Biografia de Defoe Daniel

Biografia de Keats John Vida Obra Literaria del Poeta

Biografia de Keats John – Vida Obra del Poeta

John Keats (1795-1821), poeta inglés, uno los más sugerentes y de mayor talento del siglo XIX y figura carismática del romanticismo.Nació en Londres el 31 de octubre de 1795, hijo del propietario de una caballeriza.

Estudió en el centro escolar de Clarke, en Enfield, y a los 15 años fue aprendiz de cirujano. Estudió medicina en hospitales londinenses de 1814 a 1816, año en que se hizo farmacéutico aunque nunca llegaría a ejercer esa profesión al decidir dedicarse a la poesía.

Procedía de una familia muy humilde. El abuelo había sido mozo de cuadra. El padre siguió la misma profesión, pero acabó casándose con la hija del patrón. John fue el primero de los hijos de esta pareja.

Biografia de Keats John poeta

Concurrió a la escuela de Enfield, donde, al igual que todos los hijos de familias más o menos acomodadas, estudió latín y se recreó en los lagos de la región.

Pero era más impresionable que el resto de sus condiscípulos, y sus maestros lo calificaban de «criatura apasionada». Pálido, delgado, de poco más de cinco pies de altura, no se arredraba sin embargo ante ningún lance de fuerza, y acometía valerosamente a cualquiera, haciendo valer sus puños a la menor provocación. Pero a la verdad, le interesaban más los libros que las peleas.

Antes de los quince años perdió a sus progenitores. El padre murió a consecuencia de una caída de caballo, y la madre, de tuberculosis. El joven «poeta-luchador» fue puesto bajo la tutela de Mr. Abbey, de Walthamstow.

Por un tiempo inició un aprendizaje de cirujano hasta recibir el diploma de «curador de heridas», luego volvió a la poesía, con el pretexto de que temía «causar daño» en la práctica quirúrgica.

Era un joven obstinado, ebrio de belleza. Nadie osaba contradecir sus opiniones, pues su ira, una vez desatada, acababa en furia incontrolable.

A los veintidós años la heredad paterna le proporcionaba una pequeña renta, con la que vivía, junto con su hermano menor, Tomás, cerca de la «Taberna del Hombre Verde».

Otro de sus hermanos, Jorge, habíase casado y emigrado a América. Y la menor de todos, Fanny, era todavía de corta edad y vivía en la propia casa de Mr. Abbey.

Su hemano Tomás enfermó de tuberculosis y falleció, en su desesperación, sólo atinó a aturdirse, buscó entonces la compañía de las mujeres más jóvenes y bonitas de la sociedad, porque era sobre todo poeta y amaba la belleza.

Su mayor deseo era casarse en seguida con Fanny y pasar la luna de miel en Roma ¡Como sueño de poeta no estaba mal! No podía casarse. Era joven sin medios y sin ocupación, a no ser la de escribir versos.

Y para peor bien pronto habría de convencerse de que su poesía era objeto de burlas en todas partes. Cuando publicó su primer poema, Endymion, fue objeto de duras críticas y burlas. John estaba decidido a perseverar y a triunfar. Sólo un talento mediocre podía detener su desarrollo ante ataques tan «difamantes».

Muchos de sus amigos, entre ellos Percival Shelley, ya hacían oír su voz asegurando que en Endymion había pasajes de genuino vuelo poético.

Su situación financiera hacíase más difícil por momentos. El proceso de su herencia hallábase «congelado» en un pleito interminable. Su hermano Jorge había vuelto de América para recoger el legado que le correspondía a la muerte de Tomás. Y al hacerlo, no sólo había barrido con su porción sino con buena parte de la que correspondía a John, prometiendo devolvérsela en cuanto vendiera una propiedad. Pero el poeta no volvió a ver el dinero.

LLevado por el éxtasis de su pasión, escribió una oda a Santa Inés, la virgen romana de fe cristiana, martirizada durante las persecuciones de Diocleciano.

A juzgar por las antiguas leyendas, los padres de Inés, al ir a orar por ella ante su tumba, se vieron deslumhrados por la visión de la hija nimbada de luz y rodeada de un cortejo de ángeles. En la Edad Media, Santa Inés mártir vino a simbolizar la virginidad, y a proteger a las doncellas puras.

Hasta el crítico más exigente no puso reparos en reconocerlo. Keats no se dejó llevar por los halagos. Sabía que le quedaba mucho por recorrer para llegar a la perfección.

En su empeño por descubrir las realidades de la vida, recorría las catedrales, llevando por única compañera su fantasía. Los elevadísimos techos silenciosos, los canales de arbotantes, las naves pobladas de pilastras y las nervadas bóvedas de la arquitectura gótica, asumían un maravilloso misticismo, al ser iluminados por el resplandor del sol que se filtraba a través de los «vitraux».

Allí podía Keats retrotraerse al pasado y revivirlo con el aliento de una nueva vida y nuevo calor. Escribió un poema a la usanza de las viejas baladas, La belle dame sans merci (La hermosa dama sin merced), una rosa perfecta de su genio, tan fragante como la más perfumada flor de los jardines de la caballería medieval. Y luego escribió La oda a una urna griega, un poema de pagana grandeza.

No sabía una palabra de griego, y sin embargo, con la llave mágica de su genio, desenterró a los muertos venerables haciéndoles respirar en el mundo de los vivos.

Sus poemas habrían de ser inmortales, pero su amor per Fanny Brawne adolecía de todas las faltas de un joven mortal. Su pasión pedía a gritos volcarse en la unión matrimonial, pero su pobre bolsillo hacía imposible tal cosa. Le escribía cartas ardientes de deseo y selladas con dolor. Cuando no se veían, él la acusaba de serle infiel.

Un día de febrero, contaba entonces veinticinco años, mientras viajaba en una diligencia, sintió que le recorría el cuerpo otro de sus frecuentes escalofríos. LLegó a su casa afiebrado y pensó acostarse, pero un acceso de tos le impidió reclinar la cabeza sobre la almohada. Cuando enciende la luz, ve sangre…aquella mancha rojiza era signo de tuberulosis, y penso «Esta gota de sangre es mi certificado de defunción».

En la flor de la vida, esa misma enfermedad se había llevado a la madre, y al hermano Tomás, muerto a los veinte años. Y ahora se preparaba para dar cuenta de un tercer miembro de la familia, que sólo tenía veinticinco años.

Los doctores le privaban hasta de escribir y leer. ¿Tendría que ser éste el fin de toda su lucha? No le quedaba entonces otra cosa que su amor. Como alguien que está a punto de ahogarse, se aferró a la pasión que sentía por Fanny Brawne. Ella era ahora su altar, su sola religión, su única esperanza.

Cuando llegó la primavera para entibiar la campiña inglesa Keats por un tiempo pareció mejorar, pero la ruptura de un vaso sanguíneo volvió a postrarlo.

Inconmovible en su fe de que la verdad es belleza y que la belleza es inmortal, hizo los preparativos del viaje a Italia. Se despidió de Fanny haciéndola partícipe de su esperanza, su fe y su amor.

Una fría mañana sin sol de fines de setiembre el poeta atravesó los muelles del puerto de Londres. Sus amigos le habían buscado un acompañante, un joven artista de nombre joseph Severn.

Juntos subieron a bordo del María Crowther, y después de atravesar el Atlántico en medio de fuerte tormenta, desembocaron en las aguas mediterráneas adormecidas al calor de los rayos de un sol tropical. Keats quedó fascinado ante ese espectáculo jamás visto. Ante sus ojos se extendía Italia que le recibía con el abrazo cegador de un mediodía radiante.

Llegó a Nápoles hecho una piltrafa. El viaje le había fatigado en extremo y vomitó mucha sangre. Shelley, que a la sazón residía en Nápoles, le invitó a pasar el invierno en su casa. Pero Keats declinó el ofrecimiento y siguió camino a Roma.

Cuando llegó a Roma «era un hombre sin pulmones». Su sufrimiento llegaba a lo indescriptible. Con el caer de la noche fue recordando unos versos que escribiera en los breves días de su salud, dedicados a los grandes poetas del pasado. A la tempestad de su espíritu siguió una absoluta placidez. «Álzame un poco, Severn —susurró al fin, con el acento de un niño que está a punto de sumirse en un sueño feliz—, Me estoy muriendo. . . y moriré así, tranquilo.»

Mas al ver el terror pintado en los ojos del artista alcanzó a decir: «No te asustes; ha llegado, gracias a Dios».

Murió el 23 de febrero de 1821 y fue enterrado en el cementerio protestante.

Después de su muerte se publicaron algunos de sus mejores poemas, entre ellos ‘Víspera de san Marcos’ (1848) y ‘La Belle Dame sans merci’ (1888). Sus cartas, consideradas por muchos críticos entre las mejores cartas literarias escritas en inglés, se publicaron en su edición más completa en 1931. En 1960 apareció una última edición.

LOS MEJORES POEMAS DE KEATS

La víspera de Santa Inés,
La víspera de San Marcos.
Hiperion.
Endimion.
Lamia.
Isabela.
Fantasía.
De la Posada de la Sirena.
Al ruiseñor.
A una urna griega.
Psiquis.
Sobre la melancolía.
Bardos de la pasión y la alegría.
Cuando tengo temores.
Al ver él Homero de Chapman.
La langosta y el grillo.
Viendo un rizo de la cabellera ~de Milton.
Estrella fulgente.
En una lúgubre noche de diciembre.
Las estaciones humanas.
Oda al otoño.
Otón el Grande.
Una profecía.
El gorro y los cascabeles.
Soneto a Fanny.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Keats John – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina
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Biografia de Wordsworth William Vida y Obra del Poeta Ingles

Biografia de Wordsworth William-Vida y Obra del Poeta Ingles

William Wordsworth (1770-1850), poeta inglés, uno de los más consumados e influyentes escritores del romanticismo inglés. Su estilo y sus teorías renovaron la literatura poética de su país.

Nacido el 7 de abril de 1770 en Cockermouth (Cumberland), estudió en el Saint John’s College de Cambridge.

Biografia de Wordsworth William
Conforme iban pasando los años, su visión poética se fue enturbiando. Sus últimos poemas, retóricos y moralistas, no resisten la comparación con los de su juventud, aunque en algunos de ellos parece brillar fugazmente el talento de sus primeros días.

Descendía de una familia establecida en Inglaterra desde la conquista normanda. Pasó muchas horas de su infancia escalando montañas o atravesando lagos, y a medida que se familiarizaba con el paisaje de Cumberland, iba desarrollando unos músculos que eran su orgullo y un sentido de la libertad que se rebelaba contra cualquier clase de ataduras.

Cuando salió del hogar paterno para ingresar en la Universidad de Cambridge, era un verdadero montaraz. Los versos que escribió en Cambridge eran triviales y sosos. Su carrera asumía, al parecer, el patrón del perfecto mediocre. Pero un hecho insólito y magnífico le conmovió en lo más íntimo.

Un viaje a París hizo que se hallara en medio de la vorágine revolucionaria. Estaba bajo la tutela de un tío —había perdido a sus padres en la niñez— y éste le quería obligar a seguir la carrera eclesiástica.

Wordsworth, en un arranque de rebeldía, decidió lo contrario. Apenas graduado huyó a Francia para estudiar el francés y lograr así el puesto de acompañante de algún noble, mientras se preparaba para seguir la carrera periodística.

Permaneció en Francia durante dieciséis meses, un período en que el mundo entero se convirtió en un caos. Luis XVI había sido destronado.

En Orleáns conoció a una joven francesa, Annette Vallen. Al principio fue su profesora de francés, luego su amante y, al fin, le hizo padre de un hijo.
Wordsworth decidió volverse a Inglaterra para labrarse una posición y mandar luego por Annette y el niño, pero al tiempo el distanciamiento no solo fue físico sino también afectivo.

En 1802 se casó con Mary Hutchinson una joven respetuosa de los convencionalismos sociales. Poco antes de la boda se trasladó a Francia por última vez y allí, fría y cortésmente, visitó al hijo del amor y a la mujer que había apasionado al hombre y al poeta.

Establecidos en Racedown, Doretshire, a siete millas del Canal, donde merced a la generosidad de un amigo pudieron adquirir una humilde finca.

El vínculo literario entre Wordsworth y Coleridge habíase convertido en íntima amistad, y tanto que Wordsworth abandonó su casa en Dorsetshire para trasladarse a Alfoxden con el objeto de estar más cerca, física y espi-ritualmente, del «mágico urdidor de rimas».

El espíritu de Wordsworth había experimentado un sutil refinamiento, una purificación emocional y, en el sentido artístico, una sublimación de su fe religiosa.

En Alfoxden, Wordsworth planeó con Coleridge escribir un volumen de versos que sería ejemplo de la «fusión del sentimiento con el pensamiento profundo».

Wordsworth se rebelaba por instinto contra Pope y Dryden, que habían engalanado a la musa de la poesía, sencilla por naturaleza, con pomposas galas «ele fastuosa y huera fraseología».

Con su poesía demostraría que un objeto puede ser hermoso de por sí, desprovisto del engañoso ropaje de una rebuscada ornamentación, pues Él (Dios) glorificaría las cosas simples.

No serían sus personajes reyes de leyenda, sino rústicos campesinos de Cumberland. «En poesía, las lágrimas no las derraman los ángeles sino los hombres.»

Los héroes y las heroínas de sus sencillos poemas eran personajes de todos los días, desprovistos de artificio. En todos los pueblos de Inglaterra podían hallarse sus hombres y sus mujeres, relegados a tan triste olvido por los poetas anteriores.

