Biografia de Daniel Defoe Poeta Vida y Obra Literaria



Biografia de Daniel Defoe Poeta-Vida y Obra Literaria

Daniel Defoe (1660-1731), novelista y periodista inglés cuya obra refleja su variada experiencia en muchos países y en muchos aspectos de la vida. Además de ser un brillante periodista y novelista, Defoe fue un autor prolífico que escribió más de 500 libros, panfletos y opúsculos.

En honor a la verdad, el autor de Robinson Crusoe fue uno de los hombres más inquietos de su generación, y en su inquietud no siguió siempre las huellas de los ángeles. Toda su vida trató de servir a dos amos: a Dios y al Dinero, pero, por su doble fidelidad dejó de servir cumplidamente a ambos.

Defoe nació en Londres alrededor de 1660, hijo de un pequeño comerciante llamado Foe. Daniel antepuso el elegante ‘De’ a su nombre hacia 1700.

Biografia del escritor Daniel Defoe.
La primera y más famosa novela de Defoe, Vida y extraordinarias y portentosas aventuras de Robinsón Crusoe de York, navegante, se publicó en 1719, cuando su autor contaba ya casi 60 años.

Tras de recibir una educación eclesiástica, se dedeo a los negocios, y en su variada actividad de comerciante vendió frutos del país y calcetines, vinos y mariscos, ladrillos, tejas, casas e ideas.

Intervino en política, estuvo preso y expuesto en la picota. Visitó las casas de los poderosos —generalmente por la puerta trasera— y conspiró con rebeldes y proscriptos.

Desafió a los príncipes como rebelde y los sirvió como espía. Rehizo repetidas veces su fortuna, pero murió en lugar oculto, huyendo de sus acreedores. Y escribió más de trescientos libros, de los cuales sólo tres —Robinson Crusoe, Molí Flanders y Diario del año de la peste— se leen hoy.

En fin, fue un compuesto de casi toda actividad humana, buena o mala; un paisaje vivo lleno de vientes, rocas, ríos, sombras y flores, y la luz del genio transformó un mosaico de vulgaridades en bella obra de arte.

Pero estudiemos más de cerca las incrustaciones de este mosaico que forma la personalidad de Defoe.

De joven, era conocido por Daniel Foe, hijo de Jaime Foe, fabricante de velas de sebo. Hasta los cuarenta años firmó D. Foe, luego Defoe y, finalmente, Daniel Defoe.

A seguida, elevando su posición a la jerarquía del flamante apellido, compró un escudo de armas e inventóse un árbol genealógico, todo para presumir de noble alcurnia.



Pero el padre había vivido lejos de las veleidades nobiliarias, y había educado a sus hijos en la «austera tradición de la clase media inglesa».

Disidente de la Iglesia Anglicana, inculcó en su familia un espíritu descontentadizo. Daniel se acostumbró desde temprano a la vida errante e inquieta, y a ser crítico perspicaz de la sociedad.

Era aún muy niño cuando dos terribles tragedias asolaron a la ciudad de Londres: la gran epidemia de peste de 1665 y el pavoroso incendio de 1666.

La familia Foe salió de ambas desgracias sana y salva, pero aterrada. «La vida es una constante huida del peligro.»

Y una constante lucha por fortalecernos contra el peligro, así de la muerte como de la pobreza. La epidemia y el incendio habían arrojado en brazos del hambre a miles de hogares.

Los Foe no llegarían jamás a semejante situación. «Lucha contra la indigencia, hijo mío, lucha toda tu vida.»

Y el mismo Jaime Foe dio a sus hijos feliz ejemplo. Dejó de hacer velas y puso una carnicería, «hallando que la carne era menos ingrata que la luz».

Ahora podía afrontar los gastos de una buena educación para sus hijos. Envió, pues, a Daniel a una academia privada. «Quiero que seas ministro de Dios —le dijo—, y si no quieres serlo, serás comerciante. De todos modos, quiero hacer de ti un caballero próspero.»

Siguiendo el consejo del padre, Daniel se decidió por la carrera de los negocios, pues la senda del éxito hubiera sido escabrosa para un miembro de la Iglesia disidente. Y así, a los veinte años de edad, le vemos recorrer las calles de Londres visitando tiendas como comisionista de artículos de punto. . . Un joven lleno de ideas, pero con la bolsa vacía. . .

Por su cuenta, negocia con «licores y tabacos, tejidos y Ostras, y pipas y rapé». Cualquier producto era un grano más para el molino de su ambición financiera.



Era un joven de talento vigoroso e ideas positivas, pero rara vez obraba conforme a éstas. Aconsejaba a todos no casarse a edad temprana, y él lo hizo a los veinticuatro años.

Este paso, sin embargo, fue prudente en vez de precipitado, pues su mujer aportó al matrimonio una dote de £ 3.700 .

Luego se dedicó a recomendar a sus amigos que se mantuvieran alejados de la política. . . y él tomó parte en la rebelión de Monmouth contra la Corona.

Siguióse un tormentoso período de pleitos y contrapleitos, acusaciones de perjurios, extorsiones y fraudes, y un desesperado esfuerzo final por rehabilitarse con la pluma.

Comenzó a ofrecer un nuevo producto: su pensamiento. Escribió varios poemas y folletos, pero pronto advirtió que no le producían lo bastante para mantener a su creciente familia.

Y así, regresó al mundo de los negocios. Fué administrador de una lotería fiscal, contador en el departamento de rentas, y fue designado —¡extraño empleo para un fracasado!— asesor técnico de la reforma del sistema monetario inglés.

Pero debió de hallar muy lenta la rueda del progreso, en sus empleos gubernativos. Era un azogue. No se dio paz hasta que no volvió al trabajo independiente. Fundó una fábrica le lndrillos y tejas, y el éxito que obtuvo sobrepasó con lincho a sus sueños más rosados.

Compró casa y carroza, y .a la vuelta de unos años había satisfecho todas sus deudas. Más que todo eso. . . le quedaba tiempo para escribir.

Habiendo una vez recurrido a la literatura como una triste alternativa, volvía ahora a ella para solaz del espíritu. Escribió decenas de folletos sobre los asuntos más variados, desde la construcción de caminos a la emancipación de la mujer; asperas críticas contra las injustas leyes inglesas —»todas leyes-telaraña, que atrapan a las moscas pequeñas y deian pasar a las grandes»— y un poema satírico, El verdadero ciudadano ingles, en el que fustiga la crueldad de los británicos nativos en el trato de los extranjeros, y en especial del inmigrante holandés.

De resultas de este poema, Defoe no sólo vio su fama elevada a la medida de su deseo, sino que obtuvo el valimiento del Rey; pues el propio Guillermo III era holandés.



«El más grande y mejor de los príncipes» —citando palabras de Defoe— le premió «por encima de sus merecimientos». El hijo de un fabricante de velas habíase convertido en consejero del Rey a la edad de cuarenta y un años.

Defoe se sentía justamente orgulloso de sus lauros, pero ignoraba las asechanzas que habrían de amargar su vida.

Las dificultades de Defoe se debieron un tanto al extraño contraste en su propio carácter. Protestante disidente, e hijo de un comerciante, Defoe presentaba en su modo de ser una paradoja de ambición material e integridad moral.

La ambición sobreponíase, a veces, en él, a la integridad; otras, ésta a aquélla. Aunque no siempre jugó limpio con sus socios nunca descendió hasta traicionar su fe puritana.

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Y ésta le llevó al borde del desastre en medio de la prosperidad. Sabía vender su pluma en el campo político, pero nunca, en el terreno religioso, vendió su conciencia. Antes por el contrario, sus briosas defensas de una causa impopular, como era la de los protestantes disidentes, frente a un parlamento hostil, le tenía constantemente sobre ascuas.

Uno de sus folletos en defensa de los puritanos irritó tanto a aquel parlamento reaccionario, que le decretó su detención; y como Defoe huyó se ofrecieron 50 libras esterlinas al que lo hallara.

«Es un hombre de mediana estatura, de unos cuarenta años de edad, de tez morena y cabello castaño oscuro, pero usa peluca; nariz aguileña, mentón agudo, ojos grises y un gran lunar a la altura de la boca».

Fue hallado, y el 9 de julio de 1703 se le condenó a «estar expuesto por tres veces en la picota, a pagar una multa de trescientos marcos y a permanecer en prisión hasta que S. M. la reina Ana dispusiera su libertad».

A la sazón, el Rey, su protector, había muerto a consecuencias de una caída de caballo. Su condena a la picota, calculada para humillarle, se trocó en triunfo. Pues el populacho, en lugar de torturarlo y arrojarle huevos y pescados podridos, según era costumbre, le aclamaba. «¡He ahí el hombre sin pelos en la lengua!» El trayecto de la cárcel al lugar de escarnio se pareció a la marcha triunfal de un héroe.

Pero en cuanto se cerraron tras él las puertas de la prisión, sus admiradores no tardaron en olvidarlo. Durante varios meses permaneció encerrado en una celda «a disposición de S. M. la reina Ana», en tanto la fábrica de ladrillos se arruinaba y su familia pasaba hambre.

Y hubiera terminado sus días en la cárcel de no haber mediado la astucia de Robert Harley, nuevo Secretario de Estado.

A este ladino político-estadista, aunque enemigo de los principios religiosos de Defoe, le sobraron mañas para sacar ventaja de sus principios políticos.

O, para ser más exactos, sacó partido de la falta de principios políticos de Defoe. Había advertido que la pluma de este escritor podía realizar los saltos mortales más prodigiosos.

Tan pronto ensalzaba a los «whigs» , como a los «tories». Harley que era un «tory» estaba ansioso por ganarse el favor de los «whigs» más moderados.

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Pensó, pues, en utilizar a Pefoe como instrumento y le ofreció la libertad a cambio de sus servicios literarios.

Defoe aceptó la oferta y se convirtió en el vocero del gobierno. Patrocinado embozadamente por Harley y ayudado económicamente por éste, fundó un nuevo diario: The Review.

Defoe no se cansaba de proclamar que el periódico era «independiente de prejuicios o partidos», pero los lectores vieron pronto el engaño. Las palabras de The Review eran de Defoe, mas en la voz resonaba el tono de Harley.

Defoe escribía desde la primera hasta la última palabra de The Review, porque Harley no confiaba en ninguna otra persona. No obstante su delicadeza de expresión, Defoe mantenía a los extremistas más ardorosos de cada bando en constante antagonismo, y su vida de editor fue una batalla sin tregua contra la invectiva, la acusación, la amenaza… y la pobreza.

El cometido le significó mucho trabajo, penosas humillaciones y escasa paga.

Harley fue envolviendo a Defoe en la red cada vez más tupida de las secretas maquinaciones oficiales. En fin, le convirtió en espía —agente confidencial—, según lo llamaba eufemísticamente.

El cometido de Defoe, en su carácter de agente del gobierno, era viajar de un extremo al otro del país —bajo el seudónimo de Alejandro Goldsmith—, conversar con la gente, averiguar sus asuntos privados y enterarse de la opinión corriente sobre la Reina y su Secretario de Estado.

En verano de 1704 fue cuando Defoe inició su viaje en calidad de agente del «servicio secreto». Y, según confesó, encontró este viaje muy de su gusto.

Había nacido periodista, y le gustaba mezclarse con la gente, observar costumbres, estudiar caracteres, analizar pensamientos. A la postre, lejos de ser espía y delator, resultó ser amigo y consejero, lo cual, desde el punto de vista del gobierno, venía a ser lo mismo. Defoe lograba convencer, en lugar de entregar a la venganza a los críticos de la Corona.

Sus servicios fueron sobremanera valiosos para consolidar la unión de Inglaterra y Escocia. Su llegada a Escocia fue recibida con piedreas. Aquella noche fue asaltada su casa por una multitud anglófoba.

Defoe apenas si tuvo tiempo para escapar por una puerta excusada. Poco a poco, sin embargo, supo ganarse los oídos y los corazones de los cabecillas escoceses.

Defoe le pedía a Harley para terminar con esta tarea, pero Harley no le permitió que hiciera tal cosa. Envió a Defoe un cheque de 100 libras esterlinas, lo preciso para dar de comer a la familia, pero no lo bastante para permitirle emprender un negocio.

Sujeto de nuevo al yugo, trazó planes para un futuro mejor, una vida más feliz no sólo para él, sino para el mundo. Prosiguió sus actividades de agente secreto de Harley, actividades a las que agregaba la venta de manteles ingleses en Escocia y de artículos que escribía sobre la reconstrucción social.

En 1709 abogó por el establecimiento de una Liga de Naciones y de una Corte Internacional de Justicia.

Durante unos años perdemos la pista de Defoe. La rueda de la fortuna política gira ahora en contra de Harley, quien desde los más altos estrados del poder ha sido arrojado a una prisión. Y ha arrastrado consigo a muchos de sus secuaces y colaboradores. Hállase entre éstos Defoe.

Es un último período de prisión, del que saldrá curado para siempre de sus entusiasmos políticos. Con su intervención en la política, Defoe no había enriquecido su caudal material ni el espiritual.

Enfermo de cuerpo, y con el corazón amargado, rompió al fin las cadenas que le tenían sujeto al yugo de la diplomacia y desapareció en la bruma.

A los sesenta años, reapareció una vez más; y los oráculos de la City movieron la cabeza en un gesto de condescendencia piadosa. Un consejero de príncipes escribiendo cuentos para las clases bajas.

El autor de arengas políticas, reducido a relatar las aventuras de un marinero náufrago. . . Pocos de sus contemporáneos echaron de ver que Daniel Defoe, al humillarse a escribir Robinsón Crusoe, habíase elevado a la inmortalidad.

Al fin encontrábase con su esencia. No era comerciante, ni folletista, ni político, sino escritor de obras de imaginación. Toda su vida había sido un continuo moverse hacia este fin.

Su alternado asumir de tantos personajes contradictorios —el manufacturero, el vendedor ambulante, el disidente de la Iglesia Anglicana, el conservador, el rebelde, el camarada, el espía— indica a las claras que el subconsciente le impulsaba a representar, para comprenderlos, los mil papeles de la comedia humana.

Defoe había encarnado todos los tipos; convertíase ahora en intérprete de la humanidad. La última década de su vida fue de sorprendente actividad creadora.

A medida que le flaqueaba el cuerpo, que iba arrastrando más los pies, la mente cobraba más energías. La ágil lanzadera de su imaginación tejía novela tras novela.

El rey de los piratas, Las aventuras de Duncan Campbell, Memorias de un caballero, El capitán Singleton, El coronel Jack, Molí Flanders, Roxana. Diario del año de la peste, La historia del Diablo. «¿Cómo podrá escribir tantos libros un hombre de esa edad?»

¿Y quedarle aún tiempo para sus empresas comerciales?. Porque Defoe, bien que desengañado de la política, jamas se curó de su temeridad.

Cuanto le rendían sus novelas lo perdía en inversiones estériles. Y en estas mal aconsejadas empresas mezcló a algunos de sus amigos y parientes más cercanos. . . incluso a su propia hija Ana.

Finalmente, empeñado en recuperar el dinero perdido, escribió una Guía completa para el éxito en los negocios que —según las propias palabras del autor— «estaba destinada a poner en guardia a nuestros comerciantes, y especialmente a los jóvenes principiantes».

Defoe era experto en dar consejos, pero novato recalcitrante en seguirlos. A la edad de sesenta y cinco años lo vemos envuelto en un proceso, bajo la acusación —acaso injusta— de «estafa».

Y cuatro años más tarde lo perdemos de vista del todo. Huye de sus acreedores. El único indicio acerca de su situación nos la da una carta que recibió su yerno, Henry Baker (12 de agosto de 1730), en su última parte expresa una frase de resignación: «Estoy próximo a emprender mi último viaje, y voy acercándome aprisa a la morada donde descansan los transidos, y donde los malvados ya no tienen poder para atormentar. En verdad, la etapa es penosa y tormentoso el día, pero sea cual fuere el destino eterno que Él me depare, deseo llegar al cabo de mi viaje con este mi temple de alma: Te Deum Laudamus, . .».

Y así, el marinero náufrago de la vida, partió solo y sin amigos, con una plegaria en los labios, hacia la ignota isla en las tinieblas. . .

OBRAS IMPORTANTES DE DEFOE

Ensayos sobre los proyectos.
El verdadero ciudadano inglés.
Himno a la picota.
La aparición de la señora Veal.
Robinsón Crusoe.
Reflexiones serias.
El filósofo mudo.
Duncan Campbell.

Memorias de un caballero.
El capitán Singleton.
Molí Flanders.
El Diario del año de la peste.
La historia del coronel Jack.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Daniel Defoe – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

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