Biografia de Brahms Johannes Compositor Vida y Obra del Musico



Biografia de Brahms Johannes-Compositor Vida y Obra del Musico

Brahms nació el 7 de mayo de 1833 en los barrios bajos de Hamburgo. Su padre, Johannes Jacob Brahms, cornetín de la banda de las milicias de Hamburgo, era bonachón, bailarín y aficionado a la bebida. Su madre era diecisiete años mayor que su padre; cojeaba ligeramente al caminar, pero sus dedos eran hábiles para la aguja y la cocina.

Siendo una solterona de cuarenta y un años, había tomado como pensionista al joven músico induciéndole al matrimonio en sólo una semana, gracias al hechizo de su magia culinaria.

Cierto día su padre se quedó asombrado al comprobar que su hijo tenía un oído perfecto, e inmediatamente cruzó por su mente la idea de labrarle un gran porvenir musical.

Johannes llegaría a ser, con el tiempo, «un músico mucho mejor que su padre». Y le tomarían, encantados, en la Filarmónica de Hamburgo.

Biografia de Brahms Johannes compositor

Johannes comenzó sus estudios de piano, y bien pronto fue considerado un niño prodigio. Un empresario se ofreció a organizar un viaje de conciertos por América, prometiendo a los asombrados padres que el niño haría una fortuna, proyecto este que fue desestimado por sugerencias de sus amigos.

Johannes había encontrado trabajo, como pianista, en una taberna y a los trece años se conocía al dedillo todas las cantinas del distrito. Pasaba en pie las horas de la noche, y los taberneros, a fin de mantenerle despierto los estimulaban con bebidas alcohólicas, induciendolo a una vida mas disipada.

A los veinte años, no era aún más que un vagabundo dotado de talento. Pero, de repente, en el corto espacio de unos meses, Brahms ingresó en el círculo de los genios conocidos.

En 1853, Johannes Brahms era un compositor de canciones populares, desconocido, lo mismo que su hermano mayor Fritz.

Un conocido violinista, dándose cuenta de los méritos del joven, le invitó a que le sirviera como acompañante pianista en un viaje de conciertos que debía efectuar. Encantado de poder alejarse del ambiente que lo rodeaba, Johannes aceptó.

En este viaje llegaron hasta Hannóver, donde se hallaba el joven virtuoso Joseph Joachim. Cinco años antes, Brahms le había oído tocar el Concierto para violín de Beethoven y aquello había sido uno de los acontecimientos de su carrera espiritual.



Johannes abrió su corazón a Joachim, e hizo que le oyera tocar algunas de sus propias composiciones.

Joseph Joachim

Joachim escuchó a Brahms e inmediatamente comprendió que estaba en presencia de un genio: ritmo original, formas sólidas, melodía fresca y pasión sin mistificar aún por el cinismo de la madurez. No era sólo el piano lo que sonaba, era toda una orquesta la que vibraba mediante el teclado.

Joachim le rogó que visitara a su amigo Robert Schumann, y le hiciera conocer su obra. Schuman era el maestro venerado de la escuela romántica, y una palabra suya podía ayudar poderosamente al joven músico.

Cuando visitó a Schumann se encontró no con un viejo ostentoso y maniático, sino a un joven cordial, rodeado de una familia adorable y que estaba en la plenitud de su vida y de sus facultades mentales.

Johannes se sentó al piano y comenzó a tocar pero Schumann le interrumpió: «Clara tiene que oír esto», le dijo, y llamó a su esposa.

Mientras Brahms continuaba tocando, los ojos del maestro se llenaron de lágrimas. Schumann escuchaba las soñadoras melodías de la Sonata en Fa menor sostenido, tiernas variaciones sobre el antiguo Minnelied germano, inspiración de aquel «artista en formación» y que él, a los cuarenta y cuatro años, no había sido capaz de concebir.

clara schumann
Muchos biógrafos han escrito sobre la atracción que sentía Brahms por Clara, aunque nunca se la reveló abiertamente, ni siquiera tras la muerte de Schumann en 1856, y jamás se casó.

En su generoso espíritu surgió un noble propósito: juró ayudar al joven músico de veinte años, que había llegado hasta él desde los barrios bajos de Hamburgo.

Brahms dedicaba sus composiciones a Roberto Schumann, y se enamoró locamente de su esposa. Clara Schumann era una mujer dotada, noble y hermosa que estaba en esa edad en que las mujeres pueden influir mejor en las almas de los jóvenes sensibles, y Brahms era extraordinariamente sensible.

Con el tiempo Schumann perdió la razón y fue internado en un manicomio, de donde no salió con vida. Schumann confió al joven músico el cuidado, no sólo de su música, sino también de su hogar, de sus hijos y de su esposa. Brahms sostuvo una terrible lucha para dominarse.

Sus ídolos eran Roberto Schumann y su esposa. Tenía que hacer todo lo que estuviera a su alcance para aliviar la carga de su tragedia.



El joven músico no tenía más que veintiún años, pero había vivido ya toda una vida. Daba grandes paseos con Clara por las orillas del Rin, y le hablaba de su pasión. A los ojos del joven Johannes, Clara era una diosa. Todos los día le enseñaba a admirar la naturaleza del verdadero amor.

¡La mujer que amaba era libre! Brahms escribió un tumultuoso poema. Los elementos de su pasión se precipitaron en un impulso decisivo, pero de forma repentina algo sucedió y la pasión por el amor a Clara fue dominado por una voluntad férrea que calmaba su emoción.

Brahms se alejó de Clara. Algunos decían que había sido su amante, y que, hastiado de ella, la había abandonado. Y había quienes creían que Brahms era el padre de su último hijo.

Brahms tuvo mucho cuidado de no aclarar con posterioridad este asunto. Varios años más tarde, cuando Brahms llegó a la cumbre de su fama, pidió a Clara ciertas cartas que le había escrito durante los dos años que siguieron a la muerte de su esposo, cartas que destruyó inmediatamente.

Brahms había renunciado a la esclavitud de la pasión, pero se permitía la libertad de algunos lances amorosos el primero de estos episodios románticos tuvo por protagonista a Agathe von Siebold, hija de un profesor de la Universidad de Gotinga.

Brahms había alcanzado gran éxito como músico. Entre sus deberes —mejor dicho placeres—, figuraba la dirección de un coro femenino en Hamburgo. Una de las jóvenes de este coro, una vienesa de voz preciosa, le hechizó con sus canciones del folklore austríaco.

En 1862 Brahms visitó la ciudad imperial, y se divertió en compañía de camaradas de su profesión. Brahms, que era amigo de pasar el tiempo, a pesar de su amor al dinero, se encontró en un ambiente ideal. Y está de más decir que en la ciudad había muchas mujeres hermosas.

Brahms se enamoró nuevamente y. . . también esta señorita tenía una voz encantadora. Se llamaba Ottilie Hauer, y le inspiró algunas de sus canciones más hermosas. Lo mismo que las otras, Ottilie se alejó de Brahms, se casó y se convirtió en amiga suya para toda la vida.

Durante su permanencia en Viena, se dedicó a la música descarnara y escribió cuartetos para piano, una sonata para violoncelo y un trío para cuerno, ganando una reputación envidiable entre los amantes de la buena música.

Dio lecciones de música en los círculos aristocráticos de Viena, y nuevamente conquistó el corazón de una de sus jóvenes alumnas: Isabel von Stockhausen. Sin embargo, también Isabel se casó, y llegó a ser una de las amigas más fieles de Brahms, dejándole a su muerte una considerable cantidad de dinero.



Temeroso de que el marido pudiera interpretar mal su amistad con ella, Brahms devolvió el dinero que le había sido enviado oculto en un cofre de partituras musicales, expresando que alguien debía haberlo colocado allí por equivocación.

Brahms era un músico atrayente que hacía latir el corazón de las mujeres, pero sólo entregó realmente el suyo a Clara Schumann y a su madre.

Su madre, Cristiana Brahms, que se había separado de su esposo Jacobo falleció. Su marido derramó algunas lágrimas y luego escribió a su hijo sobre sus nuevos proyectos matrimoniales. «Es una mujer sencilla, de cuarenta y un años, cocina y hornea divinamente.» Excelente compañera para el viejo Jacobo Brahms.

Johannes se sintió profundamente conmovido por la muerte de su madre, y le dedicó el Réquiem germano, la más impresionante de sus composiciones hasta entonces.

elogios importantes para la mujer

Cuando se anunció que se iba a tocar por primera vez casi todos sus amigos fueron a escucharlo, porque constituía un verdadero acontecimiento en los círculos musicales de Viena.

Entre los presentes estaban Clara Schumann y su hija Julia, que era ya mayorcita y compartía la adoración que su madre sentía por el genio de Brahms; también se encontraba Joachim, orgulloso de que su profecía acerca de su joven protegido se hubiese cumplido plenamente.

Y allí estaba a su vez, Jacobo Brahms, que no se había quedado atrás en sus brindis. Cuando el Réquiem terminó, había lágrimas en los ojos del viejo.

Brahms se aproximaba a los cuarenta años. Ya no viajaba entre Viena y Hamburgo, pues se había establecido con carácter permanente en la capital austríaca. Su vida se desenvolvía en las dos habitaciones de solterón que había puesto en La Karlsgasse, cerca de la Gran Iglesia y de la bulliciosa plaza pública; y ahí siguió hasta el fin de sus días.

Como si quisiera añadir un símbolo más a su carácter de ermitaño, Brahms se dejó crecer la barba, de color blanca. Además, le servía para tapar su cuello descubierto, ya que rara vez llevaba corbata. Cuando más viejo se hacía, más se echaba de ver su falta de pulcritud.

En el fondo, era un campesino, y le gustaban los trajes rústicos y las toscas risas de los campesinos. Usaba un sombrero viejo y roto, en deplorable estado. Una camisa de franela, sin puños, era su prenda de etiqueta en las grandes ceremonias. Sus deshilacliados pantalones jamás le cubrían los zapatos.

Brahms llevaba, por regla general, remiendos en la parte trasera de los pantalones y en los codos de su chaqueta de alpaca. Muy rara vez se cambiaba de ropa; cuando lo hacía por motivo de algún viaje, arrojaba la que se quitaba dentro de un baúl desordenadamente, y cuando se acostaba la dejaba tirada en el suelo.

Nadie vio a Brahms con ropas planchadas. Sus amigos intentaban constantemente mejorar su aspecto externo, e indujeron a su sastre a que le cortara un par de pantalones de un largo adecuado, sin embargo, cuando Brahms los recibió, los recortó inmediatamente.

Cuando se le rompían los pantalones, los pegaba con lacre. Si perdía un par de guantes en lo más crudo del invierno, no había forma de que se comprara otro.

Era una planta silvestre, un verdadero hijo de padres humildes, criado en los barrios bajos. Le gustaba mucho comer, y su estómago se desarrollaba en sumo grado. Tenía una figura cómica cuando, con sus pasitos cortos recorría las calles de la ciudad.

Rara vez se mostraba en público, pues pasaba la mayor parte del tiempo dedicado a la música, que era su pasión. Se inclinaba sobre el piano como un oso. Los sonidos más dulces iban siempre acompañados de suspiros y gruñidos. Era amo y señor en su pequeña habitación que a nadie, salvo a él, gustaba.

Era despreocupado en extremo. Cuando la Universidad de Cambridge le ofreció el título de doctor, como reconocimiento de su labor musical, Brahms expresó su agradecimiento en una tarjeta completamente arrugada. Hacía él mismo las compras en el mercado y regateaba los precios como una verdadera pescadera.

Con nada gozaba tanto como con un buen plato de arenques. Escatimaba su dinero, fumaba cigarros, engullía la comida, asustaba a las señoras, maltrataba a sus amigos. . .

Vivía soñando con cosas, que nadie se había permitido soñar después de Beethoven. Porque la Primera sinfonía, de Brahms, es digna continuación de la Novena, de Beethoven.

Así en su música como en su carácter, Brahms era el heredero legítimo de este gran maestro. Solamente los intelectos más críticos pueden confiar en poseer el alma, lo mismo que el cuerpo, de la música.

Los sentidos solos no son suficientes para asegurar esta posesión; y, en realidad, un hombre con los sentidos imperfectos, puede llegar a captar el espíritu íntimo de la música. ¿Acaso no era sordo Beethoven?.

La música es esencialmente un ejercicio intelectual, su música no está destinada —como la fragancia de las amapolas— a impresionar los sentidos poco críticos del voluptuoso para deleitarlo. Por el contrario, se dirige a las mentes críticas.