Su libro Baladas líricas era un documento de la revolución social. Porque bajo la calmosa dignidad del sabio bullía el fuego del rebelde apasionado que una vez «había fijado su nómada tienda de campana en las regiones libres» de la Revolución Francesa.

Wordsworth se trasladó a Grasmere, en la región de los lagos, y allí vivió casi constantemente, hasta su muerte. Pero el «instante perfecto» de su inspiración había pasado.

A los treinta y siete años concluyeron para él los «años dorados» de la cosecha. El poeta había callado en él para siempre. Conquistó su fama cual portavoz del liberalismo. Pero a medida que avanzaba la gloria, retrocedía el liberalismo.

Y tanto, que cuando llegó a ser poeta laureado era también el «vate más lleno de convencionalismos de toda Inglaterra». Se había refugiado en el seno de la naturaleza y perdido todo contacto con la realidad de la vida.

El romántico paisaje de lagos y montañas que le circundaba, la increíble tranquilidad en que se desenvolvían sus días, y el aumento siempre constante de su gloria, le habían vuelto afectado, frío, insensible…

A medida que pasaban los años, se reprochaba con más dureza sus entusiasmos juveniles —especialmente la «precipitada relación» con Annette— en «aquella época de envilecimiento general que siguió a la revolución».

Pero se vanagloriaba de haber olvidado esos apasionamientos y sentíase feliz de que Inglaterra también los hubiera olvidado.

Por fortuna para su «respetabilidad» del presente, había tenido años atrás la discreta precaución de destruir en sus cartas y papeles hasta la más mínima referencia a su no muy «respetable» episodio con la joven francesa.

En efecto, ninguno fuera de su familia conocía el episodio; y tan bien guardaron el secreto, que no salió a relucir hasta que los investigadores del siglo XX decidieron explorar el riquísimo campo de la biografía.

Wordsworth perdió su sentido del humor. Censuró acremente los hábitos de cocainómano de Coleridge, y ésa fue la causa por la que rompió aquella amistad entrañable.

Cuando De Guincey, que tenía varios hijos naturales, casóse al fin con la madre de éstos, invitó a Wordsworth a visitarle. . . pero éste declinó la invitación alegando sus principios morales.

Era un reaccionario, no sólo moral sino también políticamente. Hubo una época en la que apoyó el derecho inalienable de una nación para luchar por su independencia, instando al gobierno de su país a prestar toda la ayuda posible a España en su lucha titánica contra Napoleón.

Pero, ya en edad madura, permaneció silencioso e insensible cuando los españoles se rebelaron contra la tiranía de su propio gobierno. Ni se interesó tampoco cuando los italianos se levantaron en bizarro Risor gime uto para liberarse del yugo austríaco.

El poeta liberal de la vieja generación había muerto. El que caminaba ahora sobre esta tierra era su espectro fantasmal.

Hasta el último día de su vida siguió conservando una fe absoluta en el poderío de su inteligencia. Si bien sus mejores poesías fueron obras de juventud, en las postrimerías de su existencia dedicóse a la tarea de revisarlas.

Puso los toques finales al Preludio , un poema autobiográfico relativo al crecimiento intelectual de un poeta, escrito en días en que la mayoría de los hombres hubieran pensado en escribirse su epitafio.

Al fin, su presencia esfumóse como el aroma de un perfume, dejando en el aire la fragancia de sus versos y en el recuerdo, las cavernas de sus ojos desbordantes de luz. . .

Fue en Rydal Mount, el 23 de abril de 1850, y fue enterrado en el cementerio parroquial de Grasmere.

LOS MEjORES POEMAS DE WORDSWORTH

Oda a la inmortalidad.
La excursión.

El preludio.
Acerca de la abadía de Tintern.
Oda al deber.
El guerrero dichoso.
Mi corazón se regocija.
Los fronterizos.
Bl segador solitario.
A una joven escocesa.
Visita a la milenrama.
Otra visita a la milenrama.
A un amigo distante.
Miguel.
Ruth.
Una lección.
El niño idiota.

Peter Bell.
Somos siete.
La espina.
Ella era el fantasma del deleite.
El amor perdido.
La educación de la naturaleza.
Desíderia.
Inglaterra y Suiza.
La pena de Margarita.
El ensueño de la pobre Susana.
Goody Blake y Harry Gilí.
Simón Lee, el viejo cazador.
Lucy Gray, o la Soledad.
Alicia Féll, o la Pobreza.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – William Wordsworth – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Burns Robert Vida y Obra del Poeta Escoses

Biografia de Burns Robert – Vida y Obra del Poeta Escoses

Robert Burns (1759-1796), poeta escocés y autor de canciones populares tradicionales escocesas, cuyas obras han hecho que se le acepte como el poeta nacional escocés y se celebre la “Noche de Burns” (25 de enero).

Nació en una fría noche de invierno, cuando un viento huracanado barrió el techo de la choza de barro, construida por su padre.

biografia de robert burns
Robert Burns es el poeta en lengua escocesa más conocido. Su poema Auld Lang Syne se canta tradicionalmente en los países angloparlantes como himno de despedida

El padre trabajaba de sol a sol siete acres de tierra pedregosa, y aunque apenas podía alimentar a su familia, tenía un corazón «profundamente devoto»; la madre había sido la moza más agraciada de todo Ayrshire, con unos ojazos para ver la belleza y el corazón grande para sentir la poesía.

Hambre, fatiga y miseria eran las tres hadas malas que hilaban la trama de la vida de los labradores escoceses del siglo XVIII. Apenas contaba quince años y ya acusaba síntomas de reumatismo al corazón.

Pero entretanto, era joven, la vida le bullía por dentro y tenía los sentidos alerta. Trabajaba sosteniendo la herramienta con una mano y, con la otra, un libro.

La familia se mudó a otra granja en la ribera norte del río Ayr. Robbie tomó lecciones de baile en el poblado vecino para «pulir» un poco sus rústicos modales. Tenía ahora dieciocho años, curtidos por otros tantos de sol y viento.

Ya con veinte años, cuando estaba entre «lindas mozas» se despojaba de toda su reserva romántica. Vivía y amaba desenfrenadamente. Se asocia a unos aventureros que se dedicaban al contrabando de vino en la costa y hace amistad con un marinero disoluto donde comparten locas aventuras, decuidando el negocios del vino.

Vuelve al hogar con las manos vacías y halló a su padre en el lecho de muerte. Vivió en su casa paterna junto a su madre y hemano, y por un tiempo intentó cumplir con sus obligaciones. Junto con su hermano arrendó una granja de varios acres de extensión, cerca de la parroquia de Lochlea.

Cierto día, paseándose por el pueblo seguido de su perro, se encontró con una jovencita regordeta llamada Jean que tendía su ropa a solear sobre el prado. La había visto una sola vez antes en un baile del pueblo. Desde ese momento estrecharon una gran amistad que al año se materializó en mellizos. Burns quiso casarse con la joven pero el padre de Jean se opuso tenazmente.

Un atardecer apacible, Robert Burns y ora señorita llamada Mary Campbell, uno a cada lado de un claro arroyuelo sosteniendo entre ambos una Biblia, se juraron amor eterno, Luego se separaron para no volverse a encontrar jamás.

Mary Campbell volvió a su pueblo natal, enfermó y murió víctima de una fiebre. Y Burns retornó a la villa para afrontar el castigo que la iglesia le tenía preparado por su «pasatiempo» con Jean.

El padre de ésta había resuelto mandarle a la cárcel. Burns estaba desesperado. El único recurso era huir del lugar…

En ese momento, y el menos pensado Burs fue sorprendido por su fama literaria. El lirismo de sus «escándalos y melancolías , escritos por primera vez sobre trozos de papel usado, se difundieron por el país como reguero de pólvora. «Princesas y campesinos, viejos y jóvenes, altos y bajos, graves y alegres, , . todos por igual se deleitaron, se emocionaron, se exaltaron.

Robbie Burns, en tanto, estaba tan asombrado que no atinaba a otra cosa que a rascarse la cabeza.

Por más que se esforzara, no lograba interpretar esas rarezas de los hombres. La sociedad más distinguida de Edimburgo le invitó a visitar la capital.

Estaban ansiosos por conocer al «labriego de Ayrshire que había compuesto tan emotivos versos». Para ellos, él constituía un motivo de curiosidad, una maravilla que habría de desvanecerse a los siete días.

Si bien deleitaba a muchos poderosos, ninguno le respetaba. Se sorprendían de que un vulgar campesino estuviera dotado de tan rara virtud. Le consideraban algo así corno un capricho de la naturaleza.

En Burns fue gestándose un rencor irrefrenable contra todos ellos. Buscó refugio en las tabernas de Edimburgo, saturadas de ginebra, y allí volvió a hallarse entre los «suyos». Y así, al fin, quedó solo, con su librito de versos y sus sueños amargos.

Cuando partió de Edimburgo era un hombre más triste, y más sabio. Volvió a su pueblo natal decidido a reparar el daño cometido contra Jean Arrnour.

Ahora que su nombre había conquistado fama, el padre de Jean no se oponía al casamiento. Ella se convirtió en una «mujer honesta» y el poeta trató una vez más de volver a la labranza, «la ocupación más apropiada para un hombre honesto».

Se dedicó a cultivar una pequeña granja que llamó Ellisland, era más notable por su belleza natural que por su fertilidad. Cuando el lugar se hizo habitable. Burns mandó buscar a su familia para que trabajasen la tierra y se dedicó enteramente a su empleo de aduanero.

Para cumplir sus obligaciones, debía pasarse el día a lomos de su caballo, cuidando de que no se realizara contrabando a lo largo de la costa del condado. Recorría cientos de millas por día e inspeccionaba los sótanos de los campesinos en busca de toneles de vino introducidos ilegalmente.

Se sentía responsable del mantenimiento de su familia y sobre el futuro de la misma, se preguntaba… ¿Y si alguna vez le desalojaban de esa finca, como lo habían hecho de otras?

El sólo pensarlo le estremecía. Volvería a hallarse sin techo, pero esta vez una esposa y dos tiernos párvulos pagarían con él su culpa. Sus hijos no tendrían tierra para cultivar cuando fueran mayores y no habría avena para su vejez.

Lamentablemente ese día llegó, y Ellisland administrada por el poeta, estaba a punto de sucumbir… Burns no pudo ya pagar el arrendamiento.

Su mujer e hijos se fueron a Dumfriesshire para ahorrarse el dolor de ver el derrumbe del hogar, y él permanece allí para ver cómo se ofrece en subasta hasta la última pieza del moblaje.

Burns se reune con su familia en Dumfriesshire, alquiló una humilde vivienda y continuó con su empleo de aduanero…. tenía mala reputación y la gente no quería saber nada con él,…sentía caer vertiginosamente al abismo.

El contrabando en la costa escocesa estaba tomando mayor incremento. Cierto día, un extraño bergantín hizo su aparición en el Solway. Burns recibió órdenes de observar atentamente sus movimientos.

Pero tan pronto el barco ancló en las escasas aguas, el poeta desenvaino su espada y a la cabeza de una partida de dragones se apoderó de la embarcación y les ordenó la rendición.

Burns compró cuatro cañones y los despachó al gobierno revolucionario francés con un mensaje que expresaba su simpatía por la causa revolucionaria, esa actitud nunca fue bien vista por el gobierno inglés, que no tenía ningun aprecio por la sangrienta democracia del populacho frances.

Está medio loco —declaraban los ciudadanos de Dumfriesshire—, charla sin cesar con esa lengua suelta y grita su admiración por los rebeldes en cada taberna del condado.

Se hallaba más solitario que nunca. Hasta las mujeres de Dumfries le dejaban solo. Hasta la última de las perdidas, una a una, había abandonado al más inútil de los hombres.

Comenzaba a sentir la proximidad de la muerte. Aunque sólo contaba treinta y siete años, se sentía muy viejo. Su corazón ya casi no le respondía. Empezó a prepararse para cuando el momento llegara.

Una noche de invierno, sentado, como de costumbre, con sus amigos en la taberna, díjoles: «Amigos, me voy a morir». Cayó al suelo envuelto en el manto de sus sueños. . . Cuando despertó, seguía haciendo frío, pero ya amanecía.

Arrastrando los pies, se incorporó y echó a andar. Pero le faltaban pocos pasos para llegar a la meta. Había aceptado la invitación de la muerte.

Era un 21 de julio de 1796.

LAS OBRAS MAS DESTACADAS DE BURNS ROBERT

Los dos perros.
La procesión.
La víspera de Todos los Santos.
Al guía desconocido.
La noche del sábado en ta humilde choza.
La boina.
A un ratón.
A un piojo.
A una margarita de la montaña.
Los mendigos alegres.
La bienvenida del poeta a su hija del amor.
La plegaria de Willie.
A María que está en los cielos.
Verdes crecen los brezos.
El adiós de M’Pherson.
Largo tiempo olvidadas.
Atravesando los pastizales, Duncan Cray.
El joven ladrón de las montañas.
Mi corazón está en las montañas.
Una rosa roja, roja.
La moza más bella de las riberas del Devon.
Un beso de amor.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Burns Robert – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Pope Alexander Vida y Obra del Poeta Ingles

Biografia de Pope Alexander- Vida y Obra del Poeta Ingles

ALEJANDRO POPE (1688 – 1744): fue un poeta inglés que se inspiró en los grandes poetas clásicos de la antigüedad para escribir una poesía intensamente elaborada, con frecuencia en estilo didáctico o satírico.

Sus traducciones de poesía, ensayos de crítica o moral, y sus sátiras le convierten en el poeta más importante de su época, que elevó el dístico heroico, que había sido refinado por John Dryden, a su máxima perfección.

Biografia de Pope Alexander

LOS MEJORES POEMAS DE ALEXANDER POPE

Un ensayo sobre la crítica.
Ensayo sobre él hombre.
El rapto del rizo.
La Dunciada.
Traducción de La Ilíada.
Traducción de (partes) de La Odisea.
Traducción de las Odas de Horacio.
Oda a la soledad.
El bosque de Windsor.
El Cristiano Agonizante a su Alma.
Oda para música en el día de Santa Cecilia.
Eloísa y Abelardo.
Epístola al doctor Arbuthnot.
Epigramas. Epitafios.
Pastorales. Sátiras.
El equilibrio de Europa.
Mesías.
El desafío.
El espejo.

Era un hombre diminuto, «un esqueleto en miniatura». Brazos y piernas raquíticos, como los de una araña. Abultado el cuerpo por delante y por detrás. . . Pero la cabeza llena de profunda filosofía. Tuvo ingenio pero le faltó humor; era satírico que ridiculizaba, pero que casi nunca reía.

Desde niño, su mayor ambición fue la de deslumbrar como el más elegante miembro de la buena sociedad inglesa. Por hijo de plebeyo, le negaron los privilegios y galas de los que heredan títulos nobiliarios.

Y por católico, vióse impedido de ingresar en la universidad o de seguir una carrera pública. Pero entre la aciaga lluvia de piedras, la naturaleza le deparó una pepita de oro. Le dotó de talento para escribir poesía.

A los doce años, ya se había trazado el plan de estudios que había de seguir a lo largo de toda su vida. Se abalanzó sobre los libros, en especial sobre los de poesía, con la rapacidad del tigre.

A los catorce perfeccionó su estilo con la pulida composición de los versos pareados que ya hiciera famosos la elegante pluma de Dryden.

A los dieciocho consideróse poeta acabado y se dio a frecuentar el café de Will, el punto de reunión de los «talentos» literarios de la época.

A los veintitrés publicó un poema hábilmente concebido, y muy artificiosamente escrito, acerca de los cánones de la crítica literaria. La mayoría de los críticos lo calificó de obra maestra.

Ese cuerpecito patético y deforme sufría de una extraña enfermedad, la de una sed insaciable de poder, del poder que da la inteligencia.

Por cierto que su genio iguala al de Virgilio por la sublime grandeza de su sensibilidad poética. Y así, este poderoso poeta que apenas levantaba del suelo, sentado en su estudio sobre una pila de almohadones para poder apoyar los codos sobre el escritorio, elaboraba las fulminantes centellas de sus versos. Aliviaba su tenaz jaqueca sorbiendo una taza tras otra de humeante café.

Vivía para escribir. Se pasaba las noches y los días concibiendo las ideas luminosas que luego ponía en versos deslumbrantes, que serían la admiración y el terror del mundo.

El cerebro habíasele convertido en espejo travieso del mundo. Ridiculizaba las manías del momento, con disfraces grotescos.

En el club tenía prolongadas charlas sobre literatura con el famoso escritor de la prosa, Swift por quien se sentía atraído hacia este hombre de inteligencia tan viva como la suya.

Swift, por su parte, no sabía si reírse o admirar al pequeño poeta, majestuoso y conmovedor, que ceñido por apretado corsé para mantenerse erguido, se contoneaba por calles y salones, y que, para que sus piernas esqueléticas tuvieran un tamaño cercano al normal, llevaba hasta tres pares de medias.

Quizá, sentado en compañía de este pomposo y patético liliputiense , el colosal y sombrío Guíliver concibió su sátira inmortal de una isla habitada por pomposos y patéticos hombrecillos.

Con el andar de los años, la conversación entre ambos se fué haciendo imposible. Porque la sordera de Jonathan Swift fuese acentuando y a Pope le iban faltando las fuerzas para desgañitarse gritándole.

Mientras traducía la Iliada, visitó en una ocasión a lord Halifax, uno de los pilares de la aristocracia inglesa, quien hacíase pasar por entendido hombre de letras. Éste solicitóle a Pope le recitara algunos de sus versos.

El noble «letrado» pareció escuchar la lectura con meditativa concentración, y al fin dijo: «Disculpe, Mr. Pope, pero hay algo que no me gusta en ese pasaje. Márquelo y estudíelo luego con más detenimiento».

Al cabo de tres meses el poeta le llevó el manuscrito intacto y releyó el mismo pasaje con voz alterada. «¡ Ah, ahora sí que están perfectos los versos! — exclamó el lord lleno de gozo—. Ya no podrían mejorarse.»

Con el dinero que recibiera de su traducción, Pope pudo comprarse una regia mansión y vivir con el esplendor y el lujo que siempre ambicionara.La aristocracia reconoció su talento literario he hizo llover sobre él un diluvio de invitaciones.

Era bienquisto tanto por lo desagradable de su cuerpo como por lo privilegiado de su espíritu. Comía a la mesa de los miembros del gabinete y dé las princesas de sangre real.

Le encantaba la sociedad de las mujeres. Cortejó con ardor y petulancia a Martha Blount, una amiga de la infancia y devota de su misma religión. Le declaró su amor en esa extraña manera egocéntrica que adoptaba cada vez que se sentía incómodo.

Pope quedó subyugado por el encanto de una señorita llamada Mary Montagu. Tenía ésta una inteligencia masculina. Deleitábanla sus poesías y confeba complacida por las atenciones burlonas que Pope le prodigaba.

La pareja era conocidísima en todos los salones hasta que un día, enardecido por el alcohol, Pope trató de salirse del papel de cortejante burlón y asumir el de enamorado de verdad, lady Mary se puso de pie, le dio un empujón para alejarlo de sí, volvió a sentarse estalló en una estruendosa carcajada.

El poeta palideció y huyó del aposento. Jamás perdonó a lady Mary semejante insulto.

Una bandada de pseudos literatos revoloteó por muchos años alrededor de la llama de su genio. Estos fracasados cortejantes de la musa, decidieron atiborrar a Pope con un torrente de dramas heroicos y poemas épicos, rogándole los revisara, reeditara y vendiera a nombre de ellos.

Uno de estos poetas, le enviaba una tragedia por semana.Finalmente, Pope proyectó escribir una epopeya burlesca sobre las espantosas concepciones de estos escritores de ínfima estofa.

Su ataque iba solamente centra estos «locos inofensivos», sino también contra aquellos que se salían de las filas para ofenderlo.

En su «epopeya de los tontos» reserva lugar especial a todos los críticos, poetas, autores teatrales o libreros de quienes sufrió alguna vez la más mínima descortesía. Les somete a estudio uno por uno, les despoja de cuanta pretensión tengan y les coloca a tiro para poderlos asar en el asador emponzoñado de su invectiva.

En un periquete ya estaban todos reunidos para organizar el frente de lucha contra «el aluvión de veneno». Si bien el libro se publicó anónimamente, a nadie se le escapaba que había un solo hombre en Inglaterra capaz de escribir tan agraviantes rimas.

Estaban decididos, pues, a vengarse de Alejandro Pope. Escribieron cartas al primer ministro alegando que Pope era un enemigo del gobierno. Le quemaron simbólicamente y llegaron a amenazar su vida. De noche, el enanito mordaz no se atrevía a andar por las calles sin llevar un par de pistolas en el bolsillo y un fiero perrazo a su lado.

Desde su comienzo, el mundo de los hombres había buscado el momento propicio para pisotearlo. Y él se había defendido con la coraza de su mordacidad.

Demostraría a Inglaterra, por si quedaba alguna duda, que él era el más puro, candido y benevolente de todos los poetas. Volvería a escribir su correspondencia privada, reveladora de su bondadosa personalidad intrínseca. Embellecería sus cartas con «perlas de justicia y sermones de buen sentido».

Escribiría otro poema, Ensayo sobre el hombre. Sería la obra cumbre de su poesía moralista, como The Dunciad lo había sido de la satírica.

Cumplía cincuenta y siete años cuando la muerte llamó a su lado a este giboso galanteador de la musa. Muy poco tiempo antes de morir Pope, John Gay —su mejor amigo, un autor teatral del género satírico— había abandonado las tablas con una insolente reverencia y un epitafio mordaz: «La vida es una broma y todo lo corrobora: así pensaba antes y ahora lo sé positivamente». Otro amigo íntímo, el deán Swift, había perdido la razón.

Y ahora, Alejandro Pope, el último y más presumido de este terceto de cínicos, se maravillaba en su lecho de muerte de la existencia de cosa tan fútil como la vanidad humana.

Falleció un 18 de agosto de 1503, en Roma, Italia.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Alexander Pope – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Milton John Historia, Vida y Obra Literaria

Biografia de Milton John
Historia, Vida y Obra Literaria

Milton John (1608-1674) fue un poeta y ensayista inglés, autor de una obra rica y densa, que ha ejercido una influencia indiscutible en poetas posteriores.

Milton dedicó su prosa a la defensa de las libertades civiles y religiosas y es para muchos el más grande poeta inglés después de Shakespeare.

Durante toda su vida fue un soldado en la vanguardia de los que luchan por las libertades humanas. Grande fue su batalla y grandes sus sufrimientos. Vivió en un siglo trágico, y su propia vida fue una tragedia desarrollada en tres actos.

El primero (1608-39) fue un período de educación, experiencia y búsqueda instintiva hacia la luz de la verdad. El niño, consciente de la nobleza que en él alentaba, fue convirtiéndose en el hombre que habría de aguardar del resto de los mortales esa misma nobleza.

Biografia de Milton John Vida y Obra Literaria
La obra de John Milton está marcada por su elevado idealismo religioso y su interés por los temas cósmicos. En ella revela un gran conocimiento de los clásicos latinos, griegos y hebreos.

PRINCIPALES POEMAS DE MILTON

El paraíso perdido.
El paraíso recobrado,
Sansón el atleta.
L’allegco.
Il penseroso.
Comus,
Licidas.
Himno en la mañana de la Navidad de Cristo.
Sobre su ceguera,
A Mr. Lawrence.
Ciríaco Skínner.
A la dama Margaret Ley.
A una música solemne.
La matanza del Piamonte.
Cuando se preparó el asalto a la ciudad.
Salmos.
Odas.
Sonetos.
Elegías.
Epigramas.
Al Obispo de Winchester.
Poemas latinos.

Entregado por entero a dar a conocer la justicia, trató de descubrir y perfeccionar el lenguaje que ante los hombres le serviría de trompeta pregonera de justicia.

La poesía fue su religión. La literatura, su sacerdocio. No escribió para su gloria personal, sino en aras de la honestidad universal. Empeñado en hallar la mejor manera de expresar sus mejores pensamientos, probó distintas composiciones poéticas, líricas y burlescas, sonetos, elegías, pastorales y odas.

Al principio, ansioso de ser escuchado por el mundo entero, eligió el latín como vehículo de expresión, por ser la lengua internacional de la época. Pero más tarde, al advertir que el poeta debe dirigirse antes que a nadie a sus propios compatriotas, abandonó el latín por el idioma nativo.

Vio al país aherrojado per supersticiones y miserias y trató de liberarlo con sus poesías. Mas padecía del excesivo optimismo de la juventud… era un profeta demasiado joven que tenía en mucho la inteligencia de los hombres.

Con el decurso de los años se convenció de la imposibilidad de reformar la política con sus versos. Necesitaba de una lengua bien simple para que su público le escuchara. Y así, gallardamente, renunció a la ambición de llegar a ser un gran poeta. Por más de veinte años se allanó a escribir manifiestos revolucionarios en prosa.

He aquí el segundo acto del drama de su vida ( 1640-62). De poeta distinguido, convirtióse en folletista odiado. Atacó la voracidad desmedida del clero, y los católicos fanáticos le odiaron.

Pregonó la justicia de las leyes del divorcio, y cayó sobre él una lluvia de escarnio. Denunció la tiranía de la nobleza, y se le acusó de traidor a su país. Cuando Carlos I fue ejecutado,

Milton apoyó el derecho que asistía a los rebeldes de ajusticiarlo. Los partidarios del rey no olvidaron esta defensa y en la ocasión propicia clamaron venganza contra el poeta.

Pero por el momento, afortunadamente, Milton estaba a salvo de sus enemigos. Aunque no de su destino. Designado secretario en lenguas extranjeras de Oliverio Cromwell, puso tanto empeño al servicio del gobierno revolucionario que oerdió la vista. Pero no se desalentó por ello.

Había vivido para ver su sueño hecho realidad. ¡Su país era libre!… Mas pronto la tragedia hará crisis. Desaparece la república y se restaura la monarquía.

Viejo, ciego, desilusionado y transido de amargura, Milton es arrojado a la prisión. Su visión de un mundo mejor había sido un fugaz espejismo. Su país no quería ser libre. Milton sería otro de los muchos profetas despreciados de su propio pueblo.

El tercer acto de la tragedia (1663-1674) comenzó en forma asaz calmosa. Pero era la calma que precedía a la tormenta. Disgustado por la fatuidad del hombre, Milton encaminó su fe hacia Dios.

Volvió a refugiarse en la poesía y describió la épica lucha entre el bien y el mal, poniendo al hombre de protagonista. En El paraíso perdido, Milton buscó huir de sí mismo.

Era la apelación humana al juicio divino, una apelación que el abogado de la vida dirigía a la corte suprema de la eternidad. Pero la ingratitud de sus conciudadanos, aquellos por cuya defensa había arrostrado las miserias terrenas y desafiado los misterios celestiales, siguió impertérrita hasta el fin de sus días.

Le pagaren el pan de su generosidad arrojándole piedras, hasta que por fin, al igual que el campeón derrotado del Viejo Testamento, penetró en el templo de los filisteos y conmovió sus cimientos haciendo que las ruinas cayeran sobre las propias caberas de aquéllos.

El poema sobre Sansón, la última de sus obras, tiene el clima apropiado para la tragedia de su vida; una vicia, citando sus palabras «desprovista de luz y diariamente expuesta al escarnio, al desprecio, al abuso y al agravio».

Milton ha sido llamado, con razón, «el espléndido puente que unió el mundo de las viejas ideas con el de las nuevas». Pues en su genio combinó la magnífica erudición del Renacimiento con la no menos magnífica rebelión de la Reforma.

Descendía de una familia de eruditos y rebeldes. Su abuelo era un católico muy devoto y versado en los dogmas, mientras que su padre había sido desheredado por abrazar la religión protestante.

Éste no desmayó ante tamaño castigo y supo triunfar en la vida. Era escribano — es decir, escribía documentos legales para los notarios— y dedicaba tedas las horas libres a sus dos pasatiempos predilectos, la música y la poesía; alcanzó una «situación próspera» y compró una casa en Bread Street, y fue en esta casa donde nació el poeta del Paraíso.

El tercero entre seis hijos, Juan Milton se crió en un ambiente de estudio, refinamiento e independencia de criterio. Las pláticas familiares eran muchas e interesantes, y ayudaban a alimentar su insaciable deseo de progresar.

Estudió en la Universidad de Cambridge, siempre fue rebelde, pero nunca grosero. Dejó las aulas universitarias convertido en bachiller y doctor en filosofía, conocedor de ocho idiomas y poeta capaz de cortejar a su musa en latín y en inglés con igual facilidad.

Viajó por Italia y fue algo así como el desfile triunfal de un poeta de veinticuatro años. Los más destacados hombres de Italia estaban familiarizados con sus versos en latín, aunque no conocían sus versos en inglés.

Como una guerra civil amenazaba a su patria, se vio forzado a interrumpir sus planes y sus estudios. Para un inglés patriota no eran ésos los momentos más apropiados para escribir elegantes rimas en Italia

Una vez establecido en Londres, se convierte en el propagandista más ardiente de la revolución. Se había hecho el propósito de sacrificar su poesía y hasta su vida, de ser necesario, para defender los derechos de los hombres contra los llamados «derechos divinos» que alegaban poseer los opresores. Nunca se amilnó, ni siquiera cuando el Parlamento votó una ley prohibiendo la libertad de prensa.

Acusado por la Censura Pública (24 de agosto de 1644) de escribir «folletos escandalosos y sediciosos», replicó al cargo que se le hacía con «el más escandaloso y sedicioso de los folletos». Fue éste su famosa Areopagitica, una defensa del derecho de la libre palabra, que fue oportuna en su día y que lo será eternamente.

En la pugna entre tiranía y rebelión, él, con su talento varonil y su elocuencia, apoyó la causa revolucionaria. Y en el invierno de 1649, cuando la cabeza de Carlos I rodó en el cadalso, Milton no sólo aplaudió la ejecución, sino que llegó a santificarla.

A los treinta y cinco años se había casado con una jovencita de diecisiete. Fue una unión desafortunada para ambos, debido a la gran diferencia de gustos y edades. Mary Powell era alegre, jovial y ligera de cascos, para remate, Mary politicamente era realista y Milton revolucionario.

Mary, después de soportar durante un mes el espíritu rebelde y austero de Milton, se rebeló ella también, y le abandonó. Milton la envió carta tras carta rogándola que volviera, pero ella se obstinó en permanecer en la casa paterna.

Con el tiempo la pareja desavenida volvió a reunirse, para desgracia de ambos. Mary llevó a toda su familia —padre, madre y varios hermanos y hermanas— a vivir a la casa de Milton. Desde ese día ya no hubo paz para el poeta ni para su mujer.

Economicamente la fortuna de su padre había mermado considerablemente a consecuencia de la Guerra Civil, y Milton habíase visto precisado a practicar la enseñanza para vivir, abriendo una academia en su propia casa.

Pero, luego de la ejecución de Carlos I, pudo prescindir de su academia. Oliverio Cromwell, el dictador de la República, le designó «Secretario en lenguas extranjeras . Su obligación era la de «preparar y traducir los despachos de y para cualquier gobierno extranjero».

Era una tarea titánica, y tanto que, por cumplirla, perdió la vista. Al quedar ciego se le vio desalentado, pero nunca desesperado, pues estaba orgulloso radicaba del hecho que que había sacrificado su vista en aras de la patria.

Sobrevino luego la muerte de Cromwell, y la vuelta de los Estuardos al peder. La monarquía volvía otra vez al trono. La visión de Milton de un mundo mejor no había sido sino el sueño de un ciego. Ahora sería perseguido por el nuevo régimén, y pudo eludir la captura, oculto en una casa amigo.

Entretanto, el verdugo público quemó sus libros, se confiscó su casa y se realizó un funeral festivo en su agravio para agradar al rey Carlos II, muy dado a esta clase de diversiones.

Luego se descubrió su escondite y fue enviado a prisión, hasta que el Rey un día, mandó que le libertaran

Al morir su primera mujer, se había vuelto a casar, y a los dos años enviudó nuevamente. Un tercer enlace le aportó mayores obligaciones, sin que le hiciera más feliz.

Los profetas del mundo están hechos para la soledad. Sus parientes, y hasta sus propias hijas, hallaban insoportable la terquedad de su temperamento. Quisieran o no, debían secundarle en el trabajo, como secretarias.

También Milton perdió su paraíso: el edén de una Inglaterra libre. Y, afligido, marchó por la solitaria senda que lleva a la muerte. Su magnífica poesía épica fue acogida fríamente por un mundo distraído. Diez años de continua labor le habían llevado a escribir El paraíso perdido, y los editores le pagaron por su publicación sólo cinco libras.

Se sentía viejo, enfermo y desilusionado. Sus hijas le habían abandonado. Su casa de Bread Street fue destruida en el gran incendio de Londres (1666).

Su nombre era objeto de escarnio por parte de los partidarios del rey, atrincherados ahora en el poder. Fue en esas circunstancias cuando Milton decidió escribir sus últimos versos, considerados por algunos como los mejores que salieron de su pluma: la tragedia de Sansón.

Este poema es la figura simbólica de su propia carrera, no sólo representa a Milton, sino a les habitantes de la Inglaterra de entonces. También ellos, en los días de Carlos I estaban desamparados, vencidos y escarnecidos.

La nación inglesa era un Sansón aherrojado y débil, pero ya llegaría el día en que «rompería sus cadenas y aplastaría a los filisteos con esos mismos eslabones con que ahora la oprimían».

En esa esperanza murió el 8 de noviembre de 1674.

Sólo un puñado de hombres se dio cuenta entonces de que el mundo de los vivos había perdido a uno de sus profetas. Su muerte pasó inadvertida para la mayor parte de los críticos, del mismo modo que había pasado inadvertida su vida.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Milton John – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Francois Villon Vida y Obra del Poeta Lirico

Biografia de Francois Villon-Vida y Obra del Poeta Lirico

François Villon (c. 1431-c. 1463), poeta francés considerado en opinión de muchos especialistas como el poeta lírico más destacado, por la belleza y originalidad de su poesía y su extraordinario poder evocativo.

En el año 1431, en medio de una Francia convulsionada por una guerra interminable que duró 116 años, con robos, riñas y asesinatos diarios, y que sumado a una plaga (peste bubónica), que diezmó a la ciudad de Paris en 50.000 habitantes, llegó al mundo Francisco de Montcorbier.

Sus padres eran terriblemente pobres, y alimentaron a este huésped indeseado «con nabos y maldiciones». Más de una vez se habría acostado con el estómago vacío, de no haber adquirido la habilidad de escurrir en sus bolsillos la comida que hurtaba en las tiendas vecinas.

Por cierto que su educación empezó con el robo. A leer y a escribir aprendió mucho mas tarde.Perdió al padre cuando él era muy niño aún. Cuando llegó a los doce, su madre creyó que había hecho ya bastante per él y le dejó librado a la merced de un pariente lejano, el padre Guillermo de Villon.

Este párroco bondadoso y ya anciano-aceptó la carga, se llevó al niño a vivir bajo su techo y le dio su apellido. Halló al rapazuelo muy inteligente, pero sordo a toda autoridad. Sin embargo, con la esperanza de hacerle cura, le matriculó ( 1443) en la Universidad de París.

Sus profesores creyeron que, dándole de azotes muy a menudo, podrían hacer todo un caballero de aquel bribonzuelo, pero fue inútil.

Sus años tiernos habíanle dejado huella indeleble. Obtuvo el título de bachiller y maestro, y dejó la universidad hecho un erudito de primer orden, un poeta inspirado y el campeón de los pillos.

Biografia de Francois Villon poeta frances
Su gran mérito como poeta reside en la subjetividad de su poesía. Villon expresaba sus sentimientos con ingenuidad, ya fuesen buenos o malos, y la franqueza con que hablaba de sí mismo lo llevó a hablar de otros con idéntica franqueza.

Con el aprendizaje recibido de dos tunantes amigos, Villon agregó a los dos títulos universitarios otro que no lo era: M. C. (Maestro en Crímenes). Y ya le vemos dispuesto a cursar clases que, partiendo del aula ‘universitaria, le llevarán a presidio.

Divide el día en tres etapas: las tardes para escribir, las noches para robar y divertise, y las mañanas para dormir.

No obstante, en consideración a su padre adoptivo, prometió más de una vez cambiar de vida. «Después de todo, ¿qué provecho material sacas de tu proceder indigno? Robas, matas, y te llenas la bolsa,… ¿para qué?. Para que te la birlen las mujeres y el vino.»

Así que, estaba decidido, se reformaría.

Con el tiempo y a merced a los incansables esfuerzos de su padre adoptivo, consiguió trabajar honestamente. Por un tiempo trató de «aparecer honesto», haciendo de preceptor de varios jóvenes cuyos padres, evidentemente, desconocían su pasado. Mas a poco volvió junto a. los hombres y mujeres de sus viejos tiempos.

Lo subyugaron los ojos penetrantes y la cáustica lengua de Catalina de Vausselles, «mi dama de la nariz respingada». Villon se enamoró perdidamente de Catalina, pero ésta sólo sabía entregar su corazón apasionado al dinero, y lo abandonó por un amante más rico y dominador que él

La humillación sufrida por Villon fue la comidilla del hampa parisiense. La gente se reía a sus espaldas. No le quedaba más remedio que irse de París.

Pero antes se despediría de la ciudad con un dardo inflamado de irónica poesía. Escribió, pues, un testamento burlesco, El pequeño testamento, en el que dejaba la gloria de su existencia a Guillermo de Villon, la alegría a sus amigos, el dolor a sus enemiges y su «pobre, lánguido y transido corazón» a la dama que le redujo a tan penoso estado, ¡y quiera Dios compadecerse cíe su alma!».

Una cena ele despedida en la Nochebuena de 1436. Francisco Villon convida en la «Taberna de la Muía» a cuatro compinches suyos. De pronto, una idea diabólica cruza per sus cerebros saturados de alcohol. Y pocos minutos después, cinco sombras silenciosas se pierden en la noche en dirección del Colegio de Navarra. Han persuadido a Francisco de que será más provechoso robar en París que correr peligros por los caminos.

El asalto al Colegio de Navarra, en el que Villon casi pierde la vida, dejó a éste una ganancia de seis mil pesos aproximadamente.

Pasaban los días y la policía no sospechaba de Villon ni el de sus secuaces. Los ladrones celebraron su «buena fortuna» con noches de jarana en las que se regalaban con un primer plato de pavo asado y un postre picante de mozas rozagantes.

Pero llegó un día en que el poeta, al despertar, encontró sus bolsillos vacíos.Resolvió, una vez más, dejar la ciudad, y esta vez cumplió su propósito, pero mas tarde cayó preso.

Comenzo a meditar y escribir una nueva obra, concodia como el Gran Tsetamento. El pequeño testamento, no obstante sus momentos sublimes, es una burla. El gran testamento, a pesar de sus frecuentes vulgaridades, es un himno grandioso.

Es interesante notar que Villon escribió la mayor parte de la obra en la prisión, mientras aguardaba la sentencia de muerte. Es la confesión postrera de uno de los bribones más deleznables que el mundo ha conocido, pero que, sin embargo, tuvo la gracia de la fe y el don de un numen inspirado.

Empieza el poema con una disculpa por su vida ruin. Ha sufrido ya bastante bochorno, pero está seguro de que si bien no ha sido todo lo bueno que debió ser, al menos no ha sido todo lo malo que pudo ser.

La pobreza ha sido el aderezo de su vida y el dolor le llevó siempre de la brida. «Las necesidades descarrían a los hombres así como el hambre acucia al lobo a salir aullando de su guarida.»

Villon termina su Gran testamento, la mezcolanza más sorprendente de lo sublime y lo sórdido, con un epitafio para su propia tumba.

«Este haragán, mentecato, abandonado de la fortuna, ha devuelto su cuerpo a la Tierra, nuestra Madre común, los gusanos no hallarán mucha carne en él, porque ya el hambre lo ha roído hasta bien cerca de los huesos. Nunca tuvo descanso hasta que la muerte se lo llevó de este mundo. ¡Dios de la Misericordia, ten piedad de su alma y concédele paz eterna!».

Cierto día tornó parte en una riña entre beodos y fue detenido. El hecho en sí no revestía importancia por ser cosa de todos los días, y nada serio. Pero la policía parisiense ansiaba librarse de él «de una vez para siempre».

La mayor parte de sus compinches estaban ya «bamboleándose y secándose» al aire libre, y la salud de la ciudad mejoraría en mucho —reflexionaban los gendarmes— si podían hallar una excusa para echarle la soga al cuello a ese Villon.

Dispuestos a aprovechar la ocasión que se presentaba desenterraron de los archivos policíacos la larga serie de sus crímenes ya casi olvidados, incluyendo el robo del Colegio de Navarra, ya por entonces aclarado, y le sentenciaron a muerte.

Y aquí le vemos, enfrentándose con la horca por tercera vez. Echado sobre el húmedo camastro de su celda, se veía «pendiendo y balanceándose» de una soga. . . y se figuraba cómo sería ese cuarto de hora en que, con angustia creciente, vería írsele acercando la muerte.

La suerte no lo abandonó, su sentencia de muerte —gracias una vez más a la mediación del padre Guillermo— fue conmutada por diez años de exilio.

Se le dieron tres días de plazo para saludar a sus amigos y salir de París.

Una gélida mañana de enero (1463), arrastrando su magra y solitaria figura, atravesó la puerta de Saint Jacques para perderse bajo la copiosa nevada matutina… es lo último que se sabe de él. Se cree falleció en 1463.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Villon Francois – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Chaucer Geoffrey Poeta de los Cuentos de Canterbury

Biografia de Chaucer Geoffrey Poeta de los Cuentos de Canterbury

Geoffrey Chaucer (1343-1400), poeta inglés, uno de los más sobresalientes de su país, cuya obra maestra, los Cuentos de Canterbury, resultó crucial para el posterior desarrollo de la literatura inglesa.

Nació en Londres en el seno de una familia enriquecida con el comercio del vino. Asistió a la escuela de gramática latina de la catedral de San Pablo, y quizá estudió Leyes en Inns of Court.

Entró en palacio como paje, por lo que tomó parte en una campaña militar en Francia y, posteriormente llegó a casarse con una dama de compañía de la reina. Nombrado escudero del rey se encargará de misiones diplomáticas y otros cargos públicos.

Entre 1374 y 1386 trabajó como inspector de aduanas para la ciudad de Londres y entre 1389 y 1391 como funcionario responsable de los palacios y parques reales.

Hacia 1386 se trasladó a una residencia en el campo, probablemente en Greenwich y, más tarde, se instaló en la región de Kent, donde en 1386 era juez de paz y miembro del Parlamento.

Se conoce su vida a través de documentos relacionados con su carrera como funcionario de la corte de los reyes Eduardo III y Ricardo II.

Es la figura más aportante de la literatura británica en la Edad Media. Con él alcanzó el inglés de Londres la categoría de lengua literaria.

Entre sus obras figuran infinidad de canciones, himnos, raladas, rondas y poemas alegóricos, como La casa de la fama y El parlamento de los pájaros; imitaciones de Boccaccio y Ovidio, como Troilo y Cresida (que probablemente, aspiró a Shakespeare), y la Leyenda de las honestas damas; su creación más famosa son los Cuentos de Canterbury, iniciada en 1385, excelente documento para analizar la sociedad de su época.

Los Cuentos de Canterbury de Chaucer es una obra en verso que narra la historia de un grupo de peregrinos que se dirigen a Canterbury. Este fragmento, recitado por una actriz, pertenece al inicio del ‘Prólogo general’: «Cuando ese abril con sus aguaceros sosegó / lo que la sequía de marzo ha afectado hasta la raíz, / y bañó cada vena con un licor semejante, / del que la virtud que engendró sea la flor».

biografia de Chaucer Geoffrey
Chaucer viajó al frente de numerosas misiones diplomáticas a Francia, España e Italia en los años 1372, 1373 y 1378, lo cual le permitió entrar en contacto con las obras de Dante, Petrarca y Boccaccio (escritor que influyó notablemente en sus posteriores obras).

Al fallecer la condesa Isabel quedó fuera de servicio su paje, Godofredo Chaucer. Mas por poco tiempo. Un amigo de la infancia, John de Gaunt, había heredado el vastísimo ducado de Lancéster, convirtiéndose así en el hombre más rico de Inglaterra.

Godofredo volvío a incorporarse a la corte real, con el título de poeta oficial del rey. En cierto modo, en esto no hacía sino seguir la tradición de su familia.

Poco tardó en dominar el manejo de las piezas del intrincado tablero de las relaciones exteriores. El monarca le envió en misión diplomática a Genova. Una vez más se vio, en tierras extrañas, sirviendo a su país.

En Italia, entre las revoluciones y contrarrevoluciones, Chaucer descubrió los frescos de Giotto y la poesía de Dante. En Italia revivía ]a antigua Grecia.

Habiéndo llevado a cabo satisfactoriamente su misión, regresó a su país y el rey lo premió por sus servicios.

Logró un triple galardón: un nombramiento en la Aduana del puerto londinense, la libre posesión de una residencia en Aldgate y la entrega diaria de un cántaro de vino procedente de las bodegas reales, «para refrigerio de su mesa».

Habíase casado con una joven extravagante, Philippa, quien en su esfuerzo por «relacionarse con la sociedad» le metía en terribles apuros. Cuanto ganaba iba a parar al cesto sin fondo de los ambiciosos caprichos de su mujer.

Eran los suyos cuentos románticos de arrojada valentía, que luego leía en alta voz al terminar los banquetes reales, una vez despejadas las mesas y a la luz roja de las antorchas que iluminaban las pieles y terciopelos de los comensales.

Hubiérasele creído un «joyero que derramaba a manos llenas perlas y cuentas de vidrio, diamantes refulgentes y ágatas opacas, negros azabaches y rubíes carmesí».

Pero no se daba por satisfecho. . . porque el poeta siempre debe marchar en busca de la verdad. Y hasta ese momento había palpado solamente las galas superficiales de la verdad, sus colores llamativos y la fantástica confección de sus atavíos.

No había sustancia en su poesía, como tampoco la había en las criaturas encantadas, nimbadas de niebla o de arco iris que tan primorosamente describía. Estaba viviendo un sueño vano. Sus ocupaciones oficiales le obligaban a viajar de continuo.

Kelmscott Chaucer

Se conoce por Kelmscott Chaucer la edición que en 1896 realizó el pintor y diseñador William Morris de la obra de Geoffrey Chaucer en su imprenta Kelmscott Press. Las ilustraciones, inspiradas en textos medievales, eran de estilo prerrafaelista, del propio Morris y de Edward Burne-Jones.

Recorría las largas carreteras espoleando su cabalgadura de tanto en tanto, y dedicando el resto del tiempo a dar rienda suelta a sus pensamientos. Su mayor ventura era la de recorrer los senderos por el mes de mayo, cuando el verde lozano de la campiña inglesa reverdecía el corazón.

Había en esa frescura campestre algo que subyugaba aún más que el oropel de todos sus romances. Basta ya de «cuentecitos, canciones y baladas.

La belleza que atesoraba el paisaje inglés sería en adelante la inspiradora de su poesía.

La aparición de Los cuentos de Canterbury afianzó el renombre de Chaucer como padre de la literatura inglesa. Desde entonces, aun cuando su bolsa estuviera vacía, sabía que en su vida había cumplido una misión: la de dar nueva cadencia a su idioma natal y nuevo encanto a su terruño.

Al influjo de su mágica pluma, la lengua y el paisaje ingleses revivirían por siempre jamás, «más frescos que los capullos de mayo».

Y lo mismo ocurrió con la gente de aquella Inglaterra, a quien infundió vida eterna. ¡Tanto es el encanto de Los cuentos de Cantórbery, la canción tempranera de un mundo que despierta. . .

A medida que pasaban los años, el espíritu de Chaucer íbase aprestando a abandonar la hostería de este mundo para iniciar su peregrinación en el otro. Pero tenía aveces sus recelos, pues la senda a seguir no se le presentaba del todo despejada.

Miles de veces a los hombres he oído contar
que alegre es el ciclo y penoso el infierno.
y bien de acuerdo estoy con tal hablar;
pero yo también sé
que ninguno de los que aquí viven
ha visitado jamás el infierno ni el cielo

Pero cuando al alba sonó la hora de la partida, estaba presto a iniciar el camino: «¡Adelante, peregrino, hacia la luz, y sin miedo!»

Durante el renacimiento Chaucer fue considerado el Homero inglés y Edmund Spenser le alabó como su maestro; además, muchas de las obras de William Shakespeare muestran la asimilación por parte del gran autor teatral del lado más cómico de las obras de Chaucer.

Murió en Londres, Reino Unido, un 25 de octubre de 1400.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Godofredo Chaucer – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Walter Scott Escritor Vida y Obra Literaria

Biografia de Walter Scott EScritor-Vida y Obra Literaria

Walter Scott (1771-1832), fue un escritor de estilo novelista, poeta, historiador y biógrafo escocés, cuyo trabajo como traductor, editor y crítico, junto con sus novelas y poemas, hicieron de él una de las más prominentes figuras del romanticismo inglés.

Nació el 15 de agosto de 1771 en Edimburgo. Un pequeño «virtuoso» de seis años que tenía una mente prodigiosa, un cuerpo vigoroso y una pierna coja.

A los ocho meses de edad había sufrido un ataque de parálisis infantil, y una de sus piernas había quedado lisiada para toda la vida; pero el resto de él, repitiendo sus propias palabras, era «sano, animoso y recio».

Biografia de Walter Soctt
Nació el 15 de agosto de 1771 en Edimburgo. Trabajó como abogado y, más adelante, como secretario judicial, actividad que le dejaba mucho tiempo libre para escribir.

Aprendió a caminar, a cabalgar, y hasta a correr a la par del más pintado. Descendía por línea paterna y materna de sangre «noble». Esa nobleza era para él motivo de orgullo, pero no de arrogancia. Fue a lo largo de toda su vida un caballero entre caballeros.

Fue, desde la infancia, «incansable como el remolino». Siempre estaba haciendo o diciendo alguna cosa. Tenía una memoria que semejaba un papel secante: absorbía todo lo que oía o leía. Se paseaba por la casa recitando poesías.

Un «diablillo porfiado», con un voraz apetito de saber. Cuando comenzó a ir a la escuela —a los ocho años— se sabía casi de memoria a Shakespeare y Homero, pero no sabía nada de aritmética. El maestro le hizo sentar al final de la clase, entre los alumnos más torpes.

Al principio los condiscípulos le hicieron a un lado a causa de su cojera. «No vale la pena perder el tiempo con un lisiado.» Los desafió a uno tras otro, y más de una vez salió con las narices sangrando, pero al fin logró que lo respetasen. Y le admirasen. Pues se enteraron de que sabía relatar cuentos.

A los dos años era el mejor de la clase y sabía aritmética. Dos años más y estaba en condiciones de matricularse para la escuela secundaria.

Mas he aquí que una seria enfermedad interrumpió sus estudios y casi acabó con su vida; la rotura de un vaso sanguíneo de los intestinos. Siguieron semanas de agonía, meses de convalecencia… y al fin pudo reanudar su educación.

Comenzó los estudios secundarios con la intención de prepararse para seguir la carrera del padre: Derecho.

Walter Scott hubiera preferido mil veces el cuartel al bufete, pero la carrera militar no es para lisiados. Se graduó, pues, en Derecho, y resignóse a copiar documentos legales en la oficina de su padre.

Se enamoró de una joven que no quiso casarse con él, y se casó con una que no quiso amarle. Pero ésta admiraba en él la fortaleza de carácter, la alegría de espíritu y el superior talento.

Borroneó unos poemas en dialecto escocés e hizo varias traducciones del alemán. Aunque había cumplido veintiocho años no alentaba la menor ambición de una carrera literaria.

Con el cargo de Sheriff (oficial de justicia) de Selkirkshire, pudo disponer de un buen estipendio y de mucho tiempo libre, tiempo que le permitía atender a su práctica profesional en la curia.

Durante años enteros había estado coleccionando antiguas baladas de la frontera escocesa. Reunió la colección y preparó su publicación; no, empero, para la fama de su nombre, sino con el fin de socorrer a su antiguo compañero de escuela, el impresor Jaime Ballantyne.

A éste le escaseaba el trabajo en su taller de imprenta, y Scott ofreció las Border Ballads a un editor con la sola condición de que la impresión se hiciera en el taller gráfico de Ballantyne.

The Minstrelsy of the Scottish Border (Canciones de la frontera escocesa) —que así se titulaba la colección— no fué un éxito económico, ni Scott esperaba que lo fuese. «Mis aspiraciones literarias —escribía— son para mí asunto de esparcimiento más que de ganancias.»

Ni esperaba que su primer poema original, El canto del último bardo, resultara un éxito financiero. Mas lo fue, con gran sorpresa suya. La estrella de su destino no apuntaba hacia la carrera de las leyes, sino hacia la literaria. Y sin embargo, aún ahora —cumplidos los treinta y cuatro años— estaba lejos de sospechar su verdadera vocación.

Scott era generoso, pero no por ello menos precavido. Ansioso de asegurar el bienestar de su familia, que contaba ya con cuatro vastagos, invirtió sus ahorros en la imprenta de Ballantyne. Se convirtió así en socio en un negocio que hubiese podido tener éxito de no ser por dos factores: la incapacidad de Ballantyne para apreciar toda una situación comercial y la de Scott por «calar» a Ballantyne.

Por esa ápoca Escribió Marmion, La dama del lago (Lady of the Lake) y otros poemas breves. Encogíase de hombros ante sus triunfos literarios y acogía los fracasos con una sonrisa. El éxito del poema fue mayor por lo inesperado y enriqueció al autor.

La venta del poema aumentaba con cada edición. Los derechos de autor permitiéronle a Scott realizar el sueño de toda su vida: construirse una casa de campo.

Después de haber compuesto poesías hasta sus años maduros, no había logrado más que calificarse como bardo de mediana jerarquía. Ahora se dedicaría a la prosa, para convertirse en poeta de primer orden.

Años antes había tratado por un par de veces de escribir prosa novelada, pero la había abandonado por considerarla superior a sus aptitudes. En 1805, había remitido siete capítulos de su Waverley a un crítico amigo, William Erskine. «Tíralos —habíale aconsejado éste, lisa y llanamente—.

El dinero que le producían sus libros, entraba a torrentes en su caja, pero Scott desviaba esos torrentes hacia el pozo sin fondo de la imprenta de Ballantyne, sin reparar ni una vez en el hecho de que el negocio iba de mal en peor.

Compró más tierras, se metió en una maraña de hipotecas, agasajaba a gran número de visitantes en los prados de su residencia, daba comidas y bailes a los lugareños, vagaba (a pesar de su cojera) a través de calles y colinas, participaba en las partidas de caza, creaba , se regodeaba con sus títulos nobiliarios (inclusive una baronía), casó a sus hijos, escribió más novelas, ganó más dinero, interesóse más aún en los desastrosos negocios de Ballantyne y, al fin, el desastre. ¡Ballantyne se declaró en quiebra, y todos los bienes de Scott se esfumaron de la noche a la mañana!

El golpe fue tan repentino como trágico, pero transformó a Scott, de un buen hombre, en un gran hombre. Sus deudas, como resultado de la quiebra de Ballantyne, ascendían a 117.000 libras.

Sus amigos le aconsejaron que se declarase a su vez en quiebra, pero no aceptó ese recurso y se puso a trabajar para saldar su deuda.

El exceso de trabajo lo postró, pero supo hacer frente al mal como un estoico. «Es de valientes el sufrir y seguir trabajando.» Cuando no podía levantarse de la cama, dictaba acostado, y había momentos en que rechinaba los dientes de dolor; pero desaparecido el acceso proseguía el dictado.

Murió su mujer. «La soledad es terrible. . .», pero no cejaba en su trabajo.

Escribía novelas, poemas, biografías. Liquidó una cuarta parte de la deuda… la mitad. . . tres cuartas partes. Bajo la tensión del esfuerzo su mente sucumbió como lo había hecho el cuerpo. Cayó en el error de creer que había saldado la deuda. . . ¡piadosa ilusión!.

Sus amigos le enviaron a realizar un crucero por el Mediterráneo, en una fragata gentilmente cedida por el Almirantazgo. Entre quienes fueron a despedirle había lores , nobles damas y otras personalidades importantes.

Arribó el 11 de julio de 1832. Impedido casi de andar, pidió que le sentaran al escritorio. «Ahora dame la pluma. Quiero estar solo un momento.»

Mas cuando su hija le puso la pluma en la mano, él no atinó a cerrar los dedos.

Le metieron en cama. Fue apagándose lentamente, y a los dos meses cerró los ojos, con sublime expresión de serenidad. Scott había saldado su deuda con el Acreedor del Cielo.

Murió un 21 de septiembre de 1832.

OBRAS IMPORTANTES DE SCOTT

El canto del último bardo (poesía).
Marmión (poesía).
La dama del lago (poesía)
Waverley.
Cuy Mannering.
El corazón de Midtothian.
La novia de Lammermoor,
Ivanhoe.
El monasterio.
El abad. Kenilworth. El pirata.
Las aventuras de Niget.
Peveril del Pico.
Quintín Durward.
Las aguas de San Román.
Redgauntlet (Guantelete rojo).
El conde Roberto de París.
Vida de Napoleón (en 9 vols.).

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Walter Scott – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Sterne Laurence Escritor Vida y Obra

Biografia de Sterne Laurence

Laurence Sterne (1713-1768) fue un novelista y humorista inglés, autor de La vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, una de las obras maestras de la narrativa inglesa del siglo XVIII.

Nació el 24 de noviembre de 1713 en Clonmel, condado de Tipperary. El padre era un soldado que mudaba de lugar con la frecuencia y la rapidez del viento.

Al día después de su llegada al mundo, su padre y otros muchos bravos oficiales, tuvieron que levantar el campamento, y enviados a recorrer el ancho mundo, con su mujer y dos hijos a cuestas.

Su madre adscripta al regimiento, lo seguía «de Irlanda a Inglaterra, y de Inglaterra a Irlanda, de una guarnición de tierra adentro a un puerto de mar, vuelta de allí al interior, siempre embarazada y siempre sepultando a algún hijito.

biografia de Sterne Laurence

Su padre murió por la herida causada en un duelo, el desafío tuvo lugar en un aposento de reducidas dimensiones, y el capitán Philips tiró una estocada tan a fondo con su florete que el pobre Sterne quedó ensartado contra la pared, y la punta del arma adversaria incrustada en ella.

El oficial Sterne curó de la herida; fue a la isla de Jamaica a reponerse… y murió allí de fiebre.

El padre dejó a su familia «sin un céntimo». Quiso la suerte, sin embargo, que acudiera un primo a socorrerlos. Invirtió éste su dinero en proporcionar una buena educación clásica al joven «delgado y docto».

Después de una buena dosis de Horacio, Platón, Plinio, Cicerón, Isócrates, y las Vidas de los Santos, recibió las órdenes y se estableció en Yorkshire, en el curato de la parroquia de Sutton-on-the-Forest.

Intervino en política al lado de un tío suyo que era miembro influyente de la Iglesia, consiguió otros curatos más, y en seguida se dedicó a buscar esposa para aumentar sus prebendas.

Cortejó por dos años a Isabel Lumely. Jamás enamorado alguno escribió cartas de amor como las de este acaramelado predicar.

La vida conyugal comenzó bajo buenos auspicios. La señora Sterne era amante de la música. «El vicario tocaba el violoncelo y ella le acompañaba.»
Pero era una vida aburrida; porque ella era una señora aburrida.

Con el tiempo una extensa lista de damas tenían inflamado el pecho del joven y voluble cura. Sus «distracciones platónicas» eran el escándalo —y la envidia— de sus feligreses.

Lo nombraron juez de paz, y juzgaba a sus parroquianos con el guiño risueño de quien se mofa de la autoridad que ejerce. Este cura de Yorkshire era mus especial, jamas visto, enterraba al muerto y bautizaba al recién nacido… y reía, reía y reía estrepitosamente hasta dolerle los costados.

Formaba parte de un grupo de refinados, que se hacía llamar con el curioso nombre de «Club de los Demoníacos», y que se reunían en una residencia de campo a la que le habían puesto el sobrenombre del «Castillo Loco». Allí comían, bebían y jaraneaban; discutían de literatura y amor, y escribían sonetos a Venus y a su «ahijado» Francisco Rabelais.

Laurence Sterne era un hombre enfermo. Su aspecto tristón, con su figura cenceña y escuálida, el color negro de su atavío clerical, las piernas como «patas de araña», el pecho hundido, el semblante, cuyas mejillas, más que tales, eran huecos de apergaminada piel, trataba de aparentar ante el mundo —y ante sí mismo— lo que no era.

Una vez que ponía a un lado el violín, pasaba a su biblioteca, y escribía allí durante horas y horas. Su biblioteca era un templo consagrado a la santísima trinidad del humorismo —«Luciano, mi querido Rabelais y mi no menos querido Cervantes»—, hombres que habían dado alegría a cambio de dolor.

Y en un plano apenas secundario estaban las divinidades menores de su predilección: Montaigne, Pope y Swift. En esa biblioteca preparó un libro que sorprendió, inspiró y escandalizó al mundo.

Sterne se limitó a observar la sabiduría y la estupidez de la sociedad humana, sus lados trágicos y cómicos, mis temores, caprichos, odios y amores, todo lo cual amasó en una novela. Le inyectó una chispa del humor rabelesiano y tituló, ese extraño menjunje, Vida y opiniones de Tristram Shandy.

Una noche, de sobremesa, leyó las primeras páginas del libro a unos amigos, pero éstos se quedaron pronto dormidos. Hondamente ofendido, acercóse a la estufa, y estaba a punto de arrojar su manuscrito a las llamas, cuando uno de los amigos, «despierto de un ojo todavía» —un ojo que veía muy lejos en el futuro— le arrebató el fajo de cuartillas, que salvó así para la posteridad.

Aun después de su publicación dudaba Sterne de la acogida del público.Y entonces le empezaron a llegar excelente opiniones de sus amigos de Londres, que habían recibido ejemplares adelantados de Tristram Shandy. Tristram había triunfado, y Sterne se había hecho famoso de la noche a la mañana.

En el dialecto de Yorkshire, el vocablo «shandy» significa «chiflado, inconsecuente, alegre», y esas características dominan en todo el libro, hasta en la tipografía.

Cuando los londinenses comenzaron a leer el libro, abrían mucho los ojos, con extrañeza, se rascaban la cabeza —y luego seguían leyendo, hasta engolfarse en su lectura. — Qué ideas más ocurrentes! ¡Qué encantadores protagonistas! ¡Y qué Odisea de fantásticas aventuras!

Estas aventuras, que comienzan mucho antes del nacimiento de Tristram —en realidad, él no viene al mundo sino en el tercer libro—, empiezan con las extravagancias, los azares, los deberes y privilegios del homúnculo en embrión que habrá de encarnar, más tarde, un hombre.

Y, de ahí, este baturrillo de novela nos va llevando amenamente hasta enfrentarnos con Gualterio Shandy, el excéntrico padre del excéntrico embrión de marras. Gualterio es hombre largo de teoría y corto de sentido práctico. Siempre empeñado en hacer lo complicado más bien que lo sencillo y natural, resulta que, por lo común, no lleva nunca nada a cabo.

Si tiene que rascarse la oreja derecha, invariablemente tratará de hacerlo con la mano izquierda, pasándola por detrás de la cabeza. Se torcerá así el brazo hasta que le duela y la oreja seguirá sin rascar.

Dotado de un asombroso arsenal de citas místicas y creencias ocultistas, es «orador nato» , y su mayor tragedia es carecer de oyentes. «Se parece a un afanoso prestidigitador ante un público de ciegos.»

Ni su propia mujer comprende su talento; y cuando él habla. . . ella es una tapia. Nunca contradice en nada a su marido, negándole así la oportunidad que él ansia más desesperadamente. . . la de disputar.

Cuando visitó a Londres se halló convertido en un príncipe del mundo literario. Todos se apresuraban a rendir homenaje al «hético pastor-poeta de Yorkshire», en quien vivían hermanadas la veneración y la impudicia.

Ensaladas a la Shandy figuraban en los menús de las casas de comida. Los caballos de carreras se registraban con el nombre de Tristram Shandy. Cosméticos, vestidos y hasta juegos de naipes fueron bautizados con el nombre del libro.

Y la fama del shandysmo pasó al otro lado del Canal y se difundió por toda Francia, multiplicádose su fama. Los franceses no acertaban a salir de su asombro: «¡Pero que maravilloso, es este Chevalier Shandy!»

El duque de Orlráns le rogó que posara para su famosa colección de «hombres excéntricos». Una dama le monopoliza para sus tertulias de los jueves, e invita «a todos los que tengan hambre y sed» a hartarse con sus gracias. Nada se salvaba de los dardos de su ingenio.

Aquí, como en Londres, la belleza femenina le subyuga. «Este cura —escribe un francés perspicaz— está enamorado de todo el sexo femenino. . . y por virtud de ello se conserva puro.»

En un teatro llama al acomodador para que saque a la calle a un soldadote alemán que se ha negado a inclinar la cabeza para permitir ver el escenario a un enano sentado tras de él. . . «¿Acaso no somos todos más que enanos que tratamos de ver el escenario y captar el sentido de la comedia?. ¿Acaso no somos algo así como… un jirón de orgullo que se desliza furtivo entre dos lágrimas de humillación?»

Por razones de salud, de 1762 a 1764 vivió en Toulouse (Francia) con su mujer, enferma mental, y su hija.

En 1765 realizó un largo viaje por Francia e Italia que le inspiró Viaje sentimental (1768), donde recoge sus opiniones sobre las costumbres sociales que conoció en Francia.

Murió en Londres, el 18 de marzo de 1768, cuando sólo habían aparecido dos volúmenes de esta obra. Póstumamente en 1775, se publicó su correspondencia.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Laurence Sterne – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Swift Jonathan Escritor Los Viajes de Gulliver

Biografia de Swift Jonathan Escritor

Jonathan Swift, fue un escritor político y satírico anglo-irlandés, considerado uno de los maestros de la prosa en inglés. Nacido en Dublín el 30 de noviembre de 1667, tenía un intelecto poderoso por demás, metido en un cuerpo demasiado debilitado por una enfermedad. Su superior talento se reveló desde los tres años, en que ya leía las Sagradas Escrituras.

También a esa tierna edad se puso de manifiesto su enfermedad. A lo largo de toda su vida estuvo atormentado por accesos periódicos de vértigo seguido de náuseas.

Biografia de Swift Jonathan Escritor
OBRAS IMPORTANTES DE SWIFT
La batalla de los libros. El cuento de una cuba. Los viajes de Gulliver. Los hijos de los pobres.
Indicaciones a tos sirvientes. Conversación cortés. Numerosas sátiras y versos.

Su vida toda, en realidad, fue una serie de contrastes, y el primero de ellos fué su propia venida al mundo. Perdió al padre cuando tenía seis meses de edad, y a los doce lo raptó el ama de cría.

Habiéndose enterado ésta de que un tío suyo había muerto en Inglaterra, se embarcó sin más para ir a recoger un legado que él la hacía, sin siquiera avisar a su señora. . . y llevándose consigo al niño. Transcurrieron tres años antes de que Jonathan volviera a ver a su madre.

Entretanto el chico había tomado gran cariño a la Biblia. . . y se había aficionado a las travesuras.

A los seis años entró en un colegio, el Kilkenny Grammar School, y a los catorce se matriculaba en el Trinity College, de Dublin.

Allí demostró que «le apasionaba la lectura y le fastidiaba la disciplina». A duras penas alcanzó a obtener el diploma de bachiller, pero el de master le fue negado por su «innecesaria insolencia para con el Decano Joven». Volvió, pues, a su casa, en desgracia.

A pesar de su «innecesaria insolencia» se las compuso para ocupar el puesto de secretario de Sir William Temple: escritor mediocre, consejero-valido del rey de Inglaterra y, según decían las malas lenguas, aunque acaso sin fundamento, padre natural del propio Jonatán.

El puesto significaba una soldada de veinte libras al año y un cubierto en la mesa de la servidumbre.

Y así, por un dinero que ganaba a costa de su orgullo, el brillante joven secretario se allanó a copiar los medianos pensamientos de su anciano señor. Y en los momentos libres —que eran contados— anotaba los suyos, en su mayoría en verso.

Pero, en los escasos ratos que le dejaba libre su aprendizaje, el joven Jonathan había hallado otra diversión: enseñaba a la pequeña Hester, o Stella, Johnson. Esta encantadora criatura, de ocho años, pertenecía a la casa de Sir William, pero nunca se ha aclarado del todo que representaba en ella, ni quiénes fueran sus padres.

La agradable relación de Jonathan con su alumna duró 9 años, hasta que cambió de ocupación y fue ordenado capellán de Dublin Castle.

Habiéndose decidido por una carrera eclesiástica, ambicionaba los cargos superiores de la Iglesia Anglicana, y no se contentaba con un puesto mezquino en su rama irlandesa. Pero sus superiores le negaban sistemáticamente lo que más ardientemente deseaba: un lugar de importancia en la Iglesia Anglicana.

Escribió una obra sátira contra ciertas prácticas religiosas en Europa. La titulaba Cuento de una cuba, demostrando cómo la cristiandad se ha apartado de la verdadera religión de Cristo.

Transcurrieron varios años antes de que saliese a la luz el Cuento de una cuba, publicado anónimamente. Aunque dirigida de intento a demostrar la preferencia del autor por la Iglesia de Inglaterra, la parábola no obtuvo la aprobación de los obispos y arzobispos anglicanos.

Ya viejo, al releer un día algunas páginas de su Cuento refiérese que murmuró: «¡Dios, qué ingenio el mío cuando escribí este libro!» . Esa fue su desgracia. Le sobraba ingenio para ser comprendido por sus contemporáneos.

Dondequiera que solicitaba una prebenda eclesiástica de importancia, se le despachaba con una cortés negativa. Su pluma cargaba demasiado fuego y azufre. Olía mucho a diablo.

Fue a Londres representando al pueblo de Irlanda en una misión, y una vez allí trabó amistad con los estadistas más influyentes de Inglaterra (Bolingbroke y Harley), e hizo cuanto pudo por ganarse su favor pero no pasó de ser su bufón favorito.

Al igual que Daniel Defoe, escribió para Harley folletos políticos, pero, a diferencia de aquél, rechazó toda compensación por su trabajo. En una ocasión, al estrecharle Harley la mano, deslizóle en ella un billete de cincuenta libras esterlinas. Afrentado, el folletista, le echó el billete a la cara, salió airado del despacho, y negóse a volver a verle nuevamente, hasta que Harley fue a desagraviarle personalmente a su casa.

Si bien su estancia en Inglaterra fracasó políticamente, le deparó un triunfo intelectual. Se convirtió en la figura de más tono de los cafés londinenses, en donde se congregaban los ingenios más sutiles de la City para el diario duelo de agudezas del espíritu.

Volvió de Inglaterra cargado de honores, pero sin el cargo que buscaba. Era un titán encadenado en un mundo de pigmeos.

Swift era un hombre extraño; y uno de los hechos más extraños de su vida fueron sus relaciones con Stella y Vanessa. Stella, según hemos visto, había sido pupila suya en sus años de secretario de Sir William, y cuando llegó a la «edad de merecer», fue para él algo menos que una amante y algo más que una amiga.

En cuanto a Vanessa —cuyo verdadero nombre era Esther Vanhomrigh— la había conocido en una de sus visitas a Londres, y se sintió tiernamente atraído hacia ella. Y ella —a pesar de que por la edad, Swift hubiera podido ser su padre— se enamoró perdidamente de él.

Aquí comenzó uno de los triángulos más raros de las historias amorosas.

Swift estaba enamorado de ambas, mas no se rendía a ninguna. Cuando residía en Inglaterra, se carteaba con Stella; y cuando vivía en Irlanda, escribía cartas igualmente íntimas a Vanessa.

Finalmente, cuando se estableció en Dublin como deán de San Patricio, hallóse en la agradable aunque embarazosa situación de tenerlas a las dos cerca.

Stella habitaba una casa próxima a la Catedral, y no era raro, en ausencia de Swift, que fuera a vivir en las habitaciones de éste. Vanessa se mudó a los suburbios de Dublin, so pretexto de que acababa de heredar cierta finca cercana, a cuyo cuidado debía atender personalmente.

Stella y Vanessa no llegaron a encontrarse nunca, pero cada una sabía de la existencia de la otra y con sus celos, le amargaban la vida al pobre Swift.

Los males de Irlanda le ocasionaron los mayores sinsabores de su vejez, y aliviar esos males fue su ambición mayor. En una ocasión en que el gobierno inglés se proponía tomar una medida para oprimir más al pueblo de Irlanda, Swift censuró tal injusticia en una serie de cartas tan violentas, que el gobierno se vio precisado a derogar la medida. Estas cartas, que Swift firmaba «M. B. Drapier, comerciante en géneros de Irlanda», le granjeó la «gratitud eterna» de sus conterráneos. . .

Le asombraba y dolía la inhumanidad de la explotación del hombre por el hombre.

Había perdido toda fe en la cordura humana, y declara esa bancarrota de su fe en un folleto que, por su devastadora lógica, merece mención aparte, aún entre las obras de Swift. El título es nada menos que el siguiente: Una humilde propuesta para evitar que los hijos de gente pobre resulten una carga para sus padres o su patria, y convertirlos en elementos de utilidad pública.

En los Viajes de Gulliver nos dice que cuanto mas grandes son, mayores son los tormentos que infligen a los ojos y a las narices. En cuanto a él, no tenía necesidad de mendigar porque no tenía dónde invertir el dinero. Y a este respecto, decía, trataba de inspirarse en la imagen del Señor. «Con sólo mirar a aquellos a quienes Dios se complace en prodigarlo en abundancia advertiremos cómo menosprecia el dinero.»

Y así, el «cura loco» llegó a sus años postreros sembrando el camino de burlas y gruñidos, en una sociedad que le creía un equivocado, porque era el único que conservaba su equilibrio en un mundo de desequilibrados.

Llegado a la edad del «desencanto en la sabiduría» decidió trasuntar su filosofía en los viajes imaginarios de Lemuel Gulliver. El 8 de agosto de 1726 envió el manuscrito de los Viajes de Gulliver al editor Benjamín Motte.

Acompañaba al libro una carta firmada por «Richard Sympson», en la que se daba a conocer como primo hermano de Lemuel Gulliver. «El señor Gulliver me confió hace algunos años este relato de sus viajes… ¡o ha hecho leer a personas de gran capacidad crítica y distinción; y si bien algunas partes podrán parecer en uno o dos lugares un poco satíricas, se cree que no ofenderán a nadie.

El señor «Sympson» ofrecía el manuscrito en doscientas libras, con la condición de que si la venta del libro no cubría ese adelanto, devolvería al editor la diferencia.

El libro salió a luz en el otoño de 1 726, y la primera edición se agotó en una semana. Todo el mundo reía ante el rudo ataque de Gulliver contra la raza de los Jahoo, porque nadie veía sus propios defectos, sino los del vecino . . .

Esto le enfureció a Swift más aún porque vio fracasado su principal propósito. «Yo quería escarmentar a la sociedad y no recrearla.»

Los Viajes de Gulliver es la historia de un hombre cuerdo que se aventura por entre sandeces y vanidades de una sociedad desquiciada. ¡Sí al menos este mundo se dejara gobernar por cuerdos en lugar de reírse de ellos! Habría entonces menos codicia y más bondad, menos propiedad privada y más comunidad de bienes, menos crueldad y más piedad, menos oropel y más gloria, menos insolencia y más sensatez.

Siempre pensaba en la felicidad de la especie humana. . . ¡aquel cínico malhumorado, que saludaba a la sociedad con un gruñido!

Y al fin, su pensamiento, su dolor y sus gritos, esfumáronse en un piadoso olvido. . . perdió la memoria. Cierto día, mientras leía el Cuento de una cuba, le dijeron que él lo había escrito. «¡Oh, no —repuso—, quien escribió esto era un genio!»

Cada vez que veía reflejado en el espejo su rostro macilento, exclamaba con tristeza: «¡Pobre viejo!», como si se tratara de otro.

Y en sus cumpleaños, cuando repicaban las campanas y se encendían fogatas en su honor, preguntaba: «¿A quién hace tanta fiesta la gente?».

Es el 19 de octubre de 1745. Un cielo límpido afuera, una mente nublada adentro. Se disipa la nube. Un solo instante. «Oh Dios —se le oye musitar— protégeme en este mi último viaje.»

Y cuando inició el viaje, toda una gran ciudad fué a darle el postrer ¡adiós! Pues habían aprendido a venerarle como a un hombre igualmente grande en el odio y en el amor. . . en el odio a las injusticias y en el amor a los hombres.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Jonathan Swift – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

Biografia de Daniel Defoe Poeta Vida y Obra Literaria

Biografia de Daniel Defoe Poeta-Vida y Obra Literaria

Daniel Defoe (1660-1731), novelista y periodista inglés cuya obra refleja su variada experiencia en muchos países y en muchos aspectos de la vida. Además de ser un brillante periodista y novelista, Defoe fue un autor prolífico que escribió más de 500 libros, panfletos y opúsculos.

En honor a la verdad, el autor de Robinson Crusoe fue uno de los hombres más inquietos de su generación, y en su inquietud no siguió siempre las huellas de los ángeles. Toda su vida trató de servir a dos amos: a Dios y al Dinero, pero, por su doble fidelidad dejó de servir cumplidamente a ambos.

Defoe nació en Londres alrededor de 1660, hijo de un pequeño comerciante llamado Foe. Daniel antepuso el elegante ‘De’ a su nombre hacia 1700.

Biografia del escritor Daniel Defoe.
La primera y más famosa novela de Defoe, Vida y extraordinarias y portentosas aventuras de Robinsón Crusoe de York, navegante, se publicó en 1719, cuando su autor contaba ya casi 60 años.

Tras de recibir una educación eclesiástica, se dedeo a los negocios, y en su variada actividad de comerciante vendió frutos del país y calcetines, vinos y mariscos, ladrillos, tejas, casas e ideas.

Intervino en política, estuvo preso y expuesto en la picota. Visitó las casas de los poderosos —generalmente por la puerta trasera— y conspiró con rebeldes y proscriptos.

Desafió a los príncipes como rebelde y los sirvió como espía. Rehizo repetidas veces su fortuna, pero murió en lugar oculto, huyendo de sus acreedores. Y escribió más de trescientos libros, de los cuales sólo tres —Robinson Crusoe, Molí Flanders y Diario del año de la peste— se leen hoy.

En fin, fue un compuesto de casi toda actividad humana, buena o mala; un paisaje vivo lleno de vientes, rocas, ríos, sombras y flores, y la luz del genio transformó un mosaico de vulgaridades en bella obra de arte.

Pero estudiemos más de cerca las incrustaciones de este mosaico que forma la personalidad de Defoe.

De joven, era conocido por Daniel Foe, hijo de Jaime Foe, fabricante de velas de sebo. Hasta los cuarenta años firmó D. Foe, luego Defoe y, finalmente, Daniel Defoe.

A seguida, elevando su posición a la jerarquía del flamante apellido, compró un escudo de armas e inventóse un árbol genealógico, todo para presumir de noble alcurnia.

Pero el padre había vivido lejos de las veleidades nobiliarias, y había educado a sus hijos en la «austera tradición de la clase media inglesa».

Disidente de la Iglesia Anglicana, inculcó en su familia un espíritu descontentadizo. Daniel se acostumbró desde temprano a la vida errante e inquieta, y a ser crítico perspicaz de la sociedad.

Era aún muy niño cuando dos terribles tragedias asolaron a la ciudad de Londres: la gran epidemia de peste de 1665 y el pavoroso incendio de 1666.

La familia Foe salió de ambas desgracias sana y salva, pero aterrada. «La vida es una constante huida del peligro.»

Y una constante lucha por fortalecernos contra el peligro, así de la muerte como de la pobreza. La epidemia y el incendio habían arrojado en brazos del hambre a miles de hogares.

Los Foe no llegarían jamás a semejante situación. «Lucha contra la indigencia, hijo mío, lucha toda tu vida.»

Y el mismo Jaime Foe dio a sus hijos feliz ejemplo. Dejó de hacer velas y puso una carnicería, «hallando que la carne era menos ingrata que la luz».

Ahora podía afrontar los gastos de una buena educación para sus hijos. Envió, pues, a Daniel a una academia privada. «Quiero que seas ministro de Dios —le dijo—, y si no quieres serlo, serás comerciante. De todos modos, quiero hacer de ti un caballero próspero.»

Siguiendo el consejo del padre, Daniel se decidió por la carrera de los negocios, pues la senda del éxito hubiera sido escabrosa para un miembro de la Iglesia disidente. Y así, a los veinte años de edad, le vemos recorrer las calles de Londres visitando tiendas como comisionista de artículos de punto. . . Un joven lleno de ideas, pero con la bolsa vacía. . .

Por su cuenta, negocia con «licores y tabacos, tejidos y Ostras, y pipas y rapé». Cualquier producto era un grano más para el molino de su ambición financiera.

Era un joven de talento vigoroso e ideas positivas, pero rara vez obraba conforme a éstas. Aconsejaba a todos no casarse a edad temprana, y él lo hizo a los veinticuatro años.

Este paso, sin embargo, fue prudente en vez de precipitado, pues su mujer aportó al matrimonio una dote de £ 3.700 .

Luego se dedicó a recomendar a sus amigos que se mantuvieran alejados de la política. . . y él tomó parte en la rebelión de Monmouth contra la Corona.

Siguióse un tormentoso período de pleitos y contrapleitos, acusaciones de perjurios, extorsiones y fraudes, y un desesperado esfuerzo final por rehabilitarse con la pluma.

Comenzó a ofrecer un nuevo producto: su pensamiento. Escribió varios poemas y folletos, pero pronto advirtió que no le producían lo bastante para mantener a su creciente familia.

Y así, regresó al mundo de los negocios. Fué administrador de una lotería fiscal, contador en el departamento de rentas, y fue designado —¡extraño empleo para un fracasado!— asesor técnico de la reforma del sistema monetario inglés.

Pero debió de hallar muy lenta la rueda del progreso, en sus empleos gubernativos. Era un azogue. No se dio paz hasta que no volvió al trabajo independiente. Fundó una fábrica le lndrillos y tejas, y el éxito que obtuvo sobrepasó con lincho a sus sueños más rosados.

Compró casa y carroza, y .a la vuelta de unos años había satisfecho todas sus deudas. Más que todo eso. . . le quedaba tiempo para escribir.

Habiendo una vez recurrido a la literatura como una triste alternativa, volvía ahora a ella para solaz del espíritu. Escribió decenas de folletos sobre los asuntos más variados, desde la construcción de caminos a la emancipación de la mujer; asperas críticas contra las injustas leyes inglesas —»todas leyes-telaraña, que atrapan a las moscas pequeñas y deian pasar a las grandes»— y un poema satírico, El verdadero ciudadano ingles, en el que fustiga la crueldad de los británicos nativos en el trato de los extranjeros, y en especial del inmigrante holandés.

De resultas de este poema, Defoe no sólo vio su fama elevada a la medida de su deseo, sino que obtuvo el valimiento del Rey; pues el propio Guillermo III era holandés.

«El más grande y mejor de los príncipes» —citando palabras de Defoe— le premió «por encima de sus merecimientos». El hijo de un fabricante de velas habíase convertido en consejero del Rey a la edad de cuarenta y un años.

Defoe se sentía justamente orgulloso de sus lauros, pero ignoraba las asechanzas que habrían de amargar su vida.

Las dificultades de Defoe se debieron un tanto al extraño contraste en su propio carácter. Protestante disidente, e hijo de un comerciante, Defoe presentaba en su modo de ser una paradoja de ambición material e integridad moral.

La ambición sobreponíase, a veces, en él, a la integridad; otras, ésta a aquélla. Aunque no siempre jugó limpio con sus socios nunca descendió hasta traicionar su fe puritana.

Y ésta le llevó al borde del desastre en medio de la prosperidad. Sabía vender su pluma en el campo político, pero nunca, en el terreno religioso, vendió su conciencia. Antes por el contrario, sus briosas defensas de una causa impopular, como era la de los protestantes disidentes, frente a un parlamento hostil, le tenía constantemente sobre ascuas.

Uno de sus folletos en defensa de los puritanos irritó tanto a aquel parlamento reaccionario, que le decretó su detención; y como Defoe huyó se ofrecieron 50 libras esterlinas al que lo hallara.

«Es un hombre de mediana estatura, de unos cuarenta años de edad, de tez morena y cabello castaño oscuro, pero usa peluca; nariz aguileña, mentón agudo, ojos grises y un gran lunar a la altura de la boca».

Fue hallado, y el 9 de julio de 1703 se le condenó a «estar expuesto por tres veces en la picota, a pagar una multa de trescientos marcos y a permanecer en prisión hasta que S. M. la reina Ana dispusiera su libertad».

A la sazón, el Rey, su protector, había muerto a consecuencias de una caída de caballo. Su condena a la picota, calculada para humillarle, se trocó en triunfo. Pues el populacho, en lugar de torturarlo y arrojarle huevos y pescados podridos, según era costumbre, le aclamaba. «¡He ahí el hombre sin pelos en la lengua!» El trayecto de la cárcel al lugar de escarnio se pareció a la marcha triunfal de un héroe.

Pero en cuanto se cerraron tras él las puertas de la prisión, sus admiradores no tardaron en olvidarlo. Durante varios meses permaneció encerrado en una celda «a disposición de S. M. la reina Ana», en tanto la fábrica de ladrillos se arruinaba y su familia pasaba hambre.

Y hubiera terminado sus días en la cárcel de no haber mediado la astucia de Robert Harley, nuevo Secretario de Estado.

A este ladino político-estadista, aunque enemigo de los principios religiosos de Defoe, le sobraron mañas para sacar ventaja de sus principios políticos.

O, para ser más exactos, sacó partido de la falta de principios políticos de Defoe. Había advertido que la pluma de este escritor podía realizar los saltos mortales más prodigiosos.

Tan pronto ensalzaba a los «whigs» , como a los «tories». Harley que era un «tory» estaba ansioso por ganarse el favor de los «whigs» más moderados.

Pensó, pues, en utilizar a Pefoe como instrumento y le ofreció la libertad a cambio de sus servicios literarios.

Defoe aceptó la oferta y se convirtió en el vocero del gobierno. Patrocinado embozadamente por Harley y ayudado económicamente por éste, fundó un nuevo diario: The Review.

Defoe no se cansaba de proclamar que el periódico era «independiente de prejuicios o partidos», pero los lectores vieron pronto el engaño. Las palabras de The Review eran de Defoe, mas en la voz resonaba el tono de Harley.

Defoe escribía desde la primera hasta la última palabra de The Review, porque Harley no confiaba en ninguna otra persona. No obstante su delicadeza de expresión, Defoe mantenía a los extremistas más ardorosos de cada bando en constante antagonismo, y su vida de editor fue una batalla sin tregua contra la invectiva, la acusación, la amenaza… y la pobreza.

El cometido le significó mucho trabajo, penosas humillaciones y escasa paga.

Harley fue envolviendo a Defoe en la red cada vez más tupida de las secretas maquinaciones oficiales. En fin, le convirtió en espía —agente confidencial—, según lo llamaba eufemísticamente.

El cometido de Defoe, en su carácter de agente del gobierno, era viajar de un extremo al otro del país —bajo el seudónimo de Alejandro Goldsmith—, conversar con la gente, averiguar sus asuntos privados y enterarse de la opinión corriente sobre la Reina y su Secretario de Estado.

En verano de 1704 fue cuando Defoe inició su viaje en calidad de agente del «servicio secreto». Y, según confesó, encontró este viaje muy de su gusto.

Había nacido periodista, y le gustaba mezclarse con la gente, observar costumbres, estudiar caracteres, analizar pensamientos. A la postre, lejos de ser espía y delator, resultó ser amigo y consejero, lo cual, desde el punto de vista del gobierno, venía a ser lo mismo. Defoe lograba convencer, en lugar de entregar a la venganza a los críticos de la Corona.

Sus servicios fueron sobremanera valiosos para consolidar la unión de Inglaterra y Escocia. Su llegada a Escocia fue recibida con piedreas. Aquella noche fue asaltada su casa por una multitud anglófoba.

Defoe apenas si tuvo tiempo para escapar por una puerta excusada. Poco a poco, sin embargo, supo ganarse los oídos y los corazones de los cabecillas escoceses.

Defoe le pedía a Harley para terminar con esta tarea, pero Harley no le permitió que hiciera tal cosa. Envió a Defoe un cheque de 100 libras esterlinas, lo preciso para dar de comer a la familia, pero no lo bastante para permitirle emprender un negocio.

Sujeto de nuevo al yugo, trazó planes para un futuro mejor, una vida más feliz no sólo para él, sino para el mundo. Prosiguió sus actividades de agente secreto de Harley, actividades a las que agregaba la venta de manteles ingleses en Escocia y de artículos que escribía sobre la reconstrucción social.

En 1709 abogó por el establecimiento de una Liga de Naciones y de una Corte Internacional de Justicia.

Durante unos años perdemos la pista de Defoe. La rueda de la fortuna política gira ahora en contra de Harley, quien desde los más altos estrados del poder ha sido arrojado a una prisión. Y ha arrastrado consigo a muchos de sus secuaces y colaboradores. Hállase entre éstos Defoe.

Es un último período de prisión, del que saldrá curado para siempre de sus entusiasmos políticos. Con su intervención en la política, Defoe no había enriquecido su caudal material ni el espiritual.

Enfermo de cuerpo, y con el corazón amargado, rompió al fin las cadenas que le tenían sujeto al yugo de la diplomacia y desapareció en la bruma.

A los sesenta años, reapareció una vez más; y los oráculos de la City movieron la cabeza en un gesto de condescendencia piadosa. Un consejero de príncipes escribiendo cuentos para las clases bajas.

El autor de arengas políticas, reducido a relatar las aventuras de un marinero náufrago. . . Pocos de sus contemporáneos echaron de ver que Daniel Defoe, al humillarse a escribir Robinsón Crusoe, habíase elevado a la inmortalidad.

Al fin encontrábase con su esencia. No era comerciante, ni folletista, ni político, sino escritor de obras de imaginación. Toda su vida había sido un continuo moverse hacia este fin.

Su alternado asumir de tantos personajes contradictorios —el manufacturero, el vendedor ambulante, el disidente de la Iglesia Anglicana, el conservador, el rebelde, el camarada, el espía— indica a las claras que el subconsciente le impulsaba a representar, para comprenderlos, los mil papeles de la comedia humana.

Defoe había encarnado todos los tipos; convertíase ahora en intérprete de la humanidad. La última década de su vida fue de sorprendente actividad creadora.

A medida que le flaqueaba el cuerpo, que iba arrastrando más los pies, la mente cobraba más energías. La ágil lanzadera de su imaginación tejía novela tras novela.

El rey de los piratas, Las aventuras de Duncan Campbell, Memorias de un caballero, El capitán Singleton, El coronel Jack, Molí Flanders, Roxana. Diario del año de la peste, La historia del Diablo. «¿Cómo podrá escribir tantos libros un hombre de esa edad?»

¿Y quedarle aún tiempo para sus empresas comerciales?. Porque Defoe, bien que desengañado de la política, jamas se curó de su temeridad.

Cuanto le rendían sus novelas lo perdía en inversiones estériles. Y en estas mal aconsejadas empresas mezcló a algunos de sus amigos y parientes más cercanos. . . incluso a su propia hija Ana.

Finalmente, empeñado en recuperar el dinero perdido, escribió una Guía completa para el éxito en los negocios que —según las propias palabras del autor— «estaba destinada a poner en guardia a nuestros comerciantes, y especialmente a los jóvenes principiantes».

Defoe era experto en dar consejos, pero novato recalcitrante en seguirlos. A la edad de sesenta y cinco años lo vemos envuelto en un proceso, bajo la acusación —acaso injusta— de «estafa».

Y cuatro años más tarde lo perdemos de vista del todo. Huye de sus acreedores. El único indicio acerca de su situación nos la da una carta que recibió su yerno, Henry Baker (12 de agosto de 1730), en su última parte expresa una frase de resignación: «Estoy próximo a emprender mi último viaje, y voy acercándome aprisa a la morada donde descansan los transidos, y donde los malvados ya no tienen poder para atormentar. En verdad, la etapa es penosa y tormentoso el día, pero sea cual fuere el destino eterno que Él me depare, deseo llegar al cabo de mi viaje con este mi temple de alma: Te Deum Laudamus, . .».

Y así, el marinero náufrago de la vida, partió solo y sin amigos, con una plegaria en los labios, hacia la ignota isla en las tinieblas. . .

OBRAS IMPORTANTES DE DEFOE

Ensayos sobre los proyectos.
El verdadero ciudadano inglés.
Himno a la picota.
La aparición de la señora Veal.
Robinsón Crusoe.
Reflexiones serias.
El filósofo mudo.
Duncan Campbell.

Memorias de un caballero.
El capitán Singleton.
Molí Flanders.
El Diario del año de la peste.
La historia del coronel Jack.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Daniel Defoe – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina