El Bajo Imperio Romano Caracteristicas



El Bajo Imperio Romano: Funcionarios, Curiales, Colonos y Soldados

NUEVA ORGANIZACIÓN DEL IMPERIO: La reorganización del Imperio, comenzada por Diocleciano, continuó durante el reinado de Constantino y acabó en tiempo de sus sucesores.

El Imperio romano tenía aproximadamente la misma extensión que a la muerte de Augusto.

El Bajo Imperio Romano es el período histórico que se extiende desde el ascenso de Diocleciano al poder en 284 hasta el fin del Imperio romano de Occidente en 476. Tras los siglos dorados del Imperio romano, comenzó un deterioro en las instituciones del Imperio, particularmente la del propio emperador

Había perdido el territorio de la orilla derecha del Rhin, adquirido en el siglo I la Dacia, conquistada por Trajano, las provincias quitadas al reino de los partos. De las conquistas de los emperadores no le quedaba más que la Bretaña, es decir, aproximadamente la Inglaterra actual.

Excepto la Bretaña, los límites del mundo romano eran como en la época de Augusto: al este, el Océano; al norte, el Rhin y el Danubio; al este, el mar Negro, la Armenia, el Eufrates y el desierto de Siria; al sur, el desierto de África.

Pero en tiempo de Augusto, la mayor parte de los habitantes eran todavía extranjeros sometidos a unos cuantos millones de ciudadanos romanos. A fines del siglo IV, todos los habitantes del Imperio se llamaban romanos.

El Imperio estaba dividido en 117 provincias, cada una con un gobernador llamado praeses, excepto en Italia, donde se llamaba corrector. Varias provincias estaban reunidas en una diócesis, cada una con un vicario (vicarius). Eran grandes regiones, como la Galia, España, Bretaña, Iliria.

Ya no había un prefecto del pretorio único, se habían creado cuatro que se repartían el Imperio. Cada uno tenía su territorio que llevaba un nombre único. Por ejemplo, el prefecto del pretorio de las Galias tenía las tres diócesis de la Galia, España y Bretaña.

Estos funcionarios ya no ejercían poder alguno sobre los soldados.Los ejércitos eran mandados por duques y condes, establecidos en las provincias fronterizas.

Los dos jefes superiores eran el maestre de la caballería (magister equitum) y el maestre de la infantería (magister peditum).



Toda esta organización nos es conocida por una especie de almanaque oficial hecho por el año 419, la Notitia dignitatun et potestatum tam civilium quam militarium in partibus Orientis et Occidentis. Cada dignatario, cada gobernador, tiene en él su artículo espacial, precedido de un dibujo que representa sus insignias o las plazas fuertes de su provincia.

el bajo imperio romano

LA CORTE
Los antiguos emperadores, que vivían en Roma o con el ejército, habían conservado la vida sencilla de los magistrados y de los generales romanos.

El emperador, al establecerse en Oriente, adoptó los hábitos de los reyes orientales. Se hizo llamar Dueño o Majestad. Ya no hubo ciudadanos, todos se llamaban subditos del emperador.

Este era tratado como un ser divino, todo lo que le pertenecía se denominaba sagrado, se decía el palacio sagrado, la Cámara sagrada, el Consejo sagrado, el tesoro sagrado.

En lugar de la toga romana, empezó a usar magníficas vestiduras flotantes, tejidas con seda y oro, y la diadema, cinta adornada con perlas, insignia de la realeza, ciñendo la frente.

En vez de recibir a sus amigos y comer familiarmente con ellos, se mantuvo apartado, separado del resto de los hombres como una especie de dios.

En lugar de mostrarse en público se encerró en el palacio, no dejándose ver más que en los días de ceremonia, sentado en un trono de oro, rodeado de multitud de servidores, de guardias armados y de cortesanos.

Se adoptó también la costumbre oriental de acercarse a los soberanos como si fueran dioses.

Todo el que era admitido a la presencia del emperador, se prosternaba con el rostro pegado al suelo en señal de adoración. El palacio del emperador había llegado a ser igual que la corte del rey de Persia.

