Biografia de Debussy Claude Compositor Vida y Obra del Musico



Claude Debussy (1862-1918), compositor francés cuyas innovaciones armónicas abrieron el camino de los radicales cambios musicales del siglo XX. Fue el fundador de la denominada escuela impresionista de la música.

A los siete años. Debussy era un niño pensativo, reservado y pacífico que no jugaba nunca con los demás niños; a los catorce, un joven que se ganaba la vida dando lecciones de piano, y a los veintiuno, un viejo cínico, asqueado del mundo de los hombres, que se interesaba principalmente, por el mundo de la música.

Biografia de Debussy Claude Compositor

Debussy no tuvo infancia, ni una instrucción regular. Su madre cuidaba poco de sus hijos, y su padre, propietario de un bazar en Saint-Germain -en-Laye, estaba demasiado atareado con sus cacharros para preocuparse de los asuntos domésticos.

Afortunadamente, una de las tías paternas adoraba a Claude Aquiles, y le tomó bajo su protección, enseñándole las primeras notas y las primeras letras. Más tarde, cuando el niño tenía once años, le matriculó en el Conservatorio.

Su ingreso en el Conservatorio fue para Debussy como una condena a trabajos forzados. Su padre, creyendo ver en el talento de su hijo un medio para enriquecerse, le acosó hasta el límite de su paciencia; fué un trabajo duro y sin descanso.

Tan pronto como Claude comenzó a ganar dinero, tuvo que entregar a sus padres hasta el último centavo. Un día, su madre le sorprendió comiendo un bollo de una pastelería y le arrastró hasta su casa, donde el padre le dio una sonora bofetada por su despilfarro.

A la sazón, su padre había vendido el comercio y se había trasladado a París, donde encontró trabajo como empleado en la compañía Fives-Lille.

El padre de Claude estaba decepcionado con su hijo, porque, después de todo, el talento musical de éste no había resultado una mina de oro; el niño era demasiado rebelde: no hacía caso a los maestros.

Todas las noches, cuando Claude regresaba a casa, su padre le recibía con un tirón de orejas, porque manifestaba ideas poco ortodoxas sobre la música, defecto fatal para el que espera obtener popularidad y éxito económico.

El muchacho no ganaba suficiente dinero con sus lecciones. Para sus padres era más bien un pasivo que un activo, por lo que pensaron que no estaría mal que alguien le tomara bajo su protección.



Y alguien lo tomó. Madame Nadyezhda von Meck había llegado a interesarse por el joven músico y le invitó a Moscú. Esto fue un gran alivio para los padres de Debussy, y un paso muy importante para el desarrollo de su genio musical, pues le permitió acostumbrar su oído a la música poco familiar de los autores rusos, tales como Balakirev, Rimsky-Korsakov, Tchaikovsky y Borodin.

Una vez allí, entretenía por las noches a su anfitriona y a sus huéspedes con su música, y durante el día estudiaba las posibilidades de la «nueva música».

Nueva música, nuevos efectos, armonías orientales. Le interesó la escala griega, con sus seis tonos fundamentales, y las raras modulaciones de la escala china. Rico material para construir nuevos edificios musicales; torres árabes de delicado diseño; palacios de hadas, de sonidos sin precedentes.

Debussy probó estas extrañas combinaciones del sonido, mientras viajaba con su protectora de un país a otro.

Y cuando regresó a París presentó una de estas composiciones «revolucionarias» en su candidatura para el Premio de Roma, aunque no tenía gran entusiasmo sobre sus posibilidades de obtener el premio, porque no sentía ningún respeto por los jueces.

De ahí que quedara completamente sorprendido cuando se enteró de que había ganado la beca.

Sus «forzados» estudios en la Ciudad Eterna le fueron sumamente desagradables, y no terminó sus estudios en Villa Médicis, regresando a París antes de que transcurrieran los tres años reglamentarios.

Debussy era en ese tiempo un joven taciturno de veintidós años, de rasgos enérgicos, ojos penetrantes y abundante cabello negro y rizado, que por las mañanas mantenía alisado sobre su frente, pero que al finalizar el día se hallaba en completo desorden.

Tenía manos fuertes y huesudas, con dedos que podían golpear el teclado como si fueran martillos, o acariciarlo con dulce suavidad; era un aguerrido anarquista y a la vez un apacible soñador.

A Debussy le importaba muy poco la opinión pública. «Probablemente, mi obra no la comprenderán más que unos cuantos; en cuanto al resto, ce m’est égal, me da lo mismo lo que pueda pensar.»



