coronel Alvarez Thomas con la división, encontró en el territorio de Santa Fe al general Díaz Vélez que, con un grupo de oficiales había evacuado aquella ciudad, que quedaba en poder de las tropas de Artigas.

Tal circunstancia obligó a Alvarez a retrogradar a Fontezuelas para esperar órdenes: fue entonces cuando los oficiales le representaron el tamaño de los males que afligían al país y los riesgos que corría la provincia de Buenos Aires de caer en manos de Artigas, y le confiaron la dirección del movimiento que debía derrocar la autoridad aborrecida de Alvear .

Cediendo al convencimiento de su propia conciencia, el coronel Alvarez Thomas tomó la responsabilidad de la empresa, y en consecuencia se expidieron órdenes para la reunión de las milicias de la campaña; lanzando, igualmente, un manifiesto desconociendo la autoridad del Director; pasando una circular a las provincias interiores y una interpelación a Artigas para que sus fuerzas no penetrasen en la provincia que iba a reivindicar sus derechos.

El movimiento iniciado el 2 de abril de 1815, tuvo el más completo éxito y en pocos días la división se encontraba robustecida con más de 2000 hombres de los cuerpos de línea, que llegando sucesivamente al cuartel general, tomaban parte en la revolución, después de separar a los jefes y oficiales que no inspiraban confianza. Fue su eficaz colaborador en el movimiento el coronel Eusebio Valdenegro.

Puesto en marcha el ejército en dirección a Lujan, Alvarez Thomas envió al Director Alvear para que depusiese el mando supremo por obsequio a la paz pública. Al llegar a la Villa mencionada, se encontró con un diputado de la Soberana Asamblea, comisionado para arreglar una suspensión de hostilidades mientras se ajustaban las diferencias pendientes; negociación que fue interrumpida con la novedad de que en la Capital se había producido un movimiento popular, protegido por el Cabildo, que colocaba al general Alvear, situado con su ejército en la costa de los Olivos, en la confusión más espantosa.

No encontró alternativa mejor en tan delicada posición, que abandonar el poder y refugiarse en un buque de guerra inglés.

Es sabido que en este movimiento subversivo Alvarez Thomas no pudo reprimir algunas irregularidades cometidas por los hombres más exaltados que le acompañaron en la empresa.

El 16 de abril el Director había renunciado al mando, e inmediatamente el Cabildo eligió Supremo Jefe del Estado al general Rondeau y su suplente al «virtuoso coronel don Ignacio Alvarez». (Manifiesto del Cabildo). Reasumiendo el gobierno provisoriamente el Cabildo, este nombró a Alvarez general en jefe del ejército de la Capital, enviándole despachos de coronel mayor extendidos con fecha 24 de abril de 1815, y votando al mismo tiempo una espada de honor con las inscripciones que recordaban los servicios rendidos a la causa de la libertad. La entrega de esta última, mandada a construir en Inglaterra, no tuvo efecto por falta de los fondos necesarios .

Por la circunstancia de hallarse el general Rondeau ejerciendo el mando en jefe del Ejército del Norte, Alvarez Thomas ocupó la Dirección Suprema el 6 de mayo. Pocos días después procedió con una energía que lo enaltece en extremo: como una consecuencia muy común de los movimientos subversivos en que toman parte fuerzas armadas, pronto vio Alvarez las pretensiones imposibles de satisfacer de una gran parte de los jefes y oficiales que le habían acompañado en la empresa, y no encontró mejor solución que arrestarlos en la noche del 24 de mayo, despachándolos en seguida a los ejércitos del Norte y de los Andes, a excepción del coronel Valdenegro, a quien conservándole empleo y sueldo, lo relegó a Patagones, por ser el más peligroso de todos.

Se apresuró a remitir refuerzos al Ejército del Norte, enviando una división de cerca de 1200 hombres a las órdenes del general French, que se incorporó a aquel después del desastre de Sipe-Sipe.

Tocóle a su gobierno la honra de convocar el Congreso Nacional Constituyente, que reunido en Tucumán, debía declarar la independencia de las Provincias Unidas. El 13 de abril de 1816 recibió Alvarez Thomas la comunicación de haberse instalado aquella corporación el día 24 de Marzo, y el 15 a las 10 de la mañana prestó juramento de reconocimiento a dicho cuerpo soberano ante las autoridades civiles, militares y políticas, en la Casa Consistorial, después de lo cual pasaron a la Fortaleza, donde se repitió el juramento .

Pero la indisciplina se abría camino en todas partes y el 16 de abril, después de la misa en acción de gracias por la feliz inauguración del Congreso, llegaban las noticias del desorden sangriento que ocurría en Santa Fe: el pronunciamiento del coronel Mariano Vera, que obligó a capitular al general Viamonte con el ejército porteño que había enviado Alvarez Thomas para apoyar a los cantaleemos contra Artigas, y también para protegerlos de las invasiones de los indios.

Las fuerzas de Buenos Aires destacadas en San Nicolás al mando de Eustaquio Díaz Vélez, no pudieron aproximarse a Santa Fe en defensa de Viamonte, y conocida la derrota de éste, dio Alvarez Thomas el mando de aquellas al general Belgrano, temeroso que Artigas vadease el Paraná y llegaran a convulsionar la campaña de Santa Fe. Belgrano trató de llegar a un acuerdo pacífico con los vencedores de Santa Fe. y  al efecto, comisionó a Díaz Vélez, quien el 9 de abril celebró con Cosme Maciel, representante santafecino, un convenio en Santo Tomé, en el que fijó:

1º Separar  a Belgrano del mando del ejército y nombraríase por sucesor a Díaz Vélez.

2° Retiro de las tropas de Buenos Aires y deposición del Director Supremo.

Este convenio fue ratificado por las fuerzas porteñas el día 11 .

En conocimiento de estas circunstancias, Alvarez Thomas dirigía el mismo 16 de abril su renuncia al Cabildo que, aceptada, se procedió inmediatamente a la elección del sucesor, lo que realizó la junta de Observación y el Cabildo, recayendo en la persona del general Antonio González Balcarce.  Alvarez Thomas se retiró a su casa, donde recibió los testimonios más lisonjeros de aprecio y estima de la parte más sensata y distinguida de la Capital.

Pocos meses después se le nombró Presidente del Tribunal Militar, y en seguida, vocal de la Comisión de Guerra encargada de proponer las medidas de defensa, arreglo del ejército en sus diferentes ramos, y que cerró sus trabajos en 1817 con la publicación de las tácticas para la infantería y caballería, que estuvieron en uso por largos años.

Reorganizado en 1818 el E. M. G.. fue colocado en la clase de 1er. ayudante comandante general afecto a la infantería, tarea laboriosa que desempeñó hasta comienzos del año siguiente, en que fue designado Jefe del E. M. del ejército de Observación sobre Santa Fe, que acababa de ponerse a las órdenes del general Viamonte.

La aproximación del Ejército del Norte al mando de Belgrano facilitaron la entrada en negociaciones con los montoneros. El general Alvarez Thomas recibió instrucciones del último para ajustar el armisticio, consiguiendo la suspensión de las hostilidades y formalizado el convenio en San Lorenzo, el 5 de abril de 1819, fue ratificado el día 12 por Belgrano y Estanislao López; habiendo actuado como representante porteño el general Alvarez y como santafecino, el comandante don Agustín Urtubey.

Retirado el ejército, Alvarez quedó en San Nicolás con 700 hombres, y autorizado por el gobierno para concluir con los diputados de López y Ramírez el tratado definitivo de reconciliación. Pero los meses pasaban y no se producía el ajuste definitivo y entonces Alvarez solicitó volver a su puesto en el E. M. G., reemplazándolo el general Martín Rodríguez en el mando de aquella fuerza.

Envuelto en las intrigas y persecuciones del año 1820, el gobernador Sarratea lo hizo poner en prisión, siendo puesto en libertad por su sucesor Ramos Mejía, a los 19 días de detención. Poco después el gobernador Dorrego lo llevó a su lado so pretexto de servirle en la Secretaría General; se le incorporó en Areco, en los momentos en que su división había sido dispersada en Pavón por Estanislao López. Por insinuación del propio Alvarez, Dorrego le confió el mando de la guarnición de San Nicolás, donde permaneció hasta los sucesos de Octubre, y restablecido Rodríguez en el gobierno de la provincia, Alvarez fue llamado a la Capital.

El 4 de diciembre de 1820 fue nombrado Ministro de Guerra interino. En 1821 ocupó un asiento en la Legislatura, como representante de la sección de San Nicolás, Baradero y San Pedro; sin abandonar sus funciones militares, cuando el gobernador Rodríguez lo nombró el 13 de enero de 1823, Inspector y Comandante General de Armas; no obstante haber obtenido su reforma militar en el curso del año 1822 .

Cuando hubo de estallar el movimiento subversivo contra el gobernador Rodríguez en la noche del 19 de marzo de 1823, Alvarez Thomas, en unión de los generales Viamonte. Las Heras y otros, contribuyó a hacerlo fracasar.

El 3 de octubre de 1824 fue enviado en misión extraordinaria al Perú, con el objeto de estrechar relaciones con aquel Estado: emprendió viaje en el mes de Diciembre, por la vía de la Cordillera, llevando consigo a su hijo mayor Ignacio. En el viaje se enteró del triunfo definitivo de Ayacucho. De Valparaíso pasó al puerto de Chorrillos por estar aún en poder de los realistas el del Callao. Llegó a Lima pocos días después de haber partido para el Alto Perú el general Bolívar.

Su misión tuvo un éxito muy relativo, mereciendo en el tiempo que ella duró, que fue solo de 11 meses, la distinción de ser incorporado como miembro honorario al Colegio de Abogados de Lima. Muchas gentes le ofrecieron ventajas positivas, una vez concluida su misión diplomática, para que se estableciera en el Perú, su país de origen, pero Alvarez Thomas las rechazó de plano.

En marzo de 1826 se embarcó para Valparaíso; el 2 de abril, después de haber sido acojido afectuosamente por la mejor sociedad de Santiago, el Presidente de la República general Ramón Freiré, lo obsequió con un banquete al cual asistió lo más selecto de las instituciones armadas, cónsules, ministros, etc.

En Chile contrató algunos buques de guerra que eran innecesarios para aquel país; pero de una fragata de 44 cañones y dos corbetas que compró y armó, solo llegó a la República Argentina la más pequeña perdiéndose la primera en el Cabo de Hornos. La corbeta, con grandes averías, debió regresar a Valparaíso, donde fue desmantelada. Conforme a las instrucciones del Presidente Rivadavia, ajustó con el Ministro de Relaciones Exteriores, señor Gandarillas, un tratado de amistad y comercio entre ambos países; el cual nunca se ratificó por el cambio de gobierno que se operó en Buenos Aires y disolución del Congreso General.

En febrero de 1827 se puso en viaje de regreso para esta Capital, a la que llegó después de 28 meses de ausencia; siendo aprobada oficialmente su conducta. Al poco tiempo se produjo la resignación del ilustre Rivadavia del mando supremo, y apercibido el general Alvarez del cambio radical que iba a operarse en los hombres que debían figurar en la escena política, se apresuró a obtener su retiro militar, pues en 1822 se le había ajustado el importe de su reforma, pero no la había cobrado: entonces le correspondían 31.000 y pico de pesos en fondos públicos al 6 %; pero a causa de la desvalorización de la moneda sólo llegó a reunir poco más de 8.000 pesos efectivos, mientras que en la época de su reforma hubiera cobrado de 25 a 26.000, pues los referidos fondos tenían un valor de 80 a 85 %.

Desde el 27 de marzo de 182 7 hasta el 1º de julio de igual año, revistó en la P. M. siendo en esta última fecha en la que pasó a la situación de reformado.

Fue adversario decidido del gobernador Dorrego, a cayo derrocamiento contribuyó sin reparos, formando parte de los que aconsejaron al general Lavalle aplicara la pena capital a aquel. El 3 de diciembre de 1828 fue designado por el nuevo gobernador, Inspector General de Armas; empleo que aceptó temporariamente y del cual se le exhoneraría tan pronto como cesase la premura de las circunstancias, y que abandonó cuando el general Paz se encaminó a Córdoba con la división del ejército que se le había confiado.

El 29 de marzo de 1829 fue nombrado jefe del Cuerpo de «Reserva de Patricios» y poco después, cuando fue necesario encarar la organización de la defensa de la Capital, Alvarez Thomas recibió el mando en jefe del acantonamiento del Retiro, en que sirvió hasta que por la Convención de Cañuelas, ajustada el 24 de junio, se desarmó la ciudad.

Consolidado el nuevo estado de cosas, el 19 de noviembre de 1829, el general Alvarez Thomas se embarcó para Soriano, en el Estado Oriental, en compañía de los generales Martín Rodríguez y Fernández de la Cruz. Allí, el glorioso Almirante Brown amigo y compadre de Alvarez, salvó a este y su familia de la mendicidad por un acto de generosidad sin ejemplo; ofreció a la esposa de aquél los campos y posesiones de que era dueño en la Colonia y sus inmediaciones, donación que legalizó por el término de 10 años. El 8 de septiembre de 1831 el general Alvarez tuvo el placer inefable de tener a toda su familia reunida después de estar dos años alejado de la misma.

La revolución de Rivera en 1836 alteró aquella vida apacible: el 16 de septiembre un oficial de Oribe, Gregorio Dañabeitea, con una fuerza armada, lo arrancó del seno de su familia, habiéndose apoderado antes de todos sus papeles. En la Colonia lo reunieron al doctor Salvador María del Carril y a don Luis J. de la Peña, que en Villa Mercedes habían sufrido análogo tratamiento.

Por tierra fueron conducidos a Montevideo donde los alojaron en la cárcel pública la noche de la llegada. Merced a los amistosos oficios de don José Miguel Neves, fueron puestos en libertad al día siguiente bajo la garantía del último y con la condición expresa de que en el plazo de 1 5 días saliesen cabos afuera del Río de la Plata.

Se trasladó a Río de Janeiro donde no dejó de sufrir molestias por parte de los sicarios de la dictadura; pero cuando se recibió la noticia del triunfo de Rivera en los Potreros de Yucutujá, el 22 de octubre de 1837, Alvarez Thomas se trasladó a Santa Catalina (capital Nossa Senhora do Desterro), donde residían numerosos compatriotas, a los que se reunió a comienzos de 1838. La victoria de Rivera en el Palmar, el 15 de junio de aquel año, les abrió la entrada en Montevideo.

Después de ofrecer sus servicios al general vencedor en aquella Capital, los que fueron aceptados previo aviso de Rivera, Alvarez Thomas se trasladó a la Colonia, a donde llegó el 8 de enero de 1 839, después de un viaje molesto de 5 días, el último de los cuales, un rayo o centella despedazó el palo de popa de la embarcación en que se trasladaron. Allí encontró a su familia sumida en una pobreza indescriptible.La cruzada libertadora de Lavalle le llevó a su hijo Eduardo de 1 8 y medio años de edad el que tuvo un comportamiento dignísimo en el combate del Yeruá.

Perdió la vida el ] 6 de julio de 1 840 en el Sauce Grande, combatiendo contra Echagüe, y su cadáver fue sepultado por sus compañeros de armas en la Isla frente a Punta Gorda (Diamante) . También el hijo mayor Ignacio se incorporó a las legiones libertadoras, y con el grado de capitán murió gloriosamente en el combate de Monte Grande o Famaillá, el 19 de septiembre de 1841 .

Cuando el triunfo de Oribe en Arroyo Grande hizo peligrosa su presencia en la Colonia, el general Alvarez Thomas se trasladó a Montevideo, entre cuyos defensores se contó, nombrado por el ilustre general Paz, en 1 843. Presidente del Tribunal Militar. En los comienzos de 1847 se trasladó a Chile por la vía del Cabo de Hornos, país aquel donde solo estuvo de paso, y donde fue visitado por todos los principales emigrados argentinos.

Aún se hallaba en Santiago, en enero de 1850. De allí pasó a Lima, donde el buen nombre dejado y las muchas relaciones, del tiempo cuando desempeñó su misión diplomática, y también la influencia de un hermano altamente ubicado, consiguieron que el Congreso le asignase una pensión que aceptó agradecido y merced a la cual pudo ver a su familia a cubierto de ingratas privaciones .

Las dianas libertadoras de Caseros inmediatamente llegaron a sus oídos llenando su espíritu de inefable dicha: se puso en viaje para su patria adoptiva, y el I9 de abril de 1853, ya se hallaba en Mendoza, ciudad de donde partió a principios de julio, llegando a Río IV en momentos en que se acababa de recibir la noticia de la disolución del ejército sitiador de Buenos Aires, mandado por Urquiza.

Apenas llegó a esta Capital, en agosto de 1853 fue dado de alta en la P. M. en su empleo de coronel mayor. Vivió en esta ciudad sin participar en ninguna de las combinaciones públicas de aquella época turbulenta, de las cuales lo alejaban sus muchos años y la razón de haber estado casi 5 lustros apartado de los negocios del Estado.

No estando el sueldo de los militares en consonancia con los demás empleados de la lista civil, el general Alvarez Thomas junto con sus colegas Manuel de Escalada, Gervasio Espinosa, Tomás de Iriarte, Juan Madariaga, José María Piran y Casto Cáceres. presentaron el 2 7 de junio de 185 7 una solicitud al Gobierno con el fin de obtener un aumento, y este decretó el 19 de julio, que los interesados ocurriesen al Senado de la Provincia, el que pasó la solicitud a la comisión de peticiones lo que fue publicado en «El Orden» del 1 9 de julio .

Al día siguiente, lunes 20, se hallaba el general Alvarez Thomas acompañado por una de sus hijas, cuando cayó al suelo víctima de un ataque apoplético, de que sucumbió a pesar de todos los esfuerzos de la ciencia; falleciendo el mismo día, a las siete de la noche. En el acto del sepelio en el Cementerio del Norte, usaron de la palabra el presbítero Gabriel Fuentes en el oficio fúnebre y el general don Tomás de Iriarte.

Ei gneral Alvarez Thomas contrajo enlace en Buenos Aires, el 3 de mayo de 1812, con doña María del Carmen Ramos Belgrano, porteña, hija de don Ignacio Ramos Villamil, natural de Galicia, muerto en la flor de la edad, y doña Juana Belgrano, hermana del general de este apellido, la que contrajo enlace en segundas nupcias con don Francisco Chas. La esposa de Alvarez Thomas falleció en Montevideo, el 21 de diciembre de 1846, después de una vida ejemplar y de haber dado ocho hijos a la Patria.

Fuente Consultada:
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938).

Biografía de Araoz de Lamadrid Gregorio Historia Militar y Política

Biografía de Araoz de Lamadrid Gregorio
Historia Militar y Política

Nació en la ciudad de Tucumán, el 28 de noviembre de 1795 . Incorporado a las milicias tucumanas, tan pronto se tuvo noticias allí del desastre de Huaquí, con el grado de teniente del Regimiento de Voluntarios de Caballería el 1º de septiembre de 1811, recibió su bautismo de fuego en el combate adverso de Nazareno, sobre las márgenes del río Suipacha, el 13 de enero de 1812, bajo las órdenes del coronel Eustoquio Díaz Vélez. Bajo el mando del mismo Jefe se distinguió en la retirada que se efectuó desde Jujuy hasta Tucumán, siendo comandante en jefe el general Manuel Belgrano.

gregorio araoz de lamadrid

Asistió al pequeño triunfo de Las Piedras, el 3 de septiembre del mismo año. Se batió con su valor singular en la batalla de Tucumán el 24 del mismo mes, distinguiéndose después por el encarnizamiento con que persiguió a los fugitivos realistas hasta que se atrincheraron en Salta.

Asistió a la batalla de este nombre, el 20 de febrero de 1813, donde adquirió alta reputación por su valor admirable. Antes de esta aeción, en la persecución mencionada de los realistas derrotados en Tucumán, Lamadrid midió sus armas con la de los enemigos en los puntos denominados Algarrobos y el Bañado.

Por su comportamiento en Salta, fue ascendido a teniente del Regimiento de Caballería del Perú, con fecha 25 de mayo de 1813. Se encontró en la desastrosa acción de Vilcapugio, el 1º de octubre de aquel año. Después de este contraste, desde Macha, lo destacó Belgrano con comunicaciones para el coronel Díaz Vélez, para que hiciera circular a las provincias la orden de alistar armas, hombres y recursos con qué remontar el ejército deshecho. Lamadrid da cumplimiento a su misión marchando de día y de noche, sin descanso, atacando las partidas reales que encuentra a su paso, haciendo prisioneros. Tiene siempre el delirio de la acción, del movimiento.

A los 18 días está de regreso en Macha, con 16 prisioneros, después de haber asaltado a un pueblo del que tiene que salir corriendo, apedreado por los indios y después de haber realizado la magnífica proeza de Tambo Nuevo; ha recorrido el campo de Vilcapugio, dando sepultura al valiente Beldón, ante la asombrada fuerza realista que corona la altura de Condo, contemplando con admiración el gesto y rinde, caballeresca, sus armas ante el homérico homenaje del valeroso muchacho (tiene apenas 18 años).

Se encuentra en la funesta jornada de Ayohuma, el 14 de noviembre, donde estuvo siempre en los puestos de mayor peligro.

En la tercera campaña que se alistaba, Lamadrid comparte la ruda tarea en la preparación de los elementos para la misma. Mientras el coronel San Martín manda en jefe el Ejército Auxiliar, éste nombró a Lamadrid uno de sus ayudantes de campo y le regaló una espada. Al emprenderse a comienzos de 1815, desde Jujuy (adonde llegara el Ejército a fines del año anterior) el avance hacia el Norte, Lamadrid marcha en la vanguardia.

Rondeau es el comandante en jefe. Aquel ostenta las presillas de sargento mayor de dragones. Se encontró en la acción del Puesto del Marqués, el 17 de abril de 1815, bajo el directo comando del general Fernández de la Cruz. Fue ayudante de éste en Potosí. Cuando se preparaba el ataque sobre la guardia enemiga en Venta y Media, Lamadrid pidió recorrer la posición enemiga con 16 dragones, contribuyendo a la sorpresa de la gran guardia enemiga, en la madrugada del 20 de octubre de 1815, batiéndose con valor en la acción que tuvo lugar en el curso de la jornada.

En aquellos días se le reconoció la efectividad de sargento mayor. Asistió a la batalla desastrosa de Sipe-Sipe, el 29 de noviembre del mismo año, en la cual Lamadrid realiza actos valerosos y revela hidalguía al achicarse en su caballo para que se enanque de un salto un soldado que quedó a pie, salvándolo así de caer en poder del enemigo.

En esta batalla, Lamadrid contribuyó a salvar también al general Fernández de la Cruz, que herido de bala en un muslo, corría riesgo de caer prisionero: Lamadrid cubrió la retirada con veinte y tantos dragones, hasta dejar a su general en salvo .

Después de esta batalla, Lamadrid es destacado al frente de una fuerza montada, con la cual sostiene contra fuerzas enemigas superiores un encuentro el 31 de enero de 1816, en Culpina, de resultados indecisos.

El 2 de febrero del mismo año secundó victoriosamente con su fuerza al jefe indígena Vicente Camargo en el combate de la quebrada de Uturango, pero desgraciadamente Lamadrid fue completamente derrotado diez días después por el comandante Eustaquio González (argentino al servicio de España), en las márgenes del río San Juan, viéndose obligado a replegarse con unos pocos soldados, hacia Tucumán.

Poco después el general Rondeau le quiso designar segundo jefe del cuerpo de Dragones, en calidad de jefe del segundo escuadrón, pero Lamadrid se presentó al Director Supremo, general Pueyrredón, que se encontraba en Tucumán (julio de 1816) y este le designó teniente coronel y jefe del Cuerpo de Húsares de Tucumán, del cual fue encargado de organizarlo .

Cuando se produjo la sublevación del teniente coronel Francisco Borges en la provincia de Santiago del Estero, Lamadrid fue comisionado por el general Belgrano para batir al jefe rebelde al cual alcanzó en Pitambalá, el 27 de diciembre de 1816, ordenando su fusilamiento 3 días después en cumplimiento a las órdenes del comandante en jefe.

El general Belgrano lo destacó poco después con 150 húsares para ex-pedicionar sobre Oruro, marchando por el camino del Despoblado. El 18 de marzo salió de Tucumán. El 15 de abril siguiente (1817) se apoderó de Tarija, tomando prisioneros a tres tenientes coroneles, diez y siete oficiales y una gran cantidad de armamento, pero fue rechazado al pretender acometer una empresa semejante el 20 de mayo contra Chuquisaca, que atacó en la noche de aquel día, pues en la madrugada del 21 los enemigos resistían y, la aproximación del coronel Felipe La Hera, que se encontraba con 500 infantes a 12 leguas de la ciudad, determinaron a Lamadrid a retirarse en la tarde del 21.

El 12 de junio de 1817 el mismo coronel La Hera sorprendía a Lamadrid en Sopachuy, perdiendo éste toda su artillería, una bandera y numerosos prisioneros. De aquí marchó a Culpina, continuando su retirada por Tarija, valle de la Concepción, Toldos, Yamparaez, llegando a la ciudad de Oran, casi todos a pie, por el estado de sus cabalgaduras. De aquí prosiguió Lamadrid su retirada llegando a Tucumán con 386 hombres de tropa, pues en su marcha de ida y vuelta, se le habían incorporado muchos voluntarios.

A fines de 1818 el general Belgrano, que lo había graduado de Coronel el 17 de mayo de 1817, destacó a Lamadrid con 300 jinetes, para concurrir en defensa del coronel Juan Baustista Bustos que se hallaba en Fraile Muerto con 300 infantes del Nº 2 y algunos milicianos. Pero pocos días después de iniciada la marcha, se supo que Bustos había rechazado a las montoneras en el Fraile Muerto, de lo que informóse Lamadrid al llegar a Santiago, regresando nuevamente a Tucumán a fines de noviembre de 1818 después de una campaña de 10 días.

En el último tercio del mes siguiente, partió nuevamente Lamadrid con sus Húsares reforzados por el 3er. Escuadrón de Dragones que comandaba el teniente coronel José María Paz, marchando desde el acantonamiento de Los Lules hacia Córdoba, ciudad en la que entraron el 1° de enero de 1819. Seis u ocho días después marchaban para La Herradura, sobre el Río Tercero, a 36 leguas de Córdoba, donde se les reunió el coronel Bustos con su fuerza, que habiendo abandonado su posición de Fraile Muerto, se había colocado en la Villa de los Ranchos, perdiendo una considerable extensión de territorio.

El 18 y 19 de febrero, Lamadrid y Bustos sostenían violento combate en La Herradura contra las montoneras de Estanislao López que atacaron vigorosamente, pero con resultado infructuoso, razón por la cual resolvió retirarse el segundo día. El día 21 por la tarde se ponían en marcha hacia la Villa del Rosario .

Poco después el resto del Ejército Auxiliar recibía orden de marchar hacia la provincia de Santa Fe y a fines de marzo de 1819 se reunía en la Villa del Rosario a las fuerzas de Bustos y Lamadrid, desde donde siguió su marcha hasta la Candelaria, ya dentro de la provincia de Santa Fe. El armisticio ajustado por Viamonte y López, permitió que el ejército de Belgrano retrocediese para situarse en la Cruz Alta y después en Fraile Muerto, distante 25 leguas de la primera.

De allí se marchó el general Belgrano para Tucumán, mortalmente enfermo, quedando a cargo del ejército el general Fernández de la Cruz, quien se replegó aún más al Norte, al Pilar, 35 leguas al Norte de Fraile Muerto, y distante solo 10 leguas de la ciudad de Córdoba, donde permaneció a la espera del desenlace del armisticio pactado con López.

A fines de 1819, Cruz recibió orden del Director Supremo Rondeau, de aproximarse nuevamente a la provincia de Santa Fe. Había llegado a la posta de Arequito, el 7 de enero de 1820, cuando se produjo la sublevación de aquel nombre, el día 8 por la mañana, encabezada por Juan Bautista Bustos, siendo el coronel Lamadrid uno de los jefes que permanecieron leales al general Fernández de la Cruz.

Lamadrid antes de llegar a. Córdoba el ejército sublevado, fue puesto en libertad y se marchó a Buenos Aires, donde actuó en los sucesos funestos de aquel año, siempre de parte del gobierno de Buenos Aires. Acompañó a Dorrego, cuando el 2 de agosto de 1820, puso en fuga a los partidarios de Alvear y Carrera, atrincherados en San Nicolás, correspondiéndole a Lamadrid la conducción a Buenos Aires de los numerosos jefes y oficiales prisioneros. Tambien había contribuido a la elevación de Dorrego al cargo de gobernador, el mes anterior.

Ayudó al restablecimiento en el poder del gobernador general Martín Rodríguez, derrocado por la revolución encabezada por el coronel Pagola, el 19 de octubre de aquel año funesto. El 5 del mismo mes, los reaccionarios se apoderaban de la ciudad, gracias al apoyo recibido por el comandante Juan Manuel de Rosas y sus «Colorados». La paz del 24 de noviembre de aquel año, ajustada entre Santa Fé y Buenos Aires, y a la que se agregó el gobernador Bustos de Córdoba, por medio de sus representantes, dieron término a aquella larga y penosa contienda.

Pero la paz no podía ser duradera. A principios de 1821, el caudillo entrerriano, Francisco Ramírez resolvió llevar la guerra a Buenos Aires, buscando comprometer en la empresa a su antiguo aliado, Estanislao López, pero ésíe no quería más luchas con Buenos Aires y estaba dispuesto a cumplir lealmente con el tratado del 24 de noviembre. Ramírez entonces se declaró en guerra contra Santa Fe y Buenos Aires, aliándose al caudillo chileno José Miguel Carrera. Para dar cumplimiento a sus propósitos, Ramírez invadió la provincia de Santa Fé, desembarcando en Coronda, en los primeros días de mayo de 1821, donde estableció su cuartel general.

Lamadrid había sido destacado por el gobernador Rodríguez con una división de tropas porteñas, con el fin de ponerse a las órdenes del gobernador de Santa Fé. Desobedeció esta parte de las instrucciones y procediendo por sus propias inspiraciones, pretendió sorprender a Ramírez en su propio campamento, pero fue completamente batido por el caudillo entrerriano, perdiendo todo su armamento de reserva, sus caballadas y hasta treinta mil patacones que conducía con destino al ejército santafecino.

Al día siguiente, 25 de mayo, el coronel Arévalo había logrado reunir 300 dispersos, con los cuales se incorporaba Lamadrid a Estanislao López el mismo día, y al siguiente, 26, batían ambos completamente a Ramírez el cual apeló a la fuga para salvarse. La muerte de Ramírez, puso término a aquella campaña, regresando Lamadrid a Buenos Aires en el mes de julio de 1821. Lamadrid el 28 de noviembre de 1820 había sido nombrado Coronel de los Húsares del Orden, por el gobernador Rodríguez.

Acompañó a éste en su expedición contra los indios en el año 1822 y en este año Lamadrid trató de conseguir que el gobierno lo declarara comprendido dentro del decreto o Ley de Reforma, sin poder conseguirlo. Poco después se establecía con su Regimiento en la Guardia del Monte.

Tiempo después, fue reformado y debió entregar el comando del Regimiento al coronel D. Domingo Soriano de Arévalo. Recibió por su reforma, la cantidad de 17.000 y pico de pesos, con cuyo importe se compró una casa y chacra en el pueblo del Monte (Guardia de este nombre).

El 23 de marzo de 1825 partió Lamadrid de Buenos Aires acompañado del sargento mayor Ramón Rodríguez y dos oficiales más con destino a Salta, habiéndolo ordenado el Gobierno Nacional no obstante estar reformado, pues a raíz de la noticia de la batalla de Ayacucho el gobernador Las Heras había dispuesto que el gobernador y capitán general de Salta D. Juan Antonio Alvarez de Arenales, expedicionara con las fuerzas de su provincia al Alto Perú contra el general Olañeta que se mantenía en Chuquisaca, separado del virrey La Serna.

En el mes de abril llegó Lamadrid a Salta, y allí supo que el general Arenales se había marchado ya con una división de las tres armas, llevando como segundo al coronel José María Paz. Arenales se había adelantado a Potosí para entrevistarse con el general Sucre, quien se le había anticipado y batido al general Olañeta.

Lamadrid prosiguió su marcha a Nazareno adonde llegaba el 26 de abril; pero allí se encontró con el coronel Paz y por él supo que la guerra estaba concluida, de modo que la fuerza que mandaba Arenales no tenía objeto.

Paz, en su «Diario de marcha del Batallón de Cazadores», cuerpo que comandaba desde el 24 de marzo de aquel año, registra, el día 28 de abril:

«Antes de ayer llegó el coronel Lamadrid, con el sargento mayor Ramón Rodríguez y un joven Pizarro, Venían destinados a la División, más estando ya la guerra concluida, esta fuerza no tiene objeto y su venida puede graduarse inoficiosa».

Ambos se hallan enfermos y en cura. El 22 de mayo, según registra Paz en su Diario, Lamadrid, que estuvo enfermo todo el tiempo transcurrido desde su llegada, se puso en marcha para Salta. Aquí, Lamadrid recibió órdenes del gobernador general Las Heras de conducir el contingente de las provincias de Salta, Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca, con destino al ejército nacional que debía operar contra el imperio del Brasil.

Lamadrid se trasladó primero a Tucumán para activar el envío del contingente de aquella provincia, a lo que le opuso dificultades el gobernador Javier López, y a principios de noviembre de 1825, lo hizo a Catamarca para hacer lo propio con el de esta última y facilitarle al gobernador Gutiérrez los fondos necesarios para poder enviarlo a Tucumán. El 1º de agosto de 1826 el Gobierno Nacional lo nombró coronel del Regimiento 15 de Caballería de Línea

El 26 de noviembre de 1825, a la cabeza de una parte del contingente que tenía listo para el ejército nacional, Lamadrid derrocó al gobernador López, ocupando su lugar. El Gobierno Nacional desaprobó su conducta y encargó al coronel José María Paz se hiciese cargo de los contingentes de las provincias del Norte. La provincia de Tucumán, entre tanto, en elecciones populares, eligió a Lamadrid gobernador propietario.

Los gobernadores Bustos y Quiroga quisieron imponer a Lamadrid que desconociese la autoridad central de Buenos Aires, pero al negarse el nuevo gobernador de Tucumán, aquellos le llevaron la guerra a su provincia y en los campos del Tala, el 27 de octubre de 1826, se encontraron frente a frente Lamadrid y Quiroga y la suerte quiso que cuando ya Quiroga era derrotado y su adversario le llevase una tercera carga, Lamadrid tuviese la desgracia de caer herido, recibiendo un balazo en el cuerpo disparado a quema ropa, y nueve heridas de sable, casi todas en la cabeza. Allí fue pisoteado y hubiera quedado prisionero, sino lo hubiesen creído muerto.

Pero su cuñado Ciríaco Díaz Vélez, pasó al campo de batalla y le pidió a Quiroga autorización para retirar el cadáver de Lamadrid, el cual no fue encontrado sino más lejos adonde lo había conducido una partida que lo abandonó ante la aproximación de los enemigos. Lamadrid restableció de sus heridas después de una prolongada cura y volvió a ocupar el gobierno de Tucumán, no sin que antes entrara Quiroga en la ciudad de Tucumán, como unos 8 ó 9 días después de la acción del Tala, siendo conducido Lamadrid algunas horas antes de la entrada del caudillo riojano, al pueblo de Las Trancas, distante 21 leguas de la capital.

En estas circunstancias, el gobernador Arenales, de Salta, destacó una división de 600 a 700 hombres en auxilio de Tucumán, bajo el mando del coronel Francisco Bedoya, el mismo que batió y dio muerte al famoso caudillo Francisco Ramírez, en Río Seco (Córdoba) el 10 de julio de 1821 .

La fuerza de Bedoya cruzaba el pueblo de Las Trancas, cuando Lamadrid se encontraba allí casi moribundo. Al acercarse el coronel Bedoya a Tucumán, Quiroga e Ibarra abandonaron esta ciudad el 3 de diciembre y el 5 entraba Bedoya en la misma y poco después el propio Lamadrid, ya repuesto algo de sus terribles heridas.

Encargado Lamadrid por el gobierno nacional de oponerse por la fuerza a los federales de Córdoba, La Rioja y Santiago del Estero, emprendió sus operaciones con un refuerzo de tropas de Salta, al mando del coronel colombiano don Domingo López Matute. El 6 de julio de 1827, se encontraban en el Rincón, a dos leguas de Tucumán, los federales mandados por Quiroga e Ibarra, con las fuerzas de Lamadrid y Hatute.

La victoria al principio estuvo del lado de estos últimos, pero los sáltenos se pasaron al enemigo y Lamadrid se vio precisado a huir y perseguido insistentemente por el vencedor, se vio obligado a buscar asilo en Bolivia, llegando a Talima, el 2 7 de julio con solo 15 hombres armados.

En Chuquisaca fue muy bien recibido por el general Sucre y allí permaneció un tiempo más o menos largo, tratando de reponerse, pues sus heridas del Tala le causaban múltiples sinsabores. Después regresó a Salta y desde allí ofició al gobernador de Tucumán pidiendo permiso para atravesar la provincia, el que le fue negado lo que demoró la estada de Lamadrid en Salta, hasta que finalmente emprendió viaje a Buenos Aires, ciudad a la que llegó después de grandes dificultades y en mal estado por sus heridas, más o menos, el 22 o 23 de marzo de 1828.

Mal recibido por su compadre, el gobernador Dorrego, no se le contestó una solicitud que formuló cuando estuvo mejorado de sus heridas, para que se le enviase al ejército de operaciones contra el Brasil. Poco después, llamado por Dorrego, Lamadrid se presentó al gobernador, quien le hizo agregar al Estado Mayor del Ejército, donde permanecía cuando se produjo la revolución del 1º de diciembre de aquel año.

El nuevo gobernador Lavalle designó Ministro General al doctor Miguel Díaz Vélez, padre político de Lamadrid. Se incorporó al cuerpo de tropas organizado por Lavalle para salir a campaña, asistiendo al combate de Navarro el 9 de diciembre.

Prisionero el coronel Dorrego, y condenado a muerte sin proceso de ninguna clase por disposición del general Lavalle, Lamadrid le acompañó en sus últimos instantes, a petición del ex-gobernador, habiendo hecho lo posible Lamadrid para persuadir a Lavalle que escuchase al condenado. Facilitó a Dorrego su chaquetilla militar para el acto de la ejecución, puesto que quería que la suya se la entregasen a su esposa. Recibió el último abrazo del coronel Dorrego, instantes antes de ser fusilado.

Posteriormente, Lavalle dispuso que Lamadrid se incorporase al ejército con el cual el general Paz marchó al interior. El 26 de febrero de 1829 se le autorizó para levantar un escuadrón de caballería ligera titulado «Escuadrón de Voluntarios Argentinos«.

En el Desmochado, el 3 de abril de 1829, tenían su última entrevista Lavalle y Paz, dirigiéndose este último a la provincia de Córdoba. Se batió con su valor acostumbrado en la batalla de San Roque, el 22 de abril, en la que fue completamente derrotado el gobernador Bustos. Participó en la terrible jornada de la Tablada, los días 22 y 23 de junio del mismo año, en la que fue completamente destrozado su ex-adversario, el Tigre de los Llanos de la Rioja. Después de la derrota de Quiroga, Lamadrid recibió orden de Paz de perseguirlo, pero su audaz adversario logró escaparse.

Tomó parte en la batalla de Oncativo o Laguna Larga, el 25 de febrero de 1830, en la que Paz venció por segunda vez al general Quiroga. Después de esta victoria, el general Paz lo destinó a la provincia de La Rioja, donde fue elegido gobernador. Permaneció en este puesto, hasta que al año siguiente el general Paz lo llamó a Córdoba con el contingente riojano, en carácter de urgente, pues las fuerzas mandadas por Estanislao López hollaban el suelo de aquella provincia. Lamadrid se incorporó al ejército de Paz.

Cuando este General cayó prisionero en la tristemente célebre jornada del 10 de mayo de 1831, Lamadrid ocupó su lugar y desempeñó interinamente la gobernación de Córdoba desde el 16 hasta el 26 del mismo mes de mayo.

Ante el avance del ejército federal de López combinado con las fuerzas de Quiroga, Lamadrid se vio obligado a iniciar aquella trágica retirada hacia el Norte, que debía conducirlo al desastre de la Ciudadela el 4 de noviembre del mismo año, donde fue completamente derrotado por Facundo Quiroga, viéndose necesitado Lamadrid a emigrar a Bolivia, dirigiéndose a Tupiza, desde donde escribió a su temible rival, recomendándole su familia, la que fue atendida con deferencia por el Tigre de los Llanos. El 25 de diciembre de 1831 se le reunía su familia en el pueblo de Mojos (Bolivia).

El 11 de junio de 1832 llegó a Lima, con su familia, con el fin de visitar a su hermano el coronel Francisco Lamadrid, perteneciente al ejército peruano, el cual había estado largos años prisioneros de los españoles en las Casas Matas del Callao, capturado en Ayohuma.

El 11 de diciembre zarpó de nuevo del Callao, rumbo a Arica, dejando a su madre, a su hermano Francisco y dos hermanas allí, en Lima. Lamadrid se estableció en la ciudad de La Paz, donde permaneció todo el año 1833 y a mediados de enero de 1834, obtuvo pasaporte del Presidente Santa Cruz para pasar a la República Oriental, saliendo a principios de marzo del puerto de Arica, llegando a Valparaíso en la noche del 4 de abril.

El 24 del mismo se embarcaba con su familia en la barca italiana «BENAVIER» (capitán Panza) y después de afrontar un terrible temporal en el Cabo de Hornos alrededor del 10 de mayo, llegaron a Montevideo el 22 de junio de 1834.

Allí permaneció cuatro largos años. En 1836, Lamadrid se excusó de entrar en la revolución contra Oribe promovida por Rivera. El 30 de agosto de 1838 embarcóse en el paquete «ROSA», en Montevideo, llegando a Buenos Aires el 19 de septiembre a mediodía. Permaneció en Buenos Aires todo el año 1839, hasta que en los primeros días de enero de 1840, Rosas le dio la misión de trasladarse a Tucumán con el pretexto de ir a buscar el armamento de aquella provincia para el sostén de la guerra contra los franceses; pero en realidad era con el fin de que se apoderase del gobierno de la misma.

El 22 de febrero se puso en marcha para cumplir su misión y llegado a Tucumán, Lamadrid se puso totalmente a favor de aquel pueblo y de su gobernador Piedrabuena, quien el 6 de abril le designó general de armas y al día siguiente, 7 de abril, el gobernador y todo el pueblo de Tucumán juraron «defender la causa de la libertad contra el absolutismo de la civilización contra la barbarie, de la humanidad contra sus sangrientos opresores». Este fue el primer acto de la Coalición del Norte.

El 4 de julio de 1840, Lamadrid era nombrado gobernador delegado de don Pedro Garmendia, que había reemplazado a Piedrabuena. Don Marcos Avellaneda fue nombrado gobernador reemplazante de Lamadrid, desde el 23 de mayo de 1841, hasta el 19 de septiembre del mismo.

Constituida la Coalición del Norte en apoyo de la revolución promovida por el general Juan Lavalle, Lamadrid marchó con un ejército sobre Córdoba, en cuya ciudad penetró entre las aclamaciones del pueblo, el 11 de octubre de 1840. Al mes siguiente invadió la provincia de Santiago del Estero, al frente de una división, pero fue derrotado el día 5 por el comandante Manuel Ibarra en las márgenes del Río Salado, viéndose obligado a replegarse nuevamente a Córdoba, donde substituyó en el carácter de gobernador delegado al doctor Francisco Alvarez, el 7 de diciembre, cargo en el que se mantuvo por muy pocos días, pues debió retirarse apresuradamente ante el avance de las fuerzas victoriosas del Quebracho Herrado, que mandaba el general Manuel Oribe, quien entró en la ciudad de Córdoba el 19 de diciembre.

Lamadrid siguió su retirada hacia el Norte y el 28 de enero de 1841 llegaba a Tucumán. De esta ciudad marchó a la de Salta, con fines de coordinar las fuerzas unitarias. Listas estas, el 23 de mayo Lamadrid rompió la marcha con 2000 hombres y el 19 de junio entraba en Catamarca. El 13 de julio salió de esta ciudad y el 22 entraba en La Rioja, donde se le incorporó el coronel Ángel Vicente Peñaloza.

Después de algunas otras incidencias, Lamadrid penetró en la provincia de Mendoza, cuya capital ocupó el 4 de septiembre de 1841, siendo designado por el pueblo gobernador provisorio el mismo día, pues el titular, general José Félix Aldao, había salido a campaña y el delegado don Juan Isidro Mazo, huyó al aproximarse los unitarios.

Pero 20 días después en los campos del Rodeo del Medio, Lamadrid fue completamente derrotado por el ejército del general Ángel Pacheco, segundo de Oribe, cuyos trofeos fueron 400 muertos y más de 500 prisioneros, incluidos 75 oficiales, 9 cañones, banderas, etc. A los vencidos se les persiguió tenazmente, sin cuartel: los que no murieron bajo los sables y lanzas federales, fueron sepultados en las nieves de la Cordillera de los Andes, o quedaron inválidos para siempre.

Lamadrid con un puñado de valientes escapó por el paso de Uspallata, internándose en Chile y únicamente debió su salvación a sus buenos caballos y al auxilio que les prestó allende los Andes, don Domingo Faustino Sarmiento, que estaba emigrado en Chile. Los padecimientos fueron terribles para aquel grupo y el 10 de octubre se encontraban ya reunidos en Santa Rosa de los Andes 138 jefes y oficiales, 286 individuos de tropa y 22 mujeres que los acompañaban, esmerándose todo el vecindario de la población nombrada para asistir a los emigrados, una gran parte de los cuales habían perdido miembros de su cuerpo por las nieves andinas.

Lamadrid después pasó a Bolivia, estableciéndose en Potosí, adonde se le incorporó su familia, deteniéndose en aquella ciudad hasta el 23 de diciembre en que marcharon para Chuquisaca. A principios de junio de 1842 se embarcó en Cobija para Copiapó (Chile), donde se instaló con su numerosa familia estableciéndose con una panadería para poder reunir los medios de subsistencia. De Copiapó se trasladó a Valparaíso, de donde pasó a Santiago, ciudad en la que permaneció desde abril de 1843 hasta mediados de mayo de 1846, puntos todos, en los que Lamadrid sufrió con su familia la privación más completa.

El 16 de aquel mes y año, salía de la capital chilena para Valparaíso, embarcándose en en el paquete chileno «ROMANA», con el cual llegaron a Montevideo el 8 de julio del año 1846 . Al llegar a aquella ciudad, Lamadrid ofreció sus servicios al gobierno inútilmente, pues no se le ocupó, hasta que al fin fué dado de alta en el ejército. Actuó en las fuerzas en operaciones próximas a Paysandú y al poco tiempo regresó a Montevideo. En los años 1849 y 50 estuvo a cargo de la fortaleza del Cerro, durante aquella paite del asedio que sufría la capital uruguaya.

Cuando se levantó el sitio de Montevideo, a raíz de la aproximación de Urquiza por haber capitulado Oribe el 8 de octubre de 1851, Lamadrid se incorporó al Ejército Aliado y en la batalla de Caseros mandó el ala derecha de la línea de Urquiza, donde su comportamiento y el de la fuerza de su mando, estuvo a la altura de sus antecedentes. Asistió a la entrada del ejército vencedor en Buenos Aires, quince días después de la batalla, donde Lamadrid fué recibido con frenesí por los porteños.

El general Lamadrid falleció en Buenos Aires, el 5 de enero de 1857. Había contraído enlace el 19 de septiembre de 1820 con María Luisa Díaz Vélez, hija de su primo, el doctor Miguel Díaz Vélez, ministro que fué del general Lavalle, cuando la revolución del 19 de diciembre de 1828, la cual le dio 13 hijos. Su madre Andrea Aráoz, después de la campaña de 1826 en que se creyó que Lamadrid había muerto, se marchó al Perú son dos hijas, a reunirse con su otro hijo Francisco Aráoz de Lamadrid.

La viuda del general Lamadrid le sobrevivió hasta la fiebre amarilla de abril de 1871 falleciendo de esta enfermedad en la noche del 12 de aquel mes.

Refiriéndose en sus memorias a las heridas que recibió en la batalla del Tala, Lamadrid dice: «Es el único defecto que me ha quedado de resultas de las heridas del «Tala, la distracción o falta de memoria, cuando soy interrumpido en cualquier discurso que esté haciendo. Se me van las ideas cuando se me interrumpe, y aunque después pregunte de lo que se trataba y se me diga, quedo enteramente enagenado por mucho tiempo» .

Fuera de sus «Memorias», el general Lamadrid escribió en 1855 unas «Observaciones a las Memorias Postumas del general José María Paz» .

Fuente Consultada:
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938).

 

 

Biografía de Valentin Alsina Obra de Gobierno en Bs.As.

Biografía de Valentín Alsina
Gobernador de Buenos Aires

Nació en Buenos Aires el 16 de diciembre de 1802, siendo hijo de D. Juan de Alsina, natural de Cataluña, Agrimensor general del Virreinato y maestro de náutica; y doña María Pastora Ruano, natural de Andalucía. Su padre, D. Juan de Alsina, murió de un balazo en la memorable Defensa de Buenos Aires, el 5 de julio de 1807.

Valentín Alsina inició sus estudios en la Universidad de Córdoba, donde tuvo por maestro al Deán Funes, pasando después a Buenos Aires, doctorándose juntamente con D. Marcelo Gamboa, el defensor de los Reinafé en el célebre proceso; y D. Eduardo Lahitte. La tesis que presentara Alsina para graduarse de abogado, verso sobre la pena de muerte.

Valentin Alsina

Desde su iniciación en la carrera jurídica se entregó a la vida pública. De ideas netamente, liberales, puso su pluma al servicio de aquellas durante los años 1825, 26 y 27, en las columnas de «El Nacional» y de «El Mensajero Argentino» en las que destacó su bien nutrido saber.

Tuvo participación activa en la revolución del 19 de diciembre de 1828, encabezada por el general Lavalle, en cuyo gobierno provisorio formó parte, subscribiendo todos los decretos, órdenes, etc. del mismo hasta el día 3 de aquel mes en que el doctor José Miguel Díaz Vélez se hizo cargo del despacho como secretario general. En 1829 ocupó la dirección de la Biblioteca Pública de la Capital, en cuyo puesto demostró celo y contracción recomendables, así como también conocimientos administrativos poco comunes. Organizó el archivo de la misma e impulsó tal útil institución.

En julio del mismo año apareció electo diputado por primera vez, a la Legislatura de la Provincia, haciendo entonces, con tal motivo, su profesión de fe política conjuntamente con otros correligionarios en una publicación aparecida en las columnas de «La Gaceta Mercantil» del 1º de agosto de aquel año.

Entregado al ejercicio de su carrera de abogado, en 1831 fue nombrado defensor del coronel Paulino Rojas, encausado judicialmente por uxoricidio en la persona de su esposa, doña Buenaventura Fierro, en Bahía Blanca. Alsina se abocó la defensa del acusado y obtuvo su libertad, probando la inculpabilidad de aquel en el crimen que se le imputaba.

Refiriéndose a estos trabajos suyos, el doctor Alsina dice en una autobiografía:

«En 1831 trabajé la famosa defensa del coronel Rojas, publicada a principios del siguiente año. Aquel jefe distinguido de la independencia, condenado a destierro en primera instancia, había sido condenado a muerte por la Cámara de Justicia. Fue en esas circunstancias casi desesperadas, en súplica, que me encargué de su defensa, la cual tuve que hacer con gran precipitación.

La notabilidad del acusado; el suceso de que se le acusaba; la circunstancia nunca vista de revocarse una sentencia criminal, no para disminuir la pena, sino al contrario, para aumentarla hasta la pérdida de la vida; la consideración de que, por lo mismo, debía presumirse que los jueces habían meditado mucho el negocio y procedido en virtud de convicciones inalterables y la casi imposibilidad, por consiguiente, de lograr que ese mismo tribunal variase en ellas, y confesase implícitamente que se había pronunciado con injusticia o irreflexión, todo esto incitó el interés del público de un modo extraordinaria. El éxito de aquella defensa sobrepasó todos los cálculos y levantó muy alto mi crédito profesional.

Entre tanto, yo hice gratis y con mucho gusto todo ese trabajo. Tengo delante la carta que me dirigió el agradecido Rojas y mi respuesta, publicadas ambas por él: Encargado usted señor, (decía aquél entre otras cosas), o más bien, destinado por el cielo para proteger mi inocencia, era menester que abriese Vd. el templo de la justicia, y que, rodeando mi causa y mis derechos de una inmensa luz, mostrara al tribunal las leyes que me garantían y el laberinto en que se ocultaba la justificación de mis descargos.

La constancia de un corazón vigorizado por el espíritu de la verdad, y el poder irresistible de una elocuencia inspirada por el saber y la justicia, derribaron los obstáculos que se oponían a mi salvación; y desenmarañando las incoherencia de un proceso intrincado, me presentaron a unos jueces legales, y al inexorable tribunal de la opinión pública, desnudo de las notas que aniquilaban mi reputación, y que habían amargado hasta los últimos instantes de mi vida… Y de que modo podré descargarme de la deuda perpetua de reconocimiento, en que me ha constituido el esfuerzo magnánimo y desinteresado de Vd. ? Nada habría que bastase a dejar satisfecho el sentimiento de gratitud de que estoy animado.

Pero nada poseo, sino la espada, que empleé por tantos años en la defensa de la libertad e independencia de América, y que tengo que conservar para legarla sin infamia a mi querida hija. Nada me queda, señor, que ofrecer a Vd. sino ese Diploma ¡monumento de honor!, con que el gobierno del Perú premió mis servicios, incorporándome a la republicana Orden del Sol y asignándome una pensión vitalicia… Si el valor de ese título puede aumentarlo un candido y sincero ‘voto de un ilimitado agradecimiento, recíbalo Vd. también, igualmente, con el afecto que merece el autor de mi nueva existencia civil.

Recibí también, le respondía yo (entre otras cosas), un diploma que en 1822 le otorgó en premio el gobierno peruano, para el goce de una pensión de quinientos pesos anuales por vida, y que Vd. se sirve pasarme  en compensación de un servicio. Es mi deber agradecer esta afectuosa consideración de un desgraciado, pero también es el de rehusarla, como lo hago sin la menor violencia.

Lo único que me fuera sensible, sería el que Vd. equivocase los motivos de esta repulsa, señor don Paulino: No cuento, ni he contado en mi vida con otro patrimonio, capital, renta o ingreso, que el escaso producto de mi trabajo personal y diario, y siempre gravitaron sobre mí obligaciones muy sagradas que llenar. Sin embargo de esto, cuando las circunstancias lamentables — que conozco perfectamente — del hombre que me encomendó su vida, exigen que ese trabajo sea gratuito y generoso, no debo consentir recompensas ruinosas para él, que disminuirían quizá la importancia que aquél se merezca. No lo extrañará Vd. desde que sabe que en este asunto, nada, nada suena a interés de mi parte, desde que sabe que en este concepto me encargué de su defensa; y desde que sabe también que la eminente profesión a que tengo el honor de pertenecer, es esencialmente benefactora.

Devuelvo, pues, el diploma. Consérvelo Vd., señor don Paulino. El es un documento ilustre de su gloria, él le representa un recurso de subsistencia, tanto más necesario a Vd. que ningún otro posee, cuanto más incierto es hoy su destino futuro. Consérvelo Vd. amigo mío: tiene Vd. una hija; esfuércese en sobreponerse a su suerte; el poder invencible del tiempo debilitará gradualmente las dolorosas impresiones de lo pasado; y entretanto, yo viviré satisfecho, si he tenido la fortuna de fijar la gratitud de un hombre de honor, y si hay en la tierra dos seres que en algún modo me sean deudores de su sosiego…»

Noble respuesta del ilustre abogado a su cliente que se desprendía de tan querido tesoro como era aquel que consagraba su fama de guerrero valeroso y que, además, le proporcionaba una parte de la subsistencia. La defensa del coronel Rojas consagró el prestigio del doctor Alsina, el cual desde entonces gozó de la más alta reputación entre sus compatriotas.

En 1833 tuvo a su cargo la defensa de los Yáñez, padre e hijo, chilenos, que acusados de un crimen odioso y capital, tenían por adversarios a una familia respetable y de muchas relaciones. En cambio, los Yáñez eran hombres del campo: el doctor Alsina puso en plena luz su inocencia y la defensa también fue gratis, como la del coronel Rojas.

El doctor Alsina fue designado por el Gobierno, el 2 1 de diciembre de 1833, miembro de la junta de ciudadanos teólogos, canonistas y juristas, para emitir opinión acerca de 1 4 proposiciones en que el gobierno consignó la base de sus procedimientos en los negocios de provisión de obispados, etc.

Al año siguiente desempeñó en la Universidad la cátedra de derecho natural y de gentes, renunciándola a fines de aquel año y cediendo patrióticamente sus sueldos devengados a favor del establecimiento.

Elevado Rosas al poder supremo dictatorial, Alsina de inmediato se vio perseguido por sus sicarios, y puesto preso, fue transportado al pontón SARANDI, desde Paraná por el gobernador de Entre Ríos, general Echagüe, con una barra de grillos.

En aquella prisión flotante, Alsina debió permanecer a la expectativa de una suerte adversa, «si las circunstancias y la nobleza de un hombre, dice el doctor Servando García en la biografía de aquél publicada en el Diccionario Biográfico Nacional no hubieran venido en su ayuda: ¡fugó!

Veamos cómo: Había sido nombrado comandante del pontón en reemplazo de Ferreyra, don Enrique Sinclair, nombramiento que obtuvo por la influencia amistosa de la familia del coronel Pueyrredón (preso también) con José María Rojas, Ministro de Hacienda de Rosas, y a petar de cierta prevención del tirano contra el agraciado.

El mayor Sinclair conservaba gratitud por un servicio importante que en otro tiempo le hi-ciera Pueyrredón, estaba algo relacionado con el doctor Alsina y mucho más con el Dr. Maza, que se interesaba vivamente por su yerno. De común acuerdo resolvieron la fuga. Esta se efectuó a las ocho de la noche del 5 de septiembre de 1935 .

Embarcados en una lancha, el coronel desarmó al centinela que para no infundir sospechas a la guarnición del SARANDI, había hecho bajar Sinclair. Enseguida quedó resuelto tomar rumbo a la Colonia. Los cuatro marineros de la embarcación se mantuvieron en una actitud pacífica y obediente. Antes de todo esto, la joven esposa de Alsina, doña Antonia Maza, había salido en coche de la casa-quinta de su padre, cubierta la cabeza con un gorro y embozada en una capa de éste, objetos que él le puso en el instante de partir.

La acompañaba el inglés don Ricardo Haines, que le fuera a buscar expresamente por su íntima amistad con Sin-clair, que los esperaba en la playa. Allí subió la señora en la embarcación salvadora para ir en busca de los presos. Llevaba oculto bajo la capa un tier-no niño: su hijo Adolfo, cuya respiración dificultosa le arrancó una exclamación…

La señora doña Antonia compartió noblemente los riesgos de la evasión. El doctor Alsina pasó después a Montevideo, refugio heroico de los emigrados argentinos y foco incesante de conspiraciones contra Rotas, donde por su patriotismo e inteligencia le cupo una parte importante en la dirección de los sucesos como miembro de la Comisión Argentina, cuyo principal propósito era derrocar la tiranía impuesta al país en los albores de su emancipación política.»

Desde el comienzo de la campaña del Ejército Libertador a las órdenes del general Lavalle, el doctor Alsina dudó del éxito de aquella empresa, cuyo esbozo original fue para iniciarla en la provincia de Buenos Aires y no en la de Entre Ríos, como al fin lo hizo. El doctor Alsina bien claramente le expresó su punto de vista al coronel Pueyrredón en carta fechada en Montevideo, el 1 5 de agosto de 1839. La derrota del Ejército Libertador confirmó el sano juicio del doctor Alsina.

Cuando el general Oribe estableció el asedio de la plaza de Montevideo, el 16 de febrero de 1843, el doctor Alsina tomó un fusil y se alistó entre los componentes de la «Legión Argentina» que mandó el coronel Gelly y Obes, pero evidentemente, su puesto no estaba en las filas de los defensores de la ciudad heroica, sino en la prensa, para alimentar el odio contra el Dictador Argentino.

Colaboró en los diarios que aparecían en la capital uruguaya, especialmente en «El Comercio del Plata» y cuando el 20 de marzo de 1848 el insigne Florencio Várela caía bajo el puñal de Cabrera, emisario del general sitiador, Alsina valientemente ocupó el puesto del muerto y con ánimo sereno desafió la ira de los enemigos, esgrimiendo briosamente su pluma y desde las columnas del periódico de referencia, prosiguió la tarea que había sido la causa del asesinato de su antecesor.

En este puesto actuó sin desmayar un momento, hasta que la victoria de Caseros le abrió las puertas de su ciudad natal, a la que llegó el 8 de febrero de 1852. Don Vicente López y Planes, designado gobernador de Buenos Aires, dio a Alsina el ministerio de Gobierno, que desempeñó con la inteligencia y contracción que le caracterizaba y en el que dio pruebas brillantes de su capacidad para administrar los negocios públicos.

Su obra ministerial estuvo principalmente orientada para borrar en lo posible la acción del período dictatorial que había ensangrentado por espacio de casi cuatro lustros, el suelo de la República Argentina: Alsina trató de restituir los bienes confiscados por Rosas, a sus dueños; reinstaló la Sociedad de Beneficencia; erigió en Facultad la Escuela de Medicina, que separó de la Universidad; y prestó interés especial y protección a la instrucción pública, tan obstaculizada en el período rosista.

Pero la actitud del general Urquiza después del Acuerdo de San Nicolás, colocó a Alsina frente a aquel, que asumió el gobierno de Buenos Aires ilegalmente, cuando renunció don Vicente López: Urquiza ordenó la prisión y destierro de varios políticos, entre ellos el doctor Alsina.

La revolución del 11 de septiembre contó al doctor Alsina entre sus principales organizadores. «En el Fuerte —dice don José Luis Bustamante—, se reunían otros ciudadanos notables, entre ellos, el Dr. Valentín Alsina, que con gran abnegación y tino dirigía todas las combinaciones, jugando su cabeza en los importantes resultados que buscaba para la libertad de su Patria, desafiando el poder irascible y vengativo del general Urquiza. Allí se arreglaron y concertaron las medidas que instantáneamente debían adoptarse para asegurar el éxito del movimiento; y las opiniones del Dr. Alsina daban a aquellas el aplomo y acierto que se necesitaba en momentos tan graves y decisivos.»

Producida la revolución el 11 de septiembre, el gobernador Pinto designó a Alsina ministro de Gobierno e Instrucción Pública. El 30 de octubre del mismo año fue elegido gobernador propietario de Buenos Aires, recibiéndose del cargo el día 31, designando su Ministro de Guerra y Marina al general José María Flores, nombrando además, comandantes militares de departamentos de la provincia, a los coroneles Hilario Lagos y Cayetano Laprida, los que se levantaban en armas el 19 de diciembre, con el apoyo de Urquiza.

En una proclama del primero, declaraba al Dr. Alsina obstáculo para la tranquilidad pública, invitando a sus compañeros para derrocarlo y para proclamar por jefe al general Flores. Alsina, con el objeto de evitar la guerra civil, presentó su renuncia, la que fue aceptada por la Legislatura el 6 de diciembre, siendo designado en su reemplazo, interinamente, el general Pinto.

En 1853 desempeñó sucesivamente los puestos de vocal y presidente de la Cámara de Justicia. En abril de 1854 y en mayo del año siguiente, fue elegido senador, cargo que no ocupó. En 1855, el Dr. Pastor Obligado, al ser elegido gobernador, designó a Alsina para el ministerio de Gobierno y Relaciones Exteriores, en reemplazo de don Irineo Pórtela, que renunció, desempeñando el cargo hasta mayo de 1856, en que dimitió.

El 3 de mayo de 185 7, después de reñidísimas elecciones, fue nombrado 2º gobernador constitucional de la provincia de Buenos Aires, recibiéndose del puesto dos días después: designó sus ministros a don Norberto de la Riestra, Bartolomé Mitre y José Matías Zapiola. Desde el 4 de noviembre hasta el 21 de diciembre de 185 7 debió salir a. campaña, quedando a cargo del P. E. el presidente del Senado, don Felipe Llavallol.

En 1859 se produjo el estado de guerra entre Buenos Aires y la Confederación y la batalla de Cepeda derrocó al Dr. Alsina, al cual sus amigos le significaron la conveniencia de abandonar el puesto, cediendo a las exigencias del general Urquiza a fin de poder abrir negociaciones con este último, cuyas fuerzas estaban en los suburbios de la Capital: Alsina renunció el 8 de noviembre, y tres días después se ajustaba el pacto de unión, bajo la mediación del gobierno paraguayo, por el cual se convenía la reincorporación de Buenos Aires a la Confederación, previo examen de la Constitución Nacional de 19 de mayo de 1853, por medio de una convención provincial, en la cual formó parte el Dr. Alsina.

Elevado al gobierno de Buenos Aires el general Mitre, éste nombró ministro al Dr. Alsina, el que se excusó de aceptarlo. En 1861 fue elegido senador por Buenos Aires al Congreso del Paraná, pero la ruptura de relaciones entre la Confederación y los porteños, dejó sin efecto el nombramiento, siendo Alsina designado entonces asesor de Gobierno, puesto que había desempeñado ya con brillo y reconocida competencia.

Después de la batalla de Pavón, fue elegido para ocupar una banca en el congreso que debía reunirse en Buenos Aires. En diciembre de 1862, por acuerdo de gobierno, se encomendó a Alsina la redacción de un proyecto de Código Rural, trabajo que ejecutó satisfactoriamente, después de un prolijo estudio de la materia, compulsando los antecedentes propios y las obras extranjeras al respecto. Sometido el proyecto a la Legislatura, fue aprobado con ligeras variantes.

Su último cargo público fue el nombramiento de senador, en noviembre de 1867, designándosele poco después, Presidente de H. Senado; y en tal carácter, tocóle presidir el 16 de junio de 1 868 la asamblea general que proclamaba electos presidente y vice-presidente de la Nación, a los ciudadanos don Domingo Faustino Sarmiento y don Adolfo Alsina, su hijo único.

Después de anunciar a la asamblea el resultado de la elección y proclamar presidente a Sarmiento, el Dr. Alsina se sintió tan conmovido que cedió el cargo al vice presidente del Alto Cuerpo, Dr. Elias, para que proclamase la elección de su hijo. Después de verificado este requisito, el doctor Alsina tomó la palabra para cerrar la sesión, haciendo votos para que el pueblo de la Nación apoyase en masa al nuevo gobierno que se aclamaba, conceptuando que sin el auxilio popular no hay gobernante que pueda labrar la felicidad de sus conciudadanos.

En sus últimas palabras manifestó la probabilidad de que él no volvería a presenciar otra elección presidencial, como en efecto sucedió, pues falleció en Buenos Aires, el 6 de septiembre de 1 869, cubriéndose de luto el país con la desaparición de tan esclarecido ciudadano. En el sepelio hablaron Sarmiento, Mitre, el gobernador de Buenos Aires y otros personajes.

El 5 de abril de 1875 se inauguró en la Recoleta su monumento sepulcral, frente a la tumba de Florencio Várela; y en el acto de su inauguración, hicieron oir su voz armoniosa, el presidente Avellaneda, el gobernador de la provincia y varios otros oradores, haciendo resaltar la figura consular del Dr. Valentín Alsina. Este último formó su hogar con doña Antonia Maza, hija del Dr. Manuel Vicente Maza.

Un hermano de Alsina, Dr. Juan José Alsina, actuó como agente de la «Comisión Argentina» de Montevideo ante el gobernador Ferré, en 1842, y cuando el Ejército Unido que mandaba Fructuoso Rivera, sufrió la terrible derrota del Arroyo Grande, el 6 de diciembre de aquel año, el día 14, el Dr. Alsina se embarcaba con Ferré, rumbo a la emigración que les imponía aquel desastre.

Fuente Consultada:
Biografías Argentinas y Sudamericanas – Jacinto Yaben – Editorial “Metropolis”

Biografia de José Gervasio Artigas Caudillo Uruguayo

Biografía de José Gervasio Artigas Caudillo Uruguayo

Nació en el pueblo del Sauce, Canelones, cerca de Montevideo el 19 de junio de 1764, siendo sus padres don Martín José de Artigas y doña Francisca Antonia Arnal, siendo bautizado el día 21 en la Matriz por el presbítero doctor Pedro García, siendo su padrino Nicolás Zamora, escribano-secretario del Cabildo.

Cursó sus estudios en el convento de San Bernardino. Sin orientación definida, sin vocación por el comercio y las profesiones liberales, sin necesidades apremiantes por otra parte, hizo en su adolescencia vida fácil y ligera como los hijos de las familias acomodadas de la época. Sin embargo, cuando se hizo hombre se dedicó a las tareas del campo, pero sin abandonar su ciudad natal, a la que se sentía atraído por el afecto y el recuerdo.

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FRASES CÉLEBRES DE GERVASIO ARTIGAS

«La causa de los pueblos no admite la menor demora»
«Que los más infelices sean los más privilegiados»
«Nada podemos esperar si no es de nosotros mismos»
«Con libertad ni ofendo ni temo»
«Sean los orientales tan ilustrados como valientes»
«Tiemblen los tiranos de haber excitado nuestro enojo»
«La cuestión es solo entre la libertad y el despotismo»
«Todas las provincias tienen igual dignidad e iguales derechos»
«Que los indios en sus pueblos se gobiernen por sí»
«Para mi no hay nada más sagrado que la voluntad de los pueblos»
«Yo no soy vendible, ni quiero más premio por mi empeño que ver libre mi nación»
«No venderé el rico patrimonio de los orientales al vil precio de la necesidad»
«Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana»

Se hizo hábil en el manejo del caballo y acarreo de ganado, lo que vigorizó su constitución; desarrolla su aptitudes, aprende la topografía y accidentes geográficos del país, estrecha amistades que le serán útiles en lo sucesivo, y con este caudal de experiencia se lanza a trabajar por cuenta propia, deteniéndose y negociando en Misiones, el Arapey, Queguay y sobre todo en Soriano, en donde parece haber residido algunos años antes de ingresar en el ejército.

En un período que los historiadores uruguayos lo consideran comprendido entre 1792 y principios de 1796, estuvo Artigas sometido a un proceso, amparándose al indulto que concedió Carlos IV el 22 de diciembre de 1795 celebrando el ajuste de paz con los franceses, y de los matrimonios de las Serenísimas Infantas doña María Amelia y doña María Luisa, el que comprendió más tarde a las colonias.

El 10 de marzo de 1797 Artigas entró como soldado en el «Cuerpo «Veterano de Blandengues de la frontera de Montevideo». Todo el curso de su primer año de carrera militar lo pasó en las dos zonas donde habitualmente maniobraban los contrabandistas en el Chuy y en Santa María ya con el empleo de teniente que le fué acordado transitoriamente al poco tiempo de su incorporación a los blandengues, pero que recién se le otorgó efectivo al año siguiente.

El 2 de marzo de 1798 obtiene el empleo de ayudante mayor gracias a la protección que le dispensan Olaguer Feliú y Sobremonte, jerarquía cuyos despachos firmados por el Rey llevan fecha 2 de enero de 1799, y en la que permanecerá hasta después del movimiento emancipador estallado en las Provincias Unidas.

En 1803 con vina partida formada con tropa de la guarnición de Montevideo y Maldonado y alguna artillería, fué destacado para sorprender una fuerza portuguesa desprendida de San Nicolás; al mismo tiempo acosa a los indígenas hasta sus guaridas.

A mediados de 1804 se hace cargo de la Comandancia General de Campaña el coronel Francisco Xavier de Viana. el que designa a Artigas su ayudante, que lo secunda bravamente en sus riñas con los charrúas. El 20 de marzo de 1805, desde su campamento de Tacuarembó Chico, a 100 leguas de la ciudad de Montevideo, reitera su pedido de licencia absoluta del ejército, que el Rey le concede.

El 31 de diciembre de 1805 contrajo enlace en la Capital con su hermosa prima doña Rafaela Rosalía Villagrán, hija de don José Villagrán y de doña Francisca Artigas.

Retirado del serviico activo, el gobernador Ruiz Huidobro lo nombra oficial del resguardo con jurisdición desde el Cordón al Peñarol. En estas circunstancias se insinúan las primeras operaciones de los ingleses sobre el Río de la Plata y Artigas que había vuelto a incorporarse a los blandengues, solicita a Ruiz Huidobro, que ya que su cuerpo va a quedar en Montevideo en previsión de que la ciudad sea atacada, solicita que le dé un pliego para presentarse a Liniers con el fin de ser Artigas portador de la noticia de la victoria o derrota que resultare de la empresa que prepara aquel valiente soldado para libertar a Buenos Aires.

Marcha al ejército y lo alcanza en los Corrales de Miserere, peleando en el Retiro y en la plaza de la Victoria.

Después de la rendición de Berresford se embarca en un bote, naufraga, gana a nado la orilla como César con su parte en el brazo, llega a Montevideo y entrega al gobernador la ansiada noticia.

Después toma parte en las hostilidades que se llevan a cabo contra la división inglesa que se apodera de Maldonado, se opone a su desembarco en el Buceo, y en vez de huir al campo como huyó casi toda la caballería, se repliega a la plaza defendiéndola con tesón durante el sitio; asiste al combate del Cardal, habiéndose comportado él y sus conmilitones en todas estas acciones, —dice el comandante Ramírez de Arellano,— «con el mayor enardecimiento y sin perdonar instante ni fatiga«.

Entregada la plaza de Montevideo a raíz del asalto de 3 de febrero de 1807, Artigas no se entrega, se embarca para el Cerro y sigue hostilizando a los ingleses los seis meses que la ocupan. Evacuada Montevideo, vuelve a su antigua tarea de blandengue, persiguiendo delincuentes, indios y portugueses, pudiendo escribir con razón a su suegra en 1809: «Aquí estamos pasando trabajos siempre a caballo para garantir a los vecinos de los malhechores.» El 5 de septiembre de 1810 obtiene las presillas de capitán de la 3a. compañía de Blandengues.

Los gobernantes españoles tuvieron siempre confianza en Artigas. En 1810 le confiaban misiones delicadas. A comienzos de 1811 es destinado a la guarnición de la Colonia del Sacramento; en aquellos momentos se declaraba la guerra entre Elío y las autoridades de Buenos Aires el 15 de febrero de aquel año, conjuntamente con el teniente Rafael Hortiguera y el presbítero Enrique de la Peña, se fugaba a Buenos Aires, atravesando en su tránsito los departamentos de Colonia y de Soriano, donde entera a sus amigos de sus designios, envía órdenes a los que se encuentran más distantes, cruza sigilosamente el Uruguay presentándose enseguida a la junta revolucionaria, y ofreciéndole el concurso de su brazo para llevar la bandera de la insurrección hasta su ciudad natal.

El 8 de marzo de 1811 el gobierno de Buenos Aires lo promueve a teniente coronel de Ejército del Cuerpo de Blandengues de Montevideo y lo nombra 2º jefe interino de las fuerzas que operaban en la Banda Oriental, a las que se incorporó a comienzos de abril. El día 26 de este mes se apoderaba del pueblo de San José el comandante D. Bartolomé Quinteros «por el «rigor de las armas», como expresaba en su parte a Artigas.

A comienzos de mayo, el coronel José Rondeau reemplazaba al general Belgrano en el comando en jefe de las fuerzas que operaban en la Provincia Oriental, y el 18 del mismo mes, Artigas obtenía en Las Piedras un triunfo magnífico si se tiene en cuenta los elementos de que disponían los patriotas para la lucha.

Artigas de inmediato estableció el asedio de la plaza de Montevideo y la Junta premió la victoria nombrándolo coronel del Cuerpo de Blandengues, con fecha 24 de mayo de 1811, y continuó en aquella tarea como segundo de Rondeau hasta el armisticio ajustado con el general Elío en Octubre de aquel año, en virtud del cual el ejército patriota se retiró a Buenos Aires y Artigas inició un exodo de 522 km. durante 54 dias, situándose en el Salto Chico, en la provincia de Entre Ríos. El gobierno patrio se había visto obligado a llegar a  un arreglo con los españoles a causa de que una fuerte división portuguesa se había internado en la campaña oriental, con la idea aparente de proteger los intereses de España.

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Exodo del Pueblo Uruguayo Dirigido por Artigas

El 15 de noviembre de 1811 el gobierno de Buenos Aires designaba a Artigas teniente gobernador de Justicia Mayor y capitán de Guerra de Yapeyú. El 6 de mayo de 1812 el gobierno patriota ajusta un tratado de paz con las tropas portuguesas que ocupaban parte de la Banda Oriental, por el cual se estipulaba la retirada de las fuerzas independientes de aquella Provincia, movimiento que debían efectuar igualmente los portugueses. Este tratado fué mal recibido por Artigas, el cual desde aquel momento empezó a rebelarse contra la autoridad del Triunvirato porteño.

Sin embargo, a pesar del tratado de referencia, el gobierno de Buenos Aires viendo la actitud hostil de los portugueses, envió refuerzos a Artigas que había restablecido su campamento sobre el arroyuelo Ayuí, lo que sirvió de pretexto a Vigodet para denunciar el arreglo ajustado y declarar nuevamente el bloqueo a Buenos Aires. Tres escuadrones de Dragones de la Patria al mando de Rondeau, marcharon a poner sitio a Montevideo, acampando el 20 de octubre de 1812 en el Cerrito. El 5 de diciembre de este año fué nombrado coronel del Regimiento Nº 4.

Artigas descontento con el nombramiento de don Manuel de Sarratea para general en jefe de las fuerzas que operaban en la Banda Oriental, impuso a Rondeau el movimiento del 10 de enero de 1813, que dio por resultado la separación de Sarratea y del brigadier Viana de aquel ejército, quedando en su reemplazo Rondeau, el cual marchó aparentemente de acuerdo con Artigas .

Pero restablecido el sitio de Montevideo y dominada toda la campaña oriental por las armas patriotas, el coronel Artigas arrogándose facultades y prerrogativas que no tenía ni nadie le reconociera, decidió proceder autoritariamente por sí y ante sí y convocó a su campo militar una junta de ciudadanos, cuya presidencia asumió el 5 de abril de 1813, disponiendo que resolvieran sobre sí se reconocería la autoridad de la Asamblea Nacional Constituyente reunida en Buenos Aires, y en ese caso que fijaran el número de diputados a elegir, y la constitución de un gobierno provincial que rigiera los destinos del pueblo del que él se titulaba»Jefe».

Aquella reunión, que más que una asamblea popular parecía una tropa veterana por la sumisión que demostraba al caudillo que allí los había congregado, resolvió la erección de un «gobierno militar», de cuyo ejercicio encargó a Artigas, y de una junta municipal compuesta de tres personas, cuya presidencia se concedió al ciudadano Juan José Duran.

Artigas convocó el 15 de julio a una nueva asamblea que ratificó lo resuelto en el mes de abril y el día 19 se dirigió al gobierno de Buenos Aires por medio de una nota recordando los hechos como convenía a sus pretensiones y con incriminaciones tan injuriosas como faltas de razón; solicitando poco después autorización para proceder a un nuevo nombramiento de diputados, a lo que accedió el gobierno patriota, pero disponiendo que fuera el general en jefe del ejército sitiador de Montevideo el que hiciera la convocatoria de elecciones y presidiera los trabajos.

La junta así convocada, se reunió en la casa de Maciel, a orillas del Miguelete, el 8 de diciembre de 1813 y designó 3 diputados ante la Asamblea Nacional Constituyente, nombrando una Junta Municipal Gubernativa para la administración de la Provincia, haciendo caso omiso del gobierno militar creado anteriormente.

Artigas ordenó a la Junta que anulara y diera por no existente todo lo decretado, y ella contestó declarando en nombre de la soberanía con que estaba revestida que  desde ese día, 10 de diciembre, la Provincia Oriental era reconocida con toda la plenitud de sus derechos como una de las del Río de la Plata, y que su gobierno lo compondría una junta gubernativa formada por los ciudadanos elegidos por la representación provincial.

Artigas se retiró entonces con sus tropas y se declaró en abierta oposición al gobierno de Buenos Aires, el cual el 11 de febrero de 1814 expidió un decreto por el cual se le declaraba infame, le privaba de sus empleos y ofrecía 6000 pesos al que lo presentare vivo o muerto.

Sin embargo, el 17 de agosto del mismo año, el Director Supremo Posadas repuso a Artigas en su empleo de coronel del Regimiento de Blandengues por haberse «comprobado por correspondencias interceptadas que no había tenido parte en la coalición de algunos oficiales en la Banda Oriental, anulándose, en consecuencia, el decreto de proscripción y designándosele Comandante General de la Campaña Oriental de Montevideo, nombramiento este último que ya se le había discernido el 18 de febrero de 1813.

El 23 de febrero de 1815, previo acuerdo de Artigas, que estaba en el Hervidero con el Director Supremo, general Alvear, las tropas norteñas evacuaron la ciudad de Montevideo, que fué ocupada al día siguiente por el coronel artiguista. Fernando Otorgues. Por su parte, el caudillo de los orientales invadía la provincia de Santa Fe, en cuya capital entró el 23 de marzo del mismo año. Alvear se apresuró a enviar contra él las fuerzas a las órdenes de Alvarez Thomas y Valdenegro, las que se sublevaron en Fontezuelas, derrocando al Director.

El 5 de abril el Cabildo de Buenos Aires lanzaba una proclama declarando a Artigas «oscuro aventurero y jefe de bandidos»; pero el día 18 del mismo mes la corporación de referencia comunicaba al Jefe oriental el derrocamiento de Alvear, nota que Artigas es apresuró a contestar el día 22; y el 29 respondía al mismo Cabildo la comunicación del 21 de abril informándole sobre el nombramiento del general Rondeau como Director Supremo y de Alvarez Thomas, su substituto.

El 30 de abril la misma corporación desautorizaba por medio de un manifiesto su proclama del día 5, porque «ella no es más que un tejido de imputaciones execrables contra el ilustre y benemérito jefe de los orientales don José Gervasio Artigas», afirmando los cabildantes que la anterior resolución les había sido impuesta por la fuerza.

No habiendo podido llegar a un acuerdo, Artigas y los representantes de Buenos Aires, en las conferencias que tuvieron lugar en Paysandú a principios de junio y en julio de 1815, el Director Alvarez envió al mes siguiente al general Viamonte a Santa Fe, con un ejército que se posesionó de aquella provincia; pero la reacción de los santafecinos encabezada por Mariano Vera, originó la captura de Viamonte con sus tropas.

En junio de 1816 se tuvo en Montevideo la primera noticia de la expedición portuguesa que se preparaba en Río de Janeiro para invadir la Banda Oriental. Tal novedad fué trasmitida a Artigas que se hallaba en Purificación (pueblo creado sobre el Uruguay, en el Hervidero), y el 27 del mismo mes aquel impartió órdenes en previsión de la invasión lusitana. El general Curado había marchado para las fronteras del río Pardo y Misiones, amagando el ángulo Norte del territorio.

En julio, al frente de 1200 a 1500 hombres mal disciplinados y peor armados, Artigas invadió el territorio de las Misiones del Brasil, saliéndole al encuentro el brigadier Joaquín Alvarez, del ejército portugués del general Curado, con una columna de 800 a 900 soldados, la que derrotó al invasor, el 27 de octubre de 1816, en Corumbé, margen derecha del río Cuareim, haciéndole 500 bajas e imponiéndole la retirada, así como también la evacuación del territorio.

Por su parte, el general Lecor desembarcó en el Puntal de San Miguel, en los primeros días de agosto y se colocó en Santa Teresa, donde fué hostilizado por Rivera. El general Silveira invadió por el Cerro Largo, obligando a Otorgues, que se hallaba en el Yaguarón, a retirarse.

El 18 de septiembre de 1816, Lecor ocupó Maldonado y el 19 de noviembre derrotó a Rivera con 1500 partidarios en la India Muerta, y victorioso el primero, marchó sobre Montevideo.

AI conocer Artigas las gestiones o negociaciones del Cabildo de Montevideo y del Director Pueyrredón, pidiendo el primero auxilios de acuerdo con la resolución de los cabildantes del 6 de diciembre (con cuyo objeto fueron enviados sus diputados a Buenos Aires, donde el 8 ajustaron un convenio o acta de que la Banda Oriental jurase obediencia al Congreso y al Supremo Director y enarbolase el pabellón de las Provincias Unidas), envió a su delegado don Miguel Barreiro, quien desaprobó el día 27 de diciembre aquella acta, ordenando a los comisionados que se contrajesen a la compra de armamento y municiones «por cuenta de la Caja del Estado», y que regresaran inmediatamente.

Artigas, como es lógico, desaprobó la actuación de los comisionados.

Los portugueses invadieron a su vez la Banda Oriental y el 3 de enero de 1817 el coronel Abreu con 600 hombres sorprendió el campamento de Artigas en el Potrero de Arapey (Salto), poniendo en dispersión a los 400 orientales que allí se hallaban, los que sufrieron 80 bajas. Al día siguiente, el marqués de Alégrete, con 3500 portugueses rechaza sobre la margen derecha del Arroyo Catalán al mayor general de Artigas, coronel Andrés Latorre con 3400 hombres, después de 6 horas de lucha, en la cual los artiguistas tienen 800 bajas, entre ellas las del comandante Berdún; mientras los lusitanos solo sufren 230.

Después de estos contrastes, Artigas se retiró a Purificación, donde en breve tiempo estuvo en aptitud de continuar la lucha manteniendo al ejército de Curado en incomunicación con la plaza por más de 5 meses.

El general Lecor, de acuerdo con las instrucciones que había recibido del marqués de Aguiar de fecha 4 de junio de 1816, antes de abrir las operaciones precitadas ensayó el medio pacífico para conquistarlo a Artigas: le propuso el goce del sueldo de coronel de infantería portuguesa, su retiro a Río de Janeiro, o a cualquier punto de Portugal para residir, a condición de que devolviese armas y municiones. Pero el jefe de los orientales rechazó con altura tales proposiciones, contestando que mientras tuviese hombres haría la guerra a la conquista extranjera.

Lecor, por su parte, el 20 de enero de 1817 ocupó la ciudad de Montevideo y en marzo del mismo año casi todo el territorio oriental estaba en manos de los invasores. Artigas les hace una guerra a muerte por todos los medios que le son posibles llegando hasta autorizar el corso marítimo para hostilizar a los lusitanos por medio de buques que fueron armados en los Estados Unidos, lo que motivó una reclamación del Rey Juan VI.

Abierta la 2a. campaña del general Curado, Artigas debió abandonar Purificación, que ocupó el enemigo; pero el caudillo oriental logró que sus tropas sorprendieran un día las grandes guardias de Curado, arrebatándoles carretas, ganados y caballadas, después de que el coronel Fructuoso Rivera hubo batido y derrotado en Chapicuy una división de 700 hombres, al mando de Bentos Manuel en la noche del 14 de junio de 1818, Artigas se situó en el Queguay Chico, donde el 5 de julio del mismo año, es sorprendido con 1200 hombres por el propio Bentos Manuel Ribeiro a la cabeza de 1500 portugueses, el cual le toma 200 prisioneros; pero poco después llega Fructuoso Rivera con 800 orientales y dispersa a los enemigos, recuperando el botín y prisioneros.

Artigas continuó la lucha hasta 1819, en que penetró en territorio brasileño al frente de 2500 hombres, que llevaban todo a sangre y fuego; el 14 de diciembre de aquel año derrota a una división portuguesa mandada por el mariscal Abreu, en la barra del Sarandí, o Guayrapuitá, lo persigue 45 kilómetros ocasionándole 300 bajas mientras que los artiguistas solo pierden un muerto y 10 heridos. Tal fué la acción de Santa María.

Después de ésta, el coronel Andrés Latorre perseguía a los lusitatnos mandados por Pedro González; este se ocultó en la quebrada de Berlamino, atacando por sorpresa a los perseguidores, que los arrollaron y tuvieron que volverse perdiendo la mitad de sus efectivos. Este hecho de armas tuvo lugar el mismo día 14 de diciembre.

Al comenzar el año 1820 graves sucesos se preparaban en la provincia de Buenos Aires invadida por los caudillos federales López y Ramírez. Artigas, desde su cuartel general en Santa María, el 27 de diciembre de 1819 se dirigió al Congreso General de las Provincias Unidas protestando por la situación en que se hallaba su patria, e invitando a aquel cuerpo a que tratase de economizar la sangre de sus compatriotas «si no quiere ser responsables de sus consecuencias ante la soberanía de los pueblos».

El Cabildo de Buenos Aires, con fecha 4 de febrero de 1820, contestó aquella nota (pues ya se había disuelto el Congreso a raíz de la batalla de Cepeda), informando a Artigas del nuevo orden de cosas como consecuencia de la derrota de Rondeau, y le anunciaba al Protector que en aquellos momentos «se preparaba por la Municipalidad una diputación al señor general don Francisco Ramírez para que cerca de su persona levante los preliminares de un tratado que sea el de paz, la obra de fraternidad y el iris deseado de nuestras discordias. Bien pronto va a ver V. E., — agregaba aquella comunicación —, que Buenos Aires merece justamente el título de recomendable; que sabe apreciar los sentimientos de los demás pueblos hermanos, y que le caracterizan no menos la buena fe que la más acendrada sinceridad. V. E. crea que sus votos son hoy los de la fraternidad y armonía, y que si ella pudiera correr en sus obras a la par de sus deseos, hoy mismo quedaría para siempre sepultada la horrible discordia y afirmado por todas las provincias el estandarte de la unión». (Nota publicada en el N° 159 de la «Gaceta de Buenos Aires» del miércoles 9 de febrero de 1820).

Artigas trasladado a las Misiones, donde se sostenía su hijo adoptivo Andresito, se puso en contacto con el gobernador de Corrientes y empezó a poner en ejecución sus planes consistentes en dominar las dos provincias de la Mesopotamia Argentina, para desde ella abrir la campaña libertadora de la Banda Oriental.

Pero Francisco Ramírez, vencedor en Cepeda e imponiendo el Tratado del Pilar a los porteños, estaba dispuesto a sacudir la tutela de Artigas. Este último salió de Misiones para Corrientes, estableciendo su cuartel general en Curuzú-Cuatiá, desde donde pretendió dictar órdenes al gobernador entrerriano. Prosiguiendo su marcha, el Protector llega al Arroyo Grande, donde bate y destroza una división de Ramírez, y sin detenerse un instante se lanza sobre el pueblo del Arroyo de la China que encuentra indefenso y abandonado.

Tan grave situación aceleraron el regreso de Ramírez a Entre Ríos después de su entrada en Buenos Aires. El 13 de junio de 1820, en Las Guachas, costa del Gualeguay, el caudillo entrerriano con un millar de hombres es batido por Artigas que manda 1800, aunque este sufrió importantes pérdidas.

El día 24 del mismo mes, el general Ramírez con 1000 hombres y 4 cañones, atrincherado en Las Tunas, proximidades de La Bajada, es atacado por Artigas a la cabeza de 1300 guerrilleros: a las 8 de la mañana empezaron las escaramuzas y a la 1 de la tarde estaba empeñado el combate en el que fué vencido el Protector, flanqueada su caballería y perseguida hasta las siete de la noche en una distancia de 35 kilómetros.

El 17 de julio el jefe entrerriano derrota al coronel artiguista José López Chico en Sauce de Lema, costa del Gualeguay, mientras cubría la retirada de su comandante en jefe, disponiendo López apenas de 200 hombres, con los que se ve obligado a retirarse remontando el Paraná. El día 22 del mismo mes, Ramírez vencía en las puntas del Yuquerí, una fuerza artiguista de 300 hombres mandados por el indio Perú Cutí.

El 23, en Mocoretá, la retaguardia artiguista al mando de Matías Abecú, fué derrotada por Ramírez y puesta en dispersión dejando 20 muertos, 20 prisioneros, 3 carretas y ganado. Al día siguiente, en Abalos, los entrerrianos vuelven a dar alcance a sus enemigos, que son derrotados y entre los prisioneros tomados se contó al fraile Monterroso, secretario de Artigas.

El campamento de Abalos quedó todo en poder del vencedor, dirigiéndose entonces Ramírez a la Esquina, a donde había hecho subir su escuadrilla, llevando embarcada su infantería, disponiendo que el Jefe oriental fuera activamente perseguido.

El 29 de julio el indio Siti se sometió a Ramírez, quedando las Misiones agregadas como departamento de Entre Ríos; pero Artigas, sin darse aún por vencido, procuró reaccionar y se dirigió a las Misiones con el ánimo de someter a Siti, pero este se sostuvo al frente de 600 misioneros en un reducto artillado con 4 piezas, en el punto denominado Cambay.

El Protector inició las operaciones de sitio para reducir a su adversario, y estaba ocupado en esta tarea, cuando el 20 de septiembre de aquel año, cayó sorpresivamente el comandante entrerriano Lucas Piriz, que lo derrotó completamente y lo persiguió hasta Candelaria, hasta que el día 23 del mismo mes, reducido a la impotencia, penetró Artigas en el Paraguay con unos 40 hombres, a pedir hospitalidad al Dictador Francia. Este se la concedió y envió un escuadrón para escoltar a los emigrados hasta la Capital, después de deponer las armas.

El mandatario paraguayo hospedó a Artigas por tres meses en el Convento de las Mercedes. Poco después, el último contestaba al visitante que diariamente enviaba a preguntar por él el doctor Francia: «¿Cómo quiere que me vaya? . . . soldado entre frailes«.

Entonces el Dictador lo pasó a otra estancia en Curuguatay, villa San Isidro, distante de la Asunción: se le dio casa para habitar, 30 pesos de pensión para sus necesidades y Francia le proveyó alguna ropa para uso, y anualmente le pasaba un vestuario. Su fiel Ansina actuaba de asistente.

Artigas, no obstante sus 60 años, se dedicó a labrar el campo, buscando en aquella ruda ocupación una distracción para su espíritu. Los pobres del lugar tuvieron en él un amigo que compartió con ellos el sueldo que recibía y que distribuía a los más indigentes, razón por la cual el Gobierno se lo retiró, quedando reducido a la miseria.

En 1836, habiendo entrado Francia en hostilidad con la provincia de Corrientes, quizo utilizar los servicios de Artigas destinándolo a uno de los pueblos misioneros con encargo de arreglar y disciplinar los indios capaces de hacer el servicio en campaña.

Al fallecer el Dictador, Artigas fué puesto un mes en prisión, ignorándose la causa. Transcurrido el plazo indicado, fué puesto en libertad y continuó viviendo en la mayor indigencia.

En 1845, el Presidente Carlos Antonio López lo trasladó a una chacra inmediata a la Asunción, donde los hijos de aquel mandatario le dispensaban sus ciudados, visitando al anciano emigrado, el cónsul del Brasil Pimenta Bueno que vivía muy cerca, y otras personas, que dulcificaron su vida.

Derqui en 1845 y el general Paz en 1846, visitaron al casi nonagenagenario luchador que aunque agobiado por los años, conservaba lúcidas todas sus facultades. El 15 de mayo de aquel año, el Gobierno de la Defensa de Montevideo reconoció la independencia del Paraguay, lo que influyó para que mejorara el trato dado a Artigas por el Presidente López.

Anteriormente el Presidente Rivera había tratado el regreso del primero a su patria y la prensa de Montevideo apoyó calurosamente la idea; y el coronel Fortunato Silva, con el comandante Albín fueron encargados de su traslado, pero los acontecimientos políticos de entonces impidieron cumplimentar el propósito.

En 1846, cuando la expedición anglo-francesa llegó a Asunción, viajó en el «FULTON» un hijo de Artigas, con el doble propósito de ver a su padre y traerlo a su país, aprovechando la generosa oferta del comandante del mencionado buque inglés; pero el viajero guerrero que vivía de la caridad del Presidente López, y contando por único asistente con el leal Ansina, padecía de una erupción y montaba diariamente a caballo para ir a tomar su baño, conservaba como una reliquia el ejemplar de la Constitución de 1830 que le había regalado Bompland.

Al oir la proposición, dijo a su hijo: «Quisiera volver a nuestro país, verlo antes de cerrar los ojos para siempre; pero me siento sin fuerzas para hacerlo; y además, yo no debo salir de aquí «sin ser llamado por el Gobierno y conducido como corresponde a mis antecedentes y al honor del pueblo Oriental».

A instancias de su hijo condescendió en pasar a Corrientes, cuyo gobierno estaba dispuesto a brindarle hospitalidad, que impidieron acontecimientos posteriores.

El 23 de septiembre de 1850 falleció a la edad de 86 años, asistido en sus últimos momentos por Ansina, a pesar que éste le aventajaba en 4 años la edad. Su entierro fué efectuado por orden de López, en la mejor forma posible; siendo sus restos depositados en el tercer sepulcro de la línea Nº. 26, del Cementerio General de la Recoleta, habiendo echado el responso de práctica el sacerdote Cornelio Contreras, que fué el mismo que extendió el 21 de septiembre de 1855 el certificado de exhumación, cuando el Dr. Estanislao de la Vega, decano del Tribunal de Justicia, recibió en nombre del Gobierno Oriental los restos de Artigas, embarcándolos en aquella fecha en el vapor nacional «URUGUAY», que llegó a Montevideo el día 25 del mismo mes y año.

Fuente Consultada:
Biografías Argentinas y Sudamericanas – Jacinto Yaben – Editorial “Metropolis”

 

Biografía de Marco M. de Avellaneda

Biografía de Marco M. de  Avellaneda

Nació en la ciudad de Catamarca el 18 de junio de 1813, siendo sus padres don Juan Nicolás de Avellaneda y Tula, y doña Salomé González. De pocos años pasó a la ciudad de Tucumán, volviendo después a la de Catamarca a estudiar latín bajo la dirección de un distinguido profesor eclesiástico que se complacía en reputarle el más aventajado de sus discípulos, pues a la edad de 9 años, le eran conocidos ya los clásicos latinos, que traducía con notable facilidad.

Demostrando una inteligencia precoz y dotes especiales por el estudio, Avellaneda fue comprendido en el grupo de jóvenes que por disposición del Presidente Rivadavia y costeados por el Estado, vinieron a estudiar a la Capital. Cursó en las aulas del Colegio de Ciencias Morales ingresando después en la Facultad de Derecho, en la que se graduó de abogado en 1834.

marco de avellanedaFueron sus compañeros de colación: Lusebio Agüero, Gregorio Alagón, Francisco S. Antuña, Juan María Gutiérrez, Manuel Mansilla, Olegario Morón, Marcos Paz, José María Reybaud, Juan M. Thompson y Estanislao Vega. Fue su padrino de colación, el Dr. Mauricio Herrera, habiendo tenido lugar el acto el 5 de mayo de 1834.

Dotado de palabra fácil y persuasiva, a medida que enriquecía su espíritu en los libros, Avellaneda se hacía notar por su singular elocuencia excitando el entusiasmo y la admiración de sus condiscípulos que le llamaban «Marco Tulio Cicerón». Empezó por escribir en algunos periódicos en 1833, durante el gobierno del general Juan Ramón Balcarce; fue co-redactor de «El Amigo del País», diario opositor a Rosas.

Algún tiempo después, la influencia del Dictador arrastraba a las cárceles y pontones mucha juventud distinguida: advertido, el joven Avellaneda resolvió regresar a Tucumán. Por su talento e ilustración estaba destinado a ocupar los más altos puestos compatibles con su profesión: fue presidente del Tribunal de Justicia y Presidente de la Legislatura.

Pero su espíritu elevado y generoso no podía permanecer indiferente a los males que azotaban a la Patria, desangrada y oprimida por la dictadura y los caudillos.

Realiza activa propaganda política contra el caudillo local general Alejandro Heredia, el que trata de reprimir la propaganda de Avellaneda; pero el pueblo se subleva; Heredia sale de la Capital y marcha a Lules y en el camino es asesinado por el comandante Gabino Robles, el 12 de noviembre de 1838. Este asesinato fue la señal para que las provincias de Salta, Tucumán y Jujuy se sublevasen contra Rosas, al que retiraron la representación exterior del país.

En el mismo año tres gobernadores se suceden en Tucumán. El 7 de abril de 1840 ocupa la silla de gobierno don Pedro Garmendia, el cual designa a Avellaneda su ministro general, el que se multiplica en su propaganda como tribuno, como periodista, como hombre de Estado. Consiguió que la provincias de Catamarca, La Rioja y Córdoba formaran parte de la Coalición del Norte, aliadas a las provincias de Salta, Tucumán y Jujuy. Al ocupar el general Lamadrid el gobierno de Tucumán, Avellaneda continuó desempeñando el ministerio general.

El 21 de agosto de 1840 se inauguró el Congreso de agentes con gran solemnidad, haciendo el pueblo demostraciones de júbilo que nos dejó satisfacción completa, dice el agente de Salta, don Juan Antonio Moldes, en su carta a su gobernador. La primera cuestión que decide el Congreso es afirmar su carácter constituyente, no obstante que no debió tener otro fin que formalizar el pacto de alianza: el 24 de septiembre suscribía este último, en el cual se resolvió nombrar al general Tomás Brizuela general en jefe de las fuerzas militares de la Coalición, elección muy poco acertada, por ser este un soldadote incapaz de imprimir ninguna actividad a las operaciones.

Avellaneda se hace militar: se pone al frente de las milicias tucumanas y contiene a Ibarra que pretendía invadir la provincia de Tucumán. El 23 de mayo de 1841, al salir el general Lamadrid a campaña, Avellaneda quedó a cargo del gobierno de la provincia, contribuyendo poderosamente con su activa gestión a la formación del pequeño ejército con el cual el general Lavalle dio a Oribe la batalla de Famaillá o Monte Grande, el 19 de septiembre de 1841, a la que asistió el doctor Avellaneda.

Después de la derrota, salió del campo de batalla acompañado por dos sirvientes, en dirección a la estancia del Raco, en la provincia de Tucumán, con el objeto de tomar caballos para seguir viaje a Bolivia.

Antes de llegar a aquel punto, se le incorporaron los coroneles Aquino, Hornos y Vilela, con algunos soldados, los dos primeros con la intención de alcanzar al general Lavalle. Al llegar a San Javier, supo Avellaneda que estaba allí el general Lavalle y entonces ordenó a uno de sus sirvientes que hacía de baqueano que cambiase de camino por no encontrarse con él y, en el mismo momento de haber efectuado esto, se le separaron Aquino y Hornos con todos sus soldados y Avellaneda prosiguió su marcha a Raco, donde renovó sus caballos, prosiguiendo su marcha para Jujuy por la Pampa Grande.

A 2 ó 3 leguas más al N. de este punto, el 26 de septiembre se encontró con el capitán Gregorio Sandoval, de la escolta de Lavalle, el cual lo tomó preso, conjuntamente con Vilela y algunos oficiales más, el cual los entregó a Oribe: éste ordenó al coronel Mariano Maza formase consejo de guerra a Avellaneda, el cual lo condenó a muerte, siendo ejecutado en Metan, el 3 de octubre de 1841 y su cabeza cortada y expuesta en la plaza de Tucumán, clavada en una lanza: a los 15 días, doña Fortunata García logró que el coronel Carballo, jefe de la plaza, le entregase la cabeza del mártir, a la que dio piadosa sepultura, después de lavarla y perfumarla con sumo cuidado.

Cuarenta años después se levantaba en el Cementerio de la Recoleta el monumento a su memoria, en el cual el procer está representado de cuerpo entero.

Biografía de Miguel de Azcuenaga Militar de la Primera Junta de Mayo

Biografía de Miguel de Azcuénaga

Nació en Buenos Aires el 4 de junio de 1754, siendo sus padres don Vicente de Azcuénaga y doña Rosa de Basabilbaso, el primero español y la segunda porteña y ambos de posición social y riqueza. Enviado a España en su más tierna edad, inició sus estudios en Málaga y los prosiguió en la Universidad de Sevilla, regresando después de 10 años a su ciudad natal.

Al año siguiente regresó a España encargado de una negociación que manejó con destreza y completamente del agrado de sus progenitores. El 6 de agosto de 1773 iniciaba su carrera militar, siendo dado de alta como subteniente de artillería, prestando servicios en la guarnición de Buenos Aires.

Cesó en sus funciones bélicas en 1777 después de la rendición de la Colonia del Sacramento, año en que fue nombrado Regidor del Cabildo de Buenos Aires, cargo que ejerció a satisfacción de sus ancianos colegas.

En 1781 encontrábase España en guerra con Inglaterra, y por esta causa se temía en Buenos Aires un desembarco de tropas británicas, razón por la cual se establecieron varias baterías entre las cuales una de 4 cañones de 24, que se puso al mando de Azcuénaga, cesando este servicio al firmarse la paz entre la Península y la Gran Bretaña.

En aquella época el Cabildo le nombró alférez real y en 1789 alcalde de segundo voto. Desde 1790 hasta 1794 fue procurador síndico general, actuando en este cargo eficazmente en pro del progreso edilicio de la capital del virreynato.

Emprendió la obra del empedrado de la ciudad, llegando a lograr el empedrado de 36 cuadras de Buenos Aires, obteniendo para tal efecto una contribución de 8000 pesos, del virrey Arredondo, mediante el aporte del vecindario a razón de medio real por vara lineal de frente.

La piedra empleada fue conducida de Martín García y de la Banda Oriental. En 1795 enviaba al virrey don Pedro Melo y Portugal, una nota en la que expresaba: «Animado de la manifiesta dedicación con que V. E. entre «otros benéficos asuntos cuida del adelantamiento de la gran obra del empedrado de esta capital, tan importante a la salud y conveniencia pública, «he creído accesible la gracia de que V. E. se digne destinar una o dos corridas de toros en favor de mi encargo de tesorero del empedrado» . Tal demanda fue acordada, y Azcuénaga después de abonar el empedrado de las 36 cuadras, devolvió la suma de 4600 pesos de la cantidad recibida.

El virrey Melo, el 2 de noviembre de 1796 le otorgó el mando de las milicias disciplinadas de Buenos Aires, con el empleo de teniente coronel, desempeñando este puesto hasta la paz de 1802 y en el intervalo, el Rey le discernió el grado de coronel, con fecha 15 de agosto de 1801.

Tanto en el desempeño de su cargo de procurador síndico general, como en este mando militar, el coronel Azcuénaga dio muestras acabadas de su desprendimiento y noble patriotismo: durante la larga tarea del empedrado de la ciudad, donó 500 cabezas de ganado vacuno para el consumo de los que trabajaban en las canteras de piedra de la isla de Martín García y mientras desempeñó la jefatura de las milicias de infantería de la capital, dejó a beneficio del Regimiento todos sus sueldos que importaban más de 12.000 pesos plata.

El 24 de marzo de 1802 fue nombrado coronel comandante del Batallón Voluntarios de Infantería Buenos Aires. Cuando el ataque a la ciudad por las fuerzas británicas del general Beresford, en 1806, el coronel Azcuénaga a la cabeza de 400 voluntarios urbanos, se mantuvo por espacio de 20 horas defendiendo el puente de Gálvez. En la acción reveló coraje, decisión y energía y tuvo la hidalguía después del efímero triunfo de Berresford, de excusarse de prestar juramento de fidelidad al general británico. En 1807 participó en la defensa de Buenos Aires contra las tropas de Whitelocke.

En la sociedad de Buenos Aires, Azcuénaga fue un elemento ponderado y prestigioso. Al producirse la «Representación…» de Mariano Moreno, en demanda del libre comercio, el tema fue debatido por una junta designada al efecto por el virrey Cisneros y constituida por «magistrados celosos, jefes inteligentes, vecinos de recomendada probidad» y totalizada por 24 personas, entre las cuales se contaba el coronel Azcuénaga. Dicha Junta aconsejó al Virrey la reglamentación del comercio libre, lo que fue decretado, aunque desechando una buena parte del articulado propuesto por Moreno .

En la época inmediatamente anterior al movimiento de mayo, Azcuénaga se distinguió por su decisión por la causa de la libertad, revelándose patriota y en su casa, frente a la Plaza de la Victoria, tanto como la de Rodríguez Peña, tan recordada por los historiadores, fue uno de los focos activos de la propaganda revolucionaria y posiblemente, del viejo salón de reuniones de la casa de Azcuénaga, partiera Beruti con la lista inmortal de los miembros de la Primera Junta Gubernamental de las Provincias Unidas del Río de la Plata, designada por voluntad popular.

Miembro del Cabildo abierto del 22 de aquel mes glorioso, su voto es uno de los pocos que contienen una fórmula tan importante como la de proponer la covocación inmediata de las provincias para resolver sobre el porvenir del país y la formación de un nuevo gobierno, y que en el intervalo asumiera la dirección el Cabildo. Azcuénaga era uno de los miembros de aquella asamblea popular que mejor comprendía el problema del país y los medios más convenientes para resolverlo.

El pueblo votó su nombre para formar parte de la Junta de gobierno que presidió don Cornelio Saavedra. En su casa se mantuvieron constantemente reunidos los miembros de la Junta de los Siete o del Club Patriota y allí se acordó la representación del pueblo dirigida al Cabildo y que French, Beruti, Chiclana y otros caudillos del barrio hicieron firmar en la noche del 24 al 25, recorriendo los domicilios de los vecinos principales.

Su actuación en la Primera Junta parece que estuvo en concordancia con el pensamiento y acción de Mariano Moreno, siendo uno de los trágicos episodios del mismo, el fusilamiento de Liniers y de los demás conjurados de Córdoba, en Cabeza del Tigre, en agosto de 1810. No obstante esto, en muchos otros puntos se mostró Azcuénaga mucho más conciliador que Moreno.

La vigorosa personalidad de aquél se puso en relieve en el fundamento de su voto en el dramatice pleito de la incorporación de los diputados del interior a la junta gubernativa . A su juicio, la medida contrariaba el derecho y daría ocasión a terribles males, pero podían más en su ánimo las solicitaciones de la armonía nacional. Había que sacrificarse «en obsequio de la unidad y de la política», si la actitud intransigente de Moreno era la de un profeta, el espíritu conciliador de Azcuénaga revelaba la discreción de un estadista práctico.

Proelucida la incorporación de los diputados, Mariano Moreno renuncia al cargo y entonces se encarga de una misión diplomática, en cuyo desempt ño muere en el mar, en viaje a Inglaterra. En el voto por la incorporación de ios diputados, Azcuénaga estuvo en disidencia con Moreno en homenaje a la unidad del país, pero desaparecido este último de la escena, Azcuénaga en todos sus actos ulteriores reveló seguir la tendencia del patriota desaparecido .

A raíz de aquel suceso, la Junta alejó a Azcuénaga de la capital, enviándolo a la campaña de la provincia de Buenos Aires como vocal-comisionado para reclutar tropas y comprar armas y caballos. Desempeñó su comisión en el Norte y llegó hasta el Rosario. Dueño Azcuénaga de cuantiosa fortuna, hizo desembolsos en compras de armas, sin reintegrarse de esas sumas que dejó a favor del Estado.

La Sociedad patriótica, donde podría decirse que se había refugiado el espíritu de Mariano Moreno, era el centro de oposición a la Junta. Ello motivó el golpe de Estado del 5 al 6 de abril de 1811, en el cual el Gobierno apoyándose en las fuerzas militares y en una parte del pueblo reunido por el alcalde de las quintas, decretó una serie de medidas dictatoriales destinadas a cruzar la política opositora de la Sociedad Patriótica y a consolidar su propia autoridad.

El  12 de Enero de 1812 el  Triunvirato lo  designa como  Gobernador-Intendente de Buenos Aires, en 1816 a ocupar la jefatura del Estado Mayor General y, en 1817, la presidencia de la Comisión de Guerra. En 1828 el gobernador Dorrego lo nombró conjuntamente con el almirante Guillermo Brown y el general Tomás Guido para practicar el canje de las ratificaciones de la convención de paz celebrada con el imperio del Brasil y para dar cumplimiento a tal decreto, debió trasladarse a Montevideo, siendo ya un anciano venerable.

El 19 de diciembre de 1833, cuando le faltaban pocos meses para cumplir los 80 años, fallecía en su quinta de Olivos, que fue la base de la actual residencia presidencial, siendo miembro de la Cámara de Representantes de Buenos Aires. Nada tan justo como el juicio de sus contemporáneos al llamarle «buen ciudadano, militar honrado, hombre compasivo y benéfico, amigo de sus hijos, padre de los desvalidos y ejemplo recomendable de todas las virtudes civicas y dmoesticas»

Fuente Consultada:
Biografías Argentinas y Sudamericanas – Jacinto Yaben – Editorial “Metropolis”

Biografía de Berón de Astrada Genaro Historia de Corrientes

Biografía de Berón de Astrada

Nació en la provincia de Corrientes a fines del siglo XVIII. Inició su carrera militar en 1826, sentando plaza como subteniente de artillería y ascendiendo gradualmente hasta ostentar en 183 7 la jerarquía de teniente coronel de Granaderos a Caballo de las milicias correntinas. No había participado en ninguna campaña fuera de la provincia con excepción de la de Entre Ríos, en 1831 careciendo, por lo tanto, de la escuela que da la práctica de la guerra, mereciendo, sin embargo, las simpatías de la tropa veterana por su dedicación asidua al servicio, y la del pueblo, por sus condiciones morales y por su vinculación de familia y sólidas amistades.

Baron de Astrada General Correntino

Estaba en íntimo contacto con la clase más distinguida de Corrientes, siendo Berón de Astrada, Ferré, Madariaga y Tiburcio Rolón, los únicos representantes de aquella en la milicia correntina.

A pesar de la medianía de Berón de Astrada, no había en su provincia uno mejor para substituir al gobernador coronel Ramón de Atienza, fallecido a fines de 1837, en el departamento de Curuzú-Cuatiá. Ferré se había atraído el rencor de Rosas, lo que eliminaba aquella candidatura.

Berón de Astrada desempeñaba en aquellos momentos la comandancia general de las fuerzas que guarnecían la frontera del río Uruguay. La Sala de Representantes lo designó interinamente el 14 de diciembre de 1837 y el Congreso general ratificó su nombramiento el 15 de enero de 1838 para completar el período de Atienza, ascendiéndolo al mismo tiempo al rango de coronel.

Con esta designación triunfaron los desafectos a Atienza: Berón de Astrada no era un hombre capacitado para el manejo de los negocios públicos; carecía de talento y su instrucción no excedía a la de la generalidad de las personas cultas. Profesaba las ideas del general Ferré, siendo su amigo íntimo. Berón de Astrada prestó su conformidad a los actos de Rosas, en la cuestión de Francia, y a la protección armada que dio a Oribe, «en razón, explicó después en su manifiesto del 28 de febrero de 1839, de «que no podía dejar de contemporizar con él por el estado de la Provin-«cia, y de negarse a la condescendencia, se aventuraba a hacerle sufrir todo «el peso de una guerra desastrosa».

El gobernador de Santa Fe, don Domingo Cullen, despachó cerca de Berón de Astrada a don Manuel Leiva, ex-ministro de Ferré. La sola marcha de Leiva intranquilizó a Echagüe, gobernador de Entre Ríos, pues eran conocidas las ideas del personaje; fue pública su estrecha amistad con los políticos correntinos y su intimidad con Cullen. Leiva iba a tratar de obtener la alianza de las dos provincias, a fin de propender a un cambio depolítica o de situación, en la de Entre Ríos, para que las tres, y la de Córdoba, cuya adhesión se pensaba conseguir, impusieran a Rosas otra orientación en los asuntos públicos o resistieran su dictadura.

Leiva fue recibido lo mejor posible para el desempeño de su cometido, pero la correspondencia que cambió Berón de Astrada con Cullen fue interceptada por Echagüe, que se apresuró a enviársela a Rosas, como prueba de la traba que se preparaba. En Corrientes la negociación se había tratado con impenetrable secreto.

Cullen fue obligado a huir. Pero en aquellos meses el general Rivera logró derrotar a Oribe y asumió la dirección política de la República Oriental.

Entretanto, el Dictador autorizó al gobernador de Entre Ríos para que invadiera la provincia de Corrientes para castigar a Berón de Astrada por su traición. Echagüe trató de emplear la intriga en Corrientes, especialmente entre los jefes, sobre todo con el general Ferré y el coronel Vicente Ramírez, pero no logró su objeto. Empleó Echagüe medios agresivos contra Berón de Astrada, tales como detención de correos, colocación de fuerzas sobre el Guayquiraró y el Mocoretá y se utilizaron intimaciones atrevidas.

Berón de Astrada resolvió obrar con energía y en ello radica su gloria: triunfó la solución guerrera. Reunió en su campamento de Abalos las tropas veteranas y de milicias que constituyeron el primer Ejército Libertador y en el cual se encontraba el guerrero de la independencia coronel Manuel Olazábal, quien dirigió todo lo relativo a organización y disciplina, siendo notable la escasez de oficiales con alguna instrucción y el armamento poco y no nuevo. Olazábal también fue comisionado para tratar una alianza con Rivera, en Diciembre de 1838, y el 31 del mismo mes firmó en Montevideo un tratado por el cual Berón de Astrada pondría 5000 hombres y el presidente oriental 2000.

El 22 de enero de 1839 el congreso correntino acordó al gobernador las facultades solicitadas y un crédito de 50.000 pesos fuertes para la guerra contra Rosas. El 31 de diciembre anterior, Berón de Astrada había asumido el mando del ejército concentrado en Abalos, fuerte de 5000 hombres, de los cuales sólo 400 eran infantes y poco más de 50 artilleros, mandados por el coronel Tiburcio Rolón, «el tipo más distinguido de «todo el ejército, —según Mantilla—, por su hermosura, su gallardía, su «educación y su fortuna». La caballería la mandaba el coronel Olazábal.

El 4 de marzo levantó su campamento de Abalos, permaneciendo algunos días en el Chañar y a fines de Marzo avanzó hasta el Mocoretá, sin salir de la jurisdicción de Corrientes, porque Echagüe se había aproximado a la frontera. Según el plan acordado con Rivera, las tropas orientales y co-rrentinas debian operar simultáneamente para estrechar a Echagüe y ponerse a cubierto de un contraste.

La situación del ejército correntino lo habilitaba para las operaciones en todo momento, no así la del oriental, que debía aproximarse a la costa del Uruguay y vadearlo para penetrar en Entre Ríos. Berón pidió insistentemente a su aliado que se pusiera en la aptitud acordada en el tratado, mientras él avanzó hasta la frontera de Entre Rios.

El 30 de marzo acampó Echagüe en el arroyo Basualdo, a pocas leguas del enemigo. Berón de Astrada se mantuvo quieto en la esperanza de que Rivera cumpliría sus compromisos, llamando la atención de los federales por la retaguardia, con unos 1500 jinetes, pero el aliado no dio señales de vida.

Echagüe, amenazado de hallarse entre dos fuegos, aprovechó la inacción de Rivera y se lanzó sobre Berón de Astrada, el 31 de marzo. Su ejército sumaba 6000 hombres y se movió del arroyo Basualdo en tres columnas paralelas, mandando la derecha Urquiza, la del centro Servando Gómez y el propio Echagüe la de la izquierda. A poco de marchar, tropezó con las avanzadas correntinas que se replegaron sobre el grueso del ejército con precipitación y en desorden. Echagüe las siguió con marcha acelerada y a las 3 leguas enfrentó al ejército de Berón de Astrada, formado en línea de batalla en el distrito de Pago Largo.

Echagüe detúvose a prudente distancia para tomar el orden de combate en la misma distribución que habían avanzado. Los correntinos impacientes, no esperaron el ataque y tomaron la iniciativa con brío, cuidando de mantener la cohesión. Tropas nuevas como eran, fiaban más en el entusiasmo y el valor del que se sentían animadas, que en el poder de la disciplina.

Su empuje fué detenido durante algunos minutos se batieron ambos bandos con igual empeño, dominando sin embargo, con sus fuegos el centro libertador, formado por los granaderos a caballo, la infantería y la artillería y en el cual se hallaba Berón de. Astrada. La cobardía de un jefe que abandonó su puesto, según unos; la superioridad militar de Urquiza, según otros; y el orden de sus tropas, produjo la derrota de la izquierda correntina, a la que luego siguió la derecha. Sin embargo, el centro permaneció sin conmoverse, peleando con imperturbable energía contra todo el ejército federal, y sucumbió, muertos o prisioneros sus defensores, después de una valerosa resistencia. Berón de Astrada fue muerto en el combate, a lanza, y Tiburcio Rolón degollado en el acto de caer prisionero.

Sobre el campo de batalla perecieron 1900 correntinos y otros 800 fueron degollados después de haber caído prisioneros. Del cadáver de Berón de Astrada se sacó una lonja para manea, al uso de los indios salvajes en sus guerras, y asevera la tradición, que confeccionada la manea fué regalada al general Urquiza. Muchos la vieron y afirman que su dueño la conservó como un recuerdo glorioso de aquel espantoso día de barbarie y sin igual carnicería.

Fuente Consultada:
Biografías Argentinas y Sudamericanas – Jacinto Yaben – Editorial “Metropolis”

Biografía de Pedro Castelli Coronel de la Conjuracion de Maza a Rosas

Biografía del Coronel Pedro Castelli

Nació en Buenos Aires en 1801, siendo sus padres el Dr. Juan José Castelli y doña María Rosa Lynch. Inició su carrera militar como cadete de la 2.a compañía del 1er. escuadrón del Regimiento de Granaderos a Caballo, en cuyo carácter tomó parte en el combate de San Lorenzo, el 3 de febrero de 1813, donde recibió su bautismo de fuego. El 4 de diciembre del mismo año fue ascendido a teniente.

El 15 de febrero del año siguiente, nombrado capitán de la 1.a compañía del Batallón de Cazadores, concurre al sitio de Montevideo hasta la capitulación de la plaza, el 23 de junio de aquel ano, mereciendo la condecoración otorgada a los vencedores por el Supremo Gobierno. Tomó parte en la lucha contra Artigas en la Banda Oriental.

pedro castelli

De regreso, se hallaba acantonado en Olivos, cuando Alvarez Thomas, que mandaba aquellas fuerzas, recibió orden de marchar contra las montoneras en Santa Fe. Fue uno de los firmantes de la famosa Acta de Fontezuelas, por medio de la cual los jefes y oficiales de aquel ejército se rebelaron contra el Director Supremo Alvear, derrocándolo.

El 24 de septiembre de 1815 fue designado capitán de la 2a. compañía del 1er. escuadrón de Granaderos de Caballería del Supremo Gobierno. En noviembre de 1818 era capitán del Regimiento «Húsares de la Unión». Participó de Tas vicisitudes de los años 1818 a 1820, luchando contra las montoneras de Estanislao López y Francisco Ramírez, habiendo sido graduado sargento mayor el 14 de octubre de 1818 y recibiendo la efectividad de este empleo el 12 de enero de 1820, en el Regimiento 19 de Lanceros, cuerpo del cual obtuvo su licencia absoluta el 20 de abril del mismq año.

En 1823 se acogió a la ley de reforma con el empleo de sargento mayor de caballería. Fue uno de los jefes firmantes de la intimación del general Soler al Cabildo de Buenos Aires, hecha desde Lujan, el 11 de febrero de 1820.

Retirado del servicio militar, se dedicó a los trabajos rurales en el ramo ganadería, administrando cerca de 7 años la estancia «La Esperanza» (en el Divisadero de los Montes Grandes) de la casa Zimmermann y Cía., hasta que vendida a la razón social Sánchez y Cía., fue a regentearla don Martín Serna.

Castelli protegido por su amigo don Manuel Campos pudo adquirir la pequeña estancia que poseía en la remota sierra del Volcán, formando con su dedicación y trabajo, un capital propio; y esta circunstancia unida a las dotes de su carácter franco y generoso, a la par de sus méritos militares, le dieron ascendiente y popularidad entre los habitantes del S. de Buenos Aires.

Cuando en 1839 los hacendados del Sud resolvieron hacer un movimiento revolucionario para derrocar a Rosas, eligieron a Castelli como jefe militar. Este acto subversivo debió tener lugar en combinación con la conjuración Maza en Buenos Aires y cuando esta fracasó, los dirigentes del Sur de Buenos Aires instaron al general Lavalle para que se trasladase de la Isla de Martín García, a la costa sur de Buenos Aires y tocase tierra en la Laguna de los Padres, donde lo esperarían con una buena escolta.

Lavalle había resuelto cumplir este pedido, pero las insinuaciones de muchos de sus compañeros, lo llevaron a seguir su destino por Entre Ríos y Corrientes, para iniciar desde allí la cruzada libertadora.

Los del Sur de Buenos Aires quedaron librados a sus propios recursos y Castelli, designado general por los revolucionarios, logró reunir cerca de 2000 hombres en Dolores, el 5 de noviembre de 1839; y otro grupo numeroso en Chascomún.

El 7 de aquel mes, eran completamente derrotados en la batalla de este último nombre librada contra las fuerzas de los jefes rosista, don Prudencio Ortiz de Rozas y don Nicolás Granada. Los revolucionarios perdieron más de la mitad entre muertos, heridos, prisioneros y dispersos, retirándose el resto al Sur en buen orden, gracias a la serenidad y resolución del comandante Rico, el que pudo embarcarse en el riacho de Ajó y llegar a Montevideo.

El jefe militar Pedro Segundo Castelli cayó en manos de los federales durante la persecución; y degollado por el miliciano Juan Duran, fué remitida su cabeza al comandante militar de Dolores para que la hiciera colocar en una pica en la plaza, como se cumplimentó «en el extremo de un madero de 5 metros de altura y allí permaneció siete años» («La Batalla de Chascomús», por Juan B. Selva).

Fuente Consultada:
Biografías Argentinas y Sudamericanas  – Jacinto Yaben – Editorial «Metropolis»

Historia Primeras Escuelas en Santa Fe Colegios y Profesores

LA EDUCACIÓN EN SANTA FE: PRIMEROS COLEGIOS Y PROFESORES

La Educación (1862 – 1890)
La cuestión educativa tuvo un sitio de importada en el programa político de los gobiernos provinciales entre 1862 y 1890; pero para ser justos en el análisis, debe decirse que las reformas educativas se iniciaron en 1853, y para 1857, ya existían en la provincia, 21 escuelas gratuitas.

En materia legislativa, debe considerarse en primer lugar la ley de 1866, que estableció la obligatoriedad de la instrucción primaria; quedó en ella esbozado el gran objetivo de este programa: «que uno de los principales deberes del gobierno es el de fomentar, por todos los medios posibles, la enseñanza primaria de la juventud y propagarla en todo el territorio de la provincia, encaminándola convenientemente a entrar en la carrera literaria b de las artes e industrias».

primeras escuelas en santa fe

Ante la necesidad de satisfacer los requerimientos en materia de enseñanza secundaria, la provincia contó con el aporte de la gestión privada. En Rosario se abrió, en 1855, el primero de estos institutos a cargo de los profesores Laurino Puentes y Julio Bosch; luego el de Manuel Tristany y José Niklison y en 1856 el de Domingo Podestá y Francisco Saloni, con un plan de estudios humanístico y confesional. En 1860, surge la Escuela del Progreso, del Profesor M. Durand Sabayat, y en 1863 se inauguró el Liceo y Escuela de Artes y Oficios. Un relevamiento realizado en 1866, dio cuenta de la existencia de 12 colegios particulares.

En la ciudad de Santa Fe, 1861, se firmó un contrato entre el gobierno provincial y La Compañía de Jesús por el cual se acordó la reinstalación del Colegio de la Inmaculada Concepción. Esta decisión fue apoyada por todos los grupos políticos y el pueblo en general contribuyó económicamente para que fuera una realidad. Esta institución creció rápidamente en cantidad de alumnos y docentes y en fama, la que superó los límites del país, atrayendo a jóvenes uruguayos. La excelencia de la formación filosófica y científica con que egresaban los alumnos del Colegio, produjo cambios en todos ios órdenes de la cultura, la política y la justicia de Santa Fe.

La ley que se dictó en materia educativa en agosto de 1874, tuvo dos finalidades fundamentales; la primera, crear un verdadero sistema de normas y organismos destinados a la programación, la administración y control del servicio; y la segunda, a prever los recursos que lo sostendrían.

En el primer caso, aparecen los inspectores, las comisiones escolares con participación de los vecinos para mejorar la educación, y reiteró la condición de obligatoriedad y gratuidad de la enseñanza, estableciendo el contralor y las penas para los padres o patrones que no cumplieren con ella. En 1876 se dio una reglamentación para el funcionamiento de las escuelas. Una nueva ley de 1884, reformuló las obligaciones de los estamentos que integraban el sistema educativo y creó el Consejo de Instrucción Primaria, para que ejerciera la conducción del mismo.

En noviembre de 1886, una nueva ley de educación común replanteó los temas inherentes a ella, con interesantes consideraciones sobre la enseñanza moral y religiosa, así como respecto de los establecimientos privados que funcionarían en el ámbito provincial.

La presencia de la escuela pública en las colonias había sido especialmente prevista en las normas sobre colonización, disponiendo que se prevea la escuela a partir de la traza misma de ia colonia, con la donación del terreno para edificaría, y, tras dos o tres años de existencia de la colonia, se creaba un cargo de maestro o preceptor que iniciaba la institución. La escuela cumplió así un papel fundamental en la integración de los colonos extranjeros, fue un aglutinante cultural entre los diversos grupos étnicos que poblaban por aquellos tiempos el territorio santafesino. Permitió generar un marco básico de formación e información, uniformando la lengua y brindando un ámbito de vinculación entre las nuevas generaciones de esa sociedad embrionaria.

Al respecto merece señalarse la medida dispuesta por el Gobernador José Gálvez ante la necesidad de contar en la provincia con un número importante de maestros con formación pedagógica; consistió, en primer lugar, en organizar anualmente, entre enero y marzo, una Asamblea de todos los maestros dei estado en ía capital provincial, con el objeto de estudiar y resolver los problemas referidos ai magisterio. Este sistema de conferencias pedagógicas se hacía accesible a todos los docentes interesados ya que se les daba un sobresueldo para gastos de viaje.

Otra medida de interés en materia de docentes fue la de traer maestros españoles para que se desempeñaran en la provincia, teniendo en cuenta, además de la formación pedagógica, la lengua y los principios religiosos comunes.

En cuanto a los estudios terciarios, la primera experiencia se debió al interés del Gobernador Simón de Iriondo que promovió la creación, siendo ministro de gobierno Cabal, en 1868, de las cátedras de derecho, en las aulas del Colegio de la Inmaculada, ley que hacía realidad una aspiración de la comunidad santafesina.

En 1869 inició su marcha este ciclo para el cual se buscaron profesores de valía de otras provincias y se adquirió un valioso caudal bibliográfico para los estudiantes. En 1875 se obtuvo el reconocimiento de las llamadas Facultades Mayores en el orden nacional, con el cual se posibilitaba a los egresados de éstas el aspirar al título de doctor en las universidades del país.

En 1877 ya estaba la idea entre los gobernantes santafesinos de crear sobre la base de esta carrera de jurisprudencia, una universidad provincial, pero, en los años siguientes todo siguió igual, con los estudios de derecho en franco progreso. En 1884, el Ministerio de Instrucción Pública de la Nación, ejercido por el Dr. Eduardo Wilde, le retiró al Colegio de la Inmaculada la autonomía educativa de que gozaba y por un informe especial, retiró también el reconocimiento de los títulos obtenidos en el colegio Jesuíta, ofreciendo la alternativa de que los alumnos se sometan a un tribunal, igual que los de otros institutos privados. Ante ello el rector del colegio decidió cerrarlo, quedando las facultades mayores sin sustento.

Esta experiencia de educación superior en la Provincia de Santa Fe, junto con otros antecedentes en materia de educación secundaria confesional, muestran a la dirigencia política santafesina (como católicos profesos progresistas) que los cambios socioeconómicos y políticos de los tiempos que se vivían, no estaban reñidos con la tradición religiosa y la fe católica.

En 1889 el Gobernador José Gálvez volvió sobre la cuestión de los estudios superiores y creó la Universidad de Santa Fe, que inauguró sus actividades en 1890.

Fuente Consultada:
Nueva Enciclopedia de la Provincia de Santa Fe
Tomo I – SANTA FE – Ediciones Susamerica Santa Fe

Ley de Vagos y Malentretenidos Las Pulperias en el Virreinato

OBJETIVO DE LA LEY DE VAGOS Y MALENTRETENIDOS – PAPELETA DE CONCHABO

Ya en la épocas del Virreinato del Río de la Plata, la gente sin trabajo, que deambulaba por la ciudad mendigando o bien muchos de ellos pasando largas horas en pulperías jugando los típicos juegos criollos de la época, tomando alcohol y muchas veces terminando estos placeres lúdicos en riñas a muerte, era un verdadero problema social que también preocupó a los gobiernos post revolución de mayo. Siempre fue perseguido el vagabundeo y la llamada mendicidad ilícita, es decir, aquel «sano y vigoroso que pida limosna», castigando sobretodo a aquien portase algún tipo arma.

PULPERIA: Además de lugar de intercambio comercial, la pulpería fue un sitio privilegiado de interrelación social. En el interior de la pulpería se tocaba la guitarra, se jugaba a las cartas, se intercambiaban noticias. También era para muchos trabajadores un modo de subsistencia alternativo, ya que el pulpero, además de vendedor, muchas veces compraba los productos de trabajo rural que le ofrecían sus propios clientes.

La pulpería urbana, al menos en Buenos Aires, tiene su momento de auge entre las dos últimas décadas del siglo XVIII y las primeras tres del XIX. Posteriormente, la actividad es reemplazada por los almacenes, bares y cafés, que implican una especialización mayor de este tipo de actividad.

De esa manera, la pulpería pierde su carácter original de lugar exclusivo de encuentro e intercambio. Las fuentes indican cómo rápidamente se produce su desaparición en Buenos Aires.

En 1825 había más de 400 pulperías; en 1835 habían disminuido a menos de 100. Entre las razones de esta desaparición se halla la falta de respaldo de las autoridades.

En efecto, en 1788 el procurador general de la ciudad de Buenos Aires intentó prohibir la reunión de gentes y las audiciones de guitarra en las pulperías, para retrotraerlas a su función exclusivamente comercial.

Después de la Independencia fue la necesidad de controlar el alcoholismo y la delincuencia, como factores negativos que ayudaban a acrecentar la crónica falta de mano de obra, la justificación para limitar y desalentar esta actividad. (Fuente Consultada: Diccionario de Arquitectura en la Argentina, Estilos, Obras, Biografías, Instituciones, Ciudades)

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La ley de vagos y mal entretenido, era una ley que permitía al Juez de Paz controlar los salones de bailes, de juegos y diversión, como las pulperías, para arrestar a todos los presentes que no tenían trabajo ni residencia fija. Generalmente se consideraban vagos a los gauchos que vivían de la doma y yerra y que se desplazaban de estancia en estancia, cuando algún patrón los requería para ese tipo de servicio.

El juez iba acompañado de la fuerza pública, la policía de la zona,  y pedía inicialmente la «libreta de conchabo», (para demostrar que trabajaba en una estancia) libreta que nació durante la presidencia de Rivadavia  con fines de reprimir la vagancia y sumar mano de obra para el trabajo de las tierras, que el gobierno había entregado en alquiler a particulares.  La mala fama que tenía el gaucho se debía a su extrema libertad, ya que no concebía la vida sedentaria ni trabajar años y años bajo un patrón.

El testimonio de un juez de paz constituía prueba única y suficiente para calificar de “vago”, quien era castigado con la reclusión de dos a seis años en un alejado fuerte froterizo militar para luchar contra el avance del indio. Esos controles, estaba ubicados en lugares inóspitos, sin comodidades y muchas veces casi sin comida, pues los envíos de provisiones eran esporádicos y no aseguraban la alimentación de los soldados.

PAPELETA DE CONCHABO: Durante el gobierno de Rivadavia se solicitó un empréstito en Londres, por 1.000.000 de libras, con la firma Baring Brothers. Este empréstito, considerado la primera deuda externa argentina, se solicitó para financiar obras públicas (que no se realizaron).

La operación se concretó en 1824, pero el monto recibido (en su mayor parte, en letras) quedó reducido a 560.000 libras, luego de haberse descontado los intereses por dos años, las comisiones y otros gastos. Como garantía, se hipotecaron las tierras públicas. Luego de sucesivas suspensiones del pago de los intereses y de renegociaciones, el préstamo se saldó recién en 1904.

Con respecto a las tierras -inmovilizadas en manos del Estado como garantía de la deuda pública-fueron entregadas en enfiteusis (en alquiler) a particulares, por una renta o canon anual que, además de bajo, fue difícil de recaudar. Este sistema puso a disposición de comerciantes, ganaderos y funcionarios enormes extensiones de tierras, en forma casi gratuita. Ante la falta de mano de obra para trabajar esas tierras, el gobierno insistió en la legislación que exigía, con el fin de reprimir la vagancia, portar la famosa «papeleta de conchabo». [a los fines de demostrar que trabajaba formalmente bajo un patrón]

Antes de seguir sobre la «Ley de Vagos y Malentretenidos», es bueno leer lo que explica el historiador Gustavo Gabriel Levene en su libro Breve Historia de la Argentina, sobre la función e importancia de la pulpería en el virreinato del rio de la Plata.

Pese a su pobreza, las poblaciones, perdidas en la inmensidad del territorio, vivían; y esa vida, que muchas veces pudo parecer monótona desde el punto de vista de cada vecino, resulta animada cuando se abarca el conjunto de la sociedad y se colorea todo con la perspectiva del tiempo. Acaso nada mejor para evocar estas ciudades nuestras del siglo diecisiete, que hacerlo desde el observatorio más completo entonces existente: la pulpería, cotidiana encrucijada de hombres y de cosas…

Pulpería

La pulpería vendía vino, aguardiente, tabaco, yerba, azúcar, miel, jabón y muchos otros productos que hacen más amable la jornada. Sabiendo que el comercio de entonces era casi siempre contrabando, no puede extrañar el hecho de que, además de vender las mercaderías mencionadas, la pulpería negociara también con las que los criados esclavos sustraían a sus dueños… En la pulpería venían así a encontrarse el contrabando de los amos y el robo de los criados.

El de pulpero era oficio importante y provechoso… La prueba de ello es que les estaba prohibido establecerse como pulperos a los indios, los negros y los mulatos. En el siglo XVII aparecen, como pulperos de Buenos Aires, personajes importantes y gente distinguida de la ciudad… Pero no atendían ellos mismos el negocio, que por otra parte se obtenía por público remate de la concesión, debiéndose entregar como fianza la suma, para entonces elevada, de quinientos pesos.

[…] Se jugaba en todas partes toda clase de juegos. Desde comienzos del siglo XVI se había prohibido, en España y sus colonias, la fabricación y venta de dados. Pero los dados seguían rodando y haciendo con sus seis caras la fortuna o la mina de los jugadores. Se jugaba a los naipes, a la perinola, al sacanete… Se jugaba en las carreras de caballos, las cuales tenían una curiosa particularidad: para ganar la competencia no bastaba, como ocurre hoy, la pequeña diferencia de unos centímetros; el caballo triunfador tenía que llegar a la meta con tanta ventaja que debía verse luz entre su cuerpo y el de los demás caballos. Ya había entonces fulleros con barajas cortadas y dados cargados. Y también mujeres cómplices participaban de maniobras engañosas para atraer incautos…

[…] La pasión por el juego era tan grande en la sociedad colonial, que se llegaba a menudo al extremo de perderlo todo. En un testamento de 1623, una vecina declara «que su segundo marido jugó y consumió la plata de su dote: jugó una estancia y doscientas ovejas»…

[…] La pulpería fue lugar propicio para el intercambio de supersticiones. El paisaje de selvas, de montañas o de llanuras, según las regiones, con sus elementos vivos, plantas y animales, contribuía a crearlas. El lugareño no se sentía superior a la realidad circundante, pues no la dominaba. De ahí que las supersticiones expresaran, en cierto modo, el sometimiento del hombre a la naturaleza… La humanidad no había aprendido aún a enfocar el mundo visible de acuerdo con el punto de vista racional, que vino después. Sólo imperaba la superstición.

Respecto a la Ley de Vagos y Malentretenidos, en la  Colección El Bicentenario Fasc. N° 3 Período 1850-1869, en una nota de la Historiadora María Victoria Camarasa explica los siguiente:

Se considera vagos y malentretenidos a aquellas personas de uno y otro sexo que:

a) no tienen renta, profesión, oficio u otro medio lícito con que vivir;
b) teniendo oficio, profesión o industria no trabajan habitualmente en ella y no se les conocen otros medios lícitos de adquirir su subsistencia, y
c) con renta, pero insuficiente para subsistir, no se dedican a alguna ocupación lícita y concurren ordinariamente de juego, pulperías o parajes sospechosos.

Aparecen así dos tipos básicos de vagancia: los desposeídos de bienes que no tienen una ocupación lícita, y los que teniéndola llevan una vida de malas costumbres.

Además de esta clasificación inicial, también se tienen en cuenta algunos agravantes de esta condición. Por ejemplo, quienes entren en alguna oficina pública o casa particular sin el permiso respectivo; o quienes se disfracen o tengan armas, ganzúas u otros instrumentos propios para ejecutar algún hurto o penetrar en las casas.

Es importante distinguir que la persecución de los gobiernos es contra lo que se considera como mendicidad «ilícita», es decir, aquellos que piden limosna siendo sanos y vigorosos. Esto se debe a que existen también licencias de mendicidad y de pedido de limosnas para aquellos de los que se haya comprobado que no tienen la capacidad de ejercer ningún trabajo.

Ya desde la Baja Edad Media, las figuras del vago y del malentretenido tienen una antigua y arraigada presencia en la tradición jurídica española. Al igual que el resto de la normativa peninsular, esta concepción pasó a América durante la época de la conquista y la colonización. De hecho, vista como «tierra prometida», se esperaba que no llegaran al Nuevo Continente personas que pudieran poner en riesgo la salud moral de los habitantes americanos, y para ello se ejercían muy fuertes controles en los pocos puertos autorizados para enviar barcos hacia América.

Haciendo hincapié en el caso argentino, uno de los primeros gobiernos en reglamentar esta situación fue el de Martín Rodríguez y su notable ministro Bernardino Rivadavia en la Buenos Aires de principios de 1820. Este gobierno, el 18 de abril de 1822, promulgó un decreto sobre vagos y malentretenidos que, en la práctica, se constituyó en un eficaz instrumento para aumentar las filas del ejército. Esto se debió a que los aprehendidos eran destinados inmediatamente al servicio militar, incluso por un término doble al prefijado en los enrolamientos voluntarios.

Actualmente, la idea de los gobiernos provinciales es darles un apercibimiento e inducirlos a que en un plazo determinado de tiempo encuentren una ocupación útil a la que dedicarse.

El trasfondo de estos controles es que el vago, el ocioso y el malentretenido son vistos como figuras que atenían contra el orden moral de la sociedad y ponen en peligro la paz y la unión del país.

En nuestra campiña bonaerense, los vagos y malentretenidos están asociados con la figura del gaucho. Al irse extendiendo la frontera, corriendo al «salvaje», se fueron ganando importantes cantidades de tierras. Junto a la extensión territorial, un caudal de leyes novedosas hizo de los gauchos una nueva fuerza capaz de servir en la milicia, al mismo tiempo que sus tierras, generalmente de poca extensión y ubicadas entre grandes latifundios, iban pasando a otros dueños.

En estos últimos años, entre los sectores más pudientes de las sociedades citadinas argentinas se ha ido extendiendo un prejuicio. Ellos se refieren a que en los campos recorren infinidad de vagos y criminales famosos, que se asilan huyendo quizá por sus crímenes en otras provincias. Para estos sectores, esos individuos desconocidos hallan seguro albergue, techo y alimento, abusando de la hospitalidad en las campañas de nuestro país. Allí encuentran carne abundante y tienen un cuero para dormir, además de un lazo y un cuchillo para procurarse medios con que satisfacer sus vicios. La pregunta que se repiten constantemente es «¿para qué han de trabajar? Nadie los persigue, nadie inquiere de dónde son, de dónde vienen, de qué se ocupan ni adonde van…».

La intención de legislar este tema se ha extendido en las diversas provincias. En algunas ya comienzan a aparecer leyes que condenan al servicio de fronteras a todos los vagos y malentretenidos, los que en día de labor se encuentren habitualmente en de juego o tabernas, los que usen cuchillos o armas blancas, los que cometan hurtos simples y los que infieran heridas leves.

Pero al no existir un marco normativo bien establecido y definitivo, es común el surgimiento de divergencias acerca de cómo tratar a los vagos y malentretenidos. Por ejemplo, en la provincia de Santa Fe el encargado de la Jefatura Política, Nicasio Oroño, pide frecuentemente a sus superiores que le expli-citen qué hombres debía considerarse como vagos, ya que en el territorio que él controla sólo existían familias que si bien no tienen propiedades y medios de vida, se debía exclusivamente a su pobreza.

Fuente Consultada:
Colección El Bicentenario Fasc. N° 3 Período 1850-1869, Nota de la Historiadora María Victoria Camarasa

Pintores Epoca de Rosas Jovenes Romanticos Obra Artistica e Influencia

Pintores Época de Rosas – Influencia Pintores Extranjeros

Los jóvenes románticos: La llamada generación romántica estaba formada por jóvenes educados según el modelo europeo del siglo XVIII.

El romanticismo argentino tenía también elementos, liberales. Esteban Echeverría, Sarmiento, Juan Bautista Alberdi, Juan María Gutiérrez, Miguel Cané (p.), Marco Avellaneda, Vicente Fidel López, Pío Tedín, Antonio Aberastain, y muchos otros, endiosaron el pasado desde mayo de 1810 hasta los tiempos cercanos.

Quisieron que toda la realidad, a la que conocían mejor que los viejos unitarios, aunque menos que los federales prácticos, se ajustase a esquemas rígidos y preconcebidos.

En 1837, uno de esos jóvenes románticos, Esteban Echeverría, creó el Salón Literario‘, círculo que comenzó a nuclear a oposición a Rosas.

El 1838, el mismo Echeverría fundaría una sociedad secreta, dé carácter netamente político, llamada La Joven Argentina, conocida tradicionalmente como Asociación de Mayo.

Una comisión integrada por Echeverría, Alberdi y Juan María Gutiérrez redactó la doctrina de la Asociación; de este trabajo surgió más tarde el Dogma Socialista de Echeverría. La vigilancia de Rosas obligó a los miembros de esta sociedad a emigrar, en especial a Montevideo, donde siguieron conspirando contra el gobierno de Rosas.

Pintores de la época de Rosas (ampliar este tema)

El pintor argentino más importante de esa época fue Carlos Morel (1813-1894), quien nació en Buenos Aires y fue discípulo de Guth y Caccianiga.

Morel ocupa un lugar destacado en la historia del arte nacional por sus escenas de costumbres, litografiadas con el título de Usos y costumbres del Río de la Plata de 1844 y 1845. Condiscípulo de Morel fue Fernando García del Molino (1813-1899), nacido en Chile pero residente en Buenos Aires desde los seis años de edad.

Este realizó, en distintas épocas, varios retratos de Juan Manuel de Rosas, quien le dispensó protección.

García del Molino fue uno de los pocos artistas que tuvo entrada franca en la residencia de Palermo. Dejó una notable galería de retratos de personajes de la época de la Federación.

Otros pintores destacados fueron Eustaquio Carrandi (18181-878), Juan L. Camaña (1817-1877), Benjamín Franklin Rawson (1849-1871), Ignacio Báz (1814-1887), Bernabé Demaría. (18241910), y Gaspar Palacio (1828-1892).

Entre los artistas extranjeros que llegaron a las Provincias Unidas durante la primera mitad del siglo XIX, y pintaron escenas de costumbres, tipos autóctonos y personajes de la época, se destacan el francés Raimundo Moivoisin (1790-1870) y Juan Mauricio Rugendas (1802-1858), de origen alemán. Moivoisin residió en Buenos Aires hasta 1842 y luego siguió viaje rumbo a Chile.

Rugendas fue el pintor romántico más importante que trabajara en el país y en América. Arribó a Buenos Aires en 1845 y permaneció diez meses en la ciudad, pintando retratos y escenas de costumbres que figuran entre las obras más logradas de los artistas viajeros.

cuadro sobre romanticismo argentino

AMPLIACION DEL TEMA

PINTORES NATIVOS MAS DESTACADOS
FERNANDO GARCÍA DEL MOLINO (1813-1899). — Cronológicamente el primero de los pintores argentinos , fue García del Molino un pintor esencialmente miniaturista, careciendo de valor sus óleos por haberle faltado los medios materiales de aprendizaje y de museos, debiendo formarse bajo la dirección de los maestros venidos de Europa.

Adquirió nociones de dibujo en la Universidad guiado por don Pablo Caccianiga; luego, hacia 1830, empezó a practicar miniatura bajo la sabia dirección de Jean P. Goulu, teniendo Ocasión de admirar las primeras aguadas y litografías de Pellegrini.

Comenzó pintando en miniatura a su profesor de filosofía Doctor Diego Alcorta y de varios personajes importantes de la época.

Huésped asiduo de Palermo. nos dejó numerosos retratos de Rosas, desde el realizado en 1832, que lo representa ceñido con su uniforme de comandante, al de intimidad (1845), ya en plena edad madura, vistiendo un cómodo traje casero, y al de su vejez (1873?), en su dura condición de proscrito, aguda interpretación de alguna prueba fotográfica llegada a Buenos Aires.

Entre los demás personajes objeto de su pincel debemos citar la imagen de Facundo Quiroga, el «caudillo de la feroz hermosura», como lo llama Mitre; el de Doña Encarnación Ezcurra de Rosas, digna émula de su esposo; el expresivo estudio al lápiz del General don Félix Aldao, conocido por «El fraile Aldao», y el retrato al óleo del coronel don Joaquín Hidalgo, conservado en el Museo Histórico Nacional.

Dedicó su vida a la docencia artística, contando entre sus discípulos a Franklin Rawson. Falleció en Buenos Aires en 1899.

CARLOS MOREL (1813-1894). —Este pintor y litógrafo argentino nació en Quilmes, de padres españoles; compañero de García del Molino, tuvo también por maestros a Gouth y, en la Universidad, a Caccianiga.

El ejemplo de Pellegrini con sus «Recuerdos pintorescos y fisionómicos del Río de la Plata» orientó su vocación artística por lo vernáculo; fruto de ello fue su álbum litográfico, que tituló Usos y costumbres del Río de la Plata, que integra una serie de escenas campestres, entre las cuales se destacan: Una hora antes de partir (el mate), escena patriarcal de costumbres criollas; La media caña, otro episodio de viaje análogo; Peones troperos, un rincón del Mercado de Carretas, en que ocho figuras se espacian en torno al fogón, centro del cuadro.

Tampoco el retrato tenía secretos para él, como lo atestigua la efigie viril de Don Vicente López y Planes, ejecutada a lápiz.

Al óleo pintó Carga de caballería del ejército federal, Episodio de la época de Rosas y El Comisario fiscal en el Mercado de frutos, en que todos los actores, vestidos de rojo, dan a la escena un cierto resplandor diabólico.

Toda su producción normal apenas si excede una década: a los treinta y dos años la demencia lo aniquiló para el arte. Su vida se extinguió a los 81 años, en 1894, totalmente ignorado.

PRILIDIANO PAZ PUEYRREDON (1823-1870). —Este artista de las tres P, firma del autor, hijo del ilustre procer general don Juan Martín, elegido Director Supremo por el Congreso de Tucumán, nació en Buenos Aires en 1823.

De sus estudios preparatorios adquiridos aquí, es bien poco lo que sabemos, pero nada nos impide suponer que vio dibujar y pintar a Gouth y Pellegrini.

Durante su estada en París, donde reside con sus padres de 1845 al 47, con un viaje intermedio a España en 1846, estudia para ingeniero en la Escuela Central de París, sin descuidar por ello su vocación de pintor junto a grandes artistas, sobre todo, de Juan A. Ingres, que lo forma en la perfección del dibujo y la pureza de las líneas.

Vuelto de Europa, actúa como ingeniero, pero sus inclinaciones por el arte, respaldadas por su posición económica, le encaminan por el sendero de su verdadera vocación.

Comienza a producir temprano: a los veinticinco años pinta el retrato de su padre y a los veintiocho el de Manuelita Rosas y Ezcurra, dos obras de alta calidad. Igualmente dedica su pincel a otros héroes y patricios: Belgrano (copia), Rivadavia (copia), Alvear, Vieytes, Azcuénaga, Juan M. Gutiérrez (litografía), el prelado Ensebio Agüera, don Juan B. Peña, y a algunas damas de la aristocracia: doña Cecilia Robles de Peralta Ramos, doña Josefa Sáenz Valiente, doña Elvira Lavalleja de Calzadilla , etc.; en un animado boceto nos dejó el Asesinato del doctor Manuel V. Maza.

Nuestras costumbres y paisajes le inspiran obras verídicas y sinceras: Recorriendo la estancia, Un alto en el camino, San Isidro, Lavanderas en el bajo de Belgrano, Un domingo en los suburbios del pueblo de San Isidro, Un patio porteño y, sobre todo, Paisano desmontado, que con los pintados por Monvoisin en 1841 y por Palliére en 1860, salvan del olvido la figura legendaria del gaucho argentino.

Al final de su vida volvió a su profesión de ingeniero, planeó el puente Alsina sobre el Riachuelo y diseñó planos de varias residencias. Falleció en Buenos Aires en 1870.

BENJAMÍN FRANKLIN RAWSON (1819-1871). — Hijo de un médico norteamericano, nació en San Juan hacia 1819, haciendo los primeros estudios en su ciudad natal, donde estudia pintura con Amadeo Gras.

Pronto el precoz artista pinta un discreto retrato de su hermano Guillermo. La época de Rosas no le es favorable, y en 1840 emigra a Chile, donde junto a Monvoisin se perfecciona en el arte de componer cuadros históricos y la miniatura.

En 1845 pinta el retrato de Sarmiento, y diez años más tarde lo incluye en una composición épicodramática: Salvamento operado en la Cordillera por el joven Sarmiento. Su gratitud le hace colocar a Sarmiento como tomando parte activa en el salvamento, cuando en realidad sólo estuvo presente en espíritu.

La guerra del Paraguay le inspiran algunos episodios patéticos: La despedida del recluta y el Regreso del guardia nacional, ambos de 1865.

También son frutos de su temperamento dramático La huida del malón, El asesinato del doctor Maza y El mendigo.

Pero donde mejor acertó el artista con el carácter de sus modelos fue en los retratos. Además de los ya citados, agregaremos los de Doña Tránsito de Oro (hermana del obispo de ese nombre), Don Eustoquio Díaz Vélez, Doña Jacinta Ángulo de Rojo y Doña Paz Sarmiento de Laspiur.

Franklin Rawson falleció en Buenos Aires en 1871, víctima de la fiebre amarilla.

OTROS PINTORES DESTACADOS. Terminamos la lista de pintores argénticas señalando al dibujante Carlos Léxica que realizó acuarelas, siendo la única obra que conocemos de La Tropa de carretas en la Plaza Monserrat, cuadro de afanada muche dumbre y cuyo confuso hacinamiento de troperos y peones nos recuerda el óleode Morel «El comisario del fisco en el Mercado de Carretas».

Marcelino San Arroman, nacido en Montevideo, pero que residió en Bueno:? Aires hasta su fallecimiento, nos dejó excelentes retratos, entre otros, el de Don José María Roxas y Patrón, ministro de Hacienda del Gobernados Rosas.

PINTORES EXTRANJEROS DE ESA ÉPOCA:

CARLOS ENRIQUE PELLEGRINI (1800-1875). — Carlos E. Pellegrini nació en Saboya y estudió en la Escuela Central de París, donde a poco de recibirse de ingeniero fue contratado por Sarratea a nombre de Rivadavia para proyectar y dirigir en nuestro país la construcción de varias obras públicas.

Llegó a Buenos Aires en una hora política desfavorable e incierta (Revolución del 1′ de diciembre de 1828 y fusilamiento de Dorrego), lo cual impidió que fuesen utilizados sus servicios desde un primer momento.

Para ocupar sus ratos de ocio se dedicó a dibujos arquitectónicos a la aguada, animados de transeúntes, salvando así del olvido histórico el Cabildo, la vieja Pirámide de Mayo y el Arco de la Recova.

Traza luego interiores de iglesias y más tarde el bullicio de la calle, que van despertando su atención de artista, hasta que ya relacionado socialmente frecuenta salones, donde damas elegantes lo deciden a realizar sus primeros retratos, que alcanzan un éxito clamoroso y que transforman al ingeniero inicial, contratado para canalizar aguas corrientes, en un retratista profesional.

Sus primeros trabajos de este género los realiza a lápiz, que realza con lavados al agua-tinta, especialmente aplicados al vestido; dando un paso más adelante, colorea estos dibujos a la acuarela por medio de tintas lisas que transparentan el sombreado del lápiz común; luego ejecuta a punta de pincel, según Táctica de los miniaturistas, y, finalmente, llega a apoderarse de la técnica del pintor de aguadas, procedimiento en que obtiene sus mejores resultados.

Son numerosos los retratos al lápiz y a la aguada, y las escenas de costumbres evocadoras de la época, que después repitió en dibujos litografiados, y tal vez dibujó algunos expresamente para la piedra litográfica, como la Escena del baile, que tiene lugar en el salón de Escalada, la más bella de todas.

De las prensas de su «Litografía del Arte» salieron unas veinte láminas que formaron el álbum rotulado Recuerdos del Rio de la Plata.

La Obra del retratista se transparenta en los retratos del Canónigo Seguróla , dibujado a lápiz y tinta china con absoluta maestría; el de Don Manuel Masculino, vastago del famoso fabricante de peinetones de carey; el de Don Juan M. de Agüero, que impresiona por su fina espiritualidad; el de Doña Pilar Spano de Guido, de suave belleza, y el de Doña Juana Rodríguez de Carranza, ejecutado con gracia y delicadeza.

Después de varios años de asidua labor, y coincidiendo con la introducción de la daguerrotipia en Buenos Aires, que permitió la fijación de las imágenes en una placa metálica sensible, Pellegrini abandonó casi por completo su arte pictórico y se retiró a trabajos del campo, fundando en 1853 la «Revista del Plata», dedicada a temas agropecuarios.

Más tarde fue elegido miembro del Consejo de Instrucción Pública. Murió en Buenos Aires en 1875.

LORENZO FIORINI. — Pintor italiano, llegado a Buenos Aires en 1829, donde formó su hogar. Escrutador psicológico de sus modelos, sus imágenes transparentan el alma al concentrarse en el problema fisiológico, sin dejarse distraer por los otros elementos: trajes, adornos, etc.

Como expresa el crítico José L. Pagano: «Tuvo el don de hacer olvidar la materia de sus retratos. Va al carácter por el sesgo peculiar de la forma.»

Esta cualidad del artista se pone bien de manifiesto en el retrato del Doctor Mariano Somellera, óleo de entonación baja, donde el hábito negro del prelado se esiuma en el tono oscuro del fondo que destaca el rostro, velado con un cierto aire de seria meditación.

Pintura igualmente sobria es el retrato maternal de Doña Dolores Posadas de Meyer, en la que junto al rostro melancólico de la madre resalta la agraciada figura del niño.

En el período político agitado que le tocó actuar a este artista italiano logró la máxima aceptación en el mundo social de su tiempo, pintando lo más granado de la sociedad porteña: damas de distinción, doncellas, guerreros, políticos, prelados, etc.

Débese notar que sus retratos de mujeres, por lo general, son superiores a los de hombres. El ambiente militar quedó resumido con la efigie del General Marcos G. Balcarce.

En sus veinticuatro años de creciente éxito logró también formar algunos discípulos, entre los que se destacaron Gaspar Palacio y otros. Murió asesinado en 1855.

RAYMOND AUGUSTO MONVOISIN (1790-1870). —Nació este artista en Burdeos e hizo sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de París. Contando ya cincuenta años, dificultades políticas le obligaron a expatriarse, llegando a Buenos Aires en 1841, época la más aciaga de la dictadura rosista.

Malgrado la poca simpatía que despertaban en Rosas los ciudadanos de esta nacionalidad, su talento artístico conquistó la intimidad de Palermo, donde pintó al gobernante en poncho de abrigo, en vista a otro gran retrato ecuestre proyectado con uniforme de brigadier general. Este retrato, según referencias de los que conocieron a Rosas; es el más parecido a su persona.

En la brevísima estada de Monvoisin en Buenos Aires realizar tres grandes cuadros que resultaron otros tantos aciertos: Gaucho federal, Soldado de Rosas y Porteñas en la Iglesia,  los dos primeros realizados en tamaño natural, el segundo, además, sobre un cuero de potro por falta de tela adecuada. Estos cuadros constituyen dos documentos históricos sobre la indumentaria del noble gaucho argentino.

La tercera de estas obras es, sin duda, la obra capital del artista francés en Buenos Aires y posiblemente de su total producción.

Ejecutó además durante su brevísima permanencia en el país, otros excelentes retratos, debiéndose citar los de dos señoras de la familia Llavallol, una Cabeza de mujer y dos agraciadas Orientales tendidas en divanes.

Después de su salida apremiante de Buenos Aires, Monvoisin se radicó, a partir de 1842, en Chile, donde ejecutó una serie de retratos, algunos de primer orden.

Realizó en Valparaíso una gran exposición de sus obras; fundó en Santiago una Escuela de Pintura y una Academia de Bellas Artes, actividades que desarrolló igualmente años más tarde en Perú, tornando a Francia en 1857, después de dieciséis años de permanencia en América del Sur. Falleció en Boulogne-sur-Seine en 1870.

Fuente Consultada:
Historia Argentina y El Mundo Contemporáneo Editorial AIQUE –
La Nación Argentina Historia 3 Editorial Kapelusz
Historia de la Cultura Argentina de Francisco Arriola Editorial Stella

La Sociedad Popular Restauradora La Mazorca Divisa Punzó

La Sociedad Popular Restauradora «La Mazorca»
Uso de la Divisa Punzó

La Sociedad Popular Restauradora: Esta institución fue creada a fines de 1833 por los partidarios de Rosas con el objeto de canalizar la acción política de los “federales netos”. Conocida popularmente con el nombre de Mazorca, habría de convertirse en un grupo de choque con efectos cada vez más intimidatorios contra los opositores Los mazorqueros —cuya acción se prolongó a lo largo del segundo gobierno de Rosas— no vacilaron en recurrir a la violencia para conseguir sus objetivos intimidatorios y suprimir la oposición.

A medida que pasaban los años, y sobre todo durante el segundo gobierno de Rosas, se endureció la política contra la oposición pero, en términos más generales, también se reforzó un rígido control sobre las costumbres y los hábitos de la sociedad. La Sociedad Popular Restauradora —grupo político formado a instancias de Encarnación Ezcurra— y su grupo de choque “la Mazorca» asolaban las calles porteñas.

La Mazorca no sólo eliminaba físicamente al enemigo, sino que lo hacía de manera pública, generalmente en las plazas, para dar ejemplo al resto de la sociedad. Paralelamente, se exigía a la población que demostrara su adhesión al régimen pública y activamente: por ejemplo, se hizo obligatorio el uso de una cinta colorada (la  ) sobre la ropa. Esto, junto al culto público a la figura del gobernador, buscaba hacer efectiva la participación política de la población, siempre y cuando fuera en apoyo de Rosas.

Viamonte, impotente frente al giro de los acontecimientos, presentó su renuncia. En esos momentos Rosas terminaba brillantemente su campaña contra los indios y la ciudad lo recibía consagrándolo “héroe del desierto”. Era el hombre señalado para ocupar el puesto vacante.

La Legislatura insistió en su nombramiento cuatro veces, sin que éste aceptara. Ante sus reiteradas negativas surgieron los nombres de Tomás y Nicolás Anchorena, Juan Nepomuceno Terrero y Ángel Pacheco, todos incondicionales de don Juan Manuel, pero ninguno aceptó el puesto. Por último, la Sala de Representantes, sin haber encontrado un candidato, resolvió designar como gobernar.

Rosas y la Iglesia: Rosas contó con el apoyo de la Iglesia y  fue proclamado defensor de la religión católica. Permitió el regreso de los jesuitas a Buenos Aires y dio un fuerte impulso a la educación religiosa.

Como tantos otros aspectos de la vida cotidiana, también la religión se politizó Una amenaza para el gobernador fue el escándalo que se originó cuando la hija de una importante familia patricia porteña, Camila O’Gorman, se enamoré del sacerdote Ladislao Gutiérrez y huyeron juntos. Su posición defensora de la fe católica condujo a Rosas a buscar a los fugitivos para, luego, fusilarlos en 1848. (foto de Camila)

Símbolos de la Confederación: El régimen rosista fue particularmente afecto al uso de una profusa simbología que exaltaba al federalismo en general y al Restaurador en particular. No sólo se hizo absolutamente obligatorio el uso de la cintilla punzó (no exhibirla podía ser castigado con la muerte) sino fue la imagen de Rosas ocupó un Fugar de privilegio incluso en los altares. 

Por lo general, esta simbología era sumamente agresiva y, al tiempo que celebraba el carácter sagrado de la Confederación, amenazaba de muerte a los “salvajes unitarios”. El color característico de la Confederación fue, justamente, el rojo punzó, color que se puso de moda aun para las vestimentas usadas en las celebraciones privadas. En cambio, el celeste, color de los unitarios, prácticamente fue dejado en desuso.

MAZORCA: Fue el nombre popular que recibió el instrumento político y fuerza de choque que respondía enteramente a las órdenes de Juan Manuel de Rosas, gobernador de Buenos Aires, y que éste utilizó para afirmar su autoridad y mantenerse dictatorialmente en el poder. El término «mazorca» hacía alusión a la espiga de maíz, sugiriendo la defensa de los indígenas y criollos y de sus intereses. Pero en realidad nació, en 1833, con el nombre de Sociedad Popular Restauradora, durante el gobierno de Juan Ramón Balcarce con el principal objetivo de que el poder pasara nuevamente a las manos de Rosas, quien en esos momentos se hallaba ausente por encontrase al frente de una expedición al sur del a provincia de Bs. As. Surgió ante las discrepancias producidas en el mismo seno de los federales, que se habían dividido en cismáticos y apostólicos (véase) y sus principales promotores fueron doña Encarnación Ezcurra (esposa de Rosas), algunos militares resistas, como Prudencio Rosas y Celestino Vidal) y futuros mazorqueros como Ciríaco Cuitiño.

El primer presidente de la Sociedad Popular Restauradora fue el coronel Pedro Burgos y su primer vicepresidente Julián Salomón. Este grupo de choque propició que Rosas volviera al poder en 1835 ostentando la suma del poder público (véase), hecho que lo convirtió en dictador y que duró hasta su caída, luego de la batalla de Caseros (véase) del 3 de febrero de 1852.

Múltiples y sanguinarios hechos de violencia fueron llevados a cabo por la Mazorca bajo el lema de: «¡Mueran los salvajes unitarios!. Este lema dio origen a una ola de violencia incontrolable y desorbitada en laque toda clase de asesinatos, ejecuciones, secuestros, torturas y destrucción estuvo permitida, o al menos tolerada, por las autoridades para sostener el régimen.

A la caída de Rosas la Mazorca quedó abolida y sus dirigentes fueron enjuiciados y muchos de ellos ejecutados. Entre esos dirigentes pueden nombrarse a Fermín Suárez, Ciríaco Cuitiño, Torcuato Gánale, Leandro Além (padrededon Leandro Alem, fundador de la Unión Cívica, véase), Antonio Reyes, Manuel Troncoso, Silverio Badía., Estanislao Porto y Manuel Gervasio López.

Fuente Consultada:
Historia Argentina y El Mundo Contemporáneo Editorial AIQUE – La Nación Argentina Historia 3 Editorial Kapelusz.

Quienes fueron los Padres de San Martin? Sus Hermanos Familia Infancia

¿Quienes fueron los Padres de San Martín?

(…) En el antiguo reino de León nacieron los padres del Libertador.

Padres de San MartínCervatos de la Cueza es una pequeña y humilde villa tendida sobre la margen izquierda del arroyo de la Cueza. Fue el lugar de nacimiento de Juan de San Martín, hijo de Andrés de San Martín e Isidora Gómez, el 3 febrero de 1728.

El hogar donde naciera Juan de San Martín era morada de humildes labradores. Al amparo de sus mayores, fortaleció su noble espíritu de cristiano y cuando cumplió dieciocho años, dijo adiós a sus buenos padres ufano por ingresar en las filas del ejército de su patria, para seguir las banderas que  se trasladaban de uno a otro confín del mundo.

Inició su aprendizaje militar en las cálidas y arenosas tierras de África, donde realizó cuatro campañas militares. El 31 de octubre de 1755 alcanzó las jinetas de sargento y, seis años más tarde, las de sargento primero.

Cuando después de guerrear en tierras de las morerías regresó a la metrópoli, siguió a su regimiento a través de las distintas regiones en que estuviera de guarnición. Así le vemos actuar en la zona cantábrica y en la fértil Galicia, en la activa y fértil Guipúzcoa, en la adusta y sobria Extremadura y en la alegre Andalucía Era Juan de San Martín un soldado fogueado y diestro en los campos de batalla cuando, en 1764, se le destinó para continuar sus servicios en el Río de la Plata.

Cuando desembarcó en el Riachuelo, ejercía las funciones de gobernador Pedro de Cevallos. Cevallos le confió el adiestramiento e instrucción del Batallón de Milicias de Voluntarios Españoles hasta que, en mayo de 1765, lo destinó al bloqueo de la Colonia del Sacramento en esa zona hasta julio de 1766, en que se le confió la comandancia del partido de las Vacas y Víboras, en actual República Oriental del Uruguay.

Al mismo tiempo que Juan de San Martín ejercía las funciones de administrador, no dejó inactivas sus funciones militares, cooperando de acuerdo con órdenes de sus superiores en el bloqueo establecido permanentemente por España a la Colonia del Sacramento.

Varios hechos trascendentales ocurrieron en la vida de nuestro personaje durante su actuación en el Uruguay. Su casamiento con Gregoria Matorras y el nacimiento de sus tres hijos mayores.

Gregoria Matorras, madre de San Martín nuestro Libertador, había nacido en jurisdicción de la provincia de Falencia, en la villa denominada Paredes de Nava. Fue ella el sexto y último vástago del primer matrimonio de Domingo Matorras con María del Ser.

Vino al mundo el 12 de marzo de 1738 y fue bautizada en la parroquia de Santa Eulalia al cumplir diez días. La madre del Libertador quedó huérfana de madre a la edad de seis años.

Viajó al Río de la Plata con su primo Jerónimo Matorras, ilustre personaje que as-piraba a colonizar la región chaqueña.

Gregoria Matorras contrajo enlace con el teniente Juan de San Martín, que fue representado en esa ceremonia por su compañero de armas, capitán de dragones Juan Francisco Somalo.

Los nuevos esposos se reunieron Gregoria Mator en Buenos Aires el día 12 de octubre de ese año, trasladándose poco después a Calera de las Vacas. Allí formaron su hogar y en ese lugar nacieron tres de sus hijos: María Elena, el 18 de agosto de 1771; Manuel Tadeo, el 28 de octubre de 1772 y Juan Fermín Rafael, el 5 de octubre de 1774.

Cuando el teniente Juan de San Martín cesó en las funciones de administrador de la estancia de Calera de las Vacas, el gobernador de Buenos Aires, Juan José de Vértiz y Salcedo, lo designó el 13 de diciembre de 1774 teniente de gobernador del departamento de Yapeyú, haciéndose cargo de sus nuevas funciones «desde principios de abril de 1775».

Yapeyú había sido una de las reducciones más florecientes y ricas en tierras y ganados, que fundó la acción fervorosa y ejemplar de los padres de la Compañía de Jesús.

Su instalación se efectuó el 4 de febrero de 1627, junto al arroyo llamado Yapeyú por los indígenas, bautizándose con el nombre de Nuestra Señora de los Reyes Magos de Yapeyú.

Con el correr de los años, Yapeyú se convirtió en uno de los pueblos más ricos de las misiones. Poseía estancias en ambas bandas del río Uruguay. El pueblo quedó casi de San Martín si abandonado después de la expulsión de los misiones de la Compañía de Jesús.

Dos nuevos vástagos aumentaron la familia San Martín-Matorras en Yapeyú: Justo Rufino, nacido en 1776, y nuestro Libertador, José Francisco, que vio la luz el 25 de febrero de 1778.

Fuente: JOSÉ A. TORRE REVELLO, EN JOSÉ DE SAN MARTÍN. LIBERTADOR DE AMÉRICA.

Pacto de Olivos Alfonsin Menem Reforma de la Constitución 1994 Santa Fe

Pacto de Olivos:Alfonsín-Menem
Reforma de la Constitución en 1994

En 1993, en el marco de una fuerte crisis económica y social, Menem reflotó la propuesta de modificar la Constitución Nacional con el objetivo de permitir la reelección del presidente. Para alcanzar este objetivo, necesitaba lograr un acuerdo con el líder radical Alfonsín, quien finalmente accedió a negociar con el gobierno. El llamado «Pacto de Olivos», suscripto entre los jefes del PJ y la UCR, allanó el camino para reformar la Constitución.

Luego de tres meses de deliberaciones, el 22 de agosto de 1994, la Asamblea Constituyente sancionó la nueva Constitución y Menem quedó habilitado para presentarse como candidato a la reelección. El 14 de mayo de 1995, Menem se impuso en los comicios presidenciales y asumió el poder por un período de cuatro años, de acuerdo con el criterio que se había establecido en el Pacto de Olivos de acortar en dos años el mandato del presidente.

EL PACTO DE OLIVOS: el acuerdo fue cerrado el 14 de diciembre de 1993, después del Pacto de Olivos, el Congreso aprobó rápidamente la ley declarativa de la necesidad de la reforma, con el voto favorable de los legisladores justicialistas y radicales, se convocaron elecciones generales para designar a 305 constituyentes, y comenzó la labor de la Convención reunida inauguralmente en la ciudad de Paraná, que deliberó durante tres meses en la dudad de Santa Fe, sede histórica de las principales convenciones constituyentes argentinas desde 1853.

LA REFORMA DE LA CONSTITUCIÓN: A fines de 1993, el gobierno y el principal partido de la oposición acordaron la reforma de la Constitución Nacional. En abril de 1994 se eligieron diputados constituyentes que, entre mayo y agosto, reformaron el texto constitucional.

Pacto de Olivos Alfonsin Menem El principal objetivo perseguido y alcanzado por el gobierno era la habilitación de la posibilidad de la reelección presidencial. La reforma establece que el Presidente y el Vicepresidente de la Nación duran en el cargo cuatro años y que podrán ser reelegidos por un solo período consecutivo.

El radicalismo, por su parte, buscó y consiguió incorporar a la Constitución un conjunto de disposiciones que habían formado parte del proyecto de reforma constitucional elaborado durante el gobierno de Alfonsín: atenuación del presidencialismo, garantías de independencia del Poder Judicial, incorporación de mecanismos de democracia semidirecta y afirmación de los derechos sociales, agregando cláusulas referidas a la protección del medio ambiente y de los derechos de los consumidores y los usuarios de los servicios públicos.

Se han incorporado a la Constitución los tratados firmados por nuestro país con organismos internacionales o con otros países, entre otros, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Convención sobre los Derechos del Niño, la Convención sobre Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial y la Convención de Eliminación de las Formas de Discriminación contra la Mujer.

La Constitución y el pacto Menem-Alfonsín
«Se suele argüir […] para denostarla, que esta reforma se origina en un pacto -originariamente secreto- de dos caudillos políticos. Y que el mismo supuso la aceptación de; uno de ellos, Alfonsín, de la pretensión del presidente Menem de posibilitar su reelección a cambio de la introducción de un bloque de reformas que aquél considera convenientes para garantizar la democracia y asegurar los derechos y el bienestar ciudadanos. Y que la única motivación real de Menem ha sido alcanzar esa perspectiva de continuidad y de ahí su escaso interés acerca de las otras propuestas. Es verdad. Hubiera sido más elegante posponer la autorización de una reelección inmediata para el futuro. Pero ese acuerdo de líderes fue ratificado por el Congreso Nacional y por la reelección popular, de tai manera que adquirió absoluta legitimidad. Se aduce igualmente que el pacto estuvo motivado por el temor de Alfonsín de enfrentar una nueva derrota en el plebiscito convocado para el 21 de noviembre de 1993. Sin negar esa presunción, que es correcta, Alfonsín sostiene que su gesto tendió a evitar una frustración constitucional que, aunque legítima por la suma de sufragios, podía tener los mismos problemas que la de 1949, al realizarse con la ausencia y la falta de participación de los partidos opositores. Se estaba-agregaba-en cambio, ante la posibilidad de introducir en la ley fundamental garantías y procedimientos que la modernizaran y que había procurado llevar adelante sin éxito -como antes se ha visto- en el lapso 1983-1989. Y en rigor de verdad, si se comparan esas propuestas, explicadas anteriormente, con la reforma obtenida, se advertirá su notoria continuidad de propósitos. Que esos cambios mejoren o no la gobernabilidad que se pretende es otra cuestión que se verá en su momento.»
EMILIO F. MIGNONE. Constitución de la Nación Argentina, 1994, Manual de la Reforma. Buenos Aires, Ruy Díaz, 1994

LECTURA COMPLEMENTARIA:
La reforma de 1994

Luego del llamado «Pacto de Olivos», suscrito el 13 de diciembre de 1993 por el Presidente de la Nación y del Consejo Nacional Justicialista, doctor Carlos Menem, y el Presidente del Comité Nacional de la Unión Cívica Radical y ex Presidente de la Nación, doctor Raúl R. Alfonsín, el Congreso aprobó, el 29 de diciembre de 1993, la ley 24.309, que declaró la necesidad de reformar la Constitución. El contenido de la ley seguía lo acordado por los dos partidos y establecía los puntos de la constitución que deberían reformarse.

El núcleo de coincidencias básicas contenía modificaciones al sistema de organización de los poderes previsto en la Constitución de 1853. Debía ser aprobado en su totalidad y sin que la Convención Constituyente pudiera modificarlo; caso contrario, se produciría la nulidad de la reforma. Algunos de los cambios que se propusieron fueron los siguientes: la creación del cargo de jefe de gabinete del Poder Ejecutivo; la reducción del mandato del presidente y del vicepresidente a cuatro años, con la posibilidad de reelección inmediata por un sólo período; la elección directa y a doble vuelta del presidente y del vicepresidente; la elección directa de los senadores, reduciendo su mandato a seis años y aumentando su número a tres por provincia.

Los temas habilitados para su tratamiento en la Convención Constituyente eran, entre otros, el fortalecimiento del régimen federal; el establecimiento del Defensor del Pueblo; normas de preservación del medio ambiente; normas destinadas a garantizar la defensa de la competencia y la protección de los consumidores y usuarios de servicios públicos; la incorporación a la constitución del hábeas corpus y del amparo.

Tanto los temas contenidos en el núcleo de coincidencias básicas como los que fueron habilitados para su tratamiento fueron el resultado de largas negociaciones entre los partidos firmantes del acuerdo, y debatidas, en mayor o menor medida, por los restantes partidos y los distintos sectores de la sociedad. La ley estableció también las normas que regirían la convocatoria, la reunión y el funcionamiento de la Convención.

El 10 de abril de 1994 se realizaron las elecciones de los convencionales constituyentes. Los partidos firmantes del «pacto de Olivos» obtuvieron el 57,58% de los votos emitidos (37,68% el justicialismo, 19,90% el radicalismo). Otros partidos, como el Frente Grande (12,50%) y el Movimiento por la Dignidad Nacional -MODÍN- (9,10%), no eran contrarios a la reforma de la constitución, pero estaban en desacuerdo con los límites que radicales y justicialistas habían impuesto a la Convención. Esto significa que la reforma de la Constitución contó con el respaldo de cerca del 80% de los votos emitidos.

El 25 de mayo de 1994, con 305 convencionales de 17 bloques partidarios, la Convención Constituyente inició sus sesiones en las ciudades de Santa Fe y Paraná.

El 1.° de agosto fue aprobado, por 177 votos a favor, el núcleo de coincidencias básicas. El 22 de agosto, la Convención aprobó el texto definitivo de la constitución reformada, que entró en vigencia el 24 de agosto de 1994, día siguiente al de su publicación en el Boletín Oficial.

Ese mismo día, la nueva Constitución Nacional fue jurada por los convencionales constituyentes, los presidentes de las cámaras legislativas, el Presidente de la Nación y el presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. La reforma comprendió los temas incluidos en el núcleo de coincidencias básicas y los que se habilitaron para su tratamiento en la Convención Constituyente.

Ver: Garantías Constitucionales

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PARA SABER MAS…: Como ampliación del tema publicamos una nota en El Bicentenario Fasc. N° 10 período 1990-2010 a cargo de Hugo Quiroga, politógolo y periodista.

El acuerdo político celebrado entre ambos dirigentes no estuvo exento de obstáculos y complicaciones, principalmente para el radicalismo. Por un lado, el acuerdo original contenía las renuncias de tres miembros de la Corte Suprema reclamadas por la UCR, las que debían producirse antes de la reunión de la convención del partido radical, el 4 de diciembre del pasado año. Ante el incumplimiento del compromiso adquirido por Menem, el radicalismo amenazó con romper el acuerdo si los magistrados no renunciaban antes del 3 de diciembre.

Finalmente, el anuncio de los alejamientos solicitados le permitió a Raúl Alfonsín obtener el respaldo necesario en la convención de su partido. Por el otro, el Pacto de Olivos dio lugar a una crisis profunda en el interior del radicalismo que puede llegar hasta la ruptura. El líder radical y presidente del partido ha actuado con severidad en este proceso para imponer disciplina en sus filas.

Hasta ahora se han intervenido algunos distritos rebeldes cuyas conducciones se negaban a aceptar el pacto sellado por Alfonsín, y algunos dirigentes, como Jesús Rodríguez, centraron sus campañas para constituyentes criticando al socio del acuerdo. En los comicios de convencionales, el radicalismo quedó como tercera fuerza en Capital Federal y en la provincia de Buenos Aires.

A simple vista, ambos firmantes del acuerdo salieron beneficiados. A Raúl Alfonsín le permitió ocupar el centro de la escena política, que había perdido con la salida anticipada de su Gobierno. En su discurso de defensa del pacto alegó que con estas reformas se modificará el carácter extremo del sistema presidencialista argentino. A la vez,
la mieiicion ue aíioiisiii iue detener la ofensiva del gobierno nacional por imponer de manera unilateral, a través de un plebiscito cuyo triunfo se daba por descontado, los temas de la reforma que no incluían atenuaciones al presidencialismo. A Carlos Menem, porque se le facilita el camino de la reelección presidencial.

Un pacto de cúpulas sustrajo la posibilidad de extender y profundizar un debate colectivo, imprescindible cuando se trata de reformar el diseño institucional de una nación. Es difícil sacar conclusiones sobre la puesta en práctica de una reforma que acaba de aprobarse. Sólo quedan interrogantes. La renovación de las instituciones siempre genera incertidumbres que solo puden ser resueltas desde la claridad de las prácticas constitucionales, desde la Constitución realmente aplicada.

Fuente:El Bicentenario Fasc. N° 10 período 1990-2010 a cargo de Hugo Quiroga, politógolo y periodista.

El Pacto Federal de Juan Manuel de Rosas Contra La Liga Unitaria

El Pacto Federal de Juan Manuel de Rosas

El Pacto Federal de 1831 y las disidencias entre los caudillos federales

El primer objetivo del Pacto Federal que, en enero de 1831, firmaron las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes —esta última adhirió más tarde—, fue responder a la Liga Unitaria que había organizado el general Paz desde Córdoba en agosto de 1830. Por el artículo tercero constituían una alianza ofensiva y defensiva contra toda agresión de cualquiera de las demás provincias integrantes de la República. Pero después de la captura de Paz, la Liga Unitaria nunca se consolidó y, para las provincias federales del Litoral, en los años siguientes la amenaza de un enemigo interior fue más potencial que real.

El Pacto Federal de 1831 era también un primer paso hacia la organización constitucional del país. En su artículo quince establecía el funcionamiento, en la provincia de Santa Fe, de una Comisión Representativa de los Gobiernos de las Provincias Litorales de la República Argentina, compuesta por un diputado de cada una de las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y, más tarde, Corrientes.

Entre otras atribuciones esta Comisión debía invitar a todas las demás Provincias de la República cuando estén en plena libertad y tranquilidad, a reunirse en federación con las tres litorales, y a que por medio de un Congreso General federativo se arregle la administración general del país bajo el sistema federal, su comercio interior y exterior, su navegación, el cobro y distribución de las rentas generales y el pago de la deuda de la República, su crédito interior y exterior, y la soberanía, libertad e independencia de cada una de las provincias.”

Sin embargo, Rosas, López y Quiroga —nuevamente jefe regional del interior— no tenían las mismas intenciones sobre la efectiva convocatoria -al Congreso General. Rosas no era partidario de la realización del Congreso y, muy frecuentemente, el diputado por Buenos Aires estuvo en minoría en las discusiones y votaciones de la Comisión Representativa.

El gobernador porteño presionó a López para que abandonara el proyecto de constituir jurídiramente al país. La convocatoria fue reemplazada por una imprecisa invitación a todas las provincias a adherirse al Pacto Federal y cumplir con sus objetivos.

Finalmente, la Comisión Representativa se disolvió a mediados de 1832 cuando Quiroga reveló a Rosas que los diputados por Corrientes y por Córdoba hacían propaganda antiporteña con el objetivo de unir a los gobernadores del Litoral y del interior contra Buenos Aires. Estos representantes sostenían la necesidad de cambiar el régimen de libre comercio que arruinaba las economías provinciales por otro de mayor protección a la producción local. Este fue el último intento de organizar un Estado centralizado para la República Argentina, mientras Rosas mantuvo el poder.

Pero el compromiso de reunión de un Congreso General para dictar una Constitución federal quedó pendiente. Así lo reconoció el Acuerdo de San Nicolás que en mayo de 1852, después de la caída de Rosas, firmaron los gobernadores. Entre otros fines, el acuerdo reconocía al Pacto Federal el carácter de ley fundamental de la República, disponía “observarlo religiosamente” y se proponía “cumplir lo dispuesto en el Pacto Federal sobre la reunión de un Congreso General federativo”.

Fuente Consultada: Historia Argentina y El Mundo Contemporáneo Editorial AIQUE –
La Nación Argentina Historia 3 Editorial Kapelusz

Organizacion Economica del Virreinato del Rio de la Plata

Organizacion Económica del Virreinato del Río de la Plata Consulado y Aduana

ORGANIZACIÓN ECONÓMICA DEL VIRREINATO DEL RÍO DE LA PLATA: Para resolver las cuestiones económicas se crearon organismos metro­politanos (Casa de Contratación) y locales (Consulados y Aduanas).

El Consulado: Fue creado por una Real Cédula de 1794. Estaba compuesto por un prior, dos cónsules, nueve conciliarlos, un síndico, un secretario, un contador y un tesorero. Además de tribunal judicial en pleitos mercantiles (en tal carácter se establecieron desde la Edad Media los consulados en Europa), tenía el carácter de junta de protección y fomento del comercio.

Para el cargo de secretario del Consulado fue designado Manuel Belgrano, que había regresado de España y que a la sazón tenía veinticuatro anos de edad, desempeñándolo durante doce años. Conocía la obra de los principales economistas de la época entre ellos, Adam Smith, Turgot, Quesnay, etc.

El Consulado estuvo integrado solamente por comerciantes, hasta que en 1797 se estableció que esta institución debía estar formada por igual número de comerciantes y hacendados, para que teniendo intereses opuestos, de sus discusiones surgiesen las medidas más equilibradas. Los comerciantes eran españoles y por lo tanto monopolistas. en cambio los hacen. dados, nativos, propendían al libre cambio.

Uno de los primeros asuntos de que se ocupó el Consulado fue el pleito que se seguía desde años atrás entre los monopolistas y los trafi­cantes de negros.

Cuando se permitió el tráfico de negros en Buenos Aires, con la franquicia, para los buques extranjeros que los introdujesen, de poder llevar libremente de regreso frutos del país, los monopolistas se alarmaron ya que veían en ellos grandes competidores. Como los cueros eran los productos de exportación más valiosos, sostuvieron que no eran frutos del país, lo que fue aceptado por gran mayoría en el Consulado.

En momentos en que se trataba esta cuestión, se supo que una fragata negrera inglesa había arribado a Montevideo y que de retorno llevaría parte de su cargamento en cueros. El Consulado dictaminó entonces que se realizaran las diligencias necesarias, para que no se permitiese cargar cueros y que se echasen a tierra los ya cargados por considerar que ellos no eran frutos del país.

También esta junta decidió pedir al rey que dejara sin efecto el permiso sobre comercio intercolonial, oyéndose en esta oportunidad a don Francisco Antonio Escalada, quien se hizo eco de las ideas de Belgrano, manifestando los resultados desastrosos que en la economía del Virreinato tendrían estas medidas.

En 1798, como España se encontraba en guerra con Inglaterra, lo que hacía que el virreinato del Río de la Plata estuviese incomunicado, el virrey Olaguer Feliú pasó al estudio del Consulado un expediente redactado por el Cabildo, en el que se pedía la libre extracción de frutos e Importación de géneros en embarcaciones neutrales.

En esta cuestión se había expedido favorablemente el administrador de la Aduana don Ángel Izquierdo. El Consulado también aceptó esta medida, que resultó ineficaz, porque se estipulaba que los buques neutrales debían retornar a España, lo que era imposible porque estaba en guerra; por otra parte dicho comercio resultaba sumamente limitado.

Si el Consulado se opuso a todo lo que significase libertad de comercio exterior, en cambio se preocupó de la agricultura, de la industria y fomento del comercio interno. En este sentido Belgrano realizó una amplia, y como era deber del secretario redactar una Memoria propuso en ellas fomentar el comercio, estableciendo una Escuela Comercio, una de Seguros Marítimos y otra de Náutica cuya apertura tuvo honda repercusión científica en nuestro país.

Aconsejo también se abriesen escuelas en todos los barrios de la ciudad y villas del campo, y la creación de una Escuela Práctica de Agricultura para los labradores. En las Memorias sucesivas trató de las utilidades del cultivo del lino y del cáñamo, abogó por el establecimiento de premios como estimulo al trabajo, de la manera de propender a la reunión de comerciantes y hacendados, de la situación de inferioridad de la mujer y los medios de mejorarla, etc. El Consulado funcionó hasta 1862.

La Aduana — En 1778 se fundó la Aduana de Buenos Aires, imprescindible desde la apertura del puerto. No fue solamente un tribunal de justicia sino un verdadero consejo económico, que ejerció una influencia decisiva en el virrey en cuestiones comerciales y financieras, siendo a la vez oficina de recaudación de los derechos aduaneros.

En 1796, siendo administrador Ángel Izquierdo, pidió que se permi­tiese el comercio con barcos neutrales, cuestión a la que nos referimos en el párrafo correspondiente al Consulado.

Fuente Consultada: Historia Argentina de Etchart – Douzon – Wikipedia –  La Argentina, Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada