El Aislamiento Comercial de China Antigua con el Mundo Occidental



POLÍTICA DE CHINA PARA NO COMERCIAR CON EUROPA

China es el único gran país del mundo que nunca ha estado de una manera efectiva bajo el dominio de un país europeo. Además, como es sabido, durante un período de dos milenios el imperio chino consiguió evitar contactos con civilizaciones que pudieran compararse en esplendor y poderío. Fue la primera Guerra del Opio, en 1840-1842, la que obligó a China a iniciar sus contactos con Occidente. Las guerras con los países europeos la forzaron a abrir sus puertos al comercio extranjero, convirtiéndose los mismos en enclaves semicoloniales. Durante un siglo, la economía, los puertos y las industrias más importantes estuvieron a merced de las potencias extranjeras.

Bajo la dinastía Tang, que se impuso en 618 d.C, China desarrolló cosas bellas, como la porcelana, e ingeniosas, como una imprenta de tipos móviles que Europa no conocería sino centenares de años después. Además, los chinos inventaron la pólvora, y la usaban en la guerra hacia el año 1000 (en el capítulo 16 hay más información sobre los adelantos militares como la ballesta, el estribo y la pólvora).

La economía y la agricultura chinas eran sobresalientes. A comienzos del siglo doce, los campesinos habían estado al borde de la hambruna después de una larga decadencia. En tiempos de los Han, la habilidad china para alimentar su gran población era un modelo de autosuficiencia. El clima, en especial en el sur, permitía dos cosechas de arroz al año, con las cuales se alimentaban muchas bocas y era posible que el crecimiento chino superara el de casi cualquier región del planeta.

chica fabrica vidrio

Obreros chinos preparando el cristal

chinos depurando hulla

Obreros chinos depurando hulla

Como China tenía todo lo que otras regiones del globo codiciaban, sus líderes no solían preocuparse demasiado por el mundo exterior. A partir de la dinastía Han, los chinos se creyeron el centro del mundo, por lo menos de aquél en que estaban interesados. En verdad eran el centro cultural de Asia oriental, y ejercían profunda influencia en el idioma, la escritura, el gobierno y el arte, desde Burma hasta Corea y Japón.

En el siglo XV, un decreto del emperador Ming había prohibido a los barcos chinos navegar fuera de las aguas costeras, y tampoco se permitía a los subditos chinos viajar al extranjero. En 1525, se ordenó destruir todos los juncos con dos o más mástiles. No volverían a zarpar expediciones a África en grandes juncos transoceánicos, y la marina imperial inició un proceso de reducción que acabaría por costarle caro al imperio. Sin embargo, aunque se los controlaba cuidadosamente, no se había impedido la entrada de los europeos, que llegaban en número cada vez mayor, atraídos por los relatos de viajeros   medievales   como   Marco   Polo.



Los primeros «diablos del mar» (apelativo con que los Ming designaban a los europeos) que se instalaron de manera permanente en China fueron los portugueses; tras un principio desafortunado, que condujo a varios enfrentamientos, se les permitió establecerse en Macao, cerca de Cantón, en 1557, y allí han permanecido desde entonces. No obstante, con el paso del tiempo, la mayor comunidad europea en China se estableció en Cantón, que en el siglo XVIII tenía la exclusiva del comercio exterior.

China fue siempre un país remoto, inalcanzable y autosuficiente para gran parte de Europa.De cualquier forma, en el curso de los primeros cincuenta años de contacto con los europeos, China se mantuvo por completo impermeable a las ideas que éstos intentaban introducir en el país.

En el siglo XIX la superficie de tierra cultivada en China se incrementó notablemente y la población del país alcanzó los 300 millones de habitantes en 1800. Pese a ello, los cambios en la estructura tradicional y en la mentalidad de la sociedad china fueron nulos. El gran país oriental seguía absolutamente impermeable a los contactos con los países europeos, y ello aun cuando era importante el número de misioneros -especialmente jesuítas- que se asentaba en aquella región de Asia.

Por lo que a Europa respecta, las relaciones mercantiles con China eran muy beneficiosas, pero estaban sujetas a estrictas limitaciones. Los portugueses se habían asentado en Macao, y los británicos y otros europeos lo habían hecho en Cantón, donde tenían factorías marginadas del control político de Pekín. Sólo comerciaban con los mercaderes gremiales chinos, los Hong, que fijaban los precios arbitrariamente; la China oficial, entre tanto, ignoraba su existencia.

Esta actitud estaba agravada por la autosuficiencia china. Los europeos querían el té, las porcelanas y la seda chinas, pero los habitantes de este país apenas deseaban nada de Europa. También había en esta situación un aspecto económico muy importante: a China se le debía pagar en lingotes de oro. El desequilibrio comercial entre Oriente y el viejo continente llevó a los europeos a traficar con una mercancía muy codiciada en China: el opio.

UNA ANÉCDOTA CURIOSA: Los chinos juzgaban a los europeos tontos e ignorantes; así que, a veces, hacían secar su té, después de haberlo utilizado, para vendérselo, pensando que los ingleses, y sobre todo aquella otra segunda especie de ingleses —los americanos—, no alcanzarían a notar la diferencia.

Este desprecio de los chinos por los «bárbaros blancos» se patentizó, por ejemplo, con motivo del envío por el rey de Inglaterra, Jorge III, de una embajada al emperador Kia K’ing. Los mandarines exigieron que el embajador se plegara al ceremonial de costumbre, es decir, que había de prosternarse nueve veces ante el emperador. Pero un europeo, sobre todo un inglés, y más todavía un embajador, tiene su dignidad, que en Europa, en cuanto al saludo, se  manifiesta  en  mantenerse  en  posición erecta, acompañada de una ligera inclinación del cuerpo. Por lo cual, no podía pensarse siquiera en que el representante de Su Majestad británica se tendiese en tierra.

Tras este incidente, el emperador escribió al rey de Inglaterra, diciéndole que, a su parecer, los regalos y los objetos que le habían mandado de su país no valían nada, que en lo sucesivo no merecía la pena que le enviara más embajadores, y le aconsejaba que se civilizara y que obedeciera las órdenes imperiales.

Piénsese en la sorpresa de Jorge III ante esto, en la época en que el poderío inglés había abatido a Napoleón y hacía temblar al mundo. China desdeñaba a Occidente. Pero Occidente se hallaba interesado vivamente por China, por sus sedas, sus lacas, sus porcelanas. Todos estos productos, comprados a bajo precio en Cantón, eran revendidos a alto precio en Europa. Se comprende, pues, que los comerciantes ingleses quisieran forzar las puertas del mercado chino, venciendo el «desinterés» de los dirigentes de Pekín.

En efecto, Cantón era la única ciudad donde se toleraba el comercio. Desde luego, la Compañía de las Indias, después de la abolición del monopolio ejercido por la misma, y varios comerciantes aislados, habían conseguido el derecho a tener almacenes en Cantón. Pero la presencia y el comercio de los europeos estaban sometidos a reglamentaciones muy estrictas y, a menudo, humillantes. Las mujeres europeas no podían salir de la zona concedida. Los europeos no podían tener servidores chinos (lo que significaba que un chino, ser superior, no podía, naturalmente, servir a un blanco, juzgado despreciable). Cualquiera que fuese su rango, los europeos no podían desplazarse en silla de manos.



Ni estaban autorizados para aprender chino. Por último, no podían entrar en relación y comerciar más que con ciertos comerciantes convenidos, agrupados en el Co-Hong. Esta limitación comercial parecía a los ingleses tanto más retrógrada y bárbara, cuanto que, poco a poco, estaba surgiendo la idea del librecambio como factor de civilización y progreso. La moral civilizadora iba, pues, a acudir en socorro de los intereses ingleses para justificar la intervención. Pero, por el momento, en 1835, los chinos persistían en no desear los productos europeos. De forma que el comercio con China resultaba grandemente deficitario.

Y no fue Europa, sino el vecino Japón, el responsable de que esta situación de independencia ideológica se alterase. Los japoneses, que eran considerados como «piratas enanos» y seres inferiores, consiguieron infligir a los chinos una grave derrota militar en 1895 y ocuparon Formosa; la causa de este repentino poderío japonés no era otra que la capacidad para aprender de Occidente, y esto produjo el despertar de ciertos círculos intelectuales chinos que predicaron la necesidad de romper con el multisecular aislamiento.

el opio en china antigua

Los ingleses habían encontrado, al fin, algo que vender allí: el opio, cultivado a bajo precio en las Indias y que había encontrado numerosos adeptos en China. En efecto, la importación de opio a Cantón estaba limitada, pero, fuera de la ciudad, existía un grande y fructífero tráfico de contrabando, a menudo con la complicidad de los mandarines, que obtenían un cuantioso beneficio. El mal producía tanto daño que el emperador Tao Kuang se decidió a intervenir. Un comisario imperial extraordinario, Lin Tse Hu, llegó a Cantón con plenos poderes para poner término al tráfico de opio que amenazaba hundir a China en una decadencia física. (Ver: Guerra del Opio)

Fuente Consultadas:
Todo Sobre Nuestro Mundo Christopher LLoyd
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo X La Revolución Industrial
Historia Universal Ilustrada Tomo II John M. Roberts
Historia del Mundo Para Dummies Peter Haugen
La Revolución Industrial M.J. Mijailov

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