Los Plantagenet

Biografia de Nevski Alejandro Principe Ruso y los Tartaros

Biografía de Nevski Alejandro Príncipe Ruso y los Tártaros

Un caballero errante europeo que visitó Rusia en el siglo XIII, escribió al regresar a su patria: «He recorrido muchos países y naciones, pero en parte alguna vi un hombre semejante: un príncipe entre los príncipes, un rey entre los reyes.» La admiración del fascinado caballero era por un joven príncipe ruso llamado Alejandro Yaroslavitch, más conocido en la historia por el nombre de Alejandro Nevski.

Nevski se destaca entre la multitud de príncipes menores y nobles guerreros que pueblan la historia de la Baja Edad Media rusa: fue el hombre cuyo genio político y militar salvó a su país de los rapaces invasores y que incluso habría podido librarle del opresivo dominio tártaro.

Pero si fracasó en esta segunda empresa fue porque halló una barrera infranqueable en la hostilidad de los demás príncipes a la idea de unidad; una unidad de vital importancia si se quería arrojar el yugo tártaro.

alejandro nevsky principe ruso

Nació el 30 de mayo de 1220. Falleció el 14 de noviembre de 1263 . Desde joven recibió una educación de carácter religioso. Las primeras épocas de su vida, infancia y juventud las pasó en la ciudad rusa de Nóvgorod. Siendo joven todavía, tuvo que gobernar. Entre 1235-1240 los tártaros o mongoles, al mando de Batu Kan, arrasaron los estados de Rusia. La región de Alejandro, Nóvgorod, aunque amenazada, se salvó de la devastación causada por los tártaros, pero Alejandro tendría que luchar contra otros enemigos que provenían de Occidente

Gengis Khan, fundador del imperio tártaro, había nacido hacia 1167. Procedía de una pequeña tribu de la Siberia oriental y fue proclamado caudillo de los mongoles en 1206.Unió a todos los tártaros mongoles y después les condujo hacia el Oeste atravesando Asia hasta las estepas meridionales rusas y la Rusia central.

Los rusos fueron presa fácil para este organizado y sanguinario ejército que rodeaban y aplastaban regiones enteras con tácticas violentas y brutales. Estos  tártaros de Rusia, conocidos por el nombre de Horda de Oro gobernaron a sus subditos rusos con violencia y crueldad durantes dos siglos. Obligaban a los príncipes rusos a reconocer su soberanía, a pagarles onerosos tributos, proporcionarles soldados y alimentos para sus tropas

El triunfo de Alejandro Nevski: En este ambiente nació, en 1220, Alejandro, segundo hijo del príncipe Yaroslav. Cuando el joven príncipe alcanzó la edad viril, casi toda Rusia se hallaba trastornada. Una terrible sequía había agostado la tierra y los campesinos morían de hambre.

Para agravar el caos, Batu, khan tártaro de Kiptchak, había nombrado gran príncipe a Yaroslav, el padre de Alejandro, pero luego vacilaba en confirmar el nombramiento. Surgieron las disputas entre los demás príncipes rusos y se produjo un colapso en el sistema administrativo. Observando tal estado de cosas, los enemigos de Rusia empezaron a congregar sus ejércitos y se dispusieron a atacar.

Finalmente, el khan Batu confirmó el nombramiento de Yaroslav para el gran principado. Una de sus primeras providencias fue nombrar a su hijo Alejandro príncipe de Novgorod, región que él mismo había gobernado y que era, entre todas las ciudades rusas, la que menos había padecido bajo la opresión de la Horda de Oro.

Sin embargo, Novgorod era en aquellos momentos el objetivo de los invasores extranjeros. Aprovechando el malestar del país, un gran ejército sueco invadía Rusia y marchaba hacia la ciudad al mando del general Birger Jarl. Cuando Alejandro tuvo noticia de su número pidió ayuda a su padre, el gran príncipe, pero la respuesta que recibió le hizo comprender que no debía esperar nada.

Entonces decidió librar batalla, aun sabiendo que las probabilidades en su favor eran muy escasas. Sacó al ejército de Novgorod y, al llegar a orillas del río Neva, se halló frente al enemigo. Allí, el 15 de julio de 1240, ganó su primera y decisiva victoria. Para asegurarse de que el ataque no se repetiría fortificó la región antes de regresar a Novgorod, donde fue honrado con el sobrenombre de Nevski («el del Neva»).

La batalla del hielo: La gran victoria convirtió a Alejandro en el ídolo de su pueblo. Popularidad bien merecida, pues pronto se vería que, a pesar de su juventud, el príncipe era tan sabio gobernante como buen general. Pero cuando intentó ampliar sus poderes en la administración de la ciudad, los principales de Novgorod se volvieron en contra suya y Alejandro se vio obligado a huir.

Se dirigió entonces a su padre, en Vladimir. y le pidió un ejército para restaurar la ley y el orden en Novgorod. Pero el gran príncipe dudaba mucho que aquello se pudiera conseguir por la fuerza de las armas, y cuando los de Novgorod le pidieron nuevo gobernador decidió actuar en su favor.

Así pues, envió a la ciudad a otro de sus hijos, entregando a Alejandro el gobierno de Pereiaslavl, un principado de menor importancia.

El gran príncipe había cometido un grave error. Cuando los Caballeros Teutónicos de la Espada tuvieron noticia de que Alejandro ya no se hallaba en la ciudad, aprovecharon la ocasión para atacarla y el nuevo príncipe demostró sin lugar a dudas que estaba muy por debajo de su hermano depuesto.

Novgorod, reconociendo su equivocación, se apresuró a solicitar el regreso de Alejandro. Pero había olvidado el intenso orgullo de su antiguo príncipe; Alejandro rechazó su demanda y sólo accedió a regresar cuando el propio arzobispo de Novgorod, encabezando una comisión, le rogó que perdonase al principado.

De vuelta en la ciudad Alejandro reunió un ejército y marchó contra los Caballeros.

La batalla del Hielo, librada en el lago Peipus en abril de 1242, supuso otra victoria rápida y decisiva; el Gran Maestre de la orden renunció a todas las conquistas anteriores en suelo ruso. El nuevo triunfo permitió al príncipe obtener el gobierno que antaño había causado la rebelión de Novgorod en contra suya.

Un gran príncipe: La fama de las victorias de Alejandro y de la firmeza de su gobierno se extendió por toda Rusia, llegando muy pronto a oídos de la Horda de Oro. A pesar del indudable riesgo que suponía para su imperio el ascendiente de un príncipe ruso, los tártaros acogieron su éxito con admiración.

Sabían perfectamente que ni siquiera el prestigio de un conquistador nacional bastaría para compensar la desunión de los príncipes rusos; que si Alejandro pretendía unirles contra el yugo del opresor, ellos mismos serían sus peores enemigos.

Los tártaros no tenían la menor duda: una alianza entre príncipes rusos resultaba inconcebible.

Con tal convicción, la Horda de Oro no vaciló en convocarle a su corte cuando se trató de elegir un nuevo gran príncipe para suceder a su hermano mayor, Andrés. Alejandro se encontró al llegar en la misma situación que su padre varios años atrás: un candidato más al gran principado entre una serie de príncipes rusos dispuestos a ofrecer cualquier cosa a cambio del dudoso honor.

Pero como Alejandro no ofrecía nada a la Horda de Oro, nada recibió. A decir verdad, sus compañeros tampoco, porque el khan eligió el tradicional sistema de mantenerles a todos en suspenso y no nombró a ninguno.

Por fin en 1252, cuando en un segundo examen de los candidatos el khan dictó su decisión a favor de Alejandro, los tártaros de la Horda de Oro no tenían la menor duda de que el joven príncipe de Novgorod había sido el elegido desde el primer momento.

Alejandro se dispuso inmediatamente a demostrar a los enemigos de Rusia que el país contaba al fin con un gran príncipe al que había que tener en cuenta. Irritado por los esporádicos ataques suecos contra sus fronteras condujo un gran ejército hasta Suecia y, tras otra gran victoria, se entregó a una orgía de pillaje que asoló buena parte del país.

Casi todo el botín traído por el ejército de Alejandro pasó como tributo a manos de la Horda de Oro, cuya ansia de riquezas se hacía mayor de día en día. A los exorbitantes impuestos de los príncipes rusos, que éstos recaudaban de sus subditos, añadió el khan nuevos tributos directamente del pueblo.

Las quejas de los campesinos oprimidos respecto a que los pobres sufrían doblemente que los ricos a causa del doble impuesto cayeron en oídos sordos, haciendo que la rebelión y el descontento empezasen a hacer efervescencia.

Al parecer, la tarea de Alejandro en aquellos momentos consistió en sacar el mejor partido posible de una situación desfavorable. Como hacía ya mucho tiempo que había perdido toda esperanza de unir a los demás príncipes, prefirió ponerse de lado del khan en sus relaciones con ellos. Este, a su vez, viendo que contaba con un gran príncipe al mismo tiempo eficiente y popular, fue confiando a Alejandro cada vez en mayor medida las decisiones importantes de la nación.

Pero el ánimo del pueblo empezaba a hacerse explosivo y Alejandro se halló dueño de una tierra descontenta.

En Novgorod —corazón del poco espíritu de independencia que alguna vez había existido en Rusia— el pueblo se alzó contra los recaudores de impuestos del khan y se negó colectivamente a pagar un céntimo más.

En su condición de gran príncipe, era Alejandro quien debía reprimir el disturbio: una situación doblemente irónica, puesto que él mismo había sido príncipe de Novgorod y el príncipe actual, su propio hijo, apoyaba abiertamente a los descontentos.

No obstante, Alejandro fue a Novgorod y encarceló a los consejeros de su hijo. Castigó al pueblo por su desobediencia al khan y reprendió severamente al príncipe. Gracias a su habilidad diplomática, la situación se salvó sin derramamiento de sangre.

alejandro nevski

Alejandro Nevski, príncipe de Novgorod, ora implorando el éxito antes de librar la batalla del río Neva contra los suecos, en 1240. Aquella fue su primera y decisiva victoria.

¡El sol de Rusia se ha puesto!: En sus tiempos de soldado, Alejandro saqueó y arrasó muchas ciudades enemigas. Ahora, en los años de la madurez, empezó a reconstruir las ciudades rusas destruidas por los amos tártaros y a fundar otras nuevas en lugares de importancia estratégica.

Al mismo tiempo consagró buena parte de sus esfuerzos a mejorar la suerte de los pobres, instándoles a permanecer en paz mientras él aplacaba la ira del gran khan y abogaba, a menudo con éxito, porque redujese los abrumadores tributos.

Una de las concesiones más notables que obtuvo en este período diplomático de su vida fue el consentimiento del khan para abolir el reclutamiento forzoso del pueblo ruso para el servicio militar.

Pronto llegaron noticias de las actividades de Alejandro hasta el Romano Pontífice, quien envió a dos cardenales para que se entrevistasen con él. Los tres pasaron muchas horas reunidos, y cuando los cardenales regresaron, Alejandro envió con ellos una carta al Papa.

En su misiva exponía toda la historia religiosa del mundo desde el momento de la Creación, pero añadía al final: «Nosotros, los rusos, sabemos todas estas cosas que enseñáis, pero no podemos aceptar vuestra interpretación de ellas.»

Mientras tanto, el khan se cansaba de las concesiones en materia de impuestos que le había arrancado Alejandro en defensa de los pobres, y empezaba a exigir mayores tributos. Como consecuencia, el pueblo de Rostov, apoyado por su consejo de gobierno, se rebeló en 1262 contra la violencia de los recaudadores de impuestos y los expulsó de sus fronteras. Siguieron disturbios semejantes en Vladimir, Pereiaslavl, Suzdal y en Yaroslav, cuyos habitantes ahorcaron a un recaudador particularmente tiránico.

Como respuesta a tales manifestaciones, los tártaros reunieron sus ejércitos y se prepararon para tomar duras represalias. Marcharon sobre Rostov y habían capturado ya buen número de prisioneros cuando Alejandro, el antiguo guerrero convertido en hombre de Estado, llegó a la corte de la Horda de Oro.

No tenemos noticias de lo que sucedió entre él y el khan pero, como resultado, se llegó a un acuerdo y tanto los insurgentes de Rostov como los regimientos tártaros se retiraron de las regiones perturbadas.

Es probable que parte de las razones de este compromiso obedeciesen al hecho de que el khan tenía a la sazón otros muchos problemas, entre ellos una guerra en Persia. Pero ello no resta un ápice al genio diplomático de Alejandro si consideramos que los tártaros mongoles, con quienes tan acertadamente había tratado consiguiendo incontables éxitos, eran muy dados a la envidia y al terrorismo.

Los esfuerzos de Alejandro en favor del pueblo ruso debían haberle agotado. Tras unos meses de estancia en la corte de la Horda de Oro partió hacia Vladimir, pero jamás llegaría allá. Murió en el camino, el 14 de noviembre de 1263. Cuando la noticia llegó a la ciudad, el metropolitano anunció al pueblo: «El sol de Rusia se ha puesto.» Y todos contestaron al unísono: «¡Entonces pereceremos !»

Los temores de la multitud estaban justificados. Los príncipes rusos empezaron a luchar inmediatamente entre sí por el gran principado vacante, pero aquellas disputas no sirvieron más que para debilitar aún más su poder. El pueblo sufrió las amargas consecuencias y los tártaros fueron los únicos que obtuvieron algún beneficio.

La figura de Alejandro había estado siempre rodeada de tal halo de leyenda que, inevitablemente, su muerte dio lugar a toda clase de supersticiones. El metropolitano de Vladimir aseguró que una voz celeste le había anunciado la calamidad. Cuando se pronunció una oración sobre el sarcófago abierto, los presentes afirmaron que Alejandro había abierto la mano derecha.

Indudablemente, todas estas historias contribuyeron a la canonización del héroe, pero la principal razón por la que fue elevado a los altares derivó de la imperecedera admiración que le había tributado su pueblo.

Varias centurias más tarde, cuando Rusia se había sacudido ya el yugo de los khanes, el zar Pedro I trasladó el cuerpo de Alejandro a la nueva capital en San Petersburgo y fundó un monasterio en memoria suya, como tributo al hombre que había dedicado toda su vida a aliviar la carga de su pueblo durante la más cruel de las épocas.

Fuente Consultada:
Enciclopedia La Llave del Saber Tomo I – Historia del Héroe de Neva – Ediciones Cisplatinas –

Dinastía Capeto en Francia Historia, Origen y Conquistas

ORIGEN E HISTORIA DE LA DINASTIA CAPETOS EN FRANCIA

ORIGEN DINASTÍA DE LOS CAPETOS: En tanto los reyes carolingios perdían su poder en Francia, una dinastía poderosa se formaba en la comarca de París.

Un guerrero alemán, Roberto el Fuerte, nombrado conde para defender el territorio comprendido entre el Loire y el Sena, había sido muerto combatiendo a los piratas.

Su hijo Eudes, conde de París, defendió esta ciudad contra los ataques normandos y fue reconocido rey.

Pero el arzobispo de Reims no quiso consagrarle. Esperó a que el último descendiente de los carolingios, Carlos, tuviera quince años e hizo que le reconocieran rey los obispos y los señores del nordeste de Francia.

Durante un siglo, el título de rey de los francos fue disputado entre la familia carolingia y la de Roberto. Le ostentó el hermano de Eudes, Roberto (922-923); luego, el cuñado de Roberto, Raúl (923-926).

Pero el jefe de la familia, Hugo, llamado el Grande, no quiso tomarle, y durante cuarenta años más le abandonó a príncipes carolingios.

Por último su hijo, Hugo Capeto, se puso de acuerdo con el arzobispo de Reims para hacerse reconocer rey (987). El rey Luis V había muerto, pero quedaba su tío Carlos, duque de Lorena.

El arzobispo de Reims reunió en Senlis a los obispos y a los señores del Norte de Francia y les decidió a elegir a Hugo rey de los francos (1 de junio).

Luego le coronó en la Iglesia de Noyon en presencia de los obispos y de los grandes y el 3 de julio le consagró en la catedral de Reims.

Carlos intentó resistir y hubo combates. Pero fue traicionado y entregado a Hugo, que le conservó prisionero hasta que murió.

Hugo fue entonces reconocido rey en todo el reino de Francia. Sus descendientes le sucedieron de padre a hijo durante más de trescientos años. De esta suerte, la dinastía de los carolingios fue sustituida por la de Hugo, que se llamó mucho tiempo después de los Capetos.

El título de rey no era enteramente hereditario. Cada nuevo rey, antes de ser coronado, había de ser reconocido por los obispos y los principales señores del reino, y a esto se decía elegir.

Pero cuando el rey tenía un hijo, siempre se le elegía. Para mayor seguridad, los reyes tomaron la precaución de hacer elegir y consagrar a su hijo en vida. El padre y el hijo reinaban juntos en este caso.

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Hugo I Capeto (c. 938-996), rey de Francia y fundador de la dinastía de los Capetos. Era hijo de Hugo el Grande, conde de París, a quien sucedió en el año 956.

Su señorío sobre diversos feudos alrededor de París y de Orleans le convirtieron en virtual monarca de Francia, y cuando Luis V, último rey de la dinastía Carolingia, murió en el 987 sin dejar heredero.

La dinastía de los Capetos, que gobierna en Francia desde el 987 hasta 1328, fortalece el poder real al reafirmar los principios de la herencia, la primogenitura y la indivisibilidad de las tierras de la Corona.

hugo capeto

A la muerte de Hugo Capeto (996), su hijo Roberto el Piadoso le sucede sin dificultades, continuando la obra de su padre. Su biógrafo, nos ha dejado un retrato de él que lo representa, a la vez, desbordante de actividad y muy piadoso.

Aunque le gusta cantar acompañándose con el laúd, adora la caza y la guerra. No teme exponerse él mismo con ocasión de las expediciones de su reinado.

Sumiso ante la Iglesia, no vacila en incurrir en anatema, a causa de la pasión que siente por su prima Berta, por la que repudia a su primera mujer.

Solamente la esterilidad de su unión con Berta le obliga a casarse con Constanza de Arles, conocida por su avaricia y por su carácter agrio.

Llamado el Piadoso, se muestra, sin embargo, muy atento a los intereses temporales de la corona.

Si apoya el movimiento en favor de «la paz de Dios», es porque ve en él una tentativa muy interesante, salida del seno de la Iglesia y apoyada por la opinión pública, para limitar el azote de las   guerras   incesantes   entre   los   señores.

Blandiendo la amenaza del anatema, los obispos multiplican los obstáculos a la guerra feudal.

Al mismo tiempo, Roberto el Piadoso lucha personalmente contra la anarquía desarrollada por los señores feudales en su propio dominio, y no vacila en hacer arrasar los castillos que amenazan a las colectividades monásticas.

En el exterior, sus intervenciones son menos fáciles; bajo su reinado se inicia la oposición feudal, tan nefasta luego para la monarquía capeta. Especialmente amenazador resulta Eudes II, conde de Blois y de Chartres. El rey no puede hacer nada contra él cuando se anexiona la Champaña, cercando así el dominio real.

El sucesor de Roberto el Piadoso, su hijo Enrique I (1031-1060), carece del valor de su padre. No ha podido hacer frente a los poderosos adversarios con que ha tenido que enfrentarse.

Se ha atraído la reprobación de la Iglesia por su avidez, que lo ha impulsado a vender los obispados y otras dignidades eclesiásticas.

Aunque coronado con varios años de anticipación, ve cómo le disputa el trono su hermano más joven, Roberto, que goza de la preferencia de su madre, la reina Constanza.

Los grandes vasallos están encantados de participar en esta crisis familiar; el conde de Blois entra en la liza a favor de Roberto, y sus rivales, el duque de Normandía, el conde de Anjou y el conde de Flandes, permanecen fieles al rey.

Finalmente, Enrique I logra sus objetivos, indemnizando a su hermano con el ducado de Borgoña.

Pero la guerra continúa hasta 1044 contra Eudes de Blois, y luego, durante varios años, contra los hijos de éste.

Para recompensar el apoyo de Roberto el Diablo, duque de Normandía, durante la guerra contra el conde de Blois, el rey de Francia le cede el Vexin francés.

Esta nueva amputación de su dominio no se le agradece, pues el sucesor de Roberto el Diablo, Guillermo el Bastardo, futuro conquistador de Inglaterra, se revela como su más feroz enemigo.

El ejército real sufre dos humillantes derrotas en el país normando: una, en Mortimer, y otra, en el vado de Varaville, sobre el río Dive.

La guerra no ha terminado todavía, cuando Enrique I muere, el 4 de agosto de 1060, legando a su hijo menor, Felipe I, una situación más grave que la encontrada por él, a su subida al trono. Su reinado ha representado un incontestable retroceso del poder real.

La regencia, confiada al conde de Flandes, Balduino V, conoce una relativa tranquilidad.

El feudalismo fortifica sus posiciones; en el interior del dominio real, un pequeñoseñor, como el de Puiset, podrá tener en jaque a Felipe I. Un acontecimiento de excepcional gravedad caracteriza este período: la conquista de Inglaterra por el duque de Normandía, Guillermo, el más poderoso de los grandes vasallos.

Desde entonces, el duque de Normandía se convierte en el igual del rey de Francia, y la rivalidad de ambos reinos va a determinar la actitud del gobierno capeto, así como sus relaciones con el feudalismo, tanto si los grandes vasallos permanecen neutrales como si adoptan uno u otro partido.

Sin embargo, Felipe I supo aprovecharse del tiempo de respiro que le dejó Guillermo el Conquistador, demasiado ocupado en la reorganización de Inglaterra, para intervenir con eficacia en el continente; se esforzó en realizar, del mejor modo, un programa de beneficios materiales y de adquisiciones, explotando las rivalidades y el desorden.