Y el más crítico de los críticos era el propio Brahms. Poseía un intelecto agudo y una lengua cortante; veía con rapidez sus propias deficiencias y señalaba con igual rapidez las deficiencias de los demás.

Brahms era un estudio de contrastes. Y quizás el más notable de sus contrastes era el que existía entre su desordenada apariencia y su precisión mental. Externamente, parecía llevar una vida sin coordinación alguna, pero ínternamente, su vida era una unidad perfecta.

Le rodeaba el desorden, pero en su alma había orden. Era físicamente perezoso porque tenía gran actividad mental. Se concentraba por completo en los asuntos que afectaban a su personalidad musical, y dejaba de lado todo lo demás.

Su vida física era su segunda vida, mal organizada, insustancial, rayana en lo subconsciente, mientras que su vida mental era la única real, racional, concreta, creadora, completamente consciente porque Brahms veía sus errores y hacía todo lo posible por corregirlos.

Un triste rompecabezas humano. Sus vecinos le esquivaban, pero el mundo musical le veneraba.

Se acuñó una medalla con su efigie. Su retrato está en el Salón de Música de Zurich, junto a los de Beethoven, Mozart y otros artistas inmortales.

El emperador de Austria le concedió la Orden del Mérito de Leopoldo. En Hamburgo, su ciudad natal, fue admitido en una sociedad honorífica a la que pertenecían Bismarck y Moltke.

Es interesante señalar que Brahms era partidario de la política exterior agresiva. Bismarck era su dios; el imperalismo, su credo nacional.
Pero para él éstas eran cosas secundarias.

Su vocación principal era la música; y su diversión favorita, aunque estaba muy cerca de la vejez, consistía en flirteos ocasionales con alguna mujer bonita.

Sus amigos más queridos fueron desapareciendo uno a uno. Isabel, uno de sus primeros amores, murió de una enfermedad al corazón. Y Herminia, la alegría de su edad reposada, murió en la flor de su juventud.

Más tarde perdió a su amigo Hans von Bülow; y, finalmente sucumbió también su tan querida amiga Clara Schumann. Cuando murió Clara, Brahms se encontraba disfrutando de unas vacaciones, y quedó tan anonadado con la triste noticia que al regresar confundió el tren que debía tomar.

Después de dos días de viaje, cansado, tiritando y a cuestas con sus años, llegó por fin a la tumba de Clara donde arrojó un puñado de tierra sobre aquellas reliquias sagradas para él.

Su robusta salud le empezaba a fallar. A los sesenta y cuatro años realizaba todavía ejercicios violentos y su silueta se recortaba en el paisaje como si fuera un roble robusto. Pero, inesperadamente, su fortaleza cedió.

Los médicos diagnosticaron su enfermedad: cáncer.

Brahms murió poco después, sin haber podido reponerse por completo de su sorpresa.

«Todavía no había comenzado a expresarme» —se quejó en su lecho de enfermo—. Tal vez —¡y quién se atrevería a negarlo!— se llevó consigo música que no escribió, par.» ejecutarla ante un inmenso público desconocido.

GRANDES COMPOSICIONES DE BRAHMS
Vocales :
Réquiem Germano. Cantata Rinaldo. Parzengesang.
Schicksalslied (Canto del destino) . Triunfo.
Rapsodia (para voz y orquesta).

Numerosas obras corales.
Ciclo de Cantos gitanos.
Otros cantos.

Instrumentales :
4 Sinfonías, en Do menor, en Re mayor, Fa mayor y Mi menor.
2 Conciertos en Re menor y en Si bemol menor para piano.
Concierto de violín en Re mayor.
Concierto para violín, violoncelo y orquesta.
Obertura del festival académico.
Obertura trágica.

3 Cuartetos para instrumentos de cuerda.
2 Quintetos para instrumentos de cuerda.
2 Sextetos para instrumentos de cuerda.
Varias sonatas para piano, violín, violoncelo, clarinete, etc.
16 Valses.
Danzas húngaras, baladas, rapsodias, romances, intermezzos, fantasías, etc.

Fuente Consultada: Grandes Compositores por H. Thomas y Lee Thomas Editorial Juventud Argentina

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