Biografia de Sterne Laurence Escritor Vida y Obra



Biografia de Sterne Laurence

Laurence Sterne (1713-1768) fue un novelista y humorista inglés, autor de La vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, una de las obras maestras de la narrativa inglesa del siglo XVIII.

Nació el 24 de noviembre de 1713 en Clonmel, condado de Tipperary. El padre era un soldado que mudaba de lugar con la frecuencia y la rapidez del viento.

Al día después de su llegada al mundo, su padre y otros muchos bravos oficiales, tuvieron que levantar el campamento, y enviados a recorrer el ancho mundo, con su mujer y dos hijos a cuestas.

Su madre adscripta al regimiento, lo seguía «de Irlanda a Inglaterra, y de Inglaterra a Irlanda, de una guarnición de tierra adentro a un puerto de mar, vuelta de allí al interior, siempre embarazada y siempre sepultando a algún hijito.

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Su padre murió por la herida causada en un duelo, el desafío tuvo lugar en un aposento de reducidas dimensiones, y el capitán Philips tiró una estocada tan a fondo con su florete que el pobre Sterne quedó ensartado contra la pared, y la punta del arma adversaria incrustada en ella.

El oficial Sterne curó de la herida; fue a la isla de Jamaica a reponerse… y murió allí de fiebre.

El padre dejó a su familia «sin un céntimo». Quiso la suerte, sin embargo, que acudiera un primo a socorrerlos. Invirtió éste su dinero en proporcionar una buena educación clásica al joven «delgado y docto».

Después de una buena dosis de Horacio, Platón, Plinio, Cicerón, Isócrates, y las Vidas de los Santos, recibió las órdenes y se estableció en Yorkshire, en el curato de la parroquia de Sutton-on-the-Forest.

Intervino en política al lado de un tío suyo que era miembro influyente de la Iglesia, consiguió otros curatos más, y en seguida se dedicó a buscar esposa para aumentar sus prebendas.

Cortejó por dos años a Isabel Lumely. Jamás enamorado alguno escribió cartas de amor como las de este acaramelado predicar.

La vida conyugal comenzó bajo buenos auspicios. La señora Sterne era amante de la música. «El vicario tocaba el violoncelo y ella le acompañaba.»
Pero era una vida aburrida; porque ella era una señora aburrida.



Con el tiempo una extensa lista de damas tenían inflamado el pecho del joven y voluble cura. Sus «distracciones platónicas» eran el escándalo —y la envidia— de sus feligreses.

Lo nombraron juez de paz, y juzgaba a sus parroquianos con el guiño risueño de quien se mofa de la autoridad que ejerce. Este cura de Yorkshire era mus especial, jamas visto, enterraba al muerto y bautizaba al recién nacido… y reía, reía y reía estrepitosamente hasta dolerle los costados.

Formaba parte de un grupo de refinados, que se hacía llamar con el curioso nombre de «Club de los Demoníacos», y que se reunían en una residencia de campo a la que le habían puesto el sobrenombre del «Castillo Loco». Allí comían, bebían y jaraneaban; discutían de literatura y amor, y escribían sonetos a Venus y a su «ahijado» Francisco Rabelais.

Laurence Sterne era un hombre enfermo. Su aspecto tristón, con su figura cenceña y escuálida, el color negro de su atavío clerical, las piernas como «patas de araña», el pecho hundido, el semblante, cuyas mejillas, más que tales, eran huecos de apergaminada piel, trataba de aparentar ante el mundo —y ante sí mismo— lo que no era.

Una vez que ponía a un lado el violín, pasaba a su biblioteca, y escribía allí durante horas y horas. Su biblioteca era un templo consagrado a la santísima trinidad del humorismo —«Luciano, mi querido Rabelais y mi no menos querido Cervantes»—, hombres que habían dado alegría a cambio de dolor.

Y en un plano apenas secundario estaban las divinidades menores de su predilección: Montaigne, Pope y Swift. En esa biblioteca preparó un libro que sorprendió, inspiró y escandalizó al mundo.

Sterne se limitó a observar la sabiduría y la estupidez de la sociedad humana, sus lados trágicos y cómicos, mis temores, caprichos, odios y amores, todo lo cual amasó en una novela. Le inyectó una chispa del humor rabelesiano y tituló, ese extraño menjunje, Vida y opiniones de Tristram Shandy.

Una noche, de sobremesa, leyó las primeras páginas del libro a unos amigos, pero éstos se quedaron pronto dormidos. Hondamente ofendido, acercóse a la estufa, y estaba a punto de arrojar su manuscrito a las llamas, cuando uno de los amigos, «despierto de un ojo todavía» —un ojo que veía muy lejos en el futuro— le arrebató el fajo de cuartillas, que salvó así para la posteridad.

Aun después de su publicación dudaba Sterne de la acogida del público.Y entonces le empezaron a llegar excelente opiniones de sus amigos de Londres, que habían recibido ejemplares adelantados de Tristram Shandy. Tristram había triunfado, y Sterne se había hecho famoso de la noche a la mañana.

En el dialecto de Yorkshire, el vocablo «shandy» significa «chiflado, inconsecuente, alegre», y esas características dominan en todo el libro, hasta en la tipografía.



Cuando los londinenses comenzaron a leer el libro, abrían mucho los ojos, con extrañeza, se rascaban la cabeza —y luego seguían leyendo, hasta engolfarse en su lectura. — Qué ideas más ocurrentes! ¡Qué encantadores protagonistas! ¡Y qué Odisea de fantásticas aventuras!

Estas aventuras, que comienzan mucho antes del nacimiento de Tristram —en realidad, él no viene al mundo sino en el tercer libro—, empiezan con las extravagancias, los azares, los deberes y privilegios del homúnculo en embrión que habrá de encarnar, más tarde, un hombre.

Y, de ahí, este baturrillo de novela nos va llevando amenamente hasta enfrentarnos con Gualterio Shandy, el excéntrico padre del excéntrico embrión de marras. Gualterio es hombre largo de teoría y corto de sentido práctico. Siempre empeñado en hacer lo complicado más bien que lo sencillo y natural, resulta que, por lo común, no lleva nunca nada a cabo.

Si tiene que rascarse la oreja derecha, invariablemente tratará de hacerlo con la mano izquierda, pasándola por detrás de la cabeza. Se torcerá así el brazo hasta que le duela y la oreja seguirá sin rascar.

Dotado de un asombroso arsenal de citas místicas y creencias ocultistas, es «orador nato» , y su mayor tragedia es carecer de oyentes. «Se parece a un afanoso prestidigitador ante un público de ciegos.»

Ni su propia mujer comprende su talento; y cuando él habla. . . ella es una tapia. Nunca contradice en nada a su marido, negándole así la oportunidad que él ansia más desesperadamente. . . la de disputar.

Cuando visitó a Londres se halló convertido en un príncipe del mundo literario. Todos se apresuraban a rendir homenaje al «hético pastor-poeta de Yorkshire», en quien vivían hermanadas la veneración y la impudicia.

Ensaladas a la Shandy figuraban en los menús de las casas de comida. Los caballos de carreras se registraban con el nombre de Tristram Shandy. Cosméticos, vestidos y hasta juegos de naipes fueron bautizados con el nombre del libro.

Y la fama del shandysmo pasó al otro lado del Canal y se difundió por toda Francia, multiplicádose su fama. Los franceses no acertaban a salir de su asombro: «¡Pero que maravilloso, es este Chevalier Shandy!»

El duque de Orlráns le rogó que posara para su famosa colección de «hombres excéntricos». Una dama le monopoliza para sus tertulias de los jueves, e invita «a todos los que tengan hambre y sed» a hartarse con sus gracias. Nada se salvaba de los dardos de su ingenio.



Aquí, como en Londres, la belleza femenina le subyuga. «Este cura —escribe un francés perspicaz— está enamorado de todo el sexo femenino. . . y por virtud de ello se conserva puro.»

En un teatro llama al acomodador para que saque a la calle a un soldadote alemán que se ha negado a inclinar la cabeza para permitir ver el escenario a un enano sentado tras de él. . . «¿Acaso no somos todos más que enanos que tratamos de ver el escenario y captar el sentido de la comedia?. ¿Acaso no somos algo así como… un jirón de orgullo que se desliza furtivo entre dos lágrimas de humillación?»

Por razones de salud, de 1762 a 1764 vivió en Toulouse (Francia) con su mujer, enferma mental, y su hija.

En 1765 realizó un largo viaje por Francia e Italia que le inspiró Viaje sentimental (1768), donde recoge sus opiniones sobre las costumbres sociales que conoció en Francia.

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Murió en Londres, el 18 de marzo de 1768, cuando sólo habían aparecido dos volúmenes de esta obra. Póstumamente en 1775, se publicó su correspondencia.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Laurence Sterne – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

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