Concede su alianza al mejor postor, acrecentando así el dominio real.

En el momento en que Felipe I habría podido aprovecharse de la crisis que atravesaba el reino anglo-normando, a consecuencia de la rivalidad de los hijos de Guillermo el Conquistador por la sucesión paterna, se aisló en una extraña inercia, que contrasta con la actividad de los primeros años de su reinado.

Según el historiógrafo Suger, abad de Saint-Denis, se convirtió en un «esclavo del placer».

Repudió a su mujer, Berta de Frisia, en 1092, V llevó una vida de voluptuosidad con su nueva esposa, Bertrada de Montfort, que había quitado al marido, Fulco el Rechin, conde de Anjou. Así, con una gran prudencia, Felipe I supo restablecer en su reino una situación que, a su subida al trono, se anunciaba desastrosa.

Bajo su reinado, se pueden apreciar incluso las primicias de una centralización; da una mayor importancia a los oficiales de palacio, sus altos funcionarios, e inicia una especialización de los cargos.

LAS GRANDES CONQUISTAS DEL DOMINIO REAL

Para los primeros Capetos, hacer respetar su autoridad significaba poseer la fuerza material capaz de imponérsela a sus vasallos. Disponiendo de un dominio bastante restringido, la realeza capeta sólo cuenta con escasos recursos financieros.

Dar nuevas tierras en feudo, para constituir fuerzas militares superiores, es arriesgarse a debilitar aún más el patrimonio real, como han probado anteriores experiencias.

La conquista o la anexión por vía diplomática son los únicos medios para triunfar sobre las pretensiones de sus vasallos. Roberto el Piadoso inaugura brillantemente esta política con la conquista de Borgoña.

En 1002, el duque de Borgoña, Enrique, tío de Roberto, muere sin heredero. Su sucesión es reivindicada por el rey y por un vasallo de Enrique, el conde de Borgoña, Otón-Guillermo.

Ambos competidores se enfrentan, y se suceden varias campañas. Por fin, Roberto el Piadoso acaba la conquista, en 1016, y confía la administración del ducado a su hijo Enrique, aunque él se reserve la soberanía.

Desgraciadamente, Enrique I lo cederá en feudo a su hermano Roberto, tronco de una nueva casa ducal de Borgoña, perdiendo así todo el beneficio de la hazaña paterna.

Enrique I agregó al dominio real el condado de Sens, al faltar un heredero directo.

Felipe I se anexiona al Gatinais, en 1068, aprovechando un conflicto entre los dos pretendientes a la sucesión del conde de Anjou; poco tiempo después, le toca el turno a Corbie, reivindicada en vano por el conde de Flandes; en 1077, se apropia del Vexin francés; en 1101, compra Bourges a su vasallo el conde de Bourges, que necesita dinero para marchar a la Cruzada. Pone así el pie en Aquitania, y prepara la extensión de la influencia capeta en el sudoeste.

El camino a seguir está claro; los brillantes sucesores de estos primeros Capetos, cuya historia se conoce mal, a decir verdad, por falta de documentos suficientes, van a continuar esta política de conquista y anexión, y no está lejos el tiempo en que la jurisdicción del poder real coincida con las fronteras de Francia.

Fuente Consultada:
HISTORIA I José Cosmelli Ibañez Editorial Troquel
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo III edit. CODEX – La Dinastía Capeto de Francia

Hugo Capeto Política de Gobierno en Francia Biografía

BIOGRAFÍA DE HUGO CAPETO REY DE FRANCIA: SU GOBIERNO

Hugo I Capeto (c. 938-996), rey de Francia y fundador de la dinastía de los Capetos. Era hijo de Hugo el Grande, conde de París, a quien sucedió en el año 956. Su señorío sobre diversos feudos alrededor de París y de Orleans le convirtieron en virtual monarca de Francia, y cuando Luis V, último rey de la dinastía Carolingia, murió en el 987 sin dejar heredero. La dinastía de los Capetos, que gobierna en Francia desde el 987 hasta 1328, fortalece el poder real al reafirmar los principios de la herencia, la primogenitura y la indivisibilidad de las tierras de la Corona.

 

hugo capeto

HISTORIA: Al morir Luis V, mortalmente herido a consecuencia de una caída del caballo, deja otra vez el destino de Francia a discreción de la casa otoniana de Alemania, donde reina el nieto de Otón el Grande. Por la línea sucesoria, la corona francesa seria para el  último pretendiente carolingio, tío  de  Luis  V,  llamando Carlos, duque  de  la Baja Lorena, quien pronto es separado de la sucesión, pues la corte alemana desconfía de él; el hijo de Hugo el Grande, Hugo Capeto, casado con una carolingia, Adelaida de Poitiers, es elegido rey de Francia, gracias al apoyo del arzobispo de Reims, Adalberón, a sueldo de la casa otoniana (987).

Hugo Capeto sólo dispone, en el momento de su subida al trono, de una autoridad muy reducida, a menudo puramente nominal, sobre la mayor parte de las provincias del reino. Francia está entonces en el apogeo del régimen feudal; se reparte entre una quincena de grandes dominios, verdaderos principados provinciales, gobernados por dinastías hereditarias. Estas unidades territoriales escapan a la acción real, y se subdividen, a su vez, en una multitud de señoríos vasallos, cuyos titulares han usurpado, asimismo, los derechos de la Corona. De este modo, en el norte, los condados de Flandes y de Champaña y el ducado de Borgoña se anexionan numerosos condados vasallos, más o menos autónomos.

El azar de las sucesiones y de las particiones ha provocado situaciones complicadas; el conde de Champaña es, al mismo tiempo, vasallo del duque de Borgoña por su condado de Troyes. El oeste se encuentra repartido entre una serie de principados, algunos ya muy firmes: el ducado de Normandía, al que se ha ligado la mayor parte de los condados; el vizcondado de Tours; el condado del Maine; el condado de Anjou, que, bajo el gobierno de Fulco Nerra, se convertirá en uno de los grandes feudos del oeste; la Bretaña, codiciada por los principados vecinos, repartida entre los condes de Nantes y de Rennes.

Al sur del Loira, se distinguen cinco Estados principales: el ducado de Aquitania, que sólo impone su autoridad sobre el condado de Poitiers, pues los otros condados y señorías viven de manera absolutamente independiente, a pesar de los lazos de vasallaje; la Gascuña, que pretende ser un ducado, compuesta por un conjunto de condados y de vizcondados autónomos; la marca de Toulouse; la marca de Gothia, que difícilmente hace respetar sus derechos por los condes vasallos; y la marca de España, completamente extraña a los asuntos del reino.
Además de estas grandes unidades principales, sobre las que Hugo Capeto no tiene más que una soberanía ilusoria, la Iglesia representa una fuerza con la que hay que contar. De 77 diócesis, el rey no designa más que 20 ó 25 titulares, pertenecientes casi todos a las provincias eclesiásticas de Reims y de Sens. Su poder sobre la Iglesia es, pues, limitado. Los obispos gozan, además, de una verdadera independencia, pese al poder de los grandes señores, dueños de los obispados.

LA POLÍTICA DE HUGO CAPETO
El poder real sigue muy borroso, bajo la estrecha dependencia del feudalismo y de la Iglesia. Le falta una sólida base territorial, sin la que le es difícil triunfar en caso de un conflicto con los señores feudales. El dominio real, constituido, a la vez, por las tierras que Hugo posee personalmente y por la herencia carolingia, sólo comprende las regiones de París, Senlis, Poissy, Etampes y Orleans, con algunos anejos excéntricos, las comarcas del Aisne y del Oise, con Compiégne, Reims y Laon. Sin embargo, el obispo de Reims es el amo de su ciudad, así como de la de Laon, concedida por Hugo Capeto; también buen número de pequeños vasallos laicos, sin contar los señores de menor importancia, ejercen el poder auténtico en sus dominios.

En tales condiciones, todo el esfuerzo de los primeros Capetos va a centrarse sobre el engrandecimiento real. Aunque, en la práctica, los grandes vasallos son los iguales  del  rey,  jurídicamente  le  son  inferiores, y aquél puede exigirles el servicio de corte y convocarlos en asambleas; sólo él puede promulgar ordenanzas comunes a todo el reino; su justicia es superior a cualquier otra. Además, por su consagración, adquiere un prestigio y una autoridad moral que lo diferencian de sus vasallos.

Desde el primer año de su reinado, Hugo Capeto se apresuró a asegurar el porvenir de su dinastía, resucitando, en provecho propio, una costumbre carolingia: asocia a su hijo mayor, Roberto, a la realeza. Repetida de generación en generación, esta práctica asegura la herencia por la vía de la costumbre.

Así, Roberto asociará a su hijo Hugo, muerto prematuramente, luego a Enrique I, el cual hará consagrar, en vida, a su hijo Felipe, aunque es todavía menor de edad. Desde entonces, ya no es necesaria ninguna elección; más aún, no se vuelve a considerar la idea de un reparto entre los hijos ‘ del difunto. Cuando uno de los reyes desaparece, el otro hereda todo el poderío real y todo el reino.

Sin embargo, la nueva dinastía se enfrenta, desde el principio, con el pretendiente carolingio, Carlos de Lorena, tío del rey precedente. Hugo Capeto sólo le vence después de varios años de esfuerzos, gracias a la traición del obispo de Laon, Ascelino. Este último le entrega a Carlos de Lorena, así como a su mujer y sus dos hijos, instalados en Laon gracias a las intrigas mantenidas con un bastardo carolingio, Amoldo. Desembarazado de su competidor, Hugo Capeto se vuelve contra Arnoldo, a quien, con la esperanza de atraérselo, había nombrado obispo de Reims, a la muerte del titular.

Hace que un concilio lo deponga, cosa que provoca cierta emoción en la corte pontificia, pues no podía reprochársele a Amoldo ninguna falta de orden eclesiástico que justificara este proceso. El papa interviene en la disputa y quita la razón al rey. El hijo de éste, Roberto, arreglará la cuestión. Para evitar la excomunión que lo amenaza, a causa de su «unión incestuosa» con su prima Berta, hace restablecer a Amoldo en su cargo; pero no le valdrá de nada, y le alcanzará un anatema por este matrimonio contrario a los cánones. Sin embargo, Hugo Capeto se ha mantenido firme contra el papa, y prohibe a sus prelados acudir a Roma cuando aquél los convoca.

Además, fija la orientación de la política capeta en relación con sus vasallos. Se esfuerza en aumentar el dominio real, a favor de la extinción de las dinastías locales, y se  anexiona  así Dreux. Interviene, como arbitro, en la guerra que opone a dos de sus grandes vasallos, el conde de Anjou y el conde de Blois.

Hugo Capeto muere en 996, le sucede su hijo Roberto el Piadoso.

Fuente Consultada:
HISTORIA I José Cosmelli Ibañez Editorial Troquel
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo III edit. CODEX – La Dinastía Capeto de Francia

Vasallos y Señores Feudales El Contrato Feudal Obligaciones

OBJETIVOS DEL CONTRATO FEUDAL: DERECHOS Y OBLIGACIONES

Desde el siglo VIII y especialmente en el IX, la Europa occidental, debilitada por la ruptura de la unidad política del Imperio carolingio, debió afrontar el peligro de nuevas invasiones. A diferencia con los del siglo V, estos nuevos ataques de los pueblos del este no tenían como objetivo fundamental ocupar y dominar los territorios que invadían, sino efectuar actos de pillaje en busca de botín. Por lo tanto, no se desplazaban con sus tribus completas sino en grupos o bandas de saqueadores.

Esto les permitía actuar con gran velocidad y luego, de asestar sus golpes regresaban rápidamente a sus guaridas. Los ejércitos occidentales adiestrados para una guerra de tipo convencional, poco o nada pudieron  hacer para impedir los ataques  sorpresivos de  los  invasores. Las tribus que asolaron al decadente imperio fueron las de los normandos, los húngaros o magiares, los sarracenos y los eslavos.

contrato feudal edad media

Diversas regiones europeas debieron enfrentar al enemigo con sus propias fuerzas y esto determinó una creciente autonomía con respecto a! poder del monarca. Esos territorios que el rey había confiado a la nobleza para que los gobernara, no tardaron en ser considerados como una propiedad privada. Condes, marqueses y otros nobles procuraron erigirse en jefes hereditarios de dominios reales entregados a su custodia.

Así se fue debilitando aún más la unidad política del antiguo Imperio carolingio y esto favoreció el surgimiento de feudos, base de una nueva organización con marcada tendencia a la autonomía.

EL MUNDO MEDIEVAL

La división del Imperio carolingio y las nuevas invasiones favorecieron el advenimiento de un nuevo régimen político y social llamado feudalismo, que predominó en Europa desde los albores del siglo X hasta el XV (final de la Edad Media). El poder del Estado, que antes había pertenecido exclusivamente al rey, en el nuevo régimen se distribuyó entre los señores feudales La falta de buenas vías de comunicación y la inexistencia de ejércitos permanentes impidieron a los reyes defender con eficacia las fronteras de sus Estados.

Entonces, los ricos propietarios asumieron por cuenta propia la protección de sus intereses, para lo cual organizaron sus fuerzas militares y construyeron recintos fortificados (castillos) donde podían albergarse junto con sus servidores y rebaños. Todo esto contribuyó a debilitar aún más la autoridad del rey, al mismo tiempo que aumentaba el poder de los señores locales.

Los campesinos y los pequeños propietarios, incapaces de organizar sus defensas, se agruparon alrededor de los castillos y solicitaron el amparo de los castellanos. Estos otorgaban dicha protección, pero les exigían la entrega de sus tierras, la prestación de ayuda militar y el acatamiento de su poder. En recompensa por estos servicios, los señores devolvían las tierras a sus protegióos, pero éstos no las recibían ya como propias, sino en calidad de feudos, es decir, sujetas a las condiciones establecidas en el contrato feudal.

El que daba las tierras se llamaba señor feudal y el que recibía el feudo era vasallo o servidor.

El pacto se formalizaba mediante el homenaje, ceremonia en la que el vasallo se arrodillaba desarmado ante su señor, colocaba sus manos entre las de éste y le juraba fidelidad y acatamiento. Al mismo tiempo le cedia simbólicamente sus propiedades mediante la entrega de un terrón,  una rama,  un cetro, etcétera.

Acto seguido, el señor transformado en propietario de los bienes de su vasallo, se los volvía a encomendar en calidad de feudo, y le concedía la investidura, devolviéndole el símbolo que había recibido.

Señores y vasallos
En el contrato feudal se establecían los mutuos compromisos entre el señor y el vasallo. Este último estaba obligado a prestar servicio militar y debía acompañar a su señor en la guerra, dentro y fuera del territorio. Por el compromiso de fidelidad no podía luchar contra él ni contra sus hijos. Además tenía que comparecer como asesor en el tribunal del señor a fin de ayudarle a resolver los casos difíciles.
El vasallo no podía desvalorizar el feudo ni perjudicarlo, y estaba obligado a participar en el rescate del señor si era hecho prisionero; también pagar por el casamiento de la hija y para equipar al primogénito cuando era armado caballero.

Por su parte, el señor debía ofrecer a su vasallo protección y justicia. No podía atacarlo ni insultarlo, como tampoco perjudicar sus bienes. Si el vasallo moría, el señor colocaba bajo su tutela a los hijos menores, protegía a la viuda y procuraba casar a las hijas. Si faltaba a estos deberes cometía el delito de felonía. Pero los derechos del señor eran mayores, pues podía recuperar el feudo en caso de que el vasallo muriera sin herederos o no cumpliera con el contrato.

E! señor gozaba de muchos privilegios, pues administraba justicia, acuñaba su moneda y ejercía el monopolio del horno y del molino, donde ios campesinos debían dejar una parte de los productos o pagar un impuesto. También percibía otros derechos, tales como el del tesoro (metales preciosos hallados en sus dominios), naufragio (barcos hundidos en sus playas), salvoconducto (para viajar), caza, sello señorial, etc.

 En la antigüedad, los romanos tenían por costumbre ceder tierras en pago de servicios militares. En la Edad Media, cuando los germanos invadieron el Imperio, las tierras quedaron repartidas entre los conquistadores Algunas se mantuvieron liberadas de toda obligación personal y se llamaron alodios (posesión antigua). Otras imponían la obligación de prestar «determinados servicios» al donante y se denominaron beneficios. En el siglo IX, el régimen de beneficio y vasallaje se hizo general, estimulado por las razones políticas y sociales que liemos visto, y por el Edicto de Mersen dictado por Carlos el Calvo en 847. Este autorizaba a los hombres libres a elegir un señor «protector» dentro o fuera del reino. En   877,   el   Edicto   de   Kiersy   reconoció   los   grandes   feudos  y   declaró   hereditarios   los   cargos   señoriales.

rescisión del contrato feudal

AMPLIACIÓN DEL TEMA:

La unión de hecho, entre el beneficio y el vasallaje, toma carácter de una práctica normal. El desarrollo de un ejército pesado de caballeros contra la amenaza árabe, cuyo armamento cuesta muy caro, las luchas casi constantes, habían llevado a Carlos Martel y a sus sucesores a multiplicar el número de sus vasallos y a gratificarlos, paralelamente, con una concesión de tierras, bajo la forma de beneficio gratuito y vitalicio.

Para hacer frente a tales distribuciones de tierras, los Carolingios las tomaron masivamente del patrimonio de la Iglesia, hasta que ésta protestó violentamente. Esta forma de retribución, con objeto de disponer de guerreros bien armados, es ampliamente imitada por los grandes señores eclesiásticos y laicos (duques, condes, grandes propietarios, obispos, abades). Incluso los vasallos empiezan a tener otros vasallos, en vista de la importancia de los bienes raíces puestos a su disposición. El servicio del vasallo se especializa cada vez más en el servicio militar. Se encuentran también vasallos empleados en misiones políticas o judiciales, o en tareas administrativas.

En esta sociedad, guerrera y muy creyente, se desarrolla una verdadera mística del vasallaje, consistente en una devoción absoluta por el señor. Hay pocos casos que autoricen a un vasallo a dejar a su señor, al que se ha consagrado para toda la vida. Con mayor razón, está prohibido contraer este tipo de lazos con varios señores.

El beneficio es casi siempre una propiedad raíz; sin embargo, un vasallo puede recibir otro beneficio, por ejemplo el derecho de cobrar tasas. La tierra entregada en beneficio es de una superficie variable; en general, comprende una docena de mansos —el manso era la medida de una explotación campesina, y equivalía a unas 10 a 18 hectáreas—, pero puede también consistir en uno o varios dominios, o en una abadía.

Emperadores, reyes y particulares se han preocupado celosamente de conservar sus derechos de propietarios sobre las tierras concedidas o beneficiadas. A finales del siglo IX, los derechos del vasallo sobre su beneficio siguen siendo, en teoría, los de un usufructuario. Pero, cada vez más, el vasallo tiende a comportarse como propietario: así, la confiscación en caso de mala ejecución de las obligaciones del vasallo, o la recuperación del beneficio, a la muerte del vasallo o a la del señor, se convierten en una prueba de fuerza.

El vasallo exige del nuevo señor seguir siendo su recomendado, y recibir el mismo beneficio; igualmente, el hijo de un vasallo muerto entra en el vasallaje de su señor, y de él recibe el beneficio obtenido por su padre. El beneficio adquiere, pues, un carácter hereditario. También, con objeto de obtener un mayor número de beneficios, el vasallo contrata varios compromisos de vasallaje, a pesar de la prohibición inicial. De esta manera, el beneficio, que en su origen no tenía otra razón de ser que hacer más eficaz el servicio del vasallo, a finales del siglo ix se convierte casi en la condición de dicho  servicio.

LA MULTIPLICACIÓN DE LOS VASALLOS
El desarrollo del vasallaje y la concesión de beneficios a los vasallos fueron el resultado de una política consciente seguida por los Carolíngios, que creían así reforzar su propia autoridad. Ellos integraron, pues, el vasallaje en el mismo cuadro de las instituciones del Estado, a fin de cubrir las deficiencias de éstas.

Multiplicaron el número de los vasallos reales, obispos, abades v grandes señores, ligados directamente al rey; exigieron de todos los altos funcionarios—condes, marqueses, duques—que entraran en su vasallaje; pidiendo a todos sus subditos que se entregaran a un vasallo real, Carlomagno y sus sucesores establecieron una verdadera red de vigilantes en el Imperio, logrando con ello una nueva estructura social y política. Cada uno de sus subditos, desde el más grande al más humilde, entró, así en una red de subordinación, cuyo término era el emperador. Pero la gran pirámide de los derechos y las responsabilidades que los Carolingios esperaban construir, se reveló ilusoria.

En efecto, las obligaciones de vasallaje terminaron por ser más absorbentes que las debidas al soberano; entre éste y sus subditos se interponían pantallas sucesivas. Los sistemas de dependencia utilizaban el frágil mecanismo del Estado; la idea del contrato recíproco había sido sustituida por la idea del poder absoluto; el cumplimiento, por el rey, de sus deberes, se convierte en la condición necesaria de la obediencia de sus vasallos. Desde entonces, los lazos de vasallaje no podían ser ya el cimiento de la jerarquía social construida por los Carolingios, pues eran discutibles.

Por último, y esto era lo más grave, los que ostentaban la autoridad pública habían conquistado una autonomía cada vez mayor, gracias a la «vasallización» de sus cargos. Duques, marqueses y condes, entrando en el vasallaje real, se encontraron a la cabeza de las donaciones de tierras, en dos categorías: las que ellos recibían en beneficio, como vasallos, y las que estaban agregadas a sus cargos, a guisa de salario. Intentaron entonces conservar el conjunto de sus dotaciones, e identificar sus «honores»—término que designaba, a la vez, la función pública y la dotación de ésta—con sus beneficios.

