Biografía Goethe Wolfgang Obra Artistica del Romanticismo



Biografía Goethe Wolfgang-Obra Artística
Romanticismo Alemán

Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), poeta, novelista, dramaturgo y científico alemán y una de las figuras señeras de la literatura alemana y se lo recuerda com uno de los más grandes escritores de todos los tiempos. A través del personaje Fausto, su extraordinaria creación, el poeta revela su tormento moral, es decir, el drama del hombre acuciado por una insaciable sed de saber.Goethe no fue sólo un poeta sino un sabio; perfecto conocedor de las ciencias naturales,  de la anatomía,  de la  mineralogía y sobre todo de la botánica, Goethe fue el genio que dio expresión a toda una época.

goethe wolfgang

Goethe es también el más genuino representante del romanticismo alemán.Escribió poemas, obras teatrales y novelas, entre las que destaca Fausto (primera parte, 1808, segunda, 1832), un drama poético considerado como la mejor adaptación de la leyenda de Fausto, personaje que vende su alma al diablo a cambio de conocimiento y experiencia.

Resumen Biográfico de Wolfeang Goethe. —El genio poético más grande de Alemania y uno de los más grandes del mundo nació en Francfort del Meno el 28 de agosto de 1749 y murió en Weimar el 22 de marzo de 1832. Era de inteligencia precoz, de gran imaginación, de fina sensibilidad y de un depurado sentido de la belleza.

Poseía, además, gran facilidad para las lenguas. Su gran inteligencia y dotes de observación le permitieron adquirir una vasta cultura que abarcaba varias ramas científicas. Pero donde principalmente se manifestó su genio fue en la poesía lírica. Su famosa novela Los sufrimientos del joven Wérther alcanzó gran difusión y originó entre sus muchos lectores un snohismo enfermizo; esta obra apareció en 1774.

En 1787 terminó Ifgenia, en 1788, Egmont y en 1790, Tasso. Después escribió el Dr. Fausto, especie de poema del mundo que contiene el concepto del autor acerca de la existencia y sus problemas y abarca todas las modalidades de la vida del hombre sobre La Tierra. En 1794-1796 publicó su novela Wilheim Meister y en 1797, Hermann y Darothea. En 1808, habiéndose entrevistado con Napoleón en el Congreso de Erfurt, el emperador condecoró a Goethe colocándole sobre el pecho la cruz de la Legión de Honor que él mismo lucía.

En 1811 aparecieron las memorias del gran poeta, y en 1831 la segunda parte del Fausto, inferior en mérito a la primera, pero también notable como obra poética. La producción de Goethe elevó el tono de la literatura alemana, dándole la perfección clásica que aún conserva e imprimió soltura y facilidad de estilo al idioma. Hizo además estudios de botánica y física, y consiguió notables descubrimientos en anatomía.

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En ningún caso puede afirmarse con tanta razón como en el de Goethe que un pensador y poeta se ha elevado a la categoría de símbolo de la cultura nacional de un pueblo. Ningún otro clásico parece ser tan «intocable» como Goethe en Alemania. Ha sido convertido en «ídolo» indiscutible de todos los sectores ideológicos alemanes, lo que significa que todos han llevado el agua a su molino, que la especulación partidaria e interesada en torno a su figura ha alcanzado las cotas máximas. Tanto la derecha como la izquierda; idealistas como materialistas; racionalistas, espiritualistas, vitalistas, voluntaristas, irracionalistas o dialécticos; elitistas o populistas; aristócratas, burgueses liberales o proletarios revolucionarios: todos se han apropiado del «patrimonio Goethe», acomodándolo a su gusto. Los aniversarios del nacimiento o muerte del «clásico máximo» (ni su amigo Schiller, ni el reformador Lutero gozan de una admiración tan generalizada) se celebran en todas partes y constituyen la ocasión de encarnizadas polémicas. Todos proclaman: «¡Goethe es nuestro!»
Todo ello hace pensar que su prestigio tiene raíces reales muy profundas, al sentirse identificados con él los sectores más contrapuestos de todo un conglomerado nacional —y la identificación se produce siempre tanto o más con los defectos como con las cualidades—; hace pensar en una ambigüedad asentada en la complejidad de su figura y su pensamiento, que se mueve en las nieblas situadas entre la utopía y la realidad, entre el ser y el querer ser. Y este fenómeno nos sugiere además que la sociedad alemana no ha logrado todavía liberarse del todo de las contradicciones que condicionaron ya la vida y la obra del genio de Weimar, para poder llegar a la visión distanciada que permita juzgarle con objetiva claridad. Para que un pensador o artista, para que una obra llegue a ser bien «de todos» debe haberse logrado antes que no pueda ser de nadie.