A este régimen se ha apellidado el Bajo Imperio.



El emperador tenía a su lado una corte numerosa. Para su defensa contaba con varias compañías de guardias a pie y a caballo, y con un pequeño ejército para custodiar su palacio.

Tenía una tropa de chambelanes para su servicio doméstido, otra de intendentes para ocuparse de sus negocios particulares.

Para ayudarle a gobernar, contaba con un Consejo de Estado, el sacrum consistorium, que preparaba sus edictos, y con un personal numeroso de secretarios, dividido en cuatro secretarias (scrinia), sin contar el personal de inferior categoría, alguaciles, mensajeros, bedeles.

Durante el siglo IV había habido un número variable de emperadores, a veces varios, a veces uno solo (Constantino, Constancio desde el año 350, Juliano, Teodosio al final de su reinado).

Teodosio, al morir, dividió el Imperio entre sus dos hijos, Arcadio, el mayor, recibió el Oriente, es decir, Asia, el Egipto y casi toda la península de los Balkanes, todos los países en que se hablaba griego. Tenía su corte en Constantinopla.

El menor, Honorio, tuvo el Occidente, es decir, Italia, la Galia, España, Bretaña, África, la Nórica, la Rhecia, la Pannonia y Dalmacia, es decir, los países en que se hablaba latín. Su corte residió en Milán, más tarde en Ravena.

Este reparto continuó después de la muerte de los dos emperadores, de suerte que las gentes se acostumbraron a considerar el Imperio dividido en dos: el Imperio de Occidente, el Imperio de Oriente, y en lo sucesivo hubo dos Cortes, una en Constantinopla, otra en Italia.

LOS FUNCIONARIOS
Los personajes encargados de administrar se habían hecho más numerosos, el emperador ya no comunicaba directamente con todos.

Daba sus órdenes a funcionarios superiores, cada uno de los cuales mandaba a todos los encargados de un género de funciones.

Estos jefes de servicio, análogos a los ministros de las. monarquías modernas, eran:



El conde de la cámara sagrada (comes sacris cubiculi), jefe de los criados adscritos al servicio de la persona del emperador.

El maestre de los oficios (magister officiorum), jefe de los empleados de palacio.

El cuestor, que dirigía a los empleados de las escrituras;

El conde de las larguezas sagradas (comes sacrarum largitionum), que dirigía a los empleados financieros;

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El conde de los dominios particulares de la casa divina, director de los empleados del patrimonio imperial;

El conde de los guardias a caballo;

El conde de los guardias a pie.

Además, los prefectos del pretorio dirigían a los gobernadores. Los maestres de caballería y de infantería mandaban el ejército.

Los prefectos de la ciudad (praefecti urbis), dirigían a los funcionarios de obras públicas.

Este régimen, nuevo para los antiguos, ha llegado a ser familiar para nosotros. Estamos acostumbrados a ver funcionarios, recaudadores, jueces, ingenieros, oficiales, organizados en servicios distintos, cada uno con su función especial, y a las órdenes de un ministro director del servicio.

El Bajo Imperio es el que ha dado el primer ejemplo.

Todos estos funcionarios estaban organizados en escalas. Cada uno, según su rango, recibía un título y lo trasmitía a sus hijos. Había varios grados de nobleza, en el orden siguiente:

Los nobilissimi, que eran los príncipes de la familia imperial;

Los Ilustres, que eran los jefes de servicio, los prefectos del pretorio y ¡os maestres de los soldados;

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Los spectabiles, que eran los vicarios, los condes y los duques de las fronteras;

Los clarissimi, llamados también senadores, que eran ios simples gobernadores.

Por bajo ven ían aún los perfectissimí y los egregii, que correspondían aproximadamente a los antiguos caballeros.

Todo personaje importante tenía su cargo, su rango y su título.
Para sostener a este personal se había creado un nuevo sistema de impuestos.

Los principales eran: el impuesto territorial, para el cual se hacía un nuevo reparto cada quince años, llamado indictio; el impuesto sobre las personas (capitatio); el impuesto sobre la industria y el comercio, conocido con un nombre griego (crisargiro), que se pagaba cada cinco años.

El Imperio, destrozado por las guerras y las invasiones, se había empobrecido, lo cual hacía más gravosas las contribuciones.

LOS CURIALES
Continuaba el Imperio romano, como en tiempo de los Antoninos, dividido en ciudades, cada una de las cuales tenía por centro una ciudad, a la que obedecía un territorio.

Cada una era gobernada por un Consejo copiado del Senado romano y constituido por los principales propietarios del país.

El gobierno romano no se había tomando nunca el trabajo de percibir directamente lo que habían de pagar las ciudades.

El emperador fijaba el impuesto y el gobernador de la provincia hacía saber a cada ciudad lo que tenía que pagar.

Los curiales distribuían la cantidad entre los habitantes de la ciudad, recogían el dinero y lo enviaban al gobierno.

Eran responsables de la contribución, y les correspondía adoptar las medidas oportunas para que se percibiera. Si no conseguían que los habitantes pagaran, habían de hacerlo ellos.

Hasta el siglo III parece que las contribuciones se cobraron con bastante facilidad, y por eso no costó trabajo encontrar curiales. Los propietarios del país ambicionaban este cargo, que hacía de ellos los principales personajes de la ciudad. El curial era en su país lo que el senador en Roma.

Después de las invasiones y de las guerras civiles del siglo III, hubo en el Imperio, sobre todo en Occidente, un cambio que no comprendemos bien, pero cuyos resultados conocemos.

El dinero se hizo mucho más escaso. Los habitantes, por temor a los bárbaros, escondieron gran cantidad de monedas de oro y plata, y objetos preciosos.

Se ha encontrado gran cantidad de esos tesoros enterrados por gentes que sin duda fenecieron y no pudieron ir a sacarlos. Los bárbaros se habían llevado también mucho oro y mucha plata.

Como no había minas que p, adujeran estos metales, el Imperio se empobreció en este respecto.

Como los habitantes de las ciudades no pudieran ya pagar los impuestos, los curiales se veían obligados y hacerlo en su lugar.

Fue entonces una carga ruinosa que los propietarios trataron de evitar. En muchas ciudades no se encontró ya número suficiente para constituir la curia. Los emperadores, que tenían necesidad de curiales que pagasen el impuesto, hicieron leyes para lograr que la curia fuese obligatoria.

El que poseía 25 arpentas de tierra, hubo de ser curial de buen o mal grado. Así este puesto, en otro tiempo buscado como un honor, vino a ser carga obligatoria.

Los obligados trataron de evadirse hacendóse sacerdotes, monjes, soldados o funcionarios.

Hubo también curiales que renunciaron a sus tierras y que huyeron de su ciudad.

Los emperadores ordenaron apoderarse de ellos y volverlos a la fuerza, prohibieron que todo el que fuera curial ingrésase en el ejército, en los cargos públicos o en la Iglesia.

El curial hubo de permanecer sujeto a su ciudad, él y sus hijos, a perpetuidad. Una ley imperial dice que los curiales «son los esclavos del Estado».

A pesar de estas medidas, ya no hubo en ciertos países curiales suficientes para llenar las curias de todas las ciudades.

A mediados del siglo IV la población de una provincia se había amotinado contra el pago de los impuestos, y el emperador Valentiniano ordenó al gobernador que fueran ejecutados tres curiales de cada ciudad.

El gobernador le respondió: «Dígnese Vuestra Clemencia resolver lo que debe hacerse en las ciudades donde no haya tres decuriones». Esta lucha entre el gobierno y los curiales duró hasta los tiempos en que los reyes bárbaros se establecieron en las provincias y dejaron de reclamar el impuesto a las ciudades.

LOS COLONOS
En el Imperio romano, casi todo el suelo pertenecía a grandes propietarios y estaba dividido en grandes dominios, cada uno comprendiendo lo que uno de nuestros términos municipales.

No había bastantes esclavos para cultivar todas aquellas tierras, y los propietarios tuvieron necesidad de emplear también hombres libres.

No habrían podido encontrar arrendatarios, aun cuando el arriendo existía en derecho romano, porque para ser arrendatario había de comprometerse a pagar una suma en metálico y el dinero había llegado a escasear grandemente.

El propietario, por consiguiente daba a cultivar una parcela de tierra a un individuo que se comprometía a llevarle parte de lo que recogiera, como hacen hoy todavía los aparceros.

Se llamaba a estos individuos «cultivadores» (colonus). Había ya colonos en el siglo II. Plinio el joven, en una de sus Cartas, cuenta que ya no puede encontrar arrendatarios que paguen por sus tierras, y dice: «No veo más que un remedio, y es arrendar, no por dinero, sino por una parte de los frutos».

El colono era hombre libre. Podía comparecer ante el tribunal, alistarse en el ejército, heredar, adquirir propiedad, cosas todas prohibidas al esclavo. Pero no era independiente con respecto al propietario.

Con mucha frecuencia le debía dinero y, como no podía pagárselo, ya no tenía derecho a irse.

El propietario no estaba comprometido con respecto al colono, puesto que entre ellos no existía contrato; pero le resultaba beneficio de dejarle cultivar la tierra indefinidamente, porque con trabajo habría podido sustituirle.

Poco a poco los colonos se fijaron en el suelo que cultivaban de padres a hijos. Luego el gobierno tomó la costumbre de inscribir en el registro del censo (es decir, del impuesto), a los colonos que había en cada dominio.

En lo sucesivo el propietario dejó de tener el derecho de expulsar al colono, porque el gobierno le prohibía disminuir el valor de sus tierras. Entonces los colonos quedaron definitivamente sujetos a la parcela de tierra que cultivaban, y que al morir trasmitían a sus hijos.

Debían entregar solamente a los propietarios una renta establecida por la costumbre, y que difería según las propiedades, renta que se denominaba «costumbre del dominio».

Muchas veces también habían de hacer en las tierras del propietario, para las labores o la recolección, un número determinado de días de trabajo. Por el contrario, el colono no tenía el derecho de abandonar su tierra.

El gobierno quería tener cultivadores como quería tener curiales, e hizo leyes que prohibían a los colonos salir de su condición.

Ya en el siglo II no hubo colonos suficientes para cultivar todas las tierras, sobre todo en los países saqueados por las invasiones, como la Galia.

Los emperadores empezaron entonces a trasladar a las tierras en que faltaban brazos a los bárbaros que hacían prisioneros, y que eran germanos principalmente. Bandas enteras fueron establecidas de esta suerte.

Después de la derrota de los godos por el emperador Claudio, muchos guerreros habían quedado prisioneros con sus mujeres, que los seguían en carros, y fueron establecidos en las provincias.

Un profesor de retórica, Eumenes, haciendo el elogio de Constantino, dice; «Hemos visto en todas las ciudades tropas de bárbaros cautivos sentados, repartidos entre los propietarios de las provincias y esperando que se les condujera a los campos desiertos que les habían sido asignados. No había ya bastantes labradores en los territorios de Amiens, de Troyes y de Beauvais, que resultan enriquecidos por el trabajo de los cultivadores bárbaros».

Los bárbaros no llegaban a ser propietarios ni esclavos, sino colonos. Una vez establecidos en una tierra, no debían dejarla jamás, pero el propietario no podía exigir de ellos más que el cultivo.

LOS BARBAROS EN EL EJERCITO
El ejército romano, desde la época de Augusto, estaba formado por soldados de profesión que pasaban la vida en los campamentos.

El gobierno se encargaba de alimentarlos y les pagaba un sueldo. Cuando llegó a escasear el dinero, el Estado dejó de pagar el sueldo y el ejército se transformó.

Ya en los últimos años del siglo IV, Septimio Severo dio a los soldados una ración de trigo mayor y les permitió vivir con sus mujeres. Luego los centuriones fueron suprimidos.

Como los legionarios ya no percibían sueldos ni tenían oficiales, no fueron más que campesinos establecidos en la frontera.

Estaban obligados al servicio militar, pero no aparecían ejercitados ni disciplinados. Se les llamaba limitanei (guarda-fronteras). Se conservó todavía la palabra legio. Se decía numerus (como hoy se designa un regimiento por su número).

He aquí cómo el emperador Valeriano, al nombrar a Aureliano comandante de un cuerpo de ejército, enumera las fuerzas que pone a sus órdenes: una legión, cuatro príncipes germanos, 300 arqueros ilirios, 600 armenios, 150 árabes, 300 meso-potamios, 800 hombres de caballería pesada.

A fines del siglo III el emperador reorganizó el ejército y creó cuerpos nuevos: la guardia imperial llamada domestici protectores, los palatini comitatenses, es decir, que acompañaban al emperador. Más tarde se crearon los pseudo-comitatenses.

Este era el verdadero ejército. Pero no había ya voluntario suficientes para reclutar estos cuerpos y, como ya casi no quedaban en los campos labradores propietarios, cuando había necesidad de nutrir los cuerpos con alistamientos obligatorios, se recurría a los grandes propietarios.

Cada uno de ellos debía proporcionar cierto número de reclutas (tirones), que tomaba de entre los colonos de sus tierras.

Aquellas gentes eran malos soldados. Ya no tenían instrucción militar, no sabían, como los antiguos soldados romanos, combatir con el pilum y la espada. No usaban casco, sino un sombrero de paja.

Los guerreros bárbaros habían conservado la afición y la costumbre de batirse. Los emperadores prefirieron utilizarlos, y cada vez más se acotumbraron a formar sus ejércitos con cuerpos de bárbaros, sobre todo germanos, que conservaban su armamento y su manera de combatir.

No era cosa nueva tomar al servicio de Roma guerreros extranjeros. Siempre había habido en el ejército imperial auxilia, sobre todo jinetes germanos, pues los romanos no tenían caballería de su nación. Pero aquellos auxiliares eran puestos a ¡as órdenes de oficiales romanos.

En el siglo IV se hicieron entrar en el ejército bandas de bárbaros mandadas por jefes bárbaros.

Ya en el año 312, Constantino llevó a Italia un ejército formado principalmente por bárbaros, germanos, celtas y bretones, y Juliano le reprochaba «haber elevado el primero al bárbaro hasta la dignidad de cónsul».

En el ejército con que el mismo Juliano rechazó a los alamanes, los soldados, en el momento de combatir, entonaban el canto de guerra al modo germánico, y, cuando le proclamaron emperador en París, le alzaron sobre sus escudos como los guerreros germanos hacían con su rey.

Un orador griego, Sinesio, deploraba aquel cambio. «Es una vergüenza, decía, que este Estado tan numeroso abandone el honor de la guerra a extranjeros cuyas victorias nos humillan aun cuando nos sirvan. Estas gentes, una vez armadas, querrán hacerse dueñas de nosotros, y nosotros, que desconocemos la guerra, habremos de luchar con hombres ejercitados. Deberíamos despertar nuestros viejos sentimientos romanos y combatir nosotros mismos en nuestras batallas».

A fines del siglo IV ya no había nada más que bandas de bárbaros en el ejército. Estaban establecidos, no solamente en las fronteras, como los soldados de la época de Augusto, sino en todas las provincias del Imperio con el nombre de foederati (aliados).

En la Galia, por ejemplo, la Notitia dignitatum indica suevos acantonados en Mans, en Bayeux, en Auvernia —francos en Rennes—, sármatas en París, Langrés y Valence. Algunas aldeas conservan todavía el nombre de Sermaise.

Los jefes bárbaros habían venido a ser los verdaderos dueños del Imperio. Un franco, Silvano, se había hecho proclamar emperador por el ejército del Rhin el año 355.

Otro franco, Arbogasto, hizo proclamar emperador a un profesor de retórica, Eugenio (392).

La invasión de los bárbaros había comenzado por el ejército.

fuente

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