La Carabela Una Gran Nave Para Viajes Por el Océano Avances Técnicos



La Carabela, Viajes por el océano – Avances Técnicos

LA CARABELA: En contraste con la navegación de cabotaje propia del Mediterráneo, en que un marinero almorzaba en un puerto y cenaba en otro, navegando siempre cerca de tierra, los viajes de altura eran lo contrario: muchos días, a veces hasta meses, sin pisar tierra, y comiendo la mejor de las veces bajo un balanceo monótono. Esta fue la manera frecuente de navegar por el Atlántico y en la que portugueses y castellanos serían maestros. Por ello, los grandes viajes descubridores partieron de sus puertos.

Para adentrarse en el océano y practicar una navegación de altura con ciertas garantías, fue muy conveniente poder disponer, en primer lugar, de una embarcación resistente al oleaje, fuerte y bravo, del Atlántico, ya que ni servían las galeras movidas a remo, de bajo bordo y excesiva tripulación, ni tampoco los veleros redondos, lentos y poco manejables; la solución ideal sería la carabela.

La Carabela Una Gran Nave Para Viajes Por el Oceano

En segundo lugar, se hizo necesario estudiar y conocer las condiciones físicas del mar, los vientos y corrientes que reinaban en cada lugar para aprovecharlos al máximo y marcar las rutas más favorables. Por último, resultó imprescindible manejar todo tipo de instrumentos que ayudasen a orientarse en medio del ancho mar, localizar con la máxima precisión las tierras que se iban descubriendo y asegurar el regreso a los puertos de origen.

Lo desarrolló mucho: aumentó los mástiles y empleaba indistintamente la vela cuadrada y triangular o latina, con lo que ganó fuerza motriz y capacidad de maniobra. Desde que se inventó la carabela, las únicas innovaciones hechas durante casi trescientos años se refieren sólo al perfeccionamiento del velamen. Fue lo más rápido que surcó las grandes rutas y únicamente quedó desplazada por la llegada del vapor.

Ampliación de este tema:
La Carabela, un inhibido de dos tradiciones
La costa atlántica de Portugal y España era el lugar de encuentro de rutas de comercio entre los pueblos mediterráneos y los de Europa del Norte, que representaban dos tradiciones marineras distintas. Los barcos aptos para la pesca en altura que se usaban en el norte de Europa eran poco maniobrables y no se adaptaban a las necesidades de los viajes comerciales. Las naves que se usaban en el Mediterráneo, en cambio, eran más maniobrables, pero no permitían realizar viajes largos ni soportar la presión de los vientos y las olas. El intercambio comercial entre ambas zonas generó un cruce de tecnologías marinas que dio lugar a la introducción de nuevas técnicas de navegación y produjo, entre otras innovaciones, la carabela.

La carabela era un barco de dimensiones reducidas o medianas (medía entre 20 y 30m de largo por 8m de ancho), fuerte y fácil de manejar, aunque incómodo. Podía albergar una tripulación de entre doce y veinticinco hombres. Tenía tres mástiles y varios tipos de velas. Las tradicionales velas cuadradas (o motrices) le daban velocidad, mientras las velas triangulares o velas latinas -de origen árabe- ampliaban su capacidad de maniobra, al adaptarse a la dirección de los vientos en alta mar. Su escaso calado le permitía acercarse a las costas sin mayores riesgos.

Además, en el siglo XIV los constructores navales mediterráneos reemplazaron el timón lateral -que salía del agua cuando el barco se balanceaba- por el timón de popa o de codaste, que ya estaba extendido en el norte. Se articulaba a la popa y se manejaba mediante una rueda desde la cubierta del barco. Quedaba siempre sumergido bajo el agua. Tenía mayor capacidad de giro que sus predecesores, y exigía menos fuerza del timonel. Posibilitaba la navegación contra los vientos evitando bruscos cambios de ruta. La posibilidad de navegar contra el viento dio seguridad a los marinos, que antes temían no poder regresar a su país.