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BIOGRAFÍA: El 28 de agosto de 1749, en la casa de Gaspar Goethe nacía el hijo ansiosamente esperado. La nueva se difundió rápidamente por toda la ciudad de Francfort-del-Meno, donde los Goethe eran conocidos y muy estimados. Gaspar era un jurista de talento, y su esposa Isabel, hija de un ilustre magistrado.

El padre, autoritario, educó a su hijo con gran severidad, tratando de inculcarle el orden y la regularidad, mas Wolfgang siguió las inclinaciones maternas por la poesía y evidenció tempranamente el gusto de escribir.

El pueblo alemán atravesaba entonces por un difícil período; la Guerra de los Siete Años se desarrollaba con toda su violencia, e imprevistas alternativas. Dos anos después de la terminación de esta guerra, Wolfgang fue enviado por su padre a la universidad de Leipzig para estudiar derecho. Esta disciplina no atraía en absoluto al joven estudiante de 16 años, que aprovechó su estada en la gran ciudad sajona para profundizar su cultura clásica.

Comenzó allí a componer sus primeras obras. Luego cayó enfermo, debiendo regresar a Francfort, donde habría de ser cuidado por su madre. Años más tarde, reanudó sus estudios universitarios, no ya en Leipzig sino en Estrasburgo, donde se impregnó del arte gótico, tan ricamente representado en la capital de Alsacia.

Es precisamente en Estrasburgo donde Wolfgang tuvo la dicha de conocer a Hérder, renombrado hombre de letras, quien lo inició en el conocimiento de la obra de Shakespeare y lo atrajo hacia el movimiento revolucionario de la literatura alemana, que, encabezado por Federico Maximiliano Klinger en 1700, se extendió hasta 1787.

En Estrasburgo, donde había realizado sus estudios en 1770, despertó su pasión por el arte, incitada por el entusiasmo de Hérder, renombrado hombre de letras que lo inició en el conocimiento de la obra de Shakespeare y que sentía gran admiración por el estilo gótico, del que la ciudad guarda tan magníficos exponentes. A menudo el joven Goethe era sorprendido en la contemplación de la espléndida catedral, uno de los más bellos monumentos del arte gótico.

Bajo esta influencia, Goethe escribió su primer drama: Gótzvon Berlichingen, que fue muy aplaudido. Al segundo año de su permanencia en Estrasburgo,Wolfgang terminó su doctorado en derecho. En 1772, su padre lo envía como pasante al tribunal de Wetzlar; allí Goethe se consagra al estudio de Homero, de Osíán, de Píndaro, de Shakespeare y de la Biblia.

En esa ciudad conoce a Carlota Buff, de quien se enamora apasionadamente; mas la joven estaba comprometida con otro. Esto trastorna al poeta, y de su desesperación nace su primera obra maestra: Wérther, una novela que, traducida a diversos idiomas, recorrerá Europa, dando a conocer al mundo el nombre de Goethe.

Wérther, una de las más célebres expresiones del romanticismo, es la triste historia de un joven enamorado de una adorable criatura, ya prometida a otro, a quien sin embargo no ama. Luego de la breve alegría que le anima cuando se entera de que su pasión es compartida, Wérther cae presa de la mayor desesperación, la que lo conduce a una decisión irremediable. Esta novela, en parte autobiográfica, recuerda el imposible amor de Goethe por Carlota Buff, comprometida con Juan Cristian Kestner.



Luego Wolfgang se consagra durante el año 1773 al estudio de la obra del filósofo Spinoza, y al esbozo de Mahoma, de Prometeo, de César y de Sócrates; compone numerosas baladas y, por último, en 1774, escribe el drama Clavigo.

En el año 1775 comienza a escribir la primera versión de Fausto y los esbozos para Egmont, hasta el momento en que, buscando alivio al dolor que le causara el rompimiento de su compromiso con Lili Schónemann, viaja a Suiza y, desde lo alto del San Gotardo, descubre la magnificencia de los paisajes italianos.

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En la primavera del año 1775, buscando olvido al gran pesar que le produjera la ruptura de su compromiso con Lili Schonemann, Wolfgang emprende un largo viaje a Suiza. Desde lo alto del monte San Gotardo contempla maravillado el hermoso panorama que le ofrece Italia.

Embelesado, decide descender a la península, cuando recibe del duque Carlos Augusto la apremiante invitación de instalarse en la capital del ducado, que los contemporáneos consideraban la Atenas de Alemania.

En Weimar, donde es objeto de una calurosa acogida y de una profunda admiración, se transforma rápidamente en un luminoso astro que eclipsa a todos los demás.

Goethe llega a amar esta ciudad en la que pasará la mayor parte de su vida; sólo se alejará de ella en contadas ocasiones, para realizar algún viaje; por ejemplo, para escribir La misión teatral de Wilhelm Méister, o terminar Ifigenia en Táuride.

Al segundo año de su estadía en Estrasburgo, Goethe termina sus estudios de derecho y alcanza el doctorado, y entonces su padre lo envía como pasante al tribunal de Wetzlar, y así comienza su actividad en el foro; mas esta profesión no satisfacía las necesidades de su espíritu. Guiado por su inspiración poética y deseoso de consagrarse al estudio de las obras clásicas, acogió con profunda alegría la idea de trabajar en Wetzlar.

Viaja primero a Berlín, ciudad que no responde a sus gustos, y luego a Suiza. A su regreso, encuentra por primera vez a Federico Schiller, diez años menor que él y ya coronado de gloria en virtud del éxito alcanzado por sus obras: La conjuración de Fiesque, y sobre todo por Don Carlos.

Mas su deseo de permanecer un tiempo en esa maravillosa región, de la que sólo ha visto una ínfima parte desde lo alto del San Gotardo, es tan grande, que abandona secretamente Weimar para dirigirse a Roma, «la patria del mundo», según su propia definición. Luego desciende a Napóles y visita Sicilia.



Más tarde vuelve hacia el norte, donde admira entusiasmado los espléndidos monumentos romanos. Finalmente, después de una breve estadía en Florencia y en Milán, regresa a Alemania.

Ha vivido dos maravillosos años que le han hecho olvidar la melancolía de Weimar. Conoció por fin «el país donde florecen los limoneros», como dirá en Wilhelm Méister, obra en cuya composición trabajó alrededor de diez años.

Retornar a la vida de Weimar no es para el escritor una halagüeña perspectiva. Embriagado por las bellezas de Italia, su existencia en la tranquila ciudad alemana le parece de una aplastante monotonía.

Emprende algunos viaje a Venecia primero y finalmente a Francia. Corre el año 1790: la revolución está ya en marcha y los franceses luchan contra las tropas aliadas a lo largo de la frontera, para impedir que el duque de Brunswick llegue a París y sofoque la revuelta popular.

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El poeta se reúne en el frente con el duque y junto a él permanece, cuando en Valmy los cañones prusianos son inútilmente lanzados contra los héroes del audaz Kellermann. El 20 de septiembre de 1792, Goethe escribe: «En este lugar y en este día comienza una nueva época para la historia del mundo», palabras que Josué Carducci repetirá casi textualmente en sus admirables versos del Ca ira. Goethe, con asombrosa claridad, había percibido el alcance de ese grandioso movimiento.

El año anterior, el duque le había confiado la dirección del teatro de la corte de Weimar, y Goethe, considerando este nombramiento como algo más que una distinción honorífica, se consagró con ardorosa tenacidad a su tarea.

Sobre el pequeño escenario aparecerán muy pronto su Ifigenia y su Egmont, seguidos algunos años más tarde por La hija natural, drama en el que expresa mejor que en ningún otro sus convicciones políticas.

En el umbral de sus cincuenta años, el poeta conserva aún la frescura lírica de su juventud, como lo prueban el pequeño poema idílico Hermann y Dorotea y la célebre balada de La novia de Corinto, compuestos en aquella época. Pero peligra su vida cuando, el 14 de octubre de 1806, después de la victoria de Tena, los soldados de Napoleón invaden Weimar.

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 Mefistófeles y Fausto cabalgando sobre un tonel, se alejan de la taberna y llegan a la morada de una hechicera que dará a Fausto un filtro capaz de devolverle la juventud. Apare-ce la visión de Margarita, la joven que se enamora de Fausto y que se convertirá en víctima de las maquinaciones de Mefistófeles.

Un grupo de éstos, en completo estado de ebriedad, hace irrupción en su casa para arrebatar cuanto hallan a su paso. Dando prueba de una gran serenidad, su joven compañera, Cristina Vulpius, logra salvarlo. Movido por un sentimiento de profunda gratitud, el poeta casará con ella poco después. Su actividad de escribir continúa. De entre las obras de aquella época, citaremos: Pandora, Las afinidades electivas y Los años de peregrinaje, con las que concluye el ciclo de su Wilhelm Méister.

La pluma que ha tratado todos los géneros literarios, y a la que se debe tantas obras maestras, se deslizó aún sobre las elegías, los epigramas, los proverbios, las páginas autobiográficas, las baladas. Cuando, hacia fines de 18233 el editor Cotta adquiere toda su producción por la suma (elevadísima en esa época) de 100.000 táleros, Goethe le entrega cuarenta volúmenes.

Fausto, conducido por Mefistófeles a las montañas del Harz, piensa en Margarita, a quien ha abandonado sola y desesperada, y a cuyo lado ansia volver. Mas, la desdichada joven, atormentada por el sufrimiento, ha perdido la razón, y antes de morir rechaza a Fausto, invocando la ayuda del Señor.

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Mas en 1830, un doloroso suceso quebranta la salud de Goethe; durante uno de sus viajes a Roma, su hijo Augusto muere repentinamente. Abrumado por tan profunda pena, halla aún la fuerza necesaria para concluir el Segundo Fausto, coronando una obra que había comenzado medio siglo antes. En la mañana del 22 de marzo de 1832, enfermo de neumonía, cae presa del delirio. Sonríe, mientras se lo oye murmurar: «Más luz», y se extingue estrechando la mano de su nuera.

Las campanas de Weimar anuncian al mundo la muerte de uno de los más grandes poetas de la humanidad; uno de esos hombres excepcionales, destinados a la inmortalidad.

En la inquieta Alemania, que veía al oeste encenderse la revolución y al este agitarse el mundo eslavo, primitivo aún pero rico en fermentos, Goethe fue el genio que dio expresión a toda una época, resumió las que le habían precedido y proyectó con claridad refulgente su visión del porvenir. Fue un artista incomparable, por la claridad de su espíritu y su asombrosa fecundidad: más de ciento treinta obras escribió el poeta, abarcando los más diversos géneros de las letras.

Objeto de la admiración general, Wolfgang Goethe contó entre sus amigos a los más destacados espíritus de su tiempo, entre ellos: Schiller, Manzoni y el duque de Weimar. Conoció a Napoleón, en quien vio un hombre en la más alta acepción del término. Dotado de brillante inspiración y de una profunda cultura, se distingue aún entre los más nobles representantes de las artes y de las letras.

Elegiaco e irónico, hombre de teatro y novelista, se desenvolvía holgadamente tanto en el puro lirismo como en la crítica; no hay una sola página, en su enorme producción, que no lleve la marca auténtica de su genio. Alejandro Pushkin escribió refiriéndose al Fausto: «Es una grandiosa creación del espíritu, que representa la nueva poesía, así como La litada es el monumento de la antigüedad clásica.»

Fuente Consultada:
LO SE TODO Tomo II Biografía de Goethe Wolfgang Editorial CODEX
Historia Universal de la Civilización  Editorial Ramón Sopena Tomo II del Renacimiento a la Era Atómica

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