Formación de la Asamblea Legislativa en Francia



Formación de la Asamblea Legislativa en Francia

La Constitución de 1791 fue un ensayo de monarquía liberal, que influyó para que los girondinos, representantes de la gran burguesía, comercial e individual, encabezados por el marqués de Condorcet (1743-1794), y los jacobinos, que representaban a la pequeña burguesía, dirigida por Jorge Jacobo Danton (1759-1794), propusieran un cambio más radical hacia un régimen republicano.

En dichos documentos también quedó asentado:
1-La obligación para todos los franceses de pagar impuestos, sin importar su condición social.

2-Toda Francia debía tener las mismas leyes y todos los ciudadanos debían ser tratados de la misma manera por el Estado.

Asamblea Legislativa
En 1791 Luis XVI aceptó la Constitución ya aprobada y se disolvió la Asamblea Nacional para formaran su lugar la Asamblea Legislativa, que contó con plenos poderes para dictar las leyes.

En esta fase, Austria y Prusia decidieron intervenir para defender los derechos monárquicos de Francia; sin embargo, esta intromisión extranjera resucitó las hostilidades contra el rey de parte de los principales dirigentes, entre ellos Maximilien Robespierre, Danton y Marat, quienes pugnaron porque el rey fuera destituido por conspirar con gobiernos de otros países.

Formaron entonces un ejército revolucionario popular que derrotó a los ejércitos extranjeros. Las clases populares de París exigían soluciones para la difícil situación económica, sumado a esto cundió el desprestigio de la Asamblea Legislativa por negarse a destituir al rey. Terminó así la formación del ejército y se convocó a los ciudadanos a elegir la Convención Nacional por medio del voto.

FORMACIÓN DE LA ASAMBLEA LEGISLATIVA Y SUS TENDENCIAS
Por haber decretado la Constituyente que ninguno de sus miembros podría ser reelegido, los electores designaron para la Asamblea Legislativa a 745 nuevos diputados, todos pertenecientes a la grande y media burguesía. Muy pronto se produjo una ruptura política entre los partidarios de una monarquía constitucional, inclinados a estabilizar la Revolución, y los que querían, por el contrario, ampliar sus conquistas.

Los diputados de la derecha, miembros todos del club de los Fuldenses, se reagruparon, según sus afinidades, tras el antiguo triunvirato, que contaba con el total apoyo de la corte, o tras La Fayette, entonces en desgracia cerca de los soberanos.

Madame de Staél, hija de Necker, había abierto su salón a los grandes burgueses liberales, entre los que el rey eligió, en 1791, a sus nuevos ministros. Periodistas, abogados, hombres de negocios, los diputados de la izquierda dieron a la Asamblea a sus más brillantes oradores: los parisienses Brissot y Condorcet, los girondinos Vergniaud, Guadet y Gensonné, que se impusieron como jefes de esta tendencia.



Ellos animaban el club de los Jacobinos y los salones de Condorcet o de la bella Madame Roland, auténtica consejera de su mediocre esposo. Entre los partidarios de Brissot y los de La Fayette, se hallaban los 300 diputados independientes o imparciales, cuya actitud política no estaba motivada más que por su sincera adhesión a la Revolución y que sostenían alternativamente a la izquierda o a la derecha.

Sin influencia en la Asamblea, donde sólo tenían algunos representantes, la extrema izquierda adquiría una creciente importancia en el club de los Jacobinos, gracias a Robespierre; en el club de los Franciscanos, donde Marat y Danton representaban las aspiraciones populares, y en las 48 secciones parisienses, abiertas recientemente a los ciudadanos sin voto.

Las graves dificultades económicas que pesaban sobre Francia dieron entonces a los «sans culottes» la ocasión de hacerse escuchar. A las malas cosechas de 1791, seguidas de un fuerte aumento del precio del pan, se añadio el encarecimiento de los productos coloniales provocado por la revuelta de los negros en Santo Domingo. La baja constante del dinero hacía aún más precaria la situación del pueblo de las ciudades y de las aldeas, que reclamaba la fijación de precios para los artículos de primera necesidad y severas medidas contra los especuladores.

Su cólera, largo tiempo contenida, estalló en la primavera de 1792: los convoyes y los barcos que transportaban granos fueron asaltados; el pan, los huevos, la manteca, el azúcar fueron tasados autoritariamente por la población, que en Etampes no dudó en matar al alcalde Simonneau, por oponerse a tales medidas. Aprovechando estas dificultades, los sacerdotes refractarios y los monárquicos provocaron disturbios en Lozére y en Vendée.

Para calmar la agitación popular, la Asamblea dictó entonces una serie de decretos contra los emigrados y los sacerdotes refractarios, siendo el más importante la confiscación de sus bienes.

Luis XVI, aconsejado por la Reina, pretendía, al poner en práctica la peor política, acelerar la intervención extranjera y con ella el restablecimiento de su autoridad; así, hizo fracasar la candidatura de La Fayette a la alcaldía de París, en favor del jacobino Petion. Pero, cuando quiso desembarazarse del conde de Narbonne, entonces ministro de la Guerra, se encontró con la oposición de la Asamblea, que le impuso un «ministerio girondino», con Claviére en Hacienda, Roland en el Interior y Dumouriez en Negocios Extranjeros.

Ver: Resumen de la Revolucion Francesa

Ver: La Convención Nacional

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre



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