Biografia de Pope Alexander Vida y Obra del Poeta Ingles



Biografia de Pope Alexander- Vida y Obra del Poeta Ingles

ALEJANDRO POPE (1688 – 1744): fue un poeta inglés que se inspiró en los grandes poetas clásicos de la antigüedad para escribir una poesía intensamente elaborada, con frecuencia en estilo didáctico o satírico.

Sus traducciones de poesía, ensayos de crítica o moral, y sus sátiras le convierten en el poeta más importante de su época, que elevó el dístico heroico, que había sido refinado por John Dryden, a su máxima perfección.

Biografia de Pope Alexander

LOS MEJORES POEMAS DE ALEXANDER POPE

Un ensayo sobre la crítica.
Ensayo sobre él hombre.
El rapto del rizo.
La Dunciada.
Traducción de La Ilíada.
Traducción de (partes) de La Odisea.
Traducción de las Odas de Horacio.
Oda a la soledad.
El bosque de Windsor.
El Cristiano Agonizante a su Alma.
Oda para música en el día de Santa Cecilia.
Eloísa y Abelardo.
Epístola al doctor Arbuthnot.
Epigramas. Epitafios.
Pastorales. Sátiras.
El equilibrio de Europa.
Mesías.
El desafío.
El espejo.

Era un hombre diminuto, «un esqueleto en miniatura». Brazos y piernas raquíticos, como los de una araña. Abultado el cuerpo por delante y por detrás. . . Pero la cabeza llena de profunda filosofía. Tuvo ingenio pero le faltó humor; era satírico que ridiculizaba, pero que casi nunca reía.

Desde niño, su mayor ambición fue la de deslumbrar como el más elegante miembro de la buena sociedad inglesa. Por hijo de plebeyo, le negaron los privilegios y galas de los que heredan títulos nobiliarios.

Y por católico, vióse impedido de ingresar en la universidad o de seguir una carrera pública. Pero entre la aciaga lluvia de piedras, la naturaleza le deparó una pepita de oro. Le dotó de talento para escribir poesía.

A los doce años, ya se había trazado el plan de estudios que había de seguir a lo largo de toda su vida. Se abalanzó sobre los libros, en especial sobre los de poesía, con la rapacidad del tigre.

A los catorce perfeccionó su estilo con la pulida composición de los versos pareados que ya hiciera famosos la elegante pluma de Dryden.

A los dieciocho consideróse poeta acabado y se dio a frecuentar el café de Will, el punto de reunión de los «talentos» literarios de la época.

A los veintitrés publicó un poema hábilmente concebido, y muy artificiosamente escrito, acerca de los cánones de la crítica literaria. La mayoría de los críticos lo calificó de obra maestra.



Ese cuerpecito patético y deforme sufría de una extraña enfermedad, la de una sed insaciable de poder, del poder que da la inteligencia.

Por cierto que su genio iguala al de Virgilio por la sublime grandeza de su sensibilidad poética. Y así, este poderoso poeta que apenas levantaba del suelo, sentado en su estudio sobre una pila de almohadones para poder apoyar los codos sobre el escritorio, elaboraba las fulminantes centellas de sus versos. Aliviaba su tenaz jaqueca sorbiendo una taza tras otra de humeante café.

Vivía para escribir. Se pasaba las noches y los días concibiendo las ideas luminosas que luego ponía en versos deslumbrantes, que serían la admiración y el terror del mundo.

El cerebro habíasele convertido en espejo travieso del mundo. Ridiculizaba las manías del momento, con disfraces grotescos.

En el club tenía prolongadas charlas sobre literatura con el famoso escritor de la prosa, Swift por quien se sentía atraído hacia este hombre de inteligencia tan viva como la suya.

Swift, por su parte, no sabía si reírse o admirar al pequeño poeta, majestuoso y conmovedor, que ceñido por apretado corsé para mantenerse erguido, se contoneaba por calles y salones, y que, para que sus piernas esqueléticas tuvieran un tamaño cercano al normal, llevaba hasta tres pares de medias.

Quizá, sentado en compañía de este pomposo y patético liliputiense , el colosal y sombrío Guíliver concibió su sátira inmortal de una isla habitada por pomposos y patéticos hombrecillos.

Con el andar de los años, la conversación entre ambos se fué haciendo imposible. Porque la sordera de Jonathan Swift fuese acentuando y a Pope le iban faltando las fuerzas para desgañitarse gritándole.

Mientras traducía la Iliada, visitó en una ocasión a lord Halifax, uno de los pilares de la aristocracia inglesa, quien hacíase pasar por entendido hombre de letras. Éste solicitóle a Pope le recitara algunos de sus versos.