Los primeros viajes por la costa de África occidental fueron realizados por carabelas. Los viajes posteriores a la India y a través del Atlántico, a fines del siglo XV, requirieron, además, barcos más grandes, como las naos.

Aunque los instrumentos de medición significaron un avance importante, el conocimiento que proporcionaban era aún imperfecto. Durante mucho tiempo, los marinos siguieron confiando en la observación del agua, la flora y la fauna para calcular a qué distancia de la tierra se encontraban. El siguiente es un fragmento de las instrucciones que el navegante portugués Pero de Queirós escribió en el año 1606 durante un viaje por el Pacífico:

«Si las aguas se ven grasosas, con hojas de árboles, yerbas, maderas, ramas, cocos y otras cosas que las olas llevan de la orilla y los ríos arrastran, es señal de que la tierra está cerca. […] Si las aves que vemos son piqueros, patos, cercetas, gaviotas, estopegados, golondrinas de mar, gorriones-halcones, flamingos o silòricos, es señal de que la tierra está muy cerca; pero si hallamos pájaros bobos no debemos pensar en nada, pues esas aves vuelan de una tierra a otra. […] Si el color del mar no es el ordinario cuando hay gran profundidad, es decir, azul oscuro, será necesario tener cuidado, y si es de noche habrá que oír los ruidos del mar y asegurarse de que no son más fuertes que de ordinario.»



Citado por JOHN R, HALE,
La edad de la exploración.
Atlas culturales del mundo. Volumen 1.
Barcelona, Folio, 1995.

LA CIENCIA PURA Y LA TÉCNICA NAVAL
Hasta el siglo XVII la construcción de las embarcaciones constituía una actividad en la cual bastaba el trabajo de expertos carpinteros. No existía una técnica de construcciones navales sobre una base científica. Las formas y las dimensiones de los cascos se determinaban de acuerdo con reglas logradas en la secular práctica de los astilleros.

En aquel siglo, en cambio, los prodigiosos progresos registrados por la ciencia permitieron a los proyectistas navales determinar con precisión las formas y las proporciones de la obra viva de los barcos, para obtener un mayor rendimiento en velocidad, capacidad y resistencia.

Neper, descubridor del cálculo logarítmico (método para efectuar con suma rapidez las operaciones más complicadas); Leibniz y Newton, inventores del cálculo diferencial e integral (métodos para el cálculo de cantidades infinitesimales), y Descartes, el introductor del empleo de los gráficos en la matemática, brindaron a los ingenieros navales valiosos elementos para realizar con facilidad cálculos hasta entonces imposibles.

Por su parte, Galileo proporcionó a la navegación el catalejo e importantes conocimientos astronómicos; Torricelli, el barómetro, y Huygens, con su invento del volante de espiral de los relojes, facilitó instrumentos adecuados para su uso a bordo de las naves, donde comenzaron a emplearse para el cálculo de la longitud.

planos de barcos, carabelasHe aquí dos interesantes láminas que figuran en un tratado de construcciones navales del siglo XVII.

En la primera vemos cómo los constructores navales se preocupaban por identificar, en los árboles destinados a suministrar la madera, las partes que mejor se prestaban para brindar los elementos estructurales de un barco.

En la segunda vemos cómo eran utilizados los elementos señalados en la lámina anterior.

Hubo un tiempo en que las construcciones navales adquirieron tal intensidad que se temió el agotamiento de los recursos forestales; por ese entonces las más poderosas potencias navales comenzaron a crear astilleros también en sus respectivas colonias ultramarinas, donde existían, en la proximidad de los puertos, enormes reservas forestales, útiles para la construcción naval.

Fuente Consultada:
Historia 2 El Mundo Moderno (Desde el siglo XV hasta comienzos del Siglo XIX)
Bagnoli-Paz-Cattaruzza-Manzi-Ternavasio



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