Caracteristicas de las Ciudades Fundadas Por Los Españoles



Características de las Ciudades Fundadas Por Los Españoles

LAS CIUDADES FUNDADAS POR LOS ESPAÑOLES EN EL VIRREINATO:
ETAPAS, CEREMONIA Y CARACTERÍSTICAS:
Cuando el rey de España tomó la decisión de que los nuevos territorios que habían conquistado sus ejércitos fueran colonizados y ocupados definitivamente, estableció reglas para ser cumplidas por quienes fueran a fundar nuevas ciudades.

Claro que esto dependió mucho de qué perspectivas de progreso podía tener la ciudad fundada. Por ejemplo, en el caso de Potosí se puede ver que la zona donde fue fundada no cumplía con ninguno de los requisitos estipulados. Pero como allí se organizaba toda la extracción de la plata del cerro no se les hubiera ocurrido no fundarla por falta de ciertas condiciones.

Antes de la fundación de una ciudad se recorría la zona para comprobar que tuviera una río cerca con agua dulce para beber y que las tierras tuvieran pasto para los animales. También era importante que no se inundaran y que tuvieran buenos vientos para evitar pestes y enfermedades, que eran comunes y mortales en el pasado. Asimismo, se observaba si los aborígenes que vivían en la región eran amigables y pacíficos.

El acto de fundación era muy ceremonioso, y había varios rituales que se llevaban adelante: se plantaba el «rollo de la justicia», un tronco que representaba la justicia y el castigo, en lo que sería el futuro centro de la ciudad. Luego se cortaba un puñado de hierba y se lanzaban estocadas de espadas al aire para representar la toma de posesión de ese espacio. Finalmente se pedía en voz alta que quien no estuviera de acuerdo con esa fundación lo manifestase (a lo que, por supuesto, nadie respondía porque habían llegado hasta allí exactamente para eso).

Luego se fijaban los límites de la ciudad y se asignaban los lugares que correspondían a cada poblador. Los que estaban alrededor de la futura plaza o zócalo se destinaban a los edificios públicos y religiosos, así como a la casa del fundador y sus amigos y parientes.

Los lotes más cercanos a ese lugar, aunque más pequeños, eran los más codiciados, porque en caso de peligro se hallaban cercanos al fuerte para buscar protección. Los más alejados, en cambio, a pesar de ser más grandes tenían el riesgo de estar más expuestos al ataque de algún animal o grupo de indígenas.

La plaza mayor se ubicaba en el centro de la ciudad, o a la orilla de un río o del mar. En las tierras por fuera de los límites de la ciudad se reservaban terrenos para el pastoreo de los animales y los cultivos.

En aquella época la vida en las ciudades europeas era bastante poco saludable, por varias razones: por un lado, no había sistema de desagües y las aguas servidas eran tiradas a la calle por las ventanas, provocando un permanente barrial con malos olores y posibilidades de contagio de enfermedades por las aguas estancadas.

Por otro lado, la falta de planificación urbana hacía que las calles fueran estrechas, con falta de luz y aire, y dificultosas de transitar. Como el rey no quería repetir los mismos errores en las nuevas ciudades americanas, tomó como modelo para su diseño el viejo campamento romano, con forma de cuadrícula, donde las futuras manzanas tendrían formas de cuadrados y las calles serían rectas y más anchas. Esto permitiría una mejor circulación de los vientos y un mejor aprovechamiento del sol.

En este sentido, más allá de sus funciones, todas las ciudades fundadas en América por los españoles se parecían y muchas conservan, al menos en el centro, su antiguo formato de cuadrícula.

GARAY. Así. se produjo la fundación de Santa Fe en 1573 por Juan de Garay, lugarteniente de Toledo, al mando de un grupo integrado en su mayoría por mancebos nacidos en el Paraguay. En la zona se produjo el encuentro con Jerónimo Luis de Cabrera, quien luego de haber fundado Córdoba trataba de encontrar un puerto de salida sobre el Paraná en un intento por desligarse de la dependencia del Perú. En el conflicto de jurisdicciones que surgió se impuso Garay y Cabrera regresó a Córdoba.

plano de ciudades indianas en el rio de la plata

SANTIAGO DEL ESTERO: Desde comienzos del siglo XVI, hasta los primeros años del siglo XIX, los colonizadores españoles fundaron cientos, de ciudades, villas y asentamientos de todo tipo y dimensión; fueron creados así centros administrativos, puertos, núcleos mineros, agrícolas y religiosos, plazas militares y presidios. A muchos se los fundó formalmente. Otros, en cambio, surgieron de manera espontánea, creciendo sin plan ni orden y sólo de acuerdo con las necesidades de la población o las limitaciones topográficas del lugar.

Este afán, por supuesto, dio origen a no pocas incongruencias: de pronto, como sucedió con la primera fundación de Buenos Aires, se realizaba una formidable ceremonia fundacional sin que se asentara ciudad alguna en el territorio elegido. De esta manera perduraron a lo largo y a lo ancho del continente americano numerosos pueblos fantasmas, es decir caseríos que a duras penas lograban subsistir por la escasa cantidad de gente que los habitaba.

Las mustias actividades que predominaban en la actual ciudad argentina de Santiago del Estero, durante la época colonial, permiten describir, por ejemplo, las características de esos poblados. Las casas de Santiago se levantaron sobre la orilla derecha del río Dulce. Eran en su mayoría de gruesos adobes, con techos de tierra apisonada, puertas anchas de una sola hoja y marcos de quebracho. Los principales edificios se alineaban frente a la plaza y había entre unos y otros amplios terrenos baldíos donde florecían impunemente los yuyales.