El noble «letrado» pareció escuchar la lectura con meditativa concentración, y al fin dijo: «Disculpe, Mr. Pope, pero hay algo que no me gusta en ese pasaje. Márquelo y estudíelo luego con más detenimiento».



Al cabo de tres meses el poeta le llevó el manuscrito intacto y releyó el mismo pasaje con voz alterada. «¡ Ah, ahora sí que están perfectos los versos! — exclamó el lord lleno de gozo—. Ya no podrían mejorarse.»

Con el dinero que recibiera de su traducción, Pope pudo comprarse una regia mansión y vivir con el esplendor y el lujo que siempre ambicionara.La aristocracia reconoció su talento literario he hizo llover sobre él un diluvio de invitaciones.

Era bienquisto tanto por lo desagradable de su cuerpo como por lo privilegiado de su espíritu. Comía a la mesa de los miembros del gabinete y dé las princesas de sangre real.

Le encantaba la sociedad de las mujeres. Cortejó con ardor y petulancia a Martha Blount, una amiga de la infancia y devota de su misma religión. Le declaró su amor en esa extraña manera egocéntrica que adoptaba cada vez que se sentía incómodo.

Pope quedó subyugado por el encanto de una señorita llamada Mary Montagu. Tenía ésta una inteligencia masculina. Deleitábanla sus poesías y confeba complacida por las atenciones burlonas que Pope le prodigaba.

La pareja era conocidísima en todos los salones hasta que un día, enardecido por el alcohol, Pope trató de salirse del papel de cortejante burlón y asumir el de enamorado de verdad, lady Mary se puso de pie, le dio un empujón para alejarlo de sí, volvió a sentarse estalló en una estruendosa carcajada.

El poeta palideció y huyó del aposento. Jamás perdonó a lady Mary semejante insulto.

Una bandada de pseudos literatos revoloteó por muchos años alrededor de la llama de su genio. Estos fracasados cortejantes de la musa, decidieron atiborrar a Pope con un torrente de dramas heroicos y poemas épicos, rogándole los revisara, reeditara y vendiera a nombre de ellos.

Uno de estos poetas, le enviaba una tragedia por semana.Finalmente, Pope proyectó escribir una epopeya burlesca sobre las espantosas concepciones de estos escritores de ínfima estofa.

Su ataque iba solamente centra estos «locos inofensivos», sino también contra aquellos que se salían de las filas para ofenderlo.



En su «epopeya de los tontos» reserva lugar especial a todos los críticos, poetas, autores teatrales o libreros de quienes sufrió alguna vez la más mínima descortesía. Les somete a estudio uno por uno, les despoja de cuanta pretensión tengan y les coloca a tiro para poderlos asar en el asador emponzoñado de su invectiva.

En un periquete ya estaban todos reunidos para organizar el frente de lucha contra «el aluvión de veneno». Si bien el libro se publicó anónimamente, a nadie se le escapaba que había un solo hombre en Inglaterra capaz de escribir tan agraviantes rimas.

Estaban decididos, pues, a vengarse de Alejandro Pope. Escribieron cartas al primer ministro alegando que Pope era un enemigo del gobierno. Le quemaron simbólicamente y llegaron a amenazar su vida. De noche, el enanito mordaz no se atrevía a andar por las calles sin llevar un par de pistolas en el bolsillo y un fiero perrazo a su lado.

Desde su comienzo, el mundo de los hombres había buscado el momento propicio para pisotearlo. Y él se había defendido con la coraza de su mordacidad.

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Demostraría a Inglaterra, por si quedaba alguna duda, que él era el más puro, candido y benevolente de todos los poetas. Volvería a escribir su correspondencia privada, reveladora de su bondadosa personalidad intrínseca. Embellecería sus cartas con «perlas de justicia y sermones de buen sentido».

Escribiría otro poema, Ensayo sobre el hombre. Sería la obra cumbre de su poesía moralista, como The Dunciad lo había sido de la satírica.

Cumplía cincuenta y siete años cuando la muerte llamó a su lado a este giboso galanteador de la musa. Muy poco tiempo antes de morir Pope, John Gay —su mejor amigo, un autor teatral del género satírico— había abandonado las tablas con una insolente reverencia y un epitafio mordaz: «La vida es una broma y todo lo corrobora: así pensaba antes y ahora lo sé positivamente». Otro amigo íntímo, el deán Swift, había perdido la razón.

Y ahora, Alejandro Pope, el último y más presumido de este terceto de cínicos, se maravillaba en su lecho de muerte de la existencia de cosa tan fútil como la vanidad humana.

Falleció un 18 de agosto de 1503, en Roma, Italia.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Alexander Pope – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

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