Los «honores», antiguamente recibidos del rey como beneficios, al ser entregados de modo continuo, siguieron la misma evolución que la posesión de vasallaje: de vitalicios, se convirtieron en hereditarios. El personal político perdió, desde entonces, la noción del carácter público ligado a las funciones; se provincializó y conquistó su autonomía dentro del cuadro de su castillo. Así se han desarrollado los esquemas del feudalismo: principados, castellanías, dominios eclesiásticos y una serie innumerable de  pequeñas  dominaciones  locales.

En el siglo’ x, el sistema de las instituciones de vasallaje llegó a su completo desarrollo. Se sitúa, entonces, la primera época propiamente feudal, que durará hasta el siglo XIII. Y es precisamente en el siglo X cuando se extiende la palabra feudo, que reemplaza a la de beneficio, y que dará su nombre al feudalismo.

Fuente Consultada:
HISTORIA I José Cosmelli Ibañez Editorial Troquel
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo III edit. CODEX El Feudalismo

Eduardo El Confesor Rey de Inglaterra Biografía y Reinado

Reinado de Eduardo El Confesor, Rey de Inglaterra

Eduardo era hijo del soberano inglés Ethelredo II el Iletrado, Eduardo el Confesor (1002-1066) fue rey de Inglaterra desde 1042 hasta 1066.

Comenzó la construcción de la abadía de Westminster en 1050, pero su delicado estado de salud le impediría asistir a la consagración de la iglesia.

En la imagen de abajo , Eduardo el Confesor en un detalle del tapiz de Bayeux (siglo XI), que se encuentra en el Centro Guillermo el Conquistador (Bayeux, Francia).

Eduardo el Confesor

Una Idea de la Época: El orden en Europa, derrumbado tras las irrupciones del Islam y los vikingos, se restauró lentamente a partir del siglo X.  Los castillos poblaban el paisaje, como  amos y señores del campo, desde donde los terratenientes defendían a sus pueblos de ataques externos y dirimían disputas internas. Los caballeros andantes juraban lealtad a los señores feudales, al honor de sus damas y a Dios. La iglesia y sus obispos gobernaron en lo referente a la moral, y desde las parroquias se oficiaban los ritos de nacimiento, matrimonio y muerte. Las catedrales se elevaban al cielo, y nuevos monasterios reemplazaron los que hab ían sido abandonados o quemados por los invasores. Estos edificios surgieron y fueron reparados por todos lados, conforme aumentaban la destreza y la tecnología de la albañilería. Un nuevo espíritu de confianza alentó a nobles y plebeyos, e incluso a los niños, a iniciar peregrinaciones hacia los santuarios de los mártires, y a enrolarse en las Cruzadas para rescatara la Tierra Santa de las manos del Islam.

La conquista normanda: Como vimos en otra página de este sitio, a comienzos del siglo V, los sajones y los anglos se establecieron en Inglaterra y unieron sus siete reinos en una confederación llamada Heptarquia. La debilidad de los monarcas favoreció la invasión de los daneses, que vencieron y se radicaron en las islas.

El primer rey danés en Inglaterra fue Canuto el Grande (1017-1035), quien también gobernaba Dinamarca, Suecia y Noruega. Este monarca trató bien a sus subditos, eliminó los rencores entre vencedores y vencidos y logró fusionar a los anglosajones con los daneses.

Cuando murieron los hijos del rey danés, los anglosajones recuperaron nuevamente el poder, al ocupar el trono Eduardo III, el Confesor (1041-1066), muy inclinado a las costumbres francesas, pues había residido muchos años en Normandía. A su muerte, los anglosajones coronaron a Haroldo, pero Guillermo duque de Normandía —que contaba con el apoyo del Pontífice Alejandro II— reclamó el trono de Inglaterra.

Historia: Después de la muerte de Canuto (1035), dos de sus hijos se sucedieron en el trono. El último de éstos, Hardicanuto, que no tenía hijos, designó como sucesor a su hermanastro Eduardo, hijo de Emma y de Ethelredo.

La dinastía danesa se extinguía en provecho de los sajones, a los que había destronado.

En 1043, Eduardo subía al trono de Inglaterra. Educado en la corte de Normandía, había traído consigo nobles normandos, a los que distribuyó tierras y funciones, desposeyendo a la aristocracia danesa.

De temperamento generoso y dulce, muy piadoso, Eduardo, llamado el Con fesor, tenía una personalidad atrayente, pero carecía de autoridad, y su reinado fue teatro de luchas intestinas entre los señores, que no cesaban en sus combates para arrancar al rey nuevos favores.

Esta nobleza asumía cada vez mayor independencia, y los pequeños campesinos libres fueron a buscar, junto a ella, la protección que el rey no estaba en condiciones de asegurarles.

Esta protección les era concedida mediante una recomendación, es decir, un juramento de fidelidad que los ligaba al señor.

Los señores se atribuyeron, poco a poco, el derecho de hacer justicia, efectuar la policía, reclutar ejércitos y recaudar los impuestos.

Algunos de ellos adquirieron un  poderío  desmesurado,  como  Godwin, conde de Wessex, que, habiendo casado a su hija con Eduardo, se aprovechaba de la debilidad de su yerno para reinar como verdadero dueño de Inglaterra.

Así se insinuaba un principio de feudalización, que Guillermo el Conquistador sabría canalizar en provecho propio.

En 1065 una rebelión popular por los excesos en el gobierno del Conde de Northumbria, obligó a Eduardo a exiliarse. Después de esto, el Monarca cayó enfermo y no pudo asistir a la consagración de la abadía de Westminster que él había fundado.

Le sucedió Harold II, el último rey sajón que gobernó Inglaterra. Menos de un siglo después de su muerte fue canonizado.

Canuto I El Grande Rey de Inglaterra Biografía Resumida

BIOGRAFÍA DE CANUTO I EL GRANDE REY DE INGLATERRA

Canuto I el Grande o Canuto II nació en 994 y murió en 1035, sucedió a su padre en la corona como rey de Inglaterra (1016-1035), al morir su hermano mayor se convirtió en rey de  Dinamarca (1018-1035) y finalmente de Noruega (1028-1035). Era hijo de Sven I Barba de Horquilla, rey de los daneses, conquistó Inglaterra en 1013.

Un órgano que asesoraba a los reyes anglosajones, conocido como Witenagemot reinstauró en Inglaterra al rey Elteredo II, y Canuto se retiró. Regresó en 1015 y pronto sometió toda Inglaterra, excepto Londres. Después de la muerte de Etelredo en 1016, los londinenses nombraron rey a su hijo Edmundo II.

Canuto el Grande rey de Inglaterra

Canuto, hijo del rey danés Sven I, se convierte en rey de Inglaterra tras el fallecimiento casi consecutivo del monarca anglosajón Etelredo II y del hijo de éste, Edmundo II. Canuto reinará asimismo hasta el año de su muerte (1035) en Dinamarca y en Noruega.

ANTECEDENTES: En Inglaterra ocurrió un grave hecho en el siglo XI: la invasión de los daneses. Así fue como Canuto el Grande (1017-1035) se coronó rey de Inglaterra y Dinamarca.

Los sajones recuperaron luego el poder, pero su vinculación con Normandía derivó en la coronación de su duque, Guillermo I, como rey de Inglaterra. Es decir que, en forma simultánea, Guillermo terminó reinando sobre ingleses y normandos (1066).

Como el ducado de Normandía estaba en territorio francés, la coronación de Guillermo generó muchos conflictos entre ingleses y franceses. La situación se agravó con el casamiento de la hija de Enrique I con Godofredo de Plantagenet, conde de Anjou.

El hijo de ambos, Enrique II, terminó heredando la corona inglesa (1154), a la que además de Normandía se le sumó Anjou, también en territorio francés. En Francia, la dinastía de los Carolingios fue perdiendo poder, hasta que el último de ellos, Luis V, murió en un accidente de caza. Los señores feudales no eligieron a su hijo como nuevo rey, sino que designaron a uno de ellos, el duque de París: Hugo Capeto. En un principio, Hugo gobernaba sobre un pequeño territorio: París y Orleáns.

En el resto mandaban los señores. Pero con el tiempo, la monarquía fue extendiendo sus dominios. Con Luis VI, el gordo (1108-1137), Francia consiguió la poseción de todos los territorios del sudoeste del país. Y con Felipe Augusto (1180) logró apoderarse de Normandía y Anjou.

BIOGRAFIA: Al finalizar el siglo X, las invasiones danesas se renuevan bajo la forma de incursiones y piraterías, a las que el rey sajón Ethelredo intentó poner dique pagando pesados tributos a los invasores; pero este medio se reveló tan inútil como costoso, y, en 1013, el rey de Dinamarca, Sweyn, decidido a someter a todo el reino anglosajón, lanzó una ofensiva general; necesitó menos de un año para conseguir sus fines y obligar a Ethelredo a refugiarse en la corte del duque de Normandía.

Pero el rey danés  murió brutalmente,  y  su hijo Canuto, que lo había secundado en todas sus campañas, prefirió retirarse momentáneamente a Dinamarca, donde su hermano mayor acababa de ser  nombrado rey, con el objeto de reforzar su ejército.

En 1017, a la cabeza de tropas frescas, sólidamente armadas, volvió a hacerse a la mar y, tras una serie de victoriosas campañas, expulsó al hijo de Ethelredo del trono de Inglaterra y se hizo coronar rey; se casó casi inmediatamente con Emma, viuda entonces de Ethelredo, descartando así eventuales oposiciones a su usurpación.

La muerte de su hermano mayor lo puso a la cabeza del reino de Dinamarca, y una guerra victoriosa, dirigida diez años después contra el rey Haraldo de Noruega, le aseguró la corona de este país.

Así, Canuto el Grande reunió bajo su cetro un inmenso reino, promoviendo un notable incremento de los intercambios marítimos en el mar del Norte; pero este reino, demasiado disperso para ser sólidamente unificado y bien defendido, no debía sobrevivir a su creador.

En lo que se refiere a Inglaterra, Canuto fue un prudente administrador, conservando las costumbres y la organización que los anglosajones le habían legado, haciendo establecer los primeros códigos ingleses, consolidando el ejército y la marina, sosteniendo a los clérigos.

Solamente fue cambiado el personal dirigente, y los daneses ocuparon desde entonces todos los altos puestos, de los que se había separado a la nobleza anglosajona.

 

Biografía de Guillermo El Conquistador Rey de Inglaterra

BIOGRAFÍA DE GUILLERMO EL CONQUISTADOR
LA BATALLA DE HASTINGS

Guillermo I, El Conquistador (1027-1087). Rey de Inglaterra y duque de Normandía, nacido en Saint Gervais.

Era hijo natural de Roberto el Magnífico, duque de Normandía y de su concubina Arletta, hija de un artesano lo que no fue impedimento para que se lo reconociera como heredero del ducado cuando su padre partió para Tierra Santa.

Fallecido Roberto en Nicea, en 1035, lo sucedió Guillermo con el apoyo de algunos de los barones vasallos quienes constituyeron una regencia que debíó enfrentarse a las pretensiones de Guido de Borgoña.

Llegado Guillermo a la mayoría de edad decidió defender su ducado contra el pretendiente, al que derrotó en Val de Dunes, a las cercanías de Caen, en 1047, con la ayuda del rey de Francia. Tiempo después se enemistó con éste, al que derrotó en la Batalla de Mortemer (1054) y nuevamente en Varavillc cuatro años después.

En 1087, durante una campaña militar contra el rey Felipe I de Francia, el caballo de Guillermo sufrió una caída en las proximidades de la ciudad de Mantes, como consecuencia de las lesiones sufridas, falleció el 7 de septiembre en Ruán.

Fue sucedido por su tercer hijo, Guillermo II.

guillermo el conquistador

Guillermo I fue rey de Inglaterra desde 1066 hasta 1087. Durante su reinado, reestructuró el sistema feudal, obligando a todos los terratenientes a jurar lealtad al rey en lugar de a los distintos señores. Ordenó realizar un censo de las tierras de su reino. El resultado de este estudio, conocido como el Domesday Book, ayudó a determinar los impuestos que sus súbditos debían entregarle.

ANTECEDENTES E HISTORIA DE GUILLERMO:

Mientras el reino de Inglaterra entraba en decadencia, el ducado de Normandía conocía un auge sin precedentes, bajo la dirección de su joven jefe, Guillermo.

Este era hijo natural de Roberto el Diablo y de Arlette, hija de un burgués de Falaise. Cuando Roberto partió para Tierra Santa, en 1035, hizo que los barones normandos reconocieran a este hijo—a quien adoraba—como heredero.

Guillermo no tenía aún diez años; de forma que, cuando Roberto murió, unos meses después, a la vuelta de Jerusalén, los nobles se aprovecharon de la inexperiencia de su joven señor para aumentar sus poderes, agrandar sus dominios y entregarse a verdaderas guerras civiles.

En 1047, ante tal anarquía, Guillermo recurrió a su soberano, el rey de Francia, para aplastar la rebelión de sus vasallos.

Aquél respondió a su llamada, y las tropas de Enrique I y del joven duque infligieron una gran derrota a los barones felones en la batalla de Val-les-Dunes.

Despues de esta victoria, Guillermo se convirtió en el jefe indiscutible de su ducado. En veinte años, consiguió hacer de Normandía una temible potencia militar y económica.

Este ducado había tomado, ya hacía dos siglos, un gran adelanto sobre el reino de Francia, del que dependía.

Las instituciones feudales estaban allí fuertemente arraigadas, y la autoridad ducal bien asentada. Cada vasallo debía a su señor el servicio militar y las prestaciones correspondientes.

En compensación, aquél le concedía su apoyo. Cada señor aseguraba el orden y la justicia en su dominio. Sin embargo, estos poderes estaban limitados por los vizcondes, administradores de distrito que dependían directamente del duque.

En la cima de esta sociedad, fuertemente jerarquizada, se encontraba el duque, único señor que no dependía de nadie en su dominio, sin otras obligaciones que las de vasallaje hacia su soberano, el rey de Francia.

Guillermo no hizo más que reforzar este orden establecido.

Exilió a los jefes rebeldes, se rodeó de hombres capaces y entregados enteramente a su causa. Intervino directamente en los asuntos de la Iglesia, colocando a miembros de su familia en los cargos importantes, e hizo cubrir de monasterios la Normandía, asegurándose así el apoyo de los clérigos.

En todas las provincias se emprendieron labores de roturación, y las ciudades, como Caen, conocieron un auge económico considerable.

Para reconstituir el tesoro ducal, Guillermo obligó a sus vizcondes a llevar una contabilidad exacta de las personas de cada distrito. Por último, su ejército era el más moderno de Europa.

Además de una larga tradición de hazañas guerreras, los caballeros normandos estaban avezados al combate, gracias a todas las campañas de anexión que emprendió Guillermo para ensanchar sus fronteras; a través de esas campañas, se precisó la táctica del ejército normando—extrema movilidad, construcción de fortificaciones—y su composición —arqueros de a pie y caballería pesada—.

Frente a este ducado, que prosperaba bajo una mano autoritaria, se extendía una Inglaterra en plena decadencia, que no tenía para defenderse más que un ejército de campesinos mal dirigidos y poco adiestrados.

Así, cuando Guillermo emprendió en 1066 la conquista de aquel reino, todas las ventajas estaban claramente de su parte.

El mandatario más famoso de los normandos fue Guillermo de Normandía, formó un ejército basado en los lazos medievales, los caballos y los estribos. Confiando en los conocimientos marítimos heredados de sus antepasados vikingos, Guillermo inició su conquista de Inglaterra en la batalla de Hastings del año 1066.

El feudalismo fue ganando terreno con cada nueva conquista. Los reyes otorgaban las tierras recién invadidas a sus caballeros y nobles, que a cambio le proporcionaban ejércitos para continuar con las conquistas y la guerra.

En un intento de reafirmar su autoridad en Inglaterra y de determinar las riquezas que acababa de adquirir, Guillermo el Conquistador, como se le conoció a partir de entonces, ordenó que se realizara el registro exhaustivo de las propiedades de su nuevo reino: el resultado fue el célebre Domesday Book del año 1086.

GUILLERMO, EL CONQUISTADOR
En 1051, Eduardo, que no tenía hijos, escogió por heredero a Guillermo, duque de Normandía. Su elección fue violentamente impugnada por su suegro, Godwin, deseoso de que la corona recayera en su hijo Haroldo.

Sin embargo, mientras efectuaba un viaje por el continente, Haroldo cayó en las manos de Guillermo.

El duque de Normandía lo obligó a jurar, sobre un velo que recubría unas sagradas reliquias, que no pretendería jamás la corona de Inglaterra.

Haroldo juró, pero cuando en 1066 Eduardo exhaló su último suspiro, Haroldo ignoró deliberadamente su antiguo juramento, reunió al consejo de los señores y se hizo proclamar rey. Guillermo no estaba dispuesto a aceptar este golpe de fuerza.

Reunió la asamblea de los barones normandos y pidió que se le proporcionaran 700 naves y los mejores guerreros.

Algunos meses después, tras haber confiado la regencia a su mujer, Matilde, se embarcó a la cabeza de 10.000 hombres, llegados de todas las provincias: Flandes, Picardía, Bretaña y Normandía.

Desembarcó en Inglaterra sin encontrar obstáculos, e hizo construir un campamento fortificado en la pequeña ciudad de Hastings. Mientras tanto, Haroldo guerreaba en el norte contra el rey de Noruega, que había intentado una invasión, unos meses antes.

Derrotó rápidamente al ejército noruego en Stamfortbridge y, sin tomarse el tiempo de reunir un ejército, más numeroso, acudió a Hastings.

En la mañana del 14 de octubre de 1066, ambos ejércitos se encontraron frente a frente. Sus fuerzas no estaban igualadas; el ejército normando llevaba una fila de arqueros y de ballesteros muy bien equipados, seguida por una fila de infantes, encuadrados por la caballería.

El ejército anglosajón no disponía de ningún cuerpo de arqueros, y se batíacon armas muy dispares, como jabalinas y venablos.

Sin embargo, el ejército sajón tuvo mayores ventajas, al principio de la batalla, porque disponía de mejor posición desde el punto de vista estratégico.

Pero la táctica normanda, que consistía en aislar al enemigo en pequeños grupos y aniquilar a éstos, terminó debilitando la resistencia inglesa.

Por último, ante el anuncio de¡a muerte de Haroldo, a consecuencia de un flechazo en un ojo, se produjo una verdadera desbandada en el ejército sajón.

Guillermo ya tenía su victoria, y Hastings le abría las puertas del poder. Sin embargo, tuvo que esperar aún dos meses para someter a la aristocracia sajona.

El día de Navidad de 1066, el arzobispo de Canterbury coronó al nuevo Rey de Inglaterra.

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EL REINO NORMANDO DE INGLATERRA: Guillermo, al distribuir entre los caballeros normandos las tierras confiscasdas, no les había hecho propietarios de ellas, sino que se las había dado en feudo, (ver Cap. Descomposición del Imperio Franco).

El poseedor debía en cambio ir a la guerra cuando el rey le llamaba. Estos dones eran de valor muy distinto.

A sus parientes o a sus amigos, Guillermo había dado gran número de tierras en todas partes de Inglaterra, a su hermano Roberto (793), a Alano de Bretaña (442).

Los que tenían muchas tierras habían de ir a la guerra con una tropa de caballeros, algunos con 40 ó 50. Los más, que no habían recibido sino una sola posesión, no estaban obligados más que al servicio de un caballero.

Guillermo había destituido a la mayor parte de los obispos y de los abades ingleses y puesto en su lugar eclesiásticos franceses.

El arzobispo de Canterbury fue un italiano, Lanfrac, que había sido abad en un convento de Normandía. Aquellos obispos y abades franceses obligaron a los sacerdotes y a los monjes ingleses a adoptar los usos de Francia.

Los sacerdotes ingleses eran casi todos casados y se les dejaron sus mujeres; pero se prohibió a los sacerdotes casarse en lo sucesivo. Un abad normando quiso obligar a los monjes a cantar los oficios a la manera francesa, y como ios monjes se hubieran negado, el abad mandó venir arqueros normandos.

Los monjes se refugiaron en la iglesia y fueron muertos a flechazos en las mismas gradas del altar.

Guillermo era apasionado por la caza. Creó, cerca de su finca favorita de Winchester, un enorme coto (lo que se llamaba bosque).

Era un terreno poco fértil, casi por entero cubierto de árboles, pero a lo largo de un riachuelo había casas. Guillermo las mandó derribar, hizo que fueran expulsados los habitantes, luego prohibió cazar allí.

El que matara un venado o una cierva perdería los ojos. El «nuevo bosque» fue odioso para los ingleses, que le llamaban maldito. Un hijo y un nieto de Guillermo fueron asesinados en él, quizá por algunos de los antiguos habitantes.

Al final de su reinado, Guillermo quiso saber lo que por impuesto pagaban por subditos del rey antes de la conquista (1085) y mandó gente a todos los condados de Inglaterra para hacer un inventario general.

Sus enviados hicieron presentarse a los propietarios, y en cada aldea, al cura, al intendente y a seis campesinos.

Les preguntaban quién era el propietario en tiempos del rey Eduardo, quién lo era entonces, cuánta tierra tenía, cuántos arados, gentes de labor, bosques, prados, criaderos de peces, cuánto valía la posesión.

Todos estos datos fueron resumidos en un registro general que se depositó en el tesoro de su castillo de Winchester.

Se le llamó primeramente el «El libro del tesoro», más tarde el Domesday book, es decir, el libro del día del juicio. Existe todavía hoy, y permite ver cómo estaba habitada Inglaterra en aquella época.

Acerca de ningún otro país de Europa estamos tan bien informados.

Inmediatamente después (1086), Guillermo convocó una asamblea como jamás se había visto otra. Hizo acudir a ella a todos los que habían recibido de él una tierra y a cuantos sus vasallos habían dado una tierra, es decir, a todos los propietarios de Inglaterra.

Todos hicieron la ceremonia de homenaje y le juraron fidelidad.

El año siguiente (1087), Guillermo murió en Francia de una caída de caballo y fue enterrado en Caen.

Ver: La Invasión Normanda a Inglaterra

Fuente Consultada:
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo III Guillermo el Conquistador Edit. CODEX
TODO SOBRE NUESTRO MUNDO Christopher LLoyd Edit. Ariel

Tecnicas Comerciales en el Renacimiento Bancos y Letras

NUEVAS MODALIDADES COMERCIALES: EL BANCO Y LAS LETRAS DE CAMBIO

EL SIGLO DE LOS FUGGER
La familia de los Fugger, comerciantes y banqueros de Augsburgo, tuvo un destino excepcional, caracterizado por una ascensión rápida alrededor del año 1500, bajo la dirección de Jacobo Fugger, llamado el Rico, y, después de la segunda generación, por una decadencia igualmente rápida. Representaron, en su siglo, el mismo papel que desempeñaron los Médicis en el siglo anterior.

Su historia coincide con la del Renacimiento y transcurre en las mismas fechas. Su presencia junto a Carlos V y en Amberes, les hizo participar en todas las grandes operaciones financieras, e hicieron de su fortuna, poco más o menos todo lo que podía hacerse entonces, excepto, y es lo que los distingue de los Médicis, una carrera política.

Los Fugger habían levantado su patrimonio sobre las miñas de plata y de cobre de Europa Central; se dedicaron al comercio de joyería y a la fabricación de productos textiles; financiaron campañas militares, operaciones políticas y expediciones marítimas; en la segunda generación, con Antón Fugger, fueron mecenas, porque ésta era la evolución natural de una gran familia con mucha fortuna.

Adquirieron bienes raíces y adoptaron un tren de vida principesco; garantizaron las «indulgencias», concedidas, a cambio de dinero, a los fieles de la Iglesia Católica,cuya venta provocó la rebelión de Martín Lutero y desencadenó la Reforma. Si quisiéramos encontrar su equivalente más próximo a nosotros, tendríamos que pensar en los Rothschild o en los Rockefeller y la comparación no sería injustificada, puesto que se ha comparado el Renacimiento con la época contemporánea: en una y otra, la confusión política y económica permite a las potencias y a las técnicas nuevas imponerse.

Los nombres de Jacobo Fugger y de sus sobrinos, fueron famosos en todos los reinos y en todos los países, escribía un cronista de Augsburgo, e igualmente entre los paganos. Emperadores, reyes, príncipes y señores les enviaron embajadores. El Papa saludó a Jacobo Fugger y lo abrazó como a hijo querido, los cardenales se levantaron ante él y fue la admiración de los paganos.

Jacobo Fugger

Los Fugger llegan a ser los más ricos financieros de Europa. Como atestigua el cronista de  Augsburgo,   «los  nombres  de  Jacobo  Fugger (imagen)  y de sus sobrinos fueron conocidos en todos los reinos y países, igualmente entre los paganos. Emperadores, reyes, principes y señores le  enviaron  embajadores.  El Papa  saludó y abrazó a Jacobo Fugger como a hijo querido y los cardenales se levantaron ante él.  Todos los comerciantes  del  mundo
lo han señalado como hombre inspirado y fue la admiración   de   los  paganos.»

Familia Fugger en el Renacimiento

Los Fugger llegan a ser los más ricos financieros de Europa. Como atestigua el cronista de  Augsburgo,   «los  nombres  de  Jacobo  Fugger y de sus sobrinos fueron conocidos en todos los reinos y países, igualmente entre los paganos. Emperadores, reyes, principes y señores le  enviaron  embajadores.  El Papa  saludó y abrazó a Jacobo Fugger como a hijo querido y los cardenales se levantaron ante él.  Todos los comerciantes  del  mundo
lo han señalado como hombre inspirado y fue la admiración   de   los  paganos.»

LAS NUEVAS TÉCNICAS CAPITALISTAS
Las grandes potencias financieras, tal como funcionaban en el siglo XVI, a semejanza de los Fugger, junto a los soberanos o en los grandes puertos, crearon y pusieron en práctica sus técnicas a partir del siglo XV. Eran ya numerosas cuando, al final de las guerras de Italia y de la conquista de América, intervienen, a plena luz, en todos los grandes acontecimientos: los Tuches y los Imhof de Nuremberg, los Kleberg de Lyon, los Welser y los Hoechstetter, muchos italianos  de  Florencia,  de  Lucca  y  de  Genova,  los   «marranos»  y  pocos  franceses e  ingleses  de  cuna.

La  actividad  de  las ferias   disminuye   en   gran   medida,   y   el comercio, propicio a la especulación y a la acumulación, se hace, en adelante, en las Bolsas: las de Amberes y Lyon son las dos principales. Se tratan los negocios sobre valores  y  no  ya  sobre  mercancías.  Así,   al mismo tiempo que los comerciantes se convierten en banqueros, la contabilidad pasa a ser finanza y la usura préstamo.

Si el tipo de interés se eleva al 50% al comienzo del siglo, tiende a descender, rápidamente, hasta a el 20%. Por otra parte, muy pronto salen a la luz todas las formas del gran capitalismo, y, en primer lugar, sus técnicas: la letra de cambio, por ejemplo, simplificando las modalidades de pago, permite la multiplicación de las operaciones y actúa, en definitiva, como un estimulante económico. Se organizan las asociaciones de capitales con fines lucrativos.

Su forma natural es, claro está, la sociedad familiar, como la de los Fugger, que tiende, indefectiblemente, a parecerse a una dinastía señorial. Pero la comandita y la sociedad por acciones han hecho ya su aparición; el anonimato del capital está, pues, asegurado. Pero donde se verá definitivamente consagrado es en Holanda, en el siglo XVII. Además, al substituir, las ferias por las Bolsas como lugares de transación, los negocios se hacen cotidianos, mientras que antes, solamente, se realizaban a intervalos regulares.

Al mismo tiempo, puesto que éstas reúnen no solamente a los comerciantes que acuden a vender sus artículos, sino también —frecuentemente son las mismas personas— a los banqueros que acuden a negociar, se acumulan informaciones de todo tipo, se desarrolla el sentido de la abstracción,  aparecen las primeras formas de periodismo (las gacetas), y se forja un tipo de hombre nuevo, mezcla del «homo novus» (nuevo rico) del mundo romano y del hombre de negocios contemporáneo.

Aunque la expresión «hombre de industria» aparece entonces para designarles despectivamente —no se les podía nombrar más que con respecto a una jerarquía consagrada, en este caso la militar— son celosos de su «buona ditta», es decir, de su reputación y de su prestigio.

A partir de las grandes expediciones marítimas y de los riesgos que entrañaban —naufragio, abordaje y piratería—, los seguros empezaron a implantarse en Italia, en Portugal y en Amberes y se hicieron extensivos a riesgos cada vez más variados, que cubrían tanto la vida como las mercancías, y que, rápidamente, fueron objeto de especulación y fraude. Pero el desarrollo de la Banca fue aún más importante que el de los seguros. En el siglo XVI hace su aparición lo que hoy se llamaría Banco de crédito.

Efectivamente, muy pronto los poseedores de capitales, ya fuesen nobles o comerciantes, se dieron cuenta de que obtendrían beneficios muy superiores «colocándolos» en un Banco en lugar de «invertirlos» en el cuadro de la economía tradicional. No obstante, la práctica del préstamo a interés y su corolario, el depósito productor de interés, constituían una anomalía prohibida aún en Europa por el derecho canónico. Fue necesaria la intervención de los soberanos, concediendo exenciones a sus auxiliares financieros y recurriendo ellos mismos al préstamo no gratuito, para que ya no fuese posible retroceder.

Por otra parte, una serie de medios permitían dar la vuelta a la reglamentación canónica en lugar de infringirla de frente y caer en caso tipificado de usura. Los soberanos más católicos, los de España, fueron los primeros en autorizar el préstamo con interés en su reino. Así, pues, no es cierto que el capitalismo renacentista fuese un equivalente o una manifestación del calvinismo en el dominio económico.

Lo que sí es cierto, es que la doctrina de Juan Calvino contribuyó, al hacer el elogio del trabajo profesional, del rigor y del ahorro, a fortalecer el individualismo y el espíritu de inciativa en numerosos financieros, dándoles la justificación que, de una manera global, les negaba la Iglesia romana.

En este aspecto, el calvinisimo desempeñó un papel análogo al del judaismo en otras circunstancias. Y las dos «plazas» más importantes del siglo XVI, Amberes y Lyon, fueron muy adictas a las ideas calvinistas hasta la Contrareforma católica de finales de siglo.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo V La Gran Aventura del Hombre

La Economia en el Renacimiento El Oro y Plata de América

EL RENACIMIENTO: ECONOMIA, RUTAS COMERCIALES Y EL DINERO EN BANCOS

El Renacimiento fue, en gran medida, una negativa de los europeos a continuar encerrados dentro de los marcos de pensamiento, de trabajo y de existencia de la civilización medieval. Esta repulsa desembocó en una verdadera explosión de fuerzas y de tendencias contenidas durante largo tiempo, explosión que se manifestó en las esferas intelectuales, políticas, religiosas y económicas.

Desde el punto de vista intelectual, fue la liberación del pensamiento por el humanismo, el individualismo y el florecimiento de la investigación y del espíritu crítico. Desde el punto de vista político, fue la aparición del Estado moderno centralizado sobre las ruinas del feudalismo.

El estallido religioso se tradujo en la Reforma y el económico en el desarrollo del capitalismo. Prácticamente, todos los elementos favorables al capitalismo estaban coartados por tos principios y las reglamentaciones medievales: el préstamo a interés, calificado como usura, y la libertad de trabajo (hoy recibe el nombre de libre empresa), negada por los gremios, como la libertad de pensamiento lo era por la hegemonía de las universidades.

RICO POR LA GRACIA DE DIOS
En cuanto al préstamo con interés, iba a chocar con la idea medieval de que el comercio y el dinero no tenían más función que equilibrar la escasez y la abundancía, de una provincia a otra, de un grupo a otro. La idea de que pudieran ser una actividad «creadora» no existía. La orgullosa divisa de uno de los más grandes banqueros del siglo xvi, si no el más grande, Jacobo Fugger, conocido en España como Fúcar de Augsburgo, encierra los dos aspectos de esta revolución económica, extremadamente rápida, y realizada por individuos emprendedores: «Rico por la gracia de Dios».

Esta revolución se debió, en gran parte, a las enormes necesidades y a los poderosos medios de las monarquías modernas. Se inspiró en los principales movimientos ideológicos del siglo XVI: pasión por la invención, reforma religiosa, y exaltación del éxito individual. A consecuencia de los grandes descubrimientos marítimos, recibió un impulso que decuplicó su eficacia a partir de finales del siglo XV: sin las nuevas vías comerciales y sin el oro y la plata de América, hubiera sido inconcebible. La economía medieval, ya fuera rural, y por lo tanto encerrada en el marco señorial, o urbana, es decir mantenida a raya por los gremios, evolucionaba con dificultad.

Por el contrario, lo que fue inventado y puesto en marcha a partir del siglo XV en el dominio de la Banca, del comercio y de las técnicas, encontró inmediata aplicación gracias a las nuevas condiciones.

La Vida en el Campo Renacentista

Vida en la Ciudad Renacentista, Aparición de los Banqueros Con el Manejo del Dinero

EL DINERO Y LA GUERRA
Aún cuando fuera el resultado de iniciativas individuales, el capitalismo, en sus orígenes, fue favorecido, en parte, por la acción del Estado moderno, que, poco a poco, fue sustituyendo al sistema feudal. Fueron los gobiernos los que, muy pronto, asumieron el papel de promotores del capitalismo que, sin su impulso, tal vez no hubiera logrado imponerse en las grandes naciones europeas, con mayor cohesión interna y más centralizadas al salir de las guerras medievales, allí donde el feudalismo había entrado en decadencia, las necesidades de sus soberanos aumentan en número y cantidad: la administración, ejércitos permanentes, el suministro militar, etc..

Especialmente, las campañas militares de envergadura, tales como las de franceses y españoles en Italia, obligaron, sucesivamente, a Francisco I, al emperador Maximiliano y al emperador Carlos V a dirigirse a los grandes banqueros. En efecto, únicamente ellos estaban en situación de hacer adelantos sobre un nuevo impuesto cuya recaudación se reservaban como garantía y de emitir empréstitos por cuenta del Estado.

Pero lo que se hizo, primeramente con los impuestos, podía hacerse con las minas, por ejemplo, inspirándose en los métodos de los comerciantes y emitiendo un empréstito, como hizo el rey dé Francia, Francisco I, tomando como intermediario al banquero Kleberg, de Lyon. De esta forma, casi todos los principales detentadores de capitales en Europa, pronto tuvieron compromisos con los soberanos, las ciudades, etc…

El caso más típico es el de los Fugger de Augsburgo, prestamistas titulares de Carlos V, que aseguraron su elección para el Imperio,en 1519, contra Francisco I y, después, la financiación de sus campañas militares contra los reyes de Francia y los protestantes de Alemania.

Esta alianza de la nueva burguesía capitalista y la nueva monarquía absoluta era bastante natural, puesto que la una y la otra tenían, en muchos casos, que vencer los mismos obstáculos, como las tradiciones y el particularismo. Sin embargo, a veces, sus intereses eran contradictorios. El puerto de Amberes, que, en esta época, era el primer centro financiero y comercial de Europa, sufrió una amarga experiencia. La Bolsa de Amberes databa de 1461, por consiguiente, del período de prosperidad del gran ducado de Borgoña.

En 1531, en pleno apogeo del Renacimiento, la Bolsa fue reconstruida y llegó a rivalizar con las demás Bolsas de su tiempo. Pero cincuenta años más tarde, la ciudad del Escalda fue saqueada por los soldados del ejército del rey de España, campeón del absolutismo monárquico y de la resistencia a las nuevas ideas. Por eso fue, Amsterdam, en el siglo xvn, y Londres, en el XVIII, las que la sustituyeron.

A pesar de «accidentes» de este género, los banqueros fueron, en el siglo XVI, verdaderas potencias políticas. Tuvieron un conocimiento inigualable de Europa, y, como Venecia para el Oriente, llegaron a ser, a la vez, técnicos, proveedores y financiadores de las grandes monarquías occidentales: española, inglesa y francesa. Su influencia disminuye a medida que nos alejamos hacia la Europa Oriental.

Navegantes portugueses recibiendo presentes de los japoneses, recién llegados en barcas.

DECADENCIA DEL MEDITERRÁNEO, APOGEO DEL ATLÁNTICO
Los grandes descubrimientos desempeñaron un papel tan importante como el de la monarquía en el advenimiento del capitalismo. En efecto, modificaron radicalmente las rutas comerciales y sustituyeron ciertas formas de riqueza por otras nuevas, favoreciendo, de este modo, a quienes pudieron y supieron aprovecharse de estos cambios.

Las potencias económicas de finales de la Edad Media, como las ciudades italianas, sobre todo, Venecia, y las ciudades de la Hansa encabezadas por Lübeck y comunicadas entre sí por las grandes rutas francesas y alemanas, jalonadas de ferias, se encontraron en el siglo XVI al margen de los nuevos circuitos.

El Mediterráneo Oriental perdió una parte de su importancia, al menos en valor relativo, cuando los portugueses abrieron una vía nueva hacia la India y China. La Hansa, por su parte, perdió su monopolio de los países del Báltico y del Mar del Norte en el curso de una serie de convulsiones políticas que destruyeron el gran reino danés, introdujeron la Reforma en Escandinavia y la revolución en Lübeck con la corta dictadura de Jürgen Wüllenwever, pocas décadas después de que Savonarola estableciese la suya en Florencia.

Si Venecia y Lübeck, con todo lo que representan, pierden en importancia y riqueza relativas, los países occidentales se benefician del nuevo estado de cosas, y de la nueva situación de Europa en un mundo cada vez mejor conocido. Los puertos ibéricos, Lisboa y Sevilla, y posteriormente Cádiz, los del Mar del Norte, Amberes, Londres y Amsterdam, y, los puertos franceses del Atlántico, encontraron en la nueva situación las condiciones idóneas para su desarrollo.

LA AFLUENCIA DE ORO Y EL ALZA DE LOS PRECIOS
Pero los grandes descubrimientos trajeron consigo otras consecuencias: si bien multiplicaron los viajes de los europeos hacia Oriente y la intensidad del tráfico de las especias; si bien impulsaron los viajes a América, absorbiendo el tráfico de esclavos, acumularon los nuevos capitales en un número limitado de manos; en efecto, los descubrimientos hicieron posible la entrada de gran cantidad de metal precioso en la Europa empobrecida de finales de la Edad Media.

El numerario existente en Europa era, desde hacía mucho tiempo, insuficiente para los intercambios necesarios. Primeramente, la plata de las minas alemanas y de Bohemia reemplaza, hasta 1540, el oro sudanés. Pero, sobre todo, el oro mexicano, después de la expedición de Cortés en 1519-1522, y el oro y la plata peruanos, después de la conquista de Pizarro en 1533, aseguraron a Europa una circulación suficiente de numerario.

Entrando en Europa, a través de España, el metal precioso pasaba, rápidamente, a los Países Bajos, Alemania, Francia e Italia. Esta circulación de metal precioso en grandísimas cantidades, insólita hasta el siglo xvi, no solamente provocó la multiplicación de los intercambios, sino también un movimiento general de alza de precios que duraría hasta final del siglo. El alza se produjo, en primer lugar, en Sevilla, puerto de llegada de los principales cargamentos americanos, y ganó, por contagio, a todas las ciudades de Europa Occidental.

De una manera general, los precios se cuadruplicaron en cien años, lo cual sin ser considerable en relación con las alzas del siglo XX, bastó para inquietar a las ciudades y monarquías que se esforzaron, en vano, en evitar el alza por medio de prohibiciones, tasas y requisas de mercancías. Lo que entonces fue considerado como un mal, el alza de los precios aparecía, en efecto, como la sanción colectiva de actividades culpables, tales como el préstamo a interés, al que se dedicaba la burguesía mercantil tuvo, sin embargo, una ifluencia favorable al ofrecer perspectivas de beneficios importantes a los que pudieron aprovecharse del desorden de los precios para estimular tanto la producción como el comercio.

EL COMERCIO COLONIAL
El comercio colonial, por su parte, vino a renovar la gama de productos alimenticios, textiles y minerales que utilizaban las industrias de Europa. Productos que habían sido durante mucho tiempo raros o totalmente ignorados, se hicieron de uso común: el algodón, la seda, las especias, el azúcar, maderas tintóreas y de ebanistería, el índigo, el café y el tabaco.

Este comercio colonial, por una parte, y el tráfico de esclavos negros hacia las colonias españolas de América, por otra, contribuyeron a aumentar aún más la concentración de capitales disponibles en Europa en manos de los comerciantes, que se encontraron en las mejores condiciones para convertirse en banqueros.

La importancia de la aportación colonial se refleja en el mapa económico de Europa desde las primeras décadas del siglo xvi. Una de las rutas más activas del gran capital en esta época era la que unía el Mediterráneo con el Mar del Norte. Esta ruta había hecho la fortuna de Genova, Milán, Augsburgo y Francfort. Pero fue aventajada en importancia económica y, pronto, política, por la que llevaba de Lisboa y de Sevilla a Amberes, desde donde los negocios se extendían a Alemania, Escandinavia, Gran Bretaña y las riberas polacas y rusas del Báltico, cuando la Hansa dejó de monopolizar estas regiones. Sin embargo, en el siglo XVI, todavía se necesitaba una docena de días de navegación para unir Lisboa con Amberes.

En este aspecto, desempeñaron un papel particularmente importante los judíos convertidos de la Península Ibérica, los «marranos». Su actividad explica la aparición de las primeras «colonias» portuguesas y españolas en Amberes. Si bien todos los productos americanos y asiáticos llegaban, a través de la Península Ibérica, a Amberes y de allí a la Europa del Norte, el puerto del Escalda canalizaba, igualmente, desde el Norte hacia el Sur, los paños, las telas, las tapicerías y las obras de arte de la industria de los Países Bajos, que se convirtieron en «arrabales de Amberes»: así, en el año 1545, la ciudad exportó mercancías por valor de seis millones de libras mientras su «arrabal» sólo exportó dos millones.

Los portugueses y los españoles de Amberes eran los agentes comerciales de los intereses ibéricos y de las compañías que se constituían para la explotación de las riquezas americanas. El flujo de capitales desde España hacia Amberes es uno de los más importantes fenómenos económicos del siglo.

Esto explica el rápido empobrecimiento de la España del siglo siguiente y la duradera prosperidad de los Países Bajos. Por otra parte, desde finales del siglo XVI, Inglaterra interviene, eficazmente, en esta explotación colonial hecha a través de España. Esta será una de las causas accesorias del gran conflicto anglo-español con el que acaba la época del Renacimiento.

La importancia de la ruta Sevilla-Lisboa-Amberes es tanto más considerable desde que se produjo la unión política bajo Carlos V, y, después, la dominación española en los Países Bajos en el reinado de Felipe II.

Los lazos entre los dos países no son menos significativos en el aspecto de la difusión y evolución del arte y de la pintura barrocos, que, a comienzos del siglo xvn, determinarán el florecimiento de dos grandes escuelas paralelas, la de Velázquez y la de Rubens, cuando la escisión política era ya definitiva. Finalmente, último testigo en el siglo xvn de este lazo creado por la herencia de Carlos V, pero vivificado por el comercio, es el filósofo Espinoza, en Ams-terdam, descendiente de uno de esos «judíos» portugueses que fueron en representación de su compañía a los Países Bajos.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo V La Gran Aventura del Hombre

Campaña de Tarmerlán a la India Curioso Ataque con Camellos

Campaña de Tarmerlán a la India

Luego de terminar su campaña en Rusia contra la Horda de Oro, a la que acabó definitivamente, Tamerlán regresó a Samarcanda, distante más de 4.000 kilómetros, siendo recibido en julio de 1396 como el mayor héroe de la humanidad. El mundo asiático sólo iba a disfrutar de dos años de paz. A la edad de sesenta y dos años, Tamerlán encontró una nueva víctima, un nuevo pueblo al que marcar con el hierro al rojo de su crueldad: los hindues

Tamerlán, líder mongol, conquista la India

El ejército se infiltró por los desfiladeros  de las  montañas  de Afganistán,  acortando   terreno   a   través   del   HinduKush, epopeya que supera el paso de los Alpes por Aníbal o por Napoleón. Durante seis meses, las hordas turco-mongolas escalaron cumbres,  atravesaron desiertos,  marcharon por la nieve y se defendieron, con encarnizamiento, de las acciones de guerrillas de las tribus afganas, especialmente los «Trajes Negros»,  los  más  fieros guerreros del reino de Kabul.

Por último, el 24 de septiembre   de   1398,   Tamerlán   franqueó   el Indo y avanzó a través del Punjab; el país fue  devastado  y  su  población   reducida   a esclavitud.

Delhi  estaba  defendida  por  el sultán  Mahmud y por  su ministro  Mallu Ikbal, que había reunido un ejército, formado por  10.000 jinetes, 40.000  infantes y   tropas   de   choque,   y   120   elefantes   de guerra, en las orillas del Jumma. El choque   se   produjo,   el   17   de   diciembre   de 1398. Los elefantes abrieron brecha en el ejército  invasor,  sembrando  el pánico  entres  los  mongoles.

Al  día  siguiente,  prosiguió la lucha; Tamerlán hizo colocar delante de  sus  tropas  camellos  cargados  de paja, a la que hizo prender fuego, empujando  a los  animales  contra los  elefantes hindúes.    Los   paquidermos,   enloquecidos por las  llamas, huyeron,  aplastando  a los infantes   del   sultán   Mahmud.   Delhi   caía en  su  poder:   los  asaltantes  forzaron  las puertas   de  los   suburbios,   donde   estaban acantonados, y se precipitaron en la capital, para apoderarse de sus riquezas fabulosas.

El saqueo duró tres días. Cada soldado  recibió  veinte  esclavos,  por  lo  menos;  millares de artesanos fueron llevados a Samarcanda. Con los cráneos de los ejecutados se edificaron altas pirámides, mientras las aves de presa devoraban los cadáveres.

Cuando Tamerlán regresó al Turquestán, la India del Norte era presa del hambre y la anarquía. Durante la ausencia del conquistador, el sultán de Egipto se había apoderado de Siria y los turcos otomanos se aprestaban a hacerle la guerra.Los georgianos pasaban a cuchillo las guarniciones mongolas y el Farsistán y Vihorassán se habían  rebelado.

ANKARA: TAMERLÁN CONCEDE UNA TREGUA A BIZANCIO:
Tamerlán estaba impaciente por llegar a Samarcanda y caer sobre el enemigo. Desgraciadamente, su ejército, entorpecido por los esclavos y cargado con un botín enorme, no podía recorrer más que siete kilómetros al día. Por fin, a mediados del verano de 1400, Tamerlán estaba de retorno en su capital y lamentaba no haber aceptado, unos años antes, la alianza con Manuel Paleólogo, que le había pedido unirse a él para aplastar el poderío de los otomanos. Tamerlán había rechazado esta proposición, temeroso de perder el apoyo de las   autoridades   religiosas   del   Islam.

Al frente de 800.000 hombres, invadió, de nuevo, el Asia Menor. Los mamelucos de Egipto, temiendo que Tamerlán aplastara a los turcos y, siguiendo su impulso, invadiera Siria, para atacar después el valle del Nilo, se aliaron con los otomanos e intentaron cercar por el sur a los ejércitos del conquistador. Fueron derrotados en Alepo y Damasco, y abandonaron la lucha, dejando que Tamerlán se enfrentara con Bayaceto.

La batalla se desarrolló el 20 de septiembre de 1402, en la llanura de Ankara; los dos ejércitos se entregaron, «luíanle más de catorce horas, a un furioso cómbate que acabó, ya de noche, con la derrota de  Bayaceto, que fue hecho prisionero y murió en cautividad.  El primer Imperio otomano se hundía así, concediendo a Bizancio una tregua de medio siglo.

El porvenir de los turcos quedó a salvo, gracias a la desparición de Tamerlán, que después de la batalla de Ankara, marchó a su capital Samarcanda, y, en 1404, salió en campaña contra China; la muerte le sorprendió en enero de 1405, y su inmenso Imperio se fragmentó rápidamente.

Los cuatro hijos de Bayaceto habían recuperado parte del dominio paterno y se enfrentaron en luchas fratricidas, hasta que Mohamed I desposeyó a sus competidores y restableció la unidad. Su sucesor, Amurates II (1421-1451) reconstruyó el Imperio.

Guerreó duramente en Europa, en las fronteras de Hungría, con Juan Huniades, y en Servia, con el héroe nacional albanés Scanderbeg. En vísperas de su muerte, Amurates se había convertido en señor de la península balcánica.

Ver: Tamerlán Contra La Horda de Oro

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo V La Gran Aventura del Hombre

Tamerlán Ataca La Horda de Oro en Rusia Invasiones

EL CRUEL LÍDER MONGOL TAMERLÁN CONTRA LA HORDA DE ORO

Tamerlán, de origen mongol turcomando, fue uno de los mas grandes y feroces conquistadores. Convencido de su descendencia del gran Gengis Khan, desde 1364 trató de imitarlo y someter a los kanatos de Transoxiana. Invadió la Mesopotamia oriental, Irán y Armenia.

No aceptaba desafíos y borraba a todo aquel que se atrevía a enfrentarlo. Famoso por su crueldad, violencia e impiedad con el enemigo. Realizó  incursiones en Rusia, Lituania, India, Siria y el Imperio otomano. Como contraposición, se destacó por su amor y mecenazco en las artes y el saber.Uno de sus descendientes, Babur, fundó el gran Imperio mogol de la India. 

Tamerlán

¿QUIENES ERAN LA HORDA DE ORO?: Gengis Khan, fundador del imperio tártaro, había nacido hacia 1167. Procedía de una pequeña tribu de la Siberia oriental y fue proclamado caudillo de los mongoles en 1206. Gengis Khan coincidía con sus vecinos los chinos en afirmar que «lo mismo que sólo hay un sol en los cielos, sólo debe haber un emperador en la Tierra»; así pues, y utilizando su habilidad como táctico y estratega se dispuso a llevar a la realidad tal concepto.

En primer lugar, unió a todos los tártaros mongoles y después les condujo hacia el Oeste atravesando Asia hasta las estepas meridionales rusas y la Rusia central. Moscú, Vladi-mir, Rostov y Kiev fueron saqueadas y los mongoles asolaron el país dejando tras sí una estela de terror y atrocidades. De poco sirvió contra ellos el valor que desplegaron los príncipes rusos.

El obstinado individualismo de los pueblos rusos les convirtió en presa fácil para la clásica táctica tártara, que consistía en rodear regiones separadas y aplastarlas en su incontenible avance hacia el interior. Por otra parte, los rusos se hallaban invariablemente en inferioridad numérica y su sistema militar, que restringía el reclutamiento a las clases altas, les dejaba prácticamente indefensos ante una raza que consideraba a cada hombre como un soldado desde la juventud hasta la vejez.

Los tártaros de Rusia, conocidos por el nombre de Horda de Oro, gobernaron a sus subditos con violencia y crueldad por espacio de más de doscientos años.

Dado que el clima ruso les resultaba poco favorable, habitaban casi siempre cerca de las fronteras y desde allí obligaban a los príncipes rusos a reconocer su soberanía, a pagarles onerosos tributos, proporcionarles soldados y alimentos para sus tropas y a entendérselas con las constantes invasiones tribales en sus territorios.

EL ATAQUE DE TAMELAN: Después de una seguidilla de ataques y con la conquista y matanzas en la ciudad de Ispahán, el ejército se dirigió a Shiraz, donde había vivido, un siglo antes, el poeta Saadí, pero un mensajero informó a Tamerlán que Togtamish, Khan de la Horda Blanca y de la Horda de Oro,  que, tras su victoria de Moscú, había vencido a los lituanos cerca de Poltava, se dirigía contra Samarcanda; Tamerlán reagrupó su ejército y, a marchas forzadas, salió al encuentro de su enemigo. Su regreso fue tan rápido, que obligó a Khan a retirarse ea Transoxiana.

El señor de Samarcanda se preparó para la más gigantesca de sus campañas: la conquista del Kipchak, las estepas de la Rusia del Sur, con el fin de vencer para siempre a Togtamish.

La campaña fue penosa y larga; el ejército de Tamerlán sólo encontraba el vacío ante sí; cuatro meses después de su partida de Yelduz, había recorrido apenas la mitad del camino hasta los territorios de Togtamish.

El Khan evitaba continuamente el combate, obligando a Tamerlán a avanzar cada vez más. Por último, éste cruzó el río Ural y llegó a los alrededores de Samara, donde los dos ejércitoos adversarios se enfrentaron el 19 de junio de 1391. Después de tres días de combates encarnizados, la victoria sonrió a Tamerlán.

El Khan, herido en una pierna por una flecha, se internó en las estepas de Rusia, esperando, pacientemente, la hora del desquite. En 1392, Tamerlán invadió, de nuevo, Irán, pues Shah Mansur había reconquistado Shiraz e Ispahán.

La campaña mongola fue rápida. Siempre en nombre de la guerra santa, Tamerlán decidió entonces combatir a los ismailitas, aquellos herejes del Islam que osaban afirmar que Mahoma no era el último de los profetas, lo cual era contrario a la fe musulmana sunnita o shiita, para las que Mahoma había llevado, definitivamente, a los hombres, el último mensaje de Alá.

Los ismailitas, así como los adeptos de otras sectas, fueron perseguidos y acosados, y desaparecieron de Persia, refugiándose en Asia Menor, donde sus doctrinas tendrían gran influencia.

Tamerlán, prosiguiendo su marcha, penetró en Mesopotamia. Bagdad, abandonada por el sultán a cargo, se rindió sin combatir el 10 de octubre de 1393. Su antiguo señor, despojado de sus tesoros y de su harén, encontró asilo en Egipto.

Tamerlán, no satisfecho de su primera expedición contra los ejércitos de Togtamish, después de reunir un ejército de 300.000 hombres, atravesó de nuevo, en 1395, el Cáucaso y atacó a su enemigo en las riberas del Terek, donde, a pesar de la resistencia heroica de casi 30.000 jinetes, la suerte le fue favorable. Tras este éxito, marchó hacia el norte y alcanzó el Volga.

Se entabló allí una nueva batalla, en la que los dos jefes adversarios libraron un verdadero  duelo.

 Tamerlán iba  a ser muerto por su enemigo cuando, repentinamente, algunos jinetes, viendo a su jefe en peligro, se interpusieron protegiéndolo con una muralla humana.

Togtamish se batió en retirada. Explotando su victoria, Tamerlán emprendió una loca carrera a través de Rusia, aplastando a varias tribus de la Horda de Oro, a las que sorprendiera en las riberas del Dniéper y del Don; la inmensidad de la llanura rusa agotó a las tropas de Tamerlán, que, tras haber alcanzado la ciudad de Elek el 26 de agosto de 1395, volvieron sobre sus pasos.

Los soldados de Tamerlán llegaron al bajo Volga y penetraron en la antigua capital de la Horda de Oro, Sarai, la maravilla de las ciudades mongolas.

La ciudad fue completamente arrasada, hasta el punto de que se. pudo creer que nunca había existido. El mundo se olvidó de Sarai, hasta el siglo XIX, en que los arqueólogos descubrieron sus restos.

Ver: Historia del Principe Alejandro Nevski

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo V La Gran Aventura del Hombre

Tamerlan Vida y Conquistas Conquistador Mongol

RESUMEN: BIOGRAFIA Y CONQUISTAS DEL CRUEL LÍDER MONGOL TAMERLÁN

Tamerlán, de origen mongol turcomando, fue uno de los mas grandes y feroces conquistadores. Convencido de su descendencia del gran Gengis Khan, desde 1364 trató de imitarlo y someter a los kanatos de Transoxiana. Invadió la Mesopotamia oriental, Irán y Armenia.

No aceptaba desafíos y borraba a todo aquel que se atrevía a enfrentarlo. Famoso por su crueldad, violencia e impiedad con el enemigo. Realizó  incursiones en Rusia, Lituania, India, Siria y el Imperio otomano.

Como contraposición, se destacó por su amor y mecenazco en las artes y el saber.Uno de sus descendientes, Babur, fundó el gran Imperio mogol de la India. 

Líder Mongol de nombre Timur, luego Tamerlán (Cojo)

Nacido en 1336, en el Turquestán, se consideraba ya heredero de Gengis Khan cuando aún no tenía dieciséis años. Contando sólo con su juventud y con su audacia, intrigó desde muy pronto, se asoció a las conjuraciones de diferentes príncipes de Transoxiana, y denunció al emir de Kashgán a los principales jefes de los conjurados  que intentaban deponerlo.

A cambio de esta traición, recibió de su soberano, en matrimonio, a su nieta, la bella Aldjai, así como los honores debidos a un pariente del emir Bayaceto Djelair, compartiendo el gobierno de Transoxiana.

La Transoxiana era un país rico y fértil, en el que florecían, gracias al comercio y al tránsito de mercancías por la ruta de la seda, grandes ciudades (Bujara, Samarcanda, Balk). Los gobernantes, incapaces de imponer su propio clan y de librarse los unos de los otros, se soportaron hasta el día en que los ejércitos de Tugluk Khan, jefe de los mongoles Djagatay, establecidos en Turquestán, franquearon el Oxus.

Cuenta la historia que Timur fue el único que, tras haber consultado los oráculos, llegó a postrarse a los pies de Tugluk Khan, y lo hizo tan humildemente, que se le concedió una capitulación honorable y recibió de su nuevo señor la regencia de Transoxiana.

Sin embargo, algún tiempo después, por haber sido incapaz de reprimir una rebelión, cayó en desgracia y perdió la regencia, que fue concedida al hijo del Khan.

Timur juró reconquistar el poder, y recorrió las tribus, exaltando su espíritu de independencia, exhortándolas a liberar la Transoxiana, pero fue denunciado y tuvo que huir con sesenta de sus fieles.

Durante tres años, ocultándose en los valles más profundos, en las mesetas más aisladas y en las montañas más inaccesibles, consiguió escapar a sus perseguidores; poco a poco, sus compañeros fueron abandonándolo, y, al final, sólo quedaron siete, con los que, en el curso de una diabólica cabalgada, Timur conquistaría un Imperio.

Era inalcanzable, y no tardó en convertirse en un personaje de leyenda, en un ser fabuloso, invencible, protegido por Dios. Muy pronto, doscientos jinetes, procedentes de Jorasán, se unieron a él.

Su audacia no necesitaba más. Timur y sus partidarios, disfrazados de mendigos, se introdujeron en Samarcanda, con objeto de provocar una revuelta, pero esta tentativa fracasó y tuvo que tomar, de nuevo, el camino del desierto, acompañado esta vez por más de mil guerreros. Esto suponía ya una victoria.

El emir de Seistán acababa de ser expulsado de su reino, y Timur le ofreció ayudarlo a conquistar el poder. No fue recompensado; el emir, temiendo a este aliado demasiado poderoso, lo atacó de improviso.

En el curso de esta emboscada, Timur fue herido en el codo derecho y en una pierna, que le quedó rígida para siempre; pero le valió el sobrenombre de Timur Lenk, el Cojo, que en nuestra lengua se convirtió en Tamerlán. Después de esta victoria conseguida sobre el emir de Seistán, Tamerlán reunió a la mayoría de las tribus turco-mongolas de Transoxiana, y venció a Ilyas Khodja, hijo de Tugluk, obligándolo a abandonar Samarcanda, pero el poder se le escapa una vez más.

El consejo de los emires nombró Khan, bajo la presión de Hussein, cuñado de Tamerlán, a un sombrío descendiente de Gengis Khan, un viejo derviche que vivía como un ermitaño, Kahil Sha.

Tamerlán decidió librarse de Hussein; después de diversas peripecias, los dos hombres, antiguos compañeros de miseria, se enfrentaron con sus ejércitos respectivos. Hussein fue derrotado, y Tamerlán fue recibido, el 10 de abril de 1370, con todos los honores, en Samarcanda, que se convirtió en su capital.

tamerlan vence a bayaceto

Cuando Tamerlán derrotó y capturó a Bayaceto, encerró al sultán turco en una jaula y lo hizo transportar hasta que murió.

LA GUERRA SANTA Y SUS CONQUISTAS: Como su ilustre predecesor de su ídolo, reorganizó la Transoxiana. Tamerlán, que siempre había halagado a los jefes espirituales musulmanes, tratando con miramiento a los descendientes del profeta, los  doctores de la  ley, los filósofos, los derviches y hasta a los más humildes ermitaños, dio a su pueblo el impulso vigoroso de una misión divina, proclamando la guerra santa contra los infieles y contra los que, decía, habían perdido la verdadera fe y se complacían en el vicio.La conquista podía comenzar.

En 1379, Tamerlán franqueó el Oxus, para someter a Persia. La rica provincia de Jorasán fue la primera en ser dominada. El ejército marchó después hacia Herat (1381).

El sultán ofreció su rendición, y Tamerlán penetró en la ciudad, la joya de Afganistán, sin saber que el gobernador de la plaza había proyectado asesinarlo durante las fiestas conmemorativas de su victoria. La conjura fue descubierta, y Herat se convirtió en una ciudad mártir.

El Seistán fue la siguiente víctima: su capital, que, según la leyenda, había sido fundada por Nemrod. fue arrasada, y su población, pasada a cuchillo. Tamerlán exigió, seguidamente, la sumisión del sultán de Shiraz, advirtiéndole que tres plagas acompañaban a sus ejércitos: la deportación, la esterilidad y la peste.

El sultán cedió y murió poco después.

Después de estos acontecimientos, Tamerlán reunió sus fuerzas y proyectó proseguir la conquista de Irán, pero un descendiente de Gengis Khan, Togtamish, vasallo de la Horda Blanca, cuyo Imperio se extendía al este de la Horda de Oro, le pidió ayuda para reconquistar sus dominios, de los que acababa de ser expulsado por su   tío  Togtamish   pudo   recuperar,   así, sus antiguas tierras; se convirtió, tras aplastar una rebelión de príncipes rusos contra la Horda de Oro, en dueño de las estepas, desde el mar Negro hasta el Aral, y unificó las dos Hordas, de las que fue nombrado Gran Khan.

Una vez poderoso, olvidó a su antiguo protector, exigiéndole obediencia y arrebatándole Tabriz. Tamerlán, con cien mil jinetes, atravesó el Luristán, se apoderó de Hamadán—la antigua Ecbatana, capital de los medos—y reconquistó Tabriz. Franqueó, después, el Araxes y penetró en Georgia. Bragat V, rey de Georgia, asediado en Tiflis, su capital, resistió heroicamente, pero la ciudad, cuyas casas eran casi todas de madera, fue incendiada con pinas azufradas, con pez y estopa, lanzadas por los mongoles como granadas. La persecución se. extendió a toda Georgia, que fue arrasada a sangre y fuego.

Tamerlán prosiguió su avance y franqueó el Cáucaso, destruyendo a su paso todas las ciudades. Luego, retornando hacia el sur, penetró en Armenia. La región comprendida entre el Kur y el lago Van fue saqueada, y los cristianos, quemados vivos en sus iglesias. El ejército turco-mongol volvió a descender hacia Azerbaiján, y, tras un recorrido de mil quinientos kilómetros, avistó Ispahán.

El gobernador se dirigió a Tamerlán para entregarle las llaves de la ciudad, y los conquistadores, tras comprometerse a no saquearla, entraron en ella. Pero, muy pronto, la población no pudo soportar a aquellos bárbaros y se rebeló, matando a los tres mil hombres dejados por Tamerlán como guarnición.

Tamerlán, al enterarse de este motín, volvió a poner cerco a la ciudad y ordenó a sus setenta mil jinetes que le trajeran las cabezas de los habitantes de la misma, con las que hizo edificar sangrientas pirámides. La ciudad fue saqueada durante veinte días e incendiada. La población que escapó a la matanza y al fuego, huyó a las montañas, donde pereció de hambre y de frío.

Tamerlán murió el 18 de febrero de 1405, cerca de Shimkent (hoy en día enKazajstán), cuando encabezaba una expedición contra China

Ver: Tamerlán Contra La Horda de Oro

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo V La Gran Aventura del Hombre

Economía en el Reinado de los Reyes Catolicos

La Economía en el Reinado de los Reyes Católicos

EL ORDEN Y LA CENTRALIZACIÓN
En vísperas de las grandes conquistas coloniales, España tiende a empobrecerse, cada vez más. Sin duda alguna, las luchas políticas y las guerras civiles aceleraron esta tendencia.

A finales del siglo XV, la agricultura se encuentra en franca decadencia. En lo sucesivo, la ganadería se impone en las campiñas españolas y la trashumancia del carnero se convierte en la principal actividad.

El Tesoro Real se encuentra también en gran penuria. Las recaudaciones son escasas; el rey no percibe más dinero que el procedente de las rentas de sus dominios, del monopolio establecido sobre la sal, y del comercio, en la medida en que el Estado descontaba, previamente, un impuesto del 10 por 100, «la alcabala», sobre todas las transacciones comerciales.

De una manera general, los nobles no son contribuyentes, aparte del «servicio de lanzas», que permite equipar al ejército. El clero, en esta época, todavía no está exento.

La necesidad de encontrar dinero se convertirá en una verdadera obsesión de la monarquía española, que no vacilará en utilizar todos los recursos posibles y, en particular, los de las grandes Ordenes Militares y religiosas.

Reyes Católicos de España

En 1476, muere el Gran Maestre de la Orden de Santiago. Isabel consigue arrancar al Papa una bula por la que obtiene la administración del Maestrazgo.

En 1523, la mayor parte de las grandes Ordenes han sido vinculadas a la corona, con sus rentas. Este es el caso de las Ordenes de Calatrava, de Alcántara y de Santiago.

No obstante, para afianzar su poder, los Reyes Católicos no podían contentarse con medidas financieras limitadas. Toda la experiencia de los decenios pasados exigía poner fin a la anarquía y a la disgregación del poder.

El desarrollo económico y la estabilidad estaban ligados a una reorganización centralizada del país y, en consecuencia, a un reforzamiento de la autoridad real frente a las veleidades de poderío de los nobles.

Los Reyes Católicos emprendieron esta lucha, reduciendo, además, el poder de las instituciones municipales y de las Cortes.

En cada ciudad, fue establecido, al lado de los regidores, un «corregidor», nombrado por el rey, que tenía como misión controlar la administración y que, poco a poco, gracias a los plenos poderes de que estaba investido, llega a ser el verdadero gobernador de la ciudad.

Siguen existiendo las asambleas municipales, elegidas o sacadas a suerte, pero, las listas de elección se hacen bajo la intervención del gobierno.

Las Cortes entran también en esta época en una fase de decadencia, pero el rey no tiene interés en enterrarlas totalmente, ya que su voto era necesario para la recaudación de nuevos impuestos.

De hecho, las Cortes no se reunirían más que episódicamente, a veces con interrupciones muy largas, como la de 1482 a 1497.

En Castilla, los diputados de la nobleza no son ya invitados, bajo pretexto de que, al no pagar impuestos, se desinteresan de la cuestión financiera. Quedaban los procuradores de las ciudades, pero éstos habían sufrido un cambio análogo al de las municipalidades y, de este modo, las Cortes se transforman en asambleas bastante sumisas.

La autoridad real se refuerza, las Cortes se debilitan y las leyes locales, los «fueros», son limitadas.

En las ciudades se crean las «hermandades», tribunales que sirven de infraestructura al poder real. De estos contingentes es de donde los reyes sacaban milicias fieles, como hicieron para la expedición contra el reino de Granada.

El ejército también fue reorganizado, empleándose un nuevo armamento compuesto de piezas de artillería. Un hombre desempeñará un gran papel en esta modernización: Gonzalo de Córdoba.

Se crearon nuevas unidades, la «coronelía», formada por doce «capitanías», armadas de picas, espadas y arcabuces, que constituían un conjunto temible. La flota, a pesar de algunos progresos, sigue siendo insuficiente.

El rey distribuye numerosas primas para la construcción, pero la penuria de las recaudaciones es demasiado grande.

El conjunto del ejército, compuesto de soldados llamados a filas (un hombre por cada doce), de mercenarios y de voluntarios, sigue estando mal pagado.

Al alborear el siglo XVI, los grandes descubrimientos de Cristóbal Colón serán el fruto de todo este esfuerzo de reorganización y de centralización emprendido por los Reyes Católicos.

Poco a poco, el centro del gran comercio mundial pasará del Mediterráneo al Atlántico.

En el plano continental, Fernando sigue estando muy preocupado por la extensión de la fe y no vacilará en entrar en 1511-12, con el emperador Maximiliano, en la «Santa Liga», presidida por el Papa Julio II.

Se trataba de la defensa de Italia y de la Iglesia, amenazadas por Luis XII.

España tiene la convicción de volver a empezar la lucha contra los infieles, y sus soberanos esperan lograr, una vez más, por este medio, la consolidación de lo que es esencial para ellos: la unidad española.

Fernando estaba dispuesto a confiar a un príncipe español la sucesión del reino.

Pero, en el año 1504, muere Isabel, dejando como heredera a su hija, Juana, llamada la Loca, que estaba casada con Felipe el Hermoso, hijo del emperador Maximiliano y de María de Borgoña.

La posibilidad de que el trono fuese ocupado por una desequilibrada había inquietado a las Cortes de Castilla, las cuales habían decidido, desde el año 1502, reconocer a Felipe como príncipe heredero, en el caso en que Juana se viera incapacitada para reinar.

A partir de esta época, una sorda hostilidad se esta entreblece entre el rey y el príncipe heredero. Se había entablado una verdadera lucha política que amenazaba, una vez más, la paz reino.

Fernando se apoyaba, fundamentalmente, en el sentimiento nacional, en las tradiciones, en la paz lograda en su lucha contra el príncipe extranjero, el cual por su parte, trataba de ganarse la simpatía de todos los nobles ofendidos por las medidas de Fernando.

El conflicto podrá ser evitado. El 25 de septiembre de 1506, Fernando muere….y comienza otra historia. (Ver: Carlos I de España)

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo V La Gran Aventura del Hombre

Historia de la Toma de Granada y La Expulsion de Judíos

Historia de la Toma de Granada y La Expulsión de Judíos

La elevación de Isabel al trono de Castilla se llevó a cabo, pero con  dificultades. Los partidarios de la Beltraneja, consiguieron desencadenar una guerra civil.

A comienzos del año 1477, Fernando e Isabel logran reconquistar su país.

En cuanto a la Beltraneja, abandonada por todos aquéllos de los que había sido juguete, desapareció completamente de la vida política, retirándose a un convento.

Reyes Católicos de España: Fernando de Aragón e Isabel de Castilla

Isabel y Fernando toman ambos el título de «Reyes». Sin embargo, la fusión de los dos reinos está lejos de haberse logrado.

Isabel es «legítima propietaria» de Castilla, cuya administración comparte con su esposo, solamente, en aquello que le parece oportuno. Cada reino conserva su personalidad, su sello y sus armas.

En las monedas se graban las efigies de los dos soberanos. En realidad, Castilla es la que va a beneficiarse de esta unión.

Estado más rico y poblado, se aprovechará de la toma de Granada, así como de los descubrimientos. La muerte de Isabel, en 1504, originará una temporal separación a la que pondrá fin el fallecimiento de Fernando en  1516.

Los Reyes Católicos se dedicaron a fortalecer el poder real, incautándose de las Maestranzas de las Ordenes Militares y de las plazas marítimas, y creando la Santa Hermandad para la policía de caminos. Dictaron las leyes que se conocen con el nombre de Ordenamiento de Montalvo.
Establecieron el Tribunal de la Fe, llamado asimismo Inquisición o Santo Oficio, para lograr en España la unidad religiosa. Fue el primer Inquisidor general fray Tomás de Torquemada, de proverbial severidad.

LA INQUISICIÓN: TORQUEMADA

A pesar de las peculiaridades de cada reino, existía una institución común: la Inquisición.

Al comienzo, hubo, por parte de Isabel, una real preocupación de unificación religiosa, pero, muy rápidamente, esta institución tomará un cariz tanto político como religioso.

Torquemada

En el plano político, la Inquisición llegará a ser exponente del poder absoluto. Ante una demanda no pública de Isabel y Fernando, el papa Sixto IV firmó la bula estableciendo la Inquisición en Castilla, el 1º de noviembre .de 1478.

A partir de este momento, el rey nombraría a tres obispos, asistidos por sacerdotes, con plena jurisdicción sobre varios delitos, muy especialmente el de herejía.

El primer tribunal se establece en Sevilla, el 17 de septiembre de 1480. El primer auto de fe se celebró en 1486.

Para el cargo de Inquisidor General, es elegido el confesor de los soberanos, Tomás de Torquemada, hombre celoso, con fama de despiadado, que dará a la Inquisición su carácter atroz y sombrío.

Desde entonces, todos los recursos del Estado estarán a disposición de los inquisidores. Las penas varían, pasando de la simple reprimenda a la condena a galeras a perpetuidad.

Si el acusado es irrecuperable, es decir, si, por ejemplo, se niega a confesar, la Inquisición lo considera como excluido de la comunidad cristiana y lo entrega al brazo secular.

La sentencia de muerte es pronunciada por la justicia real. La hoguera se levantaba, generalmente, fuera de las poblaciones. Si el condenado se retractaba o se confesaba, era estrangulado antes de ser quemado; si no, era quemado vivo, con sus libros, si se trataba de un escritor.

DESARROLLO DE LA TOMA DE GRANADA

Decididos a comenzar su reinado con una acción brillante, los Reyes Católicos quieren aumentar su prestigio acabando la Reconquista, paralizada desde hacía algunos decenios. A mediados del siglo XV, los moros conservaban todavía una franja de territorio alrededor de Granada.

Iniciaron la guerra al rey de Granada, Müley-Hacen, exigiéndole el pago del tributo que a Castilla debían los granadinos desde los tiempos de San Fernando.

Comenzó la campaña en 1482, a pesar de las amenazas del sultán de Turquía, a las que contestó el rey  Fernando ordenando a su almirante l la toma de los Dardanelos, y que el almirante realizó.

El marqués de Cádiz se apoderó de Alhama, y luego fue acometida Loja.

El trono de Granada fue a parar en 1484, por una sublevación, a mano de Boabdil, hijo de Muley-Hacen. Boabdil cayó prisionero de los cristianos, pero el rey Fernando le dio libertad para fomentar discordias entre ellos mismo…así ocurrió.

Los zegríes, defensores del padre, y los abencerrajes, partidarios del hijo, pelearon.

Cuando murió Muley-Hacen, Boabdil tuvo otro contrincante en su tío El Zagal.

En 1486 era único rey Boabdil, de cuyas ciudades iban apoderándose los Reyes Católicos.

En 1487 se rindió Málaga, y en 1491 se puso el campamento a dos leguas de Granada, y fue al campamento para dar ánimos a sus soldados, la reina Isabel.

Gonzalo de Córdoba, Hernán Pérez del Pulgar, el de las hazañas, y otros muchos se distinguieron en el asedio de Granada.

Pérez del Pulgar, que ya se había hecho famoso por sus arriesgadas empresas en los cercos de Loja y de Málaga, realizó la más famosa de todas en el sitio de Granada. Es la que lleva el nombre del Ave María.

Arrodillándose a la puerta de la iglesia de Alhama, ciudad en que se encontraba, hizo voto de entrar en Granada, poner fuego a la Alcaicería y tomar posesión de la Mezquita Mayor de la capital mora, para Iglesia Mayor.

Este voto corrió de lengua en lengua por Alhama, y, por lo arriesgado de la empresa, se empezó a decir lo que luego quedó como refrán: «Con Pulgar is, la cabeza lleváis pegada con alfileres».

Pérez del Pulgar hizo que en un pergamino se escribiera en latín el Ave María, el Padre Nuestro, el Credo y la Salve, y debajo, en castellano, el auto con la toma de posesión de la Mezquita.

La noche del 17 de diciembre de 1490, con sus quince escuderos, se encaminó a Granada. Llegó a las puertas de la ciudad al oscurecer del día siguiente; previno a su gente de todas las contingencias que podían ocurrir, y a la media noche, burlando las escuelas y guardias, logró penetrar en Granada, vadeando el Darro.

Con seis de los suyos se encaminó por las tortuosas calles de la ciudad, con todo sigilo. Entre una y dos de la madrugadaa llegaron a la puerta de la Mezquita, en la que Pérez del Pulgar clavó con su puñal el pergamino que llevaba dispuesto.

Encendieron un hacha de cera que también llevaban preparada, rezaron las oraciones y leyeron el auto de toma de posesión.

Fueron después a la Alcaicería, pero no pudieron prenderle fuego de momento porque el escudero Tristán de Montemayor había apagado la cuerda que traían encendida.

Entonces otro escudero, Diego de Baena, se ofreció a ir a encender un puñado de esparto en el hacha que había quedado encendida a la puerta de la Mezquita, y así lo hizo, pero al regreso tropezó con el guarda del Zacatín, y la lucga que emprendieron alborotó a los moros.

Los expedicionarios hubieron de salir precipitadamente de Granada por el lecho del río.

La fundación de Santa Fe, cuando se quemó el campamento cristiano, fue prueba de la firme decisión de los Reyes Católicos.

Granada capituló, y el 2 de enero de 1492 penetraron en ella los Reyes Católicos.

Con la expulsión de los judíos, que se decretó el mismo año, quedó hecha la unidad religiosa de España.

LAS PERSECUCIONES  A JUDÍOS Y MOROS:

En 1492, el terror se abate sobre los judíos. El 30 de marzo, se firmó un edicto conminando a la población judía a convertirse antes del mes de julio o a abandonar el reino.

Los que desobedecieran esta orden, debían ser condenados a muerte. Se convirtieron 50.000 judíos, pasando a la categoría de marranos.

Emigraron 175.000, y unos 20.000 perecieron. La mayor parte de los refugiados se dirigió a Italia, donde fueron, más o menos, bien acogidos.

Otros huyeron a Marruecos, al reino de Fez, pero allí fueron degollados por los musulmanes o vendidos como esclavos.

Su refugio más seguro fue, sin duda alguna, Turquía, gracias a su sultán, que veía con satisfacción la llegada de mano de obra. En cuanto a los 80.000 judíos refugiados en Portugal, su vida se convirtió muy pronto en un calvario.

Una represión idéntica se abatió contra otros «herejes»: los musulmanes.

La población mora podía dividirse en dos categorías, los que se habían convertido desde hacía largo tiempo y que se encontraban diseminados por todo el país, y los que conservaban su religión, que se encontraban localizados, sobre todo, en Aragón, Valencia y Cataluña.

Población esencialmente campesina, los musulmanes, de inmediato, no sufrieron la misma represión que los judíos.

Tras la capitulación a que hemos hecho referencia, la conquista de Granada y de sus 400.000 habitantes, el 2 de enero de 1492, complicó la situación. Los moros se convirtieron en un peligro político y religioso.

Sin embargo, Fernando e Isabel habían aceptado en su Convención de 1491 reconocerles, e incluso garantizarles, sus derechos.

El arzobispo Hernando de Talavera, nombrado para la sede de Granada, obraba con mucha prudencia y tolerancia. En 1499 esta Convención será violada.

Las pocas conversiones obtenidas llegan a hacer sospechoso a Fray Hernando. La Inquisición va a ser, entonces, introducida en el reino de Granada.

El 18 de diciembre de 1499, son bautizados 3.000 musulmanes. El 26 de febrero de 1500, se decretó una amnistía para los «delitos cometidos antes del bautismo» y 60.000 personas se convirtieron.

Pero la violación progresiva de la Convención de 1491 provocó numerosas rebeliones, entre ellas la de Ronda, en enero de 1501. Finalmente, Fernando dominó estas sublevaciones utilizando tanto la persuasión como la represión.

En septiembre de 1501, casi todos los moros de Granada se convirtieron, más o menos espontáneamente, y pasaron a ser moriscos (moros convertidos).

En Castilla y en León, algunos grupos refractarios se negaron a seguir este camino. El 12 de febrero de 1502, un edicto ordenó a los moros de Castilla abandonar el país antes de terminar el mes de abril, o aceptar el bautismo.

No teniendo otra salida más que huir a Portugal o a Aragón, sin poder llevar consigo a sus hijos, la mayor parte de ellos acabaron por ceder.

Nos encontramos, pues, en esta época ante dos reinos distintos, unidos por sus soberanos y por una lucha común contra los infieles.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo V La Gran Aventura del Hombre

Enrique VII de Inglaterra Gobierno y Economia del Reinado

RESUMEN DE LA BIOGRAFÍA DE ENRIQUE VII DE INGLATERRA – SU GOBIERNO Y LA ECONOMÍA

Enrique Tudor, fue rey de Inglaterra desde 1485 hasta 1509 (fecha de su muerte), conocido en la historia como Enrique VII. Fue el primer monarca de la Casa Tudor, cuyo reinado dio paso a un periodo de unidad nacional después de los conflictos del siglo XV.

Enrique VII de Inglaterra

Era hijo de Edmundo Tudor, conde de Richmond (c. 1430-1456), y Margarita Beaufort, condesa de Richmond y Derby (descendiente directa de Juan de Gante, duque d

Después de que el rey Eduardo IV (de la Casa de York) arrebatara el trono a Enrique VI (de la Casa de Lancaster) en 1471, Enrique Tudor, que pertenecía a la Casa de Lancaster, tuvo que refugiarse en Bretaña.

ENRIQUE LLEGA AL PODER: Enrique Tudor, duque de Richmond, era el último representante de los Lancaster, puesto que descendía, por parte de su madre.

Adolescente enfermizo, pero reflexivo y tenaz, vivía en Bretaña desde la derrota del partido de la Rosa Roja. Cuando en 1484 murió el hijo único de Ricardo III, los numerosos adversarios de este último pusieron todas sus esperanzas en el joven Tudor; alimentaban el gran proyecto de casarlo con la hija de Eduardo IV, Isabel de York, uniendo, así, las dos casas de York y de Lancaster para poner fin a una guerra de la que todos estaban cansados.

Ricardo III, viudo de Ana Neville, pensó casarse con su joven sobrina para cortar de raíz estos proyectos; pero tropezó con tal resistencia por parte de la nobleza y de la burguesía que tuvo que abandonar este propósito.

El 10 de agosto de 1485, Enrique Tudor, sostenido por Francia, partió de Honfleur con 2.000 soldados, refugiados ingleses y aventureros bretones, y desembarcó en Milford Haven.

El encuentro con el ejército real ocurrió el 20 de agosto en Bosworth. La batalla fue sangrienta, llegándose al cuerpo a cuerpo.

Pero Ricardo, a pesar de la ventaja del número, fue traicionado por algunos grandes señores y se encontró  cercado;   se  negó  a  huir,  declarando «que moriría como Rey de Inglaterra», y después de haber combatido valientemente, fue muerto de un hachazo.

Enrique Tudor fue coronado y se casa con Isabel de York, de esta forma fueron unidas la Rosa Blanca y la Rosa Roja. Desde entonces, comenzó para Inglaterra un largo período de paz y de prosperidad.

ENRIQUE VII TUDOR E IRLANDA
El nuevo soberano no poseía ninguna de las virtudes caballerescas de sus predecesores, pero se reveló como un gran hombre político. Avaro, supo amasar una inmensa fortuna que le permitió no tener que recurrir al Parlamento en solicitud de subsidios.

Aprovechando la extrema debilidad de la nobleza después de esta larga crisis y del deseo de paz de la burguesía, supo, hábilmente, reducir los antiguos privilegios de la primera, favorecer los negocios de la segunda, y aliarse a la Iglesia para combatir la herejía, asentando el poder monárquico sobre bases sólidas.

De su reinado data la instauración en Inglaterra de una monarquía absoluta. Todo esto no se llevó a cabo sin oposición; dos nuevos pretendientes al trono trataron de imponerse durante los primeros años de su reinado.

Inglaterra, desde la Guerra de los Cien Años, se había desinteresado de Irlanda, que había adquirido una cierta autonomía de hecho y cuyo Parlamento decidía sus asuntos.

El duque de Clarence, segundo hermano de Eduardo IV, gobernador de la isla, nunca había estado en ella, dejando el poder al conde Tomás de Kildare, perteneciente a la poderosa familia irlandesa de los Geraldine. Por otra parte, Irlanda era favorable a los York y se mostró hostil a Enrique VII.

Así, cuando en el año 1485, un apuesto joven de Oxford, Lamber Symmel, pretendió ser Warwick, hijo del duque de Clarence, los irlandeses se apresuraron a reconocerlo y a ceñirle la corona real. Y aunque Enrique VII, para denunciar la impostura, paseó al verdadero Warwick, que se encontraba encerrado en la Torre de Londres, por las calles de la capital, Margarita de York, viuda de Carlos el Temerario, sostuvo a este pretendido sobrino y le envió 2.000 soldados.

A la cabeza de 8.000 hombres, el 4 de junio de 1487, Lambert Symmel, que había tomado el nombre de Eduardo VI, desembarcó en las costas del Lancashire, fue derrotado en Stoke por el ejército real y hecho prisionero.

Se vio obligado a confesar que no era más que el hijo de un panadero de la ciudad de York, y, Enrique VII, para humillarlo, le concedió un empleo de pinche en las cocinas reales; este desgraciado pretendiente terminó como halconero del rey.

Enrique VII se apoyo, para gobernar, en tres grupos sociales: el primero de ellos era la gentry o aristocracia rural, compuesta por nobles propietarios de tierras feudales y burgueses enriquecidos con la compra de inmensos dominios; era necesario entregar al tesoro real un censo mínimo de veinte libras para formar parte de esta gentry, la cual obtenía, entre otros privilegios, el de desempeñar las funciones de juez de paz.

Los yeomen constituían el segundo grupo sobre el que se apoyaba la monarquía; pequeños terratenientes que entregaban, por lo menos, cuarenta chelines al rey, lo que les permitía intervenir en las elecciones del condado y formar parte del jurado.

Estos yeomen, caballeros o plebeyos, se aprovechaban del progreso de las técnicas agrícolas y se enriquecían rápidamente.

Finalmente, con su política de paz y de apoyo activo al comercio y a la industria, el rey agrupó tras de sí a los comerciantes y banqueros, cuyo poder aumentaba sin cesar. Gracias a estos sólidos apoyos, Enrique VII pudo prescindir del Parlamento, que no fue convpcado más que siete veces en 24 años, y de la nobleza; gobernó asistido por su consejo privado, cuyos miembros eran reclutados entre los hijos de burgueses procedentes de las grandes universidades.

LANA Y MAR EN LA ECONOMÍA: Inglaterra se dedicaba, desde hacía largo tiempo, a la cría de ganado lanar; esta actividad alimentaba la industria más importante del país: la textil. A fines del siglo xv, la reglamentación del trabajo fue severamente sometida al Parlamento y no a las corporaciones: no obstante, las corporaciones de tejedores seguían siendo muy potentes, sobre todo, en las grandes ciudades textiles, como Norwich.

Enrique VII favoreció también el desarrollo de la pesca: puertos como Berwick, Grimsby y Yarmouth fueron ampliados o acondicionados para la pesca del salmón, 3d oacalao y del arenque.

La extracción del hierro aumentaba en Sussex y Kent, y la industria metalúrgica de Sheffield era una de las primeras de Europa. Pero el progreso más notable se produjo en el comercio. Enrique VII, queriendo hacer de su país una gran potencia comercial, impulsó, ante todo, el desarrollo de la marina mercante; creó un arsenal en Portsmouth, hizo construir barcos que fletaba arrendándolos a los comerciantes, y financió expediciones, como la de Juan Cabot a Terranova.

Bajo su reinado, el Parlamento tomó dos acuerdos sobre navegación, concernientes al comercio de la lana y del vino, que fueron la base de la legislación marítima inglesa: en adelante, el comercio de estos productos con el extranjero debía hacerse, exclusivamente, sobre navios ingleses con tripulación inglesa. Para reducir el poder de la Liga Hanseática, Enrique VII la despojó de los monopolios de que gozaba en Inglaterra, y firmó tratados de comercio con los Países Bajos, Dinamarca y Riga.

Inglaterra importaba todos su objetos de lujo: la seda, los vinos y el azúcar de Italia; las especias y los tejidos finos de Gascuña y de Flandes. Para favorecer el comercio, el rey concedió privilegios a los venecianos y a la corporación de los comerciantes ingleses; la lonja, que estaba administrada por alcaldes elegidos, fijaba los precios máximos, fiscalizaba el pago regular de las aduanas reales y juzgaba los procesos.

Los puertos conocieron una actividad febril. Los del norte, Newscastle, Boston y Mull exportaban carbón y comerciaban con Noruega; los del sur, Plymouth, Southampron y Dover, se orientaban hacia el continente y el Mediterráneo; Bristol, gran importador de vinos, mantenía estrechas relaciones con Irlanda.

Si Inglaterra se convirtió en el curso de algunos años en una potencia marítima, se lo debió a su rey, que prefirió siempre la paz a una política de guerras y de conquistas. A finales del siglo, Enrique VII desempeñaba el papel de arbitro en Europa; se abstuvo de intervenir en las guerras continentales y dejó a Carlos VIII anexionarse la Bretaña.

Cuando este último partió a guerrear en Italia, firmó, como precio de su neutralidad, el tratado de Etaples, que reportó a Inglaterra 745.000 escudos. Finalmente, buscó la alianza de España y casó a su hijo mayor, Arturo, con Catalina de Aragón, hija de Isabel y de Fernando. Estos le hicieron unirse a la Liga Santa contra Francia.

A su muerte en 1509 dejaba a su hijo Enrique VIII, un reino poderoso y próspero, en que no quedaba un rastro de la larga guerra civil que lo había desgarrado.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo V La Gran Aventura del Hombre

El Directorio de la Revolución en Francia Objetivos

El Directorio de la Revolución en Francia – Napoleón Bonaparte

La era revolucionaria defines del siglo XVIII fue testigo de una extraordinaria transformación política. Revueltas revolucionarias que comenzaron en América del Norte y continuaron en Francia fueron el origen de movimientos por la libertad y la igualdad políticas.

Los documentos generados estas revoluciones, la Declaración de Independencia y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, constituyeron las ideas fundamentales de la Ilustración y dejaron asentada una agenda política liberal fundamentada en la creencia de la soberanía popular —el pueblo es la fuente del poder político— y de los principios de libertad e igualdad.

La libertad, con frecuencia limitada en la práctica, significaba, en teoría, verse libre del poder arbitrario, así como libertad de pensamiento, de expresión y de credo. Igualdad significaba igualdad de derechos e igualdad de oportunidades basada en el talento más que en el origen por nacimiento. En la práctica, la igualdad permaneció limitada; aquellos que poseían propiedades tenían mayores oportunidades de voto y para conseguir puestos públicos, a la vez que ciertamente no había igualdad entre hombres y mujeres.

Los caudillos de la revolución liberal de Francia, llevada a cabo entre 1789 y 1791, eran propietarios, burgueses y de la nobleza, pero tuvieron el apoyo de la gente común, los plebeyos, tanto los sans-culottes como los campesinos.

Con todo, la revolución liberal, a pesar de las esperanzas de quienes eran propietarios, no constituyó el fin de la revolución. La decisión de los revolucionarios de ir a la guerra «revolucionó la revolución» y abrió las puertas a una etapa más radical, democrática y violenta.

Los excesos del Reino del Terror, sin embargo, corndujeron a una reacción, primero, bajo el del Directorio y más bajo el mando de Napoleón, cuando los propietarios deseaban sacrificar la libertad a cambio de orden, seguridad y opon económica.

Napoleón, al tiempo que disminuyó las libertades estableciendo el orden y centralizando el gobierno, con visión y astucia conservó la igualdad de derechos y la apertura de oportunidades al talento de las personas e integró a la burguesía, la antigua nobleza en una nueva élite de propietarios. Así, pesar de la retórica revolucionaria antiaristocrática y la pérdida de sus privilegios, los nobles siguieron siendo importantes propietarios.

Napoleón Bonaparte Militar Francés

EL DIRECTORIO: La tercera etapa de la Revolución se inició después de que concluyó la Dictadura del Terror de 1794; estuvo en manos de un grupo de políticos que representaba, sobre todo, los intereses de la burguesía financiera y de negocios.

El sistema político que implantaron en 1795 fue una República que depositaba el poder Ejecutivo en manos de un grupo de personas que recibían el nombre de Directorio, y el Legislativo a dos cámaras: la de los Quinientos y la de los Ancianos.

La Constitución había sido aprobada por plebiscito en septiembre de 1 795. Su Declaración de Derechos suponía un retroceso con respecto a la aprobada en 1789: sólo quedaba recogida la igualdad ante la ley y no contemplaba ningún derecho social, mientras que definía con precisión el derecho de propiedad.

Los políticos del Directorio con dificultad lograron mantenerse en el poder, amenazados siempre por la presión de los partidarios de la restauración de la monarquía. El Directorio deseaba la estabilidad y el orden interno para consolidar una República conservadora que fuera la primera potencia de Europa.

Los deseos del régimen tropezaron con dificultades internas, como la crisis económica provocada a raíz de la supresión de. control de precios y salarios, la cual repercutió de forma negativa en las capas sociales más deprimidas y en la situación financiera del Estado, cada vez más dependiente de los botines de guerra.

El periodo del Directorio fue una época de estancamiento, corrupción y rapiña, una reacción materialista a las penurias y sacrificios exigidos en el Reinado del Terror y la República de la Virtud. Los especuladores hicieron grandes fortunas en forma de bienes raíces, aprovechándose de los graves problemas monetarios del gobierno. Trajes muy elaborados, que habían pasado de moda debido a su identificación con la nobleza, volvían al uso ahora. Los juegos de azar y la ruleta volvieron a adquirir popularidad.

El gobierno del Directorio tuvo que enfrentar a enemigos, tanto de derecha como de izquierda, desde el punto de vista del espectro político. En la derecha, los realistas que soñaban con la restauración de la monarquía continuaron su agitación; algunos de ellos incluso consideraron la posibilidad de valerse de la violencia como medio eficaz. En la izquierda, las esperanzas de poder de los jacobinos se veían renovadas por los continuos problemas económicos, especialmente el colapso total del valor de los asignados.

Algunos radicales llegaron incluso mucho más lejos de lo que en un principio pretendían, en especial, personas como Graco Babeuf, quien planteó la pregunta «¿Qué es la Revolución Francesa? Una guerra abierta entre patricios y plebeyos, entre ricos y pobres». Babeuf, estremecido por la miseria de la gente común, quería abolir la propiedad privada y eliminar la empresa privada. Su Conspiración de los Iguales fue aplastada en 1796 y él fue ejecutado en 1797.

Las nuevas elecciones convocadas en 1797 crearon mayor inestabilidad e incertidumbre. Acosado por la derecha y por la izquierda, e incapaz de encontrar una solución definitiva a los problemas económicos del país, y cargando sobre sus hombros todavía las guerras iniciadas por el Comité de Seguridad Pública, el Directorio se apoyó cada vez más en el ejército para mantener su poder. Esto condujo a un golpe de estado en 1799, cuando el triunfante y popular general Napoleón Bonaparte pudo alcanzar el poder.

Napoleón dominó tanto la historia de Francia como la del resto de Europa entre 1799 y 1815. El golpe de estado que lo elevó al poder se llevó a cabo a los diez años exactamente del estallido de la Revolución Francesa. En cierto sentido, Napoleón condujo a su fin a esta revolución en 1799, pero fue también uno de sus hijos; de hecho, él se llamaba a sí mismo el Hijo de la Revolución. (Ver: Napoleón Bonaparte)

Sintesis: Este periodo se puede denominar de estancamiento, en el que:

• Los miembros del Directorio buscaron el apoyo de los militares.
• Se aprobó la Constitución republicana moderada en 1795.
• Se abolieron las leyes en relación con los precios máximos.

A pesar de la crítica situación interna, el Directorio manejó una política exterior agresiva, que llevó a Francia a enfrentarse entre 1798 y 1799, contra la segunda coalición europea integrada por Gran Bretaña, Austria y Rusia Las victorias militares proporcionaron a Francia recursos que contribuyeron a mejorar sus finanzas.

Durante las batallas realizadas por los ejércitos franceses, destacó particularmente el general Napoleón Bonaparte. A partir de entonces, la gran burguesía lo consideró como la personalidad más experimentada del Directorio y le entregó el poder militar el 9 noviembre de 1799.

Ver: Resumen de la Revolucion Francesa

Ver: El Terror Revolucionario de la Convención

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre
Historia Universal Segura-Sañudo-Vázquez
Civilizaciones de occidente Volumen B Jackson Spielvogel

La Convención Nacional en Francia El Terror Revolucionario

La Convención Nacional en Francia – El Terror Revolucionario

ANTECEDENTES: La Revolución Francesa fue un movimiento social que estalló en 1789, contra el absolutismo real y los privilegios sociales. Ese acontecimiento cambió la estructura del gobierno y la organización de la sociedad, y respondió en sus finalidades más nobles al deseo de un mejor orden político y de una más equitativa organización social.

El ambiente era propicio para el estallido de la revolución. La corrupción de costumbres había llegado en la alta sociedad a un punto increíble. La situación política de Francia respondía al absolutismo monárquico, mientras los filósofos y enciclopedistas proclamaban su repudio del absolutismo, y su admiración por el régimen constitucional inglés.

La situación social presentaba contrastes irritantes: en la cúspide, el Rey y su familia, que vivía en la opulencia, rodeado de brillante y fastuosa corte; más abajo los privilegiados del primer estado y del segundo estado, libres de impuestos, y colmados de favores y privilegios. Por último, los no privilegiados, que formaban el tercer estado, o estado llano: legistas, burgueses enriquecidos, obreros y campesinos. Sobre estos cargaba el peso de los impuestos, aumentados continuamente, por los derroches de las altas esferas.

La situación económica era difícil. El aumento de la deuda del Estado provocaba la imposición de nueyos tributos, para conjurar el déficit. El sistema absolutista era sumamente injusto y la mecha hacia la explosión social estaba encendida….

Convención Nacional

Las derrotas en la guerra contra los países que defendían el absolutismo y eran aliados de Luis XVI, aunadas a la escasez económica de la primavera, reforzaron a los grupos populares que habían permanecido inactivos desde el verano anterior, provocando renovadas demostraciones políticas, especialmente en contra del rey.

Los grupos políticos radicales de París se declararon comuna insurgente y organizaron una revuelta popular que atacó el palacio real y la Asamblea Legislativa, en agosto de 1792; tomaron prisionero al rey y forzaron a la Asamblea Legislativa a suspender la monarquía y convocar a una Convención Nacional, elegida sobre la base del sufragio masculino universal, para decidir la forma futura de gobierno.

La Revolución Francesa estaba a punto de pasai a una etapa más radical, conforme el poder pasaba de la asamblea a la nueva Comuna de París, conformada por numerosos sans-culottes, como orgullosamente se autodenominaban, es decir, patriotas comunes carentes de ropas finas. Aunque se ha generalizado la idea de equiparar a los sans-culottes más radicales con los obreros y los más pobres, cabe señalar que muchos de ellos eran prósperos comerciantes y artesanos que gozaban de prestigio entre sus vecinos.

sans-culottes

Apenas reunida la Convención, su primera acción fue abolir la monarquía y proclamar la República en Francia el 22 de septiembre de 1792, bajo el lema de «Igualdad, Libertad, y Fraternidad». Como dijimos antes la República fue gobernada por una asamblea llamada Convención Nacional.

Esta Convención tuvo que decidir qué hacer con Luis XVI, quien fue acusado de conspirar contra la Revolución. Fue sometido ajuicio y condenado a morir en la guillotina, siendo ejecutado en enero de 1793, junto con su esposa María Antonieta. La ejecución de los monarcas provocó la reacción de la mayoría de los Estados europeos, que decidieron formar una alianza para luchar contra Francia y restaurar la monarquía.

Ante la amenaza extranjera, la Convención consideró indispensable defender a la República de sus enemigos internos y externos, por lo que puso el gobierno en manos de un Comité de Salud Pública encabezado por Robespierre, a quien le otorgó poderes ilimitados para exterminar a los enemigos de la Revolución.

Socialmente, la conformación de la Convención Nacional era muy similar a sus predecesoras. Aunque en ella predominaban los abogados, otros profesionales y dueños de propiedades, también formaba parte de ella, por primera vez, un puñado de artesanos. Dos terceras partes de los diputados tenían menos de cuarenta y cinco años de edad, y casi todos ellos contaban ya con experiencia política, como consecuencia de la Revolución. Casi todos ellos también desconfiaban profundamente del rey y de sus actividades.

Así, no resultó sorprendente que el primer paso de trascendencia que dio la convención el 21 de septiembre consistió en la abolición de la monarquía y la proclamación de la república. Pero estos puntos fueron los únicos que gozaron de unanimidad, y la Convención Nacional no tardó en dividirse en facciones que discutían acerca del destino del rey. De estas facciones, las dos más importantes fueron la de los girondinos y la de la Montaña, ambas miembros del Club de los Jacobinos.

Grupos Políticos. La Convención surgida de las elecciones de 1792 supuso un nuevo giro hacia la izquierda política. Los girondinos evolucionaron hacia posturas más conservadoras ante el radicalismo del movimiento popular. Partidarios de la propiedad, del liberalismo económico y de las jerarquías sociales, representaban los intereses de la burguesía acomodada. Eran enemigos de cualquier reglamentación económica y de las medidas políticas extraordinarias.

Los «montañeses», denominados de esta forma por su ubicación en la Cámara, tenían como dirigentes a Robespierre, Danton y Marat. Aunque la mayoría de sus diputados eran de origen burgués, se consideraban representantes de los ciudadanos pasivos y de los grupos sociales que habían triunfado el 10 de agosto. Contaban con el apoyo de la Comuna de París y de los sans-culottes. Defendían la función social de la propiedad y la democracia política.

Marat Robespierre Danton

La «llanura» agrupaba a todos los diputados independientes, situados entre las otras dos tendencias, fluctuando según las circunstancias entre unos y otros. Partidarios de las conquistas revolucionarias, veían la necesidad de una alianza con las masas populares hasta lograr la consolidación definitiva de la revolución. No obstante como burgueses propietarios apoyaban a los girondinos en la defensa de la libertad económica.

En un principio, la Convención estuvo dominada por los girondinos, que ocuparon los cargos del Consejo Ejecutivo Provisional y de los distintos comités de la Asamblea.

PROCESO Y MUERTE DEL REY
El 20 de noviembre de 1792, los Republicanos descubrieron, en un armario secreto del palacio de las Tullerías, la correspondencia de los soberanos franceses con el enemigo: la culpabilidad de Luis XVI era evidente. Los girondinos, que habían tratado de aplazar el proceso apoyándose en la inviolabilidad real reconocida en la Constitución de 1791, tuvieron que batirse en retirada. Conscientes de la adhesión que en muchas capas del país encontraba todavía la familia real, propusieron un referéndum que decidiese la suerte de los acusados. Pero los de la «Montaña» no estaban dispuestos a salvar la vida del rey.

La ejecución del rey de Francia Luis XVI en 1793

El proceso se inició el 11 de diciembre, con la lectura de un acta de acusación preparada por Lin-det. El 14 de enero, la Asamblea le reconoció culpable, por unanimidad; la mayoría rechazó la propuesta de referéndum, y pronunció la pena de muerte. Los girondinos, vencidos, pasaron entonces a la oposición. El 21 de enero, Luis XVI fue conducido a la plaza de la Revolución para ser guillotinado. Una multitud enorme se apiñaba alrededor del patíbulo.

El rey dio pruebas de gran entereza, y por dos veces trató de justificarse ante el pueblo, pero los gritos de éste y los redobles de tambor ahogaron su voz, y, dócilmente, colocó su cabeza bajo la guillotina. La impresión fue profunda en Francia y en toda Europa. La institución monárquica de derecho divino acababa de recibir un golpe mortal, y, entre la Revolución y el extranjero, se habían roto los puentes: era lo que deseaba Robespierre para hacer inexorable la guerra revolucionaria.

TERROR REVOLUCIONARIO DE LA CONVENCIÓN:

Para hacer frente a la crisis interna, la Convención Nacional y el Comité de Seguridad Pública implantaron la «Época del Terror». Se organizaron tribunales revolucionarios con el fin de proteger a la República revolucionaria de sus enemigos internos, de aquellos «que, ya fuera por su conducta, sus contactos, sus palabras o escritos, se delataban como defensores de la tiranía o enemigos de la libertad», o de aquellos «que no habían manifestado de manera constante su adhesión a la revolución».

El Comité de Salud Pública impuso un régimen de persecuciones, supuestamente para defender el poder revolucionario que provocó el terror por toda Francia. Los jacobinos ante esta política del terror, pronto empezaron a tener problemas entre sí, porque algunos opinaban que el terror ya no era necesario. Marat, llamado el «amigo del pueblo» por editar un periódico con este nombre, fue asesinado.

Entre las víctimas del Terror se contaron, desde miembros de la realeza, como la reina María Antonieta, hasta antiguos revolucionarios girondinos, como Olimpia de Gouges, principal defensora de los derechos políticos de las mujeres e, incluso, miles de campesinos. Muchas de las víctimas fueron personas que se oponían a las actividades radicales de los sans-culottes. En el transcurso de nueve meses, 16 000 personas fueron oficialmente condenadas a muerte y pasadas por la guillotina, artefacto revolucionario inventado pAra dar muerte a los condenados cortándoles de manera rápida y eficiente la cabeza. Pero el número real de las víctimas del Terror fue cerca de 50.000.

Dentro de la Convención existían dos partidos: el de los girondinos, funcionarios públicos al servicio del gobierno que no estaban de acuerdo con los actos extremistas, y el de los jacobinos, radicales extremistas dirigidos por Robespierre, Marat y Danton, apoyados por la pequeña burguesía y los sectores populares.

Muchos de los ciudadanos fueron asesinados por órdenes de Robespierre, incluso Danton, miembro del partido jacobino. En vista de estos sucesos, sus compañeros temerosos por sus vidas, organizaron una conspiración contra Robespierre, por la cual la Convención ordenó su arresto. Fue destituido, juzgado y muerto en la guillotina el 27 de julio de 1794. Con este hecho terminó la Época del Terror.

Comite del terror en Francia

Comité revolucionario bajo el régimen del Terror, según un grabado francés del siglo XVIII.

Estadísticas del Terror: Estudios como el realizado por Donald Greer, permiten conocer aproximadamente el número de víctimas que causó en Francia el período llamado del Terror.

Respecto al número de sospechosos que fueron encarcelados durante estos meses, los especialistas no se han puesto de acuerdo; mientras para Louis Jacob fueron relativamente muy pocos, alrededor de 70.000, Greer y Lefebvre estiman que debieron ser muchos más y aventuran la cifra de 500.000; Mathiez, por su parte, habla de tal vez unos 300.000.

Divergencias mucho menores hay en lo tocante al número de muertos. Según Greer, su número oscila en toda Francia entre 35.000 y 40.000, teniendo en cuenta las ejecuciones sin juicio previo, como las que tuvieron lugar en Nantes y en Tolón. Las sentencias de muerte que dictó el Tribunal Revolucionario y las diversas jurisdicciones excepcionales fueron exactamente 16.594; la mayoría de ellas (10.812) se sitúan entre octubre de 1793 y mayo de 1794. Sólo el 16 % de estas penas de muerte se dictaron en París, mientras que la gran mayoría (71 %) corresponden a las regiones que eran escenario de la guerra civil.

Más de tres cuartas partes de las sentencias (78 %) fueron motivadas por rebelión o traición, y un 19 % por delitos de opinión (conspiraciones, federalismo, etc.). También es bien conocido el origen social de los condenados a muerte: el 84 % de ellos pertenecían al Tercer Estado, según la siguiente proporción: sans-culot-tes, 31 %; campesinos, 28 %; burgueses, 25 %. No obstante, el porcentaje de nobles fue del 8,5 %, y el de clérigos, del 6,5 %.

No hay estadísticas de las víctimas del llamado «Terror blanco» que se desencadenó después de la caída de Robespierre, ya que en la mayoría de los casos fueron ejecuciones sin ninguna formalidad jurídica, pero sí se sabe que fueron muy numerosas.

Ver: Resumen de la Revolucion Francesa

Ver: El Terror Revolucionario de la Convención

Ver: El Calendario Francés

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre
Historia Universal Segura-Sañudo-Vázquez

Formación de la Asamblea Legislativa en Francia

Formación de la Asamblea Legislativa en Francia

La Constitución de 1791 fue un ensayo de monarquía liberal, que influyó para que los girondinos, representantes de la gran burguesía, comercial e individual, encabezados por el marqués de Condorcet (1743-1794), y los jacobinos, que representaban a la pequeña burguesía, dirigida por Jorge Jacobo Danton (1759-1794), propusieran un cambio más radical hacia un régimen republicano.

En dichos documentos también quedó asentado:
1-La obligación para todos los franceses de pagar impuestos, sin importar su condición social.

2-Toda Francia debía tener las mismas leyes y todos los ciudadanos debían ser tratados de la misma manera por el Estado.

Asamblea Legislativa
En 1791 Luis XVI aceptó la Constitución ya aprobada y se disolvió la Asamblea Nacional para formaran su lugar la Asamblea Legislativa, que contó con plenos poderes para dictar las leyes.

En esta fase, Austria y Prusia decidieron intervenir para defender los derechos monárquicos de Francia; sin embargo, esta intromisión extranjera resucitó las hostilidades contra el rey de parte de los principales dirigentes, entre ellos Maximilien Robespierre, Danton y Marat, quienes pugnaron porque el rey fuera destituido por conspirar con gobiernos de otros países.

Formaron entonces un ejército revolucionario popular que derrotó a los ejércitos extranjeros. Las clases populares de París exigían soluciones para la difícil situación económica, sumado a esto cundió el desprestigio de la Asamblea Legislativa por negarse a destituir al rey. Terminó así la formación del ejército y se convocó a los ciudadanos a elegir la Convención Nacional por medio del voto.

FORMACIÓN DE LA ASAMBLEA LEGISLATIVA Y SUS TENDENCIAS
Por haber decretado la Constituyente que ninguno de sus miembros podría ser reelegido, los electores designaron para la Asamblea Legislativa a 745 nuevos diputados, todos pertenecientes a la grande y media burguesía. Muy pronto se produjo una ruptura política entre los partidarios de una monarquía constitucional, inclinados a estabilizar la Revolución, y los que querían, por el contrario, ampliar sus conquistas.

Los diputados de la derecha, miembros todos del club de los Fuldenses, se reagruparon, según sus afinidades, tras el antiguo triunvirato, que contaba con el total apoyo de la corte, o tras La Fayette, entonces en desgracia cerca de los soberanos.

Madame de Staél, hija de Necker, había abierto su salón a los grandes burgueses liberales, entre los que el rey eligió, en 1791, a sus nuevos ministros. Periodistas, abogados, hombres de negocios, los diputados de la izquierda dieron a la Asamblea a sus más brillantes oradores: los parisienses Brissot y Condorcet, los girondinos Vergniaud, Guadet y Gensonné, que se impusieron como jefes de esta tendencia.

Ellos animaban el club de los Jacobinos y los salones de Condorcet o de la bella Madame Roland, auténtica consejera de su mediocre esposo. Entre los partidarios de Brissot y los de La Fayette, se hallaban los 300 diputados independientes o imparciales, cuya actitud política no estaba motivada más que por su sincera adhesión a la Revolución y que sostenían alternativamente a la izquierda o a la derecha.

Sin influencia en la Asamblea, donde sólo tenían algunos representantes, la extrema izquierda adquiría una creciente importancia en el club de los Jacobinos, gracias a Robespierre; en el club de los Franciscanos, donde Marat y Danton representaban las aspiraciones populares, y en las 48 secciones parisienses, abiertas recientemente a los ciudadanos sin voto.

Las graves dificultades económicas que pesaban sobre Francia dieron entonces a los «sans culottes» la ocasión de hacerse escuchar. A las malas cosechas de 1791, seguidas de un fuerte aumento del precio del pan, se añadio el encarecimiento de los productos coloniales provocado por la revuelta de los negros en Santo Domingo. La baja constante del dinero hacía aún más precaria la situación del pueblo de las ciudades y de las aldeas, que reclamaba la fijación de precios para los artículos de primera necesidad y severas medidas contra los especuladores.

Su cólera, largo tiempo contenida, estalló en la primavera de 1792: los convoyes y los barcos que transportaban granos fueron asaltados; el pan, los huevos, la manteca, el azúcar fueron tasados autoritariamente por la población, que en Etampes no dudó en matar al alcalde Simonneau, por oponerse a tales medidas. Aprovechando estas dificultades, los sacerdotes refractarios y los monárquicos provocaron disturbios en Lozére y en Vendée.

Para calmar la agitación popular, la Asamblea dictó entonces una serie de decretos contra los emigrados y los sacerdotes refractarios, siendo el más importante la confiscación de sus bienes.

Luis XVI, aconsejado por la Reina, pretendía, al poner en práctica la peor política, acelerar la intervención extranjera y con ella el restablecimiento de su autoridad; así, hizo fracasar la candidatura de La Fayette a la alcaldía de París, en favor del jacobino Petion. Pero, cuando quiso desembarazarse del conde de Narbonne, entonces ministro de la Guerra, se encontró con la oposición de la Asamblea, que le impuso un «ministerio girondino», con Claviére en Hacienda, Roland en el Interior y Dumouriez en Negocios Extranjeros.

Ver: Resumen de la Revolucion Francesa

Ver: La Convención Nacional

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre

Obra de la Asamblea Nacional Constituyente en Francia

LA OBRA ECONÓMICA Y SOCIAL DE LA CONSTITUYENTE

La Revolución Francesa fue fruto de la profunda contradicción existente entre un régimen absolutista totalmente desprestigiado, regido por una aristocracia ociosa, y el ascenso económico de una nueva clase social —la burguesía—, la crisis que iba a engendrar la Revolución de 1789 se venía incubando desde hacía decenios en Francia.

Fascinada por el ejemplo inglés, influida por los escritos de los filósofos acerca de las formas de gobierno, la burguesía tenía una clara conciencia de los objetivos a alcanzar: la supresión de todos los obstáculos políticos y económicos que impedían su ascenso en la escala social. Sólo le quedaba por definir el modo de conseguirlo.

Asamblea Nacional Constituyente

Podemos decir que una primera etapa de la Revolución Francesa comenzó con la Asamblea Nacional Constituyente que duró de 1789 a 1792. En este periodo se redactaron una serie de documentos políticos de gran Importancia. El primer documento importante que elaboró la Asamblea Nacional en 1789, fue la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, en la que se establecían como derechos de todos los hombres: la igualdad ante la ley; la  libertad individual, de palabra y de pensamiento, y la defensa de la propiedad privada.

La obra más importante de la Asamblea fue la elaboración de la Constitución  que empezó a regir en 1791. En ella se estableció una monarquía constitucional como forma de gobierno, sobre la base de la separación de los poderes.

Esta Constitución se basó en el concepto de la soberanía nacional. De acuerdo a este principio la soberanía no pertenecía al rey sino a la nación, es decir, a todos los habitantes del país, llamados desde ese momento ciudadanos.

DESARROLLO: El problema del voto por cabeza o por Orden seguía sin resolver, por lo que, durante cerca de un mes, los tres estamentos se reunieron por separado, excluyendo de antemano toda posibilidad de acción.

Fue entonces cuando, en nombre del Tercer Estado, Sieyés propuso a la nobleza y al clero la celebración de una reunión conjunta. Muchos diputados del clero, entre ellos el abate Grégroire, respondieron a dicho llamamiento.

El 17 de junio, el Tercer Estado se sintió lo suficientemente fuerte para proclamarse Asamblea Nacional, afirmando así el principio de la soberanía del pueblo en contra del de la monarquía absoluta de derecho divino. Unos días después, la gran mayoría del clero y ochenta y cinco nobles se unían a sus filas. El rey trató de resistirse por la fuerza, e hizo cerrar la Sala donde se reunían los diputados del Tercer Estado, pero éstos se trasladaron a la del Juego de Pelota, donde el 20 de junio fue pronunciado un juramento solemne, según el cual los diputados «juraban no disolverse hasta que la Constitución del reino fuera establecida y afirmada sobre sólidos fundamentos».

Imagen mostrando la igualdad de los tres órdenes, en afiches distribuídos publicamente en esa época.

En la Corte se produjo una escisión entre los partidarios de una política flexible, que, siguiendo a Necker, preconizaban que fuera concedido el voto por cabeza, la igualdad fiscal y el acceso al desempeño de todos los cargos públicos, y los defensores de la reacción, deseosos de destrozar de una vez para siempre al Tercer Estado.

Fue a estos últimos a los que se alió finalmente el débil Luis XVI: en la sesión plenaria celebrada el 23 de junio, reafirmó altaneramente sus prerrogativas regias, rechazó todas las reformas igualitarias, no concedió a los Estados Generales más que el derecho de autorización de los impuestos y empréstitos, y declaró nulas todas las disposiciones tomadas por la «pretendida» Asamblea Nacional. Ordenó que ésta se disolviera y que cada Orden se reuniese a deliberar separadamente.

Después, abandonó la Sala, seguido por una parte de la nobleza y del clero, dejando en manos de su gran maestre de ceremonias, el marqués de Dreux-Brezé, la tarea de expulsar de allí a los diputados del Tercer Estado. Mirabeau respondió a la intimación de éste, pronunciando la célebre frase: «Estamos aquí por la voluntad del pueblo, y no saldremos más que por la fuerza de las bayonetas».

De esta prueba debía salir, finalmente, vencido el rey; aconsejó a sus fieles diputados del clero y de la nobleza que se reunieran con el Tercer Estado, y permitió, el 9 de julio, que la Asamblea Nacional tomara el nombre de Asamblea Constituyente. Dueño, al principio, de la situación, con su intransigencia había dado a la Revolución un nuevo impulso.

LA OBRA ECONÓMICA Y SOCIAL DE LA CONSTITUYENTE
El gran gentío, entusiasmado o agitado, que llenaba a diario las tribunas de la Asamblea, impedía llevar a cabo un trabajo legislativo serio. Por eso, éste era elaborado fuera de allí en los múltiples comités de trabajo animados por hombres competentes que dejaron una obra inmensa y duradera.

Por el decreto del 22 de diciembre de 1789, se constituyó una administración uniforme y descentralizada que dividía a Francia en ochenta y tres departamentos, cuyas subdivisiones eran el distrito, el cantón, y por último, el Ayuntamiento. Los intendentes y los bailíos fueron reemplazados por cuerpos elegidos por los ciudadanos activos: un consejo general deliberante, un directorio administrativo y un procurador síndico encargado de aplicar las leyes. Dotado de su municipalidad y de su Guardia Nacional, cada Ayuntamiento constituía, en realidad, una pequeña república.

La justicia fue reorganizada según los mismos principios: parlamentos y tribunales dejaban lugar, en todos los escalones, a tribunales compuestos por jueces elegidos. Un código penal promulgado en 1791 suprimió las penas infamantes instituidas por el Antiguo Régimen: la tortura, la picota, la marca a hierro candante.

A partir de entonces, la justicia dejaba de estar sujeta a la arbitrariedad. Y pasó lo mismo con el sistema fiscal; la mayoría de los impuestos indirectos fueron suprimidos, en provecho de tres impuestos cobrados por los recaudadores de los distritos después de que el municipio había acordado lo que cada ciudadano debía pagar: la contribución territorial, que pesaba sobre todos los propietarios, la contribución mobiliaria, establecida según el precio de los alquileres, y la patente, que corría a cargo de los pertenecientes a las profesiones mercantiles y liberales.

La misma preocupación democrática presidió la reforma del ejército, que vio desaparecer las milicias, sustituidas por la Guardia Nacional, y la elección para el desempeño de las altas graduaciones reemplazó a la venalidad de los cargos.

Para asegurar el triunfo del famoso principio «Laissez-faire, laissez-passer», con el que había soñado toda la burguesía liberal del siglo XVIII, la Asamblea suprimió los monopolios del Estado y de las corporaciones, y aprobó, el 14 de junio de 1791, la ley Le Chapelier, que prohibía las asociaciones profesionales, patronales y obreras.

Liberados de toda traba, los precios y las ganancias debían establecerse al más justo nivel. No obstante, si las aduanas interiores fueron abolidas, la Asamblea no se atrevió a instaurar el libre cambio exterior, por temor a la concurrencia inglesa y a la exportación masiva de trigo.

Con todas estas medidas, la burguesía pensaba haber llevado a cabo toda la revolución. Pero nuevas dificultades le demostrarían su error.

LA CONFISCACIÓN DE LOS BIENES DEL CLERO
Las deudas del Estado no habían hecho más que aumentar desde la convocatoria de los Estados Generales: los impuestos no eran recaudados, debido a los desórdenes, y lo sservicios suprimidos, y al reembolso de comprometerse al rescate de los diezmos y los servicios suprimidos, y al reembolso de las deudas contraídas por el Antiguo Régimen. Todas las tentativas de empréstitos habían sido un fracaso; se necesitaba habilitar un medio más radical: poner los bienes del clero, valuados en tres millones de libras, a disposición de la nación.

Después de un vivo debate, la Asamblea aprobó, el 2 de noviembre de 1789, la propuesta de Talleyrand, obispo de Autun, que nacionalizaba todos los bienes eclesiásticos, y el Estado tomaba a su cargo los gastos del culto, el mantenimiento de los eclesiásticos, la beneficencia y la instrucción pública. Pero todos estos bienes no podían venderse en seguida, y el Estado necesitaba dinero urgentemente. Por lo cual, la Asamblea hizo una emisión de asignados, billetes por un importe máximo de cinco mil libras y que producían un interés del cinco por ciento, a cuenta de la suma anticipada de la venta de los bienes nacionalizados y reembolsables en tierras.

El cálculo hecho era muy sencillo: a medida que fueran vendidos los bienes de la Iglesia y las propiedades de la Corona, los asignados serían destruidos y se iría extinguiendo la deuda pública. Pero la falta de confianza de la gente hizo fracasar la operación financiera, y los asignados no vendidos fueron transformados en papel moneda canjeable por numerario.

Esta emisión, demasiado grande, produjo una depreciación monetaria, cuya primera consecuencia fue la inflación, y después el empobrecimiento de los rentistas y de los asalariados. No obstante, el principio revolucionario se mantuvo; el gran traspaso de las propiedades se fue operando progresivamente, en provecho de una multitud de nuevos propietarios acomodados, burgueses y campesinos, cuya adhesión al nuevo orden vino a ser indudable.

La confiscación de los bienes del clero entrañaba la necesidad de reorganizar la Iglesia. Pero los eclesiásticos, que habían aceptado la supresión de sus privilegios y la nacionalización de sus bienes, se oponían a que el Estado se inmiscuyera en los asuntos de su organización interna.

Sin embargo, en el espacio de unos meses, la Asamblea suprimió las órdenes religiosas, retiró a la Iglesia la administración de sus bienes, y promulgó el 12 de Julio de 1790, la Constitución Civil del Clero: el número de diócesis fue reducido a ochenta y tres (una por departamento), los obispos y los sacerdotes serían, a partir de entonces, elegidos por los electores de los departamentos y de los distritos, y la investidura espiritual se le negaba al Papa. Por un decreto de 1790, se les concedían dos meses para prestar juramento de fidelidad a la Constitución.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

Finalidad de los Estados Generales en Francia en 1789

1789:LUIS XVI CONVOCA A ESTADOS GENERALES – OBJETIVOS

La Revolución Francesa fue fruto de la profunda contradicción existente entre un régimen absolutista totalmente desprestigiado, regido por una aristocracia ociosa, y el ascenso económico de una nueva clase social —la burguesía—, la crisis que iba a engendrar la Revolución de 1789 se venía incubando desde hacía decenios en Francia.

Fascinada por el ejemplo inglés, influida por los escritos de los filósofos acerca de las formas de gobierno, la burguesía tenía una clara conciencia de los objetivos a alcanzar: la supresión de todos los obstáculos políticos y económicos que impedían su ascenso en la escala social. Sólo le quedaba por definir el modo de conseguirlo.

Pero en su lucha por la abolición de los privilegios, por su participación en la dirección del país, hará nacer en millones de hombres de la ciudad y del campo, sometidos desde hacía siglos a la arbitrariedad, un violento deseo de libertad y de igualdad, que en seguida desbordará sus propios propósitos. Y durante todo el tiempo que dure la  Asamblea Constituyente, tratará de canalizar estas fuerzas explosivas, sirviéndose de ellas para realizar su política.

Con la historia de esta burguesía triunfante y de la inmensa obra que llevó a cabo en el espacio de dos años, comienza la Revolución Francesa.

Los Estados Generales en Francia en 1789

LUIS XVI CONVOCA A ESTADOS GENERALES Frente a una verdadera crisis económica en Francia y la negativa de la corte y del clero de pagar impuestos, el monarca Luis XVI se vio obligado a convocar a los Estados Generales, que eran una especie de Parlamento, formado por representantes de la nobleza, el clero y el Tercer Estado, con lo que esperaba lograr resolver los problemas financieros.

Las elecciones para diputados a la reunión de los Estados generales se realizó en abril de 1789. Los representantes del Tercer Estado fueron elegidos en asamblea de manera similar a la nobleza y clero. Cerca de 1.200 diputados resultaron electos, de los cuales la mitad, es decir, 600 pertenecían al Tercer Estado, y el resto a la nobleza y el clero.
Los diputados recibieron unos documentos de parte de sus electores, llamados cuadernos de quejas, en los que expresaban los problemas y aspiraciones de cada estamento.

Los cuadernos del clero y nobleza se aferraban a los privilegios, pero pedían el fin del despilfarro, la regulación de las aduanas interiores, la libertad de prensa y la reunión periódica de los Estados generales. Los del Tercer Estado iban más lejos al solicitar la libertad de expresión, la igualdad de los tres estamentos y la abolición del diezmo. Asimismo, los jornaleros pedían mejores salarios, los campesinos reclamaban tierras y protestaban contra el abuso de los nobles.

DESARROLLO Y FRACASO DE LA CONVOCATORIA:

Al convocar los Estados Generales, Luis XVI había decretado que el Tercer Estado tuviera tantos representantes como los otros dos estamentos juntos, pero había mantenido la institución del voto por Orden. Ahora bien, una de las grandes reivindicaciones que presentaban los memoriales del Tercer Estado era la del voto por persona, lo cual le aseguraría la mayoría de la Asamblea, puesto que muchos miembros del clero y de la nobleza eran partidarios de las reformas que él preconizaba. Y en este punto, cuya solución era capital tanto para la monarquía como para el Tercer Estado, era donde iba a estallar el conflicto.

En aquellos momentos, no existía más que una fuerza capaz de unificar y defender todas las difusas reivindicaciones del pueblo: la burguesía. En efecto, ésta poseía dos ventajas sobre los otros sectores del Tercer Estado, campesinos y menestrales: un partido nacional, organizado en comités locales, y la posibilidad de acceder a la diputación, pues el procedimiento del voto instituido para los Estados Generales tenía muchas gradaciones, reservando los escaños para los acomodados.

Más que un partido, los «reformadores» o «patriotas» formaban un conjunto de hombres unidos por un mismo ideal de libertad, por una profunda creencia en la necesidad de reformas. Entre ellos, había muchas personas del Tercer Estado, como Brissot, un publicista al servicio del duque de Orleáns (jefe de la francmasonería, que hacía el papel de aristócrata ilustrado en la lucha que mantenía contra el absolutismo), Barnave, abogado de Grenoble que había participado en los Estados de Vizille; Meunier, los bretones La Chapelier y Lanjuinais, el sabio Bailly, Petíon, Robespierre.

En cuanto a la nobleza, tenía también sus patriotas como el marqués de La Fayette, héroe de la guerra de América, el conde de Clermont-Tonnerre, el conde de Mirabeau (que sería elegido por el Tercer Estado), los duques de La Rochefoucauld y de Liancourt, partidarios todos de una monarquía constitucional a la inglesa. Por último, los miembros del clero venían a aumentar sus filas, como por ejemplo Sieyés, autor de un virulento folleto sobre el Tercer Estado.

Medíante la publicación de folletos, y a través de los debates sostenidos en los clubs o en los cafés de la capital, se realizó el lanzamiento y la difusión de todas las ideas, críticas y aspiraciones de esta «élite» liberal. Son estos burgueses, negociantes o miembros de las profesiones liberales, quienes representarán al Tercer Estado en los Estados Generales, formando una delegación unida, frente a una nobleza y un clero divididos. En efecto, si los nobles liberales eran poco numerosos, el bajo clero, cuya hostilidad hacia los prelados ricos no esperaba sino la ocasión de manifestarse, estaba muy fuertemente representado.

El 5 de mayo de 1789 se reúnen solemnemente los Estados Generales en la sala llamada «des Menus Plaisirs» de Versalles. Esta jornada tan esperada no debía ofrecer más que desilusiones a todos cuantos aguardaban las grandes reformas. Luis XVI pronunció un breve discurso de carácter general, al que sucedió un largo informe de Necker sobre la Hacienda, que concluía demostrando la necesidad de un nuevo empréstito.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre