Biografia de Nevski Alejandro Principe Ruso y los Tartaros



Biografía de Nevski Alejandro Príncipe Ruso y los Tártaros

Un caballero errante europeo que visitó Rusia en el siglo XIII, escribió al regresar a su patria: «He recorrido muchos países y naciones, pero en parte alguna vi un hombre semejante: un príncipe entre los príncipes, un rey entre los reyes.» La admiración del fascinado caballero era por un joven príncipe ruso llamado Alejandro Yaroslavitch, más conocido en la historia por el nombre de Alejandro Nevski.

Nevski se destaca entre la multitud de príncipes menores y nobles guerreros que pueblan la historia de la Baja Edad Media rusa: fue el hombre cuyo genio político y militar salvó a su país de los rapaces invasores y que incluso habría podido librarle del opresivo dominio tártaro.

Pero si fracasó en esta segunda empresa fue porque halló una barrera infranqueable en la hostilidad de los demás príncipes a la idea de unidad; una unidad de vital importancia si se quería arrojar el yugo tártaro.

alejandro nevsky principe ruso

Nació el 30 de mayo de 1220. Falleció el 14 de noviembre de 1263 . Desde joven recibió una educación de carácter religioso. Las primeras épocas de su vida, infancia y juventud las pasó en la ciudad rusa de Nóvgorod. Siendo joven todavía, tuvo que gobernar. Entre 1235-1240 los tártaros o mongoles, al mando de Batu Kan, arrasaron los estados de Rusia. La región de Alejandro, Nóvgorod, aunque amenazada, se salvó de la devastación causada por los tártaros, pero Alejandro tendría que luchar contra otros enemigos que provenían de Occidente

Gengis Khan, fundador del imperio tártaro, había nacido hacia 1167. Procedía de una pequeña tribu de la Siberia oriental y fue proclamado caudillo de los mongoles en 1206.Unió a todos los tártaros mongoles y después les condujo hacia el Oeste atravesando Asia hasta las estepas meridionales rusas y la Rusia central.

Los rusos fueron presa fácil para este organizado y sanguinario ejército que rodeaban y aplastaban regiones enteras con tácticas violentas y brutales. Estos  tártaros de Rusia, conocidos por el nombre de Horda de Oro gobernaron a sus subditos rusos con violencia y crueldad durantes dos siglos. Obligaban a los príncipes rusos a reconocer su soberanía, a pagarles onerosos tributos, proporcionarles soldados y alimentos para sus tropas

El triunfo de Alejandro Nevski: En este ambiente nació, en 1220, Alejandro, segundo hijo del príncipe Yaroslav. Cuando el joven príncipe alcanzó la edad viril, casi toda Rusia se hallaba trastornada. Una terrible sequía había agostado la tierra y los campesinos morían de hambre.

Para agravar el caos, Batu, khan tártaro de Kiptchak, había nombrado gran príncipe a Yaroslav, el padre de Alejandro, pero luego vacilaba en confirmar el nombramiento. Surgieron las disputas entre los demás príncipes rusos y se produjo un colapso en el sistema administrativo. Observando tal estado de cosas, los enemigos de Rusia empezaron a congregar sus ejércitos y se dispusieron a atacar.

Finalmente, el khan Batu confirmó el nombramiento de Yaroslav para el gran principado. Una de sus primeras providencias fue nombrar a su hijo Alejandro príncipe de Novgorod, región que él mismo había gobernado y que era, entre todas las ciudades rusas, la que menos había padecido bajo la opresión de la Horda de Oro.



Sin embargo, Novgorod era en aquellos momentos el objetivo de los invasores extranjeros. Aprovechando el malestar del país, un gran ejército sueco invadía Rusia y marchaba hacia la ciudad al mando del general Birger Jarl. Cuando Alejandro tuvo noticia de su número pidió ayuda a su padre, el gran príncipe, pero la respuesta que recibió le hizo comprender que no debía esperar nada.

Entonces decidió librar batalla, aun sabiendo que las probabilidades en su favor eran muy escasas. Sacó al ejército de Novgorod y, al llegar a orillas del río Neva, se halló frente al enemigo. Allí, el 15 de julio de 1240, ganó su primera y decisiva victoria. Para asegurarse de que el ataque no se repetiría fortificó la región antes de regresar a Novgorod, donde fue honrado con el sobrenombre de Nevski («el del Neva»).

La batalla del hielo: La gran victoria convirtió a Alejandro en el ídolo de su pueblo. Popularidad bien merecida, pues pronto se vería que, a pesar de su juventud, el príncipe era tan sabio gobernante como buen general. Pero cuando intentó ampliar sus poderes en la administración de la ciudad, los principales de Novgorod se volvieron en contra suya y Alejandro se vio obligado a huir.

Se dirigió entonces a su padre, en Vladimir. y le pidió un ejército para restaurar la ley y el orden en Novgorod. Pero el gran príncipe dudaba mucho que aquello se pudiera conseguir por la fuerza de las armas, y cuando los de Novgorod le pidieron nuevo gobernador decidió actuar en su favor.

Así pues, envió a la ciudad a otro de sus hijos, entregando a Alejandro el gobierno de Pereiaslavl, un principado de menor importancia.

El gran príncipe había cometido un grave error. Cuando los Caballeros Teutónicos de la Espada tuvieron noticia de que Alejandro ya no se hallaba en la ciudad, aprovecharon la ocasión para atacarla y el nuevo príncipe demostró sin lugar a dudas que estaba muy por debajo de su hermano depuesto.

Novgorod, reconociendo su equivocación, se apresuró a solicitar el regreso de Alejandro. Pero había olvidado el intenso orgullo de su antiguo príncipe; Alejandro rechazó su demanda y sólo accedió a regresar cuando el propio arzobispo de Novgorod, encabezando una comisión, le rogó que perdonase al principado.

De vuelta en la ciudad Alejandro reunió un ejército y marchó contra los Caballeros.

La batalla del Hielo, librada en el lago Peipus en abril de 1242, supuso otra victoria rápida y decisiva; el Gran Maestre de la orden renunció a todas las conquistas anteriores en suelo ruso. El nuevo triunfo permitió al príncipe obtener el gobierno que antaño había causado la rebelión de Novgorod en contra suya.

Un gran príncipe: La fama de las victorias de Alejandro y de la firmeza de su gobierno se extendió por toda Rusia, llegando muy pronto a oídos de la Horda de Oro. A pesar del indudable riesgo que suponía para su imperio el ascendiente de un príncipe ruso, los tártaros acogieron su éxito con admiración.



Sabían perfectamente que ni siquiera el prestigio de un conquistador nacional bastaría para compensar la desunión de los príncipes rusos; que si Alejandro pretendía unirles contra el yugo del opresor, ellos mismos serían sus peores enemigos.

Los tártaros no tenían la menor duda: una alianza entre príncipes rusos resultaba inconcebible.

Con tal convicción, la Horda de Oro no vaciló en convocarle a su corte cuando se trató de elegir un nuevo gran príncipe para suceder a su hermano mayor, Andrés. Alejandro se encontró al llegar en la misma situación que su padre varios años atrás: un candidato más al gran principado entre una serie de príncipes rusos dispuestos a ofrecer cualquier cosa a cambio del dudoso honor.

Pero como Alejandro no ofrecía nada a la Horda de Oro, nada recibió. A decir verdad, sus compañeros tampoco, porque el khan eligió el tradicional sistema de mantenerles a todos en suspenso y no nombró a ninguno.

Por fin en 1252, cuando en un segundo examen de los candidatos el khan dictó su decisión a favor de Alejandro, los tártaros de la Horda de Oro no tenían la menor duda de que el joven príncipe de Novgorod había sido el elegido desde el primer momento.

Alejandro se dispuso inmediatamente a demostrar a los enemigos de Rusia que el país contaba al fin con un gran príncipe al que había que tener en cuenta. Irritado por los esporádicos ataques suecos contra sus fronteras condujo un gran ejército hasta Suecia y, tras otra gran victoria, se entregó a una orgía de pillaje que asoló buena parte del país.

Casi todo el botín traído por el ejército de Alejandro pasó como tributo a manos de la Horda de Oro, cuya ansia de riquezas se hacía mayor de día en día. A los exorbitantes impuestos de los príncipes rusos, que éstos recaudaban de sus subditos, añadió el khan nuevos tributos directamente del pueblo.

Las quejas de los campesinos oprimidos respecto a que los pobres sufrían doblemente que los ricos a causa del doble impuesto cayeron en oídos sordos, haciendo que la rebelión y el descontento empezasen a hacer efervescencia.

Al parecer, la tarea de Alejandro en aquellos momentos consistió en sacar el mejor partido posible de una situación desfavorable. Como hacía ya mucho tiempo que había perdido toda esperanza de unir a los demás príncipes, prefirió ponerse de lado del khan en sus relaciones con ellos. Este, a su vez, viendo que contaba con un gran príncipe al mismo tiempo eficiente y popular, fue confiando a Alejandro cada vez en mayor medida las decisiones importantes de la nación.

Pero el ánimo del pueblo empezaba a hacerse explosivo y Alejandro se halló dueño de una tierra descontenta.

En Novgorod —corazón del poco espíritu de independencia que alguna vez había existido en Rusia— el pueblo se alzó contra los recaudores de impuestos del khan y se negó colectivamente a pagar un céntimo más.

En su condición de gran príncipe, era Alejandro quien debía reprimir el disturbio: una situación doblemente irónica, puesto que él mismo había sido príncipe de Novgorod y el príncipe actual, su propio hijo, apoyaba abiertamente a los descontentos.

No obstante, Alejandro fue a Novgorod y encarceló a los consejeros de su hijo. Castigó al pueblo por su desobediencia al khan y reprendió severamente al príncipe. Gracias a su habilidad diplomática, la situación se salvó sin derramamiento de sangre.

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Alejandro Nevski, príncipe de Novgorod, ora implorando el éxito antes de librar la batalla del río Neva contra los suecos, en 1240. Aquella fue su primera y decisiva victoria.

¡El sol de Rusia se ha puesto!: En sus tiempos de soldado, Alejandro saqueó y arrasó muchas ciudades enemigas. Ahora, en los años de la madurez, empezó a reconstruir las ciudades rusas destruidas por los amos tártaros y a fundar otras nuevas en lugares de importancia estratégica.

Al mismo tiempo consagró buena parte de sus esfuerzos a mejorar la suerte de los pobres, instándoles a permanecer en paz mientras él aplacaba la ira del gran khan y abogaba, a menudo con éxito, porque redujese los abrumadores tributos.

Una de las concesiones más notables que obtuvo en este período diplomático de su vida fue el consentimiento del khan para abolir el reclutamiento forzoso del pueblo ruso para el servicio militar.

Pronto llegaron noticias de las actividades de Alejandro hasta el Romano Pontífice, quien envió a dos cardenales para que se entrevistasen con él. Los tres pasaron muchas horas reunidos, y cuando los cardenales regresaron, Alejandro envió con ellos una carta al Papa.

En su misiva exponía toda la historia religiosa del mundo desde el momento de la Creación, pero añadía al final: «Nosotros, los rusos, sabemos todas estas cosas que enseñáis, pero no podemos aceptar vuestra interpretación de ellas.»

Mientras tanto, el khan se cansaba de las concesiones en materia de impuestos que le había arrancado Alejandro en defensa de los pobres, y empezaba a exigir mayores tributos. Como consecuencia, el pueblo de Rostov, apoyado por su consejo de gobierno, se rebeló en 1262 contra la violencia de los recaudadores de impuestos y los expulsó de sus fronteras. Siguieron disturbios semejantes en Vladimir, Pereiaslavl, Suzdal y en Yaroslav, cuyos habitantes ahorcaron a un recaudador particularmente tiránico.

Como respuesta a tales manifestaciones, los tártaros reunieron sus ejércitos y se prepararon para tomar duras represalias. Marcharon sobre Rostov y habían capturado ya buen número de prisioneros cuando Alejandro, el antiguo guerrero convertido en hombre de Estado, llegó a la corte de la Horda de Oro.

No tenemos noticias de lo que sucedió entre él y el khan pero, como resultado, se llegó a un acuerdo y tanto los insurgentes de Rostov como los regimientos tártaros se retiraron de las regiones perturbadas.

Es probable que parte de las razones de este compromiso obedeciesen al hecho de que el khan tenía a la sazón otros muchos problemas, entre ellos una guerra en Persia. Pero ello no resta un ápice al genio diplomático de Alejandro si consideramos que los tártaros mongoles, con quienes tan acertadamente había tratado consiguiendo incontables éxitos, eran muy dados a la envidia y al terrorismo.

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Los esfuerzos de Alejandro en favor del pueblo ruso debían haberle agotado. Tras unos meses de estancia en la corte de la Horda de Oro partió hacia Vladimir, pero jamás llegaría allá. Murió en el camino, el 14 de noviembre de 1263. Cuando la noticia llegó a la ciudad, el metropolitano anunció al pueblo: «El sol de Rusia se ha puesto.» Y todos contestaron al unísono: «¡Entonces pereceremos !»

Los temores de la multitud estaban justificados. Los príncipes rusos empezaron a luchar inmediatamente entre sí por el gran principado vacante, pero aquellas disputas no sirvieron más que para debilitar aún más su poder. El pueblo sufrió las amargas consecuencias y los tártaros fueron los únicos que obtuvieron algún beneficio.

La figura de Alejandro había estado siempre rodeada de tal halo de leyenda que, inevitablemente, su muerte dio lugar a toda clase de supersticiones. El metropolitano de Vladimir aseguró que una voz celeste le había anunciado la calamidad. Cuando se pronunció una oración sobre el sarcófago abierto, los presentes afirmaron que Alejandro había abierto la mano derecha.

Indudablemente, todas estas historias contribuyeron a la canonización del héroe, pero la principal razón por la que fue elevado a los altares derivó de la imperecedera admiración que le había tributado su pueblo.

Varias centurias más tarde, cuando Rusia se había sacudido ya el yugo de los khanes, el zar Pedro I trasladó el cuerpo de Alejandro a la nueva capital en San Petersburgo y fundó un monasterio en memoria suya, como tributo al hombre que había dedicado toda su vida a aliviar la carga de su pueblo durante la más cruel de las épocas.

Fuente Consultada:
Enciclopedia La Llave del Saber Tomo I – Historia del Héroe de Neva – Ediciones Cisplatinas –

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