En el centro de la plaza se destacaba el «rollo y picota», también llamado «árbol de la justicia»: un poste alto, grueso, a veces con travesanos en el extremo superior, que se usaba para colgar a los malhechores ó exponer la cabeza de los ajusticiados. Cada casa del pueblo (no más dé sesenta ó setenta en total) poseía amplias huertas donde crecían naranjos, parras, higueras o perales, cuyas copas verdes y frondosas ocultaban las grises y desgastadas paredes del caserío.

Esta melancólica imagen de Santiago inundaba, por supuesto, la vida ciudadana. Según crónicas de la época, los casados del pueblo repartían su tiempo en recreaciones familiares y la visita, en el campo, de sus encomiendas. Los solteros se ocupaban de labrar la tierra o iban de ciudad en ciudad en busca de aventuras. Santiago, sin embargo, escondía un preciado tesoro para solitarios: en un monasterio, construÍdo precisamente con ese objeto, vivían recluÍdas cerca de sesenta doncellas pobres, hijas de conquistadores y abandonadas a su suerte; allí estaban, esperando que se fundaran nuevos poblados y que con ellos aparecieran hombres decididos a desposarlas.

Pese a ese desolado panorama y a cierto inevitable desorden en los primeros tiempos, el establecimiento de villas, poblados y ciudades se realizó de acuerdo con una planificación bastante lógica, que estuvo en relación con las sucesivas etapas por que atravesaba la Conquista. Hasta 1519, en efecto, se limitó a las islas del Caribe, la costa norte de América del Sur y las costas e interior de Panamá.

Allí, los españoles establecieron fuertes, aldeas y ciudades que contaban, en general, con características precarias. A partir de. 1519, es decir tras el contacto de Cortés y Pizarro con las avanzadas culturas de México y el imperio incaico, el interés de la Corona por América crece considerablemente. Desde entonces las fundaciones se suceden ininterrumpidamente para promover las explotaciones mineras o la colonización agrícola, para fijar las bases de la administración colonial y establecer los vínculos con España, para reunir la mano de obra necesaria para los proyectos de colonizacion de la metrópolis.

 

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Patio interior de la casa del Moral, en Arequipa, Perú, Las clásicas viviendas coloniales solían contar con tres patios: el primero formaba parte de la planta de recepción, en el segundo transcurría la vida privada de la familia.

Buenos Aires a mediados del siglo XVII

El pueblo está situado en un terreno elevado a orillas del río de la Plata, a tiro de fusil del canal, en un ángulo de tierra formado por un pequeño Hacho llamado Riachuelo que desagua en el río a un cuarto de tegua del pueblo.

Contiene cuatrocientas casas, y no tiene cerco, ni muro, ni foso y nada que lo defienda sino un pequeño fuerte de tierra que domina el río, circundado por un foso, y monta diez cañones de fierro, siendo el de mayor calibre de a doce. Allí reside el gobernador y la guarnición se compone de sólo 150 hombres […]. Además de este fuerte hay un pequeño baluarte en la boca del Riachuelo, donde existe una guardia; monta dos pequeños cañones de fierro, de a tres.

Este baluarte domina el punto donde atracan las lanchas para descargar o recibir efectos […]. Las casas del pueblo son construidas de barro, porque hay poca piedra en todos estos países […], están techadas con cañas y paja y no tienen altos: todas las piezas son de un solo piso y muy espaciosas tienen grandes patios y además de las casas, grandes huertas, llenas de naranjos, limoneros higueras, manzanos, peras y otros árboles frutales, con legumbres en abundancia […], viven muy cómodamente: a excepción del vino, que es algo caro, tienen toda clase de alimentos en abundancia, como carne de vaca y ternero, […].
Las casas de los habitantes de primera clase están adornadas con colgaduras, cuadros y otros ornamentos y muebles decentes y todos los que se encuentran en situación regular son servidos en vajilla de plata y tienen muchos sirvientes, negros, mulatos, mestizos, indios.

BISCAY Relación de los viajes de . . . al Río de la Plata y . .. [El autor era un viajero inglés, visitó Buenos Aires en 1658.]

En un pasaje de su libro Latinoamérica: las ciudades y las ideas, José Luis Romero explica el sentido que, para los españoles, tenían las ciudades fundadas en América.

«Se fundaba sobre la nada. Sobre una naturaleza que se desconocía, sobre una sociedad que se aniquilaba, sobre una cultura que se daba por inexistente. La ciudad era un reducto europeo en medio de la nada. Dentro de ella debían conservarse celosamente las formas de la vida social de los países de origen, la cultura y la religión cristianas y, sobre todo, los designios para los cuales los europeos cruzaban el mar. Una idea resumió aquella tendencia: crear sobre la nada una nueva Europa.

Nova Lusitania, Nueva España, Nueva Toledo, Nueva Galicia, Nueva Granada, Nueva Castilla fueron nombres regionales que denunciaron esa tendencia, como las ciudades que se llamaron Valladolid, Córdoba, León, Medellín, La Rioja, Valencia, Cartagena, Trujillo, Cuenca, o antepusieron el nombre de un santo al viejo nombre indígena: Santiago, San Sebastián, San Pablo, San Antonio, San Marcos, San Juan, San Miguel, San Felipe. El conquistador contemplaba melancólico el paisaje, y se regocijaba al encontrar uno, suave y moderado, que le recordara la tierra natal, como recordaba la vega de Granada -dícese- Gonzalo Suárez Rendón mirando desde las ventanas de su casa de Tunja.»

Tunja: ciudad colombiana ubicada en uno de los valles de la cordillera Oriental.


JOSÉ Luis ROMERO.
Latinoamérica: las ciudades y las ideas. Buenos Aires, Siglo XXI, 1986.

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