Su oído no era tampoco extraño a las voces del mundo en que vivía, especialmente a la hechizada voz del amor.

Cansado de madame Vasnier, la había olvidado por Gabrielle Dupont, «Gaby la de los ojos verdes», más joven y de atractivos más asequibles que madame Vasnier.

Pero luego dejó a Gaby por la todavía más atrayente Rosalie Texier. Debussy y Rosalie leyeron juntos Pelléas et Mélisande, de Maeterlinck, la historia de la princesa que llegó de lejos en busca de la felicidad.

Debussy y Rosalie eran librepensadores y partidarios del amor libre, pero sus familias insistieron en la formalidad de un matrimonio legal, y la pareja cedió.

Una vez casado, Debussy debía pensar seriamente en la manera de ganarse la vida, por lo que sus amigos le aconsejaron que olvidara su «locura revolucionaria» y tratara de hacerse popular como un músico «sensato».

De esta manera escribió la música de Pelléas et Mélisande. Su esposa era su inspiración constante, y sin su presencia en la casa, Debussy era incapaz de componer.

Paseando de una a otra habitación, «como un oso enjaulado», se esforzaba durante horas por tararear una tonada; cuando lo conseguía, la escribía inmediatamente y reanudaba nuevamente su marcha incesante.

Su verdadera diversión tenía lugar los sábados por la noche, cuando se reunían en su casa sus muy apreciados camaradas Verlaine, Lalo, Chausson, Regnier, Mallarmé, Pierre Louis, Toulet. . . músicos, poetas, novelistas, enemigos de lo viejo, admiradores de lo nuevo y discípulos fieles todos ellos del impresionismo musical de Debussy.

Llegó a ser un experto en la sutil diferenciación de las palabras, lo mismo que era experto en la sutil diferenciación de los sonidos. Descubrió, con gran sorpresa, que era capaz de escribir tan bien como de componer.

Comenzó a vender artículos sobre música a diversas revistas, entretenimiento que encontró más agradable, y con frecuencia más productivo que sus lecciones de piano.



Llegó a adquirir gran habilidad para la crítica satírica. Con sólo una frase podía atravesar a un compositor, en la misma forma que se puede atravesar a una mariposa con un alfiler.

Debussy no tenía una excesiva humildad, ni celos mezquinos, estaba siempre dispuesto a reconocer los méritos cuando los veía. Era justo, incluso con aquellos por quienes sentía antipatía.

No podía soportar la arrogancia de Wagner, «la fortísima armonía de las trompetas. . . pero Debussy resumió su apreciación de la obra de Wagner en una frase que es tan expresiva como justa: «Si Wagner hubiera sido un poco más humano —escribió Debussy—, sería verdaderamente divino.»

A los dos años de comenzar el siglo XX, se inició una nueva era en la música, pues en ese año tuvo lugar la representación de Pelleas y Melisande. Esta ópera era un alejamiento completo de las tradiciones del pasado.

elogios importantes para la mujer

Ningún efecto melodramático, nada de cambios detallados de escenario, nada de bailes, ni coros, ni duetos. Sólo un simple recitado, tranquilo como un río profundo.

Sin embargo, en opinión de los principales críticos, esta ópera no es la mejor de las obras de Debussy.

Donde Debussy muestra los rasgos más característicos de su genio, es en composiciones tales como El mar, La siesta del Fauno, Los nocturnos, y su poema en prosa La Navidad de los niños desamparados.

«Sólo el poema en prosa —escribe Jean Lépine— hubiese sido suficiente para asegurar su fama inmortal.»

Este poema fue un producto de la guerra mundial; escribió los versos en un día de invierno de 1915, y al día siguiente compuso la música.

Debussy narra en ella la historia de los niños franceses que han perdido su hogar a consecuencia de la invasión alemana.

—Han destrozado mi casa.
—Han muerto mis hermanos.
—Han roto mi muñeca.
—Han robado mi cama.

Niños refugiados, perdidos en el infierno del campo de batalla. Es la víspera de Navidad, pero para ellos, no habrá fiesta. Sólo frío, hambre, miedo y un futuro incierto.

—¿Qué haremos?
—No sé. ¿Lo sabes tú?
—¿Adonde iremos?
—A cualquier parte, a cualquier parte lejos del enemigo.

Pero no se puede escapar del enemigo. Los soldados alemanes están en todas partes, en Bélgica, en Francia, en Rusia. . . «¡por todo el mundo!»
«Han quemado la escuela y han matado a nuestro maestro.»
«Han quemado la iglesia y asesinado a Dios.»
Pero tal vez Dios no haya muerto todavía. Tal vez sea Él más fuerte que los alemanes. Roguemos y esperemos.

«Señor, Dios mío, trata de darnos una vez más el pan nuestro de cada día.» Observad el patetismo de la palabra trata.

Hay después un apasionado llamamiento al espíritu de la Navidad.

«Noel, Noel, no vayas más a casa de esos malvados. . . ¡Ten piedad de nosotros, Noel, castígalos!».

Este sencillo y pequeño poema termina con un ruego que actualmente, como en 1915, encuentra eco en millones de corazones: «¡Trae la victoria final a los hijos de Francia!».

Reconocido en vida como el «padre» de la nueva música, Debussy siguió hasta el fin siendo un padre pobre. Cuando Pelleas y Melisande se representó en Londres por primera vez, levantó una verdadera ola de entusiasmo, y el público pidió durante un cuarto de hora que el compositor saliera al escenario. ¿Dónde estaba Debussy?.

Pues en la habitación de su hotel, leyendo indiferente un libro. Más tarde, cuando se enteró de la decepción que había causado su ausencia, señaló secamente: «Quieren que me incline y salude como si fuera una bailarina».

Debussy no esperaba recibir una recompensa inmediata por su obra. «El artista en la civilización moderna —decía—, será siempre un ser cuya utilidad se reconocerá solamente después de su muerte.»

Debussy estaba resignado a su pobreza «predestinada». Se negaba a anunciar su música «como un vendedor de diarios anuncia sus periódicos por las calles».

Entendía muy poco de negocios, de participaciones, de adelantos y de contratos. «El arte —decía— debería estar divorciado del mercantilismo… La idea de negociar con una composición musical como si fuera una lata de grasa o un barril de cerveza es para mí tan triste como ridicula.»

Despreciaba el materialismo del mundo. Rehuía la compañía de hombres de negocios, de la mayoría de los hombres. Pero no la compañía de las mujeres. Y ésa fue la mayor debilidad de Debussy.

Conocía los placeres del amor, pero no los deberes de la fidelidad. Varias fueron las mujeres que hubo en su vida, aunque fueran afectos pasajeros.

Madame Vasnier, «Gaby la de los ojos verdes» y también otras, antes de que se hubiese casado con Rosalie Texier.

Y cuando se cansó de Rosalie, su «Lily-Lilo» como afectuosamente la llamaba, la suerte le puso frente a madame Emma Bardac, la esposa, amante de la música, de un banquero amante del dinero.

Tanto Debussy como Emma olvidaron sus votos matrimoniales. Hubo una fuga, un escándalo, una tentativa de suicidio por parte de Rosalie y, finalmente, el divorcio.

Debussy se casó con Emma Bardac… e inmediatamente comenzó a lanzar miradas en otras direcciones.

Pero su tiempo para amar y para vivir llegaba a su fin. Debussy fue atacado de cáncer, y los últimos años de su vida fueron años de verdadera tortura.

Al principio trató de ocultar su enfermedad a sus amigos. ¿Para qué inquietarlos con sus tribulaciones? Pero el mal avanzaba, y Debussy fue sometido a dos operaciones.

Todo en vano, era ya «un cadáver viviente». El dolor de sus últimos días se vio acentuado por el devastador avance de los alemanes.

Sin embargo, jamás perdió la fe en su patria. «

El último día de su vida (25 de marzo de 1918), todo era silencio en las cercanías de su casa. Pero allá a lo lejos, se oía un ruido incesante: las explosiones de los cañones alemanes.

No le había gustado la agresiva música alemana, su fortísima melodía, sus exclamaciones grandilocuentes, su ruido, su sonido y su aire arrogante.

Había preferido siempre las tranquilas cadencias de Francia.

En cierta ocasión un amigo le dijo con orgullo, que sería recordado como el fundador de la música moderna. «Preferiría ser recordado —contestó Debussy— como un músico de Francia.»

Murió el 25 de marzo de 1918 durante los acontecimientos de la I Guerra Mundial. La mayoría de sus composiciones de este periodo son para música de cámara.

Fuente Consultada: Grandes Compositores por H. Thomas y Lee Thomas Editorial Juventud Argentina

https://historiaybiografias.com/archivos_varios5/estrella1_bullet.png

ocio total

juegos siete diferencias

noparece

fotos

creencias

anticonceptivos

mujeres

actitudes

actitudes


puzzles


------------- 000 -----------

imagen-index

------------- 000 -----------