Biografía de Miguel de Azcuenaga Militar de la Primera Junta de Mayo



Biografía de Miguel de Azcuénaga

Nació en Buenos Aires el 4 de junio de 1754, siendo sus padres don Vicente de Azcuénaga y doña Rosa de Basabilbaso, el primero español y la segunda porteña y ambos de posición social y riqueza. Enviado a España en su más tierna edad, inició sus estudios en Málaga y los prosiguió en la Universidad de Sevilla, regresando después de 10 años a su ciudad natal.

Al año siguiente regresó a España encargado de una negociación que manejó con destreza y completamente del agrado de sus progenitores. El 6 de agosto de 1773 iniciaba su carrera militar, siendo dado de alta como subteniente de artillería, prestando servicios en la guarnición de Buenos Aires.

Cesó en sus funciones bélicas en 1777 después de la rendición de la Colonia del Sacramento, año en que fue nombrado Regidor del Cabildo de Buenos Aires, cargo que ejerció a satisfacción de sus ancianos colegas.

En 1781 encontrábase España en guerra con Inglaterra, y por esta causa se temía en Buenos Aires un desembarco de tropas británicas, razón por la cual se establecieron varias baterías entre las cuales una de 4 cañones de 24, que se puso al mando de Azcuénaga, cesando este servicio al firmarse la paz entre la Península y la Gran Bretaña.

En aquella época el Cabildo le nombró alférez real y en 1789 alcalde de segundo voto. Desde 1790 hasta 1794 fue procurador síndico general, actuando en este cargo eficazmente en pro del progreso edilicio de la capital del virreynato.

Emprendió la obra del empedrado de la ciudad, llegando a lograr el empedrado de 36 cuadras de Buenos Aires, obteniendo para tal efecto una contribución de 8000 pesos, del virrey Arredondo, mediante el aporte del vecindario a razón de medio real por vara lineal de frente.

La piedra empleada fue conducida de Martín García y de la Banda Oriental. En 1795 enviaba al virrey don Pedro Melo y Portugal, una nota en la que expresaba: «Animado de la manifiesta dedicación con que V. E. entre «otros benéficos asuntos cuida del adelantamiento de la gran obra del empedrado de esta capital, tan importante a la salud y conveniencia pública, «he creído accesible la gracia de que V. E. se digne destinar una o dos corridas de toros en favor de mi encargo de tesorero del empedrado» . Tal demanda fue acordada, y Azcuénaga después de abonar el empedrado de las 36 cuadras, devolvió la suma de 4600 pesos de la cantidad recibida.

El virrey Melo, el 2 de noviembre de 1796 le otorgó el mando de las milicias disciplinadas de Buenos Aires, con el empleo de teniente coronel, desempeñando este puesto hasta la paz de 1802 y en el intervalo, el Rey le discernió el grado de coronel, con fecha 15 de agosto de 1801.

Tanto en el desempeño de su cargo de procurador síndico general, como en este mando militar, el coronel Azcuénaga dio muestras acabadas de su desprendimiento y noble patriotismo: durante la larga tarea del empedrado de la ciudad, donó 500 cabezas de ganado vacuno para el consumo de los que trabajaban en las canteras de piedra de la isla de Martín García y mientras desempeñó la jefatura de las milicias de infantería de la capital, dejó a beneficio del Regimiento todos sus sueldos que importaban más de 12.000 pesos plata.

El 24 de marzo de 1802 fue nombrado coronel comandante del Batallón Voluntarios de Infantería Buenos Aires. Cuando el ataque a la ciudad por las fuerzas británicas del general Beresford, en 1806, el coronel Azcuénaga a la cabeza de 400 voluntarios urbanos, se mantuvo por espacio de 20 horas defendiendo el puente de Gálvez. En la acción reveló coraje, decisión y energía y tuvo la hidalguía después del efímero triunfo de Berresford, de excusarse de prestar juramento de fidelidad al general británico. En 1807 participó en la defensa de Buenos Aires contra las tropas de Whitelocke.



En la sociedad de Buenos Aires, Azcuénaga fue un elemento ponderado y prestigioso. Al producirse la «Representación…» de Mariano Moreno, en demanda del libre comercio, el tema fue debatido por una junta designada al efecto por el virrey Cisneros y constituida por «magistrados celosos, jefes inteligentes, vecinos de recomendada probidad» y totalizada por 24 personas, entre las cuales se contaba el coronel Azcuénaga. Dicha Junta aconsejó al Virrey la reglamentación del comercio libre, lo que fue decretado, aunque desechando una buena parte del articulado propuesto por Moreno .

En la época inmediatamente anterior al movimiento de mayo, Azcuénaga se distinguió por su decisión por la causa de la libertad, revelándose patriota y en su casa, frente a la Plaza de la Victoria, tanto como la de Rodríguez Peña, tan recordada por los historiadores, fue uno de los focos activos de la propaganda revolucionaria y posiblemente, del viejo salón de reuniones de la casa de Azcuénaga, partiera Beruti con la lista inmortal de los miembros de la Primera Junta Gubernamental de las Provincias Unidas del Río de la Plata, designada por voluntad popular.

Miembro del Cabildo abierto del 22 de aquel mes glorioso, su voto es uno de los pocos que contienen una fórmula tan importante como la de proponer la covocación inmediata de las provincias para resolver sobre el porvenir del país y la formación de un nuevo gobierno, y que en el intervalo asumiera la dirección el Cabildo. Azcuénaga era uno de los miembros de aquella asamblea popular que mejor comprendía el problema del país y los medios más convenientes para resolverlo.

El pueblo votó su nombre para formar parte de la Junta de gobierno que presidió don Cornelio Saavedra. En su casa se mantuvieron constantemente reunidos los miembros de la Junta de los Siete o del Club Patriota y allí se acordó la representación del pueblo dirigida al Cabildo y que French, Beruti, Chiclana y otros caudillos del barrio hicieron firmar en la noche del 24 al 25, recorriendo los domicilios de los vecinos principales.

Su actuación en la Primera Junta parece que estuvo en concordancia con el pensamiento y acción de Mariano Moreno, siendo uno de los trágicos episodios del mismo, el fusilamiento de Liniers y de los demás conjurados de Córdoba, en Cabeza del Tigre, en agosto de 1810. No obstante esto, en muchos otros puntos se mostró Azcuénaga mucho más conciliador que Moreno.

La vigorosa personalidad de aquél se puso en relieve en el fundamento de su voto en el dramatice pleito de la incorporación de los diputados del interior a la junta gubernativa . A su juicio, la medida contrariaba el derecho y daría ocasión a terribles males, pero podían más en su ánimo las solicitaciones de la armonía nacional. Había que sacrificarse «en obsequio de la unidad y de la política», si la actitud intransigente de Moreno era la de un profeta, el espíritu conciliador de Azcuénaga revelaba la discreción de un estadista práctico.

Proelucida la incorporación de los diputados, Mariano Moreno renuncia al cargo y entonces se encarga de una misión diplomática, en cuyo desempt ño muere en el mar, en viaje a Inglaterra. En el voto por la incorporación de ios diputados, Azcuénaga estuvo en disidencia con Moreno en homenaje a la unidad del país, pero desaparecido este último de la escena, Azcuénaga en todos sus actos ulteriores reveló seguir la tendencia del patriota desaparecido .

A raíz de aquel suceso, la Junta alejó a Azcuénaga de la capital, enviándolo a la campaña de la provincia de Buenos Aires como vocal-comisionado para reclutar tropas y comprar armas y caballos. Desempeñó su comisión en el Norte y llegó hasta el Rosario. Dueño Azcuénaga de cuantiosa fortuna, hizo desembolsos en compras de armas, sin reintegrarse de esas sumas que dejó a favor del Estado.

La Sociedad patriótica, donde podría decirse que se había refugiado el espíritu de Mariano Moreno, era el centro de oposición a la Junta. Ello motivó el golpe de Estado del 5 al 6 de abril de 1811, en el cual el Gobierno apoyándose en las fuerzas militares y en una parte del pueblo reunido por el alcalde de las quintas, decretó una serie de medidas dictatoriales destinadas a cruzar la política opositora de la Sociedad Patriótica y a consolidar su propia autoridad.

El  12 de Enero de 1812 el  Triunvirato lo  designa como  Gobernador-Intendente de Buenos Aires, en 1816 a ocupar la jefatura del Estado Mayor General y, en 1817, la presidencia de la Comisión de Guerra. En 1828 el gobernador Dorrego lo nombró conjuntamente con el almirante Guillermo Brown y el general Tomás Guido para practicar el canje de las ratificaciones de la convención de paz celebrada con el imperio del Brasil y para dar cumplimiento a tal decreto, debió trasladarse a Montevideo, siendo ya un anciano venerable.



El 19 de diciembre de 1833, cuando le faltaban pocos meses para cumplir los 80 años, fallecía en su quinta de Olivos, que fue la base de la actual residencia presidencial, siendo miembro de la Cámara de Representantes de Buenos Aires. Nada tan justo como el juicio de sus contemporáneos al llamarle «buen ciudadano, militar honrado, hombre compasivo y benéfico, amigo de sus hijos, padre de los desvalidos y ejemplo recomendable de todas las virtudes civicas y dmoesticas»

Fuente Consultada:
Biografías Argentinas y Sudamericanas – Jacinto Yaben – Editorial “Metropolis”

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