Biografia de Swift Jonathan Escritor Los Viajes de Gulliver



Biografia de Swift Jonathan Escritor

Jonathan Swift, fue un escritor político y satírico anglo-irlandés, considerado uno de los maestros de la prosa en inglés. Nacido en Dublín el 30 de noviembre de 1667, tenía un intelecto poderoso por demás, metido en un cuerpo demasiado debilitado por una enfermedad. Su superior talento se reveló desde los tres años, en que ya leía las Sagradas Escrituras.

También a esa tierna edad se puso de manifiesto su enfermedad. A lo largo de toda su vida estuvo atormentado por accesos periódicos de vértigo seguido de náuseas.

Biografia de Swift Jonathan Escritor
OBRAS IMPORTANTES DE SWIFT
La batalla de los libros. El cuento de una cuba. Los viajes de Gulliver. Los hijos de los pobres.
Indicaciones a tos sirvientes. Conversación cortés. Numerosas sátiras y versos.

Su vida toda, en realidad, fue una serie de contrastes, y el primero de ellos fué su propia venida al mundo. Perdió al padre cuando tenía seis meses de edad, y a los doce lo raptó el ama de cría.

Habiéndose enterado ésta de que un tío suyo había muerto en Inglaterra, se embarcó sin más para ir a recoger un legado que él la hacía, sin siquiera avisar a su señora. . . y llevándose consigo al niño. Transcurrieron tres años antes de que Jonathan volviera a ver a su madre.

Entretanto el chico había tomado gran cariño a la Biblia. . . y se había aficionado a las travesuras.

A los seis años entró en un colegio, el Kilkenny Grammar School, y a los catorce se matriculaba en el Trinity College, de Dublin.

Allí demostró que «le apasionaba la lectura y le fastidiaba la disciplina». A duras penas alcanzó a obtener el diploma de bachiller, pero el de master le fue negado por su «innecesaria insolencia para con el Decano Joven». Volvió, pues, a su casa, en desgracia.

A pesar de su «innecesaria insolencia» se las compuso para ocupar el puesto de secretario de Sir William Temple: escritor mediocre, consejero-valido del rey de Inglaterra y, según decían las malas lenguas, aunque acaso sin fundamento, padre natural del propio Jonatán.

El puesto significaba una soldada de veinte libras al año y un cubierto en la mesa de la servidumbre.

Y así, por un dinero que ganaba a costa de su orgullo, el brillante joven secretario se allanó a copiar los medianos pensamientos de su anciano señor. Y en los momentos libres —que eran contados— anotaba los suyos, en su mayoría en verso.



Pero, en los escasos ratos que le dejaba libre su aprendizaje, el joven Jonathan había hallado otra diversión: enseñaba a la pequeña Hester, o Stella, Johnson. Esta encantadora criatura, de ocho años, pertenecía a la casa de Sir William, pero nunca se ha aclarado del todo que representaba en ella, ni quiénes fueran sus padres.

La agradable relación de Jonathan con su alumna duró 9 años, hasta que cambió de ocupación y fue ordenado capellán de Dublin Castle.

Habiéndose decidido por una carrera eclesiástica, ambicionaba los cargos superiores de la Iglesia Anglicana, y no se contentaba con un puesto mezquino en su rama irlandesa. Pero sus superiores le negaban sistemáticamente lo que más ardientemente deseaba: un lugar de importancia en la Iglesia Anglicana.

Escribió una obra sátira contra ciertas prácticas religiosas en Europa. La titulaba Cuento de una cuba, demostrando cómo la cristiandad se ha apartado de la verdadera religión de Cristo.

Transcurrieron varios años antes de que saliese a la luz el Cuento de una cuba, publicado anónimamente. Aunque dirigida de intento a demostrar la preferencia del autor por la Iglesia de Inglaterra, la parábola no obtuvo la aprobación de los obispos y arzobispos anglicanos.

Ya viejo, al releer un día algunas páginas de su Cuento refiérese que murmuró: «¡Dios, qué ingenio el mío cuando escribí este libro!» . Esa fue su desgracia. Le sobraba ingenio para ser comprendido por sus contemporáneos.

Dondequiera que solicitaba una prebenda eclesiástica de importancia, se le despachaba con una cortés negativa. Su pluma cargaba demasiado fuego y azufre. Olía mucho a diablo.

Fue a Londres representando al pueblo de Irlanda en una misión, y una vez allí trabó amistad con los estadistas más influyentes de Inglaterra (Bolingbroke y Harley), e hizo cuanto pudo por ganarse su favor pero no pasó de ser su bufón favorito.

Al igual que Daniel Defoe, escribió para Harley folletos políticos, pero, a diferencia de aquél, rechazó toda compensación por su trabajo. En una ocasión, al estrecharle Harley la mano, deslizóle en ella un billete de cincuenta libras esterlinas. Afrentado, el folletista, le echó el billete a la cara, salió airado del despacho, y negóse a volver a verle nuevamente, hasta que Harley fue a desagraviarle personalmente a su casa.

Si bien su estancia en Inglaterra fracasó políticamente, le deparó un triunfo intelectual. Se convirtió en la figura de más tono de los cafés londinenses, en donde se congregaban los ingenios más sutiles de la City para el diario duelo de agudezas del espíritu.



Volvió de Inglaterra cargado de honores, pero sin el cargo que buscaba. Era un titán encadenado en un mundo de pigmeos.

Swift era un hombre extraño; y uno de los hechos más extraños de su vida fueron sus relaciones con Stella y Vanessa. Stella, según hemos visto, había sido pupila suya en sus años de secretario de Sir William, y cuando llegó a la «edad de merecer», fue para él algo menos que una amante y algo más que una amiga.

En cuanto a Vanessa —cuyo verdadero nombre era Esther Vanhomrigh— la había conocido en una de sus visitas a Londres, y se sintió tiernamente atraído hacia ella. Y ella —a pesar de que por la edad, Swift hubiera podido ser su padre— se enamoró perdidamente de él.

Aquí comenzó uno de los triángulos más raros de las historias amorosas.

Swift estaba enamorado de ambas, mas no se rendía a ninguna. Cuando residía en Inglaterra, se carteaba con Stella; y cuando vivía en Irlanda, escribía cartas igualmente íntimas a Vanessa.

Finalmente, cuando se estableció en Dublin como deán de San Patricio, hallóse en la agradable aunque embarazosa situación de tenerlas a las dos cerca.

Stella habitaba una casa próxima a la Catedral, y no era raro, en ausencia de Swift, que fuera a vivir en las habitaciones de éste. Vanessa se mudó a los suburbios de Dublin, so pretexto de que acababa de heredar cierta finca cercana, a cuyo cuidado debía atender personalmente.

Stella y Vanessa no llegaron a encontrarse nunca, pero cada una sabía de la existencia de la otra y con sus celos, le amargaban la vida al pobre Swift.

Los males de Irlanda le ocasionaron los mayores sinsabores de su vejez, y aliviar esos males fue su ambición mayor. En una ocasión en que el gobierno inglés se proponía tomar una medida para oprimir más al pueblo de Irlanda, Swift censuró tal injusticia en una serie de cartas tan violentas, que el gobierno se vio precisado a derogar la medida. Estas cartas, que Swift firmaba «M. B. Drapier, comerciante en géneros de Irlanda», le granjeó la «gratitud eterna» de sus conterráneos. . .

Le asombraba y dolía la inhumanidad de la explotación del hombre por el hombre.



Había perdido toda fe en la cordura humana, y declara esa bancarrota de su fe en un folleto que, por su devastadora lógica, merece mención aparte, aún entre las obras de Swift. El título es nada menos que el siguiente: Una humilde propuesta para evitar que los hijos de gente pobre resulten una carga para sus padres o su patria, y convertirlos en elementos de utilidad pública.

En los Viajes de Gulliver nos dice que cuanto mas grandes son, mayores son los tormentos que infligen a los ojos y a las narices. En cuanto a él, no tenía necesidad de mendigar porque no tenía dónde invertir el dinero. Y a este respecto, decía, trataba de inspirarse en la imagen del Señor. «Con sólo mirar a aquellos a quienes Dios se complace en prodigarlo en abundancia advertiremos cómo menosprecia el dinero.»

Y así, el «cura loco» llegó a sus años postreros sembrando el camino de burlas y gruñidos, en una sociedad que le creía un equivocado, porque era el único que conservaba su equilibrio en un mundo de desequilibrados.

Llegado a la edad del «desencanto en la sabiduría» decidió trasuntar su filosofía en los viajes imaginarios de Lemuel Gulliver. El 8 de agosto de 1726 envió el manuscrito de los Viajes de Gulliver al editor Benjamín Motte.

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Acompañaba al libro una carta firmada por «Richard Sympson», en la que se daba a conocer como primo hermano de Lemuel Gulliver. «El señor Gulliver me confió hace algunos años este relato de sus viajes… ¡o ha hecho leer a personas de gran capacidad crítica y distinción; y si bien algunas partes podrán parecer en uno o dos lugares un poco satíricas, se cree que no ofenderán a nadie.

El señor «Sympson» ofrecía el manuscrito en doscientas libras, con la condición de que si la venta del libro no cubría ese adelanto, devolvería al editor la diferencia.

El libro salió a luz en el otoño de 1 726, y la primera edición se agotó en una semana. Todo el mundo reía ante el rudo ataque de Gulliver contra la raza de los Jahoo, porque nadie veía sus propios defectos, sino los del vecino . . .

Esto le enfureció a Swift más aún porque vio fracasado su principal propósito. «Yo quería escarmentar a la sociedad y no recrearla.»

Los Viajes de Gulliver es la historia de un hombre cuerdo que se aventura por entre sandeces y vanidades de una sociedad desquiciada. ¡Sí al menos este mundo se dejara gobernar por cuerdos en lugar de reírse de ellos! Habría entonces menos codicia y más bondad, menos propiedad privada y más comunidad de bienes, menos crueldad y más piedad, menos oropel y más gloria, menos insolencia y más sensatez.

Siempre pensaba en la felicidad de la especie humana. . . ¡aquel cínico malhumorado, que saludaba a la sociedad con un gruñido!

Y al fin, su pensamiento, su dolor y sus gritos, esfumáronse en un piadoso olvido. . . perdió la memoria. Cierto día, mientras leía el Cuento de una cuba, le dijeron que él lo había escrito. «¡Oh, no —repuso—, quien escribió esto era un genio!»

Cada vez que veía reflejado en el espejo su rostro macilento, exclamaba con tristeza: «¡Pobre viejo!», como si se tratara de otro.

Y en sus cumpleaños, cuando repicaban las campanas y se encendían fogatas en su honor, preguntaba: «¿A quién hace tanta fiesta la gente?».

Es el 19 de octubre de 1745. Un cielo límpido afuera, una mente nublada adentro. Se disipa la nube. Un solo instante. «Oh Dios —se le oye musitar— protégeme en este mi último viaje.»

Y cuando inició el viaje, toda una gran ciudad fué a darle el postrer ¡adiós! Pues habían aprendido a venerarle como a un hombre igualmente grande en el odio y en el amor. . . en el odio a las injusticias y en el amor a los hombres.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Jonathan Swift – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

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